publicidad

 

Página principal
    Sancho Saldaña ó El Castellano de Cuéllar
     José de Espronceda
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Abajo Siguiente


ArribaAbajoCapítulo XXXVII

BOABDIL
Pues la sentencia pronunció tu labio,
él vivirá; pero a mi amor sincero
has de corresponder.
ZORAIDA
¡Señor!, ¡amaros!
BOABDIL
O caerá su cabeza en este día.
ZORAIDA
¿Hay mayor crueldad?

NICASIO ÁLVAREZ DE CIENFUEGOS, Zoraida.                


Mientras esto pasaba en Valladolid, proseguía Sancho IV en el castillo de Cuéllar ocupado en castigar los jefes de los rebeldes, llevando la crueldad al punto de no perdonar uno solo de cuantos tuvieron la desgracia de caer en sus manos. Cabezas ilustres desprendió de sus troncos el hacha del verdugo, y pocas veces bañó sangre más noble el cadalso, siendo la mayor parte de los que en él perecieron fieles servidores del sabio rey don Alfonso, en cuyo servicio habían arriesgado su vida más de una vez valerosamente en los combates. Sólo Hernando de Iscar quedaba hasta entonces vivo, si puede llamarse vida la miserable existencia que arrastraba en una estrecha prisión del castillo de Cuéllar, adonde le habían trasladado luego que la victoria del rey desbarató los planes de sus compañeros. Pero su mala suerte estaba muy lejos de ofrecerle tarde o temprano la libertad, puesto que como jefe principal de los revoltosos era casi seguro correría igual fortuna que sus amigos, muriendo en un patíbulo como traidor si ya el rey, cediendo a las instancias de Saldaña, no le perdonaba la vida.

Tal era, sin duda, el pensamiento del castellano de Cuéllar, que ya había logrado del rey dilatar su muerte con esperanza de alcanzar la mano de Leonor, condición que pensaba poner, y sin la cual estaba firmemente resuelto a no interponer su influjo en favor de Hernando. Traíale esta idea sobremanera distraído y silencioso, y aunque en él no fuera extraña jamás la tristeza, en su rostro amarillo y en sus hundidos ojos notábase empero que no era ya un mar de pensamientos el que movía borrascas en su alma, sino que uno inmutable, único, se había apoderado de todo él. Paseábase solo calculando entre sí cómo haría para no ser aborrecido de aquella mujer que era el sueño de su felicidad, ya dudando si obraría generosamente poniendo en libertad a su hermano, ya temiendo no recibir en tal caso más que una fría muestra de agradecimiento de parte de su altiva prisionera, quedando al mismo tiempo sin medios de forzar en adelante su voluntad, por haberse privado del único recurso que en su desesperación le quedaba.

-No -se decía a sí mismo-, no para obrar tan neciamente os he hecho traer prisioneros a mi castillo. Tu hermano morirá si te obstinas, tú estarás aquí presa toda tu vida, y al fin te he de poseer por fuerza o por voluntad.

En diciendo esto se encaminó hacia la habitación de Leonor, resuelto a poner por obra lo que había pensado; sólo que al entrar sintió enfriarse su valor, titubeó, se maldijo a sí mismo, y tuvo que hacer un no pequeño esfuerzo para afirmarse en su determinación.

Estaba Leonor acompañada de dos de las doncellas que la servían, quienes viendo entrar a Saldaña se retiraron, y él se sentó enfrente de ella.

-Tráigoos, señora -le dijo con los ojos torvos clavados en tierra y una agitación que desmentía el tono tranquilo de sus palabras-, una muy mala noticia.

-¿Ha muerto mi hermano? -preguntó Leonor toda sobrecogida.

-Es mucho peor -replicó Saldaña con la misma calma aparente-; vuestro hermano cayó prisionero, y...

-Es falso -exclamó Leonor con orgullo-: mi hermano hubiera muerto mil veces antes de dejarse prender; es falso.

-La suerte de la guerra -continuó Saldaña moderando su voz-, es tal que muchas veces sucede lo que uno menos se imaginaba. Vos no lo creeréis, pero la prisión de vuestro hermano no es menos cierta por eso: yo os lo digo a fe de caballero.

-¿Y qué será ahora de él? ¡Saldaña! -exclamó Leonor mirándole horrorizada-, ¿qué será de él?

Bajó Saldaña la cabeza sobre el pecho, cruzó los brazos, hubo una pausa, encogióse de hombros, y dijo:

-Su suerte será la de sus compañeros; morirá como ellos en un cadalso pregonado como traidor.

-¿Y vos me lo decís así, Saldaña? -exclamó Leonor-, ¿vos me lo decís tan fríamente?

-Y si yo os pregunto si me amáis, ¿no me responderéis fríamente que no? -replicó Saldaña-. ¿Y creéis acaso que es más una sentencia de muerte, un pregón que se olvida en cuanto se ha acabado de oír, una nota de infamia que allá en el otro mundo no ha de aumentar las penas del infierno ni las dulzuras de la gloria; creéis que es más que un no de la mujer que se adora, que puede forzar al hombre a cometer crímenes, a hacer eterna la condenación de su alma, eternos sus tormentos, y obligarle a llevar años y años una vida de maldición que sólo podría trocarse por la muerte de horror y desesperación que le aguarda? ¡Ah! Y vos me habéis dicho ese no fríamente más de una vez.

-Vuestro honor mismo, Saldaña, está comprometido a salvar a mi hermano -repuso Leonor conmovida-; él ha sido el amigo de vuestra juventud, él ha sido vuestro enemigo noblemente en el campo. Un caballero generoso debe recordar sólo en tal caso la amistad, y olvidar todo resentimiento.

-¡Mi honor! -respondió el de Cuéllar con una amarga sonrisa-. ¡Un caballero generoso! ¡La amistad! Yo ya no tengo amistad, generosidad ni honor; tú me has dicho que no, y yo he sacrificado ya todo por lograr un sí de tu boca.

-¡Oh! Saldaña -exclamó Leonor con aquel eco de voz tan dulce que enterneciera un diamante, y arrojándose al mismo tiempo delante de él de rodillas-, por Dios, por mí, si me amas, salva, salva a mi hermano.

-¡Leonor! -gritó Saldaña sorprendido de aquella acción tan inesperada-: levantad, que yo no soy sino un hombre y tú una divinidad, y yo sí que debo besar tus pies.

-¿Salvarás a mi hermano?, ¿me lo prometes? -preguntó Leonor, poniéndose en pie.

-¿Serás tú mía? -preguntó Saldaña-; ¿me lo juras?

Esta pregunta hizo volver en su acuerdo a la desdichada Leonor, que se sonrojó avergonzada de haberse humillado hasta el punto de tener que oír con paciencia el atrevimiento que ella misma había provocado, arrebatada del deseo de libertar la vida a su hermano. Sentóse otra vez en su silla, y quedó pensativa por largo rato; Saldaña ocupó de nuevo su asiento.

-¡Qué dijera Hernando de mí -se dijo a sí misma-, si ahora me hubiese visto rogar por él a los pies de su enemigo! ¡Qué poco reconocería en mí a su hermana!

Mientras reflexionaba de esta manera y procuraba recobrar la entereza digna de una dama de aquellos tiempos heroicos, esforzándose a mirar con serenidad el rostro a la fortuna, Saldaña, no menos pensativo, aunque mucho más animoso, no quitaba los ojos de ella, dándose a sí mismo ya el parabién de su triunfo.

-Leonor -dijo-, tu hermano vivirá, y sus estados y todo lo que ha perdido le será devuelto con sólo que tú pronuncies una palabra. Mil veces te he dicho que te idolatro, y te he pintado el amor de fuego con que has abrasado mi alma. No me hables de generosidad, no me pidas por él: es inútil; eres tú quien le ha de librar, y yo no he de ser sino el instrumento de tu voluntad. Mentiría si te ocultase que puedo fácilmente salvarle; pero no, Leonor, tú no has sido generosa conmigo; tú me has visto a tus pies triste, afligido y acosado de mil tormentos; te he pedido, no que me libertases de una muerte pronta, sino una lágrima de piedad, mi felicidad en la tierra y la salvación de mi alma; tú me has arrojado de ti con desdén, y el lobo tiene más piedad del cordero que devora, que tú has tenido de mí ¡Leonor! ¡Leonor! No apeles a mi generosidad.

