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    Cuentos del terruño
     Emilia Pardo Bazán
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Cuentos del terruño


Emilia Pardo Bazán


[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de OO. CC. (Madrid, Aguilar, 1964, T. II, pp. 1277-1316) y cotejada con la edición crítica de Juan Paredes Núñez (Cuentos completos, La Coruña, Fundación Pedro Barrié de la Maza, Conde de Fenosa, 1990, T. II, pp.311-362).]




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El fondo del alma


El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.

Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en la hornilla.

La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo, el hijo del mayorazgo de Sanin, perdidamente enamorado de Candelita, la graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.

Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio, Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La muchacha no tenía un céntimo, pero... ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un empeño tan terco, tan insensato!

-Allá él, señores... -así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas, otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena», fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»... Al cabo, ellos no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.

-La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal Candelita más que las otras, vamos a ver!...

En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento suyo... francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba, adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión, opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo...

Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse... Además, tenían luna para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos. Don Vidal refunfuñó entre dientes:

-Mal pleito para embarcarse. Vararemos.

Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa...

Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni remeros. La registradora empezó a renegar:

-¡Dadles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!

Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:

-Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.

-¿Sabéis vosotros patronear? -preguntó Cesáreo, algo alarmado.

-Con la ayuda de Dios, saber sabemos -afirmaron humildemente. Se conformaron los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba, obedeciendo las indicaciones de los prácticos.

Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas, porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto embeleso.

-Nadie ha querido como yo en el mundo -susurraba el hijo del mayorazgo al oído de su amada.

-Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no lleguemos nunca!

-¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de un remero-. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!

Don Vidal quiso obedecer... Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.

Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del impermeable y exclamó con suprema angustia:

-¡Candela! ¡Candelita!

Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.

-¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!

Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y furiosa, que le arrastraba, que podía más.

-Suelta... No te agarres... Échame sólo un brazo al cuello... Que nos vamos a fondo...

La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga: Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».

El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto; ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no comprendía. Chilló, desvariando:

-¡Candelita! Candela!

La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran mar del olvido.

«El Imparcial», 11 de junio de 1906.




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El «Xeste»


Alborozados soltaron los picos y las llanas, se estiraron, levantaron los brazos el cielo nubloso, del cual se escurría una llovizna menudísima y caladora, que poco a poco había encharcado el piso. Antes de descender, deslizándose rápidamente de espaldas por la luenga escala, cambiando comentarios y exclamaciones de gozo pueril, bromas de compañerismos -las mismas bromas con que desde tiempo inmemorial se festeja semejante suceso-, uno, no diré el más ágil -todos eran ágiles-, sino el de mayor iniciativa, Matías, desdeñando las escaleras, se descolgó por los palos de los mechinales, corrió al añoso laurel, fondo del primer término del paisaje, cortó con su navaja una rama enorme, se la echó al hombro, y trepando, por la escalera esta vez, a causa del estorbo que la rama hacía, la izó hasta el último andamio, y allí la soltó triunfalmente. Los demás la hincaron en pie en la argamasa fresca aún y el penacho del xeste quedó gallardeándose en el remate de la obra. Entonces, en trope, empujándose, haciéndose cosquillas, bajaron todos.

Eran obreros -no condenados, como los de la ciudad, a la eterna rueda de Ixión de un trabajo siempre el mismo-. Mestizo de cantero y labriego, en verano sentaban piedra, en invierno atendían a sus heredades. Organizados en cuadrilla, iban a donde los llamasen, prefiriendo la labor en el campo, porque en las aldeas, ¡retoño!, se vive más barato que en el pueblo, se ahorra casi todo el jornal, para llevarlo, bien guardado en una media de lana, a la mujer, y mercar el ternero, y el cerdo, y las gallinas, y la ropa, y la simiente del trigo, y algún pedacillo de terruño. No sentían la punzada del ansia de gozar como los ricos, que asalta al obrero en los grandes centros; el contacto de la tierra les conservaba la sencillez, las aspiraciones limitadas del niño; disfrutaban de un inagotable buen humor, y la menor satisfacción material los transportaba de júbilo. Sus almas eran todavía las transparentes y venturosas almas de los villanos medievales.

Se atropellaban por la escala, sonando en los travesaños húmedos la madera de los zuecos, y ya abajo hacían cabriolas, despreciando la frialdad insinuante de la llovizna triste y terca. ¿Qué importaba un poco de friaje? Ya se calentarían bien por dentro, con el mejor abrigo, el abrigo de Dios que es la comida y la bebida. Allá lejos divisaban el humo, corona de la chimenea de la casa señorial, y el montón de leña ardiendo que producía aquel humo les guisaba su cena, la cena solemne del xeste, el banquete extraordinario ofrecido desde la primavera para el día en que terminasen las paredes del nuevo edificio. ¡Daba gusto tratar con señores, no con contratistas miserables! El xeste del contratista..., sabido: un cuarterón de aguardiente, una libra de pan reseso. ¡En el obsequio del señor se vería lo que es rumbo! El agua se les venía a la boca. Se miraron, se hicieron guiños, saboreando la proximidad del placer, en el cual pensaban a menudo ya desde el instante en que los peones abrieron la zanja de los cimientos.

Era temprano aún para que la cena estuviese lista, pero convinieron en dirigirse cara allá, y Matías se ofreció a enjaretarse con cualquier pretexto en la cocina y adelantarles noticias del festín. Vistiéndose las chaquetas sobre las camisas mojadas y la cuadrilla se puso en camino, zanqueando, aplastando la hierba sembrada de pálido aljófar. A pocos pasos de la casa, ante la tapia del huerto, se pararon, irresolutos; pero aquel enredante de Matías, como más despabilado, se fue muy serio hacia el abierto portón, lo cruzó, y al cabo de diez minutos volvió agitando las manos, bailando los pies. ¡Qué cena, recacho, qué convite! Aquello era lo nunca visto ni pensado. ¡Unas cazuelas así... y que echaban un olido! ¡El vino en ollas, para sacarlo con el cacillo de la herrada; y hasta postres, arroz con leche, manzanas asadas con azúcar! ¡Y orden del señor de que podían entrar y calentarse a la lumbre mientras se acababa de alistar la comilona! Entrasen todos, canteros y peones, y el chiquillo carretón de los picos, también... Matías, volviéndose algo contrariado, añadió:

-Tú no, Carrancha... Tú quédate...

Nadie protestó. Era un parásito desmirriado, un mendigo, que no formaba parte de la cuadrilla.

Sin fuerzas para trabajar, medio tísico, se pegaba a los canteros, y como no hay pobre que no pueda socorrer a otro, le daban corruscos de pan de maíz, restos de su frugal comida. Carracha padecía hambre crónica; para pedir limosna alegaba males del corazón, mil alifafes; pero su verdadera enfermedad, el origen de su consunción, era el no comer, el haber carecido de sustento desde la lactancia, pues estaba seca su madre... La cocinera de los señores no quería a Carracha de puertas adentro, en razón de que una vez faltó una cuchara de plata, coincidiendo con haber dado al mendigo sopas en escudilla de barro y con cuchara de palo. Carracha quedó excluido; ni en ocasión tan señalada había indulgencia para él. Se le oscureció el semblante demacrado, lo mismo que si lo envolviesen en negro tul. ¡No ver el comidón! Sólo con verlo, sin catarlo, imaginaba que se le calentaría la panza floja y huera. La cuadrilla, con alegre egoísmo, reía de la decepción del infeliz, y, a empellones, se precipitaba adentro, a aquel paraíso de la cocina... ¡Pues lo que es él, Carracha, no se movía de allí! Y se quedó fuera, hecho un can humilde...

