  El sabor de la tierruca
José María
de Pereda
[Nota preliminar: Edición digital a partir
de la de OO. CC., Madrid, Impta. y Fundición de Tello,
1889, t. X y cotejada con la edición crítica
de Anthony H. Clarke (OO. CC., Santander, Tantín,
1992, t. V, pp. 66-134).]
  - I -
El escenario
La cajiga aquella era un soberbio ejemplar
de su especie: grueso, duro y sano como una peña el
tronco, de retorcida veta, como la filástica de un
cable; ramas horizontales, rígidas y potentes, con
abundantes y entretejidos ramos; bien picadas y casi negras
las espesas hojas; luego otras ramas, y más arriba
otras, y cuanto más altas más cortas, hasta
concluir en débil horquilla, que era la clave de aquella
rumorosa y oscilante bóveda.
Ordinariamente, la cajiga
(roble) es el personaje bravío de la selva montañesa,
indómito y desaliñado. Nace donde menos se
le espera: entre zarzales, en la grieta de un peñasco,
a la orilla del río, en la sierra calva, en la loma
del cerro, en el fondo de la cañada... en cualquier
parte.
Crece con mucha lentitud; y como si la inacción
le aburriera, estira y retuerce los brazos, bosteza y se
esparranca, y llega a viejo dislocado y con jorobas; y entonces
se echa el ropaje a un lado y deja el otro medio desnudo.
Jamás se acicala ni se peina; y sólo se muda
el vestido viejo, cuando la primavera se le arranca en harapos
para adornarle con el nuevo; le nacen zarzas en los pies,
supuraciones corrosivas en el tronco, musgo y yesca en los
brazos; y se deja invadir por la yedra, que le oprime y le
chupa la savia. Esta incuria le cuesta la enfermedad de algún
miembro, que, al fin, se le cae seco a pedazos, o se le amputa
con el hacha el leñador; y en las cicatrices, donde
la madera se convierte en húmedo polvo, queda un seno
profundo, y allí crecen el muérdago y el helecho,
si no le eligen las abejas por morada para elaborar ricos
panales de miel que nadie saborea. Es, en suma, la cajiga,
un verdadero salvaje entre el haya ostentosa, el argentino
abedul, atildado y geométrico, y el rozagante aliso,
con su cohorte de rizados acebos, finas y olorosas retamas,
y espléndidos algortos.
Pero el ejemplar de mi cuento
era de lo mejorcito de la casta; y como si hubiera pasado
la vida mirándose en el espejo de su pariente la encina,
parecíase mucho a ella en lo fornido del cuerpo y
en el corte del ropaje.
Alzábase majestuoso en la
falda de una suavísima ladera, al Mediodía,
y servíale de cortejo espesa legión de sus
congéneres, enanos y contrahechos, que se extendían
por uno y otro lado, como cenefa de la falda, asomando sus
jorobas mal vestidas y sus miembros sarmentosos, entre marañas
de escajos y zarzamora.
Más fino lo gastaba el gigante,
pues asentaba los pies en verde y florido césped,
y aun los refrescaba en el caudal, siempre abundante y cristalino,
de una fuente que a su sombra nacía, y que el ingenio
campesino había encajonado en tres grandes lastras,
dejando abierto el lado opuesto al que formaba la natural
inclinación del terreno, para que saliera el agua
sobrante y entraran los cacharros a llenarse de la que necesitaban.
Al otro lado del tronco, no más distante de él
que la fuente, habíase cavado ancho y cómodo
peldaño, capaz de seis personas, que la fertilidad
natural del suelo revistió bien pronto de verde y
mullido tapiz. Desde aquel asiento, lo mismo que desde la
fuente, podía la vista recrearse en la contemplación
de un hermoso panorama; pues, como si de propio intento fuese
hecho, la faja de arbustos se interrumpía en aquel
sitio, es decir, frente de la cajiga, de la fuente y del
asiento, un gran espacio.
En primer término, una
extensa vega de praderas y maizales, surcada de regatos y
senderos; aquéllos arrastrándose escondidos
por las húmedas hondonadas; éstos buscando
siempre lo firme en los secos altozanos. Por límite
de la vega, de Este a Oeste, una ancha zona de oteros y sierras
calvas; más allá, altos y silvosos montes con
grandes manchas verdes y sombrías barrancas; después
montañas azuladas; y todavía más lejos,
y allá arriba, picos y dientes plomizos recortando
el fondo diáfano del horizonte.
Subiendo sin fatiga
por la ladera, y a poco más de cincuenta varas de
la fuente, de la cajiga y del asiento, se llega al borde
de una amplísima meseta, sobre la cual se desparrama
un pueblo, entre grupos de frutales, cercas de fragante seto
vivo, redes de camberones, paredes y callejas; pueblo de
labradores montañeses, con sus casitas bajas, de anchos
aleros y hondo soportal; la iglesia en lo más alto,
y tal cual casona, de gente acomodada o de abolengo, de larga
solana, recia portalada y huerta de altos muros.
A su tiempo
sabrá el lector cuanto le importe saber de este pueblo,
que se llama Cumbrales. Entre tanto, hágame el obsequio
de subir conmigo al campanario, en la seguridad de que no
ha de pesarle la subida. Y pues acepta la invitación,
vamos andando.
Ya estamos en el porche de la iglesia. ¿Te
llama la atención el pórtico? Es bizantino:
hay muchos como él en la Montaña. Lo restante
del templo es trasmerano puro, y a retazos y por obra de
misericordia. Entremos en él. Pobreza como afuera,
y el mal gusto propio de la rustiquez de estas gentes. La
Virgen con bata, lazos y papalina; un Santo Cristo, no mala
escultura, con zaragüelles; los soldados de la pasión,
con botas y gregüescos; junto al Sagrario, ramos de
papel dorado; y en las columnas de los altares, no malos
ciertamente, litografías colgadas. (La intención
ve Dios más que las obras). Un coro postizo, labrado
a hachazos, y una mala escalera para subir a él; desde
el coro, otra, de dos tramos y al aire, para subir al campanario.
Valor... ¡y arriba! Ya llegamos.
La altura del observatorio
nos permite examinar el paisaje en todas direcciones. ¡Hermoso
cuadro, en verdad! La meseta llega, por el Oeste, a la zona
de sierras, y con ellas se funde cerrando la vega por este
lado. En el recodo mismo que forman la meseta y la sierra
al unirse, hay otro pueblo, recostado en la vertiente y estribando
con los pies en aquel extremo de la vega.
El nombre le cae
a maravilla: Rinconeda. Le
envuelven por los flancos y la espalda espesos cajigales
y castañeras, que hacia la parte de Cumbrales se desvanecen
en la faja de arbustos ya descrita. Al Este, mengua la meseta,
declina suavemente; y cargada de caseríos, huertos
y solares, se agazapa y desaparece en el llano de la vega,
la cual continúa en rápida curva hacia el Noroeste,
con su barrera de montañas, bajas y redondas desde
Oriente a Norte. Entre las barriadas de Cumbrales, llosas
abrigadas; en el suave declive occidental de la meseta, brañas,
turbas y junqueras; y en la llanura, otra vez prados y maizales,
y el río, que, corriendo de Poniente a Levante, los
recorta y hace en el valle un caprichoso tijereteo, mientras
se bebe en un solo caño los varios regatos que vimos
deslizarse al otro lado de la vega. Más allá
del río y de las mieses, sierras y bosques; entre
ellos y sobre los cerros cultivados, pueblecillos medio ocultos,
en alegre anfiteatro, y caseríos dispersos; y por
límite de este conjunto pintoresco y risueño,
las montañas que vuelven a crecer y cierran la vasta
circunferencia al Oeste, donde se alzan, en último
término, gigantes de granito coronados de nieve eterna,
como diamante colosal de este inmenso anillo.
A la parte
de allá de la sierra que domina y asombra a Rinconeda,
está la villa, de la cual se surten los pueblos que
vemos, de lo que no sacan del propio terruño. En frente,
es decir, a este otro lado y allende las montañas,
está la ciudad. Hay más de seis leguas entre
ésta y la villa. Por último, detrás
de esa gran muralla del Norte se estrecha el Cantábrico,
camino de la desdicha para la mitad de la juventud de esos
pueblos, tocada de la manía del oro, que se imagina
a montones al otro lado de los mares.
En la aldea en que
nos hallamos abundan los viejos, anochece más tarde
y amanece más temprano que en el resto de la comarca.
Hay alguna razón física que explica lo primero
por las mismas causas de lo segundo; es decir, por lo elevado
de la situación del pueblo. Pero es el caso que los
naturales de él han querido hacer de estas ventajas
un título preeminente, así como de ser sus
mozas excelentes cantadoras, y sus mozos, amén de
apuestos, incansables bailadores, y diestros, sobre toda
ponderación, en tocar las tarrañuelas; y como
acontece que en el pueblo que está situado en el rincón
de la vega, entre ésta, la sierra y la vertiente de
la meseta, anochece a media tarde, menudean las tercianas,
cantan las mozas como jilgueros y son los mozos grandes jugadores
de bolos y muy capaces de alumbrar una paliza al lucero del
alba, cátate que las dos aldeas vecinas viven siempre
como el gato y el perro, en perpetuo desafío, en constante
provocación y en continua burla. Porque, para colmo
de contrariedades, las campanas de arriba son grandes y sonoras,
al paso que las de abajo son chicas y están rajadas;
en el pueblo en que nos hallamos hay dos casas de señores
pudientes; en el otro no hay una siquiera; las mieses de
Cumbrales son extensas, ricas y bien soleadas; las de Rinconeda
frías y pequeñas; Cumbrales se administra por
sí mismo, y tiene su alcalde, sus regidores, su juez
municipal y su escuela pública, en toda regla; Rinconeda
no tiene más que un pedáneo, porque es pobre
fracción de un municipio cuya capital está
dos leguas de lejos; su cabaña, si no ha de salir
en verano del término propio, va cuando la llaman
y adonde la llevan los que mandan en la confederación:
al paso que la de arriba tiene su puerto, sus pastores, su
toro y sus perros, y va y vuelve en días y horas fijos.
