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    Fábulas mitológicas
     Luis Barahona de Soto ; edición de Antonio Cruz Casado
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Fábula de Vertumno y Pomona



I

   La extraña fuerza de amor,
de la belleza los daños
y el peligro no menor,
y de los cansados años
la sutileza y primor,  5
cantará la musa mía,
si vos, que le dais aliento
y valor en tal porfía
le dierdes36 oído atento,
que será darle osadía.  10


II

   Aquí, señora, veréis
una condición esquiva,
casi tal cual la tenéis,
y un hablar que a otros derriba,
de que vos os defendéis37.  15
Quizá no os seré importuno,
pues Amor por mí razona,
y quizá habrá tiempo alguno
en que imitéis a Pomona,
como yo siempre a Vertuno.  20


III

   No falta en vos la belleza,
ni en mí el calor y deseo,
ni aun quizá la sutileza;
si algo falta, es que peleo
contra mayor fortaleza38.  25
Do, aunque muera sin vitoria,
si es que el cielo así lo manda,
seré digno de memoria,
por morir en la demanda
de impresa de tanta gloria.  30


IV

   Entre las ninfas más bellas
que a las plantas concedieron
para guarda las estrellas39,
y con las mismas nacieron
y suelen morir con ellas,  35
Pomona fue más hermosa,
más discreta y más esquiva,
y en su oficio más airosa;
que, para que siempre viva,
fue después mudada en diosa.  40


V

    Ningún contento sentía
en la pesca por los ríos,
ni en el bosque en montería,
ansí en los secos estíos
como en la sazón40 más fría.  45
La nueva conversación,
la gala, la gentileza,
ni el cortesano blasón,
el título y la grandeza,
le dan tormento y pasión.  50


VI

   Su deleite era cortar
frutal y vid no derecha
que ocupan el buen lugar,
y del que está satisfecha
lo regala y va a podar.  55
Corta la tendida rama,
los largos brazos refrena
del árbol que los derrama,
o con aquel le encadena
que por vecindad le llama.  60


VII

   La verde vara cortando,
la enjere41 al árbol añejo,
y así los va mejorando,
con la experiencia del viejo
el nuevo rigor templando.  65
Y, porque lo que es mejor
nazca y lo demás se deje,
legumbres de buen olor
conglutina y entreteje
con las de vario sabor.  70


VIII

   Por más contento tenía
regar torcidas raíces
del frutal que florecía
que seguir bajas perdices
o venado en montería.  75
No sufre sed fatigosa
al jabalí monteando,
al corzo, liebre o raposa,
o al ave que va volando,
con la jara42 venenosa.  80


IX

   Mil árboles olorosos,
mil gentiles y crecidos,
mil acopados43 y umbrosos,
mil abiertos y extendidos,
con la luz del sol hermosos;  85
mil yerbas no conocidas,
cuál con flores olorosas,
cuál con frutas ya crecidas,
ya entre sus tallos medrosas,
ya en sus capullos metidas.  90


X
   Allí la flor colorada
en que el amado de Apolo
mudó su carne preciada44,
y la que de polo a polo
le contempla embelesada45;  95
el almendro, y el dorado
ciruelo, y el pero y guindo,
el durazno, y el granado,
y el árbol que fue en el Pindo46
a las vírgenes sagrado.  100


XI

   Y aquella fruta47 hallada
primero en Candía, en Cidón,
que, por suave y templada,
mandaba darla Solón
a la nueva desposada:  105
aquí es todo su contento
y su amor todo empleó;
nunca de otro tuvo intento,
ni el que Venus engendró48
le pasó por pensamiento.  110


XII

   ¿Qué dejaron de hacer
los sátiros49 saltadores
por podella a sí atraer,
dioses, silvanos50, pastores...?
Y no bastó su poder.  115
Con hojoso y verde pino
ceñido el fauno las sienes,
¡que luchó con su designo51
para hacer con52 sus bienes
y cuán mal siempre le avino53!  120


XIII

   ¿Qué cautelas o qué engaños
no hizo el viejo Sileno,
bien más mozo54 que sus años?
Pero, al fin, tuvo por bueno
callar y sufrir sus daños.  125
Entre los de amor heridos
Vertuno es quien más gemía,
cosa nueva a los nacidos:
que en figuras se volvía55
y trajes no conocidos.  130


