publicidad

 

Página principal
    Sancho Saldaña ó El Castellano de Cuéllar
     José de Espronceda
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente


ArribaAbajoCapítulo XIX

Mientras los sucesos referidos pasaban en el castillo de Cuéllar, yacía también mal herido en su lecho el señor de Iscar, y todo estaba sombrío y triste en su fortaleza. El Cantor había roto su lira, falto ya de entusiasmo para pulsarla, Nuño parecía haber perdido su ordinaria locuacidad, y los demás servidores de don Hernando se perdían en cavilaciones preguntándose unos a otros por doña Leonor, dándose mutuamente noticias de ella, fundadas sólo en presunciones vagas, todos, todos hablando en voz baja, y como temerosos de despertar la cólera de su señor, cuyas heridas, aunque leves de suyo, se hacían peligrosas con la ardiente calentura que le consumía. Baste decir que Nuño y el trovador habían puesto treguas a sus disputas, y que sólo de tiempo en tiempo tal cual palabra mordaz daba a entender que no por eso había cesado enteramente la guerra. Ambos a dos se esmeraban en cuidar a su señor, que devorado interiormente de mil pesares y crueles imaginaciones, había caído en una fiebre continua que no sólo burlaba la vigilancia de los dos fieles vasallos, sino también el arte y el talento de los tres más famosos Hipócrates de aquella época que le asistían.

Estaba entonces la ciencia de la medicina, con corta diferencia, como está hoy día, en la infancia; pero particularmente entre los cristianos se hallaba tan abandonada, que apenas se encontraba un médico para un remedio. Dichosa edad, por cierto, aquella, en que cada uno moría de su enfermedad y no de su médico, como dice Quevedo, y en que se podía morir cualquier hombre honrado sin tantas fórmulas como en el día se usan. Dichosa edad, repetimos, porque en ella blancas y pulidas manos de hermosas damas se ejercitaban a veces en curar así las heridas del cuerpo como las del alma a los caballeros intrépidos, y hacían el oficio que ahora sólo desempeñan las callosas y poco limpias de algún impío barbero en los lugares de por ahí cuando algún malogrado paciente les viene como llovido para saciar en él su sed de sangre y sus horribles escalpelos, que harán que se horripile el hombre de más valor. Sólo en aquellos tiempos puede decirse que cultivaban la tal ciencia homicida con algún fruto los ilustrados árabes y los judíos, que así en esto como en todo lo que toca a ciencias y artes, en particular los primeros, nos han dejado profundas huellas de su asombrosa sabiduría. Los Avicenas, los Averroes, sirven aún de regla a nuestros más presumidos galenos, y justamente en el siglo de don Alfonso el Sabio fue cuando los judíos, favorecidos de este monarca, que protegía el talento donde quiera que se encontraba, comentaron la Biblia, escribieron de medicina, de astrología, etc., y se les debieron muchos y muy curiosos inventos.

Sucedía, no obstante, que siendo mal visto que un cristiano viejo se dejase curar por un judío, a quien todos o la mayor parte, de común acuerdo, hubieran querido quemar en honra y gloria de Dios, había hombre que prefería morirse a deber la vida a los hechizos y cabalísticas palabras de que se creía que usaba aquella maldita raza, puesto que no eran los hijos de Israel tan poco filantrópicos que no prodigasen sus remedios a todo el mundo. Ninguno de estos famosos empíricos asistía al impaciente hermano de la desdichada Leonor, que nunca más que entonces hubiera deseado la salud, y cuya ansia y desasosiego eran las principales causas de su enfermedad. Su hermana, presa y deshonrada, estaba delante de él a todas horas presente en sus delirios, ya tachándole de perezoso, de cobarde y mal caballero, ya reprendiéndole de haber desamparado a la que su padre le encomendó al morir, a la que desvalida y sin otro amigo que él en el universo, esperaba de él sólo su salvación. El furor que entonces le sacaba fuera de sí, le hacia saltar del lecho, dar voces, maltratar a cuantos le rodeaban, pedir sus armas y resistirse furiosamente a los esfuerzos de los que interesados por su salud trataban de sosegarle y contenerle.




ArribaAbajoCapítulo XX


   Quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija,
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


ERCILLA, Araucana                


El lector se acordará del llano o plaza de arena en que Usdróbal fue presentado por el Velludo a los honrados habitantes del bosque, sus servidores, y en donde tomó a su cargo el piadoso Zacarías educarle como convenía para el ejercicio que había abrazado. Pues minuto más o menos a aquella misma hora y en aquel mismo sitio algunos días después de la aventura del capitán con la maga, estaban reunidos varios individuos de la partida, no razonando alegremente unos con otros, ni trasegando el alma de algún pellejo de vino a sus insaciables estómagos, según costumbre, ni admitiendo en su seno ningún joven cuya noble alma no pudiera sufrir el peso de la ociosidad, sino muy solícitos y divertidos en aligerar el peso de las maletas y faltriqueras de una tropa de viajeros que por su mal habían acertado a encontrarse con ellos en aquel desierto.

Cuatro eran los caminantes, y todos parecían por su traje ser gente comerciante que, como era entonces uso, llevaban de pueblo en pueblo sus mercancías trocándolas por otras o por dinero en los mercados públicos, y sólo se distinguían de los que llaman buhoneros en que en vez de llevarlos a cuestas y caminar a pie, sus fardos iban a lomo sobre una mula, y ellos montados en sendos animales de la misma raza. Pero en el momento que se trata, los bandoleros, compadecidos sin duda de la enorme carga que oprimía y fatigaba a las pobres bestias, habían hecho apear de sus cabalgaduras a los malaventurados viandantes, y aliviado de su desmedida carga a la que llevaba delante guiándola del ronzal un mozo de pocos años que iba allí de espolique.

Habíalos visto desde los pinares el compungido Zacarías, que avisó al momento a sus compañeros sin cambiar su mística fisonomía, y sin dejar de rezar al mismo tiempo, mandándoles que estuviesen alerta para sorprenderlos.

-Hijos míos -les dijo-, ahí viene una raza de pecadores de aquellos que el Señor ha dicho pulvis eris et in pulvere reverteris; de judíos digo, pueblo, como sabéis, maldito y cuyos bienes podemos confiscar a nuestro favor sin el más pequeño remordimiento y cumpliendo con nuestro deber. Son cuatro hebreos, enemigos de toda bolsa cristiana, cuatro sanguijuelas hidrópicas de la sangre del justo -y pasó una cuenta a su rosario murmurando un Pater noster al mismo tiempo.

-Voto a Deu -respondió el catalán, que helos que se dirijan aquí, y me importa a mi lo matéis que un trago de vino si son cristianos o judíos, con tal que traigan dinero.

-Buena mula es la que viene delante -dijo el bizco-, y por las barbas del Cid, que no se puede mover de cargada.

-Manos a la obra -gritaron los otros, y se pusieron todos en movimiento.

-Silencio, hijos míos, y mucha caridad sobre todo y que no vayan al otro mundo sin confesión; ya que Dios los trae aquí yo me encargo de convertirlos si son judíos, como es regular.

-Dos por aquí -mandó con su voz áspera el catalán, señalando a la derecha-, cuatro a la izquierda y los demás conmigo: yo voy delante.

-Domine exaudi mihi -dijo Zacarías, y echó mano a su cuchillo sin dejar el rosario, andando al lado del catalán-: Dios ponga tiento en nuestras manos y perdone nuestros pecados.

-Voto va Deu, ¡a ellos! -gritó Urgel desaforadamente a tiempo que casi iban los viajeros a tropezar con ellos, todavía sin haberlos visto a causa de la espesura del bosque.

El primero que rompía la marcha era el mozo de espuela, que muy descuidado de la que le esperaba venía alegremente silbando, y que apenas oyó el grito de a ellos cuando sintió un garrotazo sobre la frente tan descomunal y tremendo, que cayó en tierra con la cabeza abierta y bañado en sangre. Fue el primer saludo con que se explicó el formidable catalán antes de decir palabra. Zacarías echó mano al ronzal de la mula, que, espantada con el porrazo y la airada presencia del apaleador, se había levantado de manos y trataba de volver grupas. Estaba el buen anacoreta destellando avaricia por los ojos, rezando muy aprisa, y señor ya de la carga que era el blanco de sus más fervorosas súplicas.

Esta fue la señal de la arremetida, y los demás emboscados a derecha e izquierda, cayeron como halcones sobre su presa con los alfanjes y las espadas en la mano, dando gritos y dispuestos a asesinar al primero que se resistiese. El catalán, que disfrutaba tanto placer en pegar como en robar, puesta en alto su partesana, se arrojó en seguida de haber derribado al mozo sobre los desdichados mercaderes, que al ver caer sobre ellos aquella nube de forajidos no sabían qué hacerse, y ni hacían muestra de rendirse, ni de huir, ni de defenderse. Alguno, cuya cabalgadura no estaba acostumbrada a niñerías semejantes, no pudiendo resistir sus corcovos, dio consigo una caída, que los vencedores tomaron por una señal clara de su sumisión. En efecto, todos ellos eran gente pacífica y mal avenida con todo género de refriegas, por lo que el triunfo no fue muy costoso ni tardó en decidirse por los bandidos más tiempo del que tardaron en hacerlos echar pie a tierra y atarlos a los árboles que formaban la plaza.

-Amigos -gritaba uno de los viajeros, que era precisamente al que había derribado su mula, calvo con sólo algunos mechones blancos en la cabeza, pequeño de cuerpo y flaco, cara larga, nariz aguileña, ojos negros, pero sin brillo, y la barba cana y poblada-, amigos míos, no tenéis necesidad de atarnos, nosotros no nos hemos de defender, y os daremos de buena gana cuanto traemos sin que tengáis que decirnos siquiera una mala palabra.

-Raza descreída -repuso Zacarías con su voz de vieja-, tú eres de los que ataron a una columna a nuestro Redentor; cuida que si no fuera porque pienso hacer de ti un cristiano tan santo como el que más, cuando hayas vuelto a cada uno de por sí lo mucho que habrás robado, y que es por lo que has de empezar ahora mismo, cuida que no se les ponga en la idea a estos honrados hermanos abrirte las carnes a azotes por ladrón, como casi me dan intenciones de aconsejárselo: quia tu es ad verberandum.

-Veo amigo lad... quiero decir, buen hombre -respondió el viejo con serenidad-, que nos tratas mal sin merecerlo, y que partes de un principio erróneo dando por cierto lo que es enteramente falso.

-Al diablo tanto parlar, voto a Deu -gritó el catalán-: ¿qué hacéis sin catar de lo que traigan esos borrachos?

-Has de saber, santo varón -gritaba el mercader viejo-, que aquí no viene ningún judío, sino que somos gente pacífica que vamos a nuestro comercio.

-Pues entonces, hijo mío -le respondió Zacarías, registrándole al mismo tiempo-, perdona por Dios esta ofensa que te he hecho contra mi voluntad, y suelta el dinero que traigas contigo por amor de él, y como ordena la caridad cristiana.

-Pardiez, que esta es buena gente -gritaba el bizco al tiempo que él y otros tres descargaban la mula que traía las mercancías-. No parece si no que están estos cajones llenos de plomo, según lo que pesan.

-Eso será hierro sin duda -añadió el veterano de la cara cortada-, que o el sonido me engaña mucho, o lo que va dentro son sedas y lienzos como yo soy turco.

-No lo creáis, buenas gentes: son algunas telas de poco valor lo que ahí va que para nada os sirven -les gritó el viajero-; regalos que yo llevaba a Valladolid para su alteza don Sancho IV, rey de Castilla: los enviaba el señor de Aguilar con algunas otras bujerías.

-Tanto mejor, voto a Deu -gritó el catalán-; el rey de Castilla non pas tindrá eso que dices, y haz cuenta que lo has portat per nosaltros.

-Sí, pero temed el enojo del rey -replicó el viejo, a quien ya habían enteramente desvalijado, así como a sus compañeros, y que tenía al parecer mucho interés en que no viesen lo que venía en los cajones-; ya veis -prosiguió-, yo lo digo por vuestro bien. Cuenta con lo que hacéis con lo que pertenece a su alteza; ahí tenéis lo mío y lo de mis compañeros; con eso podéis hacer lo que queráis sin miedo, quedaros con ello o devolvérnoslo; pero el regalo del señor de Aguilar...

-Anda tú, el rey y el señor de Aguilar a los infiernos -respondió el de la cara cortada-. Abrámoslo de una vez, que todo lo más que harán si nos prenden será ahorcarnos, y eso que robemos o no robemos al rey habrá de suceder lo mismo.

-Tienes razón -dijo el bizco-, y a más que morir ahorcado es una muerte en que se adelanta para subir al cielo todo lo que falta para llegar con los pies al suelo, y ya que lo han de colgar a uno, que no sea por una niñería, sino por haber hecho algo que merezca contarse.

-Abrid los cajones de una vez, y basta ya de charla -gritó otro.

Empezaron a descargar golpes sobre las cajas muy de prisa y con toda su fuerza, y ya empezaban a saltar astillas y a crujir las tablas, a despecho de los consejos que continuaba dándoles el viajero, y de sus gritos, súplicas y amenazas, cuando Zacarías, que hasta entonces había estado hincado de rodillas rezando, y empleado asimismo en desliar, registrar, inquirir y escudriñar pliegue por pliegue y muy detenidamente un gabán o alforja que traía el caminante, se levantó después de haber escondido debajo de todo, a un lado, un cajón de boj, largo de una vara y con molduras de plata en los extremos, cerrado con un resorte que él no entendía; y dejando para luego enterarse de lo que había dentro, hizo a los otros que suspendiesen su faena, pidiendo que se dispusiese en concilio lo que había de hacerse.

-Hijos míos -les dijo-, por todos los apóstoles juntos os ruego humildemente que pongáis atención en las palabras de ese buen viajero que está ahí atado, y que hoy ha ganado el cielo por la mansedumbre y generosidad conque nos ha entregado voluntariamente lo que traía superfluo, para socorrer nuestras necesidades. Vedle ahí, que se desgañita rogándonos que no se toque el regalo que lleva para el ungido; vedle ahí, que me parece que en este poco tiempo se ha puesto más flaco aún y más viejo que cuando llegó, y se ha achicado una cuarta. Tened paciencia, hijos míos, y no me interrumpáis, que nadie nos corre, y menester es tenerla en las adversidades. Oídme hasta el fin, y juzgaréis. Ya veis, amados hijos de mi ternura, que nuestro cristiano capitán no está aquí ahora, y que es antigua usanza entre nosotros, cuando aquel santo varón (bendígale Dios) no se halla presente, tomar el parecer de cada uno, y que todo el mundo dé francamente su opinión. La mía, pues, es de que se abran las cajas, y Dios nos dé aquí paz y después gloria.

-Pues a fe mía que ya podían estar abiertas, y para eso -repuso el bizco-, no había necesidad de predicarnos ningún sermón.

-Voto a Deu, que no oiga yo más discursos.

-Ni yo, ni yo -gritaron todos, y se dispusieron a empezar de nuevo con más empeño.

-Con todo -gritó Zacarías, con un chillido agudo como el de un pito-, oídme. Puede el viajero o alguno de sus cofrades ofrecerse en pío sacrificio en lugar de esas cajas, y con tal que esté dispuesto a sufrir sobre su cuerpo los golpes que ellas habían de llevar, soy de opinión de hacerles esta obra de misericordia, y que se atienda a sus ruegos.

Una ruidosa carcajada aplaudió esta sabia determinación del benéfico Zacarías, y el pobre robado y sus compañeros empezaron a temblar y dar diente con diente, temerosos de sufrir la pena a que los condenaba, en caso de quedarse libres las mercancías de todo daño y embargo.

-¿Tuerces el hocico, mal hombre? -prosiguió Zacarías-. Yo que había pensado en enviarte hoy al cielo porque creí que ahora te irías allá derecho, tomando todo cuanto aquí se hiciera por bien de tu alma, y en penitencia de tus pecados, y ahora no parece sino que te causa cierto disgusto mi buena intención. Ea, muchachos, puesto que nuestra opinión es una misma, manos a la obra, y a trabajar con la ayuda de Dios, mientras yo convierto a este impío, hombre sin fe y sin resignación.

No aguardaron los acólitos del mal ladrón a oír hasta el fin su arenga, sino que llenos de brío empezaron a golpear tan de firme y tan a prisa, que a poco tiempo no quedó tabla de las que formaban las cajas, que no hubiese saltado hecha piezas. Pero cuál fue su asombro cuando en vez de los magníficos dones que pensaban hallar, enviados al rey por uno de los ricoshombres de más fama, vieron rodar por el campo, en montón y con grande estrépito, una porción de yelmos, corazas y otras armas defensivas y ofensivas de que venían preñadas la cajas, y que en su hechura y artificio más parecían propias para soldados, que para regalar a un monarca.