-Sí, me he engañado -replicó la hermosa de Iscar, recobrando su natural gravedad-; te creía criminal, pero caballero; ahora conozco que tu corazón no tiene otro resorte que tu egoísmo, que en ti la orden de caballería está peor empleada que en el más ruin villano. Sí, baja los ojos y avergüénzate, Saldaña: mi hermano morirá en un cadalso, le llamarán traidor, pero la posteridad le juzgará como a bueno, y tú y sus enemigos llevaréis la mancha con que intentáis ahora empañar el lustro de sus hazañas. En cuanto a mí, soy noble castellana y hermana suya; la misma sangre que arde en sus venas anima mi corazón; rogaré a Dios por su alma, y no se dirá que desmentí con una sola lágrima de debilidad mi linaje.

Pronunció estas palabras con tanta majestad, entreviéndose al mismo tiempo la pena que le causaba la situación de un hermano que hacía con ella las veces de padre y a quien tenía por único cariño en el mundo, que el insensible Saldaña no pudo menos de conmoverse.

-Leonor -le dijo, arrodillándose a sus pies y tirando de la daga que llevaba al cinto-, un solo remedio hay para mí: si tan infame te parezco, toma este puñal y clávalo en mi corazón. Véngate de los insultos que te he hecho, y venga al mismo tiempo a tu hermano. Animo tengo para sufrir la muerte y bajar al infierno que me aguarda; pero quitarme yo mismo el único recurso que me queda para obligarte a que seas mía si vivo, ni quiero, ni puedo: hiéreme.

-Retiraos, Saldaña, retiraos de aquí -repuso Leonor con serenidad-, y si queda en vuestro corazón algo del respeto que me habéis manifestado siempre hasta ahora, no volváis más a insultarme con vuestra presencia. Entre nosotros no cabe ya reconciliación: yo soy vuestra prisionera, mi hermano es vuestra víctima, y vos nuestro enemigo común.

-En efecto -replicó Saldaña, levantándose y dando rienda suelta a la ira-, tú eres mi prisionera, y yo dispondré de ti a mi voluntad: he sufrido tus insultos, te he rogado cuando podía mandarte, me he visto ajado y hollado por tu soberbia. Desde ahora cuenta que hemos cambiado ya de papel; a mí me toca mandar, a ti obedecer, suplicarme y llorar, y tu hermano morirá, o tú has de ceder a mi gusto. Tres días te doy de término para resolverte, cumplidos éstos, Hernando acabará en el patíbulo su vida, y de grado o de fuerza te poseeré.

Los ojos hundidos de Saldaña lanzaron sobre la infeliz una mirada de tigre; el tono de su voz ronco y oscuro semejaba al zumbido del huracán entre los árboles, y Leonor, a despecho de la entereza que se esforzaba a aparentar, no pudo menos de apartar de él la vista y estremecerse.




ArribaAbajoCapítulo XXXVIII


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Que es mujer, y apasionada,
ningún respeto la enfrena,


Romance de Abenzulema                


Entre tanto Zoraida lamentaba en Valladolid la prisión de su padre, a quien ya sabía que conducían algunos hombres de armas camino de Cuéllar con intención de presentarle al rey, a quien tocaba únicamente juzgarle como embajador que se decía del rey de Aragón.

Vano fuera querer pintar la sorpresa y el dolor que sintió cuando se halló al despertar sola en aquella casa, para ella desconocida, con una mujer anciana a la cabecera del lecho, que con infinitas lágrimas y no pocos suspiros le refirió la prisión de Abraham, así como la de Aarón, sobre lo cual hizo largos comentarios y dolorosas lamentaciones. Baste decir que la confusión en que se hallaban los sentidos de la desgraciada judía era tal, que apenas como de un sueño se acordaba de todos los sucesos que desde su prisión en el castillo hasta entonces habían pasado por ella, y casi no comprendía lo que le contaba aquella mujer. Oíala sin hablar palabra, y miraba a su alrededor como atónita de verse allí, sin poderse dar razón así misma de todo aquello.

Pero cuando Usdróbal, poco tiempo después de amanecer, volvió a verla, habiendo logrado zafarse de los de la escolta, todas las dudas se disiparon en su mente, los recuerdos de lo pasado cobraron nuevo vigor en su alma, y la dolorosa verdad ocupó el lugar de sus ilusiones. Todo era demasiado cierto, y Usdróbal debía ser en adelante su único protector en el mundo, según había encargado su padre.

Con todo, como mujer tan sobremanera animosa, no tardó en tomar su resolución, y sabedora del destino del preso, se determinó a volver al castillo que había de servirle de cárcel. Vistióse, pues, y en saliendo a otro cuarto donde la aguardaba Usdróbal le comunicó su designio de marchar a Cuéllar, donde ella sabía cómo entrar y cómo salvar a su padre, valiéndose del conocimiento que tenía de todos los pasadizos ocultos y comunicaciones secretas de aquel castillo. No le pareció a Usdróbal tan descabellada su proposición que se pudiera desechar sin meditarla primero. Parecíale efectivamente fácil la libertad del judío si Zoraida lograba penetrar en la fortaleza, en lo que no había a su parecer gran riesgo, ahora que Jimeno había pagado sus crímenes con la muerte y no podía sorprenderles. Facilitábale quizá más esta empresa, que al cabo no dejaba de ser peligrosa tanto para él como para Zoraida si llegaban a sospechar su intención, el recuerdo de la hermosa Leonor, cuya imagen no se había apartado de sus ojos en medio de cuantas aventuras había corrido. La idea de hacer algo en su favor, y sobre todo el pensamiento de que quizá podría verla u oírla al menos, y que iba a habitar bajo el mismo techo, producía tal contento en su alma, que nada le parecía imposible ni aun dificultoso. Pero aunque todo esto lo halagaba sobremanera, no le cegaba hasta el punto de desoír la voz de su conciencia, que le gritaba mirase bien el paso que iba a dar tan aventurado, puesto que al fin él sería responsable de cualquier desgracia que por su imprudencia sobreviniese a aquella mujer que había puesto la Providencia divina a su cuidado.

-En verdad -se dijo a sí mismo pensando en esto y sonriéndose-, que en mi vida he meditado nada con tanta madurez como ahora, y luego dirán que soy ligero de cascos. Pues, señor, nada de eso -prosiguió en alta voz-, yo iré solo y sacaré a vuestro padre de sus apuros, o mal me han de andar las manos.

-Eso no -respondió Zoraida-; vos me acompañaréis, y yo iré; y no meditéis más sobre esto porque estoy determinada ya, y no he de dejar de ir.

En resolución, largo fue el debate; pero, habiendo vencido por último la obstinación de Zoraida fueron tan poderosas las razones que supo darle, que Usdróbal se encogió de hombros, y no sabiendo qué responder salió a preparar el viaje para marchar aquel mismo día.

Tres horas después ya se había proporcionado Usdróbal dos caballos, Zoraida se despidió de la buena vieja que la asistía, y ambos a dos emprendieron su marcha, cada cual muy pensativo y ocupado de sus designios.

Marchaban uno al lado del otro sin hablar palabra. Usdróbal saboreándose con formar, como suele decirse, castillos en el aire, y ella esforzándose a desechar de su imaginación la principal figura del cuadro que le forjaba su fantasía. Pero por más que intentaba alejarla, representándose a su padre en el inminente peligro en que se encontraba, por más que intentaba apartar de sí cualquiera otra idea, deseosa de no pensar ni amar más que a él, estaba harto reciente su herida, y su pasión era demasiado poderosa para que no pensase en Saldaña.

Su infidelidad, su infame comportamiento, su amor por aquella cristiana a quien ella en sus celos atribuía la mayor parte de sus desgracias, cuanto había padecido por causa suya, cuantos planes de venganza le sugería su resentimiento, todo, en fin, combatía y ocupaba de tal manera su alma, que la prisión, la muerte de su mismo padre no era sino una gota más de veneno en el agitado mar que emponzoñaba su vida.

