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    El trovador de la niñez : colección de composiciones en verso para ejercitarse los niños en la lectura de poesías
     ordenada por Pilar Pascual de Sanjuan
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El trovador de la niñez

Colección de composiciones en verso para ejercitarse los niños en la lectura de la poesía

Pilar Pascual de Sanjuán [comp.]

A MIS AMADOS SOBRINOS.

     A vosotros, queridos de mi alma, que empezáis la carrera de la vida; a vosotros, inocentes y pequeñuelos todos, de los cuales unos há poco que conocéis y otros no habéis aprendido todavía ese arte difícil y misterioso que se llama lectura, os dedica mi amor esta colección de cantares sencillos y puros como vuestras almas. Repasad con atención las páginas de ese libro; al paso que os ejercitaréis en leer el lenguaje sublime de las Musas, hallaréis en estos dulces versos sentimientos religiosos y máximas de virtud que contribuirán a formar vuestro corazón. Cuando ya no exista, leedlo una vez más, y tributad un recuerdo y un suspiro a la que tanto cariño consagró a la niñez en general, y en particular a los inocentes hijos de sus caros hermanos.

Pilar Pascual de Sanjuán.

     Barcelona, Diciembre de 1865.



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Prólogo

     A nadie le ocurrirá poner en duda lo imprescindible de la necesidad de que los niños, después que se hayan ejercitado en la lectura en prosa, aprendan igualmente a leer en verso. Esta necesidad se hace sentir en tales términos, que hay personas que dan mucho sentido a la primera y flaquean en la segunda, hasta el punto de estropear las más hermosas estancias poéticas por la languidez y falta de entonación con que las leen.

     Muchos libros existen destinados al objeto que en éste nos proponemos, pero en algunos hemos echado de ver que no se ha atendido a la parte educativa, cuando la lectura es uno de los medios que el maestro posee para cultivar [VIII] la inteligencia y el corazón de los discípulos; en otros, y son los más, se han escogido muy buenos versos, sencillos y puestos al alcance de nacientes inteligencias; pero no se ha cuidado de poner todos los diferentes metros de la poesía castellana, a fin de que los niños se ejerciten en la lectura de ellos, pues sabido es que requieren diversa entonación.

     Nosotros hemos eliminado de las colecciones de los mejores autores todo lo que no está al alcance de los educandos, a fin de dar a nuestro libro ese carácter infantil que encanta a los niños; hemos buscado, cual la abeja entre las flores, una gota de miel en cada volumen, y así es que no hemos reproducido una sola poesía que no tenga un pensamiento moral, una idea religiosa, o que no contenga alguna útil instrucción.

     Encontrarán los niños desde el ligero verso de cuatro sílabas hasta el armonioso alejandrino; únicamente lo que no hemos copiado han sido trozos de drama o de tragedia, porque creemos que solamente pueden leerse esta clase de obras con la debida energía por personas que se hallen en edad de sentir las pasiones o afectos por ellas traducidos. [IX]

    Nuestro Trovador constará de tres secciones: en la primera pondremos romances comunes, romances cortos y también toda clase de versos octosílabos; en la segunda, endecasílabos, desde el pareado hasta el soneto, y además las silvas, y en la tercera, todas las otras clases de metro, incluyendo algunas poesías polimétricas para que los niños se acostumbren al cambio de entonación.

     Poco ha sido nuestro trabajo, nuestro mérito ninguno, pero creemos que el pensamiento será de alguna utilidad para el tierno plantel a quien dedicamos nuestros continuos desvelos. Todas las composiciones llevarán al pie el nombre de su autor, o, si casualmente lo ignorásemos, el del libro que nos las ha suministrado; solamente las que no tengan firma alguna serán de nuestra pluma. [11]

 



El trovador de la niñez

 
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Primera serie

 
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I. España

 

Su situación y dominios

 
                                                 Al Occidente de Europa                 
se halla la fértil España,
por altos montes y mares
en contorno resguardada.
 
Al Norte los Pirineos 5
la dividen de la Francia;
sirviendo sus altas cumbres
de límite y de muralla.
 
Dos mares, al Mediodía,
sus costas en torno bañan: 10 [12]
 
Y un estrecho las divide
de las costas africanas.
 
