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 El bovarysmo y la novela realista española66
Gustavo Correa
Sin duda alguna, una de las medidas para
juzgar de la importancia de un autor es la capacidad germinal
que su obra tiene para iniciar nuevos movimientos literarios
o al menos para imprimirles una nueva dirección como
también su virtualidad para influir sobre otros autores.
Tal es precisamente el caso de Flaubert, dentro de las amplias
estructuras de la moderna novela realista que, entre otras
cosas, tuvo su origen en España con El ingenioso hidalgo
Don Quijote de La Mancha. Ahora bien, el Quijote ya revela
la fórmula que había de fundamentar la visión
de la novela moderna realista consistente en la yuxtaposición
demoledora de una realidad prosaica y un mundo idealizado
de ficción. Ortega y Gasset puntualizó en sus
Meditaciones del Quijote (1914) que, en efecto, la originalidad
de la obra cervantina descansa en el hecho de haber descubierto
el autor la función de hacer poética la realidad
vulgar situándola frente al mito, con el fin de destruirlo
al mismo tiempo que lo reabsorbe. El pasado ideal legendario
de la épica se derrumba frente a la devastadora presencia
de la realidad prosaica cotidiana. En este sentido, dice
Ortega, toda novela realista «lleva dentro, como una íntima
filigrana, el Quijote». Luego cita las palabras mismas de
Flaubert: «Je retrouve mes origines dans le livre que je
savais par coeur avant de savoir lire: Don Quichotte».67 Por
eso puede decir Ortega también que «Madame Bovary
es un Don Quijote con faldas», siendo ella «la lectora de
novelas románticas y representante de los ideales
burgueses que se han cernido sobre Europa durante medio siglo».68
Por otra parte, añade Ortega, Flaubert se da cuenta
de que su obra es de carácter crítico y, aún
más, de que lleva la impronta de una disección
anatómica: «Je tourne beaucoup à la critique;
le roman que j'écris m'aiguise cette faculté,
car c'est une oeuvre surtout de critique ou plutôt
d'anatomie».69 Tal carácter analítico de la
obra de Flaubert se aplica tanto al medio ambiente como a
los personajes. Emma Bovary experimenta en forma aguda una
completa inadecuación entre el mundo idealizado, al
cual aspira ardientemente y el mundo mezquino y vulgar que
la rodea, después de su matrimonio con Charles Bovary.
Dicha inadecuación resulta, además, de la tendencia
que tiene a valorarse en forma distinta de lo que ella es
en realidad. Según Jules de Gaultier, esta particular
condición de la persona que consiste en creerse otra
cosa de lo que es, constituye lo que él mismo llama
'bovarysme', con un término acuñado por él.
He aquí la definición que él da de este
fenómeno de la personalidad: «Le pouvoir departi à
l'homme de se concevoir autre qu'il n'est».70 Tal hecho lleva
implícito también su corolario de concebir
el individuo
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el mundo de manera diferente de lo que es.
Tanto Don Quijote como Emma Bovary se identifican constantemente
con los héroes de las novelas que han leído.
Ambos sustentan con el vuelo de su imaginación el
mundo de sus sueños que ellos creen ser la verdadera
realidad. Desde el punto de vista de la patología
médica, tal condición de deformación
de la realidad puede llegar a ser una verdadera enfermedad.
