  La loca de la casa
Comedia en cuatro actos
Benito
Pérez Galdós
Imprimo completa esta obra, tal como fue presentada
en el Teatro de la Comedia en Octubre del pasado año.
Las exigencias de la representación escénica,
como resultan hoy de los gustos y hábitos del público
(más tolerante con los entreactos interminables, que
con los actos de alguna extensión), han impuesto al
autor de esta comedia la ley estrecha de la brevedad, y a
la brevedad se atiene, salvando, en lo posible, la verdad
de los caracteres y la lógica de la acción.
Mientras llega la ocasión crítica de descifrar
el enigma que lleva en sí toda obra representable,
esta se ofrece al público de lectores, medrosa, sí,
pero con menos miedo que ante el público de oyentes.
Y si Dios y la excelente compañía de la Comedia
le deparan un resultado feliz en la representación,
será impresa nuevamente en la forma y dimensiones
de obra teatral.
1.º de Enero de 1893. B. P. G.
PERSONAJES
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| VICTORIA,
hija de MONCADA. |
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| GABRIELA,
hija de MONCADA. |
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| DOÑA EULALIA,
hermana del mismo. |
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| LA MARQUESA DE
MALAVELLA.
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| SOR MARÍA DEL SAGRARIO. |
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| CARMETA,
criada
de MONCADA. |
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| JOSÉ MARÍA CRUZ. |
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| DON JUAN DE
MONCADA.
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| DANIEL,
marqués de Malavella. |
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| JAIME. |
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| HUGUET,
amigo y agente de MONCADA. |
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| JORDANA,
alcalde de
Santa Madrona. |
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| LLUCH,
portero de la fábrica. |
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| Hermanas de la caridad. |
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| Señoras y caballeros del
vecindario de Santa Madrona, etc.
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La acción es
contemporánea, y se supone en un pueblo de los alrededores
de Barcelona, designado con el nombre convencional de Santa
Madrona.
-1-
  Acto I
Salón de planta baja en la torre o casa de campo
de Moncada, en Santa Madrona.-Al fondo, galería de
cristales que comunica con una terraza, en la cual hay magníficos
arbustos y plantas de estufa, en cajones.-En el foro, paisaje
de parque, frondosísimo, destacándose a lo
lejos las chimeneas de una fábrica.-A la derecha,
puertas que conducen al gabinete y despacho del señor
de Moncada.-A la izquierda, la puerta del comedor, el cual
se supone comunica también con la terraza.-A la derecha
de esta, se ve el arranque de la escalera, que conduce a
las habitaciones superiores de la casa y al oratorio.-A la
derecha, mesa grande con libros, planos y recado de escribir.-A
la izquierda, otra más pequeña con una cestita
de labores de señora.-Muebles elegantes.-Piso entarimado.-Es
de día.
Escena I
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La MARQUESA DE MALAVELLA
con sus dos hijos, DANIEL y JAIME, que entran por el parque.
Después GABRIELA.
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MARQUESA.-
Ya estamos... ¡Ay,
hijos, me habéis traído a la carrera! (Volviéndose
para contemplar el paisaje.) ¡Pero qué jardín,
qué vegetación!
-2-
Santa Madrona es un paraíso,
y el amigo Moncada vive aquí como un príncipe.
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JAIME.-
No verás posesión como esta en todo
el término de Barcelona. ¡Y qué torre, qué
residencia señoril! Cuando entro en ella, eso que
llamamos espíritu parece que se me dilata, como un
globo henchido de gas.
|
DANIEL.-
(Meditabundo.) Cuando
entro en ella, la hipocondría no se contenta con roerme;
me devora, me consume. (Apártase de su madre y de
JAIME, y cuando estos avanzan al proscenio, vuelve hacia
el fondo contemplando la vegetación.)
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MARQUESA.-
¿Y Gabriela?
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JAIME.-
(Mirando hacia el comedor.) Ahora
saldrá. Está dando la merienda a los niños.
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MARQUESA.-
¿Chiquillos, aquí?
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JAIME.-
Sí,
mamá: los seis hijos de Rafael Moncada, que han sido
recogidos por su abuelo.
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-3-
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MARQUESA.-
Es verdad... ¡Pobres
huerfanitos! (Entra GABRIELA en traje de casa, muy modesto,
con delantal.) Gabriela, hija mía, ángel de
esta casa. (La besa cariñosamente.) ¿Pero cómo
te las gobiernas para atender a tantas cosas?
|
GABRIELA.-
¡Qué remedio tengo! Ya ve usted... Estoy hecha una
facha. (Quitándose el delantal.) Les he dado la merienda,
y ahora van de paseo con el ama y la institutriz. (Saludando
a DANIEL.) Dichosos los ojos...
