 Capítulo VII
Cánsase de hablar el beneficiado, saca la caja,
toma un polvo, estornuda, suénase, límpiase,
y prosigue la conversación
»De todo lo cual inferirá
usted, mi padre fray Gerundio, que el señor arcediano
Barbadiño habló con sobrada indigestión
en punto de filosofía de España; pues aunque
bien se pudiera ahorrar mucho de lo que en ella se enseña,
y emplearlo mejor sin salir de la materia, pero no se pierde
tanto tiempo como pondera su merced muy reverenda. Y al cabo,
el filósofo gasendista, el cartesiano, el newtoniano
y el aristotélico, algarabía más, algarabía
menos, todos salimos a nuestra algarabía. Pero bien
entendido que sin este tal cual estudio de la naturaleza
apenas se puede dar paso con acierto en las demás
sagradas facultades. 2. Atónito, estuvo oyendo el
pacientísimo fray Gerundio todo el largo razonamiento
del señor beneficiado, sin toser, sin escupir, sin
cespitar y aun sin pestañear sino una sola vez, allá
hacia el medio de la arenga, que se le puso una mosca de
burro sobre la ceja zurda, y se le pegó de modo que
le costó mucho trabajo el desprenderla. Pasmose
de lo que le había oído ensartar con la leve
ocasión de lo que le había preguntado acerca
del Barbadiño; y aunque zorroclonco, no dejó
de conocer que tenía razón en lo que había
dicho, pero que sobraba la mitad, y aun las tres partes y
media, para lo que pedía una conversación en
que no se trataba sino por incidencia acerca de este autor.
Pero como, en efecto, le había dado gusto todo lo
que acababa de oírle, y el empeño del frailecito
era escapar el cuerpo, si pudiese, a todo estudio escolástico,
por dedicarse cuanto antes al baratillo del verbum Dei, según
la instrucción del lego su catequista y de su héroe
el padre predicador mayor de la casa, quiso apurar del todo
la materia. Y pareciéndole que por lo menos lo que
decía el Barbadiño acerca de la teología
escolástica no tenía respuesta, le dijo: -Señor
beneficiado, todo lo que usted me acaba de explicar acerca
de la filosofía me parece lindamente; y aunque la
verdad sea dicha que en lo más de ello yo no he entendido
palabra, pero a mí me suena bien, y convengo en que
no hace daño saber un poco de filosofía, aunque
sea de la que nos enseñan por acá. Yo, bien
o mal, ya estoy para acabar mis tres años; y tanto
como hablar de materia primera, de formas sustanciales, de
unión, de compuesto in fieri, de principio quod y
quo, y así de otras zarandajas, ya me atreveré
a hacerlo como cualquiera arcipreste. Pero eso de pensar
nuestros padres en que me han de obligar a que estudie teología
escolástica, ¡tararira! No lo conseguirán,
aunque me emparedaran. 3. -¿Y por qué, amigo fray
Gerundio? -le preguntó el beneficiado. -¿Por qué?
Por las cosas que dice de la tal dichosa teología
el susodicho Barbadiño. -Pues, ¿qué dice?
-le replicó el bellacuelo del clérigo. -¿Qué
ha de decir? Mejor lo sabe usted que yo. Dice, lo primero,
que esta facultad se trata pésimamente en Portugal,
no sólo en los conventos, sino también en las
universidades. Y consiguientemente lo mismo dirá de
toda España, porque en toda ella no se trata de la
teología de otra manera que en Portugal. -Y eso,
¿cómo lo prueba, padre mío? -¿Cómo
lo ha de probar? Con una razón que no tiene respuesta;
porque dice que acá se estudian cuatro años
de teología, asistiéndose a cuatro cátedras,
en las cuales se explican cada año dos materias de
teología escolástica, una de moral, y otra
de Escritura a la que ningún estudiante concurre,
porque dicen que sólo es buena para los predicadores.
Y en esto, en verdad que tiene razón; porque en este
nuestro convento por lo menos, donde también hay estudios
de teología, yo no he visto otro modo de enseñarla,
y discurro que lo mismo sucederá en los demás.
-¿Y parécele a usted que eso basta -le preguntó
el beneficiado- para decir que se trata pésimamente
la teología? -A mí me parece que sí
-respondió fray Gerundio. -Pues a mí me parece
que no -replicó el beneficiado-; porque eso a lo sumo
probará que el método no es bueno; que al cabo
de los cuatro años es poca teología la que
se trata; que ocho materias o tratados escolásticos,
cuatro de moral y otros tantos de Escritura no bastan para
que el estudiante salga teólogo hecho, ni aun para
que tenga noticia de la vigésima parte de la teología.
Y en esto no iría descaminado; pero no prueba que
la teología, poca o mucha, que se trata, se trate
pésimamente, que es lo que suena su valiente y atrevida
proposición. Fuera de que no puede ignorar el Barbadiño
que en una de las célebres escuelas de España,
al cabo de los cuatro años, se estudian o se recorren
todos los tratados de la teología escolástica
por un famoso compendio que no le hizo ningún español,
sino un docto religioso francés, y por lo mismo será
de su aprobación. Si en otra de las escuelas no menos
célebres se observa el método que él
satiriza, será, o porque todavía no tiene un
compendio teológico según sus principios, de
su satisfacción y acomodo para el uso de los estudiantes,
o por otras razones que allá ella se tendría.
Pues al fin, como decía un alcalde de Villaornate,
«si es teatino y se ahogó, cuenta le tendría».
4. -¿Y qué me dice usted -le preguntó fray
Gerundio- de lo que añade poco después el mismo
Barbadiño? Que «el primer perjuicio o la primera preocupación
que saca el estudiante del método de las escuelas,
es persuadirse que la Escritura para nada sirve al teólogo».
Y el segundo «es estar en la persuasión de que no
hay otra teología en el mundo, sino cuatro cuestiones
de especulativa, y que todo lo demás son arengas y
ociosidades de extranjeros..., siendo ésta, en efecto,
la preocupación general de todos los teólogos
de este reino, y no rapaces o ignorantes, sino maestros y
hombres de barbas hasta la cintura». 5. -¿Qué quiere
usted que me parezca? -respondió el beneficiado-.
Que como el Barbadiño escribió la carta donde
estampó estos disparates (y es la XIV del segundo
tomo) cuando acababa de padecer ciertos vértigos,
o vertígenes, o vahídos, o como quisieren llamarlos,
según él mismo dice al principio de ella, y
debía de ser muy acosado de este accidente, por lo
que se reconoce en sus cartas, todavía parece que
le duraban algunas reliquias del vértigo cuando afirmó
dos proposiciones tan disparatadas con aquella osadía
que es tan natural al hombre. Yo estudiante he sido, y con
estudiantes he tratado en las tres Universidades de Salamanca,
Alcalá y Valladolid, donde se estudia la teología
escolástica, punto más, punto menos, con el
mismo método que en Coimbra. Pero hasta ahora no encontré
estudiante tan zopenco, que de dicho método sacase
la preocupación de persuadirse que la Escritura para
nada sirve al teólogo. ¿Ni cómo es posible
que alguno la sacase, a menos que padeciese vértigos,
viendo con sus mismos ojos que en toda la teología
escolástica no hay cuestión alguna, por especulativa,
por abstraída, por metafísica, por sutil o
por inútil que sea o parezca, la cual, bien o mal,
no se procure probar con la Escritura? Y si no, señale
siquiera una el Barbadiño. Aun la que él pone
repetidas veces por verbigracia de las que llama puerilidades
teológicas, conviene a saber: «Si el principio quo
generativo o productivo en el Padre y en el Hijo consiste
en predicado relativo, o absoluto», todos los autores que
siguen diferentes opiniones procuran fundar la suya en textos
de la Escritura. Pues, ¿qué estudiante ha de persuadirse
que la Escritura para nada sirve al teólogo, cuando
sin Escritura no encuentra siquiera una cuestión de
teología?
| Esto es saber hablar mal, | | | | por no saber hablar bien; | | | | y
esto es mentir magistral, | | | | por siempre jamás, amén. | | |
6. »El otro testimonio que
levanta el Barbadiño, no ya a los estudiantes rapaces,
sino a maestros con barbas hasta la cintura, de que están
en la persuasión de que no hay otra teología
en el mundo que cuatro cuestiones especulativas, no le va
en zaga al primero. Aquí donde usted me ve, sepa que
también corrí mi cachico de Portugal, donde
traté con lentes y mestres de teología que
regentaban as primeiras cadeiras del reino. En España
he rodado mucha bola, y, aunque indigno, pecador y vil gusano,
he conversado silla a silla y facha a facha con muchos padres
catedráticos, y hasta algunos padres lectores de la
legua; quiero decir, aquellos lectores in partibus, y como
de burlas, que son lectores titulares de conventos semipinzochos,
los cuales suelen ser más fieros y más entonados
que los mismos catedráticos. Digo que hasta algunos
de estos padres lectores de honor se han dignado darme puerta
y silla, tratándome con cariño y casi con amistad.
Pues certifico, y en caso necesario juraré in verbo
sacerdotis, que a ninguno, a ninguno he encontrado tan boto
de entendimiento, que no supiese muy bien que además
de la teología escolástica, o positiva, como
la llama siempre el padre de las barbas largas, hay la dogmativa,
la expositiva y la moral, a las que algunos añaden
como teología aparte la ascética o la mística;
y que todas estas cuatro o cinco teologías se dan
la mano unas a otras, de manera que tienen cierta dependencia
o conexión entre sí, y tanta, que ninguno puede
llamarse teólogo consumado si no está versado
más que medianamente en todas ellas. Es verdad que
suponen nuestros maestros (y por mí la cuenta si se
engañaren en esta suposición) que sin entender
más que a media rienda la teología escolástica,
hay grande peligro de desbarrar mucho en la dogmática,
de dar de hocicos en la expositiva, de no entender bien la
moral, y de escribir cien disparates en la ascética,
salva siempre la iluminación sobrenatural, que lo
suple todo. Esto es lo que he oído constantemente
a todos nuestros maestros, no sólo a aquellos que
tenían barbas hasta la cintura, pero aun a muchos
que apenas los apuntaba el bozo del magisterio, y aun a tal
cual que parecía capón en el fuero externo,
aunque delante de la cara de Dios sería lo que su
Majestad fuese servido. Pues, ¿dónde encontró
el señor padre Barbadiño esos maestros con
barbas hasta la cintura, que estaban persuadidos a que no
había otra teología en el mundo que cuatro
cuestiones especulativas? 7. -A lo menos -replicó
fray Gerundio- no me negará usted que tiene razón
en lo que añade más abajo. Que «todos los teólogos
escolásticos están tan satisfechos de su especulativa,
que dan al diantre a los extranjeros porque se desviaron
de ella..., y que no vio hasta ahora teólogo alguno
de los que abrazaron con todo su corazón el peripato,
que habiendo de proferir censura sobre los que introdujeron
el método moderno, tomase el trabajo de examinar bien
las razones en que se fundan los contrarios». 8. -¡Pobre
fray Gerundio -respondió el beneficiado-, y qué
bellas tragaderas que tiene! Si así engulle todo lo
que encuentra en los libros, morirá de repleción
de disparates. Muchos ensarta el Barbadiño en ese
par de cláusulas que le copia. Supone, lo primero,
que todos los extranjeros se desvían de la teología
especulativa; pues eso y no otra cosa quiere decir aquella
proposición indefinida y absoluta, de que los teólogos
escolásticos dan al diantre a los extranjeros porque
se desviaron de ella. Pero, ¿quién le ha dicho a su
paternidad barbadiña que todos los extranjeros se
desviaron, ni se desvían, de la teología escolástica?
