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    Escenas montañesas
     José María de Pereda
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La primavera


    Deja, Fabio, esa lira
que tanto te recrea,
o aprende lo que ignoras
y canta lo que aprendas.
Basta de idilios tiernos,
basta de dulces églogas;
no más pastores, Fabio;
Fabio, no más praderas.
Yo quise entre los rústicos
paisajes de mi tierra
buscar de tus cantares
la realidad perfecta;
y ¡ay, Fabio! tú no has visto
jamás la primavera.
Tú no has pisado el «campo
de terciopelo y seda»;
ni respiraste el «fresco
cefirillo que juega
de los sombríos bosques
con la enramada espesa»;
ni la cascada viste
que «rauda se despeña
en el profundo abismo
desde la altura inmensa;»
ni «matizadas flores»
cogiste entre la yerba;
ni oístes el «murmullo
del que manso la riega,
arroyo cristalino
do beben las Napeas
y encuentran las pastoras
cristal que les refleja
de sus cabellos de oro
las ondulantes hebras»;
ni el trino has escuchado
de «mil y mil parleras,
pintadas avecillas,
de las de arpada lengua,
entre el follaje verde
de misteriosa selva»;
ni vistes el cabrito
«triscar la mata fresca,
trepar de roca en roca
la tímida gacela,
ni sobre el fácil soto
rumiar la mansa oveja»,
ni, en fin, esos primores
que describir intentas
en las limadas coplas
que, tierno, canturreas.
Tu campo es un tapete,
tus bosques son macetas,
tus flores, inodoras,
tus cefirillos, hielan;
de trapo son tus ninfas,
tus pastores, horteras,
gorriones tus jilgueros;
y tu cascada horrenda,
del carcomido techo
que a tu numen alberga,
por más que la levantes
es húmeda gotera.
    Desde la ardiente zona
do te arrojó la adversa
fortuna cuando viste
del sol la luz primera,
no abarca una mirada,
por alta que se meza
en el azul espacio
tu miserable celda,
las primorosas galas
que dio Naturaleza
a la, por ti, tan célebre
hermosa primavera.
Aquí, en estos confines
de la gloriosa Iberia;
desde el límite vasco
a la riscosa Liébana;
entre el Escudo gélido
y la feraz ribera
do rompen del salobre
cántabro mar, sin tregua,
con hórrido bramido
las olas turbulentas,
está lo que tú, cándido,
adivinar sospechas.
    Deja, Fabio, la corte
fascinadora, déjala,
y corre presuroso
hasta mi noble tierra;
y aquí, entre su follaje,
junto a su gala espléndida,
desde que abril acaba
hasta que octubre empieza,
verás... lo que no cabe
en pálidas endechas.
Mas no de la dulzaina
meliflua te proveas,
ni de ligeras cintas
de coruscante seda,
ni de pellico tenue
cortado a la francesa,
ni de leve sandalia
y primorosa media,
cual van en tus cantares
los hijos de las selvas.
Antes, Fabio, procúrate
zapatos de dos suelas,
calzón de paño recio,
garrote y podadera;
que en el ameno prado
que la vista recrea,
hay charcos escondidos
y espinas... y culebras;
y el cristalino arroyo
que manso serpentea,
es un regato, a veces,
que no pueden las piernas
saltar, sin el auxilio
de la tranca pasiega;
y en el frondoso bosque
hay zarzas y maleza
que el paso te interrumpen,
y has de cortar, so pena
de que en sus garras dejes
calzones y pelleja;
y, en fin, que el agua moja
hasta en la primavera;
y como en mayo llueve,
y llueve con frecuencia,
si tienes un paraguas
te ha de venir de perlas.
    Verás entonces prados,
y cabañas cubiertas
por olmos y laureles
y mirto y madre-selva;
verás espesos montes,
caminos y veredas
bajo toldos de verde,
fragante, inculta yerba;
verás montañas, cerros
y dilatadas sierras;
robustos, viejos troncos
y ramas que se quiebran
al peso del follaje;
mantos de rica hiedra
cubriendo de las ruinas
la desnudez escueta;
hondos, negros abismos
do pavoroso suena
el murmurante arroyo
que fue por la pradera;
verás valles risueños
y ríos y florestas,
y el humo que, tranquilo,
en espiral se eleva,
y cabras y terneros
y alondras... y miruellas;
respirarás las brisas
balsámicas que juegan
con las fragantes rosas
que esmaltan las praderas;
verás los rayos de oro
del sol, cuando amanezca,
y perlas de rocío,
y hasta nubes de perlas;
verás, en fin, primores;
pero de tal grandeza,
que no podrás cantarlos,
ni los soñó siquiera
en sus inspiraciones
«la rica, gaya ciencia.»
    Mas del deliquio dulce
en que el cuadro te aduerma,
cuida no te despierte
con su prosa grosera
la humanidad inculta
que la campiña puebla.
Aquí anda Nemoroso
detrás de su carreta,
sin rizos, con la barba
mal afeitada y recia,
con los calzones rotos,
luchando con la tierra
que, a costa de sudores,
al cabo le sustenta.
Verás que la zagala
gentil que te embelesa,
es una mocetona
de alborotada greña,
de libras y boyante,
que tosca faldamenta,
sin cintas ni guirnaldas,
con lodo y almadreñas;
verás que si, ofuscado,
audaz la galanteas,
no la colora el rostro,
como tus trovas cuentan,
las tintas sonrosadas
de púdica vergüenza;
sino que, ardiendo en ira,
como fornido atleta,
a bofetada limpia
te salta un par de muelas.
    Así son los modelos
(al menos en mi tierra),
de las ninfas... y ninfos
que vagan por las selvas:
así al Autor Supremo
le plugo que nacieran,
y así serán y han sido...
Y no hay que darle vueltas.
    ¡Qué fuera de nosotros,
gran Dios, de otra manera!
¡si en vez de tales tipos
que el alma desalientan,
cruzaran por los prados
sensibles Doroteas!...
Porque no son las rústicas
pasiones de la aldea
las que la sangre inflaman,
holgando en las praderas:
el ámbar, el almizcle...
Y el Tamorlán de Persia
con todos sus divanes,
sus opios y sus siestas,
se agitan en la mente...
y no hay que darle vueltas.
    No creas, pobre Fabio,
que en solitaria selva
un Títiro sensible
con una Galatea
se pasa la mañana
tendido a pierna suelta,
tocando el caramillo,
sin reparar siquiera
que tiene la zagala
muchísima canela...
o Galatea es tonta,
o Títiro es un bestia...
a son de otra sustancia
distinta de la nuestra.
    Tú, que el hervor aún sientes
de la vida en tus venas,
si vas por el Retiro
y bajo su arboleda
hallas una pastora,
como las rosas fresca,
tejiéndose guirnaldas,
en muelle negligencia;
si ves su pie pequeño
que se adivina apenas
en un zapato breve
de satinada tela:
si por crecer la brisa
agítase la seda
y los revueltos pliegues...
(pero detente, péñola);
si sus lánguidos ojos,
llenos de amor, te asedian;
si su garganta late,
si su jubón... etcétera...
¿adónde irá a parar,
iluso, tu prudencia?
Pues bien, si en el Retiro,
do, sobre ardiente arena,
de mísero ramaje
raquíticos se elevan
árboles de artificio,
sin sombra ni belleza;
si entre la prosa, digo,
de esa enfermiza selva
las gracias de una ninfa
trastornan y marean,
¿qué harán entre estos bosques
cuando su gala ostenta
en voluptuoso alarde
la alegre primavera?
    ¡Oh, pobres trovadores
de tirso y pandereta!:
Del cortesano mundo
entre la turba espesa,
cantad al sol de agosto
que sin piedad os tuesta;
llorad, míseros vates,
fatídicas cornejas,
sobre las tristes sábanas
de calcinada arena
donde la hispana corte
su pedestal asienta;
cantad al mar bullente
que surcan en calesa,
tras chulos argonautas,
impúdicas sirenas;
cantad al hambre, al frío,
al lujo, a la opulencia,
al vicio y a la intriga...
al crup y a las viruelas,
que, pues vivís entre ello,
lo conocéis por fuerza;
mas del risueño mayo,
con tosca, ruda péñola,
no mancilléis los dones
que, como gala, ostenta
sobre florido trono
la dulce primavera.
    Tú que la adoras, Fabio,
si quieres conocerla
deja al punto la corte
fascinadora, déjala,
y corre presuroso
hasta mi noble tierra;
y aquí, entre sus montañas
y encantadoras selvas,
renegarás del torpe
numen que, sin conciencia,
te hizo mentir soñando
mezquinas primaveras;
y acaso, convertido,
al ver tanta belleza,
arranques de tu lira
las insonoras cuerdas,
juzgando, cual yo juzgo,
que si a sentir se llega
de tan hermoso cuadro
la sencilla grandeza,
para cantarla es poco
«la rica gaya ciencia».