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DANIEL.-
Tanto gusto...
(Le estrecha la mano.)
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GABRIELA.-
(A la MARQUESA.)
¿Pero no se sienta usted?
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MARQUESA.-
No: dispongo de
poco tiempo. Con dos objetos he venido. Primero: visitar
a tu papá y a tu tía Eulalia; segundo: ver
y alquilar, si me gusta, una de las casitas que han construido...
ahí en el camino de Paulet.
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JAIME.-
¿Sabes?, junto
al convento de Franciscanos.
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-4-
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GABRIELA.-
¡Ah, sí!
Son preciosas.
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MARQUESA.-
Y baratas, según dice
este. Hija mía, los tiempos están malos, y
lo primero que hay que buscar es la economía.
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GABRIELA.-
¿De modo que seremos vecinas esta primavera?
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MARQUESA.-
Sí. (Bajando la voz.) Tenemos a Daniel bastante delicado...
inapetencia, melancolías...
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JAIME.-
Y la Facultad
(Por sí mismo.) ordena campo, aires puros, sosiego,
trato continuo y familiar con la naturaleza.
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GABRIELA.-
¡Pobrecito Daniel! (Los tres observan a DANIEL, que ha vuelto
al fondo y está embebecido contemplando el paisaje.)
¿Trabaja demasiado?
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MARQUESA.-
Ya no... (Suspirando.)
¡Lástima de bufete, llamado a ser uno de los primeros
de Barcelona!
-5-
(Cariñosamente a DANIEL.) Hijo mío,
¿qué haces?
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DANIEL.-
Nada, miraba... Mucho ha cambiado
Santa Madrona de seis meses acá... Dígame usted,
Gabriela; allí veo una torre gótica, esbeltísima.
(Señala al fondo por la izquierda, hacia un punto
que no se ve desde el teatro.)
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GABRIELA.-
La de los Franciscanos.
La concluyó papá hace un mes.
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DANIEL.-
(Señalando
hacia la derecha.) ¿Y aquel gran edificio?
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JAIME.-
El hospital,
Asilo de huérfanos y Casa de Expósitos que
debemos a Jordana.
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DANIEL.-
¡Soberbia construcción!
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GABRIELA.-
Hecha toda con limosnas, suscripciones y petitorios.
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JAIME.-
Y con funciones de teatro, bailes, tómbolas,
rifas y kermesses... ¡Es mucho hombre ese Jordana!
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-6-
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MARQUESA.-
(Queriendo recordar.) Jordana, Jordana...
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DANIEL.-
El alcalde
perpetuo.
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JAIME.-
Sí, mamá, aquel que llamábamos
el patriarca bíblico porque tiene veinticinco hijos.
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GABRIELA.-
No tanto... son quince.
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MARQUESA.-
¡Jesús!...
(Con prisa de marcharse.) ¿Puedo ver a tú papá
y a Eulalia?
|
GABRIELA.-
(Acercándose de puntillas
a una de las puertas de la derecha.) Papá... escribiendo
en el despacho. Mi tía no tardará en volver
de la iglesia. (DANIEL se aleja de nuevo hacia la terraza.)
|
MARQUESA.-
Esperaremos un ratito. (A GABRIELA con extremos
de cariño.) ¡Ah, dame otro beso! No me canso de mirarte,
ni de admirarte, ni de alabar a Dios por la dicha que me
concede haciéndote mi hija.
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JAIME.-
(Con entusiasmo.)
Madre. ¿No es verdad que no la merezco? Dígame usted
que no la merezco.
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-7-
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MARQUESA.-
Sí, hijo, la mereces,
¿por qué no? Tú también eres bueno...
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JAIME.-
¡Que no la merezco! Pero en fin, la tengo: lo mismo
da. ¡Qué feliz soy! Y usted, mamá, también
lo es. Diga que lo es... dígalo pronto, si no quiere
que me incomode.
|
GABRIELA.-
(A la MARQUESA que hace signos
negativos.) Dígalo para que nos deje en paz.
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MARQUESA.-
Lo digo y no lo digo... Escuchadme: (Cogiendo a GABRIELA
y JAIME por una mano y situándose entre los dos.)
Soñé que cogía en mis manos la felicidad...
enterita, completa, redonda, toda para mí... Era como
una hostia. Al despertar de aquel sueño, encontreme
que sólo poseía la mitad... La otra mitad,
rota, caída, deshecha a mis pies... Tu padre, el buen
Moncada, el consecuente amigo de mi esposo, tenía
dos hijitas casaderas, ángeles si los hay... pues
yo creo en los ángeles terrestres.
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JAIME.-
Yo no...
pero en fin, pase.
