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    España en el Perú
     Esteban M. Cáceres
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José Matías Manzanilla

La personalidad del doctor José Matías Manzanilla que hoy tenemos el honor de presentar a nuestros lectores en esta «Galería de personajes ilustres peruanos amigos de España», es sin disputa uno de los más brillantes oradores parlamentarios contemporáneos, no solo del Perú sino de cualquier parte del mundo calificado en justicia como uno de los primeros oradores de la América, por la sublimidad de su talento, por la riqueza y variedad de sus ideas y por su tempestuosa elocuencia. Aquellos que como nosotros hemos tenido la dicha de ser amigo y haberlo tratado de cerca, sabemos cuánto vale este gran hombre y cuánto se aprende estando   -111-   a su lado. Toda su elocuencia, todo su caudal de conocimientos expone con suma sencillez y no hay que preguntarle como al poeta por qué canta; él mismo no lo sabe; sería lo mismo que preguntar al arroyo por qué murmura y al ruiseñor por qué en el callar de la noche interrumpe el silencio de la naturaleza con su dulce y hermoso canto. El doctor Manzanilla resplandece por su sencilla espontaneidad. En las ciencias se necesita de reflexión profunda, pero en la oratoria se necesita inspiración y por ello sus obras son creaciones de su espíritu. Es lo mismo que si le preguntamos a un poeta la causa que le mueve a cantar y al filósofo a producir bellas ideas, dirán que lo ignoran. Así es el espíritu de este orador profundo que imagina, y da forma sensible a sus grandes ideales.

Por eso los filósofos alemanes han pretendido siempre que la estética ha de unir sintéticamente todos los sistemas filosóficos.

La personalidad del doctor José Matías Manzanilla es múltiple, es abogado, catedrático, político, publicista, diplomático y orador parlamentario; tan eminente ciudadano es un gran amigo de España. Allá en época no lejana cuando visitó el viejo mundo le preguntaron los parlamentarios peruanos qué partes del mundo visitaría, a los que contestó: «Lo primero y principal será mi visita a España, la Madre Patria, la patria de mis mayores, la tierra de mis ensueños, esa tierra mil veces bendita porque ha producido el perfecto caballero noble y valeroso; y después de haber vivido en su regazo algún tiempo, después de haber gozado en el trato íntimo con esa raza de legendarios hispanos que es la nuestra... pasaré a visitar París. Conocido esto, me vuelvo al Perú, satisfecho va mi espíritu. Solo eso me llama ir al viejo mundo».

Bendito sea todo aquel que como el doctor Manzanilla se expresa de España en esta forma.

Este modo de pensar de este gran peruano, grande en todos conceptos ha comprometido la gratitud de todos los españoles que deben ver en él a un gran defensor de España, a un digno descendiente de nuestra querida patria.

Este ilustre varón nació en Ica, cerca de Lima. Recibido de abogado muy joven se consagró, a defender pleitos, formándose en poco tiempo una posición envidiable, siguiendo la dirección profesional de lo doctores Isaac y Lizardo Alzamora. Es reputado como uno de los primeros y goza de gran prestigio de toda la República; ha defendida causas valiosísimas y ruidosísimas, algunas de las cuales llamaron la atención de la prensa extranjera, por su intensidad o por la importancia de los intereses que representaban, o de las teorías jurídicas que en ella se sostuvieron. En la Universidad, es un catedrático que ha sabido conquistarse una sólida reputación desde el año de 1896 en que comenzó como profesor adjunto en la cátedra de Economía Política en la Facultad de Ciencias Políticas, siendo profesor principal del curso una eminencia universitaria el doctor Isaac Alzamora. Al año siguiente obtuvo por concurso el título de adjunto a esa importante cátedra y la de Legislación Económica del Perú. Desde entonces hasta la fecha ha dictado este curso durante 26 años seguidos. También ha dictado   -112-   en la Facultad de Ciencias Políticas, la cátedra de Ciencia de las Finanzas. Su cátedra de Economía Política goza de gran popularidad debiendo decir que obtuvo en concurso el título de catedrático principal de ella en el mismo año 1899 en la época el gobierno del gran estadista don Nicolás de Piérola.

En esa cátedra ha propagado la doctrina del intervencionismo económico y ha sido francamente adversario del individualismo, orientación que ha desarrollado después con especial acierto en los diez proyectos de leyes obreras cuya formación le encomendara en 1904 el gobierno de don Manuel Candamo. En 1905 presentó al gobierno estos trabajos que le mencionaron un voto de aplauso del poder ejecutivo; esta fue la única recompensa que recibió en pago de ese trascendental trabajo, que no estuvo sujeto a remuneración pecuniaria. El gobierno hizo suyos esos proyectos y los remitió a las cámaras. En el parlamento entre los debates más importantes en que ha intervenido, citaremos el de la Ley de reparación de los accidentes del trabajo en 1905 y 1908 y en esos debates pronunció discursos que han merecido elogios del doctor Alfredo Palacios el gran parlamentario y orador argentino, en su libro Por los trabajadores.

Tal fue la fama que adquirió el doctor Manzanilla que la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de Madrid lo nombró miembro de la misma, y el diploma se lo envió don Eduardo Dato, el gran político español presidente de esa academia y autor de la Ley de Accidentes del Trabajo, vigente en España.

La Legislación del Trabajo contiene la Ley n.º 1378 de enero de 1911 sobre responsabilidad de los empresarios por los accidentes del trabajo: la Ley 2290 modificando y ampliando la anterior, ley 2851 de 1918 sobre el trabajo de las mujeres y niños, la del descanso dominical, en las empresas periodísticas; ley prohibiendo el trabajo en los domingos; la de la obligación de las empresas, de tener habitaciones, escuelas y asistencia médica para los obreros, y muchos otros proyectos. Ha sido decano del Ilustre Colegio de Abogados de Lima y es Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas.

En la política ha sido Ministro de Relaciones Exteriores. Diputado por la provincia de Ica y por la provincia de Lima; y Presidente de la Cámara de Diputados en algunas legislaturas.

Es un orador que jamás se desconcierta ante ninguna interrupción declarando por el contrario enfáticamente que los interruptores son colaboradores y que al interrumpirlo lo honran probándole que lo atienden. En su oratoria se distingue siempre por la más alta tolerancia con todos sus adversarios. Nada de esto obedece a cálculo, ni a sistema de táctica política sino que es natural y espontánea manifestación de su espíritu, compatible con aptitudes firmes y con rasgos de energía manifestados en la tribuna y en la acción, en épocas bien recordadas del Parlamento y de la política nacionales. Algunos de sus discursos parlamentarios han aparecido en cuatro volúmenes. Estos discursos no comprenden los de 1905 a 1909 sobre el proyecto de accidentes del trabajo.

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En la sesión de la Cámara de Diputados del 14 de noviembre de 1917 y en el debate habido sobre el dictamen de la Comisión electoral sobre la incorporación de los diputados por Lima el señor Alberto Ulloa gran periodista, elocuente y profundo orador parlamentario, y que por razones políticas estaba distanciado del doctor Manzanilla, decía lo siguiente:

El señor Alberto Ulloa... Y no soy yo señores diputados -cualesquiera que sea el honor que la Cámara quiera dispensar a mi palabra- el que ha sintetizado y caracterizado con sus verdaderos colores lo que significa para el Perú ese régimen de las calificaciones. Es el más autorizado vocero, si puede decirse, de este Parlamento, es la joya más valiosa de sus bancos de suyos prestigiosos; es la palabra o la pluma, vibrantes, siempre, e invariablemente elocuentes del ilustre diputado por Ica, doctor Manzanilla (Grandes aplausos)..., a quien en esta como en cualquiera otra ocasión acompañarán seguramente a despecho de sus actitudes políticas, de unos y otros tiempos, los aplausos de los que en toda nacionalidad saben medir el valor intrínseco de los hombres y apreciar lo que representan los espíritus cultos, en una sociedad como la nuestra tan necesitada del ideal y tan despojada de la justicia (grandes aplausos).



Estas son a grandes rasgos las líneas morales y sentimentales de este egregio peruano, digno descendiente de la patria española, que honra hoy las columnas de El Diario Español de Buenos Aires.

A continuación insertamos uno de los más hermosos discursos del doctor Manzanilla.

