  La Montálvez
José María de Pereda

  Parte I
  - I -
Pulcro y rollizo; suave y risueño, y, al mismo tiempo,
solemne y espetado; vulgar obscuro de meollo; rico, huérfano
y libre; sin nervios ni hieles en el cuerpo, ni señal
de polvo de las aulas en la ropa; vicioso a la chita callando;
enamorado de su estampa, de su talento, de su elocuencia,
y especialmente de los timbres de su linaje, y dejándose
correr, con todas estas ventajas, a lo largo de la vida en
lo más substancioso de ella, sin otros fines que el
regalo de la querida persona, con la satisfacción
de todos los apetitos, pero sin prefacios de grandes desvelos,
ni epílogos de incómodas harturas... eso era
el caballero marqués de Montálvez (título
con polillas, de puro rancio); eso era en los tiempos de
su mocedad; y así fue tirando el pobre, sin visible
quebranto en la salud, aunque con muchos y muy gordos en
el caudal, hasta que le apuntaron la calvicie en el cogote
y la pata de gallo en los ojos, Entonces se decidió
a casarse; y contra lo que era de esperar de sus devociones
y pujos aristocráticos, partió su blasonado
lecho con la hija única de un rico ex contratista
de carreteras y suministros, rozagante y frescachona, eso
sí, pero no tan hermosa, seguramente, como él
la pintaba, quizás en su empeño de justificar
con la ley irresistible de una pasión desinteresada,
una caída desde lo más alto de las cumbres
de su vanidad.
El mundo, del cual era el marqués
uno de los más brillantes sustentáculos, lo
vela muy de otro modo; pero el recién casado no paraba
mientes en ello, o fingía no pararlas. Lo cierto es
que la hija del rico ex contratista hacía a maravilla
el papel de marquesa; que el marqués alimentó
no poco la extenuada corriente de sus caudales con el copioso
manantial del bolsón de su suegro; que éste
parecía muy complacido viendo cómo lucían
sus prodigalidades en la flamante jerarquía de su
hija; que la encopetada sociedad de la corte, a pesar de
sus escrúpulos y reparos de estirpe, propalados de
oreja en oreja a escondidas de los despellejados, abría
de par en par a éstos las puertas de sus salones,
y que no eran las galas, ni el esplendor, ni el natural donaire
de la advenediza, lo que menos se aplaudía en ellos.
Cerca de dos años llevaba de consumado este matrimonio,
y aún no daba señales de lo que el marqués
anhelaba con un ansia y un afán tan poco disimulados,
que más de una vez dieron motivo a los ingeniosos
epigramas de la gente encopetada, los cuales caían
después, sin saberse cómo, en medio de la vía
pública, donde los recogían estudiantes, gacetilleros
y otras gentes nocivas, que los propalaban y esparcían
por toda la capital, y aun fuera de ella. Es muy singular
el don que tiene Madrid, con ser tan grande en comparación
con una aldea, para vulgarizar tipos, acreditar frases y
poner motes.
Lo que el marqués deseaba con tan descomedidas
ansias, era un hijo varón; pero llegaron a pasar tres
años, y lo deseado no venía. Al cumplirse los
cuatro hubo grandes barruntos de algo. Pero ¿qué sería?
Y esto se preguntaba a cada instante el buen marqués,
y esto le preguntaban a cada hora sus amigos y conocidos;
y por adivinarlo, aceptaba y rechazaba, según que
se ajustaran o no a sus deseos, cuantos síntomas y
fenómenos internos y externos acepta como artículos
de fe la observación del vulgo, cuando la marquesa
dio a luz una hembra.
Dudo mucho que se reciba con peor
talante a un huésped desconocido que se mete a las
dos de la mañana en casa de su prójimo, robándole
el sueño y alborotándole el hogar, que a la
recién nacida en el de sus padres, en cuanto el doctor
proclamó, en voz desfallecida y con gesto de terciana,
el sexo que la había tocado en suerte.
Bautizáronla
con un poco de fausto, por el qué dirán, pero
a regañadientes; pusiéronla, como un castigo,
el nombre de Verónica, entre el barón de Castañares
y la condesa viuda de Picos Pardos, que fueron sus padrinos
de mala gana; y por esto, y por el nombre, y por el chasco
y por todo lo imaginable, la fábrica de epigramas
funcionó sin descanso y la pusieron el aún
mal desengrasado pellejito lo mismo que si la inocente criatura
hubiera sido causa voluntaria de aquellas caritativas expansiones
del ingenió maleante de los aristocráticos
amigos de su casa.
La entregaron inmediatamente al pecho
mercenario de una nodriza; y por la razón o el pretexto
de que su madre no había quedado para atender a los
cuidados molestísimos de su crianza, se acordó
que la nodriza se la llevara a su aldea, en el riñón
de la Alcarria.
Y allá la llevaron, con mucha impedimenta, eso sí, de pañales, y mantillas, y gorros y
cuanto había que apetecer en tales casos, y un infolio
de advertencias, prescripciones, avisos, encargos y hasta
amenazas, sin contar el dinero que a puñados les metieron
en el bolsillo a la nodriza y al zángano de su marido,
que las había de acompañar en el viaje. Esto
era duro, durísimo, decía el marqués,
para unos padres tan blandos de corazón como ellos;
pero el estado de la marquesa, tan delicado en su convalecencia,
y el temperamento de la niña, que era por todo extremo
linfático, según dictamen, casi en profecía,
del doctor, el cual temperamento hacia indispensable para
ella el aire y la libertad del campo, les obligaban a echarla
de casa.
Y la echaron, así como suena, a los quince
días de haber nacido en ella, vírgenes sus
tiernas carnecillas de esas vivificantes impresiones de que
no carecen los hijos del más haraposo menestral: las
dulces caricias, los besos amorosos y el blando y providente
manoseo de una madre.
Diez y ocho meses bien cumplidos estuvo
en la Alcarria; y refería después la nodriza
que, en las pocas veces que en ese tiempo fue el señor
marqués a ver a su hija, se le caía la baba
de gusto al contemplarla rodando por los suelos, medio desnuda,
entre cerdos y rocines, tan valiente y risotona, y tan sucia
y curtida de pellejo, como si fuera aquél su elemento
natural y propio.
Cuando la volvieron a Madrid, viva y sana
por un milagro de Dios, alborotó la casa a berridos.
Y no podía suceder otra cosa delante de aquellos espejos
relucientes, entre aquellas colgaduras ostentosas, lacayos
de luengos levitones y señoras muy emperejiladas,
con lo arisca y cerril que ella iba de la aldea. Con su padre
se las arreglaba tal cual; pero en cuanto su madre intentaba
tomarla en brazos, más bien por tema ya que por cariño,
se retorcía como alimaña en cepo. Le daban
miedo hasta el centelleo de sus pendientes de diamantes y
el olor de todos sus menjurjes y perfumerías; y acaso,
acaso, algo que su instinto infantil vela en el yerto lucir
de sus ojos y en el forzado sonreír de su boca, que
no era la golosina que arrastra a los niños a pegar
sus frescos labios en la faz regocijada de su madre.
Muy
otra debió de parecer a la desabrida marquesa su hija
cuando ésta estrenó las primeras galas del
hatillo que apresuradamente la hicieron al llegar a Madrid,
porque se dejó oprimir entre sus brazos sin protesta,
y hasta besar con estruendo en la mejilla.
«Aquel beso»
-dicen los Apuntes a este propósito- «fue el primero
que recibí de los maternos labios: le recuerdo como
si le hubiera recibido ayer; y esto debe consistir en que
mi naturaleza estaba ávida de aquel tributo que no
se le pagaba, y la fuerza de la sensación, desconocida
hasta entonces, aguzó el instinto que ya columbraba
los albores de la inteligencia, y estampó el suceso,
para no borrarse nunca, en las tablas vírgenes de
la memoria.»
A todo esto, y desde la vuelta de su nodriza
al pueblo, la habían puesto al cuidado de una niñera,
que la sacaba a orearse por el Retiro tres o cuatro veces
a la semana, y dormía a su lado en una de las habitaciones
más apartadas de la de su madre, con el piadoso fin
de que no la turbara el sueño por la noche. Y eso
que desde aquel beso, y por virtud también de las
ponderaciones que de la hermosura y gracias de la hija hacían
delante de ella las amigas de la madre, parecía que
ésta la iba cobrando cierta inclinación, que
no disimulaba. Pero comenzó por entonces la marquesa
a sentir muy certeros e incómodos anuncios de otro
heredero, y esto la causaba grandes preocupaciones y molestias
y «la quitaba el gusto para todo».
