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    La loca de la casa : comedia en cuatro actos
     Benito Pérez Galdós
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Acto IV

 

Sala baja en el Hospital y Casa de Maternidad de Santa Madrona, de construcción ojival.-A la derecha, la entrada de la iglesia, con escalinata de cuatro o cinco peldaños.-En el lienzo del fondo, a la izquierda, rompimiento de arco ojival que da paso al claustro, del cual se ve una parte.-A la derecha, frente al espectador, puerta pequeña de una estancia, en la cual se verá, cuando se indique, mesa puesta como para un refresco.-A la izquierda, dos puertas: una de ellas conduce a las cocinas y dependencias del establecimiento, las cuales se supone están en el sótano.-Mesa y sillas.-Es de día.-Antes de alzarse el telón, óyese música de órgano, que continúa durante la escena primera.

 

Escena I

 

JORDANA, de frac; dos Hermanas de la caridad; después la MARQUESA.

 

HERMANA 1ª.-   Todo está dispuesto.

JORDANA.-   No olvidar los ramos para las señoras. Cuidadito con el servicio del buffet. ¿Han traído el champagne y los licores?

HERMANA 1ª.-   Sí, señor.  (Retíranse, y JORDANA las llama.) 

  -224-  

JORDANA.-   Ya saben que a los chicos se les da una merienda...

HERMANA 2ª.-   Y un extraordinario a los convalecientes.

JORDANA.-   Justo.

HERMANA 1ª.-   Nada faltará, Sr. D. Manuel. Esté tranquilo.  (Vanse las Hermanas.) 

MARQUESA.-    (Entrando presurosa e inquieta, como buscando a alguien.)  ¡Ah!... Jordana. ¿Ha visto usted a mi hijo?

JORDANA.-   ¿Daniel? Sí; en la iglesia entró hace un momento... ¡Pero qué pronto han venido ustedes! Esto se llama puntualidad.

MARQUESA.-   Se llama anticipación. Yo suelo anticiparme para coger un buen puesto.

JORDANA.-   Usted lo tiene siempre. Dispénseme, señora Marquesa. Tengo que dar órdenes...  (Mirando por la puerta de la iglesia.)  Ya le tiene usted ahí.  (Vase JORDANA por el fondo.) 


  -225-  

Escena II

 

La MARQUESA, DANIEL, que sale de la iglesia poniéndose el sombrero. Calla el órgano.

 

MARQUESA.-   Pronto te has cansado por cierto. El hermoso ritual, que antes era tu delicia, te aburre ya.

DANIEL.-    (Con desabrimiento.)  Sí, me fastidia, me causa pena. No sé qué siento, ni qué nueva crisis es esta por que pasa mi espíritu, después de la horrible escena de anteayer en la fábrica.

MARQUESA.-   Horrible, sí;  (Alarmada.)  pero sin consecuencias.

DANIEL.-   Salvo la gran enseñanza que me ha traído.  (Asombro de la MARQUESA.)  Sí; aquel arrebato, en que a punto estuve de cometer un homicidio, ha sido para mí revelación del mayor engaño de mi existencia. Te lo diré más claro. Yo creía sujetas y para siempre vencidas mis pasiones; creíme llamado a una vida pura y a la gloriosa obscuridad del estado eclesiástico... ¡Mentira, farsa! Un instante de cólera ciega   -226-   destruyó la ilusión en que por tantos meses he vivido. Fue como el despertar de un estúpido sonambulismo. Aquel sacudimiento me hizo volver en mí; y al resquebrajarme, como la tierra después de un terremoto, salieron otra vez las pasiones, los deseos desordenados, todo mi ser antiguo... Claramente veo ya que mi religioso entusiasmo era un artificio del espíritu para engañarse a sí propio... transformación mágica de mi idolatría por esa mujer; idolatría que no disminuye, más bien aumenta, al dejar de creerla celestial.

MARQUESA.-    (Asustada.)  ¡Hijo mío, por Dios!... Desecha esas ideas...

DANIEL.-   En fin, mamá, ya no seré religioso. Me lo impide este nidal de serpientes que en mí he descubierto, que ya me invaden, me cogen por aquí y por allá. Están hambrientas, y en un instante se han comido todo el misticismo que encontraron dentro de mí.

MARQUESA.-   Pues mejor. Sosiégate.  (Acariciándole.)  ¡Daniel, hijo mío!...

