 A fuerza de arrastrarseFarsa cómica en prosa en un prólogo y tres
actos
José Echegaray
PERSONAJES
| ACTORES
| | BLANCA. | SRA. GUERRERO. | | JOSEFINA. | SRTA. SUÁREZ. | | PLÁCIDO. | SR. F. DÍAZ
DE MENDOZA. | | MARQUÉS DE RETAMOSA DEL VALLE. | PALANCA. | | CLAUDIO. | SANTIAGO. | | DON ROMUALDO. | CIRERA. | | DON ANSELMO. | CARSÍ. | | JAVIER. | GUERRERO. | | BASILIO. | M. DÍAZ DE MENDOZA. | | TOMÁS. | MESEJO. | | PADRINO 1.º | MEDRANO. | | PADRINO 2.º | SORIANO VIOSCA. | | TÍO
LESMES. | URQUIJO. | | DEMETRIO. | JUSTE. | | CRIADO 1.º | GIL. | | CRIADO 2.º | ARIÑO. |
 Prólogo
La escena representa la sala baja de una casa muy pobre,
en una aldea. Puerta en el centro que da al campo. A un
lado, una verja con algún tiesto de flores. Se ven
el cielo y árboles. Un sofá, un sillón,
algunas sillas, etc., todo pobrísimo, viejo y desvencijado.
Una mesa de pino; sobre ella, una palmatoria con un cabo
de vela sin encender. Es la caída de la tarde.
Escena
I
| | |
PLÁCIDO, en la puerta, mirando hacia fuera.
| PLÁCIDO.-
Sí, la puesta del sol es muy hermosa,
¡admirable! ¡La Naturaleza ama el lujo..., ¡como yo! Pero
ella es rica, puede derrochar tesoros. ¡Yo soy pobre, mis
tesoros son éstos! (Viniendo al interior.) Paredes
enyesadas y sucias. Muebles que se deshacen en polilla. Una
mesa que vino en línea recta de aquel pinar. Y para
alumbrarnos esta noche, un cabo de vela: hay que economizarlo;
que si no, nos quedamos a oscuras. ¡Oh sol, párate
y sigue alumbrando, que me quedo sin palmatoria! (Ríe
con risa forzada. Va a sentarse, el mueble cruje y él
se levanta.) ¡No puedo sentarme, que me quedo sin muebles!
¡Oh! Pero, en cambio, mi reja es un jardín. Lo cuida
Blanca. ¡Qué linda es, y qué buena! ¿Y para
qué le sirve la bondad? Para traerme esas flores,
que siempre están asomadas a la ventana como queriendo
volverse al campo. ¿Y para qué le sirve su hermosura,
envuelta en miserables trapos de campesina pobre? En Madrid,
ya sería otra cosa. ¡Madrid! ¡Oh! Si yo fuera muy
rico, me la llevaría a Madrid..., sí, Blanca
conmigo..., y después la pasearía en triunfo
por Europa. Pero ahora, lindamente ataviada, está
para pasearla en triunfo. ¡A la vaquería o al corral!
¡Cuando más, a la era! ¡Aunque se rompa! (Dejándose
caer en el sofá.) Estoy cansado. Cansado porque no
lucho; pero no lucharé. Yo he de subir: no sé
cómo, como pueda... ¡Arriba, como pueda! Bien a bien,
o mal a mal. Hola, ¿quién es? |
Escena II
| | |
PLÁCIDO
y el TÍO LESMES.
| TÍO LESMES.-
Soy yo, a la gracia de
Dios. | PLÁCIDO.-
¡Ah! El tío Lesmes. Buenas
tardes. | TÍO LESMES.-
Buenas han sido, que el camino no se me
ha hecho largo. En su carro me tomó el tío
Roque; tiene muy buenas entrañas y muy buenas mulas.
