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-[278]- -279- -[280]- -281- «Mi padre procurador general P. Diego Francisco Altamirano. »Pax Christi.- Escribí a V. R. ya dos años ha desde las misiones castellanas, según me había encargado en una suya dada en Madrid, de los progresos de nuestra Santa Fe en este río Marañón o Amazonas: esa (así) doy de esta ciudad de Pará de los portugueses, adonde aporté por providencia del Señor. »Yo soy de la provincia de Bohemia, uno de los seis misioneros que por licencia de Su Majestad Católica partimos de Cádiz, en la flota de 1684 por mes de setiembre, para las misiones del Colegio de Quito en este río de Amazonas. Luego que llegué a las misiones (ya hace cinco años) entré por orden del P. Superior a la provincia de Omagua a predicarles el Evangelio de Cristo: treinta y ocho aldeas son entre pequeñas y mayores, situadas todas en islas de Amazonas, las cuales todas con otras muchas aldeas de otras diferentes naciones hasta el río Negro de la banda de Norte y río de la Madera en la banda de Sur (hasta donde ya subieron los padres -282- misioneros portugueses) recibieron con mucho consuelo mío el Evangelio de Jesucristo sin alzamiento o contradicción ninguna. »Sucedió entretanto, que estando yo el año pasado en el pueblo de la nación Yurimaua, Dios me visitó con tres achaques (que) todos parecían mortales, con calenturas, disentería e hidropesía, y la cual de tal suerte subió por todo el cuerpo, que era menester de ser cargado en red o hamaca. Alivio en mis achaques no hallé ninguno en la misión, antes tuve causas muchas de empeorarme más y más, entre las cuales es esta notable: porque el río de Amazonas todos los años por mes de marzo de tal manera crece, que sube cinco o seis brazas anegando todas las islas y pueblos, y entonces vivimos sobre unas barbacoas o teatros de cortezas de árboles, aguardando hasta que baje; dura esta creciente grande tres meses; y yo, por falta de herramienta, porque no he tenido casi ningún socorro de Quito, para cortar arboleda grande, no he podido hasta ahora hacer alguna población en tierra firme. »Estando, pues, destituido de todo auxilio humano y sabiendo de los indios como ya habían subido tanto los portugueses de Pará, determiné de bajar acá en busca de algún remedio, el cual no hallé con mucha asistencia y caridad de los padres de este Colegio de Pará; así que, gracias a Dios estoy con la salud recobrada. Esta ha sido la causa de mi venida a estas tierras portuguesas. »Después de haber ya mejorado de mis achaques, quise volverme por mes de junio para mi misión; pero el Gobernador me significó que no podía permitir me volviese; al fin me quise embarcar para Portugal o para alcanzar licencia de Su Majestad o volverme por aquí, o si no a buscar otro camino para mi misión con la flota que va de Cádiz a Cartagena; pero también esto se me impide, siendo así que no he hecho culpa ninguna ni contra el Rey ni contra sus leyes ni contra la gente portuguesa, y esto no obstante, no se me permite, en causa de Dios, volverme a mi misión. -283-»La causa de mi detención en Pará es, porque el gobernador pasado Arturo Sa de Meneses, con el Oidor General, hicieron un término, obligando en nombre de Su Majestad al P. Superior de estas misiones para que no me dejara ir a mi misión hasta que venga la respuesta del Rey de Portugal; porque (dicen ellos) los Omaguas, que aquí llaman Cambebas, adonde comienza mi misión, pertenecen también a los portugueses. Yo, aunque informé al P. Superior que mi misión estaba muy remota de la demarcación portuguesa, le respondió el Gobernador: 'No hemos de creer lo que dice el padre castellano'. Así estoy detenido aquí sin poder ir ni para arriba ni para Portugal. Que avisaron a Su Majestad de mi venida, está muy bien, pero lo habían de haber hecho con modo que no perjudicasen al Evangelio de Jesucristo y esto es que sobre todos los achaques me aflige con tan diuturna (sic) detención verme impedido de poder acudir a la conversión de estas pobres almas. ¡Oh, cuántas entretanto perecerán que con la presencia del misionero se hubieran logrado! Y de esto, ¿quién dará cuenta a Dios? »De lo que dicen que mi misión también pertenece a los portugueses, quisiera no hacer ninguna mención; pero sólo por ser también negocio de las almas y veo manifiesta ruina de las ya convertidas y de las demás que se han de convertir, obligado de mi conciencia brevemente apunto mis dudas, para que V. R. procure que todo pacíficamente se remedie antes que se haga algún inconveniente con armas de parte de los portugueses de aquí. »1.º- Los portugueses, según se lee en el primer tratado de paz celebrado en Lisboa el año 1681, no pretenden más que veinte dos grados y un tercio en longitud (concedidos por la bula de Alexandre VI), contando desde el meridiano que pasa por la margen occidental de la isla de San Antonio de Cabo verde hasta el meridiano de la Demarcación, el cual también ha de pasar por la boca del río de Vicente Pinzón. -284-»2.º- Ahí mismo se refiere, que de la dicha isla de San Antonio hasta la boca desde el río de Amazonas, a diecisiete grados con dos tercios, y así para el cumplimiento de veinte y dos grados con un tercio faltan cuatro grados y dos tercios de longitud que los portugueses pretenden hasta el meridiano de la demarcación, y que todo lo demás de ahí hacia el Occidente, está comprendido dentro de la demarcación de Castilla. »3.º- Cualquier posee hecho dentro de los límites de otro ahí también se da por inválido y nulo, ni puede entrevenir alguna prescripción. »Esto, pues, si es así; si en este río de Amazonas los portugueses no pretenden más que cuatro grados y dos tercios de longitud, ¡no sé cómo ya tomaron posee hasta el río Negro, cerca de doce grados! ¿Y cómo por ahí hacen esclavos, sabiendo que entre los límites de Castilla es ilícita la servidumbre? Mas, ¿cómo pueden pretender también los Omaguas, adonde comienza mi misión, más de 25 grados en longitud? »Lo que en su favor a mí me objetaron aquí, es una cédula de la Audiencia a la tropa portuguesa que de Pará había subido a Quito por el año 1637, para que (como se lo pidieron los portugueses) volviéndose de Quito el año 1639, pudieran tomar posee para la Corona de Portugal, de una aldea adonde habían encontrado unas orejeras de oro y por eso la llamaron Aldea de Oro, situada entonces sobre el río Amazonas, en la banda del Sur, entre los ríos Yuruá y Cuchiura, y dice que tomaron posee. Pero esto también, ¿cómo puede tener valor, cuando antes que vino a las noticias del rey Felipe IV, ya los portugueses el año 1640 se habían apartado de la Corona de Castilla? Y sin autoridad y confirmación por el Rey, ¿cómo podía la Audiencia abalienar tierras de su corona? »Va aquí para alguna noticia el mapa geográfico de -285- este río Marañón o Amazonas10; no la pude hacer ahora con la perfección necesaria; si de aquí me volviera para mi misión, daré otra más acurada por el camino de Quito. »Baste esto; a V. R. por amor de Jesucristo le suplico haga la diligencia para que se componga este negocio de mi misión, porque yo no vine acá ni mi vocación es meterme entre pleitos sobre ríos y tierras, sino a buscar almas; y si esto se me quita o se me ponen mil estorbos, ¿con qué cara ha de ver el pastor su rebaño perseguido cuando no tiene remedio ninguno? Poner mi vida por esas pobres almas no sólo no repugno antes lo deseo que ver después las injurias, que temo, como con mi sangre se remediara algo. »Además encargó a V. R. la redención de mí mismo. Quince meses ha que llegué a Pará y estoy detenido sin razón, con perjuicio grande de la propagación de N. S. Fe Católica, para que los portugueses me dejen subir de aquí por el río de Amazonas para mi misión; o si no, embárquenme para Portugal y yo pueda ir por otro camino con la flota de Cádiz para mi misión. V. R. me encomiende en sus SS. sacrificios para que en todo conozca y cumpla la voluntad divina.- Pará y diciembre 16 de 1690.- De V. R., Siervo en Cristo.- Samuel Fritz, Soc. Jhu., Misión». (Ológrafa.- Real Academia de la Historia.- Est. 13, gr. 7.ª, núm. 692-2, doc. 10). -[286]- -287- Relación apologética del antiguo como del nuevo descubrimiento del río Amazonas según los misioneros de la Compañía de JesúsCon la Relación que sigue contesta el Provincial de los Jesuitas de Quito, P. Rodrigo Barnuevo, a otra Del descubrimiento del río de las Amazonas, por otro nombre Marañón, hecho por la religión de Nuestro Padre San Francisco por medio de los religiosos de la provincia de San Francisco de Quito. Para informe de la Católica Majestad del Rey Nuestro Señor y su Real Consejo de las Indias, que ordenó e hizo imprimir en Madrid el P. Fr. José Maldonado, natural de Quito, Comisario general por la Orden franciscana de todas las Indias.- V. la carta del P. Barnuevo inserta en la nota al documento III del expresado capítulo primero. A ella dice que acompaña la presente Relación y la fecha en 31 de mayo de 1645. El título del capítulo primero de la parte segunda de estas Noticias dice que se presentó en el Consejo de las Indias el año 1643. Creo que la presentación no fue en dicho año. La relación del P. Barnuevo se halla entre los Papeles de Jesuitas de la Real Academia de la Historia, y es como sigue: -290-Relación apologética, así del antiguo como nuevo descubrimiento del río de las Amazonas o Marañón, hecho por los religiosos de la Compañía de Jesús de Quito, y nuevamente adelantado por los de la Seráfica Religión de la misma provincia. Para el desagravio de lo que lenguas y plumas imputan a la Compañía de Jesús, y verdadero informe de la Católica Majestad del Rey N. S. y de su Cancillería de Quito y R. I. Consejo de las Indias Poderoso Señor.