
Modernismo frente a noventa y ocho: el caso de
las andanzas de Unamuno
Richard A.
Cardwell
Universidad de
Nottingham
Los ensayos sobre el excursionismo de Miguel de Unamuno,
posteriormente recogidos en dos tomos -Por tierras de
España y Portugal (1911) y su continuación,
Andanzas y visiones españolas
(1922)124- forman un remanso crítico. Con la
excepción de un solo crítico, quien ha subrayado la importancia
del tema del excursionismo en el movimiento noventayochista en
España125,
estos ensayos se ven casi completamente desatendidos en la crítica
unamuniana. Es una omisión extraña no sólo por su cantidad
sino también porque revelan muchas de las conocidas (y muy estudiadas)
obsesiones del profesor salmantino y, de modo quizás más
importante, algunas de las preocupaciones intelectuales más destacadas
de la edad de Unamuno y su generación.
Fue Unamuno un viajero infatigable. Su deseo de «conocer
España» le llevó a peregrinar y sus viajes le
proporcionaron los datos necesarios para una serie de ensayos que
escribió a lo largo de un cuarto de siglo. En estos ensayos se revelan
una obsesión personal y una curiosidad intranquila que formaron parte de
una obsesión generacional. Apareció, tempranamente en el siglo
anterior, una boga por «descubrir España» entre los
románticos europeos; la moda nacional, se puede decir, empezó
más tarde entre los hombres de la Institución Libre de
Enseñanza y, especialmente, con Francisco Giner de los Ríos. Su
influencia fue poderosa: sobre Antonio Machado, quien admitió en
«En tren» (CX,
Campos de Castilla, 1912) que «Yo, para
todo viaje / [...] voy ligero de equipaje. [...] ¡Este placer de
alejarse!», sobre Ortega y Jiménez. La intención fue
descubrir los rincones olvidados del país, pero también fue el
deseo de huir de una realidad presente hacia un mundo de ensueño e
ilusión: «siempre nos hace soñar», escribió
Machado, y, a continuación en «Otro viaje » (CXXVII), nos
habló de «este triste insomnio mío! / ¡este
frío / de un amanecer en vela!». Se trata, como veremos, de dos
intenciones: una ligada a un conocimiento más profundo del campo, la
otra a un modo muy especial de contemplar esta realidad, de contemplarla por el
prisma de un estado de mente ni despierto (mediante la lógica) ni
completamente dormido (mediante el sueño ilógico). La busca de la
realidad geográfica española se revela a veces como la busca de
algo irreal como admitió el propio Unamuno en 1936 al mirar atrás
hacia sus
Andanzas:
|
«Andar y ver» -se dice-. Y el que
esto os dice ha publicado una colección de relatos de excursiones con el
título de
Andanzas y visiones españolas. Pero es
más lo que ha soñado que lo que ha visto. Y sobre todo lo que ha
soñado ver (1112).
|
Son aspectos que destacan entre esta generación de
escritores finiseculares126. También una actitud intelectual con énfasis sobre
las filosofías científicas del evolucionismo. Así, otro
contemporáneo, José María Salaverría, en su
Vieja España: Impresión de
Castilla de 1907:
|
Me asomé a la ventanilla [del tren] y
vi la profundidad de la noche, la extensión desolada de la llanura.
¡Cuán grave y expresiva era aquella planicie castellana, vieja
patria del Cid, cuna del españolismo! Iba yo a conocer el secreto de una
tierra de dominadores; iba a sentir el aliento
de un país
antiguo que imprimió en el mundo tan honda y duradera huella;
quería desentrañar el misterio de aquella tierra esquilmada, rasa
y humilde, que había sabido sujetar a su feudo otras tierras más
ricas, más ágiles y mejor dotadas por la naturaleza.
|
Estas facetas las compartió también Unamuno: veta
sentimental para conocer su Patria en un contacto físico con el campo;
veta espiritual como resultado de la contemplación de ella;
búsqueda intelectual de algo latente en el campo y en el pueblo mismos
(ver 443, 633 y 690). Escribió Unamuno en 1913:
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Lo que va a seguir son notas de un curioso
excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías
como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.
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Sin embargo, las
reflexiones unamunescas no son ni más
ni menos arbitrarias que las de Ortega, Azorín o Machado.
Empiezo con una análisis de la última veta, la veta
determinista. El profesor Ramsden señala el énfasis
noventayochista sobre «el carácter inalterable del pueblo rural
español» y su «nueva sensibilidad hacia el paisaje el cual,
supuestamente, lo habría formado [tal carácter] y un nuevo
deleite en varios aspectos de la vida provincial en la cual, supuestamente,
este carácter se había revelado» (HR,
141). Sugiere Ramsden, en este estudio y en otro más corto pero no menos
poderoso en su argumentación (JRUL), que la mayor
fuerza intelectual que influyó sobre los escritores del 98 fue el
determinismo conservador; rural y psicológico de Hipólito Taine.
En breve, sostiene Ramsden que los hombres de la generación del 98
(Unamuno, Ganivet, Machado, Azorín, Baroja, Ortega) todos se
«concentraron sobre el problema de España: la grandeza anterior,
decaimiento presente y un resurgimiento futuro posible»; que «el
problema de España es primariamente un problema psicológico:
España [...] carece de un principio básico que la guíe
(JRUL, 41). La búsqueda de un
núcleo-guía básico puede descubrirse «mediante un
auto-conocimiento colectivo». Bajo la complejidad y lo difuso del
carácter queda «una base firme de entendimiento» (lo que
llama Unamuno un «núcleo castizo») que se descubre «en
todas las manifestaciones de la cultura de una nación pero que se revela
más inmediatamente en el carácter del pueblo rural ordinario e
inalterable [...] especialmente en el campo [donde] [...] se reconoce la
influencia formativa del medio físico. Es allí en particular
donde se encuentra la clave del carácter nacional, y de ahí,
también de la historia y de la cultura nacionales» (JRUL, 42). Para Ramsden
el problema de España puede ser una
característica básica, pero no es, sugiere,
«distintiva» (JRUL, 44). «Lo que
distingue a los escritores del 98 de sus predecesores no es su
preocupación por el problema, sino su reacción frente a
él» (JRUL, 44). Unamuno ya había
explorado este problema intelectual en
En torno al casticismo (1895).
