  Cartas del abate Don Juan Andrés a su
hermano Don Carlos Andrés, en que le comunica varias noticias
literarias
Juan Andrés y Morell

  Advertencia del editor
Pedí a mi hermano que me escribiese
algunas noticias literarias con ánimo de comunicarlas al público;
y él deseoso de complacerme me ha enviado las cuatro cartas que ahora se
publican. Mi primer pensamiento fue ir dando a luz cada una de las cartas
conforme las iba recibiendo; pero pareció a otros mejor publicarlas
juntas cuando pudiesen formar un tomito, porque yendo sueltas fácilmente
se pierden. Ojalá no hubiera yo adherido a este dictamen, y no me
vería precisado a dar a luz estas cuatro cartas que aun no forman un
tomito regular cuando sus noticias por retardadas serán menos
apreciables. ¿Pero quién podía prever los extraordinarios
acontecimientos ocurridos en Italia? Es bien notorio que estos han hecho
difícil e incierto el tránsito de los correos, y en esta
incertidumbre no era del caso emplear, en escribir unas cartas semejantes, el
tiempo que el autor de ellas necesitaba para otras cosas serias e importantes.
Por mi parte también ha habido motivos, que, obligándome a estar
muchos meses fuera de esta ciudad han retardado la impresión. Por fin se
publican estas cartas sin esperar por ahora otras; pero si, aquietadas las
turbulencias de Italia, volviesen a pasar regulares y seguros los correos, me
prometo que vendrán más, y las haré imprimir desde luego
siguiendo la foliación de estas, para que se pueda formar de todas uno o
mas tomitos, según lo permitan las ocupaciones, y la permanencia de mi
hermano en aquel país.
No hablaré del mérito de
estas cartas, dejando que los lectores formen por sí mismos el juicio,
que me lo prometo favorable, como han tenido la suerte de obtenerlo las otras
producciones del autor.
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  Carta I
Querido Carlos: En mal punto doy principio
al cumplimiento de la promesa que te he hecho en varios correos, y que nunca he
podido ejecutar, de irte dando noticias literarias, y suplir de algún
modo con largas cartas el gusto que no puedo aún lograr de tu
compañía y conversación. Empiezo ahora con la triste
noticia de la muerte de tres ilustres literatos, con todos los cuales,
más o menos, he tenido alguna relación. Estos son Mr. Saussure de
Ginebra, el abate Spalanzani profesor en Pavía, y el Dr. Galvani
médico y profesor en Bolonia. Mr. Saussure era gran físico y
naturalista: empezó a darse a conocer con varios descubrimientos, e
invenciones físicas que fue publicando, o en conclusiones que
proponía en las escuelas, y
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academia de Ginebra, o en los
diarios, y papeles periódicos de su patria, de Francia y de Alemania;
pero lo que le hizo respetar como un oráculo de los naturalistas fue su
grande obra de los
Viajes a los Alpes. Nacido en la falda de los
Alpes, acostumbrado desde la niñez a pisar las montañas, y hacer
cada año un viaje a algunas de las más altas, habiendo atravesado
catorce veces por ocho partes diferentes la cordillera de los Alpes, examinado
las montañas de la Suiza, y gran parte de las de Francia, Inglaterra y
Alemania, visitado con particular estudio las de Italia, Sicilia, e islas
adyacentes, pasado casi la mitad de su vida sobre los montes entre los eternos
yelos de algunos de ellos, y los volcanes de otros, contemplando las tierras,
las rocas, las piedras, las plantas, y las producciones de todos, haciendo
nuevas experiencias y observaciones, y repitiendo las hechas, sobre lo que
quedaba alguna duda, no dejando pasar la cosa mas pequeña, que no la
observase y examinase hasta conocerla perfectamente, comenzó a dar a luz
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el fruto de sus viajes en un grueso tomo en cuarto en 1779, y
continuó después en otro en 1786, haciendo esperar otro, que ha
salido finalmente acompañado del cuarto en 1796.
No creas, engañado por el
título, que la obra contenga solo conocimientos de piedras y
peñascos, descripciones de nieves y de neveras, y observaciones
mineralógicas, y de historia natural: es un tesoro enciclopédico
de infinidad de noticias químicas, físicas, botánicas,
zoológicas, mineralógicas, y aun fisiológicas,
hidrostáticas, meteorológicas, y de todas las ciencias naturales.
Desde luego con la ocasión de su lago de Ginebra hace mil experiencias y
observaciones originales sobre las aguas: al ver tantos con el
bocio entorpecidos en una incorregible
estupidez, da noticia de los
crinones, y la primera razonada y distinta que
hayan visto los fisiólogos, y por la cual se movió después
el célebre anatómico Malacarne a hacer la anatomía, y
darnos la descripción anatómica y médica de aquellos
infelices individuos de la especie humana, abandonados, y casi
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desconocidos hasta que Saussure, y Malacarne nos los han hecho conocer. Una
infinidad de nuevos instrumentos, o de mejoras en los ya usados, nuevas
experiencias y variaciones, y mayor perfección y exactitud en las que ya
antes de él se habían hecho, la estructura de las
montañas, la naturaleza de las piedras, la faz y las entrañas de
la tierra, y un nuevo mundo, por decirlo así, no visto, ni aun imaginado
por alguno se halla en aquellos cuatro tornos de sus viajes a los Alpes, que
pueden llamarse
la bibliotheca de las montañas, y aun
casi
de todo el globo terráqueo. Yo tuve la
satisfacción de verle en 1791, cuando había tantos años
que se esperaba el tomo de continuación de sus viajes, y
hablándole sobre esto me dijo que deseaba hacer antes un viaje a
España para ver y gozar de Sierra nevada. Estas sierras nevadas, sierras
morenas, y otras sierras, collados y montañas eran sus ciudades,
palacios, galerías y jardines, y todas las delicias de sus viajes.
También deseaba mucho hacer una visita, y ofrecer su respeto y
veneración a nuestro
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célebre Don Antonio Ulloa, a
quien llamaba el
Néstor de las naturalistas, y con quien
se correspondía enviándose mutuamente memorias y regalos de
historia natural. No parece que pudo cumplir sus deseos, y no uno, sino dos
tomos ha publicado después en 1796 sin haber visitado a Sierra nevada,
que tantos atractivos tenía para su docta curiosidad. Las revoluciones
acaecidas en Ginebra le expusieron al odio de alguno de los partidos, y
deseó establecerse en otro país, donde pudiera gozar de
más quietud. Me escribió entonces el abate Spalanzani que deseaba
ir a Pavía con algún establecimiento en aquella universidad; pero
las circunstancias de los tiempos no lo permitieron. Vi después en
algunos diarios literarios que había ido a París, donde
enseñaba en una de aquellas escuelas, creo centrales, y el mes pasado
oí decir su muerte, que no sé si ha sido en París, o en
Ginebra, ni tengo más noticias de la muerte, ni de la enfermedad que la
ha ocasionado. Era de edad no avanzada, teniendo solos 58 años, y
mostraba una fuerte complexión, y robusta salud.
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Nació en 1740: a los 20 años hizo oposición a una
cátedra de matemáticas, y a los 22 logró una de
filosofía. Su casa era de las mejores de Ginebra, y tenía otras
dos de campo muy buenas en las playas del lago con aire de las
magníficas quintas de Italia, y en todo se veía un señor
hacendado y rico. Su museo de máquinas físicas muchas de
invención suya, y de historia natural, era muy estimable, y llamaba la
atención de los eruditos forasteros, de quienes lo veo muy alabado. Ha
instruido a un hijo suyo en química, física, e historia natural,
y lo ha ido acostumbrando a los viajes de las montañas, como él
mismo lo refiere; y en efecto el hijo ha publicado ya varias observaciones, y
obritas suyas, y se ha adquirido crédito entre los físicos y
naturalistas.
No sé qué tiene aquella
ciudad, que produce tantos, y tan excelentes literatos. En pocos años ha
perdido dos naturalistas de los más sobresalientes en toda Europa,
Bonnet, y Saussure, y no muchos años antes había perdido a
Trembley. Vive aún De Luc, que es lector
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de la reina de
Inglaterra, y famoso físico, y naturalista, y el año pasado fue
nombrado profesor de filosofía, y geología en la universidad de
Gottinga. Senebier, sujeto distinguido en las ciencias naturales por su obra
del arte de observar, y por varias investigaciones y observaciones que ha
publicado con descubrimientos importantes sobre la influencia de la luz, sobre
algunas plantas, sobre la digestión y generación, sobre los
puntos tocados por el abate Spalanzani en sus obras, que él ha traducido
en francés con prólogos y notas muy útiles, y sobre varias
otras materias físicas.
Este tiene además mucha
erudición, de que no suelen abundar los físicos y naturalistas.
Como ha seguido la carrera de la Iglesia, y ha sido ministro, o cura de una
parroquia, ha estudiado la teología, y el curso de erudición que
esta pide. Su primera producción literaria que yo sepa es una
disertación de la poligamia. Nombrado después bibliotecario de
Ginebra abrazó la erudición bibliográfica y literaria, y
publicó luego
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un
Catálogo razonado de los manuscritos de la
biblioteca de Ginebra, y poco después una
Historia literaria de Ginebra, y en un diario
literario de aquella ciudad ha ilustrado varias lápidas, y otros
monumentos de antigüedad que en ella se encuentran, y ha manifestado una
erudición muy universal. Te hablo de este con más
distinción, porque he tenido con él más relación y
correspondencia epistolar. Ahora después de la primera
sublevación de Ginebra abandonó aquella ciudad, y se
retiró a Rolle, de donde no he tenido de él otras noticias que
las que he visto en los papeles públicos, y en las obras que ha dado a
luz.