Gonet y Contenson, dominicos, ¿fueron portugueses o andaluces?
Rhodes, Lesio, Tanero, jesuitas, ¿fueron asturianos o extremeños?
El cardenal de Noris y la Martinière, agustinos, ¿fueron
gallegos o campesinos? Mastrio y Wigand, franciscanos, ¿fueron
babazorros o de las Batuecas? ¿Y éstos se desviaron
de la teología, cuando muchos la comentaron toda,
y los más una gran parte de ella? No quiero alegarle
más ejemplos, porque sería negocio de formar
una biblioteca. Los únicos extranjeros que se desvían
de la teología escolástica son aquellos a quienes
incomoda ésta para delirar a su satisfacción
en la dogmática, en la moral y en la ascética,
sin reconocer otra regla para la inteligencia de la expositiva
que el capricho y la bodoquera de cada uno. Quiénes
sean estos monsieures, no es menester declarárselo
al Barbadiño; porque en sus escritos, y aun sin salir
de esta carta, da fieros indicios de mantener gran correspondencia,
o a lo menos de profesar mucha devoción a los principios,
y tener gran fe con las noticias que gasta cierto gremio
de ellos. Y aun de éstos, no todos tienen tanta ojeriza
con la teología escolástica, como graciosamente
quiere suponer su merced barbadiña. Y si no, ahí
está el doctor Jorge Bull, profesor de teología
y presbítero de la Iglesia anglicana, que murió
obispo de San David al año de 1716, cuyas obras teológico-escolásticas,
en folio, nada deben a las más alambicadas que se
han estampado en Salamanca y Coimbra. Y como los puntos que
por la mayor parte trata en ellas son sobre los misterios
capitales de nuestra santa fe, conviene a saber, sobre el
misterio de la Trinidad y sobre el de la divinidad de Cristo,
en los cuales su seudoiglesia anglicana no se desvía
de la católica, en verdad que los manejó con
tanto nervio y con tanta delicadeza, que los teólogos
ortodoxos más escolastizados, como si dijéramos
electrizados, hacen grande estimación de dichas obras.
Y aun en los dos tratados que escribió acerca de la
justificación, que es punto más resbaladizo,
en los principios que abrazó, no se separó
de los teólogos católicos; pero en algunas
consecuencias que infirió, ya dio bastantemente a
entender la mala leche que había mamado. Pues, ¿por
qué nos ha de querer embocar el señor Barbón
que los extranjeros se desvían de la teología
especulativa, y que por eso los dan al diantre los teólogos
escolásticos de Portugal y de España? Yo sí
que doy al diantre los vértigos que afligieron a dicho
señor, en fuerza de los cuáles deliró
tanto el coitado fradinho, y nos quiso embocar tantas parvoices.
9. »Pues ahí es un grano de anís las que contiene
la otra cláusula suya con que me reconviene usted:
que «no vio ainda teólogo alguno de los que abrazaron
con todo su corazón el peripato, que habiendo de proferir
censura sobre los que introdujeron el método moderno,
tomase el trabajo de examinar bien las razones en que se
fundan los contrarios». Tampoco yo vi ainda escritor alguno
de los que abrazaron con todo su corazón la mordacidad,
que escribiese con mayor satisfacción ni que digiriese
menos lo que escribía. 10. -¿Qué le parece
a usted que entiende por teólogos que abrazaron con
todo su corazón el peripato? -Lea un poquito más
bajo, y lo encontrará. Entiende los que estudian la
teología escolástica, «por cuyo nombre -dice
él- se entiende una teología fundada en los
perjuicios de la filosofía peripatética: quiere
decir, sobre las formas sustanciales y accidentes, y sobre
las otras galanterías de la escuela». Pero, ¿no me
dirá dónde encontró esta casta de teólogos,
ni dónde halló teología de esta especie?
La teología escolástica que se usa por acá
no está fundada sobre las preocupaciones de la filosofía
peripatética, ni se vale de ella para maldita la cosa,
sino única y precisamente para el uso de los términos
facultativos, a los cuales se les dio una significación
arbitraria, como: esencia, predicados, formas, accidentes,
propiedades, emanaciones, ut quo, ut quod, formaliter, materialiter,
auxilium quo, et sine quo, ecceidades, individuaciones, relativos,
absolutos, etc. Todas estas galanterías solamente
la sirven para explicar con menos palabras lo que quiere
decir; y se vale de estas voces por suponerlas ya entendidas
desde la lógica y filosofía peripatética,
donde se usa de ellas para los mismos significados; pero
estos significados se aplican a principios y asuntos muy
distintos, y aun inconexos con casi toda la teología
escolástica. ¿Es esto estar fundada esta teología
sobre los perjuicios de la filosofía peripatética?
De esa manera, también dirá que están
fundados sobre el peripato todos los tratados que en este
siglo han hecho entre sí los príncipes de Europa,
sean de paces, sean de comercio, sean de alianza, sean también
aquellos que se llaman tratados de familia; porque en casi
todos ellos se lee el terminillo de que se quedarán
las cosas in statu quo, que es tan peripatético como
el ut quo y el ut quod, el in eo quod quid y el quoad an
est. Si hay algunas cuestiones en la teología escolástica
que en la sustancia sean anfibias, esto es, que igualmente
pertenezcan a la teología que a la filosofía,
como son las que tratan de la existencia de Dios como primera
causa de la creación del mundo en tiempo, de la espiritualidad
del alma, del libre albedrío o de la libertad de los
actos humanos, y algunas otras pocas más, éstas
se tratan con total independencia de los principios aristotélicos;
y muchas de ellas con positiva oposición a ellos,
y para nada recurrimos a la filosofía del Estagirita,
sino puramente para explicarnos y para que recíprocamente
nos entendamos. Pues, ¿qué teología escolástica
de mis pecados es esta que está fundada en la filosofía
peripatética? Vaya, que cuando escribió esto,
todavía le debía durar el vértigo al
santo padre. 11. »¿Y con qué conciencia dice que
«ainda no vio teólogo alguno de los que abrazaron
con todo su corazón el peripato, que queriendo censurar
a los que introdujeron el método moderno, tomase el
trabajo de examinar bien las razones en que se fundan los
contrarios»? ¿De qué método habla su paternidad
muy arcediana? Porque si habla del método de la teología
escolástica (que es la teología en cuestión),
ni los modernos, ni los antiguos, ni los peripatéticos,
ni los newtonianos han inventado otro método que el
que introdujo Pedro Lombardo, imitó Santo Tomás
y siguieron después todos los demás. Y si no,
díganos su merced, por su vida, dónde encontró
otro método de teología escolástica.
Si habla de la teología puramente dogmática
(que será un grande despropósito para el asunto),
lo primero, hasta ahora no se ha escrito cuerpo alguno entero que comprehenda metódicamente todos los tratados pertenecientes
a esta teología. Y si no, díganos el señor
Barbadiño cómo es la gracia del autor que los
escribió, o que a lo menos hizo la colección
de ellos. Lo segundo, en los innumerables tratados dogmáticos
que se han escrito, cada autor ha seguido el método
que mejor le ha parecido, o el que le ha venido más
a cuento: unos, oratorio; otros, académico; éstos,
con ergos; aquéllos, sin ellos; los más, por
libros o tratados; muchos, por disputas y cuestiones; algunos,
en figura de diálogos; y finalmente, los dogmáticos
modernísimos que han escrito contra las herejías
del tiempo, y especialmente contra la que hoy es de la gran
moda, de la cual muestra tener grandes noticias el señor
fray arcediano, han preferido el método de cartas
dialogizadas, el idioma vulgar y el aire un poco chufletero,
para lo cual no les han faltado buenas y sólidas razones.
Ningún teólogo escolástico y católico
ha censurado hasta ahora alguno de estos métodos.
O señálenosle con el dedo el padre de las barbas
a tiros largos. Pues, ¿para qué es meter tanta bulla
y fingir fantasmones para dar de palos al aire? 12. »Mas
no es ésta la madre del cordero. Con el sobreescrito
del método, su verdadero intento es desterrar del
mundo la teología escolástica, como él
mismo lo confiesa sin rebozo; pues de ella dice constantemente
que no sólo es superflua, sino perjudicial a los dogmas
de la religión. Esto hiede que apesta. Lutero, Beza,
Calvino, Melanchton y el Barbadiño de su tiempo, Erasmo
de Rotterdam, dijeron lo mismo en propios términos.
Los amigotes del señor arcediano son de la misma opinión;
y nada acredita más la utilidad y aun la necesidad
de la teología escolástica, para la inteligencia
y para la defensa de los dogmas, que lo mucho que incomoda
a estos monsieures. 13. »Pues el padre de las barbas postizas
escribe dentro de Italia, ya tendrá noticia (si no
la tiene, yo se la doy ahora) de las obras de Benedicto Alctini,
alias el padre Benedicti, jesuita, y de las explicaciones
teológicas de los cánones del Concilio de Trento
sobre los sacramentos que el sabio servita Juan María
Bertoli imprimió en Venecia el año de 1714.
Lea lo que escribieron estos dos autores de a folio contra
cierto autorcillo italiano que salió por entonces
con el mismo proyecto con que sale ahora el señor
Barbazas, de querer desterrar del mundo la teología
escolástica, para sustituir en lugar de ella la lección
y la explicación de las obras de los Santos Padres.
Allí verá que el autor italiano supone, tan
en falso como el señor portugués, que en las
escuelas no se hace caso del estudio de los Santos Padres.
¡Impostura palmaria! Pues la teología escolástica
apenas es más que un compendio de sus obras, en el
cual, o se examinan sus diferentes opiniones sobre principios
ciertos, comunes y admitidos por todos ellos, o se comparan
y se cotejan unos con otros para discernir por medio de este
examen y comparación lo que en su modo de hablar no
parece tan exacto; o juntando las opiniones de todos acerca
de los dogmas, se forma una especie de cadena y serie cronológica
de tradición; y en fin, en ella se encuentra toda
la doctrina de los Padres, pero digerida según el
orden de las materias, desembarazada de digresiones inútiles,
limpia, y como acribada de todos los descuidos que pudo mezclar
en ella la flaqueza humana, ilustrada y confirmada con las
autoridades de la Escritura y con el peso de la razón.
De manera que estudiar teología escolástica
es estudiar a los Santos Padres, pero estudiarlos con método.
«El autor italiano -dice el sabio servita (y óigalo
con atención, con docilidad y con espíritu
de compunción el seudocapuchino)-, el autor italiano
y sus semejantes, poco versados en este género de
estudios, ingenios y genios superficiales, amigos de la novedad,
que, afectando hacerse distinguir, se apartan del camino
carretero, introducirían en las escuelas una extraña
confusión si llegase a abrazarse su proyecto. El estudio
vago y mal arreglado de los Santos Padres, reducido a leer
sus obras sin haberse instruido antes en los principios necesarios
para entenderlas bien y para formar recto juicio de lo que
quieren decir, llenaría al mundo de herejes o de sabios
de perspectiva; bien cargada su memoria de lugares, de sentencias
y de centones en montón; pero su pobre entendimiento
más oprimido que ilustrado con todo aquel estudio
o embolismo». Hasta aquí el docto servita. 14. »¡Y
luego nos dirá en nuestras barbas el barbadísimo
y aun barbarísimo señor que la teología
escolástica no sólo es superflua, sino perjudicial
a los dogmas de la religión! Sea por amor de Dios
la desvergüenza. Si se contentara con decir que en casi
todos los tratados de ella se mezclan cuestiones inútiles
que pudieran y aun debieran ahorrarse; que aun muchas de
las útiles y necesarias se tratan con una prolijidad
intolerable; que en varias de ellas, de cada argumento se
ha formado una cuestión, y aun una disputa, y aun
tal vez una materia entera, para cuyo estudio no sé
yo si el mismo Job tendría bastante paciencia, adelante.
