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  Nicolás de Albenino
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  Biografía de Nicolás de Albenino
El último aporte del gran polígrafo chileno don José Toribio Medina al conocimiento del pasado de América, fue su hallazgo,
en la Biblioteca Nacional de París, del rarísimo impreso realizado en Sevilla en 1549, en casa de Juan de León, que contiene
la Relación que un italiano, nacido en Florencia y avecindado en la ciudad de Los Reyes, envió a Sevilla, a su amigo Fernán Suárez, acerca
de los sucesos ocurridos en el Perú desde que allá fuera el virrey Blanco Núñez Vela, hasta la muerte de Gonzalo Pizarro,
después de la batalla de Jaquijaguana en que le venció La Gasca.
En la Bibliografía de don José Toribio Medina, publicada en Buenos Aires en 1931, su autor don Guillermo Feliú Cruz, consignó acertadamente datos que podían dar luz sobre
la personalidad del italiano Albenino y su rarísimo impreso. Forzoso es acudir a esa fuente para discurrir sobre el tema.
Cita el doctor Feliú Cruz lo que Ricardo Donoso dijo en El
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Mercurio de Santiago de Chille el 18 de enero de 1931, y que es del tenor siguiente:
«La última obra del señor Medina ha sido publicada por la Universidad de París, y es una curiosidad bibliográfica que luego
la buscarán apasionadamente
los aficionados a la historia americana. Es una reproducción facsimilar de la Verdadera relación de los reinos e provincias del Perú desde la ida a ellos del Virrey Blasco Núñez Vela hasta el desbarato
y muerte de Gonzalo Pizarro,
por Nicolao de Albenino, impresa en Sevilla en 1549, y de la cual no se conoce más ejemplar que el existente en la Biblioteca
Nacional de París. Cuando hace dos años el señor Medina estuvo en Francia, insinuó al docto y conocido americanista doctor
Paul Rivet, la conveniencia de publicar esta obra tan curiosa y escasa, y es así como ella ha sido impresa a expensas del Instituto
de Etnología de la Universidad de París, con una introducción debida a la pluma de nuestro historiador. Apunta en ella el
señor Medina, cómo este impreso se había convertido en un verdadero rompecabezas para los más eminentes bibliógrafos e historiadores
de Europa y América, hasta el punto que muchos llegaron a dudar de su existencia. Antonio de León Pinelo no lo cita en su
Epítome y su continuador, don Antonio González de Barcia, un siglo más tarde, sólo señala su existencia en manuscrito. Sólo en los
primeros años del siglo XIX el notable bibliógrafo norteamericano Obadiah Rich pudo anunciar la posesión de un manuscrito
idéntico al descrito por Barcia, lo que permitió al gran hispanista Henry Harrise señalar la existencia de la obra de Albenino».
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Hubo un momento, antes de 1930, en que Medina creyó tener en sus manos la Relación de Albenino. Fue, según escribe Feliú Cruz, en 1886, al examinar
en la Biblioteca Nacional de París un impreso del que el investigador, arqueólogo y viajero norteamericano, Ephraim George Squier había sacado copia por encargo del gobierno del Perú, y que éste editó en Lima
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en 1870, con el título de Relación de todo lo sucedido en la Provincia del Pirú desde que Blasco Núñez Vela fue enviado por S. M. a ser Virrey della, que se embarcó a primeros de noviembre del año MDXLIII.
El volumen editado en Lima en 1870, es un in-cuarto de 213 páginas. La obra no trae nombre del autor.
En la Introducción que Medina puso al frente de la auténtica Relación de Albenino, editada en París en 1930 por el Instituto de Etnología, leemos lo siguiente:
«Utilizando las indicaciones bibliográficas dadas por Harrise, nos fue dable dar una inscripción un poco completa de la obra de Albenino, con el número
137, en nuestra Biblioteca hispano-americana (Santiago de Chile. Tomo I. 1898. Páginas 231-232. In-folio). En este artículo nos preguntábamos si la Verdadera relación de Albenino no podía ser la que se había publicado en Lima en 1870 con el título de Relación de todo lo sucedido en la Provincia del Pirú, desde que Blasco Núñez Vela fue enviado por S. M. a ser Visorrey della, que se embarcó a primero de noviembre del año MDXLIII, volumen in-cuarto de
203 páginas, según una copia tomada en París. Como puede notarse, el título de las dos obras es muy parecido, y si tomando
en cuenta que falta el nombre del autor en el impreso de Lima, y que la relación de los acontecimientos se extendía hasta
el primero de mayo de 1550, se podía desechar la sospecha de que las dos obras en el fondo eran una sola, decíamos, sin embargo,
que sería necesario tener los dos libros a la mano. Hoy día en que hemos podido hacer esa comparación, hemos podido constatar
que si bien las dos relaciones concuerdan en el fondo, la de Lima es mucho más extensa, y nada tiene que ver así con la que
se reproduce en facsímil».
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Queda en claro, definitivamente, que la Relación de Nicolás de Albenino, hallada en París por
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Medina poco antes de su muerte, no es la que copió Squier para el gobierno del Perú y que se publicó en Lima en 1870. Hay
que aclarar y completar en este punto lo que Feliú Cruz consignó en la página 169 de su Bibliografía de Medina, para evitar todo equívoco. En el haber del incomparable investigador y bibliógrafo de Chile, tiene que constar el hallazgo
del impreso de Albenino y su publicación facsimilar perfecta, confiada al doctor Rivet.
La Relación de Albenino se refiere a acontecimientos que culminaron en el año de 1547. El autor, dice Medina, no ha puesto fecha en su
relato, o ella no se ha conservado en el impreso. Puede sin embargo determinarse aquélla de modo casi exacto. Se la compuso
en la ciudad de Los Reyes, es decir Lima, y de ello no hay duda alguna. Sabemos que el capitán Hernán Mejía, emisario enviado
por La Gasca al Emperador para informarle del resultado de la misión que se le había confiado y que la había llenado con tanta
felicidad, partió del Cuzco el 10 de mayo de 1548 y salió de Lima el 15 de junio, para llegar a Sevilla en la noche del sábado
8 de diciembre del mismo año 1548. No es, pues, aventurado sostener que entre estas dos fechas: 10 de mayo de 1548 y 15 de
junio del propio año, ha de colocarse la en que se redactó la Carta de Albenino, entregada a Suárez o Xuárez, tan pronto como
Mejía llegó a la ciudad del Betis.
Suárez concedió tanta importancia al Relato, que, como él mismo lo dice, «a la hora en que a mis manos vino, casi sin dejarla reposar, luego trabajé cómo se estampase y divulgase». Llegada a Sevilla el 8 de diciembre de 1548, ya el dos
de enero de 1549, antes de un mes, Juan de León anunciaba que había terminado de imprimirla.
Medina pregunta por qué hubo tanta prisa en hacer conocer los acontecimientos ocurridos en el Perú, y contesta con una cita
de Marcos Jiménez de la Espada: «La pacificación de las ricas provincias peruanas era para Sevilla, emporio del comercio ultramarino,
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un acontecimiento de importancia suma; un negocio que le tocaba muy de cerca; y si el pueblo, al saber la felicísima victoria
del clérigo La Gasca, necesitó, para calmar su avidez de noticias y sazonar su júbilo, de palabras que
a guisa de romances de ciego se pregonaban por las calles y plazas, relatando el suplicio de Gonzalo Pizarro, ¿qué no harían
las personas de calidad, mercaderes, letrados o nobles?». Agrega Medina: «El lector aceptará, con nosotros, la explicación de la prisa que se puso en imprimir la Verdadera Relación, y tal vez esta misma, puede aclararnos la destrucción rápida de los ejemplares entregados a la circulación».
La Relación de Albenino pasaba de mano en mano, como ocurre hoy día con los impresos que llaman poderosamente la atención, acabando por
desaparecer a fuerza del uso continuado a que ellos se ven sometidos. ¿Cuidó alguien de dejar en una Biblioteca la Carta del
célebre italiano, para que allí se conservara?
La importancia de la Relación es muy grande por ser la primera en el tiempo, después del descalabro de Pizarro. Su exactitud es de veras impresionante.
Medina anota un solo error en ella: llamar a don Pedro de Valdivia, el Conquistador de
Chile, «Don Pedro de Bobadilla». Queda por averiguar, desde luego, si fueron los tipógrafos de Sevilla los que cometieron esa equivocación o si efectivamente
incurrió en ella el autor. El texto de la sentencia de muerte dictada contra Gonzalo Pizarro por Alonso de Alvarado y el licenciado
Cianca, se conoció en Sevilla sólo por la Relación de Albenino, pues La Gasca no lo había dado en su Informe al Emperador.
¿Quién era el italiano Nicolás de Albenino? Don Toribio Medina y Marcos Jiménez de la Espada han tratado de averiguarlo. Según
el primero, Albenino había nacido en Florencia en 1514; tenía por consiguiente treinta y cuatro años
de edad cuando compuso su Relación. Sus padres le alejaron de Florencia
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muy joven, como escribió el mismo Albenino, para apartarle de «aquella tan grande división que hubo entre aquel Senado y la Ilustrísima casa de Médicis con la cual en sanguinidad soy tan
próximo, por cuyos bandos se ha derramado en tiempos pasados tanta sangre».