- No es nuevo en el mundo oponerse a la verdad la mentira, a la luz las tinieblas y al sol que nace lo opaco de las nubes con los rebozos de sus nieblas, y más si al nacer la luz de la verdad, niña de pocos años muere entre mantillas ahogada, a la sepultura el olvido entre pañales, y sepultada como muerta, olvida por muchos años el tiempo su crianza, y al nacer segunda vez de nuevo, la desconoce la fama y aun le da otros padres bien ajenos de los primeros que la engendraron; sucediendo en esto lo que al valiente pincel -291- que sacó a luz la nuevo y primoroso de una imagen que por echada a un rincón, desmayados o muertos con el polvo y el tiempo lo primoroso del arte y lo vivo de sus colores, por salir después un moderno pincel, que acaso la encontró y avivó o resucitó sus colores, se apropia la gloria de primer inventor, y se da por agraviado de que la verdad vuelva por su opinión y el blasón del original se apropie a quien por derecho de verdad le toca. Crió Dios la luz del sol al principio del mundo, teniendo su primer origen en el eficaz fiat, sólo de una palabra suya; origen tuvo en las manos de Dios, donde la primera vez se amasó el barro de la naturaleza humana, el hombre levantado a ser tan alto, que es poco menos en la naturaleza que el ángel, a quien sobrepuja en algunos dones y en otros le iguala; y con todo eso, con ser tan antiguo aqueste origen y de solar tan conocido, hubo tiempos en que el mismo tiempo lo puso en el olvido, y fábulas que dieron al sol y al hombre otro origen y otros nuevos padres, haciendo al ser del hombre obra de Prometeo, y al sol hijo de Latona, criaturas mortales. Nació (oh, gran Señor) en los brazos de la Compañía de Jesús y en los de sus religiosos, soldados espirituales de esta gran milicia, el primer descubrimiento del gran río de las Amazonas o Marañón, por otro nombre, cuyas aguas y riberas, habiendo servido de Jordán bien glorioso a los primeros bautismos de gentiles de los muchos que alimenta en sus orillas su copioso gentilismo, ahora en estos tiempos, resucitando su descubrimiento más crecido y adulto, quieren que se confirme, y que dejando todos los nombres modernos y antiguos, se llame San Francisco de Quito, por haberle navegado religiosos del serafín Francisco, siendo así que por esta razón primero se había de llamar San Ignacio del Quito, pues soldados suyos y religiosos de la Compañía de Jesús, fueron los primeros que pisaron sus márgenes y administraron a los gentiles, que habitan sus riberas, el sagrado bautismo. Pero como el humilde San Ignacio tiene por blasón dar a Dios la gloria de todo, y por eso quita el nombre de su Compañía y se lo da a Jesús, imitadores de tal Capitán sus soldados, de tal padre sus hijos, -292- aunque fueron los primeros descubridores de este gran río y de las numerosas provincias de su gentilismo, ni le quitan sus nombres, ni le dan el suyo, por no apropiarse esas glorias, deseosos de que se las llevase Dios todos; porque se vea cómo quitaran propias glorias a los otros quien sabe menospreciar aun la suya propia que por derecho le toca. Pero ahora en este tiempo y siglo, que habiendo el P. Cristóbal de Acuña y el P. Andrés de Artieda, de la Compañía de Jesús, por orden y comisión de la Real Audiencia de Quito, navegado aqueste caudaloso río, desde los principios donde nace humilde, hasta los fines, donde con boca de más de 80 leguas llega a besar la mano al mar y prestarle el vasallaje con que todos se le rinden, y de aquí, venciendo las aguas del Océano y llegado a la Real Corte, donde en un memorial y tratado breve, que dio a la estampa de su largo viaje dio cuenta a S. M. de su fiel legacía y todo lo en ella sucedido, nacen y salen émulos que, espoleados, si no de la envidia, del derecho por lo menos que imaginan tienen, a la gloria y primacía de este descubrimiento, en papeles dados a la estampa y en manuscritos se dan por agraviados, manchando con sus borrones el honor de la Compañía de Jesús, la fidelidad de sus ministros, la verdad de sus escritos, y con palabras preñadas, o preñeces de admiraciones, de que es mucho lo que calla la pluma y mucho lo que suprime la modestia religiosa, aumenta al honor de la Compañía de Jesús más crecidas calumnias, lunares y que no solamente para el vulgo, sino para con lo más principal y entendido de la Corte y sus Reales Consejos, que viven remotos de las Indias y remotos de lo sucedido, manchan no poco la hermosura de la verdad, y la verdad, fidelidad sincera de la Compañía de Jesús y sus hijos, me veo obligado a echar mano de la pluma para defenderme como ofendido, y sin ofender a nadie ni quitar el derecho que por derecho le compitiere a cada uno, purgarme de las imputadas calumnias, y que conozca V. M. y todo el mundo cuán antiguo es el derecho que tiene la Compañía de Jesús, aunque ignorado de sus émulos y olvidado de muchos; pues ella fue la primera que desde sus primeros -293- principios y entrada en esta provincia de Quito, con provisiones auténticas de su Real Audiencia y Señores Obispos, despachó sus hijos, más ha de cuarenta años, a la conquista espiritual de aqueste río y sus dilatadas provincias, alimentando con la leche de la fe a pueblos enteros de los Cofanes aún antes que llegasen a sentir ni ser hostigados con el rigor de las armas españolas, bautizando a muchos, no solamente de la provincia de los Quijos, que es la puerta y la entrada para las demás provincias, sino también de los Encabellados y Omaguas, provincias de este gran río, en cuya demanda, el P. Rafael Ferrer, de la Compañía de Jesús, primero caudillo y capitán de aquella empresa, acabó a manos de los indios a quienes enseñaba y predicaba la ley evangélica, haciéndole pedazos en los peñoles y arrebatadas corrientes de un río, dejando las peñas matizadas y las aguas teñidas con su sangre, y el lugar consagrado con su cuerpo; si no es que ya arrebatado de la grande corriente (pues nunca le pudieron hallar por muchas diligencias que hicieron) y envuelto en su misma sangre, fuese consagrado, y regando todas aquellas riberas hasta entrar en la madre del río principal, anunciándole el bien que le había de venir en los tiempos venideros por el riego de su sangre derramada, que era la primera, navegando primero su cuerpo muerto las ondas y aguas que después sus hermanos en la religión y fe habían de navegar vivos en su seguimiento; glorioso fin que tuvo este valeroso soldado de la Compañía de Jesús, después de haber regado todas aquellas tierras con el sudor de sus incansables trabajos por espacio, no de dos ni tres meses, sino de más de catorce años que gastó en bautizar y reducir a la fe las provincias de todo aquel gentilismo, reduciendo pueblos enteros él solo, el primero de todos, y fundando el de los Cofanes aun antes que llegasen las armas de V. M. ni sus leones españoles, que antes, por entrar después de aquéstos, le cobraron odio y aborrecimiento a la fe que les enseñaba y predicaba, juzgando haber sido el padre y su medio engañoso el que les había metido los españoles por sus tierras y casas; con que, encendidos en rabia y enojo, dos o tres principales -294- caciques de aquella provincia, le maquinaron la muerte tan gloriosa que en odio de la fe que predicaba le dieron y ejecutaron con impía crueldad inhumana, como constará por este informe todo y el derecho y primacía tan antigua que la Compañía de Jesús tiene adquirida a fuerza del sudor y sangre de sus hijos; el desagravio de las calumnias que le imputan, de que sin empacho se quiere alzar con las glorias ajenas, por otros merecidas, ocultando injustamente las proezas que otros han obrado y conseguido; engañando a V. M. y sus Reales Consejos con falsos informes, contra lo que es en todos estos reinos tan notorio, a que llaman, infidelidad indigna de vasallo y delito indigno de religiosos y pecado indigno de católicos; como si la Compañía de Jesús y sus hijos no fuesen el brazo más católico que se ha opuesto siempre a todas las herejías, y el brazo más incansable en administrar a todos los gentiles el sagrado bautismo, enseñándoles la verdad de la evangélica doctrina, como se puede hacer notorio con auténticos testimonios a todo el mundo y conocerá V. M. y todos, dignándose de pasar los ojos por aqueste informe, para ver y examinar a los rayos del sol de la verdad, ¿dónde está el desempacho que nos atribuyen? ¿La injusticia, la infidelidad indigna de vasallos? ¿El delito indigno de religiosos, el pecado indigno de católicos, el hurto, y robo de las ajenas glorias? Y últimamente los engaños y falsos informes que la Compañía de Jesús, por medio de sus hijos, ha hecho, a V. M., cuya vida y Real Persona guarde Dios años felices con prósperos y felicísimos sucesos, en las provincias todas de sus reinos, para columna de la Iglesia, defender de la católica fe y