Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-EspañaTomo II Francisco Javier Alegre
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«Salimos a nuestra empresa (dice el mismo padre Juan Laurencio) a 26 de enero de 1609, habiéndose antes promulgado bando, que en aquel día ni en todo el antecedente saliese de la ciudad negro alguno que pudiese dar aviso de nuestra marcha a los alzados. Éstos a la sazón andaban tan insolentes, que en aquellos mismos días habían robado y prendido fuego a una estancia de campo, aunque no pudieron —11→ hacer presa en la gente que se salvó por los pies. Pasaron luego a una pastoría, donde robaron seis indias, llevaron preso a un español, y quitaron a otro cruelmente la vida, habiéndole abierto la cabeza y recogida con las manos la sangre que bebían con bárbaras supersticiosas ceremonias. Al prisionero llevaron consigo hasta el pie de la sierra donde tenían su campo, y habiendo dado aviso arriba, bajó el caudillo de los negros, que llamaban Yanga, al son de tambores y algunos otros ruidosos instrumentos. Yanga era un negro de cuerpo gentil, bran de nación, y de quien se decía que si no lo cautivaran, fuera rey en su tierra. Con estos elevados pensamientos, había sido el primero en la rebelión desde treinta años antes, en que con su autoridad y bellos modos para con los de su color había engrosado considerablemente su partido. Ya viejo, reservando para sí la administración civil y política, había fiado el mando de las armas a otro negro de Angola llamado Francisco de la Matosa, nombre del amo a quien servía. El cautivo español en la presencia del negro, temeroso que le diesen tan crudamente la muerte tomó a su compañero, esperaba ya por momentos la última sentencia. El Yanga entonces, no temas, español, le dijo, no morirás, pues has visto mi semblante. Mandó luego que le diesen de comer, y que se escribiese al capitán Pedro de Herrera y sus soldados una carta llena de soberbia, en que le decía, que ellos se habían retirado a aquel lugar por libertarse de la crueldad y de la perfidia de los españoles, que sin algún derecho pretendían ser dueños de su libertad: que favoreciendo Dios una causa tan justa habían hasta entonces conseguido gloriosas victorias de todos los españoles que habían venido a aprehenderlos. Que en asaltar los lugares y haciendas de los españoles no hacían sino recompensarse por fuerza de las armas de lo que injustamente se les negaba. Que no tenía que pensar en medios de paz, sino que conforme a sus instrucciones viniese luego a medir las armas con ellos, y para que no protestase su cobardía ignorancia de los caminos, le enviaba el portador a quien no habían querido dar la muerte porque le sirviese de guía y le excusase el trabajo de buscarlos. Mandó luego al español llevase aquella carta y condujese a los españoles hasta aquel mismo puesto: pero que se guardase de subir a lo alto de la sierra, sino quería morir con ellos. [Expedición contra ellos] Entre tanto nuestro capitán había pasado revista de su gente, y hallado cien soldados con otros tantos aventureros, ciento y cincuenta indios de arco y flecha, a que se agregaron después como otros doscientos —12→ hombres entre españoles, mulatos y mestizos, de las estancias vecinas. Caminando por rumbos extraviados entre lodazares y pantanos, por no ser sentidos del enemigo, se buscó un puesto acomodado y se fortificó una casa en que se guardasen todas las provisiones de guerra y de boca. En este intermedio los dos padres hicimos nuestro oficio procurando que toda la gente se pusiese bien con Dios, para que su Majestad hiciese la empresa, gastando todo el día y buena parte de la noche. Afligía sumamente al capitán la aspereza de aquellas sierras y la ignorancia del camino que debía seguir cuando llegó al real el enviado de los negros con su orgullosa carta. La primera diligencia que hizo el buen español fue confesarse, y comulgar con mucho reconocimiento del gran beneficio que Dios le había hecho en sacarlo con vida de las manos de tan crueles enemigos. Leída la carta marchó luego el ejército, domingo 21 de febrero, y se apostó junto a un arcabuco tres leguas distante del real de los morenos: al lunes siguiente descubrieron los batidores una cuadrilla de ellos que con gran prisa ensillaban algunos caballos, y su intento, según se supo después, era pasar a quemar un ingenio de azúcar en las cercanías de Orizava y ver si podían haber a las manos un negro de aquellas pastorías, noticioso de los caminos de la sierra, y al español que habían enviado con la carta arrepentidos de haber dado a los españoles una guía tan segura para acometerlos. Luego que sintieron a los enemigos, dejando algunos caballos, flechas y otras armas, huyeron a lo interior del bosque y dieron aviso a los suyos. Dentro de breve se oyó en lo alto de la sierra una espantosa algazara de hombres, mujeres y niños que clamaban, ¡españoles en la tierra, españoles! Con esta noticia, el capitán don Pedro González marchó hasta llegar a un río en campo llano y raso, de buenos pastos, desde donde se descubría el real de los enemigos colocado en lo alto de la sierra en ventajosa situación por naturaleza y por arte. Este día se ocupó la gente en cerrar nuestro campo con buena palizada, y en correr la tierra, con la ventaja de haber quitado a los negros buen número de caballos. Había bastante motivo de temer que en la ordinaria senda de la subida pusiesen alguna emboscada, o por algún otro camino la impidiesen; y así se pasó todo el día en buscar algún camino más secreto y más seguro. No hallándose, se resolvió el asalto para el día siguiente. Habiéndose confesado desde las tres de la mañana toda la gente que faltaba, marchó el ejército en tres trozos. El uno de los indios flecheros, que fuera de sus armas servían también —13→ de gastadores para ir con hachas y machetes abriendo el camino, la otra, de los arcabuceros y tropa reglada que guiaba por sí mismo el capitán: otra de los aventureros y demás gente advenediza que comandaba un alférez sobrino de don Pedro González. Por el camino se hizo a los enemigos bastante daño talando algunas sementeras de maíz, de tabaco y calabazas que por allí tenían. Llegando al pie de la sierra avanzaron algunos soldados recelosos de alguna emboscada. Se vio cuán prudente era su temor, porque llegando a un puesto, un perrillo que acompañaba la marcha sintió a los negros emboscados y avisó con el ladrido a su amo. El capitán, marchando sobre este aviso llegó a un sitio que tenía a su frente unas grandes peñas tajadas que por lo alto coronaba una ceja a modo de muralla, tras de la cual se encubría mucha gente, esperando que nuestros soldados se empeñaran más en la subida. Más adelanté, en el mismo camino, habían hecho una rosa de troncos; bejucos y maleza con que se embarazasen en el asalto. Aunque se conoció la estratagema no pudo encontrarse mejor camino, y hubieron de avanzar por aquella misma parte. Cuando el capitán y toda la tropa estuvo a tiro, comenzaron a disparar con flechas, con piedras y con troncos, de tal manera, que pareció milagro haber quedado algunos con vida. Sobre el capitán don Pedro González arrojaron a plomo un peñasco que evitó con poca declinación del cuerpo; pero apenas volvió para animar su gente que desmayaba, cuando otra grande losa, raspándole por las espaldas lo llevó de encuentro cuesta abajo, hiriendo malamente al paje de armas que lo acompañaba. A las voces de un esclavo suyo se creyó que había muerto; pero él, aunque con mucha pena, procuró levantarse y animar a los suyos, diciendo en alta voz, vivo estoy y sano gracias ni Señor, ¡valor compañeros! De los dos padres que llevando consigo el Santo Cristo y los Santos Óleos seguían al