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Su obediencia y devoción a la verdad cristiana y silla apostólica El año de mil y quinientos cincuenta y siete fue la guerra de Nápoles que movió el papa Paulo IV, en que se mostró el Rey Católico muy devoto, y obediente hijo de la santa silla Apostólica, como se colige de la relación de Bernardo Navajerio, Cardenal de Verona, embajador que había sido de Venecia en Roma, en defensa de la verdad católica y silla apostólica. Hizo guerra perpetua a los herejes en Inglaterra, en Flandes y en Francia, oponiéndose al idólatra y gentil en las Indias, al bárbaro infiel en Turquía. Y en todo el mundo hizo perpetua guerra a los enemigos de nuestra santa fe católica, siendo presagio de su cristianísimo celo la espada que le envió el papa Paulo III, que le fue ceñida estando en Bruselas, con solemnísima pompa, por el Obispo de Fano, encargándole mucho la defensa de la cristiana religión. Y desde aquel día se le fue aumentando el celo santo, por el cual fue tan temido de los herejes, que llegando a Inglaterra a casarse sin aparato de grandes ejércitos, estando las cosas en aquel reino tan enconadas, y las herejías tan en su punto que andaban los católicos a sombra de tejados, llegando este cristianísimo Príncipe, no hubo persona que osase hablar, porque con sola su presencia se arrinconaban los herejes y temblaban en oyendo su nombre, por el gran temor que tenían a su cristiandad y religión. Conservó este gran Monarca, glorioso y tremendo, el tribunal de la Santa Inquisición contra el poder y malicia de los heresiarcas, y príncipes que los amparaban. Y fue causa, no solo de que se conservase este santo tribunal, sino de que fuese creciendo su autoridad, buscando para esto gravísimos y celosísimos sujetos que lo gobernasen, honrando con singulares favores y premios a los del Supremo Consejo deste santo tribunal, agradeciendo por sus letras y mercedes el trabajo que ponían en los actos de la fe, examinando las causas y castigando las culpas de los rebeldes; y honrando con su asistencia estos actos, como lo hizo en Valladolid, en uno de los que se hicieron cuando iba cundiendo el error y perfidia de Cazalla, lo cual pasó el año de mil y quinientos cincuenta y nueve. Allí descubrió grandemente su celo, pues habiendo de castigar algunas personas nobles, por quien rogaron algunos grandes, movidos de compasión, respondió Su Majestad con grande severidad: «Muy bien es que la sangre noble, si está manchada, se purifique con el fuego; y si la mia propia se manchase en mi hijo, yo sería el primero que le arrojase en él». Y viendo entre los delincuentes a don Carlos de Sese, noble, rebelde y pertinaz hereje, que le dijo, ¿cómo lo dejaba quemar? Respondió: «Yo mismo traeré la leña para quemar á mi hijo, si fuere tan malo como vos». Luego que se hubo acabado el santo concilio tridentino el año de mil y quinientos y sesenta y cuatro, el Rey como tan obediente hijo de la Iglesia, lo obedeció y puso diligencia para que sus estados lo admitiesen, y despachó su cédula real en Madrid a veinte y uno de junio del dicho año, para que se juntasen en España cuatro sínodos. Esto es, en Toledo, Sevilla, Salamanca, Zaragoza, y con el mismo cuidado mandó que fuese recibido en las Indias y en sus estados de Italia; y en toda su monarquía, se puso en uso en todo y por todo. Tratándose de dar guerra a los turcos el año de mil y quinientos y setenta, consultándose este acuerdo con Su Majestad, respondió: «Se remitía en todo á la Sacra Silla, de cuya autoridad jamás apartó sus Consejos -invocando su liberalidad el Pontífice, pidiéndole socorro para las empresas de mar y tierra, segun él y sus mayores habian hecho- afirmando seguiria contra el comun enemigo la voluntad y orden de su Santidad, y que escribiria á los Cardenales Grambela y Pacheco, y á don Juan de Zúñiga, su Embajador ordinario en Roma, tratasen con el Papa Pío V y con la República de Venecia, de la confederacion contra el Turco con las condiciones mejores, complaciendo a su Santidad, conforme á la comision y poderes que solemnemente les envió para este efecto». Era tan grande el cuidado que tenía, de que no solo se conservase la santa fe católica en sus reinos y estados de Europa, sino de que en los del nuevo mundo fuese en mayor aumento, que se determinó el año de mil y quinientos y sesenta y nueve, con acuerdo del cardenal Espinosa y del Consejo de la Santa General Inquisición, de poner y asentar en las provincias de la Nueva España y de Nicaragua, y reinos del Perú, el Santo Tribunal de la Inquisición; para que con mayor descargo de su conciencia se procediese contra le herética gravedad, y fue determinación digna de tan gran Monarca, como la experiencia lo ha mostrado. Las últimas palabras que dél salieron, juntamente con el alma, fueron estas: «Muero como Católico en la Fé y obediencia de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana». Reverenciaba al Papa como a Príncipe de la Iglesia, y Teniente General de Dios en el imperio de las almas; y le honraban también los pontífices como a áncora principal de la paz y unión de la iglesia; con este título le honró el papa Pío V, cuando se puso en ejecución la Santa Liga contra el turco; y su sucesor Gregorio XIII, ordenando en Roma por su salud oraciones públicas, dijo en consistorio las siguientes palabras: Mi vida es de poca importancia para la Iglesia, y después de mí puede haber otro Pontífice mejor que yo; rogad por la salud del Rey de España, porque es necesaria para toda la cristiandad. Y el papa Clemente VIII, sabida la nueva de su muerte juntó consistorio, y dijo al Sacro Colegio lo siguiente: Si en algún tiempo la Santa Iglesia ha tenido ocasión de estar afligida y dolorosa, es en la muerte del Rey de España. Ha perdido en él un singular defensor; y un poderoso adversario los que la persiguen. Toda su vida ha sido perpetua batalla con las herejías y errares. Dos cosas me consuelan mucho, la una el haber muerto con una admirable resignación en la voluntad de Dios, con incomparable paciencia en sus dolores, y con inmutable constancia en la religión. Por lo cual tengo por cierto, que Dios le ha recompensado en el cielo con gloria inmortal. Lo otro, que deja un hijo dotado de tantas y de tan altas esperanzas, que antes se podrá esperar en él una resurrección del padre, que no una sucesión. Fue tanto el amor que tuvo a la Santa Iglesia católica y a la propagación della, y tan grande el concepto que había formado de la obediencia que le tenía, y aumentos que le deseaba y procuraba, que dudando los médicos de sangrarlo en una enfermedad, les dijo: «No dudeis de sangrarme, porque no están las cosas de la Iglesia de Dios en estado que yo les haga falta». Por el gran respeto que tuvo a la Santa Sede apostólica, a diez y seis de agosto del año en que murió, mandó llamar a don Camilo Caetano, Nuncio de Su Santidad, para que le echase su bendición en nombre de Su Santidad, y para recibir dél absolución plenaria en lo último de sus días. Y habiéndola recibido con cara alegre, dijo: «Daba muchas gracias á Dios por el beneficio recibido». Y fue caso raro que, habiendo el dicho señor Nuncio escrito a Su Santidad, para la confirmación y ratificación de la bendición y absolución que le había dado de parte de Su Santidad, llegó la nueva antes que Su Majestad acabase la vida. Y Su Santidad le otorgó liberalísimamente cuantas gracias, bendiciones e indulgencias le podía dar. Procuró toda su vida servir a su madre la Iglesia, cumpliendo lo que había profetizado Isaías, -Esai. 49, Erunt Reges nutrilii tui-. Esto es, serán los reyes tus ayos; y así fue que la sirvió de ayo, trayéndola en sus brazos, regalándola, defendiéndola, amparándola y siendo en todas ocurrencias su protector, imitando a los Teodosios, de Oriente; Carlos, de Occidente; Hermenegildos y Fernandos, de España; Eduardos, de Inglaterra; Luises, de Francia; Enricos, de Sajonia; Venceslaos, de Bohemia; Leopoldos, de Austria; Estéfanos, de Hungría; Josafates, de la India. En él se apoyaron los cuidados de nuevos sumos pontífices por espacio de cuarenta y dos años, y del consistorio gravísimo de los ilustrísimos cardenales. A él acudían en sus trabajos las repúblicas de Italia; con su protección estaban quietos en sus casas los potentados della. Dél se valían los príncipes y señores de Alemania. En él tenía seguro favor el Emperador para continuar sus empresas, victorias contra el turco. Hasta el Sophi y príncipes extraños, enemigos del mismo turco, hallaban amparo y favor en él para prosperar sus causas contra aquel enemigo común. Premiole Dios la gran devoción que tuvo a los templos y cosas sagradas, con ver acabado su templo de San Lorenzo el Real, y gozarle catorce años, después que se puso la postrera piedra en él; lo cual, como en profecía se lo había dicho fray Antonio de Villacastín, aquel famoso fraile jerónimo, que fue el obrero mayor desta gran fábrica. Y fue el caso que, estando los dos una vez tratando del progreso de la fábrica, y de cosas muy adelante, dijo Su Majestad con algún sentimiento: «Cómo hablamos fray Antonio desto, como si lo hubiesemos de ver?» Respondió fray Antonio con un ánimo grave, y con un espíritu como profético, diciendo: ¿cómo no, señor? por el hábito que tengo, sino estuviese muy cierto, que Vuestra Majestad lo ha de ver acabado y gozado muchos años, que no pusiese un ladrillo más en esta obra. Palabras que animaron grandemente al prudente Monarca, y se cumplió bien lo que le pronosticó. Fue tan observante y obediente a la cabeza de la Iglesia que, luego que el papa Gregorio XIII, el año de mil y quinientos y ochenta y dos reformó y concertó el cómputo de los tiempos, quitando en el mes de octubre del dicho año diez días, con acuerdo y larga consulta de doctísimos varones, así teólogos y canonistas, como astrólogos y matemáticos. Le recibió Su Majestad, y mandó guardar puntualmente, enviando a su costa correos que despachó con grande diligencia a todos los obispos y a los prelados de las religiones, y a los gobernadores, y cabezas de las ciudades de sus Reinos y señoríos, para que fuese recibido y guardado. Y así se hizo en todos sus estados. Queriendo el Duque de Alba reducir al papa Paulo IV a que desistiese de la guerra ocasionada de sus sobrinos, dio muestras de asaltar a Roma, arrimando el ejército a sus murallas, lo cual fue ocasión que se tratase de paz. Y el Rey Católico escribió al Duque: «La efectuase con razonables condiciones, porque no queria guerra con la Iglesia». Su potencia y grandeza Fue su señorío y grandeza la mayor que se sabe, ciñendo con ambas Indias la longitud del mundo; y acá en Europa, siendo señor de los Estados Bajos, y de lo mejor de Italia, y sobre todo señor de todas las Españas, juntando a su Corona el reino de Portugal, a lo cual se juntó su larga vida, de manera que ha más de cuatrocientos años que ningún rey en Castilla llegó a sus días, y en ellos tuvo cuarenta y dos años de reinado absoluto, y sin tutorías (cosa que ninguno en estos reinos lo ha alcanzado, y muy pocos los del mundo). Con su gran potencia, edificó el templo de San Lorenzo el Real, y casa celebérrima, octavo milagro del mundo y primero en dignidad, edificado en un sitio en las montañas que dividen a Castilla del reino de Toledo; cerca de una aldea de Segovia llamada Escorial, que era en lo espiritual del arzobispo de Toledo, y hoy es