 Primera parte
 Libro I
 Capítulo I
Patria, nacimiento y primera educación de Fray Gerundio
Campazas es un lugar de que no hizo mención Tolomeo
en sus cartas geográficas, porque verisímilmente
no tuvo noticia de él, y es que se fundó como
mil y docientos años después de la muerte de
este insigne geógrafo, como consta de un instrumento
antiguo que se conserva en el famoso archivo de Cotanes.
Su situación es en la provincia de Campos, entre poniente
y septentrión, mirando derechamente hacia éste,
por aquella parte que se opone al Mediodía. No es
Campazas ciertamente de las poblaciones más nombradas,
ni tampoco de las más numerosas de Castilla la Vieja,
pero pudiera serlo; y no es culpa suya que no sea tan grande
como Madrid, París, Londres y Constantinopla, siendo
cosa averiguada que por cualquiera de las cuatro partes pudiera
extenderse hasta diez y doce leguas, sin embarazo alguno.
Y si, como sus celebérrimos fundadores (cuyo nombre
no se sabe) se contentaron con levantar en ella veinte o
treinta chozas, que llamaron casas por mal nombre, hubieran
querido edificar doscientos mil suntuosos palacios con sus
torres y chapiteles, con plazas, fuentes, obeliscos y otros
edificios públicos, sin duda sería hoy la mayor
ciudad del mundo. Bien sé lo que dice cierto crítico
moderno, que esto no pudiera ser, por cuanto a una legua
de distancia corre de Norte a Poniente el río grande,
y era preciso que por esta parte se cortase la población.
Pero sobre que era cosa muy fácil chupar con esponjas
toda el agua del río, como dice un viajero francés
que se usa en el Indostán y en el gran Cairo; o cuando
menos, se pudiera extraer con la máquina neumática
todo el aire y cuerpecillos extraños que se mezclan
en el agua, y entonces apenas quedaría en todo el
río la bastante para llenar una vinagrera, como a
cada paso lo experimentan con el Rin y con el Ródano
los filósofos modernos, ¿qué inconveniente
tendría que corriese el río grande por medio
de la ciudad de Campazas, dividiéndola en dos mitades?
¿No lo hace así el Támesis con Londres, el
Moldava con Praga, el Spree con Berlín, el Elba con
Dresde y el Tíber con Roma, sin que por esto pierdan
nada estas ciudades? Pero al fin los ilustres fundadores
de Campazas no se quisieron meter en estos dibujos y, por
las razones que ellos se sabrían, se contentaron con
levantar en aquel sitio como hasta unas treinta chozas (según
la opinión que se tiene por más cierta) con
sus cobertizos, o techumbres de paja a modo de cucuruchos,
que hacen un punto de vista el más delicioso del mundo.
2. Sobre la etimología
de Campazas hay grande variedad en los autores. Algunos quieren
que en lo antiguo se llamase Campazos, para denotar los grandes
campos de que está rodeado el lugar, que verisímilmente
dieron nombre a toda la provincia de Campos, cuya punta occidental
comienza por aquella parte; y a esta opinión se arriman
Antón Borrego, Blas Chamorro, Domingo Ovejero y Pascual
Cebollón, diligentes investigadores de las cosas de
esta provincia. Otros son de sentir que se llamó y
hoy se debiera llamar Capazas, por haberse dado principio
en él al uso de las capas grandes que, en lugar de
mantellinas, usaban hasta muy entrado este siglo las mujeres
de Campos, llamadas por otro nombre las tías; poniendo
sobre la cabeza el cuello o la vuelta de la capa, cortada
en cuadro y colgando hasta la mitad de la saya de frechilla,
que era la gala recia en el día del Corpus y de San
Roque, o cuando el tío de la casa servía alguna
mayordomía. De este parecer son César Capisucio,
Hugo Capet, Daniel Caporal, y no se desvía mucho de
él Julio Capponi. Pero como quiera que esto de etimologías
por lo común es erudición ad libitum, y que
en las bien fundadas de San Isidoro no se hace mención
de la de Campazas, dejamos al curioso lector que siga la
que mejor le pareciere; pues la verdad de la historia no
nos permite a nosotros tomar partido en lo que no está
bien averiguado. 3. En Campazas, pues (que así le
llamaremos, conformándonos con el estilo de los mejores
historiadores, que en materia de nombres de lugares usan
de los modernos, después de haber apuntado los antiguos),
en Campazas había, a mediado del siglo pasado, un
labrador que llamaban el rico del lugar; porque tenía
dos pares de bueyes de labranza, una yegua torda, dos carros,
un pollino rucio, zancudo, de pujanza y andador, para ir
a los mercados; un hato de ovejas, la mitad parideras y la
otra mitad machorras; y se distinguía su casa entre
todas las del lugar en ser la única que tenía
tejas. Entrábase a ella por un gran corralón
flanqueado de cobertizos, que llaman tenadas los naturales;
y antes de la primera puerta interior se elevaba otro cobertizo
en figura de pestaña horizontal, muy jalbegueado de
cal, con sus chafarrinadas, a trechos, de almagre, a manera
de faldón de disciplinante en día de Jueves
Santo. El zaguán o portal interior estaba bernizado
con el mismo jalbegre, a excepción de las ráfagas
de almagre, y todos los sábados se tenía cuidado
de lavarle la cara con un baño de aguacal. En la pared
del portal, que hacía frente a la puerta, había
una especie de aparador o estante, que se llamaba vasar en
el vocabulario del país, donde se presentaba desde
luego a los que entraban toda la vajilla de la casa; doce
platos, otras tantas escudillas, tres fuentes grandes, todas
de Talavera de la Reina, y en medio dos jarras, de vidrio
con sus cenefas azules hacia el brocal, y sus asas a picos
o a dentellones, como crestas de gallo. A los dos lados del
vasar se levantaban desde el suelo con proporcionada elevación
dos poyos de tierra, almagreados por el pie y caleados por
el plano, sobre cada uno de los cuales se habían abierto
cuatro a manera de hornillos, para asentar otros tantos cántaros
de barro, cuatro de agua zarca para beber, y los otros cuatro
de agua del río para los demás menesteres de
la casa. 4. Hacia la mano derecha del zaguán, como
entramos por la puerta del corral, estaba la sala principal,
que tendría sus buenas cuatro varas en cuadro, con
su alcoba de dos y media. Eran los muebles de la sala seis
cuadros de los más primorosos y más finos de
la famosa calle de Santiago, de Valladolid, que representaban
un San Jorge, una Santa Bárbara, un Santiago a caballo,
un San Roque, una Nuestra Señora del Carmen y un San
Antonio Abad con su cochinillo al canto. Había un
bufete con su sobremesa de jerga listoneada a fluecos, un
banco de álamo, dos sillas de tijera, a la usanza
antigua, como las de ceremonia del Colegio Viejo de Salamanca;
otra que al parecer había sido de vaqueta, como las
que se usan ahora, pero sólo tenía el respaldar,
y en el asiento no había más que la armazón;
una arca grande, y junto a ella un cofre sin pelo y sin cerradura.
A la entrada de la alcoba se dejaba ver una cortina de gasa
con sus listas de encajes de a seis maravedís la vara,
cuya cenefa estaba toda cuajada de escapularios con cintas
coloradas, y Santas Teresas de barro en sus urnicas de cartón
cubiertas de seda floja, todo distribuido y colocado con
mucha gracia. Y es que el rico de Campazas era hermano de
muchas religiones, cuyas cartas de hermandad tenía
pegadas en la pared, unas con hostia y otras con pan mascado,
entre cuadro y cuadro de los de la calle de Santiago; y cuando
se hospedaban en su casa algunos padres graves, u otros frailes
que habían sido confesores de monjas, dejaban unos
a la tía Catuja (así se llamaba la mujer del
rico) y los más a su hija Petrona, que era una moza
rolliza y de no desgraciado parecer, aquellas piadosas alhajuelas
en reconocimiento del hospedaje encargando mucho la devoción
y ponderando las indulgencias. 5. Por mal de mis pecados
se me había olvidado el mueble más estimado
que se registraba en la sala. Eran unas conclusiones de tafetán
carmesí de cierto acto que había defendido
en el Colegio de San Gregorio, de Valladolid, un hermano
del rico de Campazas, que, habiendo sido primero colegial
del insigne Colegio de San Froilán, de León,
el cual tiene hermandad con muchos colegios menores de Salamanca,
fue después porcionista de San Gregorio. Llegó
a ser gimnasiarca, puesto importante que mereció por
sus puños; obtuvo por oposición el curato de
Ajos y Cebollas, en el obispado de Ávila; y murió
en la flor de su edad, consultado ya en primera letra para
el del Verraco. En memoria de este doctísimo varón,
ornamento de la familia, se conservaban aquellas conclusiones
en un marco de pino, dado con tinta de imprenta; y era tradición
en la casa que, habiendo intentado dedicarlas primero a un
obispo, después a un título y después
a un oidor, todos se excusaron, porque les olió a
petardo. Conque, desesperado el gimnasiarca (la tía
Catuja le llamaba siempre el heresiarca), se las dedicó
al Santo Cristo de Villaquejida, haciéndole el gasto
de la impresión un tío suyo, comisario del
Santo Oficio. 6. Su hermano el rico de Campazas, que había
sido estudiante en Villagarcía y había llegado
hasta medianos, siendo el primero del banco de abajo como
se entra por la puerta, sabía de memoria la dedicatoria
que tenía prevenida para cualquiera de los tres mecenas
que se la hubiera aceptado; porque el gimnasiarca se la había
enviado de Valladolid, asegurándole que era obra de
cierto fraile mozo, de estos que se llaman padres colegiales,
el cual trataba en dedicatorias, arengas y cuodlibetos, por
ser uno de los latinos más deshechos, más encrespados
y más retumbantes que hasta entonces se habían
conocido, y que había ganado muchísimo dinero,
tabaco, pañuelos y chocolate en este género
de trato; «porque al fin -decía en su carta el gimnasiarca-
el latín de este fraile es una borrachera, y sus altisonantes
frases son una Babilonia». Con efecto: apenas leyó
el rico de Campazas la dedicatoria, cuando se hizo cruces,
pasmado de aquella estupendísima elegancia, y desde
luego se resolvió a tomarla de memoria, como lo consiguió
al cabo de tres años, retirándose todos los
días detrás de la iglesia que está fuera
del lugar, por espacio de cuatro horas. Y cuando la hubo
bien decorado, aturrullaba a los curas del contorno que concurrían
a la fiesta del patrono, y también a los que iban
a la romería de Villaquejida, unas veces encajándosela
toda, y otras salpicando con trozos de ella la comida en
la mesa de los mayordomos. Y como el socarrón del
rico a ninguno declaraba de quién era la obra, todos
la tenían por suya, y aun entre todos los del Páramo
pasaba por el gramático más horroroso que había
salido jamás de Villagarcía: tanto, que algunos
se adelantaban a decir sabía más latín
que el mismo Taranilla, aquel famoso dómine que atolondró
a toda la tierra de Campos con su latín crespo y enrevesado,
como, verbigracia, aquella famosa carta con que examinaba
a sus discípulos, que comenzaba así: Palentiam
mea si quis, que unos construían: «Si alguno mea a
Palencia». Y por cuanto esto no sonaba bien y parecía
mala crianza, con peligro de que se alborotasen los de la
Puebla, y no era verisímil que el dómine Taranilla,
hombre por otra parte modesto, circunspecto y grande azotador,
hablase con poco decoro de una ciudad por tantos títulos
tan respetable, otros discípulos suyos lo construían
de este modo: «Si quis mea, "chico mío", suple fuge,
"huye", Palentiam, "de Palencia"». A todos éstos los
azotaba irremisiblemente el impitoyable Taranilla, porque
los primeros perdían el respeto a la ciudad, y los
segundos le empullaban a él, sobre que unos y otros
le suponían capaz de hacer un latín que, según
su construcción, estaría atestado de solecismos.
