 Libro III
 Capítulo I
De un enredo de barrabás que hizo el mal dimoño,
para acabar de rematar a fray gerundio
Habrá notado
acaso el muy crítico y muy curioso lector (y también
es muy natural que no lo haya notado) que la división
y comenzamiento de este libro tercero no está según
arte; porque, habiendo acabado el primero con las niñeces,
primeras letras y estudios pueriles de nuestro incomparable
fray Gerundio, hasta dejarle en el noviciado con el hábito
de la religión, parecía que el segundo libro
se había de cerrar con los estudios, pocos o muchos,
que tuvo en ella, y que debiera comenzar el tercero desde
que se halló ya sacerdote de misa y con el nombramiento
de predicador sabatino; por cuanto el nuevo estado, y asimismo
el nuevo empleo, eran una época de su vida, natural,
oportuna y propia para esta tercera división. De donde
acaso el mismo lector querrá poner pleito al pobre
libro segundo, sobre su capítulo décimo, diciendo
que éste toca de justicia al libro tercero, y el que
ha sido usurpación y tiranía privarle de él.
2. Yo no juraré que no tenga sus vislumbres o apariencias
de razón el que hiciere este reparo. Pero, sobre que
hasta ahora no se ha publicado alguna pragmática sanción
que dé reglas fijas, ciertas y universales para el
amojonamiento, término, límites ni cotos de
los párrafos, capítulos ni libros; pues hasta
en las lindes de los puntos, que son más necesarias
para que no haiga pleitos en la jurisdicción e inteligencia
de las cláusulas, sabe Dios y todo el mundo los trabajos
que hay, por no haberse recibido alguna ley obligatoria que
ligue y cause entero perjuicio a los escritores y a los escribientes;
como esta costumbre de la división de capítulos
y libros, dicen que se ha introducido en el mundo literario
para que descansen y tomen huelgo así los que escriben
como los que leen, en asegurando yo que no me cansé
hasta que dejé a fray Gerundio, no sólo con
el título de predicador sabatino, sino con los primeros
crepúsculos de la instrucción del padre maestro
Prudencio, paréceme que, por lo que a mí toca,
tapé la boca al crítico reparador. Si mis lectores
se cansaron antes, eso no debe ser de mi cuenta. ¿Quítoles
yo, por ventura, que cierren el libro cuando les diere la
gana y se echen a dormir hasta que despierten, con lo cual
no sólo dividirán, sino que podrán hacer
jigote los capítulos y los libros, siempre y cuando
les pareciere puesta en razón? 3. Pero me dirán
que aunque no hay ley escrita que arregle estas divisiones,
las regla y como que las dicta la misma ley natural, esto
es, el sindéresis y la razón de los escritores
metódicos, claros y de buena economía. A eso
respondo que en esto de sindéresis y de razón
natural cada cual tiene la que Dios le dio, y que los entendimientos
son tan diferentes como las caras. A tal le parece que escribe
y que habla con el mejor método del mundo; y al otro
que le lee o que le oye, le parece un eterno embrollador
y una confusión de confusiones. Vaya un ejemplo. Díganle
al autor del Verdadero método de estudiar que es un
embolismo todo lo que escribe; que en muchas partes apenas
se perciben las reglas prácticas que da; y que las
que se perciben, o es imposible, o sumamente dificultoso
practicarlas, y consiguientemente que por ellas ninguna facultad
se aprenderá. Se espiritará de cólera,
se pelará las barbas al quitar con que quiso engalanarse;
y a cualquiera que le vaya con esta embajada, le dará
una rociada de parvoices, de ridicularias y de crasas ignoranzas,
con que le haga retirar más que de paso. 4. Vaya
otro ejemplo. No ha muchos años que cierto cirujano
latino (así decía él que lo era), hombre
bonísimo, imprimió un libro con este título:
Método racional y gobierno quirúrgico para
la curación de los sabañones. ¿Quién
no creería, según el epígrafe de la
obra, que ésta se reducía a dar reglas prácticas
y metódicas para curar estas bachillerías de
la sangre, que dan tan malos ratos a la gente de poca edad,
y tal vez a los hombres barbudos y aun canosos? Pues no,
señor; de los trece capítulos a que se reduce
todo el librete, sólo el último tiene algún
tastillo de metódico o de práctico. Los otros
doce, sobre ser impertinentísimos para el asunto,
tienen tanto de método y de gobierno quirúrgico
como de oportunidad. Empeñose en hacérselo
conocer al autor un tal Juan de la Encina, escritor desalmado
de tres cartas asaz bien escritas, en que esgrimió
sobre las costillas del pobre cirujano toda la pujanza de
su postizo apellido. Y aunque, con efecto, le hizo evidencia
de que el hombre de Método sólo podía
ponérsele a la obrilla por mote o por antífrasis,
el bonazo del autor se fue a la otra vida muy persuadido
a que no se había escrito en ésta cosa más
metódica ni más gubernativa. Véngansenos
ustedes ahora con que el sindéresis y la razón
natural dictan a cada autor el método que debe observar
en el económico repartimiento de sus escritos. 5.
Pero al fin, ¿qué nos estamos quebrando la cabeza?
Note el curioso lector que en el primer párrafo o
número del capítulo último del libro
antecedente, quedó nuestro fray Gerundio presbítero
in facie Ecclesiae y predicador sabatino en toda propiedad;
y respóndame en Dios y en su conciencia a esta preguntilla:
¿Sería bien parecido que aquel capítulo no
se compusiese más que de un solo párrafo, y
que se presentase en el libro como capitulillo de teta o
de miñatura, siendo así que los otros pueden
pasar por capítulos generales, aunque sean de la religión
más numerosa, por la multitud de especies y de números
que concurren a componerlos? Haga justicia el prudente y equitativo lector; y si en medio de eso no me concediere
la razón, pacencia, Calros, pacencia. 6. Hecha esta
digresión, tan necesaria como impertinente y molesta,
volvamos a atar el hilo de nuestra historia. Es tradición
de padres a hijos que estaban acabando de comer el maestro
Prudencio y nuestro fray Gerundio, por señas que les
servían de postre unos caracoles de alcorza y algunas
bellotas de mazapán, con que había regalado
al padre maestro cierta monja de la orden, confesada suya,
cuando comenzaron a llamar con grande fuerza a la puerta
de la granja. Salió al ruido de los golpes el lego
que cuidaba de ella, y encontrose (¡quién tal
imaginara!) no menos que con el padre predicador mayor de
la casa, el incomparable fray Blas, y con un labrador guedejudo,
fornido, rechoncho y de pestorejo, que venía en su
compañía; caballero el padre predicador en
un rocín acemilado, tordo, sutil, zanquilargo, y ojeroso;
y montado el paisano en un pollinejo rucio, aparrado, estrecho
de ancas, rollizo, orejivivo y andador. Era el caso que en
una aldea presumida de lugar, dos leguas distante de la granja,
que se llamaba antiguamente Jaca la Chica y ahora, o porque
se corrompió el vocablo, o por reducir a una sola
voz el diminutivo, se llama Jacarilla, había fundado
pocos años antes una cofradía dedicada a Santa
Orosia el cura del lugar, que era aragonés y muy devoto
de la santa. El mayordomo de aquel año, que era el
labrador que venía acompañando a fray Blas,
le había echado el sermón; y aunque éste
no valía más de quince reales, dos libras de
turrón y un frasco de vino de la tierra, fray Blas
le había admitido; porque en materia de sermones llevaba
la opinión de los mercaderes, que muchos pocos hacen
un mucho, y recibir a todo pecador como viniere. Algo se
rodeaba por la granja; pero, por comer en casa de la orden,
y sobre todo por ver a su querido fray Gerundio, aunque había
tan poco tiempo que se habían separado, quiso hacer
este rodeo. 7. Tanto como se alegró fray Gerundio
con la vista de su amigo, tanto sintió el maestro
Prudencio aquella importuna visita, temiendo que si los dejaba
hablar a los dos a solas, echaría a perder el aturdido
del predicador todo lo que, a su modo de entender, había
adelantado él por la mañana. Hizo, pues, ánimo
a no perderlos un punto de vista hasta que marchase fray
Blas, suponiendo que lo haría después de comer.
Y para que lo ejecutase cuanto antes, dio orden al lego para
que los calentase a toda prisa lo que había sobrado
de la comida, añadiendo algunos torreznos fritos,
que es el agua de socorro para huéspedes repentinos,
cuando llegan al levantar de los manteles. 8. Mientras se
aderezaba la comida, no los divirtió poco el labrador,
que, aunque zafio de explicaderas, grosero de persona y no
muy delicado de crianza, era bastante ladino y un si es no
es socarrón. Ya sabía que el maestro fray Prudencio
era hombre de mucho respeto en la orden, porque se lo había
prevenido fray Blas en el camino. Y así, luego que
entró en la sala donde estaba, le hizo una grande
reverencia, escarbando hacia atrás con el pie y pierna
izquierda, tanto, que le faltó poco para hincar una
rodilla, pero sin quitarse el monterón perdurable
que tenía calado hasta las orejas. Y saludando al
maestro, le dijo: -Tenga su eternidad güenas tardes,
endísimo padre fray maestro, y güen provecho
haga su esencia. Prega a Dios que todo se le convierta en
unjundia. Y diciendo y haciendo, sin esperar a que nadie
se lo rogase, echó mano de uno de los vasos de vino
que estaban sobre la mesa en una salvilla, para echar a la
que llaman de San Vitoriano, y con despejo patanal añadió,
sin detenerse: -A la salud de su trinidad muy raborenda;
y también a la de mi padre perdicador fray Bras, que
es la frol de los perdicadores de chapa; y también
a la de ese flaire mocico, que mal año para quien
me quiera mal, si no tiene pergeño de ser con el tiempo
otro padre flay Bras; y también a la de mi amigo el
padre granjero flay Grigorio, que aunque no es de misa, tampoco
lo fue su padre, Dios le bendiga; pero en una feria de carneros,
que se venga a emparejar con él un hatajo de padres
persentados; porque, por fin y por postre, de todo se sirve
Dios. Acabada esta letanía, echose a pechos
el vaso, que era de mediano portante, y volcándole
boca abajo sobre la salvilla, él se dejó caer
en un banco, repantigándose en él con mucha
autoridad. 9. Cayó muy en gracia al bueno del maestro
Prudencio toda esta introducción; y como era de genio
tan bondadoso y apacible, le dijo con mucho agrado: -Buen
provecho, tío. ¿Cómo se llama? -Bastián
Borrego, para servir a su ausencia -respondió el labrador,
y al decir esto, hizo ademán de levantarse un poco
la montera. -Por muchos años, en vida y salud de
su mujer y de sus hijos, si los tiene -continuó fray
Prudencio. -Y como unas froles, aunque parezca mal que yo
lo diga -replicó el tío Bastián-; especialmente
uno que tengo vestido con el habitico de San Juan de Dios,
de estos que llaman flaires gaspachos. Déjelo su usandísima,
eso es bobada. -¿Conque el tío Bastián -prosiguió
el padre maestro- es mayordomo de Santa Orosia? -Y también
lo jui -respondió Borrego- de la cofradía del
Santísimo, y serví la de la Cruz y la de las
Ánimas; y ahora sólo me falta que me echen
a cuestas la de San Roque, que no dejarán de hacerlo,
porque para los probes se hicieron los trabajos. -Según
eso, tiene por trabajo el servir a los santos -replicó
el padre maestro. -A los santos, padre nuestro, güeno
es servirlos; pero el caso es que, según mi corto
maginamiento, en estas mayordomías de mis pecados,
se sirve poco a los santos y mucho a los cofrades. Y si no,
dígame su reverencia, ¿se servirá mucho a los
santos en que un probe como yo gaste en cada una de estas
mayordomías sesenta rales en vino, veinte en tortada,
diez en avellanas, todo para dar la caridad a los cofrades,
sin contar la cera, ni la comida a los señores sacerdotes,
ni la limosna del padre perdicador, que todo junto hace subir
la roncha a más de ciento y veinte rales? Ya la cera,
la limosna del sermón, y aunque digamos también
la comida de los curas, pase; porque todo esto parece cosa
de Igresia. Pero ¡el vino de los cofrades, que hay hombre
que se mama dos cuartillas! ¡La tortada y las avellanas para
yesca! Y añada su trinidad el baile por la tarde a
la puerta del mayordomo, que dura hasta muy entrada la noche;
y más, si toca el tamboritero el son que se llama
el espantapulgas. ¿Querráme decir su usandísima
que de esto se sirve Dios, ni los santos? 10. -De esto no
creeré yo que se sirvan mucho -respondió fray
Prudencio-, y por lo mismo estoy también mal con ello.
