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    Simbología secreta de "La decadencia de la flauta y el reinado de los fantasmas", de Ramón Sijé
     © estudio e ilustraciones de Ramón Fernández Palmeral ; prólogo de José A. Saéz Fernández
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El reinado naturalista de los fantasmas


Este primer capítulo: «El reinado naturalista de los fantasmas», no lleva subtítulo, aparece apelmazado de ideas, puntadas sin hilo, dogmático, se podría subdividir en once subapartados, que he ordenado y numerado desde la A, a la K con la pretensión de separar los distintos elementos temáticos que lo contienen, y a los que he dado títulos según el contenido esencial que se desprende de su lectura para conseguir un estudio individualizado de ellos. Indico la página donde empieza el texto:

A).- Génesis del romanticismo alemán.

B).- Enfermedad espiritual llamada romanticismo.

C).- La producción romántica española.

D).- El romanticismo histórico y nacionalismo doctrinal.

E).- La expresión artística romántica es la música.

F).- Contenidos humanos del romanticismo.

G).- España era una nación de fantasmas.

H).- La crítica social del romanticismo y la pintura.

I).- El movimiento literario-poético.

J).- La inteligencia creadora.

K).- Realismo divino-poético.


A) Génesis del romanticismo alemán

Comienza el capítulo I: «Goethe43 ha sido una de las últimas estatuas. Para no dejar de ser estatua -es decir, para no suicidarse- escribió, un día el Werther». Las razones de empezar Ramón Sijé el texto con una frase tan lapidaria hay que buscarlas en las lecturas que tuvo que hacer de la vida y obra del escritor y poeta alemán. Tenía Goethe veintitrés años cuando escribió Werther, aunque en realidad la obra se llama Las cuitas del joven Werther (1774). De la traducción de Mor de Fuentes, tomamos:

«El título ofrece ya dificultades. No es ni las penas, ni los quebrantos, ni los desconsuelos, etc., y la voz que más se le acerca es la de sentimientos, en la acepción castiza de pesares. Tampoco cuadra la de padecimientos para puesta en el encabezamiento de la portada, y así el adecuado y legítimo equivalente es cuitas44».


Otros títulos que he podido leer son Las desventuras del joven Werther, aunque ha quedo aceptada como Las cuitas..., que viene a ser una aflicción más espiritual y moral que un estado de pena o sufrimiento, lo que hoy en día podríamos llamar un desengaño, y que José Antonio Marina y Marisa López Penas, en su Diccionario de los sentimientos (Anagrama, Barcelona, 1999), escriben en la pág. 198 como «[...] un desengaño es la historia de una doble pena: la de haberse engañado y la de haber salido del engaño». Que es en realidad lo que le sucedió también a Goethe cuando conoció a Carlota Buff en Wetzlar:

«Carlota está ya comprometida para casarse, pero se deja adorar por Goethe con ese fondo de coquetería -inconsciente en ocasiones- que hay en toda mujer. Es una batalla que el joven Goethe pierde después de una pugna llena de acechos, de ver quien vence a quien. Su desesperación le hace pensar en el suicidio, y para librarse de él, escribe el Werther, la obra que va a ser universalmente el refugio de todos los enamorados sin esperanza45».


Y esta experiencia personal es la que le lleva al gran escritor alemán a escribir «el emblema del romanticismo», como ha quedado en llamarse el Werther, sin más parangón, para no suicidarse por un desamor o un desengaño, porque es eterno. Un drama escrito como un diario en dos libros, y que acaba con el suicidio del joven Werther de un disparo de pistola en la sien como nuestro Larra, y acaba la novela con una frase «Carlota..., Carlota, Adiós Carlota!», mientras de sus manos caía el libro titulado Emilia Galotti (teatro en cinco actos), cuyo autor es el poeta Gotthold Ephrain Lessing (1729-1781), dramaturgo del clasicismo.

Veamos diferentes traducciones de las versiones del Werther y La Odisea.

Primer texto del Werther, según Sijé (Cap. I, pág. 26-27). Este fragmento del texto sijeniano corresponde al 5.º párrafo del día 21 de junio, de Las cuitas del joven Werther (no sé de qué libro tomó Sijé el texto siguiente, ni quién es su traductor):

«Al madrugar, con el sol tras mi wahlheim, entro en el huerto, cojo por mis manos los guisantes, los desgrano, y entre medias voy leyendo a mi Homero; cuando luego voy a la cocinita, escojo mi puchero, deslío la manteca, avivo y surto la lumbre y, si se ofrece, rajo mis astillas; entonces me impresiono hasta lo sumo de los denodados novios de Penélope, todos afanados en matar, descuartizar y asar bueyes y cerdos. Nada embarga mi sensibilidad tanto y en tan apacible grado como los rasgos de la vida patriarcal que yo, a Dios gracias, no aparento sino que traigo de mío (sic) [mí]. ¡Bien haya mi pecho que acierta a paladear los deleites sencillos e inocentes del hombre que pone un repollo en su mesa criado por su mano, y no sólo disfruta la berza sino también el día apacible, la madrugada preciosa en que la plantó, la despejada tarde en que la regó, el gozo de estar viendo sus gallardos medros, todo en idéntico momento!».


Segundo texto: Traducción de Ángel Lozano (EDAF, Madrid, 1966):

Quinto y sexto párrafo del día 21 de junio.

«Cuando al despuntar el día me pongo en camino para ir a mi nido Wahlheim, y en el jardín de la casa donde me hospedo cojo yo mismo los guisantes, y me siento para quitarles las vainas al mismo tiempo que leo a Homero; cuando tomo un puchero en la cocina, corto la manteca, pongo mis legumbres al fuego y me coloco cerca para menearlas de vez en cuando, entonces comprendo perfectamente que los orgullosos amantes de Penélope puedan matar, descuartizar y asar por sí mismos los bueyes y los cerdos. No hay nada que me llene de ideas más pacíficas y verdaderas que estos rasgos de costumbres patriarcales, y, gracias al cielo, puedo emplearlos, sin que sea afectación, en mi método de vida.

»Cuan feliz me considero con que mi corazón sea capaz de sentir el inocente y sencillo regocijo del hombre que sirve en su mesa la col que él mismo ha cultivado, y que, además del placer de comerla, tiene otro mayor recordando en aquel instante los hermosos días que ha pasado cultivándola, la alegre mañana en que la plantó, las serenas tardes en que la regó, y el gozo con que la veía medrar de día en día».


Que a su vez corresponde a la escena de Penélope, en que los pretendientes matan, descuartizan y asan bueyes y cerdos, corresponde al Canto XVII de La Odisea, de Homero.

Después de que el heraldo Medonte, invita a los jóvenes de los juegos al palacio y disponen la cena, el narrador dice:

«[...] Llegados a cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca, aparejando con ellos su banquete».


(Editorial Alba, Madrid, 1996, 270.)                


En una versión online, aparece:

«Cuando llegaron a la bien edificada morada dejaron sus mantos en sillas y sillones y sacrificaron grandes ovejas y gordas cabras; sacrificaron cebones y un toro del rebaño para preparar su almuerzo».


En el Werther de Goethe se nombra a Homero cinco veces, cuatro en el Libro I, y una en Libro II. Es curioso que el joven Werther empieza a leer La Odisea46 en el Canto XVII, y luego pasa al Canto XIV, es decir, Werther va leyendo a la Odisea hacia atrás, porque el día 15 de marzo leemos: «leyendo el magnífico canto en que refiere Homero cómo Ulises [Odisea] fue hospedado por uno que guardaba puercos».

El porquero que da asilo a Odisea era Eumeo, el rico porquero, ya que tenía 360 cerdos. Dice, «no es lícito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que tú, pues son de Zeus todos los forasteros y todos los pobres».

El romanticismo europeo nace en Inglaterra y no en Alemania como escribe Sijé, a cuyos autores no nombra. Recojo un párrafo de Giovanni Restrepo Orrego:

«Inglaterra, durante los siglos XVIII y XIX lo ve surgir de su seno y acoge en él todas las revoluciones europeas, es decir, allí nace la revolución industrial y el romanticismo y de la misma manera también acoge a todos los revolucionarios, fugitivos y perseguidos de otros países, es el lugar de exilio de franceses, polacos, húngaros, italianos y alemanes, gentes que tenían algo de héroes y algo de bandidos, empero y más allá de estas características, Inglaterra seguía siendo la patria del conservadurismo y por excelencia de las Instituciones de la Monarquía Parlamentaria, las que permanecen en pie gracias a la alianza entre sus clases dirigentes».