DANIEL.-    (Con efusión.)  Madre querida, necesito revelarte todo lo   -227-   que siento, todo, todo, hasta lo más horrible. ¿A quién sino a ti puedo y debo descubrirme por entero?

MARQUESA.-   Sí, dímelo todo. Yo te consolaré.

DANIEL.-   La salida de Victoria de la casa conyugal me trae un nuevo sacudimiento, un nuevo trastorno. ¡Increíbles fases de la pasión en nuestra alma, según se nos va presentando la persona que la inspira! ¿Ella religiosa?, yo también. ¿Ella casada?, yo demente... y por fin...

MARQUESA.-    (Asustada.)  ¿Qué quieres decir?

DANIEL.-   Que al verla huir de su tirano pensé que me amaba; creí que me sería fácil arrastrarla a la infidelidad...

MARQUESA.-    (Horrorizada.)  ¡Hijo mio, tú, tú, tan piadoso... tan bueno...!

DANIEL.-    (Con exaltación.)  ¿Piadoso yo? ¡Vana, ridícula ilusión! Con ella, con Victoria... me gustaría el Infierno.

MARQUESA.-   Calla... Temo por tu razón...

  -228-  

DANIEL.-   Satanás entró en mí... Aquí, aquí le tengo. Si Victoria confirmase con una palabra el ansia que me devora, huiría con ella al último confín del mundo.

MARQUESA.-   ¿Y me abandonarías? ¿Abandonarías a tu madre?

DANIEL.-    (Después de vacilar.)  Sí... ya ves cómo no te oculto nada, ni lo más indigno.

MARQUESA.-    (Llorando.)  ¡Increíble ingratitud!

DANIEL.-    (Abrazándola cariñosamente.)  No, no temas. Ya no hay peligro.

MARQUESA.-   ¿Por qué?

DANIEL.-   Porque esa palabra, que a las mayores locuras me lanzaría... Victoria no la ha pronunciado  (Con profunda amargura.)  ¡ni la pronunciará! Acerqueme a ella ayer, muerto de ansiedad. Su mirada, el timbre de su voz, sus palabras terminantes me revelaron los sentimientos que le inspiro... Nada; una afabilidad compasiva que me dejó helado, yerto... arrancándome   -229-   hasta la última esperanza. Ni por el camino del bien, ni por el del mal, ni por Dios, ni por Satán, será mía esa mujer... Y esta firme persuasión me convierte en un ser mecánico... Un resto de razón me dice que debo vivir, y volver a la vida seglar y ordinaria, al trabajo y a las obligaciones.

MARQUESA.-   Eso... eso... ¡Gracias a Dios!... Victoria no te ama. Es casada y virtuosa. No pienses en ella, no te dejes tentar del Demonio maldito.

DANIEL.-    (Con profunda tristeza.)  ¡Ay! Si no te hubiera tenido presente en mi alma, ayer, después de la entrevista con Victoria, me habría quitado la vida.

MARQUESA.-    (Abrazándole conmovida.)  No digas tal... ¡Ay, me matas!

DANIEL.-   No temas... Debo vivir para ti, madre querida... Verás, verás cómo me porto. En un par de años de bufete ganaré lo bastante para comprarte una finquita mejor que el Clot.

MARQUESA.-    (Con amargura.)  ¡Ay, no me recuerdes el bien perdido!

DANIEL.-    (Exaltándose.)  ¡Vil, execrable usurero, publicano infame!

  -230-  

MARQUESA.-    (Calmándole.)  No le nombres... calla. Víctimas inocentes, condenamos al olvido a nuestro verdugo.

DANIEL.-   No puedo olvidarle, no puedo. Es mi pesadilla, mi idea dominante. Amarga savia de mi existencia, es el odio que le tengo... Y si me tropiezo con él otra vez, si me provoca, aunque sólo sea con su mirar insolente, soy hombre perdido.

MARQUESA.-   Por Dios, no me asustes... Mira, hijo; conviene que nos volvamos pronto a Barcelona...

DANIEL.-   ¡Oh!, sí, mañana...

MARQUESA.-   Esta tarde misma... ¿Quieres?

DANIEL.-   Sí... Sácame de este suplicio, de este peligro inmenso.



Escena III

 

Dichos. JORDANA.

 

MARQUESA.-   ¿Pero cuándo empieza esto, Jordana?

  -231-  

JORDANA.-   Son las tres, señora.