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Suum cuique


- I -

Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, plus minusve, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote cochinero, como dicen por acá, o al paso de la madre, expresándonos según los cultos castellanos... de Becerril de Campos.

El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con portalada y escudo; de una hacienda, cerrada sobre sí, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta o cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía a proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos a tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, o no se desarrollaban en la cabaña la papera o el coscojo; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera o no celliscas, paperas o coscojo; pues el abogado trabaja a subio, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.

Y no se vaya a creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de todo buen montañés para quien nada supone el bollo cuando se trata del coscorrón: lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón a la puerta de la Audiencia, por llegar a tiempo a presenciar la quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este pleito era de abolengo e inherente al patrimonio de los Seturas, quienes le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro como la ley de Dios.

Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada, consintió en que le echasen una rodada por un prado de quince carros, lindante, de Norte a Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras vivió el fundador, no se opuso nunca a que algunos de sus convecinos pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida. Pero murió éste, de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el anticipo hecho a su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo, reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada. Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo del dinero; mas que en cuanto a lo de la rodada:

«Visto que en la obligación del primer Seturas no aparecía término alguno para su compromiso:

Vista la necesidad que tenía la llosa de servirse por aquella cambera:

Visto, por último, que ninguno de los vivientes del lugar la había servido por otra parte, y que la costumbre hacía ley, y

Considerando una barbaridad y una injusticia que, aun en caso de tener Seturas alguna razón, se emplease ésta en exigir a los hijos el pago de las torpezas de sus padres, tenía a bien desestimar su pretensión, aconsejándole que se conformara con el fallo y no se metiera en más honduras, no hiciera el diablo que le reclamasen el cambio de algunas columnarias que había entregado borradas entre las restantes monedas de pago.»

