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    La loca de la casa : comedia en cuatro actos
     Benito Pérez Galdós
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Acto II

 

La misma decoración del acto primero.

 

Escena I

 

MONCADA, junto a la mesa de la derecha, revisa cartas y papeles, demostrando inquietud y tristeza. Junto a la mesilla de la izquierda, DOÑA EULALIA, entretenida en una labor de gancho; a su lado la MARQUESA como de visita. Después VICTORIA, que entra y sale varias veces durante la escena.

 

MARQUESA.-   Pues sí, muy contenta en mi casita.

DOÑA EULALIA.-   Daniel se entonará con la vida de campo.

MARQUESA.-   Falta le hace.  (Bajando la voz.)  No creas... algo me inquieta esta aparición de Victoria.

DOÑA EULALIA.-   ¿Temes que tu hijo, al verla...? ¡Oh, no!... con el nuevo giro que la idea religiosa ha dado a sus sentimientos, no es fácil que ninguna pasioncilla mundana asome la cabeza... Pero di, tú crees sinceramente en el misticismo de ese pobre muchacho?

  -72-  

MARQUESA.-    (Suspirando.)  ¡Oh!, sí.

DOÑA EULALIA.-   ¿Y lo celebras?

MARQUESA.-   ¡Qué sé yo...! No puedo negar que, atendiendo a los intereses, me contraría el cambio de vocación..., digámoslo más claro, de oficio. Pero...

DOÑA EULALIA.-   Pero como lo espiritual es ante todo, te conformas, quiero decir, te alegras de que tu hijo cambie la toga por la cogulla o la sobrepelliz...

MARQUESA.-   Claro que debo alegrarme... ¡Y cuidado que el bufete de Daniel prometía!...  (Suspirando.)  ¡Vaya si prometía!...

DOÑA EULALIA.-    (Bromeando.)  Positivismo ¿eh?

MARQUESA.-   Llámalo vida, necesidades... ¡Ay, yo también miro al cielo, pero como ya no veo caer el maná, tengo que revolver la tierra buscando su equivalente!

  -73-  

MONCADA.-    (Con sobresalto, mirando su reloj.)  (¡Ese maldito Huguet, cuándo vendrá!)

MARQUESA.-   (Inquieto está el pobre Juan... ¡Si será oportuno hablarle ahora!... Vamos, me lanzo.) Juan.

MONCADA.-   ¿Qué?

MARQUESA.-   Tengo que hablar a usted de un asunto.

MONCADA.-   Usted dirá.

MARQUESA.-   Me parece que el otro día le indiqué... Soy muy prevenida, y antes de que venza el plazo del préstamo que hizo usted a mi marido...

MONCADA.-   Ya; la hipoteca del Clot. ¿Cuándo vence?

MARQUESA.-   Dentro de cinco meses.

MONCADA.-   Pues no corre prisa.

MARQUESA.-   Es que quiero anunciarle con tiempo que   -74-   necesito una prórroga... dos años más, querido amigo... dos años, en los cuales pagaré intereses, pues no acepto el favor sino con esta precisa condición...  (Advirtiendo que MONCADA, profundamente abstraído, no se entera.)  Pero ¿no me oye?

MONCADA.-   ¡Ah!, perdone usted... Me distraje... Sí, sí, cuente usted con...

MARQUESA.-    (Marcando bien la frase.)  Prórroga con intereses.

MONCADA.-   Quítese usted de ahí... No faltaba más sino que yo cobrase réditos a la viuda de mi mejor amigo, a la mujer heroica que ha sabido defenderse, y aun vencer, en la horrorosa lucha con la adversidad y con...

MARQUESA.-   Con la miseria, dígalo...  (Conmovida.) 

DOÑA EULALIA.-   ¡Ay, Florentina, tu pobre Silverio... qué excelente hombre!... cariñoso padre, esposo amante y fiel! ¡Pero vamos, hija, que te dejó una herencia...!

  -75-  

MARQUESA.-   Sí, deudas enormes que he ido cancelando a fuerza de sonrojos y privaciones horribles.  (Queriendo alejar un triste recuerdo.) 

MONCADA.-   Silverio no se perdió por vicioso; no fue lo que vulgarmente llamamos una mala cabeza.

DOÑA EULALIA.-   Al contrario, pasaba por una de las primeras de Cataluña.

