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Historia de la Conquista del Perú y de Pizarro![]() [5] IntroducciónEl imperio del Perú, en tiempo de su invasión por los españoles, abrazaba un territorio cuya extensión sorprende, puesto que no bajaba de mil quinientas millas de norte a sur a lo largo del Océano Pacífico; su anchura de este a oeste era mucho menos considerable, sirviéndole de límites las grandes cordilleras de los Andes, que se prolongan del uno al otro de sus extremos en toda su longitud. Como las demás comarcas del Nuevo Mundo, el Perú estaba en su principio habitado por numerosas tribus errantes de groseros salvajes, para quienes eran desconocidos [6] los más sencillos procedimientos de la industria. Sus primeros habitantes, si hemos de dar crédito a las tradiciones que han llegado hasta nosotros, debieron haber sido uno de los pueblos más bárbaros de América. Iban errantes en un estado de desnudez completa por los bosques y selvas impenetrables que cubrían el suelo, puesto que no sabían servirse de la producción del país sino para satisfacer sus necesidades del momento, y carecían de toda noción de los principios que sirven para distinguir el bien del mal. Los goces de la vida animal eran los únicos objetos de sus pensamientos, y su mayor ambición consistía en procurarse los víveres que necesitaban. Transcurrieron muchos siglos sin que cambiase en nada este deplorable estado; ni los sufrimientos continuos, ni las privaciones extraordinarias a que estaban sujetos pudieron hacer nacer en su espíritu la idea de mejorar su situación. ¿Cómo empezó pues a establecerse allí la civilización? Ignórase completamente, debiendo atenernos para saberlo a los datos por la tradición transmitidos. Según ella una de sus hordas errantes fue visitada en las orillas del lago Titicaca por dos seres de distinto sexo, de majestuoso continente y con decencia vestidos. Aquellos personajes singulares se anunciaron como hijos del sol, encargados por el poder celestial de instruir y civilizar a los hombres. Declararon [7] que el grande astro del día veía con dolor el estado miserable a que estaban los naturales por su ignorancia condenados, y añadieron que si querían seguir exactamente sus lecciones, aumentarían considerablemente los goces de su existencia. Los salvajes en su sencillez, escucharon con profundo respeto las palabras de aquellos supuestos enviados del sol, y prometieron fácilmente obedecer unos consejos que tan grandes ventajas debían proporcionarles. Comenzaron a reunirse en gran número y pasaron con sus guías a Cuzco, donde fundaron el primer establecimiento del país. La naciente colonia, gracias a los esfuerzos de los nuevos legisladores, eficazmente secundados por los habitantes que de buen grado se habían sometido a su gobierno, empezó a tomar un aspecto próspero, y adquirió sucesivamente bastante extensión e importancia para formar una gran ciudad. Según Garcilaso de la Vega pasaban estos hechos unos cuatro siglos antes de la llegada de los españoles. Manco Capac y Mama Ocollo (que así se llamaban aquellos supuestos hijos del sol), alentados por el buen éxito obtenido, prosiguieron en la tarea con tan buenos auspicios empezada. Llegaron nuevos habitantes de todas partes, y como cada uno de ellos experimentaba las ventajas de ese nuevo orden de cosas, no fue difícil persuadir a aquellos sencillos y confiados salvajes [8] que se sometiesen con una obediencia ciega a los que los instruían. Manco Capac enseñó a los indios las artes útiles, y en especial la agricultura, y Mama Ocollo adiestró a las mujeres en el arte de hilar y hacer tejidos. Gracias al trabajo de los primeros la subsistencia fue menos precaria, al paso que la industria de las últimas hacía más agradable la vida. Después de haber atendido a los objetos de primera necesidad para una sociedad naciente, o lo que es lo mismo, después de haber asegurado al pueblo grosero que tenía bajo su dirección los medios de alimentarse, y de haberle proporcionado vestidos y moradas, Manco Capac se ocupó en asegurar su felicidad estableciendo una policía y leyes, de suerte que su colonia ofreció pronto la imagen de un estado gobernado con regularidad. Multitud de tribus nómadas se reunieron a las que de tal grado de prosperidad disfrutaban; no tardó en hacerse sentir la necesidad de edificar nuevas ciudades, y viéronse levantar en poco tiempo hasta trece al oriente y treinta al occidente de Cuzco. Tal fue el origen del imperio de los incas o señores del Perú. Manco Capac reinó de treinta a cuarenta años, constantemente respetado y ciegamente obedecido por sus súbditos, que le miraban como un ser celestial. Cuando vio acercarse su muerte, reunió en torno suyo a los principales habitantes, y les hizo un largo razonamiento [9] rogándoles que siguiesen con escrupuloso esmero las instrucciones que les diera y las leyes que había establecido para su bienestar y prosperidad. Mandó llamar a su hijo, que debía sucederle, y le dio sabios y prudentes consejos sobre el modo como debía conducirse para asegurar su propia felicidad y la de sus pueblos. El anciano inca murió llorado de todo su pueblo, y tuvo por sucesor a su hijo Sinchi Roca, príncipe de carácter belicoso, que extendió considerablemente el primitivo territorio del imperio. El reino fundado por Manco Capac continuó prosperando bajo una serie de doce monarcas respetados no solamente como tales, sino como divinidades: su sangre era mirada como sagrada, y no fue manchada jamás por ninguna mezcla, pues estaba prohibido todo matrimonio entre los pueblos y la raza de los incas. Los hijos de Manco Capac se casaban con sus propias hermanas, y no podían subir al trono sin probar antes que no tenían más antepasados que los hijos del sol. Tal era el título de todos los descendientes del primer inca, y el pueblo estaba acostumbrado a mirarlos con la veneración debida a seres de una jerarquía más elevada. Creíase que estaban bajo la protección inmediata de la divinidad, de quien traían su origen y que todas las voluntades del inca eran las de su padre el sol. Huana Capac, el duodécimo [10] inca después de la fundación del imperio, fue un príncipe de grande habilidad, y no menos distinguido por sus virtudes en la paz, que por los talentos militares que desplegó durante la guerra. Apoderose del vasto imperio de Quito; mas esta conquista, si bien gloriosa, puede considerarse como la causa de la ruina del Perú, puesto que la guerra civil que entre ambos países estalló después de su muerte, facilitó no poco el triunfo de los españoles. El carácter, la religión y las costumbres de los peruanos ofrecían un contraste notable con las de los mexicanos. Mientras que los primeros se distinguían por la dulzura y la bondad, mostrábanse los segundos belicosos y sanguinarios. Desde el establecimiento de la monarquía de los incas habíase verificado una revolución completa en aquellos lugares por groseros salvajes habitados. Según el P. Valdera, los naturales de aquellas comarcas eran, en su estado primitivo, tan crueles y bárbaros como los de las demás partes del Nuevo Mundo. Su idolatría era tan absurda y grosera como la de los mexicanos. Una roca o una montaña gigantesca, el mar o un río, animales feroces, un árbol o una flor eran sucesivamente objetos de su adoración. Las tribus de la costa adoraban el mar y la ballena, sin duda a causa de su enorme grandor; al paso que las del interior tributaban culto a las fieras. Había también en las fronteras del [11] Perú algunas hordas que no tenían forma alguna de culto, que parecían no conocer la influencia ni del temor, ni de la esperanza, y que, en ese punto, vivían como brutos. La mitología empero de los peruanos, aunque monstruosa, no tenía el carácter marcial que distinguía a la de los mexicanos; y sin embargo manifestaban en sus sacrificios y en la elección de las víctimas igual grado de ferocidad. Los sacrificios humanos eran frecuentes y el modo de dar la muerte a la víctima era igualmente cruel y abominable. En las comarcas de Panamá y de Darién, que Valdera supone haber sido pobladas y colonizadas por tribus nómadas salidas de México, los habitantes eran tal vez, en lo relativo a los sacrificios, los salvajes más bárbaros de América. Cuando tenían que inmolar una víctima, la ataban completamente desnuda a un árbol, y luego los individuos y los amigos de la familia que había hecho el prisionero, se reunían en torno de él con sus hachas de piedra, cortaban las partes más carnosas de su cuerpo y las comían con voracidad, mientras que el desgraciado contemplaba con sus propios ojos aquel espantoso banquete, hasta que venía la muerte a poner fin a sus tormentos. Las mujeres y los niños acostumbraban asistir a esos festines, de suerte que contraían desde sus primeros años los más feroces instintos. El modo como trataban los restos de las víctimas [12] después de terminado el sacrificio, merece fijar igualmente la atención. El que durante su suplicio había lanzado gritos de dolor o dejado escapar alguna queja, era entregado al desprecio: sus huesos eran sembrados por los campos o arrojados al río. Mas si por el contrario había soportado sus sufrimientos con valor, sus huesos eran llevados a un sitio elevado a fin de que el sol los secase siendo después objeto de un culto especial. Tales prácticas estaban muy distantes de merecer el nombre de religión, y puede decirse que bajo este punto de vista los peruanos eran muy inferiores a los mexicanos, quienes en medio de su barbarie observaban ceremonias y fiestas religiosas, y poseían un cuerpo de sacerdotes de los falsos dioses. Bajo el gobierno paternal de los incas los peruanos se hicieron más humanos y más cultos: estableciose una forma de culto tan suave y natural, como horribles habían sido las antiguas costumbres, trayendo para el país los más felices resultados. Los incas fundaron desde el principio su gobierno más bien sobre principios de bondad que sobre el miedo. Representaron al sol y a la luna como divinidades bienhechoras, que deseaban la prosperidad de la raza humana, y se alegraban de su felicidad; enseñaron que esas divinidades, lejos de dejarse ganar por la efusión de sangre y los sacrificios [13] bárbaros que los naturales acostumbraban ofrecer a los objetos de su adoración, odiaban tan repugnantes prácticas. Las ofrendas al sol debían estar en armonía con la dulzura paternal de aquellos nuevos principios; así fue que se declaró que los sacrificios más agradables a la divinidad eran los primeros frutos de la tierra producidos por su vivificadora influencia: constituía la mayor parte de las ofrendas plantas, frutos, leche y una bebida llamada anca, y si algunos seres vivientes se sacrificaban, eran animales domésticos, notables por su mansedumbre. Aboliose completamente el uso de los sacrificios humanos; si bien muchos historiadores pretenden que subsistieron aun después del establecimiento del imperio de los incas. Quizás continuaron tales abominaciones en los distritos más apartados de la vista del soberano y donde no había penetrado la civilización, mas, según observa Garcilaso de la Vega, no fueron jamás ni sancionadas ni autorizadas por los incas. El templo del sol en Cuzco era servido por un cuerpo regular de sacerdotes, que debían ser todos de sangre real, y el gran sacerdote tío o hermano del monarca. Al unir el poder civil al religioso, el legislador había tenido por objeto aumentar la fuerza de la monarquía, y a fin de que los incas, considerados como descendientes del sol y de la luna, tuviesen con esto un doble derecho a la veneración religiosa y al respeto [14] de sus súbditos. Los sacerdotes no se distinguían ni por el traje, ni por ningún signo particular, sino que vestían como el resto de la población. En las demás provincias del imperio las personas consagradas al servicio de la divinidad no debían ser de sangre real; bastaba que perteneciesen a las principales familias; pero su jefe debía ser un inca. Todas las vírgenes de real prosapia estaban reunidas en un edificio especial, y formaban una especie de comunidad consagrada al sol. Extraños a las prácticas bárbaras que manchaban los altares de las divinidades de los otros países de América, y a consecuencia de la superstición llena de dulzura que habían adoptado, los peruanos llegaron a ser el pueblo más pacífico del Nuevo Mundo. Hasta en las guerras los incas mostraban un espíritu diferente del que reinaba en las demás comarcas: combatían, hacían conquistas, mas no para destruir a sus enemigos, sino para civilizarlos. Los vencidos no eran tratados como miserables esclavos destinados a ser sacrificados y condenados a una innoble servidumbre, sino que eran admitidos a participar de las mismas ventajas, y colocados, bajo todos los respetos, en la misma categoría que los vencedores. El carácter de los peruanos no era belicoso, y su amor a la paz les fue fatal, en cuanto contribuyó a favorecer los triunfos de los españoles [15]. En casi todas las demás regiones del Nuevo Mundo los naturales opusieron una tenaz resistencia a los extranjeros que invadían su país, y se defendieron con valor y obstinación. Si Cortés logró someter a los mexicanos, debiolo a un esfuerzo extraordinario de resolución y de perseverancia, mientras que en el Perú, por el contrario, las armas españolas encontraron tan sólo una débil resistencia. A pesar del escaso número de soldados de Pizarro y Almagro; a pesar de la inmensa población que obedecía a Atahualpa (1), la conquista del Perú se hizo con mucha facilidad; y fuese debilidad o temor, ni aun supieron aprovecharse de las ocasiones favorables que para defender su independencia les dieron con sus disensiones los españoles. A pesar de la dulzura de su carácter los peruanos conservaban todavía una costumbre bárbara que remontaba a una grande antigüedad: tal era el inmolar sobre su tumba, a la muerte de un inca o de algún otro personaje de distinción, un gran número de individuos, a fin de que el ilustre finado hiciese su entrada en el otro mundo con el acompañamiento y el esplendor correspondientes a su rango. Observábase esta costumbre con escrupulosa exactitud, y se asegura que a la muerte de un inca poderoso [16] no bajaban de mil las víctimas que se inmolaban. Era esto ciertamente un resto de barbarie en contradicción con las nuevas costumbres de los peruanos; mas no el único rasgo que quedaba de su estado salvaje. Tenían otra costumbre, universalmente rechazada hasta por pueblos que empiezan a civilizarse, a saber, el comer sin cocerlos la carne y el pescado, sin embargo de que conocían el uso del fuego, puesto que se servían de él para preparar las legumbres y el maíz. El derecho de propiedad no estaba establecido con tanta precisión en el Perú como en México. La tierra estaba allí dividida en tres partes, la una consagrada a la divinidad, la otra reservada a los incas, y la tercera perteneciente en común al pueblo. La primera servía para la construcción de los templos, el culto y la manutención de los sacerdotes; los incas empleaban la segunda para los gastos del gobierno, y la última, que era muy considerable, se distribuía entre todo el pueblo. La posesión empero no era ni hereditaria ni permanente, puesto que se verificaba una nueva división cada año, haciéndose la distribución según la categoría y las necesidades de las diferentes familias. Las tierras se cultivaban en común: había un empleado encargado de llamar el pueblo al trabajo, y mientras que se ocupaba en él se le recreaba con el sonido de instrumentos. Este sistema [17] daba felices resultados. La necesidad de ayudarse mutuamente y la comunidad de intereses engendraban naturalmente sentimientos de amistad y de afecto, que estrechaban más y más los lazos de la sociedad. Así pues los peruanos podían ser considerados como una gran familia, obrando por los mismos intereses y trabajando de consuno para llegar al mismo fin. No debe deducirse de lo que antecede que existiera una igualdad perfecta entre todos los miembros de la comunidad; la diferencia de clases estaba por al contrario perfectamente marcada y se hallaba extendida en todo el imperio. Un gran número de individuos, conocidos con el nombre de Jenoconas, eran tenidos en estado de servidumbre; sus vestidos y habitaciones se diferenciaban de los vestidos y habitaciones de los hombres libres; se les empleaba en acarrear pesos y en todos los trabajos de fatiga. Superiores a ellos eran los hombres libres que no poseían ningún empleo y ninguna dignidad hereditaria. Seguían después los que los españoles llamaban Orejones, a causa de los adornos que llevaban en las orejas. Éstos formaban lo que se podría llamar el cuerpo de los nobles, y ejercían, tanto en tiempo de paz como en la guerra, los empleos importantes o de más responsabilidad. Al frente de la nación estaban los hijos del sol, los cuales por su nacimiento y sus privilegios eran tan superiores a los orejones [18], como lo eran éstos a los demás ciudadanos. La agricultura era la ocupación preferente de los peruanos, y habían hecho en ella grandes progresos. Ocupábanse en la misma con mucho esmero, y daban más importancia a la cultura de la tierra que ningún otro pueblo de América. Los trabajos agrícolas eran ejecutados por orden y bajo la vigilancia del gobierno, el cual por medio de sus agentes determinaba la cantidad de tierras que debían cultivarse, y el modo de hacerlo, sin dejar nada al capricho o a la ignorancia de los particulares. A consecuencia de este sistema nunca se experimentaban las desgracias que siguen a un año estéril, porque la porción puesta aparte para el sol y los incas nunca se consumía del todo, y el sobrante, que era depositado en almacenes públicos, formaba un repuesto para los tiempos de carestía. Los peruanos no conocían el uso del arado, y en su lugar se servían de una especie de azadas, con las cuales removían la tierra. Este trabajo, aunque penoso y en apariencia servil, no era considerado como degradante: ocupábanse igualmente en él los dos sexos, y hasta los incas, a fin de alentar la agricultura y darle importancia, cultivaban un pedazo de tierra por sus propias manos. Si bien las faenas agrícolas eran las principales ocupaciones de los peruanos, aplicábase igualmente su industria a otros objetos. Estaban [19] bastante adelantados en la arquitectura: en las provincias situadas en climas calurosos, sus habitaciones estaban construidas en la forma más ligera; al paso que en los distritos que no gozaban de las mismas ventajas, eran sus casas más sólidas, de ladrillos cocidos al sol, de forma cuadrada, de ocho pies de alto y sin ninguna ventana. Mas en las construcciones de los templos del sol y de los palacios de los incas mostraban los peruanos de cuánto eran capaces. Las ruinas que se encuentran aún en las diferentes provincias prueban suficientemente que esos monumentos son obra de un pueblo que está muy distante del estado salvaje. Aquellos edificios sin embargo eran más notables por su solidez y su extensión que por su altura. El templo de Pachacamac, con el palacio del inca y una fortaleza ocupaba más de media legua de terreno, sin que su altura pasase de doce pies; mas nada tiene eso de extraño, puesto que no teniendo ningún conocimiento en mecánica, los peruanos debían hallar mucha dificultad en elevar grandes piedras más arriba de cierta altura. Pero lo que sobre todo atestigua la industria de este pueblo es la construcción de dos caminos de Cuzco a Quito, de más de quinientas leguas de extensión cada uno, el mayor de los cuales pasaba por los distritos montañosos y el otro por las llanuras inmediatas al mar. Los primeros historiadores del Perú que vieron estos [20] caminos hablan de ellos con tanta admiración y entusiasmo, que se siente uno inclinado a comparar los trabajos de los incas a las antiguas vías militares, que subsisten aún como monumentos del poder romano. «Hemos quedado sorprendidos, dice el célebre viajero Humbold, al encontrar en alturas que exceden de mucho a la de la cima del pico de Tenerife, los restos magníficos de un camino construido por los incas del Perú. Aquella calzada, bordada de grandes sillares, puede compararse a los más hermosos caminos romanos que he visto en Italia, Francia y España: está perfectamente trazada, y conserva la misma dirección en una longitud de seis u ocho miriámetros.» El mismo autor dice en otra parte: «El gran camino del inca, una de las obras más útiles a la vez que más gigantescas que los hombres hayan ejecutado, está todavía muy bien conservado en varios puntos.» Abriendo caminos los peruanos se vieron naturalmente llevados a procurar a su país otra ventaja igualmente