 Capítulo II
Pide Fray Gerundio a su amigo Fray Blas una instrucción
para disponer el sermón de honras, y éste se
la da divina
Mucho hubiera convenido prevenir en el capítulo
antecedente que ni en el propio, ni en la carta, ni en su
contenido, ni en el carnero y la cántara de vino tuvo
el buen fray Gerundio más arte ni parte que hacer
lo que su amigo el padre Blas le aconsejó, escribir
lo que él mismo le dictó, y enviar el regalito
con el piadoso pretexto de limosna que él le sugirió.
Es el caso que luego que el licenciado Flechilla le encomendó
dicho sermón, fue lleno de alborozo a comunicar su
fortuna con su íntimo confidente el incomparable fray
Blas. Y puesto caso que a éste no dejó de pellizcarle
algún tantico la envidia, acompañada de un
si es no es de celillos, porque comenzaba ya a temer que
fray Gerundio en materia de fama le había de coger
la delantera y le había de quitar muchas ganancias,
haciéndole cosquillas que casi a sus mismas barbas
encargasen un sermón no menos que de docientos reales
a un oradorcillo bisoño que apenas le apuntaba el
bozo de predicador; pero al fin considerando que fray Gerundio
era su discípulo de púlpito, que la gloria
del discípulo se refunde en el maestro, y que hasta
en el provecho le podía tocar alguna parte, ahogó
los primeros ímpetus de aquella no muy honrada pasión;
y mostrando mucho gozo por lo menos en esto que se veía
hacia fuera, le aconsejó sanamente lo que debía
hacer, y le dictó la carta para el prelado, con todo
lo demás que en ella se contenía. 2. Dijimos,
y aun lo volvemos a decir, que todo esto convendría
mucho hubiese quedado advertido desde el capítulo
precedente, porque de esa manera ahorraríamos ahora
el prevenirlo. Pero sobre que muchas veces un pobre historiador
se descuida, y sucede tal vez que mientras toma un polvo,
en un abrir y cerrar de caja se le va la especie que tenía
entre la pluma, ¿quién sabe si en esta ocasión
lo hicimos adredemente por no interrumpir el hilo de la narración?
A lo menos nosotros estamos en la firme determinación
de no declarar lo que hubo en esto, para dejar al curioso
lector el trabajo de adivinarlo. 3. Tres días naturales
tardó el propio en ida y vuelta, en cuyo espacio de
tiempo fueron desfilando todos los huéspedes, retirándose
cada cual a su respectivo destino: los dos canónigos
a su iglesia, el familiar a su casa, el padre vicario a sus
monjas, el fraile y el donado a sus conventos, sólo
que éste fue primero al mercado de Villalón,
porque tenía que comprar unas cebollas. ¡Vayan benditos
de Dios y la Virgen los acompañe! Que cierto tenían
tan ocupada la casa como la historia, la cual no sabía
qué hacerse con tantos personajes. Especialmente el
señor magistral nos incomodaba un poco, porque su
demasiada seriedad no daba gusto a fray Gerundio, y harto
será que no cansase también a muchos de nuestros
lectores. Quedaron, pues, solos y a sus anchuras nuestro
fray Gerundio y su fray Blas, dueños absolutos del
cortijo y teniendo pendientes de sus discreciones al tío
Antón Zotes, a la tía Catanla y al licenciado
Quijano, que apenas los perdían de vista ni aun de
oído. 4. Cuando ves aquí que entra por la
puerta del corral el deseado propio, cargado con un alforjón
de libros y con la carta del prelado, que venía, como
dicen, a pedir de boca. Luego que la leyeron los dos camaradas,
se dieron recíprocamente muchos abrazos de puro gozo;
y aun fray Blas añadió también con religiosa
confianza un pescozón y una coz a fray Gerundio, todo
en señal de contentamiento. Pero sobre todo les cayó
en gracia la prevención del prelado en enviar los
libros, no sólo porque era señal de la complacencia
con que daba su bendición, sino porque en realidad
sin libros se verían un poco embarazados, no alcanzando
su erudición de memoria a tanto empeño, y sería
chasco verse precisados a retirarse al convento para componer
el sermón. 5. Pasado aquel primero turbión
de alegría, dijo fray Gerundio a fray Blas que era
preciso retirarse los dos al campo para conferenciar a solas
y con libertad sobre el asunto. -¡Que me place! -respondió
el predicador mayor. Y luego que se vieron fuera del lugar,
que sería como a diez o doce pasos, porque la casa
de Antón Zotes estaba en el centro del pueblo, comenzó
fray Gerundio a hablar en esta substancia: -Padre predicador,
ya sabe usted... Atajole al punto fray Blas, y le
dijo: -Amigo fray Gerundio,
| Non bene conveniunt nec in una sede morantur | | | | majestas
et amor. | | |
Amistad y cumplimientos no caben en un saco. Hasta
aquí te he tolerado ese tratamiento por la tal cual
diferencia de edades, pues a lo sumo te llevaré veinte
y dos o veinte y tres años. Ya no te lo sufriré,
por lo menos cuando los dos nos hablemos mano a mano. Un
hombre a quien encargan un sermón de honras que vale
docientos reales bien puede tutearse, no digo con el predicador
mayor de una casa matriz, pero con todos los predicadores
del rey. Así, pues, ceremonias a un lado; y si quieres
que en adelante te conteste, trátame como a otro tú.
Era dócil fray Gerundio, y no le costó trabajo
conformarse, fuera de que en aquel mismo punto sintió
no sé qué secreta vanidad y complacencia de
ver que le permitían hombrear no menos que con todo
un predicador mayor de un conventazo como el suyo, y aun
llegó a discurrir que no debía de ser muy inferior
en el mérito a quien le hacía tan igual en
el tratamiento. Rompió pues la valla sin detenerse,
y le dijo: -Pues bien está, amigo predicador, y comienzo
a darte gusto. 6. »Ya sabes que yo en toda mi vida he oído
sermón de honras. En Campazas no se usan; en Villaornate
no murió persona de importancia mientras estuve a
la escuela del cojo; el dómine Zancas Largas jamás
nos habló ni una palabra sobre esta especie de oraciones;
cuando fui novicio y artista, no se ofreció predicar
acerca de este asunto. Sermonarios no he leído sino
el Florilogio, y en éste no hago memoria de haber
encontrado sermón de honras, ni cosa que suene a eso;
conque si tú no me alumbras, habré de caminar
a tientas. 7. -¡Pecador de mí! -respondió
fray Blas-. ¡Y qué poca memoria tienes! Conque, ¿no
te acuerdas haber leído en el Florilogio sermón
de honras? Pues ven acá, badulaque; ¿no haces memoria
del famosísimo sermón predicado por el autor
en Ciudad Rodrigo a las honras que el Regimiento de Toledo
celebró por sus soldados difuntos? Yo tampoco tengo
ahora muy presente todo su contenido; pero así en
general me quedó la especie vivísima de que
es una de las piezas más divinas que se encuentran
en aquella obra verdaderamente celestial. Modelo más
acabado para disponer una oración fúnebre con
todos los primores de que es capaz el arte, es imposible
que hasta ahora haya salido de humano entendimiento. -Vaya,
hombre -le interrumpió fray Gerundio-, que soy un
bolo; tú tienes razón, y ahora me acuerdo de
haberla leído. Y también me acuerdo que me
aturrulló; porque si bien no entendía lo que
querían decir muchísimas cosas, pero eso mismo
me llenaba de estupor, haciéndome acá dentro
del alma un eco que me atolondraba las potencias. -En volviendo
a casa -prosiguió fray Blas-, te haré ver,
admirar y penetrar parte por parte sus inimitables primores,
puesto que entre los libros que te envió el prelado
advertí por el pergamino que venía el Florilogio.
-Pero mientras tanto -replicó fray Gerundio-, ¿no
me darás así unas reglecitas generales para
bandearme? 8. -Soy contento -respondió fray Blas-;
y ante todas cosas no se te olvide la que te dí en
otra ocasión, con la de leerte el sermón que
prediqué a San Benito del Otero; o, por mejor decir,
la que tú mismo sacaste en fuerza de tu ingenio, sin
que yo te la diese pro expresso. Ésta es la de acudir
siempre a alguno de los fastos, menologios, almanaques o
calendarios gentílicos, sive mitológicos, y
ver qué fiesta se celebraba, qué ceremonia
o qué cosa remarcable se hacía en aquel mismo
día en que tú tienes que predicar, y aplicarla
intrépidamente a tu asunto, sea el que fuere; que
eso lo podrás hacer con una maravillosa facilidad.
Observo que te ha cogido algo de repente el terminillo remarcable.
No lo extraño, que a mí también me sucedió
lo mismo la primera vez que le oí; pero ya están
los oídos y los ojos tan hechos a él, que se
me hace muy reparable cualquiera cosa notable que no se llame
remarcable. 9. »Esta regla es general y conviene a todo
género de asuntos: panegíricos, gratulatorios,
exhortatorios o deprecatorios, fúnebres y morales.
Aunque prediques el mismísimo sermón de la
Pasión, te puedes aprovechar de ella con una oportunidad
que encante. 10. »Pero viniendo en particular a sermón
de honras u oración fúnebre, que todo viene
a ser uno, es indispensable que desde luego eches unas bocanadas
de erudición a borbotones sobre el tiempo en que comenzó
este género de obsequio a los difuntos, con qué
ocasión se dio principio a él, quiénes
fueron los primeros inventores, si los griegos o los romanos;
qué progresos hizo en el discurso del tiempo; y, en
fin, todo cuanto hacinares en esta materia será otro
tanto oro, porque desde luego captarás la admiración
del auditorio con tu portentosa erudición. -Pero,
hombre de los demontres -le replicó fray Gerundio-,
¿dónde tengo de encontrar yo tan antiguas y tan recónditas
noticias? ¿Piensas que son todos como tú que parece
tienes presente todo cuanto ha pasado en el mundo desde Adán
hasta el Anticristo, y aunque se hable de la cosa más
despreciable o más ridícula, como si dijéramos
de alpargatas o de polainas, al punto señalas el inventor
con el año y el día fijo en que comenzaron
a usarse? 11. -¡Válgame Dios, fray Gerundio -respondió
fray Blas-, y qué monigote que eres! Pues, ¿no tienes
ahí a Beyerlinck, que te socorrerá con abundancia
de cuanta erudición repentina hayas menester para
cualquiera cosa que quieras? Amén de Beyerlinck, ¿no
están los Passeracios, los Ambrosios Calepinos y los
diccionarios universales, que hoy se estilan ya en todas
las lenguas, los cuales te darán tantas noticias históricas
y críticas sobre cada palabra, que apenas pueda con
ellas tu memoria? Es verdad que los críticos llaman
erudición de socorro a este género de erudición,
aludiendo al agua de socorro con que se bautizan los párvulos;
mas, ¿y qué tenemos con eso? Por ventura los que se
bautizan con agua de socorro, ¿substancialmente no quedan
tan bautizados como el mismo emperador Constantino cuando
le bautizó el papa San Silvestre? Si es que es cierta
esta noticia, porque el día de hoy todo se pone en
duda. Pues, ¿por qué los eruditos de socorro no serán
tan eruditos como los que lo son con todas las ceremonias
de la Orden? Que te respondan a esta paridad, y mientras
no lo hicieren, que seguramente no lo harán, ríete
de sus malignas y envidiosas expresiones. 12. -Estoy en
cuenta -dijo fray Gerundio-; pero después de toda
esta retahíla de erudición, que sin duda acreditará
a cualquiera, ¿cómo la he de aplicar al intento particular
de mi sermón de honras, y cómo he de hacer
que venga a propósito para celebrar la memoria de
mi buen escribano? -En poca agua te ahogas -respondió
fray Blas-; y un hombre que aplicó tan divinamente
todo cuanto quiso, así a las circunstancias del sermón
del Sacramento como a la plática de disciplinantes,
me admira que ahora se embarace en una bagatela. Mira, dos
opiniones hay, a lo que me acuerdo, acerca de esto que se
llama oraciones fúnebres, o panegíricos de
los difuntos. Unos quieren que los primeros inventores de
este género de elogios fuesen los griegos, y aun se
adelantan a nombrar al que pronunció el primero, que
dicen fue Teseo, con ocasión de dar sepultura a los
cadáveres de los argivos. Otros atribuyen la gloria
de esta agradecida invención a los romanos, afirmando
que la primera oración fúnebre que se oyó
jamás fue la que pronunció Lucio Junio Bruto
con ocasión de la muerte de la casta Lucrecia, con
la cual encendió tanto el ánimo de los romanos
contra el soberbio Tarquino, que le arrojaron del trono y
se fundó la República, quinientos nueve años
antes del nacimiento de Cristo. Algunos se esfuerzan a conciliar
estas dos opiniones, diciendo que los griegos fueron en rigor
los primeros inventores de los elogios fúnebres, pero
limitándolos precisamente a los que habían
muerto en la guerra en defensa de la patria, y los romanos
fueron los primeros que los extendieron a todos los claros
varones que habían sido eminentes en otras virtudes,
aunque no fuesen militares, o que habían hecho algún
considerable servicio a la patria y al Estado. 13. »Tú
no te detengas en esta cuestión inútil, aunque
convendrá que no dejes de apuntarla, para que entiendan
que sabes mucho más de lo que dices, y añadirás
luego con despejo y con arrogancia: «Ora se consagren los
panegíricos póstumos a las armas, ora se dediquen
a las letras, ora se destinen a cualesquiera otras virtudes
en que florecieron los clarísimos varones, siempre
se deben de justicia estos póstumos, fúnebres
y cipresinos elogios a nuestro Domingo Conejo [así
se llamaba el escribano, que Dios haya]. ¿Si a las armas?