Pero si el tío Bastián conoce que las mayordomías
y las cofradías se vienen a reducir a esas borracheras,
¿para qué entra en ellas? -¿Para qué entra
en ellas? ¡Güena pregunta! Bien se conoce que su ausencia
está metido allá con sus libros, y no sabe
lo que pasa en el mundo. Padre nuestro, en los lugares es
preciso entrar en todas las cofradías, porque es preciso,
y no digo más; que al güen entendedor, pocas
palabras. Juera de esta razón, que pesa un quintal,
viene un flaire y pondera tanto las undulgencias de una cofradía,
viene otro y perdica tantas cosas sobre los suflagios que
hace la otra por sus defuntos, que si un hombre no los cree,
le llevan qué sé yo adónde; y si los
cree y no lo hace, le tienen por judío. 11. -Pero
aunque entre en las cofradías -replicó fray
Prudencio-, no le pueden obligar a que sea mayordomo. -¿No
me pueden obligar? -respondió el tío Borrego-.
Si usa caridad no sabe más de tulugía que de
cofradías, no trueco mi cencia por toda la suya. ¿Qué
razón habrá divina ni humana para que, habiendo
yo bebido el vino y comido el turrón de los demás
cofrades, no beban y coman ellos el mío? Amén
de eso, si entro a la parte en los suflagios y en las undulgencias,
también tengo a entrar en los gastos. Pues, ¿qué?
¿No hay más que entrar uno cofrade, morir bien o mal,
como Dios le ayudase, irse al pulgatorio y salir luego de
él de mogollón y, como dicen, de bóbilis
bóbilis, sin que le cueste tanto como a cualquiera
otro probe? A buen bocado, buen grito; lo que mucho vale,
mucho cuesta; donde las dan, las toman; y donde no las toman,
no las dan. 12. -Pero si el cofrade se va al infierno -replicó
el padre maestro-, ¿de qué le sirven los sufragios
ni las indulgencias? -Ahora sí -respondió
el tío Bastián- que su eternidad muy reverenda
dio en el punto, y se conoce que es tiólogo. Sin serlo
yo, he puesto esa enfecultá a muchos padres perdicadores,
y en verdad que no han sabido desenredarse bien de ella.
Las cofradías que se reducen todas a suflagios y a
undulgencias, sólo sirven para los que están
en gracia; mas para ponerse en ella no sirven, sino que sea
por muchos arrudeos. Pues aquí de Dios y del rey,
digo yo ahora. ¡Cuánto más valen aquellas cofradías
que llaman conjuraciones! -Congregaciones querrá
decir, tío Bastián -le interrumpió fray
Prudencio. -Su usandísima no repare en venablos,
o en vucablos -prosiguió Bastián Borrego-;
que entendiéndonos, nos entendemos, y cada probe estornuda
como Dios le ayuda. Digo que ¡cuánto más valen
aquellas conjuraciones, o congrigaciones, o lo que jueren,
que obrigan a escobijar la conciencia confesando y comulgando
a menudo, como si dijéramos cada mes o los días
de las fiestas recias; que dan regras para vivir un cristiano
honradamente, en las cuales no hay mayordomías ni
estos embelecos o dimonios de caridades; y que, en fin, son
medios para librarle a un hombre del infierno; que las otras
que lo más más a que tiran es a sacarle a uno
del pulgatorio! A eso digo yo, padre nuestro, que una vez
metido en el pulgatorio, tarde o templano yo saldré
de él; pero in Enferno mula es enrentio, y en verdá
que no me han de sacar de él los oficios de Ánimas
que hace la cofradía por los cofrades enfuntos. 13.
Grandísimo gusto le daba al bueno del padre maestro
la conversación del tío Bastián, porque
en medio de sus charras explicaderas, descubría que
era hombre de humor y de entendimiento. Así pues,
deseoso de oírle hablar más, le preguntó
quién había fundado en Jaca la Chica, o en
Jacarilla, la Cofradía de Santa Orosia, porque le
parecía cosa extraordinaria; puesto que aunque había
visto muchas Cofradías del Sacramento, de las Ánimas,
de San Roque y de San Blas y de algunos otros santos, pero
que de Santa Orosia nunca la había visto ni oído,
atento a que esta santa, aunque tan grande, era poco conocida
en Castilla. -A eso responderé, esentísimo
padre -dijo el tío Bastián y a este tiempo
tomó un polvo de la caja que a tal punto abrió
el padre maestro-, que en cada villa su maravilla, y cada
ladrón tiene su santo de devoción. El cura
de mi lugar es aragonés, nacido y bautizado en la
zuidá de Jaca, que dicen está allá junto
a tierra de moros; y de camino quiero que sepa su ausencia
que no quiere que le llamemos señor Guillén
(que éste es el apellido de su alcurnia), sino mosén Guillén, porque diz c'así s'usa en su tierra;
y al emprencipio, cierto que todos nos ríamos muchísimo,
porque esto de mosén nos olía a cosa de Moisés.
-No -le interrumpió el padre maestro-; es voz muy
antigua de la lengua castellana, tomada de la arábiga,
para explicar mi señor, y se ha conservado en Aragón
como por distintivo y mayor respeto de los señores
sacerdotes. -Pues este tal cura -prosiguió el tío
Borrego- es un santo (¡así lo juera yo delante de
la cara de Dios!); y porque diz que en la zuidá de
Jaca, donde él nació, tienen grandísima
devoción con Santa Orosia, que es su patrona, él
también se la tiene; y como mi lugar se llama Jaca
la Chica, nos perdicó en un sermón (¡Válgame
Dios! ¡Y qué sermón nos perdicó!) que
sería güeno que tuviese la misma patrona que
Jaca la Grande, porque Dios y los santos no reparan en estaturas;
y para esto me acuerdo que trajo allá un tiesto de
Isabel cuando unció por rey a David. -Samuel diría
el cura -interrumpió el maestro Prudencio. -Samuel
o Isabel, que para lo de Dios todo es uno -prosiguió
el tío Borrego-; a quien dijo su Majestá que
no mirase en su estatura, si era grande o chica; y luego
lo dijo en latín tan craro y tan clavado, que lo entendió
hasta la mi Coneja, que así se llama mi mujer, Bartola
Conejo, para servir a Dios y a su eternidad. En fin, tantas
y tales cosas nos dijo de la groriosa Santa, que se juntó
aquel mismo día el concejo, y allí encontinenti
votamos todos que había de ser patrona del lugar;
y de más a más fundamos una cofradía,
en que entraron casi todos los vecinos; y, por fin y por
postre, hicimos todos obligación ante el fiel de fechos
de hacer todos los años a la bendita Santa una fiesta
que, déjelo, señor, no la hay más célebre
en toda la redonda. Y como digo, cada mayordomo se esmera
en traer el perdicador más famoso de toda la tierra;
y ansí en los tres años cá que se fundó
la cofradía, el primero perdicó un padre enfinidor
que se perdía de vista; el sigundo, uno de estos padres
gordos que se llaman... que se llaman... ¡válate Dios!
¿cómo se llaman?... se llaman padres... padres...
es ansina una cosa a manera de gubilete. -Padres
jubilados -dijo el maestro Prudencio. -Sí, un padre
jibalado -continuó el tío Borrego-, y en verdá
que era una águila. Y este año, que es el tercero,
y a mí me ha tocado ser mayordomo, luego puse los
ojos en nuestro padre fray Bras; porque desde que le oí
el sermón de San Benito del Otero en Cevico de la
Torre, al memento le eché el ojo y dije acá
para mi sayo: Ya te veo que eres garza, y como yo sirva alguna
cofradía, no se me escapará este pájaro.
14. A este tiempo entró el granjero con la comida;
y ya le pesaba al maestro Prudencio haberle dado tanta prisa
para que los despachase, porque iba tomando gran gusto a
la conversación del tío Bastián. No
obstante, como le hacían mayor fuerza los inconvenientes
que temía de que el predicador mayor y fray Gerundio
hablasen a solas y despacio, llevó adelante su primera
idea de que comiesen presto y despedir a los huéspedes
luego que comiesen. Y así dio orden al lego para que,
mientras ellos tomaban un bocado, echase un pienso a las
caballerías. 15. Durante la comida, preguntó
el padre maestro al tío Borrego cómo se entendían
los predicadores para predicar de una santa de quien había
tan pocas noticias en Castilla. -A eso, padre nuestro -respondió
el tío Bastián-, ya nuestro cura da providencia;
porque ha de saber su excelentísima que le unviaron
de Jaca un rimero de sermones como así -y levantó
la mano derecha como media vara-, todos imprimidos, que es
un pasmo. Parece a ser que estos sermones todos son ejemprales,
o como se llaman, de uno que compuso un flaire a la señora
Santa Orosia para perdicarle en la zuidá de Jaca,
y que al cabo no le perdicó no sé allá
por qué tracamundanas y correveidiles que dubió
de haber habido. En fin, el flaire, que dicen era hombre
encercunstanciado y de los más guapos perdicadores
que habían en aquellas tierras, aunque no perdicó
el sermón, le emprimió. Y porque tiene grande
amistad con el señor cura, le unvió el rimero
que dije; y el señor cura, luego que sale mayordomo
de la cofradía, le da un enjemprar para que se lo
entregue al perdicador que nombrare y le sirva, como dicen,
de pautero. Pero a la salú de suausencia, esentísimo
padre, y mojemos la palabra -y echose a pechos un
vaso de a cuartillo. 16. -Buen provecho, tío Bastián
-respondió el maestro Prudencio, y continuó
diciendo-: Sin duda que ese sermón debe ser muy especial,
y que traerá grandes noticias de Santa Orosia. -Yo,
padre nuestro -prosiguió el buen Borrego, limpiándose
los bigotes y relamiéndose el trago-, soy un probe
simpre que no sé leer ni escrebir, y no lo entiendo;
pero un hijo mío, que es un lince, pues no tiene más
que dieciocho años y ya anda por proceso, nos le leyó
una noche a la mi Coneja y a mí, y nos pareció
que decía unas cosas muy hondas. Ello es empusible
de Dios que no sea uno de los más estupendísimos
sermones que se han perdicado en el mundo; porque, vea usa
trinidad, ¡sobre que anda de letra de molde y se ha empremido!
Pero si su caridá gusta de leerle, deje; que yo pediré
uno a mosén Guillén, y se le traeré
cuando güelva a dejar en su convento a nuestro padre
perdicador mayor. 17. -No es menester -replicó fray
Blas-; que yo daré a vuestra paternidad el que me
presentó el señor mayordomo, que ahí
le traigo en la alforja, porque me embelesa tanto su lectura,
que no acierto a dejarle de la mano, y de puro leerle casi
le he aprendido de memoria. Es de los grandes sermones que
he leído en mi vida. -¿Y toca todas las circunstancias?