Qué no quiere decir Sijé cuando comienza: «Goethe ha sido una de las últimas estatuas. Para no dejar de ser estatua -es decir- para no suicidarse», evidentemente, las estatuas no se pueden suicidar, no porque sean materias inertes sino porque no pueden utilizar armas de convicción suicida. Pero esta metáfora de la estatua no suicida, va más allá ya que «La estatua es el valor absoluto» (p. 42), y entronca o tiene su sutileza creativa entre la pugna del movimiento clasicista y el romanticismo alemán en el Sturm und Drang47, y además el viaje a Italia que hiciera Goethe, admirando la eterna belleza de sus estatuas, mármoles, piedras o lienzos sublimes. Tanto Schiller como Goethe buscan alejarse del neoclasicismo inmóvil (esculturas de Antonio Cánova), para buscar nuevas formas de expresión que es lo que en realidad busca el romanticismo.

En las artes, el Clasicismo significa sencillez, proporción y armonía, es decir, características opuestas al Barroco, o por agotamiento de éste. Ahora, el creador tiende a la vuelta de los ideales clásicos y rechaza las reglas y la erudición barroca. Y, sin embargo, la cultura y el arte están dominados económica y socialmente por una aristocracia que considera a estos un adorno indispensable de su condición.

El Clasicismo tiene variantes: Clasicismo se llama a la música, porque no existe apenas vestigios musicales antiguos (equilibrio y armonía). Neoclásico para escultura, arquitectura y pintura, porque retoma o recupera el estilo de los griegos.

El romanticismo -escribe Guillermo Díaz-Plaja, pág. 15 de su ya citado libro-:

«El Romanticismo es un fenómeno surgido del movimiento general de las ideas del Setecientos; es la versión estética de la rebelión individual que preconiza el racionalismo, de la libertad que propugna la Enciclopedia [...]».


Efectivamente esta es la idea del romanticismo. Libertad creadora del individuo, una ruptura con el modelo precedente, como escribe E. Iañez (autor de una Historia de la Literatura Universal) «una auténtica ruptura con los modelos precedentes y, en todos los casos, la primera formulación válida de la mentalidad contemporánea occidental» (1991, 8). Ya no se imitan los modelos artísticos, sino que se escucha la voz del propio corazón, el interior.

En España surgieron las primeras escaramuzas entre el Clasicismo y el Romanticismo, entre Juan Nicolás Böhl de Faber contra José Joaquín Mora. El primero defendía a Calderón de la Barca y el romanticismo, mientras Mora se le oponía en nombre del buen gusto y del arte clásico. Guillermo Carnero escribió un libro sobre esta polémica (ver bibliografía).

Introducidos ya en los orígenes del romanticismo podemos seguir analizando El reino natural de los fantasmas de Sijé, donde diserta sobre otras variables de la muerte por amor propio, donde cree que el suceso de Werther es la consecuencia de una contienda de tres mundos: El mundo clásico, el mundo cristiano y el mundo romántico, que va a nacer. Quizás la religiosidad de Ramón Sijé le lleva a introducir premeditadamente el mundo cristiano que como hemos visto nada tiene que ver con este drama goethiano. No parece haber entre los románticos españoles profundidad y sinceridad en sus creencias religiosas, y sí abundantes dudas. Aparece la rebeldía frente a Dios, que ha hecho al hombre tan desgraciado, y, en consecuencia, la reivindicación de Satanás. El satanismo encontró eco en El diablo mundo de Espronceda y en Don Juan Tenorio, de Zorrilla y en Don Álvaro de Rivas. Zorrilla recuperó leyendas milagrosas Un testigo de bronce, El Cristo de la Vega.

Luego se pierde el autor en unas largas disquisiciones poéticas más que racionales como: «páginas que gotean; palabras como castillos junto a palabras como corazones». Y continúa con epanadiplosis como: «yo crepúsculo del corazón sucede al crepúsculo y yo crepúsculo de la cabeza al crepúsculo del corazón».

Este estilo de lenguaje poético-científico-dialéctico que nos acompañará durante todo el libro, donde es difícil entresacar lo verdaderamente esencial de lo retórico, fue un error de Ramón Sijé, porque un ensayo no es el terreno para este tipo de argumentos, y ello le llevó a no ser ni finalista en el Premio Nacional de Literatura de 1935. Se empeña Sijé en crear un mundo propio de términos nuevos como: una crisis del espíritu va a ser el romanticismo. Entre la oscilación de dos tipos: el primero es el estilo acabado o clásico cristiano y el segundo tipo es un modelo estilísticamente terminado.




B) Enfermedad espiritual llamada romanticismo

(Pág. 28)


A partir del tercer párrafo de la página 28, comienza Sijé a analizar otra variante de su capítulo I.

Para introducir su hipótesis nos hace primero una definición de hombre libre según el lenguaje jurídico del derecho romano. Nos expone una definición de persona libre y de persona «persona es quien vive dialécticamente la libertad». ¿Qué nos quiere decir Sijé?, entendemos que el hombre libre es aquel que puede expresarse libremente y por lo tanto es hombre libre; quien no puede expresarse es esclavo. Concluye el análisis con que el hombre sometido al drama de la libertad es un esclavo, que podría ser el hombre «con libertad física y económica». Y lo traslada al romanticismo al definir que un romanismo sin estatus (leyes absolutas) es una sociedad sin personas, un romanticismo enfermo, «una sociedad de esclavos». Finaliza este párrafo con la introducción del concepto de su famosa cristalización creadora del espíritu del hombre (cristalización como unidad de elementos: libertad por la dialéctica que conforman al hombre), y finaliza con la frase concluyente: «[...] por el cristal de la persona se liberta al hombre de la esclavitud de la humanidad».

Nos presenta Sijé una mixtura entre sus estudios jurídicos en Derecho Natural, aplicada a la filosofía del romanticismo, pero que no define con claridad. Para entenderlo mejor disponemos del libro Instituciones de Derecho Privado Romano48, de Rodolfo Sohm, quien nos dice que «La persona es, pues, un sujeto de derecho potencial, es decir, capaz de tenerlos, aunque de hecho y por el momento no los posea». En el Derecho Romano existen seres privados de libertad, esclavos, es decir, hombres que jurídicamente tienen consideración de cosas, y que por ello, no son capaces de derechos propios, sino simples objetos de derechos. La división de los hombres en libres y esclavos: status libertatis, y lo razona para enjuiciarlo desde el punto de vista del romanticismo enfermo o más bien decadente.

Vuelve Sijé a decirnos que la cristalización es la misma persona (unidad de derechos del hombre). Se pregunta por qué ha perdido el romanticismo la figura de la persona y de la estatua. Donde la estatua puede significar la razón sometida al estilo, a la persona. Apunta nuevamente que el romanticismo invade el terreno de las artes y avanza en la superficie de la creación: palabras, sonidos, formas. Donde concluye que la creación es un hecho psicológico y no un hecho de estilo. Y concluye con que al romanticismo histórico le preocupa la proclamación de los derechos del hombre y no la proclamación del derecho de las personas y nos plantea el problema de exponer cuáles son las diferencias entre hombres y personas. En el derecho romano hay dos clases de personas: las naturales y las jurídicas. En cambio el hombre es la persona que puede o no tener derechos: hombres libres y esclavos. No hay personas libres o esclavas.

Más adelante nos define el romanticismo como «una concepción naturalista-sentimental del hombre» (se refiere a la literatura del Barroco, como entendimiento por relación y acumulación de conceptos, el culturalismo está considerado como una rama del conceptismo). Debemos entender que se refiere al clasicismo-cristiano como el clasicismo o el conceptismo como un movimiento metafísico-crítico, como concepto personalista del hombre. Sijé define al clasicismo como clasicismo cristiano, sin argumentos históricos, que debemos entender como Neoclasicismo del siglo XVIII como contención a la desmesura del Barroco, con la que fue profundamente hostil. No hubo una separación radical sí un periodo de convivencia. Estudiamos el Neoclasicismo como una forma de arte académico favorecido por la autoridad, como una forma de silencio creativo. Posiblemente esta idea la tome Sijé de Eugenio Ochoa (1815-1872), El Artista (1835), cuando dice que el Cristianismo ha acabado con la poesía de los sentidos, introduciendo la poesía del corazón. Ha elevado al hombre a una dignidad...