Hasta que finalmente, después de haber enviado al
rincón a todo el general, porque ninguno daba con
el recóndito sentido de la enfática cláusula,
el dómine, sacando la caja, dando encima de ella dos
golpecillos, tomando un polvo a pausas, sorbido con mucha
fuerza, arqueando las cejas, ahuecando la voz y hablando
gangoso reposadamente, la construía de esta manera:
«Mea, "ve", si quis, "si puedes", Palentiam, "a Palencia"».
Los muchachos se quedaban atónitos, mirándose
los unos a los otros, pasmados de la profunda sabiduría
de su dómine; porque aunque es verdad que, echada
bien la cuenta, había en su construcción mitad
por mitad tantos disparates como palabras, puesto que ni
meo meas significa, como quiera, «ir», sino «ir por rodeos,
por giros y serpenteando»; ni que o quis significa «poder»,
como quiera, sino «poder con dificultad»; pero los pobres
niños no entendían estos primores; ni el penetrar
la propiedad de los varios significados, que corresponden
a los verbos y a los nombres que parecen sinónimos
y no lo son, es para gramáticos de prima tonsura,
ni para preceptores de la legua. 7. Ya se ve, como los curas
del Páramo no estaban muy enterados de estas menudencias,
tenían a Taranilla por el Cicerón de su siglo;
y como oían relatar al rico de Campazas la retumbante
y sonora dedicatoria, le ponían dos codos más
alto que al mismo Taranilla. Y por cuanto la mayor parte
de los historiadores, que dejaron escritas a la posteridad
las cosas de nuestro fray Gerundio, convienen en que la tal
dedicatoria tuvo gran parte en la formación de su
exquisito y delicado gusto, no será fuera de propósito
ponerla luego en este lugar, primero en latín, y después
fielmente traducida en castellano, para que en el discurso
de esta verdadera historia, y con el calor de la narración,
no se nos olvide.
 Capítulo II
En que, sin acabar lo que prometió el primero, se trata
de otra cosa
Decía, pues, así la recóndita,
abstrusa y endiablada dedicatoria, dejando a un lado los
títulos que no tuvo por bien trasladar el gimnasiarca.
2. Hactenus me intra vurgam animi litescentis inipitum,
tua heretudo instar mihi luminis extimandea denormam redubiare
compellet sed antistar gerras meas anitas diributa et posartitum
Nasonem quasi agredula: quibusdam lacunis. Baburrum stridorem
averrucandus oblatero. Vos etiam viri optimi: ne mihi in
anginam vestrae hispiditatis arnanticataclum carmen irreptet.
Ad rabem meam magicopertit: cicuresque conspicite ut alimones
meis carnatoriis, quam censiones extetis. Igitur conramo
sensu meam returem quamvis vasculam Pieridem acutum de vobis
lamponam comtulam spero. Adjuta namque cupedia praesumentis,
jam non exippitandum sibi esse conjectat. Ergo benepedamus
me hac pudori citimum colucari censete. Quam si hac nec treperat
extiterint nec fracebunt quae halucinari, vel ut vovinator
adactus sum voti vobis damiumusque ad exodium vitulanti is
cohacmentem. Quis enim mesonibium et non murgissonem fabula
autamabit quam Mentorem exfaballibit altibuans, unde favorem
exfebruate, fellibrem ut applaudam armoniae tensore a me
velut ambrone collectam adoreos veritatis instruppas. 3.
Ésta es la famosa dedicatoria que el gimnasiarca de
San Gregorio, cura de Ajos y Cebollas, electo del Verraco,
envió desde Valladolid a su hermano el rico de Campazas;
la cual, después de haber corrido por las más
célebres universidades de España con el aplauso
que se merecía, pasó los Pirineos, penetró
a Francia, donde fue recibida con tanta estimación,
que se conserva impresa una puntual, exacta y menudísima
noticia genealógica de todas las manos por donde corrió
el manuscrito, con los pelos y señales de los sujetos
que le tuvieron, hasta que llegó a las del maldito
adicionador de la Menagiana, que la estampó en el
primer tomo de los cuatro que echó a perder con sus
impertinentísimas notas, escolios y añadiduras.
Dice, pues, este escoliador de mis pecados, que el primer
manuscrito que se sepa hubiese llegado a Francia paró
en poder de Juan Lacurna, el cual era hombre hábil
y bailío de Arnay-del-Duque; que después pasó
al docto Saumaise, y de éste le heredó su hijo
primogénito Claudio Saumaise, el cual murió
en Beaune a los treinta y cuatro años de su edad el
día 18 de abril de 1661; que por muerte de Claudio
paró en la biblioteca de Juan Baptista Lantin, consejero,
el cual, y otro consejero llamado Filiberto de la Mare, fueron
legatarios por mitad de los manuscritos de Saumaise; y que
de Juan Baptista Lantin le heredó su hijo el señor
Lantin, consejero de Dijon. 4. Todo está muy bien,
con puntualidad, con menudencia y con exactitud; porque claro
está que iba a perder mucho la República de
las Letras si no se supiera con toda individualidad por qué
manos, de padres a hijos, había pasado un manuscrito
tan importante; y si todos los investigadores hubieran sido
tan diligentes y tan menudos como este doctísimo y
exactísimo adicionador, no hubiera ahora tantas disputas,
repiquetes y contiendas entre nuestros críticos sobre
quién fue el verdadero autor de La Pulga del licenciado
Burguillos, que unos atribuyen a Lope de Vega, y otros a
un fraile, engañados sin duda porque en el manuscrito,
sobre el cual se hizo la primera impresión en Sevilla,
se leían al fin de él estas letras: Fr. L.
d. V.; entendiendo que el frey era fray, cosas entre sí
muy distintas y diversas, como lo saben hasta los niños
malabares. Ni en Inglaterra se hubieran dado las batallas
campales que se dieron a principios de este siglo entre dos
sabios anticuarios de la Universidad de Oxford, sobre el
origen de las espuelas y la primitiva invención de
las alforjas, fundándose uno y otro en dos manuscritos
que se hallaban en la biblioteca de la misma universidad,
pero sin saberse en qué tiempo ni por quién
se habían introducido en ella, que era el punto decisivo
para resolver la cuestión. 5. Pero si al adicionador
de la Menagiana se le deben gracias por esta parte, no se
las daré yo; porque con su cronología sobre
el manuscrito de la dedicatoria me mete en un embrollo histórico,
del cual no sé cómo me he de desenvolver, sin
cometer un anacronismo, voz griega y sonorosa que significa
contradicción en el cómputo de los tiempos.
Dice monsieur el adicionador que Claudio Saumaise murió
el año de 1661, y que cuando llegó a él
el manuscrito de la dedicatoria, ya había pasado por
otras dos manos, conviene a saber, por las de su padre el
docto Saumaise, y por las del bailío Juan Lacurna;
y es mucho de notar que no dice que pasó de mano en
mano, como suele pasar la Gaceta y el Pronóstico de
Torres, sino que da bastantemente a entender que fue por
vía de herencia, y no de donación inter vivos.
Esto supuesto, parece claro como el agua que ya por los años
de 1600 se tenía noticia en Francia de la tal dedicatoria,
no siendo mucho dar sesenta años al señor Lacurna,
y veinte o treinta a Saumaise; porque, aunque se pudiera
decir que ambos eran de una misma edad, no parece verisímil
que un particular, por doctísimo que fuese, viviese
tanto como un bailío; pues, bien que esto de bailío
en Francia signifique poco más que acá un alcalde
gorrilla, pero al fin para lo de Dios, el bailío de
Arnay era tan bailío como el de Lora. Y habiendo dicho
nosotros al principio de esta verdaderísima historia,
o por lo menos habiendo dado a entender, que la dedicatoria
la compuso un padre colegial que estudiaba en Valladolid,
cuando ya estaba muy entrado en días el siglo pasado,
puesto que hasta la mitad de él no hacen mención
del rico de Campazas los anales de esta posibilísima
ciudad, y que se la envió su hermano el gimnasiarca,
¿cómo era posible que se tuviese noticia de ella en
Francia por los años de 1600? 6. Para salir de esta
intrincada dificultad, no hay otra callejuela sino decir
que el padre colegial leería esta estupendísima
pieza en algún librete francés, y después
se la embocaría al bonísimo del gimnasiarca
como si fuera obra suya; porque de estas travesuras a cada
paso vemos muchas, aun en el siglo que corre, en el cual
no pocos de estos que se llaman autores y que tienen cara
de hombres de bien, averiguada después su vida y milagros,
se halla ser unos raterillos literarios, que, hurtando de
aquí y de allí, salen de la noche para la mañana
en la Gaceta con los campanudos dictados de matemáticos,
filológicos, físicos, eléctricos, protocríticos,
antisistemáticos, cuando, todo bien considerado, no
son en la realidad más que unos verdaderos pantomímicos.
7. Mas, dejando este punto indeciso, lo que, en Dios y en
conciencia, no se puede perdonar al impertinentísimo
adicionador es la injusta y desapiadada crítica que
hace de la susodicha dedicatoria, tratándola de la
cosa más perversa, más ridícula y más
extravagante que se puede imaginar, y añadiendo que
el lenguaje, aunque parece suena a latín, es de una
latinidad monstruosa, bárbara y salvaje. Pero, con
licencia de su mala condición, yo le digo claritamente
y en sus barbas, que no sabe cuál es su latín
derecho, y que se conoce que en su vida ha saludado los cristus
de la verdadera latinidad; pues le hago saber que ni Cicerón,
ni Quintiliano, ni Tito Livio, ni Salustio hicieron jamás
cosa semejante, ni fueron capaces de hacerla. Y a lo otro,
que añade con mucha socarronería, de que, aunque
en la cultísima dedicatoria se hallan algunas palabras
latinas que se encuentran en las glosas de Isidoro y de Papías
y en la colección de Cange, pero que se engaña
mucho, o no se ha de encontrar ingenio tan hábil en
el mundo que al todo de ella le dé verdadero y genuino
sentido; yo le digo que, para que vea con efecto lo mucho
que se engaña, el mismo padre colegial que dio al
gimnasiarca la dedicatoria en latín, ora fuese composición
suya, ora ajena, se la dio también vertida en castellano
fluido, corriente, natural, claro, perspicuo, como se ve
en una copia auténtica que se encontró en el
libro donde el rico de Campazas iba asentando por rayas la
soldada de los criados y los pellejos de ovejas que iba trayendo
el pastor. La versión, pues, de dicha dedicatoria
decía así, ni más ni menos: 8. «Hasta
aquí la excelsa ingratitud de tu soberanía
ha oscurecido en el ánimo, a manera de clarísimo
esplendor, las apagadas antorchas del más sonoro clarín,
con ecos luminosos, a impulsos balbucientes de la furibunda
fama. Pero, cuando examino el rosicler de los despojos al
terso bruñir del hemisferio en el blando horóscopo
del argentado catre, que, elevado a la región de la
techumbre, inspira oráculos al acierto en bóvedas
de cristal; ni lo airoso admite más competencias,
ni en lo heroico caben más elocuentes disonancias.