-Por San Cosme bendito -dijo uno de los bandidos-, que tanto puchero de hierro como viene aquí, no será para que ponga el rey la olla, ni para eso se los enviará ese señor.

-Vive Dios que las mercancías son de gusto, y que más seguro va en estos tiempos un hombre con un traje como éste que con un vestido de seda.

-Voto a Deu -añadió el catalán, tomando un casco en la mano-, que más vale guarir así el cap que con un bonete de cuero.

Y arrojó el que llevaba en la cabeza y se caló en su lugar el yelmo.

Pero nada igualó al asombro de Zacarías, que habiendo abierto por fin la caja de boj en que esperaba hallar por lo menos algunas joyas de raro valor, y que con mucho cuidado había tratado de ocultar a sus compañeros, para no tener que partir con ellos, halló dos cosas entre otras varias, capaces de trastornar el juicio más sano del hombre más entendido de aquellos tiempos.

Era una de ellas una bola de cristal muy pequeña, dentro de la cual vivía y al parecer se agitaba un animal disforme, un elefante de desmesurada grandeza, un demonio sin duda, porque sólo un demonio podía habitar en tu pequeño espacio, infinitamente reducido para dar cabida a tan desproporcionada y extraña bestia. Sus ojos, de extraordinario tamaño, parecían quererse tragar al que lo miraba; su trompa inmensa podía sin trabajo alguno sepultar un hombre de una vez en su vientre; su piel, de un color oscuro con algunas manchas, era sin duda impenetrable al arma más bien templada; y una infinidad de pies y piernas sostenían como columnas aquella mole ponderosa que al mismo tiempo gozaba sin duda de tanta comodidad en aquella estrecha vivienda, como si se hallase en un anchuroso palacio. No creyó menos Zacarías sino que allí estaba encerrado algún diablo, y tirando la bola de cristal con la prontitud de aquel que se quema, se hincó de rodillas, se persignó mil veces, besó el suelo, y empezó a rezar y a darse golpes de pecho con la mayor devoción, pidiendo a Dios que apartase aquel mal espíritu de su presencia.

Era la otra una varita de hierro con un ruedo de metal a un extremo, fija en un punto dado de un esqueleto de reloj, y que lo mismo fue sacarla, al impulso que recibió principió a ondular a un lado y a otro por sí sola con movimiento muy concertado3.

-¿No os lo dije yo que era un judío? Hermanos míos, este hombre tiene hecho pacto con el demonio -gritó Zacarías pálido de temor-; aquí lo tiene encerrado, es menester matarlo, hacerlo quemar aquí mismo.

Acudieron todos a ver qué era lo que hacía dar tantos gritos y salir fuera de sus casillas al hombre de sangre más fría que había entre ellos, espantados todos de verle tan fuera de sí, y algunos creídos que había perdido la cabeza completamente.

-¿Qué diablos tenéis, maestro Zacarías -preguntó el veterano-, que no parece sino que habéis tenido una visión del infierno, y que os habéis vuelto loco?

-Y como que he tenido una visión -respondió Zacarías-: de profundis clamavit miserere mei domine secundum... secundum... ¡memoria! ¡memoria! ¡Ah! Miserrima civitas. Eso es -se dijo a sí mismo como satisfecho de haber atinado con el texto-. Lo he visto, señor Tinieblas, y vos lo podéis ver si queréis; ahí está, si tenéis ánimo para tomarlo en la mano... Es menester quemar a este hombre: es judío y mágico.

-Vade retro -respondió Tinieblas sin atreverse a mirar a donde señalaba Zacarías con la mano-; la Virgen Santa me valga, que no quiero yo nada con esa gente. No hay duda, es menester quemar a este hombre.

Difícil es que ninguno de nuestros lectores pueda formarse idea exacta de lo que pasaba en el alma de los viajeros, especialmente del que parecía más principal, y que era el que estaba más en peligro. Todo el mundo le miraba ya con horror, le maldecía, y hasta el mejor intencionado de los bandidos deseaba ya verle arder y se preparaba a derribar árboles y a formar la hoguera. En vano el pobre hombre se esforzaba a persuadirles que aquel animal tan estupendo y prodigioso no era más que una pulga, en vano pedía que no le rompiesen el hierro que andaba solo, pues no era sino un reloj, como cualquiera otro, de sol, sino que de distinta construcción y hechura, en vano les rogaba encarecidamente que no le matasen, y les ofrecía montones de oro por su rescate, que un momento antes les hubiera hecho abrir tanto ojo: todo era inútil; promesas, ruegos, amenazas, lágrimas, nada podía ablandar aquellos corazones de piedra, y era lo bueno que los más de ellos aún no sabían por qué era aquella ansia que había de quemar a aquel hombre, ni se cuidaban de preguntarlo, y eran los que más voceaban y le maldecían, y empezaban ya a partir leña.

Con todo, el alboroto llegó a su colmo cuando el catalán tomó en la mano el funesto cristal, y mil diversas caricaturas, unas de susto, otras de horror, la boca abierta, los ojos desencajados, los pelos tiesos, se pararon a mirarlos atónitos y fríos de lo que veían.

Él sólo tuvo valor para cogerlo con la mano, y levantando el brazo en alto para que todo el mundo pudiera ver aquel tan prodigioso hechizo, pálido y persignándose al mismo tiempo, hubo un momento de estupor general en todos, y no parecía sino que de veras habían quedado encantados, según el silencio que guardaban y la inmovilidad en que sus cuerpos por largo rato estuvieron.

Pero luego que dio lugar el pasmo y asombro del primer momento a la reflexión, y cada uno echó sus cálculos allá entre sí, y pesó y examinó la enormidad del crimen, y con lo que añadía cada cual de suyo y el odio natural en toda alma cristiana contra la brujería y el demonio, se irritó la cólera de aquella gente feroz, que, sin verdadera religión, estaban llenos de todas las supersticiones posibles, empezó un murmullo semejante al que hacen los árboles del bosque en señal del huracán que se acerca, y luego alzaron el grito, y todos corrieron a hacinar leña para formar la hoguera.

-Es menester quemar esa bestia -gritaba uno.

-Y a ese viejo judío con ella -decía otro.

-Y a los otros tres con él.

-Y al mozo de mulas.

-Y las mulas, y los cajones, y las armas -añadía el bizco.

-Voto a Deu, y los potingues que ahí trae -proseguía el catalán.

-Y esos librotes viejos, y los papeles, y sus almas, que se las lleve el demonio.

-Y todo por la gloria de Dios -concluía Zacarías, que no hacía sino rezar al mismo tiempo que colocaba en buena disposición la leña que iban cortando los otros.

-Dios de Jacob, padre Abraham, sacadme de este aprieto -clamaba el pobre judío, que sin duda lo era a juzgar por sus exclamaciones-. Sacadme con bien de manos de estos tigres despiadados, libradme como a Daniel de las garras de los leones. Amigos míos, queridos amigos míos -prosiguió volviéndose a los bandidos-, yo soy viejo, estos tres hombres que están ahí son mis criados, nosotros no os hemos hecho mal nunca. ¿Qué gloria podéis sacar de quemar a hombres como nosotros, que somos los cautivos de vuestra lanza? ¿Queréis que mi hijo, a quien dejé en Aragón, pregunte cuándo volverá a ver a su padre, y su madre no le responda y llore? Queridos míos, vosotros no sois malos, lo sé, yo lo sé muy bien que no queréis ensangrentaros en un viejo débil. Estáis engañados en lo que creéis: si me dejáis un momento ese pedazo de cristal, un momento no más, yo haré ver en qué consiste vuestro engaño; pero vosotros no nos hagáis mal.

-Loado sea el Señor, que ya arde la leña; Dios me perdone, que me ha costado mucho trabajo encenderla.

-Ea, pues, cada uno al suyo -gritó el tío Tinieblas-; pronto a desatarlos y asarlos, que no se hace más en eso que lo que se debe.

-¡Que mueran, que mueran! -vociferaban todos.

Y cortando de un golpe las cuerdas que ligaban a los árboles los desdichados viajeros, sin atender a sus lágrimas, ni a sus súplicas, empezaron a arrastrarlos hacia la hoguera en que ardía ya medio monte, y cuyas llamas, impelidas del viento, se levantaban sobre las copas de los pinos más altos, como si amenazaran al cielo, despidiendo al mismo tiempo columnas de humo que envolvían la luz del sol, y daban un aspecto más negro a aquel espantoso cuadro.

Figúrese el lector una ancha plaza rodeada por todas partes de árboles, y capaz de contener en su ámbito más de mil o dos mil soldados. En medio de ella pinos enteros ardiendo, cuyas llamas, mezcladas con el humo que con ellas se levantaba, daban un color cárdeno al día, ennegreciendo la atmósfera al mismo tiempo. El calor era irresistible, y a más de cincuenta pasos a la redonda era casi imposible aguantarlo. Alrededor de este fuego, e iluminados con la opaca lumbre sus cetrinos rostros, doce o catorce bandidos con todas las señales de la miseria y de la ferocidad en sus estúpidas fisonomías, arrastrando entre cada tres o cuatro de ellos un hombre cuyos gritos, gestos y contorsiones le hacían parecer un endemoniado, dando ellos al mismo tiempo voces, echando torpes juramentos, soltando risas y carcajadas horribles, o profanando con sus sucias bocas los nombres más santos que invocaban. Figurémonos, en fin, una porción de demonios arrastrando al fuego eterno las almas de los condenados, y sólo así tendremos una idea exacta de escena tan horrorosa.

-La maldición del Dios de Israel se desplome sobre vosotros -gritaba el judío viejo, luchando y reluchando con el bizco y el catalán, mientras Zacarías le pinchaba por detrás con su cuchillo para hacerle andar.

-Yo soy un embajador del rey de Aragón... Tened cuenta con lo que... Yo daré un millón de oro por mi vida... Tened compasión de mí... Yo os explicaré lo que es eso..., dejadme un momento que os hable... ¿Dónde está vuestro capitán?

Y al mismo tiempo se tendía en el suelo, se defendía a coces, a puños y a bocados; arrojaba espuma por la boca, revolvía los ojos en remolinos espantosos, su rostro estaba morado, sus labios negros, y sus lamentos, sus rugidos y sus maldiciones hubieran podido hacer estremerse a una roca. La desesperación, aunque viejo y débil, le prestaba fuerzas en tanto grado, que apenas podían sujetarle los brazos robustos de los dos ladrones, y aún no le habían meneado dos pasos.

-Voto a Deu, mala ira te trinq'el coll, que es menester una corda y atemos este perro con una legión de diablos.

-Mírale qué pelos pone -gritó el bizco-, y oye los berridos que da que me atraviesan el cerebro como si fueran puñales; juro a Dios -añadió sacudiéndose una mano- que me ha partido un dedo de un mordisco, y que estoy por matarle aquí mismo de una puñalada, más que no se queme en su vida.

-Caridad, hijo mío, y refrena la ira, que no está tan lejos la hoguera -respondió Zacarías con su tono suave-; no le pinches si acaso más que yo, que sólo le entro en el cuerpo la puntita de mi cuchillo.

Hizo el judío en aquel momento un esfuerzo tan desesperado, que habiendo logrado zafarse de manos de sus opresores, se levantó y dio a correr por ver si podía salvarse; pero a los pocos pasos sintió la mano de hierro del catalán, que de un puñetazo le derribó segunda vez en el suelo, y una cuerda que le liaba el bizco a las piernas, mientras que un pinchazo que sintió en la espalda le anunció que no andaba lejos el caritativo Zacarías. Entonces el infeliz judío oyó las voces de los demás ladrones, que ya habían logrado acercar sus respectivas víctimas a la hoguera, y que sólo aguardaban a que él viniese para darle la preferencia quemándole a él el primero. Todo parecía colmar en aquel trance su desesperación; sobre él se extendía un cielo de humo como para evitar que sus gritos llegasen al otro cielo; a su alrededor un desierto, y los semblantes de hierro de los bandidos; enfrente la hoguera, cuyo calor, que se sentía no poco donde él estaba, penetraba ya a su entender hasta el tuétano de sus huesos; ninguna muestra de compasión en ninguno de los que allí estaban, ninguna esperanza de socorro; todo le había abandonado a su fatalidad. Entonces sintió crisparse sus nervios, las fuerzas le faltaron, un color pálido sucedió al amoratado que tenía su rostro, y sólo sus ojos cristalinos, que ya se volvían a la hoguera con estúpido ahínco, ya hacia sus inexorables verdugos a demandar piedad, y el temblor convulsivo de sus labios, daban a entender que vivía.

Dejó por fin caer la cabeza sobre el pecho, y sin hacer más resistencia se dejó conducir de los ladrones. No había ya ningún obstáculo que vencer; los demás prisioneros unos estaban accidentados, otros rugían de temor, y algunos se deshacían en súplicas, que apenas eran oídas. El mozo de mulas, que había vuelto en sí, y a quien querían también quemar sólo por aquello de dime con quién andas... etc., aunque no tenía nada de judío ni de encantador, había logrado por fin que le perdonaran, con tal que ayudase a quemar a sus amos por las muchas brujerías que refirió les había visto hacer durante el camino. En fin, había llegado para aquellos infelices el fin del mundo, y el cielo, sordo a sus plegarias, no parecía querer enviarles ningún socorro.

Pero una idea que sobrevino casualmente en el ánimo de Zacarías dilató aún por algunos momentos la terrible muerte que les aguardaba.

-Hijos míos -dijo el hipócrita con su acento meloso-, ya sabéis lo caritativo que soy, y creo que si tengo algún influjo entre vosotros no desoiréis la voz del justo. Bien hecho está que aborrezcamos a estos infames amalecitas, bien me parece que se les castigue, y yo mismo he sido el primero que he convenido en el exterminio de los fieles, digo de los infieles: infelix opera summa, que dijo aquel santo varón. Pero no por eso creo piadoso que entreguemos su alma a los demonios (Dios nos libre), como se pensó en un principio, quod in principium... No importa que no me acuerde del texto, proseguiré: quiero decir et qui habet aures audiat, como dijo San... no me acuerdo del Santo, pero la cita es exacta. Digo y repito que se debe tratar de salvar sus almas, y en particular la de este viejo infernal que ha mordido un dedo al bizco, y también al buen Urgel en la pierna derecha, de la cual como veis cojea.

-Así, voto a Deu, que me ha llegado hasta el hueso -interrumpió el catalán.

-Prosigo, pues -continuó Zacarías-, florentem cytisum sequitur (por ahí va bien), y digo que yo me encargo de convertirlos, y en particular a ese perro que he dicho, y entre tanto podéis seguir echando troncos al fuego y alimentándolo, y de ese modo ellos se familiarizarán con la hoguera, la mirarán como cualquier otra cosa, sicut erat in principio, morirán sin tantos aspavientos, y sobre todo tan convertidos y arrepentidos que ni siquiera han de tener que tocar en el purgatorio. Purgatorium peccatorum, etc., y loado sea Dios: he dicho.

La opinión de Zacarías prevaleció como era de esperar entre gentes que le tenían por un pozo de ciencia y que le consideraban en segundo lugar después de su capitán. Convinieron todos en que debía hacerse así como él lo pedía, por lo que se suspendió el castigo de los criminales entre tanto se convertían.

Zacarías alzó entonces los ojos al cielo con aire tan compungido y devoto, como si de veras pidiese al Espíritu Santo que le iluminase en la conversión de aquellos herejes, cuyas almas iba a enviar al cielo por el camino más corto. Hecho esto, mandó que le trajesen al viejo, que ya se dejaba llevar lo mismo a un lado que a otro, insensible al parecer a todo cuanto le rodeaba. Nada había oído del discurso de Zacarías, aturdidos y embotados sus sentidos con la idea de la muerte tan próxima, y sin otra sensación que la que en él producía la vista de la llama, que a su parecer le iba abrasando ya parte por parte su cuerpo.

El sitio que había elegido el piadoso varón para la conversión del infiel estaba a bastante distancia de la hoguera, y el aire, aunque caldeado tanto con el calor de la estación como por efecto del fuego, le pareció fresco al judío en comparación con el que había respirado hasta entonces.

Trató, pues, de limpiarse el sudor, que a chorros le caía por el rostro; pero sus manos estaban atadas a su espalda, y no pudo hacer otra cosa que suspirar.

Zacarías tomó el aspecto más grave que pudo, besó su rosario devotamente y empezó, con un tono de voz sobremanera melifluo, a arengar al prisionero.