MARQUESA.-   Y eso fue lo que le perdió: su gran entendimiento, la extraordinaria alteza de sus ideas. Vivió poseído de la fiebre de las mejoras y de la pasión de los adelantos. Se embriagaba, sí, esa es la palabra, se emborrachaba con el maldito progreso, y no vivía más que para visitar exposiciones extranjeras...

MONCADA.-   Y traerse acá las máquinas más perfectas de agricultura y de industrias agrícolas.

MARQUESA.-   Por esto, bien puedo decir del pobre Silverio, que fue una víctima de la civilización.  (Sigue hablando con DOÑA EULALIA.) 

  -76-  

VICTORIA.-    (Entrando por la izquierda con una taza de caldo.)  Vamos, papá, tómate este caldito. Hoy apenas almorzastes2.

MONCADA.-   Pues sí que lo tomo.  (Coge la taza.)  ¿Gusta usted, Florentina?

MARQUESA.-   Gracias.

MONCADA.-   Ay, hija mía, ¡cuán breve el consuelo que me das! ¡Tres días tan sólo...!

VICTORIA.-   Pidamos seis a la Madre Superiora.

MONCADA.-   Sí, sí.

VICTORIA.-   Daremos el encargo a Sor Sagrario, que hoy se vuelve allá. ¿Qué quieres ahora?  (Recogiendo la taza de caldo.) 

MONCADA.-   Que me traigas aquel libro de cuentas que quedó en la mesa de mi despacho.

VICTORIA.-   Voy.  (Vase por la derecha dejando la taza sobre la mesa.) 

  -77-  

MARQUESA.-    (Con desconsuelo, mirando a VICTORIA.)  (¡Lástima de muchacha!) Pues como te decía, sólo Dios conoce mi angustioso batallar con las dificultades y apreturas que me legó el pobre Silverio. Durante algunos años, cuando no velaba yo para coser la ropita de mis niños, me quemaba las cejas haciendo cálculos... para defender y estirar el miserable céntimo. Yo misma he vendido al menudeo la lana de mis ovejitas de Castellar del Nuch, y he almacenado en mi alcoba, esperando mejores precios, las patatas del Clot. Se me han estropeado las manos lavando mi ropa, y mi rostro aprendió a no ruborizarse pidiendo a este y al otro amigo los libros en que mis hijos habían de estudiar.

VICTORIA.-    (Entrando con el libro, que da a su padre.)  Aquí está.

MARQUESA.-   En este atroz combate, cayéndome hoy, levantándome mañana, sin hacer caso de las magulladuras del amor propio, perdí mis tierras del Panadés. Hoy, en la situación modestísima que he podido conservar, libre ya, o casi libre de acreedores, me conformaré con salvar mi finca del Clot, la casa patrimonial   -78-   donde nací, aquel terruño queridísimo que guarda la memoria de mis padres. Si lo perdiera, me moriría de pena.

MONCADA.-    (Recordando, con pena.)  ¡Ay!, espere usted, Florentina.

MARQUESA.-   ¿Qué?

MONCADA.-   Que no sé si ese crédito va comprendido entre los que se llevó Huguet para intentar una negociación...

MARQUESA.-   Por Dios, no me asuste usted...

MONCADA.-   No apurarse. En todo caso, lo retiraremos antes de hacer la negociación. Como es cosa de poca entidad...

MARQUESA.-   Relativamente. Para mí es mucho, para usted una bicoca.

MONCADA.-   ¡Ah!, ya no hay bicocas para mí. Estoy arruinado.

MARQUESA.-    (Asustadísima.)  ¡Juan!

  -79-  

MONCADA.-   Como usted lo oye.  (A VICTORIA.)  Hija de mi alma, mira por dónde has resultado previsora dedicándote a ese santo oficio de asistir a los pobres y consolar a los desvalidos. Te estrenarás con tu propia familia.

DOÑA EULALIA.-    (A la MARQUESA, que está consternada.)  ¿No ves que bromea? Y en último caso, Juan, a mi no me asusta la pobreza. Creo que a Florentina tampoco.

MARQUESA.-   ¡Ay, la, pobreza! Esa señora y yo hemos luchado a brazo partido, nos hemos peleado bien, bien, bien. Y como he recibido de ella tantos arañazos y mordiscos, francamente, no le tengo mucha ley que digamos.

MONCADA.-   En fin, Eulalia, tú a un convento, yo al asilo de ancianos en que esté mi hija.  (Rompiendo papeles y arrojándolos al suelo.) 

