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Discursos académicos


Juan Valera






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La poesía popular, ejemplo del punto en que deberían coincidir la idea vulgar y la idea académica sobre la lengua castellana

Discurso leído por el autor en el acto de su recepción en la Real Academia Española el día 16 de marzo de 1862


SEÑORES:

Tiempo ha que tuve la honra, deseada con la mayor vehemencia, y franca y poco modestamente pretendida por mí, de ser elegido y llamado a tomar asiento en esta ilustre y sabia Academia. Cosa natural parecía que quien tan impaciente se mostró en desearlo, se hubiese apresurado, una vez conseguido, a gozar de ello por completo; y así, no extraño, antes juzgo muy fundada vuestra sorpresa, y aun juzgaría razonable vuestro enojo, si de vuestra bondad se pudiera presumir o recelar que lo hubieseis tenido, al notar mi tardanza en presentarme ante vosotros a recibir un favor solicitado con empeño y ahínco, y que vosotros me concedisteis haciendo de mi deseo mérito y dando al fervor de mi pretensión valer bastante para que se me lograse.

¿Qué no habréis podido suponer y censurar en mi conducta al verme en el pretender tan audaz y diligente, y tan tibio y perezoso en cumplir la única condición que pusisteis al logro de mi deseo, dilatando yo el plazo de satisfacerlo?

Daros como excusa y explicación de esta tardanza mis ocupaciones, antes sería agravar mi falta que no disculparla. Para mí no hay, ni debió haber, desde el momento en que, con mano franca y benévola, me abristeis las puertas de esta casa, otro cuidado ni otro empleo más importantes que los de acudir a ella y entrar en ella. Mi modo de proceder no tiene más que una explicación, y voy a dárosla.

Escribiendo yo apresuradamente y todos los días en los periódicos, y escribiendo, sobre asuntos que sólo tienen una importancia efímera, obrillas que han de vivir un día, sin dar tiempo ni para que sean estimadas ni desestimadas, ni para que por ellas se aquilate el valor de mi estilo, apenas me sentí llamado por vosotros, cuando reflexioné que para entrar aquí había de presentar un escrito, si breve, duradero, y había de dar razón de mí, cual, siendo indigna de esta Academia, perpetuaría la indignidad, porque la Academia comunicaría su vida y su duración a mi escrito, y no sería éste, como otros muchos escritos míos, perdidos en el inmenso fárrago de los periódicos, y condenados al olvido para siempre.

Estas consideraciones me infundieron grandísimo temor, aunque tardío, y parándome delante, cuando he tratado de poner manos a la obra, lo han venido a estorbar, luchando con mi deseo nunca menos vivo de estar entre vosotros y de ser uno de vosotros, aunque sin merecerlo.

La modestia, el saber profundo y la singular discreción de la persona cuyo asiento voy a ocupar aquí, del señor don Jerónimo del Campo, en cuya alabanza no me dilato, por haberlo ya hecho una elegante y autorizada pluma, contribuían asimismo a retraerme y a acobardarme, temeroso del parangón y de la competencia que había de hacer su recuerdo, grabado en vuestras almas, con el humilde sujeto que os habla ahora.

Yo, que soy orgulloso, pero que tengo poquísima vanidad, vacilaba y me arredraba. Por último, venció en mí el anhelo de alcanzar la honra de pertenecer a esta Corporación; pero todavía hubo de salirme al encuentro una dificultad gravísima. ¿De qué acertaría yo a hablaros que pudiese fijar vuestra atención? ¿Qué podría yo deciros que no supieseis? ¿Qué punto tocaría yo que no os pareciese enojoso?

Mucho he cavilado sobre esto, y al cabo he pensado que nada sería menos impropio, nada más natural que traeros noticia, al entrar en este santuario de las letras, de lo que se piensa de las letras entre los profanos, comparando la mente del vulgo, su pensamiento sobre el lenguaje, en sus dos manifestaciones, la prosa y la poesía, con el pensamiento que en esta Academia preside. Yo, señores, no presumo de enseñaros nada; sólo quiero exponeros mi parecer y transmitiros mis observaciones sobre la idea vulgar que hoy se tiene acerca del habla castellana y sobre la idea que en mi sentir debe tener esta Academia. El punto en que coinciden, o sería razonable que coincidiesen, el vulgo y los discretos y los doctos, es la poesía popular, la cual será también asunto de mi discurso, pero más como ejemplo y medio de mostrar mi pensamiento que como fin y objeto de él.

Andan ahora muy validas ciertas opiniones, que, con apariencia de verdad, envuelven errores lastimosísimos, los cuales importa combatir y deshacer, no cortándolos y segándolos, como mala hierba, del ameno y fértil campo de la literatura, sino cavando en él profundamente, hasta hallar sus raíces, para arrancarlas de cuajo, a fin de que no retoñen.

Yo creo que nunca como ahora es fácil obrar de este modo, porque a la crítica, fundada antes en la mera experiencia, y, por consiguiente, limitada, como todo lo que proviene de la inducción, ha sucedido otra crítica, deducida de altos principios filosóficos, la cual comprende todos los casos particulares, y sirve de norma y regla para esclarecerlos y juzgarlos. Así como hay una ciencia matemática, que determina las leyes según las cuales percibe y abarca el entendimiento todos los seres del Universo sensible, así hay también una filosofía del arte, con cuyo auxilio y luz, si no se va tan seguro y si no se ve tan claro como con las matemáticas, se alcanza y se columbra más que con los simples preceptos, fundados en el sentido común o en la observación juiciosa, aunque no sostenidos en otro más filosófico y sólido fundamento.

No soy denigrador del tiempo presente. Creo que pocos períodos literarios más brillantes y más fecundos ha habido en España que éste en que vivimos. Pero reconociendo, como reconozco, sus excelencias, no puedo menos de notar sus defectos, y no quiero disimularlos por alcanzar favor entre el vulgo. El saber, así en literatura como en otras muchas cosas, se ha extendido maravillosamente en estos últimos años. Y esto, aunque ha traído muchos bienes, no se ha de negar que ha traído inconvenientes no pequeños. El saber no se ha derramado por todas partes, al modo que se derraman, con tiempo y medida, por mil canales distintos, las aguas de una esclusa, y van a regar y a fecundar la tierra, sino como estas mismas aguas cuando rompen con ímpetu y furia el malecón que las detiene, y van a inundar los campos, que no están preparados a recibirlas, y que sólo producen zarzas y abrojos, fecundados por su riego.

De la divulgación del saber ha tenido por fuerza que originarse un saber imperfectísimo y vicioso, sólo comparable con esos abrojos y esas zarzas, de donde, como fruto desabrido y amargo, nacen el menosprecio del verdadero saber y las erradas doctrinas en que este menosprecio se apoya.

La política, la filosofía, todas las ciencias y artes que hoy en España se cultivan, adolecen por lo común del mismo achique. Hay una falta de respeto a la autoridad, que, si fuese razonable, hallaría disculpa a mis ojos, pues atribución propia de la ciencia es desconocer y aun negar la autoridad en nombre de la razón; pero me condeno, por ir las más veces contra la razón misma, buscando para ello pretextos vanos y apoyándose en paradojas o mal entendidas verdades.

De estas verdades entendidas a medias, de estos errores que, por ser incompletas verdades, son más peligrosos y contagiosos que los errores en todo, voy a combatir los que al lenguaje se refieren o en él influyen, prevaleciendo hoy, no ya sólo entre el vulgo, sino entre bastantes personas de notable ingenio y de alguna educación literaria. Pues es de saber que estos errores no emanan siempre de total ignorancia; antes se fundan a veces en la pasión y proceden de otros o filosóficos o políticos, partiéndose en dos corrientes opuestas: la de aquellos hombres que sueñan con un progreso omnímodo y quieren una renovación universal, y la de aquellos que, apegados a la tradición, retroceden o se aíslan.

Ambas corrientes, en lo que toca a la lengua y a la literatura, tienen cierto carácter democrático. Unos son amigos de lo nuevo, y creen que el mucho saber que han adquirido, y los altos pensamientos filosóficos que conciben, y las novedades peregrinas que ensenan, aprendidas las más en libros franceses, no caben en la estrechez de nuestro idioma y quieren ensancharlo para que quepan con holgura, por donde lo afean y lo destrozan de una manera bárbara. Otros, entendiendo mal lo que por popular, así en poesía como en prosa, ha de entenderse, y juzgando que no es bueno sino lo que al vulgo place y lo que está al alcance del vulgo, se bajan hasta él en el pensar y en el sentir, y sólo emplean en lo que piensan, sienten y dicen las palabras más vulgares y usadas, censurando al que se vale de otras más raras, nobles y sublimes. Así avillanan, amenguan y mutilan nuestro idioma, de suyo rico y hermoso. Pero tanto los que piensan de una manera como los que piensan de otra suelen convenir en un punto, a saber: en que la inspiración no es compatible con la reflexión y la crítica, y en que la inspiración decae o muere cuando la crítica y la reflexión se le adelantan. De aquí nace la vana creencia de que el escribir no es arte, sino instinto; de que el pensamiento es lo que vale, y de que nada vale la forma, estableciendo entre el pensamiento y la forma de que va revestido una diferencia y hasta un divorcio que jamás existieron.