MARQUESA.-   ¡Qué satisfacción sentirá usted al convocar a sus amigos para ceremonia tan bella, en este soberbio edificio...!

DANIEL.-   Habrá usted perdido la esperanza de que ese sátrapa de Cruz lo termine.

JORDANA.-   Las perdí; pero las he recobrado otra vez. Yo no desmayo; yo siempre espero.  (En tono confidencial.)  Ya tienen ustedes noticia de la disidencia matrimonial.

MARQUESA.-   Sí.

JORDANA.-   Yo aspiro a conseguir la reconciliación.

DANIEL.-   ¡Usted!...

JORDANA.-   Sí; me meto a componedor y a diplomático, con la esperanza de que mis buenos oficios se me paguen en ladrillo contante y sonante, o en sillería.

  -232-  

DANIEL.-   ¡Ay, qué inocente!

JORDANA.-  No tanto como usted cree. He descubierto que el publicano ama locamente a su mujer... Anoche, me le encontré en un estado de locura que daba miedo. Rugía como un tigre de malas pulgas, y toda silla en que se sentaba se partía en sin fin de pedazos. Tiznado y sudoroso de haber andado en los hornos de la fábrica, con la blusa hecha girones, que agrandaba clavándose las uñas en los brazos, era la estampa de un Lucifer de la clase obrera, enviado del Infierno para traernos la nivelación social. Su fuerza física parece duplicarse con la cólera que arde en su pecho hercúleo, y esta mañana... a un infeliz capataz que no entendía sus órdenes, le cogió... así... y ¡zas!, al estanque de remojo.

MARQUESA.-   ¿Y le tiró?

JORDANA.-   Como que por poco se ahoga. Hoy ha despedido a mucha gente. La mitad de los operarios en la calle.

DANIEL.-   Es un castigo del cielo ese hombre.

  -233-  

JORDANA.-   Hoy no se oyen en la fábrica más que llantos, gemidos, imprecaciones. Parece aquello el cautiverio de Babilonia.

HERMANA DE LA CARIDAD.-    (Entrando por la puerta pequeña del fondo. Esta queda abierta, y por ella se ve mesa puesta como para un refresco.)  Don Manuel, a ver si la mesa está a su gusto.

JORDANA.-   Voy en seguida.  (Vase la HERMANA DE LA CARIDAD.) 



Escena IV

 

Dichos. MONCADA, que entra por el claustro; después DOÑA EULALIA y JAIME.

 

MONCADA.-   Ya estamos aquí.

JORDANA.-   ¿Y Victoria?

MONCADA.-   Con las señoras de Fiol, visitando la sala de Expósitos.

JORDANA.-   Corro allá.

  -234-  

MONCADA.-    (Deteniéndole amistosamente.)  Una palabra...  (Hablan aparte.) 

DOÑA EULALIA.-    (Con JAIME por el claustro.)  Esto va largo.

JAIME.-   Hay bateo para toda la tarde.

DOÑA EULALIA.-   Y a mis sobrinos les da por visitar ahora la sala de incluseros. No me divierten los chiquillos, ni aun aquellos que no tienen quien les haga mimosos.

MARQUESA.-    (Saludándola.)  Eulalia, felices...

DOÑA EULALIA.-    (Estrechando la mano a la MARQUESA y a DANIEL.)  Me han dicho que este demonio de Jordana ha decorado la iglesia con una magnificencia asiática.

MARQUESA.-   Entremos a verla.  (A DANIEL.)  Ven tú también. No quiero que te separes de mí.

JAIME.-   Yo lo doy por visto.

DOÑA EULALIA.-    (Queriendo llevarle.)  ¿Qué dice el incrédulo, qué dice la Materia?

  -235-  

JAIME.-   Que está siempre a disposición del Espíritu.  (Le da el brazo. ) 

 

(Los cuatro entran en la iglesia.)

 


Escena V

 

MONCADA, JORDANA.

 

MONCADA.-   ¡Cuánto me alegraría de que sus negociaciones, amigo Jordana, tuvieran un éxito feliz! Francamente, esa separación no me gusta.

JORDANA.-   Ante todo, Cruz quiere tener una entrevista con usted.

MONCADA.-   Pues cuando guste. ¿Debo ir allá?

JORDANA.-   Quizás puedan verse aquí. Rechazó con malos modos mi invitación... Pero me puse tan pesado y tan fastidioso, que al fin pude arrancarle la promesa de venir, por supuesto, dándole las seguridades de que no habrá himno, ni memorial presentado por las señoras, ni discurso mío, ni nada de lo que él llama mojiganga.

