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Medias tintas
¡Bueno estuvo el agasajo aquel!... ¡Bueno de veras!... Primeramente, conservas de guindas y ciruelas claudias, queso de Flandes y miel de abejas; después, chocolate con sobadas de manteca, y bollos de Mallorca; y para endulzar el agua, azucarillos de color de rosa. De todo había en la despensa, gracias a Dios. De lo uno, porque abundaban los frutales y los dujos1 en la huerta, y las vacas de leche en los establos de don Pedro Mortera; y las manos de su señora (y aprovecho esta ocasión para decir que se llamaba doña Teresa Coteros, cepa de lustre en la Montaña), así como las de su hija, se pintaban solas para entender en ese ramo de golosinas. De lo demás y otro tanto, como la villa estaba cerca, nunca faltaba en casa la necesaria provisión. Repito que estuvo bueno, ¡bueno de veras!, el agasajo, servido en amplia mesa, en mitad de la sala. Pero ¡bien le hizo los honores y le ponderó el complacidísimo don Juan de Prezanes! -¡Buen punto de dulce! -decía al probar el de guinda- En este ramo, Ana, tienes que bajar la cabeza delante de tu madrina: no llegas a ella... ¡Y eso que lo haces bien! En cambio, no hay repostero que entienda las compotas como tú. -Pues mira cómo te equivocas -respondió su comadre:- ese dulce es obra de María, -¿Sí? Pues es señal de que la discípula va a dar quince y raya a la maestra. Sea enhorabuena, muchacha. Al tomar luego chocolate, exclamó, después de olerlo y de probarlo: -¡Soberbio!... Esto es de tres hervidas, como mandan los inteligentes: el chocolate ha de subir tres veces en la chocolatera; luego un poquito de reposo, y a la jícara en seguida... Dame un par de rebanadas de ese pan tostado, Pedro... Y esa mantequilla fresca para untarlas... ¡Cosa exquisita! -El apetito que tú tienes, Juan -díjole su compadre-, y los buenos ojos con que lo miras todo. ¡Eso sí que es exquisito! -No te diré que no, Pedro; que con el ánimo atribulado, suelen los estómagos ser melindrosos. Pero no por eso deja de ser bueno lo que es, como esto que yo alabo... Arrima hacia acá esos bollos de Mallorca, Teresa, que esponjas de miel deben ser para el chocolate... ¡Bien a mano los tenías, mujer, para regalarme hoy con ellos! -Ayer se hicieron, Juan -respondió doña Teresa arrimando la canastilla llena de bollos a su compadre. -¡Mira qué a tiempo! -¡Ésta sí que es obra de María! -exclamó don Juan de Prezanes saboreando parte de uno, mojado en chocolate. -Pues cabalmente los hizo mi madre -respondió, riéndose, María:- lo mismo que las sobadas. -¡Superior estaba también la que he comido! -Torpe andas hoy, Juan, en tus presunciones -díjole don Pedro Mortera con socarronería;- y esa torpeza no es disculpable en un jurisconsulto viejo, que debe tener buena nariz para todo. -Cierto es eso, Pedro amigo; pero ¡hace tanto tiempo que dejé el oficio!... Sin embargo, no he olvidado el principio fundamental de la recta justicia: Suum cuique tribuere; en virtud del cual, doy a tu mujer la enhorabuena que pensaba dar a María. Conste que te felicito, Teresa. Y así por el estilo. A todo lo cual callaba Pablo y no decía Ana mucho más que su amiga, que también callaba. Verdad es que don Juan de Prezanes no dejaba meter baza a nadie, porque hablaba por todos. Media hora después de anochecido, Ana y María estaban en un rincón de la solana, embutida entre los dos cortafuegos, muy salientes, de la fachada. El aire continuaba siendo seco y pesado, y no había que temer daños del retente. Ana se mecía sobre los pies traseros de una silla, apoyando las puntas de los suyos diminutos en los gruesos y torneados balaustres del balcón, para guardar el equilibrio, cuando no descansaba reclinando la silla contra la pared. María, sentada a su lado, contemplaba la luna, redonda y resplandeciente como un disco de oro bruñido, en el no muy ancho lugar que los nubarrones le dejaban libre en el cielo; y aun allí no imperaba a su antojo sobre las tinieblas de la noche, pues de vez en cuando empañaban sus fulgores pardos crespones que el viento llevaba por delante de la senda que recorría en el espacio. Estaban envueltas en sombra las montañas, y sólo las del Sur perfilaban sus crestas gallardamente sobre un fondo diáfano y luminoso. Rato hacía que las dos jóvenes callaban. De pronto Ana, cuyo carácter alegre y travieso no la permitía hacer largas amistades con el silencio, exclamó contemplando también la luna: -Mírala, mujer, qué rechonchaza y papujona sale ahora. ¡De qué buena gana la daba un par de carrilladas en aquellos mofletes! Asomando entre las nubes, me recuerda la cara de tía Pepa Tortas cuando se quita la muselina. María se echó a reír, y preguntó a su amiga: -¿De veras hallas en la luna cosa que se parezca a un rostro humano? -Yo no he visto eso en otras lunas que las pintadas en el calendario, María; pero, forzando un poco la imaginación, se distingue algo como nariz... -Pues yo no veo sino un rimero de manchas... -Justo, lo que ven los muchachos de Cumbrales: una vieja sentada encima de un coloño de espinos. Estaba robándolos de noche, y, en castigo, la sorbió la luna. -Así dicen. -Por bien poco se atufó esa señora... ¡Si el robo hubiera sido de un bolsillo de onzas siquiera!... -¡Ésta sí que no es ilusión, Ana!... Mira aquella nube amarillenta y sola, a la derecha de la luna. ¿Has visto cosa más parecida a un león agazapado? -Algo tiene de eso, efectivamente... Pero, si a ver vamos, mira estas pardas de la izquierda: yo veo en ellas un caballo a escape, y otro a su lado mordiéndole las crines; y detrás, un rebaño..., no sé de qué; y hasta los pastores con sus palos... -¡Ave María purísima! Yo no veo señal de esas cosas. -Pues yo sí, y no me asombran, que, aun sin subir tan arriba, se ven otras mucho más raras. Aquí abajo, en Cumbrales mismo, hay mujer que a su amiga ¡qué digo amiga!, a su hermana, le oculta el sentir de su corazón: -¿Volvemos a lo de antes, Ana? -Sí, señora... ¡Y mucho que vuelvo! Porque eso no se hace. ¡Tener ya envejecido, como quien dice, un amor en el pecho, y necesitar yo, su amiga y confidente, sacarle con tenazas lo poco que he llegado a saber!... -Y ¿qué adelantaríamos, Ana, con que yo te hubiera dado cuenta de todo? -Lo que se adelanta siempre en esos casos: por lo menos, hablar de ello a menudo. -Un imposible. ¡Buen asunto para nuestras conversaciones! -Se habla sobre el mejor modo de vencerle. -Como yo sé que no lo he de vencer... -Pues se la riñe a usted por haberse metido en tales honduras a tontas y a locas. -Cuanto más se manosea una herida, más duele: es preferible hacer lo que yo hago, considerando la mía incurable: tratar de olvidarla en silencio. -Pero, María -dijo aquí Ana acercando más su silla a la de su amiga, -hablando con toda formalidad-, ¿será posible que los síntomas que vengo observando en ti algún tiempo hace, y las pocas palabras que he podido arrancarte, acusen real y verdaderamente una enfermedad de tal naturaleza? -¿De qué naturaleza? -preguntó María sorprendida. -Me has asegurado que jamás tu padre aprobaría esa elección que has hecho... -Y es verdad. -Porque hay entre él y esa persona poco menos que un abismo. -Cabal. -Pues en ese abismo es donde se pierde mi curiosidad, María; que aunque todos los abismos convienen en ser «negros e insondables», según la fama (yo no he visto ninguno todavía), debe haberlos más y menos espantosos..., y hasta más y menos necesarios; y tales riesgos pueden existir para ti al otro lado del tuyo, que mi padrino haya obrado como un sabio al ponértele delante. -Muchas gracias por el consuelo, Ana. -No te lo dije por mortificarte, María, y perdóname..., pero escucha. Hay matrimonios, llamados imposibles, por discordancias de caracteres entre las dos familias interesadas; por diversidad de ideas religiosas o políticas; por notable desequilibrio en los bienes de fortuna o en la honra personal; por diferencia de alcurnias; y por último, los hay que, además, son ridículos, y si me apuras, grotescos, por no concordar los novios ni en caudales, ni en jerarquía, ni en educación. Con franqueza, María, ¿cuál de estos casos es el tuyo? A lo cual dijo