villa exenta. Edificase en muchos años con magníficas expensas; puso Su Majestad la primera piedra, y lo vio acabado en toda su perfección con la mayor suntuosidad del mundo. Gran determinación, maravillosa constancia, rara felicidad. Es esta gran casa donde se cantan de día y de noche las alabanzas divinas, coro perpetuo, culto divino, oración, limosna, silencio, estudio de letras, observancia y suma religión. Aquí se ven los primores de la más valiente pintura; la gran riqueza de los ornamentos; la extrema curiosidad de los libros; la muchedumbre y preciosidad de sagradas reliquias con extraordinaria diligencia y costa buscadas, rescatadas, traídas. Y con maravillosa decencia puestas y colocadas en vasos hermosos, de artificio y precio, oro, plata, piedras singulares, cristales lapislázuli, rubíes, diamantes, metales dorados; que todo admira tanto, que cuando Su Majestad no hubiera hecho otra obra insigne, esta sola bastaba para inmortalizar su fama mientras el mundo durase. Las reliquias que juntó en este templo se trajeron de diversas provincias donde los herejes las envilecían y menospreciaban. Anduvieron a recogerlas con gran cuidado y continuación, fray Baltasar Delgado, de la Orden de San Agustín; el doctor cristiano Lauremberch; Gregorio Braunio, comisario apostólico, con especial facultad de Su Santidad; y Gabriel del Rey, que cuidaba del gasto; y Rolando Vuestretas, notario apostólico, que daba fe y testimonio de la entrega de las reliquias. En esta gran fábrica eran muchas, diversas y altísimas las máquinas que levantaban el edificio, de grúas, cabrillas, contrapesos, agujas: los sacadores, desbastadores de piedras llenaban los campos, partiendo riscos en tales trozos, que con dificultad los carreteaban cuarenta y cincuenta pares de bueyes en encuarte; en Madrid y Toledo se labraban cuerdas, guindaletas, maromas, hondas, cables, espuertas. En la sierra de Bernardos, sacaban pizarra; en el Burgo de Osma y Espeja, jaspes colorados; en la ribera de Genil, junto a Granada, los verdes; en Aranjuez y otras partes los negros sanguíneos, y de otros varios y hermosos colores; en Filabres, mármol blanco; en Estrenioz y en las Navas de buena leche, pardo y gateado. En Toledo se labraban figuras de mármol; en Milán, de bronce; y en Madrid para el retablo, y entierros, y las basas, y capiteles, y la preciosa custodia, y relicario. En Aragón, las rejas principales de bronce; en Guadalajara, Ávila y Vizcaya, de hierro; en Flandes, candeleros de bronce, grandes, medianos, y menores y de extrañas hechuras. En los pinares de Cuenca, Balsain, Quejijal, y las Navas, siempre resonaban los golpes de las segures con que derribaban y labraban pinos altísimos; en las Indias se cortaba el ébano, cedro, acana, caoba, Guayacán, granadillo. En los montes de Toledo y Cuenca, cornicabra; en los Pirineos, el boj; en la Alcarria, los nogales; en Florencia, le tejían brocados riquísimos; en Milán, se labraba el oro, cristal y lapislázuli; en Granada, los damascos y terciopelos; en Italia, Flandes y España, los lienzos de pinturas. Los laborantes y proveedores, estaban repartidos por la Europa y América. Trabajaban sin cesar pintores excelentes de óleo y fresco, estofadores, escritores, iluminadores de libros, y gran copia de diestros bordadores y rostreros, ocupados en la pintura y ornamentos para el culto divino. Asimismo unos vaciaban grandes planchas de plomo; otros le mezclaban con el estaño, cobre y metal, y hacían campanas troclas, y poleas, y garruchas; otros hacían órganos y diversidad de instrumentos músicos. El número de la gente que trabajó en esta gran fábrica no se pudo saber como en el templo de Salomón, por estar divididos en tantas partes: porque hasta en los monasterios de monjas labraban gran número de preciosos paños de varias diferencias y hermosura, corporales, palias, fruteros, sábanas de altares, sobrepellices, albas, amitos, cíngulos y otras cosas. Imitó Su Majestad en esta su gran fábrica lo que muestra la descripción que hace la sabiduría de la santa Jerusalén, procurando se hallase tanta armonía, concierto y correspondencia en esta obra, que una puerta aunque fingida correspondiese con otra cierta; y hasta un clavo si era posible, no excediese a otro. Comenzose a edificar el dicho real monasterio el año de mil y quinientos y sesenta y tres, a veinte y tres de abril. Gozose después de haber puesto la postrera piedra, el año de mil y quinientos y ochenta y cuatro, en el mes de setiembre, catorce años justos; porque se puso la postrera piedra, víspera de la exaltación de la cruz, y este día murió el año de mil y quinientos y noventa y ocho. Como en otra parte se ha dicho. En la batalla naval de Lepanto mostró grandemente su potencia, haciendo un gasto tan grande que excedió en esto a los mayores príncipes del mundo. Fue General de esta batalla el señor don Juan de Austria. Perdieron en este trance los moros veinte mil hombres, ciento y cincuenta galeras, cinco mil cautivos, treinta y cuatro capitanes de mucho nombre, cien gobernadores de galeras, y cobraron los infieles tan grande temor, que pensaron tener a los cristianos dentro de los muros de Constantinopla. Después de las conquistas del Peñón de Vélez, del socorro de Malta, y de la referida victoria de Lepanto, entendió en las cosas de Europa, en que se ocupó en defender sus derechos, y en dilatar en las lidias la noticia del Santo Evangelio y su señorío. Antes desto tomó en su defensa a Marco Antonio Colona, contra la potencia de los Garrafas, hasta que se concluyó la paz con universal gozo de Italia. Después en Flandes continuó la guerra, por sus gobernadores, que duró todo el tiempo de su vida, con muertes y gastos increíbles. Entendiendo en pacificar estos estados, se apoderó de Portugal por muerte del cardenal y rey Enrique, añadiendo a su gran monarquía este belicoso Reino y las Indias Orientales, que abrazan dilatados reinos, grandes puertos, ricas ciudades y fortísimas plazas: y entre ellas Ceuta abre camino para el imperio de África; y Lisboa para el de las Indias hasta el Brasil. Hízose señor del nuevo Méjico, Riodorado, Californias y otros descubrimientos; y finalmente de trescientos y sesenta grados que contiene el orbe, vino a ser señor por Portugal (como muchos cosmógrafos lo afirman), de casi los doscientos. Por su gran potencia hizo traer gran número de animales orientales y meridionales, esto es, rinocerontes, elefantes, adives, leones, onzas, leopardos, camellos, de que hay cría y servicio en Aranjuez; avestruces, zaidas, martinetes, airones y otros. Para el uso de la medicina mandó hacer en San Lorenzo el Real, destilarios de gran capacidad y singular excelencia, y trajo para esto a un extranjero curiosísimo llamado Vincencio Forte; y otros extranjeros artífices, para sacar las quintas esencias. Asimismo favoreció a todos los hombres eminentes en diversidad de artes, como fue a Juanelo Milanés, el que hizo subir el agua al Alcázar de Toledo; a Jácome de Trezo, milanés, único en el conocimiento y labor de las piedras preciosas; a Pompeo Leoni, milanés y Juan Bautista de Monegro, insignes estatuarios; a Juan Bautista de Toledo, Juan de Herrera y Francisco de Mora, mi tío; los más insignes tracistas que ha tenido la Europa. El año de mil y quinientos sesenta y tres hizo Su Majestad jornada a Túnez, siendo general el señor don Juan de Austria con armada de ciento y cinco galeras, cuarenta y cuatro naves, veinte y cinco fragatas y doce barcones, en que se embarcaron diez y nueve mil doscientos y ochenta soldados, sin los aventureros. Entrose Túnez sin resistencia, y diose la ciudad a saco por nueve días, luego se le rindió Biserta, y la recibió en nombre de Su Majestad Andrés de Salazar, castellano de Palermo. Fue tanta su potencia y valor, que por Bretaña socorrió con gente y dineros al duque de Mercurio. Por el ducado de Picardía entro muchas veces con grueso ejército, siendo Gobernador de los Países Bajos el duque de Parma Rainucio Farnesio. Por Languedoc socorrió al gobernador Scipión de Joyosa, con infantería, caballería y dineros. Por el Delfinado hizo muchas ayudas al Duque de Nemoux. En la ciudad de París, mientras estuvo cercada, favoreció largamente al pueblo, por mano de las Duquesas de Nemoux, Guisa, Eumenec y Mompesir, y por la de su embajador don Bernardino de Mendoza. Al Duque de Eumene, daba al mes diez mil ducados de ayuda de costa; al Señor de Villars, Almirante de Francia, seis mil; al Señor de San Pol, ocho mil, demás de otros gastos y socorros particulares que montaron muchos millones, y con esto la religión católica prevaleció mucho en Francia. Sin comparación antigua ni moderna, fue el mayor y más poderoso príncipe que hubo desde la creación del mundo (así lo afirma el doctor Salazar de Mendoza en su origen de las dignidades seglares). Fue grande su reputación por todo el discurso de su vida. En su muerte le predicaron en los púlpitos por otro David en la prudencia con sus enemigos; por Salomón en la sabiduría y apacible gobierno de tantos años; por Josías, en la reformación de los que profesaban santidad; en el sufrimiento y paciencia le comparaban al Santo Job; al emperador Augusto César, en el valor; a Trajano, en la justicia y bondad; a Teodosio, en la obediencia de la Iglesia; a Nerva, en la gravedad; a Severo, en la integridad de su vida, en la disciplina militar y buenas elecciones; finalmente fue varón admirable en cuanto hizo, dijo, ordenó, aconsejó y en cuanto puso mano. De la potencia deste gran Monarca hace un elegante elogio Petro Andrea Canonherio, doctor teólogo, y médico, en las cuestiones y discursos que escribió sobre los dos primeros libros de Anales de Cornelio Tácito en la cuestión, An justatus a jure belli differat. Fue este autor extranjero, y dice así: EN ROMANCE. Estas alabanzas se pueden debidamente referir a España, a quien están diputados grandes y amplísimos reinos. Hasta aquí refiere este autor extranjero. No solamente el gran Felipe fue Rey, Emperador y Monarca de toda España, pero en lo temporal fue Príncipe, Cabeza y Monarca del Orbe. Pues demás de sojuzgar y tener debajo de su señorío e imperio más tierra y vasallos que el turco, y todos los demás señores y príncipes del mundo, tiene y señorea las grandes y extendidas aguas del profundo océano y las del mar del Sur, que es la mayor parte del mundo y tiene su nombre y dominio en tierras extendidísimas del oriente y occidente, más que otra ninguna nación del Orbe haya tenido. Por lo cual vemos que la monarquía temporal de la tierra, que comenzó en los asirios, cerca de los años de mil y ochocientos después de la creación del mundo, por el poderoso Rey Niño, fundador de la famosísima y gran ciudad de Nínive, hijo de Belo y nieto de Nembroth, se pasó a los persas después de mil y trescientos años que duró, habiendo consecutivamente reinado treinta y ocho reyes en aquel grande imperio y monarquía primera, desde el dicho Nembroth, rey y fundador de la poderosa ciudad de Babilonia, abuelo de Niño, hasta el vicioso y afeminado Sardanápalo, que la perdió. -Monarchia Ecclesiat. 