XIV

   Éste no como cualquiera
sosiega sin ser amado;
mas ama de tal manera,
que espera con su cuidado
hacer de la piedra cera.  135
Do hay tibieza no hay amor,
ni hay grados de más y menos
en el que es fino amador;
todos los amantes buenos
han de ir a más y mejor.  140


XV

   ¡Oh, cuántas veces cortó
con la corva hoz la mies56
y segador se mostró,
y frente57, de haz y envés,
de seco heno cercó!  145
Y ¡cuántas el aguijada
y la gabana58 traía
de tierra y agua mojada,
que jurara quien le vía
que dejó yunta y arada59!  150


XVI

   Y ¡cuántas fue podador
de vides y de arboleda,
y de frutos cogedor!
Mas no hay do acogerse pueda
contra la fuerza de amor.  155
Ya con armas es guerrero,
ya tiende la red pescando,
ya es cazador, ya vaquero,
en todo nunca hallando
más remedio que primero.  160


XVII

   Mas su astucia o su fortuna
al fin le mostró el camino;
que debajo de la luna
se lo guardaba el destino
para su llaga importuna.  165
Y con toca muy plegada
la cabeza se apretó,
de muchas canas sembrada,
y una vieja se fingió,
antigua60, flaca y corvada.  170


XVIII

    Y, sobre un bordón61 ñudoso,
fingiendo el vigor ya muerto,
puso el pecho cauteloso,
y así se fue para el güerto62
que lo hizo venturoso.  175
Cuando por la puerta entró
quiso a la ninfa abrazar,
y Pomona la abrazó,
y unos besos, al llegar,
más que de vieja le dio,  180


XIX

   diciéndole: «¡Cuántos males
Esta vejez fastidiosa,
hija, nos da a los mortales!
No nos satisface en cosa
sino en privilegios tales,  185
que libremente podamos
pasar por donde queremos,
y doquiera nos sentamos,
y que viejas deseemos
lo que mozas desechamos.  190


XX

   De aquel dulce tiempo viejo
que se nos pasó por rueda63,
como nos curtió el pellejo,
otra cosa no nos queda
sino sólo el dar consejo.  195
Vengo, hija, fatigada,
porque no puedo hallar
una yerba muy preciada
con que se suele cobrar
la flor del rostro robada.  200


XXI

   Y en el punto en que te vi
quise llorar de alegría,
porque vide64 escrita en ti
una hija que tenía,
que, por mi dolor, perdí.  205
Quisiera darte mil voces
de contento y de dolor;
y no permitan los dioses
que ofendas tanto al amor,
porque tan mal no te goces».  210


XXII

    Esto dijo y derramó
mil lágrimas suspirando,
que a Pomona enterneció,
bien, señora, como cuando
os vide alguna vez yo.  215
Y, después de haber partido
un membrillo pieza a pieza,
puesto un dedo en el oído,
dijo: «Para la cabeza:
éste conforta el sentido;  220


XXIII

    da al estómago vigor;
limpia los dientes y boca;
es sano y dulce al sabor,
y donde quiera que toca
levanta suave olor».  225
Dicen que éste antiguamente
fue una dama muy piadosa
que murió de un accidente:
por esto Venus la diosa
la mudó en fruto excelente65.  230


XXIV

   Y, al revés, aquel laurel66
fue también otra doncella
desamorada y cruel,
y así, el fruto67 que dio ella
la permiten que lleve él.  235
Dígolo porque si fuera
mi hija, como hermosa,
tal, que al que bien la quisiera
se le mostrara piadosa,
más gozara y más viviera.  240


XXV

    No puedo, cuando te veo,
dejar de ser consolada;
que, en el rostro y el meneo68,
de mi triste malograda
me quitas pena y deseo.  245
Como sois mozas altivas,
todo el mundo despreciáis;
sois zahareñas69 y esquivas;
de do viene que seáis
piedras, muertas70; diosas, vivas.  250