La evidente contrariedad que le produce a Sijé el romanticismo lo define en la frase «Romanticismo es la incapacidad humana para la coincidencia de la persona y la incapacidad poético-plástica para la creación del objeto artístico cristalino». Una sociedad de hombres no es una sociedad perdurable, y nos recuerda la frase «el hombre es lobo para el hombre», sin especificar que esta cita es de Plauto49, el poeta latino. Plauto tenía sus razones, fue esclavo, vivió años como un burro dándole vueltas a la rueda del molino de un panadero.

Nos dirá Sijé que la creación es un hecho psicológico, y que solamente tiene un valor concreto e irreal, prosigue, por un laberinto de ideas como la persona y el objeto (formas y perfiles) y no sabemos muy bien adónde quiere ir a parar en la idea de que el egoísmo y la intimidad es la causa de la división social, y que la sociedad romántica no tiene realidad donde sostenerse materialmente. Concepto muy abstracto que no nos amplía nada en concreto. Para acabar en que sin realidad y sin persona no se puede llegar al objeto.

La creatividad -escribe Pall Muchest- es un potencial que se encuentra en cada uno y que sólo espera ser despertada, descubierta, desarrollada, bajo los elementos esenciales del pensamiento: lógica, experiencia y ensayo. Por ello, la época de los genios ya pasó.

Nos cita Sijé al historiador francés Edgar Quinet (1803-1875), en la frase: «Si se quiere criticar a los fantasmas de los poetas sería preciso al menos que el mundo y los poderes actuales fuesen menos fantasmas que ellos ¿Quién se figura, por ejemplo, que nuestras leyes son leyes, que son reyes nuestros reyes, y no ve que no son más que fantasmas que sólo el rostro tienen?». (P. 30). En esta idea del objeto como forma y perfiles significa la representación del poder, como un ente no visible pero real y ejecutivo. Quiere decir que un rey es rey sin que lo veamos, es la representación de las personas. Sijé nos hablará de un objeto artístico, material que no tiene representación en el mundo contemporáneo del arte visual o digital. En el arte de su tiempo, pero no así en el mundo de Arte digital. Anne Cauquelin nos habla en su libro El color de las ideas, pequeño tratado del arte contemporáneo de lo ¿Estético o Artístico? (1997) donde escribe que «el objeto artístico no debe ser utensilio como un teléfono, una mesa, etc.». En segundo lugar, el arte de las tecnoimágenes es inabordable sin la inteligencia, el cálculo, el concepto, ello en contradicción con la recepción estética habitual que pide al receptor que tenga «esa especie de neutralización de la sensibilidad, del interés ordinario, y luego del concepto». En el caso de la tecnoimagen el objeto no existe, lo que cuenta es el proceso de ver la imagen. Un crítico de arte, no puede describirlo. Para describirlo, sería necesario describir el proceso, que el artista mantendrá oculto por el secreto propio de los gremios y el oficio.

Para terminar este subapartado, nos afirma el autor que lo romántico sólo nos ofrece «fragmentos» y no unidades objetivas y cristalinas (obra con principio y con fin). Para citar otra vez a Quinet con «Nada existe sino el corazón», y enfatiza que latidos del corazón es el romanticismo, o «dolores del corazón» atribuido a Miguel de los Santos Álvarez50, autor romántico.

Aunque esta locución de los «dolores del corazón» es muy frecuente entre los poemas místicos, sobre los «Dolores del Corazón de Jesús» por los pecados de los fieles y de la ingratitud.




C) La producción romántica española

(Pág. 31)


Empieza hablando Sijé del viaje de Théophilo Gautier (1811-1872)51 a España, comenta Sijé que Gautier encuentra el defecto común en toda creación romántica española de la falta de la participación del pueblo, ni siquiera el público. Hace Sijé, a su vez, un recordatorio de las negras observaciones de Larra (1809-1875)52 respecto a España, sobre una actitud de afirmación como actitud discrepante, por consiguiente, deduce que el romanticismo carece de un «valor polémico» como «aquellos valores que originan la elevación de la persona y de la realidad a la categoría de símbolos». Estos valores polémicos absolutos sí se encuentran -según Sijé- en Quevedo y en Calderón.

Continúa comentando sobre la persona real: vida espiritual y vida jurídica. Para decir que en el romanticismo no hay libertad espiritual que se llama responsabilidad creadora. Dice que el romántico vive de una constante cobardía física, sin esperanza y sólo tiene ilusiones. Acaba en una definición absurda al querer demostrar que la esperanza es una figura de contorno neto, claro, bañada por el sol, y que la ilusión es una figura de contorno fantasmal y tenebroso, de esperanza a la luz de la luna. Nos hace una afirmación que no se ajusta a la realidad del romanticismo cuando dice que a éste, no le interesa, la persona, la libertad espiritual, la responsabilidad, a la realidad, el objeto, sino que interesa al hombre y la libertad física. Sijé se obsesiona y quiere diferenciar dos tipos de libertad la física y la espiritual, sin embargo, no las razona.

Toma de la mano una frase de Víctor Hugo, para decirnos que esa sociedad tenía demasiados presidiarios y prostitutas. Para Sijé estos dos tipos de fantasmas (persona sin libertad), los pequeños fantasmas y los grandes fantasmas, los primeros son hijos de los segundos. Concluye «Los fantasmas vuelan por los aires creados por la voluntad del romanticismo». El reino naturalista de los fantasmas gira alrededor de 1830 (año del estreno de Hernani de Víctor Hugo) de ambiente español y cuyo estreno resultó un escándalo por la polémica originada entre sus detractores, últimos partidarios del clasicismo, y los jóvenes. Año que Sijé toma para el subtítulo de La decadencia..., subrayando: «Ensayo sobre el romanticismo histórico en España (1830-Bécquer)», para decirnos toma una frase de Hipólito Adolfo Taine: hombre de pasiones, rebelde, político, víctima de la fatalidad.

Finaliza esta parte con una alusión a otro tema, el Renacimiento y la Reforma o escisión de una parte de la Iglesia cristiana: protestantes, luteranos, anglicanos, hugonotes, para decirnos Sijé, que a partir de esta época empieza la descomposición de la persona. ¿Qué persona cabría preguntarse? El sentir religioso de Sijé le ciega, pues la Reforma de Lutero (siglo XVI) no llegó a España, que, por el contrario, sí acató y aceptó la Contrarreforma, es decir, las normas de una Iglesia más ortodoxa tras el Concilio de Trento (1542-1563) convocado por Paulo III, y así acabar con los desmanes y el despilfarro de la Iglesia. «Los papas disfrutaban de un poder y un lujo nunca vistos», escribe José Tomás Cabot. Sabido es que el cisma de occidente o la llamada Reforma se debió principalmente a la creación de nuevas indulgencias y diezmos de la Iglesia para recaudar en metálico, a causa de la necesidad de dinero que tenía la Iglesia de Roma para la construcción de la nueva Basílica de San Pedro sobre otra catedral de menor tamaño, y ésta nueva, debía ser la más grande y lujosa del mundo, cuyos gastos extraordinarios oprimían a los feligreses. La clase sacerdotal no es productora de riqueza material, sino espiritual, con la que no se puede construir nada tangible y real. Las 95 tesis del franciscano Martín Lucero ocasionó su excomunión y su persecución, la intervención de Carlos V en la Dieta de Worms, y la declaración como hereje notorio, la huida de Lutero oculto en el castillo de un amigo de Sajonia, «príncipes o señores laicos, que deseaban librarse tanto de la influencia política del Emperador como de la presión económica de la curia romana». Acabó con la guerra: la espada y la cruz siempre fueron unidas, victoria en Mühlberg pero derrota en Tirol con la paz de Augsburgo, 1555, donde se consiguió la máxima «cujus regio, ejes religio», lo que supone que en cada reino o principado o ducado alemán, la religión oficial obligatoria sería la que profesara el jefe del Estado. Caso de Enrique VIII de Inglaterra.