-preguntó entonces fray Gerundio. -Déjame
echar un trago a la salud de nuestro padre maestro, y después
te responderé. Bebió fray Blas otro vaso de
vino, que estaba a nivel con el de su mayordomo, limpiose
con sosiego y con autoridad, y prosiguió diciendo:
-¿Qué llama si toca todas las circunstancias? No
deja una que no toque; pero ¿cómo? Toca el sitio donde
está fabricada la iglesia de Jaca; toca su escudo
de armas; toca el del señor obispo que era a la sazón;
toca el número de los regidores de la ciudad; toca
el de las mujeres que en otro tiempo la defendieron contra
los moros; y aunque es verdad que ninguno oyó el sermón,
porque no se predicó, pero como le compuso para que
le oyesen, toca el número sin número de los
que pudieran oírle; y, finalmente, toca hasta el de
los que llevaban el palio, que eran ocho. Y todo esto con
unos textos, tan oportunos, tan adecuados y tan literales,
que no hay más que pedir, y parecía imposible
que ingenio mortal pudiese llegar a tanto. ¡Esto es predicar,
o esto es componer sermones! Que todo lo demás es
paja. Y casi fuera de sí, dio una palmada en la mesa,
tan recia, que faltó poco para que vasos, salvillas
y jarro diesen en tierra; y lo que es el jarro, asegura un
autor fidedigno que hubiera caído al suelo, a no haberse
abrazado prontamente con él, al tiempo de volcarse,
el vigilantísimo Sebastián Borrego. 18. Siglos
se le hacían al bendito fray Gerundio los instantes
que tardaba en leer un sermón que ponderaba tanto
un hombre como el padre fray Blas, a quien él tenía
por el mayor espantapueblos que conocían los púlpitos
de aquel siglo. Reventando estaba por pedírsele, y
ya tenía en el borde de los labios las palabras cuando
le contuvo el respeto del padre maestro, a quien ya el otro
se le había ofrecido. Y también fue parte para
detenerle un poco de miedo que le había cobrado, hasta
saber qué dictamen formaba del tal sermón su
paternidad; y más, que le notó no sé
qué gestos displicentes mientras fray Blas estaba
ponderando el primor y la menudencia con que se tocaban en
él todas las circunstancias. 19. Con efecto: al machucho
del padre maestro fray Prudencio le había disonado
tanto esto, que prorrumpió diciendo: -Acepto el sermón
que me ofrece el padre predicador, no más que para
divertirme con él y compadecerme del que le compuso;
pues por lo demás, supuesto lo que el padre predicador
dice, no necesito leerle para juzgar desde luego que será
un tejido de despropósitos, de disparates y de puerilidades,
sin que tenga de sermón más que el título
y el tema. ¡Sermones de circunstancias, y de tales circunstancias!
No se ha inventado locura mayor, más torpe, más
indigna de la cátedra del Espíritu Santo, ni
que más acredite la mala cabeza del predicador, el
depravado gusto de los oyentes y la lastimosa ignorancia
que hay en unos y en otros de lo que es verdadera elocuencia.
Sólo en España se estila esta vergonzosa necedad;
y aun en España no se introdujo hasta más de
la mitad del siglo pasado, en que comenzaron a profanar el
púlpito con estas ridículas indecencias unos
títeres o unos poetuelas en prosa, a quienes la ignorancia
del vulgo aclamó por grandes predicadores. No se me
señalará ni un solo sermón de estos
que se llaman circunstanciados, que sea de data más
antigua. Todas las naciones extranjeras hacen una gran burla
de nosotros (y lo peor del caso es que la tenemos bien merecida)
por esta impertinente, loca y pueril extravagancia. 20.
»¡Sermón de circunstancias! Pues, ¿acaso hay otra
circunstancia en el sermón que la de predicar del
santo del misterio, o del asunto de que se habla? ¿Qué
conexión tiene con las virtudes de Santa Orosia que
la catedral de Jaca esté en este sitio ni en el otro,
y se llame así o asá? ¿Que las armas del obispo
sean un león o un avestruz? ¿Que la iglesia catedral
tenga por escudo dos llaves con dos puertas, o dos arcas
sin cerradura? ¿Que los regidores sean nueve, o sean veinte?
¿Que lleven el palio ocho, ni ochenta? Y finalmente, ¿qué
arte ni parte tuvo Santa Orosia, ni qué gloria se
la sigue, de que las mujeres jaquetanas hubiesen defendido
la ciudad contra los moros, cuando esta hazaña sucedió
muchos años antes que hubiese Santa Orosia en el mundo?
¿Conduce nada de esto para formar un gran concepto del mérito
de la Santa, una gran idea de su poder, una viva confianza
en su protección, ni para alentar a la imitación
de sus heroicas virtudes, que es o debe ser todo el empeño
de los sermones panegíricos? 21. »Los maestros de
la elocuencia sagrada, ni aun profana, ¿usaron jamás
estas impertinencias? ¿Hállase por ventura ni un remoto
rasgo de ellas en los sermones, en las homilías, en
los panegíricos de los Santos Padres? ¿Cicerón
y Quintiliano hicieron nunca asunto de semejantes bagatelas?
Si un abogado se introdujese en estrados públicos
a hablar en un pleito, haciendo circunstancia de las armas
del presidente, de los escudos de los jueces, del dosel de
la sala, del artesonado de la pieza y de otras necedades
semejantes, ¿habría paciencia para dejarle acabar
su arenga? ¿Y no dispondrían luego que fuese a concluirla
a los orates? Pues aquí de Dios y de la razón.
¿Cómo se sufre esto en los predicadores? ¿Cómo
no se convierten en silbos los elogios? ¿Y cómo no
vuelan contra ellos los sombreros y las monteras, a falta
de tronchos? Pero esto era para más despacio, y tampoco
es para aquí. Ahora, pues ustedes han acabado ya de
comer y tienen que andar cinco leguas hasta Jacarilla, fray
Gregorio, saca las caballerías; fray Blas, déjeme
ese sermón para entretenerme; y no hay que perder
tiempo, que se va haciendo tarde. 22. Por mal de sus pecados,
al querer levantarse de la mesa el bueno del mayordomo, no
pudo; porque le pesaba más la cabeza que lo restante
del cuerpo. Era el caso que, mientras el celoso fray Prudencio
había estado tan enardecido predicando contra los
predicadores que perdían neciamente el tiempo en hacerse
cargo de ridículas circunstancias, el tío Bastián
no le había perdido, y menudeando los tragos, que
todos eran de a folio, el vino hizo su oficio; y cuando quiso
ponerse en pie, cayó entre la mesa y el banco, teniendo
la desgracia de tropezar con la cabeza en la esquina de éste,
y se hizo una herida que parecía una espita. No hubo
más remedio que aplicarle una estopada, llevarle entre
cuatro mozos de la labranza a la cama, y darle tiempo hasta
el día siguiente para que volviese del rapto. 23.
Mucho sintió este accidente el maestro Prudencio,
porque ya era preciso que a lo menos aquella tarde estuviesen
juntos el predicador y fray Gerundio; y temía que
aquél echase a perder lo que juzgaba había
adelantado por la mañana. Viendo que ya no tenía
otro remedio, propuso en su ánimo no dejarlos ni un
instante solos. Y cuando estaba trazando el modo de tenerlos
entretenidos, el mal dimoño, que no duerme, dispuso
que en aquel instante viniese a visitarle el arcipreste del
partido, que era cura de un lugar poco distante de la granja;
y, después de hechos los primeros cumplidos, dijo
que, con licencia de aquellos padres, traía algunos
casos que consultar en secreto con su reverendísima.
 Capítulo II
Sálense a pasear Fray Blas y Fray Gerundio, y de
las ridículas reglas para predicar que le dio aquél
con todos sus cinco sentidos
Ellos, que no deseaban otra
cosa, sin aguardar a más razones, toman los báculos
y los sombreros y sálense solos al campo, bien resueltos
a no volver a la Granja hasta muy entrada la noche. Quiso
ante todas cosas el predicador mayor leer luego a su querido
sabatino el sermón que había de predicar a
Santa Orosia y le llevaba en el pecho, entre el coletillo
y la saya del hábito, asegurándole que era
de los sermones más a su gusto que había compuesto
hasta entonces. Pero fray Gerundio le dijo que para leer
el sermón ya habría tiempo, y que en aquella
tarde tenía mil cosas que decirle, las cuales no querría
que se le olvidasen; especialmente que como la ocasión
es calva, era menester cogerla por los cabellos, pues acaso
no pillarían otra semejante en mucho tiempo. Espetole
toda la conversación que había tenido por la
mañana con el padre maestro: lo que le había
dicho acerca de las facultades en que debía estar
por lo menos medianamente instruido todo buen orador; la
necesaria lectura de los Santos Padres y, a falta de ésta,
el modo de suplirla con la lección atenta de buenos
y escogidos sermonarios, los que determinadamente le había
señalado que eran los de Santo Tomás de Villanueva,
fray Luis de Granada y el padre Vieira; y, finalmente, las
reglas que a petición suya había ofrecido darle
para predicar bien todo género de sermones. 2. -¿Y
a ti qué te pareció de todo lo que te dijo
ese santo viejo? -le preguntó fray Blas. -¿Qué
quiere usted que me pareciese? -le respondió fray
Gerundio-. Que todos los viejos saben a la pez, y que, en
fin, los viejos no dicen más que vejeces. -Ahora
bien -le replicó fray Blas-, excusemos de razones,
porque contra experiencia no hay razón; y para que
veas cuán sin ella habla ese santo hombre, oye un
argumento sencillo pero convincente. Yo no he estudiado ninguna
de esas facultades que te dijo eran necesarias para ser uno
buen predicador. Yo no he leído de los Santos Padres
más que lo que encuentro de ellos en las lecciones
del Breviario y en los sermones sueltos que se me vienen
a las manos, o en los sermonarios de que uso. Yo no sé
que haya visto, ni aun por el pergamino, los sermones de
Santo Tomás de Villanueva. Por lo que toca a los de
fray Luis de Granada, lléveme el diablo si en mi vida
he leído ni siquiera un renglón. Y sólo
de Vieira he leído algunos sermones, porque me gustan
mucho sus agudezas. Siendo esto así, te pregunto ahora:
¿parécete en Dios y en tu conciencia que predico yo
decentemente? -¿Qué llama decentemente? -replicó
con viveza fray Gerundio-. Yo en mi vida he oído ni
espero oír a otro predicador semejante. -Luego para
predicar bien - concluyó fray Blas- no es menester
nada de eso que te quiso encajar el antaño de fray
Prudencio. 3. -El argumento no tiene respuesta -dijo el
candidísimo fray Gerundio-, y así desde ahora
le doy a usted palabra de no hacer caso de todo cuanto me
diga. Mi guía, mi ayo, mi maestro y, como dicen, mi
padrino de púlpito ha de ser usted. Sus consejos han
de ser mis oráculos, sus lecciones mis preceptos,
y no me apartaré un punto de lo que usted me enseñare.
Así, pues, ya que la tarde es larga y la ocasión
no puede ser más a pedir de boca, deme usted
algunas reglas claras, breves y perceptibles, de manera que
yo las pueda conservar en la memoria, para componer bien
todo género de sermones; porque aunque muchas veces
hemos hablado, ya de este, ya de aquel punto tocante a la
materia, pero nunca le hemos tratado seguidamente y, como
dicen, por principios. -Soy contento -respondió el
predicador-, y óyeme con atención, sin interrumpirme.
4. »Primera regla: elección de libros. Todo buen
predicador ha de tener en la celda, o a lo menos en la librería
del convento, los libros siguientes: Biblia, Concordancias;
poliantea, o el Theatrum vitae humanae de Beyerlinck; Teatro
de los dioses, los Fastos de Masculo, o el Calendario étnico de Mafejan; la Mitología de Natal Cómite, Aulo
Gelio, el Mundo simbólico de Picinelo y, sobre todo,
los poetas Virgilio, Ovidio, Marcial, Catulo y Horacio. De
sermonarios no ha menester más que el Florilogio sacro,
cuyo autor ya sabes quién es, porque en ése
solo tiene una India. 5. »Segunda regla... -Tenga usted
-le interrumpió fray Gerundio-. ¿Y no será
bueno añadir algún expositor o Santo Padre?
-No seas simple -le respondió fray Blas-; para nada
son menester. Cuando quieras apoyar algún concepto
o pensamientillo tuyo con autoridad de algún Santo
Padre, di que así lo dijo el Águila de los
Doctores, así la Boca de Oro, así el Panal
de Milán, así el Oráculo de Seleucia.
Y pon en boca de San Agustín, de San Juan Crisóstomo,
de San Ambrosio o de San Basilio lo que te pareciere; lo
primero, porque ninguno ha de ir a cotejar la cita; y lo
segundo, porque aunque a los Santos Padres no los hubiese
pasado por el pensamiento decir lo que tú dices, pudo
pasarlos. Por lo que toca a los expositores, no hagas caso
de ellos, y expón tú la Escritura como te diere
la gana, o como te viniere más a cuento; porque tanta
autoridad tienes tú como ellos para interpretarla.