Galicia yace al Ocaso,
al Portugal apegada,
y el Atlántico es el foso 15
que defiende aquellas playas.
 
En tanto que por Oriente
el Mediterráneo aguarda
a las naves que algún día
fueron a Grecia y a Italia. 20
 
No lejos las Baleares
recuerdan su antigua fama,
por los célebres honderos,
terribles en las batallas.
 
Mientras al extremo opuesto 25
descúbrense las Canarias,
como descanso y refugio
en navegaciones largas.
 
Por aquella nueva senda
fueron los hijos de España 30
a conquistar otro mundo
con una cruz y una espada.
 
Pasaron aquellas glorias,
con tanta sangre compradas,
y sólo quedan vestigios 35
de dominación tan vasta.
 
Puerto-Rico que a Colón
llenó el pecho de esperanza,
y Cuba, fértil en frutos,
que a todos sacan ventaja. 40 [13]
 
También en África hay restos
de las glorias castellanas;
y Ceuta, que del Estrecho
parece guardar la entrada,
 
en los climas más lejanos, 45
allá en los mares del Asia,
aun rige el cetro español
Filipinas y Marianas.
 
De modo que donde quiera
se ven las señales claras 50
de que el sol a todas horas
tierra española alumbraba.
 
RÍOS PRINCIPALES.
   Muchos y abundantes ríos
cruzan el hispano suelo,
llevándoles jugo y vida, 55
como las venas del cuerpo.
 
Los más ricos y afamados
son el caudaloso EBRO,
que a la inmortal Zaragoza
riega sus campos amenos. 60
 
Los de Castilla fecunda
con sus raudales el DUERO;
a Portugal atraviesa
y al mar camina derecho.
 
Cual ancho foso otros ríos 65
dividen entrambos reinos:
El MIÑO, que allá en Galicia
su curso ostenta soberbio; [14]
 
Y el GUADIANA, que en la Mancha
se esconde por largo trecho, 70
y a la ardiente Extremadura
frescura y pastos da luego.
 
El TAJO los muros baña
de la célebre Toledo,
y en sus cristalinas ondas 75
refleja el alcázar regio:
 
Mientras el GUADALQUIVIR,
padre de claros ingenios,
en Córdoba y en Sevilla
proclama ufano su imperio. 80
 
CORDILLERAS Y MONTES.
   Desigual y montuoso
es el terreno de España,
y sus mayores llanuras
las de Castilla y la Mancha.
 
Crúzanla en distintos rumbos 85
cordilleras y montañas,
que la abastecen de bosques,
de mármoles y de aguas.
 
Los fragosos PIRINEOS
la defiendan y resguardan 90
desde el mar de Cataluña
hasta el golfo de Vizcaya.
 
En Aragón el MONCAYO
sobre todos se levanta,
y linde de ambas Castillas 95
empínase GUADARRAMA. [15]
 
SIERRA MORENA famosa
a la Bética da entrada,
alegrando el corazón
con su verdura lozana. 100
 
Encierran ricos metales
los montes de la ALPUJARRA:
Darro, Genil y otros ríos
nacen de SIERRA NEVADA.
 
Allí cesó el duro imperio 105
de las lunas africanas,
tremolándose la cruz
en las torres de la Alhambra.
 
Tras ocho siglos de guerra,
desde la primera hazaña, 110
cuando en los MONTES DE ASTURIAS
sacó Pelayo la espada.
 
FERACIDAD DE SU SUELO.
   Con franca y liberal mano
ha tratado a España el cielo;
juntando en ella los dones 115
que repartió en otros reinos.
 
Clima templado y suave,
ni muy rígido el invierno,
ni tan ardiente el verano
que quite fuerzas y aliento. 120
 
Puro el aire, el sol ardiente,
el cielo claro y sereno,
las corrientes cristalinas,
fecundo y hermoso el suelo [16]
 
Los frutos más estimados 125
los da a la par su terreno,
sin tener que ir en su busca
de la tierra a los extremos.
 
Mieses, plantas, hierbas, flores
cubren sus campos extensos; 130
y mil preciosos metales
la tierra esconde en su seno.
 
Los montes le dan abrigo,
los ríos frescura y riego;
y a competencia dos mares 135
llenan de naves sus puertos.
 
