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    Historia General de las Indias
     Francisco López de Gómara; prólogo y cronología Jorge Gurria Lacroix
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- CXXX -

Nuevas capitulaciones entre Pizarro y Almagro

     Francisco Pizarro pobló tras esto la ciudad de Los Reyes, a la ribera de Lima, río fresco y apacible, cuatro leguas de Pachacama, y cerca de la mar. Pasó a ella los vecinos de Jauja, que no era tan buena vivienda. Envió al Cuzco a Diego de Almagro con muchos españoles a regir la ciudad. Y él fuése a Trujillo a repartir la tierra e indios entre los pobladores. Tuvo nuevas y cartas Almagro, estando en el Cuzco, de cómo el emperador le había hecho mariscal del Perú y gobernador de cien leguas de tierra más adelante que Pizarro gobernaba; y quiso serlo luego y antes de tener la provisión. Y como el Cuzco no entraba en la gobernación de Pizarro y había de caer en la suya, comenzó a repartir la tierra y mandar y vedar por sí, dejando los poderes del compañero y amigo; y le faltaron para ello favor y consejo de muchos, entre los cuales eran Hernando de Soto. Envió corriendo Pizarro a Verdugo con poder para Juan Pizarro y revocación de Almagro. Contradijéronle reciamente Juan y Gonzalo Pizarro y los más del regimiento; y así no salió con su intento. Llegó Pizarro en esto por la posta, y apaciguólo todo [191] amigablemente. Juraron de nuevo sobre la hostia consagrada Pizarro y Almagro su vieja compañía y amistad, y concertaron que Almagro fuese a descubrir la costa y tierra de hacia el estrecho de Magallanes, porque decían los indios ser muy rica tierra el Chili, que por aquella parte estaba; y que si buena y rica tierra hallase, que pedirían la gobernación para él, y si no, que partirían la de Pizarro, como la demás hacienda, entre sí; harto buen concierto era, si engañoso no fuera. juraron, empero, entrambos de nunca ser el uno contra el otro, por bien ni mal que les fuese, y aun afirman muchos que dijo Almagro, cuando juraba, que Dios le confundiese cuerpo y alma si lo quebrantaba ni entraba con treinta leguas en el Cuzco, aunque el emperador se lo diese. Otros, que dijo: "Dios le confunda el cuerpo y alma al que lo quebrantare".



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- CXXXI -

La entrada que Diego de Almagro hizo al Chili

     Aderezóse Almagro para ir al descubrimiento de Chili, como estaba concertado. Dio y emprestó muchos dineros a los que iban con él, porque llevasen buenas armas y caballos, y así juntó quinientos y treinta españoles muy lucidos y que de buena gana querían ir tan lejos por su liberalidad y por la gran fama de oro y plata de aquellas tierras. Muchos también hubo que dejaron su casa y repartimientos por ir con él, pensando mejorarlos. Almagro, pues, dejó allí en el Cuzco a Juan de Rada, criado suyo, haciendo más gente. Envió delante a Juan de Saavedra, de Sevilla, con ciento, y él partióse luego con los otros cuatrocientos y treinta, y con Paulo y Villaoma, gran sacerdote, Filipillo y otros muchos indios honrados y de servicio y carga. Topó Saavedra en los Charcas ciertos chileses, que traían al Cuzco, no sabiendo lo que pasaba, su tributo en tejuelas de oro fino, que pesaron ciento y cincuenta mil pesos. Fue principio de jornada, si tal fin tuviera. Quiso prender allí al capitán Gabriel de Rojas, que por Pizarro estaba. Mas él se guardó y se volvió al Cuzco por otro camino con su gente. De los Charcas al Chile pasó Almagro mucho trabajo, hambre y frío, ca peleó con grandes hombres de cuerpo, y diestros flecheros. Heláronsele muchos hombres y caballos, pasando unas grandes sierras nevados, donde también perdió su fardaje. Halló ríos que corren de día y no de noche, a causa que las nieves se derriten con el sol y se hielan con la luna. Visten los de Chile cueros de lobos marinos; son altos y hermosos; usan arcos en la guerra y caza; es la tierra bien poblada y del temple que nuestra Andalucía, sino que allá es de noche cuando acá día, y su verano cuando nuestro invierno. En fin, podemos decir que son antípodas nuestros. Hay muchas ovejas, como en el Cuzco, y muchos avestruces. Españoles los mataban a caballo, poniéndose en paradas; que un caballo no corre tanto como trota un avestruz. [192]



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- CXXXII -

Vuelta de Fernando Pizarro al Perú

     Poco después que Almagro se partió a Chili, llegó Fernando Pizarro a Lima, ciudad de los Reyes. Llevó a Francisco Pizarro título de marqués de los Atavillos, y a Diego de Almagro la gobernación del nuevo reino de Toledo, cien leguas de tierra contadas de la raya de la Nueva Castilla, jurisdicción y distrito de Pizarro, hacia el sur y levante. Pidió servicio a los conquistadores para el emperador, que decía pertenecerle, como a rey, todo el rescate de Atabaliba, que también era rey. Ellos respondieron que ya le habían dado su quinto, que le venía de derecho, y presto hubiera motín, porque los motejaban de villanos en España y Corte, y no merecedores de tanta parte y riquezas; y no digo entonces, pero antes y después lo acostumbraban decir acá los que no van a Indias; hombres que por ventura merecen menos lo que tienen, y que no se habían de escuchar. Francisco Pizarro los aplacó diciendo que merecían aquello por su esfuerzo y virtud, y tantas franquezas y preeminencias como los que ayudaron al rey Don Pelayo y a los otros reyes a ganar a España de los moros. Dijo a su hermano que buscase otra manera para cumplir lo que había prometido, pues ninguno quería dar nada, ni él les tomaría lo que les dio. Fernando Pizarro entonces tomaba un tanto por ciento de lo que hundían, por lo cual incurrió en gran odio de todos; mas él no alzó la mano de aquello, antes se fue al Cuzco a otro tanto, y trabajó de ganar la voluntad a Mango, inca, para sacarle alguna gran cuantía de oro para el emperador, que muy gastado estaba con las jornadas de su coronación, del turco en Viena y de Túnez; y para sí también.



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- CXXXIII -

La rebelión de Mango, inca, contra españoles

     Mango, hijo de Guaynacapa, a quien Francisco Pizarro dio la borla en Vilcas, se mostró bullicioso y hombre de valor, por lo cual fue metido en la fortaleza del Cuzco en prisiones de hierro. Mas desde allí, y aun antes que le prendiesen, tramó matar los españoles y hacerse rey como su padre fue. Hizo hacer muchas armas de secreto y grandes sementeras para tener el pan abasto en las guerras y cercos que poner esperaba. Concertó con su hermano Paulo, con Villaoma y Filipillo, que matasen a Diego de Almagro con todos los suyos en los Charcas, o donde más aparejo hallasen, que así haría él a Pizarro y a cuantos estaban en Lima, Cuzco y las otras poblaciones. [193] No podía Mango ejecutar su propósito estando preso; y rogó a Juan Pizarro, que conquistando andaba sobre el Collao, lo soltase antes que viniese Fernando Pizarro, prometiendo ser muy leal y obediente al gobernador. Como se vio suelto, hízose muy familiar de Fernando Pizarro, que le pedía dineros, para huir del Cuzco a su salvo con su amistad y favor. Así que pidió licencia a Fernando Pizarro para ir a una solemne fiesta que se hacía en Hincay, y que le traería de allá una estatua de oro maciza, que al propio tamaño de su padre estaba labrada. Fuese la Semana Santa del año de 1536. Cuando en Hincay estuvo, mofaba y blasfemaba de los españoles. Convocó muchos señores y otras personas, y dio conclusión en el alzamiento que pensaba. Hizo matar muchos españoles que andaban en las minas, y cuantos indios los servían. Envió un capitán con buen ejército al Cuzco; el cual llegó y entró tan súbito, que tomó la fortaleza, sin que los españoles estorbarlo pudiesen, y la sostuvo seis o siete días. En fin de los cuales la recobraron los nuestros peleando reciamente. Murieron sobre ella algunos, y Juan Pizarro, de una pedrada que de noche le dieron en la cabeza. Sobrevino Mango, cercó la ciudad, púsole fuego, y combatíala cada lleno de Luna.



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- CXXXIV -

Almagro tomo por fuerza el Cuzco a los Pizarros

     Estando Almagro guerreando a Chile, llegó Juan de Rada con las provisiones de su gobernación, que había traído Fernando Pizarro, con las cuales, aunque le costaron la vida, se holgó más que con cuanto oro ni plata había ganado, ca era codicioso de honra. Entró en consejo con sus capitanes sobre lo que hacer debía, y resumióse, con parecer de los demás, de volver al Cuzco a tomar en él, pues en su jurisdicción cabía, la posesión de su gobernación. Bien hubo muchos que le dijeron y rogaron poblase allí o en los Charcas, tierra riquísima, antes que ir, y enviase a saber entre tanto la voluntad de Francisco Pizarro y del cabildo del Cuzco, porque no era justo descompadrar primero. Quien más atizó la vuelta fueron Gómez de Alvarado, Diego de Alvarado y Rodrigo Orgoños, su amigo y privado. Almagro, en fin, determinó volver al Cuzco a gobernar por fuerza, si de grado los Pizarros no quisiesen, y también porque decían estar alzado el inca, lo cual se publicó por huir del campo Paulo y Villaoma, no hallando gente ni coyuntura para matar los cristianos, como traían urdido. Almagro envió tras Filipillo, que, como era participante de la conjuración, también huyera, e hízolo cuartos porque no le avisó y porque se pasó a Pedro de Alvarado en Liribamba. Confesó el malvado, al tiempo de su muerte, haber acusado falsamente a su buen rey Atabaliba, por yacer seguro con sus mujeres. Era un mal hombre Filipillo de Puechos, liviano, inconstante, mentiroso, amigo de revueltas [194] y sangre, y poco cristiano, aunque bautizado. Tuvo Almagro muchos trabajos a la vuelta; comió los caballos que se murieron a la ida, cosa bien de notar, porque al cabo de cuatro meses o más tiempo estaban por corromper, y tan frescos, según dicen, como recién muertos. Estábanse también los españoles arrimados a las peñas con las riendas en las manos, que parecían vivos. Proveyó de agua su ejército en los despoblados con ovejas, que llevaban a cuatro y más arrobas de ella en odres y zaques de otras ovejas, y aun muchos españoles fueron cabalgando en ellas; aunque no es caballería, para su cólera. Maravilláronse mucho los de Almagro, cuando al Cuzco llegaron, en verlo cercado de los indios; y él trató con el inca la paz, diciendo, si alzaba el cerco, que le perdonaría lo hecho, como gobernador, y si no, que lo destruiría, que a eso venía. Mango respondió que se viesen, y que holgaba de su venida y gobernación. Almagro, sin pensar en la malicia, fue a recaudo por otros inconvenientes, dejando en guarda de su real a Juan de Saavedra. Fernando Pizarro, que supo estas vistas, salió a hablar con Saavedra. Dábale cincuenta mil castellanos porque se metiese con él dentro del Cuzco. No le osó enojar, que tenía mucha gente y muy fuerte plaza, y tornóse bien triste y desconfiado. Tampoco pudo Mango prender a Almagro y perdió esperanza de recobrar el Cuzco. Y porque no le tomasen entre puertas los de Almagro y Pizarro, dejó el cerco y fuese a los Andes, que llaman una gran montaña sobre Guamanga. Llegó Almagro su ejército al Cuzco, las banderas altas. Requirió al regimiento y hermanos de Francisco Pizarro que lo recibiesen luego pacíficamente por gobernador, conforme a las provisiones reales del emperador. Fernando Pizarro, que mandaba, respondió que sin voluntad de Francisco Pizarro, gobernador de aquella tierra, por cuyo poder él allí estaba, no podía ni debía, según honra y conciencia, admitirlo por gobernador. Mas, si entrar quería como privado y particular, que lo aposentaría muy bien con todos los que traía; y entre tanto avisarían a su hermano, si vivo era, que estaba en Los Reyes, de su llegada y pedimento; y que confiaba en su antigua y buena amistad que se conformaría, declarando la raya y mojones de cada gobernación a dicho de sabios cosmógrafos. Tuvo Almagro por dilación esta respuesta e insistió en su demanda; y como hallaba contraste en Fernando Pizarro, entróse dentro una noche de gran niebla y oscuridad. Cercó la casa donde los Pizarros y cabildo estaban fuertes, y púsole fuego porque no se daban. Ellos, por no quemarse, rindiéronse. Echó Almagro presos a Fernando y Gonzalo Pizarro y a otros. El regimiento y vecinos lo recibieron luego en siendo de día por gobernador. Dicen unos que Almagro quebró las treguas que habían puesto, para entre tanto esperar la respuesta de Francisco Pizarro; otros, que no las hubo ni las quiso, porque no le habían de recibir sino por fuerza; otros, que tuvo favor de los vecinos para entrar; y como fueron bandos, cada uno habla en favor del suyo. Y es cierto que por fuerza entró, y que murieron dos españoles, uno de cada parte, y que Almagro matara a Fernando Pizarro, según voluntad de casi todos, sino por Diego de Alvarado. Esto y el alzamiento del inca pasó año de 1536, sin que Francisco Pizarro lo supiese. [195]



