 Ensayos de cultura bibliotecaria
Alberto Tauro
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Durante algunos años dicté un curso sobre
Historia de la Imprenta en la Escuela Nacional de Bibliotecarios;
y, aunque albergué el proyecto de compendiar mis lecciones
en un texto, hube de admitir que no estaría a la altura
de la excelente bibliografía que allí se ponía
al alcance de los alumnos. En consecuencia, me limité
a redactar algunos ensayos, para presentar los vastos horizontes
del tema, y conducir el interés del bibliotecario
hacia los imponderables alcances de su quehacer profesional.
Son ellos: Elogio del libro, La Imprenta en el Quijote y
Antonio Ricardo, primer impresor limeño. En el primero
sinteticé las ideas expuestas en un discurso preliminar
sobre el tema, enderezado a esclarecer la fundamental influencia
del libro en la formación personal y el progreso humano;
el segundo muestra al libro como una hazaña de la
razón, a cuya influencia se debe la transición
de los ideales marciales de la caballería hacia la
luminosidad del humanismo; y el tercero tiende a destacar
el impulso dinámico que gracias al libro experimentó
en el Perú el proceso de transculturación.
Si se los considera aisladamente, podrá advertirse
que cada uno de ellos presenta un episodio de la lucha permanente
que la inteligencia libra contra la superstición y
la intolerancia. A esta breve
compilación agregamos un ensayo sobre La fundación
de la Biblioteca Nacional, que debió formar parte
de un estudio global sobre la historia de la institución.
A ésta pertenece también nuestro asedio a Manuel
de Odriozola: prócer, erudito, bibliotecario (Lima,
1964). Pero no hemos completado la exposición de las
restantes vicisitudes de ese hogar cultural, porque no contamos
todavía con una satisfactoria compilación de
documentos y referencias. Además
desarrollamos en la Escuela Nacional de Bibliotecarios un
curso sobre Bibliografía Peruana. Lo iniciábamos
con una Introducción a la Bibliografía Peruana (en Fénix: Nº 8, pp. 395-418; 1952), que incluimos
en un extenso estudio sobre las «bases de la historiografía
peruana» (hasta ahora inconcluso). Iniciamos una presentación
de las bibliografías nacionales de América
Latina (en Anuario Bibliográfico Peruano de 1945; pp. 7-23) y aun trazamos reseñas históricas
sobre Dos grandes bibliotecas, (en Anuario Bibliográfico
Peruano de 1947: pp. VII-XVI), a saber, la del Congreso de
Washingtony la Biblioteca Nacional de París, e intentamos
agregar
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a ellas las noticias pertinentes a la Biblioteca
del Museo Británico, la Biblioteca Lenin, e instituciones
similares de Berlín, Praga, México y Santiago
de Chile. Pero estas preocupaciones corresponden a un ambicioso
programa que ya no podremos completar, y que hoy mencionamos
a manera de recapitulación y elegía.
 Elogio del libro
Muchas veces he deseado hallarme ante un auditorio reducido
e inteligente, sin estar previamente comprometido a desenvolver
algún tema determinado por la expresión de
un interés circunstancial. Y, hecho ya el silencio
que a todos impusiera la expectativa, he imaginado que sería
posible crear una nueva y fecunda relación con los
oyentes, mediante el ofrecimiento de sujetar mi disertación
a la respuesta que en común pudiera formularse para
dilucidar una cuestión cultural. Equivaldría
a revivir el sereno y sutil diálogo que animó
Platón, entre los aromas y los halagüeños
susurros del jardín de Akademos; o la activa participación
que cupo a los discípulos de Aristóteles en
el metódico esclarecimiento de los problemas filosóficos.
Sería aproximarse a la emulación de un ideal
clásico en el cual se impondría el respeto
a la opinión ajena y el libre ejercicio de la razón.
Pero íntimamente no dejo de considerar cuántos
peligros se derivarían del nerviosismo, las tendencias
dogmáticas y las explosiones tumultuarias: pues tan
frecuentes son en nuestros días, que suelen contradecir
a la cortesía y el discernimiento. La cuestión
que así habría deseado proponer, es muy sencilla;
pero no es difícil que en torno a ella se susciten
controversias, debido a la influencia que sobre la mente
del hombre mantienen las ideas adquiridas o la acción
persistente de la propaganda. Antes de enunciarla habría
extendido una cálida invitación, para que nadie
aventurase una respuesta sin haberla meditado, y sin preparar
los argumentos que en su defensa pudiese alegar. Y sólo
entonces -con la claridad, la pausa y la reiteración
necesarias- habría planteado mi pregunta: ¿cuál
es el invento que se ha proyectado sobre la vida del hombre
con mayor intensidad? Nada más. Y repito: ¿cuál
es la creación del ingenio humano, que ha ocasionado
consecuencias más notorias en el desenvolvimiento
de la existencia individual y social? Ostentando en su gesto
una sonrisa desdeñosa, por estimar elemental y obvia
la respuesta, no faltaría en mi auditorio quien pugnase
por demostrar su vivacidad y afirmaría que la más
trascendental conquista del hombre se halla en la energía
atómica. Ciertamente, lograr la fusión de los
elementos naturales para crear otros antes inexistentes y
con propiedades a las cuales se deberá progresos todavía
incalculables, es grandioso; liberar las fuerzas cósmicas,
para ponerlas al servicio del hombre y dirigir su audacia
a mundos ignotos, parece superior a toda fantasía.
Pero aún es prematuro sostener que tal sea el hallazgo
más extraordinario de la inteligencia, porque los
rendimientos de esa energía colosal apenas son hasta
ahora objetos de previsiones que la realidad no confirma.
Y, sobre todo, porque todavía se pretende mantener
el secreto en tomo a la generación de esa potencia,
para afianzar la subyugación de los pueblos débiles;
y porque ha sido principalmente aplicada a preparar la muerte
y extender sobre el
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mundo la amenaza del exterminio. En
verdad, la inteligencia del hombre es traicionada cuando
sus elucubraciones no favorecen la propagación de
la vida y cuando en ella es noble y bello. Jamás han
sido fecundos los impulsos inspirados por el egoísmo
y el odio, y, para que la energía atómica favorezca
el destino humano, es preciso superar las causas de la zozobra
que hoy se cierne sobre el mundo. Sé que este punto
de vista provocará reacciones antagónicas.
Pero me interesa animar el debate. Y ya me parece escuchar
cómo sostiene otro que la más notable maravilla
debida al ingenio del hombre es la televisión. No
sólo permite contemplar en el retiro hogareño
algún atractivo espectáculo o un suceso callejero,
sino mirar la imagen del interlocutor situado al otro extremo
de un hilo telefónico, controlar a distancia el trabajo
de los empleados y obreros o la disciplina de un salón
de clase, o prevenir las sorpresas que pueden causar los
inesperados visitantes que llaman a la puerta. Acortará
definitivamente las distancias, facilitará la comprensión
y el conocimiento de las gentes, dará a la familia
un nuevo elemento de cohesión. Todo ello es innegable.
Pero ya se piensa en aprovechar la rápida sucesión
de las imágenes para influir en los límites
subliminales de la personalidad y servir así a los
intereses comerciales; ya se previene que la contemplación
de los espectáculos televisados puede disminuir los
hábitos de la sociabilidad, y aun los márgenes
del estudio y la conversación; ya se advierte que
el individuo puede ser arrastrado hacia un mundo de ficción
y color, y ser paulatinamente alejado de la realidad. Por
eso la televisión es sólo un progreso potencial,
cuyas benéficas proyecciones requieren una seria y
enérgica orientación educativa. Por otra parte,
sostiene alguien que la aviación es lo más
sorprendente que haya creado el hombre, porque en ella se
han materializado fabulosas concepciones de los cuentos infantiles,
tales como el caballo volador, la alfombra mágica
y las botas de siete leguas. O juzga otro que el descubrimiento
del radio es lo que más ha influido en el mejoramiento
de la vida humana, en cuanto ha determinado el avance de
la ciencia en su lucha contra las enfermedades, y ha permitido
conocer el organismo del hombre en sus más ocultas
profundidades. O hay quienes admiran la navegación
submarina, o las vastas aplicaciones de la electricidad,
o la facilidad que a las comunicaciones brindó el
telégrafo. Y a todos respondo que hay un invento más
trascendental para la existencia humana, y sin el cual no
es posible imaginar ninguna hazaña de la inteligencia.
De inmediato es muy azaroso reconocer su importancia, porque
el pensamiento tiende a buscar una maravilla deslumbrante,
casi inaccesible a la mente común, quizá protegida
por el misterio. Y sólo se trata de un objeto familiar,
pequeño manuable, que en sí mismo nos parece
ahora de una simplicidad extremada. Es tan difícil
variar su forma o su apariencia, como es imposible alterar
la estructura de un fruto; y por eso no ha sido modificada
su esencia en el transcurso del tiempo, aunque los recursos
de nuestra época le hayan conferido alguna nueva seducción.
Su grandeza consiste en ser el origen de las mayores empresas,
en tanto que ha contribuido a despejar incógnitas,
a remover los valladares opuestos a la audacia de las investigaciones
científicas, y a levantar las aptitudes creadoras
del hombre. ¿Es claro? Lo dicho hace evidente que nos referimos
al libro, para presentarlo como el invento que mayor influencia
ha ejercido sobre la vida humana.
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Recordemos que los antropólogos
menos fantasiosos remontan a un millón de años
la existencia del hombre sobre la tierra; que la civilización
se inicia con la escritura, inventada hacia el siglo V antes
de Cristo; y que el primer libro impreso data sólo
del año 1456, en los albores de la edad moderna. Con
la escritura se libera el hombre de la magia e inicia la
organización de las ciencias; con el libro empieza
su triunfo sobre la superstición, el perfeccionamiento
de sus concepciones acerca del cosmos y la naturaleza, la
ampliación de los horizontes propios de la libertad
y la razón. Pero téngase presente que la escritura
ha sido conocida durante un lapso que equivale a 0.25 % del
tiempo transcurrido desde la aparición del hombre;
y el libro puede estimarse que apenas ha iniciado su omnipotente
acción sobre nuestro destino, pues su utilización
se ha extendido sólo a través de quinientos
años que equivale a 0.05 por ciento de todos los tiempos
que en la tierra han llenado la figura y la acción
del hombre. O dicho de otro modo: si los 10000 siglos transcurridos
desde la aparición del hombre los representamos en
el cuadrante de un reloj común, con las divisiones
correspondientes a las fracciones del tiempo que nos son
familiares, la trayectoria del libro no alcanzaría
a cubrir el espacio asignado a dos minutos. En consecuencia,
si nos situamos en un observatorio histórico, merced
al cual nos sea permitido contemplar la prolongada y angustiosa
peripecia del hombre, desde su inicial sometimiento a las
fuerzas de la naturaleza hasta su demoníaco dominio
sobre ellas, desde los oscuros milenios en que sólo
obedecía a su instinto hasta las horas en que aspira
a desplazar a los dioses ya cansados para hacer suya el ansia
de ciencia y poder; mirando así, el libro es un tesoro
de nuestra época. Y, no obstante, qué intensos
han discurrido los años dominados por la presencia
del libro, qué prefiados de significación y
de mensaje. Apuntemos que la aparición del libro
originó la revisión de los conocimientos geográficos
y la aventurada navegación hacia las tierras ignotas,
en las cuales hallaron fundamento el planisferio trazado
por Paolo Toscanelli y el descubrimiento de América;
originó la difusión de la cultura clásica
y la pujante eclosión del renacimiento, el abandono
de la mística renuncia a las cosas del mundo y la
definición del racionalismo humanista; originó
la defensa de los derechos que competen a la conservación
y la seguridad de la persona, determinando la ruina del feudalismo
y la servidumbre, así como el afianzamiento de las
ideas sobre los mutuos deberes que vinculan a los pueblos
y sus gobiernos; originó el planteamiento de una vasta
serie de problemas, que guiaron la conciencia hacia la búsqueda
individual de la verdad y condicionaron la reforma religiosa.