| PLÁCIDO.-
¿Estuviste en el pueblo? | TÍO LESMES.-
Pues estuve,
que por eso he vuelto. | PLÁCIDO.-
¿Y diste mi carta
a don Rufino? | TÍO LESMES.-
Se la di, que por eso vengo. Digo,
a traerle a su merced la contestación. | PLÁCIDO.-
Pues
venga. | TÍO LESMES.-
Si no la traigo. | PLÁCIDO.-
¿Pues no
has dicho que la traías? | TÍO LESMES.-
La traigo y no la
traigo. | PLÁCIDO.-
Explícate. | TÍO LESMES.-
Así
por escrito, no la traigo; que a don Rufino no le gusta escribir...,
porque dice: «que lo escrito... son compromisos». | PLÁCIDO.-
Bueno,
¿y qué te dijo? | TÍO LESMES.-
Que vaya usted y que verá
si le gusta... eso..., lo que va usted a llevarle; y que
si le gusta y usted se conforma con el poco dinero que tiene,
que lo comprará, como le ha comprado a usted otras
cosas. «Que voluntad no le falta.» No le crea; lo que más
le falta es voluntad. Es un tío usurero. ¡Es un tío
marrajo! | PLÁCIDO.-
Bueno; gracias Lesmes. ¿Y cuándo
he de ir? | TÍO LESMES.-
Pues verá usted. Tiene usted que
salir ahora, al anochecer, y llegará usted a las doce.
Estas noches de verano da gusto caminar. | PLÁCIDO.-
¿Y
por qué no mañana? | TÍO LESMES.-
Porque don Rufino
así lo dispuso. | PLÁCIDO.-
¿Y por qué
lo dispuso así? | TÍO LESMES.-
Ya. A la cuenta porque tiene
que irse temprano de viaje y no volverá en quince
días. | PLÁCIDO.-
Está bien. Te repito
las gracias. | TÍO LESMES.-
Pues con Dios. (Se va y vuelve.) ¡Ah!...,
tengo que darle una buena noticia. Que se casa mi chico.
| PLÁCIDO.-
¿Se casa? ¿Y con quién? | TÍO LESMES.-
Con
Pacorra. | PLÁCIDO.-
¡Guapa moza! | TÍO LESMES.-
Como guapa,
sí que es guapa. Unas carnes y una color... ¡Ni Tomasa,
la carnicera, tiene la color más encendida! Así
es que mi chico está todo él encendido. | PLÁCIDO.-
¿Y
cuándo es la boda? | TÍO LESMES.-
Eso va para largo. Mi
muchacho va ahora a servir al rey, y tiene que volver, y
tiene que morirse su tía, que ha prometido darle unas
tierras así que se muera... ella, su tía. ¿Estamos?
| PLÁCIDO.-
Mucho tienes que esperar. | TÍO LESMES.-
Aquí
tenemos calma y esperamos a que Dios quiera. Pero siempre
quiere. Esperamos la lluvia, y al fin llueve, si por nuestros
pecados no hay sequía. Y esperamos la espiga, y al
fin sale más dorada que el sol. Y a luego esperamos
la siega. ¡Qué remedio! La vida se ha hecho para esperar,
que todo llega. Como llegarán mis nietos, y ya verá
usted qué guapos. Conque, con Dios, don Plácido;
queda usted convidado para la boda y para el bautizo. (Se
va y vuelve.) Cásese, don Plácido, cásese,
y que no haya sequía... Quede con Dios..., y mantenerse
firme, que está usted un poco esmirriado... ¡Ea, hasta
la vuelta..., con Dios..., con Dios! |
Escena III
| | |
PLÁCIDO;
después, CLAUDIO y JAVIER, hermano de BLANCA.
| PLÁCIDO.-
Ese
bestia es feliz: se contenta con lo que tiene a su alcance.
