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    Cronistas coloniales : (Primera parte)
     [Estudio, biografías y selecciones de J. Roberto Páez]
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Cronistas coloniales

(Primera parte)


José Roberto Páez (editor literario)



Portada



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Introducción

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Ningún conocimiento de mayor importancia para un pueblo que el de sus orígenes, porque en ellos se encierran los elementos que le dieron el ser y los que determinaron su formación a través del tiempo, así en sus caracteres racionales como en los que, integrándose con otros, llegaron por la evolución a constituir lo que se conoce, en un momento dado, como una nacionalidad determinada.

Pueblo que no sabe de dónde procede, cómo se ha ido estructurando con el correr de las edades, las vicisitudes por las que ha pasado y los acontecimientos que en él influyeron decisivamente, no merece el nombre de tal, ni puede estimarse poseedor de una individualidad jurídica y política digna de respeto.

El estudio y aprecio de la historia, se funda precisamente en estas consideraciones. No es la historia pasatiempo de desocupados o entretenimiento de eruditos ansiosos de hurgar en el ayer para satisfacción de su vana curiosidad. Si el pasado no interesara para el presente y sirviera para el porvenir, bien podría quedar enterrado y olvidado sin remedio, sin que valiera la pena preocuparse con él para nada.

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La célebre frase que asevera que la humanidad se compone más de muertos que de vivos y aquella otra que enseña que los muertos mandan, tienen un fondo de verdad indiscutible. Vivimos del ayer más que del presente. Somos la resultante de generaciones que actuaron antes que nosotros y de fuerzas que obraron activamente en épocas remotas. Ni el hoy se puede comprender sin conocer el ayer, ni el futuro preparar adecuadamente sin medir las fuerzas que influyeron en la evolución de la sociedad.

Se ha aseverado, con razón, que si conociéramos como es debido los siglos en que América vivió bajo la dominación de España, tendríamos resueltas las tres cuartas partes de los problemas que tanto nos agobian. La explicación de los acontecimientos históricos no es dable si se desconocen los antecedentes que los determinaron. El presente no se formó de manera espontánea: es una resultante de hechos anteriores reales y verdaderos.




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La historia, excelsa escuela de patriotismo

La historia es la más excelsa escuela de patriotismo. En realidad, no se puede amar lo que no se conoce y, correlativamente, mientras más se conoce más se ama, según la frase feliz de Leonardo de Vinci. Para amar a la Patria hay que conocerla. Hay que remontarse a sus orígenes, verla nacer y formarse; observar cómo crece y se va desarrollando; cómo avanza y también cómo retrocede, qué causas obraron para su progreso y cuales para su momentánea   -35-   decadencia; analizar, en suma, su vida tal como se haría con la de un ser orgánico.

Nunca ahondaremos suficientemente en el pasado, para apreciar como es debido a nuestra Patria.




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Elementos que integran la nacionalidad

Desde que en 1871 Mancini lanzara en su cátedra de la Universidad de Turín la cuestión relativa a la nacionalidad y a sus alcances, ella ha influido profundamente en las transformaciones de los Estados, dando lugar a sucesos de veras importantes.

Son variados y múltiples los elementos que integran la nacionalidad de un pueblo. Los hay histórico-geográficos, lingüísticos, sociales, culturales. ¿Cuáles son los más importantes de ellos? Sin base territorial no se puede hablar de nacionalidad, por tanto los factores histórico-geográficos son los de veras fundamentales para un pueblo y a ellos hay que dar atención preferente.




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Una mirada a los relatos de los Cronistas Primitivos

Era del caso recordar estas verdades, que no por sabidas dejan de ser de perenne actualidad, para comprender   -36-   y aquilatar el valor de los relatos de los Cronistas Primitivos.

Si queremos afirmar nuestra posición internacional, si anhelamos que al Ecuador se le considere y estime en el concierto de los pueblos de América, es de todo punto indispensable que procuremos hacer valer los rasgos esenciales que le dan personalidad inconfundible y singular; que consideremos y veamos cómo en todo tiempo habitó en territorio propio un grupo humano que se distinguía de los otros, al parecer de idénticas costumbres y de común origen.

Hubo un asiento geográfico llamado Quito, en el que seres primitivos convivieron, más o menos ordenadamente, en la época anterior a la conquista de América por hombres blancos venidos desde Europa y antes también de la invasión incásica que partiera de las tierras del Sur.

Existió por lo menos un principio de nacionalidad quiteña, que hemos de tratar de poner en claro. No somos de ayer: nuestros orígenes se remontan muy lejos en la historia. Conocer esos antecedentes, así fuera de modo imperfecto y somero, es de todo punto necesario y ello podremos lograrlo recorriendo los relatos que nos conservaron los Primitivos Cronistas que escribieron sobre cosas de América.




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Primeros habitantes de nuestro territorio. Lo que escribe Luis Baudin

¿Cuáles fueron los primitivos habitantes de nuestro territorio y de dónde procedían?

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He aquí un problema que, como tantos otros, no ha sido aún resuelto satisfactoriamente. ¿Fueron, como parece probable, mayas procedentes de América Central los que desde las costas ecuatorianas subieron hasta las tierras andinas? ¿Vinieron acaso de más remotos países, de la China o de la Polinesia? La prehistoria de América es aún incierta y llena de oscuridades y vacíos. La de nuestra Patria se halla en sus comienzos, en cuanto a investigaciones se refiere.

¿De dónde procedían los indígenas que poblaron nuestro territorio, antes de la invasión de los Incas peruanos? Nada seguro podemos afirmar hasta el momento y hemos de contentarnos, por lo pronto, con lo que conocemos de la época histórica en que ocurre la conquista española y, a lo sumo, con lo que antes de ella nos han conservado ciertas tradiciones orales.

Conviene recordar, a este propósito, lo que escribe el publicista francés Luis Baudin, en su reciente libro sobre La Vida cuotidiana en tiempo de los últimos Incas, aparecido en París en 1955. Al estudiar las civilizaciones primitivas de América, nos encontramos, dice, con una en la que siendo desconocida la escritura, nos vemos forzados para conocerla, a interrogar a arqueólogos, folkloristas y cronistas.

La arqueología deja filtrar algunas luces relativas al pasado, al azar de los descubrimientos que sugieren hipótesis, antes que verdaderas soluciones; el folklore, muy rico, nos proporciona ecos que provienen del medio indígena, poco cambiante en el transcurso de los tiempos; en fin los escritos de los españoles, las crónicas, demasiado abundantes en cierto respecto, forman una masa caótica de informaciones políticas, económicas, sociales, militares, anecdóticas y científicas, por lo general mal presentadas, a menudo contradictorias y rara vez imparciales. Garcilaso de la Vega encomia a los Incas con exceso, mientras Sarmiento de Gamboa los vitupera sin medida; los   -38-   secretarios de los conquistadores se pierden en detalles militares, al paso que los misioneros se engolfan en sermones interminables. Poma de Ayala mismo, tan de moda entre los historiadores de hoy, por ser indio, por haberse descubierto su manuscrito no hace mucho y porque en su texto se introducen unos ingenuos dibujos, da prueba de poca cultura y objetividad.

Por lo expuesto puede medirse la cautela exquisita con la que hay que proceder, antes de sentar conclusiones que rara vez resultan acertadas. El mismo reputado investigador, autor, no lo olvidemos, de ese estudio sobre El Imperio Socialista de los Incas, traducido a varias lenguas, recuerda, a propósito de los habitantes de nuestro suelo ecuatoriano, anteriores a la invasión incásica, el relato recogido por el padre Anello Oliva, de un encargado de custodiar las cuerdas de nudos en que iban siendo guardadas las noticias sobre sucesos del Imperio, llamado Catari, reputado por su saber, según el cual relato los hombres que huyeron del Diluvio alcanzaron a llegar a las costas ecuatorianas y un grupo de ellos, que comandaba el capitán llamado Tumbe se asentó en la ribera meridional del golfo de Guayaquil, fundando allí la población que tomó el nombre de su jefe: Tumbes. Un hijo de este fundador, llamado Quitumbo, huyó de una invasión de gigantes que había capturado a un hermano suyo, franqueó la Cordillera, ganó tierras altas y creó la ciudad que después llevó su nombre: la ciudad de Quito.

En su reciente y celebrado libro sobre Las relaciones diplomáticas del Ecuador con los Estados limítrofes, su autor, don Jorge Pérez Concha, ha escrito con razón:

«Hablar de los primitivos pobladores del Ecuador es tan incierto, como es hablar de las diferentes inmigraciones que -ya procedentes del Asia, ya de Polinesia-   -39-   llegaron al Nuevo Continente; y como incierta es también, la teoría de Ameghino, según la cual el hombre americano surgió de su propio medio».






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¿Cuáles fueron las tribus primitivas?