-Hijo mío -le dijo-, serénate; aquí no se te quiere mal: ya veo que estás bastante agitado, y sin duda has tenido razón para gritar y forcejear, pues que estos hermanos míos, fratres carissimi, por otra parte, con la mejor intención te iban a dar muerte de perro, lo que no es nuestra voluntad. Fiat voluntas tua, que dijo quien lo sabía. He echado de ver también que a ti te disgusta morir de esa manera, y no me ha extrañado. Peccata mea... Hermano mío, no debes asombrarte porque se me olvide un texto, porque son tantos los que tengo en la cabeza... Pero tomando el hilo de mi discurso, por amor de Dios y como manda la moral y la caridad, yo los he contenido cuando más empeñados estaban en llevar a cabo su santa obra, y puedes estar seguro que no estás hecho ya un chicharrón, y lo mismo tus criados, famuli tui, por causa mía. Mea culpa tu non est in chicharrone convertitus. Este texto es mío; te lo digo por si sabes algo de latín.

El viajero había ido poco a poco recobrando el conocimiento, mientras desembuchaba Zacarías su elocuente oración, y no hacía sino mirarle de hito en hito tan fijamente como si quisiera penetrar en su alma. Sus ojos, aunque en un principio apenas ofrecían nada que pudiese llamar la atención, a poco que se fijaron en él fueron por grados tomando tal expresión y despedían una mirada tan intensa, tan penetrante, que el mismo Zacarías no pudo sufrirla, bajó los suyos más de una vez y aun estuvo a pique de interrumpirse.

-Buen hombre, honrado capitán de esta tropa -contestó el anciano-, yo os juro por el Dios de Abraham que estoy inocente del crimen de hechicería que me suponéis y pronto a haceros ver vuestro engaño. Tú, que pareces hombre entendido...

Zacarías creció un palmo con la lisonja, y el judío como si no lo echara de ver, prosiguió diciendo:

-Tú, que sin duda eres hombre de letras, ilustre alumno de la...

-Basta, basta -interrumpió con voz muy sumisa el hipócrita Zacarías-; yo sólo soy un indigno siervo de Dios.

-No hay duda; tan bien como vos decís -continuó el judío, que iba cobrando más ánimo a medida que observaba el efecto que producía la adulación en el espíritu del bandido-. Dadme, si me permitís, esa maldita bola que tanto os ha alborotado, y veréis que no tiene dentro más que una pulga, si no que os parece animal disforme a causa del cristal en que está metida. Desatadme los brazos que, por el Dios que adoramos todos y que bendijo la tribu de Benjamín, es demasiado cruel tratarme así, cuando yo soy de mío pacífico, y me veis viejo, con todos los achaques de la edad encima, y no puedo medir mis fuerzas con hombres como vosotros. Tened compasión de mí y de mis fieles criados; ved que estoy lleno de sangre de los pinchazos y golpes que me habéis dado. Y si no tenéis lástima de mis canas, si sois padres, si tenéis una mujer a quien améis, no seáis tan crueles que queráis que la mía tenga que rasgar sus vestiduras, y maltratarse, y llorar, y echar ceniza sobre su frente. Soltadme, por Dios; dadme acá ese cristal. Mirad: si ponéis un dedo de los vuestros a un lado, y miráis por el otro, veréis también que os parecerá mucho más grande. Vos, que sois hombre entendido, debéis saber que son secretos de la ciencia...

-A judío hueles, que no lo puedes negar, perro -dijo el bizco luego que hubo acabado-; al momento se os conoce como a la zorra por el rabo.

-Sí, soy judío -respondió el anciano-, ya no lo niego; esa fue la religión de mis padres; pero vosotros sois cristianos, y hay una máxima en el Evangelio que dice: parce inimicis tuis.

-Es verdad que la hay, es verdad -replicó Zacarías sollozando-: ¡ah!, no me hables del Evangelio; yo lo sabía de memoria, sino que ya se me ha olvidado. Este hombre me hace llorar. ¡Dios mío, perdonadle!, parce nobis Domine. Pero es menester quemarlo.

-Voto a Deu -gritó el catalán-, venirse ahora con que es sólo una pulga un animal como ese; y ¡a quién se lo viene a decir!, a nosotros que estamos comidos de ellas, y hartos de retorcerlas.

-Has dicho bien, hermano Urgel -contestó Zacarías-. Y tú, varón ilustre, has hablado muy mal, pues que quieres hacernos creer que hay pulgas de esas, y aun si hubieras dicho otro animal, pase; pero Dios justamente por su infinita bondad nos tiene aquí plagados de esa clase de bichos y de otros varios.

-Pardiez que aquí he topado con una sobre este muslo -dijo el bizco restregando el dedo pulgar contra el índice, entre cuyas yemas llevaba sujeta su prisionera-. No hay sino compararla, y siempre que esta pulga y el bicho ese se parezcan en algo, yo me dejo quemar en vez de ese embustero judío.

-Dádmela acá -replicó el viajero-, desatadme las manos, y veréis como la meto dentro del cristal y os parece como la otra.

-Vade retro, horribile visu -exclamaba Zacarías-; hasta ahí podía llegar la astucia del diablo.

-Eso y mucho más he visto yo hacer -añadió el tío Tinieblas, meneando la cabeza con intención.

-Al foc, al foc -gritó el catalán-; lo rest es gastar tiempo.

-No, amados hijos míos; es preciso convertirle primero -replicó Zacarías-, nec diabolus... por ahí le anda. ¿Tratas tú de convertirte, o no, buen hombre?

-Sí, yo me convertiré; decidme lo que queréis que haga -respondió el judío, que quería ganar tiempo.

-Loado sea Dios, que alumbra el alma del impío como tú, anima impiorum. Varias conversiones he hecho yo en mi vida, y en todas ha tenido más parte el espíritu del convertido que mi elocuencia, y eso que me he valido hasta de dar tormento para convencer: Idest ossa ejus perfringam.

-Yo -dijo el judío mirándole atentamente- confío mucho en vos; soy hombre rico, almojarife del rey de Aragón, y os he tomado afición desde que os vi, tanto por vuestra inteligencia y erudición cuanto por vuestra caridad infinita, y quisiera conferenciar con vos particularmente acerca de los misterios de la religión, etc..., puesto que estoy muy decidido a convertirme pronto.

-Bendita sea la providencia divina, que al fin salvará al pecador -exclamó Zacarías-: vas a morir quemado lo mismo que antes, pero ¡qué importa! ¡Ah!, echar ahí leña, y atizar eso -prosiguió con entusiasmo-. ¡Qué importa! -continuó Zacarías-: es una obra de caridad, porque tu alma irá así blanca como la de un ángel. Bien puedes agradecérmelo, que así mueres en gracia de Dios. Esto sí que se llama hacer una obra de misericordia.

El judío torció el gesto, poco gustoso con la caridad de aquel bendito varón, que acababa todos sus discursos con que era preciso quemarle. Con todo, no queriendo abandonar el campo sin poner en uso cuantos ingenios le sugiriese su imaginación, pensó que quizá la esperanza de lo que podía ganar con salvarle, hiciese cambiar de ánimo a Zacarías. Era el judío quizá uno de los hombres más sabios de su siglo, y tenía entre otras la cualidad de conocer a la primera ojeada el alma de aquel a quien se detuviera a observar, formando sus juicios con tanto tino y tan buen acierto que muy rara vez se equivocaba en ellos, y pudiendo disputárselas al más afamado fisonomista de nuestros días, aun sin excluir de la cuenta al mismo Lavateur en persona.

Había, pues, observado a Zacarías, y al través de la máscara hipócrita con que se cubría este bandido había logrado penetrar en su corazón. Parecióle que era aún más avaro que religioso, y viendo que era el que allí llevaba la voz, intentó persuadirle a él sólo, haciéndole grandes promesas, muy seguro de salir libre y aun agasajado por todos si llegaba a merecer el beneplácito.

-¡Oh, hombre piadoso -le dijo con esta intención-, si tú supieras cuánto agradezco tu compasión! Justo es, no hay duda, y muy cristiano, querer que se salve el alma del pecador; pero yo tengo algunas dudas sobre ciertos puntos de mera doctrina, y desearía que hablásemos los dos aparte de esta materia. Tú mejor que nadie, sacratísimo varón, respetable como Moisés en el desierto, sabes mejor que nadie cuán útil es la soledad y la meditación en asuntos tan graves, y así yo desearía ¿qué digo?, yo te suplico humildemente que mandes apartar a estos que tú llamas hermanos tuyos, y que son tan intrépidos por lo menos como los siete Macabeos. Quizá yo encuentre medios de manifestarte mi eterno agradecimiento.

Era Zacarías harto ladino y truhán para no conocer el blanco a donde disparaba sus tiros aquel descreído hebreo; pero no queriendo desperdiciar aquella ocasión de echar la soguilla a la vaquilla, como se suele decir, sin darse por entendido mandó a los otros que se alejasen bajo pretexto de su conversión, diciendo que ya que iba a morir, justo era se le concediese tan pequeña gracia como la de hablar con él un momento. Sin embargo, y para no perder tiempo, encargó al tío Tinieblas la conversión de los otros tres, pero sin hacerles daño alguno hasta que él no estuviese presente, pues no quería dejar de presenciar un auto de fe de tanta pompa como el que se preparaba.

Quedáronse entonces solos el judío y Zacarías, mirándose uno a otro como dos tigres que se temen y dudan quién empezará la quimera, cada uno maquinando lo que debía decir, puesto que el judío era el que más ocupado de esto se hallaba.

-Os he llamado a solas -le dijo-, respetabilísimo varón, porque me ha parecido que así nos podemos entender mejor. Yo quisiera... a la verdad... -prosiguió interrumpiéndose, viendo que Zacarías estaba tan embebecido en sus rezos que era imposible que le escuchase-. Ya veis.... morir quemado no es cosa que puede gustar a nadie. Yo soy rico, muy rico.

Zacarías le miró de reojo y continuó con sus oraciones.

-Sí -prosiguió el judío, que no había dejado caer en saco roto la mirada del convertidor-. Sí, sin duda, lo que es doce y aun quince mil besantes bien podía yo dar por mi vida.

-¡Quince mil besantes! Rico sois. Padre nuestro -prosiguió Zacarías entre dientes.

-Aquí mismo podría yo hallar quien me prestara por lo menos la mitad de esa cantidad.

-La mitad, ¡eh!, ¡jem! -respondió Zacarías como si tuviese carraspera-. Hijo mío, no perdáis tiempo, mirad que es preciso que os encomendéis a Dios, porque vais a morir quemado. Dios te Salve María -continuó, bajando la voz.

-Mi vida -prosiguió el judío-, no la perdería yo por tan poco precio si entrásemos en tratos, por otra parte, ¿qué fruto sacarías de quemarme? Un hombre como tú...

-¿Por quién me tomas tú, vil judío? -repuso Zacarías irritado-. ¡Ave María!, sufrir yo un insulto semejante, entrar yo en tratos con este Jeroboán, Jeroboanis Rex, como dice el texto: conque ¡quince mil besantes! Santa María, ora pro nobis -murmuró de nuevo, continuando su rezo.

-Quince mil y aun algo más -prosiguió el judío sin alterarse-, en monedas de oro de buena ley.

-Sed ne nos inducas in tentatione -profirió Zacarías alzando un poco la voz-: ¡oh amalecita desvirtuado!, ¡mal aconsejado hebreo! ¿En monedas de oro? Sed libera nos a malo. No, no hay remedio, dime que estás convertido y te hago quemar, que de todas maneras mueres. Gracia plena.

-Pero vos no me escucháis sin duda cuando decís eso -replicó el judío.

-¿Cómo que no? -respondió el moralista-: he oído todo cuanto has dicho, y te confesaré que algunas de tus palabras me han parecido dignas de un hombre contrito. Mira, yo no te quiero mal, te he pinchado antes y voy a hacerte quemar, no tengas duda. Tu est in conciliabulo demoniorum, y es el latín más corriente que he dicho en todo el día de hoy. Quiero decir, tú eres brujo, y además tú mismo lo has dicho, estás circuncidado. Circuncidatus fuisti, por lo cual, y por los crímenes que has referido, mereces la muerte. ¡Cómo ha de ser! ¿Estás ya arrepentido? Con todo has de saber que yo no soy hombre de usuras ni de contratos, sino un humilde gusano, como debo ser, que no soy avaro... ni... ¡qué! el dinero para mí es lo mismo que si fuese tierra. ¿Con cuánto dijiste que podías contar? ¿Con quince mil besantes?

-Ciertamente -respondió el judío.

-Y aun con algo más, me parece que dijiste después; yo, como estaba entregado a mis oraciones, quizá no oí bien.

-No, nada de eso, oíste perfectamente -replicó el judío.

-¿Sí? ¿Conque algo más? Bueno. Pues no hay más remedio que quemarte.

-Por el templo de Salomón -exclamó el judío-, que no tienes piedad de mí.

-Hombre, yo bien quisiera -respondió Zacarías-, pero nuestro capitán el Velludo es...

-¿El Velludo? -preguntó con alegría Abraham (que así se llamaba el judío)-: ¡oh!, si tu capitán estuviera aquí estaba yo seguro de que nada me sucediese; ¿dónde está?, dejad que yo le vea...

-Te engañas mucho si crees que le habías de seducir con dinero: o pectora caeca!, que creo dijo Séneca hablando de un caso semejante que le sucedió con un moro. ¡Bendito sea Dios! -añadió cruzando las manos-: nuestro capitán tiene un corazón de acero, y con nada se le enternece. ¿Y tú darías quince mil besantes por ti?

-Y la mitad más por mis criados -añadió el judío.

-En caso que yo te salvase la vida -continuó Zacarías-, ¿no es eso?

-Sin duda, veo que me entiendes.

-¿Y qué seguridad darías de que habías de cumplir tu palabra?

-Una carta mía para uno de mi tribu en Olmedo, que os daría la mitad ahora y la otra mitad después, cuando me dejaseis seguir mi camino.

-Voto a Deu, maestro -gritó el catalán-, ¿qué fa, que está tanto tiempo?

-¡Pues no tarda poco en convertirse! -añadió el bizco-. No fue más larga la conversión del rey de Roma que convirtió San Marcos.

-¡Ea!, aquí no nos importa un bledo que se condene o que no -gritó otro.

-¡Al fuego!, ¡al fuego con él!

-Que se consume la hoguera.

-Ya lo oyes -le dijo Zacarías-; con todo, así Dios me salve como quisiera salvarte: tus últimos lamentos han llegado a mi corazón.

-Basta ya, tiempo le queda en el camino para convertirse -gritaron todos.

Y echándose sobre el miserable judío, le arrebataron en volandas a despecho de sus súplicas y las voces de Zacarías, que les rogaba le dejasen solo un momento con él para acabarle de imbuir su doctrina, pues le llevaba ya muy adelantado. Nada pudo calmar la irritación de aquella desenfrenada tropa.

El pobre Abraham gritaba, lloraba y se arrancaba mechones enteros de sus barbas, sin que nada les conmoviese. La misma voz de Zacarías fue desoída, y sin duda hubiese sido el pobre hebreo víctima de la ferocidad de aquellos salvajes si el capitán en aquel momento no hubiese llegado allí seguido de su fiel Sagaz. Pararon todos, al punto que le vieron, en su algazara, tal era el miedo que le tenían, pero sin soltar por eso al desventurado hebreo, a quien quemarían al cabo, de todas maneras, no siendo de suponer que el capitán le perdonara la vida cuando supiese sus crímenes y examinase por sí mismo el espantoso animal, causa y origen de aquel motín.

-¡Por la Virgen de Covadonga! ¡Vive Dios -exclamó el capitán-, que vais a poner fuego al bosque! ¿A qué viene esta hoguera? Pues voto a Judas, que se achicharra uno con el calor que hace por esos campos, y ¡estáis vosotros encendiendo lumbre! ¿Quiénes son esos hombres que tenéis ahí atados; tienen tercianas, o a qué diablos los arrimáis ahí al fuego?

-Mi capitán -respondió Tinieblas-, son judíos, y no valen la pena siquiera de que pensemos en ellos.

-¿Y esas armas que están rodando por el suelo, y esas cajas abiertas, qué significan? -preguntó el Velludo.

-¡Señor Velludo!, ¡señor capitán! ¡Favor!, ¡favor!, oídme una palabra no más. ¡Favor! -clamó al mismo tiempo el hebreo con un eco de voz tan lastimoso, que no pudieron menos todos de conmoverse.

-¿Qué es eso, buen hombre? -preguntó el capitán acercándose a él-. Por todos los santos juntos apagad ese fuego pronto, o nos vamos todos a derretir. Buen hombre, parece que os habéis quedado gafo: ¿qué armas son esas?

-Dejadme que os diga una palabra al oído, una palabra no más -contestó el judío.

-Pues bien, decidla -respondió el capitán.

-Haced que me desaten primero, tened compasión de mí; pero no, sabed... inclinaos algo más...