A más de este es nombre famoso
entre los físicos el de Pictet, su
Ensayo sobre el fuego está lleno de
miras originales, que abren nuevo campo a los físicos, y bastaría
aquel opúsculo para darle lugar entre los más distinguidos. Pero
tiene varias otras producciones muy estimables y en medio de sus
investigaciones profundas y originales se ocupa con mucho provecho de la Europa
en comunicarle las obras importantes que salen
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en Inglaterra, y
formar en lengua francesa, de uso más universal, una
Bibliotheque brittanique, que cuenta ya muchos
tomos. No quiero dejar de nombrarte un teólogo Mr. Cleparede, que en una
obrita contra Rousseau,
Consideración sobre los milagros del
evangelio, hace ver su juicio, y su filosófica y teológica
erudición.
El nombre solo de Necker recuerda un
ginebrino, que ha hecho gran ruido en todo el mundo como ministro
económico y político, y no lo ha hecho poco entre los literatos
con sus escritos. Lo hace también grande con los suyos Mallet du Pan
tratando con mucha fuerza y vivacidad las materias que al presente llaman la
atención de toda Europa. No acabaría si quisiera ir nombrando a
Bertran, Le Sage, Trembley, hijo o sobrino del famoso Trembley, Picot, y varios
otros, que deberían tener lugar si se quisiera hacer un catálogo
de los escritores ginebrinos; pero no hago tal, y solo por incidencia al
participarte la muerte Saussure he dejado correr un poco la pluma para darte
alguna noticia
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de la literatura de la patria de aquel grande
hombre, de que tal vez tendrás poca.
No es menos grande, y por un lado lo es
aún mucho más, el difunto Spalanzani. El arte de observar y
experimentar parece llevado a la perfección en las experiencias y
observaciones de Spalanzani. Aquella viveza de ingenio y de imaginación
para ver desde luego en cada materia cómo se ha de entablar la
observación o la experiencia para hacerla útilmente, y conocer
por ella la verdad que se desea; aquella paciencia y flema de hacerla, y
repetirla más y más veces, variarla, aumentarla, disminuirla,
volverla y revolverla por todos lados, sin dejarla de las manos hasta haberla
apurado bien; aquella penetración y agudeza de mente para advertir a la
primera vista lo que sobra, lo que falta, y hallarle luego pronto remedio;
aquella vigilancia y atención para no pasar por alto las más
pequeñas, y al parecer despreciables circunstancias; aquella solidez y
exactitud de juicio para sacar de ella las verdaderas consecuencias, y
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desechar las arbitrarias e inciertas; aquella prudente y sabia
reserva de ceñirse y contenerse en los términos que la
observación o la experiencia prescribe, sin dejar dar un paso más
adelante a la inquieta vivacidad del ingenio; y en suma aquella lógica
penetrante y aguda, severa y sólida, que se ve en las investigaciones y
descubrimientos de Spalanzani, ha sido la admiración de los
filósofos imparciales sus coetáneos, y lo será de los
venideros, y el ejemplar de los físicos y naturalistas, que
querrán hacer el conveniente estudio de la naturaleza.
Noble elogio de Spalanzani son a mi
parecer los tomos de cartas del celebrado Bonnet. La primera obra de
Spalanzani, o a lo menos la que empezó a darlo a conocer universalmente,
fue su traducción con notas importantes de la obra de la
Contemplación de la naturaleza de
Bonnet, y ésta le dio ocasión de entrar en comercio epistolar con
aquel gran maestro de los naturalistas. Éste al principio le trata como
discípulo, y le hace conocer su superioridad: poco a poco va creciendo
la estima, y le mira
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como igual, hasta que al fin llega a
consultarle como superior y maestro. En efecto, sobre las mismas materias que
había ilustrado Bonnet supo él hacer nuevos descubrimientos, y
extendió sus investigaciones a otras muchas no tratadas por Bonnet, ni
otro alguno, sino enteramente nuevas y originales, y con razón pudo
decir el mismo Bonnet, que más verdades había descubierto en
pocos años Spalanzani, que academias enteras en medio siglo.
Varias veces he considerado allá em
mi interior a aquel gran filósofo hora paseando por los fosos, sentado
junto a un lago, o a un estanque, moviendo y manejando aquel lodo, viendo y
reviendo, examinando y contemplando los gusanillos, y pequeños insectos
que en él habitan, y viviendo, por decirlo así, con aquellos
animalillos, que comúnmente se desprecian, y que apenas los conocen aun
los mismos naturalistas; hora metido dentro de su cuarto llena de sapos, ranas
caracoles, lagartijas, y otras sabandijas semejantes, rodeado de gallinas,
palomas, perros y gatos, estudiando en
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todos ellos con
utilísimas experiencias los más secretos arcanos de la
naturaleza, y no he sabido resolver si era más de admirar su paciencia
para permanecer tanto tiempo en aquel género de vida, o su talento y
habilidad para saber sacar de ella tantas verdades, y tantos conocimientos de
la naturaleza. Catorce, y más años ha vivido por fosos y pantanos
en busca de los animalillos infusorios; 2027 son a lo menos las ranas y sapos
que ha cortado, y abierto en el momento en que estaban unidos para su
generación, y otros tantos, o tal vez más antes o después
de él; infinitas pruebas ha hecho dando de comer a palomas y gallinas ya
con piedrezuelas, ya con tubitos de plomo, y manejando después, y
examinando sus excrementos, y en cualquier punto que quería tratar no
cesaba un momento de hacer, repetir y variar sus experiencias y
observaciones.
Yo le vi en Mantua, donde se detuvo dos
días para favorecerme con su compañía, y como entonces
llevaba no sé qué ideas sobre la diferente salubridad
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de los aires, y del uso del eudiómetro, en vez de paseos y
visitas repetía varias veces las experiencias con un eudiómetro
que traía consigo en el viaje, y con que aun por el camino las
hacía donde le parecía conveniente. ¡Qué ruido no
movía estos años pasados buscando murciélagos para hacer
con ellos varias pruebas, de las cuales no ha dado cuenta al público, y
por ello no sabemos aun las resultas! Esta inquieta actividad, y curiosa
paciencia le han valido tantos preciosos descubrimientos, de que están
llenas sus obras.
No sé a quien debemos admirar
más, o a Mr. de Saussure trepando por peligrosos riscos,
metiéndose entre peñas, donde no se veía sino algún
poco de cielo, y algunos cuervos, puesto sobre las cimas más altas de
las montañas cubiertas perpetuamente de helada nieve, y allí,
adonde apenas llegan algunas águilas, o algún otro
rarísimo pájaro, formar su cabaña, y plantar su estudio, y
con picos y martillos anatomizar los peñascos, con los
barómetros, termómetros, y otros instrumentos físicos dar
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tormento a la naturaleza, y hacer experiencias físicas y
meteorológicas, que ningún otro mortal había podido, ni
tal vez podrá hacer, y dominando de aquella inmensa altura todo el globo
terráqueo dar a los hombres, que tan bajo de sí veía,
lecciones de historia natural, y de física, que estaban reservadas a su
infatigable aplicación; o al abate Spalanzani hora sepultado en fosos y
pantanos, revolviendo lodos, acariciando gusanillos, hora cerrado en su cuarto
como en una arca de Noé con sus sapos y ranas, con sus caracoles y
lagartijas, con sus palomas y gallinas, perros y gatos, y con varias especies
de animales, dar de comer a unos, hacer el rufián a otros, cortar en
pedazos algunos, rehacer a otros los pedazos cortados, quitar la cabeza a unos,
y hacérsela renacer, dejar a otros por muertos, y hacerlos revivir, y
consultarlos todos para aprender de ellos verdades desconocidas, y hacerlas
conocer a los otros hombres.
Son extraños los gustos de los
filósofos, y a los más de los hombres parecerá
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la vida de estos de quienes hablamos extravagante ridiculez, o
melancólica locura; pero lo cierto es que ellos con tales ocupaciones
pasan días más alegres, y gozan deleites más puros, y
más sólidos y sinceros divertimientos, que los ociosos y
poltrones del mundo en sus teatros, saraos, regodeos y pasatiempos, y son
infinitamente más útiles a la humanidad.
Spalanzani ha variado sus divertimientos
naturalísticos, y ha hecho muchos viajes de mar y tierra, en el
mediterráneo, en el adriático, por Francia, por los Suizos, por
toda Italia, y las más de sus islas, especialmente la Sicilia, y las
Eolias. Seis tomos ha dado a luz de sus viajes a las dos Sicilias, y a las
islas Eolias, en los cuales, aunque principalmente ha tomado por objeto
ilustrar las producciones volcánicas, ha tratado otras muchas materias
curiosas, y de mucha utilidad. Ahora estaba poniendo en limpio, para darlo
también a la imprenta, su viaje a Constantinopla, en que, según
varias materias que le oí decir trataba en él, era preciso que
hubiese
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cosas muy dignas de la atención de los
naturalistas, y de todos los filósofos, y eruditos. Pero la muerte nos
ha privado de esta, y de varias otras producciones literarias de aquel ilustre
maestro.