Recordemos la grave disputa tocante a la existencia de los Shyris y sobre si éstos sojuzgaron a los Quitus, o si acaso fueron pobladores primitivos de la Costa, los Caras, los que subieron hasta la planicie andina. En tanto se aclaran estos puntos, diremos, siguiendo autorizadas opiniones, que las tribus principales asentadas en la que es hoy República del Ecuador, parece que fueron las siguientes: los Quillasingas, al Norte; los Quitus y Puruhaes, al Centro; los Cañaris, Paltas y Huancabambas, al Sur; los Huancavilcas y Punaes en la Costa. Refundidas estas tribus en tres principales, no quedaron en la época de la conquista, al parecer, sino las de los Quitus y Puruhaes; los Cañaris; los Huancavilcas, Punaes y Caraques.

Desde el Carchi hasta el Azuay se extendían Quitus y Puruhaes. Los Cañaris ocupaban el Azuay hasta el golfo de Jambelí y en la región de la Costa se asentaron Huancavilcas, Punaes y Caraques.

El señor Jorge Pérez Concha, trae, en la obra ya mentada, esta cita del señor don Jacinto Jijón y Caamaño, tomada de su libro sobre Sebastián de Benalcázar: «Lo que hoy es la República del Ecuador no formó antes de la conquista incaica una sola Nación, un solo pueblo. Sin contar con las varias razas de la   -40-   zona pacífica y de la amazónica, más o menos vinculadas con las de la serranía, existían siete clases de gentes, que, de Sur a Norte, eran: Los paltas, los cañaris, los puruhaes, los pantzaleos, los caranquis, los pastos y -ya en Nariño- los quillasingas. Ninguna de estas Naciones formaba un Estado propiamente dicho; cada una se encontraba fraccionada en varias parcialidades, que se hacían mutuamente la guerra, de lo que provenía el que ciertos caciques llegaran a predominar, formando pequeños principados. Ello no era un óbice para que estos Régulos se agruparan, en confederaciones, en momentos de peligro».




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El Inca Tupac-Yupanqui y la invasión de nuestro territorio

El Inca Tupac-Yupanqui emprendió desde el Sur la conquista de estas tribus, asentadas desde tiempos remotos en nuestro territorio. Parece que dominó fácilmente ciertas tribus del Sur, pero que se estrelló en un momento dado con la resistencia de los Cañaris, que le obligaron a retroceder en busca de refuerzos. Cuando volvió con ellos, los Cañaris se le sometieron y celebraron con él tratados de paz. Luego venció a las tribus del centro en Tiocajas y llegó hasta Quito, desde donde regresó al Cuzco.

Sus conquistas las continuó su hijo, el Inca Huayna-Cápac, nacido en Tomebamba, ciudad de los Cañaris.



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Huayna-Cápac extiende sus dominios

Huayna-Cápac aumentó sus dominios por el Sur, hasta la actual República de Chile y una parte de la Argentina, y por el Norte hasta Pasto, sojuzgando también las tribus de la costa.

El Inca incorporó, pues, el Reino de Quito al Imperio quichua, y para evitar toda oposición posterior y para congraciarse con los que había dominado, pidió en matrimonia a la princesa Paccha, hija del jefe del Reino de Quito. Así los vencidos pudieron ver en el Inca una especie de Rey propio, en cuanto esposo de la que había sido su princesa.

Según los historiadores, duró treinta y ocho años el gobierno de Huayna-Cápac, que lo ejerció como soberano del Cuzco y como sucesor de los reyes de Quito. No viene al caso ponderar la avanzada civilización que los Incas encontraron en las tierras del Norte del Perú que ellos sometieron por las armas. Es de estos días el asombro que despertó la orfebrería de Puná, en cuantos tuvieron ocasión de admirarla en la exposición realizada en Lima. Tomebamba de los Cañaris, ocupaba el segundo lugar después del Cuzco en importancia y sus edificaciones competían con las mejores del Imperio. Usos, costumbres, idioma, religión, subsistieron en muchas partes del Reino de Quito, pese a la conquista del Inca y ello contribuyó no poco para que se disgregara el Imperio a la muerte de Huayna-Cápac, quien en su testamento lo dividió entre sus dos hijos: Atahualpa, nacido en Quito, y Huáscar, dando a este último el Cuzco y al primero el Reino de Quito. Los españoles habían desembarcado ya en Atacames, cuando murió Huayna-Cápac.



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A la muerte de Huayna-Cápac, Huáscar declara la guerra a Atahualpa

Don Horacio H. Urteaga, Miembro del Instituto Histórico del Perú, en su libro El fin de un Imperio, publicado en Lima en 1935, ha puesto en claro cómo Huáscar, mal aconsejado por envidiosos y desleales que conocían su modo de ser, «incapaz de ejercitarse en empresas militares, ni en vastos planes de expansión», todo lo contrario de su hermano Atahualpa que era de espíritu emprendedor y activo, concibió contra éste odio mortal, al suponer, como le decían, que Atahualpa aspiraba a coronarse como Inca, no contento con ser Rey de la porción de los dominios imperiales que le habían sido dados en el testamento de Huayna-Cápac, esto es de los que formaban la gobernación o Virreinato de Quito.

Huáscar, de carácter violento e irascible, no sólo ultrajó a su madre, Arahua-Callo, sino que sometió al tormento a su tío Cusi-Tupac-Yupanqui, por creerlos adictos a Atahualpa. Por fin, habiendo Atahualpa enviado al Cuzco una embajada de nobles quiteños, portadora de mensajes de felicitación y de preciosos regalos para el nuevo Inca Huáscar, este último, en el colmo de su insensatez, hizo dar muerte a los embajadores y dio orden de abrir inmediatamente campaña sobre Quito, nombrando al valiente general Atoc jefe del ejército que debía marchar contra Atahualpa, al que calificaba de rebelde.

Vino a complicar la situación el haberse declarado los Cañaris y los Huancavilcas, que habían sido siempre rivales de los quiteños, ostensiblemente partidarios de Huáscar. Habiendo fallecido el curaca gobernador de los Cañaris, el que debía sucederle creyó del caso acudir no donde Atahualpa sino donde Huáscar para pedir la confirmación de su título. Atahualpa nombró curaca de los Cañaris a uno de sus partidarios, residente en Tumipampa, y al saber que Cañaris y Huancavilcas   -43-   se agitaban en rebeldía, sacó sus tropas de Quito y atacó a los destacamentos de Tumipampa y los pasó a cuchillo. Huancavilcas, Cañaris y los de la isla de Puná trataron de organizarse para resistir a los de Quito, pero los venció Atahualpa, arrasó Tomebamba y degolló a sus pobladores. Huáscar, entre tanto, declaraba traidor y sacrílego a su hermano Atahualpa y ordenaba al general Atoc partir sin dilación, para traerlo vivo o muerto a la capital del Imperio, el Cuzco.- Escribe Horacio H. Urteaga:

«La guerra fratricida fue ya inevitable. Las gentes pacíficas vieron con dolor este alistamiento para una lucha que había de ser cruentísima, motivada por pasiones tan violentas y odios tan encarnizados; y hubieron de llorar amargamente cuando las músicas militares anunciaron la salida de las tropas por la amplia vía abierta hacia el Norte, en dirección al Chinchasuyo: un respetuoso silencio los despedía, como fatal augurio de grandes calamidades».


(Obra citada, páginas 93 a 101)                


Empeñada la guerra fratricida, Atahualpa derrotó a los ejércitos de Huáscar, y con sus generales Calicuchima y Quizquiz abrió para sí las puertas del Cuzco. Huáscar mismo cayó prisionero.

Se ha notado, por distinguidos escritores, que la guerra entre Atahualpa y Huáscar fue una verdadera guerra de límites, pues que este último no acató las disposiciones de su padre Huayna-Cápac, que señaló lo que a Atahualpa debía corresponderle para su gobierno propio, entre Tumbes por el Sur y las tribus de los Quillasingas por el Norte.

Recordemos que Atahualpa fijó su residencia en Cajamarca, en donde había de perder el Imperio y la vida a manos de Pizarro.



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El período indígena en la historia americana

Con la muerte de Atahualpa se cierra el período indígena en la parte de historia americana que con nosotros se relaciona, según la denominación aceptada por el doctor Juan Comas, Coordinador del Instituto Panamericano de Historia y Geografía.

En este período vemos cómo las tribus indígenas autóctonas de nuestro territorio, que no eran por cierto tribus salvajes, según los testimonios que han quedado de su civilización, fueron sometidas a la dominación incásica que llegó del Sur, como invasión reciente a las tierras que ahora llamamos Ecuador.

La ocupación del territorio por Conquistadores españoles, acabó con la autoridad de los Incas, pero también dio fin a la que había sido organización indígena propia de las tribus quiteñas, todas las cuales quedaron definitivamente sometidas al Conquistador extraño, venido desde Europa, que hizo tabla rasa de la que había sido autóctona civilización americana, en cuyo aprecio y conocimiento vamos adelantando día a día, a medida que progresan las investigaciones y descubrimientos arqueológicos.