Es feliz Blanca con traerme unas cuantas flores, que yo luego
tiro al suelo cuando ella se va. Esas flores son felices
conque les llegue un rayo de sol. (Dando un puñetazo
en la mesa.) Y hasta creo que es feliz esta mesa estúpida,
que, afirmando sus cuatro patas, se queda donde la ponen,
sin desear ir a otra parte. ¡Yo, no; yo me ahogo aquí;
yo quiero ir a otra parte, donde se brille, donde se luche,
donde se goce! | CLAUDIO.-
¿Estabas declamando? ¿Piensas hacerte
actor? | PLÁCIDO.-
Pienso hacerme diablo; ¡que los diablos
me lleven! | JAVIER.-
A eso venimos. | PLÁCIDO.-
¿Y adónde
me lleváis? | JAVIER.-
Si somos diablos, ¿adónde
te hemos de llevar? Al infierno. | CLAUDIO.-
A Madrid, quiere
decir éste. | PLÁCIDO.-
¿Con bromitas venís?
| JAVIER.-
YO no bromeo. Yo voy a Madrid. Conque a ver si os
animáis. A Madrid; y me llevo a mi hermana Blanca,
que es toda mi familia. | PLÁCIDO.-
¿Pero cómo
es eso? | JAVIER.-
Me tienes envidia, una envidia rabiosa,
te lo conozco en el tono. | PLÁCIDO.-
Sí; rabiosa.
| JAVIER.-
Como ése. | CLAUDIO.-
Como yo: rabiosa. | JAVIER.-
Pues
verás. Pero sentémonos. | PLÁCIDO.-
Sentémonos,
pero con tino. | JAVIER.-
Tú sabes que mis padres, sin
ser ricos, estaban bien acomodados y hacían buen papel
en Madrid. | CLAUDIO.-
Como mi familia. | PLÁCIDO.-
Como
la mía. Ni estado llano, ni estado noble; vanidad
y poco dinero. Para gastar, marqueses; para ganar, ni obreros.
Querer tocar las nubes y no tener torres a que subir. Llevar
plomos en los pies y alas en el deseo. ¡Aleteo plomizo!
| CLAUDIO.-
Aleteo plomizo. Así somos los tres. | JAVIER.-
¡Cuántas
veces hemos hablado de esto mismo desde que nos conocimos
en la Universidad! | CLAUDIO.-
Tres carreras empezadas...
| PLÁCIDO.-
Y ninguna concluída. | JAVIER.-
Tres
naufragios y los tres de cabeza a Retamosa del Valle. | PLÁCIDO.-
Adelante.
| JAVIER.-
Las tentaciones de mi familia eran grandes, porque
la mayor parte de sus amigos eran personas de gran posición.
La madrina de Blanca eran una gran señora: doña
Mercedes, la hermana del marqués de Retamosa del Valle.
| PLÁCIDO.-
¡Gran personaje! Hombre político
de primera, senador, marqués y una fortuna colosal:
todo lo que alcanza la vista es suyo. | CLAUDIO.-
¡Si no fuera
más que eso! Dicen que tiene más de veinte
millones de pesetas. | JAVIER.-
¡Más, mucho más!
Pues con esa gente alternábamos. Mi padre quiso hacer
gran fortuna en poco tiempo; jugó a la Bolsa, se arruinó
y se murió de pena. Y mi pobre madre, de pena se murió
también. Tuve que abandonar la carrera, y aquí
me vine con Blanca a un casucho casi tan lujoso como éste.
| PLÁCIDO.-
Esa es la historia antigua. Ya la conocíamos,
y se parece mucho a la nuestra. Pero dijiste que ibas a Madrid.
¿Es que ha cambiado tu fortuna? ¿Te ha caído la lotería?
| JAVIER.-
Nada de eso. Es que me propuse salir de este villorrio:
la voluntad puede mucho. | PLÁCIDO.-
A ver cómo
pudo. | JAVIER.-
Ya os he dicho que doña Mercedes fue
la madrina de Blanca. Blanca y la hija del marqués
eran niñas, se encontraban en casa de doña
Mercedes y eran amiguitas. | PLÁCIDO.-
¡Sí, Josefina,
la hija única, la heredera millonaria! Pero dicen
que es fea, casi contrahecha, la columna vertebral desviada,
el alma torcida, egoísta, voluntariosa, mal educada,
antipática...; y ella, un mal engendro, rica..., y
Blanca, un ángel y un sol, ¡pobre!... ¡Así
es el mundo!... ¡A él sí que se le torció
el espinazo!... ¡Hay que enderezarlo o romperlo! | CLAUDIO.-
Pero
¿cómo? Eso es lo que tienes que decir, que lamentarse
se lamenta cualquiera. | PLÁCIDO.-
(A JAVIER.) Sigue...,
Sigue. | JAVIER.-
Pues aprovechando esas antiguas relaciones,
que los marqueses habrán olvidado de seguro, pero
que yo no olvido, le escribí al marqués pidiéndole
protección. | CLAUDIO.-
Ya. | JAVIER.-
Y no me hizo caso.