1 p. lib. 3 c. 28- Y comenzando la segunda monarquía en los persas por arbaces, en el año tres mil ciento y cuarenta, después de la creación del mundo, y ochocientos y veinte y un años antes de la venida de Cristo nuestro Señor, duró cerca de quinientos años, siendo ampliada por el rey Ciro, y vino a acabarse por el vencimiento y victorias de Alejandro Magno, que quitó la vida al rey Darío. El cual Alejandro, habiendo alcanzado el señorío y dominio de lo que sabía del mundo, vino por ser griego, a pasarse el imperio y monarquía de la tierra que fue la tercera, a los griegos, en el año de la creación del mundo tres mil y seiscientos y treinta y cinco, esto es, trescientos y veinte y seis años antes del nacimiento del Redentor. Duró esta tercera monarquía greciana, en diversos príncipes sucesores de Alejandro Magno, cerca de trescientos años; sucediendo pocos años antes de la venida de Cristo el mundo en los romanos, los cuales acabaron de señorear lo conocido de la tierra, cuando Augusto César volvió hecho triunfador a Roma, vencido Marco Antonio, y ganado a la reina Cleopatra, el reino de Egipto, que fue el año quinto décimo del imperio del dicho Octaviano Augusto, veinte y siete años antes del nacimiento de Cristo nuestro Señor. Tuvieron los romanos la cuarta monarquía con gran pujanza, cerca de ochocientos años gobernándola, sus emperadores, hasta el emperador Carlo Magno, en el cual tiempo que era cerca de los ochocientos años después del nacimiento de Cristo, se traspasó la monarquía al imperio de Alemania, aunque siempre retuvo el Monarca el título de Emperador Romano. Desde este tiempo con duración de setecientos y ochenta años, han tenido esta monarquía todos los emperadores que sucedieron a Carlo Magno en la quinta monarquía alemana, hasta el máximo Carlos quinto Emperador; desde el cual por su gran poder comenzó a pasarse la monarquía del mundo a la nación española. Y aunque fue echando raíces esta sexta monarquía española, en tiempo del dicho Carlos no se traspasó ni arraigó del todo, y de hecho hasta el gran monarca Felipe segundo, su hijo, el año de mil y quinientos y ochenta, cuando tomando la posesión del reino de Portugal, fue señor absoluto de toda España, y de todas las Indias Orientales y Occidentales, y de todos los mares y aguas de ellas. Desta mudanza dio señal el cielo cuando apareció aquel gran cometa, el año de mil y quinientos y setenta, que duró una lunación entera de treinta días, y de la misma manera hubo señales en las mudanzas de las pasadas monarquías. En la primera de los asirios a los persas, salió el gran río Tigris, -Monarchia Ecclesiástica prima parte, lib. tercero, cap. 28, §. 4- de madre, y derribó media legua grande las cercas de la ciudad de Nínive, y casas della, y en viendo esto Sardanápalo se dio por perdido. En la mudanza de la monarquía persiana a la greciana, leemos el prodigio que dello tuvo el mundo, quemándose en Éfeso el templo de Diana, en el día que nació Alejandro Magno. En la mudanza de la monarquía greciana a la romana, hubo prodigio y señal en un singular cometa que duró un año entero -Historia Pontifical, in vi. Gregor. 13,- siendo cosa rarísima durar cometa alguno no solo un año, pero de un mes arriba. Viéronse asimismo tres soles en el cielo, al tiempo que murió el emperador Julio Cesar, los cuales se vinieron a juntar en uno, en significación de que el dicho Octavio Augusto había de juntar las tres partes del orbe conocido, que eran Asia, África y Europa, a un dominio; y juntamente había de reducir los señoríos de la tierra, que por muerte del dicho Julio César se habían repartido en tres, esto es, en el mismo Augusto César y Lucio Antonio y Marco Antonio. De la monarquía alemana hubo no menos pronósticos, pues algunos años antes se vieron en el cielo y en la tierra singulares prodigios; porque como dice el -Fasciculus temporum:- El Sol se pareció oscuro, por espacio de diez y siete días; en los vestidos de los hombres se aparecieron muchas cruces y llovió el cielo sangre. Finalmente en la mudanza de la dicha monarquía a España, apareció el cometa referido, y el dicho año de mil quinientos y ochenta, dio el mundo un tumbo y vuelta notable en la naturaleza humana, dejándola flaquísima y con menos fuerzas que antes tenía con el general y pestilencial catarro, que según se cree corrió por toda la tierra. De todo lo cual se colige la potencia deste gran Rey, la grandeza de su monarquía que ha echado la clave a las demás. Vino un extranjero a vender a Su Majestad un pedazo de unicornio, y usando con él de su gran liberalidad y grandeza, le mandó dar veinte mil ducados, y le hizo otras mercedes, y mandó a don Juan Idraquez, dijese a su guarda-joyas mostrase al extranjero los unicornios que estaban en su poder. Hízose así, y cuando vio el primero que fue el menor, quedó espantado, y cuando vio el segundo, se halló pasmado y confuso, y sólo supo decir: Quien tal tiene en su casa, con justa razón es rey y monarca del mundo. Y acabando de ver todos los unicornios se volvió a su casa, conociendo había traído leña al monte y agua al mar. Los dichos unicornios dejó Su Majestad vinculados a la Corona Real, y su valor (habiéndose mirado por los que lo entienden) se aprecia en más de un millón. Fue su Imperio mayor que el de todos los reyes de la tierra, porque comenzando por el imperio de los romanos, éste por la parte del Septentrión no llegó más que al río Rin y al Danubio, y por el occidente al océano, y por la parte del Mediodía al monte Atlante y a los lugares desiertos de África, y por el oriente al río Tigris. Esta fue la monarquía de los romanos. Pero el reino de España cerca toda la redondez de la tierra; porque suyas son todas las costas del mar Océano en África, con varias ínsulas, y en los puertos del mar Bermejo la isla Zacotora, y en el seno pérsico Ormuz, en Arabia y Persia, tiene dominio con muchos puertos, y cerca de la India la isla de Dio; y suyas son andando adelante casi todas las costas del Gange. En estas Indias, y en sus islas, es suyo el amplísimo y nobilísimo reino de Malaca y las islas Molucas, y adelante las Filipinas, y las regiones de la nueva Guinea, y luego las dilatadísimas y espaciosísimas tierras de las Indias Occidentales a quien cerca el océano, hasta llegar al estrecho de Magallanes, de donde se navega al Brasil, y de aquí a los puertos cercanos hasta llegar a La Española y a la isla de Cuba; y de aquí se procede a las Canarias, a la tercera, y destas islas a los puertos de España. De manera que dando una vuelta por toda la redondez de la tierra, siguiendo a Tomás Bocio en sus eruditísimos -(Thom. Boc. sig. 32. c. 1 fol. 58) libros de Signis Eccles. Dei:- se ve la grandísima amplitud de la monarquía e imperio de España, y se muestra claro, que ninguna nación ni gente, desde Adán acá, juntó tanta diversidad de gentes o naciones de lenguajes y tratos diferentes, debajo de una fe y una religión como el monarca de España. En tiempo deste gran Rey volvió España a su perfección antigua, y se cerró el cerco de la Corona e Imperio de toda ella, habiendo tomado la posesión del reino de Portugal, don y merced del Cielo, reservada por más de novecientos años para Felipe segundo. Viose en él lo que jamás de aquellos dos padres del linaje humano Adán y Noé en ningún príncipe terreno se ha visto, que con sus brazos e imperio abrazó toda la redondez de la tierra y tuvo súbditos y vasallos en todas las cuatro partes del mundo: Asia, África, Europa y América. Y navegó como señor con sus bajeles y armadas todos los mares, mirando el uno y otro polo, llevando sus capitanes y gentes, sus reales banderas de Antártico a Calisto, haciendo el curso que el Sol que nos alumbra hace, sin que para ellas se esconda, pues partiendo con él desde el mar Atlante, y llegando al reino de la Aurora, tornan al mismo punto donde salieron, lo que no se vio jamás con gran parte en ninguna de las monarquías que celebra la antigüedad: medos, persas, babilonios, griegos ni romanos. Y lo que es más admirable, digno de memoria eterna, que debajo del nombre de Felipe segundo, se vio la primera vez hacerse sacrificio al verdadero Dios, y ofrecerle a su hijo Jesucristo en todas estas cuatro partes de la tierra habitable, y en las islas más apartadas y remotas. Y allá suena el nombre dulcísimo de nuestro reparador y maestro Jesucristo, y de la Iglesia católica, llevado por sus vasallos y súbditos lo que tampoco se ha visto en tiempo de algún príncipe cristiano, ni de muchos juntos. Premio y parte de gloria de la piedad y méritos de tan católico Monarca, de quien dijo aguda y galanamente un portugués, que no se ponía el Sol jamás en casa del rey Felipe. Tuvo Su Majestad solo más millones de hacienda que todos los reyes de Castilla juntos, desde don Pelayo hasta su coronación. Y no quedó en el mundo rincón donde no fuese ilustre su fama, pues poniendo la punta de su compás en Madrid, vino a hacer con sus dos navegaciones un círculo igual a toda la circunferencia del mundo, caminando por cualquiera de las dos partes oriente y occidente, hasta nuestros Antípodas; dando nombre del suyo a las Filipinas, para que como la figura circular es la más capaz de todas, así supiésemos que la mayor de las famas es la deste gran Monarca, que hubo menester la circular del mundo todo para caber en ella. Tuvo y tienen los reyes de España en la santa iglesia de Toledo, dos capillas reales con capellán mayor cada una, y gran número de capellanes y de otros ministros, reyes de armas, y muy entero servicio, que representan mucho la grandeza y majestad de su dueño. Celebra en ellas el Cabildo de la santa iglesia cada año con gran solemnidad más de cincuenta aniversarios, por los señores reyes que las dotaron y eligieron por su sepultura. Bartolomé Casaneo, con ser francés, prueba: -In Cathol. glor. mun. Par. 5. Consider 37- que el Rey de España debe ser preferido a los demás reyes, por su grandeza y potencia que se extiende a tantos reinos y coronas; todo lo cual poseyó y gozó este católico Rey, y así justamente es preferido a los demás monarcas del mundo, en razón de potencia y grandeza. Adornó los bosques que mira el edificio de San Lorenzo el Real, que son un jardín natural; regado de muchas fuentes y de huertas con frutales nunca gozados hasta su tiempo, traídos de varias provincias para hacer este admirable compuesto. Hasta peces hizo traer de Flandes; carpas, teneos, burgetes, y gámbanos de Milán, y recoger de diversas regiones de ambas Indias, de Alemania, Arabia y Grecia, virtuales y medicinales plantas de inestimable valor por sus efectos. De las grandes provisiones que tiene el Rey de España, así en lo temporal, como espiritual, trata elegantísimamente el maestro Gil González Dávila, Cronista del Rey nuestro Señor, en su libro erudito llamado: Teatro de las grandezas de Madrid, donde remito el lector en este punto de la potencia del rey don Felipe Segundo y sus sucesores de inmortal memoria, por excusarme de trasladar aquí lo que está allí también escrito y con tan grande erudición. Para mayor demostración de su potencia y grandeza, me pareció poner aquí unos elogios de sus reinos y estados, esto es, de los de mayor nombre, que son en la manera siguiente, de que no se desagradara el lector piadoso. Castilla Castilla es una de las provincias principales de nuestra España, díjose así por la muchedumbre de Castillos que antiguamente hubo en ella. Divídese en Castilla la Nueva y Vieja; y está de parecer de algunos se llamó Castilla Brigia de Brigo, biznieto de Tubal. En el tiempo de la recuperación de España, cuando se comenzó a sacar de poder de moros Castilla se llamó Condado, y en tiempo que el rey don Fruela reinaba en León, los nobles de