DOÑA EULALIA.-   Pues yo, tan contenta.  (A VICTORIA.)  ¿Qué dices tú?

VICTORIA.-   ¿Yo? Que el alma siempre es rica. Su capital crece y se multiplica cuanto más se le derrocha.

  -80-  

DOÑA EULALIA.-    (Alabando la frase.)  ¿Eh? ¿Qué tal?

MARQUESA.-   Victoria, cuéntanos tu vida. ¿Estás contenta en el Socorro?

VICTORIA.-    (Siéntase en una silla baja, entre la MARQUESA y DOÑA EULALIA.)  ¡Oh, sí! ¡Qué paz, qué encanto, qué dulzura en aquella vida! Pero también paso mis penitas.

DOÑA EULALIA.-   ¿Penitas? Vamos.  (Fatigada, interrumpe su labor sin soltarla de la mano.) 

MARQUESA.-   Sí, por las tareas arduas, abrumadoras y a veces repugnantes que imponen a las novicias.

VICTORIA.-   Por eso no, más bien por lo contrario.  (Quitándole a su tía de las manos la labor de gancho y continuándola con gran ligereza.)  Perdone usted, tía, no puedo estar sin hacer algo... Las faenas arduas, las cosas difíciles, muy difíciles, son las que me gustan a mí. Cuando me señalan trabajos fáciles y corrientes de los que puede desempeñar cualquiera, me aburro, me impaciento, me pongo triste.

  -81-  

MONCADA.-    (Que a ratos atiende a la conversación sin dejar de romper papeles.)  Eso es orgullo.

DOÑA EULALIA.-   Y ofender a Dios. Hay que someterse.

VICTORIA.-   Si yo me someto. Me resigno a las cosas fáciles, no sin un poquito o un muchito de violencia sobre mí. El mayor gusto mío es que me manden algo en que tenga que vencer dificultades grandes o afrontar algún peligro que me imponga miedo, más bien terror, o ahogar con esfuerzo del alma mis gustos de siempre, mis aficiones más arraigadas. Quiero padecer y humillarme.

MARQUESA.-   ¡Qué viva imaginación la de esta chica!

MONCADA.-   Desde muy niña se distinguió por el entusiasmo repentino y ardiente.

DOÑA EULALIA.-   Y por sus vehemencias, que a veces nos parecían raptos de locura.

MONCADA.-   Lo contrario de su hermana Gabriela; toda   -82-   reflexión y calma. En aquella el instinto del método, las acciones lentas, las ideas prácticas; en esta el arranque súbito, ideas brillantes, actos atrevidos que parecían obra de la inspiración o del capricho.

DOÑA EULALIA.-   ¡Dichosa tú, hija mía, que allá te perfeccionas a tu gusto, y te mortificas tan ricamente sin que te moleste nadie!

MARQUESA.-   ¿Ricamente? Fama tiene de muy estrecha la disciplina del Socorro.

VICTORIA.-   Pues a mí me parece ancha y cómoda. Yo quisiera más...

MONCADA.-   ¿Más qué?

VICTORIA.-   Más trabajo, más dificultades, mayor violencia de la voluntad, para que el padecer fuera extremado y el sacrificio llegara al límite de las fuerzas humanas.

MONCADA.-   ¡Ambiciosilla!

VICTORIA.-   Sí que lo soy.

  -83-  

DOÑA EULALIA.-    (Levantándose.)  Ea; basta de charla ociosa. Hoy Lunes Santo. Es hora de ir a la iglesia, que no faltan ¡ay!, cositas que pedir al Señor. Victoria, ¿vienes?

VICTORIA.-   Después. No quiero dejar solo a papá.

MARQUESA.-   Yo te acompañaré. Rezaremos, sí. Hay que pedir, pedir... (¡Dios mío, que suban los fondos, que suban, sí, para que se arreglen los negocios de este buen hombre, providencia de tantos desdichados!) Juan, adiós, y no sea usted pesimista.

MONCADA.-   Adiós, amiga mía.

DOÑA EULALIA.-    (A MONCADA.)  No trabajes ahora. No olvides que Daniel vendrá hoy a buscarte para dar un paseo.

MARQUESA.-   ¡Ah!, sí... y que vendrá pronto, cuando salga de los Franciscanos.

MONCADA.-   Aquí le espero.

  -84-  

DOÑA EULALIA.-    (A VICTORIA, rechazando la labor de gancho que esta le entrega.)  Acábame esas vueltas, holgazana.  (Vanse las dos señoras por el fondo.) 