  -236-  

MONCADA.-   Dudo que venga, a pesar de ese cambio en el programa.

JORDANA.-   Por si acaso, iré a buscarle.  (Mirando su reloj.)  No; ya no puedo. Daré el encargo a mi primo.



Escena VI

 

Dichos. VICTORIA, una HERMANA DE LA CARIDAD, que entran por el claustro.

 

JORDANA.-    (A su encuentro.)  ¡Ah, señora!...

VICTORIA.-   ¿No está aquí Gabriela?

MONCADA.-  ¿Pero no fuisteis juntas a ver a los expósitos?

VICTORIA.-   Sí; pero allí se nos unieron las de Fiol. Pasamos de sala en sala. Unas bajaban, otras subían. Yo me perdí. Pareciome que Gabriela había bajado al refectorio.

JORDANA.-   Ya parecerá...

  -237-  

VICTORIA.-   Sor Agustina ha sido tan amable, que además de acompañarme por el laberinto de pasillos y escaleras, me ha informado de varias cosas que necesito saber.

HERMANA DE LA CARIDAD.-   De ropa de cama y envolturas para los niños no estamos bien. ¿Verdad, D. Manuel?

JORDANA.-   Lo mejor será que se le dé nota exacta de lo que tenemos en el guardarropa6, de las pensiones de lactancia, del coste anual de cada chiquillo...

VICTORIA.-   Eso es. Ya me enterarán de todo cuando estemos más despacio.

HERMANA DE LA CARIDAD.-   Pues con su permiso...  (Saluda y se retira.) 

JORDANA.-   Con que... Inspeccionemos el buffet.



Escena VII

 

VICTORIA, MONCADA.

 

VICTORIA.-    (Sentándose.)  Cansada estoy de veras...

  -238-  

MONCADA.-    (Observando que VICTORIA se lleva la mano a los ojos, mareada.)  ¿Pero qué tienes?... ¿Te sientes mal?

VICTORIA.-   No; se me va la cabeza... Me marea tanto subir y bajar escaleras.

MONCADA.-   Tú no estás bien. No te has repuesto aún del disgustazo del otro día...

VICTORIA.-   Ya descansaré. Anoche no pude pegar los ojos. Pensaba en el pataleo del pobre animal al encontrarse solo. Además, no se apartan de mi pensamiento las atrocidades que hará separado de mí.

MONCADA.-   Me ha contado Jordana que anoche, sentado a la mesa sin probar bocado, su cara tétrica daba compasión.

VICTORIA.-   Echaría de menos nuestra conversación amenísima: «Victoria, ¿apuntaste la partida de los moldes?... Sí, hijo...». «Que no se te olvide la rebaja que hemos hecho en los jornales de máquina». Luego hablamos de si el carbón que nos da Rius es peor o mejor que   -239-   el que nos daba la Compañía Hullera, o del tiempo favorable o adverso para las cochuras. ¡Ya ves qué cosas tan divertidas! Pero estas vulgaridades crían costumbre; y en el molde de la costumbre nos vaciamos y nos endurecemos.

MONCADA.-    (Suspirando con profunda pena.)  (¡Pobre hija de mi alma! ¡Y por mí tomó tan pesada Cruz!) Háblame con absoluta sinceridad. ¿Deseas que sea definitiva la separación?

VICTORIA.-   Te hablaré como a mi confesor. En los primeros momentos, la separación pareciome un bien. Pasados dos días, ya no me lo parece.

MONCADA.-   ¿Volverías?...

VICTORIA.-    (Después de vacilar.)  Sí... La vida con Pepet es árida, trabajosa; pero es vida. Es un batallar constante, aunque sin ruido... Soy yo muy guerrera. Peleo, caigo, me levanto, recibo crueles heridas, me las curo con mi bálsamo de Fierabrás, y otra vez a luchar con el gigante.

MONCADA.-   (Su grande espíritu la salva.)

  -240-  

VICTORIA.-   Y te diré más. Hasta que me separé de él no he conocido que hay algo que hacia él me impele. Atracción misteriosa que no comprenderás quizás.

MONCADA.-   Sí que la comprendo. Y él, por su parte, tampoco se aviene con la soledad. Es que hay seres que no pueden vivir sin tener alguien a quien atormentar.