Castilla eligieron entre sí dos Jueces, el uno para las cosas de justicia, llamado Nuño Rasura, y el otro para las cosas de guerra que se decía Laín Calvo. El rey don Fernando, el primero, hijo de don Sancho el mayor, rey de Pamplona y Sobrarbe, y de la reina doña Nuña, Condesa propietaria de Castilla, fue el primero que tuvo título de Rey de Castilla y León; el de Castilla por su madre, y el de León por el derecho de la reina doña Sancha, su mujer sucesora legítima del rey don Bermudo el primero, su hermano. Y como el reino de Castilla fue patrimonio del Rey, y el de León, dote de la Reina, y Castilla verdaderamente representase la majestad y monarquía de los godos, siendo así que los nombres, títulos y armas de los maridos se han de anteponer a las de las mujeres, por esto el reino de Castilla, compuesto de tanta grandeza, se llevó tras sí la antigüedad de los reinos de León y Galicia, y la lleva hasta el día de hoy. León Venciendo el rey don Pelayo I con la ayuda de Dios, a los moros que estaban en la cueva y monte Auseba, fue en seguimiento del traidor Muñizas, adelantado de Gijón, y lo venció a él y a los moros que con él iban. Y pasó adelante contra la ciudad de Gijón, que el dicho traidor Muñizas había entregado a los moros, y la ganó por fuerza de armas, y la destruyó y asoló en memoria por mejor decir en olvido del traidor. Ganó también a Cangas y Tineo, y todos sus Castillos de sus comarcas, y fue sobre la ciudad de León, llamada antes Legio, por haber sido poblada de una legión de romanos en tiempo del emperador Nerva. Después el rey Leovigildo de los godos, y España, cuando se apoderó de todo el reino de los suevos la ennobleció y la mandó llamar León. Y después que la ganó el rey don Pelayo fue acrecentada por el rey don Ordoño de León, que mató a los Condes de Castilla, y edificó la iglesia mayor della. A esta ciudad hizo cabeza de su reino el rey don Pelayo, y tomó por armas un León rojo en campo de plata, a quien el rey don Alonso, que se llamó Emperador, acompañó con el castillo de Castilla. Los reyes de España, en cuanto reyes de León, y los marqueses de Astorga, en cuanto sucesores de la casa de Villalobos, son canónigos de León por concesión del Papa, y tienen silla en el coro, y estando presentes llevan distribuciones como tales canónigos. El rey don Alonso el Casto trajo por armas siendo rey de León, la gloriosa cruz que hicieron los ángeles. Aragón El reino de Aragón tiene mil y ochocientas y veinticinco poblaciones, en ellas hay diez ciudades, las demás son villas y aldeas con muchas familias nobles, descendientes de reyes, ricos-homes y varones ilustres. Tiene un arzobispado, seis obispados, seis abadías muy ricas, muchos señores de títulos, dos universidades, una inquisición, muchos conventos de religiosos y religiosas, sesenta y siete ríos con nombre, y las famosas montañas de Sobrarbe y Jaca. El año del Señor de novecientos y doce, los aragoneses eligieron por rey un noble caballero llamado Íñigo Arista, el cual descendió de los montes Pirineos con la más gente que pudo haber, y destruyó grandes huestes de moros, hasta que entró vencedor en Navarra, donde después fue otra vez elegido por rey de los aragoneses, con condición de que siempre hubiese entre el Rey y ellos, un juez que llamaban el Justicia de Aragón. Este Rey, considerando qué armas tomaría, le fue revelado que tomase una cruz blanca, la cual él mismo vio en el aire entre los montes Pirineos y los de Sobrarbe. Navarra Haciendo guerra los capitanes del emperador Octaviano Augusto, en la tierra que agora se llama Navarra, por haberse levantado contra los romanos, y siendo los de la tierra vencidos, se subieron muchos a un monte llamado Navaya, de donde los habitadores dél se llamaron en el discurso de los tiempos novarios. En tiempo que los moros señorearon a España, muchos de los cristianos que habitaban en ella, se acogieron a los montes Pirineos, y se juntaron con los de Navaya y eligieron Rey que los defendiese, hiciese guerra a los moros, y este fue un caballero del linaje de los godos que se llamaba don García Jiménez; el cual ganando alguna parte de la tierra poseída de los moros, se llamó Rey de Navarra, y tomó por armas un árbol y una cruz encima. Después el rey don Sancho de Navarra que se halló en la batalla de las Navas de Tolosa, por haber rompido en esta batalla el palenque de las cadenas del Miramamolín, tomó por armas las cadenas de oro atravesadas en campo de sangre, y en el medio una esmeralda que hubo en el despojo. Un pedazo de estas cadenas se ve en Santa María de Roncesvalles en el circuito de la sepultura del dicho rey don Sancho. Vizcaya Del señorío de Vizcaya se halla mucha noticia desde los tiempos de don Pelayo, que resistió a los moros por la parte de las montañas en Álava y Guipúzcoa, y era señor de este estado cuando se perdió España un caballero llamado Arducia, que murió en la batalla de Jerez donde fue vencido el rey don Rodrigo. Las armas antiguas de Vizcaya eran un roble, y arrimado a él un lobo; y pretendiendo los reyes de Asturias que los habían de reconocer los señores de Vizcaya, tuvieron grandes encuentros, y el rey don Alonso el Magno les vino a dar batalla; y los vizcaínos con su capitán don Zuria les salieron al encuentro, y estando los campos a vista uno de otro para romper, atravesaron dos lobos con dos corderos en la boca entre los dos ejércitos. Los vizcaínos lo tuvieron por buen agüero, y animándose vencieron la batalla, y los tomaron por armas, y así estos quedaron los señores desta familia, que son los de la casa de Haro. Del dicho Zuria procedieron los señores de Vizcaya, y tuvieron este señorío los de Haro y los de la Casa Real de Castilla, y los de Lara, hasta que faltando sucesión, el rey don Enrique el Segundo dio este señorío al infante D. Juan, su hijo, y como le sucedió en el reino, quedó incorporado en la Casa Real. Argote de Molina dice que las armas de don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, eran dos lobos negros en campo blanco, y que por la victoria de las Navas de Tolosa, acrecentó dos corderos sangrientos en las bocas de los lobos, por la sangre que se derramó en esta batalla. Nápoles El reino de Nápoles se divide en doce provincias, que tienen dos mil y catorce poblaciones, y en ellas ciento y cuarenta y ocho ciudades y diez nueve arzobispados, fuera de Benavente, que es de la dición del Papa, ciento y veinte obispados; ciento y noventa y nueve abadías, gran número de prioratos y dignidades de iglesias; treinta y ocho príncipes, sesenta duques, ochenta y nueve marqueses, sesenta y dos condes, siete dignidades seculares, Gran Condestable, Gran Justiciero, Gran Almirante, Gran Camarlengo, Gran Protonotario, Gran Canciller, Gran Senescal, mil y doscientas familias nobles que llaman del Segio; ocho audiencias reales, veinte y ocho castillos, trescientas y quince torres en la costa y tierra firme, nueve puertos famosos. Sicilia Tiene el reino de Sicilia en su circunferencia setecientas millas, que hacen figura triangular. Tiene treinta y cuatro mil caballos y bestias de servicio, y ciento y cuarenta mil bueyes para labrar la tierra; tiene puertos famosos y montes, y selvas para la fábrica de galeras y navíos. Tiene casa de moneda, dos universidades, e Inquisición. Todo el Reino se divide en tres valles, valde Mazara, valde Mone y valde Noto, y en ellos hay diez y seis príncipes, cuatro duques, diez y ocho marqueses, catorce condes, un vizconde, cuarenta y un barones, tres arzobispados, siete obispados, un archimandricato, cincuenta y una abadías, y cuatro prioratos que tienen voto en el Parlamento. Gobiérnase todo este Reino por un Virrey, que reside en Palermo o en Mesina, con los Consejos siguientes: Consejo secreto donde se hacen leyes, ordenanzas y pragmáticas. Gran corte donde se tratan los negocios civiles y criminales. Consejo del patrimonio Real donde se tratan materias de estado, hacienda y guerra. Gobierno frumentario donde se trata de los frutos de la tierra, y se provee o dispone lo necesario para el sustento, del Reino. Granada El reino de Granada es una región de España, sita en medio de la provincia Bética sobre la costa del mar Mediterráneo. Tiene sesenta leguas en largo, desde Ronda hasta Huéscar; y veinte y cinco en ancho, desde Cambil hasta el mar Mediterráneo; y puerto de Almuñécar, y ciento y ochenta en circuito. Con esta distancia abrazaba treinta y tres ciudades y sesenta y una villas con aldeas innumerables, según la descripción de Lucio Manrico. Hállanse en este Reino dos sierras de maravillosa altura y fragosidad: a la una llaman Sierra Nevada, por estar su cumbre cubierta siempre de nieve; a la segunda llaman sierra de Yllora. Entre estas dos sierras tiene hoy el reino de Granada diez y siete ciudades, que son: Ronda, Antequera, Alhama, Loja, Santa Fe, Guadix y Baza; con las marítimas, que son Almuñécar, Málaga, Vélez, Marbella, Almería, Vera, Ojíjar, Cobda y Purchena. De las grandezas de Granada hay libro particular, compuesto por el licenciado Francisco Bermúdez de Pedraza, y a él remito al lector que desea saber las antigüedades y memoria de esta insigne Ciudad, cabeza del dicho Reino. Portugal El reino de Portugal tiene su asiento en lo más apartado de la España Lusitánica: consta de diez y ocho ciudades, y de cuatrocientas y trece villas, y doscientos y cincuenta y un consejos; tiene de largo cien leguas, y de ancho treinta y cinco; y en su circunferencia ochocientas y cincuenta millas. Tiene tres arzobispados, diez obispados, tres universidades, tres inquisiciones, muchas abadías y corregimientos, Consejo de Estado y Guerra, Consejo de conciencia y órdenes, y Consejo de Hacienda: y en el Reino dos chancillerías, siete puertos, y más de cuatrocientos y treinta conventos de religiosos y de monjas, y otras muchas grandezas, como se puede ver en el libro erudito y grave que escribió el padre Antonio Vasconcelo, de la Compañía de Jesús, que le titula: Anacephaleoses, idest, summa capita actorum Regun Lusitaniae, donde trata de todos los Reyes de Portugal, memorias y excelencias de este Reino. Cataluña Tiene este Principado ochenta leguas de longitud, y ciento y sesenta y ocho de circunferencia. Tiene once ciudades, y dos mil y tres cientas y setenta y cinco villas y lugares, un arzobispado, ocho obispados, y en ellos treinta mil iglesias, conventos, hospitales y ermitas. Tiene una inquisición, siete universidades, y veinte y ocho abadías de mitra y báculo. Tiene trece castillos y algunas torres en las fronteras y marinas; está enriquecido con los dos celebérrimos monasterios de monjes negros y blancos, que son el de Monserrate y el de Poblete. Mallorca El reino de Mallorca tiene en su circunferencia trescientas millas, tres ciudades, que son: Mallorca, Menorca e Ibiza. Tiene treinta y tres villas, y muchas aldeas. Valen a Su Majestad los derechos de la Isla cien mil ducados. Tiene un obispado, treinta y tres iglesias parroquiales, y puertos muy capaces para la seguridad de los bajeles. Está ceñida de montes y bañada toda ella de claras fuentes y ríos: no cría animal venenoso, y si viene de fuera luego muere. La metrópoli del Reino es Mallorca, en ella reside el Obispo, el Virrey e Inquisición. Tiene cinco parroquias, once conventos de religiosos, y seis de monjas, y un Hospital General. Menorca Menorca es una isla que está en el mar Mediterráneo, como también