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- CXXXV -

Los muchos españoles que indios mataron por socorrer el Cuzco

     Bien temió Pizarro, cuando supo la rebelión del inca y el cerco del Cuzco; mas no pensó al principio que tan de veras era, ni con tanta gente como fue; y así, envió luego a Diego Pizarro con setenta españoles, que los más eran peones. A todos los cuales mataron indios en la cuesta de Parcos, cincuenta leguas del Cuzco; mataron asimismo al capitán Morgovejo, con muchos españoles que al socorro llevaba, en un mal paso donde los atajaron; hicieron el estrago con galgas, que no se atrevieron venir a las lanzadas. Algunos se escaparon con la oscuridad de la noche, mas ni pudieron ir al Cuzco, ni tornar a Los Reyes; envió también Pizarro a Gonzalo de Tapia con otros ochenta españoles, y también los mataron indios de puro cansados. Mataron eso mismo al capitán Gaete con cuarenta españoles en Jauja. Pizarro estaba espantado cómo no le escribían sus hermanos ni aquellos sus capitanes, y temiendo el mal que fue, despachó cuarenta de caballo con Francisco de Godoy, para que le trajese nuevas de todo; el cual volvió, como dicen, rabo entre piernas, trayendo consigo dos españoles de Gaete que se habían escapado a uña de caballo y que dieron a Pizarro las malas nuevas; las cuales lo pusieron en muy gran cuita. Llegó luego a Los Reyes huyendo Diego de Agüero, que dijo cómo los indios andaban todos en armas y le habían querido quemar en sus pueblos, y que venía muy cerca un gran ejército de ellos. Nueva que atemorizó mucho la ciudad, y tanto más cuanto menos españoles había; Pizarro envió a Pedro de Lerma, de Burgos, con setenta de caballo y muchos indios amigos y cristianos a estorbar que los enemigos no llegasen a Los Reyes, y él salió detrás con los demás españoles que allí había. Peleó Lerma muy bien, y retrajo los enemigos a un peñol, y allí los acabaran de vencer y deshacer si Pizarro a recoger no tañera. Murió aquel día y batalla un español de caballo; fueron heridos muchos otros, y a Pedro de Lerma quebraron los dientes; los indios dieron muchas gracias al Sol, que los escapó de tanto peligro, haciéndole grandes sacrificios y ofrendas, y pasaron su real una sierra cerca de Los Reyes, el río en medio, do estuvieron diez días haciendo arremetidas y escaramuzas con españoles, que con otros indios no querían, y muchos indios cristianos, mozos de españoles, iban a comer y estar con los contrarios, y aun a pelear contra sus amos, y se tornaban de noche a dormir en la ciudad. [196]



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- CXXXVI -

El socorro que vino de muchas partes a Francisco Pizarro

     Como Pizarro se vio cercado, y muertos cerca de cuatrocientos españoles y doscientos caballos, temió la furia y muchedumbre de los enemigos, aun creyó que habían muerto a Diego de Almagro en Chili, y a sus hermanos en el Cuzco. Envió a decir a Alonso de Alvarado que dejase la conquista de los cachapoyas y se viniese luego con toda su gente a socorrerle; envió un navío a Trujillo para en que llevasen de allí las mujeres, hijos y hacienda, mandando a los hombres desamparasen el lugar y viniesen a Los Reyes; despachó a Diego de Ayala en los otros navíos a Panamá, Nicaragua y Cuauhtemallán por socorro, y escribió a las islas de Santo Domingo y Cuba, y a todos los otros gobernadores de Indias, el estrecho en que quedaba. Alonso de Fuenmayor, presidente y obispo de Santo Domingo, envió con Diego de Fuenmayor, su hermano, natural de Yanguas, muchos españoles arcabuceros que habían llegado entonces con Pedro de Veragua; Fernando Cortés envió, con Rodrigo de Grijalva, en un propio navío suyo, desde la Nueva España, muchas armas, tiros, jaeces, aderezos, vestidos de seda y una ropa de martas; el licenciado Gaspar de Espinosa llevó de Panamá, Nombre de Dios y Tierra Firme buena copia de españoles; Diego de Ayala volvió con harta gente de Nicaragua y Cuauhtemallán. También vinieron otros de otras partes, y así tuvo Pizarro un florido ejército y más arcabuceros que nunca; y aunque no los hubo mucho menester para contra indios, aprovecháronle infinito para contra Diego de Almagro, como después diremos; por lo cual acertó a pedir estos socorros, aunque fue notado entonces de pusilanimidad por pedirlos.



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- CXXXVII -

Dos batallas con indios, que Alonso de Alvarado dio y venció

     A la hora en que Alonso de Alvarado recibió las cartas de Pizarro, en que lo llamaba para socorro, dejó la empresa de los cachapoyas, que muy adelante iba, y se fue a Trujillo, que camino era para Los Reyes. Hizo quedar a los vecinos, que ya tenían fuera su hato y mujeres y se querían ir a Pizarro, desamparando la ciudad; llegó a Los Reyes con alegría de todos, por ser el primero que al socorro venía, y Pizarro lo hizo su capitán general, quitando el cargo a Pedro de Lerma, el cual lo tuvo a deshonra, y como valiente, [197] y que lo había hecho bien, desmandóse de lengua; era de Burgos, y conocía al Alvarado. Descansó Alvarado, y aderezó trescientos españoles a pie y a caballo para echar de allí los indios, y no parar hasta deshacerlos y destruir y descercar el Cuzco, no sabiendo lo que allá pasaba entre los españoles; hubo una batalla cerca de Cachacama con Tizoyo, capitán general de Mango, y aun dicen que se halló en ella el mismo Mango, inca, la cual fue muy recia y sangrienta, ca los indios pelearon como vencedores, y los españoles por vencer; en Jauja lo alcanzó Gómez de Tordoya, de Barcarrota, con doscientos españoles que Pizarro le enviaba para engrosar el campo. Alvarado caminó sin embarazo hasta Lumichaca, puente de piedra, con todos quinientos españoles; allí cargaron muchísimos indios, pensando matar los cristianos al paso, a lo menos desbaratarlos; mas Alvarado y sus compañeros, aunque rodeados por todas partes de los enemigos, pelearon de tal manera, que los vencieron, haciendo en ellos muy gran matanza. Costaron estas batallas hartos españoles y muchos indios amigos que los servían y ayudaban; de Lumichaca a la puente de Abancay, que habrá veinte leguas, hubo muchas escaramuzas, mas no que de contar sean; supo Alvarado allí las revueltas y mudanzas del Cuzco y la prisión de Fernando y Gonzalo Pizarro, y paró a esperar lo que Pizarro mandaba sobre aquello, pues ya los indios eran idos del Cuzco; fortificó su real entre tanto que la respuesta e instrucción venía, por amor de muchos indios que bullían por allí con Tizoyo y Mango, y por si viniese Almagro.



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- CXXXVIII -

Almagro prende al capitán Alvarado, y rehusa los partidos de Pizarro

     Como Almagro entendió que Alvarado estaba con tanta gente y pujanza en Abancay, pensó que iba contra él, y apercibióse; envióle a requerir con las provisiones que no estuviese con ejército en su gobernación, o le obedeciese. Alvarado prendió a Diego de Alvarado con otros ocho españoles, que fue al requerimiento, y respondió que las habían de notificar a Francisco Pizarro, y no a él; Almagro se volvió del camino, que también salió con gente, no tornando sus mensajeros, a guardar el Cuzco, ca podía ir Alvarado allá por otro cabo. Mas luego tuvo aviso y cartas que Pedro de Lerma se le quería pasar con más de sesenta compañeros, por enojo que tenía de Pizarro por haberle quitado el cargo de capitán general y haberlo dado al Alonso de Alvarado, y tornó con ejército sobre Alvarado, y prendió a Perálvarez Holguín, que andaba corriendo el campo, en una celada. Alvarado, desde que lo supo, quiso prender a Pedro de Lerma; empero él se huyó [198] del real aquel mismo punto de la noche, con las firmas de sus amigos, que a ellos no pudo llevar por la prisa; llegó Almagro con la oscuridad al puente, sabiendo que le aguardaban Gómez de Tordoya y Villalva y otros, y echó buena parte de los suyos por el vado, a donde estaban los que se le habían de pasar. Cuando Alvarado sintió los enemigos en el real, comenzó a pelear tocando al arma; pero como tenía muchos guardando los pasos fuera del fuerte y muchos sin picas, que se las habían echado al río los amigos de Lerma, no pudo resistir la carga del contrario, y fue roto y preso sin sangre ninguna, aunque de una pedrada quebraron los dientes a Rodrigo de Orgoños. Recogió Almagro el campo y tornóse al Cuzco, tan ufanos los suyos, que decían que no dejarían pizarra ninguna en todo el Perú en qué tropezar, y que se fuese Francisco Pizarro a gobernar los manglares de la costa. Usó Almagro de la victoria piadosamente, aunque dicen que trataba mal los prisioneros. Pizarro, que iba con seiscientos españoles a descercar el Cuzco, supo en Nasca cuanto atrás dicho habemos, e hizo gran sentimiento de ello, y volvióse a Los Reyes para aderezar mejor, si guerra hubiese de haber, ca el competidor era recio y tenía muchos españoles. Entre tanto que se apercibía quiso concertarse de bien a bien, pues era mejor mala concordia que próspera guerra, y envió al licenciado Gaspar de Espino a negociar; el cual se declaró, porque otros no gozasen sus trabajos las manos enjutas, a que fuesen amigos y que Almagro soltase a Fernando y Gonzalo Pizarro y a Alfonso de Alvarado y se estuviese en el Cuzco gobernando, sin bajar a los llanos, hasta tener declaración por el emperador de lo que cada uno hubiese de gobernar. Murió el licenciado entendiendo en esto, y aun pronosticando la destrucción y muertes de ambos gobernadores. Almagro, con la pujanza y consejeros que tenía, rehusó aquel partido, diciendo que había de dar y no tomar leyes en su jurisdicción y prosperidad. Dejó a Gabriel de Rojas en guarda del Cuzco y de los presos, y llevando consigo a Fernando Pizarro, bajó con ejército y quinto del rey a la marina. Hizo un pueblo en término de Los Reyes, como en posesión, y asentó el real en Chincha.