Discurso del doctor José Matías Manzanilla

Sesión de la Cámara de Diputados de 19 de octubre de 1917

El señor Manzanilla.- Señor Presidente: Los aplausos tributados en mañana de hoy a las elocuentes palabras del señor Ulloa; los fundamentos del dictamen suscrito el año 13 por la Comisión de Legislación del Trabajo; la subsistencia de idéntico criterio en la Comisión del mismo ramo de la presente Legislatura; el apoyo que ofrece mi ilustre compañero de mandato por Ica, señor Maúrtua, al presentar unas interesantes adiciones; y los requerimientos, perennes y unánimes, dentro y fuera del Parlamento, para que expidamos la ley que discutimos, después de haberla hecho esperar doce años su turno en nuestros debates, exoneran a la Cámara de la molestia de oír el desarrollo de los motivos jurídicos y económicos determinantes de la necesidad de protejer el trabajo industrial de la mujer y del niño.

En el estado actual de la Ciencia Jurídica y de la Ciencia Económica, de la Fisiología y de la Higiene, de la Legislación y de la Educación, nadie tiene la audacia, o el egoísmo, o la ignorancia, de negar la urgencia de la obra del Legislador para protejer a la mujer y al niño, apareciendo la falta de amparo legal al trabajo de la una y del otro, como algo contradictorio con todas las tendencias de la acción de la sociedad y de la acción de los Poderes Públicos,   -114-   en movimiento progresivamente acelerado para mejorar las condiciones higiénicas de la existencia humana e impedir el despoblamiento de la nación; para asistir a título obligatorio y no a mero título voluntario, a la infancia desvalida, a la maternidad desamparada y a las familias numerosas; para combatir el alcoholismo y la tuberculosis; para dotar al hombre con las aptitudes primarias susceptibles de proporcionarle bienestar y eficacia en el esfuerzo por el hecho de haberle dado en la niñez instrucción elemental, instrucción técnica e instrucción post-escolar; y para constituir todas las garantías conducentes a protejer a las mujeres y a los niños, sistema de protección vinculado en anteriores tiempos a conceptos de humanidad y de piedad y unido en los tiempos presentes a las concepciones concretas de la justicia, de la pública conveniencia, de la moral y del porvenir de la raza y del país. (Aplausos).

Esta es la cuestión, señores diputados; y el criterio para resolverla consiste en sacarla del campo del fenómeno exclusivamente individual y en integrarla dentro del sistema de ideas sobre la salud y sobre el progreso sociales, necesitamos de niños robustos y mujeres sanas, de modo que protejerlos es función imprescindible de los poderes públicos, propensos, sin embargo, en el Perú, a abdicar de estas excelsas funciones y a entregar al niño a la tutela única del padre, a la mujer al amparo, a veces despótico, del marido y al obrero a la fortuita benevolencia del empresario, olvidando que el padre, en medio de la miseria, puede tomar al hijo como una mercancía; que el marido, exigiendo obediencia, puede convertir a la mujer en un forzado del trabajo para aprovechar de sus salarios; y que la masa de los empresarios desconociendo sus conveniencias durables y futuras de tener obreros numerosos y fuertes, puede dar pábulo a su egoísmo, inaccesible a la necesidad de considerar cosa sagrada, lejos del comercio de los hombres, los brazos del niño infeliz y los de la mujer en los días posteriores y anteriores al alumbramiento.

No basta, entonces, señor Presidente, la simple espontaneidad social y es indiscutible la urgencia de que el Estado defina reglas jurídicas del trabajo infantil y femenino, evolucionando así en el oficio que tradicionalmente le corresponde de garantizar el derecho. Pues bien, el Estado garantiza el derecho al protejer a la mujer y al niño con normas legales para su actividad industrial. Esta función es clara, pero es distinta de la función cumplida en los Códigos Civiles cuando estatuyen sobre el poder paterno incólume e intangible, mientras no haya prueba del hecho del abuso; y cuando estatuyen sobre el poder marital, omnímodo mientras dura el matrimonio. Por consiguiente, las reglas del Derecho Civil, que son represivas y no son preventivas, porque exigen la prueba del incumplimiento de los deberes del padre o del marido para liberar a la mujer o al niño de la opresión paterna o del despotismo marital, resultan esas reglas de Derecho Civil ineficientes para amparar en la lucha por la existencia a la mujer y al niño; y resultan, además, arcaicas, en la hora que vivimos, de intensas intervenciones y no de abstenciones del Estado.

Si estuviéramos acordes en estas ideas generales, probablemente al debate quedaría circunscrito a las cuestiones de detalle y al criterio acerca de la conveniencia de reducir o de ampliar la ley dentro de la órbita de su adaptación a nuestro medio industrial y a nuestro medio social.

Desde este punto de vista el diputado que habla encarecía a sus estimados colegas que se dignaran colaborar en la ley, observándola y criticándola   -115-   para aclararla y mejorarla. Escapemos a poner en las iniciativas sobre el bien público y sobre las transformaciones de la vida jurídica el amor propio del autor y escaparnos, Señor Presidente, a la tendencia morbosa y perturbadora de sentir malestar ante las más suaves contradicciones, susceptibilidad incomprensible en un cuerpo deliberante, expuesto al marasmo y al suicidio, sea por el hábito de debates excesivos, sea por falta de gusto para sostener los debates indispensables.

Además, las leyes de carácter social para imponerse espiritualmente al criterio de los magistrados judiciales, imbuidos con frecuencia en los conceptos estáticos de la tradición jurídica y para imponerse a los gobiernos prontos a contemporizar con los intereses creados, antes de sentir el ardiente soplo de las ideas renovadoras de la justicia, han de ser claras en sus textos, luminosas en su intención, justificadas en sus fundamentos y analizadas, desde esta tribuna, en sus cláusulas, en sus palabras, en sus sílabas, si fuese posible. Sean, pues, bien venidas todas las observaciones. Las observaciones de los señores diputados han de contribuir a que el proyecto en debate, al convertirse en ley, resista el peligro de que el egoísmo e el ignorante digan con desdén: esto pertenece aun al limbo de las abstracciones, tiene sólo el reflejo de un voto platónico, es el concepto puro de la remota idealidad. (Aplausos). Que no se diga esto, señores. Y para que no pueda decirse, iniciemos el debate, determinando los ejes de la ley; y analicemos el radio de su aplicación, el mínimo de la edad, el máximo de las horas de labor, los límites provenientes de la naturaleza y de las circunstancias del trabajo, las sanciones por los hechos infractorios de la ley y las organizaciones para vigilar su ejecución.

La ley, señores diputados, comprende los servicios del Estado y todas las ocupaciones industriales por cuenta ajena, desde la industria manufacturera a las industrias extractivas, desde la industria comercial a la industria de transportes; y sólo deja fuera de su aplicación a la agricultura, cuando carece de máquinas y al trabajo familiar cuando está vigilado por los padres o tutores, siendo inoficioso desenvolver las razones para amparar el trabajo infantil y femenino en las fábricas, en las minas, en los almacenes y las oficinas de comercio, en las oficinas públicas y en los ferrocarriles y bastando enunciar que la medida excluyente de ciertas labores agrícolas y del trabajo familiar, es medida provisional, subordinada, ya para mantenerla, ya para derogarla, a las lecciones de la experiencia sobre los resultados de esta legislación en los campos donde vamos a ensayarla.

Al legislar sobre la materia en debate, el segundo núcleo de ideas está alrededor de la edad del niño; y según nuestro proyecto hay prohibición de trabajar antes de los catorce años; hay libertad completa desde los dieciocho años salvo algunas excepciones; y hay autorización también excepcional a los doce años, previo el hecho de comprobar la aptitud física y la aptitud intelectual, de donde aparece que es lícita la labor del niño de doce años sólo como un caso de excepción y que la edad de catorce años es la línea divisoria entre lo prohibido y lo permitido, entre el trabajo tolerado y el intolerable, entre el trabajo acorde con el interés de la sociedad y el trabajo antisocial, efecto de la miseria de los padres o del espíritu de expoliación de los empresarios.

El criterio para permitir el trabajo a los catorce años radica en el dato   -116-   fisiológico de aparecer entonces la pubertad; de cesar a los catorce años, según la ley peruana, la obligación escolar; de eximir de culpa el Código Penal del Perú a los menores de quince años a no ser la prueba de su discernimiento al practicar el delito; de constituir punto de referencia en el antiguo Reglamento sobre Localización de Servicios en las minas y en el Reglamento de Policía Minera, la edad de 14 años; de aproximarse a las edades previstas en el Reglamento de Explotaciones Agrícolas en la montaña, que hubo de prohibir el empleo de niños menores de doce años y de fijar en seis horas diarias el máximo de la labor de los menores de quince años; y de establecer, en fin, las legislaciones extranjeras el tipo de los catorce años, aunque haya discrepancia, sea aumentando la edad, sea disminuyéndola.