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MARQUESA.-
Dos ángeles digo:
tú y tu hermana Victoria.
-8-
Yo tenía y tengo
dos hijos. No por ser míos, ni por hallarse presentes,
dejaré de afirmar que algo valen. Este te quiso a
ti, Daniel a tu hermana. Dieron las niñas el sí
con aquiescencia y regocijo de los padres. Doble matrimonio,
dicha completa... Pero ¡ay!, de la noche a la mañana,
Victoria se siente arrebatada de un misticismo ardiente,
le nacen alas, levanta el vuelo, y no para hasta ingresar
en la Congregación religiosa del Socorro; y mi pobre
Daniel... (Mirándole desde lejos.) Ahí le tienes...
sin haberse casado, parece un viudo inconsolable. Esa es
la mitad de mi dicha perdida. La mitad alcanzada eres tú,
que serás esposa de este indigno médico.
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(Óyese
sonido de campana, lejano.)
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DANIEL.-
Mamá, que es
tarde...
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MARQUESA.-
Sí, vamos.
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DANIEL.-
Si te
parece, después de ver la casa, entraremos un rato
en los franciscanos. (A GABRIELA.) Ese esquilón...
(Deteniéndose a oírlo.) ¡Qué extraño
timbre, a la vez dulce y desgarrador!... No puedo oírlo
sin estremecerme.
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MARQUESA.-
¿Ya empiezas? (A GABRIELA
en secreto.) ¡Pobre
-9-
muchacho!, le tenemos tocado... de monomanía
religiosa. (Alto.) En fin, me voy... Puesto que Eulalia no
viene, la veré a la vuelta.
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GABRIELA.-
Tomarán
ustedes chocolate con nosotros.
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MARQUESA.-
Si no se empeñan
los franciscanos en que probemos el suyo, aquí nos
tendrás. Vaya, adiós. (A JAIME.) ¿Tú
te quedas?
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JAIME.-
Naturalmente.
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MARQUESA.-
Hasta luego...
(Tomando el brazo a DANIEL, vanse por el fondo.)
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Escena
II
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GABRIELA, JAIME.
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JAIME.-
Ya rabiaba por verte.
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GABRIELA.-
¡Ocho días sin venir!
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JAIME.-
Que me han parecido
ocho siglos. Habrás recibido mis ocho cartas, a carta
por siglo.
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GABRIELA.-
Sí, y sólo te he contestado
cuatro letras... ya ves; no tengo tiempo para nada. Con la
anexión de los sobrinitos, necesito Dios y ayuda para
atender a todo...
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JAIME.-
(Con entusiasmo.) ¡Mujer
extraordinaria, sublime, excelsa!
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GABRIELA.-
Tonto, no adules,
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JAIME.-
Déjame, déjame que te eche muchísimo
incienso...
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GABRIELA.-
¡Fastidioso!
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JAIME.-
Dime: cuando
nos casemos, ¿seguirás de reina Gobernadora en la
casa de tu papá?
|
GABRIELA.-
Es natural que sí.
¿Cómo quieres que le deje solo?
|
JAIME.-
¡Ah!,
no... de ninguna manera... ¡Don Juan de mi alma! Pero es
mucho trabajo para ti. ¿Por qué no había de
ayudarte tu tía doña Eulalia?
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GABRIELA.-
¡Mi tía! (Riendo.) No la saques de sus rezos, de su
labor de gancho, de sus visitas a todas las monjas y frailes
que hay en tres leguas a la redonda; no la saques de dar
buenos consejos y traer malas noticias, y de opinar siempre
en contra de los demás. Es buenísima; pero
al nivel de su virtud, y un poquito más arriba, pongamos
su inutilidad.
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JAIME.-
Bueno... Pues no nos acobardemos
por el exceso de trabajo... ¡Ah! ¿Sabes que voy teniendo
clientela? Decididamente, me dedico a la especialidad de
enfermedades nerviosas.
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GABRIELA.-
Pues empieza por tu hermano...
¿Sabes que no me gusta nada su aspecto?
|
JAIME.-
Pasión
de ánimo. Lo que dijo mamá: soltero, y viudo
inconsolable. Créelo, tu hermanita le desquició
con el dichoso monjío. Lo más raro es que a
Daniel le ataca también ese terrible asolador del
humano cerebro: el bacillus mística.
|
GABRIELA.-
¿De
veras?