Por tierras y Andanzas son, en un sentido,
continuaciones de esta exploración y búsqueda unamunesca de
raíces. Pero en el sentido de que el viajar es también un modo de
huir ofrecen, por otra parte, un modo de auto-descubrimiento, la
búsqueda de uno mismo. El excursionismo, así, es una respuesta a
necesidades intelectuales tanto como emocionales. Volveremos sobre ello
más tarde.
El viajar, entonces, ofreció a Unamuno y a sus
contemporáneos la oportunidad de descubrir ese
«carácter» y de ponerse en contacto íntimo con el
paisaje español y su pueblo. El viajar les suministra la visión
buscada, visión basada en el determinismo, de «esta nuestra
inalterable y casi desconocida España». En el ensayo,
apropiadamente titulado «Excursión», escrito en 1909 y
recogido en
Por tierras, admitió Unamuno que
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Estas excursiones no son sólo un
consuelo, un descanso y una enseñanza; son además, y acaso sobre
todo, uno de los mejores medios de cobrar amor y apego de la tierra.
|
Con sus contemporáneos y los románticos que le
precedieron Unamuno odió las ciudades grandes: «Tengo miedo y
aversión a las grandes ciudades», reveló en 1908127. En sus ensayos también se encuentran sugerencias que se
refieren a una búsqueda de índole espiritual casi mística.
Más directamente se trata del fluir inexorable del tiempo, tema
destacado en la literatura finisecular. Pero más explícitamente
expresa el autor su deseo de «conocer España», de explorar
«el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social», el
carácter inalterable del campo y su pueblo. Pero también busca un
norte, así que la búsqueda de raíces deterministas y de su
propio ser se ven íntimamente ligadas. En
En torno al casticismo (1895) Unamuno
había dado énfasis a las realidades físicas de Castilla
como clave de una identidad básica, resistente al tiempo. Para Unamuno,
como ha señalado Ramsden, Castilla, la región de paisajes
más distintos, fue, según el punto de vista determinista
unamunesco, la clave del carácter distintivo
nacional.
Así, también su historia y cultura, productos consecuentes de la
misma causalidad determinista. En
Por tierras escribió en 1909:
|
En el aspecto íntimo del arte, para el
que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado
a recibir la más honda revelación de la historia eterna, os digo
que lo mejor de España es Castilla, y en Castilla pocas ciudades, si es
que hay alguna, superior a Ávila.
|
Anda uno por dondequiera, continúa Unamuno, para distraerse
o divertirse, «pero el que quiera columbrar lo que pudo antaño
haber sido, vivir con el fondo del alma, ése que vaya a Ávila;
que venga también a Salamanca ». Pero a pesar de tanto comentario
y énfasis sobre «un alma nacional», la base de su
búsqueda en
En torno y demás trabajos es para
Unamuno el cuerpo de España. Forja el profesor salmantino una
combinación fácil entre lo espiritual y una estructura
orgánica escondida. La psicología como estudio de lo interior
espiritual y como estudio científico materialista supo combinar el
idealismo decimonónico con el positivismo finisecular. Unamuno
repetidamente se refiere a estructuras internas orgánicas. Así
expresa su «visión de ensueño» en el idioma de las
ciencias físicas:
|
Ciudad, como el alma castellana,
dermatoesquelética crustácea, con la osamenta -coraza- por de
fuera, y dentro de la carne, ósea también a las veces. Es el
castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe creer sino hacia el
cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.
|
| (1922: 844; y ver también 1912:660) |
|
Se ve a las claras la meta que busca Unamuno: un núcleo de
paz y fe, raíces y Dios. Ya que siente una fe debilitada busca
confirmación por medios más rigurosos (en la ciencia), y por
medios no asequibles a la lógica (en la imaginación).
¿Y qué evoca? Realidades físicas, medio
ambiente, carácter colectivo, cultura (historia y literatura) y
sentimientos y deseos personales. Se encuentra, entonces, la expresión
de una armonía básica entre estos temas, temas que ya
había explorado en
En torno128.
Pero, por estas fechas, el determinismo unamunesco se ve me nos
explícito. Cuando, en sus ensayos tempranos, se hace uso de una
serie de términos precisos que pertenecían a las
ciencias evolucionistas -el pueblo español como «producto de una
larga selección», «hecho a la inclemencia del tiempo»-
(rasgos que persistieron en
Por tierras), ahora escribe haciendo uso de
comparaciones, sugerencias, yuxtaposiciones, metáforas, símiles
y, de vez en cuando, en plena moda simbolista, de paisajes del alma donde
proyecta su propio humor sobre el paisaje contemplado. En este aspecto se nota
una convergencia en vez de enfrentamiento entre Modernismo y Noventayocho.
Cuando anteriormente se expresó por medio de afirmaciones claras y sin
trabas, de índole determinista, en estos ensayos un lugar preferido le
suscita un torrente de reflexiones, meditaciones y comentarios sobre estos
aspectos. En realidad su lenguaje se ha hecho más poético,
más auto-consciente. Es un cambio que se comentará luego.
