  Los Miserables
Primera parte. Fantina. Por Víctor
Hugo
Juan Valera
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I
Habíamos pensado no dar noticia ni hablar en nuestro
periódico sino de las obras españolas; pero hay autores que, no
sólo por su mérito real, sino por la nación a que
pertenecen, y por la lengua en que escriben, y por otra multitud de
circunstancias, tienen el privilegio de alborotar el universo mundo con cada
libro que publican, y de que no haya quien no los lea y quien no se apasione y
exalte, ora en pro, ora en contra. Víctor Hugo es uno de los autores que
más en alto grado goza de este privilegio. Se le dan, no sólo su
indisputable y poderoso ingenio, su fecundidad y su originalidad, sino
también la buena dicha de estar hoy y de haber estado en otra
época a
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la cabeza de un partido revolucionario, donde el
entusiasmo y el espíritu de propaganda son más activos, y donde
el encomio hiperbólico y pomposo se prodiga con abundancia.
Víctor Hugo fue en otra época el gran maestro del romanticismo,
uno de los corifeos de aquella revolución literaria; y sus
Orientales, sus
Cantos del Crepúsculo, sus
Baladas, su
Nuestra Señora de París, su
Cromwell, su
Lucrecia Borgia, su
Angelo, su
El Rey se divierte, y otras creaciones por el
estilo, casi se puede afirmar que hicieron las delicias del género
humano, durante los pocos años que duró la fiebre
romántica. Pasada esta fiebre, hasta los más cortos y poco
críticos lectores llegaron a descubrir en la poesía y en la prosa
de Víctor Hugo tantas extravagancias y tanto
amaneramiento de escuela, que Lamartine,
Béranger y hasta Musset, Barbier y otros poetas pudieron ser y fueron
tenidos en Francia por tan buenos o mejores poetas que Víctor Hugo; y
Mérimée, Sand, Sandeau, Balzac y otra multitud, que sería
prolijo enumerar aquí, por mejores novelistas y prosistas.
Pero el
genio de Víctor Hubo era menester que se
adelantase de nuevo al de los demás autores sus compatriotas, y para
ello quiso la suerte que el apasionado y extraño autor de
Nuestra Señora de París viniese a
trasformarse, por una larga serie de casos y de evoluciones, en un
demócrata, republicano y humanitario, un tanto cuanto socialista. Hubo
de ocurrir asimismo que la democracia y el socialismo, después de un
breve y turbulento reinado, fuesen vencidos en Francia, y que se entronizara en
aquella nación un César, que la
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privó de
libertad, pero que le dio orden y sosiego interior y gloria y preponderancia
entre las naciones extrañas, y que fatalmente tuvo que realizar o
propender al menos a que se realizasen muchas de las ideas y aspiraciones de
aquellos mismos a quienes había vencido, y en cuyo vencimiento
había afirmado su trono. Napoleón III humilló la
revolución; pero fue para servirla e irla llevando a buen término
con más tino, reposo y calma de los que suele emplear la
revolución misma. Pero de este servicio, que los reaccionarios no
perdonan ni perdonarán jamás a Napoleón III, no hacen
mérito los revolucionarios, creyéndole hijo de la irresistible
condición de las cosas humanas y del todo independiente de la voluntad
del César. Así es que muchos, y singularmente Víctor Hugo,
le aborrecen de muerte como a déspota y a tirano, y califican el golpe
de Estado del 2 de diciembre de traición espantosa e inicua, y no
quieren volver a la patria ni aceptar la amnistía, sino cuando la
libertad vuelva con ellos. No contento Víctor Hugo de mostrar esta
severidad catoniana, ha querido y procurado ser el Juvenal y el Tácito
del nuevo imperio, y ha escrito un tomo de prosa, titulado
Napoleón el Pequeño, y otro de
poesía, titulado
Castigos, donde, según vulgarmente se
dice, se ha despachado a su gusto, cargando de insultos y denuestos como a
tirano, al mismo a quien insultan con no menor procacidad los reaccionarios
como a demagogo.
Esta conducta política de Víctor Hugo, y los escritos
a que ha dado lugar, han tenido siempre fija la atención de Europa, y
vueltos hacia él los ojos, y embelesadas
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las almas de los
hombres del más vehemente de los partidos políticos; partido que
se dilata y echa raíces en todos los pueblos, pero que tiene su centro
en Francia, donde ha de empezar su triunfo, o donde han de remacharse los
eslabones de la cadena, que acorta y reprime el atrevido vuelo a sus
aspiraciones de dominio.
El poeta expatriado, el terrible censor y estigmatizador del
Bonaparte que en Francia impera, fue desde entonces, y sigue siendo cada
día más considerado como un grande adalid, como un glorioso santo
padre de la democracia. Todas sus obras, todas sus palabras son leídas o
escuchadas con veneración, y casi con idolatría. La hermosura y
la grandeza de sus producciones se magnifican y ensalzan: las rarezas, lunares
y
excentricidades, que también hay en
ellas, pasan así mismo entre los demócratas por ocurrencias
divinas, por el
non plus ultra del arte, por el
último grado de sublimidad a donde puede remontarse un poeta.
El mismo carácter
apostólico de que han investido a
Víctor Hugo sus correligionarios, y el alto pedestal sobre que le han
puesto, han sobrexcitado su cerebro, le han hecho descubrir más anchos
horizontes, le han dado más briosa inspiración, y le han prestado
originalidad nueva, notándose en sus obras recientes, algo de más
colosal y giganteo, así en lo bueno como en lo malo, así en lo
hermoso como en lo grotesco, así en lo elegante y artístico, como
en lo desatinado y falto de orden.
Una cosa extraña a primera vista, pero que no lo es
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si bien se considera, puede advertirse en las obras recientes de
Víctor Hugo, a saber: que si no son intachables en punto a
religión y a moral, hay poco que tachar en ellas, sobre todo
comparándolas con las obras de su primer período, cuando
sólo era romántico, y no era
apóstol todavía. La tendencia de
las obras recientes, es revolucionaria, es democrática, es hasta si se
quiere socialista; pero lejos de contradecir el dogma católico y la
moral cristiana, Víctor Hugo los acepta y confiesa, y trata de
sublimarlos y de apoyar en ellos sus ideas políticas y sociales,
más o menos erróneas. Nos parece, pues, exagerado y absurdo el
sostener, como han sostenido algunos, o propósito de
Los Miserables, que el mismísimo demonio
ha tenido mucho que hacer y dictar en este libro. Las ideas morales y
religiosas de
Los Miserables son buenas: los errores de
Los Miserables son de un orden inferior y
meramente humano, y no hay para qué suponer, si no es como figura
retórica que el demonio ha tenido arte ni parte en estos errores. Lo que
sí hay en Víctor Hugo es un encanto extraordinario de estilo, que
presta magia a los asuntos de que trata; asuntos que agitan hoy profundamente
todos los espíritus y que nunca fueron tratados tan bien en libros de
entretenimiento. Eugenio Sue, el más famoso de los novelistas del
socialismo, tiene un estilo de cocinera. Víctor Hugo, con menos
inventiva que Eugenio Sue, es un gran escritor, a pesar de todos sus defectos;
es un egregio poeta, a pesar de todas sus singularidades.
Fuerza es convenir en que estas singularidades
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abundan
a veces más de lo justo en sus obras; pero
Los Miserables, aunque no están libres
de ellas, no cuentan tantas como otros escritos suyos. Nuestro poeta se puede
decir que llegó en
Las leyendas de los siglos al último
extremo de la extravagancia; y que después ha retrocedido y se ha puesto
en
Los Miserables más en consonancia con el
sentido vulgar o común al vulgo de los hombres.
En el que escribe este artículo produjo muy notable
impresión la lectura de
Las leyendas de los siglos, obra que
salió a luz dos o tres años ha, excitándole a escribir a
un amigo lo que vamos a trasladar aquí ahora. Para comprender a
Víctor Hugo, sino bien, tal como nosotros le comprendemos, y para
estimar
Los Miserables en lo que deben ser estimados,
importa dar previamente una ligera noticia de las mencionadas
Leyendas. Cuando aparecieron, decíamos,
pues, lo siguiente:
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«Quiero encumbrarme, quiero tener el empuje y el resuello de
una locomotiva y la voz estrepitosa del Niágara y de las tempestades;
quiero para mi estilo el cárdeno resplandor del relámpago y los
colores del iris y las llamaradas del infierno, y quiero para mi palabra toda
la fuerza
teúrgica, cabalística y
evocatoria del
tetragrámaton. Quiero hablarte de un
libro francés que nos ha vuelto medio locos a todos los habitantes de
Madrid; de un libro que va a hacer o que ya está haciendo una
revolución
palingenésica en la literatura; de un
poema titánico, cósmico, infernal y celestial, que no es, a pesar
de todo, sino el preludio de otro poema insondable e infinito, junto al cual
han de mostrarse
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más insignificantes y pequeños que
una copla de fandango el Ramayana y el Mahabarata. Quiero hablarte, en suma, de
Las leyendas de los siglos, de Víctor
Hugo.