¡Y cómo va y cómo vuelve! Rozando casi las
barbas de los vecinos de abajo, silbando los pastores, latiendo
los perros y cencerreando el ganado, de intento voceado y
apaleado entonces para que las reses corran y se atropellen,
y de este modo sacudan de lo lindo los cencerros. Tómanlo
a provocación los de Rinconeda, y vénganse
propalando la especie de que ese lujo y otros tales hacen
gastar al pueblo autónomo lo que no tiene, y vivir
en perpetua trampa, como señor de pocas rentas y mucha
fantasía. Como Cumbrales
está tan alto, no bien el ábrego (viento del
Sur) arrecia, andan las tejas por las nubes y las chimeneas
por los suelos, mientras los vecinos de Rinconeda, amparados
del viento por la sierra, dicen (según la fama) sobándose
las manos y pensando en los de arriba: -«¡Hoy sí que
vuelan aquéllos!». Pero cesa el Sur, y comienza a
llover a mares, y son verdaderas cascadas las laderas de
la meseta y de la sierra, con lo cual cada calleja del otro
pueblo es un torrente, y una isla cada casa; y dice la gente
de arriba, acordándose del dicho tradicional y malicioso
de los de abajo: -«¡Esta vez los barre el agua, por peces
que sean!».
Así anda todo encontrado y a testerazos
en estas dos aldeas vecinas, llenas, por lo demás,
de gentes honradísimas, trabajadoras y apreciables.
Pero si entre los inquilinos de una misma casa hay puntillos
y rivalidades que encienden a menudo las iras y los odios,
¿qué mucho que suceda esto mismo y algo más
entre dos pueblos montañeses que viven, como quien
dice, en la misma escalera, y son de un mismo oficio y de
la propia casta, y sólo se diferencian en que el uno
tiene un palmo más de tela que el otro en el faldón
de la camisa?
Y con esto, descendamos del campanario, pues
he dicho bastante más de lo que pensaba y hace falta
en el presente capítulo, y volvamos a la cajiga, que
no a humo de pajas comencé por ella el relato; mas
no sin advertir que se la llama en Cumbrales la Cajigona,
lo mismo que al sitio que ocupa, que a la fuente y que al
asiento a ella cercanos; es decir, que «agua de la Cajigona»
se llama a la de aquel manantial; «vamos a la Cajigona» dicen
los que se encaminan a sentarse a la sombra de ella, y «prados
de la Cajigona» se denominan los que la circundan.
  - II -
A modo de sinfonía
Comenzaba el mes de octubre;
parecía el fresco retoño de la vega tapiz de
terciopelo, y las ya amarillas panojas se oreaban en los
maíces despuntados, dentro de la seca envoltura, que
chasqueaba y crujía, como estrujado papel, al secar
sobre ella el calor del sol el rocío de la noche.
Andaba rayano el mediodía; inmóvil estaba el
follaje mustio, mal adherido a las ramas; podían contarse
los árboles en el monte, por lo cercanos que los fingía
la vista, y el ciclo, como barrido de nubes en lo alto, las
tenía amontonadas hacia el horizonte, revueltas las
blancas con las negras, las nacaradas y las rojas.
Las témporas
de San Mateo habían quedado de sur; y según
el almanaque montañés, así debía
seguir el tiempo hasta las de Navidad; lo cual vendría
de perlas para secar el maíz y las castañas,
y asegurar una excelente pación a los ganados al derrotarse
las mieses. Y el pronóstico se iba cumpliendo hasta
entonces. Estaba, pues, el día como de sur en calma:
bochornoso y pesado. No es de extrañar que a aquellas
horas gustara la sombra como en el mes de agosto.
Tomábanla
con notoria complacencia, sentados en el banco de la Cajigona,
dos sujetos: mozo el uno, en la flor de la juventud; sombreado
el rostro lozano por un bigotillo negro y brillante, con
el pelo de su cabeza, a la sazón descubierta, también
negro y recio y corto; la frente angosta y no mal delineada;
la boca fresca y no grande; los dientes blanquísimos
y apretados; los ojos un tanto asombradizos y curiosos, como
de persona impresionable que se estima en poco. Correspondía
a la cabeza el cuerpo gallardo, y había soltura y
gracia en todos sus ademanes y movimientos. Vestía
un traje holgado, no cortado seguramente por el sastre de
la aldea; y como el calor le molestaba, había deshecho
el leve nudo de la corbata y soltado el botón del
cuello de la camisa, por cuya abertura se entreveía
su rollizo y blanco pescuezo, sin barruntos de nuez ni asomo
de costurones.
El otro personaje no se le parecía
en nada. Estaba marchito y ajado, más que por la edad,
por la incuria y el desaseo, que se echaban de ver en su
barba mal afeitada, en su ropa sucia, en sus uñas
negras, en su camisa deshilada y en sus dedos chamuscados
por el cigarro. No era su rostro desagradable; pero se reflejaba
en él un espíritu dormilón y perezoso.
Este tal, quedándose con la apagada colilla del cigarro
entre los labios, llegó a decir al joven, que recorría
con los ojos cielo, montes y campiña:
-¿Conque, al
fin, ahorcaste los libros?
-Sospecho que sí, -respondió
el mozo, recostándose en el campestre respaldo sobre
el lado izquierdo, y poniéndose a arrancar con la
diestra yerbas y flores maquinalmente.
-Has obrado como
un verdadero sabio, -añadió el otro.
-¿Por
qué?
-Porque nada hay que estorbe tanto como el saber.
-¡Caramba!, me parece mucho decir eso. -Pues es la verdad
pura. No concibo el ansia de saber por mera curiosidad.
-¡Oh!, pues yo sí. -¡Mucho!... ¡Y has arrojado los
libros por la ventana!
-No tanto, señor don Baldomero.
-¡Cosa que más se le parezca!... -Dejar los estudios,
no es tomarlos en aborrecimiento.
-Tampoco en estimación,
amigo Pablo.
-Pero como dice usted que el saber estorba...
-Y lo repito, y aun te añado que el deseo de saber
no es otra cosa, en mi concepto, que un afán que hay
en las gentes de meterse en lo que no les importa.
Asombrose
el joven; miró al nombrado don Baldomero, y atreviose
a responderle, no muy seguro de tener razón, pero
sí de decir lo que sentía:
-No creo yo, ni
creeré nunca, que el saber sea un estorbo: antes admiro
y reverencio a los hombres que saben; pero me conozco ¿está
usted? Y porque me conozco, sé que no he nacido para
sabio ni para mucho menos.
-Luego te estorban los libros.
-No, señor: me estorban los que me daban en la Universidad;
me estorba la Universidad misma, porque cada hombre nace
con sus inclinaciones, y las mías no van hacia ese
lado. Por lo demás, yo he estudiado mucho, créame
usted, don Baldomero, ¡muchísimo! Me he pasado noches
en claro y semanas en vilo, porque, al cabo, tiene uno amor
propio; y, gracias a estas faenas, no he perdido el tiempo,
es decir, he ganado todos los cursos; pero esto no es estudiar
ni aprender, ni siquiera aprovechar el tiempo.
-Ergo la
borrica tiene sabañones.
-Ni asomo de ellos, señor
don Baldomero... digo, créolo yo así; y verá
usted por qué. Yo tenía condiscípulos
que parecían cortados para aquella carrera: sueltos
de palabra, finos de entendimiento... ¡me embobaba escuchándolos,
y me aturdía viéndolos bullir y revolverse
y cautivar los ánimos! Serán grandes jurisconsultos;
brillarán en el foro; escribirán libros; irán
a las Cortes... Y hasta serán ministros, sí,
señor, porque lo valen y lo merecen; pero estas prendas
las da Dios, y a mí no me alcanzó ninguna de
ellas en el reparto; y no alcanzándome, me gusta que
las luzca el que las tiene; y, aunque las admiro, no las
envidio, por lo mismo que me conozco... Mire usted, hombre,
no es vanidad; pero creo que no se me altera el pulso si
me hallo cara a cara con el lobo en un callejo del monte;
y entro en cátedra, y tiemblo delante del profesor;
colgado de la última rama con una mano, y con el hacha
en la otra, desmocho una cajiga, si es preciso, sin que me
asuste la altura ni el trabajo me fatigue; y entre mis compañeros
de clase soy torpe, encogido y flojo; en las calles tropiezo
con los transeúntes y los coches, y el ruido y el
movimiento me marean, y las casas enfiladas me entristecen;
en el teatro me duermo y en la posada me ahogo; y en la posada,
y en la calle, y en el teatro, y en la cátedra, yo
no pienso en otra cosa que en Cumbrales, y en cuanto hay
en Cumbrales, y en esta cajiga, y en este banco, y en esta
sombra, y en esta fuente...
-Justo: en la vita bona. -¡Le
digo a usted que no! Lo que sucede es que esta cajiga, y
este banco, y esta fuente y cuanto los ojos ven desde aquí
y pueden abarcar desde lo alto del campanario, lo tengo yo
metido en el alma, con la rara condición de que cuanto
más me alejo de ello, más hermoso lo veo...
En fin, hombre, hasta oigo las campanas de la iglesia, y
huelo el hinojo de estas regatadas. ¿Quiere usted más?