Mas si a los catorce años aparece la edad del trabajo lícito, quedan aun inaccesibles al niño algunas ocupaciones peligrosas, entre otras, la ocupación de conducir vehículos, tarea de extrema intensidad, que exige el potencial dinámico de un hombre adulto; que compromete los intereses públicos cuando falta al conductor energía y experiencia; y que pudiendo acarrear responsabilidades civiles y penales, ha de estar a cargo de personas con capacidad legal para soportarlas.

Después de la indicación sobre el mínimum de edad, fijémonos en que el tiempo de labor, cuyo máximum ha de ser de seis horas diarias, para los niños de catorce años y de 8 horas diarias para los menores entre catorce y dieciocho años y para las mujeres, tiene base experimental, pues ahí están los hechos para acreditar la ruina fisiológica de las mujeres y de los niños entregados a tareas que extenúan. Es un atentado contra la naturaleza imponer a la mujer y al menor de dieciocho años una jornada de trabajo que exceda de ocho horas, porque los fenómenos químicos, origen de la fatiga, intoxican el organismo y para eliminar estos venenos, el organismo demanda reposo, especialmente la estructura fisiológica delicada de la mujer y la estructura incompleta del niño, sin la virtud por su delicadeza o por su endeblez, del poder de auto-eliminación rápida de las materias tóxicas que queman y deterioran los tejidos.

Me abstengo de continuar en el orden de consideraciones que acabo de exponer para alejarme de la fascinación de usar de un lirismo envuelto en riesgos para quien careciendo de aptitudes intenta la sobriedad en la palabra, aunque la defensa de la mujer y del niño predispone a magníficas ornamentaciones retóricas, desgraciadamente bien lejos de mis hábitos de polémica y de mis métodos de expresión. (Grandes aplausos).

Así es, señor Presidente, que la mujer y el niño, dogmaticemos, esto es más fácil, dogmaticemos, la mujer y el adolescente menor de diez y ocho años, deben de trabajar el máximum de ocho horas diarias y el menor de catorce años, el máximo de seis horas diarias, sin que en conjunto excedan sus labores semanales de cuarenta y cinco horas en un caso y de treinta y tres horas en otro caso, a fin de otorgar a esta categoría de trabajadores el beneficio de la semana inglesa, para que aprovechen los niños y las mujeres, desde las dos de la tarde del sábado en preparar sus ropas del domingo, en hacer sus compras y en gozar de un descanso ininterrumpido hasta el lunes siguiente. Y al inclinarnos por la semana inglesa, nosotros, imbuidos en los principios de la civilización Occidental, estaremos distantes aun de las leyes japonesas que alguna vez nuestro excelente colega señor Pérez, invocaba en la Cámara al mostrar un librito de Kaito Kasiro, diciendo: ¡esta es la ley del Japón! Valga el recuerdo para referir que la ley japonesa   -117-   establece el descanso de cuarenta y dos horas continuas, desde el medio día del sábado hasta la mañana del lunes, a favor de las mujeres y de los niños, como podrían descansar en el Perú si uniéramos la semana inglesa con el reposo dominical.

En cuanto a la naturaleza de los trabajos, los niños menores de 10 y 8 años y las mujeres han de estar libres de las tareas nocturnas, subterráneas y peligrosas. Es claro que al legislar sobre los trabajos nocturnos, riesgosos y subterráneos, nuestras discrepancias serán sólo sobre detalles de apreciación, por ser de evidencia que el esfuerzo de noche, a igualdad de tiempo y de intensidad, acarrea desperdicio más considerable de energías fisiológicas que los esfuerzos diurnos; por haber la certidumbre de que las faenas peligrosas suponen capacidad y responsabilidad difíciles de encontrar en los niños; y por pertenecer a las verdades de buen sentido que las labores del subsuelo exigen el pleno vigor de las arterias y del músculo cardiaco, robustez que falta aun a los niños y que ya no tienen los viejos.

La taxativa para los trabajos subterráneos ha de ser específica y expresa, pero la caracterización y la enumeración de los trabajos peligrosos es inevitable entregarlas al resorte del Gobierno y desprenderlas del campo de las funciones del Legislador por estar en inminencia de movilidad el riesgo del trabajo. En efecto, el trabajo, peligroso de hoy, si acaso progresaren los aparatos, los órganos y los procedimientos de protección, dejaría de ser peligroso mañana, o, por lo menos, declinaría el peligro. El riesgo de las labores en un lugar, puede desaparecer o disminuir en otro lugar; consecuencia, para no incurrir en el vicio de exceso de legislación y para no realizar la obra infecunda de previsiones aleatorias, es útil dejar al Gobierno que determine la naturaleza y las condiciones del trabajo susceptible de recibir el calificativo de peligroso. El Gobierno habrá de estimar que hay peligro en el trabajo para poner máquinas en movimiento; en el trabajo para la reparación y construcción de altos edificios; en el trabajo de los acróbatas y gimnastas; y, en fin, en todas las formas de actividad donde el riesgo profesional del infortunio del obrero arroje un coeficiente superior al tipo medio de los peligros comprobados por las estadísticas de la industria.

Conjuntamente con el tiempo y con la naturaleza del trabajo, consideremos entre las circunstancias en que él ha de realizarse el estado del embarazo y el del aburrimiento. Es incontestable la necesidad social y el deber humano de impedir las labores femeninas en los días de la crisis suprema de la mujer y del niño. Si la mujer en cinta es una enferma, que la sociedad por su propio interés ha de cuidar, las meras abstracciones lógicas nos llevarían a liberarla del trabajo desde la hora inicial de la concepción, hasta la época del restablecimiento de sus órganos, cuarenta días después del parto. Pero, como la sociedad no vive de lógica sino de realidades y como la prohibición por todo el tiempo del embarazo equivaldría a declarar el trabajo inaccesible a la mujer, contentémonos con impedirlo en los días inmediatos anteriores y posteriores al alumbramiento, fundándonos antes que en los motivos individuales de conmiseración o de filantropía, en los grandes motivos colectivos de la salud, del progreso y del porvenir de la sociedad.

La protección a la madre es cuestión social, a consecuencia de llevar en sus senos el futuro del mundo. Abandonar a la madre, es el abandono del niño.   -118-   El trabajo que extenúa a la mujer en cinta, da el niño raquítico, niño que tiene al nacer peso inferior al del niño cuya madre pudo descansar en el período de la gestación y niño que tiene en su contra las probabilidades de vivir, según lo comprueba el número enorme de niños muertos en los primeros días de nacidos, al extremo de correr entonces el ser humano más riesgo de muerte que al llegar a los ochenta años de edad.

La desaparición alarmante de los seres humanos en los primeros momentos de la vida, reconoce entre sus causas sociales el abandono que la sociedad hace de la mujer que alumbra; y es a título de defensa colectiva, en contra de un mal social, que emergen la prohibición y las limitaciones al trabajo femenino.

¿Por qué el Estado va incurrir en la política contradictoria de favorecer la inmigración, de atribuir importancia nacional y económica al acrecentamiento del número de pobladores y de sanear los campos y las ciudades para acrecer la fuerza vegetativa de la raza, y no la de amparar las labores de la mujer en cinta ni ha de protejer al niño a quien la muerte acecha? Integra evidentemente el problema de la población el amparo al trabajo infantil y femenino; y así resulta que a las razones sentimentales y de orden moral para legislar a favor de la mujer y del niño, es incontrarrestable unir motivos, concretos de conveniencia pública. Mas sería para la mujer un presente griego liberarla del trabajo por razones de la maternidad y desconocerla su derecho a los salarios en la época del descenso. Son dos principios que se completan: el principio de suspender el trabajo de la mujer en los días inmediatamente anteriores y posteriores al alumbramiento y el principio de continuar con su salario. Si la Cámara vota la regla prohibitiva del trabajo, ha de votar, también, el derecho de una cuota aparte del salario, mientras subsista la imposibilidad legal de trabajar; y si la Cámara no está resuelta a exigir del empresario el pago de una cuota aparte de los salarios, debe abstenerse de privar a la mujer del trabajo, única expectativa de ganarlos y, con ellos, de vivir.