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-12-
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JAIME.-
Los Franciscanos de Barcelona cuidan de
inoculárselo.
|
GABRIELA.-
¿Qué me cuentas?
|
JAIME.-
Sí; mañana y tarde le tienes entre
frailes más o menos descalzos, platicando de cosas
abstrusas y enrevesadas, cháchara espiritualista,
que yo, disector de cadáveres, no he podido entender
nunca.
|
GABRIELA.-
No desatines.
|
JAIME.-
Y a propósito
de enfermos. ¿Qué tiene tu papá?
|
GABRIELA.-
(Con asombro.) ¿Papá? Nada... Ah, sí; algo
tiene... Padece insomnios, tristezas... Apenas habla... Se
me figura que ha sufrido estos días algún contratiempo
gravísimo.
|
JAIME.-
El incendio de los almacenes de
Barceloneta.
|
GABRIELA.-
No... algo más será...
Presumo que pérdidas
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considerables en Bolsa. Huguet,
su agente y amigo, viene casi todas las tardes.
|
JAIME.-
Hoy también.
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GABRIELA.-
¿Con vosotros?
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JAIME.-
No.
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GABRIELA.-
(Con interés.) ¿En qué coche venía
Huguet?
|
JAIME.-
En el de ese bárbaro... ¿Cómo
se llama?... ¡Ah! Cruz, José María Cruz, que
vive ahí, en casa de Jordana.
|
GABRIELA.-
(Recelosa.)
¿Venía también Cruz?
|
JAIME.-
Sí...
Sabrás que mis amigos le llaman el gorilla, porque
moral y físicamente nos ha parecido una transición
entre el bruto y el homo sapiens.
|
GABRIELA.-
Hombre de baja
extracción, alma sórdida y cruel, facha innoble,
la riqueza no le ha enseñado, como a otros, a sobredorar
la grosería
-14-
de sus modales, la vulgaridad zafia de
sus pensamientos.
|
JAIME.-
Mala persona, según dicen.
¿Y es cierto que se crió aquí, en tu torre?
|
GABRIELA.-
Sí, hombre. Es hijo de un carretero que
tuvimos en casa. Yo era muy niña entonces. Apenas
me acuerdo.
|
JAIME.-
¡Qué cosas se ven!
|
GABRIELA.-
Es de esos que van cerriles a América, y luego vuelven
cargados de dinero. La Providencia nos ofrece a cada instante
estas ironías horribles.
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JAIME.-
La riqueza en perfecto
consorcio con la barbarie.
|
GABRIELA.-
(Con vehemencia.)
En fin, es hombre el tal Cruz, cuya presencia y cuya voz
me atacan los nervios... Apenas cambio el saludo con él...
Y el muy bruto no conoce la antipatía, la repugnancia
que me inspira... y... vamos, ¿te lo cuento?
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JAIME.-
(Receloso.)
¿Qué? Me asustas.
|
GABRIELA.-
Anteayer iba yo por
el jardín... ¡Pasé un susto...! Estaba sola.
Presentóseme saliendo de unas matas, como res brava
perseguida de cazadores; y al verle delante de mí
quedeme fascinada, sin poder hablar. Quise dar un grito;
pero no lo di, hijo, no lo di.
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JAIME.-
Eso es lo que no
sabe ninguna mujer: gritar a tiempo.
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GABRIELA.-
Pues con
una inclinación muy torpe de cabeza y cuerpo me saludó,
y al querer ser fino y galán, parecía que se
iba a poner a cuatro patas.
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JAIME.-
(Con repentina cólera.)
Gabriela... ¿ese animal tiene el atrevimiento increíble
de prendarse de ti?
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GABRIELA.-
Algo de eso me dio a entender
con sus gruñidos...
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JAIME.-
No me lo digas...
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GABRIELA.-
¿Pero yo que culpa tengo...?
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JAIME.-
(Muy inquieto.) ¡Enamorado
de ti! ¡Ay, qué idea me asalta, qué recelo,
qué presentimiento horrible! Gabriela, ese hombre
te quiere comprar. Dime, por tu vida, dímelo; dime
que no te vendes... que no cambiarás mi honrada personalidad
por la de ese alcornoque cargado de bellotas de oro...
|
GABRIELA.-
¿Pero estás loco? (Viendo salir a MONCADA.) Cállate...
Mi padre...
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Escena III
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Dichos. MONCADA, que sale por
la derecha, muy caviloso y triste; después HUGUET.
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MONCADA.-
(¡Qué ansiedad! ¡Lo que tarda Huguet!...)
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JAIME.-
Señor don Juan...
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MONCADA.-
¡Ah, Jaime!
(Con indiferencia.) ¿Qué tal? ¿Y tu mamá?
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JAIME.-
Ha venido conmigo y con Daniel.
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GABRIELA.-
¿Sabes,
papá?... La Marquesa alquila una de las casitas de
abajo...