Su edad era más adelantada que la
de Saussure, y tocaba ya, o había cumplido los 70 años, pues me
acuerdo que en agosto, o Setiembre de 1795 me dijo qué tenia 66, pero
estaba tan fresco, y era de complexión tan robusta, que hacía
esperar muchos más años de vida, y de pública
instrucción, si un insulto de apoplejía a principios del mes
pasado no le hubiera cortado la carrera que tan gloriosamente seguía. Su
patria era Scandiano, villa distinguida en los estados de Módena:
fué profesor en la universidad de Módena, y allí
empezó a darse a conocer de suerte que llamó la
consideración del conde de Firmian, ministro plenipotenciario de la
Lombardía austríaca, para convidarle con una cátedra, y
distinguido sueldo en la universidad de Pavía, donde ha enseñado
por largos años, y donde por último le ha cogido la muerte.
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En sus viajes ha hecho preciosas
colecciones para el museo de historia natural de la universidad de
Pavía, y al mismo tiempo las hacía también para uno suyo
propio que tenía en su casa paterna de Scandiano bajo la custodia de una
hermana suya, que me dicen contiene muy preciosas raridades, y piezas de mucho
valor, y que ahora quieren ponerlo en venta sus herederos. A más del
viaje de Constantinopla que tenía ya casi pronto para la
impresión, estaba trabajando para la sociedad italiana, en cuyos tomos
tenía ya impresas otras memorias; estudiaba sobre el gas de los
planetas, y ocupaba en varias investigaciones importantes su infatigable
actividad.
No era del calibre de Saussure, y de
Spalanzani, pero era sujeto de mucho mérito el difunto Dr. Galvani. Era
profesor estimado en la universidad de Bolonia, buen médico, y buen
físico; pero poco conocido fuera de allí hasta que las ranas, o
el descubrimiento de la electricidad animal, que su penetración le
presentó al ver casualmente producirse algunos movimientos en las ranas
ya muertas
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al tocarlas un cuerpo eléctrico, llevó su
nombre por toda la culta Europa. Publicó su descubrimiento con mucho
fondo y solidez de doctrina, y luego, como suele suceder en las novedades
importantes, se vieron salir muchas explicaciones, confirmaciones,
impugnaciones y defensas, censuras y elogios; y en poco tiempo se formó
una biblioteca de opúsculos, que se publicaron en pro y en contra de la
electricidad animal; pero bien presto quedó triunfante la verdad, y
ahora la electricidad, que en Francia veo llamarse con el nombre de
Galvanismo, forma un ramo de física, que
llama el estudio y la atención de los físicos y de los
médicos, y que hará inmortal el nombre del Dr. Galvani.
Los españoles D. Ramón
Rialp, mis discípulos D. Gaspar Sánchez, que has conocido
ahí de paso para Teruel, y D. Joseph Ferrer, que está en
Barcelona, y algunos otros eran de los más asiduos concurrentes a sus
experiencias y lecciones, y él mismo confesaba que se había
aprovechado no poco de sus luces y advertencias. No le he visto una vez
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en casa de Sánchez, y Ferrer, adonde vino para favorecerme,
y con las faldriqueras cargadas de ranas para hacerme ver aquellas
experiencias, y explicarme la teoría, de que yo entonces aún no
tenía idea, y realmente me pareció, cual lo había
oído celebrar, un hombre docto y modesto, en quien resplandecía
igualmente el saber que la virtud.
El año pasado al proponer a los
profesores el juramento de odio a la monarquía el Dr. Galvani fue uno de
los que estimaron más perder su cátedra, que gravar su conciencia
con un juramento que no creía poder hacer. No se puede negar que sea
digno de mucho elogio quien sacrifica honores y emolumentos temporales por no
exponerse a faltar a su conciencia; y en efecto, sin querer por esto ofender a
los otros, los que se han negado a este juramento han sido profesores de
notoria probidad, y de talentos sobresalientes, y he oído hablar con
mucha edificación del célebre matemático, Dr. Canterzani,
que ha sacrificado cátedra, presidencia de la academia, y otros honores
y emolumentos, y se ha
-21-
reducido a una privada estrechez; de la
famosa poetisa y grecista Clotilde Tambroni, que por el mismo motivo ha
abandonado su cátedra de griego, y otros provechos, y aun la patria, y
se ha acogido a esa ciudad, como sabes; y del médico Dr. Utini, y de
todos los otros que han hecho semejantes sacrificios. A buena cuenta el
religioso Dr. Galvani se ha adquirido a tiempo este mérito delante de
Dios, pues apenas han pasado siete u ocho meses cuando le ha llamado a la otra
vida a coger el fruto de su virtud y religiosidad.
Pero basta de muertos, y ya que hasta
ahora por noticias literarias solo te las he dado de muertos, quiero darte una
al contrario de una obrita que me han regalado del arte de prolongar la vida
humana. Su autor es el Dr. Hufeland, profesor de medicina en la universidad de
Iena, y el traductor el Dr. Careno, médico italiano, que está en
Viena, como has visto en mi carta sobre la literatura de aquella ciudad.
Verdaderamente toda la medicina no es otra cosa que el arte de prolongar la
vida humana, y
-22-
el poner este título a un tratado particular
hace esperar cosas nuevas y particulares: la universidad de Iena es una de las
más famosas de Alemania, y por consiguiente de Europa en las presentes
circunstancias, y entre los profesores de aquella universidad uno de los
más célebres es el Dr. Hufeland, a quien por su singular fama el
conde Wilzeck, cuando era ministro plenipotenciario de la Lombardía,
hizo cuanto pudo para traerle a Pavía a la cátedra de
clínica que habían ocupado Frank, Tissot, y Borsieri; y tanto lo
especioso del título de la obra como la fama del autor todo
prometía más de lo que me ha presentado la misma obra.
Esta es de dos tomos en 8º dividida
en dos partes, el primero contiene la parte teórica, y el segundo la
práctica. A lo menos en lo que mas fácilmente puede entrar mi
juicio no veo el método y orden de las materias en la mejor
disposición. La parte teórica empieza con la destinación
de esta su arte
macrobiótica, y aquí viene con
los egipcios y griegos, gerocómica, gimnastíca, San
-23-
Gemain, Mesmer, Cagliostro, y otros tales, que parece debían entrar
más en la parte práctica que en la teórica, y al contrario
la mitad de la segunda parte es el examen de los medios que abrevian la vida,
lo que parece debía haber tenido más propiamente su lugar en la
teórica que en la práctica, y así varias otras cosas las
va metiendo como le vienen, y ha de repetir muchas veces en la práctica
lo que ha dicho en la teórica.
Por más que en el prólogo
insista mucho en que esta su arte
macrobiótica es diferente de la
medicina, y de la dietética, poco o nada dice que no esté
comprehendido en la dietética, o higiena. Aun entrando en la materia me
parece que sin ser médico puedo juzgar que no la trata con la mayor
felicidad. Algunos puntos que toca son poco generales para entrar en un arte
semejante; por ejemplo entre los medios, o mejor diría motivos de
acortar la vida, uno es la onanía moral, otro el suicidio, y entre los
de prolongarla la conservación de los dientes, y la limpieza de la piel.
-24-
No dudo que sean verdaderos unos y otros, si bien lo de la
onanía moral podrá ser muy raras veces; pero ¿son acaso
cosas que merezcan tratarse en particular en un arte de prolongar la vida
humana? Por lo general lo más de lo que dice realmente a
propósito para esto es lo que se halla en casi todos los que escriben
del modo de conservar la salud, y lo que comúnmente dicen en la
conversación aun los que no son médicos, sobriedad, movimiento y
ejercicio del cuerpo, tranquilidad y contento de ánimo, dormir bien,
esto es, quietamente, y el tiempo necesario a la propia complexión,
comer moderadamente en cuantidad y cualidad, y otras tales que ya sabemos.
Otras que quiere poner de suyo no sé qué utilidad tengan; como
por ejemplo ¿qué haremos para tener un buen origen físico?
Tendremos el que nos ha tocado al nacer, y paciencia. Conservar el verdadero
carácter que cada uno tiene es otro medio que propone para vivir
largamente, y aquí habla de los que han de mudar de carácter
según el papel que hacen; todo
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lo que no veo que tenga una
inmediata influencia con la larga vida. Sin embargo en la diferente
duración de la vida de los príncipes, de los literatos, y entre
estos de los filósofos, poetas y otros, de los monjes, y
ermitaños, de los marineros, cazadores, labradores, soldados, y otros
empleos, en la determinación del tiempo de las diferentes vidas, en los
mismos medios ya sabidos de abreviar, o de alargar la vida, y en varios otros
artículos trae erudición y doctrina, que creo pueda merecer el
estudio de los médicos.
Esta obra que salió en Alemania el
año 1796, y en Pavía el pasado 98, me trae a la memoria un
papelito suelto, que cinco, o seis años ha publicó estando en
Mantua un médico toscano gran viajador, que había corrido por
Francia, Inglaterra y Alemania; y aun en Italia no podía estar fijo en
una ciudad, sino que iba siempre pasando de una a otra, el Dr. Vallí,
que en Inglaterra publicó en inglés algunos opúsculos, que
le dieron honor; en Mantua un papelillo sobre la electricidad animal, que no
contenía más que una precisa relación de experiencias
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suyas enteramente originales, y así otros en Padua, y otras
ciudades; este pues sacó a luz un opúsculo del modo de evitar la
vejez, el cual, aunque no sé si podrá ser de mucha utilidad, es
ciertamente más original, y más curioso que el de Hufeland. No lo
tengo presente, porque siendo un pequeño cuaderno fácilmente se
habrá traspapelado en la transportación de mis libros: en general
me acuerdo que examinaba en qué consiste la vejez, que es en la falta de
un fluido, y en la sobra de materia terrea, y proponía una bebida, que
iría disolviendo la parte terrea sobrante, y restableciendo el fluido
que se pierde, todo esto, propuesto con brevedad, claridad y precisión
de términos fisiológica y química, hacia un libro, que,
aunque muy pequeño, y tal vez para el uso de la vida poco útil,
era curioso y docto.
