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Acto segundoEscena I ¿Puedo alejarme, cuando mi corazón está aquí? Atrás, estúpida arcilla, busca tu centro. ¡Romeo! ¡Mi primo Romeo! No es tonto: Por mi vida, se ha escabullido de su casa para buscar su lecho. Se ha corrido por este lado y saltado el muro del jardín. Llámale, amigo Mercucio. Haré más, voy a mezclar su nombre con sortilegios (329). -¡Romeo! (330) ¡Capricho, locura, pasión, amor! Aparece bajo la forma de un suspiro, recita un verso y me basta. Haz oír un solo -¡Ay!- Pon siquiera en rima (331), pasión y pichón (332): dirige a mi comadre Venus una dulce palabra, un apodo a su ciego hijo, a su heredero el tierno Adam Cupido (333) (334), el que tan bien (335) disparó cuando el rey Cophetua (336) se enamoró de la joven mendiga. No oye, [está sin acción, no se mueve. El pobrecillo está muerto (337) y tengo a la fuerza que evocarle.] -Yo te conjuro por los brillantes ojos de Rosalina, por su frente elevada, por sus purpúreos labios, por su lindo pie, su esbelta pierna, su regazo provocador (338), por cuanto más éste guarda, que te nos aparezcas en tu forma propia. Si te oye, se enfadará. Lo que digo no puede enfadarle. Enfado le causaría el que se hiciera surgir algún espíritu de extraña naturaleza en el círculo de su adorada y que allí (339) se le mantuviera hasta que ella, por medio de exorcismos, le volviese a la profundidad. Esto sería una ofensa; pero mi invocación es razonable y honrosa: yo sólo conjuro en nombre de su dama (340) o para que él mismo aparezca. Ven, se ha hecho invisible entre esos (341) árboles, para unificarse con la húmeda noche (342). Su amor es ciego y se halla más a gusto en las tinieblas. Si el amor es ciego, no puede dar en el blanco. Nuestro hombre se sentará ahora al pie de algún níspero y deseará que su amada sea esa (343) especie de fruta que (344) llaman manzana las jóvenes, cuando a solas se ríen (345). ¡Romeo, buenas noches! -Voy en busca de mi colchón (346): esta cama de campaña es, [para dormir], harto fría. Ea, ¿nos vamos? Sí, marchémonos; pues es inútil buscar aquí al que no quiere ser hallado. Escena II
Se ríe de cicatrices el que jamás recibió una herida (350). ¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su sacerdotisa, la excedes mucho en belleza. No la sirvas (351), pues que está celosa. Su verde, descolorida (352) librea de vestal (353), la cargan sólo los tontos; despójate de ella. [Es mi diosa; ¡ah, es mi amor! ¡Oh! ¡Que no lo supiese ella!-] Algo dice, no, nada. ¡Qué importa! Su mirada habla, voy a contestarle. -Bien temerario soy, no es a mí a quien se dirige (354). Dos de las más brillantes estrellas del cielo, teniendo para algo que ausentarse, piden encarecidamente a sus ojos que rutilen en sus esferas hasta que ellas retornen. ¡Ah! ¿Si sus ojos se hallaran en el cielo y en su rostro las estrellas! El brillo de sus mejillas haría palidecer a éstas últimas, como la luz del sol a una lámpara. Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través de las aéreas regiones, tal resplandor arrojarían, que los pájaros se pondrían a cantar, creyendo día la noche. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Oh! ¡Que no fuera yo un guante de esa mano, para poder tocar (355) esa mejilla! ¡Ay de mí! ¡Habla! -¡Oh! ¡Prosigue hablando, ángel resplandeciente! Pues al alzar, para verte, la mirada (356), tan radiosa me apareces (357), como un celeste y alado mensajero a la atónita vista de los mortales, que, con ojos elevados al Cielo, se inclinan hacia atrás para contemplarme, cuando a trechos franquea el curso de las perezosas nubes (358) y boga en el seno del ambiente. ¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre, abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto. ¿Debo oír más o contestar a lo dicho? Sólo tu nombre es mi enemigo. [Tú eres tú propio, no un Montagüe pues.] (360) (361) ¿Un Montagüe? ¿Qué es esto? Ni es piano, ni pie, ni brazo, ni rostro, ni otro [algún varonil] componente. [¡Oh! ¡Sé otro nombre cualquiera! (362)] ¿Qué hay en un nombre (363)? Eso que llamamos rosa, lo mismo perfumaría con otra designación (364). Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder este nombre, las caras perfecciones (365) que tiene. -Mi bien, abandona este nombre, que no forma parte de ti mismo y toma todo lo mío (366) en cambio de él. Te cojo por la palabra. Llámame tan sólo tu amante y recibiré un segundo bautismo: De aquí en adelante no seré más Romeo. ¿Quién eres tú, que así, encubierto por la noche, de tal modo vienes a dar con mi secreto? No sé qué nombre darme para decirte [quién soy.] Mi nombre, santa querida, me es odioso, porque es un contrario tuyo. Si escrito lo tuviera, haría pedazos lo escrito (367). Mis oídos no han escuchado aún cien palabras pronunciadas por esta voz y, sin embargo, reconozco el metal de ella. ¿No eres tú Romeo? ¿Un Montagüe? Ni uno ni otro, santa encantadora, si ambos te son odiosos (368) (369). ¿Cómo has entrado aquí? ¿Con qué objeto? Responde. Los muros del jardín son altos y difíciles de escalar: considera quién eres; este lugar es tu muerte si alguno de mis parientes te halla en él. Con las ligeras alas de Cupido he franqueado estos muros (370); pues las barreras de piedra no son capaces de detener al amor: Todo lo que éste puede hacer lo osa. Tus parientes, en tal virtud, no son obstáculo (371) (372)para mí. Si te encuentran acabarán contigo. ¡Ay! Tus ojos son para mí más peligrosos que veinte espadas suyas. Dulcifica sólo tu mirada y estoy a prueba de su encono. No quisiera, por cuanto hay, que ellos te vieran aquí. En mi favor esta el manto de la noche, que me sustrae de su vista; y con tal que me ames (373), poco me importa que me hallen en este sitio. Vale más que mi vida sea víctima de su odio que el que se retarde la muerte (374) sin tu amor. ¿Quién te ha guiado para llegar hasta aquí? El amor, que a inquirir me impulsó el primero; él me prestó su inteligencia y yo le presté mis ojos. No entiendo de rumbos, pero, aunque estuvieses tan distante como esa extensa playa que baña el más remoto Océano, me aventuraría en pos de semejante joya (375). El velo de la noche se extiende sobre mi rostro, tú lo sabes; si así no fuera, el virginal pudor coloraría mis mejillas al recuerdo de lo que me has oído decir esta noche. Con el alma quisiera guardar aun las apariencias; ansiosa, ansiosa negar lo que he dicho; ¡pero fuera ceremonias (376)! ¿Me amas tú? Sé (377) que vas a responder -sí; y creeré en tu palabra. Mas no jures; podrías traicionar tu juramento: de los perjuros de los amantes, es voz que Júpiter se ríe (378). ¡Oh caro Romeo! Si me amas, decláralo lealmente; y si es que en tu sentir me he rendido con harta ligereza, pondré un rostro severo, mostrará crueldad y te diré no, para que me hagas la corte. En caso distinto, ni por el universo obraría así. Créeme, bello Montagüe, mi pasión es extrema y por esta razón te puedo aparecer de ligera conducta; pero fía en mí, hidalgo: más fiel me mostraré yo que esas que saben mejor afectar el disimulo (379). Yo hubiera sido más reservada, debo confesarlo, si tú no hubieras sorprendido, antes de que pudiera apercibirme, la apasionada confesión de mi amor. Perdóname, pues, y no imputes a ligereza de inclinación esta debilidad que así te ha descubierto la oscura noche. Señora, juro por esa luna sagrada (380), que platea sin distinción las copas de estos frutales (381).- ¡Oh! No jures por la luna, por la inconstante luna, cuyo disco cambia cada mes, no sea que tu amor se vuelva tan variable. ¿Por qué debo jurar? No hagas juramento alguno; o si te empeñas, jura por ti, el gracioso (382) ser, dios de mi idolatría, y te creeré. Si el caro amor de mi alma (383).