ejército, al uno dio una piedra en la mejilla, al otro, que fue el padre Juan Laurencio, lastimó ligeramente otra, y más una flecha que le penetró no poco en una pierna de que tuvo que padecer muchos días. A pesar de tan vigorosa resistencia que sostuvo el capitán con la primer columna, llegando después la retaguardia con otro grande trozo de indios flecheros, los enemigos hubieron de desamparar la emboscada y retirarse con precipitación a su campo, distante aun media legua de aquel sitio. En este corto tramo crecía a cada paso la dificultad con los nuevos reparos que habían hecho en todo aquel camino. Para estrecharlo más habían impedido con grandes troncos, cortaduras y peñascos, —14→ el uno y otro lado, no dejando sino una senda angosta, y ésa con algunas puertas de trecho en trecho amarradas con fuertes bejucos que no pudieron vencerse sin grande dificultad, y que hubieran costado mucha sangre, si los emboscados hubieran tenido el valor de defender alguno de aquellos pasos, y no hubieran procurado saltarse tan aprisa. [Suceso de la tropa] Después de esta derrota, ya con seguridad de parte de los enemigos, y vencido lo más áspero, estrecho y peligroso del camino, se marchó confiadamente al real de los Negros. El Yanga, que por su edad no estaba ya capaz de las fatigas militares, se había quedado en el pueblo y recogídose con las negras e indias cautivas a una pequeña iglesia que tenían, donde con candelas encendidas en las manos y unas flechas, hincadas delante del altar, perseveraban en oración mientras duraba la pelea, que al fin, aunque facinerosos y perversos, obraba en ellos aun el amor y la veneración a las cosas sagradas. Mientras practicaban sus devociones llegó un aviso al Yanga que en el avance del peñol habían sido derrotados los españoles con muerte del capitán y muchos de los suyos. Breve tuvo el pesar de desengañarse con la noticia, y aun con la presencia de los fugitivos que pusieron en consternación todo aquel pueblo. El Yanga los detuvo para que con sus mujeres e hijos no tomasen luego la fuga. Decíales que aun vencido el peñol tardarían tres días para vencer las dificultades de aquel corto camino. Apenas había pronunciado estas palabras cuando oyó la algazara de los indios amigos y la vocería de soldados que estaban ya sobre el pueblo. Desamparáronle luego con prisa y huyeron a los bosques vecinos, dejando la ropa, las armas, y aun la cena que tenían prevenida para aquella noche. Entrando los nuestros en el pueblo nos encaminamos luego a la iglesia, persuadidos todos a que el haberse puesto bien con Dios por medio de los Santos Sacramentos había sido causa de la victoria. La entrada fue cerca de la noche. No se hizo poco en curar los muchos heridos y procurar algún refresco a tantas gentes fatigadas. Se prendió fuego a más de sesenta casas, reservando la iglesia y algunos otros edificios para que sirviesen de cuarteles. En medio de la población estaba un árbol muy alto y en su copa una a modo de Pavia desde donde se descubría mucha tierra y les servía de atalaya. Nueve meses había solamente que ocupaban este puesto y se veían ya plantados muchos plátanos y otros árboles frutales, muchas sementeras de maíz, de frijol, de tabaco, de batatas, algodón y otras legumbres, mucha abundancia de gallinas, gran número de ganado, y algunos telares en que —15→ trabajaban las mujeres mientras que los hombres la mitad se empleaba en la labor del campo, y la otra mitad estaba destinada a la profesión de las armas. Los despojos que se hallaron en el pueblo fueron considerables en ropa, espadas, mucho maíz y otras provisiones de boca, algunos fusiles y no poca moneda. [Conclusión de la empresa y origen del pueblo de San Lorenzo] El piadoso capitán, convidándolos con la paz, hizo levantar en un lugar eminente una bandera blanca; pero viendo que permanecían en su obstinación determinó seguir el alcance, dejando alguna guarnición en aquel puesto ventajoso. Alcanzó una cuadrilla de los alzados con quien hubo un pequeño choque con pérdida de algunos españoles, y más de los negros, a quienes faltó en este lance uno de los más bravos oficiales, que atravesado de muchos balazos, vino a caer de lo alto de la cuesta, y por más prisa que me di para ayudar a esta alma, cuando llegué ya había expirado. Volvió el capitán a levantar bandera blanca dejando una cédula firmada en que les concedía perdón general. Aquí se supo como el Yanga iba con su gente hacia otra ranchería donde antes tenían su habitación, y que estaba muriendo en el monte uno de sus principales caudillos a quien él había hecho maestre de campo. Marcharon los españoles al primer puesto que habían ganado de los negros, desde donde obró, talándoles los campos y fatigándolos con correrías continuas en que salían siempre con ventajas. Los padres en este intervalo nos empleábamos en hacer una misión que fue muy provechosa. Los soldados se acomodaban fácilmente a los ejercicios de piedad y gustaban de ellos viendo que se pretendía su bien y se les trataba con suavidad y con amor, y las cabezas eran los primeros en acudir a tan santas obras». |
Hasta aquí la relación del padre Juan Laurencio, que llamado del padre provincial Rodrigo de Cabredo hubo de dejar aquella expedición para venir a acompañarle en la visita de la provincia. El padre Juan Pérez, que quedó en el campo, prosiguió las mismas prácticas de piedad que había entablado su fervoroso compañero. Todas las mañanas oían misa los soldados, y se les hacía luego una breve plática acomodada a su profesión. Después de esto quedaban en la iglesia los indios, rezaba el padre con ellos la doctrina cristiana, y se les explicaba alguno de los más sustanciales y necesarios puntos. A la tarde se visitaban los enfermos, rezaban todos juntos en la iglesia el rosario de nuestra Señora y la letanía de los Santos, a que se añadía los viernes algún ejemplo a propósito para la reforma de las costumbres que terminaba en una sangrienta disciplina. Una conducta —16→ tan cristiana no podía dejar de atraer sobre aquellos piadosos soldados todas las bendiciones del cielo. [Capitulan los negros con el gobierno virreinal] En efecto, después de varios encuentros en que cada día se debilitaba más y más el partido de los negros, hubieron de resolverse finalmente a escribir al virrey proponiéndole algunas capitulaciones, que fueron; lo primero, que el Yanga y sus principales compañeros entregarían desde luego a todos los esclavos fugitivos que se hallasen en su campo: que para impedir en la serie el que aquella serranía sirviese de refugio a los esclavos forajidos, se les concediese a todos los libres otro puesto acomodado, no distante del que habían ganado los españoles donde pudieran alojarse con sus hijos y mujeres, obligándose a no permitir entre ellos algún negro esclavo, y a buscarlos y recogerlos por aquellos montes para entregarlos a su dueño por una corta paga. Protestaban, finalmente, que su intención no había sido faltar a Dios ni al rey, de quien eran y serían siempre muy fieles vasallos: que para conservarse en una y otra dependencia, Su Excelencia se digna de señalarles algún cura a quien reconociesen en lo espiritual, y alguno que hiciese oficio de justicia para el gobierno político de aquella población. El prudente virrey tuvo por bien condescender con esta súplica, concediéndoles el sitio en que está hoy el pueblo de San Lorenzo, a pocas leguas de la villa de Córdova, que se fundó después por los años de 1618. La administración espiritual se agregó al beneficiado más cercano del partido que llaman de la Punta, y los negros han perseverado desde entonces en pacífica posesión de aquella tierra, con bastante tranquilidad y subordinación a sus legítimos superiores1.