Entiendo que la Reforma fue un paso hacia el romanticismo positivo, la liberación de las ideas, que se iniciaron en el romanticismo inglés Lord Byron, Walter Scott, y luego pasado a Francia, de Francia a España, con la guerra de la Independencia, y sobre todo tras la muerte de Fernando VII en 1833, que entra la regencia y el periodo liberal. El triunfo del Romanticismo en España tiene lugar con el estreno de las obras teatrales. A partir de 1828 los costumbristas Larra, Mesonero y Estébanez Calderón impulsan el género periodístico. En 1830 publica Ramón López Soler Los bandos de Castilla, imitación de Scott. Martínez de la Rosa estrena Aben Humeya en París y publica La conjuración de Venecia, 1834; con unos Apuntes sobre el drama histórico. Duque de Rivas Don Álvaro o La fuerza del sino en 1835; y acaba Enrique Gil y Carrasco El señor de Bembibre (1844); José Zorrilla Don Juan Tenorio (1844). Aunque su gran apogeo fue muy corto, entre 1835 y 1844.




D) El romanticismo histórico y el nacionalismo doctrinal

(Pág. 32)


El romanticismo histórico se puede definir como movimiento intelectual definitorio del segundo tercio del siglo XIX, encaminado a exaltar los valores nacionales, que se buscan en el pasado español, concretamente en el Siglo de Oro, el cenit de la cultura y el genio español, pero la idea sijeniana va aún más lejos, como un romanticismo decadente.

Sijé se deja llevar por la idea de un naturalismo de fantasmas para decir que el romanticismo es una protesta contra lo abstracto, que sería lo contrario, y diserta sobre el color, para acabar diciendo que el color es la determinación creadora del naturalismo romántico. Luego nos comenta o nos habla del Prefacio de Víctor Hugo en Cromwell (1827), verdadero manifiesto romántico, que habla precisamente del liberalismo artístico. Se dan a conocer a partir de 1828 los costumbristas Larra, Mesonero y Estébanez Calderón e impulsan el género. Verdaderos manifiestos contra el absolutismo, propugnado por una nueva forma de escribir, vivir y pensar. Comienza la reivindicación de las lenguas y culturas catalana y gallega.

Notas sobre el romanticismo español:

«España fue incorporándose lentamente al romanticismo. Las nuevas ideas le llegaron por diversos caminos: los viajeros románticos, los exiliados fernandistas, libros y noticias que se filtraban sobre lo que pasaba fuera. Y las traducciones al castellano de obras románticas importantes que realizó la generación anterior. Se tradujeron las obras importantes de Rousseau, Chateaubriand, Voltaire, Hugo, Dumas, Sand o Sue entre otros franceses; Young, Richardson, Ossian, Byron, Scott, etc. entre los ingleses; y entre los alemanes, Böhl de Faber difundió las ideas románticas de Schlegel sobre el teatro. Se tradujo a Goethe (Werther, Fausto), a Schiller, Hoffmann; Manzoni entre los italianos; Cooper e Irving entre los norteamericanos, etc.».


[Tomado de la Red, sin autor].                


El Romanticismo se puede definir como un movimiento contra el Neoclasicismo, que da preferencia a los sentimientos, revolución y liberación. Sijé no pudo conocer un libro muy clarificador El movimiento romántico en España (1940) 2 Volúmenes, de E. Allison Peers, quien trató de probar que el Siglo de Oro español ya fue romántico, y que en España es rastreable un cierto romanticismo a través de todo el s. XVIII. Pero pese al respeto y admiración por el pasado nacional y la dramaturgia anticlásica de Lope y Calderón, los románticos comprendieron que la tradición se había quedado anticuada al no haber sido adaptada a lo largo del s. XVIII a las ideas modernas. No la rechazaron en bloque, sino que la depuraron y aceptaron lo aprovechable, pero relegaron al Siglo de Oro a su verdadero lugar, la historia definitivamente pasada.

Introduce Sijé la idea de la pasión de los valores concretos, una característica del romanticismo histórico, para hablarnos sobre el nuevo concepto de la teoría del derecho, según la obra de Federico Carlos Savigny53, en una obra publicada en 1814 titulada De la vocación de nuestro tiempo para la legislación, que será el eje de la escuela histórico-jurídica alemana.

Aparece el término «Volksgoist» (sic), que debe ser corregido por «Volksgeist», término usado por Hegel y otros llamados románticos alemanes. Significaría algo similar al «espíritu del pueblo», y que Sijé lo interpreta como «espíritu popular», en principio parece que la idea de Die Stimme des Volk, significaba popular y no del pueblo o nacional. Hegel usa algunas veces la expresión Nationalgeist en un sentido similar al de «Volksgeist»; ejemplos de ello se encuentran en la Filosofía del Espíritu, y en la Filosofía de la Religión. Podría ser fuente de la idea del nacionalismo doctrinal, que según el francés Julien Benda (1867-1956), y apoyó a los republicanos españoles durante la guerra civil, es una invención del siglo XIX, creado por los alemanes como Schlegel, Fichtta, Goerres o Merder, para crear un «alma nacional».

Tomo el párrafo de Sijé, sobre el nacionalismo doctrinal:

«Porque el romanticismo como movimiento de espiritualidad nacional y nacionalista, sólo se da puramente en Alemania. La historia de Alemania como concepto de nación es la historia de Alemania como romanticismo. Ha sido determinada esta concepción del romanticismo como nación y de la nación como color romántico, por el llamado movimiento alemán de 1800; línea espiritual que va del idealismo filosófico estricto al idealismo romántico [...] La Reforma había acabado con la unidad medieval alemana. (Pág. 35, La decadencia...)».


Aunque José Ferrater Mora en Diccionario de filosofía, dice que «la idea del espíritu del pueblo no es, sin embargo, de origen alemán. Surgió en Francia durante el siglo XVIII -y justamente con el nombre de "espíritu de la nación"- en aquellos instantes en que, como señala Paul Hazard, abundaron los estudios sobre "el espíritu de...". Así, por ejemplo, y sobre todo, en Montesquieu y Voltaire».

Por ello los falangistas estaban en contra del romanticismo y del neorromanticismo porque era una idea que traía consigo la ruptura de la unidad nacional, consecuencias actuales con los separatismos catalán o vasco. El Estatuto Autonómico catalán ya se aprobó en 1932 con la II República.




E) La expresión artística romántica es la música

(Pág. 36)


Comenta Sijé en esta sección sobre el predominio artístico de la música en el romanticismo, que coincide en Europa con la decadencia del dominio psicológico de la música sobre el valor absoluto de las palabras. Introduce un párrafo de Taine (Hipólito, Vouzier 1838-París 1893), autor de entre otras obras de Filosofía del Arte, es de este libro, de la página 76, traducción de A. Cebrián, de donde toma la cita, sobre las características del arte de la música, donde escribe Taine: «Por una parte se halla constituido por la imitación más o menos del grito, que es, a su vez la expresión natural, íntegra y directa de la pasión...».

Comenta también que Ortega y Gasset ha marcado los afectos psicológico-espirituales que le ha producido la audición de «Romanza en fa» de Beethoven (Ludwdig von, Bonn 1770-Viena 1827), y la de cualquier otro de Debussy o de Strawinsky. «Oyendo a Beethoven -dice Ortega- gozamos no de la música, sino de nosotros mismos»54.

Escribe Sijé que «La música wagneriana, denunciada implacablemente por Nietzsche55, es una música de misión, música de transmisión psicológica de la idea. La poesía es una misión. Zorrilla habla de su misión de poeta».

Comenta también sobre la llamada «melodía infinita» una posición de Wagner (Richard, Leipzig 1813-Venecia 1883). Wagner creó- dice Gabor Orvos- una especie de programa y a través de él veía cómo se desarrollaba la melodía y decía que ésta podía seguir desarrollándose... hasta el infinito. Expone la posición Manuel de Falla sobre el sentido tonal que ha de acusar sus límites, para concluir que por características semejantes llegamos a la «poesía infinita» la «melodía infinita» es el nombre propio de la modalidad música de la forma infinita del romanticismo. Sijé unifica las dos artes una convergencia infinita: música y poesía, y concluye: «Un poema romántico, con unidad de digresión, es una melodía, una forma infinita».

Sin embargo, la idea de la música romántica no hay que tomarla como una ruptura como en otras artes de ese periodo (rebelión y oposición al estilo anterior), sino como un nuevo planteamiento del lenguaje musical, un periodo comprendido entre 1810 a 1870. Porque la música está libre de materialidad como puede suceder en las artes plásticas, como dice Mayra Fa Echeverría, aunque tiene su centro en los países del área germana con instrumentos como el piano, la voz y la orquesta. En España se aplaude la ópera italiana; F. Barbieri intenta resucitar la zarzuela, adquiere gran popularidad especialmente obras de T. Bretón, Ruperto Chapí, y F. Chueca.




