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    Signa [Publicaciones periódicas] : revista de la Asociación Española de Semiótica. Nº 8, Año 1999
    
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Signa

Revista de la Asociación Española de Semiótica, 1999. Nº 8

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Estado de la cuestión

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Panorama de la semiótica en el ámbito hispánico (II): España

José Romera Castillo (ed.) [12] [13]



Presentación



José Romera Castillo

Director de Signa



1 ESPAÑA E IBEROAMÉRICA

     Signa. Revista de la Asociación Española de Semiótica -por iniciativa mía- se ha propuesto realizar unos estados de la cuestión sobre la semiótica en el ámbito hispánico, con el fin de dar cuenta, de un modo sintético, de lo que se ha llevado a cabo en el campo de los estudios semióticos tanto en España como en otros países que utilizan el español como lengua de comunicación.

     La primera entrega, puede leerse en José Romera Castillo (ed.), «La semiótica en el ámbito hispánico (I)», aparecida en Signa 7 (1998), 11-135. Tras la «Presentación» de José Romera (15-16), aparece la contribución de Lucrecia Escudero, «La Federación Latinoamericana de Semiótica ¿Existen los semiólogos latinoamericanos?» (17-36) -donde se hace una pequeña historia de la Institución que acoge en su seno a las diversas Asociaciones de Semiótica de Latinoamérica, incluidas las de Brasil, España y Portugal-, siguiéndole diversos estados de la cuestión referidos a diferentes países de América: Rafael del Villar, «La semiótica en Chile» (37-64); Adrián S. Gimate-Welsh, «Los estudios semióticos en México» (65-84); Eliseo R. Colón, «La semiótica en Puerto Rico» (85-89); José E. Finol y Dobrila Djukich, «La semiótica en Venezuela. Historia, situación actual y perspectivas» (91-106); Marisol Álvarez, «La semiótica en Uruguay» (107-120) y Claudia González Costanzo, «Uruguay: sendas semióticas» (121-135).

     Esta segunda parte la dedicamos a España. Posteriormente me referiré a ello.

     A estas dos entregas, quisiéramos añadir otra para completar el panorama de la semiótica en el ámbito hispánico, siempre que los investigadores (de Argentina, Colombia, Cuba y Perú), a los que les he solicitado su colaboración, envíen los panoramas respectivos de los citados países. Nuestra revista Signa ha acogido en sus páginas esta labor de investigación -y de difusión- con gran complacencia. España e Iberoamérica, ante todo, una vez más unidas muy estrechamente en una tarea común.



2. ESPAÑA Y EUROPA

     España, históricamente, ha tenido una recia presencia en Europa, no sólo en el terreno político, sino también en el ámbito intelectual y cultural, que es lo más significativo. En el plano del pensamiento, destacan una serie de figuras que van desde los humanistas castellanos, Antonio de Nebrija y los hermanos Juan y Alfonso Valdés, pasando por Luis Vives, Francisco de Vitoria, etc.; en el ámbito de la literatura, se llega a un Siglo de Oro resplandeciente con Miguel de Cervantes, San Juan de la Cruz, Quevedo, Góngora, Lope de Vega y Calderón de la Barca -por poner unos botones significativos de muestra-; y en la pintura -además del mecenazgo de los reyes con el Tiziano, Veronés, Rubens, Van Dyck, etc.- sobresalen el Greco y Velázquez.

     Un amplio proceso europeísta -con sus luces y sus sombras- que, con el tiempo, va disminuyendo y de una actuación exógena se fue pasando a una visión más endógena, que fue sacudida, a fines del siglo XIX, con el gran terremoto que significó el movimiento de intelectuales del 98 -de 1898- y la pérdida del imperio. Como consecuencia de aquella situación, surgió en el panorama cultural español un conjunto de intelectuales y escritores (Unamuno, Baroja, Antonio Machado, Valle-Inclán) que unió a su excelencia literaria su amor por un ideal regenerador y europeísta de la nueva -entonces- España.

     Un europeísmo propugnado de varias formas. De un lado, el que pregonaba uno de los escritores del grupo, Pío Baroja, quien ponía en boca de uno de los protagonistas de su trilogía europea, Agonías de nuestro tiempo -en la novela, Las veleidades de la fortuna-, durante una tertulia en Zurich, lo siguiente: «el poder hablar y entenderse con hombres de otros países me da la impresión de que aún somos europeos, no asnos de noria que dan siempre la misma vuelta». De otro, el que defendía con recia firmeza uno de los grandes pensadores y escritor señero, Miguel de Unamuno, que, desde la Universidad de Salamanca, en 1887, lanzaba la idea de la españolización de Europa, como única manera, a su vez, de europeizar España.

     En la actualidad, España -como en el siglo XVI, aunque de otra forma- se integra, en esencia, afortunadamente, en la casa común europea tanto por pertenecer a las Instituciones supranacionales de ella como por las corrientes intelectuales que en la misma afloran. España ha sido un crisol de culturas a través de los siglos (iberos, griegos, fenicios, romanos, cartagineses, árabes, judíos, cristianos...) que ha aportado a Europa, a América -sobre todo, el tesoro de su lengua- y a otras partes del mundo parte de su caudal cultural, así como ha recibido, a su vez, caudalosas corrientes de las culturas de diferente índole.

     Por su parte, Europa -la Europa de nuestros días- no se puede concebir de otra manera que como una casa común (una comunión, una simbiosis), de todos sus pueblos y culturas, a la que cada uno de ellos -en mayor o menor medida- ha ido aportando lo mejor de sus esencias con el fin de articular una causa común.

     En esta empresa comunitaria, la semiótica -como corriente de pensamiento, al estudiar las interacciones humanas sea cual sea el sistema sígnico utilizado- no podía estar ausente y España ha participado, en mayor o menor medida, en su establecimiento y difusión.

     El pensamiento semiótico en España no es empresa de hace poco tiempo, sino que, por el contrario, tenemos ilustres pensadores que contribuyeron, en su prehistoria, a fundamentar la teoría de los signos y que, por lo tanto, se configuran como claros precursores del mismo. Por ejemplo, alrededor del siglo XIII, imperando la Escolástica, se esboza una teoría en torno a la palabra como signo convencional de las cosas y expresión de los conceptos, así como se considera el lenguaje como un conjunto de signos, siguiendo las pautas de San Agustín. En esta dirección destacan, por ejemplo y por un lado, Pedro Hispano, quien en sus Summulae logicales intenta sustituir un lenguaje natural por otro artificial y científico de contenido más amplio y estable en sus relaciones; y de otro, Raimundo Lulio (R. Lull), que intentaría establecer un método universal que fuese válido para todas las ciencias o ars magna, utilizando un verdadero lenguaje formalizado.

     Pero es en la actualidad cuando la semiótica, instituida como ámbito de estudio, también ha tenido un caldo de cultivo muy significativo en España. Por ello, acepté muy gustosamente el encargo de la coordinación de un número monográfico de S. European Journal for Semiotics Studies / Revue Européenne d'Études Sémiotiques / Europäische Zeitschrift für Semiotisches Studien -publicada por Institute for Semiotic Studies de Viena (Austria), con la cooperación de Österreischische Gesellschaft für Semiotik / Austrian Association for Semiotics ÖGS/AAS, Institute of Philosophy de la Universidad de Budapest (Hungría), la Asociación Española de Semiótica (España) (1) y el Séminaire de Sémiotique de l'Université de Perpignan (Francia)-, bajo el rótulo de Semiotics in Spain, que se publicará en 1999 en la mencionada revista. El mismo estado de la cuestión -salvo el artículo de Manuel Breva Claramonte (2)- lo reproducimos ahora en español, ya que aunque algunas de las contribuciones del número monográfico de la revista austriaca estuviesen redactadas en español -la razón es muy obvia: la lengua española es una lengua europea de gran número de hablantes y, sobre todo, tiene cada vez más una fuerte presencia en todos los foros internacionales-, la mayoría de ellas lo fueron en inglés y francés.

     Lo importante, creo, es que la semiótica europea se españoliza, como la semiótica española se europeiza, compartiendo manjares y bebida (muy especialmente el vino, a cuya devoción el mismísimo Sócrates no pudo resistirse) en ese banquete común, en el que lo particular se ha metamorfoseado en sustento general de todos y para todos. Buen provecho...



3. PANORAMA DE LA SEMIÓTICA EN ESPAÑA

     El presente panorama, aunque inicialmente fuese concebido para Europa, sin embargo razones de mayor calado han hecho que pueda ser de gran utilidad, además, tanto para Iberoamérica como para el resto del mundo.

     En este sintético panorama no están todos los que son, pero sí son todos los que están. Hemos dividido el panorama que aquí se presenta en varios apartados: en el primero, se abordan los orígenes del pensamiento semiótico a través del trabajo de Francisco Calero, «Dos grandes europeístas españoles del siglo XVI: Luis Vives y Andrés Laguna», sobre estos dos prestigiosos pensadores españoles. En el segundo, Miguel Ángel Garrido, en «Más sobre el Congreso de Madrid», realiza un balance de lo que aportó un magno encuentro de investigadores sobre la semiótica y el hispanismo en general.

     Tres artículos se refieren a la Asociación Española de Semiótica: José M.ª Pozuelo Yvancos, «La Asociación Española de Semiótica (AES): crónica de una evolución científica», revisa la historia de la gran Asociación que agrupa, desde 1984, al mayor número de investigadores de la Semiótica en toda España; Alicia Yllera analiza la labor de «Signa. Revista de la Asociación Española de Semiótica» y José Romera Castillo pormenoriza el contenido de los siete números de la citada publicación.