En pocas décadas proyectó el libro una renovadora
influencia, y todas las concepciones relativas, al mundo
físico experimentaron decisiva transformación.
Copérnico definió la teoría heliocéntrica;
Galileo fundó la física clásica; Isaac
Newton formuló los principios de la gravitación
universal; Christian Huygens enunció la teoría
ondulatoria de la luz y, tras arduas polémicas con
Gonfried Wilhelm Leibnitz, propuso la fórmula para
el cálculo de la energía; Antoine Lavoisier
propuso la ley de la conservación de la materia; Michael
Faraday planteó y experimentó la inducción
electromagnética, haciendo posible la industria eléctrica;
Ernest Haeckel, Pierre Lamarck y Charles Darwin plantearon
los principios de la transmutación de las especies,
revolucionando las concepciones biológicas; James
Clerk Maxwell enunció la teoría electromagnética
de la luz, que abrió el
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campo a la invención
del telégrafo, el teléfono, la televisión,
el radio y el radar; Heinrich Hertz descubrió las
ondas que llevan su nombre y a cuya aplicación se
deben las comunicaciones radiofónicas; Hendrick Anton
Lorentz inició la aplicación de las geometrías
no euclidianas a las investigaciones físicas, fundando
así las bases de la relatividad, y formuló
la teoría electrónica; Conrad Roentgen descubrió
los rayos X; Max Plank enunció la teoría de
los quanta; y hoy, con el auxilio de la técnica, intenta
el hombre la aplicación metódica de las intuiciones
y las comprobaciones científicas para crear la vida
en el laboratorio y lanzarse a la conquista del espacio sideral.
Simultáneamente, han periclitado las viejas disciplinas
del pensamiento, porque el libro ha modificado las formas
y los objetivos del saber. Las ciencias consagradas al estudio
del hombre y la sociedad han ampliado su contenido, y nuevas
orientaciones les han conferido penetración y sutileza
notorias. La política, fundada por Platón y
Aristóteles para el gobierno de un hombre ideal, adquirió
carácter pragmático en la obra de Nicolás
Maquiavelo; y, en función del derecho natural y de
gentes, condujo a idear los principios contractuales de la
teoría del estado, en los cuales se halla la inspiración
del liberalismo y el sufragio universal. Renato Descartes
negó la eficacia de todos los dogmas impuestos a la
ciencia, enalteció la capacidad de la razón
para llegar al descubrimiento de la verdad, y propuso fundar
en la observación el conocimiento de la naturaleza.
Juan Bautista Vico expuso el primer sistema moderno de filosofía
de la historia, explicando el progreso en sus relaciones
con la cultura material y espiritual y con la acción
voluntaria del hombre. Como continuadores del racionalismo
humanista, los filósofos de la Ilustración
determinaron la influencia que en la marcha de la historia
ejerce el desarrollo del saber, advirtieron una constante
pugna entre el despotismo y la verdad a través de
los tiempos, y preconizaron la educación del pueblo
para afianzar la dignidad y la libertad. Emmanuel Kant creó
la teoría del conocimiento, al diferenciarlo de la
materia que lo ocupa y señalar sus categorías.
Jorge Guillermo Federico Hegel dio nuevos alcances al estudio
del espíritu y la idea. Carlos Marx discutió
las bases de la economía liberal, y expuso la doctrina
conducente a la dirección y la planificación
económicas. Teóricos y conductores han ensayado
la adaptación de las doctrinas universales, para satisfacer
las aspiraciones de su colectividad y encauzar la vida en
armonía con la justicia; y para borrar de la mente
del hombre todo temor supersticioso, infundiéndole
confianza en la libre y altiva conducción de su esfuerzo.
Tal es hoy la principal empresa del libro, que nos convierte
en herederos de las creaciones culturales de toda la humanidad
y en peregrinos atraídos por la luz. Pues bien. Como
hazaña del hombre que ha dominado la naturaleza y
aspira a sistematizar su conocimiento, el libro no franquea
sus revelaciones al ególatra, ni al vanidoso, ni al
indolente. Es una criatura tímida y sutil, que exige
aproximación familiar; pero semeja a veces una altiva
torre, ante la cual es preciso desplegar una inteligente
estrategia. Y, lo mismo que en toda empresa realmente grande,
para penetrar en sus hondos enigmas se requiere amor, humildad
y constancia. El libro mismo nació merced a los azares
del amor. Fue cuando un modesto grabador aguardaba a su amada
en el bosque vecino a Maguncia y, para mitigar la zozobra
de su
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espera, allanó una breve superficie de la corteza
de un árbol, trazó prolijamente las líneas
de dos corazones enlazados, y sobre ellos las iniciales de
su propio nombre y el de ella; rápidamente se deslizaba
el crepúsculo y, vencido el plazo de una prudente
espera, recortó el trozo inciso, para ofrecerlo a
la ingrata como prueba de su ansiosa guardia; envolviólo
cuidadosamente en su pañuelo, y con paso lento retornó
al hogar donde sus transitorias cuitas buscarían el
reposo. Allí tuvo olvidado el símbolo de su
afecto, hasta que el día impuso nuevamente sus exigencias,
el trabajo perló su frente, y para enjugarla extrajo
el pañuelo con mecánico ademán. Sus
manos hallaron entonces el fragmento de corteza, su mirada
contempló reproducidas en el blanco lienzo las candorosas
letras, y su pensamiento concibió la idea de reemplazar
las planchas xilográficas con los tipos movibles.
Pero aun sin conocer esta milagrosa proyección del
amor, muchos han admirado en el libro la expresión
del genio y la belleza, y lo han amado entrañablemente
porque en su mensaje se halla implícita la ternura
con que sus autores lo han legado a las generaciones. Herodoto
y Plutarco refieren que en el botín tornado a Darío
halló Alejandro Magno un cofre precioso donde el rey
persa guardaba sus miríficos ungüentos y, desdeñando
joyas y preseas, reservolo para conservar las obras de Homero.
De Petrarca se cuenta que poseía en su idioma original
los cantos homéricos, y sus díscipulos pudieron
ver cómo posaba suavemente la mano sobre ellos, los
besaba con unción, y sus ojos se llenaban luego de
lágrimas porque su desconocimiento del griego le impedía
disfrutar plenamente la belleza de su ritmo y sus evocaciones.
Y tanto apreció Dante la obra inmortal de Virgilio,
que en las ásperas alternativas de su vida halló
consolación y guía en el recuerdo del poeta:
pues, siendo tan tierno y razonador en su elogio de las labores
campesinas, como vibrante y apasionado en su canto a las
acciones heroicas del pueblo latino, vio en él una
síntesis de la acción y la meditación,
de la euforia y el reposo, y, por ende, un elocuente ejemplo
del dramatismo que preside los pasos del hombre. Amar el
libro equivale a disfrutar íntimamente su mensaje
de luz y belleza, y a proyectar sobre el mundo la verdad
que de él emana. El amor por el libro exige aproximarse
con fervor a su señera realidad, escrutar con unción
en sus secretos, y frecuentar su trato con sincera humildad.
Pues no hay libro del cual pueda afirmarse que se halla exento
de sugestiones, o privado de proyección fecunda. En
cada uno alienta un mensaje: y podemos considerarlo justo
o erróneo, serio o frívolo, original o simplemente
ecoico, pero no podemos negar que ha sido formulado para
revelar una actitud sentimental, una experiencia, o una perspectiva,
y en cualquier caso reclama nuestra atención. El libro
entraña un gesto amigable, en tanto que su difusión
tiende a excitar afinidades y diferencias; e indirectamente
conduce al lector hacia cierta disposición coloquial,
hacia el tácito intercambio que lo incita a rechazar
o aceptar lo dicho por el autor. Y así como no se
responde con soberbia a la salutación de un amigo,
ni se opone un desplante a su invitación dialéctica,
no debe permitirse que la altivez impida toda familiaridad
con el libro y condene a la indiferencia o el olvido la blancura
de sus páginas cordiales. Así como no es posible
mirar al sol con bravura, porque su faz proyecta cegadores
rayos ni ofender la rumorosa superficie de un arroyuelo,
cuando nos aproximamos para mitigar la sed que nos agobia,
porque sus cristales deslizan su ternura a nuestros pies
y piden al menos un gesto de similar cortesía; ni
es posible erguirse con orgullo
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ante el pan que sin reservas
luce su casta desnudez, y ofrece reparar las flaquezas de
nuestro endeble ser, pues su amable generosidad aguarda tan
sólo una memoria grata o un callado tributo de lealtad;
así juzgamos que sería ilógico afectar
un ademán desdeñoso o una hostilidad preconcebida
ante el libro que afablemente nos brinda su palabra de buena
voluntad, su fe en el entendimiento que debe presidir las
relaciones entre los hombres, su confianza en la actitud
dialéctica del amigo lector. Y nada más elocuente
que el ejemplo del quijotesco Miguel de Cervantes, para ilustrar
las fecundas proyecciones de esa aproximación del
libro. Pues la vida no le permitió cultivar su genio
a la sombra de profesores eruditos o en el ambiente mundano
de las tertulias a la moda, ni su anémica bolsa favoreció
la mitigación de sus ansias de saber; y cuentan sus
biógrafos que humildemente se inclinaba a recoger
los papeles olvidados sobre el polvo de la calle, los leía
con afán para sorprender el secreto que pudieran revelarle,
y quizá los guardaba a veces como testimonio de una
aventura o expresión de un pensamiento que podían
convenir a uno de sus personajes. Ese es el gesto reclamado
por el libro, desde la grávida continencia de sus
páginas: un gesto revestido con la humilde disposición
de quien espera beneficiarse con el don trasmitido en su
mensaje de humanidad, y con la fraternal sencillez de quien
responde a una franca invitación al diálogo.
Como toda creatura que brinda amor y espera ser amada, el
libro exige constancia. Y tal vez se piense que nada excepcional
hay en ello, porque el hombre mismo es un hijo de la constancia,
en cuanto ha superado la brutalidad primitiva mediante su
persistente interrogación a la naturaleza; y que aun
la tierra parece demandar asistencia y trabajo continuados,
para colmar nuestras necesidades con la abundancia y la sazón
precisas. Pero el libro es un bien precioso y de condición
muy especial. No se agosta con el tiempo, ni se consume.
Y, en verdad, nunca revela su total misterio a la primera
inquisición, ni llegamos jamás a conocerlo
enteramente: porque sus revelaciones iniciales nos deslumbran
y de sus páginas emergen nuevos destellos cada vez
que hundimos en ellas una inquietante mirada. Volver a un
viejo libro, cuando la vida ha decantado en nuestra memoria
la experiencia y la trémula sabiduría de sus
años; equivale a disfrutar la alegría de un
reencuentro. Y retomar un libro, que temporalmente abandonamos
para perfeccionar el conocimiento de su materia y meditar
reposadamente en sus alcances, envuelve un gozoso acto de
afirmación con el cual se define la personalidad.
Por eso se extiende una reserva taxativa en torno a la cultura
y la sensibilidad de quien ve el mundo a través de
las enseñanzas de un solo libro, o de aquellos autores
que se esterilizan después de conquistar sonrientes
auspicios para alguna creación juvenil; y la admiración
premia a quienes consumieron sus alientos en la preparación
de una obra cabal. Ya dijeron los filósofos que el
arte devasta y pule cuanto puede crear el ingenio, y advirtieron
contra la vanidosa inconsistencia de quienes no reconocen
antecesores ni maestros, y contra la ingenua suficiencia
de cuantos se atribuyen una perfección innata. Las
hazañas de la creación y el pensamiento han
tenido su origen en la continuidad del esfuerzo, en la superación
silenciosa, en el apartamiento de los halagos fáciles.