Al abuelo, que estaba
chocho con su nietecilla, le llevaba el diablo con estas
cosas: apostrofaba a la hija por su frialdad, y predicaba
al yerno por su injustificable indiferencia; pero el uno
y la otra se encogían de hombros por toda respuesta,
y no revivía el extinguido fuego de amor a la hija,
que había chisporroteado un instante después
del primer besó de la madre. ¡Quién sabe el
rumbo que hubiera tomado el astro de los destinos de la niña
sin los prosaicos inconvenientes en que fundaba la marquesa
su nuevo alejamiento de ella, y el acontecimiento que sobrevino
poco después?
El acontecimiento fue nada menos que
la llegada al mundo del anhelado varón. Todo fue júbilo
entonces y locura y desconcierto en la casa, de la cual pudiera
decirse, sin gran exageración esta vez, que fue echada
por la ventana. Se revolvió medio Madrid para el bautizo;
medio Madrid, que le comió al marqués, digo,
al abuelo, medio costado; se consiguió elegir los
padrinos entre lo más cogolludo de la nobleza, y se
le pusieron al flamante heredero todos los nombres de los
grandes reyes, de los mayores santos del cielo, de todos
los conquistadores célebres, y de los más gloriosos
poetas y artistas de la tierra. Entre tanto, el recién
nacido, más que criatura humana, parecía un
ratón en salmuera: ni era mucho más grande,
ni más rollizo, ni más pulcro, ni mejor encarado.
Nació gimiendo; entre gruñidos y pataleos recibió
el agua del bautismo, y gruñendo volvió a casa
y continuó, sin cesar, muchos días, comiéndose
los puños apretados y perneando rabioso, como sapo
clavado en estaca, mientras la pacífica y rozagante
Verónica, olvidada de su familia en el último
confín del hogar, no se moría de hambre porque
la niñera cuidaba, de propio impulso, de esos y otros
menesteres.
Desde aquellos días se echó en
la casa de los marqueses de Montálvez una raya por
debajo de lo vivido hasta allí, y se abrió
una vida nueva, cuyo centro, cuyo eje, era el recién
nacido heredero de los títulos y preeminencias de
su padre; por lo que la pobre Verónica, elemento principalísimo
de la vida vieja, quedó entre lo más alto y
olvidado de la raya para arriba, como trasto inútil
en obscuro desván.
No puede negarse que el medio
ambiente, tan traído y tan llevado ahora por la gente
de mi oficio, influye mucho en la condición moral
y hasta en el desarrollo físico de los caracteres
y de las naturalezas; pero no es menos cierto que las hay
de tal fibra, que, con ambiente y sin ambiente, echan impávidas
por la calle de en medio, y por ella siguen sin torcerse
ni extraviarse, aunque las ladren canes y las tiren vestiglos
de la ropa.
Prueba de ello es que cuando Verónica
llegó a la edad de los celos y de las envidias, y
tuvo razón bastante para distinguir los halagos de
las durezas, no echó de menos los extremados mimos
que se le prodigaban a todas horas a su hermano, criatura
de lo más encanijado, llorón y cascarrabias
que hubo venido nunca al mundo. La tenían sin cuidado
los tumultos que se armaban a cada instante en la casa porque
el angelito no comía, o se descalabraba, o tosía
ronco, o se retorcía cárdeno y pataleaba con
un dolor de tripas; las ponderaciones que de su imaginada
hermosura se hacían delante de ella a parientes y
amigos, que se guardaban muy bien de afirmar lo contrario,
y hasta los injustos vituperios que se la enderezaban porque
con sus juegos le quitaba el sueño, o no discurría
cosa con gracia para entretenerle y alegrarle. La niñera
no tenía otra obligación que la de mirar por
ella y acompañarla incesantemente; la quería
de todo corazón, y era esclava de sus menores caprichos;
hacíanla estrenar un vestido cada semana, y no se
ponía tasa a sus antojos de juguetes. Con todas estas
ventajas, hasta bendecía el alejamiento a que se la
condenaba en su propio hogar, porque, al fin y al cabo, le
procuraba una independencia de la cual sacaba ella mucho
partido para vivir a su gusto; y si hubiera conocido el placer
de la venganza, la hubiera hallado bien cumplida en los testimonios
de cordial amor que recibía de las visitas y de los
amigos de la casa, a escondidas, por supuesto, de todas las
gentes de ella.
Su abuelo persistía en el honrado
propósito de arreglar más a justicia estas
cosas, que le repugnaban; pero su esfuerzo alcanzaba a poco.
Por de pronto, cada día se alejaban más de
la casa de su yerno, porque cada vez le eran más insoportables
«las majaderías y sandeces» que observaba en ella.
Su naturaleza tosca, y los resabios adquiridos en los tratos
y contratos en que había pasado lo mejor de la vida,
le hacían incompatible con los hábitos aparatosos
y refinadamente vanos y teatrales de sus hijos; y como, además,
era hombre sin retóricas, desengañado y de
muy poca correa, el menor reparo a sus crudos alegatos le
quitaba las ganas de exponer el segundo. Su misma nieta,
objeto exclusivo de los desvelos del pobre hombre, dudaba
muchas veces si tenía en él un protector cariñoso
o un enemigo más de quien temer contrariedades y desabrimientos.
-Pero, vamos a ver -decía el ex contratista a su
hija cuando más desatinados eran los extremos que
ésta y su marido hacían en honor del hijo varón-,
¿a qué vienen esas majaderías? Y ya que las
hagáis, ¿por qué pecáis por el extremo
contrario con Verónica, que es una niña como
unas perlas? ¿Por qué detestáis a la una tanto
como queréis al otro?
Negaba la marquesa que ni ella
ni su marido dejasen de querer bien a su hija, y hasta citaba
en testimonio de ello el regalo en que la mantenían.
-Es verdad -replicaba el abuelo-: atestáis de juguetes
su escondite y de vestidos su ropero, como se echan mendrugos
a los perros en su garita, para que no molesten con sus ladridos
ni estorben con su presencia, y acaso, acaso, porque los
vean gordos y lozanos los vecinos. Pero de aquí, de
aquí (y se golpeaba sobre el corazón), de eso
que alimenta el alma y hace buena sangre a los niños,
¿qué dais a la infeliz? Pues mira, y no lo olvides:
hija que se acostumbra a vivir entre la esquivez y el desamor
de sus padres, si sale mujer honrada es por un milagro de
Dios.
Protestó contra el supuesto la marquesa, e
insistió en que, desde que la niña había
nacido, se la amaba cuanto se la debía amar.
-Justamente
-repuso su abuelo -, porque ni entonces, ni ahora, ni nunca,
habéis podido tragarla; y no la habéis podido
tragar, porque lo que se quería en esta casa no era
familia por el ansia natural de tenerla, ansia que sienten
hasta los irracionales, sino un heredero varón en
quien vincular los relumbrones aristocráticos de tu
marido, como si importara seis maravedís que se perdiera
la casta directa de ese mentecato; y como a Dios no se le
engaña, después de probaros la voluntad y la
mala entraña con la hija que os dio, sin merecerla,
os ha castigado en el varón que apetecíais...,
porque ese niño ha de ser, está siendo ya,
vuestro castigo.
Con esto, dio media vuelta la marquesa
y no pareció su padre en mucho tiempo por aquella
casa.
Y así fueron corriendo los años, y llegó
Verónica a contar diez bien cumplidos. Tenía
una salud de bronce, y crecía y se redondeaba que
era una bendición de Dios: los amigos de la familia
la comían a besos los carrillos, y la decían
verdaderas atrocidades mientras la volteaban en el aire,
o la echaban una zancadilla en un corredor o en mitad de
la escalera, siempre, por supuesto, a escondidas de sus padres
y, sobre todo, de su hermano, que cada día era más
ruin y más inaguantable, por envidioso y desabrido.
Como «había proyectos sobre ella», al decir de su
madre, interinamente la pusieron maestros de primeras letras
y de música, con los cuales aprendió a leer
mal, a hacer palotes muy torcidos y a solfear desastrosamente,
por culpa, según dictamen del maestro, que era un
italiano famélico, de su mal oído. Esto, y
el Catecismo de punta a cabo, y una oración para cada
acto de los más ordinarios de su vida, es decir, para
acostarse, para levantarse, para ir a comer, para salir a
paseo, etc., etc., y otras para cuando tronaba, pasaba el
Viático por la calle, ventaba muy recio, y así
sucesivamente, enseñadas por su sirvienta, que era
una guipuzcoana muy devota, y tuvo la abnegación de
no reclamar para sí las alabanzas que el cura de la
parroquia, que preparó a la niña para la primera
confesión, dedicó al celo cristiano de su madre,
era cuanto Verónica sabía en artes liberales
y en letras divinas y humanas, a la edad de once años
y algunos meses de pico.
Al cumplir los doce se le revelaron
los proyectos que había sobre ella, los cuales se
reducían a enviarla a Francia a terminar su educación
en un colegio de los más afamados de París.