¡Válgame Dios qué poema! ¡qué
borrachera! Los versos, según el ruido que hacen y lo calientes que
vienen, parecen forjados en la fragua de los cíclopes, cuando
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Tres imbris torti radios, tres alitis
Austri |
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Miscebant operae, flammisque sequacibus
iras |
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El asunto es todo lo creado y lo increado; la acción, todo lo
que pasa y ha de pasar; el tiempo, la eternidad; el lugar, el espacio infinito,
y lo que habría si pudiésemos sustraer el espacio: los
personajes, Dios, el género humano, los diablos, la luz, las tinieblas,
las peñas, los astros, las flores, los cerdos, los asnos, etc.; que
todos tienen voz y voto, y hacen un papel muy importante en este aquelarre
estupendo.
Se trata en este aquelarre de todas las ciencias, antiguas y
modernas, descubiertas y ocultas. Contiene en cifra este poema cuanto se sabe y
cuanto se ignora: física, metafísica, política,
economía social, lingüística, magia,
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Botánica, blasón,
cosmogonía,
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sacra, profana, universal historia, |
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cuanto puede hacinar la fantasía, |
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en concebir delirios eminente. |
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Empieza el poema con una serenata que da la Creación a Eva,
para felicitarla porque
está de esperanzas, como dicen los
portugueses, y termina con una mano negra, de un tamaño inconmensurable,
que sale de lo más enmarañado y hondo de los abismos, y va a
agarrar la trompeta del juicio y a tocar en ella la diana de los muertos.
Entonces cae el telón. Ya se entiende que la trompeta del juicio (Dios
nos le de a todos), no es una bagatela. Nuestro sol se podría disparar
por su hueco como una almecina que dispara un chico por un cañuto.
Imagínate qué nene sería el ángel que iba ya a
tocarla, y que sin duda se la podría colgar de la cadena del reloj, como
nosotros nos colgamos un dije o un brinquillo.
Mas no sólo el susodicho clarín, sino todo es colosal
en este poema. Hay un león que se merienda una ciudad entera con sus
ciudadanos y con sus muros ciclópeos; hay un ojo que persigue a
Caín, y unas gotitas de sangre que caen sobre la túnica de nieve
de un rey parricida, que verdaderamente pasman; hay un Roldán que mata
él solo a diez furibundos y descomedidos jayanes, infantes de Galicia, y
a casi todos los gallegos que había entonces en el mundo; hay un sapo
lleno de virtudes y de talento, aunque feo, cuyo martirio interesa más
que el de las once mil vírgenes; hay un burro de corazón
nobilísimo, junto al cual Platón y Sócrates son dos
galopines; y hay, finalmente, un sátiro muy lascivo, que anda
persiguiendo siempre a las ninfas, y a quien Hércules lleva al Olimpo,
agarrado de una oreja. El sátiro, como el Sr. de Madureira, canta
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en presencia de los dioses. Y canta del origen de las cosas y del
progreso de ellas y de la gloriosa ascensión de la humanidad hacia el
bien. El espíritu se va desenvolviendo en el sátiro al
compás de sus canciones; y domina a la materia y a los demás
espíritus que le rodean.
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Tum vero in numerum faunosque ferasque
videres |
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ludere, tum rigidas motare cacumina
quercus.
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De repente el sátiro se hincha, se prolonga, se ensancha, se
hunde, se eleva, y se dilata de un modo inconcebible, o poco menos. Las cerdas
se le convierten en bosques primitivos, y los ojos en estrellas de primera
magnitud; le salen de no sé donde todas las aguas del mar y de los
ríos;
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...se rasca de lobos y de osos |
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como de piojos los... humanos; |
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y por el dedo meñique se le pasean
caravanas y tribus enteras. Sus lunares y verrugas son el Himalaya y los Andes.
En resolución, el sátiro abre la boca, y le caben en la boca
todas las deidades, y se las traga, y ocupa con el cuerpo los espacios
infinitos, y embebe en sí al universo, y no queda nada más que
él. Él es la inteligencia y la materia; él es tú, y
yo, y aquel, y el de más allá, y él es todo, porque es el
gran Pan, que todo lo encierra, y que todo lo confunde y unimisma. Esto no se
aviene, que digamos, con lo de la trompeta
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del juicio y
demás creencias de buen cristiano que hay en el poema.
¡Léele y verás qué pesadilla! Mis breves palabras no
son siquiera un mal trazado rasguño del tal poemazo.»
|
Tal, en nuestro sentir, era y es el poema titulado
Las leyendas de los siglos. En
Los Miserables ha dicho el poeta
paulo minora canamus; pero la
filosofía de la nueva obra está de acuerdo con la
filosofía de la antigua, si bien es más práctica la de la
nueva, y está más al alcance de todos. La obra nueva lleva, con
todo, una ventaja a la antigua. No hay en la obra nueva ni una sola palabra, ni
un solo pensamiento, por donde pueda Víctor Hugo ser acusado de
panteísta: apenas si hay algo por donde se trasluzca que Víctor
Hugo sea racionalista, que no esté muy firme en la fe católica,
que no sea un sincero creyente. Por el contrario, los héroes más
héroes de la novela son dos figuras cristianas: un santo prelado lleno
de caridad y resplandeciente de otras virtudes evangélicas, y un pecador
arrepentido y penitente, que hace sobrehumanos y maravillosos esfuerzos para
limpiar su alma de la mancha del pecado. La intención religiosa de
Los Miserables no puede, por lo tanto,
censurarse, y menos aún la intención moral. Que el obispo reparta
todos sus bienes con los pobres; que su ferviente caridad se extienda, como la
de San Francisco de Asís, hasta sobre los hombres más abyectos y
hasta sobre las criaturas más perversas y feas, moral o
físicamente consideradas, no creemos que sean novedades
diabólicas que deban asustar a los buenos católicos. San
Francisco de Asís no
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fue sólo caritativo con los
hombres de mal vivir, sino hasta con los lobos, convirtiendo a uno y
poniéndole en libertad, si bien exigiéndole previamente que no
hiciese daño en lo sucesivo. El carácter y la conducta del obispo
que Víctor Hugo nos retrata en
Los Miserables están, pues, de acuerdo
con el ideal cristiano; y como no se puede decir que Víctor Hugo impone
como precepto, sino que presenta sólo como modelo y dechado de
perfección las acciones de monseñor Bienvenido, no acertamos a
comprender qué razón haya por este lado para decir que
Los Miserables son obra del demonio. Si
exigiera Víctor Hugo que todos los obispos fuesen tan generosos,
humildes y desprendidos como el que nos traza, ya se podría sospechar
que procuraba hacer una sátira contra los que no se acercan a tal
extremo de generosidad, de largueza y de mansedumbre. Pero Víctor Hugo
debe conocer, y conoce, que la naturaleza no es tan fecunda en hombres
ejemplares y en varones bienaventurados, y no pretende que haya en la
cristiandad tantos monseñores Bienvenidos como prelados hay. Los afectos
encendidos de puro amor hacia todas las criaturas, que muestra el obispo de la
novela, sólo pueden ser tildados de extravagancia y de
sensiblería por los hombres profanos,
mas no por los místicos al uso, que presumen de amorosos y de llenos de
caridad. Santos que veneramos en los altares, y que interceden por nosotros en
el cielo, han tenido familiaridad con las más ínfimas criaturas,
y han manifestado cariño a perros y a cerdos y a asnos, y han llamado
hermanos a los pájaros, a los peces, y a otros seres más
estúpidos
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e inferiores, considerándolos a todos
como a obras de Dios, como a hijos de nuestro Padre que está en el
cielo. Y esto no puede ni debe ser ridículo sino para la gente de mundo,
descreída y volteriana; para las almas creyentes, apasionadas y
místicas esto es sublime. La piedad y conmiseración de
monseñor Bienvenido al ver una monstruosa y deforme araña,
indican una exaltación de caridad del todo conforme con el
suavísimo espíritu de nuestra religión divina.
Y siendo cierto, como lo es, que, por el amor de Dios, de acuerdo
con la nobilísima y amorosa doctrina del Evangelio, y siguiendo e
imitando a los santos más perfectos que ha habido, podemos y aun
debemos, si el fuego de la caridad es capaz de tanto en nuestros corazones,
difundir su afecto hasta sobre las más indignas criaturas, no se ha de
negar que podemos asimismo difundirle sobre los pecadores; ni se ha de abominar
de que el obispo de hospitalidad a un presidiario y le siente a su mesa. Cristo
habló con pecadores y con malas mujeres, como la Samaritana, y
murió al lado de un ladrón, e hizo que este ladrón fuese
el primero a quien se le abriesen las puertas del paraíso,
dándole hospitalidad en su casa, como al presidiario Juan Valjean se la
dio monseñor Bienvenido en la suya.
De nada de esto, ni de otros muchos casos, accidentes y discursos de
la novela titulada
Los Miserables, pueden pasmarse y asustarse
sino aquellas personas que han fantaseado, sin malicia y sin conciencia, un
cristianismo cómodo, que creen que debe servirles como de medio para
intimidar a las clases menesterosas
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y tenerlas a raya, y calmar
en ellas la avaricia, la envidia y otras malas pasiones, aguzadas por la
miseria, conteniéndolas con el freno de las penas eternas del otro
mundo.