A las siete en punto sacaban, humeantes, las grandes tazas de caldo de pote, y el señor se aparecía un momento, risueño, longánimo.

-A comer, muchachos; a rebañarme bien esas tarteras; que no quede piltrafa; denles cuanto necesiten... ¡Que nada les falte!

Desapareció, para que comiesen con más libertad, y empezó el cuchareo, alrededor de la larga mesa de nogal bruñido por el uso. ¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta! Caldo lo comían diariamente los canteros: constituía su alimentación; pero era un aguachirle, unas patatas y unas berzas cocidas sin chiste ni gracia. Por real y medio diario de hospedaje, ¿qué manutención se le da a un cristiano, vamos a ver?

A este caldo no le faltaba requisito: su grasa,sus chorizos, su rabo, sus tajadas de carne... Y al elevar la cuchara a la boca, los canteros se estremecían de beatitud. Sólo en Nadal, y allá por Antruejo, y el día de la fiesta de la parroquia, les tocaba un caldo algo sabroso, ¿pero como este? ¡Los guisantes de los señores tienen un sainete particular! Cada cual despachó su tazón; muchos pidieron el segundo. Que viniese después gloria. No sería mejor que aquel caldo. Y Matías, chistoso como siempre -¡condenado de Matías!-, anunció a voz en cuello, jactándose:

-Yo, de cuanto venga, he de arrear tres raciones. Lo que coman tres, ¿oís? cómolo yo.

-No eres hombre para eso -observó flemáticamente Eiroa, el viejo asentador de piedra, siempre esquinado con Matías.

Y éste, que acababa de echarse al coleto dos cacillos de vino seguidos, respondió con chunga y sorna:

-¿Que no soy hombre? Pues aventura algo tú... Aventúrame siquiera un peso de los que llevas en la faja.

Hubo una explosión de carcajadas, porque la avaricia de Eiroa era proverbial. ¡Jamás pagaba aquel roña un vaso! Pero el asentador, echando a Matías una mirada de través, replicó, con igual tono sardónico:

-Bueno, pues se aventura, ¡retoño! Un peso te ganas o un peso me gano. ¡Recacho, Dios!

¡Cerrada la apuesta! Los canteros patearon de satisfacción. ¡Cómo iban a divertirse! Eiroa, sin perder bocado, con la ojeada que tenía para notar si las piedras iban bien de nivel, se dedicó a vigilar a Matías. ¡No valen trampas! Sí; en trampas estaba pensando Matías. A manera de corcel que siente el acicate, su estómago respondía al reto abriéndose de par en par, acogiendo con fruición el delicioso lastre. Después de las tres tazas de caldo con tajada y otros apéndices, cayeron tres platos de bacalao a la vizcaína, de lamerse los dedos, según estaba blando, sin raspas, nadando en aceite, con el gustillo picón de los pimientos. Luego, despojos de cerdo con habas de manteca, y en pos la paella, o lo que fuese; un arroz en punto, lleno de tropezones de tocino, que alternaban con otros de ternera frita; y los estipulados tres platos llenísimos a cogulo, fueron pasando -ya lentamente- por el tragadero de Matías. Sordos continuos del rico tinto del Borde le ayudaban en la faena. Empezaba a sentir un profundo deseo de que el lance de la apuesta parase allí, de que no sirviese la cocinera más platos. La algazara de los compañeros le avisó: aparecía un nuevo manjar, tremendo; unas orondas, rubias, majestuosas empanadas de sardina. A Matías le pareció que eran piedras sillares, y que sentía su peso en mitad del pecho, oprimiéndole, deshaciéndole las costillas. Una ojeada burlona del asentador le devolvió ánimos. ¡Aunque reventara! Y, fanfarroneando, pidió media empanada para sí. Mejor que andar ración por ración. ¡Venga media empanada! Un murmullo de asombro halagador para su vanidad corrió por la mesa. La cocinera reía, mirando con babosa ternura a aquel guapo muchacho de tan buen diente. Y le partió la empanada, dejándole el trozo mayor.

Principió a engullir despacio, auxiliándose con el tinto. Masticaba poderosamente, y la indigesta pasta descendía, revuelta con el craso y plateado cuerpo de las sardinas, con el encebollado y el tomate del pebre. Le dolían las mandíbulas, y hubo un momento en que lanzó un suspiro hondo, afanoso, y paseó por la cocina una mirada suplicante, de extravío. Eiroa soltó una pulla.

-¡No es hombre quien más lo parece!

-¡Recacho! ¡Eso quisieras! ¡Se gana el peso!

Y el cantero, con esfuerzo heroico, supremo, pasó el último bocado de empanada y tendió el plato para que se lo llenasen de lo que a la empanada seguía: el arroz con leche y canela, al cual acompañaban unas tortas de huevo y miel, tan infladas, que metían susto... A la vez que los postres sirvióse el aguardiente, una caña de Cuba, especial. ¡Qué regodeo, qué fiesta, qué multiplicidad de sensaciones voluptuosas, refinadas! La cuadrilla estaba en el quinto cielo; perdido ya del todo el respeto a la cocina de los señores, hablaban a gritos, reían, comentaban la colosal apuesta. El desfallecimiento de Matías era visible. ¿A que no colaban los tres platazos de arroz? ¡Bah! ¡A fuerza de caña! El cantero, moviendo la cabeza abotagada, hacía señas de que sí, de que colarían, y pasaba cucharadas, dolorosamente, como quien pasa un vomitivo.

Allá fuera, Carracha, el excluido, se pegaba a la pared, a fin de percibir olores, escuchar ruidos, participar con la exaltada imaginación del hartazgo. Sus narices se dilataban, sus fauces se colmaban de saliva. ¡Qué no diera él por verse a la vera del fogón! ¡Y cuánto duraba la comilona! Matías le había prometido traerle algo, la prueba, en un puchero... ¿Se acordaría?... A todo esto, el agua menuda de antes, el frío orvallo, iba convirtiéndose en lluvia seria, y el hambrón sentía sus miembros entumecidos, y bajo sus pies unas suelas de plomo helado. Temblaba, pero no se iba, ¡quiá! El mastín de guarda le labró dos o tres veces, enseñándole los dientes agudos, pero le conocía desde antes de aquello de la cuchara, y el ladrido fue sólo una especie de fórmula, cumplimiento de un deber.

¡Atención! ¿Qué clamor se alzaba de la cocina? ¿Reñían acaso? ¿Una desgracia? El hambriento vio que la puerta se abría con ímpetu, y salían disparados de la cuadrilla hechos unos locos.

-¡El médico! ¡El médico!... -dijeron al pasar...

Carracha notó que la puerta no se cerraba, y con su timidez canina, haciéndose el chiquito, se coló dentro, mascando el aire espeso, saturado de emanaciones de guisos sustanciosos y bebidas fuertes. Nadie le hizo caso. Rodeaban a Matías; le habían arrancado la chaqueta, desabrochado la camisa; le echaban agua por la cara, y su pelo negro, empapado, se pegaba al rostro violáceo por la fulminante congestión. Y el cantero no volvía en sí..., ni volvió nunca. Según el médico, que llegó dos horas después -vivía a legua y media de allí-, de la congestión podría salvársele, pero había sido lo peor que al hincharse los alimentos, el estómago de Matías se abrió y se rajó, como un saco más lleno que su cabida máxima...

-El Señor nos dé una muerte tan dichosa -repetía Carracha, sinceramente, pasándose la lengua por los labios y recordando el hartazgo que gozó en un rincón, mientras todo el mundo se ocupaba de Matías.

«El Imparcial», 5 de enero de 1903.