El Doctor Genil-Perrin y Madeleine Lebreuil han estudiado
la condición paranoica de que son objeto, tanto Don
Quijote como Emma Bovary.71 Podemos afirmar que la lección
literaria de Flaubert fue de gran importancia para la creación
de la novela realista española. Aunque no sabemos
exactamente la fecha en que Benito Pérez Galdós
hizo el descubrimiento de Flaubert, como sí la sabemos
para el caso de Balzac,72 es un hecho que en su biblioteca
se encontraba la edición francesa de Madame Bovary,
publicada en París en 1874.73 Seguramente la lectura
de esta obra debió hacerla el novelista canario hacia
esta época, pues habremos de encontrar trazas de lo
que hemos denominado 'bovarysmo' a partir de su novela Doña
Perfecta (1876). En esta novela, Galdós no solamente
aplica el escalpelo de la disección crítica
al pueblo de Orbajosa, situado en el corazón de España,
sino que describe la visión deformada que los orbajosenses
tienen de la realidad, quienes colectivamente creen hallarse
viviendo en una arcadia pastoril, propiciadora de la salud
del alma y de las buenas costumbres. El canónigo don
Inocencio compara la vida idílica de Orbajosa con
las Geórgicas de Virgilio, y el anticuario don Cayetano
Polentinos sostiene que allí reina una permanente
Edad de Oro. La realidad es, sin embargo, muy otra para un
personaje que viene de fuera como Pepe Rey. Ya al bajarse
del tren, el viajero encuentra que los habitantes de la región
asignan nombres poéticos (Valle-ameno, Villa-rica,
Valdeflores, Cerrillo de los lirios) a lugares completamente
desolados. A esto lo llama Pepe Rey vivir con la imaginación:
«La gente de este país vive con la imaginación».74
La ciudad presenta, por otra parte, el aspecto de una sepultura,
con sus calles llenas de mendigos. Cuando Pepe Rey se encuentra
ya dentro del pueblo, se da cuenta del atraso en que viven
las gentes, de la vulgaridad de las costumbres que allí
imperan y de la perversión de la conciencia ética.
Pepe Rey critica este ambiente de mediocridad estacionaria
y al hacerlo provoca la ira de su tía Doña
Perfecta y demás personas de Orbajosa, con lo cual
contribuye a la tragedia de su muerte. Galdós asigna
así, al exceso de imaginación, la facultad
de la falsa valoración de lo que cada uno es, condición
ésta de carácter enfermizo que constituye,
según el novelista, uno de los rasgos del alma española
que es urgente extirpar en el proceso de realizar la formación
de la sociedad nueva. Resulta significativo, en este sentido,
el estudio de impulsología y de imaginación
desvariada que él hace en su novela corta La sombra
(1870), en la cual el personaje don Anselmo se cree víctima
de la figura mítica de Paris, la cual se ha desprendido
de un cuadro y pretende robarle a su mujer sin que él
pueda hacer nada para impedirlo. Paris no es otro que Alejandro,
un amigo de la casa que visita a los esposos sin intención
malévola. El narrador implícito de la novela
explica al final al propio don Anselmo que se trata de un
estado morboso de la imaginación que debilitó
sus fuerzas corporales y le hizo aparecer las cosas como
no eran, con la continua fijeza del pensamiento en una idea
y el consiguiente vuelo que cobró su fantasía.
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Más concretamente en la serie de novelas escritas
entre 1880 y 1885, el novelista explora la condición
espiritual de personajes que equivocadamente se trasladan
a mundos de ensoñación que ellos confunden
con la verdadera realidad. La fórmula del 'bovarysmo'
se hace aquí más evidente. En la primera de
ellas, La desheredada (1881), la heroína Isidora Rufete
muestra todas las características de una Emma Bovary
que se empeña en ser lo que no es y en vivir la vida
que no le corresponde. Isidora cree ser la nieta de la marquesa
de Aransis, cuando tan sólo es la hija de un modesto
funcionario oriundo del pueblo del Toboso (circunstancia
esta que muestra su filiación con el Quijote). Su
padre Tomás Rufete había falsificado documentos
haciéndoles creer a ella y a su hermano Mariano que
ellos no eran sus hijos sino los de Virginia de Aransis,
hija de la marquesa de ese nombre y de un amante que ella
tuvo antes de su muerte. Isidora viaja a Madrid para hacer
valer sus derechos en una escena de reconocimiento ante la
marquesa («Anagnórisis» es el título de uno
de los capítulos centrales de la novela) y ser acogida
por ella como su nieta. Isidora piensa que muchas heroínas
de novela se encuentran en trances semejantes. Su empeño
ha sido avivado por la admonición de un tío
suyo que vive en el Toboso, y el cual antes de morir le ha
escrito una carta haciéndole saber que una de las
maneras de identificarse es mostrar alguna señal física
en su cuerpo que haya de provocar un llamamiento a la fuerza
irrevocable de la sangre (comp. la novela ejemplar de Cervantes
La fuerza de la sangre). Isidora vive días de afiebrado
delirio en Madrid, pensando que la realidad tosca que vive
en casa de sus modestas primas las Relimpio es la apócrifa,
al paso que cree descubrir la verdadera realidad, la que
a ella le corresponde, cuando observa las gentes elegantemente
vestidas y los coches lujosos que pasan a la hora de la tarde
por el paseo de La Castellana. El rechazo de la marquesa
de Aransis a sus pretensiones, quien le prueba fehacientemente
que ella no es su nieta, inicia la desmoralización
del ser interior de Isidora llevándola a experimentar
la pérdida de su dignidad personal y conduciéndola
finalmente al fango de la prostitución. En otra novela
de esta época, El Doctor Centeno (1883), el protagonista
Alejandro Miquis abriga la honda convicción de ser
él un dramaturgo genial que ha de revolucionar el
teatro español, imitando a Calderón de la Barca,
sin darse cuenta de que él no tiene talento para el
arte dramático y de que sus piezas inverosímiles
y absurdas nunca podrán ser representadas en la escena.