He aquí la dificultad de esta ley. Envuelve esta ley, como todas las leyes de trabajo, una carga para el Estado o para las empresas, o para unas y otro. Es así como las leyes sociales, por su influencia en la repartición de las riquezas y en las finanzas públicas, reflejan sobre el bienestar general; y es así como realizan la obra democrática de proteger a los débiles, entregándoles directa o indirectamente algo de las ganancias de las clases poderosas, (aplausos), advirtiendo, señores, que acerca del número de días de descanso y de la cuota, aparte del salario, necesitamos flexibilidad en nuestro criterio, a fin de intentar la armonía entre esos dos antagónicos intereses individuales, sin sacrificio del gran interés colectivo, consistente en impedir el trabajo de la mujer en cinta y de proporcionarla su pan y su abrigo en la época del reposo, gravámenes que han de soportar las empresas, mientras carezcamos de instituciones de seguros sobre la Maternidad o de Sociedades Mutuas para auxiliarla; y gravámenes a los cuales, por vía de artículos adicionales al actual proyecto, hemos de agregar el gasto de establecer salas-cunas para el depósito de los niños lactantes por el tiempo que sus madres trabajen, adición   -119-   ya contemplada por quien está usando de la palabra, cuando antes de pedirla departía con nuestro vicepresidente, señor Balta.

Admitamos, pues, señores diputados, lo inevitable de imponer gravámenes a los empresarios al crear derechos al trabajador; y admitamos también la necesidad de garantir el derecho con previsiones para precaver la malicia, pronta a ambular entre las empresas invitándolas a eludir su doble obligación: la del reposo y la del salario. El Legislador, ha de preveer la malicia y ha de dificultar a los empresarios que despidan a la mujer en cinta para sustraerse al pago del salario, imponiéndoles que lo abonen antes de despedirla y que abonen, además, las posibles indemnizaciones contractuales.

En el orden de la penalidad por infringir la ley, hay las multas, sin detenerme a sostener, o a modificar su escala, y su cuantía, objeto de interesante crítica por Alberto Ulloa Sotomayor, jurisconsulto y periodista de renombre, no obstante de estar aun en los albores de su vida profesional; y en el sistema de los órganos de vigilancia y de ejecución de la ley, hay el juez de primera instancia, el alcalde municipal, el subprefecto de la provincia, todos los ciudadanos provistos de la acción popular para velar por el trabajo de la mujer y del niño, las asociaciones protectoras de la infancia y de la maternidad, la inspección de Higiene Social, iniciativa feliz del eminente diputado señor Maúrtua, y, finalmente, en el futuro, para alcanzar la observación rigorosa de todas las leyes obreras, habrá la Inspección General del Trabajo, sobre la que espero, antes de presentar un proyecto a la Cámara, someterlo a los señores Barrós, Secada, Gamarra y Vinelli, miembros de la Comisión de estudio de las iniciativas sobre cuestiones sociales.

Y concluyo, Sr. Presidente, con la tarea de exponer los ejes de una ley, exenta, en su factura y en su intención, de dogmatismos, de espíritu abstracto, de exageraciones sistemáticas incomprensiones sobre la realidad social e industrial de nuestro país; de una ley que representa el minúsculo intervencionismo del Legislador, al compararla con diversas leyes extranjeras, al compararla con el estado actual de las teorías económicas y jurídicas, al compararla con los votos de las asambleas científicas; y de una ley, que siendo mínima no puede expresar el total pensamiento de quienes asistimos a la hora presente de intensas transformaciones en la concepción de la solidaridad y del derecho.

Quiera el Destino colocar el proyecto en debate en la gran avanzada del sistema de protección a la mujer y al niño. Quiera el Destino, Sr. Presidente, dar oportunidades al Parlamento del Perú para detener su visión en el régimen de la enseñanza popular; en la necesidad de difundir la enseñanza técnica entre los obreros adolescentes; en el deber del Estado para contribuir al refectorio, a los vestidos y a los libros escolares; en el anhelo democrático de la instrucción post-escolar; en la educación de los niños anormales; en el establecimiento de tribunales para niños delincuentes; en el derecho de los hijos del amor a ser reconocidos y legitimados; en el derecho de investigar la paternidad para imponer al padre desalmado deberes sacros, consecutivos a un hecho natural; (aplausos prolongados) en establecer el divorcio, imitando al Uruguay, donde la legislación   -120-   de la Roma Antigua, que consagraba el despotismo del hombre para el repudio de la mujer, transformose en la posibilidad de la mujer para repudiar al marido; en el otorgamiento de la emancipación femenina, en el orden civil y en orden político; y, en fin, en las múltiples formas sociales para asistir a los débiles y para atenuar sus miserias. (Aplausos).

La ley protectora del trabajo de la mujer y del niño, anuncia la existencia de un pueblo que progresa. La civilización es una capitalización, capitalización de dinero, de generosos sentimientos, de garantías jurídicas, de adelantos materiales y morales, pero suele arrastrar en sí la acumulación de egoísmos, de explicaciones, de infamias. Toca a los legisladores el rol de contribuir a la obra de capitalizar el bien y de facilitar que la civilización irradie su grandeza y su luz para desvanecer las miserias y las sombras que suelen disminuirla y opacarla.

(Grandes y estruendosos aplausos en los bancos de los diputados y en la barra).





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Celestino Manchego Muñoz

Nació en el distrito de Córdova, de la provincia de Castrovirreyna, el 6 de abril de 1887. Hijo del señor José Froilán Manchego y de la señora María Cruz Muñoz. Cursó la segunda enseñanza en los colegios nacionales de Ica y Ayacucho. Hizo sus estudios facultativos en las Universidades de Lima, Cuzco y Arequipa. Durante su vida de universitario se dedicó a la enseñanza, fue profesor en Lima en varios planteles de instrucción.

En el año de 1907 fue nombrado profesor del Colegio Nacional de Ciencias del Cuzco, cargo que regentó durante cinco años; como profesor en ese plantel, por su consagración a la enseñanza, se le otorgó el año 1909, un diploma de honor por todas las instituciones locales.   -122-   En 1910 fue elegido vicepresidente del Centro Universitario del Cuzco. En 1912 fue inspector de Instrucción de la Provincia de Castrovirreyna. En 1913 candidato a la diputación en propiedad por esta misma provincia. En esta campaña política puso en evidencia su espíritu batallador; sostuvo vigorosamente la lucha política contra el candidato oficial. Los actos de fuerza que se ejercitaron contra él, lejos de deprimir el entusiasmo, le sirvieron de vivo estímulo para mantener con mayor firmeza su credo político. Su candidatura provocó gran corriente de opinión y como recurso político se le tomó preso, sindicándolo como revolucionario. Después de permanecer en la cárcel de Castrovirreyna se le trasladó a Huancavelica, lugar del que fugó, haciéndose presente en la capital de la República con el fin de demandar la nulidad del proceso electoral. Informó en la Corte Suprema defendiendo sus elecciones. Su actitud fue enérgica para condenar los actos de fuerza que se pusieron en uso para impedir su triunfo. El fallo del Tribunal le fue adverso.

En el año 1913, a raíz de la deportación del señor don Augusto B. Leguía, fue reducido a prisión nuevamente y trasladado a la cárcel de Guadalupe, acusado como revolucionario por la Zona Militar de la Segunda Región.

Informó ante el Consejo de Oficiales Generales y debido a su defensa consiguió su libertad.

En 1914, fue designado delegado por el Concejo Provincial de Huancavelica ante la Junta Departamental. Instalada dicha Junta fue elegido Vicepresidente de ella. En este mismo año 1914, con ocasión de la revolución política del 4 de febrero, actuó al lado del primer Vicepresidente de la República, señor don Roberto Leguía. Fue en comisión política a los departamentos del sur de la República, en compañía del doctor don Juan de Dios Salazar y Oyarzábal. También en este mismo año (1914) se recibió de abogado en la Universidad de Arequipa, obteniendo la nota más alta. Presentó como tesis «La descentralización electoral», y sostuvo la conveniencia de mantener la intervención de la Corte Suprema en la revisión de los procesos electorales. En 1915 se presentó como candidato de oposición a la diputación suplente por Huancavelica, concurrió a la Corte Suprema a defender su elección y obtuvo fallo aprobatorio de su proceso.

