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    El sabor de la tierruca
     José María de Pereda
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- XXII -

Entreacto ruidoso


Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de nácar y grumos de oro; a trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas inalterables, y rabos de gallo más efímeros, sobrenadando; y por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luego el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.

El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo; ni una hoja se movía en los árboles, ni una yerba en los campos; la vista y el oído adquirían un alcance prodigioso; las tintas de las montañas, más que calientes, parecían caldeadas; los contornos y relieves flotaban en un ambiente seco y carminoso que, acortando las distancias, engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el sonar de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles al oído desde los cerros del Mediodía.

Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza, todo montañés sabe qué viento va a reinar aquel día; y entonces se llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, el agujero del ábrego.

Y por allí salió este caballero, en la ocasión de que se trata, dos horas después de amanecer.

Salió blando, sosegado y apacible, y como de recreo por el campo de sus hazañas, jugueteando con el humo de las chimeneas, las mustias y ya escasas hojas de los árboles, las yerbecillas solitarias de los muros y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las callejas, ni movía las puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de un refajo ni los picos de una muselina.

Así es que el señor cura tocó muy tranquilo a misa mayor, y luego las tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fue llenando de gente que nada temía y sólo se quejaba del «bichorno, poco al consonante de la bajura del mes que iba corriendo».

Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa, gorjeada y solemne.

Pero no había llegado el Credo a la mitad, cuando las chanzas comenzaron a enardecer a la fiera; y la tramó con las ramas tenaces, los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba a las unas y bamboleaba a los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.

Tanteole por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí; quiso también entrar en la iglesia, y hasta logro apagar los cirios de los primeros tajos; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con estas contrariedades se fue embraveciendo poco a poco, y tornó a las ventanas con propósito de desquiciarlas, metiéndose por las rendijas. Metiose, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos, azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron por dentro a llave y palanca. Esta actitud equivalía a un reto; y el enemigo, rugiendo amenazas, se retiró a sus antros, como para acabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron a reinar en la naturaleza; pero por pocos momentos.

Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes. Sordos mugidos le precedían; y, a su paso, humillaban los árboles las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se estremecían en sus quiciales, y el día se quedó a media luz parda y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡Qué empuje!... ¡Qué acometidas aquellas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia; las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes socarreñas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.

En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón: encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro remolino subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía, le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía a reunirlas al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba a amontonarlas y a cernerlas, a subirlas y a bajarlas, y a darles libertad otra vez, y otra vez a recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas, diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los muros revocados, y desnudaba a los viejos de sus vestiduras de yedra.

Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo se oyó un rumor, a modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo a descansar. De vez en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos árboles contraídos y tiritando!

La tregua fue breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de cien batallas, espantosa.

En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para regalarse con el espectáculo de un incendio!

No había punto en el lugar donde la furia no metiera su cabeza, y con la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por eso todo era estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas; bufaba en los arbustos; bramaba en los callejones, y en las arboledas rugía; y, en ocasiones, hasta las campanas lanzaban solas desacordes sonidos, con pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.

A lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano en noche tormentosa; aquí, el crujir de la rama desgajada o del tronco que se quiebra; allí, el estruendo de la pared que se derrumba, o el zumbido del bardal que se agita desesperado y extiende sus greñas espinosas, buscando de qué asirse para que no le arranquen de la tierra que le nutre; y como complemento del cuadro, una luz tétrica y sulfúrea iluminándole; la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres y naturales pobladores, ocultos a la sazón Dios sabe dónde, llena de objetos raros e inconexos: tallos de maíz, hojas maceradas, polvo, astillas..., y guijarros.

Con frecuencia terminan estos huracanes con una virazón rápida al Noroeste, o galerna: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si no llega a ésta la fuerza del empuje, la aventaja en estragos, por el agua demoledora que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional, como en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores por cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan al fragoso desconcierto.

Tal sucedió en Cumbrales al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadro contemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas estaban cubiertos de menudo escombro, ramas, cascos y hojarasca. No había árbol en el pueblo sin quebraduras o cicatrices; algunos arrancados de cuajo; otros, hendidos; los arbustos, lacios, desgreñados y con el follaje en esqueleto... Pero cuando la gente fue abriendo poco a poco las puertas de sus hogares, y salió de la iglesia la que en ella había estado encerrada, ¡válgame Dios, qué aspavientos los suyos y qué puestos en razón eran! Por de pronto, cada uno se echó a examinar los propios quebrantos, y luego a compararlos con los del vecino. Y aconteció lo que siempre que se reparten desventuras: cayeron las mayores sobre los que podían menos; por lo que se llevó don Valentín el premio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna casa fue tan castigada como la suya: perdió la chimenea, medio alero, una ventana y la cerradura del estragal, amén de alcanzarle su parte, y no pequeña, del común revoltijo de los tejados.

Es sabido que la mitad del vecindario de Rinconeda estuvo contemplando el desastre de Cumbrales, durante la furia del huracán, agazapado al socaire del cerro adyacente, y aún se afirma que palmoteaba aquella gente levantisca cada vez que un árbol se tronchaba o caía una chimenea. Esto se corrió por Cumbrales a la hora de calmarse el viento; y fortuna fue que se tomara por cierta la noticia, pues con la indignación que produjo en el lugar, se mató la pesadumbre que cada cual sentía por los recientes descalabros.

-¡No les faltaba más -decían todas las bocas de Cumbrales- que venir esta tarde a provocarnos! Pues ¡como vengan!...

Y jurando echar hasta las asaduras en el trance, volcaron todos la puchera mal sazonada; y con el último bocado entre los dientes, subiose cada cual a su tejado a reparar lo más perentorio, por si la turbonada que se iba formando hacia el Saliente, acababa en aguaceros antes de la noche.




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- XXIII -

Griegos y troyanos


Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco a poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas a la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y a voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡Pero en aquel día!... ¡Después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...

-¡Pues como vengan!

Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.

Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar a vísperas..., y nada. Tachirense luego las tres campanadas al rosario; acudió la gente; llegó el señor cura; redole y hasta echó su poco de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos cristianos; acabose la piadosa tarea, que duró tres cuartos de hora..., y nada. Desocupose la iglesia; quedáronse en el porche, murmurando, las mujerucas a ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatro, a la sombra de las tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, a jugar el ochavo a la brisca o al mayor punto; avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las paredillas; oyose la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y obligada copla


Para espenzar a cantar.
Licencia tengo pedida,
Al señor cura, primero.
Y a la señora Josticia.

Dio principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vio o no se vio, si se hizo o no se hizo la prohibida seña del as o del tres del palo del triunfo; alzose regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque a la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar a la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre..., en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya..., y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron a no pensar en ellos: como que el cura se fue a rezar vísperas, y el alcalde a dormir un rato.

Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra a todo correr por el camino alto de Rinconeda.

-¡Ahí vienen! -gritó cerca del corro de bolos.

Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el baile se suspendió.

-¡Eso es una cobardía! -gritó un mozo encaramándose en la pared de la bolera y dirigiéndose a los dos corros- ¡Si vienen, que vengan! ¿Pensáis que vos van a comer? Pus lo que hagan haremos... Yo, por mi parte.

Gustó la arenga, aprobose, serenáronse los espíritus y continuaron los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, a mi entender.

En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que se trasladara de un punto a otro. Provocación como ella no se conocía en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno a uno, tres a tres, ocho a ocho, hasta doce a doce, se había pegado infinidad de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con premeditación y a sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.

Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio a Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio, y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de los de pegar, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía a la primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vio que, llegado el caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...». ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación a su colmo, fue ver al Sevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el Opas, el don Julián de Cumbrales!

Pasó la procesión por delante de la bolera, cantando las mozas y con una en cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la Iglesia, donde hizo alto y relinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en la paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso. Nisco no apartaba de él la vista, y la gente de la bolera miraba tan pronto a Nisco como a Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban hechos, ni a quién le tocaba birlar. En esto, cesó también el baile, porque Chiscón se empeñó en que habían de sentarse las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales. Oyéronse voces de riña. Chiscón, después de dejar sentadas a sus cantadoras junto a las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la descortesía de obligarlas a hacerlo), volviose a colocar a los suyos en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales. Con esto creció el vocerío, y Pablo bajó de la paredilla; llegose a las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:

-¿Venís de guerra?

-De paz venimos, -respondieron las mozas.

-Pues no toquéis entonces, que tocando están quienes deben, y corro hay aquí para que bailen todos, si de divertirse en paz se trata.

-¡A tocar se va! -dijo en esto, un mozo de Rinconeda, mirando airado a las dos mozas increpadas por Pablo.

Las dos mozas se dispusieron de nuevo a tocar.

-¡Pues no se toca! -dijo Pablo, blanco de ira.

Y hablando así, arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban, y rompió los parches sobre sus rodillas.

¡Cristo mío, la que en seguida se armó allí! Pero Pablo, que ya la esperaba, porque de un modo o de otro tenía que venir, con las rotas panderetas en las manos, la cabeza erguida, la boca entreabierta, el pecho anhelante y lívida la tez, examinó el campo con una mirada rápida, y la clavó firme sobre Chiscón que corría hacia él, apartando la gente, como el oso los matorrales. Estremeciose el joven un momento, arrojó los aros, dio dos pasos hacia el gigante que podía desbaratarle entre sus brazos de roble, y le recibió con una puñada en la jeta, y tal puntapié en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse, como torre socavada. Nisco, que no había perdido de vista a Pablo, en cuanto le vio enfrente de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar la paredilla, y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro un valentón del otro pueblo, y fuéronse a las manos. Creció con esto la bulla; saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres que estaban en la taberna; encontráronse con otros del bando enemigo, y la lucha se trabó en todas partes con la prontitud con que se inflama un reguero de pólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la iglesia, y las viejas que jugaban a la brisca, y los muchachos que correteaban por las inmediaciones, y se llenó de gente el campo, desde el corro de bolos hasta el extremo opuesto.

Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa y movediza, fue enrareciéndose poco a poco, aquietándose y buscando los puntos más elevados y menos peligrosos, mientras los combatientes, en grupos enmarañados, forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse y se agachaban; de manera que todo este conjunto de actores y espectadores parecía embravecido torrente encajonado de pronto entre recios e insuperables muros.

Ya no se oían voces allí, ni amenazas, ni se veía el garrote describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo es declararlo) los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando vieron inermes a los de Cumbrales; no brillaba, ni brilló antes, el acero homicida, porque esta arma vil no se conoce en los honrados campos montañeses, si algún descastado no la usa a traición, muy raras veces. Sólo se percibían sordos ronquidos, jadeos de la respiración, desgarraduras de camisas y, de vez en cuando, un cuajjj despatarrado, como odre henchido que revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldas en el suelo, debajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventaja adquirida: no hería a su enemigo, ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso; conformábase con tenerle allí como crucificado, y con responder a sus ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez se oía también el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de acero... Y poco o nada más se oía; porque, cuanto a los espectadores, ni se movían ni chistaban: allí se estaban todos con los ojos encandilados y el color de la muerte en el semblante; los muchachos, royéndose las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta, y los viejos, dando mandíbula con mandíbula.

Harto claro se vio que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo que estaba pasando, al ir a Cumbrales como fueron; y por verse tan claro en la sorpresa y dolor que mostraban, no cayeron sobre ellas las hembras de Cumbrales y se libró de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la Iglesia.

Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba la faz ensangrentada, alzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismo tiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia! ¡A buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo y el alguacil estaban enredados en lo más recio de la pelea, brega que brega, no para poner paz, sino porque eran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez municipal, que al empezar la batalla se hallaba en la taberna (cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho sea de paso, en cuanto quedó desocupada), se escondió en el pajar..., con el sobrante de la jarra que tenía entre manos; y, cuanto al alcalde Juanguirle, ya sabemos que se fue a dormir la siesta poco después de salir del rosario.

A todo esto, los plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cielo, y extendían su zona tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma senda que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él lograba rasgar los apretados celajes y caía sobre los entrelazados grupos de combatientes, relucía el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio ocultos bajo las greñas desgajadas de la cabeza; y cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón que les desgarrara las carnes, embravecíanse más los luchadores allí donde el cansancio parecía rendirlos, y volvía la batalla a comenzar, lenta, tenaz y quejumbrosa.

Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y forzudo, y cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo, tenía, en cambio, la agilidad de la corza y el temple del acero. Así saltaba, hería y se cimbreaba. Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada toledana. Huir de los brazos hercúleos de Chiscón, era todo el cuidado de Pablo; y entre tanto, golpe y más golpe sobre el gigante. Reponíase éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la boca, y ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvaje, poco acostumbrado a aquel género de lucha, bramaba de ira; y bramando, esgrimía las aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más se perdían sus derrotes en el espacio, más se quebrantaban sus bríos y más espesos caían sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada y biliosa, los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba éste terminar de algún modo aquella lucha desigual y expuesta, y tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba aturdir al atleta; era preciso derribarle, vencerle. Al cabo, logró plantarle un par de puñetazos entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago al humillar el bruto la cerviz, quedose éste como Polifemo cuando Ulises le metió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo a su cuello de toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían; sacudiole dos veces, y a la tercera, combinada con un hábil empuje de la rodilla, acaldó en el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no por el choque de las armas, como cuando caían los héroes de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir de los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro amoratado y medio palmo de lengua fuera de la boca, porque Pablo, sin aflojar la tenaza de sus dedos, se encaramó a su gusto sobre el derribado coloso.