-¡Coplas, coplas, hojarasca... poesía huera! -¡Si
parece mentira lo que se ve desde lejos, mirando hacia la
tierruca con los ojos del corazón! Si es en abril
y mayo, jurara que veo a mis convecinos arando en la vega,
o moliendo los terrones con los cuños del rastro,
o cubriendo los surcos después de la siembra; si es
en junio, cuando ya verdeguea el maíz sobre el fondo
negro de la heredad, que oigo los cantares de las salladoras,
y que las veo en largas filas, con el sombrero de paja, la
saya de color y en mangas de camisa. ¡Pues dígote
en agosto! Los maíces con pendones ya; y entre maizal
y maizal, los segadores tendiendo la yerba del prado, con
sus colodras a la cintura, y las obreras deshaciendo el lombío
con el mango de la rastrilla, o atropando con ella la yerba
oreada, y amontonándola en hacinas... Y luego entrar
el carro con sus horcas y dobles teleras; y horconada va
y horconada viene; la moza de arriba, acalda que te acalda;
y otras, desde abajo, peina que te peina la carga con la
rastrilla; y la carga, sube que sube y crece que crece, hasta
que debajo de ella no se ven ni el carro ni los bueyes; y
eche usted las tres cordadas, y arrímese al testuz
de las bestias, ahijada en mano, y lléveme a pulso
aquella balumba por cuestas y callejones sin entornarla;
y empáyemela usted con aquella porfía entre
el que descarga la yerba y el hormiguero de gente que la
toma al boquerón del pajar, y la lleva hacia dentro
y la acalda, sin que pelo quede de una horconada al boquerón
cuando otra nueva viene del carro; porque ignominia fuera
para los que empayan, no dar abasto al descargador. Pues
que avanza octubre y se coge el maíz; y déme
usted las deshojas, y tómate la siega del retoño,
y el derrotar las mieses... ¡como si lo tuviera delante,
don Baldomero; lo mismo que si lo tocara con las manos, veo
yo todo esto y mucho más en cuanto me alejo de aquí!
Lo veo, lo palpo... Y lo huelo; porque no me negará
usted que, en punto a olores, éstos del campo de Cumbrales
parece que vienen de la gloria.
-¡Echa, hijo, echa, que
ya te vas enmendando! Túvete antes por poeta, y ahora
me pareces loco, si es que ambas cosas no andan siempre en
una pieza.
-¡Poeta y loco por lo que le cuento a usted!
-¿Y qué es lo que me cuentas ¡oh Pablo amigo!, sino
lo que se lee en copias y romances de gentes desocupadas
y soñadoras?
-Será que no me he explicado
yo bien. ¡Si uno supiera decir todo lo que siente y del modo
que lo siente!
-¡Para el demonio que te escuchara entonces!
Desengáñate, Pablo: por muchas vueltas que
des a esas pinturas, no pasan de hojarasca, y, en substancia,
haraganería pura.
-¡Cáspita! Eso sí
que no..., digo, paréceme a mí. Andaría
usted cerca de la verdad, si todas esas cosas me entusiasmaran
a ratos, o en los libros, o vistas desde mi casa, muy arrellanado
en el sillón; pero usted sabe muy bien que no hay
faena de labranza ni entretenimiento honrado aquí,
en que yo no tome parte como lo pueda remediar, y que tengo
cinco dedos en cada mano como el labrador más guapo
de Cumbrales; y ha de saber desde ahora, si antes no lo ha
presumido, que quisiera perder el poco respeto que tengo
a la levita de la casta, para hacer muchas cosas que hoy
no hago por el qué dirán las gentes. Si esto
es afán de holganza, holgazán soy sin propósito
de enmienda; pero sea lo que fuere, esto es lo que me gusta
y para ello me creo nacido; con lo cual vuelvo al tema de
antes: que no me estorban los sabios. Ni ellos sirven para
la vida del campo, ni yo para la del estudio; porque Dios
no ha querido que todos sirvamos para todo. Cada cual a su
oficio, pues no le hay que, siendo honrado, no sea útil;
y útiles y honrados podemos ser, ellos en el mundo
con la pluma y la palabra, y yo en Cumbrales con mis tierras
y ganados... Y en Cumbrales me quedo; porque mi padre, que
nunca quiso hacerme sabio a la fuerza, piensa como yo, tiene
amor a sus haciendas, y no le pesa que otro se encargue de
administrarlas bien cuando él no pueda atenderlas...
Y aquí tiene usted todo lo que hay acerca del particular.
Calló el joven, dicho esto; y cuando ya no había
al alcance de su mano derecha flores ni yerbas que arrancar,
cambió de postura en el asiento; recogió vega
y horizontes con la vista, y comenzó a golpear con
las rodillas, estiradas las piernas, las manos y el sombrero
que metió entre ellas. No había hablado para
porfiar ni para convencer, sino para decir lo que sentía,
y le tenía sin cuidado lo que pudiera replicarle don
Baldomero.
El cual, después de rascarse la cabeza
por debajo del sombrero, que quedó ladeado, lanzó
de un soplido la colilla que saboreaba rato hacía
entre sus labios, tendiose sobre la nuca después de
envolverla en sus manos entrelazadas, y exclamó:
-¡Música celestial! Pablo se encogió de hombros,
y continuó devorando con los ojos cielo, montes y
llanuras.
-Y nada más que música -continuó
el otro-; porque si admito que te animan propósitos
de trabajo y no de holganza, y te cambio el apodo de poeta
por el de guapo chico, lejos de probarme, en cuanto has dicho,
que el saber vale para algo, has demostrado lo contrario
con lo que has hecho.
-Pues no sé explicarme mejor,
-dijo Pablo.
-No lo haces del todo mal para los años
que tienes -replicó don Baldomero-. La dificultad
está en la cosa misma, que por sí es indefendible.
Y si no, dime, ¿qué demonios de tajada saca el mundo
con que un sabio le diga, después de estarse despistojando
veinte años, encorvado detrás de un telescopio:
«Yo veo en el cielo una estrellita más que ustedes?...».
Pues a mí me sobran más de la mitad de las
que hay en él a la vista... Y a ti también,
Pablo. Que va a aparecer un cometa el mes que viene... Pues
ya le veremos cuando aparezca; y si no hemos de verle, ¿de
qué sirve el anuncio? Que el sol pesa tantos millones
de quintales... Pues dele usted memorias. Que si Aristóteles
dijo o Platón sostuvo, o que si el pensamiento antes
o si la palabra después, o viceversa; y allá
van pareceres, y disputas... Y linternazos... ¿No es esto
sandio, y ridículo y estúpido? Pues vengamos
a lo práctico, a lo que se llama ciencias de primera
necesidad: la física, la química, la mecánica...
¡Afán, como te dije al principio, de meternos en todo
lo que no nos importa! Que se acostumbre el hombre a vivir
con lo que tiene a sus alcances, y verás como no se
le da una higa por toda esa batahola de conquistas científicas
con que tanto se pavonea el presente siglo.
-¿De manera
que usted está por el tapa-rabo? -dijo Pablo.
-Lo
que estoy es cada día más satisfecho de no
conocer el tormento de la curiosidad; y bien sabes que predico
con la fe de la experiencia. Mi padre, que todo lo funda
en la ley del progreso porque estuvo en Luchana con Espartero,
tuvo el mal acuerdo de gastar su paga de retirado y las rentas
de su hacienda, en darme la carrera de abogado, porque tenía
gran empeño en hacerme hombre de pluma y de palabra
para luchar por la causa de la libertad en el campo de las
ideas, después de haber vencido él a la tiranía
en el de la batalla; pues no hay quien le saque de que entre
el Duque y él, solitos, vencieron al «perjuro». En
vano le dije lo mismo que te he dicho a ti, y hasta le rogué
que no me sacara de estos andurriales para meterme en aventuras
que no cuadraban con mi carácter. Tuve que obedecerle;
y a rempujones y de mala gana, llegué a tener el título
de abogado: como si me hubieran dado una copla a dos cuartos.
Si las causas eran feas, no me encargaba de ellas por repugnancia;
si eran dudosas, porque no quería calentarme los cascos
buscando una razón que no me importaba dos cominos;
y si el derecho estaba claro, proponía un arreglo
entre las partes para ahorrarnos tiempo, desvelos, honorarios
y disgustos. Con este sistema me desacredité en un
año: borréme de la matrícula por falta
de negocios, y diéronme, a ruegos de mi padre, la
secretaría de este ayuntamiento. Tampoco debí
de hacerlo muy bien en este cargo, porque a los diez y ocho
meses me le quitaron, so pretexto, no mal fundado, de que
no había en los libros municipales una sola acta escrita
desde que estas cosas corrían de mi cuenta. ¡Si vieras,
Pablo, qué feliz soy desde entonces, es decir, desde
que, libre de todo cuidado, como el ollón patrimonial,
y visto y fumo con lo poco que le sobra en su bolsa verde
al héroe de Luchana! Y como éste se ha convencido
de que yo no nací para otra cosa, y le acompaño
sin serle muy gravoso, déjame vivir así, «ni
envidioso ni envidiado», como dicen que dijo un fraile poeta.
-Corriente; pero usted se halla bien así porque ese
es su genio, y otros, porque le tienen distinto, no podrían
con la vida que usted trae.
-Pues eso es, Pablo amigo, lo
que yo no comprendo; es decir, que el no hacer nada ni pensar
en nada ni apurarse por nada, pueda ser incómodo a
ninguna persona que tenga sentido común. Ahí
tenemos ahora, a dos pasos de nosotros, las partidas carlistas:
gentes hay en este pueblo que aseguran haber oído
los tiros a la parte de allá del monte, y acaso tengan
razón. Que vienen, que no vienen; que pasarán
o que no pasarán por aquí; que son muchos,
que son pocos; que cobardes, que valientes; que buenos, que
malos; que si triunfan, que si corren; y todo se vuelve indagar
y preguntar; y aquí temores, y allá esperanzas,
y acullá porfías, y en todas partes la curiosidad
y el ansia. ¿Y para qué, señor? Españoles
somos todos, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la
bendiga. Que gane Juan o que gane Diego, de mí no
se ha de acordar nadie para sentarme a la mesa. Pues dejemos
rodar la bola; y cuando pare, ella, por la cuenta que le
tiene, nos dirá en dónde. ¿A quién aprovecha
la saliva que se gasta en disputas y el sueño que
roban miedos y desazones? ¡Pues dígote mi padre! ¡Qué
vida la suya, Dios eterno, desde que se armó de nuevo
la guerra civil! ¡Qué invocar al Duque y a los manes
de Riego y del Empecinado! ¡Qué bruñir el espadón
de Luchana, y soñar con tajos y mandobles al perjuro,
y renegar de los años que le amarran al hogar cuando
la patria peligra y el faccioso bravea! ¡Y qué de
ponerme a mí de mal hijo y de mal patriota porque
me río de sus afanes y me duermo tan tranquilo al
son de los cañonazos! Ahora le ha dado por revolver
el pueblo para ponerle en armas, por si el caso llega. Hoy
anda hecho una pólvora con las bolas que han corrido.