     A continuación se pasa revista a otras Asociaciones Autonómicas de Semiótica, en los trabajos de Manuel Ángel Vázquez Medel sobre la «Asociación Andaluza de Semiótica» y Ángel Acosta Romero sobre «La revista Discurso. índices (1987-1998)», el órgano de expresión de la citada Asociación; por su parte, Teresa Velázquez García-Talavera y Charo Lacalle Zaldueno, en «La Semiótica en Cataluña», y José María Paz Gago y Pilar Couto Cantero, en «La Semiótica en Galicia: la Asociación Gallega de Semiótica», hacen unos estados de la cuestión de los estudios semióticos en estas dos Autonomías españolas. Falta el panorama de la Asociación Vasca de Semiótica, solicitado reiteradamente a José María Nadal, quien se comprometió a realizarlo, aunque lamentablemente no lo ha llevado a cabo (3). [18]

     Finalmente, José Romera Castillo, en «El Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED», informa sobre las actividades llevadas a cabo por este puntero centro de investigación semiótica en España.



4. FINAL

     La lengua española, como se reconoció por votación mayoritaria en el sexto congreso de AISS -celebrado en Guadalajara (México), del 13 al 18 de julio de 1997- será, junto con el inglés y el francés, otro de los instrumentos de comunicación entre la comunidad semiótica universal. La justicia, que se le representa como ciega, en este caso dio en la diana. En estas dos entregas de Signa -publicadas en sus números 7 (1998) y 8 (1999)- aparecen unos botones de muestra de nuestro quehacer semiótico.

     Con esta iniciativa mía -a la que se han unido de una manera entusiasta los investigadores reseñados y los futuros que intervengan, a los que quiero agradecer sus valiosas colaboraciones-, hemos querido proporcionar a los semióticos de todo el mundo (iberoamericanos, europeos y de otros lugares) el vigor y la firmeza que tienen los estudios semióticos en lengua española, una lengua de cultura y de futuro donde las haya. La posesión de los idiomas puede ser, como nos enseña la Biblia, un regalo -como sucedió con los apóstoles en Pentecostés- o un anatema -como en el caso de los osados constructores de la torre de Babel-. Esperamos que este regalo no sea nunca anatema para nadie, sino, por el contrario, un modo mejor de avanzar conjuntamente en el ámbito de los estudios semióticos universales. Que así sea...

jromera@flog.uned.es [19]



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Dos grandes europeístas españoles del siglo XVI: Luis Vives y Andrés Laguna



Francisco Calero

Universidad Nacional de Educación a Distancia



1.UNIDAD Y DIVISIÓN EN LA EUROPA DEL RENACIMIENTO

     Aunque la unión de los pueblos que integran el viejo continente (de viejo nombre también, pues aparece ya escrito en los inicios del siglo VI a. C.) ha llegado a realidades parciales en pleno siglo XX (unión económica primeramente), en el primer tercio del siglo XVI se soñó con la idea de la unidad de Europa. En efecto, a pesar de que por esos mismos años se estaba despertando la conciencia de las nacionalidades, adquirió fuerza también la percepción de los elementos unitivos o cohesivos. Tales elementos eran, sobre todo, el cristianismo y la idea imperial mantenida en la casa de los Habsburgo. Pues bien, esas fuerzas unitivas iban a converger por una serie de circunstancias históricas en España. [20]

     Los reinos medievales hispanos, fortalecidos por su lucha contra el Islam, habían desembocado en los inicios de la Edad Moderna en la unión protagonizada por los Reyes Católicos. Su hábil política exterior tuvo como resultados que el príncipe don Juan se casase con Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano, mientras su hermana Juana lo hacía con Felipe el Hermoso, también hijo de Maximiliano. Además, la princesa Isabel se casó con el rey de Portugal y Catalina lo hizo primero con Arturo de Inglaterra y después con su hermano Enrique. Como consecuencia de estas uniones Carlos de Gante, hijo de Felipe el Hermoso y de Juana de España, se convirtió en el heredero de las casas de Habsburgo y Borgoña, por una parte, y, por otra, de los reinos de Castilla y de Aragón.

     Así, pues, las fuerzas unitivas europeas en los inicios del siglo XVI, esto es, el cristianismo y la idea imperial, encontraron su baluarte en España y en su rey, que también se convertiría poco después en emperador.

     Frente a las fuerzas unitivas, que favorecieron la comunicación, el diálogo y los diversos intercambios entre las gentes, surgieron por los mismos años unas fuerzas disgregadoras como son la penetración en Europa de los turcos otomanos, las guerras entre Carlos V y Francisco I y, finalmente, el enfrentamiento de Lutero con la jerarquía católica. Ninguno de los intelectuales de la época hizo tanto por solucionar esa triple problemática como el español Luis Vives, quien dedicó buena parte de sus energías a restablecer los cauces del diálogo entre Carlos y Francisco, a veces por medio de Enrique VIII. De ahí se puede deducir la talla intelectual y moral de nuestro humanista, que merece ser considerado el europeo por excelencia.

1.1. La cristiandad como aglutinante de Europa

     La propagación del cristianismo está íntimamente relacionada con los avatares del Imperio Romano: por una parte, la libertad religiosa concedida por Constantino (313) y, por otra, la gran extensión del Imperio contribuyeron decisivamente a la extraordinaria expansión de la religión cristiana. También tuvo su importancia la desintegración de las estructuras del Imperio a lo largo de los siglos IV y V, que supuso la desaparición del Estado en cuanto fuerza cohesiva en una geografía [21] tan amplia, la anulación del sistema jurídico protector de los derechos de los ciudadanos, el parcial olvido de las conquistas científicas y técnicas de la antigüedad, así como una gran disminución del nivel cultural en todos los estamentos. En esas dramáticas circunstancias el cristianismo que, a pesar de ser una creencia, se había impregnado de la filosofía greco-romana y de la cultura clásica en general, se convirtió en depositario de los escasos restos culturales de la antigüedad. Por esta razón ejerció una gran influencia en todos los aspectos de la vida, hasta el punto de que la sociedad civil, sin otros vínculos, llegó a organizarse bajo el signo de la religión, que unió a los creyentes a través de las fronteras.

     Uno de los principales artífices de la internacionalización de la iglesia fue el papa Gregorio Magno (509-604), a quien J. Fontaine, el gran especialista en la época visigótica, ha denominado Un fundador de Europa, pues contribuyó eficazmente a la extensión del cristianismo con el envío de misioneros a Inglaterra, como posteriormente se haría a Rusia, Noruega, Suecia, Polonia, Hungría y Lituania.

     En el siglo VII iba a surgir un enemigo y competidor del cristianismo, el islam. Su inesperada y rápida expansión por Asia Menor, norte de África y España consiguió que se acentuara la unidad cristiana, y contribuyó a que Europa se fuera convirtiendo en la tierra del cristianismo, sobre todo, desde la caída de Jerusalén en manos turcas (1071). La acentuación de la conciencia de la unidad cristiana, a la que se fueron añadiendo otros elementos de carácter extrarreligioso, llevó a la creación de un término destinado a una amplia difusión: Christianitas «cristiandad», cuyo origen y significado fue estudiado de forma magistral por Denis Hay (1957). Al contrario del cristianismo, cristiandad no va significar el conjunto de dogmas y creencias, sino la unión de los fieles junto con adherencias territoriales, políticas e incluso de raza. Aunque no llega a producirse la equiparación de religión y política, lo cierto es que en el siglo IX se inicia la progresiva identificación de Europa y cristiandad, favorecida por la contraposición con el islamismo.

     Durante los siglos XII y XIII apenas es utilizado el nombre de Europa, mientras aumenta el uso de Christianitas o sus equivalentes respublica christiana, orbis christianus. Por otra parte, como ha señalado J. Quillet (1982: 338), esta progresiva identificación de Europa y cristiandad constituyó un paso decisivo para la aparición de una conciencia europea en los comienzos del siglo XV. Y nadie como Luis Vives ha reflejado en sus escritos la identificación de Europa y cristiandad. [22] Es muy significativo que el nombre Europa aparezca en el título de dos de sus escritos, De tumultibus Europae (1522) y De dissidiis Europae et bello turcico (1526), así como en la recopilación de tratados de carácter político, De Europae dissidiis, et Republica (1526). Por esta razón A. Fontán, el investigador que más se ha ocupado del análisis del pensamiento político de Vives, afirma: «Quizá quepa al valenciano el honor de haber empleado por primera vez, o con más énfasis que nadie a principios de la Edad Moderna, la voz Europa con la significación de una entidad humana colectiva de bien diferenciada personalidad» (Fontán, 1986: 38).

     Todavía en 1543 aparece claramente la identificación de Europa y cristiandad en el segundo de los autores nombrados en el título de este trabajo, el Dr. Laguna:

          Por lo cual, distinguidos varones, no habrá ninguno de vosotros que se imagine haber entrado en este palacio para recrear su espíritu, o para oír algo divertido, sino más bien para lamentar, llorar y deplorar conmigo la extremadamente funesta desolación de toda la República cristiana... (Laguna, 1543:119).           

1.2. La idea imperial

     La concepción del imperio en la época que estudiamos es continuación de la medieval, tal como se plasmó en el Sacro Imperio Romano Germánico, y está muy relacionada con la primera fuerza unitiva, esto es, la cristiandad. La razón es que el imperio no debía estar fundamentado en la fuerza y en la coacción, sino en la libertad y en el amor cristianos. Es en este sentido en el que la idea imperial puede ser entendida como vínculo de unión, si bien puede dar origen también a enfrentamientos y guerras. De hecho es lo que pasó entre Carlos y Francisco, al pretender ambos la corona imperial a la muerte de Maximiliano, pero en este apartado nos detendremos un poco en el primer aspecto, esto es, en el unitivo.

     Por tradición dinástica Carlos V era depositario de la concepción medieval del imperio, pero en su actuación se han descubierto elementos nuevos, que han suscitado el interés de los historiadores. No es posible resumir aquí las numerosas páginas escritas al respecto de Rassow (1932), Brandi (1944), Menéndez Pidal (1940 y 1979), Maravall [23] (1960), Jover (1963), Braudel (1966), Lapeyre (1971) y Abellán (1997). Las últimas líneas de investigación se mueven en la idea de que las actuaciones de Carlos no responden a una concepción monolítica, sino que hubo evolución, que ha de ser descubierta en función de la cronología. Lo que sí parece cierto es que en su primera etapa Carlos se movió por los ideales cristianos de paz y de unidad.