Míresele continuamente con el cuchillo en la mano,
tajando plumas, como pudiera moros, turcos o judíos.
¿Si a las letras? ¿Quién formó más,
ni con más airosos rasgos, en toda la redonda? Regístrense,
si no, esos inmensos protocolos. ¿Si a las demás heroicas
virtudes que hacen reventar el clarín de la fama por
lo más ancho de la bocina? Señáleseme
siquiera una en que no hubiese sido el non plus ultra nuestro
plangibilísimo Conejo. 14. -¡Hombre de Satanás!
-replicó fray Gerundio-. Lo de las armas y de las
letras está aplicado que ni el mismo Florilogista.
Pero lo de las virtudes, ¿cómo se puede decir sin
que el diablo y el auditorio se rían de la mentira?
¿No ves, pecador de mí, que en los apuntamientos del
licenciado Flechilla se dice claritamente que el escribano
(¡Dios le haya perdonado!) era un mal hombre, falsario, embustero,
enredador, cizañero, ladrón, con sus polvillos
de hipócrita? -¿Y en eso te detienes? -le interrumpió
fray Blas con cierto airecito de fisga-. Cada día
me pareces más cuitado, y temo que has de dar en escrupuloso.
Pues, ¿hay más que bautizar esos vicios con el nombre
de virtudes? Y cátalo todo compuesto. Di que ninguno
le excedió en la condescendencia, que pocos le igualaron
en el ingenio, que a nadie concedió ventajas en lo
penetrativo, que fue único en la persuasión;
y que en orden a defender sus derechos, no sólo no
admitió igual, sino que tocó la raya de nimio.
Ves ahí desfigurados sus vicios y vestidos a la moda,
en traje de virtudes morales, con lo cual ninguno te podrá
hablar una palabra; y aun está a pique que al acabar
la oración fúnebre, alguna viejecilla simple
se encomiende devotamente al santo escribano Conejo. 15.
»Y en fin, cuando todo turbio corra, ¿a ti qué te
cuesta fingir en el difunto las virtudes que te vinieren
más a pelo, según los materiales que tuvieres
a mano? Porque si no las tuvo, a lo menos las debió
de tener. ¿Piensas tú que serás el primero
que lo hace? Mucho te engañas en eso. Hombres he visto
yo de mucho pro que lo practican a cada paso, sin que por
eso pierdan casamiento ni nada del respeto que se les debe.
Hay en cierta parte del mundo un gremio digno de toda veneración,
donde es costumbre hacer honras y predicar su oración
fúnebre por cualquiera individuo de él, mas
que muera de la otra parte del cabo de Comorín. Ya
se ve: pensar que son canonizables todos los miembros de
aquel respetable gremio, sería un juicio que se pasaría
de puro piadoso. Con todo eso, apenas se oye o se lee oración
fúnebre de alguno (porque las más se imprimen),
que al oyente o al lector no le dé gana de hacerle
una novena con culto privado, siendo así que tal vez
caen las oraciones sobre sujetos que, lo que es en vida,
no hicieron milagros. ¿Cómo se hace esto? Tan lindamente:
poniendo el orador de su casa lo que faltó al difunto,
y que éste le agradezca la buena voluntad. 16. »¡Oh
señor! Que eso será engañar al público
y con engaño muy perjudicial. Escrúpulos de
fray Gargajo. ¿No sabe todo el mundo que la primera partida
del buen orador debe ser la que se llama invención?
Esto, ¿qué quiere decir? Que el buen orador ha de
inventar lo que alaba; y es claro que si lo encuentra en
el sujeto a quien elogia, no lo inventa el que lo refiere.
17. Un poco le disonó esto a fray Gerundio, oliéndole
a grandísimo disparate; y así no se pudo contener
sin interrumpirle, diciendo: -Fray Blas, yo pienso que estás
un si es no es equivocado y confundes la invención
con la ficción, cosas entre sí muy distintas
y muy distantes. Hago alguna memoria de que cuando el dómine
Zancas Largas nos explicó esto de la invención,
no nos la dio el sentido que tú la das; y nos dijo
que la invención era aquella virtud, prenda o gracia
intelectual en fuerza de la cual el orador, queriendo engrandecer
un hecho cierto, buscaba con arte medios, arbitrios o modos
oportunos para amplificarle y para engrandecerla, a los cuales
modos, arbitrios o medios llamaba él las fuentes de
la invención. Por señas que aun todavía
me acuerdo bien de las tales fuentes, porque me costó
el aprenderlas un par de vueltas de azotes; y así
decía que la primera fuente de la invención
era la historia; la segunda, los apólogos y las parábolas;
la tercera, los adagios o los refranes; la cuarta, los jeroglíficos;
la quinta, los emblemas; la sexta, los testimonios de los
antiguos; la séptima, los dichos graves y sentenciosos;
la octava, las leyes; la novena, la Sagrada Escritura; la
décima, el discurso y el acierto o la discreción
de lugares. Así explicaba él esto de la invención,
pero nunca nos dijo que la invención del orador consistía
en inventar o fingir lo que había de alabar. Antes
bien, si no me engaño, mucho nos inculcaba que eso
de fingir se reservaba para los poetas. 18. No gustó
mucho fray Blas de la tal réplica, ora fuese porque
efectivamente conoció de botones adentro el disparate,
ora porque se empeñó en llevarle adelante;
y así le dijo con sobrado sacudimiento: -Válgate
el diantre por tu dómine Zancas Largas, que ya me
tienes zanquilargueados los ijares. Si ese tu dómine
Zancarrón te enseñó que el fingir era
propio de los poetas, también debe serlo de los oradores;
por cuanto no puede haber buen orador que no sea poeta. Así
lo dice Cicerón, aunque no me acuerdo dónde;
pero basta que yo lo diga, que no ha de ir un hombre con
la manga cargada de citas cuando se sale a pasear. 19. Calló
fray Gerundio, viendo a su amigo algo amostazado, y éste
prosiguió diciendo: -Lo dicho, dicho: el alabar a
los difuntos, ya sea en oraciones fúnebres, ya en
epicedios poéticos cantados en su loor, y fingir las
virtudes, prendas y gracias que no tuvieron, no es cosa de
ayer acá, ni es invención de modernos. Ahí
está uno de tantos Sénecas como andan por esas
librerías (pienso que ha de ser el Trágico,
el cual debió de llamarse así porque quizá
su padre se llamaría Tragón), digo que ahí
está ese tal Séneca que introduce a los poetas
de su tiempo llorando la muerte del emperador Claudio Druso,
y diciendo de él una máquina de proezas, que
jamás le pasaron por el pensamiento al bueno del emperador.
Mas que rabies, te he de encajar, que quieras que no quieras,
el himno que supone compusieron en su alabanza; y sólo
porque me gustó el sonsonete, parecido al de Iste
confessor Domini, colentes, le tomé de memoria. Dice,
pues, así:
| Fundite fletus, edite planctus, | | | | fingite luctus, resonet
tristi | | | | clamore
forum: | | | | cecidit pulchre cordatus homo, | | | | quo non alius fuit
in toto | | | | fortior
orbe. | | | | Ille citato vincere cursu | | | | poterat celeres, ille rebelles | | | | fundere Parthos, | | | | Levibusque sequi Persida telis | | | | certaque manu | | | | tendere
nervum, | | | | qui praecipites vulnere parvo | | | | figeret hostes, pietaque
Medi | | | | terga fugacis. | | | | Ille Britannos ultraque noti | | | | littora Ponti et caeruleos | | | | scuta Brigantes | | | | dare Romuleis colla catenis | | | | jussit et ipsum nova Romanae | | | | jura securis temere Oceanum, etc. | | |
20.
»No quiero cargos de conciencia, y soy hombre sincero. Confiésote
que éste era demasiado latín para mi gramática,
y que no le entendí sino muy en montón y así,
como dicen, a media rienda. Pero me deparó Dios un
lector de nuestra Orden que por más de tres años
había sido rey en el general de mayores de Villagarcía,
el cual me declaró su contenido; y parece ser que
en el tal himno se alaba al emperador Claudio de haber sido
hombre muy prudente, de grandes fuerzas, de suma celeridad
y de tanto valor, que sujetó a los persas, rindió
a los medos, subyugó a los britanos, extendió
los límites del imperio romano de la otra parte del
Ponto, y obligó hasta al mismo océano a que
obedeciese sus leyes. Esto dice el himno. Mas, ¿qué
hubo de esto? Nada, en conclusión; porque yo leí
en un libro viejo, sin principio ni fin, pero de grande autoridad,
que el emperador Claudio fue un estúpido, tanto, que
su misma madre Antonia, cuando quería ponderar la
simpleza de alguno, decía: «Es tan fatuo como mi hijo
Claudio». En todo su imperio no hizo cosa de provecho, sino
comer, beber y tratar con la gente más vil y más
despreciable. Es cierto que su hijo Británico triunfó
de los britanos, porque los cogió desprevenidos, y
acabáronse todas sus hazañas. Casose
cuatro veces, y se hubiera casado cuatrocientas si su sobrina
y cuarta mujer Agripina no hubiera tenido vocación
de enviudar antes de tiempo, quitándole la vida con
veneno. Adoptó a Nerón, hijastro suyo, sin
hacer caso de Británico, su hijo, y a esto se redujeron
sus proezas. Con todo eso, el poeta hizo bellísimamente
en fingir todas aquellas prendas que le parecieron propias
de un grande emperador y celebrarle por ellas, mas que nunca
las hubiera tenido; que ésa no fue culpa del panegirista,
y nadie le quitó que las tuviese. Pues, ¿qué
razón habrá divina ni humana para que tú
no hagas lo mismo con el escribano Conejo? 21. -Tus argumentos
son tales -respondió fray Gerundio-, que no los desatará
una universidad toda entera en cuerpo y en alma. No admiten
réplica; y así, no sólo me conformaré
a ciegas con tu dictamen, sino que en este punto me ocurre
un modo muy fácil de predicar mil sermones de honras
a mil escribanos muertos que cayesen en mis manos. -¿Cómo
así? -le preguntó fray Blas...