desconocida al resto de América. El camino de los incas en su dirección del sur al norte se halla cortado por torrentes que salen de los Andes para perderse en el océano occidental. Su rapidez, unida a la frecuencia y a la violencia de las inundaciones que ocasionan, hacía su navegación imposible: era preciso pues inventar algún expediente para [21] atravesarlos. Los peruanos, que ignoraban el arte de construir arcos y no sabían trabajar la madera, no podían hacer puentes ni de esta materia ni de piedra. La necesidad les sugirió un medio de suplir esta falta: hacían cables de mucha resistencia, entrelazando juntos el mimbre y los bejucos de que el país abunda; tendían de una a otra orilla seis cables paralelos entre sí y fuertemente atados por cada extremo; sujetábanlos unos a otros con otras cuerdas más pequeñas, bastante juntas para formar una especie de red que, cubierta después con ramas de árboles y tierra formaba un puente por el cual se podía pasar con bastante seguridad. Había en cada puente personas encargadas de conservarlos y de ayudar a los viajeros. En los países llanos, donde los ríos eran más hondos y más anchos, y tenían una corriente menos rápida, los pasaban en balsas que construían y guiaban con una destreza que prueba su superioridad sobre los demás pueblos de América. Toda la industria de éstos se limitaba al uso del remo, al paso que los peruanos se habían atrevido a arbolar sus pequeños buques y llevarlos a la vela, de suerte que no tan sólo sabían aprovecharse del viento para navegar con más velocidad, sino que hasta podían virar de bordo con una prontitud extremada. La industria de los peruanos no estaba limitada a los objetos de mera utilidad, sino que [22] habían hecho algunos progresos en las que se pueden llamar artes de lujo. Trabajaban los metales preciosos, que abundaban en su país, con una habilidad igual, si no superior, a la que empleaban los mexicanos para sus adornos; y si bien los españoles estaban acostumbrados a admirar en México este género de industria, quedaron sorprendidos de lo que vieron en el Perú, cuyos naturales fabricaban, con un arte admirable, espejos por medio de una piedra brillante que les proporcionaba el suelo, vasos de tierra de diferentes tamaños y forma, e instrumentos de muchas clases; siendo más de admirar la destreza que en la fabricación de aquellos objetos manifestaban, cuanto que carecían de medios mecánicos y no conocían el hierro. A pesar de estas observaciones encaminadas a probar que los peruanos habían dado algunos pasos en la civilización, fuerza es convenir que bajo otros respetos no habían hecho grandes progresos en la vida social. El imperio de los incas, aunque de una inmensa extensión y encerrando una población numerosísima, carecía de grandes ciudades, indispensables para asegurar la prosperidad y la cultura de un pueblo. En la época de la invasión de Pizarro, Cuzco era el solo lugar que pudiese compararse a una ciudad; todo lo demás era un inmenso desierto en el cual estaban diseminadas aldeas y habitaciones aisladas. La falta de esos grandes centros [23] de moradores era un obstáculo para que la población pudiese desarrollarse. El perfeccionamiento de las costumbres y de las artes debió ser tan lento y difícil, que, como observa con razón Robertson, «debe extrañarse, no que los peruanos no hubiesen hecho más progresos en la civilización, sino que hubiesen adelantado tanto.» La distinción entre las profesiones y la variedad de los trabajos no eran ni tan completos, ni tan marcados como en México; la única clase separada de la masa general era la de los operarios que trabajaban en objetos de adorno. Desconocíase también todo lo que se parecía a comercio, puesto que las más simples operaciones de cambio sólo empiezan a establecerse cuando los hombres se reúnen en gran número. No había en el Perú ni un solo mercado público, y el trabajo en común hacía que hubiese pocas comunicaciones entre las provincias, a no ser en tiempo de guerra, o cuando los incas visitaban su inmenso imperio; en cuyo caso los príncipes y su acompañamiento hacían alto en los tambos o almacenes colocados de distancia en distancia en todo el país, para atender a las necesidades del soberano y de su numerosa comitiva. Si se examina la legislación de los peruanos se ve que debía ser tan sencilla como sus costumbres. En efecto el gobierno absoluto de los [24] incas estaba de tal suerte unido a sus dogmas religiosos, que todo delito era considerado como una transgresión de las leyes humanas a la vez que como una ofensa directa a la divinidad. Con tales ideas las reglas de legislación eran sencillas y las penas severas. Dominaba en ellas el rigor: las faltas ligeras y los más grandes crímenes recibían el mismo castigo, que en casi todos los casos era la muerte. Pero al propio tiempo no se hacía recaer nunca en los hijos la pena del crimen cometido por los padres, dejándoles que conservasen sus bienes y sus dignidades. Por lo demás aquella severidad excesiva imponía a los peruanos un terror respetuoso, siendo en extremo limitado el número de los culpables. La sumisión de este pueblo a sus soberanos era ciega. Los más poderosos y elevados entre sus súbditos miraban a los incas como seres de una naturaleza superior; y cuando eran admitidos a hablarles, se presentaban ante ellos con un bulto en las espaldas, como emblema de su servidumbre y de su disposición a someterse a las voluntades del príncipe. El monarca no tenía necesidad de la fuerza para hacer ejecutar sus órdenes. Todo oficial encargado de ellas era objeto del respeto de todos, y según Zárate, podía recorrer el imperio en toda su extensión sin encontrar el menor obstáculo; puesto que con sólo enseñar una franja del borla, adorno particular del inca reinante, era dueño de la fortuna y de la vida de todos los ciudadanos. [25] Según la tradición peruana hacía cuatrocientos años que el imperio subsistía; pero nadie ha podido probar la certeza de esta antigüedad, porque ignorando este pueblo el arte de escribir, carecía del único medio por el cual se puede conservar con alguna exactitud la memoria de los acontecimientos. Algunos escritores han pretendido que los quibos o nudos de cordones de diferentes colores usados en el Perú, fuesen los anales regulares del imperio; mas como los nudos, de cualquier manera que estuviesen variados y combinados, no podían representar ninguna idea abstracta, tampoco podían dar a conocer ni las operaciones, ni las cualidades del espíritu. Eran de escasa utilidad para conservar la memoria así de los antiguos acontecimientos como de las instituciones políticas, y por otra parte, y esto es lo más importante, ninguno de los que han tenido esos quibos entre las manos ha podido deducir de ellos el menor dato: así pues es una cuestión de pura curiosidad. Reasumiendo lo que antecede diremos, que el principio dominante en las instituciones, costumbres y carácter de los peruanos era la dulzura, y que causa extrañeza encontrar un pueblo cuyas disposiciones fuesen tan poco belicosas entre las tribus salvajes que poblaban el Nuevo Mundo. Salvo una circunstancia, no veremos en ninguna parte de esta historia a los peruanos oponerse a la conquista de los españoles, ni asistiremos [26], como en la conquista de México, a los esfuerzos desesperados de los naturales para rechazar a los extranjeros que iban a reducirlos a la esclavitud. No nos faltarán sin embargo escenas de combate y sucesos militares, pero en todos los campos de batalla veremos españoles combatiendo contra españoles: sea cual fuere el vencedor, sólo sangre castellana enrojecerá el suelo del Perú; y los peruanos permanecerán espectadores impasibles de esas luchas desastrosas, cuyo resultado será siempre el mismo para ellos: la pérdida de la libertad, los trabajos excesivos, los malos tratamientos y la muerte. [27] ![]() Capítulo IPrimeros proyectos de la conquista del Perú.- Asocíanse Pizarro, Almagro y Luque.- Partida de Pizarro, y su navegación en el mar del Sur.- Descubre el Perú. Desde que Vasco Núñez de Balboa, descubriendo el mar del Sur había adquirido algunas nociones incompletas acerca las ricas comarcas cuyas costas baña, y adquirido algunas vagas noticias sobre el poderoso y rico imperio del Perú, los ambiciosos pensamientos de los españoles [28] establecidos en las colonias de Darién y de Panamá se dirigían hacia aquellos países desconocidos. En aquel siglo en que el espíritu aventurero arrastraba a tantos hombres emprendedores a exponer su fortuna y a despreciar los mayores peligros para intentar descubrimientos, de cuya posibilidad no se estaba aún seguro, el menor rayo de esperanza era acogido con ardor, y nunca faltaba quien por solos vagos informes se lanzase temerariamente a las expediciones más peligrosas. Balboa no había querido ceder a nadie el derecho de conquistar un país que miraba como propiedad suya: había preparado él mismo una armada para la cual no se habían perdonado afanes ni gastos, e iba a tomar el mando de ella cuando sucumbió, víctima de la envidia de Pedrarias. Después de su caída y su muerte otros aventureros quisieron realizar sus proyectos, y se hicieron muchas expediciones a fin de apoderarse de los países situados al este de Panamá. Mas estas empresas confiadas a jefes cuyos talentos y perseverancia eran inferiores a las dificultades que ofrecía el vencimiento, no tuvieron ningún resultado. Como aquellas excursiones no se extendían más allá de los límites de la provincia llamada por los españoles Tierra firme, país montañoso, cubierto de bosques, poco poblado y malsano, los aventureros a su regreso, hacían una pintura desconsoladora de [29] los males que habían sufrido y de las pocas esperanzas que ofrecían los lugares que acababan de visitar. Esos relatos y los resultados negativos de todas las tentativas calmaron un poco el ardor de los españoles, y se empezó desde entonces a creer que Balboa se había dejado engañar por algún indio ignorante, o que le había comprendido mal. No bastaba sin embargo la opinión general que reinaba a la sazón en Panamá para demostrar a ciertos genios perseverantes que sus proyectos no eran más que quimeras; y lejos de dejarse abatir por el éxito poco lisonjero de las primeras empresas, no faltaban intrépidos aventureros que desplegaran toda la energía de que se sentían animados, para preparar el resultado de las que debían seguirlas. Entre esos hombres de resolución había tres que, o porque tuviesen más confianza en sí mismos, o porque poseyesen más conocimientos que sus compañeros, resolvieron tentar seriamente y por su propia cuenta una expedición de descubrimientos y de conquistas, en el momento mismo en que todo el mundo miraba como quiméricas las noticias dadas por Balboa. En ese triunvirato fue donde nació la primera idea de la conquista del Perú. Hay algo que en la actualidad nos parece increíble y contrario a lo que dicta la razón en el hecho de tres simples particulares, establecidos en una colonia [30] que data apenas de algunos años, que deliberan tranquilamente y toman a sangre fría la resolución de descubrir y subyugar vastos y poderosos imperios. El jefe y la principal esperanza de esta extraña confederación era un soldado aventurero llamado Francisco Pizarro, que va a desempeñar un importante papel en esta historia. Pizarro era hijo ilegítimo de un gentilhombre de buena familia y de una mujer del pueblo. Nació en Trujillo, población importante de Extremadura, donde pasó sus primeros años, completamente abandonado por sus padres, que ni siquiera le hicieron dar los primeros principios de la educación más común. Esta ignorancia fue para el conquistador del Perú una causa siempre nueva de pesares y de mortificaciones. Sin duda su padre le creía poco capaz de elevarse sobre la condición de su madre, puesto que desde que tuvo fuerzas para ello, le empleó en guardar los cerdos de sus haciendas. El joven Pizarro no pudo sobrellevar las molestias de esta innoble ocupación, tan poco en armonía con los sentimientos de ambición que llenaban su alma, y aprovechando la primera ocasión para substraerse a la vigilancia paterna, se alistó en una compañía de infantería que pasaba a Italia. Sirvió por espacio de algunos años, y llegó a ser un buen soldado; mas hallándose sin apoyo, sin protección, sin fortuna, sin los conocimientos más [31] precisos, es probable que hubiera pasado toda su vida en aquel humilde empleo, si el descubrimiento de América no hubiese venido a abrir un vasto campo a su espíritu emprendedor y ambicioso. Y en efecto, en aquel siglo, fecundo en fortunas rápidas, no había aventurero que no desease pasar al Nuevo Mundo, donde podía desplegar los talentos que de la naturaleza recibiera y adquirir fortuna y renombre. Por otra parte el carácter novelesco de las expediciones a América se hermanaba perfectamente con el genio impetuoso y la imaginación ardiente de un aventurero. Así pues Pizarro siguió el ejemplo de un gran número de sus hermanos de armas, y se embarcó para el Nuevo Mundo, donde pronto llamó la atención de sus jefes por su carácter resuelto y por su inclinación a lanzarse a las más arriesgadas empresas. Acompañó al gobernador Alfonso de Ojeda en la conquista de Uraba, donde le dejaron al frente del establecimiento que allí se formó. Más adelante siguió a Balboa en la famosa expedición que tuvo por resultado el descubrimiento del mar del Sur, y hasta es probable que recogería entonces informes especiales, que sirvieron para dirigir después su conducta. Cuando Pedrarias resolvió sacrificar a Balboa, Pizarro fue el encargado de prender a su antiguo comandante, y las circunstancias que [32] acompañaron la ejecución de este encargo, prueban que Vasco Núñez había sabido apreciarle en lo que valía, lo propio que Pedrarias. Pizarro fue también uno de los compañeros de Hernán Cortés, quien parece haberle tenido en grande estima, distinguiéndose en muchas circunstancias, y en especial en la lucha contra Narváez. En todas esas ocasiones dio notables pruebas de intrepidez y de vigor: su cuerpo era insensible al dolor y a la fatiga, y su ánimo ni decaía ante el riesgo, ni se dejaba abatir por los reveses. El primero siempre en los peligros, mostrábase infatigable siempre y de una paciencia a toda prueba. A pesar de ser ignorante hasta el punto de no saber leer, túvosele pronto por un hombre nacido para el mando. Salió airoso en todas las operaciones que se le confiaron, uniendo en su persona cualidades que se encuentran raras veces juntas: la perseverancia y el ardor; la audacia en la combinación de sus planes y la prudencia para ejecutarlos. Lanzado muy pronto en medio de los campamentos y de los consejos, sin más recursos que sus talentos y su habilidad, no podía contar más que consigo mismo para salir de la oscuridad, y adquirir un conocimiento tan grande de los negocios y de los hombres, que se halló pronto en disposición de dirigir los unos y gobernar a los otros. Nada tiene pues de extraño que Pizarro alcanzase de sus conciudadanos una consideración a [33] la cual tantos derechos tenía, y que fuese mirado como uno de los principales colonos de Panamá, donde se había retirado con una fortuna considerable adquirida con sus servicios: «Teniendo, como dice Francisco Jerez, su casa y hacienda y repartimiento de indios como uno de los principales de la tierra, porque siempre lo fue y se señaló en la conquista y población en las cosas de los servicios de su Majestad, estando en quietud y reposo, con celo de conseguir su buen propósito y hacer otros muchos señalados servicios a la corona real.» Entonces fue cuando se asoció con dos hombres que gozaban de grande influencia en la colonia, Diego de Almagro y Fernando de Luque. El primero de origen todavía más oscuro que el de su colega, era un huérfano nacido en Almagro, de donde tomó el nombre, que no había conocido jamás el de su familia. Como Pizarro, era un soldado de fortuna, educado en los campamentos, y avezado desde su infancia a las privaciones y a la miseria. No cedía a su compañero en virtudes militares, pero le era muy inferior en las cualidades del espíritu: como él tenía un valor intrépido, una actividad infatigable y una constancia a toda prueba; mas Pizarro unía a estas cualidades esa destreza y tino en hallar expedientes, tan necesarios para formar un hábil político. Almagro sabía batirse, soportar la adversidad; pero no tenía el [34] conocimiento del mundo, ni ese talento de disimular sus designios, que hacía que Pizarro supiese, cuando así convenía a sus intereses, descubrir los pensamientos de los demás ocultando los suyos. Fernando de Luque, el tercer asociado, era un eclesiástico, a la vez cura párroco y maestro de escuela de la colonia; poseía grandes riquezas y deseaba concurrir con su forma al descubrimiento de nuevos países y al aumento de las posesiones de su soberano. Tales eran los tres personajes que concibieron el proyecto de conquistar las ricas comarcas cuya existencia había sido revelada por Balboa. Sometieron su plan a Pedrarias, gobernador de Panamá, el cual lo aprobó, y obligáronse solemnemente a obrar de concierto para el buen éxito de la empresa. Pizarro, el menos rico de los tres, que no podía suministrar tantos recursos como los otros, tomó sobre sí la parte mayor de la fatiga y del peligro, encargándose de mandar en persona la hueste destinada al primer viaje y a las primeras tentativas de descubrimiento. Almagro debía conducir los refuerzos de hombres y provisiones que Pizarro necesitara, y Luque permanecer en Panamá para entenderse con el gobernador y ocuparse en los intereses comunes. Terminados estos arreglos preliminares, los tres asociados, movidos por ese espíritu religioso que se aliaba en los conquistadores del [35] Nuevo Mundo a todas las empresas importantes, ratificaron sus compromisos al pie de los altares. En fin, según Herrera y Jerez, Pizarro partió el 14 de noviembre de 1524, o en 1525, según Zárate y Garcilaso de la Vega. No llevaba más que un solo buque, tripulado por ciento doce o ciento catorce soldados. Los españoles desconocían completamente el mar del Sur; así que el tiempo elegido para la partida hallose ser el menos favorable de todo el año, pues los vientos periódicos que entonces reinaban eran contrarios al camino que Pizarro debía seguir. «Setenta días después que salieron de Panamá, dice Francisco de Jerez que hacía parte de la expedición, saltaron en tierra en un puerto que después se llamó de la Hambre; en muchos de los puertos que antes hallaron habían tomado tierra, y por no hallar poblaciones los dejaban; y en este puerto se quedó el capitán con ochenta hombres (que los demás ya eran muertos); y porque los mantenimientos se habían acabado, y en aquella tierra no los había, envió el navío con los marineros y un capitán a las islas de las Perlas, que están en el término de Panamá, para que trajese mantenimientos, porque pensó que en el término de diez o doce días sería socorrido; y como la fortuna siempre o las más veces es adversa, el navío se detuvo en ir y volver cuarenta y siete [36] días, y en este tiempo se sustentaron el capitán y los que con él estaban con un marisco que cogían de la costa del mar con gran trabajo, y algunos por estar debilitados, cogiéndolo se morían. En este tiempo que el navío tardó en ir y volver murieron más de veinte hombres; cuando el navío volvió con el socorro del bastimento, dijeron el capitán y los marineros que, como no habían llevado bastimentos, a la ida comieron un cuero de vaca curtido, que llevaban para zurrones de la bomba, y cocido lo repartieron. Con el bastimento que el navío trajo, que fue maíz y puercos, se reformó la gente que quedaba viva; y de allí partió el capitán en seguimiento de su viaje, y llegó a un pueblo situado sobre la mar, que está en una fuerza alta, cercado el pueblo de palenque; allí fallaron harto mantenimiento, y el pueblo desamparado de los naturales, y otro día vino mucha gente de guerra; y como eran belicosos y bien armados, y los cristianos estaban extenuados por el hambre y trabajos pasados, fueron desbaratados, y el capitán ferido de siete heridas, la menor dellas peligrosa de muerte; y creyendo los indios que lo hirieron que quedaba muerto, lo dejaron; fueron feridos con él otros diez y siete hombres, y cinco muertos; visto por el capitán este desbarato, y el poco remedio que allí había para curarse y reformar su gente, embarcose y volvió a la tierra de Panamá, y desembarcó en un [37] pueblo de indios cerca de la isla de las Perlas, que se llama Cuchama; de allí envió el navío a Panamá porque ya no se podía sostener en el agua, de la mucha broma (2) que había cogido. Y