F) Contenidos humanos del romanticismo

(Pág. 39)


El contenido humano-romántico más importante -escribe Sijé- es el contenido de amor y muerte. Nos hace un retruécano entre amor y muerte para acabar en: «amor-muerte y muerte-amor, son las combinaciones humanas que el amor y la muerte adquieren en el romanticismo». Comentará que Stendhal, o la señora Gherardi (Gabriella), de Brescia (ciudad italiana entre Milán y Verona), distinguía cuatro clases distintas de amor: el amor-físico, el amor pasión, el amor romántico y el amor suicidio.

Nos introduce Sijé unos personajes de Rojo y Negro, de Stendhal, para introducirnos la idea del amor de salón y del amor-vanidad, en los personajes de la marquesa de Chaulnes «Una marquesa no tiene nunca más de treinta años».

También nos hablará del amor como unidad de vida eterna, amor de matrimonio por terror metafísico a la muerte, que conduce al amor-muerte movido por la muerte de Beatriz de Dante (Alighieri), (Florencia 1265 - 1321).

El amor romántico es amor de pasión, espiritualismo naturalista de amor, donde «el romanticismo histórico no podría conseguir jamás, en el terreno amoroso, la pura contemplación abstracta del amor, la pura pasión contemplativa, que simboliza Laurencia (En la Fuente Ovejuna (sic) de Lope, escena IV, acto 1), a la pregunta de Mengo [...] ¿Qué es amor?: "Es un deseo / de hermosura"».

El amor pasa a ser muerte, «pasión concreta del suicidio», y vuelve con el tema del Werther de Goethe, amante que se suicida por el imposible amor de Carlota, porque según Sijé el suicidio de Werther tiene un carácter de fatalidad cósmica. El suicidio según Goethe es «disparador de la urgencia». Por lo tanto «uno se mata por el peso de la vida o del amor, mas antes de matarse examina la situación espiritual de su tiempo».

El romanticismo acude a la historia en busca de figuras hechas, plantea el amor-muerte como un problema de Edad Media. Y esto debió de llamar la atención de Madame de Staël56, porque para ella el romanticismo es «la poesía que tiene su origen en el canto de trovadores, poesía que nace de la fusión de caballería y cristianismo».

Concluye disertando sobre los huracanes del romanticismo histórico que destrozaron las estatuas; y comienza el reinado naturalista de los fantasmas, las estatuas representan el valor abstracto del amor, y el acto de derribarlo una pasión concreta, por lo tanto, la estatua debe ser el valor abstracto del amor.




G) España era una nación de fantasmas

(Pág. 43)


Este apartado es eminentemente un manifiesto político sobre España.

Los fantasmas llegaron a España, cuando ya era una nación de fantasmas. Porque el pueblo ya había perdido su cohesión espiritual y era una nación fantasma. En esta sección nos introduce al filósofo Balmes57, al que dedicará amplias páginas, del que escribe «Se nota la falta de un principio regulador de una acción que encamine a esa muchedumbre de fuerzas hacia el bien de la sociedad, impidiendo que tomen una dirección divergente y acaben por destrozarla y disolverla».

Introduce un pensamiento comentado en Contradicciones políticas de P. J. Proudhon58, (economista y pensador francés padre del anarquismo teórico), sobre la angustia dramática de todas las naciones europeas, que busca para cristalizarse en ellas, una constitución real. Ya se anticipa a una constitución Europea y la fundación de un banco para el pueblo que eliminase los intereses por el préstamo del dinero. Las luchas social-políticas en el siglo XX, son luchas de media España contra la otra media. Se refiere a la lucha de clases.

Teófilo Gautier escribe que «La España católica ya no existe. La península hallábase entregada a las ideas volterianas y liberales sobre el feudalismo, la inquisición y el fanatismo» (p. 44). Para acabar sentenciando que «En España, los fantasmas son fantasmas de nada». También recoge frase de Juan Jacobo Rousseau de «El Pacto-Social» [El Contrato Social], sobre la idea de que el Estado está podrido. Al «¿qué me importa?» de Rousseau, le atribuye, precisamente, el grito de los fantasmas españoles y de España, únicamente queda la soledad real de su paisaje. La frase de Rousseau es, «¿qué importa que uno sea libre o siervo en este valle de miserias? Lo que importa es ir al paraíso y la resignación es un medio más para conseguirlo» (así dice el Libro IV, Capítulo I).

Nos habla de un párrafo de Nicomedes Pastor Díaz, sobre que «la poesía como todas las ciencias y artes [...] ha perdido su tendencia unitaria y simpática»59. Para concluir Nicomedes en un silogismo de que si la realidad como valor no existe; luego, tampoco debe existir la realidad. Era según Sijé «un momento negro templado. La sociedad espanta, la selva atrae». Toma unos versos del poeta romántico Salvador Bermúdez de Castro (Cádiz 1814-Roma 1883) en La libertad, donde se entrega a la vida de la selva. Fue autor de la «bermudina», un tipo de octavas en agudo. Para concluir «selva, vida de selva, amor de selva».




H) La crítica social del romanticismo y la pintura

(Pág. 48)


Apunta Sijé que la crítica social del romanticismo fue hecha por hombres que respiraron el romanticismo como José Joaquín de Mora60 en su poesía «El melancólico» y «A un poeta novel». No entiendo muy bien por qué toma a José Joaquín de Mora como crítico que lo hace graciosamente al romanticismo, cuando el andaluz José Joaquín era un verdadero revolucionario liberal antiabsolutista, se exilió en Londres, apoyó a los independentistas hispanoamericanos, alienta movimientos revolucionarios. Luchó en Bailén. Famosa es la polémica que sostuvo con el Böhl de Faber sobre Calderón sí, Calderón no; es decir, un conservador frente a un liberal. Esta polémica se mantuvo por parte de Juan Nicolás Böhl de Faber en el Diario Mercantil y Mora en la Crónica Científica y Literaria de Madrid61.

Le interesa a Sijé, los estudios de Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), sobre todo su labor crítica, a quien le dedica tres páginas y media, dice de él que «no es un fantasma romántico, sino un rezagado, un hombre viejo, muy viejo, nacido espiritualmente en el siglo XVIII». Mesonero llama al romanticismo «mágico talismán, indefinible, fantástico». Actualmente podemos leer la obra de Mesonero Romanos en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Un gran especialista de Mesonero Romanos es el profesor Enrique Rubio Cremades de la Universidad de Alicante. Autor entre otros múltiples trabajos «Visión y análisis de la prensa en Memorias de un setentón de Ramón de Mesonero Romanos», Anales de Literatura española, n.º 14, 2001, UA, y «La periódico-manía y la prensa madrileña en el Trienio Liberal», Anales de literatura española, n.º 4, 1984, Universidad de Alicante.

Como la idea de Sijé sobre el romanticismo es casi exclusivamente político-social, salva de la quema a poetas y filósofos cuando escribe «Las épocas clásicas del pensamiento se caracterizan porque, en ellas, nunca han sido fantasmas, ni los poetas, ni los filósofos». Vuelve a hablar de Jaime Balmes, de quien dice que le interesa no la pura obra filosófica sino su posición ante la realidad, los fantasmas (poder político) y el romanticismo. Comenta el capítulo XIX de El Criterio (1845), «El entendimiento, el corazón y la imaginación». Nos hablará del concepto y la utilización del sentido común, la prosa balmesiana es prosa que se realiza oratoriamente.

Aborda Sijé la pintura romántica española, y el comentario de Goya «El sueño de la imaginación produce monstruos». Para concluir que «En España, los pintores fantasmas están dedicados al retrato de fantasmas ilustres, o a la reproducción de escenas fantasmas» (p. 55). Nos hace comentarios de un cuadro de Leonardo Alenza62, donde según Sijé nos presenta un fantasma, no nos da el nombre del cuadro que debe ser o bien «La sátira del suicidio» o «La sátira del amor», donde se representa a un amante que quiere suicidarse con un cuchillo porque ha muerto su amada y se ve su cadáver resucitado en un cementerio. La amante convertida en fantasma. Este pintor madrileño era seguidor de la escuela de Goya, y pintó encargos para Fernando VII.

