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    Cartas del abate D. Juan Andrés a su hermano Don Carlos Andrés en que le comunica varias noticias literarias
     Andrés y Morell, Juan, (S.I.)
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Cartas del abate Don Juan Andrés a su hermano Don Carlos Andrés, en que le comunica varias noticias literarias


Juan Andrés y Morell



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Advertencia del editor

Pedí a mi hermano que me escribiese algunas noticias literarias con ánimo de comunicarlas al público; y él deseoso de complacerme me ha enviado las cuatro cartas que ahora se publican. Mi primer pensamiento fue ir dando a luz cada una de las cartas conforme las iba recibiendo; pero pareció a otros mejor publicarlas juntas cuando pudiesen formar un tomito, porque yendo sueltas fácilmente se pierden. Ojalá no hubiera yo adherido a este dictamen, y no me vería precisado a dar a luz estas cuatro cartas que aun no forman un tomito regular cuando sus noticias por retardadas serán menos apreciables. ¿Pero quién podía prever los extraordinarios acontecimientos ocurridos en Italia? Es bien notorio que estos han hecho difícil e incierto el tránsito de los correos, y en esta incertidumbre no era del caso emplear, en escribir unas cartas semejantes, el tiempo que el autor de ellas necesitaba para otras cosas serias e importantes. Por mi parte también ha habido motivos, que, obligándome a estar muchos meses fuera de esta ciudad han retardado la impresión. Por fin se publican estas cartas sin esperar por ahora otras; pero si, aquietadas las turbulencias de Italia, volviesen a pasar regulares y seguros los correos, me prometo que vendrán más, y las haré imprimir desde luego siguiendo la foliación de estas, para que se pueda formar de todas uno o mas tomitos, según lo permitan las ocupaciones, y la permanencia de mi hermano en aquel país.

No hablaré del mérito de estas cartas, dejando que los lectores formen por sí mismos el juicio, que me lo prometo favorable, como han tenido la suerte de obtenerlo las otras producciones del autor.





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Carta I

Querido Carlos: En mal punto doy principio al cumplimiento de la promesa que te he hecho en varios correos, y que nunca he podido ejecutar, de irte dando noticias literarias, y suplir de algún modo con largas cartas el gusto que no puedo aún lograr de tu compañía y conversación. Empiezo ahora con la triste noticia de la muerte de tres ilustres literatos, con todos los cuales, más o menos, he tenido alguna relación. Estos son Mr. Saussure de Ginebra, el abate Spalanzani profesor en Pavía, y el Dr. Galvani médico y profesor en Bolonia. Mr. Saussure era gran físico y naturalista: empezó a darse a conocer con varios descubrimientos, e invenciones físicas que fue publicando, o en conclusiones que proponía en las escuelas, y   -2-   academia de Ginebra, o en los diarios, y papeles periódicos de su patria, de Francia y de Alemania; pero lo que le hizo respetar como un oráculo de los naturalistas fue su grande obra de los Viajes a los Alpes. Nacido en la falda de los Alpes, acostumbrado desde la niñez a pisar las montañas, y hacer cada año un viaje a algunas de las más altas, habiendo atravesado catorce veces por ocho partes diferentes la cordillera de los Alpes, examinado las montañas de la Suiza, y gran parte de las de Francia, Inglaterra y Alemania, visitado con particular estudio las de Italia, Sicilia, e islas adyacentes, pasado casi la mitad de su vida sobre los montes entre los eternos yelos de algunos de ellos, y los volcanes de otros, contemplando las tierras, las rocas, las piedras, las plantas, y las producciones de todos, haciendo nuevas experiencias y observaciones, y repitiendo las hechas, sobre lo que quedaba alguna duda, no dejando pasar la cosa mas pequeña, que no la observase y examinase hasta conocerla perfectamente, comenzó a dar a luz   -3-   el fruto de sus viajes en un grueso tomo en cuarto en 1779, y continuó después en otro en 1786, haciendo esperar otro, que ha salido finalmente acompañado del cuarto en 1796.

No creas, engañado por el título, que la obra contenga solo conocimientos de piedras y peñascos, descripciones de nieves y de neveras, y observaciones mineralógicas, y de historia natural: es un tesoro enciclopédico de infinidad de noticias químicas, físicas, botánicas, zoológicas, mineralógicas, y aun fisiológicas, hidrostáticas, meteorológicas, y de todas las ciencias naturales. Desde luego con la ocasión de su lago de Ginebra hace mil experiencias y observaciones originales sobre las aguas: al ver tantos con el bocio entorpecidos en una incorregible estupidez, da noticia de los crinones, y la primera razonada y distinta que hayan visto los fisiólogos, y por la cual se movió después el célebre anatómico Malacarne a hacer la anatomía, y darnos la descripción anatómica y médica de aquellos infelices individuos de la especie humana, abandonados, y casi   -4-   desconocidos hasta que Saussure, y Malacarne nos los han hecho conocer. Una infinidad de nuevos instrumentos, o de mejoras en los ya usados, nuevas experiencias y variaciones, y mayor perfección y exactitud en las que ya antes de él se habían hecho, la estructura de las montañas, la naturaleza de las piedras, la faz y las entrañas de la tierra, y un nuevo mundo, por decirlo así, no visto, ni aun imaginado por alguno se halla en aquellos cuatro tornos de sus viajes a los Alpes, que pueden llamarse la bibliotheca de las montañas, y aun casi de todo el globo terráqueo. Yo tuve la satisfacción de verle en 1791, cuando había tantos años que se esperaba el tomo de continuación de sus viajes, y hablándole sobre esto me dijo que deseaba hacer antes un viaje a España para ver y gozar de Sierra nevada. Estas sierras nevadas, sierras morenas, y otras sierras, collados y montañas eran sus ciudades, palacios, galerías y jardines, y todas las delicias de sus viajes. También deseaba mucho hacer una visita, y ofrecer su respeto y veneración a nuestro   -5-   célebre Don Antonio Ulloa, a quien llamaba el Néstor de las naturalistas, y con quien se correspondía enviándose mutuamente memorias y regalos de historia natural. No parece que pudo cumplir sus deseos, y no uno, sino dos tomos ha publicado después en 1796 sin haber visitado a Sierra nevada, que tantos atractivos tenía para su docta curiosidad. Las revoluciones acaecidas en Ginebra le expusieron al odio de alguno de los partidos, y deseó establecerse en otro país, donde pudiera gozar de más quietud. Me escribió entonces el abate Spalanzani que deseaba ir a Pavía con algún establecimiento en aquella universidad; pero las circunstancias de los tiempos no lo permitieron. Vi después en algunos diarios literarios que había ido a París, donde enseñaba en una de aquellas escuelas, creo centrales, y el mes pasado oí decir su muerte, que no sé si ha sido en París, o en Ginebra, ni tengo más noticias de la muerte, ni de la enfermedad que la ha ocasionado. Era de edad no avanzada, teniendo solos 58 años, y mostraba una fuerte complexión, y robusta salud.   -6-   Nació en 1740: a los 20 años hizo oposición a una cátedra de matemáticas, y a los 22 logró una de filosofía. Su casa era de las mejores de Ginebra, y tenía otras dos de campo muy buenas en las playas del lago con aire de las magníficas quintas de Italia, y en todo se veía un señor hacendado y rico. Su museo de máquinas físicas muchas de invención suya, y de historia natural, era muy estimable, y llamaba la atención de los eruditos forasteros, de quienes lo veo muy alabado. Ha instruido a un hijo suyo en química, física, e historia natural, y lo ha ido acostumbrando a los viajes de las montañas, como él mismo lo refiere; y en efecto el hijo ha publicado ya varias observaciones, y obritas suyas, y se ha adquirido crédito entre los físicos y naturalistas.

No sé qué tiene aquella ciudad, que produce tantos, y tan excelentes literatos. En pocos años ha perdido dos naturalistas de los más sobresalientes en toda Europa, Bonnet, y Saussure, y no muchos años antes había perdido a Trembley. Vive aún De Luc, que es lector   -7-   de la reina de Inglaterra, y famoso físico, y naturalista, y el año pasado fue nombrado profesor de filosofía, y geología en la universidad de Gottinga. Senebier, sujeto distinguido en las ciencias naturales por su obra del arte de observar, y por varias investigaciones y observaciones que ha publicado con descubrimientos importantes sobre la influencia de la luz, sobre algunas plantas, sobre la digestión y generación, sobre los puntos tocados por el abate Spalanzani en sus obras, que él ha traducido en francés con prólogos y notas muy útiles, y sobre varias otras materias físicas.

Este tiene además mucha erudición, de que no suelen abundar los físicos y naturalistas. Como ha seguido la carrera de la Iglesia, y ha sido ministro, o cura de una parroquia, ha estudiado la teología, y el curso de erudición que esta pide. Su primera producción literaria que yo sepa es una disertación de la poligamia. Nombrado después bibliotecario de Ginebra abrazó la erudición bibliográfica y literaria, y publicó luego   -8-   un Catálogo razonado de los manuscritos de la biblioteca de Ginebra, y poco después una Historia literaria de Ginebra, y en un diario literario de aquella ciudad ha ilustrado varias lápidas, y otros monumentos de antigüedad que en ella se encuentran, y ha manifestado una erudición muy universal. Te hablo de este con más distinción, porque he tenido con él más relación y correspondencia epistolar. Ahora después de la primera sublevación de Ginebra abandonó aquella ciudad, y se retiró a Rolle, de donde no he tenido de él otras noticias que las que he visto en los papeles públicos, y en las obras que ha dado a luz.

