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Tarde era ya aquella misma noche, cuando a la tibia luz de la luna recorría los corredores de la fortaleza una figura blanca, aérea y nebulosa, entre la luz y las sombras, semejante a un sueño de amor o a una aparición celeste, hollando apenas el suelo, y ágil y ligera como el pensamiento. Ya desaparecía por instantes, ya otra vez brillaba sobre las almenas que plateaba la luna, ya se perdía de nuevo, ya en alguna elevada torre aparecía, sin que la rapidez de su marcha disminuyese ni se pudiese descubrir su rostro. Invisible, tal vez, para los vigías que acá y allá en diferentes puntos velaban, mostrábase siempre en los puntos abandonados, donde apenas se detenía un momento como cuidadosa, cuando se ocultaba en seguida, bien así como si se disipase en el aire. Hubiérase creído que era el genio tutelar del castillo, que por secretos e ignorados caminos recorría todo, veía todo y en todas partes se hallaba, ya desvaneciéndose entre los rayos que destellaba la luna, ya tomando una forma bella y majestuosa al aparecerse. Viósela, en fin, en una de las torrecillas que flanqueaban el edificio, detuvo allí sus pasos, miró a un lado y a otro con ansiedad, y en aquel momento dejóse ver enteramente a la luz. Su blanco ropaje, como el vellón de una nube, ondeaba en pliegues al viento, y entre el rayo de la luna y la oscuridad de la noche se confundía; el aura susurraba en su cabellera tendida, y todo era mágico a su alrededor; pero en su ademán, aunque hermoso, había algo de triste y abatido, y en sus ojos centelleaban acaso algunas lágrimas de tiempo en tiempo, y la inquietud e intensidad de su mirada revelaban las encontradas pasiones que la agitaban. Dos veces miré a un lado y a otro con recelo de que alguno la sorprendiera; dos veces tendió la vista por el espacioso campo, y su ojeada despedía una luz más viva y más ardiente que la que disipaba con su claridad las tinieblas. Parecía como si deseara las alas del águila, la rapidez del huracán, para atravesar de un vuelo el espacio a par de la velocidad de su pensamiento. Allí en alguna parte buscaba algún objeto de odio inmenso, de amor desesperado sobre quien descargar su ira y en quien saciar su rencor, o a cuyos pies volar para pedir piedad y alcanzar el perdón de algún crimen entre sus brazos. Su mirada penetraba como el rayo de la tormenta, volaba al igual de su imaginación, y en sus ojos se retrataban todos los delirios de ternura y de aborrecimiento que a cada instante presentaban diversos cuadros a su fantasía. Era, en fin, Zoraida delirante, Zoraida celosa, enamorada, cruel, vengativa, lleno su corazón de furia, de celos, guiada por una sola intención. Su fin era averiguar dónde estaba Leonor, morir o asesinarla. Criminal era ya Leonor a sus ojos porque la amaba Saldaña, porque le robaba el único bien que ella poseía en el mundo, porque era, en fin, preciso marchitar la hermosura de aquella mujer cuyos encantos, aunque tal vez contra su voluntad, habían hechizado a Saldaña. La imagen de ella muerta a sus pies, vengando a un tiempo con un solo golpe todos los desaires y desprecios que había sufrido; la idea de ver frustrados los intentos del infiel amante, de verle llorar, padecer y desesperarse, y de ser ella, ella sola, el único agente de su venganza, hacía alguna vez asomar a sus labios una sonrisa diabólica de satisfacción. ¿Y por quién iba a ver torcidos y descompuestos sus planes el caballero más poderoso de Castilla, el temido de los guerreros, el señor de mil lanzas y a quien pagaban pecho tantos vasallos, el hombre a cuya voz obedecían tantos pueblos, tantos soldados y servidores, el señor de horca y cuchillo en su señorío, por quién? Por una mujer cautiva, sola, sin otro apoyo, sin otro amigo en el mundo que ella misma; por una mujer cuyo sexo, débil por naturaleza, hacíala parecer como sin ánimo y llena de timidez a la vista del guerrero menos intrépido y cuyo brazo apenas podría levantar la espada más ligera de un hombre de armas, y cuyo pecho sofocaría la coraza menos pesada. Por una mujer sin más armas, en la opinión de todos los hombres, que las de su hermosura y sus lágrimas, y a quien su poderoso amante había amado y había dejado tan sin miedo y con tanta indiferencia como un niño toma o deja un miserable juguete. Seguramente que había algo de sublime y de grande, y sobre todo mucho de halagüeño para el amor propio de Zoraida, cuando se comparaba con el hombre cuyos designios iba a contrastar y a desbaratar de un solo golpe, y veía la balanza del poder inclinarse por entonces a su favor. ¡Cómo iba ahora a satisfacer su venganza! ¡Cuál sería el chasco de Saldaña cuando preguntase quién había osado desafiar su cólera, y cuando esperara ver algún señor tan nombrado y poderoso como él, algún amante celoso de Leonor, algún guerrero capaz de sostener a todo trance su temerario arrojo, viese delante de él su cautiva teñida aún en la sangre de su víctima y aguardando impávida todo el torbellino del primer ímpetu de su rabia, alegre con morir después de haber inundado el corazón del perjuro de todo el veneno en que antes había rebosado el suyo! ¡Oh, él presenciaría su triunfo, y al condenarla a morir lograría, sí, una venganza, pero no por eso volvería la vida a su amante; no gozaría por eso de su hermosura ni aun abrazaría su frío cadáver, porque no vería más que a la mujer que despreció, un puñal y la sangre de su Leonor! Y luego nuevos remordimientos se juntarían a los que ya roían su corazón; nuevos fantasmas turbarían su reposo; nuevos crímenes seguirían a los ya cometidos; dondequiera vería a Leonor, la llamaría, y al llegar a ella sólo hallaría delante de sí su sombra tal vez, y el brazo y el puñal de Zoraida sobre su pecho. Tales eran los pensamientos de la mora, y tal el porvenir más agradable y más consolador que en su furia se prometía. Los celos la habían hecho dejar su habitación, agitada de una fiebre ardiente, loca, furiosa y desatentada, buscando su rival sin saber dónde hallarla, figurándose en su delirio verla junto a sí, y verse ya en el acto de asesinarla. Pero otras veces la imaginaba muy lejos, fuera del alcance de sus celos, como si una muralla impenetrable se alzase entre las dos, como si un poder invisible la defendiese e hiciese inútiles sus esfuerzos para alcanzarla; y entonces la veía en brazos de su amante, y que ambos la miraban retorcerse las manos y arrojar espuma por la boca de rabia, y de fatiga, burlando con risas de escarnio sus impotentes esfuerzos, señalándosela con el dedo uno a otro, y en paz dulce y en inalterable sosiego haciéndose mutuamente caricias tan suaves, tan tiernas y tan ardientes como el amor que las causaba, viendo uno en otro su cielo y su felicidad. Y ella entonces comparaba su estado y el de ellos, y se derribaba en el suelo y se arrastraba, mesaba su rostro y lloraba como si realmente sucediera así, y se mordía a sí misma como si quisiera hacerse pedazos. Y luego corría de una parte a otra, y pensaba que en mudando de sitio se disiparía su fatal ilusión, y no hallaba descanso en ninguna parte, y dondequiera el mismo cuadro despedazador la perseguía. En vano se lanzaba de uno en otro corredor, de una en otra torre; el mal estaba en su corazón, y en su demente arrebato llevaba las manos sobre su pecho como si quisiera arrancárselo. Y luego tal vez recordaba los días de felicidad que había gozado, las palabras dulces que en tal o cual momento había oído enajenada de boca de su amante, y que habían quedado grabadas en su memoria, y que tantas veces había ella repetido a sus solas con inexplicable delicia. Y ardía con la memoria de sus besos, y aún se estremecía de placer, y recordaba también los días que, mano mano con él, olvidada de todo el mundo, alegre, descuidada, tierna, libre de celos y entregada sólo al amor, había paseado a la fresca sombra de las arboledas, en encantados bosques, al margen de claros y murmuradores arroyos, sin susto, en paz y tiernamente correspondida, y las noches de placer, y el rayo trémulo de la luna, y los besos de fuego, cuyo agradable estallido interrumpía solamente el silencio. Y veía después al ingrato gallardo en los torneos, cuando la nombrara reina de la hermosura con vergüenza y a despecho de las más brillantes damas que honraban con su belleza el palenque, y con él a todos los valerosos caballeros rendirla homenaje, y al tiempo de coronarle, como a vencedor de la justa, sentía penetrar todavía hasta su corazón la mirada cariñosa y ardiente del impetuoso Saldaña. Y luego le contemplaba en el festín con ella, con ella en la carrera del crimen, de la gloria, de la infamia, de la virtud y del vicio. Y sentía rasgársele las entrañas con tan amargo recuerdo, y desmayar su ánimo y escaldar sus mejillas torrentes de lágrimas abrasadoras como plomo derretido. Y él, y él y siempre él en su corazón y en su fantasía; y suspiraba por él y por él gemía, y su llanto no parecía tener término. Y entonces, ¡oh!, de rodillas, inclinada la faz al suelo, imaginando que le besaba humildemente los pies, y le rogaba, le suplicaba, no ya una amorosa caricia, no ya una mirada de lástima, no ya que la amase como antes, sino que no amara a otra alguna. Que se sirviese de ella como de una esclava, que la despreciara, que la insultara, que la aborreciera, que la maltratara, pero que al menos no juntara sus labios a los de otra mujer, no dijera a otra las mismas palabras que a ella, y que la dejase a su lado para únicamente mirarle, cuidarle e idolatrarle. Que si le enojaba su vista, ella le vería desde donde él no pudiese verla, que nunca más le cansaría con sus amores ni con su presencia, sino que, resignada con su suerte, se contentaría con adorarle en silencio y velar sobre él como un ser invisible. Pero después resonaban en su oído las ásperas palabras de Saldaña que la arrojaba de sí, y le contemplaba loco de amor por su dichosa rival, buscándola con ansia; y entonces, volviendo los ojos al cielo, rojos de tanto llorar, pero secos ya y con desesperado ademán, blasfemaba de su Dios y de su profeta, y de la horrible fatalidad que la había traído a amar a un engañoso cristiano, a preferir la esclavitud a la libertad, un país extranjero a su patria, y maldecía el brazo de hierro que la tenía allí sujeta en aquel odioso castillo. Y entonces pensaba en los bizarros árabes de Granada, en las damas que rodeadas allí de su familia y mimadas y obsequiadas por sus animosos galanes, disfrutaban de su amor sin zozobra, sin remordimientos, y halagadas de las esperanzas más lisonjeras. Y comparaba su suerte con la de ellas, como un condenado podría comparar el paraíso con el infierno, y sentía un dolor como si le arrancasen con tenazas ardiendo pedazos de carne de su cuerpo, cuando se decía a sí misma que aquella debía haber sido su suerte si no hubiese sido cautiva, si no hubiese conocido a Saldaña, y no habiéndose enamorado de él, hubiese pagado su rescate y hubiese vuelto a su patria. Que no estaría sola como ahora, y tendría quien enjugase su llanto si lloraba, quien sonriese con ella y, en fin, quien la defendiese y la ayudase contra el que intentara ofenderla, y nadie entonces la insultaría ni serían desoídas sus quejas. Su delirio alejaba de ella todo lo agradable al mismo tiempo que acercaba y engrandecía a sus ojos las imágenes más crueles. Leonor estaba en todas partes, en dondequiera estaba Saldaña, y en la mente de la desventurada mora mil siglos corrían a cada momento que pasaba, porque en cada momento sufría tantas penas, y tantos pesares se agolpaban a su alma y la despedazaban a un tiempo, que los de un solo instante pudieran componer el total de los tormentos de toda la vida humana. Su intento era buscar a Leonor y, salir del castillo y sin saber adónde andaba, andaba y corría aquí y allí, y ya se figuraba lejos del sitio de donde había partido, cuando se encontraba otra vez en él, y otra vez y otra vez atravesaba mil diferentes pasadizos secretos que ella sabía, y nunca acertaba a salir de la fortaleza, turbada toda y perdida en el caos y el laberinto de su imaginación. La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso, y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. Algún centinela que la divisó, ni dio ni hizo señal de haberla visto, y creyéndola algún espíritu no hizo sino persignarse. Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla. Figurábase a Saldaña embriagado en sus sueños de amor, regalado de ilusiones felices que estaba muy lejos, sin duda, de gozar el tétrico castellano, pero que la celosa mora le prestaba en su delirio para atormentarse más a sí misma. Si contemplaba el castillo, la oscuridad y el rayo de la luna reflejándose débilmente en sus altas y ovaladas ventanas, imaginaba la fortaleza una tumba, y el pálido reverbero de la luz, la llama trémula de las antorchas fúnebres. En cada sombra veía a un ángel de tinieblas que la perseguía y la acosaba, o un motivo de celos, una Leonor enamorada que venía en busca de su amante, y que se iba a encontrar en su camino con ella. Por fin, el ansia de vengarse, dominando enteramente su alma, sujetó su imaginación, calmó su desvarío, y le hizo tomar un camino recto y seguro afirmándola en un pensamiento único. Entonces, volviendo en sí, su marcha fue más rápida, y con firme paso y decidido ánimo deshizo ya con conocimiento de dónde se hallaba, las vueltas que equivocadamente había dado, y bajando por secretas trampas a escaleras y sitios que sólo ella y el arquitecto del castillo tal vez conocieran tomó el camino más corto para salir al campo. Llenos estaban los fuertes de aquella época de estas salidas ocultas, de que se servían sus señores, ya para sus empresas particulares, ya para caer inopinadamente, en caso de sitio, sobre sus enemigos, ya para facilitar una o retirada. Ninguno de cuantos secretos contenía aquel alcázar ignoraba Zoraida, que criada en él, había mil veces recorrido todos. Servíase en su camino por aquellos desiertos tránsitos de una linterna sorda de metal, y llena de sobresalto, delirando sin cesar y murmurando entre dientes algunas veces, parecía una maga que en sus furores descendía al infierno a evocar las almas de los condenados. Entre tanto, cierto rumor llegó a sus oídos, aunque a bastante distancia, que en un principio creyó sería causado por el gemido del viento; pero luego sonó una voz áspera y ronca, como la de un borracho de oficio, que hablaba con otros que contestaban con brindis y carcajadas, y conforme caminaba adelante sintió más cerca el ruido de copas de barro rotas y un estrépito semejante al que produce una orgía desenfrenada. Era el alboroto en las cuadras de los soldados aventureros, y una luz que ondulando, ya alumbraba unas veces, ya otras al parecer se extinguía, y que a corta distancia reflejaba del cuarto del capitán de este cuerpo, y los desentonados gritos que allí se oían, mostraban la bacanal y el desorden en que pasaban el tiempo. Pero una voz de mujer se oyó acaso en medio de las roncas y vinosas de los varones, y aunque apenas se apercibió débilmente, el oído de Zoraida distinguió el sonido, y su primer pensamiento fue que era la voz de Leonor, que estaba ya en el castillo, y que a la mañana siguiente debía ser presentada a Saldaña. Esta idea, absurda sin duda y que hubiera desechado ella misma si estuviera en su cabal juicio, fue cabalmente la primera y la única que se ocurrió a Zoraida, con tanta obstinación y tan ciegamente, que ni la borrachera de los que allí estaban ni las groseras palabras con que agasajaban a la supuesta rival ni las descaradas respuestas de ella, nada pudo hacerla reflexionar de otro modo. El estruendo crecía; el estrépito, las voces, las risotadas, los golpes en las mesas, los brindis y las maldiciones, todo lo oía la mora desde su encallejonado pasadizo sin perder una sola sílaba. Callaron todos de pronto y la misma voz, más ronca y desafinada que las otras, entonó una canción que verdaderamente tenía algo de infernal en su música, haciendo ruido al mismo tiempo con un cacharro contra una mesa para acompañarse:
Y otras seis u ocho voces que se distinguían por sus diferentes tonos y su desacuerdo, como de gatos que maúllan unos en tiple y otros en bajo, entonaban el estribillo:
Y concluían su canto con un grito agudo, lúgubre y prolongado, semejante al que lanza el perezoso Ay en los desiertos de América. Dos voces repitieron este alarido y luego bebieron, vocearon y juraron; cantaban unos, se peleaban otros, se desafiaban aquéllos; las mujeres chillaban, y todo era confusión, alegría, llanto y borrachera. En la locura de Zoraida, aquella estancia se le figuró más propia de los demonios que de los hombres. La hora que era y el alboroto que traían en un sitio subterráneo daban cierta apariencia extraordinaria al festín, y ella había oído a Saldaña mismo hablarle de una aparición, de un espíritu que había robado a Leonor. Este pensamiento le confirmó en su primera conjetura acerca de la voz de mujer que había oído, y se resolvió a penetrar allí si era necesario y averiguar de cualquier modo si era ella efectivamente. Pero aunque el amor a la vida no fuese hacía ya mucho tiempo el primer móvil de las acciones de la desconsolada mora, y muchas y poderosas pasiones hubieran sofocado en su corazón este deseo de conservación, innato en todos los animales, el pudor es el último sentimiento que abandona la mujer, y la idea de entrar en aquella especie de perrera, mezclarse con hombres groseros y acalorados con las bebidas y exponerse a una gracia hedionda y desvergonzada, la hacía temblar, sin atreverse siquiera a mirar adentro por una claraboya que adornaban dos hierros atravesados en cruz. En esto la puerta del cuarto que caía al otro frente se abrió, y entró un soldado que salía sin duda de centinela, que saludando al que parecía ser el jefe, tomó un jarro de vino y se lo echó a pechos de una sentada. -Juro por la barba del miramamolín del infierno, que en la centinela de esta noche he sentido pasar junto a mí un alma en pena, toda rodeada de fuego. -A la salud del alma en pena -gritó el capitán; y empinó la bota más de media hora seguida. -Por la muerte y pasión que hemos de sufrir todos los que aquí estamos -dijo uno con cara de león de piedra y con ademán grave y solemne-, que no hay alma en pena como la mía, que estoy penando con esta cara de vaqueta vieja por que me quiera esta desagradecida. -Sí, señor; cuando digo que yo la he visto, ¿cómo se entiende? -Mentira, yo te digo que no es posible -respondía otro muy enfadado. -Pues, ¿a que sí? -¿A que no? ¿Y cómo es? -Es una figura blanca; lleva tras de sí un gato negro. -Es verdad -respondió otro-, que yo la he visto esta noche pasearse de torre en torre. -Y volar por el aire a caballo en una serpiente de fuego -añadió el primero. -¿A que no eres capaz de ir a buscarla? -apostaba uno en otro corrillo. -Ahora mismo. -¿A que no? -¡Ea, muchachos! un buen trago, y mano a la retamalla -dijo, y bebió, y empuñó su espada. -¡A buscar a la fantasma! -A buscarla, a buscarla -repitieron todos a un tiempo sin saber lo que iban a hacer ni lo que decían; y con las espadas desnudas salieron de tropel, como un torbellino de demonios vomitados por el infierno. Pero la fantasma que buscaban era la mora; y ésta, que había satisfecho ya su curiosidad, se había retirado a tiempo, y caminaba entonces por un pasadizo subterráneo, muy segura de que aquella gente trabajaría en vano por encontrarla. Ni era esto tampoco en lo que pensaba: varias veces había oído contar grandes prodigios y milagros hechos de una bruja de las cercanías que tenía amedrentados a los más intrépidos. A ésta, pues, quisiera hablar Zoraida para consultarle y pedirle que le diese un medio terrible de vengarse, o una bebida para Saldaña que le hechizase y enamorase de ella de tal manera que ni aun en la muerte se separaran sus almas, o un veneno de odio para ella sola que le hiciera aborrecerle tanto como le había amado. El subterráneo por donde caminaba tenía una salida al pueblo y otra al campo en el lado opuesto; tomó Zoraida la segunda, y después de haber andado más de una hora se halló al raso cerca de Torre-Gutiérrez, castillo perteneciente a los señores de Cuéllar. Había andado cerca de una legua sin sentirlo, sin cansarse, y enteramente entregada a su único pensamiento. Cuando salió al campo, la respiración le faltaba; su cabeza ardía hecha un volcán; el corazón le hervía, y su sangre, como la lava del Vesubio, había hinchado sus venas y hacía palpitar todo su cuerpo. Había refrescado el aire, y ella, abierta la boca, lo respiraba con ansia y lo bebía, y todavía quemaba a su parecer; gotas de sudor corrían de su frente ardiente como de fuego, y varias veces en algunos arroyuelos que entre juncos allí corrían, refrescaba su seco paladar, que otra vez abrasaba de nuevo el incendio que arrojaba su corazón. Caminaba, no obstante, sin cesar, pero ya sin saber adónde, y sólo detenía el paso y se paraba cuando alguna ráfaga de viento venía un momento a aliviar su ardor. Pero entonces se figuraba que oía en su susurro besos, caricias, palabras dulces en torno de ella, y la voz de Saldaña y la de Leonor. Y luego creía que resonaban voces de maldición o de lástima, y oía en el murmullo de las aguas, y en el gemido de la brisa y en el rumor de las hojas, que Saldaña la maldecía; y lo que era aún más cruel, que Saldaña idolatraba a Leonor. Y huía entonces hacia otra parte toda desalentada, y así, ya suspendiendo el paso, ya caminando con indecible precipitación, se emboscó entre los pinos que están a la derecha de Torre-Gutiérrez, y allí se enmarañó y se perdió entre las sombras como un espectro errante. Pero no había andado muchos pasos cuando cayó sin aliento y rendida y quebrantada con la fatiga, al pie de algunos árboles tan espesos que impedían entrase la luz de la luna. Allí, ya sin fuerzas y casi exánime, sintió un sudor frío que le helaba hasta los huesos sin cesar; pero era el ardor calenturiento que la abrasaba. Su cuerpo, débil y falto de alimento, no podía ya sostenerse, y el espíritu, trabajado y fatigado ya con tanto sufrir, no podía tampoco comunicarle más ánimo. Cayó, pues, y no hizo ningún movimiento para levantarse, ni para mudar de postura, ni levantó la cabeza, ni gemía, ni podía llorar, y sólo daba a conocer que vivía el incesante movimiento de su pecho que parecía henchido de tormentos vivos, que luchando en su centro unos con otros lo alborotaban. Una luz a corta distancia que parecía andar sola se descubrió que venía por el bosque hacia ella, ya a veces desapareciendo entre los espesos árboles, ya otras derramando su ondulante reflejo que aumentaba las sombras en vez de desvanecerlas, con un brillo tan pálido y moribundo como el de una vela amarilla. Nadie se veía; no obstante, la luz se acercaba, y en la imaginación de la mora, cuyos ojos había herido su destello una o dos veces, aquella luz a tan excusada hora y en aquel bosque, se presentó como cosa sobrenatural y del otro mundo. Quizá el ángel Azrael, que compadecido de sus pesares venía a cortar el hilo de su vida, quizá... quién puede decir lo que se figuró, pensó y creyó la enajenada Zoraida. Pero no por eso se levantó de donde estaba, sino que fijos los ojos, fuera ya de sus órbitas, en la misteriosa luz, miraba como demente, y tal vez, según las imágenes que en su delirio inventaba, se descubría una sonrisa amarga como la hiel en sus labios trémulos y blanquecinos. La luz, empero, torció a un lado como si cambiara de senda, pero bien pronto volvió a brillar, y una voz se oyó que murmuraba maldiciones entre dientes, y que en tono monótono y como si rezara pronunciaba varias palabras mágicas o tenidas como tales, y que en informes versos puestas, sonaban como el regaño sordo de un perro alano. Callaba en seguida como si esperara que alguno le contestase; pero sin duda no estaba de humor de responder el ser sobrenatural que evocaba o no la oía, y la voz redobló sus conjuros. Tal vez se imaginó el encantador de la luz que había ya recibido respuesta, y volvió a callar. Volvió entonces a andar la luz hacia donde estaba Zoraida, y un ente informe de estatura raquítica y consumida, imperfectísimo remedo de una mujer, quizá una especie de animal nuevo, una vieja, en fin, de ojos de víbora, tan flaca como una cuerda, tan ruin como un mal pensamiento, y estropajosamente arrebujada en unos harapos, con una larga mecha de brea encendida en una mano, y en la otra una sarta de dientes de hombre, se presentó delante de la mora, capaz con su figura odiosa y repugnante de haber hecho creer que había diablo al más obstinado incrédulo. Llevóse Zoraida dos veces ambas manos a los ojos, horrorizada de aquella visión que, a su parecer, había salido del centro de la tierra en aquel instante, y prestándole fuerzas el miedo se levantó de pronto con intención de huir. Pero no bien se había puesto en pie cuando, recobrando su natural denuedo, la miró de hito en hito, al mismo tiempo que el esqueleto ambulante, cuyos ojos relucían como los de un gato, la miraba con cierta diabólica malicia y soltó una risotada desagradable, muy semejante al roznido de un mulo. -¿Qué haces aquí, linda niña? -le dijo con una voz cascada como el sonido de una castañeta: y riéndose de nuevo continuó-: No te asustes, yo soy la abuela Gila, que vivo en Cuéllar, y aunque me tienen por bruja todavía me creo tan buena como la que más. La sarta de dientes que llevaba en la mano izquierda resonó, a un movimiento que hizo, como el crujido de un hueso al romperse. -Buena madre -respondió Zoraida-, yo soy la mujer más infeliz que existe, y he venido aquí sin saber adónde iba ni a qué. -¡Pobrecita! -replicó la bruja con su acostumbrada risa-. ¿Y a mí qué me importa que tú seas infeliz o no? ¡Ojalá que te veas pronto maldecida por todos como yo, y vieja y con arrugas, que yo también fui joven y bonita, y ahora!... ¿No eres tú la mora que quiere el señor de Cuéllar? -Sí, yo soy la que fue querida -replicó Zoraida con acento melancólico-, yo soy la que fui feliz. -¡Hola! Conque, ¿ya no te quiere -replicó la vieja- y tal vez te ha echado de su castillo? Se cumplieron por fin las maldiciones que yo te he echado. Pues, hija mía, ¡cómo ha de ser!, ten paciencia y sufre. Y después de haber echado a Zoraida una ojeada de diabólica complacencia, la vieja infernal volvió la espalda e hizo ademán de alejarse murmurando estos versos:
-Mujer -gritó Zoraida con impetuosidad después de una pausa en que el ansia de vengarse y los celos dieron nuevo ánimo a su corazón-, yo venía en tu busca; si te alegras de mis tristezas, ¿qué me importa? Yo no te he hecho nunca ningún mal, ni te he visto hasta ahora; quiere decir que no sólo me aborreces a mí, sino a todo el género humano. -Así es -replicó la bruja-; odio a los que creo felices, y río y hago escarnio de los que son desgraciados, como otros lo hacen de mí y me persiguen. -Pues bien, en ese caso yo quiero vengarme como tú, y mi venganza te debe a ti complacer puesto que hará la desdicha de dos personas que tú aborreces. Dime qué tengo que hacer para lograrlo. Nada te detenga; llama a todo el infierno junto, preséntalo delante de mí con tus conjuros, oiga yo sus clamores, véngueme yo de la rival que detesto, y tuya soy desde ahora. -Mucho fuego pones en tus palabras -replicó la vieja con un gesto que parecía otra vieja en lo desagradable-. Has de saber que desde que se murió la tía Graja, hace ahora diez años, no se ha vuelto a ver el diablo por estos contornos, ni yo he montado en la escoba desde entonces, ni he dado paz al cabrío. Está esto muy mal, y hasta el amo nos desprecia, y van perdiendo su fuerza nuestros conjuros. Ya se ve, se ahorca ahora tan poca gente que es un dolor; toda la noche he tenido que andar por estos pinos buscando ahorcados a quienes arrancar los dientes, y sólo he podido hallar cuatro o cinco, y aun uno de ellos era ya viejo y le faltaban las muelas. Era entonces costumbre, y lo fue por largo tiempo en España, ahorcar de los árboles a los que la voluntad o la justicia del señor feudal condenaba a muerte si eran villanos, y nadie ignora que las llamadas brujas prestaban ciertas virtudes a sus dientes y a varias partes de su cuerpo, de que se servían en sus supuestos hechizos. -Pero, en fin, el hecho es -continuó la asquerosa vieja- que tú quieres maleficiar dos personas y vengarte de ellas, y hasta ahí alcanza mi poder, y en eso doy gusto a mi inclinación. Una de ellas sin duda es el señor de Cuéllar. -No -repuso la mora con prontitud-; yo le amo demasiado para querer hacerle directamente daño. Yo sólo quiero vengarme de mi rival. -¿Y quién es tu rival? -preguntó la vieja-. ¿No es la hermana del castellano de Iscar? -La misma -replicó Zoraida-; esa es la que me ha robado su corazón, esa es la que ha llenado mi alma de amargura y desesperación. Sí, sobre ella caigan tus maldiciones; sobre ella sola, para que no la vea jamás en sus brazos el señor de Cuéllar. -¿Sabes tú dónde está? ¿Tendrías tú un medio para hacerle tomar una bebida que yo te dé? -preguntó la vieja mirándola fijamente. -Si yo supiese dónde se halla... -contestó Zoraida. -En su castillo, sin duda -interrumpió la vieja con una sonrisa irónica-; pero no te dé pena; esa mujer no morirá en paz ni en su cama. -Pero tú -insistió Zoraida-, ¿no podrías llevarme adonde se halla? -¿Lo sé yo acaso? -replicó la vieja-. Y aunque lo supiera, ¿por qué te lo había de decir? No señor, sufre, que día vendrá en que se cumplan todas las venganzas juntas, y en que los que ahora viven alegres lloren, y aquellos y aquellas que tienen asco de las pobres viejas, y pasan espetadas delante de ellas sin mirarlas, y que se creen infectadas con sólo rozarse con las que son como yo, y las que ahora rebosan en hermosura y salud, día vendrá, y muy pronto, en que salgan con los pies delante para el cementerio. Diciendo esto la raquítica bruja dio a su rostro una expresión tan repugnante de alegría y de venganza, que al mismo espíritu maligno le hubiera parecido desagradable. Zoraida no contestó sino que dando algunos pasos hacia ella, aunque con repugnancia, le alargó algunas