No muy lejos de Pablo andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la tierra, como su adversario quería; es decir, pecho a pecho y brazo a brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino a puñetazo seco y a rempujón pelado; mas no procedía así porque su contrario fuera más fuerte que él, pues allá se andaban en brío y en tamaño, sino porque en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberse que hasta para luchar a muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchacho aquél. Así se le veía rechazar a su enemigo con un golpe seguro y meditado, y aprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero en la cabeza. Sus brazos, antes de herir con el puño, describían en el aire elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo que no fuera estudiada. Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se sonreía mirando a las muchachas que le contemplaban. Otras veces recibía con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía seis pasos atrás; y vuelta a componerse el vestido, a colocarse el sombrero, a sacudirse el polvo de las perneras, y a sonreír a las muchachas, entre las que estaba Catalina a tres varas de él, anhelosa, conmovida y siguiendo con la vista, y en la vista el alma, todos sus ademanes y valentías.

Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza con los ojos: «¡Ánimo, valiente!, que en cuanto las fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir a tu lado defendiendo tu vida». ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían claramente estos pensamientos:

-«No quiero mal a este enemigo; no tengo empeño en causarle daño; peleo con él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda, y para que vea que ni le temo ni es capaz de vencerme..., pero que no me toque en el pelo de la ropa. ¡Eso sí que no lo tolero yo!».

Al fin apareció por el lado de la Iglesia el bueno de Juanguirle, a quien había ido a despertar Cerojas. Subió a lo más alto de la peña, recorrió con la vista azorada el campo de batalla, y se llevó ambas manos a al cabeza; luego pateó y se lamentó y se mesó las greñas. Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole la necesidad de que la lucha terminase; y la digna autoridad, sin hacer caso de consejos que no necesitaba, alzo el sombrero hasta donde alcanzaba su diestra, bien estirado el brazo después de ponerse sobre las puntas de los pies, y grito así, con toda la fuerza de sus pulmones:

-¡Alto!... ¡A la Josticia!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡Al mesmo Dios, si a mano viene; que, a falta de otro mejor, a la presente su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse, digo, los de Cumbrales!... ¡Respeten mi autoridad los de Rinconeda!... O si no... ¡Voto al chápiro verde!...

Como si callara. Volvió a patear el digno alcalde, y cambió de sitio, y tornó a mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con quien pelear, o no lo habían intentado con gran empeño, le miraban de hito en hito.

-¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡A la Josticia! -volvió a gritar Juanguirle.

-¡A la Josticia!. ¡A la Costitución!... ¡A la Ley! -repitieron algunas personas consternadas, recomendando así a los combatientes las amonestaciones de la autoridad.

La misma desobediencia.

-¡A mí los de josticia! -insistió el alcalde, gritando-: ¡A mí los que estén por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!... ¡Suelta tu parte, Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡Sin camisa y machucado está!... ¿Qué más quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No me oís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto a briosbaco y balillo, que se han de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes a la autoridad!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!

Oído esto por los dos de Rinconeda, dijo uno de ellos al alcalde, encarándose a él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que tenía echada sobre el hombro izquierdo:

-¡Pus nos futramos en Cumbrales, en la ley y en usted que la representa!

-¡Hola, chafandín pomposo! -replicole Juanguirle, volviéndose al atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un movimiento rápido de su cabeza- ¿Conque todo eso sois capaces de hacer?... Pues mírate tú, hombre: paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la ley; ¡pero relative a lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda si no me pagaras el agravio!

Y con esto se fue sobre el mozo, y le alumbró dos sopapos.

Contestó el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióselo un espectador de Cumbrales, y agarráronse también los dos; con lo que se animó bastante por aquel lado el campo de batalla.

Al mismo tiempo llegó don Valentín a todo correr, con los pábilos erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y no pudo desenredarle; acometió al segundo, y lo mismo; buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañada madeja, y no dio con él. Al último, subiose a la altura donde había predicado el alcalde, y desde allí gritó:

-¡Nacionales!..., digo ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que mientras el perjuro amenaza vuestros hogares, malgastéis las fuerzas que la patria y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias enfurecidas!... ¡Convecinos!..., basta de saña inútil..., de valor estéril... ¡Guardadlo en vuestros corazones para el enemigo común!... ¡Daos el fraternal abrazo..., y seguidme después!... ¡Yo os llevaré a la victoria!... ¡Yo os devolveré a vuestros hogares, coronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡Yo, que vencí en Luchana!

Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando a su hijo.

-¡Pablo! -gritó con voz de trueno, cuando estuvo junto a él- ¡Qué haces!

Y Pablo, como movido por un resorte, incorporose de un brinco al oír la voz que le llamaba, y dócil acudió a ella; pero sin perder de vista a Chiscón, que, al librarse del suplicio en que le había tenido como clavado el valiente joven, se alzaba a duras penas, derrengado y maltrecho, con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el vencimiento como una afrenta, y más pensaba en meterse donde no le viera nadie, que en buscar un desquite en buena ley; en buena ley, porque es de advertir que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía, aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos de otro género; era, en suma, de los que querían, llegado el caso.


«Jugar en injusto juego:
pero jugar lealmente».

No creyó don Pedro Mortera cumplido su deber con tener a Pablo apaciguado y junto a sí: quiso también pronunciar el quos ego de su respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido. Pronunciole más de una vez, pero no adelantó nada. Este fracaso amilanó a los angustiados espectadores; y más se amilanaron cuando vieron tan desobedecido como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.

-¡Esto es obra del mismo demonio! -dijo entonces una voz desconsolada.

¡Del mismo demonio!... No necesitaron oír más cuatro sujetos de los desocupados, para ponerse de acuerdo en un instante y echar a correr hacia la casuca de la Rámila.

En tanto, don Pedro Mortera, que acababa de ver a Nisco, se dirigía a él llamándole a la paz; a lo que el mozo respondió con una sonrisa, después de pegar un bofetón a su contrario. Volvía otra vez la cara hacia éste, cuando una piedra le hirió en la frente y le tendió de espaldas, sin decir Jesús. No se supo cuál fue primero, si la pedrada, la caída del herido, no en el suelo, sino en los brazos de Catalina, o el lanzar ésta un grito como si la hubieran atravesado el corazón de una puñalada.

Vio que la sangre fluía en abundancia de la herida, y pensó volverse loca.

-¡Muérame yo! -gritaba, haciendo trizas su delantal y su pañuelo para cerrar aquella brecha por donde creía ver escaparse la existencia del valiente mozo- ¡Mate Dios cien veces al traidor que te ha herido!... ¡Mate otras tantas al bruto que amañó esta guerra; pero que no te mate a ti, que vales el mundo entero!... ¡Virgen María de los Dolores! ¡La mejor vela te ofrezco con la promesa de no bailar más en mi vida, si la de él conservas, aunque yo jamás la goce!