Su amor a Saldaña había sido el primero, el único amor de su corazón, y ahora no podía menos, con vergüenza, de confesar en sí que la libertad de su padre era sólo un pretexto con que quería en vano engañarse a sí misma para ocultarse la fuerza de su pasión y el poder del destino que la arrastraba a Cuéllar. Mil pensamientos de venganza volaban delante de ella, mientras que otros tantos de esperanza y felicidad llenaban la mente del alegre Usdróbal, que al cabo de haber andado una legua entonó esta canción con voz clara y no de mala manera cantada:



    Tocando están a maitines
y está roncando el prior,
que es para él la campana
como cantarle el ro ro.

Dos vueltas daba en la cama,
un bostezo y una tos,
y como es noche de enero
entre sueños se arropó.

Perdido entre tanto andaba
ya fatigado el trotón,
calado y yerto de frío
jurando y llamando a Dios,
un jinete aventurero
que mal oficio tomó.

Al tañer de la campaña
relincha alegre el bridón,
alza la cabeza, el paso
presto aguija, y su señor,
reanimada su esperanza
de hallar cerca población,
va acariciándole el cuello
y le anima con la voz.

Entre breñas solitarias,
como sombras que fingió
en noche oscura a lo lejos
tal vez medroso pastor,
se elevan las altas torres
de aquella santa mansión.

A pie se arroja al llegar
soñoliento el viajador
y chocó en sus férreas puertas
con ímpetu su lanzón,
que por bóvedas y claustros
hondamente resonó.

Para; nadie le responde;
vuelve a llamar: al rumor
los muertos se despertaran,
mas no despierta el prior:
dos, tres, cien veces repite
los golpes con más tesón:
tiembla la puerta, y es fama
que el edificio tembló.

Pero no entró el caballero
ni dio al caballo ración,
y a pesar del ruido duerme
a pierna suelta el prior.

-Vos sois dichoso, Usdróbal -dijo Zoraida con un suspiro.

-Ciertamente no me creo del todo infeliz -repuso el desembarazado mozo-, pero tampoco me faltan penas.

-¿Amáis mucho a Leonor? ¿Creéis que ella no os sea ingrata?

-Señora -respondió Usdróbal sonrojándose-, yo amo a Leonor con toda mi alma, pero ella no sabe ni sabrá nunca que yo la amo. No -prosiguió como si hablara consigo mismo-, no se lo diré jamás; hay mucha distancia de mí a ella, y perdería hasta el consuelo de verla.

En esta conversación llegaron a uno de los pueblos del camino, donde descansaron aquella noche, sin que sea posible pintar el decoro y respeto con que Usdróbal la trataba, que no parecía sino que más se había educado en cortesanos estrados que en rudos castillos y cuevas de ladrones; tan puntual y atento supo mostrarse en aquella ocasión.

Al día siguiente, que por estar ya a fines de octubre empezaba a enfriar la estación, habiéndose puesto en marcha dejó Usdróbal ambos caballos en la cabaña de un pastor, no muy lejos de Torre-Gutiérrez, adonde caía justamente, si mal no se acuerda el lector, la entrada secreta que conducía a la fortaleza de Cuéllar. En vano rogó allí de nuevo a la apasionada Zoraida que desistiese de su empresa, representándole los muchos peligros a que se exponía, y ofreciéndose él a cuanto fuese necesario hacer en favor de su padre. Pero ella desoyó todos sus consejos, arrebatada de su vengativa pasión, que por instantes crecía conforme se iba acercando a la habitación de su infiel, con mezcla de rencor y de ternura, de valor y de miedo, toda trémula y temerosa de verse con Saldaña, jurando huir de él, y deseosa al mismo tiempo de hallarle.

Entraron, en fin, y aquel día era sin duda uno de aquellos en que ha de cumplirse algún terrible anatema, un día de maldición y de muerte.




ArribaAbajoCapítulo XXXIX

RODRIGO
¡Desventurada!
Gonzalo, su cadáver apartemos
de este lugar [...]

NICASIO ÁLVAREZ DE CIENFUEGOS, Condesa de Castilla.                


Acababa Saldaña de pronunciar las tremendas palabras que hicieron estremecerse a la desamparada Leonor, cuando mirando a un lado y a otro, sin acertar aún a retirarse de su presencia, y temeroso también de dejarse llevar de la ira que le abrasaba si permanecía allí más tiempo, cuenta la historia que a una de las puertas laterales de la habitación vio una mujer lívida, azul el rostro, la rabia en la boca, lumbre en las pupilas, furia en todos sus ademanes, que sin quitar de él los ojos, y con un puñal en la mano derecha, a paso de lobo se le acercaba.

Miróla Saldaña aterrado, y ella viéndose descubierta ni huyó, ni bajó los ojos siquiera, antes por el contrario enclavólos en él con más ahínco que nunca, y sólo detuvo el paso dudosa a cuál de los dos, a él o a Leonor, elegiría por su víctima. Hubiérase creído al ver a Leonor y a Saldaña suspensos y estúpidos a su vista, que los ojos de aquella tigre tenían virtud para convertir en piedra cuanto miraban, como la Gorgona de la fábula. Pero no tardó mucho tiempo Saldaña en volver en sí y en reconocerla. Había sabido ya el éxito del proceso y la muerte de su lindo paje, y vio que la que tenía delante de sí era Zoraida.

-¡Mujer!, ¡todavía estás aquí, todavía vuelves a atormentarme! -exclamó lleno de furor.

Y arrojándose sobre ella tiró de la daga, y antes que Leonor pudiera evitar el golpe, se la clavó en el pecho y la derribó a sus pies yerta. Cayó Zoraida, dio un alarido Saldaña, y arrojando la daga huyó precipitadamente del cuarto.

-¡Maldición! ¡Maldición! ¡Soy perdido! -se oyó que decía huyendo al mismo tiempo fuera de sí.

Dio Leonor gritos como una loca, acudieron al punto sus doncellas, y habiendo registrado la herida de Zoraida se halló que no era tan profunda que pareciese mortal, sin embargo que por entonces no daba señal de vida. Entró a poco Duarte y dos escuderos, y viendo que no se bullía ni respiraba siquiera, la sacaron del castillo al campo, donde, como no era cristiana, quedó para festín de las carnívoras aves sin enterrar.




ArribaAbajoCapítulo XL


Viéndole en su promesa tan constante
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
salió a la prima noche en gran secreto.


ERCILLA, Araucana.                


Dos días después llegó el judío a Cuéllar cargado de cadenas y escoltado por un numeroso cuerpo de alabarderos, que llenos de cuidado venían porque no se les escapara, habiéndoselo encomendado mucho el buen Zacarías, que les había contado maravillas de las brujerías que él mismo le había visto hacer. Al menor movimiento que hacía el infeliz, a la más breve palabra que pronunciaba, se hallaba las puntas de las alabardas al pecho, amenazando matarle si no callaba o no permanecía quieto, temerosos no fuera algún conjuro o alguna intención de escaparse. Mirábanle todos con asombro, persignábanse muy a menudo, amenazábanle con más frecuencia, habiéndole cargado con tantas cadenas y argollas que apenas podía moverse, y le traían caballero en una mula, donde sufría todas estas penalidades sin dejar escapar una queja. Alguna vez solía suspirar, pero era con el recuerdo de su querida hija, que habría recobrado para perderla tan pronto, y que iba a quedar, a lo que él se imaginaba, sola y abandonada en el mundo. Por lo demás, en cuanto a él, no temía por su vida y alimentaba aún muy buenas esperanzas de salvarse si alcanzaba hablar al rey, como se lo habían prometido.

Colocáronle en una de las torres en un encierro, donde habiéndole aliviado del peso de las cadenas lo dejaron solo entregado a sus reflexiones, que a la verdad no hay lugar más a propósito para dar libertad a la imaginación que aquel en que está preso el cuerpo. Al cabo de ocho días sintió descorrer con grande estrépito el cerrojo de su calabozo, y oyó la agria voz de su carcelero, que le mandó le siguiese. Halló a la puerta una pequeña guardia de arqueros, y colocándole en medio le condujeron hasta la habitación del rey, que con grande aparato, rodeado de sus caballeros, le aguardaba con mucho deseo de conocer a un hombre tan sabio y que merecía la confianza del rey de Aragón.

