 Fray Gerundio de Campazas
José Francisco
de Isla
[Nota preliminar: edición digital a partir
de la de Madrid, Imprenta de Gabriel Ramírez, 1758
y cotejada con la edición de Russell P. Sebold (Madrid,
Espasa Calpe, 1992, 3.ª ed.)]
 Al público, poderosísimo señor
Con efecto: no le ha habido desde Adán acá
más poderoso que usted, ni le habrá hasta el
fin de todos los siglos. ¿Quién trastornó toda
la faz de la tierra de modo que, a vuelta de pocas generaciones,
apenas la conocería la madre que la parió?
Usted. ¿Quién fundó las monarquías y
los imperios? Usted. ¿Quién los arruinó después
o los trasladó adonde le dio la gana? Usted. ¿Quién
introdujo en el mundo la distinción de clases y jerarquías?
Usted. ¿Quién las conserva donde le parece y las confunde
donde se le antoja? Usted. Malo es que a usted se le ponga
una cosa en la cabeza, que solamente el Todopoderoso la podrá
embarazar. Y si del poder de las manos hacemos tránsito
al del juicio, del dictamen y de la razón, ¿dónde
le hay ni le ha habido más despótico ni absoluto?
Sabida cosa es que, después del derecho divino y del
natural, el derecho de usted, que es el de las gentes, es
el más respetado y obedecido en todo el mundo; esto,
aun en caso de que el derecho de las gentes y el natural
sean distintos: controversia en que no quiero embarazarme,
porque para mi asunto importa un bledo. Lo cierto es que,
una vez que usted mande, resuelva, decrete y determine alguna
cosa, es preciso que todos le obedezcan; porque, como usted
es todos y todos son usted, es necesario que todos hagan
aquello que todos quieren hacer. No se me señalará
otro legislador más respetado. Pareciole a
usted ser conveniente que se llamasen sabios los que sabían
ciertas materias, que fuesen tenidos por ignorantes los que
las ignoraban, aunque supiesen otras artes quizá más
útiles, o a lo menos tanto, para la vida humana. Pues
saliose usted con ello. En todo el mundo el teólogo,
el canonista, el legista, el filósofo, el médico,
el matemático, el crítico, en una palabra,
el hombre de letras, es tenido por sabio; y el labrador,
el carpintero, el albañil y el herrero son reputados
por ignorantes. A los primeros se les habla con el sombrero
en la mano, y se les trata con respeto; a los segundos se
les oye o se les manda con la gorra calada, y se les trata
de tú. Esto, ¿por qué? Porque así lo
ha querido el público. En consecuencia de esto y
acercándome ya a lo que más me importa, usted
sólo (sí por cierto), usted sólo es
el que da o el que quita el crédito a los escritos
y a los escritores; usted sólo el que los eleva o
los abate, según lo tiene por conveniente; usted sólo
es el que los introduce en el templo de la fama o los condena
al calabozo de la ignominia; usted sólo el que los
eterniza en la memoria, o hace, apenas ven la luz que, entregados
a las llamas, se esparzan sus cenizas por el viento. Dígolo
con osadía, pero con muchísima verdad: no tienen
los escritores que buscar fuera de usted sombra que los refrigere,
árbol adonde se arrimen, escudo que los defienda,
protección que los asegure ni patrono que los indemnice.
Permítame usted la flaqueza de que me cite a mí
mismo. En el libro primero, capítulo VIII, número
15 de esta mi historia, que lo es de lo pasado, de lo presente
y de lo futuro, me burlo (y a mi parecer con razón)
de los que dedican sus obras a personajes de la más
soberana elevación, pensando, y aun diciéndolo
ellos mismos en las dedicatorias, que de esta manera les
ponen a cubierto contra los tiros de la crítica, de
la malignidad o de la envidia. ¡Pobres hombres! ¡Aún
no los han desengañado tantas experiencias! No ha
habido en el mundo ni un solo personaje que haya sacado la
espada para defender al autor que le busca por mecenas; ni,
lo que más es, aunque la sacara pudiera defenderle.
Demos que sea el más poderoso monarca del mundo. Podrá
colmar de honras al benemérito autor. Podrá
hacer que en sus dominios ni se escriba, ni aun se hable
contra él, y que se tribute un exterior respeto a
sus obras. Pero, ¿podrá embarazar que la ignorancia,
la mordacidad o la crítica descontentadiza no las
muerda y no las despedace a sus solas? ¿Podrá estorbar
que fuera de sus estados no broten contra ellos tantos Zoilos
como verdolagas? Desengañémonos: sólo
usted tiene este gran poder, porque sólo usted en
este particular (hablo de tejas abajo) puede todo cuanto
quiere. Quiera el público que nadie chiste contra
una obra; ninguno chistará. Quiera el público
que todos la celebren interior y exteriormente; todos la
celebrarán. Quiera el público que se reimprima
mil veces; mil veces se reimprimirá. Y este poder
no es limitado a estos o aquellos dominios; extiéndese
por donde se extienden los dilatados ámbitos del mundo.
En cualquiera parte donde hay hombres hay público,
porque el público son todos los hombres. Por lo menos,
el público a quien yo dedico mi obra, éste
es: el público de España, de Francia, de Italia,
de Alemania, el tártaro, el moscovita, el de la China
y el de las Californias. Pues si yo tuviese la dicha de lograr
que todos los hombres la tomasen debajo de su protección,
¿a quién había de temer? Hágome cargo
de que esta fortuna es más para pretendida que para
esperada. Pero, señor, valga lo que valiere, yo a
ella me acojo, de usted me amparo, en sólo usted solicito
el patrocinio. Bien puede ser que la obrilla no le merezca,
pero no lo desmerece la intención. Soy con el más
profundo respeto, poderosísimo señor, vuestra
más mínima parte. Don Francisco Lobón
de Salazar.
 Aprobación del muy R. P. M. Fr. Alonso Cano
calificador de la suprema y general Inquisición,
académico de la Real Academia de la Historia, censor
diputado por su majestad para la revisión de libros
en estos reinos, y redentor general del orden de la Santísima
Trinidad de calzados, redención de cautivos, etc.
La Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas,
que el señor don José Armendáriz, teniente
de vicario de esta Villa, se sirve someter a mi censura,
es uno de aquellos felices pensamientos que sugiere por último
recurso el apuro o el despecho en lances apretados, al ver
frustrados los medios más directos y propios. Bien
superficial tintura de erudición bastaría para
insinuar los lugares de Escritura, sentencias de Padres,
invectivas de Doctores y universal consentimiento de celosos
y prudentes que baten en brecha la sacrílega profanación
del ministerio de la palabra divina, si un secreto latido
de la sindéresis propia no nos excusase esta fatiga
y acusase nuestra obstinación hasta indiciarla de
estupidez. Sin embargo, lejos de contener el mal tan legítimos
y saludables preservativos, insulta indiferentemente médicos
y enfermos; y lo que antes se recelaba síntoma de
mortal letargo, hoy se celebra como decretorio de apacible
sueño. Pues, ¿qué remedio? No aparece otro
que el presente, o recete Esculapio. Sea en buen hora extremo;
que siendo extrema la enfermedad, eso mismo lo autoriza de
específico exquisito; y el buen éxito de Cervantes
responde a la esperanza de igual suceso. No es de disimularse
que la extrema diferencia y respectiva importancia pide otro
tino, doctrina y delicadeza en nuestro caso; y confío
que en esta parte hará el público imparcial
la justicia que acostumbra en el discernimiento de tan necesarias
calidades, y otras de erudición, sal, amenidad, y
sobre todo el nativo desembarazo y castiza propiedad que
agracian toda la obra. Tampoco se desentenderá, al
observar algo cargada la dosis de sales cáusticas
y corrosivas, de que no se curan con agua rosada las gangrenas.
Con todo eso, sin aventurar mucho el pronóstico,
es de recelar algún clamoroso resentimiento de aquella
especie de enfermos que, o bien hallados con su mal, o frenéticos
en fuerza de él, como los describe con gracia San
Agustín, revuelven furiosos, contra el médico
que los cura, la saña y aborrecimiento que debieran
emplear contra el vicio de su llaga. Pero si las sabias y
cristianas precauciones del prólogo no los desarman,
yo aconsejaría al autor que no se tomase más
pena que remitirse al exorcismo del toro que en él
se cita. No me atreveré a prometerle tan decisivo
y perentorio desembarazo de algunas otras querellas literarias,
en que por vía de digresión, amenidad o incidencia
se divierte a escaramucear, regulando por su valor y ardimiento,
más que por la urgencia, las excursiones de su pluma;
bien que sea de esperar de la magistral destreza y pulso
crítico con que la maneja, que sabrá guardar
su ropa; y, en todo caso, que no se presente a la palestra
desprevenido de alguna secreta malla, que sirva de cuerpo
de reserva al de su obra, proporcionando su defensa y el
resto de la armadura al temple del morrión con que
cubre su cabeza. Por último, para decir en una palabra
mi sentir, le circunscribo al apotegma a que redujo el suyo
el insigne doctor Martínez sobre doña Oliva,
es saber: «Qué este libro sólo falta, como
otros muchos sobran». Así lo siento en éste
de la Santísima Trinidad de Madrid, y octubre 26 de
1757. Fray Alonso Cano. Licencia
del Ordinario, Madrid, 26 de octubre de 1757, firmada por
el licenciado don José Armendáriz y Arbeloa.
Licencia del rey, Madrid, Buen Retiro, 8 de septiembre de
1757, firmada por don Agustín Montiano Luyando. Fe
de erratas, Madrid, 23 de diciembre de 1757, firmada por
el doctor don Manuel González Ollero. Tasa, Madrid,
24 de diciembre de 1757, firmada por don José Antonio
de Yarza.
 Prólogo con Morrión
Porque -hablemos en puridad- eso de prólogo galeato
es mucho latín para principio de una obra lega. Aunque
el héroe de ella se supone que fue predicador y de
misa, desengáñate, lector mío, que dijo
tantas como sermones predicó. Yo le concebí,
yo le parí, yo le ordené, yo le despaché
el título de predicador, para todo lo cual tengo la
misma autoridad y el mismo poder que para hacerle obispo
y papa. Y si no, dime con sinceridad cristiana: si Platón
tuvo facultad para fabricar una república en los espacios
imaginarios; Renato Descartes para figurarse un mundo como
mejor le pareció; muchos filósofos modernos,
alumbrados de Copérnico y atizando la mecha mi amigo
y señor Bernardo Fontenelle, para criar en su fantasía
tantos millones de mundos como millones hay de estrellas
fijas, y todos habitados de hombres de carne y hueso, ni
más ni menos como nosotros, ¿qué razón
habrá divina ni humana para que mi imaginativa no
se divierta en fabricarse un padrecito rechoncho, atusado
y vivaracho, dándole los empleos que a ella se la
antojare y haciéndole predicar a mi placer todo aquello
que me pareciere? ¿Por ventura la imaginación de los
susodichos señores míos y de otros ciento que
pudiera nombrar, tuvo algún privilegio que no tenga
también la mía, aunque pobre y pecadora? 2.
Según eso -me replicarás-, ¿no ha habido tal
fray Gerundio en el mundo? Vamos despacio, y déjame
tomar un polvo; que la preguntica tiene uñas. Ya le
tomé, y voy a responderte. Mira, hermano, Fray Gerundio
de Campazas, con este nombre y apellido, ni le hay ni le
ha habido ni es verisímil que jamás le haiga.