Ya se le oiría con cristiana conformidad, y aun puede
ser que en esta opinión no fuese solo. Pero espetarnos
a red barredera y en cerro que la teología escolástica
no sólo es superflua, sino perjudicial a los dogmas
de la religión, ¡voto a... que si yo fuera inquisidor
general! Mas tomemos un polvo, mi padre fray Gerundio, y
refresquémonos un poco; que ya me iba calentando.
15. Con efecto; le tomó el bueno del beneficiado,
sonose, gargajeó y prosiguió en su tono
y frescura natural: -No es tan lerdo el Barbadiño,
que no conociese que luego le habían de dar en las
barbas con los patronos y secuaces de la teología
escolástica como, verbigracia: Alberto Magno, Santo
Tomás, San Buenaventura, San Juan Capistrano, y en
fin todos los santos teólogos que han florecido desde
el siglo XII acá; porque su paternidad no quiere hacer
más anciana a dicha teología; a algunos de
los cuales santos los tiene admitidos la Iglesia por sus
Doctores; y parece terrible osadía decir que los Doctores
de la Iglesia enseñaron una teología perjudicial
a los dogmas de la religión. No disimula el padre
Barbeta este feroz argumento, aunque es verdad que le propone
blandamente y como al soslayo. Pero ¿qué solución
dará a él? 16. »Dice, lo primero, que esto
importa un bledo, «porque los santos florecieron en un siglo
en que casi no se sabía otra cosa, y que conformándose
con lo que se practicaba en su tiempo, tienen alguna disculpa».
Vamos, que la solución se lleva los bigotes; y queda
el entendimiento plenamente satisfecho de que la Iglesia
pudo, con grandísima razón y con no menor serenidad
de conciencia, colocar en la clase de sus Doctores a unos
santos que enseñaron una teología perjudicial
a sus dogmas, por cuanto, los pobres, no tuvieron la culpa
de florecer en un siglo en que casi no se sabía otra
cosa; y en caso de tener alguna en conformarse con lo que
se practicaba en su tiempo, sería una culpilla venial
que se quitaba con agua bendita, y no podía perjudicarles
para obtener la suprema borla de Doctores de la Iglesia.
17. »Pero vaya una preguntita, así como de paso y
sobre la marcha: ¿Con qué teología confundió
Santo Tomás a los herejes que se levantaron en su
tiempo? ¿Fue con la que aprendió y enseñó,
o con la que todavía no se había fundado, ni
se fundó hasta que esos teologazos modernos, llenos
de celo y de caridad, abrieron los ojos a la pobre Iglesia,
que por tantos siglos los había tenido lastimosamente
cerrados o a lo menos legañosos? ¿Y en qué
consistirá que «todos los herejes están de
tan mal humor con este Santo Doctor», como dice con discreción
cierto moderno? Si su teología es tan perjudicial
a los dogmas de la religión, ¿por qué no la
abrazan, por qué no la siguen, por qué no hacen
muchas cortesías al Santo y celebran su fiesta con
un octavario de sermones? El hecho es, dice el citado recencior,
que el verdadero motivo «por que todos los herejes están
tan avinagrados contra este admirable Doctor, es porque a
él se le debe aquel método regular que reina
en las escuelas, con el cual se desenredan las opiniones,
se quita la mascarilla al error, se pone de claro en claro
la verdad, se explican con limpieza y con claridad los dogmas
de la fe, según el verdadero sentido de la Iglesia
y de los Padres». Y concluye: «No ha tenido la herejía
enemigo mayor que nuestro Santo, porque nunca ha podido defenderse
contra la solidez y, si me es lícito hablar así,
contra la casi infalibilidad de su doctrina». ¡Ah, seó
Calcillas! ¿Y todavía dirá vuestra merced y
lo dirá constantemente, que la teología escolástica
es perjudicial a los dogmas de la fe? Pues yo también
le diré a vuestra merced constantemente que creo a
ciegas en la del símbolo de los Apóstoles;
mas para creer en la que vuestra merced profesa, necesito
mucho examen. Y le advierto a vuestra merced que el autor
de dichas palabras no es algún padre dominico a quien
le ciegue la pasión, sino otro de profesión
muy diferente que sabe venerar las opiniones del Santo Doctor
y, si algunas no le arman, separarse de ellas con reverencia.
18. »Dice, lo segundo, que «si Alberto Magno y su discípulo
Santo Tomás comentaron a Aristóteles, no fue
-a lo que él cree- porque lo juzgasen útil,
sino por hacer ese servicio al público, que en aquel
tiempo estaba muy preocupado por Aristóteles». Hizo
bien en añadir a lo que creo, porque el hombre da
muchos indicios de creer enrevesadamente. Esto es decir en
buenos términos que cree que Alberto Magno y Santo
Tomás fueron unos hombres aduladores, unos doctores
lisonjeros, unos maestros de aquellos que caracteriza San
Pablo; los cuales, por acomodarse al gusto y a las pasiones
del pueblo, le enseñan doctrina falsa, inútil
y aun perniciosa, y, apartando voluntariamente los ojos de
la verdad, aunque saben muy bien hacia dónde cae,
le embocan fábulas, patrañas o embelecos inútiles.
¡Pobres lumbreras de la Iglesia, y en qué manos habéis
caído! Siquiera no os deja el carácter de hombres
de bien, de honor y de sinceridad, que no saben engañar
a nadie sin que primero se engañen a sí mismos;
y cuando en cualquiera materia es la mayor vileza de un autor
escribir contra lo que siente, por lisonjear el mal gusto
del público, en una materia de tanta gravedad y de
tanta importancia como la Sagrada Teología, no repara
en hacer reos de semejante ruindad a unos hombres como Alberto
Magno y Santo Tomás de Aquino; a quienes sobraba su
santidad, y bastaría al uno su dignidad de obispo
de Ratisbona, y al otro su nacimiento, para que los hiciese
más merced y más justicia. Si esto lo dijera
un rapagón desbarbado, adelante; pudiera pasar por
rapazada. Pero decirlo y estamparlo un hombre que afecta
profesión de barbas largas, ¿no merecía que
se las arrancasen? 19. »Ora bien, mi sincerísimo
padre fray Gerundio: un año duraría nuestra
conversación, si hubiera de seguir pie a pie al Barbadiño
en todos los disparates que dice, con su acostumbrada satisfacción
y regüeldos, en sola esta carta sobre el método
con que se estudia la teología escolástica,
y si me hubiera de empeñar en impugnarlos. Yo estoy
ya cansado, y sólo el hablar de este hombre me fastidia.
El abrirle los ojos a él, que los tiene cerrados con
la presunción, y el abrírselos a sus apasionados,
que se conoce lo son a cierra ojos, y no más que por
el sonsonete, sería una grande obra de caridad; pero
sería obra muy larga, aunque no muy dificultosa. Porque
yo, con ser así que soy un pobre pelón, me
atrevía a hacerle ridículo y a poner de par
en par más claros que la luz que nos alumbra los innumerables
desbarros que profiere en casi todas las materias que trata,
aunque, como dije a usted al principio de nuestra conversación,
no deje de traer muita coisa boa. Pero ni yo estoy de vagar,
ni esto es por ahora de mi instituto. Sólo diré
a usted que en esta carta sobre la teología escolástica,
muestra una grande adhesión a los enemigos más
solapados y más perniciosos de la Iglesia; que adopta
sus máximas; que celebra sus libros o sus ediciones
de las obras de los Santos Padres, que están prohibidas
por adulteradas; que insinúa con grande artificio
su doctrina; y en fin, que todas cuantas reflexiones hace
sobre la teología escolástica, con intento
de desterrarla del mundo, de ellos las tomó, y en
sus cenagosos charcos las bebió; especialmente de
los seis libros que el año de mil y setecientos dio
a luz Juan Owen, no el célebre poeta inglés,
sino otro de su mismo nombre y apellido, que los intituló
De natura, ortu, progressu et studio verae theologiae. Y
ya que hablamos de Juan Owen, no debe llevar a mal el padre
Barbadiño que me den en rostro muchas cosas suyas,
cuando hago justicia al mérito de otras, siquiera
porque no me comprehenda la paulina del poeta al principio
de sus epigramas:
| Qui legis ista, tuam reprehendo, si mea laudas | | | | omnia,
stultitiam; si nihil, invidiam. | | |
|
Y
porque temo que el latín que enseñó
a usted el dómine Zancas-Largas no alcanza a que entienda
de repente este epigrama, allá va su traducción
en esta cuarteta, que se me antojó hacer ahora para
alegrar un poco la conversación:
|
Desde luego te declaro, | | | | lector de estos epigramas, | | | | por
necio, si alabas todo; | | | | por envidioso, si nada. | | |
|
20. »Pero
me hace lástima acabar esta conferencia sin que usted
me ayude a reír del método que propone el Barbadiño
para estudiar la verdadera y provechosa teología,
después de haber hecho tan solemne burla del que se
observa para estudiar la que él llama inútil
y perjudicial. 21. »Dice, pues, que «el primer prolegómeno
de la teología ha de ser la historia eclesiástica
y civil, antes de Cristo y después de Cristo»; que,
consiguientemente, «la primerita cosa que ha de hacer el
estudiante que entra en la teología, es estudiar en
breve la historia del Testamento Antiguo; después
la de Cristo para acá; después la de los emperadores
romanos, por lo menos hasta el sexto siglo, y que ésta
se ha de estudiar muito bem». Que como no se puede estudiar
ni entender bien la historia sin la cronología y la
geografía, «ante todas cosas debe buscar una tabla
cronológica de éstas que se encuentran en un
pliego de papel de marca, y encajar bien en la cabeza las
principales épocas de la historia civil, observando
bien el orden y la serie de los tiempos». Que una vez metida
bien en los cascos la cronología, debe tener siempre
a la vista el tal estudiante o teólogo catecúmeno
«una carta geográfica, esto es, un mapa general o
muchos particulares, en los cuales, siempre que se habla
de algún suceso particular, ha de buscar la provincia
y el lugar donde sucedió, y de esta manera irá
aprendiendo facilísimamente la geografía sin
trabajo y como por entretenimiento». 22. »Y por cuanto el
pobre teólogo neófito no puede tener noticia
de adónde caen estos mapas, ya el caritativo Barbadiño
toma el trabajo de darle razón de los que a su parecer
fueron los mejores autores geográficos, aprovechando
esta bella ocasión de lucir su vasta erudición
en la geografía; siendo así que ciertamente
no le costó más que abrir el primer catálogo
de alguna famosa librería que tuvo a mano, buscar
el título de los autores geográficos, y trasladar
al papel los primeros que se le vinieron a la pluma. 23.