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- CXXXIX -

Vistas de Almagro y Pizarro en mala sobre concierto

     Sabiendo esto Pizarro, sonó atambor en Los Reyes, dio grandes pagas y ventajas y juntó más de setecientos españoles con muchos caballos y arcabuces, que daban reputación al ejército; y casi toda esta gente era venida y llamada contra indios en socorro del Cuzco y de Los Reyes. Hizo capitanes de arcabucería a Nuño de Castro y a Pedro de Vergara, que la trajera de Flandes, donde casado estaba; hizo capitán de piqueros a Diego de Urbina, [199] y de caballos a Diego de Rojas y a Peranzures y a Alonso de Mercadillo. Puso por maestre de campo a Pedro de Valdivia, y por sargento mayor a Antonio de Villalva; estando en esto, llegaron Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado, e hízolos generales, a su hermano de la infantería y al otro de la caballería. Estaban presos en el Cuzco, sobornaron a hasta cincuenta soldados, y con su ayuda salieron de la prisión, quitaron las sogas de las campanas, porque no repicasen tras ellos, y huyeron a caballo con aquellos cincuenta y con Gabriel de Rojas, que prendieron; publicaba Pizarro que hacía esta gente para su defensa como hombre acometido, y habló en concierto a consejo de muchos. Almagro vino luego también en ello, y envió con poder para tratar del negocio a don Alonso Enríquez, Diego de Mercado, factor, y Juan de Guzmán, contador. Hablaron con Pizarro, y él lo comprometió en Francisco de Bobadilla, provincial de la Merced, y ellos en fray Francisco Husando; los cuales sentenciaron que Almagro soltase a Fernando Pizarro y restituyese al Cuzco; que deshiciesen entrambos los ejércitos, enviasen la gente a conquistas, escribiesen al emperador y se viesen y hablasen en Mala, pueblo entre Los Reyes y Chincha, con cada doce caballeros, y que los frailes se hallasen a las pláticas. Almagro dijo que holgaba de verse con Pizarro, aunque tenía por muy grave la sentencia, y cuando se partió a las vistas con doce amigos, encomendó a Rodrigo de Orgoños, su general, que con el ejército estuviese a punto, por si algo Pizarro hiciese, y matase a Fernando Pizarro, que le dejaba en poder, si a él fuerza le hiciesen. Pizarro fue al puesto con otros doce, y tras él Gonzalo Pizarro con todo el campo; si lo hizo con voluntad de su hermano, o sin ella, nadie creo que lo supo. Es empero cierto que se puso junto a Mala, y que mandó al capitán Nuño de Castro se emboscase con sus cuarenta arcabuceros en un cañaveral junto al camino por donde Almagro tenía de pasar; llegó primero a Mala Pizarro, y en llegando Almagro se abrazaron alegremente y hablaron en cosas de placer. Acercóse uno de Pizarro, antes que comenzasen negocios, a Diego de Almagro y díjole al oído que se fuese luego de allí, ca le iba en ello la vida; él cabalgó presto y volvióse sin hablar palabra en aquello ni en el negocio a que viniera. Vio la emboscada de arcabuceros, y creyó; quejóse mucho de Francisco Pizarro y de los frailes, y todos los suyos decían que de Pilatos acá no se había dado sentencia tan injusta. Pizarro, aunque le aconsejaban que lo prendiese, lo dejó ir, diciendo que había venido sobre su palabra, y se disculpó mucho en que ni mandó venir a su hermano ni sobornó los frailes. [200]



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- CXL -

La prisión de Almagro

     Aunque las vistas fueron en vano y para mayor odio e indignación de las partes, no faltó quien tornase a entender muy de veras y sin pasión entre Pizarro y Almagro. Diego de Alvarado, en fin, los concertó, que Almagró soltase a Fernando Pizarro, y que Francisco Pizarro diese navío y puerto seguro a Almagro, que no lo tenía, para que libremente pudiese enviar a España sus despachos y mensajeros; que no fuese ni viniese uno contra otro, hasta tener nuevo mandado del emperador. Almagro soltó luego a Fernando Pizarro sobre pleitesía que hizo, a ruego y seguro de Diego de Alvarado, aunque Orgoños lo contradijo muy mucho, sospechando mal de la condición áspera de Fernando Pizarro, y el mismo Almagro se arrepintió y lo quisiera detener. Mas acordó tarde, y todos decían que aquél lo había de revolver todo, y no erraron, ca suelto él, hubo grandes y nuevos movimientos, y aun Pizarro no anduvo muy llano en los conciertos, porque ya tenía una provisión real en que mandaba el emperador que cada uno estuviese donde y como la tal provisión notificada les fuese, aunque tuviese cualquiera de ellos la tierra y jurisdicción del otro. Pizarro, pues, que tenía libre y por consejero a su hermano, requirió a Almagro que saliese de la tierra que había él descubierto y poblado, pues era ya venido nuevo mandamiento del emperador. Almagro respondió, leída la provisión, que la oía y cumplía estándose quedo en el Cuzco y en los otros pueblos que al presente poseía, según y como el emperador mandaba y declaraba por aquella su real cédula y voluntad, y que con ella misma le requería y rogaba lo dejase estar en paz y posesión como estaba. Pizarro replicó que, teniendo él poblado y pacífico el Cuzco, se lo había tomado por fuerza, diciendo que caía en su gobernación del nuevo reino de Toledo; por tanto, que luego se lo dejase y se fuese; si no, que lo echaría, sin quebrar el pleito homenaje que había hecho, pues teniendo aquella nueva provisión del rey era cumplido el plazo de su pleitesía y concierto. Almagro estuvo firme en su respuesta, que concluí llanamente; y Pizarro fue con todo su ejército a Chincha, llevando por capitanes los que primero, y por consejero a Fernando Pizarro, y por color que iba a echar sus contrarios de Chincha, que manifiestamente era de su gobernación. Almagro se fue la vía del Cuzco por no pelear; empero, como lo seguían, cortó muchos pasos de mal camino y reparó en Gaitara, sierra alta y próspera. Pizarro fue tras él, que tenía más y mejor gente; y una noche subió Fernando Pizarro con los arcabuceros aquella sierra, que le ganaron el paso. Almagro entonces, que malo estaba, se fue a gran prisa y dejó a Orgoños detrás, que se retirase concertadamente y sin pelear. El lo hizo como se lo mandó, aunque, según Cristóbal de Sotelo y otros decían, mejor hiciera en dar batalla a los pizarristas, que se marearon en la sierra, ea es ordinario a los españoles que de nuevo o recién salidos de los calorosos llanos suben a las nevadas [201] sierras, marcarse. Tanta mudanza hace tan poca distancia de tierra. Así que Almagro, recogida su gente al Cuzco, quebró los puentes, labró armas de plata y cobre, arcabuces, otros tiros de fuego, abasteció de comida la ciudad y reparóla de algunos fosados. Pizarro se volvió a los llanos por el inconveniente que digo, y desde a dos meses a Los Reyes; empero solo, porque envió todo su ejército al Cuzco, con achaque de restituir en sus casas y repartimientos a ciertos vecinos que Almagro había despojado, y para esto hizo justicia mayor a Fernando Pizarro, que gobernaba el campo, siendo general su hermano Gonzalo. Fue, pues, Fernando Pizarro al Cuzco por otro camino que Almagro, y llegó allá a los 26 de abril de 1538 años. Almagro, que tan determinados los vio venir, metió los aficionados a Pizarro en dos cubos de la fortaleza, donde algunos se ahogaron, de muy apretados. Envió al encuentro a Rodrigo Orgoños con toda su gente y muchos indios, ca él no podía pelear, de flaco y enfermo. Orgoños se puso en el camino real entre la ciudad y la sierra, orilla de una ciénaga. Puso la artillería en conveniente parte, y los caballos también, que llevaban a cargo Francisco de Chaves, Vasco de Guevara y Juan Tello. Por hacia la sierra echó muchos indios con algunos españoles que socorriesen a la mayor necesidad y peligro. Fernando Pizarro, dicha la misa, bajó al llano en ordenanza, con pensamiento de tomar un alto que sobre la ciudad estaba, y que no lo aguardarían los contrarios llevando tanta pujanza. Mas como los vio quedos y con semblante de no rehusar batalla, mandó al capitán Mercadillo que con sus caballos anduviese sobresaliente, o para contra los indios contrarios, o para remediar otra cualquiera necesidad; y dijo a sus indios que arremetiesen a los otros, y por allí se comenzó la batalla que llaman de las Salinas, obra de media legua del Cuzco. Entraron en la ciénaga los arcabuceros de Pedro de Vergara y desbarataron una compañía de caballos contrarios, que fue gran desmán para los de Orgoños, que, conociendo el daño, hizo soltar un tiro, el cual mató cinco españoles de Pizarro y atemorizó los otros; pero Fernando Pizarro los animó bien y a sazón, y dijo a los arcabuceros que tirasen a las picas arboladas, y quebraron más de cincuenta de ellas, que mucha falta hicieron a los de Almagro. Orgoños hizo señal de romper con los enemigos; y como se tardaban algo los suyos, arremetió con su escuadrón solamente a Fernando Pizarro, que guiaba el lado izquierdo de su ejército con Alonso de Alvarado. Esperó dos españoles con su lanza, tiró una estocada a un criado de Fernando Pizarro, pensando que su amo fuese, y metióle por la boca el estoque. Hacía Orgoños maravillas de su persona; mas duró poco tiempo, porque cuando arremetió le pasaron la frente con un perdigón de arcabuz, de que vino a perder la fuerza y la vista. Fernando Pizarro y Alonso de Alvarado encontraron los enemigos de través, y derribaron cincuenta de ellos, y los más juntamente con los caballos. Acudieron luego los de Almagro y Gonzalo Pizarro por su parte, y pelearon todos, como españoles, bravísimamente, mas vencieron los Pizarros y usaron cruelmente de la victoria, aunque cargaron la culpa de ello a los vencidos con Alvarado en el puente de Abancay, que no eran muchos y queríanse vengar. Estando Orgoños rendido a [202] dos caballeros, llegó uno que lo derribó y degolló. Llevando también uno tendido y a las ancas al capitán Rui Díaz, le dio otro una lanzada que lo mató, y así mataron otros muchos después que sin armas los vieron; Samaniego, a Pedro de Lerma a puñaladas en la cama, de noche. Murieron peleando los capitanes Moscoso, Salinas y Hernando de Alvarado, y tantos españoles, que si los indios, como lo habían platicado, dieran sobre los pocos y heridos que quedaban, los pudieran fácilmente acabar. Mas ellos se embebieron en despojar los caídos, dejándolos en cueros, y en robar los reales, que nadie los guardaba, porque los vencidos huían y los vencedores perseguían. Almagro no peleó por su indisposición; miró la batalla de un recuesto, y metióse en la fortaleza como vio vencidos los suyos. Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado lo siguieron y prendieron, y lo echaron en las prisiones en que los había tenido.



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- CXLI -

Muerte de Almagro

     Con la victoria y prendimiento de Almagro enriquecieron unos y empobrecieron otros, que usanza es de guerra, y más de la que llaman civil, por ser hecha entre ciudadanos, vecinos y parientes. Fernando Pizarro se apoderó del Cuzco sin contradicción, aunque no sin murmuración. Dio algo a muchos, que a todos era imposible; mas como era poco para lo que cada uno que con él se halló en la batalla pretendía, envió los más a conquistar nuevas tierras, donde se aprovechasen; y por no quedar en peligro ni cuidado, enviaba los amigos de Almagro con los suyos. Envió también a Los Reyes, en son de preso, a don Diego de Almagro, porque los amigos de su padre no se amotinasen con él. Hizo proceso contra Almagro, publicando que para enviarlo juntamente con el preso a Los Reyes y de allí a España; mas como le dijeron que Mesa y otros muchos habían de salir al camino y soltarlo, o porque lo tenía en voluntad, por quitarse de ruido sentenciólo a muerte. Los cargos y culpas fueron que entró en el Cuzco mano armada; que causó muchas muertes de españoles; que se concertó con Mango contra españoles; que dio y quitó repartimientos sin tener facultad del emperador; que había quebrado las treguas y juramentos; que había peleado contra la justicia del rey en Abancay y en las Salinas. Otras hubo también que callo, por no ser tan acriminadas. Almagro sintió grandemente aquella sentencia. Dijo muchas lástimas y que hacían llorar a muy duros ojos. Apeló para el emperador; mas Fernando, aunque muchos se lo rogaron ahincadamente, no quiso otorgar la apelación. Rogóselo él mismo, que por amor de Dios no le matase, diciendo que mirase cómo no le había él muerto, pudiendo, ni derramado sangre de [203] pariente ni amigo suyo, aunque los había tenido en poder; que mirase cómo él había sido la mayor parte para subir Francisco Pizarro, su caro hermano, a la cumbre de honra y riqueza que tenía; díjole que mirase cuán viejo, flaco y gotoso estaba, y que revocase la sentencia por apelación para dejarle vivir en la cárcel siquiera los pocos y tristes días que le quedaban para llorar en ellos y allí sus pecados. Fernando Pizarro estuvo muy duro a estas palabras, que ablandaran un corazón de acero, y dijo que se maravillaba que hombre de tal ánimo temiese tanto la muerte. Él replicó que, pues Cristo la temió, no era mucho temerla él; mas que se confortaría con que, según su edad, no podía vivir mucho. Estuvo Almagro recio de confesar, pensando librarse por allí, ya que por otra vía no podía. Empero confesóse, hizo testamento y dejó por herederos al rey y a su hijo don Diego. No quería consentir la sentencia, de miedo de la ejecución, ni Fernando Pizarro otorgar la apelación, por que no la revocasen en Consejo de Indias y porque tenía mandamiento de Francisco Pizarro. En fin la consintió. Ahogáronle, por muchos ruegos, en la cárcel, y después lo degollaron públicamente en la plaza del Cuzco, año de 1540. Muchos sintieron mucho la muerte de Almagro y lo echaron menos; y quien más lo sintió sacando a su hijo, fue Diego de Alvarado, que se obligó al muerto por el matador y que libró de la muerte y de la cárcel al Fernando Pizarro, del cual nunca pudo sacar virtud sobre aquel caso, por más que se lo rogó; y así vino luego a España a querellar de Francisco Pizarro y de sus hermanos y a demandar la palabra y pleitesía a Fernando Pizarro delante el emperador, y andando en ello murió en Valladolid, donde la corte estaba; y porque murió en tres o cuatro días dijeron algunos que fue de yerbas. Era Diego de Almagro natural de Almagro; nunca se supo de cierto quién fue su padre, aunque se procuró. Decían que era clérigo y no sabía leer. Era esforzado, diligente, amigo de honra y fama; franco, mas con vanagloria, ca quería supiesen todos lo que daba. Por las dádivas lo amaban los soldados, que de otra manera muchas veces los maltrataba de lengua y manos. Perdonó más de cien mil ducados, rompiendo las obligaciones y conocimientos, a los que fueron con él al Chili. Liberalidad de príncipe más que de soldado; pero cuando murió no tuvo quien pusiese un paño en su degolladero. Tanto pareció peor su muerte, cuanto él menos cruel fue, ca nunca quiso matar hombre que tocase a Francisco Pizarro. Nunca fue casado, empero tuvo un hijo en una india de Panamá, que se llamó como él y que se crió y enseñó muy bien, mas acabó mal, como después diremos. [204]