Seturas dijo que nones; pero fue condenado en juicio verbal a dejar la rodada por su linde... y a dar al concejo tres duros claros de a veinte, por doce columnarias borradas. Entonces se armó la gorda. El mayorazgo protestó contra el acuerdo del concejo, y apeló a un abogado que apoyó sus razones y se comprometió a defenderle en el litigio que se entabló en seguida. Cayeron los primeros autos sobre la mesa, agregáronseles otros nuevos; y cose que te cose fojas y más fojas, murió este cuarto Seturas, y después el Seturas quinto, y vino el sexto de la familia solariega, que ni por morir al pie, como quien dice, del proceso, consiguió adelantar la causa más que sus antecesores que no la movieron un punto; y por último, entró en posesión del vínculo nuestro don Silvestre que, por de pronto, fue tan poco feliz como sus abuelos en el asunto de la rodada, y mucho más desgraciado que todos ellos, por ser el que recibió la herencia más mermada con el perpetuo y cada vez más ancho desaguadero de la curia.

Sabida esta última circunstancia económica, y teniendo presente que don Silvestre no carecía completamente de sentido común, no parecerá muy extraño que a la edad en que todos sus progenitores contaban por lo menos un heredero, él permaneciese célibe y con ciertos síntomas de recalcitrante. Efectivamente, don Silvestre comprendió al punto que su hacienda era harto exigua para cubrir con ella todas las necesidades de una familia, si no había de descuidar las exigencias de su pleito: para que no se extinguiera en él la raza de los Seturas legítimos, tenía que transigir con el concejo. Don Silvestre no vaciló-« Piérdase la casta, dijo; pero adelante el pleito.»

Y aquí tiene el lector, dibujada a grandes rasgos, la perspectiva exterior, digámoslo así, de don Silvestre Seturas, pocos años antes de la ocasión en que se le presento.

Pero en la vida moral de este personaje hay algunos detalles que no deben ignorarse, si han de admitirse dos aseveraciones: una, de sus convecinos, que era el más listo de los Seturas; y otra, de su ama de gobierno, que no era últimamente, en genio y en saber, como ella le había conocido.

El padre de don Silvestre, ya por no tener más que un hijo, ya porque viera en él, aguzándole un poco, un instrumento más para el triunfo de sus hollados derechos, determinó mandar a su retoño a la villa inmediata para que estudiara latín con un dómine de torva catadura y de tantas narices como fama, y no era chato. Allí, a fuerza de linternazos y conjuros, que tanto podían significar sistema en el maestro como torpeza en el discípulo, aunque en este caso hay datos para creer que era por lo primero... casi tanto como por lo segundo, llegó el joven Seturas a construir oraciones de activa con de. Siete meses después de haber vuelto por pasiva una de ellas sin trocar el tiempo del verbo auxiliar, escribió a su padre que antes de un año sabría hacerlas de relativo compuestas, o que perdería las orejas (cosa nada increíble según el dómine se las trataba); pero el desventurado padre no tuvo la dicha de admirar el aprovechamiento de su hijo, porque le sorprendió la muerte a la puerta de la Audiencia teniendo la carta en el bolsillo. Pudo haberla leído antes de salir de casa, cuando la recibió; pero los minutos que en ello tardara los perdía en la vista; y «todo buen Seturas -como él decía-, antes que a sus hijos, se debe a su pleito».

Este acontecimiento varió la faz de las cosas, y el púbero Silvestre fue llamado a su pueblo para arreglar la testamentaría. Su tutor, y tío a la vez, decidió que no estudiara más, pues, para mayorazgo, bastante sabía; y porque, por otra parte, la soga no estaba para muchos tirones. -Quedóse Silvestre en su lugar.-Aunque en la lengua de Tácito no hiciera grandes progresos, pudo, no obstante el poco tiempo que estuvo con el dómine, vencer la repugnancia tradicional de la familia a la lectura de todo documento que fuese extraño al pleito. Esto no lo conoció Silvestre mientras estudiaba; pero sí durante el primer año de su orfandad, bostezando, panza arriba, donde quiera que hallaba un palmo de sombra; enfermedad que le hizo recurrir al Nebrija como a un camarada antiguo. Repasando declinados y echándose oraciones a sí mismo, tuvo que hojear el Tesauro de Requejo y el Calepino, para traducir los ejercicios de Orodea. Como esto no le divertía gran cosa, aunque le aficionaba más a la lectura, rebuscó la casa y halló el Electo y Desiderio. El estilo de este libro patriarcal le formó cierto gusto para el diálogo; y amando, como joven, la intriga, el enredo y los desenlaces sorprendentes, diose a Bertoldo con todas las potencias de su alma. Por desgracia, la biblioteca de familia no constaba de más volúmenes que los citados y algunos montones de copias de escrituras, y el tutor no quería dar un maravedí para la adquisición de otro libro que el calendario; así es que cuando el joven Seturas, al cabo de dos años, comenzó a fastidiarse de sus libros, que ya sabía de memoria, no pareció en todo el lugar más que un Fr. Junípero el de la panza gorda, que le sacó, por unos días, de aquella galbana perruna que le amagaba otra vez, y a la cual propendía notoriamente. Y como amaba por sistema los libros, a falta de otro mejor adquirió una baraja. Lo primero que aprendió con ella fue el tute arrastrado, y después el mus. Al principio jugaba de capirotazos y vueltas a riquicho con sus contemporáneos, mientras guardaban el ganado: después jugó los pocos cuartos que tenía, y en cuanto ganó una peseta, se fue un domingo al corro, acusó las cuarenta al cura en una sección de tute, echó en otra de mus un órdago a la mayor al secretario del concejo, y se armó para toda la semana. Desde entonces ya no se aburría. Poco después, debido tanto a su precoz desarrollo como a su categoría de mayorazgo, fue admitido en el corro de bolos, donde no tardó en hacer un emboque cerrado, al pulgar, desde el último pas. Los mejores jugadores declararon que, si bien no las borneaba gran cosa, en cambio tenía mucho brazo, y que prometía. Quedó, por lo tanto, admitido entre los jugadores del lugar. Con esto y lo antedicho de los naipes, ya tuvo más de lo suficiente para dar expansión a su inteligencia, mientras la ley no le autorizase para disponer de su mayorazgo, sin necesidad de diálogos, ni den greco-latinos, ni de tumbarse detrás de cada tapia y bajo cada rama.