María con calor: -¿Me prometes, si te lo confieso, responderme con la misma franqueza a las preguntas que yo te haga después? -¿Sobre asunto parecido? -preguntó Ana. -Idéntico, -respondió María. Sonriose aquélla y dijo: -¡Qué más quisiera yo, hija mía, que tener algo de eso que contarte! -No trates de curarte en sana salud. -Te contaré hasta mis aprensiones: ¿quieres más? -Eso me basta. Trato hecho, y empiezo a cumplir mi compromiso..., es decir, a responder a tu pregunta. En esto se oyó vocear a don Juan de Prezanes, que con sus compadres y Pablo continuaba charlando, a oscuras, en la sala. Sobresaltose Ana, más por lo especial del sonido que por la fuerza de la voz, y dijo a María interrumpiéndola: -Se me antoja que no ha de ser muy duradera esta reconciliación si se dejan los genios a su albedrío. No va a haber otro remedio, María, que armar un pronunciamiento entre nosotras. -¿Qué temes ahora? -preguntó María. -Escucha a mi padre. La voz de éste era recia y destemplada entonces. -Ya que el diablo ha metido aquí la pata -decía,- echando sobre la mesa la envenenada manzana de la sempiterna cuestión de los genios dulces o amargos, déjese a cada cual defender el suyo en buena lid, que hablando se entiende la gente, y no metiéndose los dedos por los ojos, ¡caramba! Yo no pretendo ser mejor que nadie; pero tampoco me conformo con que otros presuman de ser mejores que yo. La forma no importa dos cominos: el fondo es lo que hay que mirar; justamente lo que menos se mira y se respeta en el mundo. Estoy cansado de oír: «don Fulano... ¡Gran sujeto!... Persona muy atenta, muy fina, incapaz de faltar a nadie»; y todo porque don Fulano jamás dijo una palabra más alta que otra, y tiene siempre una sonrisa en los labios..., hasta cuando despluma a su vecino, o vende la amistad jurada por un puñado de dinero o por cosa que no valga. Pues al contrario: «¡don Perengano!... ¡No se le puede aguantar; es un grosero; una fiera!», porque don Perengano se tasa en lo que vale y no engaña al mundo con sonrisas falsas. -Te sales ya del carril, Juan -dijo entonces don Pedro.- Bueno es que el hombre lleve el corazón en la mano; pero en lo puramente genial, hay que irse con mucho tino; hay que contenerse, que dominarse un poco... -Justamente, Pedro. Pero que no se eche toda la carga al irascible; que empiecen por contemplarle algo los que saben de qué enfermedad padece; que no le irriten; que no le puncen; que le concedan siquiera lo que en justicia se le debe... Y esto me trae a la memoria un ejemplo de todos los días. Cuatro personas se ponen a jugar, por pasar el tiempo. Tres de ellas son de las llamadas de mucha correa. Pierden, y permanecen serenas, inalterables, atentas, finas y comedidas en todo: lo mismo que cuando ganan. La otra persona es un hombre de los míos: nervioso, irritable, sulfúrico. Tócale perder a él, y comienza a descomponerse, y acaba por ser, real y verdaderamente, inaguantable... Pero ¿por qué? Por la falta de consideración de los demás. Lo que pierde es insignificante; y no es esto lo que le irrita. Acaso sea él el más desinteresado de todos; quizá, fuera de allí, sea un manirroto para el dinero, al paso que los otros tres den primero un diente que un ochavo. Pero a las primeras señales de su inquietud, comenzaron los señores «de mucha correa» a dejar de tenerla para él; a irritarle con gestos de desagrado, con sonrisas de burla o con palabras acres; hasta que, en fuerza de avivarse el fuego, llegó éste a la pólvora y voló la santabárbara. -Pero ¿por qué el irascible no se contiene antes de dar ocasión a que sus compañeros, con razón sobrada, comiencen a renegar de él? -Porque no puede: lisa y llanamente porque no puede. Cuando «los hombres de correa» pierden, no ven más sino que no ganan, que se les niega el naipe y que se levantarán de la mesa con unos reales menos de los que tenían en el bolsillo cuando se sentaron. Esto es todo lo que ven y esto es todo lo que sienten: nada de lo que siente y ve el otro. -¿Qué puede ver y sentir ese otro, que más valga en el juego, aunque sea éste por mero pasatiempo? -¿Qué puede ver y sentir? Un infierno de cosas y de impresiones. Ve, por de pronto, convertirse para él en leyes infalibles lo que para otros son coincidencias insignificantes. Por ejemplo: que las cartas sin valor que recibe y le hacen perder las bazas, son del palo de oros cuando da Fulano, o del de copas cuando da Mengano; que siempre que éste enciende un cigarro o el otro enreda con las fichas, le ganan a él un resto, o le dan codillo, o le acusan las cuarenta; que cada vez que Zutano se sonríe mirándole, le sacan uno a uno, y arrastrados ignominiosamente, los pocos triunfos que había podido adquirir... En suma, cada peripecia del juego parece fatalmente subordinada a un plan de la enemiga suerte. Jurara entonces que las figuras de la baraja, tendidas sobre la mesa, adquieren vida y movimiento, y que se burlan de él con sus caras ridículas y contrahechas. Pero hay algo más irritante aún que todo esto; y es una especie de diablillo que lo va señalando con el dedo para que nada pase inadvertido; diablo sin color ni formas, pero perfectamente visible a los ojos del espíritu excitado y vibrante. Toda esta infernal conjuración asedia sin descanso al jugador de mi ejemplo; y esto es lo que le incomoda y le saca de quicio; esto es lo que le ensoberbece y descompone, no los tres míseros ochavos que pierde en la partida; esto es, en fin, lo que no toman en consideración los hombres de «mucha correa» que le acosan en vez de ayudarle, no a ganar, que absurdo fuera entre contrarios, sino a vencer a los conjurados, con un poco de tolerancia y de afabilidad. ¡Valiente hazaña consuman los que de nada se quejan porque nada les duele! En cambio, quien tiene por naturaleza un manojo de cuerdas sonoras, ¿qué mucho que, cuando se le hiere, vibre alguna de ellas? Lo asombroso fuera lo contrario. Luego no se ha de buscar en él sólo el remedio contra ciertas desafinaciones de su temperamento, sino también en la prudencia de quienes se le acerquen y le traten. -No me parece del todo mal esa teoría -dijo don Pedro- aunque algunos reparos se me ocurren en favor de las gentes cachazudas que juegan para divertirse y no para ejercitarse en la faena espinosa de conjurar las demasías de un compañero atrabiliario; pero ¿a qué viene toda esa cuestión aquí? -¡Pues me gusta la pregunta! -repuso don Juan de Prezanes- ¿He sido yo, por ventura, quien la ha traído?... ¿O piensas que me mamo el dedo..., que no penetro lo que se me quiere decir? -Por el amor de Dios, Juan, ¡no empecemos! -¿Lo ve usted?... Ya voy yo a pagar los vidrios rotos. -¡Te digo que no! -¡Te digo que sí! En este punto el altercado, entró Ana en la sala. -Tiene razón mi padre -dijo muy formal y resuelta-: parece que se complace todo el mundo en llevarle la contraria. No es él quien ha sacado a relucir esa endiablada cuestión. -Sí, hija mía, sí -añadió don Juan con nerviosa ironía-: si he sido yo, el insufrible, el energúmeno de tu padre. Aquí todos son buenos, mansos e inofensivos... Ya lo ves: hasta tu madrina calla como una muerta, señal de que también ella me quiere endosar el mochuelo... Y es natural, ¡como yo tengo la culpa!... De todo, ¡de todo lo malo la tengo yo, hija mía! Aquí no oirás otra cosa. -Pero ¿qué quieres que haga yo, Juan -dijo doña Teresa muy apenada- si en cuanto comenzáis a hablar de eso ya me tiemblan las carnes? Lo que de buena gana haría, si pudiera, es poneros una mordaza algunas veces, como ahora. -Con dar la razón al que la tiene, no se agravia a nadie y se evita que las cuestiones se caldeen, -observó don Juan de Prezanes. -Pues figúrate que fue Pedro quien sacó la conversación... -Yo no me he acordado de semejante cosa, ¡caramba! -saltó con presteza el aludido. -Pues ni fue usted ni fue mi padre -dijo Ana.