El judío entró en la estancia con serenidad, y aun con cierta expresión de indiferencia en su fisonomía, clavó en el rey los ojos un momento, y habiéndole saludado profundamente a la usanza oriental, quedó en pie con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sobre el pecho en muestras de su respeto. Miróle también el rey con ojos escudriñadores, habiéndole devuelto su saludo con cierta consideración que siempre tuvo el hijo de don Alfonso a los sabios, como uno de los príncipes más entendidos de su tiempo.

-¿No es tu nombre Abraham? -le preguntó en seguida de este ligero examen.

-Ese es, señor -respondió el judío gravemente-, el nombre que me dan los de mi tribu, puesto que entre los sabios soy conocido por otro.

-¿Es verdad -preguntó de nuevo el rey- que tú has descubierto el gran secreto de la piedra filosofal?

-No -repuso Abraham-; mis adelantos en la ciencia no han llegado hasta allí, y no soy más que un humilde aprendiz de los grandes maestros, cuyo principal secreto no he podido penetrar todavía.

-¿Pero tú eres el médico y secretario de nuestro muy querido primo el rey de Aragón?

-Soy, señor -replicó Abraham-, un humilde servidor de su alteza, que se ha dignado honrarme con su confianza.

-¿Y qué embajada has traído de su parte para nosotros, puesto que según tú mismo has dicho eres un enviado suyo?

-Señor -respondió el judío-, el rey de Aragón me dio una comisión importante para vuestra alteza, y si no he cumplido antes mi encargo ha sido porque graves acontecimientos me han impedido...

-¿Te mandó sin duda -dijo el rey con ironía- que te avistases primero con los rebeldes que acaudillaba el de Iscar, en cuyo castillo te has detenido algún tiempo?

-Así es ciertamente como vuestra alteza dice -repuso Abraham sin turbarse-, y mi estancia en su castillo ha sido el principal motivo de mi detención, en todo lo cual he obrado con arreglo a las órdenes del rey mi señor.

-Y has cumplido como buen vasallo de nuestro querido primo -replicó don Sancho-. Ahora bien, como yo soy el rey de Castilla, mando en mis reinos y no me acomoda que en ellos venga a sembrar la discordia ni aun el legado del Papa; escribiré al rey de Aragón que tú te has portado fielmente, y te mandaré al mismo tiempo ahorcar.

-Señor -respondió el judío-, vuestra alteza es dueño de mi vida, pero debe meditar mucho antes de quitármela, no sea que tenga que arrepentirse cuando ya no tenga remedio. Todo el poder de un rey se reduce a destruir a un hombre, pero por más que lo desee no alcanzará a dar vida a un reptil. Yo soy un enviado del rey de Aragón: instrucciones secretas que no tendría inconveniente en manifestar a vuestra alteza a solas, me han obligado a obrar de un modo al parecer sospechoso. Sin embargo, y aun dado caso que me hallase en el de tener que guardar el más escrupuloso secreto, vuestra alteza faltaría al derecho de gentes si mandase ahorcar a un enviado de otro monarca, que con el seguro de la buena fe y de la paz ha venido a ponerse en vuestro poder, y es imposible que el rey valiente y caballero, el hijo del rey Alfonso, se olvide de sí mismo hasta el punto de sacrificar a una sospecha cualquiera la vida de un extranjero que con tan sagrado carácter ha entrado en vuestros dominios. Por otra parte, vuestra alteza, como profundo político, debe conocer, si cree que el rey de Aragón sea un enemigo oculto de vuestra alteza, que con mi muerte no hará otra cosa que irritarle más y obligarle a que rompa por último abiertamente. Y si tal sospecha no cabe en vuestro generoso ánimo, como es de presumir, si recuerda las repetidas pruebas de amistad que aquel monarca le ha dado, es imposible que vuestra alteza trate de granjearse su enemistad cometiendo en la persona de su enviado injusticia tan escandalosa. Estas razones, y sobre todo la comisión que en secreto puedo manifestar a vuestra alteza, si se digna oírme, confío le harán obrar de muy distinta manera que se ha propuesto.

Atónitos quedaron el rey y los cortesanos de ver la energía y el atrevimiento con que se expresaba aquel viejo, en cuyo miedo habían esperado hallar un motivo de risa cuando el rey le anunciara su suerte, y a quien aguardaban haber visto intimidado y lloroso implorando el perdón a los pies del trono.

Duró un breve rato el silencio, y el rey pareció quedar pensativo.

-Judío -le dijo-, si el rey de Aragón fuese nuestro enemigo, caballeros tenemos nosotros y vasallos tan fieles como aquel monarca, y que sabrán defender el trono de Castilla, y aun triunfar de todos sus enemigos. No es mi ánimo tampoco tan temeroso que me amedrenten las amenazas hasta el punto de que el miedo tenga parte en mis determinaciones, y si cambiara alguna de ellas sería sólo un efecto de mi clemencia. Dices que tienes una comisión secreta para mí, y esto me mueve a suspender tu castigo, dándote lugar a que te defiendas de la acusación que contra ti hay, y si eres inocente irás libre. Caballeros -prosiguió, volviéndose a sus cortesanos-, dejadnos solos, retiraos.

Pusiéronse en pie todos al punto, y en toda la sala resonó un sordo murmullo de los que se retiraban, y ninguno al salir dejó de echar una ojeada de curiosidad al judío, ya que todos le juzgaban por hombre extraordinario.

Quedáronse, pues, solos el rey y él, y habiéndose levantado el primero de su asiento, le mandó se acercase tanto a él que no pudieran ser oídos de nadie, si alguno trataba de escuchar y se había quedado por allí cerca. El judío cada vez que daba un paso encorvaba el cuerpo y se detenía obedeciendo la voz de don Sancho, que le intimaba dulcemente que se acercase.

-Amigo mío -dijo en voz baja-, sé todo lo que te ha pasado, y no quiero obligarte ahora a fingir haciéndote desembuchar ahí una embajada que sólo ha de reducirse a meros cumplimientos de parte de nuestro caro primo. Yo sé que tú has venido encargado de promover contra mí la rebelión, y tu rey te ha encargado de esta comisión peligrosa. No importa; sus esperanzas han salido fallidas, y yo he descubierto sus planes. En cuanto a la amenaza que me has hecho de que el rey de Aragón tornaría tu defensa, tú mismo sabes muy bien que no se cumpliría, y que a nosotros los reyes no nos importa nada sacrificar al instrumento de nuestros designios si con su muerte nos podemos librar del más pequeño disgusto. Yo respeto tu sabiduría, y no te culpo de haber servido a tu rey, por lo que si juras servirme a mí con la misma lealtad te tomaré a mi servicio, y no tendrás que arrepentirte del cambio.

-La confianza que vuestra alteza hace de mí -replicó el judío-, me mueve a responder con la misma franqueza. Mucho mal os he hecho, señor, pero aún me queda que haceros un servicio que equivaldrá al favor que me hacéis en dejarme libre. Sabed, señor, que aquí mismo, a vuestro lado, tenéis un caballero que nada menos trata que alzarse contra vuestra alteza, y aguarda a cumpliros la palabra que os dio de serviros lealmente mientras dure la rebelión, para en el momento en que le parezca que os la ha cumplido, hacer valer sus derechos sobre el castillo de Albarracín, y ofrecerse a las órdenes del rey de Aragón.

-Sé todo eso muy bien -repuso el rey.

-Sí -replicó el judío, pero vuestra alteza ignora que el rey de Aragón y el de Lara se han convenido ya para obrar de mancomún contra vos, y lo que parecerá a vuestra alteza imposible, es que él y el hijo de don Lope de Haro están de acuerdo para vengar a su padre.

-También lo sé -respondió don Sancho-, y, sin embargo, se me hace duro creerlo.

-Ahí tenéis una carta que os lo probará -repuso Abraham, alargándole un papel-. Una casualidad ha hecho que cayera en mis manos, y su lectura os asegurará de la buena fe con que desde este momento empiezo a serviros.