Pero predicadores Gerundios, con fray y sin él, con
don y sin don, con capilla y con bonete, en fin, vestidos
de largo de todos colores y de todas figuras, los ha habido,
los hay y los habrá como así, si Dios no lo
remedia. Cuando dije como así, junté los dedos
de las manos según se acostumbra. No digo yo que en
alguno de ellos se unan todas las sandeces de mi querido
fray Gerundio, que aunque eso no es absolutamente imposible
tampoco es necesario; pero tanto como que todas ellas están
esparramadas y repartidas por aquí y por allí,
tocando a éste más y al otro menos, ésa
es una cosa tan clara, que la estamos palpando a vista de
ojos. Pues, ¿qué hice yo? No más que lo que
hacen los artífices de novelas útiles y de
poemas épicos instructivos. Propónense un héroe,
o verdadero o fingido, para hacerle un perfecto modelo, o
de las armas, o de las letras, o de la política, o
de las virtudes morales, que de las evangélicas hartos
tenemos, si los queremos imitar. Recogen de éste,
de aquél, del otro y del de más allá
todo aquello que les parece conducente para la perfección
de su idolillo, en aquella especie o línea en que
le quieren sacar redondeado. Aplícanselo a él
con inventiva, con proporción y con gracia, fingiendo
los lances, pasos y sucesos que juzgan más naturales
para encadenar la historia con las hazañas y las hazañas
con la historia, y cátate aquí un poema épico,
en prosa o verso, que no hay más que pedir. 3. ¿Parécete
a ti que hizo más Homero con su Ulises, Virgilio con
su Eneas, Jenofonte con su Ciro, Barclayo con su Argenis,
Quevedo con su Tacaño, Cervantes con su Quijote, Salignac
con su Telémaco? Y si todavía quieres que luzca
un poco más lo erudito a bien poca costa, ¿juzgas
que las Obras y días de Hesíodo, el Hero y
Leandro de Museo (o de quien fuere), el Adonis del caballero
Marino, la Dragontea de Lope de Vega y la Numantina de don
Francisco Mosquera fueron más que unos poemas épicos,
más o menos perfectos, más o menos ajustados
a las leyes de la epopeya, que plugo promulgar a sus epopeyarcas
y legisladores? Ea, no me tuerzas el hocico, ni me digas
que entre las obras que cito hay algunas en prosa, y consiguientemente
no pueden pertenecer a la clase del poema épico. Cierto
que tienes mala condición. Sobre si el verso es o
no esencial y necesario al poema épico, se dan sendos
remoquetes los autores, y hay entre ellos una zambra y barahúnda
de mil diantres. Tú aplícate al partido que
te pareciere más fuerte, en la inteligencia de que
hasta ahora ningún papa o concilio general lo ha definido,
y así no te han de obligar a abjurar, ni aun de levi,
porque sigas cualquiera de las dos opiniones. 4. Pero si
todavía te mantienes reaz, o reacio (que no sé
a fe cómo se debe decir), en que mi pobre fray Gerundio
no merece sentarse en el banco elevado y aforrado en terciopelo
carmesí de los poemas épicos; ya porque está
escrito en prosa lisa y llana y harto ratera; ya porque mi
héroe no es por ahí algún emperador,
algún rey, algún duque o por lo menos algún
landgrave, que era lo menos que podía ser para que
se le hiciese lugar en la dieta épica, según
la decisión del poeticonsulto Horacio:
|
Res gestae regumque, ducumque, et tristia bella | | | | quo scribi
possent numero monstravit Homerus; | | |
|
y ya finalmente, porque
falta a mi obra el papel o el personaje principal de todo
poema épico, que es el héroe; puesto que el
cuitado fray Gerundio no sólo no era descendiente
de los dioses, pero ni aun del Cid Campeador, Laín
Calvo o Nuño Rasura, lo que por lo menos era menester
para darle la investidura de héroe; amén de
faltarle las otras calidades indispensables para entrar en
la orden del heroísmo, conviene a saber, magnanimidad,
constancia, corpulencia, robustez y fuerza extraordinaria.
Digo que si por estas y otras muchas razones te estás
erre que erre en que ésta no es composición
épica ni calabaza, por mí que no lo sea, que
no es negocio de romper lanzas por esta bagatela. 5. Estoy
viendo que aún te queda allá dentro cierto
escrupulillo sobre esto del epicismo. Dirásme, como
si lo oyera, que el principal fin de toda composición
épica es encender el ánimo a la imitación
de las virtudes heroicas por el ejemplo del héroe,
fingido o verdadero, cuyos rasgos se representan. Y más,
que si esto mismo me lo quieres decir en latín para
aturullarme un poco y para que yo sepa que sabes tú
dónde te muerde el zapato épico, me espetarás
en mis barbas toda la autoridad de Pablo Beni (antes el Padre
Pablo), el cual dice así en su comentario sobre La
poética de Aristóteles: Certum est heroico
poemati illud esse propositum, ut herois alicuius, et ducis
egregium aliquod factum celebret, in quo idea quaedam et
exemplum exprimatur fortitudinis, ac militaris civilisque
prudentiae. En cuya consecuencia dirás (y al parecer
no te faltará razón) que tan lejos estoy yo
de proponerte en mi obra un perfecto modelo de la heroica
oratoria, a cuyo ejemplo incite la imitación, que
antes bien te represento el dechado más ridículo
que se puede imaginar para mover a la fuga y a la abominación.
6. ¿Parécete que me has cogido ya en la ratonera?
Pues óyeme esta erudicioncilla. Leíla no sé
dónde, y no es negocio de perder ahora dos o tres
horas de tiempo en buscar el autor para darle la cita. Haz
cuenta que lo dice Plutarco, u cualquiera otro autor de los
tantos con quien tengas más devoción. Había
en Atenas un célebre músico (sin duda que debía
ser maestro de capilla), de cuyo nombre tampoco me acuerdo.
Llámale Pitágoras, si te pareciere que es cuestión
de nombre. Éste, para enseñar la música
a sus discípulos según todos sus modos diferentes,
dorio, lidio, mixtilidio, frigio, subfrigio, eolio, ¿qué
hacía? Juntaba cuidadosamente las voces más
desentonadas, más ásperas, más carraspeñas,
más becerriles y más descompuestas de toda
la república. Hacíalas cantar en presencia
de sus escolares, encargando mucho a éstos que observasen
cuidadosamente el chirrión desapacible de las unas,
el taladrante chillido de las otras, el insufrible desentono
de éstas y los intolerables galopeos, brincos, corcovos
y corvetas de las otras. Vuelto después a sus discípulos,
los decía con mucho cariño y apacibilidad:
«Hijos, en haciendo todo lo contrario de lo que hacen éstos,
cantaréis divinamente». 7. Paréceme que ya
me has entendido lo que te quiero decir, pero si todavía
no has caído en cuenta, no doy dos cuartos por tu
entendimiento, y vamos a otra cosa; que no hemos de andar
a mojicones, aunque digas que esta obra, a lo más,
más es una desdichada novela, y que dista tanto del
poema épico como la tierra del cielo. 8. Un poco
más serio te pones para hacerme otra pregunta. Supuesto
que hay tantos predicadores Gerundios, por desgracia de nuestros
tiempos, con fray y sin él, con don y sin don, de
capilla y de bonete, como yo mismo confieso, ¿qué
motivo he tenido para pegar a mi Gerundio el fray más
que el padre a secas o su don, sin otro turuleque? Es pregunta
sustancial y pide seria satisfacción; vóytela
a dar y óyeme con indiferencia, pero, antes de entrar
en materia, escúchame este cuento. Fue cierto rector
a no sé qué pesquisa a Colmenar el Viejo, lugar
de veinte vecinos; examinolos a todos, y espetáronle
una sarta de mentiras. Aturdido el rector, dijo al alcalde
santiguándose: «¡Jesús! ¡Jesús! Aquí
se miente tanto como en Madrid». Replicole el alcalde:
«Perdóneme su mercé, que aunque en Colmenar
se miente todo lo pusibre, pero en Madril se miente mucho
más, porque hay más que mientan». 9. No me
negarás que es mucho mayor el número de los
predicadores que se honran con el nobilísimo, santísimo
y venerabilísimo distintivo de fray, que el de los
que se reconocen con el título de padre o con el epíteto
de don. Para cada uno de éstos hay por lo menos veinte
de aquéllos; porque las familias mendicantes no clericales
(que todas le usan) y las monacales (que muchas le estilan,
otras no) son sin comparación más numerosas
que todas las religiones de clérigos regulares donde
no se ha introducido. Los que en el clero secular ejercitan
el ministerio de predicar, claro está que en el número
no pueden compararse con los que ejercen el mismo ministerio
en el estado religioso. Pues ahora, aunque en todas las demás
profesiones y estados hay sin duda muchísimos Gerundios
que predican mal, no hay ni puede haber tantos como en las
otras. ¿Por qué? Porque en ellas son muchísimos
más los que predican. De manera que toda la diferencia
está en el número, y no en la sustancia. Siendo,
pues, el fin único de esta obra desterrar del púlpito
español los intolerables abusos que se han introducido
en él, especialmente de un siglo a esta parte, parecía
puesto en razón buscar el modelo donde son más
frecuentes los originales, precisa y únicamente porque
es más copioso el número de los predicadores.
10. Si hubieran de leer este prólogo no más
que hombres discretos, bastaba lo dicho para que sobre este
capítulo quedásemos todos en paz; pero como
es naturalísimo que le lean también otros muchos
que no lo sean tanto, es menester decirlos esto mismo de
otra manera más de bulto. 11. Dime tú, bonísima
criatura (ahora hablo por ahí con un labrador de pestorejo,
hombre sano y que sabe leer casi de corrida), haz cuenta
que para burlarme, y al mismo tiempo para corregir la desordenada
pasión al tabaco de los segadores, la inclinación
al vino de los coritos y la fantástica ventolera de
los alojeros, se me antojase escribir la vida de un alojero
ideal, de un corito ente de razón y de un segador
imaginario. ¿No era naturalísimo que a mi hombre le
hiciese, si era segador, gallego, montañés,
si era alojero, y si era corito, asturiano? Se estaba cayendo
de su peso. ¿Por qué? Porque, aunque es cierto que
hay coritos, alojeros y segadores de todos los pueblos y
naciones; pero respecto de las tres que he dicho, lo de todas
las demás es un puñado de gente; y pedía
esto la propiedad de la ficción. Ea, pues, aplica
el símil y no me quiebres la cabeza. 12. Otra vez
te vuelves a fruncir y me replicas con sobrecejo. ¡Pase el
título de fray, pero el nombre de Gerundio, nombre
ridículo, nombre bufón, nombre truhanesco!
Eso parece que es hacer burla del estado religioso, y con
especialidad de aquellos religiosos institutos que hacen
tan honrada y tan gloriosa vanidad del epíteto de
fray, porque no hay duda que lo burlón y lo estrafalario
del nombre se refunde en el estado. 13. ¡Pecador de mí!
¡Y cómo se conoce que no sabes con quién tratas!
Mira, si supiera yo que había en el mundo quien me
excediese en la cordial, en la profunda, en la reverente
veneración que profeso a todas las religiones que
hay en la Iglesia de Dios, sin distinción de institutos,
de colores ni de vestido; si llegara a entender que había
quien me hiciese ventajas en abominar, en detestar, en hacer
el más soberano desprecio de todos aquellos, sean
de la clase que fueren, que toman con vilipendio el religiosísimo
nombre de fray en su indigna, en su necia y en su presumida
boca; si creyera que alguno pudiese dejarme atrás
en lastimarme, en compadecerme de aquellos pobres infelices
religiosos (hay algunos, por nuestra desdicha, de todos institutos
y profesiones) que recíprocamente miran con menos
amor, estimación y aprecio a los de otras familias,
o porque no convengan en algunas opiniones, o por otros motivos
puramente humanos y mundanales ajenos de aquel purísimo,
nobilísimo o santísimo fin a que todos debieran
aspirar en sus operaciones, según la peculiar y privativa
profesión de cada uno: digo que si me persuadiera
a que alguno me excedía en algo de esto, me tendría
por hombre desgraciado y a quien le había tocado la
triste suerte de nacer entre las heces de los cristianos
y aun de los racionales. 14. ¿Te parece en Dios y en conciencia
que quien mamó con la leche estos dictámenes,
quien debió a Dios la gracia de que se los arraigase
más y más en el alma una cristiana y honrada
educación, quien se ha confirmado en las mismas máximas
con alguna tal cual lectura de libros y con más que
mediana experiencia de mundo: te parece, vuelvo a decir,
que un hombre de este carácter pensaría en
decir cosa que ni de mil y quinientas leguas pudiese desdorar
al sagrado estado religioso? No es verisímil. 15.