Crece el cáñamo en sus campos,
nace al par el lino tierno;
da rica seda el gusano,
blando vellón el cordero. 140
 
El algodón en los prados
cual copos de nieve vemos;
mientras la caña se mece,
su dulce jugo ofreciendo;
 
y pues de bienes y dones 145
a España ha colmado el cielo,
a tanta bondad de Dios
ingratos no nos mostremos.
                     MARTÍNEZ DE LA ROSA. [17]
 
 
 
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II. El zagal y el nido

 
   ¿Dónde vas, zagal cruel,
»dónde vas con este nido
»riendo tú, mientras pían
»estos tristes pajarillos?
»Su madre los dejó solos 5
»en este momento mismo,
»para buscarles sustento,
»y dárselo con su pico...
»Mírala cuán azorada
»echa menos a sus hijos, 10
»salta de un árbol a otro,
»va, torna, vuela sin tino;
»al cielo favor demanda
»con acento dolorido;
»mientras ellos en tu mano, 15
»baten el ala al oírlo...
»Tú también tuviste madre,
»y la perdiste aún muy niño,
»y te encontraste en la tierra
»sin amparo y sin abrigo...» 20
Las lágrimas se le saltan
al cuitado pastorcillo;
y vergonzoso y confuso
deja en el árbol el nido.
                                              ID. [18]
 
 
 
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III. El topo y el gusano de luz

 

Fábula

 
   Por una estrecha hendidura
sacó la cabeza un topo.
Con poca carne en los huesos
y mucha piel en los ojos:
No sabe si es noche o día; 5
pero siente en el contorno
a un gusanillo de luz,
y le dice de este modo:
-«Ufano puedes estar,
»tamaño como un gorgojo, 10
»llevando en parte velada
»la linterna por adorno:
»Ya la muestras, ya la ocultas
»tan altivo y orgulloso
»como fanal que en la torre 15
»enseña el puerto al piloto.
-«No tal, (contestó el gusano),
»que mi pequeñez conozco;
»pero a ninguno hago daño,
»y algún bien procuro a otros; 20
»doy luz oculto en la hierba,
»sobre las plantas me poso,
»y los insectos acuden
»a guarecerse en su tronco;
»ni destruyo las raíces, 25
»ni las semillas me como, [19]
»ni por temor a los hombres
»bajo la tierra me escondo».
Esto dijo el gusanillo:
Y lo dijo con tal tono, 30
que el dañino animalejo
quedó aún más ciego de enojo:
Fue a replicar, y no pudo,
sintió encendérsele el rostro:
Y murmurando entre dientes, 35
metiose dentro de un hoyo.
Así en el mundo sucede,
que los más torpes y tontos
al que brilla poco o mucho
le zahieren envidiosos. 40
                                                 ID.
 
 
 
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IV. Júpiter y la oveja

 

Fábula

 
   Tantos y tales trabajos
hicieron pasar las fieras
al más inocente bruto,
a la pacífica oveja,
que a Júpiter hubo al cabo 5
de pedir que discurriera
cómo buscaba camino
para aliviar sus miserias.
Júpiter le dijo:-Veo,
y harto de verlo me pesa, 10 [20]
mansa criatura mía,
que te he dejado indefensa.
Para suplir esta falta
elige el medio que quieras:
Las armas que más te agraden 15
te dará mi omnipotencia.
¿Quieres que dientes agudos
en tus mandíbulas crezcan,
o que tus pies se revistan
de fuertes garras que hieran? 20
 
-No quisiera yo, Señor
(respondió la pretendienta),
cosa que me asemejara
a la raza carnicera.
 
-¿Será mejor que introduzca 25
mortal veneno en tu lengua?
 
-No, que me aborrecerán
lo mismo que las culebras.
 
¿Quieres que te arme de cuernos
y a tu frente dé más fuerza? 30
 
No, que entonces como el chivo,
no me hartaré de pendencias.
 
Pues, hija, yo sólo puedo
salvarte de una manera:
Para que no te hagan daño 35
preciso es que hacerlo puedas.
¿Preciso? (la oveja exclama,
dando un suspiro de pena)
Prefiero entonces a todo [21]
mi flaca naturaleza. 40
La facultad de dañar
gana de dañar despierta,
y por no hacer sinrazones,
vale más el padecerlas.
Júpiter interviniendo 45
bendijo a la mansa bestia,
y ella no volvió jamás
a pronunciar una queja.
                                 HARTZENBUSCH.
 