hizo saber a Pedrarias todo lo sucedido, y quedose curando a sí y a sus compañeros. Cuando este navío llegó a Panamá, pocos días antes había salido en seguimiento y busca del capitán Pizarro el capitán Diego de Almagro, su compañero, con otro navío y con setenta hombres, y navegó hasta llegar al pueblo donde el capitán Pizarro fue desbaratado; y el capitán Almagro hubo otro reencuentro con los indios de aquel pueblo y le quebraron un ojo, y hirieron muchos cristianos; con todo esto, ficieron a los indios desamparar el pueblo y lo quemaron. De allí se embarcaron y siguieron la costa hasta llegar a un gran río que llamaron de san Juan, porque en su día llegaron allí.» Obligados a abandonar aquella tierra inhospitalaria, desalentados, abrumados de fatigas, sin noticias de la suerte de Pizarro y de los suyos, los españoles navegaron durante algún tiempo sin dirección fija, hasta que por una feliz casualidad llegaron en fin a Cuchama. Este [38] encuentro inesperado hizo olvidar los pesares comunes. Renacieron en unos y otros las esperanzas, y juntos pensaron en los medios de obtener en lo sucesivo mejores resultados. Después de muchas deliberaciones se decidió que Almagro volvería a Panamá para reunir nuevos refuerzos. Era en efecto imposible continuar la expedición con el escaso número de hombres que habían quedado, puesto que de los ciento ochenta y dos soldados de Pizarro y Almagro habían sucumbido ciento treinta. Sólo quedaban pues cincuenta españoles, y aun éstos estaban de tal suerte extenuados por la fatiga, que eran incapaces de hacer un servicio activo. El abandono empero de una empresa en la cual estaba comprometida toda su fortuna, parecía a los jefes y a los más animosos de sus compañeros un estreno más humillante y penoso que todas las dificultades que reservarles pudiese su suerte. En su consecuencia Almagro regresó a Panamá, y ayudado de su amigo Luque, hizo lo posible para reclutar soldados; mas las cosas no marcharon según sus deseos, y pasó mucho tiempo antes que pudiera reunir un centenar de hombres. Diose por fin a la vela y fue a reunirse con Pizarro en Cuchama. «Los dos capitanes, dice Jerez, partieron en sus dos navíos con ciento y setenta hombres, e iban costeando la tierra, y donde pensaban que había poblado saltaban en tierra con tres canoas [39] que llevaban, en las cuales remaban sesenta hombres; y así iban a buscar mantenimientos. De esta manera anduvieron tres años pasando grandes trabajos, hambres y fríos; y murió de hambre la mayor parte de ellos; que no quedaron vivos cincuenta, sin descubrir hasta en fin de los tres años buena tierra, que toda era ciénagas y anegadizos inhabitables; y esta buena tierra que se descubrió fue desde el río de san Juan, donde el capitán Pizarro se quedó con la poca gente que le quedó, y envió un capitán con el más pequeño navío a descubrir alguna buena tierra la costa adelante, y el otro navío envió con el capitán Almagro a Panamá para traer más gente, porque yendo los dos navíos juntos y con la gente no podían descubrir, y la gente se moría.» Setenta días después el buque enviado a hacer descubrimientos volvió trayendo noticias las más favorables para reanimar el ardor de los aventureros. El capitán había reconocido comarcas riquísimas en oro y plata, y los españoles habían sido bien recibidos en todas partes por una población que parecía más culta que las conocidas hasta entonces. Así en cuanto Almagro hubo juntado algunos hombres, las dos naves se dieron a la vela para aquel país con tanto ardor deseado. Después de una serie de obstáculos y de contrariedades desembarcaron en Tacamez en la costa de Quito, y hallose [40] que los primeros exploradores no habían exagerado nada. El país era llano y fértil, y sus habitantes iban vestidos de telas de lana y algodón, y llevaban adornos de oro y plata. Sin embargo la actitud de los indígenas inspiró a los españoles temores justamente fundados: reuníanse por doquiera en grandes partidas, bien armados y dispuestos para la resistencia. Pizarro juzgó que sería tan imprudente como peligroso medirse con enemigos tan formidables. En efecto los pocos soldados que la muerte había perdonado hallábanse debilitados por el cansancio y las enfermedades, y la prudencia ordenaba aplazar, por algún tiempo, todo proyecto de conquista. En su consecuencia Pizarro hizo abastecer los buques de vituallas y ganó la isla de Gallo, donde debía permanecer, en tanto que Almagro iría a dar cuenta de su descubrimiento y solicitar refuerzos, que más que nunca eran indispensables. [41] ![]() Capítulo IIApurada situación de los españoles.- Resolución heroica de Pizarro y de trece de sus compañeros.- Pizarro aborda en la costa del Perú.- Su viaje a España: es nombrado gobernador general.- Nueva expedición de Pizarro.- Ocupación de la ciudad de Coaco.- Disensiones civiles que agitaban el Perú. A las dificultades provenientes de la salud de los soldados añadiéronse pronto otras de naturaleza más grave, por cuanto nacían del desaliento causado por tantos trabajos y fatigas. La mayor parte de ellos quejábase de su situación, no acertando a ver más término a sus sufrimientos que una muerte inevitable. No se le ocultaba a Pizarro que si los descontentos lograban hacer llegar a la colonia la expresión de sus quejas, la expedición fracasaría, porque en este caso sería imposible a Almagro determinar a nuevos aventureros a asociarse a una empresa que tan poco propicias esperanzas [42] ofrecía. Así pues los dos jefes tomaron precauciones imaginables para impedir que saliese ninguna carta de la isla; pero a pesar de su vigilancia, un tal Sarabia se encargó de hacer que fuesen conocidos en Panamá los sufrimientos de todos. Para lograrlo valiose de un medio sumamente ingenioso: escribió la reseña de las desgracias de la expedición, expresando el vivo deseo que tanto él como sus compañeros abrigaban de substraerse a la especie de esclavitud en que se les retenía; e hizo con el papel que contenía sus quejas un ovillo de hilo de algodón que envió a uno de sus amigos, so pretexto de que le mandase hacer un par de medias. El escrito terminaba con estos versos, citados por Gomara:
Llegado el escrito a su destino, fue entregado inmediatamente a Pedro de los Ríos, que había sucedido a Pedrarias, y cuando Almagro se presentó ante él, fue recibido con cierta frialdad y reserva. El gobernador acabó finalmente por decirle que una expedición que ocasionaba la pérdida de tantos hombres no podía menos [43] de ser funesta a una colonia naciente y débil. Instado por otro lado por los amigos de los que querían abandonar a Pizarro, el gobernador no sólo prohibió hacer nuevos alistamientos, sino que envió un buque a la isla de Gallo para que trajese a aquél y a sus compañeros. Descontentos Almagro y Luque de esas medidas que no habían podido prevenir y a las cuales no osaban oponerse, hallaron medio de hacer saber a Pizarro sus sentimientos, exhortándole a que no abandonara una empresa en la cual tenían puestas todas sus esperanzas, y que no destruyese el único recurso que para reponer su fortuna les quedaba. Con la inflexible obstinación que hacía el fondo de su carácter, Pizarro no necesitaba que se le excitase a perseverar en la ejecución de su proyecto. Negose abiertamente a obedecer las órdenes del gobernador, y empleó toda su habilidad y elocuencia en inducir a sus compañeros a que no le abandonasen. Mas estaba tan reciente el recuerdo de los males sufridos, y presentábase por otra parte de una manera tan seductora a su espíritu la esperanza de volver a ver a sus familias y amigos después de una separación tan larga, que no atendieron ni a los discursos ni a las promesas de Pizarro, y dispusiéronse con afán a seguir al enviado del gobernador. En aquel momento decisivo el comandante, que veía desvanecerse de una sola vez sus sueños [44] de gloria y de fortuna, recorrió a una de esas resoluciones que, hiriendo la imaginación de los hombres, acaban muchas veces por arrastrarlos. Pizarro reunió a sus soldados, y sacando su espada trazó una línea en la arena, diciendo en tono firme y resuelto: «Españoles, esta línea es el emblema de las fatigas, de los peligros, de los innumerables sufrimientos que tenéis que arrostrar para cumplir vuestra gloriosa empresa. Que los que se creen bastante animosos y magnánimos; que los que ambicionan la gloria de las conquistas pasen esta línea. Que los que no quieren sacrificar el bienestar presente al renombre y a la fortuna futura vuelvan a Panamá. Yo permaneceré aquí, y con el auxilio de mis bravos compañeros, por pocos que sean, proseguiré mi comenzada empresa, convencido de que con la ayuda de Dios y una perseverancia infatigable, nuestros esfuerzos se verán coronados de un feliz resultado.» Apenas hubo acabado de hablar cuando sus soldados, aprovechando el permiso que se les daba corrieron a embarcarse al momento, temerosos de que el comandante cambiase de resolución. Sólo trece de ellos tuvieron el valor y noble energía de pasar la línea, protestando que unidos a su jefe le seguirían hasta la muerte. Los historiadores nos han transmitido los nombres de estos héroes. A ellos, a su invencible resolución debiéronse el descubrimiento y la conquista [45] del Perú. Pizarro manifestó con lágrimas en los ojos su agradecimiento a tan generosos y fieles compañeros, y prometioles que serían dignamente recompensados si salían bien de su empresa. Con sus trece amigos y con el auxilio de una pequeña barca pasó a la isla de la Gorgona que, estando desierta y apartada de la costa, le pareció un asilo cual le convenía. Allí resolvió aguardar los refuerzos que no podían dejar sus asociados de enviarle en cuanto tuviesen noticia de su heroica resolución. En efecto, no anduvieron Almagro y Luque remisos en servirle, y sus pretensiones fueron secundadas por la opinión de toda la colonia; decíase que era vergonzoso dejar perecer como criminales en una isla desierta a unos valientes empeñados en una empresa útil y gloriosa para la nación, y a los cuales, si de algo podía acusárseles, era tan sólo de un exceso de celo y de valor. Vencido por estas quejas e instancias el gobernador consintió en enviar un pequeño buque a la Gorgona; pero a fin de que no pareciese que alentaba a Pizarro a ninguna nueva empresa, no permitió que se embarcasen en él más que el número de hombres de mar necesarios para la maniobra. Durante este tiempo Pizarro y sus compañeros de fortuna se consumían en aquella tierra inhospitalaria, conocida por el lugar más insalubre de aquella parte de América, y de la [46] cual dice Herrera, que por ser tan desagradable su estancia en ella, a causa de lo malsano del clima, de sus bosques impenetrables, de sus montañas escarpadas y de la multitud de sus insectos y reptiles, se la daba el epíteto de infernal, añadiendo que raras veces se ve el sol y que llueve en ella casi todo el año. Sin más abrigo que los bosques que cubrían el suelo, sin más víveres que raíces y mariscos, cuando eran bastante afortunados para procurárselos, los españoles pasaron cinco meses en una situación horrible. Volvían continuamente los ojos hacia el lado de Panamá, mas cada día que transcurría dejaba burlada su esperanza, y hasta el mismo Pizarro dejó ver por vez primera síntomas de desaliento. Cansados en fin de aguardar inútilmente resolvieron abandonarse en una balsa al Océano, antes que permanecer por más tiempo en aquella horrible morada, donde no podían esperar más que sufrimientos espantosos y la muerte; pero en el momento en que iban a tomar este partido desesperado, mostrose a lo lejos el buque a su vista. En un instante quedaron olvidadas todas las penas y renacieron todas las esperanzas. Fuele fácil a Pizarro determinar, no tan sólo a sus propios compañeros, sino a la tripulación del buque a que prosiguiesen con nuevo ardor su primer proyecto. En vez de volver a Panamá dirigiéronse al sudeste, y más afortunados esta vez que en [47] sus tentativas anteriores, descubrieron la costa del Perú el vigésimo día de su partida de la isla. Limitáronse durante mucho tiempo a saltar en tierra y entrar en las aldeas únicamente para proporcionarse mantenimientos. Su existencia era difícil y precaria; pero los sufrimientos y las continuas fatigas no hacían ya mella en los cuerpos de aquellos hombres intrépidos, cuyo valor era sostenido y fortalecido por tan atrevidas esperanzas. Pizarro llegó de esta suerte delante la rica población de Túmbez, que encerraba un palacio y un gran templo. Allí se ofreció por primera vez a los españoles el espectáculo de la opulencia y de la civilización del imperio peruano, siendo lo que a sus ojos se presentaba más que suficiente para enardecer su imaginación y su sed de riquezas. No tan sólo eran de oro los adornos del templo, sino hasta los utensilios más comunes. Pizarro se limitó a entablar relaciones amistosas con los naturales, procurando sobre todo obtener informes útiles sobre el país. Proporcionose muestras de los productos, algunos llamas (animales domésticos de que los habitantes sacaban mucho provecho), y sobre todo cierta cantidad de adornos de oro y plata, que esperaba manifestar como prueba material de las riquezas acumuladas en la comarca que acababa de descubrir; después de lo [48] cual decidiose a partir para Panamá. Quedaban todavía con él once de sus bravos compañeros, sin que nos sea conocida la suerte de los otros dos. Cuando después de su larga ausencia aquellos aventureros desembarcaron en Panamá a fines de 1528, fueron recibidos con transportes de alegría por sus amigos, que los creían perdidos para siempre. Las pomposas descripciones que hizo Pizarro de la opulencia casi increíble de los países que había descubierto, y las quejas amargas que dejó oír sobre el llamamiento de sus soldados en una ocasión en que tan necesarios le eran para formar una colonia, no pudieron hacer que el gobernador de Panamá se separase de sus primeras resoluciones. Insistió siempre en que la colonia no se hallaba en estado de invadir un imperio tan poderoso, y se negó a autorizar una expedición que no podía menos de arruinar a la provincia confiada a sus cuidados, obligándola a hacer esfuerzos que no estaban en proporción con los recursos con que contaba. Mas su oposición sirvió tan sólo para exaltar más y más el ardor de los tres asociados. Convencidos de que no podrían llevar adelante la ejecución de su proyecto sin el apoyo de una autoridad superior, resolvieron ir a solicitar del soberano el permiso que no podían alcanzar de su delegado. A este fin enviaron a España a Pizarro, que se había encargado de sus comunes intereses [49]. Hallábase de tal suerte agotada la fortuna de los tres socios por los gastos que llevaban hechos, que tuvieron no poca dificultad en procurarse la suma que necesitaban para los de aquel viaje. Según Jerez, Pizarro pidió prestados a sus amigos algo más de mil castellanos (unos cuarenta mil reales). No desperdició éste el tiempo: presentose ante el emperador Carlos V, sin turbarse y con una dignidad cual no debía esperarse de él, atendidos su nacimiento y su educación, pero que justificaban el sentimiento que tenía de su mérito y los servicios hasta entonces prestados. El relato de sus padecimientos, y sus descripciones pomposas del Perú, confirmadas por los presentes que traía, hicieron una impresión tal sobre el monarca y sus ministros, que otorgaron sin vacilar su aprobación al nuevo proyecto del intrépido aventurero. Aprovechose de esas buenas disposiciones para hacerse conceder todos los títulos y toda la autoridad que podía hacerle desear la ambición más insaciable: fue nombrado gobernador, capitán general y adelantado de todos los territorios que pudiese descubrir y conquistar; diósele una autoridad absoluta tanto en lo militar como en lo civil, con todos los privilegios concedidos hasta entonces a los conquistadores del Nuevo Mundo. Su despacho llevaba la fecha del 26 de julio de 1529. Pero mientras que Pizarro se ocupaba con tanta [50] actividad en sus propios intereses, y obtenía para Luque el título de obispo de los países que pudiese conquistar, descuidaba completamente los de Almagro, cual si temiera crearse un rival peligroso haciendo conferir funciones elevadas a un hombre capaz de desempeñarlas. Contentose pues con hacerlo nombrar gobernador del fuerte que debía levantarse en Túmbez; siendo este insignificante favor lo único que obtuvo el fiel asociado de Pizarro, quien merecía indudablemente mucho más, así por la capacidad de que tenía dadas hartas pruebas, como por los trabajos y sacrificios con que había tan eficazmente concurrido al nuevo descubrimiento. Pizarro se encontraba independiente del gobernador de Panamá, y su propia jurisdicción se extendía a doscientas leguas de la costa al sur del río de Santiago. En cambio de estas concesiones, que no obligaban a la corte de España a ningún socorro pecuniario ni a ninguna especie de asistencia, Pizarro se obligaba a reclutar doscientos cincuenta hombres y a procurarse las naves, armas y municiones necesarias para posesionarse de su futura conquista. Para cumplir estas condiciones necesitábase encontrar dinero, y ésta fue la parte más difícil de su misión, y hasta es probable que no hubiera salido adelante con su empeño sin el apoyo del célebre Hernán Cortés, que se hallaba entonces en España, y que se hizo generosamente [51] un deber de ayudar con su bolsillo a un bravo compañero de armas, a quien había tenido ocasión de conocer y estimar. Pizarro reunió a su derredor algunos aventureros llenos de mérito y de talento, entre los cuales se encontraban sus cuatro hermanos, destinados todos a desempeñar un papel importante en los acontecimientos que nos hemos propuesto referir. Esos hermanos eran Fernando, Juan, Gonzalo y Francisco Martín de Alcántara. Este último lo era de Francisco Pizarro, pero tan sólo por parte de madre: tal es al menos la opinión de Zárate y de Garcilaso de la Vega, mientras que otros historiadores, y entre ellos Robertson, pretenden que Francisco de Alcántara era hermano de la madre de Pizarro, lo que no estaría muy conforme con lo que se dice acerca el bajo origen de la familia materna de nuestro héroe. Por lo demás, hallábanse los cuatro en la flor de la edad, y su valor y sus talentos hacían que fuesen los más aptos para secundar al jefe de la expedición en todo cuanto pudiese emprender de difícil y grande. A su llegada a Panamá (1530), Pizarro encontró a Almagro altamente disgustado por el modo como habían sido conducidas las negociaciones en la corte de España, llegando su resentimiento hasta a negarse a obrar de concierto con un hombre cuyos poco leales manejos le habían apartado del poder y de los honores [52] a que tan legítimos derechos tenía. Hasta parece que se ocupó en formar una nueva sociedad, a fin de obrar independientemente de Pizarro. Tenía éste empero demasiada prudencia y habilidad para no evitar un rompimiento que podía serle funesto, ya que Almagro contaba con numerosos partidarios en Panamá, y tanto por su categoría como por sus cualidades hubiera sido un rival peligroso. Interpusiéronse amigos comunes; secundolos poderosamente el obispo Luque, y habiendo consentido Pizarro en ceder a su antiguo socio el cargo de adelantado, Almagro, que a sus pasiones ardientes y fuertes unía una gran franqueza, se dejó vencer al momento. Siguiose a esto una reconciliación, y se renovó la alianza con las anteriores condiciones. Todos los gastos debían hacerse en común, y observarse una igualdad perfecta en el reparto de los provechos. A pesar de esta unión y de que los asociados hicieron todos los esfuerzos de que eran capaces, no pudieron reunir más que ciento ochenta soldados y treinta y siete caballos, y fueron equipados tres pequeños buques cargados de armas, de municiones y de vituallas, para transportar a esos hombres tan poco numerosos, como resueltos. Tales eran los menguados recursos con que contaba Pizarro; mas la experiencia de lo que había pasado ya en América parecía autorizar los sueños más extravagantes, [53] y los triunfos por Cortés alcanzados justificaban hasta cierto punto las audaces esperanzas de Pizarro. Éste partió en febrero de 1531, y como la estación era a propósito, hizo el viaje en trece días, a pesar de haber sido arrastrado por los vientos y las corrientes a cien leguas al norte de Túmbez, y obligado a desembarcar sus tropas en la bahía de San Mateo. No queriendo perder tiempo empezó a avanzar por el sur sin desviarse de la orilla, tanto para que pudiese reunírsele más fácilmente el refuerzo que esperaba de Panamá, como para asegurarse una retirada a sus naves en caso de algún descalabro. Esta marcha