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Julieta y RomeoLos comentadores discuerdan considerablemente al querer determinar la época en que fue concluida la pieza que traducimos a continuación. Malone y Mr. Lloyd, tomando en cuenta la abundante rima usada por Shakespeare en sus primeras composiciones, rima que escaseó, si bien no hizo desaparecer del todo en las últimas, opinan que la tragedia de que tratamos debió finalizarse de 1596 a 1597; Collier y Knight, con corta diferencia, le asignan la misma fecha; Hudson fija el período de 1591 a 1595; Chalmers, la primavera de 1592, y Drake, el año de 1593. Respecto a la publicación revisada de la tragedia, casi todos convienen en creer que tuvo lugar en 1599. White sostiene que esto se llevó a cabo en 1596. Según una ingeniosa conjetura de Tyrwhitt, que ha pretendido ver en el célebre relato de la Nodriza una alusión al temblor de tierra experimentado en Londres en 1580, ROMEO Y JULIETA debió ser compuesto bajo su primitiva forma hacia el año 1591. Siendo, pues, de una casi absoluta imposibilidad resolver acerca de tan controvertido y dudoso extremo, nos limitamos a citar los precedentes anteriores, observando que, a ser ciertos los cálculos de Tyrwhitt, entre la composición primera de ROMEO Y JULIETA y su revisión se pasaron cerca de ocho años, durante los cuales dio a luz el poeta sus poemas, sus sonetos, casi todas las piezas históricas y sus dos encantadoras comedias El Mercader de Venecia y El Sueño de una noche de Verano.
Prólogo(8) (9) En la hermosa Verona, donde colocamos nuestra escena, dos familias de igual nobleza, arrastradas por antiguos odios, se entregan a nuevas turbulencias, en que la sangre patricia mancha las patricias manos. De la raza fatal de estos dos enemigos vino al mundo, con hado funesto, una pareja amante, cuya infeliz, lastimosa ruina llevara también a la tumba las disensiones de sus parientes. El terrible episodio de su fatídico amor (10), la persistencia del encono de sus allegados al que sólo es capaz de poner término la extinción de su descendencia, va a ser durante las siguientes dos horas el asunto de nuestra representación. Si nos prestáis atento oído, lo que falte aquí tratará de suplirlo nuestro esfuerzo. Acto primeroEscena I Bajo mi palabra, Gregorio, no sufriremos que nos carguen. No, porque entonces seríamos cargadores. Quiero decir que si nos molestan echaremos fuera la tizona. Sí, mientras viváis echad el pescuezo fuera de la collera (14) (15). Yo soy ligero de manos cuando se me provoca. Pero no se te provoca fácilmente a sentar la mano (16). La vista de uno de esos perros de la casa de Montagüe me transporta. Trasportarse es huir, ser valiente es aguardar a pie firme (17): por eso es que el trasportarte tú es ponerte en salvo. Un perro de la casa ésa me provocará a mantenerme en el puesto. Yo siempre tomaré la acera a todo individuo de ella, sea hombre o mujer. Eso prueba que eres un débil tuno, pues a la acera se arriman los débiles. Verdad (18); y por eso, siendo las mujeres las más febles vasijas, se las pega siempre a la acera. Así, pues, cuando en la acera me tropiece con algún Montagüe, le echo fuera, y si es mujer, la pego en ella (19). La contienda es entre nuestros amos, entre nosotros sus servidores. Es igual, quiero mostrarme tirano. Cuando me haya batido con los criados, seré cruel (20) con las doncellas. Les quitaré (21) la vida (22). ¿La vida de las doncellas? Sí, la vida de las doncellas, o su... Tómalo en el sentido que quieras. En conciencia lo tomarán las que sientan el daño. Se lo haré sentir mientras tenga aliento y sabido es que soy hombre de gran nervio (23). Fortuna es que no seas pez; si lo fueras, serías un pobre arenque (24). Echa fuera el estoque; allí vienen dos de los Montagües (25) (26). Desnuda tengo la espada. Busca querella, detrás de ti iré yo. ¡Cómo! ¿irte detrás y huir? (28)] No temas nada de mí. ¡Temerte yo! No, por cierto. Pongamos la razón de nuestro lado; dejémosles comenzar. Al pasar por su lado frunciré el ceño y que lo tomen como quieran. Di más bien como se atrevan. Voy a morderme el dedo pulgar (29) al enfrentarme con ellos y un baldón les será si lo soportan. ¡Eh! ¿Os mordéis el pulgar para afrentarnos? Me muerdo el pulgar, señor. ¿Os lo mordéis, señor, para causarnos afrenta? ¿Estará la justicia de nuestra parte si respondo sí? (31) No. No, señor, no me muerdo el pulgar para afrentaros; me lo muerdo, sí. ¿Buscáis querella, señor? ¿Querella decís? No, señor. Pues si la buscáis, igual os soy (32): Sirvo a tan buen amo como vos. No, mejor. En buen hora, señor.] Di mejor. Ahí viene uno de los parientes de mi amo. Sí, mejor (37). Mentís. Desenvainad, si sois hombres. -Gregorio, no olvides tu estocada maestra (38) (39) (40). ¡Tened, insensatos! Envainad las espadas; no sabéis lo que hacéis (41). ¡Cómo! ¿Espada en mano entre esos gallinas? Vuélvete, Benvolio, mira por tu vida (42). Lo que hago es apaciguar; torna tu espada a la vaina, o sírvete de ella para ayudarme a separar a esta gente. ¡Qué! ¡Desnudo el acero y hablas de paz! Odio esa palabra como odio al infierno, a todos los Montagües y a ti? Defiéndete, cobarde!