 
 
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V. La abeja y el zángano

 

Fábula

 
   -¿Qué causa, infeliz, he dado
para que me desterréis?
Triste un zángano decía
a una abeja, que al dintel
se hallaba de la colmena. 5
¿Quieres indicarme a quién
he causado el menor daño?
-A nadie, seguro es,
respondió al punto la abeja.
Pero ¿cuándo hiciste bien?, 10
¿basta ser inofensivo
para que comas la miel
que cogemos de las flores?,
¿te gusta holgar? Marcha, pues,
a donde por no hacer nada 15 [22]
casa y comida te den;
que aquí tan sólo el trabajo
con fruto consigue prez.-
Sabia y concisa la abeja,
hizo al zángano entender 20
que no basta no hacer mal,
es necesario hacer bien.
                                                BAEZA.
 
 
 
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VI. La luna y los vapores

 
   En una noche de estío
de la luna la luz clara
iluminaba la tierra,
mientras tanto suaves auras
mecen el rubio cabello, 5
flotante en la hermosa espalda
de vírgenes que de mirto
y de rosas coronadas,
aromas de pebeteros
llevan de su diosa al ara. 10
Envidiosos los vapores
que de una grande cloaca
nacieran, y pretendían
aspirar a gloria tanta;
viendo que subir no pueden 15
a la altura en que se halla,
ni lucir, exasperados,
llenos de furor y rabia, [23]
entre la luna se ponen
y la tierra iluminada: 20
De los benéficos rayos
la priva su impía saña,
a fin de que ya por ellos
no mas le tribute gracias
el hombre reconocido. 25
La candidez de su alma
mostrando, dice la luna:
-¿Podré conocer la causa
por qué tan mal me queréis
que me priváis que un bien haga?- 30
Contestaron los vapores:
-Brillas en región más alta.
¡A qué extremo de la envidia
conduce la negra saña!
                                                     ID.
 
 
 
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VII. La luciérnaga

 
   La luciérnaga una noche,
de su misma luz prendada,
estas palabras decía
desde el seno de una dalia:
-«El cielo vistió mi cuerpo 5
»de zafiro y de esmeraldas,
»y en esplendor y en grandeza
»nadie en el mundo me iguala. [24]
»Estos insectos volubles
»que disfrazados con alas 10
»y ufanos por lo ligeros
»quieren afrentar las auras;
»esas flacas mariposas,
»que una débil lumbre mata:
»Esa económica hormiga, 15
»que todo el día trabaja;
»esa abeja diligente,
»que tenaz en su constancia
»con el néctar de las flores
»fabrica miel regalada; 20
»y en fin, ese gusanillo,
»que tan rica seda labra
»y se cambia en palomilla
»dentro de su mismo alcázar:
»Todo ese enjambre de bichos 25
»que vuelan o que se arrastran,
»¿Qué son, qué pueden, qué valen
»si conmigo se comparan?
»¿Hay otro ser en la tierra
»que cual yo despida llamas? 30
»¿No hay algo en mí de celeste,
»algo divino en mi raza?
»Esas fúlgidas estrellas,
»que el azul del cielo esmaltan,
»son esferas luminosas 35
»como yo, son mis hermanas.
»Dios me ha lanzado a la tierra
»para que en ella brillara
»cuando durante la noche
»la clara luz del sol falta. 40 [25]
»Yo soy aquí el astro puro
»que las densas sombras rasga,
»yo soy la estrella de Venus,
»Soy el lucero del alba».
   Callose, y un pajarillo 45
que oyó tan fiera arrogancia,
saltó de un árbol vecino,
y posándose en la dalia
se comió con su piquito
aquel lucero del alba. 50
   Que no os ofusque el orgullo
ni os ciegue una pompa vana,
porque el peor de los males
es una necia arrogancia.