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- CXLII -

Las conquistas que se hicieron tras la muerte de Almagro

     Pedro de Valdivia fue con muchos españoles a continuar la conquista de Chili, que Almagro comenzó. Pobló y comenzó a contratar con los naturales, que lo habían recibido pacíficamente, aunque con engaño, ca luego en cogiendo el grano y cosas de comer se armaron y dieron tras los cristianos, y mataron catorce españoles que andaban fuera de poblado. Valdivia fue al socorro, dejando en la ciudad la mitad de la gente con Francisco de Villagrán y Alonso de Monroy. Entre tanto vinieron hasta ocho mil chileses sobre la ciudad. Salieron a ellos Villagrán y Monroy con treinta de caballo y otros algunos de pie, y pelearon desde la mañana hasta que los despartió la noche, y todos holgaron de ello, los nuestros de cansados y heridos con flechas, los indios por la carnicería que de los suyos había y por las fieras lanzadas y cuchilladas que tenían, aunque no por eso dejaron las armas, antes daban guerra siempre a los españoles y no les dejaban indio de servicio, a cuya falta los nuestros mismos cavaban, sembraban y hacían las otras cosas que para se mantener son necesarias. Mas con todo este trabajo y miseria descubrieron mucha tierra por la cos ta, y oyeron decir que había un señor dicho Leuchen Golma, el cual juntaba doscientos mil combatientes para contra otro rey vecino suyo y enemigo, que tenía otros tantos, y que Leuchen Golma poseía una isla, no lejos de su tierra, en que había un grandísimo templo con dos mil sacerdotes, y que más adelante había amazonas, la reina de las cuales se llamaba Guanomilla, que suena cielo oro, de donde argüían muchos ser aquella tierra muy rica; mas pues ella está, como dicen, en cuarenta grados de altura, no tendrá mucho oro; empero, ¿qué digo yo, pues aún no han visto las amazonas, ni el oro, ni a Leuchen Golma, ni la isla de Salomón, que llaman por su gran riqueza? Gómez de Alvarado fue a conquistar la provincia de Guanuco; Francisco de Chaves, a guerrear los conchucos, que molestaban a Trujillo y a sus vecinos, y que traían un ídolo en su ejército, a quien ofrecían el despojo de los enemigos, y aun sangre de cristianos. Pedro de Vergara fue a los Bracamoros, tierra junto al Quito por el norte; Juan Pérez de Vergara fue hacia los Chachapoyas, y Alonso de Mercadillo, a Mullubamba, y Pedro de Candía, a encima del Collao; el cual no pudo entrar donde iba por la maleza de aquella tierra o por la de su gente, ca se le amotinó mucha de ella; que amigos eran de Almagro con Mesa, capitán de la artillería de Pizarro. Fue allá Fernando Pizarro y degolló al Mesa por amotinador y porque había dicho mal de Pizarros y tratado de ir a soltar a Diego de Almagro si a Los Reyes lo llevasen. Dio los trescientos hombres de Candía a Peranzures y enviólo a la misma tierra y conquista. De esta manera se esparcieron los españoles y conquistaron más de setecientas leguas de tierra en largo, de este a casi oeste, con admirable [205] presteza, aunque con infinitas muertes. Fernando y Gonzalo Pizarro sujetaron entonces el Collao, tierra rica de oro, que chapan con ello los oratorios y cámaras, y abundante de ovejas, que son algo acamelladas de la cruz adelante, aunque más parecen ciervos. Las que llaman pacos crían lana muy fina; llevan tres y cuatro arrobas de carga, y aun sufren hombres encima, mas andan muy despacio: cosa contra la impaciente cólera de los españoles. Cansadas, vuelven la cabeza al caballero y échanle una hedionda agua. Si mucho se cansan, cáense, y no se levantan hasta quedar sin peso ninguno, aunque las matasen a palos. Viven en el Collao los hombres cien años y más; carecen de maíz y comen unas raíces que parecen turmas de tierra y que llaman ellos papas. Tornóse Fernando Pizarro al Cuzco, donde se vio con Francisco Pizarro, que hasta entonces no se habían visto desde antes que Almagro fuese preso. Hablaron muchos días sobre lo hecho y en cosas de gobernación. Determinaron que Fernando viniese a España a dar razón de ambos al emperador, con el proceso de Almagro y con los quintos y relaciones de cuantas entradas habían hecho. Muchos de sus amigos, que sabían las verdades, aconsejaron al Fernando Pizarro que no viniese, diciendo que no sabían cómo tomaría el emperador la muerte de Almagro, especial estando en corte Diego de Alvarado, que los acusaba, y que muy mejor negociarían desde allí que allá. Fernando Pizarro decía que le había de hacer grandes mercedes el emperador por sus muchos servicios y por haber allanado aquella tierra, castigando por justicia a quien la revolviera. A la partida rogó a su hermano Francisco que no se fiase de almagrista ninguno, mayormente de los que fueron con él al Chile, porque los había él hallado muy constantes en el amor del muerto, y avisólo que no los dejase juntar, porque le matarían, ca él sabía cómo en estando juntos cinco de ellos trataban de matarlo. Despidióse con tanto, vino a España y a la corte con gran fausto y riqueza; mas no se tardó mucho que lo llevaron de Valladolid a la Mota de Medina del Campo, de donde aún no ha salido.



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- CXLIII -

La entrada que Gonzalo Pizarro hizo a la tierra de la Canela

     Entre otras cosas que Fernando Pizarro tenía de negociar con el emperador era la gobernación del Quito para Gonzalo, su hermano, y con tal confianza hizo Francisco Pizarro gobernador de aquella provincia al susodicho Gonzalo Pizarro. El cual para ir allá y a la tierra que llamaban de la Canela armó doscientos españoles, y a caballo los ciento, y gastó en su persona y compañeros bien cincuenta mil castellanos de oro, aunque los más prestó. [206] Tuvo en el camino algunos encuentros con indios de guerra. Llegó al Quito, reformó algunas cosas del gobierno, proveyó su ejército de indios de carga y servicio y de otras muchas cosas necesarias a su jornada y partióse en demanda de la Canela, dejando en Quito por su teniente a Pedro de Puelles, con doscientos y más españoles, con ciento y cincuenta caballos, con cuatro mil indios y tres mil ovejas y puercos. Caminó hasta Quijos, que es al norte de Quito y la postrera tierra que Guaynacapa señoreó. Saliéronle allí muchos indios como de guerra, mas luego desaparecieron. Estando en aquel lugar tembló la tierra terriblemente y se hundieron más de sesenta casas y se abrió la tierra por muchas partes. Hubo tantos truenos y relámpagos, y caló tanta agua y rayos, que se maravillaron. Pasó luego unas sierras, donde muchos de sus indios se quedaron helados, y aun, allende del frío, tuvieron hambre. Apresuró el paso hasta Cumaco, lugar puesto a las faldas de un volcán, y bien proveído. Allí estuvo dos meses, que un solo día no dejó de llover, y así se les pudrieron los vestidos. En Cumaco y su comarca, que cae bajo o cerca de la Equinoccial, hay la canela que buscaban. El árbol es grande y tiene la hoja como de laurel, y unos capullos como de bellotas de alcornoque. Las hojas, tallos, corteza, raíces y fruta son de sabor de canela, mas los capullos es lo mejor. Hay montes de aquellos árboles, y crían muchos en heredades para vender la especiería, que muy gran trato es por allí. Andan los hombres en carnes, y atan lo suyo con cuerdas que ciñen al cuerpo; las mujeres traen solamente pañicos. De Cumaco fueron a Coca, donde reposaron cincuenta días y tuvieron amistad con el señor. Siguieron la corriente del río que por allí pasa y que muy caudoloso es. Anduvieron cincuenta leguas sin hallar puente ni paso; mas vieron cómo el río hacía un salto de doscientos estados con tanto ruido, que ensordecía, cosa de admiración para los nuestros. Hallaron una canal de peña tajada, no más ancha que veinte pies, do entraba el río, la cual, a su parecer, era honda otros doscientos estados. Los españoles hicieron una puente sobre aquella canal y pasaron a la otra parte, que les decían ser mejor tierra, aunque algo se lo defendieron los de allí; fueron a Guema, tierra pobre y hambrienta, comiendo frutas, yerbas y unos como sarmientos, que sabían a ajos. Llegaron, en fin, a tierra de gente de razón, que comían pan y vestían algodón; mas tan lluviosa, que no tenían lugar de enjugar la ropa. Por lo cual, y por las ciénagas y mal camino, hicieron un bergantín, que la necesidad los hizo maestros. La brea fue resina; la estopa, camisas viejas y algodón, y de las herraduras de los caballos muertos y comidos labraron la clavazón, y a tanto llegaron, que comieron los perros. Metió Gonzalo Pizarro en el bergantín el oro, joyas, vestidos y otras cosillas de rescate, y diólo a Francisco de Orellana en cargo, con ciertas canoas en que llevase los enfermos y algunos sanos para buscar provisión. Caminaron doscientas leguas, según les pareció, Orellana por agua y Pizarro por la ribera, abriendo camino en muchas partes a fuerza de manos y fierro. Pasaba de una ribera a otra por mejorar camino; mas siempre paraba el bergantín donde él hacía su rancho. Como en tanta tierra no hallase comida ni riqueza ninguna de aquellas del Cuzco, Collado, Jauja y [207] Pachacama, renegaban los suyos. Preguntó si había el río abajo algún pueblo abastado, donde reposar y comer pudiesen. Dijéronle que a diez soles había una buena tierra, y dieron por señal que se juntaba en ella otro gran río con aquél. Con esto envió a Orellana que le trajese comida de allí, o le esperase a la junta de los ríos; mas ni volvió ni esperó, sino fuese, como en otra parte se dijo, el río abajo, y él caminó sin parar y con gran trabajo, hambre y peligro de ahogarse en ríos que topó. Cuando llegó al puesto y no halló el bergantín en que llevaba su esperanza y hacienda, cuidaron él y todos perder el seso, ca no tenían pies ni salud para ir adelante, y temían el camino y montañas pasadas, donde habían muerto cincuenta españoles y muchos indios. Dieron finalmente la vuelta para Quito, tomando a la ventura otro camino, el cual, aunque bellaco, no fue tan malo como el que llevaron. Tardaron en ir y volver año y medio. Caminaron cuatrocientas leguas. Tuvieron gran trabajo con las continuas lluvias. No hallaron sal en las más tierras que anduvieron. No volvieron cien españoles, de doscientos y más que fueron. No volvió indio ninguno de cuantos llevaron, ni caballo, que todos se los comieron, y aun estuvieron por comerse los españoles que se morían, ca se usa en aquel río. Cuando llegaron donde había españoles, besaban la tierra. Entraron en Quito desnudos y llagadas las espaldas y pies, por que viesen cuáles venían, aunque los más traían cueras, caperuzas y abarcas de venado. Venían tan flacos y desfigurados, que no se conocían; y tan estragados los estómagos del poco comer, que les hacía mal lo mucho y aun lo razonable.