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División de la historia patria según Belisario Quevedo

A propósito de la llegada de los españoles a América, escribió Belisario Quevedo en su Texto de Historia Patria, lo siguiente:

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«Mediante este suceso, nuestra Patria que como toda América, estaba separada del curso general de la Humanidad y de la Historia Universal, entró en ese curso y tomó parte en la Historia, recibiendo la sangre, la religión, las artes, las ciencias y las costumbres, de un pueblo altamente culto».


(Obra citada, página 15. Edición de Quito, de 1942)                


La historia patria, como anota nuestro ilustre compatriota Quevedo, se divide naturalmente en tres partes: la primera, desde los más antiguos tiempos hasta la llegada de los españoles, la segunda, desde este hecho hasta la guerra de la Independencia, y la tercera desde esta guerra hasta nuestros días. Y agrega el mismo pensador que en la primera parte los datos son tanto más vagos y dudosos cuanto más lejos nos vamos remontando en el pasado; en la segunda tenemos ya relaciones escritas, monumentos y otras fuentes de saber precisas: se puede señalar cuándo comienza ese período y cuando termina. La tercera parte, en actual desarrollo, comienza con la guerra libertadora y llega hasta el momento actual.




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Parecer del historiador peruano, reverendo padre Rubén Vargas Ugarte

El notable investigador R. P. Rubén Vargas Ugarte, a su vez, al hablar de la historia del Perú dice que pueden distinguirse en ella tres épocas: Incaica, Colonial y Republicana, siendo de advertir eso sí, agrega, que sería un error creer que estos tres períodos no se hallan vinculados entre sí y que hay entre ellos   -46-   solución de continuidad. Lo afirma así en su celebrada monografía Síntesis del Perú Colonial, publicada en Lima el año de 1950. Anota el padre Vargas que los elementos de raza y medio, enlazan estos tres períodos unos con otros.

Si la historia del Perú arranca del Imperio fundado por los descendientes del legendario Manco, la de nuestra Patria ecuatoriana también se inicia con las noticias de las tribus indígenas que vivieron en nuestro suelo y con las luchas que hubieron de sostener en defensa de su autonomía, a las que antes hemos hecho referencia. Mas la historia verdadera de los países llamados a sobrevivir y desarrollarse incesantemente, comienza una vez que los Conquistadores españoles se asentaron definitivamente en suelo americano y se fundieron con el elemento indígena que encontraron en él.




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¿Cuál fue el ideal perseguido en la conquista española?

Una interrogación, dice el padre Vargas Ugarte, se han hecho en todo tiempo, los investigadores: ¿fue la conquista de América por España únicamente la hecatombe sangrienta del indígena, perpetrada por un grupo de aventureros, ávidos de riquezas?

La pregunta equivale a indagar cuál fue el ideal de la conquista, y el distinguido jesuita peruano recuerda que para algunos se redujo a saciar la sed de oro que consumía a los que a ella vinieron, al paso que otros han visto en el conquistador al cruzado de la fe, ansioso de extender el reino de Cristo en regiones ignotas.

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Ambas maneras de enfocar el problema se alejan de la verdad. Los hombres no proceden guiados únicamente por ideas abstractas o por inconfesables apetitos. Los españoles que pasaron a la América descubierta por Colón, lo hicieron a la vez con el afán de encontrar riquezas que les redimieran de necesidades y angustias y también movidos del celo de difundir la religión de Cristo. En la época de la conquista, subsistía en España el impulso guerrero que había llevado al pueblo a luchar con los moros y existía también en los espíritus una arraigada fe religiosa y un anhelo de que todos participaran de ella. Los dos impulsos no se excluyen ni se contradicen. Se podía trabajar por la fe católica y a la vez era dable obtener los bienes materiales, el oro y los servicios personales, que asegurarían el porvenir de los felices descubridores y pobladores de América. Fines económicos y fines espirituales integraban, así, el impulso que llevaría a cumplir hazañas de veras legendarias a una raza de hombres que a la distancia de siglos nos parece de titanes.

Se ha anotado, acertadamente, que a la época de la conquista el celo religioso por extender la fe y combatir las herejías, formaba parte del ideal de España y que ésta acometió la conquista del Nuevo Mundo como empresa civilizadora y cristiana, movida por altísimo idealismo. Si el cruzado de Palestina, escribe el padre Vargas, llevaba en su pecho el ideal religioso, también lo tenía el conquistador de América, conjuntamente con el ansia de enriquecimiento y de dominación sobre los habitantes del Continente descubierto hacía años. Pasión religiosa y pasión del oro: dos móviles que explican la conquista de América.



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Una ojeada a la sorprendente civilización de los Incas, según Rafael Kartsten

Después de una vida toda ella consagrada a estudios e investigaciones sobre el pasado de América, el notable profesor de la Universidad de Helsingfors, Rafael Kartsten, fallecido en 1956, nos dio su libro titulado La civilización del Imperio Inca. Un Estado totalitario del pasado, traducido al francés y publicado en 1952 en la Casa Payot de París.

Creo oportuno transcribir aquí algunos párrafos de la «Conclusión» de tan notable trabajo, que resumen adecuadamente lo que debemos opinar de aquella civilización y de la obra de España en el Nuevo Mundo. Dice así el profesor Kartsten.

«Se puede mirar como hecho bien establecido, que los Incas no se quedaron en el estado de organización por ayllus. Sobre las bases sentadas por las tribus peruanas, centenares y aun millares de años antes de que aparecieran los Incas, estos últimos crearon un nuevo orden social y político, un verdadero Imperio que, considerado en el cuadro de su época, ha de estimarse casi como sin paralelo alguno en la historia.

»El reino del Tahuantinsuyo en tiempo de Pachacutec, de Tupac Yupanqui y de Huayna Cápac, no era, como afirma Curnow por ejemplo, un mero agregado de tribus, más o menos hostiles entre ellas: era un Estado, en el sentido moderno de la palabra, de tal modo imponente que no puede menos de atraer nuestra admiración, pues, demuestra el genio de los hombres que lo fundaron.

»La enorme extensión del Imperio, resultado de un sorprendente poder militar y de una muy hábil política, a la vez que su organización interior con la jerarquía de funcionarios de todos los rangos y el maravilloso sistema administrativo que parece haber   -49-   funcionado con la precisión de un mecanismo bien regulado, todo ello se debió a los Incas.

»El hecho de que este gran Imperio tan bien organizado -diríamos que demasiado bien organizado- se haya desmoronado relativamente pronto bajo los golpes de un enemigo muy inferior es otro asunto, y proviene de circunstancias de las que dijimos ya algunas palabras. Hay que buscar la causa, en parte en la inercia y en la pasividad características aún hoy de los indígenas del Perú y de Bolivia, que viven en las montañas. El Imperio Inca estaba también ya en decadencia cuando aparecieron los españoles. Se había iniciado un proceso de desintegración que tarde o temprano habría ocasionado su ruina. Además y éste es un hecho capital, los Indios de la América del Sur hubieron de enfrentarse por vez primera con una raza de civilización superior y de 'diplomacia' de métodos violentos, desprovistos de escrúpulos, que les superaba en todo.

»Hay una cuestión que deseamos dilucidar en pocas palabras. En la época de la conquista española y después de ella, algunos escritores han tratado de acreditar la opinión según la cual la ley 'totalitaria' de los Incas era en esencia una tiranía insoportable que no merecía otra suerte que la de ser destronada. Los autores de la escuela de Toledo hasta han pretendido que la conquista española fue beneficiosa para el pueblo peruano. Es una idea que aparece constantemente, por ejemplo, en la Historia de Sarmiento de Gamboa. Es ésta una manera de presentar las cosas que conviene refutar. No es raro oír que el poder absoluto del soberano, por lo menos en el apogeo del Imperio, traía como consecuencia una cruel opresión para el pueblo y que el soberano era temido y odiado. La exposición que hemos hecho sobre el carácter teocrático del Imperio Inca y sobre las relaciones existentes entre los súbditos y su monarca 'divino', demuestran que ésta es una opinión injustificada.

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»La ley de los Incas era rigurosa y rígida, pero era justa. Es cierto que existía diferencia muy marcada entre las diversas clases sociales y que el gobierno ejercía supervigilancia muy estrecha sobre las clases medias e inferiores; pero esta supervigilancia la estimaba el pueblo perfectamente natural y los súbditos del Inca apreciaban mucho las precauciones tomadas para que los señores y los funcionarios no oprimiesen a los desvalidos.