Acabamos esta sección con la idea sijeniana de que la muerte se llama el reinado naturalista de los fantasmas, que era un caballo amarillo según el capítulo sexto del libro del Apocalipsis «y el que estaba sentado sobre él tenía por nombre Muerte»63. Nos hace una cita de Donoso Cortés (1809-1854) «La definitiva separación del alma de Dios». Se debe referir el oriolano al ensayo de Donoso Ensayo del catolicismo, del liberalismo y del socialismo, donde escribe «Fuera de la acción de Dios no hay más que la acción del hombre, fuera de la providencia divina no hay más que la libertad humana».




I) El movimiento literario-poético del romanticismo

(Pág. 55)


Considera que el periodo entre 1830 hasta 1870, la muerte de Bécquer, es un periodo de degeneración de la línea romántica. Aquí es donde nos hace una definición un tanto incompleta entre romanticismo histórico y eterno. Escribe: «El siglo XIX es una corriente naturalista, que adopta dos modalidades: una primera, de romanticismo (y a esta situación llamo -romanticismo histórico-; el otro -la vieja alma y el viejo espíritu románticos- era el romanticismo eterno». Aunque José Guillén García y José Muñoz Garrigós escriben «No debemos dejar de apuntar que la tesis sijeniana del romanticismo histórico y el eterno no es original suya; procede, como ya se ha apuntado en diversas ocasiones, de Eugenio d´Ors»64.

Escribe que «El reino de Dios es incompatible con el reino de los fantasmas. El español ha transformado su romanticismo individual en romanticismo de la nación y del Estado. La voluntad del reino de Dios ha sido la voluntad de España» (p. 57). Lo que es una clara y evidente alusión a la política laica de la II República. Introduce una cita de Fernando Brunetière65, «la gran originalidad de la literatura española estriba en haber salvado en el tiempo del Renacimiento [...]». Dice Sijé que es autor de La influencia de España en la literatura francesa, pero yo no lo he encontrado.

Hace comentarios de la obra de Saints-bury (sic)66 sobre la Historia del Criticismo... que fue citado por Unamuno. Define que conceptismo es naturaleza y agudeza, creación y criticismo, romanticismo y purificación, pero es una actitud nacional y realista, para concluir que la línea de creación de España: es el romanticismo, el cristianismo y el conceptismo.




J) La inteligencia creadora

(Pág. 59)


Se pregunta Sijé: ¿cuál es el papel de la inteligencia creadora? ¿En qué sentido y en qué proporción debe de entrar la realidad en la creación? Se hace preguntas sobre el realismo poético y el realismo natural, acude a Karl Vossler67, para guiarse por sus disquisiciones filosóficas, para acabar por decir que el realismo es, pues, una evitación del romanticismo directo, o una separación del realismo indirecto. O para concluir que el realismo español es el realismo fantástico, según Vossler.

«Las manos de Dios son los pies de la realidad», dice Sijé, porque según él y mete ideas de Santo Tomás de Aquino (+-1274), de que alcanzamos la realidad a través del intelecto y no con la razón. Su discurso toma el camino de la «realidad divino-poético». Porque Sijé es tomista, se nota que lo ha leído y también a través de los comentarios de Pierre Rousselot (1878-1915), que era un jesuita francés, teólogo, había estudiado las diferentes concepciones del amor en la Edad Media, y era comentador de Santo Tomás. El papa Ratzinger reconoce haberle estudiado en su juventud.

Estudia las definiciones de Barroco y las ideas de Américo Castro (Brasil, 1985-Lloret de Mar 1972). Publicó varios libros sobre literatura española en especial una Vida de Lope de Vega (1919) Lengua, enseñanza, y literatura (1924) y El pensamiento de Cervantes (1925), que son los que debió conocer Sijé, ya que La realidad histórica de España es de 1954.

Presenta dos ejemplos entre el conceptismo y el barroquismo. Refiere que el Libro de Job, libro del Antiguo Testamento estaría en la línea del conceptismo el Cantar de los Cantares, de Salomón, en el barroquismo. (Job, un varón justo y temeroso de Dios, está acosado por tribulaciones y ya no puede soportarlas. Sin embargo, no pierde la paciencia ni la esperanza, sino que resiste a todas las tentaciones, guardando la fe en la divina justicia y providencia). Nos dirá que conceptismo y barroquismo son dos palabras de España; penas y alegrías; unidad espiritual del Pecado Original y de la Redención. Españolismo, o estilo de España.




Conclusión

El reino de los símbolos es realismo divino-poético, unidad espiritual y forma de conceptismo y barroquismo.

Finaliza Sijé con la idea de que el romanticismo frente al realismo divino poético, como unidad espiritual y forma de conceptismo y barroquismo, como reino de los símbolos de la cruz y de la flauta, es el reino naturalista de los fantasmas. Decidme ¿queréis oír, la flauta de los fantasmas?

Nadie puede dudar del patriotismo y del interés de Sijé por la unidad de España, un tema que hoy en día sigue interesándonos a todos.






ArribaAbajoCapítulo II

Ángeles dormidos y fantasmas despiertos


Romanticismo eterno frente a romanticismo histórico en la poesía española


El capítulo II es el más extenso del libro (pág. 67-152). Pretende hacer una crítica de la poesía española desde los romances hasta Campoamor.

He dividido el capítulo en 10 secciones para poder analizarlos pormenorizadamente.

A) El romancero y el romance morisco.

B) Cuatro poetas del Siglo de Oro.

C) Dos estilos: Fray Luis de León y Fernando de Herrera.

D) Unidad barroco-conceptista del siglo XVII- XVIII.

E) Ángeles dormidos y fantasmas despiertos.

F) La cólera de Espronceda.

G) El color y la pintura poética del Duque de Rivas.

H) Zorrilla, una memoria como voluntad creadora.

I) Campoamor, la vieja mariposa.

J) Conclusiones.


A) El romancero y el romance morisco

(Pág. 67)


Escribe Sijé que «el romance demuestra la existencia de un maravilloso formalismo romántico; la persistencia secular de ciertos temas -amor-muerte y tiempo-muerte- prueban la posición romántica de los contenidos que sirven de modificación a la poesía».

Nos expone Sijé sus apreciaciones críticas de algunos romances históricos que pertenecen a la Antología del Romancero Español68, sin embargo, no es muy exhaustivo, ya que parecen tomados de los anotados en El Quijote donde Cervantes hizo un verdadero alarde sobre héroes de romances históricos y novelas de caballerías. Comentar romance es una ardua labor ya que el IGR (Índice General de Romances) recoge 2633. En los comentarios sijenianos aprecio algunas sinestesias como «sonido azul de los espacios» o «expresión de color» como una forma de expresión poética más que científica. Presenta el temblor como juego de variaciones sintácticas, insistencia musical, que se refiere a la rima de los pares y los impares de los romances69.

Nos comentará algunos versos de los romances que no siendo de los más populares sí son muy conocidos, como el de El Conde Arnaldos; Don Duardos y Flérida; el príncipe Duardos, enamorado de la Infanta Flérida se había disfrazado de hortelano, enamorado tomó el arpa de una de sus doncellas y compuso: «Amar y servir / razón lo requiere: virtud es sufrir / dolor que así fuere»70, que muestra gran parecido con el caballero Durantarte que encontró don Quijote en la cueva de Montesinos en su ya famosa excursión espeleológica a la cueva de las lagunas de Ruidera; Lanzarote del Lago fue comentado en El Quijote I, cap. XIII, Lanzarote amó a la reina Ginebra, Arnaldo Danie, autor medieval fue el autor del libro de Lanzarote, héroe de la tabla redonda del rey Arturo de Bretaña; El Conde Claros71; Roldán y el trovador también fue comentado en el Quijote I, cap. II, donde se cuenta que el héroe español Bernardo del Carpio mató al héroe francés Roland o Roldán en Roncesvalles72 en una incursión bélica que hizo el Emperador Carlomagno a través de los Pirineos. Los grandes caballeros eran grandes trovadores también llamados inventores. El romance «Valdovinos y el Marqués de Mantua» se halla recogido también en El Quijote I, cap. V, para recordar el antiguo romance del Marqués de Mantua, sobre la traidora muerte que dio el Infante Carloto, hijo del Emperador Carlomagno, a Valdovinos sobrino del marqués de Mantua. Comentó don Diego Clemencín que Baldovinos (sic) es lo mismo que decir Balduino; los Romances del Cid comentados en varios capítulos de El Quijote, al que llama Cervantes Cid Ruy Díaz (I, cap. I) o Cid Ruy Díaz Campeador (I, cap. III).