 Capítulo III
Interrumpe la conversación un huésped inopinado
que se aparece de repente; vuelven a atar el hilo, con todo
lo demás que irá saliendo
Iba a responderle
fray Gerundio, cuando al revolver el cercado de una viña
por donde atravesaba una senda que guiaba a Tras de Conejo,
famoso sitio del monte de Valderas, se apareció un
mocito como de veinte y cinco años, con todo el aparato
de cazador crudo: redecilla con borla a medio casquete; tupé
asomado, con sus dos caídas de bucles; chambergo y
cinta de plata y oro, con su lazo o roseta entre si trepa
o no trepa a la copa del chambergo; capotillo de grana hasta
la cintura; chupa verde, bien cumplida de faldillas; calzón
de ante fino, ajustado a la perfección; asomada por
la faltriquera, hasta bien entrado el muslo, una cinta de
oro con sello y llavecita del reloj; botines de lienzo listoneado
de azul, que ni pintados, y sus zapatillas blancas; escopeta,
bolsas, dos podencos y cuatro perdices, que llevaba en una
red de hilo harto bien tejida, pendiente de un cordón
de seda, que a manera de banda le cruzaba desde el hombro
derecho hasta el ijar izquierdo, eso se supone. 2. Era un
colegial trilingüe de la Universidad de Salamanca, bien
dispuesto, despejado, hábil, de humor festivo y retozón,
aunque algo vivo, osado y quisquilloso; más que medianamente
instruido en letras humanas, y sobre todo en la retórica,
a cuya cátedra era opositor, y aun había leído
ya una vez a ella. Llamábase don Casimiro y estaba
de recreación en Valderas, donde tenía casada
una hermana muy de su cariño, y al cuñado no
le había faltado un tris para ser corregidor de Villalobos.
Aquella tarde había salido a caza y, fatigado de la
sed, iba, por más pronto recurso, a Campazas a echar
un trago de agua de bodega, cuando al revolver del cercado
se encontró con nuestros dos frailes. Conocía
a fray Blas; porque éste, bien o mal, había
cursado en Salamanca, aunque don Casimiro era niño
gramático y fray Blas ya era padre colegial. Así
se llaman aquellos teólogos de reata que van en recua
a escuelas mayores y menores. 3. Apenas se vieron los dos,
cuando recíprocamente se conocieron; y es que fray
Blas nada se había mudado, porque tan calzado era
de barbas y tan cerrado de mollera cuando colegial como cuando
predicador mayor de su convento, atento a que cuando tomó
el santo hábito, era ya bastantemente entrado en mozancón.
Por lo que toca a don Casimiro, es cierto que aunque había
crecido mucho y era hombre que ya se afeitaba a menudo, pero
conservaba todavía el aire, las facciones de la cara
y cierta viveza de ojos que le agraciaban mucho cuando niño.
Diéronse un estrecho abrazo; y después de aquellos
efectos regulares de alegría y de aquel montón
de especies antiguas que tocan de tropel dos conocidos en
estos encuentros casuales, después de haberse santiguado
los dos media docena de veces con aquello de ¡Válgame
Dios!¡Qué encuentro!¡Quién me lo dijera! ¡Quién
lo pensara!, sin omitir fray Blas lo otro de ¡Jesús
y qué crecido, y qué espigado, y qué
hombre, y qué galán! Venga otro abrazo, etc.,
le tomaron en medio los dos frailes. El predicador en breves
palabras dio razón a don Casimiro de quién
era fray Gerundio, de sus prendas, de sus talentos, del sermón
que acababa de predicar, de los aplausos que había
merecido, del sermón de honras que le habían
encargado y, en fin, de toda la conversación que habían
tenido los dos desde la salida del lugar hasta el mismo punto
del dichoso encuentro inclusivamente. 4. Hizo don Casimiro
un cumplido muy cortesano a fray Gerundio; y habiéndole
correspondido éste con las voces que le deparó
su bondad, su crianza y su cosecha, prosiguió inmediatamente
sin detenerse: -Pues, señor don Ramiro... -Casimiro
-le interrumpió el colegial-, para servir a vuesandísima.
-Perdone usted -continuó fray Gerundio-; que cuando
le nombró mi amigo el padre predicador, estaba yo
un tantico embobado, y sólo pude advertir que su gracia
de usted era un nombre acabado en iro. Pues, señor
don Casimiro, lo que yo iba a decir a fray Blas, cuando nuestra
buena suerte nos deparó la honrada vista de usted,
era que se me había ofrecido un medio estupendísimo
para predicar aunque fuesen mil sermones de honras a todos
los escribanos que está comiendo la tierra. Éste
es el ir discurriendo en mi sermón por todas y por
cada una de las diez fuentes que llaman los retóricos
de la invención. 5. -Ésa es mi comidilla -interrumpió
el colegial-; y toca usandísima un asunto en que puedo
decir algo con menos desacierto, porque al fin ésa
es mi facultad. Si las fuentes de la invención son
diez precisamente, si son menos o son más, es punto
muy cuestionable, y no ignora usandísima cuánto
le controvierten los autores. Cicerón, en lo De inventione,
señaló algunas más. Nuestro Quintiliano,
en sus Instituciones oratorias, las redujo a menos; y Casio
Longino, en su Tratado de lo sublime, que leí traducido
del griego en francés por monsieur Boileau, dice,
a mi ver, con mayor acierto que no se puede señalar
número fijo a estas fuentes de la invención,
porque serán más o menos según fuere
mayor o menor la fecundidad y fuerza imaginativa del orador.
Pero no hay que detenernos en lo que no es del día.
Importa poco que las fuentes sean diez o sean diez mil. Lo
cierto es que con solas diez fuentes, en cualquier asunto
se puede juntar un caudal oratorio tan copioso, que forme
un río navegable de elocuencia. ¿Y cuáles son
esas diez fuentes donde vuesandísima piensa hacer
aguada para navegar felizmente por el proceloso mar de su
fúnebre parentación? 6. -Con licencia de usted
-respondió fray Gerundio-, el escribano a cuyas honras
he de predicar no era pariente mío. -Pues, ¿digo
yo por ventura que lo fuese? -replicó el colegial.
-Es que como usted dijo eso de emparentación -prosiguió
fray Gerundio-, creí que me emparentaba con él.
Sin más examen conoció don Casimiro la pobreza
del fraile con quien trataba; pero disimuló cuanto
pudo y, ya con algún mayor conocimiento del terreno,
respondió: -Vuesandísima ha padecido equivocación,
nacida sin duda de alguna distracción involuntaria.
Yo no dije emparentación, sino parentación.
-Pues, ¿qué más da uno que otro? -replicó
fray Gerundio. -Paréceme -respondió el bellacuelo
del colegial- que vuesandísima tiene gana de zumbarse,
y que a mi costa quiere divertir la tarde. Un hombre como
vuesandísima, que tiene noticia de la invención
y de sus fuentes, no puede ignorar que Cicerón llama
parentar a los difuntos el hacer honras por ellos, y que
de aquí se dice parentación todo lo que se
consagra a su memoria, ya sean ofrendas, ya elogios, ya oraciones
o sermones. Como fray Gerundio se vio tratar con tanto respeto,
pues en realidad era la primera vez que había recibido
ese tratamiento, y no dejaba de admitirle con gusto y con
entonación, aunque quedó un poco corridillo
de que le hubiesen cogido en aquel punto, resolvió
disimular por no perder el concepto, y así dijo como
sonriéndose: -Ya, ya lo sabía yo, pero quise
hacer del bobo sólo por el gusto de oír a usted.
-Pues otra vez -replicó el fisgón del colegial-
no lo haga vuesandísima con tanta naturalidad, porque
casi me lo hizo creer. Pero volviendo a nuestro propósito,
¿cuál es la primera fuente de la invención
que señala el autor de vuesandísima? 7. -La
historia -respondió fray Gerundio. -También
Quintiliano -prosiguió don Casimiro- señala
ésa por la primera fuente. No sé si me acordaré
de sus palabras, porque ya ha algunos años que las
encomendé a la memoria. Hagamos la experiencia: In
primis vero (pienso que ha de decir) abundare debet orator
exemplorum copia, cum veterum tum etiam novorum; adeo ut
non ea modo, quae conscripta sunt historiis aut sermonibus,
veluti per manus tradita, quaeque quotidie aguntur debeat
nosse, verum ne ea quidem, quae a clarioribus poetis ficta
sunt, negligere. De suerte que Quintiliano desea en todo
perfecto orador, no sólo una noticia comprehensiva
de la historia, de la tradición y aun de los sucesos
particulares que acaecen en su tiempo, sino que no debe despreciar
aun las ficciones y las fábulas de los poetas más
ilustres y más clásicos, porque todo sirve
pare exornar lo que dice con ejemplos antiguos y modernos.
8. -¿Veslo, fray Gerundio, veslo? -interrumpió a
esta sazón fray Blas, lleno de gozo y dándole
una palmadita en el hombro izquierdo-. Mira cómo Quintiliano
aprueba lo de las fábulas en los sermones y en las
oraciones, según el texto literal y terminante que
con tanta puntualidad acaba de citar y referir el señor
don Casimiro. ¿Y qué? ¿Te parece que el señor
don Casimiro es rana? Pues sábete que será
muy presto tan catedrático de retórica en la
Universidad de Salamanca, como tú eres predicador
sabatino y como yo soy predicador mayor de la casa. Di ahora
a todos los magistrales del mundo y a cuantos maestros fray
Prudencios puedan tener las religiones mendicantes, monacales
y clericales, que se vengan a contrarrestar a Quintiliano.
9. -Poco a poco, reverendísimo fray Blas -atajó
don Casimiro-. Quintiliano instruye a un orador profano,
y no a un orador sagrado. Da reglas para los que han de hablar
en las academias, arengar a los magistrados, hacer representaciones
a los príncipes, perorar en los gabinetes y defender
o alegar en los tribunales; no se mete con los que han de
enseñar, persuadir y convencer al pueblo desde los
púlpitos. Es cierto que unos y otros pueden y deben
usar de la historia con moderación, con oportunidad
y con templanza; pero de la ficción y de la fábula
solamente podrán valerse con mucho tiento y con grande
economía los primeros. Así lo da a entender
el mismo Quintiliano, y si no, repare vuesandísima
el miramiento con que se explicó: ne ea quidem, quae
a clarioribus poetis ficta sunt, negligere. No dice que hagan
estudio de las ficciones y de las fábulas, sino que
no las desprecien, que no las olviden del todo. Si Quintiliano
quiere que aun en las oraciones profanas se practique tanta
circunspección en el uso de la fábula, ¡cuánto
condenaría que se gastase, digámoslo así,
a pasto en las oraciones sagradas que él no conoció,
porque tuvo la desgracia de morir en el paganismo! Pero,
dejando a un lado esto que no es de mi profesión,
dígame vuesandísima padre fray Gerundio cómo
ha de usar vuesandísima de la historia para el sermón
del escribano. 10. -¿Cómo? Tan lindamente -respondió
fray Gerundio-. Lo primero voyme derechicamente a las Concordancias a buscar la palabra scriba; y leyendo después todo
lo que se dice en la Biblia de los escribas, se lo aplico
ajustaditamente a mi escribano. Después voy a consultar
a un tesauro lo que hay en latín por escribano, que
a fe de hombre de bien que no lo sé; porque no está
obligado ninguno, aunque sea el mayor latino de todo el universo,
a saber cómo se llaman en latín todas las cosas.