1.3. La invasión turca

     Entre las fuerzas disgregadoras de Europa hay que poner la penetración de los turcos en tierras europeas, no sólo por ir sometiendo a su dominio importantes extensiones de territorio, sino también por dar origen a divisiones entre los príncipes cristianos, alguno de los cuales estableció alianzas con los tradicionales enemigos de la cristiandad. Mientras a los representantes del poder de la época, incluidos los papas, lo que les preocupaba fundamentalmente era la consolidación y extensión de sus dominios, el pueblo cristiano y los intelectuales se mostraban angustiados por la proximidad de los turcos.

     Para entender mejor esa angustia es conveniente recordar los hechos más sobresalientes del avance turco, que se inscriben entre la profunda conmoción que supuso la caída de Constantinopla (1453) y el asedio de Viena (1529). Los treinta años del reinado de Mohamed II (1451-1481) sirvieron para consolidar el poderío otomano. El hecho decisivo fue la toma de Constantinopla, capital del Imperio oriental, con lo que eso suponía para la desmoralización de la cristiandad. A esa importantísima conquista vinieron a sumarse las de Trebisonda, Karmania, el resto de la península anatólica y, ya en Europa, Grecia, Albania, las islas del Egeo, buena parte de Servia, de Bosnia y de Herzegovina.

     Ante aquellos terribles acontecimientos se adoptaron posturas muy diversas. Para unos la solución estaba en la puesta en marcha de una nueva cruzada, que fue iniciada en 1518 por el papa León X. Para otros no había que hacer nada sino resignarse ante la voluntad de Dios, que enviaba a los turcos para castigo de los pecados. Una tercera posición, si bien con divergencias, estaría representada por tres grandes pensadores de la época: Erasmo, Lutero y Vives. Como no podía ser menos, los tres estuvieron profundamente preocupados por esa problemática, [24] y los tres escribieron de forma seria y nada panfletaria sobre su solución: Vives, el primero, De Europae dissidiis et bello turcico (1526), De concordia et discordia in humano genere (1529), Quam misera esset vita christianorum sub Turca (1529); después Lutero, Von Kriege wider die Turcken (1529), Eine Heerpredigt wider den Turchen (1529); finalmente Erasmo, Utilissima consultatio de bello Turcis inferendo (1530). Los tres coinciden en que es justa la guerra contra los turcos, así como en que la Iglesia no debe capitanear la lucha sino los reyes, y principalmente el emperador.

1.4. Guerras entre Carlos V y Francisco I

     Ya hemos aludido a una de las causas de enfrentamiento entre ambos monarcas, esto es, la aspiración a la corona imperial, por la que lucharon con malas artes. Este es el imparcial testimonio de Vives:

           Entre tanto el emperador Maximiliano muere. Por la elección de emperador luchan Carlos y Francisco con sobornos y enormes sumas para ganarse a los electores, como si estuviesen comprando una mercancía en vez de un reino (Vives, 1526: 60).           

     Había otros motivos de confrontación, que emanaban del difícil equilibrio entre ambas potencias hegemónicas, salidas de unas guerras muy largas (reconquista de la península ibérica y guerra de los cien años respectivamente) con ánimos de conquista. Sus reyes, Francisco I y Carlos V, estaban enemistados personal y dinásticamente, por haberse apoderado Francia de Borgoña. A esta conflictiva situación se añadía el vacío de poder en Italia, producido por el retraso en la acomodación de las repúblicas medievales a los estados modernos. En esas circunstancias era natural el enfrentamiento por la posesión y dominio de Italia. Por lo que se refiere a Francia, tras la victoria de Francisco en Marignan (1515), el Milanesado pasó a ser francés. En cuanto a España, ya era dueña desde el siglo anterior del reino de Nápoles.

     Durante cuarenta años (1519-1559) fue continua la confrontación entre Francia y España, exceptuando sólo algunos períodos de tregua. No es necesario aquí entrar en los detalles del desarrollo del conflicto, [25] que culminó en la elección imperial y en la batalla de Pavía (1525). Ni la elección de Carlos como emperador (1519), ni la prisión de Francisco lograron domeñar al francés, quien según los diversos avatares bélicos contó con la alianza de Enrique VIII, de Venecia, del papado, e incluso de los turcos.

1.5. El enfrentamiento de Lutero con la jerarquía católica

     Si difícil fue la situación política de los inicios del siglo XVI, todavía lo fue más la religiosa, que tuvo como terrible consecuencia la división de la cristiandad, con todo lo que eso supuso para la ulterior historia europea.

     Los orígenes del problema religioso hay que situarlos en los siglos finales de la Edad Media con el cisma de occidente, con la venta de las indulgencias, con el absentismo de los obispos, con la escasez e incultura del clero, etc. Por todas partes se percibía el deseo de reforma, y de hecho se llevaron a cabo algunas iniciativas dentro de la iglesia, como las del cardenal Cisneros en España.

     Fuera del ámbito de la jerarquía eclesiástica, el movimiento humanista cristiano dio muestras inequívocas de ese anhelo de renovación que se percibía en todo el pueblo cristiano; alimentado en las enseñanzas de las Sagradas Escrituras y en las de los autores clásicos, el humanismo cristiano criticó con espíritu reformista ciertas prácticas y corruptelas de la Iglesia; no de otra forma han de ser interpretadas las críticas al papado por parte de Erasmo en Moriae encomium y en Enchiridion militis christiani, de T. Moro en su Utopia, así como del propio Vives en De Europae dissidiis et bello turcico.

     En ese ambiente de decadencia y corrupción cualquier chispa podía desencadenar el incendio; y así fue, en efecto, pues no se puede dudar de los buenos deseos de reforma por parte de M. Lutero, con su espíritu angustiado por la salvación eterna, y su inmersión en la lectura de los autores místicos como medio de hallar luz en medio de tanta oscuridad. Cuando el 31 de octubre de 1517 clavaba las 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg, el monje agustino no podía imaginar las consecuencias que iban a tener. Aun sin pretenderlo su autor, sus tesis adquirieron una difusión inmediata por medio de la imprenta, encontrando amplia resonancia en las gentes del pueblo; en [26] cuanto a los poderosos, sólo el elector Federico de Sajonia prestó apoyo y comprensión a Lutero.

     La reacción de la Iglesia fue unánime en contra de las tesis luteranas, llegando a la excomunión en el verano de 1520. A partir de entonces León X trató de que llevara la iniciativa el recién elegido emperador, Carlos V, ya que lo religioso había empezado a mezclarse con lo temporal; en efecto, los príncipes alemanes, temerosos de su independencia frente al gran poder de Carlos, buscaron en las ideas reformistas apoyo para sus pretensiones políticas. De esta forma la reforma religiosa de Lutero se convirtió en un quebradero de cabeza para el joven emperador, quien, con todo, siempre veía posibilidades de solución al conflicto. Con esa intención convocó a Lutero a la dieta de Worms (1521), que terminó sin los resultados apetecidos. Tras el intento de acuerdo pacífico en la dieta de Augsburgo (1530) y la formación por parte de los reformistas de la Liga de Smalkalda (1530), se llegó a la paz de Nüremberg (1532). La victoria de Carlos V en Mühlberg (1547) no tuvo ninguna consecuencia positiva, por lo que, tras el Interim de Augsburgo (1548), se llegó a la Paz de Augsburgo (1555) con el reconocimiento de la libertad religiosa de los estados.

2. LUIS VIVES, EL EUROPEO POR EXCELENCIA

     En una Europa tan conflictiva como la que acabamos de describir Luis Vives desempeñó un papel importantísimo, como lo ha reconocido el profesor italiano Mario Sancipriano: «Es necesario despreciar el prejuicio de que la política de los humanistas fuese siempre utopía, sueño de ciudad del sol o quimera; ¡fue política real, aunque trajese inspiración de una idea que contrastaba con los hechos sólo para mejorarlos! Y de tal sentido de equilibrio es máximo intérprete un filósofo español, J. L. Vives, que por su carácter y su propia biografía de ciudadano europeo puede constituir el mejor intérprete de esa política real que no desdeña una inspiración ideal» (Sancipriano, 1957: 631).

     Ese papel no se debió ciertamente a su poder de decisión, sino a su influencia sobre las personas más poderosas del momento. En efecto, gozó de la amistad de Carlos V y Enrique VIII, quienes junto con Francisco I y los papas fueron los ejecutores del destino de Europa [28] durante muchos años. Vives dio consejos a Carlos, a Enrique y a Adriano VI, por no citar más que a las más altas personalidades. En muy pocas ocasiones a lo largo de la historia un personaje ha gozado, como gozó Vives, de la amistad y del respeto de reyes enemigos, y Vives supo aprovechar esa influencia para hacer una Europa pacificada y unida. De todos los humanistas fue Vives el que tuvo una conciencia más clara de Europa, como queda demostrado por el hecho de que és el que más veces emplea la palabra Europa como equivalente a cristiandad, con lo que eso significaba en las aspiraciones a la paz y a la unidad de todas las naciones cristianas. Piénsese, por hacer una comparación llamativa, que en toda la extensa obra de Erasmo no aparece Europa con ese significado ni una sola vez. Por eso nos podemos preguntar con M. Bataillon: «¿Por qué, al buscar en el umbral de la Edad Moderna un personaje representativo de Europa, acude el nombre de Erasmo al espíritu?» (Bataillon, 1968: 1).

     Al interrogante de Bataillon se podría contestar que eso ocurre porque la figura de Luis Vives ha sido menos estudiada que la de Erasmo. Pero Vives no es menos representativo de Europa que el holandés, pues en él encontramos el europeísmo sutil en la forma de pensar, el europeísmo vital en sus variadas residencias (España, Francia, Bélgica, Inglaterra), el nombre de Europa con frecuencia en sus escritos e incluso en el título de algunos, y, sobre todo, la vivencia de Europa unida por el cristianismo. Por eso Vives ha sido denominado por A. Fontán «europeo de dimensión universal» (Fontán, 1992: 28).