»Dice, pues, que es indispensable de toda indispensabilidad
que el tal candidato de teólogo se arme con el Atlas
geográfico de Janson, que se compone de ocho grandes
volúmenes; o por lo menos con el compendio de él,
que se reduce a un volumen de a folio, se entiende en papel
de marca, como libro de coro o de solfa de facistol. Ítem,
del Atlas de Blaeu, que son once grandes volúmenes
del mismo tamaño. Ítem, del Atlas más
breve de los señores Sanson. Ítem, del de monsieur
de L'Isle. Y basta esto para cartas generales. Para las particulares
no se le puede dispensar en que haga provisión de
las siguientes: de las de Inselim, que comprehenden la Inglaterra,
Países Bajos, Francia, España y Portugal; de
las de Nolin, que describen la Venecia y la Istria; de las
del padre Plácido, que siguen todo el curso del Po;
de las de Ensishmid, que representan la Alemania; y de las
de Scheuchzero, que demarcan la Helvecia. «Estos autores
-aquí llamo la atención de mi auditorio- débense
saber para buscarse en las ocasiones». Conque si estos autores
no se saben, y consiguientemente si no se tienen, voló
el primer prolegómeno de la teología; y el
que tuviere vocación de estudiarla ofrezca al Señor
sus buenos deseos y aprenda otro oficio. 24. »Bueno es que
hasta aquí estábamos todos en la persuasión
de que para equipar a un estudiante teólogo no era
menester más que proveerle de un vade, que no pasase
de catorce cuartos; de un plumero, que se arma en un abrir
y cerrar de ojos con un par de naipes; de una redoma de tinta;
de media docena de plumas; de la cuarta parte de una resma
de papel; sus hopalandas raídas; y adiós, amigo.
Al teólogo que no fuese por la pluma, con meterle
en una alforja el par de tomos de Gonet, estaba ya ajustado
por todo su matalotaje escolástico; y si se le añadía
a Zárraga o a la Suma de Busembaum, era una India.
Y ahora, según el nuevo método barbadiñal,
ve aquí usted que un triste aprendiz de teólogo,
sólo para libros, ha menester llevar más equipaje
que un mariscal de campo. Porque ¿qué piensa usted?
¿Que aun precisamente para la geometría se contenta
con los citados? ¡Bueno era eso para su humor! Todavía
le encaja otra runfla de ellos, que debió encontrar
después en otro catálogo: especialmente de
diccionarios geográficos, de los cuales protesta que
también es necesario tener noticia, como son del de
Varea, Baudrand, Ferrario, Maty y, sobre todo, del de Martinière.
25. »Sigamos después los libros cronológicos
que ha de llevar para mantenerse los primeros meses de estudiante
teólogo. En esto está parco el Barbadiño;
porque la cronología es algo indigesta, y pudiera
ocasionar crudezas al estudiante si cargara de ella el estómago
con demasía. Conténtase con que al principio
no coma más que Strauchio o Beveregio, y algo del
Rationarium del padre Petavio. Pero quien se sintiere con
calor para digerir mayores noticias, puede engullirse la
Doctrina temporum del mismo Petavio, la Chronologia sacra de Userio, y con el tiempo podrá cargar de más
vianda si su estómago lo consintiere. 26. »Pero lo
que no tiene remedio es que para la historia universal se
eche en el maletón la primera parte del Rationarium del susodicho Petavio; el compendio latino de Celario; y
no le hará daño el del padre Turselino, aunque
éste -dice él- es más estimado por el
latín que por la historia; el Compendium historiae
universalis de Gotlob Krancio, («éste -dice el padre
calificador- es el mejor de todos»); el de Brietio, especialmente
después de Cristo; y el de Loschi, «que es buen autor».
Para historia eclesiástica hasta Cristo, el compendio
de Bolerano, que es sufrible para un principiante; después
de Cristo, provéase de Riboty y de Graveson. Y porque
no le tengan por impertinente, o por hombre que receta libros
como píldoras un médico charlatán, concluye
con grandísima bondad: Isto basta para um principiante.
Yo añado que esto sobra para conocer que no sólo
le duraba el vértigo al santo padre cuando escribió
esto, sino que debía estar en la fuerza de su mayor
vigor. Porque si cree que todo esto es necesario saber como
primer prolegómeno de la teología, a los orates;
y si no lo cree, ¿para qué se quebró la cabeza
y nos la rompió a nosotros? 27. »Ex ungue leonem,
padre mío fray Gerundio. Por aquí conocerá
usted qué cosazas no dirá nuestro metodista
cuando entra en lo vivo de la teología y del método
que se ha de observar en su estudio. Es un embrollo de embrollos,
un embolismo de embolismos y un lazo de lazos para enredar
a los incautos. En los lugares teológicos que señala,
hace distinción entre la Iglesia Universal y la Iglesia
Romana, como si hubiera más que una Santa Iglesia
Católica Apostólica Romana; no toma en boca
al Papa para nada; dice que la autoridad de la Iglesia Universal,
de la Iglesia Romana y de los concilios generales «nace de
la tradición»; enseña que antes que Cristo
viniese al mundo, en el pueblo judaico y en la ley escrita,
«la declaración del sumo sacerdote lo terminaba todo»;
pero después que vino Cristo a completar as coisas,
«su doctrina se conserva pura en los prelados, de los cuales
la pudiesen aprender los fieles». En conformidad de este
su amado principio, afirma que «creen los católicos
que la mayor parte de los obispos cristianos -como si hubiera
verdaderos obispos que no lo fuesen-, unidos al Papa, no
puede errar en las definiciones de fe». Lo que creemos los
católicos que estudiamos por Astete, es que el Papa
para nada ha menester la mayor ni la menor parte de los obispos
para no errar en dichas definiciones, porque la infalibilidad
no se la prometió Cristo a éstos, sino a aquél.
Déjase caer, así como al soslayo, lo que sucedió
en los dos conciliábulos de Rímini y de Seleucia,
en que los padres, engañados en uno y violentados
en otro, admitieron primero y confirmaron después
una confesión de fe verdaderamente arriana. Y diciendo,
como quien no quiere la cosa, que presidieron en ellos dos
legados de la Santa Sede, y que el número de los obispos
«fue más que bastante para formar un concilio general»,
deja el argumento así, contentándose con decir
que sin el socorro de la historia no se puede desatar. ¿Qué
le costaba añadir siquiera una palabrita por donde
se conociese que dichos concilios habían sido ilegítimos,
no en su convocación, sino en su prosecución;
que los legados habían sido depuestos y anatematizados;
y que el Papa estuvo tan lejos de aprobar sus actas, que
antes las condenó, primero por sí, y después
en un concilio? Pero esto no le venía a cuento para
sus ideas, ni para el nuevo método que propone de
estudiar teología. Líbrenos Dios, que sí
librará, de que se introduzca en su Iglesia; porque
la quiere mucho, la tiene prometida su asistencia, y los
esfuerzos del metodista no prevalecerán contra ella.
28. »A vista de esto, mi padre fray Gerundio, ¿se confirma
usted en su opinión, con autoridad del Barbadiño,
de que la teología escolástica es inútil
y aun perjudicial, y en que no quiere estudiarlas? -Señor
beneficiado -le respondió con tanto candor como frialdad
nuestro fray Gerundio-, es cierto que ya no me suenan tan
bien las cosas de ese padre portugués como me sonaban
antes, y que no sé qué diantres de reconcomios
siento acá dentro del corazón, que me dan muy
mala espina acerca de este sujeto. Al fin, Dios le haga mucho
bien, pero a mí Su Majestad no me lleva por las cátedras,
sino por los púlpitos; y así estudiaré
yo teología escolástica como ahora llueven
albardas. -Si llovieran -replicó el beneficiado-,
se malograrían todas las que no cayesen sobre las
costillas de usted. Y haciéndole una cortesía,
se salió algo enfadado de su celda, y se volvió
a la otra de donde había salido. 29. Esperábanle
con impaciencia aquellos dos graves y doctos religiosos con
quienes había tenido la conferencia acerca de fray
Gerundio; y como duraba tanto la sesión, apenas dudaban
ya de que lo había convencido. Luego que le vieron
entrar, le preguntaron ansiosos cómo le había
ido con el padre colegial. A lo que el socarrón del
beneficiado respondió con gran cachaza: -Saque cualquiera
de vuestras reverendísimas la caja, denme un polvo
y óiganme un cuento. Había en la Universidad
de Coimbra un mediquillo teórico, gran disputador
y muy presumido, pero ignorante y necio a par de su presunción.
Tenía estomagados a todos los de la facultad; y habiendo
de presidir unas conclusiones públicas, rogaron al
famoso Curvo Semedo que tomase de su cuenta argüirle,
concluirle y correrle para alejarle la vanidad. Juan Curvo
le arguyó de empeño, y a pocas paletadas, para
los inteligentes, le tumbó patas arriba; pero el mediquillo
garlaba, manoteaba, se reía, le despreciaba, y en
fin se llevó la voz del populacho. Concluida la función,
uno que no había asistido a ella preguntó a
Curvo cómo le había ido con el presidente,
a lo que respondió el discreto portugués: Tâo
grandíssimo burro é, que nâo le pudem
convencer. Adiós, padres míos; que es tarde,
y el ama estará esperando. Dijo, y retirose
a su casa.
 Capítulo VIII
Predica Fray Gerundio el primer sermón en el refectorio
de su convento, encaja en él una graciosísima
salutación, y deja los estudios
Ello no tuvo remedio:
cerrose fray Gerundio en que había de ahorcar
los hábitos filosóficos, y que no había
de tomar los teologales, a excepción del de la fe,
que ése ya le tenía desde el bautismo; el de
la esperanza de salvarse, a lo menos per modum hereditatis,
no le podía faltar; y con el de la caridad debemos
piadosamente suponerle; porque parecía buen religioso,
salvo sus manías y caprichos, que absolutamente podían
ser sin mucho perjuicio de su conciencia. Viéndole
los prelados de la religión y los padres graves del
convento tan displicente con la filosofía, y tan empeñado
en que no había de estudiar teología, pues
para ser predicador conventual y para predicar, como predicaban
otros muchos, con grande séquito, aplauso y provecho
de su peculio, decía que no la había menester;
y a fe que en eso le sobraba la razón por los tejados.
