 Diálogo de la dignidad del hombre
Fernán
Pérez de Oliva
[Nota preliminar: edición
digital a partir de Obas [sic] del Maestro Fernán
Pérez de Oliva..., Córdoba, Gabriel Ramos Bejarano,
1586 y cotejada con la edición crítica de M.ª
Luisa Cerrón Puga (Madrid, Editora Nacional, 1982).
Hemos asumido los criterios de edición señalados
en esta última cuya consulta es imprescindible para
la correcta apreciación crítica de la obra
gracias a su riguroso y amplio aparato crítico. De
acuerdo con los criterios de M.ª Luisa Cerrón Puga,
no hemos actualizado en esta ocasión la ortografía
y la puntuación. En fechas próximas la Biblioteca
presentará una reproducción digital del ejemplar
R. 7747 de la Biblioteca Nacional (España) del que
parte la presente edición.]
Argumento del Diálogo de la dignidad del hombre
Yéndose a pasear Antonio a una parte del campo donde
otras muchas vezes solía venir, le sigue Aurelio,
su amigo; y preguntándole la causa por que acostumbrava
venirse allí comiençan a hablar de la soledad.
Y tratando por qué es tan amada de todos, y más
de los más sabios, entre otras razones Aurelio dize
que por el aborrescimiento que consigo tienen los hombres
de sí mismos por las miserias y trabajos que padescen
aman la soledad. Paresciendo mal esta razón a Antonio,
por no aver criatura más excelente que el hombre ni
que más contentamiento deva tener por aver nascido,
dize que le provará lo contrario. Y así determinados
de disputar de los males y bienes del hombre, para más
a plazer hazerlo, se van hazia una fuente. Junto a ella hallan
un viejo muy sabio llamado Dinarco con otros estudiosos,
y entendiendo la contienda y constituido por juez della manda
a Aurelio que hable primero y luego Antonio diga su parescer.
Aviéndoles oído Dinarco, juzga en breve de
la dignidad del hombre lo que con verdad y christianamente
devía, aviendo sustentado Aurelio lo que los gentiles
comúnmente del hombre sentían.
INTERLOCUTORES
|
| | AURELIO. | | | ANTONIO. | | | DINARCO. | |
AURELIO.-
Viéndote salir, Antonio, oy de la cibdad, te he seguido
hasta ver este lugar do sueles tantas vezes venir a pasearte
solo, porque creo que digna cosa será de ver lo que
tú con tal costumbre tienes aprovado. | ANTONIO.-
Este
lugar, Aurelio, nunca fue tal ni de tanto precio como es
agora que eres tú venido a él. | AURELIO.-
Nadie puede darle mejoría siendo de ti anticipado.
| ANTONIO.-
No quiero responderte, por no darte ocasiones
de lisongearme, sino quiero mostrarte lo que eres venido
a ver. Mira este valle cuán deleitable paresce, mira
esos prados floridos y estas aguas claras que por medio corren;
verás esas arboledas llenas de ruiseñores y
otras aves que con su vuelo entre las ramas y su canto nos
deleitan, y entenderás por qué suelo venir
a este lugar tantas vezes. | AURELIO.-
Hermoso lugar es éste,
y digno de ser visto, pero yo sospecho, Antonio, que otra
cosa buscas tú o gozas en este lugar, porque según
tú eres sabio y de más altos pensamientos bien
sé que esas cosas sensuales ni las amas ni las procuras;
por eso yo te ruego no me encubras las causas de tu venida.
| ANTONIO.-
Pues así lo quieres, sabe que en estos
valles mora una que yo muncho amo. | AURELIO.-
Agora veo,
Antonio, que has gana de burlarme. Dime, yo te ruego, ¿qué
tienen que hazer los amores con tu gravedad, o las vanidades
con tu sabiduría? | ANTONIO.-
Verdaderamente, Aurelio,
así es como te digo, que en aqueste valle mora una
sin la cual yo por la vida me daría poco. | AURELIO.-
Grande deve ser su bondad y hermosura pues a ti, que menosprecias
el mundo y sus deleites, te trae tan enamorado, con cobdicia
de verla o alcançarla. Dime al menos su nombre, si
por celos no me la quieres mostrar. | ANTONIO.-
Soledad se
llama. | AURELIO.-
Yo bien sabía, Antonio, que algún
misterio tenían tus amores. Ésa tiene otros
munchos amadores, como sabes, y pues es así, yo te
ruego que me declares cuál es la causa, a tu parescer,
por que los hombres aman la soledad y tanto más cuanto
son más sabios. | ANTONIO.-
Porque cuando a ella venimos
alterados de las conversaciones de los hombres donde nos
encendimos en vanas voluntades, o perdimos el tino de la
razón, ella nos sosiega el pecho y nos abre las puertas
de la sabiduría para que, sanando el ánimo
de las heridas que rescibe en la guerra que entre las contiendas
de los hombres trae, pueda tomar entero a la batalla. Ninguno
ay que biva bien en compañía de los otros hombres
si munchas vezes no está solo a contemplar qué
hará acompañado; porque como los artífices
piensan primero sus obras que pongan las manos en ellas,
así los sabios antes que obren han de pensar primero
qué hechos han de hazer, y cuál razón
han de seguir. Y si esto consideras, verás que la
soledad es tan amable, que devemos ir a buscarla doquiera
que la podamos hallar. | AURELIO.-
Bien veo, Antonio, que
ay esos provechos que dizes de la soledad, pero yo tengo
creído que otra causa mayor ay. | ANTONIO.-
¿Qué
causa puede aver mayor? | AURELIO.-
El aborrescimiento que
cada hombre tiene al género humano por el cual somos
inclinados a apartarnos unos de otros. | ANTONIO.-
¿Tan aborrescibles
te parescen los hombres que aun ellos mismos por huir de
sí busquen la soledad? | AURELIO.-
Parésceme
tanto, que cada vez que me acuerdo que soy hombre querría
o no aver sido, o no tener sentimiento dello. | ANTONIO.-
Maravíllome,
Aurelio, que los autores excelentes que acostumbras a leer,
y los sabios hombres que conversas, no te ayan quitado de
ese error. | AURELIO.-
Mas antes ésos me han puesto
en este parescer; porque, mirando yo a ellos como a principales
del género humano, nunca he visto cosa por do tuviese
esperança que pueda venir el hombre a algún
estado donde no le fuera mejor no ser nascido. | ANTONIO.-
Grande me paresce éste tu error, y no digno de tal
persona como tú. Si te plaze, disputarlo hemos aquí,
cabe una fuente sentados, que yo confío de hazerte
mudar este parescer. | AURELIO.-
Tú me guía,
que yo te seguiré, mas no con esperança de
lo que prometes; porque yo tengo tan miradas las miserias
de los hombres, que pienso que en lugar de quitarme mi propósito
me confirmarás en él, porque, viéndote
vencido en tal contienda, terné confiança que
nadie se me podrá defender. | ANTONIO.-
No han menester
amenazas los que tienen las armas en la mano y el campo libre.
Ya nosotros estamos cerca de nuestro asiento, allí
mostrarás cuánto puedes. Pero gente veo entre
los árboles, temo que nos estorven. | AURELIO.-
Dinarco
es el que está sentado cabe la fuente, y los otros
que con él están son los hombres buenos amadores
de saber que lo siguen siempre. | ANTONIO.-
Pues ésos
no serán estorvo, antes he gran plazer que estén
aquí porque Dinarco sea nuestro juez, al cual yo doy
la ventaja de todos nuestros tiempos así en virtud
como en letras. | AURELIO.-
Y los otros serán nuestros
oyentes. Lleguemos a él, que visto nos ha. | ANTONIO.-
Munchas vezes, Dinarco, he holgado de venir a esta fuente,
mas no tanto como agora que la hallo tan bien acompañada;
si ella estuviese siempre así no avría para
mí lugar más deleitable. | DINARCO.-
Con vosotros
tiene tan buena compañía, que no se deve desear
mejor. | ANTONIO.-
No está bien acompañada sino
una fuente con otra: ésta es fuente de agua clara
y tú eres fuente de clara sabiduría, así
que sois dos fuentes bien ayuntadas para entera recreación
del ánima y del cuerpo. | DINARCO.-
Mejor haze Aurelio
en no dezirme nada, que tú, Antonio, en saludarme
con tanto amor, que no curas de poner medida en tus palabras.
| AURELIO.-
Yo no dexo de ayudar a Antonio, sino porque no
sabré dezir cosas iguales a tu merescimiento. | DINARCO.-
Mejor será sufriros, pues defenderme es incitaros.
Agora dezid qué ocasión os ha traído
por acá. | ANTONIO.-
Gana de hablar en una disputa
que avíamos començado. | DINARCO.-
¿Qué
disputa es? | ANTONIO.-
Sobre el hombre es nuestra contienda,
que Aurelio dize ser cosa vana y miserable y yo soy venido
a defenderlo; y querémoste rogar tú seas nuestro
juez, a quien todos con muncha razón acatan por sabio
principal. | DINARCO.-
Yo quisiera ser merescedor de la estima
en que me tenéis, por cumplir vuestra voluntad como
deseo. Pero, de cualquier manera que sea, yo y estos mis
amigos holgaremos de oír tan buena disputa, y yo confío
tanto de vuestros ingenios y saber, que no se os esconderán
las razones que para esta contienda oviéredes menester;
de donde yo pienso quedar tan instruido, que avré
cobrado aviso para no errar en la sentencia. | ANTONIO.-
Pues
tú nos muestra la manera que devemos tener en esta
disputa. | DINARCO.-
Porque no se confundan vuestras razones,
me paresce que cada uno diga por sí su parescer entero.