¡El demonio es el entusiasmo de la curiosidad!
En esto se
oyó la campana mayor de la iglesia.
-Al mediodía
tocan ya, -dijo Pablo levantándose.
-Pues cata a
mi padre volcando la puchera, -respondió don Baldomero,
sacudiendo su pereza y poniéndose de pie.
Y ambos,
jugueteando Pablo con el sombrero y dándose aire con
él, y don Baldomero, con el suyo echado sobre una
oreja y las dos manos hundidas hasta cerca de los codos en
los rasgados bolsillos del pantalón, tomaron el sendero
cuesta arriba. A la mitad de ella se dividía éste
en dos, formando una Y.
En el vértice del ángulo
dijo Pablo, que iba delante, volviendo un poco la cara hacia
don Baldomero:
-Que aproveche. -Lo mismo digo, -respondió
el otro.
Y Pablo tomó por el lado derecho, y don
Baldomero por el izquierdo, porque sus respectivas casas
estaban en opuestos extremos de un mismo barrio del lugar.
  - III -
Algo del asunto
Alzábase la iglesia de Cumbrales
sobre un tumor del terreno, o montículo de roca viva,
mal cubierto de menuda y fragante vegetación, que,
a modo de manta de pobre, roída y desgarrada a trechos,
por los agujeros y desgarraduras dejaba asomar las que pudieran
llamarse coyunturas del peñasco. Era éste de
suave y bien entendido acceso por todas partes, y ocupaba
el centro de una llanura, especie de plaza circundante, cruzada
de camberas y senderos que partían el rústico
suelo en caprichosas porciones geométricas. De éstas,
unas estaban pobladas de árboles, no muy corpulentos,
pero de ancha copa; otras, las de mayor relieve, adornadas
de espesas cenefas de zarzas y saúco, y todas ellas
tapizadas de fino y apretado césped, sobre el cual
descollaban, aquí y allá, la menta silvestre,
el enano poleo, la malva bienhechora y el desabrido cardo.
Hubiera sido este pintoresco espacio algo como lo que hoy
se llama un parque a la inglesa, con caminos menos ásperos
y pedregosos, y sin las ortigas y jaramagos que hacían
ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba
a los ojos.
Ocupaba parte de uno de los lados menores de
esta plaza, que tendía a la forma rectangular y se
llamaba en Cumbrales Campo de la Iglesia, la taberna, con
su corro de bolos a la trasera, encajado entre cuatro paradillas
que se saltaban de un brinco, y éstas y el corro encerrados
en sendas hileras de añosos álamos que amparaban
del sol en verano a los jugadores, y no los privaban de su
dulce calor en las breves tardes del invierno. Otro lado,
de los mayores, al mediodía, le formaban, aunque con
muchas sobras de terreno, las casas consistoriales y la escuela
pública, y los dos restantes, al Saliente y al Norte,
huertos y corrales de la barriada principal, que tenía
tres salidas a la plaza por este último lado.
Por
una de estas callejas, la de en medio, entró Pablo.
Anduvo muy buen trecho entre muros y vallados, aquéllos
entretejidos de yedra, y éstos erizados de bardales,
y llegó a desembocar en un campuco, a modo de plazoleta,
cuyos dos frentes estaban ocupados por sendas portaladas
que parecían gemelas: tan idénticas eran entre
sí. Cada una de estas portaladas daba ingreso a un
corral espacioso, en el que se alzaba una casa grande, de
larga solana y amplísimo soportal de grueso poste
en el centro; cuadras adyacentes, cobertizos inmediatos,
huerta al costado, y todo lo de rigor y carácter en
estas viviendas de ricos de aldea, tantas veces descritas
por esta pluma pecadora.
Pablo se acercó a la portalada
de la derecha, cerca de la cual desembocaba la calleja que
había seguido; y antes de poner la mano en el contrahecho
barril del picaporte, abriose el postigo y apareció
en el hueco una muchacha como unas perlas. Negros eran sus
ojos, dulces e insinuantes; la tez morena; el rostro oval
y un tanto aguileño; la frente sin flequillos ni otros
pingajos de la moda, tersa y bien delineada, perdíase
en lo más alto entre flotantes ondas lustrosas de
una cabellera tan negra como los ojos y las pulidas cejas;
los labios, húmedos, un poco gruesos y no tan apretados
que no dejasen entrever dos filas de dientes blanquísimos
y menudos. Sobre los hombros redondos llevaba una pañoleta
roja, de largos flecos, prendida sobre el curvo seno con
un broche que a la vez aprisionaba un manojito de malvas
de olor y pencas de albahaca. Una sencillísima bata
de percal de largos pliegues la envolvía el gallardo
cuerpo sin oprimirle ni desfigurarle.
Asombrose Pablo al
verla, y exclamó, mirándola de hito en hito:
-¡Ana!... ¿Qué milagro es éste? -¿Dónde
está el milagro? -respondió Ana mirando a Pablo
también y remedando su asombro con un expresivo gesto
entre risueño y burlón.
-En andar tú
por aquí -repuso el mozo con la sinceridad inocentona
que le era peculiar; y añadió con la misma-:
¡Si te viera tu padre!...
-¡Pues atúrdete, Pablo!
-exclamó Ana con picaresca solemnidad-: de su parte
vine.
-¿De su parte? -Como te lo digo. -Pero ¿a qué
viniste?
-¿A qué venía otras veces? A ver
a mi padrino, a ver a tu madre, a ver a María... y
a verte a ti, simplón, -añadió Ana,
tirándole a la cara una hoja de malva, que había
tenido entre sus labios, después de quitarle el rabillo
con los dientes.
Pablo no hizo más caso de la hoja
que de los mosquitos que zumbaban en el aire. Verdad es que
tampoco Ana tomó a pechos la indolencia de Pablo.
-No te creo -insistió éste.- Cuando ha habido
monos entre tu padre y el mío, jamás han acabado
de repente.
-Y ¿quién ha dicho que hayan acabado
así esta vez?
-Tú, cuando vienes a vernos
de parte de tu padre.
-Es verdad que vengo; pero con su
cuenta y razón, hijo.
-Eso es otra cosa. -¡Vaya
si lo es!... Y en prueba de ello, escucha. Esta mañana
me dijo mi padre, paseándose a lo largo de la sala:
«¡Estos genios, Ana, estos genios!...». Y como yo sé,
por experiencia, que por ahí comienza él siempre
a reconocer las flaquezas del suyo y a buscar la paz... ¿Sabes
tú, Pablo, por qué había guerra ahora
entre tu padre y el mío?
-No por cierto, Ana. -Pues
tampoco yo. ¡Como estos nublados vienen tan a menudo, tan
de repente y tan sin motivo!... Siempre que trata de explicármelos,
me dice lo mismo: que tu padre es duro de frase, que le contraría,
que le acosa y que, por conclusión, le injuria...
¡A él, que va siempre con el compás en la lengua
y el corazón en la mano!... No te diré que
en lo primero no yerre; pero puedo jurar que en lo segundo
dice la pura verdad. Ello es que el buen señor toma
estos lances como cuestión de honra; que los toma
cada quince días, y que siendo capaz de dejarse desollar
vivo por el bien de todos y cada uno de vosotros, se aísla,
se encierra, no come, no duerme, y hasta la sombra de esta
casa le estorba como el mayor enemigo... Y lo peor del caso
es que yo tengo que seguirle el humor. Fortuna que ya todos
nos conocemos, porque la maña es tan vieja como tu
padre y el mío... ¿En qué estábamos
antes, Pablo?
-En que mi padrino te dijo esta mañana...
-Es verdad. Me dijo: «¡Estos genios, Ana, estos genios!...».
Hay que advertir que, tres días hace, tuvo carta del
marqués de la Cuérniga, el cual señor
no suele escribirle sino cuando le necesita; y es también
de saberse que después de recibir la carta ha hablado
dos veces con Asaduras, señales todas, Pablo, de nuevas
borrascas, pero también de que a mi padre le convenía
intentar una reconciliación con el tuyo. Ello es que
con esta sospecha y las palabras que le oí, apretando,
apretando, obliguele a declarar que estaba dispuesto a hacer
las paces de cualquier manera, y que quería verse
con tu padre, si éste se prestaba a recibirle. Tomé
el asunto a mi cargo, vine aquí, hablé con
tu padre, abracé a María y a tu madre, charlé
con ellas hasta quedarme sin saliva en la boca... en fin,
hombre, viví en una hora lo que había penado
en quince días.
-¿Y mi padre? -Tu padre, diciéndome:
«pues por mí no ha de quedar», tomó el sombrero
y se fue a mi casa.
-¿Y en qué paró la entrevista?
-Eso es lo que yo no sé, porque mi padrino no ha
vuelto todavía, y hace más de dos horas que
está con el tuyo.
-¡Siempre lo habrán puesto
peor que estaba!
-Me lo voy temiendo; y por eso me largo
a enmendarlo en lo que pueda. ¡Ay, qué genios, Pablo!
No, pues yo te aseguro que de hoy en adelante no he de pagar
culpas ajenas. ¿Riñen? Que riñan. Vosotros
y yo tan amigos como siempre. ¿No es cierto? A buena cuenta,
ya tengo el desahogo que acabo de darme. ¡Ay, Pablo!, no
me cabía ya más en el corazón... Porque
yo le doy esta cruz al más valiente, y a ver cómo
la lleva.
-La verdad es, Ana, que no se creerían
esas cosas a no verlas. ¡Dos familias que tanto se quieren,
vivir en perpetua enemistad por un quítame esas pajas!
Malo por lo que a uno le duele, malo por el bien que no se
hace, y peor por el escándalo que se da.
-¡Los genios,
Pablo, los genios!
-Dí el genio, Ana... porque el
de tu padre es insufrible por quisquilloso y aprensivo.
-¡Ingrato! ¡Bien haya lo que te quiere! -Y bien sabe Dios
cómo se lo pago. Por eso me duelen tanto estas cosas,
Ana.
-¡Pues qué diré yo de mí, Pablo?