Temerario arrojo sería escalar con pompa fúnebre
hasta el golfo insondable donde campea, cual viborezno animado,
el piélago de tu hermosura; porque hay sistemas tan
atrevidos que, a guisa de emblemáticos furores, esterilizan
a trechos toda su osadía al escrutinio; mas no por
eso el piadoso Eneas agotó sus caudales al Ródano,
cubierta la arrogante faz con el crespo, falaz y halagüeño
manto; que si el jazmín sostiene pirámides
a los lisonjeros peces, también el chopo franquea
espumoso lecho a las odoríferas naves; ni es tan crítico
el enojo del carrasco que no destile rayo a rayo todo el
alambique del aprisco. Mentor en cavilaciones de sol, pudo
esgrimir orgullosas sinrazones de fanal; pero también
experimentó a golpes del desengaño desagravios
incautos del alevoso ceño, cuando la agigantada nobleza
de tu regia exactitud embota las puntas al acero de alentada
majestad. Admite, pues, este literario desdén, elegante
tributo de soporífero afán; y si extiendes
los aplausos de tu armonía a los hirsutos cambrones,
no puede menos de penetrar tu coleto la fragancia de la verdad,
hasta calarse a las tripas, o hasta aniquilar con dichosa
fortuna los estrupros: Ut applaudam armoniae tensore a me
velut ambrone collectam adoreos veritatis instruppas».
 Capítulo III
Donde se prosigue lo que prometió el primero
Este
tal rico de Campazas, hermano del gimnasiarca, se llamaba
Antón Zotes, familia arraigada en Campos, pero extendida
por todo el mundo, y tan fecundamente propagada, que no se
hallará en todo el reino provincia, ciudad, villa,
aldea ni aun alquería donde no hiervan Zotes, como
garbanzos en olla de potaje. Era Antón Zotes, como
ya se ha dicho, un labrador de una mediana pasada; hombre
de machorra, cecina y pan mediado los días ordinarios,
con cebolla o puerro por postre; vaca y chorizo los días
de fiesta; su torrezno corriente por almuerzo y cena, aunque
ésta tal vez era un salpicón de vaca; despensa,
o aguapié, su bebida usual, menos cuando tenía
en casa algún fraile, especialmente si era prelado,
lector o algún gran supuesto en la orden, que entonces
se sacaba a la mesa vino de Villamañán o del
Páramo. El genio bondadoso en la corteza, pero en
el fondo un si es no es suspicaz, envidioso, interesado y
cuentero: en fin, legítimo bonus vir de Campis. Su
estatura mediana, pero fornido y repolludo; cabeza grande
y redonda, frente estrecha, ojos pequeños, desiguales
y algo taimados; guedejas rabicortas, a la usanza del Páramo,
y no consistoriales como las de los sexmeros del campo de
Salamanca; pestorejo, se supone, a la jeronimiana, rechoncho,
colorado y con pliegues. Éste era el hombre interior
y exterior del tío Antón Zotes, el cual, aunque
había llegado hasta el banco de abajo de medianos
con ánimo de ordenarse, porque dicen que le venía
una capellanía de sangre en muriendo un tío
suyo, arcipreste de Villaornate; pero al fin le puso pleito
una moza del lugar, y se vio precisado a ir por la iglesia,
mas no al coro ni al altar, sino al santo matrimonio. El
caso pasó de esta manera. 2. Hallábase estudiando
en Villagarcía y ya medianista, como se ha dicho,
a los veinte y cinco años de su edad. Llegaron los
quince días, que así se llaman las vacaciones
que hay en la Semana Santa y en la de la Pascua, y fuese
a su lugar, como es uso y costumbre en todos los estudiantes
de la redonda. El diablo, que no duerme, le tentó
a que se vistiese de penitente el Jueves Santo; y es que,
como el estudiantico ya era un poco espigado, adulto y barbicubierto,
miraba con buenos ojos a una mozuela vecina suya, desde que
habían andado juntos a la escuela del sacristán,
y para cortejarla más le pareció cosa precisa
salir de disciplinante; porque es de saber que éste
es uno de los cortejos de que se pagan más todas las
mozas de Campos, donde ya es observación muy antigua,
que las más de las bodas se fraguan el Jueves Santo,
el día de la Cruz de mayo y las tardes que hay baile,
habiendo algunas tan devotas y tan compungidas que se pagan
más de la pelotilla y del ramal, que de la castañuela.
Y a la verdad, mirada la cosa con ojos serenos y sin pasión,
un disciplinante con su cucurucho de a cinco cuartas, derecho,
almidonado y piramidal, con su capillo a moco de pavo, con
caída en punta hasta la mitad del pecho; pues, ¿qué,
si tiene ojeras a perspunte, rasgadas con mucha gracia?;
con su almilla blanca de lienzo casero, pero aplanchada,
ajustada y atacada hasta poner en prensa el pecho y el talle;
dos grandes trozos de carne momia, maciza y elevada que se
asoman por las dos troneras rasgadas en las espaldas, divididas
entre sí por una tira de lienzo que corre de alto
a bajo entre una y otra, que como están cortadas en
figura oval, a manera de cuartos traseros de calzón,
no parece sino que las nalgas se han subido a las costillas,
especialmente en los que son rechonchos y carnosos; sus enaguas
o faldón campanudo, pomposo y entreplegado. Añádase
a todo esto que los disciplinantes macarenos y majos suelen
llevar sus zapatillas blancas con cabos negros, se entiende
cuando son disciplinantes de devoción y no de cofradía,
porque a éstos no se les permiten zapatos, salvo a
los penitentes de luz, que son los jubilados de la orden.
Considérese después que este tal disciplinante
que vamos pintando saca su pelotilla de cera, salpicada de
puntas de vidrio y pendiente de una cuerda de cáñamo,
empegada para mayor seguridad; que la mide hasta el codo
con gravedad y con mesura; que toma con la mano izquierda
la punta del moco del capillo; que apoya el codo derecho
sobre el ijar del mismo lado (menos que sea zurdo nuestro
disciplinante, porque entonces es cosa muy necesaria advertir
que todas estas posturas se hacen al contrario); que, sin
mover el codo y jugando únicamente la mitad del brazo
derecho, comienza a sacudirse con la pelotilla hacia uno
y otro lado, sabiendo con cierta ciencia que de esta manera
ha de venir a dar en el punto céntrico de las dos
carnosidades espaldares, por reglas inconcusas de anatomía
que dejó escritas un cirujano de Villamayor, mancebo
y aprendiz que fue de otro de Villarramiel. Contémplese
finalmente cómo empieza a brotar la sangre, que en
algunos, si no es en los más, parecen las dos espaldas
dos manantiales de pez que brotan leche de empegar botas;
cómo va salpicando las enaguas, cómo se distribuye
en canales por el faldón, cómo le humedece,
cómo le empapa, hasta entraparse en los pernejones
del pobre disciplinante. Y dígame con serenidad el
más apasionado contra las glorias de Campos, si hay
en el mundo espectáculo más galán ni
más airoso. Si puede haber resistencia para este hechizo,
y si no tienen buen gusto las mozanconas que se van tras
los penitentes, como los muchachos tras los gigantones y
la tarasca el día del Corpus. 3. No se le ocultaba
al bellaco de Antón esta inclinación de las
mozas de su tierra, y así salió de disciplinante
el Jueves Santo, como ya llevamos dicho. A la legua le conoció
Catanla Rebollo (que éste era el nombre de la doncella
su vecina y su condiscípula de escuela); porque, además
de que en toda la procesión no había otro caperuz
tan chusco ni tan empinado, llevaba por contraseña
una cinta negra que ella misma le había dado al despedirse
por San Lucas para ir a Villagarcía. No le quitaba
ojo en toda la procesión; y él, que lo conocía
muy bien, tenía gran cuidado de cruzar de cuando en
cuando los brazos, encorvar un poco el cuerpo y apretar las
espaldas, para que exprimiesen la sangre, haciendo de camino
un par de arrumacos con el caperuz, que es uno de los pasos
tiernos a que están más atentas las doncellas
casaderas, y el patán que le supiere hacer con mayor
gracia, tendrá mozas a escoger, aunque por otra parte
no sea el mayor jugador de la calva o del morrillo que haiga
en el lugar. Al fin, como Antón Zotes se desangraba
tanto, llegó el caso de que uno de los mayordomos
de la Cruz, que gobernaba la procesión, le dijese
que se fuese a curar. Catanla se fue tras él y, como
vecina, se entró en su casa, donde ya estaba prevenido
el vino con romero, sal y estopas, que es todo el aparato
de estas curaciones. Estrujáronle muy bien las espaldas,
por si acaso había quedado en ellas algún vidrio
de la pelotilla, laváronselas, aplicáronle
la estopada, vistiose, embozose en su capa
parda; y los demás se fueron a ver la procesión,
menos Catanla, que dijo estaba cansada y se quedó
a darle conversación. Lo que pasó entre los
dos no se sabe; sólo consta de los anales de aquel
tiempo que, vuelto Antón a Villagarcía, comenzó
a correr un runrún malicioso por el lugar: que sus
padres quisieron se ordenase a título de la capellanía;
que él, por debajo de cuerda, hizo que la moza le
pusiese impedimento; que al fin y postre se casaron; y que,
para que se vea el poco temor de Dios y la mucha malicia
con que habían corrido aquellas voces por el pueblo,
la buena de la Catanla no parió hasta el tiempo legal
y competente.
 Capítulo IV
Acábase lo prometido
Parió, pues, la tía
Catuja un niño como unas flores, y fue su padrino
el licenciado Quijano de Perote, un capellán del mismo
Campazas, que en otro tiempo había querido casarse
con su madre, y se dejó por haberse hallado que eran
parientes en grado prohibido. Empeñose el padrino
en que se había de llamar Perote, en memoria o en
alusión a su apellido; porque aunque no había
este nombre en el calendario, tampoco había el de
Laín, Nuño, Tristán, Tello ni Peranzules,
y constaba que los habían tenido hombres de gran pro
y de mucha cuenta. Esto decía el licenciado Quijano,
alegando las historias de Castilla; pero como Antón
Zotes no las había leído, no le hacían
mucha fuerza, hasta que se le ofreció decirle que
tampoco estaban en el calendario los nombres de Oliveros,
Roldán, Florismarte, ni el de Turpín, y que
esto no embargante no le había estorbado eso para
ser arzobispo. -Vaya que soy un asno -dijo entonces el tío
Antón-, pues no tengo leído otra cosa. Y es
que era muy versado en la historia de los Doce Pares, la
que sabía tan de memoria como la dedicatoria del gimnasiarca.
-Llámese Perote y no se hable más en la materia.
Pero el cura del lugar, que se hallaba presente, reparó
en que Perote Zotes no sonaba bien, añadiendo, no
sin alguna socarronería, que Zote era consonante de
Perote, y que él había leído, no se
acordaba dónde, que esto se debía evitar mucho
cuando se hablaba en prosa. -No gaste usted tanta, señor
cura -replicó el padre del niño-, que tampoco
suena bien Sancho Ravancho, Alberto Retuerto, Jeromo Palomo,
Antonio Bolonio, y no vemos ni oímos otra cosa en
nuestra tierra. Fuera de que eso se remedia fácilmente
con llamar al niño Perote de Campazas, dándole
por apellido el nombre de nuestro pueblo, como se usaba en
lo antiguo con los hombres grandes, según nos informan
las historias más verídicas; y así vemos
hablar en ellas de Oliveros de Castilla, de Amadís
de Gaula, de Artús de Algarbe y de Palmerín
de Hircania, constándonos ciertamente que éstos
no eran sus verdaderos apellidos, sino los nombres de las
provincias o reinos donde nacieron aquellos grandes caballeros,
que por haberlas honrado con sus hazañas, quisieron
eternizar de esta manera la memoria de su patria en la posteridad.