¡Garrotes, picas (45), partesanas! ¡Arrimad, derribadlos! ¡A tierra con los Capuletos! ¡A tierra con los Montagües! ¡Qué ruido es éste! ¡Hola! Dadme mi espada de combate (46). ¡Un palo, un palo! (47) ¿Por qué pedís una espada? ¡Mi espada digo! (48) Ahí llega el viejo Montagüe que esgrime la suya desafiándome. ¡Tú, miserable Capuleto! -No me contengáis, dejadme en libertad. No darás un solo paso para buscar un contrario (49).] Súbditos rebeldes, enemigos de la paz, profanadores de ese acero que mancháis de sangre conciudadana -¿No quieren oír? ¡Eh, basta! hombres, bestias feroces que saciáis la sed de vuestra perniciosa rabia en rojos manantiales que brotan de vuestras venas, bajo pena de tortura, arrojad de las ensangrentadas manos esas inadecuadas (50) armas y escuchad la sentencia de vuestro irritado Príncipe. Tres discordias (51) civiles, nacidas de una vana palabra, han, por tu causa, viejo Capuleto, por la tuya, Montagüe, turbado por tres veces el reposo de la ciudad [y hecho que los antiguos habitantes de Verona (52), despojándose de sus graves vestiduras, empuñen en sus vetustas manos las viejas partesanas enmohecidas por la paz, para reprimir vuestro inveterado rencor (53)]. Si volvéis en lo sucesivo a perturbar el reposo de la población, vuestras cabezas serán responsables de la violada tranquilidad (54). Por esta vez que esos otros se retiren. Vos, Capuleto, seguidme; vos, Montagüe, id esta tarde a la antigua residencia de Villafranca (55), ordinario asiento de nuestro Tribunal, para conocer nuestra ulterior decisión sobre el caso actual. Lo digo de nuevo, bajo pena de muerte, que todos se retiren.
¿Quién ha vuelto a despertar esta antigua querella? Habla, sobrino, ¿estabas presente cuando comenzó? Los satélites de Capuleto y los vuestros estaban aquí batiéndose encarnizadamente antes de mi llegada: yo desenvainé para apartarlos: en tal momento se presenta el violento Tybal, espada en mano, lanzando a mi oído provocaciones al propio tiempo que blandía sobre su cabeza la espada, hendiendo el aire, que sin recibir el menor daño, lo befaba silbando (58) (59). Mientras nos devolvíamos golpes y estocadas, iban llegando y entraban en contienda partidarios de uno y otro bando, hasta que vino el Príncipe y los separó (60). ¡Oh! ¿dónde está Romeo? -¿Le habéis visto hoy? (61) Muy satisfecha estoy de que no se haya encontrado en esta refriega. Señora, una hora antes que el bendecido sol comenzara a entrever (62) las doradas puertas del Oriente, la inquietud de mi alma me llevó a discurrir por las cercanías (63), en las que, bajo la arboleda de sicomoros que se extiende al Oeste de la ciudad, apercibí, ya paseándose, a vuestro hijo. Dirigime hacia él; pero descubriome y se deslizó en la espesura del bosque: yo, juzgando de sus sentimientos por los míos, que nunca me absorben más que cuando más solo me hallo (64), di rienda a mi inclinación no contrariando la suya, [y evité gustoso al que gustoso me evitaba a mí. Muchas albas se le ha visto en ese lugar aumentando con sus lágrimas el matinal rocío y haciendo las sombras más sombrías con sus ayes profundos (65) (66). Mas, tan pronto como el sol, que todo lo alegra, comienza a descorrer, a la extremidad del Oriente, las densas cortinas del lecho de la Aurora, huyendo de sus rayos, mi triste hijo entra furtivamente en la casa, se aísla y enjaula en su aposento, cierra las ventanas, intercepta todo acceso al grato resplandor del día y se forma él propio una noche artificial.] Esta disposición de ánimo le sera luctuosa y fatal si un buen consejo no hace, cesar la causa. Mi noble tío, ¿conocéis vos esa causa? Ni la conozco ni he alcanzado que me la diga. ¿Habéis insistido de algún modo con él? Personalmente y por otros muchos amigos; pero él, solo confidente de sus pasiones, en su contra -no diré cuán veraz- es tan reservado, tan recogido en sí mismo, tan insondable y difícil de escudriñar como el capullo roído por un destructor gusano antes de poder desplegar al aire sus tiernos pétalos y ofrecer sus encantos al sol (67) (68). Si nos fuera posible penetrar la causa de su melancolía, lo mismo que por conocerla nos afanaríamos por remediarla.]
Mirad, allí viene: tened a bien alejaros. Conoceré su pesar o a mucho desaire me expondré. Ojalá que tu permanencia aquí te proporcione la gran dicha de oírle una confesión sincera. -Vamos, señora, retirémonos.