F. J. SALA.

 
 
 
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VIII. El niño y la golondrina

 
   En una casa de campo
vive el pequeño Pepito,
como las flores hermoso,
como las aves sencillo.
Ve sucederse los días 5
entre sus juegos festivos,
y en brazos de su Custodio
pasa las noches tranquilo.
Sus buenos padres sonríen
velando el sueño del niño, 10 [26]
y él sueña pájaros, flores,
el cielo, el bosque y el río.
Feliz le encuentra la aurora
y el lucero vespertino,
un Padre-nuestro murmura 15
al mostrarse el sol benigno,
y frases de otra plegaria
en sus labios purpurinos
espiran, cuando Morfeo
cierra sus párpados lindos. 20
   Mas una tarde de otoño
Pepito está pensativo,
y por sus blancas mejillas
las lágrimas han corrido.
Tan desusada tristeza 25
tiene sin duda motivo:
La observa el padre, y le quiere
cuidadoso e intranquilo.
   Habrá seis meses apenas,
cuando calmaron los fríos, 30
cuando moradas violetas,
del césped blando al abrigo,
embalsamaban el aire
con su perfume exquisito,
cuando manzanos y almendros, 35
cual ramilletes floridos,
se mostraban, preparando
las riquezas del estío,
pasaba una golondrina
por la casa de Pepito, 40
detuvo su raudo vuelo
sobre el pacífico asilo, [27]
y por fin en el tejado
construyó su blando nido.
Él la vio todos los días, 45
y en su trabajo prolijo
la siguió cuando llegaba
con una paja en el pico;
la vio con su compañero,
y observó su regocijo 50
cuando sus tiernos hijuelos
lanzaban dulces quejidos;
vio que si el uno salía,
quedando el otro en el nido,
iba sin duda a buscar 55
el sustento de sus hijos
que sus alitas batían
con gratitud y cariño;
les vio después, ya mayores,
en la orillita del nido 60
y por fin abandonándole
lanzarse al aire atrevidos.
Ayer los padres también
dejaron el dulce asilo;
siguioles él con la vista 65
mientras pudo distinguirlos,
y observó varias bandadas
de los mismos pajarillos,
cruzando el éter azul
dirigirse al mar tranquilo. 70
   Esta es la historia sencilla
que el rapaz cuenta afligido.
Y llora cual si tratase
de la ausencia de un amigo: [28]
Su tierno padre sonríe, 75
besándole con cariño,
enjuga el copioso llanto
y dícele conmovido:
-No llores, hijo del alma,
antes alegre y tranquilo 80
espera el cierto regreso
de tu amado pajarito:
Esa ausencia durará
lo que el invierno aterido,
lo que la alfombra de nieve 85
que cubre el campo marchito;
y cuando el aura de Abril
difunda un soplo benigno,
cuando el sol primaveral
convierta el manto de armiño 90
en una alfombra de flores
salpicada de rocío,
volverán las golondrinas
a visitar estos sitios,
y aquí tu amiga también 95
labrará su dulce nido.
¿A dónde marcha, y por qué?
Pregunta admirado el niño.
¿Quién se acordará en Abril
de ese pobre pajarillo 100
en la inmensidad del mar
o en los desiertos perdido,
para servirle de guía
y conducirle a un asilo?
-Ese Dios, responde el padre, 105
al que adoramos sumisos, [29]
el que llenó de ternura
el corazón de los niños,
con su sabia providencia
dio a las aves el instinto: 110
Las golondrinas emigran
para librarse del frío,
y atravesando los mares
llegan al suelo nativo.
Mas si la playa africana 115
hoy les ofrece un abrigo,
su calor las atormenta
en el rigor del estío.
Por eso vuelven más tarde
a nuestro suelo florido, 120
a disfrutar la frescura
de nuestros bosques umbríos,
a morar en nuestras chozas
y a bañarse en nuestros ríos.
Y ¿sabéis quién las conduce 125
a lugares tan distintos?
La providencia de Dios
que rige nuestro destino,
la que cuidará de ti
si yo faltare, hijo mío. 130
   Son las sendas de la vida
intrincado laberinto,
mas una luz celestial
alumbra nuestro camino;
desde su trono de gloria 135
nos mira Dios compasivo;
y su amor no desampara
a las aves ni a los niños. [30]
 
 
 
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IX. A la Natividad del Señor