- Bien, no jures: aunque eres mi contento, no me contenta sellar el compromiso esta noche. Es muy precipitado, muy imprevisto, súbito en extremo; igual exactamente al relámpago, que antes de decirse: -brilla, desaparece (384). ¡Mi bien, buenas noches! Desenvuelto por el hálito de estío, este botón de amor, será quizás flor bella en nuestra próxima entrevista. ¡Adiós, adiós! ¡Que un reposo, una calma tan dulce cual la que reina en mi pecho se esparza en el tuyo! ¡Oh! ¿Quieres dejarme tan poco satisfecho? ¿Qué satisfacción puedes alcanzar esta noche? El mutuo cambio de nuestro fiel juramento de amor. ¿Mi amor? Te lo di antes de que lo hubieses pedido. Y sin embargo. quisiera que se pudiese dar otra vez. ¿Querrías privarme de él? ¿A qué fin, amor mío? Solamente para ser generosa y dártelo segunda ocasión. Mas deseo una dicha que ya tengo. Mi liberalidad es tan ilimitada como el mar; mi amor, inagotable como él; mientras más te doy, más me, queda; la una y el otro son infinitos. Oigo ruido allá dentro. -¡Caro amor, adiós! -Al instante, buena nodriza. -Dulce Montagüe, sé fiel. Aguarda un minuto más, voy a volver. ¡Oh, dichosa, dichosa noche! Como es de noche, tengo miedo que todo esto no sea sino un sueño, dulce, halagador a lo sumo para ser real. Dos palabras, querido Romeo, y me despido de veras. Si las tendencias de tu amor son honradas, si el matrimonio es tu fin, hazme saber mañana por la persona que hará llegar hasta ti, en qué lugar y hora quieres realizar la ceremonia (388); e iré a poner mi todo (389) a tus pies, a seguirte, dueño mío (390), por todo el universo. ¡Señora! Voy al momento. -Pero si no es buena tu intención, te ruego... ¡Señora! Al instante, allá voy: -que ceses en tus instancias (392) y me abandones a mi dolor. ¡Mañana enviaré! Por la salud de mi alma.- ¡Mil veces feliz noche! (393) Más que infeliz mil veces por faltarme tu luz (394).-] Como el escolar, lejos de sus libros, corre el amor hacia el amor; pero el amor del amor se aleja, como el niño que vuelve a la escuela, con semblante contrito.
¡Chist! ¡Romeo, chist! -¡Oh! ¡Que no tenga yo la voz del halconero, para atraer aquí otra vez a ese dócil azor (397)! La esclavitud tiene el habla tomada y no (398) puede alzarla; de no ser así, volaría (399) la caverna en que habita Eco y pondría su voz aérea (400) más ronca que la mía (401) haciéndole repetir el nombre de mi Romeo (402). Es mi alma (403) la que llama por mi nombre. ¡Cuán dulces y argentinos son en medio de la noche los acentos de un amante, [de qué música deliciosa llenan los oídos!] ¡Romeo! ¿A qué hora enviaré [a encontrarte] mañana? A las nueve. No caeré en falta. De aquí allá van veinte años. He olvidado para qué te llamé. Déjame permanecer aquí hasta que lo recuerdes. Lo olvidaré para tenerte ahí siempre, recordando cuánto me place tu presencia. Y yo de continuo estaré ante ti, para hacerte olvidar sin interrupción, olvidándome de todo otro hogar (406) que éste. Casi es de día. Quisiera que te hubieses ido; pero no más lejos de lo poco que una niña traviesa deja volar al pajarillo que tiene en la mano (407); infeliz cautivo de trenzadas ligaduras, al que así atrae de nuevo, recogiendo de golpe su hilo de seda. ¡Tanto es su amor enemigo de la libertad del prisionero! (408) Yo quisiera ser tu pajarillo. Yo también lo quisiera, dulce bien; pero te haría morir a fuerza de caricias. ¡Adiós! despedirse es un pesar tan dulce, que adiós, adiós, diría hasta que apareciese la aurora. ¡Que el sueño se aposente en tus ojos y la paz en tu corazón! -¡Quisiera ser el sueño y la paz para tener tan dulce lecho! (410) Me voy de aquí a la celda de mi padre espiritual (411) (412), para implorar su asistencia y noticiarle mi dichosa (413) fortuna. Escena III