A más de este es nombre famoso entre los físicos el de Pictet, su Ensayo sobre el fuego está lleno de miras originales, que abren nuevo campo a los físicos, y bastaría aquel opúsculo para darle lugar entre los más distinguidos. Pero tiene varias otras producciones muy estimables y en medio de sus investigaciones profundas y originales se ocupa con mucho provecho de la Europa en comunicarle las obras importantes que salen   -9-   en Inglaterra, y formar en lengua francesa, de uso más universal, una Bibliotheque brittanique, que cuenta ya muchos tomos. No quiero dejar de nombrarte un teólogo Mr. Cleparede, que en una obrita contra Rousseau, Consideración sobre los milagros del evangelio, hace ver su juicio, y su filosófica y teológica erudición.

El nombre solo de Necker recuerda un ginebrino, que ha hecho gran ruido en todo el mundo como ministro económico y político, y no lo ha hecho poco entre los literatos con sus escritos. Lo hace también grande con los suyos Mallet du Pan tratando con mucha fuerza y vivacidad las materias que al presente llaman la atención de toda Europa. No acabaría si quisiera ir nombrando a Bertran, Le Sage, Trembley, hijo o sobrino del famoso Trembley, Picot, y varios otros, que deberían tener lugar si se quisiera hacer un catálogo de los escritores ginebrinos; pero no hago tal, y solo por incidencia al participarte la muerte Saussure he dejado correr un poco la pluma para darte alguna noticia   -10-   de la literatura de la patria de aquel grande hombre, de que tal vez tendrás poca.

No es menos grande, y por un lado lo es aún mucho más, el difunto Spalanzani. El arte de observar y experimentar parece llevado a la perfección en las experiencias y observaciones de Spalanzani. Aquella viveza de ingenio y de imaginación para ver desde luego en cada materia cómo se ha de entablar la observación o la experiencia para hacerla útilmente, y conocer por ella la verdad que se desea; aquella paciencia y flema de hacerla, y repetirla más y más veces, variarla, aumentarla, disminuirla, volverla y revolverla por todos lados, sin dejarla de las manos hasta haberla apurado bien; aquella penetración y agudeza de mente para advertir a la primera vista lo que sobra, lo que falta, y hallarle luego pronto remedio; aquella vigilancia y atención para no pasar por alto las más pequeñas, y al parecer despreciables circunstancias; aquella solidez y exactitud de juicio para sacar de ella las verdaderas consecuencias, y   -11-   desechar las arbitrarias e inciertas; aquella prudente y sabia reserva de ceñirse y contenerse en los términos que la observación o la experiencia prescribe, sin dejar dar un paso más adelante a la inquieta vivacidad del ingenio; y en suma aquella lógica penetrante y aguda, severa y sólida, que se ve en las investigaciones y descubrimientos de Spalanzani, ha sido la admiración de los filósofos imparciales sus coetáneos, y lo será de los venideros, y el ejemplar de los físicos y naturalistas, que querrán hacer el conveniente estudio de la naturaleza.

Noble elogio de Spalanzani son a mi parecer los tomos de cartas del celebrado Bonnet. La primera obra de Spalanzani, o a lo menos la que empezó a darlo a conocer universalmente, fue su traducción con notas importantes de la obra de la Contemplación de la naturaleza de Bonnet, y ésta le dio ocasión de entrar en comercio epistolar con aquel gran maestro de los naturalistas. Éste al principio le trata como discípulo, y le hace conocer su superioridad: poco a poco va creciendo la estima, y le mira   -12-   como igual, hasta que al fin llega a consultarle como superior y maestro. En efecto, sobre las mismas materias que había ilustrado Bonnet supo él hacer nuevos descubrimientos, y extendió sus investigaciones a otras muchas no tratadas por Bonnet, ni otro alguno, sino enteramente nuevas y originales, y con razón pudo decir el mismo Bonnet, que más verdades había descubierto en pocos años Spalanzani, que academias enteras en medio siglo.

Varias veces he considerado allá em mi interior a aquel gran filósofo hora paseando por los fosos, sentado junto a un lago, o a un estanque, moviendo y manejando aquel lodo, viendo y reviendo, examinando y contemplando los gusanillos, y pequeños insectos que en él habitan, y viviendo, por decirlo así, con aquellos animalillos, que comúnmente se desprecian, y que apenas los conocen aun los mismos naturalistas; hora metido dentro de su cuarto llena de sapos, ranas caracoles, lagartijas, y otras sabandijas semejantes, rodeado de gallinas, palomas, perros y gatos, estudiando en   -13-   todos ellos con utilísimas experiencias los más secretos arcanos de la naturaleza, y no he sabido resolver si era más de admirar su paciencia para permanecer tanto tiempo en aquel género de vida, o su talento y habilidad para saber sacar de ella tantas verdades, y tantos conocimientos de la naturaleza. Catorce, y más años ha vivido por fosos y pantanos en busca de los animalillos infusorios; 2027 son a lo menos las ranas y sapos que ha cortado, y abierto en el momento en que estaban unidos para su generación, y otros tantos, o tal vez más antes o después de él; infinitas pruebas ha hecho dando de comer a palomas y gallinas ya con piedrezuelas, ya con tubitos de plomo, y manejando después, y examinando sus excrementos, y en cualquier punto que quería tratar no cesaba un momento de hacer, repetir y variar sus experiencias y observaciones.

Yo le vi en Mantua, donde se detuvo dos días para favorecerme con su compañía, y como entonces llevaba no sé qué ideas sobre la diferente salubridad   -14-   de los aires, y del uso del eudiómetro, en vez de paseos y visitas repetía varias veces las experiencias con un eudiómetro que traía consigo en el viaje, y con que aun por el camino las hacía donde le parecía conveniente. ¡Qué ruido no movía estos años pasados buscando murciélagos para hacer con ellos varias pruebas, de las cuales no ha dado cuenta al público, y por ello no sabemos aun las resultas! Esta inquieta actividad, y curiosa paciencia le han valido tantos preciosos descubrimientos, de que están llenas sus obras.

No sé a quien debemos admirar más, o a Mr. de Saussure trepando por peligrosos riscos, metiéndose entre peñas, donde no se veía sino algún poco de cielo, y algunos cuervos, puesto sobre las cimas más altas de las montañas cubiertas perpetuamente de helada nieve, y allí, adonde apenas llegan algunas águilas, o algún otro rarísimo pájaro, formar su cabaña, y plantar su estudio, y con picos y martillos anatomizar los peñascos, con los barómetros, termómetros, y otros instrumentos físicos dar   -15-   tormento a la naturaleza, y hacer experiencias físicas y meteorológicas, que ningún otro mortal había podido, ni tal vez podrá hacer, y dominando de aquella inmensa altura todo el globo terráqueo dar a los hombres, que tan bajo de sí veía, lecciones de historia natural, y de física, que estaban reservadas a su infatigable aplicación; o al abate Spalanzani hora sepultado en fosos y pantanos, revolviendo lodos, acariciando gusanillos, hora cerrado en su cuarto como en una arca de Noé con sus sapos y ranas, con sus caracoles y lagartijas, con sus palomas y gallinas, perros y gatos, y con varias especies de animales, dar de comer a unos, hacer el rufián a otros, cortar en pedazos algunos, rehacer a otros los pedazos cortados, quitar la cabeza a unos, y hacérsela renacer, dejar a otros por muertos, y hacerlos revivir, y consultarlos todos para aprender de ellos verdades desconocidas, y hacerlas conocer a los otros hombres.

Son extraños los gustos de los filósofos, y a los más de los hombres parecerá   -16-   la vida de estos de quienes hablamos extravagante ridiculez, o melancólica locura; pero lo cierto es que ellos con tales ocupaciones pasan días más alegres, y gozan deleites más puros, y más sólidos y sinceros divertimientos, que los ociosos y poltrones del mundo en sus teatros, saraos, regodeos y pasatiempos, y son infinitamente más útiles a la humanidad.

Spalanzani ha variado sus divertimientos naturalísticos, y ha hecho muchos viajes de mar y tierra, en el mediterráneo, en el adriático, por Francia, por los Suizos, por toda Italia, y las más de sus islas, especialmente la Sicilia, y las Eolias. Seis tomos ha dado a luz de sus viajes a las dos Sicilias, y a las islas Eolias, en los cuales, aunque principalmente ha tomado por objeto ilustrar las producciones volcánicas, ha tratado otras muchas materias curiosas, y de mucha utilidad. Ahora estaba poniendo en limpio, para darlo también a la imprenta, su viaje a Constantinopla, en que, según varias materias que le oí decir trataba en él, era preciso que hubiese   -17-   cosas muy dignas de la atención de los naturalistas, y de todos los filósofos, y eruditos. Pero la muerte nos ha privado de esta, y de varias otras producciones literarias de aquel ilustre maestro.

