 Capítulo VI
Predica Fray Gerundio el sermón de honras con increíble
aplauso, y encárganle la semana santa de Pero Rubio
Íbase acercando el día señalado para
las famosas honras, pues ya no faltaban más que tres.
Y habiéndose despedido fray Gerundio cortesanamente
de todo el lugar, hasta de aquella tía que no le había
visitado por el cuento de la gallina (la cual quedó
tan pagada de esta acción, que desde aquel punto hizo
las paces con la buena de la señora Catanla), regalando
a su madre y a su hermana con cada dos escapularios bordados
de realce de plata falsa y cañutillo, añadiendo
a cada una su Santa Teresa de barro en urna de cartón,
guarnecida de seda floja, repartiendo una peseta entre las
dos criadas, bien proveída la alforja y aumentada
la maleta con un par de mudas de ropa blanca, partió
para Pero Rubio en compañía de su padre el
bonísimo Antón Zotes, que quiso ver (así
lo decía él) si su hijo tenía tan güena
man derecha para perdicar de los defuntos, como para perdicar
del Sacramento. Su padrino el licenciado Quijano también
había hecho ánimo a ser de la jornada, con
cuyo fin había llamado a un primo suyo, capellán
de Gordoncillo, que acababa de venir de León y había
traído licencia de confesar por seis meses, para que
en su ausencia dijese la misa al pueblo y cuidase de la administración
de sacramentos; pero es tradición que cuando ya estaba
aparejada la burra, se le desenfrenaron tan furiosamente
las almorranas (de que adolecía), que no le fue posible
montar a caballo, y así se contentó con darle
un abrazo y meterle disimuladamente en la mano dos pesos
gordos. 2. Eran las cinco de la tarde cuando en buena paz
y compañía salieron de Campazas padre y hijo,
con resolución de dormir aquella noche en casa de
su pariente el familiar, cuyo lugar no distaba más
que tres leguas cortas y estaba como a la mitad del camino.
Aquí se encuentra un vacío lastimoso en la
historia, que después de haber burlado nuestras más
exactas y exquisitas indagaciones, necesariamente ha de ser
sensible a la curiosidad de nuestros lectores; pues no siendo
posible sino que la conversación que tuvieron por
el camino hijo y padre fuese tan graciosa como entretenida,
no se halla el más leve vestigio de ella en archivos,
bibliotecas, armarios, legajos ni apuntamientos. Bien pudiéramos
nosotros fingir aquella que nos pareciese más natural,
atendido el genio, el carácter y las demás
circunstancias de nuestros dos caminantes, a imitación
de aquellos historiadores que no hacen escrúpulo de
referir lo verisímil como cierto, sin detenerse en
contar lo que pudo ser por lo que fue. 3. Ni se nos pudiera
culpar con razón de que nosotros saliésemos
con nuestras conjeturas, en un siglo en que todo el mundo
sale con las suyas; habiéndose hecho este título
tan de moda, especialmente en los libros, papeles y discursos
que sacan a luz los anticuarios, cronologistas, investigadores
y físicos experimentales, que apenas aciertan con
otro. No es nuestro ánimo condenar esta costumbre,
y más en aquellos pocos en quienes se conoce es verdadera
modestia la que en otros muchos se conjetura ser paliada
ostentación; pues nos hacemos cargo de que hay materias
que no admiten evidencias, ni otras pruebas que meramente
conjeturales. Pero nuestra sinceridad, singularmente en una
historia tan verídica, tan fundamental y tan exacta
como la que traemos entre manos, no se acomoda con este uso;
y más, cuando siendo tantos, tan averiguados y tan
instructivos los materiales verdaderos que tenemos a la mano,
es ocioso buscar los ideales. 4. En fin, llegaron nuestros
dos caminantes a Fregenal del Palo, pueblo no tan grande
como Sevilla, ni tan poblado como Cádiz, donde hacía
su residencia el familiar, de quien fueron recibidos con
agasajo, con naturalidad y con un corazón verdaderamente
sano; porque ajeno en todo de afectación y de artificio,
era tan franco en descubrir las inclinaciones de su voluntad,
como naturalote en no disimular los dictámenes de
su buen entendimiento. 5. Mientras se disponía la
cena, que no fue delicada ni ostentosa, pero sí maciza
y abundante, dijo el familiar a su sobrino con cariñosa
llaneza: -Oyes, flairico, ¿y llevas enjurgadas para Pero
Rubio tantas garambainas como echastes por esa boca en Campazas?
-Tío, ¿y qué me quiere usted decir por garambainas?
-preguntó fray Gerundio. -¡Válasme Dios, hombre!
-continuó el familiar-. Pues yo bien craro me exprico.
Garambainas son aquellas garatusas, enrevesaduras, relumblones
y azufaifas con que nos encarabrinabas a todos los que te
estábamos uyendo como unos monigotes. -Menos le entiendo
a usted ahora que antes -replicó fray Gerundio. -Pues,
entiéndanos Dios, que nos crió -dijo el familiar-,
y perdónenos nuestros pecados. Paréceme que
te haces remolón depropósitamente; porque en
lo demás es impusibre de Dios que no me entiendas,
pues tanto como el don de craridá me l'ha dado Su
Majestá, bendita sea su miselicordia. Orásme
los tréminos, y conozco yo que no son retumbantes,
ni tan polidos como los que s'usan en las zuidades; pero
decirme a mí que no son interegibres, no habremos
deso, que es crebarse la cabeza, y tan bien los calas tú
como el hijo de mi madre. 6. -Si usted llama garambainas
-dijo fray Gerundio- la erudición, los pensamientos
sutiles, los equívocos, las agudezas, los chistes
y el estilo elevado y armonioso, hay bastante recado de eso
en el sermón que llevo prevenido; y como Dios no me
quite el juicio, no faltará en todos los que predicare.
-Pues, ¿ves? -replicó el familiar-. Si yo fuera que
tú, había de pedir a Dios que te quitara luego
el juicio para no perdicar enjamás ansina; pues tengo
para mí que mientras perdiques ansina, no tienes que
pedir a Su Majestá que te le quite, sino que te le
güelva. -Usted, tío -dijo fray Gerundio-, no
tiene obligación a entender estas materias. -Pero
los perdicadores -respondió el familiar- están
obrigados en concencia a perdicar de manera que todos los
entendamos. -Basta -replicó fray Gerundio- que nos
entiendan los cultos y los discretos. -Pues que vayan solasmente
a uiros los secretos y los encultos -respondió el
familiar-. Y dime, sobrino, ¿parécete a ti que en
Pero Rubio habrá muchos desos hombres encultos o como
tú los llamas? -Nunca faltan algunos -dijo fray Gerundio-,
por infeliz que sea una aldea, ya sean de ella misma, ya
de los forasteros convidados, o ya de los que, concurren
casualmente. Por eso han llevado grandes chascos algunos
predicadores que fiándose en que iban a predicar a
lugares pequeños, se contentaban con cualquiera cosa
y se hallaban después con oyentes que no esperaban;
y así oí decir a un padre grave de mi sagrada
Religión, que todo predicador de punto se debía
prevenir para predicar en Caramanchel ni más ni menos
que si hubiera de predicar en Madrid. 7. -No m'arma mucho
esa dotrina -replicó el familiar-, salvante que quisiese
decir ese esentísimo padre que tanto ahínco
debe poner un perdicador en convertir a los de Caramanchel,
como en convertir a los de Madrid, y que ansina debe expricarse
en conformidá que le entiendan los unos, como que
le entiendan los otros. Porque, fuera de eso, irse un perdicador
a Caramanchel, y lo mismo me da a la Cistérniga (que
ésta es una comparanza), con daca si eran froles o
no eran froles en vertú de que pueden encurrir algunas
presonas de la zuidá, eso no es más que humo,
satisfacción y laus te dé Christe. 8.
»Pero dejando una cosa por otra, ¿no saberíamos qué
vertudes del escribano vas a perdicar? -No he menester predicar
sus virtudes para predicar a sus honras -respondió
fray Gerundio. -¿Cómo no? -replicó el familiar-.
Pues cuando se perdica de los defuntos, ¿no es endisponsable
que se diga aquello en que fueron güenos para que enmiten
sus ejempros los vivos? -No, señor -respondió
fray Gerundio-; nada de eso es necesario; que si lo fuera,
sólo se predicarían honras de aquellos sujetos
que hubiesen sido muy virtuosos, habidos y tenidos por tales
de todos los que los trataron; y así vemos que en
algunas partes se predican de todos los que tienen con qué
pagarlas a roso y velloso, sin que para eso sea preciso hacerles
primero la información de moribus et vita, como se
dice. 9. -Es impusibremente que yo no tenga el entendimiento
espatarrado, o que tú no me quieras meter los dedos
por los ojos -replicó el familiar-. Pues dime, sobrino,
¿el perdicador no ha de alabar a su defunto? Es craro. Si
le alaba, ¿no le ha de alabar de alguna vertú? No,
sino que vaya a alabarle de sus defeutos y fraquezas. Demos
que no tuviese el defunto vertú nenguna; pues, ¿qué
ha de decir dél el probe flaire? 10. -Lo primero
-respondió fray Gerundio-, se puede predicar un sermón
de honras que pasme, sin tomar en boca al difunto por quien
se hace la función. Y para que usted lo vea claramente,
yo le explicaré el cómo. Éntrase ponderando,
ante todas cosas, qué antigua fue la costumbre de
hacer honras y funerales por los difuntos. Aquí se
va discurriendo por los hebreos, por los babilonios, por
los persas, por los medos, por los griegos, por los romanos,
por los egipcios, por los caldeos y, en fin, por todas las
naciones del mundo. Después se examinan muy por menor
los varios modos que tenían de celebrarlas según
los genios, usos y costumbres de los países, ya con
sacrificios, ya con hogueras, ya con pirámides, ya
con obeliscos, ya con ofrendas, ya con enramadas, ya con
convites, y en algunas partes hasta con danzas y fiestas.
A esto se sigue el averiguar cuándo, en qué
tiempo, con qué motivo y en qué nación
se dio principio a las oraciones o panegíricos fúnebres
por los difuntos; y se explayan las velas de la elocuencia
sobre los epicedios, sobre los epitafios, sobre las endechas,
sobre los cenotafios y sobre las nenias, extendiéndose
también la erudición, si se quiere, o a las
tablillas, o a las inscripciones que se grababan sobre los
sarcófagos. Bien repiqueteado todo esto, se busca
después, en alguno de los muchos calendarios que hay
de los antiguos, qué fiesta, función, sacrificio
o cosa semejante celebraban en el día que está
determinado para predicar las honras; y siempre se encontrará
alguna cosa que por aquí o por allí, de esta
o de aquella manera, venga clavada al intento. Aplícanse,
finalmente, todas estas importantísimas noticias al
asunto de la función con la mayor propiedad: las hogueras,
a las luces, hachas y blandones; las pirámides y los
obeliscos, al túmulo; los sacrificios, a las misas;
las ofrendas, a las que se hacen comúnmente; los convites,
a los que hay casi en todas partes; los epicedios, nenias,
etc., al sermón u oración fúnebre. Y
demostrando de esta manera el predicador que la piedad de
los presentes no debe nada a la piedad de los pasados, y
que las honras que hacen a los difuntos modernos son parecidas
en todo a las que hacían a los mismos difuntos los
antiguos, hétele usted, cómo, sin tomar en
boca al sujeto por quien se hacen, puede acabar honradamente
con su requiescat in pace, que sea seguido de muchos vítores
y aclamaciones. 11. -Mira -dijo el familiar-, yo no te puedo
negar que eres un pozo de cencia; porque ahí has enjurgado
tantas cosas, que me tienen aturrullados estos cascos. Porque
ya se ve saber tú, como parece que sabes en la uña,
todo lo que hicieron los gabilonios, los miedos, los presas,
los enjundios y esos otros que nombraste así a manera
de caldos. Habérsete quedado en la memoria todos esos
nombres enrevesados de embolismos, parrales, cieripedios,
niñerías, cieno de zafios, y el último
vocablo en que dijiste no sé qué de las escrituras
de los estrófagos, digo en mi ánima jurada
que saber tú todos estos argamandijos en los pocos
años que tienes, eso sin cencia confusa no puede ser,
y loado sea el Señor de quien es todo lo güeno.