- Sépase de una vez la verdad: quien la sacó fue Pablo. -¡Si no he despegado los labios hace media hora! -respondió el mozo desde un rincón de la sala. -Pues sería yo..., o el diablo, que es lo más seguro -añadió Ana, incomodada de veras-. ¡Vea usted qué delito tan grave para que tanto nos empeñemos en sacudirnos de él! Tengan todos un poco de tolerancia, y verán cómo no pasan de lo justo las porfías. -Por ese lado iban precisamente mis quejas, exclamó don Juan. -Pues se quejaba usted con muchísima razón, -repuso su hija. -Lo cierto es -dijo Pablo, tal vez respondiendo más a sus recónditos pensamientos que a las palabras que oía- que no bien comienza a sonreírle a uno un poco el corazón, ya tiene el nublado encima. -Pues por esta vez al menos -contestó Ana- no han de faltarte brisas que le esparzan... Y le esparcerán... Ea, ¡ya le esparcieron! Y como al decir esto se iluminara repentinamente la sala con los rayos de la luna, que reaparecía sin estorbos enfrente de las puertas del balcón, añadió con suma gracia, señalando al astro refulgente de la noche, mientras fijaba sus ojos picarescos en su padrino: -¿Quién es el guapo que se atreve a desmentirme? Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidencia, y aplaudiéronla los demás, excepto don Juan de Prezanes, que tuvo que morderse los labios porque no le desautorizara la risa que le retozaba en ellos. -Y ahora -prosiguió Ana- sepan ustedes, si es que mi padre no lo ha dicho, como lo temo, que este santo que hoy se celebra aquí, tiene octava; en virtud de lo cual el señor don Juan Prezanes invita a ustedes a tomar chocolate mañana en su casa, donde espera demostrarles que si en rumbo y en despensa hay quien le aventaje, a nadie cede en cariño y buen deseo. ¿No es esto lo que usted pensaba decir, padre? -Cabalmente -respondió de muy buena gana don Juan, que no había pensado en semejante cosa.- Sólo que con la conversación... -Se le fue a usted el santo al cielo -concluyó Ana.- Eso sucede siempre que se habla de lo que no viene al caso. Y con esto, si ustedes no disponen otra cosa, nos retiramos mi padre y yo, que ya es hora. Marcháronse, en efecto, tras una cordial despedida; y con marcharse estos personajes, se acabó el asunto del presente capítulo.
Las alas de cera
Cuando Pablo y Nisco iban al cierro, su paso por las mieses de la vega era una continua observación y un incesante comentario. ¡Lo que puede la desidia! -exclamaba, por ejemplo, el primero, delante de un prado con matorros y mimbreras- Tres años hace no más que nació el primer escajo aquí. Con la punta de la navaja pudo arrancarse entonces: hoy da que rozar para medio día lo que se ve, y en una semana no desencasta los raigones el azadón. ¡Coja usted buena yerba así! Ni más ni menos que el que le sigue. ¿Te acuerdas de lo que era ese prado cuando le compró su dueño? La palma de la mano daba tanta yerba como él. Mírale hoy hecho una hermosura por beneficiársele mucho y a tiempo. Está visto que no hay tierra mala bien administrada, ni buena dejada en abandono... Después (yo no sé si tú has reparado en ello alguna vez): tal es la finca, tal es su dueño; según ella está de cultivo, así anda él de calzones. -Lo que yo no acabo de entender -decía Nisco un poco más adelante- es por qué esta tierra, que es buena de por sí, ha de perderse por la charca que tiene en medio, cuando con una sangría, por la parte de abajo, saldría lo que daña sin llevarse la frescura que beneficia. -¿Sabes de quién es la finca? -preguntábale Pablo. -¿No he de saberlo? -Pues sabiéndolo, ¿de qué te admiras, hombre? Su dueño es de los que ciegan de buena gana porque otros no vean. Esa sangría tiene que hacerse en el prado que le sigue y que peca de secano. Con las aguas que aquí sobran, ganaba mucho el otro, y hasta los de más abajo; y este hombre prefiere segar espadañas, juncos y rabos de zorra en agosto, en vez de yerba superior, a que el vecino la obtenga mediana por la virtud del riego regalado... Pues ¿qué diremos de esta heredad que hoy no da un garrote de panojas, en maíces tísicos, cuando antes era un granero de punta a cabo? Aprendió una vez el testarudo de su dueño que la cal es buena para las tierras, y, sin averiguar otra cosa, cuanta cal adquiere desde entonces, a la heredad con ella. Así la está abrasando, el pedazo de bárbaro, con lo mismo que, mezclado en las debidas proporciones, le produciría buenas cosechas. -¡Qué quieres tú! No saben más. -Pero saben reírse de quien les dice que se equivocan, como éste se rió de mí cuando le dije cómo debía hacerse uso de la cal, y en qué clase de tierras... ¡Buena va este año la heredad grande de tu padre!... ¡Vaya un bosque de maíces!... ¡Y qué muestra de faisanes! -Milagros del abono, Pablo. -Poca calabaza: así me gusta. Es fruto sin substancia, y roba mucha a la tierra. -Pero campa en la heredad. -Eso sí: gusta ver la planta, cargada de hojas como paraguas, arrastrarse larga, larga, dejando enredado acá un miembro y allá el otro, hasta poner al sol la cabeza sobre el retoño de la linde. Pero decía un médico viejo, a quien yo conocí, que de todas las calabazas del mundo no sacaría el mejor químico un adarme de substancia; y a esto me atengo. Fruto que no alimenta, ¿de qué sirve en la heredad, sino de estorbo? Así llegaban al cierro, verdadero muestrario de cultivos; vasta extensión de terreno, labrado en la sierra inmediata al monte, bien soleado y circuido de un vallado con hondo foso, y erizado de una espinera blanca, recia y tupida, que en la primavera, cargada de flores, parecía un muro de nieve. Allí ensayaba Pablo sus atrevimientos de cultivador cuando estaba en el pueblo; y desde que era mozo y tan pronto como se acentuaron en él estas aficiones, nunca dejó de hacer una escapada desde la Universidad, con mucha complacencia de su padre, en la estación conveniente a sus propósitos; pues no era imposible, durante el curso universitario, acomodar las exigencias de las principales labores agrícolas, a los días de vacaciones. Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Nisco examinando el cierro planta a planta y yerba a yerba, ponderando esto y lamentándose de aquello, lo uno porque respondía fielmente a sus imaginaciones, y lo otro porque le había producido un desengaño, lo comprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas consideraciones, que habrían de fatigarle, y a mí también. Y ahora le advierto que si digo todo lo que dicho queda en el presente capítulo, de los entusiasmos campestres de Pablo, no es porque yo me imagine que le sientan bien a un mozo de su edad estas formalidades precoces, pues bien sabe Dios que con ellas solas y sin las muchachadas por que le reprendió su padrino, y la sencillez y noble despreocupación de que nos ha dado muestras, más apto le juzgara para zagal de un idilio cursi, que para personaje de una novela realista; dígolo para que, teniéndolo en cuenta el que leyere, dé toda la significación que le corresponde a la actitud en que, al día siguiente de haber refrescado la familia de don Pedro Mortera en casa de don Juan de Prezanes, sin detrimento de buena armonía, Pablo y su amigo, que no se habían visto desde la antevíspera, caminaban hacia el cierro del monte. Iban el uno en pos del otro, lentamente y pensativos: Pablo tronchando yerbas y flores con una varita que llevaba en la mano, y Nisco, con la chaqueta al hombro y el sombrero sobre las cejas, arrollando y desarrollando maquinalmente con sus índices una hoja de maíz. Pasaron junto a un maizal en que habían hozado puercos muy recientemente, y ni una palabra arrancó a los caminantes el suceso; más adelante hallaron a una familia cogiendo una heredad, cosa que nadie pensaba hacer todavía en la vega, y ni siquiera se cansaron en preguntar si el maíz aquél se cogía por tempraniego o para secarlo en el horno... Aunque vieran cuervos picoteando las panojas, y maíces tronzados o seturas entornadas, señales de haber entrado bestias en la mies, y tal cual prado todavía con el pelo de agosto, seco, podrido ya y sin jugos... Nada, nada les ofrecía motivo para una sola pregunta, ni los sacaba de sus tenaces meditaciones. Databan éstas, que no eran tristes por cierto, de la misma fecha. Las de Pablo nacieron del consejo que le dio su padrino delante de Ana; las de Nisco, de su conversación con María. Desde entonces andaban los dos camaradas como pareja de palominos atolondrados. Pablo, como quien despierta