Del primer defecto adolecen muchos de los nuevos filósofos y políticos, que abusan de un tecnicismo innecesario, y que piensan mejorar el lenguaje alterándolo y hasta vaciándolo en una nueva turquesa, sin comprender que todas sus teorías, y aun otras más sutiles, alambicadas y profundas, pueden expresarse en el habla en que nuestros grandes místicos se expresaron. Es más: yo entiendo que sí la filosofía hubiera menester de una renovación del idioma español para medrar y florecer en España, deberíamos todos los españoles abandonar para siempre el estudio de la filosofía. Si una nación como la nuestra, que lleva ya tantos siglos de civilización, aún no hubiese creado un idioma propio para las ciencias filosóficas, y capaz de expresar sus verdades, sería señal evidente de que el espíritu filosófico de los españoles era nulo, y vano el empeño de importarlo de Francia o de Alemania. Bueno es que un sistema, que una doctrina, se importen; pero no puede importarse el espíritu que ha de comprenderlos, apropiárselos, imprimirles un carácter nacional y castizo y hacerlos fecundos. Así es que cuando yo leo los libros de filosofía que privan ahora, donde, para mostrar ideas de algún soñador o pensador alemán, se vale quien las divulga de frase bárbara y peregrina, me aflijo por él y por todos los españoles, y llego a dudar de si seremos aptos para esta clase de estudios. Llego a temer asimismo que el espíritu nacional, ofendido del menosprecio en que se tiene su primera y más espontánea manifestación, la lengua, nos deje de su mano y se retire y aparte de nosotros.

Y no se crea que condeno la introducción de sistemas de otros países; no se crea que entiendo de un modo mezquino lo castizo y lo nacional, fingiéndome en mi patria una originalidad que no existe ni ha existido nunca, y encastillándome en mi patria para conservarle esa originalidad fabulosa. Harto sé que una ciencia, una verdad, una doctrina, no deben desecharse por ser extranjeras. Por cima del espíritu nacional está el espíritu de la Humanidad toda, el cual contiene en sí a los demás espíritus y lleva en su seno las más diversas y originales civilizaciones. Espíritu nacional que se aísla, civilización nacional que se aparta de ese espíritu superior que no lo sigue en su constante movimiento, en su ascensión perennes, es como ramo que del árbol se desgaja, es como flor que, desprendida del tallo, se marchita y fenece. No es justo ni útil, sino perjudicial y mortífero, el apartarse del espíritu de la Humanidad. Cuanto de él proviene es propio de las naciones todas. En la suprema órbita, en la sublime esfera en que él gira y por donde lleva todas las cosas a su término de perfección, y va elevando a todas las inteligencias creadas, las inteligencias todas han de estar en comunicación y consorcio si es que no quieren perecer, porque aquella es su vida1.

El arte vino de Grecia y de Italia; la religión, de Palestina; mas no por eso dejaron de ser recibidos como propios, no como forasteros y extraños. Y sin dejar de ser el arte entre nosotros la realización de la belleza, tal como la conciben y la aman todos los hombres, y sin dejar de ser la religión la única verdadera, la universal, la católica, el arte y la religión tuvieron en España, en cuanto era compatible con el distinto ser de ambas cosas, esto es, más o menos accidentalmente, su carácter propio, su fisonomía española, ya considerado en sí cada uno, ya ambos en su fecundísima unión. De esta suerte, las vírgenes de Murillo son creaciones católicas, universales; responden al pensamiento que de la Virgen madre tiene todo el género humano, y no dejan de ser obras españolas, castizas, propias del arte español. De esta suerte también, Los nombres de Cristo, de fray Luis de León, en su esencia son católica, universal teología, y en sus accidentes, no sólo de la forma, no sólo del lenguaje, del estilo, sino hasta del giro y condición peculiar del pensamiento, son castizamente españoles. Ni dejando de ser originales y castizos, siguieron entre nosotros, a Zenón y a Séneca, Quevedo; a Platón, Fonseca; y a Aristóteles, otros muchos sabios.

La civilización es una, el espíritu es uno, la idea es una, pero se manifiestan de diverso modo entre cada nación, entre cada gente, en cada lengua y en cada raza. No envían a ellas sus adelantos para que se sobrepongan al saber antiguo y a la antigua y propia civilización, ni para que éste crezca, como crecen los cuerpos inorgánicos, por superposición de capas, sino que se infunden en las entrañas de su maravilloso organismo, y se identifican con él por tal arte, que vienen a convertirse en una misma cosa; y el nuevo elemento de civilización y la civilización antigua cobran el mismo ser y la misma sustancia, y juntos constituyen una sola esencia, dentro de la universal civilización, y subordinados al espíritu que lo comprende todo.

Digo, pues, que si los sistemas novísimos de filosofía alemana o francesa viniesen de este modo a nosotros, serían aceptables por todo estilo. Lo que hubiese en ellos contrario a nuestro espíritu nacional desaparecería, se segregaría de él, cuando él se los asimilara; lo que no le fuese contrario vendría a corroborarlo y a magnificarlo.

Esta es la salud y éste el verdadero progreso del espíritu de una nación. Las nuevas ideas entran en él y no se le sobreponen. Son como los alimentos en un cuerpo orgánico y sano, que se transforman en la propia sustancia del cuerpo y le dan nutrimiento y desarrollo, apartando de sí lo que repugna a su naturaleza.

El lenguaje, que es la obra más instintiva del espíritu nacional, crece o puede crecer, pero sin alterarse en la esencia, ni aun en la forma. Los idiomas llegan acaso a un momento de perfección, en el cual no es posible tampoco mayor crecimiento orgánico y verdadero, sino excrecencia inorgánica, aluvión de voces bárbaras, venidas sin orden ni concierto, y sobrepuestas y abrazadas a él para empañar su tersa y pulida belleza, secar su frescura y consumir su vida. Las palabras y los giros, introducidos así, son como la hiedra que se ciñe a un tronco viejo y le da cierta apariencia vistosa de verdura; pero apretándolo de tal suerte que lo seca y le impide al cabo echar sus naturales hojas y su propio fruto. Pasados ciertos períodos de civilización, es difícil que un idioma se mejore, o conserve su ser con leves alteraciones accidentales, o decae y se corrompe. Así el latín, después del siglo de Augusto, empieza a adquirir aparente riqueza de palabras célticas y de otras lenguas bárbaras, y, sin embargo, o por lo mismo, decae. Y si el griego no decae también, después del Magno Alejandro, y si en muchas ocasiones guarda aún y luce su hermosura, se lo debe a la exquisita delicadeza y a la duradera virtud del in genio helénico, al buen gusto de aquella nación y al estudio asiduo y constante de los antiguos modelos. Así es como, después de las conquistas de Alejandro, florecen aún la literatura y la lengua griegas, bajo el cetro y la protección de los Ptolomeos, dando dichosa muestra de sí en Teócrito, en Calímaco, en Apolonio de Rodas, imitado por Virgilio y en otros poetas líricos, épicos y bucólicos; se dilatan, pasando por el excelente y divino Plutarco, hasta los últimos tiempos del Imperio de Roma, y muestran, bien de una manera artificial y estudiada, la primitiva candidez y la juvenil frescura en las Pastorales, de Longo, y la severidad didáctica y la claridad y nitidez del estilo, en los escritos del maestro de la gran Zenobia. Este esmero y cuidado que pusieron los griegos en conservar su idioma y por consiguiente, el espíritu nacional, que en él está embebido, les sirvió de mucho para conservar también el ser de su civilización y para difundirla y verterla por el mundo, desde el Cáucaso hasta la Libia, desde la India y Persia hasta más allá de las Columnas de Hércules, aun después de arruinado su poder político y derrocado su imperio. Después de las conquistas del héroe de Macedonia llevaron por toda el Asia su saber y su literatura, la cual penetró y hasta influyó en la India, creando allí tal vez el arte dramático y modificando la filosofía, ora por el trato frecuente con la Corte de los reyes griegos de la Bactriana, ora por el comercio de las naves griegas que por el mar Rojo iban a Egipto, ora por los embajadores y sabios que enviaban los Seléucidas y los Ptolomeos entre los brahmines2. Las colonias griegas, esparcidas por todo el mundo conocido entonces, desde Marsella hasta Crimea, desde el Ponto y la Armenia hasta el Penjab, guardaron en su pureza el espíritu nacional y el habla en que se contiene, y produjeron brillantísimas escuelas literarias, como, por ejemplo, la de Tarsos, que dio nacimiento a Estrabón. La influencia de la literatura griega se extendió indudablemente hasta China, y acaso contribuyó a perfeccionar la secta de Lao-Zu. Roma, vencedora, se rindió también a las artes y letras de Grecia; los árabes las aprendieron e imitaron, y aun en época más reciente, los refugiados de Constantinopla, presa de los turcos, concurrieron al renacimiento de la civilización entre los latinos.

La religión cristiana, lejos de alterar o cambiar el espíritu y el idioma de Grecia, vino a darles, injertándose en ellos, nueva fecundidad y vida. Los santos padres algo más nuevo traerían que expresar y que decir que los imitadores de los filósofos alemanes que tenemos hoy en España. Los santos padres, no sólo traían una filosofía nueva, sino nueva religión, nueva moral y nueva política, y, sin embargo, no creyeron indispensable ni conveniente buscar otras palabras y otros giros, afear y dislocar el griego para expresar en él tan grandes novedades, las mayores novedades que ha habido en el mundo. ¿Por qué, pues, se ha de afear y dislocar el castellano para expresar en él las novedades de Kant, de Hegel o de Krause?

La verdadera y gran corrupción de la lengua griega vino después con el Bajo Imperio y coincidió con la admisión de voces peregrinas, que desfiguraron y empobrecieron el idioma, haciendo caer en desuso las voces propias y acabando con bu riqueza en las formas, las cuales se simplificaron, analizándose o desatándose3.