no fue ni fácil, ni venturosa. La costa del Perú es en diferentes puntos estéril, malsana y poco poblada, y los españoles tenían además que atravesar los ríos cerca de su desembocadero, donde su anchura hacía su paso más difícil. Pizarro en vez de ganar la confianza de los naturales, los había imprudentemente atacado y obligado a abandonar sus moradas: el hambre, el exceso de la fatiga y enfermedades de diferentes géneros, redujeron a los españoles a tan duros extremos como los que sufrieran en la primera expedición. Correspondía tan poco lo que padecían a las descripciones seductoras que les hiciera Pizarro del país a donde los conducía, que muchos de sus compañeros comenzaron a hacerle cargos, y que sus [54] soldados hubieran perdido toda confianza en él, si hasta en aquella parte estéril del Perú, no hubiesen encontrado algunas huellas de riquezas y de cultura, que parecían justificar los relatos de su jefe. Por otra parte Pizarro persistía con tesón en su empresa, y a los acentos de las quejas oponía palabras de gloria y de esperanza. Por fin el 14 de abril llegó a la provincia de Coaco, y habiendo los españoles sorprendido a los habitantes de su principal población, encontraron en ella vasos y adornos de oro y plata por valor de más de treinta mil pesos, con otras riquezas que desvanecieron todas sus dudas y reanimaron el valor hasta de los más descontentos, dispertando sus ambiciosas esperanzas. Transportado de gozo Pizarro a la vista de aquellos ricos despojos, que consideraba como los primeros dones de una tierra inagotable en tesoros, envió inmediatamente una nave a Almagro con una gran parte del botín. Al propio tiempo hizo partir para Nicaragua otro buque con sumas considerables, destinadas a personas influyentes de aquella colonia: medida que tomó, según Zárate, para dar una alta idea de la riqueza del país, y con la esperanza de dispertar en un gran número de aventureros el deseo de ir a reunírsele. Púsose en seguida nuevamente en marcha; pero faltábale ese carácter conciliador que tanto había secundado los planes del animoso y [55] prudente conquistador de México. Pizarro igual a este caudillo en todas las cualidades que constituyen el hombre de guerra, carecía completamente de esa política hábil y profunda que había formado uno de los principales rasgos de la conducta de Cortés, y desdeñándose de emplear otros medios que la fuerza, atacaba abiertamente a los naturales y les obligaba a someterse o a refugiarse en las regiones del interior. Pizarro avanzó sin oposición hasta la isla de Puna en la bahía de Guayaquil; pero los habitantes de dicha isla, más aguerridos y animosos que los del continente, le opusieron una viva resistencia que duró cerca de seis meses. Cuando por fin fueron sometidos, Pizarro se trasladó a Túmbez, donde dio a sus soldados un reposo de tres meses, de que tenían absoluta necesidad después de las fatigas que habían pasado, y sobre todo a consecuencia de las enfermedades por muchos contraídas. Durante este tiempo el general empezó a recoger los frutos del cuidado que había puesto en esparcir por todas partes las noticias de sus primeros triunfos. En 1532 le llegó un refuerzo de Nicaragua, y aunque no se componía más que de sesenta hombres, fue recibido con tanta más alegría, cuanto que los dos oficiales que los mandaban, Fernando de Soto y Sebastián Benalcázar, gozaban de una gran reputación y eran tenidos por dos de los mejores capitanes que había en América. [56] El 16 de mayo Pizarro volvió a emprender sus operaciones dirigiéndose hacia la ribera del Piura, donde resolvió fundar un establecimiento que pudiese servirle de plaza de depósito. Escogió un sitio a propósito y echó en ella los cimientos de la población de San Miguel, que fue la primera colonia española del Perú; y luego se adelantó atrevidamente hacia el centro del vasto imperio que había invadido, sin temer y teniendo en muy poco los peligros a que podía exponerle su temeridad. Pizarro no dejaba perder ninguna ocasión de tomar informes acerca el país, cuyo conocimiento le era indispensable para la ejecución de sus planes; y aunque le era sumamente difícil hacerse comprender de los naturales, puesto que no tenía intérprete, supo que se hallaba en las posesiones de un monarca poderosísimo, dueño de un territorio extenso, rico y fértil, pero que el país era presa de disensiones civiles, circunstancia que le pareció del mejor agüero y a la cual debió en efecto el que fuesen tan rápidos sus triunfos. He aquí el cuadro trazado por Robertson de la situación en que se hallaba entonces aquella comarca. «Cuando los españoles abordaron por vez primera la costa del Perú en 1526, ocupaba el trono Huana Capac, el duodécimo monarca desde la fundación de la monarquía, al cual nos representan como un príncipe que reunía los talentos militares a las virtudes pacíficas [57] que distinguieran a sus antepasados. Había sometido el reino de Quito, conquista que dobló casi la riqueza y la extensión del imperio. Quiso residir en esta hermosa provincia, y contra la ley antigua y fundamental de la monarquía que prohibía manchar la sangre real con ninguna alianza extranjera, se casó con la hija del rey vencido. Tuvo de ella un hijo llamado Atahualpa (5), a quien legó el reino de Quito a su muerte, acaecida hacia el año 1525, dejando sus demás estados a otro hijo suyo llamado Huáscar, cuya madre era de sangre real. Por grande que fuese el respeto que tuviesen los peruanos a la memoria de un monarca que había reinado con más gloria que ninguno de sus predecesores, sus disposiciones relativas a la sucesión de la corona excitaron en Cuzco un descontento general, porque estaban en contradicción con una costumbre tan antigua como la monarquía, y fundada sobre una autoridad mirada como sagrada. Alentado Huáscar por la opinión de sus súbditos, quiso obligar a su hermano a que renunciase al reino de Quito, y a que le reconociese por su soberano; pero lo primero que había procurado Atahualpa había [58] sido ganarse la voluntad de un gran cuerpo de tropas que acompañara a su padre a Quito. Componíase de la flor de los guerreros peruanos, y Huana Capac les debía todas sus victorias. Fuerte con semejante apoyo, Atahualpa eludió primero la pretensión de su hermano, marchando luego después contra él con un ejército formidable. «No era difícil preveer en tal situación lo que acontecer debía: Atahualpa quedó vencedor y abusó cruelmente de su victoria. Convencido él mismo de la poca validez de sus derechos a la corona, propúsose extinguir la raza real, haciendo perecer a todos los hijos del sol que cayesen en sus manos. Conservó sin embargo la vida a su infortunado rival: Huáscar, hecho prisionero en la batalla que había decidido de la suerte del imperio, fue perdonado por un motivo de política, a fin de que Atahualpa, mandando en nombre de su hermano, pudiese establecer más fácilmente su gobierno.» La autoridad del usurpador parecía entonces sólidamente establecida; pero su trono se hallaba cercado todavía de peligros. El partido que sostenía a Huáscar, a pesar de los descalabros sufridos, no estaba ni subyugado, ni completamente abatido, y era de presumir que empezara pronto una nueva lucha en favor del soberano legítimo. [59] ![]() Capítulo IIIMarcha de Pizarro al interior.- Hace prisionero al inca Atahualpa.- Proceso y muerte de este príncipe. Gracias a esta disensión entre los dos hermanos, los españoles llegaron hasta treinta leguas tierra adentro, sin que nadie intentase detenerlos. Pizarro no sabía cómo explicarse la apatía de los indígenas, cuando llegaron a él mensajeros enviados por Huáscar implorando la asistencia de los extranjeros contra el usurpador. El general comprendió en seguida toda la importancia de este paso, y previó las ventajas todas que podría sacar de la guerra civil que destrozaba el país. Determinó en su consecuencia avanzar mientras que la discordia ponía a los peruanos en la imposibilidad de atacarle con todas sus fuerzas, esperando que tomando la defensa de uno o otro de los competidores, según las circunstancias, lograría más fácilmente destruir a los dos. No podía sin embargo disponer de toda su gente: debía dejar en San Miguel una guarnición capaz de defender este puesto, tan importante [60] como plaza de retirada y como puerto, donde debían llegar los refuerzos que aguardaba de Panamá. En su consecuencia dejó en él cincuenta y cinco hombres, y partió el 24 de septiembre al frente de sesenta y dos caballos y ciento dos peones, de los cuales había veinte armados de arcabuces y tres de mosquetes, llevando además sus dos cañones. Entretanto Atahualpa hallábase acampado en Caxamalca, ciudad situada a unas doce jornadas de marcha de San Miguel. Aunque sabía que el ejército enemigo era muy numeroso, Pizarro avanzó con el mayor denuedo. Poco había andado aún, cuando se presentó a él un enviado del inca con un rico presente de parte de este príncipe, convidándole con su amistad e invitándole a pasar a Caxamalca. Acordándose entonces Pizarro de las medidas políticas adoptadas por Cortés en iguales circunstancias, recibió al enviado con la mayor benevolencia; diose él mismo por embajador de un príncipe poderoso, y declaró que iba con la intención de ofrecer a Atahualpa su auxilio contra los facciosos que le disputaban la corona. Esta declaración logró disipar los recelos y temores de los peruanos, los cuales, como los demás pueblos de la América, habían concebido las más vivas inquietudes desde la primera aparición de los extranjeros. ¿Debían considerarlos como seres celestiales o como formidables enemigos? [61] ¿no era más prudente conciliarse su amistad con la sumisión, que aumentar su enojo con la resistencia? Tales eran las dudas que venían a disipar las palabras conciliadoras de Pizarro, y desvanecido todo recelo se permitió a los extranjeros que marchasen hacia Caxamalca. Antes de llegar allí tuvieron los españoles que arrostrar todavía crueles sufrimientos: fue preciso atravesar un desierto estéril que se extiende entre San Miguel y Motapé, en un espacio de unas veinte y siete leguas, compuesto de llanuras arenosas, sin bosques ni agua. Los abrasadores rayos del sol hacían la travesía sumamente penosa, y el menor esfuerzo de los naturales hubiera podido ser fatal a la hueste de Pizarro. En seguida tuvieron que pasar por un desfiladero tan estrecho e inaccesible, que hubieran bastado unos pocos hombres para defenderlo contra un ejército numeroso. La imprudente credulidad de los peruanos no les permitió aprovecharse de estas ventajas, y Pizarro entró tranquilamente en Caxamalca el 25 de noviembre de 1532. Inmediatamente tomó posesión de un gran patio que fortificó para ponerse a cubierto de un golpe de mano; y sabiendo que Atahualpa celebraba una gran fiesta en su campamento a una legua de la ciudad, mandó allí a su hermano Fernando y Fernando de Soto. Llevaban el encargo de confirmar las seguridades [62] dadas por Pizarro acerca de sus intenciones pacíficas y pedir para su jefe una entrevista con el inca, a fin de explicarle las intenciones que habían movido a los españoles a venir a su país. Engañado Atahualpa por estas protestas, recibió a los enviados con respeto y amistad, y les hizo comprender que iría él mismo al día siguiente a visitar al caudillo extranjero. El porte noble del monarca, el orden que reinaba en su corte, el respeto con que se acercaban sus súbditos a su persona y ejecutaban sus órdenes, admiraron a los españoles. Mas sus codiciosas miradas fijáronse principalmente en las inmensas riquezas con profusión amontonadas en el campo. Los adornos que llevaban sobre sus personas el inca y los nobles de su séquito, los vasos de oro y plata en que fue servida la comida, la multitud de utensilios de todas clases fabricados con aquellos preciosos metales les ofrecieron un espectáculo que excedía a todas las ideas de opulencia que había podido crearse su imaginación. Por el relato que hicieron a Pizarro, éste fijó todos sus pensamientos en las medidas que debían tomarse para llevar a cabo un proyecto que desde su salida de San Miguel meditaba: llamó a su consejo a sus hermanos, a Soto y a Benalcázar y les explicó el plan que había concebido. Después de haberles demostrado cuánto les importaba tener al inca en su poder, y recordado [63] las ventajas que había traído en México el cautiverio de Moctezuma, acabó por proponerles una medida semejante y que fue adoptada sin titubear. En su consecuencia dividió sus sesenta jinetes en tres pelotones al mando de Soto, Benalcázar y su hermano Fernando; formó una sola masa de la infantería, excepto veinte hombres escogidos que debían ir con él dondequiera que el peligro lo exigiese, y mandó colocar las dos piezas de artillería delante del camino por donde debía llegar el inca. Al día siguiente, 16 de noviembre, Atahualpa partió de su campamento para ir a visitar a Pizarro; pero queriendo dar a los extranjeros una alta idea de su poder y de sus riquezas, se puso en marcha con toda la pompa que desplegaba en las más grandes solemnidades. Jerez, testigo ocular, describe aquella escena en estos términos: «La gente que traía en la delantera traían armas secretas debajo de las camisetas, que eran jubones de algodón fuertes, y talegas de piedras y hondas; que parecía que traían ruin intención. Luego la delantera de la gente comenzó a entrar en la plaza; venía delante un escuadrón de indios vestidos de una librea de colores a manera de escaques; éstos venían quitando las pajas del suelo y barriendo el camino. Tras éstos venían otras tres escuadras vestidos de otra manera, todos cantando y bailando. Luego venía [64] mucha gente con armaduras, patenas y coronas de oro y plata. Entre éstos venía Atahualpa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata. Traíanle muchos indios sobre los hombros en alto, y tras de ésta venían otras dos literas y dos hamacas, en que venían otras personas principales; luego venía mucha gente en escuadrones con coronas de oro y plata.» En cuanto Pizarro descubrió al inca envió a su encuentro al padre Valverde, limosnero de la expedición. Según Jerez el padre Valverde se adelantó llevando un crucifijo en una mano y la Biblia en la otra. Llegado cerca del inca, le dijo por medio de su intérprete: «Yo soy un sacerdote de Dios; yo enseño a los cristianos las cosas del Señor, y vengo a enseñároslas a vosotros. Yo enseño lo que nos ha enseñado Dios y que está contenido en este libro. En cualidad de tal te ruego de parte de Dios de los cristianos que seas su amigo, porque Dios lo quiere, y será para tu bien: ve a hablar al gobernador que te aguarda.» Atahualpa pidió que se le permitiera ver el libro que tenía el padre Valverde, y fuele entregado cerrado. Como no pudiese abrirlo, el religioso alargó la mano para enseñarle cómo debía hacerlo; mas Atahualpa, no queriendo recibir sus instrucciones, le dio con desprecio un golpe en el brazo, esforzándose en abrirlo, lo logró. No se admiró, [65] como los otros indios, al ver los caracteres en el papel; tiró el libro santo a cinco o seis pies de distancia, y luego dijo con acento lleno de orgullo: «Estoy bien instruido de lo que habéis hecho en el camino, y de cómo habéis tratado a mis caciques y pillado las casas.» «Los cristianos no han hecho esto, respondió el padre Valverde; sino que habiéndose algunos indios llevado sus efectos sin que el gobernador lo supiese, éste los ha despedido. -¡Pues bien! -replicó Atahualpa, no me moveré de aquí hasta que me sea todo devuelto.» El religioso se volvió al gobernador con esta respuesta, mientras que el inca poniéndose de pie en su litera exhortaba a los suyos a que estuviesen preparados para lo que acontecer pudiese. Zárate refiere este hecho con circunstancias casi semejantes, sólo que añade que cuando el padre Valverde vio las santas Escrituras profanadas por el inca, que había arrojado el libro santo al suelo, exclamó lleno de indignación: «¡A las armas, españoles! ¡a las armas!» Nos hacemos un deber en hacer observar que el exacto y concienzudo G. de la Vega desmiente formalmente este llamamiento a la fuerza, de que algunos historiadores han acusado al padre Valverde con más pasión que justicia. Sea de ello lo que fuere, Pizarro, que durante esta conferencia había tenido no poco que [66] hacer para contener a sus soldados, impacientes por lanzarse sobre las riquezas que tenían a la vista, dio la señal del combate. Dejáronse oír al instante los instrumentos guerreros de los españoles, vomitaron fuego los mosquetes y los cañones, embistieron los caballos, y la infantería cayó espada en mano sobre los peruanos. Los pobres indios, admirados de un ataque tan brusco e inesperado, turbados por los terribles efectos de las armas de fuego y por la irresistible arremetida de aquellos monstruos, desconocidos para ellos, que llevaban los españoles, diéronse a huir por todas partes, sin probar siquiera defenderse. Pizarro a la cabeza de su tropa escogida, lanzose en derechura sobre el inca, y si bien los grandes de su acompañamiento, apiñándose en torno del monarca, le hacían un escudo con sus cuerpos, sacrificándose en su defensa, llegó muy pronto hasta él, y cogiéndole por el brazo, le hizo bajar de su litera y le llevó a su tienda. La prisión del monarca aceleró la derrota de sus tropas. Los españoles las persiguieron por todas partes, y continuaron degollando a sangre fría a los fugitivos que no oponían la menor resistencia. La noche puso fin a la matanza en la que perecieron más de cuatro mil peruanos (6). No murió ningún español [67], y sólo Pizarro fue ligeramente herido en la mano por uno de sus propios soldados, en la prisa que se dio para apoderarse de la persona del inca. Las riquezas recogidas en el pillaje del campamento excedieron a la idea que se habían formado los españoles de la opulencia del Perú; los vencedores se entregaron a los transportes de gozo que debían experimentar unos miserables aventureros, que experimentaban en un solo día un cambio tan extraordinario en su fortuna. Atahualpa no podía sobrellevar con calma un cautiverio tan inicuo como cruel. La terrible e imprevista calamidad que sufría habíale de tal manera abatido, que durante algún tiempo le fue imposible pensar en los medios de hacer menos miserable su suerte. Pizarro, temiendo perder las ventajas que podía sacar de un preso de tal importancia, procuró disminuir el dolor del vencido con algunas palabras consoladoras; pero viendo el inca que las acciones del vencedor no estaban en armonía con sus manifestaciones de respeto, le rechazó con desprecio. Estando entre los españoles no tardó en descubrir que la sed de oro era su pasión dominante, y concibió la esperanza de obtener su libertad satisfaciendo su avaricia. En su consecuencia ofreció un rescate tal, que llenó de admiración la imaginación de Pizarro, a pesar de lo que [68] conocía ya de las riquezas de aquel reino. «Atahualpa, escribe Jerez, dijo que daría de oro una sala que tiene veinte y dos pies en largo y diez y siete en ancho, llena hasta una raya blanca que está a la mitad del altor de la sala, que será lo que dijo de altura de estado y medio, y dijo que hasta allí henchiría la sala de diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelas, y otras piezas, y que de plata daría todo aquel bohío dos veces lleno, y que esto cumpliría dentro de dos meses.» Esta propuesta fue aceptada, y Atahualpa, no cabiendo en sí de gozo a la idea de recobrar pronto su libertad, tomó las más activas medidas para cumplir sus compromisos, y envió a todas las provincias mensajeros encargados de reunir los prometidos tesoros. Fernando de Soto y Pedro del Barco obtuvieron el permiso de acompañar a los enviados que iban a Cuzco. Sabían que mientras que el inca estuviese en poder de Pizarro nada se intentaría contra ellos, y en efecto por todas partes por donde pasaron fueron recibidos con el más profundo respeto. El buen éxito completo y rápido que acababan de alcanzar, inspiró a los españoles tanta confianza como audacia, y daban ya por terminada la conquista del Perú. Acaboles de confirmar en esta idea la noticia que se recibió por entonces de que Almagro había desembarcado [69] en San Miguel con ciento cincuenta hombres y ochenta y cuatro caballos; refuerzo que doblaba de un golpe el número de los combatientes. El monarca prisionero, ignorando de dónde venían y con qué medios habían llegado al Perú aquellos nuevos extranjeros, no podía preveer dónde se detendría aquella invasión y cuáles serían sus consecuencias. Mientras que se hallaba agitado por estas inquietudes, vinieron a turbarle por otro lado nuevos motivos de alarma. Supo que sus opresores habían