     Como consecuencia de lo dicho, se puede afirmar sin ningún patrioterismo que en Vives podemos reconocer al europeo por excelencia del Renacimiento, incluso por encima de Erasmo. La amplitud de miras de su espíritu le permitía amar a la vez a España (que lo crió), a Francia (que lo educó), a Bélgica (que lo aceptó como suyo), a Inglaterra (donde vivió lo mejor y lo peor de su vida), a Portugal (donde fue querido por su rey y estimado por su pueblo), a Alemania (como baluarte de la cristiandad), a Grecia (por su dolorosa opresión bajo los turcos), a Italia (donde su corazón se dividía). A eso hay que añadir su pervivencia después de muerto: en primer lugar, la influencia de sus ideas pedagógicas en la formación de tantos jóvenes de toda Europa; en segundo lugar, la enorme difusión de sus obras (solamente de su Linguae latinae exercitatio se contabilizan cerca de las cuatrocientas ediciones); finalmente, el hecho de que su vida y su obra sean objeto de estudio no sólo en la vieja Europa sino también en el nuevo continente, al que él mismo hizo tantas referencias. [28]

     Después de lo dicho resulta extraño que en un congreso sobre la conciencia de Europa en los siglos XV y XVI, celebrado en 1980 (La conscience européenne...), no se dedicase a Vives ninguna comunicación. Sin embargo, en otro congreso celebrado pocos años más tarde, en 1985, se le reconoció plenamente su alta significación europea en el discurso inaugural del rector del Colegio de Europa, Hendrik Brugmans, quien recordó que la segunda promoción de estudiantes de ese colegio tan europeo tuvo a Vives como patrón protector (Brugmans, 1986: 5). Además, en la Introducción a las Actas de dicho congreso uno de los mejores especialistas en Vives y en humanismo en general, J. Ijsewijn, reconoció en Vives un espíritu europeo superior al de Erasmo: «Además es en Brujas, donde se encuentra hoy el Colegio de Europa, donde son educados jóvenes en ese espíritu europeo que dominó también el pensamiento de Vives, todavía más que el de Erasmo. En las Actas del Coloquio que se leerán a continuación se encontrará la prueba de la sorprendente actualidad -sin que se deba caer en interpretaciones anacrónicas- de las ideas de Vives en materia de paz y de unidad europeas» (Ijsewijn, 1986: 2).

     Vives no fue sólo el humanista que tuvo una conciencia más clara de Europa, sino que además (y es mucho más importante) fue el que más trabajó por unir a los príncipes cristianos en contra de los turcos, por restablecer la paz entre Carlos V y Francisco I y, finalmente, por evitar y solucionar la escisión abierta por Lutero. Lo iremos viendo en una pequeña selección de sus textos.

2.1.Unión entre los príncipes cristianos contra la penetración turca

     Son numerosos los pasajes en los que Vives se refiere a la necesidad de que los príncipes cristianos se unan para poder evitar el avance turco, como éste De Europae dissidiis et bello turcico:

                Así, pues, únanse para la paz con anterioridad a ese momento y deliberen sobre la salvación común en interés de todos no sea que, mientras siguen luchando con toda violencia, el enemigo común fresco, intacto y fuerte se apodere del vencedor cansado, vencido y quebrantado.           
     Pero nada de eso hay que temer si permanece una fuerte y sólida concordia entre los cristianos, sin la cual no pueden obtener la victoria y salvarse (Vives, 1926: 86). [29]

     Esta decidida postura a favor de la guerra contra los turcos debió parecer a Vives contradictoria con su pacifismo radical; de ahí que en De concordia (1529) matizase su Pensamiento en el sentido de que la guerra sería como un medio de convertirlos al cristianismo:

                Por ello a los que están fuera de la Iglesia y de la comunión de la gracia del Cuerpo de Cristo no deseará el cristiano calamidades, la muerte o infortunios. ¿Qué barbarie es pensar que el ser verdaderamente cristiano consiste precisamente en detestar enérgicamente a los turcos o a otros agarenos? ¿Y se considera mártir quien mata a muchísimos de ellos, como si eso no lo pudiese hacer mejor el más perverso y cruel de los ladrones?           
     Hay que amar a los turcos, por ser hombres, y los han de amar aquellos que quieren obedecer las palabras «Amad a vuestros enemigos»; así, pues, tendremos buenos deseos para con ellos, lo que es propio del verdadero amor, y les desearemos el único y máximo bien, el conocimiento de la verdad, que no conseguirán nunca con nuestros insultos y maldiciones, sino del modo que lo conseguimos nosotros mismos, con la ayuda y el favor de los apóstoles, esto es, con razonamientos adecuados a la naturaleza y a la inteligencia humanas, con la integridad de vida, con la templanza, con la moderación, con intachables costumbres, de forma que nosotros mismos seamos los primeros en mostrar con las obras lo que profesamos y ordenamos, no sea que nuestra vida disconforme los aparte de la creencia en nuestras palabras. Y no sólo tendremos ese sentimiento y ese ánimo para con los impíos que no nos hacen daño, sino para aquéllos mismos que nos persiguen y afligen (Vives, 1529: 295).

2.2. Paz entre Carlos V y Francisco I

     El clima de guerras continuas entre Francia y España tenía a Vives desgarrado, porque era muy grande y sincero su amor por ambos pueblos (Vives, 1529: 172). Su preocupación fue aumentando al ver que estaba próxima la confrontación en Pavía, que vela como algo fatídico:

                Los franceses nada desean más que la paz, vosotros [los ingleses] aborrecéis la guerra, el emperador anhela la tranquilidad y, mientras a tantos repugna la guerra, ésta se ve prolongada, desean la paz y no es posible encontrarla en ninguna parte (Vives, 1526: 127).           

     Después de la derrota de Francisco, Vives no felicitó a Carlos, sino que buscó como intermediario entre ambos a Enrique VIII por medio de una extraordinaria carta, llena de espíritu de concordia: [30]

                Antes de terminar, añadiré una sola cosa que es preciso que no ignores, aunque no dudo que la escuchas o la descubres por deducción: todos los pueblos, según sabemos por la opinión pública y las conversaciones de los hombres, esperan de ti y casi por su propio derecho exigen que, igual que mostraste al mundo el comienzo de la esperanza de la paz, tú mismo la completes, llevando a la concordia al emperador Carlos gracias a tu ascendiente y a tu amistad con él, a fin de que no parezca que esa flor puso de manifiesto una apariencia de paz y una alegría muy breve y sin fruto. Ojalá otorgues al orbe cristiano este gozo, de forma que se deba a ti solamente toda la gloria de la paz devuelta a Europa (Vives, 1526: 48).           

     Unos años más tarde (1529) en la Dedicatoria de su De concordia animaba Vives a Carlos V a llevar a cabo la paz definitiva:

                Nadie duda de que en tu espíritu te has propuesto algo en verdad sólido, una empresa consistente y duradera en la posteridad, una empresa como la desea el mundo, por estar muy necesitado de ella: sin duda la paz entre los príncipes, en la medida de lo posible, firme y perdurable... (Vives, 1529: 53-54).           

2.3. Reconciliación entre católicos y luteranos

     Vives pensaba que la solución del conflicto entre Lutero y la jerarquía católica era más difícil que la de las guerras entre Carlos y Francisco (Vives, 1529: 53). Y así fue en la realidad, ya que todavía no se ha llegado a la reunificación. En los inicios Vives, que no se consideraba teólogo, no mostró interés ante el hecho de la rebelión de Lutero. Pero no tardó mucho en prever las consecuencias para la cristiandad, y desde ese momento trabajó intensamente para que se llegase a un entendimiento entre las partes. Ya en 1522, en la carta que escribió al papa Adriano VI, hizo un exacto diagnóstico del problema y estableció los principios de la solución, que pasaban por la celebración de un concilio. Con extraordinaria lucidez y valentía lo expuso al papa:

                Tú sabes muy bien de qué forma hay que actuar en ese concilio, con gran tranquilidad de espíritu y con indulgencia; investíguese y dictamínese sólo sobre asuntos que se refieran a lo esencial de la piedad y a las buenas costumbres. Los demás, que, al ser discutidos en una u otra dirección, podrán proporcionar motivo de debate a las escuelas y que, defínanse como se definan, no causan ningún perjuicio a la religión o al sistema de las buenas costumbres, llévense a las universidades y a los círculos de discusión y [31] ofrézcanse a la libertad de opinión y a los pareceres de las escuelas. No demos la impresión, mientras nos apoderamos de todo obstinadamente, de que más bien condenamos al que habla que lo que dice (Vives, 1526: 20).           

     En varios pasajes de De concordia vuelve a referirse Vives a las dificultades y a las posibles soluciones (Vives, 1529: 132-134), dando a entender que debió tener problemas él mismo por defender una postura moderada y, en cierto modo, neutral:

                Y, así como cuentan los historiadores que en el campamento de C. Pompeyo estaban Domicio, Apio y algunos otros que pensaban que había que tener por enemigos a los que mantenían una postura intermedia y neutral, de la misma forma en una y otra parte hacer mención de la paz y de la reconciliación suscita las sospechas de favorecer a una de las partes encontradas, como si nadie pudiera desear la concordia si no es actuando en favor de los adversarios. ¿No puede entenderse con claridad que ambas partes han llegado al odio por su propia voluntad, y que no han sido impulsadas a disentir por alguna necesidad? Hablar de algo en grado sumo cristiano, es más, casi únicamente cristiano, desear, aconsejar, procurar lo único que recomendó y mandó Cristo ¿va a ser ajeno al cristianismo? Ninguna parte muestra a la otra señales de benevolencia, todo es hostil, todo amargo, todo de pena de muerte; se lucha con violencia, con la espada, con crueldad, como para arrojar fuera de una posesión al injusto ocupante, y no una desacertada opinión; se lucha por las opiniones, por el mando, por fortunas, por la vida, y no por los dogmas y la dulcísima religión: actuar así es el camino más fácil para echar gente de los campos y de las ciudades, no para sacar las mentes de los errores (Vives, 1529: 213).           