-Soltadle, por la Virgen de Covadonga, que estáis ahí cuatro hombres para sujetar a un viejo. Acércate acá, pobre diablo. ¿Qué tienes tú que decirme?

El judío, viéndose libre de manos de sus opresores, se llegó a él, y en hablándole muy quedito, el rostro del capitán pareció tomar un aspecto cuidadoso, como si lo que le decía le causase mucho interés.

-¿Aragón? -dijo el judío.

-Y Castilla -contestó el capitán.

-Esa es la seña -repuso Abraham.

-Ea, muchachos, desatad a esos infelices ¡pronto! -gritó el Velludo, volviéndose hacia su gente-; y cuidado con que se les devuelva cuanto se les ha quitado, no sea que tenga yo que registrar a alguno. Vamos, ¿en qué estáis pensando?

No pudieron menos los bandidos de espantarse de la orden de su capitán, viendo que no sólo no se contentaba con aguarles la fiesta, sino que también quería privarles de lo que habían legalmente adquirido. Un rumor sordo se esparció por toda la asamblea, y todos empezaron a murmurar contra él, unos con otros refunfuñando, bien que en voz baja, no atreviéndose a mostrar a las claras su descontento. La voz, empero, subía ya de punto, el descontento se manifestaba a las claras por los más atrevidos, y el Velludo empezaba a encolerizarse.

-Voto al santo más alto -dijo, poniendo mano a su hacha-, canallas, que el primero que chiste le arranque yo mismo la lengua. Pronto, a hacer lo que os he mandado, y cuidado con que lo repita segunda vez.

-Señor -repuso el judío-, yo doy todo por bien perdido con tal de haberos hallado tan a tiempo y les hago don de cuanto han tomado con sólo que me devuelvan mi caja de boj con los enseres que tenía dentro y mis libros, que es lo que más aprecio en el mundo.

-Considerad -dijo Zacarías, acercándose al oído del Velludo- que es un hebreo muy rico y que es mágico. Dios no permita que yo contradiga vuestra voluntad, pero no sería malo que... A mi ya me prometía quince mil besantes; hablo para los muchachos.

-No necesito de consejos de nadie -le respondió el Velludo con un bufido-. Perros -prosiguió con voz de trueno dirigiéndose a los demás-, a hacer lo que he dicho; aquí nadie manda más que yo.

-También es bueno -dijo el bizco- que no hemos de hacer una presa que valga algo... Pues si todos fueran de mi parecer, por Santiago que habíamos de cambiar de capitán y...

No lo dijo tan bajo que no lo oyera el Velludo, y alzando el hacha a dos manos iba ya a descargársela encima y a rebanarle sin duda en dos cuando al llegar cerca de él, viéndole que se atrevía a ponerse en defensa con su alfanje, y considerándole quizá indigno de emplear en él su terrible arma, bajó el hacha, y tomándola en la mano izquierda, con la derecha le asió del pescuezo con tanta fuerza, que no le dejaba gañir, y levantándolo en alto como quien alza una paja le arrojó de sí con tal fuerza, que el pobre diablo cayó despatarrado en el suelo, a más de una vara de distancia, sin movimiento.

Cuando llegaron a ver qué tenía, la sangre le salía a caños por ojos y narices, medio reventado del golpe.

Callaron todos maravillados, mirándose unos a otros, asombrados de la prodigiosa fuerza de su capitán, mientras él, con la misma sangre fría y serenidad que si acabase de beber un vaso de agua, volvió a intimar sus órdenes con mucha calma. Apresuráronse todos a poner al pie de un árbol cuanto habían quitado al judío, y no fue el último Zacarías, que presentó la caja de boj, puesto que la bola de cristal no se pudo encontrar de ningún modo habiendo sido echada al fuego, tal vez con la sana intención de quemar al diablo, si era posible, en aquella pulga.

-Ahí está la dichosa caja -dijo Zacarías al tiempo de devolverla-. No quiera Dios que yo me haya inficionado con tocarla. Yo os protesto que cuanto hay en ella es cosa de brujería.

-Más brujería y más infamia -replicó el Velludo con indignación- es hacer una criba del cuerpo de un hombre que no nos ha hecho mal ni tiene manos para defenderse.

Zacarías le echó una de aquellas miradas a él peculiares, que el Velludo no echó de ver, y se retiró a un lado sin responder haciendo que rezaba, pero es creíble más bien que se las jurara en secreto.

El judío, entre tanto, no quiso tomar de sus efectos, sino lo más necesario, temeroso tal vez de que aquella desalmada gente le acometiera de nuevo, sin respeto a las órdenes del capitán, y le saliese peor la cuenta. Miró sus papeles y libros muy detenidamente, y hallando algunas hojas rotas, no pudo menos de suspirar, sobre todo cuando vio que le faltaba el cristal de aumento y que le habían descompuesto la péndola. Por último, después de haber cargado la mula con los cajones, dadas las gracias al Velludo y despedídose de la compañía, que le prodigó cuantos dicterios pueden imaginarse, echaron a andar acompañados del capitán, que parecía tener mucha familiaridad y confianza con don Abraham.




ArribaAbajoCapítulo XXI


   Con el bálsamo curose
a sí mismo las feridas;
de esta manera fablando
facían más corta la vía.


ANÓNIMO                


La alegría del león que fuera de su jaula se ve libre de pronto, corre el llano, traspasa el monte y atraviesa el bosque, asombrado él mismo de no hallar pared ninguna que detenga su voluntad, que ora mira al cielo, ora ruge, sacude su melena, corre, para y se estremece de júbilo, no es más viva que la del sabio judío al verse libre de aquella horda de caribes que intentaban devorarle, y él en su corazón no pudo menos de compararla con la que sentirían los israelitas cuando tragó el mar Rojo los ejércitos de Faraón.

-El Dios de Jacob no abandona nunca a sus elegidos -dijo, después de un rato de profunda meditación.

-Bien puedes dar gracias a Dios -respondió el Velludo-, que si no llego a tan buena hora te tuestan como a un cochinillo.

-Sí, amigo mío -respondió Abraham-, veo que tienes a tus órdenes soldados más feroces que los del impío Nemrod; pero tú eres justo y generoso, y quisiera pagarte con algo el servicio que acabas de hacerme.

-Judío -replicó el capitán-, yo conozco tu buena voluntad y te lo agradezco, pero he jurado no tomar premio de nadie sin haberlo merecido; lo que he hecho por ti no ha sido arriesgado, y ya sabes, además, que me iba a mí poco en que te quemaran o no.

-Sí, es cierto -respondió el judío-, pero vosotros los cristianos no hacéis nada por nada, y cuando encontráis algún israelita que desollar, parecéis perros hambrientos en la codicia que tenéis de arrancarle cada uno un pedazo. Con todo, tú te has portado hoy con piedad y has salvado la vida del despreciado judío.

-A mí -repuso el Velludo, mirándole con desprecio- me basta mi espada para vivir holgadamente, y no tengo que andar con brujerías, trampas y engaños para llenar mis arcas como tú y tu raza; cuanto más que, la verdad sea dicha, no soy amigo de despojar al rendido.

Dicho esto cesó la conversación, y largo rato caminaron sin hablar palabra, el Velludo con ademán pensativo y el viejo hebreo dando tal vez algunas órdenes a sus criados en un idioma desconocido para el capitán, mientras el mozo de espuela, que había vuelto a desempeñar su empleo, llevaba la mula de carga del diestro y divertía su camino con sus canciones.

-¿Queda mucho aún para el castillo del señor de Iscar? -preguntó el judío al cabo de algún tiempo.

-Como cosa de un cuarto de legua -respondió el capitán.

-Creo que ha de ser pobre ese castellano -dijo Abraham con indiferencia- y que sus vasallos se reducen a sólo la guarnición de la fortaleza.

-Así es -replicó el Velludo-; pero aunque él y yo no nos queremos mucho, debo decirte que es un caballo como hay pocos, y que su tropa está compuesta de veteranos de nombradía.

-El de Cuéllar tengo entendido que se las puede disputar al rey en poder, ¿no es así? -preguntó el judío.

-Venís bien enterado sin duda para venir de tan lejos; es hombre que puede dar al rey mil lanzas como un hombre solo.

Calló de nuevo el judío, que no parecía poner el mayor interés en la conversación, y el capitán, que no era hombre de muchos recursos para sostenerla, calló asimismo, y anduvieron algunos minutos sin otro ruido que el canto del guía y las palabras que usaba de cuando en cuando para arrear las caballerías.

Serían entonces las dos de la tarde y el calor era irresistible. El hebreo, que basta entonces, en el exceso de su alegría, no había cuidado de sus heridas, empezó a sentir tales dolores en sus espaldas que no pudo menos de tirar del freno a la mula y pararse para echar pie a tierra. Su voz detuvo a su comitiva, que caminaba delante, y volviendo todos la cabeza a ver qué les quería, le vieron cambiado enteramente el color, casi exánime y sin tener fuerza apenas para apearse. El Velludo, que iba a su lado, le ayudó a desmontarse tomándole entre sus brazos y le condujo al pie de un árbol, que hacía alguna sombra allí a un lado, con la misma soltura y facilidad que si fuese un niño chiquito. Los demás echaron también pie a tierra, y entregando al mozo de mulas las caballerías, se sentaron a su alrededor.

-Benjamín, amigo mío -dijo el hebreo con voz muy debilitada y flaca, dirigiéndose a uno de sus criados-, tráeme esa calabaza que va colgada del arzón de la silla, en que llevo cierto licor precioso que me fortificará y dará aliento para seguir el camino.

El criado se levantó para obedecerle, y habiéndole traído la calabaza, el judío bebió un trago y pareció recobrarse.

-Es mucho hombre mi buen Zacarías -exclamó el capitán, mirando la espalda desnuda del judío, que se quitó en seguida su gabardina-. Por la Virgen de Covadonga, que sólo ese maldito hipócrita tiene alma bastante para cometer semejante infamia. Si siquiera te hubieran matado de un golpe, pase, eso lo haría cualquiera; pero agujerearte de esa manera, voto a Santiago que no se me hubiera ocurrido nunca.

En efecto, la espalda del judío estaba listada de la sangre que había corrido de cuatro o cinco pinchazos que en diferentes partes tenía. Ninguno era más hondo de medio dedo, pero la sangre se había amontonado y coagulado allí, y los labios que había abierto el cuchillo estaban ya negros, al mismo tiempo que la parte sana había tomado un color cárdeno como el de un lirio. Todos los criados del judío hicieron grandes pasmos al ver a su amo tan maltratado, mientras éste, ya más repuesto, con estoica imperturbabilidad no daba siquiera un quejido, no obstante los agudos dolores que le afligían.

-Lavadme esas heridas con este mismo licor -les dijo, alargándoles la calabaza. Lo que habiéndose ejecutado, hizo algunas hilas de su camisa, y mojándolas en el bálsamo mandó que las entrasen en los agujeros.

Hecho esto, volvió a vestirse con mucho sosiego, dejando admirado al Velludo de su serenidad y manera de curarse que había tenido, y montando otra vez cada uno en su mula prosiguieron su camino en silencio.

El primero que te rompió fue otra vez el judío.

-Calor hace, amigo Velludo, pero tú ya estarás acostumbrado. ¿Hace muchos años que andas en este país?

-De aquí a un mes, para el día de la Virgen de septiembre, hará ocho años -respondió el capitán.

-Mucha fama tienes en todos estos contornos -añadió el judío-, y siento a la verdad que sea...

Abraham se detuvo al llegar aquí, como si temiera desagradar al Velludo finalizando su frase; pero éste, mirándole con cierta sonrisa desdeñosa:

-Acaba -dijo-. ¿Sientes que sea de un capitán de bandidos, no es esto?

No pudo menos el judío de estremecerse del tono irónico del Velludo, que había entendido tan perfectamente lo que dejó por decirle, y aquél prosiguió diciendo:

-Si tú, mal hebreo, mirases los hombres por lo que hacen y no por lo que de ellos se cuenta, cualquiera mala opinión de mí que te hubieran hecho concebir por ahí debías haberla mudado al ver mi comportamiento.

-Yo te juro y te protesto -respondió Abraham- que no he querido decir lo que tú has supuesto.

-Basta de eso -repuso el Velludo con aspereza-; a vosotros los judíos os sucede lo que a las mujeres: que no tenéis más que lengua y no podéis ofender.

Abraham cambió la conversación y continuó:

-He oído decir que ha habido época en que has tenido a tus órdenes mil quinientos y aun dos mil hombres.

-Así es -repuso el Velludo-, pero no todos los tiempos son unos.

-Eso habrá sido cuando las revueltas del rey don Sancho contra su padre. ¿Te decidiste tú por algún partido?

-Por los dos y contra los dos muchas veces, conforme me convenía.

-Ahora -prosiguió el hebreo preguntón- no podrías poner tanta gente sobre las armas.

-¡Oh! Y más; lo que me falta es dinero para mantenerla, pero dejar que se dé el grito por los Lacer...

-¡Chis! -interrumpió el judío, poniendo el índice de su derecha en sus labios, indicándole que callase-. Tras de una piedra se suele esconder un hombre -y volvió a un lado y a otro la cabeza como receloso-. El señor de Cuéllar creo que es muy temido en estos contornos -continuó preguntando.

-Será temido de quien le tema -respondió el Velludo con altivez.

-Ya; pero si aquí... supongamos, lo que sin duda está lejos de suceder, si aquí se sublevara algún pueblo o más, él solo con su gente bastaría quizá a sofocar la insurrección. ¿No es cierto?

-Lo que él había de cuidar sería de no perecer en su intento si tal trataba -respondió el capitán, y más si andaba en la danza quien yo me sé.

-¿Y por qué?

-Porque sí -repuso el Velludo-; porque si tú tienes tus secretos, también yo tengo los míos; y ahora, adiós, que ya aquí nada tenéis que temer y yo me vuelvo con mi partida.

-Loado sea el Dios de nuestros padres que al fin de tantos peligros nos ha traído a puerto de salvación -dijo el judío a tiempo que llegaron al pie del cerro sobre el que está fundado el castillo de Iscar-. Buen hombre -continuó, dirigiéndose al capitán-, no te vayas, que no se ha de decir que te apartaste de mí sin darte siquiera una pequeña prueba de mi agradecimiento. Toma esta caja -añadió, alargándole una muy pequeña de madera llena de un ungüento aromático-, ahí tienes lo que no se compra con todo el oro de Salomón. Si alguna vez te hieren, por peligrosa que sea la herida, no dudes que al momento se cerrará con solo que apliques un poco de esa composición milagrosa.

-Hombre habría -respondió el Velludo- que sería más escrupuloso que yo en aceptar tu regalo y que daría por cierto que había en él algo de magia, lo que yo ni dudo ni creo. Pero a mí me parece que me lo das de buena gana y no debo desconfiar de ti.

-Yo te juro que todas las coronas de los monarcas del mundo no pagan las virtudes que encierra ese ungüento. Es una de las bendiciones que Dios se sirvió echar sobre su pueblo.

Diciendo así, tornaron a despedirse; el Velludo se guardó su caja en el gorro, y alejándose de ellos se perdió al momento de vista, entre tanto que los viajeros, después de haber respondido a la señal del castillo, empezaron a subir la eminencia.

El centinela que les dio la voz de alto comunicó a Nuño la respuesta del judío, diciéndole que era un médico extranjero que pedía permiso para hospedarse hasta que refrescase la tarde y pudiese seguir con más comodidad su camino.

-Ese será algún charlatán -dijo el Cantor, que acertó a estar por allí- y que vendrá ahora a echarla de médico.

Basta que el poeta dijese que era un charlatán para que Nuño sostuviese lo contrario.

-¿Y de dónde sacas que ha de ser un charlatán? -replicó lleno de enfado-. No sabéis más que poner faltas. Pues yo estoy seguro que te equivocas, y apostaré ciento contra uno a que es un excelente médico.

-Tan sabio como tú. ¡Ja! ¡Ja! -respondió el Cantor soltando una carcajada.

-No, será un burro; basta que tú lo digas -respondió Nuño con cólera-. El demonio del mentecato, ¿pues no se le ha metido en la cabeza que ha de entender de todo?

-No se puede hablar contigo -respondió el poeta sin reírse de tus necedades.

-Ni contigo -repuso Nuño- sin rabiar. Bajad el puente levadizo y que entre -prosiguió, dirigiéndose al centinela-, y veremos si es o no tan buen médico como me pienso.

-Mira, lo que te encargo es que experimentes su ciencia en otro primero que en don Hernando -dijo el poeta-, no sea que...

-Haré lo que me dé la gana -replicó Nuño.