Esto tiene su razón de ser filosófica, porque cada lengua brota del genio de la raza que la habla, como brota la flor de su germen, y ya en el germen van todas las condiciones y todas las excelencias de la flor cifradas y compendiadas; de suerte que lo que no está en el germen es imposible que más tarde en la flor aparezca y logre desenvolverse, y tacharíamos de loco al que quisiese poner en la flor otra hermosura u otro perfume de los que en su naturaleza hay, porque éste, en vez de mejorar la flor, la deshojaría y marchitaría.

Las lenguas, si pensamos cristianamente, se ha de creer que nacieron por revelación, de un modo divino, y, si por acaso seguimos el parecer de los más sabios filósofos y etnógrafos racionalistas se ha de suponer que nacieron por inspiración, esto es, de un modo semidivino, aunque natural, en el momento misterioso en que se despertó la conciencia del linaje humano. Las lenguas, pues, ya se discurra de un modo, ya de otro, fueron fruto del instinto, de la espontaneidad, del milagro, no de la reflexión y del estudio. Cada pueblo creó la suya como forma sensible, como emanación de su genio, inspirado por el espectáculo de la circunstante Naturaleza. Cuando el idioma fue primitivo, lo sacó todo de su propio ser, y cuando fue derivado, puso en su fábrica materiales del antiguo, ya corrompido o muerto. En el primer caso, el pueblo se puede afirmar que se creó a sí propio; en el segundo, que se transformó en otro pueblo. La adopción de un nuevo idioma no es posible sin una mudanza grandísima en el ser del pueblo que lo adopta. Pero el pueblo, ora cree, ora mude el lenguaje, lo hace instintivamente: los sabios y escritores que anhelan realizar cambios tan radicales, sólo consiguen corromper y no crear. La reflexión rara vez pone en el lenguaje perfecciones y calidades nuevas, si bien las ordena y clasifica; la reflexión apenas desenvuelve el lenguaje, si bien escribe y formula las leyes naturales que presiden su desenvolvimiento. La gramática, la retórica y la poética, posteriores a Homero, a Herodoto y a Tucídides, no hicieron más que enseñar a escribir reflexivamente, como por instinto escribieron aquellos admirables escritores4.

En suma: así como los chinos se han elevado a un grado de civilización altísimo y han conservado una lengua monosilábica, menos rica de formas que la lengua de los hotentotes; así como el griego no se hermoseó ni perfeccionó sino que decayó al aceptar palabras y modismos bárbaros, y así como San Clemente de Alejandría, San Gregorio de Nisa y San Juan Crisóstomo, en prosa, y San Basilio, Sinesio y Nonno, en poesía, escribieron y cantaron como Platón, Demóstenes, Aristóteles y Homero, aunque escribían y cantaban de la nueva más pasmosa, de la buena nueva y aun de mucho de la novísima civilización, que de ella emana y que ya en esperanza iban descubriendo, así me parece que nuestra lengua, aunque fuese tan defectuosa como la de los chinos, permanecería tan defectuosa o dejarían ellos de ser chinos y nosotros españoles; así me parece que la introducción de tantas voces y giros nuevos lleva a la corrupción y no a la mejora, y así me parece, por último, que, imitando en algo a los padres griegos, pudieran estos filósofos de ahora introducir esas novedades germánicas, que al fin no son tan altas ni tan extrañas novedades, acomodándolas de modo que se hicieran consustanciales a la índole y ser del espíritu y del idioma de nuestra nación. Todo lo demás que se haga se puede tachar de extrañamiento y de apartamiento de la patria, si no en cuerpo, en alma, que es muchísimo peor. Es como si dijéramos al espíritu nacional: «Quédate ahí, que estás viejo y torpe, y yo me alejo de ti, y sigo el vuelo del espíritu del mundo, y me remonto con él a regiones más serenas, elevadas y puras, a donde tú no puedes seguirme.»

Y no se crea que hago por acaso, sino adrede y muy de propósito, esta especie de identificación y de unificación del espíritu nacional y del habla nacional, porque el habla es una misma con el espíritu; es su emanación, es su verbo. Por manera que donde decae el idioma, bien se puede afirmar que el espíritu nacional decae, y donde el habla se ha enriquecido con grandes e inmortales obras y guarda su pureza y su hermosura, el espíritu nacional cuenta con esperanzas de vida imperecedera. Por medio del habla dan al mundo los pueblos su pensamiento y se entienden con el espíritu de la Humanidad toda, de quien suelen ser como ministros y como los medios de que él se vale para comunicar con otros pueblos más atrasados y de más baja civilización, levantándolos hacia él y llevándolos por sus encumbrados caminos.

Los pueblos que hasta cierto punto se puede afirmar que son mudos, o digase que no han hecho grandes escritores y poetas, que no han dado a los demás nombres ningún sublime pensamiento, éstos no tienen tanta obligación de guardar su idioma; pero pueblos como el español tienen una obligación grandísima de guardarlo. El habla es el sello de nuestra nacionalidad y de nuestra raza, uno de los títulos de nuestra nobleza, y vosotros sois sus custodios y defensores.

Tan cierto es que el habla es sello de nacionalidad, que para explicar el olvido del común origen hay que apelar a la confusión de las lenguas. Hablando los hombres idiomas diferentes pudieron dispersarse y, dispersos, olvidar que eran hermanos. Así como el olvido del habla hace olvidar la fraternidad, así la comunión del habla la conserva y hasta la crea. El pueblo griego conserva su idioma, aunque adulterado, y este idioma le sirve de signo y es despertador de su nacionalidad después de siglos de cautiverio; en Italia se crea una sola lengua, y esta lengua, a pesar de la diversidad y multitud de estados, es signo y argumento en Italia de la unidad de la nación; una lengua algo diversa de la que hablamos y un gran monumento escrito en esa lengua, Os Lusiadas, son el mayor obstáculo a la fusión de todas las partes de esta Península. Camoens se levanta entre Portugal y España, cual firme muro, más difícil de derribar que todas las plazas fuertes y los castillos todos.

Para ponderar el lazo de unión que es el habla viva no hay más que considerar lo que puede una lengua, aun después de muerta, aun después de disuelta o rota la sociedad en que se hablaba. Las naciones neolatinas se creen aun con cierto grado de estrecho y amistoso parentesco; y en la mayor extensión de América, a pesar de nuestras desavenencias, reconocen sus habitadores ser nuestros hermanos, y el sello de esta fraternidad es el habla.

Los grandes escritores son los que graban este sello, con delicado y fuerte buril, en el oro y en las joyas de sus escritos que lo hermosean, estrechando más el lazo de unión y perpetuándolo. Por eso decía Carlyle, con mucho fundamento, «que si le dijeran que eligiese para su patria entre la pérdida de Shakespeare o la de las Indias Orientales, preferiría la segunda, porque tarde o temprano se han de perder aquellas colonias, mientras que el glorioso poeta vivirá vida inmortal, y será leído en los más remotos ángulos de la Tierra, por donde la Gran Bretaña ha derramado a sus hijos, y cuando éstos se hallaren separados políticamente de la metrópoli, no sólo en América, sino en Australia y en otras islas y regiones del Pacífico y del Atlántico, se jactarán, al leer a Shakespeare, de ser ingleses».

El lenguaje identifica de tal modo las ideas y los sentimientos de los hombres, que la Providencia se ha valido, sin duda, de este medio poderoso para los dos más importantes fines, para los dos acontecimientos más trascendentales que registra la Historia: la preparación evangélica y la predicación y pronta difusión del Evangelio por el mundo. No significa otra cosa la hazaña del hijo de Filipo de domar el monstruo Bucéfalo que el haber fundido en una, después de domarlas, ambas civilizaciones: la griega, representada por el caballo de Neptuno, y la asiática, de que era símbolo el toro de Moloc. Sus rápidas conquistas extendieron por el misterioso Oriente, con el lenguaje, la civilización de los helenos, y la hicieron más comprensiva y fecunda, sembrando en ella las filosofías, las tradiciones y las esperanzas de otros pueblos y dándole capacidad, brío y poder de que en su seno naciese la civilización cristiana; y las conquistas de Roma, imponiendo más tarde a las vencidas naciones, con la lengua del Lacio, la misma civilización, las mismas costumbres y la misma ley, las predispuso a recibir otra ley más blanda y suave, otra civilización más universal, santa y pacífica.

El sentimiento de la importancia unitiva de la lengua lo tuvo y lo expresó con hermosa energía uno de nuestros más ilustres compañeros, cuya pérdida aun lamentamos, uno de nuestros más egregios poetas, cuando dijo a los pueblos de América que serían españoles y no americanos, añadiendo con tono profético:


   Mas ahora y siempre el argonauta osado
que del mar arrostrare los furores,
al arrojar el áncora pesada
en las playas antípodas distantes,
verá la cruz del Gólgota plantada
y escuchará la lengua de Cervantes.



Patriótico vaticinio que no se cumplirá si proseguimos por la senda que han tomado los filósofos, pues llegará a trastrocarse la lengua para exponer las teorías filosóficas germánicas y tal vez las doctrinas políticas y económicas francesas, de modo que la lengua de Cervantes será una lengua muerta, no pareciendo probable que se conserve en América lo que en España se desdeña y destruye.