     En resumen, Vives pedía al concilio general lo siguiente:

     1.º Cuidar la selección de las personas intervinientes en atención a su doctrina y moderación.

     2.º No ceder a presiones externas.

     3.º Determinar con precisión qué era lo especial y qué lo discutible en todo el litigio.

     4.º Encontrar fórmulas adecuadas a los elementos esenciales.

     5.º Dejar lo restante a la discusión de las escuelas y universidades.

     6.º No atacar a las personas sino los errores.

     A pesar de sus esfuerzos, Vives murió antes de que se convocase el concilio. Una vez convocado, se desarrolló de forma completamente [32] distinta a como él había propuesto, lo que contribuyó a radicalizar más las posturas.



3.ANDRÉS LAGUNA, O LA LAMENTACIÓN ANTE LA DESUNIÓN DE EUROPA

     No es este el momento de resaltar la importante labor científica llevada a cabo por Andrés Laguna (1510-1559), sino tan sólo de poner de relieve su preocupación europeísta, por la que mereció que M. Bataillon le llamase español europeísmo (Bataillon, 1950: II, 280). Esa preocupación ante los graves problemas por los que atravesaba Europa la dejó plasmada en un librito, titulado Europa eautentimorouméne (imitando el título de la comedia terenciana Eautontimoróumenos), esto es, Europa que se atormenta a sí misma. Normalmente se ha defendido que Laguna pronunció un discurso en Colonia, tal como lo refiere él mismo en la portada de su obra. Sin embargo, creo que eso es una ficción, y que en realidad se trata de un escrito para ser publicado. El Dr. Laguna lo concibió como un diálogo entre Europa y el autor, dando origen a una bellísima pieza literaria.

     Si se compara el contenido de la obrita de Laguna con los escritos europeístas de Vives, se descubre que subyace la misma preocupación por las desgracias de Europa. Sin embargo, se percibe también una profunda diferencia y es que, mientras Vives no defiende la política de Carlos V, el Dr. Laguna hace una apología de la misma. A pesar de eso, lo que predomina en su escrito es el pesimismo ante las desgracias de la vieja Europa, desgarrada por las luchas entre los príncipes cristianos.

     De su lamentación por Europa entresacamos algunos párrafos que nos han parecido especialmente significativos:

                Como me consta que siempre fuiste en extremo amante de mi nombre y que te consumías por mi cariño, oh entrañable amigo... (Laguna,1543: 121).           

     Al aparecer Europa como una mujer desfigurada y horrible, el autor le pregunta por la causa del cambio: [33]

                Me vi obligado a condolerme con aquella a la que antes acostumbraba a prodigar felicitaciones. Habiéndole preguntado la causa de metamorfosis tan radical, me respondió que los príncipes cristianos la habían cambiado de ese modo (Laguna, 1543: 127).           

     Al final de la obra Europa se dirige a los príncipes cristianos para solicitar su compasión, y para pedirles que cesen en sus hostilidades:

                Oh sagrada, oh pía, oh venerabilísima corona de príncipes cristianos, basta y sobra ya de derramamiento de sangre humana. Bastantes sacrificios se han ofrecido a las furias. Demasiado ha sido acatada la voluntad del Orco. Si queda un lugar para las súplicas, si en vosotros hay un rastro de piedad, si me tenéis algo de voluntad, si algún merecimiento tengo ante vosotros, os suplico por estas lágrimas -ya que otra cosa no me queda en mi desdicha-, tened compasión de esta Europa que se derrumba. Prestad auxilio a estos miserables sollozos... Si no os conmueve mi luto, si no os dulcifica mi llanto, si no os suaviza mi lastimosa ruina, muévaos el gemido de vuestro misérrimo pueblo, de cuya sangre están rebosantes mis senos... Mas, si ni aún con esto se ablanda vuestro corazón de piedra, está muy en consonancia con la lógica que os conmueva vuestra propia calamidad (Laguna 1543: 213-217).           


Bibliografía

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Más sobre el congreso de Madrid



Miguel Ángel Garrido

CSIC, Madrid

     Cuando van a cumplirse quince años, se ofrece un balance del Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo, convocado por el autor de este artículo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid en junio de 1983.

     Este congreso marca el comienzo de la difusión generalizada de la semiótica en el ámbito académico de los países de lengua española. Actualmente están disponibles, además de los dos grandes volúmenes de actas (1985, 1986), dos antologías que recogen textos seleccionados de ellas: La crisis de la literariedad (Madrid: Taurus, 1987) y La moderna crítica literaria hispánica (Madrid: Mapfre, 1996).



SEMIÓTICA E HISPANISMO

     En reiteradas ocasiones (Garrido, 1986, 1990; Garrido y Alburquerque, 1996) he escrito sobre la significación que alcanzó el Congreso [38] Internacional sobre Semiótica e Hispanismo que convoqué en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y que se celebró en los días del 20 al 25 de junio de 1983.

     He contado muchas veces el carácter casual de una iniciativa que tuvo tanto éxito. Al observar que en la bibliografía en español se estaba cayendo con frecuencia en usos inadecuados del término semiótica, empleado como guiño valorizador de «lo de siempre», me pareció oportuno reunir a unos cuantos especialistas con los filólogos del hispanismo en busca de una adecuada instrucción.

     Ciertamente ya existía una cierta bibliografía autóctona sobre semiótica como, por ejemplo, los trabajos pioneros de María del Carmen Bobes (1974, 1977), pero nada hacía imaginar el enorme interés que en la comunidad de los hispanistas iba a despertar la convocatoria, que se convirtió en el punto de arranque de la difusión académica de las estrategias semióticas en el mundo hispánico. El Congreso ha hecho historia y resulta oportuna la petición que se me ha formulado de fijar su alcance y significado quince años después. Voy a repetir, pues, y revisar los resúmenes que he hecho en los trabajos que he empezado citando.

     La verdad es que el Congreso, según la convención de lo que se entiende por «hispanismo», estaba dirigido más bien a los filólogos. El carácter «semiótico» se concretaba en dos propiedades: restricción del campo de los estudios admisibles sobre lengua y literatura a sólo aquéllos en los que se adoptaban estrategias semióticas, y apertura de la convocatoria a otros textos o a otros aspectos discursivos no necesariamente literales con los que el trabajo de los filólogos, incluso de los filólogos semiotistas, apenas tenía contactos en el mencionado ámbito y a la altura de aquellos tiempos. La Semiótica invitaba, pues, a la renovación metodológica y a la interdisciplinariedad.

     No todo el mundo entendió con el mismo rigor las condiciones de la convocatoria y los dos enormes tomos de actas de gran formato (Garrido ed., 1985, 1986) acogieron desde trabajos semióticos ajenos a la lengua natural o a la lingüística como trasfondo del paradigma interpretativo empleado, hasta colaboraciones que apenas tienen que ver con la semiótica, aunque sí tuvieran que ver con la filología hispánica (4). [39]

     He establecido en otras ocasiones tres grandes familias de aportaciones al Congreso:

     A) Propuestas o análisis de base semiótica explícita.

     B) Propuestas o análisis retóricos, psicoanalíticos, estructuralistas, etc. cuya apertura a la interdisciplinariedad y, en ese sentido, a la semioticidad era al menos un deseo expresado y una huella en el modelo empleado.

     C) Análisis convencionales (estilísticos, sociológicos, etc.) de textos literarios que se adscribían a la semiótica sólo porque todo texto es síntoma de la sociedad o porque toda poesía es sin duda simbólica, etc.

     En términos absolutos, el apartado B) es el más numeroso y el C), el menos. Repetiré la ironía de que todos los trabajos son «semióticos» por una huella indeleble: aparecen en las actas de un congreso de semiótica.



LA INSPIRACIÓN JAKOBSONIANA

     En el texto que publiqué como post scriptum en el primer tomo de las actas advertía la presencia del paradigma teórico-literario jakobsoniano como trasfondo del diseño previsto del Congreso. A aquel desarrollo que se pretendía partiera de Jakobson se le llamaba «semiótica» porque: a) la preocupación por el signo poético en particular y el signo estético en general en la lingüística jakobsoniana conduce necesariamente a la semiótica (aunque no se podría demostrar la falsedad de la afirmación contraria, o sea, que la apertura de Jakobson a la semiótica sea causa de su atención hacia el signo estético en general y el poético en particular); b) las exigencias de la semiótica literaria son las que le obligaron a modificar los postulados de la teoría saussureana del lenguaje que encontraban contraejemplos en los fenómenos de lengua poética; c) la dimensión semiótica de la lingüística jakobsoniana está en la base del descubrimiento del paralelismo existente entre determinados comportamientos (sincrónicos y diacrónicos) de la serie lingüística y otras series culturales.

     El carácter de totalidad en el que Roman Jakobson inscribe sus investigaciones, quizás debido a su inspiración en Husserl, según estudia [40] Holenstein (1974: 61-86), conduce a la apertura semiótica general a través de los siguientes círculos concéntricos:

     a) Estudio de la comunicación de los mensajes verbales o lingüísticos.

     b) Estudio de la comunicación de mensajes de cualquier tipo o semiótica (dentro de la cual están comprendidos también los mensajes verbales).

     c) Estudio de la comunicación o antropología y ciencia económica (dentro de la cual se comprende la comunicación de mensajes) (Jakobson, 1970: 37).

     d) Ciencia biológica de la comunicación: los modos y formas de comunicación utilizados por los múltiples seres vivientes (cf. Jakobson, 1970: 45).