En una palabra: los libros verdaderamente representativos
y trascendentes no han nacido jamás de la improvisación.
Y basta el recuerdo de dos libros peruanos, para hacer evidente
lo que eso significa. Son dos tesoros inapreciables de la
cultura nacional, en los
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cuales vive la más fecunda
cristalización del afecto que a todos nos inspira
este país tan hermoso y complejo, y la más
palpitante muestra del celoso conocimiento de las gestas
y las aventuras cumplido por sus hombres. Me refiero a los
Comentarios Reales y a las Tradiciones Peruanas, dos libros
que han sondeado en el tiempo y el espacio para revelar las
cautivantes lejanías, que han dominado el nombre del
Perú, dos libros claramente alentados por la sensibilidad
humanista, y las afinidades románticas, y gracias
a los cuales lucen su tensión de gesta, o se nos hacen
amenos y amables los hechos y el carácter de los peruanos.
Y ambos son el resultado de la más ejemplar constancia.
Pues nuestro Garcilaso de la Vega resolvió escribir
su libro, y empezó el correspondiente acopio de informaciones
y memorias, en cuanto llegó a España, en 1560,
y comprobó cuán prejuiciosos e inciertos eran
los conocimientos generales en torno a la cultura creada
por los incas y las turbulencias de los conquistadores; tras
confrontación y depuración pacientes dio a
la publicidad la primera parte, en 1609; y hasta su muerte,
ocurrida en 1616, trabajó en la corrección
y la impresión de la segunda parte. Y aunque durante
su mocedad «difundió Ricardo Palma algunas poesías
narrativas y relatos que en su madurez prefirió entregar
al olvido, es fama que en 1860 ofreció a la prensa
su primera tradición, y pergeñó la última
en 1914. Uno y otro consagraron más de medio siglo
a la preparación de esos libros señeros, que
a través de sus páginas infunden fervor y luz
en la formación de la conciencia nacional. Y los
libros sagrados, ¿no son acaso la depurada expresión
de tradiciones, inspiradas revelaciones y enseñanzas
heredadas por los pueblos de sus más remotos ancestros
como se advierte en la Biblia, «el libro» por antonomasia?
¿No recogen la sabiduría transmitida por moralistas,
maestros y profetas en el curso de sus vidas, como sabemos
que ocurre con los penetrantes libros de Confucio o en el
Corán? Por añadidura, aquellos libros en los
cuales se halla imágenes, especulares de los conflictos
afrontados por pueblos o sociedades íntegras, como
la Divina Comedia o El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha; ¿no revelan acaso un esforzado y moroso esfuerzo
de captación e interpretación, a través
del cual fueron elevadas las tensiones sociales y espirituales
a la categoría de símbolos que trascienden
de su propio contorno? ¿Y qué decir del agudo análisis
efectuado por Carlos Marx en El Capital, merced a varias
décadas de metódico trabajo, lealmente completado
después de su muerte por Federico Engels? Como esos,
u otros semejantes, los grandes libros son frutos en sazón,
ofrecidos a las ansias, del hombre desde la altiva rama que
a una potencia germinal y riqueza nutricia; son suma y síntesis
de la experiencia que la vida decanta; compendios del amor
apasionado y la contemplación serena. Por ello no
brinda el libro su esencial mensaje a quien se le aproxima
en forma episódica, ni al manso de corazón.
Exige la actitud unciosa del creyente, asociada a la frialdad
analítica del racionalista; la placidez del esteta
que admira los matices del agua remansada, y la temerosa
intrepidez del navegante que desafía las ondas turbulentas;
la esperanzada quietud del campesino que aguarda la maternal
generosidad de la tierra, y la audacia del hombre que avasalla
toda índole de barreras y secretos. Para infundir
la capacidad credadora que se atribuyó a los dioses,
el libro exige consagración plena.
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Ya hemos podido
reconocer el libro como hazaña de la razón
y perennal expresión del sentimiento, como suma de
esfuerzos creadores y base de todas las audacias de la inteligencia.
Pero juzgamos que su significación habrá de
acrecentarse y adquirirá contornos venerables, si
agregamos que su trato puede transformar también la
índole del hombre. Basta que proyecte su interés
hacia el libro cerrado, eche una mirada indolente a la revelación
que el título promete, y levante la cubierta para
sorprender la casta intimidad de sus páginas, para
que se inicie el milagro insospechable: porque el hombre
suspende en ese instante su natural desconfianza por todo
lo desconocido, apacigua la fiebre del instinto, renuncia
temporalmente a la violencia, y, descubriendo las perspectivas
de la reflexión o la fantasía, empieza a disfrutar
los goces del convivio espiritual. En su quieto diálogo
con el libro aplaca todo ánimo pugnaz y agresivo,
para mantener la claridad del discernimiento y seguir la
atracción de la luz. Modera la intransigencia que
obnubila, o el ardor que recorta la visión del horizonte,
para avanzar a través de sus páginas con la
avidez y la serenidad que exigen las empresas de la inteligencia.
Y lentamente, o quizá en forma tan repentina como
lo deciden las revelaciones; unas veces de modo superficial
y aleatorio, y otras con hondura carismática; pero
ineluctablemente, opera el libro un cambio definitivo en
la condición del hombre. Modela su concepción
de la vida y sus costumbres. Lo hace sensible a las más
diversas motivaciones. Y le infunde tan altas virtudes que
su aliento se hace incompatible con las negaciones, y con
gran optimismo endereza sus actos hacia el mejoramiento de
la comprensión social. Hacia previstas formas de existencia
en las cuales se afiancen la sabiduría y la belleza,
la libertad, la justicia y el amor.
 La imprenta en el «Quijote»
Mustio el ánimo, lacio el pecho y abandonada la
lanza, pero incólume la fe, presta la bondad y dispuesta
la mano fraterna; así volvía Don Quijote hacia
su aldea, después de ser abatido en Barcelona por
el bachiller Sansón Carrasco, trocado en el Caballero
de la Blanca Luna para desbaratar la generosa locura del
hidalgo manchego. De su almario rebosaba la pesadumbre, al
recordar su caída y vencimiento, la imprevista sombra
que oscurecía sus hazañas y sus alcanzadas
glorias, el forzado retiro que durante un año se vería
obligado a guardar. Y aunque hacia cuenta de volver al honrado
ejercicio de las armas, no era escaso el desconcierto que
le infundía la forzosa guarda de la paz y el sosiego.
Picole de pronto el pensamiento de convertirse en pastor,
imaginando que andaría «por los montes, por las selvas
y por los prados, cantando aquí, endechando allí,
bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes,
o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos»;
algo amenguó entonces su tristeza, pues confió
que en tal género de vida le proporcionaría
«gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el
amor concepto», y que merced a unos y otros conquistaría
al fin eterna fama. Larga y repetidamente volvió a
calcular las ventajas de la vida pastoril, que en sus previsiones
se le antojaba a Don Quijote liberadora de la quietud y la
doméstica indolencia, odiosas por ser exponentes de
vulgar conformidad y nuncios de muerte; y, sobre todo, se
le antojaba propicia
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al cultivo de las letras, dotadas de
igual poder que las armas para franquear el acceso a la gloria.
Y como su locura entrañaba una persistente ansia de
gloria, como su mayor sueño envolvía una demanda
de fraternidad y belleza, como su heroísmo era una
proyección del odio a la injusticia, bien podía
colgar sus armas y requerir, los arbitrios de la elocuencia:
porque también hay locuras, sueño, o heroísmo,
en la palabra animada por santa ira, y en la honesta práctica
de las virtudes cuya defensa toca a las armas. Trazada la
orientación de su destino inmediato, Don Quijote renueva
sus esperanzas y planea nuevos desenvolvimientos de su actividad.
Vuelve a triunfar sobre su natural timidez, y se le llena
el pensamiento con la imagen de su señora, Dulcinea
del Toboso, en cuyo encantamiento creía, por habérsela
mostrado Sancho en la apariencia de una rústica labradora.
Tal era en realidad, pero el hidalgo sólo amaba su
ficción, sólo ahincaba su afecto en la ideal
donosura que desde su retiro solariego atribuyera a la suscitadora
de su callada pasión. Y pedía a su escudero
que diese cumplimiento al sacrificio exigido por los encantadores,
a fin de que pudiese recobrar Dulcinea la condición
de su ser. Podía una caritativa demostración
de solidaridad, para afianzar sus ilusiones y la activa fe
que hasta entonces alentó su atrevimiento. Y para
herir la sensibilidad de Sancho, para doblegar su dureza
quiso unir la promesa al reproche: «¡Oh pan mal empleado,
y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso
de hacerte... que yo post tenebras spero lucem!» (tras las
tinieblas aguardo la luz). Pero no lo entendió el
buen Sancho. Y a poco alzose un ruido indescriptible, formado
por más de seiscientos cerdos que unos hombres conducían
a la feria de un pueblo vecino, y que atropellaron irrespetuosamente
al caballero y a su servidor. Quijotizado, pretendió
Sancho vengar tan cerdosa desventura; pero hízole
observar su señor que a los caballeros vencidos suelen
picar avispas y hollar puercos. Y aquella noche fatigó
el silencio con unas coplas que él mismo había
compuesto para desahogar sus pensamientos. Cantó la
pesadumbre que oscurecía su optimismo, la visión
de la muerte que acrecentaba su ansia de vida. Muy bien
sabía el ingenioso hidalgo que al pobre y al vencido
mellan todos, que todos punzan y hozan implacables en su
honra y sus carnes. Pero había nacido para velar y,
tras las tinieblas, esperaba la luz. No porque hubiera hecho
suya la resignación jobiana, ni porque hubiera puesto
su esperanza en el milagroso advenimiento que aguardaban
los judíos, como algunos han creído comprender.
Nada de eso. Esperaba la luz, porque las raíces y
las proyecciones de su idealismo eran absolutamente humanas,
y porque la entereza de su fe era inquebrantable. E hizo
suyo el lema que en cierta manera representa la audacia de
la inteligencia y los horizontes de la razón, cuando
pensaba en los versos y conceptos que la vida pastoril habría
de brindarle, cuando buscaba en las letras el lenitivo del
pesar que le infundiera el temporal abandono de las armas.
Y no es por azar que tal lema rodea el escudo de Juan de
la Cuesta, el primer impresor de la verdadera historia de
Don Quijote de la Mancha: pues era evidente que un golpe
de fortuna jamás podría borrar esa larga serie
de hechos hazañosos en los cuales fiaba su
—15→
gloria
el hidalgo, así como la incomprensión del vulgo
o la envidia de los bellacos no podrá nunca apagar
las pregoneras voces que a la postre consagra la fama a las
obras de mérito.  
 
—16→
  Desde mediados del siglo XVI, el
lema había ornado una sugestiva alegoría de
la imprenta, cuya figura central presentaba un halcón,
posado sobre un puño que salía de una nube.
En las obras lanzadas por sus prensas la estampó Adrián
Ghermart, librero e impresor de Medina del Campo (1550-1555),
a quien probablemente se debe la invención de tal
alegoría, pues la empleó en formas al cabo
eliminadas del uso, antes de lograr su apariencia definitiva.
Con facilidad se distinguen las marcas susceptibles de ser
reguladas como ensayos; porque la nube se halla a la derecha,
y tanto el puño como el halcón miran hacia
la izquierda; y porque no ostentan las iniciales del impresor.