firmísimo, amparo de la verdad y todos sus vasallos. -295-Es la famosa ciudad de Quito de las más célebres que tienen los reinos del Perú, y la segunda entre todas después de la de Lima (ciudad de los Reyes). Ocupa su sitio debajo de la línea equinoccial, tan arrimado a ella, que no dista más de medio grado y aun algo menos, y está situada junto de unos altos y encumbrados cerros, volcanes de fuego, aunque coronados de nieve, que son de la Cordillera tan nombrada coma conocida en estos reinos, respeto de correr y dilatarse por espacio de más de mil leguas. Las vertientes todas de esta Cordillera, por el un lado y el otro, se desangran en caudalosos ríos, unos que por la una parte se descuelgan a una con paso apresurado hacia el mar del Sur, y otros que por la otra parte se dejan caer precipitados hacia el mar del Norte; -296- y de éstos son los más nombrados el río del Cuzco, cuyo nacimiento y origen afirman ser de la sierra de Vilcanota treinta leguas más arriba de la ciudad de Cuzco; el río que llaman de los Motilones, el de Ávila, el río de Santiago de las Montañas, que atraviesa ya más vecino a las provincias de Quito, por la ciudad de Jaén de Bracamoros, por la de San Francisco de Borja, que fundó el Príncipe de Esquilache, y por otras; el río de Cuenca, el de Ufamo (u Opamo), el de Macas, el de Latacunga, el de Napo, que es el más inmediato a Quito y a su línea, y desciende por la provincia de los Quijos con el río de la Coca, a cuyas riberas se extienden los indios de nación Cofanes, y entre estos dos ríos a sus cabeceras, tiene asiento la ciudad de Baeza; con otros menos principales que entre las distancias que éstos corren no menos presurosos se divisan, hasta formarse de todos juntos este gran río de las Amazonas, que ha tenido diversos nombres ocasionados de las fases y tiempos diversos en que varios pilotos de aguas le navegaron y corrieron, como fueron el tirano Lope de Aguirre, y Francisco de Orellana, que le navegó el año de 1540, de quien tomó primero nombre llamándose el río de Orellana. Corre este anchuroso y dilatado río desde el Occidente al Oriente por espacio de más de 1.300 leguas, desde donde nace hasta donde muere, arrastrándose por debajo de la Línea equinoccial siempre, torciendo unas veces inclinado a la banda del Sur y bebiéndose muchos de sus caudalosos ríos, apartándose y torciendo otras veces con sus vueltas a la parte del Norte, y entrando en sí las aguas de todos los ríos que por esta parte corren, hasta que, sin dejar de seguir su curso siempre por debajo de la Línea, aunque torcido ya a un lado ya al otro, se viene a entrar por la banda del Norte en este mar con más de 80 leguas de boca. Siendo, pues, tantos los ríos caudalosos que se bebe, principalmente por la parte del Norte, de que se alimenta y viene a formar lo grueso y anchuroso de su cuerpo, dilatado por tantas provincias de bárbaros que le pueblan y de tan numeroso gentío en todas ellas, que parece falta el número y se agota el guarismo, -297- han nacido las diferencias y neutralidades en averiguar con acierto cuál de aquestos ríos de la Cordillera sea el que en realidad de verdad le da principio y le sirve de origen y cabeza, afirmando unos uno y otros otro, aunque los más convengan en que sea el río de Napo, que corre por los Quijos y Cofanes, el más inmediato a Quito y cercano a la Línea por donde explaya su curso este gran río. Y siendo también diversas las entradas que por diversas partes se han hecho bajando por diferentes brazos y raudales al río del Marañón o Amazonas, que es la madre principal que los abraza a todos, y estas entradas y descubrimientos primeros también en diversas ocasiones y tiempos, y algunas tan antiguas, que por haber más de 40 años casi que las tenía ya olvidadas el mismo tiempo, ha sido ocasión de que los modernos y nuevos descubridores, ignorantes de los tiempos pasados y de lo que aun antes que ellos naciesen tenían ya obrado y descubierto los primeros y antiguos fundadores, se juzgaron primeros colonos de aquellos descubrimientos, y aun se dan por agraviados de que haya quien les quite este blasón o no les atribuya por entero aquesta gloria; y así, para que se conozca esta verdad, el lugar y derecho que por antigüedad y méritos, no por favor y diligencias, le toca a cada uno, será fuerza tomar la carrera un poco más de atrás, comenzando con sus principios y los más antiguos descubrimientos, para que mejor se puedan conocer cuáles son los antiguos y cuáles son los modernos, dándole a cada uno su lugar competente. -[298]- -299- Tuvo principio la Compañía de Jesús en la ciudad de Quito por los años del Señor de 1586, bajando de Lima, ciudad de los Reyes, padres de gran virtud que pusieron a este Colegio de Quito los primeros fundamentos; y siendo parte tan principal de la Compañía de Jesús y de su instituto las correrías y misiones, especialmente a tierras de infieles, apenas tenían casa asentada en esta ciudad, cuando, teniendo noticia de los ríos de esta Cordillera, principalmente por la parte de los Quijos, donde cae el río de Napo y el de la Coca y Ávila, que juzgan muchos ser las cabezas principales del río de Amazonas y su principal entrada y de los infieles que por estas partes habitan, despachó la Compañía de Jesús, por explorador uno de sus hijos, que fue el P. Rafael Ferrer, -300- a esta espiritual conquista (como constará abajo por declaración auténtica de testigos) con facultades auténticas de la Real Audiencia en lo secular, y amplias facultades del Señor Obispo, que entonces era D. Fr. Luis López de Solís, para lo tocante a lo espiritual; y entrando por los Quijos y ciudad de Baeza, que está entre los dos ríos del Napo y de la Coca, entradas para el de las Amazonas, o por sus cabeceras más propias, los años del Señor de 1599, pobló la primera reducción de los indios Cofanes, siendo el primer sacerdote que entró por las puertas de aquellos ríos y de aquellas naciones la ley del Evangelio y la gracia del sagrado bautismo, administrándosele a muchos de aquellos infieles y reduciéndoles por vía de paz, antes que ningunos de los españoles con estruendo de armas hubiesen llegado a pisar las puertas de aquellas tierras y nuevas provincias bárbaras. -301- En los ejercicios primeros de estas conquistas espirituales gastó algunas años el P. Rafael Ferrer, de la Compañía de Jesús, con inmensos sudores y trabajos, cuando, viendo la multitud de mies que por aquellos ríos descubría para los graneros del Cielo, y la poquedad de obreros para recogerla, pues se hallaba él solo en medio de tantas naciones bárbaras sin un compañero que le ayudase de la religión, ni aun soldado español de quien valerse, determinó salir a la ciudad de Quito a pedir socorro; y como la Compañía estaba en sus principios tan falta de sujetos, no le pudo dar más que un hermano, que fue el hermano Antón Martín, de nación francés, con el cual, animado, hizo la segunda entrada por los años del Señor de 1605 a los Cofanes y demás naciones -302- bárbaras, con tantos sudores y trabajos, que caminaba a pie todas aquellas tierras, cargado de los ornamentos sagrados para celebrar el sacrosanto misterio de la Misa, respecto de ser aquella tierra tan montuosa, que ni aun hasta hoy están totalmente sus caminos abiertos para poder entrar a caballo por ellos. Aumentábase cada día el número de los fieles reducidos por vía de paz que era increíble el que tenían todas aquellas naciones al P. Rafael Ferrer, su primer padre en el espíritu. Y no siendo ya él solo bastante para el beneficio espiritual de tantas almas nuevamente convertidas, siendo él solo quien en lo temporal y espiritual las gobernaba con poderes que tenía para todo, salió segunda vez por el socorro de algún compañero sacerdote, que le señalaron luego de la nación italiana y natural de Luca, al P. Ferdinando Arnulfini, con no pequeño gozo suyo, en cuya compañía hizo su tercera entrada a estos gentiles, donde por espacio de tres o cuatro años es increíble el fruto que hicieron, no solamente en la provincia de los Cofanes, sino entrándose aún más adentro con nuevas correrías en los Omaguas, que es la provincia más cercana y próxima al río de las Amazonas, como al principio de su relación lo confiesa el muy reverendo P. Fr. Josef Maldonado, Comisario General de todas las Indias occidentales. Y no contentándose con sólo aquesto, sacaron y redujeron a la fe algunos indios de las provincias más interiores, Encabellados y Avijiras, de que es buen testigo toda esta ciudad y Colegio de Quito, donde se trajeron después algunos de estos Encabellados y Avijiras. Hallábanse engolfados los celosos obreros en medio de gentiles y bárbaras naciones, sin otra defensa ni amparo que el del Cielo, y tanto, que algunos juzgaron a temeridad arrojada lo terrible de la empresa; conque los Superiores se vieron obligados a enviar por ellos y hacerlos salir afuera, hasta tanto que el Cielo dispusiese las cosas de manera que con alguna seguridad se pudiese proseguir tan glorioso empleo; y para este fin o para que la prosiguiesen si juzgasen la disposición conveniente y no temeridad el arrojamiento y celo, enviaron dos -303- valientes obreros más, que hicieron la cuarta entrada hasta los Cofanes por los años del Señor de 1607, poco más o menos, y fueron