Ya que he empezado a hablarte de libros de
medicina no será noticia literaria fuera de propósito la que he
leído en un viajero alemán Christiano Luis Lenz del estado de la
medicina en Suecia y Dinamarca, Gothemburg, según
-27-
este
dice, tiene tres excelentes médicos Engelhard, Dubb, y Karlander. El
profesor Saxtorf, uno de los más doctos y versados en la obstetricia, la
enseña en un famoso y celebrado hospital que hay en Copenhague para las
mujeres que van de parto. Las universidades de Upsal, y de Copenhague, como
también la academia de esta, presentan gran número de ilustres
profesores no sólo en la medicina, sino también en las ciencias
que le pertenecen, como botánica y química, que se cultivan cual
en ninguna otra universidad.
Los jóvenes estudiantes asisten a
las lecciones de los profesores cinco, seis y aun siete años, y se
instruyen, bien en la teórica antes de darse a la práctica, y
después de graduados para ganarse crédito deben viajar.
Así lo han hecho Murray, Thumberg, Akrel, Sparrman, Callisen, Winsloo, y
otros muchos. He leído los viajes de Thumberg y de Sparrman con mucho
gusto por la variedad de noticias que dan no sólo geográficas,
sino de historia natural, botánica &c. lo que hace ver los
conocimientos de que
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estaban bien provistos desde su juventud
aquellos médicos, cuando emprendieron sus largos viajes nada menos que
por África y Asia. Algunos hacen estos viajes a sus costas, porque
varios sujetos de buenas y ricas casas se dan al estudio y profesión de
la medicina, otros a costas del rey, de la universidad, o de algunos
señores particulares, que los quieren proteger, o se empeñan por
el honor y provecho de la nación. Aquellos médicos instruidos en
las lenguas se hacen llevar los libros y diarios literarios que salen en otras
naciones, y se aprovechan de los descubrimientos que se hacen en todas
ellas.
Con esta ocasión, y cabalmente
hablando de los médicos alabados en este viaje, he visto la
reflexión de un literato, que observa el error en que están
varios, de que a un literato poco dinero le basta, y que mientras se dan
gruesos sueldos y pensiones a cualquier empleado, y a cualquier criado, parece
que se eche a la calle el más mínimo emolumento que se de a quien
profesa las letras. Un literato, dice, que sea realmente
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digno de
este nombre, necesita de comodidad, y alguna abundancia por el bien de las
ciencias que cultiva: necesita un amanuense para no perder su precioso tiempo
en copiar y poner en limpio sus escritos; necesita los diarios literarios de
otras naciones para saber los nuevos descubrimientos y nuevos libros; necesita
muchos de estos libros que se han de hacer venir de lejos con mucho gasto;
necesita de gran correspondencia epistolar con otros literatos; necesita a
veces de instrumentos y de experiencias; necesita también hacer a las
veces algún viaje; y necesita mil otras cosas, en que se
emplearía útilmente el dinero, que tantos otros de grandes
sueldos no saben emplear sino en vicios y vanidades.
¿Pero adonde vamos con los
médicos de Suecia y Dinamarca que tanto alaba el alemán Lenz? Con
más complacencia me volveré hacia nuestros médicos
españoles con mil parabienes por haber empezado a publicar sus memorias
la Real Academia Médica Matritense, de cuyo primer tomo, aunque dado a
luz en 1797, sólo poco ha tenido noticia por los
-30-
extranjeros, y he visto con mucho gusto hacerse un cumplido extracto, y los
debidos elogios a una memoria de tu amigo D. Antonio Franseri sobre una
dificultad de respirar periódica, que manifiesta el influjo de la luna
en el cuerpo humano. Más por extenso he podido leer la
disertación médica sobre el cólico de Madrid del Dr. D.
Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, y me pareció en su género
cosa perfecta. No conozco personalmente a este autor; pero vi años
atrás un pequeño opúsculo suyo que me envió de
París nuestro amigo Cavanilles, que tanto honor da a nuestra
nación, sobre la descomposición del aire atmosférico por
el plomo, y aunque cosa brevísima y de pocas paginas, me llenó
mucho, como también a algunos químicos de Mantua, a quienes lo
hice leer, y no dejé de hacer mención de él en mi obra de
la literatura en el capítulo de la química. Con esta
prevención he leído con ansia esta disertación luego que
me ha venido a las manos, y me la he bebido toda con gran placer. Aquel
espíritu de observación, aquella vista penetrante aquella
-31-
atenta y pausada reflexión, aquella variedad de
conocimientos, con que de la cama del enfermo puede pasar a los jarros, y a las
ollas de la cocina, y hacer servir la historia natural y la química a la
medicina, son las que constituyen un hombre grande, y me hacen esperar que
Luzuriaga dará nuevo lustre a su facultad, y a nuestra
nación.
Aunque es ya sobrado larga esta carta,
quiero alargarla algo más, y darte noticia de una obra italiana de un
español, de la cual tal vez no la tendrás aún. Esta es del
abate Don Vicente Requeno
sobre el restablecimiento de la música de los
griegos y romanos, impresa aquí el verano pasado, y no bien
concluida del todo la impresión cuando el autor partió para
Zaragoza, y pocos o ningún ejemplar perfecto se pudo llevar consigo, por
lo que me persuado que poca noticia se podrá tener ahí de ella.
En dos tomos en 8º comprehende la materia, reservándose el publicar
ahí otro, si tiene medios para hacer las pruebas que aquí no le
ha sido posible ejecutar. Empieza con la historia de la música antigua,
y
-32-
ésta desde Jubal, o se puede decir desde el principio del
mundo, en lo que no puede dejar de haber mucho de arbitrario, y de propia
imaginación; pero viniendo después al tiempo de los poetas
griegos va mostrando cómo se unían en cada uno de ellos la
música y la poesía; como gran parte de la diversidad de la
poesía provenía de la de la música; y cómo la
decadencia de la música vino de dividirla de la poesía, y
quererla hacer parte de la matemática, tratándola con
cálculos y proporciones, de que ella no necesita.
Entra después a examinar los
escritores de música griegos, y aun los pocos romanos que tenemos, y
expone la doctrina del antiguo Aristógeno, de quien nos quedan
aún tres libros, bien que algo alterados en las ediciones que se han
hecho de ellos, la de Arístides y Quintiliano, lo poco que dicen
Plutarco, Sexto Empírico, y Macrobio, la doctrina de Claudio Tolomeo, de
Nicomaco, Bacchio el mayor, y Gaudencio, la de Boecio, Euclides, no el
geómetra, Alipio, S. Agustín, Marciano Capela, Psello,
-33-
y Briennio, y en todos ellos va distinguiendo lo bueno, que en los
más es muy poco, de lo malo, y falso, o inútil aunque tal vez no
sea falso. Donde es de observar que Briennio, aunque tanto más moderno,
es uno de los que hablan más ajustadamente, y con más exactitud y
claridad.
Dada la historia entra a explicar los
sistemas diferentes de la armonía de los griegos, y explica más
largamente el sistema ecuable, que fue el más generalmente seguido por
los escritores, y propone un instrumento de los antiguos llamado
canon, del que da un diseño, que
él ha hecho trabajar, y con el que ha hecho varias pruebas, sobre las
cuerdas, las consonancias, y todo el sistema de la música griega. A
más de los instrumentos examina el canto, que dice dividían los
griegos en métrico, armónico, y rítmico, y largamente
examina aparte lo que es el ritmo, sus pies, sus mutaciones, y todo lo que le
toca.
Yo no entiendo la materia para poder dar
mi juicio, sólo observo que este punto del ritmo de la música
antigua debe
-34-
ser muy obscuro y enredado pues todos los escritores
hallan dificultad en entenderlo, y te diré para gloria de nuestra
nación, que en este tiempo han trabajado tres españoles para
ilustrar la música antigua, y el ritmo; y me persuado que todos tres le
habrán dado cada uno por su parte sus luces particulares. La obra de
Requeno está ya expuesta al público; los otros dos son D. Esteban
Arteaga, cuya felicidad bien conocida en tratar todas las otras materias que ha
emprendido, puede ser una segura prenda de la que le habrá asistido
igualmente en tratar esta que deseamos ver cuanto antes publicada, y D.