Pero también te digo una cosa: tanto viene todo eso
para perdicar un sermón de honras, como ahora llueven
pepinos; y si no, vaya un asemejamiento. 12. »Yo soy estaño
alcalde de Fregenal; junto mañana el Concejo para
saber si s'han de guardar o no s'han de guardar los plaos.
Escomienzo por decir que esto d'haber concejos en las repúblicas
es cosa muy añeja: porque los gabilonios, los presas,
los calderos y los mamalucos los usaban allá desde
el tiempo en que habraban los animales. Paso dempués
a exprayarme sobre las diferentes usanzas c'había
para esto de juntarse el concejo; y digo, por enjempro, que
en unas partes andaba el menistro de josticia de puerta en
puerta tocando un cencerro, que en otras era incumbencia
del puerquerizo ir sonando por las calles el mismo cuerno
con que juntaba los cerdos, c'allá tocaba al muñidor
pregonar el concejo por las calles, c'acá se enseñaba
a rebuznar a un burro desde niño con tales y con tales
señas; y qu'este burro, en estando ya bien endustriado
y en teniendo, como dicen, uso de razón, se le entregaba
al fiel de fechos, con la carga y con la obrigación
de que los días de concejo había de ir rebuznando
por todo el puebro, para que viniese a noticia de los vecinos
y nenguno pudiese alegar excusa ni ignorancia. Daquí
me meto a expricar la importancia de los concejos y la grande
entauridá c'han tenido siempre, no sólo en
toda Uropa, sino en toda España. Digo, por fin y por
postre, que todos los Concejos, si se les ofrece hacer información
de nobreza o de hidalguía, han de venir a probar su
alcurnia de los concejos; y c'así como los primeros
son en sobre las Udencias y en sobre las Chancellerías,
pues vemos que de las sentencias déstas s'apela a
aquéllos, ansina también, si estuviera el mundo
bien gobernado, s'había d'apelar dellos a la endicisión
de los concejos. Y concruyo con preguntar si en vertú
de todo lo dicho s'han de guardar o no s'han de guardar los
plaos. Dime Gerundio, ansí Dios t'haga bien, ¿vendría
todo esto al caso para la enresolución d'aquel punto?
13. -¡Buenas cosas tiene usted! -respondió fray Gerundio-.
Conque, ¿ahora quiere hacer comparación de lo que
un alcalde propone en el concejo con lo que un predicador
ha de decir en el púlpito? Tío, en los concejos
se va derechamente a la substancia. -Pues, ¡qué!
-replicó el familiar-. ¿En los cúlpitos se
va no más que a entretener el tiempo? Como fray Gerundio
se vio un poco apretado, procuró sacar el caballo
por otro lado, y para divertir el argumento dijo: -También
se puede alabar a un difunto, aunque no haya hecho milagros
ni tenido revelaciones, ni su vida hubiese sido la más
ejemplar y ajustada. ¡Cuántas oraciones fúnebres
se han predicado en la Iglesia de Dios a grandes capitanes,
a grandes conquistadores, a grandes políticos y a
muchos hombres verdaderamente sabios de cuya canonización
no se ha tratado, ni verisímilmente se tratará
jamás de ella! Con todo eso, a éstos se les
alaba del valor, de la intrepidez, de la presencia de ánimo,
de la pericia militar, del celo por la gloria de sus príncipes
y, en fin, de otras virtudes que no se encuentran ni en las
cardinales ni en las teologales, y que no hacen al caso para
la vida cristiana; pues sabemos que muchos gentiles, moros
y herejes florecieron en ellas. Pues, ¿por qué no
pudiera yo también alabar a mi escribano, si quisiera,
de la sagacidad, de la astucia, del ingenio, de la penetración
y hasta de la velocidad con que escribía, de su buena
letra, de sus airosos rasgos y de la rúbrica que usaba,
por una parte tan garbosa, y por otra tan difícil,
que parecía imposible falsearse ni remedarse? 14.
-Yo soy un probe lego -respondió el familiar-, que
solasmente sé lér de deletreado y echar mi
firma con letra de palotes estrujando bien la pruma; y no
me puedo meter en si es bien premitido, o no es bien premitido,
que en la Igresia de Dios s'alaben púbricamente y
se propongan como enjempro de imitación al puebro
cristiano esas vertudes que tú dices, y con las cuales
puede una presona irse al infierno tan lindísimamente.
Éste es un punto muy hondo, que no es para mi cabeza;
y cuando tú dices c'así s'usa (que yo no lo
he visto, por no haberme topado enjamás en esas perdicaciones),
debe d'haber razones muy emportantes para premitir que s'haga
ansina. Lo que yo digo es que por lo menos acá en
las aldeas donde no se pueden praticar esas vertudes campanudas,
y donde la gente es sencilla, si yo juera obispo, de nenguno
se m'había de perdicar sermón de honras que
no hubiese sido un cristiano vertuoso y enjemprar, al modo
c'acá nosotros nos imaginamos las presonas enjemprares
y vertuosas. Porque, orásme, decir tú del escribano
que fue sagaz, estuto, engenioso, que luego se empunía
en los autos, que calaba las entenciones de las presonas,
que escribía decorridamente, c'hacía una letra
estupenda, que su rúbrica y su sino se podían
presentar al mesmo rey, todo eso güeno será,
pero ¿qué sacamos d'ahí para las benditas ánimas
del Purgatorio? 15. A tal tiempo entraron a poner la mesa
para cenar, de que no se alegró poco nuestro fray
Gerundio, porque su tío le iba apurando demasiado.
Antón Zotes se había quedado primero a dar
orden de que se cuidase de las caballerías; y después
trabó conversación con la mujer del familiar,
y con sus sobrinos y sobrinas, que entre todos eran seis
y el mayor no pasaba de doce años, repartiendo entre
ellos turrón, confites, avellanas y piñones
que había traído para este efecto; entreteniéndose
con todos mientras se asó una pierna de carnero, se
hizo una gran tortilla de torreznos y se guisó una
buena cazuela de estofado de vaca, que con unas sardinas
escabechadas y una tajada de queso por postre, comenzando
con su gazpacho de huevos duros, componía entre todo
una cena substancial y sólida, sacándose, después
de levantados los manteles, un plato de cebolletas con su
salero al lado para echar la de San Vitoriano. 16. Entraron
todos en la salita o cuarto bajo donde estaban tío
y sobrino; sentáronse, y cenaron con tanta paz y alegría
como gana. Casi toda la conversación de la cena se
la llevaron el familiar y Antón Zotes, siendo su asunto
el regular entre labradores. Preguntole aquél
cómo iba de cosecha y en qué estado tenía
su verano. Respondió éste que de cebada había
cogido poco por la falta de agua, y que si no fuera por los
tres herreñales que estaban linde del arroyo, apenas
tendría para el gasto y para sembrar; que de morcajo
no estaba mal, y de trigo esperaba que sería mediana
la cosecha, porque sobre tener ya diez cargas en la panera,
quedaban en la era tres peces, dos parvas, otras dos mantas,
y entodavía estaban en las tierras como unas doce
morenas. -Pues por acá, amigo mío -dijo el
familiar-, no podemos echar piernas, y algunos probes labradores
se quedarán per ostiam santam incionem. ¡Sobre c'hay
hombre que no coge lo que sembró! Yo, bendita sea
la misilicordia de Dios, no estoy tan endesgraciado; porque
como la hoja que tocaba estaño es la que está
carré Vallaolí, y aquella tierra es tan espiojosa,
hizo bodega con las aguas de la otoñada y con las
que cayeron dempués por entruejos; conque ha dado
bonicamente, y hast'unas ciento y cincuenta cargas de todo
pan ya espero coger; conque m'animaré a unviar a Bertolo
a Villagarcía, para que escomience la glamática
con aquellos benditos flaires de Dios que llaman padres teatinos.
17. -Sí -dijo a este punto hecha una víbora
la tía Cecilia Cebollón (que así se
llamaba la mujer del familiar)-, para que aquellos flairones
te le desuellen a azotes. -Mijor -respondió con mucha
sorna el socarrón del familiar-; por eso nació
el día de San Bartolomé y fue mi gusto que
le pusiesen Bertolo, para que me lo desollasen; porque desengáñate
Cicilia, que la letra con sangre entra. -Pues dígote
-replicó la Cebollona- que por más c'hagas
no he d'unviar m'hijo a Villagarcía. -En eso harás
bien -respondió el familiar-; y por lo mismo que no
l'has de unviar tú, tendré cuidado d'unviarlo
yo. -Irá donde yo quisiere -replicó la Cebollona-,
porque es tan hijo mío como tuyo. -Y aun más,
si lo apuras -respondió muy fresco el familiar-; pues
sin meternos por ahora en más honduras, al fin tú
le pariste, y yo no. Ea, Cicilia; tengamos güenos manteles,
y dejémonos de crebaderos de cabeza. Ya te he dicho
mil veces que tú cuidarás de las hembras, y
yo de los varones. Tú darás a aquéllas
la enseñanza que te pareciere, y yo daré a
éstos la dotrina que me diere la gana. 18. -También
yo la tenía -dijo a esta sazón Antón
Zotes- que el mi flairico estudiase en Villagarcía,
donde yo había estudiado; pero por tener paz con la
mi Catanla l'unvié a Villamandos, y no me pesa porque
no ha salido por ahí nengún morondo. -En todas
partes -respondió el familiar- hay malos y güenos;
soldesmente que en unas son más los güenos que
los malos, y en otras son más los malos que los güenos.
Lo que yo veo es que los que estudian con los teatinos no
alborotan los puebros, ni apedrean los santos, ni silban
los rosarios, ni se juntan en las tabernas, ni embarran los
vítores, ni se desvergüenzan contra los flaires
que estudian por otros libros. Allá en sus cuentraversias
y desputas vocean, berrean y gritan hasta desgañitarse;
pero dempués y acabado aquello, punto en boca, cortesía
hasta el suelo, y tan amigos como d'antes. Esto parece bien
a Dios y a todo el mundo; lo contrario es mala crianza, y
se conocen al vuelo los que estudian con unos y con otros.
19. En estas conversaciones se pasó la cena; llegó
la hora de recogerse, y se retiraron todos, quedando despedidos
desde la noche, porque los huéspedes pensaban madrugar
mucho para librarse del calor. Así lo hicieron, saliendo
de Fregenal a las tres de la mañana y llegando a Pero
Rubio entre siete y ocho, antes que, como se dice, comenzase
a calentar la chicharra. 20. No se puede ponderar el gusto
y el agasajo con que fueron recibidos del licenciado Flechilla,
en cuya casa se apearon derechamente, según habían
quedado de concierto al despedirse en Campazas. Era la víspera
del día en que se habían de celebrar las honras;
y aquella tarde fueron concurriendo algunos parientes y amigos
del difunto, no sólo de los que vivían en los
lugares circunvecinos, sino también tal cual que residía
en población algo distante. Entre éstos llegó
un reverendísimo abad benedictino, primo del escribano
Conejo, varón verdaderamente respetable; porque sobre
ser monje muy ajustado, de porte serio, de estatura heroica,
de venerable presencia, de semblante majestuoso y al mismo
tiempo apacible, era sujeto a todas luces sabio, no sólo
muy versado en todas las facultades serias que son propias
de su profesión, sino admirablemente instruido en
todo género de bellas letras, de erudición
amena y escogida; lo que, junto a un trato humanísimo
y urbano, hacía sumamente grata su conversación,
y le constituía un sujeto cabal y redondeado. 21.