Por dicha, el cristianismo no es esto; el cristianismo no es una
arma de los que tienen contra los que no tienen; el cristianismo no ha venido
sólo a favorecer a los unos, para que no sean vencidos y robados por los
otros; el cristianismo ha venido a declarar que unos y otros son hermanos, y a
poner paz y amor entre ellos, en vez de guerra y discordia. La naturaleza
humana, por decaída y pervertida que esté, no reconoce al temor
como única rémora que la detiene en la pendiente por donde la
arrastran la codicia y el deseo de goces materiales, y el triste y vergonzoso
pesar que suelen causarle el bien y la prosperidad ajenos.
Porque Víctor Hugo escriba una novela llena de sentimientos
caritativos y de piedad profunda hacia los desvalidos, ignorantes y
menesterosos, no hay, pues, razón suficiente para acusarle de
socialista.
Entremos, con todo, en un examen detenido de
Los Miserables, narremos en resumen
brevísimo el argumento de su primera parte, titulada
Fantina, y veamos dónde están los
errores, si los hay, que no lo negamos. Sólo negamos que estos errores
tengan la trascendencia, la enormidad, la ponzoña agudísima que
en ellos descubren o creen descubrir algunos espíritus timoratos.
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II
Hemos tratado de probar en el anterior artículo que no hay
nada de inmoral ni de irreligioso en
Los Miserables, y que la primera de las cinco
novelas que han de formar esta
pentalogía está escrita por un
estilo admirable, que seduce y deslumbra, y que pone a cubierto muchas faltas
literarias. Ahora tenemos que confesar que estas faltas son a veces tan
garrafales que bien pueden pasar por solemnes desatinos.
La novela de
Fantina, ni por los caracteres, ni por la
acción, vale más que la peor novela de Eugenio Sue o de Ayguals
de Izco. Sólo vale más por el primor, por el arte con que
está escrita. Pero a pesar de este escaso valer, no puede el
crítico dejar de hablar de esta novela, porque así los amigos
como los enemigos políticos de Víctor Hugo conspiran a hacerla
popular y famosa, ponderándola unos como si fuese un apéndice del
Evangelio, y excomulgándola otros como si estuviese escrita por Lucifer
en persona.
Pena y vergüenza sentimos al decirlo; pero la aparición
de
Fantina en esta villa y corte ha sido un gran
acontecimiento. Los neo-católicos clamaban porque se prohibiera, los
demócratas hacían ditirambos en su alabanza, y los hombres del
justo medio la compraban y la leían.
Hasta en el púlpito se ha hablado ya de
Fantina, haciéndose de ella el asunto de
todo un sermón. En Madrid, donde hay apenas quien lea, y mucho menos
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quien compre un libro en castellano, se han vendido multitud de
ejemplares de
Fantina, y el público los ha devorado
con ansia, imaginando tal individuo que iba a hallar en su lectura el medio de
acabar con todos les abusos y los males de la sociedad presente, y recelando
otros que tenían entre las manos una máquina infernal, muy a
propósito para echar por tierra el altar y el trono, la propiedad y la
familia, y todos los códigos civiles y criminales.
Extraño parecerá lo que vamos a decir; pero nos aflige
que
Fantina no sea nada de esto. Quisiéramos
que hombres de la fama y del talento de Víctor Hugo tratasen de resolver
las más temerosas cuestiones sociales. Si erraban, como sería
más que posible, otros enmendarían su yerro, y algo
aprenderíamos nosotros, los curiosos y aficionados a leer. Mas
¿qué hemos de aprender en
Fantina ni en las impugnaciones de
Fantina? Sólo la insignificancia y la
inutilidad de este cuento para lo que ahora, con palabra bárbara e
híbrida, se llama sociología. Este cuento, sin embargo,
entretiene y hasta conmueve, gracias a la magia con que está escrito, a
sus arranques sentimentales, a sus aventuras extraordinarias y absurdas, y
también acaso a su misma celebridad, que le circunda de una
célica y refulgente aureola, si es demócrata quien le lee, o le
presta cierto olorcillo a betún, pez y azufre, envolviéndole en
llamas azuladas y verdinegras, si quien le lee es neo o algo por el mismo
orden.
Para nosotros, que no somos neos ni demócratas,
Fantina no está ni en el infierno ni en
la gloria:
Fantina
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está en el limbo.
Quien lee este cuento sin prevención, no saca de su lectura sino perder
tiempo y distraerse un poco: lo que se saca de la mayor parte de los
cuentos.
En este de que tratamos hay, a decir verdad, dos acciones, que se
enlazan un poco, si bien pudieran no estar enlazadas. Pero ¿qué
más puede desear el lector que hallarse con dos cuentos enteramente
distintos cuando no pensaba leer más que uno?
Cada una de las dos acciones tiene su héroe, y (¡cosa
rara!) el que da título a la novela es el menos importante, el
más episódico. El héroe principal, el protagonista de la
primera parte de
Los Miserables es Juan Valjean. El autor, sin
embargo, titula su cuento
Fantina, y así empezaremos, antes de
todo, por hablar de
Fantina.
Prepárese el lector a oír una serie de lances, que
privados por nosotros del encanto que sabe darles Víctor Hugo, y
referidos en compendio y de priesa, van a parecer un diluvio de disparates.
Cuatro estudiantes de París, amigos todos y regocijados,
tienen sendas enamoradas, según es uso en aquella universidad y en
otras. Una de estas enamoradas es
Fantina. Las otras tres consideran sus amores,
como suelen considerarlos las
grisettas todas, como una
diversión, como un pasatiempo, y hasta como un oficio. Sólo a
Fantina se le ha antojado tomar sus amores por
lo serio, y está derretida por su estudiante, que es un
grandísimo truhán.
El retrato de la romántica y tierna
Fantina es muy
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poético y
hermoso. Hasta aquí nada tenemos que censurar al poeta. Convenimos, con
los que condenan la literatura del día, en que no es lo común que
las pasiones nobles y los sentimientos delicados vayan a refugiarse en el
corazón de las mujeres perdidas; pero no es imposible que en él
se refugien, y hasta tenemos por poco cristiano y por poco caritativo a quien
entiende otra cosa. Marion de Lorme y la Dama de las Camelias han tenido sus
predecesoras en Manon Lescaut y en la doña Esperanza de Meneses de
La Tía fingida. Mujeres bienaventuradas
hubo, como Santa Tais, Santa María Egipciaca y otras, que llegaron a la
más sublime altura de la perfección desde la sima más
honda de los vicios. No se culpe, pues, a Víctor Hugo, porque ponga
tesoros de inocencia, de honradez y de ternura en el corazón de una
grisetta.
Fantina, a pesar de estos tesoros, es
abandonada por su amante, quien la deja con una hija pequeñuela, fruto
de sus amores.
Fantina ama a su hija con delirio. Quiere
criarla, consagrarse a ella y ser mujer honrada. Pero aquí entran las
dificultades para ser mujer honrada, dificultades que exagera Víctor
Hugo, y aquí entran las tonterías e inexplicables ridiculeces que
hace
Fantina, y que han menester de todo el talento
de Víctor Hugo, para que el lector se las perdone.
Una mujer joven, lindísima, de buen carácter y
virtuosa, salvo su falta con el estudiante, no halla en París en
qué emplearse para ganar honradamente la vida. Primer fenómeno
extraordinario.
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Esta mujer quiere irse a su villa natal para trabajar allí, y
quiere confiar a su hija a alguna persona que se la críe, porque con la
hija nadie querrá recibirla ni para trabajar en un taller, ni como
criada de servicio. Pero (segundo fenómeno extraordinario)
Fantina, que ha vivido en París por lo
menos más de dos años, en amores con el estudiante, y que debe
conocer a otros estudiantes, a porteros y a porteras, y a
grisettas, y, en suma, a
muchísima gente, no encuentra o no busca en todo París un sujeto
de confianza a quien entregar a su hija, dándole una suma al mes para su
manutención. Esto no se explica sino suponiendo o que
Fantina era tonta, o que todos los habitantes
de París son unos verdaderos miserables, de quienes nadie se puede
fiar.
Algo de esto debía ser, puesto que
Fantina carga con su hija a cuestas, y se va
para su lugar, unos ratos a pie y otros andando. En medio del camino, ve parada
a la puerta de un mesón o venta, a la ventera con sus chicos, y
Fantina se decide a dejar allí el suyo.
Ella que no había hallado a quien dejársele en todo París,
determina abandonársele a una ventera, a una mujer a quien no conoce, y
que, según todas las apariencias, es una archi bribona. El ventero no le
va en zaga, ni disimula su bribonería, mostrándose interesado y
sin entrañas: pero
Fantina no se percata de ello, y abandona a su
niña en poder de aquellos cafres. Esto no tiene sentido
común.