Buenaventura Prats, cuyo manejo de libros y códices éditos e
inéditos, y pericia en la lengua y erudición griega me hacen
esperar que su obra haga olvidar las de los Meimbomios y Donis, y dé
nuevo lustre y extensión a este ramo de la literatura griega. Si a estos
tres añades a Don Antonio Eximeno, que compuso su obra, que puede
llamarse clásica, del origen, y de las reglas de la música, y al
abate Pintado, que publicó una gramática
-35-
de la
música, te causará tal vez admiración que tantos
españoles hayan casi a un mismo tiempo empleado sus estudios en la
música; pero podrás tener el gusto de pensar que sus trabajos en
esta parte han sido, y serán honrosos a nuestra nación. Te
hablaré finalmente, antes de levantar la mano de esta carta, de otro
español, de quien no tengo conocimiento, ni he hallado alguno que lo
tenga, y que merece ser conocido por su celo por las letras, por el
establecimiento literario que ha emprendido, y por su propio mérito
literario. En un tiempo en que se han destruido tantas ilustres academias y
sociedades literarias, un español en Italia ha querido establecer una,
que puede servir para tener en pie la cadente literatura. Este es D. Eduardo
Romeo conde de Vargas, el cual hace algunos años que está en
Italia, y ahora vive en Siena, donde, según he oído, se trata sin
lujo, pero con decencia, y está muy retirado metido en sus estudios, sin
ser conocido personalmente sino de muy pocos aun en Siena.
-36-
Ha publicado algunas obritas en italiano;
pero no he visto sino su
Saggio dell' epigrama greco, impreso en Siena
en 1796, y dedicado al conde de Bernstorf ministro de estado del rey de
Dinamarca. De este librito saco tres noticias tocantes al autor, primera, que
ha viajado por Europa, habiendo estado en Copenhague, y con algún
decoro, pues podía tratar de cerca a aquel ministro, como dice él
mismo:
nel soggiorno che io feci cosi d' appresso alla
vostra gloria. Te copiaré una cláusula de la
dedicatoria, que tal vez podrá darte alguna vislumbre para conocer al
autor, que yo no conozco. Dice así:
il sistema d' un' energica neutralita, col quale
avete procurato alla Danimarca tutte le dolcezze della pace, sostenuto il
commercio, accresciuto lo splendore delle arti, che vi hanno trovato un asilo,
ha sparso ancora sopra di me il suo benefico influsso. Segunda, que a
lo menos a la mitad del año 1796 vivía ya en Siena, pues la data
de la dedicatoria es:
Siena 10 Luglio 1796, y parece natural que
algún tiempo antes hubiera llegado allá, y mucho más que
-37-
se hallara en Italia, pues podía escribir en esta lengua en
prosa y en verso con tanta facilidad. Tercera, que sea un caballero culto, como
lo muestra todo el discurso del libro, y esté versado en la lengua
griega, como se echa de ver en las traducciones que hace de los epigramas
griegos.
Este pues D. Eduardo Romeo conde de
Vargas, movido del celo de mantener el buen gusto en la literatura,
pensó en establecer una sociedad literaria de 40 individuos, que
concurriesen a este intento, y a lo menos cada dos años enviasen una
disertación para insertarla en las memorias que se imprimirían, y
cada año a lo menos un artículo para el diario, en que se
publicarían las observaciones literarias de los socios sobre los libros
y novedades literarias que irían saliendo. Como el fin de esta academia
es formar una íntima unión entre los principales doctos de
Italia, cada socio podrá contar sobre el interés que todos los
otros se tomarán en suministrarle las luces que podrá desear en
cualquier género de literatura en que componga alguna obra.
-38-
Me hizo el honor de convidarme a ser uno
de los 40, y me alegaba para empeñarme la fuerza de la patria
común; pero como yo no pensaba en quedarme aquí sino para atender
a la impresión del último tom o de mi obra, le di gracias por la
honra que me hacía, y me excusé de no poderla aceptar. He tenido
con todo algunas noticias posteriores de los adelantamientos que ha ido
haciendo esta empresa, de los presidentes, y una especie de jueces o censores
que se han nombrado, y del tomo que se imprimía, y saldrá luego a
luz, o tal vez a éstas horas habrá ya salido.
Aunque el autor reside en Siena, el
diario, o las observaciones literarias y las memorias, o disertaciones de la
sociedad se imprimen en Florencia, tal vez por la mayor facilidad de la
transportación de los libros impresos. El secretario de la sociedad es
el abate Jayme Sacchetti. Aquí hay dos socios, el Sr. conde Cerati, el
cual tiene además no sé qué otro empleo, y el
célebre P. Pagnini.
Tú ves que la empresa es grande, y
muy loable. Un particular en un país extraño
-39-
formar
de toda la Italia una academia, establecer sus reglas o su código,
nombrar sus empleos, recoger los escritos, pasarlos por un justo juicio,
imprimirlos, y cargarse con las penas, cuidados, fatigas y gastos que ha de
causar todo esto es cosa que no se ve frecuentemente, y que debe ser de mucho
honor al español que la ha emprendido, y la lleva adelante con
felicidad. El Señor le bendiga, y pueda su academia satisfacer el loable
intento de su fundador, y ser el apoyo, y el esplendor de la literatura, que va
tan decaída, y se ve tan obscurecida con despreciables librejos, e
infames producciones.
Creo que tendrás ya bastante carta;
no sé si será esta suerte de noticias las que tú deseas:
te he escrito lo que me ha venido a la pluma, no para formarte un diario
literario, sino solo para entretenerme contigo un poco, y sacudir la molestia y
fastidio que me causa este bendito índice de toda mi obra, que me
detiene tanto tiempo. Si puedo el correo que viene te hablaré de
más libros nuevos, y procuraré contentar de algún modo
-40-
tu loable curiosidad, que es común a otros muchos,
según veo en las cartas que me escriben. Sabes cuanto deseo complacerte
en todo, y que soy siempre &c.
Parma a 30 de marzo de 1799.
-41-
  Carta II
Querido Carlos: He recibido estos
días un libro impreso el año pasado en Novara antes de las
novedades ocurridas en el Piamonte, del cual quiero darte alguna noticia por
ser mi amigo el autor, y no serte desconocido su nombre. El asunto es que en la
ciudad de Novara, como habrás visto en mis cartas, a más del
cabildo de la catedral hay otro muy ilustre de una colegiata, en la cual se
conserva el cuerpo de San Gaudencio, y como este Santo fue el primer obispo de
aquella Iglesia, los novareses le han tenido siempre mucha devoción, y
han colmado de dones y limosnas aquel templo donde se conserva tan venerable
depósito. Con esto se ha levantado una magnífica iglesia, se han
dotado ricamente las canonjías y beneficios, se han podido establecer
-42-
con mucho decoro y esplendor las funciones, y todo esto ha puesto
a los canónigos de aquella colegial en estado de obtener muchas
exenciones, preeminencias y privilegios, y de poderse de algún modo
parear con los de la catedral.
Lleno de estas nobles ideas de su iglesia
y cabildo de San Gaudencio el canónigo Juan María Francia
publicó en 1793 una gran disertación latina impresa en Casal de
Montferrato:
De novariense S. Gaudentii ecclesia, que optimo jure
insignis esse demonstratur, Dissertatio Joannis Mariae Francia ejusdem
ecclesiae canonici, y en ella pretende probar que la iglesia de San
Gaudencio fue antiguamente la catedral, y que después habiéndose
erigido otra iglesia catedral, por tener el obispo en ella su cabildo,
quedó realmente catedral, sin dejar de serlo la de San Gaudencio, y
así se conserva en el día.
A vista de estas pretensiones el abate
Gemelli, ahora canónigo de la catedral, no quiso dejar sin respuesta la
dicha disertación, y la confuto con otra, que, para poner la materia a
más universal
-43-
inteligencia, escribió en italiano,
con el título:
Dell' unica e constantemente unica chiesa,
cattedrale di Novara riconosciuta nel suo Duomo. Dissertazione
apologetico-storico-critica di Francesco Gemelli canonico ordinario novarese
&c. Aunque esta no parece mas que una de las muchas cuestiones de
preeminencia, que en todos tiempos se han excitado entre varias iglesias, y por
consiguiente que sólo pueda gustar a los de Novara, con todo el autor la
llena de tantos documentos de todos los siglos desde el VIII hasta el XVI, que
da pasto a la erudita curiosidad de los diplomáticos, e ilustra varios
puntos de geografía y cronología de los tiempos bajos, y, lo que
puede ser de gusto más universal, da muchas luces sobre diferentes
objetos de disciplina eclesiástica, de los antiguos cabildos de los
obispos, canónigos, párrocos y otros clérigos de las
catedrales, de las parroquiales, y de las otras iglesias, de la
introducción de las colegiales, de la jurisdicción
eclesiástica, y de otras muchas materias importantes, sobre las cuales,
a más de la erudición que escoge
-44-
de otros autores
que las han tratado, trae siempre algunos documentos originales de su Iglesia
de Novara.
Para hacerte mejor cargo de la
cuestión puedes dar una ojeada a la carta que te escribí hablando
de Novara, y en ella repasar lo que digo de las iglesias catedral, y de San
Gaudencio. Te he querido dar noticia de este libro, o de esta
disertación, que forma un tomo en 4º de 256 páginas, porque
el autor debe ser conocido en España siendo individuo de la Real
Academia de la Historia de Madrid: es el abate Gemelli, de quien te
escribí en dicha carta, autor del
Rifiorimento della Sardegna proposto nell'
agricultura, que él regaló a esa academia, de una
disertación sobre la geografía de Virgilio, y de varios otros
libros en latín y en italiano, en verso y en prosa.