En sus delirios imaginativos, Alejandro cree identificarse
con sus héroes inventados, confundiendo la realidad
con los productos de su mente. Alejandro, quien ha malgastado
dineros que pertenecen a su padre, se alberga en posadas
cada vez más miserables y muere de una tuberculosis
fulminante, siempre inmerso en los delirios de su imaginación
calenturienta. Aun en la novela El amigo Manso (1882), cuyo
protagonista cree hallarse disciplinado con el estudio de
la filosofía y, por tanto, apto para educar a su discípulo
Manolo Peña y a la institutriz Irene, según
los ideales del hombre-razón y de la mujer-razón,
sufre un profundo descalabro en sus propósitos, ya
que no comprende que sus ideales educativos no tienen en
cuenta la corriente turbulenta de la vida. Esto es, Máximo
Manso no es el educador que él cree ser. Su descalabro
mayor lo sufre cuando Irene, siguiendo sus propias inclinaciones,
se casa con Manolo, dejando a Manso en un vacío existencial
que lo lleva a la muerte. En la novela La de Bringas (1884),
la heroína
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Rosalía de Bringas cree poder vivir
una vida de lujo en competencia con personas de más
alta posición que ella, convencida de que tal vida
es la que le corresponde a ella por derecho, sin tener en
cuenta que las entradas que tiene su marido, como modesto
empleado de la administración, no le permiten tales
extravagancias. Rosalía se compromete con toda clase
de deudas, en su afán desmesurado de seguir los consejos
de su amiga la marquesa de Tellería, y llega a vivir
momentos de verdadera angustia cuando el usurero Torquemada
le hace saber que no le puede proporcionar más plazos
a los préstamos que le ha hecho. Tal situación
es parecida a la que pasa Emma Bovary en momentos en que,
abandonada de sus amantes, debe satisfacer las deudas contraídas
con el mercader Lheureux. Emma es presa de pánico
por el inminente embargo de que van a ser objeto los muebles
y enseres de su casa y no encuentra más remedio que
el suicidio. En cuanto a Rosalía, ésta se ve
obligada a vender su honor, proponiéndose pescar en
el futuro pejes de mayor cuantía, a lo que fue su
fallida empresa de obtener dinero de su admirado amigo don
Manuel de Pez, a fin de satisfacer sus ansias de lujo. En
todas estas novelas, es clara la inadaptabilidad del héroe
al ambiente en que vive, a causa de una falsa apreciación
de su naturaleza o de sus circunstancias personales. La realidad
se impone con su presencia implacable frente a los mundos
ilusos de ficción creados por los personajes. En
sus novelas posteriores, siempre podremos encontrar en Galdós
esta constante de inadecuación del personaje con su
ambiente y de juicio erróneo acerca de su naturaleza
y posibilidades, dentro de una perspectiva de filiación
«bovarysta», en conjunción con la novela de Cervantes.