Son dos: la primera, sin orla alguna, con los contornos propios
de las figuras, luce en su parte superior el lema, escrito
sobre una cinta a la cual se ha dispuesto en forma de lazos;
y la segunda, encerrada en un medallón limitado por
cinco líneas paralelas, presenta además una
variante en la disposición del lema. Aquella no volvió
a ser usada por impresor alguno, según parece; más
la segunda se halla en obras impresas en Alcalá y
Zaragoza, por Juan Gracián (1571-1587) y Juan Soler
(1577), respectivamente. A su vez, la
—17→
marca ya definida
en sus caracteres esenciales, presenta notorias variaciones
en el estilo de la ornamentación externa; pero se
la identifica, aún después de transcurridas
varias décadas, por un pequeño círculo
seccionado, cuyos campos superiores muestran las iniciales
A.G. Una muestra el lema latino sobre una cinta ondulada,
que da contorno a la marca por tres lados y cuyos límites
parecen determinados por un cuadrángulo hipotético;
otra luce una decoración renacentista, al centro de
la cual se hallan las figuras de la alegoría, con
las palabras del lema inscritas en el contorno; y en la tercera,
enmarcada dentro de una decoración igualmente renacentista,
se reduce la nube a un escorzo. De estas tres variantes,
la primera fue usada, en 1632, por Jerónimo Morillo,
impresor de Segovia; y las dos últimas, en 1602, por
Juan Godinez de Millis, establecido en Medina del Campo,
la ciudad donde trabajó Adrián Ghemart. Algunos de los escudos antes descritos se encuentran
en los impresos de Pedro Madrigal (1589-1600), quien, al
año siguiente de haber instalado en Madrid su taller,
sacó a luz La Traducción del Indio de los tres
Diálogos de Amor de León Hebreo, hecha de Italiano
en Español por Garcilaso Inga de la Vega. Pero luego
diseñó una marca propia, que empezó
a estampar en 1592. Sobre el lado inferior presenta ésta
un león yacente, que simboliza la fuerza potencial
de la imprenta; y en torno, una ornamentación de estilo
barroco, a veces encuadrada entre líneas sencillas.
A la Muerte de Pedro Madrigal, las marcas y otros efectos
de su taller pasaron a poder de Juan de la Cuesta (1604-1627),
el impresor que tal vez entabló mayor familiaridad
con la verdadera historia del ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha, pues de sus prensas salieron tres ediciones
de la Primera Parte (dos en 1605, y una en 1608) y la primera
edición de la Segunda. Todas ostentan en su portada
la alegoría cuyo lema era tan grato al manchego, así
como la ostentan dos libros del quijotesco Miguel de Cervantes
Saavedra, impresos también por Juan de la Cuesta,
las Novelas Ejemplares (1613) y Los Trabajos de Persiles
y Sigismunda (1617). Y no aguardaba a Don Quijote
una luz breve o pálida, sino deslumbrante y perenne.
Porque dejaba tras sí el humanísimo ejemplo
de sus glorias, conquistadas mediante el valor de su brazo
y la discreción de su ingenio; pero agregaba a ellas
la mayor, la que más carácter confiere a los
hombres de letras y más egregia hace la dignidad de
su ejercicio; le agregaba el triunfo sobre sí mismo,
sobre su pasión heroica, sobre su odio a toda especie
de follones. Abandonaba la caballería, calculando
ganar prosélitos que el apacible retiro del campo
hiciesen práctica de fraternidad y rindiesen culto
a la belleza. Y, a despecho de todo artilugio bachilleresco,
acudía a la razón, a los conceptos y al canto,
para renovar su lucha por la justicia. Retornaba a su aldea,
después de cruzar los caminos del mundo, para redimir
a sus gentes de los egoísmos, de las oscuras cárceles
en que se debatía su miseria, de la ignorancia que
le impedía gustar los armoniosos secretos de la vida.
Lejos quedaban los encantadores que trocaron sus ideales
en cruda y deprimente realidad, lejos los cerdos que hollaron
su desgracia y a los cuales dejó pasar con indiferencia,
lejos la burla o la incomprensión, lejos las tinieblas.
Tras la victoria sobre la enfermedad y la muerte, lo esperaba
la luz.
—18→
Obvio es que Don Quijote no había hallado
repentinamente el nuevo estímulo de su fe. Harta flaqueza
habría denotado su idealización de la caballería
andante, si la pesadumbre de una derrota la hubiese descompuesto
y empalidecido. Genio tornadizo y frágil, habría
parecido el suyo, si una inspiración súbita
fuese bastante para remodelar su conducta. Blancura extraña
a su heroísmo habría revelado, si no osara
desafiar las tinieblas, y se apartara de ellas para marchar
hacia la luz. Y, en verdad, el amor de la aventura no opacó
jamás la sutileza de su pensamiento, ni su canal estimación
de las letras y la razón. La caballería andante,
cuyo ejercicio requiere agudeza y claridad de entendimiento,
«es una ciencia que encierra en si todas o las más
ciencias del mundo» -había sentenciado el hidalgo-.
Pues, quien la profesa «ha de ser jurisperito, y saber las
leyes de la justicia distributiva y conmutativa, para dar
a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser
teólogo, para saber dar razón de la cristiana
ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera que
le fuere pedido; ha de ser médico, y principalmente
herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos
las yerbas que tienen virtud de sanar las heridas, que no
ha de andar el caballero andante a cada triquete buscando
quien se las cure; ha de ser, astrólogo, para conocer
por las estrellas cuántas horas son pasadas de la
noche y en qué parte y en qué clima del mundo
se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada
paso se le ofrecerá tener necesidad de ellas; y dejando
aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales
y cardinales, descendiendo a otras menudencias, digo que...
ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras,
liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en
los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente,
mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla».
Su discurso no vacila ya. No intenta comprobar el balance
que otrora hiciera, para dilucidar si las armas o las letras
reúnen mayores excelencias y ventajas. Y difícilmente
es posible reconocer al alucinado Don Quijote de la Mancha,
al heroico y sorprendente Caballero de los Leones, en aquel
sosegado platicante que ampara su elogio de las armas en
la suposición de que ellas son cabales continentes
de las letras. Sus aventuras son fundamentalmente contemplativas
desde entonces. Con oportunos razonamientos, evita la riña
que pudo excitar la estratagema empleada por el enamorado
Basilio para frustrar las bodas de Camacho el rico. En las
honduras de la cueva de Montesinos asiste «a la más
sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano
ha visto ni pasado», y en conclusión establece «que
todos los contentos de esta vida pasan como sobra y sueño,
o se marchitan como la flor del campo». Desbarata el retablo
de maese Pedro, porque los dichos y hechos de sus títeres
no responden a la verdad que su corazón ama y defiende
su brazo. Cuando sus argumentos no logran infundir el don
de la palabra a los pueblos rebuznadores, ni poner par entre
ellos, evita, al galope, la pedrea incomprensiva, y piensa
que «es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión».
En la corriente del Ebro se confía a la ventura, sobre
la débil cubierta de una barca, pero la desgracia
malogra su ambición de liberar a un imaginario cautivo,
reflexiona «que todo este mundo es máquinas y trazas
contrarias unas de otras» y, sin aliento para revolverse
contra la injusticia, agrega que ya no puede más.
Después halla sabor al largo ocio que le granjea el
ánimo burlesco del duque, da a Sancho sus clarividentes
consejos sobre el arte de gobernar, aprecia en sus justos
términos el goce de la libertad, y sólo se
le renueva el espíritu cuando requiere
—19→
sus armas
y sale nuevamente a la campaña. Pero está dicho
que los hombres de armas tienen su descanso en el pelear,
y que sólo fructifica en el ocio la erudición
del humanista, la sutileza del pensamiento que se recrea
en descubrir la esencia y la trascendencia de los hechos
y las cosas. Por eso recae Don Quijote en el desaliento,
cuando el campo se ensancha otra vez ante su vista, y unos
labradores le descubren las imágenes ecuestres de
San Jorge, San Martín, Santiago y San Pablo. «Estos
santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es
el ejercicio de las armas -explica a los atónitos
campesinos-; sino que la diferencia que hay entre mí
y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino,
y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron
el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza,
y yo, hasta agora, no sé lo que conquisto a fuerza
de mis trabajos». Fracasos y sinrazones han infundido en
el espíritu del hidalgo la noción de su impotencia
frente a las malas artes que infectan el mundo, y lo han
incitado a reconocer la esterilidad de los esfuerzos que
despliega contra ralea de toda talla. Surte en sus palabras
la melancólica agonía. Y en dos frases de cabo
roto confiesa la zozobra que lo invade: «Yo no puedo más»,
porque «no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos».
Ya no es Don Quijote el activo sostenedor de su idealismo:
contempla y mide los alcances de su propio destino. Ya no
es el héroe cuyo placer estaba en la acción
misma: ahora inquiere acerca de los resultados y proyecciones
que en cada ocasión se le alcanzan. «Déjame
morir a mi a manos de mis pensamientos», que «yo nací
para vivir muriendo» -advierte, transido de una angustia
humanísima. Y el cronista aguza en este punto la graduación
de los sucesos, para hacer comprensible la transición
cumplida en el ánimo y la conducta del hidalgo. Una
vacada lo maltrata, Sancho se le rebela y se declara señor
de sí mismo, y los secuaces de Roque Guinart lo sorprenden
en el bosque mientras se halla desapercibido y sin armas;
ingresa a Barcelona, entre sones de fanfarria, para divertir
a pícaros y chicuelos; y antes de ser vencido, allí,
por el Caballero de la Blanca Luna, pasa por las más
inopinadas y extraordinarias aventuras que jamás hubiera
cumplido caballero alguno, pues escucha las revelaciones
de la cabeza parlante y visita una imprenta. «Fabricada
por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido
el mundo», y alojada en un apartado aposento, la cabeza tenía
la «virtud de responder a cuantas cosas al oído le
preguntaren»; pero excluía de su competencia los juicios
sobre pensamientos y deseos ajenos, y sólo atendía
a la verdad objetiva o las normas de la costumbre y la moral.
Admiraba y sobrecogía la pertinencia de sus respuestas,
que un «estudiante agudo y discreto» trasmitía, por
ingeniosos conductos, desde una oculta morada. Y aunque el
temor a la censura eclesiástica obligase a desvelar
el encanto de aquella cabeza, nada podía mellar el
prestigio de su sabiduría respondedora. Arduos y no
sabidos trabajos colocan una semejante, en dondequiera existe
un hombre que anhela desenmarañar un problema y busca
la luz necesaria para hallar solución a su laberinto.
Es menester interrogarla en el silencio y con unción,
pues su voz consulta y resume concepciones y vigilias de
todos los tiempos. Pero ha de saberse que jamás contestará
a las incitaciones de la sensualidad o la pasión,
el deseo febril o el pensamiento malicioso, porque la discreción
le aconseja
—20→
ignorar tales vivencias: y, en cambio, demostrará
brillantez y exactitud al tratar verdades abstractas y hechos
reales, sentencias éticas y presunciones bellas. Conoce
y divulga los secretos del universo y del alma; pero niega
su visión a los claustros de la sombra. Su presencia
infunde fe y esperanza en el destino humano así como
prudencia y fortaleza para medir y vencer sus etapas. Y el
maravilloso encantador, que modela y copia tal cabeza para
guiar el paso de los hombres, ha eliminado aquella vida aparente
que denunciaba su origen hechiceresco; ha combinado materias,
en los crisoles y las prensas de su taller legendario y,
con sonrisa feliz, ha infundido la mágica virtud en
las formas amables y frágiles del libro. 