En 1916 fue elegido Alcalde Municipal de Huancavelica y reelegido el año siguiente. Su actuación como alcalde fue activa, progresista y llena de iniciativas. Se distinguió por su protección a la clase obrera. En el elemento popular llegó a tener gran arraigo de simpatía. En 1917, fue candidato a la senaduría en propiedad por el Departamento de Huancavelica, en compañía del señor general don César Canevaro. Tuvo como contendor al señor don Amador del Solar, presidente del Senado, en aquel entonces, que buscaba su reelección, y al señor Federico Elguera. En esta campaña el Gobierno, empeñado en conseguir el triunfo de sus candidatos, puso en ejercicio todos los recursos que estaban a su alcance. La campaña fue activa, violenta y apasionada, desplegándose, por una y otra parte, energía, entusiasmo y   -123-   firmeza. Este proceso ha sido una de las campañas políticas que más ha agitado el ambiente del Departamento de Huancavelica y su recuerdo es siempre objeto de vivos comentarios. Se dedujo la nulidad de las elecciones. Informó Manchego Muñoz ante la Corte Suprema y consiguió la nulidad de las elecciones. En este mismo año (1917) se incorporó a la Cámara de Diputados, como suplente de la provincia de Huancavelica. Actuó en las filas de oposición. Intervino en los debates de la Ley Orgánica de Instrucción, en la acusación contra el gabinete Riva Agüero, por la tragedia de Palcaro. Interpeló al Ministro de Fomento sobre la ruta que debía seguir el ferrocarril de Huancayo a Ayacucho. Sostuvo la conveniencia: de que dicho ferrocarril pasase por la ruta de Huancavelica. En esta legislatura presentó el proyecto sobre el voto femenino, que sobre este asunto, es la primera iniciativa que se ha formulado ante el parlamento nacional. En el año de 1918 volvió a incorporarse como diputado suplente por Huancavelica. Actuó en el mismo grupo de la minoría. Impugnó la transacción del asunto de la «Brea y Pariñas». Tuvo intensa intervención en los debates de esa legislatura. En este mismo año (1918) se organizaron comités políticos para llevar a la Presidencia al señor don Augusto B. Leguía. Fue designado presidente del Comité leguiísta del Departamento de Huancavelica. Hizo gira por todas las provincias del Departamento y organizó los comités leguiístas provinciales. En ese mismo año fue designado jefe del partido constitucional en el departamento de Huancavelica.

En 1919 se presentó como candidato de oposición a la diputación en propiedad por la provincia de Castrovirreyna. El régimen imperante ofreció todo género de dificultades para impedir su triunfo. Obtuvo a pesar de esta circunstancia, éxito en su campaña electoral.

Pedida la nulidad de su elección, la Suprema designó el 5 de julio para la vista de la causa. En estas condiciones vino la revolución política del 4 de julio del 19, que derrocó al gobierno del señor Pardo. Con el nuevo régimen volvió a luchar, obteniendo nuevamente su elección como diputado nacional por la provincia de Castrovirreyna. Instaladas las Juntas Preparatorias, en el mes de setiembre, fue incorporado en la primera Junta, en razón de haber sido candidato unipersonal. Formó parte de la Comisión encargada de calificar las credenciales de los representantes.

En la Asamblea Nacional que dictó la Constitución del Estado de 1919, fue miembro de la Comisión de Plebiscito. En esta misma Asamblea presentó nuevamente el proyecto de ley sobre el sufragio femenino.

Instalado el Congreso ordinario de 1919, fue designado miembro de la Comisión Principal de Presupuesto, por varios años sucesivos.

En 1920, fue reelegido Alcalde Municipal de la provincia de Castrovirreyna y elegido para el año siguiente (1921). En este mismo año (1920) fue designado Presidente de la Comisión Auxiliar de Legislación, cargo que ha desempeñado hasta el año de 1922.

En 1922 fue elegido concejal por la capital de la República. Instalado   -124-   el Concejo fue designado Síndico de Rentas. Su actuación al frente de la Sindicatura se distingue por su actividad y acierto. Se esfuerza por dar nueva orientación a la Hacienda Municipal. El Concejo te ha tributado algunos votos de aplauso. Es miembro fundador de la Junta de Defensa del Niño, habiendo asistido como tal a la primera Conferencia que sobre tan delicado problema ha tenido lugar en el Perú.

En el mismo año (1922), la Sociedad Geográfica de Lima, institución de alto prestigio científico, lo incorpora a su seno, como socio activo. Es también miembro del Jurado de Maternidad que funciona en la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima. Últimamente ha sido elegido segundo Vicepresidente de la Cámara de Diputados, por una inmensa mayoría de votos. Los elementos de los distintos círculos sociales y políticos, le ofrecieron con este motivo un banquete de simpatía, así como los estudiantes del departamento de Huancavelica.

Manchego Muñoz es político joven, apasionado y ardoroso pero firmemente leal a su bandera; tal vez es exagerado en la crítica y agresivo en la polémica; pero con todo, es un espíritu sano, un espíritu caballeresco, un patriota de sentimiento y de acción cívica; tiene apreciables dotes oratorias; voz aguda; mímica educada; potencialidad dialéctica en la argumentación; pero es demasiado fogoso en el debate contradictorio y tiene ese marcado espíritu de intransigencia política que distingue a los luchadores del credo radical; es evidentemente una de las figuras simpáticas del actual parlamento de la «Patria Nueva».

En los últimos debates, principalmente en la cuestión ferrocarrilera, hemos podido observar en Manchego Muñoz cierta evolución en su temperamento oratorio; lo hemos hallado más sereno, más respetuoso con el adversario; hidalgo con el contradictor.

Manchego Muñoz ha figurado como candidato al Ministerio de Guerra, a raíz del voto de extrañeza dado por el Senado al doctor Óscar C. Barrós, por la simple tramitación de un pedido, voto que si algo de extraño tiene, es para el propio Senado que no supo tener ese gesto cuando se hería de muerte el principio de la inmunidad parlamentaria; es decir su vida misma.

(De Parlamentarios del Perú Contemporáneo).



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Foción A. Mariátegui

La distinguida personalidad del señor Foción A. Mariátegui, que es presidente de la Cámara de Diputados, en el orden político, cada día va adquiriendo mayores relieves por el talento que ha demostrado en la Cámara a que pertenece. Hoy honramos las columnas de El Diario Español de Buenos Aires, presentando a tan distinguido peruano.

Nuestro biografiado que ha sido juzgado en Parlamentarios del Perú Contemporáneo, reproducimos con agrado lo que en tan importante obra está escrito. De familia ilustre por su intelectualidad y alcurnia, cuyos miembros han figurado en el parlamento, en las Cortes de Justicia, en los torneos del saber y en las luchas ardorosas de la política, alguno de cuyos miembros comandaron escuadras y   -126-   dieron vida a páginas enteras de los tiempos pretéritos de nuestro parlamento; nuestro biografiado es hijo del general don Foción Mariátegui, emparentado por lo tanto con la familia Swayne, siendo por esto natural su ardorosa vinculación leguiísta, aquí donde no hay partidos organizados, sino el caudillaje que arrastra a los sectores de la familia o de la amistad.

Mariátegui se incorporó al Congreso constituyente, realizada la evolución de la «Patria Nueva» por el éxito revolucionario del «4 de julio», habiendo sido elegido canónicamente diputado por Tahuamanu, provincia del nuevo departamento del Madre de Dios, y de hecho se improvisó leader de la mayoría gobiernista. Se dice y es lo cierto, que es muy difícil la improvisación de un leader, que necesita ser la encarnación viva de la tradición legislativa, de los casos reglamentarios, de los precedentes políticos; pues Mariátegui ha venido a ser la excepción que confirma la regla. Su intervención parlamentaria es atinada y discreta; no se enfrenta a la oleada adversa de la polémica; pero sí la desvía con inteligencia y espíritu conciliador; ha salvado al régimen de muchos conflictos, y el mayor elogio de su actuación parlamentaria, es que a pesar de ser convencido leguiísta, goza de marcadas simpatías personales en los círculos opositores de la «Patria Nueva».

Mariátegui no simpatizó jamás con la política extremista del premier Leguía y Martínez, por ser partidario de la concordia y de la armonía, y esta política moderna y sana de nuestro biografiado, se puede decir que ha alcanzado el más completo éxito con el apartamiento del expresado señor Leguía y Martínez de la jefatura del gabinete y de la cartera de Gobierno y Policía.

¡Qué educador tan severo y rígido es la historia!: todos los autócratas han caído así ruidosamente y han sido víctimas de los mismos actos de fuerza que ellos ejercitaron en las alturas del poder; lo que falta es, para que la historia se repita, que Leguía y Martínez sea deportado, dureza que no deseamos para ningún compatriota, para que así, lejos de la frontera de la patria, pueda saborear las angustias del ostracismo que sufren todavía muy distinguidos ciudadanos, del Ejército unos, del Parlamento otros, pero todos hijos predilectos de esta patria libre que nos legaron nuestros próceres. Mariátegui está, por decirlo así, en el principio de su vida parlamentaria y política.