Tú, al fin, cuando vienen estas borrascas, esparces
al aire libre la parte que te toca de ellas, y dentro de
tu casa tienes con quién hablar, con quién
reír... Yo no tengo nada de eso; ni siquiera el recurso
de disculparos, porque se toman las disculpas a parcialidad,
y lo pongo peor. Hay que dejar la tormenta que se desahogue
por sí o por obra de una casualidad que a veces tarda
un mes en presentarse; y, en tanto, soledad y cárcel...
Y paciencia; porque, al cabo, él es quien es, y bueno
y cariñoso hasta tal extremo, que yo no sé
qué le atormenta más en sus arrechuchos, si
el dolor de la supuesta ofensa, o la pesadumbre de vivir
sin trato con los que le han ofendido. ¿No te parece, Pablo,
que debiéramos conjurarnos todos contra esa mala costumbre?...
Que se alborotan ellos... Pues nosotros como si tal cosa:
yo a vuestra casa, y vosotros a la mía.
-Ya se ha
intentado ese medio alguna vez.
-Pero sin arte, Pablo, y
sin resolución: al primer bufido de mi padre, no se
os ha vuelto a ver por allá.
-Ni a ti por acá,
Ana.
-Porque me dejáis sola enfrente del enemigo,
¡caramba! Pero ayudadme un poco y veréis cómo
le venzo y hasta hago imposibles esas guerras que me acaban...
¡Me acaban, Pablo! Por eso quiero que ésta sea la
última; y lo será, o perezco en ella... Conque
hazme el favor de no entretenerme, y déjame pasar,
que estoy perdiendo un tiempo precioso.
-Pues rato hace,
Ana, que tienes despejado el camino; y por donde te agarro
yo, el diablo me lleve.
Mirole Ana por debajo de las cejas,
fruncidas por efecto de una sonrisa burlona en que envolvió
toda su hermosa y picaresca faz, y le tiró con otra
hoja de malva que había arrancado poco antes del ramillete
del pecho.
-Hijo, ¡qué peste eres también...,
a tu modo! -dijo al mismo tiempo.
Y recogió los pliegues
delanteros de su falda con ambas manos; y ágil y esbelta,
partió hacia su casa, atravesando el campuco como
diz que se deslizan las ninfas sobre las ondas del lago.
Pablo, sin darse por entendido de este hecho ni de aquel
dicho, entró en el corral y cerró la portalada.
De modo que cuando Ana llegó a la suya no tuvo en
qué satisfacer la curiosidad que le hizo volver la
cabeza hacia la portalada de enfrente, y quedaron allí
perdidas, por falta de recibo, una mirada y una sonrisa que
se hubieran disputado a estocadas los galanes de Lope y Calderón.
Como su padre andaba aún fuera de casa, Pablo, antes
de subir a ella, quiso darse una vuelta por las cuadras,
a la sazón punto menos que vacías. Sólo
dos parejas de bueyes y algunos ternerillos había
al pesebre. El resto del ganado, pocos días antes
llegado del puerto, andaba al pasto en el monte al cuidado
del pastor del lugar, que lo recogía por la mañana
y lo entregaba al anochecer. La disposición de aquellas
cuadras era obra del magín de Pablo, y acuerdo suyo
también el régimen a que estaba sometido el
ganado. Natural era la satisfacción que el mozo sentía,
viéndole tan gordo y lozano, en pasarle la mano por
el lomo, en llamar a cada bestia por su nombre, en increpar
duramente a la que no comía hasta limpiar el pesebre,
y en confundirla con el ejemplo de la que no dejaba en el
fondo ni la grana. Pues, ¿y los becerrillos? Horas se pasaba
con ellos rascándoles el testuz y dándoles
palmaditas en la cara. ¡Y cómo se arrimaban ellos
a él, y le miraban con sus ojazos bonachones, y se
iban adormeciendo poco a poco con el cosquilleo y presentando
la cerviz para que también se la rascara; y después
las orejas, y luego el pescuezo, y vuelta al testuz y a la
cara! Y cuando se cansaba Pablo, la mimosa bestezuela le
golpeaba suavemente con la cabeza, le lamía las manos
y tornaba a presentarle la cerviz. Lo cierto es que, fuera
del corderillo, no hay otro animal de faz más atractiva
ni que más se haga querer.
Mientras nuestro mozo
se entregaba a estos entretenimientos, arriba aguardaban
su madre y su hermana, con la mesa puesta y haciendo labor
cerca de ella, el resultado de la entrevista de los dos compadres;
lance que las tenía sumidas en graves aprensiones,
bien reflejadas en el desasosiego de que ambas estaban poseídas.
Sentábale a maravilla esta inquietud a la joven,
cuyo nombre ya conocemos por boca de Ana; pues daba viveza
y grande expresión a su fisonomía, de ordinario,
aunque bella por lo correcta y frescachona, mansa y serena,
como esas noches de verano sin rumores, sin frío ni
calor, que se contemplan con gusto, pero en perfecto reposo
del espíritu y del cuerpo. Sus ojos negros, más
meditabundos que habladores, brillando a la sazón
con vivo fuego sobre el rosado cutis, y sus labios húmedos,
graciosamente contraídos, pregonaban interiores batallas,
señal de que en aquel lago apacible también
cabían agitaciones y tempestades. Representaba la
edad de Ana, y con la sencillez de ésta vestía,
aunque no con tanto donaire, porque éste no es obra
de las perfecciones plásticas y esculturales que abundaban
en María acaso más que en Ana, sino de un misterioso
equilibrio de proporciones y de sensibilidad entre el alma
y el cuerpo, don de la naturaleza que no se adquiere por
conquista.
Cuanto puede parecerse una rama al tronco de
que procede, se parecía nuestra joven a su madre,
señora de aldea, sana y bien conservada, sin afeites
ni aliños exagerados; antes bien, peinada y vestida
con tal sencillez y modestia, que sólo en lo pulido
de su cutis, señal de que éste andaba lejos
de las injurias del trabajo al aire libre, revelaba la jerarquía.
Verdad es ésta de la sencillez y modestia en el ordinario
arreo, propia no sólo de las señoras de labradores
ricos montañeses, sino también de las damas
empingorotadas y linajudas, si son muy apegadas al terruño
solar. Digámoslo en honra de la Montaña y de
las montañesas.
Poco hablaban madre e hija, y eso
poco en frases breves entre largos espacios de silencio,
para apuntar una sospecha o fundar una esperanza. El tema
era siempre el mismo: lo que tardaba el ausente y lo que
podía significar la tardanza.
Al cabo, se oyeron
pasos en la escalera y apareció Pablo en la sala,
y poco después, su padre. Representaba éste,
y yo sé que los tenía, más de cincuenta
años; no era muy alto, pero fornido y sano; de rostro
abierto y noble; limpio y frescote y bien afeitada la espesa
y recia barba; corto, áspero y muy apretado aún
el pelo gris de su cabeza; lento y bien aplomado en el andar;
los brazos un tanto arqueados; las manos anchas, musculosas
y entreabiertas; la voz sonora, varonil y bien entonada;
el traje holgado, de buen género, pero de modesto
corte.
-Vamos a comer, que harto habéis aguardado,
-dijo al entrar, mientras su mujer y su hija se levantaban
a recibirle. Y no dijo más por entonces, ni en su
semblante pudieron leer nada las curiosas miradas de su familia.
Se sirvió la sopa; sentose el patriarca a la mesa;
bendíjola, según costumbre, después
de ocupar cada cual su puesto; y andábase muy cerca
ya del clásico estofado, cuando aquél refirió
en compendio lo que el curioso lector hallará más
adelante con los debidos pormenores.
  - IV -
Pelos y señales
Pedro Mortera y Juan de Prezanes,
vástagos de las dos familias más ricas y antiguas
de Cumbrales, ligadas siempre por amistoso vínculo
¡caso raro en este país de quisquillas y reconcomios!
Juan de Prezanes, repito, y Pedro Mortera, eran inseparables
camaradas. Pero Juan era suspicaz, impetuoso y avinagrado
de genio, y Pedro cachazudo y reflexivo. Éste, en
sus juegos infantiles, gustaba de lo seguro y fuerte; aquél
de lo más fácil, siempre que fuera nuevo, breve
y vario; el uno era muy inclinado a los trabajos rústicos
y a los esparcimientos campestres; el otro a fisgonear murmuraciones
y a comentar dichos de las gentes: Pedro era todo observación
y método; Juan sentimiento, nervios y palabra. Sólo
se parecían ambos muchachos en la bondad del corazón
y en estar siempre dispuestos a dar la pelleja el uno por
el otro; así es que jamás hubo avenio entre
ellos en cuestiones de gusto, y se pasaron lo mejor de la
infancia refunfuñando, cuando no a la greña,
pero queriéndose mucho.
Juntos fueron después
a estudiar a la ciudad; juntos vivieron en ella, y al mismo
estudio se dedicaron. Pedro se cansó de los libros
a los dos años, y se volvió a su pueblo. Juan
continuó los estudios, y fue a la Universidad y llegó
a ser abogado. Pedro, en Cumbrales, se consagró a
la labranza con verdadera afición, y mejoró
mucho la hacienda que, ya mozo, heredó de su padre.
Juan, huérfano también poco después
de volver de la Universidad, y sin las aficiones de su amigo,
puso en renta las tierras que cultivaba su padre, y en aparcería
los ganados que halló en las cuadras (parte mínima
de los bienes que heredó), y abrió en Cumbrales
su estudio, por no aburrirse.
Fuera de los de la villa,
no había otro abogado que él en toda la comarca;
de manera que bien pronto le sobraron los negocios y las
desazones. Las desazones, porque cada contrariedad le producía
una mayúscula; y las contrariedades, verdaderos gajes
de su oficio, menudeaban a maravilla, y su carácter,
lejos de mejorar con los años, cada día era
más vidrioso y quebradizo.
Por la índole misma
de su profesión, se puso en contacto con nuevas gentes
y nuevas cosas; y como sus ímpetus geniales le llevaban
siempre mucho más allá de sus propósitos,
necesitando ancho terreno y fuertes aliados para vencer en
los grandes apuros de sus batallas, dejose arrastrar fácilmente
de los que le brindaron con aquellas ventajas, y que, en
rigor, iban buscando su legítimo influjo en la comarca,
al precio de unas cuantas lisonjas bien aderezadas.