[Visita de Guatemala] Muy a los fines de este año, habiendo venido de nuestro muy reverendo padre general licencia para que se contase como casa y residencia de la Compañía, y se añadiesen nuevos sujetos a la que se tenía en Guatemala, pareció necesario enviar un visitador que diese una cuenta exacta y circunstanciada del estado de aquella fundación. Cometiose esta ocupación importante al padre Cristóbal Bravo, quien desempeñando su comisión, escribe así al padre Martín Peláez. «Llegué a mediados del diciembre pasado de 1608 a esta ciudad de Guatemala con salud, gracias a Dios, donde los vecinos me recibieron mostrando el mucho afecto que nos tienen, visitándome el señor obispo y ambos cabildos, eclesiástico y secular, el presidente y oidores. Hanme pedido —17→ con grande instancia que la Compañía haga asiento en esta ciudad y ponga estudios de propósito, y en lo que más han insistido es en que se pusiese escuela de leer y escribir, porque desean mucho que sus hijos se críen desde niños con la doctrina de la Compañía y salgan desde la escuela al estudio, quedándose siempre entre los nuestros, y esto lo piden con tantas veras como si estuviera en ello su felicidad, honra y hacienda, y oidor hubo recién venido de España que me dijo, que si no supiera en Sevilla que había padres de la Compañía en Guatemala no habría venido a ella, y luego que llegó envió un hijo que tenía de ocho años al superior de esta residencia, pidiéndole con grande instancia que lo criasen allí porque no había de enviarlo a otra parte, con lo cual el padre rector se vio obligado a recibirle, y que aprendiese en la casa a leer. Con mi venida se han asentado las cosas como en cualquier colegio, con mucha edificación de los de fuera y provecho de los nuestros. Se ha acomodado otra Iglesia mayor y capaz para todo, porque la que había no abarcaba la gente que de ordinario concurre a confesar y comulgar, y aquí se hizo este año la fiesta de la Circuncisión con extraordinario concurso. Se conoció bien la mucha gente que hay en la ciudad y lo mucho que se puede trabajar en ella para gloria de Dios. También se vio la mucha devoción que nos tienen, pues siendo costumbre desde que se fundó esta ciudad celebrarse este día en la catedral e ir a ella el presidente con los nuevos alcaldes y regidores, todo este acompañamiento vino ahora a la nueva iglesia de la Compañía. También se hizo de esta casa una misión a algunos pueblos de indios con grande servicio de nuestro Señor, y se podrá con su ayuda, continuar de cuando en cuando con notable provecho».
Hasta aquí el padre Cristóbal Bravo, primer visitador de Guatemala, donde por la suma distancia no podían llegar en sus ordinarias visitas los padres provinciales, y mucho más después que con la agregación de otros colegios ha crecido tanto la provincia. Este empleo se ha continuado hasta ahora añadiéndole la visita del colegio de ciudad real y ultramarinos, de cuyas fundaciones hablaremos en sus respectivos lugares. A la vuelta de su visita halló en la provincia al padre Rodrigo de Cabredo, que después de haber ejercitado este lustroso cargo, y gobernado con grande acierto la provincia del Perú, pasó por orden de nuestro padre general a ésta de Nueva-España, a que llegó el día 23 de marzo, habiendo desembarcado a 3 del mismo en el puerto de Acapulco.
—18→[Muerte del hermano Juan de Verentia y del padre Pedro Sánchez. Su elogio] El colegio máximo muy a los principios del año, perdió en el religioso hermano Juan de Verentia, un perfecto ejemplar de hermanos coadjutores. Llamado a la Compañía por una voz del cielo, se esforzó en ella a corresponder de un modo que hizo muy creíble su maravillosa vocación en el continuo estudio de los ejercicios espirituales, en observancia de las más menudas reglas, en pobreza, trabajo, ejercicios de humillación, y una amable sinceridad, digna de que la Madre de Dios le favoreciese con singulares gracias. Murió el día 3 de enero. El dolor de esta pérdida, propia del colegio de México, se extendió poco después a toda la provincia con la muerte del padre doctor Pedro de Sánchez, primer padre fundador y provincial de nuestra provincia, y primer prepósito de la casa profesa. Fue sujeto de una consumada prudencia en el gobierno, digno de que recayese en él la elección del santo Borja, y de ser la primera piedra de una provincia tan religiosa: suave sin debilidad, entero sin dureza, grande maestro de espíritus, que manejaba con un singular discernimiento. Su virtud y sus letras le hicieron respetar de las personas más autorizadas que hubo en su tiempo en México. Su grave y nerviosa elocuencia le hizo admirar en los últimos años de todo género de personas en la ilustre congregación del Salvador, a que dio principio y en que se ejercitó muchos años. La cualidad de padre y fundador de la provincia, no le sirvió jamás sino para ser el primero en las penosas distribuciones, y en la observancia rigidísima de las ordenaciones más mínimas. En atención a su cansada edad y la importancia de su salud, determinaron los superiores poner otro padre que le aliviase en ciertos días la carga de la congregación, y aun esto apenas pudo conseguirse por la instancia con que el público lo pedía, y la veneración que tenían a su persona. Impedido de sus años y achaques para el ministerio del púlpito, pasó a maestro de espíritu de nuestros hermanos estudiantes en el colegio máximo. Cuidando de la apena perfección, creció mucho en la propia y se preparó dignamente para el descanso eterno, a que pasó, según creemos, el día 15 de julio de 1609.
[Beatificación de Nuestro Santo Padre y sus solemnes fiestas] La memoria de un golpe tan sensible a toda la provincia de Nueva-España, no parece que podía borrarse enteramente, sino con un motivo de alegría igual al que se recibió el año siguiente con la noticia de beatificación del fundador y padre de la universal Compañía. Llegó a México esta nueva feliz, a tiempo que estaba ya para concluirse la fábrica del templo de la casa profesa. [Dedicación de la iglesia de la profesa. Año de 1610] Era muy doloroso a los padres —19→ no dedicar el nuevo templo con una solemnidad tan plausible; pero la no parecía poderse concluir en el tiempo que faltaba, ni se habría concluido, si el excelentísimo señor marqués de Salinas, con el grande afecto que mostró siempre a la Compañía, no hubiera mandado entrar en la obra doscientos hombres, y acalorado con su protección y tal vez con su presencia los trabajos. Con este socorro se logró en efecto acabar la iglesia para el día 31 de julio. Desde mucho tiempo antes luego que llegó la bula autorizada, víspera de los santos apóstoles San Pedro y San Pablo, se comunicó la nueva al pueblo por un alegre y general repique de todas las campanas de la ciudad, a que siguieron luminarias, fuegos de artificio, con otras muchas demostraciones de regocijo en que quisieron tomar no pequeña parte las sagradas religiones, cuerpos y sujetos más ilustres de México. Se dispuso en el templo junto al altar mayor soldado del Evangelio otro más pequeño en que estaba una primorosa estatua de nuestro padre, vestido de terciopelo negro, bordado de oro y de la más rica pedrería, con un Jesús en la mano de la misma materia. El adorno solo de la estatua se avaluó en cuatrocientos mil ducados2. A proporción estaba el altar mayor, y todo el resto de la iglesia. El presbiterio lo coronaban grandes blandones y fubetes de plata y ébano con braceros, en que se quemaban inciensos, ámbares, y otros de los más preciosos, exquisitos y suaves perfúmenes. Entre el innumerable tropel de gentes, que desde las dos de la tarde concurrió a nuestra iglesia, apenas podían los guardias que se pusieron en las puertas hacer lugar al ilustrísimo señor arzobispo, al señor virrey, real audiencia, cabildos y religiones. Entonó las vísperas el señor arzobispo desde su sitial, a un lado del altar mayor, y prosiguió el coro de la catedral, y las más raras habilidades de esta capital en voces e instrumentos. Acabadas las vísperas salió todo el ilustre concurso a una alta lonja que había a la puerta del templo para ver cinco carros triunfales que esperaban para partir de allí a discurrir por toda la ciudad y que conducían los personajes que el día siguiente y por toda la octava debían representar los cinco triunfos que por sí y por medio de su religión había conseguido el santo fundador. El primero, de la juventud perdida; el segundo, de la ignorancia; el tercero, de la herejía; el cuarto, de la gentilidad; y el quinto, de la reforma en todos los estados. Ocupaban los carros con vistosísimo adorno —20→ y suavísima armonía de instrumentos, setenta y dos niños, la flor de la juventud mexicana, y de nuestros estudios en gracia, en habilidad y en nobleza. Duró el paseo hasta la oración de la noche, y entrada ella, continuaron fuegos, luminarias, repiques, máscaras y concurso de gente a ver los varios adornos que se prevenían en las calles para el siguiente día.