-Qué
título tiene el libro?-preguntó Don Quijote Lámina de Lui Paret, grabada por J. Montero Tejada
para la ediciónque Gabriel Sancha publicó,
en Madrid, el año 1798. Aún se hallaba
dominado por tal encanto, cuando «sucedió que, yendo
por una calle, alzó los ojos Don Quijote, y vio escrito
sobre una puerta con letras muy grandes. Aquí se imprimen
libros, de lo que se contentó mucho, porque hasta
entonces no había visto imprenta alguna, y deseaba
saber cómo fuese». Cierto es
—21→
que en el retiro de
su solar había cultivado el afecto de los libros con
harta «afición y gusto», porque en sus fábulas
encontraba asidero para remontarse sobre las decepciones
que a su sentimiento imponía la decadencia de la caballería,
pero su visita a la imprenta era muy ajena al antiguo recreo
de su fantasía, porque al efectuarla se dejaba conducir
por la razón y, lejos de disfrutar sólo la
flor de la leyenda, se aproximaba ahora a su entraña
y su gestación. Cierto es, también que su inquietud
de humanista no había derivado aún hacia el
oficio de escritor; pero sus hechos andaban ya en las vibrátiles
relaciones del libro, dando motivo a la crónica y
la polémica, y germinaba en su espíritu la
emoción que a poco habría de inspirarle un
saudoso madrigal. Su contento seguía el ejemplo de
Erasmo, espejo de humanistas, que un siglo antes visitó
en Venecia al impresor Aldo Manucio, a fin de vigilar la
edición de Adagiorum Collectanea, y no sólo
compartió su techo y su mesa, sino frecuentó
el taller mientras aquí eran revisadas las pruebas
y allá se adelantaba la impresión. Y «entró
con todo su acompañamiento, y vio tirar en una parte,
corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquella,
y finalmente, toda aquella máquina que en las imprentas
grandes se muestra. Llegábase Don Quijote a un cajón,
y preguntaba qué era aquello, que allí se hacía:
dábanle cuenta los oficiales, admirábase, y,
pasaba adelante». Exacta, aunque indirecta noción
de la estampa que en esa visita captara el hidalgo ha sido
conservada por Tommasso Garzoni, en aquella minuciosa Plaza
Universal de todas Ciencias y Artes, pulcramente traducida
al español, y oportunamente aumentada por Cristóbal
Suárez de Figueroa (1615). Y a través de la
descripción pertinente se comprende cuánto
debió ser el asombro que infundieran a Don Quijote
las ingeniosas tareas de la imprenta. Leemos: Consta de varios instrumentos y oficiales, como fundidor,
componedor, corrector, tirador y batidor. Toca al primero
fundir caracteres, viñetas, que son ciertas flores
halladas para ceñir cosas que requieren particular
curiosidad y reglas para dividir y cercar las placas o páginas.
Para la fundición se derrite estaño y plomo,
todo mezclado en una cuchara de hierro grande y con otra
pequeña se echa el metal en sus moldes de hierro,
con las matrices de cobre, donde esta formada la letra. Quiérase
pásase por una piedra y se compone para cortarle el
pie, porque estén iguales y derechas, y luego se cuentan
y entregan al impresor. Pertenece al componedor sacar del original lo que ha de
componer. Los instrumentos necesarios para semejante ministerio
son letras usuales e iniciales, ligaturas y diptongos de
diferentes formas y grandezas, aunque de una misma igualdad
y altura. Los mayores son caracteres de canto o música:
luego gran Canon, menor Peticanon y respectivamente menores
las de misal, parangona, texto atanasia, lectura, breviario,
glosa, miñona y nonparella, con griego y hebreo en
proporción. Échanse las letras en una caja
grande, dividida en otras pequeñas, llamándose
distribuir el repartirlas en semejantes cajetines. Distribuida
la letra, se pone el original, que se debe acomodar en cierto
instrumento largo y angosto, con un encaje al pie donde se
tiene firme con nombre de divisorio. Pónese en forma
de cruz otro de hierro o palo de una pieza, que desde el
principio al fin está cortado por medio, sirviendo
de ceñir el original, porque no se caiga, y de ir
apuntando con él, la materia que se compone, y diese
mordante. Lee el componedor lo que ha de sacar, y en otro
instrumento de una o dos piezas, de palo, metal o hierro
(con cierta concavidad bastante para poner en él las
líneas de la medida que se quiere hacer), se va componiendo
y ajustando los renglones iguales todos, llamando espacio
al que divide una palabra de otra, y cuadrado al que parte
los mismos renglones, siendo uno de otro del propio metal
que las letras. Compuesto el renglón, se pone en otro
instrumento de madera con unos
—22→
perfiles en forma de
paredes más bajas que la letra por cabeza y lados
solamente que se llama galera, y se pone ladeada la parte
inferior, porque no se caiga lo compuesto. Por el pie entra
una tablatan delgada como un cartón con una parte
de ella que sale fuera de la galera, de cuatro dedos de largo
y dos de ancho en su principio, y al fin de cuatro poco más
o menos; y a ésta llaman bolandera. Ya hecha la página
se ata con una cuerda, sácase la bolandera, pónese
encima de una tabla igual y lisa, y tirando de ella, queda
la página en la tabla. Compuestas las páginas
competentes, según la marca en que va el libro, grandes
o pequeñas, que llene un pliego por la una parte (sea
de a folio, de a cuatro, octavo, diez y seis, treinta y dos,
sesenta y cu atro, y otras), se pone un instrumento de hierro
igual, liso y fuerte, hecho de cuatro piezas juntas y unidas,
y otra que atravieza de alto abajo por medio, que ciñe
aquellas páginas de que consta la forma y se dice
rama. Esta tiene ciertas concavidades por los dos lados,
y el pie en que encajan, de metal, cobre o hierro, ciertos
pedazos que llenan aquellos vacíos, llamados porquezuelas.
Atraviesa la rama y porquezuela un agujero con roscas dentro,
por donde entran ciertos tomillos. Pónense en la parte
alta unos palos que llaman cabeceras. El hierro que atraviesa
la rama y las reglas que se le arriman, se dicen cruceros:
lo que se pone a los lados, lado, y pie, lo que se pone al
pie, siendo la obra de a folio; mas si de otra suerte, se
llaman medianiles, por demediar las páginas y sus
divisiones. Después se ponen dos hierros a los pies,
y otros dos a los lados, llamando imponer a esto, y al poner
las páginas en tal concierto y orden que se puedan
leer. Impuesta la forma, se aprietan fuertemente los tornillos,
dando vueltas con un instrumento de hierro con nombre de
llave, que tiene dos como clientes en que encajan los tornillos.
Llévase tras esto a la prensa, donde se saca una muestra
que llaman prueba, dándose al corrector para que corrija
las mentiras y las enmiende el componedor. Estámpase
al fin en la prensa, llamando tirar a semejante operación.
La prensa consta de varios instrumentos: tablado, dos piernas
o maderos a propósito, escalera, dos bandas camprones,
cofre, cigüeña, carro con cierta cuerda manija,
una piedra en que asiente la forma con hierros y tornillos
a los lados, con nombres de visagras y cantoneras. De aquí
está asido uno que llaman tímpano, cubierto
de pergamino. Hállanse en él dos puntas a quien
dicen punturas, para que el papel esté firme aquí
se pone el pliego, y se prende con unos instrumentos llamados
chavetas, de que se hace otro dicho frasqueta, que guarda
limpia la obra. Dásela tinta que consta de aceite
de linaza y trementina, sin llevar rejalgar, como pensaron
algunos ignorantes. Cuécese y confecciona, recibiendo
después el color negro de humo de pez, y el colorado
de bermellón. Toca al Tirador el cargo principal de
la prensa; él es quien ajusta para que los renglones
salgan a la vuelta (que llaman retiración) en línea
con los precedentes que se dicen del blanco. Es propio suyo
mirar las concordancias del guión o reclamo de la
signatura, que es la letra que se pone al fin de algunas
páginas, como A2, y el reclamo es la palabra última
de la página que está junto a aquella signatura,
que concuerda con la que se sigue. También es de su
obligación mojar el papel, no pudiéndose imprimir
ceco. Pertenece al Batidor ser coadjutor del Tirador, como
subordinado a él, y hacer las balas, que son ciertos
instrumentos a manera de plato con un palo que sale de ellas,
con que se toman en la mano. Hínchense de lana, cúbrense
de valdres; toman tinta con las mismas, y después
de bien repartida (a quien llaman distribuir) se la dan a
la forma. Es suyo asimismo mezclar la tinta, para que salga
bien negra; lavar las formas con lejía para que se
limpien, etc. |
Difícilmente puede establecerse en
qué taller contempló el hidalgo «toda aquella
máquina que en las imprentas grandes se muestra»,
pues el cronista de su historia no conoció Barcelona
sino de oídas y en esta parte de su relato hubo de
adobar los sucesos con notas vagas o ficticias. Pero, eliminando
de la cuenta una decena de impresores, cuya actuación
escasa o circunstancial sugiere la propiedad de un pequeño
taller, no son muchos los que pudieron ser afectados por
la mención. No lo sería Juan Amello (1598-1611),
porque tuvo instaladas sus prensas en la Plaza de la Trinidad
y fue en «una calle» donde vio Don Quijote el letrero que
excitó su interés por «saber cómo fuese»
el arte de imprimir: ni lo sería, tampoco, Lorenzo
—23→
Deu (1611-1646), establecido frente al palacio del rey.
Es posible que aquella imprenta grande perteneciese a Jaime
Cendrat (1578-1607); a Sebastián de Cormellas (1592-1654),
cuya activa tipografía estuvo en la tortuosa calleja
del Call; a Gabriel Graelís (1598-1619), asociado
con Gerardo Dotil hasta 1613; a Jerónimo Margarit
(1606-1634), quien lució su cartel en la calle de
Petritxol; a Sebastián Matevad (1610-1632), quien
actuó durante varios años (1609-1617) en sociedad
con el citado Lorenzo Deu; a Gabriel Nogués (1614-1646)
o a Esteban Liberós (1613-1652), cuyas prensas trabajaron
en la calle de Santo Domingo. Pero ninguna hipótesis
concuasa estrictamente con los datos alusivos a los libros
que a la sazón preparaba aquella imprenta; Le Bagatelle, cuya traducción en lengua castellana estaba componiendo
el cajista y dio pie a Don Quijote para destacar su conocimiento
del toscano, y para tratar irónicamente sobre los
traductores que siguen la letra y no penetran en el espíritu
del idioma traducido; Luz del alma, uno de cuyos pliegos
«estaban corrigiendo» y le permitió expresar que «tales
libros... son los que se deben imprimir porque son muchos
los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces
para tantos deslumbrando; y «la Segunda Parte del Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha», compuesta por un tal,
vecino de Tordesillas», a cuenta de la cual adujo «que las
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables,
cuando se llegan a la verdad o a la semejanza de ella, y
las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas».
Porque la relación tordesillesca de las andanzas de
Don Quijote fue impresa en Tarragona, por Felipe Roberto,
el año 1614; aún la auténtica apareció
en Barcelona sólo el año 1617, cuando su fautor
había tramontado la vida; y aunque el presunto encuentro
de su falsa historia puede tomarse como pretexto para hacer
viable la manifestación del despecho que ella causaba
al hidalgo, asoma como un estímulo propició
a la definición de su íntima agonía.
En efecto: llámese «inmortalidad a la reputación
que se deja a la posteridad y virtud al amor de las letras»
-conforme lo decía Erasmo, refiriéndose a la
opinión de su tiempo-; recuérdese que los hombres
de letras deben mucho «a los de las armas, porque [éstos]
les dieron tan grandes hechos, como los que cada día
hacían, para que tuvieran qué escribir toda
su vida» -según lo advierte el Inca Garcilaso de la
Vega-; no se olvide que Don Quijote estimó alguna
vez como extemporáneo su ejercicio de la caballería
andante, porque la pólvora y el estaño le hacían
recelar de hacerse famoso y conocido por el valor de su brazo
y los filos de su espada; y se comprenderá que, al
denostar contra «las historias fingidas», rechazaba el hidalgo
la fama que no diese a sus hechos el aliento que su voluntad
heroica les asignaba. No le placía aquella especie
de inmortalidad que pregona el nombre y desdeña recordar
las obras del hombre. Y, entendiendo entonces que su lucha
por la justicia debía correr pareja a la tarea de
infundir «infinitas luces para tantos deslumbrado» como en
el mundo existen, reclamando la actividad de las prensas
para que la propagación de la verdad hiciera buena
y deleitable la existencia, volvería su pensamiento
a la profunda palabra de Erasmo: «¡Cuantos vemos que estiman
más el nombre de doctos y buenos, que la obra de ser
buenos y doctos»! Acataría esa palabra como la destellosa
claridad de una inspiración, porque «la razón
nos fuerza a confesar que son... locos los que con mucha
gana van a la guerra y con incierta esperanza de una poca
ganancia ponen cuerpo y ánima a manifiesto peligro».