Ea, vamos serenos. Con efecto, la misma ridiculez del nombre
y su misma inverisimilitud resguardan el respecto que se
debe al estado, en lugar de ofenderle. Ella misma acredita
que ni ha habido ni verisímilmente puede haber tal
hombre en tal estado, y no sólo desvía el figurado
agravio de la profesión, sino de las personas. Fingiéndose
una que ni ha existido ni puede existir, sólo se da
contra los defectos, sin lastimar a los individuos. Si alguno
de ellos se hallare comprehendido en los que se notan, le
aconsejo que calle su pico y tenga paciencia, pues lo mismo
hacemos los pobres pecadores cuando desde el púlpito
nos cardan la lana. 16. Y ya que te vas suavizando un poquitico,
hablemos en confianza. ¿Hay por ventura en el mundo, ni aun
en la Iglesia de Dios, estado alguno tan santo, tan serio
ni tan elevado donde no se encuentren algunos individuos
ridículos, exóticos y extravagantes? Las extravagancias
y exotiqueces de los individuos, ¿son por ventura exotiqueces
ni extravagancias del estado? Claro está que no. Y
si algún satírico o algún cómico
quiere corregirlas haciendo visible y como de bulto su ridiculez,
ya en la sátira, ya en el teatro, ¿no se vale siempre
de algún nombre fingido y por lo común estrafalario,
para que ni aun la casualidad pueda hacer que recaiga la
reprimenda sobre sujeto determinado? No tienes más
que preguntárselo a Horacio, a Juvenal, a Boileau,
a Terencio, a Molière y a muchos de nuestros cómicos.
17. Horacio, en cabeza de Tigelio, hombre que no había
in rerum natura, corrige mil defectos muy frecuentes en los
hombres de todos los estados, clases y condiciones. Juvenal
se finge a no sé qué Póntico para dar
en él, como en centeno verde, contra los nobles que
hacen gran vanidad de su genealogía, y ninguna de
imitar las virtudes y las hazañas de sus ilustres
progenitores. Boileau, en la supuesta persona del poeta Damón,
se burla con gracia de mil monadas que se usan en las cortes,
de los raros fenómenos que en ellas se ven y de los
artificios que se estilan. Pero si todavía se te antojare
replicarme que éstos eran hombres reales y verdaderos
que comían y bebían, ni más ni menos
como comemos y bebemos los cristianos, ni por eso hemos de
reñir; que yo en ciertos puntos de erudición
y de crítica que importan un comino, soy el hombre
más pacífico del mundo. 18. Pero dime, ¿ha
habido hasta ahora en él alguno que se llamase Tartufa?
Y con todo eso, el bellaco de Molière, en la más
ruidosa de sus comedias, y no sé yo también
si en la más útil, debajo de este ridículo
nombre, da una carga cerrada a los hipócritas de todas
profesiones, que los pone tamañitos. Y cierto que
se le dará mucho de eso a San Francisco de Sales,
ni a todos los que son verdaderamente virtuosos. ¿Has conocido
alguno que en la pila del bautismo le pusiesen el nombre
de Trisotín? Pues a la sombra de él sacude
valientemente el polvo el referido autor, en la bella comedia
de Las mujeres sabias, a todos los preciados de ingenios por cuatro equivoquillos de cajón y media docena de
dichicos sin sustancia, con que espolvorean las conversaciones,
acechando la más remota y muchas veces la más
importuna ocasión para encajarlos. ¿Y qué cuidado
le dará del tal Trisotín a don Francisco de
Quevedo ni a los demás ingenios verdaderos? ¿Sabes
que se haya paseado por esas calles algún marqués
Mascarilla o algún vizconde Jodelet? Pues a Molière
se le antojó despachar esos dos títulos, perdonándoles
las lanzas y las medias anatas, a dos bufones, lacayos de
dos marqueses verdaderos, para hacer una sangrienta pero
bien merecida mofa de Las preciosas ridículas. Y en
verdad que no tengo noticia de que por eso hayan perdido
hasta ahora el sueño ni el marqués de Astorga
ni el vizconde de Zolina. Finalmente, ¿no me dirás
en qué pila de Segovia está bautizado el Gran
Tacaño? Y, sin embargo, no he oído quejarse
a ninguno de los originales, que representa esta copia, de
que fuese denigrativa de su estado o profesión. Quedemos,
pues, de acuerdo en que fray Gerundio a ningún estado
ofende, y si perjudicare a alguno, seguramente no será
por la regla que profesa, sino por los disparates que dice.
Corríjalos, y seremos grandísimos amigos.
19. ¿Quieres acabar de persuadirte a esta verdad? ¿Quieres
confesar, aunque te pese, que en esta obra no se ha podido
proceder con mayor miramiento, ni con mayor circunspección,
para guardar el decoro y el respeto que por todos títulos
se debe a las sagradas familias? Pues haz no más que
las reflexiones siguientes. Primera: con grande estudio se
escogió el epíteto más genérico
y más universal entre ellas, para que a ninguna determinadamente
se pudiese aplicar con razón el individuo ideal de
nuestra historia. Segunda: el mismo cuidado se puso en evitar
escrupulosamente cuantas señas particulares podían
convenir a unas más que a otras, entre aquéllas
que se honran y se distinguen con el epíteto más
común. Y aunque es cierto que en esta o en aquella
pintura o descripción hay tal cual rasgo que no se
puede adaptar a algunas, son realmente muy pocas respecto
de las muchas a que son adaptables los retratos indiferentemente.
Tercera y principalísima: nota bien que casi siempre
que fray Gerundio o cualquiera otro religioso desbarra en
algún sermón, plática, máxima
o cosa tal, se le pone inmediatamente al lado otro sujeto
del mismo paño, lana o estameña que le corrija,
que le reprehenda, que le enseñe. Obsérvalo
en fray Blas con el padre ex provincial, y en fray Gerundio
con el maestro Prudencio, sin hablar ahora del provincial
que con tanta solidez deshizo los disparates del lego cuando
éste habló con tan poca reflexión al
niño Gerundio. Esto, ¿qué quiere decir? Que
si en el estado religioso se encuentra algún botarate,
cosa que no es imposible, apenas se hallará tampoco,
no digo religión, sino casa o comunidad tan reducida
donde no haiga otros hombres verdaderamente sabios, doctos,
ejemplares y prudentes, que lloren los desaciertos y que
clamen contra ellos. Digo, ¿no es esto venerar las religiones
y volver por su decoro? 20. Aun a los individuos particulares
cuyas obras públicas se desaprueban se les guarda
este respeto, siendo así que los que dan a luz sus
producciones (es terminillo de moda) ya las hacen juris publici,
las sujetan al examen y a la censura de todos, y cada pobrete
puede decir con libertad lo que siente, dentro de los términos
de la religión, de la urbanidad y de la modestia.
Como no se toque a la persona del autor en el pelo de la
ropa, que esto no es lícito sino cuando se trata de
defender la religión, por el parentesco que ésta
tiene con las costumbres; por lo que toca a la obra, cada
uno puede repelarla, si hay motivo para ello, citándola
con sus pelos y señales y llamando a juicio al padre
que la engendró, con su nombre y apellido, dictados,
campanillas y cascabeles. En medio de esta facultad que tienen
todos por tácita concesión de los autores,
en nuestra historia se observa una circunspección
exquisita para que ninguno se dé justamente por ofendido.
Censúranse en ella muchos sermones y no sermones de
regulares y de no regulares, según las ocasiones que
salen al encuentro, pero a ningún autor se nombra.
Pónese el título del sermón, de la obra
o de lo que fuere, dícese a lo más o se apunta
la profesión genérica del autor, pero en llegando
al instituto particular que profesa, y especialmente a su
nombre, chitón, altísimo silencio. De manera
que solamente los que hubieren leído las obras, y
tuvieren presente sus autores, podrán saber sobre
quien recae la conversación; los demás se quedarán
en ayunas, y a lo sumo sabrán que un tal escribió
otro tal o predicó otro cual, que no era para escribirse
ni para predicarse. No cabe mayor precaución. 21.
Sólo a uno se exceptúa de esta regla general.
Éste es el Barbadiño, a quien se le quita el
sagrado disfraz de que indignamente se vistió; se
le arrancan las barbas postizas, que se pegó como
vejete de entremés; y se le hace salir al público
con su cara lampiña natural, o a lo menos barbihecha;
con su peluquín blondo y redondo, u ovalado por lo
menos; con su cuellivalona almidonada y de azul a la italiana;
con su muceta de martas, terciada hacia la izquierda a lo
de arcediano majo; con su cruz caballeral bien hendida de
astas, que no hay más que pedir; con su roquete a
puntas delicadas, que le podía traer un padre santo
de Roma; con su bonetico cuadrado y mocho arrimado al pecho
y sostenido con los dos dedos de la mano derecha tan pulidamente,
que no parece sino que el hombre toma bonete como otros toman
tabaco; con su librote de a marca empinado en la mesa y asido
con la mano izquierda por la parte superior, que en cualquiera
honrado facistol podría parecer con decencia; y finalmente
con su tinterón en figura de brocal de pozo, y en
medio una pluma torcida que remata en rabo de zorra por la
mano zurda del penacho. Éste es el retrato del señor
seudocapuchino que tengo en mi estudio para divertirme con
él cuando me da la gana. 22. A este solo signor abate se le señala con el dedo, sacándole a lucir
con todos sus dictados, bien que todavía se le perdona
el nombre y el apellido, aunque se sabe muy bien cómo
es su gracia y la pila en que se bautizó. Para esta
excepción de nuestra regla general, hubo buenas y
legítimas razones. ¿Por qué se había
de perdonar a un hombre que a ninguno perdona? ¿Por qué
se había de tener algún respeto a quien no
le tiene a los mismos Santos Padres, Doctores y Lumbreras
de la Iglesia? ¿Por qué se había de llevar
la mano blanda con quien la lleva tan bronca y tan pesada
con los maestros y príncipes de casi todas las facultades?
¿Quién había de tener paciencia para halagar,
acariciar y quitar el sombrero con mucha cortesía
al que no sabe tratar con ella sino a los Ensishmides, a
los Scheuchzeros, a los Baudrandos, a los Strauchios, a los
Beveregios, a los Krancios y a otros autores eiusdem farinae,
pasándose con la gorra calada delante de los hombres
de mayor veneración, que todos respetamos? Al reverendísimo,
eruditísimo, sabio y discreto maestro y señor
Feijoo le trata como pudiera a un monaguillo. Y es la gracia
que, en aquellos puntos en que convienen los dos, no se vale
el Barbadiño de otras razones que las que trae el
maestro Feijoo, sin más diferencia que esforzarlas
éste con hermosura, con nervio, con eficacia y con
modestia, y dejarlas aquél al desgaire, a lo farfantón,
desdeñoso y despreciativo. 23. Finalmente, ¿sería
bueno que yo me anduviese ahora en ceremonias ni en cortesanías
con un hombre que a todos los españoles nos trata
de bárbaros y de ignorantes? Pues hasta que él
vino al mundo, no sabíamos ni gramática, ni
lógica, ni física, ni teología, ni jurisprudencia,
ni cánones, ni medicina; y lo que es más, no
sabíamos ni aun leer y escribir, ni aun las mismas
mujeres sabían hilar, hasta que por caridad tomó
de su cargo instruirnos a todos este enciclopedista, como
él se llama, o este corrector universal del género
humano, como le llamo yo. Perdóname, lector mío,
que no te puedo servir en esto. Vínoseme a la pluma
con ocasión oportuna o importuna, que de eso no disputo
ahora; presentóseme con viveza a la imaginación
el honor de la nación española y portuguesa,
a las cuales igualmente aja, pisa, atropella y aniquila;
irritome el entono, el orgullo y el desprecio con
que trata a tanta gente honrada; fastidiome la intolerable
satisfacción y despotiquez con que trincha, corta,
raja, pronuncia, sentencia, define y vomita oráculos
ex tripode, y no pudiéndome contener, esgrimí
la maquera, y allá van provisionalmente esos cuantos
espaldarazos, reservándome el derecho de meterle la
daga tinteral hasta la guarnición, si alguna vez se
me antoja tomar este asunto de propósito; porque,
créeme, el hombre necesita de cura radical. 24. Quizá
me dirás que eso absolutamente no te parece mal, pero
que desearías que hubiese venido más a cuento,
porque no parece sino que muy exprofesamente (úsase
mucho este adverbio en esta tierra) le fui a sacar de alguno
de los jardines de Roma, donde estaría el pobre divertido
oyendo alguna buena serenata, sólo y precisamente
para cantarle otras áreas que no le sonasen tan bien;
que si él se hubiese venido por su pie, adelante;
pero que traerle yo arrastrando por los cabellos o por las
barbas, sobre ser mucha violencia, parece mala crianza. Amén
de que no se hace verisímil que una obra tan culta,
tan exquisita y tan rara (pues anda a sombra de tejado) como
el Método de Barbadiño, se hallase en la celda
de un joven tan simple, tan estrafalario y de tan mal gusto
como se pinta a fray Gerundio. Y aquí te espiritarás
de crítico, diciéndome que toda inverisimilitud
en este género de obras es un pecadazo de a folio
y de aquellos que no se permiten en este siglo ni en el futuro.