Uníase a estos gritos el vocear del contrario de Nisco, negando toda participación en la felonía; chispeaban los ojos de Pablo buscando entre la muchedumbre algo que delatara al delincuente; ordenaba don Pedro lo más acertado para bien del herido; acudían gentes aterradas a su lado; y mientras esto acontecía y se buscaba a Juanguirle entre los combatientes, las tintas de los celajes iban enfriándose; desleíanse los nubarrones, cual si sobre ellos anduvieran manos gigantescas con esfuminos colosales; una cortina gris, húmeda y deshilada, como trapo sucio, se corrió sobre los picos más altos del horizonte; brilló debajo de ella la luz sulfúrea del relámpago, y comenzaron a caer lentas, grandes y acompasadas gotas de lluvia, que levantaban polvo y sonaban en él como si fueran de plomo derretido.




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- XXIV -

Deus ex machina


Corrían, corrían los cuatro sujetos hacia casa de la bruja, y en un periquete llegaron allá. Sin detenerse a llamar a la puerta, abriéronla de un empellón, y vieron a la Rámila acurrucada junto al llar de la cocina, soplando unos carbones a los cuales estaba arrimando un pucherete cubierto con un casco de teja.

-¡Allí tiene el unto! -pensaron los cuatro, al reparar en el puchero.

La vieja se volvió hacia ellos y se estremeció. Ni aun en son de paz entraba allí nadie que no le armara guerra. ¡Qué intenciones no llevarían aquellos hombres que atropellaban su casa en ademán airado!

-¡La gente se está matando! -dijo uno sin acercarse mucho a la Rámila, porque su miedo supersticioso podía más que el mal intento que le conducía.

-¿Qué gente? -preguntó la vieja temblando.

-La de Cumbrales.

-¿En dónde?

-En el Campo de la Iglesia.

-¿Por qué?

-Porque vinieron los de Rinconeda, acometieron, y se respondió como era debido.

-¿Y por qué no vais a separarlos?

-Allá estuvimos, pero no podemos.

-¡Muy en su punto traéis la ropa para haber hecho cosa mayor! ¿Y la Josticia?

-Panza arriba lo más de ella, y el alcalde en mucho apuro.

-¿Por qué no se hace respetar?

-Porque primero es lo otro: pa eso es de Cumbrales.

-Y vusotros, ¿de dónde sois entonces?

-¿Por qué es la pregunta?

-Porque debierais estar ayudando a los vuestros, y no escondidos como liebres en este ujero.

-Se ha convenido allá, en vista de que ni la Josticia ni el señor cura ni don Valentín ni don Pedro Mortera pueden con aquello, en que andan en el ajo manos que no son vistas de ojos corporales... Y a eso venimos.

-¿A qué?

-A que vaya a deshacerlo el mesmo demonio que lo amañó.

La pobre anciana, que había cobrado algunas fuerzas de espíritu en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba la voz, desalentose mucho al oír la última respuesta de éste y al notar cierta resolución en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo, sacar el posible partido del miedo que inspiraba su mala fama, y preguntó al hombre que hablaba, con sus remedos de hechicera de teatro:

-Y ¿quién es ese demonio?

-Usté lo es.

-¿Yo?... Pedazo de bruto, si yo fuera el demonio, ¿no estuvierais ya asados los cuatro, en pena del mal querer que aquí vos trae?

Miráronse los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por qué consideración. Uno de ellos, acaso el más bruto, se aventuró a decir:

-No alcanza tanto el poder de usté, aunque mucho sea para hacer mal.

-Pues entonces, almas de Dios, ¿a qué venís aquí?

-A que vaya usté a deshacer aquello.

-¿Cómo he de deshacerlo?

-Con el conjuro que mejor le cuadre.

-¡Jesús me valga! -clamó entonces la pobre vieja- ¿Por qué me habrá nacido a mí esta fama tan negra y desdichada?

Probó la exclamación que la Rámila perdía terreno; envalentonáronse los otros al notarlo; acercáronse más a ella, y gritó uno en tono amenazante y descompuesto:

-¡Pronto, que pa luego es tarde!

-¡Pero, hijo, si yo no puedo hacer lo que queréis!

-¡Por buenas o por malas!

-¡Que soy una pobre mujer sin ventura, que nunca mal le hice a nadie!

-¡Echarla mano!

-¡Por los clavos de Jesús!...

-¡Llevémosla arrastrando, si por sus pies no va!

-¡Miraime de rodillas pidiéndovos misericordia!

Cuando decía esto la infeliz, ya tenía encima las manazas de dos hombres que tiraban de ella y se disponían a arrastrarla.

-No hay remedio -pensó entonces entre angustias mortales: -o arrastrada aquí si me resisto, o arrastrada allá si voy y aquello no se calma... ¡La muerte de todas maneras!

El apego a la miserable vida la inspiró un recurso.

-Dejaime un instante, que yo pueda hablar, -dijo a los dos verdugos.

Aflojaron éstos los dedazos, y habló así la Rámila, sentada en el suelo, con los mechones grises sobre la faz amarillenta y afilada, y el mísero jubón desabrochado y roto, obra todo de aquellos bárbaros:

-¿Creéis de veras que yo soy bruja?

-Como nos hemos de morir, -la contestaron.

-¿Y estáis seguros de que mi poder basta para poner en paz a los que riñen en el Campo de la Iglesia?

-Como lo estamos de que usté fue quien armó esa guerra.

-¿Armela desde allá?

-No, desde aquí mesmo, porque de aquí no ha salido esta tarde, por las trazas.

Esa es la verdad, hijos míos. Dios me mate si de esta choza he salido desde que vine de misa esta mañana. Pues desde aquí tiene que ser el conjuro. Dejaime que le haga, y dirvos vusotros. Yo vos aseguro que cuando allá lleguéis, todo estará en paz.

-¡Pamemas por salvar el pellejo!

-¡Es que si no vos vais, aunque me quitéis aquí la vida aquello no acabará!

-¿Y si se nos engaña con la promesa?

Si vos engaño, almas de Dios, con volver acá y hacerme trizas, está la deuda finiquita. ¡A bien que naide vos ha de pedir cuentas de la fechuría!

Se miraron otra vez los cuatro, como en consulta, y entendiéronse con los ojos. Uno de ellos tomó la voz de los demás y habló así:

-Trato hecho: si al llegar al Campo de la Iglesia nusotros no está la gente en paz, llame usted a Pateta que la socorra, porque no le queda otro santo que la ampare contra la ira de todo el pueblo.

Dicho esto, salieron a buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida, comenzaba a formalizarse; los achubascados celajes se extendían en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse del suelo, dio la Rámila gracias a Dios por haberla sacado con vida del primer trance, y discurrió el modo de conjurar el último y el más grave. Incorporose después; se aliñó lo mejor que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza, cubrió con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza. ¿A dónde? Adonde hubiera un poco de caridad; a casa de don Pedro Mortera; a la del señor cura..., a esconderse donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.