Fantina llega a su lugar y se pone a trabajar
en una fábrica de azabache falso. Es de advertir que
Fantina, aunque algo demacrada, sigue siendo
hermosa como
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un cielo, con un pelo rubio como el oro y unos
dientes como perlas orientales. Además es modesta, trabajadora, humilde
y dulce de carácter. Su única falta es la de haber sido querida
del estudiante. Casi todo lo que gana se lo envía a los venteros para
que su niña esté como una princesita, y los venteros la roban, y
tratan muy mal a aquel ángel. La buena madre sigue siendo tonta, y no
cae en la cuenta de nada de esto.
Hasta ahora, por más que el curioso lector se haga ojos, no
acertará a descubrir donde está aquí ni lo anti-social, ni
lo social, ni qué culpa, ni qué mérito adquiere la
sociedad en que vivimos de que haya una mujer que haga todas las cosas al
revés de como se hacen, y de que esta mujer tenga la desgracia de no dar
sino con la canalla más abominable del mundo, empezando por el
estudiante, que lo mismo se acuerda de su hija y se cura de ella, que de los
hijos del Zebedeo.
Pero ya va a empezar lo más trágico. En la
fábrica hay una vieja beata, muy curiosa y maldiciente, que viene a
descubrir que
Fantina envía mucho dinero para mantener
una hija natural suya. La directora de las mujeres de la fábrica despide
a
Fantina por su inmoralidad. Esto podrá
suceder o haber sucedido alguna vez: pero no es probable que suceda. Ni en
Francia, ni en España, ni en pueblo alguno, se ha llevado jamás
la pudibundez hasta ese extremo. Por otra parte, si al descubrir que
Fantina era madre, se descubría en ella
una falta; al descubrir el afán y la constancia con que sustentaba a su
hija, se descubría en ella una virtud, que la hacía acreedora a
todo respeto.
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El dueño de la fábrica, que era un hombre caritativo,
benévolo y virtuoso, y tenía fama de tal, no llega a saber nada
de esto.
Fantina incurre en la inexplicable necedad de
no acudir a él, contándole su vida, y haciéndole ver que
no había razón para que la echasen de la fábrica.
Ya fuera de ella, no halla nuestra infelicísima
heroína medio alguno de ganar dinero que baste a sus cortas necesidades.
Los venteros siguen saqueándola, y ella sin comprenderlo. No hay alma
piadosa que socorra desinteresadamente a esta linda y santa muchacha.
¡Qué gente tan perversa debe de ser la de Francia! dirá
cualquiera al leer esto. ¡Qué gente! dirá cualquiera al
leer las horribles privaciones que padece
Fantina. Al cabo, la pobre, desesperada,
aburrida y como por vía de distracción (¡bonita
distracción!) toma un amante a quien no ama, que es rudo y bestial, y
que le sacude bien el polvo. Esto ya es monstruoso. ¿Para qué
este amante? Si
Fantina era delicada y tenía nobles
sentimientos, no debía entregarse a nadie, y mucho menos sin la excusa
de una pasión; y si sus sentimientos no eran tan sublimes, nos parece
que hubiera debido buscar amigo más decente, que, en vez de apalearla,
la diera para mantener a su niña. Con este amante inmotivado y por
distracción, despoja Víctor Hugo a su heroína del
interés que había sabido prestarle, a pesar de lo absurdo de la
historia, y hace más absurdos e imposibles los lances que después
suceden.
A
Fantina le falta otra vez dinero para mantener
a su niña, y vende por unos cuantos maravedís su
hermosísimo
-211-
pelo rubio. Pero esto no es nada para lo que
viene en seguida.
Fantina, pelona ya, vuelve a encontrarse sin un
cuarto, y los venteros piden cuarenta francos para la niña. Por lo
visto, en toda su tierra natal no tenía ella ni prima, ni tía, ni
tío, ni parientes ni amigo, ni conocido que se los diese o se los
prestase. No había un alma caritativa que se interesase por su juventud,
por su belleza o por su amor de madre, o al menos que anhelase suplantar al
brutal amante que ella había tomado por distracción y que la
apaleaba. En este apuro, pasa por el lugar un sacamuelas ambulante, que, si
bien Víctor Hugo no lo dice, nosotros sospechamos que debía de
ser el mismísimo diablo. Nosotros sabemos poquísimo o nada de
odontotécnica, o dígase del arte
de hacer dientes postizos; pero siempre habíamos creído que estos
se hacían, no de dientes humanos, sino de otras materias. Sin embargo,
el sacamuelas y fabricante de dientes de Víctor Hugo, sacaba los dientes
a los pobres para ponérselos a los ricos. Ve a Fantina, se admira de sus
hermosísimos dientes, y le ofrece los cuarenta francos justos, que a
ella le hacían falta, por los dos dientes de delante de su
mandíbula superior. Tan bárbaro ofrecimiento se hace a voces, con
el mayor descaro, en medio de la plaza pública, y nadie tiene qué
censurar ni qué condenar en el sacamuelas. Si
Fantina ha menester cuarenta francos y no tiene
otro medio de proporcionárselos, que se saque los dientes y el alma:
nada más natural. Tal parece ser la reflexión que hacen los que
están presentes a la proposición del contrato. En esto
-212-
Víctor Hugo no ha podido tener la intención de
censurar a la sociedad, sino a los individuos. Víctor Hugo ha levantado
una calumnia al género humano. Estamos seguros de que en la aldea
más pobre y de gente más feroz, si un sacamuelas viniese a hacer
proposición semejante a una linda muchacha, el pueblo se
alborotaría, socorrería a la muchacha para que no tuviese que
quedarse mellada, y hartaría de mojicones al sacamuelas,
quitándole a él lo que él quería quitar a la otra.
Pero en la novela de Víctor Hugo no sucede nada de esto, y
Fantina se deja arrancar sus dientes, como una
cordera. Pelona ya y mellada, a fuerza de virtud, ¿qué cosa
más natural que echarse a mujer pública? Alguien pensará
que mejor hubiera sido guardar el pelo y los dientes para entrar en dicho
oficio; pero
Fantina discurría de otro modo o no
discurría. Sin pelo, sin dientes y recorriendo las calles, tenemos ya a
la pobre
Fantina. El poeta nos la ha convertido en la
traviata de las traviatas, y la ha sumido en el
más hondo abismo de la degradación. Para que nada le falte, para
que sea, como suele decirse, miel sobre hojuelas,
Fantina, la pobre
Fantina, se da a la bebida, se aficiona al
aguardiente, se hace borracha. Aquella joven tan pudorosa, tan candorosa, tan
buena, tan bonita, se convierte en la más inmunda de las mujeres que
andan por las callejuelas. Involuntariamente se nos viene a la memoria el
espantoso epigrama de Catulo, y se le aplicamos a
Fantina
|
Illa Fantina quam Víctor
Hugus unam |
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plus quam se, atque suos amabit
omnes,
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-213-
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nunc in quadriviis et angiportis,
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G... magnanimos Breni nepotes.
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|
En efecto, a veces se nos antoja que esta
Fantina es la personificación, la
alegoría de la musa de Víctor Hugo que, de extravagancia en
extravagancia, ha venido a caer en el lodo y a revolcarse en él con
deleite, haciendo tales inmundicias.
Ya en tal estado de miseria, pues la pobre
Fantina no ganaría mucho pelona y sin
dientes, un señorito la ofende de una manera tan cruel, que ella olvida
su ordinaria mansedumbre, y le pega y le araña
coram populo. Un polizonte, el Sr.
Javert, que, como veremos más tarde, hace un papel importantísimo
en el cuento, presencia esta escena, y receta a la pobre
Fantina seis meses de prisión, por
haberse desmandado. En España, ¿qué decimos en
España? en cualquiera punto del mundo real, todos los circunstantes
hubieran dado la razón a
Fantina, hubieran aplaudido su brío,
hubieran celebrado su justa venganza, la hubieran dejado libre o la hubieran
dado una ligera corrección, y se hubieran reído del
señorito insolente y sin entrañas. En la novela es menester que
Fantina sea condenada a seis meses de
prisión, y
Fantina es condenada.
Por dicha, el amo de la fábrica de azabache falso,
único hombre de razón y de caridad que por lo visto había
en aquel pueblo, y que era alcalde, acierta a pasar por allí, se entera
de todo y pone en libertad a
Fantina: pero la infeliz está ya casi
moribunda; la tisis, enfermedad de moda y recurso dramático para matar
-214-
a las
traviatas, consume a esta de quien contamos la
lastimosa historia.
Entonces el amo de la fábrica, el varón justo y
penitente de la novela, se lleva a
Fantina a uno como hospital que tiene en su
casa. Ella cuenta su vida al varón justo, y casi venimos a averiguar que
era una santa, víctima de la sociedad o de la tontería.
El varón justo quiere hacer venir a la niña de
Fantina, que sigue en la venta, pasando las
penas derramadas; pero los venteros, como ven que las remesas de
metálico menudean, gracias a la generosidad del varón justo, no
sueltan al angelito. Así es que, mientras estamos entre si viene o si no
viene,
Fantina se va al otro mundo, en olor de
santidad, dejando muy edificadas y consoladas a las madres o hermanas de la
Caridad que la asistían.
Tal es en resumen la historia de
Fantina, pobre de invención y llena de
monstruosos disparates; pero contada con talento extraordinario.