25. ¡Ahora te me andas con esos melindres! Mira, yo soy
hombre sincero, y aunque sea contra mí, te he de confesar
la verdad. Es cierto que desde que leí el tal dichoso
Método (el cual, y quede esto dicho de paso, tiene
tanto método como el Método de curar los sabañones,
que compuso el otro barbero o cirujano latino de que se hace
mención en esta obra. Ya va largo el paréntesis;
cerrémosle): es cierto que desde que leí el
tal dichoso Método, tuve un hipo metódico de
zurrarle bien la badana, que no me podía remediar.
Es igualmente cierto que dentro de la misma historia de nuestro
fray Gerundio pude discurrir, buscar y disponer otro método
mejor y más natural para zurrársela; pero dime,
¿estoy yo por ventura obligado a seguir siempre lo mejor?
¿Parécete que quien está reventando por vomitar
tendrá flema para andar escogiendo entre rincones
y para buscar aquél donde se exonere con más
limpieza o con menos incomodidad? ¿Sería bueno que
por tu delicadeza reformase yo ahora quince o veinte hojas
de mi trabajadísima o trabajosísima historia,
sólo por zurrar al señor Barbicastrón
más metódicamente, más en solfa y más
a compás? Anda, hombre, que no sabes lo mucho que
esto cuesta a un pobre autor, y más si es tan poltrón
como yo. Pero si, no obstante, te emberrinchas en que el
baqueteo está fuera de su lugar, compongámonos,
que yo no quiero pendencias. Desde luego me comprometo en
el juicio de aquel alcalde a quien le fue a quejar una mujer
de que su marido le había vareado muy bien las costillas
lo más importunamente del mundo. «Declaro -dijo el
juez- que los palos fueron nulos, y se le apercibe al marido
que otra vez los dé con motivo, en tiempo y en sazón».
26. A lo otro que decías, de que no es verisímil
que un hombre como Fray Gerundio tuviese en su poder una
obra como el Método, y que la inverisimilitud es un
crimen laesae proprietatis detestable, irremisible, imperdonable
en este género de escritos, te digo que me hubieras
puesto tamañito con esa decisión canónica;
porque, al fin, aunque pecador y miserable, soy timorato
y un tantico escrupuloso, si no tuviera el testimonio de
mi buena conciencia. En cuanto a lo primero, yo no sé,
para aquí y para delante de Dios, qué impedimento
dirimente podía haber en el pobre fray Gerundio, para
que no pudiese tener en su celda el Método del Barbadiño,
ni más ni menos como podía tener las Coplas
de Calaínos, el Romance de los Siete Infantes de Lara
y la Historia de los Doce Pares. Si porque es libro de contrabando,
antes por lo mismo debía de parar en él más
que en otro, pues ya se sabe que los contrabandos se guardan
donde menos se sospecha. Si por ser culto y exquisito, ciertamente
que las cartas del metodista no son ni tan cultas como las
del célebre monsieur de Peiresc, ni tan exquisitas
como las del cardenal Antonio Perrenot, por otro nombre el
cardenal Granvela, ni tan misteriosas y tan apetecidas como
las de Antonio Pérez; y con todo eso, sé yo
que muchas de las primeras pararon primero en las mochilas,
y después en los fusiles, de algunos soldados salteadores
que, juzgando ser otra cosa, se las hurtaron a un caballero
de Leyden; gran porción de las segundas fue redimida
del cautiverio de las boticas y de las especerías;
y el tomo de las terceras se rescató de una taberna
de la Maragatería, donde servía de cobertera
a un pichel. Si no sabes qué es pichel, pregúntaselo
a cualquiera maragato, que yo no quiero decírtelo
porque no sepas tanto como yo. Así que no solamente
es verdad que donde menos se piensa salta la liebre, sino
que también salta el libro donde menos se imagina.
27. Pero, al fin, permitámoste de gracia que tenga
alguna inverisimilitud el lance. ¿Es posible que has de ser
tan inexorable conmigo, al mismo tiempo que callas y te muestras
tan condescendiente con otros? ¿Parécete más
verisímil que Sigismundo en la comedia del Alcázar
del secreto, por el grande don Antonio de Solís, se
arrojase al mar en las costas de Epiro y llegase a las de
Chipre embarcado o sostenido sólo de su escudo, sino
que éste fuese de corcho y Sigismundo de papel? ¿Parécente
más virisímiles los oráculos que a cada
paso interrumpen a nuestros representantes, adivinando lo
que ellos iban a decir para que el suceso parezca misterioso?
¿Parécente más verisímiles aquellas
voces que salen de la música tan a tiempo, que se
adelantan a decir cantado aquello mismo que el cómico
iba a pronunciar representado? ¿Parécente más
verisímiles aquellos versos, pensamientos y conceptos
en que prorrumpen dos representantes que a un mismo tiempo
salen por diferentes puertas y sin verse ni oírse,
lo mismísimo que dice el uno dice el otro, sin más
diferencia que la material de las voces? En fin, si quieres
una carga de estas inverisimilitudes, no tienes más
que acudir a la insigne Poética de don Ignacio de
Luzán, y allí encontrarás tantas que
no podrás con ellas. 28. Y no te parezca por Dios
que solos nuestros españoles son reos de lesa verisimilitud
en sus composiciones cómicas y no cómicas.
Ahí tienes entre los franceses a Molière, a
Racine y, todavía como dicen chorreando tinta, a monsieur
de Boissy en su celebrada comedia Les dehors trompeurs, ou
L'homme du jour; no tienes más que leer ésta
y casi todas las de los otros dos, y encontrarás a
cada paso tantos lances inverisímiles que te hagas
cruces, pareciéndote, y con razón, que muchos
de aquellos sucesos solamente pudieron acontecer por arte
de encantamiento. Y porque no me digas que el primero lo
conoció así, pero que de propósito no
lo quiso enmendar, burlándose con mucha sal de las
escrupulosas reglas a que se quiere estrechar la composición
cómica, y sentando por principio universal que la
suprema y aun la única regla de todas era el arte
de agradar al público, te presentaré, si me
aprietas demasiado, al mismo mismísimo Cornelio, al
soberano Cornelio, reconocido generalmente de todos, franceses
y no franceses, por el grande reformador del teatro y por
el genio más elevado de su siglo y de otros muchos,
para pulir hasta la última perfección cualquiera
pieza dramática. No obstante, ya sabrás (y
si no, sábelo ahora) que contra este corifeo de la
tragedia llovieron tantos escritos de sus mismos nacionales,
ya fuese por emulación o ya por otro motivo, que le
hubieran sofocado, si el mérito no fuese como el aceite,
que al cabo nada sobre todo. Y aunque él se purgó
plenamente de los otros defectillos que le suponían
o le exageraban sus émulos y acusadores, en el capítulo
de la inverisimilitud que oponían a muchos pasos de
sus tragedias, agachó un si es no es la cabeza y sólo
recurrió a los ejemplares de Séneca, Terencio,
Plauto y otros padres maestros del teatro antiguo, que alguna
vez se descuidaron en esto, y con cuatro gotas de agua lustral,
exorcizada por algún sacerdote de Apolo según
el rito poético, se juzgaban purificados de esta venialidad.
Por tanto, lector mío (mira el cariño y la
cortesía con que te hablo), suplícote con el
sombrero en la mano que no quieras mostrarte tan severo conmigo
sobre estas menudencias, melindres y delicadezas. 29. Otra
cosa será si te pones un poco serio, ceñudo
y entonado sobre el asunto sustancial de la obra. Confieso
que sólo con imaginarte en esa figura de Minos y Radamento
estoy ya tamañito, porque una cosa es que yo sea algo
desembarazado de genio, y otra que no sea hombre pusilánime
y meticuloso. ¿Qué sé yo si, mirándome
con semblante torvo, feroz y truculento y jurándomelas
por la laguna Estigia, te dispones a reñir, a reprehender,
a detestar, a anatematizar mi atrevimiento, hablándome
en esta ponderosa y gravisonante sustancia? 30. Bien está,
mal clérigo insensato, atrevido y nada considerado.
Supongamos que el púlpito esté en España,
y también en otras partes, tan estragado y tan corrompido
como da a entender esta maldita obra, perniciosa, detestable,
abominable. Supongamos que en nuestra nación, y también
en otras, haiga muchos predicadores Gerundios, indignos de
ejercitar tan sagrado ministerio. Demos caso que esta corrupción,
esta epidemia, esta peste (llámala así, si
te pareciere) pidiese el más pronto, el más
ejecutivo remedio. Dime, infeliz, ¿podía ofrecerse
asunto más serio ni más grave para que le tratase
una pluma docta, majestuosa, enérgica y vehemente?
¿Había materia más digna de manejarse con la
mayor gravedad, con el mayor nervio, con un torrente arrebatado
de razones y de autoridades, y con otro torrente de lágrimas
no menos rápido y copioso en el celoso escritor? ¡Y
una materia como ésta era para tratada como la tratas
tú, sacerdote indigno! ¿Hay en el mundo licencia ni
autoridad para juntar las cosas más bufonas, las más
importantes con las más chocarreras? No la hay, no
la hay, te clama un gentil juicioso para llenarte de confusión
y de vergüenza, si fueras capaz de tenerla. Es cosa
ridícula, es cosa risible, y yo añado que en
la materia presente es cosa execrable, que casi casi se roza
con sacrílega, juntar chufletas y chocarrerías
con atrocidades, serpientes con plumas y tigres con corderos.
Es vulgar el texto, mas no por eso es menos verdadero:
|
Sed non ut placidis coëant immitia, non ut | | | | serpentes avibus
geminentur, tigribus agni. | | |
|
31. ¡Roma ardiendo y Nerón
cantando! No pudo llegar a más la fiereza de aquel
monstruo, aborto de la naturaleza humana. Tú le imitas,
pues te pones a cantar cuando arde Troya y supones que se
abrasa tu nación. ¡Bello modo de atajar el fuego!
¡Echar mano de la flauta y ponerte a tocar una gaita gallega!