Trancado estaba la puerta por fuera, cuando la lluvia espesó de tal modo, que la anciana tuvo necesidad de volverse a la choza mientras aquello pasaba. Pero el aguacero continuaba espesando a toda prisa; y espesando, espesando sin cesar, acortábanse los horizontes; dejaron de verse todas las montañas; después todos los montes; después los cerros; después los confines de la vega; luego la vega misma; después la iglesia, y los árboles, y las casas..., y, en fin, todo menos la braña y los cercados más próximos a la choza. Cada hondonada era un lago; cada roderón un torrente. Mirando al cielo, parecía que de él bajaban líquidos cables, gruesos y apiñados; ensordecía el ruido de aquella inmensa cascada, y el agua que rebotaba al llegar al suelo la que vertían las nubes, era otra lluvia hacia arriba, contra la que no hay defensa fuera del techado. Pero hasta entonces llovía sereno y a plomo; gustaba ver aquellos chorros infinitos cayendo rápidos, sonoros e incesantes, como gusta y entretiene en el silencio de la noche la llama del hogar lamiendo las negras paredes de la chimenea.

De pronto hubo una virazón al Noroeste; rugió el vendaval arisco; llevose por delante el diluvio; azotó con él muros y terrenos; revolcó las copas de los bardales en las charcas de las callejas; tumbó cuanto el sur de la mañana había dejado vacilante y removido; la noche anticipó media hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces, cerró por dentro la puerta de su choza, volvió a atizar la lumbre y se acurrucó junto a la llama sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba a sentirse el primer frío del invierno.

Cuando los cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron, echando los bofes y calados hasta los huesos, a dar vista al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban en él, el agua corría por todas las camberas, se desbordaba en los senderos profundos y saltaba y hervía en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.

La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres, desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín, con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre; las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza. Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos fijos en las goteras del corral y el oído atento al rumor de la lluvia.

En el portal de Tablucas había gente de Cumbrales. Allí se metieron los cuatro sujetos de marras, y allí aprendieron que la pelea había cesado cuando el agua no cabía ya en canales; es decir, según se calculó en el acto, poco después que ellos salieron de la choza de la Rámila, justamente cuando ésta debió de acabar el prometido conjuro; conjuro que, sin duda, armó el temporal que estaba reinando, como se arman siempre que los demonios andan por la tierra desencadenados, ya por obra de hechicerías, ya por gracia del hisopo. Deshecha la maraña del Campo de la Iglesia, Resquemín tuvo el buen acuerdo de encerrar en la taberna a los hombres de Cumbrales que en ella se refugiaron, para separarlos de los de Rinconeda; otros corrieron a sus casas, y el resto de la gente se guareció en la de Tablucas por lo mezclarse con el enemigo que asubiaba en el portal de la iglesia.

-¡Y negaréis entoavía que esa mujer es el mesmo demonio! -exclamaba Tablucas, después de oír los relatos y las conjeturas de los cuatro sujetos- ¡Y no tendré yo razón para jurar que ella es quien me golpea la puerta y se planta en ese murio en fegura de perro!... ¡Y la dejestis con vida!... ¡Corcia, si soy yo que vusotros, allí finiquita hoy!... Y pue que vos pese por no haberlo hecho; que la que es mala por el gusto de serlo, ¿qué no será cuando la ofenden?

En éstas y otras tales, arreció el viento sin disminuir la lluvia; y como éstos son signos de durar la tormenta, y la noche se venía encima, los de Rinconeda, después de breve consulta, salieron de sus refugios y emprendieron la marcha hacia su lugar, entrando en las pozas por derecho y sin tratar de defenderse contra el diluvio que los empapaba y el viento que los embestía de frente, porque hubiera sido trabajo inútil, amén de embarazoso. ¿Cómo volvían escurridos, sucios, desaliñados, taciturnos y maltrechos, aquellos mozos que, horas antes, habían venido emperejilados, alegres, sueltos y provocativos! Acaso, mientras caminaban en fila, como ratas huyendo de la inundada alcantarilla, pensaban en que sus hogares podían ser asaltados por el torrente que bajaría ya de las laderas, y este pensamiento los espoleaba. ¡Justo castigo de sus malos deseos de la mañana, cuando el sur levantaba en vilo los tejados de Cumbrales! No iba Chiscón en aquella triste caravana, ni se le había visto en el pueblo desde mucho antes de acabarse la refriega.

Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas. Asegurose por la noche en la taberna de Resquemín, que había desaparecido del corro tan pronto como se armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos de su navaja; pero nadie le vio entre los combatientes. Sin embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques que le columbró desde lejos, que él fue quien, agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared de un huerto, hirió a Nisco con la piedra arrojada desde allí; y aún juraba Bodoques, según el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino a Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería. Verosímil pareció la hazaña en quien fue capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no le hubiera librado de una mano de leña como para él solo.

Excusado es advertir que se hizo público allí el caso de la Rámila, el cual acabó de afirmar entre aquellas gentes su opinión de bruja rematada; y Dios sabe lo que hubiera sido, en caliente, de la infeliz, a no estar la noche tan fría y tempestuosa.

Sobre el estado de Nisco se contó mucho y muy contradictorio, desde darle por muerto hasta creerle ya sano y de pie. A última hora entró una vecina suya en busca de vino blanco para ponérselo, con aceite y romero, en paños sobre la herida. El bravo mozo había recobrado el conocimiento y estaba fuera de todo peligro.

Esta noticia fue la única fidedigna; y se la traslado al lector, con el mayor gusto, porque sé que en ella le ha de recibir muy señalado.




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- XXV -

Miel sobre hojuelas


El temporal siguió reinando hasta cerca de media noche. A esa hora se corrió el viento al Norte; cesó el agua, rasgáronse los nublados, fuéronse adelgazando por momentos; y cuando apareció el sol del nuevo día, desplegó el lujo de sus rayos en un cielo sereno, azul y limpio como el cristal de un espejo. Pero la brisa terral era fría y húmeda; los tejados de Cumbrales relucían; los hardales goteaban; las callejas eran charcos; las praderas brillaban como sartas de rica pedrería, y comenzaba a oírse por las barriadas del pueblo el clan, clen, de las herradas almadreñas de los transeúntes, entre los que apenas se veía uno sin negros cardenales o arañazos en la cara, muestras dolorosas de la refriega del día anterior.

A media mañana salió Pablo de su casa en dirección a la de Nisco, a cuyo lado había permanecido la noche antes con Catalina, que no se apartaba un punto de allí, hasta que el mozo se despejó y pudo conocerse la importancia de la herida.

Este suceso, desde el momento de su ocurrencia, así como el recuerdo de los que le habían precedido, traíanle caviloso e indignado por todo extremo; pero aún le mortificaba más la cola que trajo para él su intervención personal en la batalla.