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- CXLIV -

La muerte de Francisco Pizarro

     Vuelto que fue Francisco Pizarro a Los Reyes, procuró hacer su amigo a don Diego de Almagro; mas él no quería, ni aun mostró serlo, porque de suyo y por consejo de Juan Rada, a quien el padre le encomendara cuando murió, estaba puesto en tomar venganza de él, matándole. Pizarro le quitó los indios, porque no tuviese qué dar de comer a los de Chile que se llegaban, pensando necesitarlo por allí a que viniese a su casa y estorbar la junta y monipodio que contra él podían hacer. Él y ellos se indignaron mucho más por esto, y traían, aunque a escondidas, cuantas armas podían a casa de don Diego. Avisaron de ello a Pizarro; mas él no hizo caso, diciendo que harta mala ventura tenía sin buscar más. Ataron una noche tres sogas de la picota, y pusiéronlas una en derecho de casa de Pizarro, otra del teniente y doctor Juan Velázquez y otra del secretario Antonio Picado; mas ningún castigo tú pesquisa por ello se hizo, que dio mucha osadía a los almagristas, y así vinieron de doscientas y más leguas muchos a tratar con don Diego la muerte de Pizarro; que a río revuelto, ganancia de pescadores. No querían matarle, aunque determinados [208] estaban, hasta ver primero respuesta de Diego de Almagro, que, como dije, había ido a España a acusar a los Pizarros; mas apresuráronse a ello con la nueva que iba el licenciado Vaca de Castro, y con que les decían que Pizarro los quería matar; lo cual, si verdad no era, fue malicia de algunos que, deseando la muerte de Pizarro, tiraban la piedra y escondían la mano. Tornaron a decir a Pizarro cómo sin duda ninguna le querían matar, que se guardase. Él respondió que las cabezas de aquéllos guardarían la suya, y que no quería traer guarda, porque no dijese Vaca de Castro que se armaba contra él. Fue Juan de Rada con cuatro compañeros a casa de Pizarro a descubrir lo que allá pasaba. Preguntóle por qué quería matar a don Diego y a sus criados. Juró Pizarro que tal no quería ni pensaba; mas antes ellos lo querían matar a él, según muchos le certificaban, y para eso compraban armas. Rada respondió que no era mucho que comprasen ellos corazas, pues él compraba lanzas. Atrevida y determinada respuesta y gran descuido y desprecio del Pizarro, que oyendo aquello y sabiendo lo otro no lo prendía. Pidióle Rada licencia para irse don Diego de aquella tierra con sus criados y amigos. Pizarro, que no entendía la disimulación, cogió unas naranjas, ca se paseaba en el jardín, y dióselas, diciendo que eran de las primeras de aquella tierra, y si tenía necesidad, que la remediaría. Con tanto Rada se despidió y se fue a contar esta plática a los conjurados, que juntos estaban, los cuales determinaron de matar a Pizarro estando en misa el día de San Juan. Uno de los determinados descubrió la conjuración al cura de la iglesia Mayor, el cual habló luego aquella noche a Pizarro, y al mismo Pizarro, dándole noticia de la traición. Pizarro, que cenando estaba con sus hijos, se demudó algo; mas de ahí a un poco dijo que no lo creía, porque no había mucho que Juan de Rada le habló, y que el descubridor decía aquello por echarle cargo. Envió con todo por Juan Velázquez, su teniente; y como no vino, por estar en la cama malo, fue luego allá con solo Antonio Picado y unos pajes con hachas, y dijo al doctor que remediase aquel monipodio. El respondió que podía estar seguro, teniendo él la vara en la mano. De Picado me maravillo, que no avivó la tibieza del gobernador ni del teniente en remediar tan notorio peligro. Pizarro descuidó con su teniente, y no fue a la iglesia, siendo día de San Juan, por los conjurados, que propuesto tenían de matarlo en misa; mas oyóla en casa. El teniente Francisco de Chaves y otros caballeros se fueron, saliendo de misa mayor, a comer con Pizarro, y cada vecino a su casa. Viendo los conjurados que Pizarro no salió a misa, entendieron cómo eran descubiertos y aun perdidos ni no hacían presto. Eran muchos los de Chile que favorecían a don Diego, y pocos los escogidos y ofrecidos al hecho, ca no querían mostrarse hasta ver cómo salía el trato que traía Juan de Rada. Él, que mañoso era y esforzado, tornó luego once compañeros muy bien armados, que fueron Martín de Bilbao, Diego Méndez, Cristóbal de Sosa, Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Narváez, San Millán, Porras, Velázquez Francisco Núñez; y como todos estaban comiendo, fue adonde Pizarro comía, las espadas sacadas, y voceando por medio de la plaza. "Muera el tirano, muera el traidor, que ha hecho matar [209] a Vaca de Castro". Esto decían por indignar la gente. Pizarro, sintiendo las voces y ruido, conoció lo que era, cerró la puerta de la sala. Dijo a Francisco de Chaves que la guardase con hasta veinte hombres que dentro había, y entróse a armar. Rada dejó un compañero a la puerta de la calle, que dijese cómo ya era muerto Pizarro, para que acudiesen a lo favorecer todos los de Chile, que serían doscientos, y subió con los otros diez. Chaves abrió la puerta, pensando detenerlos y amansarlos con su autoridad y palabras. Ellos, por entrar antes que cerrasen, diéronle una estocada por respuesta. Él echó mano a la espada, diciendo: "¡Cómo, señores!, ¿y a los amigos también?". Y diéronle luego una cuchillada que le llevó la cabeza a cercén, y rodó el cuerpo las escaleras abajo. Como esto vieron los que dentro estaban, descolgáronse por las ventanas a la huerta, y el doctor Velázquez el primero, con la vara en la boca, porque no le embarazase las manos. Solamente quedaron y pelearon en la sala siete; los dos quedaron heridos y los cinco muertos; Francisco Martín de Alcántara, medio hermano de Pizarro; Vargas y Escandón, pajes de Pizarro; un negro, y otro español criado de Chaves. Defendieron la puerta de la cámara do se armaba Pizarro una pieza. Cayeron los pajes muertos. Salió Pizarro bien armado, y como no vio más de a Francisco Martín, dijo: "¡A ellos, hermano; que nosotros bastamos para estos traidores!". Cayó luego Francisco Martín, y quedó solo Francisco Pizarro, esgrimiendo la espada tan diestro, que ninguno se acercaba, por valiente que fuese. Reempujó Rada a Narváez, en que se ocupase. Embarazado Pizarro en matar aquél, cargaron todos en él y retrujéronlo a la cámara, donde cayó de una estocada que por la garganta le dieron. Murió pidiendo confesión y haciendo la cruz, sin que nadie dijese "Dios te perdone", a 24 de junio, año de 1541.

     Era hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, capitán en Navarra. Nació en Trujillo, y echáronlo a la puerta de la iglesia. Mamó una puerca ciertos días, no se hallando quien le quisiese dar leche. Reconociólo después el padre, y traído a guardar los puercos, y así no supo leer. Dióles un día mosca a sus puercos, y perdiólos. No osó tornar a casa de miedo, y fuése a Sevilla con unos caminantes, y de allí a las Indias. Estuvo en Santo Domingo, pasó a Urabá con Alonso de Hojeda, y con Vasco Núñez de Balboa a descubrir la mar del Sur, y con Pedrarias a Panamá. Descubrió y conquistó lo que llaman el Perú, a costa de la compañía que tuvieron él y Diego de Almagro y Hernando Luque. Halló y tuvo más oro y plata que otro ningún español de cuantos han pasado a Indias, ni que ninguno de cuantos capitanes han sido por el mundo. No era franco ni escaso; no pregonaba lo que daba. Procuraba mucho por la hacienda del rey. Jugaba largo con todos, sin hacer diferencia entre buenos y ruines. No vestía ricamente, aunque muchas veces se ponía una ropa de martas que Fernando Cortés le envió. Holgaba de traer los zapatos blancos y el sombrero, porque así lo traía el Gran Capitán. No sabía mandar fuera de la guerra, y en ella trataba bien los soldados. Fue grosero, robusto, animoso, valiente y honrado; mas negligente en su salud y vida. [210]



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- CXLV -

Lo que hizo don Diego de Almagro después de muerto Pizarro

     Al ruido que mataban al gobernador Pizarro acudieron sus amigos, y a las voces de que ya era muerto venían los de Almagro; y así hubo muchas cuchilladas y muertes entre pizarristas y almagristas; mas cesaron presto, porque los matadores hicieron que don Diego cabalgase luego por la ciudad, diciendo que no había otro gobernador ni aun rey sino él en el Perú. Saquearon la casa de Pizarro, que rica estaba, y la de Antonio Picado y otros muchos y ricos hombres. Tomaron las armas y caballos a cuantos vecinos no querían decir "Viva don Diego de Almagro", aunque pocos osaron contradecir al vencedor. Hicieron también que los del regimiento y oficiales del rey recibiesen y jurasen por gobernador al don Diego hasta mandar otra cosa el emperador. Todo lo pudieron hacer a su salvo, por estar Fernando Pizarro en España y Gonzalo en lo de la canela; que si entrambos o el uno estuviera allí, quizá no le mataran. Estaba en tanto por enterrar el cuerpo de Francisco Pizarro, y había muchos llantos de mujeres allí en Los Reyes, por los maridos que tenían muertos y heridos; y no osaban tocar Francisco Pizarro sin voluntad de don Diego y de los que lo mataron. Juan de Barbarán y su mujer hicieron a sus negros llevar los cuerpos de Francisco Pizarro y de Francisco Martín a la iglesia; y con licencia de don Diego los sepultaron, gastando de suyo la cera y ofrenda, y aun escondieron los hijos, porque no los matasen aquellos que andaban encarnizados. Don Diego quitó y puso las varas de justicia como le plugo; echó preso al doctor Velázquez y Antonio Picado, Diego de Agüero, Guillén Juárez, licenciado Caravajal, Barrios, Herrera y otros. Hizo su capitán general a Juan de Rada, y dio cargos y capitanías a García de Alvarado, a Juan Tello, a otro Francisco de Chaves y a otros, en el ejército que juntó, de ochocientos españoles. Tomó los bienes de los difuntos y ausentes y los quintos del rey, que fueron muchos, para dar a los soldados y capitanes. Hubo entre ellos pasión sobre mandar, y quisieron matar a Juan de Rada, que lo mandaba todo. Y por eso hizo don Diego dar un garrote a Francisco de Chaves y castigó a muchos otros, y aun degolló a Antonio de Origüela, recién llegado de España, porque dijo en Trujillo que todos aquéllos eran tiranos. Escribió don Diego a todos los pueblos que lo admitiesen por gobernador, y muchos de ellos lo admitieron por amor de su padre, y algunos por miedo. Alonso de Alvarado, que con cien españoles estaba en los Chachapoyas, prendió los mensajeros que tales nuevas y recado llevaban. Don Diego despachó luego que lo supo a García de Alvarado por mar a Trujillo y a San Miguel para tomar las armas y caballos a los vecinos que favorecían a Alonso de Alvarado, con las cuales fuese sobre él. García de Alvarado tomó en Piura mucha plata y oro, que los vecinos tenían en Santo Domingo, y lo dio a los soldados, y ahorcó a Montenegro, [211] y prendió a muchos; y en Trujillo quitó el cargo a Diego de Mora, teniente de Pizarro, porque avisaba de todo a Alonso de Alvarado, y en San Miguel cortó las cabezas a Villegas, a Francisco de Vozmediano y Alonso de Cabrera, mayordomo de Pizarro, que con los españoles de Guanuco huían de don Diego. Diego Méndez, que fue a la villa de la Plata con veinte de caballo, tomó en Porco once mil y setenta marcos de plata cendrada, y puso en cabeza de don Diego las minas y haciendas de Francisco, Fernando y Gonzalo Pizarro, que riquísimas eran, y las de Peranzures, Diego de Rojas y otros.