Buenos días, primo. ¿Tan poco adelantado está el día? (71) Acaban de dar las nueve. ¡Infeliz de mí! Largas parecen las horas tristes. ¿No era mi padre el que tan deprisa se alejó de aquí? Sí. -¿Qué pesar es el que alarga las horas de Romeo? El de carecer de aquello cuya posesión las abreviaría. Sobra. ¿De amor? De desdenes de la que amo. ¡Ay! ¡Que el amor, al parecer tan dulce, sea en la prueba tan tirano y tan cruel! ¡Ay! ¡que el amor, cuyos ojos están siempre vendados, halle sin ver la dirección de su blanco! (74) (75) ¿Dónde comeremos? ¡Oh, Dios! ¿qué refriega era ésta? Mas no me lo digáis, pues todo lo he oído. Mucho hay que luchar aquí con el odio, pero más con el amor. ¡Sí, amante odio! (76) ¡Amor quimerista! ¡Todo, emanación de una nada preexistente! ¡futileza importante! ¡grave fruslería! ¡informe caos de ilusiones resplandecientes! (77) ¡leve abrumamiento, diáfana intransparencia, fría lava, extenuante sanidad! ¡sueño siempre guardián, asunto en la esencia! -Tal cual eres yo te siento; yo, que en cuanto siento no hallo amor! (78) ¿No te ríes? No, primo, lloro mas bien. ¿Por qué, buen corazón? De ver la pena que oprime tu alma. ¡Bah! El yerro de amor trae eso consigo (79). Mis propios dolores ya eran carga excesiva en mi pecho (80); para oprimirlo más, quieres aumentar mis pesares con los tuyos (81). La afección que me has mostrado añade nueva pena al exceso de mis penas. El amor es un humo formado (82) por el vapor de los suspiros; alentado (83), un fuego que brilla en los ojos de los amantes; comprimido (84), un mar que alimentan sus lágrimas. ¿Qué más es? Una locura razonable al extremo, una hiel que sofoca, una dulzura que conserva. Adiós, primo (85). Aguardad, quiero acompañaros; me ofendéis si me dejáis así. ¡Bah! (86) Yo no doy razón de mí propio, no estoy aquí; éste no es Romeo; él está en otra parte. Decidme seriamente (87), ¿quién es la persona (88) a quien amáis? ¡Qué! ¿habré de llorar para decírtelo? ¿Llorar? ¡Oh! no; pero decidme en seriedad quién es (89) (90). Pide a un enfermo que haga gravemente su testamento (91). -¡Ah! (92) ¡Tan cruel decir a uno que se halla en tan cruel estado! Seriamente, primo, amo a una mujer. Di exactamente en el punto cuando supuse que amabais. ¡Excelente tirador! -Y la que amo es hermosa. A un hermoso, excelente blanco, bello primo, se alcanza más fácilmente. Bien (93), en este logro (94) te equivocas: ella está fuera del alcance de las flechas de Cupido, tiene el espíritu de Diana y bien armada de una castidad a toda prueba, vive sin lesión (95) (96)del feble, infantil arco del amor. La que adoro no se deja importunar con amorosas propuestas, [no consiente el encuentro de provocantes miradas] ni abre su regazo al oro, seductor de los santos. ¡Oh! Ella es rica en belleza, pobre únicamente porque al morir mueren con ella sus encantos (97) (98) ¿Ha jurado, pues, permanecer virgen? Lo ha jurado y con esa reserva ocasiona un daño inmenso (99); pues, con sus rigores, matando dé inanición la belleza, priva de ésta a toda la posteridad. Bella y discreta a lo sumo, es a lo sumo discretamente bella (100) para merecer el cielo, haciendo mi desesperación. Ha jurado no amar nunca y este juramento da la muerte, manteniendo la vida, al mortal que te habla ahora. Sigue mi consejo, deséchala de tu pensamiento. ¡Oh! Dime de qué modo puedo cesar de pensar.