-Quieres decir -replicó el rey, después de haber leído la carta sin mostrar el menor movimiento de sorpresa- que puedo contar contigo desde ahora para en adelante.

-Así es, señor, como vuestra alteza dice; sólo que desearía cumplir primero, como es de mi deber, con mi rey, manifestándole mi intención de abandonar su reino para pasarme a Castilla, condición sin la cual vos mismo no podríais juzgar bien de un hombre que fuera traidor al que primero le había empleado.

-Tal es -repuso el rey- mi intención: enviarte a Aragón con todas las muestras que de mi amistad puedo dar a su rey, tratándote como a su embajador y honrándote en cuanto esté a mis alcances. Pero allí mismo exijo de ti el desempeño de una comisión a que de ningún modo puede oponerse tu escrupulosa conciencia. Quiero, pues, que halles un medio de deshacerme de mis sobrinos los infantes de la Cerda. No que yo desee que se les dé un veneno, no te imagines tal cosa, pero sí que si pudiera ser que me los entregaran...; en fin, si pudiera lograrse que no me inquietaran más...

-Estoy, señor; vuestra alteza desearía que no le inquietaran más -respondió el judío con intención.

-En eso, ya ves -replicó don Sancho-, que no faltas a la fe que debes a aquel monarca. Él ya los tiene presos. ¿Qué importa que sea yo quien los tenga?

Puso el judío sus dificultades, mostró repugnancia; ofreció, rogó y amenazó don Sancho, hasta que pareciendo ceder por último el judío a sus razones y promesas fingió con tanta habilidad su papel que el rey quedó muy persuadido del buen fruto de su resolución. Añadióse, además, que hallándose enferma la reina, tuvo el judío ocasión de probar su ciencia devolviéndole en pocos días la salud, y que siendo muchos de los cortesanos en extremo aficionados a la alquimia y astrología, se granjeó en ellos poderosos protectores para con el rey, que ya sin necesidad de esto le manifestaba abiertamente una amistad asegurada con repetidas pruebas.

Hizo entre tanto Abraham las más vivas diligencias por averiguar el paradero de su hija, cuya última desgracia ignoraba, hasta que desesperado, y sin haber tampoco adquirido noticias de Usdróbal, llegó el día señalado para su vuelta a Aragón, y en que se puso en camino colmado de honores y confianzas y acompañado de una numerosa escolta para su honra y seguridad.




ArribaAbajoCapítulo XLI


   Y a un lado miro con soberbias torres
el palacio de Lara
. . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . .
Tanto desastre al infelice dueño,
tanta desolación a su familia,
¡cuán distinto se ve!...


ÁNGEL DE SAAVEDRA, El Moro Expósito.                


Hallábase en esto Usdróbal fuera del castillo de Cuéllar, en las cercanías, adonde había tenido que retirarse temeroso de ser conocido. Sin embargo, no dejaba de hacer sus excursiones al fuerte, ansioso de saber de Leonor y de favorecer a su hermano si podía libertarle de la prisión en que yacía aguardando a cada instante la muerte.

Habían ya puesto en liberad a Nuño, a quien por fuerza arrancaron del lado de su señor, no pareciéndoles ser persona de importancia para que fuese preciso tenerle preso, y quizá también por quitar al de Iscar el consuelo que su fiel criado pudiera darle.

Los días habían pasado lentamente uno tras otro para don Hernando, que solo en uno de los calabozos del fuerte, no acertaba a darse razón del por qué le tenían allí tanto tiempo sin decirle palabra ni sacarle al patíbulo, lo que ya casi deseaba en su desesperación, cada mañana, apenas amanecía, esperaba ver entrar el verdugo en su calabozo con la escolta que había de acompañarle al suplicio, y al menor ruido que sentía apercibía el ánimo para el terrible trance en que a cada momento esperaba verse. Imaginaba otras veces posible su libertad, ya porque la guerra siguiera, ya porque algún amigo secreto le protegiese; pero ni la hora de la muerte llegaba ni sus esperanzas se realizaban, y pasaba lentamente un día tras otro sin recibir noticia alguna ni ver apariencia de que se decidiese de alguna manera su suerte.

Sin embargo, no se descuidaba el buen Nuño, ni por verse él libre se había olvidado de su señor preso; antes bien, todos los días venía al castillo por si hallaba ocasión de verle, y ya que no podía otra cosa, se contentaba con preguntar por él a su amigo el viejo Duarte, quien solía darle noticias. Volvíase Nuño descontento y gruñendo casi todos los días del castillo, viendo que sus deseos a tan corto servicio habían de limitarse por fuerza, trazando a todas horas cómo libertar a don Hernando, para lo que ya había intentado hablar a Duarte, puesto que la rudeza y la fidelidad de aquel viejo para con su amo el de Cuéllar le quitaba el ánimo cuando más determinado venía a confiarle su plan.

Con este pensamiento, y renegando de su falta de resolución, salió de Cuéllar una tarde, y con mucho despacio, asaz pensativo y del mal humor dirigía su pasos al pueblo de Iscar, pesaroso de haber vivido tantos años para sobrevivir a la ruina de aquel castillo, mansión otro tiempo de la alegría y el lujo y ahora desolado trofeo del conquistador. Ocupaban sus almenas las tropas de don Sancho, que se habían apoderado de él, y la vista de los soldados de un rey no menos odioso para Nuño que para su amo, más de una vez había hecho al buen viejo derramar amargas lágrimas de coraje. Veíase en su vejez sin asilo y a merced de algún antiguo vasallo de su señor, que por piedad le había recogido, y esta idea cruel para un hombre acostumbrado a mirar los vasallos de su amo como siervos suyos ajaba su amor propio tanto que ni aun bastaban las ilusiones que se hacía él mismo de que aquel labriego al favorecerle no hacía sino cumplir con su deber, y era un nuevo dardo que venía a clavarse en su alma.

Envuelto, pues, en estas meditaciones caminaba, y ya el sol empezaba a ocultarse cuando alzando la vista de pronto vio un hombre enfrente de él parado que le miraba de hito en hito, sin pestañear y como si quisiera reconocerle. Miróle Nuño asimismo, pero volviendo a sus largos monólogos, prosiguió su camino sin acordarse más de aquel hombre, hasta que en habiendo andado pocos pasos más sintió que le tiraban de la rienda a su caballo para detenerle, lo que le hizo volver en sí y llegar la mano a la guarnición de la espada por lo que pudiera acaecer.

-Sosegaos, señor Nuño, que más vale que seamos amigos, y yo no vengo con intención de ofenderos -dijo el joven que estaba pie a tierra, y en el cual reconoció a Usdróbal, a quien más de una vez había visto en el campo de los rebeldes.

-Por Santiago -repuso Nuño-, que me alegro de hallarte, galán, pero siento que me hayas sorprendido, y si mi amo, el padre de don Hernando, me hubiese visto ahora caminar tan desprevenido, no habría dejado de decirme algo que me pesara. Pero a bien que él ya murió, su hija Dios sabe dónde estará, su hijo irá a acompañarlo dentro de poco y yo no los veré ya en todo lo que me queda de vida.

Dio a estas últimas palabras el pobre viejo un tono tal de melancolía y pesadumbre, que Usdróbal no pudo menos de conmoverse.

-Buen amigo -le dijo-, es menester más ánimo, y la esperanza no debe abandonaros tan pronto. Aquí me tenéis a mí...

-Tú eres muchacho -respondió Nuño-, y a tu edad lo mismo me daba a mí ocho que ochenta, pero ya soy viejo. Esperaba morir en el castillo de mis amos dejándolos a ellos felices; ellos han sido mi única familia, pues yo no he tenido hijos ni mujer, y no he vivido tantos años sino para ver morir a sus hijos y su casa en poder de otro dueño que ha echado de allí hasta los perros. Amigo mío, créeme: este golpe es demasiado cruel para que yo lo sufra con resignación.

-Con todo -repuso Usdróbal-, no hay que desesperarse todavía. Si esta noche queréis quedaros aquí conmigo en esa cabaña que veis, haremos penitencia juntos y acaso entre los dos daremos traza de que las cosas mejoren de aspecto. Puede ser que todo se componga y que hallemos medios de salvar a tus amos.