Llegó por fin el anhelado instante. Don Silvestre cumplió los veinticinco y entró en posesión libre de sus bienes... Por cierto que, al entregarle su tutor las cuentas, de poco se arma otro pleito sobre no sé qué raspaduras hechas en los libros.




- II -

Dueño de algunos cuartejos, hubiera podido satisfacer el antojo de libros que tuvo años atrás; pero, sobre habérsele dormido la afición a ellos, le era imposible dedicarse a la lectura. Entre los naipes, los bolos y el pleito que corría ya de su cuenta, no le quedaba tiempo libre en todo el año más que para almorzar la cazuela de leche, tomar las once con medio de blanco, comer despacio el ollón de berzas, patatas y tocino, en compañía de su ama de llaves, echar la siesta, en verano bajo un nogal y en invierno en la pajera, cenar al anochecer otro ollón como el del mediodía, dormir diez horas, y, por último, pasar una escoba o un puñado de yerbas sobre el lomo de su ganado antes que lo llevaran por la mañana al pasto, y segar el retoño para el caballo que estaba a su cargo.

Bien debe saber el lector de por acá, que de ninguno de estos pormenores puede prescindir un mayorazgo del corte de nuestro Seturas, si no se cruza en su vida algún incidente extraordinario, como se cruzó en la de don Silvestre años después de su advenimiento al mayorazgo.

Llevóle el procurador una Gaceta, al cual periódico estaba suscrito en unión de otros compañeros de la curia, aconsejándole que desde aquel día la leyese siempre, cuidando él de proporcionársela, pues le convenía estar al tanto de los decretos del Gobierno por si se hallaba con alguno a que se pudiese agarrar para su pleito; no porque dudase de la inteligencia y celo de su abogado, sino porque éste había citado, más de una vez, disposiciones derogadas medio siglo hacía, y pasado en silencio otras más recientes que favorecían la causa del mayorazgo.

Este se conformó el primer día con leer el título del periódico y el pie de imprenta y contar los renglones de una columna, para calcular los que tendría todo el papel, y los reales que sumarían, suponiendo que a él le dieran un ochavo por cada línea.

Días después leyó un decreto; otro día leyó tres, y así sucesivamente, hasta que acabó por leerse todo el periódico y por despertar su antigua afición a lo negro, contribuyendo no poco a ello los comentarios políticos que dio en hacerle el cirujano, que recibía otro periódico, sobre los decretos que el primero le citaba casi de memoria. El romancista, que estimaba a don Silvestre porque sabía latín, le propuso el cambio de sus periódicos, y desde luego fue aceptado.

No tardó en sucederle a Seturas con los artículos de fondo algo parecido a lo que a don Quijote le sucedió con los libros de caballerías: fascináronle sus frases y acabaron por extraviarle el poco criterio que tenía, amarrándole completamente a la opinión del diario. Su Dulcinea era la patria; sus encantadores los enemigos políticos del periódico. Faltábale a su carácter la esencia romancesca que había en el Quijano el Bueno: de otro modo, le hubiera costado muy poco hacer de su peludo cuartago un Rocinante, y, olvidado de su pleito, salir en busca de aventuras hasta romperse el alma con los verdugos de la perseguida patria.

Seturas, a pesar de su afición, que era tal que le obligaba con frecuencia a negarse a hacer la partida a los jugadores de naipes y de bolos, no había formado una opinión política sobre un cuerpo más o menos sólido de doctrinas: en su afición era ciego y testarudo, y estaba tan encarrilado en la senda del periódico, que hubiera creído insultar la razón dudando una sola vez de sus declamaciones. Don Silvestre no veía en el diario de Madrid un papel más o menos grande, con la impresión de unas letras de plomo colocadas mecánicamente, y detrás de todo ello la pluma y la cabeza de un hombre de talla común y de vulgares ambiciones, que apreciando a su modo la dirección de la cosa pública, prestase vida e interés a aquel objeto; el mayorazgo veía en él una idea fuera de todo contacto con lo humano, el destello de una inteligencia sobrenatural, ajena completamente a las escisiones de la vida civil; el periódico del cirujano era para él el catecismo, el Evangelio, un catálogo de verdades inconcusas, indiscutibles. Por eso, al hablar de política con sus amigos, resolvía todas las cuestiones citando las palabras del diario, y con el apoyo de éste, reñía con cuantos le contradijesen.