| CLAUDIO.-
Claro. | JAVIER.-
Y le volví a escribir una
carta que partía los corazones. ¿Qué digo los
corazones? ¿Habéis visto que está partido el
poste kilométrico de la salida del pueblo? Pues fue
que sobre él dejé la carta un momento mientras
encendía un cigarro. (Riendo.) | CLAUDIO.-
(Riendo.)
Buena carta. | PLÁCIDO.-
¡Buena, buena! ¿Y el marqués
de Retamosa del Valle? | JAVIER.-
Nada. | PLÁCIDO.-
Más
duro que el marmolillo. | JAVIER.-
¡Le escribí hasta
cinco cartas! Y como si se las hubiera escrito al emperador
de la China. Al fin conseguí que Blanca le escribiera
a Josefina. Me costó trabajo, mucho trabajo, porque
Blanca es orgullosa; pero la convencí de que iba a
tirarme al río si no me sacaban de Retamosa..., y
escribió ¡como ella sabe! | PLÁCIDO.-
Sí
sabe, sí. | JAVIER.-
Esta vez, triunfo completo. El
marqués me da colocación en su periódico,
uno de los primeros de la corte: El Faro del Porvenir, y
ése es mi faro. La colocación es modesta, pero
lo que yo quiero es ir allá. Y Josefina protegerá
a Blanca, la llevará alguna vez al teatro, y en coche.
¡En fin, que veo luz! | CLAUDIO.-
Yo sigo a oscuras. No tengo
la suerte que tú. Ni tengo hermana bonita, ni madrina
rica, ni protector marmolillo. | JAVIER.-
Calla, hombre, que
cuando yo sea algo ya te daré la mano. | CLAUDIO.-
(Por
PLÁCIDO.) ¿Y a ése? | JAVIER.-
También.
Os protegeré a todos. | PLÁCIDO.-
Yo me protejo
a mí. | CLAUDIO.-
¿Tú tendrás amigos en
Madrid? | PLÁCIDO.-
Ninguno. | JAVIER.-
Pues, entonces...
| PLÁCIDO.-
(A JAVIER.) Tengo mis planes. Antes que
tú, estaré en Madrid. | CLAUDIO.-
¿Con qué
recursos cuentas? | PLÁCIDO.-
Realizaré cuanto
tengo. | CLAUDIO.-
(Riendo.) Levántate, Javier, que
le vamos a estropear los muebles y tiene que hacer almoneda.
| JAVIER.-
(Levantándose y riendo.) ¡Es verdad! | PLÁCIDO.-
Todavía
tengo algo, que se lo venderé a don Rufino. Es un
cuadro, allá de los tiempos de nuestras grandezas.
En París me darían por él quince mil
pesetas, porque es de uno de nuestros grandes pintores modernos.
A don Rufino lo menos le sacaré tres mil, porque él
no consiente que se le escape la firma. Poco es, pero con
tres mil pesetas se puede hacer el viaje y vivir allí
algunos meses. | CLAUDIO.-
Vamos, que tú también
eres feliz: ¡todos vosotros! | PLÁCIDO.-
(A CLAUDIO.)
Y tú también, porque tú vienes conmigo.
| CLAUDIO.-
¿Yo..., has dicho que yo?... ¿A Madrid contigo?
Enciende, enciende ese cabo (A JAVIER.) , que está
oscuro y quiero verle la cara a ver si bromea. (JAVIER enciende
el cabo. PLÁCIDO pasea muy nervioso, CLAUDIO le sigue
y le trae a la luz y le mira de frente. Ya es noche cerrada.)
