  - XXII -
Entreacto ruidoso
Los que madrugaron al otro día
(y cuenta que en Cumbrales se levanta al alba la gente) vieron
que, mientras el sol salía embozado en crespones de
escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba
el celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con
islotes de nácar y grumos de oro; a trechos, ondas
purpúreas, blancas vedijas inalterables, y rabos de
gallo más efímeros, sobrenadando; y por riberas
y marco en toda la redondez de este espacio, moles de negras
y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas
brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas
raras montañas que se prolongaban, en contrapuestos
sentidos, en forma de ásperas cordilleras. En lo más
alto del cielo, tenues veladuras rotas; luego el éter
purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje
era cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina
de acero sin bruñir.
El aire era tibio y pesaba tanto
sobre el ánimo como sobre el cuerpo; ni una hoja se
movía en los árboles, ni una yerba en los campos;
la vista y el oído adquirían un alcance prodigioso;
las tintas de las montañas, más que calientes,
parecían caldeadas; los contornos y relieves flotaban
en un ambiente seco y carminoso que, acortando las distancias,
engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el
sonar de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles
al oído desde los cerros del Mediodía.
Cuando
en la Montaña amanece entre estos fenómenos
de la naturaleza, todo montañés sabe qué
viento va a reinar aquel día; y entonces se llama
al espacio brillante rodeado de nubarrones, el agujero del
ábrego.
Y por allí salió este caballero,
en la ocasión de que se trata, dos horas después
de amanecer.
Salió blando, sosegado y apacible, y
como de recreo por el campo de sus hazañas, jugueteando
con el humo de las chimeneas, las mustias y ya escasas hojas
de los árboles, las yerbecillas solitarias de los
muros y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que
haría cualquier cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales
no levantaba el polvo de las callejas, ni movía las
puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de un refajo
ni los picos de una muselina.
Así es que el señor
cura tocó muy tranquilo a misa mayor, y luego las
tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fue llenando
de gente que nada temía y sólo se quejaba del
«bichorno, poco al consonante de la bajura del mes que iba
corriendo».
Con esta tranquilidad en los espíritus
y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa,
gorjeada y solemne.
Pero no había llegado el Credo
a la mitad, cuando las chanzas comenzaron a enardecer a la
fiera; y la tramó con las ramas tenaces, los matorrales
espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le ofrecían
alguna resistencia. Mas si doblegaba a las unas y bamboleaba
a los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban
el paso.
Tanteole por las buhardillas, donde las había;
y se encontró con que las más de ellas tenían
los postigos clavados desde que estaban allí; quiso
también entrar en la iglesia, y hasta logro apagar
los cirios de los primeros tajos; pero le cerraron la puerta
apresuradamente. Con estas contrariedades se fue embraveciendo
poco a poco, y tornó a las ventanas con propósito
de desquiciarlas, metiéndose por las rendijas. Metiose,
forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje;
pero no logró su intento. En venganza, con las ramas
de los frutales de los huertos, azotó las viviendas
de sus dueños. Entonces conocieron éstos que
la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho
todavía, se trancaron por dentro a llave y palanca.
Esta actitud equivalía a un reto; y el enemigo, rugiendo
amenazas, se retiró a sus antros, como para acabar
de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron a reinar
en la naturaleza; pero por pocos momentos.
Cuando reapareció
el monstruo, temblaron hasta los más valientes. Sordos
mugidos le precedían; y, a su paso, humillaban los
árboles las erguidas copas; alzábase el polvo
en remolinos; las puertas se estremecían en sus quiciales,
y el día se quedó a media luz parda y traidora.
Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡Qué
empuje!... ¡Qué acometidas aquellas! Algunas chimeneas
vacilaron, y más de un alero crujió, soltando
la carcoma de la vejez al choque de la furia; las puertas
más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas
ramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en
los manzanos tremolaba el muérdago desarraigado, como
triste gallardete con que demanda auxilio el desmantelado
buque; lloraban escombros las humildes socarreñas
sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían
los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.
En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía
caprichos verdaderamente pueriles: recogía las hojas
dispersas en solares y callejos, y las arrinconaba donde
mejor le parecía, en un solo montón: encrespábale,
revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido
y sonoro remolino subíale muy alto; allí le
cernía, le ensanchaba, le encogía, le alargaba,
dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía
en el suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que
desaparecían detrás de los vallados, en los
fosos y entre los bardales; volvía a reunirlas al
instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba
a amontonarlas y a cernerlas, a subirlas y a bajarlas, y
a darles libertad otra vez, y otra vez a recogerlas. Con
el polvo hacía diabluras: nubes espesas, diáfanas
neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los
muros revocados, y desnudaba a los viejos de sus vestiduras
de yedra.
Tras estos juegos y aquellas violencias, que no
eran más que un tanteo de fuerzas y un ensayo de batalla,
las tablas dejaron de estremecerse y las rendijas de silbar;
callaron los gemidos de los árboles, y sólo
se oyó un rumor, a modo de jadeo, hacia la vega, como
si sobre ella y los montes vecinos se hubiera tendido el
monstruo a descansar. De vez en cuando se agitaban un poco
las ramas, y el polvo y las esparcidas hojas se revolvían
en el suelo. Diríase entonces que tenían cara
las viviendas y los muros y los árboles, y que en
ellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo
que aún les esperaba. ¡Qué acongojado aspecto
ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos
árboles contraídos y tiritando!
La tregua
fue breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo
de cien batallas, espantosa.
En algunos embates parecía
el viento macizo, y entonces resonaban sus golpes como cañonazos;
y cada golpe de éstos producía un desastre:
lo firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se
encrespaban, hervían en los tejados, como si diablillos
danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puerta saltaba
de sus pernos, barría el huracán muebles y
vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía
las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Con
qué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogares,
buscando una chispa que llevarse al pajar para regalarse
con el espectáculo de un incendio!
No había
punto en el lugar donde la furia no metiera su cabeza, y
con la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por
eso todo era estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso
en huecos y rendijas; bufaba en los arbustos; bramaba en
los callejones, y en las arboledas rugía; y, en ocasiones,
hasta las campanas lanzaban solas desacordes sonidos, con
pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.
A lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano
en noche tormentosa; aquí, el crujir de la rama desgajada
o del tronco que se quiebra; allí, el estruendo de
la pared que se derrumba, o el zumbido del bardal que se
agita desesperado y extiende sus greñas espinosas,
buscando de qué asirse para que no le arranquen de
la tierra que le nutre; y como complemento del cuadro, una
luz tétrica y sulfúrea iluminándole;
la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres
y naturales pobladores, ocultos a la sazón Dios sabe
dónde, llena de objetos raros e inconexos: tallos
de maíz, hojas maceradas, polvo, astillas..., y guijarros.
Con frecuencia terminan estos huracanes con una virazón
rápida al Noroeste, o galerna: remedio mucho peor
que la enfermedad; pues si no llega a ésta la fuerza
del empuje, la aventaja en estragos, por el agua demoledora
que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional, como
en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores
por cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan
al fragoso desconcierto.
Tal sucedió en Cumbrales
al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadro contemplaron
entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas
estaban cubiertos de menudo escombro, ramas, cascos y hojarasca.
No había árbol en el pueblo sin quebraduras
o cicatrices; algunos arrancados de cuajo; otros, hendidos;
los arbustos, lacios, desgreñados y con el follaje
en esqueleto... Pero cuando la gente fue abriendo poco a
poco las puertas de sus hogares, y salió de la iglesia
la que en ella había estado encerrada, ¡válgame
Dios, qué aspavientos los suyos y qué puestos
en razón eran! Por de pronto, cada uno se echó
a examinar los propios quebrantos, y luego a compararlos
con los del vecino. Y aconteció lo que siempre que
se reparten desventuras: cayeron las mayores sobre los que
podían menos; por lo que se llevó don Valentín
el premio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna
casa fue tan castigada como la suya: perdió la chimenea,
medio alero, una ventana y la cerradura del estragal, amén
de alcanzarle su parte, y no pequeña, del común
revoltijo de los tejados.