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MONCADA.-
(Que no se ha fijado en lo que JAIME
y GABRIELA le han dicho.) Dime: ¿me traes alguna mala noticia?
|
JAIME.-
(Sorprendido.) ¿Mala noticia?
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MONCADA.-
¿No?...
Es que... Hace días que no entra aquí una persona
sin anunciarme algún desastre.
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JAIME.-
¡Don Juan!
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MONCADA.-
Cuantas desdichas pienso, suceden. Toda la mañana
me la llevo... pensando que ha caído un rayo en mi
casa de Barcelona.
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JAIME.-
¡Qué disparate!
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MONCADA.-
(Viendo salir a HUGUET por el fondo.) ¡Ah!, gracias a Dios.
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GABRIELA.-
(Aparte a JAIME.) (Huguet... estamos demás
aquí.)
(Retírase por la izquierda. JAIME la
sigue.)
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JAIME.-
(Reparando en la expresión
sombría del rostro de HUGUET.) (Mal cariz tiene el
agente.)
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GABRIELA.-
(Ordenando a JAIME que salga por el
parque.) Tú por allí... (Vanse.)
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Escena
IV
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MONCADA, HUGUET.
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MONCADA.-
(Impaciente.) ¿A ver...?
¿Qué hay? ¿Qué nueva desgracia me traes hoy?
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HUGUET.-
(Cohibido.) Hombre, aguarda...
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MONCADA.-
Tu cara
no puede engañarme. De tanto leer en ella me la sé
de memoria.
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HUGUET.-
Te diré... La cosa es grave;
pero aún...
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MONCADA.-
(Con firmeza.) Déjate
de atenuaciones, Facundo. No las necesito.
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HUGUET.-
Bueno.
Pues... lo que temíamos, Juan, un pánico horroroso,
que no hemos podido contener comprando hasta comprometernos
con ciega temeridad. Artús y yo hemos hecho verdaderas
locuras. ¡Esfuerzo inútil! Las acciones del Banco
Mercantil y Naval, ofrecidas a veinticinco.
|
MONCADA.-
(Llevándose
las manos a la cabeza.) ¡A veinticinco!
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HUGUET.-
Ya me lo
temía...
|
MONCADA.-
(Con ansiedad.) Di: ¿podré
esperar que la Compañía Insular y Continental me apoye para evitar el último desastre?
|
HUGUET.-
¡Ay, querido Juan!, pues tienes un alma bien templada para
el infortunio, te diré que...
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MONCADA.-
(Vivamente.)
No sigas. Mi pesimismo me da un gran poder de adivinación.
Hace un rato, pensaba en la espantosa baja... ¡La veía!
Y he visto que la Compañía Insular es también
cosa muerta... ¿Acerté?
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HUGUET.-
(Con honda tristeza.)
Sí. (Pausa.) Han venido para ti tiempos malos, compensación
de los buenos que gozaste. Así es el mundo.
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MONCADA.-
¡Ay, sí! La fortuna me halagó con increíble
perseverancia durante treinta años. Tú, todos,
yo mismo, nos asombrábamos de mi loca fortuna.
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HUGUET.-
Sí... Tanta ventura no podía seguir. Decíamos
que el Destino... ¿Te acuerdas de la broma?...
|
MONCADA.-
Que
el Destino me cebaba para comerme después. Acertasteis.
Llegó un día en que eso que llamamos suerte,
ese misterio eterno, por todos temido, por nadie descifrado,
se volvió contra su favorito. Empezaron mis desdichas
con la muerte de mi esposa, mi idolatrada Luisa. ¡Ay! La
prosperidad entró con ella en mi casa, y con ella
se fue... Cuatro meses después de aquel golpe, recibí
otro que también me hirió en lo más
vivo del alma. Mi hija Victoria, la más parecida a
su madre, la que me reproducía su bondad, su inteligencia,
su viveza y gracia seductoras, es bruscamente,
-21-
asaltada
de un religioso entusiasmo que más bien parece exaltación
insana. Su jovial carácter sufre una crisis profunda,
que termina con la resolución de tomar el hábito
en el Socorro. Mi cariño y el de su hermana y su tía,
no pueden nada contra su piedad despiadada. Comprometida
a casarse con Daniel de Aransis, a quien amaba desde que
ambos eran jovenzuelos, lo abandona todo, padre, hermanos,
novio, casa, familia y amigos...
|
HUGUET.-
Su apasionada
vocación es digna de respeto.
|
MONCADA.-
Si no digo
nada contra su vocación... Allá la tienes a
punto ya de cumplir el plazo del noviciado y profesar. ¡Hija
de mi alma!... ¡Perderte viva!... (Desechando una idea triste.)