Tú, Aurelio, dirás primero, y después
te responderá Antonio; y así guardaréis
la forma de los antiguos oradores, en cuyas contiendas el
acusador era el primero que dezía, y después
el defensor. | AURELIO.-
Pues vosotros os sentad en esos céspedes,
y yo en este tronco sentado os diré lo que me paresce.
| DINARCO.-
Sentáos todos, de manera que podáis
tener reposo. | | AURELIO.-
Suelen quexarse los hombres de
la flaqueza de su entendimiento, por la cual no pueden comprehender
las cosas como son en la verdad; pero quien bien considerare
los daños de la vida, y los males por do el hombre
pasa del nascimiento a la muerte, parescerle ha que el mayor
bien que tenemos es la ignorancia de las cosas humanas, con
la cual bivimos los pocos días que duramos como quien
en sueño pasa el tiempo de su dolor, que si tal conoscimiento
de nuestras cosas tuviésemos cómo ellas son
malas, con mayor voluntad desearíamos la muerte que
amamos la vida. Por esto quisiera yo doblaros, si pudiera,
el descuido, y meteros en tal ceguedad y tal olvido que no
viérades la miseria de nuestra humanidad, ni sintiérades
la fortuna, su atormentadora; pero pues por vuestra voluntad
que grande mostráis de saber lo que del hombre siento,
soy yo casi compelido a hazeros esta habla, si por ventura
mis palabras fueren causa que rescebáis dolor cual
ante no avíades sentido, vosotros tenéis la
culpa, que mandáis aquesto a quien no puede dexar
de obedesceros. Oíd pues, señores, atentos,
y hablaros he en esto que mandáis, no según
que pertenesce para ser bien declarado (porque a esto no
alcança la flaqueza del entendimiento, aunque sólo
es agudo en sentir sus males), sino hablaré yo en
ello según la experiencia que podemos alcançar
en los pocos días que bivimos, de tal manera que el
tiempo baste, y la paciencia que para oír tenéis
aparejada. Primeramente considerando el mundo universo,
y la parte que dél nos cabe, veremos los cielos hechos
morada de espíritus bienaventurados, claros y adornados
de estrellas luzientes, munchas de las cuales son mayores
que la tierra; donde no ay mudança en las cosas ni
ay causas de su detrimento, mas antes todo lo que en el cielo
ay persevera en un ser constante y libre de mudança.
Debaxo suceden el fuego y el aire, limpios elementos que
resciben pura la lumbre del cielo. Nosotros estamos acá,
en la hez del mundo y su profundidad, entre las bestias,
cubiertos de nieblas, hechos moradores de la tierra do todas
las cosas se truecan con breves mudanças; comprehendida
en tan pequeño espacio, que sólo un punto paresce
comparada a todo el mundo, y aun en ella no tenemos licencia
para toda. Debaxo las partes sobre que se rodea el cielo
nos las defiende el frío en munchas partes; los ardores,
las aguas en munchas más; y la esterilidad también
haze grandes soledades, y, en otros lugares, la destemplança
de los aires. Así que de todo el mundo y su grandeza
estamos nosotros retraídos en muy chico espacio, en
la más vil parte dél, donde nascemos desproveídos
de todos los dones que a los otros animales proveyó
naturaleza. A unos cubrió de pelos, a otros de pluma,
a otros de escama y otros nascen en conchas cerrados; mas
el hombre tan desamparado, que el primer don natural que
en él hallan el frío y el calor es la carne.
Así sale al mundo como a lugar estraño, llorando
y gimiendo como quien da señal de las miserias que
viene a padescer. Los otros animales, poco después
de salidos del vientre de su madre, luego como venidos a
lugar proprio natural, andan los campos, pascen las yervas
y, según su manera, gozan del mundo; mas el hombre
munchos días después que nasce ni tiene en
sí poderío de moverse, ni sabe do buscar su
mantenimiento, ni puede sufrir las mudanças del aire;
todo lo ha de alcançar por luengo discurso y costumbre,
do paresce que el mundo como por fuerça lo rescibe
y naturaleza, casi importunada de los que al hombre crían,
le da lugar en la vida, y aun entonces le da por mantenimiento
lo más vil. Los brutos, que la naturaleza hizo mansos,
biven de yervas y simientes y otras limpias viandas; el hombre
bive de sangre, hecho sepultura de los otros animales. Y
si los dones naturales consideramos, verlos hemos todos repartidos
por los otros animales: munchos tienen mayor cuerpo do reine
su ánima, los toros mayor fuerça, los tigres
ligereza, destreza los leones y vida las cornejas. Por los
cuales exemplos, y otros semejantes, bien paresce que deve
ser el hombre animal más indigno que los otros, según
naturaleza lo tiene aborrescido y desamparado; y pues ella
es la guarda del mundo que procura el bien universal, creíble
cosa es que no dexara al hombre a tantos peligros tan desproveído,
si él algo valiera para el bien del mundo. Las cosas
que son de valor éstas puso en lugares seguros, do
no fuesen ofendidas: mirad el sol dónde lo puso, mirad
la luna y las otras lumbres con que vemos; mirad dónde
puso el fuego por ser el más noble de los elementos.
Pues a los otros animales, si no los apartó a mejores
lugares, armólos a lo menos contra los peligros deste
suelo: a las aves dio alas con que se apartasen dellos; a
las bestias les dio armas para su defensa, a unas de cuernos
y a otras de uñas y a otras de dientes; y a los peces
dio gran libertad para huir por las aguas. Los hombres sólos
son los que ninguna defensa natural tienen contra sus daños:
perezosos en huir y desarmados para esperar. Y aun sobre
todo esto naturaleza crió mil ponçoñas
y venenosos animales que al hombre matasen, como arrepentida
de averlo hecho. Y aunque esto no uviera, dentro de nosotros
tenemos mil peligros de nuestra salud. Primeramente la discordia
de los elementos tenemos nosotros en los cuatro humores que
entre sí pelean: cólera con flema, y sangre
con melancolía; de los cuales si alguno vence, como
es fácil cosa, desconcierta toda la templança
humana y da la puerta a mil enfermedades. De manera que nuestros
humores mismos, en que está la vida fundada, nuestros
enemigos son que entre sí pelean por nuestra destruición.
Agora, pues, ¿qué diré de tantas menudas canales
como ay en nuestro cuerpo, por do anda la sangre y los espíritus
de vida que siendo alguna dellas rota o estorvada se pierde
la salud? ¿Qué diré de la flaqueza de los ojos
y de sus peligros, estando en ellos el mayor deleite de la
vida? ¿Qué diré de la blandura de los niervos,
de la fragilidad de los huesos? ¿Qué diré,
sino que fuimos con tanto artificio hechos porque tuviésemos
más partes do poder ser ofendidos? Y aun en esta
miserable condición que pudimos alcançar bivimos
por fuerça, pues comemos por fuerça que a la
tierra hazemos con sudor y hierro, porque nos lo dé;
vestímonos por fuerça que a los otros animales
hazemos, con despojo de sus lanas y sus pieles, robándoles
su vestido; cubrímonos de los fríos y las tempestades
con fuerça que hazemos a las plantas y a las piedras,
sacándolas de sus lugares naturales do tienen vida.
Ninguna cosa nos sirve ni aprovecha de su gana, ni podemos
nosotros bivir sino con la muerte de las otras cosas que
hizo naturaleza: aves, peces y bestias de la tierra, frutas
y yervas y todas las otras cosas perescen para mantener nuestra
miserable vida, tanto es violenta cosa y de gran dificultad
poderla sostener. Harto serían grandes causas y bastantes
éstas que dichas tengo para conoscer cuál es
el hombre, sino que bien veo que está Antonio considerando
cómo yo he mostrado las miserias del cuerpo, a las
cuales él después querrá oponer los
bienes que suelen dezir del alma. Agora, pues, Antonio, porque
ninguna parte del hombre te quede do yo no te aya anticipado,
quiero mostrar en el alma mayores males que para el cuerpo
ay. Ya tú bien sabes cómo el alma nuestra su
principal asiento tiene en el celebro, blando y fácil
de corromper; y cómo en unas celdillas dél,
llenas de leve licuor, haze sus obras principales con ayuda
de los sentidos por do se le trasluzen las cosas de fuera;
y sabes también cuán fácil cosa sea
embotarle o desconcertarle éstos sus instrumentos,
sin los cuales ninguna cosa puede. Los sentidos de mil maneras
perescen, y, siendo estos salvos, otras causas tenemos dentro
que nos ciegan y nos privan de razón: si el estómago
abunda de vapores, luego ellos redundan a las partes del
celebro y enturbian los lugares que ha menester el alma tener
puros; si se inflaman las entrañas, con el ardor se
engendra frenesía; y si el coraçón es
por de fuera tocado de sangre, suceden desfallescimiento
y tinieblas obscuras do el alma se olvida de todas las cosas.