Y como amaba la trascendencia altruista de la misión
que había
—24→
asumido, porque a ella tenía fiada
su satisfacción íntima, no le era dado renunciar
a su obra por la fama dada a su nombre. Salió de la
imprenta, contrariado y mohíno, repitiendo tal vez
la desazonada expresión de su angustia: «Ya no puedo
más», porque «no sé lo que conquisto a fuerza
de mis trabajos». No cabe duda que los sinsabores habían
mellado el heroísmo caballeresco de Don Quijote, pues
no hizo desbarato alguno en el taller donde se daba a la
estampa una historia que a su conciencia sólo parecía
digna del fuego; y antes había desenvainado su espada
contra el retablo de maese Pedro, por no consentir que en
su presencia fuese desfigurada la fama de un atrevido caballero,
y había retado a cuantos hicieren burla de la caballería.
Aventurose por los caminos de España con el propósito
de acreditarse como «el más valeroso andante que jamás
se ciñó espada», afanoso de emular con sus
hazañas a «todos los doce Pares de Francia, y aún
a todos los nueve de la Fama»; pero ahora aguijábale
sobremanera el ansia de ganar e infundir la verdad, y a las
armas sucedía en su ánima la devoción
por las letras. En los comienzos de su admirable ejercicio
había proclamado, altivamente, la sin par donosura
de Dulcinea del Toboso -«por quien yo he hecho, hago y haré
los más famosos hechos de caballerías que se
han visto, vean ni verán en el mundo»-; pero sobre
ella empinó la hermosura de su dama el Caballero de
la Blanca Luna y, aun sin arriar su firmeza ni declinar la
cita al campo del honor, respondió cortésmente
-«no diciéndonos que mentís, sino que no acertáis
en lo propuesto»- a la bravata. Abatida su euforia caballeresca,
Don Quijote llegaba a la clara y luminosa actitud que suele
promover la decisión de toda lucha interior. Acendrado
su amor por las letras, desde su visita a la imprenta, llegaba
también a la virtud de los humanistas -«con mis hazañas
me contento, tales cuales ellas son»- y mostrábase
realista, comedido, tolerante. Vencedor de la ignorancia
y del error, y de la locura contra la cual había demostrado
Erasmo, llegaba a la razón y la prudencia -«vámonos
poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay
pájaros hogaño»-. Llegaba a la inmortalidad
y la luz.
 Antonio Ricardo, primer impresor limeño
Desde los tiempos iniciales de la ocupación española,
fueron numerosas las ordenanzas que en América intentaron
restringir, controlar y prohibir la introducción,
el comercio y la impresión de libros. Bien, para cautelar
y aun modular las versiones referentes a los hechos de la
conquista y el gobierno de los indios; bien, para evitar
la propagación de las ideas contrarias al dogma cristiano,
las discusiones doctrinarias sobre el origen y la legitimidad
del derecho, y aun la ingenua recreación que se buscaba
en la lectura de las hazañas de los caballeros afamados
por amparar a los débiles y los oprimidos. Y, desde
luego, fue así en el virreinato del Perú: hasta
que la estrechez de esas ordenanzas fue rebasada por las
necesidades del gobierno, la evangelización de las
poblaciones nativas y los requerimientos generales de la
educación. Sin contar siquiera con autorización
previa, el tipógrafo Antonio Ricardo instaló
su taller en el convento jesuita de Lima, y
—25→
con la garantía
de la orden atendió durante varios años a la
impresión de estampas, naipes, invitaciones y otros
pequeños trabajos. Fueron años oscuros y difíciles
para el aventurado empresario, que arriesgó su tranquilidad
y su prestigio social mientras se dilataron las gestiones
burocráticas. Y al evocarlos podemos reconocer que
la introducción de la imprenta se efectuó en
el Perú bajo el signo de la clandestinidad. Antonio
Ricardo, originario de Turín, bordeaba ya la media
centuria, pues había nacido en 1532. Era hijo de Sebastián
Ricardo, natural de Monticello y perteneciente a una vieja
familia de tejedores piamonteses, y de Guillermina Palodi,
de la propia ciudad de Turín. Llegado a la mocedad,
había iniciado el aprendizaje del arte tipográfico
en el taller de Gerónimo Farina; y rindió satisfactoriamente
las pruebas exigidas para ser reconocido como maestro del
oficio. Pero los privilegios discernidos en favor de algunos
empresarios del gremio, unidos a las dificultades económicas
familiares, le impidieron realizar su propósito de
establecer imprenta propia. Y a la postre optó por
emigrar, con el ansia de conquistar en otros lares los esquivos
favores de la suerte. Afectos y recuerdos perfilaron la
animada imagen de su ciudad natal, que desde entonces evocó
Antonio Ricardo cuando la nostalgia señoreó
en sus veladas. Turín había sido un activo
centro mercantil durante los siglos XIII y XIV, pues su situación
la había colocado en la ruta de los comerciantes que
llevaban los productos de Francia y los Países Bajos
hacia Italia y el Oriente, o viceversa. En los campos aledaños
prosperaba el cultivo de la morera, y la manufactura de tejidos
de seda ocupaba a numerosos artesanos. Pero al terminar el
siglo XV fue perdiendo su importancia, porque el Piamonte
se convirtió en campo de las luchas entabladas entre
los ejércitos franceses y españoles que disputaban
la dominación de Italia. Sufrió entonces las
invasiones dirigidas por Carlos VIII y Luis XII; y luego
las prolongadas guerras entre Francisco I y Carlos V, que
durante dos décadas mantuvieron la región bajo
una severa ocupación francesa. Quedaron arruinados
los campos, casi paralizada la manufactura, y debilitado
el comercio. Hasta que Manuel Filiberto de Saboya, al frente
de las tropas españolas, ganó en Flandes la
batalla de San Quintín (10-VIII-1557), y en el tratado
de Chateau-Cambresis (1559) obtuvo de España la garantía
de la unidad territorial y política de su principado.
De modo que las exigencias del equilibrio europeo convirtieron
al Piamonte en dique de la expansión francesa en Italia.
Y la artesanal ciudad de Turín, transformada en capital
del principado (1561), fue desde entonces escenario de extraordinarios
despliegues militares, que cambiaron por entero la faz de
su vida. Los hombres de 18 a 50 años fueron llamados
a las armas, y muros fortificados aseguraron la defensa contra
los enemigos. Los honestos burgueses, los artesanos empeñosos
que durante la ocupación extranjera buscaron en otras
ciudades el ambiente propicio para sus actividades, emigraron
para no sufrir los excesos del dominio señorial. Y
entre ellos abandonaron Turín los vástagos
de los Ricardo. Allí quedaron los padres, arraigados
a la vieja ciudad por las entrañables memorias que
emergían de los rincones hogareños, y por las
satisfacciones que les granjeaba la posición lograda.
A Venecia marchó un buen día Pedro Ricardo,
—26→
atraído por el prestigio de sus variadas manufacturas
y por la resonancia que a esa república dieron los
Manucio, al convertirla en foco del humanismo. Después
lió sus bártulos Antonio Ricardo, con algún
dinero obtenido en calidad de préstamo; y dirigiose
también hacia Venecia, con cierta expectativa de apoyarse
en las relaciones y la experiencia que hubiese conquistado
su hermano. Ambos trabajaron en las tipografías de
la ciudad, aunque con fortuna muy diversa: pues su reciente
avecindamiento y las normas gremiales oscurecieron las esperanzas
de Antonio, quien hubo de contraer nuevas deudas para atender
a sus necesidades; y ya habían llegado a la considerable
suma de 1000 pesos, cuando Pedro decidió asumir la
obligación de pagarlos, para que su situación
profesional no sufriera el perjuicio que solía proyectarse
sobre las familias cuando un deudor era requerido por la
justicia. En coyuntura tan crítica, Antonio Ricardo
viose precisado a reanudar su peregrinaje. Una vez más
lo ayudó su hermano, proveyéndolo de algún
dinero para que pudiera trasladarse a otro lugar en busca
de oportunidades; y al dejar tras de sí la estampa
del puente Rialto y los canales rumorosos, no dejaría
de repasar las previsiones y los encargos que debían
facilitarle su introducción en ciudades tal vez hostiles.
Inclusive, porque tal vez intentaba vincular ese viaje con
gestiones mercantiles, pues, en virtud de escrituras y recaudos
de diversas personas, había reunido unos 1000 pesos.
Lo cierto es que dirigió sus primeros pasos hacia
Lyon, donde entonces prosperaba el famoso impresor Sebastián
Grifus; pero no permaneció allí, porque el
calvinismo había impuesto la lucha confesional y contrariaba
los anhelos de paz que llevaron al turinés fuera de
su patria. Pasó a España, cuyos círculos
universitarios y literarios se hallaban agitados por la influencia
cultural italiana; y, animado por un claro conocimiento de
la esterilidad a que están condenados los esfuerzos
individuales del hombre de buena fe, no pretendió
establecerse en ciudad alguna, sin contar previamente con
el valimiento de algún cortesano. Aún más:
es posible que no se fijara ningún lugar de la península
como definitivo punto de destino, sino las nuevas y promisoras
tierras de América, vistas entonces como el mundo
del oro y la maravilla. De tránsito por diversas
ciudades, ofició unas veces como tipógrafo
y otras como cobrador, y se vio obligado a solicitar préstamos
para cubrir la deficiencia de sus ganancias. Sus mudanzas
coincidieron, en forma muy reveladora, con los cambios de
residencia de la corte. Estuvo en Valladolid; en Medina del
Campo, donde quedó debiendo 300 pesos; y quien sabe
si en Toledo, Alcalá y Madrid. Sus empeñosas
solicitudes debieron exigirle más de un sacrificio,
pues en España se miraba a los extranjeros con tanto
recelo como a los herejes y los judíos; y alguna plegaria
debió asomar a sus labios cuando fue autorizado su
viaje a la Nueva España y obtuvo una carta de recomendación
para el virrey, don Martín Enríquez de Almanza,
que había tomado posesión de su gobierno el
5 de noviembre de 1568. Al alejarse de las costas ibéricas,
Antonio Ricardo evocaría sus andanzas y sus dificultades
económicas; lenta y calladamente, ordenaría
en su pensamiento las experiencias adquiridas; y, mirando
hacia el horizonte que la proa del barco
—27→
desafiaba, alentaría
una esperanza, un ilusionado optimismo en la promesa de América.
Corría el mes de noviembre de 1569. Vientos y oleajes
zarandearon la nave durante varias semanas, demorando la
visión de la costa deseada, y ya se había iniciado
el año 1570 cuando llegó a México.
De muchos tipógrafos de aquella época se dice
que en sus mudanzas, de un lugar a otro, llevaban sus talleres
debajo del sombrero. No porque fueran de dimensiones mínimas,
sino porque los riesgos eran muchos e imprevisibles en todos
los caminos, y se consideraba preferible confiar la instalación
de la empresa al personal dominio sobre la fabricación
y el manejo de los implementos. Y si a ello se agrega la
crónica escasez de sus recursos, debe creerse que
Antonio Ricardo no condujo taller propio a México.