No hubo modo de ocultárselo a don Juan de Prezanes; y no bien lo supo, fuese a casa de don Pedro Mortera, donde ya se hallaba éste con su hijo tranquilizando a su madre, a María y a Ana, que también estaba allí: las tres le contemplaban y le oían acongojadas y suspensas. La entrada del jurisconsulto fue airada y sombría, como celaje de tormenta. Increpó duramente al joven por haberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre de sus condiciones, y en ocasión tan reñida con calaveradas de semejante jaez. ¿Qué idea tenía de la seriedad del trance en que estaba empeñado con él, con Ana y con su propia familia? ¿Pensaba entrar con aquellos resabios de una fatal educación, por una tolerancia mal entendida, en el nuevo hogar, donde su hija debía ser reina y no mártir? Y así por el estilo.

Respondió Pablo como pudo y como lo sentía; replicó don Juan irreflexivo y cáustico; intervino don Pedro, herido por las intemperancias de su compadre, tras de apenado más que él por el suceso; enfureciose el otro... Y se armó la gorda. El resultado fue que don Juan de Prezanes salió, echando chispas, de casa de su compadre, llevándose a Ana consigo y quedándose los demás atribulados y mustios.

Así estaban las cosas cuando iba Pablo a casa de Nisco, maldiciendo la casualidad que le había hecho intervenir en la batalla, y prometiéndose, para en adelante, huir como de la peste de toda ocasión que pudiera acarrearle disgustos semejantes.

Y andando así, al revolver un recodo de la calleja, enfrente de la barriada en que vivía Juanguirle, se encontró tope a tope con el Sevillano. Toda la sangre del corazón sintió Pablo que le subía de un salto al cerebro cuando se vio tan cerca del traidor que, según se afirmaba ya por todos, había herido a Nisco y quizá provocado, con sus consejos a Chiscón, el conflicto del día antes. La ira le hervía en el pecho, y la indignación le impelía y le tentaba; pero el propósito que había formado le contuvo, y quiso seguir su camino sin darse por enterado del encuentro. Creíase el Sevillano, como todos los bravucones de su ralea, en el imprescindible deber de medir con los ojos, con aire de perdonavidas, a todo hombre que a su lado pasara, en paz y en gracia de Dios, se entiende. Con doble motivo debía de hacerlo con Pablo, a quien detestaba por su valentía del día antes y por otras razones más; y eso hizo en aquella ocasión el matasiete de Cumbrales en cuanto notó que el joven se inmutaba y volvía la cabeza por no verle, señales de timidez y apocamiento, a juicio del jandalete; por lo que, no contento con mirarle burlón y desdeñoso, se puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:

-¿Tenía osté algo que ecirme, camará?

Se necesitaba ser de hielo para que una actitud, una mirada y unas palabras como aquéllas, se quedaran sin respuesta. Pablo, temblando de pies a cabeza, no de miedo, sino de ira, pero con la voluntad refrenada, se detuvo también y respondió:

-En verdad que no es poco lo que te dijera, si de decir lo que siento tratáramos ahora.

-Po miate tú: yo me peresco por platicá con loj amigo. Conque venga de ahí, que pa ezo e la lengua e la boca.

-Callala tuya y aparta a un lado, que voy de prisa.

-En el moo e abrirze camino, ze conoze el temple e la prezona. Pero ya ze ve ¡como no tenemoj ahora quien nos guarde la eparda como teníamoj ayé, no gayeamo tanto!...

-Y tú ¿qué sabes lo que pasó ayer?... ¿Dónde estuvistes?

-Librando a Cumbrales de una banduyá, con no meter en zambra la jerramienta... ¡Ayí eztuve!

-¡Como las liebres, debajo de los posarmosi

-Carnará, ¿ezo e china tirá a la jeta?

-Esto es advertirte que te conviene menos que a mí alargar la plática. Conque déjala donde está, y sigue tu camino para que yo siga el mío.

-Y ¿quién te le cierra?

-Tú.

-¿Y pa cuándo e la voluntá e l'hombre?

-Para cuando se necesita, como yo la necesito ahora; no para pasar, sino para dejar de hacerlo. ¿Quieres más?

-¿No lo eztá viendo, nene?

-¿Buscas quimera?

-¡Zi de ezo vivo!

-Pues yo no la quiero.

Todas estas respuestas de Pablo las tomaba el Sevillano por encogimientos del espíritu; y en tal creencia, envalentonábase, y a una provocación añadía otra más irritante. Como llegó a alzar mucho la voz, los pocos transeúntes que asomaban por las callejas inmediatas deteníanse con la azada o el rozón al hombro, a ver y oír; y también salieron al portal o a la ventana gentes curiosas de las casas más próximas. Por fortuna para el Sevillano, todos estos testigos eran mujeres, viejos y muchachos, entre quienes el recuerdo de la víspera no había de producir un acto vengativo. Seguro de esto, complacíale la presencia de todos, porque iban a ser testigos de la humillación de Pablo y, por ende, de su bravura sin rival, puesto que Pablo había vencido el día antes al hombre más fuerte de la comarca. Redobló, pues, sus provocaciones, y llegó a decir a Pablo, cuadrándose delante de él:

-¡No ze paza po aquí!

-Por última vez te pido -respondió Pablo, verde y convulso-, que me dejes pasar.

A lo que respondió el Sevillano con burlona sonrisa y fuerte voz:

-Jindama ze llama ezo en la tierra e lo valientej 'onde yo juí el amo.

Pablo no apartaba un punto de su memoria la pasada desazón con su padrino, el disgusto y las reprimendas de su padre, sus compromisos, sus propósitos... Todo lo tenía presente y todo pesaba sobre su razón, hasta entonces dueña y soberana de él; pero aquella provocación, dispuesta sin duda por el mismo diablo, en el punto en que había llegado a ponerla el atrevido, era mucho más de lo que se podía sufrir con paciencia y delante de testigos. Cegole la indignación; crujieron sus puños y sus dientes apretados; olvidose de todo menos del miserable que le provocaba, y díjole, en una actitud que le hizo dar un salto atrás:

-¡Fuera de ahí!

El Sevillano no contaba seguramente con aquella rápida mutación que le causó tan descomunal efecto. ¡Quién sabe el partido que hubiera tomado entonces el valiente al hallarse a solas con Pablo! Pero el duelo era público, y había que sostener la fama de cualquier modo, por vil que fuera.

Al saltar hacia atrás, llevó las manos al ceñidor; y, sin perder de vista a Pablo, tiró de la navaja, la abrió rápidamente y se puso en actitud de defensa. Entonces fue Pablo quien retrocedió a su vez al brillo repulsivo de aquella arma innoble, que le hirió la vista como la luz de una centella. Al mismo tiempo lanzaron un grito las mujeres que presenciaban la escena. Eso buscaba el valentón: imponerse por el espanto.

En cuanto se vio dueño del terreno, parecía que con manos, ojos y boca deshacía y devoraba el mundo entero. ¡Qué ademanes! ¡Qué gestos! ¡Qué miradas!