     Precisamente la poética jakobsoniana es una semiótica, porque sus recursos no se limitan al arte verbal según prueba así:

     a) A lo largo de la historia se han podido convertir leyendas medievales en frescos y miniaturas, piezas de música en arte gráfico, novelas en filmes, epopeyas en cómic, etc.

     b) El poder juzgar de la adecuación o inadecuación de las ilustraciones de una obra literaria presupone la base de comparación entre artes diferentes.

     c) La periodización de la historia literaria es, muchas veces, paralela a la periodización de la historia del arte en general. Es obvio que un concepto como barroco, por ejemplo, va mucho más allá de la literatura.

     d) El procedimiento básico de los tropos (metáfora y metonimia) se produce, también, en muy varios dominios de las artes (cf. Jakobson, 1958: 348-349).

     El hecho de que haya rasgos de la poética que pertenecen a la teoría general de los signos o semiótica, confirma el principio de totalidad al [41] que nos hemos referido y es, a la vez, naturalmente, consecuencia de dicho principio.

     El paso de gigante que Jakobson, la lingüística praguense y sus continuaciones en los años sesenta, supusieron en la teoría del lenguaje en general y la lengua poética en particular (Todorov, 1977: 339-352) por la productiva relación que se establece entre los rasgos inmanentes del mensaje y su inserción en el proceso comunicativo, ha tenido el mérito de poner de relieve lo ineludible que resulta atender también, además de a la sintaxis y a la semántica, a la dimensión pragmática. Es más, a partir de aquí, se ha visto claro que esta dimensión no debe ser abordada (por hablar así) a continuación de la sintaxis y de la semántica, sino por el contrario, antes, como presupuesto del sentido que se le ha de otorgar al contenido semántico del mensaje según enseña la escuela de los actos del lenguaje. Estamos en el comienzo de una indagación del uso literario de la lengua que toma la elaboración figurativa sólo como una de las condiciones calificadoras del hecho de comunicación (Pratt, 1977).



LAS PONENCIAS GENERALES

     La selección de los ponentes fue un tanto aleatoria, ya que el primer interviniente previsto, Roman Jakobson, moría un año antes, a I. Lotman no le permitieron acudir las autoridades de la entonces Unión Soviética, Th. A. Sebeok y U. Eco estuvieron ausentes por problemas de calendario y A. J. Greimas no llegó a ser invitado por culpa de un lamentable equívoco. No obstante, el diseño que llegó a ser definitivo tenía algo que ver con el trasfondo filológico de la convocatoria, al resultar vinculada la serie de conferencias plenarias con la tríada de los géneros literarios, más la cuestión del espectáculo cuya inevitable presencia por el género teatral supone además unos de los puntos en que las ventajas de una aproximación semiológica se toman más evidentes.

     Lázaro Carreter describió la consistencia de la instancia emisor a propósito de la lírica. Defendió que todo poema ha sido creado para significar algo muy concreto, que la medida de esa significación -su sentido- está en la intención del poeta y que, por tanto, la historia no puede ser olvidada en esta investigación. [42]

     Nos encontramos, pues, con una referencia a la historia, escandalosa para cierta primitiva semiología, pero congruente con el subrayado de la importancia de lo contextual, «pragmático», en la producción del significado.

     El «yo» estudiado en la conferencia de Todorov se inserta en otro marco: «la presencia del autor en su discurso, dijo, se medirá, no en nombre del los 'yoes' de los cuales sembrará sus páginas, sino por la distancia entre su pensamiento y la opinión común (...) Todo autor se ve conducido a generalizar y ejemplificar, a practicar la simetría, la gradación y el contraste, a afrontar además las objeciones que podría suscitar (...). La exigencia de armonía tiene valor de idea y el sentimiento de las proporciones proviene de la preocupación por el sentido».

     Sin duda, la primera instancia (mirando de izquierda a derecha) en el proceso de la comunicación puede ser considerada «fuente» del proceso, pero sólo puede ser interpretada con auxilio de los códigos históricos de los que se sirvió el emisor, sólo es generadora de mensaje en colaboración con el lenguaje, realidad que es, por definición, intersubjetiva, o sea, que postula, como acabamos de leer en Todorov, un receptor y que, por consiguiente, también es fundamentalmente pragmática.

     En relación con las comunicaciones que requieren una «puesta en escena», G. Bettetini subrayó que «la semiótica se aplica sobre todo a la comunicabilidad de un texto; a su configuración de malla distributiva de un saber que se difunde en sus recorridos de sentido y que se coloca en el intercambio comunicativo entre enunciador y enunciado». Más adelante afirma la necesidad de elaborar de manera precisa esas dos nociones, la de sujeto enunciador y de sujeto enunciatario, siendo éste último «la imagen del receptor que el texto construye».

     H. Weinrich se ocupó de la narración. Según él, se detecta en la historia de la cultura europea «un cruce de dos movimientos semiológicos, uno descendente de desnarrativización y otro ascendente de novela triunfante» y dentro de esos dos movimientos se observan -continúa- «desplazamientos secundarios en dirección opuesta, a saber, de temporalización en las ciencias, de espacialización en las novelas, con la finalidad en ambos lados de dominar juntos el gran problema de la memoria cultural moderna, a saber, la abundancia de datos disponibles».

     Sin entrar en la cuestión de si estos procesos son propios de la cultura europea o más amplios, está claro que la semiosis narrativa se articula [43] mediante unos mecanismos universales. A éstos atiende Brémond como veremos.

     Cl. Brémond se planteó un problema técnico, que resulta especialmente importante desde el punto de vista del filólogo: «la cuestión de si la unidad narrativa fundamental se caracteriza por una estructura interna invariante y por una función contextual variable o, al contrario, por una estructura interna variable y por una función contextual fija». Mediante una relectura del sistema actancial de Tesnière (1959: 102) propuso un modelo de «proposición narrativa elemental» que entraña «tanto elementos relativamente estables que puedan servir para definir el motivo en su generalidad, como elementos más variables que pueden o servir para definir submotivos que especifiquen el motivo en sub-corpus o caracterizar variantes únicas, apax, en la periferia del motivo».

     C. Segre, que tenía a su cargo la conferencia titulada «La naturaleza semiótica del texto», recordó «la unión biunívoca entre competencia lingüística y competencia textual: la segunda se puede realizar solamente a través de la primera, la primera no admite por sí sola la unión de frases en enunciados (...). Más completa, y ya se ha intentado, sería una representación de todos los elementos en juego (que) desembocaría en un modelo de la producción de unidades comunicativas». También, pues, esta ponencia se alinea en la opción pragmática de investigación de la producción del significado.

     El breve repaso de las ponencias pone de manifiesto la superación del paradigma jakobsoniano desde el que se convocaba, la apertura de nuevas líneas de investigación en la semiótica teatral, la escasa presencia de la llamada Escuela de París (Coquet et al., 1982), entonces tan en boga, así como de la sociosemiótica, y lo minoritario, por las razones dichas, de las semióticas no literales. Ciertamente, leyendo las comunicaciones se matizan mucho estas impresiones que, sin embargo, siguen siendo fundamentalmente válidas.

     Así las cosas, determinadas aportaciones de los sucesivos simposios de la Asociación Española de Semiótica, nacida por iniciativa de José Romera Castillo al calor del Congreso, pueden considerarse provocadas por éste en cuanto suponen, en unos casos, una continuidad y, en otros, un complemento que llena el vacío que se había hecho notar. Consagraremos a tres ejemplos significativos los epígrafes siguientes (5). [44]



SEMIÓTICA TEATRAL

     Entre las líneas de indagación semiótica abiertas en el Congreso y que han tenido posteriormente fecunda continuidad, me parece destacable la comunicación leída por J. L. García Barrientos en el II simposio de la AES en Oviedo (1988) que plantea una semiótica teatral basada en la oposición, establecida ya incluso antes del congreso, entre las categorías de «escritura» y «actuación» (García Barrientos, 1981).

     A partir de la definición del teatro como espectáculo y del espectáculo (Kowzan, 1970: 25) como conjunto de modelos comunicativos cuyos textos son comunicados en el espacio y en el tiempo, se distinguen, según las categorías dichas, los espectáculos accionados, como el teatro, de los espectáculos escritos (grabados, registrados o percibidos en diferido) como el cine. El espectáculo exige la presencia en un mismo espacio y durante un tiempo compartido de una materia viva que se exhibe (ya sea animal, como en la pelea de gallos; humana, como en el número de trapecistas; o mixta, como en la tauromaquia) y de un grupo humano que asiste a la exhibición. En el caso del teatro es el ser humano en su integridad (no parcialmente como el cantante o el contorsionista) el que se ofrece como materia de espectáculo.

     Así, la presencia y el presente configuran esencialmente lo específico de la situación comunicativa en cualquier actuación. En efecto, el hecho de que sea necesaria la presencia real de actores y espectadores para que se produzca el espectáculo implica la simultaneidad de momentos en emisión y recepción o sea, el presente, lo que, insiste García Barrientos, se opone a la situación comunicativa de los espectáculos escritos o grabados como el cine que cristalizan en un producto objetivo. Aquí, la producción es anterior a la recepción, el tiempo es el pasado, los receptores contemplan la reproducción del espectáculo en ausencia del autor, del director en el caso del cine. Los actores de la comunicación cinematográfica no son propiamente tales, sino ectoplasmas de quienes fueron actores en otra ocasión; no son sujetos, sino partes de un objeto o sujetos de una historia objetivada. Como en el caso de la literatura, el espectáculo cinematográfico no es modificable de ninguna forma por el hecho de su recepción, no tiene un destinatario concreto; su receptor previsto no es nadie y son todos, es, también como en la literatura, como en el poema, un receptor universal. El teatro, como toda actuación, se caracteriza semióticamente por la presencia de dos elementos necesariamente enfrentados, verdaderos sujetos [45] del espectáculo, que se denominan actor y público. Ambos están separados por el espacio de intersubjetividad y, así, el teatro como el discurso en la acepción de Benveniste (1966), reposa enteramente sobre el juego de identificaciones cruzadas, sobre el vaivén asumido del yo y del tú (Metz, 1975: 303), del actor y del público.