Nos trae además Sijé algunos romances de moriscos, también llamados fronterizos, comenta que «Los romances de moriscos han cantado, preferentemente el desdén y el despecho». Sin embargo, poco conocido es el romance Gazul que nos refiere Sijé (pág. 72), (el primer moro que lanceó toros en España se llamaba Gazul, representado por Goya en esta estampa en plena faena, olvidando las referencias espaciales para concentrarse en el combate entre animal y lidiador). Los romances de la morisca Audalla y sus amores, donde ve un problema impresionista de luz, color y movimiento; alude al romance «Aliatar y el maestre de Calatrava». Se conocen dos romances: «El maestre y Alatar (sic)», y también «El Maestre de Calatrava» se negó a acudir a Valencia, alegando que sus obligaciones custodiando la frontera se lo impedían; del romance de «Jarifa» he encontrado nueve, se cuentan de los amores primeros de Abindarráez y Jarifa, y la separación de los enamorados por irse ella con su padre a otro lugar de la frontera; el romance de Adulce que se titula «En la prisión está Adulce»; romance del Cegrí o Cegrí. Aunque los más conocidos son los de cristianos enamorados de moriscas como la novela El Abencerraje y Jarifa, 1565, ya comentados en la edición de Francisco López Estrada, Cátedra n.º 115.

Finaliza Sijé esta breve recopilación de los romances escribiendo que el romance es una forma de vida pura, porque ofrece juegos de temblor y de color. Se debe referir al ritmo y a dar testimonios de historias y pasajes.

A pesar de la visión subjetiva de Sijé, los romances españoles más viejos y conocidos son los dedicados al conde don Julián; los del rey don Rodrigo; Bernardo del Carpio, comentado en El Quijote I, cap. I; del conde Fernando González; los siete infantes de Lara; Romances del Cid; de los reyes de Castilla. Entre los romances moriscos de los más conocidos son los de Abenamar; El cerco de Baza; El rey Chico de Granada; De la conquista de Antequera y Archidona. No entiendo muy bien por qué razón Sijé no toca los romances más populares y busca sin embargo los que aparecen en El Quijote.

No nos hace Sijé la clasificación de los romances como los conocemos actualmente divididos en viejos y nuevos. Suelen considerarse viejos los romances conocidos por fuentes anteriores a 1550. Se dividen en históricos, fronterizos y heroicos.




B) Poetas amorosos del Siglo de Oro

(Pág. 74)


Nos comentará Sijé poemas en amor o del amor cortés en la poesía española, del que nos informó ampliamente Antonio Gracia73. Figuras representativas del romanticismo de sus siglos, que son: Macías, Garcilaso y Villamediana.

Escribe sobre el poeta Macías74 que su figura romántica se trasformó en un símbolo, en una figura poética de contenido sentimental variable..., que utiliza el romanticismo de todas las épocas, recoge unos versos «Ven amor porque lo digo / sé que eres cruel e forte / adversario o enemigo». Dice Sijé que Macías es amor con mayúsculas en el Macías de Lope, y amor con minúscula en el Macías de Larra.

A Garcilaso75 es al poeta que más páginas le dedica en este capítulo, pues apunta del toledano que, en España es sin comparación alguna el primer poeta, porque resume la vida y la poesía como en un cristal. Nos hablará también de Jorge Manrique, de Quevedo, de Góngora, de Francisco de Medrano, poeta sevillano (1570-1606) que ingresó en la Compañía de Jesús y tras abandonarla en 1602 vivió retirado en el campo como un asceta. Escribió al menos 52 sonetos. Lo que puedo recordar ahora de uno de los sonetos de Medrano es el verso «la cuerda siempre trae violencia al arco».

Garcilaso de la Vega es para Sijé como lo fue también para Miguel Hernández y muchos poetas posteriores, guía, mentor, inspirador, casi profesor poético a quien M. Hernández dedicó «Égloga», encabezado con una cita de Garcilaso «[...] o convertido en agua, aquí llorando, podréis / allá despacio consolarme» (v. 13 y 14) del Soneto XI de Garcilaso. Tanto Sijé como Hernández son garcilasianos en sus orígenes, porque todo poeta español lleva un Garcilaso en su interior.

Deslumbrado Miguel Hernández por la belleza bucólica de Garcilaso, por su «dolorido sentir» y por «las furias y penas» de Quevedo, publicó El rayo que no cesa (1936), como uno de los libros de poesía más perfectos en lengua española. Nos hace Sijé una crítica comentada de parte de la Égloga I, de Garcilaso Salicio y Nemoroso, dedicada a don Rodrigo de Toledo, protector del poeta, virrey de Nápoles, que fue tío del Duque de Alba. Nos analiza la égloga de Tirreno y Alvino, con dos versos «En silencio sólo se escuchaba / un suspiro de abejas que sonaba» (versos 79 y 80 de la Égloga III). Este susurro de abejas me recuerda el verso 42, de la «Elegía» a la muerte de Ramón Sijé, de «alma colmenera» o «disputando tu novia y las abejas». El verso de Garcilaso conocido por los dos amigos oriolanos puede darnos la clave del motivo por el que están las abejas en la aludida «Elegía», y el «con quien tanto quería», que dio motivos a José María Balcells, para escribir:

«Porque con Sijé no sólo había cooperado Miguel Hernández en proyectos literarios, sino que había sentido el amor coetáneamente con él y en el mismo ámbito. El «con» de la dedicatoria no se limita a hacer referencias, así pues, a una fraternal amistad y unas inquietudes literarias más o menos compartidas, sino también en un contexto amoroso determinado [...]»76.


Como José María Balcells es catedrático de Literatura Española de la Universidad de León, solo él y unos cuanto más sabrán lo que quiere dar a entender con lo de «amor coetáneamente» y «contexto amoroso determinado». Yo no lo entiendo.

El otro verso de Garcilaso que comenta Sijé es «Salid sin duelo, lágrimas corriendo» (v. 169 de la Égloga I). También recoge el famoso «dolorido sentir», en los versos 349 al 351 de la Égloga I, «No me podrán quitar el dolorido / sentir, si ya del todo / primero no me quitan el sentido».

Asegura Sijé que Garcilaso influyó en el poeta del 27 Pedro Salinas «Pienso mover la voz a ti debida». Son famosos y conocidos los comentarios de Herrera77 sobre Garcilaso, a quien le atribuye influencias italianas de la lira, que se componen de cinco versos, tres heptasílabos (1.º, 3.º y 4.º) y dos endecasílabos (2.º y 5.º). Lo usó por primera vez Garcilaso en Canción de la flor de Gnido, «Si de mi baja lira / tanto pudiese el son, que en un momento / aplacase la ira / del animoso viento, / y la furia del mar y el movimiento». Si es cierto que Garcilaso influyó en casi todos los poetas posteriores a su paso por la poesía, el más renombrado es el cordobés don Luis de Góngora y Argote.

También nos comenta Sijé sobre los sonetos de Villamediana78, de quien escribe que el amor de Villamediana es el silencio, y analiza los versos del poema «En manos del silencio me encomiendo». Un poeta de muerte trágica, enamorado platónicamente de la esposa del rey Felipe IV, y enemigo de Conde Duque de Olivares. Es el resurgir del amor cortés, callado sobre la amada petrarquista y neoplatonismo. Un amor donde «la amada no participa del mismo amor que se le envía, la amada es desdeñosa, pertenece a otra esfera social»79. Villamediana es autor de otros sonetos sobre este silencio amoroso «Nadie escucha mi voz y triste acento» (v. 1) del soneto titulado: «Primer soneto amoroso». Es autor de unos doscientos sonetos de amor. Comenta Carlos Mata Induráin de la Universidad de Navarra, sobre el neoplatonismo de Villamediana, que:

«De hecho, la obra del Conde no ha recibido tanta atención crítica como su personalidad, su circunstancia vital y su leyenda: así, su supuesto amor por la esposa de Felipe IV, su rivalidad política con el Conde-Duque de Olivares y su violenta muerte han eclipsado parte del interés que debería haber despertado su producción literaria, la cual tuvo en su época un éxito muy considerable».