Que Cornelio diga esto, que diga lo otro Barradas, que Maldonado
piense así, ni que el Abulense discurra asá,
¿a ti qué te importa? Cada cual tiene sus dos deditos
de frente, como el Señor le ha deparado. Y en fin,
porque me hago cargo de que para parecer hombre leído
y escriturado es menester citar a muchos expositores, no
te quito que los cites cuando te diere la gana, antes te
aconsejo que los cites a puñados; pero para citarlos
no es necesario leerlos, y haz con ellos lo que te dije que
hicieses con los Santos Padres. Prohíjales lo que
quisieres, teniendo gran cuidado de que el latín no
salga con solecismos; y por mí la cuenta, si te lo
conocieren en la cara. Un solo expositor te aconsejo que
tengas siempre a la mano: éste es el Silveira, porque
es cosa admirable para un apuro; y si se te antojare probar
que la noche es día y que lo blanco es negro, harto
será que no encuentres en él con qué
apoyarlo. 6. »Tercera regla: El título o asunto del
sermón sea siempre de chiste, o por lo retumbante,
o por lo cómico, o por lo facultativo, o por algún
retruecanillo. Pondrete algunos ejemplares para que
me entiendas mejor: Triunfo amoroso, sacro himeneo, epitalamio
festivo, etc., sermón que se predicó a la profesión
de cierta religiosa; por señas que en el primer punto
la hizo ciervo, y en el segundo león, dos animales
que se registran en el escudo de su familia. ¡Éstos
son títulos, éstos son asuntos y ésta
es inventiva! Si en el blasón de la señorita
hubiera un hipogrifo, ni más ni menos le hubiera acomodado
el predicador a su profesión religiosa; porque los
hombres de ingenio son los verdaderos químicos que
de todo sacan preciosidades. Oye otros tres admirables títulos,
por términos contrarios: Parentación dolorosa,
oración fúnebre, epicedio triste, en las exequias
de otra religiosa de grande esfera; y aunque el orador no
tomó asunto determinado, sino historiar poéticamente
la vida de su excelentísima heroína, lo hizo
tan conforme a las reglas del arte, que en la frase jamás
se apartó de él, en la cadencia apenas le pierde
de vista, y tal vez le sigue exactamente hasta en la misma
asonancia. Escucha, por Dios, cómo da principio al
cuerpo de la oración, y pásmate si no te quieres
calificar de tronco: «Adiós, celeste coro; adiós,
lirios seráficos; adiós, amadas hijas; adiós,
cisnes sagrados». ¿Qué la falta a esta cláusula
para ser una perfecta redondilla de romance ordinario, sino
haber hecho esdrújulo el último pie del postrer
verso, como lo pudo hacer fácilmente el reverendísimo
orador diciendo adiós, cisnes extáticos? En
verdad que nada le costaría, como nada le costó
la otra perfectísima redondilla de romance que se
sigue pocos renglones más abajo: «Querida esposa,
¿a qué aguardas? Bella mujer, ¿a qué esperas?
Sal de esa caduca vida y ven a lograr la eterna». 7. »Bien
sé que algunos monos condenan mucho en la prosa esta
especie de cadencia, y mucho más cuando se junta la
asonancia, queriendo persuadirnos que tanto disuena el verso
en la prosa como la prosa en el verso. Citan para eso, entre
otros muchos, a no sé qué Longino, autor allá
del siglo de oro que trata de pueriles, de insensatos y aun
de rudos a los que usan de este estilo: Puerile est, imo
tardi rudisque ingenii solutam orationem inamoena versus
harmonia contexere. Pero, ¿qué importa que lo diga
Longino? ¿Ni qué caso hemos de hacer de un hombre
que acaso sería tercero o cuarto nieto del que dio
la lanzada a Cristo? Fuera de que Longino escribió
en griego, y los que le tradujeron en latín y en francés
le pudieron haber levantado mil testimonios. Finalmente,
lo que a todo el mundo suena bien, ¿por qué ha de
ser disonante? Pero vamos prosiguiendo con los títulos
y asuntos de sermones. 8. »Mujer, llora y vencerás,
sermón a las lágrimas de la Magdalena. ¿Qué
cosa más divina que haber acertado a representar el
amargo llanto de la mujer más penitente con el título
y aun con los amatorios lances de una de las comedias más
profanas? Estos primorcillos no se hicieron para ingenios
ramplones y de cuatro suelas. El Lazarillo de Tormes, sermón
predicado en la domínica cuarta de Cuaresma, llamada
comúnmente de Lázaro, a cierta comunidad religiosa;
en el cual apenas hay travesura, enredo, ratería ni
truhanada de aquel famoso pillo, o idea fingida de un famoso
salteador de figones y malcocinados, que no se acomode con
inimitable propiedad a la resurrección de Lázaro,
de la que hizo asunto el predicador, dejando el propio de
la domínica y predicando sólo del nombre que
se daba a aquella semana. Lo máximo en lo mínimo,
sermón predicado a San Francisco de Paula, sin salir
de este oportuno retruecanillo que parecía nacido
para el intento. 9. »El particular in essendo, y universal in praedicando, sermón famoso al célebre confalón
de cierta ciudad, que es el lydius lapis de los predicadores
de rumbo; y los sermones suelen ser unas bellas corridas
de toros, ingeniosamente representadas desde el púlpito,
sacando a plaza todos cuantos toros, novillos, bueyes y vacas
pacen en los campos de las Letras Sagradas y profanas, y
convirtiéndose el estandarte o bandera del confalón
en banderilla, que comúnmente clava el auditorio al
predicador, «porque no ha dado en el chiste». En fin, porque
ya me voy dilatando demasiado en esta regla, si quieres tú
dar en el chiste de los asuntos, no tienes más que
imitar los del celebérrimo Florilogio sacro, que debe
ser tu pauta para todo. Allí encontrarás los
siguientes: Gozo del padecer en el padecer del gozar, a los
dolores gozosos de la Virgen; Real estado de la razón
contra la quimérica razón de estado, Viernes
de Enemigos; Luz de las tinieblas en las tinieblas de la
luz, al Santísimo Sacramento; Dicha de la desgracia
en la desgracia de la dicha, al entierro de los huesos de
los difuntos; y así de casi todos los asuntos de aquel
nunca bastantemente alabado ingenio y verdaderamente monstruo
de predicadores. Si algún hombre de genio melancólico,
indigesto y cetrino quisiere persuadirte, como muchos han
intentado persuadírmelo a mí, que esta especie
de asuntos o de títulos, sobre no tener sal, gracia,
agudeza ni rastro de verdadera ingeniosidad, son pueriles,
alocados y muy ajenos de la seriedad, gravedad y majestad
con que se deben tratar todas las materias en el púlpito,
nunca te metas a disputar con ellos. Déjalos que abunden
en su opinión, hazlos una grande cortesía y
sigue tú la tuya. Porque, aun dado caso que ellos
tengan razón, los que la conocen son cuatro, y los
que se pagan mucho de estos sonsonetes, epítetos cómicos,
antítesis y bocanadas son cuatrocientos mil. 10.
»Cuarta regla: Sea siempre el estilo crespo, hinchado, erizado
de latín o de griego, altisonante y, si pudiere ser,
cadencioso. Huye cuanto pudieres de voces vulgares y comunes,
aunque sean propias; porque si el predicador habla desde
más alto y en voz alta, es razón que también
sean altas las expresiones. Insigne modelo tienes en el autor
del famoso Florilogio, y sólo con estudiar bien sus
frases harás un estilo que aturrulle y atolondre a
tus auditorios. Al silencio llámale taciturnidades
del labio; al alabar, panegirizar; al ver, atingencia visual
de los objetos;nunca digas habitación, que lo dice
cualquier payo, di habitáculo y déjalo por
mi cuenta; existir es vulgaridad, existencial naturaleza
es cosa grande. Que la culpa original se deriva por el pecado,
a cada paso lo oímos; pero que se traduce por el fomes
del pecado, si no fuere más sonoro, a lo menos es
más latino y más oscuro; y acaso no faltará
algún tonto que juzgue que el primer pecado se cometió
en hebreo, y que un escritor o literato llamado Fomes le
tradujo en castellano. Algún escrupulillo tengo de
que la proposición (salvo la hermosura de las frases)
es disparatada; porque la culpa no se deriva, o no se traduce,
por el pecado, sino por la naturaleza que quedó infecta
con él. Pero al fin, la verdad de esto quédese
en su lugar; porque, como soy poco teólogo, no me
quiero meter en lo que no entiendo. 11. »Guárdate
bien de decir nunca la vara de Aarón, porque juzgarán
que es la vara de algún alcalde de aldea; en diciendo
la aaronítica vara, se concibe una vara de las Indias,
y se eleva la imaginación, Cecuciente naturaleza,
es claro que suena mejor que naturaleza corta de vista, porque
esta última expresión parece que está
pidiendo de limosna unos anteojos de vista cansada. Sobre
todo, ígnitas aras del deseo, por deseo ardiente y
encendido, es locución que embelesa. Basten estas
verbigracias para que sepas las frases que has de estudiar,
o a lo menos imitar, en el Florilogio sacro, y con esto sólo
harás un estilo cultísimo por el camino más
fácil. Para que comprehendas mejor qué cosa
tan bella es ésta, oye una cláusula en el mismo
estilo, formada casi solamente de los propios términos:
«Cuando la cecuciente naturaleza, superando los ígnitos
singultos del deseo, erumpe del materno habitáculo
y presenta su existencial ser a las atingencias visuales,
aunque con la labe original traducida por el fomes, los circunstantes
se erigen, cual aaronítica vara, ansiosos de conspicirla».
Dígote de verdad que un sermón en este estilo,
no hay oro en el mundo para pagarle. 12. »Hay otro estilo
también muy elevado, aunque por diferente rumbo, el
cual no consiste en frases peregrinas o latinizadas, sino
en una junta y armoniosa mezcla de voces que, siendo cada
una de por sí natural, llana y sencilla, las da la
colocación no sé qué aire primoroso
que hechiza, suspende y arrebata. Esto mejor se explica con
ejemplos. Supongamos que me hubiesen encargado un sermón
de honras, y que para explicar mi dolor por la muerte de
la persona a quien se dedicaba la oración fúnebre,
diese principio a ella de esta manera: «¡Ay de mí!
No sé qué siento en el alma: parece que ésta
se me arranca, o forcejea por salirse del cuerpo. El corazón
quiere seguirla; la garganta se me añuda; la voz no
acierta con los labios. A no suplir un precepto la falta
del espíritu, no sería posible hablar. Los
suspiros se atropellan en la boca; y al salir de tropel,
mezclándose con las lágrimas, turban la vista,
sin dejarla percibir más que objetos melancólicos
y tristes». ¿No te parece que sería ésta una
grandísima frialdad, y que a lo menos cualquiera simple
vejezuela entendería lo que quería decir? Pues
oye cómo explicó este mismo concepto un venerable
varón en el exordio de aquella Parentación
dolorosa, oración fúnebre y epicedio triste de que te hablé en la segunda regla: 13. »¡Ay de
mí! ¡Qué pavor recibe el alma! ¡Qué
desmayo el corazón asusta! El alma, fugitiva de sí
misma aun de sí misma no acierta a dar noticia; el
corazón, saliéndose del pecho, apenas late,
porque apenas de esa tumba sólo pulsa; anudada la
garganta, es áspero cordel el mismo aliento; desmayada
la voz, halla un cariño que las ausencias supla del
espíritu, porque se ve animada de un precepto; árbitro
éste del babuciente labio, confundiendo los atropellados
suspiros del pecho con la copiosa lluvia de los ojos, sólo
libres para atormentarse con tristezas». ¿Qué te parece?