-Si tú, buen amigo -repuso Nuño-, encuentras camino de burlar la vigilancia de nuestros contrarios, te juro que puedes disponer de mi vida y de mí como de un esclavo. Vamos, que no dejaré yo también de servir de algo en tus designios, aunque no sea más que por mi prudencia y la experiencia que tengo del mando, que de algo me han de servir los años y las guerras y trabajos en que me he visto.

-Así es, buen Nuño -replicó Usdróbal-. Vamos.

Y diciendo y haciendo se encaminaron juntos hacia una choza que allí cerca, entretejida de ramas de árboles que en el techo ondeaban, se veía a la luz del crepúsculo como el yelmo de un caballero, y en entrando en ella los dejaremos meditando sus planes, cuyo resultado hemos de conocer por último, contentándonos con saber que al día siguiente muy de mañana montó Nuño a caballo, y habiéndose despedido de Usdróbal salió a buscar al Velludo, que andaba no lejos de aquellos contornos con su partida.




ArribaAbajoCapítulo XLII


[...] Mas cesa de repente
todo rumor, y el estridor violento
le sucede de un arco sacudido,
y de flecha veloz el silbo horrendo.


ÁNGEL DE SAAVEDRA, El Moro Expósito.                


La alegría de verse libre y honrado por el rey de Castilla no pudo templar, sin embargo, en el pecho del judío Abraham, el dolor de no haber podido averiguar todavía el paradero de la desgraciada Zoraida. Harto feliz con ignorar la suerte que había cabido a su hija, creíase el más desventurado de los hombres cuando, a la vuelta de los emisarios que había enviado a Valladolid, no pudo lograr noticia cierta del camino que tanto ella como Usdróbal habrían tomado. Combatíanse varios pensamientos en su interior, y hasta llegaba a veces a desconfiar de Usdróbal, puesto que semejante idea apenas lograba hallar cabida en su alma, y era desechada con enojo cada vez que su imaginación acalorada se la presentaba.

Embebecido con esto, caminaba acompañado de un numerosa escolta que, a par que mostraba honrarle, no dejaba de vigilar todos sus movimientos, como si temiese que se les escapara. A la mitad del camino se agregaron dos hombres a ellos, vestidos de ermitaños, aunque no tan cubiertos con la capucha que no se les viese bastante del rostro para conocer quiénes eran. Traía uno de ellos un rosario de cuentas muy gordas, y en llegando a la tropa dirigió su Laus Deo con tan afeminada y meliflua voz que nadie hubiera creído sino que era Zacarías el que hablaba.

-Decid, hijo mío -dijo, llegándose con mucha dulzura a uno de los soldados-, decidme, y así Dios os lo pague en el cielo, ¿qué escolta es ésta y a quién vais acompañando?

-Nuestro capitán -respondió el soldado- es el valiente Alonso de Vargas, y el que vamos acompañando dicen que es un embajador, aunque otros aseguran que es un judío.

-Sed libera nos a malo -repuso el ermitaño-. ¡Un judío! Mal haréis si no le quemáis vivo o le exigís un rescate proporcionado a las muchas riquezas que debe tener. ¡Un judío! ¡Jesús! ¡Jesús! Ora pro nobis, Turris Eburnea.

-Pues voto a Judas -replicó el soldado- que como todos pensasen como yo no habíamos de andar muchas leguas acompañándole, que no es justo que un perro como él traiga asendereados tantos hombres de bien.

-¡Cómo ha de ser, hijo mío! Dios dispondrá lo que más convenga, y puede ser que no se pase mucho tiempo sin que ese mal hombre pague sus culpas y entregue a los fieles como tú lo que con sus usuras ha granjeado malamente.

-Tengo entendido -añadió el soldado-, (y por las barbas de mi padre que no las traigo todas conmigo), que el tal embajador de Lucifer es mágico y tiene pacto con el demonio.

-Vade retro -exclamó el ermitaño, haciendo al mismo tiempo la señal de la cruz-. Diabolicus vir. ¿Y cómo camináis con tanto descuido con un hombre tan peligroso?

-Ande más y hable menos, ¡juro a Dios! -gritó en esto un cabo de la tropa que venía detrás-; y vos, señor ermitaño, idos a rezar vuestras oraciones.

-Sea lo que Dios quiera -respondió el soldado en voz baja al ermitaño, y apretó el paso en seguida.

Apresuráronlo también los dos anacoretas, observando al parecer con indiferencia el orden en que caminaba la escolta, que componían doce soldados armados de punta en blanco a caballo y un número doble de infantería con sus ballestas y partesanas. Iba el judío delante montado en una soberbia mula, y a su lado el capitán Alonso de Vargas razonando con él amigablemente, y el resto de la tropa marchaba detrás a cierta distancia, sin temor de ningún peligro, en dos filas y conversando unos con otros para entretener el camino. Cuando los dos ermitaños pasaron por donde caminaba el capitán, inclinaron la cabeza sobre el pecho en muestra de saludarle sin detenerse.

-¿A dónde bueno, devotos padres? -preguntó el capitán.

Zacarías hizo una seña a su compañero que respondiera.

-A la ermita de Nuestra Señora de los Afligidos -repuso su compañero.

-¿Y cómo tan solos? ¿No tenéis miedo de ladrones?

-En todo este camino, señor -replicó el anacoreta, no se halla uno, y, además, nosotros no llevamos nada que nos roben y no podemos tentar su codicia.

-Pues decían que el Velludo -respondió el capitán- vagaba por estas cercanías.

-Nada de eso; las últimas noticias son que ha tenido, que retirarse a Vizcaya. Loado sea Dios, que ha libertado esta tierra del terrible azote que la afligía.

Más hubiera querido saber el capitán acerca de lo que se decía del Velludo, pero los supuestos anacoretas saludaron de nuevo y apretaron el paso de modo que a poco tiempo en las revueltas del camino ya se habían perdido de vista.

-No sé por qué -dijo el judío al capitán, luego que hubieron desaparecido- me da el corazón que esos dos ermitaños no son sino dos pícaros redomados. y mucho que temo que no sean espías del Velludo.

-¡Qué! -exclamó el capitán con indiferencia-. El miedo os hace ver lo que no hay. ¿Qué habían aquí de venir a espiar ni qué adelantarían con eso? Tranquilizaos, que por vida de mi padre que daría los años que me quedan de vida por habérmelas con ese capitán de bandidos, y veríamos de qué le servían conmigo las tretas villanas de que se vale para escaparse.

-No habléis muy alto -repuso el judío-, que quiera Dios que no os oiga.

-No me irritéis, ¡vive Dios! -replicó Alonso de Vargas-, que estoy por ir solo a buscarle ahora mismo.

-Allá veremos -replicó Abraham.

Callaron con esto, y anduvieron aún una media hora da que sucediese cosa que digna5 de julio de 2002 de contar fuese. En esto el camino en que entraron empezó a estrechar rodeado de dos colinas muy pedregosas, y se levantaban de trecho en trecho tan elevados peñascos, que bien podría tras ellos ocultarse una docena de hombres. Los últimos rayos del sol herían tibiamente las cumbres de las montañas, y apenas a cierta distancia se veían reflejar confusamente los espesos árboles de un bosque que como el término de aquella angostura se presentaba. De repente una flecha silba a los oídos del capitán, y otras dos más se clavan en su armadura. Alzar Vargas la vista, enderezarse en la silla y empuñar su lanza fue obra de un solo punto; pero ya, habían caído muertos tres soldados y tenía algunos caballos heridos.

-Ánimo, muchachos -gritó con voz de trueno; y ya me disponía a dar las órdenes convenientes cuando un sinnúmero de flechas quedaron hincadas en su cuerpo, dos de las cuales, calando hasta el corazón, le hicieron abrir los brazos y caer de la silla dando un bramido.

