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  Acto IV
Sala baja en el Hospital y Casa de Maternidad de Santa
Madrona, de construcción ojival.-A la derecha, la
entrada de la iglesia, con escalinata de cuatro o cinco peldaños.-En
el lienzo del fondo, a la izquierda, rompimiento de arco
ojival que da paso al claustro, del cual se ve una parte.-A
la derecha, frente al espectador, puerta pequeña de
una estancia, en la cual se verá, cuando se indique,
mesa puesta como para un refresco.-A la izquierda, dos puertas:
una de ellas conduce a las cocinas y dependencias del establecimiento,
las cuales se supone están en el sótano.-Mesa
y sillas.-Es de día.-Antes de alzarse el telón,
óyese música de órgano, que continúa
durante la escena primera.
Escena I
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JORDANA, de
frac; dos Hermanas de la caridad; después la MARQUESA.
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HERMANA 1ª.-
Todo está dispuesto.
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JORDANA.-
No
olvidar los ramos para las señoras. Cuidadito con
el servicio del buffet. ¿Han traído el champagne y
los licores?
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HERMANA 1ª.-
Sí, señor. (Retíranse,
y JORDANA las llama.)
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JORDANA.-
Ya saben que a los
chicos se les da una merienda...
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HERMANA 2ª.-
Y un
extraordinario a los convalecientes.
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JORDANA.-
Justo.
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HERMANA
1ª.-
Nada faltará, Sr. D. Manuel. Esté tranquilo.
(Vanse las Hermanas.)
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MARQUESA.-
(Entrando presurosa
e inquieta, como buscando a alguien.) ¡Ah!... Jordana. ¿Ha
visto usted a mi hijo?
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JORDANA.-
¿Daniel? Sí; en
la iglesia entró hace un momento... ¡Pero qué
pronto han venido ustedes! Esto se llama puntualidad.
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MARQUESA.-
Se llama anticipación. Yo suelo anticiparme
para coger un buen puesto.
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JORDANA.-
Usted lo tiene
siempre. Dispénseme, señora Marquesa. Tengo
que dar órdenes... (Mirando por la puerta de la iglesia.)
Ya le tiene usted ahí. (Vase JORDANA por el fondo.)
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Escena II
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La MARQUESA, DANIEL, que sale de la iglesia
poniéndose el sombrero. Calla el órgano.
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MARQUESA.-
Pronto te has cansado por cierto. El hermoso
ritual, que antes era tu delicia, te aburre ya.
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DANIEL.-
(Con desabrimiento.) Sí, me fastidia, me causa pena.
No sé qué siento, ni qué nueva crisis
es esta por que pasa mi espíritu, después de
la horrible escena de anteayer en la fábrica.
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MARQUESA.-
Horrible, sí; (Alarmada.) pero sin consecuencias.
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DANIEL.-
Salvo la gran enseñanza que me ha traído.
(Asombro de la MARQUESA.) Sí; aquel arrebato, en que
a punto estuve de cometer un homicidio, ha sido para mí
revelación del mayor engaño de mi existencia.
Te lo diré más claro. Yo creía sujetas
y para siempre vencidas mis pasiones; creíme llamado
a una vida pura y a la gloriosa obscuridad del estado eclesiástico...
¡Mentira, farsa! Un instante de cólera ciega
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destruyó
la ilusión en que por tantos meses he vivido. Fue
como el despertar de un estúpido sonambulismo. Aquel
sacudimiento me hizo volver en mí; y al resquebrajarme,
como la tierra después de un terremoto, salieron otra
vez las pasiones, los deseos desordenados, todo mi ser antiguo...
Claramente veo ya que mi religioso entusiasmo era un artificio
del espíritu para engañarse a sí propio...
transformación mágica de mi idolatría
por esa mujer; idolatría que no disminuye, más
bien aumenta, al dejar de creerla celestial.
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MARQUESA.-
(Asustada.) ¡Hijo mío, por Dios!... Desecha esas ideas...
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DANIEL.-
En fin, mamá, ya no seré religioso.
Me lo impide este nidal de serpientes que en mí he
descubierto, que ya me invaden, me cogen por aquí
y por allá. Están hambrientas, y en un instante
se han comido todo el misticismo que encontraron dentro de
mí.
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MARQUESA.-
Pues mejor. Sosiégate.
(Acariciándole.) ¡Daniel, hijo mío!...
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DANIEL.-
(Con efusión.) Madre querida, necesito revelarte todo
lo
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que siento, todo, todo, hasta lo más horrible.
¿A quién sino a ti puedo y debo descubrirme por entero?
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MARQUESA.-
Sí, dímelo todo. Yo te
consolaré.
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DANIEL.-
La salida de Victoria de la casa
conyugal me trae un nuevo sacudimiento, un nuevo trastorno.
¡Increíbles fases de la pasión en nuestra alma,
según se nos va presentando la persona que la inspira!
¿Ella religiosa?, yo también. ¿Ella casada?, yo demente...
y por fin...
|
MARQUESA.-
(Asustada.) ¿Qué quieres
decir?
|
DANIEL.-
Que al verla huir de su tirano pensé
que me amaba; creí que me sería fácil
arrastrarla a la infidelidad...
|
MARQUESA.-
(Horrorizada.)
¡Hijo mio, tú, tú, tan piadoso... tan bueno...!
|
DANIEL.-
(Con exaltación.) ¿Piadoso yo? ¡Vana, ridícula
ilusión! Con ella, con Victoria... me gustaría
el Infierno.
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MARQUESA.-
Calla... Temo por tu razón...
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|
DANIEL.-
Satanás entró en mí...
Aquí, aquí le tengo. Si Victoria confirmase
con una palabra el ansia que me devora, huiría con
ella al último confín del mundo.
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MARQUESA.-
¿Y me abandonarías? ¿Abandonarías a tu madre?
|
DANIEL.-
(Después de vacilar.) Sí... ya ves
cómo no te oculto nada, ni lo más indigno.
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MARQUESA.-
(Llorando.) ¡Increíble ingratitud!
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DANIEL.-
(Abrazándola cariñosamente.) No,
no temas. Ya no hay peligro.
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MARQUESA.-
¿Por qué?
|
DANIEL.-
Porque esa palabra, que a las mayores locuras
me lanzaría... Victoria no la ha pronunciado (Con
profunda amargura.) ¡ni la pronunciará! Acerqueme a
ella ayer, muerto de ansiedad. Su mirada, el timbre de su
voz, sus palabras terminantes me revelaron los sentimientos
que le inspiro... Nada; una afabilidad compasiva que me dejó
helado, yerto... arrancándome
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hasta la última
esperanza. Ni por el camino del bien, ni por el del mal,
ni por Dios, ni por Satán, será mía
esa mujer... Y esta firme persuasión me convierte
en un ser mecánico... Un resto de razón me
dice que debo vivir, y volver a la vida seglar y ordinaria,
al trabajo y a las obligaciones.
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MARQUESA.-
Eso... eso...
¡Gracias a Dios!... Victoria no te ama. Es casada y virtuosa.
No pienses en ella, no te dejes tentar del Demonio maldito.
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DANIEL.-
(Con profunda tristeza.) ¡Ay! Si no te hubiera
tenido presente en mi alma, ayer, después de la entrevista
con Victoria, me habría quitado la vida.
|
MARQUESA.-
(Abrazándole conmovida.) No digas tal... ¡Ay, me matas!
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DANIEL.-
No temas... Debo vivir para ti, madre querida...
Verás, verás cómo me porto. En un par
de años de bufete ganaré lo bastante para comprarte
una finquita mejor que el Clot.
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MARQUESA.-
(Con amargura.)
¡Ay, no me recuerdes el bien perdido!
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DANIEL.-
(Exaltándose.)
¡Vil, execrable usurero, publicano infame!
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MARQUESA.-
(Calmándole.) No le nombres... calla. Víctimas
inocentes, condenamos al olvido a nuestro verdugo.
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DANIEL.-
No puedo olvidarle, no puedo. Es mi pesadilla, mi idea dominante.
Amarga savia de mi existencia, es el odio que le tengo...
Y si me tropiezo con él otra vez, si me provoca, aunque
sólo sea con su mirar insolente, soy hombre perdido.
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MARQUESA.-
Por Dios, no me asustes... Mira, hijo; conviene
que nos volvamos pronto a Barcelona...
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DANIEL.-
¡Oh!, sí,
mañana...
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MARQUESA.-
Esta tarde misma...
¿Quieres?
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DANIEL.-
Sí... Sácame de este
suplicio, de este peligro inmenso.
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Escena III
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Dichos.
JORDANA.
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MARQUESA.-
¿Pero cuándo empieza esto,
Jordana?
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JORDANA.-
Son las tres, señora.
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MARQUESA.-
¡Qué satisfacción sentirá
usted al convocar a sus amigos para ceremonia tan bella,
en este soberbio edificio...!
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DANIEL.-
Habrá usted
perdido la esperanza de que ese sátrapa de Cruz lo
termine.
|
JORDANA.-
Las perdí; pero las he recobrado
otra vez. Yo no desmayo; yo siempre espero. (En tono confidencial.)
Ya tienen ustedes noticia de la disidencia matrimonial.
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MARQUESA.-
Sí.