monedas, pensando que este sería el mejor medio de hacer adivinar y poner de su parte a la bruja. Tomólas ella con avaricia, y mirándolas una tras otra a la luz no parecía sino que nunca había visto junto tanto dinero, lo cual era más que probable. No sabía tal vez en dónde estaba Leonor, y menos aún podía hablar con acierto acerca de los sucesos futuros; pero era menester decir algo, y estaba demasiado habituada a servirse de la credulidad ajena para titubear un momento. Quizá ella misma a fuerza de oír que la llamaban bruja, y acaso poseedora de algunos secretos, había llegado en efecto a creer que tenía comercio con el demonio. Zoraida, crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo, y además agitada de una pasión loca que puede hacer supersticioso al hombre más ilustrado, la miraba como un oráculo y esperaba con ansia saber cuál había de ser su destino. La bruja, pues, le hizo señas de que guardase silencio, y habiendo arrancado algunas retamas les prendió fuego, profiriendo sordamente varias palabras, que no entendía ella misma sin duda, dando vueltas alrededor de la hoguera, con más rapidez que prometían sus años, mientras la llama tomaba vuelo. Paróse en seguida, y sacando del arrugado y cóncavo pecho un bolsillo de cuero que deslió sin dejar de gruñir entre dientes, echó unos pelos al fuego y una especie de saín o gordura de algún animal. Echóse en seguida al suelo, y poniendo contra él la boca, empezó a llamar a algunos, primero en voz baja y después en tono más alto, añadiendo a cada palabra una maldición. Todos sus movimientos eran tan extraordinarios y ridículos que hubieran podido llamar la atención del hombre menos curioso; y su figura maléfica, que se divisaba como un espectro a la luz de la hoguera, el silencio de la noche, la luna, que oculta entre algunas nubes cenicientas teñía el bosque de una especie de color de muerto, daban cierto carácter sobrenatural a aquella singular escena. La hoguera, sin embargo, se fue consumiendo poco a poco, y cuando ya estaba casi extinguida, la fatídica vieja se levantó y dio una patada con furia sobre las pocas ramas que aún ardían, como si quisiera vengarse de aquella manera del poco efecto que producían sus encantos. -¡Ea, pues! -dijo volviéndose hacia Zoraida, que había observado cuanto había hecho, y que más de una vez había sentido erizarse sus carnes-: ¡ea, pues!, demonios, ya que desoís mis conjuros, ojalá que se conviertan a Dios y eviten vuestras tentaciones cuantas almas hay en el mundo. Zoraida, el espíritu profético ha huido de mí, y no sé ni acierto adónde está tu rival; sólo sé que un espíritu superior a los que a mí me sirven la protege por ahora. ¡Maldito sea él! Sólo sé que él la libertó de las garras del Velludo. Quizá tú la volverás a ver algún día. Tú también tendrás quien te proteja. Tal vez el de Cuéllar te volverá a amar. Acaso... La imaginación de la vieja apenas podía ya inventar más, ni suplir con profecías a bulto lo que ignoraba. Por último, y como inspirada de pronto, añadió: -Puede ser que algún día te acuerdes de lo que has visto esta noche por tu desgracia. Es forzoso que nosotras nos volvamos a ver. -¿Crees tú que Saldaña me vuelva a amar? -preguntó Zoraida, a quien esta parte de la profecía había conmovido y hecho temblar hasta las entrañas. -¿La hembra del mastín, no se ayunta con el lobo? -respondió la pitonisa-. Pero guárdate también de que no te devore; guárdate, y teme que no maldigas algún día la hora fatal en que te has hallado conmigo. Pronunció estas últimas palabras con un eco de voz tan siniestro, y clavando al mismo tiempo en Zoraida una mirada tan fija y horrible, que hubiera podido intimidar al más intrépido. La desdichada mora no pudo menos de estremecerse y sentir sus cabellos tiesos sobre su cabeza. En vano trató de esforzarse a preguntarle por qué: el temor había helado su voz, y la fiebre que la devoraba le representó en su fantasía, en vez de una bruja, mil que la amedrentaban con sus funestos presagios y que la miraban del mismo modo. Tal vez la intención de la vieja había sido únicamente aterrarla, ya que no había podido convencerla de su mágico poder, pero no obstante, parecía que sólo había verdad en su último presagio, que era una amenaza que debía cumplirse, y que aquella misma mujer había de tener parte en que se cumpliera. El tono de su voz y su mirada manifestaban quizá perversas intenciones para en adelante, quizá estaba ofendida y deseosa de vengarse de la mora que había presenciado la inutilidad de sus conjuros y que podía publicar todo como había pasado, y hacerle perder su fama. De todos modos, había un no sé qué de verdad en sus expresiones. Zoraida, entre tanto, todo lo daba ya por cumplido, y cuando vuelta en algún tanto de su estupor quiso pedirle algunas explicaciones de lo que había dicho, la inexplicable vieja había desaparecido. A su entender se había vuelto a sumergir en las entrañas de la tierra, de donde pensó primero que había salido. Entre tanto ya venía la mañana; el aire, más fresco, halagaba las copas de los pinos, y el color de la aurora empezaba a pintar con su velo de nácar el horizonte. Las aves piaban, los arroyos murmuraban, y se alegraban los campos. Todo respiraba el encanto de una alborada de estío, y el reposo y la paz, aún no alterada por el villano madrugador, podía compararse a la primera sonrisa de un niño. Sólo Zoraida penaba, aterrada aún con el presagio de la impura vieja; pero su fiebre había calmado, y cierta laxitud, producida por su anterior frenesí y lo mucho que había caminado, era lo único que le quedaba de su locura. Parecía que el fuego de su corazón se había enteramente apagado: o, por mejor decir, que su corazón, a modo de un espíritu, se había evaporado, y que ya no le quedaba sentimiento para padecer ni gozar. Sus ojos estaban tristemente caídos; al color encendido de sus mejillas había sucedido una palidez cadavérica; sus miembros flojos apenas obedecían a su voluntad, y en derredor de su boca la herradura de la muerte estaba estampada. Aún no había recobrado cabalmente su juicio, pero ya no era aquella imaginación llameante la que mezclaba y arrebataba sus pensamientos, y como un herido falto de sangre y lánguidamente débil, sólo veía colores, sombras, oía un confuso rumor, y el cielo y la tierra le parecía que habían cambiado de sitio. Todo a su vista aparecía más alto, más bajo, más lejos, más cerca de lo que estaba realmente. En su memoria se agitaban los sucesos de aquella noche como sueños casi olvidados o como los cuentos de la niñez. Figurábase a veces que eran cosas que había oído contar, que habían pasado hacía mucho tiempo, y allá confusamente oía al mismo tiempo las palabras de la bruja, el canto satánico de los aventureros y el grito de los centinelas. Examinábase a veces a sí misma en los intermedios que este segundo delirio le concedía, miraba al cielo inundado ya de ráfagas de luz hacia el oriente, consideraba la tranquilidad de los campos, y meditaba en la dicha que disfrutaban sus habitantes. De lejos ya llegaba a sus oídos la voz del leñador que arreaba su asno caminando al monte; el canto monótono de los segadores que aprovechaban la fresca; el grito del labriego en la era, y esta armonía, este bello despertar de la naturaleza, le hacía penar de nuevo y derramar lágrimas hilo a hilo. -¡Oh -se decía a sí misma-, yo soy la única infeliz entre tantos felices! Parecíale, al pensar esto, que no era este mundo su morada ni la había sido hasta entonces, sino que, para mayor tormento suyo, una mano fatal la había arrancado de su centro y trasladádola allí para que pudiese comparar la gloria de aquel paraíso con el infierno en que tenía que vivir por fuerza y que llevaba dentro de sí. Hallábase allí en medio del campo, al aire libre, a la luz del día, tan turbada e incómoda como un rústico en medio de un magnífico palacio, o más bien sentía la fatiga del pez que se ve de pronto fuera de su elemento. En su interior oía una voz que le gritaba de volver al castillo; pero el día entraba y aún no se había decidido a obedecerla. Por último, la parte de vida que le animaba venció su irresolución, y la afligida Zoraida tomó la vuelta de la fortaleza. Los trabajos del campo, propios de la estación, habían despertado ya a los rústicos habitantes, y todo era vida y movimiento en aquella extensa campiña. Hubiera sido un espectáculo agradable sin duda para cualquier espíritu sosegado; pero Zoraida huía de los hombres, hubiera querido no oír sus palabras, y quería ocultar a sus ojos la calma y la hermosura de la naturaleza. Buscaba las sendas más escondidas, los sitios más sombríos, en fin, todo aquello que pudiera tener analogía con su alma. Cuando llegó a la entrada subterránea que llevaba a las bóvedas del castillo, volvió la cabeza a mirar el sol, que, como un escudo de fuego, se levantaba y teñía el horizonte de mil vivísimos colores. Quiso fijar en él los ojos por un instante, y quedó tan deslumbrada y confusa, que, dando un alarido, se lanzó en la oscura bóveda de repente. Hubiérase creído que era un ángel de tinieblas que miraba la luz del sol, y despechado de no poder gozar de su hermoso brillo, se arrojaba maldiciendo su suerte en el infierno. Zoraida, cansada, enferma de alma y cuerpo, llena de visiones, de presagios, de memorias del bien pasado y desnuda de toda esperanza, volvió por los secretos pasadizos por donde antes había salido, y el ruido de las armas, los relinchos de los caballos y las voces de los soldados que barrían sus cuadras, limpiaban sus armaduras y vagaban acá y allá en los patios y corredores próximos al camino que ella llevaba penetraban en su oído mezclados en un son tan confuso y desacorde, que acabaron de trastornar su cabeza. Más de una vez tuvo que apoyarse en la pared para sostenerse, y no supo ella misma el tiempo que estuvo en aquella actitud hasta que recobró sus fuerzas. Las retorcidas escaleras que subía la mareaban, el castillo se le andaba, y cuando llegó a su cuarto, se encerró allí y se arrojó en su lecho, sintió un placer semejante al de una ave nocturna que, aturdida y ciega por el resplandor del sol, encuentra por casualidad el oscuro nicho que le sirve de asilo.
Ya habrá supuesto el lector que el billete que entregó al señor de Cuéllar su lindo paje venía de parte de Hernando, que deseaba tomar venganza del que él suponía robador de su hermana. En efecto, el tiempo, que, según el estado de nuestra alma, vuela ligero como un relámpago o se nos figura que no se mueve, le parecía aquella noche al señor de Iscar que había perdido sus alas y cada minuto se le hacía un siglo. Tal era el deseo que le punzaba de venir a las manos con su enemigo. Las tres de la mañana serían, y faltaban aún dos mortales horas para que llegase el momento prefijado para el combate, y ya su voz había despertado al buen Nuño, que, a su vez, había despertado al Cantor, y éste a los demás habitantes de la fortaleza. Ninguno sabía el intento de su señor si no era el capellán del castillo, que había escrito la carta de desafío, porque Hernando de Iscar no sabía leer ni escribir, o, lo que es lo mismo, no era caballero letrado, que se decía entonces, y sólo era entendido en los ejercicios de caballería. Se había confesado la noche antes, como era uso generalmente de los religiosos caballeros si había lugar para hacerlo antes de entrar en batalla o aventurarse a algún peligro, sin que en esto diesen pruebas de menos valor o desconfianza en su buena suerte. Hernando, buen caballero probado en muchos encuentros, tenía fama de ser tan diestro jinete como ágil en todo género de juego de armas; sabía que su contrario, el de Cuéllar, era una de las lanzas más temibles de la cristiandad, y así por esto como porque interesaba a su honra, tenía intención de proponerle en el campo se desarmasen el lado izquierdo, quedando de este modo expuesto a los golpes el corazón. Era de creer que Sancho Saldaña no titubearía un punto en acceder a su proposición, y en este caso la muerte de uno de los dos, o tal vez la de ambos, era de presumir inevitable. Pero esto le daba muy poco cuidado a Hernando, que, ganoso de satisfacer su agravio, y educado desde su infancia en las armas, estaba acostumbrado a considerar un duelo a muerte como una especie de pasatiempo. Su buen Nuño, que no daba más importancia que su amo a la vida de un semejante suyo si la arriesgaba en regla y según la ley de las armas, aunque no sabía el intento de su señor, sospechaba lo que podía ser, y le había aderezado ya su armadura, sin olvidarse de la suya propia, persuadido a que su amo tendría tal vez necesidad de su compañía. Había reñido con el poeta más de veinte veces el día antes y hecho la paz otras tantas, y estaba entonces pendiente aún su última riña cuando el Cantor, tarareando unos versos muy conocidos en aquella época, se llegó a hablarle. -¿A qué diablos -dijo Nuño- vienes aquí a hacer ruido? ¿Te parece a ti que es ésta hora para oír tu música? -Yo no sé para lo que es hora -respondió el poeta-, pero sé muy bien para lo que vengo. -Pues habla y sé breve -repuso el enojado Nuño. -Así lo fueras tú tanto como yo -replicó el Cantor con calma-, y no que cuando tomas la palabra no dejas hablar a nadie y eres capaz de estarte charlando tres días; y al fin si hablaras bien, pase, pero... -Si vienes a chancearte conmigo -interrumpió Nuño, poco agradado de las finezas de su antagonista-, te puedes ir con mil santos a buscar otro a quien cansar con tus necedades, porque yo no estoy ahora de humor de broma. -Ve ahí cómo nos equivocamos cuando uno menos lo piensa -repuso el poeta, que se divertía en irritarle-; yo te creía ahora del mejor humor del mundo, porque aunque en tu cara no se conoce nunca cuando estás contento... -Sí -replicó Nuño con ira-, sí, estoy para hacer correr tras de mí los chicos de la calle; ¿habráse visto impertinente igual? Si no fuera... ¡vive Dios! -He sufrido tres interrupciones sin quejarme -contestó el poeta-, y todavía no te he interrumpido a ti una sola vez y ya te amostazas he ahí lo que se llama tener buen genio. -Tengo el que me da la gana -replicó Nuño con mucho enfado. La conversación llevaba trazas de acabar mal, al menos por parte de Nuño, si el poeta, que no tenía el menor deseo de quimera, no la hubiera hecho tomar distinto giro diciendo: -Con estos dimes y diretes, mi buen Nuño, todavía no te he preguntado lo que quería, y lo que es más esencial que nuestras cuestiones. ¿Sabes tú por qué don Hernando te ha mandado que apercibas sus armas para esta mañana a las cuatro? -No sé -replicó Nuño con sequedad. -Vaya si lo sabrás -continuó el Cantor-. ¿Quién si no tú lo ha de saber, que mereces toda la confianza de nuestro amo y conoces y averiguas, además, cuanto pasa a veinte leguas a la redonda? Era este justamente el flaco de Nuño, que, aunque a la verdad merecía mucha confianza a su amo, él la ponderaba y exageraba sobremanera, dando a entender que no hacía cosa que no le confiase y sobre que no le pidiese de antemano su parecer. No sabía entonces nada de cierto, como hemos dicho, pero no le