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Curado


Al salir el médico rural, bien arropado en su capote porque diluviaba; al afianzarle el estribo para que montase en su jaco, la mujerona lloraba como una Magdalena. ¡Ay de Dios, que tenían en la casa la muerte! ¡De qué valía tanta medicina, cuatro pesos gastados en cosas de la botica! ¡Y a más el otro peso en una misa al glorioso San Mamed, a ver si hacía un milagriño!

El enfermo, cada día a peor, a peor... Se abría a vómitos. No guardaba en el cuerpo migaja que le diesen; era una compasión haber cocido para eso la sustancia, haber retorcido el pescuezo a la gallina negra, tan hermosa, ¡con una enjundia!, y haber comprado en Areal una libra entera de chocolate, ocho reales que embolsó el ladrón del Bonito, el del almacén... Ende sanando, bien empleado todo..., a vender la camisa!... pero si fallecía, si ya no tenía ánimo ni de abrir los ojos!... ¡Y era el hijo mayor, el que trabajaba el lugar! ¡Los otros, unos rapaces que cabían bajo una cesta! ¡El padre, en América, sin escribir nunca! ¡Qué iba a ser de todos! ¡A los caminos, a pedir limosna!

Secándose las lágrimas con el dorso de la negra y callosa mano, la mujerona entró, cerró la cancilla, no sin arrojar una mirada de odio al médico que, indiferente, se alejaba al trotecillo animado de su yegua. Estaban arrendados con él, según la costumbre aldeana, por un ferrado de trigo anual; no costaban nada sus visitas..., pero, ¡cata!, ellos se hermanan con el boticario, recetan y recetan, cobran la mitad, si cuadra..., ¡todo robar, todo quitarle su pobreza al pobre! Y allí, sobre la artesa mugrienta, otro papel, otra recitiña, que sabe Dios lo que importaría, además del viaje a Areal, rompiendo zapatos y mojándose hasta los huesos.

Lejos, en el fondo de la cocina, apenas alumbrada por una candileja de petróleo, se oía el fatigoso anhelar del enfermo y el hálito igual, dulce, de los tres niños echados en un mismo jergón de hojas de maíz. El fuego del lar aún ardía semiextinguido. Una sabandija corrió un instante por la pared y se ocultó en un resquicio, dejando la medrosa impresión de su culebreo fantástico, agigantado por la proyección de sombra. La vaca, en el establo, mugió insistente, llamando a su ternerillo; fuera aulló el perro. La mujerona, con movimiento de cólera, agarró la receta y la echó a las brasas, donde se consumió trabajosamente el recio papel...

Quejóse el enfermo, con aquel quejido suyo, desgarrador, de rabia y náusea, y la madre, acercándose al cajón de tablas pegado al muro -el lecho aldeano-, se inclinó sobre el mozo y susurró a su oído:

-Calla, mi yalma, que ende amaneciendo voy por el mediquín, y te lo traigo, y te cura.¡Como hay Dios que voy por él! ¡Ya no me pasa el médico esa puerta!

Era el supremo recurso, la postrera ilusión de todo labriego en aquella parroquia de Noan -el curandero, el médico libre, sin título, que ejercía secretamente, acertando más, ¡buena comparanza!, que los otros pillos-. El mediquín no recetaba. Llevaba consigo, en el profundo bolso, tres o cuatro frasquetes y papelitos doblados, unas gotas y unos polvos, y en el acto administraba lo preciso; no había que trotar hasta Areal, esperar los siete esperares en la botica y después largar pesos al boticario, que el diaño cargue con él. Una peseta o dos al mismo mediquín, y campantes; y el mozo, antes de una semana, sachando en la heredad.

Aún no blanqueaba el alba, anunciándola tan sólo vago reflejo cárdeno hacia el bosque, cuando salió la mujerona, arrebujada la cabeza en su mantelo de burel, haciendo saltar barro líquido ¡flac!, ¡flac! de los charcos, al hincar en ellos las enormes zuecas. Cuando volvió, acompañada del curandero, que renegaba del tiempo- ¡vaya una invernía, vaya un perro llover!- a la puerta de la choza la esperaba el mayor de los pequeños, Juaniño, asustado, descalzo, manoteando.

-¡Señora madre..., que Eugenio está al cabo! ¡Que ya no atiende cuando le gritan!

La mujerona y el curandero se precipitaron; el interior de la choza parecía tenebroso a quien venía del exterior, de la claridad que ya empezaba a derramar un mustio amanecer de noviembre, y el mediquín encendió cerillas, y a la intermitente luz examinó al moribundo. Un gemido horrible, lento, rumiando, por decirlo así, salió de la fétida cama.

-¡Ay Virgen de la Guía! ¡Ay San Mamed! -clamó la madre-. ¡Es el estortor! ¡Está gunizando!

-No, mujer, no; calle, no se desdiche, que va a descansar.

La voz del curandero fue como un conjuro. El gemido se atenuó. Por la única ventana de la choza entró un rayo dorado del sol naciente. Los tres chicuelos, asombrados y respetuosos, permanecían en pie, mal despiertos, enredados los rubios rizos, sofocados aún los carrillos, metido el índice en la boca. Esperaban el milagro que iba a realizarse, y sus almitas cándidas y nuevas se entreabrían para acoger el rocío de lo maravilloso. ¡Aquel señor regordecho, de gabán de paño azul y gorra de cuadros verdes, podía curar a Eugenio! ¿Cómo? ¿De qué manera? Por una virtud... Eso, por una virtud... El caso es que iba a curarle. Eugenio no gemiría más; no tendría aquellas ansias tan grandísimas; cerraría los ojos y dormiría como un santo bendito.

El curandero, entretanto, sacaba del bolso uno de sus frasquetes no rotulados, lo miraba un instante al trasluz, enderezaba el cuentagotas, pedía agua, que le traían en un cuenco de barro, dosificaba y, cuenco en mano, volvía a llegarse al lecho... Con un brazo pasado alrededor del cuello del moribundo, le hacía beber, beber... ¡Asombroso caso! El mozo bebía y guardaba lo bebido... Cruzó las manos la madre, deshaciéndose en bendiciones. El curandero dejó suavemente sobre la almohada de follato la cabeza de revueltas greñas, de cara demacrada, color de arcilla. Una imperceptible sonrisa, una ráfaga de paz, de bienestar, sosegaron un momento la dolorosa faz atormentada del enfermo.

-Te va bien, yalma? -preguntó, embelesada, la mujerona.

-Sí, señora...; muy bien... -respondió él, dulcemente.

Del pico de un pañuelo salieron tres pesetas, que el curandero, al retirarse, guardó en el ancho bolsón de su abrigo; el precio de la visita y de la pócima. Los pequeñuelos permanecían absortos. ¡Eugenio no se quejaba ya! ¡Le veían así... dormido, tan sereno.... respirando maino, a modo del aire entre el trigal! ¡Como un santo, un santo bendito!

Ni se enteraron de que, hacia el mediodía, aquel ligero susurro cesó... La madre, al acercarse para administrarle otra dosis de la medicina milagrosa, tocó algo ya frío, rígido: un cuerpo inerte. Alzó estridente alarido. Se mesó las canas a puñados, se clavó las uñas en el pergamino del rostro... y Juaniño, consolándola, cogiéndose a su zagalejo remendado, repetía:

-No se apure, señora... Voy por el curandero... Calle, que se lo traigo ahora mismo...

«Blanco y Negro», núm. 617, 1903.




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Consuelos


María Vicenta, la costurera, alzó la cabeza, que tenía caída sobre el pecho, y momentáneamente llevó sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de entrada. Se oía ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en el suelo, refunfuñando:

-Veintitrés reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores, bien pintada...

En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un forro chillón de percalina rosa. No se hacía en Areal nada más elegante. Con extrañeza notó Selme que la costurera no admiraba el pequeño féretro. Acababa de fijar ahincadamente la vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito, amortajado con el traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y moños de colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas amoratadas, señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de repetir y ampliar su relación.