En La incógnita (1888-1889) y Realidad (1889), la
heroína Augusta Cisneros, perteneciente a la alta
burguesía y casada con Tomás Orozco, el cual
acaricia altos ideales éticos para su vida personal,
basados en el culto a la conciencia, se embarca en aventuras
adúlteras para salir, según ella, del aburrimiento
en que se encuentra y realizar sus sueños de ficción
novelesca. Al final, su amante Federico Viera, amigo íntimo
de Orozco, se pega un tiro de revólver por los conflictos
interiores que surgen de su traición al amigo y del
estigma deshonroso de haber recibido de él donativos
de dinero, a causa de la situación de penuria ignominiosa
en que se encuentra. Federico Viera es, por otra parte, un
aristócrata que se halla totalmente en desajuste con
sus circunstancias personales y con los tiempos que corren,
ya que su ideal de honor puntilloso de clase constituye un
lamentable anacronismo, frente al empuje arrollador de la
nueva sociedad democrática. También Tomás
Orozco cometió un error fundamental al querer realizar
ideales abstractos de conciencia que no se hallaban de acuerdo
con las exigencias de su hogar. En la serie de novelas de
Torquemada, la deformación paródica entre aspiraciones
individuales y realidad social cobra un sesgo grotesco, debido
al hecho de que el usurero prestamista debe situarse en una
esfera de refinamiento y de gastos dispendiosos, después
de su matrimonio con la aristócrata Fidela del Águila,
que van contra su naturaleza más íntima. Su
situación de tortura se halla acrecentada por el imperioso
dominio de su cuñada Cruz del Águila. Torquemada
se da plena cuenta del falseamiento a que ha sido sometida
su persona. Después de la muerte de su esposa y siendo
ya marqués de San Eloy, decide un día recorrer
los antiguos barrios populares
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donde habitaba en otros tiempos
y hartarse de platos fuertes a los cuales su estómago
ya no se halla acostumbrado, muriendo a causa de una intoxicación.
En la novela El abuelo (1897), el conde de Albrit, ya viejo
y desposeído de sus antiguas propiedades por sus propios
servidores, a causa de la quiebra de su hacienda, pretende
conservar su antiguo puesto de nobleza, sin darse cuenta
que sus condiciones económicas y las fuerzas de la
sociedad igualitaria que prevalecen en su momento, socavan
su orgullo de clase. Su obsesión de mantener la pureza
de sangre en su familia, que se remonta a ideales de la sociedad
caballeresca del siglo XVII, desalojando de su casa a la
nieta espuria que vino a este mundo por las veleidades de
su nuera, es entorpecida ante el hecho insólito de
que Dolly, la nieta ilegítima se encuentra lista a
sacrificarse por él para cuidar de su ancianidad enferma,
mientras Nell, su nieta legítima, se muestra orgullosa
y despreciativa para con él y quiere condenarlo a
ser recluido en un monasterio contra su voluntad. Galdós
va situando, así, la yuxtaposición de mundos
ideales de ficción y de realidad al nivel de los hechos
sociales y del mundo natural, si bien, en el fondo se trata
fundamentalmente de una fórmula básica del
novelar. También la falta de juicio crítico
acerca de las propias posibilidades y de lo que la persona
es en realidad, o de lo que puede realizar dentro de las
circunstancias que le han correspondido, aparece en el ciclo
de sus novelas espiritualistas. El héroe Nazarín,
por ejemplo, en la novela del mismo nombre, se propone poner
en práctica el ideal de la imitación de Jesucristo
en toda su pureza y tal como su vida se halla relatada en
los Evangelios. Nazarín no se da cuenta, sin embargo,
que su ideal es de carácter utópico, en medio
de la sociedad del siglo XIX. Su proyecto de peregrino mendicante
por los campos de La Mancha (comp. Don Quijote) termina al
ser acusado por las autoridades civiles del pueblo de Móstoles
de hallarse embaucando a gentes sencillas con falsas pretensiones.