Su edad era más adelantada que la de Saussure, y tocaba ya, o había cumplido los 70 años, pues me acuerdo que en agosto, o Setiembre de 1795 me dijo qué tenia 66, pero estaba tan fresco, y era de complexión tan robusta, que hacía esperar muchos más años de vida, y de pública instrucción, si un insulto de apoplejía a principios del mes pasado no le hubiera cortado la carrera que tan gloriosamente seguía. Su patria era Scandiano, villa distinguida en los estados de Módena: fué profesor en la universidad de Módena, y allí empezó a darse a conocer de suerte que llamó la consideración del conde de Firmian, ministro plenipotenciario de la Lombardía austríaca, para convidarle con una cátedra, y distinguido sueldo en la universidad de Pavía, donde ha enseñado por largos años, y donde por último le ha cogido la muerte.

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En sus viajes ha hecho preciosas colecciones para el museo de historia natural de la universidad de Pavía, y al mismo tiempo las hacía también para uno suyo propio que tenía en su casa paterna de Scandiano bajo la custodia de una hermana suya, que me dicen contiene muy preciosas raridades, y piezas de mucho valor, y que ahora quieren ponerlo en venta sus herederos. A más del viaje de Constantinopla que tenía ya casi pronto para la impresión, estaba trabajando para la sociedad italiana, en cuyos tomos tenía ya impresas otras memorias; estudiaba sobre el gas de los planetas, y ocupaba en varias investigaciones importantes su infatigable actividad.

No era del calibre de Saussure, y de Spalanzani, pero era sujeto de mucho mérito el difunto Dr. Galvani. Era profesor estimado en la universidad de Bolonia, buen médico, y buen físico; pero poco conocido fuera de allí hasta que las ranas, o el descubrimiento de la electricidad animal, que su penetración le presentó al ver casualmente producirse algunos movimientos en las ranas ya muertas   -19-   al tocarlas un cuerpo eléctrico, llevó su nombre por toda la culta Europa. Publicó su descubrimiento con mucho fondo y solidez de doctrina, y luego, como suele suceder en las novedades importantes, se vieron salir muchas explicaciones, confirmaciones, impugnaciones y defensas, censuras y elogios; y en poco tiempo se formó una biblioteca de opúsculos, que se publicaron en pro y en contra de la electricidad animal; pero bien presto quedó triunfante la verdad, y ahora la electricidad, que en Francia veo llamarse con el nombre de Galvanismo, forma un ramo de física, que llama el estudio y la atención de los físicos y de los médicos, y que hará inmortal el nombre del Dr. Galvani.

Los españoles D. Ramón Rialp, mis discípulos D. Gaspar Sánchez, que has conocido ahí de paso para Teruel, y D. Joseph Ferrer, que está en Barcelona, y algunos otros eran de los más asiduos concurrentes a sus experiencias y lecciones, y él mismo confesaba que se había aprovechado no poco de sus luces y advertencias. No le he visto una vez   -20-   en casa de Sánchez, y Ferrer, adonde vino para favorecerme, y con las faldriqueras cargadas de ranas para hacerme ver aquellas experiencias, y explicarme la teoría, de que yo entonces aún no tenía idea, y realmente me pareció, cual lo había oído celebrar, un hombre docto y modesto, en quien resplandecía igualmente el saber que la virtud.

El año pasado al proponer a los profesores el juramento de odio a la monarquía el Dr. Galvani fue uno de los que estimaron más perder su cátedra, que gravar su conciencia con un juramento que no creía poder hacer. No se puede negar que sea digno de mucho elogio quien sacrifica honores y emolumentos temporales por no exponerse a faltar a su conciencia; y en efecto, sin querer por esto ofender a los otros, los que se han negado a este juramento han sido profesores de notoria probidad, y de talentos sobresalientes, y he oído hablar con mucha edificación del célebre matemático, Dr. Canterzani, que ha sacrificado cátedra, presidencia de la academia, y otros honores y emolumentos, y se ha   -21-   reducido a una privada estrechez; de la famosa poetisa y grecista Clotilde Tambroni, que por el mismo motivo ha abandonado su cátedra de griego, y otros provechos, y aun la patria, y se ha acogido a esa ciudad, como sabes; y del médico Dr. Utini, y de todos los otros que han hecho semejantes sacrificios. A buena cuenta el religioso Dr. Galvani se ha adquirido a tiempo este mérito delante de Dios, pues apenas han pasado siete u ocho meses cuando le ha llamado a la otra vida a coger el fruto de su virtud y religiosidad.

Pero basta de muertos, y ya que hasta ahora por noticias literarias solo te las he dado de muertos, quiero darte una al contrario de una obrita que me han regalado del arte de prolongar la vida humana. Su autor es el Dr. Hufeland, profesor de medicina en la universidad de Iena, y el traductor el Dr. Careno, médico italiano, que está en Viena, como has visto en mi carta sobre la literatura de aquella ciudad. Verdaderamente toda la medicina no es otra cosa que el arte de prolongar la vida humana, y   -22-   el poner este título a un tratado particular hace esperar cosas nuevas y particulares: la universidad de Iena es una de las más famosas de Alemania, y por consiguiente de Europa en las presentes circunstancias, y entre los profesores de aquella universidad uno de los más célebres es el Dr. Hufeland, a quien por su singular fama el conde Wilzeck, cuando era ministro plenipotenciario de la Lombardía, hizo cuanto pudo para traerle a Pavía a la cátedra de clínica que habían ocupado Frank, Tissot, y Borsieri; y tanto lo especioso del título de la obra como la fama del autor todo prometía más de lo que me ha presentado la misma obra.

Esta es de dos tomos en 8º dividida en dos partes, el primero contiene la parte teórica, y el segundo la práctica. A lo menos en lo que mas fácilmente puede entrar mi juicio no veo el método y orden de las materias en la mejor disposición. La parte teórica empieza con la destinación de esta su arte macrobiótica, y aquí viene con los egipcios y griegos, gerocómica, gimnastíca, San   -23-   Gemain, Mesmer, Cagliostro, y otros tales, que parece debían entrar más en la parte práctica que en la teórica, y al contrario la mitad de la segunda parte es el examen de los medios que abrevian la vida, lo que parece debía haber tenido más propiamente su lugar en la teórica que en la práctica, y así varias otras cosas las va metiendo como le vienen, y ha de repetir muchas veces en la práctica lo que ha dicho en la teórica.

Por más que en el prólogo insista mucho en que esta su arte macrobiótica es diferente de la medicina, y de la dietética, poco o nada dice que no esté comprehendido en la dietética, o higiena. Aun entrando en la materia me parece que sin ser médico puedo juzgar que no la trata con la mayor felicidad. Algunos puntos que toca son poco generales para entrar en un arte semejante; por ejemplo entre los medios, o mejor diría motivos de acortar la vida, uno es la onanía moral, otro el suicidio, y entre los de prolongarla la conservación de los dientes, y la limpieza de la piel.   -24-   No dudo que sean verdaderos unos y otros, si bien lo de la onanía moral podrá ser muy raras veces; pero ¿son acaso cosas que merezcan tratarse en particular en un arte de prolongar la vida humana? Por lo general lo más de lo que dice realmente a propósito para esto es lo que se halla en casi todos los que escriben del modo de conservar la salud, y lo que comúnmente dicen en la conversación aun los que no son médicos, sobriedad, movimiento y ejercicio del cuerpo, tranquilidad y contento de ánimo, dormir bien, esto es, quietamente, y el tiempo necesario a la propia complexión, comer moderadamente en cuantidad y cualidad, y otras tales que ya sabemos. Otras que quiere poner de suyo no sé qué utilidad tengan; como por ejemplo ¿qué haremos para tener un buen origen físico? Tendremos el que nos ha tocado al nacer, y paciencia. Conservar el verdadero carácter que cada uno tiene es otro medio que propone para vivir largamente, y aquí habla de los que han de mudar de carácter según el papel que hacen; todo   -25-   lo que no veo que tenga una inmediata influencia con la larga vida. Sin embargo en la diferente duración de la vida de los príncipes, de los literatos, y entre estos de los filósofos, poetas y otros, de los monjes, y ermitaños, de los marineros, cazadores, labradores, soldados, y otros empleos, en la determinación del tiempo de las diferentes vidas, en los mismos medios ya sabidos de abreviar, o de alargar la vida, y en varios otros artículos trae erudición y doctrina, que creo pueda merecer el estudio de los médicos.