La mañana, de grises ojos (417), sonríe sobre la tenebrosa frente de la noche, incrustando (418) de rayas luminosas las nubes del Oriente. Las lánguidas tinieblas, tambaleando como un ebrio, huyen de la ruta del día y de las inflamadas ruedas del carro de Titán (419) (420). Antes, pues, que la roja faz del sol traspase el horizonte (421) para vigorizar la luz y seque el húmedo rocío de la noche, fuerza es que llenemos esta cesta de mimbres de nocivas plantas (422) y de flores de un jugo saludable (423). [La tierra es la madre y la tumba de la naturaleza (424) (425); su antro sepulcral es su seno creador (426), del cual vemos surgir toda clase de engendros, que de ella, de sus maternales entrañas, se nutren, la mayor parte dotados de virtudes numerosas, todos con alguna particular, ninguno semejante a otro.] ¡Oh! ¡Grande es la eficaz acción (427) que reside en las yerbas, las plantas y las piedras, en sus íntimas propiedades! Porque nada existe, tan despreciable en la tierra (428), que a la tierra no proporcione algún especial beneficio; nada tan bueno, que si es desviado de su uso legítimo, no degenere de su primitiva esencia y no se trueque en abuso (429). Mal aplicada, la propia virtud se torna en vicio y el vicio, a ocasiones, se ennoblece por el buen obrar. -En el tierno cáliz de esta flor pequeña (430) tiene su albergue el veneno y su poder la medicina: si se la huele, estimula el olfato (431) y los sentidos todos (432); si se la gusta, con los sentidos acaba (433), matando el corazón. Así, del propio modo que en las plantas, campean siempre en el pecho humano dos contrarios (434) en lucha (435), la gracia y la voluntad rebelde, siendo pasto instantáneo del cáncer de la muerte la creación en que predomina el rival perverso. Buenos días, padre (437). ¡Benedicite! ¿Qué voz matinal me saluda tan dulcemente? (438) -Joven hijo mío, signo es de alguna mental inquietud el despedirte tan temprano del lecho. El cuidado establece su vigilancia en los ojos del anciano; y donde el cuidado se aloja, jamás viene a fijarse el sueño: por el contrario, allí, donde se extiende y reposa la juventud, exenta de físicos y morales padecimientos, el dorado sueño establece sus reales (439). Así, pues, tu madrugar me convence que alguna agitación de espíritu te ha puesto en pie; de no ser esto, doy ahora en lo veraz. -Nuestro Romeo no se ha acostado esta noche. Esa conclusión es la verdadera; pero ningún reposo ha sido más dulce que el mío. ¡Perdone Dios el pecado! ¿Estuviste con Rosalina? ¿Con Rosalina? No, mi padre espiritual. He olvidado ese nombre y los pesares que trae consigo. ¡Buen hijo mío! (440) Pero al fin, ¿dónde has estado? Voy a decírtelo antes que me lo preguntes de nuevo. En unión de mi enemiga, me la he pasado en un festejo, donde improvisamente me ha herido una a quien herí a mi vez. Nuestra común salud depende de tu socorro y de tu santa medicina. Viéndolo estás, pío varón, ningún odio alimento cuando al igual que por mí intercedo por mi contrario. Sé claro, hijo mío; llano en tu verbosidad. Una confesión enigmática sólo alcanza una ambigua absolución. Sabe, pues, en dos palabras, que la encantadora hija del rico Capuleto es objeto de la profunda pasión de mi alma; que mi amor se ha fijado en ella como el suyo en mí y que, todo ajustado, resta sólo lo que debes ajustar por el santo matrimonio. Cuándo, dónde y cómo nos hemos visto, hablado de amor y trocado juramentos, te lo diré por el camino (441); lo único que demando es que consientas en casarnos hoy mismo. ¡Bendito San Francisco! ¡Qué cambio éste! Rosalina, a quien tan tiernamente amabas, ¿abandonada tan pronto? El amor de los jóvenes no existe, pues, realmente en el corazón, sino en los ojos. ¡Jesús, María! (442) ¡Cuántas lágrimas, por causa de Rosalina, han bañado tus pálidas mejillas! ¡Cuánto salino fluido prodigado inútilmente para sazonar un amor que no debe gustarse! El sol no ha borrado todavía tus suspiros de la bóveda celeste, tus eternos lamentos (443) resuenan aún en mis caducos oídos. El seco rastro de una lágrima, no llegada a enjugar, existe en tu mejilla, helo ahí (444). Si fuiste siempre tú mismo (445), si esos dolores eran los tuyos, tus dolores y tú a Rosalina sólo pertenecían. ¿Y te muestras cambiado? Pronuncia, pues, este fallo- Dable es flaquear a las mujeres, toda vez que no existe fortaleza en los hombres. Me has reprobado a menudo mi amor por Rosalina. Tu idolatría, no tu amor, hijo mío. Me dijiste que le sepultara. No que sepultaras uno para sacar otro a luz. No amonestes, te lo suplico (446): la que amo ahora me devuelve merced por merced, amor por amor; la