No supo la niña, por de pronto, si la noticia la alegró
o la produjo el efecto contrario. No le agradaba por lo que
de colegio, es decir, de encierro y sujeción había
en el asunto; pero, en cambio, le deleitaba por tratarse
de ver el mundo, aunque de refilón y con trabas; de
ir a París, de vivir en París, de respirar
el aire de París, de comer, en fin, y vestir y soñar
en París, nombre con el cual estaban atascados sus
oídos y su cabeza, porque en su casa no se hablaba
comúnmente de otro asunto, ni entre las gentes que
la frecuentaban, ni en las casas que frecuentaba ella. Paris
era lo mejor de la tierra, y lo de París no tenía
igual en el mundo, y al uso de París se vestía,
y se andaba, y se comía, y hasta se hablaba con agravio
de la lengua de Cervantes... y de la de Molière.
Y a París la llevaron en esta situación de
ánimo, sin alegría y sin penas, no contando
las lágrimas que la arrancó del fondo del corazón
el desconsolado llorar de la niñera, en cuyos besos
de despedida, ardorosos, resonantes y mezclados con el llanto
de sus ojos, sentía palpitar el alma entera de la
noble guipuzcoana. El desconsuelo de aquella honrada mujer
y el recuerdo de la cariñosa abnegación que
la debla, eran el único vínculo con que la
hija de los marqueses de Montálvez se sentía
ligada a la casa paterna a medida que iba alejándose
de ella por el camino de Francia. No era suya la culpa. Su
corazón no podía dar otro fruto que el de las
semillas que se habían depositado en él.
  - II -
Bien poco trabajo le costó hacerse a la vida y costumbres
de colegiala. Parte de esta fortuna se la debía a
las condiciones de su carácter acomodadizo y placentero;
algo al no muy estimulante recuerdo de su perdida libertad,
y el reto a la feliz circunstancia de no haberse visto un
solo día verdaderamente aislada en aquel hervidero
de chicuelas de todas castas, edades, temperamentos y naciones.
La fuerza de la atracción, por imperio de la necesidad,
arrastra, en tales casos, lo que flota indeciso y como al
azar, hacia su centro apetecido. Por eso, no bien hubo llegado
al colegio, cuando ya conocía de vista a todas las
españolas que había en él; en seguida
formó entre las de su edad; luego dio la preferencia
a las madrileñas, y acabó por intimar con las
que, de éstas, pertenecían a su jerarquía
social.
Así conoció a Leticia Espinosa y a
Sagrario Miralta, vástagos ambas de la más
encumbrada aristocracia española, las cuales habían
entrado en el colegio un año antes que ella. Leticia,
contra lo que su nombre declaraba, era una morena triste,
o, mejor dicho, serena y algo fría, como esos días
de otoño, de poco sol, de que tanto gustan los espíritus
contemplativos y melancólicos. Tenía hermosos
ojos y muy correctas facciones; y sin dejar de ser animosa
para todo, faltaba casi siempre en sus actos y en sus dichos
el color de la sinceridad, lo cual se atribula, más
que a un vicio de su carácter, a que rara vez la animaba
el calor del entusiasmo.
Sagrario era una rubia inquieta
y bulliciosa, ávida de impresiones, de aire, de luz...
y de golosinas. Fisgona impenitente, no había castigo
que la curase de la pasión de arrimar, ora el ojo,
ora el oído, a todas las rendijas y cerraduras de
los aposentos; y, a creerla por su palabra, ¡qué cosas
veía y escuchaba en aquellos vedados interiores! Su
manía, casi criminal, eran las zangolotinas, como
llamaba a las mayores, algunas de ellas vestidas ya de largo
y con un pie en el estribo para tomar la vuelta a sus hogares.
A éstas las perseguía con una tenacidad y un
instinto de perro de caza. Espiaba sus actos, escuchaba sus
dichos, asaltaba sus dormitorios, revolvía sus equipajes,
les abría los cajones, se enteraba de sus cartas y
les robaba las novelas que después devoraban las otras...,
porque tenían novelas y algunas profanidades más,
que eran contrabando allí; y, no conformándose
con esto sólo, relataba historias desvergonzadas ¡y
hacía unos comentarios! A mi ver, todo era una mala
pasión de despecho, porque se recataban de ella y
de las de su grupo en sus entretenimientos y conversaciones.
Lo que sigue es, palabra por palabra, de la mano que escribió
los Apuntes:
«Si entrara en los reducidos términos
de mi paciencia el propósito de describir mi vida
de colegiala con todos sus pelos y señales, larga
sería aquí la lista de los lances curiosos
en que intervine yo, por las intemperancias incorregibles
de Sagrario y por la entereza glacial de Leticia; pero no
van por ahí las corrientes que me empujan en este
instante; y si menciono los nombres y principales rasgos
de carácter de estas dos compañeras, omitiendo
los de tantas otras, es porque conservé esas dos amistades
durante toda mi vida mundana, y no influyeron poco en la
calidad de ella, lo mismo bajo el cascarón de crisálida
en el colegio, que cuando volé a mis anchas por el
mundo con las alas de mariposa.
»También habría
mucho que hablar sobre el tema de la educación de
las jóvenes de mi pelaje, si por educarlas bien se
entiende, como debería entenderse, la manera de hacer
de ellas buenas hijas y mejores madres. Desde luego afirmo
que estos hermosos fines no han de lograrse en ciertos colegios
ni en parte alguna donde la distinguida y mal acostumbrada
educanda viva «a uso de tropa». De este modo se aprende todo,
si se aprende algo, como el soldado la táctica y las
leyes penales: maquinalmente y a la fuerza; y no se toma
amor, sino miedo y repugnancia, a las tareas y al cuartel mismo, con sus largos y desnudos pasadizos, sus enfilados
dormitorios, sus lechos de contrata, sus vigilantes antipáticos
y su refectorio mal oliente. Llega a ser insoportable el
patio de altos muros, con los juegos de siempre y los cánticos
de todos los días, y el pasear en hileras, y el comer
en comunidad, y el recogerse y el levantarse a unas mismas
horas y con el mismo forzado silencio. Fatiga el ánimo
la contemplación incesante de unos mismos colores,
de unas mismas caras, de unos mismos cuerpos, de unos mismos
uniformes, y, sobre todo, de aquel blasón de la casa,
de aquella cifra sempiterna reproducida en los muros, en
los libros, en las ropas y en los platos. Abruma el peso
de la monotonía según van pasando los meses
y los años en esta vida reglamentada, y el demonio
de la indisciplina y de la rebelión llega a poseer
a las colegialas de pies a cabeza. Entonces se piensa con
fruición hasta en las peripecias, en los horrores
de un incendio repentino de la casa; en la enfermedad del
profesor de Geografía, o en la prisión de la
directora por mandato del Gobierno...; en fin, en todo lo
que pueda ser causa de que se altere y descomponga, de cualquier
modo, la máquina de aquel reló de piezas humanas.
»Por eso la colegiala más querida de sus compañeras
es la más indócil y revoltosa y holgazana,
la que más depresivos motes pone a las madres, y más
perturbaciones acarrea en el gobierno interior de la casa.
»A mí me enseñaron muchas cosas en libros,
con la aguja, de palabra, por escrito y hasta por señas
y a toque de violín; pero sobre todas las enseñanzas
obligatorias en aquel colegio, prevalecieron las del mal
ejemplo de mis compañeras, más avispadas que
yo, o más cargadas de malicias y de años. Nunca
me faltaron libros profanos, ni noticias estimulantes de
los placeres del mundo; y con este acopio y el que hice por
mí misma durante la relativa libertad que se me concedía
cuando fui de las mayores, viendo las cosas mundanas de tarde
en tarde y a deshora y con el rabillo del ojo, y contando
diez y siete años muy cumplidos, se dio por terminada
mi educación en aquel afamado colegio francés.
»Del cual salí diez meses después que mis
inseparables amigas Leticia y Sagrario, muy ducha en bailar,
en hacer reverencias, en modular la voz, en manejar el abanico
y la cola del vestido de baile, en esgrimir los ojos y la
sonrisa, según los casos, los sexos y las edades,
y en el ceremonial decorativo y escénico de las prácticas
religiosas; tal cual en lengua francesa, materialmente al
rape en obras de costura y principios de economía
doméstica, y casi, casi, en el idioma nativo; y sobre
todo esto, y por razón de los contrabandos del colegio
y de las incompletas ideas adquiridas en conciliábulos
clandestinos, y la propia observación hecha a medias
con trabas y sobresaltos, y quizás también
por obra de mi temperamento o de mi carácter, franco
y expansivo, un ansia, que rayaba en voracidad, de ver el
mundo por dentro, de conocerle a fondo, de saborearle a mis
anchas, sin los velos y cortapisas que a las puertas de él
me habían, hasta entonces, despertado los apetitos.