Pues sigo: al mes de ver partir a mi Victoria para el convento,
(...¡cómo se eslabonan en esta cadena infame de la
suerte las cosas divinas con las profanas!...) ocurre la
espantosa baja de los algodones, que me hace perder en un
día... ya lo sabes. Al mes siguiente, una inundación
hace estragos en la fábrica de Igualada. Pasan veinte
días, y el fuego me destruye parte de los almacenes
de Barceloneta. Y así continúan estos que bien
puedo
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llamar arañazos del monstruo, comparados con
la inmensa desventura del mes anterior. Mi hijo, mi único
varón, el hereu, la esperanza y el orgullo de mi casa,
inteligencia poderosa, corazón grande, el que puso
la fábrica de cerámica (Señalando el
paisaje del fondo.) en el pie de prosperidad en que la ves...
(La aflicción no le permite concluir la frase.)
|
HUGUET.-
¡Tristísimo recuerdo!
|
MONCADA.-
Sucumbió,
víctima de una rápida enfermedad infecciosa...
Ahí tienes a sus seis niños, también
huérfanos de madre, sin más amparo ya que su
abuelo...
|
HUGUET.-
(Animándole.) Y les basta y les
sobra... Vamos, Juan, ánimo.
|
MONCADA.-
¡Ay,
Facundo! ¿no te parece a ti que Dios debe darme algún
descanso?
|
HUGUET.-
Y te lo dará.
|
MONCADA.-
(Con desaliento.) No; ya no espero nada. Me arrojo en brazos
de la ciega fatalidad. Me siento incapaz
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de prevenir nuevos
males, y de poner remedio a los que ya me agobian... Aquel
tino mío para los negocios, aquel golpe de vista,
Facundo, ya no existen. Soy todo indecisión, torpeza.
Ya no tengo ideas. Sólo queda en mí una especie
de estupefacción terrorífica, el continuo,
el angustioso esperar de nuevos golpes. No me atrevo a dar
un paso: creo que la casa se me cae encima. Cuantas personas
veo paréceme que expresan el duelo de una desdicha
que por compasión no quieren revelarme. Siento caer
un plato, y me suena como si se hundiera un tabique. Temo
al aire que respiro y a la luz que me alumbra. Tiemblo por
mi hija, por Gabriela, mi solo consuelo ya. Tiemblo también
por esos pobres niños. Pienso que jugando en el jardín
se caen al estanque, o que les muerde un perro rabioso...
|
HUGUET.-
(Cortándole la palabra.) No más,
no más ideas lúgubres. Lucharemos contra la
adversidad... Más sereno que tú, yo veo caminos
de salvación.
|
MONCADA.-
(Desconfiado.) ¿Cuáles?
La venta de inmuebles de que hablamos el otro día?,
¿el préstamo hipotecario?
|
HUGUET.-
Sí.
|
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-24-
|
MONCADA.-
Ya es tarde. Tendría que ser en condiciones ruinosas.
|
HUGUET.-
Quién sabe... Te diré. He hablado
con Cruz.
|
MONCADA.-
(Vivamente.) ¿Y tiene noticia del horrible
crack de hoy?
|
HUGUET.-
Si todo lo sabe. No creas que se
presenta mal. Insiste en comprarte la fábrica y los
terrenos de la Gran Vía.
|
MONCADA.-
¿Pero en
qué condiciones? Es usurero. Se enroscará en
mí, como el boa, y me ahogará.
|
HUGUET.-
Y
también parece dispuesto, si no quieres vender tus
inmuebles, a hacerte el empréstito con garantía...
|
MONCADA.-
Facundo, por Dios, no me des esperanzas que luego
resultan fallidas... ¿Y crees tú que podrá...?
|
HUGUET.-
(Asombrado.) ¡Que si puede! Es hombre de inmenso
capital...
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MONCADA.-
(Ensimismado.) Inmenso, sí...
¿Habéis venido juntos de Barcelona?
|
HUGUET.-
Y juntos
entramos en tu parque. Ahí le dejó paseándose
con Jordana, que no le suelta.
|
MONCADA.-
¿A ver? (Aproximándose
al foro para mirar hacia el parque.)
|
HUGUET.-
(Solo en el
proscenio.) (¿Cuajará mi proyecto? Atrevidillo es.
Pero Eulalia conspira conmigo, y es mujer que lo entiende.)
|
MONCADA.-
No veo a nadie... Mi hermana es la que viene ahí.
(Volviendo al proscenio, desalentado.) Ya estoy temblando.
¡Si me traerá malas noticias!...
|
HUGUET.-
¡Oh,
no!
|
Escena V
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|
Dichos. DOÑA EULALIA, vestida de
negro, con sombrilla y un libro de rezos. Es señora
de cabellos blancos, de rostro pálido y sin movilidad.
|
DOÑA EULALIA.-
¿Pero qué? ¿No ha vuelto Florentina?