-Vengo cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can. No me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría prisa la caja, mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre, echa un vaso, que un vaso en un estante se echa». Pero ni eso, diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho reales. Cinco los puse yo de mi dinero...

Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.

-Ahí tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.

Selme desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que había vuelto a sentarse.

-Aún es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y, ¡qué carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se me llevó Dios a cuatro rapaces, y para esos menos tengo que trabajar. Anda, que moza eres, y cuando vuelva tu mozo de servir al rey y casedes, verás... ¡A fellas que los chiquillos nácente y médrante más pronto que los carballos!

-Selme -respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la lacena una botella que hay mediada y echarás un vaso.

No hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena, fueron entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el regreso del cantero con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad de ver la caja bonita, un objeto de lujo. La señora Antonia, la viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria consoladora, por ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas las viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar coplas!

-María Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando a la costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor del Cielo divino un ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está alegre, el bendito San Antón está que hasta pega gargalladas, y los demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar como locos. Llega allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con violines, panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música! ¡Dichoso dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen llevado a nosotras, enfelices, que nos hemos pasado la vida sudando para ganar el triste comer! A tu neno ahora le regala rosquillas la Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de oro, y de plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba, María Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas desagradecida con el Señor, que tanto bien te hizo!

La costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared. Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...

-¡Apartad, apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se desviaron, estremecidas sin saber por qué...

María Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se hubiese dormido. Por fin, la llamaron, la sacudieron, gritaron a su alrededor:

-¡Los señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los señores amos!

Rígida, muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto, los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban costura, la enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran los amos de la aldea, los dueños de la quinta; un caballero de barba gris, una dama cuarentona, muy retocada, de traje de percal incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de encaje negro. La pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:

-¡Sea todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto... Tranquilízate tú ahora, María Vicenta, que, como estabas criando, puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es muy serio. ¿Por qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada que hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la carretera... Te distraerás con los compañeros en la cocina...

No hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el murmullo sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora, entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo.

-Es preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado en tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia, ni caldo, ni ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como otros, que en casos así despiden a las muchachas... Hasta el día antes de tu apuro, has cosido en casa, has tenido buena comida, que en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el chico, le dabas de mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es cierto? Pues, hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza? Recíbelo así; a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a vivir mejor desde ahora. ¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de antes..., como si no existiera. Y si te persigue, le respondes: «No me propongas picardías... Soy la madre de un ángel». ¡Si hoy debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes allá? Sin coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...

La madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de volverse hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión para meter el cuerpo en la caja. Selme la cerró y la tomó a cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que hasta el camposanto el viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero, y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto, regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron a María Vicenta...

Pegó un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino la depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco, profundo, como de animal herido, salió de la garganta de María Vicenta, al desplomarse al suelo con el ataque de nervios. Se retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía, sí. Cumplía la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada, a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron, apurados, confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo posible para consolarla?

«El Imparcial», 23 de febrero de 1903.




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Leliña


Siempre que salían los esposos en su cesta, tirada por jacas del país, a entretener un poco las largas tardes de primavera en el campo, encontraban, junto al mismo matorral formado por una maraña de saúcos en flor, a la misma mujer de ridículo aspecto. Era un accidente del camino, cepo o piedra, el hito que señala una demarcación, o el crucero cubierto de líquenes y menudas parasitarias. Manolo sonreía y pegaba suave codazo a Fanny.

-Ya pareció tu Leliña... ¡Qué fea, qué avechucho! En este momento, el sol la hiere de frente... Fíjate.

La mayordoma les había referido la historia de aquella mujer. ¿La historia? En realidad, no cabe tener menos historia que Leliña. Sin familia, como los hongos, dormía en cobertizos y pajares -¡a veces en los cubiles y cuadras del ganado!- y comía..., si le daban «un bien de caridad».

Sin embargo, no mendigaba. Para mendigar se requiere conciencia de la necesidad, nociones de previsión, maña o arte en pedir..., y Leliña ni sospechaba todo eso. ¿Cómo había de sospecharlo, si era idiota desde el nacer, tonta, boba, lela, «leliña»? ¡Ella pedir!

Un can pide meneando la cola; un pájaro ronda las migajas a saltitos... Leliña ni aun eso; como no le pusiesen delante la escudilla de bazofia, allí se moriría de hambre.

Inútil socorrerla con dinero; a la manera que su abierta boca de imbécil dejaba fluir la saliva por los dos cantos, de sus manazas gordas, color de ocre, se escapaban las monedas, yendo a rodar al polvo, a perderse entre la espesa hierba trigal. Manolo y Fanny lo sabían, porque, al principio, acostumbraban lanzar al regazo de la tonta pesetas relucientes... Ahora preferían atenderla de otro modo: con ropa y alimento. El pañuelo de percal amarillo, el pañolón anaranjado de lana, el zagalejo azul de Leliña, se lo habían regalado los esposos. ¡Cosa curiosa! Leliña, indiferente a la comida, gruñó de satisfacción viéndose trajeada de nuevo. Una sonrisa iluminó su faz inexpresiva, al ponerse, en vez de sus andrajos, las prendas de esos matices vivos, chillones, por los cuales se pirran las aldeanas de las Mariñas de Betanzos, el más pintoresco rincón del mundo...

-¡Hembra al fin!... -fue el comentario de Manolo.

-¡Pobrecilla! -exclamó Fanny-. ¡Me alegro de que le gusten sus galas!...

Fanny ansiaba hacer algo bueno; tenía el alma impregnada de una compasión morbosa, originada por la íntima tristeza de su esterilidad. Diez años de matrimonio sin sucesión, el dictamen pesimista de los ginecólogos más afamados de Madrid y París, pesaban sobre sus tenaces ilusiones maternales. «Ensayen ustedes una vida muy higiénica, aire libre, comida sana...», les ordenó, por ordenarles algo, el último doctor a quien acudieron en consulta. Y se agarraron al clavo ardiendo de la rusticación, método que si no les traía el heredero suspirado, al menos debía proporcionarles calma y paz. Pero en medio de la naturaleza remozada, germinadora, florida, despierta ya bajo las caricias solares, la nostalgia de los esposos revistió caracteres agudos; se convirtió en honda pena. Fanny no contenía las lágrimas cuando encontraba a una criatura. ¡Y en la aldea mariñana cuidado si pululaban los chiquillos! A la puerta de las casucas, remangada la camisa sobre el barrigón, revolcándose entre el estiércol del curro, llevando a pastar la vaca, tirando peladillas a los cerezos o agarrándose al juego trasero del coche y voceando: «¡Tralla atrás...!»; en el atrio de la iglesia, a la salida de misa, con un dedo en la boca, en la romería comiendo galletas duras, en la playa del vecino pueblecito de Areal escarabajeando al través de las redes tendidas a manera de cangrejillos vivaces... no se hallaba otra cosa: cabezas rubias, ensortijadas, que serían ideales si conociesen el peine; cabezas pelinegras, carnes sucias y rosadas, chiquillería, chiquillería.

-Los pobres, señorita, cargamos de hijos... Es como la sardina, que cuanta más apañamos, más cría el mar de Nuestro Señor... -decía a Fanny una pescadora de Areal, la Camarona, madre de ocho rapaces, ocho manzanas por lo frescos...