Ahora hablaremos de la verdadera o principal acción de la
novela, de la vida y milagros del presidiario Juan Valjean que, arrepentido de
sus pecados, se convierte en gran filántropo, fabricante y varón
justo, y que saca a
Fantina de la perdición en que se
hallaba, y logra que tenga un tránsito apacible, cuando no glorioso, a
otra vida mejor; lo cual no era mucho encarecimiento para ella por lo perverso
y rematadamente malo de la que había vivido.
En todo lo que dejamos apuntado, volvemos a repetir que hay
más extravagancia que espíritu o miras
-215-
antisociales. El libro de
Los Miserables, más que corromper las
costumbres o difundir el socialismo, lo que podrá corromper será
el buen gusto literario, y lo que podrá difundir será la
manía de escribir disparates que, escritos sin el talento de
Víctor Hugo; no tendrán la menor disculpa, ni el atractivo
más pequeño.
Ya hablaremos en otro artículo de Juan Valjean, y ya
volveremos a hablar de su protector el obispo.
III
Casi estamos arrepentidos de haber empleado tanto tiempo y tantas
columnas de nuestro periódico en hablar de
Los Miserables, habiendo en España no
pocos libros nuevos, de los cuales, ni nosotros, ni ningún
periódico diario ha dado circunstanciada noticia, y sobre los cuales tal
vez no se ha publicado ni una gacetilla siquiera. Ni de la
Munda Pompeyana, de los Sres. Oliver, ni de la
Historia de la literatura española, del
Sr. D. José Amador de los Ríos, ni del
Madrid antiguo, del señor Mesonero
Romanos, ni de la
Historia parlamentaria, del Sr. Rico y Amat, ni
de
La China y las potencias cristianas, del Sr.
Mas, ni de otros muchos libros, así de instrucción como de
entretenimiento, que han escrito y publicado recientemente autores
españoles, ha habido crítico alguno que trate; pero en cambio,
todos,
doctique, indoctique, hablamos de
Los Miserables, de Víctor Hugo.
Nosotros, arrastrados por la corriente, hemos dado tal vez a este
libro más importancia de la que merece
-216-
en realidad, si
bien ha sido con el intento de probar que no tiene esta importancia.
Antes de 1848, apenas había en España quien supiese lo
que era socialismo; quien recelase nada del socialismo.
El Heraldo y otros periódicos moderados
publicaron en su folletín novelas coma
El Judío errante y
Los misterios de París, sin advertir las
doctrinas que divulgaban. De
Los misterios de París se hicieron en
España, en un año, más de veinte ediciones, y nadie, o
pocas personas dijeron que era anti-social esta novela. Hoy, sin dejar de tener
en España la misma predilección por los libros franceses, hemos
venido a dar en el extremo contrario, y tachamos de antisociales las dos
terceras partes de las obras que leemos.
La censura exagerada, este temor de la ponzoña que ciertos
libros encierran, excita la curiosidad y contribuye poderosamente a que se lean
más de lo que de otra suerte fueran leídos.
En este caso se hallan
Los Miserables, cuyo análisis vamos a
terminar en breves palabras. Pero antes de terminarle, nos importa hacer una
distinción para que se entienda mejor nuestro pensamiento. Nosotros
creemos que se puede ser anti-social hasta cierto punto, sin ser inmoral o
irreligioso. Aceptando, acatando y ensalzando el dogma católico y la
moral cristiana, puede un autor descubrir o soñar vicios y maldades en
el organismo social, y condenarlos y censurarlos ásperamente, a menudo
sin fundamento, apoyándose, al dictar su sentencia, en los mismos
principios de la moral que los bien avenidos con la sociedad afirman que
él desconoce.
-217-
En este sentido, tal vez se pudieran
calificar de socialistas muchos libros devotos. La novela de Víctor
Hugo, sin embargo, va en ocasiones un poco más lejos. La pasión
ciega al ilustre poeta, y sin que nos atrevamos a calificar de inmoral ni de
irreligioso, sino de todo lo contrario, el conjunto de la obra, hay en ella dos
o tres pasajes que es menester confesar que desmienten nuestro aserto.
Ya hemos dicho que el obispo monseñor Bienvenido es un
dechado de perfección, un modelo de todas las virtudes cristianas. Leer
la vida que de él nos refiere Víctor Hugo, es leer la vida de un
santo. Hay, con todo, en esta vida, algunas cosas que pudieran haberse excusado
por extravagantes, y dos o tres hechos que desdicen, que protestan, que braman
de verse incluidos en la vida de tan venerable siervo de Dios.
El más culpado de estos hechos es como sigue. Un bandido roba
las alhajas de Nuestra Señora de Embrun, y al cabo de algún
tiempo, movido de las virtudes del obispo, se las entrega. Toda persona moral,
todo hombre recto y de conciencia, una vez recibido el objeto robado, le
hubiera devuelto a su dueño. Aunque este no hubiera sido Nuestra
Señora; aunque hubiera sido un libertino que gastase el valor de lo que
se le devolvía en seducir doncellas honradas, en orgías, en el
juego o en otros vicios peores; aunque el ducho hubiera sido un malvado que
emplease aquel valor en conspirar contra la independencia de su patria,
nosotros no comprendemos que quepa en este negocio ni vacilación ni
duda. El objeto robado es menester que vuelva a
-218-
poder de su
dueño. Emplear su valor en hacer las obras de caridad más
meritorias, es una cosa horrible, es manchar a la caridad con el sello de la
infamia. Sin embargo, monseñor Bienvenido vacila, titubea, y aunque
Víctor Hugo toca esto vagamente, todavía se puede afirmar que el
obispo se queda con lo robado para socorrer a los pobres. Cuanta censura hagan
de este pasaje los enemigos del poeta es más que merecida. ¿Con
que en siendo para socorrer a los pobres, se puede robar o detener lo robado?
Lo mejor que podemos alegar en defensa de Víctor Hugo es que al decir
esto, no supo lo que decía. En algunas vidas de hombres caritativos,
hemos leído que con el fin de hacer limosnas han solido estos abusar del
bien ajeno; pero los que tal han hecho, no han sido discretos como el obispo,
sino simples por naturaleza y por gracia, y nunca han llegado a término
semejante. El beato Francisco del Niño Jesús se tomaba a veces
ciertas libertades y repartía entre los pobres lo que de resultas
recogía, si bien no lo disimulaba ni lo ocultaba; antes decía a
los dueños, que ya el amo, esto es, el Niño Jesús, les
pagaría lo que él les había tomado: por lo cual llamaba al
Niño Jesús el
empeñadico. Pero monseñor
Bienvenido no dijo nada de esto a los fieles de la iglesia de Embrun, y se
quedó con sus alhajas a la chita-callando. Sea todo por Dios.
Otro hecho singular e inexplicable en la vida del obispo es la
admiración que se apoderó de su alma al oír a un
convencional moribundo explicar la revolución francesa. Pues qué,
¿este obispo, que la había presenciado, no sabía lo que
era, no se había dado cuenta de
-219-
la revolución, no
había formado sobre ella un juicio favorable o adverso al cabo de sus
años? Ni se crea que el convencional le dijese cosas muy
filosóficas y profundas, presentando los hechos de la revolución
iluminados por una luz nueva. Todo lo que dijo el convencional en defensa de la
revolución, se lo debía saber de coro el obispo. Y, sin embargo,
el obispo, que iba a catequizarle, es catequizado; el obispo, que iba a
convencerle, queda convencido; y el obispo, que iba a bendecirle y absolverle
in articulo mortis, se hinca de rodillas
delante del convencional, y le pide la bendición y acaso la
absolución. El convencional resulta pues, un santo de doble
tamaño, por lo menos, que el obispo; porque el convencional
propendió a realizar el cristianismo en las instituciones, y fue un
precursor de lo que llaman el cristianismo social, haciendo que, para
prepararse a su advenimiento, se bautizase la gente con sangre en el
Jordán de la guillotina. Algo tiene que decir en contra de todo esto el
señor obispo; pero el convencional refuta victoriosamente todas sus
objeciones. «La letra con sangre entra, viene a decir el convencional, y
por otra parte, si la revolución mató a algunos inocentes, a
muchos más mató Herodes.» Con este y otros discursos por el
estilo, no es de maravillar que el obispo se postrase a los pies del
revolucionario, el cual era además un varón muy probo y
morigerado, y siempre había comido en un
restaurant baratísimo, sin robar
nada, ni siquiera para socorrer a los pobres.
Prescindiendo de los dos mencionados extravíos, el
-220-
obispo es una noble figura. Volvamos ahora a hablar de Juan
Valjean.
Juan Valjean, acosado por el hambre, robó un pan, y fue
condenado a dos o tres amos de presidio: caso tan lastimoso como posible, mas
que sólo puede y debe evitarse, procurando que haya abundancia de
mantenimientos. Sin embargo, no creemos que ningún código, ni
ningún tribunal del mundo, atendidas las circunstancias del hambre y de
la anterior honradez del reo, condene a nadie a presidio por el simple robo de
un pan.
Ya en presidio, nuestro héroe hace por escaparse varias
veces, y sólo consigue que le detengan y le prolonguen la condena.