Otra obrita más pequeña,
pero que interesa más la curiosidad de los eruditos filólogos, es
una que sacó también a luz el año pasado el abate Morelli,
bibliotecario de la biblioteca de San Marcos en Venecia, de quien te he escrito
-45-
varias veces. Esta es:
Dionis Cassii Historiarum romanarum fragmenta cum
novis earumdem lectionibus a Jacobo Morellio bibliothecae Venetae praefecto
nunc primun edita. Bassani ex typographia Remondiniana A. MDCCLXXXXVIII; y
el título indica bastante que en ella se contienen algunos fragmentos, y
varias lecciones de la historia romana de Dión Casio.
Sin hacerte aquí una historia de la
historia o de la obra de Dión Casio, que si no la sabes puedes leerla en
Fabricio, u otros bibliógrafos, te diré solamente que Dión
Casio empezó su historia romana desde el viaje de Eneas a Italia, y la
continuó hasta el año 228 de la era cristiana, que es decir hasta
sus días, hasta el año en que el mismo Dión Casio tuvo por
segunda vez el consulado. Pero de esta cumplida historia es mucho más lo
que se ha perdido que lo que nos queda, y de los 80 libros que contenía
apenas pudo publicar 14, y esos llenos de lagunas y vacíos Roberto
Estéfano, que hizo la primera edición que tenemos de él.
La edición de Estéfano
-46-
es de 1548; nueve años
después en 1557 hizo otra Xilandro, que le agregó la
traducción latina, y algunas ilustraciones, y otras hicieron poco
después Henrique Estéfano y otros, pero sin aumentarnos los
libros de Dión.
Este autor como otros debe no poco a
nuestro Don Antonio Agustín, que envió a Fulvio Orsino para que
los imprimiese unos selectos sobre las embajadas, que había recogido en
Sicilia cierto Juan de Constantinopla, sacándolos de Polibio, Dionisio
Halicarnaseo Diodoro Sículo, Apiano alexandrino, y, lo que hace a
nuestro propósito, de Dión Casio intitulado todo e)kloai\ peri\
presbeiw=n, o
Selecta de legationibus; y en estos selectos de
Dión Casio había muchos preciosos pedazos, que no se hallaban en
las ediciones precedentes, y salían entonces a luz por primera vez, y
que poco después los puso León Clavio en su edición de
Dión Casio. Otras adiciones hizo en el siglo pasado Henrique Valesio;
otras, aunque no tan copiosas, produjo después Grenovio; y otras
creyó hacer, aunque por la mayor parte publicadas
-47-
ya por
Fulvio Orsino, un tal Nicolás Carmini Falcone, que las sacó del
arriba dicho códice de Orsino, o de Antonio Agustín conservado en
la Vaticana.
Con todos estos y otros subsidios, que
procuro adquirirse de la Vaticana, y otras librerías, y con el
epítome de Xifilino, y otros pasos sacados de otros antiguos,
quería presentar el célebre Fabricio una edición
más completa de Dión Casio, y lo que él no pudo sino
proyectar lo llegó a ejecutar felizmente su yerno Hermano Samuel Reimar,
que en 1750 y 52 publicó en Hamburgo en dos gruesos tomos en folio la
más completa, erudita y magnífica edición que tenemos de
aquel autor. Ahora pues el docto y atento crítico abate Morelli mientras
estaba formando el suplemento, o por mejor decir el nuevo catálogo de la
biblioteca de San Marcos de Venecia, se encontró con un códice de
Dión, que a más de ser apreciable por su antigüedad, siendo
del siglo XI, parece haber logrado un escritor atento, y de bastante
inteligencia, y pensó en sacar de él las variantes, y los
fragmentos, que no han
-48-
visto la luz en ninguna de las ediciones.
En efecto trae bellísimas variantes, algunas de las cuales presentan un
sentido mucho mejor que el que leemos en la edición de Reimar.
Podría traerte algunos ejemplos de ello, habiendo cotejado dichas
variantes con el texto de Reimar, que cabalmente es el que yo poseo; pero
sería fatigarte con palabras griegas, y con pedazos sueltos, que no
podrían darte gran gusto.
Aun más que las variantes son
apreciables los fragmentos. En el libro LV, donde hay varias lagunas, llenan
algunas de ellas los fragmentos de aquel códice. Uno, por ejemplo, harto
largo nos describe, como Augusto levanto en su foro, esto es, el foro de
Augusto, un templo al Dios Marte, y estableció varias leyes o ritos, que
se debían observar, lo que toca ligeramente Suetonio; pero en este
fragmento de Dión se ve con más individualidad. Nos da
también noticia de los juegos o espectáculos que dio en Roma y en
Nápoles, contando el juego de
Troya, que tan bien nos pintó Virgilio,
los espectáculos de 260
-49-
leones degollados en el circo, de
gladiatores; de una naumaquia entre atenienses y persas, quedando,
también en ésta vencedores los atenienses, y finalmente de un
gran lago de agua en el circo Flaminio, donde fueron hechos pedazos 36
cocodrilos; y diciendo de Nápoles que decretó en honor de Augusto
el certamen quinquenal por haber edificado aquella ciudad después de
haber sido arruinada por los terremotos y los incendios, lo que, añade,
fue más fácil de ordenar en Nápoles, porque era la ciudad
más apasionada a los usos de los griegos.
Si D. Nicolás Ignarra hubiese
tenido esta noticia, ¿qué bello papel no le hubiera hecho en su
libro
de Palestra Neapolitana? Añade aun
varias otras noticias del decreto con que se dio a Augusto el título de
Padre de la patria, de una fiesta que dio el
histrión o bailarín Pilades, y de varias otras cosas curiosas. No
las tiene menos otro fragmento en el mismo libro algo más adelante,
donde habla de varios hechos de Lucio Domicio en Alemania, de la guerra con
-50-
los partos, de la de los armenios, de las muertes de Cayo y de
Lucio nietos e hijos adoptivos de Augusto, y de otras cosas semejantes, y con
estas noticias se verifican algunas datas cronológicas, o se confirman
algunos hechos ya conocidos, o se saben otros desconocidos, o se dan por otras
partes nuevas luces para la historia romana.
El abate Morelli no sólo ha
publicado dichos fragmentos en su texto griego, sino que los ha traducido en
latín, e ilustrádolos con notas oportunas. Este códice de
Dión Casio es uno de los 300 que los franceses tomaron de aquella
biblioteca, por lo que las noticias que da el abate Morelli son más
importantes, y ha querido darlas entre otras razones para que puedan servir al
alemán Abrahan Jacobo Penzel, que está trabajando en una nueva
edición de aquel autor, y a más de eso
tum vero etian, añade,
ut mihimet magno in moerore posito ab ejuscemodi
negotii jucunditate solatium, quoad poteram diutinum pararem. Esta es
la verdadera, para la distracción de las aflicciones y angustias de
ánimo conviene mucho
-51-
sepultarse en el estudio, y divertirse
con los libros.
El abate Morelli es en el día el
más erudito y juicioso bibliógrafo que yo conozco en toda Europa,
y se le debe desear vida, salud, y toda comodidad, y quietud de ánimo
para continuar sus producciones, e ilustrar la bibliografía. No
sé cómo sacara a luz los materiales que tenía recogidos
para su catálogo de la librería; como ahora faltan de ella 300
manuscritos, no sabía, según me dijo el octubre pasado, si
querría el gobierno que lo publicase cual se hallaba, añadiendo
sólo a los códices transportados la nota de que existen ahora en
la biblioteca de París, o que sólo publicase el catálogo
de los que ahora han quedado, o que nada de esto se hiciese; y en este
último caso pensaba con estas sus memorias sacar otra obra que tal vez
sería más del gusto de los eruditos, y de más universal
utilidad. El Señor le dé salud, y todos los medios para trabajar,
como lo deseo para su honor, y para el provecho de la literatura.
Aunque las distracciones de las
circunstancias
-52-
presentes dejan pensar poco en cosas literarias,
este pequeño opúsculo ha logrado mucha aceptación en
Alemania, y otras naciones cultas, y aun en París ha merecido muchos
elogios de los que son capaces de gustar de este género de
erudición. Las ediciones de fragmentos de autores antiguos suelen
recibirlas con mucho aplauso los eruditos; y hemos visto cuanto ruido
movió años atrás un fragmento sólo de dos o tres
llanas de T. Livio, que se halló en la Vaticana, y lo publicó en
Roma con grande aparato el docto abate Giovanazzi. Tal vez lo hicieron mayor
los pocos fragmentos de los caracteres de Teofrasto, que el abate Petroni,
bibliotecario de la Sapiencia, quería publicar en Roma, y habiendo
muerto sin ejecutarlo, hizo después aquí en esta Real imprenta
una magnífica edición el abate Amaduzzi, profesor en Roma en el
colegio de Propaganda.
Los alemanes, y otros literatos
septentrionales son aún más amantes de esta suerte de ediciones y
apenas viene literato alguno a Italia que no sepa desenterrar
-53-
algún códice, y llevarse algún pedazo inédito para
publicarlo a la vuelta a su país. Tengo a mano un cuaderno de fragmentos
de SS. PP. griegos, que comenzó a publicar el joven dinamarqués
Munter, de quien te escribí en mis cartas de Roma o Nápoles.
Éste habiendo recogido en sus viajes muchos pedazos de SS. PP. antiguos
que creía inéditos, vuelto a Copenhague los fue examinando mejor,
los confrontó con los tesoros, colecciones, símbolos,
anécdotas, y otras obras semejantes de Combefis, Montfaucon, Grabe,
Pfaff, y otros tales, y halló ya publicados varios, que él
había creído inéditos, y empezó a dar a luz algunos
que realmente lo eran, y parece que tenía intención de continuar,
pues da a este el título de
Fasciculos primus; pero como no mucho
después ha muerto, no creo que haya sacado otro, yo a lo menos no he
visto más.