La dama torcía el rostro para ocultar al esposo la humedad que vidriaba sus pupilas, y allá dentro, dentro del corazón, elevaba al cielo una oferta. Quería realizar algo que fuese agradable al poder que reparte niños, que fertiliza o seca las entrañas de las mujeres. No permitiría ella aquel invierno que la idiota, la mísera Leliña, tiritase en la cuneta encharcada y helada; apenas soplase una ráfaga de cierzo, recogería a la inocente, dándole sustento y abrigo, y la Providencia, en premio, cuajaría en carne y sangre su honesto amor conyugal... Por eso -al divisar a Leliña cuando cruzaban al pie del enredijo de saúcos en flor-, Manolo, confidencialmente, empujaba el codo de Fanny, y una esperanza loca, mística, ensoñadora, animaba un instante a los dos esposos. La idiota no les hacía caso. Ellos, en cambio, la contemplaban, se volvían para mirarla otra vez desde la revuelta. Les pertenecía; por aquel hilo tirarían de la misericordia de Dios.

Fue Manolo el primero que advirtió que los cocheros se reían y se hacían un guiño al pasar ante la idiota, y les reprendió, con enojo:

-¿Qué es eso? ¡Bonita diversión, mofarse de una pobre! ¡Cuidadito! ¡No lo toleraré!

-Señorito... -barbotó el cochero, que era antiguo en la casa y tenía fueros de confianza-. Si es que... ¿No sabe el señorito?... -y puso las jacas al paso, casi las paró.

-¿Qué tengo de saber? Porque sea lela esa desdichada, no debéis vosotros...

-Pero, señorito.... ¡si es que ya corre por toda la aldea!...

-¿Qué diantres es lo que corre?

-Que, perdone la señorita, Leliña está...

Un ademán completó la frase; Fanny y Manolo se quedaron fríos, paralizados, igual que si hubiesen sufrido inmensa decepción. La señora, después de palidecer de sorpresa, sintió que la vergüenza de la idiota le encendía las mejillas a ella, que había proyectado redimirla y salvarla. Bajó la frente, cruzó las manos, hizo un gesto de amargura.

-Eso debe de ser mentira -exclamaba Manolo, furioso-. ¡Si no se comprende! ¡Si no cabe en cabeza humana!... ¡La idiota! ¡La lela! Digo que no y que no...

Marido y mujer, entre el ruido de las ruedas y el tilinteo de los cascabeles de las jacas, que volvían a trotar, examinaron probabilidades, dieron vueltas al extraño caso... ¡Vamos, Leliña ni aun tenía figura humana! ¿Y su edad? ¿Qué años habían pasado sobre su testa greñosa, vacía, sin luz ni pensamiento? ¿Treinta? ¿Cincuenta? Su cara era una pella de barro; su cuerpo, un saco; sus piernas, dos troncos de pino, negruzcos, con resquebrajaduras... ¡Leliña!... ¡Qué asco! Y al volver de paseo, envueltos ya en la dulce luz crepuscular de una tarde radiosa, viendo a derecha e izquierda cubiertos de vegetación y florecillas los linderos, respirando el olor fecundo, penetrante, que derraman los blancos ramilletes del vieiteiro, y a Leliña ni triste ni alegre, indiferente, inmóvil en su sitio acostumbrado, Manolo murmuró, con mezcla indefinible de ironía y cólera:

-¡Como la tierra!...

Fanny, súbitamente deprimida, llena de melancolía, repitió:

-¡Como la tierra!...

No hablaron más del proyecto de recoger a la idiota. Ya era distinto... ¿Quién pensaba en eso? Preguntaron a derecha e izquierda, poseídos de curiosidad malsana, sin lograr satisfacerla. ¿El culpable del desaguisado? ¡Asús, asús! Nadie lo sabía, y Leliña de seguro era quien menos. No sería hombre de la parroquia, no sería cristiano; algún licenciado de presidio que va de paso, algún húngaro de esos que vienen remendando calderos y sartenes... ¡Qué pecado tan grande! ¡Hacer burla de la inocente! El que fuese, ¡asús!, había ganado el infierno...

El verano transcurrió lento, aburrido; comenzaron a rojear las hojas, y Fanny y Manolo, al acercarse a los saúcos, donde ahora el fruto, los granitos, verdosos, se oscurecían con la madurez, volvían el rostro por no mirar a Leliña.

De reojo la adivinaban, quieta, en su lugar. Un día, Fanny, girando el cuerpo de repente, apretó el brazo de su marido, emocionada.

Leliña no está! ¡No está, Manolo!

Cruzaron una ojeada, entendiéndose. No añadieron palabra y permanecieron silenciosos todo el tiempo que el paseo duró. Durmieron con agitado sueño. Tampoco estaba Leliña a la tarde siguiente. Más de ocho días tardó la idiota en reaparecer. Antes aún de llegar al grupo de saúcos, Fanny se estremeció.

-Tiene el niño -murmuró, oprimida por una aflicción aguda, violenta.

-Sí que lo tiene... -balbució Manolo-. Y le da el pecho. ¿No es increíble?

Abierto el ya haraposo pañolón de lana, recostada sobre el ribazo, colgantes los descalzos pies deformes, la idiota amamantaba a su hijo, agasajándole con la falda del zagalejo, sin cuidarse de la humedad que le entumecía los muslos.

-¡Si hoy parece una mujer como las demás! -observó Manolo, admirando.

Fanny no contestó; de pronto sacó el pañuelo y ahogó con él sollozos histéricos, entrecortados, que acabaron en estremecedora risa.

-Calla..., calla... Déjame... No me consueles... ¡No hay consuelo para mí! Ella con su niño... ¡Yo, nunca, nunca! -repetía, mordiendo el pañuelo, desgarrándolo con los dientes, a carcajadas.

El esposo se alzó en el asiento, y gritó:

-Den la vuelta... A casa, a escape... ¡Se ha puesto enferma la señora!

«El Imparcial», 9 de marzo de 1903.




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Cuesta abajo


A la feria caminaban los dos: él, llevando de la cuerda a la pareja de bueyes rojos; ella, guiando con una varita de vimio, larga y flexible, a cinco rosados lechones. No se conocían: viéronse por primera vez cuando, al detenerse él a resollar y echar una copa en la taberna de la cima de la cuesta, ella le alcanzó y se paró a mirarle.

Y si decimos la verdad pura, a quien la zagala miraba no era al zagal, sino al ganado. ¡Vaya un par de bueyes, San Antón los bendiga! A la claridad del sol, que comenzaba a subir por los cielos, el pelaje rubio de los pacíficos animales relucía como el cobre bruñido de la calderilla nueva; de tan gordos, reventaban y el sudor les humedecía el anca robusta. Fatigados por las acometidas de alguna madrugadora mosca, se azotaban los flancos, lentamente, con la cola poblada. La zagala, en un arranque de simpatía, abandonó a sus gorrinos, se llegó a uno de los castaños que sombreaban la carretera, sacó del seno la navajilla y cortó una rama, con la cual azotó los morros de los bueyes mosqueados. El zagal, entre tanto, corría tras un lechón que acababa de huir, asustado por los ladridos del mastín de la taberna.

-¿D'ónde eres? -preguntó él, así que logró antecoger al marranito.

Antes que el nombre, en la aldea se inquiere la parroquia; luego, los padres.

-De Santa Gueda de Marbían. ¿Y tú?

-De Las Morlas.

-¿Cara a Areal?

-Sí, mujer. Soy el hijo del tío Santiago, el cohetero.

-Yo soy nieta de la tía Margarida de Leite.

-¡Por muchos años! -exclamó el zagal, lleno de cortesía rústica.

-¿Cómo te llamas, rapaza?

-Margaridiña.

-Yo, Esteban. Vas a la feria, mujer? -añadió, aunque comprendía que la pregunta estaba de más.

-Por sabido. A vender esta pobreza. Tú sí que llevas cosa guapa, rapaz. ¡Dos bueis! Dios los libre de la mala envidia, amén.