Ya se debe comprender que al censurar el vicio de trastrocar la lengua, juzgándola incapaz en su pureza de expresar las altas especulaciones del día, no voy tan lejos que condene la admisión de los nuevos vocablos que sean indispensables para las ciencias, vocablos tomados casi todos del griego y lo mismo aceptados en español que en los demás idiomas. Antes condeno el vicio de aquellos que los empobrecen por atildamiento nimio y por escrupulosa elegancia, o bien desechando voces técnicas necesarias, o bien excluyendo otras por anticuadas, rastreras y poco dignas, sobre todo en verso. De este último achaque adolecieron los escritores del siglo de Luis XIV, y una manera idéntica de escribir prevaleció en Italia y en España cuando vino a ellas el seudoclasicismo francés, el cual hizo más correctos y cultos a los escritores, más ordenada y tersa el habla, pero la empobreció, así en Francia como en Italia y en España, en palabras, frases y giros, siendo mucho más doloroso y grande el empobrecimiento en las naciones imitadoras que en aquella que nos sirvió de pauta y guía, y donde la majestad y sublimidad de algunos escritores recompensaron con usura los mencionados defectos. Los escritores del siglo de Luis XIV no son tan ricos en palabras Y frases como Montaigne o como Amyot; pero la diferencia es más notable y mayor la desventaja, por ejemplo, entre Metastasio y Dante, entre Meléndez y Lope de Vega.

Tampoco soy yo de los que por amor al lenguaje y a su pureza se desvelan y afanan en imitar a un clásico de los siglos XVI y XVII. Prefiero una dicción menos pura, prefiero incurrir en los galicismos que censuro a hacerme premioso en el estilo o duro y afectado.

Pero no son estos vicios los peores, el peor de todos, mucho peor que el de los que sostienen que es bueno trastrocar el habla para que entren y se expresen en ellas las flamantes filosofías, es el de los que apetecen y buscan lo vulgar, confundiéndolo con lo popular, los cuales yerran al escribir, así en el pensamiento como en la forma, y no sólo postran y envilecen el habla, sino también el espíritu.

Varios y opuestos son los orígenes de este vicio, de donde procede que el vicio mismo tiene calidades varias y opuestas; y como donde más resalta es en la poesía popular o en lo que presume de serlo, voy a discurrir sobre lo que es esta poesía.

Empezaré repitiendo aquí lo que se dijo, no ha mucho tiempo, a este propósito, en cierta obrilla, que empecé a publicar en compañía de uno de los señores académicos, vuestros compañeros, esto es, que en nuestros días se apetece más saber la historia íntima y psicológica de los pueblos que la estruendosa y exterior de los reyes y tiranos, sus dominadores; más el armónico y constante desarrollo del humano linaje que la genealogía y sucesión de los príncipes. La facilidad y la prontitud con que se recorre la Tierra toda han hecho que se adquieran noticias de las más peregrinas literaturas, como de la indica, por ejemplo, apenas conocida un siglo ha, y la serie de revoluciones que han agudizado y agitan aún a Europa han aguzado con la experiencia de lo presente el instinto y la perspicacia de los hombres para comprender lo pasado, y no sólo la Historia, sino las literaturas de pueblos remotos o distantes han sido mejor comprendidas. A esta excelencia de nuestra crítica contribuyen, con la mayor erudición y con la mayor perspicacia de que ya hemos hablado, sistemas filosóficos más comprensivos que los antiguos, y más que nada, el principio existente en todos ellos de considerar el conjunto de los hombres, no ya como una idea general y abstracta, sino como un ser indiviso, del que formamos parte, interesándonos por la vida del todo como por una vida superior en que vivimos. Así es que la palabra humanidad, que indicaba antes o la condición de ser hombre o la virtud de ser humano, no sólo significa hoy una calidad, sino que, en sentido más alto y más generalmente usado significa una entidad: la entidad viva del conjunto de nuestra raza. Convenimos en que esta idea puede conducirnos, a poco que se exagere, a hacer de la Humanidad una apoteosis panteística; pero encerrada dentro de sus justos límites aviva la filantropía y despierta nuestro interés por todos los hechos de los hombres y por todas las manifestaciones de su espíritu.

A estas razones, que movieron a coleccionar y a publicar en casi todos los países los cuentos vulgares, como los de Alemania, por los hermanos Grimm; los polacos, por Woysieki; los de los montañeses de Escocia, por Gran Stewart; los del sur de Irlanda, por Crofton Croke; por Souvestre, los bretones, y así otros muchos, vienen a unirse, cooperando al estudio de la poesía popular de cada pueblo, el patriotismo que se despertó por las guerras invasoras de Napoleón I, y el deseo que muestran desde entonces todas las naciones de hacer patentes los títulos de su independencia y de reivindicar lo que ahora se llama su autonomía; deseo justo y útil si con la pintura de pasadas glorias, no excitase a muchos a querer remontar la corriente de los siglos y a retroceder a la barbarie, soñando en renovarlas; si, por querer guardar y hacer constar las diferencias que a las naciones separan, no los llevase a romper o desatar los lazos que las unen, y si, por afirmar la variedad, no propendiese, en ocasiones, a negar la unidad en que la variedad se resuelve.

De todas las causas que he apuntado se originan el empeño y el estudio puestos en recoger piadosamente los cantos populares y en coleccionarlos. Du Méril y Follen lo han hecho con los latinos; con los serbios, Talvj, y Marcellus y Fauriel, con los griegos. El vizconde Hersart de la Villemarqué ha recopilado y estudiado las leyendas bretonas; Simrock ha traducido en el alemán de ahora los Nibelungos y algunos cantos de los minnesinger; los finlandeses han resucitado y reconstruido con fragmentos dispersos su grande epopeya del Kalevala; Aguiló y Milá y Fontanals han hecho sendas colecciones de romances catalanes, y Garrett ha restaurado y publicado los portugueses.

Citar aquí el inmenso cúmulo de obras, de colecciones, de comentarios, de disertaciones críticas que de poesía popular y sobre poesía popular se han escrito y publicado, sería prolijo por demás y ajeno a mi propósito. Baste decir y saber que, para gloria de España, no hay en nación alguna cantos populares que ni en calidad ni en abundancia puedan rayar tan alto, ni siquiera competir con nuestro romancero, en cuyo estudio, formación y divulgación tanta y tan merecida fama han adquirido algunos ilustres individuos de esta Real Academia, y singularmente el señor Durán, cuya nombradía y reputación se extienden y crecen en la docta Alemania, donde es apellidado por Wolf y por otros críticos el más eminente de los nuestros.

Lo que yo quiero advertir no es sino el error vulgar que de este estudio y afición a los cantos populares ha nacido, poniendo muchas personas entre ellas y la poesía erudita cierta enemistad y antagonismo, y despreciando a ésta para ensalzar más aquéllos. Muchas personas han acabado por preferir los aúllos poéticos de los caribes a las odas de Horacio; los himnos latinobárbaros de la Edad Media, a la Cristiada, de Viela, y una canción de gesta, a la Eneida o a La Jerusalén.

Nace esto, a mi ver, de la equivocada inteligencia de la poesía popular y del incompleto conocimiento de su historia. El carácter esencialísimo que distingue a la poesía del pueblo es el ser impersonal, mas no porque no sea obra de un poeta, cuyo nombre se sabe a veces, sino porque en las épocas de espontaneidad el poeta no se pone en sus obras. En las épocas de espontaneidad el poeta no vuelve sobre sí mismo, no reflexiona, no le deja tiempo para reflexionar el espectáculo de los casos humanos y de la Naturaleza inexplicada y misteriosa que le rodea, sobre la cual se difunde su espíritu en vez de reconcentrarse y abismarse en su propio centro: por donde los poetas de aquellas edades no son sugestivos, como se nombran y son muchos de ahora; antes borran por completo de sus obras toda su personalidad.


De Aquiles de Peleo canta, diosa...,



dice Homero. Ni siquiera es él, diosa, la que canta. Pero que sean o no personajes reales o fabulosos los autores de los poemas homéricos, o de los himnos del Rig-Veda, importa poco a nuestro propósito. Aquellas poesías son populares, porque llevan en sí todo el pensamiento y todo el corazón de los pueblos.

Esto no prueba, sin embargo, que las grandes y primitivas poesías populares sean obra del vulgo, tengan un origen plebeyo; antes suelen ser creaciones de una aristocracia sacerdotal, o guerrera o ambas cosas a la vez, la cual comunica al pueblo algo de su ciencia por medio de símbolos y de figuras. Y tanto es así, que el poeta llega a veces a divulgarla de un modo imprudente y pone en conocimiento de los profanos, con transparencia sobrada, ora el oculto saber de los brahmines, ora los misterios de Egipto, de Samotracia y de Eleusis, concitando en contra suya la cólera de la divinidad y la venganza de los hombres. De aquí el desastrado fin de Orfeo, la persecución padecida por algunos profetas de Israel, y hasta, en épocas posteriores, la muerte milagrosa de Esquilo por el águila de Júpiter.

En los pueblos de una civilización más autóctona, menos derivada que la nuestra, procedente de otra, sin que entre ambas haya habido tinieblas, sino desmayo y parcial eclipse, apenas si cabe distinción entre la poesía popular y la cuita o erudita; pero en nuestras naciones de la moderna Europa sucede lo contrario. Si bien la poesía erudita, con el recuerdo de la antigua civilización, ha empezado por iniciar a los pueblos en la aurora de la nueva, los ha iniciado a menudo por medio de la lengua que moría y no de la lengua que nacía, los poetas se han dividido después en las dos diversas clases de eruditos y de populares; pero esto es un mal, no un bien; una pobreza y no una riqueza; esto denota mengua, o en el pueblo, que ha menester que le digan sólo cosas antiguas, rastreras y en estilo humilde, para que las alcance, o en el poeta que, para ser popular, tiene que hacerse anacrónico o domestico y bajo, en el pensamiento y en la forma, retrocediendo a las edades bárbaras y transformando la poesía en una antigualla o en una mala prosa,


       en román paladino;
en la fabla que el vulgo le fabla a su vecino.



La poesía no debiera ser más que una, siendo siempre popular la buena, y la mala no popular ni merecedora del nombre de poesía.