Es probable, dice el erudito chileno, que pasara de Florencia a Sevilla a los diecisiete años de edad, o sea, en 1531, como
militar y que de allí partiera al Perú hacia 1534, en compañía de dos parientes del beneficiado de Sevilla Fernán Suárez,
con el que había trabado amistad, siendo el uno de ellos el abogado Benito Suárez y el otro el representante Illán Suárez
de Carvajal, con los que mantendría buenas relaciones en el Nuevo Mundo.
Lo indudable es que Albenino residía de ordinario en Lima y que allí estuvo durante la sublevación de Gonzalo Pizarro. Sólo
un momento le hallamos en Trujillo, en donde cae prisionero del capitán Melchor Verdugo, enemigo de Pizarro, que se apresura
a ponerle en libertad en cuanto se da cuenta de que también el florentino es adversario de Gonzalo Pizarro.
Gran parte de los hechos narrados por Albenino los ha presenciado él mismo, y el resto lo ha sabido por una carta que Diego
de Mora, testigo presencial
de los sucesos, ha escrito desde el Cuzco a un amigo suyo y que Albenino ha incorporado en su Relación.
El florentino nos ha dado así un documento de singular valía. Es el primer testimonio escrito y publicado de lo ocurrido en
el Perú
con motivo de las Nuevas Ordenanzas dictadas en beneficio de la clase indígena y del nombramiento del primer Virrey encargado
de ponerlas en práctica.
Terminada con la muerte de Pizarro la sublevación contra el poder real, Albenino pasó a radicarse en Potosí. Ya desde antes
de 1551 le había preocupado la explotación de las minas de plata de la célebre montaña. En los Archivos de España se ha conservado
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en parte la Relación de la visita que a Albenino hizo el virrey don Francisco de Toledo en Potosí y de los trabajos de descubrimiento y explotación
en que había emprendido el italiano, en junta de otros mineros, para dar con la «Veta rica», por medio de una galería subterránea.
El virrey Toledo pidió a Albenino que redactara el Informe del caso, por estimarle como el más capaz para ello. Don Marcos
Jiménez de la Espada en el tomo segundo de sus afamadas Relaciones Geográficas de Indias, editadas en Madrid en 1885, ha publicado todo lo que existe de este documento y enuncia el siguiente juicio sobre el Albenino:
«El autor era indudablemente persona de mucho ingenio, de mucha práctica y habilidad; y la mayor parte de los datos geológicos
que acerca del cerro y
sus minerales de plata suministra, y la teoría que expone sobre los filones y criaderos, de seguro no se leerán en ningún
otro documento de los relativos a la célebre villa y cerro de Potosí».
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En el mismo documento sobre minas, esto es el Informe que con fecha 1573 dirige al virrey don Francisco de Toledo, asevera
Albenino que lleva ya diecisiete paños de trabajar en Potosí y que en ello ha gastado ya más de treinta mil pesos, Medina
expresa que desde aquel año de 1573 no se vuelve a tener noticia alguna del florentino.
Como antes anotábamos, en 1930 el doctor Rivet realizó en París por encargo de Medina la edición facsimilar de la obra de Albenino. A los trescientos ochenta y un años
de haberse publicado en Sevilla, se reprodujo así aquella pieza histórica, con los mismos caracteres góticos con que ella
salió de la casa de Juan de León; con las abreviaturas del original, muchas complicadas y difíciles de entender para el lector
de nuestros días; sin puntuación de ninguna clase y sin división de materias o capítulos que pudiera ayudar en su consulta.
Esta última resulta así
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penosa y demorada, cuando no hay costumbre de leer impresos góticos del siglo XVI. Añádase a todo ello que la edición facsimilar
del Relato de Albenino, se halla totalmente agotada desde hace varios años. Entre tanto, el testimonio escrito de Albenino interesa
profundamente a la historia de América y particularmente a la de Quito, en cuyo territorio ocurrió el descalabro y muerte
del primer Virrey del Perú, Blanco Núñez Vela, y en donde actuaron Gonzalo Pizarro y
Pedro de Puelles. Quito se halla citado repetidas veces por Albenino. Es Quito, dice, «provincia de las mejores y más provistas de las Indias y tiene ricas minas».
Las Guerras Civiles del Perú ocuparon a muchas Cronistas: Calvete de Estrella, El Palentino, Cieza de León, Pedro Gutiérrez
de Santa Clara, escribieron sobre ellas. Pese a todo ello, el testimonio del Albenino es altamente valioso: permite
en pocas páginas tener una mirada de conjunto de los acontecimientos en que intervino el intrépido Gonzalo Pizarro, digno
de mejor suerte, cuyo nombre se halla unido a tantas y tan extraordinarias empresas en América y en especial en nuestra tierra
ecuatoriana. Al reproducir el escrito del Albenino, he creído del caso ponerlo en español de nuestras días, con la debida
puntuación y con una adecuada división en capítulos que facilite su lectura y su consulta.
Quince años habían corrido desde la Fundación de la ciudad de San Francisco de Quito, cuando en Sevilla se publicó el Relato de Albenino, al que juez tan imparcial y autorizado como Jiménez de la Espada llamó «ingenioso y activo florentino».
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Nicolao de Albenino
Verdadera y copiosa relación de todo lo nuevamente sucedido en los Reinos y Provincias del Perú desde la ida a ellos del virrey
Blasco Núñez Vela hasta el desbarato y muerte de Gonzalo Pizarro.
(Sevilla, 1549)
Esta relación se hace, según que lo vio y escribió Nicolao de Albenino florentino, al beneficiado Fernán Suárez, vecino de
Sevilla, dirigida al excelente señor don Luis Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos, Marqués de Zahara, Conde de Casares,
Alcalde mayor de Sevilla, Señor de la villa de Marchena, etc.
  Epístola
Al excelente señor don Luis Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos, Marqués de Zahara, Conde de Casares, Alcalde mayor de
Sevilla, Señor de la Villa de Marchena, etc.
Por pequeña cosa que sea, Excelente Señor, de que recibe contento el que ama y desea servir, a la hora querría hacer de ella
particionero a la persona en cuyo servicio está dedicada su voluntad. Porque no mide el tamaño de lo que da como el merecimiento
de a quien
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lo ofrece, sino a ojos cerrados (como dicen) no sabe más que desear darle parte de todo lo que él piensa y cree que es ocasión
de darle contentamiento. Esto suplico considere vuestra excelencia en esta relación de las cosas que en la revelación y nueva
conquista del Perú han pasado, pues, a la hora que a mis manos vino, casi sin dejarla en ellas reposar, luego trabajé cómo
se estampase y divulgase bajo el nombre y favor de vuestra excelencia. Cosa poca y vulgar es para
ofrecerla a tan gran Príncipe y por eso no digna de parecer ante quien de tantas partes le vendrá mejor y más cumplidamente
la relación de ello; pero qué había yo de hacer, porque como la leí y me supo bien, sin mirar más que Vuestra Excelencia la
oyese leer, viendo el grande ánimo y valeroso corazón con que Vuestra Excelencia representa los gloriosos hechos de sus pasados,
colegí cómo se holgaría de ver estos acontecimientos de guerra bajo el nombre y felicísimo auspicio de nuestro invictísimo
César. A quien de tanta distancia de mares y tierras le vienen buscando los vasallos, que con sola la sombra de su nombre
le obedecen y dan homenaje.
Suplico a Vuestra Excelencia la reciba con la benevolencia y favor que merece mi deseo, el cual va procurando hallar cosas
mayores con que mi ingenio sirva a Vuestra Excelencia, para recompensar lo que ella, por ser pobre, ocupa indignamente las
manos de Vuestra Excelencia, cuya vida Nuestro Señor prospere con aumentos o mayores estados, en su servicio.- Capellán y
criado de Vuestra Excelencia.- Fernán Suárez.
Señor:
Como por otras mías, aunque no tan largas como ésta, habrá vuestra merced visto y entendido lo sucedido en la batalla de Chupas
que se dio por parte del licenciado Vaca de Castro, en la cual (como fue notorio) fue él el vencedor; y desde luego
entendió en reformar la tierra
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lo mejor que a él fue posible, y en hacer ordenanzas así en provecho de los naturales como de los pobladores y estantes en
la tierra; y aunque del dicho Vaca de Castro hubo algunas quejas y contradicciones acerca de su gobierno,
holgaran los de la tierra y todos generalmente que así la tuviera. De lo cual Su Majestad recibiera muy gran servicio. Pero
porque tratar de esto sería hacer proceso infinito y salir de mi propósito, que es dar ahora a modo de aviso desde lo de allí
adelante sucedido, lo mejor que pueda, que pasó así.