Aunque sea de una data ya algo antigua,
creo que para ti podrá ser aun reciente, y que no te disgustará
tener alguna noticia de lo que son estas ediciones de anécdotas, de las
cuales deberían
-54-
estar bien provistas las bibliotecas
públicas para dar luz, y ahorrar fatigas inútiles a los
estudiosos: yo mismo si hubiera tenido a su tiempo estos fragmentos de Munter
habría podido hablar con más fundamento en mi VI tomo sobre S.
Ireneo y Teodoro Mopsuesteno. Empieza pues Munter con la relación de sus
investigaciones hechas en las librerías particularmente de Viena,
Venecia y Roma, y sobre todo de ciertos manuscritos que halló en la
biblioteca de casa Corsini, que él creyó si serían de
Foggini, que fue en ella bibliotecario, como también en la Vaticana, en
los cuales encontró muchos fragmentos de SS. PP. recogidos de algunos
códices de la Vaticana, y que parece los iba disponiendo el colector
para darlos a la prensa. De estos manuscritos principalmente, y de algunos
códices que examinó por sí mismo, copió los
fragmentos que publica.
Empieza por uno de Papías, autor
eclesiástico de fines del primero, y principios del segundo siglo de la
Iglesia, pero notado por Eusebio y otros antiguos como escritor de ingenio no
muy sublime.
-55-
Éste es de una descripción pueril de
cómo quedó hinchado, feo y hediondo el cuerpo de Judas. El buen
luterano luego quiere sacar provecho para su teología, y argüir de
aquí el poco caso que quiere que se haga de la tradición. El
argumento no tiene fuerza, porque la tradición a que queremos prestar fe
los católicos no son los cuentos de Papías, ni aun de
algún otro de más autoridad que él, sino el consentimiento
y aceptación de la Iglesia; pero yo quisiera que del ejemplo de este y
otros protestantes tomáramos los católicos el empeño de
sacar provecho de todo para confirmación de nuestra fe, y recoger,
publicar e ilustrar lo que pueda contribuir a tan santo fin.
Sin entrar en teologías, de este
cuentecillo de Papías creo que podrán sacar los eruditos
físicos y médicos una noticia algo curiosa, que yo a lo menos no
he visto en otra parte, y sobre la cual el editor, metido en su crítica
y teología, no ha hecho observación. Esta es de una especie de
microscopio que usaban los médicos y cirujanos, pues dice Papías
-56-
que la cara estaba tan hinchada que los párpados de sus
ojos no se podían ver ni aun con el
espejo de los médicos, mhde\ u(po\
dio/ptra o)fqh=nai du/nasqai. Ese espejo, o este microscopio, o como quieras
llamar aquella
dioptra de médico, bien fuese de vidrio
o de metal, era ciertamente una especie de microscopio, de que se
servían los médicos y cirujanos para ver con él lo que no
podían alcanzar con sus ojos naturales. En 1785 se publicó en
Londres un tomo de Memorias de la Sociedad literaria y filosófica de
Manchester, entre las cuales hay una del Dr. Falconer sobre el conocimiento que
tenían del vidrio los antiguos. Aunque en ésta el erudito autor
no habla sólo del vidrio o cristal, sino también de los espejos
de metal de diferentes especies, aunque trae muchas citas de Galeno del uso que
se hacía en la medicina y cirugía, y parece que vacía
cuanto se encuentra sobre este asunto en Plinio, Séneca y todos los
antiguos, no hace en parte alguna la más mínima
insinuación de esta
dioptra de médico, que se ve aquí
mencionada por Papías.
-57-
Pero dejando esto a un lado, y volviendo a
Munter, del fragmento de Papías pasa a ocho o nueve de San Ireneo, y
como en el primero, que pertenece al libro IV
adversus hereses, habla el Santo de la
libertad del hombre, el luterano Munter no le deja pasar sin hacer sus
observaciones, y ver si podrá rebajar en este punto la autoridad de San
Ireneo. Casi todos los otros fragmentos son de los comentarios de la Escritura
de dicho Santo, los cuales se ve que versaban sobre todos, o a lo menos los
más de los libros de la Biblia, y confieso que si los hubiese tenido
presentes hubiera dado lugar a San Ireneo en mi capítulo de la
exegética entre los más antiguos comentadores. Ni aun aquí
deja pasar nada el joven Munter, donde no haga sus observaciones
teológicas. Viene después un fragmento de Eusebio Cesariense
sobre los Cantares.
Pero los más largos, y tal vez
más importantes son los fragmentos de Teodoro Mopsuesteno. Este Teodoro,
presbítero de Antioquía, y después obispo de Mopsuestia,
fue uno de los más famosos
-58-
doctores de la Iglesia oriental
en el cuarto y quinto siglo. La ruidosa cuestión de los tres
capítulos que tanto ocupó a la Iglesia antigua, y aun a la
moderna, ha conservado más viva la memoria de Teodoro en el occidente,
que sin ella tal vez hubiera perecido con sus escritos: estos solo han quedado
en las traducciones orientales, no en el griego original, ni en traducciones
latinas, sino es un comento de los doce profetas, que se conserva
inédito en dos o tres bibliotecas, y algún paso citado por
Facundo Hermianense, u otros. Munter nos presenta ocho fragmentos bastante
largos, que nos hacen conocer algo las obras, y el estilo de aquel autor. Cinco
de ellos son de una respuesta, o refutación de Teodoro de la obra de
Juliano apóstata contra los cristianos, de que no hablan ni Cave ni
Fabricio, y los otros tres de sus comentarios del evangelio de San Lucas.
Muchas observaciones hace Munter sobre algunos de estos fragmentos, y otras
muchas podría yo hacer; pero temo haberte ya cansado sobrado con lo que
de estas ediciones de fragmentos, y de esta
-59-
suerte de obras te he
dicho hasta ahora, y sólo quisiera que los ejemplos de los italianos, y
de tantos ultramontanos produjera en nuestros españoles el empeño
de manejar y hojear todos los manuscritos que habrá en tantas
bibliotecas de ahí, y sacar de ellos con atención, y conocimiento
lo que se halle de importante, y que pueda acarrear algunas luces a la
literatura.
Ahora pasando a producciones literarias
más modernas te citaré dos que son muy recientes, pues apenas se
han acabado de imprimir, y no han salido aún a la luz pública.
Estas son una vida latina del Petrarca de monseñor Fabroni, y el segundo
tomo de la historia del álgebra de los primeros italianos del P. Cosali.
Desde que unos veinte o treinta años ha publicó el abate de Sade
su vida del Petrarca, no se ha cesado de escribir vidas y elogios de aquel
padre de la literatura moderna. El abate de Sade siendo de la familia de la
famosa Laura, adorado objeto del Petrarca, pudo hallar en su casa varios
documentos de la vida, hechos y escritos de aquel gran
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cantor y
adorador de una su antepasada, y tenía un motivo particular para hacer
conocer más y más a quien con sus versos había hecho
inmortal a una de su familia. Con esto tomo o con mucho empeño el
recoger y publicar todas las memorias que podían servir a este intento,
y dio a luz tres gruesos tomos en 4º de la vida del Petrarca, que han sido
muy estimados no solo en Italia y Francia, sino también en las otras
naciones.
Después acá el abate
Tiraboschi en su historia de la literatura italiana se ha aprovechado de tas
noticias del abate de Sade, y ha sabido dar otras nuevas. La academia de Padua
propuso para asunto de un premio un elogio del Petrarca. El abate Bettinelli
sacó un elogio de nuevo gusto con el título
delle lodi del Petrarca. Tres a lo menos
trabajaban a un mismo tiempo en la vida del Petrarca, el abate Menegheli de
Padua de quien tengo impresa una disertación sobre las
tragedias urbanas, D. Carlos Rosmini caballero
de Roveredo, autor de las vidas de Ovidio, y de Séneca, y el caballero
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Baldelli de Florencia, autor de un elogio de Macchiavelo, que
mereció una crítica o confutación de nuestro D. Antonio
Eximeno, que, como sabes, publicó aquí en italiano, y ahora
piensa imprimirla ahí en castellano. Todos tres hicieron investigaciones
y viajes para encontrar monumentos y noticias. En mi cuarto copió el
abate Menegheli lo que juzgó conveniente para su intento de lo que toca
al Petrarca en los códices de casa Capilupi, que habrás visto
citados en mi
Catálogo.
Varias veces me escribió el Sr.
Rosmini, y yo le sugerí los monumentos de que tenía noticia, que
podía consultar en su viaje que hacía con este motivo a Cremona,
Milán, Pavía, Turín &c. Pero quedó finalmente
con el encargo el caballero Baldelli. Éste siendo florentín en
medio de aquellas librerías llenas de memorias del Petrarca, pudiendo
conversar con Mehus, Bandini, Fabroni y otros eruditos en las cosas patrias,
pudo recoger muchos monumentos y cartas inéditas, especialmente de las
que posee el abate Mehus, y quiso a más de esto hacer
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un
viaje a Venecia, adonde el Petrarca dejó su librería, a Padua,
donde vivió mucho tiempo, y murió, a lo menos en sus
inmediaciones, a Verona y a otras ciudades.