Y esto no solamente lo usaron los que fueron por las armas,
sino también los que fueron por las letras y dejaron
escritos algunos libros famosos, como El Piscator de Sarrabal,
El Dios Momo, La Carantamaula, el Lazarillo de Tormes, La
pícara Justina, y otros muchos que tengo leídos,
cuyos autores, dejando el propio apellido, tomaron el de
los lugares donde nacieron para ilustrarlos; y a mí
me da el corazón que este niño ha de ser hombre
de provecho, y así llámese ahora Perotico de
Campazas, hasta que con la edad y con el tiempo le podamos
llamar Perote a boca llena. 2.-No en mis días -dijo
la tía Catanla-. Perote suena a cosa de perol, y no
ha de andar por ahí el hijo de mis entrañas,
como andan los peroles por la cocina. -¡Punto en boca, señores!
-exclamó Antón Zotes de repente-. Ahora me
incurre un estupendísimo nombre, que enjamás
se empuso a nengún nacido y se ha de impuner a mi
chicote. Gerundio se ha de llamar, y no se ha de llamar de
otra manera, aunque me lo pidiera de rodillas el Padre Santo
de Roma. Lo primero y prencipal, porque Gerundio es nombre
sengular, y eso busco para m'hijo. Lo segundo, porque m'acuerdo
bien que, cuando estudiaba con los teatinos de Villagarcía,
por un gerundio gané seis puntos para la banda, y
es mi última y postrimera voluntad hacer enmortal
en mi familia la memoria de esta hazaña. 3. Hízose
así, ni más ni menos, y desde luego dio el
niño grandes señales de lo que había
de ser en adelante, porque antes de dos años ya llamaba
pueca a su madre con mucha gracia, y decía no chero
cuerno, tan claramente como si fuera una persona; de manera
que era la diversión del lugar, y todos decían
que había de ser la honra de Campazas. Pasando por
allí un fraile lego, que estaba con opinión
de santo porque a todos trataba de tú, llamaba bichos a las mujeres, y a la Virgen la Borrega, dijo que aquel niño
había de ser fraile, gran letrado y estupendo predicador.
El suceso acreditó la verdad de la profecía;
porque, en cuanto a fraile, lo fue tanto como el que más;
lo de gran letrado, si no se verificó en esto de tener
muchas letras, a lo menos en cuanto a ser gordas y abultadas
las que tenía, se verificó cumplidamente; y
en lo de ser estupendo predicador, no hubo más que
desear, porque éste fue el talento más sobresaliente
de nuestro Gerundico, como se verá en el discurso
de la historia. 4. Aún no sabía leer ni escribir,
y ya sabía predicar; porque como pasaban por la casa
de sus padres tantos frailes, especialmente cuesteros, verederos,
predicadores sabatinos, y aquellos que en tiempo de Cuaresma
y Adviento iban a predicar a los mercados de los lugares
circunvecinos; y éstos, unas veces rogados por el
tío Antón Zotes y por su buena mujer la tía
Catanla, otras (y eran las más) sin esperar a que
se lo rogasen, sobremesa sacaban sus papelones, y, ni más
ni menos que si estuvieran en el púlpito, leían
en tono alto, sonoro y concionatorio lo que llevaban prevenido;
el niño Gerundio tenía gran gusto en oírlos,
y después en remedarlos, tomando de memoria los mayores
disparates que los oía, que no parece sino que éstos
se le quedaban mejor; y si por milagro los oía alguna
cosa buena, no había forma de aprenderla. 5. En cierta
ocasión estuvo en su casa, a la cuesta del mes de
agosto, un padrecito de estos atusados, con su poco de copete
en el frontispicio, cuellierguido, barbirrubio, de hábito
limpio y plegado, zapato chusco, calzón de ante, y
gran cantador de jácaras a la guitarrilla del cual
no se apartaba un punto nuestro Gerundico, porque le daba
confites. Tenía el buen padre, mitad por mitad, tanto
de presumido como de evaporado, y contaba cómo, estando
él de colegial en uno de los conventos de Salamanca,
le había enviado su prelado a predicar un sermón
de ánimas a Cabrerizos, y que habían concurrido
a oírle muchos colegiales mayores, graduados y catedráticos
de aquella universidad, por el crédito que había
cogido en ella con ocasión de graduarse cierto rector
de un colegio menor, ya ordenado in sacris, de quien era
pública voz y fama que, después de haber recibido
el subdiaconato subrepticiamente y a hurtadillas, había
estado un año en la cárcel eclesiástica
de su tierra, por cuanto tres doncellas honradas habían
presentado al señor provisor tres papeles con palabra
de casamiento. Esto se compuso lo mejor que se pudo; volvió
a proseguir sus estudios a Salamanca, porque era mozo de
ingenio; quiso graduarse, y encomendó una de las arengas
al tal padrecito, que era paisano suyo, el cual comenzó
por aquello de aprehenderunt septem mulieres virum unum;
encajó después lo de filii tui de longe venient,
et filiae tuae de latere surgent; y no se le quedó
en el tintero el texto tan oportuno de generatio Rectorum
benedicetur. Y puesto que los textos y lugares de la Sagrada
Escritura, en semejantes composiciones puramente retóricas
y profanas, son tan impertinentes y tan importunos como las
fábulas y los versos de los poetas antiguos, usados
a pasto y con inmoderación, lo son en los sermones;
no embargante tampoco que el tal fraile incurrió boniticamente
en la excomunión que el sagrado Concilio de Trento
tiene fulminada contra los que abusan de la Sagrada Escritura
para liviandades, sátiras, chanzonetas y chocarrerías;
la tal arenga tuvo su aplauso a título de truhanesca,
y el susodicho padre quedó tildado por pieza. 6.
Pues como supieron que predicaba en Cabrerizos en sermón
de ánimas, concurrieron con efecto a oírle
todos aquellos ociosos y desocupados de Salamanca (haylos
de todas clases y especies) que se huelgan a todo lo que
sale; y el buen religioso quedó tan pagado de su sermón,
que repetía muchas cláusulas de él en
todas las casas de los hermanos donde se hospedaba. -Oigan
ustedes, por vida suya, cómo comenzaba -dijo la primera
noche de sobremesa a Antón Zotes, a su mujer y al
cura del lugar, que había concurrido al levantarse
los manteles para cortejar al fraile y brindar a la salud
de su venida, como es uso en toda buena crianza-: 7. »Fuego,
fuego, fuego, que se quema la casa: Domus mea, domus orationis
vocabitur.Ea, sacristán, toca esas retumbantes campanas:
In cymbalis bene sonantibus. Así lo hace; porque tocar
a muerto y tocar a fuego es una misma cosa, como dijo el
discreto Picinelo: Lazarus amicus noster dormit. Agua, señores,
agua, que se abrasa el mundo. Quis dabit capiti meo aquam?.
La interlineal: Qui erant in hoc mundo. Pagnino Et mundus
eum non cognovit. Pero, ¿qué veo? ¡Ay cristianos,
que se abrasan las ánimas de los fieles! Fidelium
animae, y sirve de yesca a las voraces llamas derretida pez:
Requiescant in pace, id est, in pice, como expone Vatablo
Fuego de Dios, ¡cómo quema! Ignis a Deo illatus. Pero,
¡albricias!, que ya baja la Virgen del Carmen a librar a
las que trajeron su devoto escapulario: Scapulis suis. Dice
Cristo: "¡Favor a la justicia!" Dice la Virgen: "¡Válgame
la gracia!" Ave María. 8. Antón Zotes estaba
pasmado; a la tía Catanla se la caía la baba;
el cura del lugar, que se había ordenado con reverendas
de sede vacante y entendía lo que rezaba como cualquiera
monja, le miraba como atónito, y juró por los
santos cuatro Evangelios que, aunque había oído
predicar la Semana Santa de Campazas a los predicadores sabatinos
más famosos de toda la redonda, ninguno le llegaba
a la suela del zapato. No acababa de ponderar aquel chiste
de comenzar un sermón de ánimas con fuego,
fuego, que se quema la casa. -Pues, ¿qué, el ingenioso
pensamiento de que lo mismo es tocar a muerto que tocar a
fuego? -Tenga usted, señor cura -le interrumpió
el padre, alargándole la caja para que tomase un polvo-;
que eso tiene más alma de la que parece. Las almas
de los difuntos, o están en la gloria, o están
en el infierno, o están en el purgatorio; por las
primeras no se toca, porque no han menester sufragios; por
las segundas tampoco, porque no las aprovechan; con que sólo
se toca por las terceras, para que Dios las saque de aquellas
llamas; pues eso y tocar a fuego, allá se va todo.
Ahora prosiga usted con su glosa, que me da mucho gusto,
y se conoce que es hombre que lo entiende; y no como cierto
padre maestro de mi religión, que, aunque es hombre
grave en la orden y le tienen por docto y de entendimiento,
me tiene ojeriza desde que le negué el voto en un
capítulo del convento para que fuese prelado, y me
dijo que el sermón era un hato de disparates, añadiendo
que eran delatables a la Inquisición. 9.-Todos somos
hombres -replicó el cura-, y como de esas envidias
se ven en las religiones. A fe, que acaso su reverendísima
el tal padre maestro, en todos los días de su vida
daría con una cosa tan oportuna como aquella de agua,
agua, que se quema la casa, con ser así que, después
de haber tocado las campanas a fuego, se estaba cayendo de
su peso el pedir agua. -Añada usted -le dijo el padre
colegial- que ahí se hace alusión al agua bendita,
la cual, como usted sabe, es uno de los sufragios más
provechosos para las benditas ánimas del purgatorio.
-Eso es claro -respondió el cura-, porque el fuego
se apaga con el agua, y así se lo explico en la misa
a mis feligreses. -Dende que se lo oí perdicar a
su mercé -saltó la tía Catanla- tengo
yo mucho cuidado de regar bien la sepultura de mi madre,
porque dizque cada gota de agua bendita que cae sobre ella
apaga una gota del fuego del pulgatorio. -Lo que más
me admira -continuó el cura- es la propriedad de los
textos, que no parece sino que vuesa paternidad los trae
en la manga; y cuando habla de agua, luego saca un texto
que habla de agua; cuando de casa, de casa; y cuando de mundo,
de mundo; todos tan claros que los entenderá cualquiera,
aunque no haya estudiado latín. -Ése es el
chiste -respondió el padre-; pero ¿va que no sabe
usted por qué traje el texto de Lazarus amicus noster
dormit, cuando dije que tocar a muerto y tocar a fuego es
una misma cosa? -Confieso que no lo entendí -dijo
el buen cura-, y que, aunque me sonó a despropósito,
pero como veo el grande ingenio de vuesa paternidad, lo atribuí
a mi rudeza, y desde luego creí que sin duda se ocultaba
algún misterio. -¡Y cómo que le hay! -prosiguió
el fraile-. Y si no, dígame usted, cuando Cristo resucitó
a Lázaro, ¿no estaba éste muerto? Así
lo dice San Agustín, Lyra, Cartagena y otros muchos,
y no hay duda que ésta es la sentencia más
probable; porque, aunque el texto dice que dormía,
dormit, es porque la muerte se llama sueño, como lo
notó doctamente el sapientísimo Idiota. Pues
ahora, habiendo yo dicho tocar a muerto, venía de
perlas poner delante un difunto. ¿Y por qué escogería
yo a Lázaro más que a otro? Aquí está
el chiste; porque el mayordomo de la Cofradía de las
Ánimas de Cabrerizos se llamaba Lázaro, y era
grande amigo de nuestro convento, al cual enviaba de limosna
todos los años un cordero y media cántara de
vino. Por eso dije Lazarus amicus noster; que al oírlo
el alcalde, el regidor y el fiel de fechos, que estaban delante
del púlpito, sentados en el banco de la señora
Justicia, dieron muchas cabezadas, mirándose unos
a otros. No pudo contenerse el cura, levantose del
asiento y, echando al padre los brazos al cuello, le dijo
casi llorando de gozo: -Padre, vuesa paternidad es un demonio.