lo está Mallorca, que por ser la una mayor que la otra, las llamaron Mallorca y Menorca. Dijéronse por otro nombre Baleares, porque sus habitadores peleaban con hondas; y eran tan diestros, que daban con la piedra donde querían, enseñando a sus hijos desde niños a derribar con las hondas desde alguna parte alta lo que habían de comer. También las llamaron Gimnesias, nombre griego, que es lo mismo que desnudas, por cuanto los habitadores dellas andaban sin vestidura alguna cuando se conquistaron estas islas. La ciudad de Menorca abunda de martas, y la de Ibiza de salinas. Cerdeña El reino de Cerdeña tiene su asiento en una isla en medio del mar Mediterráneo, y es puerto de todos los que navegan de Oriente a Poniente, y de Setentrión al Mediodía. Su longitud es de seiscientas y cincuenta millas, y en toda su circunferencia tiene siete ciudades y cuatrocientos y treinta y dos villas y aldeas, y en ella tres arzobispados, cuatro obispados y cuarenta y siete conventos de religiosos, tres abadías, cuatro prioratos, una inquisición, diez señores de título, un duque, cinco marqueses, tres condes, un vizconde, y veinte y cinco baronías. Ha tenido esta Isla nombre de malsana, y así los romanos acostumbraban desterrar a ella los holgazanes para que sin matarlos a hierro muriesen en poco tiempo. La causa era ciertas lagunas o pantanos, de los cuales se levantaban vapores gruesos y causadores de enfermedades, y a ella fueron desterrados muchos santos mártires por los tiranos enemigos de la cruz de Cristo. Jerusalén Las armas del reino de Jerusalén son una cruz de oro, en campo de plata, en que se ve metal sobre metal, cosa que solo se permite en el escudo real de Jerusalén, y así esta divisa es preferida a todas armas, por sus tres representaciones. El oro representa al Sol y sus vivas acciones; la plata representa a la Luna, y la fe en que se fundó el rey Godofre, valeroso que conquistó a Jerusalén. Y la cruz representa la victoria triunfal de Cristo Señor Nuestro, que en ella hubo del infierno y demonios. Conquistó Godofre a Jerusalén, y tomó por insignia la Santa Cruz, y de consentimiento de los capitanes que se hallaron en esta triunfal vitoria, fue declarado el dicho Godofre por Rey de Jerusalén y de toda Judea o Palestina, que le era sujeta; el cual recibiendo (aunque contra su voluntad) la majestad del Principado y las insignias reales, se abstuvo de recibir entre ellas corona de rey, diciendo ser cosa indecente que hombre cristiano presumiese traer corona real, en el lugar donde Cristo había traído corona de espinas por la redención del linaje humano. Y así no quiso usar de corona de oro ni plata, juzgando deberse estos preciosos metales a la cruz en que se obró nuestra redención, y así es la cruz de oro, y el campo de plata, y la acompañan otras cruces, en significación de la cruzada que se concedió cuando se ganó Jerusalén, y se fundó un reino en aquellas partes, cuyo título tiene el Rey de España. Toledo Toledo es ciudad imperial y cabeza de Reino, llamose imperial desde el tiempo del rey don Alonso el sétimo, que se llamó Emperador, el cual se coronó en esta ciudad. Y desde entonces tiene por armas un emperador sentado, en una silla real o trono, con vestidura rozagante y el globo del mundo en la mano siniestra, y en la diestra una espada desnuda, en cuya significación se pinta una corona imperial por la que en esta ciudad recibió el dicho emperador don Alonso. Los términos y linderos del reino de Toledo, puso por extenso Pedro de Alcocer en su discreción, diciendo, que por la parte oriental comienza su término cerca de la villa de Riaza, y va por cerca de Sigüenza y Medinaceli, hasta la ciudad de Alcaraz; por la parte del Mediodía, comienza desde la dicha ciudad, hasta el nacimiento de la Sierra Morena, y hasta llegar a la villa de Herrera. Por la parte occidental desde esta villa, hasta las sierras de Ávila. Por la parte de Setentrión por las dichas sierras de Ávila y Segovia, hasta cerca de la villa de Riaza, de donde comenzamos. Dentro desde término se contiene este reino y arzobispado de Toledo, que son los mismos que antiguamente tenía esta provincia llamada Carpetania; en el cual Reino hay más de setecientas ciudades, villas y lugares. Valencia El reino de Valencia tiene ochocientas poblaciones, y en ellas seis ciudades y sesenta villas, veinte del rey y las demás de señores. Tiene seiscientas y cincuenta y cinco aldeas, trescientos castillos y torres en la mar y tierra firme; asimismo tiene tres puertos, muchas sierras y ríos, un arzobispado, dos obispados, cuatro iglesias colegiales, dos abadías muy ricas, una inquisición, cuatro universidades, casa de moneda, y ciento y setenta y nueve conventos; las órdenes militares de Santiago, Calatrava y San Juan, tiene de renta en este Reino diez mil ducados; tiene tres duques, nueve marqueses, y doce condes. Galicia En tiempo que el rey Gargoris reinaba en España, vino a ella un capitán griego de los que destruyeron a Troya, llamado Teucro, aborrecido de su padre Telamonio, por la muerte de su hermano Ayaz, y no lo quiso recibir en su Reino; por lo cual Teucro se fue para Chipre, donde edificó una ciudad que se llamó Salamina. Después certificado de la muerte de su padre, volvió a su tierra, y le fue impedida la entrada por un hijo de Ayaz, sobrino suyo; y así se vino para España, y desembarcó cerca de Cartagena, y costeó las riberas de España, sin parar hasta la provincia que después fue dicha Galicia. Y allí hizo su morada y asiento, con los que le siguieron, poblando parte de aquella tierra que estaba desierta. Y fundó una ciudad donde pasó su vida. Andando el tiempo, los godos poblaron cierta parte de Galicia, y después juntos con los griegos, vinieron a llamarse de ambos nombres gallegos, y su tierra Galicia. Es Galicia tierra de muchas montañas, de donde se saca abundancia de madera para navíos y se cargan muchos della para otras partes. Es abastecida de pan, vino y carnes, y tiene abundancia de todas pescados, especialmente salmones, congrios y besugos que se llevan frescos a toda Castilla. Ínsulas Estas islas están cerca de Zelanda, y son muchas en brazos de mar cada una dellas por sí apartada, cercadas de un muy grueso muro contra la fuerza del mar. Son abundantes de carnes, pescados y pan, pero muy faltas de vino y de árboles, a cuya causa queman una piedra que traen de Bravante, que arde mejor que el carbón, y dura más su lumbre aunque huele mucho al azufre, y persevera este olor hasta que se acaba de encender toda la piedra, y después de encendida, cesa el olor y dura más que el carbón y leña. Esta piedra queman en Bruselas, y en la mayor parte del condado de Flandes, aunque tiene abundancia de leña. También Su Majestad es Rey de las islas de Canaria y de otras inmensas islas, en las Indias Orientales y Occidentales, que sería nunca acabar haberlas de referir todas. Murcia La ciudad de Murcia, cabeza de Reino, está fundada en medio de una vega, que corre lo largo della de Poniente para Levante. Tiene esta vega veinte y cinco leguas de largo, y legua y media de ancho, y es tan fértil y frutífera, que en años abundantes, suele dar ciento por uno, ciñe a esta ciudad por el Mediodía, el río Segura, el cual desemboca por una larguísima cueva, y se hunde debajo de tierra, y a doscientos pasos vuelve a salir mejorado, porque lleva gran cantidad de truchas; y después de muchas vueltas entra en el mar Mediterráneo, por Guardamar, villa del reino de Valencia, entre el puerto de Cartagena y la playa de Alicante. Hay en Murcia y su Reino gran trato de seda. Tiene esta ciudad once parroquias dotadas por el rey don Alonso el Sabio, y asimismo tiene diez conventos de religiosos y seis de religiosas. Las armas que al presente tiene esta ciudad, son un escudo con seis coronas y otra mayor que todas en lo alto del escudo, tienen esta letra, Septima de caelo; por orla tiene cuatro castillos y cuatro leones, de todo trata elegantemente el licenciado Francisco Cascales en unos discursos históricos que escribió desta Ciudad y su Reino. Borgoña Borgoña es una provincia de la Gallia céltica, con título de Ducado; sus armas son tres bandas de oro divididas con perfiles rojos en campo azul. Trata de esta región Plinio, -Plin. lib. 4, cap. 54.- y la pone entre las diferencias de gentes alemanas. Uniéronse Borgoña y Flandes por el casamiento de Felipe el Osado, hermano del rey Carlos quinto de Francia, con Margarita su mujer, Duques de Borgoña y Condes de Flandes. Es Borgoña tierra en muchas partes muy fértil por los muchos prados y pastos de que abunda, en que se cría gran diversidad de ganado; en otras partes es tierra montuosa y estéril, y así se halló en ella muchos osos, puercos y venados, y otras muchas bestias salvajes. Y sus habitadores se dan mucho a la caza y monte, y a otros entretenimientos y placeres de la vida humana. Luxemburgo Luxemburgo es villa muy grande y fuerte cercada por la mayor parte del río Elza. Fue primero condado, y después el emperador Carlos quinto, hijo de Juan, Rey de Bohemia y Conde de Luxemburgo, le dio titulo de ducado, y quedó este Ducado en la Casa de Bohemia, hasta que vino en poder de Felipe el Bueno, Duque de Borgoña. Es tierra de muchos bosques y florestas, que son parte de la selva que llamamos Dardeña, la cual era la mayor de todas: la Callía Bélgica, porque tenía de largo más de quinientas millas. El senado de Luxemburgo es de nobles y letrados, y tiene Presidente, y todo el estado Gobernador. Geldres El ducado de Geldres tiene al Oriente a Wesfalia, al Setentrión a Trasifilena, al Occidente el estado de Utrech y parte del condado de Holanda, del cual y del ducado de Bravante se distingue al Mediodía por el río Mosa, y confina con el ducado de Cleves. El emperador Federico tercero, dio la investidura de estos estados a Maximiliano su hijo, y a la archiduquesa madama María de Borgoña, el año de mil y cuatrocientos setenta y ocho. Y muerta la dicha Archiduquesa, el emperador Maximiliano, su marido, concedió la investidura de aquellos Estados a su hijo el rey Filipo, y a sus legítimos herederos y sucesores. Y muerto el rey Filipo primero, vinieron aquellos Estados de derecho al emperador Carlos quinto, que hubo la investidura dellos, y por tenerlos ocupados el duque Carlos de Egmontè, y defenderlos con las armas, el dicho Emperador tuvo guerras con él, como con injusto poseedor y violento detentor de aquellos Estados. Y por el bien público, y por la paz y concordia, hizo conciertos con él, y muriendo el dicho Duque sin herederos legítimos, quedaron estos Estados en la Corona Real de España, sucediendo en el rey don Felipe segundo hijo del emperador don Carlos, a quien competían. Por razón de la concordia que hicieron el Emperador y el Duque, se tomó por empresa y armas de Geldria dos leones que se están dando las manos. Calabria Calabria es Ducado, sito en la extrema región de Italia, que tiene forma de península, como estrecho de tierra, es camino de un día desde Taranto a Brindez; su suelo es ameno y agradable, su fecundidad en lo que toca a mieses, casi increíble, toda está manando claras fuentes de dulces y saludables aguas. Los campos que se labran, son feraces y gruesos, los montes frutíferos y llenos de caza, los collados y valles fértiles, y las selvas y florestas amenas, y apenas se dará paso en ellas que no se descubran flores odoríferas y yerbas medicinales; los