Al llegar preso a Madrid, en estado de abatimiento por una
fiebre que ha contraído en el camino, Nazarín
cree hallarse subiendo la cuesta del Calvario, al final de
la cual lo espera el suplicio de la Cruz. Al volver en sí,
Nazarín encuentra que se halla confinado en una sala
de hospital. Oye entonces una voz que le dice: «Algo has
hecho por mí. No estés descontento. Ya sé
que has de hacer mucho más».75 Los tribunales de Madrid
lo juzgan víctima de una manía religiosa obsesionante
y lo entregan a las autoridades eclesiásticas para
ser observado en el futuro. Es decir, Nazarín penetró
en un mundo de ilusión (el de los relatos evangélicos)
que lo llevó a experimentar en su propia persona la
vida auténtica del Dios humanado. Sin embargo, Nazarín
es poseedor de fuerzas espirituales que le permiten iluminar
la verdadera vocación de otras personas, tales como
la de la condesa de Halma, en la novela de este nombre, la
cual también soñaba con ideales místicos
que no correspondían a su naturaleza. Halma encuentra
que su verdadero puesto en este mundo se encuentra en los
afectos humanos y en la intimidad del matrimonio. El realismo
de la novela galdosiana destaca constantemente, por consiguiente,
la yuxtaposición antitética de mundos de ficción
y de ilusión y realidad cotidiana, al mismo tiempo
que señala la importancia de saber cada uno lo que
es y de proyectarse hacia afuera según sus posibilidades
y sus circunstancias personales. También Leopoldo
Alas (Clarín) ha incorporado perspectivas varias del
realismo de Flaubert en su importante novela La Regenta (1884).76
Alas hace
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una disección anatómica del ambiente
provinciano de Vetusta (Oviedo), la ciudad arzobispal donde
se desarrolla la acción de la novela. La heroína
Ana de Ozores es víctima de un matrimonio absurdo,
como lo fue Emma Bovary, de peores consecuencias que lo fue
para esta última, ya que su marido, Víctor
Quintanar, es un impotente sexual. La vida de Ana transcurre
en una desesperante vaciedad, intensificada por el hecho
de que ella es de naturaleza sensual, como también
por las limitaciones impuestas por un ambiente que conspira
para que ella sea presa de una trampa de seducción
que efectivamente va a tener lugar, una vez que Álvaro
Mesía, el don Juan del Pueblo, se proponga llevar
a cabo la conquista más importante de su vida. Álvaro,
sin embargo, cuenta con un rival de grandes alcances, en
la figura del clérigo don Fermín de Pas, quien
tiene en sus manos la dirección espiritual de Ana
(La Regenta). El novelista relata con minuciosidad de detalles,
en forma parecida a la técnica descriptiva de Flaubert,
la biografía emocional de Ana y el monótono
transcurrir de su existencia en la ciudad de Vetusta. Ana
encontró desde niña un escape a la dureza del
mundo circundante entregándose a los sueños
de su imaginación y sintiéndose identificada
con los héroes de los libros que leía de literatura
clásica y algunas novelas modernas. En su adolescencia
había llegado a experimentar los efluvios de la experiencia
mística con la lectura de San Agustín y las
obras de Chateaubriand. También describe el novelista,
con precisión de matices, a una naturaleza densamente
sensual que se halla en estrecha relación con la atmósfera
que impregna el ambiente del pueblo y con las situaciones
anímicas por las que pasa la protagonista. Dicha técnica
descriptiva pone de relieve la presencia de las cosas y permite
que tanto ellas como los acontecimientos y circunstancias
de la vida diaria vayan fijando el desarrollo de la acción
y poniendo en evidencia los caracteres de los personajes.
Alas pone en práctica la doctrina de la impasibilidad
del escritor, proclamada por Flaubert, como una de las características
de su realismo literario. Con frecuencia, los objetos, en
su abultada presencia, adquieren un valor simbólico
que va destacando la inevitabilidad de la fabulación.
La presencia de un sapo, por ejemplo, tiene todo el valor
de un signo admonitorio cuando la heroína lucha en
su interior con presentimientos aún vagos de lo que
va a suceder: «Un sapo en cuclillas miraba a la Regenta,
encaramado en una raíz gruesa, que salía de
la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su
vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se figuró que
aquel sapo había estado oyéndola pensar y se
burlaba de sus ilusiones».77 También cobra Ana conciencia
aguda de su frustración, tal como le sucede a Emma
Bovary, cuando se halla frente a humildes objetos ante la
mesa del comedor: «La insignificancia de aquellos objetos
que contemplaba le partía el alma; se le figuraba
que eran símbolo del universo, que era así
ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el
hastío del fumador. Además, pensaba en el marido
incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a
una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una
cosa que no había servido para uno y que ya no podía
servir para otro» (II, pág. 10). El sentimiento de
hallarse desterrada Ana en el mundo de Vetusta abruma su
alma y aumenta su ansiedad llenándola de melancolía.