éstos el P. Juan de Arcos, que fue Rector de este Colegio de Quito y hoy reside en el de Cartagena cargado de años y de méritos, y el otro fue el P. Onofre Esteban, que también fue muchos años Rector de este Colegio y murió con opinión de santidad tan grande como es notorio a toda esta ciudad y reino, y pide su vida más dilatados procesos. Llegados, pues, que fueron a los Cofanes y vistas y tanteadas las cosas y disposición que de presente tenían, porque ya los españoles trataban de picar con las armas y entrar la tierra adentro, como de facto lo hicieron el capitán Pedro de Palacios y otros en breve tiempo, recelosos los padres de su poca seguridad y que era temeridad y conocido el riesgo que tenían, como lo dirá el suceso siguiente, hubieron de sacar al P. Rafael Ferrer y su compañero y volverse a la ciudad de Quito todos, como con efecto lo hicieron. -[304]- -305- Dejaba el P. Rafael Ferrer tantos hijos espirituales tiernos en la fe entre aquellos infieles, que no le sosegaba el amoroso corazón ni hallaba en el retiro reposo, antes, sobresaltado siempre, acusaba por cobardía su retirada con no haberla hecho culpable lo voluntario, pues fue forzado a ella, sino antes meritorio el acto de la obediencia; y así no sosegó un día tan solo, quizá porque el Espíritu Santo interiormente lo espoleaba con tantas inspiraciones y pronuncios del fin que entre aquellos infieles le esperaba glorioso, hasta que alcanzó nueva licencia y beneplácito de los Superiores para volver a sus Cofanes y a la conquista espiritual de aquellos bárbaros, a donde volvió por los años del Señor de 1608, poco más o menos, y fue su quinta entrada aquesta, que -306- efectuó con ardiente y fervoroso celo; pero a tiempo ya los indios de todas aquellas provincias andaban hostigados y alborotados con las correrías de los soldados españoles, sintiendo a par de muerte la opresión de sus armas y que iban perdiendo con la libertad la posesión de sus tierras, que adquirían los españoles cada día de nuevo. Este pesar fue no pequeña parte para que con los grandes trabajos que en aquellas reducciones había pasado, cayese gravemente enfermo en la ciudad de Baeza, que luego que lo supieron los superiores de Quito, despacharon otro obrero insigne, que fue el P. Luis Vázquez, persona bien conocida en toda esta provincia de Quito, para que si lo hallase en la ciudad de Baeza, lo volviese hasta tanto que cobrase su salud entera. Salió el P. Luis Vázquez en su demanda el mismo año, y fue ésta la sexta entrada que se hizo por parte de la Compañía de Jesús en aquellas provincias. Llegó a Baeza, y hallando que aquel mismo día, enfermo como estaba, el P. Rafael Ferrer se había hecho llevar en hombros de indios a tierra adentro, llevando orden de que si no le hallase en aquel pueblo se volviese, habiendo predicado allí algunos días, se volvió cumpliendo con la legacía de su obediencia, y dejando al padre Rafael Ferrer en la conquista de su cielo, aunque trabajado y enfermo. Aquí comenzó el siervo de Dios a trabajar con nuevos alientos, como lo hizo por espacio de cuatro o cinco años, aunque halló a los indios, y en especial algunos de los principales caciques, mal contentos, y tanto, que el grande amor que al padre y a la fe que les predicaba primero habían tenido, lo trocaron todo en cruel aborrecimiento. Avisáronle algunas veces (aun algunos familiares que le querían bien de secreto) se saliese de sus tierras y dejase de predicarlos, porque si no le habían de quitar la vida muy presto, cosa que jamás pudo creer el padre de hijos que tanto le costaban y a quienes él tanto quería y tanto le habían querido; pero el hecho lo comprobó bien presto. Andaban ya los indios, con las armas del capitán Pedro de Palacios y otros conquistadores que se iban entrando por la tierra adentro, hostigados, desabridos y mal contentos con el padre y la fe -307- que les predicaba del Sagrado Evangelio, respecto de que se hacían esta cuenta: que pues el padre había salido y entrado tantas veces y después habían ido los españoles con las armas, él sin duda era quien los había llevado y llamado, para que los conquistasen y les quitasen sus tierras, y con ellas la libertad, obligándolos a la mísera servidumbre, vasallaje y tributos; conque, maquinándole en este juicio la muerte, al pasar un día por un puente de dos palos un río que por entre grandes peñones arrebatadamente se precipitaba, le quitaron los palos y precipitaron al padre del puente abajo; asiose de uno de los maderos y pidiéndoles con amorosas quejas de padre a aquellos hijos le favoreciesen y sacasen de aquel aflicto y precipicio, uno de los indios le pidió la mano con falso disimulo, y fue lo mismo desasirse del madero y dársela al indio, que soltarle otra vez a las honduras del precipicio, haciéndose pedazos con este golpe en lo profundo, dejando bien que lavar en las peñas teñidas con la reciente sangre, a las aguas que batían en ella de carrera apresurada, llevándose consigo el sagrado cuerpo a que navegase o consagrase todos aquellos ríos con su presencia y acabase de andar muerto lo que dejaba de andar en la vida, por habérsele quitado tan inhumanamente en odio de la fe, los mismos que con ventajas se la debían. De todo lo cual se hizo después información en derecho, que está en el Archivo de Quito, cuya cabeza con el dicho de un testigo no puedo dejar de poner aquí en breve, para que conozca esta verdad el mundo, cuyo tenor comienza en la forma siguiente. «En la ciudad de San Pedro de Alcalá de los Cofanes, río Dorado, Gobernación de los Quijos, en 21 días del mes de enero de 1622, Melchor Velásquez de Obando, cura vicario de esta ciudad por el reverendísimo Sr. M.º D. Fr. Alonso de Santillán, Obispo de este Obispado de Quito y del Consejo de S. M., etc., digo: que el primer sacerdote que convirtió a la fe de Cristo a los indios de estas provincias de los Cofanes, fue el P. Rafael Ferrer, de la Compañía de Jesús, varón apostólico y de -308- loables costumbres, el cual entró en esta provincia habrá más de 14 años, antes que esta ciudad de Alcalá se poblase, donde con mucho trabajo plantó el Santo Evangelio en los dichos naturales, enseñándoles la doctrina cristiana, predicándoles en su misma lengua natural, administrándoles los Santos Sacramentos, andando a pie y muchas veces descalzo con el ornamento a cuestas, en tierra tan áspera, lodosa y de montaña, de unos pueblos en otros, acudiendo a las necesidades espirituales con mucha caridad y amor, con grande ejemplo de vida que les daba, donde le hallaron ocupado en lo dicho el Capitán y soldados que entraron a la conquista de esta provincia, donde consoló a los españoles en predicar y decir misa y haciendo con ellos oficio de cura, que a todos edificaba su buena vida y modo de proceder, en lo cual se ocupó muchos años, pasando muchos trabajos y afrentas de los indios y persecuciones que le hacían, burlándose de él y de lo que les predicaba, lo cual sufría con mucha paciencia y alegría; donde todo el tiempo que estuvo en esta tierra fue su común sustento raíces y yerbas; y estando el dicho padre, después de poblada esta ciudad de Alcalá, ocupado en lo dicho, en la provincia de Chichigue, de este distrito, habrá diez años, le amenazaron los caciques e indios de la dicha provincia que le habían de matar, que por lo que dicho padre predicaba y enseñaba a los indios y por su causa, habían entrado en esta tierra de los Cofanes los españoles; y que se fuese de su tierra y no predicase más, porque el hacerlo le costaría la vida; y esto le vinieron diversas veces a decir los dichos caciques a dicho padre, y con buenas palabras los aplacaba, dándoles a entender lo mucho que les cumplía ser cristianos y creer en Dios para salvarse; y que no por su causa habían venido los españoles, que el Rey les enviaba para que los diesen la paz como sus vasallos y para que fuesen cristianos y no hacerlos mal ninguno. Y viéndose necesitado de lo necesario para la celebración del culto divino y para confesarse, iba caminando para los Pastos, y en el camino, pasando por un puente de dos palos en una quebrada hondísima y profunda, los indios que iban con él le cortaron el puente -309- y le arrojaron en el profundo de la dicha quebrada, tajada de peñas, donde se hizo pedazos y no pareció más, y aunque los españoles e indios, cuando supieron su muerte, lo buscaron con gran diligencia y cuidado, no pudieron hallar el cuerpo. Y porque la vida y martirio de varón tan insigne y santo no quede en silencio y sea manifiesta a todos los fieles, para gloria de Dios mandó se haga de ello información, la cual se hizo en la forma siguiente, etc.». Declararon los testigos con juramento en forma y derecho, y el primero que fue llamado y declaró todo lo aquí contenido, fue el capitán Gabriel Machacón, Teniente General de la Gobernación de los Quijos, añadiendo a lo arriba dicho que había más de diez y ocho años que vivo en la ciudad de Sevilla del Oro, en la provincia de Macas, que entró allí a predicar el Santo Evangelio (había entrado en Macas por los años del Señor de 1602, como se saca de las Annuas de la Compañía) y que sabe este testigo que el primer sacerdote que entró a esta provincia de los Cofanes a predicar y manifestar el Santo Evangelio a los naturales de