»Esto es todo lo que llevaba aprendido al volver a mi casa,
cinco años después de haber salido de ella,
sin contar la persuasión íntima de que, mientras
no se invente cosa mejor que lo conocido, la educación
menos peligrosa y más esmerada de una niña
será aquella en que más se deje sentir la intervención
amorosa de su madre, si, por su dicha, tiene madre, y madre
buena.»
  - III -
Como el tiempo no pasa sin mudar la faz de las cosas, cuando
volvió a su patrio hogar la colegiala no dejó
de hallar en él cambios y mudanzas que la sorprendieron.
Su madre tenía «achaques», y achaques graves, según
ella decía, apostándoselas al médico,
que no mostraba gran empeño en contradecirla. Estos
achaques no la impedían frecuentar los salones de
«su mundo», ni la obligaban a tachar un solo renglón
de su larga lista de compromisos sociales, ni se revelaban,
a cierta distancia, en su cara frescachona ni en su apostura
garbosa y elegante; pero es indudable que los tenía,
y muy hondos; achaques de matrona presumida, bien sufridos
y mejor tapados con heroicos esfuerzos de la voluntad y buen
acopio de sonrisas y menjurjes.
No fue esto un hallazgo,
en todo el rigor de la palabra, para su hija, que ya barruntaba
algo de ello por las últimas cartas de la marquesa
y la propia observación en las dos visitas que la
había hecho en el colegio. Harto más se admiró
al convencerse de que la inusitada dulzura con que su madre
la había tratado en París, y que ella tomó
por disfraz de añejas y naturales esquiveces, antes
crecía que se agriaba en las intimidades de la vida
doméstica; y todavía fue mayor su asombro cuando
supo, por testimonios fidedignos, que la modificación
genial de la marquesa, en lo referente a este grave punto,
databa de la misma fecha que los achaques. ¿Cómo lo
que de ordinario sirve para exacerbar los humores y despertar
las impertinencias, y hace inaguantables a las gentes que
son desabridas por naturaleza, había producido en
aquel ejemplar el efecto contrario? No podía averiguarlo
Verónica. Lo importante para ella era el hecho, y
el hecho bien a la vista estaba.
Otro suceso que fue completa
novedad para la colegiala: su hermano tenía achaques
también; es decir, nuevos, muchos, demasiados achaques;
pero en este infeliz se cumplía rigurosamente la ley
común: se le reflejaban claramente en el espíritu
los que le desorganizaban y consumían el cuerpo. Era
éste raquítico, sarmentoso y descuajaringado.
Cada pieza de él estaba mal avenida con la inmediata:
las piernas se negaban a sostener el tronco; el tronco forcejeaba
por desprenderse de la cabeza, y los brazos andaban de acá
para allá sin saber a qué arrimarse, porque
en todas partes estorbaban y de todas partes se caían.
El espíritu era digna joya de tal estuche: quebradizo,
avinagrado y herrumbroso. Daba compasión contemplar
aquel ser que parecía un castigo providencial de ciertas
injusticias y flaquezas de sus padres. Más que un
niño enfermizo, era un enano decrépito. Por
razón de su miserable naturaleza, nada se le había
enseñado; así es que, contando ya más
de quince años, no sabía deletrear. Por el
contrario, se le había dejado en completa libertad
de hacer todo cuanto le diera la gana; pero tan hastiado
estaba de ser libre y de campar por sus caprichos, de romper,
de manchar, de alborotar y de dar tormento impunemente a
cuanto respiraba y se movía en su derredor, que ya
solamente se entretenía con las contrariedades y las
resistencias, por hallar el placer de vencerlas y de atropellarlas.
Y había que presentárselas, o fingir que se
le presentaban, para darle gusto y sacarle por un instante
del mortal desfallecimiento en que caía en cuanto
le faltaba el aguijón de un apetito que pusiera en
actividad el cordaje de su desconcertada máquina.
Es verosímil que la contemplación continua
de este desconsolador espectáculo tuviera gran parte
en los cambios geniales de la marquesa; y, sin embargo, no
concordaban tampoco las manifestaciones de ésta con
la tristeza y gravedad del motivo, aun sin tener en cuenta
los extremos de locura a que la condujo el nacimiento de
aquel hijo tan deseado. Cierto que continuaba siendo esclava
de sus antojos; pero no con la abnegación incansable
de antes. Aquella esclavitud no era ya amoroso entretenimiento,
sino carga abrumadora, cruz de enorme peso. Llevábala
con paciencia, pero no sin cansancio. ¿Consistiría
esto en que sus propios males la hacían más
insensible para los ajenos, o en que, robándole los
alientos del espíritu, agostaban el campo de sus ilusiones
y vanidades, e imprimían nuevo y más sosegado
ritmo a los impulsos de su corazón? Pero, en este
caso, ¿por qué no se cumplía la ley con igual
rigor en lo tocante a las pompas del mundo? ¿Por qué
continuaba pagándose de ellas con el mismo fervor
del primer día? Posible era también que el
convencimiento que necesariamente tendría de que para
la enfermedad de su hijo no había humano remedio,
le quitara, con la esperanza de conservarle, las fuerzas
para sufrirle; pero, en este caso, ¿qué pensar de
la calidad de aquel extraño sentimiento que se manifestó
en la casa, haciendo a todos los moradores de ella siervos
pacientísimos de la tiranía del presunto heredero
de los títulos de su padre?
Lo cierto era que el
enfermo se moría poco a poco; que su madre, aunque
lo sabía muy bien, no daba muestras de apurarse por
ello, y que ya no era Verónica quien pagaba, como
en otros tiempos, todos los vidrios rotos de la casa.
Por
lo tocante al marqués, tampoco se preocupaba gran
cosa con el estado mísero de aquel su retoño,
cuyo nacimiento tantas extravagancias y sandeces le había
hecho cometer. Bastante más le quitaban el sueño
otros cuidados. Habíase dado con pasión a la
política; y mientras arreglaba ciertos comprobantes,
de muy mal arreglo, para que le nombraran senador, perseguía,
con escasa fortuna, una credencial de diputado cunero. No
salía del salón de Conferencias, ni de la tertulia
del ministro de la Gobernación. En casa paraba poco,
pero hablaba mucho, y siempre de su pleito; no a la manera
llana y familiar de otros tiempos, sino en estilo declamatorio
y rimbombante, y tomando pretexto de todo para ensayar papeles
de tribuno. Comíale el prurito de la solemnidad y
de las grandes frases, y más de una vez le arrastraron
sus obsesiones parlamentarias al extremo de replicar a su
mujer en un diálogo prosaico sobre temas de cocina,
con un «¡Su señoría se equivoca!» que, por
lo campanudo y resonante, hubieran envidiado los más
famosos adalides del Congreso.
No eran de fácil arreglo
los susodichos comprobantes para lograr la senaduría,
porque las rentas propias, vueltos los manantiales al bajo
nivel en que estaban antes de fomentarlos su suegro con el
copioso caudal de sus talegas, no llegaban hasta donde la
ley quería. Y ésta fue otra de las novedades
con que se halló la colegiala al volver a su casa.
De la cual novedad llegó a enterarse por los comentarios
de su padre a cada batacazo del expediente, que no salía
de un atolladero sino para caer en otro más hondo.
Si esta merma procedía de los banquetes y otras parecidas
travesuras con que el marqués trataba de hacerse visible,
y hasta ministrable, entre los hombres políticos de
mayor talla, o de las enormes sumas que le costaba a la marquesa
sostener el esplendor de su jerarquía a la altura
en que le había colocado de recién casada,
o de lo uno y de lo otro, que era lo más seguro, no
cayó la hija en la tentación de averiguarlo.
Bastábale saber que el lujo y la abundancia rodaban
por aquellos suelos lo mismo que antes, y que su abuelo,
hecho una ruina ya, aunque de mala gana y refunfuñando,
acudía siempre a las llamadas de la hija en sus continuos
apuros.
¿Ni cómo pararse ella en reflexiones de mayor
substancia? ¡Ella, que siempre había sido allí
la puerca cenicienta! ¡Ella, que llegaba del colegio con
la cabeza llena de fantasías tentadoras y el pecho
atestado de mortificantes deseos, y en todo cuanto la rodeaba
veía recursos para satisfacerlos, alas con que mecerse
en los sonados espacios, llaves de hechizos con que abrirlas
doradas puertas que guardaban los descifrados enigmas de
su curiosidad insaciable!
Ocupaba un hermoso gabinete que
se la había dispuesto ex profeso. Era como la leyenda,
en colores y substancias, de su fresca juventud, con los
obligados atributos de inocencias, candores y misterios pudorosos.