  Lo que ocurrió luego de la batalla de Chupas. Se conoce la venida del virrey Blasco Núñez Vela. Noticia de las ordenanzas
nuevas
Estando el licenciado Vaca de Castro en la ciudad del Cuzco, llegáronle avisos de personas particulares, así de Nueva España
como de Tierra Firme y de otras partes, en que le hacían saber cómo Su Majestad había hecho ciertas ordenanzas acerca del
buen gobierno y en pro y utilidad de los indios, naturales de estas partes, y cómo les daba ciertas libertades las cuales
ellos bien merecían. Y que para la ejecución de ello había proveído por su Virrey en estas partes a
Blasco Núñez Vela, el cual venía a asentar en esta ciudad el Audiencia Real por Su Majestad, conforme y como él la tenía y
a la instrucción que para ello traía. Sabido por los vecinos y moradores de estas partes y cómo venía por
ejecutor de dichas ordenanzas. El Blasco Núñez Vela ya tenía fama y era conocido por hombre que ejecutaba lo que Su Majestad
le cometía, por la cual fama desde luego se comenzó a alborotar la tierra y a echar varios juicios. Y la principal causa del
alboroto, fue porque sonaba que traía el Virrey orden de quitar los indios a todas las personas que se hubiesen hallado notablemente
culpados en las pasiones pasadas entre Pizarro y Almagro, y que se entendía también a todos los que
habían sido tenientes de
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gobernador y a todos los oficiales de Su Majestad. Y porque los contenidos eran los más y más calificados, fue la principal
ocasión de pasar adelante el alboroto.
  Llega el virrey Blasco Núñez Vela. Primeros actos de gobierno
Estando en eso, dentro de pocos días llegó el Virrey a esta tierra, a un puerto que se llama Tumbes y hasta allí trujo muy
próspero viaje porque desde Panamá a Tumbes vino en ocho días y como llegó comenzó, desde luego, a usar
de sus provisiones y a despachar correos a todas partes, porque a todos fuese notoria su venida y estuviesen suspensos, y
también mandó prender algunos, lo cual fue su total perdición, como adelante se dirá, y pasando adelante en su propósito púsose
en camino y fue a la ciudad de San Miguel, donde allí quitó los indios a ciertos de la tierra que habían sido tenientes y
a los demás puso tasa en lo que los indios les habían de dar, la cual tasación fue tan escasa que apenas se podían sustentar,
por manera que si hasta entonces había habido escándalos, en adelante los hubo muy mayores. Sabido esto y todo lo que pasaba
en esta ciudad de Los Reyes, donde al presente había muchos vecinos de toda la tierra, los cuales todos comenzaron a hacer
el camino del Cuzco y caminaban cuanto más podían, por hallarse lejos de las ordenanzas y ejecución de ellas, que ya el Virrey
las comenzaba a ejecutar y en lo que sobre todo más procuró fue poner en libertad a todos los indios, y mandó pregonar bajo
graves penas que nadie pudiese sacar indios de la tierra.
  Vaca de Castro sale del Cuzco con dirección a Los Reyes
Y así llegado a la ciudad de Trujillo se comenzó a saber todo el negocio por extenso, y vino a orejas de
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Vaca de Castro que estaba en el Cuzco. Lo cual sabido se comenzó a bajar a la ciudad de Los Reyes trayendo consigo poco más
de trescientos hombres, personas de calidad y muchas armas. Sobre la cual venida hubo muchos y varios juicios, diciendo qué
fuese su intento, porque veía y conocía claramente que tenía deseo de quedarse en esta tierra y gobernar, en lo cual no me
entremeto por no hacer más larga la relación de lo que conviene.
  Vaca de Castro llega a Jauja. Pasa luego a Los Reyes
Llegado Vaca de Castro a la provincia de Jauja, treinta y cinco leguas de aquí, con toda la gente dicha, supo cómo el Virrey
sería muy presto en esta ciudad, por lo cual hubo gran alboroto en el real de Vaca de Castro y al fin determinó venir aquí
el dicho Vaca de Castro sola su persona con poca gente, y desde allí despidió toda la que traía dándoles licencia para que
se fuesen donde mejor les estuviese. Por manera que toda la más gente y la de más calidad se volvieron al Cuzco, llevando
consigo todas las armas que traían, y Vaca de Castro se vino aquí a esperar al Virrey, al cual salió a recibir fuera de la
ciudad, más de media legua, acompañado de varios vecinos y fue recibido de todos como persona que traía tal cargo aunque,
según pareció después, con ruines intenciones, y se cree que hubo votos de que no fuese recibido en la tierra.
  Llega Blasco Núñez Vela a Los Reyes. Aplica las nuevas ordenanzas
En este tiempo que el Virrey llegó a esta ciudad, no pasaron muchos días que luego llegaron tras de él los Oidores de la Audiencia
Real, y desde luego se asentó el
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Audiencia en esta ciudad y siempre comenzando a ejecutar las Ordenanzas y aunque en Piura y Trujillo y aquí por los cabildos
y regimientos fue de ella suplicado, no hubo remedio, sino que la que en ellas se contenía se hubiese de ejecutar,
de donde se conoció la mala intención que el Virrey traía. Lo cual visto y sentido por las gentes de estas provincias comenzaran
muchos a irse a la ciudad del Cuzco, como cabecera de toda la tierra, para que el cabildo de aquella ciudad hubiese de venir
o enviar a suplicar de las dichas Ordenanzas ante la Audiencia Real. En el dicho cabildo hubo diferentes pareceres, sobre
quién elegirían para que hubiese de venir a suplicar de aquellas Ordenanzas. En esto determinaron y nombraron
por su Capitán y Procurador general a Gonzalo Pizarro que a la sazón estaba en Las Charcas, ciento y cincuenta leguas adelante
del Cuzco, en unos indios suyos. Y aunque parecía estar descuidado de los negocios, era al contrario; por muchos días atrás
había consultado con amigos suyos particulares, sobre este negocio, y aunque estaba lejos del Cuzco, tenía puestas postas
de indios que en breve, de todo lo que pasaba, cosa por cosa, le traían relación. Y desde allí se
carteaba con todos los vecinos de la tierra especialmente con los del Cuzco, procurando hacer amigos para adelante, con intención
de aprovecharse de ellos, como en efecto se aprovechó.
  Gonzalo Pizarro pasa de Las Charcas al Cuzco. Los vecinos le nombran su Procurador ante el Virrey
Así como vieron en el Cuzco nombrado a Gonzalo Pizarro por Procurador y Capitán General, en razón de lo dicho, proveyeron
personas principales para que de parte del cabildo y regimiento del Cuzco fuesen a Gonzalo Pizarro a rogarle tuviese por bien
de encargarse del dicho cargo, y así fueron y le contaron a lo que iban, y aunque mucho lo deseaba, fingió con disimulaciones
no quererlo aceptar, hasta que otra vez fue requerido y pareciéndole
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ser descomedimiento no hacerlo, hubo de dar el sí.
Y desde luego se partió de su casa y reposo y se vino al Cuzco, de donde salieron a recibirle todos los más honrados del pueblo
y llevándole al cabildo le dieron poder, en nombre de toda la tierra, de Capitán y Justicia mayor de Procurador del común,
y que como tal viniese a esta ciudad, donde estaba el Virrey, a suplicar de las dichas Ordenanzas.
Todo lo que el dicho Gonzalo Pizarro aceptó y juro de usar bien de aquel cargo en procomún de toda la tierra; y para la gente
de guerra que hubiese de haber, pidió dineros, los cuales se repartieron entre los vecinos y no sé la cantidad que se cogió,
pero se asoldaron doscientos y cincuenta o trescientos hombres, a los cuales se dieron muy gruesas pagas, de a quinientos
y de a seiscientos pesos de oro. Y así con los dichos comenzó a tocar tambor y a juntar gente, los
cuales fueron repartidos en sus capitanías, así de infantería como de a caballo.
Y puestos a punto para caminar, se proveyeron de armas, que las tenían muchas y muy buenas, de las que habían sobrado de la
batalla que perdió Vaca de Castro en Chupas.
  Blasco Núñez Vela se maravilla de que nadie vaya del Cuzco a Los Reyes. Pizarro recoge toda
clase de armas
En este espacio de tiempo estaba el Virrey muy maravillado porque del Cuzco no venía persona alguna y no sabía cuál fuese
la causa. Sobre la cual se echaban varios juicios y se decían mil mentiras. En esta ciudad se había juntado mucha gente de
Trujillo y de San Miguel y de San Francisco de Quito y de las Chachapoyas y de otras partes, que todas tienen su asiento de
esta
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ciudad para abajo. La gente que estaba en la ciudad, la mayor parte se congregaba en secreto, sospechando por los indicios
lo que había acaecido en el Cuzco y era la cosa del mundo que ellos más deseaban. La primera cosa que proveyó Gonzalo
Pizarro, después de ser elegido, fue recoger las armas que pudo, para con ellas hacer incauto. Y envió un Capitán llamado
Pedro de Hinojosa con cierta gente a Arequipa, a recoger las armas que hubiese y a otro Capitán envió a otra provincia a traer
cierta artillería que había dejado Vaca de Castro, que era mucha y muy buena y toda la cual y las armas mandó se llevasen
al Cuzco.
  El Virrey prohíbe salir de Los Reyes al Cuzco
El Virrey supo todo lo que pasaba en el Cuzco, aunque no muy auténticamente por falta de que no venían personas de calidad
del Cuzco, por las guardas que Gonzalo Pizarro tenía puestas en los caminos para que nadie pasase a dar aviso al Virrey de
lo que él ordenaba. Lo cual por él sabido mandó a apregonar, aunque tarde, que, so pena de muerte, ninguno saliese de la ciudad
para ir al Cuzco. Lo cual si hiciera con tiempo, no se hubiera hecho la junta de gente que se hizo. En este
tiempo claramente se denunciaba la intención que tenían los del Cuzco y se decía sobre esto mucho más de lo que era, que fue
causa de engendrar en la ciudad gran temor, porque decían que Gonzalo Pizarro venía sobre esta ciudad con ochocientos hombres
de guerra, sobre lo cual aconsejaban muchos al Virrey que hiciese gente para resistirlo. De lo cual él se excusó muy mucho
de no lo hacer y plugiera a Dios que, como lo determinó entonces, lo llevará hasta el cabo, que fuera
causa de impedir tantas muertes como en estas tierras ha habido.