La búsqueda emocional y la auto-proyección le
impulsan a recordar a Obermann (significativamente una figura romántica
norteña antes que española). Sin embargo, mientras indaga las
raíces españolas, está muy dispuesto a pensar en los
productos del medio ambiente determinista ante sus ojos: la realidad
física de Medina del Campo provoca pensamientos de Isabel la Grande -y
Santa Teresa- y las dos -Medina e Isabel- se hacen una (1912: 633). Pero no es
el castillo (realidad física) ni la que, supuestamente, esta realidad ha
creado -Isabel- los que sienten resignación. Es el propio autor que
contempla una supuesta veta determinista en el medio ambiente, una historia y
cultura formadas por esa veta, y que también se contempla en el paisaje
que mira. Se encuentra el mismo proceso cuando llega al Escorial y recuerda a
Fray José de Sigüenza (1912:645) o cuando contempla la Castilla de
la meseta que le evoca al Cid y se unen en su mente el paisaje y el Poema del
Mío Cid (1916:742). En «Salamanca» (1914) escribe
Unamuno:
|
No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y
como nadie es más que el producto de la sociedad en que vive y de la que
vive; como todos somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el
que acierta a poner se en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas.
|
El viajar es auto-proyección, pero también es una
búsqueda de un carácter colectivo, un modo de descubrir las
raíces nacionales (y personales) de la raza:
|
Recorriendo estos viejos pueblos castellanos,
tan abiertos, tan espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esa
tierra, serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios,
es como el espíritu que se siente atraído por sus raíces a
lo eterno de la casta.
|
En las provincias y en las vidas del humilde pueblo ordinario
hallará la dirección y el núcleo que busca:
|
Es sumergirse en el paisaje lo que nos hace
recobrar la fe en un dichoso porvenir de la Patria. [...] La primera honda
lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara
y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de
conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea.
|
Se puede seguir citando de «Frente a los negrillos»,
artículo importantísimo entre los escritos de Unamuno. Y
volveremos sobre sus últimas frases. Lo que busca es el carácter
permanente e inalterable que ha formado al pueblo, la cultura y la historia de
España; también sus antiguas ciudades, León, Salamanca,
Ávila (670, 415, 721, 833 y 496). «La búsqueda unamunesca
de España [...] fue también una búsqueda de raíces
personales. El investigador de los destinos nacionales [...] no fue meramente
un observador; el sujeto y objeto de su estudio se habrían fusionado. La
busca de la "roca viva" de España fue a la vez la busca de la "roca
viva" propia» (HR, 173). Como confesó el
propio Unamuno, «una ciudad desde el centro de la cual no se puede llegar
a pie en cosa de un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no
responde a mis más íntimas necesidades espirituales».
(1913:683)
En lo que acabo de sostener hasta este punto he querido confirmar
los argumentos expresados -para mí convincentes- en dos estudios del
profesor Ramsden, especialmente en
The 1898 Movement in Spain.
Ahora, se trata de analizar la veta espiritual como resultado de
la contemplación del campo. He sugerido, siguiendo la tesis de Ramsden,
que para Unamuno el viajar también expresa la busca de sí mismo.
En la relación estrecha que establece entre su propio ser -o mejor sus
sentimientos y emociones- y su medio ambiente descubrimos el profundo colorido
romántico del lenguaje unamunesco y su modo de pensar. Quizás,
más precisamente, el discurso romántico de Unamuno es de origen
europeo norteño. Claro es que comparte con sus antecesores
románticos españoles -Espronceda y Larra- la nota de
interrogación metafísica. Pero la manera en que sobrepone su
humor sobre el paisaje, la naturaleza como portadora de las obsesiones del
escritor, la preferencia por paisajes bravos y montañosos y efectos
atmosféricos impresionantes, el énfasis sobre la soledad y una
comunión sensual (tanto como emocional y mental) con un ente espiritual
omnipresente, todos estos aspectos pertenecen a la
manifestación europea del norte de la experiencia romántica,
notablemente, la de los poetas ingleses lakistas (refiriéndose a ellos
emplea Unamuno la palabra
musings), los románticos
alemanes, el escritor francés, Senancour (cuyo
Obermann fue libro de cabecera de Unamuno) y
el ensayista y poeta suizo Henri-Frédéric Amiel. Aumentó
rápidamente en España el interés por los románticos
alemanes desde los años 1860 y especialmente en los 1890. La importancia
de este fenómeno en la formulación de la veta simbolista del
Modernismo, la segunda fase de la época de Helios, como he
señalado129,
fue trascendental. Como veremos, Unamuno no se vio enteramente divorciado de
estos desarrollos estéticos a pesar de su muy pregonada antipatía
al Modernismo. El contacto con la naturaleza le trae un alivio espiritual y
físico:
|
El cuerpo se limpia y restaura con el aire
sutil de aquellas alturas [la sierra de Gredos] y aumenta el número de
glóbulos rojos [...] pero el alma también se limpia y restaura
con el silencio de las cumbres
|
Pero da más énfasis a lo espiritual:
«¡Qué silenciosa oración allá en la
cumbre...!» (609). También destaca la fuga de una realidad hostil
y de la ciudad odiada.
Se nota aquí una típica paradoja unamunesca: como
buen romántico es un solitario, no le gusta la compañía de
sus prójimos y prefiere comunicarse con su desasosiego en las altas
cumbres. Pero como determinista necesita a los hombres, encarnaciones del medio
ambiente y las fuerzas de la casualidad determinista. Y resuelve la paradoja
mediante la idea romántica y rousseauniana de la inocencia y nobleza del
hombre primitivo. Para Unamuno el campesino humilde es preferible al hombre de
frac o al político ramplón de la Corte. Y saca una enorme
satisfacción y alivio espiritual de sus solitarias excursiones
exactamente como otros de su generación (423 y 438)130.