Escena II

 

MONCADA, VICTORIA.

 

VICTORIA.-    (En pie, sin mirarle, continuando su labor.)  Y qué, ¿te escribo más cartas?

MONCADA.-    (Sentándose junto a la mesa.)  Sí; dos o tres urgentísimas.

VICTORIA.-   Pues dícteme.  (Deja la labor y se sienta por el otro lado de la mesa, tomando la pluma y preparándose para escribir.) 

MONCADA.-   No sé por dónde empezar...  (Dictando.)  «Señores Miró y Compañía...».

VICTORIA.-    (Escribiendo.)  «Y Compañía... Muy señores míos...».

MONCADA.-   «Tengo el sentimiento de participar a ustedes...   -85-   que... por efecto de la liquidación del sábado...».  (Da un puñetazo en el brazo del sillón y se levanta airado.)  No puedo anunciar yo mismo mi descrédito, la deshonra comercial, la insolvencia.

VICTORIA.-   Papá, ¿qué hablas ahí de deshonra?

MONCADA.-   Sí, hija de mi vida. Estoy arruinado... perdido...

VICTORIA.-   ¿Pero es cierto que...?

MONCADA.-   Lo de menos es la riqueza. El caudal perdido puede ganarse otra vez. Pero la estimación, la pureza de un nombre intachable no se recobran una vez perdidas.

VICTORIA.-    (Con extrañeza.)  ¡La estimación! Si Dios te estima, ¿qué te importa que no te estimen los hombres?

MONCADA.-    (Muy excitado.)  ¡Dios has dicho!... La religión me consolará de la pobreza; no puede consolarme del descrédito vergonzoso.

VICTORIA.-   No te aflijas.

  -86-  

MONCADA.-   Y esos pobres niños, los hijos de tu hermano Rafael, tendrán que ser recogidos por los amigos de casa, ¡o llevados a un hospicio!

VICTORIA.-  No me lo digas...

MONCADA.-   ¡Y tu pobre hermana...!

VICTORIA.-   Se casará con Jaime, que no ha de rechazarla por pobre.

MONCADA.-   Y Jaime tendrá que recogerme a mí... No; imposible que yo sobreviva a este inmenso desastre.

VICTORIA.-    (Cogiéndole las manos.)  ¡Papá, por Dios crucificado...!

MONCADA.-   Déjame... No me prediques... No entiendo tu lenguaje... Ni tú entiendes el mío... Hiciste bien en ponerte en salvo, abandonando tu casa y tu familia antes de la catástrofe, que ya no te afecta, no puede afectarte.

VICTORIA.-    (Con efusión.)  Papá, padre querido... No me hables así,   -87-   que me destrozas el alma. Te dejé cuando vivías en la opulencia. Pobre, no te hubiera dejado nunca. Te quiero tanto, tanto, que daría mi vida mil veces por evitar tus penas, por aliviarlas tanto así... Y ahora que vas a ser un pobrecito, ahora... no sé cómo expresártelo...  (Con calor y entusiasmo.)  no sé... porque el amor que te tengo no cabe en mí, ni en el mundo entero.

MONCADA.-    (Abrazándola tiernamente.)  ¡Hija de mi vida!

VICTORIA.-   Ten fe, ten fe... y verás.

MONCADA.-   Bueno: por fe no ha de quedar.

VICTORIA.-   Pues nada temas; yo te salvaré.

MONCADA.-   ¿Tú?

VICTORIA.-    (Con resolución.)  Yo, sí... ¿Te burlas? Yo, yo... Aquí tienes a la que llamabais la loca de la casa, a tu hijita caprichuda y soñadora; aquí la tienes, amenazándote con nuevos delirios de su imaginación arrebatada.  (Con orgullo.)  Yo, sí, yo te sacaré de penas.

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MONCADA.-    (Con mucho interés.)  ¿Cómo?

VICTORIA.-   Pidiéndoselo a Dios.

MONCADA.-    (Desalentado.)  ¡Inocente, alma pura y sencilla! ¡Y crees tú que Dios...!

VICTORIA.-   Concede, sí, todo lo que se le pide.

MONCADA.-   ¿Todo, todo?

VICTORIA.-   Sí, sí. Pero hemos de pedirlo con vivísima, con ardiente fe. Verás cómo imprime a nuestra voluntad una fuerza increíble, colosal, una fuerza que removerá todos los obstáculos...