Esta obra que salió en Alemania el año 1796, y en Pavía el pasado 98, me trae a la memoria un papelito suelto, que cinco, o seis años ha publicó estando en Mantua un médico toscano gran viajador, que había corrido por Francia, Inglaterra y Alemania; y aun en Italia no podía estar fijo en una ciudad, sino que iba siempre pasando de una a otra, el Dr. Vallí, que en Inglaterra publicó en inglés algunos opúsculos, que le dieron honor; en Mantua un papelillo sobre la electricidad animal, que no contenía más que una precisa relación de experiencias   -26-   suyas enteramente originales, y así otros en Padua, y otras ciudades; este pues sacó a luz un opúsculo del modo de evitar la vejez, el cual, aunque no sé si podrá ser de mucha utilidad, es ciertamente más original, y más curioso que el de Hufeland. No lo tengo presente, porque siendo un pequeño cuaderno fácilmente se habrá traspapelado en la transportación de mis libros: en general me acuerdo que examinaba en qué consiste la vejez, que es en la falta de un fluido, y en la sobra de materia terrea, y proponía una bebida, que iría disolviendo la parte terrea sobrante, y restableciendo el fluido que se pierde, todo esto, propuesto con brevedad, claridad y precisión de términos fisiológica y química, hacia un libro, que, aunque muy pequeño, y tal vez para el uso de la vida poco útil, era curioso y docto.

Ya que he empezado a hablarte de libros de medicina no será noticia literaria fuera de propósito la que he leído en un viajero alemán Christiano Luis Lenz del estado de la medicina en Suecia y Dinamarca, Gothemburg, según   -27-   este dice, tiene tres excelentes médicos Engelhard, Dubb, y Karlander. El profesor Saxtorf, uno de los más doctos y versados en la obstetricia, la enseña en un famoso y celebrado hospital que hay en Copenhague para las mujeres que van de parto. Las universidades de Upsal, y de Copenhague, como también la academia de esta, presentan gran número de ilustres profesores no sólo en la medicina, sino también en las ciencias que le pertenecen, como botánica y química, que se cultivan cual en ninguna otra universidad.

Los jóvenes estudiantes asisten a las lecciones de los profesores cinco, seis y aun siete años, y se instruyen, bien en la teórica antes de darse a la práctica, y después de graduados para ganarse crédito deben viajar. Así lo han hecho Murray, Thumberg, Akrel, Sparrman, Callisen, Winsloo, y otros muchos. He leído los viajes de Thumberg y de Sparrman con mucho gusto por la variedad de noticias que dan no sólo geográficas, sino de historia natural, botánica &c. lo que hace ver los conocimientos de que   -28-   estaban bien provistos desde su juventud aquellos médicos, cuando emprendieron sus largos viajes nada menos que por África y Asia. Algunos hacen estos viajes a sus costas, porque varios sujetos de buenas y ricas casas se dan al estudio y profesión de la medicina, otros a costas del rey, de la universidad, o de algunos señores particulares, que los quieren proteger, o se empeñan por el honor y provecho de la nación. Aquellos médicos instruidos en las lenguas se hacen llevar los libros y diarios literarios que salen en otras naciones, y se aprovechan de los descubrimientos que se hacen en todas ellas.

Con esta ocasión, y cabalmente hablando de los médicos alabados en este viaje, he visto la reflexión de un literato, que observa el error en que están varios, de que a un literato poco dinero le basta, y que mientras se dan gruesos sueldos y pensiones a cualquier empleado, y a cualquier criado, parece que se eche a la calle el más mínimo emolumento que se de a quien profesa las letras. Un literato, dice, que sea realmente   -29-   digno de este nombre, necesita de comodidad, y alguna abundancia por el bien de las ciencias que cultiva: necesita un amanuense para no perder su precioso tiempo en copiar y poner en limpio sus escritos; necesita los diarios literarios de otras naciones para saber los nuevos descubrimientos y nuevos libros; necesita muchos de estos libros que se han de hacer venir de lejos con mucho gasto; necesita de gran correspondencia epistolar con otros literatos; necesita a veces de instrumentos y de experiencias; necesita también hacer a las veces algún viaje; y necesita mil otras cosas, en que se emplearía útilmente el dinero, que tantos otros de grandes sueldos no saben emplear sino en vicios y vanidades.

¿Pero adonde vamos con los médicos de Suecia y Dinamarca que tanto alaba el alemán Lenz? Con más complacencia me volveré hacia nuestros médicos españoles con mil parabienes por haber empezado a publicar sus memorias la Real Academia Médica Matritense, de cuyo primer tomo, aunque dado a luz en 1797, sólo poco ha tenido noticia por los   -30-   extranjeros, y he visto con mucho gusto hacerse un cumplido extracto, y los debidos elogios a una memoria de tu amigo D. Antonio Franseri sobre una dificultad de respirar periódica, que manifiesta el influjo de la luna en el cuerpo humano. Más por extenso he podido leer la disertación médica sobre el cólico de Madrid del Dr. D. Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, y me pareció en su género cosa perfecta. No conozco personalmente a este autor; pero vi años atrás un pequeño opúsculo suyo que me envió de París nuestro amigo Cavanilles, que tanto honor da a nuestra nación, sobre la descomposición del aire atmosférico por el plomo, y aunque cosa brevísima y de pocas paginas, me llenó mucho, como también a algunos químicos de Mantua, a quienes lo hice leer, y no dejé de hacer mención de él en mi obra de la literatura en el capítulo de la química. Con esta prevención he leído con ansia esta disertación luego que me ha venido a las manos, y me la he bebido toda con gran placer. Aquel espíritu de observación, aquella vista penetrante aquella   -31-   atenta y pausada reflexión, aquella variedad de conocimientos, con que de la cama del enfermo puede pasar a los jarros, y a las ollas de la cocina, y hacer servir la historia natural y la química a la medicina, son las que constituyen un hombre grande, y me hacen esperar que Luzuriaga dará nuevo lustre a su facultad, y a nuestra nación.

Aunque es ya sobrado larga esta carta, quiero alargarla algo más, y darte noticia de una obra italiana de un español, de la cual tal vez no la tendrás aún. Esta es del abate Don Vicente Requeno sobre el restablecimiento de la música de los griegos y romanos, impresa aquí el verano pasado, y no bien concluida del todo la impresión cuando el autor partió para Zaragoza, y pocos o ningún ejemplar perfecto se pudo llevar consigo, por lo que me persuado que poca noticia se podrá tener ahí de ella. En dos tomos en 8º comprehende la materia, reservándose el publicar ahí otro, si tiene medios para hacer las pruebas que aquí no le ha sido posible ejecutar. Empieza con la historia de la música antigua, y   -32-   ésta desde Jubal, o se puede decir desde el principio del mundo, en lo que no puede dejar de haber mucho de arbitrario, y de propia imaginación; pero viniendo después al tiempo de los poetas griegos va mostrando cómo se unían en cada uno de ellos la música y la poesía; como gran parte de la diversidad de la poesía provenía de la de la música; y cómo la decadencia de la música vino de dividirla de la poesía, y quererla hacer parte de la matemática, tratándola con cálculos y proporciones, de que ella no necesita.

Entra después a examinar los escritores de música griegos, y aun los pocos romanos que tenemos, y expone la doctrina del antiguo Aristógeno, de quien nos quedan aún tres libros, bien que algo alterados en las ediciones que se han hecho de ellos, la de Arístides y Quintiliano, lo poco que dicen Plutarco, Sexto Empírico, y Macrobio, la doctrina de Claudio Tolomeo, de Nicomaco, Bacchio el mayor, y Gaudencio, la de Boecio, Euclides, no el geómetra, Alipio, S. Agustín, Marciano Capela, Psello,   -33-   y Briennio, y en todos ellos va distinguiendo lo bueno, que en los más es muy poco, de lo malo, y falso, o inútil aunque tal vez no sea falso. Donde es de observar que Briennio, aunque tanto más moderno, es uno de los que hablan más ajustadamente, y con más exactitud y claridad.

Dada la historia entra a explicar los sistemas diferentes de la armonía de los griegos, y explica más largamente el sistema ecuable, que fue el más generalmente seguido por los escritores, y propone un instrumento de los antiguos llamado canon, del que da un diseño, que él ha hecho trabajar, y con el que ha hecho varias pruebas, sobre las cuerdas, las consonancias, y todo el sistema de la música griega. A más de los instrumentos examina el canto, que dice dividían los griegos en métrico, armónico, y rítmico, y largamente examina aparte lo que es el ritmo, sus pies, sus mutaciones, y todo lo que le toca.

Yo no entiendo la materia para poder dar mi juicio, sólo observo que este punto del ritmo de la música antigua debe   -34-   ser muy obscuro y enredado pues todos los escritores hallan dificultad en entenderlo, y te diré para gloria de nuestra nación, que en este tiempo han trabajado tres españoles para ilustrar la música antigua, y el ritmo; y me persuado que todos tres le habrán dado cada uno por su parte sus luces particulares. La obra de Requeno está ya expuesta al público; los otros dos son D. Esteban Arteaga, cuya felicidad bien conocida en tratar todas las otras materias que ha emprendido, puede ser una segura prenda de la que le habrá asistido igualmente en tratar esta que deseamos ver cuanto antes publicada, y D. Buenaventura Prats, cuyo manejo de libros y códices éditos e inéditos, y pericia en la lengua y erudición griega me hacen esperar que su obra haga olvidar las de los Meimbomios y Donis, y dé nuevo lustre y extensión a este ramo de la literatura griega. Si a estos tres añades a Don Antonio Eximeno, que compuso su obra, que puede llamarse clásica, del origen, y de las reglas de la música, y al abate Pintado, que publicó una gramática   -35-   de la música, te causará tal vez admiración que tantos españoles hayan casi a un mismo tiempo empleado sus estudios en la música; pero podrás tener el gusto de pensar que sus trabajos en esta parte han sido, y serán honrosos a nuestra nación. Te hablaré finalmente, antes de levantar la mano de esta carta, de otro español, de quien no tengo conocimiento, ni he hallado alguno que lo tenga, y que merece ser conocido por su celo por las letras, por el establecimiento literario que ha emprendido, y por su propio mérito literario. En un tiempo en que se han destruido tantas ilustres academias y sociedades literarias, un español en Italia ha querido establecer una, que puede servir para tener en pie la cadente literatura. Este es D. Eduardo Romeo conde de Vargas, el cual hace algunos años que está en Italia, y ahora vive en Siena, donde, según he oído, se trata sin lujo, pero con decencia, y está muy retirado metido en sus estudios, sin ser conocido personalmente sino de muy pocos aun en Siena.