En el campo, y especialmente en las montañas (con
referencia tras referencia a su Obermann querido y con ecos de Senancour y
Amiel131) descubre una nueva
armonía entre el panorama del gran mundo ante su vista, el cielo encima
y su propio ser. En el mismo ensayo, «El silencio de las cumbres»,
propone tal simbiosis:
|
Allí, a solas con la montaña,
volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las
cumbres de mi alma, y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a
las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia.
El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del
corazón.
|
Estas palabras tienen ecos de los escritores románticos
norteuropeos y también de las experiencias de Francisco Giner. La frase
«examen de conciencia» suena al idioma autocrítico y
autocontemplativo de los krausistas. En este ensayo y en «Frente a los
negrillos» se nota un parentesco extraordinario con Giner, Ortega y
Jiménez en cuanto a una experiencia trascendental. Tal experiencia, no
cabe duda, se puede denominar religiosa o mística. Pero lo que busca no
es la divinidad, a pesar de las muchas referencias a lo divino, sino eternidad
y permanencia, una estructura básica que yace dentro de lo visible,
«la imagen» (618).
Más adelante apunta que siente «la inmovilidad en
medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo» y, en un eco
más del tema intrahistórico que ya había desarrollado en
En torno más de un lustro antes, dice
que puede tocar «el fondo del mar de la vida» (622). Es un tema que
ya hemos comentado. En su fuga de la metrópolis y en su busca de una
recreación espiritual en la naturaleza y el campo sigue Unamuno la
tradición de los románticos norteños de hace más de
un siglo y, más próximamente, de los hombres de la
Institución Libre y «los modernos». El excursionismo, pues,
tiene un atractivo personal y fuerte; es la señal exterior de una busca
intensamente personal de sí mismo. Como en Azorín,
Jiménez, Machado y otros, las preocupaciones más destacadas son
el deseo de huir, un enriquecimiento espiritual, un anhelo de algo mejor,
más allá, con lo cual se pueda sentir
una
armonía, un sentido de permanencia; su sentido de la inevitabilidad de
la vida a pesar de sus deseos; de ahí su insatisfacción con el
presente, con la muchedumbre y la ciudad, con el tedio del contacto social
cotidiano. Son aspectos estudiados por Ramsden en su edición de
La ruta y
The 1898 Movement (esp. la sección 5:
«The Quest for Self») y en los estudios míos (nota 130). Y
también otro sentimiento que es preciso notar: su sentido del fluir
inexorable del tiempo y su nostalgia por un pasado en que la vida le
pareció mejor, más permanente. Son humores, sentimientos y
anhelos comunes entre los escritores del fin de siglo en España. Y la
evocación unamunesca de estos humores es muy parecida a la de ellos.
Consideremos, por ejemplo, esta descripción (mejor evocación) de
las ruinas del monasterio cisterciense de la Granja de Moreruela:
|
¡Qué majestad de aquella
columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias!
¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué
intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre la
que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que
fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de
olvido del mundo.
|
Como sus contemporáneos, encuentra Unamuno una
satisfacción curiosa cuando se comunica con su dolor y su
melancolía (aquí sobrepuestos a la realidad) y los transmuta
diestramente en un sentimiento de belleza, de tranquilidad y calma emocional,
los cuales sugieren otra forma de permanencia. Es casi como si las ruinas
tuvieran un espíritu interior eterno. Hizo constar esta
convicción más de una vez, como en su ensayo sobre Salamanca
cuando habla de «una cierta vida espiritual» (1914:725).
Esta alma «subterránea» presente, en la
interpretación científica que impone Unamuno, es el
espíritu de las fuerzas de la causalidad determinista. Pero
también es un tipo de panteísmo romántico y, combinado con
el sentido de las fuerzas evolutivas, se hace referencia al panteísmo
krausista. Quizás, también, se encuentre una veta estética
en la misma herencia porque la espiritualidad unamunesca tiene una decidida
inclinación en esta dirección:
|
Emprendí esta peregrinación artística [a
Guadalupe] apenas terminé mi curso universitario [...] buscando unos
días de reposo y de baño en naturaleza para poder volver con
renovadas fuerzas [...]. Y hoy llevo, en el relicario de mis recuerdos, un
recuerdo más, un recuerdo perfumado y fresco, el de la bravía
verdura de Guadalupe.
|
Volveremos enseguida sobre esto del «relicario de mis
recuerdos».
Más tarde, en 1916, afirmó el
profesor salmantino, «esto de ascender a las cimas de las montañas
[...] es un placer que tiene tanto de sensual como de estético»
(786). Si esto nos recuerda a Amiel o a Giner de los Ríos, la frecuente
combinación de lo sensual con lo estético, como en esta
evocación de Mallorca, nos recuerda a los modernistas y Rubén
Darío: «se puede penetrar en la belleza espiritual de la isla de
oro, en lo que quiere decir aquella fantasía divina encarnada en roca
florecida y ceñida por el mar de zafiro y de esmeraldas y de topacios y
de nácares irisados» (791). La veta determinista se nota
cuándo Unamuno relacionó este paisaje con la poesía de
Ramón Llull, literatura como producto del medio ambiente. Pero el
determinismo -la busca de estructuras fundamentales y eternas- y la
adoración de la belleza y la lengua poética finisecular
-también una busca de estructuras interiores en el pozo de la
imaginación- se juntan en este comentario:
|
Sediento contemplaba una vez las espesuras
del Zarzoso que se tiende al pie de la Peña de Francia, [...] y aunque
la angustia -¡y era grande!- me privara de mirarlas con el sosiego que la
contemplación exige, nunca comprendí mejor su metáfora.
|
Aquí vemos la tendencia modernista a buscar la
contemplación estética como alivio de la angustia
metafísica132. En 1902, Juan Ramón, quizás más
auto-conscientemente esteta, evocó su estado espiritual en estos
términos simbolista-decadentes:
|
Me llenan de una dulce melancolía esos
rincones de jardín de hospital
[...]