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  El Virrey resuelve resistir a Gonzalo Pizarro
Y al fin, persuadido de importunaciones de los que le aconsejaban, se determinó en resistir a Gonzalo Pizarro, para lo cual
mandó tocar atambores en esta ciudad y dio conducta a ciertos capitanes de infantería, que fueron: Martín de
Robles y Pablo Meneses y Gonzalo Díaz, y de a caballo a don Alonso de Montemayor y por Capitán General de todos, a su hermano,
llamado Vela Núñez.
Nombrados los capitanes comenzaran a soldadar gente, en que hecha reseña en esta ciudad se hallarían ochocientos hombres.
A los cuales dio de socorro el Virrey, de la hacienda de Su Majestad, pasados de doscientos mil pesos de oro. Y era tan lucida
gente, cuanta en Italia tanta por tanta se habrá visto. Y si tuvieran la lealtad al Virrey que debían, con ellos fuera parte
en aquel tiempo de desbaratar cuatro ejércitos de los que Gonzalo Pizarro trajera. Pero faltábales lo
mejor, que era la voluntad, porque no había hombre de ellos que en sus entrañas no tuviese disimuladamente a Gonzalo Pizarro
y lo esperaban, deseando en extremo su venida, antes para servirle que no para ofenderle. Y entre todos ochocientos no había
cincuenta de quien pudiese fiar.
  Pedro de Puelles alza bandera por Gonzalo Pizarro en Huánuco
Como el Virrey hubo hecho la gente, determinada de resistir a Gonzalo Pizarro, luego proveyó personas principales para que
fuesen por la comarca a recoger más
gente, entre los cuales fue uno Hernando de Alvarado, para que fuese con conducta de Capitán a Trujillo; y a las Chachapoyas
al capitán Pedro de Puelles, que fuese a otra provincia a hacer lo mismo. El cual Pedro de Puelles fue ido con su provisión
y llegado a la ciudad
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de Huánuco en nombre del Virrey, recogió toda la gente que allá había, que serían por todos hasta ochenta hombres, los cuales
se aderezaron a punto de guerra y comenzaron su camino, la vuelta de venir a servir al Virrey, y estando desviados dos jornadas
de Huánuco, de consentimiento de todos los que consigo traía, alzó bandera por Gonzalo Pizarro y por el camino de la tierra
se fue a juntar con él, que ya venía marchando para esta ciudad.
Lo cual sabido por el Virrey recibió el pesar que debía y luego proveyó a su hermano Vela Núñez por Capitán General y a otro
Capitán de quien confiaba, llamado Gonzalo Díaz, para que con cuarenta arcabuceros escogidos
a la ligera, sin acémilas ni caballos, para que con toda diligencia posible por un camino de atajo fuesen tras el capitán
Pedro de Puelles y lo prendiesen.
  Gonzalo Díaz alza bandera por Gonzalo Pizarro
Caminando el capitán Gonzalo Díaz con toda la demás gente que llevaba, ya desviado de la ciudad treinta y cinco o cuarenta
leguas, se alzó contra el Virrey y contra su hermano Vela Núñez, al cual quitaron las armas y caballo; y con sólo tres o cuatro
hombres se volvió a esta ciudad y el dicho Gonzalo Díaz con sus arcabuceros fue tras de Puelles a servir a Gonzalo Pizarro.
Llegado aquí el General, nótese lo
que sentiría el Virrey, viendo que las personas de quien más confianza tenía se rebelaban a cada paso y se le tornaban enemigos.
Al capitán Hernando de Alvarado también se juzgó del tener el mismo propósito, pero estaba más lejos, no tuvo el aparejo que
los otros y estúvose entretenido hasta que llegase aquí Gonzalo Pizarro.
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  Descontento general contra el Virrey
En este tiempo tenía esperanza todavía el Virrey de hacer algún fruto con las gentes que tenía, sacando más esfuerzo del que
conocidamente tenía; procuró siempre de fortificarse lo mejor que pudo, porque ya Gonzalo Pizarro con su gente venía marchando
con gran priesa para esta ciudad. Y toda la gente que el Virrey tenía era contra el decreto, hasta los mismos Oidores estaban
descontentos de él y de sus obras, y aunque en público, de temor, no osaban declarar, entre ellos ocultamente hacían consultas
con algunas personas que tenían por amigos, para que pudiesen ir a la mano del Virrey en las cosas que determinaba hacer.
  Blasco Núñez Vela da muerte a puñaladas a Illán Suárez de Caravajal
Ya que Gonzalo Pizarro estaba cincuenta leguas de esta ciudad, entre algunos principales de ella ordenaron un motín en que
una noche se juntaron cuarenta hombres, los cuales fueron dos sobrinos del factor Illán Suárez de Caravajal, caballero valeroso
en estas partes. Y así idos poco más que a media noche, lo supo el Virrey y luego envió a llamar al Factor que estaba en su
casa durmiendo bien descuidado. Y corno ante él viniese y el Virrey estuviese con su pena de lo pasado, todavía creyó que
el dicho Factor fuese sabedor del motín y en aquel instante que ante sí le tuvo, él propio llegándose a él le dio de puñaladas.
Como la gente toda estaba mal con el Virrey, visto el hecho se puede imaginar el odio
que le cobrarían. Y luego, siendo de mañana, proveyó que el capitán don Alonso de Montenegro fuese tras los que se habían
ido la noche antes, por lo que hubo tanto temor que parecía esta ciudad una nueva Babilonia.
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  Los Oidores apresan al Virrey
Partido el capitán don Alonso de Montenegro tras los cuarenta hombres que se habían ido, luego en secreto ordenaron los Oidores
de prender al Virrey, el cual hecho se cometió al capitán Martín Robles, que desde a dos días después de la muerte del Factor
y de la partida del capitán don Alonso, debajo de ciertas mañas y con una provisión que le dieron los Oidores con una firma
falsa, procuró el dicho Capitán, teniendo para este efecto atraída a sí toda
la más gente, le prendió, en lo cual no hubo ninguna muerte, pero fueron tantos los juicios que sobre éste se echaron, que
no bastaría péndola a escribirlo. En aquella prisión se robó en la posada del Virrey todo lo que había, y en dos días enteros
no se entendió en otra cosa sino en tratar de lo que se haría de él. Unos decían que era bien se enviase a Castilla preso,
con ciertas informaciones que los Oidores habían hecho contra él, e hicieron otras muy mayores con sus mismos enemigos. Otros
eran de contrarios pareceres, pero al fin dentro de dos días que le tenían preso, del temor que de él hubieron le llevaron
a una villa despoblada que está junto al puerto de la ciudad, donde le tuvieron hasta que determinaron lo que debían hacer,
y allí estuvo con muy grandes guardas porque no se soltase.
  Pizarro ambiciona gobernar la tierra. Sale del Cuzco. Vecinos contra Pizarro
Hase de notar que desde luego que Gonzalo Pizarro aceptó el cargo de Capitán General, tuvo gente asoldada y muchos amigos
que le seguían. Desde luego se comenzaron a ver en él señales de mala intención y deseo de querer gobernar,
o por fuerza o por grado. Lo cual visto y conocido, muchos vecinos de la tierra comenzaron a caer en el error que habían hecho
y procuraban en secreto salirse de aquellas trapazas y dar cada uno mejor
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color a sus hechos, a título de que no pareciese tan feo, procurando por las vías posibles tornarse al servicio de Su Majestad,
porque bien conocían que Gonzalo Pizarro y todos sus secuaces iban en deservicio de su Rey y señor natural. Y alegaban para
lo hecho, haber sido en defensa de sus haciendas y que no era servido Su Majestad que el Virrey pusiese en ejecución aquellas
Ordenanzas, y querían y suplicaban a Su Majestad las suspendiese hasta que de nuevo proveyese sobre ello. Y decían más, que
en tal caso le obedecerían pechos por tierra y no de otra manera. De modo que como los vecinos del Cuzco y los que al presente
estaban con Gonzalo Pizarro tuviesen este pensamiento, hubo entre ellos algunos que se determinaron de
venir a esta ciudad y apartarse de Gonzalo Pizarro. Y entre algunos trataron como, a seguro de sus vidas, lo pudiesen poner
en efecto. Y así comenzaron a cartearse con amigos para haber de venir a servir al Virrey, cuando el tiempo les diese lugar.
Estando ya a punto de partir Gonzalo Pizarro con toda su gente, para haberse de venir a esta ciudad, algunos de los que consigo
traía le demandaron licencia para haberse de quedar en el Cuzco por algunos días, para efecto de aderezar sus personas, diciendo
que antes de que llegase le alcanzarían. Y pareciéndole a Gonzalo Pizarro que no estaba en tiempo de dejar de agradarlos,
se la concedió, y partiose dejando en el Cuzco puesta Justicia de su mano.