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JORDANA.-
Yo aspiro a
conseguir la reconciliación.
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DANIEL.-
¡Usted!...
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JORDANA.-
Sí; me meto a componedor y a diplomático,
con la esperanza de que mis buenos oficios se me paguen en
ladrillo contante y sonante, o en sillería.
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DANIEL.-
¡Ay,
qué inocente!
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JORDANA.-
No tanto como usted
cree. He descubierto que el publicano ama locamente a su
mujer... Anoche, me le encontré en un estado de locura
que daba miedo. Rugía como un tigre de malas pulgas,
y toda silla en que se sentaba se partía en sin fin
de pedazos. Tiznado y sudoroso de haber andado en los hornos
de la fábrica, con la blusa hecha girones, que agrandaba
clavándose las uñas en los brazos, era la estampa
de un Lucifer de la clase obrera, enviado del Infierno para
traernos la nivelación social. Su fuerza física
parece duplicarse con la cólera que arde en su pecho
hercúleo, y esta mañana... a un infeliz capataz
que no entendía sus órdenes, le cogió...
así... y ¡zas!, al estanque de remojo.
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MARQUESA.-
¿Y le tiró?
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JORDANA.-
Como que por poco se ahoga.
Hoy ha despedido a mucha gente. La mitad de los operarios
en la calle.
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DANIEL.-
Es un castigo del cielo ese hombre.
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JORDANA.-
Hoy no se oyen en la fábrica más
que llantos, gemidos, imprecaciones. Parece aquello el cautiverio
de Babilonia.
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HERMANA DE LA CARIDAD.-
(Entrando por
la puerta pequeña del fondo. Esta queda abierta, y
por ella se ve mesa puesta como para un refresco.) Don Manuel,
a ver si la mesa está a su gusto.
|
JORDANA.-
Voy en
seguida. (Vase la HERMANA DE LA CARIDAD.)
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Escena IV
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Dichos. MONCADA, que entra por el claustro; después
DOÑA EULALIA y JAIME.
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MONCADA.-
Ya estamos aquí.
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JORDANA.-
¿Y Victoria?
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MONCADA.-
Con las señoras
de Fiol, visitando la sala de Expósitos.
|
JORDANA.-
Corro
allá.
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-234-
|
MONCADA.-
(Deteniéndole amistosamente.)
Una palabra... (Hablan aparte.)
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DOÑA EULALIA.-
(Con JAIME por
el claustro.) Esto va largo.
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JAIME.-
Hay bateo para
toda la tarde.
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DOÑA EULALIA.-
Y a mis sobrinos les da por visitar
ahora la sala de incluseros. No me divierten los chiquillos,
ni aun aquellos que no tienen quien les haga mimosos.
|
MARQUESA.-
(Saludándola.) Eulalia, felices...
|
DOÑA EULALIA.-
(Estrechando la mano a la MARQUESA y a DANIEL.) Me han dicho
que este demonio de Jordana ha decorado la iglesia con una
magnificencia asiática.
|
MARQUESA.-
Entremos
a verla. (A DANIEL.) Ven tú también. No quiero
que te separes de mí.
|
JAIME.-
Yo lo doy por visto.
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DOÑA EULALIA.-
(Queriendo llevarle.) ¿Qué dice el incrédulo,
qué dice la Materia?
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JAIME.-
Que está siempre
a disposición del Espíritu. (Le da el brazo.
)
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(Los cuatro entran en la iglesia.)
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Escena V
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MONCADA,
JORDANA.
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MONCADA.-
¡Cuánto me alegraría de
que sus negociaciones, amigo Jordana, tuvieran un éxito
feliz! Francamente, esa separación no me gusta.
|
JORDANA.-
Ante todo, Cruz quiere tener una entrevista con usted.
|
MONCADA.-
Pues
cuando guste. ¿Debo ir allá?
|
JORDANA.-
Quizás
puedan verse aquí. Rechazó con malos modos
mi invitación... Pero me puse tan pesado y tan fastidioso,
que al fin pude arrancarle la promesa de venir, por supuesto,
dándole las seguridades de que no habrá himno,
ni memorial presentado por las señoras, ni discurso
mío, ni nada de lo que él llama mojiganga.
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|
MONCADA.-
Dudo que venga, a pesar de ese cambio en
el programa.
|
JORDANA.-
Por si acaso, iré a buscarle.
(Mirando su reloj.) No; ya no puedo. Daré el encargo
a mi primo.
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Escena VI
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Dichos. VICTORIA, una HERMANA
DE LA CARIDAD, que entran por el claustro.
|
JORDANA.-
(A
su encuentro.) ¡Ah, señora!...
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VICTORIA.-
¿No está
aquí Gabriela?
|
MONCADA.-
¿Pero no fuisteis juntas
a ver a los expósitos?
|
VICTORIA.-
Sí;
pero allí se nos unieron las de Fiol. Pasamos de sala
en sala. Unas bajaban, otras subían. Yo me perdí.
Pareciome que Gabriela había bajado al refectorio.
|
JORDANA.-
Ya parecerá...
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|
VICTORIA.-
Sor
Agustina ha sido tan amable, que además de acompañarme
por el laberinto de pasillos y escaleras, me ha informado
de varias cosas que necesito saber.
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HERMANA DE LA CARIDAD.-
De
ropa de cama y envolturas para los niños no estamos
bien. ¿Verdad, D. Manuel?
|
JORDANA.-
Lo mejor será
que se le dé nota exacta de lo que tenemos en el guardarropa6,
de las pensiones de lactancia, del coste anual de cada chiquillo...
|
VICTORIA.-
Eso es. Ya me enterarán de todo cuando
estemos más despacio.
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HERMANA DE LA CARIDAD.-
Pues con su permiso...
(Saluda y se retira.)
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JORDANA.-
Con que... Inspeccionemos
el buffet.
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Escena VII
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VICTORIA, MONCADA.
|
VICTORIA.-
(Sentándose.) Cansada estoy de veras...
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|
MONCADA.-
(Observando que VICTORIA se lleva la mano a los ojos, mareada.)
¿Pero qué tienes?... ¿Te sientes mal?
|
VICTORIA.-
No;
se me va la cabeza... Me marea tanto subir y bajar escaleras.
|
MONCADA.-
Tú no estás bien. No te has repuesto
aún del disgustazo del otro día...
|
VICTORIA.-
Ya descansaré. Anoche no pude pegar los ojos. Pensaba
en el pataleo del pobre animal al encontrarse solo. Además,
no se apartan de mi pensamiento las atrocidades que hará
separado de mí.
|
MONCADA.-
Me ha contado Jordana
que anoche, sentado a la mesa sin probar bocado, su cara
tétrica daba compasión.
|
VICTORIA.-
Echaría
de menos nuestra conversación amenísima: «Victoria,
¿apuntaste la partida de los moldes?... Sí, hijo...».
«Que no se te olvide la rebaja que hemos hecho en los jornales
de máquina». Luego hablamos de si el carbón
que nos da Rius es peor o mejor que
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el que nos daba la Compañía
Hullera, o del tiempo favorable o adverso para las cochuras.
¡Ya ves qué cosas tan divertidas! Pero estas vulgaridades
crían costumbre; y en el molde de la costumbre nos
vaciamos y nos endurecemos.
|
MONCADA.-
(Suspirando con profunda
pena.) (¡Pobre hija de mi alma! ¡Y por mí tomó
tan pesada Cruz!) Háblame con absoluta sinceridad.
¿Deseas que sea definitiva la separación?
|
VICTORIA.-
Te
hablaré como a mi confesor. En los primeros momentos,
la separación pareciome un bien. Pasados dos días,
ya no me lo parece.
|
MONCADA.-
¿Volverías?...
|
VICTORIA.-
(Después de vacilar.) Sí... La vida con Pepet
es árida, trabajosa; pero es vida. Es un batallar
constante, aunque sin ruido... Soy yo muy guerrera. Peleo,
caigo, me levanto, recibo crueles heridas, me las curo con
mi bálsamo de Fierabrás, y otra vez a luchar
con el gigante.
|
MONCADA.-
(Su grande espíritu
la salva.)
|
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-240-
|
VICTORIA.-
Y te diré más. Hasta
que me separé de él no he conocido que hay
algo que hacia él me impele. Atracción misteriosa
que no comprenderás quizás.
|
MONCADA.-
Sí
que la comprendo. Y él, por su parte, tampoco se aviene
con la soledad. Es que hay seres que no pueden vivir sin
tener alguien a quien atormentar.
|
VICTORIA.-
Y los hay también
que no pueden vivir sin ser atormentados. (Confusa.) No sé
lo que es esto, y te aseguro que no lo entiendo bien... Pero
las cosas muy claras y muy resabidas son para los tontos.