de un sueño agradable y se deleita en armonizar ideas no muy acordes, y en grabar en la mente imágenes fugaces y confusas; Nisco, viendo y palpando cuadros de bulto, con luz de colores y auras de tomillo y malvarrosa. Entraron en el cierro sin hablar palabra, y con el mismo silencio llegaron al punto más alto de él... Y allí se sentaron subter viridi fronde, quedando ante su vista el panorama de Cumbrales y lo mejor de su vega. Llenose Pablo los ojos de aquel hermoso espectáculo, y el pecho de aquellos aires puros y fragantes, y no dejó Nisco de dar pruebas de que también sabía sentir la hermosura de la naturaleza. Diolas primero mirando con avidez aquí y allá, a pesar de sus cavilaciones; y, por último, rompiendo a hablar de esta manera. -Lo que se recrea el hombre con visualidades como ésta, es mucho de todo, Pablo. Nada respondió éste, y añadió el otro: -Pues cuando uno tiene en sus adentros algo enternecida la entraña, por estimación a otra persona que le quita el sueño, dígote que cosa es que pasma cómo la ves onde quiera que pones los ojos, ni más ni menos que si la llevaras en ellos. Así es que resulta que esa persona, sin estar delante de ti en cuerpo y alma, es a modo de luz que te lo alumbra todo... Entiéndolo yo tal, sólo con las feguraciones de un bien querer..., porque no cabe en lenguas ni en papeles lo que uno viera, en salva la ocasión presente, si en manos de uno estuviera aquello que apetece o que puede apetecer, por convenirle. Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicas, y acaso también porque Pablo parecía estar más atento que a escucharle, a contar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo. Tras otro rato de silencio, soltó Nisco, de repente y a quema ropa, esta pregunta a su amigo: -¿Por qué no te casas con Ana, Pablo? Con la cual pregunta sintiose el mozo tocado en lo más profundo del alma; sacudió el letargo en que yacía, enrojeciósele el semblante, y respondió, entre contrariado y satisfecho: -¡También tú, Nisco? -No pensé que naide me hubiera cogido en el dicho la delantera -replicó éste.- Siempre entendí que eso debía de ser; vino a cuento ahora, y te lo dije. Por las trazas, otros más que yo te han cantado la mesma solfa. -¡Muchos! -respondió Pablo con la mayor sinceridad. Sólo a Nisco se lo había oído en el mundo; pero hacía cuarenta y ocho horas que se lo estaba aconsejando el corazón, y el pobre mozo pensaba que no le hablaban las gentes de otra cosa. -Y ¿qué es lo que te para -volvió a preguntarle Nisco- siendo cosa tan hacedera y conveniente? -Ya trataremos de eso en tiempo y sazón, -respondió Pablo, mostrándose poco dispuesto a continuar hablando del mismo asunto. Pasado otro ratito de silencio, dijo Nisco tímidamente: -Pues, hombre..., ya que de eso no, bien pudiéramos tratar de algo que se le ameja, respetive..., a otra persona. ¿Paécete, Pablo? -Tú dirás, -respondió éste con escaso interés. Se le bajó el color a Nisco entonces; empañósele la voz un tantico, señales de que iba a acometer arriesgada empresa, y habló así: -Amigo eres mío, o no le tengo en el mundo; un sentir me enternece de un tiempo acá, y contigo le quiero tratar como corresponde. Si, llegado el caso, el sentir te ofendiere, cuenta que no te le dije, y perdona..., pero considera que si de él te hablo ahora, es porque ya no me cabe en la entraña. Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró éste a su amigo, y díjole para animarle: -Veamos qué es ello, señor enamorado. -Bien sabes tú -prosiguió Nisco- que hay un decir que dice que la primera vez que se quiere es cuando se quiere de veras... Pues yo te puedo asegurar que ese decir es una mentira muy gorda. Quise yo a..., esa probe muchacha que está loca por mí, y antojóseme que aquello y no más era lo que había que ver en el mundo. Parecíanme de mieles sus palabras; soles sus ojos, el mesmo cielo su cara, y su cuerpo, estampa de la gracia andando; pero, hablando con verdad, aunque todo esto me paecía, ni me quebrantaba el apetito ni me quitaba el dormir..., como ahora me pasa con esto otro, Pablo; que tal es, que no puedo con ello. Yo nunca tuve este desgano que me añuda el pasapán; ni este temblor de allá dentro, que me engurruña y apoca; ni este acabarme en sospiros día y noche; ni esta congoja del arca, como tengo de antayer acá, sin hora de sosiego. -¿Desde anteayer lo tienes, Nisco? -preguntole su amigo. -¡Desde antayer, Pablo; desde antayer lo tengo! -¡Malos vientos corrieron ese día! -dijo Pablo sonriendo- ¡Ni aunque hechizos los trajeran! -respondió Nisco sin penetrar la intención de su amigo- Desde entonces es cuando ni el sueño me busca, ni el pan me sabe, ni el trabajo me rejunde... Tal me pasa, Pablo; tal te cuento, y el porqué sabrás también, si no te ofende. -Vamos por partes -dijo Pablo, conteniendo a su amigo que iba animándose por instantes.- Supongo que esa mujer que tales impresiones te causa, valdrá más que Catalina. -¡Qué tiene que ver!... -Será más guapa... -¡Qué tiene que ver!... -Más rica... -¡Qué tiene que ver!... -Vamos, una medio-señora. -Medio ¿eh?... ¡Tan señora como la que más! -Y ¿quiérete como tú la quieres? -Eso es lo que yo no sé a punto fijo, Pablo. -Pero ¿lo sospechas? -Barruntos y feguraciones tengo, que bien pudieran engañarme. Por eso quiero hablar contigo y oír tu parecer. -Pues voy a dártele en seguida. -¡Si no te he relatado el caso! -No lo necesito..., ni lo deseo, -dijo el mozo, muy formal. Si receló algo que no le hizo gracia, jamás se supo; pero es averiguado que habló al hijo de Juanguirle de este modo: -Nunca te pregunté, Nisco, por qué dejaste a Catalina; pues nunca me hablaste de ese asunto, y a mí no me gusta meterme donde no me llaman. Ahora me llamas, y te lo pregunto. ¿Por qué la dejaste? -Porque me gustó la otra más que ella, -respondió Nisco sin titubear. -Pues eso es una mala partida, y, además, un mal negocio para ti. Así lo entiendo y así te lo digo. Tú, con tu chaqueta, tus rizos y tus labranzas, con el hacha en la mano o bailando en el corro en mangas de camisa, eres un mozo como no hay otro en estos lugares; pero échate encima de repente una levita y arrímate a una señora, y hasta los muchachos te correrán; porque todo eso que has aprendido y antes no sabías, si te levanta mucho sobre los de tu condición, te deja todavía a cien leguas de lo que pretendes. Doy por hecho que una dama como la que sueñas te elevara a su altura de la noche a la mañana, porque hay gustos para todo: ¿qué ibas ganando en ello, valiendo, donde te ponían, mucho menos que tu mujer? Y yo creo, Nisco, que el matrimonio en que el marido no sabe guardar su puesto, es mal matrimonio; y el puesto se guarda valiendo el marido más que la mujer, es decir, siendo rey y señor de su casa, no sólo por más fuerte, sino por más entendido en cuanto les rodee en la esfera que ocupen ambos. Cuanto más tenga la una que aprender del otro, más se ufanará con él y más alta se pondrá en la consideración de las gentes. Pues dame el caso a la inversa, y verás a los dos en la picota de la zumba; porque ésa es la ley..., y así debe de ser. Y si esto sucede aun siendo la mujer y el marido de una misma alcurnia y de idéntica educación, ¿qué no sucederá cuando, además de ignorante, él es tosco destripaterrones, y ella una dama culta y discreta? Y ¿cómo la mujer que comienza por avergonzarse en público de las groserías de su marido, no ha de concluir por perderle la estimación, y hasta por aborrecerle en secreto? Pues a todo esto se expone, a mi entender, quien intenta lo que tú, de golpe y porrazo y sin limpiarse antes las costras del oficio, rodando mucho por el mundo y calándose los hábitos de señor por sus pasos contados. Este es, Nisco, mi parecer. Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijo del alcalde, que mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y eso que Pablo sólo conocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si también le fuera conocido el nombre de la pecadora! Guardole Nisco en lo más recóndito de su memoria, y callose como un muerto. No por verle mudo y abatido se ablandó Pablo, que era la misma sinceridad. Antes bien, tomó el punto donde le había dejado, y añadiole estas palabras: -Por supuesto, que tú no estás enamorado. -¿Qué no? -exclamó Nisco casi haciendo pucheros. -No -insistió Pablo-. El amor necesita algo en que fundarse, y aquí no hay más base que el viento de tu cabeza. Eres presumido; eres ambicioso; antojósete que venían las cosas por el camino de tus deseos..., y eso es lo que hoy te atolondra: la hinchazón de tu vanidad, por una ganga entre cejas. Ni más ni menos. ¡Y por esa majadería, que no pasa de un sueño tonto, dejas a Catalina! -¡Dale con esa..., miseria! -gruñó Nisco despechado y nervioso. Cargose Pablo de veras, y le enderezó estas razones: -¡Miseria Catalina!... ¡La mejor moza del pueblo! ¡Tan rica como tú! ¡Honrada como la que más!... ¿En qué la aventajas, meleno? ¿Dónde habría matrimonio más igual y más lucido? ¿Dónde te vieras tú más honrado, más en tu puesto, más rey y señor de tu casa, que siendo marido de Catalina, que se miraría en tus ojos y te adivinaría los pensamientos? Y ¿qué otra cosa necesitas tú, con la cuna en que naciste, la educación que tienes y el oficio que traes, para no envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adular, Nisco. -¡Bien se te conoce, paño! -respondió éste, de muy mal humor. -Tú lo has querido. -Es verdad; pero no lo conté tan amargo. -Por tu bien lo dije como a mí me sabe. -Se agradece el deseo, Pablo; pero..., cada uno es cada uno..., y yo me entiendo. -Pues buen provecho te haga lo que te espera, si oyes más a tu vanidad que a mis consejos. Y con esto se acabó la conversación. Levantose Pablo, imitole Nisco; y ambos, después de dar una vuelta maquinal por el cierro, sin hablarse palabra, volviéronse a Cumbrales, mudos también: pensativo, pero no triste, el uno; acongojado, lacio y gemebundo el otro.
Por lo fino
Pablo contaba uno a uno los días que iban corriendo sin que desapareciera la extraña impresión que le había causado aquella palabra prosaica y vulgar, dicha por su padrino delante de Ana, y observaba, con asombro, que cuanto más tiempo corría, más honda se le grababa dentro de su corazón. Arrastrábanle fuerzas invencibles y desconocidas hacia el objeto de sus nuevas ansias; y, al hallarse a su lado, antes crecía que se calmaba la singular anhelación de su espíritu. Porque Ana no era entonces la traviesa y desengañada amiga de otras veces, que le entretenía, sin cautivarle, con donaires y zumbas en casto y fraternal abandono. Parecía haber perdido el atrevimiento, o, cuando menos, la confianza; y a menudo encomendaba a sus ojos tímidas empresas que debían acometer los labios. Estas miradas, al hallarse en el camino con las de Pablo, producían choques magnéticos, que repercutían en el corazón del sencillo mozo y se revelaban en Ana enrojeciendo sus tersas mejillas; y aquel color era para Pablo algo como fuego en que iba fundiéndose poco a poco el hielo de sus pasadas frialdades. Cuando transcurrió una semana y vio el hijo de don Pedro Mortera que estos fenómenos continuaban en progresión creciente, declaró de gravedad el caso. El cual tenía para él dos aspectos muy distintos: risueño el uno, y desagradable el otro. Risueño, porque, desde la altura a que se había elevado su espíritu, descubría espacios y horizontes que jamás había contemplado con los ojos del sentimiento. Encantábale el espectáculo por nuevo y por bello, y de aquel mundo quería hacer, y hacía desde luego, la patria y el paraíso de su alma. Pero este mismo arrobamiento, tan dulce y sabroso, le alejaba del mundo de la realidad y de sus viejas tendencias y aficiones; de activo, fuerte y despreocupado, transformábale en muelle débil y caviloso; extrañábanle las personas de su trato, y él mismo se consideraba desarraigado y sin apego dentro del hogar y en el seno de la familia. Este era el aspecto desagradable del caso. Pero el mozo se arreglaba mal con las situaciones complejas y con los caminos enmarañados; quería, aunque fuera escabroso, suelo firme y luz para caminar; considerábase a oscuras y en una senda erizada de obstáculos inextricables; no podía retroceder, porque la vehemencia misma de sus deseos le había cortado la retirada; y entrose por derecho, resuelto a llegar pronto adonde se viera claro y se pisara en firme. Buscó a Ana, y la dijo en cuanto estuvo a su lado y sin testigos: -¿Qué es esto que me sucede desde el día en que tu padre, delante de ti, me aconsejó que me casara? Siempre sobresaltan a las jóvenes preguntas de esta clase, aunque las esperen; y Ana, con ser tan animosa y resuelta, de ordinario, no solamente se sobresaltó al oír la de su amigo, sino que se vio en grandes apuros para contestar, entre latidos del corazón y desmayos del espíritu, estas pocas palabras: -Pues ¿qué te sucede, Pablo? -Sucédeme -añadió Pablo- que desde aquel instante parece que me he transformado de pies a cabeza; que no soy lo que antes era; que miro y veo de otro modo, y siento en otra forma... En fin, Ana, que me desconozco. ¿Qué pasó allí?... Yo recuerdo que te miré, y jurara que lo hice sólo por curiosidad; que tú me miraste también, y que las dos miradas se encontraron; que tus ojos, que nunca fueron cobardes, huyeron entonces, y huyendo siguen, de los míos; que de aquel choque repentino resultó algo, a modo de luz, con la que yo vi acá dentro, en lo más hondo y oscuro de mí mismo, cosas que jamás había visto ni pensado, y sentí lo que nunca había sentido. Al propio tiempo, aquella luz, y tú, y mis ojos, y los tuyos, y mi corazón, y mis pensamientos... Y el aire que nos rodeaba, y el cielo que se distinguía..., todo era una misma cosa; cosa que yo no podía explicar, porque era más de sentir con el alma que de ver con el entendimiento. Apartéme de ti, y el encanto no se deshizo; pero noté que viéndote como eres, pintada en mi memoria, daba el mayor regalo a mis deseos. Desde entonces acá, en cuanto miran mis ojos sólo a ti ven; y si el campo y el aire y el sol me recrean, es porque todo lo contemplo con el ansia que siento, sin cesar de sentirla, de verte y de oírte. Esto no me pasaba a mí antes; yo te conocía y te trataba, como te conozco y te trato ahora, y tú eras la misma que eres. ¿En qué consiste esta mudanza? Se deja comprender que Ana oyó toda esta parrafada, ruborosa y un tanto conmovida, y que, llegado el caso de responder a la ociosa pregunta final, lo hizo del modo más sencillo, natural y elocuente: clavando los ojos tímidos en Pablo y callándose la boca. -¿No lo sabes? -añadió el impetuoso y sencillote galán- Pues lo mismo que ahora, me miraste aquel día, y la misma luz había en tu mirada. ¿Sientes, al mirarme, lo que siento yo, Ana?... ¿O es que tus ojos queman, sin abrasarte? Sonriose la joven y preguntó, a su vez: -¿Nunca habías pensado en mí hasta ahora, Pablo? -Sí que he pensado, Ana; pero sin ser esclavo de esos pensamientos. Cavilando hoy en lo que he sido, en fuerza de asombrarme de lo que soy, acuérdome de que, en mis ausencias, era tu pensamiento el que más asaltaba en ciertos actos de la vida: por ejemplo, si me ponderaban una mujer por aguda o por hermosa, contigo la comparaba para calcular lo mucho que le faltaba para valer lo que decían; si algo me robaba la atención por nuevo o por divertido, lamentábame de que tú no lo vieras también; si un trapo de moda caía con gracia en el cuerpo de una elegante de fama, pensaba yo lo mucho más que luciría en el tuyo..., y así por este orden. Pero después se borraba el recuerdo con otros bien distintos. En fin, que, sin dejar de quererte mucho, pensaba yo que te quería..., como quiero a mi hermana, supongamos. ¡Pero esto otro es muy distinto! -Y si estuviera en tu mano la elección -preguntole Ana- ¿con qué te quedarías, Pablo? ¿Con esto que hoy te asombra y desasosiega, o con lo que ayer sentías muy tranquilo? -¿Quién deseará cegar, Ana? -¿Y dices eso y lo sientes, y no sabes lo que es? -Sí, lo sé, Ana, lo sé..., es decir, sé como lo llaman las gentes en el mundo: lo que ignoro es por qué lo siento ahora y no lo sentía antes; por que bastó una palabra casual para que del encuentro de dos miradas que tantas veces se habían encontrado sin conmoverse, se produjera en mí