En fin, que se sintió, por primera vez en su vida, hasta con deseos de ver la tierra en donde tanta maravilla se realizaba, y de contemplar de cerca a los seres que las producían. Y no era sólo la política lo que le hizo pensar en la corte. Las animadas descripciones de sus fiestas públicas; la tan cacareada especie de que en Madrid hace cada quisque lo que le acomoda sin que nadie se fije en él, y la plana de anuncios del periódico, según la cual se garantizaba la salud al más enclenque, y se vendían ropa, comestibles y bebidas dando al comprador dinero encima, hiciéronle pensar en la monotonía de las fiestas de su lugar; que en él no se podía tirar un pellizco a una muchacha sin que se contase el lance en todas las cocinas; que el día en que se le antojaba trincarse tres cuartillos, en lugar de la media azumbre que acostumbraba, el tabernero lo charlaba a todo el mundo; que habiendo en una ocasión añadido cuatro dedos de paño a las haldillas de su chaquetón, llevó una silba de todos sus convecinos en el portal de la iglesia, cuando iba a misa; en una palabra, que él, mayorazgo, libre y con salud, ni gastaba levita, ni bebía lo que necesitaba, ni podía echar un requiebro en paz, si no se ponía en guerra con el vecindario. Estas consideraciones hechas a solas y exageradas por la pasión inoculada por el periódico, le arrancaron una noche estas palabras: -«Venderé una finca, o la hipotecaré para sacar dinero; pero yo no me he de morir sin saber lo que es aquello.» Aquello era la corte; pero lo otro, de que se olvidó un momento, se le opuso en seguida a su proyecto. Y lo otro era... el pleito. Los Seturas no se pertenecían a sí mismos. Siete generaciones de ellos habían vegetado en un sólo punto, fijos, inmóviles como rocas, pendientes siempre de sus entrevistas con los procuradores. Todos los días, por espacio de siete generaciones, un individuo de otras tantas de procurador, llegó a la casa solariega, y nunca se puso el sol quedando aplazada una conferencia por haber dormido fuera del hogar un Seturas: ninguno de ellos se hubiera atrevido a hacerlo sin presagiarse una sentencia fatal. Don Silvestre, al fin, era Seturas, y no quería desmentir su apellido.

Por eso, al dicho de sus convecinos de que era el más listo de la familia, debemos añadir que fue el más desgraciado. Sus antecesores estaban, como él, atados al pleito; pero con fe, con gusto, sin el menor deseo de ver el mundo. Él, por el contrario, tras de haber recibido la herencia muy cercenada, adquirió la necesidad de irse a gastar gran parte de ella fuera de su pueblo; necesidad que tomó en él un imperio terrible después de un suceso que vamos a conocer, aunque diga el lector que divago mucho.

Leyó un día en la Gaceta, y al pie de un documento de alta procedencia, un nombre que le sonó a muy conocido. Paróse un poco a reflexionar, y dándose un puñetazo en la frente, exclamó para sí: -«Así se llamaba uno que estudió conmigo latín; aquel madrileñito que estaba de temporada en la villa, adonde había ido su padre a tomar aires... Pero no es posible... Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me sacaba los significados, no puede haber subido tan alto... No, señor... Y ahora que me acuerdo, no me envió los tirantes de goma que me ofreció para cuando llegara a Madrid, por haber cargado yo con la culpa de esconder las disciplinas del dómine, ni me pagó nunca dos reales y medio que le presté... ¡Si fuera él!...»

Y empezando por dudarlo mucho, acabó por enjaretar este documento, precioso por su espontaneidad:

«Señor don Fulano de Tal. (Aquí todos los títulos que leyó en la Gaceta.)

Madrid

«Muy señor mío: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la libertad de dirigirle la presente para que, a vuelta de correo, me diga si eres tú o no es usted el mismo Fulano de Tal que estudió conmigo latín en la villa, y que, por más señas, me quedó debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para que caigas mejor en lo que te quiero decir.

«Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande con franqueza a su seguro servidor,

Silvestre Seturas

«P. D. -El pleito, sin novedad.»

A los quince días de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibió el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados:

«Mi querido Silvestre: Ego sum, amigo mío; yo soy el que buscas, el que estudió contigo en la villa, el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. No puedo explicarte todo el placer que he sentido al hallar, en medio de mi enojosa correspondencia oficial, tu inestimable carta, que me ha despertado uno de los recuerdos más gratos de mi vida, ni podrás sospechar siquiera todo lo oportunamente que la he recibido.

«La suerte me ha sido favorable, ya que favor llama el mundo a que le coloquen a uno donde todos le vean y le puedan zarandear a su capricho; y no extrañes que no te lo haya participado, porque entre las atenciones de mi destino, me olvido hasta de mí propio.

«Reconociéndote la deuda que me citas, es ahora, como siempre, tu amigo que te quiere,

Fulano de Tal

«P. D. -Celebro la buena marcha del pleito, aunque ignoro de qué se trata.»

Dos impresiones causó en don Silvestre la lectura de esta carta: con la primera, que fue de placer, hizo una pirueta; con la segunda se llamó «bárbaro».

Hizo la pirueta, porque hallaba un amigo de campanillas que, sirviéndole en el pleito, le proporcionaba motivo para ir a Madrid.

Y se llamó bárbaro, porque recordó que, cediendo a la costumbre tradicional en la familia, que nunca tuvo más correspondencia que la del pleito, había añadido a su amigo una posdata cuyo significado ignoraba éste.

Pero siendo la primera impresión la que más le dominó, echóse a la calle con ella, llegó al corro de bolos, pagó media a los jugadores... Y metió al alcalde en un zapato, como quien dice, en cuanto oyó, vio y palpó el reyezuelo que el solariego se carteaba con señorones. Al día siguiente le propuso el concejo una honrosa transacción; pero ¡bueno estaba don Silvestre para capitular, cuando tenía la sartén por el mango!