Del misterio de las conciencias se alimentan las almas superiores.
|
MONCADA.-
Lo que yo veo, hija de mi alma, es que por ley
de costumbre, por el trato, por la sugestión misma
del deber, que en ti puede tanto, le has tomado cariño
a la fiera.
|
VICTORIA.-
Quizás...
|
MONCADA.-
Cuando
aceptaste su mano, mejor dicho, cuando se la pediste tú,
en un rapto de exaltación
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religiosa, por salvarme,
creíste afrontar una vida horrenda de sacrificios
y mortificaciones crueles. Luego, ha resultado que no es
tanto como creías, que aunque no tiene caridad, y
mira al prójimo como enemigo, a ti te guarda consideración
y respeto.
|
VICTORIA.-
Cierto. Y he venido a pensar
que Dios no quiere que yo sea mártir, que fue una
chiquillada pensar en tormentos horribles, y que mi destino
es una vida pacífica y monótona, labrando sin
cesar aquel campo estéril para obtener de él,
poquito a poco, frutos de piedad, y hacer algún bien
a los que me rodean. Mis aspiraciones se achican; pero son
quizás más prácticas...
|
MONCADA.-
En
fin, que por una causa o por otra, la separación te
disgusta.
|
VICTORIA.-
(Levantándose.) Y aún
no conoces todas las razones que me mandan volver allá.
|
MONCADA.-
(Sorprendido.) ¡Otras razones! Dímelas.
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VICTORIA.-
(Con cierta cortedad.) No... ahora no... (No
me atrevo... Gabriela ha quedado en decírselo.)
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Escena VIII
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Dichos. GABRIELA y una SEÑORA, que
aparecen por una de las puertas de la izquierda. Poco después
JAIME y DANIEL, por la derecha.
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GABRIELA.-
(En la puerta.)
¿Pero dónde te metes? Buscándote hace media
hora.
|
VICTORIA.-
Pero si os perdisteis... Digo, me perdí
yo.
|
GABRIELA.-
Hija, no has visto la cocina... ¡Ay, qué
cocina!
|
SEÑORA.-
¡Y qué despensa! No ha
visto usted cosa igual. (Avanzan las dos en la escena.)
|
GABRIELA.-
Ven, ven.
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MONCADA.-
Está fatigada. Dejadla.
|
VICTORIA.-
Irá si hay tiempo.
|
SEÑORA.-
Venga usted. Es una maravilla de orden y limpieza.
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-243-
|
GABRIELA.-
(Señalando a la puerta.) Por esta escalera bajamos
en un momento. (Llévase a VICTORIA.)
|
SEÑORA.-
Usted
también, D. Juan. (Aparece en la puerta una HERMANA
con mandil.)
|
MONCADA.-
¿Yo también?... Vamos allá.
(Aparecen DANIEL y JAIME en la puerta de la iglesia.) Jóvenes,
¿no quieren ustedes admirar las grandiosas cocinas?
|
JAIME.-
No, señor, las admiraremos sin verlas... cuando nos
sirvan el rancho.
|
MONCADA.-
Abur. (Vase con la SEÑORA
por la izquierda.)
|
JAIME.-
¿Sabes que me da en la nariz
olorcillo de guisote?
|
DANIEL.-
De componenda quieres decir.
Jordana es un buen repostero y prepara el pastel.
|
JAIME.-
¿Qué piensas tú? ¿Tienes la reconciliación
por imposible?
|
|
-244-
|
DANIEL.-
No. Triunfarán las leyes,
la moral...
|
JAIME.-
¡Las leyes, la moral, la religión!...
Todo este conjunto artificioso es el soberano constitucional,
que reina y no gobierna. Quien manda de verdad es la Naturaleza.
|
DANIEL.-
Tienes razón. Pero la Naturaleza paréceme
a mí que ha perdido también los papeles, ¡y
hace cada disparate...! En fin, declaro que me aburro aquí
soberanamente.
|
JAIME.-
Yo también. Pero no puedo
marcharme. Esposo amante, no sé vivir separado de
mi cara mitad, y corro tras ella. (Dirígese a la puerta
de la izquierda.)
|
DANIEL.-
¿Dónde estará mi
madre? (Como espantado de verse solo.) No puedo estar solo...
¡Me tengo miedo! (Al dirigirse al claustro, ve a CRUZ y JORDANA
que llegan despacio, el segundo como enseñando al
primero el edificio.) ¡Ah!, ¡el monstruo!... Ya no me voy.
|
-245-
Escena IX
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DANIEL, CRUZ, JORDANA; después una
HERMANA DE LA CARIDAD.
|
JORDANA.-
(Asustado.) (¡Daniel aquí!)
|
CRUZ.-
(¡El clérigo!) (A JORDANA con desabrimiento.)
Y en fin, ¿para que me trae usted aquí? (DANIEL y
CRUZ se miran con rencor.)
|
JORDANA.-
Señores, yo
les ruego... Por Dios, tengan presente la santidad del lugar...
|
DANIEL.-
(La presencia de ese hombre me vuelve al estado
de condenación... ¡Oh!, ¿dónde está
mi madre? No viéndola, el odio me enardece, mi razón
se nubla... Yo quiero matar a ese hombre, o que él
me mate a mí.)
|
JORDANA.-
(Como queriendo llevarse
a DANIEL.) Querido Marqués...
|
DANIEL.-
Déjeme.
|
JORDANA.-
(A CRUZ.) Yo creo que con una la explicación...
|
|
-246-
|
CRUZ.-
(Rechazándole con sequedad.) ¿Qué
sabe usted?
|
HERMANA DE LA CARIDAD.-
(Que entra presurosa por el claustro.)
Don Manuel, don Manuel, el prior de San Francisco, y seis
padres... Dirígense a la iglesia.
|
JORDANA.-
(Muy
apurado.) Avise usted... ¿Ha llegado mi familia?... ¿El niño...?
|
HERMANA DE LA CARIDAD.-
Arriba están, en el cuarto de la
Superiora. (Vase la HERMANA.)
|
JORDANA.-
(Inquietísimo,
sin saber a dónde acudir primero.) Abajo, la madrina...
los de casa, arriba... los frailes, por allá... los
convidados, en completa dispersión... el buffet, sin
arreglar... estos, con gana de pelea...
(Óyese repique
de campanas.)
El prior entra... ¡A dónde acudir! (Mirando
a CRUZ y a DANIEL.) ¿Y a mí qué? Mátense
en buen hora. (Entra presuroso en la iglesia.)
|
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|
|
(Cesa el toque
de campanas.)
|
Escena X
|
|
|
|
CRUZ, DANIEL.
|
DANIEL.-
Señor
Cruz, la casualidad ha vuelto a reunirnos.
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¿Quiere usted
que resolvamos nuestra querella por la forma usual del duelo?
|
CRUZ.-
¡Estúpida forma la del duelo!
|
DANIEL.-
¿Pues
cuál?... ¿Hay otra?
|
CRUZ.-
Sí; si le encuentro
a usted en las inmediaciones de mi casa, le mato...
|
DANIEL.-
Pues iré prevenido, y bien podría suceder que
le matase yo a usted. No, señor Cruz, eso es un duelo
a estilo de salvajes...
|
CRUZ.-
(Después de recapacitar.)
Pues corriente. Batámonos a estilo civilizado.
|
DANIEL.-
Bien.
|
CRUZ.-
Elija usted armas.
|
DANIEL.-
Elíjalas usted.
Yo no manejo ninguna. Lo mismo me da, pues siendo usted tan
diestro en todas ellas, es seguro que me matará.
|
CRUZ.-
Así lo creo.
|
|
-248-
|
DANIEL.-
De modo que iré
al duelo como víctima indudable; voy al asesinato,
mejor dicho.
|
CRUZ.-
Y lo dice tan fresco.
|
DANIEL.-
Sí,
porque deseo morir.
|
CRUZ.-
(Flemático.) Pues entonces,
¿a qué ese duelo, que vuelvo a llamar estúpido?
Porque seguramente he de matarle yo, exponiéndome
a andar en líos con la justicia. Si de veras apetece
la muerte, lo más lógico y llano es que se
mate usted. ¡Me parece...!
|
DANIEL.-
(Con efusión
ardiente.) La deseo... sí... No puedo vivir.
|
CRUZ.-
Pues nada más sencillo. Váyase usted por casa.
Yo lo doy, digo, le presto un rifle, segurísimo, arma
admirable, con la cual da usted el salto al otro mundo casi
sin sentirlo.
|
DANIEL.-
Acepto.
|
CRUZ.-
¿De veras?
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-249-
|
DANIEL.-
Sí;
nada me interesa de la eternidad para acá.
|
CRUZ.-
¿Nada? Usted ama. Quizás es amado.
|
DANIEL.-
¡Oh,
no! ¡Extraña cosa que yo tenga que declarar ante mi
enemigo que no soy amado, y que este horrible vacío
de mi vida obra es del despecho!... ¿A qué más
explicaciones? Debo perecer... Me llama el abismo. En su
fondo veo el descanso.
|
CRUZ.-
Pues... bueno. Quedamos en
que va usted por el rifle... Créalo, para mí
es muy cómodo desembarazarme con tanta sencillez de
la persona que más me carga en el mundo... Pero explíqueme
usted mejor... (Interesándose gradualmente en las
manifestaciones de DANIEL.) los motivos de su desesperación.
|
DANIEL.-
Mi vida... toda equivocaciones. ¿En dónde
está la lógica? Para mí hace tiempo
que no existe. Persigo fantasmas que se desvanecen cuando
los toco. Amé a Victoria, que me abandonó para
vestir el hábito monjil.
|
|
-250-
|
CRUZ.-
Y la pasión
que sentía por ella se le torció, como el vino
de mala calidad, convirtiéndose en santurronería.
|
DANIEL.-
En fe. Caigo en este lazo que me tendía
mi perverso destino, y cuando me creo salvado, Victoria se
pasa al enemigo.
|
CRUZ.-
Ya...