Por otra parte, el confesor De Pas estrecha su asedio, a
través de la confesión, sin darse cuenta ella
de los propósitos de este último. Ana siente
que gritos formidables de la naturaleza claman en su interior
y la van
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arrastrando sin saber cómo a abismos oscuros
que ella desconoce. Por lo demás, su presentimiento
de ir resbalando le produce el placer de secretas venganzas
a injusticias sociales y a las bromas de la suerte. Lo mismo
que Emma Bovary se siente viviendo el mundo etéreo
de Lucia de Lamermoor cuando asiste al teatro de Rouen, Ana
se identifica con la heroína del Don Juan Tenorio
de Zorrilla cuando asiste a su representación en el
teatro de Vetusta. Las apasionadas escenas del seductor le
hacen presentir lo que le puede pasar a ella con Álvaro
Mesía. El seductor intensifica el ataque a su víctima,
en La Regenta, por el procedimiento de hacerse amigo de confianza
de su marido. Ana se entrega una vez más con ahínco
a la lectura de los místicos, en especial Santa Teresa,
por insinuación del confesor, mas dicha lectura aumenta
sus ímpetus de idealidad y de sensualismo: «y como
si sus entrañas entrasen en una fundición,
Ana sentía chisporroteos dentro de sí, fuego
líquido, que la evaporaba» (II, página 190).
Por otra parte, la influencia del Magistral queda dominada
cuando en un baile en el Casino, Álvaro la lleva en
volandas al ritmo de la música, en un incidente similar
al que pasa Emma Bovary en el palacio de Vaubyessard. Al
darse cuenta Ana de que Fermín de Pas, su director
espiritual, se halla efectivamente enamorado de ella, como
cualquiera otro hombre, se desmaya en presencia de Álvaro.
Este último aprovecha el estado de ánimo en
que se encuentra Ana para hacerle su declaración de
amor, la cual ella recibe con tácito consentimiento.
Cuando meses más tarde ella se rinde, su hambre atrasada
de amor se sacia con una concupiscencia desbordada, que hace
recordar el enamoramiento de Emma con su amante Rodolfo.
Al Tenorio le asalta, entonces, el terror de llegar a experimentar
su decadencia física, frente a las exigencias de su
amante. Mesía y Quintanar continúan siendo
amigos íntimos, mas la envidia de la criada Petra
y los deseos de venganza del Magistral hacen que don Víctor
llegue a ser él mismo testigo de su propia deshonra.
Este último queda estupefacto ante la traición
de su esposa y de su mejor amigo y duda acerca del castigo
que debe imponer a los culpables. Al final se ve forzado
a proponer un duelo para satisfacer las cuentas del honor,
según lo impone la tradición calderoniana.
La suerte quiso que Víctor muriera de un pistoletazo.
Mesía huye a Madrid y deja a La Regenta abandonada,
la cual es presa de remordimientos y sufre una seria postración
nerviosa. Cuando Ana acude a sincerarse con el que ella llama
su hermano, don Fermín de Pas, éste la rechaza
y abandona colérico el confesonario. También
Emma Bovary fue abandonada de sus amantes en los momentos
en que ella más necesitaba de su ayuda. Ana, la cual
ha sufrido un desmayo en la catedral, se encuentra completamente
aislada de la sociedad de Vetusta. Las dos novelas, Madame
Bovary y La Regenta, rezuman la sordidez de la vida provinciana
que exacerbó el hastío de las heroínas
y las lanzó a las aventuras adúlteras con las
cuales ellas creían dar cumplimiento al mundo de sus
sueños. El aura de idealidad que había surgido
de los libros que las dos leían, incitó su
fantasía con una luz artificial, llevándolas
a crear falsos mundos de expectación y a deformar
la realidad ambiente. Ambas heroínas juzgaron equivocadamente
la personalidad de los amantes a los cuales entregaron su
pasión. La fórmula realista del novelar se
halla enriquecida en los tiempos modernos con la obra de
Flaubert, heredera de la de Cervantes, y la de los novelistas
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españoles del siglo XIX, Benito Pérez Galdós
y Leopoldo Alas, quienes supieron dar una interpretación
personal a su obra creada, en diálogo vivo con los
demás autores de la gran tradición realista.
Yale University
Anales galdosianos [Publicaciones periódicas]. Año XVII, 1982
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