- III -

Desde aquel día el mayorazgo no vivió más que para sus ilusiones, y, agobiado por ellas, tornóse caviloso, taciturno y solitario; huyó de los partidos de naipes y de bolos; y si alguna vez, cediendo a las instancias de los amigos, tomaba cartas, era para dejarse acusar las cuarenta por el último zarramplín del lugar. Don Silvestre, en fin, llegó a encontrar insoportable el rincón de sus mayores.

En esta época de su vida es cuando se le presento al lector.

He creído necesarios los detalles apuntados para que éste hallase verosímil el aburrimiento que le aquejaba, y disculpables sus ulteriores decisiones. Porque un hombre que, como don Silvestre Seturas, tiene:


cinco pies y medio de talla,
tres ídem de espalda,
tanto estómago como despensa,
tanta salud como estómago
y tres mil reales de renta:

que no conoce el asco, ni el ruido, ni el miedo, ni los guantes, ni el charol, no debe aburrirse nunca en el campo, o no hay en él seres felices; afirmación que negarán los poetas melenudos, de báculo y zampoña, y los novelistas sobrios, ascéticos y filósofos. Negaránla, es claro, porque precisamente en el campo es donde estos señores se han empeñado en colocarnos la felicidad terrena, ya bajo el aspecto de encanecido anciano, que perora con más elocuencia que Demóstenes y más profundidad que Sócrates, so la añosa encina, o cabe la parlera fuente; ya bajo el de apuesto galán que cultiva el fértil valle, y aunque suda al sol y come ráspanos y borona, es por la noche bastante sublime para echar un discurso a su novia, que le espera con un ramo de flores, y que no es menos gallarda, menos elocuente ni menos poética que su adorado; ya, en fin, bajo la forma de blancos manteles, doradas frutas, triscador cabrito, fiel y respetuoso can, etc, etc... y todo ello sin más inspiración que la Naturaleza, ni más mentores que los bardales, el susurro de las celliscas y las pláticas del cura. Pero estos señores poetas y novelistas sin duda han estudiado la campiña en el mapa, o en el Museo de pinturas.

Y no entro con ellos en pelea para decirles cuatro cosas que se me vienen a las mientes, porque tal vez lo vaya haciendo insensiblemente, y sobre todo, porque me llaman al orden los asuntos del mayorazgo, los tacos de sus dos mozos de labranza, y los aspavientos de su ama, a causa, de que, con sus recientes ilusiones, el solariego descuida el caballo, no siega nunca el retoño, deja todo el peso de la labranza a los criados y no habla más que de Madrid y de su amigote.

Entre tanto, volvió a escribir a éste, dándole cuenta de sus proyectos de viaje y explicándole al pormenor el estado y motivo de su pleito.

Al contestarle le aconsejó el de la corte que, tanto por el bien de su pleito como para satisfacer sus deseos de conocer a Madrid, se pusiese en camino cuanto antes; añadiéndole que él tenía gran interés en verle para arreglar cierto proyecto que había concebido.

Don Silvestre no vaciló más: envió el alguacil a casa de algunos colonos que le debían dinero, hízoles aflojarlo más que de prisa; y como no era mucho, consiguió que el cura le adelantase el resto. Al día siguiente, tempranito, trancó la bodega, después de encerrar en ella la ejecutoria y algunas escrituras; colgó la llave, por el anillo, de un tirante de su pantalón, puesta ya su mejor ropa; guardó en un pañuelo un par de camisas de estopilla, y pendiente este lío de un garrote de acebo chamuscado que se echó al hombro, partió hacia el camino real a esperar la primera diligencia que pasase con dirección a Madrid.




- IV -

Con el breve monólogo de don Silvestre al encontrar el nombre de su amigo en la Gaceta, tienen los lectores lo suficiente para saber quién era y de dónde venía el personaje de Madrid; me dispenso, en obsequio a la brevedad, aunque hollando la costumbre, el relato de su historia desde que le perdió de vista el solariego hasta que le volvió a encontrar. Supóngase, y esto baste, que muerto su padre, en cuanto llegó a Madrid, y solo en el mundo, se dedicó a gacetillero, a repartidor de prospectos... a padre de la patria, a cualquiera cosa; pues por todos estos escalones y otros mil idénticos, hemos visto subir a otros muchos hasta la altura en que habitaba oficialmente, el amigote de don Silvestre.

Tampoco detallaré los efectos que en el mayorazgo causaron la bata persa de su amigo y las tapicerías de la habitación en que le recibió. Conocido el tipo, es muy fácil la deducción de estas menudencias.

He aquí el discurso que le dirigió el de la bata, pasadas las primeras formalidades del saludo y del abrazo:

«Amigo mío: estás en tu casa, elige la habitación que más te agrade y establécete en ella con toda libertad. Yo almuerzo solo, a la una, y como a las ocho de la noche. Tendría mucho gusto en que me acompañaras a la mesa; pero si estas horas no te acomodan, puedes escoger otras para ti. Un carruaje estará siempre a tus órdenes, y mis criados lo son tuyos a la vez. La índole de mis ocupaciones no me permite acompañarte a ver las curiosidades de la corte; pero este caballero, que es mi secretario particular (y señaló a un elegante joven que escribía a su lado, y que saludo cortésmente), tendrá mucho gusto en sustituirme, y estoy seguro de que ganarás en el cambio. Ni la casa, ni el carruaje, ni toda la ostentación que te ofrezco, te asombren ni te acobarden; soy el mismo Fulano de la villa... el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. Corre, pues, investiga y goza a tus anchas, que luego que te canses hablaremos de tu pleito y de mis planes, y entonces te rogaré que me dispenses lo que pueda haber de egoísmo en lo que ahora estás contemplando como un fenómeno de cariñoso agasajo, poco común en la historia de los hombres de mi talla.»