ella, fue el dicho P. Rafael Ferrer y que en este intermedio, entró a esta provincia el capitán Pedro de Palacios con soldados y gente de guerra a conquistar los indios de ella. Mas declara este testigo, que ha oído decir entre los indios de esta provincia, que, después de su santo martirio le ven muchas veces los indios en los altillos del monte decir misa vestido con vestiduras sagradas. Y lo mismo declara Andrés Viejo, vecino de aquella ciudad, Alcalde de minas y Regidor. El tercero testigo que declara es Juan de Palacios, Alcalde ordinario, hijo del capitán Pedro de Palacios, que dice conoció muy bien al P. Rafael Ferrer, religioso de la Compañía de Jesús, porque le vio en esta provincia de los Cofanes ocupado en la conversión de los naturales, cuando entró con su padre el capitán Pedro de Palacios a la conquista de la tierra, que a la sazón este testigo era muchacho y de poca edad. Mas declara sabe este testigo que el primer sacerdote que convirtió esta provincia fue el dicho P. Rafael Ferrer; y -310- todas estas cosas declaran otros dos testigos, Gaspar de San Martín, Alférez Real, Regidor y vecino de la dicha ciudad, y D. Juan Vocachi, Gobernador de los indios; y añade este último testigo, que en espacio de un año convirtió toda la provincia de los Cofanes. Cuyo informe y dichos, aunque en trozos, he querido injerir aquí por sus mismas palabras, para que conozcan todos cuán antigua es la posesión y derecha en que la Compañía se halla. -311- Regados aquellos ríos y provincias con la sangre y sudores del P. Rafael Ferrer, de la Compañía de Jesús, en tan glorioso fin como fue a morir por sembrar el primero con tantos afanes y cansancios en aquellas tierras y ríos la semilla del Sagrado Evangelio a costa de su propia vida, clamaba por nuevos operarios de la Compañía aquella sangre derramada y vertida, para que prosiguiesen y no dejasen de las manos empresa tan gloriosa que con tan felices principios prometía y daba tan gloriosos fines. A las voces, pues, de aquesta sangre, provocados con santo celo, salieron de aqueste Colegio de Quito por los años del Señor de 1621, siendo ésta la séptima entrada que hicieron los de la Compañía, el P. Simón de Rojas, el P. Humberto Coronado y el hermano -312- Limón, de la Compañía de Jesús, los cuales, con nuevos fervores y alientos, entraron la tierra adentro y se arrojaron por aquellos ríos abajo, visitando las provincias de todos aquellos infieles y bárbaros Omaguas, hasta llegar a los Encabellados, a los Coronados, que llaman Avijiras, habitadores todos del gran río de las Amazonas, sacando y bautizando a algunos de aquestos más remotos, que en señal y prueba de sus correrías espirituales trajeron después a esta ciudad de Quito, entre ellos un Encabellado y Avijira, tan encontrados y opuestos en los naturales, como en las naciones suyas, pues aun reducidos al gremio y unidad de la fe, en juntándose los dos el uno a la presencia del otro, no podían encubrir en los semblantes la natural antipatía que entre sus naciones había, de que fueron testigos todos los de aqueste Colegio de Quito. Gastarían en aquel ejercicio y ministerio cerca de un año, hasta que, forzados de los temporales y cosas necesarias, que siempre a los principios y entradas de nuevas provincias nunca examinadas ni vistas se ofrecen arduas dificultades que hacen volver el paso atrás, contra lo que la voluntad y el ánimo desean, y así hubieron de salir los padres y volver el paso atrás, viendo que sólo por lo belicoso de los indios se les hacía insuperable, sin fuerza de soldados, la conquista de tan dilatadas provincias. -313- Como la Compañía sólo había dado principios a estos nuevos descubrimientos, y ella sola fue la que echó las primeras zanjas y fundamentos de la fe en aquellas bárbaras gentes, entrándose por sus tierras y arrojándose a la navegación de sus ríos sin otro piloto mejor que el celo de las almas y conversión de aquellos gentiles conforme al instituto de nuestra Compañía, no ha dejado jamás el Señor de ejercitar y provocar los ánimos y corazones de los hijos de su Compañía para que llevasen adelante este nuevo descubrimiento y espiritual conquista; y así, por los años del Señor de 1630, movió al P. Francisco de Rugi, que había muchos años se ocupaba en ejercicios literarios de artes y teología, así moral como escolástica, para que, dejándolo todo, se emplease en -314- la conversión de estos infieles; y poniéndolo en ejecución, salió por este tiempo en compañía del P. Juan Sánchez y H. Simón de Silva, por la ciudad de Baeza, en la Gobernación de los Quijos, con ánimo de proseguir la empresa de que ya los padres antiguos de la Compañía de Jesús tenían andada gran parte del camino. Y estando en la dicha ciudad de Baeza, entrada por aquellas provincias y ríos, y siendo aquélla la octava entrada que se hacía por parte de la Compañía, al cabo de más de un mes que allí estuvo haciendo para su entrada diligencias exquisitas, hubo de volverse, porque el Gobernador, que entonces era Vicente de los Reyes Villalobos, no le permitía entrar solo, y el Presidente de la Real Audiencia, que entonces era el doctor Antonio de Morga, nunca quiso dar licencia para que entrasen soldados ni otra gente alguna, trayendo para ello copia de razones; las cuales no hubo luego dentro de un año o dos, como luego veremos, para dar auténticas licencias que entrasen y bajasen a estos ríos los religiosos seráficos de San Francisco, ya solos, ya en compañía del capitán Juan de Palacios, que quedó muerto en la empresa a manos de su infeliz desdicha. Con que el P. Francisco de Rugi, de la Compañía de Jesús, y sus compañeros hubieron de volver atrás la vuelta de Quito, hallando cerradas las puertas por las cabezas del Gobierno, que tenían las llaves y eran los que podían abrirlas. ¡Oh, cómo pudiera yo exclamar aquí con enfáticas admiraciones, de lo que calla la modestia religiosa y suprime la pluma de los agravios, negociaciones y favores contra los méritos de tantos años y derecho tan antiguo, viendo que hubo tanta copia de razones y servicios de entrambas majestades divina y humana, para cerrar las puertas a los de la Compañía de Jesús, después de tantos méritos y trabajos, y después de haberlas ellos abierto los primeros con su sudor y sangre; y que dentro de poco tiempo se trocaron las manos de los afectos en estos dos pueblos Efraím y Manasés, de los de la Compañía de Jesús y Seráfica religión, abriendo a éstos luego la puerta que tanto cerraron para aquellos! -315- Cerradas las puertas por aquella parte, no perdió sus bríos ni valor el ánimo; antes, sabiendo que el capitán Juan de Lara acometía la empresa y conquista de los Jíbaros por el río de Santiago de las Montañas, que es otra de las entradas y cabeceras del río de las Amazonas, no de las menos principales, aunque no de las más cercanas, se determinó el P. Francisco de Rugi entrar en su compañía, como lo hizo por los años del Señor de 1631, aunque no fue el viaje tan feliz como lo deseaban y prometían las buenas esperanzas; pues llegando a los Jíbaros después de muchos días de camino, y corriendo la tierra, por haberse retirado los indios, se hallaron destrozados y faltos de bagaje y mantenimientos necesarios; -316- conque, obligados y forzados de este trabajo, desistieron del intento y volvieron a salir todos deshechos y malparados; y tanto, que encontrando en esta ocasión de vuelta al P. Francisco de Rugi en la ciudad de Loja el Sr. arzobispo D. Fr. Pedro de Oviedo, Obispo de Quito, que andaba como pastor solícito visitando su rebaño, viendo al padre tan destrozado y malparado de todo lo necesario, respecto de que había casi todo un año que se habían descarriado por aquellas montañas, le socorrió como padre y príncipe generoso liberalmente con sus limosnas, para que pudiese arribar otra vez a esta ciudad de Quito, que es el puerto de adonde había salido y el real desde adonde han hecho los de la Compañía todas aquestas espirituales correrías. -317- No sosegaba el fervoroso espíritu y aliento del P. Francisco de Rugi hasta verse entre infieles, que era todo el blanco de sus designios; y así, luego a los principios del año de 1632, día de San Valentín, a los 14 de enero, a petición de los de Santa María del Puerto, en compañía del P. Juan de Henebra, hizo la décima entrada, para cuyo efecto vino el capitán Domingo de Pereira, que llevó a los dichos padres, los cuales fueron no sin grandes esperanzas; porque, aunque esta entrada era por la otra parte del mar del Sur, también se avecindaba por su derecha con los Sucumbíos y ríos que por esta banda dan también en el de las Amazonas, y podían deslizarse hacia estas partes, cuanto hacia las cosas del mar del Sur no hallasen en qué ocuparse. Pero -318- la suerte ha sido tal, que desde este año de 32, en que entró, hasta el de hoy, que es el de 43 (1643), no ha faltado mies en que ocuparse, reduciendo cada día nuevos infieles a la fe, de los cuales ha sacado y bautizado algunos en esta misma ciudad de Quito, en dos o tres ocasiones que ha salido a ella en busca de recursos y de compañeros que le ayudasen en su empresa, en la cual ha más de once años que persevera, y la lleva hoy adelante en compañía del P. Nicolás Cordero, con no poco fruto y provecho, así de los convertidos