edificios, gallardos y hermosos. Todo esto tiene Calabria en la superficie de la tierra, que en las entrañas della es opulenta y rica de minerales, y es tan ordinario el rocío del maná en esta región, que ella sola se precia de que perpetuamente le destila en sus términos el cielo. Tuvo un tiempo por divisa y superior blasón la señal de la santa cruz, de color negra en campo de plata, diole estas armas y divisa Boemundo Tarentino, Duque de Calabria, cuando pasó con catorce mil soldados en socorro de la Tierra Santa, por los años del Señor de ciento y noventa y seis. Arthoes El condado que agora llamamos de Arthoes, fue mucho tiempo parte de Flandes. Después estuvo apartado el uno del otro casi ciento y ochenta años, y en este tiempo hubo siete condes, hasta que Ludovico de Mala, Conde de Flandes, heredó aquel estado y lo volvió a juntar con el condado de Flandes. Son los de Arthoes diferentes de los flamencos en lengua y costumbre. Los principales pueblos deste Condado, son la ciudad de Arras y la villa de San Omer, fuerte, grande y populosa. Austria Austria es una gran provincia; tiene muchas ciudades, villas y castillos, es tierra muy fría, confina con Hungría y Bohemia y Polonia y Moravia, y la principal ciudad suya es Viena. La gente della es de hermosos cuerpos y gestos; muy aficionada de la caza y monte, y a toda manera de entretenimiento. Por el casamiento del emperador Maximiliano con madama María, Duquesa de Borgoña y Condesa de Flandes, que se efectuó el año de mil y cuatrocientos y setenta y siete, se juntó la casa de Austria con la de Borgoña y Flandes. Es Austria llamada Panonia la alta, pasa por ella el Danubio. Eran sus antiguas armas, cinco abubillas de oro, en campo azul, divisa de quien hace mención Cicerón en la Epistola ad Atticum; allí dice que la región que César levantó en Francia, traía el abubilla por divisa. Pero el marqués Leopoldo, quinto deste nombre, por consentimiento del Imperio, puso por armas una faja de plata en campo rojo, como lo escribe Bonfino, en la historia de Hungría. Fue un tiempo Marquesado, después Ducado -Bonf. lib. 4 Dec. 4-, y duró su estado en los antiguos príncipes, hasta el emperador Enrico séptimo, en cuyo tiempo faltando la línea de varón destos Duques por falta de herederos, dejaron el estado al Imperio; y sucediendo en el Imperio Rodolfo segundo, Conde de Abspurg, dio el estado de Austria con título de duque a su hijo Alberto, el año de mil y doscientos y ochenta y cinco de quien traen origen los archiduques. Sevilla Sevilla, cabeza de la Andalucía, fue de las primeras ciudades, que se poblaron en España. Fundola Hispalo, Rey de España, que reinó en ella quinientos y noventa y nueve años después del diluvio, esto es mil y setecientos y veinte y seis años antes del nacimiento de Cristo nuestro Señor. San Isidoro dice que Julio César pobló a Sevilla, y la llamó Julia; después los moros la llamaron Sebilia, que en lengua arábiga quiere decir cosa rica. Ganó esta ciudad de poder de moros el rey don Fernando el tercero, llamado el Santo, y luego tomó por armas un rey coronado con la espada desnuda en la mano derecha, y con un mundo en la izquierda, y a sus lados los dos santos arzobispos hermanos san Leandro y san Isidoro. En esta ciudad hay muy suntuosos edificios, en particular el Alcázar Real que es palacio de los reyes. Es cabeza de Reino y en ella está el trato principal de las Indias; para lo cual tiene casa de contratación, son tantas las mercadurías que entran y salen en esta ciudad, que renta el Aduana donde se pagan los derechos del rey con otros partidos, cuatrocientos cuentos cada año. De las grandezas de esta ciudad, hay historia particular, que escribió Alonso Morgado. Frisia Frisia, es provincia en los fines bajos de Alemania, sobre la ribera del mar Océano; comienza al fin de la ribera del Rin, y se termina al mar Dánico, y los alemanes llaman frisones a sus habitadores. Es tierra muy llana y de grandes prados y pastos, tiene poca leña y así queman céspedes; sus moradores naturalmente son feroces y de cuerpos muy ligeros, aborrecen las armas pesadas, traen rodelas y pelean con dardos y lanzas arrojadizas. Tienen los campos rodeados de anchos hoyos para recibir y pechar por ellas las aguas, y allí se ejercitan dando cada uno muestras de su ligereza, corriendo y saltando con una pértiga o lanza en las manos de la una parte de la fosa a la otra; las casas están fundadas sobre diques o reparos altos hechos de céspedes y terrones puestos y fabricados por su orden. Aunque la Frisia fue muchas veces conquistada de los condes, siempre se reveló hasta que fue sujeta del todo por el emperador Carlos quinto Máximo el año de mil quinientos veinte y tres. Holanda Holanda es una pequeña provincia vecina al mar de Bravante, tiene al Mediodía a África, al Oriente al Océano, y por todas partes al mar Británico. Tiene al Occidente a Flandes; es tierra muy húmeda, fértil y abundante, y pasan por esta isla muchos ríos navegables, y muy abundantes de varios y excelentes pescados. Tiene también abundancia de prados, y en las muchas lagunas y bosques que en ella hay, se crían diversas aves hermosas a la vista y gratas al oído por su ameno canto. Tienen los de esta isla abundancia de casas bellas y agradables, y de alhajas y adornos dellas, en especial tienen gran primor en el trato de lencería, que por ser tal, tomó el lienzo el nombre de la misma isla de Holanda, que es Condado en aquellos estados. Zelanda Zelanda es provincia cercada casi por todas partes, de brazos de mar y ríos; tiene al Occidente al mar Océano, al Oriente a Holanda, al Mediodía a Flandes, al Setentrión a Bretaña. Está muy poblada esta isla, y la gente della es comúnmente rica y poderosa, es uno de los condados de los estados de Flandes. Malinas Malinas es villa muy grande, rica y populosa de muy alegre sitio y frescos aires. Está cercada de fuerte muralla y profundos fosos, es señoría cercada por toda partes del ducado de Bravante, tiene por armas siete bandas, las tres amarillas y cuatro coloradas, como Aragón, y en medio dellas, un escudete con una águila negra en campo blanco, armas que dio a esta villa y señoría el Rey de Aragón y el emperador Federico tercero, el uno dio las barras de oro en campo de sangre, y el otro dio la águila de dos cabezas. Flandes Está Flandes en la provincia Bélgica segunda. Llamose Flandes de Flansberto sobrino de Glodian Rey de Francia. El primer Conde de Flandes, fue Balduino, hijo de Andraco, Gobernador que había sido de aquella Provincia, y le dio el título Carlos Calvo, Rey de Francia, su suegro. Tiene Flandes a la parte de Oriente el río Escalde, al Occidente la Fosa Nova que es un río hecho a mano, por espacio de cuatro leguas, al Setentrión tiene al mar Océano, y al Mediodía, a los veromandos, pueblos de Picardía, y parte al Condado de Arthoes. Es Flandes condado de los principales de aquellos estados, y Gante es la principal villa de los estados y cabeza de Flandes. Las antiguas armas del condado de Flandes, eran cinco escaques de oro en campo azul, partidos por un escudete colorado en medio. Las nuevas son un león negro en campo amarillo, lo cual tomó por divisa el conde Felipe el Sacio, cuando hubo de pasar a Siria, y lo mismo hicieron los príncipes de Lovaina, de Holanda, de Lemburgo y de Luxemburgo, que en aquella expedición todos tomaron por armas leones de diferentes colores. Los estados de Flandes, que es lo mismo que Galia Bélgica o Países Bajos, tienen diez y siete provincias, que son los ducados de Bravante, Luxemburgo y Lemburgo, el marquesado del Sacro Imperio, los condados de Flandes, Arthoes, Henao y Namur y la señoría de Malinas; el ducado de Geldres, los condados de Holanda, Zelanda, Frisia y Zutphent, las señorías de Utrech, Transiselana y Groeninga. Milán El ducado de Milán tiene veinte leguas de largo, y en ellas dos mil y novecientas y dos poblaciones, las once dellas son ciudades, de quien es cabeza Milán, ciudad que tiene el circuito tres leguas y media, y en ellas trescientas mil personas y muchos caballeros nobles, iglesia arzobispal, noventa y seis parroquias, cuarenta conventos de religiosos, cincuenta de monjas, cien oratorios que en aquella ciudad llaman escuelas; diez hospitales y un clero numeroso y venerable. De Milán y todo su estado, escribió dos grandes libros don Luis de Castilla, Arcediano de Cuenca, Visitador de aquel estado, por el rey don Felipe segundo a quien los dedicó, y costaron las averiguaciones y libros de todos gastos, más de cuatro mil ducados, yo los he visto en poder suyo, cuando vivía en Cuenca, residiendo su arcedianato. Namur Es Namur una villa fortísima y famosa de los estados de Flandes, puesta entre dos cerros grandes, y a la parte de levante tiene el río Mosa, y sobre él una hermosa puente, y otra sobre el río Sambla, que se llama Sabis en latín, el cual pasa al lado de la montaña, sobre la cual está el castillo y allí entra en el Mosa. Es muy nombrada esta villa por el mármol negro de que abunda, y es la principal villa del condado de Arthoes. Lemburgo El ducado de Lemburgo, que está de la otra parte del río Mosa, es anexo a Bravante. Fue primero condado por los años de mil ciento y sesenta y dos. Después fue hecho ducado en tiempo de los emperadores Enricos. Toma el nombre este Ducado de la villa de Lemburgo, la cual es la principal y la cabeza de aquel estado, cerca de Aquisgrán y Lieja, en los estados de Flandes. Bravante Bravante, cabeza del ducado deste nombre en los estados de Flandes, tiene al Oriente al río Mosa, y al occidente al río Escalde y Henao. Al Setentrión vuelve a tener a Mosa y a Holanda, al Mediodía tiene parte a Henao y al obispado de Lieja, y parte al condado de Namur. Sucedió en estos estados Felipe el Bueno, Duque de Borgoña, padre del duque Carlos de Borgoña, el cual fue Señor de las provincias y estados de Flandes, juntándose entonces en uno Borgoña, Lotharingia, Bravante, Lemburgo, Luxemburgo, Flandes, Henao, Arthoes, Namur, Holanda, Zelanda, Frisa y la villa de Bethuna, que había muchos años que estaba enajenada. Empresa del Rey Prudente Tuvo por empresa este Católico Rey el carro del sol, guiado de cuatro caballos, en lo alto una corona y en lo bajo el mar y tierras, y por remate un globo del orbe universo, con todas las remotas regiones del Nuevo Mundo. El mote decía: Jamiliustrabit omnia. Dando a entender con esta empresa, que como sol extendía sus rayos y poder a todas las cuatro partes del mundo pues el Sol da claridad a todos los planetas, y a nosotros luz para que los veamos. Y comunica sus rayos y virtud a todas las cosas inferiores, y tiene dominio sobre reyes y grandes señores, sobre el oro, carbunco, rubí y jacinto, sobre los leones, cocodrilos, gallos, caballos, dragones y onzas. Era llevado el carro del sol, de cuatro caballos llamados Pirois, Eous, Etón y Plegón. Homero le da solo dos caballos llamados Lampo y Faetón. San Fulgencio le da cuatro y los nombra diversamente. Estos caballos echaban fuego por las narices, como dice Virgilio en su Eneada. En las Indias Orientales y Occidentales, hay tantas regiones y provincias con tantas diferencias de gentes; que con justa razón se les da título de Nuevo Mundo: a este nuevo mundo comunicó Su Majestad su grandeza, mando y poder, y así con grande acuerdo tomó por la empresa al Sol que a todo se comunica. Digo aquí por remate, que si de todos los reinos y