Y añadió Catanla: -¡Benditas las madres que
tales hijos paren! 10. A todo esto estaba muy atento el
niño Gerundio, y no le quitaba ojo al religioso. Pero,
como la conversación se iba alargando y era algo tarde,
vínole el sueño y comenzó a llorar.
Acostole su madre; y a la mañana, como se había
quedado dormido con las especies que había oído
al padre, luego que dispertó se puso de pies, y en
camisa sobre la cama, y comenzó a predicar con mucha
gracia el sermón que había oído por
la noche, pero sin atar ni desatar, y repitiendo no más
que aquellas palabras más fáciles que podía
pronunciar su tiernecita lengua, como fuego, agua, campanas,
saquistán, tío Lázaro; y en lugar de
Picinelo, Pagnino y Vatablo, decía pañuelo,
pollino y buen nabo, porque aún no tenía fuerza
para pronunciar la l. Antón Zotes y su mujer quedaron
aturdidos. Diéronle mil besos, dispertaron al padre
colegial, llamaron al cura, dijeron al niño que repitiese
el sermón delante de ellos, y él lo hizo con
tanto donaire y donosura, que el cura le dio un ochavo para
avellanas, el fraile seis chochos, su madre un poco de turrón
de Villada, que había traído de una romería;
y, contando la buena de la Catanla la profecía del
bendito lego (así le llamaba ella), todos convinieron
en que aquel niño había de ser gran predicador,
y que sin perder tiempo era menester ponerle a la escuela
de Villaornate, donde había un maestro muy famoso.
 Capítulo V
De los disparates que aprendió en la escuela de
Villaornate
Éralo un cojo, el cual, siendo de diez
años, se había quebrado una pierna por ir a
coger un nido. Había sido discípulo en León
de un maestro famoso, que de un rasgo hacía una pájara,
de otro un pabellón, y, con una A o una M al principio
de una carta, cubría toda aquella primera llana de
garambainas. Hacía carteles que dedicaba a grandes
personajes, los cuales por lo común se los pagaban
bien; y, aunque le llamaban por esto el maestro Socaliñas,
a él se le daba poco de los murmuradores, y no por
eso dejaba de hacer sus ridículos cortejos. Sobre
todo era eminente en dibujar aquellos carteles que llaman
de letras de humo, y, con efecto, pintaba un Alabado que
podía arder en un candil. De este insigne maestro
fue discípulo el cojo de Villaornate, y era fama que
por lo menos había salido tan primoroso garambainista
como su mismo maestro. 2. Siendo cosa averiguada que los
cojos por lo común son ladinos y avisados, este tal
cojo de quien vamos hablando no era lerdo, aunque picaba
un poco en presumido y en extravagante. Como salió
tan buen pendolista, desde luego hizo ánimo a seguir
la carrera de las escuelas; esto es, a ser maestro de niños,
y para soltarse en la letra, se acomodó por dos o
tres años de escribiente con el notario de la vicaría
de San Millán, el cual era hombre curioso y tenía
algunos libros romancistas, unos buenos y otros malos. Entre
éstos había tres libritos de ortografía,
cuyos autores seguían rumbos diferentes y aun opuestos,
queriendo uno que se escribiese según la etimología
o derivación de las voces, otro defendiendo que se
había de escribir como se pronunciaba, y otro que
se debía seguir la costumbre. Cada uno alegaba por
su parte razones, ejemplos, autoridades, citando academias,
diccionarios, lexicones ex omni lingua, tribu, populo et
natione; y cada cual esforzaba su partido con el mayor empeño,
como si de este punto dependiera la conservación o
el trastornamiento y ruina universal de todo el orbe literario,
conviniendo todos tres en que la ortografía era la
verdadera clavis scientiarum, el fundamento de todo el buen
saber, la puerta principal del templo de Minerva, y que si
alguno entraba en él sin ser buen ortografista, entraba
por la puerta falsa, no habiendo en el mundo cosa más
lastimosa que el que se llamasen escritores los que no sabían
escribir. Sobre este pie metía cada autor una zambra
de todos los diantres en defensa de su particular opinión.
Al etimologista y derivativo se le partía el corazón
de dolor viendo a innumerables españoles indignos
que escribían España sin H, en gravísimo
deshonor de la gloria de su misma patria, siendo así
que se deriva de Hispania, y ésta de Hispaan, aquel
héroe que hizo tantas proezas en la caza de conejos,
de donde en lengua púnica se vino a llamar Hispania toda tierra donde había mucha gazapina. Y si se quiere
que se derive de Héspero,aún tiene origen
y cuna más brillante, pues no viene menos que del
lucero vespertino, que es ayuda de cámara del Sol
cuando se acuesta y le sirve el gorro para dormir; el cual
a ojos vistas se ve que está en el territorio celestial
de nuestra amada patria; y quitándola a ésta
la H con sacrílega impiedad, oscureciose todo
el esplendor de su clarísimo origen. ¡Y los que hacen
esto se han de llamar españoles! ¡Oh indignidad! ¡Oh
indecencia! 3. Pero donde perdía todos los estribos
de la paciencia y aun de la razón, era en la torpe,
en la bárbara, en la escandalosa costumbre o corruptela
de haber introducido la y griega, cuando servía de
conjunción, en lugar de la i latina, que sobre ser
más pulida y más pelada tenía más
parentesco con el et de la misma lengua, de donde tomamos
nosotros nuestra i. Fuera de que la y griega tiene una figura
basta, rústica y grosera, pues se parece a la horquilla
con que los labradores cargan los haces en el carro; y, aunque
no fuera más que por esta gravísima razón,
debía desterrarse de toda escritura culta y aseada.
-Por esto -decía dicho etimologista- siempre que
leo en algún autor y Pedro, y Juan, y Diego, en lugar
de i Diego, i Pedro, i Juan, se me revuelven las tripas,
se me conmueven de rabia las entrañas, i no me puedo
contener sin decir entre dientes hi de pu... I al contrario,
no me harto de echar mil bendiciones a aquellos celebérrimos
autores que saben cuál es su i derecha, i entre otros
a dos catedráticos de dos famosas universidades, ambos
inmortal honor de nuestro siglo i envidia de los futuros,
los cuales en sus dos importantísimos tratados de
ortografía han trabajado con glorioso empeño
en restituir la i latina al trono de sus antepasados; por
lo cual digo i diré mil veces que son benditos entre
todos los benditos. 4. No le iba en zaga el otro autor que,
despreciando la etimología y la derivación,
pretendía que en las lenguas vivas se debía
escribir como se hablaba, sin quitar ni añadir letra
alguna que no se pronunciase. Era gusto ver cómo se
encendía, cómo se irritaba, cómo se
enfurecía contra la introducción de tantas
hh, nn, ss y otras letras impertinentes que no suenan en
nuestra pronunciación. -Aquí de Dios y del
Rey -decía el tal autor, que no parecía sino
portugués en lo fanfarrón y en lo arrogante-;
si pronunciamos ombre, onra, ijo, sin aspiración ni
alforjas, ¿a qué ton emos de pegar a estas palabras
aquella h arrimadiza, que no es letra ni calabaza, sino un
recuerdo, o un punto aspirativo? Y si se debe aspirar con
la h siempre que se pone, ¿por qué nos reímos
del andaluz cuando pronuncia jijo, jonra, jombre? Una de
dos: o él jabla bien, o nosotros escribimos mal. Pues
¿qué diré de las nn, ss, rr, pp y demás
letras dobles que desperdiciamos lo más lastimosamente
del mundo? Si suena lo mismo pasión con una s que
con dos, inocente con una n que con dos, Filipo con una p
que con dos, ut quid perditio haec? Que doblemos las letras
en aquellas palabras en que se pronuncian con particular
fortaleza, o en las cuales, si no se doblan, se puede confundir
su significado con otro, como en perro para distinguirle
de pero, en parro para diferenciarle de paro, y en cerro para que no se equivoque con cero, vaya; pero en buro, que
ya se sabe lo que es y no puede equivocarse con otro algún
significado, ¿para qué emos de gastar una r más,
que después puede acernos falta para mil cosas? ¿Es
esto más que gastar tinta, papel y tiempo contra todas
las reglas de la buena economía? No digo nada de la
prodigalidad con que malbaratamos un prodigioso caudal de
uu, que para nada nos sirven a nosotros, y con las cuales
se podían remediar muchísimas pobres naciones
que no tienen una u que llegar a la boca. Verbigracia: en
qué, en por qué, en para qué, en quiero,
et reliquia. ¿No me dirán ustedes qué falta
nos ace la u, puesto que no se pronuncia? ¿Estaría
peor escrito qiero, qé, por qé, para qé, etcétera? Añado que, como la misma q lleva
envuelta en su misma pronunciación la u, podíamos
aorrar muchísimo caudal de uu para una urgencia, aun
en aquellas voces en que claramente suena esta letra; porque,
¿qé inconveniente tendría qe escribiésemos
qerno, qando, qales, para pronunciar querno, quando, quales?
Aún hay más en la materia: puesto que la k tiene la misma fuerza que la q, todas las veces que la u
no se declara, distingamos de tiempos y concordaremos derechos;
quiero decir, desterremos la q de todas aquellas palabras
en que no se pronuncia la u, y valgámonos de la k,
pues aunque así se parecerá la escritura a
los kiries de la misa, no perderá nada por eso. Vaya
un verbigracia de toda esta ortografía: 5. »El ombre
ke kiera escribir coretamente, uya qanto pudiere de escribir
akellas letras ke no se egspresan en la pronunciación;
porke es desonra de la pluma, ke debe ser buena ija de la
lengua, no aprender lo ke la enseña su madre, etc.
Cuéntense las uu que se aorran en sólo este
período, y por aquí se sacará las que
se podían aorrar al cabo del año en libros,
instrumentos y cartas; y luego extrañarán que
se haya encarecido el papel. 6. Por el contrario, el ortografista
que era de opinión que en esto de escribir se había
de seguir la costumbre, no se metía en dibujos; y
haciendo gran burla de los que gastaban el calor natural
en estas bagatelas, decía que en escribiendo como
habían escrito nuestros abuelos, se cumplía
bastantemente; y más, cuando en esto de ortografía
hasta ahora no se habían establecido principios ciertos
y generalmente admitidos, más que unos pocos, y que
en lo restante cada uno fingía los que se le antojaba.
El cojo que, como ya dijimos, era un si es no es muchísimo
extravagante, leyó todos los tres tratados; y como
vio que la materia tenía mucho de arbitraria, y que
cada cual discurría según los senderos de su
corazón, le vino a la imaginación un extraño
pensamiento. Pareciole que él tenía
tanto caudal como cualquiera para ser inventor, fundador
y patriarca de un nuevo sistema ortográfico; y aun
se lisonjeó su vanidad, que acaso daría con
uno jamás oído ni imaginado que fuese más
racional y más justo que todos los descubiertos; figurándosele
que si acertaba con él se haría el maestro
de niños más famoso que había habido
en el mundo, desde la fundación de las escuelas hasta
la institución de los esculapios inclusive. 7. Con
esta idea comenzó a razonar allá para consigo,
diciéndose a sí mismo: -¡Válgame Dios!