MONCADA.-   ¡Una fuerza!  (Confuso.)  ¡La voluntad! ¡Ah, si en la voluntad consistiera...!

VICTORIA.-    (Con resolución graciosa.)  Tú déjame a mí, y verás...

MONCADA.-    (Viendo entrar a HUGUET.)  ¡Ah!, gracias a Dios.  (A HUGUET.)  ¡Qué hay?


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Escena III

 

Dichos. HUGUET.

 

HUGUET.-   Nada, que Llorens Hermanos se declaran también en quiebra. No hay que pensar en salvación por ese lado.

MONCADA.-   Ni por otro alguno.

HUGUET.-    (Como recobrando la esperanza.)  Y al fin, ¿habló Cruz contigo?

MONCADA.-    (Sorprendido.)  ¿Cruz?... No.

HUGUET.-   Accediendo a mis instancias, no desiste de comprar la fábrica, ni de hacerte el empréstito...

MONCADA.-   ¡Ah!, ¿pero en qué condiciones...?

HUGUET.-   Querido Juan, en las únicas posibles. ¿Pues qué creías tú? Otra cosa hubiera sido si...  (Recelando hablar delante de VICTORIA, que, sin moverse del asiento, continúa su labor de gancho.) 

  -90-  

MONCADA.-   No temas hablar delante de esta. Ya la enteré de todo.

VICTORIA.-   Sí, sí, ya sé que querían sacrificar a mi hermana, casándola con un bruto muy rico, con ese Cruz... No le conozco... ni quiero...

MONCADA.-    (A HUGUET.)  Bueno, pues oiremos sus proposiciones. Si he de ser franco, no creo en la leyenda de su perversidad.

HUGUET.-   Ni yo. Pero creo en la tenacidad de sus resoluciones, en la dureza marmórea de su corazón. Trata los negocios con una rectitud huraña, rígida, inflexible como un lingote de hierro... Pues ese mismo hombre, tan fiero y de tan ruda forma, parecía un niño contándome su ilusión de entroncar con los Moncadas, de juntar las dos razas, las dos firmas... Y cree que su plan era cosa grande...  (Expresando con un gesto la superioridad.)  Cuando Eulalia y yo empezamos a conspirar, dirigiome el hombre esta carta...  (La saca del bolsillo.)  en la cual sintetiza su pensamiento...  (Mostrándola a MONCADA, que la rechaza con tristeza.)  Proponía, como verás, la creación de una Sociedad Comanditaria,   -91-   a la cual aportaba un capital de quince millones... tú aportarías la fábrica, cuya gerencia desempeñaría él...

MONCADA.-   Calla, déjame.  (Con profundo disgusto.)  ¿A qué me pones delante de los ojos esa tabla, a la cual no podemos agarrarnos?

HUGUET.-   Admitiría las acciones de nuestro Banco al precio de emisión... Se pagarían todos los créditos pendientes...

MONCADA.-   Basta te digo. Si no ha de ser...

HUGUET.-    (Guardándose la carta, amoscado.)  Bueno: déjame al menos el derecho de maldecir nuestro destino.

MONCADA.-   Maldice, maldigamos todo lo maldecible.

HUGUET.-   Y no extrañes que el hombre, irritado por la sequedad humillante de la repulsa, te trate ahora como enemigo...

MONCADA.-   Sí; ya sé que tendré que sucumbir a las circunstancias. Me estrujará para sacar el último   -92-   zumo del limón, y hará un estropajo de mis entrañas.

HUGUET.-   Y no podrás quejarte.

MONCADA.-   Si no me quejo. Renuncio a todo, hasta al derecho al quejido.

VICTORIA.-   Si me dejan decir mi opinión...

MONCADA.-   Dila.

VICTORIA.-   Pues... no entren en tratos con el malo; que al malo, Dios le confundirá.

MONCADA.-   En eso estamos... Pero por de pronto, a quien confunde es al bueno.

HUGUET.-   ¡Ea, que no es tan malo Cruz! Y en todo caso, hay que reconocerle una cualidad excelsa.

MONCADA.-   ¿Cuál?

HUGUET.-   Que si no hay otro más duro para hacer   -93-   cumplir, tampoco lo hay más exacto en el cumplimiento de sus obligaciones. Mi hermano Roberto, que le ha tratado en América, me ha dicho que sus compromisos tiénense por cosa sagrada, y que su palabra vale tanto como escritura pública.