señoríos de Su Majestad se hubieran de escribir libros, no se acabara de hacer en grandes volúmenes: solo se han puesto aquí los más conocidos y de mayor nombre. Su celo y cuidado de lo más perfecto y útil Fue tan grande el celo deste gran Monarca, que alcanzó Breve del papa Pío V, el año primero de su pontificado, que fue el de mil y quinientos sesenta y seis, para que todos los frailes claustrales, sin quedar ninguno en sus reinos de España, fuesen reducidos y entregados a las provincias más cercanas de la observancia: lo cual se puso en ejecución el año siguiente de mil y quinientos sesenta y siete. Extinguiéndose entonces el nombre y casas de conventuales en todos estos reinos. Y así el dicho año por su mandado y patrocinio del arzobispo de Zaragoza don Hernando, tomaron posesión los observantes del convento de san Francisco de Zaragoza, y del convento de san Francisco de Jane, y del convento de Sariñena, en el cual los padres claustrales celebraron su último capítulo de la provincia de Aragón, que tenía siete custodias que eran la de Zaragoza, Barcelona, Lérida, Mallorca, Valencia y la de Sariñena y Navarra. Y el año siguiente de mil y quinientos y sesenta y ocho por su orden se introdujo la observancia en el monasterio de san Agustín de Zaragoza, que era también de agustinos claustrales, y para ello envió Su Majestad al maestro fray Diego de Solís, hombre docto y noble, virtuoso y muy prudente, con cincuenta frailes que reformaron los conventos del reino de Aragón. Y el primer Prior del dicho convento de Zaragoza, después que fue reducido a la observancia, fue el padre maestro fray Francisco de Castroverde insigne y famoso varón, que después fue predicador de Su Majestad. Por el celo que tenía del bien de los pobres y del aprovechamiento espiritual de las almas, acudiendo el hermano Francisco del Niño Jesús, que asistía en un hospital de Alcalá, a pedirle licencia para cumplir un voto que tenía hecho de ser fraile Carmelita descalzo, por revelación que había tenido del Señor, le dijo Su Majestad: «que era tentacion del demonio, con que pretendia estorvarle las buenas obras que hacia», y replicándole el hermano, que teniendo por cierto que era gusto del Niño Jesús había hecho el dicho voto, le dijo: «que no le diese eso pena, que él enviaría á su Santidad por dispensacion del voto». Y como Su Majestad era tan mirado en sus cosas, dio orden al hermano para que consultase con algunos teólogos doctos su determinación, encargándole diese más crédito a lo que Nuestro Señor le dijese por medio dellos, que a su revelación en que podía haber engaño. Y fue tanto su celo y cuidado que avisó a los teólogos por medio de Juan Ruiz de Velasco, su ayuda de cámara, para que mirasen bien aquel caso y aconsejasen al hermano lo que entendían que era más servicio de Dios y utilidad del hermano. Y respondiendo los teólogos que era mayor utilidad estarse en servicio de los pobres, que entrar en religión, envió Su Majestad por la dispensación del voto, y se trajo. Tuvo segunda revelación, de que la voluntad de Dios era que fuese religioso, y acudiendo segunda vez al Rey le respondió lo mismo que la primera; hasta que a la tercera vez, se rindió Su Majestad, y con su licencia tomó el hábito de Carmelita Descalzo, y profesó y acabó su vida santamente en la religión, como en otra parte se ha tocado. Por su gran celo, se acabó en España la Orden de los Isidros, que vivían licenciosamente, reduciendo todos sus conventos a la Orden de san Jerónimo, lo cual se hizo el año de mil y quinientos setenta y siete; había en España hasta siete conventos y el principal dellos, era san Isidro, extramuros o fuera de la ciudad de Sevilla. Por el gran celo que tuvo de la religión y honra de Dios, no sólo negó la licencia que pedían los de Salsete para edificar templos de sus ídolos, con que pudieran cesar muchas contiendas y turbaciones, mas aún reservado a sí solo el poderla dar, prohibió que no la diesen sus virreyes por ningún acontecimiento. Favoreció en grande manera la religión de la Cartuja, y con su gran celo, procuró con Su Santidad que le fuese restituido a esta religión el monasterio de san Juan Bautista de Seit, que está en el marquesado de Estiria, que algunos llaman Valeria en Esclavonia, en quien se habían entrado ciertas personas religiosas con título de hacer seminario y fueron restituidos los monjes a su posesión, el año de mil quinientos noventa y tres. Y cuando se recuperó la casa, se tañeron las campanas por sí mismas y se oyeron cantar ángeles con mucho regocijo. Estando la Orden de Carmelitas Descalzos el año de mil y quinientos setenta y siete en muy grande apretura y en punto de deshacerse, le escribió a Su Majestad Santa Teresa de Jesús dos cartas, y este gran Monarca acudió a esta grave necesidad con su gran celo y cristiandad, y dio orden de que se consultasen letrados y se enviasen sus pareceres al Papa. Viendo el Nuncio de su Santidad inclinado al Rey a favorecer esta casa, vino en que no se deshiciese lo comenzado, y el Rey le tomó la palabra, y nombró para tratar este negocio y conferirlo a su limosnero y capellán mayor don Luis Manrique, y al padre maestro fray Lorenzo de Villavicencio, fraile agustino, varón muy docto, y al padre maestro fray Pedro Fernández, varón muy insigne, Provincial de la Orden de santo Domingo, los cuales juzgaron que era bien amparar la Congregación de los Descalzos y hacer provincia separada. Era tan grande su celo, que no consentía que los prelados estuviesen ausentes de sus súbditos y a esta causa perteneciéndoles a los arzobispos de Santiago, el ser capellanes mayores de los reyes por merced y donación del rey don Alonso el sétimo, considerando este gran Monarca, que por las ausencias forzosas, habían de hacer falta a la residencia de su iglesia, pidió a la Sede Apostólica (porque su corte no careciese de tan gran ministro), que pudiese nombrar persona de virtud y letras, para que asistiese a las cargas y obligaciones de su oficio, para lo cual concedió su Breve el papa Pío V, de felice recordación. Alargose a tanto su celo y providencia en el Oriente, que llegando a su noticia se habían vendido en cinco años de hambre por esclavos muchos indios gentiles para comer, mandó que los que se bautizasen fuesen libres en fraude del acreedor. Su paz y confianza La paz es fruto de la justicia, y así en tiempo deste potentísimo Rey, tuvo felicidad su siglo dorado en gozar de suma paz, por su grande gobierno y valor. Quien ha experimentado las violencias de las guerras, las talas de los campos, el mal empleo de los frutos, las ruinas de los edificios, la desolación de los lagares, las rapiñas de los bienes, las muertes de los hombres, las fuerzas de las mujeres, los estupros de las vírgenes; el que hubiere experimentado todo esto, podrá y sabrá estimar el bien que es vivir cada uno seguro debajo de su parra y su higuera, gozando de los bienes libremente y sin recelo. Esto gozó España e Italia en los días deste Católico Rey, y porque la paz es madre de las letras, nunca ha habido en España tantos y tan grandes teólogos y juristas y de otras facultades, como en su tiempo; nunca las artes más floridas; nunca tantos libros sacados a luz; nunca los hombres doctos y eminentes, fueron tan favorecidos y premiados. Y sobre todo nunca las religiones se vieron tan reformadas en este Reino, ni en tanto punto de observancia, como lo estuvieron por el patrocinio y providencia deste gran Monarca. Estando en Flandes el año del mil y quinientos cincuenta y seis, se resolvió de no salir destos estados, sin hacer paz o tregua de largo tiempo con sus enemigos, como tan prudente y advertido Rey, que consideraba tenía varios estados y negocios de mucha obligación, a que le convenía proveer en aquellos países. Fue tan amigo de la paz, que con ser informado el año de mil y quinientos cincuenta y siete, que el Duque de Florencia tenía trazas mañosas, a fin de entrar en el estado de Sena, porque veía las plazas de franceses y del Rey Católico muy desguarnecidas y los soldados descontentos, y así mismo impedía las vituallas para que no fuesen a Sena; por lo cual, perecía de hambre aquella ciudad. Con todo eso, ordenó al cardenal don Francisco de Mendoza, Arzobispo de Burgos, natural de Cuenca mi patria, que tuviese con el Duque toda buena amistad y correspondencia compañeras de la paz. En medio de las victorias que hubo en Francia, el dicho año de mil y quinientos cincuenta y siete, como cuando dice Luis Guichiardino se pudo hacer señor de Francia y de todo el mundo. En esta sazón deseó tanto la paz de la cristiandad, que dio intención a la que se le propuso por la parte de Francia y la concluyó en la villa de Cambray, a tres de abril del año de mil quinientos cincuenta y nueve. Pidió Su Majestad a Nuestro Señor encarecidamente, que no permitiese que a la hora de su muerte tuviese dolores, para que con más quietud, paz y sosiego, pudiese el alma darse toda a la consideración de las cosas divinas y de su salvación. Y notó don Enrique de Guzmán, gentilhombre de su cámara, que desde la hora que empezaron los pulsos a dar muestra de apresurar su muerte (que fue día y medio y poco más antes de expirar), quedó Su Majestad sin ningún género de dolor y con una paz y tranquilidad admirable. Habiendo escrito una carta muy larga de su mano, y pidiendo a Juan Ruiz de Velasco, o según otros refieren al secretario Santoyo, muy a deshora de la noche, que le echase polvos de la salvadera, Juan Ruiz estaba medio dormido, y en lugar de tomar la salvadera tomó el tintero; y lo derramó sobre la carta que se había escrito con harto cuidado, tiempo y desvelo. Y viendo Su Majestad lo que había hecho, dijo con una paz admirable: «Esta es la salvadera y este es el tintero», queriendo decir a Juan Ruiz que había errado el golpe y la hubo de volver a escribir, sin alterarse ni mostrar un punto de indignación, ¡oh gran Monarca! Otros dicen que dijo a Santoyo, viéndole congojado, «esperareis mas» y luego se puso a copiar la carta. Es la confianza hija del amor; no hubo en el mundo rey tan confiado de los suyos, como lo fue este gran Monarca. Qué de avisos tuvo para que se guardase y recatase de los unos y de los otros; qué seguro y confiado dormía a par de unas ventanas bajas con unas vidrieras junto a la calle en su palacio de Madrid. Salíase por los campos solo y sin guarda y daba audiencias, desarmado y solo, al moro, al turco, al inglés, a los vasallos contra quien tenía avisos de su mala voluntad, sin creer jamás ni temer que pudiese ser ofendido. Tan amigo era de la paz y de que sus ministros fuesen apacibles con los litigantes, quedando la presidencia de Castilla, al doctor Juan Rodríguez de Figueroa, que había sido Presidente de Órdenes y de su Consejo de Estado, le mandó mudase la condición que la tenía poco dulce. En una carta que escribió a don Jorge de Baeza y Haro, veinte y cuatro de Granada y Corregidor de la ciudad de Toro, entre otras cosas le dijo lo siguiente: «Ponga á Dios por testigo, que nunca moví guerra para ganar más Reinos, sinó para conservar estos en Religion y paz». Fue tanta la paz de su alma, que cuatro días antes que muriese, dijo a don Fernando de Toledo: «adónde hallaría unas velas de Nuestra Señora de Monserrate, y que le aparejase una en su presencia, diciéndole: esa vela y aquel Crucifijo, me traereis á su tiempo». Y acerca de este punto, afirmó el dicho