VICTORIA.-   Y los hay también que no pueden vivir sin ser atormentados.  (Confusa.)  No sé lo que es esto, y te aseguro que no lo entiendo bien... Pero las cosas muy claras y muy resabidas son para los tontos. Del misterio de las conciencias se alimentan las almas superiores.

MONCADA.-   Lo que yo veo, hija de mi alma, es que por ley de costumbre, por el trato, por la sugestión misma del deber, que en ti puede tanto, le has tomado cariño a la fiera.

VICTORIA.-   Quizás...

MONCADA.-  Cuando aceptaste su mano, mejor dicho, cuando se la pediste tú, en un rapto de exaltación   -241-   religiosa, por salvarme, creíste afrontar una vida horrenda de sacrificios y mortificaciones crueles. Luego, ha resultado que no es tanto como creías, que aunque no tiene caridad, y mira al prójimo como enemigo, a ti te guarda consideración y respeto.

VICTORIA.-   Cierto. Y he venido a pensar que Dios no quiere que yo sea mártir, que fue una chiquillada pensar en tormentos horribles, y que mi destino es una vida pacífica y monótona, labrando sin cesar aquel campo estéril para obtener de él, poquito a poco, frutos de piedad, y hacer algún bien a los que me rodean. Mis aspiraciones se achican; pero son quizás más prácticas...

MONCADA.-   En fin, que por una causa o por otra, la separación te disgusta.

VICTORIA.-    (Levantándose.)  Y aún no conoces todas las razones que me mandan volver allá.

MONCADA.-    (Sorprendido.)  ¡Otras razones! Dímelas.

VICTORIA.-    (Con cierta cortedad.)  No... ahora no... (No me atrevo... Gabriela ha quedado en decírselo.)


  -242-  

Escena VIII

 

Dichos. GABRIELA y una SEÑORA, que aparecen por una de las puertas de la izquierda. Poco después JAIME y DANIEL, por la derecha.

 

GABRIELA.-    (En la puerta.)  ¿Pero dónde te metes? Buscándote hace media hora.

VICTORIA.-   Pero si os perdisteis... Digo, me perdí yo.

GABRIELA.-   Hija, no has visto la cocina... ¡Ay, qué cocina!

SEÑORA.-   ¡Y qué despensa! No ha visto usted cosa igual.  (Avanzan las dos en la escena.) 

GABRIELA.-   Ven, ven.

MONCADA.-   Está fatigada. Dejadla.

VICTORIA.-   Irá si hay tiempo.

SEÑORA.-   Venga usted. Es una maravilla de orden y limpieza.

  -243-  

GABRIELA.-    (Señalando a la puerta.)  Por esta escalera bajamos en un momento.  (Llévase a VICTORIA.) 

SEÑORA.-   Usted también, D. Juan.  (Aparece en la puerta una HERMANA con mandil.) 

MONCADA.-   ¿Yo también?... Vamos allá.  (Aparecen DANIEL y JAIME en la puerta de la iglesia.)  Jóvenes, ¿no quieren ustedes admirar las grandiosas cocinas?

JAIME.-   No, señor, las admiraremos sin verlas... cuando nos sirvan el rancho.

MONCADA.-   Abur.  (Vase con la SEÑORA por la izquierda.) 

JAIME.-   ¿Sabes que me da en la nariz olorcillo de guisote?

DANIEL.-   De componenda quieres decir. Jordana es un buen repostero y prepara el pastel.

JAIME.-   ¿Qué piensas tú? ¿Tienes la reconciliación por imposible?

  -244-  

DANIEL.-   No. Triunfarán las leyes, la moral...

JAIME.-   ¡Las leyes, la moral, la religión!... Todo este conjunto artificioso es el soberano constitucional, que reina y no gobierna. Quien manda de verdad es la Naturaleza.

DANIEL.-   Tienes razón. Pero la Naturaleza paréceme a mí que ha perdido también los papeles, ¡y hace cada disparate...! En fin, declaro que me aburro aquí soberanamente.

JAIME.-   Yo también. Pero no puedo marcharme. Esposo amante, no sé vivir separado de mi cara mitad, y corro tras ella.  (Dirígese a la puerta de la izquierda.) 

DANIEL.-   ¿Dónde estará mi madre?  (Como espantado de verse solo.)  No puedo estar solo... ¡Me tengo miedo!  (Al dirigirse al claustro, ve a CRUZ y JORDANA que llegan despacio, el segundo como enseñando al primero el edificio.)  ¡Ah!, ¡el monstruo!... Ya no me voy.