-No se canse vuesandísima en buscarlo -dijo el colegial-,
que yo se lo diré. Escribano y notario, en latín
se dice tabularius, y también tabellio, como quieren
otros. -¡Lindamente! -continuó fray Gerundio-. Busco,
pues, la palabra tabellio o tabularius en el Theatrum vitae
humanae de Beyerlinck; y allí encontraré todo
cuanto pueda desear sobre el tiempo, origen, progresos, variedad
de fortunas, con otras mil curiosidades tocantes al oficio
de escribano, desde su fundación hasta el tiempo en
que escribió su Teatro el devoto y pío Lorenzo
Beyerlinck, arcediano de Amberes. Si allí no encuentro
esta palabra, que es muy posible, infaliblemente la he de
hallar en el Calepino de Ambrosio aumentado por Passeracio.
11. -Tenga vuesandísima -interrumpió el colegial-
y deme su permiso para hacer una pregunta. ¿Qué
entiende vuesandísima por el Calepino de Ambrosio?
Porque ese modo de citarle se me representa una cosa muy
parecida a la carabina de Ambrosio. -Cierto, señor
colegial, que es muy honda la pregunta -respondió
fray Gerundio, no sin hacer un gesto desdeñoso-. Cualquiera
niño gramático podrá satisfacerla; pues
saben hasta los menoristas que calepino es una palabra griega,
hebrea o moscovita, que en eso no me meto, la cual significa
lo mismo que diccionario o vocabulario, en que, siguiendo
el alfabeto, se va discurriendo por todas las palabras latinas,
y se dice lo que significan en romance. -Tras de esa respuesta
iba yo, padre reverendísimo -replicó el colegial
en tono sacudido-; y no extraño que los niños
gramáticos ignoren lo que significa calepino, cuando
los reverendísimos padres predicadores sabatinos no
lo saben. Calepino no es voz griega, hebrea, arábiga
ni húngara, sino puramente italiana; tampoco es título
de la obra, sino nombre patronímico de la patria del
autor. Éste fue fray Ambrosio Calepino, del Orden
de San Agustín, llamado así porque fue natural
de Calepio, en Italia, ni más ni menos como San Nicolás
de Tolentino y Santo Tomás de Villanueva, religiosos
de la misma Orden, se llamaron así; porque el uno,
aunque era natural del lugar de Santángel, cerca de
Fermo, en la Marca de Ancona, vivió treinta años
en Tolentino, ciudad episcopal de la misma Marca, donde murió,
y de esta larga residencia en dicha ciudad tomó el
nombre. El otro le tomó de Villanueva de los Infantes,
donde se crió, aunque había nacido en Fuentillana,
pueblo reducido que dista tres cuartos de legua de aquella
villa. Pues ahora, si uno citase los sermones de Santo Tomás
de Villanueva diciendo: Así se lee en Villanueva de
Santo Tomás, ¿no sería cosa ridícula?
Pues tan ridículo es, si no lo es más, citar
a secas y sin llover el calepino de Ambrosio, como si su
autor hubiese puesto al diccionario el título de Calepino.
Y ve aquí vuesandísima cómo la pregunta
tenía más hondón del que parecía.
Ahora pase vuesandísima adelante, que ésta
no ha sido más que una breve digresión. 12.
Algo descalabradillo quedó fray Gerundio de la refriega
calepinal; y curándose lo mejor que pudo, prosiguió
diciendo: -Informado una vez de todo lo que trae el calepino
o el diccionario de Passeracio (que no hemos de reparar en
quisquillas) acerca de escribanos, tengo ya una buena provisión
de noticias antiguas para exornar mi sermón. No dejo
de conocer que me hace falta un poco de erudición
moderna, pero ¿dónde la encontraré? ¿Ni quién
pudo soñar jamás en escribir la historia de
los escribanos? -Sosiéguese vuesandísima -interrumpió
el colegial-, que no es eso tan imposible como le parece.
Si hay historia completa y no mal escrita, por Juan Bautista
Thiers, de las pelucas y de los peluqueros, ¿por qué
no la podrá haber de los escribanos? Y si los libreros
y encuadernadores, copistas y amanuenses tienen su historia,
harto bien trabajada por Cristiano Schoettgen, ¿qué
razón habrá divina y humana para que los escribanos
no puedan tener la suya? En verdad que no estuvo muy lejos
de escribirla Juan Miguel Henecio, en su obra de a folio,
que intituló De veteribus germanorum et aliarum nationum
signis, de las rúbricas o signos que usaban antiguamente
los alemanes y otras naciones para autenticar sus cartas
y sus instrumentos públicos. Ni el padre Reinerio
Carsughio, que en verso didascálico enseñó
el arte de escribir bien, esto es, con hermosura, con igualdad
y con limpieza, dejaría de padecer sus tentaciones
de escribir la historia de los escribanos. En fin, padre
reverendísimo, yo no puedo dar a vuesandísima
noticia cierta de alguna historia de éstos, porque
no la tengo; pero tanto como de la Historia de los Secretarios
de Estado, con sus elogios, armas, blasones y genealogías,
ahí está la del señor Fauvele Du Hoc,
corre con aceptación. 13. -¡Hombre de los demonios!
-exclamó a esta sazón fray Blas-. Ése
es un tesoro. ¡Historia de los secretarios de Estado! ¡Ahí
es un grano de anís el librecito! Cosa más
adecuada al intento era imposible hallarla, porque el escribano
Conejo todo lo tenía; puesto que lo primero era secretario,
y lo segundo de estado por estar casado, in facie Ecclesiae,
con la señora Maribeltrana Pichón, por otro
nombre la Roma, que hoy es su viuda, y lo sea su merced por
muchos años. 14. -Reverendísimo, reverendísimo
-dijo entonces don Casimiro, cogiendo del brazo a fray Blas-;
tenga por Dios, no se precipite. Un tropezón ha dado
vuesandísima, que no sé cómo no se ha
deshecho todas las narices. Secretario de Estado no es eso
ni sueña en serlo; y confundir los secretarios de
Estado con los escribanos reales numerarios, o de ayuntamiento
de las ciudades, villas y lugares, es un despropósito
que sólo la inocencia puede excusarle de grandísimo
desacato. Secretarios de Estado y del Despacho Universal
son aquellos ministros superiores que despachan inmediatamente
con los reyes, forman los decretos, autorizan los tratados
y expiden las órdenes a su real nombre. Llámanse
de Estado porque sólo tratan inmediatamente con el
príncipe aquellas materias que pertenecen a él,
ya sean políticas, ya militares, ya de marina, ya
de gracia y justicia y ya también de la real hacienda.
No son escribanos, oficio imponderablemente inferior a su
elevado empleo, y darles este nombre sería una insolencia
digna del mayor castigo, si no la disculpara la ignorancia.
Los otros escribanos públicos autorizados por el Consejo
para servir al común, aunque es oficio muy honrado
y le ejercitan muchos hombres de bien, están mucho
más abajo; y no sé yo de qué pueda servir
la Historia de los Secretarios de Estado para las honras
de un escribano real. 15. -Señor don Casimiro -repuso
muy sereno el padre fray Blas-, como en mi religión
no se leen gacetas, no estamos duchos en esas materias tan
altas. Mi intención no fue ofender a nadie. Habiendo
oído toda mi vida llamar secretarios a los escribanos,
y escribanos a los secretarios, creí que era lo mismo
uno que otro; y harto será que no lo hubiese errado
el otro día que se me ofreció escribir una
carta al secretario de cierto señor obispo, y puse
en el sobrescrito: A don Fulano de Tal, Escribano del Señor
Obispo de Tal Parte. Pero la carta ya está en el correo;
y si el secretario se riere, ese buen rato más tendrá.
Sobre todo el auditorio a quien ha de predicar el padre fray
Gerundio, tanto sabe de secretarios de Estado como yo; conque
en hablándole de secretarios, sean lo que fueren,
para él todo será a un precio y yo le fío
que no ha de ir a examinar si viene o no viene a cuento la
noticia. 16. -Ése ya es otro cantar -dijo don Casimiro-;
y no me toca a mí, que huyo de meter la hoz en mies
ajena. Así, pues, prosiguiendo adelante en nuestro
asunto, dígame vuesandísima, padre fray Gerundio,
cuál es la segunda fuente de la invención que
señala el autor de vuesandísima. 17. -Apologi
et parabolae -respondió fray Gerundio-, los apólogos
y las parábolas. -Pero, ¿qué entiende vuesandísima
por parábolas y por apólogos? -replicó
el colegial. -Por lo que toca a los apólogos, confieso
-respondió fray Gerundio- que todavía no he
podido formar concepto claro de lo que son; mas en cuanto
a las parábolas, aunque tampoco sé definirlas
con precisión, pero ya las concibo con claridad por
las parábolas que se leen en el Evangelio, de la viña,
de la higuera, de los talentos y otras. 18. -Pues, mire
vuesandísima -continuó don Casimiro-; apólogo
y parábola, parábola y apólogo, allá
se van en su significado; pues uno y otro quieren decir una
semejanza o una comparación fundada en una cosa que
se finge, verisímil o inverisímil, para sacar
de ella una sentencia o una moralidad cierta y verdadera,
como cuando Menenio Agripa se valió de la parábola
o del apólogo del cuerpo humano para sosegar al pueblo
romano, que amotinado contra el Senado, se había retirado
al Monte Aventino, y Menenio con su apólogo le redujo
otra vez a la obediencia de los padres conscriptos. El uso
de las parábolas, aun en los asuntos más serios
y más sagrados, basta verle canonizado por el ejemplo
del mismo Cristo para que todos le veneremos. Muchos Santos
Padres le practicaron con felicidad, y sabemos que San Gregorio
Nacianceno desterró la vanidad del presidente Celusio
con el gracioso apólogo de las golondrinas y los cisnes.
Mas en mi dictamen se ha de tener siempre muy presente la
juiciosa regla que da el padre Nicolás Causino en
su eruditísima obra De eloquentia sacra et profana,
libro IV, capítulo IV, por estas palabras: 19. »Observandum
autem erit in his apologis, ne nimis sint crebi, ne dictione
nimis faceta, et quae ad scurrilitatem accedant, pertexantur;
denique ut personam, ut locum, ut rem deceant: «Deben usarse
los apólogos con moderación, con economía
y no con demasiada frecuencia. Las voces para explicarlos,
aunque pueden ser algo festivas, nunca han de picar en graciosas
o en chocarreras, porque entonces se convertiría en
bufón o en truhán el orador. Finalmente, los
apólogos se han de proporcionar a toda la decencia
que pide el asunto, el lugar y la persona». Ni, para disculpar
la frecuencia de los apólogos, sirve el ejemplo de
Cristo, que en sus sermones solía encadenar parábolas
con parábolas; porque el Salvador predicaba a los
asiáticos, y ya se sabe que ése es el gusto
de los orientales, a cuyo genio se acomodaba el divino Predicador.
Todo esto es cierto: pero también lo es que aunque
los apólogos practicados con estas reglas pueden ser
muy útiles en un asunto moral, doctrinal o de enseñanza,
no sé yo cómo podrá vuesandísima
acomodarlos al sermón de honras de un escribano.