Mariátegui es en su Cámara un esgrimista famoso de la ironía, se puede decir que este gesto de su espíritu, es su más decisiva arma; con ella desorienta al adversario, y aunque su falta de calor en el verbo, más efecto de su posición de miembro de la mayoría que de insuficiencia oratoria, no le permite vencerlo, en cambio lo desvía; y cuando la frase vibrante del contradictor oposicionista ha logrado la expectación y el recogimiento del auditorio, viene su palabra sutil y refinada a desbaratar el castillo levantado por la retórica del contradictor. Sin embargo, hay que convenir que su papel de leader lo ejercita más con habilidad y cultura, en los pasillos del Congreso, que en el calor del debate.



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Aníbal Maúrtua

Va llegando el fin de mi trabajo para formar el primer volumen de mi obra nacional titulado España en el Perú, en la que, aunque imperfectamente, he presentado en esta «Galería de honor» a un grupo selecto de distinguidos peruanos representativos del Perú en el poder, en la diplomacia, parlamento, magistratura, foro, y con el único fin de que sean conocidos y admirados por el elemento español de la Metrópoli argentina y aun de la misma España, reviviendo con esto el cariño que de antaño se tenían como hermanos todos los que somos de la misma Madre nuestra querida España.

Este mi ideal patriótico, no es utópico, porque no en vano suceden los más graves y trascendentales hechos de la historia; no en vano España descubrió a América. Cuando sucede un hecho en esta clase, un hecho que es como un faro levantado por Dios en las riberas infinitas de los tiempos, cuyo curso no acaba nunca, ese hecho forzosamente ha   -128-   de trascender a muchos siglos, ha de influir en muchas generaciones, ha de vivir a perpetuidad, salvando esas grandes hileras de sepulcros donde yacen tantos pueblos enterrados, levantándose a la inmortalidad como si los bañara la luz de aquellas ideas eternas que Platón veía flotar en la mente de Dios...

Este mi ideal patriótico ha de predominar con el tiempo, y ni los españoles y americanos con sus errores lo podrán borrar nunca, y más bien se agruparán en torno de la madre patria para formar una gran confederación hispana que dirija con más acierto el derecho de la humanidad en la América española primero, y más tarde en todo el Universo.

Defensores de este derecho, son a mi juicio en primer término, el espíritu que se anida en todos los corazones peruanos, galardón que conservan de sus progenitores los hispanos del siglo XVI, y que en todo momento y en toda cuestión lo han demostrado hasta en sus más recónditas rencillas políticas.

Uno de estos defensores es el doctor Aníbal Maúrtua que hoy tenemos el honor de presentar en esta «Galería de honor» a los lectores de El Diario Español de Buenos Aires. Nuestro biografiado pertenece a la familia peruana Maúrtua que desciende de una antigua y noble familia vascuence. En América solo existe en el Perú; veamos al progenitor.

Al conde don Joseph de Maúrtua, Grande de España y Consejero de Carlos III, confiose a mediados del siglo XVIII, una alta comisión regia en los virreinatos de Méjico y del Perú, y aunque lo acompañaron varios parientes, bien pronto estos se extinguieron. El Conde de Maúrtua, en el ejercicio de su cargo pasó a Ica, donde casó y dejó como sucesor a don José María de Maúrtua, que se educó en España, regresando al Perú en el primer cuarto del siglo XIX. Aquel notabilísimo abogado figura en el expediente de beatificación del padre Rojas (Padre Guatemala) por sus avanzadísimos principios filosóficos. Dejó siete hijos todos abogados y poetas, uno de ellos el doctor don José de Dios de Maúrtua, padre del doctor Hermógenes Maúrtua, padre de nuestro biografiado el doctor Aníbal Maúrtua, quien nació en Huánuco el 29 de setiembre de 1874, cuando su padre ejercía el cargo de médico titular de aquel departamento. Hizo sus primeros estudios en el «Colegio Nacional de Minería» de su tierra natal y completó su educación preparatoria en el «Colegio Lima» bajo la dirección del reputado pedagogo doctor Pedro A. Labarthe. En la Universidad Mayor de San Marcos cursó letras, ciencias políticas y jurisprudencia desde 1895 a 1901, alcanzando siempre notas honrosas y la amistad de sus maestros. Dio examen para ejercer la profesión de abogado el 12 de enero de 1902 ante el Tribunal de Apelaciones de Lima, que por especial deferencia, le recibió el juramento de ley en el mismo momento de la prueba, cuando era reglamentario esperar la calificación en acuerdo posterior.

Es miembro activo del Colegio de Abogados, de la Sociedad Geográfica, de la Unión Nacionalista, de la Asociación Nacional Pro-Indígena   -129-   y de muchas otras asociaciones científicas y cívicas del Perú; miembro correspondiente de la Society of Internacional Law de Washington, de la American Academy Policial and Social Science de la Universidad de Philadelfia y de la Fundación Carnegie para la paz internacional; socio corresponsal de la Sociedad Geográfica de Río Janeiro; miembro honorario de la Sociedad Científica Argentina; socio honorario de la Sociedad Geográfica de México; socio activo y tesorero de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional correspondiente de la Fundación Carnegie; oficial de instrucción pública de Francia; ex catedrático de Derecho Internacional Público y actual profesor de Finanzas en la Universidad de Lima.

A los 15 años de edad se inició en el periodismo fundando El Minero, periódico radical y pedagogo con verdadero espíritu nacionalista. Ha colaborado en todos los diarios y revistas de Lima y extranjero, haciendo siempre nuestro biografiado propaganda con tendencias panamericanistas, que en esa época era un atrevimiento propagar estas ideas (desde 1891).

Las obras y publicaciones del doctor Maúrtua han sido más estudiadas en el exterior que en el mismo Perú.

De su labor diplomática existe mucho inédito en los archivos de la Cancillería y solamente se conoció en 1910, durante las discusiones parlamentarias sobre el tratado de límites del 9 de setiembre de 1909, que el doctor Maúrtua había conseguido salvar todo el territorio que media entre los ríos Shambuyaou, Acre, Purús y el meridiano del Río Cujar. Se ignora también, que en más de una vez, logró el fracaso del A. B. C., cuya historia corre escrita en la conferencia que el 9 de julio de 1914 ofreció el doctor Aníbal Maúrtua, a beneficio de la «Sociedad Obrera de Solidaridad Latino-Americana».

En el Congreso Panamericano de Río Janeiro (1906) como en el Congreso Panamericano de Buenos Aires (1910) actuó como secretario de la delegación del Perú en cuyas actuaciones internacionales prestó servicios que se recomendaron remarcablemente por los jefes de aquellas misiones.

El doctor Maúrtua cuenta en su foja de servicios al país, el honor de haber sido el primer Secretario de Embajada en nuestro escalafón diplomático; porque, desde la Independencia hasta 1910, el Perú no había acreditado «Embajadas» ante ningún gobierno extranjero. En 1910, las circunstancias internacionales, que más tarde referirá la historia, obligaron a la Cancillería peruana a acreditar al señor Eugenio Larrabure y Unánue, primer vicepresidente de la República, como embajador extraordinario para concurrir al primer Centenario de la Independencia de la República Argentina. El doctor Aníbal Maúrtua, fue el primer secretario de aquella Embajada.

En 1911, el Gobierno del Perú, lo acreditó nuevamente como agente y abogado en el Tribunal Arbitral Peruano-Colombiano, que debió funcionar en Río de Janeiro bajo la presidencia del barón de Río Branco, renunciando al poco tiempo sus cargos diplomáticos y   -130-   regresando el doctor Maúrtua al país trayendo aquellas valiosísimas negociaciones que hasta hoy constituyen los problemas vitales del Perú, dedicándose al estudio de su profesión de abogado.

Al crearse la provincia de Pachitea en 1918, los ciudadanos de aquella progresista sección territorial, recordando que el doctor Maúrtua, desde 20 años pasados, había apoyado el respectivo proyecto, lo proclamaron candidato a la diputación, llegando a elegirlo por aclamación en mayo de 1919. Desde entonces la labor parlamentaria del doctor Maúrtua, ha sido intensa. Triunfó como político discreto, patriota y ultranacionalista desde el primer día que ingresó a la Cámara joven en 1919. Más tarde, en la asamblea nacional y en la Cámara de Diputados, el doctor Maúrtua no ha actuado como diputado novel, sino como un verdadero leader nacionalista, ajeno a consignas políticas y guiado solamente por los dictados de su patriotismo y vasta cultura jurídica.