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- CXLVI -

Lo que hicieron en el Cuzco contra don Diego

     Diego de Silva, de Ciudad-Rodrigo, y Francisco de Caravajal, alcaldes del Cuzco, usaron de maña con don Diego, ca le demandaron más cumplidos deberes que los que había enviado para recibirle por gobernador, y entre tanto apellidaron gente de la comarca. Gómez de Tordoya supo, andando a caza, la muerte de Pizarro y el pedimento de don Diego. Torció la cabeza de su halcón, diciendo que más tiempo era de pelear que de cazar. Entró en la ciudad de noche, habló con el cabildo de secreto, partió antes del día para donde estaba Nuño de Castro, y avisaron entrambos de todas estas cosas a Peranzures, que residía en los Charcas, y a Perálvarez Holguín, que andaba conquistando en Choquiapo, y a Diego de Rojas, que estaba en la villa de la Plata, y a los de Arequipa y otros lugares. Trataban éstos secretamente, porque había en el Cuzco muchos almagristas, que procuraban por don Diego, tomando la voz del rey, e hicieron su capital y justicia mayor a Perálvarez Holguín, y se obligaron a pagar el dinero del rey, que tomaban para sustentar la guerra, si el emperador no le diese por bien gastado. Perálvarez hizo su maestre de campo a Gómez de Tordoya; capitanes de caballo, a Peranzures y a Carcilaso de la Vega, y de infantería, a Nuño de Castro y a Martín de Robles, alférez del pendón real. Matriculáronse a la reseña ciento y cincuenta de caballo, noventa arcabuceros y otros doscientos y más peones. Como los que hacían por don Diego vieron esto, ciscábanse de miedo y saliéronse huyendo más de cincuenta. Fueron tras ellos Nuño de Castro y Hernando Bachicao con muchos arcabuceros, y trajéronlos presos. Perálvarez, que avisado era del intento de don Diego, salió del Cuzco a recoger los que andaban remontados por miedo, y a juntarse con Alonso de Alvarado para ir a Los Reyes a dar batalla a don Diego, entendiendo que se le pasarían muchos a su parte de los que con él estaban. Don Diego, que supo esto, envió por García de Alvarado, y en viniendo se partió de Los Reyes con cien arcabuceros, ciento y cincuenta piqueros y trescientos de caballo [212] y muchos indios de servicio. Y por que con su ausencia no se alzasen, echó de allí los hijos de Francisco Pizarro. Atormentó reciamente a Picado por saber de los dineros de su amo, y matóle. Llegó a Jauja y paró allí, porque adoleció y murió Juan de Rada, que su deseo y seguro era desbaratar a Perálvarez antes que se juntase con Alvarado ni con Vaca de Castro, que ya estaba en el Quito, y escrito a Jerónimo de Aliaga, Francisco de Barrionuevo y fray Tomás de San Martín, provincial dominico. De allí se le fueron el provincial, Gómez de Alvarado, Guillén Juárez de Caravajal, Diego de Agüero, Juan de Saavedra y otros muchos; y Perálvarez le tomó ciertos espías, que lo informaron de todo. Ahorcó tres de ellos, y prometió tres mil castellanos a otro porque espiase lo que don Diego hacía, diciendo que quería dar con él por un atajo despoblado y nevado; mas era engaño para descuidarlos. Don Diego prendió al hombre en llegando, por sospecha de la tardanza, dióle tormento, confesó la verdad y ahorcólo por espía doble. Fuese luego a poner en aquella traviesa nevada y estuvo allí tres días con su campo, sufriendo gran frío. Entre tanto se le pasó Perálvarez y se juntó con Alvarado en Guaraiz, tierra de los Guaylas, y escribieron ambos a Vaca de Castro que viniese a tomar el ejército y la tierra por el emperador. Don Diego siguió diez leguas a Perálvarez, y como no lo podía alcanzar, tiró la vía del Cuzco, robando lo que hallaba.



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- CXLVII -

Como Vaca de Castro fue al Perú

     Sabidas por el emperador las revueltas y bandos del Perú y la muerte de Almagro y otros muchos españoles, quiso entender quién tenía la culpa, para castigar los revoltosos; que castigados aquéllos se apaciguarían los demás. Envió allá con bastante poder e instrucción al licenciado Vaca de Castro, natural de Mayorga, que oidor era de Valladolid; y porque fuese le dio el consejo real y el hábito de Santiago y otras mercedes, y todo a intercesión del cardenal fray García de Loaisa, arzobispo de Sevilla y presidente de Indias, que le favoreció mucho por amor del conde de Siruela, su amigo. Fue, pues, Vaca de Castro al Perú, y con tormenta que tuvo después que salió de Panamá paró en puerto de Buenaventura, gobernación de Benalcázar y tierra desesperada, como los manglares de Pizarro. No quiso o no pudo ir por mar a Lima, y caminó al Quito. Pensó perecer, antes de llegar allá, de hambre, dolencias y otros veinte trabajos. Recibióle muy bien Pedro de Puelles, que Gonzalo Pizarro aún no era vuelto de la Canela, y avisó de su venida a muchos pueblos. Vaca de Castro descansó en Quito, proveyó algunas cosas y partióse a Trujillo a tomar la gente que tenía Perálvarez y Alvarado para [213] resistir a don Diego. Cuando llegó allá llevaba más de doscientos españoles, con Pedro de Puelles, Lorenzo de Aldana, Pedro de Vergara, Gómez de Tordoya, Garcilaso de la Vega y otros principales hombres que acudían al rey. Presentó sus provisiones al cabildo y ejército, y fue recibido por justicia y gobernador del Perú. Volvió las varas y oficios de regimiento a quien se las entregó y las banderas y compañías a los mismos capitanes, reservando para sí el estandarte real. Envió a Jauja con el cuerpo del ejército a Perálvarez, maestro de campo. Dejó allí en Trujillo a Diego de Mora por su teniente, y él fuése a Los Reyes, donde hizo armas y gente para engrosar el ejército, y para lo pagar tomó prestados cien mil ducados de los vecinos de allí, los cuales se pagaron después de quintos y haciendas reales. Puso por teniente a Francisco de Barrionuevo, de Soria, y por capitán de los navíos a Juan Pérez de Guevara, mandándoles que si don Diego viniese allí se embarcasen ellos con todos los de la ciudad, y él partió a Jauja con la gente que había armado y con muchos arcabuces y pólvora. En llegando hizo alarde, y halló seiscientos españoles, de los cuales eran ciento y setenta arcabuceros, y trescientos y cincuenta de caballo. Nombró por capitanes de caballo a Perálvarez, Alonso de Alvarado, Gómez de Alvarado, Pedro de Puelles y otros; y a Pedro de Vergara, Nuño de Castro, Juan Vélez de Guevara, de arcabuceros. Hizo maestro de campo al mismo Perálvarez Holguín y alférez mayor a Francisco de Caravajal, por cuya industria y seso se gobernó el ejército. Estando en esto vinieron cartas del Quito cómo era vuelto Gonzalo Pizarro y quería venir a ver a Vaca de Castro; mas el mandó luego que no viniese hasta que se lo escribiese, porque no estorbase los tratos de don Diego, que andaba por concertarse, o quizá porque le alzasen los del ejército por cabeza y gobernador por respeto de su hermano Francisco Pizarro, cuyo amor y memoria estaban en las entrañas de los más capitanes y soldados.



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- CXLVIII -

Apercibimiento de guerra que hizo don Diego en el Cuzco

     Al tiempo que don Diego llegó al Cuzco andaban revueltos los vecinos porque fue Cristóbal Sotelo delante con despachos y gente, estando ya dentro Gómez de Rojas, que tenía la posesión por Vaca de Castro; mas estuvieron quedos todos, y él apoderóse de la ciudad y tierra. Hizo luego pólvora y artillería y muchas armas de cobre y plata, y dio cuanto pudo a sus capitanes y soldados. Riñeron en aquel medio tiempo García de Alvarado y Cristóbal Sotelo, y el García mató al Cristóbal a estocadas. Intentó matar a don Diego, robar la ciudad e irse al Chile con sus amigos. Y para hacerlo a su salvo [214] convidólo a comer a su casa. Supo don Diego la traición, e hízose malo aquel día, y metió en su recámara secretamente a Juan Balsa, Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Juan Tello y otros amigos de Sotelo. García de Alvarado tomó ciertos amigos suyos y fue a llamar y traer a don Diego, y no se quiso tornar del camino aunque Martín Carrillo y Salado le avisaron de la celada. Rogó a don Diego que se fuese a comer, pues era hora y estaba guisado. Dijo él: "Mal dispuesto me siento, señor Alvarado; empero, vamos". Levantóse de sobre la cama y tomó la capa. Comenzaron a salir los de Alvarado, y uno de don Diego cerró la puerta, dejando dentro y solo al García de Alvarado, y matáronlo, y aun dicen que don Diego le hirió primero. Alborotóse mucho la gente por su muerte, que tenía grandes amigos, mas luego don Diego la puso en paz, aunque algunos se le fueron a Jauja. Aderezó su ejército, que serían obra de setecientos españoles, los doscientos con arcabuces, otros doscientos y cincuenta con caballos y los demás con picas y alabardas, y todos tenían corazas o cotas, y muchos de caballos arneses. Gente tan bien armada no la tuvo su padre ni Pizarro. Tenía también mucha artillería y buena, en que confiaba, y gran copia de indios, con Paulo, a quien su padre hiciera inca. Salió del Cuzco muy triunfante, y no paró hasta Vilcas, que hay cincuenta leguas. Llevó por su general a Juan Balsa y por maestro de campo a Pedro de Oñate, que Juan de Rada ya se había muerto.