[Demostraciones extraordinarias de regocijo en celebridad de San Ignacio en México] A las ocho de la mañana comenzó a salir de la catedral la procesión con toda aquella lucida caravana que nos había favorecido el día antes, a que se añadieron todas las cofradías de la ciudad. La de los negros que estaba a cargo de los religiosos de la orden de predicadores, que inspirada de aquellos religiosísimos padres, había prevenido a la salida de la catedral un castillo portátil que tiraban veinticuatro salvajes vestidos con maravillosa propiedad. Al pisar el umbral de las puertas, doce sacerdotes, que bajo de palio llevaban sobre sus hombros las andas del Santísimo, se le hizo del castillo la primera salva con cuarenta y cuatro piezas. Luego rasgándose un globo hermoso en que terminaba, apareció la Santísima Virgen y nuestro padre San Ignacio, y después de una breve representación, que hizo uno de los salvajes, otros doce salieron en una vistosísima danza. A pocos pasos se veía un elefante de enorme grandeza, de cuyo vasto seno salieron repentinamente innumerables bombas, cohetes y otras muchas invenciones de fuegos. Al llegar a las casas de cabildo se veía una estatua gigantesca de un cuerpo y cuatro cabezas, que representaban los cuatro heresiarcas de aquellos tiempos, Lutero, Calvino, Zuinglio y Melanchton. Una estatua de San Ignacio colocada entre nubes sobre la azotea de las mismas casas, disparando un rayo que tenía en la diestra, prendió fuego a aquel infame monstruo entre las execraciones mezcladas de aplauso de toda la multitud. Esta ingeniosa invención, como la mayor parte del lucimiento y adorno y feliz disposición de los diferentes regocijos que ocuparon la ciudad aquellos días, se debió en gran parte a la devoción, capacidad y magnificencia del señor don García de Espinar, corregidor entonces de México. Por las demás calles estaban repartidos los cinco carros, en que sucesivamente con bellas y breves poesías se daban al Señor las gracias por las victorias que había concedido a su siervo Ignacio, y esto mismo publicaban mil curiosas invenciones de versos diferentes en metros e idiomas, que se veían repartidos en tarjas y vistosos carteles por las cuadras. El triunfo de la herejía se representó a las puertas del templo de los religiosos de San Agustín sobre un —21→ capaz y bien adornado teatro, en que se veían la fe con tiara pontifical, y el glorioso doctor San Agustín, que tenían en medio y coronaban de su mano a nuestro santo padre Ignacio. En medio de las cuatro esquinas estaba un arco de bella arquitectura que terminaba en un globo. Éste, abriéndose y regando al mismo tiempo el suelo de infinidad de flores, manifestó dos hermosos niños vestidos de San Nicolás Tolentino y San Ignacio, que se daban afectuosamente los brazos. Doce de los más graduados religiosos con capas de brocado, incensarios dorados y cruz alta, salieron a recibir al Señor, cantando el Te Deum, y a su retirada se prendió fuego a un castillo que se veía sobre la torre, una de las más altas de la ciudad. A este tiempo salió de nuestra iglesia la estatua de San Ignacio. Marchaban por delante una compañía de ciento y cincuenta caballeros, cuyo costo en los vestidos se avaluó en más de ochenta mil pesos. Eran estos todos vizcaínos, de las personas más distinguidas y más ricas de la ciudad, y llevaban a su frente al oidor, decano de la real audiencia, de una de las casas principales de la provincia de Guipúzcoa. Seguíanse otros ciento y ochenta de los miembros más ilustres de la congregación del Salvador, con hachas en las manos. Al entrar el Señor en el nuevo templo, un Jesús, despidiendo rayos, bajó de lo más alto de una de las torres, y prendió fuego a un gigante de pólvora, ceñido de una sierpe de lo mismo, que significaba la gentilidad.
Colocado en su lugar el Santísimo Sacramento y la estatua de nuestro santo padre, seis antiguos patriarcas con otros tantos personajes, relativos a las virtudes en que más habían resplandecido, se levantaron sucesivamente de los vistosos teatros que ocupaban en las pilastras de la nave principal, y vinieron a ofrecer a la Divina Majestad, en nombre de San Ignacio y de sus hijos, aquel templo, y a darle las gracias de la infinita benignidad con que había venido a honrarlo. En la misa predicó de las glorias del nuevo bienaventurado el ilustrísimo señor arzobispo don fray García Guerra, que con su cabildo, prelados de las religiones y otras muchas personas, honró después nuestro refectorio. Muy semejantes fueron en todo a este día los siguientes de la octava, que tomaron a su cargo el cabildo eclesiástico y sagradas religiones, fuera de dos días, de que quiso encargarse la nobilísima nación vizcaína. Túvose por una señal nada equívoca de lo mucho que el Señor se agradaba en los obsequios que se hacían a su favorecido siervo San Ignacio, que habiendo sido desde fines de mayo continuas y copiosísimas —22→ las lluvias, desde la víspera hasta cerrarse la octava estuvieron los días serenísimos, sin aguas ni temor de ellas, prosiguiendo poco después con la fuerza que es en ese tiempo tan regular en estos países. Fuera de ésta, no faltaron señales aun más admirables y decisivas que animaron mucho a la devoción del santo fundador de la Compañía. [Prodigios del santo] Una señora principal, saliendo de nuestra iglesia, cayó del coche tan improvisamente, que no dio lugar a detener las mulas. Al caer invocó llena de confianza a San Ignacio, y aunque le pasó la rueda por parte del brazo izquierdo, el hombro y la cabeza, se levantó sin más lesión que una contusión muy ligera, aun yendo el coche cargado, y habiéndole dejado impresa en la ropa la señal de la rueda. Con esta casa parece quiso manifestar el santo cuánto agradecía los inocentes júbilos que se hacían a su honor. El marido de esa misma señora ensayándose para correr la sortija (diversión que los nobles vizcaínos dispusieron para el último día) en un caballo furioso, se le desbocó con tal ímpetu, que se estrelló contra una pared y sacudió de sí al jinete. Corrieron todos creyendo hallarlo muerto, o aturdido al menos, y maltratado del golpe; pero él que había llamado en su corazón a San Ignacio, se levantó muy en sí y enteramente sano, y vino luego a dar las gracias con todos sus compañeros a su santo protector.