  -245-  

Escena IX

 

DANIEL, CRUZ, JORDANA; después una HERMANA DE LA CARIDAD.

 

JORDANA.-    (Asustado.)  (¡Daniel aquí!)

CRUZ.-   (¡El clérigo!)  (A JORDANA con desabrimiento.)  Y en fin, ¿para que me trae usted aquí?  (DANIEL y CRUZ se miran con rencor.) 

JORDANA.-   Señores, yo les ruego... Por Dios, tengan presente la santidad del lugar...

DANIEL.-   (La presencia de ese hombre me vuelve al estado de condenación... ¡Oh!, ¿dónde está mi madre? No viéndola, el odio me enardece, mi razón se nubla... Yo quiero matar a ese hombre, o que él me mate a mí.)

JORDANA.-    (Como queriendo llevarse a DANIEL.)  Querido Marqués...

DANIEL.-   Déjeme.

JORDANA.-    (A CRUZ.)  Yo creo que con una la explicación...

  -246-  

CRUZ.-    (Rechazándole con sequedad.)  ¿Qué sabe usted?

HERMANA DE LA CARIDAD.-    (Que entra presurosa por el claustro.)  Don Manuel, don Manuel, el prior de San Francisco, y seis padres... Dirígense a la iglesia.

JORDANA.-    (Muy apurado.)  Avise usted... ¿Ha llegado mi familia?... ¿El niño...?

HERMANA DE LA CARIDAD.-   Arriba están, en el cuarto de la Superiora.  (Vase la HERMANA.) 

JORDANA.-    (Inquietísimo, sin saber a dónde acudir primero.)  Abajo, la madrina... los de casa, arriba... los frailes, por allá... los convidados, en completa dispersión... el buffet, sin arreglar... estos, con gana de pelea...

 

(Óyese repique de campanas.)

 

El prior entra... ¡A dónde acudir!  (Mirando a CRUZ y a DANIEL.)  ¿Y a mí qué? Mátense en buen hora.  (Entra presuroso en la iglesia.)  

 

(Cesa el toque de campanas.)

 


Escena X

 

CRUZ, DANIEL.

 

DANIEL.-   Señor Cruz, la casualidad ha vuelto a reunirnos.   -247-   ¿Quiere usted que resolvamos nuestra querella por la forma usual del duelo?

CRUZ.-   ¡Estúpida forma la del duelo!

DANIEL.-   ¿Pues cuál?... ¿Hay otra?

CRUZ.-   Sí; si le encuentro a usted en las inmediaciones de mi casa, le mato...

DANIEL.-   Pues iré prevenido, y bien podría suceder que le matase yo a usted. No, señor Cruz, eso es un duelo a estilo de salvajes...

CRUZ.-    (Después de recapacitar.)  Pues corriente. Batámonos a estilo civilizado.

DANIEL.-   Bien.

CRUZ.-   Elija usted armas.

DANIEL.-   Elíjalas usted. Yo no manejo ninguna. Lo mismo me da, pues siendo usted tan diestro en todas ellas, es seguro que me matará.

CRUZ.-   Así lo creo.

  -248-  

DANIEL.-   De modo que iré al duelo como víctima indudable; voy al asesinato, mejor dicho.

CRUZ.-   Y lo dice tan fresco.

DANIEL.-   Sí, porque deseo morir.

CRUZ.-    (Flemático.)  Pues entonces, ¿a qué ese duelo, que vuelvo a llamar estúpido? Porque seguramente he de matarle yo, exponiéndome a andar en líos con la justicia. Si de veras apetece la muerte, lo más lógico y llano es que se mate usted. ¡Me parece...!

DANIEL.-    (Con efusión ardiente.)  La deseo... sí... No puedo vivir.

CRUZ.-   Pues nada más sencillo. Váyase usted por casa. Yo lo doy, digo, le presto un rifle, segurísimo, arma admirable, con la cual da usted el salto al otro mundo casi sin sentirlo.

DANIEL.-   Acepto.

CRUZ.-   ¿De veras?

  -249-  

DANIEL.-   Sí; nada me interesa de la eternidad para acá.

CRUZ.-   ¿Nada? Usted ama. Quizás es amado.