Devolviendo la libertad a tus ojos, deteniéndolos en otras beldades. Ése sería el medio de que encomiara más sus gracias exquisitas (102). Esas (103) dichosas máscaras que acarician las frentes de las bellas, aunque negras, nos traen a la mente la blancura que ocultan. El que de golpe ha cegado, no puede olvidar el inestimable tesoro de su ver perdido. Pon ante mí una mujer encantadora al extremo, ¿qué será su belleza (104) sino una página en que podré leer el nombre de otra beldad más encantadora aún? Adiós, tú no puedes enseñarme a olvidar. Yo adquiriré esa ciencia o moriré sin un ochavo. Escena II
Y (108) Montagüe está sujeto a lo mismo que yo, bajo pena igual (109); y no será difícil, en mi concepto (110), a dos personas de nuestros años el vivir en paz.] Ambos gozáis de una honrosa reputación y es cosa deplorable que hayáis vivido enemistados tan largo tiempo. Pero tratando de lo presente, señor, ¿qué respondéis a mi demanda? Repetiré sólo lo que antes dije. Mi hija es aún extranjera en el mundo, todavía no ha pasado los catorce años (111); dejemos palidecer el orgullo de otros dos estíos antes de juzgarla a propósito para el matrimonio. Algunas más jóvenes que ella son ya madres felices. Y esas madres prematuras (112) (113) se marchitan demasiado pronto [La tierra ha engullido todas mis esperanzas (114), sólo me queda Julieta: ella es la afortunada heredera de mis bienes (115) (116).] Hacedla empero la corte, buen Paris, ganad su corazón, mi voluntad depende de la suya. [Si ella asiente, en su asentimiento irán envueltas mi aprobación y sincera conformidad. Esta noche tengo una fiesta, de uso tradicional en mi familia, para la cual he invitado a infinitas personas de mi aprecio; aumentad el número, seréis un amigo más y perfectamente recibido en la reunión. Contad con ver esta noche en mi pobre morada terrestres estrellas que eclipsan la claridad de los cielos (117) (118). El placer que experimenta el ardoroso joven (119) cuando abril, lleno de galas, avanza en pos del vacilante invierno, lo alcanzaréis (120) esta noche en mi fiesta, al hallaros rodeado de esas frescas y tiernas vírgenes. Examinadlas todas, oídlas y dad la preferencia a la que tenga más mérito. Una de las que entre tantas veréis será mi hija (121), que aunque puede contarse entre ellas, no puede competir en estima (122). -Vaya, seguidme. -Anda, muchacho (123), échate a andar por la bella Verona, da con las personas cuyos nombres se hallan inscritos en esa lista (Le da un papel) (124) y diles que la casa y el dueño están dispuestos para obsequiarlos.
¿Dar con las personas cuyos nombres se hallan inscritos aquí? Escrito está (126) que el zapatero se sirva de su vara, el sastre de su horma, el pescador de su pincel y el pintor de sus redes; pero a mí se me envía en busca de las personas cuyos nombres se hallan escritos aquí (127), cuando yo no puedo hallar los nombres que aquí ha escrito el escritor. Tengo que dirigirme, a los que saben. [A propósito.] (128) (129) ¡Bah! querido, un fuego sofoca a otro fuego, un dolor se aminora por la angustia de otro dolor: hazte mudable y busca remedio en la contraria mudanza (130); cura una desesperación con otra desesperación (131), haz que absorban tus ojos un nuevo veneno y el antiguo perderá su ponzoñosa acritud (132). La hoja de llantén es excelente para eso (133). ¿Quieres decirme para qué? Para vuestra pierna rota. ¡Qué, Romeo! ¿estás loco? No, pero más atado que un demente; sumido en prisión, privado de alimento, vapuleado y atormentado y... -Buenas tardes, amigo. Dios os la dé buena (134). -Con perdón, señor, ¿sabéis leer? Sí, mi propia fortuna en mi desgracia. Quizás lo habéis aprendido sin libro; mas decidme, ¿podéis leer todo lo que os viene a mano? (135) Cierto; si conozco los caracteres y la lengua. Habláis honradamente: que os dure el buen humor (136). Esperad, amigo; sé leer.
«El señor Martino, su esposa y sus hijas; el conde Anselmo y sus preciosas hermanas; la señora viuda de Vitrubio; el señor Placencio y sus amables sobrinas; Mercucio y su hermano Valentín; mi tío Capuleto, su mujer y sus hijas; mi bella sobrina Rosalina (138); Livia; el señor Valentio y su primo Tybal; Lucio y la despierta Elena.» (139) Bella asamblea; (devolviendo la lista) (140) ¿dónde deben reunirse? Allá arriba. ¿Dónde? Para cenar; en nuestra casa (141). ¿La casa de quién? De mi amo. En verdad, debí haber comenzado por esa pregunta. Voy a responderos ahora sin que preguntéis. Mi amo es el ricachón Capuleto y si no pertenecéis a la casa de Montagüe, id, os lo recomiendo, a apurar una copa de vino (142). Pasadlo bien.
En esa antigua fiesta de los Capuletos, en compañía de todas las admiradas bellezas de Verona, cenará la encantadora Rosalina, a quien tanto amas. Asiste al convite; con imparcial mirada compara su rostro con el de otras que te enseñaré y te haré ver que tu cisne es un cuervo. ¡Cuando la fervorosa religión de mis ojos apoye tal mentira que en llamas se truequen mis lágrimas! (144) ¡Que estos (145) diáfanos heréticos, que a menudo se anegan sin poder morir, se abrasen por impostores! (146) (147) ¡Una más bella que mi amada! El sol, que ve cuanto hay, nunca ha visto otra que se le parezca desde que el mundo es mundo. ¡Callad! (148) La habéis encontrado bella no teniendo otra al lado, su imagen con su imagen se equilibraba en vuestros ojos; pero en esas (149) cristalinas balanzas contrapesad a vuestra adorada (150) con alguna otra joven que os enseñaré brillando en la próxima fiesta y en mucho amenguará el parecido (151) de esa que hoy se os muestra (152) por encima de todas. Iré contigo, no para ver esa supuesta belleza, sino para gozar en el esplendor de la mía.