Este mismo favor experimentaron en aquellos días mismos muchas otras personas. Una infeliz mujer estaba ya en las últimas agonías, atravesada la criatura y sin fuerzas, al rigor de los continuos y recios dolores. Un piadoso asistente le aconsejó que llamase a San Ignacio, refiriéndole algunos prodigios de aquel mismo género. Hízolo en su corazón, que aun para hacerlo en los labios le faltaba el aliento, y luego al momento parió sin lesión alguna suya o de la criatura, un niño hermosísimo, a quien en memoria del beneficio puso el nombre de Ignacio. Otra, con solo la misma diligencia, arrojó la criatura ya comenzada a corromper, y que según el juicio de los médicos tenía ya cuatro días de muerta en el seno de su madre, la que sin embargo quedó enteramente sana. Por más de veinte horas tuvo otra señora atravesada la criatura con gravísimos dolores, e igual riesgo del hijo y de la madre. Acordose el marido de lo que había oído decir de San Ignacio, y de una firma suya, que se conserva como preciosa reliquia en nuestro colegio máximo. Mandó allá; pero creciendo por instantes los dolores, y pareciéndole que tardaba, escribió en una cédula el nombre del santo, y poniéndoselo a la enferma con vivísima fe, consiguió —23→ que arrojara al momento la criatura, quedando todos maravillados en las alabanzas al Señor, admirable en sus santos. Aun fue más maravilloso el caso siguiente. Yacía cuasi en los últimos términos de la vida un religioso de San Agustín, cuando oyó el solemne repique de nuestra casa profesa. Se le dio a entender la causa de aquella novedad, y se sintió interiormente animado a valerse de aquel nuevo santo. Le prometió rezar todos los días de su vida su conmemoración, si lo sacaba de aquel peligro. Sería como las siete de la noche cuando esto dijo, y a la mañana se halló tan perfectamente sano, que pudo levantarse de la cama e ir a dar con admiración de todo su convento las gracias al Señor en nuestra iglesia. Debemos contar entre los singulares favores en que por este tiempo quiso honrar a sus devotos nuestro glorioso padre, que estando cuando llegó la noticia de su beatificación la casa profesa muy gravada con nueve mil pesos que había tomado a rédito para la fábrica, y otros dos mil que se le habían prestado, y habiendo de empeñarse de nuevo para una función tan ruidosa, movió de tal suerte los ánimos de algunos piadosos, que para el día de su fiesta se halló enteramente desempeñada. Don Juan de Villaseca, secretario del ilustrísimo señor don Luis de Velasco en el Perú y en estos reinos, que falleció por aquellos días, dejó a la casa sin gravamen alguno, los once mil pesos, que justamente se necesitaban para satisfacer aquellos créditos, y por otra parte las limosnas de toda la ciudad fueron tantas, y tanta la parte que se tomaron las personas más ilustres en aquella solemnidad, que no hubo necesidad de nuevos empeños para salir con el mayor lucimiento, y cual apenas se había visto en la América.
[Frutos del colegio máximo y entrada en la Compañía del padre Alonso Guerrero] Aunque en el colegio máximo y demás de la provincia se ocupó una gran parte del año y aun del siguiente, en preparación para las fiestas que en todas partes se hicieron ruidosísimas, sin embargo no se faltó a la gloriosa ocupación de misiones y ministerios, como el más agradable y sólido obsequio que podía hacerse a nuestro santo legislador, antes tomando posesión de los altares, pareció haber infundido a sus hijos un nuevo espíritu, según se vieron aplicarse a su propia perfección y al provecho de sus prójimos. Se hizo una fervorosa misión al pueblo de San Juan del Río a petición de aquel beneficiado, que con expresiones muy encarecidas dio las gracias al padre provincial y engrandeció el trabajo y el fruto de nuestros misioneros. En lo interior de casa, fueron muy considerables los progresos de los estudiosos que el —24→ ilustrísimo señor don fray García Guerra honraba frecuentemente con su presencia, y no pocas veces con su doctísima réplica. Este ejemplarísimo príncipe, cada día más empeñado en dar a la Compañía nuevas pruebas de su amor y benevolencia, quiso ser protector de la congregación de la Anunciata en aquella parte que comprende los estudiantes de facultades mayores. Este ilustre ejemplo de amor y devoción a la Reina del cielo, tan propio del sagrado Orden de Predicadores, animó a muchas personas de carácter a alistarse entre los congregantes. Fue uno de los primeros el reverendísimo padre fray Bartolomé Romero, compañero de su Ilustrísima y de su misma religión, a que siguieron cuatro prebendados de la santa iglesia catedral. Por estos cinco insignes sujetos dio la congregación en este año treinta y siete a varias religiones, tan aplicados a los ejercicios espirituales, a la mortificación y a las demás virtudes religiosas, que era voz común entre los prelados que no necesitaban de la instrucción del noviciado los que venían de la congregación de la Anunciata. Entre los dichos treinta y siete, cupieron tres a la Compañía. Uno de ellos fue el espiritual y devoto padre Alonso Guerrero, nieto del señor don Melchor de Villaseca: la flor de la juventud, la gentileza del cuerpo, la gracia y favor de los excelentísimos virreyes, el cultivo en todas las artes libres, singularmente en las matemáticas, la nobleza de la sangre y la opulencia del más grueso mayorazgo que había entonces en la América habían fijado en él los ojos de toda la ciudad. Por estas razones pareció al padre provincial no admitirle sin expresa licencia del virrey. Este noble señor la dio con mucho gusto, añadiendo lo que en semejante ocasión a San Francisco de Borja el emperador Carlos V, que tendría más envidiosos que imitadores.