parecía oportuno ni honroso disminuir su importancia a los ojos de su antagonista, y estaba decidido a dar por fijo lo que suponía. -Yo no averiguo ni trato de averiguar nunca nada, y te engañó mucho quien tal te dijo. -Sí -replicó el Cantor-, no averiguas, pero lo sabes todo. -Si lo sé -repuso el severo Nuño- no es porque yo me meta nunca donde no me llaman, sino porque hace muchos años que poseo la confianza absoluta de mis amos. En prueba de ello, me acuerdo que pocos días antes de tomar el arrabal de Triana en el sitio de Sevilla el año de 1240, que andaba muy callado entre todos, como es uso y debe ser cuando se trata de las cosas de la guerra, y no sabía nadie la intención del almirante sino el rey y algunos de los caballeros más principales, y los demás andaban olfateando sin atinar con nada, mi amo me dijo: «Nuño, buen ánimo que pronto va a haber barro a mano; cuando llegue el caso, lanza en ristre y confianza en Dios». Lo que yo interpreté que quería decir: Triana será nuestra muy pronto. -¡Por Dios, Nuño! -exclamó el Cantor-. ¿Qué tiene que ver aquí la toma de Triana con lo que hablamos, que no te he interrumpido sólo porque no te enojaras? -Es verdad -repuso Nuño-, pues es como digo, entonces y otras veces, el año de 1260... -¿Otra vez? ¡Por Santiago! -interrumpió el poeta. -No me interrumpas, o si no callaremos. -No te interrumpo, sino que no respondes acorde, y me vienes a contar lo que importó saber a mi abuelo. -Tienes razón -convino Nuño, quizá por la primera vez de su vida-; en hablando de mi amo, quiero decir, del padre de don Hernando, pierdo los estribos; y bien, pregunta, di, porque tampoco me has preguntado nada, y mal te podía responder. -Sí, te lo he preguntado ya -repuso el impaciente poeta. -¿Cómo? Eso no -replicó Nuño-, y no creo que me taches también de falto de memoria. -Está bien; no gastemos más tiempo. Te he preguntado o te pregunto ahora, como tú mejor quieras, ¿para qué ha pedido sus armas? -¡Ah!, sí, me acuerdo -dijo Nuño-, es verdad; en una palabra, parece que hoy ha determinado mi amo que el señor de Cuéllar purgue de una vez los males que nos ha causado; a lo menos ayer le llevé yo un papel que me entregó el capellán, y es de presumir... ya ves. -Sí. ¿Pero no te ha dicho don Hernando nada? -preguntó el poeta. -Hombre... sí y no, me ha dicho y no me ha dicho -repuso Nuño titubeando-; pero yo sé que hoy van a ver quién se tiene mejor a caballo, en buena ley y con buenas armas. -Pues Dios ayude a don Hernando, porque el de Cuéllar es ligero como el viento y fuerte como una encina de veinte años. -Quita allá -dijo Nuño-. ¿Dudas tú del ánimo de don Hernando? Le he visto yo cuando apenas tenía diecisiete años sacar a un hombre de la silla y llevarlo enastado en la lanza como si fuera una pluma. -Ya lo sé -replicó el Cantor- que don Hernando no cede a nadie; pero, aquí entre nosotros, el de Cuéllar es hombre más vigoroso, y la suerte está indecisa. -Puede ser -replicó el veterano-, pero la rabia que le tiene mi amo suplirá por las fuerzas y allá veremos, y hágase lo que Dios quiera. -Amén -replicó devotamente el Cantor-. Tienes razón. Dios protege siempre la causa de la justicia; yo pasé cerca del impío y le vi en medio de su grandeza, volví la vista y ya había desaparecido. ¿Pero tú sabes -continuó- que don Hernando está equivocado y que doña Leonor no está en poder de Saldaña? -¿Pues entonces en dónde está? -preguntó Nuño como sorprendido. -La bruja, o lo que sea, que anda por estos contornos -prosiguió el poeta- la sacó de manos de los ladrones la misma noche que la robaron, y a la verdad que no sé qué es peor. -¿De veras? -preguntó Nuño con muestras de mucho contento-. Trae acá un abrazo; es la mejor noticia que podías darme, a no ser que me la dieras de que estaba ya en el castillo. -Hombre, tú eres raro -dijo el Cantor-, y no entiendo por qué te alegras tanto de mi noticia, porque a mí no me parece muy buena. -Porque tú no conoces a esa que llamas bruja, que no es ni piensa serlo, sino un ángel del cielo. -¿Luego tú la conoces? -preguntó el poeta. -¿Pues no la he de conocer, si fue la misma que me curó de mis heridas cuando hace tres años quedé por muerto en el campo, y ella me recogió y me cuidó como si fuera su hijo? Te aseguro que por la noticia que me has dado te sufro hasta que me interrumpas y te perdono todas tus impertinencias. -¿Y tú sabes, sin duda, dónde vive? -No -replicó Nuño-, porque entré sin sentido, y salí con los ojos vendados y ya de noche, de modo que, aunque me levanté un poco el pañuelo para mirar, no pude ver señal alguna de la habitación. Aquí llegaban cuando el señor de Iscar, habiendo oído al trompeta del castillo, que tocaba las horas, marcar las cuatro con su instrumento, volvió a llamar a Nuño, e interrumpió su conversación. -¿Qué tal la mañana, Nuño? -le preguntó su amo con aire de buen humor. -Algo fresca está -replicó el veterano-, las mañanas de este mes son frías por lo regular. -Tanto mejor -repuso Hernando-; a bien que luego entraré en calor. Tráeme mis armas. Nuño salió al momento por ellas frotándose alegremente las manos, diciendo entre sí: «Gracias a Dios que se nos proporciona algo que hacer, que por Santiago creí ya que me iba a pudrir aquí y a tomarme de moho como una coraza vieja; pero hoy va a haber golpes sin duda, y aunque no sé si me tocará a mí algo presumo que ha de haber para todos.» Hablando así, tomó en la sala de armas la armadura de su señor, y volviendo donde él estaba la puso en el suelo y principió a vestírsela con mucha calma. -Vamos, Nuño, date prisa -le dijo su amo a tiempo que le ceñía el espaldar-. ¿Qué espada me traes?... La de mi padre, supongo. -Sí, señor, la misma -repuso Nuño- con que mató a orillas del Guadalquivir al africano Aliatar, que me parece que le estoy viendo acercarse todos los días a nuestro campo en una rabicano árabe que corría como el viento, vestido de una piel de león sobre que dormía y en menos de media hora derribar de la silla dos o tres de los mejores soldados nuestros que salían a jinetear. Pero no le valió con don Jaime, que peleó con él delante del famoso Pérez de Vargas y le hizo rodar por el suelo como una bola. -Pues esa espada quiero yo hoy -dijo Hernando-, y veremos si tengo tan buen pulso y acierto como mi padre. Dicho esto, y armado ya todo si no la cabeza, caló un casco de bruñido acero de donde volaban infinitas plumas. Nuño le calzó las espuelas, y con brioso y marcial continente salió del cuarto con el mismo deseo y denuedo que si fuese a recibir los aplausos de la multitud y las miradas de las damas a algún lujoso torneo. La alegría más pura brillaba en los ojos de Nuño al verle, y la memoria de su padre, viniendo de repente a su imaginación, humedeció los ojos del veterano acaso con alguna lágrima, que se limpió con el revés de la mano. -Señor -le dijo, viendo que Hernando no le decía que le acompañase-, ¿y yo no tengo hoy en qué ocuparme? ¿Me he de estar mano sobre mano aquí en el castillo como una gallina clueca? -Amigo Nuño -le respondió su amo-, por hoy no necesito tu compañía; solo tengo que ir, y mi brazo me bastará con la ayuda de Dios. -Pero, señor, ¿y si acaso os sucede algo?... -En ese caso será de mí lo que Dios quisiere -replicó Hernando-; sólo te encargo que si dentro de dos horas no estoy de vuelta, te llegues hacia la ribera del Cega, junto al molino, donde acaso me encontrarás. -¿Y no sería mejor -volvió a insistir el fiel Nuño- que yo os acompañase hasta allí? No creáis, aunque me veis viejo, que si se trata de venir a las manos tarde yo en enristrar la lanza más tiempo que el doncel más aventajado. -Lo sé -repuso su amo-, pero por hoy no puedes venir conmigo; he prometido ir solo y si alguno me acompañase correría peligro mi fama. -Entonces id con Dios -dijo Nuño- y él os dé tan buena ventura como merecéis. Con esto llegó Hernando a su caballo, que con su caparazón de batalla estaba ya a la puerta del castillo, de mano de un escudero, y saltando sobre él con tanta soltura como ligereza, tomó de las manos de Nuño la lanza y el escudo que éste le alargó diciéndole: -Si acaso, ya sabéis, señor, que el golpe de la visera es seguro y de buen empuje; la lanza baja y levantarla de pronto; no hay más que hacer. Me acuerdo... Iba a contarle tal vez alguna historia de su mocedad, pero Hernando, metiendo espuelas a su caballo, salió a galope, y el veterano le vio atravesar el puente levadizo sin detenerse, bajar la cuesta, seguir su carrera en el llano y desaparecer de allí a poco, como una exhalación a lo lejos entre los pinares, dejando detrás de él rastros de luz de su armadura, herida en aquel momento del sol que empezaba a aparecer en el horizonte. -Estos jóvenes de ahora -se dijo Nuño a sí mismo cuando le vio partir- quieren guiarse siempre por sí, y no las más veces aciertan. No que lo diga yo por mi amo, que así sabe manejar la espada como el caballo, pero... Allá va, que apenas le alcanza el viento: Dios te guíe y te dé victoria sobre tu enemigo. Murmurando así entre dientes volvió al castillo, muy apesadumbrado de tener que quedarse sin presenciar el combate, y mucho más de no poder tomar parte. Entre tanto, el señor de Iscar, sin sosegar su carrera, atravesó el pinar, vadeó el río Pirón y poco después llegó al sitio señalado para el desafío. Era en la ribera opuesta del Cega, camino de Cuéllar, en una especie de plaza llana y desembarazada de árboles, desde donde se descubría a corta distancia una torre dependiente de aquel castillo, convertida hoy en una pequeña aldea llamada Torre-Gutiérrez. Tendió la vista el señor de Iscar buscando a Saldaña, y viendo que no había venido aún, lleno de impaciencia echó pie a tierra de su caballo, y sentándose sobre una piedra se puso a aguardarle maldiciendo de todo corazón su tardanza. A cada momento se levantaba y miraba por todos lados por si le veía venir, acrecentando su ira cada minuto que pasaba y ansiando cada vez más el momento de pelear. Por una parte, temía que, siendo el billete anónimo, hubiese despreciado a su autor, teniéndole por caballero de poco nombre e indigno de medirse con él; por otra, recelaba, si sabedor de quién era, seguiría resuelto, como ya había dicho otra vez, a no enristrar lanza contra el amigo de su juventud. -¡Hipócrita! -exclamaba hablando consigo mismo-. Tal vez quieres engañar aún al mundo dando a entender que respetas los lazos de la amistad; pero tú no me conoces aún: yo te arrancaré la máscara y haré que te vean tal como eres. Puede ser que no vengas a la cita, pero guárdate, porque te he de encontrar aunque te escondas bajo de tierra y te he de coser a estocadas delante del mismo altar de la Virgen. ¡El amigo de mi juventud! -continuaba con ironía-. Ya hace mucho tiempo que no somos amigos, y por lo último que has hecho juro no reposar hasta cumplir mi venganza. Agitado de estos pensamientos, y temeroso ya de que no viniera, estaba dudando si le aguardaría más tiempo o le daría por cobarde y mal caballero, e iría a su mismo castillo a injuriarle y a castigarle como a un villano. Pero aún no habían dado las cinco, y sólo su impaciencia podía llamar cobarde a Sancho Saldaña, que estaba reputado, como hemos dicho antes, por uno de los más valientes guerreros del partido de Sancho el Bravo. El señor de Cuéllar, que no tenía los motivos de su contrario para abrigar contra él ningún mal deseo, y no sabía siquiera ni se imaginaba con quién tenía que habérselas, había tomado el lance con la indiferencia apática que era el tipo de su carácter cuando no se trataba de sus pasiones y de martirizarse a sí mismo. Por esto, a las cuatro y media de la mañana se había hecho armar de su paje con mucha calma, y montando a caballo, solo se encaminó, mucho más combatido de sus remordimientos, esperanzas y disgustos, que pensativo del desafío, a un mediano trote al sitio que señalaba el billete. No había dado apenas la hora cuando el enojado hermano de Leonor le vio con mucho contento que venía a lo lejos en un poderoso caballo brillantemente armado, con muestra triste, aunque animosa y guerrera. Su alta estatura y ancha espalda parecían darle ventaja sobre su contrario, que, aunque robusto y vigoroso, era más pequeño de cuerpo y de formas menos atléticas. Su caballo, negro como el azabache, era también más ancho y de más alzada, y aunque la lanza de Hernando mostraba bien a las claras la pujanza del brazo que la blandía, el asta de Sancho Saldaña marcaba a su señor por hombre de fuerzas extraordinarias. Nadie, al comparar los dos campeones viéndolos frente a frente, hubiera supuesto ventaja en ninguno de ellos, porque si bien imponía el hercúleo continente y grave mole del señor de Cuéllar, el desembarazo, soltura y agilidad de Hernando podían suplir por su falta de fuerzas y de estatura, siendo igual el valor de entrambos, igual su edad, y estando este último particularmente deseoso de pelear. Caló la visera Hernando viéndole que se acercaba, siendo su intención ahorrar palabras no dándose a conocer, montó a caballo, y fijando la lanza en tierra le aguardó con serenidad. Sancho Saldaña, ensimismado como de costumbre, no había siquiera levantado sus ojos ni visto a su enemigo, que le esperaba, por lo que, la visera alta y puesta la lanza en la cuja, siguió marchando sin avivar el paso de su palafrén. «Si tendré yo que ir a avisarte que estoy aquí», se dijo entre sí Hernando, picado de su indiferencia; y sin aguardar más tiempo alzó la voz llamándole, no sin aguijar su caballo y avanzar algunos pasos más, lleno de impaciencia, hacia él para obligarle a que le mirara. Saldaña alzó a su vez la cabeza, y llegando junto a él hizo alto, le echó una ojeada desdeñosa de arriba abajo, que redobló el coraje del señor de Iscar, y después de haberle mirado muy despacio, le dijo: -Mucha gana tenéis de pelear, señor desconocido, a lo que parece. ¿Tenéis alguna dificultad en darme a conocer vuestro nombre, o quizá sois caballero novel y aún no lo habéis hecho bueno ni conocido? -Mejor que el tuyo mil veces -repuso Hernando fijando en él dos llamas, que tal parecían sus ojos al través de las barras de la visera-. Mejor que el tuyo, y me extraña que preguntes mi nombre cuando sabes que no es uso de buenos caballeros preguntarlo antes de combatir. -Más me extraña a mí -replicó el de Cuéllar sin alterarse- que sólo por lograr prez o por alguna imprudente promesa hecha a tu dama (pues no creo me llames aquí por otro motivo), arriesgues tu vida conmigo en sitio tan solitario, a no ser que estés loco o trates de no quedar delante de gentes avergonzado de tu vencimiento. -Saldaña -gritó Hernando-, lanza en ristre y ahorremos palabras, que donde están las manos no hay para qué servirse de la lengua. Sólo exijo por condición que el vencido ha de declarar la verdad de lo que se le preguntare. -Inútil me parece esa condición -respondió Saldaña desdeñosamente-, porque tú serás el vencido y yo no tengo nada que preguntarte. -Otra tengo también que pedirte -repuso el de Iscar-, y es que nos desarmemos las platas y ofrezcamos a los golpes el corazón. ¿Te parece mejor que la