Pues parece que lo dice de veras. | PLÁCIDO.-
Y tan
de veras. Los tres allá y los tres unidos; y los tres
a luchar. Os necesito. | JAVIER.-
Magnífico. | CLAUDIO.-
Me
parece que estoy soñando. | PLÁCIDO.-
Los tres
marchando a la par, podemos hacer mucho. En otros tiempos,
menos mezquinos que estos en que vivimos, el camino a mis
ambiciones estaba trazado. ¡Tiempos de férreas armaduras,
de pesados lanzones y de tajantes espadas! ¡Formaría
una partida de bandoleros si era preciso: yo, el capitán!
Hoy, tres. Dentro de poco, quince. Algunos meses más
tarde cincuenta. Con el robo, o llamémosle botín,
mantendría una mesnada, me pondría al servicio
de un conde o de un duque, y al fin sería duque o
conde, y quién sabe si llegaría a emperador
o rey. | CLAUDIO.-
Para eso no cuentes conmigo. | JAVIER.-
Ni
conmigo tampoco: no sirvo. | PLÁCIDO.-
Ni yo. Las armaduras
pesan mucho para los aventureros de hoy. Además, los
petos y los espaldares son rígidos, no dejan libertad
al espinazo para doblarse. Hoy los procedimientos para medrar
son otros, requieren gran flexibilidad. Quien tenga genio,
elocuencia o saber, que suba a saltos. Nosotros tenemos que
subir lentamente. ¿Conocéis la fábula del inmortal
autor de Los amantes de Teruel? | CLAUDIO.-
¿Cuál?
| PLÁCIDO.-
La que se titula El águila y el caracol.
| JAVIER.-
No la recuerdo. | PLÁCIDO.-
Es muy breve. El
águila real que anida en eminente roca, ve cierto
día que un caracol de la honda vega había logrado
llegar hasta su altura, y le pregunta, sorprendida:
| «¿Cómo
con ese andar tan perezoso | | | | tan arriba subiste a visitarme?» | | | | «Subí, señora -contestó el baboso-, | | | | ¡a
fuerza de arrastrarme!» | | |
¿Podemos ser águilas?, pues
a volar. ¿No podemos?, ¡pues seamos babosos, pero arriba!
| JAVIER.-
¡Este piensa lo que piensa! | CLAUDIO.-
Y sabe lo
que dice. | JAVIER.-
¡A Madrid! | CLAUDIO.-
A Madrid, y tú
nos mandas. | PLÁCIDO.-
Convenido. A luchar. ¡Lucha
prosaica, vulgar, mezquina! No esperéis nada grande.
¡No entraremos ciertamente en la ciudad troyana! | CLAUDIO.-
Como
entremos en una plaza de tres mil pesetas, a mí me
basta. | PLÁCIDO.-
A mí, no. | JAVIER.-
Sea lo
que el ministro disponga. | CLAUDIO.-
¿Conque me llevas? | PLÁCIDO.-
Te
llevo. | CLAUDIO.-
(A JAVIER.) ¡Pues acompáñame,
para que entre los dos convenzamos a mi pobre abuela! ¡La
pobre lo va a sentir mucho! | JAVIER.-
Vamos allá.
| CLAUDIO.-
Y luego volveremos para rematar nuestro plan. | PLÁCIDO.-
Hasta
luego. | CLAUDIO.-
Hasta luego. | JAVIER.-
Adiós. | CLAUDIO.-
(Aparte.)
Este Plácido hará carrera: tiene talento.
| JAVIER.-
(Aparte.) Y poca aprensión. | CLAUDIO.-
(Aparte.)
Bien mirado, nosotros tampoco tenemos mucha. (Salen riendo
CLAUDIO y JAVIER.) |
Escena IV
| | |
PLÁCIDO; después,
BLANCA.
| PLÁCIDO.-
Lo que importa es salir de aquí.
Estos horizontes, con ser tan anchos, me ahogan. Y Blanca
también viene con nosotros: me alegro. ¡Pobre Blanca!
Blanca... | BLANCA.-
Buenas noches. ¿No está mi
hermano? | PLÁCIDO.-
Se fue ahora mismo. Ha dicho que
le esperes. | BLANCA.-
Se me hizo tarde. Me fui, como de costumbre,
por el camino de la ermita. Y distraída y pensando...,
me alejé... y la noche se vino encima. Hoy no traigo
flores. ¿Para qué? No te gustan: siempre las encuentro
por aquí... tiradas y marchitas... Además...,
ya no podré traerte más flores... (Tristemente.)