Con esto, y habiéndole obedecido la tropa, el judío, sus criados y caballerías entraron en el castillo, con grande asombro del Cantor, que al ver la desenvuelta frente y aspecto pensativo de don Abraham, no pudo menos de temer verse chasqueado en su contienda con Nuño, de lo que éste en adelante no dejaría de aprovecharse para zaherirle.




ArribaAbajoCapítulo XXII


   E llegado al puerto de Alejandría,
el físico astrólogo en ella salía,
e a mí fue llegado cortés con amor.


ALFONSO X, El lib. del Tesoro.                


El judío subió a un salón del castillo acompañado de Nuño, adonde a poco rato le sirvieron algunos refrescos y varios manjares que satisficieron su apetito y apagaron su sed. Hecho esto, pidió ver al señor de la fortaleza, de cuya enfermedad le había informado ya Nuño mientras comía, dando rienda suelta a su deseo de hablar en la detenida pintura que le hizo del estado peligroso de don Hernando. El judío le había escuchado en silencio, y luego que hubo acabado Nuño, salieron del cuarto y se encaminaron a la habitación del herido.

Acababa éste de salir de uno de aquellos delirios que le sacaban fuera de sí, y estaba entonces con bastante razón para responder acorde y tomar parte en cualquier conversación, por lo que el sabio hebreo se acercó sin temor a su cama, y después de las generales de entrada, palparle la frente y tomarle el pulso, se sentó junto a él a la cabecera.

-Tu mal -le dijo- proviene más de la agitación en que está tu espíritu que de ninguna indisposición física, y lo primero que hay que hacer ahora es cortar la calentura, para acudir después a los remedios que necesita tu alma.

-El remedio único es la venganza -respondió el enfermo-, y no hay médico que me cure si no puede proporcionarme los medios de satisfacerla.

-Quizá te traiga yo ese remedio -replicó el judío-, y tal vez tengo en mi mano el darte lo que tú más deseas.

-¿Sí? -repuso el señor de Iscar, incorporándose en el lecho-. Pues devuélveme el honor y haz que lave el borrón que sobre mí tengo con la sangre de mi enemigo.

-Sosiégate y no pienses por ahora en eso -respondió el médico-; primero es curarte, y después veremos lo que hemos de hacer.

Y habiéndole traído uno de los criados una copa con agua, sacó de un bolsillo de su gabardina un pomito de barro oloroso que destapó, y echó en la copa dos o tres gotas de algún elixir que contenía, hecho lo cual lo revolvió algunos minutos con una pluma y se lo dio a beber al enfermo. Mandó en seguida que le arropasen bien y cerrasen las puertas sin dejar entrar a nadie, encargando sobre todo que no se metiese ruido por allí cerca, pues el herido iba a hacer un sueño, que si no era interrumpido le daría la salud.

Obedecieron todos sus órdenes y salieron cuantos allí estaban, menos Nuño que se encargó de velar a su amo por si despertaba o necesitaba de alguna cosa.

Pasáronse así cuatro horas, que don Hernando durmió de un tirón, y cuando Nuño salió a avisar a don Abraham que viniese, halló al enfermo fuera de todo peligro, recobradas en parte las fuerzas y deseando saltar de la cama.

-Voto a Luzbel -dijo cuando vio entrar al médico-, que cura más milagrosa no se ha hecho en la vida; voy a levantarme de la cama ahora mismo, y mañana creo que ya podré montar a caballo.

-Y en seguida mandar que te abran la sepultura -respondió con mucha calma el judío-. Si tal hicieras creería que lo habías hecho por quitar la fama al médico y que eras hombre desagradecido.

-¿Conque todavía tengo que estarme aquí un mes? ¡Cuerpo de Cristo, que más quisiera en ese caso haberme muerto y estar ya comido de los gusanos!

-Sosiégate -repuso Abraham-, que pronto te has de alegrar de estar vivo, más de lo que tú crees.

-¿Y mi hermana? ¿Y el ladrón de Saldaña? ¿Y mi venganza? ¿Qué medios son, judío, esos que me prometiste para vengarme de mi enemigo?

-Ya veo -replicó Abraham- que tu enfermedad ha degenerado en locura, y en ese caso es inútil hablarte de la comisión que me ha traído a tu castillo.

-¿Una comisión? -preguntó el señor de Iscar con extrañeza-. ¿Una comisión? Tú, un médico, ¿para mí? ¿Tal vez de Aragón? Acaso... Pero no, el que yo esperaba no es médico.

-Hay muchos que son más de lo que parecen -replicó el judío- y otros que parecen lo que no son. Con todo, lo esencial ahora es que recobres tu juicio, y hallarás tal vez en mí al que aguardabas.

-¿Eres tú el judío don Abraham, mensajero del rey de Francia y del de Aragón, y a quien me dijeron habían encargado que se avistase conmigo?

-Ciertamente, el mismo -respondió el judío-, y aquí tienes -añadió, alargándole unos pergaminos que traía enrollados en la mano izquierda- los títulos de mi embajada.

-No, te excusas de dármelos -replicó el caballero-, porque no sé leer y, además, te creo como si lo leyera.

El judío le echó una mirada entreverada de desprecio y lástima, como apiadado de su ignorancia.

-Así es -le dijo-; vosotros, los caballeros cristianos, desdeñáis cultivar la parte más noble y en que más semejanza tiene el hombre con la divinidad, y os ejercitáis en juegos de fuerza y en los demás oficios en que más relaciones tiene con los animales.

-Palabras son esas -respondió el caballero mirándole- que si no las hubiese dicho mi médico y mi aliado le había de haber costado a otro cualquiera una hinchazón de pescuezo; pero las has dicho tú y te perdono, además, por lo poco entendidos que sois los judíos en lo que nosotros llamamos honra.

Dicho esto, Abraham, sin responder palabra, empezó a leer, traduciendo del latín, los encargos principales de su comisión, que reducidos y compendiados venían a ser los siguientes: «Primero, verse con los conocidos por enemigos de Sancho el Bravo; segundo, hablarles de los Lacerdas, hijos del príncipe don Fernando, y obligarles a tomar las armas en su favor contra don Sancho, a quien se debía destronar, proclamando por su rey al mayor de los dos hermanos, sin duda por aquello de que no nos ha de faltar nunca rey que nos mande ni Papa que nos descomulgue; y tercero y último, encomendar el mando de las tropas leales al que eligiesen los principales caudillos, haciendo de modo que esta elección cayese en don Hernando de Iscar, a quien seguramente mirarían todos como a su jefe.»

Todas estas determinaciones y otras varias estaban tomadas por dos reyes al parecer en paz con don Sancho, puesto que su nombre no andaba, como se suele decir, de oficio en ninguna de ellas, y ellos podrían echar el cuerpo fuera cuando todo saliese mal, lo que hacía algo peliagudo el cargo del diplomático.

Tal era esta intriga, que prueba lo antigua que es en el mundo esa tan poderosa ciencia de la mentira, la tramoya y la desvergüenza, que ha valido tanta fama a un príncipe alemán de nuestros días y a otros varios manufactureros de protocolos.

Era nuestro judío uno de aquellos hombres a quien, si hubiera vivido en nuestro tiempo, hubiéramos honrado con el título pomposo de grande hombre, y que no habría dejado de dar que hacer últimamente y de medírselas con el veterano Talleirand (o por otro nombre el embrollo personificado), a haber tenido la dicha de vivir en este siglo y la sobre todas digna de envidia de ser miembro de la conferencia de Londres. Sabía perfectamente la cuenta que le esperaba s su empresa probaba mal, en cuyo caso tanto Su Majestad Monsieur rey de Francia como su alteza el de Aragón le dejarían en las astas del toro, sacrificándole, si era preciso, para que no se interrumpiese en ninguna manera la buena armonía que reinaba entre estos dos monarcas y el de Castilla.

Figurábase, además, el astuto hebreo que su amo, el de Aragón, quería mejor hacer mal al de Castilla que proteger a los de la Cerda, a quienes tenía encerrados en Játiva, más en calidad de presos que de príncipes aliados, y así por esto como por no exponerse había tomado sus medidas para complacer al que le enviaba y no perder la cabeza en caso de que estallase a mala hora la proyectada conjuración.

Muchos eran, no obstante, los partidarios, ya ocultos, ya declarados, de los nietos de Alfonso el Sabio, particularmente en Castilla, donde había de romper la revolución, por lo cual y las buenas tropas que podían aquéllos poner en armas, así como el populacho, en todos tiempos amigo de alborotos y mudanzas, que sin duda engrosaría sus filas, era dudoso a cuál de los dos partidos daría razón la victoria.

Mucho tiempo había pasado desde que comenzó esta trama, y las promesas hechas por segunda mano en nombre del rey de Aragón, ya de ayudarles a mano armada, ya de protegerles en caso de algún revés, habían producido el efecto que se deseaba, animando a los indecisos, fortaleciendo a los tímidos y dando materia a los animosos para que inspirasen confianza a todos y extendiesen voces y noticias que tenían alborotada la gente.

Era el de Iscar, como puede suponer el lector, uno de los primeros y más intrépidos conspiradores contra don Sancho; su valor, y sobre todo la nombradía de su padre, no sólo le habían atraído a la mayor parte de los señores castellanos descontentos de Sancho el Bravo, sino también la atención de los dos reyes sus protectores, que preferían entenderse mejor con él que con ningún otro, y habían comisionado para llevar el ultimátum al sabio judío, no quedando ya otra cosa que hacer que enarbolar la bandera de la rebelión y reunir al momento a los conjurados. Todos ellos estaban dispuestos y prontos para el día que se señalase, y el punto de reunión, siendo el castillo de Iscar, la guerra debía empezarse por la toma del fuerte de Cuéllar, cuyo dueño era el único enemigo temible que había en aquellos contornos.

Cuando Abraham concluyó su lectura y manifestó al de Iscar los muchos recursos con que se contaba, así de dinero como de pertrechos de guerra, la ambición y el deseo de vengarse animaron de tal modo el corazón del intrépido caballero que la alegría le rebosaba por todo su cuerpo, sintió duplicarse sus fuerzas y exclamó lleno de entusiasmo:

-Mañana mismo es preciso romper. Voto a tal que no esperaba yo que fuese tan pronto; pero, en fin, ya llegó el día en que nos veamos segunda vez a caballo.

-Tranquilízate -respondió el judío- y ten más juicio y prudencia si has de encaminar tu empresa a buen fin, porque de lo contrario creeré que no vales para mandar, sino para obedecer, y se lo escribiré así a mi rey.

-Por vida del Cid, maldito judío, que si no mirara a Dios, estoy por hacer en ti un ejemplar castigo -repuso el caballero con ira-; pero...

-Cuanto vas diciendo -replicó Abraham, sin alterarse- prueba más cada vez tu inutilidad para el mando, y ya veo que tus razones desmienten la fama que te reputa de hombre capaz.

El caballero hizo un movimiento incorporándose sobre la cama como si intentara arrojarse al atrevido hebreo, pero reprimiendo su cólera lo mejor que supo, no pudo menos de avergonzarse de sus arrebatos al ver la impasibilidad del judío, cuyos penetrantes ojos, clavados en él, le hicieron bajar los suyos y cambiar de color.

-Tienes razón, Abraham, mi carácter es muy precipitado y a veces injustamente colérico -dijo, después de un largo silencio-. Tú eres más apto que yo para mandar; dirige tú esta empresa, que yo seguiré tus consejos.

-La docilidad en ciertos casos equivale al talento, y en éste servirá para que yo temple con la nieve de mi avanzada edad el ardor natural de la tuya. Conozco tu entusiasmo por la justa causa que defendemos, tu valor y los motivos particulares que te punzan para desear que llegue cuanto antes la hora de la venganza, pero ni tú estás en disposición de calarte el casco, ni están todavía reunidas las fuerzas con que contamos; y no es de tan poca monta el bienestar de la patria que así se arriesgue nuestra causa a perderse completamente y sin esperanza para el porvenir, cuando puede ser casi seguro el triunfo si tenemos paciencia por unos días.

-¡Paciencia! -exclamó, mordiéndose los labios, Hernando-. ¡Cómo ha de ser! Prosigue.

-Paciencia, sí, señor, paciencia -prosiguió el judío-. En primer lugar, es preciso aguardar a que se reúnan los aliados y sepamos así por nuestros mismos ojos la fuerza con que contamos; y en segundo, esperar la respuesta del de Lara, que por costumbre o por gusto no hay año que no se rebele dos veces contra su rey, y a quien el rey de Aragón ha escrito, sabedor de sus disgustos con el de Haro, prometiéndole mil mercedes y el castillo de Albarracín si se pone de nuestra parte. Por lo demás, como nuestro primer objeto debe ser reunir mucha gente, no será malo al mismo tiempo que se trate con el Velludo.

-¿El Velludo? -preguntó el de Iscar con ceño.

-Sí; el Velludo es un capitán de ladrones -prosiguió el judío, sonriéndose-, pero tiene mucho nombre en este país y puede poner de dos a tres mil hombres sobre las armas cuando se ofrezca. Además, es valiente y...

-Por la Virgen -gritó Hernando, sin poder contener su cólera-, que no me habléis de semejante canalla, y juro a Dios que no me meta yo en nada y eche todo a rodar si tal bribón ha de venir a alternar conmigo. ¡Infame! Que le he de ahorcar a él y a todos los demás de su cuadrilla o me he de borrar el nombre que tengo. Abraham, mira bien lo que dices, porque esa gente ni tiene ley ni rey, y en cuanto a valientes, el caballero de menos ánimo es capaz de hacer correr en campo abierto mil juntos de esa villana ralea.

-Tienes razón -replicó el judío, luego que Hernando desfogó su cólera-, y sé también que tienes motivos muy justos para aborrecer al Velludo; sé, además, que cierta clase de gentes hacen más daño que provecho en cualquier partido a que pertenezcan; pero, sin embargo, la mucha gente es necesaria cuando se trata de pelear, y el Velludo, aunque a la verdad sea un ladrón, no deja de tener cualidades bastante raras en los de su oficio. Es valiente, sagaz, y yo tengo una prueba reciente de la bondad de su alma.

-No me hables más de ese hombre o reñimos -repuso el señor de Iscar con ímpetu-. Por vida de... ¿reunirme yo con un bandido? ¡Oh! Es demasiado exigir, cuanto más que, aunque por mí no fuera, no habría un noble que no se apartase de nuestro partido en cuanto supiese que semejante canalla componía parte de nuestro número.

-Muy equivocado estás -respondió el judío sonriéndose-; al contrario, ellos mismos han sido los que me han probado la necesidad que tenemos de él.

-Pues entonces digo que tales caballeros no lo son y que no hay que contar conmigo -replicó don Hernando con entereza.

-En ese caso -repuso el judío- quiere decir que abandonas tu propia causa y te olvidas del testamento de don Alfonso, que dejando a sus nietos por herederos os obliga a los grandes a sacrificar todo en defensa de sus derechos legítimos.

-No es eso, no me separo; pero quiero decir que yo solo tomaré las armas y me declararé contra don Sancho sin necesidad que nadie me ayude.

-¿Y tu venganza?

-¡Mi venganza! -exclamó Hernando-. ¡Cómo ha de ser! La tomaré yo solo o moriré.

El tono con que pronunció estas palabras dio a conocer al judío el carácter duro y tenaz del hombre con quien trataba, por lo que sin hacerle más reflexiones cambió de conversación.

-Paréceme -dijo- que dentro de quince días a lo más tendremos reunida toda nuestra gente de guerra. Es preciso empezar cuanto antes, porque o don Sancho está ya en Valladolid, o debe llegar hoy mismo, pues creo que tiene algunas noticias de nuestra trama.

-Ya he dicho -dijo el de Iscar- que si por mí fuera saldríamos a campaña mañana mismo. Esta noche debe llegarnos algún refuerzo y varios nobles de las cercanías con la tropa que han reclutado. Don Sancho tiene entretenida la mayor fuerza de su ejército en Andalucía, donde andan revueltos los moros, y la guarnición del castillo de Cuéllar, aunque bastante numerosa, ni es temible ni tiene un buen jefe, a no ser que Sancho Saldaña saliese menos herido de lo que yo creo de nuestro desafío.

-Calma en determinar y mucha expedición y presteza en la ejecución es lo que nos es ahora más necesario -repuso el hebreo-; sobre todo yo es preciso que vea esta noche a esas gentes que aguardas, y tú que descanses y que tu espíritu se sosiegue, si has de tener parte en nuestras deliberaciones.

-Pienso que no dejaría de ser útil enviar un expreso a los otros que han de venir mañana a fin de que apresuren su marcha.

-Estoy en ello. ¿Pero tienes algún hombre de tu confianza que...?

-Mi fiel Nuño, por quien pondría las manos en el fuego, seguro de no quemármelas.

-Me parece un poco hablador -replicó el judío-, y podría quizá charlar más de lo que fuera conveniente.