otra? -Sin duda -respondió el de Cuéllar con su acostumbrada calma-; así despacharemos más pronto y el golpe será más seguro. Y diciendo y haciendo se aflojaron entrambos las lazadas de las armaduras, dejando descubierto el lado izquierdo, y arrojaron al suelo las piezas que lo cubrían. Hecho esto, caló visera Saldaña, embrazaron ambos los escudos, y volviendo sus caballos a un mismo tiempo, con maravillosa presteza tomaron parte del campo, y puestos a igual distancia, sin aguardar otra señal que la de su deseo, arrancaron el uno contra el otro lanza en ristre a toda la violencia de la carrera, envueltos en una nube de polvo. Llegaron uno junto a otro sin detenerse, y se pasaron de claro, habiendo apenas la lanza del de Cuéllar rozado en el brazo derecho de Hernando, y tocando acaso la de éste en el muslo de su enemigo. Siguieron corriendo con el mismo ímpetu hasta llegar a cierta distancia, donde pararon, y arremetiendo segunda vez se desvanecieron de sus puestos con la rapidez del rayo y la lanza baja, amenazando hacerse pedazos. Este segundo encuentro fue más acertado que el primero y ventajoso para el de Cuéllar, que, encontrando el hombro derecho de su enemigo, caló el hierro de la lanza entre la quebrantada armadura, hiriéndole ligeramente, y le hizo bambolear en la silla, porque habiéndose encabritado el caballo de Hernando al recibir el golpe, hubo menester su señor de toda su habilidad para sostenerse. Pero la tercera vez, encontrándose con la misma furia, fue tal la embestida y la cólera del de Iscar, que su lanza saltó al aire en mil astillas, y el caballo de Saldaña, que con dificultad pudo sostener el choque, cejó, cayendo dos o tres veces del cuarto trasero sin poder apenas tenerse, aunque esto no evitó que su amo rompiese con la punta de su lanza la visera de su enemigo, dejándole tan trastornado y aturdido que estuvo a pique de caer en tierra. Quedó entonces Hernando a cara descubierta delante de Saldaña, el rostro encendido como fuego, y lanzando sobre él con los ojos rayos de ira, disponiéndose a volver su caballo y a llevar adelante su desafío. Pero el de Cuéllar, que al punto que le vio le hubo conocido, enderezó la lanza y la afirmó en la cuja, pidiéndole que se detuviera y acercándose a él al paso de su trotón: -¡Hernando! -le dijo con muestras de pesadumbre, ¿y eras tú el que me proporcionabas nueva ocasión para cometer un crimen? -¡Vil hipócrita! -le respondió el de Iscar, más encolerizado que nunca-. ¿Qué llamas tú un crimen, tú, para quien nada hay que sea sagrado en el mundo, tú, despreciador de la religión, traidor, robador de mi honra?... Vuelve, vuelve a enristrar la lanza, que por Santiago, si no fuera vergüenza mía, no había de aguardar a que te defendieras para enviarte al infierno, sino que así mismo te había de atravesar mil veces el corazón. -Sosiégate, Hernando -repuso Saldaña, con tranquilidad-, sosiégate y óyeme... -Nada tengo que oír de ti -interrumpió el de Iscar-, ni nada tienes que hacer sino defenderte y prepararte a morir. -Oyeme -replicó el de Cuéllar con aire hipócrita- y dime, ¿qué te he hecho yo? ¿Qué agravio has recibido de mí? -¡Infame! -interrumpió Hernando segunda vez-. ¿Tienes valor para preguntarme qué has hecho, mal caballero? ¿Adónde está mi hermana? ¿Quién la ha robado sino tú? Pero ¿para qué pregunto nada? -añadió con más cólera-; defiéndete o te mato. -Todo está ya perdido. ¡Ella me aborrecerá! -profirió entre dientes Saldaña-. Y yo, ¡qué diablos sé de tu hermana! -repuso en seguida con aspereza-; la he querido poseer, ella habría hecho mi felicidad, no te lo niego; pero hasta el mismo infierno se ha mezclado para desbaratar mis planes... pero... yo no quería deshonrarte... tenía intenciones de casarme con ella, y no creo... -Acuérdate de lo que te dijo mi padre: que nunca mi sangre se mezclaría con la tuya -replicó Hernando-; no, nunca, yo lo juro, aunque me fuese en ello mí vida, y sea yo más vil que el siervo más abatido, más deshonrado que un cobarde, y me vea despreciado y escupido del más villano, si tal consiento jamás. Di, traidor, ¿dónde está mi hermana? -Te he dicho que yo no sé -respondió Saldaña-, y te juro por mi honor... -¿Lo tienes tú acaso? -interrumpió el de Iscar-; defiéndete o te declaro por cobarde y hago llamar mis más viles criados para que te maten a palos. -¡Hernando! -dijo entonces Saldaña, mirándole torvamente y rechinando los dientes-. Sólo a tu hermana debes no estar ya tendido a mis pies en pago de tus insultos. Sí -continuó con desesperación-, sólo al temor de que Leonor me aborrezca si ve en mis armas la sangre misma de su hermano. Pero ya, ¿qué importa? ¿No soy ya aborrecible a sus ojos y a los de todo el mundo? Pues ven y luchemos hasta que no quede señal de que haya existido ninguno. Diciendo así echó pie a tierra de su caballo, trémulo de furor, y habiendo invitado a Hernando para que hiciese lo mismo, se arrojaron los dos al suelo a un tiempo, y echando mano a la espada uno y otro, se acometieron con más furia y más empuje que nunca. Voló al primer golpe en dos pedazos el escudo del señor de Cuéllar, que abolló de un revés el casco de su contrario, y tiráronse algunos golpes más, que acabaron de deshacer mutuamente sus armaduras. Pero el de Iscar, cansado ya de tan largo combate, empezó a jugar de punta, mientras el de Cuéllar, más forzudo, le fatigaba y acosaba a tajos y cuchilladas. Hacía ya tiempo que peleaban y estaban heridos por mil partes, sudando y faltos de aliento, citando de repente Saldaña, arrojándose sobre Hernando, le tiró a manteniente un golpe tal sobre la cabeza, que dividió el yelmo en dos partes, y echando un río de sangre por ojos, orejas y narices, le derribó en el suelo sin movimiento. Quedó Saldaña en pie, victorioso del desafío, pero su vista empezó de allí a poco a desvanecerse, quedó inmóvil, apoyándose sobre la cruz de la espada; sus miembros se estremecieron, inclinó lentamente el cuerpo hacia adelante, dobló las rodillas, hizo dos o tres esfuerzos inútiles para llegar hasta su caballo, y, dando un suspiro, cayó en tierra cubierto todo de sangre y privado, por último, de sentido. El suelo estaba lleno alrededor de ellos de piezas de sus armas, esparcidas acá y allá en la fuga de la batalla; la lanza que Saldaña había dejado para echar pie a tierra cimbraba clavada de punta a un lado del campo; el aire mecía acaso las plumas que habían saltado de los abollados cascos, y los caballos, sueltos por el campo, se entregaban a toda la alegría que inspira la libertad, mientras sus amos, tendidos uno frente de otro, envueltos en sangre, yacían inmóviles, midiendo el campo con sus espaldas. El de Iscar, yerto, al parecer, sin respiración, cubierto el rostro de sangre y restañado en ella el cabello, tenía los ojos aún entreabiertos, la espada en la mano derecha a toda la extensión del brazo, y la palma de la izquierda, abierta, posada sobre la cabeza; el de Cuéllar, como un torreón caído, ocupaba más espacio, tendido sobre el lado derecho, cubierto el rostro con la visera, levantando el pecho a intervalos con fatiga, donde mostraba una ancha herida poco más abajo del hombro, sobre el corazón, que abría y cerraba sus labios arrojando un caño de sangre a cada respiración. En este tiempo, llenos de inquietud en uno y otro castillo, especialmente en Iscar, el fiel Nuño y el adamado Jimeno, al ver la tardanza de sus señores, ya habían montado a caballo y, seguidos de algunos soldados, se encaminaban con mucha prisa al sitio de la batalla. Venía Nuño con un triste presentimiento de la suerte de su señor; pero no queriendo dar su brazo a torcer ni aun a sí mismo, todo se le volvía buscar razones para explicar la causa de su retardo. Dando prisa a los que le seguían y al mismo tiempo hablando como tenía de costumbre, iba respondiendo a las preguntas que éstos le hacían, mandándoles sin cesar que callaran, siendo él, más que nadie, la causa de que siguiera la conversación. -Ya os he dicho -decía- que aguijéis y no me preguntéis más; vamos, ¿qué diablos tenéis, que no parece sino que habéis puesto una arroba de hierro a esos caballos en cada casco? ¡Cómo ha de ser! El amo, sin duda, se habrá detenido a componer alguna pieza de su armadura, y, además, ¿qué se os importa a vosotros?; cuando no ha vuelto, tendrá que hacer. Cuántas veces sucede que se le cae una herradura a un caballo y tiene un hombre que echar pie a tierra y... toma, y otros mil percances; vamos, ¿por qué no andáis al trote?, ¡vivo!, que no parece sino que tenéis que pararos para hablar. En diciendo que os da por charlar parecéis una tarabilla. Lo que más me alegro es que no haya venido el Cantor a interrumpirme y a fastidiarme. El pobre quería venir, pero yo no lo he dejado; está lleno de cuidado por don Hernando... Pero sí, buen cuidado hay que tener, el niño no sabe andar solo... Entre todos cuantos calzan espuela no hay uno más animoso que él ni que sepa mejor arrendar un caballo. Y... ¿quién sabe?... tal vez... ¡pero qué!, el que no le conozca como yo puede pensar lo que quiera, pero yo... Sí, lo mismo le vería yo peleando con tres de los mil jinetes africanos que trajo el rey de Marruecos, que sí le viera paseándose en una feria. En fin, ¡cómo ha de ser! allá veremos; adelante, muchachos, no hay que embobarse. Así, sin dejar de hablar, cuidadoso y metiendo prisa, atravesaba entonces el bosque, desesperado de no poder correr la legua que le quedaba con la ligereza del pensamiento. Jimeno, por su parte, aunque más cuidadoso de parecer bien que de lo que había sucedido a su amo, no dejaba también de aligerar el paso, aunque sus reflexiones entonces tomaban muy distinto vuelo que las de Nuño. Pero todas estas disposiciones hubiesen sido tardías y de nada habrían valido a los caballeros, en particular a Saldaña, que por instantes se desangraba, y a quien hubieran hallado muerto sin duda, si el cielo no les hubiese deparado un socorro más eficaz que cuantos podían aguardar de sus escuderos. Una mujer cubierta toda de una especie de dominó negro, o de hábito con capucha, teniéndola echada en este momento hacia atrás, estaba de rodillas junto a Saldaña, deteniendo la sangre de su herida con un lienzo blanco como la nieve, y le había levantado la visera y quitado el casco para desahogarle. Su rostro pálido, y más ajado por el dolor y la penitencia que por los años, pues no parecía tener arriba de veintidós, tenía un no sé qué tan angelical y amoroso, que cautivaba y enamoraba con su ternura. Pero el sentimiento que inspiraba era más dulce y respetuoso que ardiente y apasionado, porque sin duda los pasatiempos de aquella joven no eran de este mundo, y su alma ya habitaba en las celestiales mansiones de la paz y de la eterna felicidad. Su languidez, la ternura, el corte ovalado de su semblante y, sobre todo, el vuelo místico, la mágica nube que hacía imaginar que la rodeaba, habría hecho doblar la rodilla al más profano y adorarla como una divinidad. Todo parecía ya tributarla el homenaje que merecía: el aire mecía blandamente sus abandonados rizos, mientras que el sol, reflejando allí sus rayos, doraba sus cabellos de un color de oro suave y parecía coronarla con la aureola de los habitantes del paraíso. Tenía los ojos dulcemente fijos en el moribundo señor de Cuéllar, y a cada instante acercaba sus labios a los suyos para recoger su aliento, pulsándole y registrándole las heridas, sin dejar por eso de acudir a Hernando de tiempo en tiempo, a quien había lavado ya el rostro con el agua fresca del río, pero sin que ni uno ni otro diesen muestras de volver en sí, no dando más señal de vida que en su angustiada respiración. El rostro de Hernando estaba morado como un lirio, con algunas manchas negras de la sangre que allí se lo había agolpado, y Sancho Saldaña, pálido como un cadáver, tenía aún fruncido el entrecejo, los ojos abiertos y el labio inferior cogido entre los dientes, mostrando la ira que los insultos de su contrario habían encendido en su corazón. La hermosa desconocida, tan pronto auxiliando a uno, tan pronto a otro, si acaso manifestaba más amor a Saldaña, no tomaba menos interés por el señor de Iscar, cuidando a entrambos con la misma piedad y la ternura misma que si viese a su hermano en cada uno de ellos. Ya les había dado los socorros más necesarios, y sentándose junto a Saldaña, mientras le arreglaba un nuevo vendaje, dijo, mirándole con cariño: -Gracias doy al cielo, que me ha enviado aquí para librarte de la muerte del pecador. ¡En qué estado ibas a presentarte ante el tribunal de Dios! ¡Las penas eternas te aguardaban presentándote así, lleno de crímenes, impenitente! Mil maldiciones te seguían, cuyos imprecadores hubieran ido allí también para acriminarte. No, yo no; muchos agravios me has hecho, mucho mal me has causado, pero nunca te he maldecido; al contrario, a pesar del mal trato que he recibido de ti, a pesar de todo, todo te lo he perdonado, porque al fin hartas maldiciones te han atraído tus desaciertos. Yo no he hecho sino llorarlos. Un suspiro que exhaló Saldaña en este momento interrumpió sus palabras. Y volviendo a mirarle, le vio abrir y cerrar los ojos, aflojar los dientes y mover apenas un brazo, señales todas de mejoría, y que hicieron florecer una sonrisa de esperanza en los labios de la desconocida. Hernando hizo también algún movimiento que le obligó a acercarse a mirarle, y abriendo después los ojos volvió en sí, persuadido en el delirio de su imaginación que estaba aún combatiéndose con Saldaña. -¡Hipócrita! -decía en voz tan ahogada que apenas se le entendía-, defiéndete... te daré la vida si me confiesas adónde has ocultado a mi hermana... ¿Llora?... ¿No la oyes? ¡Ah!, ya está aquí, ya, ya la libré de ese miserable. ¡Pobre Leonor!... La desconocida parecía enternecerse a cada palabra de Hernando, que, viéndola a su lado, la había tomado por su hermana y se regocijaba de verla. -No, Hernando -le respondió la dama cuidadosa de su salud-; yo no soy tu hermana, pero puedes vivir tranquilo; Leonor está segura y libre de sus enemigos. No tardarás en verla a tu lado. -¡Ah! -exclamó Hernando, haciendo un esfuerzo para levantarse, que no pudo lograr, y arrodillarse delante de ella-; tú, ángel del cielo, tú que has bajado para dar esperanza a mi corazón; si lees en el de los hombres, verás en el mío que el deseo más noble y más digno de un caballero me ha movido a buscarla, juntamente con la amistad de un hermano. Habla, di, ¿dónde está? Iba a responderle la desconocida cuando, sintiendo tropel de caballos que se acercaba, se levantó de repente, y cubriéndose el rostro con la capucha, huyó prontamente a esconderse entre los pinares. -Id, seguidla -gritó Hernando a Jimeno, que se acercaba-; ella sabe dónde está Leonor. -¿Quién? -dijo el paje-; este hombre está delirando. -Sí, allí va -exclamó el viejo Duarte persignándose ligeramente-. ¡Es la maga! ¡Ya desapareció! Llegó Nuño de allí a un momento, y habiendo ambas tropas héchose cargo de sus señores, los acomodaron en unas andas que traían preparadas para el efecto y paso a paso dieron la vuelta cada cual a su fortaleza.