entrado en relaciones con Huáscar, su hermano. En efecto, al llegar Fernando de Soto a la ciudad donde estaba el príncipe preso, pidió verle. La visita del español reanimó las esperanzas del desgraciado príncipe, el cual imploró la protección de los extranjeros contra Atahualpa, y sabiendo la promesa hecha por éste para obtener su libertad, se obligó, si se le restituía su trono, a llenar de oro hasta el techo el cuarto en que estaba preso. Por seductor que fuese este ofrecimiento, superior en mucho al de Atahualpa, Soto no pudo aceptarlo, pero prometió al príncipe que haría todos los esfuerzos posibles para determinar a Pizarro a que escuchase sus proposiciones. Los oficiales encargados de la custodia de Huáscar, y que eran adictos a su rival, se apresuraron a informar a su monarca de la entrevista de Huáscar y Soto, y esta noticia hizo [70] nacer en su espíritu las más vivas inquietudes. Estaba convencido de que los españoles no rehusarían tan brillantes proposiciones, y de que aprovecharían de buena gana el menor pretexto para dar una apariencia de justicia a sus miras interesadas. Por otra parte, como su propia conducta para con su hermano podía bastar para justificar la falta de fe de los españoles, pensó que su perdición era inevitable, si Huáscar conservaba la vida. Impresionado por esta idea envió orden formal de dar muerte a su hermano, orden que fue con toda puntualidad ejecutada; y luego temiendo que sus vencedores no le hiciesen un cargo de este crimen, puesto que les quitaba la esperanza de un nuevo rescate, afectó el mayor dolor, y sostuvo que sus capitanes habían cometido aquel delito sin su consentimiento. En esto llegó Almagro a Caxamalca, y sus soldados exaltados a la vista del oro que de todas partes traían, pidieron la repartición del botín; uniéronse a ellos los de Pizarro, y fundiose aquella enorme masa de metal, después de haber separado algunos vasos, preciosos por su trabajo, que fueron destinados al emperador. El día de Santiago de 1533, Pizarro mandó celebrar una misa solemne, y se procedió al reparto de aquellas inmensas riquezas. «Hecha la cuenta, dice Jerez, reducido todo a buen oro, hubo en todo un cuento y trescientos y veinte [71] y seis mil y quinientos y treinta y nueve pesos de buen oro, de lo cual perteneció a su Majestad su quinto, después de sacados los derechos de fundidor, doscientos y sesenta y dos, y doscientos y cincuenta y nueve pesos de buen oro. Y en plata hubo cincuenta y un mil y seiscientos y diez marcos, y a su Majestad perteneció diez mil y ciento y veinte y un mil marcos de plata. De todo lo demás, sacado el quinto y los derechos del fundidor, repartió el gobernador entre los conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta dos marcos de plata, y a los de a pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta pesos y a ciento y ochenta y un marcos de plata, y a algunos más y a otros menos, según pareció al gobernador que cada uno merecía, según la calidad de las personas y trabajos que habían pasado.» Como el peso de aquella época equivalía a 100 de nuestros reales, resulta que cada jinete recibió, aun sin contar los marcos de plata, 888,000 reales. La parte de Pizarro y la de los oficiales fueron proporcionadas a sus grados, y por consiguiente muy considerables. La historia no ofrece otro ejemplo de semejante fortuna adquirida en el servicio militar, y jamás fue repartido tan gran botín entre tan escaso número de soldados. Muchos de ellos, viéndose más ricos de lo que nunca se habían imaginado [72], pidieron a gritos su licencia a fin de ir a pasar el resto de sus días en España. Pizarro, viendo que no podía esperar ya de ellos ni arrojo en los combates, ni en los trabajos paciencia, y convencido que dondequiera que fuesen la vista de sus riquezas movería a una multitud de aventureros a ir a alistarse bajo sus banderas, permitió a más de sesenta de ellos que acompañasen a España a su hermano Fernando, a quien enviaba para llevar al emperador los tesoros que le correspondían, con el encargo de relatarle lo sucedido. Después del reparto de su rescate el inca requirió a Pizarro para que le pusiese en libertad; pero el general estaba muy distante de pensar en hacerlo. En su convenio con Atahualpa no había tenido más objeto que apoderarse de todas las riquezas del reino, y una vez logrado su objeto, lejos de cumplir lo prometido, había resuelto secretamente hacer perecer al desgraciado monarca. Muchas fueron las circunstancias que le determinaron, al parecer, a cometer este crimen, uno de los más atroces con que se mancharon los españoles en la conquista de América. Al imitar Pizarro la conducta observada por Cortés con Moctezuma, carecía de los talentos necesarios para seguir con igual arte el plan adoptado por el conquistador de México. No habían tardado a nacer las sospechas y la desconfianza [73] entre el inca y los españoles; el cuidado con que era preciso guardar a un preso de tanta importancia aumentaba mucho las dificultades del servicio militar, al paso que era poca la ventaja que el conservarle reportaba; de suerte que pronto Pizarro no vio en el inca más que un estorbo del cual deseaba librarse. Sin embargo de que se había dado a los soldados de Almagro en el reparto cien mil pesos, a los cuales ningún derecho tenían, estaban todos descontentos: temían que mientras permaneciese Atahualpa cautivo, los soldados de Pizarro considerasen los tesoros que se podrían recoger en lo sucesivo como suplemento al rescate del príncipe, y que bajo este pretexto, quisieran apropiárselo todo. Así pues pedían con instancia su muerte a fin de que todos los soldados de la hueste corriesen los mismos azares y tuviesen iguales derechos. El mismo Pizarro empezaba a alarmarse por las noticias que le llegaban de las provincias apartadas del imperio: reuníanse tropas y sospechaba que el inca había expedido órdenes al efecto. Avivaban estos temores y sospechas los artificios de Filipillo, indio que servía de intérprete. Este hombre, a quien sus funciones daban también un título en la casa del monarca cautivo, atreviose, a pesar de lo bajo de su nacimiento, a poner sus ojos en una de las parientas de Atahualpa, salida de sangre real, y no [74] viendo ninguna esperanza de obtenerla mientras viviese el monarca, excitó a los españoles a que le quitasen la vida, alarmándolos con los designios secretos del preso, de que pretendía tener conocimiento. A estas diferentes causas que concurrían a perder al desventurado Atahualpa, añadiose pronto otra, la más poderosa de todas, porque tuvo su principio en el orgullo humillado de Pizarro. Entre las artes de Europa, excitaba sobre todo la admiración del inca la de la lectura, y quería tiempo hacía descubrir si era una habilidad natural o adquirida. Para aclarar sus dudas pidió a uno de los soldados que le guardaban que escribiese en la uña de su pulgar el nombre de Dios, y enseñó en seguida aquellos caracteres a diferentes españoles, preguntándoles lo que significaban; y con grande admiración suya, todos le dieron sin vacilar la misma respuesta. Un día como se presentase Pizarro ante el príncipe, éste le alargó su pulgar, rogándole que leyese lo que en él estaba escrito: el gobernador se puso colorado, y se vio obligado a confesar lleno de confusión su ignorancia; desde aquel instante Atahualpa lo miró como un hombre vulgar, menos instruido que sus soldados, y no tuvo la habilidad de ocultar los sentimientos que aquel descubrimiento le había inspirado. El general se sintió picado tan al vivo al verse objeto del desprecio de un bárbaro, que se decidió a hacerle perecer.[75] Mas a fin de dar alguna apariencia de justicia a una acción tan violenta y que podía ser severamente reprendida por el emperador, Pizarro quiso que el inca fuese juzgado según las formas observadas en España en las causas criminales. Él mismo, Almagro, y dos oficiales fueron los jueces; un procurador general acusó en nombre del rey; fue encargado de la defensa un abogado, y nombráronse secretarios para redactar las actas de aquel proceso extraordinario. Las deposiciones de los testigos, interpretadas por el traidor Filipillo, fueron todas contrarias al monarca, y los jueces, cuya opinión estaba ya fijada de antemano, le condenaron a ser quemado vivo. Al llegar al lugar del suplicio Atahualpa declaró que quería abrazar la religión cristiana: se hizo saber al gobernador, el cual ordenó que se le bautizase, y el reverendo padre Vicente de Valverde, que trabajaba en su conversión, le administró el sacramento del bautismo. Conmutósele entonces la pena, y en vez de ser quemado, según disponía la sentencia, fue ahorcado. Al día siguiente fue descolgado su cadáver de la horca fatal, y los religiosos, el gobernador y los demás españoles le condujeron a la iglesia para sepultarle en ella con los mayores honores. «Felizmente para el honor de la nación española, dice Robertson, había todavía hombres que conservaban sentimientos de honor y de generosidad [76] dignos del nombre castellano. Aunque Fernando Pizarro había salido para España, y que Soto había sido alejado, este suplicio no se llevó a cabo sin oposición. Muchos capitanes protestaron enérgicamente contra aquel proceso, que miraban como deshonroso para su patria y contrario a todas las máximas de equidad, como una violación de la fe pública y como una usurpación de jurisdicción sobre un soberano independiente. Inútiles fueron sin embargo todos sus esfuerzos: triunfó la opinión de los que consideraban como legítimo todo lo que creían serles ventajoso. La historia empero se complace en conservar el recuerdo de los generosos designios de los que trabajaron en librar a su patria de la infamia de tan gran crimen.» [77] Capítulo IVRecibe Pizarro refuerzos.- Apodérase de Cuzco.- Expedición de Benalcázar a Quito.- Llegada de Alvarado.- Consiente en retirarse.- Fundación de la ciudad de Lima.- Expedición de Almagro a Chile.- Levantamiento de los peruanos. ![]() La muerte de Atahualpa aseguró la dominación de los españoles. Los naturales, aterrados por los espantosos ejemplos que tenían a la vista, y o sobrados indolentes o débiles para tentar de expulsar a los extranjeros, lejos de hacer nuevos esfuerzos contra ellos, procuraban tan sólo ganarse su buena voluntad. Encontrábanse con la muerte de los [78] dos incas sin jefes, sin bandera bajo la cual reunirse; y como si esto no fuese bastante, hallábanse además divididos en dos partidos poderosos, el uno de los cuales sostenía los derechos de Manco o Mango, hermano de Huáscar, al paso que el otro apoyaba las pretensiones del hijo de Atahualpa. Este último era joven y carecía de experiencia, y éste fue el que reconoció Pizarro, persuadido que estaría más dispuesto a dejarse dirigir por él, que su competidor de más edad y experiencia. Los dos partidos hacían con actividad sus preparativos de guerra, y durante este tiempo simples generales aspiraban en otras provincias a la independencia y a la monarquía absoluta. El mismo Atahualpa, sacrificando a su ambición a todos los descendientes de la raza real, había enseñado a los peruanos a no respetar los privilegios de los hijos del sol. Los partidarios de aquel inca conservaban sin embargo una grande veneración a su difunto monarca, y en cuanto Pizarro salió de Caxamalca desenterraron su cuerpo para trasladarlo a Quito. El gobernador de la ciudad, llamado Ruminiani, tan notable por su ambición como por sus talentos y su valor, apenas supiera la muerte de su soberano, resolvió hacerse independiente. La traslación de los despojos mortales de Atahualpa a Quito sirvió a sus proyectos. Bajo pretexto de celebrar los funerales de su señor con la [79] pompa y solemnidad dignas de su rango, invitó a la magnífica ceremonia que preparaba a todos los parientes del inca y a los jefes que le habían sido adictos, de suerte que se encontraron reunidos en Quito todos los personajes del imperio. Ruminiani los invitó a un banquete, donde, según él decía, debía tratarse de las medidas que convendría tomar para expulsar a los españoles. Hizo servir a sus convidados una bebida embriagadora llamada sora, y cuando hubo producido su efecto, Ruminiani cayó con sus partidarios sobre sus indefensos convidados, y los degolló sin piedad. Las revueltas que agitaban al país y que no podían menos de ser provechosas a los españoles, animaron a Pizarro a marchar sobre Cuzco, emprendiendo esta conquista con tanta mayor confianza cuanto que acababa de recibir considerables refuerzos. Los soldados a quienes había permitido acompañar a su hermano Fernando, en cuanto llegaron a Panamá, hicieron ostentoso alarde ante sus compatriotas de los tesoros que del Perú traían. Derramose en poco tiempo la noticia de sus victorias, y en especial de sus riquezas, por todas las colonias del mar del Sur; los aventureros de Panamá, Guatemala y Nicaragua sintiéronse todos inflamados del deseo de ir a reunirse con Pizarro, y tal fue el número de ellos que, después de haber dejado en San [80] Miguel una guarnición imponente al mando de Benalcázar, el gobernador se encontró todavía al frente de quinientos hombres. Pareciole esta hueste tan considerable, que hasta descuidó tomar las precauciones necesarias contra la traición y la sorpresa. Noticioso de ello Ben Quizquiz, general peruano, reunió un ejército numeroso y convencido de que no podría resistir a los extranjeros en batalla campal, se puso en emboscada cerca del camino por donde debían pasar los españoles, y cayendo de repente sobre la retaguardia, mató diez y siete hombres e hizo ocho prisioneros; después de lo cual marchó en retirada, burlando la vigilancia y actividad de Pizarro. Afortunadamente para los prisioneros había entre ellos dos de los oficiales que habían intentado salvar a Atahualpa, y por respeto a ellos Quizquiz no sólo perdonó la vida a los cautivos, sino que los mandó poner en libertad. Después de muchos combates, en que obtuvo siempre la ventaja, Pizarro entró en Cuzco, y los tesoros que allí encontró, resto de lo que los habitantes habían sacado u ocultado, excedieron en valor al rescate de Atahualpa. Herrera dice, que separado el quinto perteneciente al rey, quedaron para repartirse 1.920,000 pesos de oro; y sin embargo los soldados no quedaban todavía satisfechos, a pesar de haber recibido cada uno de ellos cuatro mil pesos. En esto murió el hijo de Atahualpa sin que [81] Pizarro pensase en darle sucesor. Mango Capac le inspiraba poco cuidado, por lo que dejó que fuese reconocido como soberano legítimo por toda la nación. Mientras que las tropas de Pizarro estaban de esta suerte ocupadas, el bravo y emprendedor Benalcázar suportaba con disgusto la inacción a que estaba condenado; así pues aprovechose de la llegada a San Miguel de algunas tropas de refresco para satisfacer sus instintos aventureros. Después de haber dejado suficientes fuerzas para la seguridad del fuerte confiado a su custodia se puso al frente de las tropas que quedaban disponibles, y que consistían, según Herrera, en ciento cuarenta hombres, contando peones y caballos, y en doscientos, según Zárate, entre ellos ochenta jinetes. Su intención era someter a Quito, donde según se decía había reunido Atahualpa todos sus tesoros. Ni la distancia a que se hallaba aquella ciudad, ni las dificultades del camino a través de las montañas, ni los esfuerzos de Ruminiani, nada bastó a enfriar el ardor de Benalcázar y de sus compañeros: triunfaron en muchos encuentros de sus enemigos, y Ruminiani, obligado a abandonar a Quito, tuvo que refugiarse en las montañas. Los vencedores sin embargo no sacaron de la toma de la ciudad las ganancias que se prometieran, porque en su fuga los habitantes se habían llevado todas sus riquezas. [82] La alegría que experimentó Pizarro por estos fáciles triunfos fue turbada por la noticia de un acontecimiento de la mayor importancia, y que le hizo concebir las más vivas inquietudes; tal era la llegada al Perú de un cuerpo numeroso de españoles, mandado por Pedro Alvarado. Este capitán que se distinguiera particularmente en la conquista de México, había sido nombrado gobernador de Guatemala y de toda la parte del Perú que pudiera descubrir fuera de la jurisdicción de Pizarro. Vivía tranquilo y aburrido en su gobierno, cuando la gloria y las riquezas adquiridas por los compañeros de Pizarro, excitaron en él el deseo de lanzarse de nuevo a las agitaciones de la vida militar. Creyendo o fingiendo creer que el reino de Quito estaba fuera de la jurisdicción de Pizarro resolvió invadirlo. Su grande reputación atrajo de todas partes voluntarios que iban a ponerse a sus órdenes, y se embarcó con quinientos hombres, de los cuales más de doscientos eran nobles y servían a caballo. Desembarcó en Puertoviejo, y conociendo imperfectamente el país, marchó sin guías en derechura hacia Quito, siguiendo el curso del Guayaquil y atravesando los Andes hacia su nacimiento. Durante esta marcha por uno de los sitios más agrestes de América, sus tropas debieron abrirse caminos por entre bosques y pantanos: además de estas fatigas sufrieron de tal suerte a causa de los rigores del frío [83] en las alturas de las montañas, que antes de llegar al llano de Quito habían perdido una quinta parte de la gente y la mitad de los caballos. Los que quedaban estaban desalentados y fuera de estado de pelear. Noticioso Pizarro de la marcha de Alvarado hizo salir inmediatamente a Almagro con todos los soldados que no le eran absolutamente necesarios, con orden de que fuese a oponerse a los progresos de su rival, después de haberse reunido con las tropas de Benalcázar. Almagro y Alvarado se encontraron en presencia el uno del otro en la llanura de Riobamba, desplegaron uno y otro sus fuerzas; pero los amigos de Pizarro no estaban muy dispuestos a venir a las manos, porque veían delante de ellos una hueste mucho más numerosa que la suya, e ignoraban el estado de debilidad a que se hallaba reducida. Alvarado se adelantó arrojadamente para empezar el ataque, mas los soldados de los dos bandos se negaron a combatir, y se mezclaron los unos con los otros, conversando como antiguos camaradas. La mayor parte de ellos eran oriundos de Extremadura, y los había en las dos huestes que estaban unidos por lazos de parentesco o de amistad. El licenciado Coldera se apresuró a terminar una reconciliación tan felizmente por la casualidad comenzada; sirvió de intermediario entre ambos partidos, y después de algunas pláticas terminó con [84] satisfacción de todos en amistosas paces lo que amenazaba ser comienzo de una guerra civil. A consecuencia del tratado que siguió a aquella avenencia, Alvarado se obligaba a salir de la provincia de Quito y a dirigir sus armas hacia el sur: convínose igualmente en que Alvarado, Pizarro y Almagro obrarían de concierto y partirían entre sí las ganancias de sus conquistas futuras. Tales eran las cláusulas públicas; mas existía un artículo secreto, que no se creyó prudente divulgar por el temor de excitar el descontento de los soldados de Alvarado, y era el que Almagro pagaría a este jefe cien mil pesos en pago de su retirada. Después de este arreglo Alvarado permitió a sus soldados que quisieron hacerlo, el que pasasen al servicio de Pizarro, y además manifestó deseos de tener una entrevista con el gobernador, tanto para felicitar al que había sido su antiguo compañero de armas, como para conocer el país sometido a los españoles. Pizarro sin embargo, aunque satisfecho de aquel resultado, gracias al cual una expedición que parecía deber arruinarle había contribuido por el contrario a aumentar sus fuerzas, veía no sin inquietud a un rival tan temible prolongar su permanencia en el país. Temía que si Alvarado entraba en Cuzco la vista de las riquezas que encerraba no le hiciese cambiar de resolución; por lo que diose prisa en reunir la suma prometida, que [85] Almagro no había podido pagar, y dejando el mando de Cuzco a sus hermanos, se trasladó a Pachacamac para aguardar allí a Alvarado, que llegó a los pocos días. Ya fuese por política, o que en realidad estimase el carácter del afamado capitán que había sido su compañero de armas, Pizarro no empleó en aquella circunstancia la pérfida doblez de que había dado hasta entonces tantas pruebas. Algunos amigos de su confianza le aconsejaban que mandase prender a Alvarado y le enviase a España sin pagarle la suma convenida. Lejos de seguir este parecer, el gobernador no tan sólo pagó a Alvarado los cien mil pesos prometidos, sino que le dio veinte mil más para los gastos de su viaje. Los dos caudillos pasaron juntos algunos días, como antiguos camaradas, hablando de sus peligros pasados y de sus esperanzas para lo