[Muertes de varios sujetos] A los referidos frutos que dio nuestro Señor al colegio de San Pedro y San Pablo debemos añadir las muertes de seis sujetos que su Majestad llevó para sí, y que todos dejaron no pocas esperanzas de su eterna felicidad. Dos sacerdotes y cuatro hermanos coadjutores. Entre todos resplandeció singularmente la virtud del padre Hernán Gómez, infatigable operario de indios en Tepotzotlán y San Luis de la Paz. Para aprovechar con la voz de muchos ministros, redujo a arte y compuso un copioso diccionario de la dificilísima lengua otomí. Fue extremamente pobre y humilde, y de un tenor tan igual y constante en el cumplimiento de sus reglas y ejercicios de todas las virtudes religiosas, que nunca pudo distinguirse cuál era en la que más sobresalía, y la que hacía, —25→ digámoslo así, el carácter de su grande espíritu. Algunas personas fidedignas dentro, y fuera de casa, vieron sobre la iglesia y colegio extraordinarias señales del ciclo al tiempo de su muerte. La más notable y autorizada fue la que vio el citado padre fray Bartolomé Romero, presentado del Orden de Predicadores, compañero inseparable, y muy semejante en el espíritu al ilustrísimo señor don fray García Guerra, arzobispo de México. Saliendo de su fervorosa oración el día 2 de setiembre por la mañana, desde donde se veía el cimborrio de nuestro templo, vio levantarse sobre él una blanca y delgada nube que caminaba hacia el Oriente, de donde poco después en forma de una escalera la vio doblar hacia el zenit y perderse en una inmensa altura. El júbilo y más que humano consuelo que sentía en su espíritu a la vista de aquel fenómeno, lo hizo reflejar con mayor atención. Oyendo después doblar en nuestra casa preguntó quién había muerto. Dijéronle que un padre muy recomendable por su virtud y por los trabajos padecidos por la salud de los indios. En efecto, dijo el buen religioso, el difunto debió de ser un grande santo; y refirió con admirable sinceridad lo que había visto, no dudando fuese relativo a la persona del padre Hernán Gómez, y señal de la gloria a que inmediatamente había subido de la cárcel del cuerpo. A la diligencia y cultivo de semejantes obreros no es mucho se viesen en los indios tan raros ejemplos de virtud. [Ministerios en San Gregorio] Una doncella joven se había criado a los pechos de la devoción, en frecuencia de sacramentos, en castidad y obsequios de la Santísima Virgen, a esmero de uno de los padres de San Gregorio. El demonio, que con todos sus ardides no podía hacer presa en aquella alma inocente, determinó hacerle guerra por medio de sus padres. Tratábanla como a una esclava, y llegó a tanto el odio con que miraban su virtud, que llegaron a resolver entregarla a algún deshonesto que corrompiese su corazón, y la apartase del camino de la salud. [Suceso extraordinario ocurrido en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe] No habiendo podido lograr su mal intento, el padre inhumano la sacó un día de la ciudad con el piadoso pretexto de ir a visitar el célebre santuario de Guadalupe. Pero antes de entrar en el templo la llevó al monte, y amarrándola fuertemente a un tronco, comenzó a descargar sobre ella cruelísimos golpes. No permitió la Santísima Señora que en aquel lugar santificado con su presencia, se insultase tan impunemente a la castidad y a la virtud de su sierva. A pocos golpes que había descargado sobre su hija aquel bárbaro, vio junto a sí un jayán negro y espantoso que comenzó a descargarlos sobre él con tanta fuerza, que a poco rato cayó en tierra aturdido del —26→ susto y del dolor. A los gritos que había dado, concurrió alguna gente de los vecinos del santuario que está a la falda. Hallan al hombre fuera de sentido y a la infeliz doncella amarrada. A sus preguntas no respondió sino con un modestísimo silencio, por no manchar el honor de su padre. No estuvieron mucho tiempo en la duda, porque volviendo en sí a poca diligencia aquel indio se arrojó a los pies de su hija pidiéndole perdón con muchas lágrimas, que pasaron después a derramar uno y otro en presencia de la Santísima Virgen con acciones de gracias. Otra virtuosa viuda resistió por muchos días a las solicitudes de un hombre infame. Corrido del desaire y ciego de la pasión intentó hacer violencia a la honesta matrona; pero Dios que protegía a su sierva quitó las fuerzas a aquel lascivo y las dio a la débil mujer para que como una ligera pluma lo apartase de sí. El mismo, arrepentido, afirmó después con juramento haberse hallado repentinamente tan debilitado, que no podía aun levantar los brazos. A estos grandes ejemplos de virtuosa castidad añadamos un caso admirable con que quiso nuestro santo padre Ignacio favorecer la buena fe de estos indios. Un niño, a quien por devoción al Santo se había dado el nombre de Ignacio, llegó a los últimos términos de la vida. Sus padres y su abuelo encendidas dos velas a nuestro padre, le pedían con lágrimas la salud del enfermo, a quien amaban tiernamente. Vuelven a verlo después de su oración y le hallan perdidos los pulsos y dando ya los íntimos alientos. Conformábanse con la voluntad del Señor, y daban ya las disposiciones para el entierro, cuando al anciano abuelo, oprimido de la melancolía, le sobrecogió un pasajero sueño. En él se le representó San Ignacio con un Jesús en la mano y su nieto en la otra diciéndole: No te aflijas, hijo, ni desconfíes, que tu nieto vive. A estas palabras despertó lleno de gozo el buen viejo, y dudando si era sueño o realidad lo que había visto, corrió al lugar donde estaba el cuerpo cubierto ya como muerto con un velo, le descubrió el semblante, y lo vio risueño y enteramente sano.
[Fiestas en los demás colegios] Estos repetidos prodigios de San Ignacio en México y en otras muchas ciudades de la América, hicieron tan plausibles las fiestas de su beatificación en todos los lugares donde había casa o colegio de la Compañía. En Guadalajara honró nuestro púlpito el ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Juan del Valle, monje de San Benito. En Oaxaca se debió mucho al ilustrísimo señor don Juan de Cervantes, que cantó aquel día misa pontifical, al señor don Cristóbal Oñate, corregidor de aquella noble ciudad, —27→ que quiso distinguirse tomando a su cargo costosas invenciones de regocijos públicos, y singularmente al esclarecido orden de predicadores, que en el sermón, en procesión, y en adornos de iglesia, contribuyeron con singular benevolencia al lucimiento de aquellos días. En los sujetos de casa se vio un nuevo fervor de espíritu, y un deseo tan grande y eficaz de la propia perfección, que según escribe el padre Juan Sánchez, rector de aquel colegio, no contentos con la hora de oración que todos tienen en la Compañía por la mañana, sin alguna orden o insinuación del superior ni algún otro motivo, se veían acudir todos por la tarde una hora o media, según lo permitían las ocupaciones de cada uno, a tener oración en la iglesia ante el Santísimo Sacramento. A este santo ejercicio atribuye el mismo padre en su carta la felicidad aun temporal del colegio aquel año, y las espirituales bendiciones que el Señor derramaba liberalmente sobre sus apostólicos trabajos con españoles e indios.
[Fervor de los misioneros] Semejantes aumentos de fervor y de celo se vieron en los colegios de Puebla, Guadalajara, Valladolid, y los demás; pero muy singularmente entre las misiones de gentiles a quienes la falta de todas las comodidades temporales suplía el Señor abundantísimamente con celestiales consuelos. El padre Martín Peláez, hablando a nuestro padre general de la visita de Guadiana: «llegué (dice) a visitar esta casa donde hice junta de los religiosos y padres graves de todas las misiones para asentar las casas, y dejar un superior de todas conforme a la orden de V. R. Sentí un grandísimo consuelo de ver a todos aquellos padres, en quienes se me representó muy vivamente el espíritu de los primeros de nuestra religión. Porque verdaderamente son vivos imitadores de ellos en la pobreza y desprecio de sí mismos, en los trabajos que padecen, y en el celo por la salud de todas aquellas naciones de gentes bárbaras, en cuya enseñanza andan ocupados. Son hombres deshechos de todas las comodidades humanas, y que solo buscan la mayor gloria de Dios y bien de aquellas almas, como hijos verdaderos de nuestro padre San Ignacio, y como tales recibieron con grande conformidad y consuelo todo lo que se dispuso y ordenó para el bien de las misiones, sin reparar en comodidad ni trabajo suyo». Concuerdan bien con estas expresiones las del padre Laurencio Adame, que habiendo llegado a Sinaloa escribe así: «Ha sido Dios servido, mi padre visitador, que llegase con salud a estas misiones, donde no creyera cuantas letras tiene la Compañía juntas con tan aventajada santidad. Visto he, padre mío, a —28→ unos santos viejos, muy decaídos de todo lo de este mundo, muy aficionados al trabajo y al padecer, de una suma pobreza que le quebraría a V. R. el corazón verlos tan rotos, tan descalzos y tan necesitados de todo, como andan errantes in mellotis, in pelibus caprinis, quibus dignus non est mundus. ¡Gloria a Dios que sabe en medio de las soledades y aflicciones darles tanto gozo y consuelo! He hallado, mi padre, el buen atajo para la perfección, que no querría perder la ocasión presente por mi poca virtud. Dígolo, porque estos días pasados hubo noticia de que estos indios del partido de Sinaloa quisieron quitar la vida al padre Cristóbal de Villalta, que me ha cabido por mi compañero en seis pueblos que tenemos a nuestro cargo, veintidós leguas de la villa, y todos llenos de gente feroz y belicosa. ¡Ojalá fuera mi Dios servido de que no fuesen solas amenazas, sino que llegásemos a derramar la sangre por Jesucristo! V. R. se lo pida a nuestro Señor, que yo por mis defectos no me atrevo. Vimos, mi padre, en conclusión en el discurso de nuestro viaje las misiones de Topía y Tepehuanes, y aunque había falta de regalos del cuerpo hubo sobra de consuelos del alma. Los indios los recibieron en los pueblos en procesión con cruces en las manos, cantando la doctrina en su lengua, en la cual les decía después el padre el fin de nuestra venida. Ellos la oían con muestras de muy grande alegría, y nosotros la teníamos de verlos y oírlos, de manera que no era posible contener las lágrimas que del corazón rebosaban a los ojos. Así llegamos a Sinaloa, donde quedamos buenos, contentos y con deseo de trabajar incansablemente por el bien de estas almas, por amor del Señor y Criador de ellas que guarde a V. R., etc.».