  Vecinos del Cuzco se movilizan para servir al Virrey
No habían pasado muchos días que Gonzalo Pizarro caminaba, cuando veinticinco o treinta vecinos y los más principales del
Cuzco, todos hechos una confederación, se partieron, por otro
camino muy a la ligera y se vinieron a esta ciudad a servir al Virrey, y fue su llegada tres días después de ser el Virrey
preso, que a llegar antes de su prisión fuera posible que los negocios no pasaran como pasaron, sino que el Virrey fuera señor
y gobernara.
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Como Gonzalo Pizarro que venía marchando a gran prisa supo la venida de aquellos vecinos, en continente se alborotó él y
su gente, en tanta manera que faltó poco de que no dejar todos y perderse. Y pluguiera a Dios que así fuera, porque se hubieran
excusado todas las muertes y desastres que ha habido después. Pero tornando en sí Pizarro y esforzando y acariciando a sus
amigos, hubo de sustentarse, favoreciéndole la fortuna prósperamente, sin en dos años serle contraria en cosa alguna.
  Degüella Pizarro dos capitanes del Virrey
En esta coyuntura ya los de su campo trataban de amotinarse, porque secreta y ocultamente el Virrey había enviado dos capitanes
principales, llamados Gaspar Rodríguez y Felipe Gutiérrez, para que tratasen con amigos, que tenían de levantarse. Lo cual
sabido por Pizarro (que no pudo ser tan secreto que no lo supiese) los mandó prender y degollar, las cuales muertes fueron
hechas por Francisco de Caravajal, su Maestre de Campo. Puso esto mucho espanto en todos, que fue causa de asegurarse y mucho
más cuando llegó el capitán Pedro de Puelles con la gente que se le vinieron al Virrey y Gonzalo Díaz con la suya y los cuarenta
caballeros vecinos.
  Prisión de Vela Núñez hermano del Virrey. Recupera luego su libertad
Como el Virrey estuviese preso en la isla, como he dicho, por los Oidores, donde a pocos días también hicieron prender a su
hermano Vela Núñez y a otros amigos suyos, mandándolos meter en un navío que en este puerto está presto.
Y no pasando muchos días los dichos Vela Núñez y sus amigos se alzaron con el navío y se fueron
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con él a otro puerto distinto y desviado de éste no más de quince leguas. En este intermedio pasaron en esta ciudad muchas
cosas, algunas de cantidad y otras no tanta, las cuales dejaré de contar para no hacer gran proceso.
  Blasco Núñez Vela recupera su libertad y envía a Quito un mensajero desde el puerto de Tumbes
Los Oidores desde luego trataban de enviar a Castilla a Su Majestad al Virrey, entre los cuales comenzó a haber disensiones
sobre quién sería la persona que se hubiera de encargar de llevarlo, y al último se resolvieron en que lo llevase
un Oidor llamado el licenciado Álvarez, al cual vieron para que gastase en Castilla ocho o diez mil pesos de oro y para pagar
la gente de guardia que consigo llevase. Y así poniéndoselo en la nave y dándole las probanzas que contra él habían hecho.
Y como el Oidor se vio embarcado con el Virrey pareció ser que le tuvo miedo y comenzó a pedir testimonio cómo le parecía
que no hacía el deber en llevarlo preso y que él no quería ir con él, antes determinaba soltarlo y servirlo, como a Lugar
Teniente que era de Su Majestad y que en tal lugar le tenía y que desde luego le determinaba de morir en su servicio. Este
hombre fue uno de los que le prendieron y el que fue uno de los primeros en el tracto de su prisión y el que firmó el mandamiento
con que el capitán Martín de Robles le prendió. Puesto el Virrey en libertad, hízose a la vela, la vuelta de donde estaba
su hermano, lo cual sabido en esta ciudad, comenzaron desde luego a temer. El
Virrey con los que había adquirido, determinose en no salir de la tierra, antes de afirmarse en un puerto de ella, procurando
por todas vías rehacerse de gente y enviar proposiciones a todas partes de las que él creía que le podrían acudir
algunos. Y andando de esta manera llegó al puerto de Tumbes y desembarcándose allí hizo un mensajero a la
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ciudad de Quito y de San Miguel, que están en aquella comarca, protestándole el daño que se les podría recrecer acudiendo
a los Oidores o a Gonzalo Pizarro, los cuales iban contra las Ordenanzas y servicio de Su Majestad, y requeríales
más, que todos con sus armas y caballos vinieran donde él estaba, y que para el dicho efecto gastasen de las haciendas de
Su Majestad el oro o plata que bastase. Y como Tumbes es el puerto donde acuden todos los navíos que vienen de Nueva España
y de Panamá y allí toman vituallas para las derrotas, vínole muy a cuento al Virrey este puerto, porque acudieron a él algunos
navíos con gente, armas y caballos. Por manera que con los que por tierra vinieron y con los que recogió por la mar, juntaría
poco más de doscientos hombres y su intento era juntar de quinientos para arriba, para con ellos procurar de se apoderar de
la tierra.
  Apresan los Oidores a Vaca de Castro
Cuando el Virrey estuvo en esta ciudad de Los Reyes, procuró examinar la vida del licenciado Vaca de Castro qué tal había
sido y hacer probanza cómo había seguido la parcialidad de don Diego de Almagro y con él se habían hallado
en la batalla. Los cuales todos eran capitales enemigos del Vaca de Castro. Y así comprobando con estos tales y con otros
de este jaez, le pusieron muchos cargos y por estos respectos el Virrey hizo prender al Vaca de Castro. Y como después sucedió
la prisión del Virrey, sospechosos los Oidores de Vaca de Castro, lo prendieron y metieron en un navío que estaba en este
puerto, y guardándole con muchas guardas temieron desde luego que a esta causa habíase de haber algún nuevo alboroto en la
tierra.
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  Gonzalo Pizarro se acerca a la ciudad de Los Reyes
Estando los negocios en estos términos, los Oidores todavía cobraban sus salarios de la renta de la ciudad, teniendo por Presidente
de ella a un licenciado Cepeda, que tenía una provisión para poderlo ser en ausencia del Virrey, teniendo solamente cuenta
con interés que de ser Presidente se le seguía, teniendo entendido que Gonzalo Pizarro nunca sería contra el Audiencia Real,
antes él y los demás siempre creyeron que Pizarro fuera en sustentarla. Por cuya causa desde que Gonzalo Pizarro llegó cerca
de la ciudad a treinta leguas, luego los Oidores le enviaron a rogar que no entrase en la ciudad con mano armada ni con tanto
cuerpo de gente como traía, que con
ser a la sazón pasados de mil quinientos hombres y de día en día se llegaban más, porque en esta ciudad no quedaba un hombre
que no le siguiese, y no embargante los ruegos de los Oidores que eran que solos con cuarenta de a caballo entrase, pero dándosele
poco por ello, mandó mover todo su campo y artillería y afirmose en un arroyo que se hace una legua de la ciudad y allí no
quedó hombre en toda ella que no salió a recibirlo y a besarle las manos. Y desde allí envió una noche a su Maestre de Campo
a esta ciudad, con quince o veinte arcabuceros y entró secretamente y comenzó a prender a todos los vecinos del Cuzco que
allí estaban, como arriba he dicho, que se habían venido de su servicio, que fueron treinta poco más o menos, y como los prendía,
allí los ponía a muy buen recaudo en una cárcel, con muy buena guardia. Por manera que prendió los más y otros se le escaparon
y huyeron de la ciudad por el camino de abajo, la vuelta
del Virrey. Aunque verdaderamente en la ciudad se ignoraba dónde el Virrey estuviese.
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  Caravajal ordena ahorcar a tres vecinos del Cuzco
Finalmente que aquellas prisiones que el maestre de campo Caravajal hizo y algunos destierros que los Oidores hicieron, fue
la ocasión que iban los caminos llenos de gentes a servir al Virrey por temor que tenían a Pizarro y a los Oidores. En conclusión
que todos se fueron a juntar al puerto de Tumbes. Otro día de mañana después de ser presos aquellos vecinos del Cuzco, tomó
Caravajal maestre de campo, un escribano, pregonero y verdugo y con ellos, sin hacer contra los presos ningún auto ni probanza,
mandó sacar tres caballeros de entre todos los más principales, que se llamaban: Pedro del Barco, Mochín de Florencia y Alonso
de Saavedra, vecinos del Cuzco, a los cuales llevó fuera de la ciudad un cuarto de legua, la vuelta de donde estaba Gonzalo
Pizarro con su real asentado, y mandoles ahorcar de un árbol a todos tres, sin más tela de juicio. Y fue su intento porque
otro día había de pasar por allí el campo y fuese a todos notorio. Fue caso que a todos puso terror. El Pedro del Barco era
hombre que tenía más de ochenta mil pesos de oro y el Mochín de Florencia más de treinta mil. Hecho esto,
todavía se estaba Pizarro con su gente en el campo, aunque no descuidado de cartearse con muchos ni de procurar, por todas
vías, que los Oidores le confirmasen el nombre de Gobernador por Su Majestad hasta que Su Majestad otra cosa proveyese.