El arte y el cariño parecían haber trabajado
con empeño en aquel nido fantástico. Tan elocuente
y expresivo estaba todo allí, que casi se ruborizaba
de sí propia la jovenzuela al desnudarse para meterse
en el cándido y esponjado lecho. ¡Lo que influye en
los juicios y sentimientos humanos el relumbrón del
aparato escénico!...
Su madre no se hartaba de palparla,
unas veces vestida, otras medio desnuda; de medirla con ávidos
ojos, de verla andar, y, aunque seca de palabra siempre,
de prodigar, a su manera, elogios a su precoz desarrollo
físico y moral, a la redondez de su cuello, a la tersura
de su garganta, a la expresión maliciosa de sus ojos,
a la frescura de su boca, a la esbeltez de su talle y a todas
y a cada una de sus prendas esculturales. Era mucho más
exigente con la modista para sus vestidos que para los propios,
y la frase que más la halagaba en boca de sus amigos,
era la que envolvía un piropo para su hija. Llevábala
a muchas partes consigo, y se afanaba y desvivía para
hacer cuanto antes, con la debida solemnidad, su presentación
en «el mundo».
El marqués no estaba menos admirado
que su hija de esta transformación de sentimientos
de su mujer. ¿En qué consistía? ¿Por qué,
a medida que iba resignándose sin esfuerzo a quedarse
sin el hijo, antes preferido, se aficionaba tanto a la hija,
despreciada y aborrecida ayer?
«Dios me lo perdone -dicen
en este pasaje los Apuntes-, si en el supuesto me engaño,
porque bien pudiera ser causa de mi juicio el recuerdo de
lo pasado; de aquel desdén, que rayaba en antipatía,
con que empapó mi corazón, en una edad en que
arraigan las impresiones para el resto de la vida; pero yo
no vi nunca en las nuevas atenciones de mi madre uno solo
de esos reflejos que llegan al alma y hacen latir al unísono dos corazones. Si me amaba, no sabía expresarlo, o
yo era incapaz de sentirlo. Esta es la verdad. Y si sus actos
no eran determinados por el amor, había que suponerlos
hijos de otro sentimiento bien distinto. Autoriza a creerlo
así el hecho de que todos los consejos que entonces
me dio se dirigían a hacerme mujer elegante y distinguida;
ni uno solo a hacerme honrada. A pesar de ello, no considero
esta falta gravísima como signo de perversidad del
alma. Esta falta y otras como ella, son, en determinadas
gentes, obra de ciertas deficiencias, a veces constitutivas,
a veces impuestas por la educación; falsas ideas que
se adquieren de las cosas, por el modo erróneo de
considerarlas. El corazón, al cabo, es una máquina
que tiene en la cabeza el tornillo regulador de sus impulsos.»
Como su abuelo salía ya poco de casa, cuando no podía
ir a la de sus hijos, iba la nieta a visitarle. ¡Cuánto
la agradecía estas visitas el pobre viejo!
-Es triste
-la decía- vivir solo a esta edad y lleno de achaques.
Todo el año es invierno para uno; todos los celajes
obscuros; todas las esperanzas negras, ¡muy negras! Tú,
que asomas ahora, hija mía, por las puertas de la
vida, y porque, comparándolo con lo poco que llevas
andado, se te figura que es interminable el camino que te
falta por andar, no te dejes seducir de esta ilusión.
Porque es una ilusión, nada más que una ilusión:
créeme a mí. La vida es breve, muy breve; y
si se comienza andando muy de prisa, se va por la posta.
Cuando quieras fijarte en ello, tendrás la cabeza
blanca y la cara llena de arrugas; y de allí ya no
se retrocede ni con la fuerza de la desesperación:
al contrario, cuanto mayor sea el empeño, más
irresistible es el empuje del tiempo, que no para jamás.
Para que las canas y las arrugas no te sorprendan ni te espanten,
no hay más que un remedio: andar con pies de plomo
en la juventud, y acopiar algo de lo que fructifica durante
ella, para que nos anime y conforte en las tristezas y soledades
de la vejez. De todos estos acopios, ninguno tan importante
ni eficaz como el de una conciencia tranquila. ¡Si tú
supieras el valor que tiene este consejo por ser mío!...
Dígote todas estas cosas siempre que te veo, y aunque
sé que te aburren, porque no hay en tu casa quien
te las diga. Tu padre... ¡valiente padre está el tuyo!
Tu madre... no quiero decirte ahora lo que pienso de tu madre.
Por de pronto, Dios ha castigado sus injusticias contigo,
haciendo aborrecible cruz para ella lo que con tan locos
extremos puso sobre su cabeza y aun por encima de todas las
leyes divinas y humanas... Por supuesto, que ese hijo se
le muere, y se le muere muy pronto, y ella lo sabe y se queda
tan fresca. ¿Puedes tú explicar este contrasentido?
Yo podría si quisiera; pero no quiero, porque, al
fin y al cabo, no estoy tan limpio como debiera estarlo,
de la culpa de los estúpidos extremos de tus padres
al nacer tu infeliz hermano. ¡Ah, si yo hubiera tenido entonces
un poco más de carácter y no me hubiera dejado
vencer de ciertas debilidades!... En fin, ya no tiene remedio.
Lo mejor es que tu madre te mira ya con buenos ojos... ¡Pues
podía no! ¡Caramba, cómo te vas redondeando,
y qué guapísima estás! Vaya, que da
gusto mirarte. ¡Chica más precoz y más...!
Mira, cuando entras por esas puertas, parece que asoma la
primavera y que cantan los pajaritos en esta casa. ¡Si me
sabrán a gloria tus visitas! ¡Dios te lo pague, hija
mía!
Y cuando llegaba aquí lloraba el pobre
anciano, daba a su nieta un sonoro beso en la frente; y después,
casi siempre la hacía un regalo. Ella le entretenía
hasta hacerle reír con el relato de sus travesuras
de colegiala, o con el de los recursos a que apelaba para
templar la iracundia de su hermano, cada vez que, por obra
de caridad, se acercaba a él; y así llegaba
la hora de marcharse. Dábale el abuelo otro beso,
recomendándola de nuevo que no echara en olvido sus
advertencias; y entonces cala ella en la cuenta de que, a
pesar de lo sanas que eran, por un oído le entraban
y por otro le salían.
En una de estas ocasiones,
o porque el abuelo se espontaneara algo más, o porque
fueran más vivas las tentaciones de la curiosidad
de su nieta, díjole ésta en crudo:
-Quiero
saber lo que usted piensa de esas cosas de mamá. ¿Por
qué me trataba antes tan mal, y me contempla y mima
tanto ahora?
El abuelo, como quien se desprende de algo
que molesta, respondió al punto y sin titubear:
-Primeramente,
tu madre está deseando que se le muera el hijo, porque
la da demasiado que hacer y cada día le ve más
enclenque, más feo y más imposible; y ella
no soporta hijos así ni para eso.
-Corriente; pero
bien podía hallar insoportable a mi hermano, y no
quererme a mí tampoco.
-A ti, chiquilla, no te quiere
ni pizca... lo que se llama querer cuando se trata de otra
clase de madres. Lo que hay es que la haces falta: a su edad
y con sus males, ya no puede esperar hijo más de su
gusto, como cuando nació tu hermano; y como eres hermosa
y expansiva y discreta, y prometes mucho para brillar en
la carrera que ella está terminando, ve en ti, con
la supuesta obligación de acompañarte, un hermoso
pretexto para no retirarse del mundo cuando más enamorada
está de él. En fin, que te necesita para pantalla
de sus incurables vanidades; y, como cosa suya, cuanto más
hermosa sea la pantalla, mayor es su deseo de lucirla. Si
fueras fea y tonta, antes se retiraría ella del mundo
que presentarse contigo en él. Por algo así
desea que tu hermano se las líe cuanto antes.
-Triste
sería eso, abuelito, si usted no se equivocara.
-Pues
te aseguro que no me equivoco.
-Sin embargo, papá
no está en el mismo caso que mamá, por lo que
a mí toca, y tampoco quiere a mi hermano como le quería.
-Tu papá es un majadero a quien nunca le cupieron
en la cabeza dos ideas juntas. Desde que dejó de pensar
en su hijo; en cuanto se convenció de que no le servía
para representar dignamente el papel de príncipe heredero de su augusta dinastía, se enamoró de los papelones
de político; y mientras esa farsa le preocupe, no
se le dará un rábano ya porque, con el hijo
espirante, se os lleven los demonios en una noche a ti y
a tu madre..., sobre todo, si me llevan a mí también.
Aquí la nieta paralizó la lengua del desengañado
abuelo, que tales cosas decía, dándole, de
pronto, un beso en cada mejilla, y despidiéndose luego
de él con una zalamería, de expresión
tan confusa, que le dejó dudando si era un embuste
de su incredulidad despreocupada, o el disimulo de una pesadumbre.