VICTORIA.-   Algo es algo.



Escena IV

 

Dichos. GABRIELA, que sale precipitadamente por la izquierda, con delantal.

 

GABRIELA.-    (A VICTORIA.)  Tú aquí de parola, y yo allá consumiéndome la figura, sofocada, sin poder hacer carrera de esos chiquillos.

MONCADA.-   Pero hija, ¿qué es eso?

GABRIELA.-   Nada, papá, han perdido el respeto a la institutriz, y a mí me lo perderían también sin las solfas que les doy.  (A VICTORIA.)  Pero tú, aprendiz de maestra angélica, ¿por qué no vas allá? A ver, domestícame a esos serafines diabólicos.

  -94-  

HUGUET.-   Pues no vienes poco fuerte.

GABRIELA.-   Mira, mira,  (Mostrándole su delantal, desgarrado de arriba a bajo.)  lo que acaba de hacerme Aurorita.

MONCADA.-   ¡Qué gracioso!

VICTORIA.-   Por poco te afanas.

GABRIELA.-   Pues anda tú.

VICTORIA.-   Ya lo creo que iré. ¡Valiente cuidado me dan a mí travesuras de chiquillos!

GABRIELA.-   Ya no puedo, no puedo atender a tantas cosas.  (Revolviendo precipitadamente la cesta de costura, saca hilo y aguja y se cose el delantal.)  ¿Sabes, papá, lo que hizo Pepito? Pues meter las dos manos en un plato de natillas, y después ir marcando uno a uno todos los muebles del comedor.

MONCADA.-   Ja, ja...

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HUGUET.-   ¡Qué mono!

GABRIELA.-   Merceditas, a quien no puedo quitar la costumbre de hablar como un carretero, me ha llamado... No lo puedo decir.  (Todos sueltan la risa.)  Y Pepito, cuando le pongo de rodillas por no saber la lección, se entretiene en arrancar las hojas de la Gramática... para poner rabos a las moscas.

HUGUET.-   Lo mismo hacía yo.

MONCADA.-   Y yo.

GABRIELA.-   Y a todas estas, la institutriz pone morros, y Celedonia riñe con el ama, y esta se atufa y me amenaza con irse; y se presenta el marido perdonándonos la vida... En fin, que tengo ya la cabeza como un bombo.

VICTORIA.-    (Bromeando.)  ¿Quieres apostar a que voy yo y todo lo arreglo?

GABRIELA.-   Pues anda, anda... Te cedo la plaza. A ti todo te parece facilísimo.

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VICTORIA.-   Todo no, eso sí, porque lo es.

GABRIELA.-   Quisiera yo verte aquí...  (Acabando la costura y cortando el hilo con los dientes.)  Para estos trajines, tienes tú demasiado... espíritu... ¡Ay, es un gran comodín eso del espíritu, y hacer todas las cosas con el pensamiento, en vez de hacerlas con las manos, con estas!

VICTORIA.-   Yo también tengo manos.  (Con viveza las dos.) 

GABRIELA.-   No es censura... pero hay que probarse.

VICTORIA.-   Probarse, sí.

GABRIELA.-   En la vida práctica.

VICTORIA.-   En ella estoy.

HUGUET.-    (Interponiéndose.)  Vamos, no riñan por cual de las dos vale más. Ambas son excelentes, inapreciables, cada cual en su hechura y estilo.

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GABRIELA.-    (Riendo.)  Si no reñimos... ¡Pero qué tonto!

MONCADA.-   ¿Reñir mis hijas? Nunca.

HUGUET.-   (Aquí están las dos, la divina y la humana. Ninguna de las dos le sirve para nada. ¡Pobre Juan!)

MONCADA.-    (A HUGUET.)  No nos descuidemos, Facundo, por si viene...

HUGUET.-   ¿Tienes ahí la titulación de los terrenos de la fábrica?

MONCADA.-   Creo que sí.

HUGUET.-   Pues examinémosla.

MONCADA.-   Vamos...  (Dirigiéndose al despacho.)  Preparémonos para la decapitación.


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Escena V

 

VICTORIA, GABRIELA, CARMETA, que entra y sale por la izquierda.

 

GABRIELA.-    (Mirando al suelo, a trechos cubierto de papeles rotos.)  Bonito han puesto esto. No puedo ver tanta suciedad.  (Llamando.)  Carmeta.

CARMETA.-    (Por la izquierda.)  ¿Señorita...?