¿Te lo ha dicho mi hermano? | PLÁCIDO.-
Sí...
ya sé que os vais a Madrid. ¡Poco contenta que irás
a la corte! | BLANCA.-
¡Contenta! Tú sabes que no. Lo
dices porque te gusta atormentarme. | PLÁCIDO.-
Pero
no niegues que vas contenta. Irás con frecuencia al
palacio del marqués: quizá te quedes a vivir
con Josefina... | BLANCA.-
¡Bonito porvenir! Yo no sé
si Josefina habrá cambiado; pero cuando era niña...,
¡criatura más antipática no se puede encontrar!
Se complacía en atormentarme. ¡Más lágrimas
me ha hecho verter. | PLÁCIDO.-
Eres ingrata, porque
esta vez bien te ha servido. | BLANCA.-
Es verdad. La pobre
ha hecho lo que ha podido por nosotros y le debo gratitud:
habrá cambiado. Pero está de Dios que lo mismo
sus agravios que sus favores me cuesten lágrimas.
(Llora bajito.) | PLÁCIDO.-
(Aparte.) ¡Pobrecilla! (Alto.)
Vamos, que ya te consolarás cuando en aquellos salones
tan espléndidos luzcas hermosos trajes. | BLANCA.-
¿Hermosos
trajes? ¿Y con qué dinero los compro? | PLÁCIDO.-
Josefina
te regalará alguno de los suyos. ¡Es riquísima!
| BLANCA.-
¡Ah! (Con cierto orgullo.) «No tenemos la misma
medida»: me vendrían estrechos. Además, mis
trajes son los míos. Muy pobres, pero se moldearon
en mi cuerpo. Quiero estameña que arrope mi propio
calor, no blondas que se empeñó en amarillear
el calor ajeno. | PLÁCIDO.-
¡Eres altiva! Malos vicios
llevas a la corte. | BLANCA.-
Menos malos si no dejan hueco
a los que allí pudiera recoger. ¡Pero te has empeñado
en atormentarme esta noche! Yo venía angustiada: durante
todo el paseo estuve llorando. Pensé encontrarte triste
y te encuentro burlón. Yo creo que te regocija la
idea que ya no vamos a vernos más. | PLÁCIDO.-
Si
tanto te apena el irte, ¿por qué le escribiste aquella
carta a Josefina? | BLANCA.-
Pensé que no haría
caso, como no habían hecho caso de las cartas de mi
hermano. Y Javier se empeñó... «que yo destruía
con mi orgullo su porvenir...» ¡Qué sé yo...,
debilidades..., tonterías..., que luego se pagan!
| PLÁCIDO.-
De todas maneras, resulta que entre tu hermano
y yo, prefieres a tu hermano. Con él te vas..., y
yo..., el pobre Plácido..., aquí se queda.
| BLANCA.-
¿De modo que tú no quieres que me marche
a Madrid? (Con alegría.) | PLÁCIDO.-
Yo no mando
en ti, Blanca. | BLANCA.-
(Con ansia amorosa.) Pero ¿te da
mucha pena que me vaya? | PLÁCIDO.-
Ya lo estás
viendo. | BLANCA.-
Pues. si lo sientes tanto, ¿por qué
no me pides que me quede? | PLÁCIDO.-
¡Ah! Tú
obedecerás a tu hermano. | BLANCA.-
Más te obedecería
a ti si estuviese segura de que me quieres mucho. | PLÁCIDO.-
Finges
que lo dudas para tener un pretexto y marcharte: ¡ir a la
corte, vivir entre el lujo y el placer, oír galanterías
y, al fin y al cabo, casarte con un duque! Y el pobre Plácido,
allá, que se muera en el pueblo. | BLANCA.-
¡Me vas
a volver loca! ¡Yo, riquezas; yo, lujos; yo, galanes! Mira,
Plácido, dime de verdad, con todo tu corazón:
«Quédate», y desobedezco a mi hermano y «me quedo».