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DANIEL.-
Pero aún
me defiendo con la idea mística... Llega por fin un
día en que la cólera sacude mi ser. Se desvanece
aquel artificio en que yo vivía... Siéntome
hombre... Abandona Victoria la casa conyugal... El demonio
me tienta... Mi conciencia desconoce la rectitud... La maldad
me atrae; me ilusiona el delito. Propongo... encuentro en
esa mujer una indiferencia glacial... Ni antes me valió
el bien, ni el mal ahora me vale. Estoy perdido, no sé
lo que es esperanza. Ya lo ve usted, no puedo ni quiero vivir...
(Con desesperación.) Deme usted esa arma... pero al
instante... (Queriendo llevarle.)
|
CRUZ.-
(Le coge fuertemente
por la muñeca.) No.
|
|
-251-
|
DANIEL.-
Suélteme
usted.
|
CRUZ.-
No quiero.
|
DANIEL.-
¿No desea mi muerte?
¿No me aborrece, como yo a usted?
|
CRUZ.-
Ya no.
|
DANIEL.-
¿De veras?
|
CRUZ.-
(Con calma.) No, porque ya no tengo celos.
Usted me los quita.
|
DANIEL.-
¿Yo?
|
CRUZ.-
Sí...
Y se han extinguido de golpe en mí las ganas de matarle.
|
DANIEL.-
¿Por qué?
|
CRUZ.-
Porque veo bien claro
que mi mujer no le ama a usted, que nunca le amó.
Así me lo había dicho, y lo creí. Después
dudé... Pero usted me ha librado en un instante del
suplicio de la duda.
|
DANIEL.-
(Como lelo.) ¡Yo...!
|
|
-252-
|
CRUZ.-
Porque
si mi mujer le amase, aunque fuera con el pensamiento, usted
lo conocería... eso se conoce siempre... y conociéndolo,
usted no se entregaría a la desesperación,
ni pensaría en matarse.
|
DANIEL.-
(Con profunda tristeza.)
Cierto, sí.
|
CRUZ.-
Soy muy rudo, pero a manejar
bien la lógica no me gana nadie. (DANIEL, abrumado,
se sienta, sosteniendo la cabeza con ambas manos.) Y ahora,
ni acepto el duelo a que antes me provocaba, ni le dejo matarse,
ni le presto el rifle.
|
DANIEL.-
(Con rabia sorda.) (¡Me
perdona la vida!)
|
CRUZ.-
Y ya no me falta más que
proponer las paces a mi mujer.
|
DANIEL.-
(Con súbito
arranque de ira.) Pues ahora insisto en que nos batamos,
sí. No soy tan torpe, no, en el manejo de las armas...
¡Quién sabe!... el demonio que llevo dentro moverá
mi brazo.
|
CRUZ.-
(Con calma desdeñosa.) Reverendo
joven, no me bato.
|
|
-253-
|
DANIEL.-
Le obligaré, injuriándole
públicamente.
|
CRUZ.-
Que no, y que no.
|
DANIEL.-
Pasará usted por un cobarde.
|
CRUZ.-
Como sé
que no lo soy, no me importa que lo digan.
|
DANIEL.-
(Frenético.)
De modo que no hay manera de romperse la crisma con usted...
|
CRUZ.-
Cuando yo no quiero, no... No le queda a usted más
recurso que el suicidio, y yo me permito aconsejarle que
no haga la tontería de marchar tan pronto al otro
barrio. ¡Flojillo susto para su mamá!
|
DANIEL.-
Mi
madre no necesita de mí.
|
CRUZ.-
Es pobre.
|
DANIEL.-
Usted ha devorado los últimos restos de su fortuna.
|
|
-254-
|
CRUZ.-
Mejor. Admirable ocasión para que usted trabaje.
Soy el instrumento de la Providencia, el Dios destructor...
Destruyo para que los demás tengan suelo y materiales
para edificar...
|
DANIEL.-
(Perplejo.) (¿Qué dice?)
|
CRUZ.-
Que vuelva usted a la vida ordinaria, que trabaje.
|
DANIEL.-
¡Vivir, trabajar! ¿Qué significa eso?
|
CRUZ.-
Váyase usted a América... Le daré cartas
de recomendación.
|
DANIEL.-
(Con asombro, como vislumbrando
una solución.) ¡Ah!
|
CRUZ.-
¿Qué? ¿No lo parece
mal?
|
DANIEL.-
(Desalentado.) (Me protege, me humilla...
Esto es imposible.)
|
CRUZ.-
América digo. La ausencia
suele ser buen médico, como el tiempo.
|
|
-255-
|
DANIEL.-
(Absorto, la mirada perdida en el espacio.) ¡América...!
|
CRUZ.-
¿Qué tal la idea?
|
DANIEL.-
(Apartándose
de CRUZ como temeroso.) (Temo que su horrible lógica
me conquiste.)
|
CRUZ.-
¿Qué resuelve?
|
DANIEL.-
Déjeme
usted.
|
CRUZ.-
¿Insiste en matarse?
|
DANIEL.-
Sí...
no... no sé... Resueltamente, no.
|
CRUZ.-
Me alegro...
¿Y se va...?
|
DANIEL.-
No sé... (Lleno de confusión,
fluctuando entre sentimientos contradictorios.) Déjeme...
Iré... No, no; no sé... De usted no acepto
nada. Iría... sin duda me conviene... Podré
vivir, curarme... Mi madre... ¡Cabeza, no te me escapes!
(Oprimiéndola con ambas manos.) Razón, ¿dónde
estás?
|
|
-256-
|
CRUZ.-
(Con calma.) Usted lo pensará...
|
DANIEL.-
Lo pensaré... quiero estar solo.
|
CRUZ.-
Y me agradecerá el consejo...
|
DANIEL.-
¡Agradecer!
(Mirando fijamente, con estupor y recelo.) No me queda duda:
es el demonio, el espíritu tentador, astuto, sabio,
fuerte, lógico... ¿Pero cómo, Dios mío,
me sugiere la idea salvadora?... Porque sí... me salvaré...
América, vida... el mar... tierras lejanas, sí,
sí... Lo pensaré: hay que pensarlo. (CRUZ le
mira. DANIEL, temiendo su mirada, que le fascina, se va alejando,
hasta que se arranca a la influencia sugestiva de CRUZ, y
sale precipitadamente.)
|
CRUZ.-
(Solo.) Aceptará la
idea. La lógica es lógica.
|
-257-
Escena XI
|
|
|
|
CRUZ; VICTORIA, GABRIELA, MONCADA, JORDANA, JAIME, DOÑA
EULALIA, la MARQUESA, señoras y caballeros, que entran
por el claustro, entre ellos, ceremoniosamente, una mujer
vestida al uso del país con un niño en brazos,
envuelto en ricas mantillas y capa de bautizo. Siguen las
Hermanas de la caridad, un monaguillo. Suena el órgano.
|
CRUZ.-
(Retirándose a la izquierda del proscenio,
como para dejar pasar la comitiva, huyendo del compromiso
de unirse a ella.) ¡Para qué me traerá Jordana
a estas mojigangas! Mi salvajismo se subleva... (Reparando
en VICTORIA.) ¡Mi mujer! Guapa está en verdad.
|
DOÑA EULALIA.-
(Avanzando hacia CRUZ y mirándole de arriba abajo,
con desprecio. Márquese bien el aparte, guardando
la distancia que el mismo aparte exige.) (Hombre sin corazón,
enemigo de Cristo, Judas que le vendes, sayón que
le azotas, ¿qué buscas aquí?) (CRUZ parece
entender por la mirada las expresiones de DOÑA EULALIA,
y se vuelve
-258-
para otro lado, encontrándose frente
a la MARQUESA.)
|
MARQUESA.-
(Mirándole con rencor,
también aparte, a distancia conveniente.) (Bandido
de la ley, perseguidor del débil, verdugo de los pobres:
mal cuadra aquí tu insolencia si no vienes a humillarte
y a renegar del Diablo a quien adoras.) (Vuélvese
CRUZ para el otro lado y ve a GABRIELA.)
|
GABRIELA.-
(Aparte.)
(¡Que Dios te confunda, monstruo, y aumente tus riquezas,
hasta hacerlas tan grandes como la mar, para que en ellas
naufragues y te ahogues!)
|
CRUZ.-
(Aparte, también,
con ira y desprecio.) (Furibundas vienen hoy estas pécoras.
(Por las dos señoras mayores.) ¡Y esta mocosa! ¡Que
modo de mirar!)
|
VICTORIA.-
(Mirando a CRUZ que se ha retirado
al otro extremo del proscenio y clava en ella los ojos.)
(¡Mal ceño trae mi pobre monstruo!... Descuida...
La loca de la casa está hoy muy inspirada, y te amansará.
|
|
|
|
(Rodéanla las señoras y Hermanas de la caridad.