De este
modo llegó a ser don Juan de Prezanes un cacique de
gran empuje en el distrito, y un enredador de dos mil demonios;
pues, conocido el flaco de su carácter, no solamente
lograron los seductores interesarle con alma y vida en todo
linaje de intrigas, sino hacerle creer que era capitán
y bandera a la vez, cuando, en substancia, no pasaba de ser
la mano del gato, menos que soldado de filas en aquella tropa
de polillas del bien público.
Que estas cosas y otras
de parecido jaez sacaban de quicio a su verdadero y único
amigo, no hay para qué decirlo; ni son de mencionar
tampoco las tempestades que las cuerdas advertencias de don
Pedro Mortera producían en el ánimo del impetuoso
don Juan de Prezanes. Era éste, como todos los hombres
irreflexivos y apasionados, enemigo mortal de la verdad cuando
la hallaba enfrente de sus flaquezas; no por ser la verdad,
sino por ser obstáculo. Los temperamentos como el
del abogado de Cumbrales, desbordados torrentes, embravecidos
huracanes, no se detienen con frenos ni con barreras. El
halago y las contemplaciones los calman alguna vez; la resistencia
los espolea siempre. Son una enfermedad que tiene sus manifestaciones
en esa forma necesaria y fatal; y esa enfermedad no ha de
curarla el enfermo, sino los que le tratan. En el ordinario
comercio de la vida creen poner una pica en Flandes los que
hallan una fórmula, a modo de la ley social, por la
que deben regirse los hombres que quieran tener derecho al
pomposo título de gentes de buena educación.
¡Qué sandez tan triste! ¡Como si todos los hombres
hubiéramos sido moldeados en una misma turquesa y
con el barro en iguales dosis y calidades! ¡Como si el alfilerazo
que apenas ensangrienta la epidermis de uno, no fuera en
otro puñalada que penetra hasta el corazón!
Métome sin permiso del lector en estas honduras fisiológicas,
porque en ellas andaba muy a menudo don Juan de Prezanes
buscando la razón y la justicia, o, cuando menos,
la disculpa de sus arrebatos geniales, y al mismo tiempo
la sinrazón, y hasta la falta de caridad con que su
amigo don Pedro Mortera le contrariaba; en lo cual don Juan
de Prezanes se equivocaba en más de la mitad, porque
su amigo nunca le contrarió sin grave causa ni por
el vano afán de que valiera la suya a todo trance;
pero era demasiado crudo en sus verdades, terco en sostenerlas,
socarrón aliquando y mordaz en ocasiones; y en esto
no eran infundadas las quejas del irascible jurisconsulto.
Con notorios intentos de asegurarle mejor y de chupar sus
caudales, lograron sus conmilitones de allende hacerle el
favor (¡el único que lo fue de veras!) de una señorita
pobre, que por casualidad salió buena y honrada y
hacendosa, y hasta supo, durante dos años de matrimonio,
dulcificar las acritudes ingénitas de su marido, y
hacerle placentera la vida del hogar. No duró más
su dicha, porque Dios se llevó a mejor destino la
causa de ella, dejando en cambio al triste viudo una niña,
que recibió el nombre de Ana de su padrino don Pedro
Mortera. Dos meses antes se había bautizado un hijo
de éste (cuyas bodas anduvieron muy cercanas a las
de su amigo) con el nombre de Pablo, siendo padrino don Juan
de Prezanes.
Tan diversa como sus genios fue la suerte de
ambos amigos en el matrimonio, pues cuando el del abogado
se deshacía con la muerte del único ser capaz
de regir y dominar aquel carácter desdichado, el de
don Pedro Mortera era bendecido con un nuevo fruto. Pero
Dios, que da la llaga, da también la medicina; y Ana,
la niña huérfana, tuvo una madre cariñosa
en la madre de Pablo y de María, y en estos niños
dos hermanos con quienes vivía más que con
su padre. Cuanto a éste, confundió en un solo
amor, pues había para todos en su corazón de
fuego, a Ana y a la familia de su amigo. Pero sus tempestades
nerviosas menudeaban a medida que se dilataba el radio de
sus afectos íntimos; porque, como él decía,
«cada punto de contacto me produce una desolladura; y cuanto
más cordiales son los unos, más dolorosas son
las otras».
Años andando, fueron Ana y María
a un colegio, y Pablo, a quien don Juan amaba como a un hijo,
comenzó a estudiar también; con lo cual el
nervioso jurisconsulto se vio tan contrariado, solo y aburrido,
que cerró el bufete para no abrirle más. ¡Ni
el demonio podía aguantarle entonces! Pues, para ayuda
de males, su alianza con los trapisondistas de marras fue
estrecha como nunca, y el campo de sus batallas vasto y revuelto
a maravilla, porque los públicos acontecimientos así
lo dispusieron.
Pesaba la influencia de don Pedro Mortera,
por hacienda y méritos personales de éste,
sobre media comarca, es decir, tanto como la de don Juan
de Prezanes y sus auxiliares juntos; pero, hombre sesudo
y de buen temple, veía con honda pesadumbre el uso
que hacía su amigo de las huestes que por necesidad
le seguían al combate, y a qué móviles
obedecía, y ociosos fueron cuantos esfuerzos se tantearon
para obligarle a él a que tomara parte en las batallas
que iban poco a poco desorganizando y corrompiendo la comarca.
-Contigo -decía el testarudo labrador a don Juan
de Prezanes-, contigo y para hacer el bien de este pueblo,
cuando quieras y adonde quieras. Con esos vividores intrigantes,
que te están chupando hasta la honra, jamás.
Entre los llamados «vividores intrigantes» contaba don Pedro
Mortera a un señor de la villa, que había sido
siempre muy amigo suyo; el cual señor, por hinchazones
de vanidad, no tuvo reparo en ser allí delegado perpetuo
de todos los poderes para sostener, de cualquier modo, la
causa de los que le servían en tres leguas a la redonda,
por lo que don Pedro Mortera no quiso más tratos con
él, pues creía, y con fundamento, que son peores
que los tunos sus cómplices y encubridores.
Pues
hasta este señor, don Rodrigo Calderetas (por lo demás,
gran persona y muy caballero), descendió de su Olimpo
en la crítica ocasión atrás citada,
y cuando nada habían podido conseguir ruegos ni huracanes
del jurisconsulto para tratar de sacar a don Pedro Mortera
de su desesperante retraimiento, «del cual podía depender
hasta la suerte de la patria». ¡A buena parte iba la «gran
persona» con sensiblerías cursis! Don Pedro no cambió
de actitud. Don Juan de Prezanes tocó el cielo con
las manos, y el caballero de la villa le sopló al
oído que su amigo y compadre era un desafecto a la
situación, retrógrado, obscurantista... y sospechoso.
Ya por entonces era moda en España tener por sospechoso
a todo hombre formal apegado a la tranquilidad y al sosiego.
Apoyó el dictamen de la «gran persona» todo su estado
mayor, y don Juan de Prezanes, que en su sano juicio se pagaba
muy poco de matices políticos, en la fiebre del despecho
tragó la insinuación maliciosa, y no negó
la posibilidad del pecado. En honor de la verdad, no por
ello dejó de querer entrañablemente a su amigo,
ni volvió a hablarle más del asunto de la alianza;
pero la actitud impasible de don Pedro, y la repulsa consabida,
causa fueron, aunque sorda y disimulada, de muchas y muy
repetidas desavenencias entre los dos amigos, provocadas
por las vidriosidades del jurisconsulto.
Pasó así
mucho tiempo, y al cabo de él volvieron a Cumbrales
Ana y María hechas dos señoritas primorosas.
Desde entonces, el genio abierto y animoso de la primera
fue el bálsamo que calmó, ya que no llegara
a curar, los desabrimientos y esquiveces de su padre, y el
mejor lazo de unión entre las dos familias, tan a
menudo aflojado por las intemperancias nerviosas de don Juan
de Prezanes. Pablo, cuando se hallaba en el pueblo, contribuía
en gran parte a aquellas reconciliaciones; pues con su sencilla
bondad, sabía llegar al alma de su padrino sin lastimarle,
en lo cual consiste el secreto resorte con que se rigen y
gobiernan esos temperamentos desdichados.
Y ahora tenga
el lector la bondad de pasar al capítulo siguiente,
en el cual acabará de conocer, tratándolos
de cerca, a estos dos personajes, y sabrá lo que ocurrió
en la entrevista que, en compendio, refirió en la
mesa don Pedro Mortera.
  - V -
Entre compadres
Alto, enjuto, largo de brazos, afilados
los dedos, pequeña la cabeza, el pelo escaso y rubio,
los ojos azules y sombreados por largas cejas, nariz puntiaguda,
labios delgados y pálidos, y sobre el superior un
bigote cerdoso, entrecano y sin guías, por estar escrupulosamente
recortado encima de aquel contorno de la boca. Tal era, en
lo físico, don Juan de Prezanes. Pulquérrimo
en el vestir, jamás se hallaba una mancha en su traje,
siempre negro y fino, escotado el chaleco, blanquísima
y tersa la pechera de la camisa, de cuello derecho y cerrado
bajo la barbilla, y de largos faldones la desceñida
levita; traje que se ponía al levantarse de la cama
y no se quitaba hasta el momento de acostarse.
En tal guisa
se paseaba, cuando fue su amigo a verle, desde su gabinete
(dormitorio y despacho a la vez, como lo demostraban una
cama y avíos de limpieza en el fondo de la alcoba,
y afuera una regular librería, mesa de escribir, sillones,
etc.) hasta el extremo opuesto del contiguo salón,
espacioso, limpio y decorosamente amueblado.
No esperaba
a su amigo, y se inmutó al verle allí. Don
Pedro, como si nada hubiese pasado entre los dos, díjole
con su aire campechano:
-Te agradezco en el alma tu deseo
de verme, y aquí estoy para servirte, Juan.
Este,
sin dejar de pasearse, respondió con voz poco segura:
-Acto es, Pedro, que me obliga y te honra; pero, la verdad
ante todo: yo no te he llamado a mi casa: te pedí
una entrevista donde tú quisieras.