  - IV -
Sagrario y Leticia, con un
año de práctica en el mundo que aún
no conocía su amiga, eran como los pilotos que la
enseñaban a cada instante, con el dedo sobre los planos,
cuanto le importaba saber de aquellas regiones colmadas de
visibles encantos y de tentadores misterios. Ni ella se hartaba
de preguntarlas, ni sus amigas se cansaban de responderla;
pues si era muy grande la curiosidad de la una, mayor era
el apego de las otras al papel de profesoras. ¡Con qué
gravedad tan cómica le desempeñaban algunas
veces, y qué mezclados solían andar en sus
dictámenes el candor y la malicia! De aquellas cosas
que eran el tema de sus conversaciones, todavía no
conocía Verónica más que lo que había
podido columbrar acompañando a su madre, no muchas
veces, al paseo, al teatro, o a tal cual visita o reunión
de confianza, si no con la librea de colegiala precisamente,
con todas sus rozaduras frescas sobre el cuerpo, y todas
las cortedades, fingimientos y desentonos a que obliga ese
desairado carácter de crepúsculo invernizo:
lo que se ve y se sabe de un espectáculo, mirando
por los resquicios de la puerta y oyendo los rumores, del
concurso, o leyendo mal y de prisa los contradictorios relatos
de los obligados cronistas; parvidades y probaduras que sólo
sirven para estimular y enardecer los apetitos. Sagrario
y Leticia, en cambio, habían traspuesto los umbrales,
y eran ya espectadoras de adentro; más que espectadoras,
figuras principales de la gran comedia: les era permitido,
una vez en escena, disponer libremente de los recursos propios
para aspirar hasta al dominio de ella; mirar a los hombres
cara a cara; provocar sus lícitos atrevimientos; poner
a prueba la calidad y el temple de sus armas; luchar impertérritas
y vencer valerosas, o sucumbir apasionadas, que este es el
fin, más o menos remoto y a sabiendas, de todos los
femeniles empeños en lo mejor de la vida, y a ese
solo paradero se va por donde las mujeres andan, cargado
el cuerpo de lujo y el alma de tempestades...; en fin, tocar
y palpar las realidades de los sueños de la colegiala
y de sus entusiasmos de recién llegada a las puertas
del mundo.
Bien sabían las maestras con qué
ansias aguardaba la neófita a que se las abrieran;
y por saberlo tanto, se complacían en aguijonear sus
impaciencias extremando el color de sus pinturas.
Todo cuanto
se prometía, física y moralmente, en las niñas
Leticia y Sagrario, quedó sobradamente cumplido en
estas dos jovenzuelas. Leticia era una morena gallarda, correcta,
sobria, expresiva y dura, así de formas como de palabra;
temible en el manejo de ciertos recursos externos, que en
una gran parte de las mujeres resultan inofensivos accesorios,
y en otras tantas no pasan de simples detalles decorativos
de su belleza. Estas cosas, puestas en juego por Leticia,
a pesar de sus pocos años, eran todo lo que había
que ver. Con tal destreza las concordaba, que del diabólico
conjunto resultaba un arma tremenda, algo que llevaba la
muerte en sus acometidas y era, al propio tiempo, escudo
impenetrable. Cuanto más se la estudiaba, menos se
la conocía y mayor era el empeño de conocerla.
¿Era frialdad de espíritu o fortaleza de razón,
la causa determinante de aquella su inalterable serenidad
en todos los actos ostensibles de su vida? ¿Era leal en sus
amistades, noble en sus inclinaciones, sincera en sus informes,
honrada en sus impulsos? Todo se podía creer y de
todo se podía dudar, porque todo cabía en ella
en opinión de todas sus amigas. Entre los hombres
discordaban mucho los pareceres: según las ocasiones
y las circunstancias. En lo que convenían unos y otras
era en que Leticia había nacido con el «don de gentes»,
y en que no era cosa llana predecir hasta dónde podía
llegar la «mujer de mundo» formada sobre la base de una joven
de aquel carácter y de aquella singular naturaleza.
¡Sagrario!..., el ruido, la inquietud, la intemperancia,
la vehemencia, la sinceridad, la pasión; el día
y la noche, la risa y el llanto. La curiosidad seguía
devorándola, y la avidez de impresiones la consumía.
No había asomo de juicio en aquella cabeza rubia que
parecía el capricho de un pintor lascivo, ni tacha
que poner a la hechicera envoltura de aquel temperamento
tempestuoso.
-Va verás, ya verás -decía
Leticia, andando Verónica en vísperas de echarse
al mundo-, ya verás como ese cacareado león
no es tan fiero como nos le pintan. Algo impone de pronto
su mirada, y cierto respetillo infunden sus bramidos; pero
con un poco de serenidad y otro tanto de cierta mafia que
no ha de faltarte a ti, se le pasa la mano por el lomo y
hasta se le pone bozal y se le liman las uñas, como
a un falderillo de tres al cuarto.
-Lo mejor es -añadió
Sagrario revolviendo un huracán con su abanico-, no
tenerle pizca de miedo, aunque ponga en las nubes sus rugidos
y te saquen tiras de pellejo sus zarpadas. Así hay
lucha, y el triunfo resulta más sabroso. ¿Qué
creerás tú que es lo más malo de esta
bestia de mil caras? Las mujeres, ¡pásmate! Ahí
están los rencores, las envidias y el veneno. Ésas,
ésas son las que necesitan látigo y hierro
candente: todas, y cada cual por su estilo, son peores. ¡Pero
los hombres!: mansos, humildísimos borregos que se
gobiernan con un hilo de estambre... No me dé Dios
mayores enemigos.
-Según y como se los trate -se
atrevió la novicia a replicar a Sagrario, mientras
Leticia se sonreía maliciosamente.
-No hay más
que un modo de tratarlos, que yo sepa -repuso la rubia con
admirable sinceridad-: bien... Pero el caso es que aplicas
este mismo procedimiento, generoso y cortés, a las
mujeres, y te resulta el efecto contrario; y cuanto mejor
te portas con ellas, menos te quieren y más lo disimulan.
¡Si lo sé yo!
-¡Lo sabe! ¡Qué exageraciones!-exclamó
aquí Leticia, no sé si por contener a Sagrario,
o por irritar más sus intemperancias geniales.
-¡Exageraciones!
-replicó la rubia imitando la voz y los ademanes de
su amiga-. ¿Por qué? ¿Porque digo lo mismo que estás
tú pensando?
-Pero, alma de Dios -repuso la otra-,
si aún no hemos cumplido los veinte años, y
no hace uno que andamos por el mundo, ¿cómo hemos
de conocerle con tantos pelos y señales? ¿Qué
sabes tú todavía cuál es bueno ni cuál
es malo, tratándose de hombres y de mujeres?
-¡Mucho,
muchísimo! -exclamó Sagrario en un arranque
de cómica solemnidad-. Y dejemos a un lado los hombres,
por ahora, que son unos infelices que no se meten con nadie;
¡pero las mujeres!... ¿Piensas que soy sorda? ¿Tiénesme
por ciega? ¿Lo eres tú, por si acaso? ¿Y tantos años
se necesitan, andando entre ellas, para observar cuándo
sus besos son de judas, y puñaladas sus sonrisas?...
Mira, Beronic (la llamaban todos así, en francés,
como la habían llamado en el colegio, por quitar el
saborcillo sainetesco que teñía su nombre pronunciado
en español), y no te lo digo por meterte miedo, sino
por todo lo contrario: porque sepas que, providencialmente
y porque no aburran por llanos los salones, hay esas escabrosidades
en ellos; lo que pasa es esto... y tenlo presente para que
no te acongoje al otro día la sorpresa del hallazgo:
por llegar, te comerán todas con los ojos; algunas
te llenarán los oídos de lisonjas; otras, la
cara de besos; tú estarás ruborosa, algo trabada
con los estorbos de los elegantes arreos que nunca has arrastrado,
y el flamear de los honores con que te reciben en el gran
mundo los veteranos de él; pues porque te turbas,
porque te trabas, y, sobre todo, porque estás hermosa,
te morderán las que te besan, las que te adulan y
las que te miran: las unas con la lengua, las otras con los
ojos; y si no fueras bonita, te morderían lo mismo
por todos estos pecados y por el de ser fea... ¿Te sonríes,
Leticia?... ¡Qué pieza eres! Pues mira, ni siquiera
le pido a Beronic las albricias del descubrimiento, porque
esas cosas las he leído infinitas veces en libros
de escarmentados. Lo que he hecho yo es comprobar el caso
sobre el terreno, como ha de comprobarle esta novicia, por
torpe que sea de oído y de mirada, siempre que haga
la observación con un poco de malicia. ¡Pues si llegas
a tener ángel para los hombres, y dan éstos
en acudir a tu lado!... De risco que sean tus carnes, han
de sentir la mordedura de la más blanda de boca.