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Ha publicado algunas obritas en italiano; pero no he visto sino su Saggio dell' epigrama greco, impreso en Siena en 1796, y dedicado al conde de Bernstorf ministro de estado del rey de Dinamarca. De este librito saco tres noticias tocantes al autor, primera, que ha viajado por Europa, habiendo estado en Copenhague, y con algún decoro, pues podía tratar de cerca a aquel ministro, como dice él mismo: nel soggiorno che io feci cosi d' appresso alla vostra gloria. Te copiaré una cláusula de la dedicatoria, que tal vez podrá darte alguna vislumbre para conocer al autor, que yo no conozco. Dice así: il sistema d' un' energica neutralita, col quale avete procurato alla Danimarca tutte le dolcezze della pace, sostenuto il commercio, accresciuto lo splendore delle arti, che vi hanno trovato un asilo, ha sparso ancora sopra di me il suo benefico influsso. Segunda, que a lo menos a la mitad del año 1796 vivía ya en Siena, pues la data de la dedicatoria es: Siena 10 Luglio 1796, y parece natural que algún tiempo antes hubiera llegado allá, y mucho más que   -37-   se hallara en Italia, pues podía escribir en esta lengua en prosa y en verso con tanta facilidad. Tercera, que sea un caballero culto, como lo muestra todo el discurso del libro, y esté versado en la lengua griega, como se echa de ver en las traducciones que hace de los epigramas griegos.

Este pues D. Eduardo Romeo conde de Vargas, movido del celo de mantener el buen gusto en la literatura, pensó en establecer una sociedad literaria de 40 individuos, que concurriesen a este intento, y a lo menos cada dos años enviasen una disertación para insertarla en las memorias que se imprimirían, y cada año a lo menos un artículo para el diario, en que se publicarían las observaciones literarias de los socios sobre los libros y novedades literarias que irían saliendo. Como el fin de esta academia es formar una íntima unión entre los principales doctos de Italia, cada socio podrá contar sobre el interés que todos los otros se tomarán en suministrarle las luces que podrá desear en cualquier género de literatura en que componga alguna obra.

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Me hizo el honor de convidarme a ser uno de los 40, y me alegaba para empeñarme la fuerza de la patria común; pero como yo no pensaba en quedarme aquí sino para atender a la impresión del último tom o de mi obra, le di gracias por la honra que me hacía, y me excusé de no poderla aceptar. He tenido con todo algunas noticias posteriores de los adelantamientos que ha ido haciendo esta empresa, de los presidentes, y una especie de jueces o censores que se han nombrado, y del tomo que se imprimía, y saldrá luego a luz, o tal vez a éstas horas habrá ya salido.

Aunque el autor reside en Siena, el diario, o las observaciones literarias y las memorias, o disertaciones de la sociedad se imprimen en Florencia, tal vez por la mayor facilidad de la transportación de los libros impresos. El secretario de la sociedad es el abate Jayme Sacchetti. Aquí hay dos socios, el Sr. conde Cerati, el cual tiene además no sé qué otro empleo, y el célebre P. Pagnini.

Tú ves que la empresa es grande, y muy loable. Un particular en un país extraño   -39-   formar de toda la Italia una academia, establecer sus reglas o su código, nombrar sus empleos, recoger los escritos, pasarlos por un justo juicio, imprimirlos, y cargarse con las penas, cuidados, fatigas y gastos que ha de causar todo esto es cosa que no se ve frecuentemente, y que debe ser de mucho honor al español que la ha emprendido, y la lleva adelante con felicidad. El Señor le bendiga, y pueda su academia satisfacer el loable intento de su fundador, y ser el apoyo, y el esplendor de la literatura, que va tan decaída, y se ve tan obscurecida con despreciables librejos, e infames producciones.

Creo que tendrás ya bastante carta; no sé si será esta suerte de noticias las que tú deseas: te he escrito lo que me ha venido a la pluma, no para formarte un diario literario, sino solo para entretenerme contigo un poco, y sacudir la molestia y fastidio que me causa este bendito índice de toda mi obra, que me detiene tanto tiempo. Si puedo el correo que viene te hablaré de más libros nuevos, y procuraré contentar de algún modo   -40-   tu loable curiosidad, que es común a otros muchos, según veo en las cartas que me escriben. Sabes cuanto deseo complacerte en todo, y que soy siempre &c.

Parma a 30 de marzo de 1799.



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Carta II

Querido Carlos: He recibido estos días un libro impreso el año pasado en Novara antes de las novedades ocurridas en el Piamonte, del cual quiero darte alguna noticia por ser mi amigo el autor, y no serte desconocido su nombre. El asunto es que en la ciudad de Novara, como habrás visto en mis cartas, a más del cabildo de la catedral hay otro muy ilustre de una colegiata, en la cual se conserva el cuerpo de San Gaudencio, y como este Santo fue el primer obispo de aquella Iglesia, los novareses le han tenido siempre mucha devoción, y han colmado de dones y limosnas aquel templo donde se conserva tan venerable depósito. Con esto se ha levantado una magnífica iglesia, se han dotado ricamente las canonjías y beneficios, se han podido establecer   -42-   con mucho decoro y esplendor las funciones, y todo esto ha puesto a los canónigos de aquella colegial en estado de obtener muchas exenciones, preeminencias y privilegios, y de poderse de algún modo parear con los de la catedral.

Lleno de estas nobles ideas de su iglesia y cabildo de San Gaudencio el canónigo Juan María Francia publicó en 1793 una gran disertación latina impresa en Casal de Montferrato: De novariense S. Gaudentii ecclesia, que optimo jure insignis esse demonstratur, Dissertatio Joannis Mariae Francia ejusdem ecclesiae canonici, y en ella pretende probar que la iglesia de San Gaudencio fue antiguamente la catedral, y que después habiéndose erigido otra iglesia catedral, por tener el obispo en ella su cabildo, quedó realmente catedral, sin dejar de serlo la de San Gaudencio, y así se conserva en el día.

A vista de estas pretensiones el abate Gemelli, ahora canónigo de la catedral, no quiso dejar sin respuesta la dicha disertación, y la confuto con otra, que, para poner la materia a más universal   -43-   inteligencia, escribió en italiano, con el título: Dell' unica e constantemente unica chiesa, cattedrale di Novara riconosciuta nel suo Duomo. Dissertazione apologetico-storico-critica di Francesco Gemelli canonico ordinario novarese &c. Aunque esta no parece mas que una de las muchas cuestiones de preeminencia, que en todos tiempos se han excitado entre varias iglesias, y por consiguiente que sólo pueda gustar a los de Novara, con todo el autor la llena de tantos documentos de todos los siglos desde el VIII hasta el XVI, que da pasto a la erudita curiosidad de los diplomáticos, e ilustra varios puntos de geografía y cronología de los tiempos bajos, y, lo que puede ser de gusto más universal, da muchas luces sobre diferentes objetos de disciplina eclesiástica, de los antiguos cabildos de los obispos, canónigos, párrocos y otros clérigos de las catedrales, de las parroquiales, y de las otras iglesias, de la introducción de las colegiales, de la jurisdicción eclesiástica, y de otras muchas materias importantes, sobre las cuales, a más de la erudición que escoge   -44-   de otros autores que las han tratado, trae siempre algunos documentos originales de su Iglesia de Novara.

Para hacerte mejor cargo de la cuestión puedes dar una ojeada a la carta que te escribí hablando de Novara, y en ella repasar lo que digo de las iglesias catedral, y de San Gaudencio. Te he querido dar noticia de este libro, o de esta disertación, que forma un tomo en 4º de 256 páginas, porque el autor debe ser conocido en España siendo individuo de la Real Academia de la Historia de Madrid: es el abate Gemelli, de quien te escribí en dicha carta, autor del Rifiorimento della Sardegna proposto nell' agricultura, que él regaló a esa academia, de una disertación sobre la geografía de Virgilio, y de varios otros libros en latín y en italiano, en verso y en prosa.