Es sabido que la mitad del vecindario
de Rinconeda estuvo contemplando el desastre de Cumbrales,
durante la furia del huracán, agazapado al socaire
del cerro adyacente, y aún se afirma que palmoteaba
aquella gente levantisca cada vez que un árbol se
tronchaba o caía una chimenea. Esto se corrió
por Cumbrales a la hora de calmarse el viento; y fortuna
fue que se tomara por cierta la noticia, pues con la indignación
que produjo en el lugar, se mató la pesadumbre que
cada cual sentía por los recientes descalabros.
-¡No
les faltaba más -decían todas las bocas de
Cumbrales- que venir esta tarde a provocarnos! Pues ¡como
vengan!...
Y jurando echar hasta las asaduras en el trance,
volcaron todos la puchera mal sazonada; y con el último
bocado entre los dientes, subiose cada cual a su tejado a
reparar lo más perentorio, por si la turbonada que
se iba formando hacia el Saliente, acababa en aguaceros antes
de la noche.
  - XXIII -
Griegos y troyanos
Continuaban la calma sofocante y el
cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias
de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur,
en tejados y cerrajas, iban poco a poco reparándose,
y hasta se consolaban las gentes, unas a la fuerza y otras
como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada
invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de
Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas,
callejas y tejados, y a voces de Rinconeda sonaban todos
los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa
era siempre una provocación semejante... ¡Pero en
aquel día!... ¡Después de las devastaciones
del huracán, apenas encalmado!...
-¡Pues como vengan!
Y esto decían todas las bocas de Cumbrales. Pero
subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas
que lo tenían por costumbre; hartáronse de
repicar a vísperas..., y nada. Tachirense luego las
tres campanadas al rosario; acudió la gente; llegó
el señor cura; redole y hasta echó su poco
de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos
cristianos; acabose la piadosa tarea, que duró tres
cuartos de hora..., y nada. Desocupose la iglesia; quedáronse
en el porche, murmurando, las mujerucas a ese manjar aficionadas;
agrupáronse de cuatro en cuatro, a la sombra de las
tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas
en el suelo, a jugar el ochavo a la brisca o al mayor punto;
avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién
templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos
de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que
estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse
los viejos mirones en las paredillas; oyose la voz alegre
de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y
obligada copla
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Para espenzar a cantar.
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Licencia tengo pedida, |
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Al señor
cura, primero.
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Y a la señora Josticia. |
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Dio principio
también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se
vio o no se vio, si se hizo o no se hizo la prohibida seña
del as o del tres del palo del triunfo; alzose regocijada
gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco
un emboque a la segunda bolada; correteaban Bodoques por
aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro
lado, reclutando muchachos para jugar a la cachurra en la
mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre...,
en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en
bote, se había normalizado ya..., y nada. Los de Rinconeda
no venían, y los de Cumbrales llegaron a no pensar
en ellos: como que el cura se fue a rezar vísperas,
y el alcalde a dormir un rato.
Así estaban los ánimos
cuando se presentó Cabra a todo correr por el camino
alto de Rinconeda.
-¡Ahí vienen! -gritó cerca
del corro de bolos.
Produjo la noticia mucha efervescencia
en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el
baile se suspendió.
-¡Eso es una cobardía!
-gritó un mozo encaramándose en la pared de
la bolera y dirigiéndose a los dos corros- ¡Si vienen,
que vengan! ¿Pensáis que vos van a comer? Pus lo que
hagan haremos... Yo, por mi parte.
Gustó la arenga,
aprobose, serenáronse los espíritus y continuaron
los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad
que por miedo, a mi entender.
En esto, apareció el
enemigo en la ancha calleja por donde había venido
Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una
romería que se trasladara de un punto a otro. Provocación
como ella no se conocía en la historia del odio tradicional
entre ambos pueblos. Uno a uno, tres a tres, ocho a ocho,
hasta doce a doce, se había pegado infinidad de veces
los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda
y en todas las romerías en que se habían encontrado,
porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero
al otro pueblo, con premeditación y a sangre fría,
pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.
Venían
delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas,
y traían en medio a Chiscón con ramos en el
sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de
cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey
destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto
ya era un dato para creer que la función era de desagravio,
y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía
un palo, de los de pegar, debajo del brazo: otro dato; y
también lo era el verse algunos garrotes más
entre la turba, toda de gente moza, que seguía a la
primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo
el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho
las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres
eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro
de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vio que, llegado
el caso, podía librarse la batalla con buen éxito.
Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud
provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces
con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...». ¡Cómo
las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó
de elevar la indignación a su colmo, fue ver al Sevillano
entre los invasores... ¡Con ellos venía el Opas, el
don Julián de Cumbrales!
Pasó la procesión
por delante de la bolera, cantando las mozas y con una en
cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la
Iglesia, donde hizo alto y relinchó de firme. Pablo
dejó entonces de jugar y se encaramó en la
paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido
y muy nervioso. Nisco no apartaba de él la vista,
y la gente de la bolera miraba tan pronto a Nisco como a
Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos
iban hechos, ni a quién le tocaba birlar. En esto,
cesó también el baile, porque Chiscón
se empeñó en que habían de sentarse
las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales.
Oyéronse voces de riña. Chiscón, después
de dejar sentadas a sus cantadoras junto a las del pueblo
(pues éstas no quisieron levantarse y él no
cometió la descortesía de obligarlas a hacerlo),
volviose a colocar a los suyos en el mismo terreno en que
acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales.
Con esto creció el vocerío, y Pablo bajó
de la paredilla; llegose a las cantadoras de Rinconeda y
las preguntó secamente:
-¿Venís de guerra?
-De paz venimos, -respondieron las mozas. -Pues no toquéis
entonces, que tocando están quienes deben, y corro
hay aquí para que bailen todos, si de divertirse en
paz se trata.
-¡A tocar se va! -dijo en esto, un mozo de
Rinconeda, mirando airado a las dos mozas increpadas por
Pablo.
Las dos mozas se dispusieron de nuevo a tocar. -¡Pues
no se toca! -dijo Pablo, blanco de ira.
Y hablando así,
arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban,
y rompió los parches sobre sus rodillas.
¡Cristo
mío, la que en seguida se armó allí!
Pero Pablo, que ya la esperaba, porque de un modo o de otro
tenía que venir, con las rotas panderetas en las manos,
la cabeza erguida, la boca entreabierta, el pecho anhelante
y lívida la tez, examinó el campo con una mirada
rápida, y la clavó firme sobre Chiscón
que corría hacia él, apartando la gente, como
el oso los matorrales. Estremeciose el joven un momento,
arrojó los aros, dio dos pasos hacia el gigante que
podía desbaratarle entre sus brazos de roble, y le
recibió con una puñada en la jeta, y tal puntapié
en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó
todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse, como torre
socavada. Nisco, que no había perdido de vista a Pablo,
en cuanto le vio enfrente de Chiscón saltó
como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar la paredilla,
y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro
un valentón del otro pueblo, y fuéronse a las
manos. Creció con esto la bulla; saltaron detrás
de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres que
estaban en la taberna; encontráronse con otros del
bando enemigo, y la lucha se trabó en todas partes
con la prontitud con que se inflama un reguero de pólvora.
Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la
iglesia, y las viejas que jugaban a la brisca, y los muchachos
que correteaban por las inmediaciones, y se llenó
de gente el campo, desde el corro de bolos hasta el extremo
opuesto.
Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa
y movediza, fue enrareciéndose poco a poco, aquietándose
y buscando los puntos más elevados y menos peligrosos,
mientras los combatientes, en grupos enmarañados,
forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse
y se agachaban; de manera que todo este conjunto de actores
y espectadores parecía embravecido torrente encajonado
de pronto entre recios e insuperables muros.
Ya no se oían
voces allí, ni amenazas, ni se veía el garrote
describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo
es declararlo) los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando
vieron inermes a los de Cumbrales; no brillaba, ni brilló
antes, el acero homicida, porque esta arma vil no se conoce
en los honrados campos montañeses, si algún
descastado no la usa a traición, muy raras veces.