Escena III
Nodriza, ¿dónde está mi hija? Decidla que venga aquí. Sí, a fe de doncella -a los doce años. (157) -Le he dicho que venga. -¡Eh! ¡Cordero mío! ¡Eh! ¡Tierna palomilla! (158) -¡Dios me ampare! (159) -¿Por dónde anda esta muchacha? ¡Eh, Julieta! ¿Qué hay, quién me llama? Vuestra madre. Aquí me tenéis, señora. ¿Qué mandáis? Se trata de lo siguiente: -Nodriza, déjanos un momento, tenemos que hablar en privado -Vuelve acá, nodriza, he cambiado de opinión; presenciarás (160) nuestro coloquio. Ves que mi hija es de una bonita edad. Ciertamente; puedo deciros su edad con diferencia de una hora. No ha cumplido catorce. Apostaría catorce de mis dientes (y, dicho sea con dolor (161), cuento sólo cuatro) a que no tiene catorce. ¿Cuánto va de hoy al primero de agosto? (162) (163) Una quincena larga. Larga o corta (164), el día primero de agosto, al caer la tarde, cumplirá catorce años (165). Susana y ella -Dios tenga en paz- las almas eran de una edad. -Dios se ha llevado a Susana; era demasiado buena para mí. Como decía, pues, la tarde del primero de agosto, hacia el oscurecer, cumplirá Julieta catorce años; los cumplirá, no hay duda, lo recuerdo perfectamente. Once años se han pasado desde el temblor de tierra (166) y ella estaba ya despechada. -Nunca lo olvidaré- de todos los del año (167) es ese día (168). En el que digo, me había untado el pezón con ajenjo, hallábame sentada al sol contra el muro del palomar; mi señor y vos estabais a la sazón en Mantua: -¡Oh! tengo una memoria fiel! (169) -Sí, como os decía, cuando ella gustó el ajenjo en la extremidad del pecho y lo encontró amargo, fue de ver cómo la loquilla se enfurruñó y se malquistó con el seno. -A temblar -dijo en el acto el palomar-: Os juro que no hubo necesidad de decirme que huyera. Y hace de esto once años; pues ya podía ella tenerse sola (170); sí, por la cruz, podía andar deprisa y corretear tambaleándose (171) por todas partes. Tan es así, que la víspera de ese día se rompió la frente. Al notarlo mi marido -¡Dios tenga su alma consigo!- era un jovial compañero; -[La levantó diciéndola: «Sí], ¿te caes hacia adelante? cuando tengas más conocimiento darás de espalda. ¿No es cierto, Julia? (172)» Y por la Virgen, la bribonzuela cesó de llorar y contestó: «Sí». ¡Ved, pues, cómo una chanza viene a ser verdad! Pongo mi cabeza que nunca lo olvidaría si viviese mil años. «¿No es cierto, Julia?» [La dijo], y la locuela se apaciguó (173) y contestó: «Sí». Basta de esto, por favor; cállate. Sí, señora; y sin embargo, no puedo hacer otra cosa que reír cuando recuerdo que cesó de llorar y dijo: «Sí». Y eso, os lo aseguro, que tenía en la frente un bulto tan grande como el cascarón de un pollo; un golpe terrible (174); y que lloraba amargamente. «Sí -dijo mi marido-, ¿te caes hacia adelante? cuando seas más grande darás de espalda. ¿No es cierto, Julia?» Ella concluyó el llanto y contestó: «Sí» (175).] Concluye, concluye tú también, nodriza, te lo suplico. Callo, he acabado. ¡La gracia de Dios te proteja! Eras la criatura más linda de cuantas crié: Si vivo lo bastante para verte un día casada, quedaré satisfecha. A punto (176); el matrimonio es precisamente el particular de que venía a tratar. Dime, Julieta, hija mía, ¿en qué disposición te sientes para el matrimonio? Es un honor en el que no he pensado. ¡Un honor! (177) Si no hubiera sido tu única nodriza diría que con el jugo de mi seno chupaste la inteligencia. Bien, piensa de presente en el matrimonio: muchas más jóvenes que tú, personas de gran estima en Verona, son madres ya: yo por mi cuenta lo era tuya antes de la edad que, aun soltera, tienes hoy. En dos palabras, por último], el valiente Paris te pretende. (178)¡Es un hombre, señorita! Un hombre como en el mundo entero. -¡Oh! es un hombre hecho a molde (179). La primavera de Verona no presenta una flor parecida. Sí, por mi vida, es una flor, una verdadera flor. ¿Qué decís? ¿Podréis amar a ese hidalgo? Esta noche le veréis en nuestra fiesta. Leed en la fisonomía del joven Paris, leed en ese libro y en él hallaréis retratado el placer con la pluma de la belleza. Examinad uno a uno los combinados (180) lineamientos, veréis cómo se prestan mutuo encanto (181); y si algo de oscuro aparece en ese bello volumen, lo hallaréis escrito al margen de sus ojos (182). Este precioso libro de amor, este amante sin sujeciones, para realzarse, sólo necesita una cubierta. El pez vive en el mar (183) y es un grande orgullo para la belleza el dar asilo a la belleza. El libro que con broches de oro encierra la dorada Leyenda, gana esplendor a los ojos de muchos (184): poseyéndole, pues, participaréis de todo lo que es suyo, sin disminuir nada de lo que vuestro es. ¡Disminuir! No, engrandecerá; de los hombres reciben incremento las mujeres (185) (186).] Sed breve, ¿aceptaréis el amor de Paris? Veré de amarle si para amar vale el ver; pero no dejaré tomar más vuelo a mi inclinación que el que le preste vuestra voluntad. Señora, los convidados están ya ahí, la cena se halla servida, se os espera, preguntan por la señorita, en la despensa echan votos contra el ama (188) y todo se halla a punto. Tengo que irme a servir; os suplico que vengáis sin demora (189). Te seguimos. Julieta, el conde nos aguarda. Id, niña; añadid dichosas noches a dichosos días (190).] Escena IV