Otra obrita más pequeña, pero que interesa más la curiosidad de los eruditos filólogos, es una que sacó también a luz el año pasado el abate Morelli, bibliotecario de la biblioteca de San Marcos en Venecia, de quien te he escrito   -45-   varias veces. Esta es: Dionis Cassii Historiarum romanarum fragmenta cum novis earumdem lectionibus a Jacobo Morellio bibliothecae Venetae praefecto nunc primun edita. Bassani ex typographia Remondiniana A. MDCCLXXXXVIII; y el título indica bastante que en ella se contienen algunos fragmentos, y varias lecciones de la historia romana de Dión Casio.

Sin hacerte aquí una historia de la historia o de la obra de Dión Casio, que si no la sabes puedes leerla en Fabricio, u otros bibliógrafos, te diré solamente que Dión Casio empezó su historia romana desde el viaje de Eneas a Italia, y la continuó hasta el año 228 de la era cristiana, que es decir hasta sus días, hasta el año en que el mismo Dión Casio tuvo por segunda vez el consulado. Pero de esta cumplida historia es mucho más lo que se ha perdido que lo que nos queda, y de los 80 libros que contenía apenas pudo publicar 14, y esos llenos de lagunas y vacíos Roberto Estéfano, que hizo la primera edición que tenemos de él. La edición de Estéfano   -46-   es de 1548; nueve años después en 1557 hizo otra Xilandro, que le agregó la traducción latina, y algunas ilustraciones, y otras hicieron poco después Henrique Estéfano y otros, pero sin aumentarnos los libros de Dión.

Este autor como otros debe no poco a nuestro Don Antonio Agustín, que envió a Fulvio Orsino para que los imprimiese unos selectos sobre las embajadas, que había recogido en Sicilia cierto Juan de Constantinopla, sacándolos de Polibio, Dionisio Halicarnaseo Diodoro Sículo, Apiano alexandrino, y, lo que hace a nuestro propósito, de Dión Casio intitulado todo e)kloai\ peri\ presbeiw=n, o Selecta de legationibus; y en estos selectos de Dión Casio había muchos preciosos pedazos, que no se hallaban en las ediciones precedentes, y salían entonces a luz por primera vez, y que poco después los puso León Clavio en su edición de Dión Casio. Otras adiciones hizo en el siglo pasado Henrique Valesio; otras, aunque no tan copiosas, produjo después Grenovio; y otras creyó hacer, aunque por la mayor parte publicadas   -47-   ya por Fulvio Orsino, un tal Nicolás Carmini Falcone, que las sacó del arriba dicho códice de Orsino, o de Antonio Agustín conservado en la Vaticana.

Con todos estos y otros subsidios, que procuro adquirirse de la Vaticana, y otras librerías, y con el epítome de Xifilino, y otros pasos sacados de otros antiguos, quería presentar el célebre Fabricio una edición más completa de Dión Casio, y lo que él no pudo sino proyectar lo llegó a ejecutar felizmente su yerno Hermano Samuel Reimar, que en 1750 y 52 publicó en Hamburgo en dos gruesos tomos en folio la más completa, erudita y magnífica edición que tenemos de aquel autor. Ahora pues el docto y atento crítico abate Morelli mientras estaba formando el suplemento, o por mejor decir el nuevo catálogo de la biblioteca de San Marcos de Venecia, se encontró con un códice de Dión, que a más de ser apreciable por su antigüedad, siendo del siglo XI, parece haber logrado un escritor atento, y de bastante inteligencia, y pensó en sacar de él las variantes, y los fragmentos, que no han   -48-   visto la luz en ninguna de las ediciones. En efecto trae bellísimas variantes, algunas de las cuales presentan un sentido mucho mejor que el que leemos en la edición de Reimar. Podría traerte algunos ejemplos de ello, habiendo cotejado dichas variantes con el texto de Reimar, que cabalmente es el que yo poseo; pero sería fatigarte con palabras griegas, y con pedazos sueltos, que no podrían darte gran gusto.

Aun más que las variantes son apreciables los fragmentos. En el libro LV, donde hay varias lagunas, llenan algunas de ellas los fragmentos de aquel códice. Uno, por ejemplo, harto largo nos describe, como Augusto levanto en su foro, esto es, el foro de Augusto, un templo al Dios Marte, y estableció varias leyes o ritos, que se debían observar, lo que toca ligeramente Suetonio; pero en este fragmento de Dión se ve con más individualidad. Nos da también noticia de los juegos o espectáculos que dio en Roma y en Nápoles, contando el juego de Troya, que tan bien nos pintó Virgilio, los espectáculos de 260   -49-   leones degollados en el circo, de gladiatores; de una naumaquia entre atenienses y persas, quedando, también en ésta vencedores los atenienses, y finalmente de un gran lago de agua en el circo Flaminio, donde fueron hechos pedazos 36 cocodrilos; y diciendo de Nápoles que decretó en honor de Augusto el certamen quinquenal por haber edificado aquella ciudad después de haber sido arruinada por los terremotos y los incendios, lo que, añade, fue más fácil de ordenar en Nápoles, porque era la ciudad más apasionada a los usos de los griegos.

Si D. Nicolás Ignarra hubiese tenido esta noticia, ¿qué bello papel no le hubiera hecho en su libro de Palestra Neapolitana? Añade aun varias otras noticias del decreto con que se dio a Augusto el título de Padre de la patria, de una fiesta que dio el histrión o bailarín Pilades, y de varias otras cosas curiosas. No las tiene menos otro fragmento en el mismo libro algo más adelante, donde habla de varios hechos de Lucio Domicio en Alemania, de la guerra con   -50-   los partos, de la de los armenios, de las muertes de Cayo y de Lucio nietos e hijos adoptivos de Augusto, y de otras cosas semejantes, y con estas noticias se verifican algunas datas cronológicas, o se confirman algunos hechos ya conocidos, o se saben otros desconocidos, o se dan por otras partes nuevas luces para la historia romana.

El abate Morelli no sólo ha publicado dichos fragmentos en su texto griego, sino que los ha traducido en latín, e ilustrádolos con notas oportunas. Este códice de Dión Casio es uno de los 300 que los franceses tomaron de aquella biblioteca, por lo que las noticias que da el abate Morelli son más importantes, y ha querido darlas entre otras razones para que puedan servir al alemán Abrahan Jacobo Penzel, que está trabajando en una nueva edición de aquel autor, y a más de eso tum vero etian, añade, ut mihimet magno in moerore posito ab ejuscemodi negotii jucunditate solatium, quoad poteram diutinum pararem. Esta es la verdadera, para la distracción de las aflicciones y angustias de ánimo conviene mucho   -51-   sepultarse en el estudio, y divertirse con los libros.

El abate Morelli es en el día el más erudito y juicioso bibliógrafo que yo conozco en toda Europa, y se le debe desear vida, salud, y toda comodidad, y quietud de ánimo para continuar sus producciones, e ilustrar la bibliografía. No sé cómo sacara a luz los materiales que tenía recogidos para su catálogo de la librería; como ahora faltan de ella 300 manuscritos, no sabía, según me dijo el octubre pasado, si querría el gobierno que lo publicase cual se hallaba, añadiendo sólo a los códices transportados la nota de que existen ahora en la biblioteca de París, o que sólo publicase el catálogo de los que ahora han quedado, o que nada de esto se hiciese; y en este último caso pensaba con estas sus memorias sacar otra obra que tal vez sería más del gusto de los eruditos, y de más universal utilidad. El Señor le dé salud, y todos los medios para trabajar, como lo deseo para su honor, y para el provecho de la literatura.

Aunque las distracciones de las circunstancias   -52-   presentes dejan pensar poco en cosas literarias, este pequeño opúsculo ha logrado mucha aceptación en Alemania, y otras naciones cultas, y aun en París ha merecido muchos elogios de los que son capaces de gustar de este género de erudición. Las ediciones de fragmentos de autores antiguos suelen recibirlas con mucho aplauso los eruditos; y hemos visto cuanto ruido movió años atrás un fragmento sólo de dos o tres llanas de T. Livio, que se halló en la Vaticana, y lo publicó en Roma con grande aparato el docto abate Giovanazzi. Tal vez lo hicieron mayor los pocos fragmentos de los caracteres de Teofrasto, que el abate Petroni, bibliotecario de la Sapiencia, quería publicar en Roma, y habiendo muerto sin ejecutarlo, hizo después aquí en esta Real imprenta una magnífica edición el abate Amaduzzi, profesor en Roma en el colegio de Propaganda.

Los alemanes, y otros literatos septentrionales son aún más amantes de esta suerte de ediciones y apenas viene literato alguno a Italia que no sepa desenterrar   -53-   algún códice, y llevarse algún pedazo inédito para publicarlo a la vuelta a su país. Tengo a mano un cuaderno de fragmentos de SS. PP. griegos, que comenzó a publicar el joven dinamarqués Munter, de quien te escribí en mis cartas de Roma o Nápoles. Éste habiendo recogido en sus viajes muchos pedazos de SS. PP. antiguos que creía inéditos, vuelto a Copenhague los fue examinando mejor, los confrontó con los tesoros, colecciones, símbolos, anécdotas, y otras obras semejantes de Combefis, Montfaucon, Grabe, Pfaff, y otros tales, y halló ya publicados varios, que él había creído inéditos, y empezó a dar a luz algunos que realmente lo eran, y parece que tenía intención de continuar, pues da a este el título de Fasciculos primus; pero como no mucho después ha muerto, no creo que haya sacado otro, yo a lo menos no he visto más.