»El aspecto más admirable de la civilización Inca, aparte de su sistema político, era, en mi opinión, su legislación social mediante la cual los soberanos habían tomado medidas cuya utilidad y necesidad sólo muy recientemente han asomado en las naciones civilizadas en Europa. Ningún Estado, ni aun en la época moderna tomó tanto afán para asegurar que los más humildes miembros de la colectividad, los más pobres y desheredados, fuesen protegidos por la sociedad y pudiesen llevar una existencia digna del ser humano.

»El período colonial español vio nacer un estado de cosas radicalmente diferente: una raza extranjera, completamente ignorante de la psicología de los Indios, animada del deseo desenfrenado de destruir y de enriquecerse, se apoderó del poder en el antiguo Imperio Inca. El libro del escritor indio, Huamán Poma Ayala, nos relata cuán profundamente sintieron los antiguos súbditos del Inca la terrible opresión bajo la cual vivieron después de la conquista española. Sabemos que el libro fue precisamente compuesto para llamar la atención del gobierno español hacia las graves faltas y los abusos de la administración colonial. Debemos subrayar, para concluir, que a pesar de todo no hemos de reprobar con exceso a los españoles su conducta, pues que ellos no se portaron en conjunto, con sus súbditos de color, peor que las otras potencias coloniales. Los anglosajones y los franceses que con el alcohol, las matanzas y las salvajes guerras de exterminio sometieron a los Indios de la América del   -51-   Norte, no fueron más humanos que los españoles en la América del Sur. Monarcas como Carlos Quinto y Felipe Segundo por lo menos ensayaron, mediante disposiciones legales, aliviar los sufrimientos de sus miserables súbditos de color, bien que estas leyes se mostrasen ineficaces en la práctica. Por regla general, los sacerdotes españoles hicieron esfuerzos para proteger a los indígenas y las razas anglosajonas no han sido capaces de producir en América del Norte un defensor de dos derechos de los Indios que pueda compararse a Bartolomé de las Casas.

»Y hay que recordar también que no es sólo bajo la dominación española cuando los indios del Perú han conocido la opresión. Todavía ahora, los herederos de la civilización del antiguo Imperio, viven en condiciones sociales casi intolerables, que llevarán fatalmente a una crisis, tarde o temprano».


(Obra citada, páginas 254 a 257)                





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Pronto se supo de las tierras situadas hacia el Sur. Trayectoria de Francisco Pizarro

En el afán conquistador y descubridor, pronto se conocen las noticias acerca de unas tierras situadas al Sur de las que ya se había encontrado en un primer momento. Allí estaría la verdadera Castilla del Oro que algunos descubridores creyeron hallar en las tierras del Istmo y en el Golfo de las Perlas.

Para la empresa en esas nuevas tierras del Sur, se comprometen con un contrato Pizarro y Almagro,   -52-   Luque, Andagoya y Basurto, cuyas labores de descubrimiento se inician en 1524. Las primeras tentativas no obtienen buen resultado y Luque pide ayuda al licenciado Espinosa el 10 de marzo de 1526. Andando los meses se rescindirá el contrato celebrado con él, pero se mantendrá en todo tiempo una especie de compañía entre los socios de la primera hora. El año de 1526 se señala en la historia como aquel que permitió llegar hasta la Bahía de Atacames a los expedicionarios, en tierras sometidas a los Incas. Hay que mirar al piloto Bartolomé Ruiz como al verdadero descubridor del Perú. Había él dejado a Pizarro a orillas del San Juan, mientras Almagro regresaba a Panamá en busca de refuerzos. Viene luego la hazaña de Pizarro y de los que en la Isla del Gallo decidieron con él atravesar aquella línea que marcaba el derrotero por donde se iría a la fortuna y a la fama, venciendo con audacia lo desconocido. Partieron de la Gorgona para descubrir el Sur en el pequeño barco que había traído Bartolomé Ruiz de Panamá. Quedaron asombrados al contemplar el golfo de Guayaquil, «rodeado de verdura, mientras en lontananza se dibujaban las crestas de los Andes, coronadas de nieve», como escribe el autor de la Síntesis del Perú Colonial.

En este sitio se encontraron con embarcaciones tripuladas por indígenas: eran los tumbecinos y guiados por ellos llegaron al puerto de Tumbes, entrada del Imperio peruano.

Decidieron regresar a Panamá, pues, lo que habían visto era suficiente para despertar la codicia del descubrimiento y conquista, pero faltaban para ello los medios necesarios. A buscarlos partió Pizarro a España y a firmar también con el gobierno español las «capitulaciones» de la conquista del Perú, porque hay que recordar que la empresa de la conquista de América era un negocio de interés particular, en   -53-   el que los conquistadores españoles tenían que actuar por su cuenta y riesgo, sujetándose a las concesiones que les había hecho la Corona de España, en orden a los territorios que descubrieran y pacificaran. Toda conquista y descubrimiento entrañaba un contrato bilateral. Anota el padre Vargas que en ese contrato «el Estado se comprometía a otorgar mercedes y franquicias y otros gajes al Capitán o Adelantado, y éste, en cambio, se obligaba a costear la empresa, llevarla adelante con su persona y bienes y sujetarse a las instrucciones que se le diera al respecto».

Las capitulaciones para la conquista del Perú se firmaron en Toledo, entre la reina doña Juana la Loca y Francisco Pizarro, el 26 de julio de 1529, «para continuar, dicen ellas, la dicha conquista y población, a su costa y minsión». Desde luego, esas capitulaciones tenían un molde legal al cual debían sujetarse, pues, ya el 17 de noviembre de 1526, Carlos Quinto había mandado promulgar en Granada las Ordenanzas e Instrucciones sobre Descubrimientos, en previsión de los que habían de ocurrir en el devenir de los años.

Salió Pizarro de Sevilla, acompañado del padre Valverde, en 1580, y en diciembre de ese año tomaba rumbo a Tumbes, «sin la gente y vitualla que convenía», como dijo en carta al Rey el licenciado La Gama. Con Pizarro viajaron desde Sevilla sus hermanos Hernando, Gonzalo y Juan y, a más de Valverde, el dominico fray Reginaldo de Pedraza.

De Panamá salieron ciento ochenta infantes y veintisiete caballos. Recalaron en San Mateo y acordaron continuar por la costa. Sin los auxilios que llegaron con el tesorero Riquelme y en especial sin los que desde Nicaragua trajo Benalcázar, que alcanzó a Pizarro en Puerto Viejo, habría sido imposible seguir adelante, pues, enfermedades y muertes afligieron a las tropas del descubridor del Perú.

El cuartel general lo establecieron en la Isla de Puná y con los refuerzos que allí llevó en dos navíos   -54-   Hernando de Soto, consistentes en cien infantes y unos pocos caballos, pasó el conquistador a Tumbes, que habían asolado sus habitantes.




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Hacia Cajamarca. Mayo 24 de 1531

En mayo 24 salió Pizarro hacia Cajamarca con sesenta y siete hombres de a caballo y ciento diez de a pie. La lucha entre los partidarios de Atahualpa y los de Huáscar seguía cada vez con más violencia. El día viernes 15 de noviembre de 1531 pudo contemplar Pizarro por vez primera la ciudad incaica de Cajamarca, desde una eminencia. Dividíase en dos partes: en una de ellas se alzaban las casas reales, en otra el campamento del ejército del Inca, bajo toldos de campaña.

Son conocidos los sucesos posteriores y cómo, en un arranque de audacia y de valor propio de esos tiempos y esos hombres, Pizarro tomó preso a Atahualpa en su propio campamento.

Dos puntos ha aclarado el padre Vargas Ugarte en la valiosa monografía antes citada y de la que nos hemos servido para resumir los acontecimientos que estamos recordando.

Fray Vicente Valverde leyó al Inca el «requerimiento», alegato en que se exhortaba a las nuevas gentes a reconocer la soberanía de los Reyes de Castilla, a recibir de paz a sus enviados y a aceptar la fe que se les iba a predicar. Se prescribía esta lectura en las Instrucciones para los nuevos descubrimientos; el texto lo había compuesto el doctor Palacios Rubio.   -55-   Valverde, al ver la actitud amenazadora de Atahualpa, no tuvo más que hacer que volverse a los suyos y animarles a hacer uso de sus armas.

El otro punto se relaciona con el número de indios muertos en la refriega que siguió a este hecho. Parece que debe fijarse en el de dos mil el número de muertos.




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Muerte del Inca, 29 de agosto de 1533

Conocemos ampliamente lo relativo a la oferta de rescate que hizo el Inca, y lo que del oro que reuniera Atahualpa correspondió a los españoles que le habían apresado. No se han conservado ni el proceso ni la sentencia dictada contra el Inca, ajusticiado el 29 de agosto de 1533 y al que se le acusó de dos delitos: haber ordenado la muerte de su hermano Huáscar y haber dispuesto que se acometiera a los españoles. Ninguna de estas acusaciones es válida, pues, no consta que fuera Atahualpa quien dispuso el suplicio de su hermano y en cuanto a lo segundo, como todos convienen en ello, no es delito jamás la propia defensa, sino por el contrario cosa enteramente lícita.