Los sentimientos amistosos del doctor Maúrtua por la madre patria España, que pueden calificarse como veneración por la tierra de sus mayores, se han manifestado siempre en su propaganda periodística y en sus relaciones intelectuales. Por mucho tiempo, muy joven, fue asiduo corresponsal en Lima de los eminentes estadistas españoles Canalejas, Dato, Unamuno, Beltrán y Róspide, Labra, Fernández Prida, Márquez de Olivar y otros personajes que constituyen el exponente de la intelectualidad española.

En la asamblea nacional, como secretario de la Comisión Diplomática, en unión del infortunado doctor Valcárcel, presidente de dicha Comisión, «propuso que el 12 de octubre fuese declarado día de fiesta cívica en el Perú en celebración de la Fiesta de la Raza, lo que quedó consagrado por ley especial». Más tarde, en octubre de 1922, propuso en unión de otros diputados, que se erigiese una «estatua a la Reina Isabel de Castilla cuyos bajorrelieves ostentaran las efigies de los virreyes del Perú». Con motivo de la promulgación de esta ley, el Ministro de España en el Perú, expresó al diputado por Pachitea doctor Maúrtua en nota especial, su cordial congratulación.

Y para terminar, últimamente, al discutirse el presupuesto nacional en abril del año corriente, observando que el ministerio del ramo quedaba sin partida para acreditar una legación de primera clase ante el rey de España, el diputado por Pachitea, doctor Maúrtua propuso y obtuvo la consideración de una partida permanente con ese fin, y el de efectuar una propaganda intensa por el mayor acercamiento espiritual y económico entre el antiguo virreinato del Perú y la madre patria.

He aquí dibujados los sentimientos hispanófilos de este ilustre peruano que hoy presentamos a los lectores de este diario y que honra las columnas de El Diario Español de Buenos Aires.



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Gregorio Mercado

Continuando siempre la misión voluntaria que hace mucho tiempo nos impusimos por el acercamiento de España con estas repúblicas de origen hispano, presentando en esta «Galería de honor» a los personajes de mayor figuración social y política, para que sean conocidos por el pueblo español en la América y de la misma España; hoy tenemos el honor de presentar al egregio ciudadano doctor Gregorio Mercado, vocal interino de la Corte Suprema de Justicia en el Perú.

Nuestro biografiado el doctor Mercado nació en el pueblo de Combapata de la provincia de Canchis en el Departamento del Cuzco. Fueron sus padres el señor Gregorio Mercado que se distinguió en los claustros de la Universidad de Lima, donde hizo sus estudios, y la señora Micaela Rojas. Las nobles prendas de esta, depararon a sus restos, sepultura en la iglesia del referido pueblo, al pie de la virgen del Rosario, patrona del lugar.

Gregorio Mercado terminó sus estudios profesionales de jurisprudencia   -132-   en la Universidad Mayor de San Marcos, obteniendo las «contentas» de Bachiller en la Facultad de Letras y de licenciado en la de Jurisprudencia, recibiéndose de abogado el 3 de setiembre de 1885 ante la Corte Superior de Lima que lo aprobó por unanimidad, dedicándose a la defensa de pleitos. Como abogado dio pruebas de un talento excepcional y un gran conocimiento de las leyes escritas, recordándose una de las mejores defensas una causa procedente de Arequipa entre los comerciantes Gilardi y Capelletti, la que ganó por su notabilísimo informe jurídico ante la Corte Suprema en favor de su defendido Capelletti.

En diciembre de 1906 fue nombrado Juez del Crimen de Lima en donde ha dejado luminosa estela de honradez y probidad amparando la justicia en donde quiera que esta estaba.

Habiéndose convertido la Comisaría de Ate (Lima) en una inquisición a donde se enviaban a los detenidos con el fin de que confesaran su delincuencia, dominados por el dolor del martirio, el celoso, el íntegro Juez del Crimen, doctor Gregorio Mercado en mayo de 1915, procesó al Jefe de la Sección de Investigaciones de la Intendencia de Policía y a varios agentes secretos de la misma.

Quedó suprimido por algunos años aquel tenebroso paraje, pero revivió en 1918 en «La Pólvora». Sabedor de este nuevo crimen el celoso juez doctor Mercado por las revelaciones de un preso a quien tomaba su instructiva, en mayo del propio año, se constituyó en el Parque Central de «La Pólvora» a las 9 de la mañana para practicar «una vista de ojos». Encontró 26 detenidos, inspeccionó las huellas de maltratos que ostentaban muchos de ellos, así como el local, y estuvo actuando declaraciones hasta cerca de las 7 de la noche. Regresó a pie a su juzgado y a las 10 de esa misma noche expidió auto decretando la libertad de 24 de los secuestrados.

El Subprefecto de la Provincia, después de cumplir la orden, dirigió mi oficio al Juez Instructor reconociendo «que su criterio de Juez ceñido estrictamente a la Ley, no le permitía encontrar excusa al procedimiento». Terminadas las diligencias del caso enjuició al Intendente de Policía, a tres Comisarios, a un Comandante y a un Subteniente. De los doce considerandos del auto que dictó al respecto, el undécimo dice así: «Que por ser los casos de insuficiencia de la Ley poco frecuentes e incontables, como las arenas, los avances de la arbitrariedad, es principio inconcuso de Derecho Público, que los mandatos de aquella deben ser acatados, ora amparen al poderoso o al desvalido, al hombre de bien o al delincuente: consistiendo el gran amparo que acuerda al último, en la prohibición que establece de que se le prive por más de 24 horas de su libertad sin mandato de Juez competente. El martilleo repetido con que se consignan esta garantía, antemural contra seculares abusos, la Constitución del Estado, el Código Penal y la Ley de Habeas Corpus, y sus ampliatorias; patentiza que el legislador ha resuelto poner término definitivo, a la propensión tenebrosa que conduce, a muchas autoridades de policía a tornar en verdadera "Bastilla", cualquiera mansión, donde sea fácil aislar las quejas o los gritos de   -133-   las víctimas». Con el recto proceder del juez doctor Mercado «Ate» y «La Pólvora» dejaron de ser «Bastilla».

En abril de 1922 fue nombrado vocal titular de la Corte Superior de Justicia y en febrero de este año el Congreso de la Nación lo eligió vocal interino de la Corte Suprema de justicia.

He aquí diseñada a grandes rasgos la importante personalidad del doctor Gregorio Mercado distinguido iberoamericano, amoroso de sus progenitores los hispanos que con la espada y con la cruz ensancharon el mundo del Cristianismo, y que a tan excelsas cualidades reúne su gran talento, gran carácter y una probidad inmaculada que le ha hecho acreedor a la estimación general.



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Raúl O. Mata

Entre la pléyade de personajes ilustres peruanos que integran el poder judicial en el Perú, se destaca vigorosamente la personalidad del doctor Raúl O. Mata, por su probidad y conocimiento de las leyes.

La presencia del doctor Mata en la Corte Superior de la que es vocal muy ilustrado, es una prenda segura para todo litigante que a la par de sus compañeros de la Corte, administran sapiente y justiciera sanción. De ello lo atestiguan todos los que litigan ante ese Tribunal de Justicia, que es uno de los hermosos baluartes en que se conserva incólume la autonomía e independencia de que deben gozar los tribunales de justicia.

El doctor Raúl O. Mata que es oriundo del Departamento de Cajamarca, de esa hermosa población que se hizo notable en la historia de la Conquista por la muerte que allí recibió el Inca Atahualpa, y que marca el principio de la efectiva dominación española, es verdadero iberoamericano, que, une en amoroso lazo, su tierra nativa con la de aquellos esforzados españoles que en son de conquista entraron en la histórica ciudad de Cajamarca el 15 de noviembre del año 1532. La historia nos dice que estos eran solamente 170, los que sufriendo mucho frío al doblar aquella empinada sierra, llegaron al séptimo día a la vista de Cajamarca situada en un lindo valle ovalado, donde estaba el Inca con abrumador número de guerreros.

El triunfo de los españoles en toda la conquista de América, no hay duda que fue el premio que quiso dar Dios a España por aquella grandiosa epopeya de siete siglos, en que los españoles detuvieron a los árabes en Covadonga, a los Almoravides en Toledo, a los Almohades en las Navas; y a los Beni-merises en el Salado hasta llegar a Granada, para que desde lo alto de las Torres Bermejas se descubriera la cima de los Andes, e iluminando Dios a un hombre sublime como Colón y a una reina Católica, viera el primero desde la nave de su fe, los celajes del nuevo mundo con que soñaba su mente, viendo la luz incierta del mundo que descubrió.