GABRIELA.-   Barre aquí.  (Vase la criada.) 

VICTORIA.-   El pobre papá ¡qué malos ratos pasa!

GABRIELA.-    (Suspirando.)  Ya... ¡Y que nosotras, infelices mujeres, no podamos evitarlo!

VICTORIA.-   Sí, triste cosa es nuestra insignificancia, nuestra incapacidad para todo lo que no sea las menudencias del trabajo doméstico.  (Entra CARMETA con una escoba. VICTORIA se la quita y se pone a barrer.) 

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GABRIELA.-    (A CARMETA.)  A Celedonia que planche primero la ropa de los niños. Las enaguas no corren prisa. (Vase CARMETA.)  ¡Pero tú...!  (Viendo barrer a VICTORIA.)  Vamos, eso es jugar a los trabajitos.

VICTORIA.-    (Con gracejo.)  Hija, no hay más remedio que rebajarse, ahora que vamos a ser pobres... digo, tú, que yo... ya lo soy.

GABRIELA.-   ¡Ay, la desgracia me coge bien prevenida! No me asusta la pobreza. Vaya, tengo que hacer.  (Dirígese a la puerta, y como atormentada de una idea, vuelve.)  Dime, Victoria, ¿papá está quejoso de mí? ¿Te ha dicho algo?

VICTORIA.-    (Dejando de barrer, pero sin soltar la escoba.)  No, no... ¡Pobrecito!

GABRIELA.-   Porque ya ves... Tú estás enterada. ¿No crees que hice bien...?

VICTORIA.-   Yo... ¿que si creo?... Te diré. No se debe exigir a la criatura humana ningún acto superior   -100-   a su propia resistencia. Si yo te dijese: «Gabriela, échate al hombro esta casa y anda con ella», te reirías de mí.

GABRIELA.-   Como te reirías tú si yo te lo dijera.

VICTORIA.-   Quizás no, porque si yo me encontrara en tu situación, y me hubieran dicho «levanta en vilo esta casa...» la habría levantado.

GABRIELA.-   ¿Qué quieres decirme?  (Amoscada.)  ¡Que siempre has de hablar con figuras! ¿Luego tú... también tú, crees...?

VICTORIA.-   No te inculpo. Cada cual levanta los pesos que puede. El sacrificio, la querencia de las dificultades, el desprecio de nuestra felicidad para buscar en la desdicha una dicha mayor, ese homenaje del alma a Dios, que gusta de verla llegar hasta Él por los caminos más estrechos, no es, no, para todos los caracteres.

GABRIELA.-   Sutil estás... y orgullosa... ¿De modo que tú?... vamos, crees sin duda que debí sacrificarme...?

  -101-  

VICTORIA.-   Yo no digo que tú lo hicieras... Claro, no podías... Te faltaba valor, desprecio de ti misma, poder de anulación.

GABRIELA.-   ¡Valor, desprecio, anulación! Eso entraría en la esfera de lo sublime, querida hermana, y lo sublime no se ha hecho para esta pobre criatura casera y vulgar. Soy muy prosaica, ya lo ves. No ambiciono pasar a la historia, ni que me dediquen tres o cuatro renglones en el Año Cristiano.  (VICTORIA sigue barriendo sin decir nada.)  ¿Quiere decir esto que me falta valor? Bueno. Quizás me sobraría para soportar las mayores desgracias, la miseria, la muerte. Para ser esposa de una bestia, reconozco que no lo tengo.

VICTORIA.-   Sí, sí... Líbrete Dios de semejante prueba... No se hable más del asunto.

CARMETA.-    (Entrando por la izquierda.)  Señorita, el pescadero. ¿Qué se toma?

GABRIELA.-    (Enjugándose una lágrima.)  Voy, voy al momento... ¡Cómo me entretengo charlando!  (Vanse presurosas GABRIELA y la criada.) 


  -102-  

Escena VI

 

VICTORIA; después CRUZ; al fin de la escena HUGUET.

 

VICTORIA.-    (Barriendo con decisión.)  No cede, no. ¡Razón tenía la pobre! El sacrificio sería horrible, tremendo... superior a las fuerzas humanas.  (Parándose meditabunda.)  No, no, no; nada es superior a este soberano impulso del alma, nacido de la fe, y que frente a las dificultades se encrespa, se agiganta, y las arrolla al fin, las pulveriza.  (Entra CRUZ.)  ¡Ah! Este es sin duda... sí... ese Cruz... la bestia...