El zagal, lisonjeado, acarició el testuz de los animales, murmurando enfáticamente:

-Mil y trescientas pesetas han de arrear por ellos los del barco inglés, y si no... pie ante pie tornan a casa. ¡Los bueyes del cohetero de Las Morlas!... ¡No se pasean otros mejores mozos por toda la Mariña!

-Mira no te den un susto en el camino cuando tornes con el dinero -indicó, solícita, Margarida-. Hay hombres muy pillos. Andan voces de una gavilla. Yo tornaré temprano, antes que se meta la noche. ¡La Virgen nos valga!

Esteban contempló un instante a la miedosa. Era una rapaza fornida, morena, como el pan de centeno; entre el tono melado de la tez resplandecían los dientes, semejantes a las blancas guijas pulidas y cristalinas que el mar arroja a la playa; los ojos, negros y dulces, maliciosos, reían siempre.

-Ende tornando yo contigo, asosiégate -exclamó Esteban, fanfarroneando-. Tengo mi buena navaja y mi buen revólver de seis tiros. Vengan dos, vengan cuatro ladrones, vengan, aunque sea un ciento. ¡Soy hombre para ellos! ¡Conmigo no pueden!

A su vez, la mocita miró al paladín. Esteban tenía el sombrero echado atrás, las manos, a lo jaque, en la faja, y un pitillo, acabado de encender, caído desgarbadamente sobre la comisura de los labios, bermejos como guindas. Su rostro fino, adamado, sin pelo de barba, contrastaba con sus alardes de valentón. La zagala acentuó la alegría de sus ojos; el zagal se puso colorado, y para disimular la timidez, dio al cigarro una feroz chupada.

Después se encogió de hombros. ¿Qué hacían parados allí? Cruzaba mucha gente en dirección a la feria. Las mejores ventas se realizan temprano... ¡Hala! Y ella antecogió sus marranos, y él atirantó la cuerda y dio aguijada a sus bueyes. Ya no pensó ninguno de los dos en bobería ninguna, sino en su mercado, en su negocio. ¡Hala, hala!

Al revolver de la carretera, festoneada de olmos, descubrieron el pueblecito, tendido al borde del río -pintoresco, bañado de luz, con sus tres torres de iglesia descollando sobre el caserío arcaico, irregular-. Ningún efecto les hizo la hermosa vista. Se apresuraron, porque ya debía de estar animándose la feria. Margarida pasaba las del Purgatorio cuidando de que no se perdiesen, entre el gentío, los cinco diminutos fetiches, adorables con sus sedas blancas nacientes sobre la tersa piel color rosa. Acabó por coger a dos bajo el brazo, sin atender a sus gruñidos rabiosos, cómicos, y ya solo por tres tuvo que velar, que era bastante. Esteban, columbrando entre un grupo de labriegos y un remolino de ganado las patillas de cerro del tratante inglés, se apresuró a acercarse con su magnífica pareja de cebones para empatársela a los otros vendedores. Así se apartaron, sin ceremonias, el zagal y la zagala. Sacó él sus mil y trescientas y cuarenta pesetas y las ocultó en la faja; guardó ella entre la camisa de estopa y el ajustador de caña unos duros, producto de la venta de los lechones; fue él convidado al figón por el inglesote de azules ojos y patillas casi blancas; devoró ella, sentada en el parapeto del puente, dos manzanas verdes y un zoquete de pantrigo añejo, y a cosa de las tres y media de la tarde -cuando el sol empezaba a declinar en aquella estación de otoño-, volvieron a encontrarse en el camino, y sin decirse oste ni moste, acompasaron el paso, deseosos de regresar juntos. Margarida tenía miedo a la noche, a los borrachos que vuelven rifando y metiéndose con quien no se mete con ellos; Esteban, sin saber por qué, iba más a gusto en compañía, ahora que no necesitaba aguijar ni tirar de la cuerda. El diálogo, al fin, brotó en lacónicos chispazos.

-¿Vendiste? -dijo la moza.

-Vendí.

-¿Pagáronte a gusto?

-Pagáronme lo que pedí, alabado Dios.

-¡Qué mano de cuartos, mi madre! ¿Y los bueis? ¿Van para el barco? -Para se los comer allá en Inglaterra... ¡Bien mantenidos estarán los ingleses con esa carne rica! ¡Qué gordura, qué lomos!

-Callaron. Anochecía. Se escuchó detrás un silbido, pisadas fuertes, y la zagala, alarmada, se arrimó al zagal. La alarma pasó pronto: eran dos chicuelos que zuequeaban y soltaban palabrotas. Esteban rodeó los hombros de Margarida con su brazo derecho, para protegerla, y siguieron andando así, sin romper el silencio. La carretera serpenteaba por la vertiente de un montecillo cubierto de pinos; a la izquierda, los esteros y los juncales inundados brillaban, reflejando en rotos trazos la faz de la luna; el camino, lejos de ser fatigoso, como a la ida, descendía suavemente. Corría un fresco de gloria, un airecillo suave, más de primavera que de otoño; y el zagal y la zagala sentían algo muy hondo, que eran absolutamente incapaces de formular con palabras. Lo único que Esteban acertó a decir fue:

-¡Qué a gusto se va cuesta abajo, Margaridiña!

-Se anda solo el camino, Esteban -respondió ella, quedito.

-¡Todos los santos ayudan! -insistió él.

-Los pies llevan de suyo -confirmó ella.

Y siguieron dejándose ir, cuesta abajo, cuesta abajo, alumbrados por la luna, que ya no se copiaba en los esteros, sino en la sábana gris de la ría.

«El Imparcial», 9 de marzo de 1903.




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Dalinda


-¡A echar el mantel bueno! -ordenó el mesonero de Cebre a la moza entrada a su servicio la víspera-. Nos están ahí los señoritos de Ramidor, y han de querer almorzar de lo mejorcito. Largay al puchero chorizos gordos... ¡Menéate!

Llegaban, en efecto, los señoritos, levantando polvareda, al trote picado de sus caballejos del país, y precedidos de alegre repiqueteo de cascabeles y ladridos atronadores de perros de caza. En el mesón estaban hartos de conocer a don Camilo, el mayorazgo; al segundón, don Juanito; pero les sorprendió y llenó de curiosidad la presencia de un caballero guapo, con ropa lucida, polainas de cuero crujiente y cinturón-canana avellano, flamante, sin la capa de mugre negruzca que cubría los arreos cinegéticos de los señoritos de Ramidor. Tiempo le faltó a la mesonera para interrogar a Diaño -el criado que porteaba un saco de perdices muertas a perdigonadas-. Y Diaño dijo que el forastero era un señorito de Madrid que estaba pasando temporada con don Camilo; que se llamaba don Mariano, y que era -no despreciando a nadie- muy llano y muy habladero; que daba conversa a todo el mundo, y a las rapazas -¡San Cebrián bendito!- las repicaba como si fueran panderetas...

-Sobre la mesa, tendido ya el mantel blanquísimo, disponía la moza pan de mollete, platos vidriados, tenedores de peltre y jarrillas para el vino picón, prescindiendo de vasos para el agua, porque no suelen gastarla los cazadores.

-Estos, aureolados ya por el humo de sus cigarros, sentados a horcajadas, se fijaron en la muchacha que ponía el cubierto. Era una niña casi, vestida de luto pobre, dividido en dos trenzas el hermoso pelo rubio; finita de facciones y con boca de capullo de rosa, menuda y turgente, hinchada de vida. Juanito Ramidor, el más joven de los cazadores, extendió la mano y ciñó el talle estrecho de la sirviente. Ella saltó hacia atrás, y hasta la frente se le puso bermeja.