-No temas por eso -respondió el caballero-, que yo salgo fiador de su silencio. Tú que sabes escribir le darás por escrito los mensajes que ha de llevar a los que yo te diré que saben leer, que creo son dos o tres, y en cuanto a los otros, él tiene buena memoria y se los dará de palabra.

El judío meneó la cabeza en señal de que convenía, y Hernando llamó a su fiel Nuño, cuya voz se percibía en otra sala, como si mantuviese alguna disputa muy acalorada con un enemigo no menos testarudo que él. Los gritos eran tales que hubo de llamarle su amo dos o tres veces antes de recibir ninguna respuesta, hasta que por fin se le vio entrar todavía sudando, sin duda de lo mucho que había gritado.

-Hay una comisión que desempeñar, mi buen Nuño -le dijo Hernando-, y de aquellas un poco arriesgadas que a ti te gustan.

-Así es, señor; vuestro padre siempre me escogía cuando se trataba de algo en que hubiese peligro. En el año de mil...

-¿Hay algún tintero en el castillo? -interrumpió el de Iscar.

-¿Tintero? -repitió con mucha extrañeza Nuño-. Por vida mía que es instrumento de que he hecho muy poco uso en mi vida. Tengo cerca de setenta años y creo que no he visto más que uno, que es el que tiene nuestro capellán.

-No hay para qué buscar tintero -replicó el judío-; yo traigo aquí el mío, que gracias a que es de cobre no se me ha estropeado en mis últimas aventuras. Voy al cuarto donde he comido y escribiré; tú puedes dar los recados de palabra a este hombre -continuó, dirigiéndose a don Hernando-. La oscuridad va entrando, y a mi ver ha de ser ya cerca de prima noche a lo menos. De aquí a una hora podrá ponerse en camino, que ya tendré yo escritas las cartas.

Dicho esto salió de la habitación, dejando a Nuño con su señor, quien le enteró de todo con mucha satisfacción del buen viejo, que casi lloraba de gozo al ver cuán cerca estaba el día de volver a enristrar lanza, y al mismo tiempo muy pagado de la confianza que su señor le hacía encargándole tan importante misión.




ArribaAbajoCapítulo XXIII

CAPITÁN
Este bastón, por quien todos
unánimes te obedecen,
es la respuesta que traigo;
ya nuestro caudillo eres.
DUQUE
Gustoso, amigos, lo admito,
y tanto me desvanece
el mandar soldados tales,
que a las vuestras y a mi frente
el verde desdón de Dafne
aun no fecunda laureles.


Todavía no empezaba a amanecer cuando el sonido de una trompeta anunció la llegada al castillo de las tropas que se aguardaban, y, el centinela habiendo dado el aviso, bajaron algunos hombres de armas a reconocerlas. Comunicada la seña con que se entendían los conspiradores, se echó el puente levadizo al momento, y de allí a poco resonó el patio del castillo con las armas y estrépito de hombres y de caballos que traía, en número de doscientos y otros tantos de a pie, el joven señor de Toro, que, descontento del rey, había abrazado el partido de los de la Cerda.

Otros varios señores fueron llegando asimismo, ya con más, ya con menos número de tropas bajo su mando, de suerte que el castillo se transformó en poco tiempo de un lugar de retiro, guarnecido de algunos pocos veteranos, en una ruidosa plaza de armas llena de soldados de todas partes y donde todo era entusiasmo, voces y preparativos de guerra. Colocáronse todos lo mejor que pudieron en las anchas cuadras del fuerte, (que por el corto número de la guarnición estaban desocupadas), con grande alegría de todos, que, aunque la mayor parte sin saber fijamente por qué era aquel movimiento, presumían que iba a haber guerra, y esto bastaba para tenerlos contentos.

Luego que amaneció dejó el judío la cama en que haría dos horas que se había acostado, y después de recorrer las cuadras e informarse del número de tropas que había venido, pasó al cuarto del enfermo, a quien halló tan convalecido que le dio permiso para que se levantase cuando quisiera. No aguardó don Hernando a que se lo repitiese segunda vez, sino que saltando en el mismo instante del lecho, empezó a vestirse al momento tan alborozado y alegre como un niño que va a estrenar un vestido.

Cuando hubo acabado tomó el brazo del Cantor, y razonando con el judío, que le acompañaba, salieron juntos del cuarto y se dirigieron a otra sala, en donde estaban reunidos los jefes de las tropas recién llegadas. Todos se pusieron en pie, en cuanto entró, para saludarle; su rostro noble y su marcial continente le daban cierto aire de superioridad dondequiera que se presentaba. Añadíase a esto su palidez y la fama del combate que había sostenido con Saldaña, y en que había peleado con tanta igualdad con un hombre que tan nombrado era por sus fuerzas y extraordinario valor, todo lo cual aumentaba el respeto y el interés que su gallardía y noble ánimo podían inspirar por sí solos.

-Caballeros -dijo, después de sentarse en un sillón que un paje le había acercado-, a grande honra tengo que mi castillo haya sido elegido por punto de reunión de tan intrépidos capitanes. Nada tengo que deciros de la justicia de nuestra causa ni de las grandes ventajas que puede prometerse Castilla si la victoria protege, como es de esperar, nuestros estandartes y estando determinados a vencer, que así será sin duda con poco que ayude la suerte nuestra osadía. Paso en silencio los grandes recursos que nos ofrecen el rey de Aragón y el de Francia, con cuya amistad y alianza sé que podemos contar fijamente, porque no hay necesidad de dar ánimo a corazones tan generosos como los vuestros, y sólo creo que debemos determinar cuándo y con qué hecho de armas hemos de dar principio a empresa de tanta gloria. Vosotros, entre quienes veo con gusto capitanes cubiertos de canas y cicatrices, ilustres guerreros llenos de valentía y de experiencia, vosotros debéis decidir en materia tan ardua, puesto que del principio de nuestras operaciones depende, sin duda, el buen éxito de nuestros planes.

En diciendo así tendió la vista a su alrededor, miró después al judío, que, a un lado, parecía muy pensativo, y aguardó a que alguno diese su parecer sobre la cuestión que les había propuesto. El primero que tomó la palabra fue el judío, y dijo:

-Valientes capitanes, generosos defensores de la orfandad desvalida, si mi barba blanca como la de nuestro padre Abraham...

Todos hicieron un gesto de desagrado, y el judío prosiguió:

-Si mi carácter de enviado de los dos poderosos reyes de Aragón y de Francia me da derecho para hablar delante de vosotros y dar mi parecer acerca del primer paso que ha de darse al estallar nuestra conspiración, faltaría yo a la confianza que hacéis de mí si os ocultase mi opinión o la disfrazase por miedo de disgustaros. Empero, cuando contemplo delante de mí tantos y tan ilustres campeones criados en las armas, maestros en ardides de guerra y tan famosos por su valor como por su experiencia, no puedo menos yo, un pobre judío, que ha dedicado toda su vida al retiro y al estudio de las ciencias, que por su religión y su clase no puede jamás compararse con el más ínfimo de vosotros...

Los ojos de todos se volvieron a él con desprecio.

-No puedo menos, repito, de turbarme, y me faltan palabras con que expresarme, asombrado yo mismo de mi atrevimiento. Pero como el bien de la causa que defendéis es sin duda el único móvil de mi temeridad, paréceme que me siento con fuerzas bastantes para superar tamañas dificultades, así como el joven David se halló súbitamente con bastante espíritu para luchar con el gigante filisteo. Est Deus in nobis, puedo yo decir ahora como el poeta. Cuán apreciable cualidad sea la del valor no hay para qué decirlo, y mucho menos cuando no se trata de animaros, sino, al contrario, de contener vuestro brío y dirigirlo por el camino más seguro, aunque no tan recto, de la prudencia. Los grandes varones de la antigüedad, como Escipión...

Aquí el señor de Toro no pudo reprimir por más tiempo el desprecio que le inspiraba el judío.

-Perro hebreo -le dijo-, saca ejemplos cristianos y no me vengas ahora a contar lo que hicieron esos paganos.

El señor de Iscar y algunos otros no pudieron menos de reprender en voz baja al caballero que así interrumpía y faltaba al respeto a un enviado nada menos que de dos reyes tan poderosos, y el judío, sin mirarle ni inmutarse, continuó:

-En todos tiempos la astucia ha ganado más batallas que el valor, y es seguro que aquélla sola puede mucho y éste por sí solo puede muy poco, así como el triunfo es indudable si una y otro caminan juntos. El mayor enemigo nuestro en este país y el que, sin duda, se opondrá a nuestra marcha decididamente es el conde de Saldaña, señor del castillo de Cuéllar. Este castillo, inexpugnable a mi entender por la fortaleza de sus murallas, cuenta, además, dentro de ellas con más de ocho a diez mil hombres de armas que le guarnecen, y puede, en caso preciso, contener otros tantos en pie de guerra si su señor quiere armar a los jóvenes de la ciudad. Ya veis, señores, que apenas contamos nosotros con la mitad, pero no creáis que esta razón y otras muchas que por ahora callo las presento con intención de que retardéis vuestro alzamiento; al contrario, sé muy bien que tal demora, lejos de estar en nuestro provecho, estaría en el de nuestros enemigos, que así tendrían más medios de prepararse; y no se me oculta que es ya demasiado pública nuestra conjuración para volver el pie atrás o hacer alto en nuestro camino. Conozco, además, nuestro riesgo si, como se suena, es verdad que Sancho IV ha despedido las Cortes en Sevilla, noticioso de nuestros intentos, y ha emprendido su marcha a Valladolid; pero todos estos peligros, lejos de desalentarnos, deben inspirarnos más ánimo. Sólo es preciso que la astucia supla nuestra falta de fuerza. Ver de introducirse en el castillo de Cuéllar, a lo cual yo mismo me ofrezco, no para contar los soldados ni el número de troneras que hay en él, sino para buscar allí dentro aliados que nos lo entreguen si puede ser sin el menor riesgo de nuestra parte, buscar amigos en la corte del mismo don Sancho, entre los que más le parezcan suyos; en una palabra, socavar sigilosamente el alcázar de la tiranía para levantar sobre sus ruinas el templo de la libertad; tal me parece que debe ser nuestro primer objeto. Nuestras tropas entonces hallarán auxiliares en todas partes, los triunfos que sin duda se han de alcanzar reforzarán el espíritu del soldado y nuestros enemigos, peleando en un terreno en falso, se hundirán y serán raídos de la haz de la tierra como las espigas desaparecen en montón bajo la hoz de los segadores. Este, a mi entender, debe ser el primer paso que ha de darse, y que facilitará cuantos en adelante se den, y para esto deben buscarse hombres de resolución y que merezcan nuestra confianza. Yo el primero, a despecho de mi edad y de mi natural pacífico, tomo a mi cargo introducirme en el castillo de Cuéllar, en donde, a riesgo de mi vida, desempeñaré mi comisión y os probaré que un judío sabe, tan bien como un caballero, arrostrar el peligro con serenidad.

Admirados quedaron todos, más de la resolución del judío que de su discurso, y aunque muchos pusieron mala cara a la última fanfarronada, todos unánimemente aprobaron su parecer.

Trataron en seguida de algunas disposiciones militares los puntos que habían de acometer, si habían o no de dividir sus fuerzas y si habían de esperar hasta reunir mayor número de tropas para el alzamiento. Los más de ellos fueron de opinión de no hacer nada hasta que todos los conjurados estuviesen reunidos, a despecho del de Iscar, que, deseoso de libertar a su hermana y vengarse de su robador (lo cual aumentaba la natural impetuosidad de su genio) quería romper al momento sin esperar más, y se valió de cuantas razones supo para atraerlos a su parecer.

Estando todavía en esta disputa llegó un propio de Valladolid con la noticia de que el rey acababa de llegar de Sevilla, sabedor acaso de la revolución que se tramaba, lo cual puso a la mayor parte de los caballeros en mucho cuidado y algunos de ellos cambiaron de color; sólo don Hernando vio un motivo más para apresurar el rompimiento, y el judío, con su acostumbrada sangre fría, apoyó entonces su proposición.




ArribaAbajoCapítulo XXIV

REY
¿En fin, vos sois en la villa
quien al mismo rey no da
dentro de su casa silla?
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Vos quien como llegue a vello
partís mi cetro entre dos,
pues nunca mi firma o sello
se obedece sin que vos
deis licencia para ello?
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
DON TELLO
¡Cielos, con tal deshonor!
¡a mí ultraje tan infame!,
¡que para esto el rey me llame!

Rico hombre de Alcalá                


La crónica de que copiamos, o por mejor decir extractamos, esta verdadera historia cuenta que el rey don Sancho se hallaba, en efecto, en Valladolid, tal como había referido el propio que avisó a los conspiradores. Las noticias que en Sevilla tuvo del próximo alzamiento en Castilla a favor de don Alonso de la Cerda, que ya se nombraba rey, le hicieron suspender las Cortes y aproximar su vuelta a Valladolid con el menos aparato posible: sólo le acompañaban su esposa, doña María; el de Lara, rival del señor de Vizcaya, y los que componían su consejo; tal prisa metían las nuevas que recibió.

En efecto, la protección que Felipe, rey de Francia, concedía a sus dos primos, así como la del de Aragón, no pudo menos de disgustarle sobremanera, y mucho más viendo lo revueltas que estaban las cosas de su reino, que no sólo le desobedecían sus enemigos declarados, sino que sus amigos (y en particular don Lope de Haro), cada día se le hacían más temibles, abrogándose derechos y facultades que estaban muy lejos de pertenecerles.

Sufría el rey con paciencia y disimulando su natural altivez las altanerías de este favorito, que había en otro tiempo tomado tanto influjo en la corte, que llegó a proponer a don Sancho anulase su casamiento con doña María y tomase por mujer a su sobrina Guillerma, hija de Gaston, vizconde de Bearne, con lo cual, y porque el rey no se negó abiertamente a semejante proposición, se ensoberbeció de modo que no se tuvo por menos que él y andaba propalando en todas partes la próxima boda, tratando mal a sus iguales, y haciéndose insufrible con su orgullo y su presunción.

No era Sancho el Bravo de aquellos reyes a quienes la adulación presta pomposos títulos que bajo ninguno merecen, y el renombre de Fuerte que llevaba lo había ganado sin duda.

Había ya quitado a don Lope gran parte de su favor que dividía asimismo con el de Lara, pero la apurada situación en que se veía, el genio inquieto de aquél, y más que todo el colosal poder del de Haro, le hacían temer que reuniéndose estas dos casas, cabalmente las dos más poderosas del reino, le declarasen la guerra y le destronasen tal vez, aprovechándose de la avenida de males y guerras que por tantas partes a un tiempo le amenazaban. Astuto y sagaz en extremo, preveía las fatales consecuencias de semejante alianza, por lo que a la muerte de don Alvar Núñez de Lara concedió la privanza a su hermano don Juan para que el poder de esta familia contrapesase el del señor de Vizcaya, suscitando continuamente rivalidades entre ellos, a lo que contribuyó no poco su esposa con sus sabios consejos y su prudencia.

Tal era, en compendio, el estado crítico de los negocios, y en tan deshecha borrasca vagaba don Sancho a impulsos del viento de la fortuna, con gran peligro de que zozobrase su navío, a pesar de su destreza, actividad y bravura.

Reunidos estaban en palacio esperando al rey para deliberar acerca de tan importantes materias muchos de los miembros de su consejo, entre los cuales había varios ricoshombres, arzobispos, obispos y otras dignidades del reino, muy entretenidos al parecer en una conversación que el lector nos permitirá referírsela, cumpliendo con nuestro oficio de historiadores.

-Desengañaos, señor López Salcedo -decía un obispo grueso y muy colorado, que luego se supo que lo era de Plasencia-. El señor de Haro ni habría venido aquí ni estaría tan orgulloso si no fuese cierto que su alteza va a anular su casamiento con doña María, para verificar el cual ya sabéis que no se dispensaron del parentesco. Sine affinitatis dispensatione sponsalia contraherunt.

-Pues yo os aseguro -repuso López Salcedo- que el rey no se separa de doña María aunque se lo prediquen ángeles, y voto a tal que yo hiciera otro tanto, puesto que ella es el primer sostén de su trono.

-¿Sabéis, señores -dijo, acercándose a los dos con mucho sigilo el deán de Sevilla-, que el rey trata de hacer que le vuelva el de Haro los castillos y plazas que le ha usurpado?

-Ya era hora de que le hiciese bajar la cabeza -replicó Salcedo- a ese vanidoso señor que nos miraba a todos como inferiores suyos, y pardiez que he estado más de una vez por atravesarle de una estocada.