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- CXLIX -

La batalla de Chupas entre Vaca de Castro y don Diego

     Fue Vaca de Castro de Jauja a Guamanga con todo su ejército, que hay doce leguas, a gran prisa, por entrar allí primero que don Diego, ca le decían cómo venían los enemigos a meterse dentro. Es fuerte Guamanga por las barrancas que la cercan e importante para la batalla. Escribió a don Diego, con Idiáquez y Diego de Mercado, que le perdonaría cuantas muertes, robos, agravios e insultos había hecho si entregaba su ejército, y le daría diez mil indios donde los quisiese, y que no procedería contra ninguno de sus amigos y consejeros. Respondió que lo haría si le daba la gobernación del nuevo reino de Toledo y las minas y repartimientos de indios que su padre tuvo. Andando en demandas y respuestas llegó a Guaraguaci un clérigo, que dijo a don Diego cómo venía de Panamá, y que lo había perdonado el emperador y hecho gobernador del nuevo Toledo; por tanto, que le diese las albricias. Dijo asimismo que Vaca de Castro tenía pocos españoles, mal armados y descontentos, nuevas que, aunque falsas y no creídas, animaron mucho a sus compañeros. Tomaron también los corredores del campo a un Alonso García, que iba en hábito de indios con cartas del rey y Vaca de Castro para [215] muchos capitanes y caballeros, en que les prometían grandes repartimientos y otras mercedes. Ahorcólo don Diego por el traje y mensaje, y quejóse mucho de Vaca de Castro porque, tratando con él de conciertos, le sobornaba la gente. Fue gran constancia o indignación la del ejército de don Diego, porque ninguno lo desamparó. Escribieron desvergüenzas a los del rey, y que no fiasen de Vaca de Castro ni del cardenal Loaisa, que lo enviaba, pues no traía provisiones del emperador; y si las traía, no valían, por ser hechas contra la ley, pues le hacían gobernador si muriese Pizarro, Don Diego, si le dieran un perdón general firmado del rey, se diera por la renta y gobierno del padre, según dicen; mas, o enojado o confiado; publicó la batalla en presencia de Idiáquez y Mercado. Y prometió a sus soldados las haciendas y mujeres de los contrarios que matasen: palabra de tirano. Movió luego el real y artillería de Vilcas, y fue a ponerse en una loma dos leguas de Guamanga. Vaca de Castro, que supo su determinación y camino, dejó a Guamanga, por ser áspera para los caballos, que tenía muchos más que don Diego y púsose en un llano alto, que llamaban Chupas, a 15 de setiembre, año de 1542. Estaban los ejércitos cerquita y los corazones lejos, ca los de don Diego deseaban la batalla y los otros la temían; y así decían que Fernando Pizarro estaba preso porque dio la batalla de las Salinas, y que venía él a castigar los demás. Vaca de Castro los animó a la batalla, y porque peleasen condenó a muerte a don Diego de Almagro y a todos los que le seguían. Firmó la sentencia y pregonóla; y así repartió luego a otro día, con voluntad de todos, los caballos en seis escuadras. Echó delante a Nuño de Castro con cincuenta arcabuceros que trabase una escaramuza, y él subió un gran recuesto a mucho trabajo, donde asentó su artillería Martín de Valencia el capitán. Y si don Diego les defendiera la subida, los desbaratara, según iban desordenados y cansados. No había entre los ejércitos más de una lomilla, y escaramuzaban ligeramente, hablándose unos a otros. Don Diego estaba en aventajado lugar y orden, si no se mudara. Tenía la infantería en medio, y a los lados los de caballo, y delante la artillería en parte rasa y anchurosa para jugar de hito en los enemigos que le acometiesen. Puso también a su mano derecha a Paulo, inca, con muchos honderos y que llevaban dardos y picas. Vaca de Castro hizo un largo razonamiento a los suyos y se puso en la delantera con la lanza en puño para romper de los primeros, pues así lo quería don Diego. Ellos, respondiendo fiel y animosamente, les rogaron e hicieron que fuese detrás; y así quedó en la retaguardia con treinta de caballo, Puso a la mano derecha los medios caballos con Alonso de Alvarado y con el pendón real, que llevaba Cristóbal de Barrientos, y los otros a la izquierda con Perálvarez y los otros capitanes, y en medio a los peones. Mandó a Nuño de Castro que anduviese sobresaliente con cincuenta arcabuceros. Era ya muy tarde cuando esto pasaba, y jugaba tan recio la artillería de don Diego, que hacía temer a muchos; y un mancebo, por guardarse de ella, se puso tras una gran piedra; dióle la pelota en ello, saltó un pedazo y matóle. Quisiera Vaca de Castro dejar la batalla para otro día, con parecer de algunos capitanes; mas Alonso de Alvarado y Nuño de Castro porfiaron [216] que la diese, aunque peleasen de noche, diciendo que si la dilataba se resfriarían los soldados y se pasarían a don Diego, pensando que de miedo la dejaba, por ser más y mejores los enemigos. Tuvieron otro inconveniente para no pelear, y era que no podían ir derechos sin recibir mucho daño de los tiros. Francisco de Caravajal y Alonso de Alvarado guiaron el ejército por un vallejo o quebrada que hallaron a la parte izquierda, por donde subieron a la loma de don Diego sin recibir golpe de artillería, que se pasaba por alto, y aun dejaron la suya por la subida y porque un tiro de ella mató cinco personas de las que la llevaban. Don Diego caminó hacia los enemigos con la orden que tenía, por no mostrar flaqueza, que así fue aconsejado de sus capitanes; empero fue contra la de Pero Suárez, sargento mayor, que sabía de guerra más que todos. Y dicen por muy cierto que si quedo estuviera, él venciera esta batalla. Mas vino a ponerse a la punta de la loma, y no pudo aprovecharse de su artillería. Comenzaron los indios de Paulo a descargar sus hondas y varas con mucha grita. Fue a ellos Castro con sus arcabuceros, y retrájolos. Socorrióles Marticote, capitán de arcabucería, y comenzóse la escaramuza. Comenzaron a subir a lo alto y llano los escuadrones de Vaca de Castro al son de unos atambores. Disparó en ellos la artillería y llevó una hilera entera, y los hizo abrir y aun ciar; mas los capitanes los hicieron cerrar y caminar delante con las espadas desnudas, y por romper fueran rompidos, si Francisco de Caravajal, que regía las haces, no los detuviera hasta que acabase de tirar la artillería. Mataron en esto los arcabuceros de don Diego a Perálvarez Holguín y derribaron a Gómez de Tordoya, por lo cual, y por el daño que los tiros hacían en la infantería, dio voces Pedro de Vergara, que también herido estaba, a los de caballo que arremetiesen. Sonó la trompeta, y corrieron para los enemigos. Don Diego salió al encuentro con gran furia. Cayeron muchos de cada parte con los primeros golpes de lanza y muchos más con los de espada y hacha. Estuvo en peso buen rato la batalla sin declarar victoria por ninguna de las partes, aunque los peones de Vaca de Castro habían ganado la artillería y los de don Diego habían muerto muchos contrarios y tenían dos banderas enteras. Anochecía ya y cada uno quería dormir con victoria; y así peleaban como leones, y mejor hablando como españoles, ca el vencido había de perder la vida, la honra, la hacienda y señorío de la tierra, y el vencedor ganarlo. Vaca de Castro arremetió con sus treinta caballeros al cuerno izquierdo contrario, donde muy enteros y como vencedores estaban los enemigos, y trabóse allí como de nuevo otra pelea; mas al fin venció, aunque le mataron al capitán Jiménez, a Mercado de Medina y otros muchos. Don Diego, viendo los suyos de vencida, se metió en los enemigos, porque le matasen peleando, mas ninguno lo hirió, o porque no lo conocieron o porque peleaba animosísimamente. Huyó, en fin, con Diego Méndez, Juan Rodríguez Barragán, Juan de Guzmán y otros tres al Cuzco, y llegó allá en cinco días. Cristóbal de Sosa se nombraba también, y Martín de Bilbao, diciendo: "Yo maté a Francisco Pizarro"; y así los hicieron pedazos combatiendo. Muchos se salvaron por ser de noche, y hartos de tomar a los caídos de Vaca de Castro las [217] bandas coloradas que por señal llevaban. Los indios, que como los lobos aguardaban al fin de la batalla, mataron a Juan Balsa, a un comendador de Rodas, su amigo, y muy muchos otros que huyendo iban a otro inca. Murieron trescientos españoles de la parte del rey, y muchos, aunque no tantos, de la otra; así que fue muy carnicera batalla, y pocos capitanes escaparon vivos: tan bien pelearon. Quedaron heridos más de cuatrocientos, y aun muchos de ellos se helaron aquella noche: tanto frío hizo.



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- CL -

La justicia que hizo Vaca de Castro en don Diego de Almagro y en otros muchos

     Gran parte de la noche gastó Vaca de Castro en hablar y loar sus capitanes y otros caballeros y hombres principales que a él llegaban a darle la norabuena de la victoria, y a la verdad ellos merecían ser loados y él ensalzado. Saquearon el real de don Diego, que mucha plata y oro tenía, no sin muertes de los que lo guardaban. No dejaron las armas, con recelo de los enemigos, ca no sabían por entero cuán de veras habían huido. Pasaron fríos y hambres, y aun lástima por las voces y gemidos y quejas que los heridos daban sintiéndose morir de hielo y desnudar de los indios, ca los achocaban también algunos con porras que usan, por despojarlos. Corrieron el campo en amaneciendo, curaron los heridos y enterraron los muertos, y aun llevaron a sepultar en Guamanga a Perálvarez Holguín, a Gómez de Tordoya y otros pocos. Arrastraron y descuartizaron el cuerpo de Martín de Bilbao, que mataron en la batalla, según dije, porque mató a Francisco Pizarro. Otro tanto hicieron por la misma causa Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Velázquez y otros; en lo cual gastaron todo aquel día, y otro siguiente en ir a Guamanga, donde Vaca de Castro comenzó a castigar los almagristas, que presos y heridos estaban; ca bien más de ciento y sesenta se recogieron allí, y entregaron las armas a los vecinos que los prendieron. Cometió la causa al licenciado de la Gama, y en pocos días se hicieron cuartos los capitanes Juan Tello, Diego de Hoces, Francisco Peces, Juan Pérez, Juan Diente, Marticote, Basilio, Cárdenas, Pedro de Oñate, maestro de campo y otros treinta que por brevedad callo. Vaca de Castro desterró también algunos y perdonó los demás. Envió a sus casas casi todos los que con él estaban que tenían repartimiento y cargo. Envió a Pedro de Vergara a poblar los Bracamoros, que había conquistado, y fuese al Cuzco, que lo llaman, porque no les quitasen a don Diego algunos que bien lo querían. Acogióse don Diego con solos cuatro al Cuzco, pensando rehacerse allí. Mas su teniente Rodrigo de Salazar, de Toledo, y Antón Ruiz de Guevara, alcalde, y otros vecinos, [218] lo echaron preso, como lo vieron vencido y solo. Vaca de Castro lo degolló en llegando, ahorcó a Juan Rodríguez Barragán y al alférez Enrique y a otros. Diego Méndez Orgoños se soltó y se fue al inca, que estaba en los Andes, y allá le mataron después los indios. Con la muerte de don Diego quedó tan llano el Perú como antes que su padre y Pizarro descompadrasen, y pudo muy bien Vaca de Castro regir y mandar los españoles. Loaban muchos el ánimo de don Diego, aunque no la intención y desvergüenza que tuvo contra el rey, ca siendo tan mozo vengó, a consejo de Juan de Rada, la muerte de su padre, sin querer tomar nada de Pizarro, aunque tuvo necesidad. Supo conservar los amigos y gobernar los pueblos que lo admitieron, aunque usó algún rigor y robos por amor de los soldados. Peleó muy bien y murió cristianamente. Era hijo de india, natural de Panamá, y más virtuoso que suelen ser mestizos, hijos de indias y españoles, y fue el primero que tomó armas y que peleó contra su rey. También se maravillaban de la constante amistad que los suyos le tuvieron, ca nunca lo dejaron hasta ser vencidos, por más perdón y mercedes que les daban: tanto puede el amor y bandos una vez tomados. Había muchos soldados que no tenían hacienda ni qué hacer; y porque no causasen algún bullicio como los pasados, y también por conquistar y convertir los indios, envió Vaca de Castro muchos capitanes a diversas partes, como fue a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez, de Madrid, y Nicolás de Heredia, que llevaron mucha gente. Envió a Monroy en socorro de Valdivia, que tenía gran necesidad en el Chili; y también fue a Mullubamba Juan Pérez de Guevara, tierra comenzada a conquistar y rica de minas de oro, y entre los ríos Marañón y de la Plata, o por mejor decir nacen en ella, y crían unos peces del tamaño y hechura de perros, que muerden al hombre. Anda la gente casi desnuda, usan arco, comen carne humana y dicen que cerca de allí, hacia el norte, hay camellos, gallipavos de Méjico y ovejas menores que las del Perú, y amazonas de Orellana. Llamó a Gonzalo Pizarro y dióle licencia que fuese a sus pueblos y repartimiento de los Charcas. Encomendó a los indios que vacos estaban, aunque muchos se quejaban por no les alcanzar parte. Hizo muchas ordenanzas en gran utilidad de los indios, los cuales comenzaron a descansar y cultivar la tierra, ca en las guerras civiles pasadas habían sido muy mal tratados, y aun dicen que murieron y mataron millón y medio en ellas, y más de mil españoles. Residió Vaca de Castro en el Cuzco año y medio, y en aquel tiempo se descubrieron riquísimas minas de oro y de plata.



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- CLI -

Visita del Consejo de Indias

     De las revueltas del Perú que contado habemos resultó visita del Consejo de Indias y nuevas leyes para regir aquellas tierras, causadoras de grandes muertes [219] y males, no por ser muy malas, sino por ser rigurosas, como luego diremos. Hizo la visita el doctor Juan de Figueroa, oidor del Consejo y Cámara del Rey. Eran oidores de aquel Consejo el doctor Beltrán, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el doctor Juan Bernal de Luco y el licenciado Juan Suárez de Caravajal, obispo de Lugo; fiscal, el licenciado Villalobos; secretario, Juan de Sámano, y presidente, fray García de Loaisa, cardenal y arzobispo de Sevilla. El emperador, vista la información y testigos, quitó de la audiencia al doctor Beltrán y obispo de Lugo. El obispo perseveró en corte, y desde a cuatro o cinco años lo hizo el rey comisario general de la Cruzada. El doctor Beltrán se fue a Nuestra Señora de Gracia, de Medina del Campo, donde tenía casa, y también le perdonó el emperador y le mandó dar su hacienda y salario acostumbrado en su casa; mas la cédula de estas mercedes llegó con la muerte. Daba gracias a Dios que lo dejó morir sin negocios, sin juegos ni trapazas. Era agudo y resoluto; tuvo muchos y grandes salarios siendo abogado; dejólos por el Consejo Real, y removiéronle de él. Vile llorar sus desventuras, quejándose de sí mismo porque dejó la abogacía por la audiencia. Fue muy tahúr, y jugaban mucho su mujer e hijos, que lo destruyeron. A toda suerte de hombres está mal el juego, y peor a los que tienen negocios, y negocios de rey y reinos. No faltó quien tachase al cardenal, pensando suceder en la presidencia; mas él era libre, acepto al emperador y amigo del secretario Francisco de los Cobos, que tenía la masa de los negocios.