20. -En este mismo punto -saltó entonces fray Blas-
se me está a mí ofreciendo uno que si fray
Gerundio sabe bornearle, ha de venir a su sermón que
ni aunque le hubieran cortado para él, y no es menos
que del mismísimo Demóstenes. -¿Y cuál
es, padre reverendísimo? -preguntó el colegial.
-¿Cuál? -respondió fray Blas-. El de aquel
caminante que alquiló un burro en dos reales por día
para cierto viaje en el rigor del mes de agosto; y como todas
las mañanas hacia las diez le calentase el sol demasiadamente,
él se apeaba y se tendía a la sombra del burro.
Calló el dueño del jumento, y al tiempo de
ajustar la cuenta, el que se le había alquilado le
dio doce reales por seis días de viaje. »-Faltan
otros doce -dijo el alquilador. »-¿Pues cómo? -replicó
el caminante-. Seis días de jornada a razón
de dos reales cada día son doce cabales. »-Sí,
señor -respondió el alquilador-; pero faltan
otros doce por la sombra del burro, puesto que el ajuste
fue sólo por el burro y no por la sombra. 21. -El
apólogo es gracioso -dijo el colegial-; y con efecto,
me acuerdo de haberle leído en Plutarco, atribuyéndosele
a Demóstenes, quien con esta chanza despabiló
la atención del auditorio, que estaba un poco distraído.
Pero no veo cómo el padre fray Gerundio le pueda aplicar
a su escribano. -Eso, ¡de los cielos! -respondió
fray Blas-. ¿Tiene más que ponderar el desinterés
y la limpieza del escribano Conejo, y decir que siempre perdonaba
algo de sus derechos? Porque aunque cargaba, como era razón,
el coste del papel, de las plumas y de la tinta, sin olvidarse
de prevenir al litigante que echase sobre la mesa dos pesetas
más para el escribiente, con todo eso, no obstante
de que cortaba muy a menudo las plumas, nunca cargó
ni un maravedí por la navaja; y aquí entre
el apólogo del burro y de la sombra, que ni aunque
le hubieran mandado fabricar de molde. 22. Sonriose
don Casimiro; y continuando en sus preguntas, dijo a fray
Gerundio: -Según el autor de vuesandísima,
¿cuál es la tercera fuente de la invención?
-Los adagios -respondió sin detenerse. -Es fuente
muy copiosa -prosiguió el colegial-; pero vuesandísima,
¿qué entiende por adagios? -¿Qué he de entender?
-respondió fray Gerundio-. Lo que cualquiera vieja
de mi lugar. Adagios y refranes son una misma cosa. -Pues,
¿qué? -preguntó don Casimiro-. ¿Los refranes
pueden hacerse lugar en algún género de sermones?
23. -¡Ahora salimos con eso! -respondió fray Gerundio-.
¡Y cómo que pueden y deben hacerse lugar y mucho lugar
en ellos! No hay cosa que más los adorne, que más
los agracie, ni que más embelese. Yo tengo algunos
apuntamientos de varios adagios que he oído y leído
en algunos sermones, los cuales verdaderamente me han suspendido,
y pienso aprovecharme de ellos siempre que me venga a pelo.
¿Dónde hay, verbigracia, introducción más
magnífica para un sermón de honras que la de
un religioso grave, en el que predicó a las de un
maestro de su Orden que se llamaba fray Eustaquio Cuchillada
y Grande, cuando dio principio a su oración fúnebre
diciendo: «¡Al maestro cuchillada, y grande!»? Refrán
y equívoco que desde luego captó, no sólo
la admiración, sino el pasmo de todo el auditorio.
Hoy es el día en que yo no acabo de aturdirme de tan
bella introducción. Pues, ¡qué, aquel divino
asunto del sermón de honras que predicó un
famosísimo orador en las exequias de don Antonio Campillo,
párroco que fue de cierta iglesia, en cuyo campanario
había fabricado a su costa una bella aguja! Fue, pues,
el asunto: El sastre del Campillo, que puso la aguja y el
hilo. Esto es ingenio, y lo demás parla, parla. Y
el otro que predicando el sermón del demonio mudo
en tiempo de Cuaresma, asistiendo el Santo Tribunal, dio
principio con este oportunísimo refrán: Con
el rey y con la Inquisición, chitón, añadiendo
que por eso era mudo el demonio de que se hablaba en el Evangelio,
porque estaba delante de la Inquisición, ¿parécele
a usted que no podría predicar aunque fuese delante
del mismo Papa? Bastan estos ejemplares, y estoy pronto a
dar a usted aunque sea un ciento de ellos, para que vea si
los refranes se pueden hacer lugar en los sermones. 24.
-Yo, padre reverendísimo -replicó el colegial-,
tengo pocas barbas para meterme en asuntos tan hondos; y
más, no siendo de mi profesión, que se reduce
a la latinidad, retórica y bellas letras, o letras
humanas por otro nombre. Sin embargo, como en Salamanca se
trata casi por precisión con tantos hombres grandes,
aseguro a vuesandísima haber oído más
de una vez a varios padres maestros doctísimos de
todas las religiones censurar mucho a los predicadores que
usaban de esos refranes populares y chabacanos en sus sermones.
Los más templados decían que era una insulsísima
puerilidad, otros se adelantaban a calificarla de insigne
mentecatez, y aun no faltaron algunos que la llamaron frenesí,
locura, profanación del púlpito y otras cosas
a este tenor. Yo refiero, no califico. Lo que a mí
me toca por mi profesión, es asegurar a vuestra reverendísima
que jamás entendí, leí ni oí
que otros entendiesen por el nombre de adagios, en cuanto
fuente de la invención oratoria o retórica,
lo que entiende vuestra reverendísima, esto es, los
refranes populares. -Pues, ¿qué se entiende por adagios?
-replicó fray Gerundio. -Voylo a decir -respondió
don Casimiro. 25. »Adagio o proverbio, que todo es uno
-dice Sinesio, es una sentencia grave, digna, hermosa y comprehendida
en pocas palabras, sacada como del sagrado depósito
de la filosofía moral»: Proverbium est sermo dignitatem
habens, et tamquam e sacrario philosophiae, unde antiquitatem
traxit, depromptum; ex quo gravi est, pulchroque aspectu.
«Por eso llamó Aristóteles a los proverbios
preciosas reliquias de la venerable antigüedad, preservadas
en la memoria de los hombres de la lastimosa ruina que padeció
la verdadera filosofía, debiendo esta preservación
a su misma brevedad, destreza y elegancia»: Cum proverbia
dicat Aristoteles esse veteris philosophiae, inter maximas
hominum ruinas intercidentis, quasdam reliquias, ob dignitatem
dexteritatemque servatas. Si no me engaño mucho, a
esto se reducen los proverbios de Salomón, que distan
infinitamente de ser refranes, siendo una colección
de sentencias inspiradas, verdaderamente divinas, enderezadas
todas a gobernar nuestras acciones por las reglas de una
perfectísima conducta cristiana, política y
racional. 26. »Muchos filósofos graves entre los
antiguos se dedicaron a este género de sentenciarios,
adagios o proverbios: Crisipo, Cleantes, Teeteto, Arístides,
Aristófanes, Esquilo, Milón, Aristarco y otros
cuyas obras perecieron. Las más célebres que
nos han quedado de esta clase son las de Zenobio, Diogeniano
y Suidas, de las cuales sacó Erasmo de Rotterdam todo
lo que compuso acerca de los adagios griegos. Esto es, padre
reverendísimo, lo que yo entendía hasta aquí
por el nombre de adagios; éstos, los que me parecían
muy oportunos para exornar una oración, tratados con
parsimonia. Pero, pues vuestra reverendísima entiende
otra cosa, no nos paremos y vamos adelante.
 Capítulo IV
Olvídasele la sed a don Casimiro; llegan a Campazas
sin saber cómo; quédase allí el colegial
aquella noche, y se evacúa el punto que se tocó
y no se prometió en el capítulo pasado
A la
cuarta pregunta que iba a hacer don Casimiro, hallaron todos,
no sin asombro, que estaban a la puerta trasera, esto es,
a la puerta del corral de la casa de Antón Zotes.
Y es que lo divertido de la conversación los había
embelesado de manera que, pian piano y como dicen, sin sentir,
habían andado una buena media legua de camino con
sus paradas y todo. Lo más gracioso fue que cuando
llegaron al lugar, don Casimiro no se acordó de que
tenía gana de beber; y como ya se había puesto
el sol, sin hacer mención de agua ni de vino, quiso
volverse a Valderas. Pero como tenía que andar una
legua muy larga, como iba ya a anochecer y como era hombre
de una conversación tan divertida, no obstante los
tajos y reveses que con tanta urbanidad, bellaquería
y disimulo descargaba de cuando en cuando sobre los dos frailes,
ambos le hicieron tantas instancias para que se quedase aquella
noche, que al cabo le redujeron bajo la precisa condición
de que se despachase luego un criado a Valderas, para que
estuviesen sin cuidado su hermana y su cuñado el casi
corregidor de Villalobos. 2. Consta, no obstante, por un
manuscrito auténtico y curioso, que quien finalmente
acabó de determinarle fue la tía Catanla, la
cual abría la puerta trasera para que entrasen los
cerdos puntualmente cuando estaban los tres altercando, uno
sobre que se había de volver, y los dos sobre que
se había de quedar. Cuando ella vio un mocito tan
galán, tan majo y tan bien agestado, que venía
con su hijo y que le trataba al parecer con amistad y confianza,
como era mujer tan bondadosa, luego le cobró cariño;
y acercándose más a los tres, preguntó
sanamente a fray Gerundio: -¿Quién es este señor
tan lindo? Bendígale Dios. -Señora -respondió
el colegial sin dar lugar a que otro respondiese-, soy un
servidor de usted. Y en pocas palabras la declaró
quién era, el encuentro casual que había tenido,
la precisión de volverse, y la dicha que lograba en
no hacerlo sin rendir todo su respeto a su obediencia. No
se cortó la bonísima Catanla, porque era mujer
serena. Antes bien, haciéndole una reverencia a la
usanza del país, esto es, encorvando un poco las piernas
y bajando horizontalmente el volumen posterior hacia el suelo,
le encajó seguidamente toda la retahíla de
Campos: -Viva usté mil años. Para servir a
usté. Lo estimo mucho. Güenos todos, a Dios gracias.
Viva usté mil años. Y por allá, ¿están
todos güenos? Viva usté mil años. Y añadió
luego: -Pero eso de golverse usté hoy, ni por pienso.
¡El hijo de mis entrañas! ¿Y quién l'había
dejar golver a boca de noche? ¡A pique que le comieran los
lobos! ¡Mal ajo para ellos! Cuatro ovejas me comieron la
noche que perdicó el m'hijo Gerundio. ¡Mal provecho
les haga! No señor; ya que tengo la fortuna de que
su mercé venga a mi casa, esta noche ha de hacer pinitencia.
Unos huevos frescos, puestos d'hoy, no faltarán. ¿Para
qué quiero yo las gallinas, sino para estas ucasiones?
Palominos siempre los hay en casa, gracias a Dios, que el
mi Antón tiene un palomar muy aventajado. Así
no fuera por las garduñas, ¡malditas ellas y qué
descomulgadas que son! Un salpicón de vaca, cebolla
y huevos duros le sé yo componer, que le puede comer
el mismo rey. Una cama con sábanas brancas como un
oro, la hay por la misericordia de Dios. Ella no será
como su mercé merece; pero, por fin y por postre,
sirvió para mi primo el magistral de León,
que mañana será obispo. Y diciendo y haciendo,
fue y le quitó la escopeta con una bondad, y con una
sanidad de corazón, que al colegial le dejó
prendado; y, con efecto, se determinó a dormir aquella
noche en Campazas, previniendo lo del recado a Valderas.