(La edición príncipe de sus obras fue la de Zaragoza, 1629).                


Luis Rosales comenta en su libro Pasión y muerte del Conde de Villamediana, Gredos, Madrid, 1969, 158, que:

«[...] Es, sin embargo, nuestro primer poeta de amor. Este es su puesto. En su lírica amorosa, continúa la expresión delicada, profunda, traslúcida de Garcilaso: la tradición de su espiritualidad. Su verso no parece escrito: está dicho en voz baja»80.





C) Dos estilos: Fray Luis de León y Fernando de Herrera

(Pág. 84)


Anuncia Sijé que va «a examinar dos casos de conversión del romanticismo en estilo: uno, el de fray Luis de León81; y otro, el de Fernando de Herrera». Fray Luis de León es un poeta conocido también por Miguel Hernández; se cuenta la anécdota de que cuando Miguel visitó la universitaria ciudad salmantina en un viaje que había hecho entre febrero y mayo de 1935 por Castilla la Vieja, Andalucía y La Mancha, se acercó al aula donde impartiera clases su admirado Fray Luis, y envuelto en una halo de misticismo besó el suelo y las piedras por donde pisara el traductor de Virgilio.

Cuestiona Sijé que España no conoció un Renacimiento de tipo Europa, porque el criterio y el método vitalista estaban reñidos con la concepción espiritual y cultural de España.

Fray Luis es traductor de Virgilio, de la égloga «Tytire, tu, Patulae», según Sijé, y entresaca unos versos «La tórtola en el olmo haciendo asiento / repetirá su queja, y tus queridas / palomas sonarán con ronco acento/». (Égloga I. Títiro y Melibeo. Traducciones de clásicos. De Virgilio). Y que empieza con «Melibeo.- Tú, Títiro, a la sombra descansando / desta tendida haya, con la avena».

También tradujo fray Luis a Horacio de cuerpo entero con la oda «Beatus ille», comienza con «Pues cuando el padre Otoño muestra fuera / la su frente galena/». Recogido en Epodos, Oda II, «Beatus Ille», Odas de Horacio, que comienza con Beatus ille: «Dichoso el que de pleitos alejado, / cual los del tiempo antiguos/». Nombre que nos recuerda, inevitablemente, el título de la novela de Antonio Muñoz Molina sobre Jacinto Solana.

De Fray Luis de León es la recordada silva «La vida retirada»: «¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!».

Escribe Sijé que traducir es crear, es encontrar un testigo, es buscar un testimonio de autoridad espiritual. Nos da cuenta de otra traducción en los salmos de David «Benedic, anima mea, Domino, Domine Deus» (p. 86). O el Cantar de los cantares de Salomón, que le costó a Fray Luis cinco años de cárcel por sospechoso en materia de fe. Finaliza Sijé para decir que el Renacimiento es un problema romántico de Fray Luis, como lo es en la llamada lírica renacentista española. No sólo se contenta con traducir la poesía latina sino también la poesía sagrada hebrea, y en castellano los Salmos de David.

Escribe Sijé del ya mencionado poeta sevillano Fernando de Herrera (ver nota 10), al que califica de gran poeta, que había creado un mundo romántico de amor, en él vive el sentimiento del tiempo que pasa del yo que queda. Porque el poeta había escrito «[...] y los años vuelan y perece / el valor de la belleza juntamente». Hay en este poeta otra voz, la voz colérica, la voz de los Himnos, y lo que el poeta califica de «espíritu de miedo envuelto en ira», ve en Dios, no la amorosa figura del Padre de los Evangelios, sino el Dios colérico y el Dios de las batallas del Testamento Antiguo (sic), y palpamos la marcialidad del Himno (recojo las propias palabras de Sijé verdadera joya sobre crítica del poema sonoro):

«[...] el estampido del cohete tremendo y retórico, los sonidos imperiales del tambor y la trompeta [...] como en la "Marcha triunfal" de Rubén Darío [...] "El Clarín", suena en Rubén, en virtud de una creación poética: porque lo nombra [...] Darío resuelve el acompañamiento musical de la guerra en ruidos y en metales. La erre, el sonido de la erre, la vibración de clarín de la lengua; la metalicidad de la palabra "cortejo", que suena forzosamente, así: cor-te-jo con esas tres consonantes metálicas: los ruidos cla-cla (de "claros-clarines"), ner-mar (de Minervas y Martes), el repetido -oro ("sonoro", "coro")».


(Pág. 89).                


Nos vuelve a recordar el culto de Herrera por Garcilaso. Para finalizar, las alusiones de una creación bíblica cuando canta «A la victoria de Lepanto», victoria del joven hermanastro don Juan de Austria sobre los turcos en 1571. Con versos encendidos de patriotismo como «Dios de las batallas» o «Señor de los ejércitos armados», para aludir al rey Felipe II.




D) Unidad barroco-conceptista del siglo XVII y XVIII

(Pág. 90)


Comenta Sijé que el siglo XVII es un ciclo de pensamiento poético, cuyas características principales son cuatro: primero cerradez; segundo cristalinidad; tercero objetividad y cuarto humildad. Y escuetamente explica cada una de las características expuestas, que no viene al caso (pág. 90).

Nos sigue comentando que Góngora82 ha desarrollado hasta los últimos límites la actitud de superación formal, para concluir que creó un lenguaje de tipo plástico, y «en el fuego del poema quemó su clave». Las Soledades serán siempre el ideal de la forma -objetos cerrados-. La belleza de Góngora no tiene un carácter ideal; no es una voluntad de conseguirlas.

Su proposición de la «prudencia creadora del objeto poético», resume la significación del formalismo espiritual del siglo XVII, y agrega que la significación de su concepto de poesía es un puente entre dos objetos sobre el río del alma y la conciencia del poeta: entre la realidad y el poema. La poesía cerrada sobre sí misma es la poesía pura por la reconversión de la corriente concebida en cristal (transparencia/pureza) de la poesía en el objeto. Por ello Sijé insiste en el objeto cristalino como forma pura. Por ello cuando habla del soneto escribe «en el soneto hay una formación genérica de cubo [...] el alma y la nada». Especula sobre la poesía romántica eterna como poesía abierta, lugar a donde no tiene que desviarse el soneto de objeto abierto. Porque el soneto es un cubo cristalino cerrado, la forma.

Si Lope escribe que «Catorce versos dicen que es soneto», Sijé añade que soneto es «catorce versos y una puerta», porque para él hay sonetos de puerta abierta y de puerta cerrada. Presenta algunos ejemplos de sonetos cerrados, cerrados por el color y el sentimiento que no admiten enunciación separada de ninguno de sus versos, de Lope, de Hernando de Acuña y de Garcilaso. Más adelante satiriza y escribe «Catorce puñaladas en la soberbia del poeta es soneto» (pág. 94), en contra de aquellos poetas que no se muestran humildes al componer sonetos, porque la humildad es la belleza pura que vive cristalinamente en el primer verso. Dice que Quevedo se ríe del soneto, es el soneto vuelto del revés, mostrando la humildad por su polo opuesto, en la cúspide de la filosofía cristalina. No comenta que Quevedo atrajo la atención por sus escritos satíricos y burlescos, y que además se enfrentó virulentamente con Góngora, poseedor de un «agudísimo sentido del lenguaje», según Lázaro Carreter y su culteranismo. Nos comenta de la humildad divina de Pedro de Quirós83, que nos dio la última prueba de la existencia del alma del poeta, cuando se convierte él, Pedro, en Rodrigo de Caro84. No entiendo muy bien esta transformación, a no ser que fueron dos poetas contemporáneos y sevillanos.

Se pregunta Sijé qué puede hacer un poeta en siglo XVIII con un soneto del Siglo de Oro; desgraciadamente, nada, los tiempos son otros y en las caras de estos hombres (los del siglo XVIII), se adivinan los síntomas del agotamiento imaginativo y poético, estos mantienen la línea del menor esfuerzo; la línea anacreóntica y cita a Cadalso, Iglesias de la Casa, Meléndez Valdés y Manuel María Arjona (Osuna 1771-1820), debido sobre todo a que se embarcan en el barquito llamado «Progreso», en esta línea del progresismo sin voluntad poética y del riesgo, están -para Sijé- Meléndez Valdés, conde de Noroña, Francisco Sánchez Barbero, &Aac