-Es fama -añadió el deán- que este cambio lo causa la sospecha que hay de que el de Haro está en inteligencias secretas con don Pedro, rey de Aragón, y auxilia por bajo de mano a los revoltosos.

-Me parece que todos os engañáis -repuso el obispo-; yo apostaría ciento contra uno a que don Lope está más en privanza que nunca, y en cuanto a lo que decís de sus inteligencias secretas con los revoltosos de Castilla, ¿cómo es posible que un don Lope, señor de Vizcaya, se humille hasta el punto de entenderse con una gavilla como esa de hombres perdidos?

-Perdonad, señor obispo -replicó el deán de Sevilla sonriéndose-, yo no he dicho que tal cosa sea cierta; al contrario, si me pedís mi opinión, os diré francamente que estoy muy distante de creer lo que por ahí cuentan.

-Pues en cuanto a mí -respondió Salcedo-, no sé si es cierto o no; pero sé que anda muy equivocado su ilustrísima si cree que son todos los rebeldes gente perdida, porque hay entre ellos caballeros muy principales, y don Lope de Haro, si por eso es, podría entenderse con ellos sin rebajar nada de su alta alcurnia, como ya se ha entendido con el rey de Aragón.

El deán se acercó al oído de López Salcedo, diciéndole que mirase bien lo que hablaba, pues así el obispo de Plasencia como Diego de Campos, que estaba detrás, eran muy grandes servidores y amigos del de Haro y podrían contarle después lo que de él dijese, con grave daño de su interés. Pero el caballero, después de darle las gracias, continuó:

-Acercaos, señor don Diego López de Campos; yo estaba hablando mal del conde don Lope, y como vos sois su amigo, pienso que habéis de tener curiosidad de oírme. Pues, como iba diciendo, las noticias de Castilla son de la mayor importancia, y aquí el señor deán me parece ha de saberlas mejor que yo.

-Yo -respondió el deán con su melosa y cortesana sonrisa- no sé más que lo que todos sabemos; he oído decir que con algunas tropas buenas que se envíen a reforzar el castillo de Cuéllar bastará para hacer entrar a todos en razón, y mucho más ahora que don Lope de Haro ha recobrado el favor de nuestro monarca y le podrá ayudar con todo su poder.

-La muerte de don Alvar Núñez de Lara -repuso el obispo de Plasencia- ha libertado al señor de Vizcaya del único competidor que podría hacerle sombra, y el rey tendrá sin duda que volverle la autoridad que tenía en su corte.

-En prueba de ello -añadió López de Campos- hoy mismo se le aguarda aquí con el infante don Juan, su yerno, que viene a hacer reverencia a su alteza y a acompañarle en su expedición contra los facciosos.

-¿Y quién mejor que él -repuso el deán- puede afirmar la autoridad real, siendo como es el señor de más valimiento en España?

-Señor deán -replicó Salcedo-, os torcéis a todas partes como una varita de mimbre. El de Haro, señores, tiene más de un competidor que le haga frente, y don Juan Núñez de Lara, hermano del difunto don Alvar, puede suplirle aquí y en todas partes con ventaja.

-¡Oh!, don Juan Núñez de Lara -exclamó el deán- no hay duda que es poderoso.

-Esa cuestión quedará hoy decidida -respondió el obispo, con el tono propio de un hombre que sabe muy bien lo que dice-, y ya os he dicho que no hubiera venido don Lope a ver al rey ni andaría tan confiado si no estuviese seguro que va a ocupar el hueco que le corresponde: ad assequendum officium se dotibus commendavit.

-Así es -continuó el de Campos-, y no hay que dudar que vuelve a la gracia del rey, y entonces veremos -añadió, echando una ojeada a Salcedo- quién les vale a los que le han motejado estando caído y quién los ha de libertar de su cólera.

-Vive Dios, señor Diego de Campos -respondió Salcedo-, que si lo decís por mí que os engañáis en mucho, que habéis de saber que yo no necesito que nadie me valga mientras mi brazo derecho no se me desprenda del hombro y cuelgue mi espada de mi cintura, y lo que ahora digo estoy pronto a sostenerlo a pie y a caballo con uno y con veinte que lo contradigan.

-Calmaos, señor López Salcedo -repuso el deán con su acostumbrada sonrisa de benevolencia-; sosegaos, que aquí nuestro amigo López de Campos no lo dijo por tanto.

-Ciertamente -añadió el obispo-, y no ha tenido intención de ofenderos.

-Y si la hubiera tenido... -replicó Salcedo.

-¿Qué hubierais hecho? -interrumpió el de Campos.

-¿Qué? Dejaros tendido aquí mismo.

-Paz, señores, paz -exclamó el deán, colocándose entre los dos.

-Mirad, señores, que estamos en casa del rey -continuó el obispo.

Salcedo se mordió los labios de ira; pero el sitio en que estaban y las personas que allí había presentes le obligaron a contenerse y dejar para luego la cuestión empezada, disimulando en cuanto le fue posible y retirándose del corrillo. El de Campos, aunque tan irritado como él, había aprendido a disfrazar mejor sus sentimientos, y luego que su enemigo se separó, su semblante pareció tan tranquilo como si nada hubiese sucedido desagradable.

-¡Qué genio! ¡Qué genio tiene el tal Salcedo! -dijo el fino deán, encogiéndose de hombros y meneando la cabeza a un lado y a otro luego que se separó.

-¡Oh! Es un hombre insufrible -replicó el obispo-. Silvestris homo, homo bellua.

-Nada tiene de extraño que se enoje -repuso el de Campos-, y mucho más cuando todos sabemos su amistad con los Laras y el odio que tiene a don Lope.

-Yo, la verdad -dijo el deán-, tengo mucho que agradecer al de Lara, pero no dejo de hacer justicia al mismo tiempo al de Haro, y si llega hoy como se dice...

-¡Oh! Se entiende -replicó el obispo con cierta ironía-, no seréis el último que acuda a darle la enhorabuena y a felicitarle por su vuelta al favor del rey.

-No tendré el menor inconveniente en hacerlo -repuso el deán, como si no hubiese entendido la pulla.

En este tiempo la llegada de un mensajero del castillo de Cuéllar que enviaba Saldaña puso fin a la conversación, y habiéndose vuelto todos a ver quién era el que con tanta prisa quería hablar al rey, vieron un joven de desembarazado continente, lindo en extremo y muy bizarramente vestido, que entró en este momento en la sala.

Era el artificioso y mal intencionado Jimeno, que venía de parte de su señor al rey con nuevas de las tropas rebeldes que se reunían en el castillo de Iscar, y que ya habían dado principio a sus algaras y escaramuzas. Rodeáronle todos y empezaron a preguntarle las nuevas que traía, y que el buen paje desembuchó con cierto ademán de importancia, tal como un diplomático suele hacer cuando se le ofrece la ocasión de lucirse en su mentirosa ciencia delante de un numeroso concurso que está colgado de sus palabras.

-El conde de Saldaña -dijo- no ha podido salir aún a correr el campo por no estar todavía enteramente convalecido de sus heridas. Pero el negocio es más arduo de lo que se cree y las fuerzas de los revoltosos son bastante imponentes.

-¿Y quién los manda? -preguntó el obispo de Plasencia.

-Han nombrado por jefe suyo -repuso el paje- a don Hernando de Iscar, y el rey de Aragón creo que les ha prometido socorros. Si pudierais hacer que yo hablase a su alteza en particular, os lo agradecería. Ya sabéis que hay ciertas cosas que no se pueden decir en público, y yo traigo para su alteza una comisión secreta de suma consideración.

-Ya se le ha enviado recado -dijo Salcedo-, y de aquí a un momento entraréis.

-¿Y creéis que basten las fuerzas del conde vuestro señor para sofocar la rebelión?

-Tal vez. ¿Quién puede asegurarlo? Hasta ahora...

-¡Oh! La llegada de don Lope de Haro pondrá todo en orden -repuso López de Campos-, y la sumisión del infante don Juan, su yerno, es un golpe terrible para el partido de los Lacerdas.

-Todo puede ser -replicó el paje, cuya vanidad parecía recrearse en poner en dudas a los grandes señores que le escuchaban.

Un macero que salió del cuarto del rey, habiéndole traído orden para que entrara, hizo que el paje, con su natural descaro, saludara a todos con cierta sonrisa maliciosa de protección, atravesara el salón con la cabeza alta y entrara en la habitación de su alteza.

Estaba el rey sentado en un sillón de marfil adornado de muchos relieves, vestido de una túnica o bata llamada Argate, y en conversación con don Juan Núñez de Lara, que ocupaba otro asiento a su izquierda a cierta distancia como en señal de respeto.

Era de mediana estatura, pero muy noble, de ademán severo, graves y penetrantes ojos y muy osado de aspecto. Llevaba un puñal o cuchillo atravesado en el cinto, que le sujetaba la túnica, guarnecido de piedras que le había regalado el rey de Granada, y que nunca quitaba del cinto en su palacio y dondequiera que estaba.

Cuando entró el Paje volvió a él los ojos con serenidad, suspendió su habla con el de Lara y le preguntó:

-¿Qué nuevas traes y cómo está nuestro fiel servidor señor de Cuéllar? ¿Está ya curado completamente de sus heridas?

El paje bajó la cabeza en señal de respeto, y parándose a unos seis u ocho pasos del rey contestó:

-El señor de Cuéllar hace a vuestra alteza homenaje y aguarda vuestras órdenes en su castillo. En cuanto a las noticias que tengo la honra de comunicar a vuestra alteza, algunas son de palabra y la mayor parte vienen en este pliego, que me encargaron os entregara yo mismo.

Y sacó del pecho unos rollos de pergamino que entregó al rey, después de haberle doblado la rodilla y hecho ademán de besarle la mano derecha, que el rey alargó para recogerlos. Hecho esto se retiró a la misma distancia que antes y, en silencio, aguardó su determinación mientras aquel leía.

No nos detendremos en relatar al lector las nuevas que enviaba Saldaña, reducidas en gran parte a avisar al rey de todo lo referido en los capítulos anteriores. Don Sancho las leyó muy detenidamente pero sin dar muestras de asombro ni de temor; y al concluir de leerlas pasó los pergaminos al de Lara con una desdeñosa sonrisa, como si mirase tan seria rebelión con indiferencia. Su favorito las tomó con respeto y las leyó también para sí mientras don Sancho continuaba su conversación con Jimeno.

-¿Y las que traéis de palabra, buen paje?

-Se reducen, señor -replicó Jimeno-, a deciros que los rebeldes últimamente se han aumentado hasta el número de quince mil hombres, lo que ha obligado a mi señor a mantenerse a la defensiva, contentándose con enviar algunos escuadrones volantes en diferentes direcciones que los entretengan y escaramucen con ellos. Pero como esto solo no es bastante para acabar de una vez con los sublevados, y cada día se declara por ellos alguna ciudad de importancia, mi señor me encarga suplique a vuestra alteza que envíe algunos hombres de armas para poder salir a campaña sin dejar en peligro de ser tomada su fortaleza y combatirlos con igualdad. Aún más, señor, cree que vuestra alteza haría muy bien si fuese en persona mandando las tropas que hubieran de ir, puesto que éste sería el medio más acertado de apaciguar la tierra.

-¿Esto es todo? -preguntó el rey.

-Señor -repuso el paje-, he desempeñado mi encargo.

-Está bien; retírate -replicó el rey-, y di a nuestro leal conde de Saldaña que iremos a verle muy pronto.

Obedeció el paje a la intimación de don Sancho, y luego que estuvo fuera de la habitación, el rey se volvió a su privado, que acababa de leer los pliegos y no mostraba tan buena cara como don Sancho; antes, muy al revés, daba a conocer en su semblante cuán grave le parecía aquel asunto.

-¿No os lo decía yo -dijo el rey- que sólo yendo en persona podríamos sujetar esos jabalíes?

-Ya sabe vuestra alteza que sólo me he opuesto a esa determinación por razones de política, y aun ahora mismo estoy persuadido que el primer paso que debe dar vuestra alteza es hacer que el de Haro entregue los fuertes que tiene en su poder, alzando el juramento a las guarniciones que en ellos tiene, y dándonos las contraseñas para que vuestra alteza obre a su voluntad; de lo contrario iremos a combatir un enemigo temible, dejando otro más poderoso a la espalda, y que puede hacernos más daño.

-Dices bien -respondió el rey-, y para eso nos hemos valido del disimulo, y le hemos llamado hoy a mi corte, de donde no saldrá vivo si no conviene en hacer cuanto exijamos. Ya veis que en esto os damos a vos mismo una seguridad más del aprecio que nos merecéis.

-Hace mucho tiempo que el de Haro trata de suceder a mi hermano en el lugar que él perdió por su demasiado orgullo, y a que vuestra alteza se ha dignado elevarme.

-Ya habéis visto -dijo el rey, que no usaba menos disimulo con el de Lara, y de cuya fidelidad quería asegurarse-, que en esas cartas se hace mención de vos, y que os prometen en nombre del rey de Aragón el castillo de Albarracín en el caso que os declaréis partidario de mis sobrinos.

Diciendo esto le miró fijamente como si tratara de leer en su alma, pero el de Lara sin inmutarse le respondió:

-Vuestra alteza sabe que yo soy libre, como armado que estoy de caballero, para abrazar la causa de cualquiera que tenga a mi parecer razón, aunque sea contra vuestra alteza misma, sin que se me pueda tachar de traidor, pues tales son los fueros de la orden de caballería que profeso. El castillo de Albarracín fue arrancado a mi padre don Juan por fuerza de armas, y aunque yo no cederé jamás de mi derecho, como ahora no se trata de recobrar aquel fuerte, sino de defender vuestra corona, he abrazado decididamente vuestro partido.

-Nos -dijo el rey- os agradecemos vuestra leal resolución, y os prometemos, concluido que sea este negocio, de mediar con el rey de Aragón para que os devuelva aquel castillo como es ley, y si no, nos obligamos a daros el que vos elijáis que nos pertenezca.

Agradecióle el de Lara su promesa con las mejores razones que supo, y el rey, después de haber recogido los papeles que le habían traído, se los entregó para que los guardara, y levantándose de su asiento salió a la sala del consejo, donde, como se ha dicho, le estaban esperando sus grandes.

Cuando entró en ella ocuparon todos sus puestos después de haberle saludado, y a los que de más penetración se jactaban se les figuró que el rey venía muy preocupado de algún plan de entidad, y aun llegaron a advertirse al oído unos a otros que aquel día habían de presenciar grandes cosas.

Luego que el rey se sentó, el de Lara se colocó a su izquierda en un escaño un poco más bajo, y todos tomaron asiento según el orden que les señalaba a cada uno su jerarquía. López de Salcedo, como capitán de maceros, se puso en pie a la derecha del rey, y todos con la mayor ansiedad aguardando que hablara, ya esperaban la entrada de don Lope de Haro con el infante, ya se desvivían por saber cuáles eran las últimas noticias que habría traído el mensajero de Cuéllar.

Esto último fue justamente lo que dio margen a la primera discusión que hubo y en que cada uno discurrió según el interés que le movía, los parientes y amigos que tenía en el partido contrario, o las relaciones que le ligaban al de don Sancho.

No obstante, todos fueron de parecer de la necesidad que había de castigar con el mayor rigor a los principales jefes de los revoltosos, y dieron la razón al rey cuando propuso le aconsejasen si debía marchar él mismo a Cuéllar a combatir los rebeldes, puesto que el tono con que presentó la cuestión dio a conocer a todos la voluntad que tenía de ir, y por eso sin duda fue tanta la unanimidad del consejo. Algunas otras materias se habían tratado, cuando la hora que tanto deseo tenían algunos de que llegara, que inspiraba a muchos tanto temor, a otros esperanzas alegres, y a todos causaba indecible curiosidad, sonó por último, y un rey de armas anunció en la sala la llegada del infante don Juan y de don Lope de Haro, que pedían permiso para besar la mano a su alteza. Estremeciéronse unos, miráronse otros con alegría, palidecieron muchos, y el rey, inclinándose al de Lara, le dijo algo al oído que este comunicó a su vez al de Salcedo, quien salió al punto a ejecutar su mandato. Pero ni el rey ni el de Lara cambiaron de fisonomía, sólo que el primero movió la cabeza en señal de que les daba licencia.

Hubo un largo murmullo en la asamblea, y cuando los dos anunciados príncipes entraron se oyó un ligero rumor semejante al zumbido de las abejas, pero que al momento se apaciguó y convirtió en el silencio de las tumbas, fijos todos los ojos en ellos, quienes se adelantaron al rey, que hacía apariencia de estar hablando con su favorito, y aún no los había mirado.