3. Antón Zotes le recibió ni más ni
menos como su mujer, porque no era menos agasajador que ella.
Y después de aquellos cumplidos regulares, hechos
por parte de don Casimiro con despejo y con desembarazo de
colegio, y correspondidos por parte de los de la casa a la
buena de Dios, según el ceremonial campesino, Antón
se fue a cuidar de los mozos y a dar las órdenes sobre
lo que habían de trabajar el día siguiente,
Catanla a disponer la cena, las criadas a hacer las camas,
y quedando los tres solos en una sala baja, conviene a saber,
fray Blas, fray Gerundio y el colegial. -Prosigamos -dijo
éste- con nuestra conversación; y sírvase
vuesandísima decirme cuál es la cuarta fuente
de la invención que le enseñó su maestro.
4. -Los jeroglíficos y los emblemas -respondió
fray Gerundio. -Algunos -continuó el colegial- de
esa fuente hacen dos por la diferencia que hay entre emblemas
y jeroglíficos; pero es tan corta, que me inclino
a que lo aciertan los que la reducen a una sola. Vuestra
reverendísima sabrá mucho mejor que yo la diferencia
que hay entre los jeroglíficos y emblemas. -Yo nunca
la he conocido ni me he parado a examinarla -respondió
fray Gerundio-. Para mí las emblemas de Alciato y
los jeroglíficos de Picinelo, que son los únicos
de que tengo alguna noticia, sólo se distinguen en
que un libro es más pequeño, y otro es más
grande. -Ya está conocido -replicó el colegial-
que vuesandísima por su modestia quiere encubrir lo
que sabe y tomar de ahí ocasión para examinarme
acerca de lo poco que yo he estudiado. Complaceré
a vuesandísima. 5. »Los jeroglíficos son una
explicación misteriosa, figurada y muda de lo que
se quiere dar a entender, por medio de alguna o algunas imágenes,
ya realmente dibujadas en el papel, en el lienzo o en la
tabla, ya abultadas en el mármol, en el bronce o en
la madera, o ya únicamente ofrecidas a la imaginación
por medio de una descripción verbal viva, enérgica
y expresiva, que imprima bien en la idea lo que se quiere
representar. No se añade a la pintura o a la descripción
mote, lema, inscripción ni palabra alguna que sirva
de explicación al pensamiento, dejándose enteramente
al discurso o a la penetración del que ve, lee u oye
el jeroglífico, el curioso trabajo de adivinar su
verdadero significado. El emblema (y no la emblema, como
dicen algunos) sólo añade al jeroglífico
el mote, el lema o la inscripción en brevísimas
palabras que declaran lo que se pretende significar por aquél.
6. »Pondré un verbigracia, no para que vuesandísima
me entienda, que eso sería presumir yo de maestro
de quien no merezco ser discípulo, sino para que vuesandísima
se actúe del modo como yo concibo lo que digo y, en
caso de padecer equivocación, se digne corregir mis
yerros. Los doce signos del Zodiaco, o las doce casas que
dividen en doce partes iguales aquel espacio de cielo que
corre el sol en el discurso de un año, son otros tantos
jeroglíficos o símbolos que representan lo
que comúnmente pasa en la tierra en cada uno de los
doce meses correspondientes a las doce casas. El primer signo
es Acuario, y se simboliza con un muchacho que está
vertiendo un jarro de agua, para significar lo mucho que
suele llover en enero. El segundo es Piscis, y le representan
dos peces pintados, para denotar que en febrero están
en sazón la mayor parte de los peces. El tercero es
Aries, representado por un carnero, y quiere decir que en
marzo es la aparición de las ovejas, naciendo entonces
los corderitos. El cuarto es Tauro, figurado por un toro,
para denotar que en abril nacen las terneras. Síguese
Géminis, pintado hoy por los dos hermanos gemelos
Cástor y Pólux y antiguamente por los dos cabritillos,
como lo afirma Heródoto, en significación de
que las cabras regularmente paren de una vez dos cabritos,
para cuyo fin las proveyó la naturaleza con tanta
abundancia de leche. 7. »Bastan estos ejemplares para dar
a entender la idea que yo formo de los jeroglíficos,
cuyo origen comúnmente se atribuye a los egipcios;
pero yo tengo para mí que su principio fue mucho más
antiguo, inclinándome a la opinión de los que
se le dan no menos que en la Torre de Babel, aunque después
fuesen los egipcios los que conservaron, promovieron y adelantaron
más el uso de ellos, en lo que no cabe duda racional.
Pero esto no es del intento. A los símbolos o jeroglíficos
añadieron después los griegos un breve lema,
inscripción o mote que explicase su significado, y
a este conjunto llamaron emblema. Usaban de él singularmente
en los arneses o escudos, como lo dicen Esquilo, Homero y
Virgilio, esmerándose mucho en la brevedad y en el
alma del epígrafe, que era como el espíritu
de la divisa de cada uno. Sobresalían entre todos
los atenienses, de quienes hace graciosa burla Licón,
fingiendo que en todos los escudos tenían grabada
una mosca muy pequeña con este epígrafe: Donec
videar: «Hasta que me vean», dando a entender que todo ateniense
era tan valeroso, que se acercaba al enemigo hasta que viese
la mosca, en cuyo caso era preciso morir o vencer. 8. »No
hay duda que en todos los tiempos así los oradores
profanos como los sagrados usaron alguna vez de los jeroglíficos,
símbolos y emblemas. Horo Nilíaco escribió
un librito de este asunto, donde trae ejemplares de toda
especie de oraciones. Los profetas usaron mucho de este modo
de persuadir enfático y misterioso. El Apocalipsis
es una serie continuada de figuras y representaciones simbólicas.
San Agustín, en la Epístola 119, dice que,
así como el cristal y la gasa añaden no sé
qué apacibles visos a las imágenes que se representan
o se registran por ellas, así deleita más la
verdad cuando brilla por entre símbolos, jeroglíficos
y figuras, poniendo el Santo este ejemplo: Si, para ponderar
las ventajas de la unión y las desconveniencias de
la desunión, dices sencillamente: Concordia res crescunt,
discordia dilabuntur: «Con la concordia todo crece, con la
discordia todo se deshace», pigrius incitat, no da golpe
y persuade con tibieza. Pero si añades: «Esto nos
quisieron significar aquellos antiguos sabios, cuando pintaron
una hormiga con un caduceo encima, que creció a elefante,
y un elefante con una espada desenvainada sobre las espaldas,
que se disminuyó hasta el tamaño de hormiga»;
nescio quomodo et inventionis subtilitas, et imaginis expressio
sensus titillat suavius, et dum placet, persuadet efficacius:
«así la sutileza de la invención, como la viva
representación de la imagen, hacen no sé qué
gustosa impresión en el alma y en los sentidos, que
al mismo tiempo que los deleita con mucha dulzura, los persuade
también con más suave eficacia». 9. -Deme
usted un abrazo, señor don Casimiro -exclamó
fray Blas interrumpiéndole-. ¡Que verdaderamente ha
estado usted divino! Yo soy furiosamente apasionado por los
jeroglíficos y por los emblemas. Un sermón
que comience: «Pintaban los antiguos macedonios», otro que
dé principio: «Pinta el docto Picinelo», no ha menester
más para que yo me coma las uñas tras de él.
Pues, ¡qué, si después se añaden diez
o doce citas del simbólico, otras tantas de Lilio
Giraldo y algunas de Pierio, y se escoge también media
docena del Brixiano! En el mundo hay oro para pagar un sermón
tan ingenioso y erudito. Confieso a usted que después
de los mitológicos, son mis héroes los simbólicos
y los emblemáticos. Esta doctrina la he enseñado
siempre a mi discípulo en lo predicativo, fray Gerundio;
con estas armas le he armado caballero de púlpito;
estos autores le he recomendado; no hay otros; los demás
son buenos para explicar a las viejas el catecismo de Astete,
y servitor. 10. -Padre reverendísimo -replicó
el colegial-, ya he dicho que soy poco hombre para dar mi
voto en punto de sermones; y así no me meto en calificar
si son buenos o malos los que están bien cargados
de jeroglíficos, símbolos y emblemas. Sólo
sé que el padre Nicolás Causino previene que
se use de ellos con la misma templanza, moderación
y prudencia que de los adagios, fábulas, etc. Porque
si no, se convertirá en fastidio su misma amenidad,
siendo cierto que los pensamientos más ingeniosos
causan tedio si se atesta de ellos la oración: Habent
igitur amoenam eruditionem hieroglyphica et symbola, modo
prudenter et parce, ut caetera adhibeantur: quae enim per
se mirabilitatem obtinent, si crebrius inferciantur orationi,
fiunt communia, et fastidiosos sensus ipsa pulchritudinis
satietate obruunt. También debo añadir que
por lo que toca a mí, me cayó muy en gracia
la enhorabuena que dio cierto duque a un orador que había
predicado en su presencia un sermón tejido de jeroglíficos:
«Padre -le dijo-, no trueco yo el juego de estampas de don
Quijote que tengo en mi galería por todas las pinturas
de su sermón». Esto va en gustos: el mío ronca
siempre que tocan en los sermones a cosa de jeroglíficos.
Pero no nos detengamos, porque ya deseo saber cuál
es la quinta o sexta fuente de la invención que estudió
el padre fray Gerundio. 11. -Testimonia veterum -respondió
al punto éste-: las autoridades y testimonios de los
antiguos para confirmar lo que dice el predicador. -¡Gran
fuente y muy precisa! -continuó don Casimiro-. Especialmente
los testimonios y las autoridades de los Santos Padres, ya
sobre la inteligencia de la Sagrada Escritura, y ya también
cuando se trata materia de costumbres, sea de virtudes, sea
de vicios. Por lo que toca a la exposición del Sagrado
Texto, he oído decir a varones doctísimos que
siempre es menester apoyarla con la autoridad de algún
Padre o expositor clásico y aprobado, siendo cosa
insufrible que ningún predicador se arrogue la autoridad
de entender o interpretar la Escritura a su modo o según
su capricho. Y aun me acuerdo haber leído, no sé
donde, que éste fue uno de los errores de Lutero,
el cual pretendía que cada cual tenía tanta
autoridad para entender y para interpretar la Escritura como
San Jerónimo y San Agustín, apoyando este arrogante,
soberbio y presuntuoso delirio con aquel texto de San Pablo:
Unusquisque in suo sensu abundet. En orden a costumbres,
ya se deja conocer el gran peso que da a lo que se dice,
cualquiera autoridad y testimonio de los Santos Padres; como
también si se toca alguna noticia histórica
o filológica, especialmente si es singular o no muy
sabida, sirve de adorno y de recomendación la cita
y aun las palabras del autor que las refiere. 12. -Por algo
-dijo fray Gerundio- me gustan a mí tanto los sermones
que en el cuerpo están bien cargados de latín,
y las márgenes apenas se descubren de puro embutidas
que están en citas. Sólo con ver un sermón
impreso en esta conformidad, sin leer ni una palabra de él,
estoy firmemente persuadido a que es un sermón doctísimo
y profundísimo. Al contrario ahora han dado en usarse,
y aun en imprimirse, ciertos sermones que en todos ellos
apenas se ven cuatro o seis renglones de letra bastardilla;
y las márgenes tan lampiñas como cara de capón,
que da asco sólo el verlas. ¿Qué se puede esperar
de unos sermones así? Yo no he tenido paciencia para
leer ni siquiera uno. 13. -Pues, yo sí -interrumpió
fray Blas-. Por mis pecados cayó en mis manos pocos
días ha uno, y es de honras que el licenciado don
Francisco Alejandro de Bocanegra y Xibaja predicó
a las de la señora reina de Portugal, doña
María Ana de Austria, en las exequias que la consagró
la ciudad de Almería; y tuve cachaza para leerle de
verbo ad verbum, pero sabe Dios cuánto me costó.