     Si hasta aquí se expresan unas líneas que pueden definir las comunicaciones de «actuación» frente a las comunicaciones de «escritura», un segundo desdoblamiento permite, también según García Barrientos, diferenciar el teatro de las restantes comunicaciones de actuación. Se trata de definir la situación teatral por la presencia efectiva de unos actores frente a un público en un espacio y un tiempo compartidos, siempre y cuando cada uno de estos cuatro elementos se encuentre afectado de un desdoblamiento que permita distinguir un actor, un público, un espacio y un tiempo de la representación, de un actor, un público, un espacio y un tiempo representados.

     No es preciso seguir hasta el final el razonamiento de la comunicación que venimos transcribiendo parcialmente para darnos cuenta de lo que puede suponer salir de la perspectiva de las escrituras para situarnos en la de las «actuaciones». El giro pragmático del que hemos hablado como característico del Congreso adquiere una nueva luz en trabajos posteriores como éste. Drama y tiempo (1991) del mismo autor presenta la primera parte de una teoría ya perfilada.



SEMIÓTICA VISUAL

     La escasez de otras semióticas que no están hechas con palabras encuentra un complemento en el III Simposio de la AES de 1988. En efecto, J. M. Klinkenberg (1990) ofrece un programa completo de una retórica de los mensajes visuales en el seno de una elocutio retórica general cuyas conexiones con la semiótica resultan explícitas. Los dos primeros puntos consisten en: a) elaborar las reglas de segmentación de las unidades visuales y b) elaborar las reglas de lectura de los enunciados.

     Estos dos primeros puntos, nos dice, no son específicamente retóricos, sino propiamente semióticos. Ciertamente, se trata de una semiótica visual que, a pesar de los esfuerzos de muchos investigadores, sigue encontrando muchas dificultades para diferenciarse nítidamente [46] del discurso de la crítica del arte, una semiótica, pues, que no ha logrado el equilibrio deseable entre la generalidad y la aplicabilidad.

     A este respecto, Klinkenberg subraya que, aunque la perspectiva semiótica suponga la hipótesis de que el sistema visual posee una organización interna autónoma, no se debe rehusar la ayuda de las ciencias positivas como la fisiología de la visión, o de las ciencias humanas como la psicología de la forma. Tales ciencias pueden enseñarnos cómo se constituyen las formas de expresión o las formas del contenido de los signos visuales y, por lo tanto, hay, a veces, que limitarse a traducir a términos semióticos algunos de sus descubrimientos.

     Siguen después los apartados siguientes:

     c) Elaborar las reglas de lectura retórica de los enunciados.

     d) Describir las operaciones retóricas que funcionan en tales enunciados.

     e) Describir las relaciones posibles entre grados percibidos y concebidos y, solamente aquí, proponer una taxonomía de las figuras.

     f) Describir el efecto y la eficacia de dichas figuras, consideradas aisladamente y en su contexto social.

     El programa sumariamente transcrito ofrece, a mi parecer, una serie de elementos suficientes para llegar a la constitución de una semiótica de lo visual que se viene configurando ya, en numerosas ocasiones, en otros trabajos del mismo autor.

     En cuanto al ámbito hispánico, la semiótica visual no conoce aún un gran desarrollo, aunque haya que señalar notables excepciones como el primer volumen de la revista Era, de la Sociedad Vasca de Semiótica, que se consagró a esta especialidad.



LOS PROYECTOS SOCIALES SEGÚN LANDOWSKI

     Un importante exponente de la semiótica greimasiana como es Landowski, contribuye a rellenar uno de los huecos más patentes del congreso [47] del 83 con su aportación al I Simposio de la Asociación Española de Semiótica que tuvo lugar en Toledo en 1984 y cuyas actas se publicaron dos años más tarde (AES ed., 1986). Se trata de configurar los elementos fundamentales para la formulación de un proyecto sociosemiótico.

     Subraya que la «vida social» no ha sido nunca extraña a la investigación semiótica, que se ocupa de «lo real» en cuanto considerado como lenguaje, y también «de lo vivido» percibido como «efecto de significación».

     Como es propio de la escuela greimasiana, sostiene que la heterogeneidad de los lenguajes (verbal, prosémico, gestual) que forman el tejido ordinario de nuestro tejido social, pueden ser captados por la investigación semiótica en cuanto a sus estructuras y operaciones semio-narrativas que constituyen la estructura profunda del mecanismo productivo del intercambio de significaciones. Estas estructuras probablemente son independientes del sistema significante en el que se encarnan, sin que ello suponga negar que en otros niveles más superficiales se diversifiquen precisamente a través de las formas de la expresión.

     La socio-semiótica que postula Landowski exige una diferenciación entre su objeto y el objeto sociológico estándar que se reduce a una taxonomía de lo descrito mediante clasificaciones funcionales de estatutos o papeles desempeñados. En este sentido, se abre una doble perspectiva: que la investigación semiótica dé respuesta a cuestiones no previstas en la sociología convencional y que suministre claves sociológicas ancladas en el núcleo mismo de las estructuras de significación.

     Como ya he resumido en otras ocasiones, la historia anterior de este proyecto socio-semiótico es descrita grosso modo por Landowski en tres etapas sucesivas. Con todo, antes de buscar la fórmula de transformación de los sistemas de relación, ha sido preciso disponer de los métodos descriptivos (sincrónicos) de los presuntos estados de equilibrio. Sucede que el carácter dinámico de la historia y del relato, en cuanto modelo de la historia, aparecían desfigurados por las operaciones de abstracción a que resultaban sometidos. Lo mismo sucedía con la organización social constreñida dentro de los límites de una semántica todavía muy elemental (Greimas, 1966) que difundió escolarmente un esquema actancial utilizado muchas veces de forma dogmática.

     La primera etapa está constituida por la reflexión sistemática acerca de las modalidades (ser, hacer; ser, parecer; saber, poder; etc.) que se [48] aborda en la escuela greimasiana desde el curso 1976-77. Se trata del «cuadrado semiótico», útil del que ha partido toda una serie de modelos que intentan esclarecer no solamente la sintagmática de los relatos propiamente dichos, sino también la sintaxis que opera en las transformaciones de cualquier sistema de relaciones y, así, entre otros, de los sistemas micro o macrosociales. La sociosemiótica interviene a partir de aquí en el dominio de la publicidad, de la pedagogía o incluso de ciertos conceptos claves de sociología («autoridad», «legitimidad», «poder») con los instrumentos operativos que la semiótica general le proporciona a través de la semiótica de la persuasión (hacer creer), semiótica de la acción (hacer ser), semiótica de la manipulación (hacer hacer) sobre las cuales se asienta una semiótica de las pasiones (la admiración, la confianza, la desesperación, la cólera, etc.) que tiene como objeto la sintaxis de los estados de ánimo de los actantes que se consideran.

     La segunda etapa es la de la profundización en el estudio de los problemas de la discursivización de las estructuras semio-narrativas. Con esto se ensancha aún más la separación que existe entre la lógica semiótica y las concepciones representacionalistas del lenguaje: los dispositivos sintácticos y semánticos pierden ahora todo vínculo referencial para convertirse en simples formas de identificación de situaciones estereotipadas de comunicación. Esta socio-semiótica muestra los mecanismos del lenguaje para conseguir la persuasión, para cumplir su función retórica.

     La tercera etapa debería establecer la relación entre teoría semiótica y teoría de las catástrofes. Aunque desde los años setenta parecía que esta relación sería fácilmente establecida, hoy se puede decir que los reiterados intentos no han suministrado los frutos apetecidos. Aquí queda el modelo como trasfondo de mucho de lo hecho en los años 80 y 90 y de lo que queda por hacer.



CONCLUSIONES

     Volvamos a lo nuestro. El Congreso de Madrid fue, estadísticamente considerado, una reunión de filólogos. Sin embargo, el volumen de aportaciones explícitas de estrategias semióticas fue mayor entre los que se ocuparon de discursos o textos no «literales» (cómic, cine, televisión, [49] texto teatral) que entre los estudiosos de lo que llamamos literatura. Ciertamente a un congreso sobre semiótica e hispanismo (hispanismo en el sentido convencional apuntado) sólo se sintieron llamados los no hispanistas estrictamente semiólogos. (Probablemente a un simposio de semiólogos sólo hubieran acudido filólogos estrictamente semiotistas).

     Pero el congreso, en fin, cumplió las finalidades que se proponía:

     1. Poner en comunicación a investigadores del hispanismo que tenían inquietudes comunes (los que hemos llamado filólogos semiotistas), que permanecían frecuentemente aislados y eran mutuamente desconocidos.

     2. Someter a crítica la viabilidad de lo que se venía haciendo en el mundo hispánico bajo el marbete de semiótica que, a veces, no era más que ignorancia encubierta por términos pedantes.

     3. Poner en relación a los filólogos con los que hemos llamado semiólogos no lingüistas, comunidades científicas ambas que normalmente trabajaban en el mutuo desconocimiento y recelo.

     La masiva respuesta que tuvo la convocatoria, las amplias discusiones científicas que se produjeron en casi todas las sesiones de casi todas las salas que albergaron las comunicaciones presentadas, y la inusitada presencia en un congreso de hispanistas de los semiólogos no lingüistas atestiguan que, en efecto, tales finalidades se cumplieron.

     En cuanto a la teoría, se hicieron aportaciones en puntos concretos, que miran a la lingüística, las instancias sociales y psicológicas de la producción del sentido, la teoría literaria general, la teoría de los géneros, la determinación de ciertas tipologías mediante aplicación del recorrido generativo de inspiración greimasiana, las cuestiones abiertas del texto dramático y texto teatral, como son las nociones de personaje, punto de vista y unidades teatrales, la inserción semiótica de la estilística, etc. El libro titulado La crisis de la literariedad que publiqué en 1987 recoge, entre otras aportaciones, las ponencias resumidas al principio.

     Las actas del congreso suponen también una extensa contribución a una lectura actualizada de los textos hispánicos (literales y no literales), [50] a los que se suman textos peculiares de las culturas del descubrimiento de América cuyo contraste suponían un filón por desarrollar como ha estudiado con posterioridad Todorov (1982). La antología titulada La moderna crítica literaria hispánica que he publicado en 1996 incluye, junto a un estudio introductorio y una bibliografía, una selección de textos críticos procedentes de las actas y referidos a textos de significativas figuras del Siglo XX (6).