Cuando viene cayendo la tarde, y en la yerba
dorada y trasparente tienden los árboles las sombras alargadas de sus
troncos [...] por todo el jardín flota [...] una serenidad que nos hace
pensar en los muertos...133.
|
Más austeramente y evitando los lugares comunes del
simbolismo finisecular -jardín, señales de muerte, etc.- evoca
Unamuno un paisaje no menos poético, ni menos espejo del humor del
propio escritor134; Unamuno evoca su vida interior, su propia personalidad
proyectándose sobre sus realidades recordadas, un viaje al
Escorial en 1912:
|
Luego... el Adaja, el río de
Ávila, que ofrece de pronto una rinconada de melancólico
recogimiento, y al transmontar una cuesta, las murallas de Olmedo y sus torres
derritiéndose en la luz del atardecer.
|
Es, como admitió abiertamente en el prólogo a sus
Andanzas, un «paisaje literario»,
y además añadió: «A esta demanda de la
afición estética es a lo que quiere responder la oferta de este
libro». Sus descripciones excursionistas tienen muy poco de lo
documental, de lo realista: «No puedo evitar el ponerme en mis
escritos» (720); «¿Datos? ¿Qué es eso de
datos? ¿Te figuras que habría de ser una historia
documentada?» (1900:66). Lo que destaca en estos escritos, como en la
obra de sus contemporáneos y el testimonio de su contacto con los campos
de Castilla -Machado, Ortega, Baroja, Azorín, aun Juan Ramón- es
el elemento lírico y poético, la preocupación por la
belleza austera de España después del momento simbolista y sus
jardines y parques decadentes:
|
Eso de hablar de la aridez repulsiva de El
Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en
rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo
sombrío no puedan ser hermosísimos [...]. Y debo confesar que a
mí me produce una más honda y fuerte impresión
estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora
de la puesta del sol. (1912: 643-44)
|
Quizás no sea una coincidencia que en el mismo momento de
evocar tal paisaje árido con su aureola de luz dorada fuera Machado a
publicar sus
Campos de Castilla, donde encontramos
paisajes parecidos. Ni hay que olvidar las evocaciones de Azorín
-especialmente
La ruta de don Quijote y Castilla- ni las de
Baroja -Camino de perfección- ni las de
Jiménez -Pastorales-. En estas evocaciones del
paisaje español bañado en una luz crepuscular y dorada
encontramos los persistentes ecos del simbolismo francés pero
también la veta determinista combinada con una recreación
mediante el arte de una realidad recordada para siempre, una realidad
transmutada líricamente sugiriendo no sólo la belleza sino
también la permanencia, la eternidad. El amor y apego a la tierra
-Machado y Soria, Unamuno y La Flecha,
Ortega y el valle del
Duero, Azorín y la Mancha, Juan Ramón y Moguer o los Pirineos,
también Maragall y el Montseny- se muestran en toda una
generación. Así que las excursiones de estos escritores no son
solamente una respuesta a las necesidades espirituales o emocionales, son
también una necesidad estética. Finalmente son una busca de una
estructura; estructura revelada por las ciencias deterministas o estructura
revelada por medio de una exploración de la imaginación
poética y la memoria, las galerías del alma o los ensueños
de un Machado o un Juan Ramón. No necesitan una realidad porque, en
última instancia, prefieren «el cristal de la mente» o
«el relicario de mis recuerdos» (Unamuno), «una cueva de
ensueño» (Jiménez), «las galerías del
alma», «el profundo espejo de mis sueños» (Machado).
Como pregunta Azorín:
|
¿Para qué hacer el viaje? Hay
un momento en la vida en que descubrimos que la imagen de la realidad es mejor
que la realidad misma [...]. Sólo nos queda, en lo íntimo del
espíritu, su imagen. Una imagen fugaz, como la de un sueno: una imagen
de algo que queremos recordar y no recordamos [...].
|
Se encuentra el mismo énfasis en un ensayo temprano de
Unamuno, «Brianzuelo de la Sierra. Notas de viaje», donde se ve que
prefiere el autor su visión anticipada a la realidad futura.
Llegó tarde al pueblo y se puso a dormir. «Y aquel sueño,
aquel sueño profundo y tranquilo es el recuerdo más puro y
más hondo que de Brianzuelo de la Sierra conservo». Por eso no
quiere contacto con la realidad a la mañana siguiente:
«¿Pues a qué hemos venido? / -¡A soñarlo!
Déjame que me le figure a mi antojo...» (1900: 63-64). El
sueño antes que la realidad, «fondos» previstos en la
imaginación; temas obsesivos.
Hemos visto, pues, las estrechas relaciones que existen en las
parecidas respuestas líricas y emocionales frente al problema
psicológico general en toda una generación. Aquí, por lo
tanto, sería apropiado aplicarme de nuevo al muy debatido problema del
«Modernismo frente a Noventayocho» y la separación -para
mí completamente arbitraria- de la generación finisecular en dos
grupos. El profesor Ramsden ha insistido en que mientras los hombres de esta
generación compartieron todos un dilema básicamente
romántico, una crisis de fe, encontraron soluciones distintas: los
modernistas en la torre de marfil del Arte, los hombres del 98 en la realidad y
en el determinismo. Pero, ¿hubo tal diferencia? He sostenido en los
estudios citados (nota 130) que hace falta poner este argumento, y
especialmente la tesis de Díaz-Plaja en tela de juicio. Aquí
considero brevemente,
como prolegómeno de un estudio
más amplio, el caso de Unamuno frente a (o mejor, en) este grupo.