Observando, por otra parte, que mostraba bastante despejo,
que tenía buena voz, que era de grata presencia, aseado,
limpio, prolijo, tanto que picaba en pulcro; pareciéndoles,
en fin, que llevándole la inclinación por allí
con tanta vehemencia, como le armasen de buenos papeles,
que no faltaban en la orden, pues se conservaban los que
habían dejado en sus espolios algunos famosos predicadores,
podría acaso parecer hombre de provecho, acreditar
la religión y ganar su vida honradamente, resolvieron
condescender con sus deseos. Pero antes les pareció
conveniente experimentar qué era lo que se podía
esperar de sus talentos pulpitables. 2. Es loable costumbre
de la orden ejercitar a los colegiales jóvenes, así
artistas como teólogos, en algunos sermones domésticos
que se predican privadamente a la comunidad, mientras se
come en el refectorio, dándoles tiempo limitado para
componerlos; llevando en esto la mira, lo primero, de descubrir
los talentos que muestra cada uno; lo segundo, de que se
vayan desembarazando y acostumbrando a hablar en público,
para cuando llegue el caso de hacerlo en teatros más
numerosos; y, lo tercero, de que también vayan aprendiendo
a ejercitar un ministerio que debe saber ejercitar todo religioso
sacerdote, siga la carrera que quisiere. En otras religiones,
donde se practica también esta loable costumbre, los
sermones de refectorio son por lo común sobre las
festividades de año, y se suelen predicar en los mismos
días en que se celebran, siendo de cargo del lector,
con acuerdo del prelado, nombrar al colegial que quiere que
predique. Pero como en cada religión hay sus estilos,
en la de nuestro fray Gerundio esta incumbencia es privativa
del predicador mayor de la casa; al cual, avisado por el
superior, toca nombrar el colegial predicador y señalarle
para el sermón el asunto, misterio o santo que quisiere,
con todas las circunstancias que a él se le antojaren,
con tal que sean de aquellas que suelen concurrir en los
sermones y es gala precisa hacerse cargo en la situación
de todas ellas. 3. Apenas, pues, volvió el padre
fray Blas, predicador mayor de la casa, de predicar su famoso
sermón de San Benito del Otero en Cevico de la Torre,
cuando fue a presentarse al prelado y a tomar, según
la ley, su benedicite. Hechas las preguntas acostumbradas
(por algunos pocos superiores menos prudentes, y muy ajenas
de los más, que verdaderamente son hombres serios
y cuerdos) de cómo lo había pasado, cómo
se habían portado los mayordomos, cuánto le
había valido el sermón, qué comida había
habido, y si traía algunas misas para el convento;
y habiéndole satisfecho a todo fray Blas, entregándole
por conclusión doscientos reales, limosna de cien
misas que había sacado, y por otra parte ochenta,
para que su paternidad muy reverenda dijese otras veinte
a razón de cuatro reales; oído y recibido todo
con extraña benignidad por el afabilísimo prelado,
que con esta ocasión volvió a confirmar a fray
Blas la licencia general que le tenía dada, para que
durante su gobierno admitiese con la bendición de
Dios cuantos sermones le encomendasen, le dijo por fin y
por postre: -Váyase, padre predicador, a desalforjar
y a descansar a su celda, y antes que se me olvide, encargue
luego un sermón de refectorio a fray Gerundio, que
tenga algunas circunstancias. Pero le prevengo que no se
le componga el padre predicador, y déjele que le trabaje
él enteramente; porque, como ese muchacho hipa tanto
por el púlpito, queremos saber lo que él puede
dar de suyo. 4. En un manuscrito antiguo del convento se
halló advertido a la margen que, al oír fray
Blas este encargo del prelado, y trasluciendo por él
que con efecto pensaban en echar por la carrera del púlpito
a su queridito fray Gerundio, que era lo que los dos tantas
veces habían tratado en la celda a puertas cerradas,
se alborozó tanto, que con aquel primer ímpetu
del gozo ya había echado mano a la faltriquera para
sacar el doblón de a ocho que le había valido
el sermón y regalársele al prelado. Pero, pensándolo
mejor en el mismo instante, sacó el pañuelo,
limpiose los mocos, ofreció hacer al punto
cuanto le había mandado, y partió aceleradamente.
5. Aún estaba con los hábitos arremangados,
cuando, sin ir a su celda, se entró de golpe y como
galopeando en la de fray Gerundio. Encontrole descuidado,
asustole un poco, arrojose sobre él,
diole cien abrazos, y sólo le dijo: -Vamos, chico,
vamos a mi celda; que te traigo un obispado. Siguiole
fray Gerundio, que se recobró presto del susto, y
en el camino le preguntó: -Oye usted, ¿y cómo
salió el vernal paralelo? -Hijo mío, ¡de los
cielos! -le respondió el predicador. -¿Y aquello
de las grandes risadas? Et grandes mirata est Roma cachinos.
-Amigo, a pedir de boca, porque
a carcajadas se hundía la ermita. -Pues yo sé
-añadió fray Gerundio- que lo de puer nudus,
alatus, myrthoque coronatus, qui humi sedebat daría
gran golpe. -¿Qué llama golpe? Dio tal porrazo, que
un bachiller por Sigüenza dijo públicamente en
la mesa que él había oído más
de mil sermones de San Benito; pero que cosa más propia
para representarse al Santo cuando se revolcaba en la zarza,
no la había oído. -¿Más de mil? -replicó
fray Gerundio. -No seas material -respondió el predicador-;
que eso se entiende dos ceros más o menos. 6. Con
esta conversación entraron en la celda de fray Blas.
Desalforjose éste, quitose las polainas,
bajose la saya, echó las dos manos a la capilla,
que aún se mantenía descolgada, cogió
vuelo; y arrojándosela primero toda sobre la cabeza
de manera que ya le cubría por la parte anterior hasta
muy entrado el pecho, volvió después con una
especie de columpio a ponerla simétricamente sobre
la mitad del cerquillo, y en fin la bajó hasta el
medio del pescuezo, colgando por la parte anterior iguales
las dos puntas en los lados. Tomó un peine que estaba
sobre la mesa, atusose el cerquillo y el copete, abrió
una alacena, sacó un frasco de vino de la Nava con
bizcochos; echaron los dos un traguito, y aún no había
colocado bien el último sorbo por el gaznate de fray
Gerundio, cuando éste le preguntó con impaciencia
qué obispado le traía. 7. -¿Qué obispado
te he de traer? -le respondió fray Blas todo alborozado-;
que el prelado me dio a entender que querían sacarte
de los estudios y aplicarte a la carrera del púlpito.
¿Puede haber mejor obispado para ti? Si logras esto, ¿no
lo pasarás, no digo yo como un obispo, sino como un
arcediano? Y más con las reglecitas que yo te daré
a su tiempo. -Padre predicador, ¿qué dice? -le replicó
fray Gerundio. -Lo dicho, dicho -respondió el predicador.
-Díjome que luego te encargase un sermón del
refectorio, y que no te lo compusiese yo; porque, como muestras
tanta inclinación a sermo sermonis, y tan poca a silogismos
y a ergos,querían ver hasta dónde llegaba,
o a lo menos lo que prometía, tu cosecha. Y así
amigo mío, apretar los codos; que a lo menos en este
sermón yo no te he de decir palabra, y te he de dejar
que vayas por los senderos de tu corazón. En saliendo
de este barranco, será otra cosa: mis papeles serán
tuyos, porque tus lucimientos serán míos.
8. En el mismo manuscrito antiguo donde se encontró
la nota pasada, se halló otra que dice de esta manera:
«Atónito estuvo oyendo fray Gerundio esta noticia,
y le embargó tanto el gozo, que estuvo como fuera
de sí por espacio de tres o cuatro credos rezados
con pausa». Luego que se recobró, echó los
brazos al cuello al predicador mayor de la casa, y le dijo:
-Pues ahora bien: despachemos cuanto antes, y señáleme
usted luego el sermón que tengo de predicar; pues,
aunque diga cien disparates en él, a lo menos ninguno
me ha de dar plumada. Todo ha de salir de mis cascos, y tanto
como el garbillo y el modo de decir, no ha de descontentar,
aunque parezca mal que yo lo diga. Y diciendo y haciendo,
se subió sobre una silla o taburete (que en esto hay
variedad de leyendas, y no están concordes los autores),
igualó las dos puntas delanteras de la capilla, metió
los dos dedos de la mano derecha por entre ella y la nuez
de la garganta, como para desahogarse, miró hacia
todas partes con desdén y majestad, sacó después
un pañuelo de seda y se sonó con autoridad,
metiole en la manga izquierda, y de la derecha sacó
otro pañuelo blanco, con el cual hizo como que se
limpiaba los ojos. Entonó el Alabado sea, etc., con
voz grave, ahuecada y sonorosa, persignose magistralmente
con la mano muy extendida, y tanto, que al llegar al palo
de la cruz que se forma desde la punta de la nariz hasta
la barba, parecía que hacía la mamola. Tomó
por tema: Caro mea vere est cibus, et sanguis meus vere est
potus, con aquello de ex evangelica lectione Joannis capite
tertio decimo; y prorrumpió en esta disparatadísima
cláusula que había tomado de memoria, habiéndola
oído a otro colegial, amigo suyo, en un sermón
del refectorio, y él la decoró teniéndola
por cosa grande: «Al pautar las desigualdades de mi grosero
pensar, fui desenhebrando las líneas de mi discurso,
tirando los primeros barruntos de mi imaginativa hacia el
escrutinio del Evangelio Sagrado. Caro mea ¡Qué elegante
está el profeta!» Y callando de repente, porque no
sabía más, prosiguió predicando un sermón
mudo, manoteando y remedando todas las acciones, gestos y
posturas que había observado en los predicadores y
a él le habían caído más en gracia;
tan enfrascado en esto, que aun el mismo predicador mayor
se tendía de risa por aquellos suelos, y aun llegó
a temer si se había vuelto loco el pobre fray Gerundio.
9. Cerca de una hora duró esta silenciosa muestra
de sus predicaderas, en el cual espacio de tiempo el buen
frailecito se zarandeó tanto aquel cuerpo, con tales
movimientos, con tantas posturas, con tan violentas convulsiones,
unas veces cruzando los brazos, otras abriéndolos
y extendiéndolos en forma de cruz, ya amagando a echarse
de bruces sobre el púlpito, ya arrimándose
contra la pared, a ratos poniéndose de asas, a ratos
levantando el dedo hacia arriba, a manera de cuadro de San
Vicente Ferrer, que al fin quedó tan sudado y tan
rendido como si hubiera predicado de veras; y fue preciso
volver a reconvenir al frasco y a refrendar los bizcochos,
lo que hizo también con especial gusto, por ser esta
ceremonia precisa cuando se acaba el sermón. 10.
Después que descansó algo de su fatiga y estuvo
un poco sereno, y después también que el predicador
se recobró de lo mucho que había reído
durante aquella extraña función, le dijo éste:
-Es cierto, fray Gerundio, y no se puede negar, que tienes
talento conocido. Especialmente algunas acciones salen que
ni pintadas; y aunque no hablabas palabra, claramente conocía
yo lo que querías decir con ellas. Parece que tienes
en las manos los sermones. Y aquí viene de perlas
aquello del sabio: In manu illius nos et sermones nostri.
Porque, aunque en realidad allí habla de cosa muy
diferente, ¿quién me quita a mí aplicarlo a
otra muy distinta, cuando viene el texto tan clavado? Ahora
bien: manos a la obra; que yo quiero ya señalarte
el asunto a que has de predicar, y las circunstancias de
que te has de hacer cargo en el sermón. 11. »Ya sabes
que en la parroquia de la Santísima Trinidad hay una
capilla dedicada a Santa Ana, que pertenece a la cofradía
de la Santa, a quien la misma cofradía celebra una
fiesta muy solemne. Ya sabes que este año son mayordomos
don Luis Flores y don Francisco Romero, regidores de este
pueblo. Y ya sabes, en fin, que estos dos caballeros desterraron
a algunas mujeres públicas que habían venido
a avecindarse en él, cuya obra fue sin duda muy grata
a los ojos de Dios y muy aplaudida de todos los buenos. Éste
es el asunto; éstas, las circunstancias que has de
tocar precisamente. No tienes más que ocho días
de término, porque no da más la orden. No hay
que perder tiempo, a trabajar; y adiós, amigo. 12.
¿Has visto tal vez un cohete cuando, prendiendo la mecha
en el cebo de la caña que sostenían blandamente
los dos dedos de la mano derecha, en un abrir y cerrar de
ojos parte desde la mano hasta lo más elevado de la
esfera; y aquella misma vara, que poco ha casi tocaba con
su extremidad el suelo, ya se la ve remontada hasta dar susto
a las mismas estrellas, tanto, que la constelación
de Virgo acude pronta a tapar la cara con las dos manos,
temiendo que la va a sacar un ojo? Pues así, ni más
ni menos, partió nuestro fray Gerundio derecha y rápidamente
desde la celda del predicador a la librería del convento.