Hubo de emplearse en el que heredara Pedro Ocharte, francés
con quien probablemente trabó amistad durante su permanencia
en Lyon; y, por añadidura, yerno y sucesor de Juan
Pablos (o Paoli), natural de Brescia e introductor de la
imprenta en México. Pero ciertos dichos emitidos con
ligereza hicieron a éste sospechoso de calvinista;
fue apresado por el Tribunal del Santo Oficio (1573) y quizá
sometido a interdicción; y su imprenta quedó
paralizada durante siete años. No obstante, concertó
cierta asociación con Antonio Ricardo en ese lapso,
y juntos respaldaron la impresión de algunos trabajos
(1578). Y al mismo tiempo fue requerido el turinés
para dar movilidad y eficiencia a los tipos y prensas que
la Compañía de Jesús había recibido
de España, y, basado en el trabajo que el respectivo
concierto le garantizó, adquirió algunos implementos
para completar y mejorar la dotación de esa imprenta,
que durante dos o tres años funcionó «en el
Colegio de San Pedro y San Pablo». En ella dio a la luz unos
diez libros, caracterizados por sus tipos itálicos
y cursivos, de corte elegante y preciso, y adornados con
letras capitales y viñetas que parcialmente aparecieron
antes en las ediciones de Juan Pablos, Antonio de Espinosa
y Pedro Ocharte. Destaca entre esos libros el Sermonario
en lengua mexicana, con un catecismo en lengua mexicana y
española (1577), debido al agustino Juan de la Anunciación.
Aquella relación decidió el rumbo que habría
de emprender la vida de Antonio Ricardo: pues merced a las
informaciones de los jesuitas supo que aún no existía
imprenta en el Perú; y que la evangelización
de los indígenas requería la implantación
de un taller que permitiese una vigilancia directa sobre
la impresión de los textos doctrinarios, expresamente
redactados en las lenguas nativas. Quizá atendió
también a la benévola disposición que
le mostrara el fiscal del Tribunal del Santo Oficio, Alonso
Fernández de Bonilla, nombrado para efectuar en Lima
la visita general de las instituciones, y activamente ocupado
en preparar su inmediato traslado al puerto de Acapulco.
En consecuencia, rogó al prelado que lo incluyese
en la relación de personal que habría de acompañarlo,
a fin de obtener el correspondiente permiso para sí
e inclusive para Gaspar de Almazán y Pedro Pareja,
tipógrafos que debían auxiliarlo en sus trabajos.
Pero de nada le valieron los buenos oficios que en su favor
interpuso el inquisidor, porque tanto el mandatario como
el fiscal de la Real Audiencia, Pedro de Arteaga y Mendiola,
accedieron únicamente al viaje de Pedro Pareja y opinaron
que las ordenanzas vedaban el de Antonio Ricardo, debido
a su condición de extranjero y a la circunstancia
de disponerse a dejar en México
—28→
a su mujer, Catalina
Aguda. Y no cejó por ello en sus empeños, aunque
sentimentalmente lo afectara la inflexibilidad de esas autoridades,
que a través de los años habían apelado
a su arte y habían conocido su limpia ejecutoria:
pues, atento a la idiosincrasia de los empleados de la administración
colonial, sabía que en algún lugar obtendría
las constancias que le permitirían embarcarse hacia
el lejano país que entonces lo alucinaba. Ocupose
con cierta impaciencia en dar cima a sus preparativos de
viaje: disponiendo la venta de los libros salidos de sus
prensas, negociando la cancelación de viejas deudas
y la obtención de nuevos préstamos, y, fundamentalmente,
ajustando con Pedro Ocharte la compra del material tipográfico
indispensable para la imprenta que debía instalar
en Lima. Es posible que por instantes lo invadiese el desaliento.
Pero a la postre logró vencer sus dificultades, mediante
dos compromisos enervantes: 1º, el arraigo de su mujer en
México (III-1580), para garantizar a sus acreedores
la buena fe del cónyuge, aunque de modo eufemístico
se apuntó que debía permanecer allí
para cuidar a sus ancianos padres; y 2º, el reconocimiento
de una deuda a Pedro Ocharte, ascendente a 2300 pesos, y
para cuya cobranza otorgó éste un poder a Melchor
Pérez del Rincón, vecino de Lima, a fin de
que interpusiera las medidas necesarias para lograr el pago.
Y tras de superar todos los obstáculos adelantose
hacia Acapulco con una parte de su equipaje, en tanto que
las súplicas y lágrimas de Catalina Aguda lograban
que el doctor Alonso Fernández de Bonilla accediese
a llevar hasta el puerto los materiales comprados a Pedro
Ocharte, en cajones acondicionados sobre seis mulas. Antonio
Ricardo llegó a la abrigada playa del puerto cuando
ya había zarpado el barco dirigido hacia el Callao,
y a cuyo bordo viajaba el áspero fiscal de la Real
Audiencia de México que le negara el permiso solicitado
para trasladarse a Lima. Había sido promovido a la
categoría de oidor de la Real Audiencia de Lima hacía
veinte meses (5-VII-1578) y hasta entonces había diferido
su viaje. Su deseado alejamiento aplacó los temores
que al tipógrafo inspiraba la estrechez formalista
del funcionario, y con alguna tranquilidad pudo aguardar
la llegada del comprensivo Alonso Femández de Bonilla.
Y en el puerto, convencido tal vez por el trato amistoso
que el influyente clérigo dispensara a Antonio Ricardo,
el patrón del navío «San José» aceptó
llevarlo, con sus acompañantes y su abultado equipaje.
Pero muy poco le duró el gozo, pues, a pesar de ser
apacible la travesía, quizá llegó únicamente
hasta el límite jurisdiccional de la Real Audiencia
de México, y desde allí viose precisado a emplear
«diversos navíos» hasta desembarcar en el Realejo,
caserío costero de la provincia de Nicaragua, perteneciente
a la Real Audiencia de Guatemala. Quedó virtualmente
abandonado, pero muy animoso. Se trasladó con presteza
a la vecina ciudad de León, la capital provincial,
a fin de gestionar al anhelado permiso ante el gobernador
Diego de Artieda Chirinos, para quien habría recabado
en México algunas cartas de recomendación.
Con cierta humildad, pero alentado por la apasionada firmeza
de quien cumple un destino, le hizo una pormenorizada relación
de sus cuitas. Y como el dignatario comprobara que se hallaba
«con imprenta para pasar a los reinos del Perú e...
imprimir libros de doctrina cristiana, ansí en lengua
natural como latina y de español
—29→
y otras cualesquiera
lenguas, de que resultará utilidad a los naturales
de aquella tierra, y para el dicho efecto tenía registrados
y cargados los moldes y aparejos necesarios en el navío
nombrado Santa Lucía, que va al presente a los dichos
reinos del Perú... [dio] licencia al dicho Antonio
Ricardo para que libremente, sin incurrir en pena alguna,
se pueda embarcar... e ir a los dichos reinos del Perú,
llevando las certificaciones ordinarias» (16-X-1580). Quizá
le costó algún sacrificio ese permiso, según
se murmuró en aquellos lares, pero no cabe duda que
el gobernador Diego de Artieda y Chirinos procedió
conforme a un justo criterio, en cuanto reconoció
que el virreinato del Perú debía tener imprenta,
no sólo porque ya la tenía el de México,
sino porque así lo imponía el mandato de la
civilización. Amparado así por una autorización
oficial, y con una orden expresamente dirigida al maestre
Pedro de Escobar, pudo embarcarse en el navío «Santa
Lucía» (18-X-1580). Tal vez acodado en la borda, contemplaría
cómo se desdibujaban en el horizonte las arboledas
próximas al Realejo, e imaginaría la vida de
Lima, la ciudad rica y pomposa, cortesana y sensual, pero
también culta, recatada y religiosa. Cifraría
algunas expectativas en la protección de los jesuitas,
cuyas noticias sobre el Perú le infundieron esperanzas
en la prosperidad y el respeto que allí le granjearía
su trabajo. Y no dejaría de pensar en su encuentro
con personajes que había conocido en México:
tales como el adusto oidor Pedro de Arteaga Mendiola, o el
amistoso visitador Alonso Fernández de Bonilla, o
el propio virrey Martín Enríquez de Almansa,
que había sido promovido al gobierno del Perú
(26-V- 1580) y muy pronto emprendería viaje desde
Acapulco (9-XII-1580) para asumir sus nuevas funciones. En
verdad, tramontaba una definitiva etapa de su vida, consagrada
al difícil aprendizaje que se decanta en la experiencia
y, hasta su muerte, al ordenamiento legal y la cultura del
Perú. Corría el mes de enero de 1581 cuando
arribó al Callao. Inmediatamente debió adelantarse
hacia Lima para buscar un acomodo conveniente, mientras Pedro
Pareja y Gaspar de Almazán quedaban encargados de
cuidar el traslado de su preciosa carga. Recurrió
a los jesuitas, en demanda de la ayuda esperada o prometida;
y sin dificultad logro que en el Colegio Máximo de
San Pablo se le concediera una amplia estancia para la instalación
de su taller, que desde entonces contó con la garantía
de los PP. José de Acosta y Juan de Atienza, provincial
de la compañía y rector del colegio respectivamente.
A título de prueba, y para satisfacer a sus protectores,
Antonio Ricardo debió hacer algunos trabajos menores:
impresión de grabados -con las efigies de Cristo,
San Agustín, San Francisco o Santo Domingo- que podían
ser ofrecidas como estampas, pequeñas cédulas
que se daba a los fieles para constancia de su asistencia
a los actos del culto, y papeles circunstanciales. Pero no
fui posible eludir la prohibición que por medio de
una carta había estipulado Felipe II, a fin de impedir
que en Lima hubiese imprenta; y para neutralizar las objeciones
e inconvenientes que pudiesen referirse a su condición
de extranjero, Antonio Ricardo movió a Pedro Pareja
para que se presentase ante el cabildo de la ciudad y la
Universidad Mayor de San Marcos y les solicitase que a su
vez impetrasen del monarca la abrogación de esa prohibición,
y además elevase una humilde invocación al
propio Felipe II.
—30→
Demás está decir que ambas
instituciones acogieron favorablemente las instancias del
impresor, porque en el cumplimiento de sus funciones compulsaban
día a día la necesidad de un taller tipográfico;
y, sin mencionar la petición suscrita por Pedro Pareja,
cada una elevó al Rey una súplica, para que
autorizase el funcionamiento del benéfico establecimiento,
aun con las limitaciones que se juzgase oportuno fijarle.
Según el Cabildo (12-VIII-1581), «la prohibición
[se había hecho] en tiempo que en este reino no era
necesaria la dicha imprenta, y ahora lo es, por haber en
esta ciudad Universidad y los naturales parece que se van
inclinando a vida política, demás de haber
personas que se dan a las letras, y se darían más
si hubiese aparejo para imprimir algunos libros, que serían
de aprovechamiento, así a los naturales como a otras
persona». Y según la Universidad Mayor de San Marcos
(13-VIII-1581), «la mudanza de los tiempos y la necesidad
que en ellos ocurre por abundancia de letras y ejercicio
grande que en ellas hay, con... la fundación y dotación
de la Universidad y estudios della, ha mostrado ser cosa
muy necesaria que haya imprenta y maestros della, como las
hay en la Nueva España, para que se puedan imprimir
algunos libros necesarios para los principiantes y otros
actos y conclusiones que de ordinario se tienen en la Universidad,
y cartillas para los niños, y catecismos para la instrucción
y doctrina de los naturales... y para que los que se dan
a las letras se animen más a trabajar con pretensión
de sacar a luz sus trabajos». Pero es curioso anotar que
el conocimiento de tales «súplicas» no inspiró
al monarca ni el más mínimo interés,
y fueron guardadas sin agregarles alguna de esas apuntaciones
rutinarias que usan los burócratas; y solo al cabo
de veinte meses (17-IV-1583) fue actualizado el asunto, cuando
el soberano se dignó considerar la solicitud de Pedro
Pareja, y con displicencia dilatoria exigió que el
virrey y la audiencia informasen sobre la materia. Aquella
morosa condescendencia no había obedecido a las suplicatorias
instancias del cabildo de Lima y la Universidad Mayor de
San Marcos, pues la altivez real no solía conmoverse
ante las innovaciones pretendidas por los súbditos.