Resulta de aquí que Juan Valjean pasa en presidio diez y nueve
años, y sale de él con un aborrecimiento atroz contra los hombres
y contra la sociedad que tan mal le han tratado. Contra esto hay poco que
replicar. Las acusaciones de Víctor Hugo, aunque exageradas, son
fundadas. Los establecimientos penitenciarios requieren muchas mejoras, y
cualquier hombre de corazón puede clamar por ellas, sin ser notado de
socialista.
Juan Valjean, ya libre, es harto vigilado y vejado por la
policía: lo cual prueba que en Francia, o por lo menos en la
imaginación de Víctor Hugo, la policía es muy severa. Juan
Valjean ni había asesinado ni robado a mano armada, ni cometido
ningún crimen. Había sólo hurtado un pan, un día
que tenía hambre, y había querido fugarse de presidio. Estos
hechos, que en presidio debían ser notorios, y el tener Juan Valjean
unas fuerzas
-221-
extraordinarias, no bastan a justificar el que la
policía considerase a este hombre como a un terrible mal hechor, como a
una fiera, como a un hombre en extremo peligroso; por el contrario, la
policía debía saber que, al menos por sus hechos, Juan Valjean
era un infeliz, un delincuente honrado, un
pauvre diable. La policía no
podía, como el poeta, haber penetrado en la conciencia de aquel hombre.
Si la policía hubiese penetrado en ella, sería menester darle la
razón por toda su severidad. Víctor Hugo nos pinta a Juan Valjean
tan perdido de alma, por culpa del presidio se entiende, que todo cuidado con
él nos parece poco.
Llega Juan Valjean al pueblo donde vive el obispo, y en cuanto
allí averiguan, por el pasaporte, que Juan Valjean es presidiario, nadie
quiere albergarle, ni darle de comer por su dinero. Bien se puede decir que las
predicaciones y buenas obras del obispo caían sobre terreno harto seco y
estéril. Lo que es en España, aunque no tuviésemos obispos
tan santos, no faltaría nunca en ningún lugar, por duros de
entrañas que fue sen sus habitantes, un sitio donde Juan Valjean
reclinase la cabeza, y un pedazo de pan con que satisficiese el hambre, y mucho
más si lo pagaba todo, como lo pagaba, enseñando previamente su
dinero. En Francia se nos antoja que ha de suceder lo propio. Los franceses no
son más empedernidos que los españoles, ni más miedosos
tampoco, aunque tal vez sean más interesados; y aunque no hubiera sido
más que por cojer a Juan Valjean su dinero, le hubieran dado hospedaje,
cama y mesa, ora hubiese venido de presidio, ora del
-222-
infierno.
Pero era menester imaginar de antemano que nadie quería albergar a Juan
Valjean, para preparar y motivar la brillante recepción que le hace el
señor obispo.
Este, en efecto, le sienta a su mesa, le trata con la mayor
distinción, y le da cama en una alcoba inmediata a la suya; pero Juan
Valjean, maleado por el pícaro del presidio, determina robar y roba los
cubiertos de plata de su ilustrísimo huésped. De este modo paga
el beneficio recibido. Aquí no podemos menos de hacer notar que el
estudio psicológico, el monólogo, la conversación interior
de Juan Valjean antes del robo, es admirable de verdad y de profundidad, y que
sólo un gran escritor puede concebirla y escribirla. Se diría que
Víctor Hugo, con un poderoso encanto, domina nuestro ánimo y le
lleva a lo más recóndito de una conciencia perturbada, donde le
hace presenciar misterios que se tenían, quizás, por
inenarrables. En este y en otros casos perdona el lector a Víctor Hugo,
todo lo falso, todo lo absurdo, todo lo disparatado y todo lo inconsecuente de
las circunstancias exteriores y hasta de los caracteres. Todo esto lo acepta el
lector y hasta lo cree por un instante, a fin de gozar, una vez aceptado y
creído, de aquella pasmosa verdad, de aquella trágica y
espantable poesía metafísica, que tiene por teatro los hondos
centros de un corazón humano, donde combaten las más violentas
pasiones.
Juan Valjean, que tenía mala fortuna en todas sus
fechorías, es atrapado por los gendarmes cuando se fugaba con el robo.
Los gendarmes le llevan a la presencia
-223-
del obispo, que en aquel
punto pudo perderle y hacer que volviese a presidio para toda la vida:
más el obispo dice que le había dado los cubiertos, y no
sólo los cubiertos, sino unos candeleros de plata, que asimismo le
entrega, y con los cuales se va libre Juan Valjean. Antes de partir le dice el
obispo al oído estas o semejantes palabras: «A este precio he
rescatado tu alma».
Quieren suponer algunos que Juan Valjean debiera haberse arrepentido
en aquel mismo instante, negar que el obispo le hubiese dado los cubiertos y
confesar su delito, entregándose a la justicia: pero en este punto
estamos por Víctor Hugo y no por sus críticos. Un hombre
corrompido y viciado, no se convierte de súbito. Lo que predomina en
él, por lo pronto, es el interés personal, el miedo al castigo,
el instinto de la propia conservación y el asombro y la extrañeza
algo estúpida de ser objeto de un acto de virtuosa generosidad, que ni
siquiera había podido soñar, viviendo como había vivido.
La reacción, la vuelta del espíritu hacia el bien, es más
reflexiva y tardía. Por eso hallamos natural y profundo el pensamiento
de Víctor Hugo de hacer cometer a Juan Valjean otro nuevo delito, antes
de arrepentirse. En la soledad, en medio de los campos, a la hora de anochecer
y luchando ya en la conciencia de Juan Valjean la idea de la virtud con los
pensamientos criminales, pasa por su lado un chico saboyano y deja caer una
moneda de plata. Juan Valjean se apodera de ella. El muchacho la reclama y
quiere quitársela al robador: pero Juan Valjean le
-224-
amenaza, le espanta y le pone en fuga. En todo este delito hay más del
instinto animal, del espíritu de violencia adquirido en el presidio, que
de maldad premeditada. Este robo motiva admirablemente la explosión del
arrepentimiento en aquel alma. Juan Valjean, como herido repentinamente por un
rayo de luz, comprende toda la maldad de lo que ha hecho, toda la infamia de
aquel despojo, y corre en busca del saboyanillo para devolverle lo que le ha
quitado; pero no logra dar con él, ni le vuelve a hallar nunca en la
vida.
En el último artículo, que tendremos que escribir a
pesar nuestro, porque este va siendo demasiado largo, veremos ya a Juan Valjean
hecho un penitente, ejemplar y virtuoso. Sólo nos pesa que no tratase
nunca de devolver sus cubiertos al obispo. Está visto que en esta
novela, hasta los más virtuosos tienen una afición particular, o
al menos cierta laxitud de conciencia, que les hace guardar las cosas apenas
que poseen contra la voluntad de sus dueños, o, si no contra su
voluntad, de una manera algo parecida.
IV
Prosiguiendo en nuestra cansada tarea de informar acerca de
Los Miserables, empezaremos hoy por decir que
Juan Valjean, oculto bajo el pseudónimo de M. Madeleine, se ha
trasformado en un sujeto muy juicioso y respetable. Establecido en una
pequeña ciudad, cuyo nombre no nos importa, ha sabido conquistar con
-225-
su trabajo y con su inteligencia un gran capital y una
posición brillantísima. Si más temprano hubiese apelado a
estos medios y no hubiese hurtado el pan, nuestro héroe se hubiera
ahorrado la incomodidad y el sonrojo de estar en presidio. Esta es la
consecuencia que saca al leer la novela toda persona de juicio, consecuencia
contraria a las que Víctor Hugo parece que pretende deducir. A
cualquiera se le ocurre también que Juan Valjean no tenía para
qué ocultar su nombre, sino por vergüenza de haber sido
presidiario, y no por ningún peligro que corriese. El hurto de los
cubiertos del obispo no era conocido sino del obispo, de su hermana y de su
criada, que le habían declarado inocente. El hurto de la moneda de plata
del saboyanillo, no era sabido de nadie; nadie se le podía probar.
Después de esto, arrepentido Juan Valjean de sus culpas pasadas,
había vivido más de ocho años, siendo como la providencia
de la ciudad en que se había establecido, haciendo que la industria
prosperase en ella, y difundiendo por toda la comarca el bienestar y la
abundancia, gracias a sus acciones filantrópicas y a su magnífica
y bien montada fábrica de azabache falso.
El nombre de M. Madeleine era venerado con razón, y la fama
de sus virtudes, de su actividad y de su talento, había llegado a
oídos del gobierno. Le habían querido elegir diputado y él
no lo había consentido; le habían querido dar una
condecoración, y él la había rehusado; le habían
querido nombrar alcalde, y también se había negado a serlo. Todos
tenían, pues, que acatarle y reverenciarle. Todos debían estar ya
convencidos, y
-226-
lo estaban, en efecto, de que era un
filántropo verdaderamente desinteresado, ninguna de cuyas buenas
acciones podía tener por móvil la ambición, ni la vanidad,
ni miras que no fuesen muy nobles.