-¡No molestes! -exclamó el forastero, interviniendo-. ¡Es una criatura! Déjala en paz. ¿Cómo te llamas, hija mía? Contesta, que yo he de tratarte con el mayor respeto.

-Dalinda me llamo, señor -murmuró ella, con el acento cantarín de la comarca, fijando en don Mariano la mirada agradecida de sus ojos azules.

-¡Bonito nombre! ¿Hace mucho que estás en el mesón? Y la voz de Mariano indicaba interés.

-Entré ayer, señor; porque soy huérfana de padre y madre, y ahora se me murió mi tío, el señor cura de Doas, que si viviera él, no sirviera yo más que a Dios -respondió la niña, con lágrimas en el acento, pero las lágrimas no brotaron.

-Pues sírvenos bien, Dalinda, y toma esto para comprarte un pañuelito de seda, que tienes un pelo precioso.

Don Mariano intentó deslizar un duro en la mano de la muchacha, que lo rechazó suave y porfiadamente.

-Se estima... Al señorito se le sirve de gana, sin necesidad de eso.

Como lo dijo, lo hizo Dalinda. Activa y gentilmente presentó los manjares, que eran sabrosos y toscos, adecuados al apetito recio de los cazadores: pote con rabo, olla con jamón y chorizo, y tragos, tragos, tragos de clarete color de vinagre, que la tierra da copiosamente. Las cabezas se calentaban; don Juanito y don Camilo, guiñando el ojo, bromeaban con don Mariano, a medias palabras, convertidas en desvergüenzas enteras cuando la sirvienta salía para traer algo que hiciese falta.

-Eres un hipócrita, un farandulón -decía Camilo-. El que no te conozca, que te compre.

-¿De cuándo acá -confirmaba Juanito- te dedicas tú a proteger la inocencia de estos arcángeles? A fe que la cosa es chusca. Tú, hombre, tú... Si uno no se hubiese criado contigo, como quien dice, cuando estudiábamos juntos en Santiago..., nos la pegas; vaya, que nos la pegas.

-¡Chist! -exclamaba Mariano, viendo venir a Dalinda, que alzaba, con gracioso movimiento, la fuente de arroz con riles y la depositaba en la mesa.

Y así que la niña salía en busca de otro plato, el forastero murmuraba, atusándose el negro bigote:

-Qué queréis, yo sé refinar. Vosotros tenéis el gusto acostumbrado a estos guisos de figón, muy sanos, aunque grasientos... Coméis a bocados, andáis después ocho leguas a caballo o tres a pie..., dormís como canónigos... Encontráis una muchacha, y con tal que podáis estrujarla y ella no chille, tan contentos. Que ella sea así o de otro modo... no os importa. Os basta un cacho de carne con ojos.

-Di claro que somos unos brutos... -refunfuñó Juanito Ramidor, algo picado; y callóse, porque Dalinda entraba, portadora de un bacalao oloroso y humeante.

-Si lo vuestro es brutalidad, yo la envidio -confesó Mariano-, porque revela salud y normalidad. Yo necesito otros estimulantes... Me ha caído en gracia esa niña de las trenzas de oro, porque me parece una figura de retablo.... ¡La sobrina de un cura! Una azucena mística, intacta... O pierdo el nombre que tengo, o me la llevo del mesón, a pasar en Madrid una temporadita; y ha de ir contenta, o, mejor dicho, loca... ¡Si sois buenos amigos, ayudadme!

-Por nosotros que no quede -contestaron riendo los señoritos-. Hacia esta parte vendremos a cazar, aunque se acaben las perdices en tres leguas a la redonda.

-Y vosotros la acosáis un poco, no mucho, ¿eh?, y yo soy un paladín; a mí me cree otro santo como ella.

Cuando Dalinda volvió presentando una olla de castañas cocidas echando vaho caliente, tapada con un trapo, y recendiendo a anís, aún celebraban estrepitosamente la ocurrencia los tres comensales. Y al despedirse, pagado el escote al mesonero, Mariano llamó aparte a la niña y le dijo, en tono sencillo y confidencial:

-Ya que no quieres dinero, acepta éste dije en recuerdo mío...

El dije era un capricho de oro y turquesas, de esos que se cuelgan en la cadena del reloj, y se lo había regalado a Mariano, una novia, una señorita con la cual estuvo a pique de casarse. Dalinda, con movimiento infantil, casto y apasionado, besó la joyuela al recibirla...

Cumpliendo lo pactado, los señoritos de Ramidor y su huésped llevaron sus cacerías por la parte de Cedre, y Mariano tuvo frecuente ocasión de ver y hablar a la sobrinita del cura. Transcurrido algún tiempo, por las bardas de la corraliza, no muy bajas, tenían sus paliques el forastero y la niña.

-¿Qué tal? ¿Te la llevas? -solían preguntar Juanito y Camilo, ya un poco burlonamente.

-Paciencia; todo se andará -contestaba, algo mohíno e impaciente, el galán cortesano-. Es que estas chiquillas educadas a la mística... Lo que os digo es que mujer más apasionada, y al mismo tiempo más... más... más difícil, ¿entendéis?, no la he encontrado en toda mi larga carrera...

De esta franca confesión tomaron pie los amigos para torearle, primero solapadamente, después a descubierto, con la clásica pesadez rural en las bromas. Los dichos, al pronto picantes, se convirtieron en mortificadores. Los dos gallos de villorrio se reían del intruso y frustrado gallo forastero, al cual sentían despechado, bajo la capa de una ironía desdeñosa. ¿Fue este despecho, o estímulos de otra naturaleza, lo que precipitó a Mariano? Cierta mañana anunció a sus amigos que aquella noche no volvería a Ramidor. Se proponía pasarla en el mesón, y no en el cuarto que le diesen, sino en otro del piso segundo, «¿no sabéis? Aquel que tiene, en la solera del balcón sin balaustre, un tiesto de claveles reventones...» ¡El aposento de Dalinda! Si querían cerciorarse, que rondasen a medianoche; él entreabriría un momento la ventana, y le verían...

Y, en efecto, poco después de sonar en el reloj del Ayuntamiento doce tristes campanadas, Camilo y Juanito Ramidor se internaron en la solitaria calleja que cae al costado del mesón. Al pasar ante la tapia de la corraliza habían visto la puerta abierta y se dieron al codo. Apenas avanzaron dos pasos por la calleja, tropezaron con un bulto que yacía en el fangoso suelo; y una mujer que venía de la corraliza, desmelenada, retorciéndose las manos, los arrolló.

-¡Ay Dios! ¡Virgen mía! gritaba la mujer.

-¡Ay pobriño del alma! ¡Socórranme, ayúdenme a levantarle de ahí! ¡Ay, no permita el Señor que esté muerto!

-Pero ¿cómo ha sido? -preguntó Camilo a Dalinda.

-¡Yo misma le tiré por el balcón abajo! -respondió ella, sollozante.

-¿Sabes lo que hiciste? -gritaron, amenazadores, los dos hidalgos.

-¡Hice bien! -exclamó la niña, enderezándose y relampagueando indignación-. ¡Vuelvo a hacerlo ahora mismo! -y rompiendo en convulsivo lloro, se arrodilló en el barro de la sucia calleja-. ¡Ay Virgen mía! ¡Sangra! ¡Sangra! ¡Está sin conocimiento! -y sus brazos rodeaban el cuerpo inerte, su cara bañaba en lágrimas la del señorito...

Mariano tenía rota una pierna por el muslo, herido el cráneo por el tiesto de claveles, que cayó con él, y dislocada una muñeca.

La asistencia fue larga y penosa; se temió la amputación; al fin sanó, quedando cojo. Dalinda no se apartó de su cabecera hasta verle respuesto; y entonces, a sus ofrecimientos, respondió pidiendo una corta suma: el dote para entrar en un convento de Clarisas.