DANIEL.-   ¡Oh, no! ¡Extraña cosa que yo tenga que declarar ante mi enemigo que no soy amado, y que este horrible vacío de mi vida obra es del despecho!... ¿A qué más explicaciones? Debo perecer... Me llama el abismo. En su fondo veo el descanso.

CRUZ.-   Pues... bueno. Quedamos en que va usted por el rifle... Créalo, para mí es muy cómodo desembarazarme con tanta sencillez de la persona que más me carga en el mundo... Pero explíqueme usted mejor...  (Interesándose gradualmente en las manifestaciones de DANIEL.)  los motivos de su desesperación.

DANIEL.-   Mi vida... toda equivocaciones. ¿En dónde está la lógica? Para mí hace tiempo que no existe. Persigo fantasmas que se desvanecen cuando los toco. Amé a Victoria, que me abandonó para vestir el hábito monjil.

  -250-  

CRUZ.-   Y la pasión que sentía por ella se le torció, como el vino de mala calidad, convirtiéndose en santurronería.

DANIEL.-   En fe. Caigo en este lazo que me tendía mi perverso destino, y cuando me creo salvado, Victoria se pasa al enemigo.

CRUZ.-   Ya...

DANIEL.-   Pero aún me defiendo con la idea mística... Llega por fin un día en que la cólera sacude mi ser. Se desvanece aquel artificio en que yo vivía... Siéntome hombre... Abandona Victoria la casa conyugal... El demonio me tienta... Mi conciencia desconoce la rectitud... La maldad me atrae; me ilusiona el delito. Propongo... encuentro en esa mujer una indiferencia glacial... Ni antes me valió el bien, ni el mal ahora me vale. Estoy perdido, no sé lo que es esperanza. Ya lo ve usted, no puedo ni quiero vivir...  (Con desesperación.)  Deme usted esa arma... pero al instante...  (Queriendo llevarle.) 

CRUZ.-    (Le coge fuertemente por la muñeca.)  No.

  -251-  

DANIEL.-   Suélteme usted.

CRUZ.-   No quiero.

DANIEL.-   ¿No desea mi muerte? ¿No me aborrece, como yo a usted?

CRUZ.-   Ya no.

DANIEL.-   ¿De veras?

CRUZ.-    (Con calma.)  No, porque ya no tengo celos. Usted me los quita.

DANIEL.-   ¿Yo?

CRUZ.-   Sí... Y se han extinguido de golpe en mí las ganas de matarle.

DANIEL.-   ¿Por qué?

CRUZ.-   Porque veo bien claro que mi mujer no le ama a usted, que nunca le amó. Así me lo había dicho, y lo creí. Después dudé... Pero usted me ha librado en un instante del suplicio de la duda.

DANIEL.-    (Como lelo.)  ¡Yo...!

  -252-  

CRUZ.-   Porque si mi mujer le amase, aunque fuera con el pensamiento, usted lo conocería... eso se conoce siempre... y conociéndolo, usted no se entregaría a la desesperación, ni pensaría en matarse.

DANIEL.-    (Con profunda tristeza.)  Cierto, sí.

CRUZ.-   Soy muy rudo, pero a manejar bien la lógica no me gana nadie.  (DANIEL, abrumado, se sienta, sosteniendo la cabeza con ambas manos.)  Y ahora, ni acepto el duelo a que antes me provocaba, ni le dejo matarse, ni le presto el rifle.

DANIEL.-    (Con rabia sorda.)  (¡Me perdona la vida!)

CRUZ.-   Y ya no me falta más que proponer las paces a mi mujer.

DANIEL.-    (Con súbito arranque de ira.)  Pues ahora insisto en que nos batamos, sí. No soy tan torpe, no, en el manejo de las armas... ¡Quién sabe!... el demonio que llevo dentro moverá mi brazo.

CRUZ.-    (Con calma desdeñosa.)  Reverendo joven, no me bato.

  -253-  

DANIEL.-   Le obligaré, injuriándole públicamente.

CRUZ.-   Que no, y que no.

DANIEL.-   Pasará usted por un cobarde.

CRUZ.-   Como sé que no lo soy, no me importa que lo digan.

DANIEL.-    (Frenético.)  De modo que no hay manera de romperse la crisma con usted...

CRUZ.-   Cuando yo no quiero, no... No le queda a usted más recurso que el suicidio, y yo me permito aconsejarle que no haga la tontería de marchar tan pronto al otro barrio. ¡Flojillo susto para su mamá!