Coge el niño de brazos de la nodriza. Dirígense
a la iglesia. El órgano vuelve a sonar, tocando una
marcha religiosa. Los
-259-
invitados y las Hermanas siguen a
VICTORIA y entran en la iglesia.)
|
JORDANA.-
(A CRUZ, indicándole
que entre.) ¿Y usted no...?
|
CRUZ.-
(Displicente.) No quiero.
Me quedo aquí.
|
|
|
|
(Apártase JORDANA algo corrido.
Pasan todos a la iglesia, menos CRUZ y MONCADA.)
|
Escena
XII
|
|
|
|
CRUZ, MONCADA.
|
CRUZ.-
¿Usted tampoco...?
|
MONCADA.-
Luego. Tengo que decirte dos palabras.
|
CRUZ.-
Vengan.
|
MONCADA.-
Puesto que la separación es inevitable... yo lo siento
mucho, Pepet, cree que lo siento... ocupémonos de
la cuestión legal, Me figuro que con tu mujer no has
de ser tacaño y que le reconocerás una renta
decorosa. Pero hay otro asunto más grave...
|
|
-260-
|
CRUZ.-
¡Más grave!
|
MONCADA.-
Podría suceder...
no afirmo yo que suceda... pero bien podría suceder...
|
CRUZ.-
¿Qué?
|
MONCADA.-
Una cosa muy natural, Pepet;
que tu mujer, dentro de tres, cuatro meses, cinco a lo más...
|
CRUZ.-
(Con febril impaciencia.) ¿Qué, hombre, qué?
|
MONCADA.-
Pues que me diera un nietecillo.
|
CRUZ.-
Don Juan, don Juan, no juegue usted conmigo, no me busque
el genio... Mire que...
|
MONCADA.-
Hay que prever este caso.
Pepet, hay que preverlo...
|
CRUZ.-
(Inquietísimo.)
¿Pero es verdad...? (Gritando.) Victoria... que venga...
¿Dónde demonios está?
|
|
-261-
|
MONCADA.-
Modérate,
hijo, ten presente lo sagrado del sitio.
|
CRUZ.-
¡Estoy
en mi casa!... (Como trastornado.) ¡Ah!, ¡no! Estoy en el
hospital, en este condenado asilo que ha hecho Jordana...
Pero dígame usted... ¿es cierto que...? ¿Lo ha dicho
usted por broma, por ganas de atormentarme...? Don Juan,
sepa usted que no admito bromas... ni de usted ni de nadie
las aguanto... Y si es verdad... ¿Pero usted no comprende
que...? ¡Un hijo, tener un hijo! Pues ¿para qué me
he casado yo? ¿Por qué trabajo, por qué soy
como soy...? Don Juan (Cogiéndola por las solapas.)
no me contento con que Victoria me dé un hijo. Tiene
que darme muchos, muchos; y a todos les criaré en
el amor de la propiedad, en la religión del tuyo y
mío, en el culto sagrado de la contabilidad, en el
trabajo... y en todo lo demás que ella quiera.
|
MONCADA.-
Difícil
me parece que tengas tantos... Uno quizás...
|
CRUZ.-
(Furioso.) ¡Pues no faltaba más...! Digo que nos reconciliaremos,
y tendré muchos hijos, don Juan, aunque usted se oponga...
|
|
-262-
|
MONCADA.-
Yo... como oponerme... no.
|
CRUZ.-
Y realizaré
el sueño de mi vida, pese a quien pese. Victoria y
yo seremos fundamento de una gallarda generación,
y perpetuaré mi nombre, unido al de Moncada, y mis
hijos serán condes, duques y marqueses, y vivirán
con el esplendor que a su rango corresponde, y aumentarán
las riquezas ganadas por su padre, y tendrán inmensa
propiedad, tierras sin fin, granjas, montes, valles, provincias,
casas, palacios, barrios, ciudades, y nuestra casa, nuestra
firma como industriales, como comerciantes, como banqueros,
como terratenientes, como especuladores, como agiotistas...
será la primera de Barcelona, y de Cataluña,
y de España, y del mundo entero.
|
MONCADA.-
Calma,
calma...
|
CRUZ.-
Digo que no hay separación.
|
MONCADA.-
Ella
la desea.
|
CRUZ.-
(Paséase furioso por la escena.)
¡Quitarme mis hijos, privarme de mi sucesión!
-263-
(Llamando
a gritos.) ¡Victoria!... ¿Pero cuándo se acaba ese
endiablado bautizo...?
|
MONCADA.-
Por Dios, Pepet...
¡qué lenguaje...!
|
CRUZ.-
(Gritando.) Déjeme
usted... ¡Victoria! Esto es un complot infame... Arrollaré
cuanto se me ponga por delante. No respeto nada, ni a usted
con sus canas venerables, ni a ella con sus remilgos de criatura
santa y perfecta...
|
MONCADA.-
La has ofendido gravemente.
|
CRUZ.-
¡Ceguera de un instante! Soy fácil a
la duda, como a la credulidad. Así como en los negocios
no ha nacido todavía quien me engañe, en cosas
de amor fácilmente me alucino, veo lo que no existe...
se me desfiguran y agrandan las cosas... Soy así...
Pero, D. Juan, yo creo en ella, creo en mi mujer, la más
hermosa creación de la Naturaleza o de quien quiera
que se ocupe en crear lo que vemos... y lo que no vemos...
D. Juan, no me contradiga.
|
MONCADA.-
No, si yo... no.
|
CRUZ.-
(Con violencia.) Porque no admito que se me contradiga
en
-264-
esto ni en nada, porque yo sé más que nadie,
porque estoy dispuesto a demostrar que tengo razón,
que estoy cargado de razón, que yo soy la razón
misma, sí señor, la razón...
|
MONCADA.-
(Sujetándole.) Basta... Bruto, pareces un niño...
Ya salen.
|
Escena XIII
|
|
|
|
Dichos. La comitiva del bautizo
sale de la iglesia; primero las Hermanas de la caridad, luego
las señoras y caballeros invitados, JORDANA delante.
Siguen JAIME, GABRIELA, DOÑA EULALIA, la MARQUESA,
VICTORIA, la nodriza, con el niño en brazos.
|
CRUZ.-
(A VICTORIA, dirigiéndose a ella en cuanto la ve.)
Tengo que hablarte.
|
VICTORIA.-
¿Ahora?
|
CRUZ.-
¡Ahora
y siempre!
|
VICTORIA.-
¡Pero qué modos! José
María... aquí, en este lugar sagrado, ¿también
escandalizas?
|
|
-265-
|
CRUZ.-
Aquí y en todos los lugares
sagrados escandalizaré siempre que se me antoje.
|
VICTORIA.-
¡Oh, qué grosería! ¿Estás
loco? Déjame.
|
CRUZ.-
Repito que quiero hablarte.
|
VICTORIA.-
Después.
|
CRUZ.-
Ahora mismo.
(Los demás personajes se fijan en la viveza de este
diálogo.)
|
JORDANA.-
(Tratando de apartar la atención
de todos del altercado entre CRUZ y VICTORIA.) Señoras
y caballeros: ha llegado la hora suprema de la reparación...
de fuerzas... (Señalando al buffet, que se ve desde
la escena.) Victoria, usted la primera.
|
VICTORIA.-
Ahora
voy.
|
DOÑA EULALIA.-
(A JORDANA, que sigue invitando.) Yo no acostumbro
tomar nada fuera de mis horas; pero porque usted no diga...
|
JORDANA.-
Señora Marquesa... Gabriela...
|
|
|
|
(Van
pasando
-266-
todos a la sala del buffet, quedando solos en escena
CRUZ y VICTORIA.)
|
Escena XIV
|
|
|
|
CRUZ, VICTORIA.
|
CRUZ.-
(Cogiéndole una mano.) ¿Insistes de veras en la separación?
|
VICTORIA.-
(Asombrada.) ¿Ahora sales con eso?... ¿Recuerdas
lo convenido?
|
CRUZ.-
Sí.
|
VICTORIA.-
¿Y negarás
que me sobran motivos para pedir que se cumpla la condición
estipulada?
|
CRUZ.-
(Con fiereza.) ¡Victoria!
|
VICTORIA.-
No,
no me impones miedo. Mis resoluciones, cuanto más
repentinas, más duraderas. Un chispazo de mi voluntad,
que es algo tempestuosa, me arrancó a la vida religiosa
para llevarme al matrimonio. Otro chispazo me separa de ti
para volverme a la vida religiosa.
|
|
-267-
|
CRUZ.-
(Estupefacto.)
¡Otra vez!
|
VICTORIA.-
Verás... Como no puedo
estar ociosa, como mi espíritu, mi naturaleza toda,
reclaman ocupación constante, absorbente, he decidido,
a instancias del amigo Jordana, encargarme de la dirección
de esta casa. Pondré en ello mis cinco sentidos, segura...
lo digo con inmodestia... segura de no hacerlo mal. Me propongo
organizar con la mayor perfección posible la parte
de cuna y establecimiento de maternidad. ¡Ya ves qué
satisfacción, qué gloria para mi alma, criar
santamente a esta multitud de hijitos, ser la mamá
de todos y de cada uno de ellos!
|
CRUZ.-
(Impaciente, receloso.)