| PLÁCIDO.-
¿Serías capaz? | BLANCA.-
¡Prueba...,
prueba!... ¿A que no pruebas? | PLÁCIDO.-
Voy a probar:
«Quiero que te quedes.» | BLANCA.-
Pues suceda lo que quiera,
no voy a Madrid. | PLÁCIDO.-
Ahora veremos si cuando
venga Javier te atreves a decírselo. | BLANCA.-
Ahora
lo veremos. |
Escena V
| | |
PLÁCIDO, BLANCA, CLAUDIO
y JAVIER.
| CLAUDIO.-
Ya hemos convencido a la pobre vieja.
(Entrando muy alegres.) | JAVIER.-
(A BLANCA.) Hola..., ¿has
venido tú? | BLANCA.-
Sí..., a buscarte... Estuve
paseando... hacia la ermita..., y la tarde estaba muy hermosa...,
y me dió mucha pena el pensar que voy a dejar todo
esto... ¡Mucha pena!... ¡Tú no lo sabes bien! Conque
pensé una cosa, y te lo voy a decir. | JAVIER.-
¿Qué
pensaste? | BLANCA.-
También me da mucha pena decírtelo...,
porque eres mi hermano y te quiero... Hay días malos
en que todo da pena. | JAVIER.-
Pues mira tú, para mí
es hoy un gran día. | CLAUDIO.-
Y para todos nosotros,
y para ése. (Por PLÁCIDO.) | BLANCA.-
Para ése
no. | PLÁCIDO.-
Sigue..., sigue... ¿No te atreves a
explicarle a tu hermano lo que has pensado? | BLANCA.-
Sí
me atrevo, Plácido. Oye: tú conoces a Marta;
es tina buena mujer y muy honrada. | JAVIER.-
Sí lo
es. ¿Y qué? | BLANCA.-
Tiene dos hijas: son unas buenas
chicas. | JAVIER.-
Sí lo son. | BLANCA.-
Y no hay nadie
más en la familia. | CLAUDIO.-
Sí hay: el cochinito
y la vaca. | JAVIER.-
(Riendo.) Es verdad. | BLANCA.-
Pues yo
sé que si yo le dijese a Marta: «Mi hermano se va
a Madrid a probar fortuna; pero yo no quiero ni servirle
de estorbo ni serle gravosa, de modo que si tú no
tienes inconveniente me quedaré en vuestra casa, os
ayudaré como pueda, y os daré como ayuda lo
poco que tenga», ¿comprendes? Yo sé que si le dijese
esto a Marta se pondría muy contenta. | JAVIER.-
¡Pero
yo me pondría muy furioso! ¿qué disparate es
éste? | BLANCA.-
(Medio llorando, pero con energía.)
Lo he resuelto. | JAVIER.-
¡Pero Blanca! | BLANCA.-
(Llorando
más, pero decidida.) Lo he resuelto. | JAVIER.-
Pero
¿por qué? | BLANCA.-
¡Porque soy así; pero lo
he resuelto, lo he resuelto! (Llorando desesperadamente.)
| JAVIER.-
Eres una mala hermana. | BLANCA.-
Tienes razón,
y lloraré todo lo que tú quieras, y te pediré
perdón de rodillas; pero tú te marcharás
y de rodillas me quedaré. | JAVIER.-
¡Blanca! | CLAUDIO.-
¡Esta
chica se ha vuelto loca! Lo comprendería si se quedase
Plácido..., porque se sabe lo que se sabe...; ¡pero
si nos vamos los tres! | BLANCA.-
¿Cómo?... ¿Qué
estás diciendo?... ¿Que Plácido...? A ver,
repítelo. | JAVIER.-
Viene con nosotros a Madrid. | BLANCA.-
Pero
¿es verdad? | PLÁCIDO.-
(Riendo.) ¡Tonta!... ¡Si todo
ha sido una broma!... Los tres, y tú con nosotros,
a Madrid. | BLANCA.-
¿Una broma? | PLÁCIDO.-
Sí.