Sólo se percibían sordos ronquidos, jadeos
de la respiración, desgarraduras de camisas y, de
vez en cuando, un cuajjj despatarrado, como odre henchido
que revienta de pronto: era que un luchador caía de
espaldas en el suelo, debajo de su adversario; el cual no
abusaba de la ventaja adquirida: no hería a su enemigo,
ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso; conformábase
con tenerle allí como crucificado, y con responder
a sus ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios;
alguna vez se oía también el estampido ronco
de un puñetazo sobre un esternón de acero...
Y poco o nada más se oía; porque, cuanto a
los espectadores, ni se movían ni chistaban: allí
se estaban todos con los ojos encandilados y el color de
la muerte en el semblante; los muchachos, royéndose
las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta,
y los viejos, dando mandíbula con mandíbula.
Harto claro se vio que las mozas de Rinconeda no contaron
con todo lo que estaba pasando, al ir a Cumbrales como fueron;
y por verse tan claro en la sorpresa y dolor que mostraban,
no cayeron sobre ellas las hembras de Cumbrales y se libró
de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la
Iglesia.
Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba
la faz ensangrentada, alzábase en los contornos un
rumor de espanto y de indignación al mismo tiempo;
y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia!
¡A buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo
y el alguacil estaban enredados en lo más recio de
la pelea, brega que brega, no para poner paz, sino porque
eran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez
municipal, que al empezar la batalla se hallaba en la taberna
(cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho
sea de paso, en cuanto quedó desocupada), se escondió
en el pajar..., con el sobrante de la jarra que tenía
entre manos; y, cuanto al alcalde Juanguirle, ya sabemos
que se fue a dormir la siesta poco después de salir
del rosario.
A todo esto, los plúmbeos nubarrones
se iban desmoronando en el cielo, y extendían su zona
tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma senda
que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo
de él lograba rasgar los apretados celajes y caía
sobre los entrelazados grupos de combatientes, relucía
el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio
ocultos bajo las greñas desgajadas de la cabeza; y
cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón
que les desgarrara las carnes, embravecíanse más
los luchadores allí donde el cansancio parecía
rendirlos, y volvía la batalla a comenzar, lenta,
tenaz y quejumbrosa.
Ya sabemos dónde luchaban Pablo
y Chiscón; que éste era grande y forzudo, y
cómo recibió su primera embestida el valeroso
mozo de Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo,
tenía, en cambio, la agilidad de la corza y el temple
del acero. Así saltaba, hería y se cimbreaba.
Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada toledana.
Huir de los brazos hercúleos de Chiscón, era
todo el cuidado de Pablo; y entre tanto, golpe y más
golpe sobre el gigante. Reponíase éste apenas
del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la
boca, y ya tenía otro más recio en las narices;
con lo que el salvaje, poco acostumbrado a aquel género
de lucha, bramaba de ira; y bramando, esgrimía las
aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más
se perdían sus derrotes en el espacio, más
se quebrantaban sus bríos y más espesos caían
sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada y biliosa,
los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba
éste terminar de algún modo aquella lucha desigual
y expuesta, y tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba
aturdir al atleta; era preciso derribarle, vencerle. Al cabo,
logró plantarle un par de puñetazos entre mejilla
y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago
al humillar el bruto la cerviz, quedose éste como
Polifemo cuando Ulises le metió por el ojo el estacón
ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo a su cuello de
toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían;
sacudiole dos veces, y a la tercera, combinada con un hábil
empuje de la rodilla, acaldó en el suelo al valentón
de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no por
el choque de las armas, como cuando caían los héroes
de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir de
los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro
amoratado y medio palmo de lengua fuera de la boca, porque
Pablo, sin aflojar la tenaza de sus dedos, se encaramó
a su gusto sobre el derribado coloso.
No muy lejos de Pablo
andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la tierra, como
su adversario quería; es decir, pecho a pecho y brazo
a brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino a puñetazo
seco y a rempujón pelado; mas no procedía así
porque su contrario fuera más fuerte que él,
pues allá se andaban en brío y en tamaño,
sino porque en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y
la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día.
Es de saberse que hasta para luchar a muerte era vanidoso
y presumido el demonio del muchacho aquél. Así
se le veía rechazar a su enemigo con un golpe seguro
y meditado, y aprovechar la breve tregua para atusarse el
pelo y acomodar el sombrero en la cabeza. Sus brazos, antes
de herir con el puño, describían en el aire
elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo
que no fuera estudiada. Parecía un gladiador romano.
Estaba un poco pálido y se sonreía mirando
a las muchachas que le contemplaban. Otras veces recibía
con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los
brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía
seis pasos atrás; y vuelta a componerse el vestido,
a colocarse el sombrero, a sacudirse el polvo de las perneras,
y a sonreír a las muchachas, entre las que estaba
Catalina a tres varas de él, anhelosa, conmovida y
siguiendo con la vista, y en la vista el alma, todos sus
ademanes y valentías.
Cuando una sonrisa de las de
Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza
con los ojos: «¡Ánimo, valiente!, que en cuanto las
fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para
morir a tu lado defendiendo tu vida». ¡Era digno de estudio
y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña,
y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían
claramente estos pensamientos:
-«No quiero mal a este enemigo;
no tengo empeño en causarle daño; peleo con
él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda,
y para que vea que ni le temo ni es capaz de vencerme...,
pero que no me toque en el pelo de la ropa. ¡Eso sí
que no lo tolero yo!».
Al fin apareció por el lado
de la Iglesia el bueno de Juanguirle, a quien había
ido a despertar Cerojas. Subió a lo más alto
de la peña, recorrió con la vista azorada el
campo de batalla, y se llevó ambas manos a al cabeza;
luego pateó y se lamentó y se mesó las
greñas. Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole
la necesidad de que la lucha terminase; y la digna autoridad,
sin hacer caso de consejos que no necesitaba, alzo el sombrero
hasta donde alcanzaba su diestra, bien estirado el brazo
después de ponerse sobre las puntas de los pies, y
grito así, con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Alto!...
¡A la Josticia!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!...
¡Al mesmo Dios, si a mano viene; que, a falta de otro mejor,
a la presente su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse,
digo, los de Cumbrales!... ¡Respeten mi autoridad los de
Rinconeda!... O si no... ¡Voto al chápiro verde!...
Como si callara. Volvió a patear el digno alcalde,
y cambió de sitio, y tornó a mesarse los pelos.
Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con
quien pelear, o no lo habían intentado con gran empeño,
le miraban de hito en hito.
-¡A la Ley!... ¡A la Costitución!...
¡A la Josticia! -volvió a gritar Juanguirle.
-¡A
la Josticia!. ¡A la Costitución!... ¡A la Ley! -repitieron
algunas personas consternadas, recomendando así a
los combatientes las amonestaciones de la autoridad.
La
misma desobediencia.
-¡A mí los de josticia! -insistió
el alcalde, gritando-: ¡A mí los que estén
por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!...
¡Suelta tu parte, Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡Sin
camisa y machucado está!... ¿Qué más
quieres?... ¿Qué más queréis los de
Cumbrales por esta vez?... ¿No me oís?... ¿No vos
entregáis?... ¡Voto a briosbaco y balillo, que se
han de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos
son los rebeldes a la autoridad!... ¡A la Ley!... ¡A la Costitución!...
¡Viva Cumbrales!
Oído esto por los dos de Rinconeda,
dijo uno de ellos al alcalde, encarándose a él
y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que tenía
echada sobre el hombro izquierdo:
-¡Pus nos futramos en
Cumbrales, en la ley y en usted que la representa!
-¡Hola,
chafandín pomposo! -replicole Juanguirle, volviéndose
al atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un
movimiento rápido de su cabeza- ¿Conque todo eso sois
capaces de hacer?... Pues mírate tú, hombre:
paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la ley;
¡pero relative a lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda
si no me pagaras el agravio!
Y con esto se fue sobre el
mozo, y le alumbró dos sopapos.
Contestó el
de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba;
impidióselo un espectador de Cumbrales, y agarráronse
también los dos; con lo que se animó bastante
por aquel lado el campo de batalla.
Al mismo tiempo llegó
don Valentín a todo correr, con los pábilos
erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele
en la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y
no pudo desenredarle; acometió al segundo, y lo mismo;
buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañada
madeja, y no dio con él. Al último, subiose
a la altura donde había predicado el alcalde, y desde
allí gritó:
-¡Nacionales!..., digo ¡convecinos!...