Leticia soltó aquí la carcajada. -¿A que te
sangran a ti todavía las cicatrices? -le dijo Sagrario,
encarándose valientemente con ella.
-¡Si no me río
por eso, extremosa!
-Pues ¿por qué te ríes,
prudente?
-Porque, en tu afán de abrir los ojos a
ésta, vas a concluir por hacerle aborrecible aquello
mismo que tratamos de hacerle amable... y que tanto nos gusta
a nosotras.
-¡Bah!..., ese no es caso de risa. -¿Lo dudas?
-Es que no lo creo. Te ríes de mis despreocupaciones,
como tú llamas a esta claridad que yo gasto, lo mismo
en hechos que en dichos. ¡Como tú prefieres el sistema
contrario!... Pues mira, yo no me río del tuyo, que
te lleva al mismo fin que el mío: cuestión
de temperamento y de gustos. Por eso no le predico a ésta
las ventajas de tal o cual camino para ir a donde nosotras
vamos: lo mejor es dejar a cada cual que marche por donde
más llano lo vea.
-Estamos conformes -dijo Leticia
con gran formalidad, probablemente forzada-. Pero sea o no
caso de risa lo del cuadro que pintabas, es lo cierto que
tanto puedes recargarle de color, que llegue ésta
a mirarle con miedo.
-Por eso mismo -replicó Sagrario,
golpeando a la aludida en un hombro con el abanico cerrado-,
he comenzado por advertirla que se lo cuento para evitarle
la sorpresa del hallazgo de ello; porque ha de saltarle a
los ojos, más tarde o más temprano, eso que
yo tengo por uno de los bocadillos más sabrosos de
la mesa de nuestro mundo... ¡Caramba, y qué bien salió
este parrafejo! ¿Si iré para literata sin notarlo?...
Con franqueza, Beronic..., y perdona tú, Leticia,
si hallas algo shocking la despreocupación: después
del placer de ser codiciada de los hombres de buen gusto,
no hay otro que más halague mi vanidad que el ser
envidiada y aborrecida de las mujeres elegantes.
Con esta
explosión de las ingenuidades de Sagrario, cuatro
mordiscos de la lima sorda de Leticia, y media docena de
comentarios de la neófita, no tan cortos de alcance
como pudieron creer sus amigas, tomándolos en toda
su apariencia, terminó aquella entrevista, que no
la enseñó mucho más de lo que ella sabía
o sospechaba.
  - V -
Llegó, al fin, y por sus pasos
contados, la tan esperada noche de mi exhibición solemne.
No conservo en la memoria los detalles minuciosos de aquel
acontecimiento, tan señalado en la vida de las mujeres
de mi alcurnia y de mis hábitos, porque, como todas
las realidades muy soñadas, ésta no me pareció
de la magnitud en que me la habían forjado las quimeras
de la imaginación.
»Recuerdo que precedieron a la
fiesta largas horas de punzante inquietud, de ávida
contemplación de mis flamantes y simbólicos
arreos de batalla, tendidos sobre lechos, sillones y cojines:
desde el menudo zapato de raso, hasta las flores de la cabeza,
pasando por un océano de sedas, encajes, plumas y
crespones; todo aéreo, todo casto, todo simple, como
pedían y piden los estatutos de la Orden para una
doncella de mi edad y condiciones, a quien no le es lícito,
todavía, albergar malicias en su cabeza ni torpes
sentimientos en el corazón; otras horas, no tan largas,
en lo más recóndito de mi gabinete, entre menjurjes,
abluciones y atildaduras de tocador. En seguida, la ímproba
y conmovedora tarea de vestirme todos los dispersos perifollos:
allí mi madre, allí la doncella, allí
la modista; yo, como un maniquí, rodeada de luces
y de espejos. El vestido, sin mangas y casi sin cuerpo, dejábame
las carnes, de cintura arriba, medio a la intemperie. Sentía
yo la impresión del aire tibio, más que en
ellas, en algo tan profundo y delicado, que, tras de golpearme
las sienes, me obligaba a cerrar los ojos y a tirar del escote
del vestido hacia arriba, y de las mangas hacia abajo; procedían
en sentido inverso la modista y la doncella; sonreíase
mi madre; quejábame yo de que era mucho lo descubierto;
replicábanme, que, por lo mismo, y por ser bueno,
había que lucirlo; atrevime a mirarlo más despacio,
y resignéme al fin, porque quizás estuvieran
ellas en lo cierto, amén de que lo imperioso del mandato
quitaba todo pretexto a mis escrúpulos.
»Ya estaba
armada de punta en blanco: nuevas combinaciones de luces
y de espejos para verme a mi gusto por todas partes, y ensayar
actitudes, movimientos y sonrisas, y sorprender a hurtadillas
la grata impresión de todo ello en las caras de las
tres espectadoras.
»En el salón inmediato aguardaba
mi abuelo, que, en honor mío, había hecho aquella
noche «la calaverada» de ir a admirarme «vestida de pecadora».
Al verme aparecer, se quedó como asombrado. Pensé
yo que se escandalizaba, y me cubrí el seno con el
abanico. Me dijo a su modo muchas cosas, que tan pronto me
sonaban a ponderaciones entusiásticas, como a lamentos
de pesadumbre. Atajele el discurso poniéndole mi frente
junto a su boca para que me diera un beso, y le pagué
con otro resonante en la rugosa mejilla, y unos cuantos embustes
cariñosos, de cuyo efecto mágico sobre el corazón
del pobre hombre estaba yo bien segura.
»En esto, y mientras
mi madre acababa de vestirse y de adornarse, dijéronme
que mi hermano deseaba verme.
»Acudí a su cuarto.
Estaba en la cama, descoyuntado entre mantas y almohadones.
Por verme entrar, me llenó de improperios; detúveme
dudando junto a la puerta, y esto fue mi fortuna, porque
con la última desvergüenza me arrojó la
palmatoria, que se estrelló contra el espejo de un
lavabo, a media vara de la cola de mi vestido.
»Volvime
al lado de mi abuelo, entre asustada y risueña; y
tras largo, interminable rato de esperar a pie firme, por
no ajar la tersura de mis faldas, llegó mi madre con
el aspecto y el andar de una matrona romana, ocultando la
cruz de sus achaques y los estragos de la edad con el engaño
de un cielo de fulgurante pedrería sobre otro caudal
de sedas y artificios.
»Mi padre andaba aquella noche ciegamente
empeñado en sus caballerías senatoriales; y
con harto sentimiento mío, no recibí los alientos
de su aplauso en aquella mi primera salida a correr las aventuras
por las encrucijadas del gran mundo.
»Recuerdo también
la impresión que recibí al hollar por primera
vez, y con pie inseguro, la espesa alfombra del salón
de la fiesta. Fue aquello como una oleada de luz esplendorosa,
de rumores confusos, de miradas punzantes, de sonrisas burlonas,
de colores fantásticos y de aromas narcóticos,
que se desplomó de pronto sobre mí agobiándome
el espíritu y deslumbrándome los ojos. Aprensiones
de mi inexperta fantasía, que exageraba enormemente
el relieve de mi figura y el espacio y el término
que ocupaba en aquel cuadro.
»Pasó todo como el amago
de un vértigo, por obra de un esfuerzo de mi voluntad
y del auxilio discreto y oportuno de Leticia y de Sagrario.
Logré hacerme a la fiereza del león, y atrevime
en seguida a afrontar los lances del peligro.
»Para esta
empresa contaba con un arma, en cuyo manejo era yo muy diestra,
sin que nadie me le hubiera enseñado: el falso rubor
de novicia en aquel pomposo ceremonial mundano. Nada como
ese recurso para ver sin ser vista y ponerse en situación
de aceptar lo cómodo y agradable, y desechar lo molesto,
sin pecar de imprudente en lo primero, ni de torpe o de vana
en lo segundo. Me salió bien la cuenta. Al amparo
de la ficción, detrás de mi broquel de niña
candorosa, mis malicias de mujer precoz escudriñaban
todo el campo de batalla y conocían hasta las intenciones
del enemigo, sin que el tiroteo de su obligado tributo de
lisonjas y de galanterías me causara el más
leve daño con las que de ellas eran necias o impertinentes.
»La exención absoluta del pesado deber de tomar en
cuenta sandeces y majaderías, no tiene precio en casos
tales, con la doble ventaja de que, a título de niña
inexperta y ruborosa, la más trivial ocurrencia suena
en sus labios a ingenioso concepto, y toda claridad, por
amarga y cruda que resulte, queda triunfante y sin réplica.