A poca distancia de la cueva de los bandidos, y bajando las riberas del Pirón, había habido en los siglos del paganismo un soberbio templo de piedra, erigido sin duda por los romanos en honor de alguna deidad a quien habían consagrado aquel sitio. El furor de los siglos, y acaso la mano del hombre, más destructora que la del tiempo, había ido poco a poco demoliendo este monumento de la grandeza de aquellos conquistadores, y en la época de esta historia no quedaban ya otros vestigios aparentes que algunas piedras cubiertas de musgo, alguna columna rota u otra infeliz muestra de su antigua magnificencia. Una parte de él, sin duda en algún terremoto, se había hundido debajo de tierra, habiendo desaparecido de modo que nadie habría podido sospechar siquiera que entre aquellos escombros, mansión al parecer únicamente de inmundos insectos, estuviera oculta una habitación capaz, bastante para servir de abrigo a algunos hombres en caso de necesidad. Pero una piedra fácil de remover daba entrada a un arco oscuro que debajo de tierra tortuosamente se prolongaba hasta llegar a una espaciosa bóveda octangular, asilo tal vez en otros tiempos de algún religioso ermitaño, y no tan abandonada ahora que no se conociese que servía aún de lo mismo. Con todo, el adorno de esta sepultura (si tal puede llamarse habitándola cuerpos vivos) probaba que quien la había elegido en este tiempo por su morada miraba poco en las comodidades del mundo y sólo pensaba en la salud del alma y en el retiro. Un crucifijo de madera groseramente trabajado estaba con dos clavos sostenido de la pared; delante de él, y a sus pies, venía a parar una lámpara que pendía por una cuerda del techo, y a todas horas mezclaba su moribunda luz con la que escasamente el día reflejaba en aquella estancia. Una pila de agua bendita en un ángulo de la bóveda, unas disciplinas salpicadas de sangre y un cilicio colgados de la pared; una cama de paja y algunos escaños de madera sin pulir completaban los muebles de este ignorado asilo del arrepentimiento. Pero ahora tal vez se notaba más cuidado y compostura en el arreglo de la habitación. La cama de paja parecía más mullida y recogida que de costumbre, y algunos manjares, aunque pobres harto lujosos para quien se mantiene de lágrimas y de ayunos, daban a conocer que la persona dueña de aquel recinto había recibido un huésped a quien trataba de festejar. En efecto, la maga, como la llamaban en las cercanías, no había descuidado nada de lo que estaba a su alcance y que pudiera en algún modo aminorar la molestia y pobreza de su mansión. Aquí fue donde Leonor, siguiendo los pasos de su misteriosa conductora y obedeciéndola, más por temor que llevada de su voluntad, llegó la noche que en medio de la tormenta la libertó de manos de los bandidos. Ellas fueron las que, pasando junto a Nuño, le hicieron creer que era el guía que había desaparecido; y Leonor, cerca de su fiel vasallo sin saberlo, fue tomada en la imaginación de éste, a tiempo que trepaba con la maga a la altura donde estaba la entrada de su retiro, por el cuerpo del halconero volando a toda prisa camino de los infiernos. Iba Leonor demasiado sobresaltada para preguntar nada a su conductora, y cuando entraron en la bóveda, los diferentes sucesos del día, el susto pasado, la duda de su situación y el miedo de aquel espantoso espectro, cuya desollada mano, fría como la losa de un sepulcro, tenía asida fuertemente la suya, oprimieron su corazón a un tiempo, de modo que no pudiendo llorar ni respirar siquiera, fijó en ella los ojos con espanto a la débil luz de la lámpara, dio un suspiro y cayó desmayada sobre el escaño donde le hacía señas que se sentara. Tantas sensaciones crueles, tantos sustos, debilitaron sus fuerzas, encendieron su imaginación, y la afligida dama, asaltada de una fiebre ardiente, había pasado en un continuo delirio los días en que tanto Saldaña como su hermano habían suspirado por ella, buscándola con tanta ansia, aunque por tan diferentes motivos. Pero la Providencia, lejos de abandonarla, no contenta con haberle proporcionado una tan milagrosa libertadora, hizo que hallase en aquella misma fantasma, que fija en su memoria le aterraba aun en medio de su delirio, la enfermera más cariñosa. Una mano benéfica mejoró su salud, suministrándole las medicinas más necesarias, y más de una vez hirió su oído una voz llena de suavidad, y se le figuró, en medio de su enajenamiento de espíritu, que había visto junto a sí algunas veces un ángel que la consolaba. Al cabo de tres días la calentura fue poco a poco disminuyendo, se disipó la confusión de su entendimiento, y Leonor, ya más tranquila, se encontró sola y acostada sobre la paja, y mirando a su alrededor examinó el cuarto donde se hallaba. La luz de la lámpara, la vista del crucifijo y la oscuridad de la bóveda no dejaron de sorprenderla por un momento, y olvidada de cuanto le había sucedido, y no pudiéndose dar razón de cómo había venido a aquel sitio, casi estuvo por creer que había muerto ya para el mundo y la habían enterrado en vida. Miróse a sí misma con asombro, refregándose los ojos y tentándose por si dormía, y como por más que hacía no podía adivinar cómo se encontraba allí sepultada, pensó un momento que todo aquello era un sueño o un capricho de su fantasía. Pero aclarándose poco a poco sus ideas, empezó a recordar una tras otra cada una de sus desventuras, y completando el cuadro de todas ellas, recordó, no sin temor, la tormenta, la pavorosa fantasma, y reconoció la lámpara a cuya luz la había visto en aquella misma caverna poco antes de desmayarse. Esta última reflexión no pudo menos de horrorizarla, pensando que aquella visión infernal vivía con ella, y que era sin duda su única compañera; pero, a despecho de su preocupación, la vista del crucifijo y de los dos instrumentos de penitencia (el cilicio y la disciplina) asegurándola de sus temores, le hicieron tomar nueva esperanza, pensando que cualquiera que pudiese ser la persona que allí vivía, sus sentimientos eran religiosos, y que ya no le haría ningún mal quien la había tenido tanto tiempo, sin hacérselo, en su poder. -¿Qué miedo puedo tener -se decía a sí misma- de quien, sin duda, me ha cuidado en mi enfermedad y sólo ha tratado de hacerme bien? ¿Acaso si esta habitación no ofrece comodidades, no inspira una santa veneración? No hay duda que fue algún ángel el que me salvó de manos de los ladrones y tomó aquella espantosa forma sólo para aterrarlos. Pero si fue un amigo, ¿por qué no ha avisado a mi hermano para que viniese o enviase algunos criados que me trasladasen de aquí al castillo? Combatida de estas reflexiones, no acertaba a decidir entre sí si era enemigo o amigo su libertador, ya afligiéndose, ya consolándose, terminando sólo sus incertidumbres, y calmándolas de algún modo, el pensamiento de que al cabo no se hallaba en poder de un impío, enemigo de su religión. Alzó su mente a Dios, y después de haberse conformado devotamente con su voluntad, empezó de nuevo la curiosidad a punzarla cada vez más, deseosa de saber quién era el dueño de aquella estancia tan triste. -Daría -dijo- no sé qué por saber a quién tengo que agradecer el cuidado que de mí ha tenido. Y levantándose y registrando a un lado y otro, no vio más salida que un arco medio hundido a un lado de la habitación, pero tan oscuro, y amenazando ruina de tal manera, que no se atrevió a aventurarse por aquel camino. Llegóse a él, con todo, dos o tres veces mirando con curiosidad y retirándose con espanto, temerosa de hallar con el espectro aterrador que allí le había conducido, y que ella se figuraba ver en cada sombra que ondulaba al reflejo trémulo de la lámpara. Por último, imaginó que veía una figura negra que se acercaba, cerró los ojos, volvió a abrirlos, y creyéndola ya más cerca huyó de allí al momento, y sin volver la cabeza atrás de miedo, se arrodilló temblando delante del crucifijo. Hacía un rato que estaba así cuando, repuesta de su temor y dando por una ilusión la figura que la había asustado, volvió la cara y halló detrás de sí, en pie, inmóvil, el bulto negro. Estremecióse al verle, sobrecogida; pero volviendo a mirarle creyó que ya otra vez le había visto y que debajo de aquella almalafa negra iba encubierta la misma mujer que le había anunciado su peligro el día de la caza junto al monasterio. Esta idea le hizo cobrar ánimo, y levantándose le preguntó: -¿Quién eres tú que parece que te deleitas en asustarme? -Soy -le respondió la misma voz dulce que entonces la sorprendió tanto- el instrumento de que Dios se ha servido para libertarte a ti y estorbar un crimen al pecador. No temas nada de mí, pues yo sólo, cumpliendo con la voluntad del Señor, he tratado y trato de hacerte bien; soy la que ya no es conocida en el mundo, y la que tú has olvidado en tu corazón. -¿Por qué usas conmigo tanto misterio? -le preguntó Leonor con algo más de ánimo-. Si tu nombre me es conocido, ¿por qué me lo ocultas? ¿Por qué me escondes tu rostro? Si temes que lo declaro en el mundo, yo te juro por la honra de mi linaje de callarlo hasta el fin de mis días, y no confiar a nadie que te he conocido, ni aun a mi mismo hermano. ¿O has cometido algún crimen y temes por eso decirme cómo te llamas? -Mis faltas -respondió la fantasma- han sido sólo para con Dios, cuya bondad sin dada me las perdonará, y ningún ser en el mundo puede quejarse de mí. Hubo un tiempo, Leonor, en que la vanidad agitaba mi corazón, en que pude pagarme de la hermosura de mi cuerpo, y descuidé acaso la de mi alma; pero este no es un pecado para con el mundo. Mi nombre fue ilustre, y yo fundé impíamente mi gloria en el valor de mis ascendientes, sin fundarlo en mis méritos para con Dios; pero hace ya tres años que mi mansión es ignorada del hombre como la guarida del lobo; que he ocultado mi rostro como el vergonzoso; mis días pasan en la penitencia y en la meditación, y he arrancado mi pensamiento de la tierra y despreciado las comodidades que mis riquezas me prometían, para elevar aquél únicamente a Dios y trocar éstas por las eternas. Desde entonces, tú y todos los amigos del mundo me han olvidado, y yo he muerto para ellos en mi soledad. La unción religiosa de su discurso, su imponente presencia y la majestad melancólica de sus palabras inspiraron tal respeto a Leonor, que de haberla creído poco antes un espíritu del infierno, pasó a imaginarse que estaba delante de una santa, a quien sólo faltaba morir para ir a sentarse en el paraíso. Postróse ante ella, y quizá le hubiese tributado adoración si la maga, levantándola con dulzura, no la hubiese hecho avergonzarse de su intención. -Alzate de ahí, Leonor -le dijo-, yo soy una pecadora como tú, y para que te desengañes y veas que no hay otro misterio que el que me fuerza a guardar un voto hecho por la salvación del alma de un hombre, aún no saciado de sus delitos, mírame bien y reconóceme de una vez. Diciendo esto se echó atrás la capucha que le tapaba el rostro y quedó descubierta delante de ella. -¿No me conoces? -prosiguió, viendo que Leonor la miraba atónita sin hablarle ni recordar su fisonomía-; seis años hace que no nos vemos. ¿Es posible que ya no te acuerdes de Elvira de Saldaña, la hermana de Sancho Saldaña, o, por mejor decir, la compañera de tu niñez? -¡Elvira mía! ¿Eres tú? -exclamó Leonor, loca de alegría de haber hallado una amiga en su libertadora, echándole los brazos al cuello para estrecharla en su corazón. Elvira la miró con cariño, dejándose abrazar de su amiga; pero sus ojos manifestaban la tristeza, y con los brazos caídos no le devolvió ninguna de sus caricias. -Retírate, Leonor -le dijo con sentimiento, separándola con entereza-, y no hagas con tus extremos que renazca en un corazón entregado enteramente a Dios ningún sentimiento mundano. -¡Tú me arrojas de ti! -exclamó Leonor sorprendida-. ¿No eres ya mi amiga? ¿No me amas ya, o acaso la enemistad de nuestros hermanos ha hallado también cabida en tu corazón? -La amistad y la enemistad de los hombres -repuso Elvira con solemne y religioso ademán-, sus odios, sus pasiones, las sensaciones profanas de la ternura, nunca habitaron en el alma que se alimenta sólo de las dulzuras espirituales, y que ya en la tierra se desprende de su deleznable cuerpo y se eleva a contemplar la imagen de su Hacedor. No que la mía haya llegado aún a este grado de enajenamiento celeste a que alza Dios las almas de sus elegidos; no, todavía conozco en mí la debilidad de la criatura -prosiguió, llena de emoción y sin poder contener una lágrima a su pesar-; yo amo aún en el mundo; yo no he podido romper todavía los lazos de la sangre y de la amistad que hicieron las delicias de mi juventud, yo amo aún a mi hermano; amo al asesino del justo, del santo sacerdote que consoló a mi padre en la agonía de la muerte; yo te amo a ti también, Leonor, a ti, la amiga de mi infancia; me he descubierto a ti; he permitido que me abrazaras, no porque no conozca que he pecado faltando al voto que contraje delante de los altares... Dios me perdonará; yo ya río podía contenerme. Atónita, Leonor había contemplado la fisonomía de Elvira mientras hablaba, y sus ojos, brillantes con la luz de la inspiración, su semblante majestuoso en que se reflejaban al mismo tiempo uno por uno los distintos afectos que en su alma se combatían, la habían sorprendido de modo que la alegría del primer momento se trocó en un respeto místico hacia su amiga. Con todo, las últimas palabras volvieron a despertar en su corazón los sentimientos de la amistad, y el enajenamiento con que Elvira las había pronunciado le inspiró el dulce deseo de tranquilizarla. -No sé -le respondió- qué votos son los que te obligan a ocultarte y vivir sola en esta especie de sepultura; pero, pues Dios permite que en tu corazón abrigues aún un resto de ternura hacia tus amigos y algún dulce recuerdo de lo que hizo en otro tiempo tu dicha, ¿por qué temes entregarte a sensaciones tan inocentes? He oído decir a los sacerdotes que Dios nos deja ese consuelo en todas nuestras adversidades. -El único consuelo del santo -repuso Elvira recobrando su tono imponente- debe buscarlo en el Todopoderoso, y no en los consuelos pasajeros de sentimientos terrenos, robados a la divinidad, en quien deben emplearse todos los de nuestra alma. Pero tú hablas por boca de Satanás, y tus palabras afectuosas tratan de seducirme. Yo he provocado la tentación con descubrirme a ti. Tu discurso es inspirado sin duda por el enemigo. -Te protesto -replicó Leonor, atemorizada de oírla-, que te he hablado con inocencia, y que he creído hacerte bien y sosegar tu conciencia diciéndote lo que creo. Yo no puedo imaginarme que sea un crimen amar a mis semejantes. -Amarlos en Dios, no en ellos -exclamó Elvira con fanática indignación-. Pero tú no sabes lo que dices -añadió con más suavidad-; ¡y con todo, es tan dulce ser amado de sus semejantes y amarlos! Elvira quedó un momento suspensa, bajó los ojos y derramó algunas lágrimas en silencio, mientras Leonor, sensible a sus emociones, la correspondía con su llanto entre intimidada y enternecida. Duró esta escena muda algunos minutos, hasta que Elvira, dominando su turbación, levantó su hermosa cabeza con gravedad, alzó sus ojos al cielo y exclamó: -Dios mío, perdonadme si aún doy oídos al lenguaje de los mundanos; perdonadme si he cedido un momento a las instigaciones de mi flaca naturaleza. Leonor -prosiguió, volviendo a ella sus ojos cubiertos de lágrimas y mirándola con agrado-, yo te amo y yo he pecado por ti. Tres años hace que no me ha dirigido su voz ninguna criatura humana, rara vez he visto la luz del sol; mi única habitación en la tierra es esta tumba; mi alimento, las lágrimas de la penitencia; mi cama, el suelo; el alivio de mis pesares, el ayuno y la disciplina, y Dios ha sido mi único compañero en la soledad. Tanto tiempo desterrada del mundo, tantas maceraciones, no han bastado aún a fortalecer mi alma: ¡miserable vaso de perdición! Yo ofrecí delante de los altares sacrificarme en vida a Dios para salvar a mi hermano del infierno que le amenazaba. Yo le vi, yo le veo aún sordo a la voz de mi padre moribundo, que le llamaba para darle su última bendición, negándose a recibirla, embriagado en los deleites de su manceba, y maldiciendo al siervo que le interrumpía en sus placeres para llamarle. Yo le vi cuando furioso, hirviendo en toda la cólera del infierno, alzó el puñal, guiado por los demonios, y lo hincó en el corazón del sacerdote que piadosamente le reprendía. Yo le vi después, cubierto aún de sangre, reposarse en brazos de su Zoraida y oí su risa y sus carcajadas emborrachándose en el festín. El infierno se estremeció de júbilo y los demonios alargaron sus manos para agarrar su presa; yo los oí que reían, y me horroricé. Entonces me postré delante de Dios, oré por el pecador y ofrecí sepultarme en vida, cubrir mi rostro y alejar de mí todas las vanidades del mundo para expiación de los crímenes de mi hermano. Desde entonces cambié mis galas por el cilicio, troqué la blandura de mi lecho por un poco de paja, comí las raíces de los árboles, los frutos silvestres y traté mi cuerpo como a un animal inmundo. Vime odiada y maldecida de los habitantes de las cercanías, creída bruja y mirada como un agente de Satanás; y yo, para más humillarme y contener al mismo tiempo la curiosidad de las gentes con el temor, adulé su credulidad confirmándola con mi