[Carta singular del padre Pedro Velasco] A las dos antecedentes cartas que nos hacen formar una idea general de la vida penosísima, pero llena de gozo espiritual que pasaban nuestros misioneros, añadamos otra del padre Pedro de Velasco, en que se conozca lo mismo de un modo más sensible. Este gran sujeto había procurado ocultar con el desprecio de sí mismo uno de los más felices ingenios, que tenía en aquellos tiempos la provincia. Pareció al padre provincial, testigo de su eminente sabiduría, llamarlo a México a leer el curso de artes de filosofía y dar este consuelo al excelentísimo señor don Luis de Velasco, que se había insinuado en querer conocer a un pariente de tan distinguido mérito. A esta insinuación de los superiores, responde así el religiosísimo padre: «Recibí la de V. R., y aunque como llena de paternal amor, me fue de particular consuelo, no dejó de sentir mi corazón lo que algunas veces se me ofrecía, y era que —29→ viendo por una parte la gran materia de servicio de nuestro Señor y ocasiones de su mayor gloria, que aquí se ofrecen, y dándome por otra mis faltas en rostro, consideraba que si para éstas había de haber alguna pena, sería quitarme el Señor, como a ruin, tan grande empleo; y pues veo cumplido este sentimiento, mucha causa tendré de él creyendo está en la memoria del Señor mi culpa, pues veo ejecutar la pena. Yo, mi padre, me siento muy tierno y aficionado a estos pobrecitos: muy consolado e inclinando a este ministerio y averso de mi parte al de las ciudades, lo cual, aunque debiera tener poco lugar para no cumplir la santa obediencia, no obstante que fuese con grande desconsuelo mío, todavía lo represento a V. R. como a padre amoroso, y como a superior se me ofrece proponer la mucha gloria de Dios, que por ventura se impedirá con mi mudanza, y puede verse por lo que en estos años se ha hecho, que es haber bautizado mil y novecientas personas, de las cuales más de trescientas han muerto recién bautizadas o sacramentadas, de lo que me parece se habrá seguido más gloria del Señor, que si hubiera gastado este tiempo en leer artes. Ahora faltan que bautizar y bajar de sus picachos muchos huesos secos, juntarlos y darles espíritu de vida, y esto mal se hará sin voz ni lengua, pues aun los bautizados podemos decir que no tienen carnes ni aun pies, sino que están en los puros huesos, y plegue al Señor conserven todavía la vida del bautismo. Ahora es el enseñarles a ser cristianos y vestir de piel y carne aquellos huesos ya armados, lo cual parece había de ser por la voz de algún profeta; y aunque yo no lo sea, en fin, soy su primer padre, y tal cual me pueden haber menester y echar menos. Los pueblos son cuatro, las lenguas tres omnino diversas. En estos tres años he hecho lo posible para salir bien con la una, moderadamente con la otra, y empezar la tercera, muy necesariamente al presente por haberse de bautizar los que la habían. Me parece, mi padre, ser mayor gloria de Dios acudir a mil y seiscientas almas bautizadas, y recoger y bautizar otras muchas que faltan, que ocupar tres años con treinta estudiantes, y después por ventura, desearán los superiores que apetezca yo a los indios perdida ya la lengua, con cuya continuación se puede hacer mucho. Especialmente que ese puesto se podrá suplir con mucha satisfacción, por muchos otros que por allí sobran para esos ministerios, y para éstos faltan. Renuévese también mi sentimiento pensando que tengo de trocar el libro de Cristo y sus apóstoles por un Aristóteles, y esto por mis faltas y por no haber sabido leer con la debida disposición el libro —30→ de los santos Evangelios. Finalmente, ir entre parientes solo puede servir de menos quietud, y el Sr. virrey, como tan piadoso y prudente, fío que gustará que yo me quede por acá, pues tanto importa para el servicio de Dios y bien de estas gentes desamparadas, y si alguna merced quiere hacerme, sea enviar alguna buena limosna para ornamento de la Iglesia, que ahora acabo de hacer, como le tengo escrito, y está tan pobre, que hasta misal y sobrepelliz es prestado. Ahora le torno a escribir, no en orden de eso, sino de la mucha caridad y honra que V. R. me hace para que la estime y agradezca, como yo hago, y se dé por contento, de que yo quede en estas partes, etc.».
[Fuerte de Montesclaros y alianza con los chinipas] La humildad y desprecio de sí mismo y de las honras del mundo, el despego de toda carne y sangre, el deseo de padecer, el fervoroso celo de la salvación de las almas y la religiosa subordinación, no parece que pueden ir más lejos ni pintarse con más vivos colores que se ven en la citada carta del padre Pedro de Velasco. De semejante carácter eran los misioneros de los zuaques, sinaloas y tehuecos, las últimas naciones a que por la costa del mar del Sur había penetrado el Evangelio. Las guerras continuas, la deshonestidad, la embriaguez, habían cuasi repentinamente desaparecido entre aquellos nuevos cristianos. Por todas las orillas de aquel gran río se veían asentarse nuevas poblaciones, levantarse iglesias, cultivarse los campos, formalizarse el gobierno y formarse una cristiandad floridísima. No contribuyó poco para estos nuevos efectos la construcción de un fuerte en el país de los tehuecos, y cuasi en el mismo sitio en que había estado muchos años antes la villa de Carapoa. Se fabricó sobre un cerro escarpado y fuerte, por naturaleza. Al Norte de la montaña baña sus faldas el río, y a los otros vientos se extienden unas vegas de bellísimos pastos. El recinto es bastante para poner en tiempo de guerra aun el ganado y los caballos a cubierto de todo insulto. La figura es cuadrada, de murallas bastantemente gruesas para el género de armas de aquellas naciones. Los cuatro ángulos defienden otros tantos torreones, que sirven también de atalayas. Aunque se concluyó esta fortificación gobernando el marqués de Salinas, se le dio sin embargo el nombre de Montesclaros, en honra del excelentísimo señor don Juan de Mendoza, que desde algunos años antes había concedido la licencia, tomó del fuerte como su nombre el río, que antes era conocido por el de Zuaque y Sinaloa, según la diversidad de naciones que poblaban sus márgenes. Este edificio no sirvió solo para la seguridad de los soldados y misioneros para poner freno —31→ a las excursiones de los gentiles y afianzar la fidelidad de los recién convertidos, sino que a su fama sobrecogidos del temor los chinipas, vinieron a tratar paces con el capitán Hurdaide y pedir sacerdotes que los doctrinasen en la fe. Era esta nación vecina de los sinaloas por la parte del Oriente, y la que con ellos había puéstose en emboscada y hecho guerra a los españoles en la entrada que por orden del conde de Monterey habían hecho a las minas el alto primero de este siglo. Dos de los principales, en nombre de todos los serranos que habitaban como a cincuenta leguas de la villa de San Felipe, pidieron perdón de sus traiciones pasadas, y ser admitidos bajo la protección de los españoles, con quienes querían cultivar una amistad sincera. La antigua noticia que se tenía de las minas de aquel país; pareció por entonces bastante motivo para no disgustarlos con una agria respuesta, aunque por otra parte no había suficientemente fundamento para contar sobre la fidelidad de sus promesas. Para enviarles padre era menester expresa licencia del virrey, y para pedirla se necesitaba de más claras pruebas que las que se tenían hasta entonces. El capitán procuró contenerlos con buenas esperanzas, y lo mismo a los mayos, sino que a éstos se concedió una solemne escritura firmada del mismo general de liga ofensiva y defensiva en su favor, y promesa de enviarles cuanto antes algún padre, aunque esto segundo no llegó a ponerse en ejecución hasta después de tres años.