En todas las seis hojas primeras no hay más latín
que las palabras del tema: Omnis gloria ejus filiae regis
ab intus, repetidas dos o tres veces; en las seis y media
restantes sólo se citan siete textos de la Escritura,
y de dos de ellos no se ponen las palabras. Las de los otros
cinco que se expresan, componen, entre todas, seis renglones
y medio. Hártate, comilón. A los Santos Padres
se les deja descansar: sólo se cita una vez a San
Francisco de Sales, a San Gregorio y a San Ambrosio. De expositores
no se trata: cumplió con citar a Tirino una sola vez.
Y del mismo modo cumplió con los autores profanos,
no citando más que a Séneca una sola vez. Pues,
¿qué diré del asunto? Redúcese a que
la reina amó a Dios y al prójimo, y cátate
aquí el cuento acabado. Lo demás, parla y más
parla. ¡Y estos sermones se imprimen! ¡Y estos sermones se
celebran! 14. -Despacio, padre fray Blas, despacio -dijo
con bastante viveza el colegial, no pudiendo disimular del
todo su enfado y su indignación-. Vuesa paternidad
se adelanta demasiado -con la cólera se le olvidó
darle reverendísima-. También yo he leído
ese sermón, porque llegaron a Salamanca muchos ejemplares;
hablose mucho de él en todas aquellas comunidades
donde hay tanto hombrón sabio, religioso, erudito,
culto y discreto, como es notorio; y a excepción de
tal cual botarate ignorante y presumido, que por nuestros
pecados los hay de todas las clases y gremios, no hubo uno
que no calificase dicho sermón por una de las piezas
más elocuentes, más nerviosas, más sólidas,
más graves y aun más ingeniosas que había
producido hasta ahora nuestra oratoria castellana. Era voz
común que se podía equivocar con las más
preciosas oraciones que produjeron y están todavía
produciendo, en nuestro siglo y en nuestro hemisferio español,
los Gallos, los Radas, los Aravacas, los Rubios, los Nordeñanas
y los Guerras. Ni faltó quien asegurase que podía
competir con cualquiera de las muchas y grandes oraciones
fúnebres con que el reverendísimo padre maestro
Salvador Ossorio de la Compañía de Jesús,
llenó de majestad y de asombro el púlpito y
la capilla de San Jerónimo, de la Universidad de Salamanca.
Oraciones que si se hiciese una colección de ellas,
como decía un sabio, compondrían un funeral
que quizá no tendría consonante en cuanto logramos
hasta ahora de esta especie, ni de dentro ni de fuera de
España. 15. »Eso de que tiene pocos textos la oración
del licenciado Bocanegra, solamente lo podrán decir
los que en su vida han saludado los Sagrados Libros. Apenas
hay cláusula ni aun sílaba que no aluda a algún
lugar, suceso o pasaje de la Escritura, en saliendo de aquellas
acciones de la reina que sirven de cimiento a la verdad del
asunto. No se citan, es así, expresa y señaladamente;
pero se dan desleídos y como convertidos en la substancia
del mismo orador. San Bernardo fue el primero que introdujo
este admirable modo de usar y manejar la Escritura, haciéndola
primero suya, y vertiéndola después como si
no fuese ajena. Pero, ¿quién hasta ahora ha notado
a San Bernardo de poco escriturario? Son pocos, no lo niego,
los testimonios y autoridades de Padres, de expositores y
de autores profanos con que exorna su oración el señor
Bocanegra; mas son muy oportunos esos pocos testimonios que
alega. 16. »¿Y quién ha dicho a vuestra paternidad
que los sermones se han de cargar a metralla de testimonios,
de autoridades y de citas? Éstas deben ser como las
especies en los guisados: lo que baste para sazonarlos, y
no lo que sobre para que ninguno los pueda tragar. ¿Ignora
vuestra paternidad lo que dijo un elocuentísimo orador
hablando de las autoridades en los sermones? Si nimiae sint,
si communes, si sine vi et pondere allatae, puerum magis
colligentem sapiunt quam virum ingeniosum: «Si se amontonan,
si son vulgares y comunísimas, si no tienen alma,
fuerza ni meollo, más son fárrago que erudición,
el orador se acredita más de un genio pueril y atolondrado,
que, bueno y malo, verde y seco, todo lo hacina, todo lo
recoge, que de hombre ingenioso y erudito». 17. »Dice bien
este juicioso autor. Para llenar, no digo yo un sermón,
sino cien tomos de a folio de citas, autoridades, testimonios,
sentencias, versos, historias, ejemplos, símiles,
parábolas, símbolos, emblemas y jeroglíficos,
no es menester más que hacinar y recoger. Tanto sentenciario,
tanto libro de apotegmas, tanta poliantea, tanto teatro,
tanto tesauro, tanto diccionario histórico-crítico-náutico-geográfico,
tanta biblioteca, tanto expositor que va discurriendo por
los lugares comunes e infarcinando en cada uno todo cuanto
se le viene a la mano, en fin, tanta selva de alegorías
y de dichos como cada día brota en esas naciones y
en esas librerías, hacen erudito de repente al más
boto, al más mentecato, al que no sabe quién
reinó en España antes de Carlos II. No hay
más que abrir, trasladar, embutir, y está hecha
la maniobra. Al ver un sermón atestado de esa borra,
quedan aturdidos los páparos, entre los cuales cuento
a muchísimos que no lo parecen; mientras los verdaderos
eruditos, o gimen corridos, o se ríen desengañados,
según el humor que los predomina. Más de una
vez oí a hombres de gran juicio que se debían
desterrar del mundo literario estos almagacenes públicos
de erudición tumultuaria; porque sólo servían
para mantener haraganes, mientras perecían de hambre
los ingenios verdaderamente industriosos. Es punto problemático,
en el cual se pudiera tomar un término medio. Mientras
tanto, digo que se puede aplicar a estos prontuarios de erudición
al baratillo, lo que dijo Agesilao al inventor de una máquina
bélica, capaz de moverla y de hacer mucho daño
con ella cualquiera soldado cobarde: Papae! Virtutem sustulisti:
«¡Vítor! Que con esa máquina has desterrado
el valor». 18. »A lo que añadió vuestra paternidad
acerca del asunto que escogió para su oración
el señor Bocanegra, perdóneme vuestra paternidad,
que no tiene razón para censurarle. Lo mejor y lo
más precioso de dicho asunto es el ser tan sencillo,
tan natural y tan sólido. Asuntos rumbosos, delicados,
alegóricos, metafóricos, simbólicos;
y mucho más, títulos de comedia, retruécanos
insulsos, refranes de viejas, como: El verdadero Fénix
de Arabia, a San Agustín; El León en su cueva,
a San Jerónimo; El Ónix y Onis, a Santo Tomás
de Aquino; La Enciclopedia canonizada, al mismo; El máximo
Mínimo, a San Francisco de Paula; Mujer, llora y vencerás,
a las lágrimas de la Magdalena; El Caballero de Alcántara,
a San Pedro de este nombre; A muertos y a idos no hay más
amigos, en las honras de un obispo. Digo que estos y otros
semejantes asuntos (Dios los haya perdonado), ya pudren,
ya sólo han quedado en algunos predicadorcillos de
la ínfima suerte, que sólo hacen ruido entre
los que se van tras el tamboril y los gigantones. Hoy va
reviniendo el mundo de sus preocupaciones. Por lo menos los
hombres de pro no gastan otros asuntos que sólidos,
macizos, característicos y consiguientemente naturales.
Tal es el del señor Bocanegra, fundado sobre los dos
ejes en que gira toda la ley y toda la perfección.
El sabio no da otro elogio a los hombres justos, ni cabe
otro mayor: Dilectus Deo et hominibus, cujus memoria in benedictione
est. «¿Amó a Dios y amó a los hombres? Pues,
será amado de Dios y de los hombres; y siempre que
se repita su nombre, será acompañado de muchas
bendiciones». Esto dijo el orador de aquella ejemplarísima
princesa; esto convenció, y aun esto persuadió,
moviendo los corazones más duros por lo menos a desear
la imitación de sus reales virtudes». 19. Como fray
Blas vio que el colegial estaba un poco avinagrado y tenía
ya alguna noticia de su genio vivo y quisquilloso, no se
atrevió a replicarle; contentose con decirle
que en esto de sermones, de versos, de latín y cosas
semejantes, cada cual tenía su gusto; y sin inculcar
más en el punto, le suplicó que prosiguiese
examinando a fray Gerundio sobre las fuentes de la invención;
porque como observaba que éste las tenía tan
prontas, se le caía la baba al bueno del predicador.
Serenose un poco don Casimiro; y continuando en su
interrogatorio, rogó a fray Gerundio se sirviese decirle
cuál era la séptima fuente de la invención
que le habían enseñado. 20. -Los dichos graves
y sentenciosos de los antiguos -respondió sin cespitar.
Y el colegial prosiguió: -Sin duda es una fuente
bellísima y copiosísima, especialmente habiendo
tanto recogido de sus sentencias y apotegmas, los cuales
sólo se diferencian de aquéllas en que las
sentencias permiten más extensión de palabras,
pero los apotegmas se deben ceñir a las menos voces
que sea posible. Las sentencias se pueden tomar de cualquier
autor donde se encuentren; mas los apotegmas se hacen más
recomendables por ser dichos de grandes personajes, como
de papas, emperadores, reyes, cardenales, obispos, etc. Vaya
esta diferencia sobre la fe de Guillermo Budeo, que la señala;
pues yo no me atreveré a defenderla en el siglo que
corre, el cual está como inficionado de libros de
apotegmas que son hoy de la gran moda. Tales son los libros
que llaman de -ana, como la Menagiana, la Perroniana, la
Scaligeriana, la Saintevremoniana, la Fureteriana y otros
innumerables de que se hace graciosa burla en el primer tomo
de la Menagiana, donde el autor de una salada rima acabada
toda en la sílaba -na, después de zumbarse
de una multitud de estos escritos, unos verdaderos y otros
fingidos, concluye diciendo:
| Todos los libros en -ana | | | | se arrimen donde está la
ipecacuana, | | |
hierba medicinal de las Indias que hoy se usa
mucho, y con grande felicidad, en Europa. Es cierto que estos
apotegmas recogidos en los libros de -ana, no todos son dichos
de grandes personajes; pues hay algunos de sujetos muy de
escalera abajo, si no entra en cuenta su agudeza o su literatura.
21. »Pero al fin no se puede dudar que los dichos, sentencias
y apotegmas, así de los antiguos como de los modernos,
usados con discernimiento y con moderación, son un
preciosísimo adorno de todo género de elocuencia,
tanto oratoria como histórica. Tucídides mereció
la suprema estimación de todos los siglos por el juicio,
oportunidad y bello gusto con que se valió de ellos.