 
   ¡Señor del universo!
Gran Dios, que en tu presencia
el universo mundo
ni un átomo es siquiera.
Hasta aquí conocía 5
tu excelsa omnipotencia,
porque sólo en quererlo
vio el orbe su existencia:
También de tu gobierno
formé una imagen bella 10
mirando cual le rige
tu sabia Providencia.
Tu justicia valiente,
esta justicia recta
que acabó en un diluvio 15
con la manchada tierra,
y vibrando los rayos
con su invencible diestra
a cenizas reduce
ciudades deshonestas, 20
me dio de sus furores
terribles una idea:
Pero aun no conocía
bastante tu clemencia
hasta que vi... ¿te embargas 25 [31]
para decirlo, oh lengua?
Hasta que vi a tu Verbo
morar sobre la tierra.
¿Sobre la tierra dije?
¡Quién elocuente fuera 30
para hablar de un pesebre,
de un establo de bestias,
de pajas, de pañales,
de lágrimas, de penas!
¿En qué, ¡oh gran Dios!, ocultas, 35
¡ay!, toda tu grandeza?
¡Ahora sí que conoce
mi alma tu clemencia!
¡Y en su piélago inmenso
ora sí que se anega! 40
Pues, Dios niño, si eres
clemente por esencia
y das desde el pesebre
la más patente muestra,
para que en vida y muerte 45
feliz tu Pascua sea,
de tus benignos brillos
derrama la influencia;
derrámala, y que arda
en su luciente hoguera 50
el corazón que todo
para Ti se reserva.
                        Lecciones Escogidas. [32]
 
 
 
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X. Mi vida en la aldea

 
   Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo;
   alegre me parece 5
que soy un hombre nuevo;
y entonces sólo vivo
y entonces sólo pienso.
   Las horas que insufribles
allí me vuelve el tedio, 10
aquí sobre mí vagan
con perezoso vuelo.
   Las noches que allá ocupan
la ociosidad y el juego,
acá los dulces libros 15
y el descuidado sueño.
   Despierto con el alba,
trocando el muelle lecho
por su vital ambiente,
que me dilata el seno. 20
   Me agrada de arreboles
tocado ver el cielo,
cuando a ostentar empieza
su clara lumbre Febo.
   Me agradan cuando brillan 25 [33]
sobre el zenit sus fuegos,
perderme entre las sombras
del bosque más espeso.
   Si lánguido se esconde,
sus últimos reflejos 30
ir del monte en la cima
solícito siguiendo.
   O si la noche tiende
su manto de luceros,
medir sus direcciones 35
con ojos más atentos:
   Volviéndome a mis libros,
do atónito contemplo
la ley que portentosa
gobierna el Universo. 40
   Desde ellos y la cumbre
de tantos pensamientos
desciendo de mis gentes
al rústico comercio;
   y con ellos tomando 45
en sus chanzas y empeños
la parte que me dejan,
gozoso devaneo.
   El uno de las mieses,
el otro del viñedo 50
me informan, y me cuentan
las fábulas del pueblo.
   Pondero sus consejas,
recojo sus proverbios,
sus dudas y disputas 55
cual árbitro sentencio.
   Mis votos se celebran; [34]
todos hablan a un tiempo;
la igualdad inocente
ríe en todos sus pechos. 60
   Llega luego el criado
con el cántaro lleno,
y la alegre muchacha
con castañas y queso.
   Y todo lo coronan 65
en fraternal contento
las tazas que se cruzan
del vino más añejo.
   Así mis faustos días,
de paz y dicha llenos, 70
al justo que los mide
semejan un momento.
                                   MELÉNDEZ.
 
 
 
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XI. Santa Teresa

 
   Una mujer sublime
tuvo España, que gloria
le dio en el Universo
con pluma encantadora.
Entre mil y mil sabios, 5
que fueron su corona,
una mujer España
tuvo más que ellos docta.
Entre sus hijos santos, [35]
que en los altares honra, 10
tuvo Iberia una santa,
madre de muchas otras.
Entre las celebradas
ilustres españolas,
admira el mundo a una 15
más ilustre que todas.
Y entre las heroínas
insignes en la historia,
Iberia logró una
que las ofusca sola. 20
Según estas señales,
¿quién es la vencedora?
¿No me diréis quién era?
¿No lo adivinas, Rosa?
Pues era un alma pura, 25
de Jesucristo esposa;
un serafín humano...
Teresa la Doctora.
                    EL MARQUÉS DE CASAJARA.
 