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-26-
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MONCADA.-
No; yo creí que estaba contigo.
|
DOÑA EULALIA.-
(Secamente.) No; sólo he visto a Jaime. Buenas tardes,
Facundo. (A MONCADA.) ¿Y tú, qué tal te encuentras?
Fuertecito... animado. ¡Ay cómo te admiro!
|
MONCADA.-
(Alarmado.) A mí, ¿por qué?
|
DOÑA EULALIA.-
Por
tu tesón, por tu estoicismo, por esa firmeza heroica
con que recibes los tajos y mandobles de la adversidad.
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MONCADA.-
(Impaciente y mal humorado.) Pero qué, ¿me
preparas para alguna mala noticia?
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DOÑA EULALIA.-
No se
trata de eso. A no ser que tengas por mala noticia la de
que tu hija Victoria profesará dentro de quince días.
(Gesto de indiferencia en MONCADA.) ¿Y tampoco te importa
saber que la Superiora le permite pasar tres días
en tu compañía?
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MONCADA.-
¿A Victoria?
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DOÑA EULALIA.-
Sí... La tendrás aquí
esta tarde con Sor María del Sagrario, la hermanita
del Socorro que ha pedido Rius para asistir a su suegra.
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MONCADA.-
Bien venida sea mi adorada hija... Pero de veras,
¿no tienes alguna nueva desastrosa que comunicarme?
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DOÑA EULALIA.-
¿Y qué?... ¿No hemos nacido para padecer? Tus penas
son mis penas. ¿No estoy aquí para compartirlas, para
consolarte?
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HUGUET.-
¡Oh!, sí... el consuelito espiritual.
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DOÑA EULALIA.-
¿Qué tiene que decir el bueno del agente?
(Amoscada.) Estos hombres descreídos, metalizados,
idólatras del becerro de oro...
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HUGUET.-
¿Pero
dónde está ese becerro, señora! Dígame
usted dónde está el becerro.
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DOÑA EULALIA.-
A usted,
Facundo, que es ya cosa perdida, nada tengo que decirle...
Tú, querido hermano
-28-
mío, te salvarás
porque has padecido y padeces... El Señor te ha probado.
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MONCADA.-
Bien lo veo... Pero dime, ¿ha concluido ya? Tú,
que conoces lo de arriba, ¿puedes asegurarme que terminaron
las pruebas?
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DOÑA EULALIA.-
(Con severa convicción.) Quizás
no... Mejor para tu alma. Alégrate.
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MONCADA.-
Alegrémonos
pues.
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DOÑA EULALIA.-
Y bendice la mano que te hiere.
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MONCADA.-
Pues
la bendigo... Ahora... pega.
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HUGUET.-
(Con intención.)
No; si hoy no trae el rayo de las malas noticias.
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DOÑA EULALIA.-
¿Y
si trajera el iris de las esperanzas risueñas?
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MONCADA.-
(Incrédulo.) ¿Iris, tú...?
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DOÑA EULALIA.-
Yo, sí.
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MONCADA.-
(Esperanzado.) ¿De veras?
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DOÑA EULALIA.-
(Con sequedad.)
No, no es nada. (No debe saberlo todavía.)
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MONCADA.-
(Resignado.) Adelante la adversidad.
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DOÑA EULALIA.-
Adelante.
(Con afectada emoción.) Querido hermano mío,
cuando Dios te pone en el yunque, y bate y machaca, por algo
será.
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MONCADA.-
(Meditabundo.) Por mis pecados...
sí.
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DOÑA EULALIA.-
Tú lo has dicho... ¿Quieres
oír un juicio sano y leal?... Pues llueven sobre ti
tantas desdichas por el olvido en que tienes las prácticas
religiosas. (Movimiento de disgusto en MONCADA y de sorpresa
en HUGUET.) No, si ya sé que eres dadivoso... Pero
no basta dar dinero a los franciscanos para que acaben el
campanario... No se llega al Cielo elevando torres para encaramarse
por ellas.
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MONCADA.-
Déjame, te digo.
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DOÑA EULALIA.-
Diré
la verdad aunque te duela, la verdad, medicina que entra
por los oídos y anida en el cerebro, como la paciencia
anida en el corazón... El Señor te aflige y
te afligirá más todavía porque has olvidado
sus leyes sacrosantas, devorado por la fiebre mercantil y
por el afán de acumular riquezas. (Con acrimonia.)
Y no estás ya en edad de atender más a los
negocios que a la suprema especulación de salvar tu
alma, porque el mejor día viene la cobradora fea con
la libranza del vivir vencida, y tienes que pagar a toca
teja, dando tu cuerpo a los gusanos y tu alma a la eternidad.