Traía por socio a un predicador segundo de la casa,
joven como de treinta años y monje de su especial
cariño; porque aunque era de genio abierto, festivo
y desembarazado, se contenía siempre dentro de los
límites de la modestia y de la urbanidad religiosas,
sin que los chistes y gracias de que abundaba excediesen
jamás los términos de la decencia, ni se propasasen
a quemazones o pullas que pudiesen ofender ni aun levemente
a los mismos con quienes se zumbaba. Por esto, porque era
mozo muy pundonoroso, exactísimo en el cumplimiento
de su obligación y en el desempeño de su oficio,
rendido a cuanto se le mandaba y dócil a todas las
advertencias que se le hacían, había merecido
la especial inclinación y aun concepto del abad, que
esperaba formar en él un monje a su modo y de su mano,
capaz de honrar con el tiempo, no sólo a la Congregación,
sino a toda la Orden benedictina. 22. Poco después
que se apearon los dos monjes, entró a visitarlos,
como también el padre predicador fray Gerundio, el
cura de Pero Rubio. Era arcipreste de aquel partido, comisario
del Santo Oficio y hombre de singular fábrica en el
cuerpo, y de no menos singular estructura en las potencias
del alma. Estatura algo menos que mediana, cabeza abultada
y un si es no es oblonga, con canas entre rucias y tordas,
corona episcopal, pestorejo colorado y con pliegues, ojos
acarnerados, y en la circunferencia unas ojeras o sulcos
que le habían formado los anteojos perdurables que
sólo se los quitaba para leer y para escribir, o cuando
estaba solo; pero en visitas, en paseos o en funciones públicas,
al instante los montaba. Era lleno de semblante, aunque se
conocía no ser maciza la gordura, porque a veces fluctuaban
los carrillos, subiendo y bajando como fuelles de órgano.
Tampoco el color era constante, unos días muy encendido,
otros malignamente jaspeado con unas manchas verdipardas,
entre enjundia y apostema; la lengua, muy gorda; el modo
de hablar, hueco, gutural y autoritativo, resoplando con
frecuencia para mayor gravedad. Sus letras eran tan gordas
como la persona, pero al fin había revuelto algunos
libros de moral. Tenía bien atestada la cabeza de
las noticias más ridículas y más apócrifas
que se encuentran en los libros, porque para él, una
vez que estuviesen impresos, todos eran a un precio; y las
vertía en las conversaciones de los páparos,
así de corona como legos, con una satisfacción,
con un coranvobis y con unos resoplidos que no dejaban la
menor duda de su certidumbre y su autenticidad. Leía
Gacetas y Mercurios cuando podía pillar algunos sin
que le costasen un maravedí; porque en materia de
gastar era strictioris observantiae, y solía decir,
no sin gracia, que para relajación bastábale
la potra (era muy quebrado). Hablaba mucho de la Lusacia,
de la Pomerania, de la Carintia y de la Livonia, diciendo
que estas provincias componían el Gran Manzgraviato
de Westfalia; conque le oían como unos parvulillos
todos los curas de la redonda. Y como, por otra parte, era
infinitamente curioso e indagador de todo cuanto pasaba en
las chimeneas y en los rincones, cuchucheador y misterioso,
le miraban todos con un gesto equívoco entre respeto
y burla, entre desprecio y temor. 23. Aún estaban
en los primeros cumplimientos del señor comisario,
cuando se entró a galope por la sala el predicador
fray Blas en traje de camino; y sin saludar a nadie, se fue
derechamente a dar un estrecho abrazo a su amigo fray Gerundio,
como si hubiera veinte años que no se habían
visto. Y es tradición que aún se estaba componiendo
los hábitos, que traía enfaldados, cuando se
dio recado de parte del Concejo, y entraron los dos alcaldes;
los dos regidores, el procurador de la villa y el fiel de
fechos, porque aún no se había provisto el
oficio de escribano. Aquel día no debió de
acaecer suceso considerable. Por lo menos se ha frustrado
en su indagación nuestra solicitud y diligencia, sin
que en las memorias que hemos podido recoger se halle más
que lo sucedido en el mismo día de las honras, cuya
relación pide capítulo aparte; y vamos a servir
a nuestros lectores con el capítulo siguiente.
 Capítulo VII
Lo mismo que el otro
Amaneció el día tantos
de tal mes, corriendo dichosamente el año de mil setecientos
y cuantos. (Hablamos así por estar algo embrollada
la cronología; y no es negocio de engañar a
nadie, aunque nos pagaran a peso de oro cada noticia incierta).
Reinaba en España su gloriosísimo monarca,
gobernaba la Iglesia de Dios el Sumo Pontífice, Vicario
de Jesucristo, y era general de la Orden un varón
grave, elegido canónicamente por el capítulo,
cuando el reloj de sol de Pero Rubio señaló
la hora de las diez de la mañana. Este reloj era la
sombra que hacía un sobradil, que atravesaba la pared
sobre la misma puerta del matadero, único edificio
del lugar cuya fachada principal miraba derechamente a mediodía.
Desde el mismo punto del amanecer se había doblado
toda la clave de las campanas. Eran dos esquilones, y un
cencerro que servía de hacer señal para las
misas rezadas; y aunque los esquilones, en su primitiva fundación
o fundición, según la tradición de padres
a hijos, habían sido de los afamados en toda la comarca,
con el tiempo que todo lo consume, uno había perdido
la lengüeta y se suplía esta falta con una pesa
de hierro de a dos libras menos onza, que por defectuosa
había quitado al carnicero del lugar un juez de residencia.
Servía a la pesa de espigón un grueso cordel
de cáñamo, que prendía del anillo o
hembrilla interior del esquilón deslenguado; y como
el cordel no tenía consistencia para contener la pesa
en aquella dirección que la daba el movimiento de
la campana, siempre que ésta se empinaba, giraba en
círculo la cuerda, y sonaba a almirez de boticario
cuando el mancebo desprende los polvos que se pegan a las
paredes. El otro esquilón se había relajado
un poco en cierta función en que hizo más fuerza
que la acostumbrada; y como se le iba la voz por la rendija,
era su sonido acatarrado. 2. En fin, todo esto importaba
un bledo para el sermón de honras que predicó
nuestro fray Gerundio. El cual, llegada la hora, encendido
el túmulo, concluida la misa, tomada la capa negra
por el preste y acomodado el auditorio, subió al púlpito
y predicó su sermón. Pero, ¡qué sermón!
Excusamos repetirle, porque ya dejamos hecho un exacto y
puntual análisis, que casi casi puede ser anatomía
de su fúnebre oración, en todo el capítulo
quinto de este mismo libro quinto, adonde remitimos a nuestros
lectores; porque no se desvió un punto nuestro insigne
orador ni de aquel plan, ni de aquel asunto, ni de aquella
división, ni de aquellas pruebas. Mas por cuanto no
es imposible que se halle tal cual lector tan perezoso que
no quiera tomarse el ligero trabajo de recorrer aquel capítulo,
no de otra manera (porque un símil oportuno adorna
mucho la narración) que un clérigo galbanero
se da al diantre siempre que en el Breviario o en el Misal
encuentra parte del rezo o de la misa en remisiones o en
citas, y por no ir a buscarlas apechuga con el primer común
que se le pone delante. Para obviar nosotros este inconveniente,
hemos tenido por bien recopilar aquí con la mayor
brevedad lo mismo que dijimos allí, en gracia de nuestros
prójimos flacos, miserables y poltrones. 3. Introdújose,
pues, fray Gerundio a su famosa oración con esta primera
cláusula, que dejó atónito al grueso
del auditorio: «Esta parentación sacro-lúgubre,
este epicedio sacritrágico, este coluctuoso episodio
y este panegiris escenático se dirige a inmortalizar
la memoria del que hizo inmortales a tantos con los rasgos
cadmeos que, a impulsos de aquilífero pincel, estampó
en cándido lino triturado, sirviendo de colorido el
atro sudor de la verrugosa agalla, chupado en cóncavo,
aéreo vaso de la leve madera pambeocia: Calamus scribae
velociter scribentis». No es ponderable con cuánta
satisfacción rompió en esta primera cláusula,
y cuántos parabienes se dio a sí mismo dentro
de su corazón por haber encontrado con voces tan adecuadas
como significativas para explicar su pensamiento. «¡Que
se me vengan, que se me vengan -decía allá
para consigo-, no sólo a impugnar, sino a empujar,
la clausulilla! ¡Que levante, que levante el retórico
más culto la postura de las voces, y que me las dé
ni más empinadas, ni más eruditas! Llamar a
las letras rasgos cadmeos, a la pluma aquilífero pincel,
al papel cándido lino triturado, a la tinta el atro
sudor de la verrugosa agalla, al tintero de cuerno cóncavo,
aéreo vaso, añadiendo después, para
mayor explicación, de leve madera pambeocia, con alusión
al buey que fue enseñando a Cadmo el camino hasta
llegar al sitio donde fundó la ciudad de Tebas, ¿esto
lo pensaría por ahí cualquiera predicador sabatino
de la legua? ¿Y no habría más de cuatro predicadores
mayores, y aun más de dos predicadores generales,
que no tengan numen para tanto?» 4. Metiose al instante
en el espeso matorral del antiquísimo principio, de
la costumbre inmemorial y de los diferentes modos y ritos
con que en todos tiempos y en todas las naciones se han celebrado
las honras de los difuntos. No olvidó las repetidas
citas de Polibio, Pausanias, Alejandro (Natal), Eliano, Plutarco,
Celio, Suetonio, Beyerlinck, Esparciano, Marino, Novarino,
Apiano, Diodoro Sículo y Herodoto, todos de la misma
manera y por el mismísimo orden que los cita el Florilogio.
Encajó con la mayor oportunidad las cláusulas
más brillantes, y las que a él le habían
petado más en el nunca bastantemente aplaudido sermón
de honras a los militares difuntos del Regimiento de Toledo.
Aquella de «tan lúgubremente generosa como coluctuosamente
compasiva»; la otra de «Erigían túmulos suntuosos,
grandiosos fúnebres obeliscos irradiados de luces
y luctuados de bayetas; coherencia lúcido-tenebrosa
que, entre yertas cenizas cadavéricas, vitalizaba
memorias de sus militares difuntos», sólo que en lugar
de militares dijo escribanales. Y en la que se sigue después:
«En cruentas aras trucidaban inocentes víctimas que
dirigían a mitigar rigores de los dioses..., esparcían
rosas fragantes..., confederando matices y verdores para
declamar memorias inmarcesibles y floridas esperanzas a la
felicidad eterna de los militares difuntos», sólo
mudó las dos últimas palabras, diciendo, en
vez de militares difuntos, estilíferos finados, aludiendo
a que antiguamente se escribía con unos punzones de
hierro o de acero que se llamaban estilos. Pero lo que repitió
varias veces, porque le había dado más golpe
que todo, fue aquello de «sollozando nenias sentidamente
elocuentes, gimiendo endechas piadosamente elegantes»; y
aun notó que el auditorio, siempre que decía
algo de esto, como que se sonaba los mocos. 5. En donde
estuvo sin comparación más feliz que el autor
del Florilogio, fue en aprovecharse de la exposición
de Haye sobre lo que significa Odolla, ciudad donde Judas
Macabeo decretó las primeras honras o los primeros
sacrificios que se lee en la Escritura haberse ofrecido a
Dios por los difuntos. Dice Haye que Odolla se interpreta
testimonium, sive ornamentum: «testimonio, u ornamento».
Al autor del Florilogio le hacía al caso el ornamento,
y no el testimonio; porque así como las franjas, los
galones y las guarniciones se llaman ornamento de los vestidos,
así la guarnición de los soldados parece que
se ha de llamar ornamento de las plazas. Conque ciudad de
ornamento: Odolla, id est, ornamentum, es ciudad o plaza
de guarnición; y por aquí la vino a Ciudad
Rodrigo el parentesco estrecho con Odolla. Puede ser que
a más de dos críticos de estos que tratan de
genealogías mentales, los parezca algo largo el parentesco.