XXVI

   Y esta juvenil terneza71
tiene no sé qué muy vano
de esperanzas de grandeza,
que aun atienta con la mano
la ventura y la riqueza.  255
Mas dé todo lo que ofrece,
y, a pedir, algo después,
que en un momento perece,
y muy otra cosa es
de lo que agora parece.  260


XXVII

    Las que ya habemos pasado
por mil imaginaciones,
como nos han engañado,
damos mil obligaciones
por lo medio, de contado.  265
Tenga en poco quien quisiere
el bien y déjelo ir;
que aquel que avisado fuere
no se debe arrepentir
jamás de lo que hiciere.  270


XXVIII

   Nunca te acontezca tal,
despreciar al que te ama:
que es un yerro sin igual,
y la ventura no llama
a quien la conoció mal.  275
A uno que por mí moría
desdeñé yo en mi niñez;
creedme vos, hija mía,
que le desprecié una vez
y lloro por él hoy día.  280


XXIX

   Tiene no sé qué carcoma
la mujer, hermosa o fea,
que, si a ver el mundo asoma,
no mira cuanto desea
ni le harta cuanto toma.  285
Y aunque viéndonos queridas
parezca que no queremos;
con el placer derretidas,
con el gusto que tenemos
nos dejamos ir vencidas.  290


XXX

   Cáusanos contentamiento
la vana imaginación
y duélenos el tormento
que recibe el corazón
que nos procuró el contento.  295
Comenzamos a querer
lo mismo que aborrecimos;
mudamos el parecer;
duélenos lo que perdimos,
lo que dejamos perder.  300


XXXI

    Y más cuando aquel [que] ha sido
por nosotras despreciado
después de habernos servido,
lo vemos que está empleado
donde es más favorecido72.  305
Éste es, pues, el sinsabor;
quien bien me quiere no vea
a dó llega este dolor;
porque entonces se desea
cuando se pierde el amor.  310


XXXII

   Nunca más me aconteció:
antes73, después, en llamando,
a nadie dije de no74,
y vivo agora llorando
el tiempo que se perdió,  315
que se pasa más ligero
que el sueño breve sabroso:
mirando el tiempo primero,
vase el presente engañoso,
esperando el venidero.  320


XXXIII

    Mientras la masa de nieve75
y de grana un color vivo
le da espíritu y la mueve,
cogé76 el placer fugitivo,
antes que el tiempo os le lleve.  325
Y entienda la que es querida
que, después que la rosada
lumbre de[l] rostro despida,
no es ahora tan amada
como será aborrecida.  330


XXXIV

    Huélguese muy libremente,
sin cuidado, de gozar
lo que pasa y no se siente77;
que, aunque lo quiera cobrar,
ya después no se consiente.  335
Y habiéndose consumido
la flor con que agora están,
desearán lo aborrecido,
y lo que entonces querrán
quisieran haber querido.  340


XXXV

   ¿Quién se espantará que el cielo
con vosotras esté airado,
pues, con vuestro odioso yelo,
las gracias que él os ha dado
queréis negarlas al suelo?  345
No hay más bajo ánimo, no,
que el que toma y no agradece,
desprecia lo que tomó
y afrenta a quien se lo ofrece
y así, pues, lo recibió.  350


XXXVI

   Esa flor y esa belleza
con que, necias, os alzáis
no os la dio por gentileza,
mas para que enriquezcáis
con ella a naturaleza.  355
Si el sol corre tanto trecho
¿por qué no quiere pasarse,
aunque fue para esto hecho?
No tanto por conservarse
cuanto por vuestro provecho:  360


XXXVII

   Ni el oro ni otro metal
en la tierra se engendrara;
faltando el bien natural,
cualquier planta se secara;
muriera todo animal.  365
La clara luz se perdiera
y en tinieblas tenebrosas
el día se convirtiera
y volviéranse las cosas
a la confusión primera.  370


XXXVIII

   ¿Por qué piensas que salieron
de la tierra esos vapores
que rocío se hicieron?
Para dar fuerza a las flores
que de estas plantas nacieron.  375
Y esas plantas y frutales,
pregunto, ¿por qué florecen?
No por sus bienes o males,
mas porque con ellos crecen
o viven los animales.  380