Salió Pizarro de Cajamarca el día 15 de setiembre de 1533, con dirección al Cuzco. Antes fundó, en el mismo año, la población de Jauja. Ocupó con sus tropas, unidas a las de Almagro y a las de Hernando de Soto, la llanura de Jaquijaguana, aquella en la que años más tarde sería vencido su hermano Gonzalo Pizarro. En Jaquijaguana fue quemado Calicuchima, acusado de haber asesinado al hermano menor de   -56-   Huáscar, Tupac-Huallpa, al que había proclamado Pizarro como soberano indio, y de estar en conversaciones con Quisquis para atacar a los españoles.

El día 15 de noviembre de 1533 entró Pizarro en el Cuzco, cuya defensa habían abandonado las fuerzas del Inca, luego de incendiar los almacenes y palacios reales. La fundación española del Cuzco se hizo el día 23 de marzo del año siguiente, 1534.




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Qué causas facilitaron la Conquista del Perú

Al sociólogo y al historiador le interesa averiguar qué causas contribuyeran a facilitar a las huestes de Pizarro la conquista del poderoso Imperio del Perú. No he hallado mejor resumen de ellas que el elaborado por el padre Rubén Vargas Ugarte en su Síntesis del Perú Colonial, que me place reproducir aquí.

Las conquistas incaicas habían dado a sus dominios una extensión desmesurada. Muchas tribus o naciones no habían sido sometidas sino en parte, como ocurría precisamente con las de la comarca de Quito. Los orejones, nervio del Estado, se habían enervado en el mando y perdido la unidad con los privilegios creados por el Inca; se había multiplicado la clase de los yanaconas o siervos, y el reparto de las tierras a los orejones había disminuido la producción y aumentado las cargas sobre los demás. Las crueldades de Huayna-Cápac le enemistaron con muchos súbditos. Las matanzas de Atahualpa hicieron que fuera odiado y que desapareciera la veneración con la que se trataba al Inca. El régimen socialista de los Incas había acostumbrado a los indios al yugo   -57-   y a la sumisión; su inercia y pasividad les llevaba a someterse fácilmente, en cuanto despareciera el jefe; su estrecha mentalidad no negó a medir el alcance de un cambio de dominación. Pizarro se aprovechó de su docilidad y del respeto a la autoridad del Inca y se sirvió hábilmente de miembros de la familia de este último y de los principales jefes, para tener a raya a los súbditos del Inca. En suma, sin las luchas intestinas en el país de los Incas, la conquista no se habría realizado tan rápidamente.




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Alvarado en Bahía de Caráquez

Estando Pizarro en el Cuzco, recibió aviso de que don Pedro de Alvarado había desembarcado en la bahía de Caráquez y al saberlo destacó inmediatamente a Almagro para que fuera a unirse a Sebastián de Benalcázar que desde la primera población fundada por el Conquistador en el Perú había partido a Quito, en razón de figurar el Reino de Quito dentro de los territorios que la Corona de España reconocía en favor de Francisco Pizarro en las estipulaciones acordadas con él.

En Riobamba se juntaron Almagro y Benalcázar y la lucha con las hueste de Alvarado se evitó con el acuerdo a que llegaron estos capitanes. Almagro y Alvarado partieron en busca de Pizarro que a la sazón se hallaba en Pachacámac. Hízose la paz en términos satisfactorios y Alvarado regresó a Guatemala dejando en tierras de Quito y del Perú la gente que con él había venido.



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Fundación de Lima. Los Cabildos Civiles

Pizarro resolvió fundar una ciudad en el valle del Cacique de Lima, repartiendo solares a los vecinos de Jauja, que abandonaron su primer asiento y pasaron al nuevo. Surgió así el 18 de enero de 1535 la Ciudad de los Reyes, que había de ser Metrópoli de la América Austral.

El año anterior, 1934, había sido fundada ya la Ciudad de San Francisco de Quito. Las ciudades habían de ser los asientos civilizados desde donde irradiarían a las regiones todas del territorio los beneficios de la cultura traída a América desde el antiguo Continente. Sus Cabildos Seculares serían el trasunto de los Municipios castellanos y la fuente de donde emanaría todo impulso civilizador y creador, no menos que el baluarte de las libertades que comenzaban a decaer en la Península. El estudio fundamental sobre esta materia, del que no se puede prescindir, es el del insigne americanista padre Constantino Bayle, de la Compañía de Jesús, titulado: Los Cabildos Seculares en la América Española, publicado en Madrid el año de 1952, al que hemos de recurrir en todo caso.

La fundación de las ciudades fue el arraigo que a la tierra tuvieron los que habían venido en son de guerra al Continente Americano. Nacía así una nueva forma de cultura y de vida; nacía América española. Dejadas de lado las armas, comenzaba el roturar y cultivar de las tierras; se iniciaba el laboreo de las minas, principiaban los trabajos e industrias que habían de llenar necesidades imprescindibles de los núcleos de vida. Se lograba también así, como lo han anotado los historiadores, la fusión entre la ciudad y el campo. Quedaron, claro es, algunos que empleaban su tiempo en empresas bélicas: Almagro partió a Chile, Gonzalo Pizarro se fue a las Charcas, pero la generalidad se asentó en las tierras que les tocó en el reparto de las mismas para cultivarlas y hacerlas   -59-   valer. No pocos mezclaron su sangre con la indígena, y desde luego religión, idioma y costumbres trataron de introducir entre los habitantes autóctonos de la tierra que habían venido a descubrir y conquistar.

La lectura de los Libros de Cabildos, es, por todos estos motivos, la única que puede capacitarnos para seguir acertadamente y apreciar como es debido el desarrollo y crecimiento de nuestra Patria Ecuatoriana. Por ello, no hay empresa que pueda estimarse de mayor interés patriótico que la encaminada a publicar por la imprenta la totalidad de los Libros de Cabildos que guardan en sus Archivos las Municipalidades ecuatorianas. Muchos de esos venerables Libros se han perdido ya, desgraciadamente; es tiempo de que se salve de extravíos, incendios y robos lo que aún queda de los mismos, pues, en ellos se consignan día a día los esfuerzos creadores de nuestros antepasados, merced a los cuales se formó la que hoy llamamos República del Ecuador.




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Breve apreciación de las Fuentes para la historia de América

Vale la pena, con esta oportunidad, de ahondar un tanto, siguiendo a escritores de renombre, en lo que podríamos llamar estimación o valuación de las fuentes para la historia de América.

El ilustre profesor de las Universidades de Buenos Aires y La Plata, doctor Fernando Márquez Miranda, en su Ensayo sobre los artífices de la platería en el Buenos Aires colonial, expresa que debemos, hoy por hoy, negarnos al fácil halago de las vastas   -60-   síntesis, cuando tratamos de la historia de América, debiendo limitarnos, humildemente, a reunir materiales sólidos que habrá de utilizar ágilmente el historiador de mañana, materiales que reposan todavía en su mayor parte en los Archivos del Continente Americano y de fuera de él.

Esta observación y llamamiento a la humildad y sensatez, es particularmente preciosa para nuestra historia ecuatoriana, pues, apenas hemos comenzado a catalogar nuestros Archivos y ponerlos en orden, no se diga a hacer valer en debida forma documentos que ellos guardan y que son indispensables para el conocimiento acertado de los hechos.

El notable Rector de la Universidad de Tucumán, ya fallecido, doctor Juan B. Terán, del que escribió Javier de Cardaillac que en sus obras recuerda a Taine por la técnica y a Michelet por el estilo, en su libro sobre El Nacimiento de la América Española, traducido al francés, hace notar que para la historia de América, los documentos más importantes son los del siglo XVI: la época de la Conquista, la de la gestación creadora, la que ha decidido y determinado las demás. El doctor Terán analiza las fuentes de que disponemos para el estudio del período colonial en nuestra América, discrimen que raros publicistas han realizado con tanto acierto y competencia. No da importancia mayor, el célebre Rector, a las Leyes y Decretos Reales, al revés de otros que los han mirado como la más autorizada y pura. Esas leyes y decretos no expresan la realidad social: son meras manifestaciones de ideas y proyectos. Tienen un estilo enfático y elevado y abundan en consideraciones filosóficas y morales. Su tono autoritario haría creer que son órdenes que un capitán dirige a sus soldados. Atenernos a las Cédulas Reales y a las Reales Órdenes, para juzgar de la condición social de América en el siglo XVI, sería suponer que ellas fueron no sólo «acatadas» sino también «cumplidas». Y eso es lo que rara vez pasó. Las mismas Cédulas reconocen a cada   -61-   paso que las que se dictaron antes fueron vanas y recomiendan «que en el porvenir haya mayor vigilancia y celo por cumplirlas».