Pero no haya miedo que les parezca así el que probó
nuestro fray Gerundio con la ciudad de Odolla, de su difunto
escribano, o ya se siga la interpretación de «testimonio»,
o ya se adopte la exposición de «ornamento». 6. «Aquí
conmigo -dijo el ingenioso orador-. Si Odolla es testimonio:
Odolla, id est, testimonium, todos cuantos testimonios dio
nuestro malogrado héroe dan testimonio de que fue
de Odolla su elevadísima prosapia. Nadie note el elevadísima;
porque como se cuentan en ella tantas plumas, pudo elevarse,
pudo remontar el vuelo hasta dejar muy debajo de sí
al Ícaro presumido: Icarus Icarias nomine fecit aquas.
Si Odolla es testimonio: Odolla, id est, testimonium, luego
es la ciudad de los testimonios, la ciudad de Odolla. Ciudad
de los testimonios y ciudad de los escribanos, aunque parecen
dos, son una misma sinonímica población, como
sabe el retórico elegante, según el canon de
la divina sinécdoque: Synecdoche figura est in qua
pars apponitur pro toto. Y si no dígame el entendido:
¿Por qué Juan se singulariza por secretario del Verbo?
Quia testimonium perhibet de illo, et scit quia verum est
testimonium ejus. Repare el discreto: Lo primero, porque
dio testimonio: testimonium perhibet. Lo segundo, porque
fue testimonio verdadero: et... verum est testimonium ejus.
Aquello le acredita de escribano, porque para ser escribano
basta dar testimonio: testimonium perhibet. Esto le calificó
de buen escribano, porque para ser buen escribano es menester
que sea el testimonio verdadero: et... verum est testimonium
ejus. Pero de una y de otra manera el dar testimonio es tan
propio de los escribanos, como es propio de la ciudad de
Odolla el ser la ciudad de los testimonios: Odolla, id est,
testimonium. 7. »Volvamos
al texto: Celebráronse o se decretaron las primeras
exequias lúcido-tenebrosas en la ciudad de los testimonios,
en la ciudad de los escribanos: Odolla, id est, testimonium;
y esa misma ciudad era también la ciudad de los ornamentos:
Odolla, id est, ornamentum. Espantábame yo que no
estuviesen los ornamentos pared en medio de las exequias.
¡Alto al misterio! Llámanse ornamentos con antonomástica
posesión las vestiduras sacro-séricas de que
usa el sacerdote para celebrar el sacrificio de la misa:
paramenta, seu ornamenta, que dijo con elegancia el litúrgico
rubriquista. Y claro está que exequias sin misa son
cuerpo sin alma, o a lo menos es la misa la que principalmente
vivifica y refrigera las almas que fueron de los cadavéricos
cuerpos: ...in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem.
Ahora conmigo. La misa en días comunes es de puro
consejo: Consilium autem do, que dice el Vaso escogido. La
misa en días de domingo es de rigoroso precepto: Mandatum
meum do vobis. Notólo con discreción la rubicunda
púrpura de Hugo: Omnes tenentur audire sacrum die
dominica. Infiera ahora el lógico: luego, siendo estas
exequias de nuestro Domingo Conejo, era indispensable la
misa, porque la misa es indispensable en día de Domingo:
Omnes tenentur audire sacrum die dominica. ¿Qué hay
que replicar a esta consecuencia? Pues allá va otra:
luego fueron clara y patente figura de estas coluctuosas
exequias, las que se decretaron por el invicto Macabeo en
la ciudad de Odolla, ciudad de los escribanos, ciudad de
los ornamentos: Odolla, id est, testimonium, seu ornamentum;
paramenta, ornamenta; omnes tenentur audire sacrum die dominica».
8. A este modo y del mismísimo gusto fue toda la
oración fúnebre, cuyo traslado con mejor consejo
nos ha parecido omitir, porque sería impropiedad en
asunto tan doloroso hacer llorar de risa a los lectores.
Baste decir que para cerrarla con llave de oro, dio glorioso
fin a ella con aquella ridícula alegoría que
se le ofreció de repente en el ya citado capítulo
quinto, para contrarrestar la otra no menos estrafalaria
metáfora que tanto celebró fray Blas en el
sermón de honras del famoso Florilogio. Sólo
que allí la dijo seguida y sencillamente, sin adornarla
con textos; pero en el púlpito la vistió y
la sacó de gala con todos los adornos correspondientes.
Hácesenos lástima, y aun casi pica en escrúpulo
defraudar al público de los oportunísimos textos
con que la engalanó, y así allá va ni
más ni menos como la pronunció con todos sus
atavíos: 9. «En virtud de queja fiscal: Adversarius
vester diabolus circuit quaerens, se levantó auto
de oficio por el Supremo Juez: ...tenens adversus nos chirographum;
y se dio mandamiento de prisión contra nuestro escribano
difunto: Tenete eum et ducite caute. Presentose éste
en la cárcel del purgatorio: Claudentur ibi in carcere,
dejando poder al amor filial para que como procurador suyo:
Gloria patris est filius sapiens, contradijese la demanda
Posuisti me contrarium tibi, apelando de la sala de Justicia
a la sala de Misericordia: Secundum magnam misericordiam
tuam... Librose despacho de inhibición y avocación,
con remisión de autos originales: Ego veniam et judicabo.
Diose traslado a la parte de nuestro mísero encarcelado:
Nil respondes ad ea quae adversus te dicunt? Hizo éste
un poderosos alegato de misas, oraciones y sufragios: Domine,
oratio mea in conspectu tuo semper; y dándose por
conclusa la causa: Non invenio in eo causam, falló
la Misericordia que debía mandar, y mandaba, que el
escribano Domingo Conejo saliese libre y sin costas de la
tenebrosa cárcel: Sinite hunc abire, declarando haber
satisfecho suficientemente todas sus deudas con las penas
de la prisión: Dimitte nobis debita nostra, y que
así se fuese a la gloria en paz: Requiescat in pace».
10. Desengáñese la elocuencia más valiente,
persuádase la elegancia más retumbante, humíllese
la pluma de más rápido remonte, y créame
la fantasía de más delicado perspunte; que
no es posible, no digo ya explicar dignamente un solo rasgo,
pero ni aun concebir entre sombras un tenebricoso bosquejo,
del embeleso, de la admiración, del pasmo, del asombro
con que fue oída la oración en todo el numeroso
auditorio que componía un grueso pelotón de
paparismo. A excepción del reverendísimo abad
y de su socio, que también estaban aturdidos, aunque
por muy diverso término, no hubo siquiera uno entre
todos los oyentes que por buen espacio de tiempo no pareciese
estatua, en virtud del extático pasmo que los preocupó.
Hasta el mismo fray Blas estaba enajenado, haciéndose
cruces intelectuales en lo más íntimo de su
alma, y tan persuadido ya allá de la saya para dentro
que en comparación de fray Gerundio él era
un pobre motilón, que desde aquel punto le costaba
grandísima violencia el no tratarle con respeto. Y
sólo por no dar su brazo a torcer prosiguió
en la llaneza comenzada, pues por lo demás en su estimación
y concepto pasaba fray Gerundio por el primer hombre de toda
la universal Orden. Así lo confesó él
después a un confidente suyo, por quien se supo esta
interior particularidad que hace tanto honor a nuestro héroe.
11. El licenciado Flechilla, que le había encargado
el sermón y aquel día hacía de diácono
en las horas, enajenado y fuera de sí, se quedó
sentado en el banco donde había oído la oración
a mano derecha del preste, tanto, que ya el comisario, que
oficiaba, estaba incensando el túmulo, calados sus
anteojos, en el último responso, y todavía
permanecía en su banco el bueno del licenciado, llorando
a hilo tendido de gozo y de ternura, sin advertir lo que
pasaba. Apenas entraron en la sacristía los del altar,
cuando el comisario preste, sin dar lugar a que le quitasen
la capa, se arrojó violentamente al cuello de fray
Gerundio, túvole un gran rato estrechísimamente
apretado entre los brazos, sin hablarle palabra; y después,
retirando un poco el cuerpo y poniéndole las manos
sobre los dos hombros, prorrumpió en estas exclamaciones:
-¡Oh gloria inmortal de Campos! ¡Oh afortunado Campazas!
¡Oh dichosísimos padres! ¡Oh monstruo del púlpito!
¡Oh confusión de predicadores! ¡Oh pozo! ¡Oh sima!
¡Oh abismo! ¡Es un horror! ¡Es un horror! ¡Es un horror!
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! Y fuese a quitar la capa, haciéndose
cruces. 12. No pudo articular más palabras por entonces
el licenciado Flechilla, que decir interrumpidamente: -¡Padre,
padre, padrico! La Semana Santa del año que viene,
la Semana Santa; no tiene remedio, no tiene remedio. Y como
a este tiempo entrase en la sacristía Antón
Zotes, creyó que era llegada la postrimera hora de
su vida; porque consintió en morir allí ahogado,
según los abrazos que le dieron, no contribuyendo
poco para añudarle las muchas lágrimas que
le hacía derramar el gozo. Fray Blas estaba atónito,
y solamente se explicó con las cejas y con los ojos.
Al reverendísimo abad le pareció que no le
permitía la urbanidad dejar de presentarse; y así,
dejándose ver en la sacristía, seguido de su
socio, sólo dijo con afabilidad y con agrado que había
tenido un rato muy divertido, y que era razón que
el padre fray Gerundio descansase. A que añadió
el socio: -Yo estaría oyendo a vuestra paternidad
otras dos horas. La erudición, a carretadas; el estilo,
de lo que hay pocos; y el modo de discurrir es original.
Con las expresiones equívocas de los dos prudentes
monjes, se confirmaron los otros paletos en que apenas un
ángel podría predicar mejor. 13. Vueltos todos
a casa y ya puesta la mesa, se sentaron a ella por su orden;
menudeáronse los brindis; repitiéronse las
enhorabuenas; subieron de punto las expresiones; y sólo
no hubo décimas ni octavas, porque como la función
era de mortuorio, parecería importunidad. Con todo
eso, no se pudo contener un estudiantillo legista, que aquel
año había comenzado los Vinios en Valladolid,
y también comenzaba a hacer pinicos de poeta, echando
sus quintillas, y de cuando en cuando sus décimas,
en las porterías o locutorios de las monjas cuando
había función de hábito o de profesiones.
Había concurrido a las honras del escribano Conejo
en nombre de su padre, vecino de un lugar cercano y muy amigo
del difunto, que por hallarse achacoso no había podido
venir personalmente. Pidió licencia para decir un
epitafio que se le ofrecía; y como el asunto era también
de réquiem, fácilmente se le concedió.
Conque prorrumpió en este disparate:
| ¿Yace entre estas dos losazas | | | | conejo? No yace tal, | | | | puesto
que le hizo inmortal | | | | fray Gerundio de Campazas. | | | | Caminante,
cuando cazas, | | | | no hallarás vivar más guapo | | | | que este sitio en que te atrapo; | | | | pues con cualquier perro
viejo, | | | | cogerás aquí un conejo, | | | | y en el púlpito
un gazapo. | | |
Los dos monjes conocieron bien la insulsez de
la décima, llena de ripio y sin más sal que
un equivoquillo ridículo, que no tenía substancia;
pero los demás, que no hilaban tan delgado y ni entendían
ni atendían más que al sonsonete, la levantaron
sobre las nubes. Y hicieron sacar incontinenti muchos traslados
para esparcirlos por toda la redonda, conviniendo todos en
que el licenciado era tan gran poeta como fray Gerundio predicador.
Con esto se retiraron los padres a dormir la siesta, y después
de ella sucedió lo que vamos a decir en el
 Capítulo VIII
Sálense a pasear los cuatro religiosos; y el padre
abad, en tono de conversación, da a Fray Gerundio
una admirable doctrina
Dormida la meridiana, tomado un polvo,
rezadas vísperas y completas, y ya adelantada un poco
la tarde, que estaba muy apacible, dijo el padre abad a fray
Blas y fray Gerundio que si gustaban de salir a espaciarse
un poco al campo. Aceptaron gustosos el convite los dos amigos,
y se salieron a pasear en compañía de los dos
monjes. Apenas se vieron fuera del lugar (y no tuvieron que
andar mucho para eso), cuando, impaciente ya, fray Blas preguntó
al padre abad: -¿Qué le pareció a vuestra
reverendísima del sermón de esta mañana?