Allí cargó con la Biblia políglota de Alcalá,
con las Concordancias de Zamora, con el Theatrum vitae humanae de Beyerlinck, con los Saturnales de Macrobio, con la Mitología de Ravisio Textor, con el Mundo simbólico de Picinelo,
con los calendarios mitológicos de Reusnero, Tamayo,
Masculo y Rosino; que eran los libros y los Santos Padres
que veía revolver a su hombre el predicador fray Blas
cuando tenía que predicar algún sermón.
No se puede ponderar lo que él leyó, lo que
él hojeó, lo que él revolvió
en aquellos ocho días, ni las innumerables ideas que
se ofrecían de tropel a aquella inquieta y turbulenta
imaginación, todas a cuál más confusas,
a cuál más embrolladas, a cuál más
extravagantes. Nada leía, nada veía, nada oía
que no le pareciese que venía de perlas para su asunto,
o por símil, o por comparación o por texto.
Apuntaba, notaba, quitaba, añadía, borrajeaba
hasta que en fin, después de tres borradores, sacó
su sermón en limpio. Estudiole, repasole,
representole y se ensayó mil veces a predicarle
en la celda, sobre todos los cachivaches que había
en ella: sobre la silla, sobre el taburete, sobre la mesa,
sobre un banco y hasta sobre la misma cama. Pues dos días
antes de la función, cuando entró el despertador
a darle luz, le encontró en camisa predicándole
sobre la tarima; y es que se había levantado en sueños,
sin saber lo que se hacía. 13. Como estas especies
se habían esparcido por el convento, era grandísima
la expectación en que estaba toda la comunidad para
oírle. Amaneció en fin el día deseado,
y se dejó ver nuestro fray Gerundio, ante todas cosas,
afeitado, rasurado y lampiño, que era una delicia
mirarle a la cara. Estrenó aquel día un hábito
nuevo que para el efecto había pedido a su madre,
encargando mucho que viniese bien doblado, y, sobre todo,
que se pasase la plancha por encima de los dobleces para
que se conociesen mejor, porque esto da a la saya no sé
qué gracia; y de camino pidió un par de pañuelos
de a vara, uno blanco y otro de color, porque ambos eran
alhajas muy precisas para la entradilla. Todo se lo envió
la buena de la Catanla con mil amores, sólo con la
condición de que, ya que ella no podía oírle,
la había de enviar el sermón para que se le
leyese el señor cura, o su padrino el licenciado Quijano.
14. Llegada la hora y hecha con la campana la señal
para comer, no faltó aquel día del refectorio
ni el más ínfimo donado de la comunidad, porque
en realidad todos querían bien a fray Gerundio, así
por su buen genio como porque era liberal y dadivoso, y también
porque a todos los picaba la curiosidad viéndole con
tanta manía de púlpito, la cual entendían
era más inocencia que malicia, ni mucho menos inclinación
a ser haragán. Subió, pues, al púlpito
del refectorio con gentil donaire; presentose en él
con tanto desembarazo, que casi comenzó a tenerle
envidia el mismo predicador mayor. Echó un par de
ojeadas con desdén y con afectada majestad hacia todas
las partes del refectorio. Y precediendo aquellos precisos,
indispensables prolegómenos de tremolar sucesivamente
el par de pañuelos blanco y de color, que había
hecho venir expresamente para el intento, entonó ante
todas cosas con voz hueca y gutural el Sea alabado, bendito
y glorificado el Santísimo Sacramento, concluyendo
con lo de En el primer instante de su purísimo, sagrado
ser y natural animación: cláusula que siempre
le había dado gran golpe. Santiguose con pleno
magisterio, propuso el tema, sin omitir lo de ex evangelica
lectione, capite quarto decimo; relinchó dos veces;
y rompió la salutación de esta manea, advirtiendo
que no se añade ni se quita una sílaba de como
se encontró de su misma letra. 15. «No es de menos
valor el color verde por no ser amarillo, que el azul por
no ser encarnado: Dominus, o altitudo divitiarum sapientiae
et scientiae Dei!; como ni tampoco faltaron los colores a
ser oráculo de la vista, ni las palabras en la fe
de los oídos, como dijo Cristo: Fides ex auditu; auditus
autem per Verbum Christi. Nació Ana, como asegura
mi fe por haberlo oído decir, de color rojo; porque
las cerúleas ondas de su funesto sentir le hicieron
palpitar en el útero materno: Ex utero ante luciferum
genui te. A este, pues, ángel transparente, diáfana
inteligencia y objeto especulativo de la devoción
más acre, consagra esta extática y fervorosa
plebe estos cultos hiperbólicos; pues tiene, como
allí se ve, hermoso y airoso bulto: Vultum tuum deprecabuntur
omnes divites plebis. Déjome de exordios y voy al
asunto, aunque tan principal. Empiece pues el curioso a percibir:
Qui potest capere, capiat. 16. »Fue Ana, como todos saben,
madre de nuestra Señora, y afirman graves autores
que la tuvo veinte meses en su vientre: Hic mensis sextus
est illi. Y añaden otros que lloró: Plorans
ploravit in noctem. De donde infiero que fue María
zahorí: Et gratia eius in me vacua non fuit. Atienda
pues el retórico al argumento: Santa Ana fue madre
de María; María fue Madre de Cristo; luego
Santa Ana es abuela de la Santísima Trinidad: Et Trinitatem
in unitatem veneremur. Por eso se celebra en esta su casa:
Haec requies mea in saeculum saeculi. 17. »¿Y qué
te dan, Ana, en retribución por tus compendios? Quid
retribuam Domino? ¿Qué paralelos podrán expresar
mis voces al decir tus alabanzas? Laudo vos? In hoc non laudo.
Eres aquella misteriosa red en cuyas opacas mallas quedan
presos los incautos pececillos: sagenae missae in mari. Eres
aquella piedra del desierto que en los damascenos campos
erigió el amante de Raquel, para dar a su ganado agua:
Mulier, da mihi aquam. Pero menos mal lo diré siguiendo
el tema del Evangelio. Es Santa Ana aquella preciosa margarita
que, fecundada a insultos del horizonte, deja ciego a quien
la busca: quaerentibus bonas margaritas. Es aquel tesoro,
ya escondido, thesaurus absconditus, ya oculto, nihil occultum,
que reservó el alma santa para los últimos
fines de la tierra: de ultimis finibus pretium eius. Es aquel
dios escondido, como decía Filón: tuus Deus
absconditus. Es el mayor de los milagros, como decía
Tomás: miraculorum ab ipso factorum maximum. 18.
»Varias circunstancias ennoblecen la fiesta. Unas son agravantes:
tolle grabatum tuum;otras que mudan de especie: specie tua,
et pulchritudine tua. Y es que los señores Flores
y Romero, nobles atlantes de este pueblo, llaman, o anoche
hicieron llamar, con aquellos truenos, hijos relámpagos
del huracán más ardiente, que subían
y bajaban a modo de aquellos rapidísimos espíritus
de la escala de Jacob: Angelos quoque ascendentes et descendentes.
Y es la razón natural, porque todo lo que baja, sube;
y todo lo que sube, baja: Zachee, festinans descende. 19.
»Cese la energía de los labios, y contemplen mis ojos,
como áncoras festivas, un texto muy literal que me
ofrecen los Cantares. Dice así. Vox turturis audita
est, flores apparuerunt in terra nostra; tempus putationis
advenit. Cantó la tórtola bella en nuestra
macilenta tierra, vinieron a celebrarla las flores, y estas
mismas flores desterraron las rameras: tempus putationis
advenit. Es tan literal el texto, que no necesita de aplicación.
Pero diré con brevedad para el erudito: está
representada en la tórtola Santa Ana; porque, si esta
triste y turbulenta avecilla es trono jeroglífico
de la castidad, Ana fue casta, pues no tuvo más que
una hija: Filia mea male a Daemonio vexatur. Lo de tempus
putationis viene tan al pie de la letra; pues los ínclitos
caballeros mayordomos desterraron aquellas samaritanas que
alborotaban el barrio. 20. »Ahora me acuerdo de otro texto
que, aún más bien que el pasado, comprehende
todas las circunstancias del asunto: de aquella gran mujer
Ana, enemiga de Fenema, como se dice en el libro de las personas
reales, la cual a impulso de sus deprecaciones, ayudándola
Helí, tuvo un hijo llamado Samuel. Atienda, pues,
el retórico al argumento: Helí, en anagrama,
suena lo mismo que Joaquín: Sonet vox tua in auribus
meis. Samuel fue profeta, María fue profetisa: conque,
en el sentido místico, lo mismo es Samuel que María.
Tengo probado difusamente el asunto, y sólo falta
aplicarle a los Romeros. Pero supuesto que el romero tiene
flor, dicho se estaba ello: Flores apparuerunt in terra nostra.
21. »Mas todavía quiero
apropiar con más propiedad las circunstancias al asunto.
Publicando están las historias que la Virgen Santísima
tendía los pañales de su recién nacido
hijo de Dios sobre los romeros. Y esto, ¿quién se
lo enseñó? Su madre Santa Ana; pues todo cuanto
supo, ella se lo enseñó: Ipse vos docebit omnia.
Conque Santa Ana tendía los pañales sobre los
romeros. Conque los romeros servían a Santa Ana. Pues
eso es lo que hacen el día de hoy; conque tenemos
lo que hemos menester. 22. »Ea, pues; pidamos la gracia.
Pero, ¿quién la pedirá? ¿Isaías? Ea
que no. ¿Gregorio? Ea que sí. La hija ayudará
en la labor a su madre: Filia regum in honore suo. Ea, pues;
digámosla aquella acróstica oración
que ella en sus niñeces enseñó a su
hija María; porque, como buena madre, al punto la
enseñó a rezar el... Ave María». 23.
Ésta fue, sin quitar ni poner, la famosísima
salutación que el incomparable fray Gerundio de Campazas
encajó en el refectorio de su convento, por estrena
y muestra de paño de sus predicaderas, en presencia
de toda aquella venerable comunidad, incluso el reverendísimo
padre maestro provincial, que por feliz casualidad había
llegado la noche antes a visitar el convento. Ésta
es aquella salutación que debiera perpetuarse en los
moldes, eternizarse en las prensas, inmortalizarse en los
mármoles, buriles y sinceles, por pieza original,
pieza única, pieza rara, pieza inimitable en su especie.
Y Dios se lo perdone al reverendísimo padre provincial
que, por su genio grave, serio, maduro y demasiado circunspecto,
después de haber echado un jarro de agua a la fiesta,
privó el cuerpo del sermón a la república
de las letras, la cual ha hecho en esto una pérdida
que jamás la podrá llorar bastantemente. Porque,
¿quién duda sino que sería un modelo de despropósitos,
de locuras, de necedades, de herejías, de cosas inconexas
y disparatadas el más gracioso y el más divertido
que ha salido hasta ahora del fondo o del sudor de las agallas?
Pues aunque en realidad andan por ahí impresos innumerables,
infinitos sermones, especialmente de estos que llaman circunstanciados,
los cuales, a lo menos en la salutación, que es lo
que hemos visto del de fray Gerundio, no le pierden pinta,
pero es de creer que en el alma y en el chiste no llegarían
al zancajo del de nuestro recién nacido predicador.