Era el señor de Haro de aventajada estatura, ya de edad, duro y ceñudo de ojos, seco de rostro, de alta y despejada frente; su cabello entrecano, corto y claro ya por los años, le caía con descuido en dos mechones largos que desde la coronilla le iban a parar a las sienes, dejando una ancha calva en medio, donde el ojo menos observador hubiera echado de ver, a la más ligera ojeada, la prominencia que los freneologistas dicen ser el asiento del amor propio; tan marcada estaba en su cabeza aquella protuberancia.

Apenas se dignó echar una mirada a su alrededor, y cuando entró en la sala fijó en el rey los ojos, y se encaminó hacia él con la más desmedida altanería, y como irritado de que se le tratase como a inferior. Su yerno, el infante, entró detrás con ademán más respetuoso, puesto que el hombre más altivo hubiera parecido humilde si se comparaban sus modales a los soberanamente arrogantes del ilustre conde don Lope. Luego que llegó junto al rey, viendo que no le hacía caso ni levantaba siquiera los ojos:

-¡Don Sancho! -le gritó en alta voz-: que está aquí el señor de Vizcaya.

-¡Oh, que está aquí mi hermano! -dijo el rey, sin hacer caso de don Lope, y bajando de su asiento para abrazar a don Juan.

El infante no pudo menos de corresponder a tanta fineza, y mucho más cuando el rey tenía tantos motivos de quejarse de él, que últimamente se le había rebelado, mientras don Lope, jaspeado el rostro de cólera y crujiéndole todos los huesos de su cuerpo, le miraba con tales ojos que parecía devorarle con ellos, herido en lo más vivo de su amor propio.

-No puedo menos, señor -dijo el infante-, de pediros que disimuléis mis pasados yerros y aceptéis la sumisión sincera que ofrezco a vuestra alteza para en adelante. Yo os juro que...

-Hermano mío, no tenemos nada de qué quejarnos de vos; malos consejeros quizá os descarriaron del camino que siempre debiste seguir, pero yo ya he olvidado todo, y siempre veré en ti un hermano querido, un hijo digno del sabio rey que nos engendró.

Esta alusión de don Sancho a su padre, contra quien se había rebelado cuando vivía, nada tiene de extraño si recordamos que, tanto antes como después de la muerte, siempre habló de él con tanto respeto y cortesanía como pudiera hacerlo el hijo más obediente, y aun castigó ejemplarmente a los que, creyendo lisonjearle, habían hecho mofa delante de él de aquel tan sabio como desventurado rey.

-Tengo al mismo tiempo la honra -dijo el infante- de llamar vuestra atención hacia mi suegro, don Lope de Haro...

-Y ahora -repuso el rey, como si no hubiese oído lo que le había dicho el infante- esperamos que nos acompañes en nuestra expedición a Cuéllar contra los revoltosos.

-Señor... -pronunció con voz ahogada por la cólera el orgulloso don Lope, que estaba detrás del rey.

-Nuestro buen servidor el de Saldaña se halla enfermo -prosiguió don Sancho, dirigiendo la palabra a su hermano- y, además, apurado con la multitud de enemigos que le rodean.

El infante apenas sabía qué decir, y ya miraba al rey, que parecía tan embebido en lo que decía como si los dos estuvieran solos, ya volvía los ojos a don Lope, que en este momento dio una patada en el suelo con tanta fuerza que retembló el pavimento.

-¡Señor! -gritó, tocando en el hombro a don Sancho-, hace una hora que estoy aquí.

-Sí, ya os había visto -repuso el rey con indiferencia-; ahora hablaremos, aguardad, que primero ha de ser mi hermano que ningún otro.

-¡Primero que yo! -murmuró, en voz no tan baja don Lope que no entendieran lo que había dicho cuantos en la sala estaban.

-Mal me parece que va a acabar esto -dijo en voz baja el atildado deán de Sevilla al obispo de Plasencia, que tenía al lado.

-Todo puede ser -respondió el obispo, que no las tenía tampoco todas consigo.

El rey, entre tanto, prosiguió hablando con su hermano amigablemente, hasta que al cabo de un rato volvió la cabeza y se encaró con el de Haro.

-¿Y el señor de Vizcaya -le dijo con desdén- viene también a besar la mano a su rey y a prestarle el rendimiento debido?

Diciendo esto subió de nuevo a su asiento, desde donde alargó su mano derecha a don Lope, que ciego de cólera ni acertó a hincar la rodilla ni a besar la mano, sino que le dejó con ella tendida por largo rato, hasta que al fin y contra toda su voluntad la besó sin saber lo que hacía levantándose desesperado de ver que el rey no le alzaba del suelo como hacía con todos y le despreciaba de aquella manera delante de tantos enemigos suyos que interiormente se habrían de regocijar de verle tan abatido.

-El señor de Vizcaya -respondió don Lope volviendo en sí- viene a saludar a vuestra alteza como su feudatario que es; pero como está ocupado el puesto único que le corresponde en la corte, pide a vuestra alteza licencia para retirarse a su señorío.

-Mi voluntad -repuso el rey, que se aprovechaba de cuantas ocasiones se le ofrecían de indisponerle con el señor de Lara- ha dado ese puesto al que lo merece, siempre pensando que a mi lado cualquiera otro es honroso y que vos, tanto como el primero de mis reinos, podría ocupar sin vergüenza el que yo tuviera a bien darle.

-Es que el primero después de vuestra alteza soy yo -replicó don Lope, poco acostumbrado a aquel tono que usaba con él don Sancho por primera vez en su vida-, y vuestra alteza debe saber que sólo hay un lugar que corresponde al primero.

-Bajad la voz, señor de Vizcaya -respondió don Sancho sin alterarse-; pensad delante de quién estáis, y sabed que si hasta ahora las consideraciones que merecían los servicios que me habéis prestado hicieron que os tratase como a un mi igual, ahora me tienen harto indignado vuestras astucias, intrigas y mal consejo. No penséis que porque soy blando sea débil, ni creáis que suframos en adelante las insolencias de ningún vasallo.

Atónito quedó don Lope con la arenga del rey, y no lo quedaron menos cuantos estaban presentes, que habían creído hasta entonces que el súbdito dominaba al monarca y que éste jamás habría sido capaz de hablar con tanta aspereza al primer ricohombre de sus reinos. Don Lope apenas podía ya sufrir aquel tan desusado lenguaje; sus ojos ardían, la barba le temblaba, agitaba su cuerpo una continua inquietud, y las palabras se le quebraban entre los dientes sin poder hablar, ahogado casi de cólera. El infante don Juan, viéndole en aquel estado, respondió por él:

-Yo, señor -dijo-, en nombre de don Lope de Haro, suplico a vuestra alteza le perdone las faltas quizá cometidas por su demasiado celo en vuestro servicio.

El señor de Vizcaya hizo un gesto de ira al oír las palabras de su yerno, se esforzó a hablar, y sólo pudo pronunciar un «no» ronco y oscuro, indicando al mismo tiempo con la cabeza y la mano la misma idea. Pero ni el rey ni el infante oyeron su voz ni observaron sus movimientos y el último prosiguió:

-La misma intención que me ha traído hoy en presencia de vuestra alteza ha sido la suya al venir aquí: vuestra alteza sabe muy bien los muchos y leales servicios que le ha prestado don Lope, y si un momento de orgullo, una indiscreción, han podido hacerle perder algo de vuestro aprecio ni él ni yo creemos que haya sido para siempre. Ahora pronto está a daros a conocer su lealtad: exigid de él y de mí cuanto queráis, por alto y trabajoso que os parezca de alcanzar, y verá vuestra alteza si tiene razón de dudar en la buena fe y lealtad de tan ilustre caballero.

-Probémosla, pues -repuso el rey-, y también nosotros estamos prontos a volverle nuestra gracia. Señor don Lope de Haro, señor de Vizcaya, y vos don Juan, infante de Castilla, entregadnos las llaves de las fortalezas que ocupan vuestros soldados; dadnos la contraseña que tengáis para que podamos tomar posesión de ellas con vuestra orden, haciendo al mismo tiempo que nos presten vasallaje los señoríos que tenéis, fuera del de Vizcaya.

Hasta aquí pudo llegar el sufrimiento del orgulloso don Lope, y el mismo infante no pudo menos de escandalizarse al ver las duras condiciones que su hermano les imponía. Pero la misma causa produjo distinto efecto en uno que en otro, y mientras el primero, determinado ya a todo, se preparaba para responderle, el segundo calculaba el grave error que habían cometido en venir sin escolta a entregarse en manos de su enemigo, y temeroso ya del fin de aquel acto de despotismo, buscaba algún sitio donde refugiarse del primer ímpetu de su hermano. Entonces conoció cuán engañosos habían sido los abrazos con que le había recibido y vio claramente adónde se encaminaba su política y cuán bien la había urdido para que viniesen y hacerles caer en el lazo.

Por un efecto de la misma cólera que le abrasaba; don Lope pareció más sosegado; revolvió la capa al brazo, y alzando la cabeza y mirando al rey de hito en hito:

-Cuando he venido aquí -le dijo- fue para rendir a vuestra alteza homenaje, pero no para pedirle perdón, porque no soy criminal, y aunque lo fuera, ninguno de mi esclarecido linaje ha pedido nunca perdón. Cuantos reyes ha habido en España han tenido a mis ascendientes como a sus iguales en grandeza, y ninguno ha sido osado para demandar más que el feudo que ha pagado nuestro señorío. Vuestra alteza se engaña si piensa que yo he degenerado de mis abuelos; su sangre hierve en mis venas, y yo he encanecido con tanto honor como ellos. Si vuestras exigencias fuesen justas, dispuesto estaba a transigir en todo con vuestra alteza; pero desposeerme de mis haciendas, haberme hecho llamar clandestinamente bajo mil pretextos infames para, en teniéndome en vuestro poder, arrancarme lo que es mío, aparentando a la faz del mundo que yo os lo doy de mi voluntad... ¡Vive Dios que es el acto más pérfido que jamás pudo cometer un tirano!

-Don Lope -gritó el rey con no menos furia-, por Santiago que os reportéis.

-No, jamás me vuelvo atrás de lo que dije una vez -continuó el de Haro, cada vez más acalorado-; tirano sois, tirano, que no rey de vuestros pueblos, astuto y mañero como un villano cobarde, y juro a Dios...

Púsose en pie don Sancho temblando de furor y dudoso si se arrojaría a él para castigarle allí mismo; pero como rara vez le abandonaba su razón en medio del más violento arrebato, disimuló aún lo mejor que pudo, contentándose con decirle:

-¿Queréis entregarme los fuertes o pensáis resistir insolentemente las órdenes de vuestro rey?

-¿Entregarte los fuertes? ¿Yo, y sólo porque tú me lo mandas? Rey don Sancho, no repitas otra vez esa orden, porque juro al cielo que te haga entregar el alma.

-¿Tú a mí, traidor? Prendedle -gritó el rey, lanzándose de su asiento-, o me entregas las fortalezas o...

-Muere -le interrumpió el de Haro, desenvainando su espada y arrojándose a matarle antes que ninguno de los presentes tuviera tiempo para estorbárselo.

Huyó el golpe el rey, y tropezando en la falda de la túnica estuvo para venir al suelo pero en el mismo instante, asiéndose del brazo derecho del conde para sujetarle, tiró del puñal que llevaba al cinto, descargándole con él tan tremendo golpe que le rajó desde el hombro hasta el corazón. Hecho esto, gritó:

-Matadlo -Y allí acabaron con él los maceros que tenía prevenidos por lo que pudiera sobrevenir.

Había tratado en vano de defenderle el infante, cuando se vio acometido de tantos ya que todos los que allí estaban cargaron también sobre él, y después de haber herido a algunos, viéndose ya perdido, recurrió a la fuga y se acogió a la habitación de la reina. Seguíale el rey furioso, corriendo tras de él con el puñal en alto goteando sangre, diciéndole cuantos ultrajes su furia le sugería.

-¡Matadle, matadle! -gritaba don Sancho-. ¡Traidor, asesino!

Las salas, las galerías de palacio, se llenaron al punto de hombres armados. Los consejeros del rey salieron a ayudarle, unos contra el infante, otros a detenerle, y algunos a esconderse, temerosos de lo que el rey había hecho con el de Haro, que había sido su protector. Los que entraban nuevos preguntaban a los otros lo que había pasado; confundíanse éstos, atropellábanse aquéllos, gritaban todos, y ninguno se entendía. «¡Han querido matar al rey!», repetían, y muchos, que ignoraban quiénes fueran los asesinos, corrían sin saber adónde, siguiendo la multitud.

Algunos se aprovechaban de esta confusión para vengarse de sus enemigos; acometíanse unos a otros, trababan pendencias, andaba todo el palacio revuelto, no había sino ruido de armas, voces, cuchilladas, maldiciones, injurias, lamentos; y en medio de este arrebato general, de esta alarma, estrépito y baraúnda, don Sancho, sin atender a otra cosa que a su venganza, borracho de cólera, golpeaba furiosamente la puerta del cuarto de su esposa, donde se había amparado el infante, con cuanta fuerza podía a patadas y a puñetazos. Habíala cerrado el infante tras sí al entrar, y echándose a los pies de la reina, que en aquel punto, toda aturdida con tantos gritos, salía a saber la causa de aquello:

-Señora -le dijo-, favorecedme, libradme de su furor; mi hermano me ha traído aquí para asesinarme.

-El rey no hará tal -respondió doña María- a no haberle vos insultado como a caballero. Pero él llega.

-Favor, señora, que va a echar la puerta abajo.

-Yo le excusaré ese trabajo -replicó la reina-, voy a abrirle.

-¿Qué intentáis? -repuso el infante, tratando de detenerla.

-Tranquilizaos, don Juan, y no tengáis miedo -dijo la reina.

Adelantóse doña María con serenidad, y habiendo descorrido el cerrojo, abrió de pronto la puerta.

El primer impulso del rey fue de arrojarse en la habitación; pero en el mismo instante, reparando en su mujer que le cerraba el paso, quedó estático delante de ella. La cólera dio lugar al respeto que sus virtudes y el cariño con que le amaba merecían, y la vergüenza de haber querido atropellar la habitación de la reina coloró sus mejillas, que habían palidecido la ira.

-Deteneos, don Sancho -gritó la reina-. El infante está bajo mi protección; reparad al menos que es vuestro hermano.

-Sí, está salvo -repuso el rey-; traidor, da las gracias a la que querías destronar; está salvo.

Y al mismo tiempo, sin atender más a su esposa, dio a correr por las galerías como un frenético, sin que el de Lara, que había logrado acallar un poco el tumulto del palacio, y que llegaba en aquel momento, tuviese lugar para detenerle.

Huía Diego de Campos, favorito del orgulloso don Lope, por uno de los corredores, aturdido, sin hallar dónde refugiarse de Salcedo, que le perseguía. En medio de su carrera encontráronse el rey y el desdichado de Campos, que se quedó parado a su vista, helado de temor, y sin acertar a huir.

Don Sancho clavó en él los ojos ensangrentados de furia, y en habiéndole conocido:

-¡Todavía estás aquí! -dijo, y le envainó el puñal en el pecho.

El desgraciado caballero cayó en tierra anegado en su sangre a los pies del rey.

Esta última puñalada, dada con toda la voluntad de matar que puede inspirar la venganza, tranquilizó por fin a don Sancho, que, metiendo su puñal en el cinto, tomó el brazo del de Lara con tanto sosiego como si no hubiera sucedido nada.

La calma del rey calmó igualmente a los cortesanos, cuyas facciones, como todo el mundo sabe, toman la fisonomía que conviene, y quienes siempre han sido máquinas de los príncipes.

El tumulto fue poco a poco aplacándose, y los hombres de armas se retiraron después de haber puesto en orden a palos, según costumbre, al leal pueblo de Valladolid, que había corrido en grupos a las puertas de palacio, lo que les importaba, solícito y cuidadoso, como siempre sucede, del que le gobierna; y de allí a media hora todo estaba en tanta paz y buena armonía como antes de embrollarse aquel laberinto. Sólo los partidarios y parientes de los muertos se habían retirado jurando vengarse; pero como estaban caídos, sus murmullos no eran entendidos de nadie, y la voz del partido vencedor, que resonaba en tono más alto, parecía la expresión pública y general de todas las voluntades.

No se trataba ya sino del próximo viaje a Cuéllar, y muy pocos se acordaban de don Lope de Haro ni de nada de lo acontecido, poco después del suceso; y si algunos conservaban algún recuerdo, se servían de él más para insultar su memoria que para lamentarla; contándose quizá en este número los que más habían adulado a aquel prócer cuando vivía, y que ahora, ultrajándole después de muerto, querían ponerse a bien con el vencedor. Tal es la miserable condición humana, y particularmente la del que vive del favor y beneplácito de los príncipes.




    Sancho Saldaña ó El Castellano de Cuéllar
     José de Espronceda
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba Siguiente
Marco legal