DANIEL.-   Mi madre no necesita de mí.

CRUZ.-   Es pobre.

DANIEL.-   Usted ha devorado los últimos restos de su fortuna.

  -254-  

CRUZ.-   Mejor. Admirable ocasión para que usted trabaje. Soy el instrumento de la Providencia, el Dios destructor... Destruyo para que los demás tengan suelo y materiales para edificar...

DANIEL.-    (Perplejo.)  (¿Qué dice?)

CRUZ.-   Que vuelva usted a la vida ordinaria, que trabaje.

DANIEL.-   ¡Vivir, trabajar! ¿Qué significa eso?

CRUZ.-   Váyase usted a América... Le daré cartas de recomendación.

DANIEL.-    (Con asombro, como vislumbrando una solución.)  ¡Ah!

CRUZ.-   ¿Qué? ¿No lo parece mal?

DANIEL.-    (Desalentado.)  (Me protege, me humilla... Esto es imposible.)

CRUZ.-   América digo. La ausencia suele ser buen médico, como el tiempo.

  -255-  

DANIEL.-    (Absorto, la mirada perdida en el espacio.)  ¡América...!

CRUZ.-   ¿Qué tal la idea?

DANIEL.-    (Apartándose de CRUZ como temeroso.)  (Temo que su horrible lógica me conquiste.)

CRUZ.-   ¿Qué resuelve?

DANIEL.-   Déjeme usted.

CRUZ.-   ¿Insiste en matarse?

DANIEL.-   Sí... no... no sé... Resueltamente, no.

CRUZ.-   Me alegro... ¿Y se va...?

DANIEL.-   No sé...  (Lleno de confusión, fluctuando entre sentimientos contradictorios.)  Déjeme... Iré... No, no; no sé... De usted no acepto nada. Iría... sin duda me conviene... Podré vivir, curarme... Mi madre... ¡Cabeza, no te me escapes!  (Oprimiéndola con ambas manos.)  Razón, ¿dónde estás?

  -256-  

CRUZ.-    (Con calma.)  Usted lo pensará...

DANIEL.-   Lo pensaré... quiero estar solo.

CRUZ.-   Y me agradecerá el consejo...

DANIEL.-   ¡Agradecer!  (Mirando fijamente, con estupor y recelo.)  No me queda duda: es el demonio, el espíritu tentador, astuto, sabio, fuerte, lógico... ¿Pero cómo, Dios mío, me sugiere la idea salvadora?... Porque sí... me salvaré... América, vida... el mar... tierras lejanas, sí, sí... Lo pensaré: hay que pensarlo.  (CRUZ le mira. DANIEL, temiendo su mirada, que le fascina, se va alejando, hasta que se arranca a la influencia sugestiva de CRUZ, y sale precipitadamente.) 

CRUZ.-    (Solo.)  Aceptará la idea. La lógica es lógica.


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Escena XI

 

CRUZ; VICTORIA, GABRIELA, MONCADA, JORDANA, JAIME, DOÑA EULALIA, la MARQUESA, señoras y caballeros, que entran por el claustro, entre ellos, ceremoniosamente, una mujer vestida al uso del país con un niño en brazos, envuelto en ricas mantillas y capa de bautizo. Siguen las Hermanas de la caridad, un monaguillo. Suena el órgano.

 

CRUZ.-    (Retirándose a la izquierda del proscenio, como para dejar pasar la comitiva, huyendo del compromiso de unirse a ella.)  ¡Para qué me traerá Jordana a estas mojigangas! Mi salvajismo se subleva...  (Reparando en VICTORIA.)  ¡Mi mujer! Guapa está en verdad.

DOÑA EULALIA.-    (Avanzando hacia CRUZ y mirándole de arriba abajo, con desprecio. Márquese bien el aparte, guardando la distancia que el mismo aparte exige.)  (Hombre sin corazón, enemigo de Cristo, Judas que le vendes, sayón que le azotas, ¿qué buscas aquí?)  (CRUZ parece entender por la mirada las expresiones de DOÑA EULALIA, y se vuelve   -258-   para otro lado, encontrándose frente a la MARQUESA.) 

MARQUESA.-    (Mirándole con rencor, también aparte, a distancia conveniente.)  (Bandido de la ley, perseguidor del débil, verdugo de los pobres: mal cuadra aquí tu insolencia si no vienes a humillarte y a renegar del Diablo a quien adoras.)  (Vuél