Pero ¿qué es menester provarlo con estas cosas que
están más apartadas, pues la mesma ánima
con sus obras más excelentes se destruye? Bien sabemos
que en altas imaginaciones metidos munchos han perdido el
seso, y que desta manera no podemos meter nuestra alma en
hondos pensamientos sin peligro de su perdición. Mas
pongamos agora que todas estas cosas no le empezcan, y que
persevere tan perfecta y tan entera como puede según
naturaleza; y consideremos primero cuánto vale el
entendimiento, que es el sol del alma que da lumbre a todas
sus obras. Éste, si bien miráis, aunque es
alabado y suele por él ser ensallado el hombre, más
nos fue dado para ver nuestras miserias que para ayudamos
contra ellas: éste nos pone delante los trabajos por
do avemos pasado; éste nos muestra los males presentes
y nos amenaza con los venideros antes de ser llegados. Mejor
fuera, me paresce, carescer de aquesta lumbre, que tenerla
para hallar nuestro dolor con ella; principalmente pues tan
poco vale para enseñamos los remedios de nuestras
faltas. Que aunque algunos piensan que vale más nuestro
entendimiento para la vida que la ayuda natural que tienen
los otros animales, no es así, pues nuestro entendimiento
nasce con nosotros torpe y obscuro, y antes que convalezca
son pasadas las mayores necesidades de la vida por la flaqueza
de la niñez y los ímpetus de juventud, que
son los que más han menester ser con la razón
templados. Entonces ya puede algo el entendimiento cuando
el hombre es viejo y vezino de la sepultura, que la vida
lo ha menos menester; y aun entonces padesce mil defectos
en los engaños que le hazen los sentidos. Y también
porque él, de suyo, no es muy cierto en el razonar
y en el entender, unas vezes siente uno y otras vezes el
mesmo siente lo contrario, siempre con dubda y con temor
de afirmarse en ninguna cosa; de do nasce, como manifiesto
vemos, tanta diversidad de opiniones de los hombres, que
entre sí son diversos. Por lo cual yo munchas vezes
me duelo de nuestra suerte, porque teniendo nosotros en sola
la verdad el socorro de la vida, tenemos para buscarla tan
flaco entendimiento que, si por ventura puede el hombre alguna
vez alcançar una verdad, mientras la procura, se le
ofresce necesidad de otras mil que no puede seguir. Mejor
están los brutos animales proveídos de saber,
pues saben desde que nascen lo que han menester sin error
alguno: unos andan, otros buelan, otros nadan guiados por
su instinto natural. Las aves, sin ser enseñadas,
edifican nidos, mudan lugares, proveen al tiempo; las bestias
de tierra conoscen sus pastos y medicinas; y los peces nadan
a diversas partes; todos guiados por el instinto que les
dio naturaleza. Sólo el hombre es el que ha de buscar
la doctrina de su vida con entendimiento tan errado y tan
incierto como ya avemos mostrado. Aunque yo no sé
por qué me quexo en tan pequeños daños
de nuestro entendimiento, pues siendo aquél a quien
está toda nuestra vida encomendada, ha buscado tantas
maneras de traernos la muerte. ¿Quién halló
el hierro escondido en las venas de la tierra? ¿Quién
hizo dél cuchillos para romper nuestras carnes? ¿Quién
hizo saetas? ¿Quién fue el que hizo lanças?
¿Quién lombardas? ¿Quién halló tantas
artes de quitamos la vida sino el entendimiento, que ninguna
igual industria halló de traemos la salud? Éste
es el que mostró deshazer las defensas que las gentes
ponen contra sus peligros; éste halló los engaños;
éste halló los venenos y todos los otros males
por los cuales dizen que es el hombre el mayor daño
del hombre. Otras cosas yo diría de aquesta parte
del alma si no me paresciese que esto basta para su condenación.
Y pues ella es la guía a quien las otras siguen, no
sería menester de la voluntad dezir nada, pues no
puede ser más concertada, que es sabio su maestro;
mas por mayor declaración de la intención que
tengo, diré también las cosas que della siento.
Está la voluntad, como bien sabéis, entre
dos contrarios enemigos que siempre pelean por ganarla: éstos
son la razón y el apetito natural La razón,
de una parte, llama la voluntad a que siga la virtud y le
muestra a tomar fuerça y rigor para acometer cosas
difíciles; y, de otra parte, el apetito natural con
deleite la ablanda y la distrae. Agora, pues, ved cuál
es más fácil cosa: ¿apartarse ella de su natural
a mantener perpetua guerra, en obediencia de cosa tan áspera
como es la razón y sus mandamientos; o seguir lo que
naturaleza nos aconseja yendo tras nuestras inclinaciones,
las cuales detener es obra de mayor fuerça que nosotros
podemos alcançar? Principalmente que nuestros apetitos
naturales nunca dexan de combatirnos, y la razón munchas
vezes dexa de defendemos. A todas horas nos requiere la sensualidad
con sus viles deleites, mas no siempre está la razón
con nosotros para amonestamos y defendemos della, porque
no sólo este cuidado tiene el entendimiento, sino
también los otros de la vida; por donde, repartiéndose
según las vanas necesidades que se ofrescen, es por
fuerça menester que munchas vezes desampare la voluntad
y la dexe en medio de los que la combaten, sin que nadie
le enseñe cómo se ha de defender; donde es
necesario que alguna vez, o por flaqueza o por error, sea
presa de los vicios. Pues cuando viene a este estado ¿qué
cosa puede ser más aborrescible que el hombre? Entonces
la sensualidad, con gula y pereza y otros blandos tratamientos
de la carne, ciega el entendimiento; y ella arde en suzios
encendimientos de luxuria. Y si por ventura la templança
natural nos resfría, como pocas vezes acontesce, otros
vicios ay do se va la voluntad cuando de la razón
se aparta: éstos son sobervia, cobdicia, invidia,
enemistad y otros que ay semejantes; de do nascen las guerras,
las muertes, las gravísimas perturbaciones en que
traen los hombres al mundo. Agora, pues, ¡vengan esos sabios,
esos que suelen tanto ensalçar el ánima del
hombre; dígannos agora do pudieron ellos hallar bien
alguno entre tantos males! Todo es vanidad y trabajo lo que
a los hombres pertenesce, como bien se puede ver si los consideramos
en los pueblos do biven en comunidad. Allí veremos
unos dellos en sus artes que dizen mecánicas estar
peleando con la dureza del hierro; otros figuran piedras;
otros suben pesos; otros pulen la madera, otros la lana;
y otros en otros exercicios sudan y trabajan encorvados sobre
sus obras, do en pequeño espacio tienen ocupados los
ojos y el pensamiento. Y verás allí otros
los días y las noches del reposo ocupados en las disciplinas,
con cuidado perpetuo, en las cuales pierde tanto la memoria
como gana el entendimiento. Así los veréis,
a los que siguen disciplinas, acabado el trabajo tomar de
nuevo a él; los cuales me paresce que así hazen
como de Sísifo dixeron los poetas: que cuantas vezes
sube una piedra a la cumbre de un monte infernal, tantas
vezes se le cae y toma al trabajo. Pues si ésta les
paresció bastante pena para ser uno atormentado en
el infierno, esos que son en la República más
estimados por las disciplinas ¿qué descanso pensáis
que tienen, peleando continuamente con el peso dellas, que
tantas vezes se les cae de la memoria cuantas lo levantan
con el entendimiento? Todos trabajan y sudan los que biven
en los pueblos; y los labradores de los campos que andan
fuera dellos no carescen de penas: descubiertos por los soles
y las aguas, andando por las soledades a procurar el mantenimiento
de los otros que biven en sus casas, como esclavos dellos,
sin esperar fin o reposo alguno, mas antes toman de nuevo
al trabajo por el orden mismo que tornan los años.
Pues los que goviernan, mirad cómo no tienen ellos
tampoco descanso, buscando la verdad entre las contiendas
de los hombres y sus porfías, donde el hallarla es
cosa de gran cuidado y gran dificultad. Cuanto más
que, pues el hombre que con mayor cuidado mira por sí,
a gran pena puede dar en sus cosas concierto, las cuales
conosce y es dellas señor, ¿cómo podrá
el que govierna concertar las vidas de tantos hombres, no
sabiendo de sus intenciones nada, que ellos tienen encubiertas
en sus pechos? Y si miráis la gente de guerra que
guarda la república, verlos héis vestidos de
hierro, mantenidos de robos, con cuidados de matar y temores
de ser muertos, andando en continua mudança do los
llama la fortuna, con iguales trabajos en la noche y en el
día. Así que todos estos y los demás
estados de los hombres no son sino diversos modos de penar,
do ningún descanso tienen ni seguridad en alguno dellos,
porque la fortuna todos los confunde y los rebuelve con vanas
esperanças y vanos semblantes de honras y riquezas;
en las cuales cosas, mostrando cuán fácil es
y cuán incierta, a todos mete en deseos de valer tan
desordenados que no ay lugar tan alto do los queramos dexar.