porvenir, y separáronse haciéndose las más vivas protestas de amistad. Alvarado regresó a Guatemala, Pizarro se quedó en Pachacamac con la idea de establecer el asiento del gobierno en aquella costa. Cuzco en efecto, antigua residencia de los incas, estaba situado en un rincón del imperio, a más de cuatrocientas millas del mar, y a más distancia aun de Quito. Fuera de estas dos poblaciones no había en el Perú ningún otro establecimiento que mereciera el nombre de ciudad y que pudiese determinar a los españoles a fijar en él su morada. [86] Recorriendo el país quedó Pizarro prendado de la belleza y fertilidad del valle de Rimac, y resolvió establecer en él la capital de su gobierno, en las riberas de un pequeño río del mismo nombre del valle que riega, a seis millas de Callao, ensenada la más cómoda del Pacífico. Diole el nombre de Ciudad de los Reyes, porque puso su primera piedra el día en que celebra la Iglesia la fiesta de la Epifanía (enero de 1535). Mientras que el Perú perteneció a España se conservó este nombre en los actos públicos; pero la ciudad es más conocida por el de Lima, que será el que le daremos en el curso de nuestra historia. Eleváronse con tanta rapidez los edificios de la nueva ciudad, que tomó pronto un aspecto imponente: el palacio magnífico que Pizarro había mandado construir para él y las soberbias casas destinadas a sus principales oficiales, parecían anunciar desde entonces el alto puesto de grandeza a que debía llegar un día aquella población. Antes de esta época habíase recibido la noticia de la llegada de Fernando Pizarro a España. La inmensa cantidad de oro y plata que traía excitó aquí tanta admiración, cual la había causado en Panamá y demás colonias españolas. Pizarro fue recibido por el emperador con las atenciones debidas a quien le ofrecía un presente, cuyo valor excedía al concepto que se formaran los españoles de las riquezas de sus [87] adquisiciones en América, aun después de haber transcurrido diez años de la conquista de México. El rey recibió 153,300 pesos de oro, 34,000 marcos de plata, con una gran cantidad de vasos y otros adornos preciosos, independientemente de 499,000 pesos y 54,000 marcos de plata, producto de diferentes regalos que le fueron hechos. Carlos no dudó en colmar de honores a unos hombres que sometían a su imperio un país tan vasto y tan rico. Confirmó todos los privilegios anteriormente concedidos a Pizarro y aumentó su jurisdicción en 70 leguas de costa hacia el norte: toda la comarca debía llamarse la Nueva Castilla. Concediose a Almagro, con el título de adelantado, un territorio de 200 leguas de extensión con el nombre de Nueva Toledo. Fernando Pizarro fue nombrado caballero de Santiago, la primera de las órdenes militares españolas, y objeto en todos tiempos de las más nobles ambiciones. Por último Francisco Pizarro fue elevado a la nobleza y recibió el título de marqués. Satisfecho Fernando volvió al Perú, acompañado de muchos voluntarios más distinguidos por su nacimiento que la mayor parte de los que habían hasta entonces servido en América. Hallábase Almagro en Cuzco cuando tuvo noticia de los privilegios que acababan de concedérsele. En cuanto se vio dueño de un gobierno propio creyó que era tiempo de sacudir la dependencia [88] en que había estado siempre con respecto a Pizarro. Pretendió al principio que Cuzco hacía parte de su jurisdicción, y quiso ejercer en él una autoridad absoluta que dispertó los recelos de los amigos de Pizarro. Sus dos hermanos, Juan y Gonzalo, auxiliados por muchas personas de distinción, quisieron dirigir a Almagro algunas quejas sobre la ilegalidad de su conducta, mas este jefe, excitado por los que se habían declarado partidarios suyos, se negó a escucharlos. Tal fue el principio de esas disensiones que debían agitar todo el país, y que tan fatales fueron a los dos competidores. Suscitáronse disputas entre los amigos de los dos jefes, y las luchas que fueron su consecuencia costaron la vida a no pocos soldados. Informado Pizarro del triste estado en que se hallaban las cosas, apresurose a partir para Cuzco: hizo el viaje con una rapidez sorprendente, y su presencia bastó, siquiera por el momento, para restablecer el orden. La reconciliación entre Pizarro y Almagro no había sido sincera. Éste no podía olvidar la conducta de su consocio cuando su viaje a España; y fuerza es confesar que habíase portado con él con perfidia e ingratitud. La política y el interés común habían traído una reconciliación; pero Almagro se acordaba siempre de que había sido engañado, y deseoso de vengarse, aguardaba tan sólo la oportunidad de hacerlo. Cada [89] uno de los dos jefes estaba rodeado de subalternos interesados en lisonjearlos, quienes con el arte y la maldad propias de esta clase de hombres, agriaban sus mutuos recelos, y hacían que las más ligeras faltas fuesen tomadas como insultos los más graves. A pesar de esto se temían el uno al otro, y ninguno de ellos se creía bastante fuerte para llegar a un rompimiento. Pizarro, con una mezcla de dulzura y de firmeza, insistiendo con energía en los funestos efectos que tendrían aquellas disputas para el bien de todos y para su interés personal, y calmando el enojo de Almagro con protestas y promesas, logró hacerle renunciar a sus proyectos de ambición y de independencia. Así pues verificose una nueva reconciliación; pero Pizarro, para quien Almagro era siempre un rival peligroso, quiso alejarle de Cuzco, ocupándole en algo. Presentole la conquista de Chile como una empresa digna de sus esfuerzos, y para más determinarle a intentarla, le prometió que si esa conquista no correspondía a sus esperanzas, le indemnizaría cediéndole una parte del Perú. Almagro se apresuró a aceptar esta propuesta, que inflamando su ambición, caldeó su natural ardor por las expediciones y las aventuras; y como para los españoles no tenía límites la idea que se habían formado de las riquezas y la extensión de aquellas comarcas, Almagro se lisonjeó de conquistar provincias muy superiores, [90] bajo todos conceptos, a las sometidas hasta entonces. Empezaron al momento los preparativos de la expedición, y como el número de los aventureros había aumentado considerablemente, Almagro reunió en poco tiempo hasta quinientos cincuenta hombres. Además de esta hueste, fueron enviados en diferentes direcciones destacamentos mandados por jefes escogidos a fin de reconocer y conquistar otros territorios. Almagro partió a principios de 1535. A pesar de la amistad que parecía reinar entre él y Pizarro, tuvo cuidado, antes de su partida, de tomar todas las precauciones que pudieran ponerle a cubierto de la doblez de su colega. Al efecto dejó en Cuzco a Juan de Herrada, su amigo fiel, que tenía a sus órdenes un gran número de hombres de lealtad probada, y que debía informar a su jefe de todos los acontecimientos que tuviesen lugar. Almagro llevó consigo un hermano del inca llamado Pallu, el gran sacerdote, muchas personas de distinción y un cuerpo de tropas de quince mil indios. Al frente de este considerable ejército púsose en marcha para descubrir y subyugar el reino de Chile, que hacían igualmente famoso sus riquezas y las disposiciones belicosas de sus habitantes. La expedición llegó sin dificultad a Charloy; mas al deliberar acerca el camino que debía seguirse [91], Almagro eligió el que ofrecía más obstáculos y peligros, y a pesar del consejo de Pallu resolvió atravesar las montañas en vez de marchar por el país que se extiende a lo largo de la costa. Varios eran los motivos que para ello tenía: en primer lugar el camino elegido era el más corto; por otra parte su genio emprendedor le hacía despreciar las dificultades, y por último temía, siguiendo el camino indicado por Pallu, caer en emboscadas concertadas de antemano entre los indios. Después de algunos días de marcha pudo reconocer el yerro cometido: los españoles encontraron la nieve acumulada en tan gran cantidad, que no podían abrirse camino sino a costa de los más grandes esfuerzos. Empezaron a dejarse sentir los efectos del frío más intenso; los días eran cortos, y después de haber permanecido expuestos por espacio de tres crueles noches a todo el rigor del clima, un gran número de soldados sucumbieron. Habíanse agotado los mantenimientos, y era imposible encontrar víveres en aquellas agrestes regiones. El ejército disminuía sensiblemente bajo el triple azote del frío, el hambre y la fatiga, y según G. de la Vega, no bajó de cincuenta españoles y de diez mil indios el número de los que perecieron en aquella marcha desastrosa. Almagro llegó por fin a las llanuras de Chile, y reconoció que no le habían engañado al ponderarle [92] la fertilidad del suelo y las riquezas del país. En los distritos sometidos al inca recibió la más favorable acogida, porque los naturales le veían acompañado del hermano de su señor, pudiendo hacerse de esta suerte con una gran cantidad de oro, que distribuyó generosamente entre sus compañeros, para recompensarles por los servicios prestados y alentarles a perseverar en su empresa. A medida empero que fue internándose las cosas cambiaron de aspecto: los chilenos, sorprendidos al principio por el singular aspecto de los extranjeros, no tardaron en volver en sí de su admiración y terror, y atacaron a los españoles con una resolución, de la cual no había habido aún ejemplo en aquella parte de América. Por último, después de muchas fatigas y peligros, Almagro tuvo que dejar su empresa sin terminar, llamado al Perú por una revolución tan repentina como inesperada que estallara en el país y que amenazaba anonadar el poder de los españoles. Convencido Pizarro de que nada tenía que temer de los peruanos mientras tuviese en su poder el inca, obligaba a Manco Capac a residir en Cuzco, bajo pretexto de que esta ciudad era la residencia del soberano, pero en realidad para que estuviere a la vista de Juan y de Gonzalo Pizarro, a quienes su hermano recomendaba particularmente que le vigilasen cada vez que él se ausentaba de Cuzco. [93] El inca había instado repetidas veces a Pizarro para que le restableciese en todas las prerrogativas de su dignidad: habíase quejado vivamente de los honores irrisorios que se le tributaban, afectando reconocerle en público como soberano, mientras que en realidad era menos libre que el más miserable de sus súbditos. Pizarro, que tenía poderosos motivos para querer evitar un rompimiento, eludió al principio el satisfacer a estas quejas, y luego para sustraerse a nuevas reclamaciones, pretextó ser necesaria su presencia en Lima, y salió de Cuzco. El inca resolvió aprovecharse de su ausencia para ejecutar un proyecto que meditaba tiempo hacía: había observado que las fuerzas de los españoles estaban diseminadas, y que sólo había en Cuzco un corto número de hombres. Por medio de inteligencias que mantenía con las provincias, mandó hacer secretamente los preparativos de una sublevación general, aguardando tan sólo una ocasión favorable para escaparse y ponerse al frente de sus tropas, al propio tiempo que, a fin de no dispertar las sospechas de sus guardadores, fingía una ciega sumisión a las órdenes de Pizarro. Por esta época (1536) llegó Fernando Pizarro a Cuzco: el inca se manifestó más que nunca resignado y sumiso, y cuando vio que éste no abrigaba la menor desconfianza, pidiole permiso para ir a Jucay, donde tenía sus jardines [94] de recreo, y donde, según decía, debía celebrarse una gran fiesta nacional, prometiendo además a Fernando traerle la estatua de oro macizo de su padre Guaynacaba, que estaba en aquel sitio. Seducido por la esperanza de tan gran regalo, Fernando Pizarro consintió en lo que le pedía el inca, y le dejó salir de Cuzco acompañado tan sólo de algunos criados. Hallábanse reunidos ya en Jucay los personajes principales del imperio, sin que su presencia excitase la menor sospecha a causa de la fiesta anunciada. Todo este asunto había sido conducido con tanto orden, y con tanta prontitud y sigilo, que los españoles no tuvieron noticia de la explosión hasta que se hubo propagado en todo el país el incendio. Manco Capac arengó a los caciques, les conjuró que exterminasen a toda la raza de sus enemigos, recomendoles que atacasen a los pequeños destacamentos que recorrían el país degollando hasta el último soldado, mientras que dos ejércitos formidables sitiarían a Cuzco y a Lima. Las órdenes del inca fueron con religiosa puntualidad ejecutadas: desplegose en todas partes el estandarte de la guerra, y dondequiera los peruanos tomaron las armas con una resolución igual a la apatía que hasta entonces habían manifestado. Marchó sobre Lima un poderoso ejército, mientras que una inmensa multitud, que hace subir Zárate a doscientos mil [95] hombres, mandada por el mismo inca, sitiaba a Cuzco. Al propio tiempo habían sido sorprendidos y destrozados algunos destacamentos españoles, y estas primeras ventajas habían inflamado a los indios, que ardían en deseos de librar al país de la presencia de los extranjeros. Advertidos los tres hermanos de Pizarro del peligro que amenazaba a Cuzco, se apresuraron a enviar un mensajero al gobernador pidiéndole socorros, en tanto que hacían los más vigorosos esfuerzos para oponer al enemigo una resistencia digna del renombre de las armas españolas y del valor que distinguía a su familia. Mas el gobernador no recibió el mensaje: Lima estaba ya sitiada, y los peruanos impedían las comunicaciones entre las dos ciudades, de suerte que los españoles que había en cada una de ellas empezaban a temer que eran ellos los únicos europeos que en el Perú existían. Proseguíase en especial el sitio de Cuzco con el mayor vigor: las fuerzas de Pizarro, que consistían tan sólo en doscientos hombres, ochenta de los cuales eran de a caballo, tenían que defenderse contra un ejército de más de doscientos mil indios. Ni siquiera estaba compensada esta desigualdad por la superioridad de las armas. Los americanos no se asustaban ya de las de fuego, ni a la vista de los caballos. Los que habían cogido espadas y picas a los españoles servíanse de ellas; otros, y el inca era de este número, [96] montaron los caballos de que se habían apoderado, y corrían con ellos al combate, cual si estuviesen acostumbrados a manejarlos desde su infancia. Durante los nueve meses que duró el sitio de Cuzco, los peruanos desplegaron talentos superiores a los de los mexicanos y redujeron a los españoles a un estado casi desesperado. No había para éstos ningún momento de reposo, y mientras que el enemigo podía llevar todos los días tropas de refresco al ataque, los sitiados, reducidos a un escaso número, desalentados y rendidos de fatiga, se veían obligados a sobrellevar de continuo nuevas penalidades. Sin embargo en este estado de desolación estaban más que descorazonados rabiosos, y preparáronse a reunir sus postreros recursos, dispuestos a perecer todos, haciendo contra sus enemigos un esfuerzo desesperado, antes que rendirse. Su posición era cada vez más crítica, cuando vino a salvarlos de repente un acontecimiento inesperado. Almagro había llegado a las inmediaciones de la ciudad. Detenido en sus proyectos de conquista, había sabido el levantamiento de los peruanos y venido a Cuzco, sin determinación fija, si bien había realmente concebido el proyecto de apoderarse de la ciudad. Cuando hubo reconocido el estado de las cosas, vaciló acerca el plan de conducta que debía seguir. Al ver el [97] ejército formidable de los sitiadores comprendió que tendría que combatir en los peruanos a enemigos poderosos, al paso que haciendo alianza con ellos, le sería fácil vencer a Pizarro, cuya situación era desesperada. Sin embargo su corazón de castellano se negaba a cometer este acto de felonía: por grandes que fuesen sus motivos de odio contra Pizarro, repugnábale volver sus armas contra sus compatriotas, y por otra parte era de temer, que en el caso de tomar este partido violento, los indígenas, tranquilos espectadores de aquella terrible lucha, fuesen los únicos en aprovecharse de ella. El inca por su parte quería impedir la unión de los dos ejércitos españoles, y acudiendo a la astucia, hizo pedir a Almagro una entrevista a fin de fijar las bases de un tratado. Su objeto secreto era hacerle asesinar; pero Almagro era sobrado prudente para entregarse ciegamente a su enemigo, y fue a la entrevista escoltado por un número considerable de sus mejores soldados, con lo que burló el plan tramado contra su existencia. Mientras que el inca y Almagro se entregaban a inútiles negociaciones, Fernando Pizarro resolvió valerse también de la astucia. Envió mensajeros a Juan de Saavedra, que mandaba las tropas en ausencia de Almagro, que estaba entonces al lado del inca, y le hizo los más seductores ofrecimientos si consentía en abandonar el partido de su jefe. Mas Saavedra [98] rechazó con desprecio todas las proposiciones que se le hicieron. De esta suerte los tres partidos permanecieron algún tiempo en la incertidumbre, observándose los unos a los otros, y no atreviéndose a tomar ninguna resolución decisiva. Por fin el inca atacó a Almagro y fue rechazado con gran pérdida: desesperando entonces del triunfo, suspendió las hostilidades y dispersó su ejército. La indomable resistencia que le habían opuesto los españoles durante más de un año le había disgustado de una guerra que no le ofrecía ya ninguna esperanza de buen éxito, y al ver a sus enemigos reunidos se retiró del campo de batalla, dejando que los dos partidos se disputasen la victoria. [99] Capítulo VApodérase Almagro de Cuzco.- Hace prisionero a Fernando y Gonzalo Pizarro.- Derrota a Alvarado.- Negociaciones con Francisco Pizarro.- Su rompimiento.- Batalla de Salinas.- Prisión de Almagro.- Su proceso y muerte.