¿No es éste un encanto? ¿Y qué importará
que el ilustrísimo señor Valero, en aquella
su célebre carta pastoral (que no sé cierto
por qué la han alabado tanto los hombres más
doctos de la monarquía), haga una sangrienta sátira
contra el estilo elevado en los sermones, especialmente cuando
le usan unos hombres que, por su profesión austera
y penitente, y por su traje de mortificación, menosprecio
del mundo, mortaja y desengaño, parecía que
ni en el púlpito ni fuera de él habían
de abrir la boca sino para pronunciar huesos, calaveras,
juicio final y fuego eterno? No me acuerdo de sus palabras
formales, pero bien sé que son muy semejantes a éstas:
14. »¡Qué es ver subir al púlpito a un predicador
amortajado más que vestido con un estrecho saco, ceñido
de una soga, de que hasta el mismo tacto huye o se retrae,
calado un largo capucho piramidal hasta los ojos, con una
prolongada barba salpicada de canas cenicientas, el semblante
medio sorbido de aquel penitente bosque, y lo demás
pálido, macilento y extenuado al rigor de los ayunos
y de las vigilias, los ojos hundidos hacia las concavidades
del celebro, como retirándose ellos mismos de los
objetos y gritando mudamente: Apartadnos, Señor, de
la vanidad del mundo! ¡Qué es ver, digo, a este animado
esqueleto en la elevación de un púlpito, asustando
con sola su vista aun a los que no son medrosos, proponer
el tema del sermón con majestad, arremangar el desnudo
brazo, mostrar una denegrida piel sobre el duro hueso hasta
el mismo codo, y dar principio al sermón de esta o
de semejante manera: 15. »Bizarro propugnáculo de
España, célebre colonia latina, idea de cónsules
clarísimos y gloria de los pueblos arévacos,
¿qué es esto?... ¿Qué es esto, bella emulación
del orbe, jurada reina de los carpentanos montes, en cuya
ilustre falda, si la vista de dos profundos valles te ciñe,
al murmureo de Eresma, y de clamores te acompaña?...
¿Qué es esto, arco de paz peregrina, donde los ciento
y cincuenta y nueve de tu puente son trofeos gloriosos del
que ostenta Milán en este día por real, florido
iris de su cielo? Et reliqua. 16. »¿No quedaría
escandalizado el auditorio -prosigue la sustancia de dicho
melancólico prelado- al oír aquel viviente
cadáver prorrumpir en unas voces tan pomposas, tan
hinchadas, tan floridas; y cuando esperaban escuchar de unos
labios emboscados en la espesura de aquella penitente barba,
o desengañados que los aterrasen, o inflamados afectos
que los encendiesen, hallarse con una relación crespa,
sonora, retumbante, la mitad en prosa y la mitad en verso,
que no parecería mal en unas tablas? Si saliese al
teatro un comediante con su peluca blonda y empolvada, sombrero
fino de plumaje, y por cucarda un lazo de diamantes, chupa
de riquísima tela, casaca correspondiente a la chupa,
medias bordadas de oro, zapatos a la gran moda con dos lazos
de brillantes por hebillas, espadín de puño
de oro, bastón del mismo puño, camisola y vueltas
de París bordadas con exquisito primor; y él
de estatura heroica, de semblante grato y señoril,
de talle airoso, de bizarra planta, de noble y desembarazado
despejo; y, puesto en medio del tablado, componiéndose
las vueltas, dando dos golpecillos halagüeños
hacia las caídas del peluquín o de la peluca,
proporcionando la postura, hecha una airosa cortesía
al silencioso concurso, y calado garbosamente el sombrero,
rompiese en esta relación:
| Ahora, Señor, ahora | | | | que la inexorable Parca | | | | quiere
aplicar a mi vida | | | | los filos de su guadaña: | | | | ahora,
ahora, Señor, | | | | que, postrado en esta cama, | | | | me siento
tal, que no sé | | | | si he de llegar a mañana. | | |
¿Habría bastantes silbos para él en la mosquetería?
¿No agotaría todas las peras, manzanas y tronchos
de la cazuela? El alcalde de corte que fuese semanero, ¿no
daría pronta providencia para que llevasen a aquel
pobre hombre a la casa de la misericordia? Sí. Pues,
a mal dar, tan loco es un capuchino que representa en el
púlpito, como un comediante que hace misión
en el teatro. Y lo mismo se debe entender de cualquiera predicador,
sea de la profesión que se fuere; pues el haber puesto
el ejemplar en un capuchino es por la especial disonancia
que hace esta hojarasca y vana frondosidad en aquel traje».
Hasta aquí la sustancia de dicho ilustrísimo;
pero, ¿qué sustancia tiene todo esto? El maligno cotejo
que hace entre el predicador y el comediante no viene al
caso, por más que parezca convincente; porque si en
las tablas se representan vidas de santos y autos sacramentales
en verso, ¿por qué no se podrán predicar en
los púlpitos relaciones y jácaras en prosa?
¡Que me respondan! ¡Que me respondan a esta retorsioncilla!
17. »Otro estilo hay que, sin ser elevado en la expresión,
es de gran gusto en el sonsonete; y son pocos los autores
que no se alampan por él. Éste es el cadencioso,
diga Longino lo que quisiere, y digan lo que se les antojare
todos los descendientes por línea recta de los sayones
que dieron muerte al Salvador. El estilo cadencioso es de
dos maneras: una, cuando la cadencia es de verso, ya lírico,
ya heroico; otra, cuando consiste en cierta correspondencia
que tiene la segunda parte de la cláusula con la primera,
como si la primera acaba en onte, que la segunda concluya
en unte; si la caída de una es en irles, la de la
otra sea precisamente en arles; si aquélla termina
en Tamborlán ésta termine en Matusalén.
Los ejemplos te pondrán esto mejor delante de los
ojos. 18. »Cadencia de verso lírico. Fuera del divino
ejemplar que ya te puse en el famoso sermón intitulado
Parentación dolorosa, oración fúnebre,
epicedio triste, oye otro sacado de cierto sermón
que se predicó con extraordinario aplauso en una catedral
donde hervían los hombres doctos, como los garbanzos
en olla de potaje, y todo él fue por el mismo estilo,
sin perder siquiera pie ni sílaba. «Asustada mi ignorancia...,
confuso mi encogimiento..., ni sé si atribuya a dicha...,
ni sé si desgracia sea... la que buscó en mi
elección... para tanto desempeño... mil asuntos
al sonrojo..., mil materiales al susto. Pues si balbuciente
el labio..., se esfuerza a articular voces..., es seguro
el desacierto: Dat, lingua nesciente, sonos. Y si, abismado
en mí mismo..., a impulsos de conocerme..., busco
en el silencio asilo..., o es silencio irreverente..., o
es sospechoso el silencio: Silentium mihi ignaviae tribuisti.
Pero entre estos dos escollos..., tenga paciencia el Escila...,
y toléreme el Caribdis...; que por no estrellarme
ingrato... en peñas de desatento..., escojo naufragar
triste... contra rocas de ignorante». Y así va prosiguiendo
sin perderle pizca hasta el mismo quam mihi. No te puedo
ponderar cuánto se celebró este sermón:
en el mismo templo resonaron mil vítores y vivas,
y después hasta las mismas damas compusieron décimas
en elogio del predicador. Por merecer esta dicha y por lograr
esta gloria, ¿no se pueden llevar en paciencia todas las
lanzadas de ese Longino, o Longinos de mis pecados, que tan
mal está con este bellísimo estilo? 19. »Cadencia
de verso heroico. Un sermón al glorioso San Ignacio
de Loyola comienza de esta manera: «Al Marte más sagrado
de Cantabria..., al que en las venas del nativo suelo...
para morrión, espada, peto y cota... forma encontró
y materia inaccesible...; a la bomba, al cañón,
al rayo ardiente..., al que nació soldado, mal me
explico..., al que nació Alejandro de la gracia...
y, desde que dejó el materno albergue..., con una
Compañía y con su brazo..., aspiró a
conquistar a todo el mundo..., juzgando (y no tan mal) que
le sobraba... la mitad de la tropa y mucho aliento...; al
grande Ignacio, digo, de Loyola..., reverentes consagran
estos cultos... émulos de su fuego sus paisanos»,
etc. Asegurome uno que se halló presente cuando
se predicó este gran sermón, que no obstante
de ser inmenso el auditorio, no se oyó en todo él
ni siquiera un estornudo. Tanta era la suspensión
de los ánimos y el embeleso con que todos le escuchaban.
Pues ¿qué caso hemos de hacer de cuatro carcuezos
que, porque ellos tengan ya el gusto destituido del calor
natural, nos vengan a jerobear la paciencia y a decirnos
que este estilo y modo de predicar no es de oradores, sino
de orates? 20. »Finalmente, hay cadencia que, sin ser de
verso lírico ni heroico, es de correspondencia de
períodos; y no hay duda sino que es una belleza. Admirable
ejemplo en un sermón predicado con sobrepelliz y bonete
a la canonización de San Pío Quinto. Su principio
era éste: «Ya, ya sé a quiénes intima
fatales sobresaltos, el eco de estos sonoros universales
cultos.Ya, ya sé que el apoteosis del Máximo
Pontífice Pío Quinto, inquieta, alborota, turba
sus erizadas olas al Lepanto. Ya, ya sé que el eco
del sonoro clarín del Vaticano, desmaya, estremece,
atemoriza el orgulloso corazón del agareno». Y así
va prosiguiendo, sin que en todo el sermón (que no
es corto) se encuentre media docena de cláusulas que
no medien y no terminen en este airosísimo sonsonete.
Dime, amigo fray Gerundio: ¿no te embelesan estos diferentes
géneros de estilo? ¿No te hechizan? ¿Y no es menester
que tengan unos oídos con todo el órgano al
revés aquellos a quienes disuenan? Íbale a
responder fray Gerundio a tiempo que llegó a ellos,
corriendo y exhalado, un mozo de la granja, diciendo que
el padre maestro los llamaba, porque el arcipreste había
hecho su visita, acabado su consulta y se había vuelto
a su casa. 21. No es ponderable cuánto sintieron
uno y otro que se les interrumpiese la conversación,
porque había tela cortada para muchas horas. Pero
no pudiendo excusarse de acudir al llamamiento de nuestro
padre, tuvieron que volverse a la casa, dejando dentellones
de la obra para proseguirla en mejor ocasión. No obstante,
por el camino, en que no aceleraron mucho el paso, fray Blas
volvió a repetir brevemente las mismas lecciones a
su discípulo, para que se le imprimiesen en la memoria.
Y añadió que todavía tenía que
darle otras reglas muy importantes acerca de las partes más
esenciales de que se compone un sermón, como de las
entradillas, o de los arranques, de las circunstancias en
la salutación, que, diga nuestro padre, ni un capítulo
entero de padres nuestros, lo que se les antojare, son la
cosa más necesaria, la más oportuna, la más
ingeniosa y la que más acredita a un predicador; del
elogio de los otros predicadores, en funciones de octava
o fiestas de canonización, cuando han precedido o
se han de subseguir otros sermones; del modo de disponer
y de guisar estos elogios; de la clave para encontrar en
la Sagrada Escritura y en las letras profanas el nombre o
el oficio de los mayordomos, y muchas veces todo junto; del
uso de la mitología, de las fábulas, de los
emblemas y de los poetas antiguos, cosa que ameniza infinitamente
una oración; de los asuntos figurados o metafóricos, tomándolos, ya de los planetas, ya de los metales,
ya de las plantas, ya de los brutos, ya de los peces, ya
de las aves, como, verbigracia: llamar a Cristo en el Sacramento
el Sol sin Ocaso, o el Sol que nunca se pone; a San Juan
Crisóstomo el Potosí de la Iglesia, aludiendo
a las minas del Potosí, y a que Crisóstomo
quiere decir Boca de Oro; a Santo Domingo la Canícula
en su tiempo, con alusión al perro que le figuró
en el seno materno, y a que la fiesta del santo se celebra
en la canícula; a Santa Rosa de Lima la Rosa de la
Pasión; a San Francisco Javier el Heleutropio sagrado,
o el divino Girasol, porque siguió con sus pasos al
planeta que, dicen, sigue esta planta con su vista; y así
de los demás. 22. -Estas y otras mil cosas tenía
que decirte; pero lo que se dilata no se quita, y los mismos
sermones que vayas predicando me irán dando oportunidad
para decírtelas. Lo que ahora te encargo es que no
hagas caso de las maximotas de nuestro padre maestro fray
Prudencio, ni de las de otros de su calaña; porque
estos hombres tienen tan arrugado el gusto como la piel,
y solamente les agradan aquellos sermones que se parecen
a los de los teatinos, infierno por delante y Cristo en mano.