Mujer, tú te propones acabar con mi paciencia, y lo
conseguirás... Oye. (Queriendo asirla por un brazo.)
|
VICTORIA.-
(Apartándose.) No; perdona... Tengo que
entrar un momento en el buffet. Creerían que es desaire...
|
|
|
|
(Dirigiéndose al buffet con paso ligero, a punto que
sale de él JORDANA.)
|
-268-
Escena XV
|
|
|
|
CRUZ, JORDANA.
|
JORDANA.-
(En la puerta del buffet.) ¿Pero usted no toma
nada?
|
CRUZ.-
(Con displicencia.) Gracias.
|
JORDANA.-
Está
de mal temple.
|
CRUZ.-
(Llamándole.) Dígame.
¿Es cierto que mi mujer piensa ser directora de... no sé...
vamos, de esto?
|
JORDANA.-
Tales son sus deseos.
|
CRUZ.-
¿Y
usted consiente...?
|
JORDANA.-
¿Pues no he de consentir?
¡Y a mucha honra...!
|
CRUZ.-
¡Jordana! (Amenazador.)
Le juro a usted... Vamos, de mí no se ríe nadie;
y si esta idea de secuestrar a mi mujer llega a ser un hecho,
se verá quién es José María Cruz.
Pegaré fuego
-269-
a la casa, azotaré a las Hermanas...
y a usted...
|
JORDANA.-
(Con dignidad, retirándose.)
Señor Cruz...
|
CRUZ.-
(Procurando dominarse.) Perdone
usted... No sé... Supongo que todo es broma.
|
JORDANA.-
No
lo tengo por tal... Será directora, sí señor.
Y yo tan contento. ¿Ve usted esas habitaciones que aún
no están ocupadas? (Señalando a la primera
puerta de la derecha.) Ahí se instalará.
|
CRUZ.-
¿Ahí?
(Acercándose a la puerta.) Está bien. (Llamando.)
¡Eh...! ¿No hay aquí criados? Que avisen a mi casa
para que venga Lluch... y dos o tres mozos...
|
JORDANA.-
¿Pero
qué hace usted?
|
CRUZ.-
Pues mandar que me traigan
aquí mi cama, mi mesa, mis libros de contabilidad...
|
JORDANA.-
¿De veras?
|
CRUZ.-
Sí, hombre, aquí
me instalo también. Quiero
-270-
velar por la niñez...
Me interesa extraordinariamente la generación que
ha de sucedernos, los que ahora son pequeñitos y mañana
serán grandes.
|
JORDANA.-
¡Y usted...! (Entusiasmado.)
Venga un abrazo, Sr. Cruz.
|
CRUZ.-
(Rechazándole.)
No, nada de abrazos. Repito que si mi mujer viene aquí,
yo también...
|
JORDANA.-
Bien decía yo
que eso de la separación era una tontería.
|
CRUZ.-
Claro, una tontería... Nada; cuatro palabras
un tanto vivas, un talón que va y vuelve, un hacha
levantada... Tuve celos; ya no. (Recorriendo la escena excitadísimo.)
Lo diré a cuantos quieran oírlo... Que me traigan
al clérigo; que me traigan a todos los clérigos
del mundo, y les diré que sus envidias de mi felicidad
no llegan hasta mí...
|
JORDANA.-
(Nunca le vi
tan agitado. Carácter que se desquicia, hombre rendido...
Será nuestro al fin.) (Aparece VICTORIA por el buffet.) (Victoria... No estorbemos.) (Pasa al buffet.)
|
-271-
Escena
XVI
|
|
|
|
CRUZ, VICTORIA, comiéndose un bizcocho.
|
VICTORIA.-
¡Cómo
me gustan hoy los bizcochos! ¡No sé cuántos
me he comido!... Y comería más.
|
CRUZ.-
Antojadiza
estás... Ea, concluyamos. No admito la separación.
|
VICTORIA.-
(Con la boca llena.) Me sorprende esa conducta
después de haber dudado de mí.
|
CRUZ.-
¡Dudar!
¿Y quién no duda alguna vez, y ciento y mil? Pues
¿por qué existe la fe, sino porque existió
primero su madre, la duda? Yo dudé, es cierto; pero
ya creo en ti. ¿Qué más quieres?
|
VICTORIA.-
Quiero
más, mucho más. Tu aversión al prójimo,
tu crueldad, tu codicia, tu barbarie son una barrera infranqueable
que me separa de ti.
|
CRUZ.-
¿Pero qué pretendes?
¿Que me vuelva otro?
-272-
¿Soy acaso la Naturaleza, soy yo quien
ha hecho las cosas como son? ¿Puedo yo mudar las causas,
quitar y poner los efectos? Si soy así, ¿qué
remedio hay más que tomarme o dejarme?... Tú
también tienes defectos, Victoria; al menos yo veo
defectos en lo que otros ven perfecciones. Eres demasiado
religiosa, me acosas, me mareas con tu idea de la caridad,
tan distinta de las mías; me sermoneas, me contradices,
me abrumas... Y sin embargo, yo me llevo bien con tus defectos,
y te quiero a pesar de ellos, y quizás por ellos...
Acéptame tú a mí con mis asperezas,
como yo te acepto a ti con las tuyas... Porque si mis escamas
o aletas de dragón infernal te pinchan y raspan y
cortan, a mí... el plumaje de tus alas de ángel,
también me... me punza, me roza, me hiere. (Retírase
a la izquierda del proscenio, donde está la mesa.
Siéntase junto a ella en actitud reflexiva.)
|
VICTORIA.-
(Su
carácter no puede cambiar. ¿Podría acaso suavizarse
un poco?... Para conseguirlo más valdrá la
astucia que la fuerza. (Observándole.) No puede vivir
sin mí... Esto ya es algo... ¿Será cierto,
Dios mío, que yo tampoco puedo vivir sin él,
sin esa rudeza que me lastima, cuando trato de domarla?...
Sí, es ley
-273-
de vida, ley también de educación,
amar a los que corregimos.)
|
CRUZ.-
(Como asaltado de una
idea.) Bueno: accedo a la separación con tal que me
libres de una duda que me atormenta. Dime si tu papá
se burlaba de mí cuando me indicó hace un rato
que...
|
VICTORIA.-
¿Qué, hombre?
|
CRUZ.-
Que...
|
VICTORIA.-
Parece que estás lelo.
|
CRUZ.-
Que
quizás me darías un hijo.
|
VICTORIA.-
(Afectando
indiferencia.) ¿Ya fue papá con el cuento?
|
CRUZ.-
(Vivamente.) ¡Luego... es verdad!...
|
VICTORIA.-
No
he dicho que sea verdad. Es una previsión de papá...
(Bromeando.) un por si acaso...
|
CRUZ.-
¡Victoria...
basta de bromas! ¿Es cierto que...?
|
|
-274-
|
VICTORIA.-
Siéntate...
|
CRUZ.-
(Sentándose.) Ya estoy.
|
VICTORIA.-
Hablemos
claro. (Coge una silla y se sienta a su lado. Pausa. Expectación
de CRUZ.) ¿A cómo lo pagas?
|
CRUZ.-
¿Qué?
|
VICTORIA.-
Eso que tanto deseas... Así hay que
tratarte a ti... Al lado tuyo me he vuelto muy mercachifle,
y todo lo cotizo, como tú.
|
CRUZ.-
(Inquietísimo.)
¡Mujer... mira que...!
|
VICTORIA.-
(Obligándole a
sentarse.) Quieto... Los negocios se tratan con calma y frialdad.
|
CRUZ.-
Pero los hijos no sé yo que se hayan cotizado
nunca.
|
VICTORIA.-
Los hijos también, sobre todo
cuando los padres son como tú. A ver, clarito, ¿cuánto
das?
|
|
-275-
|
CRUZ.-
(Irritado, levantándose.) Victoria,
no me vuelvas loco. Ahora sí te digo que antes se
hundirá el firmamento que consentir yo en la separación.
|
VICTORIA.-
No podrás evitarla sino cotizándome
también a mí. Vaya, hombre, me vendo. ¿Cuánto
das por mí, ahora que seguramente valgo más
que antes, mucho más?
|
CRUZ.-
No compro mercancía
que me pertenece.
|
VICTORIA.-
¿A que sí?
|
CRUZ.-
Bueno: pues propón tú. El que ofrece el artículo,
que manifieste en cuánto lo valora.
|
VICTORIA.-
Pues
pido... (Reflexiona un instante, con expresión picaresca.)
pido... Prepárate, que voy a pedir mucho...
|
CRUZ.-
Preparado
estoy.
|
VICTORIA.-
Pues... empiezo por una pretensión
muy justa de papá. La perpetuidad por sucesión
-276-
directa de la casa Cruz Moncada bien merece que reconozcas
como nominativas y pertenecientes a mi padre la quinta parte
de las acciones del Banco Industrial...
|
CRUZ.-
(Vivamente.)
Concedido. (Le daré toda la broza...)
|
VICTORIA.-
Bien.
|
CRUZ.-
Las acciones letra D.
|
VICTORIA.-
(Vivamente.)