Y te llaman a juicio; y allá, el ángel que
pesa y apunta, te preguntará por tus buenas acciones,
no por las del Banco, ni por el mayor o menor capital que
tengas en cuenta corriente o en caja... Y entonces será
el rechinar de dientes y el decir... ¡maldita riqueza, malditos
negocios, y maldito tanto por ciento...! (MONCADA se ha sentado
con muestras de fatiga, y aguanta el sermón sin decir
nada.)
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HUGUET.-
¡Basta, por Dios!...
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Escena VI
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Dichos.
La MARQUESA, DANIEL, JAIME, por el fondo; después
GABRIELA.
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MARQUESA.-
Aquí están... ¡Querido
Juan!
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MONCADA.-
(Estrechándole la mano.) ¡Florentina!...
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DOÑA EULALIA.-
¡Qué gozo verte aquí!... (Se abrazan.)
¿Que tal la casita?
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MARQUESA.-
Positivamente la tomo.
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DANIEL.-
(A MONCADA.) Desde mañana, mi querido D.
Juan, seremos vecinos. Usted, según parece, no goza
de buena salud; yo tampoco. Nos acompañaremos, nos
consolaremos mutuamente, reanudando la serie de largos paseos
que eran nuestra delicia seis meses ha.
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MONCADA.-
(Abrazándole.)
Tu amistad es un gran consuelo para mí. Te quiero
como a un hijo.
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MARQUESA.-
¿Y Gabriela?
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JAIME.-
(Atisbando por la puerta de la izquierda.) Aquí está.
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GABRIELA.-
(Vestida con traje más elegante que al
principio del acto.) ¿Toman chocolate?
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MARQUESA.-
Sin
duda.
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DOÑA EULALIA.-
A mí me lo haces con agua. Ya sabes
que ayuno.
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MARQUESA.-
¡Ah! (Recordando.) Mañana
Domingo de Ramos.
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(Forman todos un grupo, del cual se separa
DOÑA EULALIA para reunirse con HUGUET al otro lado
del proscenio.)
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HUGUET.-
(Aparte a DOÑA EULALIA.)
¿De veras conspira usted conmigo?
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DOÑA EULALIA.-
Yo no conspiro;
influyo con mi autoridad en la suerte de la familia... ¿Pero
ese bendito salvaje no viene?
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HUGUET.-
No tardará...
Dígame usted, ¿no le parece que esta familia nos estorba
un poco?
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DOÑA EULALIA.-
Sí; ¡visita más inoportuna...!
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HUGUET.-
¿Qué hacemos?
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DOÑA EULALIA.-
Yo les
espantaré, como a las moscas.
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Escena VII
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Dichos.
JOSÉ MARÍA CRUZ y JORDANA, que entran por el
foro. El primero es hombre rudo y de ademanes torpes, rostro
ceñudo. Viste con decencia y sencillez, sin pretensiones
de elegancia.
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MONCADA.-
(Adelantándose.) Amigo Cruz...
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CRUZ.-
(Saludando con embarazo.) Sr. D. Juan... D. Facundo...
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JORDANA.-
Por tercera vez he enseñado al señor
de Cruz esta hermosa finca, y la fábrica.
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MONCADA.-
(Con tristeza.) ¡Ah!, ¡la fábrica! Desde la muerte
de mi hijo está un poco descuidada.
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CRUZ.-
(Con
sequedad.) Y un mucho. Falta dirección, sobra gente.
El trabajo no marcha con regularidad.
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MONCADA.-
Cierto.
(Continúan hablando.)
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MARQUESA.-
(A DOÑA EULALIA.) ¿Quién es este gaznápiro?
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JAIME.-
(A la MARQUESA.) Es ese Cruz de quien te hablé.
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MARQUESA.-
(Mirándole con impertinente.) Ya...
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DOÑA EULALIA.-
Mala traza, ¿verdad?
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JAIME.-
Y peores obras.
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MONCADA.-
(A CRUZ, presentándole a la MARQUESA.) Nuestra amiga
la señora Marquesa de Malavella. (Presentando a DANIEL.)
Su hijo el señor Marqués de Malavella. (Saludan
inclinándose.)
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CRUZ.-
Por muchos años...
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MONCADA.-
(Presentando a JAIME.) El otro hijo...
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CRUZ.-
A este ya le conocía... el médico. Ese otro
caballerito es abogado.
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DANIEL.-
Servidor de usted.
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GABRIELA.-
(Aparte a JAIME.) ¿Has visto qué tío
más grosero?
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JAIME.-
Nunca vi mostrenco igual.
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