Don Silvestre era llanote y sencillo; oyó estas palabras con los oídos del corazón, y todas las proposiciones del personaje fueron acertadas, menos la de sentarse a la mesa a distintas horas que él, pues de esta suerte hubiera creído ofender la generosidad y delicadeza de su amigo. Quedó, pues, instalado en la casa el mayorazgo, revolviéndose en ella con el mismo desembarazo que si en ella hubiese nacido. Los extremos se tocan. La falta de aprensión de don Silvestre le prestaba la desenvoltura que a veces no dan las preocupaciones del gran mundo.

Su primera salida quiso hacerla a pie: había ido a la corte para enterarse de todo, y lo conseguiría mejor así que encerrado en un carruaje. Afeitóse bien su barba de ocho días; vistióse una camisa, cuyos cuellos, aunque doblados por arriba un par de dedos, le cubrían la mitad de las orejas; cepilló y se puso su chaquetón pardo y su sombrero de copa negro-verdoso; empuñó su bastón de acebo chamuscado; aseguróse bien de que no falseaban las correas de sus zapatos de becerro, y dijo al elegante secretario de su amigo, como si toda la vida le hubiese tenido a su servicio: -Vamos andando.

Algo disgustaba al elegante ir convertido en cicerone de un ente tan grotesco; pero la intimidad con que le trataba el personaje cortesano le hizo ver en el de la aldea un mandarín inculto, una potencia electoral, un reyezuelo de provincia. Su momentáneo desagrado se trocó bien pronto en solicitud deferente y hasta respetuosa.

Nada de particular halló don Silvestre por las calles, fuera del ruido de los carruajes y del incesante movimiento de la gente. Teníale el estrépito ensordecido, y tan atolondrado, que tropezaba con todos los transeúntes, y rompió siete cristales de otros tantos escaparates por huir de los coches, pensando que le atropellaban. El secretario estaba en ascuas, y lo estuvo más cuando notó que los cuellos del solariego y su cara avinatada llamaban la atención de muchas personas. El mayorazgo, afortunadamente, no lo conocía, pues descansaba en la persuasión de que «en Madrid todo pasa.»

Al retirarse, al anochecer, y bajo una temperatura africana, don Silvestre se achicharraba, y quiso refrescar. Entraron en un café. El secretario pidió un sorbete, su acompañado, ignorando lo que aquello sería, pidió otro. Sirviéronles los sorbetes. El de Madrid descogolló el suyo de un bocado, con la mayor limpieza imaginable; el aldeano, que desde que vio llegar los refrescos vacilaba en el modo de acometerlos, imitó a su compañero, ¡en mal hora para el desdichado! Lo mismo fue hincar sus dientes en el gélido amasijo, que revolverse en el café el ruido de un huracán. La inesperada impresión del frío del sorbete produjo en don Silvestre los efectos más estrepitosos.

Del primer resoplido, al morder el helado, fue éste con la copa hasta la mesa inmediata; y como el que ha tragado polvos de salvadera, Seturas escupía, se sonaba las narices y gritaba pidiendo agua, empeñado el iluso en que aquello abrasaba; y, por último, comenzó a estornudar... ¡pero de qué modo!: cada estornudo era un cañonazo bajo los relucientes techos del café, acompañando a cada explosión una lluvia menuda que fue la delicia de los inmediatos parroquianos, durante las quince o veinte veces que las mucosas de don Silvestre le dijeron «agua va». El estrépito duró un par de minutos.-Cuando las detonaciones se hicieron más débiles y más tardías, como las de una tormenta que se va alejando, la atención pública, hasta entonces en suspenso, comenzó a agitarse, cruzándose entre los parroquianos sonrisas, carcajadas y epigramas, que, afortunadamente, no comprendió el que era objeto de ellos; antes al contrario, pensando sólo en el fatal efecto del sorbete, y durándole aún la sed, comenzó a sacudir garrotazos sobre la mesa y a llamar con toda la fuerza de sus pulmones.

Un mozo se presentó, no poco alarmado con el estrépito.

-¿Qué demonios se puede tomar aquí para quitar la sed, que no se parezca a esa melecina condenada que me has dado? -le preguntó el mayorazgo, señalando el estrellado sorbete.

-Lo que usted pida, señor, -contestó el otro, luchando por contener la risa.

-Pues tráete... media de tinto.

-¡De tinto! ¿Cómo?

-¿Cómo? En sangría.

-No le entiendo a usted, -dijo el mozo, trocando su sonrisa en expresión de sorpresa.

-Pues la cosa es bien sencilla, -añadió el mayorazgo-: ¿no hay aquí agua? ¿no hay azúcara? ¿no hay rioja?... ¿Pues qué taberna de los demonios es ésta?