Hesíodo, aunque muy distante de Homero, así
en la gravedad del estilo como en la majestad del asunto,
ha logrado los mayores aplausos por la singular elección
que tuvo en las sentencias con que adorna sus dos poemas
heroicos, Las obras y los días y la Teogonía
o generación de los dioses; bien que algunos críticos
le notan, no sin razón, que las sentencias son más
frecuentes de lo que fuera justo. En fin, Quintiliano encarga
mucho al orador que se aproveche de esta fuente, pero con
tres precauciones: la primera, que las sentencias sean muy
escogidas; la segunda, que sean raras; y la tercera, que
sean correspondientes a la edad, al carácter y demás
circunstancias del orador. Si son triviales, se oyen con
desprecio; si muy frecuentes, cansan la atención,
y aun empalagan; si no se acomodan a los connotados del orador,
mueven a risa. Yo añadiría otra cuarta calidad,
y es que las sentencias sean también proporcionadas
al teatro y al auditorio. En una aldea o pueblo pequeño
sería risible aquella sentencia o apotegma tan justamente
celebrado que se atribuye a Afro Domicio: Princeps qui vult
omnia scire, necesse habet multa ignoscere: «El príncipe
que quiere saberlo todo, tiene necesidad de perdonar mucho».
¿Qué príncipe se podría aprovechar de
esta advertencia en un pueblo reducido? En un auditorio rústico
y grosero sería impertinente aquel discreto dicho
de Plutarco: Sero molunt deorum molae, sed bene comminuunt:
«Las ruedas de los dioses tardan en moler, pero hacen buena
harina». ¿Cuántos habría en el auditorio que
entendiesen la metáfora? Vamos a la octava fuente.
22. -Ésa es para mí la más seca -dijo
fray Gerundio no sin chiste-; porque mi autor dice que la
octava fuente son las leyes, y confieso que de leyes ni entiendo
ni he estudiado palabra. -Yo tampoco las he estudiado -continuó
el colegial- por no ser ésa mi profesión; pero
no es menester hacer la de legista para saber algunas leyes,
especialmente de las antiguas y primitivas que se instituyeron
en el mundo para el gobierno de los hombres, las cuales sirven
de un bello adorno a cualquiera oración sagrada, singularmente
moral o doctrinal. Es cierto que nunca las leyes de los hombres
pueden añadir peso ni autoridad a la ley santa de
Dios; pero no es dudable que encuentra el entendimiento no
sé qué particular satisfacción y consuelo
en ver tan conforme la ley divina con las leyes humanas,
pronunciadas por unos legisladores que no tuvieron noticia
del verdadero Dios. 23. »Yo me acuerdo de algunas que, por
lo que toca a lo directivo, son muy conformes a muchos preceptos
del Decálogo, aunque sean erradas y gentílicas
en lo que suponen de doctrinal. Vayan algunos ejemplares.
El primer mandamiento es: «Amar a Dios sobre todas las cosas».
Confórmase con él la ley de Numa Pompilio:
Deos patrios colunto, externas superstitiones aut fabulas
ne admiscento. Segundo: «No jurar su santo nombre en vano».
Es muy conforme a él la ley de los egipcios: Perjuri
capite mulctantur. Cuarto: «Honrar padre y madre». Lo mismo
mandaba aquella ley de que hace mención Herodoto (lib.
I): Magistratibus parento; y la otra de los lacedemonios,
citada por Platón en su República: Majorum
imperio libenter omnes parati assuefiant. Sexto: «No fornicar».
Son muchas las leyes que prohibían esto mismo. La
que trae Josefo (lib. XI, cap. VI): Adulterii et lecti genialis
injurias vindicanto. La de Numa: Pellex aram Junonis ne tangito;
y la célebre de los atenienses que prohibía
predicar o hablar en público a todo hombre deshonesto:
Si quies pudicitiam prostituerit aut expatrarit, huic interdicito
jus apud populum concionandi. Séptimo: «No hurtar».
A esto aludía aquella ley de los egipcios: Singulis
annis apud Provinciarum Praesides, omnes unde demonstranto.
Si quis secus faxit, aut unde legitime vivat non demonstrarit,
capitale esto. 24. »El uso así de estas leyes antiguas
como de otras más modernas, patricias y municipales,
con tal que sea sobrio, prudente y oportuno, tiene su gracia
y también su eficacia en cualquiera sagrada oración.
Pero hacer estudio de componer un sermón como un alegato
de los que se usan sólo en nuestra España,
embutido en textos, leyes, decretos, cánones y constituciones
del derecho civil y del canónico, parecido al que
yo oí a cierto catedrático, sobre ser una grandísima
impertinencia, es ostentación pueril para acreditarse
de erudito y sabio en facultad forastera. ¡Hola! Esta censura
o esta reflexión no es mía, pues ya he protestado
que ni mi profesión ni mis años me permiten
excursiones a países tan sagrados. Refiero lo que
por entonces se dijo entre hombres que tenían voto.
«Sólo en unas circunstancias -añadió
uno de los circunstantes- puede ser del intento cargar algo
más la mano en la cita de leyes nacionales, y es cuando
se predica a un auditorio compuesto por la mayor parte de
gente de curia, como en los sermones al Consejo, a las Chancillerías,
a las Audiencias, etc. Si se toca entonces el punto de regalos,
gratificaciones y derechos de ministros inferiores, como
abogados, relatores, procuradores, escribanos, etc., no será
fuera de propósitos referir las leyes municipales
que hablan en esto, y explicar con claridad hasta qué
punto son obligatorias en conciencia según la inteligencia
común de los teólogos». Pero dejando esto a
un lado, deseo saber cuál es la nona fuente de la
invención que prescribe el autor por donde vuesandísima
estudió. 25. -Sacrae litterae -respondió fray
Gerundio como un reguilete-: la Sagrada Escritura. Y añadió
luego: -En este punto no tiene usted que detenerse; porque
sé lo que basta para bandearme, he tomado mi partido,
y no mudaré de rumbo por más que me prediquen.
-No tiene vuesandísima que prevenírmelo -replicó
don Casimiro-; pues sé bien que este punto no es de
mi incumbencia, y no se me ha olvidado lo que leí
pocos días ha en cierto autor de mi profesión.
Hablando de la Sagrada Escritura, dice: Quod ad ejus usum
attinet, theologorum est proprius; haec eorum haereditas,
hic campus, hoc stadium: «Por lo que mira al uso de la Sagrada
Escritura, ése toca a los teólogos; ésa
es su herencia, ésa su legítima; ése
es su propio y particular terreno». Por señas de que
en confirmación de lo que poco ha íbamos hablando,
se lastima mucho en el mismo lugar de que los predicadores
se metan a legistas, y los legistas a predicadores, aquéllos
citando leyes, y éstos glosando textos: contra, inverso
ordine, jurisperitos, neglectis iis quae ad se attinent,
Sacra Biblia saepius quam leges in ore habere. No excluye
absolutamente que unos tomen algo de otros, por la recíproca
unión y buena correspondencia que hay entre las facultades;
sólo abomina el exceso, el prurito y la ostentación
de que se sabe de todo. 26. »No obstante, ya me permitirá
vuesandísima que sin mezclarse en lo directo de esta
fuente, que en realidad excede los límites de mis
estudios, haga una reflexión acerca de ella que parece
no estar fuera de mi jurisdicción. Es cierto que la
Sagrada Escritura mereció tanto concepto aun a los
filósofos gentiles, que Emilio de Apamea (o Amilio,
como le llama Proclo), al leer la primera cláusula
del Evangelio de San Juan: In principio erat Verbum, quedó
asombrado de que un bárbaro (así llama al Evangelista)
hubiese filosofado con tanto acierto. También sabemos
que Dionisio Longino, haciendo el paralelo entre Moisés
y Homero, calificó al legislador de los judíos
por un hombre nada vulgar; pues no podía serlo el
que tenía tan alta idea de Dios, como lo acredita
aquel rasgo suyo en la historia de la Creación: Dixit
Deus: Fiat lux. Et facta est lux. Fiat terra. Et facta est
terra, proponiéndole por modelo de un pensamiento
verdaderamente sublime; aunque la segunda parte: Fiat terra.
Et facta est terra la añadió Longino de cosecha
propia, pues no se halla en la Escritura en que el autor
como gentil estaba poco versado. No es menos cierto que en
la Sagrada Escritura se encuentra, no sólo todo lo
que se halla en los libros profanos, sino que se halla en
aquélla lo que en éstos no se encuentra. Pienso,
si no me engaño, que ha de ser observación
de San Agustín, y que la leí en un libro de
elocuencia: Et cum ibi quisque invenerit omnia quae utiliter
alibi didicit, multo abundantius ibi inveniet ea quae nusquam
omnino alibi, sed in illarum tantum modo Scripturarum mirabili
altitudine et mirabili humilitate discuntur. Siendo esto
así, me parecía, a mi grosero modo de entender,
que la Sagrada Escritura debiera ser la única, o por
lo menos la primera, fuente de la invención respecto
de todo orador sagrado. Pues, ¿por qué razón
vuesandísima o su autor, no sólo no la señalan
por la única, no sólo no la dan el primer lugar,
sino que la ponen a la cola, y harto será que no sea
la última? 27. Hallose embarazado fray Gerundio
con esta pregunta que no esperaba; pero salió a su
socorro su fino amigo fray Blas, diciendo con grande satisfacción:
-Eso es claro, porque la Escritura es fuente común
de que todos beben. Está a mano de cualquiera, para
hartarse de ella cuando le diere la gana. Un predicador que
quiera acreditarse no ha de beber del pilón, sino
que sea para enjuagarse. Símbolos, emblemas, jeroglíficos,
historias, sentencias, versos, fábulas, ésta
ha de ser su comidilla; y a lo más más, allá
hacia lo último, un poco de Escritura a modo de mondadientes.
Esto es lo que quiere decir poner la Escritura por la postrera
fuente de la invención, y está bien puesta
a pagar de mi dinero. 28. En medio de los pocos años
del colegial, y que así por su edad como por su genio
todavía no estaba muy maduro, ni era de los que más
se morían por sermones de Cristo en mano, no se puede
ponderar cuánto le irritó una proposición
tan absurda, tan loca y tan escandalosa. Sin embargo, considerándose
huésped y que no era razón dar una mala noche
a aquella buena gente, disimuló su indignación
lo mejor que pudo, y se contentó con decir a fray
Blas: -Si no me hiciera cargo de que vuestra paternidad
habla de chanza, zumbándose de aquellos predicadores
que si no con las palabras a lo menos con las obras parece
que lo sienten así, delataría esa proposición
al Santo Tribunal. Iba a responderle fray Blas algo colérico,
cuando oportunamente y al mejor tiempo del mundo entraron
a poner la mesa, porque ya era hora de cenar.
 Capítulo V
Dispone Fray Gerundio su sermón y vale a predicar
Cenaron, se acostaron, durmieron, se levantaron, almorzaron
y se despidieron de don Casimiro, que muy de mañana
quiso volverse a Valderas, cazando, por lo que no admitió
una yegua castaña, andadora y paridera, que ya había
dado cuatro potricos y dos muletas a Antón Zotes,
el cual se la ofreció para el viaje con la mejor voluntad
del mundo. Aquella misma mañana se quiso retirar también
fray Blas a cuidar de su fingida enferma, despidiéndose
hasta que fuese a oír a fray Gerundio el sermón
del escribano, como lo ofreció y como lo cumplió
a su tiempo. 2. Con efecto: iba ya a montar a caballo, cuando
se acordó fray Gerundio de que no habían leído,
glosado y admirado el celebérrimo sermón de
honras a los soldados del Regimiento de Toledo por el autor
del Florilogio, como se lo había ofrecido fray Blas
la tarde antecedente; y es que el encuentro de don Casimiro,
con la conversación entablada en el paseo y proseguida
después en casa, enteramente los había borrado
la especie de la memoria. Y como fray Gerundio estaba resuelto
a todo trance a tomar dicho sermón por modelo para
el suyo, no quería dedicarse a componerle hasta que
su amigo fray Blas le hiciese observar, not |