32. Desde que se predicó en el mundo el Evangelio,
hubo predicadores que abusaron de este oficio; y desde que
hubo malos predicadores, hubo hombres celosos que declamaron
contra ellos. Pero, ¡con qué seriedad! ¡Con qué
peso! ¡Con qué vehemencia! Éste era un lugar
muy oportuno para ir discurriendo de siglo en siglo hasta
el nuestro por todos los Padres, Doctores y Autores de la
Santa Iglesia, que levantaron el grito y manejaron la pluma
contra los que en su tiempo corrompían la palabra
de Dios y profanaban el Evangelio. Habiendo sido éste
indisputablemente el verdadero origen de todos los errores,
herejías y cismas que han afligido en todas las edades
a nuestra Santísima Madre, manchándola, ajándola
y despedazándola su túnica inconsútil,
como expresamente lo dice y lo llora San Agustín en
el segundo libro de la Doctrina cristiana: Corruptio Verbi
Dei, viscera Ecclesiae disrumpit, et tunicam dilacerat. Discurre
tú cuánto habrán declamado los Padres,
los Doctores y los Concilios contra estos corruptores y profanadores
de la Sagrada Escritura en la misma cátedra de la
verdad, trono especial del Espíritu Santo, que sólo
debe presidir, inspirar, encender, mover y hacer hablar en
él. Fácil cosa me sería ponerte a la
vista un largo catálogo de las vehementes invectivas
que se han hecho contra esta profanísima profanidad
en todos los siglos de la Iglesia, comenzando por el apóstol
San Pablo y acabando en los autores más famosos del
siglo pasado y del presente. Pero, ¿cuánto crecería
éste tu prólogo? ¿Cuánto te detendría
en esta conversación? Ni tú con la pluma, ni
tus simples lectores con su necia curiosidad, llegaríais
en un año a tu perniciosa historia. 33. Conténtome,
pues, sólo con apuntártelo, y con preguntarte
si tienes noticia de que alguno de los Santos Padres, Doctores
y escritores sagrados hayan seguido el diabólico rumbo
que tú sigues para corregir a los malos predicadores;
si te has encontrado con alguno que se vistiese el botón
gordo, con la caperuza y saco de bobo, y el látigo
de vejigas en la mano, pues es el uniforme de los satíricos,
para desterrar del mundo esta epidemia. Razones, textos,
decisiones, cánones conciliares, constituciones apostólicas,
edictos de santísimos y celosísimos prelados,
censuras fulminadas, ayes, lamentaciones, lágrimas,
súplicas, exclamaciones, amenazas, eso sí;
de esto hallarás mucho, muchísimo, infinito
y todo muy escogido en innumerables escritores que, ya de
propósito, ya por incidencia, tratan este gravísimo
punto. Pero, ¡chufletas! Pero, ¡bufonadas! Pero, ¡chocarrerías!
¿Dónde, dónde las has visto empleadas en esta
materia, párroco atrevido y mal aconsejado? Voy, voy
a dar contigo en todos los tribunales de la tierra para que
te castiguen, para que te confundan, para que te aniquilen,
y para que hagan en ti un ejemplar que sirva de escarmiento
a los siglos venideros. 34. Mansuescat te Deus Pater, mansuescat
te Deus Filius, et reliqua. De muy mal humor te levantaste
esta mañana, severísimo lector de mi alma,
y no tengo yo la culpa de que hubieses pasado mala noche
por las indigestiones y crudezas de la cena. Yo cené
poco, lo digerí presto, dormí bien y estoy
como una lechuga. Por tanto, óyeme serenamente si
gustares; y si no, tapa los ojos, que son las orejas por
donde se oye a los autores. 35. Todo cuanto dices es así,
y no hubieras perdido nada por habérmelo dicho con
mayor templanza y con un poco más de urbanidad, siquiera
por esta coronaza, que me abre de cuando en cuando mi barbero,
molde de vaciar Sanchos Panzas. ¡Si tú le vieras!
¡Oh, si tú le vieras! Basta decirte que sus navajas
no rapan tanto como sus dedos aforrados en piel de lija,
y por yemas cabezas de cardo silvestre, aunque por otra parte
no hay hombre más bueno en todo Campos. Pero esta
digresión no viene al caso, y si no sirve para cortarte
la cólera, por lo demás es un grande despropósito.
Volvamos, pues, a nuestro asunto. Digo, pues, que tienes
muchísima razón; que todos los que han tratado
el asunto que yo trato, o ya adredemente, o ya porque les
salió al camino, le trataron con la mayor gravedad,
peso, circunspección, vehemencia y seriedad. Sólo
un tal Erasmo de Rotterdam, cuyo nombre huele mejor a los
humanistas que a los teólogos, en un libro latino
que intituló Elogio de la locura, dijo mil gracias
contra los malos predicadores de su tiempo; pero como su
idea principal era hacer ridículas con esta ocasión
a las sagradas religiones que entonces florecían,
burlándose ya de sus trajes, ya de sus ceremonias,
ya de sus usos, ya de sus costumbres, confundiendo inicua
y perversamente el todo con la parte, el uso con el abuso
y la vida ejemplar de millares de individuos con la menos
ajustada de un puñado de defectuosos, el tal Elogio
de la locura corrió poca fortuna, y sólo la
tuvo, y aún la tiene el día de hoy, con los
que por interesados merecen ser comprehendidos en el referido
elogio. Fuera de este señor Desiderio Erasmo (que
era su verdadero nombre y apellido), monaguillo, monje, ex
monje, clérigo secular, rector, consejero, todo y
nada; fuera de este perillán y otro autor modernísimo,
venerando y muy circunstanciado, todos los demás trataron
el punto que yo trato con toda la gravedad que vuestra merced
pondera, y aún no la pondera mucho, señor lector
y circunspectísimo dueño mío. 36. Pero
y bien, ¿qué fruto sacaron todos estos gravísimos
autores de sus truenos, relámpagos y rayos? ¿Atemorizaron
a los malos predicadores? ¿Obligáronlos a abandonar
el campo y a retirarse a sus celdas, aposentos, cuartos o
casas, a lo menos mientras pasaba la tempestad, para estar
a cubierto de ella? ¿Corrigiéronse los insufribles
desórdenes del púlpito en España, Portugal,
Francia, Italia, Alemania y todo el mundo? Si eso fuera así,
no hubieran llovido escritos contra esta lamentable corrupción
en estos dos últimos siglos. Ni Claudio Aquaviva y
Juan Paulo Oliva, generales ambos de la Compañía,
hubieran arrancado ayes tan profundos de lo más íntimo
de su corazón, lastimándose de ella: aquél
en una gravísima instrucción, y éste
en una sentidísima y discretísima carta. Ni
el elegante Nicolás Causino hubiera gastado tanto
calor intelectual, oratorio y crítico en su vastísima
obra de la Elocuencia sagrada. Ni don Cristóbal Soteri,
abad de Santa Cruz en los estados de Venecia (si no estoy
equivocado), hubiera dado a luz aquel librito de oro, Rudimenta
oratoris christiani, que, a instancias suyas y para su particular
instrucción, escribió cierto religioso docto,
grave y erudito. Ni Antonio de Vieira, en su famoso sermón
de la Sexagésima sobre el evangelio de Exiit qui seminat
seminare semen suum, hubiera declamado con tanto ardor contra
muchos predicadores que en su tiempo infestaban las almas
y los oídos. Ni el célebre señor arzobispo
de Cambrai, Francisco de Salignac de la Mota Fenelón,
se hubiera fatigado en componer sus admirables Diálogos
sobre la elocuencia en general, y sobre la elocuencia del
púlpito en particular, en los cuales no sólo
no perdona los que todo hombre de mediano entendimiento califica
de disparates y despropósitos, sino que critiquiza
sin piedad algunos sermones que, a primera vista, parecerían
a muchos modelos de ingenio, de juicio y de elocuencia. Ni
el padre Blas Gisbert hubiera dado a la luz su estimado libro,
Elocuencia cristiana en la especulativa y en la práctica,
que corre con tanta aceptación en las naciones, y
en el cual descarga mortales golpes sobre todas las especies
de malos predicadores. Y nota, para tu consuelo y para el
nuestro, que todos los autores que he citado, a excepción
de uno, son extranjeros: todos declaman contra la corrupción
del púlpito en sus respectivos pueblos, no en los
extraños. De donde inferirás que este pernicioso
mal no es privativo de los españoles y de los portugueses,
como quieren muchos, la mitad por ignorancia y la otra mitad
por emulación. 37. Y después de todos estos
escritos enérgicos, convincentes, graves, serios y
majestuosos, ¿qué hemos sacado en limpio? Nada, o
casi nada: los seudopredicadores, vont leur train, como dicen
nuestros vecinos, o prosiguen su camino, como debemos decir
nosotros; el mal cunde, la peste se dilata, y el estrago
es cada día mayor. Pues ahora dime, lector avinagrado
(que ya me canso de tratarte con tanta urbanidad), si la
experiencia de todos los siglos ha acreditado que no alcanzan
estos remedios narcóticos, emolientes y dulcificantes,
¿no pide la razón, y la caridad, que tentemos a ver
cómo prueban los acres y los corrosivos? ¿Quieres
introducir en la medicina intelectual, para curar las dolencias
del espíritu (¡y tal dolencia como la que tenemos
entre manos!) aquel bárbaro aforismo, a quien con
tanta razón trata de aforismo exterminador el más
famoso de nuestros modernos críticos: Omnia secundum
rationem facienti, si non succedat secundum rationem, non
est transeundum ad aliud, suppetente quod ab initio probaveris?
El médico que cura fundado en razón, aunque
el suceso no corresponda y aunque le sea contraria la experiencia,
prosiga adelante, no mude de remedios; y si le murieren los
enfermos, que los entierren, et fidelium animae per misericordiam
Dei resquiescant in pace. ¿Parécete justo que en una
materia de tanta importancia me acomode yo con tan bárbara
doctrina? Vete a pasear, que no te puedo servir. 38. Antes
quiero probar fortuna, y ver si soy en este asunto tan feliz
como lo han sido muchos autores honrados en otros diferentes,
persuadidos a la verdadera máxima de Horacio, de que
| Ridiculum acri | | | | fortius plerumque, et melius magnas secat
res. | | |
|
Esto es, que muchas veces, o las más, ha sido
más poderoso para corregir las costumbres el medio
festivo y chufletero de hacerlas ridículas, que el
entonado y grave de convencerlas disonantes: echaron por
este camino y lograron su intento con felicidad; y por lo
mismo, dice un sabio académico de París, hizo
Molière más fruto en Francia con sus Preciosas
ridículas, con su Tartufa, con su Paisano caballero,
con su Escuela de los maridos y de las mujeres y con su Enfermo
imaginario, que cuantos libros se escribieron y cuantas declamaciones
se gritaron contra los vicios, ya morales, ya intelectuales
y ya políticos que se satirizaban en estas graciosas
comedias. Todas las tropas unidas de los mayores y de los
mejores filósofos modernos, contra los ingeniosos
y específicos sueños de Renato Descartes, no
le hicieron perder tanto terreno como el graciosísimo
e ingeniosísimo Viaje al mundo de Descartes, escrito
en francés por el padre Gabriel Daniel, y harto bien
traducido en castellano. ¿Qué nos cansamos? Hasta
que Miguel de Cervantes salió con su incomparable
Historia de Don Quijote de la Mancha no se desterró
de España el extravagante gusto a historias y aventuras
romanescas, que embaucaban inutilísimamente a innumerables
lectores, quitándoles el tiempo y el gusto para leer
otros libros que los instruyesen, por más que las
mejores plumas habían gritado contra esta rústica
y grosera inclinación, hasta enronquecerse. Pues,
¿por qué no podré esperar yo que sea tan dichosa
la Historia de fray Gerundio de Campazas como lo fue la de
Don Quijote de la Mancha, y más siendo la materia
de orden tan superior, y los inconvenientes que se pretenden
desterrar de tanto mayor bulto, gravedad y peso? 39. Y ves
aquí, lector mío (ahora vuelvo a acariciarte
y a pasarte la mano por el cerro), que con esto queda servido
el autor duende de cierto recientísimo papel que anda
por ahí de tapadillo, a título de que se imprimió
in partibus; y es su gracia La sabiduría y la locura
en el púlpito de las monjas. Hacia el fin del prólogo
(que casi es tan pesado como éste) refiere el autor,
como de oídas, que «un obispo de Francia, viendo inutilizadas
las prohibiciones de cincuenta o sesenta predicadores que
deshonraban en el púlpito el ministerio de la palabra
de Dios, creyó que debía probar si sería
más útil ridiculizarlos, que emplear la autoridad
severa. Compuso, dicen, un sermón lleno de conceptos,
del que nuestros predicadores del número se holgarían
ser los autores. El texto que puso fue: Sicut unguentum quod
descendit a capite in barbam, barbam Aaron. Luego que pareció
este sermón, y al día siguiente, no tenía
el librero un ejemplar. Más de cuarenta reimpresiones
que se han hecho de él han tenido el mismo despacho.