Con estos escarnios de fortuna, cada uno aborresce su estado
con cobdicia de los otros, do, si llega, no halla aquel reposo
que pensava, porque todos los bienes de fortuna al desear
parescen hermosos, y al gozar llenos de pena. Así
andan los hombres, atónitos, errados buscando su contentamiento
donde no pueden hallarlo. Y entre tanto se les pasa el tiempo
de la vida, y los lleva a la muerte con pasos acelerados,
sin sentirlo. La cual nos espera encubierta, no sabemos a
cuál parte de la vida, mas bien vemos que jamás
estamos tan seguros della que no podamos tenerla muy cierta.
A vezes se nos esconde do menos sospecha ay; y otras vezes
la hallamos do vamos huyendo della; unas vezes lleva al hombre
en la primera edad, y entonces es piadosa, pues le abrevia
el curso de sus trabajos; otras vezes, que es cruel, lo saca
de entre los deleites de la edad entera, cuando ya ha cobrado
a la vida grande amor. Mas pongamos que la muerte dexe al
hombre hazer el curso natural: la más luenga vida
¿no vemos cuán breve pasa? La niñez en breves
días se nos va, sin sentido; la mocedad se pasa mientras
nos instruimos y componemos para bivir en el mundo; pues
la juventud pocos días dura, y ésos en pelea
que con la sensualidad entonces tenemos, o en damos por vencidos
della, que es peor. Luego viene la vejez, do en el hombre
comiençan a hazerse los aparejos de la muerte. Entonces
el calor se resfría; las fuerças lo desamparan;
los dientes se le caen, como poco necesarios; la carne se
le enxuga y las otras cosas se van parando tales cuales han
de estar en la sepultura. Hasta que el fin llega bolando,
con calas, a quitarle de sus dulces miserias, y aún
allí en la despedida lo afligen nuevos males y tormentos.
Allí le vienen dolores crueles, allí turbaciones;
allí le vienen suspiros con que mira la lumbre del
cielo que va ya dexando, y con ella los amigos y parientes
y otras cosas que amava, acordándose del eterno apartamiento
que dellas ha de tener. Hasta que los ojos entran en tinieblas
perdurables en que el alma los dexa retraída a despedirse
del seso y el coraçón y las otras partes principales
do, en secreto, solía ella tomar sus plazeres. Entonces
muestra bien el sentimiento que haze por su despedida, estremesciendo
el cuerpo y, a vezes, poniéndolo en rigor con gestos
espantables en la cara, do se representan las crudas agonías
en que dentro anda entre el amor de la vida y temor del infierno;
hasta que la muerte con su cruel mano la desase de la entrañas.
Así fenesce el miserable hombre, conforme a la vida
que antes pasó. Aquí pudiera, Dinarco, poner
fin a ésta mi habla pues he traído el hombre
hasta el punto donde desvanesce, si no viera que me queda
nueva pelea con la fama, vana consoladora de la brevedad
de nuestra vida. Ésta toman munchos por remedio de
muerte, porque dizen que da eternidad a las mejores partes
del hombre, que son el nombre y la gloria de los hechos,
los cuales quedan en memoria de las gentes que es, según
dizen, la vida verdadera. Donde claro muestran los hombres
su gran vanidad, pues esperan el bien para cuando no han
de tener sentido. ¿Qué aprovecha a los huesos sepultados
la gran fama de los hechos? ¿Dónde está el
sentido? ¿Dónde el pecho para rescebir la gloria?
¿Dó los ojos? ¿Dó el oír con que el
hombre coge los fructos de ser alabado? Los cuerpos en la
sepultura no son diferentes de las piedras que los cubren:
allí yazen en tinieblas, libres de bien y mal, do
nada se les da que ande el nombre bolando con los aires de
la fama. La cual es tan incierta, que a la fin mezcla la
verdad con fábulas vanas, y quita de ser conoscidos
los defunctos por los nombres que tenían. Las memorias
de los grandes hombres troyanos y griegos, con la antigüedad
están así corrompidas, que ya por sus nombres
no conoscemos los que fueron, sino otros hombres fingidos
que han hecho en su lugar, con fábulas, los poetas
y los historiadores, con gana de hazer más admirables
las cosas. Y aunque digan la verdad, no escriven en el cielo
incorruptible, ni con letras inmudables; sino escriven en
papel, con letras que, aunque en él fueran durables,
con mudança de los tiempos a la fin se desconoscen.
Las letras de egipcios y caldeos, y otros munchos que tanto
florescieron, ¿quién las sabe? ¿Quién conosce
agora los reyes, los grandes hombres que a ellas encomendaron
su fama? Todo va en olvido, el tiempo lo borra todo. Y los
grandes edificios que otros toman por socorro para perpetuar
la fama, también los abate y los iguala con el suelo.
No ay piedra que tanto dure, ni metal, que no dure más
el tiempo, consumidor de las cosas humanas. ¿Qué se
ha hecho de la torre fundada para subir al cielo? Los fuertes
muros de Troya; el templo noble de Diana; el sepulchro de
Mauseolo; tantos grandes edificios de romanos de que apenas
se conoscen las señales donde estavan, ¿qué
son hechos? Todo esto se va en humo, hasta que toman los
hombres a estar en tanto olvido como antes que nasciesen,
y la misma vanidad se sigue después que primero avía.
Hasta aquí, Dinarco, me ha parescido dezir del hombre;
agora yo lo dexo a él y su fama enterrados en olvido
perdurable. Yo no sé con qué razones tú,
Antonio, podrás resuscitarlo. Dale vida, si pudieres,
y consuelo contra tantos males como has oído, que
si tú así lo hizieres, yo seré vencido
de buena gana, pues tu victoria será gloria para mí,
que me veré constituido en más excelente estado
que pensava. | | ANTONIO.-
Considerando señores, la
composición del hombre -de quien oy he de decir-,
me paresce que tengo delante los ojos la más admirable
obra de cuantas Dios ha hecho, donde veo no solamente la
excelencia de su saber más representada que en la
gran fábrica del cielo, ni en la fuerça de
los elementos, ni en todo el orden que tiene el universo;
mas veo también como en espejo claro el mismo ser
de Dios y los altos secretos de su Trinidad. Parte desto
vieron los sabios antiguos con la lumbre natural, pues que
puestos en tal contemplación dixo Trimegisto que gran
milagro era el hombre, do cosas grandes se veían;
y Aristóteles creyó que era el hombre el fin
a quien todas las cosas acatan, y que el cielo tan excelente
y las cosas admirables que dentro de sí tiene, todas
fueron reduzidas a que el hombre tuviese vida, sin el cual
todas parecían inútiles y vanas. Sólo
Epicuro se quexava de la naturaleza humana, que le parecía
desierta de bien y afligida de munchos males, alegando tales
razones que me paresce que tú, Aurelio, lo has bien
en ellas imitado; por lo cual le parescía que este
mundo universal se regía por fortuna, sin providencia
que dentro dél anduviese a disponer de sus cosas.
Mas de cuánto valor sea la sentencia de Epicuro, ya
él lo mostró cuando antepuso el deleite a la
virtud. Yo no quisiera que aprovara al hombre quien a la
virtud condena basta que lo aprueven aquéllos que
con alto juizio saben que al artífice haze grave injuria
quien reprueva su obra más excelente. Dios fue el
artífice del hombre y por eso, si en la fábrica
de nuestro ser uviese alguna falta, en Él redundaría
más señaladamente que de otra obra alguna,
pues nos hizo a su imagen para representarlo a él.
Si en la figura pintada do algún hombre se nos muestra
uviese alguna fealdad, ésta atribuiríamos a
cuya es la imagen, si creemos que fue hecha con verdadera
semejança; pues así las faltas de naturaleza
humana, si algunas uviese, pensaríamos que en Dios
estuviesen, pues ninguna cosa ay que tan bien represente
a otra como a Dios representa el hombre. En el ánima
lo representa más verdaderamente; la cual es incorruptible
y simplicísima, sin composición alguna, toda
en un ser como es Dios, y en este ser tres poderíos
tiene con que representa la divina Trinidad. El Padre, soberano
principio universal de donde todo procede, en contemplación
de su divinidad engendra al Hijo, que es su perfecta imagen;
la cual Él amando, y siendo della amado, procede el
Espíritu Sancto como vínculo de amor. Así
con gran semejança el ánima nuestra, contemplando,
engendra su verdadera imagen, y conosciéndose por
ella, produze amor. Desta manera, con su memoria, con que
haze la imagen; y con el entendimiento, que es el que usa
della; y con la voluntad, adonde mana el amor, representa
a Dios: no sólo en esencia, sino también en
Trinidad. Por lo cual en la creación del mundo, aviendo
hecho la Sagrada Escritura mención de Dios con nombre
de Uno, cuando uvo de criarse el hombre refiere que dixo
Dios: hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza; así
que se declaró ser munchas personas en aquel paso
do hacía la imagen dellas. Y no sin causa dobló
la palabra cuando dixo imagen y semejança, porque
la imagen es de la esencia, y la semejança es del
poder y del oficio: que así como Dios tiene en su
poderío la fábrica del mundo, y con su mando
la govierna, así el ánima del hombre tiene
el cuerpo subjecto, y según su voluntad lo mueve y
lo govierna; el cual es otra imagen verdadera de aqueste
mundo a Dios subjecto. Porque, como son estos elementos de
que está compuesta la parte baxa del mundo, así
son los humores en el cuerpo humano, de los cuales es templado.