En este momento las dos lomas aparecieron cubiertas de gente que, desprendiéndose como un ejército de hambrientos buitres sobre las amedrentadas palomas, acabaron lo que ya había empezado el terror, pues sin dejarles volver de su sorpresa cayeron sobre ellos con tanto ímpetu que los pusieron en fuga, no creyendo menos sino que el cielo en su ira llovía sobre ellos hombres armados.

Defendiéronse, sin embargo, algunos que prefirieron la honra a la vida; pero, además de que fueron pocos, fue tanto el desorden y tan impensada la acometida, que no tardó mucho el Velludo en quedarse absoluto dueño del campo. Había conservado el judío su serenidad en medio de aquel trastorno, y apeándose de la mula estaba aún registrando las heridas del capitán por ver si podría socorrerle cuando, decidida ya la victoria, se halló prisionero entre los de su partido. El primero que se acercó a él fue el devoto ermitaño, que desde el día en que trató de quemarle no había dejado de soñar en los muchos cequíes que había estado a pique de agarrar si no hubiera llegado el Velludo tan a tiempo, y que desde entonces le había seguido como su sombra por si podía hallar otra ocasión de cobrarlos. El había sido el que, viendo cuán mal le salían sus trazas, avisó al Velludo de la proporción que tenía de batir la escolta que le acompañaba, persuadido de que cayendo el judío en poder de los bandidos, no le sería difícil atraer a su partido a algunos de ellos, y a despecho del capitán, si fuese preciso, forzarle a entregar tales cantidades que pudiesen satisfacer su codicia y la de sus camaradas. Había concertado para esto su plan con algunos compañeros que habían jurado obedecerle a todo trance, aun contra la voluntad del Velludo, y durante la acción no había hecho más que observar a Abraham por si se escapaba, por lo que fue el primero que le echó mano cuando estaba registrando, como hemos dicho, las heridas del desgraciado Alonso de Vargas.

Cuando el judío reconoció al que le tenía prisionero, no pudo menos de temblar recordando la cruel tragedia en que por causa de aquel mal hombre estuvo a pique de representar el papel de protagonista, y mucho más cuando le oyó decir:

-Dios no quiere sin duda que se pierda tu alma y te ha traído segunda vez al camino de tu salvación. Deja a ese infeliz, que está dando ya cuenta a Dios; vente conmigo.

-No me moveré de aquí -repuso Abraham- si primero no me lo manda el Velludo, cuyas órdenes estoy dispuesto a obedecer al momento. Vosotros en mí debéis mirar un aliado, y no tengo nada que temer de vuestro capitán.

-¿Quién lo duda? -replicó Zacarías-. Síguenos, pues, ya que el Señor te ha libertado de tus enemigos, y dale gracias por haber venido a parte donde, como tú dices, has hallado tus aliados.

En esto llegó el Velludo preguntando por el judío, quien al momento que le hubo visto le conoció, y en llamándole, todos los demás se apartaron para hacerle lado, si no Zacarías, que así se separaba de él como un perro del hueso que tiene entre los dientes.

-Señor Zacarías, señor Zacarías -dijo el Velludo con sorna, dándole una palmada en el hombro-, por esta vez quedó también el cordero libre de los dientes del lobo. No se hizo la miel para la boca del asno, y así no seréis vos quien la coma. Idos, pues, de aquí, antes que os haga yo andar más que de prisa de un puntapié.

-Vuestro siervo...

Iba a contestar Zacarías, pero el temor que le inspiraba el Velludo le hizo retirarse sin proferir más palabra.

-Veníos conmigo -prosiguió el bandolero dirigiéndose al judío-. Abraham, sois libre, y nadie os tocará el pelo de la ropa viviendo yo; vamos.

Y tomando del ronzal la mula, echó a andar a su lado, antecogiendo su gente, que, rica con los despojos que acababa de ganar, le seguían en buen orden, encaminándose todos hacia el bosque, que, por ser ya oscurecido, se divisaba apenas como una sombra en el horizonte. Luego que llegaron se enmarañaron en su espesura, y habiendo colocado las centinelas, el Velludo se retiró con el judío y un caballero armado, que luego pareció ser Nuño, y que hablaba con el primero.

-No tengáis duda, que mucha experiencia tengo y he visto muy malas caras en mi vida, pero la de este que va aquí de ermitaño no se me despintará nunca, aunque viva más que Matusalén. Él fue el guía que me entregó a mí y a mi amo la noche antes de la batalla, y por cierto que ha de conservar la marca de un latigazo que le tiré a la cabeza con esta misma espada que llevo al cinto.

-Sosegaos, amigo Nuño -replicó el Velludo-, y yo os juro que las va a pagar todas juntas.

-Tiempo es ya -añadió el judío- de purgar la tierra de ese malvado.

Otras varias razones pasaron entre ellos, y la conversación llevaba trazas de no acabar tan pronto, cuando el grito de ¡Al arma, al arma! resonó a la redonda por todo el bosque. Alzó la vista el Velludo y vio que ardía una gran parte de él cuyas llamas iluminaban los contornos con tanta luz como si fuese de día. Los gritos se aumentaban, oíase ruido de armas, el incendio volaba y crecía el desorden.

-Mi capitán -dijo uno de los bandidos, todo desfigurado y falto de aliento-. Zacarías ha sublevado una parte de vuestra tropa, y dicen que ha de ser él quien los mande o que les habéis de entregar este hombre -y señaló al judío.

-¡Sangre y demonios! -exclamó el Velludo-. Pronto, ¡a ellos!, y no hay que dar cuartel a ninguno.

-Lo mejor que podéis hacer -dijo Nuño- es echaros fuera del bosque, que en el llano difícil será que os ataquen; me acuerdo yo que en el año 1255, día de San José, por la tarde...

Iba a proseguir refiriendo lo que había sucedido el día de San José por la tarde cuando notó que ya el Velludo había desaparecido y que había quedado solo con el judío, que en tanto riesgo no sabía qué partido tomar.

-Parece ser que es a vos a quien buscan -prosiguió Nuño, volviéndose al judío-. Lo mismo me sucedió a mí la noche del día de San José, como iba contando; pero aquélla era situación algo más apurada que la vuestra, y Dios sabe cómo me vi para salir de ella.

-Por Dios -interrumpió Abraham-, dejaos ahora de eso y veamos qué hemos de hacer, pues, según veo, el fuego llegará aquí muy presto y no nos queda más remedio que huir.

-Lo mejor que podéis hacer -dijo Nuño- es largaros y esconderos de unos y otros, pues yo que vos no me fiaría mucho de ninguno de ellos. Venid conmigo y no tengáis miedo, que basta que hayáis sido el médico de mi pobre amo para que yo os proteja y defienda contra todo el mundo.

Diciendo así tomaron la vuelta del camino, y habiendo trepado por entre unos peñascos, eligieron el sitio que les pareció más seguro, donde quedaron ocultos hasta el día siguiente.

Toda la noche duró el fuego y la batalla, y tal era el encarnizamiento con que pelearon unos con otros, que hubo muy pocos de una y otra parte que no saliesen heridos. Los caseríos vecinos, los pueblos a más de dos leguas de distancia, brillaban con un color rojizo en la oscuridad de la noche al resplandor del incendio; volaban hechos pavesa los árboles, y en medio de aquel espantoso estrago oíanse los alaridos de los moribundos, las voces de los combatientes, y no parecía sino que los hombres que peleaban eran demonios que entre las llamas retozaban contentos de ver la destrucción del mundo.

Sostuvo el Velludo aquella noche la fama de valiente que tan merecida tenía, no cuidándose del peligro, arrojándose a todas partes y combatiendo como buen soldado. Eran los suyos el mayor número, y aunque Zacarías animaba también a sus partidarios con el ejemplo, cada golpe del hacha del Velludo parecía decidir la victoria. Seguía a éste su fiel perro, que, no menos intrépido que su amo, acometía a sus enemigos con increíble inteligencia y ferocidad, y más de uno de los bandidos rebeldes fue víctima de los dientes del impetuoso Sagaz.

En resolución, al amanecer se levantó un viento fresco en dirección al sitio donde empezó el fuego, que, impeliendo las llamas a campo raso, lo apagó en pocas horas, falto ya de árboles en que cebarse.