  Los Oidores nombran a Pizarro Gobernador en nombre de Su Majestad. Entra en la ciudad
Los Oidores no pudiendo hacer otra cosa hubieron de venir en lo que pedía, por estar el común de su parte y ser ellos los
que lo demandaban y pedían por su Gobernador, creyendo que esto sería parte a impedir las guerras y disensiones que podría
haber. En conclusión, que los Oidores hubieron de darle provisión de Gobernador
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en nombre de Su Majestad, hasta que otra cosa proveyese en contrario. Y ya después de acordado lo que se debía hacer, enviáronle
a notificar dónde estaba lo que el Audiencia había proveído, el cual con disimulaciones fingidas dio muestra de no querer
aceptar el cargo de Gobernador y Capitán General hasta tanto que suplicándole otras muchas veces, lo hubo de aceptar, siendo
la cosa que al presente más deseaba. Y luego el día siguiente hizo su entrada en la ciudad a punto de guerra, sus compañías
de infantería delante y los de a caballo a retaguardia y él en el cuerpo de la batalla y por esta orden entró y afirmándose
la gente en la plaza, pasaron todos hasta tanto que saliesen de cabildo, donde fue
recibido Gonzalo Pizarro por su Gobernador y Capitán General, según y como la provisión que acerca de ello le habían dado
los Oidores.
  Gonzalo Pizarro ejerce desde luego sus funciones
Y desde luego comenzó a usar de sus cargos tan absolutamente como si los heredara de su patrimonio. Y luego quitó los indios
a los conquistadores que en el discurso de atrás se le habían mostrado enemigos, y así mismo llevó por la misma medida a todos
los que habían seguido al Virrey y dábalos a aquellos que él quería y le parecía y otros y los más principales ponía en su
cabeza por gozar de los frutos y rentas de ellos. Como Gonzalo Pizarro se vio tan triunfante comenzó a enviar provisiones
por todas partes y desde luego a acudirle toda la tierra, y proveyó por tenientes a aquellos de quienes más confianza tenía.
Estando en esto, se supo en esta ciudad la verdad de la estada en Tumbes
del Virrey y que ahí recogía a los que más podía y cómo todos los que de Gonzalo Pizarro se habían huido, que eran hartos
de los principales, estaban con él. Visto y entendido por Gonzalo Pizarro lo que pasaba, comenzó a temer e
hizo proveer de tres capitanes para que con gente se fuesen a
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meter en San Miguel, que será cincuenta leguas de Tumbes y que por el camino recogiesen los más que pudiesen. Y así proveídos
los capitanes se partieron por el dicho camino de Tumbes, que está doscientas leguas, poco más a menos, abajo de esta ciudad,
pareciéndole a Gonzalo Pizarro que con la ida de estos capitanes podría vivir algún tanto descuidado en lo que tocaba al daño
que del Virrey podía recibir.
  Pizarro no permite que los Oidores participen en el Gobierno
Después que Gonzalo Pizarro entró en la ciudad, nunca más los Oidores se sentaron en los estrados de la Audiencia, ni cosa
proveyeron por su autoridad, sino era solamente el licenciado Cepeda que era muy su amigo y era o fue la amistad de entrambos
a causa que el Cepeda proveyera a Pizarro de toda cuanta moneda podía. Y vino la cosa en términos que no se hacía en aquella
ciudad más de lo que Cepeda hacía y proveía.
Hacia todo este tiempo Vaca de Castro estuvo preso en una nave del puerto de esta ciudad con buena guarda, el cual, como persona
sabia que era, tuvo siempre deseo de salir de esta tierra y no sabía por qué vía, porque tenía temor a Pizarro que le mandaría
matar, porque cuando Vaca de Castro gobernó, nunca dejó de estar sospechoso, temiéndose de Pizarro. Y acerca de esto tuvieron
entre ellos grandes pasiones, las cuales no replico por ser cosa larga.
  Pizarro envía unas barcas con gente a Panamá. La gente de Quito apoya al Virrey
Como ya el Virrey se iba apoderando en Tumbes de gente, y como de Quito le habían acudido todos los vecinos,
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súpolo Gonzalo Pizarro, pero como no tenía ningún navío no sabía qué hacer. Y su intento era enviar un Oidor, de los que
habían preso al Virrey, a dar cuenta a Su Majestad de lo acaecido en esta ciudad por la venida del Virrey. Y también quería
enviar una compañía de gente a Panamá, para tomar por las espaldas al Virrey, pero como no tuviese navíos, ni en este puerto
los hubiese más que dos barcas de pescadores, deshacía la rueda de sus pensamientos. Y viendo no tener otro ningún remedio,
mandó alzar las barcas para haberlas de enviar a Panamá y en ellas envió por Capitán a Hernando Bachicao con trescientos arcabuceros,
y en su compañía un Oidor, llamado Zereda y un
mensajero para Su Majestad, llamado Francisco Maldonado. Y dio facultad Pizarro a dicho capitán Bachicao para que, en llegando
a Panamá, despachase para Castilla al Oidor y a Maldonado y que procurase en Panamá hacer la más gente que
pudiese, lo cual así lo hizo, como adelante se dirá.
  El Virrey se entera de la movilización de capitanes de Pizarro. Bachicao se apodera de una nave mercante
Los tres capitanes, Gonzalo Díaz y Jerónimo de Villegas y Manuel de Estacio, ya estaban cerca de San Miguel, cuando dijeron
en Tumbes al Virrey cómo tres capitanes de infantería con mucha gente venían sobre él.
Incontinente proveyó que su hermano Vela Núñez, con ciento cincuenta hombres, les saliesen a resistir a los capitanes. En
aquel tiempo que el hermano fue, se quedó el Virrey en Tumbes con sólo cincuenta soldados y en el mismo tiempo bajó por la
costa el capitán Bachicao y llegó a Trujillo y tomó un navío cargado de mercaderías en la cual nave se metió y llevó consigo
y repartió la gente que traía en las barcas y otra alguna más que tomó en Trujillo, y con todos juntos se fue la vuelta de
Tumbes. Algunas personas que con el Virrey estaban, que se carteaban con el bando contrario, le hacían entender
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al Virrey, por atemorizarlo, que Bachicao por mar y Pizarro por tierra, con gruesos ejércitos, venían sobre él. El Virrey
no estaba falto de temor por verse con poca gente y esa que tenía haberla enviado con su hermano. Estando así en varios pensamientos
una tarde vieron asomar las dos barcas y la nave. De ver esto el Virrey temió, creyendo que todo cuanto le habían dicho era
la verdad, y esperaba a cada hora cuándo el ejército de por tierra le había de acometer.
  El Virrey huye de Tumbes. Bachicao se apodera del puerto y lo saquea en parte. Se le junta gente maleante
Estaba así mismo cuidadoso porque de su hermano Vela Núñez, que había enviado con los ciento cincuenta hombres a San Miguel,
no
sabía cosa ninguna. Y como reconoció que las tres velas que asomaron eran las dos barcas y la nave, dos navíos que estaban
en el puerto se fueron de allí y el Virrey hizo lo mismo, que con la más gente que pudo recoger se salió huyendo la vuelta
de su hermano que iba por caminos muy ásperos y desesperados. Por manera que habiendo el Virrey desamparado el Puerto, las
naves que en él estaban hicieron vela. Visto por el capitán Bachicao lo que pasaba, con su nave y con las
barcas fue en seguimiento de ellas, dándoles caza, y tanto las siguió y apretó que de tres tomó las dos, y la otra, en que
iba el capitán Juan de Llanos, se escapó por ser mejor de la vela que las otras, y fuese a Nicaragua. El capitán Bachicao
volvió con la presa al puerto de Tumbes y allí robó y afrentó a ciertas personas, y desde allí se hizo a la vela con todos
los navíos excepto con el que había vuelto de Trujillo cargado de mercaderías, y a este soltó con infinitas importunidades,
y así se anduvo por la costa recogiendo gente, que fácilmente hallaba donde quiera que llegaba, por ser tanta la libertad
que tenían con él, así de robar como de hacer otros cualquier daños,
que no había ningún vagabundo
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que sabido esto no le venía a buscar, por usar de aquellas libertades fundadas en maldad y en desafueros. Y así mismo recogió
algunos navíos de manera que cuando llegó cerca de Panamá, traía ocho navíos y cien hombres de guerra.
  Bachicao se acerca a Panamá y luego desembarca allí. Gran temor de sus habitantes. Se hace de navíos y gente. Todos ansían
pasar al Perú
Como los vecinos de Panamá vieron aquella flota espantáronse y alborotáronse, que ya sabían parte de esas pasiones que pasaban
en el Perú.
Llegado Bachicao a Panamá, procuró tomar algunos navíos que estaban en aquel puerto que andaban al tráfago. Los de Panamá
viendo esto, creyeron que en aquellas naves venían muchos de estas partes con ánimo de robar, por lo cual se pusieron en defensa
y los navíos quisieran huir si Bachicao los dejara, y porque uno de los maestros de una de las naves se puso en defensa, mandolo
tomar Bachicao y ahorcarlo de la antena de su nave. Lo cual visto por los de Panamá, les
fue causa de muy grande alboroto, y desde luego comenzaron a ir embajadores los unos a los otros, especial de Bachicao a los
de Panamá, diciéndoles que lo que querían y a lo que habían venido era a echar en tierra a un Oidor y a un caballero
y encaminarlos como pasasen al Nombre de Dios y de allí a Castilla a Su Majestad, y que ni querían otra cosa ni a más habían
venido. Lo cual oído por los vecinos, creyendo que así fuese y también porque era impedir el trato no hacerlo,
acordaron dejarlo desembarcar, y también por tener grato a Gonzalo Pizarro, por cuyo mandato venía el Bachicao, de todo lo
cual adelante se arrepintieron. Y desembarcado que fue, fueron tantos los que se le allegaron que dentro de pocos días tenía
más de mil y cuatrocientos hombres con los cuales comenzó
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a hacer y decir todo lo que quiso, así en Panamá como en Nombre de Dios en los cuales lugares o ciudades no dejó armas ni
caballos ninguno que no tomó, y lo mismo hizo a la ropa y fue tanto lo que robó que no se puede escribir, y tanta la gente
que se le llegó, que no quería tanta, todos a efecto de pasar al Perú, para la cual jornada ya el capitán Bachicao tenía quince
navíos.