Diole palabra fray Gerundio de que no se apartaría
un punto de sus consejos, de sus principios y de sus máximas.
Y con esto entraron en la granja, donde pasó lo que
dirá el capítulo siguiente.
 Capítulo III
Lee el maestro Prudencio el sermón de santa orosia;
da con esta ocasión admirables instrucciones a Fray
Gerundio, pero se rompe inútilmente la cabeza
No
era tan temprano cuando los dos volvieron a la granja, que
no hallasen al maestro Prudencio con el velón encendido,
montados los anteojos en la punta de la nariz, con el sermón
de Santa Orosia delante de sí, un polvo en una mano,
reclinada la cabeza sobre la otra, la caja abierta encima
de la mesa, y el gesto un si es no es avinagrado. Y fue así,
que como el predicador fray Blas le había dicho que
llevaba el sermón de Santa Orosia en las alforjas
y se le había ofrecido, él, luego que montó
el arcipreste y apenas acabó de rezar maitines y laudes
para el día siguiente, cuando, con la licencia de
anciano y con la autoridad de padre maestro, registró
las alforjas, dio con el tal sermón a poco escrutinio
y se puso a leerle. Pero a la primera cláusula fue
tal el enfado que le causó, que a no haberle contenido
su genio blando y apacible, le hubiera hecho pedazos. 2.
Apenas avistó en la sala a los dos paseantes, cuando
encarando con fray Blas, le dijo, no sin alguna colerilla:
-Dígame, padre predicador, ¿y es posible que me alabase
tanto este sermón de Santa Orosia? Ya por su misma
relación sospechaba yo lo que sería, ya me
daba el corazón que no había de encontrar en
él más que necedades y disparates; pero confieso
que nunca creí encontrar tantos. Yo no sé por
qué motivo no le predicó el orador; sólo
sé que si yo hubiera de dar licencia para predicarle,
tarde le predicaría. -Padre maestro -respondió
el predicador entre entonado y desdeñoso-, alabé
ese sermón y vuelvo a alabarle, y digo que son pocos
todos mis elogios para los que él merece. -Pues dígame,
pecador de mí -le replicó el maestro Prudencio-,
¿no basta la primera cláusula para calificar al autor
de un pobre botarate? «Señores, ¿estamos en Jaca,
o en la Gloria?» Todo el chiste de esta pueril y ridícula
entradilla consiste en que es muy parecida a aquella vulgaridad
de chimenea y bodegón: «Señores, ¿estamos aquí,
o en Jauja?» Miren por Dios qué arranque tan oportuno
para dar principio a una oración sagrada y en un teatro
tan serio. Vamos adelante. «Pero, ¿quién duda estamos
en la Gloria, estando en Jaca? Porque si el sitio de la Gloria
es el cielo, hoy es un cielo este sitio». ¿Puede haber retruecanillos
más insulsos, ni paloteado de voces más insustancial?
3. »¿Y cómo probará que la iglesia de Jaca
se equivoca con el cielo? Valiéndose de un embrollo
de embrollos sin atar ni desatar, y confundiendo el cielo
material con la Gloria, como a él le parece que le
viene más a cuento. Dice que es un cielo aquella iglesia;
lo primero, porque la Gloria se llama Iglesia triunfante,
y es iglesia triunfante la de Jaca, porque en el sitio que
ocupa se ganó una victoria contra los moros, y desde
entonces se llamó el Campo de la Victoria. Por esta
cuenta también, la famosa mezquita de Damasco se pudiera
llamar mezquita triunfante, pues en ella ganaron los moros
una victoria contra los cristianos. ¡Despropósito
ridículo, y extravagante acepción de la Iglesia
triunfante! Que no se llama así porque hubiese sido
campo de batalla ni de victoria de los santos que la componen,
sino porque triunfan allí de lo que pelearon acá.
Y no ha dejado de caerme en gracia que para probar la trivialísima
vulgaridad de que el Cielo se llama Iglesia triunfante, embarra
la margen con una prolija cita de Silveira notando el tomo,
el libro, el capítulo, la exposición y el número;
muy parecido al otro tontarrón de predicador que decía:
«Humilitas llamó profundamente mi padre San Bernardo
a la humildad, como lo puede notar el curioso en sus Libros
de consideración al papa Eugenio». 4. »La segunda
prueba de que la Iglesia de Jaca es un cielo, es porque el
Sol es presidente del cielo, al Sol le llaman Mitra los persas,
el domicilio del Sol es el signo de León, y el señor
obispo de Jaca tiene mitra y un león por escudo de
armas. Por esta regla, más cielos hay de tejas abajo
que de tejas arriba; porque de tejas arriba sólo se
cuentan once, y acá podremos contar más de
once mil, siendo cosa averiguada que todas las iglesias catedrales
tienen obispo, todos los obispos tienen mitra, y si el persa
llama Mitra al Sol, tenemos acá abajo tantos soles
como obispos y tantos cielos como iglesias catedrales. Vamos
claros; que la prueba es ingeniosa, sutil y terminante. ¡Y
qué nos querrá decir el padre doctor predicador
en que el signo de León es el domicilio del Sol! Si
quiere decir que aquélla es su casa propia o alquilada
donde vive de asiento, que eso significa domicilio, es un
despropósito de que se reirá cualquiera ventero
que tenga en el portal de la venta, junto al papel de la
tasa, un miserable almanac. Si le llama domicilio del sol
porque este brillante postillón del cielo en su jornada
anual hace mansión por algunos días en la venta,
o en la casa imaginaria de este signo, para dar cebada de
luz a sus caballos, tan domicilio del sol es el signo de
Cabra como el signo de León; y cualquiera de los otros
once signos, donde descansa este planeta, tiene el mismo
derecho para llamarse su domicilio. 5. »Tercera prueba:
La iglesia de Jaca es cielo, porque el cielo se llama tiara,
y Cartario dice que tiene dos puertas con dos llaves. Las
armas de la catedral de Jaca son dos llaves y una tiara.
Pues aquí, ¿qué tenemos que hacer para declararla
por cielo con autoridad de Cartario? ¡Pobre monigote! Todas
las iglesias que no tienen escudo de armas particular, usan
el de la Iglesia de Roma, que es una tiara con dos llaves,
en significación de su jurisdicción o potestad
espiritual y temporal; y para significar dichas iglesias
particulares que no tienen otro patrono que al Pontífice,
y que son de la comunión católica, apostólica,
romana. Pues hétele que por esta razón tanto
derecho tiene a ser cielo la más pobre iglesia rural
como la catedral de Jaca, y queda muy lucido el padre doctor
con su impertinente cita de Cartario. Pero donde está
más donoso es en las otras tres razones de congruencia
que añade, para que la iglesia de Jaca tenga las mismas
armas que la de San Pedro en Roma, cabeza de todas las iglesias.
Dice que esto será, «o porque ni la cabeza del orbe,
Roma, puede gloriarse de mayor nobleza que la insigne catedral
de Jaca -hicieron bien en no dejarle predicar este sermón,
porque tengo por cierto que sólo por esta proposición
aquel ilustre y cuerdo cabildo le hubiera echado el órgano,
los perreros y aun los perros-; o porque parece debía
estar la cabeza de la Iglesia en Jaca, a no haberla colocado
San Pedro en Roma -ya escampa, y llovían necedades-;
o porque el cielo, hermosa república de tanto brillante
zafiro, es sólo condigna imagen de cabildo tan respetoso».
Y suponiendo que su Cartario habla del Cielo formal, que
es la Gloria, porque de ésta dice que tiene dos puertas
con dos llaves, afirmar que la Gloria sólo es «condigna
imagen de la iglesia de Jaca», ¿no merece una coroza y una
penca, o a lo menos un birrete colorado? 6. »Déjolo;
que no tengo ya paciencia para leer tanta sarta de despropósitos.
¡Y este sermón se imprimió! ¡Y en su elogio
se compusieron décimas, octavas y sonetos! ¡Y el buen
cura de Jaquetilla o de Jacarilla se le presenta por modelo
a los predicadores de Santa Orosia! ¡Y el padre predicador
alaba tanto este sermón! -Lo dicho, dicho, padre
maestro -respondió el predicador-: le alabo y le alabaré;
porque si todos los sermones se hubieran de examinar con
esa prolijidad, y si en ellos se hubiera de reparar en esas
menudencias, allá iba a rodar toda la gala y toda
la valentía del púlpito. -¡Qué gala
ni qué valentía de mis pecados! -exclamó
el maestro Prudencio-. ¿Es gala el decir tantos disparates
como palabras? ¿Es valentía el pronunciar a cada paso
herejías, blasfemias o necedades? Y dígame,
padre fray Blas: ¿qué tiene que hacer nada de esto
con las heroicas virtudes de Santa Orosia, con el poder de
su patrocinio, ni con la imitación de sus ejemplos,
que son los tres únicos fines que puede y debe proponerse
en su panegírico un sagrado orador? ¿Qué conducirá
para la grandeza de la santa que el Sol entre por el mes
de junio en el signo de Cáncer, ni que este signo
se componga de nueve estrellas, las cuales, en sentir de
nuestro reverendísimo orador, representan los nueve
senadores o los nueve regidores que constituyen el ayuntamiento
de aquella ilustrísima ciudad? ¿Y qué sabemos
si ésta se dará por ofendida de que para su
elogio hubiese buscado un símbolo encancerado, que
cierto la hace poquísima merced? ¿Y qué tendrá
que ver el martirio de Santa Orosia con que en las estrellas
haiga machos y hembras, disparate de a quintal de que debiera
reírse el padre maestro, aunque le leyera en todos
los libros de la Biblioteca Bizantina, cuanto más
en las tautologías de Villarroel, y no traerle a colación
en el púlpito, para que el auditorio imaginase que
las estrellas procreaban y propagaban por vía de generación?
7. -Padre maestro -replicó el predicador fray Blas-,
hágase vuestra paternidad cargo de que todo eso se
dice en la salutación, la cual se destina únicamente
para tocar las circunstancias, y no tiene conexión
con el cuerpo del sermón, que es donde corresponde
el elogio del santo o de la santa. -Téngase, padre
predicador -repuso con alguna viveza el maestro Prudencio-;
eso es decir que la cabeza no ha de tener conexión
con el cuerpo, que el principio no la ha de tener con el
medio ni con el fin, y que el cimiento ha de ir por un lado
y el edificio por otro. ¿La salutación es parte del
sermón, o no lo es? Si no lo es, ¿para qué
se gasta el tiempo en ella? Si lo es, ¿por qué no
ha de tener conexión, orden y trabazón con
todo lo demás? ¿Y en dónde ha leído
el padre predicador que la salutación o el exordio
de los sermones se hizo para lisonjear a los cabildos, para
disparatar a costa de los mayordomos, para engaitar a los
auditorios, para pasearse por los retablos, para correr toros
y novillos, para tocar el son a las danzas y para otras mil
necedades e impertinencias como éstas de que se ven
atestadas las más de las salutaciones? 8. -Yo no
sé, padre maestro, si lo he leído o no lo he
leído -respondió el satisfechísimo fray
Blas-. Sólo sé que lo que se usa no se excusa,
que ése es el estilo general de España, y que
a los oradores se nos encarga estar al uso, según
aquella reglecita que saben hasta los niños: Orator
patriae doctum ne spreverit usum. -Bien
se conoce -replicó el maestro- que el padre predicador
entiende todas las cosas no más que por el sonido,
y de esa manera no es de admirar que forme tan extrañas
ideas de ellas. Lo primero, esa regla no se hizo para los
que llamamos oradores o predicadores, sino para aquellos
que hablan o pronuncian el latín en prosa, la cual
se llama oración, para distinguirla del verso. A éstos
se les previene que cuando encontraren algún acento
que en verso no tiene cantidad fija o determinada de breve
o larga, sino que unas veces se pronuncia largo y otras breve,
en prosa le pronuncien siempre como acostumbran los inteligentes
y eruditos de su país, y que no presuman hacerse singulares
despreciando esa costumbre. Lo segundo, aunque la regla hablara
con los que llamamos oradores, que son los predicadores,
tampoco favorecería su intento; porque no dice o encarga
que el predicador siga y no desprecie cualquiera uso, sino
el uso docto: doctum ne spreverit usum, esto es, el arreglado,
el puesto en razón, el que acostumbran los hombres
universalmente reputados por doctos y por inteligentes en
la facultad. Éste es el que propiamente se llama uso;
que los demás son abusos y corruptelas. Pues ahora
señáleme un solo orador de España de
estos que la gente cuerda tiene por verdaderos oradores y
no por orates, de estos que no los buscan para títeres
de los púlpitos y para dominguillos de las festividades,
de estos que logran y merecen general reputación de
hombres sabios, cultos, bien instruidos y circunspectos:
señáleme, vuelvo a decir, uno solo de éstos
que siga ese mal uso, que no le desprecie, que no le abomine,
que no se compadezca de los que le practican y le aplauden,
o que no haga burla de los unos y de los otros; y después
hablaremos. 9. »Por el contrario, yo estoy pronto a mostrarle
muchos sermones impresos y manuscritos de insignes oradores
modernos de nuestra España que, habiendo predicado
las mismas festividades y con las mismas llamadas circunstancias
sobre las cuales bobearon y desbarraron sin tino otros predicadores
que los precedieron, ellos, o las despreciaron todas con
generosidad, sin tomarlas siquiera en boca, o si las tocaron,
fue con un aire de burla y de desprecio, que hizo visible
y aun risible a todo el auditorio la ridiculez de esta costumbre.