-¡Aquí ze ven lo guapo, zeñó futraque! ¿Pa qué jue el ímpetu?... Otro arrempujonsiyo; y aunque zea poco a poco, ayégate acá..., ¿u quierej' un calezín pa vení ma repozao?

Así hablaba el jandalete, mientras Pablo luchaba entre el deseo que tenía de acogotarle, y el horror que le infundía el arma de los presidiarios.

-¡Arrójala, traidor! -dijo, sin apartar la vista de la navaja-.

-¡Po zi e un arfeñique, tonto! Ven a chumpale..., ¿u penzaba que te iba a valé conmigo la sancaiya, como con el otro de ayé?

Y Pablo, mordiéndose los nudillos de coraje, detestando a aquel hombre provocativo, y con fuerzas y valor para luchar con él, no se atrevía a acercársele, porque..., porque tenía miedo, así como suena; pero miedo a su navaja, cuyo aspecto le repugnaba como el de un bicho venenoso.

-¿Vienej'... o voy? -dijo el bravo dando un paso hacia Pablo. Éste dio otro también..., hacia atrás.

-¡Cobarde! -gritó, al notarlo, el Sevillano.

Aquella palabra penetró como un bisturí en todas las fibras del mozo..., pero no le hizo moverse del sitio que ocupaba. Un sudor frío le bañaba el rostro, y el corazón le aporreaba las paredes del pecho, como si protestara contra la cordura de la cabeza.

Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban a Pablo que huyera, porque no era igual la lucha; con lo que iban subiendo de punto los atrevimientos del matón, que llegó a hablar así, dando otro paso hacia el ofuscado joven, el cual también dio otro..., hacia atrás:

-No quiero tu vida, que ya veo la mala calidá que tiene; pero te voy a pintá un muñeco en la jeta pa que le llevej' a la boa el día que te cazej', y tenga la moza argo güeno que mira en ti.

¿Han visto ustedes saltar un tigre?... Digo, ¡qué han de ver, ni Dios lo quiera pero lo habrán oído o lo habrán visto pintado! Pues como salta un tigre, rápido, fiero y gallardo sobre su presa, así saltó Pablo sobre el atrevido jaque tan pronto como le oyó mezclar en sus bravatas lo que él guardaba en el relicario de su pecho. Cañones que te hubieran puesto delante no habrían conseguido detenerle en su ímpetu sublime.

Al ver al uno en brazos del otro, y la navaja aparecer y desaparecer entre ambos, alborotose la gente espantada; acudieron nuevos curiosos de la vecindad, y entre ellos Juanguirle, que se abalanzó a los combatientes. Pero no era necesaria su ayuda.

En pocos momentos desarmó Pablo a su enemigo; le sopapeó; le revolcó en el fango; volvió a levantarle asido por las greñas; le dio dos puntapiés, y arrojó el arma vil a una poza, mientras el valiente, huyendo del alcalde que se empeñaba en prenderle, y de la rechifla del público, corría que se las pelaba, escupiendo -1882: reptil basura y chocleándole los zapatos llenos de agua sucia de la charca.

Pablo, salpicado de barro, desaliñado y convulso, dejose de comentarios ociosos, y fuese apresurado a casa de Juanguirle, deplorando que el suceso no hubiera ocurrido a siete estados debajo de tierra.

Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombrose al ver a su amigo en tan desastroso aspecto; refirió éste el caso, y le abrazó el hijo de Juanguirle, lamentándose de no haberle ayudado, siquiera con la presencia, y de que hubiera salido vivo del empeño el traidor de la navaja. Preguntole si le había herido con ella.

-Nada absolutamente -respondió Pablo. -Ni un arañazo me ha costado pisotear la fama de ese bribón. Un dolorcillo siento hacia esta costilla del lado izquierdo; pero no es de golpe alguno, sino de un esfuerzo que hice al levantarle de la poza.

Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió a sentarse a la cabecera de la cama, y mudó de conversación; hasta que entró Juanguirle, que se había quedado charlando con los vecinos.

Pablo, mientras oía al alcalde lamentarse de no haber preso al bribón cuando pudo y debió hacerlo, palpábase con la diestra el punto dolorido y se revolvía mucho en la silla.

-¿Qué tienes? -le preguntó Nisco. A lo que respondió el joven:

-Que me anda aquí algo tibio y pegajoso... nada; pero me causa una impresión muy desagradable.

Por consejo de Juanguirle, muy alarmado, se descubrió la parte donde Pablo sentía lo que tanto le molestaba. Las ropas estaban allí empapadas en sangre, y ésta continuaba fluyendo, aunque no en abundancia, de una herida en el costado. Nisco y su padre palidecieron.

-¡Y yo que dejé escapar a ese villano! -exclamó Juanguirle mesándose el pelo.

-¿Qué es lo que tengo? -preguntó Pablo.

-¡Una herida que hay que cuidar, hijo! -respondió el alcalde.

-¡Una herida!... ¿Cuándo me la hizo, si yo no sentí nada?

-¡Bueno estabas tú para sentir, aunque te hubieran abierto en canal!... ¡Y estamos sin médico hace cuatro meses! ¡Voto a briosbaco y balillo!...

-Ande usted -repuso Pablo sonriendo, más por disimulo que por ganas, -que como se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa es que en mi casa no se sepa esto.

-No estoy, Pablo, -dijo Nisco, -porque esas cosas se oculten. Bueno es que, por de pronto, se ponga un reparo para que llegues a tu casa sin asustar a la gente con la vista de la sangre; pero después... Cierre la puerta, padre, y curémosle con lo mismo que el suyo me curó ayer a mí. Dicen que dijo don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para las heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.

-Es cierto -añadió Juanguirle, azorado y presuroso. -Desnúdate, hijo, en tanto voy yo por el agua y unos trapos.

Salió, cerrando la puerta por fuera, y descubrió Pablo su tronco, blanco como el alabastro, fornido y esbelto como el de un Apolo de Fidias.

-Tiéndete en la cama, -le dijo Nisco, arrimándose él a la pared.

Hízolo así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina Heria de agua y media sábana vieja al hombro, y diose comienzo al lavatorio. La herida estaba sobre una costilla. No se metieron los improvisados cirujanos en otras investigaciones; pero vieron que tenía medio palmo de larga, y esto los asustó. Hecha esta primera operación, pusieron unos paños empapados en el mismo menjurje con que se curaba Nisco la descalabradura; sujetáronlos con una ancha venda; vistiose Pablo, y le dijo Juanguirle, que le quería de veras:

-Ahora, a casa, hijo mío; cuéntalo del mejor modo que te parezca; ¡pero cuéntalo, por el amor de Dios!, y llama a un médico en seguida, porque esos boquetes suelen tener la salida por donde menos se piensa... ¡Ah, como yo llegue a echar mano al traidor!... Y ¡voto al chápiro verde que he de echárselago no seré más alcalde de este pueblo!