como de los que cada día se van reduciendo y convirtiendo de nuevo. Y para que conozca el mundo y se vea cómo desde que la Compañía de Jesús entró en la provincia de Quito no ha dejado en todos tiempos de acometer y emprender las empresas de aquestos descubrimientos y conversiones de infieles, y que hasta el día de hoy tiene por diversas partes ocupados y derramados muchos de sus hijos, que actualmente se ocupan con gloria de entrambas majestades divina y humana en estas espirituales y gloriosas conquistas, referiré aquí ahora brevemente algunas de ellas, que, aunque sean fuera de este gran río, no lo serán fuera del argumento a que las enderezo. Por los años del Señor de 1620, el P. Gabriel de Alzola, de la Compañía de Jesús, intentó con ferviente celo la entrada a la provincia de los Paisea (sic, por Paeses) en los términos y distritos de la Gobernación de Popayán, cuyo Gobernador, Juan Menéndez Marqués, que entonces era, a petición de Lorenzo Menderos, que alegaba no convenía se hiciese la tal entrada sin orden de S. M., la estorbó e impidió en la ocasión presente; pero no desistiendo de sus intentos y mejorados los tiempos, con beneplácito del Gobernador que entonces era Juan Bermúdez de Castro, por los años del Señor de 1628 entraron a la dicha empresa y provincia de los Paeses el P. Gabriel de Alzola y el P. Jerónimo Navarro, de la Compañía de Jesús, el cual, dividido de su compañero por diverso río, acabó en breve con los días de su vida, a fuerza de los rigurosos temporales y falta de lo necesario, en aquellos remotos desiertos y trabajadas -319- soledades, a donde quedó su cuerpo venerable sepultado y las reliquias de sus huesos clamando al Cielo por nuevos operarios para la predicación de aquellas bárbaras provincias y desvalidos indios, ciegos todavía en los errores de su antiguo gentilismo; y así, dispuso Dios las cosas de manera, que por los años del Señor de 1634 entrasen de nuevo el P. Gaspar de Cugia (aunque después salió para la misión de los Maynas, donde hoy reside, como veremos luego) con el P. Nicolás Maldonado, fundando iglesia a los indios para que se les enseñase la doctrina evangélica, como actualmente se la enseñan y predican en otras iglesias de nuevo añadidas por el P. Francisco Ignacio y el P. Juan de Rivera de la Compañía de Jesús, que entraron últimamente por los años de 1639 para la predicación de aquestos indios, en que actualmente perseveran, conservando a unos en la fe y reduciendo a otros cada día de nuevo con sudores y trabajos tan amargos, que sólo pudiera endulzarlos el amor de Jesucristo, por quien obreros tan celosos de su viña y del bien de las almas sufren y hacen lo que hacen. Además de lo referido, por los años del Señor de 1634, viniendo a esta ciudad el Sr. obispo D. Diego de Montoya y Mendoza, que lo fue de Popayán y murió después Obispo de Trujillo, pidió al P. Rector de la Compañía de Jesús de Quito, que entonces era el P. Juan Pedro Severino, dos religiosos para nuevas entradas por aquellos distritos, y fueron nombrados el P. Juan de Henebra y el P. Jaime de Torres, de los cuales el P. Juan de Henebra entró hacia el puerto de Buenaventura y corrió la costa de la misma mar del Sur con mucho provecho que en ella hizo. Donde dejo otras diversas entradas que los nuestros hicieron. -[320]- -321- De las primeras religiones que ocuparon la ciudad de Quito fue la gloriosa y dichosa mil veces del Seráfico Francisco y sus hijos, que ocupados en los muchos indios convertidos a la fe de todas aquestas provincias y en las muchas doctrinas que ocupan y doctrinan numerosas en el gentío, no podían atender a nuevos descubrimientos de infieles, pues apenas tenían a los principios sujetos para ocupar los muchos puestos de las mejores doctrinas y beneficios de indios que hoy poseen en todo aqueste reino; y así, desde su primera entrada a esta ciudad de Quito, que fue desde los tiempos de su fundación, no trató de misiones de infieles ni ninguno de sus hijos, pues harto hacían con administrar los sacramentos a los fieles que estaban a su cargo ya convertidos; -322- hasta que, conseguida licencia con provisiones reales del presidente doctor Antonio de Morga, que un año antes, o poco más, la había negado con fuerza de razones a los religiosos de la Compañía de Jesús (como vimos arriba), quizá por guardarla para darla en esta ocasión a los religiosos de San Francisco, de quienes fue siempre mecenas tan grande como digno; por los años de 1632, a los fines del mes de agosto acometieron su primera entrada por los Pastos y Sucumbíos algunos religiosos, como fueron fray Domingo Brieva y otros, que aunque se volvieron atrás, después la prosiguieron por los años del Señor de 1634 y últimamente por los de 1635, a los 29 de diciembre, que salieron de Quito por diverso rumbo y camino, como fue ir por la Gobernación de los Quijos y San Pedro de los Cofanes (según refiere en su relación el muy reverendo P. fray Josef Maldonado, Comisario General de las Indias), y llegando a la provincia de los Jíbaros, a la de los Becabas y a la de los Encabellados, murió en ésta el capitán Juan de Palacios, en la refriega que tuvieron con los indios; con que todos se retiraron y volvieron a salir afuera a la ciudad de San Pedro de Alcalá de los Cofanes, menos dos religiosos legos, que con cinco o seis soldados aventureros que quisieron acompañarles, se arrojaron bien acaso y a la ventura suya por el río abajo, siendo el año del Señor de mil y seiscientos y treinta y seis; donde no puede dejar de advertir y ponderar, que la ciudad de los Cofanes, fundada por el P. Rafael Ferrer, más había de cuarenta años, les servía de real para sus retiros; el capitán Juan de Palacios, uno de los testigos que declararon fue el P. Rafael Ferrer de la Compañía de Jesús el primero sacerdote que entró por aquellas tierras y convirtió pueblos enteros de aquellos infieles, echando el sello a su predicación con la rúbrica de su sangre; este mismo era el que les servía, ya hombre, de Capitán y caudillo para aquellas entradas; siendo bien niño cuando el P. Rafael Ferrer había hecho las suyas solo, mucho antes, y después en compañía del capitán Pedro de Palacios, padre del capitán Juan de Palacios, que ahora capitaneaba estas empresas y murió -323- en esta ocasión a manos de aquellos bárbaros infieles. Para que se vea el agravio que en estas primacías publican los émulos de la Compañía de Jesús hace ella a ninguno, pues antes ella se puede con voces de sangre quejar de cualquiera que le quiera quitar la gloria de primera en esta empresa, siendo tan notoriamente suya. Navegando, pues, estos religiosos aventureros el río abajo, llegaron a la fortaleza del Curacá, y últimamente a la boca del río que entra en el mar y a la ciudad de San Luis de Marañón, donde hallaron padres de la Compañía de Jesús ocupados también en la boca del río en la doctrina y enseñanza de sus infieles, de cuyo Rector nos trajo carta el P. fray Domingo de Brieva a este Colegio de Quito; y preguntado si había cristiandad entre aquellos indios, respondió diciendo: «Desengáñense, padres, que no hay cristiandad sino donde doctrinan los padres de la Compañía». Para que se vea cómo no solamente por las cabeceras desde río, sino aun por la boca en el mar y fines, tiene muchos años ha adquirido la Compañía la posesión de este gran río y ciudad de San Luis de Marañón. Desde donde el general Pedro de Texeira, indios y soldados portugueses, con fray Domingo de Brieva y fray Francisco de las Chagas, volvieron a subir la vuelta del río arriba y llegaron por los años del Señor de 1638 a los 24 de junio al puerto de Payamino, y dejando el general Pedro de Texeira en Ávila y en los Encabellados la más de su gente, con algunos soldados y religiosos de San Francisco llegó a esta ciudad de Quito; donde fue recibido con mucho gusto y despachado después (como veremos) por el mismo río con religiosos de la Compañía de Jesús. -[324]- -325- X.