No es dudoso que uno de los temas más destacados en la
literatura finisecular fue el tema de la memoria y el ensueño, y
destacó singularmente en España: «Estoy solo, tengo
sueño [...] / Los recuerdos se amontonan en mi mente»
(Jiménez, 1902); «Y podrás conocerte, / recordando del
pasado soñar / los turbios lienzos, / [...] / De toda le memoria,
sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños» (Machado,
1907); «Del pasado dichoso sólo podemos conservar el
recuerdo» (Azorín, 1912); «Amar el pasado es congratularse
de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esta rudeza con
que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y
nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la
reminiscencia» (Ortega, 1911). Ahora escuchemos a Unamuno: «Lo que
hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo,
su imagen» (I, 842); «Todo imaginar y hasta conocer [...] es un
recordar»; «Al evocar mi recuerdo dormido en el hondón de mi
memoria, de lo que era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de
Bilbao, brotóme él a flor de alma en forma rítmica, en
versos de meditación poética, de eso que los lakistas ingleses
llamaban
musings» («Visiones
rítmicas»). Estas expresiones nos recuerdan no solamente la
imaginación romántica de la Europa del norte y la herencia del
simbolismo sino también el interés de los modernistas por este
tema. La última expresión unamunesca tiene ecos tanto de Juan
Ramón como de la crítica de Gregorio Martínez Sierra y su
La vida inquieta.
Hasta ahora se encuentra una tendencia crítica a excluir a
Unamuno del grupo modernista, y se sigue insistiendo en tal punto a pesar de la
afirmación juanramoniana de que, por los años del fin de siglo,
se le llamó a Unamuno «ese tío modernista». No quiero
decir que fue Unamuno un escritor torremarfileño como Darío o
Villaespesa; sí quiero sugerir que hace falta poner en tela de juicio el
uso del término
modernista (o
Modernismo) y su enfrentamiento con el
Noventayocho. Hemos encontrado toda una serie de coincidencias curiosas entre
los autores finiseculares de ambos supuestos grupos, especialmente en el
proceso de auto-contemplación y la manera en la que se transmutan las
realidades recordadas en arte; también en la ideología o el
idealismo en que esta visión se basa.
Por los años de 1890 los escritores jóvenes han
vuelto la espalda a la conmemoración de los ideales nacionales y la
conciliación cívica.
La crítica no
dejó de notar este cambio135. Según estos comentaristas el escepticismo y una
visión fragmentada del mundo llevan a una busca dentro del hombre de un
núcleo no fragmentado; la autocontemplación es
auto-descubrimiento, la búsqueda de raíces, pero es, al mismo
tiempo, un medio hacia un nuevo ideal absoluto. También, como he
sugerido, la idea de una fuerza latente determinista que da una estructura
eterna debajo de la realidad misma tomó parte en este desarrollo
idealista, especialmente por su autoridad científica. Por estos
años, y no olvidando sus orígenes en el romanticismo, se
formó una nueva concepción de la facultad imaginativa, el ser
interior de la inconsciencia; el arte
moderno (modernista) es la expresión
exterior de esta actividad auto-contemplativa y mentalmente intelectualizada.
Las experiencias de la realidad (el sentimiento y, luego, la memoria) pasan por
un proceso de trasmutación en el crisol interior de la
imaginación (de ahí palabras como
cristal,
relicario,
espejo) para revelar no sólo la
belleza o el valor de la circunstancia, los accidentes del momento, sino
también su valor eterno, su belleza sin tiempo. Revelan también
ideas, conceptos o estructuras preexistentes, y así también
eternos. Es este el ideal del arte finisecular del que se encuentra una
expresión definitiva en el poema introductorio de las
Galerías machadianas.
Escuchemos ahora a Unamuno en su ensayo clave, «Frente a los
negrillos» (quizás el ensayo más trascendente de las
Andanzas):
|
Y la vista del escaramujo [...] me recuerda
el más dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si
ésta es de poesía: el de su parto. Es que nuestras mejores y
más propias ideas, molla de nuestro espíritu, nos vienen, como de
fruta alimenticia, de la visión del mundo que tenemos delante, aunque
luego, con los jugos de la lógica, la transformemos en quimo ideal, de
que sacamos el quilo que nos sustenta.
|
A pesar del juego de palabras unamunesco entre el sentido
biológico (lo físico), simbólico (interior espiritual) y
popular («sudar el quilo») se encuentra aquí un proceso que
se ve en la poesía finisecular a partir de Bécquer y los
precursores modernistas (Gil e Icaza) hasta el grupo
Helios y aun Ortega; es decir, un
énfasis sobre ensueño y memoria como alivio y como consecuencia
de la vacuidad de la vida. Todo lo que queda como consolación son los
recuerdos distantes y nostálgicos de tiempos más felices o de
acción (reales o imaginados), recuerdos no degenerados de la infancia
(significadamente asociados con la luz dorada del crepúsculo, las
campanas de la parroquia, el hogar y el pueblo), recuerdos de momentos pasados
de satisfacción emocional o espiritual profunda. Agobiados por el
fracaso vital y la desilusión, elevan frente a su pérdida la
autenticidad de su propio dolor. Y de su dolor y su auto-contemplación
se levanta un estado mental especial. El silencio y la soledad, especialmente
en los rincones de las ciudades antiguas o en el campo, les ofrecen atractivo.
Y su soledad es menos opresiva cuando pueden evocar un pasado más feliz,
una memoria recreada interiormente. Así la niñez, la adolescencia
o el pasado de una España más grande, se ven como temas
obsesionantes en la literatura de este grupo. Visita Azorín el aula de
su colegio en
Las confesiones de un pequeño
filósofo; evoca Machado los patios y galerías sevillanos; en
Moguer, narra Juan Ramón, «el alma dormita por dentro, cansada y
aterida, soñando con el oro de la infancia» (1903:
PLP, 71) y, allí, el sol sugiere
«añoranzas de rincones dorados, con el eco de las voces lejanas de
una aldea» (1903:
PLP, 92). A su vez estos autores evocan, como
lo hace Unamuno, el pueblo natal y los sonidos de la vida cotidiana.