En la moderna Europa los bárbaros hacen que decaiga la civilización latina y el cristianismo, echa por tierra las religiones paganas, y los fragmentos derruidos de la civilización antigua y de las antiguas religiones pasan transformados a la poesía popular, que es, por este lado, un recuerdo, mientras que las hazañas, las glorias y las virtudes de la naciente caballería y el espíritu suave de la religión nueva pasan también a la poesía popular, que por este otro lado es una esperanza. Y de esta esperanza y de este recuerdo nace lo maravilloso de la Edad Media: aquella rica y pasmosa mitología; aquellos ensueños, unas veces alegres y hermosos; otras, tristes y feos; aquella mezcla singular de lo grotesco y de lo sublime, del ascetismo y del libertinaje de la corrupción y de la inocencia, de la candidez y del artificio.

En los siglos XI y XII es cuando principalmente se combinan y funden los restos de las antiguas civilizaciones con el embrión de la moderna. Entonces empieza a brotar la luz del caos. Entonces nos da la Historia un período tan fecundo en informes epopeyas, germen del saber futuro y de la venidera poesía, como en grandes revoluciones, trastornos sociales, renacimiento y muerte política de nacionalidades y de razas. En aquella edad, las paganas semicivilizaciones, si se me permite esta expresión, que aun quedaban en Europa, se pierden en la civilización católica, y al desaparecer nos legan, en memoria de su bárbara grandeza, monumentos como el Edda poético y los Sagas escandinavos, que recopila Soemund Sigfuson en la remota Islandia. Los pueblos, convertidos al cristianismo, transforman en hechiceras a sus sacerdotisas, a sus profetisas, en brujas; a sus dioses, en diablos; a su Walhalla, en infierno. En aquella edad, si bajo el yugo de los normandos se abate la raza anglosajona y pierde su brío la temprana cultura que produjera a un Beda, a un Alcuino y a un Alfredo el Grande, la raza celta se diría que renace en cambio a nueva vida, y, satisfecha de ver humillados a los anglos, sus vencedores y dominadores, hace revivir a Telesino, a Iseo, a Lanzarote, a Merlín y a Ginebra; evoca de la encantada isla de Avalón a su mesías nacional, el rey Arturo; ilumina y dora con la luz de la religión cristiana a todos estos fantasmas gentílicos, y da nacimiento a cielo épico de los caballeros de la Tabla Redonda, y a los amores, aventuras, encantamiento y hazañas de los libros de caballerías.

En aquella edad, los piratas noruegos recorren los mares y llegan hasta la América del Norte; los aventureros de Normandía conquistan la Sicilia, las Calabrias e Inglaterra, y el gran movimiento de las Cruzadas agita a todos los pueblos de Europa y los pone en íntimo contacto. Aunándolos para la santa empresa les revela que forman todos ellos una sola república, y arrojándolos sobre Asia, infunde en su renaciente civilización extraños elementos orientales. Las supersticiones, las fábulas, la ciencia, las tradiciones, las ideas y hasta los ensueños poéticos de tantos pueblos distintos; los silfos y los enanos de la Mitología alemana, las hechiceras célticas, los pigmeos y los cíclopes de homero, los gigantes de Hesiodo, los grifos y los arimaspos de Herodoto los genios y las hadas de Oriente se mezclan y se confunden. Virgilio y la Leyenda áurea inspiran simultáneamente al pueblo. Las tradiciones clásico-gentílicas aparecen o se divulgan a par de las vidas de santos, y las historias de la guerra troyana y de las conquistas de Alejandro el Macedón, al mismo tiempo que las de Carlomagno y sus doce pares. Todo esto pasa de la lengua latina, en que se escribe por los letrados, y para los letrados, a poemas eruditos en idioma vulgar, y, por último, de estos poemas a la memoria y a la poesía del vulgo5.

De cuanto queda dicho se deduce que no hubo ese despertar misterioso, ese carácter de originalidad nativa y ese no aprendido canto, como el de las aves cuando nace el alba, que algunas personas creen hallar en la Edad Media. Así como en un metal en fusión es fácil poner liga de otros metales, formando del todo una sustancia si no homogénea uniforme, así en la Edad Media se formaron las civilizaciones nacientes, por amalgama de mil diversos elementos, y fueron menos nacionales y propias de lo que pueden ser ahora, porque si bien es cierto que entonces era menos frecuente que en el día la comunicación entre los pueblos, también lo es que esta comunicación era más íntima y profunda. El espíritu de las naciones era entonces como blanda cera que cede a la menor presión, recibiendo el sello que se le impone, y hoy es como el acero más duro, que antes se rompe y salta que recibir otra forma de la que tiene.

En balde tratan de disfrazar esta verdad los que, imbuídos en ciertas ideas políticas y filosóficorreligiosas, han concurrido a trazar en la imaginación de las gentes, en odio a la moderna filosofía, a las artes y a la literatura gentílicas del Renacimiento y a otras doctrinas más nuevas, un bello ideal político, artístico, poético y literario en la Edad Media, cuyo primitivo encanto encomian y levantan hasta los cielos. No comprenden los que así discurren que la civilización no nació en la Edad Media; lo que hizo fue divulgarse, injertarse en los nuevos idiomas y recordar lo olvidado. El pueblo no se movió a pensar ni a cantar, tanto por un impulso propio e instintivo cuanto por el recuerdo y la noticia de la ciencia y de la civilización pasadas, recuerdo y noticia que fueron los doctos despertando en él o transmitiéndole pausadamente. Por esto, Roscelin, San Anselmo, San Bernardo, Pedro Abelardo y otros muchos doctores profundos, angélicos, iluminados y sutiles, conocedores de los santos padres y de los poetas y filósofos de la antigüedad clásica, y expresándose en un idioma sabio, se adelantaron, especialmente en las naciones neolatinas, al siglo XIII y a todo poema escrito, si no por el pueblo, para el pueblo, en lengua vulgar y digna del nombre de poema. La prosa y la poesía cultas, y hasta la poesía por todo extremo artificiosa, se formaron también por reflexión y con estudio, antes de que el pueblo desanudara la lengua y rompiese en cantos que no fueran informes y bárbaros del todo. Y lo que en general digo de las naciones de Europa, puede también decirse de España. Entre nosotros no hubo poesía popular, digna del nombre de poesía, hasta fines del siglo XV o principios del XVI; a la poesía popular precedió entre nosotros la erudita, y a la perfección de la poesía, considerada en general, la perfección de la prosa. Las Partidas, El conde Lucanor, Las Crónicas y La Celestina, valen diez veces más que todos los poemas y canciones anteriores al siglo XVI. Los romances o no existen o valen poco antes de esta época. En buen hora pretendan los señores Wolf, Durán y Pidal ver en el poema del Cid un centón de romances primitivos; el poema del Cid parecerá siempre a los más de sus lectores un trabajo artificial y erudito, donde se nota el esfuerzo para expresarse en una lengua ruda y apenas formada, y donde se imita la versificación francesa de las canciones de gesta. Quizá la misma descomposición que hacen aquellos sabios críticos para hallar romances en las series monorrimas la hicieron para escribir romances los que en un principio los escribieron, ya que no tomasen aquel metro y hasta el artificio del asonante, de los himnos latinobárbaros, escritos los más en la medida del Pervigilium Veneris, de donde tal vez procede nuestro verso octosílabo. Ello es que del origen de los romances se puede afirmar muy poco con certidumbre. Dicen que los había en el Cancionero del infante don Juan Manuel, que se ha perdido, y Gayangos y Vedia citan, en la traducción de Ticknor, el más antiguo que, se conoce, pero es culto y no popular, tomado del Cancionero de Lope de Estúñiga, obra del siglo XV6.

Todo esto prueba, a mi ver, que la poesía popular cuando ha tenido en España su verdadera eflorescencia ha sido en los siglos XVI y XVII, y que la revolución literaria de Boscán y Garcilaso y el influjo de la literatura italiana en la española no han ahogado la originalidad de ésta. La originalidad vino cuando el pueblo tuvo plena conciencia de sí, y se manifestó en el Romancero y en el teatro. Nuestra literatura de la Edad Media se puede demostrar que es menos original y hasta menos católica que la posterior al Renacimiento. Sólo se fundan en sueños vanos los que se lamentan de una fantástica originalidad perdida. Tan artificial fue Castillejos como Boscán, y menos castizos y más imitadores de la poesía extranjera fueron los autores de los Cancioneros que Garcilaso, Herrera y Rioja.

Las preocupaciones de historia literaria, que acabo de combatir, tienen grande influencia en el día, señalando una senda errada a la literatura de la edad presente y extraviando asimismo la crítica literaria.

La idea de que la poesía popular es superior a toda poesía y de que a la espontaneidad se lo debe, ha hecho que muchos poetas vean en la erudición y en el estudio los mayores contrarios de la inspiración, y que hasta procuren ser ignorantes y se jacten de serlo, con tal de parecer espontáneos y originales, tomando a veces por inaudito e imaginado por ellos lo que de los libros que no han querido leer ha pasado a la mente de todos, y de allí, por decir lo así, ha venido como a diluirse en el ambiente que se respira.

Otro de los errores ha sido el negar la importancia de la forma, teniendo por indigno del poeta inspirado este cuidadoso esmero, que tachan de académico y hasta de mecánico, «porque los que así piensan -como dice fray Luis de León- piensan que hablar en romance es hablar como habla el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio. Y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellos, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide, y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretenda decir, sino también con armonía y dulzura».