Y como veis el cielo ser en sí puro y penetrable de
la lumbre, así es en nosotros el leve espíritu
animal, situado en el celebro y de allí a los sentidos
derivado, por do se rescibe lumbre y vista de las cosas de
fuera. Por donde es manifiesto ser el hombre cosa universal
que de todas participa: tiene ánima a Dios semejante,
y cuerpo semejante al mundo; bive como planta, siente como
bruto y entiende como ángel. Por lo cual bien dixeron
los antiguos que es el hombre menor mundo cumplido de la
perfección de todas las cosas. Como Dios, en sí
tiene perfección universal; por donde otra vez somos
tornados a mostrar cómo es su verdadera imagen. Y
pues es así que los príncipes, cuando mandan
esculpirse, hazen que se busque alguna piedra excelente,
o se purifique el oro para hazer la figura según su
dignidad, creíble cosa es que, cuando Dios quiso hazer
la imagen de su representación, que tomaría
algún excelente metal, pues en su mano tenía
hazerla de cual quisiese. Mas la causa por que la puso en
la tierra, siendo tan excelente, oiréis agora. Los
antiguos fundadores de los pueblos grandes, después
de hecho el edificio, mandavan poner su imagen esculpida
en medio de la cibdad, para que por ella se conosciese el
fundador; así Dios, después de hecha la gran
fábrica del mundo, puso al hombre en la tierra, que
es el medio dél, porque en tal imagen se pudiese conoscer
quién lo havía fabricado. Mas no quiso que
fuese aquí como morador, sino como peregrino desterrado
de su tierra, y, como dize San Pablo, caminando para Dios
nuestra tierra es en el cielo; mas púsonos Dios acá,
en el profundo, para que se vea primero si somos merescedores
della. Porque como el hombre tiene en sí natural
de todas las cosas, así tiene libertad de ser lo que
quisiere: es como planta o piedra puesto en ocio; y si se
da al deleite corporal es animal bruto; y si quisiere es
ángel hecho para contemplar la cara del padre; y en
su mano tiene hazerse tan excelente que sea contado entre
aquellos a quien dixo Dios: dioses sois vosotros. De manera
que puso Dios al hombre acá, en la tierra, para que
primero muestre lo que quiere ser, y si le plazen las cosas
viles y terrenas, con ellas se queda perdido para siempre
y desamparado; mas si la razón lo ensalça a
las cosas divinas, o al deseo dellas y cuidado de gozarlas,
para él están guardados aquellos lugares del
cielo que a ti, Aurelio, te parescen tan ilustres. Y Dios
no nos los defiende; mas antes viendo él que los tuvimos
perdidos, embió a su unigénito hijo a juntarse
con nosotros en nuestra misma carne, para que con su sangre
nos abriese las puertas del cielo, cerradas primero a nuestros
viles pecados, y nos mostrase los caminos de ir a ellas.
Los ángeles que Dios tuvo cabe sí, cuando
dellos fue ofendido, los apartó y los echó
en tinieblas sin remedio para siempre; y al hombre quiso
tanto que, aviéndose perdido con sobervio deseo de
sabiduría, vino a él como a hijo más
querido y no solamente le perdonó, mas limpióle
los ojos de su ceguedad y mostró cuán excelente
ser y cuán bastante le avía dado, pues él
no se desdeñava de juntar la naturaleza humana con
su misma deidad, para que conosciese el hombre cuán
mal avía hecho en menospreciar su estado. Y con todo
esto, para darle claro testimonio del amor que le tenía,
sufrió por él injurias, sufrió trabajo,
sufrió persecución, y a la fin sufrió
enclavar sus miembros en el leño de la Cruz; y vertió
la sangre de su coraçón con que nos tornó
a heredar de su sancto reino, de do por nuestros pecados
nos avía desheredado. Agora, pues, ¿quién
será osado de aborrescer al hombre, pues lo quiere
Dios por hijo y lo tiene tan mirado? ¿Quién osará
dezir mal de la hermosura humana? ¿De quién anda Dios
tan enamorado que por ningunos desvíos ni desdenes
ha dexado de seguirla? Guardaos, los que esto dezís,
de ofender más a Dios en culparle la obra que él
ha juzgado digna de ser guardada con tanta perseverancia
y tanto sufrimiento, que las cosas por do vuestra culpa os
engaña a menospreciar el hombre agora veréis
que son con más amor hechas que agradescimiento.
El cuerpo humano, que te parecía, Aurelio, cosa vil
y menospreciada, está hecho con tal arte y tal medida,
que bien paresce que alguna grande cosa hizo Dios cuando
lo compuso. La cara es igual a la palma de la mano; la palma
es la novena parte de toda la estatura, el pie es la sexta
y el cobdo la cuarta; y el ombligo es el centro de un círculo
que pasa por los extremos de las manos y los pies estando
el hombre tendido abiertas piernas y braços. Así
que tal compostura y proporción, cual no se halla
en los otros animales, nos muestra ser el cuerpo humano compuesto
por razón más alta. El cual puso Dios enhiesto,
sobre pies y piernas de hechura hermosa y conveniente, porque
pudiese contemplar el hombre la morada del cielo para donde
fue criado. A los otros animales puso baxos y inclinados
a la tierra para buscar sus pastos y cumplir con un solo
cuidado que del vientre tienen. Y aunque a estos los cubrió
todos de pieles y de lanas, al hombre no cubrió sino
sola la cabeça, mostrando que sola la razón
que en ella mora uvo menester amparo y, ella proveída,
daría a las otras partes bastante provisión.
Agora miremos la excelencia de su cara. La frente soberana,
do el ánima representa sus mudanças y aficiones,
¿cuán hermosa, cuán patente? Debaxo della están
puestos los ojos, como ventanas muy altas del alcaçar
de nuestra alma, por do ella mira las cosas de fuera; no
llanos ni hundidos, mas redondos y levantados, porque estuviesen
tomados a diversas partes y pudiesen juntamente de todas
ellas rescebir las imagénes que vienen. Los oídos
están en ambos lados de la cabeça, para coger
los sonidos que de todas partes vienen. La nariz está
puesta en medio de la cara, como cosa muy necesaria para
su hermosura, por do el hombre respira, para evitar la fealdad
de traer la boca abierta; y por ella rescebimos el olor,
y ella es la que tiempla el órgano de la boz. Debaxo
de la cual sucede la boca, que entre labios colorados muestra
dentro sus blancos dientes, que son colores mezclados cuales
pertenescen a muncha hermosura; y ella es la puerta por do
entra nuestra vida, que es el mantenimiento de que nos substentamos,
y la puerta por do salen los mensajes de nuestra alma, publicados
con nuestra lengua, que mora dentro en la boca como en casa
bien proveída de lo que ha menester. Allí tiene
por dónde la boz le venga del pecho y, después
de rescebida, tiene dientes, tiene labios y los otros instrumentos
con que la puede formar. ¿Quién podría agora
explicar bien claramente las excelentes obras que la lengua
haze en nuestra boca? Unas vezes rigiendo la boz por números
de música, con tanta suavidad, que no sé cuál
puede ser otro mayor deleite de los lícitos humanos;
otras vezes mostrando las razones de las cosas, con tanta
fuerça, que despierta la ignorancia, enmienda la maldad,
amansa las iras, concierta los enemigos y da paz a las cosas
conmovidas en furor. Grandes son los milagros de la lengua,
la cual, sola, es bien bastante para honrar todo el cuerpo;
mas hablemos agora de las otras partes, porque a todas demos
la dignidad que les pertenesce. La barba y las mexillas son
no solamente para firmeza y capacidad de lo que contienen,
sino también para singular hermosura que con ellas
tiene la cara del hombre. El cuello, ya lo vemos cómo
es flexible para traer en torno la cabeça a considerar
todas las partes que cerca de sí tiene. El pecho está
debaxo, más tendido que en los otros animales, como
capaz de mayores cosas; en el cual no solamente obró
Dios proveyendo a la necesidad natural, sino también
a la hermosura, pues puso en el varón, de ambas partes,
pequeñas tetas no para más de adornar el pecho.
De sus lados más altos salen los braços, en
cuyos estremos están las manos, las cuales, solas,
son miembros de mayor valor que cuantos dio naturaleza a
los otros animales. Son éstas en el hombre siervas
muy obedientes del arte y de la razón, que hazen cualquiera
obra que el entendimiento les muestra en imagen fabricada.
Éstas, aunque son tiernas, ablandan el hierro y hazen
dél mejores armas para defenderse que uñas
ni cuernos; hazen dél instrumentos para compeler la
tierra a que nos dé bastante mantenimiento, y otros,
para abrir las cosas duras y hazerlas todas a nuestro uso.