Y bien, ¿alegaremos eso como excusa, o entraremos sin presentar disculpa alguna? Esas largas arengas no están ya en moda (195). No tendremos un Cupido de vendados ojos, llevando un arco a la tártara de pintada varilla (196) que amedrente a las damas cual un espanta-cuervos (197); ni tampoco, al entrar, aprendidos prólogos, débilmente recitados con auxilio del apuntador (198). Que formen juicio de nosotros a la medida de su deseo; por nuestra parte, les mediremos algunos compases (199) y tocaremos retirada. Dadme un hachón (200); no estoy para hacer piruetas. Pues que me hallo triste, llevaré la antorcha. En verdad, querido Romeo (201), queremos que bailes. No bailaré, creedme: vosotros tenéis tan ligero el espíritu como el calzado: yo tengo una alma de plomo que me enclava en la tierra, no puedo moverme. Amante sois; pedid prestadas las alas de Cupido y volad con ellas a extraordinarias regiones (202). Sus flechas me han herido muy profundamente para que yo me remonte, con sus alas ligeras, y puesto en tal barra (203) (204), no puedo trasponer el límite de mi sombría tristeza. Me hundo bajo el agobiante peso del amor. Y si os hundís en él, le abrumaréis; para el delicado niño sois un peso terrible. ¿El amor delicado niño? Es crudo, es áspero, indómito en demasía; punza (206) como la espina (207). Si con vos es crudo, sed crudo con él; devolvedle herida por herida y le venceréis.] -Dadme una careta para ocultar el rostro. (Enmascarándose.) (208) [¡Sobre una máscara otra! ¿Qué me importa] (209) que la curiosa vista de cualquiera anote (210) deformidades? Las pobladas cejas que hay aquí afrontarán el bochorno. Vamos, llamemos y entremos y así que estemos dentro, que cada cual recurra a sus piernas (211). Un hachón para mí. Que los aturdidos, de corazón voluble, acaricien con sus pies los insensibles juncos (212); por lo que a mí toca, me ajusto a un refrán de nuestros abuelos (213). -Tendré la luz (214) y miraré. -Nunca ha sido tan bella la fiesta, pero soy hombre perdido (215) (216). ¡Bah! De noche todos los gatos son pardos; era el dicho del Condestable (217): Si estás perdido, te sacaremos (salvo respeto) (218) de la cava (219) de este amor (220) en que estás metido hasta los ojos. -Ea, venid, quemamos el día (221). No (222), no es así. (223)Quiero decir, señor, que demorando, nuestras luces se consumen, cual las que alumbran el día, sin provecho (224). Fijaos en nuestra buena intención; pues el juicio nuestro antes estará (225) cinco (226) veces al lado de ella que una al de nuestros cinco (227) sentidos (228). Sí, buena es la intención que nos lleva a esta mascarada; pero no es prudente ir a ella. ¿Se puede preguntar la razón? (229) He tenido un sueño esta noche. Y yo también. Vaya, ¿qué habéis soñado? Que los que sueñan mienten a menudo. Cuando, dormidos en sus lechos, sueñan realidades. ¡Oh! Veo por lo dicho (230) que la reina Mab (231) os ha visitado (232). Es la comadrona entre las hadas (233); y no mayor en su forma (234) que el ágata que luce en el índice de un aderman (235), viene arrastrada por un tiro de pequeños átomos a discurrir por (236) las narices de los dormidos mortales. Los rayos de la rueda de su carro son hechos de largas patas de araña zancuda, el fuelle de alas de cigarra, el correaje [de la más fina telaraña, las colleras] de húmedos rayos de un claro de luna. Su látigo, formado de un hueso de grillo, tiene por mecha una película. Le sirve de conductor un diminuto cínife, vestido de gris, de menos bulto que la mitad de un pequeño, redondo arador, extraído con una aguja del perezoso dedo de una joven (237) (238). [Su vehículo es un cascaroncillo de avellana (239) labrado por la carpinteadora ardilla, o el viejo gorgojo, inmemorial carruajista de las hadas.] En semejante tren, galopa ella por las noches al través del cerebro de los amantes, que en el acto se entregan a sueños de amor; sobre las rodillas de los cortesanos (240), que al instate sueñan con reverencias; [sobre los dedos de los abogados, que al punto sueñan con honorarios;] sobre los labios de las damas, que con besos suenan sin demora: estos labios, empero, irritan a Mab con frecuencia, porque exhalan artificiales perfumes y los acribilla de ampollas. A veces el hada se pasea por las narices de un palaciego (241) (242), que al golpe olfatea en sueños un puesto elevado; a veces viene, con el rabo de un cochino de