Otro de los errores que se originan de la mala inteligencia de la poesía popular y de la afición desmedida a ella es el de no admitir y repugnar como pedantescos muchos vocablos elevados y peregrinos que son propios del dialecto poético lo cual es absurdo, porque en todos los tiempos y países ha habido un lenguaje para la poesía diferente del de la prosa. Si así no fuera, no sería ridículo decir en verso el aceituno de la paz en vez de la oliva de la paz, o un señor de muchas campanillas en vez de un prócer. Si así no fuera, no sería ridículo decir en prosa familiar mi esposa o mi consorte en lugar de mi mujer; mi consorte o mi esposo en lugar de mi marido; me voy al lecho o al tálamo en vez de me voy a la cama; ríceme usted la cabellera en lugar de ríceme usted el pelo7.

Otro error es también el de querer ser muy español y muy castizo en el pensamiento. El pensamiento nunca es propio de ninguna casta; el pensamiento pertenece a la Humanidad entera. En lo que sí se puede y se debe ser castizo es en cierta manera de sentir y en la forma. Toda civilización es el producto de muchas civilizaciones, informado de cierta manera. En el acervo común de toda civilización entran caudales de ideas propias y peregrinas, cuyo origen diverso es a menudo difícil de deslindar para poner en claro lo que es extranjero y lo que es propio y castizo. Acaso el que crea que piensa muy españolamente esté pensando, sin saberlo, a la francesa, a la inglesa o a la turca.

Es otro de los errores una timorata y singular ortodoxia que desecha de los poemas la mitología gentílica, como si, porque no tengamos por dioses a los habitadores del Olimpo, hubieran muerto y se hubiera borrado de la imaginación humana aquellas divinas creaciones, aquellas figuras bellísimas, aquellas inteligencias secretas que animaban y movían el Universo y que derramaban su vida y su encanto en el azul del cielo, en las sombras de la noche en los mares, en las selvas, en las fuentes y en los ríos, mientras que la Naturaleza hablaba con los hombres sin levantarse el velo y les inspiraba ensueños celestiales. ¿No hay brujas, silfos, hadas, peris, gnomos, enanos y gigantes en las modernas leyendas y en los modernos versos? Pues ¿por qué, cuando venga a propósito, no han de intervenir también en ellos Venus, Apolo y las Musas? ¿Por dicha son las brujas más verosímiles que Júpiter? ¿Son más ortodoxas o tienen más analogía con el cristianismo las Hadas y las Sílfides que las Gracias? Ni se comprende que en ningún adelanto se proceda por exclusión. Una civilización nueva no borra ni destruye, sino absorbe y comprende los elementos y las ideas de las antiguas. Como ideas, y como ideas bellísimas, están, pues, aún los dioses del Olimpo en nuestra civilización, y viven, en nuestro mundo ideal, la vida de los inmortales. Ni Dante, ni Aristo, ni Camoens, ni Calderón los arrojan de él, y no me parece que debemos arreglarlos nosotros8.

Es otro error más trascendental aún, nacido del prurito de ser populares, el de rebajarse a la comprensión del vulgo más vulgo, y hasta muy por bajo, pues suelen los poetas hacer ofensa al vulgo suponiéndole más ignorante y simple de lo que es, quizá para excusa de serlo ellos. Pero aunque el vulgo lo fuese, no deberían los poetas humillarse para agradarle. Escriban buena poesía, y si no son populares, la culpa no será suya, sino del vulgo. Y si la escriben mala, aunque alcancen un favor efímero, no serán poetas populares, sino vulgo y copleros. Los grandes poetas populares que ha habido en el mundo no se han rebajado hasta el vulgo, sino que han elevado al pueblo hasta sí.

También proviene del modo vulgar de entender la poesía y del empeño de merecer una grande popularidad, la teórica y la práctica de hacer útil la poesía, de ponerla al servicio de algo, de no comprender que como cosa perfecta tiene ella en sí misma su fin, y de transformarla de noble en plebeya, de señora en criada. Vamos, dicen algunos poetas, a ser útiles; vamos a enseñar moral, religión, política, filosofía y hasta economía a nuestros conciudadanos; pero como un hombre puede ser razonable poeta sin saber nada de esto o sin saber más que lo que sabe el vulgo a quien se propone adoctrinar, acontece a menudo que personas con bellísimas disposiciones para la poesía lastimosamente se pierden, viniendo a ser perversos autores de triviales y desmayadas homilías o a caer en un gongorismo vulgar y de todo punto insufrible. Mientras que si buscasen la hermosura, que es el fin del arte, la hallarían tal vez, y al llegar a realizarla, se encontrarían con la bondad y con la verdad que en ella hay, y se acercarían al punto en que la ciencia y la virtud coinciden con la poesía y son con ella una misma cosa. Por manera que, en cierto sentido, serían, a par que poetas, virtuosos sin saberlo, y sin quererlo, sabios.

El último error de que voy a hablar, por ser el que los corona todos y en el que todos se cifran, es el que me parece justo llamar error de anacronismo, el de aquellos que pretenden que nuestro siglo es prosaico y buscan la poesía en los mal entendidos sentimientos de otras edades; el de aquellos que creen que cierta clase de la sociedad tiene el pensamiento de ahora, pero que el vulgo piensa aún como en el siglo XII o como en el siglo XVI, y para entenderse con él tratan de sentir y de pensar según imaginan que entonces se sentía y se pensaba. Nada más falso que este género; nada más lleno de artificio, de afectación y de mentira, y, sin embargo, es el que declaran algunos popular, castizo y espontáneo.

Es falso que nuestro siglo sea un siglo de prosa, más allá de todo lo descubierto y averiguado por la ciencia halla la imaginación una inmensidad desconocida por donde explayarse y volar, y sobre los intereses mundanos están siempre las pasiones nobles, las aspiraciones sublimes, y, como digno objeto y término de ellas, una idea de lo infinito, un conocimiento de Dios, más altos y más acabados que nunca. Así, pues, ni por los pensamientos, ni por los sentimientos, hay razón para suponer que terminó la época de la poesía, que la poesía es propia de los siglos bárbaros y que en las edades científicas y cultas prevalece la prosa. La poesía tiene y tendrá siempre un altar en el corazón de los hombres, y los adelantos de la civilización y su marcha, cualquiera que sea el camino que tome, no llegarán a destruirlo.

Si, por desgracia, predominase el escepticismo entre los hombres, si acabase toda fe y si por medio de la ciencia llegasen a ser clasificadas prosaicamente las cosas todas y a perder en apariencia su misterioso encanto, siempre quedaría dentro de esas mismas cosas una sustancia ignorada, llena de oscuridad y de milagros, de la que sólo percibiríamos algunos accidentes por medio de los sentidos, y de cuyo ser sabríamos sólo lo que de aquellas percepciones pudiera deducir e idear el entendimiento, con arreglo a sus leyes: siempre quedaría, detrás de esas cosas, cuyo modo y cuya forma comprenderíamos, una esencia oculta, que habría de ser como el encubierto significado de un incomunicable jeroglífico, y siempre quedaría alrededor y en el fondo de esas mismas cosas, que serían limitadas y finitas por mucho que se sumasen o se multiplicasen, un infinito inexplorado y desconocido que habría de compenetrarlas y de circunscribirlas, y por el cual la imaginación tendería su vuelo, poblándose de hermosos fantasmas. En cuanto a los sentimientos, aun después de muertos todos los dioses guardaría el alma humanados que no pueden perecer en ella: el de la libertad y el del amor9. Por fortuna, no sólo pensando católicamente y confiando en las promesas del mismo Dios, sino también pensando como filósofos, debemos tener por imposible que llegue esa edad descreída; porque la religión es esencial a la naturaleza humana y no se puede borrar de ella. Por este lado, pues, no perecerá la poesía. Por el lado contrario, esto es, por un extremo de ciencia y de virtud que nos acercase inmediatamente a la belleza increada, sin necesidad de imágenes y de figuras, ojalá que la poesía llegase a su fin. ¿A qué manos podría morir mejor que a las del legítimo misticismo, que traería a la Tierra cierto perfume y sabor de la bienaventuranza celeste y haría de cada ser humano un verdadero gnóstico, según los padres griegos lo han concebido? Pero mientras no llegue esa edad dichosa, y acaso no llegue nunca hasta la consumación de los tiempos, la poesía será un medio de acercarse a lo eterno y a lo absoluto, por una de sus manifestaciones y por uno de sus resplandores: la hermosura. Y el pueblo amará siempre la poesía, y la poesía será siempre popular, sin necesidad de rebajarse ni de retroceder a los tiempos pasados, antes elevándose y encaminándose a lo por venir, con fatídica inspiración y no desmentido vaticinio.

Y resumiendo ahora, diré que el poeta, y en general al todo escritor, ha de ser castizo en la forma y ha de tener en sus sentimientos y en el modo de expresarlos cierto sello nacional y hasta individual que le distinga; pero ha de elevarse cuanto pueda, sin temor de dejar de ser popular por no ser comprendido, y no ha de aislarse por ser sólo de su nación y de su raza y por representar sólo su espíritu, sino que ha de comunicar con el espíritu de la Humanidad toda, y no ha de quedarse atrás, embelesado y enamorado de las cosas que fueron, sino que ha de seguir, con rapto impetuoso, al espíritu, en busca de un futuro ignorado, no echando de menos lo que ya pasó, ni creyéndolo superior a lo presente, porque el sol nos alumbra hoy con luz tan brillante, y porque todas las obras incomprensibles y sublimes del Hacedor Supremo están hoy tan perfectas y tan hermosas como en el primer día10.