Juan Ruiz de Velasco, que seis años antes, estando Su Majestad en Logroño, le hizo abrir un cajón de un escritorio de los que llevaba en la jornada, y le mostró un crucifijo pequeño, que estaba dentro de una caja y unas velas de Nuestra Señora de Monserrate, y le dijo: «que se acordase bien para cuando lo pidiese y lo hubiese menester, de que estaban en el cajon de aquel escritorio, las dichas velas y el Crucifijo, que fué del Emperador su Padre, el cual habia muerto devotamente con él en la mano, porque de la misma manera pensaba él hacer». Y pidiendo Su Majestad el crucifijo a las tres de la mañana el día que murió, alzando los ojos a don Fernando de Toledo, lo miró riéndose y le tomó la vela, diciendo: «Dád acá que ya es tiempo». ¡Cosa rara y maravillosa, que dos horas antes que expirase este gran Monarca, se rió y mostró la paz y alegría que tenía dentro de su corazón, donde otros suelen llorar y aun perder el seso con la prisa de partir! Fue tanta su paz, que una noche yéndose a dormir, después de muy cansado, al tirar la cortina el sumiller de Corps, vio la cama descompuesta, porque no la habían hecho los criados de cámara, y con una notable paz y tranquilidad aguardó que la hiciesen. Y reprendiendo este descuido ásperamente el Conde de Buendía, estuvo Su Majestad atento y dijo a los ayudas: «Razon tiene el Conde, que si en vuestra casa sucediera diérades voces hartas». Esto dijo este gran Monarca, enseñándolos a sufrir y callar a la reprensión. Su agudeza en el decir Caminando Su Majestad al real monasterio de Poblete, de la Orden Cisterciense, que está en el principado de Cataluña, llegó su aposentador al monasterio, diciendo venía a hacer el aposento al Rey. Dijo el portero que en aquel monasterio no conocía al Rey, ni era su dueño. Supo Su Majestad el caso, y dijo: «El fraile dijo bien, dijérades vos, que iba el Conde de Barcelona y viérades cuán de otra suerte se os respondia». Y fue así, que a título de Conde de Barcelona se le hizo el más solemne recibimiento que se ha hecho a príncipe, con singulares demostraciones de regalo y amor, por ser este real monasterio uno de los más célebres que tiene el orbe, así en suntuosidad y grandeza de edificio, como en la calidad de tener en su templo gran número de reyes, reinas, príncipes e infantes en sepulcros riquísimos de piedra. Pasando los grandes por una puerta estrecha y haciendo unos a otros cumplimientos y cortesías sobre quien entraría antes o después, dijo Su Majestad: «Andad como cayere la suerte que áun no está difinido cual es mas honroso si ir delante ó detrás». Entró a hablar a Su Majestad un caballero, e hizo su razonamiento con un guante calzado en la mano. Oyole el prudente Rey, y dijo: «Quitáos el guante y venidme a hablar mañana». Hablando a Su Majestad un caballero, dijo entre otras cosas esta palabra: como dijo el otro. Estaba presente don Diego de Córdoba y se miraron el Rey y don Diego, notando con los ojos la palabra. Saliose el caballero y dijo el Rey a don Diego: «quién os parece que será el otro». Don Diego salió fuera de la sala, tomando por la mano al primer hombre desacomodado que halló, lo llevó a la presencia del Rey, y dijo: señor, este es el otro. Saliose el hombre de palacio turbado sin saber lo que le había sucedido. Siendo hora de comer, estaba informando a Su Majestad en su negocio un litigante, y le dijo: «tarde es, idos á comer». Entendió el litigante que aquella palabra era gracia suya y renunciando esta merced y favor, volvió a informar en su negocio, y usando Su Majestad de su notable agudeza, le replicó: «ya os he dicho que es tarde». Con esto cesó la plática y Su Majestad se retiró. Caminando en su coche, vio en un trigo unas mazorcas muy altas y lozanas, siendo lo demás bajo y parejo, preguntó a don Diego de Córdoba, su caballerizo mayor, ¿qué era aquello? Respondió, señor: allí hubo mas estiércol y así nació el grano con más fertilidad; respondió Su Majestad: «Segun eso, necio es el labrador que hurta otra cosa sino estiércol, pues da tan buen esquilmo». Estando en Salamanca visitó los cuatro insignes colegios mayores, y dijo: «que uno parecía casa Real, otro casa de estudio, otro bodegon, otro casa de trasgos». Pasando por donde estaba una mujer diciendo a un niño que tenía en los brazos, tú eres rey, tú eres duque, tú eres marqués, vuelto a don Diego de Córdoba, dijo: «aquella mujer ó es loca, ó cria». Diciéndole Morata, un loco gracioso, por qué no hacía mercedes a todos los que le pedían y se quejaban, respondió Su Majestad: «Si á todos los que me piden diese, presto pediría yo». Solía decir era notable falta, no sólo quebrar la fe con el contrario, cuando intervenía la tregua, pero la sospecha de quebrarla. Estando en la cama el Duque de Alba, de la enfermedad de que murió, le visitó Su Majestad, y dijo: «Este hombre es gloria de la nacion Española», y ello fue así, pues todos los que escriben de varones ilustres por la milicia, afirman haber sido el duque don Fernando uno de los mayores capitanes que el mundo tuvo en su tiempo, como lo manifestó en todas las ocasiones. Para acabar las cosas de Aragón, llamó a Cortes generales de aquel Reino y señaló para ellas la ciudad de Tarazona. Por estar achacoso partió a ellas con poca salud, y aunque los médicos le aconsejaban no caminase, no desistió de su intento, respondiéndoles: «Si muriere en este viaje, moriré cumpliendo con las obligaciones de mi oficio». No permitía se tratase mal de ninguna persona en conversaciones, diciendo: «No habia bueno que no pudiese ser mejor, ni malo que no se pudiese empeorar». Pareciéndoles a muchos no ser a propósito el sitio de Madrid para corte de Su Majestad y preguntándole cómo se podría conservar, respondió: «mudándola», y fue pronóstico de lo que después sucedió en tiempo de su hijo. Entró un día don Diego de Córdoba en la cámara, muy sentido de haber visto vender públicamente unos malos retratos de Su Majestad, y le suplicó mandase de allí adelante que ningún pintor hiciese retrato suyo y de su prole regia, si no fuese Alonso Sánchez, u otro famoso de su Corte, a ejemplo de Alejandro Magno, que no quiso que lo retratasen sino Apeles y Lisipo; el uno en lienzo y el otro en bronce. Respondiole Su Majestad: «dejaldos ganar de comer, que ya que retratan mal nuestros rostros, no retratan nuestras costumbres». Solía decir Su Majestad «el tiempo y yo» para otros dos, significando en esto, que vale mucho el tiempo, pues sin él no se obra cosa de provecho y tiene grande espera. Decía que, para que saliesen con acierto los negocios, era menester premeditarlos primero con la consideración y con el largo discurso, y que no todos los estómagos eran capaces de digerir grandes fortunas, ora fuesen prósperas, ora adversas; pues para lo uno era menester la modestia, y para lo otro la igualdad del ánimo. Pasando por la vega de Toledo y viendo unas casas muy suntuosas y bellas, preguntó «cuyas eran», y diciéndole que de un secretario suyo, dijo: «gran jaula para tan chico pájaro». Decía que a no ser rey, no apeteciera el ser duque ni conde ni marqués, sino ser un caballero de hasta seis u ocho mil ducados de renta, desobligado de las cargas y obligaciones de los titulados y grandes señores. Escribiéndole un rey moro que desistiese de cierto intento, que se trazaba en su daño, donde no le impediría con su armada la especiería que le venía de la India. Respondió «que no importaba nada, que en su Reino tenia otra especie de grande importancia, que era el ajo, con que se hacian fuertes sus soldados». Lo mismo se respondió en un capítulo de Cortes tratando en él de que entrase especiería de fuera del reino en España, y fue la respuesta: «que buenas especies producia España, pues era abundante de ajos». Haciendo donaires de las mentiras que se dicen en la Corte, solía preguntar: «qué hay de nuevo en la Córte, cuando dicen que hago jornada?» Echándose a dormir una tarde en que había de ir a unas fiestas, dijo a don Diego de Córdoba: «que lo despertase á tiempo». Don Diego se quedó dormido en una silla; despertó Su Majestad y llegando a don Diego que estaba dormido, le dijo: «despierte vuestra Majestad que ya es hora». Respondió don Diego: dejadme dormir don Diego que no es tarde. Caminando para Flandes siendo príncipe, desde Colibre fue a ver el condado de Ruisellón y durmió una noche en el castillo de Perpiñán, donde fue muy bien hospedado del Alcaide, que era don José de Guevara. Suplicáronle los de Helna que entrase en la ciudad, para hacerle recibimiento que pudiera costar caro; porque al pasar de una puerta disparó un tiro grueso, y derribó unos ladrillos que cayeron junto a Su Alteza; y uno dio tal golpe en la cabeza a uno de sus lacayos, que lo derribó en tierra. Su Alteza con su acostumbrada gravedad y modestia, dijo: «Temprano os prueba la tierra», y mandó que lo alzasen y llevasen a curar sin alteración ninguna, lo que no hicieron todos, pues algunos se alborotaron y temieron notablemente el caer de los ladrillos; y el lacayo se quedó muy mal herido, y se estuvo curando cuatro o cinco meses. Partió Su Alteza de Colibre y se hizo a la vela, y anduvo la armada dos días y una noche, con viento tan contrario que estuvieron para volverse a tierra y se cree que lo hicieran, si Su Alteza no los animara diciendo: «Porfiad, que cansarse tiene el enemigo». Y así fue, que a su instancia y fuerza de remos salieron de España, para hacer aquella jornada tan necesaria. Estando comiendo en su palacio de Madrid, asistía entre los demás criados y ministros, un truhán, que se fue a arrimar a un paño francés que cubría una chimenea, pensando que se arrimaba a pared y dio una buena caída, que causó risa a todos los que servían a la mesa real. Su Majestad con gran serenidad, le dijo: «castigo es de vuestra descortesía, pues nadie puede estar arrimado donde yo estoy». Respondió el truhán agudamente: razón tenéis, pero juro a Dios, que son tales como esto los arrimos de palacio. Este dicho atribuyen algunos al príncipe don Carlos su hijo. Comiendo el Conde de Ribadeo con Su Majestad día de los Reyes, que es preeminencia de su casa sentarse este día a comer con el Rey desgorrado y en banco raso, se le olvidó de llevar un deudo suyo que le diese de beber, porque no lo han de hacer los caballeros de la boca, que sirven la copa a Su Majestad. Hacía señas el Conde que le diesen de beber y todos le respondían con la cabeza que no querían; a esta causa, comió con gran trabajo, por ser muy viejo y sin dientes. Acabada la comida, trajeron dos palillos para los dientes, uno muy grande y muy galán con muchas labores, y otro pequeño ordinario. Tomó el Rey el pequeño y el grande hubo de tomar el Conde. Estúvole mirando y dando vueltas, y cortó la punta dél y lo demás se lo dio a Su Majestad, diciendo; sírvase Vuestra Majestad se me de otro tanto de vino, que para los dientes que tengo esta punta me basta. Respondió Su Majestad: «tráiganle vino». Juzgando ser cosa justa, que vendimiase quien había podado también. En consecuencia de esto, este presente año de mil y seiscientos y veinte y seis, comió con el rey don Felipe cuarto nuestro señor, día de los Reyes, el Duque de Híjar, como Conde de Ribadeo, sentado en un banco raso desgorrado, sirviole la copa un Acroy; llevó grandioso acompañamiento cuando fue a palacio, llevándole el Marqués de Liche, a su lado. FIN
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