Atendió a un requerimiento del III Concilio Limense,
inaugurado por el arzobispo Toribio Alfonso de Mogrovejo,
el 15 de agosto de 1582, y cuyas laboriosas discusiones se
aplicaron a la preparación de un catecismo en lengua
índica, así como a un confesionario para párrocos
de indios y a los métodos que trasmitiesen a éstos
una eficiente enseñanza de la doctrina cristiana.
Empeñosamente se volcaron los miembros del Concilio
a la redacción, la corrección y la traducción
de los textos a las lenguas quechua y aymara; en el curso
de sus trabajos reconocieron la necesidad de proceder a su
impresión, para difundirlos entre los párrocos
y los fieles; y, lógicamente, convinieron en que era
preciso efectuar esa impresión en el país,
por ser imposible enviar hasta España a los maestros
de las lenguas nativas que deberían cuidar la corrección,
y por ser indispensable evitar el daño espiritual
que originarían los errores que se deslizasen en la
impresión. Apelaron por ello a la Real Audiencia,
para que intercediera ante el monarca y obtuviera la esperada
autorización del funcionamiento de la imprenta existente
en la ciudad. Y tal vez entonces exhumose en la corte la
desdeñada solicitud de Pedro Pareja. Las tareas conciliares
adelantaron con más prontitud que los trámites
oficiales, y tanto el catecismo como el confesionario estaban
concluídos (15-VIII-1583) cuando
—31→
la providencia real
parecía aún muy lejana. Por ello se decidió
que la imprenta iniciase sus trabajos reservadamente; tal
vez con alguna prueba se dio a conocer el hecho al Virrey
y a los oidores de la Real Audiencia; y al comprobarse la
especial delicadeza de los textos, así como la cuidadosa
vigilancia que requería la impresión, aquella
alta corporación resolvió otorgar su autorización
al funcionamiento del taller tipográfico de Antonio
Ricardo (13-II-1584). Dichos oidores fueron: los licenciados
Juan Bautista Monzón y Cristóbal Ramírez
de Cartagena, y los doctores Pedro de Arteaga y Mendiola
-el mismo que en su calidad de fiscal de la Real Audiencia
de México negose a otorgar el permiso solicitado por
el impresor para trasladarse al Perú- y Alonso Criado
de Castilla. Y para justificar la aparente liberalidad de
su acuerdo estipularon que los trabajos de la imprenta se
efectuaran bajo la responsabilidad de los PP. José
de Acosta y Juan de Atienza. En efecto: «dieron licencia
para en esta ciudad, en la casa y lugar que esta Audiencia
señalare, o en la que nombraren las personas a quienes
se comete, y no en otra parte alguna... Antonio Ricardo,
piamontés, impresor, que de presente está en
esta ciudad, y no otro alguno, pueda imprimir e imprima el
dicho catecismo original, que está firmado y aprobado
por los dichos reverendísimos congregados en el dicho
concilio, y el Confesionario y Preparación para morir, con que a la impresión asistan el P. Juan de Atienza,
rector del Colegio de la Compañía de Jesús,
o el P. José de Acosta, de la dicha Compañía,
con dos de los que se hallaron a la traducción de
ellos de nuestra lengua castellana en las lenguas de los
indios». En verdad, era una licencia precaria: que permitía
subsanar la clandestinidad de los trabajos efectuados para
imprimir los primeros pliegos del Catecismo, pero cuya vigencia
debía extenderse sólo hasta la terminación
de las obras que en ella se mencionaba. No era todavía
«la» licencia: definitiva, ajustada a las previsiones del
derecho y los requerimientos permanentes de la cultura.
Como en otras oportunidades históricas, la necesidad
abrió el paso a la autorización que había
solicitado la razón: pues, apenas había proveído
Felipe II que la Real Audiencia informara sobre la imprenta
y el impresor que en Lima aguardaban la suspensión
de la prohibición (17-IV-1583), cuando hubo de suscribir
una orden (14-V-1583) dirigida al virrey Martín Enríquez
de Almansa (de cuya muerte no tenía aun noticia, por
haberse producido el 9 III anterior), para que hiciese imprimir
la Pragmática sobre los diez días del año que daba fuerza de ley a la reforma del calendario dispuesta
por el papa Gregorio XIII. Apenas llegada, «en pliego de
España... fue vista y obedecida por los señores
presidente y oidores de [la] Real Audiencia» (19-IV-1584);
luego fue «pregonada en la plaza pública de la ciudad»
(26-VI-1584); y se dispuso que fuera impresa «en esta ciudad,
en letras de molde, por el impresor que en ella hay... para
que las copias della se envíen a todas las partes
de este Reyno, para que en ellas se cumpla y guarde» (14-VIII-1584).
De modo que fue preciso suspender la avanzada impresión
del Catecismo para dar prioritaria atención al mandato
real. Y aquella Pragmática sobre los diez días
del año resultó ser el primer impreso salido
del taller de Antonio Ricardo. Con tales precedentes, podía
darse por seguro el otorgamiento de la autorización
real. Y llegó prontamente, por que Felipe II entendió
que los servicios de la imprenta serían muy importantes
para los trabajos de evangelización preparados por
el III
—32→
Concilio Limense, y eso interesaba tanto al bienestar
espiritual de los naturales como al descargo de su conciencia
(22-III-1584). En su fundamentación repitió,
casi a la letra, los argumentos expuestos en las instancias
elevadas a su despacho, y en la parte resolutiva trascribió
el auto por el cual adelantó la Real Audiencia su
permiso provisional. Por añadidura estipuló
que la impresión se llevase a cabo «en la casa y colegio
de la Compañía de Jesús, de la dicha
ciudad de los Reyes, en el aposento de la dicha casa que
señalare el Rector della y con asistencia de las personas
expresadas en el dicho auto» [a saber, los PP. José
de Acosta y Juan de Atienza, autores de la redacción
de los textos, y dos de los que colaboraron en la traducción,
que fueron Blas Valera, Alonso de Barzana y Bartolomé
de Santiago]; que la provisión se pusiera «por cabeza
de la impresión»; y que «ningún doctrinante»
careciese de un ejemplar. En consecuencia, Antonio Ricardo
fue virtualmente conminado para que apresurase la impresión.
Y para satisfacer las necesidades más urgentes de
la evangelización accedió a adelantar la primera
parte de aquellos textos, metódicamente estudiados
y redactados para atender a la enseñanza de la doctrina
cristiana entre los neófitos o entre los fieles que
ya poseyesen algún grado de conocimientos en la materia.
Tal fue el Catecismo para instrucción de los indios,
y de las demás personas que han de ser enseñadas
en nuestra Sancta Fe, aparecido en 1584, y que resultó
ser el primer libro salido de las prensas limeñas.
Según anuncia su «Índice», debió incluir
también una «Exposición de la doctrina cristiana,
por sermones»: una serie de 31, que probablemente se debieron
a la versación y la pluma del P. José de Acosta,
y que sólo vieron la luz pública en la segunda
edición del Catecismo, aparecida en 1585. Y a su vez,
la segunda parte de la Doctrina Cristiana, impresa bajo el
título de Confesionario para los curas de indios, dio origen al segundo libro debido a la maestría de
Antonio Ricardo. Además de tales volúmenes,
es posible que simultáneamente aparecieron algunas
«separatas», destinadas a aquellos grupos de fieles a quienes
incumbía su contenido, por adecuarse al alcance elemental
de una «cartilla», o por corresponder a las unidades metodológicas
del «catecismo breve» -a cuyo término se halla un
pie de imprenta especial- y el «catecismo mayor». Por algo
se lee en la provisión real que la autorización
atañe expresamente a la impresión de «Cartilla, Catecismos (así en plural, por tratarse de dos diferentes)
y confesionario, y Preparación para el artículo
de la muerte»; y por algo dice el impresor en su testamento
(2-IV-1586) que envió al arzobispo Toribio Alfonso
de Mogrovejo «cierta cantidad de catecismos, confesionarios
y cartillas de la lengua para que los distribuyese» durante
la visita que en 1585 efectuó a los pueblos de la
provincia de Huaylas. Creemos que el volumen entero estuvo
reservado para los curas y doctrineros, y que las «separatas»
hoy desconocidas debieron llegar hasta los más humildes
hogares y sufrir los destructores efectos del uso cotidiano.
Tal como ha llegado hasta nosotros el Catecismo, es un libro
in-4º, con ocho hojas preliminares sin foliar; y luego 84
numeradas. En las primeras se incluyó la portada,
el índice, la provisión real -como testimonio
de la legalidad de la edición y del privilegio otorgado
al impresor-, la epístola dirigida por el Concilio
—33→
—34→
a los fieles de su jurisdicción, el texto latino
de un decreto conciliar sobre la obligatoria utilización
del Catecismo, y epístola sobre las traducciones quechua
y aymara, además de una fe de erratas; en las hojas
numeradas de 1 a 73, la cartilla sobre la doctrina cristiana,
con un catecismo breve y otro mayor; y desde la hoja 74 (en
cuya foliación aparece por error el número
83), anotaciones sobre los criterios seguidos en las traducciones
quechua y aymara, con glosas sobre los «vocablos dificultosos».
La edición es una demostración de maestría
en el arte, porque en ella se ha dado cabal solución
a los problemas planteados por la presentación de
sus diversas partes: mediante el equilibrado empleo de tipos
itálicos, redondeados, en el cuerpo principal de la
obra, y en cursiva o de menor dimensión en los textos
auxiliares; y, tratándose de una edición trilingüe,
ha optado por destacar el texto español a lo ancho
de la página, en tanto que las pertinentes traducciones
quechua y aymara corren en columnas paralelas, intercaladas
al pie de los parágrafos alusivos. Inclusive, ha evitado
al monotonía de las transcripciones tipográficas
mediante el uso discrecional y aun elegante de grabados ornamentales:
cenefas en los comienzos de los capítulos, letras
capitales historiadas o con decoración foliácea,
y viñetas que realzan las transiciones de una parte
a otra. En conjunto, un ejemplar representativo de la tipografía
de su tiempo, un hermoso incunable peruano. 
[33] Antonio
Ricardo completó al año siguiente las impresiones
programadas por el III Concilio Limense. Primero fue el Confesionario
para los curas de indios, anunciado ya como segunda parte
de la Doctrina Cristiana y a cuyo original español
siguen las traducciones quechua y aymara. Y luego una nueva
edición del primer libro, enriquecida con treinta
un sermones sobre las materias tratadas en sus páginas
y que, no obstante haber sido anunciados en el índice
de la primera edición, habían sido omitidos
para apresurar la aparición del volumen. Pero tan
arduo y exigente fue su trabajo, tantas fueron las preocupaciones
que entonces recayeron sobre el impresor, que su ánimo
y su salud sufrieron serio quebranto. Durante varios meses
fue atendido por el licenciado Juan Jiménez, quien
le proporcionó cierta cantidad de cochinilla para
el tratamiento de sus males; y tan descaecido llegó
a sentirse que dictó testamento (22-IV-1586), seguido
poco después por un codicilo en el cual salvó
algunos olvidos (25-IV-1586). No es posible aventurar una
hipótesis sobre su dolencia; pero nos atrevemos a
suponer que su afianzamiento profesional habría relajado
las energías desplegadas durante sus gestiones y sus
tensas expectativas, y, volcado entonces hacia la preparación
de su futuro personal, habría percibido cierta sensación
de vacío. Ausente estaba la abnegada Catalina Aguda,
la mujer con quien estaba «velado y casado según [el]
orden de la Santa Madre Iglesia»; que tal vez le había
anunciado reiteradamente su propósito de reunirse
con él en la Ciudad de los Reyes; y a la cual debían
entregarse los 350 ducados de su dote, los 350 que él
aportó al matrimonio y la mitad de los bienes que
sobraren después de pagar sus deudas. Muerto estaba
Pedro Pareja, el experimentado tipógrafo a quien contratara
en Méxic |