¿No fue un asombro? -En su línea -respondió
el reverendísimo- es de lo singular y de lo precioso
que he oído. A tal punto se incorporó con
la tropa el comisario, que venía con alguna aceleración
a cortejarlos, no habiéndolos encontrado en casa del
licenciado Flechilla. Era su traje de paseo: becoquín
mocho, sombrero nuevo de castor, alzacuello con su esclavina,
sobrerropa con alamares, bastón con puño de
plata y buen recado de borla. En fin, parecía un arcediano.
Después de los cumplidos ordinarios, prosiguió
la conversación entablada; porque fray Blas repitió
la misma pregunta, y el padre abad le dio la misma respuesta.
2. -No esperaba yo menos de la profunda sabiduría
de vuestra reverendísima -dijo el comisario-. Malo
es que a mí me dé golpe un sermón, un
libro, una obra, sea de la facultad y de la especie que se
fuere; que lo mismo mismísimo ha de parecer a todos
los hombres sabios y discretos del mundo. Tengo mil experiencias
de eso. Aquellas exquisitísimas noticias que dio el
padre fray Gerundio del origen de los elogios y de las oraciones
fúnebres, como también de los diferentes ritos
con que se han celebrado y se celebran las honras de los
difuntos, comprobadas todas con testimonios de tanta multitud
de autores, ¿no prueban un milagro de lectura y un abismo
sin suelo de sabiduría? 3. -Bien puede ser -respondió
el padre abad- que al reverendo fray Gerundio le hubiese
costado eso mucho sudor, mucho aceite y mucho tiempo; porque
como todavía es joven, no puede tener grande noticia
de los autores que tratan de propósito varios asuntos.
Dionisio Halicarnaseo, célebre historiador y uno de
los mejores críticos de la antigüedad, tiene
una bella, elegante y muy erudita disertación sobre
esta única materia intitulada De origine et vario
ritu funeralium. Allí se encuentra todo cuanto dijo
el padre fray Gerundio, y mucho más. En esta especie
de escritos filológicos, dicen los críticos
que están puestas en su lugar todas esas noticias;
pero en los sermones las tienen por impertinentes y por una
pueril vanidad de ostentar erudición fuera de tiempo.
A lo más más permiten que se apunten muy de
paso, huyendo mucho de recalcarse en ellas. Yo sólo
refiero lo que los críticos dicen, pero sin tomar
partido; porque no es mi ánimo defraudar un punto
el concepto que se merece el padre fray Gerundio. 4. -¡Oh
padre reverendísimo! -replicó el comisario-.
¡Los críticos! Los críticos son extraña
gente. Dudarlo todo, impugnarlo todo, negarlo todo, y cátate
que soy crítico. ¿Hay manía más graciosa
como negar que Judas se crió desde niño en
casa de Pilatos; que le sirvió de jardinero o de hortelano;
que después mató a su padre sin conocerle,
porque quiso llevarse unas peras de la huerta; que al cabo
se casó con su misma madre, sin saber que lo era;
y que a ésta también le quitó la vida
por no sé qué niñería; y que
viéndose viudo, se quiso meter fraile, pero no habiéndole
querido recibir en ninguna religión monacal ni mendicante,
por fin y postre se metió apóstol y vendió
a su maestro, se ahorcó de un moral muy alto, estando
tres días colgado de él, sin poder morir por
más diligencias que hizo, hasta que, en el mismo punto
en que Cristo resucitó, se rompió el cordel
y cayó precipitado sobre una peña o guijarro
puntiagudo, que le abrió las entrañas y le
hizo arrojar los intestinos? Noticias todas tan ciertas,
tan auténticas, tan indubitables como que están
escritas e impresas por un varón pío, docto
y religioso en un libro de título muy retumbante.
Y en medio de eso los críticos, no solamente las niegan,
sino que hacen grandísima chacota del que las escribe
y no menor burla de los que las creen. No haga pues caso
vuestra reverendísima de los críticos, y déjelos
decir hasta que se cansen. 5. -Soy de esa opinión
-dijo el socio del abad algo socarronamente-. Los críticos
vienen a turbarnos en la quieta y pacífica posesión
en que estábamos de creer buenamente mil y quinientas
cosas sin perjuicio de tercero; y pues ellos no hacen caso
de un título tan justo como es el de la posesión,
también es puesto en razón que nosotros no
hagamos caso de ellos. La erudición sirve de adorno
en los sermones, y los Santos Padres no la despreciaban cuando
la tenían a mano. 6. -Por lo menos -interrumpió
el padre abad-, ni San Gregorio Nacianceno en las oraciones
fúnebres que pronunció, ya en la muerte de
su grande amigo San Basilio, ya en la de su padre que se
llamaba también Gregorio, ya en la de su hermana Santa
Gorgonia, ni San Gregorio Niseno en las que predicó
a las honras de las emperatrices Placidia y Pulqueria, ni
San Ambrosio en las que dijo en elogio del emperador Teodosio
el Grande, se cansaron en gastar esa especie de erudición.
Mucho peso, mucha solidez, mucha piedad, mucha elocuencia,
mucho ingenio y mucha ternura, eso sí; pero erudición,
ni poca ni mucha, y en verdad que todos tres santos eran
muy leídos. 7. -A eso, padre maestro -dijo el socio-,
se me ofrece una gran disparidad. Esos santos predicaban
las honras de otros santos, y cuando menos de un emperador;
que, aunque no está canonizado, compitieron en lo
heroico sus virtudes cristianas con las políticas
y con las militares. Todos esos grandes objetos estaban tan
llenos de nobles materiales, que era inútil el adorno
y ociosa la invención, cuando sin ésta y sin
aquél no tenía tiempo el orador ni aun para
apuntar, cuanto más para explayarse en dar al auditorio
un claro conocimiento de sus héroes. Nuestro reverendo
fray Gerundio no tuvo por objeto de su oración a ningún
San Basilio, ni a ningún emperador Teodosio. El señor
escribano (que Dios haya) sería muy buen cristiano,
pero sus virtudes no hicieron ruido. Comulgaba una vez al
año con mucha devoción, oía misas los
días de fiesta y ganaba en su oficio todo cuanto podía.
No venció tiranos, ni ganó batallas, ni conquistó
provincias, ni defendió la religión; y, en
fin, no sabemos que sobresaliese mucho en alguna de aquellas
virtudes morales o prendas naturales que tal vez se reputan
por asunto digno de los elogios fúnebres. Bien ve
vuestra paternidad que para alabar a un hombre así,
esto es, a un hombre de vida común y por ventura no
muy ejemplar, con precisión de gastar por lo menos
una hora en celebrarle, es menester arte inventiva y forrajear
mucho en la erudición para llenar el tiempo y para
divertir la curiosidad del auditorio, ya que no se pueda
decir cosa que le edifique demasiadamente. 8. -¡Admirable
réplica! -exclamó fray Blas. -No tiene respuesta
el argumento -dijo el comisario. -Quitómele de la
boca el padre predicador -añadió fray Gerundio.
-Sosiéguense ustedes -replicó el padre abad-,
que yo veré si puedo responder a él; pero me
han de oír con paciencia. 9. »No tiene duda que las
oraciones fúnebres se inventaron en el mundo para
celebrar a los claros varones, alentando a los vivos a la
imitación de los difuntos en las heroicas virtudes
que practicaron en beneficio de la patria y de la república.
Eso de que los atenienses fuesen los primeros que introdujeron
esta loable costumbre, como lo afirmó en su sermón
el padre fray Gerundio, es muy dudoso y seguido de muy pocos.
Lo más más que se les concede fue la invención
de ciertos juegos ecuestres que en honor de los difuntos
esclarecidos practicaban sus amigos y parientes, como hizo
Aquiles con Patroclo, y mucho tiempo antes Hércules
con Pélope. 10. »Lo que no admite duda es que una
de las primeras oraciones fúnebres que se leen en
toda la antigüedad es la de Lucio Junio Bruto, como
dice Cicerón, diez y seis años anterior a las
que se leen de los griegos celebrando la memoria de los que
murieron en la famosa batalla del Maratón. Y por el
mismo tiempo, poco más o menos, tuvieron principio
los epitafios o elogios sepulcrales, que se grababan sobre
las sepulturas de los difuntos, dando una sucinta noticia
de las principales acciones de su vida o de los dictados
más visibles que los adornaron; como el de Anicio
Probino, cinco veces cónsul, cuestor y candidato,
a su madre Anicia Faltonia Proba, mujer de un cónsul,
hija de otro y madre de dos. Pero, sobre ser ésta
una cuestión inútil, fácilmente podemos
conciliar las dos opiniones encontradas, diciendo que los
griegos fueron los primeros que inventaron los elogios fúnebres,
dedicándolos precisa y únicamente a los que
morían con las armas en las manos en defensa de la
patria; y los romanos fueron los primeros que los extendieron
a todos los difuntos que en cualquiera línea hubiesen
sido beneméritos de la república o del estado.
Aquéllos los limitaron a las virtudes militares; éstos
los extendieron a todas las virtudes. 11. »Hasta que la
Iglesia comenzó a lograr alguna paz permanente hacia
los principios del cuarto siglo, ni se introdujo, ni pudo
introducirse, esta costumbre entre los cristianos. Las primeras
oraciones fúnebres completas que tenemos y que merezcan
este nombre, son las de San Gregorio Nacianceno, que murió
el año de 391. Es cierto que ni entonces ni en muchos
siglos después se permitieron en la Iglesia de Dios
este género de elogios públicos, pronunciados
en el templo a vista de todo el pueblo, sino en la muerte
de sujetos esclarecidos, notoriamente recomendables por su
eminente virtud o por sus grandes servicios en obsequio de
la religión. Después la lisonja, la vanidad
y la condescendencia, ayudadas de la calamidad de los tiempos,
introdujeron el intolerable abuso de celebrar magníficas
exequias, con oraciones fúnebres, a todos los difuntos
que dejaban conveniencias para costearlas. Tuvo principio
esta corruptela en el siglo once, cuando se comenzó
a relajar la disciplina, y las revoluciones del Imperio abrigaron
la simonía, la violencia y la ignorancia; pues se
hallan en aquel siglo y en los dos siguientes algunos panegíricos
póstumos de sujetos, no sólo escandalosos y
perversos, sino hombres verdaderamente facinorosos. 12.
»Para formar estos elogios, claro está que era menester
una de tres cosas: o fingir descaradamente las virtudes que
no tuvieron, o ponderar las que debían de tener, o
sacar al teatro, con nombre de virtudes, los más vergonzosos
vicios, echándolos una capa que los diese otra apariencia.
Entonces fue cuando se comenzó a torcer en los púlpitos
el verdadero significado de aquellos grandiosos nombres magnanimidad,
bizarría, intrepidez, generosidad, gran corazón, política, prudencia, tesón, animosidad, heroísmo,
etc. Contagio o trastornamiento que, derivándose de
siglo en siglo hasta nuestros tiempos, ya apenas nos deja
discernir los verdaderos héroes de los que no fueron
más que unos verdaderos tiranos, ladrones, usurpadores,
falaces, astutos, pérfidos, ambiciosos, atrevidos,
temerarios, arrogantes y descarados mofadores de todo el
género humano. 13. »Apoderada de los pueblos y de
las naciones esta perniciosa introducción más
o menos se ha conservado hasta ahora en todas las de la cristiandad.