Pero lo mejor que tiene es que ha desterrado del púlpito
los conceptos; si por descuido a algún orador se le
desliza alguno, basta para que le digan que ha predicado
en el gusto de sicut unguentum... Este medio me parece el
más eficaz y el más pronto». 40. Tiene vuestra
reverendísima muchísima razón, reverendo
padre mío. (Hablo con el autor de este papel, a quien
conozco como a los dedos de las manos, y sé muy bien
que tiene tanto de español como yo de francés,
por más que quiera honrarnos con hacerse nuestro nacional,
honor que le estimamos sin envidiarle demasiado). Digo que
vuestra reverendísima tiene en esto tanta razón
como en el religioso celo con que tomó la pluma para
corregirnos; no menos en los dos disparatadísimos
sermones de autores españoles que coteja con otros
dos verdaderamente sólidos y buenos de un célebre
autor francés, que en la primera parte de su prólogo;
pues aunque esté tomada de lugares comunes y se componga
de reflexiones trivialísimas, al fin ellas son muy
verdaderas y nada pierden por manoseadas. 41. Así
la tuviera vuestra reverendísima en la poquísima
merced que nos hace a todos los españoles en general,
y en lo mucho que ofende en particular al respetable gremio
de los predicadores del rey, singularizando entre ellos a
los predicadores del número. Es un gusto ver cómo
desde la página 26 comienza vuestra reverendísima
a esgrimir tajos y reveses contra todos nuestros predicadores,
a diestro y a siniestro, en montón, indefinidamente,
y caiga quien cayere. «Ha un siglo -dice vuestra reverendísima-
que nos faltan los predicadores. En vez de predicadores,
tenemos rábulas, charlatanes, papagayos, delirantes,
vocingleros». Esto sí que es ser hombre denodado:
acometer valerosamente al todo y no andarse ahora en escaramuzas
con partidas y destacamentos. La pequeña guerra es
buena para generales raposas, tretillas y pusilánimes;
los Alejandros de la pluma van a atacar al enemigo cara a
cara y donde está el grueso del ejército. No
hay que cansarse: los Barcias, los Castejones, los Bermúdez,
los Gallos y otra larguísima lista de vivos y sanos,
que podía añadir, «son unos rábulas,
unos charlatanes, unos papagayos, delirantes y vocingleros»,
y pueden aprender otro oficio, porque al fin «ha un siglo
que nos faltan los predicadores». 42. «No hay que admirarnos,
pues -prosigue vuestra reverendísima en las páginas
27 y 28 de su discreto, urbano y caritativo prólogo-,
de que entre nosotros no haya predicadores que hagan conversiones;
porque no los hay que formen el proyecto de hacerlas, y aun
ellos se admirarían si vieran que alguno se convertía,
porque nunca pensaron en intentarlo». Acabáramos con
ello, y viva vuestra reverendísima mil años,
porque nos abre los ojos que hasta aquí teníamos
todos lastimosamente cerrados, o por lo menos cubiertos de
cataratas. Pensábamos nosotros que dentro de nuestro
siglo, y en nuestros mismos días, los infatigables
Garceses, los austerísimos y celosísimos Hernandeces
(dominicanos), los apostólicos Dutaris y Calatayudes
(jesuitas), los ilustrísimos Goiris y los señores
Aldaos, Gonzaleces y Michelenas (del clero secular) habían
hecho y estaban haciendo muchas y muy portentosas conversiones.
Imaginábamos que éste era el «único
proyecto que se formaban» en las continuas excursiones apostólicas,
con que corren incansablemente unos por todo el reino de
España, y otros por determinados reinos y provincias
de la monarquía. Creíamos que los imitaban
en lo mismo otros innumerables misioneros, no de tanto nombre
pero de no inferior celo y espíritu, que andan casi
perpetuamente santificando, ya estos ya aquellos pueblos
de nuestra Península. A lo menos teníamos el
consuelo de pensar que el número sin número
de los predicadores evangélicos, que en tiempo de
Cuaresma declaran sangrienta guerra a la ignorancia y al
vicio, yéndolos a atacar dentro de sus mismas trincheras,
«ni formaban otro proyecto ni tenían otro intento»
que el de la conversión de las almas, y que, «lejos
de admirarse ellos mismos si convirtiesen alguna», se admirarían
con más razón si no convirtiesen muchas; pues
aunque entre estos últimos, por nuestra desgracia,
haiga algunos, o sean también muchos, que, o no se
propongan este fin, o no acierten con los medios, no se puede
negar que los más, ni tienen otro intento, ni se pueden
valer de medios más oportunos, atento el genio de
la nación y circunstancias del auditorio. Esto creíamos
nosotros, pero gracias a vuestra reverendísima que
nos quita la ilusión (¡bella frase para el castellano
que gasta vuestra reverendísima!). Ni los primeros,
ni los segundos, ni los terceros han «formado ese proyecto,
ni nunca pensaron en intentarlo, porque entre nosotros no
hay predicadores que hagan conversiones ni piensen nunca
en hacerlas». Vamos claros: ¿en qué medallón
del emperador Caracala estaba distraído vuestra reverencia
cuando estampó una proposición tan escandalosa
y tan injuriosa a toda nuestra nación? Pero lo más
gracioso, y acaso sin ejemplo, es el ser mendigada, no sólo
la sentencia, sino es la frase y casi todo el prólogo
del libro que escribió en el idioma del autor, intitulado
Verdadero método de predicar según el espíritu
del Evangelio, el ilustrísimo señor Luis Abelly,
obispo de Rodas; y porque se haga creíble tamaña
galantería, doy la cata: «No debe, pues, causar admiración
haya tan pocos predicadores que conviertan, habiendo tan
pocos que formen tan importante designio; antes bien hay
muchos que justamente se admiraran, y mucho (como dice un
buen espíritu), si se les mostrase alguno que se hubiese
convertido por sus sermones, pues ellos nunca pensaron en
tal cosa». Hállase a la letra al capítulo 7,
página 28 de la traducción publicada en Madrid
por el padre maestro Medrano, dominicano, año de 1724.
No para aquí lo más fino de la superchería,
sino es que, así por algunos pasajes que claramente
hablan con los franceses en particular, como por ser el autor
francés, se reconoce ser dirigida la obra y la referida
sentencia a ellos y a sus malos predicadores; y su reverendísima
la rebota con un candor que edifica en invectiva contra los
nuestros y apología por los suyos. ¿Cabe más
valentía? ¿Cabe plagio más descarado ni más
ratero? 43. Pero ya parece que achica vuestra reverendísima
la voz en la página 31, cuando tácitamente
confiesa que algunos de nuestros misioneros predican con
este intento, mas yerran miserablemente los medios, y aún
más lastimosamente se engañan en las señales
por donde regulan el fruto de sus misiones. «Quedan después
muy pagados de su fervor -dice vuestra reverendísima-
porque gritó, con ellos y como ellos, el pueblo en
sus actos de contrición; porque se asustó la
vieja, malparió la embarazada, se desmayó de
susto la doncella; porque comulgaron dos o tres mil personas.
Pero, ¿advierten que de éstas no se convierten dos
a nueva vida? ¿Por qué? Porque como no quedó
ganado, sino atemorizado del grito, el corazón, se
arrojó al tribunal de la penitencia sin propósito
meditado... y endureciéndose más y más
en la culpa por falta de este propósito, se aleja
y se desvía de la verdadera conversión; que
es cuanto el diablo desea, pues de estas misiones saca un
sinnúmero de sacrilegios y un renuevo de sus cadenas
en los miserables pecadores, que se llevaron de los aullidos
sin penitencia interior del alma». 44. Padre reverendísimo,
no sé yo que haya misionero de nombre en España,
ni predicador de juicio, que no esté bien persuadido
a que ni los gritos del auditorio, ni el susto de la vieja,
ni el aborto de la embarazada (que no hacía falta
este verbigracia), ni el desmayo de la doncella, ni la comunión
de tres mil personas, ni aun de treinta mil, como ya se ha
visto más de una vez, sean señales infalibles
de una conversión verdadera. Saben muy bien que son
señales equívocas; pero al fin son señales,
si no de que se convierten todos, a lo menos de que les hace
fuerza lo que oyen. La moción no está muy distante
de la conmoción, según aquella sentencia del
Espíritu Santo: Ubi spiritus, ibi commotio. Y en verdad
que a San Juan Crisóstomo no le parecían mal
las demostraciones exteriores de su pueblo antioqueno, cuando
lloraba si el santo lloraba, clamaba si clamaba el santo,
y se derretía en ternura si el santo se derretía.
Apenas leerá vuestra reverendísima homilía
alguna de este elocuentísimo padre donde no encuentre
expresiones del consuelo y de la santa complacencia que esto
le causaba. «En los sermones de San Vicente Ferrer -dice
el historiador de su vida-, todo el auditorio era lágrimas,
gritos, alaridos, desmayos, accidentes». Y si por español
le descarta vuestra reverendísima, oiga lo que dice
el padre Croiset, que sabe vuestra reverendísima que
no lo es, en la vida del mismo santo, que se lee el día
5 de abril en su célebre Año cristiano: 45.
«Predicaba con tanta fuerza y con tanto celo, que llenaba
de terror aun los corazones más insensibles. Predicando
en Tolosa (note vuestra reverendísima que no fue en
Labajos, ni en algún pueblo de España) sobre
el Juicio Universal, todo el auditorio comenzó a estremecerse
con una especie de temblor, semejante al que causa el frío
a la entrada de una furiosa calentura. Muchas veces le obligaban
a interrumpir el sermón los llantos y los alaridos
de sus oyentes, viéndose el santo precisado a callar
por largo rato y a mezclar sus lágrimas con las del
auditorio. En no pocas ocasiones, predicando, ya en las plazas
públicas, ya en campaña rasa, se veían
quedar muchas personas inmobles y pasmadas, como si fueran
estatuas». Y ahora dígame vuestra reverendísima,
¿parécele en puridad que al santo le sonarían
mal estas demostraciones exteriores, erupciones casi precisas
de la conmoción interior del corazón? 46.
«¡Oh, señor, que en las misiones se comete un sinnúmero
de sacrilegios!» Pase, aunque sea a trágala perra,
el sinnúmero. Pero, ¿juzga vuestra reverendísima
que se cometen pocos en el tiempo de la confesión
y de la comunión pascual, a que es preciso se sujete
todo católico, so pena de tablillas y algo más?
¿Cree buenamente vuestra reverendísima que dejarán
de cometerse algunos en los jubileos más célebres?
¿Y será bueno que por eso no sepan cuál es
su alegría derecha aquellos celosos párrocos,
que tanto se regocijan en el Señor cuando ven que
han cumplido con la Iglesia todos sus feligreses? ¿Será
bueno que vuestra reverendísima se ría del
espiritual consuelo que siente todo hombre de mediano celo
y amor a la religión, cuando ve un número sin
número de confesiones y de comuniones en los jubileos
plenísimos? ¿Será bien parecido que vuestra
reverendísima asiente con la mayor rotundidad que
eso es «cuanto el diablo desea», que todos confiesen y comulguen,
así en el precepto pascual como en los grandes jubileos,
«pues de esto saca un sinnúmero de sacrilegios»? Mi
padre, como se llama, otra vez váyase vuestra reverendísima
con más tiento en esas proposiciones tan universales
y tan odiosas, pesando un poco más las razones con
que pretende probarlas; y créame que por estar de
prisa y de pura lástima, no me detengo en acribar
otras clausulillas del tal donoso parrafito, en que se asoman
unos granzones de mala calidad. 47. Pero, ¿cómo quiere
vuestra reverendísima que en Dios y en conciencia
le disimule todo este montón de proposiciones injuriosísimas,
por ser tan universales, que se siguen? Página 28:
«También una vieja que chochea habla, habla un delirante,
y un papagayo habla. ¿Y son predicadores éstos? Sí,
como nuestros predicadores..., que no son más que
unos habladores, y nada más». Página 32: «Pues
digo a nuestros predicadores panegiristas que no saben, que
no pueden predicar de San José, de San Benito, de
San Bernardo, etcétera, sin decir herejías».