Entonces el abate Menegheli le
cedió todos los monumentos que había recogido de la
librería de la catedral, y de otras librerías y archivos, y se
retiró de la empresa de escribir dicha vida. Dos años hace
publicó la suya el caballero Baldelli, y con esto abandonó el
pensamiento de la suya el Sr. Rosmini, y se dedicó a escribir la de
Victorino de Feltre, que le daba campo para ilustrar una buena parte de la
historia literaria, y aun parte de la política de Italia en el siglo XV.
Si vuelves a leer lo que digo de Victorino en el catálogo de los
códices capilupianos, verás cuánto puede una vida
semejante interesar a las literatos, especialmente a los italianos. En efecto
dicho autor me escribió que se había movido a emprender la vida
de Victorino por lo que había leído en mi catálogo.
Entretanto Baldelli como en su vida
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daba varias noticias sacadas de cartas inéditas, pensaba
hacer una edición de estas, y de otras que o son inéditas, o
necesitan salir más correctas, no siéndolo según las
ediciones en que hasta ahora se han publicado; y para la edición que
él preparaba pidió a monseñor Fabroni que compusiese una
vida latina para ponerla al principio de dichas cartas. Fabroni, hecho a
escribir tales vidas la escribió en dos paletas; pero entretanto,
negocios domésticos obligaron a Baldelli a hacer un largo viaje, y
distraerse en varios asuntos, que no le han permitido ocuparse en dicha
edición. Por lo que monseñor Fabroni, que tenía ya
compuesta la vida me escribió que viese si Bodoni querría tomar a
su cargo el imprimirla. La vida como compuesta sólo para ponerse a la
frente de las cartas es breve, y no debe recomendarse particularmente por
noticias originales y recónditas, sino por ser latina, que podrá
leerse más universalmente en todas las naciones, por haber con
particularidad hecho realzar las noticias de la parte literaria, y del
mérito del Petrarca en
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promover el buen gusto en esta
parte, y por el mérito del estilo, y de la elocuencia latina, tan
notorio por tantas otras vidas y obras de aquel escritor. Y he aquí una
vida más del Petrarca sobre las que como te he dicho han salido a luz en
poco tiempo.
Pero lo que te parecerá más
extraño es que en este mismo tiempo, dos o tres años ha, compuso
otra vida en Inglaterra una Señora Mistris Dobson, muy aficionada al
Petrarca, que había dado pruebas de ello traduciendo en inglés
varias cosas del poeta italiano, y finalmente quiso escribir la vida, como lo
ejecutó en dos tomos en 8º, bien que ella misma confiesa que nada
dice de nuevo, sino lo que había leído en otros, especialmente en
el abate de Sade, y que sólo la escribe, porque desea hacer que sus
nacionales conozcan a aquel hombre, a quien tanta debe toda la literatura.
Es cosa curiosa que mientras esta
Señora inglesa trabajaba la vida del Petrarca, un abogado o procurador
inglés de Liverpool se ocupaba igualmente en ilustrar la de otro
italiano también de mucho
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mérito en artes y letras.
El Sr. Roscoe sacó por aquel tiempo, o poco antes en Liverpool una vida
del célebre Lorenzo de Médicis apellidado el
magnífico; pero éste no se
contentó, como mistris Dobson con su Petrarca, con lo que habían
escrito otros, sino que produjo muchísimas noticias originales. Lorenzo
el
magnífico no dejaba de ser conocido de
los literatos y de los políticos; pero no lo era tan universalmente como
el Petrarca. Roscoe, que desde su juventud le fue aficionado, se maravillaba de
que no le hiciesen más honor sus compatriotas los italianos, y como su
afecto le conducía a buscar noticias de su héroe, no podía
llevar con paciencia que en tantos siglos no se hubiera hecho más que
una edición de sus poesías, ni se hubiese escrito más que
una brevísima vida, que compuso Valori, y que queriendo dar otra
edición de sus poesías hacia la mitad de este siglo no se hubiese
hecho más que reimprimir la antigua, y unirle la vida de Valori.
Tomose pues el empeño de hacer
desde Liverpool conocer a los mismos italianos
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el mérito de
Lorenzo, y pasma el ver cuantos libros y opúsculos heterogéneos,
y de diferentes asuntos, muchos de ellos desconocidos o despreciados aún
de los italianos, tuvo él la paciencia de leer y volver a leer, y
entresacar con diligencia y atención cuanto encontraba en ellos que
pudiera tener alguna relación con su Lorenzo. Cuando estaba más
metido en este estudio quiso el Sr. Clarke amigo suyo venir a Italia, y no
dejó perder Roscoe tan oportuna ocasión para adquirir mayores
noticias de Florencia. Su amigo le sirvió cumplidísimamente, y no
dejó en Florencia librería ni archivo, donde pudiese hallar
documentos tocantes a Lorenzo, que no examinase, y formó grandes fajos
de copias que fue sacando de cuanto podía servir para el intento de
Roscoe.
Cargado de poesías y monumentos
inéditos que copió, y de libros impresos que compró,
volvió a Inglaterra a hacer de todo a su amigo un reglalo que le
había de ser tan apreciable. Lo fue en efecto, y se dio con ansia Roscoe
a leer y
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meditar todos aquellos materiales con que quería
levantar un digno templo a la gloria de su Lorenzo. Entre los libros
halló un grueso tomo en 4º mayor, en que estaba una larga vida de
Lorenzo adornada con gran multitud de documentos originales escrita en
latín pocos años antes por monseñor Fabroni. Se le
cayó a su vista la pluma de la mano, pareciéndole que no le
quedaba ya nada que hacer, hallándose ejecutado lo que tanto deseaba, y
sólo juzgó poder traducir en inglés la vida de Fabroni,
añadiendo en las notas algunas noticias que merecían tener en
ella lugar. Pero después reflexionando que lo que él más
deseaba que se realzase en la vida de Lorenzo era la parte que había
tenido en la propagación y adelantamiento de artes y ciencias, y que
Fabroni se extendía principalmente en la política, se
resolvió finalmente a escribir otra vida que presentase a su
héroe en aquellos aspectos que a él le placían, y la
publicó en efecto en dos bellos tomos en 4º si mal no me acuerdo en
1796.
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Yo tuve la ocasión de verla con
comodidad a fines de aquel año, y principios del siguiente por el favor
de un inglés que se hallaba entonces en Venecia, y como en ella se
citaba dos veces mi obra con muestras de aprecio, deseó que le diera mi
parecer, y le hiciera las observaciones que juzgara convenientes. La leí
pues con mucho gusto, y con admiración de ver un inglés en
Liverpool, sin haber estado jamás en Italia, poseer tantas y tan menudas
noticias de autores, y de obras italianas, y corregir sobre datas y ediciones a
los mismos italianos más versados en la bibliografía italiana,
Tiraboschi, Affó, y otros tales. Su plan es oportuno para hacer leer una
vida privada y pública sin tratarla superficialmente, ni cansar con
sobradas menudencias.
El estado de la Toscana y de la Italia,
los padres y hermanos la educación y los primeros años, o la
juventud de Lorenzo disponen el ánimo del lector para desearlo conocer
como político, soberano, y engrandecedor de un famoso
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estado, como poeta y literato, como protector y promovedor de las artes, buenas
letras y ciencias, y como sujeto que debe formar época en la cultura
civil y literaria de la Italia, y aun de la Europa. Entremedias de los libros
que siguen el curso de su vida política va enjeriendo, los otros en que
trata en uno de su mérito en la cultura y protección de la
poesía y buenas letras, en otro de la de las nobles artes, en otro de
las ciencias, y en estos tiene campo para hablar de los hombres grandes que en
aquel tiempo florecieron bajo su ilustrada protección. El segundo tomo
contiene los documentos, muchos de los cuales son los que sacó de la
vida de Fabroni; pero hay no pocos otros originales que salen a luz por primera
vez en la suya.
No me causó poca admiración
el ver ciertamente una cuarta parte del tomo llena de poesías
inéditas de Lorenzo, que su diligencia, y la de su amigo Clarke supieron
desenterrar del polvo de los archivos y librerías, y es un curioso
fenómeno
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literario ver salir de Liverpool, después
de casi tres siglos, una colección de poesías italianas del
más noble poeta, y de uno de los sujetos a quien debe más la
poesía italiana, sacadas de las tinieblas a la luz pública por un
abogado o procurador inglés, que jamás ha visto la Italia. En una
obra semejante no todo podía salir desde luego con perfección, y
así le fuí observando algunos pocos defectos, que el
inglés que me prestó aquella vida quiso quedárselos para
enviarlos al autor por si se hacía segunda edición; pero las
circunstancias de la guerra le hicieron escapar de Venecia poco después,
y no he tenido ya más noticia. Sólo he sabido que no era vano el
pensamiento de la segunda edición, pues en junio del 1797 pasando por
Florencia vi ya una segunda edición hecha en Londres, y ahora me
escriben que se imprime en Pisa traducida en italiano.
De la historia de estas vidas de dos
ilustres literatos italianos pasemos a otra historia de los primeros
algebristas italianos.
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Esta es del. P. Cosali teatino, de quien te
escribí en una de las cartas del tercer tomito, aunque en la
impresión vi que se decía Casoli, y no Cosali como es su apellido
de una casa noble de los condes Cosali de Verona. La obra lleva el
título:
Origine trasporto in Italia, primi progressi in essa
dell' algebra Storia critica di nuove disquisizioni analitiche o |