¡Es una mala vergüenza que mientras el perjuro amenaza
vuestros hogares, malgastéis las fuerzas que la patria
y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias enfurecidas!...
¡Convecinos!..., basta de saña inútil..., de
valor estéril... ¡Guardadlo en vuestros corazones
para el enemigo común!... ¡Daos el fraternal abrazo...,
y seguidme después!... ¡Yo os llevaré a la
victoria!... ¡Yo os devolveré a vuestros hogares,
coronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡Yo, que vencí
en Luchana!
Mientras así hablaba don Valentín,
llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando
a su hijo.
-¡Pablo! -gritó con voz de trueno, cuando
estuvo junto a él- ¡Qué haces!
Y Pablo, como
movido por un resorte, incorporose de un brinco al oír
la voz que le llamaba, y dócil acudió a ella;
pero sin perder de vista a Chiscón, que, al librarse
del suplicio en que le había tenido como clavado el
valiente joven, se alzaba a duras penas, derrengado y maltrecho,
con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el
vencimiento como una afrenta, y más pensaba en meterse
donde no le viera nadie, que en buscar un desquite en buena
ley; en buena ley, porque es de advertir que el coloso de
Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía,
aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos
de otro género; era, en suma, de los que querían,
llegado el caso.
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«Jugar en injusto juego:
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pero jugar lealmente». |
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No creyó
don Pedro Mortera cumplido su deber con tener a Pablo apaciguado
y junto a sí: quiso también pronunciar el quos
ego de su respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido.
Pronunciole más de una vez, pero no adelantó
nada. Este fracaso amilanó a los angustiados espectadores;
y más se amilanaron cuando vieron tan desobedecido
como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.
-¡Esto es obra del mismo demonio! -dijo entonces una voz
desconsolada.
¡Del mismo demonio!... No necesitaron oír
más cuatro sujetos de los desocupados, para ponerse
de acuerdo en un instante y echar a correr hacia la casuca
de la Rámila.
En tanto, don Pedro Mortera, que acababa
de ver a Nisco, se dirigía a él llamándole
a la paz; a lo que el mozo respondió con una sonrisa,
después de pegar un bofetón a su contrario.
Volvía otra vez la cara hacia éste, cuando
una piedra le hirió en la frente y le tendió
de espaldas, sin decir Jesús. No se supo cuál
fue primero, si la pedrada, la caída del herido, no
en el suelo, sino en los brazos de Catalina, o el lanzar
ésta un grito como si la hubieran atravesado el corazón
de una puñalada.
Vio que la sangre fluía en
abundancia de la herida, y pensó volverse loca.
-¡Muérame
yo! -gritaba, haciendo trizas su delantal y su pañuelo
para cerrar aquella brecha por donde creía ver escaparse
la existencia del valiente mozo- ¡Mate Dios cien veces al
traidor que te ha herido!... ¡Mate otras tantas al bruto
que amañó esta guerra; pero que no te mate
a ti, que vales el mundo entero!... ¡Virgen María
de los Dolores! ¡La mejor vela te ofrezco con la promesa
de no bailar más en mi vida, si la de él conservas,
aunque yo jamás la goce!
Uníase a estos gritos
el vocear del contrario de Nisco, negando toda participación
en la felonía; chispeaban los ojos de Pablo buscando
entre la muchedumbre algo que delatara al delincuente; ordenaba
don Pedro lo más acertado para bien del herido; acudían
gentes aterradas a su lado; y mientras esto acontecía
y se buscaba a Juanguirle entre los combatientes, las tintas
de los celajes iban enfriándose; desleíanse
los nubarrones, cual si sobre ellos anduvieran manos gigantescas
con esfuminos colosales; una cortina gris, húmeda
y deshilada, como trapo sucio, se corrió sobre los
picos más altos del horizonte; brilló debajo
de ella la luz sulfúrea del relámpago, y comenzaron
a caer lentas, grandes y acompasadas gotas de lluvia, que
levantaban polvo y sonaban en él como si fueran de
plomo derretido.
  - XXIV -
Deus ex machina
Corrían, corrían los cuatro
sujetos hacia casa de la bruja, y en un periquete llegaron
allá. Sin detenerse a llamar a la puerta, abriéronla
de un empellón, y vieron a la Rámila acurrucada
junto al llar de la cocina, soplando unos carbones a los
cuales estaba arrimando un pucherete cubierto con un casco
de teja.
-¡Allí tiene el unto! -pensaron los cuatro,
al reparar en el puchero.
La vieja se volvió hacia
ellos y se estremeció. Ni aun en son de paz entraba
allí nadie que no le armara guerra. ¡Qué intenciones
no llevarían aquellos hombres que atropellaban su
casa en ademán airado!
-¡La gente se está
matando! -dijo uno sin acercarse mucho a la Rámila,
porque su miedo supersticioso podía más que
el mal intento que le conducía.
-¿Qué gente?
-preguntó la vieja temblando.
-La de Cumbrales.
-¿En dónde? -En el Campo de la Iglesia. -¿Por qué?
-Porque vinieron los de Rinconeda, acometieron, y se respondió
como era debido.
-¿Y por qué no vais a separarlos?
-Allá estuvimos, pero no podemos. -¡Muy en su punto
traéis la ropa para haber hecho cosa mayor! ¿Y la
Josticia?
-Panza arriba lo más de ella, y el alcalde
en mucho apuro.
-¿Por qué no se hace respetar? -Porque
primero es lo otro: pa eso es de Cumbrales.
-Y vusotros,
¿de dónde sois entonces?
-¿Por qué es la pregunta?
-Porque debierais estar ayudando a los vuestros, y no escondidos
como liebres en este ujero.
-Se ha convenido allá,
en vista de que ni la Josticia ni el señor cura ni
don Valentín ni don Pedro Mortera pueden con aquello,
en que andan en el ajo manos que no son vistas de ojos corporales...
Y a eso venimos.
-¿A qué? -A que vaya a deshacerlo
el mesmo demonio que lo amañó.
La pobre anciana,
que había cobrado algunas fuerzas de espíritu
en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían
agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba
la voz, desalentose mucho al oír la última
respuesta de éste y al notar cierta resolución
en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo,
sacar el posible partido del miedo que inspiraba su mala
fama, y preguntó al hombre que hablaba, con sus remedos
de hechicera de teatro:
-Y ¿quién es ese demonio?
-Usté lo es. -¿Yo?... Pedazo de bruto, si yo fuera
el demonio, ¿no estuvierais ya asados los cuatro, en pena
del mal querer que aquí vos trae?
Miráronse
los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos
de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera
lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por
qué consideración. Uno de ellos, acaso el más
bruto, se aventuró a decir:
-No alcanza tanto el
poder de usté, aunque mucho sea para hacer mal.
-Pues
entonces, almas de Dios, ¿a qué venís aquí?
-A que vaya usté a deshacer aquello. -¿Cómo
he de deshacerlo?
-Con el conjuro que mejor le cuadre.
-¡Jesús me valga! -clamó entonces la pobre
vieja- ¿Por qué me habrá nacido a mí
esta fama tan negra y desdichada?
Probó la exclamación
que la Rámila perdía terreno; envalentonáronse
los otros al notarlo; acercáronse más a ella,
y gritó uno en tono amenazante y descompuesto:
-¡Pronto,
que pa luego es tarde!
-¡Pero, hijo, si yo no puedo hacer
lo que queréis!
-¡Por buenas o por malas! -¡Que
soy una pobre mujer sin ventura, que nunca mal le hice a
nadie!
-¡Echarla mano! -¡Por los clavos de Jesús!...
-¡Llevémosla arrastrando, si por sus pies no va!
-¡Miraime de rodillas pidiéndovos misericordia!
Cuando decía esto la infeliz, ya tenía encima
las manazas de dos hombres que tiraban de ella y se disponían
a arrastrarla.
-No hay remedio -pensó entonces entre
angustias mortales: -o arrastrada aquí si me resisto,
o arrastrada allá si voy y aquello no se calma...
¡La muerte de todas maneras!
El apego a la miserable vida
la inspiró un recurso.
-Dejaime un instante, que
yo pueda hablar, -dijo a los dos verdugos.