-¿Te pesa que
haya venido?
Detúvose en su paseo el hombre que era
un manojo de nervios, miró a su amigo y compadre con
ojos que echaban chispas, y dijo, ronco y tembloroso, dándose
una manotada sobre el angosto pecho:
-¡Te juro que no!
-Pues entonces, sobran los reparos, Juan, y, si un poco me
apuras, toda explicación entre nosotros; porque donde
habla el corazón, calle la boca.
Y en esto, don Pedro,
con los brazos entreabiertos, cortaba el camino y seguía
con la vista a su amigo, que había vuelto a sus agitados
paseos.
-Entiendo tu deseo y ardo en el mismo -repuso éste
desviándose y esquivando las miradas y los brazos
de su compadre-; pero no es tiempo todavía.
-Pues
si el corazón lo pide y Dios lo manda, ¿qué
te detiene? -respondió don Pedro, dejando caer los
brazos, desalentado y triste. Luego añadió
con honda amargura-: ¡Parece mentira, Juan, que cosas tan
leves nos conduzcan a situaciones tan graves!
-Nada es leve
para el amor propio ofendido... Somos de esa hechura, y no
por culpa nuestra.
-Pero tenemos una razón para domar
las demasías del carácter.
-Prueba es de ello
que te he propuesto una reconciliación... Y por cierto
que no se te ha ocurrido a ti otro tanto.
-De mi casa huiste
sin haberte ofendido nadie en ella; te encerraste en la tuya
y te negaste a toda comunicación con nosotros, que
te queremos... que os queremos más que a la propia
sangre.
-Toda la vida hemos andado así, Pedro. -Pues
esa triste experiencia me ha enseñado que el mejor
remedio contra tus arrechuchos es dejar que se te pasen.
Por pasado di el último cuando me llamaste, y a tu
lado vine con los brazos abiertos. ¿Por qué me niegas
los tuyos?
-Porque los reservo para después que hablemos
y nos entendamos.
-¿Dudas de la lealtad de mi corazón?
-Dudara antes de la del mío, Pedro; mas entra en
mis intentos que esta avenencia que hoy deseo y te propongo,
se afirme en algo más que en el olvido de las pequeñeces
pasadas... Ven, y sentémonos.
Entraron los dos compadres
en el gabinete; sentáronse frente a frente con la
mesa entre ambos, y dijo así don Juan, manoseando
al mismo tiempo una plegadera de boj que halló a sus
alcances:
-Sin ciertas diferencias que nos dividen y nos
separan a cada momento, tú y yo, en perfecta y cabal
armonía, pudiéramos hacer grandes beneficios
a Cumbrales.
-Ese es el tema de mi eterno pleito contigo,
Juan.
-Sí; pero no se trata ahora de puntillos del
carácter, de la cual dolencia todos padecemos algo,
Pedro amigo, aunque no lo creamos así, sino de puntos
de mayor alcance y entidad; puntos en los que pudiéramos
ir tú y yo muy acordes aun dentro de nuestras continuas
desavenencias, verdaderas nubes de verano.
-Sospecho adónde
vas a parar con ese preámbulo; y si las sospechas
no mienten, el asunto es ya viejo entre los dos. De todas
maneras, déjate de rodeos y dime en crudo qué
es lo que pretendes de mí.
-Viejo es, en efecto,
entre nosotros dos el asunto de que voy a hablarte, y del
cual no te he hablado años hace por respetos que te
son notorios; pero de poco tiempo acá, ofrece el caso
aspectos de gravedad que antes no ofrecía, y esto
me obliga a quebrantar mis propósitos. A la vista
está que de día en día crece el encono
entre los bandos en que están divididos este pueblo
y los limítrofes.
-Lo que a la vista salta, Juan,
es que se detestan y se persiguen a muerte los capitanes
de esos bandos. Los pobres soldados no hacen otra cosa que
lo que se les manda o les exige el deber... o la triste necesidad.
-Lo mismo da lo uno que lo otro. -Precisamente es todo
lo contrario, puesto que el día en que los jefes dejen
de ser enemigos, volverán los subalternos a ser hermanos.
-A ese fin quiero yo ir a parar, Pedro. -¿Por qué
camino, Juan?
-Por el más breve y llano. Ayúdame
con todas tus fuerzas en la batalla electoral que se prepara,
y el triunfo es nuestro en todo el distrito.
-¿Y después?
-¡Después!... ¿Quién ignora lo que sucede
después de un triunfo en tales condiciones?
-Tú
lo ignoras, Juan, pese a tu larga experiencia.
-Gracias
por la lisonja.
-Pues es el mejor piropo que puedo echarte
en este momento. Si te dijera yo que el verdadero botín
de esas batallas era el cebo que te llevaba a ellas, no creyera,
como creo, que en esto, cual en otras muchas cosas, la pasión
te ciega y el corazón te engaña.
-¿A mí?
-Sí, y además te vende. Y en prueba de que
no me equivoco, voy a decirte lo que verdaderamente hoy te
apura y acongoja. Desde que candorosamente te pusiste al
servicio de ciertos amigotes de campanillas, tomando sus
adulaciones y embustes por sinceridades, has luchado a su
favor en esta comarca con varia fortuna, según que
los intrigantes de por acá te han ayudado o te han
combatido. Las últimas campañas han sido terminadas
muy a tu gusto, porque no te han faltado auxiliares de fama
y de empuje, fuera y dentro de este municipio. No conozco
al pormenor la actitud en que hoy se hallan tus aliados forasteros;
pero me consta que tu vecino Asaduras, el enredador electoral
más sin vergüenza de la comarca, se ha pasado
al enemigo con armas y bagajes; y te has dicho, como en parecidas
ocasiones: «Si Pedro me ayudara con todas sus fuerzas, mi
triunfo era infalible; y triunfando yo, no solamente conseguiría
el objetivo principal de la batalla, sino que ponía
el pie en el pescuezo a ese pícaro desleal»
-Y ¿qué
mal habría en ello? -exclamó aquí con
voz airada don Juan, doblando como un espadín la plegadera
entre sus dedos convulsos.
-Ninguno, ciertamente -replicó
don Pedro con entereza.- El mal está en que las cosas
hayan venido a parar ahí; en que tú, hombre
honrado, independiente, bueno y generoso, pactaras alianzas
con esa canalla, y que entre todos hayáis convertido
a Cumbrales en feudo desdichado de dos aventureros.
-¡Pedro!...
¡Pedro! -gritó aquí don Juan de Prezanes, incorporándose
lívido en el sillón y haciendo crujir la plegadera-
¡No empecemos ya! ¡De ésos a quienes llamas aventureros,
el uno siquiera, por amigo mío, merece tu respeto!
-¡Amigo tuyo!... ¡Merecedor de mi respeto! ¡El marqués
de la Cuérniga, ayer traficante en reses de matadero,
concursado cien veces, marrullero y tramposo, y de la noche
a la mañana, y Dios sabe por qué, título
de Castilla y diputado a Cortes!...
-¡Pedro!... ¡Pedro!...
-¡Amigo tuyo... Porque te escribe y te adula cuando te necesita,
como te escribía y te adulaba también el otro
personaje de alquimia, el barón de Siete-Suelas, su
digno competidor en el distrito, hoy amparado por el pillastre
Asaduras!... ¡Amigo tuyo!... ¿En qué lo ha demostrado?
¿Qué favores te ha hecho?
-Cuantos le he pedido,
¡vive Dios!
-Es verdad: obra de su poder y de tu deseo son
las crueles venganzas consumadas aquí en infelices
campesinos que, al seros desleales en la lucha, acaso les
iba en ello el pan de sus familias; favores suyos son también
las ratas que habéis metido en la administración
municipal, y los esfuerzos que aún se hacen para echar
a presidio lo único honrado que en ella nos queda.
-¡Voto a tal -rugió aquí don Juan de Prezanes
(y le echó redondo) haciendo crujir la plegadera-
que esto ya pasa la raya de todas las conveniencias!
-A
los hombres como tú, Juan -añadió don
Pedro imperturbable,- y a los niños, hay que decirles
la verdad desnuda; y tú eres un niño tesonudo
y obcecado, porque la sensibilidad te roba el entendimiento,
y la pasión te deslumbra. Tú no harías
el daño que haces, pues eres bueno y honrado, si no
tuvieras quien te azuzara y pusiera las armas en tus manos.
Ni siquiera te excusa la ignorancia o la perversidad de los
caciques del otro tiranuelo, que a su vez hacen lo mismo.
¡Lo mismo, Juan! Porque en estos desdichados lugares, las
venganzas y las tropelías se cometen por riguroso
turno; y éste es el favor que debe Cumbrales a sus
representantes. Ellos son los toros de la fábula;
el distrito, el charco de pelea; y nuestros pobres convecinos,
las ranas despachurradas. Y ¿para qué esos sacrificios
incesantes? Para provecho y regalo de dos farsantes vividores,
caídos aquí como en tierra de conquista. ¿Cuáles
son sus títulos para representarnos en Cortes? ¿Quién
los ha llamado? ¿Quién los conoce en el distrito sino
por la huella desastrosa que dejan a su paso por él?
¡Y quieres que yo te ayude en esta obra de iniquidad! ¡Y
eso lo pretendes cuando la nación entera arde en guerras
y escisiones, y hay un campo de batalla a las puertas de
nuestros pobres hogares! ¡Nunca, Juan, nunca!
Ya comprenderá
el lector que con mucho menos que esta andanada, soltada
a quema-ropa y en mitad del pecho, había sobrado para
que echara chispas el hombre más cachazudo, cuanto
más el irritable y eléctrico don Juan de Prezanes.