Aunque sea de una data ya algo antigua, creo que para ti podrá ser aun reciente, y que no te disgustará tener alguna noticia de lo que son estas ediciones de anécdotas, de las cuales deberían   -54-   estar bien provistas las bibliotecas públicas para dar luz, y ahorrar fatigas inútiles a los estudiosos: yo mismo si hubiera tenido a su tiempo estos fragmentos de Munter habría podido hablar con más fundamento en mi VI tomo sobre S. Ireneo y Teodoro Mopsuesteno. Empieza pues Munter con la relación de sus investigaciones hechas en las librerías particularmente de Viena, Venecia y Roma, y sobre todo de ciertos manuscritos que halló en la biblioteca de casa Corsini, que él creyó si serían de Foggini, que fue en ella bibliotecario, como también en la Vaticana, en los cuales encontró muchos fragmentos de SS. PP. recogidos de algunos códices de la Vaticana, y que parece los iba disponiendo el colector para darlos a la prensa. De estos manuscritos principalmente, y de algunos códices que examinó por sí mismo, copió los fragmentos que publica.

Empieza por uno de Papías, autor eclesiástico de fines del primero, y principios del segundo siglo de la Iglesia, pero notado por Eusebio y otros antiguos como escritor de ingenio no muy sublime.   -55-   Éste es de una descripción pueril de cómo quedó hinchado, feo y hediondo el cuerpo de Judas. El buen luterano luego quiere sacar provecho para su teología, y argüir de aquí el poco caso que quiere que se haga de la tradición. El argumento no tiene fuerza, porque la tradición a que queremos prestar fe los católicos no son los cuentos de Papías, ni aun de algún otro de más autoridad que él, sino el consentimiento y aceptación de la Iglesia; pero yo quisiera que del ejemplo de este y otros protestantes tomáramos los católicos el empeño de sacar provecho de todo para confirmación de nuestra fe, y recoger, publicar e ilustrar lo que pueda contribuir a tan santo fin.

Sin entrar en teologías, de este cuentecillo de Papías creo que podrán sacar los eruditos físicos y médicos una noticia algo curiosa, que yo a lo menos no he visto en otra parte, y sobre la cual el editor, metido en su crítica y teología, no ha hecho observación. Esta es de una especie de microscopio que usaban los médicos y cirujanos, pues dice Papías   -56-   que la cara estaba tan hinchada que los párpados de sus ojos no se podían ver ni aun con el espejo de los médicos, mhde\ u(po\ dio/ptra o)fqh=nai du/nasqai. Ese espejo, o este microscopio, o como quieras llamar aquella dioptra de médico, bien fuese de vidrio o de metal, era ciertamente una especie de microscopio, de que se servían los médicos y cirujanos para ver con él lo que no podían alcanzar con sus ojos naturales. En 1785 se publicó en Londres un tomo de Memorias de la Sociedad literaria y filosófica de Manchester, entre las cuales hay una del Dr. Falconer sobre el conocimiento que tenían del vidrio los antiguos. Aunque en ésta el erudito autor no habla sólo del vidrio o cristal, sino también de los espejos de metal de diferentes especies, aunque trae muchas citas de Galeno del uso que se hacía en la medicina y cirugía, y parece que vacía cuanto se encuentra sobre este asunto en Plinio, Séneca y todos los antiguos, no hace en parte alguna la más mínima insinuación de esta dioptra de médico, que se ve aquí mencionada por Papías.

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Pero dejando esto a un lado, y volviendo a Munter, del fragmento de Papías pasa a ocho o nueve de San Ireneo, y como en el primero, que pertenece al libro IV adversus hereses, habla el Santo de la libertad del hombre, el luterano Munter no le deja pasar sin hacer sus observaciones, y ver si podrá rebajar en este punto la autoridad de San Ireneo. Casi todos los otros fragmentos son de los comentarios de la Escritura de dicho Santo, los cuales se ve que versaban sobre todos, o a lo menos los más de los libros de la Biblia, y confieso que si los hubiese tenido presentes hubiera dado lugar a San Ireneo en mi capítulo de la exegética entre los más antiguos comentadores. Ni aun aquí deja pasar nada el joven Munter, donde no haga sus observaciones teológicas. Viene después un fragmento de Eusebio Cesariense sobre los Cantares.

Pero los más largos, y tal vez más importantes son los fragmentos de Teodoro Mopsuesteno. Este Teodoro, presbítero de Antioquía, y después obispo de Mopsuestia, fue uno de los más famosos   -58-   doctores de la Iglesia oriental en el cuarto y quinto siglo. La ruidosa cuestión de los tres capítulos que tanto ocupó a la Iglesia antigua, y aun a la moderna, ha conservado más viva la memoria de Teodoro en el occidente, que sin ella tal vez hubiera perecido con sus escritos: estos solo han quedado en las traducciones orientales, no en el griego original, ni en traducciones latinas, sino es un comento de los doce profetas, que se conserva inédito en dos o tres bibliotecas, y algún paso citado por Facundo Hermianense, u otros. Munter nos presenta ocho fragmentos bastante largos, que nos hacen conocer algo las obras, y el estilo de aquel autor. Cinco de ellos son de una respuesta, o refutación de Teodoro de la obra de Juliano apóstata contra los cristianos, de que no hablan ni Cave ni Fabricio, y los otros tres de sus comentarios del evangelio de San Lucas. Muchas observaciones hace Munter sobre algunos de estos fragmentos, y otras muchas podría yo hacer; pero temo haberte ya cansado sobrado con lo que de estas ediciones de fragmentos, y de esta   -59-   suerte de obras te he dicho hasta ahora, y sólo quisiera que los ejemplos de los italianos, y de tantos ultramontanos produjera en nuestros españoles el empeño de manejar y hojear todos los manuscritos que habrá en tantas bibliotecas de ahí, y sacar de ellos con atención, y conocimiento lo que se halle de importante, y que pueda acarrear algunas luces a la literatura.

Ahora pasando a producciones literarias más modernas te citaré dos que son muy recientes, pues apenas se han acabado de imprimir, y no han salido aún a la luz pública. Estas son una vida latina del Petrarca de monseñor Fabroni, y el segundo tomo de la historia del álgebra de los primeros italianos del P. Cosali. Desde que unos veinte o treinta años ha publicó el abate de Sade su vida del Petrarca, no se ha cesado de escribir vidas y elogios de aquel padre de la literatura moderna. El abate de Sade siendo de la familia de la famosa Laura, adorado objeto del Petrarca, pudo hallar en su casa varios documentos de la vida, hechos y escritos de aquel gran   -60-   cantor y adorador de una su antepasada, y tenía un motivo particular para hacer conocer más y más a quien con sus versos había hecho inmortal a una de su familia. Con esto tomo o con mucho empeño el recoger y publicar todas las memorias que podían servir a este intento, y dio a luz tres gruesos tomos en 4º de la vida del Petrarca, que han sido muy estimados no solo en Italia y Francia, sino también en las otras naciones.

Después acá el abate Tiraboschi en su historia de la literatura italiana se ha aprovechado de tas noticias del abate de Sade, y ha sabido dar otras nuevas. La academia de Padua propuso para asunto de un premio un elogio del Petrarca. El abate Bettinelli sacó un elogio de nuevo gusto con el título delle lodi del Petrarca. Tres a lo menos trabajaban a un mismo tiempo en la vida del Petrarca, el abate Menegheli de Padua de quien tengo impresa una disertación sobre las tragedias urbanas, D. Carlos Rosmini caballero de Roveredo, autor de las vidas de Ovidio, y de Séneca, y el caballero   -61-   Baldelli de Florencia, autor de un elogio de Macchiavelo, que mereció una crítica o confutación de nuestro D. Antonio Eximeno, que, como sabes, publicó aquí en italiano, y ahora piensa imprimirla ahí en castellano. Todos tres hicieron investigaciones y viajes para encontrar monumentos y noticias. En mi cuarto copió el abate Menegheli lo que juzgó conveniente para su intento de lo que toca al Petrarca en los códices de casa Capilupi, que habrás visto citados en mi Catálogo.

Varias veces me escribió el Sr. Rosmini, y yo le sugerí los monumentos de que tenía noticia, que podía consultar en su viaje que hacía con este motivo a Cremona, Milán, Pavía, Turín &c. Pero quedó finalmente con el encargo el caballero Baldelli. Éste siendo florentín en medio de aquellas librerías llenas de memorias del Petrarca, pudiendo conversar con Mehus, Bandini, Fabroni y otros eruditos en las cosas patrias, pudo recoger muchos monumentos y cartas inéditas, especialmente de las que posee el abate Mehus, y quiso a más de esto hacer   -62-   un viaje a Venecia, adonde el Petrarca dejó su librería, a Padua, donde vivió mucho tiempo, y murió, a lo menos en sus inmediaciones, a Verona y a otras ciudades.