otra no obraba de este modo. ¡Oh! ¡Bien sabía ella que tu amor decoraba su lección sin conocer el silabario (447)! Mas ven, joven inconstante, ven conmigo: una razón me determina a prestarte mi ayuda. Quizás esta alianza produzca la gran dicha de trocar en verdadera afección el odio de vuestras familias. ¡Oh! Partamos; me hallo en urgencia extrema (448). Tiento y pausa. El que apresurado corre, da tropezones (449). Escena IV ¿Dónde diablos puede estar ese Romeo? (452) ¿No ha entrado en su casa esta noche? No ha estado en la de su padre; yo hablé con su criado (453). ¡Ah! (454) Esa criatura sin corazón, esa pálida Rosalina, le atormenta de tal modo, que, de seguro, perderá la razón (455).- Tybal, el sobrino del viejo Capuleto, ha enviado una carta a casa de su padre (456) (457). Un cartel de desafío, pongo mi vida. Romeo contestará a él. Todo el que sabe escribir puede, contestar una carta. Cierto, responderá al autor de ella, desafío por desafío. ¡Ay, pobre Romeo! Ya está muerto. Apuñaleado por los negros ojos de una blanca beldad, herido (458) el oído con un canto de amor, ingerida en el mismo centro del corazón una saeta del pequeño y ciego arquero (459), ¿es hombre en situación de hacer frente a Tybal? (460) ¡Eh! ¿Quién es Tybal? Más que un príncipe de gatos (462), os lo puedo afirmar (463). ¡Oh! Es el formidable campeón de la cortesía. Se bate como el que modula una canción musical (464): guarda el compás, la medida, el tono; os observa su pausa de mínima (465), una, dos, y la tercera en el pecho. Os horada maestramente un botón de seda (466): un duelista, un duelista, un caballero de la legítima, principal escuela, que en todo funda su honor (467). Sí, el sempiterno pase, la doble finta, el ¡aah! (468) ¿El qué? ¡Al diablo esos fatuos ridículos, pretenciosos media lenguas, esos modernos acentuadores de palabras! -¡Por Jesús (469), una hoja de primera! ¡Una gran talla! ¡Una liebre exquisita! (470) -Di, abuelo (471), ¿no es una cosa deplorable que de tal modo nos veamos afligidos por esos exóticos moscones, esos traficantes de modas nuevas, esos pardonnez-moi (472) (473), tan aferrados a las formas del día, que no pueden sentarse a gusto en un viejo escabel (474)? ¡Oh! ¡Sus bonjours, sus bonsoirs! (475) Ahí viene Romeo, ahí viene Romeo (477). Enjuto (478), como un curado arenque. -¡Oh, carne, carne, en qué magrez te has convertido! -Vedlo; alimentándose está con las cadencias que fluían de la vena de Petrarca. Laura, en comparación de su dama, era sólo una fregona; sí, pero tenía más hábil trovador por apasionado, Dido, una moza inculta; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, mujeres de mal vivir, unas perdidas; Tisbe, unos azules ojos o cosa parecida (479), pero sin alma. -¡Señor Romeo, bon jour! Éste es un saludo francés a vuestros franceses pantalones (480). Anoche nos la pegasteis de lo lindo. Buenos días, señores. ¿Qué cosa os pegué? La escapada, querido, la escapada; ¿no acabáis de comprender? (481) Perdón, buen (482) Mercucio, tenía mucho que hacer y, en un caso como el mío, es dable a un hombre quebrar cumplidos (483). Esto equivale a decir que un caso como el vuestro fuerza a un hombre a quebrar las corvas. En el sentido de cortesía. Con sumo favor la aplicaste (484). Manifestación cortés en extremo. Sí, yo soy de la cortesía el punto supino (485). Punto por flor. Exactamente. Pues entonces mis zapatos están bien floreados (486). Deducción cabal (487) (488): prosíguenos esta punta de agudeza hasta que hayas usado tus zapatos y, de este modo, cuando, por efecto del uso, no exista la suela (489), quizás quede la punta, que será sola (490) en su especie. ¡Oh! ¡Fútil agudeza (491), singular únicamente por su propia singularidad! (492) Interponte entre nosotros, buen Benvolio; mi vena se agota (493). Vara y espuelas, vara y espuelas; o pediré que me apareen otro. No, si tu ingenio empeña la caza del ganso silvestre (494), por perdido me doy; pues más de silvestre ganso tienes tú seguramente en un sólo sentido que yo en los cinco