¿Por qué? He investigado la veta determinista del interés
por el campo y por el pueblo. También he subrayado el tema del fluir del
tiempo. Es un aspecto que ha analizado Ramsden (HR,
180-81). ¿Hubo otra forma de escape para Unamuno? Creo que sí,
forma que se encontrará también entre sus contemporáneos.
El viajar para Machado fue un tipo especial de «sueño» y
para Ortega y Baroja, Pérez de Ayala o Juan Ramón el contacto con
la naturaleza puede administrar el ambiente necesario para una experiencia
«mística». Pero también, sugiero que la común
busca del «alma» de España (hayan estado profundamente
afectados estos autores por las filosofías evolucionistas o no) en el
«pueblo anónimo» se vio ligada con su preocupación
por el proceso mental y artístico de reproducir sus experiencias en un
tipo de diario íntimo, diario que fueron los ensayos, poemas o novelas
excursionistas de esta generación. Unamuno estuvo constantemente
preocupado por este proceso y con frecuencia
se refiere a su
cuaderno o a sus reacciones más íntimas en el momento de
creación. Su preocupación por encontrar estructuras subyacentes
deterministas se transfirió a ahondar en el proceso imaginativo de
darles testimonio. Es cuestión de transmutar la experiencia sensorial de
la realidad en algo más allá de lo temporal, buscar, como
afirmó en «Paisaje Teresiano», «la
metáfora». «Lo que hay que ver no es la visión
presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen» (842). De
ahí que, como sugiere Machado o Juan Ramón, la memoria no sea
sencillamente un modo de recordar, sino, a la vez, un modo de reconocer
arquetipos preexistentes o estructuras eternas. Casi como los poetas
modernistas del grupo
Helios (incluso Ortega) admite Unamuno lo
siguiente:
|
Y al decir que todo pintor pinta de memoria
no nos referimos al tiempo que pasa desde que mira al modelo hasta que tiene
que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Este es un
aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la
imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre,
hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta conocer -lo
sabía ya Platón- es un recordar. Y todo recuerdo es una
metáfora. [...]. La metáfora es el fundamento de la conciencia de
lo eterno.
|
Y termina este ensayo afirmando la unión de lo
estético con lo metafísico. En una fecha tan temprana como 1899
parece que Unamuno había formulado una visión platónica
del mundo, base del simbolismo europeo. Entre su descripción de las
nubes crepusculares como «islas de apacible quietud en la región
de los ensueños» y «perfume de luz» (con ecos del
esteticismo finisecular) y exclamaciones de tono plenamente
«modernista» («¡Celeste revelación de las
entrañas de la belleza misma, del divino esplendor de la forma pura
iluminada...!» (71-73)), lucha con el problema de una lengua adecuada y
desarrolla el tema de estructura dentro de estructura o formas espejeadas
(jugando con
forma y
formosus):
|
¡Ah! ¡Si pudiera repercutir
aquella sublime sinfonía celestial de pocas y preñadas notas de
purísimos colores de fuego y de cándidos perfiles! ¡Si
pudiese pintarla para siempre y no tener que verter aquí el rastrojo que
de aquellas feraces momentos ha quedado en la tumba de mi memoria! En un
insondable seno de la divina Conciencia vive el eco de aquella celestial
sinfonía, y en el seno de mi conciencia dormirá su reflejo, que
yace tan adentro, tan adentro de ella, que de sacarlo no hay arte alguno [...].
La celeste visión era entonces lo real y fuerte, y el terrestre campo,
nuestro sostén, mezquino remedo de ella...
|
¿No es ésta la base del arte de Bécquer y,
más claramente, la del de Juan Ramón Jiménez?
También, como hemos visto, la infancia (con todos sus
recuerdos y visiones no deterioradas de ilusiones y contento) fue un tema muy
explorado por los escritores finiseculares. A Unamuno sus excursiones le
llevaron al campo, al contacto con el «pueblo anónimo». Pero
también le suministraron un sentido de libertad, de huida de una
realidad fastidiosa, de regreso a tiempos de su infancia. (1911: 610)
Y en el párrafo siguiente continúa para ampliar su
pregunta retórica: «Y en estas correrías por campos y
montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad
radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas!...
Se chapuza uno en la infancia» (611). Y de modo más revelador
añade:
|
¡Oh, estas sumersiones en la remota
infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma
los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo yo publicados,
pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis
Recuerdos de niñez y mocedad, donde,
en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de
niño, sino el alma de la niñez.
|
No la realidad temporal y lógica sino la estructura
arquetípica subyacente de la imaginación ilógica. Un
subtítulo apropiado para sus
Recuerdos, sugirió Unamuno, pudiera
haber sido «ensayo de psicología de la infancia». Ahora
bien, hemos visto que la palabra «psicología» y sus
derivaciones y analogías fueron palabras clave entre los intelectuales
finiseculares; palabras como
alma,
genio,
voluntad,
carácter,
sueño,
soñar, etc., se usaron como lengua
común en la crítica y en el arte de entonces136. En una carta, hablando de
Paz en la guerra (1897) Unamuno ha sostenido
la tesis de que en la lengua puede uno encontrar «el reflejo más
fiel de la psicología del pueblo»137. He
sugerido antes que quizás exista un eslabón entre la busca de un
núcleo en el campo y en el pueblo anónimo y la busca de lo que
llamó Machado «una verdad divina» qué yacía
«en el profundo / espejo de mis sueños» (LXI,
Galerías). También he subrayado
la preocupación por
la lengua poética. Cuando
escribió Machado, «Podrás conocerte, recordando / del
pasado soñar los turbios lienzos» (LXXXIX), habla de un doble
proceso, el auto-conocimiento (es decir, auto-contemplación o
auto-descubrimiento) y la busca de la otredad (ideal o arquetipo). De la misma
manera se busca Unamuno a sí mismo en el ensueño, lo que llaman
los krausistas «un examen de conciencia», en este estado especial
de la mente (casi místico) que testimoniaron tantos escritores y
comentaristas, a menudo invocando o refiriéndose a San Juan de la Cruz,
San Francisco o Santo Tomás de Kempis, todos autores favoritos del grupo
Helios, de la Institución Libre y,
claro, de Unamuno. En la cumbre de una montaña considera el profesor
salmantino los posibles caminos que pudiera haber seguido en su vida:
|
Allí, en la cima, envuelto en el
silencio, soñaba en todos los que, habiendo podido ser, no he sido para
poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado
perder desde aquella infantil atracción al claustro...