Éstas son las que aparejan al hombre vestido, no áspero
ni feo cual es el de los otros animales, sino cual él
quiere escoger. Éstas hazen moradas bien defendidas
de las injurias de los tiempos; éstas hazen los navíos
para pasar las aguas; éstas abren los caminos por
donde son ásperos, y hazen al hombre llano todo el
mundo. Éstas doman los brutos valientes; éstas
traen los toros robustos a servir al hombre, abaxados sus
cuellos debaxo del yugo; éstas hazen a los cavallos
furiosos sufrir ellos los trabajos de nosotros; éstas
cargan los elefantes; éstas matan los leones; éstas
enlazan los animales astutos; éstas sacan los peces
del profundo de la mar, y éstas alcançan las
aves que sobre las nuves buelan. Éstas tienen tanto
poderío, que no ay en el mundo cosa tan poderosa que
dellas se defienda. Las cuales no tienen menos bueno el parescer
que los hechos. Agora, pues, si bien contempláis,
veréis al hombre compuesto de nobles miembros y excelentes,
do nadie puede juzgar cuál cuidado tuvo más
su artífice: de hazerlos convenientes para el uso,
o para la hermosura. Por lo cual, los pintores sabios en
ninguna manera se confian de pintar al hombre más
hermoso que desnudo; y también naturaleza lo saca
desnudo del vientre, como ambiciosa y ganosa de mostrar su
obra tan excelente sin ninguna cobertura. Que si el hombre
sale llorando, no es porque sea aborrescido de naturaleza
o porque este mundo no le sirva, sino es, como bien dixiste
tú, Aurelio, porque no se halla en su verdadera tierra.
¿Quién es natural del cielo?, ¿en qué otro
lugar se puede hallar bien, aunque sea bien tratado según
su manera? El hombre es del cielo natural, por eso no te
maravilles si lo ves llorar estando fuera dél. Ni
pienses tampoco que es menos bien obrado dentro de su cuerpo
que has visto por de fuera; antes sus partes interiores son
de mayor artificio, de las cuales yo no hablo agora, con
miedo que la Filosofía no me desvíe muy lexos
de mi fin. Pero diré a lo menos a lo que tú
me provocas que en la pelea de contrarias calidades, y en
la multitud de venas y fragilidad de huesos, o no ay tanto
peligro como tú representaste o, si es así,
en ello se muestra qué cuidado tiene de nosotros Dios,
pues entre peligros tan ciertos nos conserva tantos días.
Y lo que tú dizes que hazemos a todas las cosas fuerça
para bivir nosotros, vanas querellas son, pues todas las
cosas mundanas vienen a nuestro servicio no por fuerça,
sino por obediencia que nos deven. ¿No has oído en
los cantares de David, donde por el hombre dize, hablando
con Dios: Ensalçástelo sobre las obras de tus
manos, todas las cosas pusiste debaxo de sus pies: ovejas
y vacas y los otros ganados, las aves del cielo y los peces
de la mar? Esto dize David, y pues Dios es señor universal,
él nos pudo dar sus criaturas, y, dadas, nosotros
usar dellas según requiere nuestra necesidad. Las
cuales no resciben injuria cuando mueren para mantener la
vida del hombre, mas vienen a su fin para que fueron criadas.
De las cosas que ya dichas tengo puedes conoscer, Aurelio,
que no es el hombre desamparado de quien el mundo govierna,
como tú dixiste; mas antes bastecido más que
otro animal alguno, pues le fueron dados entendimiento y
manos para esto bastantes, y todas las cosas en abundancia
de que se mantuviese. Agora quiero satisfazerte a lo que
tú querías dezir: que estas cosas mejor fuera
que sin trabajo las alcançara, que no buscadas con
tanto afán, y guardadas con tanto cuidado. Si bien
consideras, hallarás que estas necesidades son las
que ayuntan a los hombres a bivir en comunidad, de donde
cuánto bien nos venga, y cuánto deleite, tú
lo ves, pues que de aquí nascen las amistades de los
hombres y suaves conversaciones; de aquí viene que
unos a otros se enseñen, y los cuidados de cada uno
aprovechen para todos. Y si nuestra natural necesidad no
nos ayuntara en los pueblos, tú vieras cuáles
anduvieran los hombres: solitarios, sin cuidado, sin doctrina,
sin exercicios de virtud, y poco diferentes de los brutos
animales; y la parte divina, que es el entendimiento, fuera
como perdida, no teniendo en qué ocuparse. Así
que lo que nos paresce falta de naturaleza, no es sino guía
que nos lleva a hallar nuestra perfección. Cuanto
más que, aunque estos bienes alcançáramos
sin nuestras necesidades naturales, los hombres son tan diversos
en voluntades, que no era cosa conveniente que Dios les diese
más de instrumentos para que cada uno se proveyese
de las cosas según su apetito. Así que esta
incertidumbre en que Dios puso al hombre responde a la libertad
del alma: unos quieren vestir lana, otros lienço,
otros pieles; unos aman el pescado, otros la carne, otros
las frutas. Quiso Dios cumplir la voluntad de todos haziéndolos
en estado en que pudiesen escoger, y pues es así,
no devemos tener por aspereza lo que Dios nos concedió
como a hijos regalados. Dime agora tú, Aurelio, si
Dios te hiziera con cuernos de toro, con dientes de javalí,
con uñas de león, con pellejo lanudo, ¿no te
paresce que con estas provisiones que alabas en los otros
animales te hallaras tan desproveído, según
tu voluntad, que con ellas otra cosa no desearas más
que la muerte? Pues si así es, no te quexes de la
naturaleza humana, que todas las cosas imita y sobrepuja
en perfección. Solamente veo que no pudo el hombre
imitar las alas de las aves, lo cual me paresce que nos fue
prohibido con admirable providencia, porque de las alas no
les viniera tanto provecho a los buenos como de los malos
les viniera daño. No tenemos qué hazer en los
aires; basta que la tierra do bivimos la podamos andar toda,
y pasar los mares, que atajan los caminos. Gran cosa es
el hombre, y admirable. El cual quiso Dios que con munchas
tardanças convalesciese después de nascido,
dándonos a entender la grande obra que en él
hazía. Bien vemos que los grandes edificios en unos
siglos comiençan, y en otros se acaban; pues así
Dios da perfección al hombre en tan largos días,
aunque en un momento pudiera hazerlo, porque por semejança
de las cosas que nuestras manos hazen conozcamos ésta
su obra. La cual para bien ver, tiempo es ya que entremos
dentro a mirar el alma que mora en este templo corporal.
La cual, como Dios, que aunque en todo el mundo mora, escogió
la parte del cielo para manifestar su gloria, y la señaló
como lugar propio -según que nos mostró en
la oración que hazemos al Padre-, y de allí
embía los ángeles y govierna el mundo, así
el ánima nuestra, que en todo lo imita, aunque está
en todo el cuerpo, y todo lo rige y mantiene, en la cabeça
tiene su asiento principal donde haze sus más excelentes
obras. Desde allí ve y entiende, y allí manda;
desde allí embía al cuerpo licuores sutiles
que le den sentido y movimiento; y allí tienen los
niervos su principio, que son como las riendas con que el
alma guía los miembros del cuerpo. Bien conozco que,
así el celebro como las otras partes do principalmente
el alma está, son corruptibles y resciben ofensas
-como tú, Aurelio, nos mostravas-; pero esto no es
por mal del alma, antes es por bien suyo, porque con tales
causas de corrupción es disoluble destos miembros
para bolar al cielo do es -como ya he dicho- el lugar suyo
natural. Por eso hablemos agora del entendimiento, que tú
tanto condenas. El cual para mí es cosa admirable
cuando considero que aunque estamos aquí -como tú
dixiste- en la hez del mundo, andamos con él por todas
las partes: rodeamos la tierra, medimos las aguas, subimos
al cielo, vemos su grandeza, contamos sus movimientos y no
paramos hasta Dios, el cual no se nos esconde. Ninguna cosa
ay tan encubierta, ninguna ay tan apartada, ninguna ay puesta
en tantas tinieblas, do no entre la vista del entendimiento
humano para ir a todos los secretos del mundo; hechas tiene
sendas conoscidas, que son las disciplinas, por do lo pasea
todo. No es igual la pereza del cuerpo a la gran ligereza
de nuestro entendimiento, ni es menester andar con los pies
lo que vemos con el alma. Todas las cosas vemos con ella,
y en todas miramos, y no ay cosa más estendida que
es el hombre que, aunque paresce encogido, su entendimiento
lo engrandesce. Éste es el que lo iguala a las cosas
mayores; éste es el que rige las manos en sus obras
excelentes; éste halló la habla con que se
entienden los hombres; éste halló el gran milagro
de las letras, que nos dan facultad de hablar con los absentes
y de escuchar agora a los sabios antepasados las cosas que
dixeron. Las letras nos mantienen la memoria, nos guardan
las sciencias y, lo que es más admirable, nos estienden
la vida a largos siglos, pues por ellas conoscemos todos
los tiempos pasados, los cuales bivir no es sino sentirlos.