cambio tan raro y pronto. -¿Y eso te asombra, Pablo? -¿No ha de asombrarme? -Oye un ejemplo. Sobre un hogar frío hay un montón de ceniza; pasas delante de él una y cien veces, y nada ves allí que la atención te llame. De pronto, hace la casualidad que las cenizas se remuevan, y aparece el fuego que ocultaban... ¿Lo entiendes? -¿Luego tú crees que yo llevaba conmigo el fuego, y que la palabra de tu padre aventó las cenizas que le cubrían? -Eso mismo. -Pero el que brilló después en tus ojos, ¿dónde estuvo primero? -¡Qué más te da, si le había? -Pero no te sorprende el hallazgo. -Porque tenía que suceder..., porque le esperaba. -Y ¿por qué le esperabas? -Porque..., porque Dios es justo y bueno. -Mira -dijo aquí el mozo, echando el resto-: hablemos ya para entendernos de una vez: esto que yo siento, es amor, no tiene duda; y empiezo a comprender que es verdad lo que de él cuentan los enamorados: bien correspondido, da la vida; pero también es puñal que mata si no halla esa correspondencia... ¿Siéntesla tú en el pecho, Ana? Cruda fue la pregunta, y harto excusada, por cierto; pero ya se habrá notado que a Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre las ii, y Ana no tuvo otro remedio que responder clara, precisa y terminantemente, según el sentir de su corazón; sentir tan viejo en ella, por las trazas, como las ya fenecidas indiferencias de Pablo; con lo que éste se encalabrinó hasta el punto de que quiso hacer público el suceso y llevar las tramitaciones por la posta. -No tanto, Pablo, -díjole Ana entre chanzas y veras- que no por andar de prisa se llega primero. Nadie nos corre ahora; y no te vendrá mal un noviciado, aunque sea breve. No siempre se logra el fuego de que antes hablábamos: muchas veces se muere a poco de haberse descubierto. Cuida mucho el tuyo, y cuando estemos seguros de que no ha de apagarse, yo te avisaré. Reparte el tiempo entre ese cuidado y tus quehaceres y diversiones, lícitas, se entiende; mucho juicio... Y apártate allá ahora y haz que te paseas, que llega tu padrino. Desde aquel día ya supo a que atenerse Pablo; penetró en los laberintos que le obstruían la senda y halló la luz que echaba de menos; y sin descender con la fantasía del Olimpo a que le habían elevado sus nuevas impresiones, volvió a ser en Cumbrales el amigo de Nisco, el jugador de bolos, el cultivador del cierro, el amante incansable de la naturaleza y de las costumbres de su país... Todo, menos el concurrente a zambras y bureos, como alguna vez lo fue, según nos dijo su padrino, en ocasión bien señalada para esta parejita de nuestros personajes. Es decir, que la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrente, e iba transformándose en manso, rumoroso y cristalino arroyo (como dicen los poetas), con harto gusto y complacencia de Ana, que fundaba en el amor firme y arraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su vida.
Verdades amargas
¡Qué distintas de las de Pablo corrían las horas para Nisco! Aquellos pensamientos, dulces como las mieles, altos y relucientes como el sol y la luna, que saboreaba y entreveía el hijo de Juanguirle, sus dejos tenían ya de la ruda amarga en que el desengañado amigo los había empapado al hundirlos en la charca terrena y prosaica de sus consejos sesudos. Ya no arrullaban los sueños del presumido mozo dulces sinfonías, ni visiones de palacios de oro, donde reinas y emperatrices le vestían y le calzaban, duques eran sus mayordomos, y marqueses sus criados. Muy de continuo sentía el cencerreo del ganado en la vecina cuadra, y en sus espaldas los duros bodoques del mal tundido colchón de su pobre lecho; realidades de la vida más poderosas ya que las encantadas imaginaciones de otros días bien cercanos. No se entienda por esto que daba Nisco por perdidas sus esperanzas; pues bien sabe Dios que aún las mimaba y las consentía, porque el esencial fundamento de ellas no había padecido, que él supiera, menoscabo alguno. Pero era indudable que en la senda de flores que recorría había topado con un tropiezo de mucha cuenta. Las palabras de Pablo fueron claras y terminantes; y esto era muy grave, no tanto por ser de quien eran, cuanto por estar muy puestas en razón. Así le dolían a él en lo más hondo de su vanidad; así las recordaba y exprimía a cada instante, y muy especialmente cuando se miraba al espejillo colgado debajo del cuarterón de su ventana; como si no comprendiera entonces, aunque lo temiera mucho, que aquellos sus rizos pegados a las sienes, el mirar blando de aquellos sus ojos negros, aquella su belleza toda, en fin, con el saber adquirido, por su voluntad, y el buen querer de su corazón, no eran alas bastantes para volar hasta el sol que había contemplado cara a cara sin deslumbrarse. Desde el suceso del cierro (más de ocho días) tres veces nada más había estado en casa de Pablo, y otras tantas se habían visto y hablado los dos en la calle; pero en la calle y en casa, Pablo no era el amigo íntimo y afectuoso de antes: hallábale Nisco frío, reservado y lacónico hasta la sequedad; y como ignoraba los verdaderos motivos de este cambio, achacábale a lo que más temía; y esta aprensión le abrumaba el espíritu, porque, para ayuda de sus males, ¡se conjuraban contra él tantos elementos!... Saliendo la última vez de casa de Pablo, mustio y compungido, porque, como en las dos anteriores, halló a su amigo reservado y serio, cerrada la puerta de la sala y los pasadizos desiertos, topó, cerca de la portalada, con la Rámila que iba a entrar por ella. -¡Hola, guapo mozo! -díjole la vieja, al notar que no le gustaba el encuentro-. No pensé que eras tú de los que temen. -¡Temer yo! -respondió Nisco de mala gana- ¿Por qué había de temer cosa alguna? -Eso es señal de que no la has hecho. Ya sabes: quien no la hace... -¡Ya se ve que no la he hecho! -¿Estás muy seguro de ello, Nisco? -No recuerdo haberla ofendido a usted. -¡Otra, bobo!..., si no se habla de mí. Si de mí se hablara, igual fuera de más que de menos. Me han hecho tantas, que ya no reparo. Pero bien pudieras habérsela hecho a otros. -¡A nadie! -¿Ni siquiera a Catalina, santuco de Dios? -¡Dale otra más!... ¡Mire usted que es tema, puño! -dijo Nisco machacándose con los suyos cerrados en las caderas- Y a usted ¿qué le importa? Y por último, usted ¿qué sabe? -¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy bruja, tocho?... El que me importe o no, ya es distinto, y sobre esto no reñiríamos en ningún caso; pero te importa a ti, y, porque te importa, te voy a contar un cuento. Nisco no sabía a qué santo encomendarse en aquel trance, ni sobre qué pie echar el cuerpo para descansar mejor, en el desasosiego que le consumía. De largarse trató, para cortar por lo sano; pero la vieja se le atravesó delante, y, a mayor abundamiento, le agarró por las solapas de la chaqueta y le dijo muy seria: -¡Escúchame..., o te muerdo! Tembló Nisco al oír aquella amenaza en tal boca, y respondió, resignándose a la fuerza: -¡Pero acabe pronto! -En dos palabras te despacho -dijo sonriéndose la vieja; y añadió en seguida-: Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el bígaru2 adjunto a sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el oírle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor que pudiera hacerlo, fuese detrás del son; y yéndose detrás del son, apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó a un campuco muy majo, donde vio el bígaru solo arrimado a una topera grande y sonando sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercose a la topera, y vio que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de tocar y dícele: -«¿Qué hay, buen amigo? -Pues aquí vengo», respondió el otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me volveré por donde vine». A lo que volvió a decirle el enanuco: -«¡Qué estorbar ni que ocho cuartos, hombre!... Sépaste que para que tú vinieras he tocado yo». Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras, métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos de su vida, dícele el enanuco al mozo: -«Pues amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien». A lo que respondió el mozo: -«Con que fuera mío lo que a renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias. -Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta», dijo el enanuco. Y volvió a responder el mozo: -«Me basta, y hasta me sobra, si bien se mira lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor, por desconocerla». Conque, amigo de Dios, cátate que le dice en esto el enanuco: -«Coge de esta tierra que ves junto a mí, y échatela en el pañuelo». Asombrose el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de él, y tornó a decirle el enanuco: -«Cógelo, hombre, sin recelo, que de ello tengo yo llenos mis palacios, a los que se va por este ujero en que estoy». Por si era o por si no era, el hombre sacó del seno el moquero, y echó en él una buena mozá de aquella tierra, y añudó luego los picos. Y díjole entonces el enanuco: -«Ahora, vete a casa, y cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está en el pañuelo. Al despertar mañana, verás si te he engañado». Pues, señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice a ti que, al despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡Más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer su alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco a poco el mozo, empezó a echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver: bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao a lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste a caballo, aquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio... Vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo a su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así a su pueblo, cogió duda a la borona, dio en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto, y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el magín, que no se atrevía a poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba a acabarse, y él no estaba por volver a trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba; y llegando a aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole sonar, se acerca al enanuco y le dice: -«Hola, buen amigo: pues yo venía a darle a usted las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás, y a pedirle otro nuevo, si no ofende. ¡Qué ha de ofender, hombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad». Alegrósele el corazón al mozo, y tornó a decir al enanuco: -«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que usted me dio la otra vez. -Todo este campo es de ella», respondió el enanuco; «conque así, cava donde quieras y llénalos a tu gusto. No te olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes al amanecer». Y con esto, metiose el enanuco por el ujero a los sus palacios; con lo cual quedose solo el mozo; y cava, cava, en un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió a casa con ellos más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostose, durmió poco con la brega que traía en el magín, y al amanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban a salir de aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡Hijo de mi alma!... No encontró en ellos más que la tierra que había cavao en el monte. Quedose en la agonía el pobre hombre; y quedándose así, llegó a consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fue al cajón donde guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡Y tierra eran también, como la de los sacos!... ¡Y tierra los papeles de sus compras! Fue a la cuadra... ¡Y montones de tierra los bueyes!... ¡Y montones de tierra el ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vio que era la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: a la puerta había un coloño de varas y unos adrales a medio hacer. Gimió y golpeose, el venturao; y al monte fue a contar su desgracia al enanuco; pero el enanuco le dijo: -«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por mi mano te dio la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por mis labios que la miseria en que vuelves a verte es el castigo que da Dios a los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo, de zoncheros bien acomodados, a caballeros poderosos». Y colorín colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco? -Pues no me paece cosa mayor -respondió Nisco, que había estado escuchándole con la boca abierta.- Pero, valga o no valga, ¿por qué me le cuenta usted aquí? -Cuéntotele aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, o a persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea. -¡Yo no conozco ni he conocido a nadie de esas señas! -Pues yo sí, Nisco. Yo conozco a uno, amejao al zonchero en las infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia como unas perlas, que por él se moría y por él se muere. -¡Bah, bah! -dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja- ¡No me venga con coplas! -No son coplas éstas, -replicó la Rámila impertérrita-: son verdades como puños, que te importan más que a mí. Hace ya mucho que andas caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para ti, pobre tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete a cuidarlos, que tierra será para ti el mejor de todos ellos, si la cubicia llega a descubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso: pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de Cumbrales. Y ahora, vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el cuento de el zonchero cubicioso, que has de agradecérmele. Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... Y voy a lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encarose con él Juanguirle, que iba a salir a picar leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo: -¡Por vida del chápiro verde, que no sé qué te hiciera para quitarte ese hipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se curara, ya tenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres de ahora, voto a briosbaco y balillo! Si tienes un pesar, dile o revienta... Si son chapucerías de desjuiciado, acuérdate de que eres hijo de un hombre de bien, El demonio me lleve si yo sabía la menor cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tarde, por haberlo aprendido ella en el río. Contábate, como yo, con los cinco sentidos puestos en la muchacha, que, en ley de verdad, vale más que tú; cuando salimos con que..., ¡por vida del chápiro verde!, resulta que no hay nada de lo dicho, porque el fachendoso del hijo mío hace una eternidad que volvió las espaldas. El porqué, tú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu madre; y en la muchacha no consiste, que así lo juró cuando tu madre topó con ella al volver de lavar y la hablo del caso, porque debía hacerlo. De nada te acusa más que de ausencia; por leal se afirma y con llorar se venga. Esto la ensalza, si juró verdad, y a ti te honra poco, Nisco... Y a mí no mucho, que tu padre soy. Si el serlo te encoge para hablar conmigo de esos particulares, no se los calles a tu madre cuando venga de la mies y te busque la lengua..., porque ha de buscártela, y con mucha razón. Lo que yo te digo es que, inocente o culpado, vuelvas a tus cabales y cumplas con tu deber, que no tienes rentas para hacer vida de señor manido entre cristales... ¡Y en qué tiempo, voto al chápiro! Cuando asoma la cogedera y más brazos se necesitan en casa, y cuando me veo con una zancadilla a cada vuelta que doy en el ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de las locuras de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me han puesto para que tu padre caiga en la trampa, ya que no quiere cerrar los ojos a sus fechorías..., porque aquello, hablando en claridá, es una ladronera consentida... Pero ¡voto a briosbaco y balillo! ¡Yo les juro que a la sombra mía no las han de urdir allí mientras tu padre sea alcalde! Y se fue a su quehacer el bueno de Juanguirle, de muy mal humor, cosa que le acontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo; y por más que el mundo entero pareciera empeñado en meterle por los ojos lo que sus ojos no querían ver, lo que tenía entre cejas allí había de estarse mientras no se lo arrancara quien allí se lo había puesto.