Salió Pablo poco después, hallando en el portal, muy afligida, a la alcaldesa, que, por ciertos respetillos pudorosos, no había asistido a la cura; chanceose con ella para tranquilizarla, y se encaminó a su casa, pensando, más que en la herida, en el efecto que iba a producir en las dos familias la noticia del suceso, si es que no había llegado ya, en alas de la oficiosidad de ciertas gentes entrometidas.

¡Vaya si había llegado! Y salía ya don Pedro portalada afuera; y se asomaban al balcón madre e hija desoladas y sin color en el rostro; y acudía Ana con el alma en un hilo, y quedaba don Juan en su casa echando chispas por los pelos erizados y tempestades por la boca.

Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió el encuentro tal como había sido.

-Esta es la verdad -añadió. -Yo no lo he buscado; ello se vino sólo..., o traído por Satanás. Sé que es llover sobre mojado; barrunto cómo estará mi padrino; conozco lo que a ustedes les aflige el caso por el color que tiene; pero no le pude evitar... Perdóname, Ana: otra vez me dejaré poner la mano en la cara, si te gusto más, bien abofeteado y huyendo, que mal vestido y triunfante.

-¡Pero dicen que te hirió con una navaja! -exclamó su madre palpándole desatinada todo el cuerpo.

-¿En dónde? -dijo Pablo con fingido asombro, pero cuidando mucho de que su madre no le tocara donde le dolía ya más de lo que él esperó- No hagan ustedes caso de charlatanes... ¡Y por el amor de Dios, no hablemos más de estas cosas!

-Y... ¿Ese hombre? -preguntole don Pedro, que hasta entonces no había desplegado los labios, aunque se los había mordido muchas veces.

Huyó corrido como una liebre -respondió Pablo-; y dudo que vuelva a vérsele por Cumbrales en mucho tiempo.

Ana, en tanto, descolorida y angustiada, no apartaba sus ojos del mancebo, cuyo aspecto le daba mucho que pensar.

-¡Tendrá que oír tu padre ahora! -la dijo Pablo.

-La verdad es -interrumpió don Pedro, que se pascaba cabizbajo y sombrío-, que se combinan de tal modo las cosas, que sin el genio irascible de Juan, hay para darse a Barrabás con ellas.

-¿Qué dijo al aprenderlo, Ana? -preguntó Pablo- Cuéntalo todo sin reparos, porque conviene saber a que atenerse.

-Poco, pero bueno -respondió Ana, esforzándose por echar a broma la cuestión. -Ya con la noticia sola de la agarrada, se había puesto que tocaba las vigas con la cabeza; pero al saber que había andado la navaja por medio, entendí que le daba algo. Entonces me dijo: «mírate bien, Ana; que por el camino de esas aventuras se va a presidio».

-Y tú ¿qué le respondiste?

-Yo..., corrí hacia acá, porque eso de la navaja me heló la sangre en las venas.

Acabose pronto esta conversación; llegó el mediodía, y Pablo comió muy poco. Después se encerró en su cuarto y se pasó la mayor parte de la tarde con la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa. La herida no sangraba ya; pero le dolía mucho. Al anochecer sintiose destemplado y sediento; ardíale la cabeza, y tuvo necesidad de acostarse. Su madre y su hermana habían entrado a verle varias veces; pero él había conseguido, si no tranquilizarlas, por lo menos convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedro, que todo lo observaba, llamó a un criado y le dijo:

-Ensilla el caballo y prepárate tú para ir adonde yo te envíe.

En seguida se fue al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le pulsó, le tocó la frente... Y se nubló la suya.

-¡Tú estás herido, Pablo! -díjole angustiado, pero enérgico-: horas hace que lo estoy sospechando.

-Es cierto -respondió el mozo. -No me he atrevido a decirlo delante de las mujeres, por no alarmarlas.

-¿Y yo?... ¿Soy por ventura una de ellas? ¿No sabes, insensato, que en estas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?

Diole cuenta el enfermo de la precaución que se había torna do en casa de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió a cubrirle como se lo permitió su aturdimiento; dejó a Pablo y voló al por tal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y el caballo listo.

-¡A escape a la villa! -le dijo- Avisa al médico de casa, adviértele que se trata de una herida, para que traiga a prevención siquiera lo más indispensable; que monte en este mismo caballo, si no tiene otro más veloz, y que venga en el aire, porque el herido está muy grave.

Este recado le oyeron doña Teresa y María, que andaban con oídos de lince detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron, y corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.

-Pero ¿se morirá, Dios mío? -exclamaba la dolorida madre, mientras su hija lloraba amargamente.

-¡Silencio, por la Virgen! -les decía don Pedro por lo bajo- ¡Qué no os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle, acompañadle; pero como si nada grave sucediera.

-¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?

-¡No lo permita Dios! -dijo don Pedro, descubriendo en lo trémulo de la voz y en las lágrimas que asomaban a sus ojos, el dardo que tenía clavado en el alma.

Luego entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado, en el sopor de la fiebre.




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- XXVI -

De varios colores


¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba agravándose, y nadie se atrevía allí a aventurar un remedio, porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba y se salía a cada instante, y se andaba de puntillas en la estancia a media luz; se aplicaba el oído a la agitada y seca respiración, y la palma de la mano a la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba a todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores..., el latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano..., todo muy de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como la oscuridad que le envolvía... ¡Ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!

Nada se le había dicho a Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas noticias; y ésta no tardó en llegar a casa de don Juan de Prezanes.

Cenando estaban ya padre e hija; ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.

Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto a aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle a la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.

-¡Se abrasa el desdichado! -tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto de que se vio acometida, la impusieron aquel desahogo.

Abrió los ojos Pablo al oír aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:

-Esto pasará pronto...

-¿Cómo te encuentras, hijo mío? -le preguntó su madre, anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar el estado del enfermo.

-Bastante bien -respondió éste, volviendo a cerrar los ojos- El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!

Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acerco a los labios ardientes de Pablo. Éste cogió con su mano, que abrasaba, la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo a sorbo, como si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada, misterioso centro en que a la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.

Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba a todos y a cada uno cómo había sido aquello; qué trámites había seguido la agravación; a qué hora se había ido a buscar al médico; por qué no venía ya... Y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto Ana volvió a poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulso al enfermo; le palpó la frente; le arropó cuidadoso; le subió el embozo de las sábanas y volvió a bajársele; tornó a subírsele; quiso hablarle, y se contuvo; le arreglo la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... Y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba a los circunstantes; y a todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido a las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía a guardarle..., en fin, marcaba.

Al último, estalló así:

-¡Pablo..., hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido a la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... No era fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida, reprenda a un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te hallabas cuando yo te reprendí..., quizá con mayor dureza que la debida, porque a la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa..., pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!...