- De nuevos descubrimientos que por este mismo tiempo continuaban los religiosos de la Compañía de Jesús en este gran ríoReferí en el capítulo VII cómo el P. Francisco Rugi, de la Compañía de Jesús, por los años del Señor de 1631, en compañía del capitán Juan de Lara, acometió la empresa y conquista de los Jíbaros por el río de Santiago de las Montañas, que es otra de las cabeceras y entradas del río de las Amazonas o Marañón, y aún la más principal según el sentir de muchos, aunque más remota de Quito, por seguir sus rumbos a largas distancias de aquesta ciudad por Santiago de las Montañas, Jaén de Bracamoros y San Francisco de Borja, ciudades que distan muchas leguas de aquesta de Quito. Esta empresa, pues, comenzada por esta parte del río y cabecera suya de los de la Compañía de Jesús por los -326- años del Señor de 1631, antes que los religiosos de San Francisco hubiesen comenzado la suya por parte de los Sucumbíos, prosiguieron también a este tiempo los religiosos de la Compañía de Jesús, sin haberla dejado de entre manos hasta el día de hoy, navegando largas jornadas del río abajo, descubriendo sus entradas y ensenadas, hasta entrar por el río de La Tacunga, que es otra de las entradas que todos señalan para este gran río, marcando las provincias de todos sus indios, observando sus ritos y costumbres y reduciéndolos a la fe con inmensos sudores y trabajos, y fundando iglesias donde se les administren sacramentos; de todo lo cual hay testigos en esta ciudad de Quito, que han acompañado a los dichos en sus entradas y salidas; y en las que han hecho a esta ciudad para recurso de lo necesario, han sacado algunos de los gentiles a vista de todo el mundo, los cuales, con la solemnidad que acostumbra la Iglesia, recibieron el sagrado bautismo en la ciudad de Cuenca, desde donde volvieron a entrar con los padres en sus tierras. Para la prosecución, pues, de aquesta gloriosa empresa, salieron de aquesta ciudad del Quito por los años del Señor de 1636, el P. Gaspar de Cugia y el P. Lucas de la Cueva, de la Compañía de Jesús, y llegando a Jaén, se embarcaron en el río del Marañón, que así se llama ahí y nosotros llamamos Amazonas, y después de cuatro días de navegación río abajo, llegaron a la ciudad de San Francisco de Borja, donde, por no haber sacerdote, hizo residencia y asiento el P. Gaspar de Cugia, despachando el río abajo con algunos soldados al P. Lucas de la Cueva, su compañero, por explorador de aquellas tierras; el cual, con los soldados llegó a la boca del río Pastaza o de La Tacunga por otro nombre, otra de las cabeceras y nacimientos que dan a este gran río, y subiendo por la boca del río de Pastaza arriba venciendo sus corrientes, después de ocho días de navegación, cuatro el río de Marañón abajo y otros cuatro al del Pastaza arriba, llegaron a una anchurosa y apacible laguna que hace el río con otros que desembocan en ella los torrentes de sus aguas, llamada en aquellas partes Rimachuma. Aquí gastaron cuarenta días reconociendo -327- no solamente los ríos que le entraban a esta laguna y la hacían célebre, sino también los indios gentiles que poblaban sus orillas y habitaban la circunferencia y contorno de aquella laguna toda. Más de cuatro de navegación y otros quince días gastaron en el río de Chillai y en averiguar los bárbaros moradores de aquellas tierras y riberas, nunca hasta entonces vistas ni holladas de los españoles11. Cumplido con el registro de aquestas provincias, volvieron a la boca del río de Pastaza y el Marañón abajo hasta llegar12 a la provincia de los Jeberos, en cuyo examen y averiguación se detuvieron ocho días, y faltándoles ya sustento, volvieron río arriba a San Francisco de Borja para rehacerse. Reforzados, salió segunda vez el P. Lucas de la Cueva con doce soldados el Marañón abajo, y embocados por el río de La Tacunga o Pastaza, navegaron el río arriba más de 20 días, hasta llegar a las vertientes del páramo cerca de Píllaro, donde por ser toda la tierra agriamente montuosa, haber perdido en la demanda algunas canoas, y hallarse menoscabado el sustento, se dejaron caer otra vez a la madre del Marañón, y reforzándose aquí algún tanto de nuevo, por el río abajo dieron la vuelta segunda vez a los Jeberos, donde, reducidos a la fe de muchos de aquellos gentiles, los redujo también el padre a población, y en este pueblo fundó iglesia e hizo muy de espacio su asistencia. Ni se contentó con esto su celoso espíritu, sino que, asentada aquesta reducción, ya de paz y debajo de la bandera y estandarte del Sagrado Evangelio, acometió nuevas poblaciones y en 12 días de navegación por el río de Guallaga aportaron a la provincia menor de los Cocamas y Guallagas, donde hizo lo mismo que en la de los Jeberos, reduciendo a la fe muchos de aquéstos, y puestos en población, los fundó iglesias como a fieles de su gremio. -328-El P. Gaspar de Cugia, Superior de aquestas misiones de los Mainas, que con este título y renombre los llaman a los ecos y fama de tan buenos sucesos, dejó también su puesto de San Francisco de Borja, para entrar a la parte de tan gloriosos méritos; y así, navegando el río del Marañón abajo y subiendo luego por el que corre desde la ciudad de Cuenca, a doce días de navegación arribó a las provincias de los Jíbaros, que ocupan las riberas de este río y las del río Urunanga, con las de otro llamado Mayarico, y habiendo asentado aquí en éste su real, corrieron todas aquellas provincias, registrando lo que en ellas había y examinando las poblaciones de sus indios, y hallando por una parte que los indios eran pocos, y por otra parte demasiadamente belicosos, habiendo gastado solamente en sus vistas más de quince días con algunos veinte indios Jíbaros que sacaron, se volvieron a Santiago de las Montañas. De aquí volvió a embarcarse el río de las Amazonas abajo, y visitó la provincia de los Jeberos, asistiéndoles por espacio de tres meses, y aunque salió a San Francisco de Borja, para recurso de algunas cosas, volvió luego a la misma provincia de Jíbaros y les hizo asistencia de otros seis meses, hasta que, viendo que era mucha la gentilidad y provincias bárbaras que se descubrían cada día por aquellos ríos (que si cuando subió la armada portuguesa y religiosos de San Francisco hubieran subido poco más por el río principal, quizá se desengañaran, y encontrando con los religiosos de esta Compañía conocieran que no eran los últimos en estos descubrimientos), determinó salir a la ciudad de Quito a pedir nuevo socorro de obreros que le ayudasen en aquella espiritual conquista, sacando consigo cuatro indios, una Jebero, dos Cocamas y uno Jíbaro, que se bautizaron en la ciudad de Cuenca, y recién bautizado murió el uno de ellos, para entrar a tomar la posesión del reino de los Cielos. Diéronle al P. Francisco de Figueroa por nuevo compañero, y volvió a proseguir su empresa por el año del Señor de 1640, dividiéndose los tres padres en esta forma: el uno en San Francisco de Borja, el otro en la provincia -329- de los Jeberos, y el otro partió al descubrimiento de las provincias del Gran Cocama, que llaman, de que esperamos nuevas, por haber estado y estar al presente, año de 1643, ocupados en tan gloriosa empresa, sin haberla dejado de las manos. -[330]- -331- XI.- Vuelve la armada portuguesa el río de las Amazonas abajo con dos padres de la Compañía de Jesús y dos religiosos de San FranciscoMientras que los religiosos de la Compañía de Jesús, como consta del párrafo precedente, estaban en aqueste tiempo atendiendo al descubrimiento de este gran río y, con cansancios indecibles, reduciendo a la fe de Jesucristo poblaciones enteras de sus bárbaros gentiles y fundándoles las iglesias donde se juntasen a la celebración de los divinos oficios, se trataba en la ciudad de Quito y en su Real Audiencia, con consulta del Sr. Virrey, de que volviese el río abajo la armada portuguesa, como se ejecutó e hizo, enviando con provisión real en su compañía dos padres de la Compañía de Jesús, que fueron el padre Cristóbal de Acuña, nombrado en primer lugar, y en el segundo el P. Andrés de Artieda, para que por -332- parte de la Real Audiencia y en nombre de S. M. descubriesen y marcasen la longitud, espacios, y provincias y calidades de toda aquella tierra y gran río de las Amazonas hasta su boca del mar, y después dar cuenta de todo a S. M. y a su Real Consejo de Indias, como lo hicieron, con tanta fidelidad y verdad, que sola la envidia ciega podrá dejar de conocerlo, si con atención se lee esta relación y la que el P. Cristóbal de Acuña sacó de su viaje en Madrid, donde claramente dice y no niega las entradas a este río que por los años del Señor de 1635 y 36 hicieron religiosos legos del Seráfico Francisco, pues una entrada tan tardía no puede empecer al derecho de la Compañía de Jesús, anticipada por más de cuarenta años, no con una entrada hecha acaso, sino con muchas continuadas muy de propósito y fundamentadas y adquiridas con el sudor y sangre de sus hijos; no solamente por las cabeceras todas que forman este gran río y por su principal cuerpo, sino también por la boca de él en las costas del Brasil, donde es tan antigua la Compañía de Jesús en doctrinar estos indios, cuanto por la Corona de Portugal lo es su conquista, para que se vea que si somos prevenidos a los informes, es porque lo fui (sic, por fuimos) anticipados: realmente en las entradas y conversiones de aquestos infieles; y que así, no la negociación, no el favor con que motejan, sino el mérito y el derecho, fue quien dignamente eligió a los padres de la Compañía de Jesús para la empresa de este descubrimiento; y del informe que se había de hacer a S. M. en su Real Consejo, ni fue malicia no historiar en particular en su informe y relación cómo también habían bajado religiosos del Seráfico San Francisco como ni otras órdenes: lo uno, porque los tales no fueron de los nombrados ni llamados en la Real Provisión para el dicho efecto; lo otro, porque no profesó en aquella relación el ser cronista de los hechos y proezas de los religiosos y religiones, sino una breve suma de su viaje y descubrimientos, donde, no obstante, confiesa ingenuamente cómo dos religiosos legos de la Seráfica Orden fueron los primeros que llegaron a la boca del mar navegando el río hasta sus fines. Pero esto no prueba que -333- hayan sido los primeros en comenzar el descubrimiento y conversión de estos infieles, sino que fueron de los primeros que dieron fin a la empresa, gloria que, aunque casual, es grande; ni el P. Cristóbal de Acuña la niega (sic) en sus escritos ni la quita, porque teniendo la Compañía de