Así, pues, conviene, como he dicho al empezar este discurso, contra los importadores de nuevas filosofías, guardar el carácter, el sentimiento y el lenguaje de la nación; pero el espíritu no debe aislarse, sino entrar en comunión con los demás espíritus y ser uno solo con ellos. «Porque -como dice el ya citado fray Luis de León- se ha de entender que la perfección de todas las cosas, y señaladamente de aquellas que son capaces de entendimiento, consiste en que cada una de ellas tenga en sí a todas las otras, y en que siendo una, sean todas, cuanto le fuere posible. Porque en esto se avecina a Dios, que en sí lo contiene todo. Y cuanto más en esto creciere tanto se allegará más a él, haciéndose semejante. La cual semejanza es, si conviene decirlo así, el pío general de todas las cosas y el fin y como el blanco a donde envían sus deseos todas las criaturas. Consiste, pues, la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que por esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos, y todos y cada uno de ellos teniendo el ser mío, se abrace y eslabone toda aquesta máquina del Universo y se reduzca a unidad la muchedumbre de sus diferencias, y quedando no mezcladas, se mezclen, y permaneciendo muchas, no lo sean, y para que extendiéndose y desplegándose delante de los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo.»

He combatido en este discurso los dos errores más contrarios al deseo del profundo y elocuente escritor y del divino poeta cuyas bellísimas palabras acabo de citar ahora: errores que se oponen ambos a que haya unidad y variedad a la vez, porque la variedad está en la forma o en el lenguaje, cuya limpieza y hermosura debe preservar de toda mancha esta Real Academia, y no las preservaría si modificásemos el lenguaje, según pretenden algunos; y porque la unidad está en el pensamiento, y desaparecería también si nos aislásemos y apartásemos del trato intelectual con las otras naciones. La lengua, cuya custodia os está confiada, es como una copa esplendente y rica, donde caben, sin agrandarla ni modificarla, todos los raudales del saber y de la fantasía, por briosos y crecidos que vengan, y donde toman, al entrar, su forma y sus colores; pero esta copa no debe separarse tampoco, por miedo de que se rompa o quebrante, de esos vivos, inexhaustos, benéficos y salubres raudales, que brotan con abundancia perenne del espíritu del mundo. El licor contenido en ella no sería entonces como el vino generoso, que es tanto mejor cuanto más rancio, sino como las aguas estancadas, que se alteran y al fin se vician.

He dicho, señores, lo que pienso y siento sobre uno de los asuntos de mayor importancia para esta Real Academia, y os doy las gracias por la atención indulgente con que me habéis oído. Sin lisonjearme de haber dicho nada nuevo, me lisonjeo de estar de acuerdo con vosotros en lo esencial de cuanto he dicho; por donde presumo que aprobaréis mi sentir, aunque echéis de menos la claridad, el orden y la elegancia que al expresarlo me han faltado.




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Sobre «El Quijote» y sobre las diferentes maneras de comentarlo y juzgarlo

Discurso leído por el autor ante la Real Academia Española en junta pública el 25 de septiembre de 1864


SEÑORES:

Designado yo, algunos meses ha, para leer en este año la disertación de costumbre en la junta pública con que esta Real Academia solemniza el aniversario de su fundación, elegí desde luego un asunto importante siempre, pero que en el día, más que nunca, llama a sí la atención de todos los españoles amantes de las letras. Por desgracia, no pequeños cuidados, disgustos y enfermedades han impedido que yo le consagre el diligente esmero que fuera menester para salir en él airoso, porque son muchas las dificultades que ofrece, y no es la menor la de evitar quien le elija la nota de presumido y temerario.

Elegí, señores, el Quijote para materia o argumento de mi discurso. Y como nadie podrá imaginar, por mala o menguada opinión que tenga de mis alcances literarios, que yo había de contentarme con ir a segar o espigar en mies ajena, y como desde el segundo tercio del siglo XVIII han sido tantos los que sobre Cervantes y sus obras han escrito, acaso dé yo a sospechar que, ya que no los copie, escriba para tildarlos de que se equivocaron, para hacer la censura de sus opiniones y para poner la mía por cima de la de todos. Entendido así mi propósito, habría algún derecho para creerlo nacido de altivez y petulancia, y me predispondría mal con quienes me escuchan y con otras personas discretas cuya benevolencia anhelo captarme.

Me veo, pues, en la precisión de pedir disculpa por haber elegido tan difícil asunto, llevado y enamorado de su atractivo poderoso y de explicar además en qué forma voy a hablar de él. Porque siendo, como lo es, discutible bien puedo decir, con los miramientos debidos, lo que se me alcanza, sin ofender ni velar en lo más mínimo a los que lo contrario pensaron y dijeron. Acaso sean de ellos y no mías la discreción y la crítica atinada. Mas, aunque así sea, todavía no se me ha de negar que podrá ser útil lo que yo dijere, porque presentaré las cosas bajo otro aspecto y las veré a otra luz, sirviendo todo para cuando una inteligencia más alta y más clara venga a dirimir la contienda y a determinar la significación y la importancia del libro extraordinario que coloca a Miguel de Cervantes Saavedra entre los ingenios de primer orden.

Ha habido y hay aún, en tierras extranjeras y dentro de España misma, críticos adustos y poco sensibles a la belleza poética, que no estiman a Cervantes en lo que vale y que más o menos encubiertamente le censuran y rebajan. Poca fuerza tienen sus ataques, y mil veces han sido ya rechazados. Tarea inútil sería reproducirlos aquí del todo y rechazarlos de nuevo. Importa, no obstante, hablar de algunos, aunque sea en resumen, porque sirve para aclarar la idea que sobre Cervantes y su obra inmortal debe tenerse, y porque han nacido, por espíritu de contradicción, de las desatinadas alabanzas que a Cervantes se han prodigado.

Se ha de tener en cuenta que en el último siglo se cifraba todo el valor de una obra literaria en el atildamiento, en la corrección escrupulosa, en la regularidad y simetría de las partes y en el primor de la estructura, subordinando la poesía a un fin extraño, a un propósito subalterno, a una lección moral, a la demostración de una tesis. Todo poema, cualesquiera que fuesen sus dimensiones, sus formas y su género, tenía a quedar reducido a un apólogo o a una parábola. Considerado el Quijote de esta suerte, y de esta suerte elogiado, provocaba a la censura y se prestaba a ella. Pueriles y mezquinas eran, en verdad, las razones del detractor, pero no solían ser mucho más valederas y firmes las de quien encomiaba.

Por dicha, con la exagerada admiración y séquito del seudoclasicismo francés, no se cegaron nuestros literatos hasta negar todo valer a los autores españoles del siglo XVII; y si bien con Calderón, Lope, Moreto y casi todos los demás dramáticos fueron consecuentes, censurándolos y disimulando mal que los estimaban en poco, con Cervantes no lo fueron, por donde, sin advertir méritos que realmente tiene, le atribuyeron otros que nunca tuvo ni quiso ni soñó tener en la vida. El último extremo del delirio a que se llegó sobre este punto en el siglo pasado fue el de don Blas Nasarre, quien, para admirarse a su salvo de las comedias de Cervantes escritas contra todas las reglas, sin las cuales, según él y los de su escuela, no se puede escribir una comedia sufrible, supuso que Cervantes había escrito mal las suyas adrede para burlarse de las otras. Del mismo modo refieren de Hermosilla sus detractores que compuso varios romances bajos y vulgares a fin de probar que no cabe el estilo sublime en dicha forma de poesía.

Por este orden, aunque no sea tan patente lo absurdo, son no pocas de las razones en que se fundaban muchos críticos del siglo pasado, y aun de principios del presente, para encomiar a Cervantes conforme a los estrechos preceptos de la escuela que seguían.

Ensalzado Cervantes hasta las nubes en todas las naciones de Europa, y singularmente en Inglaterra y Francia, ya miradas entonces, y no sin motivo, como al frente de la civilización del mundo, se avivó el fervor de nuestros literatos, y no pudieron menos de reconocer en el autor del Quijote a uno de los pocos seres privilegiados que, valiéndonos de un neologismo expresivo y elegante, designamos hoy con el nombre de genios. La injusta crueldad con que las referidas naciones denigraban todo lo demás de España daba mayor precio y fuerza al panegírico de Cervantes, haciendo de él la excepción rarísima: el Píndaro de esta Beocia. Como se negaba que hubiésemos tenido filósofos, sabios y grandes humanistas, y al propio tiempo se afirmaba que Cervantes era un genio, muchos críticos españoles, que con harta humildad creían la primera afirmación, quisieron subsanarnos del daño deduciendo de la segunda que en Cervantes estaban compendiadas todas las ciencias, todas las humanidades y toda la filosofía. Por otra parte, la magia del Quijote concurría y conspiraba a que pasase su autor por un varón extraordinario, y yo creo que no hubo clasicista español de aquella época, y sea esto dicho para honra de todos, que, por mucho que se admirase de su Boileau, de su Corneille y de su Racine, no pusiese al manco de Lepanto por cima de estos tres escritores, sin hallarle igual, a no ser en Homero. Tasado tan alto Cervantes, por fuerza tuvieron los críticos que dar razón de la tasa, fundándola en algo que se midiese por las reglas de su escuela que cuadrase y se ajustase con toda exactitud al ideal de perfección que ellos del escritor habían formado. Hicieron, pues, de Cervantes un terrible erudito, un reverendo moralizador, un purista escrupuloso, un atildado hablista, un siervo de las reglas y un ídolo, adecuado a la religión que ellos profesaban y a quien pudiesen rendir culto y hasta adoración sin abjurar de sus creencias ni pasar por apóstatas.