Aflojaron éstos
los dedazos, y habló así la Rámila,
sentada en el suelo, con los mechones grises sobre la faz
amarillenta y afilada, y el mísero jubón desabrochado
y roto, obra todo de aquellos bárbaros:
-¿Creéis
de veras que yo soy bruja?
-Como nos hemos de morir, -la
contestaron.
-¿Y estáis seguros de que mi poder basta
para poner en paz a los que riñen en el Campo de la
Iglesia?
-Como lo estamos de que usté fue quien armó
esa guerra.
-¿Armela desde allá? -No, desde aquí
mesmo, porque de aquí no ha salido esta tarde, por
las trazas.
Esa es la verdad, hijos míos. Dios me
mate si de esta choza he salido desde que vine de misa esta
mañana. Pues desde aquí tiene que ser el conjuro.
Dejaime que le haga, y dirvos vusotros. Yo vos aseguro que
cuando allá lleguéis, todo estará en
paz.
-¡Pamemas por salvar el pellejo! -¡Es que si no vos
vais, aunque me quitéis aquí la vida aquello
no acabará!
-¿Y si se nos engaña con la promesa?
Si vos engaño, almas de Dios, con volver acá
y hacerme trizas, está la deuda finiquita. ¡A bien
que naide vos ha de pedir cuentas de la fechuría!
Se miraron otra vez los cuatro, como en consulta, y entendiéronse
con los ojos. Uno de ellos tomó la voz de los demás
y habló así:
-Trato hecho: si al llegar al
Campo de la Iglesia nusotros no está la gente en paz,
llame usted a Pateta que la socorra, porque no le queda otro
santo que la ampare contra la ira de todo el pueblo.
Dicho
esto, salieron a buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida,
comenzaba a formalizarse; los achubascados celajes se extendían
en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse
del suelo, dio la Rámila gracias a Dios por haberla
sacado con vida del primer trance, y discurrió el
modo de conjurar el último y el más grave.
Incorporose después; se aliñó lo mejor
que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza, cubrió
con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza.
¿A dónde? Adonde hubiera un poco de caridad; a casa
de don Pedro Mortera; a la del señor cura..., a esconderse
donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos
al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.
Trancado estaba la puerta por fuera, cuando la lluvia espesó
de tal modo, que la anciana tuvo necesidad de volverse a
la choza mientras aquello pasaba. Pero el aguacero continuaba
espesando a toda prisa; y espesando, espesando sin cesar,
acortábanse los horizontes; dejaron de verse todas
las montañas; después todos los montes; después
los cerros; después los confines de la vega; luego
la vega misma; después la iglesia, y los árboles,
y las casas..., y, en fin, todo menos la braña y los
cercados más próximos a la choza. Cada hondonada
era un lago; cada roderón un torrente. Mirando al
cielo, parecía que de él bajaban líquidos
cables, gruesos y apiñados; ensordecía el ruido
de aquella inmensa cascada, y el agua que rebotaba al llegar
al suelo la que vertían las nubes, era otra lluvia
hacia arriba, contra la que no hay defensa fuera del techado.
Pero hasta entonces llovía sereno y a plomo; gustaba
ver aquellos chorros infinitos cayendo rápidos, sonoros
e incesantes, como gusta y entretiene en el silencio de la
noche la llama del hogar lamiendo las negras paredes de la
chimenea.
De pronto hubo una virazón al Noroeste;
rugió el vendaval arisco; llevose por delante el diluvio;
azotó con él muros y terrenos; revolcó
las copas de los bardales en las charcas de las callejas;
tumbó cuanto el sur de la mañana había
dejado vacilante y removido; la noche anticipó media
hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces,
cerró por dentro la puerta de su choza, volvió
a atizar la lumbre y se acurrucó junto a la llama
sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba
a sentirse el primer frío del invierno.
Cuando los
cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron,
echando los bofes y calados hasta los huesos, a dar vista
al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban
en él, el agua corría por todas las camberas,
se desbordaba en los senderos profundos y saltaba y hervía
en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.
La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el
de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres,
desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín,
con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre;
las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza.
Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos
fijos en las goteras del corral y el oído atento al
rumor de la lluvia.
En el portal de Tablucas había
gente de Cumbrales. Allí se metieron los cuatro sujetos
de marras, y allí aprendieron que la pelea había
cesado cuando el agua no cabía ya en canales; es decir,
según se calculó en el acto, poco después
que ellos salieron de la choza de la Rámila, justamente
cuando ésta debió de acabar el prometido conjuro;
conjuro que, sin duda, armó el temporal que estaba
reinando, como se arman siempre que los demonios andan por
la tierra desencadenados, ya por obra de hechicerías,
ya por gracia del hisopo. Deshecha la maraña del Campo
de la Iglesia, Resquemín tuvo el buen acuerdo de encerrar
en la taberna a los hombres de Cumbrales que en ella se refugiaron,
para separarlos de los de Rinconeda; otros corrieron a sus
casas, y el resto de la gente se guareció en la de
Tablucas por lo mezclarse con el enemigo que asubiaba en
el portal de la iglesia.
-¡Y negaréis entoavía
que esa mujer es el mesmo demonio! -exclamaba Tablucas, después
de oír los relatos y las conjeturas de los cuatro
sujetos- ¡Y no tendré yo razón para jurar que
ella es quien me golpea la puerta y se planta en ese murio
en fegura de perro!... ¡Y la dejestis con vida!... ¡Corcia,
si soy yo que vusotros, allí finiquita hoy!... Y pue
que vos pese por no haberlo hecho; que la que es mala por
el gusto de serlo, ¿qué no será cuando la ofenden?
En éstas y otras tales, arreció el viento
sin disminuir la lluvia; y como éstos son signos de
durar la tormenta, y la noche se venía encima, los
de Rinconeda, después de breve consulta, salieron
de sus refugios y emprendieron la marcha hacia su lugar,
entrando en las pozas por derecho y sin tratar de defenderse
contra el diluvio que los empapaba y el viento que los embestía
de frente, porque hubiera sido trabajo inútil, amén
de embarazoso. ¿Cómo volvían escurridos, sucios,
desaliñados, taciturnos y maltrechos, aquellos mozos
que, horas antes, habían venido emperejilados, alegres,
sueltos y provocativos! Acaso, mientras caminaban en fila,
como ratas huyendo de la inundada alcantarilla, pensaban
en que sus hogares podían ser asaltados por el torrente
que bajaría ya de las laderas, y este pensamiento
los espoleaba. ¡Justo castigo de sus malos deseos de la mañana,
cuando el sur levantaba en vilo los tejados de Cumbrales!
No iba Chiscón en aquella triste caravana, ni se le
había visto en el pueblo desde mucho antes de acabarse
la refriega.
Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas.
Asegurose por la noche en la taberna de Resquemín,
que había desaparecido del corro tan pronto como se
armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos
de su navaja; pero nadie le vio entre los combatientes. Sin
embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques
que le columbró desde lejos, que él fue quien,
agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared
de un huerto, hirió a Nisco con la piedra arrojada
desde allí; y aún juraba Bodoques, según
el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino
a Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería.
Verosímil pareció la hazaña en quien
fue capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo
invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no
aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no
le hubiera librado de una mano de leña como para él
solo.
Excusado es advertir que se hizo público allí
el caso de la Rámila, el cual acabó de afirmar
entre aquellas gentes su opinión de bruja rematada;
y Dios sabe lo que hubiera sido, en caliente, de la infeliz,
a no estar la noche tan fría y tempestuosa.
Sobre
el estado de Nisco se contó mucho y muy contradictorio,
desde darle por muerto hasta creerle ya sano y de pie. A
última hora entró una vecina suya en busca
de vino blanco para ponérselo, con aceite y romero,
en paños sobre la herida. El bravo mozo había
recobrado el conocimiento y estaba fuera de todo peligro.
Esta noticia fue la única fidedigna; y se la traslado
al lector, con el mayor gusto, porque sé que en ella
le ha de recibir muy señalado.