Jesús la gloria de primera en sus más gloriosos principios, no necesita para su derecho de hurtar ni mendigar por puertas ajenas glorias de tales fines, y más cuando esos fines estaban ya muchos años había ocupados por los religiosos de la Compañía de Jesús, que también por aquella parte atendían a la enseñanza y conquista espiritual de aquellos indios. -[334]- -335- Hanse formado quejas de la Compañía de Jesús en memoriales impresos y manuscritos, de que, alzándose con la gloria de primeros en el descubrimiento del río de las Amazonas, prevenidos y anticipados sin el mérito, usurpan las glorias del derecho ajeno, llamando a esto infidelidad indigna de vasallo, atrevimiento cometido sin atención ni empacho, delito indigno de religioso, y pecado también indigno de católico (que según este decir les debió de oler a herejía), calificando la relación e informe tan verídico como justo del P. Cristóbal de Acuña, de la Compañía de Jesús, por engaño hecho a S. M. Católica contra la verdad de lo obrado, y hurto con decir: es quitar al propio dueño lo que es suyo; y agravio injusto hecho a la religión de San Francisco y provincia de Quito; y con soltar el sentimiento la represa al tropel de estas sinrazones y otras, se lamentan de que echan candados a la lengua y grillos a la pluma, y que perdonan sangrientos golpes, porque desean no ofender sino defenderse -336- solamente. ¡Miren qué más hicieran si desearan ofender y quitaran los candados a la lengua, los grillos al vuelo de la pluma y la vaina a los sangrientos filos de la espada! Pues con todos estos resguardos y desganas hieren tan sangrientos, que con leves rebozos pican a la verdad sincera de mentira, a la católica pureza de herejía, y de hurto a la posesión que dan méritos del propio dominio. Vengo al argumento que ha de servir de desagravio evidente a todas estas calumnias. Al que es primero en tiempo le da la ley la gloria y primacía del derecho, y más si la gloria de primeros poseedores se hubiese continuado siempre a costa de propios sudores y costosos afanes, a costa de propias vidas y sangre derramada en luchas de la muerte gloriosamente acometidas y en el mismo morir dichosamente ganadas; pues si se añadiese sobre aquesto la actual posesión de muchos años sin interrupción de momento, sustentándola a fuerza de incansables trabajos hasta el tiempo presente, ¿habrá jurisprudencia del derecho que le niegue el derecho o lo juzgue premio indigno de tan sobrados méritos? Ninguno habrá, por cierto, que si bien lo mira desapasionado y atento a la verdad del hecho, le quite la gloria del derecho, aunque lo juzgue sólo con un mediano acuerdo. La Compañía de Jesús, desde los años del Señor de 1599, a costa del sudor y sangre de sus hijos y aun de las propias vidas, fue la que principió, continuó y posee actualmente, no una u otra, esta o aquella entrada, o cabecera, sino todas las que conducen al descubrimiento de este gran río, habiendo tenido siempre ocupados muchos sacerdotes doctos y padres gravísimos de esta provincia de Quito, y actualmente tiene siete de aquéllos en diversos puestos repartidos, que han atendido y atienden a estos descubrimientos y conversión de sus fieles, siendo ellos los primeros con más de 40 años de posesión antigua, y hechas diez entradas insignes desde el año de 1599 hasta el de 1632 (en que la primera vez emprendieron a estas misiones los religiosos de la Seráfica Orden y ejecutaron el de 1635), continuadas aquellas y éstas hasta -337- el día de hoy por los religiosos de la Compañía de Jesús, sin haber jamás de ellas desistido. Los religiosos de la Compañía de Jesús fueron los primeros que descubrieron todas las entradas y cabeceras del río de las Amazonas y convirtieron pueblos y reducciones enteras de sus infieles y gentiles a la ley de Jesucristo, por el río de Macas, por el de Napo y el de la Coca, que son sus principales entradas, principios y cabeceras de este gran río, el P. Rafael Ferrer y sus compañeros desde los años del Señor de 1599, que cuando llegó el año de 1620 ya había derramado su sangre y dado su vida en precio de las almas de aquellos gentiles, y en testimonio de la verdad y ley evangélica que les había enseñado y predicado muchos años a las provincias y naciones de los Cofanes, Omaguas, Avijiras y Encabellados, moradores de las riberas y vertientes del río de las Amazonas; por las otras entradas y cabeceras del río de Latacunga, que llaman los indios naturales, al entrar en el Marañón, Pastaza, el de Cuenca, el de Santiago de las Montañas y otras muchas entradas y orígenes de este gran río, el P. Gaspar Cugia, el P. Lucas de la Cueva, y el P. Francisco de Figueroa, que hasta hoy perseveran en ello, convirtiendo y reduciendo de sus riberas y de las del Marañón mismas, naciones enteras de Jeberos, Cocamas y otras provincias bárbaras que pueblan de este río las márgenes más dilatadas. Por la otra banda del Sur y derecha de los Sucumbíos, el P. Francisco de Rugi, el P. Juan de Henebra, el P. Nicolás Cordero. Por las partes más remotas y apartadas de aquestos ríos, el P. Francisco Ignacio, el P. Juan de Rivera, que actualmente asisten, sin otros muchos que en diversas ocasiones y tiempos han asistido, hasta quedar muerto por esta parte, de rodillas, en una iglesia el P. Gerónimo de Navarro en demanda de su gloriosa empresa, como consta todo del informe y relación aquí hecha y de informaciones auténticas hechas en S. Pedro de Alcalá de los Cofanes por el ordinario, que se guardan en el archivo de la Compañía de Jesús de Quito; donde uno de los testigos que declaran sobre la muerte del P. Rafael Ferrer y su martirio y que él fue el primero -338- sacerdote que entró por aquellas tierras y ríos y convirtió sus bárbaros gentiles, es el capitán Juan de Palacios, que entró con sus soldados haciendo escolta a los religiosos de San Francisco, cuando por los años del Señor de 1635 hicieron sus primeras entradas a éstos (bárbaros gentiles); y depone este testigo, que cuando el P. Rafael Ferrer, de la Compañía de Jesús, entró con su padre el capitán Pedro de Palacios, era a la sazón este declarante muy niño, siendo así que aún entonces no era aquélla la primera entrada del P. Rafael Ferrer, sino que antes había hecho otras muchas; y son los testigos que hay hoy muchos y pueden declarar lo mismo, para que se conozca por aquí cuán antiguo es el derecho de la Compañía de Jesús, aunque más lo quiera borrar la envidia y el olvido. Hasta por la boca del mar ha muchos años que tiene la Compañía ocupados sus hijos en la espiritual conquista de estos indios, clamando en su derecho los principios todos de este río, y la boca última, de sus fines; no obstante que no llegase a descubrir toda su longitud y travesía, pues no está en eso la gloria de primeros, sino en acometer las primeras entradas y abrir al paso las primeras puertas, como lo han hecho los religiosos de la Compañía de Jesús, ocupando no solamente las cabeceras de este gran río, sino también por la parte del mar la puerta última de sus fines. Saquen, pues, ahora, los más sabios y entendidos, aunque sean los mismos émulos de la Compañía de Jesús, la conclusión, y digan si es mentira sin atención ni empacho también lo que aseveran informaciones auténticas en derecho y testimonios públicos y tantos testigos fidedignos que no son parte alguna, pues no son de la Compañía; digan si son fábula y sueños la vertida sangre del P. Rafael Ferrer y dichosamente del P. Jerónimo Navarro de la Compañía de Jesús, por introducir entre los infieles la fe de Cristo; digan si son falsedades y engaños tanto número de entradas anticipadas a este gran río por los de la Compañía, posesiones y asistencia que de presente continúan a vista de todo el mundo; ¡tantos sudores, sedes, hambres, trabajos y cansancios insufribles y padecidos todos por el amor de Cristo y reducción -339- a la fe de tantos infieles y gentiles! Y siendo todo aquesto, como lo es, verdad tan cierta que sólo podrán los émulos de la Compañía cegarse a su luz manifiesta, pero no negarse a su evidencia, digan con la mejor parte de jurisprudencia a quién toca mejor este derecho. Si le sobran a la Compañía de Jesús en esta empresa colmadamente los méritos. Digan si son éstos los engaños hechos a S. M. y falsos informes a su Real Consejo; si es éste el delito indigno de religiosos, el pecado indigno de católicos, el hurto y robo de las ajenas glorias, el agravio injusto contra lo debido a las proezas de su religión y religiosos. Si son los nombramientos en los religiosos de la Compañía de Jesús, negociaciones del favor, o premios alcanzados a brazos del mérito y merecidos a fuerza de trabajos y del derecho. Y si la gloria de primeros en arrojarse dos religiosos con seis soldados al golfo de todo el río, hasta averiguar sus postrimeros fines, no es la gloria de haber abierto las primeras puertas, ni emprendido los primeros principios, que es lo más difícil. Ni la gloria de haber sido los primeros en arrojarse al examen del río por entero hasta pisar sus fines, ora haya sido acaso, ora de industria o por divino impulso, la niega el P. Cristóbal de Acuña en sus escritos, pues claramente el núm. 7 lo confiesa y dice hablando de los religiosos del Seráfico Francisco: «Dos religiosos legos, llamados |