CRUZ.-   (¡La monja!)  (Deteniéndose cohibido.) 

VICTORIA.-   Pase usted.  (Sigue barriendo.)  Papá saldrá pronto.  (Después de observarle rápidamente.)  (En efecto, amarguillo debe de ser este cáliz...) Tome usted asiento, señor Cruz.

CRUZ.-   ¡Ah, me conoce usted!

VICTORIA.-   De fama.

  -103-  

CRUZ.-   Aquí la tengo muy mala, según parece.

VICTORIA.-   Regular.

CRUZ.-   Pues yo... No es esta la primera vez que veo a usted.

VICTORIA.-    (Parándose, apoyada en el palo de la escoba.)  ¿A mí?... ¡Ah, en mi infancia!

CRUZ.-   No; ahora.

VICTORIA.-   ¿En dónde?

CRUZ.-    (Siempre con sequedad.)  Acostumbro madrugar. Esta mañana salí tempranito a dar mi paseo; entré en el parque por la hondonada de Paulet, y allá, en el lavadero que hay entre los tilos, estaba usted con otras mujeres.

VICTORIA.-   ¡Ah!, sí, lavando...

CRUZ.-   Díjome Rufina que por las mañanitas suele usted ir allá, y que ayuda a lavar la ropa de los criados.

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VICTORIA.-  Alguna vez.

CRUZ.-   Pues sí; usted no me vio a mí. Pasé de largo... Hablando de obra cosa: seguramente usted no se acordará de aquellos tiempos... Era muy niña.

VICTORIA.-   Sí que me acuerdo...  (Con asombro infantil.)  ¿Y es cierto lo que dicen?

CRUZ.-  ¿Qué?

VICTORIA.-   Que es usted Pepet, aquel muchachote tan...

CRUZ.-   Acabe: tan diabólico, tan cerril y de mala sangre, según decían.

VICTORIA.-   Pero ¿de veras?... ¿es usted el mismísimo Pepet?

CRUZ.-   El legítimo, el auténtico, el que tiraba del carrito en que se paseaban las dos niñas...

VICTORIA.-   ¡Vamos, y que hacía usted de caballito con una propiedad...!

  -105-  

CRUZ.-   Con tanta propiedad, que usted, una tarde, se empeñó en que había de comer cebada.

VICTORIA.-   ¿De veras? Ja, ja...

CRUZ.-   Y la comí.

VICTORIA.-   ¡Qué cosas!

CRUZ.-   No sé si se acordará de cuando usted y su hermanita, asomadas a la ventana de arriba, mientras yo abría los hoyos...

VICTORIA.-   ¿Le echábamos salivitas y salivitas...? ¡Vaya si me acuerdo!

CRUZ.-   Que me caían aquí.  (En el pescuezo.) 

VICTORIA.-   Después se fue usted a las Américas, y ha vuelto cargado de riquezas, que no le sirven más que para ofender a Dios. Porque el dinero, entiéndalo usted,  (En tono infantil y gracioso.)  es cosa muy mala, pero muy mala.

CRUZ.-   Tan malo, que todos lo persiguen... para cogerlo.

  -106-  

VICTORIA.-   Hay gustos muy raros.

CRUZ.-   Como el de usted, por ejemplo.

VICTORIA.-   ¿Cuál?

CRUZ.-   Si no se enoja, se lo diré.

VICTORIA.-   Diga.

CRUZ.-   Eso del monjío, envolver su rostro en la desairada toca, vestirse con tan feo traje, adoptar una vida de estúpidas ñoñerías, entre beatas asquerosas y frailes imbéciles.

VICTORIA.-   (¡Cuanta grosería!) Sí, ese es mi gusto. ¡Qué quiere usted!... Dígame, ¿esa manera de hablar y de calificar a las personas religiosas, es constante en usted?

CRUZ.-   Cuando me piden mi opinión, la doy sin floreos. Soy muy burdo, muy mazacote.

VICTORIA.-   Ya, ya se ve.  (Volviendo a barrer.)  (Verdaderamente, el sacrificio sería espantoso... ¡Qué   -107-   facha, qué innoble lenguaje, qué bajeza de pensamientos!)

HUGUET.-    (Que no pasa de la puerta de la derecha.)  ¿Pero estaba usted aquí? Juan y yo le esperábamos...

CRUZ.-   Me entretuvo la barrendera...

HUGUET.-   Pase, pase...  (Salen CRUZ y