Una deshoja
Con la secura, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de octubre no quedaba una caña de alubias sin pelar en las heredades, y las panojas, bien granadas y bien secas, iban a desprenderse ellas solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para dejar las expuestas a la voracidad de los cuervos, o a los riesgos del temporal que podía presentarse a la hora menos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas; el pan de todo el año! Aún no había expirado el mes, cuando comenzaron a invadir la vega, por todas sus portillas, carros con altos adrales; y cada familia en su heredad, pela aquí, pela allí; panojas al garrote y garrotados de panojas a los carros; de vez en cuando, sube que sube los adrales, según iban llenándose las teleras; después, los calabazos encima de las panojas y en el payuelo de la pértiga, y hala para casa, a campo travieso, primero, tirando los bueyes dentelladas furtivas al retoño ajeno; y después, por la cambera, canta que canta el eje, untado con tocino; y ya en el portal el carro, allá va la carga de panojas arrastrada con las trentes sobre los garrotes, tan pronto llenos como subidos al desván, al hombro del mocetón o sobre la cabeza de su hermana: en una pila el maíz, y aparte los calabazos; de éstos, los duros y berrugones a un lado, para la olla; y a otro, los blandos y aguachones, para los cerdos. En poco más de una semana se cogieron todas las mieses, y aún sobraron días para dar una pasada con el dalle a los prados viciosos, y para sacudir muchos castaños y recoger los entreabiertos erizos, pues los muchachos empezaban a derribarlos del árbol a pedradas, y más de una magosta habían hecho ya con las castañas cosechadas así. Todas estas faenas eran de ver en una casa como la de don Pedro Mortera, donde los frutos entraban en grandes cantidades. ¡Qué ir y venir de carros y de obreros! ¡Qué cantar en aquel corral los ejes, y vocear los carreteros, y sonar las panojas como fuelles de papel al deslizarse unas sobre otras entre los adrales, y después como truenos lejanos, al caer por la rabera en el garrote; y el acompasado pisar, escalera arriba y abajo, de los que las llevaban al desván! ¡Y qué pilas se iban formando en él, clase por clase; porque el maíz de unas heredades era de grano redondo, y el de otras de diente de perro! Y cuando el desván se llenaba, la misma actividad y el propio ruido en el vasto granero de la accesoria del corral, donde ya estaba la cosecha de alubias oreándose. Para deshojar tanta panoja, se necesitaban muchos días y mucha gente, y esta tarea la inauguraba don Pedro con una deshoja pública, digámoslo así, en el desván de la casa, por seguir una costumbre jamás interrumpida en ella, ni en otras muchas del lugar. De esta costumbre clásica de la vida campestre montañesa he hablado yo en otro libro; mas no ha de impedirme esta consideración, que no deja de ser atendible, dedicar unas cuantas pinceladas a aquella deshoja de don Pedro Mortera, siquiera por el enlace que tuvo con los descosidos acontecimientos de este insubstancial relato. No se tasaba el número ni la calidad de las personas para entrar allí; y en la noche de que hablo, antes de las ocho, pasaban de cincuenta, jóvenes las más y de buen humor, las que estaban sentadas en el suelo alrededor de una montaña de panojas. Para alumbrar este cuadro no bastaba un farol, y había hasta tres, colgados en otros tantos postes; y aun así no se lograba más que barrer un poco las tinieblas hacia los fondos interminables del desván, donde se veían, apretadas y negras, debajo de las deprimidas vertientes del tejado. Menudeaban los cantares de las mozas; respondían los mozos con sus baladas lentas y cadenciosas, relinchaban, entre balada y cantar, los que sabían hacerlo con recio pulmón y adecuado gaznate; reíase acá, murmurábase allá; y, en tanto, las panojas deshojadas caían en los garrotes como lento pedrisco; y la montaña del centro descendía, socavada poco a poco, mientras crecía sin cesar la cordillera de hojas que iba formándose por detrás de la gente; desocupábanse a menudo los garrotes llenos, en un espacio despejado en conveniente lugar; y el ruido que aquellas cascadas de panojas producían al caer sobre el sonoro tablado, ruido semejante al de un tren de artillería en calles mal empedradas, era como el bajo del incesante e infernal desconcierto... Y cuenta, lector filarmónico, que esto del desconcierto lo digo acordándome de lo fino de tu oreja; que, por lo que toca a las de aquella rústica gente, por muy grata y sabrosa reputaban la baraúnda. De nuestros conocidos, veíanse (lenguaje de revistero de salones) en la deshoja, a Catalina, Nisco, el Sevillano y Chiscón. Pablo entraba y salía a menudo, porque su padrino y Ana estaban de tertulia en la sala con motivo de la solemnidad de la noche, solemnidad tormentosa, pero, al cabo, solemnidad, en que los buenos amigos debían tomar parte para tener por un lado aquellas largas horas de barullo y desgobierno. Repito que Pablo hacía frecuentes visitas a la deshoja, porque aquella noche le solicitaban dos impaciencias a cual más poderosa: al lado de Ana, la de ver lo que pasaba en el desván; y en el desván, la de volverse al lado de Ana. Yo no sé si fue la malicia o la casualidad o el diablo quien lo dispuso; pero es lo cierto que Catalina y Nisco estaban sentados hombro con hombro, y enfrente de ellos, Chiscón y el Sevillano. Nisco, que no soltaba la murria que le partía, había ido a la deshoja «por ser cosa de Pablo», y porque no hubiera tenido racional disculpa su ausencia de allí aquella noche. Entró en el desván con su amigo, disimulando el gusanillo que le roía; tomó puesto a la casualidad en medio del barullo revuelto al comenzar la deshoja, y ¡cuáles no serían su asombro y su despecho, viendo que cuando él posaba las asentaderas en el suelo, hacía otro tanto a su lado Catalina con las suyas (orondas y no de mal año, ciertamente)! Cambiar de puesto, era escandalizar; pretender que la moza cambiara, una impertinencia insostenible. Resignose y propusose tapar con máscara risueña y jubilosa, la corajina que le hervía en el pecho. Al principio todo fue bien, salvo algún codazo que otro que Catalina le daba, lo cual era inevitable, porque los brazos de la moza eran argadillos, según lo que se movían, cogiendo, deshojando y despidiendo panojas sin cesar con las manos, y el terreno no sobraba alrededor de la pila; pero se fue encrespando la bulla; sonaron los primeros relinchos; comenzaron los cantares, y ya se podía echar un párrafo a media voz con un adyacente, sin ser oído de los demás. Esta ocasión aprovechó Catalina para decir a Nisco, con la cara y el acento de la misma sátira en persona: -Vaya, que estarás, en el punto en que te hallas y pegante a esta probeza, como si las tablas te quemaran el detrasero... Pues ¡cómo ha de ser, hijo! Yo no tengo la culpa. Nisco respondió, con la risa del conejo: -Se está uno aquí, porque le da la gana, que estar se sabe en lugar más alto cuando al caso viene. -Y porque no mientes, ahora -replicó Catalina-, dije yo lo dicho... ¡No faltaba más! Basta mirarte, hijo, sin saber lo que se sabe, para ver que este puesto no es el tuyo. La probeza aquí, como San Pedro en Roma; pero la gente fina, como tú, a la sala con los señores. -¡No sería la primera vez! -¡Ya se ve que no!... ¡Y como que a la presente te estarán echando de menos! Tonto serás, Nisco, en perder la ganga por este cumplido que nadie te agradece. -¡Cada uno a su hacienda, Catalina! -Vamos, que con lo grandona que va a ser la que te espera, no te vendrá mal un mayordomo... ¡Vaya, que fue estrella la tuya, hombre! -¡No escomencemos! -¡El diantre tiene cara de condenao!... ¡Mira que tendrás que ver, del brazalete de una señora tan pudiente y tan fina, coleando la casaca por esas callejas!... Oiréis la misa adjunto el altar mayor... ¡Jesús y los santos del cielo no me falten en mis últimas!... Otra lotería como ella nunca cayó en Cumbrales. Amoscose más Nisco, y respondió a esta burla: -¡Te digo que no escomencemos..., y que no traigas en boca a quien de ti no se alcuerda!... -¡Ni de ti tampoco, fanfarrias! -saltó Catalina con reconcentrado veneno, aunque bien disfrazado con sonrisas falsas para que los circunstantes no le conocieran.- Como no comas otro pan que el que por ahí te venga, buenas tripas vas a echar ogaño. Toma surbia con solimán de lo fino, y maja terrones por recreo, que eso es regalo para un descastao y fachendoso baldragas como tú... ¿No te dije yo que cuanto más subieras mayor sería la costalada? Pues ya te la estás arrascando días acá... Aunque piensas que no miro, bien te veo con el moco lacio, contando los morrillos de las callejas. ¿Diéronte portazo? ¡Bien lo merecías! ¡Toma estudios ahora y date vientos de señorío, mondregote, que más arriba está quien manda, para hacer josticia seca! Nisco recibió todo este metrallazo a la oreja, sin poder contestarle a su gusto, porque la ira le cegaba ya y temía dejarse arrastrar de ella en aquel sitio. Dominose como pudo, y remató el altercado amenazando a Catalina con un desaire en público, si no enfrenaba la lengua. Temió la moza y callose... Por entonces, porque su boca fue un alfiler para Nisco mientras duró la bulla en el desván. Y aconteció también que, como la una y el otro siempre que hablaban se sonreían, aunque de muy mala gana, Chiscón, que no los perdía de vista un instante, tomó al pie de la letra aquel falso regocijo; creyole señal de una reconciliación, y vio, por ende, su pleito en riesgo grave. Así lo entendió también el Sevillano; por lo que se brindó de nuevo a despachar el estorbo, si al de Rinconeda le convenía este atajo para llegar más pronto al fin de su jornada. -Me dio a mí ya que cavilar -dijo Chiscón- lo que paso al respetive del sitio. Con ella vine, a mi vera estaba aquí, presentose allá él; y cuando pensé que me sentaba arrimado a ella, ya la vi onde la ves ahora. |