M. Madeleine, como hemos dicho, se resistió durante mucho
tiempo a ser alcalde de la ciudad: pero fueron tantos los ruegos, y tuvieron
tal fuerza las instancias que le hicieron para que lo fuese, que hubo de ceder
al fin. En su nuevo cargo, se condujo mejor aun que como particular, irritando
y tal vez adelantándose al obispo en hacer obras de misericordia: y
decimos adelantándose, porque las hacía con más
discreción, con mayores recursos, y sin detentar las alhajas robadas de
ninguna iglesia. Sólo nos aflige que no devolviese al obispo sus
candeleros y sus cubiertos, o que al menos no se los pagase,
escribiéndole agradecido, y enviándole alguna suma para los
pobres de su diócesis. Pero legalmente (y téngase esto muy en
cuenta), Juan Valjean no faltaba. Sólo faltaba moralmente. Los cubiertos
y los candeleros eran suyos por donación del obispo, y él los
guardaba como una reliquia preciosa. Cuando murió el obispo, Juan
Valjean, esto es, el poderoso y virtuoso fabricante, alcalde, propietario y
filántropo M. Madeleine, se vistió de luto. Tal es la
única señal de gratitud que da Juan Valjean al obispo en toda la
novela. Nos parece harto poco, comparado con la inmensidad del beneficio.
Muchas veces hemos pensado, y escrito algunas, que el mayor
mérito del novelista y del autor dramático consiste en crear
figuras vivas y tan perfectas o
-227-
completas en el arte, que tienen
más consistencia y ser que los héroes mismos de la historia, y
que animadas por la virtud divina o diabólica del poeta, viven de una
vida imperecedera en la imaginación de todos los hombres. Para lograr
esto, ora instintivamente, ora ayudada la fantasía de la crítica,
los más eminentes ingenios han dado a sus criaturas gigantescas
proporciones, magnificando sus caracteres y sublimándolos y
corroborándolos, ya para el bien, ya para el mal: pero siempre, al hacer
esta magnificación, al elevar a sus personajes, si se quiere, hasta una
potencia infinita, han tomado como elemento y raíz de ella a los seres
reales que en el mundo viven. De esta suerte, sustrayendo o extrayendo, si es
lícito decirlo así, la raíz de los personajes
poéticos, descubrimos personajes reales, y tal vez los encontramos al
revolver de cada esquina.
Pero nada semejante acontece con los personajes de Víctor
Hugo. Por más sustracciones que haga el lector de las calidades,
grandezas y excelencias de ellos, jamás logra dar con la realidad y con
la vida. Lo único que logra es convertir a cada héroe en un
fantasma, en un
mytho, en un símbolo, en una
alegoría, o en una prosopopeya de tal vicio o de tal virtud, o
más bien de tal pensamiento filosófico, social o político,
que ha concebido el poeta. Lo único que logra el lector, es convencerse
de que, al hacer este trabajo, está
|
Trattando l'ombre come cosa
salda.
|
El bufón de
El Rey se divierte y la
Lucrecia de Borgia, son el símbolo del
vicio, purificado por un solo,
-228-
virtuoso y grande sentimiento.
Marion de Lorme viene a ser lo propio; la redención por el amor. Claudio
Frollo, al contrario, es la virtud misma, a quien pierde un amor violento,
sensual y extraviado. Quasimodo es la monstruosa estupidez a quien el amor
ilumina, hermosea y circunda con una refulgente aureola de inteligencia. Y
así, de casi todas las criaturas de Víctor Hugo. Son pensamientos
más o menos atinados y filosóficos que se personifican; pero no
son, o rara vez son personas. Es tan potente, sin embargo, la fantasía
de Víctor Hugo, que nos parece comparable (y permítasenos la
imagen mitológica) a Rea, mujer de Saturno, la cual, en vez de hijos,
hacía tragar piedras a su hambriento esposo. Algo parecido hace la
imaginación de Víctor Hugo con el público su enamorado;
con el público, con quien ha conseguido unirse en fecundísimo y
utilísimo consorcio.
El encanto, la hechicería, el misterioso procedimiento de que
Víctor Hugo se vale para hacer que las figuras de sus novelas, sin ser
reales, se graben hondamente en la memoria y dejen allí como una estampa
indeleble de ellas, bien se puede y hasta se debe desaprobar; pero no puede
dejar de maravillarnos. Fantina, Juan Valjean, el obispo y hasta el polizonte
Javert, tienen mucho de absurdos, de falsos, de contrahechos; hay en todos
más rasgos de las sombras y espectros que en una pesadilla se nos
aparecen, que de los seres que respiran, y hablan, y se mueven, y salen por
esas calles a la luz del día; y a pesar de todo, Fantina, Juan Valjean,
el obispo y Javert, se
-229-
quedan profundamente grabados en nuestra
alma, y viven allí una vida que no es vida, pero que no se extingue ni
se borra tampoco. ¿En qué alma no se levantan, distintas y claras
aún, las figuras de la Esmeralda, de Pedro Gringoire, del capitán
Febo y del arcediano de
Nuestra Señora de París, y salen
a saludar; cuando se leen
Los Miserables, a sus hermanos menores Juan
Valjean, Fantina y el obispo?
Esta fuerza, este poder de conservación y de duración,
este brío que tienen las figuras de Víctor Hugo para herir las
imaginaciones y fijarse hondamente en ellas, es un mérito grande que no
puede dejar de ser celebrado. Para obtenerle, es menester confesar que rara vez
apela Víctor Hugo a ciertos medios extrínsecos, materiales y
vulgares. Sus héroes no son sublimes de un modo groseramente
cuantitativo, como el D. Juan Tenorio de Zorrilla, de cuya grandeza nos da el
poeta fácilmente razón por una estadística o inventario de
los centenares de hombres que ha muerto en desafío y de los centenares
de mujeres que de su seducción han sido víctimas; ni como los
antiguos caballeros andantes, que hendían a un jayán de un solo
golpe, como si fuera de alfeñique; ni como algunos guapos de Dumas, cada
uno de los cuales acuchilla él solo a innumerables contrarios, quedando
ileso. Los héroes de Víctor Hugo no son misteriosos y
sobrenaturales, como los de Hoffmann; ni opulentos, como Monte-Cristo, Simbad y
Abul-Casen; ni están fuera de la sociedad, o por cima de la sociedad,
como los piratas y corsarios de Byon, y como
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los personajes de la
antigua tragedia; los cuales solían ser reyes y tiranos, a fin de que
todos pudiesen campar por sus respetos y tuviesen la esfera de acción
libre y desembarazada, para explayarse en ella y desenvolver un gran
carácter con toda libertad y holgura. Ni suelen ser tampoco las
heroínas de Víctor Hugo tan material y decididamente hermosas que
no haya más que pedir y sí mucho que temer, muriéndose de
amores cuantos lleguen a verlas, para cuyo mal buscan ellas a veces el remedio,
como cierta princesa de la
Selva de aventuras, en llevar siempre cubierto
el rostro con un velo. Rara es la obra donde Víctor Hugo echa mano de
estos recursos, y ciertamente que en
Los Miserables es donde menos los hay. Sin
embargo, los personajes de la primera de las cinco novelas permanecen en el
alma y no se desvanecen ni se olvidan. Esto se debe, en nuestro sentir, a la
magia del estilo, y a una poesía metafísica que lleva al lector
al centro mismo del espíritu de los personajes, mostrándole
allí las singularidades y maravillas que no hay en las acciones de
ellos, y por donde ellos hacen en el lector la impresión más
viva.
Así sucede principalmente con Juan Valjean. El haber hurtado
un pan, el haber estado después en presidio, el haber hurtado de nuevo
unas cucharas y una moneda de plata, y el haberse arrepentido por
último, haciéndose hombre de bien, filántropo y
fabricante, son actos en verdad muy poco dignos de memoria, y por los cuales no
puede distinguirse mucho una persona, ni por su bondad, ni por su perversidad
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tampoco. Lo que hace, pues, interesante a Juan Valjean, que
además de ser vulgar es falso, es la revelación y
manifestación que de su ser interior hace el poeta. No hay alma, por
baja o mediana que sea, que vista sin nube o velo que la cubra, que puesta a la
consideración y examen de alguien, y como en inmediato contacto, no
guarde o conserve en sí algo de divino, y no nos inspire cierto linaje
de admiración y aun de adoración, haciéndonos doblar la
rodilla, como ante la imagen del Ser de los seres. En esto, pues, está
el secreto de Víctor Hugo. La fisonomía, la estatura, la vida,
las vicisitudes de Juan Valjean nos interesan poquísimo; son absurdas.
Lo que nos interesa y conmueve es su alma que el poeta pone de manifiesto,
penetrando en sus más hondos y escondidos senos por un esfuerzo poderoso
de la fantasía. Y decimos mal al decir que lo que nos interesa es el
alma de Juan Valjean. Juan Valjean es un
mytho, es una alegoría, no es un
individuo, y por lo tanto, no tiene alma: lo que nos interesa es el alma humana
en general, y el espectáculo tremendo de sus combates místicos
con encontradas y violentas pasiones. Los héroes de Shakespeare, algunos
de Calderón, casi todos los de Cervantes y no pocos de otros poetas,
tienen individualidad propia, tienen alma que les pertenece; pero Juan Valjean
no es un héroe de esta laya. No acertamos a reconocer en él un
carácter real que le distinga.