No, no; eso no.
|
CRUZ.-
¿Por qué?
|
VICTORIA.-
¿Pero
tú te has creído que yo soy tonta, o que no
entiendo de negocios?... Las acciones letra D son lo que
llamas broza, porque están gravadas con el canon de
Foxá.
|
CRUZ.-
(Asombrado.) Pero...
|
VICTORIA.-
Ándate
con cuidado conmigo... Mira que a mí no hay quien
me engañe... En fin, las de letra B.
|
CRUZ.-
(Haciendo
un gran esfuerzo.) Sea.
|
|
-277-
|
VICTORIA.-
Adelante... (Sonriendo.)
¡Si vieras!... Grabada tengo aquí la última
cantidad que escribí en el libro de la fábrica.
¡Tengo una memoria...! Era el saldo a tu favor de la cuenta
del último trimestre... ¡Bonita cifra! Beneficio líquido:
pesetas 27.433 con 78 céntimos.
|
CRUZ.-
Justo, sí.
|
VICTORIA.-
¡Qué hermosura de trimestre! Parece
un sueño, una ilusión...
|
CRUZ.-
Pero
no lo es.
|
VICTORIA.-
Pues... ese pico ha de ser para
mí.
|
CRUZ.-
¿El pico? ¿Los 78 céntimos?
|
VICTORIA.-
No...
|
CRUZ.-
¡Ah, el pico de 433 pesetas!
Bien, hija mía... sí... (Muy conciliador.) sí.
Puedes repartirlo entre los pobres. Sí, sí...
concedido. (Como sintiéndose tranquilizado.)
|
|
-278-
|
VICTORIA.-
Siéntate. No me entiendes. Se te ha metido en la cabeza
que tu mujer es una simple, una pobre beata que no sabe más
que rezar... y... El pico que quiero, que reclamo, es el
total, las 27 mil...
|
CRUZ.-
¡Y a eso llamas pico! ¡Victoria!
(Levántase airado.) Vaya; no concedo. Quieres arruinarme...
¡Esto es horrible, Victoria!
|
VICTORIA.-
Bueno, hombre,
bueno. Calma: no es para alborotarse. (Levántase muy
tranquila.) Puesto que no podemos entendernos, adiós.
|
CRUZ.-
(Sujetándola por un brazo.) Aguarda... ¿Pero
tú sabes...? ¡Sino hay en el mundo pobres para limosna
tan colosal! ¿Acaso piensas salir a un balcón, y arrojar
el dinero a puñados?
|
VICTORIA.-
Venga el pico.
|
CRUZ.-
¡Es mucho cuento! ¿Pero qué entiendes
tú por picos, desventurada?
|
VICTORIA.-
Sé
lo que digo. Si soy yo una gran hacendista,
-279-
y sé
más, mucho más que tú. Llamo pico a
esa cantidad, considerándola en la cuenta total de
tus ganancias. En la liquidación de Bolsa, por diferencias,
a fin de mes, has ganado...
|
CRUZ.-
(Interrumpiéndola.)
¿Tú qué sabes?
|
VICTORIA.-
Es que hay
en Bolsa un pajarito que viene volando, y me lo cuenta todo.
|
CRUZ.-
(Burlándose.) El Espíritu Santo.
|
VICTORIA.-
Justo;
el Espíritu Santo. Le vi en éxtasis, y en el
pico llevaba un papelito que decía: Pesetas 257.308,
con 23 céntimos.
|
CRUZ.-
(Con vivísimo asombro.)
¿Sabes...?
|
VICTORIA.-
Tonto, ¿crees que no vi la nota
que te llevó Huguet el miércoles...?
|
CRUZ.-
(Corrido.) Pero quia... Tú no sabes... Si no fue tanto...
¡Qué simple eres! Si de esa suma hay que deducir...
|
|
-280-
|
VICTORIA.-
Lo que te ganó Fábregas...
Si estoy en ello. También sé la cifra al céntimo...
Mira que te la suelto, y te confundo.
|
CRUZ.-
No, no:
basta. Bueno, mujer, maldigo tus actos infernales, o celestiales,
o lo que sean; y para que veas que soy conciliador, te doy
eso que llamas pico, con tal que cierres el tuyo, y no me
pidas más.
|
VICTORIA.-
Pero si ahora empiezo...
|
CRUZ.-
¿Pero más? (Aterrado dirígese
al otro lado del proscenio. Síguele VICTORIA.)
|
VICTORIA.-
Sí,
más. Pido que cedas a los Franciscanos el terreno
que creen suyo.
|
CRUZ.-
(Vuelve al otro lado del proscenio.)
No puede ser... Ea... que no.
|
VICTORIA.-
Que sí.
|
CRUZ.-
(Deteniéndose.) Lo más, lo más
que haré en obsequio tuyo es... Vamos, doy a los frailes
la mitad... ¡Ya ves...!
|
|
-281-
|
VICTORIA.-
Todo, todo.
|
CRUZ.-
(Como deseando concluir.) Pues todo... ¡No dirás ahora...!
Ya ves... Me dejo saquear sin compasión.
|
VICTORIA.-
¡Sí,
sí; espléndido está el mozo!
|
CRUZ.-
Me
parece que te he pagado bien...
|
VICTORIA.-
Valgo yo
mucho más. Y en prueba de que no me taso a desprecio,
te exijo que establezcas un Montepío para los obreros
inutilizados...
|
CRUZ.-
(Muy conciliador.) Pues mira; yo
también había pensado en eso.
|
VICTORIA.-
Y
que dotes a este hospital con diez o doce camas...
|
CRUZ.-
También,
también,
|
VICTORIA.-
Y que edifiques dos escuelas...
|
|
-282-
|
CRUZ.-
Una para niños y otra para... Concedido...
Sí, sí... No dirás... Ya ves... Si estoy
aterrado de mi prodigalidad.
|
VICTORIA.-
Oh, sí;
eres muy pródigo...
|
CRUZ.-
Me parece...
|
VICTORIA.-
No, no te alabes, no te engrías. La prontitud con
que has accedido a mis deseos, me prueba que no hay en tu
generosidad mérito alguno.
|
CRUZ.-
¿Cómo?...
¿Qué dices?
|
VICTORIA.-
¡Si yo te conozco! Si
a mí no puedes ocultarme nada... Vas a verlo. Anteayer,
poco antes del desagradable suceso que nos separó,
recibiste una carta de Mazatlán...
|
CRUZ.-
Sí;
anunciándome la muerte del primo Ripoll...
|
VICTORIA.-
(Con picardía.) Dime, ¿y no dejó alguna cantidad
para obras benéficas en Barcelona?
|
|
-283-
|
CRUZ.-
(Absorto.)
¿Pero como sabes...?
|
VICTORIA.-
No sé: adivino.
Soy maga, sibila, profetisa... ¿No lo habías conocido
hasta ahora?
|
CRUZ.-
(Corrido.) Pues sí, ha dejado...
algo sí... vamos, veinte mil duros para obras de beneficencia.
|
VICTORIA.-
Nombrándote su ejecutor testamentario
para ese fin...
|
CRUZ.-
Con facultades omnímodas.
|
VICTORIA.-
Lo comprendí, lo adiviné.
¿De qué me serviría este numen, luz del Cielo
más bien, si no me sirviera para explorar el fondo
de tu alma... y toda la trama oculta de tus negocios?
|
CRUZ.-
Pero
si lo que te he concedido vale más, mucho más...
|
VICTORIA.-
Eso... lo veríamos.
|
CRUZ.-
(Exagerando.)
Muchísimo más.
|
|
-284-
|
VICTORIA.-
Muy poco significan
tus regateadas mercedes, José María. Prepárate:
tu antojadiza esposa, si por tal la quieres y la estimas,
te va a dar un pellizco...
|
CRUZ.-
(Rugiendo.) Vive Dios...
¡Victoria! ¿Pero más?
|
VICTORIA.-
Sí, más,
más. Pido que concluyas las obras de este Santo Asilo.
|
CRUZ.-
(Airado, violento.) Mujer... basta... ¡Pero tú
te propones dejarme en la miseria! (Recorriendo agitadísimo
la escena.) ¿Concluir esto?... ¿Estás loca? ¿Pero
tu sabes...?
|
VICTORIA.-
Sí; conozco bien el plano.
|
CRUZ.-
(Nervioso, excitadísimo, mirando hacia el
claustro.) Pues ahí es una friolera... Falta el ala
derecha... falta la iglesia definitiva... con dos torres
muy grandes... que llegan al cielo... No, no, imposible...
Hija mía, no, no puede ser. Hasta aquí llegué...
Ni Cristo pasó de la Cruz, ni esta Cruz pasa de aquí.
|
VICTORIA.-
Pues no podemos entendernos.
|
|
-285-
|
CRUZ.-
Cierto
que no hay manera de entendernos... Mejor... Porque sería
mi ruina, y... No, no...
|
VICTORIA.-
Pues, hijo, yo
no transijo.
|
CRUZ.-
Ni yo... ni yo tampoco.
|
VICTORIA.-
Rotas
las negociaciones.
|
CRUZ.-
Pues rotas... ea...
|
VICTORIA.-
Separación.
|
CRUZ.-
Pues separación...
y cada cual por su lado... Pues no faltaba más.
|
VICTORIA.-
(Dándole el sombrero y señalándole la
salida.) Estoy en mi casa. Toma... por allí se sale.
|
CRUZ.-
(Toma el sombrero y luego lo deja.) Victoria... aguarda...
oye... Busquemos una transacción. Daré a Jordana
una cantidad...
|
VICTORIA.-
(Con energía.) No, no;
has de terminar por tu cuenta el edificio, cueste lo que
cueste.
|
|
-286-
|
CRUZ.-
No, no, no... Yo estoy loco... Déjame...