apariencia. Porque no sólo prometí no cuidar de mi fama, sino que también ofrecí exponerla a las lenguas de las gentes y sufrir el oprobio con humildad. Pero, ¡ah!, ¡cuánto me ha costado vencerme; cuántas veces ha resonado en mi oído la voz de Satanás, que me incitaba a faltar a mis votos para con Dios, y he querido volver al mundo, lisonjear mi vanidad publicando mi penitencia y realzar de nuevo los dulces vínculos de la sangre y de la amistad que rompí para desterrarme, destrozando mi corazón! Yo recordaba, a pesar mío, los primeros días de mi juventud, y mis ojos se cubrían de lágrimas; yo habría dado el resto de mi vida por un momento de consuelo, sólo porque la mano de un semejante mío, aunque fuese desconocida, hubiera enjugado una vez el llanto de mi amargura. El sol, que derrama su luz para todos, estaba oscurecido para mí en esta bóveda, y si acaso alguna vez vivificaban sus rayos mis miembros yertos y debilitados, mi vista inspiraba el terror a los habitantes de las cercanías, que huían delante de mí, y no hallaba una mirada de afecto, una muestra siquiera de lástima que compensase mis privaciones. ¡Ah!, ¡tú no sabes cuán duro, cuán amargo, es este aislamiento del mundo, cuán triste es verse aborrecida sin merecerlo! El sentimiento íntimo con que pronunció estas palabras mostró más que nunca en este instante su agitación. Sus ojos se inundaron de lágrimas, inclinó su rostro al suelo con una expresión peculiar de tristeza y de santidad, y puesta una mano sobre el corazón, como para aliviar el dolor que la atormentaba, largo tiempo quedó sin poder hablar, interrumpiendo el silencio que reinaba alrededor de ella sólo con sus sollozos y sus gemidos. La soledad y la lobreguez de la bóveda, alumbrada apenas por la lámpara que ardía delante del crucifijo, y, sobre todo, el tono, ya místico y ya melancólico, que había dado Elvira a sus expresiones, acaloraron de tal modo la imaginación de Leonor, que sintió correr un sudor frío por su cuerpo, y tuvo que arrimarse a un ángulo de la estancia para sostenerse. Sus ojos llenos de piedad se fijaron, por último, en su amiga, que inmóvil delante del crucifijo y cubierta de su almalafa negra, clavados los ojos al suelo sin pestañear, y en su rostro pálido y desencajado reflejando acaso la amortiguada luz de la lámpara, tenía el aspecto de un cadáver vestido de su mortaja, que se había levantado de su ataúd. En vano Leonor había tratado algunas veces de interrumpirla; sus palabras se habían helado en su boca, dudosa si servirían más bien para aumentar su dolor que para aliviarlo, y en este momento, sin saber qué decirle, obedecía a los sentimientos que Elvira comunicaba a su corazón llorando con ella, sin hallar otro medio de consolarla. Duró un rato el silencio, y Leonor, esforzándose, se acercó a ella, y tomándole una mano, que apretó cariñosamente entre las suyas, le dijo: -Hermana mía, si las caricias de una amiga pueden hacerte sobrellevar la carga del voto que has contraído, yo no te olvidaré nunca; yo vendré a verte todos los días y tú hallarás en mí todos los cariños juntos que echa de menos tu corazón. Yo, si es necesario para tu consuelo, participaré de tus penitencias, dividiré alegremente tu cama y rogaré a Dios contigo. Tendrás al menos un ser en el mundo que te ame y te compadezca. -¡Leonor! -repuso Elvira, apoyando su frente en el hombro de su amiga, sin poder contener más tiempo los impulsos de su ternura-. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo he pasado sin que una voz dulce como la tuya regalase mi corazón! ¡Cuán largos se me han hecho los días en mi soledad! Pero, ¡ah!, sólo cuando se han pasado días y días en el desierto y en el silencio, cuando se iba sido un objeto de odio y terror para sus semejantes, cuando la Naturaleza se ha mostrado a nuestros ojos yerma, sola y sin ofrecer un árbol a cuya sombra reposarse de las fatigas de una larga y penosa peregrinación, sólo entonces se pueden valuar justamente las dulzuras, las delicias de la amistad. ¡Dichosos aquellos que sin pecar ni faltar a los votos que contrajeron pueden desahogar su alma en la de su amigo y sentir en su corazón herido gota a gota el bálsamo suavísimo del consuelo! Pero yo -añadió, empujando de sí a Leonor y como horrorizándose de sí misma-, yo he atraído sobre mí la maldición de un Dios colérico contra el perjuro. La amistad en mí es un crimen; yo he jurado olvidar el mundo, olvidarme hasta de mi existencia. ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Yo he quebrantado mis votos! ¡Ah, hermano mío! ¡Yo que los hice por ti, como si yo no tuviera nada que reconvenirme! El Señor ha castigado mi orgullo y debilidad. ¡Y tú también, Leonor, tú quieres sacrificarte por mí y tomar parte en mis miserias y penitencias!... Dulce, dulcísimo sería para mí, sin duda, tener conmigo quien comprendiese la voz de mí corazón... Dios mío, recibe benigno esta privación, la más cruel que puedo imponerme, en descargo de mis pecados. «No, Leonor -continuó más tranquila, aunque en su voz trémula se notaba su agitación-; para ti sería un sacrificio inmenso; para mí, una culpa imperdonable si yo consintiese con tu amistad. Nosotras no volveremos a vernos más; una casualidad fue causa de que nos halláramos; esta bóveda no está lejos de la cueva de los bandidos; yo pasé cerca de ellos aquella mañana y los oí hablar de mi hermano; curiosa de saber sus maquinaciones, me oculté a sus espaldas entre los árboles. Desde allí oí a su capitán que comunicaba su plan a uno de los suyos. ¡Ah! Dios condujo allí mis pasos para impedir a mi hermano que consumase el crimen que había pensado. Tú ibas a ser entregada a su voluntad para satisfacer su torpeza o a ser víctima de su furia. El Señor puso su fortaleza en mi corazón, eligiendo para salvarte de manos de los forajidos a una mujer débil que los aterró con sólo una máscara, como si hubiese llevado consigo un ejército poderoso. -¡Oh! Sí -exclamó Leonor-, yo te debo más que la vida, puesto que te debo mi honra. Tú que te expusiste tanto por mí, ¿cómo podré yo pagarte? -Leonor -dijo Elvira en tono solemne-, no blasfemes; sólo al que vela sin cesar sobre los oprimidos debes tu salvación; a él debes dar gracias en tus oraciones. Yo fui la mano de que se valió en su benignidad, y no corrí riesgo alguno, cubierta, como iba, con el escudo de su omnipotencia. -Pues bien -le respondió Leonor-, yo aquí contigo se las tributaré, y mis oraciones, juntamente con las tuyas, volarán hasta su trono como una nube de aromas. Tu boca, más pura que la mía... -Leonor -interrumpió su amiga-, no adules mi vanidad; yo soy un vil gusano como tú delante del Altísimo. ¿Quién osa hablar delante de él de pureza? ¿Yo que he quebrantado mis votos sólo por un momento de deleite mundano? ¡Ah!... Diciendo esto, sus ojos salieron de sus órbitas, alzó ambas manos al cielo y pareció como arrobada y fuera de sí algún tiempo. Poco después dobló las rodillas delante del crucifijo, oró, besó la tierra y dio muestras de un verdadero arrepentimiento, y sintiéndose más tranquila, se levantó de nuevo y se acercó a Leonor, que había contemplado su éxtasis en silencio. -Es preciso que nos separemos -dijo con el acento melancólico que daba algunas veces a sus palabras-, es preciso; yo cometería un pecado imperdonable si te tuviese más tiempo conmigo, y, por otra parte, tú tienes un hermano que te ha buscado con ansia y que ahora, más que nunca, necesita de tu cuidado. Tienes cien lanzas en tu castillo que te defenderán de tus enemigos, y no te has obligado, como yo, a vivir sola y a olvidar y a ser olvidada de tus amigos. Tu juventud no debe marchitarse en un destierro, como la mía; tu corazón puede abrirse sin pecar a todas las sensaciones más dulces que hacen las delicias de los mortales; el mío debe cerrarse aun para las más inocentes; sí, Leonor, aun para las más inocentes. Cuando yo te he visto estos días enferma sobre esa paja, te he estrechado mil veces contra mi pecho, te he mirado como a mi única joya en el desierto, y he pecado. ¡Ah! Tú no sabes ahora cuánto, cuánto me cuesta separarme de ti; pero es preciso; sería en mí un espantoso crimen recibir otra vez una caricia tuya. -¡Ah! -exclamó Leonor conmovida-, yo no te abandonaré, yo no me separaré de ti. -No hay remedio, Leonor -repuso Elvira con resignación-; Dios me lo manda. -Yo vestiré como tú un cilicio -respondió Leonor-, y su clemencia te perdonará. -Tu hermano está herido -dijo Elvira-, y te llama tal vez en este momento desde su lecho. -¡Herido! -exclamó Leonor-. Vamos, sí, que yo le vea. ¡Mi hermano herido! Pero, ¡ah! -continuó, dirigiéndose a su amiga-, tú me dejarás que venga alguna vez a llorar aquí contigo, a consolarte, Elvira mía. -No, jamás -respondió Elvira, haciendo un esfuerzo-, jamás; cuando tú hayas salido de aquí, olvídame; yo te lo pido por amistad. No más, Leonor -continuó, alargando su mano hacia su boca, viéndola en ademán de interrumpirla-. No más; olvídame; ¡cúmplase la voluntad de Dios! La noche debe ya haber cubierto el mundo con su oscuridad, pues no penetra ninguna luz por las aberturas del techo. Tu hermano está herido; ven, sígueme. Diciendo esto tomó de la mano a Leonor, que, inquieta por la salud de Hernando, no hizo más resistencia, y guiándola a tientas por el arruinado arco por donde se salía de la bóveda, Elvira empujó una piedra, que cedió dócilmente a su impulso, sintieron el aire del campo y ambas tomaron tristemente el camino de su castillo.
La luna caminaba ya a occidente acompañada del lucero de la mañana, y todo estaba en silencio en el castillo de Cuéllar. Saldaña había ya vuelto de su parasismo, y sus heridas, aunque peligrosas, no habían sido declaradas mortales por los maestros. Un calmante le proporcionó algunas horas de sueño, y a la hora de la mañana descansaba de las fatigas de su combate con mucho placer del viejo Duarte y su favorito Jimeno, que se aprovecharon de este momento de reposo, el primero, para dormir, y el segundo, para vaciar algunas botellas de buen vino y refrigerarse al lado de su cuotidiana, como él llamaba a su concubina. No se oían los cantos ni las voces de los soldados, ninguna luz ardía en el castillo excepto las de las cuadras, y sólo el ladrido de algún perro o la voz del vigía que anunciaba las horas, más cuidadoso de su relevo que de contemplar la diosa de las tres caras, interrumpían de tiempo en tiempo el silencio misterioso de esta hora de la noche, en que toda la Naturaleza parece que se abandona profundamente al reposo. Sólo una luz se vio cruzar de ventana en ventana y desaparecer, se oyó crujir una puerta que se cerraba, y poco después la voz, las carcajadas de Jimeno y el ruido que formaba el choque de los vasos anunciaron que aún la disipación y el vicio estaban despiertos en el castillo. Pero este rumor fue poco a poco disminuyéndose, hasta que cesó enteramente, y otra vez se oyeron los pasos del centinela, que, al parecer, era el único que velaba en la fortaleza. Tal creía él, al menos, sin imaginarse que otro motivo que el de su deber pudiese desterrar el sueño de los ojos de ningún habitante del castillo, y muy ajeno de pensar que el amor tenía aún abiertos los de la hermosa Zoraida, que más que nunca combatida entonces de su pasión, y sentada en aquel momento a la reja de su estancia, miraba la luz de la luna sola y melancólica, mientras el orgullo y el cariño luchaban en su corazón. Con una mano apoyada sobre la reja, adonde se entretejían, como hemos dicho, algunas ramas de árboles, reclinada en los almohadones, apoyada su frente en la otra mano y desnuda de todas sus joyas, pero más hermosa que nunca, al rayo de la luna, que se quebraba allí penetrando con débil luz en la estancia, se entretenía, embebecida en sus pensamientos, en arrancar algunas hojas, que desmenuzaba distraída entre sus dedos, mientras la brisa de la mañana susurraba mansamente a su alrededor. En otro tiempo ella hubiera sido la primera a quien Saldaña habría llamado junto a su lecho, y sus palabras hubieran sido el mejor bálsamo para sus heridas. En otro tiempo ella habría cuidado de su reposo; pero ahora su amante no la había nombrado siquiera, y si acaso se hubiera acordado de la desdichada Zoraida, habría sido sin duda para maldecirla, procurando arrojarla cuanto antes de su memoria como a un objeto de odio y horror. Sola allí y olvidada ya de todos aquellos que en otro tiempo la adulaban y deseaban parecer agradables a sus ojos para serio a los de Saldaña, servida únicamente por una esclava de poca edad, que dormía muy descuidada de las penas de su señora, si había sabido lo que pasaba en el castillo lo debía más a su vigilancia y cuidado por el ingrato que a ninguna noticia que le hubiesen dado. Jimeno, el lindo Jimeno, era el único que parecía compadecerla, y le traía con frecuencia nuevas de su señor; pero, además de que Zoraida recibía sus atenciones con desdén y que él no era muy de su gusto, sus noticias servían más bien para irritar su orgullo que para dar esperanza a su corazón, no pareciendo sino que en medio de la pesadumbre que mostraba el compasivo paje al comunicárselas se gozaba secretamente en atormentarla. El fue el primero que avisó a la mora de las heridas de Saldaña, engrandeciendo y pintando el riesgo en que se hallaba su vida con tan vivos colores y tan sin compasión de la pena que manifestaba Zoraida, que parecía más entretenido en referir su cuento que en observar su rostro, dando al mismo tiempo a su narración cierto aire aparente de sencillez. El fue el primero que cuando el señor de Cuéllar volvió de su desmayo tuvo el cuidado de venir a contarle cómo no había preguntado por ella ni había dicho que la llamaran, siendo este el golpe más cruel que podía recibir Zoraida, cuyo orgullo ultrajado ahogó un instante en su alma el sentimiento de su cariño; pero la situación de Saldaña, casi moribundo, y, sobre todo, la violencia con que, a su despecho, le idolatraba, triunfaron de todo, haciéndola olvidar por entonces sus desprecios, pensando sólo en el riesgo en que se encontraba y dispuesta a dar hasta su vida para salvarle la suya. El amor es generoso, aunque vengativo, y él era al fin el único hombre a quien ella había amado; era su primer amor, podía aborrecerle, vengarse de él, detestarle, pero amándole siempre, idolatrándole a su pesar y olvidando todo en el momento de su peligro para protegerle, bien así como un enemigo pundonoroso devuelve a su contrario la espada que le derribó su destreza, en vez de aprovecharse de su victoria para herirle desarmado. Tales eran los pensamientos de Zoraida, triste y desdeñada, pero deseosa aún de cuidar por sí misma del herido caballero que tan mal pagaba su amor, y creída que, estando tan cerca de su última hora, no era aquella ocasión de mostrarse airada, sino de vengarse de sus desdenes probándole con su generosidad cuál era la mujer que había despreciado su ingratitud. De esta manera trataba la enamorada cautiva de disfrazar el vehemente deseo que la incitaba a ir a verle, esforzándose a sí misma y queriendo cubrir a sus mismos ojos, bajo el velo de la caridad y la compasión, lo que era sólo un amor frenético, vanamente contenido por el orgullo. Ya varias veces había hecho ánimo de levantarse para ir a verle, ya otras tantas su amor propio lo había impedido cumplir su resolución, ya agitada del temor, ya del deseo, hasta que al fin la voz de la más poderosa hizo callar la de las otras pasiones. Zoraida se levantó en pie de pronto, tomó una luz que ardía en la sala contigua a su tocador, cerró su puerta sin ruido, y con callados y ligeros pasos se dirigió a la estancia donde estaba Saldaña. Pintada la agitación de su rostro, trémula y deteniendo su marcha como si temiera que la sintiese el mismo a quien iba a buscar, llegó toda azorada a su cuarto, empujó con mucho tiento la puerta, alargó la cabeza a mirarle sin atreverse aún a entrar, y sintiendo por su respiración que dormía, se resolvió por último, puso la luz sobre una mesa y se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba a su lado, como cansada del trabajo que le había costado vencerse para llegar hasta allí. Saldaña reposaba entonces, si puede decirse que reposa el que en su sueño no halla descanso para su espíritu; su color pálido, además, por la mucha sangre que había perdido, su cabeza, que en la agitación de su sueño había cambiado varias veces de sitio sin encontrar nunca la comodidad que buscaba, estaba caída fuera de la almohada al borde de la cama, reclinada sobre su pecho, y su frente arrugada, sobre la cual caían algunos mechones de pelo, sus cejas fruncidas, que le daban un aspecto feroz, y su respiración anhelosa probaban que estaba muy lejos de gozar en su sueño de tranquilidad. Su brazo derecho colgaba desnudo al suelo, mientras, tirado atrás, el izquierdo le caía doblado sobre la cabeza, y su cuerpo, torcido en una posición bastante penosa, le hacía que casi descansase sobre su herida, lo que tal vez era causa en parte de la pesadilla que le fatigaba. Es sabido que una mujer dotada de sensibilidad se identifica de tal modo con las desgracias que le cuentan o los males de que es testigo, como si los padeciera ella misma, aun tratándose de un desconocido. Su fibra, más delicada que la del hombre, corresponde a la voz de la compasión con la misma fuerza con que siente la chispa eléctrica el que más distante está de la máquina, por ligero