Es verdad que en nuestra España ya es muy rara la
provincia, y aun los pueblos, donde se permiten sermones
de honras que no sean a sujetos de virtud sobresaliente;
sobre lo cual se ha tomado varias providencias, así
en algunos concilios provinciales como en diferentes sínodos
diocesanos. Si hay algún gremio o comunidad donde
constantemente se observe esta demostración con todos
sus individuos difuntos, es por la justa presunción,
que funda el mismo hecho de haber sido de tal comunidad o
de tal gremio, de que el difunto necesariamente sobresalió
en alguna virtud, prenda o talento recomendable. Algunos
son de opinión que cuando estas prendas no salen de
la esfera de virtudes puramente morales o intelectuales,
tampoco debieran salir los elogios de los sujetos que las
poseyeron de aquellas piezas donde las comunidades o gremios
sabios celebran sus juntas o sus ejercicios literarios. Así
se observa en las dos Academias de las Ciencias y de las
Bellas Letras de París. Los nobles elogios fúnebres
que se consagran a la memoria de los miembros de ellas que
murieron, se encierran siempre dentro de las paredes de sus
académicos museos, y hacen una preciosa parte de sus
utilísimos ejercicios. El púlpito y los templos
parece que sólo debieran reservarse para elogiar aquellas
virtudes verdaderas que, sin volver siquiera los ojos hacia
la vana inmortalidad del nombre, miran derechamente a la
eterna felicidad. Los que son de este sentir juzgan que es
profanarlos el dedicarlos a otra cosa. Yo prescindo de esta
opinión, porque mi dictamen no hace falta ni para
defenderla ni para impugnarla». 14. -Hace bien vuestra reverendísima
-interrumpió el comisario-; porque si llevara la contraria,
nos habían de oír los sordos. Yo tengo en mi
poder el sermón que se predicó en las honras
de un primo mío catedrático; y aunque no fue
negocio de que la gente anduviese a cachetes por sus reliquias,
pero al fin el orador, que tampoco es menos que un catedrático
de prima, le compara a Salomón. Y en verdad que pienso
dejarle a mis sobrinos como la alhaja más preciosa
de mi herencia, mandando expresamente en el testamento que
le archiven entre los papeles más importantes de la
familia; y aun no estoy ajeno de hacer a mi costa otra impresión,
si pinta bien la venta de los carneros. Pero prosiga vuestra
reverendísima, porque le oímos con gusto.
15. -Digo, pues -continuó el padre abad-, que aun
tolerada en algunas partes la costumbre de predicar sermones
de honras a los que en vida no tuvieron las costumbres más
arregladas, pero se hicieron recomendables por otras prendas
naturales dignas de estimación, parece a muchos hombres
discretos (cuyo dictamen no me atrevo a reprobar) que están
en ellos muy fuera de su lugar las noticias eruditas, gastadas,
como dicen, a pasto y muy de intento, especialmente aquellas
que se toman de los funerales del paganismo. -Pues, ¿cómo
se ha de bandear el pobre orador sin ese socorro? -preguntó
fray Blas. -Yo se lo diré a vuestra paternidad -respondió
el padre abad. 16. »Como se bandeó San Gregorio Nacianceno
en su admirable oración fúnebre predicada en
las honras de San Basilio, cuando llegó a tratar de
su universal pericia en casi todas las ciencias. Ya ve vuestra
paternidad que esto pertenece puramente a las prendas intelectuales
y naturales. Pues, sin distraerse el Santo a noticias impertinentes,
ni hacer ostentación de alusiones importunas, va haciendo
una noble descripción de las ciencias que poseía
con gran perfección el gran Basilio, insinuando al
mismo tiempo con artificioso disimulo una admirable instrucción
para que los oyentes aprehendiesen el modo de poseerlas,
sin descuidarse de enseñarlos cómo habían
de usar de ellas con utilidad. Contentome mucho este
hermoso trozo de la oración, aun leído en la
versión latina, que sin duda perdería no poco
de su elegancia original en la lengua griega. Tradújele
en castellano, y aun le tomé la memoria, por si acaso
se me ofrecía alguna vez aprovecharme de él.
Y a fe que han de tener ustedes la paciencia de oírmele,
porque no les ha de disgustar. Dice, pues, así: 17.
»¿Qué ciencia, qué facultad hubo en que Basilio
no estuviese muy versado, y tan versado como si se hubiese
dedicado a ella sola? De tal manera las poseyó todas,
que jamás hubo quien poseyese una sola con igual perfección;
y con tanta eminencia se hizo dueño de cada una, que
parecía ignoraba todas las demás. Y esto, ¿por
qué? Porque a un ingenio tan sutil como elevado añadía
una aplicación tan continua como laboriosa, medio
único para adquirir el imperio sobre las ciencias
y las artes. Su ingenio pronto, rápido y penetrativo
hacía al parecer ocioso su estudio infatigable, y
a vista de su continuo estudio parecía inútil
la rápida perspicacia de su ingenio. Sin embargo,
juntó la una con la otra con tanto empeño,
que dejó neutral la admiración, sin saber a
cuál de las dos partes debía aplicarse más,
si a la elevada viveza de su ingenio o al tesón incansable
de su estudio. ¿Quién pudo competir con Basilio en
la retórica, aquella divina arte que en todo respira
fuego? Superior a los retóricos más célebres
en el inimitable uso de los preceptos, pero muy desemejante
de ellos en las costumbres. ¿Quién le excedió
en la gramática, aquella arte de hablar correctamente,
que pule y forma la lengua para el griego más castizo,
aquella que recoge la historia, preside a la poesía
y, como suprema legisladora, publica e intima leyes para
el metro? ¿Quién en la filosofía, ciencia verdaderamente
sublime, que se eleva a lo más alto de la naturaleza,
ya se considere aquella noble parte suya que se dedica a
la práctica y experimental indagación de las
verdaderas causas que producen los efectos naturales, ya
se atienda aquella otra que se entrega toda a la especulación
en las disputas, sutilezas y argumentos lógicos, que
comúnmente se conoce con el nombre de dialéctica?
En ella sobresalió tanto Basilio, que si alguna vez
la necesidad le empeñaba en la disputa, su argumento
no tenía solución; y era más fácil
al adversario burlarse del más intrincado laberinto,
que desembarazarse de su réplica. Por lo que toca
a la astronomía, geometría y aritmética,
se contentó con saber lo que bastaba para que los
peritos en estas facultades le mirasen y le oyesen con respeto.
Lo demás lo consideró como inútil a
la profesión de un sabio religioso y serio, que en
sus estudios buscaba el provecho, y no la curiosidad. De
manera que tanto se debe admirar en Basilio lo que no quiso
estudiar, como lo que escogió para aprehender». 18.
»Aquí tienen ustedes un elogio limitado precisamente
a prendas o virtudes naturales, que a un mismo tiempo deleita
e instruye, persuade y mueve, sin el fárrago de erudición
o de noticias triviales que un predicador de los que se usan
fácilmente embutiría en los varios puntos que
toca San Gregorio Nacianceno; un elogio que no rozándose,
o rozándose apenas, con las virtudes cristianas, no
obstante, se pronunció dignamente en el púlpito
más grave y a vista del auditorio más autorizado
y más serio. Pues, ¿quién quita que a imitación
de éste se formen otros muchos, cuando en los sujetos
cuyos funerales se celebran no hay que alabar sino prendas
naturales o virtudes puramente morales, que aunque no son
mérito para la vida eterna, son imitables por útiles
a la sociedad civil? 19. -Y si ni aun eso se halla en el
difunto -dijo fray Gerundio con algún sacudimiento
y retintín, como que él se había visto
en ese caso-, ¿de qué ha de echar mano el triste predicador?
-Penetro, padre fray Gerundio -respondió el padre
abad-, todo el énfasis de la pregunta, que no es tan
inocente como parece. Confieso a vuestra paternidad que mi
primo el escribano, ni fue canonizable, ni se hizo muy visible
por otros talentos de la línea natural que logran
alguna recomendación entre los hombres. Por eso tuve
lástima del orador que había de predicar sus
honras, luego que me avisaron de su última disposición;
y aun él mismo se hizo cargo de la dificultad, cuando
por conocerla dejó una limosna tan cuantiosa al predicador,
atento al apuro en que se había de ver para encontrar
en él algo digno de alabarse. Pero digo que aun en
este apretado lance hay en la retórica ciertos lugares
comunes, y todos graves, de que puede y debe echar mano el
orador para formar su panegírico fúnebre sin
dispendio del tiempo, sin perder el respeto al púlpito
y con utilidad del auditorio. -¿Y qué lugares son
ésos, padre reverendísimo? -preguntó
fray Gerundio. -Yo se los diré a vuestra paternidad
-respondió el padre abad. 20. »Los que llaman de
la persona y se pueden reducir a cuatro capítulos:
a las prendas del cuerpo, a las del alma, a la nobleza o
méritos de sus antepasados, y al oficio, empleo o
ministerio que ejerció el difunto cuando vivo. En
el cuerpo se puede considerar la proporción, gentileza,
simetría o hermosura, la agilidad, la robustez, la
fortaleza, etc. En el alma, el entendimiento, la penetración,
el juicio, la prudencia, etc. En la nobleza o méritos
de sus antepasados, todas las hazañas que los hicieron
recomendables. En el oficio o empleo, la superioridad, la
exactitud, la aplicación, los medios, los fines, la
utilidad, etc. -Pues, ¡qué! -interrumpió fray
Blas-. ¿También se ha de hacer asunto en el púlpito
de que el difunto no había sido corcovado ni contrahecho,
sino galán y bien apuesto, parándonos en si
fue ágil o pesado, torpe o industrioso, buen jinete
o mal jinete, etc.? ¡Valiente impertinencia! -Allá
va esa mosca -dijo el comisario dando un resoplido. -Yo
me sacudiré de ella -respondió con serenidad
el padre abad. 21. »Sí, padre fray Blas, cuando no
hay otra cosa mejor de que echar mano, puede el orador valerse
de las prendas corporales, con tal que lo haga con la debida
gravedad, circunspección y decencia. ¿No se celebran
en la Escritura las fuerzas corporales de Sansón?
¿No se elogian los hermosos cabellos de Absalón? ¿No
se aplaude la agilidad de Saúl y su destreza en el
manejo del arco? ¿No se ensalza el primor con que David hería
las cuerdas del arpa? ¿Y cuántas veces habrá
celebrado vuestra paternidad en sus sermones la hermosura
exterior de la humanidad de Cristo, y habrá hecho
algunas pinturillas o descripciones de la singular belleza
de la Santísima Virgen? Y del juicio que supongo en
vuestra paternidad no quiero creer que sus descripciones
o pinturillas habrán sido tan profanas, tan escandalosas,
tan sacrílegas como las que yo he oído más
de una vez a muchos predicadores, que en lugar de pintar
a la Reina de las Vírgenes y Madre de la pureza, parece
que hacían el retrato de una Helena incendiaria o
de una Venus provocativa. Cavendum est -dice a este intento
una pluma igualmente celosa que elegante- ab ineptiis eorum
qui in laude gravis personae, ut Beatae Virginis, vernante
styli lascivia speciem aliquam Helenae efformare nituntur.
22. »¿Qué cosa al parecer más indiferente
que la agilidad y la destreza en el ejercicio de la caza?
Con todo eso, se alaba mucho, y no sin razón, en la
historia de varios príncipes que fueron eminentes
en este ejercicio, dedicándose a él con moderación
y por provechoso pasatiempo, sin declinar en el extremo de
una pasión desordenada y viciosa. Tales fueron Mitrídates,
Adriano, Carlomagno, Enrico y Alberto, emperadores los tres
últimos de Alemania. Nicetas ensalza con los mayores
elogios a la emperatriz de Constantinopla, Eufrosina, mujer
del emperador Alejo Ángelo; porque en la intrepidez
y en la destreza de la caza de cetrería, no sólo
igualaba, sino que excedía a los más hábiles
cazadores de su tiempo. Ni en los nuestros nos faltan ejemplares
de augustísimas princesas que no dan menos muestras
de su pericia y de su valor en el bosque, que de su penetración
y de su profunda política en el gabinete, tan felices
en los aciertos de la escopeta como diestras en la puntería
de los negocios. Lo que se aplaude en la historia, ¿por qué
no se podrá elogiar dignamente en el púlpito?