míos. ¿Hacía yo el ganso contigo? Jamás te has reunido conmigo para hacer de otra cosa que de ganso. Voy a morderte en la oreja por ese chiste. No, buen ganso, no muerdas. Tu gracejo es como una manzana agria (495); tiene un sabor muy picante. ¿Y no es sazón a propósito (496) para una gansa dulce? ¡Oh! He aquí un chiste de piel de cabra (497); elástico, en su ancho, desde una pulgada hasta cerca de una vara. Le doy todo el largo a esa voz ancho, que, añadida a ganso, te hace, a lo ancho y a lo largo, un ganso solemne (498) (499). Vaya, ¿no vale más esto que estar exhalando quejumbres de amor? Ahora eres sociable, ahora eres Romeo, ahora te muestras cual eres por índole y educación. Créeme, ese imbécil amor es un gran badulaque que, con la boca abierta, anda corriendo de un lado a otro para ocultar su pequeño maniquí (500) en un agujero. Detente ahí, detente ahí. Quieres cortarme la palabra de un modo brusco (501). De proseguir, hubieras eternizado tu historia. ¡Oh! Te engañas, la hubieras acortado; pues (502) había tratado la materia a fondo y no tenía ciertamente intención de prolongar el argumento. ¡He ahí un hermoso aparejo! (503) ¡Una vela, una vela, una vela! (505) Dos, dos; un pantalón y una saya (506) (507). ¡Pedro! (508) Mandad. Mi abanico, Pedro (509) (510).MERCUCIO Dáselo, por favor, buen Pedro (511), para que oculto la faz; de las dos, vale más (512) la de su abanico. Buenos días os dé Dios, señores. Él os dé buenas tardes (513), gentil dama. ¿Es ya tarde realmente? Nada menos, os lo afirmo; la libre mano del cuadrante marca la puesta del sol (514). ¡Quitad allá! ¿Qué hombre sois? Uno, señora, que Dios creó para echarse él mismo (515) a perder (516). Bien contestado (517), por vida mía. -¿No ha dicho para perderse él mismo? (518) -Señores (519), ¿puede alguno de vosotros indicarme dónde es dable hallar al (520) joven Romeo? Yo puedo informaros; pero el joven Romeo, hallado que sea, será más viejo de lo que era al tiempo de andar vos en su busca. Yo soy el más joven de ese nombre en defecto de otro peor (521). Decís bien. ¿Sí? ¿Lo peor bien? El bien tomar, a fe mía. Juiciosa, juiciosamente (522). Si sois Romeo, señor, deseo conferenciar con vos (523). Quiere invitarle (524) a alguna (525) cena. ¡Una intrigante, una intrigante, una intrigante! ¡Hola! ¡Eh! (526) ¿Qué has hallado? (527) Ninguna liebre, querido, si no es una liebre en un pastel de Cuaresma, rancio y mohoso antes de ser acabado.
Romeo, ¿vendréis a casa de vuestro padre? A la hora de comer estaremos allí (530). Iré a reunirme con vosotros. Adiós, vieja dama; adiós, señora, señora, señora (532). ¡Vaya, adiós (533)! -¿Queréis decirme, señor, quién es ese mozo (534) insolente, tan lleno de malicia (535) (536)? Un hidalgo, nodriza, que gusta escucharse a sí propio y que dice más en un minuto de lo que aguantaría oír en un mes. Si osa decir algo (537) en contra mía, doy con él en tierra, aunque sea más fornido de lo que aparenta; con él y veinte jaquetones de su ralea. Y si no puedo, encontraré quienes puedan. ¡Ruin tunante! No soy ninguno de sus gastados estuches (538) (539), ninguna de sus compañeras de puñal (540). -Y tú (541) también, ¿es justo que estés ahí y permitas que todo bellaco abuse de mí a su placer? A nadie he visto abusar de vos a su placer; si visto lo hubiera, mi tizona habría salido a relucir prontamente, os lo aseguro. Yo desenvaino con igual presteza que otro cuando veo la ocasión de una buena riña y el favor está de mi parte. En este momento, Dios me es testigo, siento tal vejación, que todo el cuerpo me tiembla. ¡Ruin bellaco (542)! -Permitidme una palabra, caballero. Como ya os dije, mi señorita me ha enviado a buscaros. -Lo que me ha prevenido hacer presente, lo guardaré para mí hasta tanto me digáis si tenéis la intención de conducirla al paraíso de los locos, como dice el vulgo. Éste sería un muy villano proceder, como el vulgo dice; pues la señorita es joven, y por lo tanto, si usarais de doblez con ella, sería en verdad una cosa indigna de ponerse en planta con una doncella noble, sería ejercitar una acción bien torpe (543) (544). Nodriza (545), di bien de mí a tu señorita, a tu dueña. Te juro...