Tomando como base las disposiciones reales en favor de la raza indígena dominada y vencida, se podría creer que la conquista de América no redujo a dura esclavitud a los aborígenes de ella y que fue tan sólo empresa enderezada a su bienestar espiritual y material. Basándose en las ordenanzas reales se podría juzgar que los abusos de autoridades y encomenderos fueron refrenados a tiempo y corregidos, mas, como anota Terán: «Lo único que ellas nos revelan es la existencia de esos abusos y de esos atropellos, en perjuicio de los indígenas de América, sin que debamos hacernos ilusiones suponiendo que hicieron cesar el abuso y la esclavitud».

Las leyes, en la América colonial, se respetan por pura fórmula: en el fondo jamás se las observa. En frase lapidaria el historiador argentino agrega: «El respeto escrupulosa de la forma, era el rescate del desprecio que se hacía del fondo de la ley». Las Leyes de Indias no tienen, pues, todo el valor que podría suponerse a primera vista, para juzgar del pasado de América.

Mayor valor poseen los Expedientes de servicios y méritos, presentados a la autoridad real por los conquistadores y sus hijos, en busca de mercedes y de concesiones. Allí se reúnen y relatan hechos que ayudan a penetrar mejor en la confusa época colonial, si bien como piezas preparadas ad hoc para alcanzar un fin determinado, tienen que mirarse con prudente recelo. Cita don Juan Terán estas palabras de un Auditor del Monarca español: «Tenga desconfianza, porque entre testigos e interesados, hay muchas colusiones tratándose de servicios que se pretende haber prestado a Vuestra Majestad».

No se ha de descuidar, para el estudio de la Colonia, los procesos civiles y criminales; los testamentos   -62-   y las memorias secretas de las Órdenes Religiosas. Allí, mejor que en las Cédulas y que en los Expedientes de servicios, se descubre la realidad que tanto importa conocer.

Ocupan sitio de honor muy merecido, las Relaciones de los Cronistas que fueron a la vez actores en los acontecimientos que relatan. Así acontece con Bernal Díaz del Castillo, con Pedro de Cieza de León, con Zárate, con Jerez. Ocurre lo propio con el insigne dominico fray Bartolomé de las Casas, un tiempo encomendero de indios en Santo Domingo, convertido luego y que ingresó al sacerdocio abrasado de amor por los indios, para emprender su defensa en América y en España. Su vida acaba de ser escrita nuevamente, en forma sencilla, emocionada y hermosa, por una hermana suya de hábito, sor María Rosa Miranda, en volumen que ha publicado en Madrid en 1956 el editor Aguilar y que ha prologado el Director de la Biblioteca Nacional, don Luis Morales Oliver, conocido y apreciado ya en el campo de las letras por sus estudios sobre Miguel de Cervantes Saavedra. Sin ningún aparato bibliográfico, ni acopio de citas y documentos, sor María Rosa Miranda nos ha dado un libro ceñido a la verdad, que ella lo ha preparado con muchos años de asiduo estudio y meditación sobre El Libertador de los Indios. Como obra de divulgación serena de un difícil tema histórico, merece señalarse este libro a la atención de los que no juzgan que sólo han de leerse los escritos de firmas consagradas por la fama.

Del respeto que por la verdad tuvieron, en hora buena, algunos Cronistas de Indias dan testimonio las palabras de don Antonio de Herrera, que desgraciadamente jamás estuvo en América, y que cita también don Juan Terán. Dicen así:

«Se debe tener en cuenta el honor del Cronista que escribió su historia con documentos traídos de las Indias. Si hay piezas nuevas que desmienten las primeras, desde ahora y sin necesidad de ningún proceso   -63-   este historiador se declara convencido». Hermosa frase, que revela todo el valor que Herrera atribuía a la verdad.

Fuente principalísima para el conocimiento de nuestro pasado colonial, obscuro e intrincado, de ese que aún pesa duramente en el presente, son las «Actas» en que se asentaron las resoluciones, ordenanzas y disposiciones de nuestros Cabildos. Ellas expresan las preocupaciones, necesidades y problemas de los tiempos en que la nacionalidad comenzaba a afirmarse. En ellas se consignan desde el primer momento normas para la defensa de la raza autóctona, sometida a dura servidumbre, al paso que se consagra también en no pocas veces la distinción de razas, como ocurre con las severísimas penas que se impone al infractor de una Ordenanza cuando él pertenece a la clase indígena. Los Libros de Cabildos arrojan así torrentes de luz sobre la realidad social y a ellos habrá de acudir quien trate de conocer el estado miserable de los indígenas en nuestro suelo, para entregarse luego a amargas reflexiones acerca de lo poco que en cuatrocientos años hemos hecho en bien de una clase de veras infeliz.




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Funda Quito Sebastián de Benalcázar, con independencia de la Gobernación del Perú, en 1534

Desde la primera población fundada por Francisco Pizarro en el Perú, avanzó a Quito el que había sido su capitán y apoyo eficaz en las horas difíciles de la conquista: Sebastián de Benalcázar, encargado de actuar   -64-   en nombre del Marqués en las tierras comprendidas dentro de la concesión que le había hecho la Corona de España.

La obra conquistadora de Benalcázar se facilitó grandemente con el apoyo que encontró en los Cañaris, en cuyo recuerdo se conservaban frescos los degüellos inmisericordes de Atahualpa en el Cañar. Se había alzado con el gobierno de los territorios indígenas de Quito, Rumiñahui, y contra él cooperaron los cañaris, ayudando a Benalcázar.

Los Libros de Cabildos de Quito enumeran en detalle los actos de fundación cumplidos en territorio del antiguo Reino de Quito, a partir de 1534, fecha en la que se asientan los primeros vecinos para crear la Ciudad de San Francisco de Quito, llamada así en recuerdo del conquistador Francisco Pizarro.

De ella partió Benalcázar para descubrir y conquistar el territorio de la Nueva Granada. Digno es de notar que Benalcázar organizó el antiguo Reino de Quito con independencia de la Gobernación del Perú, y encargó a sus compañeros de armas hacer fundaciones en los territorios descubiertos y conquistados, que debían llamarse «asientos» y servir en el futuro para que se convirtieran en villas y ciudades. Al Sur de Quito teníamos así los asientos de Latacunga, Ambato, Cañar, mientras al Norte se creaban los de Cayambe, Otavalo, Huaco y en la costa los de Portoviejo y Guayaquil, en tierra de los huancavilcas. A Benalcázar tampoco le fue desconocida la región de la Canela.



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España y Quito

Cuando se fundaba Quito, ¿cuál era la situación de España? ¿Qué le debe a España la causa de la civilización?, preguntó un día Mr. Masson, queriendo dar a entender que en realidad nada le debía. ¿Fue una desgracia para América el que la conquistaran los españoles? Muchos lo han afirmado así, pero, afortunadamente si un tiempo fue elegante y aceptado denigrar todo lo español, hoy se hace el indispensable discrimen entre lo que de censurable tuvo la conducta de los conquistadores y la obra laudable cumplida por ellos en el Nuevo Mundo. La verdad es muy compleja casi siempre, para que se la pueda encerrar en una sola frase, cuando se trata de la conducta de los hombres. Muchos libros y documentos vieron la luz en la primera mitad del siglo veinte que ya no permiten denigrar sin distingos lo español.

Al tiempo que se descubría el Perú y se fundaba Quito, la nación española tenía la primacía en las letras, en las artes y en las ciencias, así filosóficas y religiosas como físicas y naturales. Los estudios de don Marcelino Menéndez y Pelayo, de don Julio Cejador, de don Antonio Ballesteros y Beretta, de don José María Salaverría, para no citar sino los más conocidos, confirman ampliamente este aserto. A esas voces de España se han juntado las de distinguidos investigadores extranjeros, en la tarea de volver por el buen nombre de la raza ibérica, acusada injustamente de todos los defectos y de todas las taras, por los que no quisieron ver en ella sino sombras. Fitz Maurice Kelly, Annig Bell en Inglaterra; Arturo Farinelli en Italia; Morel Fatio, Pierre Paris y Alfredo Baudrillart en Francia; Ludwig Pfandl en Alemania; Archer Milton Hungtinthon, Artur Schevill y Charles Lumis, en los Estados Unidos, han conseguido destruir la leyenda formada en torno a España, por los que en ella querían que a lo sumo se vieran sólo las   -66-   hogueras de la Inquisición, quitándole toda parte en el progreso de la especie humana y abominando totalmente de su obra en América del Sur.