  - XXV -
Miel sobre hojuelas
El temporal siguió reinando
hasta cerca de media noche. A esa hora se corrió el
viento al Norte; cesó el agua, rasgáronse los
nublados, fuéronse adelgazando por momentos; y cuando
apareció el sol del nuevo día, desplegó
el lujo de sus rayos en un cielo sereno, azul y limpio como
el cristal de un espejo. Pero la brisa terral era fría
y húmeda; los tejados de Cumbrales relucían;
los hardales goteaban; las callejas eran charcos; las praderas
brillaban como sartas de rica pedrería, y comenzaba
a oírse por las barriadas del pueblo el clan, clen,
de las herradas almadreñas de los transeúntes,
entre los que apenas se veía uno sin negros cardenales
o arañazos en la cara, muestras dolorosas de la refriega
del día anterior.
A media mañana salió
Pablo de su casa en dirección a la de Nisco, a cuyo
lado había permanecido la noche antes con Catalina,
que no se apartaba un punto de allí, hasta que el
mozo se despejó y pudo conocerse la importancia de
la herida.
Este suceso, desde el momento de su ocurrencia,
así como el recuerdo de los que le habían precedido,
traíanle caviloso e indignado por todo extremo; pero
aún le mortificaba más la cola que trajo para
él su intervención personal en la batalla.
No hubo modo de ocultárselo a don Juan de Prezanes;
y no bien lo supo, fuese a casa de don Pedro Mortera, donde
ya se hallaba éste con su hijo tranquilizando a su
madre, a María y a Ana, que también estaba
allí: las tres le contemplaban y le oían acongojadas
y suspensas. La entrada del jurisconsulto fue airada y sombría,
como celaje de tormenta. Increpó duramente al joven
por haberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre
de sus condiciones, y en ocasión tan reñida
con calaveradas de semejante jaez. ¿Qué idea tenía
de la seriedad del trance en que estaba empeñado con
él, con Ana y con su propia familia? ¿Pensaba entrar
con aquellos resabios de una fatal educación, por
una tolerancia mal entendida, en el nuevo hogar, donde su
hija debía ser reina y no mártir? Y así
por el estilo.
Respondió Pablo como pudo y como lo
sentía; replicó don Juan irreflexivo y cáustico;
intervino don Pedro, herido por las intemperancias de su
compadre, tras de apenado más que él por el
suceso; enfureciose el otro... Y se armó la gorda.
El resultado fue que don Juan de Prezanes salió, echando
chispas, de casa de su compadre, llevándose a Ana
consigo y quedándose los demás atribulados
y mustios.
Así estaban las cosas cuando iba Pablo
a casa de Nisco, maldiciendo la casualidad que le había
hecho intervenir en la batalla, y prometiéndose, para
en adelante, huir como de la peste de toda ocasión
que pudiera acarrearle disgustos semejantes.
Y andando así,
al revolver un recodo de la calleja, enfrente de la barriada
en que vivía Juanguirle, se encontró tope a
tope con el Sevillano. Toda la sangre del corazón
sintió Pablo que le subía de un salto al cerebro
cuando se vio tan cerca del traidor que, según se
afirmaba ya por todos, había herido a Nisco y quizá
provocado, con sus consejos a Chiscón, el conflicto
del día antes. La ira le hervía en el pecho,
y la indignación le impelía y le tentaba; pero
el propósito que había formado le contuvo,
y quiso seguir su camino sin darse por enterado del encuentro.
Creíase el Sevillano, como todos los bravucones de
su ralea, en el imprescindible deber de medir con los ojos,
con aire de perdonavidas, a todo hombre que a su lado pasara,
en paz y en gracia de Dios, se entiende. Con doble motivo
debía de hacerlo con Pablo, a quien detestaba por
su valentía del día antes y por otras razones
más; y eso hizo en aquella ocasión el matasiete
de Cumbrales en cuanto notó que el joven se inmutaba
y volvía la cabeza por no verle, señales de
timidez y apocamiento, a juicio del jandalete; por lo que,
no contento con mirarle burlón y desdeñoso,
se puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:
-¿Tenía osté algo que ecirme, camará?
Se necesitaba ser de hielo para que una actitud, una mirada
y unas palabras como aquéllas, se quedaran sin respuesta.
Pablo, temblando de pies a cabeza, no de miedo, sino de ira,
pero con la voluntad refrenada, se detuvo también
y respondió:
-En verdad que no es poco lo que te
dijera, si de decir lo que siento tratáramos ahora.
-Po miate tú: yo me peresco por platicá con
loj amigo. Conque venga de ahí, que pa ezo e la lengua
e la boca.
-Callala tuya y aparta a un lado, que voy de
prisa.
-En el moo e abrirze camino, ze conoze el temple
e la prezona. Pero ya ze ve ¡como no tenemoj ahora quien
nos guarde la eparda como teníamoj ayé, no
gayeamo tanto!...
-Y tú ¿qué sabes lo que
pasó ayer?... ¿Dónde estuvistes?
-Librando
a Cumbrales de una banduyá, con no meter en zambra
la jerramienta... ¡Ayí eztuve!
-¡Como las liebres,
debajo de los posarmosi
-Carnará, ¿ezo e china tirá
a la jeta?
-Esto es advertirte que te conviene menos que
a mí alargar la plática. Conque déjala
donde está, y sigue tu camino para que yo siga el
mío.
-Y ¿quién te le cierra? -Tú.
-¿Y pa cuándo e la voluntá e l'hombre? -Para
cuando se necesita, como yo la necesito ahora; no para pasar,
sino para dejar de hacerlo. ¿Quieres más?
-¿No lo
eztá viendo, nene?
-¿Buscas quimera? -¡Zi de ezo
vivo!
-Pues yo no la quiero. Todas estas respuestas de
Pablo las tomaba el Sevillano por encogimientos del espíritu;
y en tal creencia, envalentonábase, y a una provocación
añadía otra más irritante. Como llegó
a alzar mucho la voz, los pocos transeúntes que asomaban
por las callejas inmediatas deteníanse con la azada
o el rozón al hombro, a ver y oír; y también
salieron al portal o a la ventana gentes curiosas de las
casas más próximas. Por fortuna para el Sevillano,
todos estos testigos eran mujeres, viejos y muchachos, entre
quienes el recuerdo de la víspera no había
de producir un acto vengativo. Seguro de esto, complacíale
la presencia de todos, porque iban a ser testigos de la humillación
de Pablo y, por ende, de su bravura sin rival, puesto que
Pablo había vencido el día antes al hombre
más fuerte de la comarca. Redobló, pues, sus
provocaciones, y llegó a decir a Pablo, cuadrándose
delante de él:
-¡No ze paza po aquí! -Por
última vez te pido -respondió Pablo, verde
y convulso-, que me dejes pasar.
A lo que respondió
el Sevillano con burlona sonrisa y fuerte voz:
-Jindama
ze llama ezo en la tierra e lo valientej 'onde yo juí
el amo.
Pablo no apartaba un punto de su memoria la pasada
desazón con su padrino, el disgusto y las reprimendas
de su padre, sus compromisos, sus propósitos... Todo
lo tenía presente y todo pesaba sobre su razón,
hasta entonces dueña y soberana de él; pero
aquella provocación, dispuesta sin duda por el mismo
diablo, en el punto en que había llegado a ponerla
el atrevido, era mucho más de lo que se podía
sufrir con paciencia y delante de testigos. Cegole la indignación;
crujieron sus puños y sus dientes apretados; olvidose
de todo menos del miserable que le provocaba, y díjole,
en una actitud que le hizo dar un salto atrás:
-¡Fuera
de ahí!
El Sevillano no contaba seguramente con aquella
rápida mutación que le causó tan descomunal
efecto. ¡Quién sabe el partido que hubiera tomado
entonces el valiente al hallarse a solas con Pablo! Pero
el duelo era público, y había que sostener
la fama de cualquier modo, por vil que fuera.
Al saltar
hacia atrás, llevó las manos al ceñidor;
y, sin perder de vista a Pablo, tiró de la navaja,
la abrió rápidamente y se puso en actitud de
defensa. Entonces fue Pablo quien retrocedió a su
vez al brillo repulsivo de aquella arma innoble, que le hirió
la vista como la luz de una centella. Al mismo tiempo lanzaron
un grito las mujeres que presenciaban la escena. Eso buscaba
el valentón: imponerse por el espanto.