Algunos sermones de éstos tengo en la celda; pero
por casualidad traje conmigo uno cuya salutación le
he de leer, que quiera que no quiera, y aquí le tengo
debajo del atril, porque estaba en ánimo de leérsele
a fray Gerundio. El padre predicador debe oírla con
particular cariño por lo que se toca en ella de su
santo, San Blas, de quien se hace también particular
circunstancia. Es la salutación de un sermón
que se predicó a la Purificación de Nuestra
Señora en el día de San Blas, y en la iglesia
de los Niños de la Doctrina de Valladolid, cuya ciudad
es su patrona, juntamente con la Real Congregación
de la Misericordia. Todas estas teclas dicen que se han de
tocar, y el predicador de quien voy hablando todas las tocó;
pero de una manera que debía llenar de provechosa
vergüenza a todos los que las tañen. Después
de hacer reflexión a que en el misterio de la Purificación
la Virgen hizo a Dios dos grandes sacrificios: el primero,
el de la reputación o concepto de su virginidad, pues
se purificó, como si necesitara de purificarse; el
segundo, el de su unigénito Hijo, pues se le ofreció
aquel día al Eterno Padre, con pleno conocimiento
de todo aquello para que se le ofrecía; y después
de reflexionar con juicio, con solidez y con piedad que en
estos dos grandes sacrificios padeció cuanto podía
padecer como virgen y como madre, concluyó que de
cualquiera manera que se considerase el misterio, se debía
convenir en que el misterio de la Purificación de
la Virgen era el misterio de su dolorosa Pasión. Y
propuesto este devotísimo asunto, prosiguió
de esta manera: 10. »Pues ahora hablemos sin preocupación
y discurramos con serenidad. ¿Será bien parecido que
en un sermón tan serio como el de la Pasión
de la Virgen me deje yo llevar de la pasión de la
vanidad, acomodándome con una vergonzosísima
costumbre que ha introducido la total ignorancia de lo que
es elocuencia verdadera? ¿Será bien que por no parecer
menos que otros haga traición a mi sagrado ministerio,
pierda el respeto a ese gran Dios Sacramentado en cuya presencia
estoy, profane la cátedra del Espíritu Santo,
y prácticamente me burle de un auditorio tan numeroso,
tan grave, tan piadoso, tan docto, tan acreedor a todo mi
respeto y a toda mi veneración? ¿Y no haría
yo todo esto si practicase lo que altamente abomino, lo que
abominan todas las demás naciones del mundo, y lo
que no cesan de llorar con lágrimas de sangre cuantos
hombres de verdadero juicio y de verdadera crítica
hay en la nuestra? 11. »Llamado y traído aquí
por la Real, por la gravísima, por la piadosísima
Congregación o Cofradía de la Misericordia,
para predicar del tierno, del doloroso, del instructivo misterio
de la Purificación de la Virgen, un sermón
digno de un orador cristiano, ¿no haría yo todo lo
dicho, si en el sermón o en el exordio me entretuviese
puerilmente en hacer asunto de la misma Cofradía y
del título que da razón de su misericordioso
instituto? ¿Si levantase figura sobre la accidentalísima
circunstancia de que la fiesta no se celebre en el día
propio, sino en el siguiente, dedicado a San Blas, obispo
de Sebaste, y de que se celebre en una basílica consagrada
también al mismo santo prelado y mártir? Si,
finalmente, hiciese misterio de la educación de esos
Niños de la Doctrina, que están en primer lugar
al amparo de la Virgen y de San Blas, y después bajo
la caritativa protección de esta noble y leal ciudad
y de esta Real Cofradía, ¿no me diréis qué
conexión tienen con la Purificación de la Virgen
unas circunstancias tan distantes del misterio y tan fuera
del asunto? ¿Puede haber texto en la Sagrada Escritura que
las ate ni las comprehenda, sino que sea desatando de su
lugar al mismo texto, arrastrándole por los cabellos,
violentándole y profanándole, contra lo que
tan severamente nos tiene prohibido a los predicadores y
a todos la Santa Iglesia? 12. »Si yo quisiera hacer esto
como regularmente se estila, ¿no sería una cosa fácil
para mí? Para unir la Purificación con la Misericordia,
sólo con prevenir que esta fiesta se llamó
antiguamente en la Iglesia Latina, y todavía se llama
hoy en la Iglesia Griega, la fiesta del Encuentro, venía
clavado el textecito de misericordia et veritas obviaverunt
sibi: saliéronse al encuentro la misericordia y la
verdad; pero vendría clavado con toda propiedad, esto
es, taladrado de parte a parte. Para la circunstancia de
celebrarse la fiesta, no en el día propio, sino en
el siguiente, no tenía que salir del evangelio del
día. Observaría el modo con que se explica
el Evangelista: Postquam impleti sunt dies, después
que se cumplieron los días de la Purificación.
Notaría con muchas recancanillas que el Evangelista
no dice cuando se cumplieron, sino después que se
cumplieron: postquam impleti sunt; y concluiría, muy
satisfecho de mi trabajo, que esta proposición no
se verifica rigorosamente en el día en que se cumplen,
sino en el día después. Y, consiguientemente,
que el día propio de celebrar esta fiesta es aquel
en que la celebra esta Real Cofradía. Pero esto, ¿qué
vendría a ser en conclusión? Querer corregir
la plana a la Santa Iglesia, y merecer que me quitasen la
licencia de predicar. 12. »Para hacer que San Blas hiciese
papel en el misterio de la Purificación, no me sobraría
otra cosa que materiales, aunque tales serían ellos.
Pues ¿no estaba ahí el santo viejo Simeón,
a quien muchos hacen sacerdote, y aun algunos quieren que
fuese pontífice? Con hacer a uno figura o representación
del otro, estaba todo ajustado. Si me replicasen que esto
no podía ser; porque San Blas es abogado contra las
espinas, y Simeón en el mismo misterio clavó
a la Virgen una que la penetró hasta el alma y la
duró toda la vida; diría, lo primero, que no
es lo mismo espina que espada, y que Simeón habló
de ésta y no de aquélla; diría, lo segundo,
que hay espinas que atragantan y espinas que vivifican, espinas
que se atraviesan y espinas que nos libertan. Y para probar
estos retruecanillos citaría cien textos de espinas
apetecibles, que sólo me costaría el trabajo
de abrir y trasladar las Concordancias; y, en vez de salutación
o exordio, predicaría un erial. Pero si no me pareciese
acomodar a San Blas por este camino, a la mano tenía
otro. ¿No dice Simeón que habiendo visto al Niño
Dios, vio al que era la salud de su pueblo? Quia viderunt
oculi mei salutare tuum. ¿San Blas no fue médico de
profesión antes de ser obispo? Pues con médico,
con salud y con pueblo enfermo, ¿qué bulla, qué
jira y qué zambra no podría traer? 14. »El
patronato de la ciudad y la piadosa protección con
que ampara a estos niños desamparados, estaba acomodado
con la mayor facilidad del mundo. ¿Tenía más
que recurrir a aquella ciudad santa del Apocalipsi que es
el refugio de los que predican por asonancia, o no más
que por el sonsonete, y decir que yo estaba ahora viendo
en realidad lo que San Juan no había visto más
que en figura; porque aquella ciudad no era más que
representación de ésta, con la diferencia de
que va tanto de la una a la otra, cuanto va de lo vivo a
lo pintado? Y para probar este disparate con otro mayor,
¿había más que decir que aquella ciudad, en
sentir de muchos expositores, representaba a la santa ciudad
de Jerusalén; y haciendo memoria de que el Niño
Jesús se perdió en Jerusalén, y que
esos Niños de la Doctrina se ganan en Valladolid,
preguntar en tono enfático y misterioso cuál
será ciudad más santa? ¿Aquella en donde hasta
el Niño Jesús se pierde, o aquella en donde
se ganan los que no son Niños Jesuses? Ello no sería
más que una pregunta escandalosa, con su saborete
de blasfema. Pero, ¿faltarían ignorantes que la oyesen
con la boca abierta, y que, al acabar el sermón, exclamasen:
Numquam sic locutus est homo? ¡Éste sí que
es hombre! ¡Esto sí que es predicar! ¡No hay hombre
que predique como éste! 15. »Valga la verdad, señores:
¿no es éste el modo más común con que
se ajustan estas que se llaman circunstancias? ¿Y no es cosa
vergonzosa ajustarlas de este modo? Pero, ¿por ventura se
pueden acomodar de otra manera? ¿Y ha de haber valor, no
digo en un orador cristiano, sino en un hombre de juicio,
en un sujeto de mediana literatura, para hacerlo, ni en un
auditorio cuerdo, capaz, culto y discreto, para aplaudirlo?
No lo creo. De mí sé decir que, hecha esta
salva de una vez para siempre, encárguenme el sermón
que me encargaren, nunca haré el más leve aprecio
de otras circunstancias que de aquellas que tuvieren una
proporción natural y sólida, o con el misterio,
o con el asunto. Verbigracia: la presencia de Cristo Sacramentado,
para solemnizar la Purificación de su Santísima
Madre, tiene una naturalísima correspondencia con
el asunto y con el misterio. Con el asunto, porque éste
se reduce a representar lo que la Virgen padeció en
el misterio. Con el misterio, porque una de sus principales
partes fue el sacrificio que hizo la Virgen en ofrecer a
su Hijo para que padeciese lo que padeció por los
hombres; y en esta voluntaria oferta consistió todo
lo que en la Purificación padeció la Virgen
como madre. Pues ahora, el Sacramento es memoria de la Pasión
de Cristo: Recolitur memoria Passionis eius. La Purificación
también es recuerdo de ella, con sola esta diferencia:
que en el Sacramento se hace memoria de lo que Cristo padeció;
en la Purificación, de lo que había de padecer.
La Pasión de la Madre en el templo de Jerusalén
no fue otra que la Pasión del Hijo en el monte Calvario.
Pues, ¿qué cosa más natural ni más proporcionada
que el que esté a la vista el monumento más
sagrado de la Pasión del Hijo, en el día en
que se hace memoria de la Pasión de la Madre? De ésta
voy a predicar, implorando la asistencia de la divina gracia.