23. »Dije dignamente, y lo dije con reflexión; porque
para que se hagan decente lugar en la cátedra del
Espíritu Santo estas prendas naturales, siempre es
menester elevarlas a motivos superiores, insinuando que aquellos
que las poseyeron, o las enderezaron, o debieron enderezarlas,
a fines útiles a la religión, o cuando menos
al estado. Un orador medianamente diestro puede fácilmente
instruir con arte a su auditorio en los medios de elevar
a fines de superior orden las acciones más regulares
y más indiferentes. No salgamos del ejercicio de la
caza. ¿Quién quita ponderar la oportuna ocasión
que ofrece la soledad para el recogimiento, los varios objetos
inocentes del campo para levantar el corazón a Dios,
la velocidad, el furor, la astucia y aun la valentía
de las mismas fieras para mil reflexiones conducentes a la
utilidad del alma o al prudente gobierno de las operaciones
en la vida civil? Sabemos que San Francisco de Borja, cuando
duque de Gandía, era aficionadísimo a la caza
de cetrería, en la cual ejercitaba mil virtudes diferentes,
ya la mortificación, retirando de repente la vista
cuando más la convidaba la diversión del objeto;
ya el sufrimiento, tolerando, sin quejarse, así las
fatigas del campo como los reveses de los temporales; ya
una profunda meditación, sacando utilísimas
consideraciones de la velocidad con que el halcón
se disparaba a la presa, de la docilidad con que a la primera
insinuación del reclamo se restituía a la gándara,
de la fidelidad con que presentaba la caza a su legítimo
dueño, refrenando su natural voracidad por cumplir
con su obligación y con su agradecimiento. 24. »Aun
en el gentilismo tenemos un bello trozo del Panegírico
de Trajano, que puede servir de instrucción a cualquiera
cristiano orador para dirigir a la religión el elogio
de las prendas naturales. «Eres -dice Plinio el Joven- diestrísimo
en la caza. Úsasla con moderada frecuencia. Parece
recreo, y no es más que mudanza de fatiga. Tienes
por alivio lo que sólo es mudar de trabajo. Interrumpes
algunas veces los cuidados del gabinete. Mas, ¿para qué?
Para penetrar los bosques, para perseguir las fieras, aun
en los más profundos senos de sus lóbregas
cavernas; para trepar por riscos y breñas inaccesibles,
sin más auxilio que el de tus pies, sin otras huellas
que las que estampan tus plantas. Y esto, ¿en qué
viene a parar? En que con sobrescrito de diversión
ejercitas la piedad, visitando aquellos sagrados lugares,
y saliendo al encuentro a los dioses titulares que los presiden
y los protegen»: Quod si quando cum influentibus negotiis
paria fecisti, instar refectionis existimas mutationem laboris.
Quae enim remissio tibi nisi lustrare saltus, excutere cubilibus
feras, superare immensa montium juga et horrentibus scopulis
gradum inferre nullius manu, nullius vestigio adjutum atque
inter haec pia mente adire lucos et occursare numinibus?
25. -Y si el bueno del difunto
-replicó el socio- no tuvo ninguna destreza ni habilidad,
sino para comer, beber, pasearse y vita bona, ¿adónde
ha de acudir el angustiado orador por los elogios? -¿Adónde?
-respondió el abad-. A su profesión o a su
oficio; pues no hay oficio ni profesión que no dé
abundante materia para celebrar, si no al que la ejercitó,
al modo con que debe ejercitarse y a los fines a que debe
dirigirse; lo que todo redundará en provechosa enseñanza
del auditorio. 26. -¿Y parécele a vuestra reverendísima
-dijo fray Blas- que se encuentran ahí a la puerta
de la calle los elogios de todas las facultades y de todas
las profesiones? -¡Jesús! -respondió el abad-.
No hay cosa más a mano, ni tampoco más de sobra.
Cualquiera autorcillo que escribe sobre el todo o la parte
de alguna facultad, oficio o empleo, comienza colocándole
más allá de las nubes; pues o el prólogo,
o el primer capítulo, cuando muchas veces no sea la
mayor y la más inútil parte de la obra, se
reduce por lo común a recoger todo cuanto se ha escrito
en recomendación de la materia que trata de su antigüedad,
de su nobleza, de su necesidad, de su suma importancia; tanto,
que al leer la introducción del más despreciable
folleto sobre alguna parte de cualquiera de las facultades,
y aun artes u oficios mecánicos, un lector incauto
se persuade a que no la hay más noble, más
importante ni más necesaria. A este propósito
me acuerdo que siendo muchacho leí cierto librete
sobre las fiestas que había hecho en una ciudad el
gremio de los sastres, con ocasión de un retablo que
había costeado el mismo gremio. El autor, así
en la introducción como en lo restante de la obrilla,
juntó o esparció tantos y tan magníficos
elogios de este oficio; sobre todo se inculcó tanto
en su antigüedad y nobleza, probando, a su parecer concluyentemente,
que éste era el primero que se había ejercitado
en el mundo, siendo Adán y Eva los primeros sastres,
fundado en aquellas palabras del capítulo del Génesis:
Cumque cognovissent se esse nudos, consuerunt folia ficus,
et fecerunt sibi perizomata, que convencido yo a lo mismo,
faltó poco para que no me metiese a sastre. 27. -Tan
bajos pensamientos como ésos -interrumpió el
socio- nunca los tuve yo; pero tanto como dedicarme a boticario,
no me faltó un tris para hacerlo desde que leí,
en cierto papelejo sobre la confección del alquermes,
que el Espíritu Santo era el verdadero fundador de
las boticas; por cuanto Él es el que inspira el conocimiento
de la virtud de los simples y el modo de elaborarlos, añadiendo
que por eso las quintas esencias, que son los medicamentos
más activos, se llaman espíritus, con alusión
a su divino Inventor. 28. -Chanzas a un lado -continuó
el padre abad-; al gramático, al retórico,
al orador, al poeta, al físico, al matemático,
al músico, al astrónomo, al legista, al teólogo
y, a proporción, a todos los profesores, aun de las
artes u oficios mecánicos, se les puede alabar en
el púlpito con majestad y con decencia por el ejercicio
de sus mismos oficios y facultades. Para hacer el elogio
de un gramático, no hay más que leer a Marciano
Capela, en su libro III; a Diomedes, en la Epístola
a Atanasio; a Diodoro Sículo, en el libro XII, sobre
las leyes de Carondas, y a Suetonio, De illustribus grammaticis
et criticis. Para el de un retórico y orador, sobre
lo mucho que dice Filón Hebreo en su libro Del querubín,
se puede leer a Lucano, en el poema a Calpurnio Pisón;
a Ovidio, en el libro II Del Ponto, elegía V; a Plinio
el Menor, en el libro II, epístola III; a Séneca,
en el prólogo a las Controversias de Craso Severo;
y también a Ausonio, en su Panegírico a Graciano.
29. »No hay cosa más
de sobra que los elogios de la poesía. Tropiézanse
tantos, que son estorbo más que diversión.
Casi todos los que se encuentran en los modernos son copia
de los que se leen en el Diálogo sobre la oratoria que corre con nombre de Cornelio Tácito, y muchos
creen ser de Quintiliano, donde se dicen muchas cosas en
pro y en contra de la poesía; de los que recogió
Silvio Itálico hacia el fin del libro XI; de los que
se hallan en el Genetlíaco de Luciano, como se ve
en las obras de Estacio; y, finalmente, de lo mucho que dijo
Flórido en el capítulo VII del libro III, Contra
los detractores de los poetas. En amontonar alabanzas de
la filosofía parece que todos han conspirado. Oradores,
poetas, historiadores: Cicerón, Capela, Claudiano,
Sidonio Apolinar. Y todos los que escribieron las vidas de
los filósofos antiguos y modernos, como Eunapio Sardiano,
Porfirio, Filóstrato Lemnio, Amonio Egipcio, Dion
Bitinio, Diógenes Laercio; y, entre los modernos,
Bruquero, Vosio, Jonsi, Capasi y el inglés Tomás
Stanley. 30. »Para poner la medicina sobre los cuernos de
la luna, no es menester más que abrir cualquiera tratadillo
que haya escrito en algún asunto de ella el más
desdichado pedante. A carretadas recoge lo infinito que se
ha dicho de la buena, cuidando mucho de suprimir lo no menos
infinito que se ha declamado contra la mala. Pero, al fin,
por expresar algunas fuentes determinadas, léase la
Vida de Galeno recogida por Julio Alejandrino, los Comentarios
de la nobleza por Andrés Tiraquel, y la Epístola
del ilustrísimo Guevara al doctor Melgar, y encontrará
el orador un almagacén de elogios de la medicina,
que no los ha de consumir en un tomo entero de sermones de
honras a los que han hecho predicar tanto por sus desaciertos.
31. »De las matemáticas sé muy bien lo que
dice San Agustín: Quas multi sancti nesciunt quidem,
et qui etiam sciunt eas sancti non sunt; que «muchos santos
las ignoran, y los que las saben no son santos». Esta sentencia,
que parece dura, no quiere decir lo que suena. Sólo
intenta el Santo significar por ella el grande embeleso con
que esta nobilísima ciencia arrebata hacia sí
a sus profesores, los cuales necesitan de un esfuerzo muy
particular para desviar su atención de las especulaciones
matemáticas, si han de encontrar tiempo para dedicarse
a la meditación de las verdades evangélicas.
Por lo demás, nadie puede negar que el mismo embeleso
con que arrebatan el alma, es un medio tan eficaz como inocente
para desviarla de las pasiones que son los mayores enemigos
de la santidad. Y así apenas se encontrará
matemático sobresaliente que no sea hombre de costumbres
irreprehensibles. Por eso casi siempre va sobre seguro el
elogio de estos profesores; y para formarle prestan sobrados
materiales Platón en su Timeo, Aristóteles
en muchos lugares de sus obras, Alcínoo en el Isagoge
a la doctrina de Platón. 32. »Un músico tiene
mil capítulos que le pueden hacer justamente recomendable.
Sólo con pasar los ojos por el bello panegírico
que Casiodoro hace de la música en el tratado que
dirigió a Boecio Patricio, libro II, Variarum, hay
copia de escogidos materiales para celebrar a los que profesan
esta preciosa facultad. Y el que no se contentare con éstos,
puede leer al ya citado Marciano Capela en todo el libro
IX. De los jurisconsultos y de los teólogos no hablo,
porque es menester que sea muy ignorante el que no sepa que
se puede formar una grande librería compuesta precisamente
de los elevados y merecidísimos elogios con que todos
los han engrandecido. 33. -No se fatigue más vuestra
reverendísima, -dijo a esta sazón el comisario-;
que aunque yo le estaría oyendo con grandísimo
gusto desde aquí a mañana, me causa congoja
el miedo de que se canse. -Pues yo -añadió
fray Gerundio-, con licencia de usted y sólo por oír
a su reverendísima, tengo de hacerle todavía
una pregunta. Y si el difunto, no sólo no sobresalió
en prendas algunas cristianas, morales o naturales, no sólo
no fue eminente en la facultad que profesó, ni en
el oficio que ejerció; sino que en la religión
fue un mal cristiano, en la facultad un zopenco y en el oficio
un mal hombre, ¿qué ha de hacer el orador sino refugiarse
al sagrado de la erudición? 34. -El caso es algo
apretado -respondió el padre abad-, pero no tanto
que no tenga salida. Entonces puede hacer lo que se refiere
en la vida de San Antonio de Padua, caso que no pueda excusarse
de predicar a sus honras, que será el arbitrio mejor.