En cuanto
se vio dueño del terreno, parecía que con manos,
ojos y boca deshacía y devoraba el mundo entero. ¡Qué
ademanes! ¡Qué gestos! ¡Qué miradas!
-¡Aquí
ze ven lo guapo, zeñó futraque! ¿Pa qué
jue el ímpetu?... Otro arrempujonsiyo; y aunque zea
poco a poco, ayégate acá..., ¿u quierej' un
calezín pa vení ma repozao?
Así hablaba
el jandalete, mientras Pablo luchaba entre el deseo que tenía
de acogotarle, y el horror que le infundía el arma
de los presidiarios.
-¡Arrójala, traidor! -dijo,
sin apartar la vista de la navaja-.
-¡Po zi e un arfeñique,
tonto! Ven a chumpale..., ¿u penzaba que te iba a valé
conmigo la sancaiya, como con el otro de ayé?
Y Pablo,
mordiéndose los nudillos de coraje, detestando a aquel
hombre provocativo, y con fuerzas y valor para luchar con
él, no se atrevía a acercársele, porque...,
porque tenía miedo, así como suena; pero miedo
a su navaja, cuyo aspecto le repugnaba como el de un bicho
venenoso.
-¿Vienej'... o voy? -dijo el bravo dando un paso
hacia Pablo. Éste dio otro también...,
hacia atrás.
-¡Cobarde! -gritó, al notarlo,
el Sevillano.
Aquella palabra penetró como un bisturí
en todas las fibras del mozo..., pero no le hizo moverse
del sitio que ocupaba. Un sudor frío le bañaba
el rostro, y el corazón le aporreaba las paredes del
pecho, como si protestara contra la cordura de la cabeza.
Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban
a Pablo que huyera, porque no era igual la lucha; con lo
que iban subiendo de punto los atrevimientos del matón,
que llegó a hablar así, dando otro paso hacia
el ofuscado joven, el cual también dio otro..., hacia
atrás:
-No quiero tu vida, que ya veo la mala calidá
que tiene; pero te voy a pintá un muñeco en
la jeta pa que le llevej' a la boa el día que te cazej',
y tenga la moza argo güeno que mira en ti.
¿Han visto
ustedes saltar un tigre?... Digo, ¡qué han de ver,
ni Dios lo quiera pero lo habrán oído o lo
habrán visto pintado! Pues como salta un tigre, rápido,
fiero y gallardo sobre su presa, así saltó
Pablo sobre el atrevido jaque tan pronto como le oyó
mezclar en sus bravatas lo que él guardaba en el relicario
de su pecho. Cañones que te hubieran puesto delante
no habrían conseguido detenerle en su ímpetu
sublime.
Al ver al uno en brazos del otro, y la navaja aparecer
y desaparecer entre ambos, alborotose la gente espantada;
acudieron nuevos curiosos de la vecindad, y entre ellos Juanguirle,
que se abalanzó a los combatientes. Pero no era necesaria
su ayuda.
En pocos momentos desarmó Pablo a su enemigo;
le sopapeó; le revolcó en el fango; volvió
a levantarle asido por las greñas; le dio dos puntapiés,
y arrojó el arma vil a una poza, mientras el valiente,
huyendo del alcalde que se empeñaba en prenderle,
y de la rechifla del público, corría que se
las pelaba, escupiendo -1882: reptil basura y chocleándole
los zapatos llenos de agua sucia de la charca.
Pablo, salpicado
de barro, desaliñado y convulso, dejose de comentarios
ociosos, y fuese apresurado a casa de Juanguirle, deplorando
que el suceso no hubiera ocurrido a siete estados debajo
de tierra.
Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombrose
al ver a su amigo en tan desastroso aspecto; refirió
éste el caso, y le abrazó el hijo de Juanguirle,
lamentándose de no haberle ayudado, siquiera con la
presencia, y de que hubiera salido vivo del empeño
el traidor de la navaja. Preguntole si le había herido
con ella.
-Nada absolutamente -respondió Pablo. -Ni
un arañazo me ha costado pisotear la fama de ese bribón.
Un dolorcillo siento hacia esta costilla del lado izquierdo;
pero no es de golpe alguno, sino de un esfuerzo que hice
al levantarle de la poza.
Después se lavó
las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió
a sentarse a la cabecera de la cama, y mudó de conversación;
hasta que entró Juanguirle, que se había quedado
charlando con los vecinos.
Pablo, mientras oía al
alcalde lamentarse de no haber preso al bribón cuando
pudo y debió hacerlo, palpábase con la diestra
el punto dolorido y se revolvía mucho en la silla.
-¿Qué tienes? -le preguntó Nisco. A lo que
respondió el joven:
-Que me anda aquí algo
tibio y pegajoso... nada; pero me causa una impresión
muy desagradable.
Por consejo de Juanguirle, muy alarmado,
se descubrió la parte donde Pablo sentía lo
que tanto le molestaba. Las ropas estaban allí empapadas
en sangre, y ésta continuaba fluyendo, aunque no en
abundancia, de una herida en el costado. Nisco y su padre
palidecieron.
-¡Y yo que dejé escapar a ese villano!
-exclamó Juanguirle mesándose el pelo.
-¿Qué
es lo que tengo? -preguntó Pablo.
-¡Una herida que
hay que cuidar, hijo! -respondió el alcalde.
-¡Una
herida!... ¿Cuándo me la hizo, si yo no sentí
nada?
-¡Bueno estabas tú para sentir, aunque te hubieran
abierto en canal!... ¡Y estamos sin médico hace cuatro
meses! ¡Voto a briosbaco y balillo!...
-Ande usted -repuso
Pablo sonriendo, más por disimulo que por ganas, -que
como se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa
es que en mi casa no se sepa esto.
-No estoy, Pablo, -dijo
Nisco, -porque esas cosas se oculten. Bueno es que, por de
pronto, se ponga un reparo para que llegues a tu casa sin
asustar a la gente con la vista de la sangre; pero después...
Cierre la puerta, padre, y curémosle con lo mismo
que el suyo me curó ayer a mí. Dicen que dijo
don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para las
heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.
-Es cierto
-añadió Juanguirle, azorado y presuroso. -Desnúdate,
hijo, en tanto voy yo por el agua y unos trapos.
Salió,
cerrando la puerta por fuera, y descubrió Pablo su
tronco, blanco como el alabastro, fornido y esbelto como
el de un Apolo de Fidias.
-Tiéndete en la cama, -le
dijo Nisco, arrimándose él a la pared.
Hízolo
así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina
Heria de agua y media sábana vieja al hombro, y diose
comienzo al lavatorio. La herida estaba sobre una costilla.
No se metieron los improvisados cirujanos en otras investigaciones;
pero vieron que tenía medio palmo de larga, y esto
los asustó. Hecha esta primera operación, pusieron
unos paños empapados en el mismo menjurje con que
se curaba Nisco la descalabradura; sujetáronlos con
una ancha venda; vistiose Pablo, y le dijo Juanguirle, que
le quería de veras:
-Ahora, a casa, hijo mío;
cuéntalo del mejor modo que te parezca; ¡pero cuéntalo,
por el amor de Dios!, y llama a un médico en seguida,
porque esos boquetes suelen tener la salida por donde menos
se piensa... ¡Ah, como yo llegue a echar mano al traidor!...
Y ¡voto al chápiro verde que he de echárselago
no seré más alcalde de este pueblo!
Salió
Pablo poco después, hallando en el portal, muy afligida,
a la alcaldesa, que, por ciertos respetillos pudorosos, no
había asistido a la cura; chanceose con ella para
tranquilizarla, y se encaminó a su casa, pensando,
más que en la herida, en el efecto que iba a producir
en las dos familias la noticia del suceso, si es que no había
llegado ya, en alas de la oficiosidad de ciertas gentes entrometidas.
¡Vaya si había llegado! Y salía ya don Pedro
portalada afuera; y se asomaban al balcón madre e
hija desoladas y sin color en el rostro; y acudía
Ana con el alma en un hilo, y quedaba don Juan en su casa
echando chispas por los pelos erizados y tempestades por
la boca.
Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió
el encuentro tal como había sido.