Las palabras son imágenes de los conceptos, y las
letras se inventaron para ser representación de las
palabras; conque, por fin y postre, ellas también
vienen a ser representación de los conceptos. Pues
ahora, aquellas letras que representaren mejor lo que se
concibe, ésas serán las más propias
y adecuadas; y así, cuando yo concibo una cosa pequeña,
la debo escribir con letra pequeña, y cuando grande,
con letra grande. Verbigracia: ¿qué cosa más
impertinente que, hablando de una Pierna de Vaca, escribirla
con una p tan pequeña como si se hablara de una pierna
de hormiga, y tratando de un Monte, usar una m tan ruin como
si tratara de un mosquito? Esto no se puede tolerar, y ha
sido una inadvertencia fatal y crasísima de todos
cuantos han escrito hasta aquí. ¿Hay una cosa más
graciosa o, por mejor decir, más ridícula que
igualar a Zaqueo en la z con Zorobabel y con Zabulón,
siendo así que consta de la Escritura que el primero
era pequeñito y casi enano, y los otros dos, cualquiera
hombre de juicio los concibe por lo menos tan grandes y tan
corpulentos como el mayor gigantón del día
del Corpus? Porque pensar que no llenaban tanto espacio de
aire como llenan de boca, proportine servata, es cuento de
niños. Pues ve aquí, ¡que salgan Zaqueo y Zabulón
en un escrito y que, siendo o habiendo sido en sí
mismos tan desiguales en el tamaño, han de parecer
iguales en la escritura! ¡Vaya, que es un grandísimo
despropósito! Ítem: si se habla de un hombre
en quien todas las cosas fueron grandes, como si dijéramos
un San Agustín, ponderando su talento, su genio, su
comprehensión, ¿hemos de escribir y pintar en el papel
estas agigantadas prendas con unas letricas tan menudas y
tan indivisibles, como si habláramos, por comparanza,
de las del autor del poema épico de la vida de San
Antón y otros de la misma calaña? Eso sería
cosa ridícula y aun ofensiva a la grandeza de un Santo
Padre de tanta magnitud. Fuera de que, ¿dónde puede
haber mayor primor que el hacer que cualquiera lector, sólo
con abrir un libro y antes de leer ni una sola palabra, conozca,
por el mismo tamaño y multitud de las letras grandes,
que allí se trata de cosas grandiosas, magníficas
y abultadas; y al contrario, en viendo que todas las letras
son de estatura regular, menos tal cual que sobresale a trechos
como los pendones en la procesión, cierre incontinenti
el libro y no pierda tiempo en leerle, conociendo desde luego
que no se contienen en él sino cosas muy ordinarias
y comunes? Quiero explicar esto con el ejemplo de un estupendo
sermón predicado al mismo San Agustín, el mejor
que he oído, ni pienso oír en los días
de mi vida. Preguntaba el predicador por qué a San
Agustín se le llamaba el Gran Padre de la Iglesia,
y a ningún otro Santo Padre ni Doctor de ella se le
daba este epíteto. (Así decía él.)
Y respondió: 8. »"Porque mi Agustino no sólo
fue Gran Padre, sino Gran Madre y Gran Abuelo de la Iglesia.
Gran Padre, porque antes de su Conversión tuvo muchos
Hijos, aunque no se le logró más que uno. Gran
Madre, porque Concibió y Parió muchos Libros.
Gran Abuelo, porque Engendró a los Ermitaños
de San Agustín, y los Ermitaños de San Agustín
engendraron después todas las Religiones mendicantes,
que siguen su Santa Regla, las cuales todas son Nietas del
Grande Agustino. Y note de paso el discreto que la Regla
destruye la Maternidad, y la Regla fue la que aseguró
la Paternidad de mi Gran Padre. Magnus Parens". 9.
»Este trozo de sermón, que oí con estos mismísimos
oídos que han de comer la tierra, y un pobre ignorante
y mentecato, aunque tenía crédito de gran letrado
y hombre maduro, trató de puerco, sucio, hediondo
y digno del fuego; pero a mí me pareció, y
hoy me lo parece, la cosa mayor del mundo: digo que este
trozo de sermón, escrito como está escrito,
esto es, con letras mayúsculas y garrafales en todo
lo que toca a San Agustín, desde la primera vista
llama la atención del lector y le hace conocer que
allí se contienen cosas grandes, y sin poderse contener
luego se abalanza a leerlo. Cuando al contrario, si estuviera
escrito con letras ordinarias, no pararía mientes
en él, y quizá le arrimaría sin haber
leído un letra. Así que en esta mi ortografía
se logra, lo primero, la propiedad de las letras con los
conceptos que representan; lo segundo, el decoro de las personas
de quien se trata; lo tercero, el llamar la atención
de los lectores. Y podía añadir lo cuarto,
que también se logra la hermosura del mismo escrito;
porque son las letras grandes en el papel lo que los árboles
en la huerta, que la amenizan y la agracian, y desde luego
da a entender que aquélla es huerta de señor,
cuando un libro todo de letras iguales y pequeñas
parece huerta de verdura y hortaliza, que es cosa de frailes
y gente ordinaria. 10. Con estas disparatadas consideraciones
se enamoró tanto el extravagante cojo de su ideada
ortografía, que resolvió seguirla, entablarla
y enseñarla. Y habiendo vacado por aquel tiempo la
escuela de Villaornate, por ascenso del maestro actual a
fiel de fechos de Cojeces de Abajo, la pretendió y
la logró a dos paletadas, porque ya había cobrado
mucha fama en toda la tierra con ocasión de los litigantes
que acudían a la vicaría. Llovían niños
como paja de todo el contorno a la fama de tan estupendo
maestro; y Antón Zotes y su mujer resolvieron enviar
allá a su Gerundico, para que no se malograse la viveza
que mostraba. El cojo le hizo mil caricias, y desde luego
comenzó a distinguirle entre todos los demás
niños. Sentábale junto a sí, hacíale
punteros, limpiábale los mocos, dábale avellanas
y mondaduras de peras; y cuando el niño tenía
gana de proveerse, el mismo maestro le soltaba los dos cuartos
traseros de las bragas (porque consta de instrumentos de
aquel tiempo que eran abiertas), y arremangándole
la camisita, le llevaba en esta postura hasta el corral,
donde el chicuelo hacía lo que había menester.
No era oro todo lo que relucía, y el bellaco del cojo
sabía bien que no echaba en saco roto los cariños
que hacía a Gerundico, porque a los buenos de sus
padres se les caía con esto la baba; y además
de pagarle muy puntualmente el real del mes, la rosca del
sábado que llevaba su hijo era la primera y la mayor,
y siempre acompañada con dos huevos de pava, que no
parecían sino mesmamente como dos bolas de trucos.
Amén de eso, en tiempo de matanza eran corrientes
y seguras tres morcillas, con un buen pedazo de solomo; esto
sin entrar en cuenta la morcilla cagalar, con dos buenas
varas de longaniza, que era el colgajo del día de
San Martín, nombre que tenía el maestro. Y
cuando paría señora (así llamaban los
niños a la maestra), era cosa sabida que la tía
Catanla la regalaba con dos gallinas, las más gordas
que había en todo su gallinero, y con una libra de
bizcochos, que se traían exprofesamente de la confitería
de Villamañán. Con esto se esmeraban maestro
y maestra en acariciar al niño, tanto, que la maestra
todos los sábados le cortaba las uñas, y de
quince en quince días le espulgaba la cabeza y sacaba
las liendres.
 Capítulo VI
En que se parte el capítulo quinto, porque ya va
largo
Pues con este cuidado que el maestro tenía
de Gerundico, con la aplicación del niño y
con su viveza e ingenio, que realmente le tenía, aprendió
fácilmente y presto todo cuando le enseñaban.
Su desgracia fue que siempre le deparó la suerte maestros
estrafalarios y estrambóticos como el cojo, que en
todas las facultades le enseñaban mil sandeces, formándole
desde niño un gusto tan particular a todo lo ridículo,
impertinente y extravagante, que jamás hubo forma
de quitársele. Y aunque muchas veces se encontró
con sujetos hábiles, cuerdos y maduros, que intentaron
abrirle los ojos para que distinguiese lo bueno de lo malo
(como se verá en el discurso de esta puntual historia),
nunca fue posible apearle de su capricho: tanta impresión
habían hecho en su ánimo los primeros disparates.
El cojo los inventaba cada día mayores; y habiendo
leído en un libro, que se intitula Maestro del maestro
de niños, que éste debe poner particular cuidado
en enseñarlos la lengua propia, nativa y materna con
pureza y con propiedad, por cuanto enseña la experiencia
que la incongruidad, barbarismos y solecismos con que la
hablan toda la vida muchos nacionales dependen de los malos
modos, impropiedades y frases desacertadas que se les pegan
cuando niños, él hacía grandísimo
estudio de enseñarlos a hablar bien la lengua castellana.
Pero era el caso que él mismo no la podía hablar
peor; porque, como era tan presumido y tan exótico
en el modo de concebir, así como había inventado
una extravagantísima ortografía, así
también se le había puesto en la cabeza que
podía inventar una lengua no menos extravagante.
2. Mientras fue escribiente del notario de San Millán,
había notado en varios procesos que se decía
así: cuarto testigo examinado, María Gavilán;
octavo testigo examinado, Sebastiana Palomo. Esto le chocaba
infinitamente, porque decía que si los hombres eran
testigos, las mujeres se habían de llamar testigas,
pues lo contrario era confundir los sexos, y parecía
romance de vizcaíno. De la misma manera no podía
sufrir que el autor de la Vida de Santa Catalina dijese Catalina,
sujeto de nuestra historia; pareciéndole que Catalina
y sujeto eran mala concordancia, pues venía a ser
lo mismo que si se dijera Catalina, el hombre de nuestra
historia, siendo cosa averiguada que solamente los hombres
se deben llamar sujetos, y las mujeres sujetas. Pues, ¿qué,
cuando encontraba en un libro, era una mujer no común,
era un gigante? Entonces perdía los estribos de la
paciencia, y decía a sus chicos todo en cólera
y furioso: -Ya no falta más sino que nos quiten las
barbas y los calzones, y se los pongan a las mujeres. ¿Por
qué no se dirá era una mujer no comuna, era
una giganta? Y por esta misma
regla los enseñaba que nunca dijesen el alma, el arte,
el agua, sino la alma, la agua, la arte, pues lo contrario
era ridicularia, como dice el indigesto y docto Barbadiño.