- ¡Buen corazón! Sí, bajo mi palabra, la diré todo eso. Señor, señor, se va a llenar de júbilo. ¿Qué intentas decirla, nodriza? No me prestas atención. La diré, señor... -que juráis; lo que, para mí, equivale a prometer como hidalgo. Dila que busque el medio de ir a confesión esta tarde (546) (547); y que en el convento, en la celda de Fray Lorenzo, [quedará confesa y casada]. Toma por tu trabajo. No, en verdad, señor; ni un ochavo. Vaya, digo que lo tomes. ¿Esta tarde, señor? Corriente, allí estará.] Y tú, buena nodriza, aguarda detrás del muro de la abadía: dentro de una hora mi criado irá a reunirse contigo y te llevará una escala de cuerda, cuyos cabos, en la misteriosa noche, me darán ascenso, al pináculo de mi felicidad. ¡Adiós! Sé fiel y recompensaré tus servicios. ¡Adiós! Ponme bien con tu señora (548) (549). ¡Que el Dios del cielo te bendiga! -Una palabra, señor. ¿Qué dices, cara nodriza? ¿Es discreto vuestro criado? ¿No habéis oído decir que, de dos personas, una sobra para guardar un secreto? Mi criado es tan fiel como el acero, yo te lo garantizo. Bien, señor, mi ama es la mas dulce criatura. -¡Señor, señor! -Aún era una pequeña habladora. -¡Oh! -Hay en Verona un caballero, un tal Paris, que de buen grado la echaría el anzuelo; pero ella, la buena alma, gustara tanto de ver a un sapo, a un verdadero sapo, como de verle a él. Yo la desespero a ocasiones diciendola que Paris es el galán más donoso; pero, creedme, cuando la digo esto se pone tan blanca como una cera (550). Romero y Romeo ¿no, comienzan los dos por la misma letra? (551) Sí, nodriza, ¿a qué esto? ambos con una R. ¡Ah, burlón! Ese es el nombre del perro. R es para el perro (552) (553). No; sé que el principio es otra letra: de él, de vos y de Romero, ha formado ella la más linda composición; sí, bien os haría el oírla.] Di bien de mí a tu señora. Sí (555), mil y mil veces (556). -¡Pedro! ¡Presente! Pedro, toma mi abanico y marcha delante (557). Escena V Las nueve daban cuando envié la nodriza: me había prometido estar de vuelta en media hora. Quizás no puede dar con él. ¡Oh! No es esto; es coja. Los mensajeros del amor debieran ser pensamientos; (560)[ellos salvan el espacio con diez veces más rapidez que los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras de las oscuras colinas. Por eso es que ligeras palomas tiran del carro del Amor, por eso Cupido, veloz como el aire, tiene alas. -Ya el sol, en su curso de este día, ha llegado a su mayor altura y de las nueve a las doce se han pasado tres largas horas -y ella (561) no ha vuelto aún. Si tuviera el corazón, la ardiente sangre de la juventud, rápida como un proyectil fuera en su marcha; una palabra mía la lanzaría al lado de mi dulce bien y otra de éste a mi lado. Pero la gente vieja la da por fingirse (562) in extremis; lenta, inerte, pesada y con sombra de plomo (563).] ¡Oh, Dios (565), ella es! Cara nodriza, ¿qué hay? (566) [¿Le encontraste? Despide al criado. Pedro, esperad en la puerta. Y bien, buena, querida nodriza. -¡Cielos! ¿por qué ese aire triste? Aunque sean malas las nuevas, comunícamelas alegremente: si son buenas, no rebajes su dulce cadencia exponiéndolas con tan hosco semblante.] Estoy fatigada (568), dejadme reposar (569) un momento. ¡Ahí! ¡cuál me duelen los huesos! ¡Qué caminata he hecho! (570) Quisiera que tuvieses mis huesos y tener yo tus noticias. Eh, vamos, habla, te lo suplico; habla, buena, bondadosa (571) nodriza. ¡Jesús! (572) ¡Qué prisa! ¿No podéis aguardar un instante? ¿No veis que estoy sin aliento? ¿Cómo es que te falta, cuando lo tienes para decirme que estás sin él? Las razones que produces en este intervalo de tiempo son más largas que el relato que estás excusando. Tus noticias (573), ¿son buenas o malas? Responde a esto; di sí o no y aguardaré por los detalles. Sácame de ansiedad, ¿son buenas o malas? Bien, habéis hecho una tonta