No es indiferente para nosotros que, cuando se descubría el Perú y se fundaba Quito, España se hubiera hallado en decadencia u ocupara, por el contrario, la primacía entre todos los pueblos; que cuando sus hijos se asentaban por vez primera como vecinos de Quito, fueran parte de una raza endeble y gastada, sin virilidad ni iniciativas y en plena decadencia, o, por el contrario, miembros de un pueblo magno en la investigación de la verdad, desbordante de energías, pleno de vida, valeroso y audaz en los combates, fuerte en la resistencia, capaz de soportar la adversidad y recio en todas las circunstancias de la existencia. Si los hijos son trasunto fiel de los padres y si no es indiferente que éstos gocen de salud y de virilidad cuando trasmiten la vida a sus descendientes, el proceder nosotros los quiteños de padres que alcanzaron su apogeo cuando se asentaban en la Villa de San Francisco de Quito, es prenda de que poseemos virtualidades que bien encaminadas harán del nuestro un pueblo de los primeros de este Continente.

Cuando España fundaba Quito, extendía sus dominios desde Flandes hasta Roma; Carlos Primero de España era Quinto en Alemania. Ni era sólo el poderío militar y material el que hacía de ella la primera potencia del siglo dieciséis: su aporte era magno en todos los aspectos de la cultura. Para convencerse de ello basta abrir el libro de don Julio Cejador y Frauca, dedicado a La Época de Carlos Quinto. Todas las grandezas españolas del siglo XVI, debiéronse a la raza, afirma Cejador, por aquel entonces sana, entera y como llegada a su cabal madurez; bien encauzada en la reventazón juvenil de sus ardimientos y bríos por reyes tan notables como Fernando, Isabel y Carlos Quinto. Agrega luego Cejador, que la raza aquella daba de sí capitanes y maestros de capitanes; teólogos y maestros de teólogos; conquistadores y estadistas,   -67-   prosistas y poetas; santos y fundadores religiosos.

El siglo XVI español, siglo de la fundación de Quito, fue el de Francisco de Vitoria, creador del Derecho Internacional; de Domingo de Soto, padre de la Filosofía del Derecho. Fue también el de Fernando de Córdova, que hacía reunir a la Universidad de París para discutir si cabía tanta ciencia en cerebro humano o si acaso era el Anticristo o tenía pacto con el demonio. El siglo de la fundación de Quito fue el de José Acosta y de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, observadores insignes de la naturaleza, cuyos libros no han pasado de moda y se reeditan y se leen en nuestros días; el de Sebastián del Cano, que por vez primera dio la vuelta al mundo; el de Juan de la Cosa, autor del primer Mapa de América; el de Martín Fernández de Enciso, que escribió la primera geografía de América. Fue también el de Eduardo López, primer viajero a las fuentes del Nilo; el de Melchor Cano, renovador de la pedagogía y de la cultura; el de Andrés Laguna, insigne botánico; el de Miguel Francés, llamado por las universidades de París y de Bolonia el Aristóteles español; el de Juan de Herrera, arquitecto, matemático e inventor de renombre perdurable. También fue el siglo de los primeros Cronistas de las Indias: Francisco de Jerez, Pedro de Cieza de León, Francisco López de Gómara, Oviedo y Valdez, Bernal Díaz del Castillo, merced a los cuales sabemos algo de lo que hubo en el Nuevo Continente a la llegada de los conquistadores.

No fue España pueblo sin importancia cuando vinieron a América sus primeros hijos; ni su aporte al progreso de la humanidad despreciable. En América continuó la obra de cultura fundando las primeras escuelas y las primeras universidades, preocupándose también con la educación de la raza dominada, dígalo fray Jodoco Ricke, más notable que por haber importado el trigo a nuestra Patria, por haber creado   -68-   en ella el primer instituto de educación de los indios en territorio ecuatoriano. Oigamos a Julio Cejador:

«¿Qué se debe a España, qué ha hecho por la civilización europea? La supina ignorancia que suponen semejantes preguntas sube de punto cuando las oímos de labios españoles, no de varones maduros que tienen bien tanteado el valor real de nuestra raza, que conocen lo que España fue, que tienen bien asentado juicio sobre la vida, la religión, la política, sino de ciertos mozos que todavía no han tenido espacio bastante sino para pasear de sobrepeine ojos y pensamiento sobre las cosas y hojear algunas revistas y libros de los que hoy andan de moda, que son extranjeros, pues, para apechugar con viejos librotes españoles forrados de pergamino no habrían de descalzarse los guantes, retraídos a la soledad, y si son todavía de los que no saben vivir a solas y no salen de los salones, tertulias y Ateneos».






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Gonzalo Pizarro, Gobernador de Quito. Descubrimiento del Amazonas

El año de 1540 Francisco Pizarro nombró Gobernador de Quito a su hermano Gonzalo Pizarro, dándole autonomía para que rigiera el territorio comprendido entre los Pastos por el Norte y Tumbes por el Sur. En lo tocante a la región oriental, le dio amplias facultades para que pudiera conquistar así el País de la Canela como los ríos y tierras circundantes.

Es de 1541 la magna empresa de Gonzalo Pizarro que, con el propósito de descubrir el País de la Canela y la vía fluvial que podría llevarle hasta el Océano y   -69-   de la que ya se tenía alguna noticia, partió de Quito con gentes de esta ciudad y de la de Guayaquil, según testimonios que nos han conservado los primeros que escribieron sobre este viaje por siempre memorable.

La expedición de Pizarro permitió encontrar el mayor río de la tierra: el Amazonas, llamado Río de San Francisco de Quita, con sobra de justicia. Jamás podríamos prescindir de rememorar este acontecimiento de los más notables en la historia de todos los tiempos y que es timbre de orgullo para nuestra Patria, como quiera que fueron habitantes de ella los que llevaron a cabo el descubrimiento con recursos materiales y humanos sacados de nuestro territorio. Ningún investigador imparcial podrá dejar de reconocer que el descubrimiento del Amazonas fue obra de las gentes de Quito. En su reciente libro, ya citado, don Jorge Pérez Concha ha sintetizado así aquella inmortal hazaña:

«Benalcázar había abandonado la Gobernación de Quito y dirigídose hacia el Norte, en busca de nuevas y peligrosas aventuras. Para reemplazarlo, Pizarro designó primero a Lorenzo de Aldana y, luego, a su hermano Gonzalo, quien arribó al lugar de sus funciones al término de 1540. Por entonces, Gonzalo Díaz de Pineda había realizado un intento de penetración a las selvas orientales, llegando a surcar las aguas del río Cosanga, afluente del Coca. Con las informaciones recibidas, Gonzalo Pizarro concibió la idea de organizar una expedición capaz de adentrarse en la región desconocida, cuyas extraordinarias riquezas deslumbraban la imaginación de los conquistadores. Era, para unos El Dorarlo, y para otros el País de la Canela. No escatimó, pues, el Gobernador cuanto estuvo a su alcance para la realización de esta hazaña, que habría de inmortalizar su nombre. Y saliendo de quito, a principios de 1541, con 350 españoles, 4.000 indígenas y 5.000 cerdos, perros, caballos, etc. -que, en suma, daban a la expedición un aspecto gigantesco-, siguió las huellas dejadas por Díaz de Pineda,   -70-   llegando hasta Muti, donde, con reducido contingente, se le incorporó Francisco de Orellana, quien había abandonado Guayaquil para tomar parte en tal empresa. La marcha era lenta y angustiosa, pues, a medida que los expedicionarios avanzaban, los víveres escaseaban sin tener cómo reemplazarlos. Y así, adelantándose Pizarro, con 80 hombres, caminaron durante setenta días, soportando, según la relación del padre Gaspar de Carvajal -uno de los religiosos que formaban parte de la expedición- 'grandes trabajos y hambres por razón de la aspereza de la tierra y variación de los guías, del cual trabajo murieron algunos españoles'. Al fin, llegaron a un lugar cercano al volcán Sumaco, donde Pizarro dispuso esperar a Orellana, para continuar juntos, con dirección al Coca. Así lo hicieron. Y una vez en presencia de este río, resolvieron construir una embarcación en la que Orellana habría de adelantarse en busca de recursos.

»Y aquí comienza la epopeya: Orellana, al mando de 50 hombres, asume la dirección de la nave, con la cual desciende el Coca, sale al Napo, continúa hasta el Curaray y desemboca en el Amazonas. Era el 12 de febrero de 1542. La hazaña estaba consumada. El fundador de Guayaquil, a órdenes de Gonzalo Pizarro, Gobernador de Quito, había descubierto la más importante arteria fluvial que ojos humanos hubieran visto. Y al inmortalizar, con esto, su nombre, unió el de la antigua Capital de los Schyris a la realización de tal hazaña.

»Pero la acción no estaba concluida. Y ante la imposibilidad de regresar en busca de Pizarro, Orellana continuó por las aguas del Amazonas -que, por sus dilatadas dimensiones, era a la manera de un mar interior- hasta desembocar, el 20 de agosto, en el Océano Atlántico, que habría de llevarlo a España.