[Motivos de guerra con los yaquis] Deseaba tanto el capitán como los ministros del Evangelio dar doctrina a los mayos, no solamente por el bien de aquellas almas, sino también por abrirse puerta para la conversión de Yaqui, último río de Sinaloa, cuyas naciones por su número y por su valor extraordinario, daban a los españoles y a la nueva cristiandad continuas inquietudes. El principio de ellas fue, como en otras partes, un indio fugitivo de la misión de San Andrés. Era éste natural de Sinaloa, y habiendo estado algún tiempo en los reales de minas de la Topía, dio vuelta a su país con ánimo de inquietar las naciones gentiles y acabar con los misioneros y españoles. Estaba bien instruido en los misterios de la religión y se hacía llamar Juan Lautaro, aunque nunca había querido recibir el bautismo. Añadiose a éste por sí bastantemente astuto y revoltoso un cacique de los zuaques de gran reputación en la guerra. Pretendieron éstos sublevar contra los padres y españoles a los indios mayos, y se lisonjeaban de poderlo conseguir con facilidad, no siendo aun cristianos. Una ocasión, que se ofreció bien presto, les hizo perder la —32→ esperanza que tenían, y dio a los españoles la prueba más sincera de la fidelidad de aquellos indios. Por aquel tiempo sucedió la sublevación de los ocoroiris, de que arriba hicimos mención en el viaje a México del capitán Hurdaide. Los fieles mayos no pudieron resolverse a recibir en sus tierras y fomentar con su protección la ingratitud de aquellos forajidos. Resistieron constantemente a todas las persuasiones de Lautaro y del zuaque Babilonio. Con esta repulsa muchos de los ocoroiris [u ocoronis] fugitivos volvieron a su país a poca diligencia del capitán que había ya a largas jornadas entrado en Sinaloa. Lautaro irritado y no teniéndose por seguro entre los mayos, con cuarenta o más familias de cristianos, tomó la resolución de retirarse al río de Yaqui. Esta nación, la más numerosa, la más guerrera y la más culta de Sinaloa, tomó muy de veras la defensa de aquellos forasteros que se habían guarecido de su sombra. Sabiendo que habían muy en breve de tener sobre los brazos al capitán español y sus naciones aliadas, no perdieron tiempo en prepararse para una vigorosa resistencia.
[Primera entrada a sus tierras] Efectivamente, el capitán, luego que le dieron lugar otras ocupaciones más urgentes, partió en busca de los apóstatas. Llegando a las riberas del Yaqui con pocos españoles y algunos indios amigos, que harían por todos cuatrocientos hombres de armas, halló a los enemigos muy prevenidos y muy resueltos a resistirle. Satisfecho de que lo viesen armado en sus fronteras, y que reconociesen que no había lugar tan retirado y tan áspero donde no pudiesen penetrar las armas españolas, determinó requerirlos por medio de algunos prisioneros a que volviesen los cristianos fugitivos y entregasen al indio Lautaro, autor principal de aquella guerra. Los yaquimis tuvieron su asamblea y se dividieron en varios pareceres. Los más juiciosos, a cuya frente estaba el cacique Anabaylutei fueron de sentir que se ofreciese al capitán la paz y se le concediese lo que tan justamente pedía. Los partidarios de Lautaro seguían obstinadamente el dictamen contrario y corrían ya furiosamente a las armas. Sin embargo, poco después parecieron rendirse al sentimiento de Anabaylutei, qué partió con algunos otros al campo del capitán, prometiendo en nombre de la nación una constante amistad y que volverían los extranjeros en yendo a recibirlos algunos de parte de los españoles. Creyó Hurdaide poderse fiar de las buenas palabras del cacique. Envió con él dos indias cristianas de la misma nación y algunos tehuecos. Pero fuese porque Anabaylutei procediese de mala fe desde el principio, o porque a su vuelta Lautaro, —33→ de cuya vida se trataba, había ya hecho tomar a los yaquis partido más violento, ellos se apoderaron de las indias cristianas, mataron algunos de los tehuecos y los demás perdida la ropa y los caballos, tuvieron mucha pena en volver a ganar el campo y llevar la noticia de una traición tan negra. El capitán, aunque movido al mismo tiempo de la cólera y la vergüenza, no se hallaba en estado de hacer frente a una nación desesperada y numerosa. Dio vuelta a la villa, formó un ejército de la mayor parte de sus presidiarios y más de dos mil indios confederados, y marchó con diligencia a las riberas del Yaqui. Esta segunda expedición no fue más feliz que la primera. El capitán, acometido al romper el día de una multitud muy superior a la suya, dejando muertos sobre el campo muchos de los yaquis, y muchos de sus propios aliados mayos y tehuecos, hubo de alzar el campo y salir de sus tierras, aunque trayendo consigo algunos prisioneros, por cuyo medio esperaba hacerlos entrar en sentimiento de paz. No eran éstos los pensamientos del enemigo. Orgulloso con las dos antecedentes victorias, y ufanos de haber hecho salir dos veces de su país sin fruto alguno las armas españolas, no intentaban menos que acabar con aquellos aborrecidos extranjeros y bailar al rededor de sus cabezas. Lautaro les daba industrias para defenderse del fuego de los fusiles, disponía los lugares en que debían acometer o retirarse, y cumplía en todo con los oficios de prudente jefe en el consejo, y de un valiente soldado en la acción.
[Segunda expedición] La defensa de una nueva cristiandad, la seguridad de la propia vida y el honor y buena reputación de las armas, obligaban al capitán Diego Martínez a no dejar sin castigo la traición y la insolencia de los yaquis. Sin embargo, el prudente capitán veía bien que no eran éstos como los demás indios, con quienes un tiro de arcabuz decidía tal vez de una campaña. Su número, su valentía y sus ardides, eran muy superiores demás naciones, a que hasta entonces había sido necesario hacer guerra. Con estos pensamientos armó como cuarenta españoles, y cuatro mil indios amigos, el mayor cuerpo de tropa, que hasta entonces se había visto en Sinaloa. Llegando a tierras de los yaquis, envió un papel sellado, como lo solía hacer con otras naciones prometiéndoles la paz. La respuesta no la dieron hasta el día siguiente en que al rayar el alba, cargaron sobre el campo con tanta intrepidez, y con tanto orden, que no se les pudo resistir mucho tiempo. El capitán, con los más bravos de los españoles y de los aliados, sostuvo —34→