El cual, trémulo y desencajado, antes que su amigo
dijera la última palabra, ya había convertido
en hilachas la plegadera entre sus manos. Sudaba hieles y
parecía una pila de rescoldo. No le cabía en
la estancia; al revolverse en ella nervioso y desatentado
como fiera enjaulada, tumbaba sillas a puntapiés,
y con el aire de sus faldones agitados, volaban los papeles
sueltos de la mesa. Rugió, golpeose las caderas con
los puños cerrados, mesose el ralo cabello con las
uñas, amagó apóstrofes fulminantes,
injurias... hasta blasfemias, y ¡caso inaudito en él!,
ni a una sola palabra, de la tempestad de frases iracundas
que bramaba en su pecho, dieron salida sus labios. Devorábalas
a medida que a borbotones acudían a su boca; y aquella
plenitud de furia comprimida denunciábanla sus ojos
inyectados de sangre y el temblor de todas sus fibras. Causaba
espanto el bueno don Juan de Prezanes. Felizmente no duró
mucho tiempo la peligrosa crisis; porque también obra
milagros la voluntad; y la del letrado de Cumbrales fue en
aquella ocasión heroica sobremanera.
Cuando, después
de este triunfo, logró algún dominio sobre
sus nervios desconcertados en la batalla, arrojó por
la ventana la plegadera hecha una pelota; se enjugó
el sudor con el pañuelo; dio algunas vueltas, relativamente
sosegadas, en el gabinete, y, por último, se dejó
caer en el sillón, apoyando los codos sobre la mesa
y la cabeza entre las manos. Momentos después se encaró
con su amigo, que no apartaba los ojos de él, y le
dijo con voz enronquecida, pero no destemplada:
-Has venido
a esta casa en busca de una reconciliación intentada
por mí, y juro a Dios que no he de darte hoy motivos
de nuevas desavenencias, como tú no los busques. Pero
conste, y muy recio, que si las antiguas quedan en pie, no
es por culpa de tu irascible, irreconciliable y rencoroso
amigo, sino por la tuya, manso, razonable y dulcísimo
Pedro.
-Por mi culpa no, Juan, puesto que no me niego ni
me he negado jamás a una estrecha alianza contigo.
-¡Si pensarás que han pecado de turbias tus recientes
palabras?
-El que yo me niegue a ser instrumento de cuatro
intrigantes, no es resistirme a ayudarte con alma y vida
a hacer algo bueno por el pueblo en que nacimos. Mas para
esto es indispensable que, en lugar de ir yo a tu terreno,
vengas tú al mío.
-¡Y cata ahí el puntillo
montañés! -replicó don Juan con nerviosa
sonrisa- ¡Ay, Pedro, qué ciego es quien no ve por
tela de cedazo!
-Juzga lo que quieras, Juan, de mis intenciones:
a mí me basta saber que son honradas; pero entiende
que no lucharé jamás a tu lado, sino para exterminar
de Cumbrales a esos intrusos tiranuelos; empresa tan fácil
como necesaria y benéfica. Cien veces te lo he dicho:
unámonos para arrancar la administración de
este pueblo de las manos en que anda años hace; entreguémosla
a los hombres de bien; hagamos por que no lleguen a pleito
las cuestiones del lugar, y fállense en terreno adonde
no alcance la mano del Estado ni se dejen sentir influjos
de la política; guerra a muerte a los caciques, si
alguno queda rezagado entre nosotros; y cuando por este camino
llegue Cumbrales a ser dueño absoluto de lo que en
justicia le pertenece, yo mismo abriré sus puertas
a los merodeadores. La posesión de sí mismos
hace cautos a los hombres; y si alguno es tan inocente que
aun con los ojos abiertos cae en las redes tendidas, quéjese
de su torpeza, pero no de su desamparo. Muy necio tiene que
ser el que desconozca que le engaña quien se le brinda
con el remedio de todos sus males, como charlatán
de feria, para desempeñar un cargo que, ejercido a
conciencia, más es cruz de suplicio que ocasión
de prosperidades. ¿Crees, Juan, que, pensando así,
puedo rechazar tus planes por la pueril satisfacción
de que tú aceptes los míos?
-Puedo creer...
creo, que te ciega una pasión, como tú crees
que otra me ciega a mí. ¡Vaya usted a saber quién
de los dos es el más apasionado!
-Aunque así
sea y no valgan nada las razones que me has oído,
mi ceguedad no daña a nadie.
-Lo cual quiere decir
que la mía es muy nociva.
-Te he demostrado que sí.
-¡Mira, Pedro, que no se dispone dos veces de la paciencia!
-No he sacado yo a relucir este asunto malhadado. Tú
me has impuesto mi complicidad en vuestros planes, como condición
de nuestras paces alteradas por una chapucería. Yo
no he hecho otra cosa que responderte.
-¡Hiriéndome
en lo más vivo!
-Así se receta contra las
malas costumbres, Juan; y ésa en que estás
encenagado por una aberración de tu buen sentido,
es causa perenne de grandes desdichas para cuantos te rodean.
Mi deber es decirte la verdad, y te la digo.
Por algo decía
don Juan de Prezanes que no se dispone de la paciencia dos
veces seguidas. Yo soy de su parecer, y además creo
que a los hombres del temperamento del abogado de Cumbrales,
no les conviene tragar la ira cuando esta mala pasión
forcejea en sus pechos y busca las válvulas de escape;
porque no hay ejemplo de que esta metralla haya llegado a
digerirse en ningún estómago, por recio que
sea; y puesto que es de necesidad el desahogo, preferible
es que éste ocurra a tiempo y sazón, a que
acontezca fuera de toda oportunidad, como en el presente
caso. El irascible jurisconsulto, que había conseguido
dominar la furia de su temperamento irritado cuando su compadre
le puso a bajar de un burro, perdió los estribos y
dio en los mayores extremos de insensatez, por una bagatela;
por aquello de las «malas costumbres».
Oyolo el desdichado,
clavando las uñas en el tablero de la mesa y los ojos
chispeantes en los impávidos de su compadre, que bien
pudiera no haber pegado tan fuerte.
-¡Malas costumbres!...
¡Encenagado en ellas! -repetía don Juan con voz cavernosa,
los pelos de punta y la faz desencajada- ¡Y, sin embargo,
yo soy el díscolo, y el procaz, y el quisquilloso,
y el descomedido!... ¡Y tú el varón justo y
prudente y sabio..., el caballero sin tacha! ¡Ira de Dios!
¡Malas costumbres! ¡Encenagado en ellas! -tornó a
repetir, entre roncos bramidos, mientras se incorporaba derribando
el sillón, y se hacía pedazos en el suelo una
salvadera de vidrio- ¡Y eso me lo vienes a decir a mi casa,
cuando te brindo en ella con la paz!... Y ¿quién eres
tú? ¿Qué títulos, qué poderes
son los que tienes para atreverte a tanto, hipócrita,
mal amigo? Si lo que te propongo no te agrada, confórmate
con no aceptarlo; ¡pero no me injuries, no me hieras! ¿O
tienen razón los que me dicen que eres de la cepa
de los tiranos?... ¡Sí, vive Dios! Cuando late en
el pecho un corazón honrado y se sienten en él
los dolores ajenos, no se dan las puñaladas, no se
ultraja a nadie a sangre fría, como tú me has
herido y ultrajado hoy... Y ayer, y siempre... ¡Bárbaro!
¡Y quieres paz y buscas la armonía! ¿Cómo han
de ser duraderas entre nosotros, si los más nobles
impulsos de mi corazón se estrellan siempre contra
tu intolerancia brutal? Porque me odias, porque me detestas.
Y me odias y detestas porque soy mejor que tú, porque
valgo más que tú; y valgo más que tú,
¡porque en una sola fibra de mi corazón hay más
nobleza que en todo tu ser, henchido de soberbia, de vanidad
y de hipocresía!
Ni una palabra dura respondió
don Pedro Mortera a esta primera explosión de ira
de su compadre; pero éste nunca se colocaba en tales
alturas sin despeñarse después, ciego y loco,
entre torbellinos de improperios y desvergüenzas. ¡Qué
cosas dijo a su impasible amigo! Porque, una vez enredado
en aquella infernal batalla, ya no reñía sólo
por el punto en cuestión: en la mente volcánica
del jurisconsulto fueron eslabonándose recuerdos de
supuestos agravios, hasta los más remotos del tiempo
de su niñez; y caldeados al fuego de su ira diabólica,
arrojábalos en palabras, como lava de un cráter,
y en testimonio de una vida de abnegaciones y martirios.
Trazas llevaba de no cesar la erupción en todo el
día, cuando se presentó Ana despavorida y presurosa
porque había oído las voces desde el corral.
¡Empresa peliaguda fue para la joven hacerse oír de
su padre, desconcertado, lloroso y balbuciente! Pero lo consiguió
al fin. Dueña de aquella brecha, minó con el
arte de su larga y triste experiencia, y supo llegar hasta
el corazón del pobre hombre, que acabó de rendir
todos sus bríos a los halagos de su hija.
Entonces
volvió don Pedro a ofrecerle sus brazos.
-Si te ofendieron
-le dijo- algunas de mis palabras, sin tal intento salidas
de mis labios, harto te han vengado las que después
me has dirigido. De todas suertes, yo te las perdono con
todo mi corazón. Jamás de él te he arrojado;
en él vives; lee en el tuyo, Juan, y acábense
de una vez para siempre estas reyertas que nos matan.
Don
Juan de Prezanes, desfogadas ya sus iras, estaba más
para sentir que para hablar; y tal vez a esta excusa se agarró
su genio quisquilloso para no dar el brazo a torcer todavía,
aunque Dios sabe si en el fondo del alma lo deseaba.
Así
lo comprendió Ana; y mientras su padre se sentaba
desfallecido y pálido, hizo una seña a su padrino,
y díjole al mismo tiempo en voz alta:
-Este asunto
corre ya de mi cuenta; y bien sabe mi padre que yo nunca
dejo las cosas a medio hacer.
Con esto, se volvió
a consolar al atribulado, y salió don Pedro Mortera,
harto más pesaroso que complacido.
  - VI -
Don Valentín
La casa a que llegó don Baldomero
después de separarse de Pablo, estaba situada en lo
más desabrigado, al vendaval de la barriada de la
Iglesia. Era grande y vieja, sin portalada; con una accesoria,
que en mejores tiempos había cumplido altos destinos,
a un costado; al opuesto, un nogal medio podrido, y en la
trasera un huerto lóbrego.
¡Qué tristes son
en una aldea esos viejos testimonios de fenecidas prosperidades
campestres! Tristes, porque al contemplarlos lo |