Entonces el abate Menegheli le cedió todos los monumentos que había recogido de la librería de la catedral, y de otras librerías y archivos, y se retiró de la empresa de escribir dicha vida. Dos años hace publicó la suya el caballero Baldelli, y con esto abandonó el pensamiento de la suya el Sr. Rosmini, y se dedicó a escribir la de Victorino de Feltre, que le daba campo para ilustrar una buena parte de la historia literaria, y aun parte de la política de Italia en el siglo XV. Si vuelves a leer lo que digo de Victorino en el catálogo de los códices capilupianos, verás cuánto puede una vida semejante interesar a las literatos, especialmente a los italianos. En efecto dicho autor me escribió que se había movido a emprender la vida de Victorino por lo que había leído en mi catálogo.

Entretanto Baldelli como en su vida   -63-   daba varias noticias sacadas de cartas inéditas, pensaba hacer una edición de estas, y de otras que o son inéditas, o necesitan salir más correctas, no siéndolo según las ediciones en que hasta ahora se han publicado; y para la edición que él preparaba pidió a monseñor Fabroni que compusiese una vida latina para ponerla al principio de dichas cartas. Fabroni, hecho a escribir tales vidas la escribió en dos paletas; pero entretanto, negocios domésticos obligaron a Baldelli a hacer un largo viaje, y distraerse en varios asuntos, que no le han permitido ocuparse en dicha edición. Por lo que monseñor Fabroni, que tenía ya compuesta la vida me escribió que viese si Bodoni querría tomar a su cargo el imprimirla. La vida como compuesta sólo para ponerse a la frente de las cartas es breve, y no debe recomendarse particularmente por noticias originales y recónditas, sino por ser latina, que podrá leerse más universalmente en todas las naciones, por haber con particularidad hecho realzar las noticias de la parte literaria, y del mérito del Petrarca en   -64-   promover el buen gusto en esta parte, y por el mérito del estilo, y de la elocuencia latina, tan notorio por tantas otras vidas y obras de aquel escritor. Y he aquí una vida más del Petrarca sobre las que como te he dicho han salido a luz en poco tiempo.

Pero lo que te parecerá más extraño es que en este mismo tiempo, dos o tres años ha, compuso otra vida en Inglaterra una Señora Mistris Dobson, muy aficionada al Petrarca, que había dado pruebas de ello traduciendo en inglés varias cosas del poeta italiano, y finalmente quiso escribir la vida, como lo ejecutó en dos tomos en 8º, bien que ella misma confiesa que nada dice de nuevo, sino lo que había leído en otros, especialmente en el abate de Sade, y que sólo la escribe, porque desea hacer que sus nacionales conozcan a aquel hombre, a quien tanta debe toda la literatura.

Es cosa curiosa que mientras esta Señora inglesa trabajaba la vida del Petrarca, un abogado o procurador inglés de Liverpool se ocupaba igualmente en ilustrar la de otro italiano también de mucho   -65-   mérito en artes y letras. El Sr. Roscoe sacó por aquel tiempo, o poco antes en Liverpool una vida del célebre Lorenzo de Médicis apellidado el magnífico; pero éste no se contentó, como mistris Dobson con su Petrarca, con lo que habían escrito otros, sino que produjo muchísimas noticias originales. Lorenzo el magnífico no dejaba de ser conocido de los literatos y de los políticos; pero no lo era tan universalmente como el Petrarca. Roscoe, que desde su juventud le fue aficionado, se maravillaba de que no le hiciesen más honor sus compatriotas los italianos, y como su afecto le conducía a buscar noticias de su héroe, no podía llevar con paciencia que en tantos siglos no se hubiera hecho más que una edición de sus poesías, ni se hubiese escrito más que una brevísima vida, que compuso Valori, y que queriendo dar otra edición de sus poesías hacia la mitad de este siglo no se hubiese hecho más que reimprimir la antigua, y unirle la vida de Valori.

Tomose pues el empeño de hacer desde Liverpool conocer a los mismos italianos   -66-   el mérito de Lorenzo, y pasma el ver cuantos libros y opúsculos heterogéneos, y de diferentes asuntos, muchos de ellos desconocidos o despreciados aún de los italianos, tuvo él la paciencia de leer y volver a leer, y entresacar con diligencia y atención cuanto encontraba en ellos que pudiera tener alguna relación con su Lorenzo. Cuando estaba más metido en este estudio quiso el Sr. Clarke amigo suyo venir a Italia, y no dejó perder Roscoe tan oportuna ocasión para adquirir mayores noticias de Florencia. Su amigo le sirvió cumplidísimamente, y no dejó en Florencia librería ni archivo, donde pudiese hallar documentos tocantes a Lorenzo, que no examinase, y formó grandes fajos de copias que fue sacando de cuanto podía servir para el intento de Roscoe.

Cargado de poesías y monumentos inéditos que copió, y de libros impresos que compró, volvió a Inglaterra a hacer de todo a su amigo un reglalo que le había de ser tan apreciable. Lo fue en efecto, y se dio con ansia Roscoe a leer y   -67-   meditar todos aquellos materiales con que quería levantar un digno templo a la gloria de su Lorenzo. Entre los libros halló un grueso tomo en 4º mayor, en que estaba una larga vida de Lorenzo adornada con gran multitud de documentos originales escrita en latín pocos años antes por monseñor Fabroni. Se le cayó a su vista la pluma de la mano, pareciéndole que no le quedaba ya nada que hacer, hallándose ejecutado lo que tanto deseaba, y sólo juzgó poder traducir en inglés la vida de Fabroni, añadiendo en las notas algunas noticias que merecían tener en ella lugar. Pero después reflexionando que lo que él más deseaba que se realzase en la vida de Lorenzo era la parte que había tenido en la propagación y adelantamiento de artes y ciencias, y que Fabroni se extendía principalmente en la política, se resolvió finalmente a escribir otra vida que presentase a su héroe en aquellos aspectos que a él le placían, y la publicó en efecto en dos bellos tomos en 4º si mal no me acuerdo en 1796.

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Yo tuve la ocasión de verla con comodidad a fines de aquel año, y principios del siguiente por el favor de un inglés que se hallaba entonces en Venecia, y como en ella se citaba dos veces mi obra con muestras de aprecio, deseó que le diera mi parecer, y le hiciera las observaciones que juzgara convenientes. La leí pues con mucho gusto, y con admiración de ver un inglés en Liverpool, sin haber estado jamás en Italia, poseer tantas y tan menudas noticias de autores, y de obras italianas, y corregir sobre datas y ediciones a los mismos italianos más versados en la bibliografía italiana, Tiraboschi, Affó, y otros tales. Su plan es oportuno para hacer leer una vida privada y pública sin tratarla superficialmente, ni cansar con sobradas menudencias.

El estado de la Toscana y de la Italia, los padres y hermanos la educación y los primeros años, o la juventud de Lorenzo disponen el ánimo del lector para desearlo conocer como político, soberano, y engrandecedor de un famoso   -69-   estado, como poeta y literato, como protector y promovedor de las artes, buenas letras y ciencias, y como sujeto que debe formar época en la cultura civil y literaria de la Italia, y aun de la Europa. Entremedias de los libros que siguen el curso de su vida política va enjeriendo, los otros en que trata en uno de su mérito en la cultura y protección de la poesía y buenas letras, en otro de la de las nobles artes, en otro de las ciencias, y en estos tiene campo para hablar de los hombres grandes que en aquel tiempo florecieron bajo su ilustrada protección. El segundo tomo contiene los documentos, muchos de los cuales son los que sacó de la vida de Fabroni; pero hay no pocos otros originales que salen a luz por primera vez en la suya.

No me causó poca admiración el ver ciertamente una cuarta parte del tomo llena de poesías inéditas de Lorenzo, que su diligencia, y la de su amigo Clarke supieron desenterrar del polvo de los archivos y librerías, y es un curioso fenómeno   -70-   literario ver salir de Liverpool, después de casi tres siglos, una colección de poesías italianas del más noble poeta, y de uno de los sujetos a quien debe más la poesía italiana, sacadas de las tinieblas a la luz pública por un abogado o procurador inglés, que jamás ha visto la Italia. En una obra semejante no todo podía salir desde luego con perfección, y así le fuí observando algunos pocos defectos, que el inglés que me prestó aquella vida quiso quedárselos para enviarlos al autor por si se hacía segunda edición; pero las circunstancias de la guerra le hicieron escapar de Venecia poco después, y no he tenido ya más noticia. Sólo he sabido que no era vano el pensamiento de la segunda edición, pues en junio del 1797 pasando por Florencia vi ya una segunda edición hecha en Londres, y ahora me escriben que se imprime en Pisa traducida en italiano.

De la historia de estas vidas de dos ilustres literatos italianos pasemos a otra historia de los primeros algebristas italianos.   -71-   Esta es del. P. Cosali teatino, de quien te escribí en una de las cartas del tercer tomito, aunque en la impresión vi que se decía Casoli, y no Cosali como es su apellido de una casa noble de los condes Cosali de Verona. La obra lleva el título: Origine trasporto in Italia, primi progressi in essa dell' algebra Storia critica di nuove disquisizioni analitiche o