Pues, ¿qué mal puede aver, dezidme agora, en la fuente
del entendimiento, de donde tales cosas manan? Que si paresce
turbia -como dixo Aurelio-, esto es en las cosas que no son
necesarias en que, por ambición, se ocupan algunos
hombres, que en las cosas que son menester lumbre tiene natural
con que acertar en ellas; y en las divinas secretas Dios
fue su maestro. Así que Dios hizo al hombre recto,
mas él, como dize Salomón, se mezcló
en vanas cuestiones. Para ver las cosas de nuestra vida
no nos falta lumbre, y en éstas, si queremos, acertamos;
y las mayores tinieblas para el entendimiento son la perversa
voluntad. Así está escripto que en el ánima
malvada no entrará sabiduría. No es luego falta
de entendimiento caer en errores, sino de nuestros vicios,
que lo ciegan y lo ensuzian. Los cuales si evitamos, y seguimos
la virtud, tenemos la vista clara y nunca erramos, como quien
anda por camino manifiesto; mas si andamos en maldades, ay
por ellas tantas sendas, y tan escondidas, que ni pueden
conoscerse, ni era cosa justa que diese Dios lumbre para
andar en ellas. Aquí son los desvanescimientos del
hombre; aquí los errores, entre los cuales yo no cuento
las armas como tú, Aurelio, que pues avía de
aver malos, buenas fueron para defendemos dellos. No ay cosa
tan buena que el uso no pueda hazerla mala: ¿qué cosa
ay mejor que la salud? Pero ésta, como ves, munchas
vezes es el fundamento de seguir los vicios. Quien de aquesta
usa según virtud lo amonesta, buena joya tiene; así
pues, las armas con mal uso se hazen malas, que ellas en
sí buenas son para defenderse de las bestias impetuosas
y los hombres que les parescen. Por lo cual cesen, Aurelio,
tus quexas del entendimiento, no parezcas a Dios desagradecido
de tan alto don, y agora escucha la gran excelencia de nuestra
voluntad. Ésta es el- templo donde a Dios honramos,
hecha para cumplir sus mandamientos y merescer su gloria;
para ser adornada de virtudes y llena del amor de Dios y
del suave deleite que de allí se sigue. La cual nunca
se halla del entendimiento desamparada, como piensas, porque
él, como buen capitán, la dexa bien amonestada
de lo que deve hazer cuando della se aparta a proveer las
otras cosas de la vida; y los vicios que la combaten no son
enemigos tan fuertes que ella no sea más fuerte, si
quiere defenderse. Esta guerra en que bive la voluntad, fue
dada para que muestre en ella la ley que tiene con Dios.
De la cual guerra no te deves quexar, Aurelio, pues a los
fuertes es deleite defenderse de los males; porque no son
tan grandes los trabajos que son menester para vencer, como
la gloria del vencimiento. Cuanto más que, pues los
antiguos romanos solían pelear en regiones estrañas,
y pasar gravísimos trabajos por alcançar en
Roma un día de triunfo con vanagloria mundana, ¿por
qué nosotros no pelearemos de buena gana dentro de
nosotros con los vicios, para triunfar en el cielo con gloria
perdurable? Principalmente pues tenemos los sanctos ángeles
en la pelea por ayudadores nuestros, como San Pablo dize,
que son embiados para encaminar a la gloria los que para
ella fueron escogidos. Y no te espantes, Aurelio, si el
hombre corrompido de vicios es cosa tan mala como representaste,
porque es como la vihuela templada, que haze dulce armonía,
y, cuando se destiempla, ofende los oídos. Si el hombre
se tiempla con las leyes de virtud, no ay cosa más
amable; mas si se destiempla con los vicios, es aborrescible,
y tanto más cuanto las faltas más feas parescen
en lo más hermoso. Y esto basta, me paresce, para
que tú, Aurelio, sientas bien de las dos partes del
alma. Agora veamos los estados de los hombres y sus exercicios,
de que tanto te quexas. Los artífices que biven en
las cibdades no tienen la pena que tú representavas,
mas antes singular deleite en tratar las artes, con las cuales
explican lo que en sus almas tienen concebido. No es igual
el trabajo de pintar una linda imagen, o cortar un lindo
vaso, o hazer algún edificio, al plazer que tiene
el artífice después de verlo hecho. ¿Cuánto
más te paresce, Aurelio, que sería mayor pena
que alguno en su entendimiento considerase alguna excelente
obra, como fue el navío para pasar los mares, o las
armas para guardar la vida, si en sí no tuviese manera
de ablandar el hierro, hender los maderos, y hazer las otras
cosas que tú representas como enojos de la vida? Paréceme
a mí que en mayor tormento biviera el hombre, si las
cosas usuales que viera con los ojos del entendimiento no
pudiera alcançarlas con las manos corporales. Por
eso no condenes tales exercicios como son éstos del
hombre, antes considera que, como Dios es conoscido y alabado
por las obras que hizo, así nuestros artificios son
gloria del hombre que manifiestan su valor. Agora el orden
por donde tú, Aurelio, me guiaste, requiere que diga
del estado de los hombres letrados; do primero escucha lo
que dixo Salomón en sus Proverbios: Bienaventurado
es el que halló sabiduría y abunda de prudencia;
mejor es su ganancia que la de oro y plata, y todas las cosas
excede que se pueden desear. ¡Gran cosa es, Aurelio, la sabiduría,
la cual nos muestra todo el mundo, y nos mete a lo secreto
de las cosas, y nos lleva a ver a Dios, y nos da habla con
Él y conversación, y nos muestra las sendas
de la vida! Ésta nos da en el ánimo templança;
ésta alumbra el entendimiento, concierta la voluntad,
ordena al mundo, y muestra a cada uno el oficio de su estado;
ésta es reina y señora de todas las virtudes;
ésta enseña la justicia y tiempla la fortaleza;
por ella reinan los reyes y los príncipes goviernan;
y ella halló las leyes con que se rigen los hombres.
Donde puedes ver, Aurelio, cuán bien empleado sería
cualquier trabajo que por ella se tomase. Por eso no compares
los sabios a Sísifo infernal, aunque los veas munchas
vezes tomar a aprender de nuevo lo que tienen sabido, mas
antes los compara a los amadores de alguna gran hermosura,
cuyo deleite de verla recrea el trabajo de seguirla. ¡O alta
sabiduría, fuente divina de do mana clara la verdad;
do se apascientan los altos entendimientos! ¿Qué maravilla
es, pues eres tan dulce, que tomemos a ti munchas vezes con
sed? ¡Más me maravillaría yo si quien te uviese
gustado nunca a ti tomase, aunque tuviese en el camino todos
los peligros de su vida! Cuanto más que ni los ay,
ni trabajos algunos de los que tú dezías, sino
fácil entrada y suave perseverancia. El camino de
ir a ella es el deseo de alcançarla, y presto se dexa
ver de quien con amor la busca; pero hágote saber
que el amor de ésta es el temor de Dios, que limpia
los ojos de nuestro entendimiento y esclaresce la lumbre
que para conoscer el bien y el mal Dios nos dio. Y ésta
es la lumbre por quien dixo Salomón: Quien con la
lumbre velare para aver sabiduría no trabaje, que
a su puerta la hallará sentada, queriendo dezir que
muy cerca está la sabiduría de quien la mira
con ojos claros del entendimiento, limpios, con amor y deseo
de servir a Dios. Los que la buscan en medio las tinieblas
de sus pecados, no es maravilla que la vean como sombra,
y que no puedan asirla, y en vano trabajen para tenerla.
Aunque bien confieso que es algo lábil nuestra sciencia,
de cu quier manera que la ayamos alcançado, y no tanto
como tú dixiste, Aurelio, pero esto es porque deseemos
el asiento en ella, y el perfecto entendimiento cual es el
de la gloria que Dios nos tiene aparejada. No era cosa conveniente
que aquí, do somos peregrinos, tuviésemos tales
cumplimientos como en nuestro natural, sino solamente tales
muestras de lo que ay allá, que nos encendamos en
deseo de no errar el camino por do avemos de ir. Con esto
me paresce, Aurelio, que los sabios están en salvo,
fuera del peligro de ser por tus razones su estado condenado.
Los que labran los campos, que pusiste tras estos, no son
tales como nos mostravas. Tú dezías que son
esclavos de los que moramos en las cibdades, y a mí
no me parescen sino nuestros padres, pues que nos mantienen;
y no solamente a nosotros, sino también a las bestias
que nos sirven, y a las plantas que nos dan fructo. Grande
parte del mundo tiene vida por los labradores, y gran galardón
es de su trabajo el fruto que dél sacan. Y no pienses
que son tales sus afanes cuales te parescen: que el frío
y el calor que a nosotros nos espantan, por la muncha blandura
en que somos criados, a ellos ofenden poco, pues para sufrirlos
han endurescido, y en los campos abiertos tienen mejores
remedios que nosotros en las casas, pues con sus exercicios
no sienten el frío, y del calor se recrean en las
sombras de los bosques, do tienen por camas los prados floridos,
y por cortinas los ramos de los árboles. Desde allí
oyen los ruiseñores y las otras aves, o tañen
sus flautas, o dizen sus cantares, sueltos de cuidados y
de ganas de valer más atormentadores de la vida humana
que frío ni calor; allí comen su pan, que con
sus manos sembraron, y otra cualquier vianda de las que sin
trabajo se pueden hallar, dichosos con su estado, pues no
ay pobreza ni mala fortuna para el que se contenta. Así
biven en sus soledades, sin hazer ofensa a nadie y sin rescebirla,
donde alcançan no más entendimiento de las
cosas que es menester para gozarlas. Dexémoslos, pues,
agora en su reposo, y veamos el estado de los que goviernan
si es tal como tú, Aurelio, dixiste. Éstos
tienen poderío, que rescebieron de Dios para governar
el pueblo, con el cual libran los buenos de las injurias
de los malos, amparan las biudas, sostienen los huérfanos,
y dan libertad a los pobres y ponen freno a los poderosos;
procuran la paz y, avida, la guardan; dan a todos sosiego
y segura posesión de sus bienes. Así paresce
el que govierna ánima del pueblo, que todas sus partes
tiene en concierto, y a todas da vida con regimiento; el
cual, si faltase, toda la república se disiparía
como se deshaze el cuerpo cuando el ánima lo desampara.