3. Sobre todo, estaba de malísimo humor con aquellos
verbos y nombres de la lengua castellana que comenzaban con
arre, como arrepentirse, arremangarse, arreglarse, arreo,
etcétera, jurando y perjurando que no había
de parar hasta desterrarlos de todos los dominios de España,
porque era imposible que no los hubiesen introducido en ella
algunos arrieros de los que conducían el bagaje de
los godos y de los árabes. Decía a sus niños
que hablar de esta manera era mala crianza, porque era tratar
de burros o de machos a las personas. Y a este propósito
los contaba que, yendo un padre maestro de cierta religión
por Salamanca y llevando por compañero a un frailecito
irlandés recién trasplantado de Irlanda, que
aún no entendía bien nuestra lengua, encontraron
en la calle del Río muchos aguadores con sus burros
delante, que iban diciendo arre, arre. Preguntó el
irlandesillo al padre maestro qué quería decir
are, pronunciando la r blandamente, como lo acostumbran los
extranjeros. Respondiole el maestro que aquello quería
decir que anduviesen los burros adelante. A poco trecho después
encontró el maestro a un amigo suyo, con quien se
paró a parlar en medio de la calle. La conversación
iba algo larga, cansábase el irlandés, y no
sabiendo otro modo de explicarse, cogió de la manga
a su compañero, y le dijo con mucha gracia: «Are,
padre maestro, are»; lo cual se celebró con grande
risa en Salamanca. -Pues ahora -decía el cojo hecho
un veneno-, que el arre vaya solo, que vaya con la comitiva
y acompañamiento de otras letras, siempre es arre,
y siempre es una grandísima desvergüenza y descortesía
que a los racionales nos traten de esta manera. Y así
tenga entendido todo aquel que me arreare las orejas, que
yo le he de arrear a él el cu... -y acabólo
de pronunciar redondamente. A este tiempo le vino gana de
hacer cierto menester a un niño, que todavía
andaba en sayas. Fuese delante de la mesa donde estaba el
maestro, puso las manicas y le pidió la caca con grandísima
inocencia, pero le dijo que no sabía arremangarse.
-Pues yo te enseñaré,
grandísimo bellaco -le respondió el cojo enfurecido.
Y diciendo y haciendo, le levantó las faldas y le
asentó unos buenos azotes, repitiéndole a cada
uno de ellos: -Anda, para que otra vez no vengas a arremangarnos
los livianos. 4. Todas estas lecciones las tomaba de memoria
admirablemente nuestro Gerundico; y como, por otra parte,
en poco más de un año aprendió a leer
por libro, por carta y por proceso, y aun a hacer palotes
y a escribir de a ocho, el maestro se empeñó
en cultivarle más y más, enseñándole
lo más recóndito que él mismo sabía,
y con lo que lo había lucido en más de dos
convites de cofradía, asistiendo a la mesa algunos
curas que eran tenidos por los mayores moralistones de toda
la comarca; y uno, que tenía en la uña todo
el Lárraga y era un hombre que se perdía de
vista, se quedó embobado habiéndole oído
en cierta ocasión. 5. Fue, pues, el caso, que, como
la fortuna o la mala trampa deparaban al buen cojo todas
las cosas ridículas, y él tenía tanta
habilidad para que lo fuesen en su boca las más discretas,
por no saber entenderlas ni aprovecharse de ellas, llegó
a sus manos, no se sabe cómo, una comedia castellana
intitulada El villano caballero, que es copia mal sacada
y peor zurcida de otra que escribió en francés
el incomparable Molière, casi con el mismo título.
En ella se hace una graciosísima burla de aquellos
maestros pedantes que pierden el tiempo en enseñar
a los niños cosas impertinentes y ridículas,
que tanto importa ignorarlas como saberlas; y para esto se
introduce al maestro o al preceptor del repentino caballero,
que con grande aparato y ostentación de voces, le
enseña cómo se pronuncian las letras vocales
y las consonantes. El cojo de mis pecados tomó de
memoria todo aquel chistosísimo pasaje; y como era
tan cojo de entendederas como de pies, entendiole
con la mayor seriedad del mundo, y la que en realidad no
es más que una delicadísima sátira,
se le representó como una lección tan importante,
que sin ella no podía haber maestro de niños
que en Dios y en conciencia mereciese serlo. 6. Un día,
pues, habiendo corregido las planas más aprisa de
lo acostumbrado, llamó a Gerundico, hízole
poner en pie delante de la mesa, tocó la campanilla
a silencio, intimó atención a todos los muchachos,
y dirigiendo la palabra al niño Gerundio, le preguntó
con mucha gravedad: -Dime, hijo, ¿cuántas son las
letras? Respondió el niño prontamente: -Señor
maestro, yo no lo sé, porque no las he contado. -Pues
has de saber -continuó el cojo- que son veinte y cuatro;
y si no, cuéntalas. Contolas el niño
y dijo con intrepidez: -Señor maestro, en mi cartilla
salen veinte y cinco. -Eres un tonto -le replicó
el maestro-, porque las dos A a primeras no son más
que una letra con forma o con figura diferente. Conoció
que se había cortado el chico, y para alentarle añadió:
-No extraño que siendo tú un niño,
y no habiendo más que un año que andas a la
escuela, no supieses el número de las letras, porque
hombres conozco yo que están llenos de canas, se llaman
doctísimos y se ven en grandes puestos, y no saben
cuántas son las letras del abecedario. Pero, ¡así
anda el mundo! Y al decir esto, arrancó un profundísimo
suspiro. -La culpa de esta fatal ignorancia la tienen las
repúblicas y los magistrados, que admiten para maestros
de escuela a unos idiotas que no valían aun para monacillos;
pero esto no es para vosotros ni para aquí; tiempo
vendrá en que sabrá el rey lo que pasa. Vamos
adelante. 7. »De estas veinte y cuatro letras, unas se llaman
vocales, y otras consonantes. Las vocales son cinco: a, e,
i, o, u. Llámanse vocales porque se pronuncian con
la boca. -Pues, ¿acaso las otras, señor maestro -le
interrumpió Gerundico con su natural viveza-, se pronuncian
con el cu...? -y díjolo por entero. Los muchachos
se rieron mucho; el cojo se corrió un poco; pero,
tomándolo a gracia, se contentó con ponerse
un poco serio, diciéndole: -No seas intrépido,
y déjame acabar lo que iba a decir. Digo, pues, que
las vocales se llaman así, porque se pronuncian con
la boca, y puramente con la voz, pero las consonantes se
pronuncian con otras vocales. Esto se explica mejor con los
ejemplos. A, primera vocal, se pronuncia abriendo mucho la
boca: a. Luego que oyó
esto Gerundico, abrió su boquita, y mirando a todas
partes, repetía muchas veces: -A, a, a; tiene razón
el señor maestro. Y éste prosiguió:
-La e se pronuncia acercando la mandíbula inferior
a la superior, esto es, la quijada de abajo a la de arriba:
e. -A ver, a ver cómo
lo hago yo, señor maestro -dijo el niño-: e,
e, e, a, a, a, e. ¡Jesús, y qué cosa tan buena!
-La i se pronuncia acercando más las quijadas una
a otra, y retirando igualmente las dos extremidades de la
boca hacia las orejas: i, i. -Deje usted, a ver si yo sé
hacerlo: i, i, i. -Ni más ni menos, hijo mío,
y pronuncias la i a la perfección. La o se forma abriendo
las quijadas, y después juntando los labios por los
extremos, sacándolos un poco hacia fuera, y formando
la misma figura de ellos como una cosa redonda, que representa
una o. Gerundillo, con su acostumbrada intrepidez, luego
comenzó a hacer la prueba y a gritar: o, o, o. El
maestro quiso saber si los demás muchachos habían
aprendido también las importantísimas lecciones
que los acababa de enseñar, y mandó que todos
a un tiempo y en voz alta pronunciasen las letras que les
había explicado. Al punto se oyó una gritería,
una confusión y una algarabía de todos los
diantres: unos gritaban a, a; otros e, e; otros i, i; otros
o, o. El cojo andaba de banco en banco, mirando a unos, observando
a otros y enmendando a todos: a éste le abría
más las mandíbulas; a aquél se las cerraba
un poco; a uno le plegaba los labios; a otro se los descosía;
y en fin, era tal la gritería, la confusión
y la zambra, que parecía la escuela ni más
ni menos al coro de la Santa Iglesia de Toledo en las vísperas
de la Expectación. 8. Bien atestada la cabeza de
estas impertinencias, y muy aprovechado en necedades y en
extravagancias, leyendo mal y escribiendo peor, se volvió
nuestro Gerundio a Campazas; porque el maestro había
dicho a sus padres que ya era cargo de conciencia tenerle
más tiempo en la escuela, siendo un muchacho que se
perdía de vista, y encargándoles que no dejasen
de ponerle luego a la gramática, porque había
de ser la honra de la tierra. La misma noche que llegó
hizo nuestro escolín ostentación de sus habilidades
y de lo mucho que había aprendido en la escuela, delante
de sus padres, del cura del lugar y de un fraile que iba
con obediencia a otro convento, porque de éstos apenas
se limpiaba la casa. Gerundico preguntó al cura:
-¿A que no sabe usted cuántas son las letras de la
cartilla? El cura se cortó oyendo una pregunta que
jamás se la habían hecho, y respondió:
-Hijo, yo nunca las he contado. -Pues cuéntelas
usted -prosiguió el chico- ¿y va un ochavo a que,
aun después de haberlas contado, no sabe cuántas
son? Contó el cura veinte y cinco, después
de haberse errado dos veces en el a, b, c, y el niño,
dando muchas palmadas, decía: -¡Ay, ay!, que le cogí,
que le gané, porque cuenta por dos letras las dos
A a primeras, y no es más que una letra escrita de
dos modos diferentes. Después preguntó al
padre: -¿Vaya otro ochavo a que no me dice usted cómo
se escribe burro, con b pequeña, o con B grande?
-Hijo -respondió el buen religioso-, yo siempre le
he visto escrito con b pequeña. -¡No señor!
¡No, señor! -le replicó el muchacho-. Si el
burro es pequeñito y anda todavía a la escuela,
se escribe con b pequeña; pero si es un burro grande,
como el burro de mi padre, se escribe con B grande; porque
dice señor maestro que las cosas se han de escribir
como ellas son, y que por eso una pierna de vaca se ha de
escribir con una P mayor que una pierna de carnero. A todos
les hizo gran fuerza la razón, y no quedaron menos
admirados de la profunda sabiduría del maestro, que
del adelantamiento del discípulo; y el buen padre
confesó que, aunque había cursado en las dos
Universidades de Salamanca y Valladolid, jamás había
oído en ellas cosa semejante. Y vuelto a Antón
Zotes y a su mujer, los dijo muy ponderado: -Señores
hermanos, no tienen que arrepentirse de lo que han gastado
con el maestro de Villaornate, porque lo han empleado bien.
Cuando el niño oyó arrepentirse, comenzó
a hacer grandes aspamientos, y a decir: -¡Jesús!