 
 
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XII. El arroyo

 
   Vagaba por los montes
un arroyuelo humilde
jamás acostumbrado
a salir de su linde.
Viniéronle deseos 5 [36]
de ver el mar horrible,
movido de las cosas
que de él la fama dice;
y con ocultos pasos
entre espadaña y mimbres, 10
hizo que por el valle
sus aguas se deslicen.
Ya que llegó a la orilla
que las ondas embisten,
los peligros le asustan, 15
los golfos y las sirtes:
Y cuando ver creía
palacios de viriles,
y en trono de corales
Neptuno y Anfitrite, 20
halló las bramadoras
tempestades terribles,
cadáveres y tablas
de naves infelices.
Atrás volver el paso 25
quiso; pero lo impiden
erizados peñascos,
montes inaccesibles:
Sin amparo en la tierra,
el de los cielos pide; 30
¿Hubo marinos dioses
que él no invocase humilde?
Pero a su ruego sordos
la súplica no admiten;
que haber suele ocasiones 35
en que el llanto no sirve.
Así sucede al hombre [37]
que su quietud despide,
y a los vicios se entrega
que halagüeños le brindan, 40
que al verse aprisionado
entre pasiones viles,
salir intenta cuando
salir es ya imposible.
                                     MORATÍN.
 
 
 
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XIII. Plegaria al Señor

 
   Escucha, oh Dios del cielo
en donde eterno moras,
de mis ardientes labios
la voz deprecatoria.
Tú la delicia eres 5
en que mi amor se goza,
y en ti, Señor, he puesto
mis esperanzas todas.
Los amigos me faltan,
los hombres me abandonan: 10
Tú solo, Padre mío,
la espalda no me tornas.
Por eso, sumergido
del mar entre las olas,
cual tabla de refugio, 15
te así junto a las rocas:
Tabla, mi Dios, que nunca [38]
he de soltar dichosa;
que en ella no me espantan
tormenta ni zozobras. 20
Mas ¡ay!, que el pecho a veces
cobarde se acongoja
al silbo de los vientos
que el ímpetu redoblan.
No permitas, Dios mío, 25
que en lid tan espantosa
los fieros vendavales
declaren mi derrota.
Dame valor y brío
si el corazón se apoca; 30
que yo, mi Dios, soy uno,
y tres los que me acosan.
Dame romper del mundo
las redes, que traidoras,
mi planta entretejiendo, 35
a ti su paso estorban.
Dame vencer los lazos
que tentador me forja
el león que rugiente
me acecha a todas horas; 40
dame afligir mi carne
con mano poderosa,
como tu mano santa
al mar sujeta y doma;
dame humildad, Dios mío; 45
en mi soberbia loca,
paciencia en mis trabajos,
aliento en mis congojas.
Dale a mi mente un rayo [39]
de luz, que bienhechora 50
la lobreguez disipe
de mis funestas sombras.
Sea tu fe divina
mi celestial antorcha,
mi aliento tu esperanza, 55
tu caridad mi norma.
Norma que fiel presida
a mis acciones todas;
que son las obras muertas
si en caridad no brotan. 60
Dame, Señor, por ella
que fiel te corresponda,
pagándote en ternura
lo que en amor me otorgas.
Hazme mirar al hombre 65
como mi sangre propia;
que sangre, oh Dios, es mía
el que mi hermano nombras.
Hazme querer, Dios santo,
al mismo que me odia, 70
volviéndome en virtudes
el mal que me ocasiona.
Hazme mirar los lazos
que a mi país me asocian,
como mirarlos debe 75
quien tiene patria y honra;
hazme en fin, Dios eterno,
en mis menores obras
modelo, si es posible,
de las virtudes todas, 80
y así del alma echando [40]
los vicios que la ahogan,
y dando así principio
por las que más agobian,
consiga yo, Dios mío, 85
del justo la corona;
feliz aquí en la tierra,
feliz allá en la gloria.
                                  PRÍNCIPE.
 
 
 
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XIV. El padre de familia y sus dos hijos

 

Fábula

   Por el ameno campo <