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- CLII -

Nuevas leyes y ordenanzas para las Indias

     Sabiendo el emperador los desórdenes del Perú y malos tratamientos que se hacían a los indios, quiso remediarlo todo, como rey justiciero y celoso del servicio de Dios y provecho de los hombres. Mandó al doctor Figueroa tomar sobre juramento los dichos de muchos gobernadores, conquistadores y religiosos que habían estado en Indias, así para saber la calidad de los indios con el tratamiento que se les bacía, y aun porque le decían algunos frailes que no podía hacer la conquista de aquellas partes. Así que buscó personas de ciencia y de conciencia que ordenasen algunas leyes para gobernar las Indias buena y cristianamente; las cuales fueron el cardenal fray García de Loaisa, Sebastián Ramírez, obispo de Cuenca y presidente de Valladolid, que había sido presidente en Santo Domingo y en México; don Juan de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe y comendador mayor de Castilla; el secretario Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; don García Manrique, conde de Osorno y presidente de Ordenes, que había entendido en negocios de Indias mucho tiempo, en ausencia del cardenal; el doctor Hernando de [220] Guevara y el doctor Juan de Figueroa, que eran de la Cámara, y el licenciado Mercado, oidor del Consejo Real; el doctor Bernal, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el licenciado Salmerón, el doctor Gregorio López, que oidores eran de las Indias, y el doctor Jacobo González de Artiaga, que a la sazón estaba en consejo de Órdenes. Juntábanse a tratar y disputar con el cardenal, que posaba en casa de Pero González de León, y ordenaron, aunque no con voto de todos, obra de cuarenta leyes, que llamaron ordenanzas, y firmólas el emperador en Barcelona y en 20 de noviembre, año de 1542.



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- CLIII -

La grande alteración que hubo en el Perú por las ordenanzas

     Tan presto como fueron hechas las ordenanzas y nuevas leyes para las Indias, las enviaron los que de allá en corte andaban a muchas partes: isleños a Santo Domingo, mexicanos a México, peruleros al Perú. Donde más alteraron con ellas fue en el Perú, ca se dio un traslado a cada pueblo; y en muchos repicaron campanas de alboroto, y bramaban leyéndolas. Unos se entristecían, temiendo la ejecución; otros renegaban, y todos maldecían a fray Bartolomé de las Casas, que las habían procurado. No comían los hombres; lloraban las mujeres y niños, ensorberbecíanse los indios, que no poco temor era. Carteáronse los pueblos para suplicar aquellas ordenanzas, enviando al emperador un grandísimo presente de oro para los gastos que había hecho en la ida de Argel y guerra de Perpiñán. Escribieron unos a Gonzalo Pizarro y otros a Vaca de Castro, que holgaban de la suplicación, pensando excluir a Blasco Núñez por aquella vía y quedar ellos con el gobierno de la tierra, no digo entrambos juntos, sino cada uno por sí, que también fuera malo, porque hubiera sobre ello grandes revoluciones. Platicaban mucho la fuerza y equidad de las nuevas leyes entre sí y con letrados que había en los pueblos para escribirlo al rey y decirlo al virrey que viniese a ejecutarla. Letrados hubo que afirmaron cómo no incurrían en deslealtad ni crimen por no obedecerlas, cuanto más por suplicar de ellas, diciendo que no las quebrantaban, pues nunca las habían consentido ni guardado; y no eran leyes ni obligaban las que hacían los reyes sin común consentimiento de los reinos que les daban la autoridad, y que tampoco pudo el emperador hacer aquellas leyes sin darles primero parte a ellos, que eran el todo del reino del Perú: esto cuanto a la equidad. Decían que todas eran injustas, sino la que vedaba cargar los indios, la que mandaba tasar los tributos, la que castiga los malos y crueles tratamientos, la que dice sean enseñados los indios en la fe con mucho cuidado, y otras algunas. Y que ni era ley, ni habían de [221] aconsejar al emperador que firmase, con las otras, la que manda se ocupen ciertas horas cada día los oidores y oficiales a mirar cómo el rey sea más aprovechado, ni la que nombra por presidente al licenciado Maldonado, y otras que más eran para instrucciones que para leyes, y que parecían de frailes. Con esto, pues, se animaban mucho los conquistadores, y soldados a suplicar de las ordenanzas, y aun a contradecirlas, y también porque tenían dos cédulas del emperador que les daba los repartimientos para sí y a sus hijos y mujeres porque se casasen, mandándoles expresamente casar; y otra, que ninguno fuese despojado de sus indios y repartimientos sin primero ser oído a justicia y condenado.



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- CLIV -

De cómo fueron al Perú Blasco Nuñez vela y cuatro oidores

     Cuando fueron hechas las ordenanzas de Indias, dijeron al emperador que enviase hombre de barba con ellas al Perú, por cuanto eran recias y los españoles de allí revoltosos. Él, que bien lo conocía, escogió y envió, con título de virrey y salario de dieciocho mil ducados, a Blasco Núñez de Vela, caballero principal y veedor general de las guardas, hombre recio, que así se requería para ejecutar aquellas leyes al pie de la letra. Hizo también una Chanchillería en el Perú, que hasta allí a Panamá iban con las apelaciones y pleitos. Nombró por oidores al licenciado Diego de Cepeda, de Tordesillas; al doctor Lisón de Tejada, de Logroño; al licenciado Pero Ortiz de Zárate, de Orduña, y al licenciado Juan Álvarez. Y porque nunca se había tomado cuenta a los oficiales del rey después que se descubrió el Perú, envió a tomárselas a Agustín de Zárate, que era secretario del Consejo Real. Partió, pues, Blasco Núñez con la Audiencia y llegó al Nombre de Dios a 10 de enero de 1544. Halló allí a Cristóbal de Barrientos y otros peruleros de partida para España, con buena cantidad de oro y plata, y requirió a los alcaldes embarazasen aquel oro hasta que se averiguase de qué lo llevaban, ca le dijeron cómo aquellos hombres habían vendido indios y traídolos en minas, cosa de que mucho se alteraron y quejaron los vecinos y los dueños del oro, así por el daño como por no ser aquella ciudad de su jurisdicción y gobierno. Y si por los oidores no fuera, se lo confiscara, conforme a la instrucción y cédula que llevaba contra los que hubiesen traído indios en minas. Fue a Panamá, puso en libertad cuantos indios pudo haber de las provincias del Perú, y enviólos a sus tierras a costa de los amos y del rey. Algunos hubo que se escondieron por no ir, diciendo que mejor estaban con dueño que sin él. Otros se quedaron en Puerto-Viejo y por allí a ser putos, que se usa mucho, y se cortaron el cabello a la usanza bellaca. Desembargó Blasco Núñez el oro [222] a los del Nombre de Dios, y porque no se alborotasen más los españoles de aquellos dos pueblos, dijo que solamente procedería contra Vaca de Castro que traía y mandaba traer indios a las minas. Comenzaron a diferir él y los oidores en algunas cosas. Estuvieron malos ellos y ocupados, y él partióse sin esperarlos, aunque mucho se lo rogaron y aconsejaron, porque supo la negociación y escándalo del Perú. Llegó a Túmbez a 4 de marzo, libertó los indios, quitó las indias que por amigas españoles tenían, y mandóles que ni diesen comida sin paga, ni llevasen carga contra su voluntad, lo cual entristeció tanto a los españoles cuanto alegró a los indios. Entrando en San Miguel mandó a unos españoles pagar los indios de carga que llevaban, ya que no se podía excusar el cargarlos. Pregonó las ordenanzas, despobló los tambos, dio libertad a los indios esclavos y forzados, tasó los tributos y quitó los indios de repartimiento a Alonso Palomino, porque había sido allí teniente de gobernador, que así lo disponían las nuevas leyes; por lo cual le quitaban el habla y la comida, como a descomulgado, y a la salida del lugar le dieron gritas las españolas y lo maldijeron como si llevara consigo la ira de Dios. Y en Piura dijo que ahorcaría a los que suplicaban de sus provisiones, refrendadas de un su criado, que no era escribano del rey; y los vecinos de allí se escandalizaban más de sus palabras y aspereza que de las ordenanzas.



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- CLV -

Lo que paso Blasco Núñez con los de Trujillo

     Entró Blasco Núñez en Trujillo con gran tristeza de los españoles; hizo pregonar públicamente las ordenanzas, tasar los tributos, ahorrar los indios y vedar que nadie los cargase por fuerza y sin paga. Quitó los vasallos que por aquellas ordenanzas pudo, y púsolos en cabeza del rey. Suplicó el pueblo y cabildo de las ordenanzas, salvo de la que mandaba tasar los tributos y pechos y de la que vedaba cargar los indios, aprobándolas por buenas. Él no les otorgó la apelación, antes puso muy graves penas a las justicias que lo contrario hiciesen, diciendo que traía expresísimo mandamiento del emperador para ejecutarlas, sin oír ni conceder apelación alguna. Díjoles, empero, que tenían razón de agraviarse de las ordenanzas; que fuesen sobre ello al emperador, y que él le escribiría cuán mal informado había sido para ordenar aquellas leyes. Visto por los vecinos su rigor y dureza, aunque buenas palabras, comenzaron a renegar. Unos decían que dejarían las mujeres, y aun algunos las dejaran si les valiera, ca se habían casado muchos con sus amigas, mujeres de seguida, por mandamiento que les quitaran las haciendas si no lo hicieran. Otros decían que les fuera mucho mejor no tener hijos ni mujer que mantener, si les habían de quitar los esclavos, que los sustentaban [223] trabajando en minas, labranzas y otras granjerías; otros pedíanle pagase los esclavos que les tomaba, pues los habían comprado de los quintos del rey y tenían su hierro y señal. Otros daban por mal empleados sus trabajos y servicios, si al cabo de su vejez no habían de tener quien los sirviese; éstos mostraban los dientes caídos de comer maíz tostado en la conquista del Perú; aquéllos, muchas heridas y pedradas; aquellos otros, grandes bocados de lagartos; los conquistadores se quejaban que, habiendo gastado sus haciendas y derramado su sangre en ganar el Perú al emperador, le quitaban esos pocos vasallos que les había hecho merced. Los soldados decían que no irían a conquistar otras tierras, pues les quitaban la esperanza de tener vasallos, sino que robarían a diestro y a siniestro cuando pudiesen; los tenientes y oficiales del rey se agraviaban mucho que los privasen de sus repartimientos sin haber maltratado los indios, pues no los hubieron por el oficio, sino por sus trabajos y servicios. Decían también los clérigos y frailes que no podrían sustentarse ni servir las iglesias si les quitaban los pueblos; quien más se desvergonzó contra el virrey y aun contra el rey fue fray Pedro Muñoz, de la Merced, diciendo cuán mal pago daba su majestad a los que tan bien le habían servido, y que olían más aquellas leyes a interés que a santidad, pues quitaban los esclavos que vendió sin volver los dineros, y porque tomaban los pueblos para el rey, quitándolos a monasterios, iglesias, hospitales y conquistadores que los habían ganado, y, lo que peor era, que imponían doblado pecho y tributo a los indios que así quitaban y ponían en cabeza del rey, y aun los mismos indios lloraban por esto. Estaban mal aquel fraile y el virrey porque lo acuchilló una noche en Málaga siendo corregidor.



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- CLVI -

La jura de Blasco Núñez y prisión de Vaca de Castro

     Vaca de Castro, que había visto las ordenanzas y cartas en el Cuzco, donde residía, se aderezó para ir a Los Reyes a recibir a Blasco Núñez; empero, con muchos españoles en orden de guerra, que dio gran sospecha de su voluntad, ca los vecinos de Los Reyes, como supieron que con armas venía, le enviaron a decir que no viniese, pues ya no era gobernador, temiendo algún castigo por no haber admitido los días atrás un su teniente, y escribieron a Blasco Núñez algunos particulares que apresurase el paso para entrar primero que Vaca de Castro, porque si se tardaba quizá no le recibirían a la gobernación. Vaca de Castro dejó las armas, y casi todos los que traía, donde supo la voluntad de aquéllos; fue requerido de los suyos se volviese al Cuzco y lo tuviese por el rey, suplicando de las ordenanzas; nunca quiso sino llegar primero a Lima, donde halló diversas intenciones, ca unos querían [224] al virrey y otros no. Gaspar Rodríguez, viendo venir cerca a Blasco Núñez, dejó a Vaca de Castro y tornóse al Cuzco, llevando consigo muchos vecinos de él, y las armas que habían quedado en el camino, para levantar la tierra por quien pudiese; Blasco Núñez partió de Trujillo aprisa, llegó al tambo que dicen de la Barranca, d