Ave María». 16. »Mire
ahora el padre predicador si hay en España quien haga
justicia, y si falta quien saque la espada de recio contra
este pueril e ignorantísimo uso que me cita. Y ha
de saber que esta salutación fue oída con tanto
aplauso del numeroso y escogido auditorio en cuya presencia
se predicó, que aun aquellos mismos que por inadvertencia
o por falta de valor estaban comprehendidos en lo que ella
abominaba y reprehendía, salieron tan convencidos
de su error, que se decían unos a otros lo que Ménage
y Balzac, dos célebres escritores franceses, se dijeron
mutuamente al acabarse la primera representación de
la famosa comedia de Molière intitulada Las preciosas
ridículas, en que con inimitable gracia se hizo burla
del estilo metafórico y figurado que por entonces
se estilaba en Francia: «Molière -se dijeron el uno
al otro- tiene sobrada razón; ha hecho una crítica
juiciosa, delicada, justa y tan convincente, que no tiene
respuesta; de aquí adelante, monsieur, es menester
que abominemos lo que celebrábamos, y celebremos lo
que aborrecíamos». Con efecto: algunos de los predicadores
que oyeron esta salutación y que antes se dejaban
llevar de la corriente, avergonzados de sí mismos,
despreciaron después dicha mala costumbre y comenzaron
a predicar con solidez, con piedad y con juicio; sin que
por eso se les disminuyese el séquito, antes conocidamente
creció la estimación y el aplauso. 17. -Muy
dóciles eran esos reverendos padres -respondió
con su poco de airecillo irónico el padre fray Blas-,
si es que eran religiosos, o muy blandos de corazón
eran sus mercedes si fueron seglares. De mí sé
decir que no me ha convertido la salutación. Tan empedernido
estoy como todo eso; porque aunque parece que hacen fuerza
sus razones, a mí me hace mayor fuerza la práctica
contraria de tantos predicadores insignes como la usan, y
sobre todo el aplauso con que celebran los auditorios el
toque y retoque de las circunstancias; enseñando la
experiencia que como éstas se toquen bien o mal, aunque
lo restante del sermón vaya por donde se le antojare
al predicador, siempre es celebrado; y al contrario, como
aquéllas no se zarandeen, bien puede el predicador
decir divinidades, que el auditorio se queda frío,
tiénenle por boto, y le dan la limosna del sermón
a regañadientes y de mala gana. 18. »Ni me diga vuestra
paternidad que éste es mal gusto del vulgo y errada
opinión de los que no lo entienden. Maestrazos y muy
maestrazos están en el mismo dictamen, y no quiero
más prueba que ese mismo sermón de Santa Orosia,
que tan en desgracia de vuestra paternidad ha caído.
Tres aprobaciones tiene de tres maestros conocidos y bastantemente
celebrados, uno dominico, otro jesuita, y el tercero de la
misma orden del autor que compuso y no predicó el
sermón. Lea vuestra paternidad los encarecidos elogios
que le dan todos tres, y los dos primeros específica
y nombradamente por el toque de las circunstancias; y dígame
después si es cosa del vulgo, del populacho y de ignorantes
el aplaudir que se haga caso de ellas. 19. -Mire, padre
predicador -repuso el maestro Prudencio con sorna y con cachaza-;
una pieza me ha movido sobre la cual tendría que hablar
algunas horas si fuera ocasión y tiempo, aunque bastantes
han hablado ya mucho y bien acerca de ella. Ésta es
la impropia y extravagantísima costumbre, introducida
en España y Portugal, pero encarnecida generalmente
de las demás naciones, de que las censuras de los
libros, y aun de los miserables folletos, se conviertan en
inmoderados panegíricos de sus autores; siendo así
que al censor sólo le toca decir breve y sencillamente
si el libro o el papel contienen o no contienen algo contra
las pragmáticas y leyes reales, o contra la pureza
de la fe y buenas costumbres, según fuere el tribunal
que le comete la inspección, o que le despacha la
remisiva. Digo que no es ahora ocasión ni oportunidad
de censurar a los censores, porque se va haciendo tarde,
y se pasará la cena. Sólo le digo que en esas
mismas aprobaciones que me cita, o yo soy muy malicioso,
o la del maestro jesuita es muy bellaca; y harto será
que, bien entendida, no sea una delicada sátira contra
los desaciertos del sermón en todas sus partes. A
mí a lo menos me da no sé qué tufo de
que el padrecito tiró a echarse fuera de alabar dicho
sermón, y a lo menos es cierto que por su misma confesión
declara repetidas veces que él «nada aprueba ni alaba».
20. »Supónese el bellacuelo muy de la familia y muy
de la casa o orden del autor; y asiéndose fuertemente
del aldabón de laudet te alienus, que él construye
«alábete el extraño», dice una vez que «no
debe admitir el empleo de aprobante»; dice otra que «cuenta
por una de sus mayores dichas el no poder alabar aquel sermón»;
dice la tercera que «él es muy de casa para meterse
en alabarlo»; dice la cuarta, hablando determinadamente de
las circunstancias, que «a él no le toca celebrarlo»;
dice la quinta que «los elogios caerán mejor en cualquiera
otra boca que en la suya»; y finalmente, dice la sexta que
«aun por lo que toca al buen gusto del caballero que da a
la prensa el sermón, será mayor consecuencia,
o a lo menos no dejará de ser mayor cortesanía,
dejar toda la acción de elogiarle a los de fuera:
laudet te alienus». O yo soy un porro y no entiendo palabra
de ironías, o el tal censor es un grandísimo
bellaco. Todo su empeño es echar el cuerpo fuera del
asunto, huir la dificultad, y decir con gracia y con picaresca
que alaben otros lo que él no puede ni debe alabar.
Y más, que he llegado a maliciar (Dios me perdone
el juicio temerario) que en aquella taimada construcción
que da al laudet te alienus, «alábete el extraño»,
por la palabra extraño no entiende él precisamente
a los que no fueren tan de casa, o en el efecto, o en el
afecto, como él se supone, sino que deja en duda si
se han de entender los extraños en la facultad, los
forasteros en ella; más claro: los que no entienden
palabra. Bien puede ser malicia mía, pero a mí
me da el corazón que no me engaño. 21. -Pues
a mí me da el mío -replicó fray Blas-
que vuestra paternidad se engaña mucho; porque si
ese padre maestro no quería aprobar el sermón,
¿quién le obligaba a hacerlo? ¿Quién le ponía
un puñal a los pechos para que le aprobase? A que
se añade que si el autor se valió confiadamente
de él para que le hiciese esa merced, como regularmente
sucede que las censuras se remiten por los jueces a los que
les significan los autores, no es verisímil que le
hiciese esa traición y que cuando el pobre esperaba
un panegírico, se hallase con una sátira. La
hombría de bien parece estaba pidiendo que si no podía
acomodar con su conciencia intelectual el aprobarle, se excusase
de hacerlo, y no salir después con esa pata de gallo.
22. -Poco a poco, fray Blas -repuso el padre jubilado-;
que aunque tu réplica es sin duda especiosa, y tu
modo de discurrir, siquiera por esta vez, está fundado,
no carece de respuesta, pues no siempre lo más verisímil
es lo más verdadero. ¿Qué sabemos si al aprobante
le pusieron en alguna precisión política o
caritativa a que no pudiese honradamente resistirse? A mí
se me figura un caso que le tengo por muy natural. Es constante
que dicho sermón no se predicó, no se sabe
por qué, y también lo es que por lo mismo que
no se predicó, el autor, que era hombre bastante condecorado
en su religión, y sus parciales hicieron empeño
en que había de imprimirse, como en despique o en
satisfacción de aquel desaire. Pues ahora supongamos
que el provincial de dicha religión no fuese muy de
la devoción del autor, que fuese estrecho amigo del
aprobante, y que se cerrase en que no había de dar
licencia para que el sermón se imprimiese mientras
no pasase por la censura de éste. Ve aquí un
caso muy verisímil, en que el autor o sus parciales
batirían en brecha al pobre jesuita, ponderándole
cuánto se interesaba la estimación, el honor
y aun los ascensos de aquel religioso en que no se negase
a hacerles este obsequio. Puesto un hombre de bien y de buen
corazón en este estrecho, ¿qué partido había
de tomar? Negarse a la censura, no había términos
para eso; aplaudir el sermón a cara descubierta, no
hallaba méritos para ello, ni lo podía componer
con su sinceridad; reprobarle, era perder sin recurso al
autor en el concepto de su jefe y hacerse del bando de los
que le insultaban. Pues, ¿qué arbitrio o qué
remedio? No parece se podía escoger otro más
prudente que el que tomó: dar una censura equívoca,
que ni aprobase ni desaprobase el sermón, buscando
un especioso pretexto para excusarse de alabarle él,
y para remitir a otros toda la acción de alabarle.
23. -Bien puede ser eso así -replicó fray
Blas-; pero los elogios de los otros dos aprobantes no son
equívocos; son muy claros y muy significativos; y
en verdad que ni uno ni otro son por ahí dos pelaires;
ambos son sujetos de tanta forma, que le sobran dictados
para asistir a un concilio. -No lo niego -respondió
el maestro Prudencio-; pero ya tengo dicho que de elogios
de censores y de poetas se ha de hacer poco caso, por cuanto
unos y otros, regularmente hablando, no dicen lo que verdaderamente
son las obras que elogian, sino lo que debieran de ser. Si
el mérito de éstas se hubiera de calificar
por las ponderaciones de aquéllas, las obrillas más
infelices y más miserables, las indignas de la luz
pública y dignas solamente de una pública hoguera,
las que contribuyen más y con mayor justicia a que
abulten más y se aumenten cada día los expurgatorios,
ésas serían las más excelentes; porque
ésas puntualmente son las que salen a la calle con
más ruidosas campanillas de aprobaciones, acrósticos,
epigramas, décimas y sonetos mendigados, cuando tal
vez no los haya fabricado el mismo autor, buscando sólo
amigos para que le presten sus nombres. ¿Y dejan por eso
de estar expuestas a las carcajadas y al desprecio de los
inteligentes, ni a que el Santo Tribunal de la Inquisición
se entre por ellas con vara levantada, sin dársele
un bledo por la autoridad ni por la turbamulta de los aprobantes?
24. »Es cierto que si éstos se redujeran precisa
y puramente a los estrechos términos de su oficio,
que es ser unos meros censores; si desempeñaran como
debían la grande confianza que se hace de ellos, no
aprobando obra que no examinasen primero con el mayor rigor;
si tuviesen la santa sinceridad de exponer todos sus reparos
a los tribunales que les cometen las censuras, y se mantuviesen
después con tesón en la honrada resolución
de no aprobar la obra hasta que se hubiese dado plena satisfacción
a sus reparos, o se hubiesen corregido los desaciertos; entonces
sí que serían de gran peso aun los elogios
más moderados de las aprobaciones. Pero si sabemos
cómo se practica comúnmente esta farándula;
si es notorio que la amistad, la conexión o la política
son las únicas que, por regla general, dan la comisión
a los aprobantes; si ya se ha reducido esto a una pura formalidad
y ceremonia, tanto, que si algún ministro celoso,
no menos de la honra de las ciencias que del crédito
de la nación, quiere que esto se lleve por el rigor
de la razón y de la ley, se le tiene por ridículo
y aun se le trata de impertinente; ¿qué aprecio hemos
de hacer de los elogios que leemos en esos disparatados panegíricos
llamados censuras por mal nombre? 25. »¡Oh fray Blas! ¡Fray
Blas! ¡Y cuántas veces he llorado yo a mis solas este
perjudicialísimo desorden de nuestra nación,
que no trasciende menos a Portugal, y apenas es conocido
en otras regiones! ¡Y qué fácil se me figuraba
a mí el remedio! ¿Sabes cuál es? Que se procediese
contra los aprobantes como se procede contra los contrastes
y contra los fiadores. ¿Qué cosa más justa?
Porque el aprobante no es más que un contraste que
examina la calidad y los quilates de la obra que se le remite;
es un fiador que sale de la evicción y saneamiento
de todo aquello que aprueba. ¿Declaraste que era oro lo que
era alquimia, que era plata lo que era estaño, que
era piedra preciosa un pedazo de vidrio baladí? Pues
págalo, bribón, y sujétate a la pena
que merece tu malicia o tu ignorancia. Si crees que real
y verdaderamente merece esa obra que apruebas los excesivos
elogios con que la ensalzas, tácitamente te constituyes
por fiador de sus aciertos; si no crees que los merezca,
eres un vil adulador y lisonjero. Pues, bellacón,
trata de pagar lo que corresponde a la ruindad de tu lisonja
o a la precipitación de tu fianza. 26. -Padre nuestro
-replicó fray Blas-, si se estableciera esa ley, ninguno
se hallaría que quisiese admitir la comisión
de aprobante o de censor. -Sí, se hallaría
tal -re |