¡Jesús! ¡Qué mala palabra, arrepentirse! ¡No,
señor! ¡No, señor! No se dice arrepentirse,
ni cosa que lleve arre; que eso, dice señor maestro,
que es bueno para los burros, o para las ruecas. -Recuas querrás decir, hijo -le interrumpió Antón
Zotes, cayéndole la baba. -Sí, señor,
para las recuas, y no para los cristianos, los cuales debemos
decir enrepentir, enremangar, enreglar el papel, y cosas
semejantes. El cura estaba aturdido, el religioso se hacía
cruces, la buena de la Catanla lloraba de gozo, y Antón
Zotes no se pudo contener sin exclamar: -¡Vaya, que es una
bobada! -que es la frase con que se pondera en Campos una
cosa nunca vista ni oída. 9. Como Gerundico vio el
aplauso con que se celebraron sus agudezas, quiso echar todos
los registros; y volviéndose segunda vez al cura,
le dijo: -Señor cura, pregúnteme usted de
las vocales y de las consonantes. El cura, que no entendía
palabra de lo que el niño quería decir, le
respondió: -¿De qué brocales, hijo? ¿Del brocal
del pozo del Humilladero, y del otro que está junto
a la ermita de San Blas? -No, señor, de las letras
consonantes y de las letras vocales. Cortose el bueno
del cura, confesando que a él nunca le habían
enseñado cosas tan hondas. -Pues a mí, sí
-continuó el niño. Y de rabo a oreja, sin
faltarle punto ni coma, los encajó toda la ridícula
arenga que había oído al cojo de su maestro
sobre las letras vocales y consonantes; y en acabando, para
ver si la habían entendido, dijo a su madre: -Madrica,
¿cómo se pronuncia la a? -Hijo, ¿cómo se ha
de pronunciar? Así: a, abriendo la boca. -No, madre;
pero ¿cómo se abre la boca? -¿Cómo se ha de
abrir, hijo? De esta manera: a. -Que no es eso, señora;
pero cuando usted la abre para pronunciar la a, ¿qué
es lo que hace? -Abrirla, hijo mío -respondió
la bonísima Catanla. -¡Abrirla! Eso cualquiera lo
dice. También se abre para pronunciar e, y para pronunciar i, o, u, y entonces no se pronuncia a. Mire usté,
para pronunciar a, se baja una quijada y se levanta otra,
de esta manera. Y cogiendo con sus manos las mandíbulas
de la madre, la bajaba la inferior y la subía la superior,
diciéndola que cuanto más abriese la boca,
mayor sería la a que pronunciaría. Hizo después
que el padre pronunciase la e, el cura la i, el fraile la
o, y él escogió por la más dificultosa
de todas la pronunciación de la u, encargándolos
que todos a un tiempo pronunciasen la letra que tocaba a
cada uno, levantando la voz todo cuanto pudiesen y observando
unos a otros la postura de la boca, para que viesen la puntualidad
de las reglas que le había enseñado el señor
maestro. El metal de las voces era muy diferente: porque
la tía Catanla la tenía hombruna y carraspeña;
Antón Zotes, clueca y algo aternerada; el cura, gangosa
y tabacuna; el padre, que estaba ya aperdigado para vicario
de coro, corpulenta y becerril; Gerundico, atiplada y de
chillido. Comenzó cada uno a representar su papel
y a pronunciar su letra, levantando el grito a cuál
más podía: hundíase el cuarto, atronábase
la casa. Era noche de verano, y todo el lugar estaba tomando
el fresco a las puertas de la calle. Al estruendo y a la
algazara de la casa de Antón Zotes, acudieron todos
los vecinos, creyendo que se quemaba, o que había
sucedido alguna desgracia: entran en la sala, prosiguen los
gritos descompensados, ven aquellas figuras, y como ignoraban
lo que había pasado, juzgan que todos se han vuelto
locos. Ya iban a atarlos, cuando sucedió una cosa
nunca creída ni imaginada, que hizo cesar de repente
la gritería y por poco no convirtió la música
en responsos. Como la buena de la Catanla abría tanto
la boca para pronunciar su a, y naturaleza liberal la había
proveído de este órgano abundantísimamente,
siendo mujer que de un bocado se engullía una pera
de donguindo hasta el pezón, quiso su desgracia que
se la desencajó la mandíbula inferior tan descompasadamente,
que se quedó hecha un mascarón de retablo,
viéndosela toda la entrada del esófago y de
la traquiarteria, con los conductos salivales, tan clara
y distintamente, que el barbero dijo descubría hasta
los vasos linfáticos, donde excretaba la respiración.
Cesaron las voces, asustáronse todos, hiciéronse
mil diligencias para restituir la mandíbula a su lugar;
pero todas sin fruto, hasta que al barbero le ocurrió
cogerla de repente y darla por debajo de la barba un cachete
tan furioso, que se la volvió a encajar en su sitio
natural, bien que como estaba desprevenida, se mordió
un poco la lengua y escupió algo de sangre. Con esto
paró en risa la función; y habiéndose
instruido los concurrentes del motivo de ella, quedaron pasmados
de lo que sabía el niño Gerundio, y todos dijeron
a su padre que le diese estudios, porque sin duda había
de ser obispo.
 Capítulo VII
Estudia gramática con un dómine que, por
lo que toca al entendimiento, no se podía casar sin
dispensación con el cojo de Villaornate
En eso estaba
ya Antón Zotes; pero toda la duda era si le había
de enviar a Villagarcía, o a cierto lugar no distante
de Campazas, donde había un dómine que tenía
aturdida toda la tierra, y muchos decían que era mayor
latino que el famoso Taranilla. Pero la tía Catanla
se puso como una furia, diciendo que primero se había
de echar en un pozo que permitir que su hijo fuese a Villagarcía
a que se le matasen los teatinos; porque su marido toadía tenía las señales de una güelta de azotes
que le habían dado en junta de generales, sólo
porque de cuando en cuando bebía dos o tres azumbres
de vino más de las que llevaba su estógamo,
y porque se iba a divertir con las mozas del lugar, que todas
eran niñerías y cosas que las hacen los mozos
más honrados, sin que pierdan por eso casamiento ni
dejen de cumplir honradamente con la perroquia, como cualquiera
cristiano viejo. Con esto, por contentarla, se determinó
finalmente que el muchacho fuese a estudiar con el dómine;
y más, que Antón Zotes afirmaba con juramento
que sólo él había construido la elegante
dedicatoria de su hermano el gimnasiarca, sin errar punto:
cosa que no habían hecho los mayores moralistas de
todo el Páramo, ni ninguno de cuantos religiosos doctos
se habían hospedado en su casa, aunque algunos de
ellos habían sido definidores. 2. Luego, pues, que
llegó San Lucas, el mismo Antón llevó
a su hijo a presentársele y a recomendársele
al dómine. Era éste un hombre alto, derecho,
seco, cejijunto y populoso; de ojos hundidos, nariz adunca
y prolongada, barba negra, voz sonora, grave, pausada y ponderativa;
furioso tabaquista, y perpetuamente aforrado en un tabardo
talar de paño pardo, con uno entre becoquín
y casquete de cuero rayado, que en su primitiva fundación
había sido negro, pero ya era del mismo color que
el tabardo. Su conversación era taraceada de latín
y romance, citando a cada paso dichos, sentencias, hemistiquios
y versos enteros de poetas, oradores, historiadores y gramáticos
latinos antiguos y modernos, para apoyar cualquiera friolera.
Díjole Antón Zotes que aquel muchacho era hijo
suyo, y que, como padre, quería darle la mejor crianza
que pudiese. -Optime enim vero -le interrumpió luego
el dómine-, ésa es la primera obligación
de los padres, maxime cuando Dios les ha dado bastantes conveniencias.
Díjolo Plutarco: Nil antiquius, nil parentibus sanctius,
quam ut filiorum curam habeant: iis praesertim quos Pluto
non omnino insalutatos reliquit. Añadió
Antón Zotes que él había estudiado también
su poco de gramática, y quería que su hijo
la estudiase. -Qualis pater, talis filius -le replicó
el preceptor-, aunque mejor lo dijo el otro, hablando de
las madres y de las hijas:
| De meretrice puta, quod sit semper filia puta. | | | | Nam sequitur
leviter filia matris iter. | | |
Lo que ya vuestra merced ve cuán
fácilmente se puede acomodar a los hijos respecto
de los padres; y obiter sepa vuestra merced que a éstos
llamamos nosotros versos leoninos; porque así como
el león (animal rugibile le define el filósofo),
cuando enrosca la cola, viene a caer la extremidad de ella
(cauda caudae, cola de la cola la llamé yo en una
dedicatoria a la ciudad de León) sobre la mitad del
cuerpo o de la espalda de la rugible fiera; así la
cola del verso, que es la última palabra, como que
se enrosca y viene a caer sobre la mitad del mismo verso.
Nótelo vuestra merced en el hexámetro, puta-puta clavado; después en el pentámetro, iter-leviter,
de quien iter es eco. Porque, aunque un moderno (quos neotericos
dicimus cultissimi latinorum) quiera decir que esto de los
ecos es invención pueril, ridícula y de ayer
acá, pace tanti viri, le diré yo en sus mismas
barbas que ya en tiempo de Marcial era muy usado entre los
griegos, juxta illud: Nusquam Graecula quod recantat echo.
Y si fuera menester citar a Aristóteles, a Eurípides,
a Calímaco y aun al mismo Gauradas, que no porque
sea un poeta poco conocido deja de tener más de dos
mil años de antigüedad, yo le haría ver
luce meridiana clarius, si era o no era invención
moderna esto de los ecos; y luego le preguntaría si
era verisímil que inventase una cosa pueril y ridícula
un hombre que se llamaba Gauradas. O furor! O insania maledicendi!
3. -Pues, señor -prosiguió
Antón Zotes-, este niño muestra mucha viveza,
aunque no tiene más que diez años... -Aetas
humanioribus litteris aptissima -interrumpió el pedante-,
como dijo Justo Lipsio, y aun con mayor elegancia en otra
parte: decennis Romanae linguae elementis maturatus. Porque
si bien es verdad que de esa y aun de menor edad se han visto
en el mundo algunos niños que ya eran perfectos gramáticos,
retóricos y poetas (quos videre sis apud Anium Viterbiensem
de Praecocibus mentis partubus); pero ésos se llaman
con razón monstruos de la Naturaleza: monstrum, horrendum,
ingens. Y Quinto Horacio Flaco (quem Lyricorum Antistitem
extitisse, mortalium nemo iverit infitias) no gustaba de
esos frutos anticipados, pareciéndole que casi siempre
se malograban; y así solemne erat illi dicere: odi
puero praecoces fructus. -Y el cojo de Villaornate, que
fue su maestro... -iba a proseguir el buen Antón.
-Tenga vuestra merced -le cortó el enlatinizado dómine-.
Siste gradum, viator. ¿El cojo de Villaornate fue maestro
de este niño? -Sí, señor -respondió
el padre. -O fortunate nate! -exclamó el eruditísimo
preceptor-. ¡Oh niño mil veces afortunado! Muchos
cojos famosos celebró la antigüedad, como lo
habrá leído vuestra merced en el curiosísimo
tratado De claudis non claudicantibus, de los cojos que no
cojearon, tomando el presente por el pretérito, según
aquella figura retórica praesens pro praeterito, a
quien nosotros llamamos enálage: tratado que compuso
un preboste de los mercaderes de León de Francia,
llamado monsieur Pericón, porque, sépalo usted
de paso, en Francia hasta los pericones son monsieures y
pueden ser prebostes. Imo potius, sin recurrir a tiempos
antiguos, novissimis his temporibus, en nuestros días
hubo en la misma Francia un celebérrimo cojo, llamado
Gil Menage, que aunque no fue cojo natura sua, al fin, sea
como se fuese, él fue cojo real y verdadero, esto
es, cojo realiter, et a parte rei, como se explica con elegancia
el filósofo; y no obstante de ser cojo, él
era hombre sapientísimo: Sapientissimus claudorum
quotquot fuerunt, et erunt, que dijo doctamente Plinio el
Mozo. Pero, meo videri, en mi pobre juicio todos los cojos
antiguos y modernos fueron cojos de teta respecto del cojo
de Villaornate; hablo intra suos limites, en su línea
de maestro de niños, y por eso dije que este niño
había sido mil veces afortunado en tener al maestro:
O fortunate nate! 4. -No lo
es menos -prosiguió Antón Zotes- en que vuestra
merced lo sea suyo. -Non laudes hominem in vita sua; lauda
post mortem -dijo mesurado el dómine-. Son palabras
del Espíritu Santo, pero mejor lo dijo el profano:
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Post fatum laudare decet, dum gloria certa. | | |
-Señor
preceptor, ¿mejor que el Espíritu Santo? -le preguntó
Antón Zotes. -Pues, ¡qué! ¿Ahora se escandaliza
vuestra merced de eso? ¿Cuántas veces lo habr&a |