El personaje más distinto de toda la novela es más
secundario; es el polizonte Javert. Pero si bien se
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examina,
Javert también tiene más de símbolo que de personaje. Es
el egoísmo de la burguesía; es el amor del bienestar; es el
respeto y la admiración por la gente acomodada, y el deseo de que el
orden no se altere para que esta gente siga prosperando; y es el
aborrecimiento, el desprecio y la ira a cuantos propenden a perturbar esta para
Víctor Hugo supuesta armonía de la civilización presente;
todo lo cual ha sido elevado a la categoría de una virtud
severísima y de una rigidez fanática, y personificado luego en el
mencionado polizonte. Lo más terrible, lo más antisocial, lo
más peligroso, si algo hay de peligroso en la novela que examinamos, es
la figura del polizonte Javert. Esta figura es la virtud conservadora de la
sociedad presente y el deber social puestos en caricatura. Por eso, aunque
Javert no es un personaje, parece un personaje, y su efigie y su
condición moral se quedan en la memoria, como se quedan en los ojos
ciertos discos o espectros luminosos, después de haber contemplado por
largo rato un resplandor muy vivo.
Los hechos que dan lugar al completo desarrollo de los caracteres,
en lo que aún nos queda que examinar de la novela, no son menos
inverosímiles que los que hemos examinado hasta aquí; Javert
sospecha que M. Madeleine es el presidiario Juan Valjean, y le vigila y
espía, y está anhelando descubrirle y acusarle. Juan Valjean
sigue siendo virtuoso; pero se guarda muy bien de descubrir su verdadero nombre
y su condición pasada. Entre tanto, crecen las sospechas
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de Javert y su ira contra Juan Valjean, y acaba por acusarle de haber sido
presidiario. El inspector de policía o el ministro de policía, o
no recordamos quién, contesta a Javert que se ha equivocado, que el
verdadero Juan Valjean está preso y acusado de un nuevo hurto, y que
probablemente el tribunal de Arras le condenará a presidio por toda la
vida, por reincidencia en sus antiguos delitos. Javert, el polizonte
íntegro, la virtud social personificada, refiere todo esto a M.
Madeleine, se confiesa culpado de haber sospechado de él injustamente, y
le pide justicia contra sí mismo, exigiéndole que por lo menos le
quite su empleo. Esto da ocasión a una escena verdaderamente admirable.
Desde este momento es justo confesar que una agitación, que tiene algo
de febril, se apodera de todo lector algo apasionado e inteligente; que el
interés redobla a cada página que se lee; y que no es posible
soltar el libro hasta haberle leído por completo.
La disyuntiva en que pone el autor a su héroe es, a nuestro
ver, de todo punto falsa. Ya hemos dicho que ni el hurto de las cucharas ni el
de la moneda podían probarse de un modo legal. Y por otra parte, ocho o
nueve años de una vida honrosísima, y una serie de beneficios y
de nobles acciones en favor de todos los habitantes de aquella comarca, y el
trabajo y la inteligencia, y el carácter reconocido de M. Madeleine, y
su fama, y hasta su gloria, bastarían en el tribunal mas rígido
del mundo y en la nación más severa, y con la legislación
más draconiana, para que absolviesen
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a Juan Valjean de sus
pasadas culpas, o al menos para que de seguro le indultasen. Juan Valjean, para
salvar de presidio al desgraciado que habían tomado por él, no
tenía que arrostrar en realidad ningún peligro; sólo
tenía que arrostrar la vergüenza de decir que él
había sido presidiario; pero esta vergüenza redundaría y se
convertiría en magnificación y glorificación de quien la
arrostrase, en todo país donde tuviesen los hombres un corazón
dentro del pecho. Con todo, para que tenga base y cimiento cuanto sucede
después, es menester empezar por creer lo absurdo; es menester dar por
cierto que Juan Valjean irá a presidio por toda su vida, en cuanto
declare su nombre. Aceptado esto, inferido este agravio, no sólo a la
sociedad, sino a la naturaleza humana, todo lo que se sigue es de una
portentosa y terrible hermosura.
Juan Valjean despide a Javert, y se pone a reflexionar sobre lo que
Javert le ha contado. Entonces sus vacilaciones, y los consejos que le da su
egoísmo para callarse y dejar ir por él a presidio a aquel
desventurado, y la voz de la conciencia que se levanta severa en contra de esta
determinación, y el diálogo espantoso de verdad que entablan
dentro de aquel alma el interés y el deber que pelean; todo es
magnífico, extraordinario, épico, digno de un escritor grande y
de un egregio e inspirado poeta. El terror de esta escena, que tiene por teatro
el cerebro de Juan Valjean, va subiendo de punto casi hasta el fin de la
novela; y los seres, o mejor diremos, las entidades metafísicas que
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allí dentro riñen la más brava y ruda
batalla, nos apasionan, nos conmueven y nos sobreexcitan más que todos
los personajes de carne y hueso. En el capítulo titulado
Una tempestad debajo de un cráneo, se
levanta Víctor Hugo por cima de cuanto ha escrito en sus mejores
días. El viaje de Juan Valjean desde el pueblo donde reside a Arras,
donde va a ser juzgado otro por él, no es de menor mérito.
Víctor Hugo hace ir a Juan Valjean, no como quien viaja voluntariamente,
sino como quien se siente arrastrado por una fuerza superior. Se diría
que el deber ha tomado la forma y el brío imperioso de un ángel o
de un genio que lleva o empuja a Juan Valjean, a pesar del egoísmo.
Mil estorbos materiales, mil inconvenientes impensados se ofrecen
para atajar a Juan Valjean en su camino, y el interés personal se
alegra; pero el deber los vence, y aunque al vencerlos el deber siente el alma
cierta pena, sigue el alma adelante en su buen propósito.
Indeciso aún, dudoso entre el bien y el mal, llega Juan
Valjean a Arras; entra en el tribunal donde se le juzga y se le va a condenar
en otro, y dando a un portero su nombre supuesto y respetado, se coloca en un
lugar desde el cual lo ve y lo oye todo perfectamente.
Un viejo imbécil a fuerza de años y de trabajos, una
criatura inofensiva e inocente, va a ser condenada por un fatal parecido que
tiene con Juan Valjean. Varios presidiarios y el mismo Javert declaran que
aquel
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hombre no es otro; su imbecilidad pasa por astucia
refinada, y su sencilla negación de no ser Juan Valjean por insolente
atrevimiento. Por último, triunfa enteramente el sentimiento del deber
en nuestro héroe, y se levanta y exclama en medio del tribunal, que
él es el verdadero Juan Valjean. Los jueces creen que M. Madeleine tiene
un arrebato de locura; los presidiarios que fueron compañeros suyos no
le reconocen; todavía, si quiere, puede salvarse y seguir viviendo una
vida honrada y cómoda, en vez de caer de nuevo en un abismo de infamia.
Pero ya no vacila. Juan Valjean habla, da pruebas, y hace ver hasta la
evidencia que él es el verdadero criminal contra quien se ensaña
la justicia de los hombres.
Lo natural sería, después de esto, que todos los
periódicos y todas las personas encomiasen mucho a Juan Valjean; que la
justicia no le condenase a nada, porque no había razón para
condenarle; y que hasta se escribiesen romances encomiásticos sobre el
caso, volviéndose a su fábrica nuestro héroe, y siendo
más venerado y con más razón que lo había sido
hasta allí. Pero nada de esto, sino lo contrario acontece. Javert tutea
ya a Juan Valjean, le trata con brutal insolencia, y le lleva a la
cárcel. El tribunal va irremisiblemente a condenarle a presidio para
siempre. Esto es falso, es imposible, es absurdo y es monstruoso. Esto es
calumniar a la justicia humana, y a la sociedad y al mundo, ya que no
también a la Providencia. Pero esto pasa en la novela.
Juan Valjean, para evitar tan injusto y bárbaro castigo,
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se escapa de la prisión, abandona a sus obreros, a sus
enfermos y a sus protegidos, se viste pobremente con una blusa, y se va huyendo
por esos mundos de Dios. Así termina la
Primera parte de
Los Miserables.
No sabemos si tendremos tiempo, humor y paciencia para examinar las
siguientes, que aparecerán dentro de poco; pero si las
examinásemos, nunca será con la detención empleada en esta
primera, en la cual tal vez hayamos pecado de harto prolijos.
De todos modos, la primera parte de
Los Miserables forma un conjunto, es un todo en
sí, y bien puede ser juzgada con independencia de las otras cuatro
partes que han de seguirse. Añadiremos, pues, como cifra y resumen de
cuanto va dicho, que la novela titulada
Fantina no se puede tachar de inmoral ni de
irreligiosa. Es, sí, algo antisocial y muy extravagante. Sus lunares son
muchos; pero también tiene notabilísimas bellezas, las cuales
acreditarían de eminente escritor a Víctor Hugo, si ya no
estuviese acreditado.

Los Miserables
Valera, Juan
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