»Entre tanto, Pizarro, luego de haber perdido las esperanzas de que algún día retornara Orellana, emprendió viaje de regreso. Era algo doloroso y trágico,   -71-   pues, durante la marcha caían los expedicionarios, después de consumidos todos los recursos y defraudadas todas las esperanzas. Era el viaje de retorno, que se realizaba con los últimos alimentos y con la inseguridad de arribar, alguna vez, al punto de partida.

»En efecto, cincuenta leguas antes de llegar a Quito, Gonzalo Pizarro, con el reducido número de supervivientes, recibió los primeros socorros, que el Gobernador rechazó por no alcanzar para todos. A la sazón habían devorado hasta los correajes puestos a los caballos. Y, para completar el cuadro de desolación e infortunio, a su arribo a Quito, quien había visto fracasar su esfuerzo, quedó informado de que, durante su ausencia, había sido ultimado en Lima, víctima de las contiendas civiles, su hermano don Francisco. Era en junio de 1542».


(Obra citada, página 19 y 20)                





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Provincias - Audiencia - Virreinato

Se ha anotado, acertadamente, que el régimen administrativo español establecía la Provincia como la unidad territorial y administrativa de la colonia, y que el conjunto de provincias formaba la Audiencia, siendo a su vez el Virreinato el conjunto de las Audiencias. Así, pues, el territorio se dividía en Provincias, las Provincias unidas formaban la Audiencia y la reunión de éstas creaba el Virreinato.

La Audiencia de Los Reyes, se creó en 1542. Los vecinos de Quito iniciaron desde el año 1560 gestiones   -72-   conducentes a la creación de una Audiencia propia, habiendo contribuido poderosamente a ello la fundación de la ciudad de Cuenca, llevada a cabo en 1557. No olvidemos que la ciudad de Portoviejo, en la provincia de Manabí, se fundó en 1535 y que la de Santiago de Guayaquil se realizó definitivamente en 1537, habiendo una fundación anterior verificada por Benalcázar en 1535. En 1541 el Rey había expedido la Cédula Real que concedía escudo de armas a la Muy Noble y Muy Leal ciudad de San Francisco de Quito.

Los empeños en pro de la creación de la Audiencia de Quito, culminaron el 27 de agosto de 1563, en que el Rey la erigió por decreto en los siguientes términos:

«En la ciudad de San Francisco de Quito, en el Perú, resida otra nuestra audiencia y chancillería real, con su presidente; cuatro oidores, que también sean alcaldes del crimen; un fiscal; un alguacil mayor; un teniente de gran chanciller y los demás ministros y oficiales necesarios; y tenga por distrito la provincia de Quito, y por la costa hacia la parte de la ciudad de los Reyes, hasta el puerto de Paita exclusive; y por la tierra adentro, hasta Piura, Cajamarca, Chachapoyas, Moyobamba y Motilones exclusive; incluyendo hacia la parte susodicha los pueblos de Jaén, Valladolid, Loja, Zamora, Cuenca, la Zarza y Guayaquil con todos los demás pueblos que estuvieren en sus comarcas, y se poblaren; y hacia la parte de los pueblos de la Canela y Quijos, tenga dichos pueblos con los demás que se descubrieren; y por la costa hacia Panamá, hasta el pueblo de la Buenaventura inclusive; y la tierra adentro a Pasto, Popayán, Cali, Buga, Champanchica y Guarchicona, porque los demás lugares de la Gobernación de Popayán son de la Audiencia del Nuevo Reyno de Granada, con la cual y con la Tierra Firme parte términos por el Septentrión, y con la de los Reyes por el Mediodía, teniendo al Poniente la mar del Sur, y al Levante provincias aún no pacificadas, ni descubiertas».



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En resumen podríamos, pues, decir que la Audiencia de San Francisco de Quito limitaba, por el Sur con la de los Reyes (creada en 1542) en Paita, San Miguel de Piura y tierras adentro; por el Norte con la de Panamá (establecida en 1535), en el puerto de Buenaventura y por el Noroeste con la del Nuevo Reino de Granada.




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La Audiencia de Quito fue muy combatida

En los primeros años de su creación, la Audiencia de Quito tuvo muchos adversarios de ella. En 1565 y 1566 el Presidente de la Audiencia de Lima pretendió conseguir que, aboliéndose la de Quito, se creara una en Santiago de Chile, alegando que en Quito no había negocios suficientes para justificar la existencia de la misma. No fueron escuchadas estas pretensiones y si bien se creó la Audiencia de Chile, no se suprimió la de Quito.

Si subsistió la Audiencia de Quito, su gobierno, por instancias y gestiones del licenciado Castro, Presidente de la Audiencia de los Reyes, le fue concedido a él, por Real Cédula, de 15 de febrero de 1566, fechada en Madrid, y en la que se dice:

«Avemos acordado que por ahora entre tanto por nos otra cosa se provea, vos solo tengáis el gobierno de todos los Distritos ansí de la Audiencia de esa ciudad de los Reyes, como de las Audiencias de las Charcas y Quito, en todo lo que se ofreciere, por ende por la presente os damos poder y facultad para ello y mandamos a nuestros Presidentes y Oidores de las   -74-   dichas audiencias de las Charcas y Quito que no se entrometan ni se puedan entrometer en el gobierno de los distritos de las dichas audiencias».



El hecho de conferir el gobierno de un distrito a una entidad distinta de la propia del distrito, según los tratadistas del derecho indiano, no significaba un cambio territorial. Se ha aclarado por suerte, definitivamente, que en la legislación española, un mismo territorio podía pertenecer en lo político a un determinado gobierno, en lo judicial, a otro gobierno, y a un tercero en lo eclesiástico y militar, lo que por cierto no ha dejado de provocar graves problemas, cuando aconteció la creación de las Repúblicas Americanas.




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Las Guerras Civiles del Perú

Imposible es prescindir de ellas en una ojeada, por breve y sumaria que sea, de la vida de la Colonia en sus primeros años y más cuando se trata de elaborar una sencilla introducción a la lectura de los Cronistas Primitivos.

El padre Rubén Vargas Ugarte ha aseverado, con justicia, que no hay época en que más se hayan ocupado los primeros que escribieron sobre cosas de América, que ésta de las guerras o luchas civiles, llamadas así porque ya no se pretendía combatir con los primeros pobladores del Continente americano, sojuzgarlos y vencerlos; se trataba ahora de las diferencias surgidas entre los Conquistadores y de sus ambiciones, que no sufrían contrarresto y querían imponerse a todo trance.

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¿Cómo surgieron las disputas que por tanto tiempo conmoverían a estos países, ocasionando daños incalculables en las nacientes poblaciones y mortandad muy grande en la raza indígena, víctima una vez más de los acontecimientos?

La rivalidad entre Pizarro y Almagro es el origen verdadero de las luchas. Parecía, en un primer momento, que la concesión a Almagro del título de «Adelantado» y de una considerable extensión de tierras al Sur de la gobernación de Pizarro, iba a permitir que se viviera en paz. Pero aconteció lo contrario, ya que había forzosamente que determinar los límites de los respectivos territorios de Pizarro y Almagro, y ante todo a quién le pertenecía el Cuzco, que era la manzana de la discordia.

Las ilusiones de Almagro se desvanecieron cuando en su viaje a Chile pudo conocer que la tierra se hallaba desprovista de oro y habitada por tribus bravías. El Cuzco, más que antes, fue su sueño dorado. La presencia de Hernando Pizarro, tenaz adversario de Almagro, impidió que pudieran entenderse éste y Francisco Pizarro. Surgió así la lucha armada entre los Conquistadores. El historiador peruano Vargas Ugarte, que ha sintetizado admirablemente la historia de su patria, tan estrechamente vinculada con la nuestra, distingue tres períodos o etapas, al tratar de las Guerras Civiles: el primero se inicia con la toma del Cuzco por Almagro y prisión de Hernando Pizarro (18 de abril de 1537) terminando este período con la derrota de Almagro en el campo de las Salinas y su muerte en la prisión el 8 de julio de 1538. La victoria había quedado para el campo de Pizarro, pero sus adversarios juraron vengarse tarde o temprano. Se demoraron en lograrlo, mas, el 26 de junio de 1541, caía el Marqués a medio día en su Palacio de Lima, atravesado por los estoques de los almagristas.

El segundo período se cuenta desde la muerte de Francisco Pizarro hasta la sangrienta batalla de   -76-   Chupas, en que Vaca de Castro triunfa sobre Almagro el Mozo, que muere después en el Cuzco en 1542, habiendo causado su ruina con sus imprudencias.

El tercer período, el más largo y complejo de todos, se inicia con la resolución tomada por Gonzalo Pizarro para ponerse al frente del movimiento de protesta a que dan lugar las Ordenanzas que Blasco Núñez promulga contra los encomenderos. Deja Pizarro su repartimiento de Chaqui para ir al Cuzco a asumir el cargo de Procurador de los encomenderos agraviados por las nuevas leyes, en abril de 1544. Termina la luch