que sea el contacto que le una con aquel a quien su golpe se comunique, y no hay duda que el más dulce consuelo de nuestros pesares es la piedad y el cuidado de una mujer. El carácter de Zoraida, a despecho de su altivez, era tan flexible al sentimiento y la melancolía como a todos los arrebatos de la ira, siendo su alma de fuego y no habiendo conocido nunca sino el último extremo de las pasiones, tan arrebatada en sus celos como exagerada en su amor sin que hubiese dique alguno que bastase a detener siquiera el torrente de su corazón. Los lazos que lo habían unido a Saldaña eran los únicos que le unían al mundo, y aislada y cautiva casi desde su infancia, había cifrado en el señor de Cuéllar todos los cariños de su alma mirándole como a su padre, a su hermano, a su amigo, a su amante, a su único protector en su cautiverio. Saldaña había cometido crímenes por su amor, pero sin que ella hubiese tomado parte activa en ninguno, habiendo sido tal vez causa inocente de todos ellos, y aunque en su imaginación sombría Zoraida se ofreciese como una furia que le arrastraba al delito, más bien dependía esta idea de que él necesitaba disculparse de algún modo, que no de que fuera cierta, y la enamorada mora no le debía a él sino desgracias. Su padre, alcaide de un castillo en las fronteras de Granada, perdió la vida a manos del padre de Sancho Saldaña, y ella vio perecer allí sus compatriotas al filo de la espada de los cristianos, mientras ya prisionera de ellos, un mar de fuego envolvía hasta las almenas de su fortaleza. Perdió su patria, sus riquezas, un padre anciano que era su único apoyo, y para colmo de su desventura se enamoró del hijo de su enemigo para verse después, en premio de su cariño, despreciada y aborrecida. Pero ahora, viéndole postrado en su lecho, había olvidado sus propios pesares, compadecida y enamorada más que nunca del ingrato que la maldecía, y le contemplaba con ternura, mientras él mostraba en su fatigoso y agitado sueño el mismo fastidio, la misma inquietud y el disgusto mismo que eran el tipo de su carácter mientras estaba despierto. -He aquí -se dijo a sí misma, levantándose de su asiento y acercándose a su lecho paso a paso para no despertarle-, he aquí solo y abandonado a mi voluntad, sin poderse valer a sí mismo y sin tener a nadie que le socorra, el caballero más poderoso e intrépido de Castilla, el terror de mis compatriotas, el despreciador de su cautiva, el que hace dos días tuvo puesto el puñal a mi pecho para asesinarme. Héle aquí. ¿Quién me quitaría vengarme si yo no le amase aún con todo mi corazón? ¿Quién, si no estuviese yo ahora más dispuesta a cuidarle y defenderle que a satisfacer mi venganza? ¡Cómo el ceño de su semblante descubre los tormentos de su alma! El sudor de su frente es frío como un hielo -añadió, llegando cuidadosamente una mano y estremeciéndose al tocarle-. ¡Ah! ¡No parece sino que este frío penetra en mi corazón! ¡Cuán mustio, cuán otro está de aquel que entre mis brazos se llamó tantas veces el hombre más feliz de los hombres, de aquel en cuya boca recogía yo enajenada la dulce sonrisa del deleite en medio del placer de oírle que me adoraba! Su frente, entonces tersa como el marfil, brillaba aún libre de la nube de los pesares, sus ojos ardían de amor, y la palidez de sus mejillas mostraba más languidez que tristeza; pero ahora... ¡Cuánto sufres!... ¡Cuántos tormentos han abrumado tu alma! Y yo... ¡yo con mi amor he sido causa de tus desgracias!... Pero no me aborrezcas, no; yo te idolatro, Saldaña; sí, yo te idolatro y te perdono tu ingratitud. Diciendo esto se había arrodillado junto a la cama, y tomando entre las suyas trémulas la mano que Saldaña tenía pendiente la llegó mil veces a sus ardorosos labios y la cubrió de lágrimas y de besos. -¡Con qué fatiga respiras, ídolo mío!... ¡Ah! ¿Me oyes tú? ¡Suspira! -continuó, mirándole con dulzura y sin soltar la mano que tenía cogida y apretándola suavemente-; ¡oh, sí!, tú me amas aún; las arrugas de su frente veo poco a poco que se disipan, su mano se estrecha contra la mía, sus mejillas se sonrosean... sus labios se abren como si fuera a hablar... yo tiemblo... ¡Qué oigo!... sí... -¿Me amas? -dijo en este momento Saldaña con voz muy apagada-. ¡Perdóname! -¡Oh! ¡Yo soy feliz! -exclamó Zoraida fuera de sí de placer-. Sí, yo te perdono con todo mi corazón, yo te he perdonado ya, ya he olvidado todo, todo ha desaparecido de mi memoria como si las olas del mar hubiesen pasado sobre mis agravios Tú, tú eres quien tienes que perdonarme. -¡Leonor! ¡Leonor! -exclamó Saldaña sin despertar con el acento más tierno. -¡Cielos! ¡Qué oigo! -gritó Zoraida, soltándole la mano de pronto y levantándose desesperada-. ¡Ah! -continuó con amargura-. ¡Yo me había olvidado de mi rival y creí que él estaba soñando conmigo. ¡Y yo te había perdonado! ¡Yo! ¡Jamás, jamás! Todo el amor, toda la dulzura de la desgraciada Zoraida se trocó ahora en la más espantosa furia al oír el nombre de su rival, sus ojos parecían querer salir de sus órbitas, los músculos de su rostro se contrajeron, pintándose en él todas las señales de la locura, sus labios trémulos cambiaron su color rosa en un blanco cárdeno; como sobrecogida de un accidente, retorcía sus manos, y ya, sin temor de interrumpir el sueño del herido, gritaba con el acento de la más horrible desesperación: -¡Jamás! ¡Jamás ¡Yo me vengaría! ¡No, Leonor no será tuya jamás! A sus gritos despertó Saldaña despavorido, abrió los ojos y quiso incorporarse en el lecho. Por una transición de ideas, muy natural en un hombre cuyos sentidos están muy debilitados por cualquier causa que sea, y cuyo sueño han interrumpido de pronto voces u otro repentino estruendo, Saldaña, que había estado soñando con Leonor, aunque sin mudar de objeto, había cambiado la decoración en la última parte de su sueño, y creía que la maga, habiéndosela arrebatado de entre sus brazos, se esforzaba en ahogarle en los suyos como a una presa ya digna de los infiernos. Cuando despertó estaba todavía confusa su imaginación, y al ver los ademanes de la mora y oyendo sus últimas palabras: «¡No, Leonor no será tuya jamás!», imaginó que era la maga quien se lo decía. -¡Ah! -suspiró Saldaña, gritando con una voz sepulcral-. ¿No has cumplido aún tu venganza? ¿No bastaba que la robaras, era menester quitarme con ella hasta la única esperanza que me quedaba? -Sí, hasta la última esperanza -repitió Zoraida con amargura, volviendo a él los ojos en que estaba pintado su frenesí-. ¿Y tú no me has robado a mí todo cuanto poseía? ¿Mis padres, mi patria, mi gloria, mi inocencia, mi felicidad, mi esperanza? ¿No me lo robaste tú todo? ¡Y a pesar de eso te amé, a pesar de eso me dejé seducir de tus mentiras y cifré en ti mi universo! ¡Oh!, maldito el día en que me engendraron, maldito el día en que nací para idolatrarte y verme pagada con celos y con escarnio. ¡Ojalá nunca hubiese lucido aquel día! -Mujer infernal -exclamó Saldaña, que la había conocido-, ¿quién te dejó entrar aquí? Huye de mi presencia, y maldita sea la hora en que te conocí, demonio de mi persecución; ¡huye!, y no vengas a atormentar al enfermo en su lecho del dolor. -Plugiese al cielo -respondió la mora- que todo el infierno junto ardiese en tu corazón como arde en este momento en el mío; plugiese al cielo que pudiera hartarte del veneno de que tú has inundado mi alma... ¡Ah! ¡Yo reiría entonces viendo que tú dividías conmigo mis sufrimientos! ¡Ojalá veas en brazos de otro esa Leonor a quien amas! Tal vez está así ahora mismo en brazos de otro, sí. Tal vez es un amante disfrazado, a quien ella adora, esa bruja que te la robó. Sí, sufre, sufre como tú me haces sufrir a mí; es el único consuelo que me queda en mi desesperación. -Mientes, boca de Satanás, mientes -respondió Saldaña haciendo un esfuerzo, que no pudo lograr, para levantarse-, mientes; Leonor no tiene ningún amante; no me amará a mí, pero no ama a otro ninguno tampoco. -¿Y tú qué sabes? -replicó Zoraida con una sonrisa sardónica-. Por lo menos te aborrece a ti; te aborrece, y yo estoy aquí para repetírtelo. No me mires con esa ira, no te esfuerces en levantarte; tú eres un caballero muy poderoso, pero ahora yaces en esa cama como si te hubiesen ligado con cien cadenas; yaces herido por la espada del hermano de la que adoras, que te aborrecerá más por eso, porque tú también le has herido a él, y él le comunicará el furor con que te detesta. -¡Mujer! -gritó Saldaña, casi fuera de sí-, ¿has venido a asesinarme? -¡Ah! -repuso la celosa mora-, no; ¡he venido a acabar de ser infeliz, a saber de tu propia boca que me aborreces! -Pues sí, yo te aborrezco -replicó el herido-, yo te abomino, instigadora de mis delitos; huye de aquí, furia vomitada por el infierno. ¡Duarte! ¡Jimeno! ¡García!, echad de aquí a esta mujer, que viene a mofarse del moribundo. ¡Duarte! ¿Qué, no hay aquí nadie conmigo? El viejo Duarte, que al acostarse sólo había pensado dormir media hora, hacía ya una y media que roncaba en otra estancia al lado de la que ocupaba su amo cuando llegó su nombre a sus oídos y conoció la voz de Saldaña que le llamaba. Púsose en pie al instante y entró a ver qué le quería su señor, buscando alguna excusa que darle por no haber estado velándole como debía, cuando su amo le alivió de este trabajo gritándole en cuanto le vio. -Echa de aquí a esa mujer, quítala de mi vista, y cuida que no vuelva otra vez a presentarse delante de mí. -¡Zoraida! -gritó, dirigiéndose a ella-, huye, huye de mi presencia o te mando quemar viva en la explanada de mi castillo. -Sí, yo me iré -respondió la mora con pesadumbre-, yo me iré, no por miedo de tus amenazas, sino porque aún tengo compasión de ti, Saldaña -añadió más tranquila-, puede ser que yo haya sido tu perdición, pero no hay duda que tú has causado la mía; adiós. Diciendo así rechazó con orgullo la mano de Duarte, que había hecho ademán de cogerla, salió del cuarto con majestad y se retiró a su habitación, donde poco después, tranquilizándose su furor, derramó un torrente de lágrimas. Entre tanto la mañana despuntaba ya en el oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitase en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío. Jimeno, que no había oído nada de la escena que acababa de pasar en la habitación de Saldaña, por tener su cuarto en la parte opuesta del castillo, dejaba en aquel mismo punto su lecho, más cansado de las caricias de su manceba que cuidadoso de su deber, y estaba entonces arreglando muy detenidamente su tocado, operación para él tan esencial como la de comer, todos sus cuidados, refiriéndose más al adorno de su persona que a ninguna otra cosa en el mundo. Con todo, como su obligación era mostrarse aquel día con semblante triste ante su señor, eligió el traje a su entender más análogo con la pesadumbre que debía aparentar, y aunque tan puesto y pulido como si fuese de gala, se adornó con un estudiado descuido, bien así como si dijésemos a la negligé. En esto estaba tarareando el antiguo romance.
cuando sintió que andaban a su puerta, y poco después entró García, el compañero de Duarte. -¿Qué me quieres, zorro viejo? -preguntó el paje-. ¿Vienes de embajador de alguna sílfide que suspira por mis pedazos? -Si yo soy zorro -replicó García con enfado-, a ti no te falta sino ser viejo, y has de saber que ni yo ni ninguno de mi casta ha servido a nadie de tercero en su vida. -¡Ve ahí! ¿No lo digo? -replicó el paje-. El oficio que, según dicen, ejerce todo un don Lope de Haro con su sobrina y el rey, y se enoja un pobre escudero que se lo achaquen como si fuera un insulto. García meneó la cabeza, no muy gustoso de la desfachatez de Jimeno, y dijo: -Lo que yo tengo que decirte es que el señor de Cuéllar pregunta por ti, que ha estado allí la mora y le ha vuelto el juicio, según me ha dicho Duarte, aunque yo me figuro que está hechizado, y me ha encargado que te llame y vayas allá al momento. -¿Zoraida ha ido a verle? -murmuró entre sí el paje-. ¿Y él la ha despreciado como acostumbra? ¡Bueno! ¡Soberbio! No parece sino que ella misma me ayuda; sí, vamos -continuó, saliendo del cuarto y dirigiéndose al escudero. -No será nada, sino que ese estúpido de Duarte, que no habla nunca sino para reñir, es más a propósito para velar a un muerto que para cuidar un enfermo. -Como tú -replicó García entre dientes siguiendo detrás de él-, valdrías más para moza de un serrallo que para ser paje de lanza. El paje entre tanto compuso su rostro, tomando la fisonomía más triste que pudo, y cuando entró en la estancia de su señor podría habérsele comparado a un novicio por sus ojos caídos y el recogimiento que aparentaba. Saldaña estaba entonces con una calentura furiosa a causa de la cólera que había tomado, y habiéndose recogido toda su sangre a su corazón, tenía una especie de ahoguido que le hacía respirar con dificultad. Sus ojos estaban cubiertos de un velo cristalino, su corazón se oía latir, y la ropa de su cama, toda revuelta, manifestaba los muchos vuelcos que en su inquietud había dado a un lado y a otro. Jimeno se acercó a la cabecera, y habiendo mandado a Duarte que saliese a buscar el cirujano del castillo, le dio a beber un agua, a que mezcló algunas gotas del elixir que le habían recetado, hecho lo cual se sentó junto a él, y Saldaña pareció más sosegado. -Jimeno -le dijo con el acento sombrío de la desesperación-, ¿crees tú que habrá perdón para mí? -¿Y por qué no? -replicó el paje-. ¿Acaso habéis hecho algo nuevo en el mundo? Tal mujer burlada, tal homicidio cometido en un acceso de ira no son, a mi parecer, culpas imperdonables. ¿Pero a qué viene eso? ¿Os queréis morir? -¡Morir! -exclamó Saldaña-. ¡Ojalá, si no hubiese un infierno! ¡Ah!, tú no sabes hasta qué punto me sobresalta esta idea; ¡toda una eternidad! -Tiempo os queda de arrepentiros -respondió el paje-, aunque sea en medio del camino que hay de aquí a allá. Cuanto más que si vos habéis burlado una mujer, ha sido una enemiga de nuestra religión; de las otras podéis decir que pensabais casaros con ellas, y en cuanto a haber hecho morir a éste o aquél con más o menos justicia, nadie está libre de un momento de irreflexión, y tal vez la muerte que les anticipasteis les abrió el camino de la salvación, quitándoles de cometer delitos que si hubieran vivido les habrían hecho hallar cerradas las puertas del cielo. -Es verdad, Jimeno -replicó el herido, que cogía con avidez cualquier excusa que aminorase sus culpas a su entender-, es verdad, y entonces yo no soy criminal, ni debo temer el infierno; Zoraida ha sido la causa de la mayor parte de mis delitos. -Así es -replicó Jimeno sin titubear-; esa mujer os precipita, y sobre ella, si acaso, debéis cargar el peso de vuestros pecados. Su suerte ha sido que no haya estado yo aquí cuando vino a atormentaros, sin consideración a que estáis herido. Si llego a estar presente la echo al foso desde la ventana más alta. Y es mentira; ni ella os ama ni os ha amado nunca; a ella le convenía, es mujer, y no hay mujer que no mienta. -Conque ¿tú crees que aún puedo encontrar perdón? -insistió el supersticioso Saldaña. -¿Y qué os podía hacer pensar de otro modo? -respondió el paje. -¡Qué! Que más de una vez -repuso el de Cuéllar con sobresalto- he visto ahí, ahí mismo donde tú estás, un demonio que me escarnecía y me anunciaba que no había perdón para mí; yo he querido orar, y todos los rezos habían huido de mi memoria, y hasta mi lengua se resistía a pronunciar las pocas palabras sagradas de que pude acordarme, mientras él las hacía sonar en mi oído como blasfemias, y, mofándose, me cargaba de maldiciones. -¡Ave María Purísima! -exclamó el paje haciendo la señal de la cruz-. Eso sería un delirio, una ilusión; pero, no obstante, tomad esa reliquia, que os librará por lo menos de su presencia. Diciendo esto sacó una medalla del pecho, y el impío Saldaña la tomó con religiosa codicia y la besó respetuosamente. -Siento algún consuelo -le dijo, guardándola debajo de la almohada-. ¿Y Leonor? ¡Ah! ¿No me amará jamás? No creo que peco con hablar de ella; mi fin es hacerla mi esposa. ¿Y cómo podré ya si tal vez su hermano está enterrado a estas horas? Yo le vi muerto a mis pies. Pero él tuvo la culpa; todavía me irrito cuando me acuerdo de sus insultos. -Cuando nosotros llegamos -repuso el paje- había ya vuelto en sí y sus heridas no me parecieron muy peligrosas. Y a las mujeres, ¿qué les hace eso? Leonor os amará porque sois hombre; no hay mujer que se resista a un hombre de las prendas que vos tenéis. En Valladolid maté yo al hermano de una que cortejaba y no me quiso menos por eso. -Sí, pero Leonor no es de ésas -repuso Saldaña con fuerza, no muy agradado de las comparaciones del paje. La llegada del cirujano interrumpió su conversación, y habiendo notado que su enfermo se había agitado demasiado para el estado en que se encontraba de debilidad, le encargó que no hablase, y mandó que se guardase el mayor silencio en la estancia para no turbar el reposo de que tenía mucha falta. Poco después llegó el Velludo al castillo con dos prisioneras que había hecho la noche antes, a quienes dieron habitación en la parte del mediodía contigua a la de Saldaña, aunque no le dijeron nada de este suceso, pues en la situación en que se hallaba, a voto de los cirujanos, cualquier sensación fuerte, ora de alegría, ora de pesadumbre, podía serle funesta.
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