La presentación que hoy hacemos del doctor Raúl O. Mata a los lectores de El Diario Español, es como homenaje a las bellas cualidades que adornan a tan distinguido peruano, verdadero iberoamericano, una de las personalidades representativas del Perú, en el Foro y en los Tribunales de Justicia.



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José Antonio Miró Quesada

Continuando con todo entusiasmo nuestra labor patriótica y desinteresada por el acercamiento espiritual de nuestra querida España con   -136-   estas repúblicas iberoamericanas, y para mí especialmente con el Perú; hoy tenemos el honor de presentar a los lectores de El Diario Español de Buenos Aires, a una de las personalidades más respetables y venerables, al talentoso periodista don José Antonio Miró Quesada a quien se le considera el patriarca del periodismo en el Perú.

En efecto, aunque nuestro biografiado nació en Panamá; el 19 de enero de 1845, su familia está radicada en el Perú desde el año de 1847, es decir a los dos años de vida se incorporó a la nacionalidad peruana y ha logrado que su gran talento y virtudes cívicas, cual los arquitectos de la Edad Media y en su época más reciente en la familia Bach en Alemania que el mundo presencie otra vez la sucesión de aquellas grandes dinastías de intelectuales que se trasmitían de padres a hijos la antorcha del Arte.

Este es un espectáculo digno de ser admirado por su belleza, ver perpetuarse este talento y virtudes cívicas, nada comunes, en individuos de un mismo apellido. Si nos remontamos hasta el progenitor, el fundador de la familia Miró Quesada; retrocedemos a mediados del siglo XVIII en el que llegó de la Península Ibérica el bizarro oficial del ejército español, don Francisco G. Miró casado con doña Ana Meyner, muriendo en la alta clase de general de brigada del ejército de Su Majestad Católica. Un nieto suyo llamado Tomás se casó en 1831 con la señora Josefa de Quesada, hija de don Miguel de Quesada, (español, andaluz) y doña Catalina Velarde panameña, hija de un general español.

Desde los días del progenitor hasta hoy, la luz encendida y guardada en el cerebro por todos estos hombres ilustres, ha pasado de mano en mano, siempre creciendo, siempre brillante. Los antepasados de la familia Miró Quesada la han conservado resplandeciente hasta los sucesores de nuestro biografiado, que han aumentado su brillantez, y hoy por hoy, forzoso es decirlo, estos han extendido sus beneficios y miles de personas están siguiendo sus huellas.

Empecemos por el mayor de los hijos, Antonio, que es abogado, político de alto vuelo, gran orador, y tal vez el periodista de talento más asombroso en la vida republicana del Perú. La pluma en las manos de este eminente periodista es arma de mejor temple que el acero de la espada, su talento, mejor capital que toda la riqueza material, y su inteligencia, un poder más dominante que toda fuerza; condiciones esenciales estas que abren el camino del poder y de la gloria.

El segundo de los hermanos Luis, es uno de los obreros del pensamiento, que más se han distinguido y se distinguen entre las figuras representativas del Perú. Es abogado, catedrático de Pedagogía en la Facultad de Letras donde hoy es subdecano y su representante en el Consejo de la Facultad, alto cuerpo que tiene a su cargo la dirección universitaria. Es periodista de ideas profundas y actualmente director de El Comercio por ausencia de su hermano el distinguido hombre público Antonio Miró Quesada.

El tercero de los hermanos es Aurelio, eminente hombre de ciencia, ingeniero de minas y profesor de la Escuela de Ingenieros. Ha sido ingeniero del Concejo Municipal, delegado del Perú en la convención   -137-   azucarera de Bruselas y miembro del Consejo Superior de Minería. En Búfalo, fue secretario de la Delegación peruana durante la exposición. Ha sido Cónsul General del Perú en Bruselas y concejal del Municipio de Lima.

El cuarto de los hermanos es Óscar que es ahogado, conferencista, periodista y notable escritor; es catedrático de Sociología en la Facultad de Filosofía y Letras y catedrático de Derecho Penal especial en la Facultad de Jurisprudencia.

El quinto y último hermano es Miguel que es colaborador artístico en El Comercio de que todos ellos son propietarios; y nuestro biografiado, el fundador.

Completan la familia Miró Quesada una niña, la inteligente Pepita, esposa hoy del distinguido peruano don Pedro García Irigoyen. La esposa y madre de esta pléyade de intelectuales es la distinguida matrona señora Matilde de la Guerra. Estos hijos ilustres sirven de pedestal de oro a la figura venerable e inmaculada de nuestro biografiado don José Antonio Miró Quesada.

Nuestro biografiado ha sido director de El Comercio hasta el año de 1905 en que se apartó definitivamente de la dirección del diario. Su obra periodística es muy notable y abarca un período de más de un tercio de siglo largo e interesante período de la vida del Perú.

Habiendo consagrado la mejor parte de su vida a El Comercio puede sentirse satisfecho de su obra, pues el decano de la prensa nacional ha respondido a sus esfuerzos convirtiéndose en periódico de gran prestigio y de mucha popularidad.

La importancia y prestigio de este diario la encontramos en las siguientes líneas traducidas de la obra en inglés, obra escrita por el ingeniero Enock, titulada Perú que dice: «En Lima se publican varios periódicos. El primero entre ellos es El Comercio fundado en 1893. Lo que es el Times para la Gran Bretaña así es El Comercio para el Perú. Este periódico ha sostenido siempre la causa de las libertades públicas, luchando por el progreso del país. Trabajó por la abolición de la esclavitud de los negros, consiguiéndose tan importante reforma social a fines de 1855. También sostuvo El Comercio los derechos de los indios y ha contribuido en grande escala a su mejoramiento. El espíritu de tolerancia y de buen juicio desplegado en sus columnas, le ha ganado la confianza del público, y es órgano del cual está justamente orgulloso el Perú».

En la obra Biógrafo americano de Ventura Seoane encontramos estos datos biográficos que reproducimos, sobre don José Antonio Miró Quesada.

No hay problema político, económico o correspondiente a otra faz de la vitalidad peruana, que durante su permanencia al frente del diario, como redactor, sobre todo después de muerto en 1898 el doctor Carranza, no haya planteado y dilucidado, con su estilo sencillo y clara exposición, incurriendo una que otra vez en error u apasionamiento o, porque no hay espíritu constantemente ecuánime e infalible, pero demostrando   -138-   siempre a más de versación enciclopédica, talento, buena fe y honradez de propósitos.



He aquí diseñada a grandes rasgos la importante personalidad de don José Antonio Miró Quesada, digno descendiente de sus antepasados los hispanos que en el siglo XVI cuando cada nación en la Europa traía un tesoro común a la humanidad, en que Alemania dio una nueva religión, la religión de la conciencia libre; la Francia la nueva Filosofía, la filosofía del sentido común; la Italia el Arte de la humanidad, uniendo el cristianismo con las formas clásicas; Polonia los nuevos cielos que describe Copérnico; nuestra querida España, dio los grandes guerreros, los grandes navegantes y conquistadores de la historia, que dieron un nuevo Paraíso para la humanidad regenerada y completaban los hispanos la renovación de las ideas con la renovación de la naturaleza en el descubrimiento de la América.



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Antonio Miró Quesada

Continuando en nuestros propósitos a fuer de español, para conseguir el acercamiento espiritual de esta República con España, propósito que hemos concebido y llevado a debido efecto con abnegación y patriotismo y completamente ajeno a todo interés mezquino y material; hoy presentamos a los lectores de El Diario Español en esta «Galería de honor», a uno de los más preclaros ciudadanos del Perú, a una de las inteligencias más robustas, al señor doctor don Antonio Miró Quesada, que es abogado, político de alto vuelo, gran orador, y tal vez el periodista de talento más asombroso en la vida republicana del Perú. La pluma en las manos de este eminente periodista es arma de mejor temple que el acero de la espada, su talento, mejor capital que toda la riqueza material y su inteligencia, un poder más dominante que toda fuerza, condiciones esenciales estas, «que abren el camino del poder y de la gloria».

Los anales de la historia antes del descubrimiento de la imprenta, solo contienen batallas y conquistas; todos los hombres que caminaban y deslumbraban eran guerreros; la fuerza por todas partes   -140-   era dueña de la riqueza, señora del poder, y monopolizadora de la gloria y tan solo podían escalar las eminencias sociales, aquellos que habían nacido con aptitudes militares y puños de hierro. Pero, apareció la imprenta y con esta el periodismo, poniendo en manos de los hombres inteligentes, una escala para trepar a todas las alturas, y una arma para vencer todas las resistencias.

Como elemento democrático, el periodismo of