Obligaron al Santo a predicar en las de un usurero: quitose
de cuentos, no disimuló el torpe vicio de que había
adolecido públicamente el difunto, declamó
vehementemente contra él; y ponderando aquel texto
de la Escritura, Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum:
«Donde está tu tesoro, allí está tu
corazón», para probar la verdad de este oráculo,
dijo con instinto superior, que acudiesen al cofre donde
el difunto tenía su tesoro, y que hallarían
su corazón en él. Hízose así,
encontrose efectivamente, trájose a la iglesia
con espanto de todos; y a vista de aquel desdichado corazón,
hizo el Santo un sermón de ninguna utilidad para el
difunto, pero de grandísimo provecho para los vivos.
35. »En la vida del capuchino y apostólico misionero
fray José de Carabantes se refiere otro caso muy parecido.
Dícese en ella que estando un religioso de la misma
Orden para predicar el sermón de honras de cierto
ministro de justicia, se le apareció rodeado de llamas
la noche antecedente, y le dijo: «No prediques mis honras,
sino mis deshonras; porque te hago saber que así,
yo como todos los que hemos tenido cargo de justicia en este
pueblo por espacio de cuarenta años, estamos ardiendo
en el infierno». Con efecto: éste fue el sermón
que predicó, dándosele poco de que los parientes
del difunto se diesen por ofendidos, como se diesen por avisados
y por escarmentados ellos y los demás. No se puede
aconsejar en cerro que se haga lo mismo siempre que la vanidad
o la lisonja insistan en que se prediquen honras de sujetos
cuya vida fue notoriamente desordenada y escandalosa. Para
eso era menester un espíritu tan iluminado y una santidad
tan reconocida como la de San Antonio de Padua; pero a lo
menos debe guardarse bien el orador de tocar en las costumbres
del difunto, porque o ha de mentir, o ha de escandalizar.
Mucho mayor cuidado ha de poner en huir de suponerle en estado
de gracia, ponderando fuera de tiempo la infinita misericordia
del Señor; porque el auditorio incauto y sencillo,
y también el que no lo es, oyendo desde el púlpito
las imprudentes conjeturas de que se salvó un hombre
de tan mala vida, entra en la necia confianza de que igualmente
se podrán salvar los que le imitaren en sus desórdenes.
36. -Pues, ¿qué partido juicioso -preguntó
el socio- se podrá tomar en ese apurado lance? -El
que debiera seguirse -respondió el abad- en casi todos
los sermones de honras, especialmente las que se dedican
a sujetos que no hubiesen sido de una virtud singular, notoria
y generalmente reconocida: desviar enteramente la atención
de aquel difunto particular y fijarla en todos los fieles
difuntos. Quiero decir, ponderar la terribilidad de las penas
del purgatorio; el rigor con que se castigan las más
leves culpas con los más graves tormentos; la indispensable
obligación que todos tenemos de aliviar con nuestros
sufragios a las almas que los padecen, siendo esta obligación
mayor o menor según la mayor o menor conexión
de los vivos con los difuntos; el sumo reconocimiento de
aquellas afligidas almas respecto de todos los que contribuyen
a aliviarlas; su grande poder con Dios, cuando se vean en
el descanso eterno de la gloria, y concluir de aquí
demostrativamente que nosotros interesamos mucho más
que ellas en los sufragios que las ofrecemos; porque nuestros
sufragios a lo más podrán anticipar una felicidad
de que ya están aseguradas, pero su poderosa intercesión
con Dios nos podrá asegurar a nosotros esa misma felicidad
que aún está expuesta a tantas contingencias.
Nosotros podremos conseguir que salgan cuanto antes del purgatorio;
ellas podrán alcanzar que no caigamos jamás
en el infierno. He aquí unos materiales copiosísimos
para disponer muchos sermones de honras, aun en la muerte
de los hombres más forajidos. 37. -No son malos -dijo
el comisario, ahuecando la voz entre resoplido y regüeldo-;
pero si no se ilustran los tormentos del purgatorio con algo
de la rueda de Ixión, con un poco de los perros de
Anteo, con un rasgo de los buitres de Prometeo, con mucho
del toro de Fálaris y, sobre todo, para pintar bien
la pena de daño, con buen recado de la sed de Tántalo
a la vista del cristalino chorro, es negocio de dormirse
el auditorio, y si los ronquidos no valen por sufragios,
no hay que esperar otros. -Soy de esa opinión -añadió
fray Blas. -Nunca me apartaré de ella -prosiguió
fray Gerundio. -Padre nuestro, perdimos el capítulo
-concluyó el socio. -No perdimos tal -respondió
el abad-; porque yo no hice empeño de traer a mi opinión
al señor comisario, ni a estos reverendos padres,
conociendo bien ser empresa muy superior a mis fuerzas. Dije
mi dictamen por modo de conversación, y en lo demás
cada cual abunde en su sentir. -Esto es -añadió
el socio-, cada loco con su tema. 38. »Pero como yo estoy
convencido de lo que vuestra paternidad ha dicho y, por lo
que a mí toca, con firme resolución de no separarme
un punto de sus máximas, sólo quisiera saber
qué autor o autores podría seguramente imitar
en las oraciones fúnebres, y si ha habido alguno sobresaliente
y cabal en este género de composiciones. 39. -Usted,
que entiende medianamente la lengua francesa -respondió
el padre abad-, o a lo menos sabe de ella lo que basta para
el gasto de casa, no ignorará que hay escrito en ella
mucho y bueno de esta especie. Apenas hallará oración
fúnebre pronunciada en esta lengua, singularmente
de un siglo a esta parte, que no sea un bello modelo de la
más castiza y aun de la más cristiana elocuencia.
San Francisco de Sales fue de los primeros que abrieron este
noble camino a la oratoria francesa, en la tierna oración
fúnebre que predicó en las honras del duque
de Mercurio. La que el padre Bourdaloue pronunció
en las del gran príncipe de Condé, Luis de
Borbón, parece que apuró todos los primores
del arte. Pero el que entre todos los oradores franceses
se elevó en este género de elocuencia a tan
superior altura, que no parece posible se remonte más
el vuelo de algún orador humano, fue el grande Espíritu
Fléchier, obispo de Nimes, excediéndose singularmente
a sí mismo en la célebre oración al
vizconde mariscal de Turena. Si después se acercó
alguno a este grande hombre, fue el ilustrísimo señor
don Pedro Francisco Lafitau, obispo de Sisteron, en la que
pronunció en las honras de nuestro gran rey Felipe
Quinto, que al punto se tradujo en castellano, sirviendo
de ejemplar a pocos y de confusión a innumerables.
40. »Verdad es que en este punto no están franceses
tan indulgentes como yo, a lo menos en todos los artículos.
Porque suponen, lo primero, que las oraciones fúnebres
no se hicieron para el púlpito; el cual las adoptó
a regañadientes, viendo que la lisonja, o cuando menos
la condescendencia con los grandes, se empeñaban en
introducirlas en el santuario. En esto no me separo mucho
de ellos. Suponen, lo segundo, que para celebrar dignamente
a un héroe es menester que sea también héroe
el orador; porque, no siéndolo, no puede tener ideas
ni expresiones proporcionadas al mérito ni a la grandeza
de su objeto. De manera que el auditorio ha de estar como
indeciso, no sabiendo determinar cuál es mayor héroe
en su línea, si el héroe del púlpito,
o el héroe de la campaña, del gabinete o del
solio. Consiguiente a esto, suponen, lo tercero, que en materia
de oraciones fúnebres no se sufren medianías:
o han de ser excelentes o son intolerables. Si el auditorio
no está embelesado, tiene derecho para silbar al orador.
Esta máxima me parece que inclina demasiado al rigorismo,
y no mudo de opinión porque diga Tulio en la carta
a Marco Bruto que eloquentiam quae admirationem non habet,
nullam judico; que «mientras el orador no asombra, no es
orador». Más acá hay posada: como llegue a
agradar, a persuadir y a mover, cumplió bastantemente
con su obligación. 41. »Suponen, lo cuarto, que los
grandes empleos, los primeros puestos, la autoridad, la nobleza,
la sabiduría, el genio, el valor, el heroísmo,
ni aun el mismo trono, mirados precisamente en sí,
no son asuntos dignos de un orador cristiano; y que para
serlo es menester que el orador haga reflexión a su
inanidad, a su inconstancia, inspirando en el auditorio el
ningún aprecio que merece este vano humo, útil
sólo cuando se usa de él para fines elevados
y superiores. Tampoco me atrevo a desviar de este dictamen,
porque le hallo muy conforme a los principios de la religión
y aun fundado en las más sólidas máximas
de una buena filosofía moral. Éstas son las
severas leyes que los franceses se proponen para sus oraciones
fúnebres, y es cierto que los más se arreglan
admirablemente a ellas. 42. »Pero no crean ustedes que ellos
solos las observan, y que no tengamos nosotros dentro de
casa algunos bellos ejemplares que imitar, sin necesitar
de mendigarlos afuera. Sin salir de la Universidad de Salamanca
hay modelos muy acabados. El amor de la cogulla no me permite
olvidar a nuestro maestro Vela, a quien arrebató la
muerte cuando el mundo comenzaba a conocerle. En dos o tres
oraciones fúnebres que predicó y se dieron
a la luz pública, mostró su raro talento para
este género de composiciones, en que sin duda compitió
con los más nobles oradores. El reverendísimo
padre Salvador Ossorio de la Compañía de Jesús,
catedrático de aquella Universidad y provincial de
la provincia de Castilla, fue muy singularmente buscado para
este género de empeño; y salió de ellos
con tanta felicidad, que casi todos los sermones fúnebres
que predicó se dieron a la estampa, aun menos para
inmortalizar la memoria de los difuntos que para la enseñanza
de los vivos y para admiración de los sabios. Varias
veces me he lamentado de que algún sujeto celoso de
la gloria de nuestra nación no hubiese hecho una colección
de estas oraciones, para que tuviésemos en España
un funeral que pudiese hombrear con los más célebres,
que tanto ruido meten en las naciones extranjeras. 43. »En
la corte de Madrid se predicaron también nobles oraciones
en las exequias del gran rey Felipe Quinto. No hablo de todas,
porque algunas inquietarían las cenizas de aquel piadosísimo,
juiciosísimo, y advertidísimo monarca, si fuera
capaz de turbarse el descanso de sus reales despojos, que
con gran fundamento considera la piedad como preludio del
eterno y glorioso que algún día los espera.
Entre otras, muy dignas del mayor aprecio, me arrebató
la atención y el gusto la que pronunció el
doctor don José de Rada y Aguirre, capellán
de honor de Su Majestad, su predicador de los del número
y hoy dignísimo cura de su real palacio. Díjola
en las exequias que consagró a la memoria tierna de
aquel gran monarca su Real Congregación de María
Santísima de la Esperanza. Su asunto fue un nobilísimo
cotejo de las gloriosas hazañas de príncipe
con las heroicas virtudes de cristiano, protestando el discretísimo
orador que aquéllas sin éstas serían
materia indigna para un elogio pronunciado al pie de los
altares. Confieso que me embelesó aquella noble oración,
y que es grande mi dolor de que muchos oradores españoles
se desvíen tanto del verdadero camino de elogiar dignamente
a los difuntos con aprovechamiento de los vivos, cuando tienen
a la vista conductores tan seguros. 44. Al decir esto se
hallaron todos dentro de casa, de vuelta del paseo, que no
fue corto, porque insensiblemente los fue empeñando
en él la divertida conversación. Y si la cercanía
de la noche no les hubiera avisado de que era tiempo de retirarse,
es de creer que el reverendo padre abad nos hubiera enriquecido
con otros muchos materiales igualmente preciosos y oportunos
sobre una materia de tanta importancia. Lo peor del caso
fue que perdió el aceite y el trabajo; porque, según
atestiguan concordemente varios documentos innegables, sólo
el socio se aprovechó de la doctrina. Los demás
la oyeron con grandísima frescura. El comisario dijo
entre dientes, volviéndose hacia fray Blas: -No me
encaja. Fray Blas respondió: -Topo. Y fray Gerundio
añadió: -Viva el Florilogio, y muérase
la peste.
Fray Gerundio de Campazas
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