-Esta es la verdad
-añadió. -Yo no lo he buscado; ello se vino
sólo..., o traído por Satanás. Sé
que es llover sobre mojado; barrunto cómo estará
mi padrino; conozco lo que a ustedes les aflige el caso por
el color que tiene; pero no le pude evitar... Perdóname,
Ana: otra vez me dejaré poner la mano en la cara,
si te gusto más, bien abofeteado y huyendo, que mal
vestido y triunfante.
-¡Pero dicen que te hirió con
una navaja! -exclamó su madre palpándole desatinada
todo el cuerpo.
-¿En dónde? -dijo Pablo con fingido
asombro, pero cuidando mucho de que su madre no le tocara
donde le dolía ya más de lo que él esperó-
No hagan ustedes caso de charlatanes... ¡Y por el amor de
Dios, no hablemos más de estas cosas!
-Y... ¿Ese
hombre? -preguntole don Pedro, que hasta entonces no había
desplegado los labios, aunque se los había mordido
muchas veces.
Huyó corrido como una liebre -respondió
Pablo-; y dudo que vuelva a vérsele por Cumbrales
en mucho tiempo.
Ana, en tanto, descolorida y angustiada,
no apartaba sus ojos del mancebo, cuyo aspecto le daba mucho
que pensar.
-¡Tendrá que oír tu padre ahora!
-la dijo Pablo.
-La verdad es -interrumpió don Pedro,
que se pascaba cabizbajo y sombrío-, que se combinan
de tal modo las cosas, que sin el genio irascible de Juan,
hay para darse a Barrabás con ellas.
-¿Qué
dijo al aprenderlo, Ana? -preguntó Pablo- Cuéntalo
todo sin reparos, porque conviene saber a que atenerse.
-Poco, pero bueno -respondió Ana, esforzándose
por echar a broma la cuestión. -Ya con la noticia
sola de la agarrada, se había puesto que tocaba las
vigas con la cabeza; pero al saber que había andado
la navaja por medio, entendí que le daba algo. Entonces
me dijo: «mírate bien, Ana; que por el camino de esas
aventuras se va a presidio».
-Y tú ¿qué le
respondiste?
-Yo..., corrí hacia acá, porque
eso de la navaja me heló la sangre en las venas.
Acabose pronto esta conversación; llegó el
mediodía, y Pablo comió muy poco. Después
se encerró en su cuarto y se pasó la mayor
parte de la tarde con la cabeza entre las manos y los codos
sobre la mesa. La herida no sangraba ya; pero le dolía
mucho. Al anochecer sintiose destemplado y sediento; ardíale
la cabeza, y tuvo necesidad de acostarse. Su madre y su hermana
habían entrado a verle varias veces; pero él
había conseguido, si no tranquilizarlas, por lo menos
convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedro, que
todo lo observaba, llamó a un criado y le dijo:
-Ensilla
el caballo y prepárate tú para ir adonde yo
te envíe.
En seguida se fue al cuarto de Pablo. Acababa
éste de acostarse. Le pulsó, le tocó
la frente... Y se nubló la suya.
-¡Tú estás
herido, Pablo! -díjole angustiado, pero enérgico-:
horas hace que lo estoy sospechando.
-Es cierto -respondió
el mozo. -No me he atrevido a decirlo delante de las mujeres,
por no alarmarlas.
-¿Y yo?... ¿Soy por ventura una de ellas?
¿No sabes, insensato, que en estas ocasiones no deben desperdiciarse
ni los instantes?
Diole cuenta el enfermo de la precaución
que se había torna do en casa de Juanguirle, y quiso
don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad,
que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación
de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados
y sanguinolentos. Volvió a cubrirle como se lo permitió
su aturdimiento; dejó a Pablo y voló al por
tal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y
el caballo listo.
-¡A escape a la villa! -le dijo- Avisa
al médico de casa, adviértele que se trata
de una herida, para que traiga a prevención siquiera
lo más indispensable; que monte en este mismo caballo,
si no tiene otro más veloz, y que venga en el aire,
porque el herido está muy grave.
Este recado le oyeron
doña Teresa y María, que andaban con oídos
de lince detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron,
y corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.
-Pero ¿se morirá, Dios mío? -exclamaba la
dolorida madre, mientras su hija lloraba amargamente.
-¡Silencio,
por la Virgen! -les decía don Pedro por lo bajo- ¡Qué
no os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle,
acompañadle; pero como si nada grave sucediera.
-¡Hijo
de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro
de muerte?
-¡No lo permita Dios! -dijo don Pedro, descubriendo
en lo trémulo de la voz y en las lágrimas que
asomaban a sus ojos, el dardo que tenía clavado en
el alma.
Luego entraron todos en el cuarto del enfermo,
que yacía postrado, en el sopor de la fiebre.
  - XXVI -
De varios colores
¡Qué noche!... El tiempo pasaba;
el médico no venía; Pablo continuaba agravándose,
y nadie se atrevía allí a aventurar un remedio,
porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas,
que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba
y se salía a cada instante, y se andaba de puntillas
en la estancia a media luz; se aplicaba el oído a
la agitada y seca respiración, y la palma de la mano
a la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos
producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos
contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se
iba a todas las puertas y ventanas que daban al corral; y
por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta
los más leves rumores..., el latir de algún
perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta,
las almadreñas del carretero, algún cantar
lejano..., todo muy de tarde en tarde. Después, el
silencio absoluto, impenetrable como la oscuridad que le
envolvía... ¡Ni un sonido que se pareciera al de las
herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos
cantos de la calleja!
Nada se le había dicho a Ana
de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta
en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas
noticias; y ésta no tardó en llegar a casa
de don Juan de Prezanes.
Cenando estaban ya padre e hija;
ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día,
y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma
causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana.
Cayó entre ambos la noticia como la guadaña
de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse
al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y
volaron al lado del enfermo.
Se adivinan, sin que yo las
describa, las impresiones de Ana junto a aquel lecho en que
yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle
a la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba
los sollozos en su pecho y las palabras en su boca pero no
pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas
sobre la frente caldeada del enfermo.
-¡Se abrasa el desdichado!
-tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto
de que se vio acometida, la impusieron aquel desahogo.
Abrió
los ojos Pablo al oír aquella voz, y dijo, queriendo
sonreírse:
-Esto pasará pronto... -¿Cómo
te encuentras, hijo mío? -le preguntó su madre,
anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento
de lucidez para explorar el estado del enfermo.
-Bastante
bien -respondió éste, volviendo a cerrar los
ojos- El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!
Sobre
la mesita cercana al lecho había una botella, casi
vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó
de ella rápidamente y la acerco a los labios ardientes
de Pablo. Éste cogió con su mano, que abrasaba,
la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió,
sorbo a sorbo, como si le refrescara, más que el agua
que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada,
misterioso centro en que a la sazón convergían
los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.
Mientras
esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había
quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la
noticia) preguntaba a todos y a cada uno cómo había
sido aquello; qué trámites había seguido
la agravación; a qué hora se había ido
a buscar al médico; por qué no venía
ya... Y todo cuanto podía preguntarse y mucho más,
espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando
observó que Pablo hablaba, y tan pronto Ana volvió
a poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó
hasta la cabecera del lecho. Pulso al enfermo; le palpó
la frente; le arropó cuidadoso; le subió el
embozo de las sábanas y volvió a bajársele;
tornó a subírsele; quiso hablarle, y se contuvo;
le arreglo la almohada, y otra vez las ropas; volvió
al intento de preguntar algo... Y tampoco dijo nada. Iba
y venía; escuchaba la respiración del enfermo
y miraba a los circunstantes; y a todo esto le temblaban
los labios y la barbilla, y los ojos se humedecían;
sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido
a las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía
a guardarle..., en fin, marcaba.
Al último, estalló
así:
-¡Pablo..., hijo mío!... Yo no sé
si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido a
la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname,
por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... No
era fácil adivinar... Creía tener mis razones,
estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como
yo, en determinados casos de la vida, reprenda a un mozo
como tú, que se halla en salud cabal, como tú
te hallabas cuando yo te reprendí..., quizá
con mayor dureza que la debida, porque a la lengua más
la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa...,
pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta
el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria
en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy
importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como
un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero,
aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer...
¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!...
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