«El Imparcial», 9 de marzo de 1903.




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La cruz negra


Acabo de verla, tan borrosa, tan chiquita, en la encrucijada, y por uno de esos fenómenos reflejos de la sensibilidad que difícilmente podrían explicarse, y que son una de las miserias de nuestro ser, su vista me apretó el corazón. Y, sin embargo, la persona cuya muerte conmemora esa cruz de palo pintado érame tan indiferente como la hojarasca que el último otoño arrancó del castañar, y que hoy se descompone en la superficie de la tierra labradía.

Era una mendiga, la mendiga de la encrucijada, que formaba parte del paisaje, por decirlo así. Sentada a la orilla del camino, con los pies descansando en la cuneta, el cuerpo recostado en el cómaro mullido de madraselva y zarzarrosa, allí estaba en todas las estaciones y con todas las temperaturas. Que el sol tostase, que bufase el vendaval, que la lluvia encharcase los baches de la carretera, la mendiga inmóvil, sin más protección contra la intemperie que uno de esos enormes paraguas escarlata, de algodón, con puño de latón dorado, que en el país suelen llamarse de familia.

Raro es el mendigo que no tiene instintos de vagabundo. Moverse, trasladarse, es género de libertad, y los pobres estiman mucho el sumo bien de ser libres. Hasta los semihombres que carecen de piernas lagartean velozmente sobre las manos; hasta los paralíticos, en un carro, se hacen zarandear. Una inquietud, un gigantesco espíritu aventurero suele hurgar y escarabajear a los mendigos. La de la encrucijada, por el contrario, pertenecía al número de los que se pegan, como el liquen, a las piedras, o como el insecto al rincón sombrío donde no le persigue nadie. Dos razones podrían explicar su carácter estadizo: tenía más de ochenta años y no tenía ojos.

Digo que no tenía ojos -y no a secas que era ciega-, porque en el sitio donde los ojos se abrirían allá en las olvidadas juventudes, sólo se veían dos encarnizados huecos. ¿Qué tragedia o qué horrible padecimiento recordaban aquellas cuencas vacías, que el cristalino globo anima aún apagado? Jamás se lo preguntamos, ni probablemente nadie lo quiso saber. No agradaba mirar de cerca los agujeros rojos que el pañuelo de algodón cubría, disimulando también en lo posible el resto de la cara; plegada por mil arrugas y bajo cuyo pergamino, endurecido, recurtido por las influencias del aire libre, se adivinaba exactamente la forma de la calavera. Las manos, siempre extendidas, eran un haz de sarmientos, y negruzcas, temblonas, ya no aferraban el paraguas; éste se sostenía por medio de uno de estos puerilmente ingeniosos aparatos que sólo la pobreza discurre, y que hacen sonreír como las invenciones de los salvajes... El cuerpo carecía de forma; ¿quién adivina lo que envolvían tres o cuatro refajones de bayeta, una compacta trapería de colores muertos, secos, que, en agosto, igual que en enero, cubrían a la mendiga de la encrucijada?

Pasábase las horas silenciosas, aguzando el oído, que a larga distancia percibía los cascabeles de los coches y el trote de los caballos. Se necesitaba gran destreza para arrojarle una moneda que recibiese, y lo más acertado era tomar la resolución de apearse y colocársela en la mano. Si la moneda caía entre el polvo o en las zarzas, perdida para la mendiga infaliblemente. La aprovecharían los golfitos de aldea, que siempre están traveseando en la carretera, a fin de agarrarse a la zaga de los carruajes y disfrutar del inefable placer de ir quince minutos en la posición más violenta, para que los cocheros los apeen de un trallazo. Estos gorriones solían comerse el grano de trigo ofrecido a la mendiga, a no ser que, viéndolos sus madres, les gritasen indignadas, prontas al estregón de orejas:

-¡Teney vergüenza! ¡Soltay los cuartos! ¡Eso es de la mal pecada!

La mal pecada, por su parte, no reclamaba nunca. Al percibir que le echaban limosna, que la recogiese o no en el hueco de su regazo, daba las gracias lo mismo, con interminable retahíla de bendiciones y plegarias en que salían a relucir Nuestra Señora, los angelitos del cielo, el bienaventurado Santiago Apóstol, el Santísimo Sacramento del altar, las nobles almas que se compadecen de los desdichados, los caballeros generosos, toda la retórica de la pordiosería aldeana. Yo no sé por qué esta retórica, en la desdentada boca oscura, sonaba con sinceridad humilde, y la indiferencia ante la moneda, olvidada muchas veces entre el polvo del camino, daba mayor fuerza a la presunción de que la mendiga era verdaderamente una pobre de Cristo..., un ser que cree con toda su alma que el que pasa y le arroja una mísera suma es alguien que realiza nada menos que una obra de caridad...

La hubiésemos sorprendido mucho; hubiésemos escandalizado su espíritu, su manso espíritu de vejezuela desvalida, si le dijésemos: «¡No somos caritativos; somos egoístas feroces! ¡Porque tú pides y porque te damos una mezquindad, ya creemos sancionado el hecho, que debiera ser inaudito, de que una mujer ciega, de más de ochenta años, esté como tú estás abandonada, desechada en la cuneta del camino, sin lazarillo, sin un perro siquiera! ¡Ya creemos legítimos pasar con tilinteo de cascabeles, con golpeteo de cascos de caballos, entre remolinos de polvo, y dejarte ahí, lo mismo que si fueses un enmohecido pedrusco, sin saber adónde te recogerás cuando salga la luna, qué reparo aguarda tu débil estómago aterido de frío, qué manta cubrirá tus áridos huesos! ¡Y todavía nos lanzas bendiciones y te deshaces en manifestaciones de gratitud! ¡Todavía tu acento, que parece balido de oveja, nos sigue y nos acompaña y resuena hasta que transponemos los vetustos castaños, los que acaso te vieron bailar, mocita, a su sombra!».

Por eso la desaparición de la malpocada, a quien sustituye la tosca negra cruz, tuvo para mí no sé qué de trágico, algo que removió cenizas y ascuas de sentimiento... confuso, dormido, pero capaz de despertarse y de convertirse en la infinita piedad suscitada por el espectáculo del infinito dolor. Acabábamos de dejar atrás los corpulentos castaños; el sol declinaba, encendiendo al soslayo, con toques y vislumbres de cobre limpio, el pelaje de las vacas y los recentales juguetones que aguijoneaba un aldeano, de retorno sin duda de la feria. El aroma penetrante y ambiguo de la flor del saúco se confundía con el olor insulso del polvo removido por las pezuñas del ganado. Un automóvil amarillo cruzó como alma que el diablo lleva, soltando vahos de gasolina. ¡Un automóvil! ¡Si viviese aún la mal pecada! ¡Cómo pedir limosna a quien vuela en automóvil!

Y la cruz negra, de repente, la cruz que me había comprimido el pecho, me pareció consoladora, buena. Era otra súplica de la ciega... «Por amor de Dios..., acordaos todavía de mí, rezad». Y, entre el silencio campestre, alto y religioso, que había sucedido al paso de la máquina endemoniada y el correteo de los becerrillos desmandados de susto, se me representó otra vez la mendiga, en pie, al lado de la cruz negra. Las cuencas de sus ojos ya no estaban vacías: en ellas brillaban unas pupilas azules, espléndidas, con limpidez de zafiro. Su vestimenta era blanca; y alrededor de su cuerpo derecho, casi gallardo, clareaba un halo de luz, los oros en fusión del poniente y la plata que vierte la luna nueva...

Y si no existiese esa región misteriosa donde te han engastado otra vez los ojos en las órbitas y