¿Qué es esto?... Paréceme que la armonía
del mundo se trastorna... la tierra se resquebraja... el
cielo se desquicia... No, no; yo quiero ser siempre José
María Cruz... Victoria, óyeme... ¿No podríamos...?
|
VICTORIA.-
(Sentándose.) ¿Qué?
|
CRUZ.-
Encontrar
un medio, una fórmula... simplificando las obras,
modificando el plano y el presupuesto...
|
VICTORIA.-
Todo
ha de ser como está proyectado...
|
CRUZ.-
(Pateando.)
¡Por vida de...! Pero, mujer, siquiera... ¿A qué esas
dos torres? Con una basta... y chiquita... y de ladrillo.
|
VICTORIA.-
Han de ser dos, y de piedra, y grandes, grandes...
y en los cimientos de la iglesia, una cripta...
|
CRUZ.-
¡Una
cripta!
|
VICTORIA.-
(Cariñosamente.) Sí, en
la cual labraremos nuestros sepulcros,
-287-
el tuyo, el mío,
y los de nuestros hijos; y cuando muy viejecitos ya, cargados
de años y de méritos, nos muramos...
|
CRUZ.-
Nos
enterrarán allí...
|
VICTORIA.-
Sí...
yo así (Indicando la actitud de una estatua yacente.) ,
tú a mi lado.
|
CRUZ.-
Eternamente juntos...
|
VICTORIA.-
Nuestros
huesos; que las almas... En el cielo estará la mía.
|
CRUZ.-
La mía también... ¿Eh?, qué
crees... Me colaré como pueda... Sobornaré
a San Pedro...
|
VICTORIA.-
Sí: bueno estás
tú para sobornar. En fin...
|
CRUZ.-
(Trastornado.)
Victoria... me fascinas... me enloqueces, me... Pero no,
no puedes conquistarme, no me conquistarás...
|
VICTORIA.-
¿A
que sí?
|
CRUZ.-
(Sentado, indicando confusión
y abatimiento.) No, no.
|
|
-288-
|
VICTORIA.-
(Cariñosamente,
pasándole la mano por los hombros.) Si mi monstruo
es mejor de lo que parece, y...
|
CRUZ.-
(Con abatimiento.)
Eso me agrada, sí...
|
VICTORIA.-
¿Qué?
|
CRUZ.-
Que me llames tú monstruo...
|
VICTORIA.-
Mi monstruo...
sí... Si aunque no quieras, mío has de ser
por los siglos de los siglos. Y ahora, has de prometerme
terminar esta casa de Dios.
|
CRUZ.-
(Luchando y casi sin
fuerzas ya.) Victoria, por piedad... ¡Ay, no puedo más!,
remátame de una vez...
|
VICTORIA.-
¿Convencido?
|
CRUZ.-
(Con desaliento.) Y anonadado... No me conozco... no sé
lo que me pasa... Mujer mía, yo te suplico, por lo
que más quieras, por San Pedro y San Juan y San Francisco,
y todos los santos, que no
-289-
me atormentes más... Mira
que entrego el alma...
|
VICTORIA.-
(Acariciándole.)
Monstruo mío querido, cálmate...
|
CRUZ.-
(Angustiado.)
Pero ¿no más...?, ¿ya no más?
|
VICTORIA.-
Ay,
quisiera poner punto final. Pero no puede ser...
|
CRUZ.-
¡Cómo!
|
VICTORIA.-
Lo siento, lo siento mucho... Me
duele verte padecer... Padezco yo tanto como tú.
|
CRUZ.-
(Desesperado.) Todavía más...
|
VICTORIA.-
Sí...
no hay otro remedio. Dios me lo manda. Ya sabes que mis actos
obedecen a un impulso superior, misterioso... Yo bien quisiera
no mortificarte más; pero... tengo que darte otro
pellizquito... otro, sí... será leve, suavecito...
Resígnate. Ya ves que lo siento, que me duele tanto
como a ti.
|
|
-290-
|
CRUZ.-
A ver... di... despacha pronto.
|
VICTORIA.-
Necesito
el Clot...
|
CRUZ.-
(Levantándose airado.) ¡Oh, el
Clot!... Es burla... ¡Rayos y truenos...! No... Victoria.
¡Maldita sea mi condescendencia, maldita tu terquedad! Quieres
que acabemos por pedir limosna. ¡Oh, quitarme esa hermosa
finca...!
|
VICTORIA.-
(Calmándole.) Sosiegate... por
Dios... Monstruo querido... dragoncito mío... Déjame
que te explique...
|
CRUZ.-
(Cae en el sillón y se
golpea la cabeza.) ¡Negación de mí mismo!...
No puede ser, no
|
VICTORIA.-
(Sujetándole las manos
para que no se dé golpes en el cráneo.) ¡Pero
no te pegues... pobrecito! (Le besa la cabeza.) Óyeme...
Necesito esa finca, para un regalo que tendré que
hacer... ¿Sabes? Dentro de cuatro meses, día más,
día menos...
|
CRUZ.-
(Alelado.) ¡Cuatro meses...!
|
|
-291-
|
VICTORIA.-
Sí, hijo mío... Tengo que
obsequiar dignamente a una persona, a una excelente amiga
mía, que en la fecha que te indico se unirá
a nosotros con parentesco espiritual... Ya comprendes.
|
CRUZ.-
Sí,
sí... comprendo... Muy bonito; soy feliz... pero a
pesar de todo... no puedo darte el Clot; yo te suplico que
no me lo pidas. Tengo el proyecto de establecer en él
una gran industria, y... Te daré otra cosa... pide,
saquéame, devórame, arruíname. Pero
eso, ¡ay!... eso no...
|
VICTORIA.-
Siento mucho que
no puedas... porque sin esa concesión, no volveré
a tu lado... Pobre monstruo mío, te morirás
de pena sin mí... y yo... yo, ¿a qué negarlo?
yo sin ti, también... (Con emoción. Se aleja
de él y se sienta.)
|
CRUZ.-
(Corriendo a su lado.)
Victoria, no digas que...
|
VICTORIA.-
Quisiera ceder, transigir;
pero es imposible, ay...
|
CRUZ.-
Considera... yo, yo, como
jefe de la familia,
-292-
yo, el padre, debo velar por la propiedad,
por los intereses.
|
VICTORIA.-
(Levantándose orgullosa.)
¡Ah!, no... eso es una antigualla. Dios me ilumina, y me
dice que las madres gobiernan el mundo.
|
CRUZ.-
¡Las
madres!
|
VICTORIA.-
(Con brío.) Sí... Basta.
Sométete... pero en absoluto, sin condiciones... Silencio...
|
CRUZ.-
Pero, por Dios, no lo digas a nadie. Guarda
el secreto de mi conquista. Me avergüenzo de la traición
que hago a mi carácter.
|
VICTORIA.-
Déjame
a mí. Soy tu ángel bueno... No temas... Ea,
vengan todos acá. (Gritando.) ¡Papá, Gabriela,
Florentina, Jordana!
|
Escena
XVII
|
|
|
|
Dichos. MONCADA,
GABRIELA, DOÑA EULALIA, la MARQUESA, DANIEL, JAIME,
JORDANA, que entran por el buffet.
|
VICTORIA.-
Mi marido
y yo hemos resuelto terminar
-293-
las obras de este gran edificio...
(Asombro en todos.)
|
JORDANA.-
Milagro, milagro... ¡Eh!,
que venga el organista... los chiquillos a entonar el himno...
Música, cohetes. (Sale disparado por el fondo.)
|
VICTORIA.-
(Aparte a MONCADA.) Papá, todo conseguido... (A la MARQUESA en voz alta.) Florentina, alegrarse. El Clot volverá
a ser de usted...
|
MARQUESA.-
¡Dios te bendiga! (Le
abraza llorando.)
|
VICTORIA.-
Y tú, Daniel, ya
no vas a América. Abre tu bufete; mi marido y yo te
nombramos letrado de la casa.
|
DANIEL.-
¡Humillación!...
¡Absurdo!
|
CRUZ.-
Pero...
|
VICTORIA.-
Me constituyo
en dictadora, lo mando y a callar todo el mundo.
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MONCADA.-
Eres
hombre vencido y domado, Victoria hace de ti lo que quiere.
|
|
-294-
|
CRUZ.-
Eso; no. Mientras más la quiero, más
me afirmo en ser lo que soy. Es que teniéndome, por
indomable, me agradan los latigazos de la domadora. Ni yo
puedo vivir sin ella, ni ella sin mí. Que lo diga,
que lo confiese.
|
VICTORIA.-
(Con arranque.) Lo confieso,
sí. Eres el mal, y si el mal no existiera, los buenos
no sabríamos qué hacer... ni podríamos
vivir.
|
FIN DE «LA LOCA DE LA CASA»

La loca de la casa : comedia en cuatro actos
Benito Pérez Galdós
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