Amaneció nublado, y el humo cubría de tal modo la atmósfera, que apenas podía decirse que era de día. Entre tanto cesó la batalla y quedó el campo en silencio, lo que redobló la inquietud del judío y causó pena al buen Nuño, dudosos ambos por quién habría quedado el combate. Pero esta duda no duró mucho tiempo, y bien pronto, habiendo Nuño salido a registrar el campo, vio subir la colina al Velludo, negro de humo, medio chamuscadas las barbas y el saco de cuero quemado, cubierta de sangre el hacha que traía en la mano y con los ojos que relampagueaban de ira. Seguíale su gente conduciendo algunos presos, y en llegando a la altura donde estaba el judío hicieron alto, se repartieron algunos víveres y se pusieron en buena paz a almorzar, tan alegres y satisfechos como si nada hubiera sucedido de extraño.

El judío se acercó al capitán y le saludó diciéndole sentía mucho haber sido él causa inocente de aquel trastorno, a lo que respondió el Velludo que él se alegraba sobremanera de aquello, porque así se había conocido ya quiénes eran los buenos y los malos de su partida.

Dicho esto callaron todos, y él dio orden para que les quitaran la vida a los que traían prisioneros, lo que se ejecutó al momento, atándolos dos con dos por los brazos a los dos frentes de cada árbol que por allí había y disparándoles tantas flechas, que su muerte fue obra de un solo punto.

-Veamos -dijo, hecho esto, el Velludo con mucha calma desde la peña en que estaba sentado-, veamos ahora ese hipócrita de Lucifer que trataba de quitarme el mando. Por la Virgen de Covadonga que voy a hacer con él ahora un ejemplar castigo como no se ha visto en el mundo.

Diciendo así dio un silbido, y habiendo vuelto Nuño y el judío los ojos hacia la parte adonde llamaba, vieron venir al mastín trayendo medio a rastra el cuerpo de Zacarías, que en vano intentaba desasirse de él, y que cada vez que sentía en su carne los dientes del animal lanzaba un quejido tan lastimoso como risible para aquellos bandidos, que a carcajada tendida celebraban con sumo aplauso la gracia. Señalábanle todos riendo, y hasta el buen Nuño, aunque nos cueste trabajo decirlo, pagó su tributo a la ferocidad de aquel siglo con una carcajada brutal. Sólo el judío ni se reía ni se conmovía, indiferente al parecer, y admirando entre sí los castigos que tarde o temprano reserva al delicuente la providencia.

-Vamos, aquí -dijo el Velludo-, señor devoto, que os voy a enviar al cielo más pronto que la vista, aunque antes no será malo que nos divirtamos un rato a tu costa, según tu loable costumbre con los que caían en tus manos. Suéltale, Sagaz.

Con lo que habiéndole el perro dejado libre, Zacarías se hincó de rodillas y empezó amargamente a llorar, suplicándole que le perdonase la vida.

-Siquiera -decía- por el tiempo que os he servido.

Yo os prometo retirarme a buen vivir y rogar a Dios por vos; lo digo ahora de veras. Yo os prometo que no quiero más que salvar mi alma. Yo os besaré los pies, yo...

-A ver, un latinajo, maestro Zacarías -gritó, mofándose uno de los bandidos.

El Velludo le miraba con desprecio, y más de una vez tuvo el hacha en alto para descargársela encima, a tiempo que el infeliz se arrastraba en el suelo delante de él, le besaba en efecto los pies y pedía la vida con clamores capaces de enternecer una piedra.

-Vergüenza me da, ¡vive Dios! -dijo el Velludo soltando el hacha-, de pensar que has sido tú el que ha tratado de quitarme el mando. Ven acá, alma de cántaro, corazón de gallina, ¿qué demonios tiene la muerte que tanto te asusta? Por la Virgen de Covadonga, si no tiene más remedio que morir, muere como hombre y no hagas ver que eres un mandria.

-¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Compasión! ¡Misericordia de mí! -gritaba Zacarías-. Dios os lo premiará en la otra vida.

-Calla, cobarde, que no es cosa para tanto, ni vale tu vida el tiempo que hemos de tardar en quitártela. ¡Ea!, muchachos, ahí os lo entrego para que os divirtáis un rato con él -gritó el Velludo a su gente con su acostumbrada frescura.

Adelantáronse todos al pobre hipócrita, que más hubiera querido verse entregado a las fieras, y sin hacer caso de sus súplicas ni de los alaridos que daba, empezaron a jugar a la pelota con él como con un pelele en carnestolendas, echándoselo unos a otros, hasta que cansados de su diversión idearon otra de no menos ingenioso entretenimiento, y fue que cogiéndole entre dos o tres le ataron las manos a la espalda, y en seguida por medio del cuerpo a un árbol, ligándolo fuertemente asimismo por los pies, lo que con grandes carcajadas y chistes fue aplaudido por todos. Hecho esto llamaron al perro, y poniéndolo enfrente de él a cierta distancia y sujetándolo uno de ellos con ambas manos, hicieron por dos o tres veces ademán de dejarlo ir contra él, riéndose a cada contorsión que hacía el infeliz, temeroso de la embestida. Por último, al cabo de haberle remedado algunos y díchole otros cuantos donaires se les ocurrieron, achucharon al animal, y al grito de «¡A él, a él!», lo dejaron suelto.

Arrojóse el perro con tanta furia como suelen embestir al toro los alanos que a tales peleas están enseñados, y en llegando cerca del árbol dio un salto y agarró a Zacarías del pescuezo, que, olvidado de que tenía las manos atadas, hacía increíbles esfuerzos por llevarlas delante para apartarle con ellas. Apenas hubo hecho presa cuando dos ladrones acudieron a quitárselo, lo que con no poco trabajo lograron, y habiéndose vuelto a colocar en el mismo sitio que antes, le soltaron segunda vez. Varias veces repitieron la misma faena, y a la verdad que era horrible ver aquel hombre moribundo esperando de este modo una muerte, lentamente penosa, y clamando ya con espantosos gritos que le mataran por Dios cuanto antes.

En resolución, fueron tales los alaridos que dio, que el judío y Nuño se taparon los oídos por no oírlo, y el Velludo, levantándose de la piedra donde había permanecido mirando, puso fin a la bárbara diversión diciendo, a tiempo que se encaminaba hacia él:

-Yo te haré callar, Lucifer, que ya me duele la cabeza de oírte.

Y llegándose a él le dividió el cráneo en dos partes del primer hachazo, llamó al perro y se volvió a donde estaban el judío y Nuño, con quienes se puso a hablar muy tranquilo. Y fue lo particular que en su última hora de lo que menos se acordó Zacarías fue de encomendarse a Dios ni de rezar; tan turbado estaba que hasta se olvidó de la ocupación de toda su vida.

-No hay que temer, amigo Nuño -decía el Velludo-; yo os ofrezco que antes de tres días me tendréis a vuestra disposición con mi tropa en los pinares de Iscar y que se hará cuanto se pueda por vuestro amo. En cuanto a vos -prosiguió, hablando con el judío-, sois libre y podéis iros donde mejor os convenga.

Diciendo así, y habiendo reunido su partida, se despidió de ellos y se alejó de allí precipitadamente a una expedición, si no de mucha honra, al menos de bastante provecho.

-Si no fuera que es un ladrón -dijo Nuño, luego que el Velludo se retiró-, juro a Dios que sería un hombre con quien yo pasaría con gusto toda mi vida. Es intrépido como él solo y se parece como un huevo a otro a un amigo que yo tuve, que murió el año de 1255, el día de San José en la batalla que os empecé a contar. ¡Fue mucha batalla aquélla!

-El Velludo -respondió el judío- es como todos los hombres: un conjunto de cosas buenas y malas.

Y montando en su mula y Nuño en su caballo tomaron, el primero, el camino de Valladolid por si lograba saber el paradero de su hija, y el segundo, el de Iscar, determinado a todo con tal de salvar a su señor de la prisión donde maldecía su destino.




    Sancho Saldaña ó El Castellano de Cuéllar
     José de Espronceda
 Concordancia      Página principal Enviar comentarios Ficha de la obra Marcar esta página Índice de la obra Anterior Arriba Siguiente
Marco legal