| BLANCA.-
(Aparte, a PLÁCIDO. Entre tanto, JAVIER y
CLAUDIO hablan y ríen.) Ha sido una broma muy cruel
y demasiado larga. Yo no hubiera tenido corazón para
darte esa pena. | PLÁCIDO.-
Es verdad. Perdóname.
| BLANCA.-
(Entre enojada y risueña.) Harás fortuna
en Madrid: sabes fingir. | PLÁCIDO.-
¿No estás
contenta? | BLANCA.-
Sí lo estoy; pero mejor hubiera
sido que nos quedásemos. | JAVIER.-
(A BLANCA.) Conque,
a ver, ¿qué resuelves? | BLANCA.-
¡Qué remedio...,.
si te empeñas..., si me lo mandas!... | JAVIER.-
¡Qué
docil eres! | CLAUDIO.-
Si has de llegar a las doce a casa
de don Rufino, ya puedes emprender la caminata. | PLÁCIDO.-
(Resueltamente.)
Es verdad. Lo que ha de hacerse, ha de hacerse pronto. Vuelvo
en seguida. (Sale un momento.) | BLANCA.-
¿Adónde va?
| CLAUDIO.-
A procurarse fondos para el viaje. | BLANCA.-
No
comprendo. | JAVIER.-
(En broma.) Tiene un tesoro escondido.
| CLAUDIO.-
¡Un tesoro! | BLANCA.-
Estáis de broma...,
hoy todo el mundo está de broma. | JAVIER.-
Un cuadro...,
¡una pintura admirable!, ¡restos de su riqueza! | CLAUDIO.-
Don
Rufino, el anticuario..., o el usurero, se lo compra. | JAVIER.-
Lo
menos da tres mil pesetas. | CLAUDIO.-
Pero ¿qué cuadro
es ése? | JAVIER.-
No sé. | CLAUDIO.-
Ni nos importa.
| BLANCA.-
¿Será...? ¡No puede ser! ¡Por nada de este
mundo lo vendería! | PLÁCIDO.-
(Dispuesto para
el viaje, con el sombrero y un cuadro envuelto en un lienzo.)
Ya estoy en marcha. Hasta mañana. Adiós, Blanca;
perdóname. (El cabo de vela se apaga; la salida queda
a oscuras, por la puerta y la verja entra la luna.) | BLANCA.-
¿Qué
llevas ahí? | PLÁCIDO.-
Un cuadro que me compra
don Rufino. | BLANCA.-
¿Qué cuadro es? | PLÁCIDO.-
Nada...,
lo único que tengo..., es precioso... Adiós,
que se hace tarde. | BLANCA.-
No; espera. No te veo la cara;
pero en el tono de voz hay algo que me hiere. | PLÁCIDO.-
La
miseria hiere siempre. Adiós. | BLANCA.-
(Deteniéndole.)
No... Responde: ¿es un retrato? | PLÁCIDO.-
¿Qué
quieres que sea?... ¿Qué otra cosa tengo?... ¿Qué
puedo vender?... ¡Como no venda mi alma! | BLANCA.-
¿Es aquel
retrato tan hermoso que me enseñaste un día?
| PLÁCIDO.-
¡Sí muy hermoso! ¡Ella era muy hermosa!
| BLANCA.-
¿Es el retrato de tu madre? | PLÁCIDO.-
¡Claro!
¿Para qué están las madres? ¡Para salvar a
los hijos! Adiós... (Se desprende de BLANCA y sale
corriendo.) | BLANCA.-
¡No...; eso, no!... ¡Plácido...,
Plácido!... ¡No lo vendas!... ¡Es una mala acción!
¡Es peor que si vendieses tu alma!... ¡Plácido!...
¡No me oye..., no me oye!... | CLAUDIO.-
Pero ¿qué tiene
esta chica? | JAVIER.-
Blanca, ¿qué tienes? | BLANCA.-
¡Ay
Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mal empieza el viaje!...
Antes me hizo llorar!... ¡Ahora vende el retrato de su madre!
¡Os digo que me da mucha pena! ¡Que me da mucho miedo!
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A fuerza de arrastrarse
José Echegaray
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