Página 34: «¿Puede darse libertad, ni más osada
ni más común, que la de nuestros predicadores,
que ponen los santos, que panegirizan, siempre superiores
a todos los del Antiguo y Nuevo Testamento?» Página
43: «Nuestros predicadores juntan, como en otro tiempo Pablo
en las plazas de Atenas, un auditorio ocioso, que no se propone
otro fin que el de oír algo de nuevo». Página
53: «En una librería de Holanda había un gran
número de volúmenes españoles: eran
unos sermones impresos de nuestros grandes predicadores,
cuidadosamente recogidos, y respaldado cada tomo con una
inscripción que con letras doradas decía: Dialéctica
elocuencia de los salvajes de Europa». 48. Basta, que ya
no hay paciencia para más. ¡Conque nuestros predicadores son unos delirantes, unos papagayos, unos habladores, y nada
más! ¡Conque nuestros predicadores panegiristas no
saben predicar de los santos sin decir herejías! ¡Conque
nuestros predicadores son unos charlatanes que convocan un
auditorio ocioso, «como en otro tiempo Pablo en las plazas
de Atenas»! (¡Pobre Apóstol! ¡Y qué bien te
ponen!) ¡Conque nuestros grandes predicadores son los salvajes
de Europa! ¡Y para que compremos el papelejo donde esto se
estampó a hurtadillas, nos despachan por el correo
a todas partes papeletas impresas, en que se especifica el
lugar de la impresión y las librerías extranjeras
donde nos regalarán por nuestro dinero con estas donosuras!
¡Y el autor de ellas, que tanto nos honra, quizá estará
comiendo sueldo de España! Como el gran Bruzen de
la Martinière que, en su Diccionario geográfico,
habló de nosotros con tal descuido, ignorancia y poca
estimación, que parece se lo pagaron nuestros enemigos.
49. Iba a exaltarme el atrabilis, pero la eché una
losa encima, porque estos negocios mejor se tratan con flema.
Ora bien, reverendísimo mío, no se puede negar
que entre nuestros predicadores hay algunos, hay muchos que
son todo lo que vuestra reverendísima dice, y algo
más, si pudiera ser. Pero, ¿lo son todos nuestros
predicadores? Que eso quiere decir una proposición
tan indefinida. ¿Y lo son solamente nuestros predicadores?
Eso da a entender vuestra reverendísima, cuando en
la página 40 nos propone el ejemplo de «nuestros vecinos
(los predicadores franceses), que como fieles canes ladran
contra los lobos, los apartan así de sus hatos, hacen
constantemente la guerra la más viva al vicio», etcétera.
Y después comienza vuestra reverendísima a
decir por contraposición lo que pasa. «Aquí
en nuestra España... los predicadores, mudos contra
el vicio, le dejan que se arraigue, que se extienda, que
se multiplique». 50. ¡Válgame Dios! ¡Y qué
flaco de memoria debe de ser vuestra reverendísima!
Pues, ¿no nos acaba de contar aquel cuentecito (y con una
gracia que encanta) de aquel señor obispo de Francia,
que quitó la licencia de predicar «a cincuenta o sesenta
predicadores»; y viendo que esto no alcanzaba, estampó
aquel sermón burlesco, que se reimprimió más
de cuarenta veces, sobre el texto de sicut unguentum, que,
al leer la sal con que vuestra reverencia le refiere, se
nos derrite la risa por las barbas? ¿Y esos cincuenta o sesenta
predicadores «nuestros vecinos» (dentro de una misma diócesis,
como es preciso suponerlo, para que estuviesen sujetos a
la jurisdicción del tal señor obispo), serían
«unos canes fieles que ladraban contra los lobos, y los apartaban
de sus hatos»? ¿Y no podrían contarse también
entre los «salvajes de Europa»? Pues ahora regule vuestra
reverendísima no más que a razón de
cincuenta, o sesenta, predicadores «de las barbas de Aarón»,
por cada uno de los ciento y seis obispados que contiene
el reino de Francia, y eche no más que cien predicadores
de la misma estofa a cada uno de los diez y ocho arzobispados
que cuenta en sus dominios; hallará vuestra reverendísima
un cuerpo de siete mil ochocientos «salvajes de nuestros
vecinos», que no es mal socorro para reforzar el ejército
de los «salvajes de Europa». ¿Qué digo? Harto será
que las tropas auxiliares no excedan el todo de las principales.
51. Mi reverendo padre, no nos alucinemos. Ninguno de los
vicios que vuestra reverendísima nota en nuestros
predicadores, dejaron de notar en los predicadores nuestros
vecinos el señor Salignac y los padres Causino y Gisbert,
en las obras que escribieron para corregir los abusos del
púlpito, precisamente en sus paisanos; porque ellos
no se metieron con otros, singularmente el primero y el último. Si esto valiera la pena (tampoco es maluca frase para el
gusto de vuestra reverencia y el de otros camaradas), fácil
cosa me sería hacer la demostración ad oculum;
pero me fastidia detenerme tanto en su prólogo, que
ya me tiene hasta las cejas. Y sería yo bien recibido
en Francia, si, fingiéndome francés y aprovechándome
de lo que los mismos franceses declaman contra sus malos
predicadores, diese a luz un folleto, o llámese libelo,
en que a rapa terrón gritase: «Nuestros predicadores son unos rábulas. Nuestros predicadores son unos charlatanes.
Nuestros predicadores son unos papayagos. Nuestros predicadores son unos vocingleros. Nuestros predicadores no hacen conversiones.
Nuestros predicadores no forman tal proyecto. Nuestros predicadores quedan muy pagados de su fervor, porque se asustó
la vieja, y malparió la embarazada. Nuestros predicadores son unos habladores, y nada más. Nuestros predicadores
panegiristas no saben predicar de los santos sino herejías.
Nuestros grandes predicadores son los salvajes de Europa».
52. Si yo publicase en Francia, dándome por autoridad
propia el derecho de naturalidad, un librejo atestado de
estas lindezas, ¿no llovieran con razón más
decretos de todos los parlamentos, de fuego contra el librejo
y de prisión contra mí, que han llovido algunos
años a esta parte contra los curas, sobre el negocio
que sabe vuestra reverendísima? ¿No me pelarían
justísimamente las barbas, y me gritarían todos,
hombres, mujeres y niños, al coquin, al faquin, al
maraud, que hace una injusticia si criante a todos los grandes
predicadores que ha tenido la Francia, y que cada día
están saliendo de su seno, sólo porque deshonran
su púlpito un puñado de fatuos y de mentecatos?
¿No me darían en los bigotes con los Bourdaloues,
con los La Colombières, con los Fleurys, con los Fléchieres,
con los Segauds, con los Massillones, con los Bretonneaus,
y con un inmenso catálogo de oradores verdaderamente
apostólicos, celosos, elocuentes, rápidos,
evangélicos, sólidos, sublimes, modelos originales?
¿Y no me reconvendrían también con que no necesitaba
la Francia de que un francés postizo se viniese a
entrometer para corregir los defectos de sus compatriotas,
pues ya tenía ella hijos verdaderos suyos, que lo
tomasen de su cuenta con mucha más gracia y con mayor
juicio? Señor padre, estamos en el mismo caso, y suplico
a vuestra reverendísima que me excuse la aplicación.
53. Como soy cristiano, que ya quisiera dejarlo, porque
me voy abochornando y no me puede hacer provecho para la
digestión. Pero formo escrúpulo de no decir
una palabrita sobre cierta digresión, la más
impertinente del mundo para el intento, que hace vuestra
reverendísima en la página 50. «¡Y con todo,
predicando así -dice vuestra reverendísima-,
han llegado varios religiosos a la mitra! ¡Como si las mitras
fueran para cabezas escondidas en las capuchas! ¿Continuaremos
en tener a los extranjeros persuadidos por nuestra culpa
a esto? Como no están acostumbrados a ver que fuera
de España obispen los frailes, cuando leen en las
gacetas que el rey de España ha dado un obispado a
un religioso, creen que por falta de eclesiásticos
obispales se ve el rey precisado a echar mano de los religiosos,
pues no tiene quien pueda ni merezca ser obispo entre los
bonetes». 54. Que se engaste este parrafito en piedras preciosas
de a dos en quintal. Mientras tanto voy a sonarme las narices,
porque me baja la fluxión, y lo pide la materia. Mire,
padre, ninguno puede hablar con más imparcialidad
que yo en este asunto; porque ha de saber su reverendísima
que yo soy un pobre bonete, no tengo «metida la cabeza en
la capucha», y no puedo ser obispo. ¿A qué cura de
San Pedro de Villagarcía se le ha sentado jamás
la mitra, no digo en la cabeza, pero ni aun en la fantasía?
Lo más más que tuvimos aquí fue un doctor
por Sigüenza, o cosa tal, que llegó a ser comisario
del Santo Oficio, y estuvo la villa para sacarle un vítor
pintado con almagre, lo que se dejó porque no alcanzaban
los propios para los gastos. A mí me graduó
la Universidad de Valladolid de bachiller, y casi soy un
fenómeno. Cuando me oyen decir que fui opositor a
cátedras (si alguna vez lo digo) se santigua el concejo,
y más de dos preguntan si las cátedras son
cosa de comer. ¡Considere vuestra reverendísima si
con estos dictados serán humildes mis pensamientos
y si podré pensar en mitra! Con una prebendica de
700 o de 800 ducados no me trocaría por un patriarca.
Y dígaselo así vuestra reverendísima
de mi parte al rey y al señor confesor, que como los
dos quieran, está hecha la cosa; pues por lo que toca
a mí, allá va anticipada la aceptación.
55. Esto supuesto, ¿no me dirá vuestra reverendísima
en qué pensaba cuando se atrevió a escribir
la primera cláusula de tal donoso parrafillo? «¡Y
con todo, predicando así, han llegado varios religiosos
a la mitra!» Esto es, han llegado a la mitra varios «rábulas,
charlatanes, papagayos, habladores, delirantes, predicadores
de herejías, salvajes de la Europa», porque al fin
éstos son los «que predican así». A éstos
ha consultado la Cámara de Castilla para obispos;
se han conformado con la consulta los señores y padres
confesores, y el rey los ha nombrado para la mitra. Saque
vuestra reverendísima las consecuencias que se siguen
de esto, que yo estoy algo de prisa, y me está llamando
la cláusula que viene después: «¡Como si las
mitras fueran para cabezas escondidas en las capuchas!» ¡Hay
tal! ¡Conque ni las mitras son para cabezas escondidas en
las capuchas, ni las cabezas escondidas en las capuchas son
para las mitras! Pues mucho menos serán para el sombrero
rojo (capelo le llama el italiano), y muchísimo menos
para la tiara. ¿Y tiene vuestra reverendísima bien
contadas las cabezas que desde la capucha salieron para el
capelo, y desde el capelo se cubrieron con la tiara, sin
contar las muchas otras a las cuales encajaron la tiara casi
casi encima de la capucha? ¿Ha leído vuestra reverendísima
algo de la historia eclesiástica? Me temo que solamente
ha oído hay en el mundo una cosa que se llama así;
porque si la hubiera no más que saludado, sabría
que por casi doscientos años (otros dicen trescientos)
apenas salió la tiara de la capucha benedictina del
célebre Monte Casino. Pero, ¡qué capuchas!