  Llega a Quito el virrey Blasco Núñez Vela. Es Quito provincia de las mejoras y más provistas
de Indias. Tiene ricas minas
Como el Virrey llegó a Quito con poco más de ciento y cincuenta hombres fue muy bien recibido, porque iban con él algunos
vecinos de aquella ciudad que por el camino se le habían juntado, los cuales desde luego se le dieron por muy servidores y,
por el contrario, enemigos de Gonzalo Pizarro. Y así mismo de la gobernación de Francisco (sic) de Benalcázar le acudieron mucha gente. De modo que en
poco tiempo juntaría, sin los que había traído, pasados de cuatrocientos hombres bien aderezados de armas, y caballos, muy
a la voluntad del Virrey. Y estando allí contentos, por ser la provincia de Quito una de las mejores y más bastecidas de estas
partes, así de trigo como de carne, y muy sana, que es lo principal, y de muy ricas minas. Todo lo cual le vino al Virrey
a muy buen cuento, y como se vio con tanta gente, pensó ser señor absoluto de la tierra, sin contradicción alguna. Lo cual
no dejara de ser, si se estuviera en Quito y no se baja, como se bajó, a los llanos, porque, como es notorio, Quito está en
la sumidad de las montañas. Y desde allí bajando, comenzó a marchar y venirse a San Miguel.
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  Sale el Virrey con dirección a San Miguel. Órdenes de Pizarro
Lo cual fue sabido por los tres capitanes: Gonzalo Díaz y Fernando Villegas y Manuel de Estacio, que estaban juntos en San
Miguel. Con doscientos soldados saliéronse de la ciudad y subiéronse a la sierra y pusiéronse en un paso do venía a dar el
camino que traía el Virrey. Y aunque no sabían del todo la certidumbre de la venida del Virrey, pero no embargante se pusieron
a esperarlo allí, certificados que no podía venir por ningún otro camino. En estos intermedios no faltó quien avisó a Gonzalo
Pizarro de toda la determinación del Virrey y de cómo bajaba a los llanos y de la gente que traía. Para lo cual se aderezó
lo más bien que pudo con intento de salir al encuentro al mismo camino que llevaba. Y para efectuarlo tomó cuatrocientos hombres
y proveyoles de todo lo necesario muy largamente, así de armas como de caballos y de oro; enviolos a la
ciudad de Trujillo que está de esta ciudad a ochenta leguas. Y proveyó que su Maestre de Campo, Caravajal, saliese por otra
parte, y que Gómez de Alvarado, otro Capitán, saliese de las Chachapoyas con toda la gente que allí tuviese y para que más
pudiesen recoger se bajasen a Trujillo, y que a las pueblos donde llegasen no dejasen vecino, ni ningún hombre que fuese para
tomar armas, sino aquellos que fuesen menester, tasadamente, para sustentación de los pueblos.
  Llega a Trujillo Gonzalo Pizarro. El Virrey derrota a cuatro de sus capitanes
Como Gonzalo Pizarro llegó a Trujillo con toda su gente, incontinente envió a mandar a sus capitanes que estaban en frontera
que se retirasen con toda su infantería a otra provincia porque entendía que el Virrey venía muy pujante, lo
que los capitanes ignoraban. El Virrey
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tenía tomados muchos pasos, porque ya tenía adquirida mucha amistad con los indios y caciques, con facilidad lo podía hacer
y dar sobre los cuatro capitanes sin ser sentido, especialmente por estar muy descuidados. Y aunque habían sido avisados de
Gonzalo Pizarro y de otros amigos, no lo quisieron hacer, pareciéndoles ser menoscabo de honra ir con la gente que tenían,
coma se les enviaba a mandar. Estando los negocios en estos términos, supo el Virrey el estado en que estas cuatro compañías
se hallaban y conoció tenerles mucha ventaja, así por tener más gente que ellos como por estar algo descuidados. Determinose
por un camino de atajo de acometerlos y así lo puso por obra. Y puesto en camino, al cabo de dos o tres días una mañana al
alba dio con su gente sobre ellos, las cuales estaban desarmados y sin ningún temor, que por ser tan de mañana aún no habían
tomado las armas. Fue la llegada del Virrey tan repentina y súbita, que no tuvieron lugar de armarse ni tomar ninguna defensa.
Fueron presos muchos y otros huyeron, especialmente todos los capitanes y fue la causa de poderlo hacer, una muy gran niebla
que
sobrevino que no se veía un hombre a otro. El capitán Hernando de Alvarado fue uno de los que huyeron; éste nunca más pareció;
créese que le comieron tigres, por haber muchos en aquella provincia.
 
El Virrey victorioso avanza a Piura. Miguel Yánez muere en la horca
Como el Virrey viese la victoria de aquella batalla, cobró grande ánimo y no solamente él, pero todo su ejército. El cual
desde luego dio libertad a todos los que fueron presos, rogándoles quisiesen servir a Su Majestad, pues todo lo demás era
error y engaño notorio.
Y así con esta victoria y con toda su gente, al cabo de pocos días se fue a Piura, que es la ciudad de San Miguel, donde halló
toda la tropa alzada y toda la más
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gente huida. Ahorcó luego que llegó a un vecino de la dicha ciudad, llamado Miguel Yánez, y ahorcolo por los pies, en señal
de haber sido traidor.
  Pizarro se entera de la derrota en Trujillo
Gonzalo Pizarro, estando en Trujillo, supo el desbarato de sus capitanes y la venida del Virrey. Y desde luego mandó caminar
su gente y él con ellos setenta leguas que hay de Trujillo a San Miguel;
y llegando a los dos tercios del camino, se le juntaron poco más de cien hombres, de los capitanes Diego de Caravajal, que
estaba en Huanuco, y Gómez de Alvarado en las Chachapoyas. Y serían ya por todos los que Gonzalo Pizarro tenía, pasados de
quinientos hombres, tan bien aderezados de armas y caballos cuanto en Italia se pudiera hallar. Y allí hizo reseña y repartió
la gente por capitanes, así de infantería como de a caballo.
  Manda el Virrey a su hermano por el camino de Trujillo. Es ahorcado Argüello
Como el Virrey llegó a San Miguel, proveyó incontinente que su hermano, el capitán Vela Núñez, con cierta gente de a caballo
fuese a correr el campo por el camino de Trujillo. Y corriendo más de dieciocho leguas de San Miguel, dio de sobresalto en
unos bohíos donde había ocho o diez hombres, los cuales echaron a huir y uno solo que fue preso, fue ahorcado, porque se supo
de cierto haber sido soldado de Gonzalo Pizarro, el cual llamaba Argüello. Y de éste supo cómo Gonzalo Pizarro iba la vuelta
de donde el Virrey estaba y tan pujante que fue parte para que se hubiese de volver a donde el Virrey estaba al cual en secreto
dijo lo que pasaba,
sin que la
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gente lo entendiese, porque por ventura sintiéndolo fuera parte a que algunos desmayaran. Y desde luego apercibirse para
dar la batalla a Gonzalo Pizarro, que no se podía excusar topándose.
  Gonzalo Pizarro se acerca a San Miguel y celebra consejo con sus capitanes
Habiendo hecho reseña Gonzalo Pizarro de la gente que traía y puesto en orden todo su campo, comenzó a marchar con él y andaría
ocho leguas hasta llegar a un
lugar de veinticinco leguas de San Miguel, y allí asentó su real, sin saber más certidumbre de cosas del Virrey, sino que
estaba en San Miguel con cuatrocientos hombres, poco más o menos. Y por consiguiente tampoco el Virrey sabía
la bajada de Gonzalo Pizarro. Estando en estos términos y Gonzalo Pizarro en el lugar que he dicho, llamó a consulta a todos
sus capitanes sobre lo que se debía hacer, en la cual consulta se determinó que debían de dejar allí todo el
carruaje y la gente superflua y marchar a la ligera (sin embarazo ninguno) aquellos y veinticinco leguas que hay desde allí
a San Miguel, porque todas eran despobladas, de muy malo y perverso camino y falto de aguas.
Aprobado y tenido el consejo por muy bueno, comenzaron a ponerlo por obra, dejando allí todo el carruaje, creyendo a cada
paso encontrarse con el Virrey y con su gente. Y caminando todos quinientos hombres en ordenanza, dejándose todo el bagaje
o ropa en que había muchos aderezos de casa, mucho oro y plata, lo cual todo fue después de los indios de las comarcas que
lo hurtaron de aquel lugar, sin aprovecharse sus dueños de cosa ninguna de todo ello.