- Retrato de este caudillo. No teniendo nada que temer ya de los naturales, Almagro avanzó rápidamente hasta las puertas de Cuzco, y envió mensajeros a los hermanos Pizarro para intimarles que evacuasen una ciudad donde sólo él tenía derecho de mandar. Fernando contestó con dignidad y cordura que mandaba en Cuzco en nombre del gobernador, y que no abandonaría su puesto sin sus órdenes expresas; a más de que añadió, no era por la fuerza de las armas como debía hacer valer sus pretendidos derechos, sino por medio de negociaciones leales tratar con el gobernador. Estos argumentos apoyados por la mediación de los capitanes más distinguidos de los dos bandos que se veían con horror amenazados de una guerra civil, movieron a Almagro a concluir una tregua. Convínose en que Fernando enviaría un mensajero a Lima para dar cuenta [100] a Pizarro de lo que había pasado, y que hasta que llegase la respuesta los dos partidos se abstendrían de todo acto de hostilidad. Esta tregua no fue de larga duración; los amigos de Almagro le echaron en cara que llevaba hasta el exceso la debilidad y la confianza; recordándole la conocida doblez de los Pizarros, le hicieron creer que Fernando sólo se había propuesto ganar tiempo para recibir refuerzos que le permitiesen continuar la guerra con ventaja, persuadiéndole por fin de que no debía dejar escapar una ocasión tan propicia de apoderarse de Cuzco. Almagro se dejó convencer por estas razones, y como muchos de los soldados de Pizarro se habían pasado a sus banderas, creyó que arrastraría fácilmente a los demás. Decidiose pues a sorprender la ciudad y apoderarse de los jefes. Este plan le salió a medida de sus deseos: la guarnición de Cuzco dormía descuidada, y cuando un soldado corrió a anunciar a Fernando que las tropas de Almagro entraban en la ciudad, aquél le respondió que debía equivocarse, puesto que un soldado y hombre de honor no podía faltar así a su palabra. En esto Almagro habíase apoderado de la población: llegó sin obstáculo a la morada de los dos hermanos y les intimó que se rindiesen; mas éstos se negaron a ello, y atracando las puertas, preparáronse a una defensa obstinada. Almagro mandó pegar fuego a la casa, y las llamas hicieron tan [101] rápidos progresos, que los Pizarros, no teniendo otro medio de evitar una muerte horrible, se rindieron a discreción. Cargóseles de cadenas, lo mismo que a los principales capitanes, y la autoridad de Almagro fue reconocida por todos. A la primera noticia de la insurrección de los peruanos, Francisco Pizarro había enviado a pedir socorros a todas las colonias españolas, y mientras los aguardaba, había defendido a Lima con bravura. Cuando llegaron refuerzos dispersó al momento al ejército enemigo, y se halló en estado de enviar un cuerpo de tropas de quinientos hombres a las órdenes de Alfonso Alvarado y de Garcilaso de la Vega, el padre del historiador, para socorrer a Cuzco, si todavía era tiempo. Aquella pequeña hueste llegó a muy corta distancia de la capital, antes de que pudiese sospechar que tuviese que combatir otros enemigos que los indios; así que causó grande admiración a Alvarado y a los suyos ver a sus compatriotas apostados en las orillas del Abancay resueltos a disputarles el paso. Almagro sin embargo hallábase todavía indeciso: temía empeñar una acción con tropas más numerosas que las suyas, con tanta más razón, cuanto que teniendo en sus filas a algunos soldados de Pizarro, podían éstos abandonarle en el momento del combate. Una circunstancia del todo inesperada vino a sacarle de su irresolución. Había en la hueste venida de Lima un oficial [102] llamado Pedro de Lerma, que quejoso de Pizarro, quería vengarse de él pasándose a Almagro. Escribiole pues para darle a conocer sus intentos, y le aseguró que en cuanto se acercase, se le reuniría con cien hombres. Almagro no despreció el aviso; púsose de acuerdo con Lerma, y atacó por la noche a Alvarado que, abandonado de parte de sus soldados, fue fácilmente vencido y hecho prisionero con sus principales jefes. Con esta ventaja hubiera quedado resuelta la contienda para siempre, si Almagro, como sabía vencer, hubiese poseído el arte de aprovecharse de su victoria. Rodrigo Orgoñez, oficial de gran talento, que militando las órdenes del condestable de Borbón, en sus guerras en Italia, se había acostumbrado a las resoluciones atrevidas y decisivas, le aconsejó que hiciese morir a Fernando y Gonzalo Pizarro, a Alvarado y algunos otros a quienes no podía prometerse ganar, y marchase en seguida sobre Lima con sus tropas victoriosas, antes que el gobernador tuviese tiempo de prepararse para la defensa. Almagro conocía todas las ventajas de este consejo y no carecía de la resolución necesaria para seguirlo; pero cedió a sentimientos que no parecían convenir a su posición, deteniéndose ante escrúpulos, honrosos sí, pero que parecían extraños en un jefe de partido que había desenvainado la espada para provocar una guerra civil [103]. Su humanidad le impidió derramar la sangre de sus adversarios, al paso que el temor de ser tenido por rebelde no le permitía entrar espada en mano en una provincia que su soberano había dado a otro. Sabía muy bien que la querella entre él y Pizarro sólo podía terminarse por medio de las armas, y no rehusó este modo de resolverla; pero quería que su rival fuese considerado como agresor, por cuya razón tomó tranquilamente el camino de Cuzco, para aguardar que Pizarro fuese allí a buscarle (julio de 1537). Éste ignoraba aún todo lo que había pasado: la vuelta de Almagro, la toma de Cuzco, la muerte de uno de sus hermanos, el cautiverio de los otros dos y la derrota de Alvarado, todas estas noticias llegaron a él al mismo tiempo, cual si la fortuna hubiese querido abatir de una sola vez su ánimo altivo y resuelto. Fue aquello un golpe terrible para el gobernador, quien a la par que deploraba la muerte de su querido hermano y temía por la existencia de los otros dos, sentía atormentado su espíritu por el orgullo, la humillación y la sed de venganza, y parecía deber sucumbir bajo el peso de tantos infortunios. Mas su valor indomable le dio fuerzas para resistir a este terrible golpe, y llamó en su auxilio toda su energía para detener los progresos del mal. Como era dueño de la costa y aguardaba considerables refuerzos [104] en hombres y provisiones, importábale tanto ganar tiempo y evitar una batalla, como conveniente hubiera sido para Almagro activar sus operaciones y llegar pronto a una acción decisiva. En su consecuencia Pizarro entabló negociaciones con su rival, y con tal habilidad las condujo, que duraron muchos meses sin dar ningún resultado. Cansado de esas dilaciones Almagro se adelantó con su ejército hasta las fronteras de la jurisdicción de Lima, donde se detuvo para aguardar la respuesta definitiva de Pizarro. Al salir de Cuzco se había hecho acompañar por Fernando, que sabía que era enemigo suyo declarado, y de este modo tenía siempre en su poder un rehén importante. Confió el mando de la ciudad a Gabriel Rojas, cuya adhesión y valor le eran conocidos. Por más activa que fuese la vigilancia de este capitán, no pudo burlar los esfuerzos que hacían Gonzalo Pizarro y Alvarado para recobrar su libertad. Los dos presos ganaron a los soldados encargados de su custodia, los cuales les proporcionaron en secreto armas y herramientas por medio de las cuales les fue fácil romper sus cadenas. Una noche, en el momento en que Rojas había ido a visitar a los presos, éstos le cercaron, apoderáronse de él y le amenazaron con la muerte si gritaba. Rojas se sometió; Gonzalo y Alvarado salieron de la ciudad con un centenar de hombres, y no tardaron en reunirse [105] con el gobernador. Esta fuga causó grandísima alegría a Pizarro, pero el cautiverio de Fernando le imponía la necesidad de continuar siguiendo la marcha política que le había salido tan bien hasta entonces. Almagro por su parte desalentado por la fuga de sus presos y la defección de sus soldados, y asustado de los grandes preparativos que hacía Pizarro, parecía dispuesto a venir a un acomodamiento. Esto era lo que Pizarro deseaba; así pues nombró cada uno de ellos dos parlamentarios con plenos poderes para tratar. Los primeros artículos del convenio establecían que Fernando sería puesto en seguida en libertad y que pasaría a España, acompañado de un criado de Almagro para someter al rey la causa de su contienda, y que entre tanto los dos rivales permanecerían en posesión de los territorios que cada uno de ellos ocupaba. Almagro no vio el lazo que se le tendía: firmó el convenio y puso al momento a Fernando en libertad. Desde el instante en que Pizarro no tuvo que temer por la vida de su hermano, se quitó la máscara y declaró que sólo con las armas en la mano debía decidirse quién de los dos entre él y Almagro sería dueño del Perú. Hizo los preparativos con la prontitud que resolución tan atrevida reclamaba y convenía a su carácter. Pronto tuvo setecientos hombres en estado de marchar sobre Cuzco, y dio el mando de ellos a sus dos hermanos, en quienes [106] podía contar para la ejecución de las medidas más violentas, puesto que, además de su ambición, se hallaban animados por el reciente recuerdo de su prisión y de sus sufrimientos. Después de haber intentado, aunque sin éxito, atravesar las montañas para llegar por un camino directo a Cuzco, marcharon por la costa hasta Nasca, desde donde torciendo a la izquierda, penetraron en los desiertos del ramal de los Andes que los separaba de la capital. Almagro, en vez de seguir el consejo de los capitanes que querían que procurase defender los pasos difíciles, aguardó a su enemigo en la llanura de Cuzco. Dos razones habíanle determinado a tomar esta resolución; no tenía más que quinientos hombres, y temía debilitarse más enviando destacamentos a las montañas; y como por otra parte su caballería era más numerosa que la de los Pizarros, no podía aprovecharse de esta ventaja sino combatiendo en un país llano. No tardaron los dos ejércitos en encontrarse, mostrando igual impaciencia para poner fin a una querella que duraba tanto tiempo hacía. Compatriotas y combatiendo poco antes bajo el mismo estandarte, los españoles podían ver las montañas que rodeaban la llanura cubiertas de numerosas partidas de indios, reunidos para gozar del placer de verlos degollarse mutuamente, y dispuestos a atacar en seguida al partido [107] que quedase vencedor. Mas todas esas consideraciones de nada servían ante el cruel rencor de que se hallaban animados; no se dio en uno y otro bando ningún consejo de paz; no se dejó oír ninguna propuesta de arreglo. Desgraciadamente para Almagro su edad avanzada no le permitía soportar largos trabajos, y extenuado en aquel momento crítico por las fatigas y privado de su actividad ordinaria, se vio obligado a confiar el mando a Orgoñez, el cual, aunque excelente capitán, no era tan amado de sus soldados ni ejercía sobre ellos tanto ascendiente como el jefe, a quien estaban acostumbrados a seguir y a respetar. El 6 de abril de 1538 diose pues la sangrienta batalla de Salinas, la cual empezó por una carga de caballería sostenida de una y otra parte con indecible tesón. Fernando fue derribado de caballo con no poco riesgo de su vida. El combate se hizo pronto general y terrible. Almagro tenía mayor número de veteranos y de jinetes; mas estas ventajas estaban compensadas por parte de los Pizarros, por dos compañías de mosqueteros bien disciplinadas, que el emperador había enviado de España al saber el levantamiento de los indios. En aquella época el uso de las armas de fuego estaba poco generalizado en América entre los aventureros, que se equipaban sin regularidad y a sus expensas; así pues aquella pequeña partida de [108] mosqueteros fue la que decidió la suerte de la jornada: dondequiera que llevaba su fuego, bien dirigido y sostenido, derribaba todo cuanto tenía delante. Cuando el enemigo comenzó a batirse en retirada, los Pizarros reunieron todos sus recursos para hacer un último esfuerzo. En aquél momento Orgoñez fue herido y cayó de caballo: aquélla fue la señal de la derrota: las tropas de Almagro se dispersaron en todas direcciones, y los que escaparon a la matanza debieron tan sólo su salvación a la fuga. Demasiado débil para tenerse a caballo y para tomar una parte activa en el combate, Almagro, llevado en una litera, seguía desde lo alto de una colina el movimiento de los dos ejércitos, y presenció la derrota de los suyos con la indignación de un viejo capitán acostumbrado tiempo hacía a la victoria. Viéndolo todo perdido intentó huir; mas Gonzalo y Alvarado lanzáronse ellos mismos en su seguimiento, y lograron apoderarse de su persona. Una de las circunstancias más notables de esta desastrosa jornada, fue la inacción de los indios, que dejaron perder una ocasión tan propicia para exterminar de un solo golpe a casi todos sus enemigos. Habían muerto ciento cuarenta españoles, y hallábanse los demás tan extenuados por sus heridas y el cansancio, que les hubiera sido imposible defenderse contra la multitud de los peruanos. Nada en la historia [109] del Nuevo Mundo prueba quizás mejor que este hecho el admirable ascendiente que habían tomado los españoles sobre los americanos. Éstos se contentaron con despojar a todos los que encontraron en el campo de batalla, así a los muertos como a los heridos. Los Pizarros mancharon su victoria con actos de atroz crueldad. Orgoñez, de Lerma y muchos otros partidarios de Almagro fueron muertos a sangre fría, si no por orden de los jefes, al menos con su aprobación. Cuzco fue entregado al pillaje, y los vencedores encontraron un botín considerable formado en parte de lo que quedaba de los tesoros de los indios, y en parte de las riquezas recogidas por sus adversarios tanto en el Perú como en Chile. Sólo faltaba entonces ocuparse en la suerte de Almagro, la cual no parecía dudosa, puesto que desde los primeros momentos se había resuelto su muerte. No atreviéndose sin embargo a hacerle perecer secretamente, los Pizarros quisieron cubrir su venganza con un simulacro de justicia, y resolvieron hacerle comparecer ante una comisión encargada de juzgarlo. Temieron sin embargo que los antiguos partidarios del acusado, incorporados a sus tropas, no verían a sangre fría a su intrépido e infortunado caudillo conducido como un vil criminal a una muerte ignominiosa, después de los grandes servicios que había prestado; por cuyo motivo [110] Fernando Pizarro creyó deber retardar el momento en que podría satisfacer el odio que contra Almagro alimentaba. No tardó en presentarse la ocasión que deseaba. El botín recogido en el saqueo de Cuzco no había correspondido a las esperanzas de los vencedores, y murmuraban ya de la inacción en que se les tenía. Fernando propuso en su consecuencia a varios capitanes que se pusiesen al frente de algunos destacamentos a fin de recorrer el país. Esta proposición, tan conforme con el carácter y el deseo de los aventureros, fue recibida con alegría; preparáronse algunas expediciones, y Fernando tuvo buen cuidado de hacer que tomasen parte en ellas todos los antiguos soldados de Almagro y aquellos de sus compañeros de quienes no estaba enteramente seguro. En cuanto hubieron partido los destacamentos, Fernando se apresuró a llevar a cabo sus proyectos: nombró un tribunal encargado de examinar la conducta de Almagro, procesado como culpable de traición y rebeldía. Entre los cargos que se le hicieron, se le acusaba de haber entrado a la fuerza en Cuzco, entablado negociaciones con el inca contra los españoles, y hecho derramar la sangre de sus compatriotas en los combates de Abancay y Salinas. Estos cargos fueron fácilmente probados y Almagro fue condenado a muerte. La noticia de la sentencia pronunciada contra él fue para el viejo caudillo [111] un golpe terrible. Por grande que fuese la animosidad y el odio de Fernando, Almagro no había pensado nunca que le hiciese morir, en el momento sobre todo en que se hallaba imposibilitado de tentar el menor esfuerzo para alcanzar de nuevo el poder: y entonces aquel anciano desafortunado, luchando a la vez contra la enfermedad, el pesar, la debilidad y la vergüenza, faltó a su carácter implorando la compasión de un hombre cuyo corazón no soñaba más que con la venganza. Fue para el ejército un doloroso y desgarrador espectáculo ver a ese bravo veterano, a ese hombre que había pasado toda su vida en el servicio de su patria, a ese caudillo a quien, después de Pizarro, debía España la conquista del Perú, echarse a los pies de su venturoso rival, y suplicarle con lágrimas en los ojos, que le dejase un resto de vida. Almagro recordó a Fernando que también él había estado en su poder y que sin embargo había respetado sus días; le hizo presente los servicios hechos a su patria, la antigua amistad que le unía con el gobernador a cuya elevación y fortuna había tan poderosamente contribuido. Fernando eludió el contestar a estas razones, que no admitían réplica, y manifestó sorpresa y vergüenza de que un soldado español, de un mérito tan señalado como Almagro, se mostrase tan apocado en presencia de la muerte. Este sangriento [112] insulto desgarró el corazón del anciano y le devolvió toda su energía: dejó de suplicar y se dispuso a sufrir su suerte con calma y firmeza. El único alivio que alcanzó en el rigor de su sentencia fue que sería ahorcado en la cárcel y decapitado públicamente. Ejecutose la sentencia, y Almagro recibió la muerte con una tranquilidad y valor dignos de su renombre militar y de sus antiguas hazañas. Tenía entonces setenta y cinco años de edad. Antes de morir nombró para sucederle en su gobierno, en virtud de los poderes que tenía del emperador, a su hijo Diego, preso entonces en Lima. Francisco Pizarro no dio la menor importancia a este testamento, que fue más adelante un manantial fecundo de disensiones y calamidades. Tal fue el deplorable fin de D. Diego de Almagro, uno de los más distinguidos conquistadores del Nuevo Mundo. No era tan sólo un soldado de un mérito superior; era además un hombre dotado de grandes talentos, y que ofrecía bajo este punto de vista un singular contraste con Pizarro. La conducta de Almagro iba acompañada de cierta franqueza y generosidad caballeresca, mientras que en la de Pizarro se veía a menudo una doblez refinada, y la determinación fija de sacrificarlo todo a sus miras políticas. La vida de Almagro no está ciertamente al abrigo de justas acusaciones; pero si bien cometió muchas faltas, no tuvo jamás que [113] echarse en cara esos excesos de crueldad que manchan la memoria de Pizarro. Independientemente de los importantes servicios que prestó en la conquista del Perú, España le debe el descubrimiento del reino de Chile, que fue con el tiempo una de sus más productivas posesiones en América. [114] ![]() Capítulo VIViaje de Fernando Pizarro a España.- Su prisión.- Medidas que tomó el gobierno.- Expedición de Gonzalo Pizarro a la Canela. La muerte de Almagro y la dispersión de sus partidarios pusieron término por algún tiempo a las disensiones civiles de los españoles. El gobernador, disfrutando por fin de una tranquilidad completa, empleó aquellos momentos de reposo en organizar con regularidad las provincias a que su jurisdicción se extendía. Sometió en poco tiempo el territorio de Callao, y fue a Cuzco a fin de consultar con sus hermanos sobre las medidas que para lo futuro convenía adoptar. El primer objeto en que se ocuparon fue en los medios que emplearse debían para prevenir la impresión desfavorable que podía producir en el ánimo del emperador la muerte de Almagro. Resolviose que Fernando pasaría [115] inmediatamente a España para justificar su conducta y atribuir toda la falta a la rebelión de aquel caudillo; y en su consecuencia partió en 1539, contra el parecer de sus más fieles amigos, que hacían observar lo imprudente que era enviar a España, precisamente aquél sobre quien en especial recaía la acusación de la muerte de Almagro. Fernando apareció en la corte con una pompa y magnificencia que admiró al pueblo, mas a pesar de la audacia con que se presentó ante el monarca, apercibiose pronto que no podía contar con el favor imperial. En efecto, Diego de Alvarado y algunos amigos de Almagro, que lograron escaparse después de la batalla de Salinas, habían pasado inmediatamente a España, donde no habían dejado de instar a los ministros para que se procesara a los Pizarros. Conocidos de todos eran los hechos que se alegaban, habiendo logrado alarmar al gobierno sobre la tiranía que ejercían los tres hermanos. Acusábaseles de haber establecido en América el más violento despotismo, no sólo con los indios, sino hasta con los españoles: decíase que habían sido los agresores en las contiendas con Almagro, en las cuales se habían conducido con una crueldad y una perfidia inauditas. Nada en una palabra se había olvidado de lo que podía hacerles parecer culpables. Estas acusaciones, con frecuencia repetidas, produjeron su efecto, y el [116] monarca indignado mandó que se abriese al momento una información acerca los asuntos del Perú. Fernando no era hombre para ceder ante las amenazas y ante acusaciones que ningún testigo apoyaba: defendió su causa con una sangre fría imperturbable, y rechazando sobre sus adversarios todo lo odioso de la guerra civil, movió por fin a Carlos V a que escuchase sus recriminaciones. El gobierno por otra parte temía exasperar a Francisco Pizarro, quien a tan larga distancia y con los recursos de que disponía, podía muy bien declararse independiente. El ministerio, completamente imparcial en esta ocasión, sacaba de los relatos que uno y partido le hacían la consecuencia natural de que los asuntos del Perú estaban sumamente embrollados, y que era más que probable que los indios acabarían por aprovecharse de la desunión de los españoles para sacudir su yugo. Era sin embargo más fácil conocer el mal que hallar el remedio. Estaba tan distante el sitio donde aquellos hechos pasaban que era poco menos que imposible señalar a un administrador la conducta que seguir debía; y antes que pudiese seguirse en el Perú plan alguno aprobado en España, su ejecución podía ser funestísima a causa del cambio de las circunstancias y de la situación de los partidos. El único medio de averiguar la verdad era enviar al Perú un hombre influyente que tomase informes exactos [117] sobre el estado del país. No era fácil la elección de ese enviado: necesitábase un hombre de elevada categoría para desempeñar aquella misión con la dignidad e importancia convenientes; bastante imparcial para no ceder a las influencias locales, y que estuviese dotado del talento necesario para llegar al conocimiento exacto de la verdad en medio de los informes contradictorios que naturalmente debía recibir. La elección del monarca recayó en D. Cristóbal Vaca de Castro, magistrado de la cancillería de Valladolid, e igualmente recomendable por sus talentos, su integridad y su energía. No se señaló a su misión ningún carácter particular; sino que debía ejercer poderes diplomáticos, políticos, judiciales o absolutos, según las circunstancias. Si a su llegada al Perú encontraba vivo a Francisco Pizarro, debía desempeñar tan sólo las funciones de juez y obrar en apariencia de concierto con el gobernador; mas en el caso de que éste no existiese Vaca de Castro debía ejercer una autoridad ilimitada. Veíase manifiestamente en estas instrucciones la intención de no herir el orgullo de Pizarro, cuyo carácter y poder se temían: distintos eran empero los sentimientos del gobierno con respecto a Fernando. Las acusaciones dirigidas contra él en particular eran de tal naturaleza que no se las podía mirar con indiferencia. Por otra parte, sacrificándole se daba una satisfacción [118] a los enemigos de Almagro, al público un ejemplo imponente de justicia, y se impedía a un hombre peligroso el que fuese a reunirse con su hermano. La política aconsejaba esta medida, y el rey, sin miramiento a los derechos que a su indulgencia tuviese Fernando, y olvidando sus grandes servicios pasados y sus largos infortunios, le mandó cargar de cadenas y encerrarle en un calabozo. Tal es al menos la versión de Garcilaso de la Vega y de Gomara; si bien otros historiadores dan a esa orden un motivo de muy distinta naturaleza: pretenden que Fernando fue preso y aherrojado porque se tuvieron vehementes sospechas de haber hecho envenenar a Diego de Alvarado, que le había propuesto cinco días antes un combate singular; hecho que nos parece de tal suerte contrario al carácter de Fernando, que lo trasladamos y sin darle crédito. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que estuvo veinte y tres años preso, y que cuando fue puesto en libertad tenía el cuerpo y el ánimo quebrantados por la vejez y los sufrimientos. Quedó pobre y sin influencia, y pasó el resto de sus días en el abandono, como casi todos los que, habiendo contribuido a la conquista de América, no perecieron en los combates o en el cadalso. Durante este tiempo Francisco Pizarro, que no tenía que temer ya ni a la facción de Almagro, ni a los indios, empezaba a desconfiar de [119] sus propios soldados, descontentos de la manera como acababa de repartir las tierras. Si hubiese hecho este reparto con imparcialidad, era bastante extensa la comarca para proporcionarle con qué recompensar a sus partidarios y ganar a sus enemigos; mas Pizarro se condujo con toda la injusticia de un jefe de partido, y no con la equidad de un juez que aspira a recompensar el mérito. Empezó por tomar para sí, o para sus hermanos y favoritos, grandes distritos en los puntos mejor cultivados y más poblados. Los demás no recibieron en lotes sino los terrenos menos fecundos o peor situados. Los soldados de Almagro, entre los cuales se hallaban muchos de los primeros aventureros, a cuyo valor y perseverancia debiera Pizarro la mayor parte de sus triunfos, fueron totalmente excluidos de la propiedad de las tierras por ellos conquistadas. Como la vanidad de cada cual le hacía dar un valor excesivo a sus servicios, todos los que se creyeron burlados en sus esperanzas pusieron el grito en el cielo contra la injusticia y la rapacidad del gobernador, mientras que los partidarios de Almagro murmuraban en secreto y meditaban vengarse. A fin de apaciguarlos Pizarro acudió al arbitrio que había sido ensayado ya otras veces con buen éxito: tal fue el disponer diversas expediciones, que tuvo buen cuidado de formar en gran parte con los descontentos. [120] De todas aquellas expediciones ninguna fue más notable y tuvo más importantes resultados que la de Gonzalo Pizarro. Encargado por su hermano de conquistar las provincias de Callao y Chanas, más de doscientas leguas distantes de Cuzco, tuvo que luchar contra numerosas partidas de indios que defendieron su país con valor y obstinación. En uno de los combates que tuvo que sostener, Gonzalo se vio cercado por una multitud de indios, y sólo debió la vida al arrojo de cuatro de sus caballeros. Por fin después de un sinnúmero de peligros, de combates y de sufrimientos, Gonzalo logró someter aquellas provincias, donde echó los cimientos de una colonia que fue llamada después la Plata, a causa de las minas que se descubrieron en el territorio. En este intermedio, Francisco Pizarro, ocupado siempre en engrandecer su poder y aumentar sus riquezas, y que no cesaba de tomar informes acerca los países situados fuera del imperio de los incas, supo que más allá de las fronteras del reino de Quito existía un país rico y extenso, conocido con el nombre de tierra de la Canela, a causa del inmenso número de canelos que había en ella; en su consecuencia llamó a Gonzalo y le propuso que ensayase una expedición a dicho país. Esta proposición fue aceptada con gusto: Gonzalo, el más joven de los tres hermanos, igualaba a los otros dos en [121] valor, en audacia y en ambición. El deseo de crearse un gobierno extenso e independiente le hizo olvidar los sufrimientos que acababa de experimentar en su todavía reciente expedición, y su ardor guerrero no hizo más que exaltarse con la idea de los nuevos peligros que iba a arrostrar. A fin de ayudarle cuanto posible fuese, su hermano le dio el gobierno de Quito, donde debía encontrar soldados y provisiones. Habiendo de esta suerte reunido trescientos cincuenta hombres, la mitad de ellos jinetes, y cuatro mil indios, partió para su arriesgada expedición a principios de 1539. Mientras que los españoles marcharon por las provincias sometidas a los incas, fueron por todas partes tratados con cordialidad y respeto por los indios; mas en cuanto pusieron los pies en el territorio de los quizos, viéronse atacados con furor por los naturales. Comprendieron desde entonces que debían esperar encontrar una obstinada resistencia, y sin embargo los fenómenos físicos que presenciaron los asustaron mucho más que los enemigos con quienes tenían que combatir: los terremotos, los huracanes más terribles mezclados con truenos, llenaron de terror hasta a los más animosos. Por espacio de dos meses que duró aquel espantoso temporal, no pudieron hallar ningún abrigo, y ni siquiera podían hacer secar sus vestidos. Para mayor desgracia empezaron entonces a subir los Andes, y el [122] frío llegó a ser pronto tan intenso, que arrebató a un gran número de indios, poco acostumbrados a una temperatura tan baja. Entraron en seguida en una llanura de una extensión inmensa, que atravesaron con la mayor dificultad. En Cumaco, población situada al extremo de aquella llanura, encontraron víveres, de que carecían tiempo hacía, y los soldados, abrumados de fatiga, tomaron un descanso de que tenían extrema necesidad. Gonzalo dejó allí la mayor parte de su gente, y al frente de un escaso número de compañeros más vigorosos o más avezados a las fatigas que los otros, partió para buscar un camino por el cual su reducida hueste pudiese continuar con más facilidad su viaje. En esa marcha los españoles se vieron obligados a alimentarse de frutos silvestres y de raíces, y no podían dar un paso sin tener que abrirse camino por entre bosques o en medio de pantanos. Trabajos tan continuos, en medio de tan grandes privaciones, parecen superiores a la naturaleza humana; mas ¿qué no vencía la constancia de aquellos soldados del siglo XVI? Después de haber superado estas dificultades, llegaron a la provincia de Cuca, y descubrieron el Cuca o Napo, uno de los grandes ríos que desembocan en el Marañón. Gonzalo resolvió aguardar allí la llegada de la gente que había quedado rezagada y que debía seguirle a cortas [123] jornadas. Pronto estuvieron todos reunidos, y después de muchos días de reposo, descendieron a lo largo del río que siendo ancho y profundo, no podía ser atravesado: cerca de cien leguas más abajo las orillas se aproximan gradualmente, y el río pasa por una especie de canal abierto en la roca. El país que acababan de recorrer era tan pobre, árido y desierto que Gonzalo se decidió a aprovecharse de la ventaja que la naturaleza de los lugares le ofrecía para reconocer las regiones situadas en la opuesta orilla. Sus capitanes reunidos en consejo fueron de su mismo parecer, y resolviose echar un puente sobre el río. Todos pusieron con ardor manos a la obra y fijose en fin el puente con inmensas dificultades, aumentadas por la presencia de los naturales, que desde la orilla opuesta lanzaban de continuo nubes de flechas sobre los trabajadores. Dispersáronlos a tiros y pasaron el río, sin haber perdido más que un solo hombre que cayó en el abismo, arrastrado por el vértigo por haber cometido la imprudencia de mirar abajo desde aquella altura prodigiosa. No por haber vencido este obstáculo mejoró la situación de los españoles: el país era tan árido y tan desierto como el que acababan de dejar. El hambre era más terrible que nunca, teniendo por único alimento frutos y raíces silvestres; sucumbió un gran número de indios, y [124] perecieron de inanición muchos españoles. Reducidos al último extremo, y no hallándose ya en estado de soportar nuevas fatigas, los soldados invocaban desesperados la muerte para que pusiese término a sus males, cuando un nuevo proyecto del comandante, dándoles una vislumbre de esperanza, volvió a reanimar su valor abatido. Propúsoles construir una lancha con la cual bajaría un destacamento por el río para reconocer el país y procurarse vituallas. Los esfuerzos inauditos que en aquella ocasión hicieron los españoles pueden servir para dar una idea de que nada hay imposible a la voluntad del hombre: fue preciso desde luego construir una especie de fragua, en la cual costaba mucho conservar el fuego a causa de la lluvia que caía sin cesar. Las herraduras de los caballos fueron convertidas en clavos, las mantas viejas y los vestidos que se caían a pedazos suplieron al cáñamo; en una palabra los españoles lo sacrificaron todo a la ejecución de un plan, que les parecía el único medio de mejorar su situación, y trabajaron con tanto afán, que hubieron construido en poco tiempo una barca de bastante porte. Gonzalo eligió para tripularla a cincuenta de los más resueltos entre los suyos, y les dio por comandante a Francisco de Orellana, su primer capitán, oficial de gran mérito y justamente citado por su valor e intrepidez. Metieron en la embarcación todo cuanto los soldados [125] poseían, junto con todo el botín hasta entonces recogido, que era considerable; Orellana costeaba el río sin perder de vista a sus compañeros, y cada noche se reunían y la pasaban juntos. Los españoles marcharon de esta suerte por espacio de dos meses, pasando algunas veces el río, según el terreno les parecía más practicable o más fértil en una orilla que en la otra. Al cabo de este tiempo nuevas circunstancias vinieron a cambiar este plan de conducta, que parecía sin embargo el más prudente y el más ventajoso. Encontraron a algunos naturales de un carácter dulce y pacífico, y Gonzalo supo por ellos que el río que hasta entonces siguieran desembocaba en otro mayor, que atravesaba un país poblado, abundante en víveres y rico en toda clase de productos. Pizarro mandó a Orellana que descendiese por el río hasta que llegase a su confluente: allí debía descargar su barco, y volver con víveres a buscar al resto de sus compañeros. Orellana se puso en el centro del río y se abandonó a la corriente, que le arrastró con una velocidad tal, que al cabo de tres días llegó al lugar señalado, distante más de cien leguas. Mas viose cruelmente burlado en su esperanza de hallar un terreno fértil y cultivado: reinaba en todas partes la misma esterilidad, la misma desolación. Lejos de su comandante, joven y ambicioso, [126] Orellana empezó a considerarse como independiente, y deseoso de ilustrar su nombre con algún notable descubrimiento, concibió el atrevido y pérfido proyecto de seguir el curso del Marañón hasta el mar, reconociendo los vastos países que riega este río. Este proyecto era atrevido, porque no tenía para ejecutarlo más que su débil esquife, y pérfido, puesto que abandonando a su jefe y a sus compañeros los entregaba a una muerte casi inevitable. Garcilaso de la Vega pretende que no fue la ambición quien dirigió la conducta del joven oficial, al cual supone movido por las siguientes razones: para el viaje que acababa de hacer en tres días siguiendo el curso del río, necesitaba al menos un año teniendo que luchar con su rápida corriente; su regreso pues no podía ser de ninguna utilidad a sus compatriotas, aun cuando hubiese vuelto cargado de los víveres con que aquellos contaban y que no había encontrado. Cualesquiera que fuesen los motivos que tuviese Orellana, en cuanto hubo formado su proyecto lo participó a sus compañeros, mas no fue por todos aprobado. Sánchez de las Vargas y el fraile dominico Carvajal le dirigieron vivas recriminaciones sobre lo que semejante acción tenía de cruel y de pérfida. Era sin embargo demasiado tarde para retroceder: el joven capitán comprendía que la sola idea de haber querido abandonar a su jefe sería mirada como un crimen; así [127] pues persistió en su plan, y a fin de castigar a Sánchez por su oposición, le abandonó cobardemente en aquel país desierto; castigo que si no ejecutó en el fraile fue sólo por respeto al carácter de su persona. «Orellana, dice Robertson, fue sin duda culpable desobedeciendo a su jefe y abandonando a sus compañeros en aquellos ignorados desiertos, donde no tenían otra esperanza de salvación que la que fundaban en el barco que aquél les arrebataba. Mas su crimen se halla en algún modo expiado por la osadía con que se aventuró a seguir una navegación de cerca de dos mil leguas por entre naciones desconocidas, en un buque hecho de prisa, de madera verde y mal construido, sin provisiones, sin brújula, sin piloto, supliendo con su audacia y su ardor a todo lo que le faltaba.» Abandonose pues audazmente al curso del Napo, y fue llevado al sur hasta su unión con el Marañón. Este viaje fue acompañado de muchos peligros y fatigas. Los españoles se veían obligados a menudo a bajar a tierra para procurarse provisiones, y cuando no las alcanzaban buenamente, tenían que emplear la fuerza y combatir con enemigos numerosos y resueltos. En muchos lugares, hasta las mujeres opusieron una viva resistencia, circunstancia que dio lugar a las narraciones fabulosas, y que adquirieron crédito, sobre una supuesta isla de amazonas. Después de muchos padecimientos y peligros, [128] que Orellana arrostró con una constancia inalterable, llegó por fin al Océano el 26 de agosto de 1541, habiendo empleado más de siete meses en hacer aquel viaje. Trasladose inmediatamente a la Trinidad, donde se procuró un buque, dándose a la vela para España con muchos de sus compañeros. En cuanto llegó quiso que el público gozase del fruto de sus descubrimientos. Fuese por vanidad o por política mezcló maravillosos relatos a la narración de su viaje, que más que historia parece una novela y no de las menos extravagantes. Pretendió haber descubierto naciones tan ricas, que los techos de los templos estaban cubiertos de planchas de oro y las calles empedradas de este mismo metal; aun hizo más, y fue dar la descripción detallada de una república de mujeres guerreras que no admitían a ningún hombre entre ellas. Estos cuentos ridículos dieron origen a las fábulas del país de El Dorado, en cuya busca se anduvo tanto tiempo. La inclinación natural del hombre a lo maravilloso favoreció esas patrañas, y aunque muchos no admitiesen la posibilidad de lo que contaba, la mayor parte, ya que no diesen entero crédito a su relato, admitían como verdadero una gran parte. Sólo después de mucho tiempo y de no escaso trabajo la razón y la experiencia destruyeron aquellas fábulas. Aquella navegación sin embargo por el Marañón, despojada de sus circunstancias [129] novelescas, merece ser notada, no solamente como una de las expediciones más memorables de aquel siglo, tan fecundo en grandes empresas, sino como el primer viaje que diese un conocimiento cierto de la existencia de esas inmensas regiones que se extienden al este, desde los Andes hasta el Océano. Orellana fue favorablemente acogido por el soberano, que, a petición suya, le nombró gobernador de los países recientemente descubiertos. El botín hecho por los soldados de Gonzalo y que, como dijimos, había sido cargado en el barco, sirvió para los preparativos de una expedición fuerte y poderosa. En poco tiempo Orellana se encontró al frente de quinientos hombres resueltos y bien equipados; mas le sorprendió la muerte antes de hacerse a la mar la flota, y sus compañeros se dispersaron. Tiempo es ya que volvamos a ocuparnos en Gonzalo Pizarro, a quien hemos dejado siguiendo la orilla del río para llegar a su confluencia, donde esperaba encontrar la embarcación. Grande fue su sorpresa no encontrándola en el lugar designado; sin embargo ni siquiera le pasó por la mente la idea de que Orellana hubiese podido hacerle traición, sino que por el contrario supuso que había acontecido a la tripulación algún incidente, o que alguna circunstancia imprevista había obligado a su teniente a aguardarle en otra parte. En esta convicción [130], púsose de nuevo en marcha siguiendo el Marañón, creyendo a cada instante que iba a encontrar a sus compañeros. Cincuenta leguas más abajo de la unión de los dos ríos halló al desgraciado Sánchez de Vargas, por el cual supo la traición de Orellana. Esta noticia fue un golpe fatal para los españoles. Privados del barco en que tenían fundadas todas sus esperanzas, se abandonaron al más profundo y legítimo dolor: los unos se tiraban al suelo con toda la indiferencia de la desesperación; los otros pedían volver a Quito; y todos tenían la vista fija en su comandante, como para suplicarle que buscase un remedio a tan largas y terribles calamidades. Gonzalo Pizarro se condujo en esta crítica ocasión con una prudencia superior a todo encarecimiento: olvidó sus temores como hombre, para cumplir con sus deberes como comandante. Arengó a sus soldados con calor y les dijo que estaba dispuesto a conducirlos de nuevo a Quito; pero al propio tiempo les hizo observar que estaban a mil doscientas millas de esta ciudad, y que para volver a ella tenían que experimentar los mismos males que habían ya sufrido. Era pues indispensable que llamasen en su auxilio toda su energía para ponerse en estado de luchar contra las fatigas y los sufrimientos, a fin de que cuando se hallasen de nuevo entre sus conciudadanos, su gloria fuese [131] proporcionada a las calamidades de que habrían triunfado. Los soldados escucharon con respeto las palabras de un jefe en el cual tenían puesta una confianza sin límites. La experiencia les había hecho ver que Gonzalo los aventajaba a todos en firmeza, en valor y perseverancia; le habían visto poner la mano en los trabajos más penosos, y olvidar su dignidad de comandante para ayudar los esfuerzos de los últimos de sus compañeros. Su situación empero era en extremo crítica: habían visto perecer a un gran número de sus amigos, y los que quedaban se hallaban debilitados, abrumados por las enfermedades, extenuados por las fatigas y sumergidos en el desaliento. Nada de lo que habían hasta entonces sufrido los españoles en América puede compararse con los males horribles que abrumaron a Gonzalo y a su gente en su largo viaje. El hambre los redujo a la horrible necesidad, no tan sólo de alimentarse de raíces silvestres y malsanas, sino hasta de devorar los más inmundos reptiles: las serpientes, los sapos, los gusanos, todo ser viviente, por repugnante que fuese, era buscado con avidez. Se habían comido ya todos los caballos, todos los perros, y algunos desgraciados royeron el cuero de las sillas de montar y de los cinturones para sostener su miserable vida. Una abstinencia tan prolongada debía producir necesariamente enfermedades, que destruían [132] prontamente unos cuerpos debilitados ya por tantos sufrimientos. Cada día morían algunos de entre ellos: sus filas se iban aclarando más y más. De los cuatro mil indios perecieron más de la mitad, y gran parte de los restantes se dispersó por el país. No era menos deplorable la suerte de los españoles, de trescientos cincuenta hombres, no quedaban más que ochenta, cincuenta habían partido con Orellana. Así pues perecieron doscientos veinte bravos en esta empresa desastrosa, que duró cerca de dos años. Cuando entraron de nuevo en Quito los que habían sobrevivido, su primera diligencia fue ir a la iglesia, donde hicieron celebrar una misa solemne para dar gracias a la divina Providencia por su milagrosa conservación. Luego se derramaron por la ciudad, presentando un aspecto tan deplorable, que les costaba a sus compatriotas trabajo reconocerlos. Estaban completamente desnudos, llevaban las barbas en extremo largas, y tenían los cuerpos tan sucios, que causaba repugnancia mirarlos. Extenuados por el hambre y el cansancio parecían más bien espectros que seres humanos. De esta suerte terminó la expedición de Gonzalo Pizarro. Mas cuando aguardaba este intrépido caudillo gozar de un reposo a tanto precio comprado, viose obligado a hacer frente a los nuevos peligros que le amenazaban, a consecuencia de la espantosa catástrofe que había cambiado el aspecto de las cosas en el Perú.
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