Y pues es así, noble estado es el de los que rigen,
y gran dignidad; no obscuro o impedido como tú dezías,
Aurelio: que no pienses que por la dificultad que el hombre
tiene en regirse a sí mismo, se ha de considerar la
que terná en regir a munchos. Porque en las cosas
propias es difícil juzgar, do se entremeten nuestras
pasiones, mas en las agenas somos libres, y podemos más
claro ver lo que muestra la razón, sin que nuestros
apetitos nos lo estorven; en las cuales no se puede tanto
esconder la verdad que por alguna parte no resplandezca.
Tan difícil es esconder la verdad como la lumbre,
a la cual, si unos rayos le quitares, otros la descubrirán;
y la falsedad es difícil de sostener. La una trae
osadía a juicio, y la otra viene con temor; la una
se mantiene de sí misma, la otra para sostenerse ha
menester gran industria; y, al fin, a la una favoresce Dios,
y a la otra desfavoresce. Difícil cosa es que la verdad,
con tanto amparo, sea vencida, y que vença la falsedad
si no es por descuido o por malicia del juez; o si por divina
permisión alguna vez la verdad no se conosce, y queda
desfavorescida, el que della es juez no queda culpado si
con amor la buscó. Si algún amigo tuyo, Aurelio,
favoresciese otra persona pensando que tú eras, o
la socorriese en alguna necesidad, tan en cargo le serías
como si tú verdaderamente fueras: así, el juez
que a la falsedad acata cuando le paresce ser ella la verdad,
sin tener culpa en el tal error, no menos meresce que si
conosciendo la verdad la siguiera. Así verás,
Aurelio, cuál es el estado de los que goviernan; agora
considera cómo no es malo el oficio de los que tratan
las armas. Todo el bien que has oído puede aver en
la república, éstos lo guardan. Ellos son la
causa de la seguridad del pueblo, por los cuales no osan
los que mal nos quieren venir a perturbamos. Ellos visten
hierro, sufren hambre, sufren cansancio por no sufrir el
yugo de los enemigos; y han por mejor padescer aquestas cosas,
que padescer vergüença, y sudar en los campos
sirviendo a la virtud, que sudar aprisionados en servicio
de sus enemigos. Si vencen, alcançan gloria para sí
y descanso para los suyos; y si mueren, siendo vencidos no
han menester la vida, pues en ella no temían libertad.
Cuanto más que estos espantos de hombres flacos son
los deleites de hombres fuertes: sufrir las armas, andar
en cercos, defender los muros o combatir con ellos, y las
otras durezas de la guerra, no son pena de los animosos,
sino exercicios de virtud en los cuales se deleitan y gozan
del excelente don que en su pecho tienen; las heridas no
las sienten, con el amor de buenos hechos, y su sangre dan
por bien empleada cuando verterla ven por la salud de sus
tierras. Entonces se juzgan ser bienaventurados cuando han
hecho lo que la virtud les amonesta. No tienen en nada ver
sus cuerpos llagados, o dispuestos a morir, si el ánima
tiene vida sin lesión ninguna. Pero aunque es así,
yo bien confieso, Aurelio, que algunos ay que carescen destas
excelencias; mas es por sus vicios, no por culpa del estado,
que así éste, como los otros de la vida humana
de que avemos hablado, todos son tales como es la intención
de quien los sigue: no ay ninguno dellos malo para los buenos,
ni bueno para los malos. El hombre que escoge estado en
que bivir él y sus pensamientos, con voluntad de tratarlo
como le mostrare la razón, bive contento y tiene deleite;
mas el que por fuerça siguiendo uno muestra que tiene
los ojos y el deseo en los otros más altos, sin templança
y sin concierto, éste bive disipado y apartado de
sí mismo, atormentado de lo que posee y atormentado
de lo que desea. Así que nosotros tenemos libre poderío
de nos hazer esentos de los escarnios de fortuna, en los
cuales, quien cayere, con muncha razón será
atormentado, pues él mismo se le dio; por lo cual,
antes me paresce que la fortuna es buena para amonestar los
hombres a que cada uno se contente de su estado, que no para
dar descontentamiento con deseo del ageno. Ella se declara
por munchos exemplos, y no tiene la culpa de los males que
tras ella se padescen, sino tiénela quien por descuido
o ceguedad no los considera; y tanto más es culpado
quien la sigue, cuanto más clara se conosce la vezindad
que tenemos con la muerte, donde avemos de dexar el bien
deste mundo, pero no con tanto tormento como tú, Aurelio,
representavas. No es tan cruel nuestra muerte, ni el alma
dexa el cuerpo en aquellas agonías que dixiste pues,
como sabes, en tal pelea lo primero que el hombre pierde
es el sentido, sin el cual no ay dolor ni agonía:
que estos gestos que vemos en los que mueren, movimientos
son del cuerpo, no del alma, que entonces está adormida.
Mas quiso Dios que nos paresciese comúnmente la muerte
tan espantable, con señales de tormento, porque a
los que la buscan con deseo de acabar sus males les paresciese
que es ella otro mayor, y así cada uno antes quisiese
padescer vida miserable que buscar remedio en la muerte;
la cual, si nos paresciera fácil y suave, los afligidos
que andan olvidados de las penas del infierno, no temiendo
las del morir, dexarían la vida, y padesciera el género
humano muy gran detrimento. Así que los espantos
de la muerte no son sino guardas de la vida, por la cual
es verdad -como dixiste- que pasamos acelerados. Pero si
tú porfías que ay tantos males en la vida,
¿qué mejor remedio pudo aver que en breve pasarlos?
¿O qué mal hallas tú en la muerte, pues es
el fin de la vida, donde dizes que ay tantas aflicciones?
No es la muerte mala sino para quien es mala la vida, que
los que bien biven, en la muerte hallan el galardón,
pues por ella pasan a la otra vida más excelente,
con deseo de la cual llorava David, porque los días
de su tardança le eran prolongados. San Pablo, acordándose
que le fue en revelación mostrada, siempre deseava
su muerte por pasar por ella a la vida perdurable, que, como
él dize, ni ojos la vieron, ni la oyeron los oídos,
ni el coraçón la comprehende. Mas entendemos
della que Dios soberano es el fundamento de la gloria, que
se descubre todo claro para que en Él apascienten
sus entendimientos altos los espíritus bienaventurados,
y se harten de su amor suavísimo, sin temor alguno
de perder jamás tan alto bien, mas antes con esperança
de recobrar sus cuerpos, que tienen en deseo Por hallarse
en aquellos mismos castillos do se defendieron de los vicios
y ganaron tanta gloria. El día postrero se los darán,
no corruptibles, no graves ni enfermos, sino hechos perdurables
con eterna salud y con movimiento fácil: hermosos
y resplandescientes así como son las estrellas, y
con todos los otros dones que les pertenescen para ser moradas
donde bivan las almas a quien haze Dios aposento de su gloria.
Allí se verán los buenos libres del profundo
del infierno, do está la multitud de los espíritus
dañados; allí se verán en los cielos,
ensalçados y acompañados de los ángeles,
manteniendo el entendimiento en la divina sabiduría,
hartando su voluntad con amor de la gran bondad de Dios,
apascentando los ojos corporales en aquella carne humana
con que Dios nos quiso parescer. Y veremos en su cuerpo las
señales de las heridas que sufrió, que fueron
las llaves con que nos abrió el Reino donde entonces
estaremos; y al fin allí, ensalçados sobre
la luna y el sol y las otras estrellas, veremos cuanto viéremos,
todo para crescimiento de nuestra gloria que Dios nos dará
como padre liberal a hijos muy amados. Éste es el
fin al hombre constituido: no la fama ni otra vanidad alguna
como tú, Aurelio, dezías; y éste es
tan alto, que aunque se puede considerar cuán excelente
será -pues se dará Dios al hombre en su eterna
bienaventurança, como antes dezía-, sin que
ya tengamos más que dezir dél, aviéndolo
ensalçado Dios para tanta grandeza, tú, Dinarco,
verás agora lo que te conviene juzgar del hombre conforme
a la grande estima que Dios ha hecho dél. | DINARCO.-
Yo no tengo más que juzgar de tenerte, Antonio, por
bien agradescido en conoscer y representar lo que Dios ha
hecho por el hombre; y preciar también mucho tu ingenio,
Aurelio, pues en causa tan manifiesta hallaste con tu agudeza
tantas razones para defenderla. Y vámonos, que ya
la noche se acerca sin darnos lugar que lleguemos a la cibdad
antes que del todo se acabe el día. | | FIN DEL DIÁLOGO
DE LA DIGNIDAD DEL HOMBRE
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Diálogo de la dignidad del hombre
Fernán Pérez de Oliva
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