elección; no sabéis escoger un hombre. ¡Romeo! No, él no. Aunque su rostro sea el del varón más bello, no hay pierna de varón como la suya; y por lo que hace a mano, pie y cuerpo -aunque no dignas de mencionarse, sobrepujan toda comparación. No es la flor de la cortesía- mas garantizo que es tan dulce como un cordero. -Sigue tu camino, criatura; sirve a Dios. -¡Qué! ¿Se ha comido ya en casa? No, no; pero ya sabía yo todo eso. ¿Qué dice él de nuestro matrimonio? ¿Qué es lo que dice? ¡Cielos! ¡Que me duele la cabeza! ¡Qué cabeza tengo! Me late como si fuera a hacérseme astillas. La espalda por otro lado... -¡Oh! ¡La espalda, la espalda!... -¡Mal corazón tenéis en echarme así a buscar la muerte, correteando de arriba a bajo! En verdad, me aflige que no te sientas bien. Querida, querida nodriza, cuéntame, ¿qué dice mi amor? (574) Vuestro amor se explica como un honrado hidalgo, [cortés], afable, [gracioso] y, respondo de ello, lleno de virtud. -¿Dónde está vuestra madre? (575) ¿Dónde está mi madre? Y bien, está adentro. ¿Dónde habría de estar? ¡Qué extraña respuesta la tuya! (576) Vuestro amor se explica como un honrado hidalgo. -¿Dónde está vuestra madre? ¡Oh, Virgen María! (577) (578) ¿Tan en ascuas estáis? Sí, lo veo, la tomáis conmigo (579). ¿Es ése el fomento que aplicáis a mis doloridos huesos? De aquí en adelante, llevad vos misma vuestros mensajes. ¿Por qué tal baraúnda? (580) Vamos, ¿qué dice Romeo? ¿Habéis alcanzado permiso para ir hoy a confesaros? Sí. Bien, id a la celda de Fray Lorenzo, donde un hombre aguarda para haceros su mujer (581). Sí, la bullidora sangre os sube a las mejillas. [Cada cosa que diga va súbitamente a enrojecerlas.] Corred a la iglesia; yo voy por otro lado en busca de una escala, por la cual vuestro amante, tan pronto como oscurezca subirá al nido de su tórtola. Yo soy la bestia de carga, la que se fatiga por vuestro placer; mas, a poco tardar, esta noche, llevaréis vos el peso. [En marcha, yo voy a comer; vos, deprisa a la celda. ¡Corramos a la dicha suprema! -Fiel nodriza, adiós.] (582) Que la sonrisa del cielo presida este pacto sacrosanto, para que la conciencia no nos reproche en las horas venideras. ¡Amén, amén! Que venga el pesar que quiera; nunca igualará a la suma de felicidad que brinda el contemplarla un breve instante. Enlaza tan sólo nuestras manos con la fórmula bendita y que la muerte, vampiro del amor (585), despliegue su osadía: me basta poder llamarla mía. Esos violentos trasportes tienen violentos fines y en su triunfo mueren (586): son como el fuego y la pólvora que, al ponerse en contacto (587), se consumen. La más dulce miel, por su propia dulzura se hace empalagosa y embota la sensibilidad del paladar. Amad, pues, con moderación; el amor permanente es moderado. El que va demasiado aprisa, llega tan tarde como el que va muy despacio (588). He ahí la dama. ¡Oh! Tan leve pie jamás gastará estas piedras inalterables. Bien puede un amante deslizarse sobre esos blancos copos (590) que fluctúan a merced de la caprichosa aura de otoño y no dar en tierra sin embargo. ¡Tan ligera es la amorosa satisfacción! (591) Mi reverendo confesor, buenas tardes. Romeo, hija mía, te dará las gracias por los dos. A él saludo igualmente, para que sus gracias no excedan (592). ¡Ah, Julieta! Si es que, cual la mía, está colmada la medida de tu felicidad y, para pintarla, tienes más talento, perfuma, sí, con tu hálito, el aire que nos rodea y que la brillante armonía de tu voz desenvuelva los sueños de ventura que en esta tierna entrevista nos trasmitimos mutuamente. Los pensamientos, más ricos de fondo que de palabras, se pagan de su entidad, no de su ornato. Pobre es uno en tanto que puede contar su tesoro; pero el sincero amor mío ha llegado a tal punto, que a sumar no alcanzo la mitad de mi cabal fortuna (593). Venid, venid conmigo y será obra de un instante; pues, contando con vuestra dispensa, solos no quedaréis hasta que la Santa Iglesia os refunda en uno solo.
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