Algo como carcajada estalló entre los concurrentes del café; y en seguida comenzaron los epigramas y los apóstrofes más cáusticos. Hubo para los cuellos del mayorazgo, hubo para su colmena, para su cara, para su garrote, y hubo... que contener a don Silvestre, que, embravecido como un toro con aquellas banderillas que tan inhumanamente ponía a su inofensivo desparpajo cerril la intransigente civilización, quiso acometer a garrotazos a aquella turba de enclenques, famélicos, petardistas, vagabundos y tahúres que poblaban el salón, disfrazados de personas decentes.

Enmedio del aturdimiento consiguiente a la escena en que acababa de ser actor, don Silvestre, al marcharse, en lugar de salir por donde entró, se fue hacia la sala de los billares: su acompañante, que temía otro escándalo, le llamó; pero ya era tarde. Una vez en ella, se olvidó de lo pasado ante el aspecto de las bolas de marfil, cuyos choques le admiraron como a un niño; y más que las bolas, la locuacidad de un joven de rizadas patillas, gafas y pelo escarolado, que al paso que jugaba carambolas con otro aficionado, era el deleite de los cien curiosos que rodeaban la mesa, sentados sobre duras banquetas, con una profusión de chistes y una procacidad tan verde y desaliñada, que en un cuartel de blanquillos no le hubieran valido menos de un mes de cepo o una carrera de baquetas.

Don Silvestre no se extrañaba tanto de la desvergüenza del elegante jugador como del eco que en la concurrencia hallaban sus torpezas; parecíale insoportable la impudencia del uno, pero mucho más imperdonable la aquiescencia de los otros.

Y como desconocía el verdadero valor de aquellas baladronadas, tomábalas muy a pechos, y hasta resuelto estuvo a interpelar muy seriamente al de las patillas, cuando le ocurrió preguntar a su acompañante, aún preocupado con el lance del sorbete, qué clase de hombre era aquel que tan bien manejaba la lengua.

-El redactor principal del N... -le contestó el secretario-, director de una sociedad filantrópica, caballero de Carlos III, por una oda dedicada al rey, socio honorario de todos los clubs revolucionarios de París, por una elegía a Marat...

-¡Redactor del N...! -exclamó admirado el interpelante-. ¿Entonces hay en Madrid dos periódicos de ese nombre?

-No, señor don Silvestre.

-¡Jesús me valga! ¿Con que es decir que aquel periódico que yo leía en mi lugar con tanta fe, está escrito por este hombre; y aquellos artículos en que tanto se clamaba por el orden, por la moralidad, por el bien de los pueblos, eran dictados por un anarquista cínico y desmoralizado? ¿Con que esas palabras de humanidad, filantropía, compañerismo, religión, hogar, derechos, lejos de ser una verdad en semejantes periódicos, son una burla sacrílega, un insulto a Dios y a los hombres, una explotación innoble de la pública buena fe?

El secretario se encogió de hombros por toda contestación, como diciendo: -«este mozo ha estado en el limbo, cuando a su edad ignora lo que aquí saben los chicos de la escuela»; pero don Silvestre, que no entendía de mímica, no supo traducir aquella expresión; y careciendo de otra respuesta, por no romperse el alma (son sus palabras) con el periodista, rogó a su acompañante que se fueran a la calle.

No deseaba éste otra cosa.-Media hora después, limpiándose el sudor con su pañuelo de percal aplomado, hacía don Silvestre en casa de su amigote un resumen exacto de los acontecimientos de su primera salida por las calles de la corte.




- V -

El primer consejo que le dio el personaje fue el siguiente: «tanto para que te presentes con la debida decencia en los sitios que deseas ver, como para quitar todo motivo a las burlas de la gente, debes vestirte a la moda, porque, amigo mío, dum Roma fueris... lo que sigue».

Por más que a don Silvestre repugnara el desprenderse de sus cómodos hábitos, al día siguiente tuvo que empaquetarse en los nuevos que le trajeron de una elegante ropería; pero como el diablo las carga, si bien, con trabajillos y todo, parecieron pantalón, levita, chaleco y sombrero, para las piernas, tronco, cuello y cabeza hercúleos de don Silvestre, no hubo un par de botas para sus pies en toda la corte, pues, como decían los zapateros a quienes se acudió, «hormas de tal tamaño no se hacían en Madrid sino de encargo».

De aquí resultó un chocante contraste: lo fino de los pantalones con lo grosero de los zapatos viejos del mayorazgo, que nunca vieron más lustre que el que les daba una corteza de tocino frotada sobre ellos cada ocho días. Y si al dicho contraste se añade el que formaba todo el don Silvestre con su equipaje, al que desaliñaba más y más metiendo los dedos de sus manos entre el pescuezo y la corbata que le molestaba, hasta dejar ésta debajo del cuello de la camisa, dígame el lector qué le pasaría al pobre hombre cuando en semejante arreo se echó a la calle, sin escuchar los consejos del amigote ni las protestas del elegante guía que, sin el miedo de perder su destino, se hubiera negado a acompañarle.

Sucedióle, claro está, que no bien se hubo mostrado al público, cuando éste la tomó con él. Primero le miraron, después se sonrieron, hasta concluir por interpelarle irónicamente, y por reírse a sus barbas. Pero este nuevo insulto colmó la medida del sufrimiento de don Silvestre.

-«¡Canario! -exclamó al hallarse en medio de un grupo de calaveras;-conque ayer, porque iba al uso de mi tierra, os reíais de mí; y hoy que, por complaceros, me visto como vosotros, me toreáis también, sin duda porque no sé llevar esta librea. Pues tanto, tanto, no lo sufrió jamás un Seturas.»

Y, sin otras explicaciones, largó una bofetada al más cercano,