24. Fue, pues, el caso que como durante la salutación
hubo tanta bulla, tanta risa, tanta zambra en el refectorio,
que a cada paso resonaban las carcajadas a mandíbulas
batidas, hasta llegar un padre presentado a vomitar la comida
de pura risa, el lector del caso a atragantarse con un bocado
de queso, y hasta el lego que andaba con la cajeta, siendo
así que no entendía mucho de sermones ni de
latines, cogiéndole uno de los despropósitos
con el jesús en el pico, volvió a arrojar en
él por boca y por narices como de media azumbre que
ya se había embanastado, con tal ímpetu, que
asperjeó y roció medianamente a los dos colaterales.
Digo, pues, que como por todos estos incidentes fuese menester
que fray Gerundio se parase a cada paso, haciendo mil pausas
para dar lugar a la mosquetería, y ya estuviese para
acabarse la mesa; pero principalmente porque el padre provincial
hizo escrúpulo de dejarle proseguir en tanta sarta
de disparates, y más, que ya le pareció aquélla
demasiada bulla para un acto de comunidad tan serio; por
todos estos motivos, le mandó que lo dejase y que
se bajase del púlpito, lo que fue para el pobre fray
Gerundio un ejercicio de obediencia lleno de amarguísima
mortificación, sucediendo después lo que verá
el curioso lector en el capítulo siguiente.
 Capítulo IX
De los varios pareceres que hubo en la comunidad acerca
de la salutación y talentos de nuestro Fray Gerundio,
y de cómo prevaleció en fin el de que era menester
hacerle predicador
La primera diligencia que hizo el padre
provincial, luego que salió del refectorio, fue pedir
a fray Gerundio el papel; y mientras éste comía
la segunda mesa, se leyó todo el sermón en
la celda de su reverendísima, adonde concurrieron
a cortejarle todos los padres graves del convento, sirviendo
esto de rato de conversación. Y aunque allí
se repitieron con más libertad las carcajadas, porque
aseguraron los que fueron testigos de oídas que el
cuerpo del sermón no le iba en zaga a la salutación,
no hubo forma de quererle soltar jamás el provincial,
por más instancias que le hicieron aquellos reverendos
padres, excusándose con que hacía escrúpulo
de exponerle a que se hiciese más ridículo;
y sólo a duras penas alargó la salutación,
permitiendo que se sacasen algunas copias, por cuanto ésta
ya la había oído toda la mosquetería
y populacho del convento. 2. Después, vuelto a los
padres que le cortejaban, dijo con seriedad: -Es cierto
que me lastima este mozo. El talento exterior no sólo
es bueno, sino sobresaliente; pero los disparates que ensarta
no se pueden tolerar. Y todos nacen, lo primero, de la falta
de estudio; y, lo segundo, de los cenagales donde bebe, o
de los malditos modelos que se propone para imitarlos, los
cuales no pueden ser peores por el modo y por la sustancia.
Maliciaron algunos que esto último lo decía
el provincial por el predicador mayor de la casa; pues no
ignoraba la amistad particular que profesaban los dos, ni
las pésimas instrucciones que le daba; y aun el mismo
predicador debió de sospechar algo, porque es fama
que se puso colorado. -Pero, sea lo que fuere -prosiguió
el provincial-, yo quiero ver, en presencia de vuesas paternidades,
si con maña y con suavidad puedo hacer que este muchacho
conozca su bobería, estudie, se aplique y lea a lo
menos buenos libros de sermones, para que tome el verdadero
gusto de predicar, y la orden se aproveche de sus especiosos
talentos. Mandó, pues, al lego su socio, que había
ido a servir a aquellos padres un traguito de vino rancio
y unos bizcochos de canela por modo de postre, que bajase
al refectorio y dijese a fray Gerundio que en acabando de
comer subiese a la celda del provincial. 3. Subió
al punto apresurado, sobresaltado y azorado; pero luego se
serenó viendo que el provincial le decía con
mucho agrado: -Venga acá, hijo, y deme un
abrazo; que lo ha hecho ni más ni menos como yo esperaba.
Y si no le permití que acabase su sermón, no
fue porque no le oyésemos todos con gran gusto, pues
ya vio cuánto se celebró, sino porque estaba
ya acabando de comer la comunidad. No es creíble
cuánto se solazó y cuánto se alentó
fray Gerundio al oír hablar a su provincial en un
tono que ciertamente no esperaba. Pero, llevando éste
adelante su prudente artificio, le preguntó: -Ea,
dígame la verdad, ¿quién le compuso la salutación?
-Padre nuestro -le respondió con una intrepidez y
una sinceridad columbina-, lléveme el diablo si no
la saqué yo toda de mi cabeza. -Pues aquellos textos
tan literales y tan apropiados -le replicó el provincial-,
¿cómo los podía saber si nunca ha leído
la Biblia? -Padre nuestro -respondió fray Gerundio-,
eso, con una leccioncita que me dio en cierta ocasión
el padre predicador mayor, es para mí la cosa más
fácil del mundo. -Pues, ¿qué leccioncita fue
ésa? -Díjome que cuando quisiese aplicar algún
texto a cualquiera palabra castellana, no tenía más
que buscar en las Concordancias la palabra latina que la
correspondiese, y que allí encontraría para
cada voz textos a porrillo, con que podía escoger
el primero que me diese la gana. Así lo hice, y en
verdad que los textos, si no me engaño mucho, me salieron
a pedir de boca. Por eso, cuando dije que Santa Ana palpitaba
en el útero materno, luego encajé: Ex utero
ante luciferum genui te. Mire vuestra paternidad el útero
clarito como el agua. Cuando dije que tenía hermoso
y airoso bulto, al instante espeté lo de vultum tuum
deprecabuntur, que ni de molde podía venir mejor.
En hablando de hija, allí está, en las Concordancias,
filia mea male a Daemone vexatur; y si hubiera querido traer
otros cien textos de filia, también pude. Para las
circunstancias agravantes, mire vuestra paternidad si el
tolle grabatum tuum podía venir más al caso;
y para aquello de las rameras, el tempus putationis advenit
me parece que vino como nacido. 4. -¿Conque esa leccioncita
le dio el padre predicador mayor? -le replicó el provincial
con un poco de retintín. -Sí, padre nuestro
-respondió el inocente fray Gerundio-; y con ella
no temo predicar el sermón más dificultoso
y de circunstancias más enrevesadas que puede haber;
pues como yo encuentre en las Concordancias la voz correspondiente,
bien pueden llover circunstancias sobre mí, que también
lloverán textos literales sobre el auditorio. -Pero,
¿no ve, hijo -le replicó el provincial-, que esa regla
no es buena, porque puede el predicador querer probar una
cosa, y el texto, donde se halla la palabra que va a buscar,
hablar de otra que no tenga conexión ni parentesco
con lo que él intenta? Pongo por ejemplo: ¿qué
tiene que ver que Santa Ana palpitase o no palpitase en el
vientre de su madre (dejo a un lado el disparate) con la
generación eterna del Verbo en la mente divina, de
la cual en la sentencia más común habla el
texto: Ex utero ante luciferum genui te? -Ello, padre nuestro
-respondió fray Gerundio-, allí hay cosa de
útero; y si no viniere el texto al palpitar, vendrá
al útero, y eso basta al predicador. 5. -Pero dígame:
¿y a qué vino el vultum tuum deprecabuntur? -¿A qué
había de venir? A lo de hermoso y airoso bulto. -¡Pecador
de mí! -exclamó el provincial-. Pues, ¿no sabe
que vultus, vultus, vultui significa «el semblante»? -Sí,
padre nuestro, ya lo sé; pero significa «el semblante
de bulto»; porque si no, diría faciem tuam, os tuum.
Con dificultad pudo el provincial contener la risa al oír
tan furioso despropósito. -Y lo de tolle grabatum
tuum, ¿a qué lo trajo? -le preguntó el provincial.
-¿A qué lo había de traer? -respondió
fray Gerundio-. Pues, ¿no se acuerda vuesa ternidad que lo
traje a lo de circunstancias agravantes? ¿Hay cosa más
parecida que agravantes y grabatum? Yo a la verdad no sé
lo que significa grabatum; pero a mí me suena a cosa
de agravante, y lo mismo sonará a cualquiera auditorio
que tenga buen oído; y como al auditorio le suene,
no es menester más para que venga bien. 6. No obstante
la natural seriedad y circunspección del padre provincial,
le retozaba tanto la risa al oír tan continuados y
tan tremendos desatinos, que apenas podía reprimirla.
Pero al fin, conteniéndola lo mejor que pudo, y empeñado
ya en tocar, aunque de paso, los muchos disparates de otra
especie que había dicho en la salutación, le
preguntó: -¿Y qué graves autores son los que
enseñan que Santa Ana tuvo a nuestra Señora
veinte meses en su vientre? -Padre nuestro -respondió
fray Gerundio-, yo no lo sé, porque en ninguno lo
he leído. Pero como oigo a cada paso decir a los predicadores
más famosos afirman graves autores, dicen graves autores,
enseñan graves autores, sienten graves autores, yo
creí que ésa era una de las muchas fórmulas
que se usan en los sermones, como cuando se dice aquí
conmigo, ahora a mi intento, vaya para el teólogo,
note el discreto, de las cuales fórmulas cada cual
puede usar libremente cuando le diere la gana; y que, aunque
ningún autor haya soñado en decir lo que dice
el predicador, éste puede citar a bulto autores, Padres,
concilios y teólogos siempre que le viniere a cuento,
como también versiones, exposiciones y leyendas. Porque
lo demás, padre nuestro, ¿adónde íbamos
a parar? ¿Ni quién había de ser predicador
si todas las noticias, erudiciones y textos que se traen
en los sermones se habían de encontrar en los libros?
7. -Pues, ¿no ve, hijo mío -replicó el provincial-,
que eso es mentir; y que la mentira, sobre ser vergonzosa
e indigna de un hombre de bien en cualquiera parte, en el
púlpito, que es la cátedra de la verdad, es
una especie de sacrilegio? -¡Buenos escrúpulos gasta
vuestra paternidad! -respondió fray Gerundio-. Yo
no he oído tantos sermones como vuestra paternidad,
porque hasta ahora he vivido poco; pero puedo asegurar que
en ninguna parte he oído tantas mentiras como en los
púlpitos. Allí se dan a las piedras las virtudes
que no tienen; se fingen flores, árboles, frutas,
aves, peces, animales y plantas que no se encuentran en toda
la naturaleza. Allí se hace decir a los Padres y a
los expositores lo que no les pasó por la imaginación;
y a mi parecer hacen muy bien los que lo hacen, porque si
los Padres y los expositores no dijeron aquello, pudieron
decirlo, y nadie los quitó que lo dijesen. Allí
no pocas veces se fingen textos aun de la misma Sagrada Escritura,
que no se hallan en ella; y esto, a mi ver, no tiene inconveniente;
porque así como el Espíritu Santo inspiró
a los Profetas y a los Evangelistas las cosas que dijeron,
así puede inspirar a los predicadores las que ellos
dicen. A lo menos, cierto predicador de mucha fama así
me lo dijo a mí; y aunque es verdad que esta doctrina
no asentó muy bien a mi razón, pero al fin
bien conocí que era de mucha conveniencia. Finalmente,
allí se fingen o se cuentan sucesos y ejemplos trágicos
y horrorosos que nunca sucedieron, adornándolos y
vistiéndolos con tan extrañas circunstancias,
que claramente se conoce que son novelas; y con todo eso,
vemos que hacen mucho fruto, porque la gente gime, llora,
suspira y se compunge. Mire ahora vuestra paternidad si se
miente en los púlpitos. 8. -No le puedo negar que
por nuestros pecados hay mucho de eso -replicó el
provincial-, pero siempre es un atrevimiento y aun una desvergüenza
intolerable. Y a cualquiera predicador a quien le cogieran
en alguna de esas imposturas, se le debiera castigar severamente
y quitarle para siempre la licencia de predicar. -¡Ah padre
nuestro! -respondió fray Gerundio-. Si se hiciera
eso, ¿quién había de predicar los sermones
de cofradía? ¿Y cuántos hombres honrados quedarían
por puertas, o necesitarían aprender otro oficio?