diezmo, a cosquillear la nariz de un dormido prebendado, que a soñar comienza con otra prebenda más; a veces pasa en su coche por el cuello de un soldado, que se pone a soñar con enemigos a quienes degüella, con brechas, con emboscadas, con hojas toledanas, con tragos (243) de cinco brazas de cabida (244): Bate luego el tambor a sus oídos, despierta al sentirlo sobresaltado, y [en su espanto], después de una o dos invocaciones, se da a dormir otra vez. Esta [misma] Mab es la que durante la noche entreteje la crin de los caballos y enreda (245) en asquerosa plica (246) las erizadas cerdas, que, llegadas a desenmarañar, presagian desgracia extrema (247). [Ésta es la hechicera] que visita en su lecho a las vírgenes, [las somete a presión y, primera maestra, las habitúa a ser mujeres resistentes] y sufridas (248). Ella, ella es la que (249)... Basta, basta, [Mercucio, basta;] patraña es lo que hablas. Tienes razón, hablo de sueños, hijos de un cerebro ocioso, sólo engendro de la vana fantasía; sustancia tan ligera como el aire y más mudable que el viento, que ora acaricia el helado seno del Norte, ora, irritado, vuelve la faz (250) y sopla en dirección contraria (251) hacia el vaporoso mediodía. Ese viento de que hablas nos lleva a nosotros (252). Se ha acabado la cena y llegaremos demasiado tarde. Temo que demasiado temprano. Mi alma presiente que algún suceso, pendiente aún (253) del sino, va a inaugurar cruelmente en esta fiesta nocturna su curso terrible y a concluir, por el golpe traidor de una muerte prematura, el plazo de esta vida odiosa que se encierra en mi pecho. El que gobierna, empero, mi destino, que arrumbe mi bajel (254) (255). -Adelante, bravos amigos. Batid, tambores. Escena V ¿Dónde está Potpan, que no ayuda a levantar los postres? ¡Andar él con un plato! ¡Él, raspar una mesa! (262) Cuando el buen porte de una casa se confía exclusivamente (263) a uno o dos hombres y éstos no son pulcros, es cosa que da asco (264) (265). Llévate los asientos (266), quita el aparador (267), ojo con la vajilla: -Buen muchacho, resérvame un pedazo de mazapán y, puesto que, me aprecias, di al portero que deje entrar a Susana Grindstone y a Nell (268). -¡Antonio! ¡Potpan! (269) ¡Eh! aquí estoy, hombre (270). Os necesitan, os llaman, preguntan por vosotros, se os busca en el gran salón. No podemos estar aquí y allá al propio tiempo. -Alegría, camaradas; haya un rato de holgura y que cargue con todo el que atrás venga (271).
(274)¡Bienvenidos, señores! Las damas que libres de callos tengan los pies (275), os tomarán un rato (276) por su cuenta. -¡Ah, ah, señoras mías! (277) ¿Quién de todas vosotras se negará en este instante a bailar? La que se haga la desdeñosa, juraré que tiene callos. ¿Toco en lo sensible? -¡Bienvenidos (278), caballeros! (279) (280) [Tiempo recuerdo en que también me enmascaraba y en que podía cuchichear al oído de una bella dama esas historias que agradan. -Ya esa época pasó, ya pasó, ya pasó. -¡Salud, señores! -Ea, músicos, tocad.¡Abrid, abrid (281), haced espacio! (282) Lanzaos en él, muchachas. Eh, tunantes, más luces; doblad esas hojas (284) y apagad el fuego: la pieza se calienta demasiado. -Ah, querido, esta imprevista diversión viene oportunamente. Sí, sí, sentaos, sentaos, buen primo Capuleto (285); pues vos y yo hemos pasado nuestro tiempo de baile. ¿Cuánto hace de la última vez que nos enmascaramos? Por la Virgen, hace treinta arios. ¡Qué, hombre! No hace tanto, no hace tanto: fue en las bodas de Lucencio. Venga cuando quiera la fiesta de Pentecostés, el día que llegue hará sobre veinte y cinco años que nos disfrazamos. Hace más, hace más: Su hijo es más viejo, tiene treinta años. ¿Me decís eso a mí? Ahora dos (286) era, él menor de edad (287). ¿Qué dama es ésa que honra la mano de aquel caballero? No sé, señor.] ¡Oh! Para brillar, las antorchas toman ejemplo de su belleza se destaca de la frente de la noche, cual el brillante de la negra oreja de un etiope. ¡Belleza demasiado -valiosa para ser adquirida (288), demasiado exquisita para la tierra! Como blanca paloma en medio de una bandada de cuervos, así aparece esa joven entre sus compañeras. Cuando pare la orquesta estaré al tanto del asiento que toma y daré a mi ruda mano la dicha (289) de tocar la suya. ¿Ha amado antes de ahora mi corazón? No, juradlo, ojos míos; pues nunca, hasta esta noche, vísteis la belleza verdadera. Éste, por la voz, debe ser un Montagüe. -Muchacho, tráeme acá mi espada. -¡Cómo! ¿Osa el miserable venir a esta fiesta, cubierto con un grosero antifaz (290), para hacer mofa y escarnio en ella? Por la nobleza y renombre de mi estirpe no tomo a crimen el matarle. ¡Eh! ¿Qué hay, sobrino? ¿Por qué, estalláis así? Tío, ese hombre es un Montagüe, un enemigo nuestro, un vil que se ha entrometido esta noche aquí para escarnecer nuestra fiesta. ¿Es el joven Romeo? El