|
Siente remordimiento pero también percibe, como los
simbolistas, «el inevitable destino». «Y da fuerzas, da
fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida»,
añadió. Su ensueño le trae la percepción de lo
permanente:
|
Está aquello como estaba hace un
siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable.
|
¿Por qué? La metáfora -la estructura
arquetípica deseada, el núcleo, la imagen que es, al mismo
tiempo, parte de la realidad percibida y recordada y transmutada mediante el
arte- se ha revelado al profesor salmantino. En parte es una estructura
espiritual yacente preexistente, en parte, la belleza manifiesta en forma de
imagen viva y eterna; lo que, en otra parte, llama Unamuno el
«sentimiento estético de la naturaleza» (1909: 592-93),
sentimiento que describe significativamente, como «moderno» y
«de origen romántico». También su imaginación
o su mente «reflexiona sobre éste y [lo] eleva a idea»
(1915: 737). En sus descripciones de su contacto con algo más
allá, de la unión con el elemento espiritual de las cumbres, en
fin, de un arrobo casi místico, vemos cuán cerca se encuentra la
experiencia artística y la auto-proyección de Unamuno del
idealismo de Azorín, de Martínez Sierra o de Juan Ramón.
En
La voluntad (1902), Yuste afirma:
|
Lo que da la medida de un artista es su
sentimiento de la naturaleza, del paisaje [...]. Un artista será tanto
más artista cuando mejor sepa interpretar
la emoción del paisaje [...]. Es una
emoción completamente, casi completamente moderna.
|
Gregorio Martínez Sierra, en su interesante estudio
Motivos (1905), describió estos
momentos trascendentales en términos muy parecidos a Unamuno o a otros
de la generación, especialmente cuando da énfasis al deleite y al
placer de la experiencia:
|
Busca el espíritu la perfección
y da con ella, y entonces surge una nueva voluptuosidad, antaño
sólo conocida de místicos y filósofos, la voluptuosidad
del intelecto en presencia del fin adecuado, del filósofo en presencia
de la verdad, del místico ante la esencia divina.
|
Repite los mismos sentimientos en
La vida inquieta (Glosario espiritual) de
1913. Al mismo tiempo, Unamuno no supo dejar atrás su sentido de
estructuras físicas, o mejor, la estructura determinista que se
manifiesta en el medio ambiente. Por esta razón se encuentra la
típica mezcla unamuniana del lenguaje de las ciencias (especialmente las
biológicas) con el del espíritu interior y la memoria o el en
sueño:
|
Aquellos paisajes que fueron la primera leche
de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se
amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso
nos acompaña hasta la muerte y forma el meollo, el tuétano de los
huesos del alma misma. Porque ésta tiene su esqueleto [...] para quien
tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y mirando al cielo,
esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho con las
serenas y nobles visiones de la niñez lejana.
|
No es solamente que el hombre esté determinado
física y espiritualmente por el medio ambiente en el cual nació y
se crió. Es como si, también, su manera de recordar, de sentir,
de reproducir sus sensaciones lo fuese moldeando imborrablemente. Esta matriz
queda inalterable dentro del hombre mientras viva y le servirá de
núcleo. Y como para los simbolistas, la imagen es anterior a la lengua y
se escapa de ella. Viajar, dice Unamuno, es sentir más profundamente las
propias raíces. Pero también, como para los llamados modernistas,
es captar, mediante el ensueño, la memoria y la lengua insuficiente del
arte, las esencias eternas; recrea por medio del prisma de la obra las
realidades recordadas, «elevarlas a idea».
Sería posible seguir más adelante en este argumento
para señalar no solamente la veta simbolista en la preocupación
por encontrar un lenguaje adecuado, expresar «ausencias» y
confirmar un núcleo (lo que llamó Machado «una verdad
divina») sino también subrayar la obsesión por lo que quede
en la memoria («el sueño sustancial») y por asir un
fragmento de eternidad. Aunque no debemos olvidar la veta
determinista y el aspecto posromántico que se han discutido en los
primeros párrafos de este estudio (aspectos vinculados a todo esto) me
parece que la preocupación insistente por indagar «la
metáfora», «la imagen» y «el relicario de los
recuerdos» ubica a Unamuno claramente entre las preocupaciones
estéticas y metafísicas de un Juan Ramón, un Antonio
Machado, un Ortega o un Azorín.
Si quisiéramos comprender a fondo el arte de los escritores
finiseculares, los «modernos», sería tiempo ya de descartar
divisiones críticas artificiales y teorías simplistas de
enfrentamiento para concentrarnos sobre el arte mismo y lo que dice esta
generación en sus poesías, sus novelas y sus ensayos. Un
análisis de la literatura excursionista me parece un excelente punto de
partida.
Anales de Literatura Española [Publicaciones periódicas]. Nº 6, 1988
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