Contra este Cervantes desfigurado y disfrazado; contra este Cervantes, cuyo valer se ponía en aquello de que tal vez carece, se levantaron algunos críticos más consecuentes o más sinceros de la misma escuela. Contra algunos encomiadores harto hiperbólicos que llaman a Cervantes, como Mor de Fuentes, el ilustrador del género humano, por fuerza había de levantarse la reacción. Se comprende que Orfeo, Lino, Eumolpo, Homero, Hesiodo, Valmiki u otro gran poeta de la infancia de las sociedades y de la primera edad del mundo pueda ser llamado así. Toda la filosofía, toda la moral, toda la ciencia de entonces cabían en verso. El poeta era el hierofante de la Humanidad. Pero en el siglo XVII, en el siglo de Newton, de Copérnico, de Descartes y de Leibniz, después que los eruditos habían resucitado toda la ciencia antigua, acrecentándola y mejorándola los sabios; cuando en España habíamos tenido profundos teólogos, publicistas, filósofos y jurisconsultos y había llegado el pueblo a un grado eminente de civilización propia y de castiza cultura, llamar a Cervantes el ilustrador del género humano porque escribió un admirable libro de entretenimiento, es una hipérbole que raya en lo monstruoso. Esta hipérbole y la manía subsiguiente de ver en Cervantes un sutilísimo psicólogo un refinado político y hasta un médico consumado, excusa la prolijidad severa con que le censuran algunos, y Clemencín entre ellos. Odioso e impertinente me parecería el comentario de Clemencín a no ser por las consideraciones apuntadas.

Por cierto que el prolijo comentador, con su buen juicio, con su amor a la gloria de la patria y con su facultad crítica, perspicaz y sensible a la hermosura, no pudo menos de pasmarse y enamorarse de la del Quijote; pero le despedaza, como las Bacantes a Orfeo. Las incorrecciones y distracciones, las faltas de gramática, los barbarismos, las citas equivocadas, fruto de una lectura vaga y somera, todo esto, sacado despiadadamente a la vergüenza por Clemencín, forma la mayor parte del comentario.

Pero, prescindiendo de la manera que tuvieron los clasicistas de estimar el Quijote, y colocándose en un punto más elevado, se rechaza enseguida la crítica del erudito Clemencín por harto minuciosa. Es lo mismo que ponerse a considerar la Venus de Milo con un vidrio de aumento, deplorando las asperezas y sinuosidades del mármol, y prefiriendo el barniz, la lisura y el pulimento de una muñequita de porcelana.

Aun dentro del espíritu analítico y gramatical que presidía e inspiraba el comentario de Clemencín, y sin elevarse a más altas esferas, tienen contestación no pocas de sus censuras al Quijote.

El que Cervantes llamase laberinto de Perseo al laberinto de Teseo, y Bootes a uno de los caballos del sol, y el que citase por de Virgilio un verso de Horacio, o por de Horacio un verso de Virgilio, son errores que no importan de modo alguno en un libro donde no se trata de enseñar mitología ni literatura latina. Cervantes, además, dejaba correr libremente la pluma, escribía obras de imaginación y no disertaciones académicas, y no había su fantasía de abrir el vuelo, ni él había de pararse en lo mejor de su entusiasmo para consultar sus autores, si los tenía, y ver si la cita iba o no equivocada.

Sobre las faltas de gramática de Cervantes anda también Clemencín bastante sobrado en la censura e injusto a veces. Las concordancias, por ejemplo, del verbo en singular y el nominativo en plural, o al contrario, esto es, la falta de concordancia, no es defecto de Cervantes sólo, sino de todos nuestros autores, desde los orígenes de la lengua castellana hasta el día, como lo prueba Irisarri en sus Cuestiones filológicas con textos copiosos. No es ésta falta, por tanto, sino modo de ser, elegancia o libertad de nuestro idioma.

Clemencín exige a menudo a Cervantes una exactitud tal en los términos, una precisión tan rigurosa y una dialéctica tan severa, que nunca o rara vez fueron prendas de los poetas inspirados, sino de los filósofos de estilo frío y erizado de fórmulas y de los rectores y gramáticos más acompasados y secos. Por otra parte, la lengua castellana y su gramática no estaban entonces tan fijas y sujetas a preceptos como en el día. No negaré yo, sin embargo, que la censura de Clemencín es útil para aprender a escribir bien y para llegar a conocer y a evitar los defectos; pero en cuanto tira a rebajar el mérito de Cervantes, tiene escasísimo valor.

Aun dentro de la escuela clásicofrancesa, cuyas prescripciones se siguieron en España, aunque exageradas y torcidas, como en Francia misma se torcieron y se exageraron en el siglo XVIII, la corrección es una de las prendas de que menos cuenta se hace para evaluar los escritores. Los buenos críticos franceses del siglo de Luis XIV, y el príncipe de ellos sobre todo, el famoso Boileau, creían, como el ministro de la gran Zenobia, que las faltas son propias de los grandes ingenios, y los que no las tienen son los ingenios rastreros y vulgares, los cuales no se aventuran, ni se remontan, ni se distraen, y caminan siempre por camino trillado, llanísimo y seguro, atendiendo con suma precaución a menudencias de estilo, de que prescinde o de que se olvida un ingenio grande. Porque Homero -añade el maestro de Porfirio, traducido, comentado y aplaudido por Boileau- incurrió en muchos defectos, y Apolonio de Rodas no tiene ninguno, y Arquíloco carecía de orden y de concierto y Eratóstenes no, y Píndaro era incorrecto y Bacquílides no lo era, Ión de Chío componía tragedias infinitamente más conformes a las reglas y más limadas y primorosas que las de Sófocles. Pero, a pesar del atildamiento y pulcritud de Apolonio, de Ión, de Bacquílides y de Eratóstenes, y de que jamas cayeron ni tropezaron siquiera, y de que siempre escribían con suma elegancia y agrado, los otros autores que cité antes son mil veces mejores, con todos sus tropiezos, faltas, extravagancias y caídas. Y este juicio, que dio el ministro de la gran Zenobia, estaba ya, a pesar de los Zoilos, confirmado por siglos de adoración, y sigue aún firme, a pesar de Voltaire y de Perrault y de otros críticos, consecuentes a la doctrina del bon sens y de la pulcritud meticulosa.

Otra clase de censuras de Clemencín, poco atinadas a menudo, suele fundarse en que entiende el texto muy a la letra y no desentraña la ironía. Así es que, tomándolo seria y rectamente, toma también ocasión de censurar con una inocencia que viene a hacerse chistosa. Por ejemplo, se dice en el Quijote que los milagros de Mahoma son una patraña, y que de haber tomado Sancho una honrada determinación saca el autor de la historia que debió de ser bien nacido y por lo menos cristiano viejo: todo lo cual aflige y apura en extremo a Clemencín, y le da a entender que Cervantes incurre en una impropiedad imperdonable, ya que presupone que la historia de Don Quijote está escrita por un mahometano, el cual ni debía dudar de los milagros de su Profeta ni creer que se necesitase ser cristiano viejo para ser honrado. Esta observación crítica de Clemencín se parece, con perdón sea dicho, a la que hace Sancho Panza al oír al diablo-correo jurar en Dios y en mi conciencia. «Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe ser hombre de bien y buen cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora tengo para mí que aun en el mismo infierno debe de haber buena gente.»

La severidad de Clemencín en la exactitud le lleva también muy lejos. Así, verbigracia, cuando prueba que no fue Madásima, sino Grasinda, la que eligió al maestro Elisabat para confidente y consejero, y tuvo con él ciertos tratos y familiaridades que dieron ocasión al vulgo maldiciente para que dijera lo que dijo, casi ve el lector a Clemencín trabar, por amor a la erudición, una tan graciosa pendencia con Cardenio como la que sostuvo Don Quijote, a fuer de legítimo caballero andante, defensor de la honestidad y buen nombre de las reinas y damas principales.

Otra clase de comentarios que lleva Clemencín al extremo es la de ver a cada paso en el Quijote remedos, imitaciones o parodias de los libros de caballerías. Imitarlos y parodiarlos era, sin duda, el propósito de Cervantes; mas no tan asido y sujeto a ellos, que apenas hay, según Clemencín, no se diga ya aventura, pero ni vulgar incidente, por insignificante que nos parezca, que no caiga adrede en el Quijote a fin de remedar, parodiar o recordar otro caso o varios casos semejantes de uno o más libros de caballerías. En esto luce Clemencín su extraordinaria erudición en todo, y singularmente en dichos libros, y prueba su diligencia suma en compulsarlos; pero si a veces nos convence, más a menudo no nos convence de que haya habido imitación. Así, por ejemplo, Sancho comienza a llorar cuando la aventura de los batanes, temiendo perder a su señor y de miedo de quedarse solo. Para un profano, nada hay más natural que el lloro de Sancho. No hay para qué imaginar imitación; mas Clemencín cita enseguida, para hallarla y demostrarla, todos los escuderos, enanos, dueñas, doncellas y gigantes que comenzaron a llorar en caso parecido. Don Quijote ata su caballo a un árbol. Cualquiera cree que una acción tan común y tan sin malicia no ha menester comento. Clemencín, no obstante, lo pone, y nos descubre que Don Quijote imitó en esta ocasión a este, a aquel y a estotro caballero que ataron también sus caballos a sendos árboles, como si cuando cualquiera se apea no hiciese, por lo general, la misma cosa. Por el contrario, Don Quijote no ata su caballo a árbol alguno sino que lo deja libre pastando. Clemencín enseguida amontona citas de los infinitos caballeros que hicieron lo propio, como si fuera peculiar y privativo de los libros de caballerías y acción extraordinaria, digna de ser comentada, el dejar sueltos los caballos o las acémilas para que coman l