9. -Pero dígame, hijo: ya que por esos disparatados
motivos levantó a esos graves autores el falso testimonio
de que afirmaban que Santa Ana había tenido a la Virgen
veinte meses en su vientre, ¿a qué propósito,
o a qué despropósito, trajo para probarlo el
texto de hic mensis sextus est illi? ¿Seis meses son por
ventura veinte? -Lo primero, padre nuestro, que yo no traje
el texto para lo de veinte, sino para lo de meses; y para
eso el hic mensis venía que ni de molde. Lo segundo,
que aunque le hubiera traído para lo de veinte, tampoco
podía venir más al caso; porque la cuenta es
clara: donde hay seis, hay cinco; seis y cinco son once;
donde hay once, hay nueve; y nueve y once son veinte. Conque
vele ahí los veinte clavados por las equipolencias;
que no estoy tan en ayunas de súmulas como algunos
piensan. 10. Reventaba de risa el provincial, no obstante
su genio adusto y algo cetrino, al oír unos disparates,
por una parte tan garrafales, y por otra tan inocentes; y
prosiguiendo ya por entretenimiento lo que había comenzado
por vía de amorosa corrección, le preguntó:
-¿Y qué graves autores dicen que Santa Ana fue abuela
de la Santísima Trinidad? ¿No ve que ésa es
una herejía formalísima; porque la Santísima
Trinidad es increada, es improducible, es eterna, y consiguientemente
no puede tener madre ni abuela? Por aquí conocerá
ahora cuánto le conviene estudiar teología,
aun para ser predicador; porque si la estudia, no dirá
herejías como ésta. -Como yo no diga otras
herejías -respondió fray Gerundio-, no me llevarán
a la Inquisición. -También yo lo creo -replicó
sonriéndose el provincial-, porque a la Inquisición
no llevan a los tontos. Pero, ¿dejará de conocer que
ésa es herejía? -¡Buena herejía de
mis pecados! -dijo fray Gerundio-. Pues dígame vuestra
paternidad, padre nuestro, ¿Santa Ana no fue madre de nuestra
Señora? Sí, porque así lo dice el texto:
Dixit discipulo: Ecce mater tua. ¿Nuestra Señora no
fue madre de Cristo? También, porque así lo
afirma San Juan: Dixit matri suae: Ecce filius tuus. Luego
Santa Ana fue abuela de la Santa Trinidad. -Si no estuviera
más en ayunas de súmulas de lo que piensa -replicó
el provincial-, no había de sacar esa consecuencia,
sino ésta: Luego Santa Ana fue abuela de Cristo.
-Pues, ¿qué más me da una que otra, padre nuestro?
-preguntó fray Gerundio. -Pues, ¿qué? -le
dijo el provincial-. ¿Cristo es la Santísima Trinidad?
-Así lo fuera yo -respondió fray Gerundio.
Et Trinitatem in unitatem veneremur. Conque ¿me negará
vuestra paternidad muy reverenda que Cristo es la Santísima
Trinidad? -¡Y cómo que lo negaré! -respondió
el provincial-. Es la segunda persona de la Trinidad, pero
no es la Trinidad; así como fray Gerundio es persona
del convento, pero no es el convento. Y si no, argüiría
bien el que dijese: Cecilia Rebollo fue madre de Catanla
Cebollón; Catanla Cebollón fue madre de fray
Gerundio de Zotes, persona del convento de Colmenar de Abajo;
luego Cecilia Rebollo fue abuela del convento de Colmenar
de Abajo. Tampoco arguyó bien el hermano fray Gerundio;
y cierto hubiera sido mejor que el retórico no hubiese
atendido al argumento. -Padre nuestro -le respondió
fray Gerundio-, «todas ésas son galanterías
de la escuela», como dice el Barbadiño. 11. -¿Y son
galanterías de la escuela -replicó el provincial-
decir que Santa Ana, como buena madre, enseñó
a la Virgen a rezar el avemaría? -Pues, ¿qué?
-dijo fray Gerundio-. ¿Querrá vuestra paternidad negar
también una verdad tan clara y tan patente? Una madre
tan santa y tan cuidadosa de la buena crianza de su hija
como fue la señora Santa Ana, ¿dejaría de enseñarla
la doctrina cristina, ni más ni menos como está
en el catecismo de Astete, comenzando por el Todo fiel cristiano
hasta acabar? Y más; que hay quien diga que también
la enseñó aun el mismo ayudar a misa, y que
la santa niña a los siete años de su edad ayudaba
a todas las misas que se decían en la iglesia de su
lugar, con mucha devoción y con mucha gracia; porque
ya sabe vuestra paternidad que en tiempos antiguos, como
lo leí en no sé qué libro, las mujeres
ayudaban a misa. -Déjelo, fray Gerundio, déjelo;
que no hay paciencia para oírle ensartar tantos y
tan furiosos disparates -repuso el provincial-. ¿Es posible
que sea tan pobre hombre que no advierta que el avemaría
es una oración que se reza a la misma Virgen; y que
si Santa Ana se la hubiera enseñado, la enseñaría
a que se rezase a sí misma? ¿No ha leído siquiera
en el catecismo aquella pregunta: «¿Quién dijo el
avemaría? El arcángel San Gabriel, cuando vino
a saludar a la Virgen»; y que ésta fue la primera
avemaría que se rezó en el mundo, cuando ya
no estaba en él la gloriosa Santa, que había
muerto tres años antes que esto sucediese? 12. »No
quiero ya hacerle más preguntas sobre la sustancia
de la salutación, porque sería nunca acabar;
pero no puedo menos de hacerle algunas acerca del estilo,
porque algunas cláusulas me dieron mucho golpe. Verbigracia:
¿qué quiso decir en esta prodigiosa cláusula:
«A este, pues, ángel transparente, diáfana
inteligencia y objeto especulativo de la devoción
más acre, consagra esta extática y fervorosa
plebe estos cultos hiperbólicos»? -Padre nuestro
-respondió fray Gerundio-, lléveme el diablo
si yo sé lo que quise decir. Sólo sé
que la cláusula es retumbante, y que en sonando bien
a los oídos no hay que pedirla más. Y si no,
dígame vuestra paternidad quién hasta ahora
ha puesto tachas a estas cláusulas que andan impresas
en un solo sermón de San Andrés, y en verdad
que no son más claras que la mía. 13. »Y
porque el lleno de tan celestes luces no ofusque atingencias
visuales, atemperaré la discreción atenta con
las lustrosas circunstancias del asunto... Al destellar los
crepúsculos matutinos, iluminaban el templo de flamantes
resplandores, siendo el brillante candor feliz penegiris
de su acra solemnidad... Nítidos ráfagos de
flamulosas antorchas, brillantes destellos de solares luces
animaban afectos obsequiosos, excitando admiraciones festivas:
Candidus insuetum miratur lumen Olympi». Y note vuestra paternidad
de paso el modo de traer los textos, ni más ni menos
como yo los traigo. Y más abajo: «En el hermoso cielo
de esta magnífica capilla brillan soles en número
distintos, Cristo y nuestro glorioso Santo: Fulserunt quondam
candidi tibi soles; pero los identifica afectivamente la
fineza, porque Cristo vitaliza con los ígneos destellos
de su amor al amante corazón de San Andrés:
Lampades ignis: in me manet, et ego in illo. [¡Cosa divina!
Y luego me condenará vuestra paternidad el Trinitatem
in unitate veneremur]. Con esta constelación hermosa,
ya no hay que temer fascinaciones de la esfera; porque las
luces, que podían recomendar propios resplandores,
gloria stellarum, [¡Ay qué gloria! Como quien dice
vultum tuum deprecabuntur], emplean hoy sus brillos en obsequiar
de San Andrés glorias: Et opera manuum ejus annuntiat
firmamentum». Mire vuestra paternidad si yo mismo pudiera
traer texto más al caso. 14. »Padre nuestro, por
ahora no quiero cansar más la atención de vuestra
paternidad con alegarle más cláusulas, no sólo
de este sermón, sino de otros treinta y uno que están
impresos con él, y se contienen en un gran libro de
a folio; los cuales todos toditos están en este mismísimo
estilo, que es un pasmo, es una admiración, es una
borrachera. -Ahora lo dijo todo -replicó el provincial-
sin saber lo que se dijo; porque no puede haber epíteto
que cuadre ni explique mejor lo que es ese género
de estilo, pues sólo un hombre embriagado con el vino
de la ignorancia, de la insensatez y de la presunción
puede gastarle. Y digo que tiene muchísima razón:
que ese estilo y el de su salutación, esas cláusulas
y las suyas, son tan parecidas como una castaña a
otra castaña. Pero ¿es posible que me diga que hay
un libro de sermones impresos en ese estilo? No lo creo;
porque ¿quién lo había de permitir? ¿Qué
tribunal había de dar licencia para eso? ¿Cómo
había de tolerar que una obra como ésa nos
expusiese a la risa, a la burla y aun al desprecio de los
extranjeros que no nos quieren bien? Y al autor que seriamente
pretendiese imprimir semejantes locuras, ¿cómo podían
menos de declararle por falto de juicio y de llevarle por
caridad a la casa de la misericordia de Zaragoza, o a la
de los orates de Valladolid? 15. -¿Conque vuestra paternidad
no quiere creer que ande impreso tal libro, y con todas las
licencias necesarias, y con aprobaciones rumbosas y de muy
elevado coturno? -Digo que no lo quiero creer -respondió
el provincial-, y que aunque lo vea, pensaré que sueño.
-Pues espere un poco vuestra paternidad, que yo haré
que lo vea y que lo palpe. Y diciendo y haciendo, sale fray
Gerundio precipitadamente de la celda del provincial, vase
corriendo a la suya, vuelve volando, trae un libro de a folio
muy manoseado; porque no le dejaba de la mano el bueno del
frailecito, y casi le sabía todo de memoria. Preséntale
al provincial y le dice: -¿Está impreso este libro?
-Sí, impreso está -respondió su reverendísima.
-Pues lea vuestra paternidad -continuó fray Gerundio-
el primer sermón de San Andrés. Hízolo
y leyó a la letra las cláusulas arriba citadas,
ni más ni menos como las había recitado fray
Gerundio. Quedose pasmado; y viendo fray Gerundio
que triunfaba, añadió: -Pues ahora ábrale
vuestra paternidad por cualquiera parte, y verá si
se desmiente el autor, y si no es todo semejantísimo
a sí mismo. 16. Abriole por el sermón
que se seguía de la Concepción, y tropezó
luego con esta cláusula: «Veamos, pues, en aquellas
occidentales fabulosas sombras, dibujadas estas orientales
marianas luces; que no es improperio a las soberanas luces
el brillar entre las sombras: Lux in tenebris lucet; pues
consta que entre la primordial tenebrosidad brilló
la concepci&o |