     Insistiré, por fin, en que desde el punto de vista del modelo, el Congreso se caracterizó por la superación del paradigma jakobsoniano. Pocos años antes, en textos escritos entre 1970 y 1980, cualquier filólogo interesado por estas cuestiones hacía referencia inevitablemente a su clásica conferencia de Bloomington titulada «Lingüística y Poética». Así ocurre, por ejemplo, en Wienold (1972), Corti (1976), Di Girolamo (1978) y Garrido (1974, 1978). Pues bien, en junio de 1983 apenas aparece dicha cita.

     El congreso se sitúa en el momento del giro pragmático que se estaba produciendo también fuera del hispanismo: eso es lo que quiere decir la expresión crisis de la literariedad, tomada como título del volumen que he mencionado más arriba.

     Sin duda el Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo, celebrado en Madrid en los días del 20 al 25 de junio de 1983, ha supuesto el asentamiento definitivo de las estrategias semióticas y de su posterior desarrollo como instrumento de trabajo en la comunidad hispánica.

     En cuanto al mencionado desarrollo, cabe decir que supone también una contribución de no escasa importancia al inicio y desenvolvimiento de la pragmática como programa de investigación plenamente vigente a finales del siglo XX. O sea, a salir definitivamente del estrecho marco del enunciado al campo abierto de la enunciación. Como dijo Bettetini en su ponencia, el giro pragmático ha permitido a los estudios semióticos no concentrarse únicamente en los sistemas en acto (...) sino también en la dinámica de su querer-ser instrumento de conversación y diálogo. [51]

Referencias bibliográficas

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La Asociación Española de Semiótica (A.E.S.): Crónica de una evolución científica



José María Pozuelo Yvancos

Presidente de A.E.S.



0.

     En mi condición de actual Presidente de la ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE SEMIÓTICA (A.E.S.) me corresponde hacer una breve historia de esta agrupación de científicos, que dé a conocer su contribución específica a los estudios semióticos internacionales, tarea que abordo con agrado, consciente de la enorme responsabilidad que con ello asumo, pero seguro de que toda disciplina y todo avance en cualquiera de ellas es hija de su propia historia y conviene tenerla presente. Para que tal historia no dependa en exceso (aunque algo será inevitable) de mi propia perspectiva, he adoptado un punto de vista lo más cercano posible a una historia científica: el análisis de los volúmenes de Actas de los diferentes Congresos, esto es, del conjunto de su producción intelectual como tal Asociación, dejando aparte, claro está, la de sus miembros individuales, que es cuantiosa y que ha sido seguida con detalle en bibliografías especializadas como las publicadas por José Romera Castillo de las que [54] ofrezco una selección en la Bibliografía final, que se van actualizando con las diferentes addendas que este investigador viene publicando a sus bibliografías en números sucesivos de la revista Signa, órgano científico de la Asociación.

     Mi contribución se limitará a glosar la que entiendo producción científica de la Asociación como tal, cuando ha actuado corporativamente con la organización y publicación de sus Actas, puesto que, lo adelanto ya, una de las singularidades más notables de la A.E.S. en el panorama científico internacional es que ha publicado hasta la fecha la totalidad de las Actas de sus VII Congresos, singularidad destacable no sólo por la rareza de que esto ocurra (en nuestro contexto científico de estudios semióticos será muy raro encontrar una fidelidad semejante en cualquier otra Asociación Internacional), sino también por el compromiso que supone con un estilo al hacer ciencia: toda reunión científica debe quedar, permanecer más allá de los breves días en que todo Congreso se desarrolla y contribuir a que tal Congreso, que publica lo que allí se debate, tenga por estilo propio también la responsabilidad de hacer frente a su propia historia, que permanece de ese modo ligada a un quehacer científico con conciencia de tal y no sólo a reuniones pasajeras o debates efímeros.

     Antes de hacer tal análisis interno de las líneas científicas predominantes, permitáseme una breve historia externa de la Asociación.



1. HISTORIA EXTERNA DE LA A.E.S.

     Entre los días 20 y 25 de junio de 1983 se celebró en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid el Congreso Internacional de Semiótica e Hispanismo, coordinado por Miguel Ángel Garrido Gallardo. Este Congreso tiene una doble importancia para la historia de la todavía entonces no nacida A.E.S.: en primer lugar porque la iniciativa para el nacimiento de la Asociación se tomó en el seno de las sesiones de este Congreso; en segundo lugar porque fue un Congreso científico muy importante, por suponer la primera iniciativa de vinculación entre el mundo del Hispanismo y el de la Semiótica, dos mundos o dos comunidades científicas que tenían ya en las investigaciones de muchos de sus miembros puntos de contacto, pero que [55] todavía no habían sido puestos en evidencia de manera explícita. La respuesta masiva a la convocatoria de ese Congreso, por parte de teóricos de la Semiótica e hispanistas venidos de muy diferentes países, indica que fue acertada la idea de tal vinculación.

     Por iniciativa del profesor José Romera Castillo se convocó a una Asamblea constituyente de una Asociación Española de Semiótica celebrada el día 23 de junio de 1983, en la cuarta jornada del Congreso. En esta Asamblea, que contó con la participación del prof. Cesare Segre, ponente del Congreso de Madrid y entonces Presidente de la International Association for Semiotic Studies (I.A.S.S-A.I.S), se eligió una Comisión organizadora del Primer Congreso de la A.E.S., que se habría de celebrar en Toledo un año más tarde. Dicha Comisión la formaron Jorge Lozano, Rafael Núñez Ramos, Cristina Peña-Marín, José Manuel Pérez Tornero, José Romera Castillo, Jenaro Talens y Jorge Urrutia.

     Por consiguiente, aunque el Congreso de Semiótica e Hispanismo de Madrid (1983) no es propiamente una actividad de la A.E.S., tiene mucha importancia para su nacimiento y se encuentra vinculado a la vida de esta Asociación. No en vano en las que serán las primeras Actas de Congresos de la A.E.S. (Investigaciones Semióticas I, 1986: 225-232) Miguel Ángel Garrido Gallardo publicó una ponencia titulada «El primer Congreso Internacional sobre Semiótica e Hispanismo (1983)». Y no en vano, y quizá como reconocimiento a esta importancia la Primera Asamblea de la Asociación Española de Semiótica eligió a Garrido Gallardo como Presidente de la A.E.S. y al profesor Romera Castillo, que había tenido la iniciativa de la constitución de una Asociación Española de Semiótica, como Secretario General. Como en la historia interna que luego trazaré no me voy a referir a este Congreso de Madrid de 1983, remito al lector interesado a este artículo de Garrido donde se explican las líneas epistemológicas y las características científicas de aquel encuentro, así como al que aparece en este número de la revista.

     El primer Congreso de la A.E.S. se celebró en Toledo durante los días 7, 8 y 9 de Junio de 1984 y eligió la Primera Junta Directiva de la Asociación que formaron: Miguel Ángel Garrido Gallardo (Presidente), José Romera Castillo (Secretario), Alberto Álvarez Sanagustín (Vicepresidente), y Cristina Peña-Marín, José Manuel Pérez Tornero, Lorenzo Vilches y Alicia Yllera (Vocales). Se acordó celebrar en Oviedo, en el año 1986, el II Congreso Internacional, una periodicidad bianual que se ha respetado desde entonces, así como la [56] publicación de las Actas de cada Congreso que son presentadas en el siguiente. También se impuso como práctica científicamente muy provechosa elegir un tema que focalizara las discusiones.

     El II Congreso Internacional tuvo lugar en la Universidad de Oviedo entre el 13-15 de noviembre de 1986 y desarrolló el tema Lo cotidiano y lo teatral. Se eligió como Presidenta de la Asociación a la profesora Alicia Yllera, permanecieron en sus cargos de Vicepresidente y Secretario los profesores Álvarez Sanagustín y Romera Castillo y fueron vocales: J.M. Pérez Tornero, Lorenzo Vilches, Rafael Núñez y Jenaro Talens.

     El III Congreso Internacional tuvo lugar en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (U.N.E.D.) de Madrid entre los días 5 y 7 de diciembre de 1988, y giró en torno al tema Retórica y Lenguajes. Se reeligió a la profesora Alicia Yllera como Presidenta de la Asociación y a Popa-Lisseanu como Secretaria, y completaron la Junta Directiva los Vocales: Román Gubem (Vicepresidente), Jenaro Talens, Rafael Núñez, Antonio Sánchez Trigueros, José María Nadal, y se eligieron dos Vocales representantes de socios alumnos: Alfredo Martínez Expósito y J. Alonso Aldana.

     El IV Congreso Internacional de la A.E.S. se celebró en la Universidad de Sevilla entre los días 3 y 5 de diciembre de 1990. Se eligió al prof. José Romera Castillo como Presidente de la A.E.S., al prof. Alberto Álvarez Sanagustín como Vicepresidente y al prof. Mario García Page como Secretario. Completan la Junta Directiva como Vocales: Helena Usandizaga, A. Sánchez Trigueros, Jorge Urrutia, J. Javier Rubiera, Martínez Expósito y Jesús Corriente.

     El V Congreso Internacional tuvo lugar en la Universidad de La Coruña, entre los días 3-5 de diciembre de 1992, sobre el tema de Semiótica y Modernidad. Resultaron reelegidos en sus cargos de Presidente y Secretario respectivamente, José Romera y Mario García Page y se incorporaron como Vocales los profesores J. M. Pozuelo Yvancos (Vicepresidente), José María Paz Gago, Sultana Wahnón, Helena Usandizaga, A. Álvarez Sanagustín, J. Urrutia y J. Corriente.

     El VI Congreso Internacional se celebró en la Universidad de Murcia, entre los días 20-24 de noviembre de 1994, sobre el tema Mundos de ficción. Se eligió como Presid