Pero, ¡qué tiaras! 56. ¿Y las mitras de Francia nunca
«se hicieron para cabezas metidas en las capuchas»? ¡Pobre
español pegote! ¡Y qué poco sabe su historia!
(También esta frase es favorita de vuestra reverendísima).
¿Ignora vuestra reverendísima que por más de
tres siglos apenas hubo obispo en Francia que no hubiese
salido de los célebres monasterios de Lérins,
Pontigny, Tours, Fuente-Juan, Chalis, Mon-Marre, Isla-Barba,
Brou y otros innumerables, así de benedictinos como
de cistercienses, por no contar a Cluni ni al Cister, que
en los siglos decimotercio y decimocuarto se llamaban les
pépinières des evêques, como si dijéramos
el plantío de los obispos? ¿Nunca leyó en su
historia que en el siglo duodécimo era ya como cosa
asentada que para las mitras vacantes se habían de
proponer en la junta del clero y del pueblo a los abades
del Cister, cuya orden florecía entonces con el mayor
rigor de la más exacta observancia? ¿No reparó
en ella el grande embarazo en que se halló la clerecía
y la ciudad de Bourges en la muerte de su arzobispo Enrique
de Sully, porque «florecía entonces el orden cisterciense
en tantos sujetos insignes que esta misma multitud embarazaba
la elección del clero»: palabras con que se explica
la historia, como que era preciso que la elección
recayese en sujeto de aquella orden? Dígame, padre
español neófito, los Martines, los Guillermos,
los Lubines, los Euquerios, y otro número sin número
de mitras francesas, canonizadas y no canonizadas, ¿fueron
cabezas metidas en los bonetes, o en las capuchas? 57.
Dice vuestra reverendísima: «Que como los extranjeros
no están acostumbrados a ver que fuera de España
obispen los frailes, cuando leen en las gacetas que el rey
de España ha dado un obispado a un religioso, creen
que por falta de eclesiásticos obispales se ve el
rey precisado a echar mano de los religiosos». ¡Conque los
extranjeros no están acostumbrados a ver que fuera
de España obispen los frailes! ¡Conque en Italia no
hay frailes obispos! ¡Ni en Alemania hay obispos frailes
o religiosos! Déjelo, padre, por amor de Dios. Antes
que vuestra reverendísima diese a luz esta proposición,
¿no le hubiera sido mejor y más fácil averiguar
si había en estos tiempos en Alemania y en Italia
algunos frailes vestidos de obispos, que gastar el calor
natural en inquirir si, dos mil o tres mil años ha,
los niños y las niñas de los gentiles se vestían
de diosecicos y diosecicas de devoción, así
como se visten ahora de frailicos y monjicas de devoción
muchos niños y niñas de los cristianos? Curiosa
noticia, que debemos a la infatigable laboriosidad de vuestra
reverendísima, pero que nos hacía poca falta,
y a vuestra reverendísima le hacía mucha saber
que los extranjeros están muy acostumbrados a ver
fuera de España muchos frailes vestidos de obispos,
y muchos obispos vestidos de frailes. 58. Finalmente, vamos
a la raíz y abreviemos el camino. Es cierto, padre
mío, que en el primer siglo de la institución
o de la fundación de los monjes, las cabezas metidas
en las capuchas (si es que tenían capuchas en que
meterse las cabezas de aquellos primeros monjes) no sólo
no se hicieron para las mitras, pero ni aun para las coronas;
porque aquellos monjes primitivos, por regla general, ni
recibían ni querían recibir los órdenes
sagrados. Tan legos eran todos como la madre que los parió,
salvo tal cual que, después de ordenado in sacris,
se retiraba a la vida monacal. Y no era esto porque no hubiese
entre ellos muchísimos hombres tan eminentes en sabiduría
como en virtud, sino porque su profunda humildad los desviaba
de aquel altísimo estado. Si vuestra reverendísima
quiere instruirse a fondo en la materia, no tiene más
que leer al padre Mabillon. Esto era en el primer siglo del
instituto y de la profesión monacal. 59. Pero después
que el papa Siricio, por los años de 390, consideró
despacio los grandes bienes de que se privaba la Iglesia
de Dios, y las grandes ventajas que podía sacar de
que los monjes graves, circunspectos, ejemplares y sabios
fuesen promovidos no sólo a todos los órdenes,
sino a todos los oficios y beneficios de la Santa Iglesia;
después que reflexionó a que no era razón
que el bien particular, que los representaba a ellos su humildad,
prevaleciese al bien común; y finalmente, después
que, en virtud de estas consideraciones, en la famosa carta
que escribió a Himerio, obispo de Tarragona, en el
capítulo 13 le dice que no sólo ordene, sino
que eleve a todos los oficios y beneficios eclesiásticos
a los monjes que sobresalieron en gravedad, doctrina, pureza
de la fe y en santidad. Monactin quo que, quos tamen morum
gravitas, et vitae ac fidei institutio sancta commendat,
clericorum officiis aggregari; es gusto ver la prisa que
se dieron los obispos, los pueblos, los emperadores y los
mismos papas a turbar, por decirlo así, la santa quietud
de los desiertos, y a arrancar de ellos a los extáticos
cenobitas, para colocarlos en las primeras dignidades, pareciéndoles
muy justo que los que habían santificado primero el
claustro y la soledad fuesen a santificar después
a los poblados y al mundo. Desde entonces y por muchos siglos
después, apenas se vieron más que monjes en
las primeras sillas de la Iglesia Universal, tanto en Oriente
como en Occidente. Vea ahora vuestra paternidad muy reverenda
«si las mitras se hicieron para cabezas metidas en las capuchas».
60. Conclusión.-Suplícasele, pues, a vuestra
reverendísima con el mayor rendimiento, que otra vez
no se meta en lo que no entiende; que haga más justicia
(ya que no quiera hacerla merced) a la nación española;
que cuando intente corregir abusos, hable con menos universalidad;
que trate con mayor respeto las resoluciones del rey, el
dictamen de sus prudentes confesores, y el parecer de sus
sabios ministros; y en fin, que no eche en olvido aquel refrancito
español: «Quien tiene tejado de vidrio, no tire piedras
al de su vecino». 61. Mas para que vuestra reverendísima
conozca que procedo de buena fe y que no choco porque tengo
gana de chocar, le digo ingenuamente que, como se hubiese
contentado con la primera parte de su prólogo coracero;
con haber contraído un poco más la segunda,
sin meterse en el delicado punto de obispados (que ya pica
en antigua historia); con no haber salpicado a todos los
predicadores del rey, singularmente a los del número;
y con haber hecho su paralelo de los dos sermones, franceses
y castellanos, aunque fuese con los paréntesis y glosas
en romance esguízaro que añade a estos últimos,
no hubiéramos reñido. Le hubiera abandonado
a vuestra reverendísima los dos sermones, con sus
dos predicadores, y aunque fuesen otros dos mil como ellos,
sin que hubiésemos sacado las espadas. Porque al fin
vuestra reverendísima tiene muchísima razón
en todo lo que dice de los tales dos sermones, y de todos
los demás que sean tales como los susodichos. Convengo
en eso, y por lo mismo esgrimo la pluma en este escrito,
para ver si los puedo desterrar no sólo de España,
sino de todo el mundo; porque, más o menos, en todo
el mundo hay orates con el nombre de oradores. Si el ungüento de la barba de Aarón sanó en Francia a tantos
predicadores relajados, como dice vuestra reverendísima,
no desconfío de que el sebo del entendimiento de fray
Gerundio haga en España iguales prodigios. En todo
caso, yo tendré grande consuelo si, al acabar de oír
un sermón de los que tanto se usan, dice el auditorio
«que ha estado admirable el padre fray Gerundio; que el padre
Gerundio lo ha hecho asombrosamente; y que no ha podido decir
más el señor don Gerundio». 62. Para esto,
lector mío (¿cuánto ha que no nos hablamos?
Perdona, que se me atravesó este embozado en el camino,
y era preciso contestarle); para esto, lector mío,
ha sido indispensable citar muchos textos de la Sagrada Escritura
como los citan los fray Gerundios, aplicarlos como ellos
los aplican, y fingir entenderlos como ellos los entienden.
Pero, ¡hola!, no te persuadas, ni aun en burlas, a que yo
los cito, los aplico, ni los entiendo de veras como los entienden
ellos. Tengo muy presente así el gravísimo
decreto del Concilio de Trento, como las bulas de Pío
V, Gregorio XIII, Clemente VIII y Alejandro VII contra esta
sacrílega profanación. Protesto que antes quemara
mil Historias de fray Gerundio que contravenir, ni aun ligerísimamente,
a tan severa como sagrada prohibición. Pero no era
posible hacer ridículos a los predicadores que incurren
tan lastimosamente en ella, y en las censuras que la acompañan,
sin hacer ridículo el modo con que ellos manejan el
Sagrado Texto. Mas esto, ¿cómo podía ser sin
citar el texto y sin burlarme del modo con que le manejan
ellos? Así, pues, siempre que encuentres algún
lugar de la Sagrada Escritura ridículamente entendido
y estrafalariamente aplicado, ten entendido que es por burlarme
de ellos, por correrlos, por confundirlos; y consiguientemente,
que esta impiedad debe ir de cuenta suya, y no de la mía.
Cuidado con esta advertencia, que es de suma importancia;
pues al fin, aunque no sea más que un pobre clérigo
de misa y olla (y ésta flaca), soy un poco temeroso
de Dios, me profeso rendido y obediente a las leyes de la
Iglesia, y, por fin y por postre, tengo mi alma en las carnes,
a la cual estimo tanto como puede estimar la suya un patriarca.
63. Pero si no eres más de lo que dices (ésta
es tu última réplica), ¿quién te ha
metido a ti en dibujos, y en tales dibujos? ¿Faltaban en
España hombres doctísimos, celosísimos,
eruditísimos y sazonadísimos que tomasen de
su cargo un empeño de tanta importancia como gravedad?
¿De dónde te ha venido de repente el caudal de literatura,
de juicio, de crítica, de noticias y de sal que se
necesita para un empeño tan arduo? Dejo a un lado
la autoridad, dictados, crédito y fama que era menester
para emprenderle. ¡Un capellán de San Luis, un cura
de la iglesia de San Pedro de Villagarcía, un Lobón
metido a reformador del púlpito en España!
¡Un Lobón! ¡Santos cielos! ¡Un Lobón! ¡Qué
sabemos quién fue los que le conocemos! ¡Un Lobón
que, en tres o cuatro sermones que predicó (y algunos
de ellos de rumbo), dejó muy atrás a todos
los Gerundios pasados, presentes, futuros y posibles! ¡Éste
nos quiere instruir! ¡Este nos quiere reformar! ¡Éste
se nos viene ahora a burlarse de nosotros! ¡Oh tiempos! ¡Oh
costumbres! 64. Sí, amigo lector, sí, aunque
te pese. Ese mismo Lobón, que fue todo lo que tú
dices y todo lo que quieres decir, y aún mucho más,
si no estás contento, es el que se atreve a una empresa
como ésta. Mayor fue la de la conversión de
todo el mundo, y en verdad que para ella no se valió
Dios de catedráticos, sino de unos pobres pescadores;
porque al fin, amigo, el espíritu del Señor
inspira donde quiere, cuando quiere y en quien quiere. Que
lo haría mucho mejor que yo cualquiera otro, no te
lo puedo negar; mas como oigo que infinitos se lastiman y
que ninguno lo emprende, excusándose los hombres grandes
con estas, con aquellas y con las otras razones, yo, que
ni me mato por ser más, ni tampoco puedo ser menos,
escupí las manos, refreguélas y púselas
a la obra con este tal cual caudalejo que el Señor
me dio. Si acerté en algo, a Él sea la gloria;
si lo erré en todo, agradéceme la buena voluntad.
Y, con esto, adiós, que a fe estoy ya cansado de tanta
parladuría.
EXPLICIT PROLOGUS
Fray Gerundio de Campazas
José Francisco de Isla
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