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  El Virrey decide salir de San Miguel
Puesto en camino Gonzalo Pizarro con su gente, marchó algunas leguas con increíble trabajo, a causa de ser el camino malo
y falto de aguas. Y así con esta necesidad llegó hasta ponerse cinco o seis leguas de San Miguel donde el Virrey estaba, que
aun entonces no sabía por entero la pujanza con que su enemigo venía, y pensó desde luego esperarlo y darle batalla, pero
como conociese en los suyos alguna falta de ánimo, a causa de no estar bien armados como los contrarios, ni ser tan expertos
en la guerra, determinó con todos ellos retirarse y tornarse a subir a la sierra, y así lo puso por la obra, que fue causa
este hecho de desanimar los suyos y que los enemigos cobrasen nuevos y mayores alientos.
  Gonzalo Pizarro emprende la persecución del Virrey al saber que salió de San Miguel. Pierde el Virrey toda su gente
Y así salido de San Miguel fue luego avisado Gonzalo Pizarro y comenzó a seguirle y enviar capitanes a la ligera en su rezaga,
por manera que la subida de la tierra le comenzó a dar caza y a matarle y tomarle la gente, y así le fue siguiendo hasta que
no le quedaron al Virrey obra de cincuenta hombres, los cuales escaparon a uña de caballo, y éstos se fueron por el mismo
camino que habían traído de Quito, con harta desventura.
  Robos y sevicias de la gente de Pizarro. Caravajal ahorca a gente de distinción y de valía
Fueron tantos los robos, fuerzas y violencias que las gentes de Gonzalo Pizarro hicieron en aquel alcance, que
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no bastara pluma a escribirlos. Pues se probó que de agujeta arriba no dejaron cosa. El Maestre de Campo de Pizarro, llamado
Caravajal, ahorcó en aquel alcance muchos, todos los más personas de valor y calidad; y a ninguno daba lugar a que
contestase y la cortesía que hacía al que había sido su amigo era que escogiese el árbol, por el canino, donde quería ser
ahorcado. De manera que en este alcance pasaron muchas cosas notables, dignas de que de ellas se hiciera memoria,
las cuales dejo, por evitar prolijidad; solamente diré cómo siguieron al Virrey pasadas de cuarenta leguas adelante de la
ciudad de Quito, que fue uno de los bravos alcances que jamás se haya hecho ni oído, que fue más de ciento y sesenta leguas
de donde le comenzó a dar en la recarga, hasta donde le dejó de dar caza, como adelante se dirá.
  El virrey Núñez de Vela llega en su retirada a la ciudad de Quito. Sale a Popayán. Pizarro
llega a Quito
Yendo el Virrey huyendo con poco más o menos de cincuenta de a caballo, como he dicho, llegó a la ciudad de Quito, donde halló
algunos vecinos y otra alguna gente a quien mandó, so pena de muerte, que dentro de tercero día se apercibiese cada uno con
sus armas y caballo, para haber de ir con él la vuelta de Popayán, que es la gobernación de Francisco (sic) de Benalcázar y llevar todo el oro y plata que pudiesen, así lo de Su Majestad como otro cualquiera, para salvarlo de Gonzalo
Pizarro, que dentro de pocos días entró en Quito, al cual mando algunos fueron obedientes y otros se huyeron. Y dentro del
término señalado se puso en camino y anduvo cuatro leguas y llegó a un pueblo sujeto a la gobernación de Benalcázar.
Gonzalo Pizarro fue marchando cuanto pudo a la ligera tras el Virrey, tomándole siempre cuanta gente podía, hasta llegar a
una provincia de indios llamada los
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Lignates y ahí se reformó lo mejor que pudo con la gente que le quedaba, no queriendo Gonzalo Pizarro seguir más, pareciéndole
que iba muy lejos y que no le podría alcanzar por mucho que anduviese.
  El Virrey mata tres capitanes suyos
Cuando Gonzalo Pizarro comenzó a dar en la recarga del Virrey, desde luego procuró escribir muchas cartas a los capitanes
de su contrario, rogándoles que lo matasen o prendiesen y se pasasen a él, y que él les prometía gratificarles y darles indios
y repartimientos cual ellos los supiesen escoger en toda la tierra. Si los capitanes pensaron hacer lo que les aconsejaba
o no, no me entremeto; pero parece que se temió el Virrey y mató a puñaladas, cuando se iba huyendo, tres de sus capitanes,
y los más principales, que fueran: Rodrigo del Campo, Gaspar Gil y Serna.
  El capitán Bachicao sale de Panamá con gente y va a juntarse con Pizarro
El capitán Bachicao que estaba en este tiempo en Panamá, a la sazón que el Virrey estaba haciendo gente en Quito para venir
a San Miguel, tenía el dicho Capitán quinientos hombres de guerra, repartidos bajo ciertos capitanes, entre algunos de los
cuales hubo determinación de matar a Bachicao, vistos los agravios infinitos y abominaciones que hacía en Panamá y las desvergüenzas
que contra la Audiencia Real cometía. Y no haciendo tan secreta la conjuración como debía, fue avisado el Bachicao, y prendió
tres o cuatro de ellos y sin ninguna información los mandó degollar sin darles lugar a que confesasen sus pecados. Degolló
entre ellos a un vecino, conquistador de la tierra, nombrado capitán
Bartolomé Pérez,
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persona valerosa y que siempre en estas partes había mantenido mucha honra. Y luego hizo otros capitanes y comenzó a dar
orden de pasar a esta tierra con quince navíos que tenía recogidos en Panamá, donde metió toda su gente y
se hizo a la vela y en poco tiempo, llevando próspero viaje, llegó a Tumbes, en el cual camino también ahorcó y mató cuatro
personas, que no era nadie para impedírselo. Cuando Bachicao llegó con el armada a Tumbes, estaba a la sazón el Virrey en
San Miguel y envió provisiones a Bachicao para que se le pasase con aquella gente, prometiéndole que le gratificaría en la
tierra aquel servicio y más, que tendría manera con Su Majestad para que le diese el hábito de
Santiago. El Bachicao no quiso hacer cosa de las que el Virrey le pedía, que a hacerlo, el Virrey quedaba apoderado de la
tierra. Y sabido por Bachicao cómo Gonzalo Pizarro había desbaratado al Virrey y que se iba a meter en Quito, y allí le llegó
mandado de Pizarro, que se fuese a juntar con él en Quito. Temíase Gonzalo Pizarro del capitán Bachicao, por estar tan pujante
de gente, armas y caballos, no se le tornase enemigo, porque estaba en coyuntura Bachicao de hacer importantes servicios a
Su Majestad, pero él no curándose de nada, obedeció a Pizarro y fuese por mandado a una vista con toda el armada. Y desembarcando
toda la gente y caballos en balsas y en un pueblo despoblado que está fundado sobre un río sondable, allí asentó su real.
Y desde allí, a cabo de pocos días, se partió con toda ella por tierra la vuelta de Quito, a menos de diez leguas.
  Gonzalo Pizarro y Bachicao se meten en Quito
Gonzalo Pizarro a la sazón había andado siguiendo al Virrey por otro camino y puestos en el mismo paraje, supo cómo su capitán
Bachicao había llegado con su armada, al cual envió a mandar
que dejase la gente a recaudo y se viniese a solas a ver con él. Algunos quisieron decir que hizo esto Pizarro de temor, pero
al último
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Bachicao hizo lo que se le mandó, pero no fue bien recibido de Pizarro, antes le mostró tenerle muy mala voluntad, por las
muchas quejas que de él había oído y por las enormidades que en muchas partes había usado.
Pero al fin Pizarro se metió en Quito y lo mismo hizo la gente de Bachicao, que hecha todo un cuerpo serían por todos mil
y trescientos bien armados, y allí descansó algunos días.
  Pizarro envía a Panamá al capitán Hinojosa con el título de General
Estando así, Pizarro determinó de enviar al capitán Pedro de Hinojosa a Panamá con trescientos hombres, los mejores de su
ejército, recelándose que el Virrey no se fuese por la vía de Panuco a Panamá y que allí se tornase
a fortificar y volviese sobre él pujante. Y dándole al Hinojosa el título de General de aquella gente, le envió, por ser el
hombre de sus capitanes de quien tenía más confianza que en ningún otro, y envió en su compañía
a los capitanes Rodrigo de Caravajal y a Juan Alonso Palomino. Y así marchando con la gente, llegaron al puerto donde Bachicao
había dejado los navíos y embarcándose en ellos hicieron vela, la vuelta de Panamá, que no pasaron muchos días que no llegaron
allá, como en su lugar se dirá.
  Los vecinos de Panamá deciden resistir a Bachicao y alzan bandera por Su Majestad
Como Bachicao hubiera hecho tantas injusticias en Panamá durante el tiempo que en ella estuvo quedaron todos los vecinos de
allí, los de Nombre de Dios como los de Panamá, tan mal con él que de todos era deseada la muerte y creyeron que
llegado a Gonzalo Pizarro lo
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tornara a enviar, para lo cual acordaron de ponerse en armas y a él y a otros cualquier capitanes defenderle la entrada.
Y así como lo pensaron lo pusieron por obra y arbolaron bandera y a nombre de Su Majestad crearon un Capitán llamado Juan
de Illanes, con cierta gente por virtud de ciertas provisiones que el Virrey les había enviado desde Tumbes. Por manera que
los de Panamá juntarían de trescientos hombres para arriba y tenían sus guardas y centinelas por la costa, a título que no
viniese navío ni barca, ni bergantín de Perú q |