mismo (291), ese miserable Romeo. [Modérate, buen sobrino, déjale en paz; se conduce como un cortés hidalgo y, a decir verdad, Verona le pondera como un joven virtuoso y de excelente educación. Por todos los tesoros de esta ciudad no quisiera que aquí, en mi casa, se le infiriese insulto. Cálmate pues, no hagas en él reparo, ésta es mi voluntad; si la respetas, muestra un semblante amigo, depón ese aire feroz, que sienta mal en una fiesta. Bien viene cuando un miserable semejante se tiene por huésped. No le aguantaré. Le aguantaréis, digo que sí. ¡Qué! ¡Señor chiquillo! Idos a pasear. ¿Quién de los dos manda aquí? Idos a pasear. ¿No le aguantaréis? Dios me perdone. ¡Queréis armar bullanga entre mis convidados! ¡Hacer de gallo en tonel! (292) ¡Hacer el hombre! Pero, tío, es una vergüenza. A paseo, a paseo, sois un joven impertinente (293). -¿Pensáis eso de veras? (294) Tal despropósito podría saliros mal (295). -Sé lo que digo (296). [Tomar a empeño el contrariarme! Sí, a tiempo llega.] (A los que bailan.) Muy bien (297), queridos míos. -[Andad, sois un presumido (298) (299).] Manteneos quieto, si no... -Más luces, más luces; ¡da vergüenza! -Os forzaré a estar tranquilo. [¡Vaya! -Animación, queridos.] La paciencia que me imponen (300) y la porfiada cólera que siento, en su encontrada lucha, hacen temblar mi cuerpo. Me retiraré, pero esta intrusión que ahora grata parece, se trocará en hiel amarga (301).
Si mi indigna mano profana con su contacto este divino relicario, he aquí la dulce expiación (304): ruborosos peregrinos, mis labios se hallan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada. Buen peregrino (305), sois harto injusto con vuestra mano, que en lo hecho muestra respetuosa devoción; pues las santas tienen manos que tocan las del piadoso viajero y esta unión de palma con palma constituye un palmario y sacrosanto beso (306). ¿No tienen labios las santas y los peregrinos también? Sí, peregrino, labios que deben consagrar a la oración. ¡Oh! Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en desesperación. Las santas permanecen inmóviles cuando otorgan su merced. Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración. Por la intercesión de vuestros labios, así, se ha borrado el pecado de los míos. Mis labios, en este caso, tienen el pecado que os quitaron. ¿Pecado de mis labios? ¡Oh, dulce reproche! Volvedme el pecado (307) otra vez. Sois docto en besar (308) (309). Señora, vuestra madre quiere deciros una palabra. ¿Cuál es su madre? Sabedlo, joven, su madre es la dueña de la casa; una buena, discreta y virtuosa señora. Su hija, con quien hablabais, ha sido criada por mí y os aseguro que el que le ponga la mano encima, tendrá los talegos. ¿Es una Capuleto? (311) ¡Oh, cara acreencia! Mi vida es propiedad (312) de mi enemiga (313). Vamos, salgamos; harta fiesta hemos tenido (314). Sí, tal temo yo; mi tormento está en su colmo.] Eh, señores, no penséis en marcharos; va a servirse (315) una humilde, ligera colación (316). -¿Estáis en iros aún? Bien, entonces doy gracias a todos (317): gracias, nobles hidalgos (318), buenas noches. -¡Más luces aquí! -Ea, vamos pues, a acostarnos. Ah, querido, (al Segundo Capuleto) (319) por mi honor, se hace tarde; voy a descansar. Llégate acá, nodriza: ¿Quién es aquel caballero? (321) El hijo y heredero del viejo Tiberio. ¿Quién, el que pasa ahora el dintel de la puerta? Sí, ése es, me parece, el joven Petruchio. El que le sigue, que no quiso bailar, ¿quién es? No sé. Anda, pregunta su nombre. -Si está casado, es probable que mi sepulcro sea mi lecho nupcial. Se llama Romeo; es un Montagüe, el hijo único de vuestro gran enemigo. ¡Mi único amor emanación de mi único odio! ¡Demasiado pronto lo he visto sin conocerle y le he conocido demasiado tarde! Extraño destino de amor es, tener que amar a un detestado enemigo. ¿Qué decís, qué decís? Un verso que ahora mismo me enseñó uno con quien bailé. Al instante, al instante. Venid, salgamos: los desconocidos... todos se han marchado. Una antigua pasión yace ahora en su lecho de muerte y un joven afecto aspira a su herencia. La beldad (323) por quien el amor gemía (324) y anhelaba morir, comparada con la tierna Julieta, aparece sin encantos. Romeo ama al presente de nuevo y es correspondido: uno y otro amante se han hechizado igualmente con su mirar; pero él tiene que dolerse con su enemiga supuesta y ella que robar de un anzuelo peligroso el dulce cebo de la pasión. Él, mirado como adversario, carecerá de entrada para pronunciar esos juramentos que acostumbran los apasionados; y ella, como él amorosa, tendrá muchos menos recursos para verse do quier con su bien querido. Pero la pasión les presta poder y la ocasión les ofrecerá los medios de acercarse, compensando sus angustias con dulzuras extremas (325).
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