»Y muy poco más conservo en la memoria de los lances
y sucesos de esta aventura, cuyo único mérito
para formar capítulo aparte, consiste en haber sido
muy deseada, y la primera entre las de mi vida mundana; muy
poco más, y eso en tropel confuso; verbigracia: la
peste de los salones de entonces, y de ahora, y de siempre;
esas criaturas sin sal ni pimienta, insípidas e incoloras,
y, estaba por decir, sin sexo ni edad, estúpidamente
esclavas de los preceptos de la moda en el vestir, en el
moverse y en el hablar; más que niños y mucho
menos que hombres, con la insubstancialidad y la ignorancia
de los unos, y los atrevimientos y los peores vicios de los
otros; ridículos y feos, asaltándome sin tregua
ni respiro, devorando con ojos estrellados los repliegues
de mi escote, y exponiendo, como mérito sobresaliente
para aspirar a mi conquista, el arrastre de las rr de sus
impertinencias y el hablar a tropezones la lengua de Castilla,
sólo porque sabían que yo me había educado
en Francia; las obligadas galanterías de los buenos
mozos, por lo común, más nutridas de malas
intenciones que de agudezas; los enrevesados conceptos de
los galanes presumidos y cortos de genio; las protectoras
sonrisas y las paternales franquezas de los personajes maduros,
a quienes la edad y la fama autorizan para todo, hasta para
ser descomedidos y groseros; los cumplidos extremosos, las
ponderaciones de rúbrica y las forzadas protestas
de cariño de viejas retocadas, de madres envidiosas
y de jovenzuelas casquivanas como yo; el vértigo de
la danza casi incesante, en brazos de unos y de otros; los
sueños voluptuosos, o la tortura insufrible, según
los casos; más tarde, la agonía de la curiosidad,
y la vista y el oído cansados por saberse de memoria
las figuras, los colores y el rumor del cuadro, cuya luz
se va velando por la evaporación del concurso y el
polvillo tenue de suelos, galas y afeites, y cuya atmósfera
espesa, tibia y saturada de perfumes, repugna a los pulmones
y al estómago; después, el quebrantamiento
del cuerpo, escozor en los ojos, mucho peso en los párpados,
cierto deseo de bostezar... y, al cabo, la vuelta a casa,
arrebujada en pieles y casi tiritando en el fondo del carruaje;
los elegantes arreos de la fiesta, lacios y marchitos, arrojados
con desdén en los sillones del dormitorio; y, por
último, el meterme en la cama con la impresión
de un escalofrío; el cerrar los ojos y el sentir en
el cerebro las caras, los colores, los sonidos, las alfombras,
los espejos, las bujías, los lacayos, toda la casa,
toda la fiesta hecha un revoltijo, una pelota, aporreándome
los oídos y las sienes: la memoria embrollada, el
corazón entumecido, la inteligencia embotada para
todo discurso; y persiguiéndome y asediándome
entre tan cerrada obscuridad, la extraña persuasión,
clara como la luz del día, de que nadie me había
puesto aquella noche tantos defectos ni me había rebajado
tanto en la escala de las elegantes, de las discretas y de
las hermosas, como mi amiga Sagrario.
  - VI -
El goce libre y frecuente de estas fiestas y otras semejantes,
me enseñó bien pronto que, o no había
en el mundo naturalezas de acero para salir sin mella de
los combates más rudos, o a mí me había
tocado en suerte una de las mejor templadas. Efectivamente:
era yo, a pesar de mis pocos años, mucho más
serena y menos impresionable entre la baraúnda del
comercio galante, de lo que me había imaginado antes
de conocer de cerca esas cosas. Aunque no era incombustible
por completo, tenía todas las posibles ventajas para
jugar con el fuego sin consumirse estúpidamente en
él. De lo cual me alegré sobremanera, porque
no es la vida de las mujeres «de mundo» tira tan larga, que
no importe, ir cediendo a cada paso jirones de ella.»
Mientras
se fue dando cuenta de este hallazgo, ocurrieron en su familia
muy señalados acontecimientos. El primero fue la muerte
de su hermano. El tema de los caprichos de esta infeliz criatura
había llegado a lo inverosímil, como su existencia
entre el enjambre de enfermedades que la consumían.
Antojáronsele cerezas frescas en el mes de Diciembre,
y no cabiendo en lo humano adquirirlas así a ningún
precio, ni falsificarlas, como se había hecho con
tantas otras cosas falsificables en idénticos casos,
creció con el obstáculo la fuerza de su empeño,
llegó la corajina al paroxismo; y aquel hilillo tenue
de vida, a tan duras penas conservado, se quebró de
pronto como el de una tela de araña, sin un sonido
ni una vibración.
Este suceso, como si se contara
con él, ya que no fuera deseado, no arrancó
una lágrima siquiera en la familia. Produjo cierta
tristeza que parecía nacida del corazón, por
lo que toca al marqués y a su mujer. En cuanto a la
hija, la dio demasiado en qué pensar la nueva jerarquía
en que volvía a colocarla la muerte de su hermano.
Por decreto de ella, dejaba de ser simple y desdeñada
segundona, y recobraba sus prerrogativas de primogénita
y única heredera de los títulos y bienes de
la casa, condición de gran monta para ella, desde
que sabía, por propia observación, lo que vale
y lo que cuesta la vida doméstica y social de las
mujeres de su alcurnia. No era de temer ya la sorpresa de
un nuevo varón que de la noche a la mañana
volviera a despojarla de sus recobradas preeminencias; pero
es indudable que las hubiera dado mayor importancia, y por
muy distinto motivo que entonces, si el suceso que se las
restituía hubiera ocurrido en aquellos tiempos en
que las inexplicables injusticias de su madre la tenían
relegada a los últimos rincones de la casa. Miseriucas
del corazón humano.
Por lo demás, ocurrió
lo de costumbre en tales ocasiones: varios días de
duelo, más o menos cordial; visitas de íntimos a todas horas del día y de la noche; cumplimientos
falsos de amigos cumplimenteros; tertulias reducidísimas
y taciturnas, los primeros días, que fueron poco a
poco animándose y creciendo; un luto reducido al mínimum de lo que permiten las cláusulas de lo regulado para
tales ocasiones; transformación radical del gabinete
mortuorio, por renovación de muebles y decorado, etcétera,
etc... y a las tres semanas, desaparición completa
de toda huella material del breve y doloroso tránsito
de aquel desdichado ser por las asperezas de la vida, y absoluto
olvido de su nombre en las conversaciones y en la memoria
de los vivos.
En el alivio andaban de su luto, harto aliviado
desde el primer día, cuando el abuelo, que en virtud
de su avanzada edad y de sus incurables padecimientos, había
consentido en cambiar su soledad por la compañía
de sus hijos, llamando a la nieta a su gabinete una mañana,
la dijo con voz entrecortada y sepulcral:
-Me muero, sin
remedio, antes del mediodía. Adviértelo en
tu casa del modo menos estrepitoso que puedas, y hazme el
favor de mandar que venga un cura para confesarme... y por
si no tengo tiempo para advertírtelo después...,
escúchame ahora unos instantes... A pesar de las sangrías
espantosas hechas a mi bolsillo por tu madre, todavía
os dejo una gran fortuna, como veréis por el testamento
cerrado, cuya copia hallaréis en mi pupitre. Convencido
de que tan pronto como echen la zarpa a ese caudal, la insensatez
de tu padre y la loca vanidad de tu madre han de despilfarrarlo
en cuatro días, he procurado dejar a salvo, en beneficio
tuyo, cuanto la absurda ley vigente me permite... Pero si
he de decirte lo que siento, no fío de tu cordura
mucho más que de la de tus padres. La única
ventaja que les sacas es que tienes mejor entendimiento que
ellos. Lo que llevas visto de ese mundo que tanto os seduce,
te habrá enseñado a conocer lo que vale el
dinero para andar por él triunfando, y lo que importa
a los mundanos no arruinarse. Esto es lo que quiero que no
olvides y encomiendo a tu buen entendimiento, para que hagas,
por egoísmo siquiera, lo que no me atrevo a esperar
de tu virtud... Porque, hija mía, yo te quiero mucho,
muchísimo, mucho más de lo que puedes imaginarte;
pero con todo lo que te quiero, en lo tocante a pompas y
chapucerías mundanas, ya te lo he dicho, no fío
gran cosa de la veta que sacas, ni del aire que llevas por
el camino que sigues... Perdona la franqueza, que a ella
me obligan el amor que te tengo y el trance en que me hallo...
Y ahora, un beso... ¡el último, hija mía! ¡Y
que Dios haga el milagro de infundir con él, en lo
más hondo de tu corazón, los sentimientos que
llenan el mío en este instante!
Jamás habían
vertido los ojos de la joven lágrimas tan cordiales
ni tan copiosas como las que entonces corrieron a lo largo
de sus mejillas, ni su pecho se había sentido agitado
por tan hondas impresiones como las que la dominaban mientras
el amoroso anciano estampaba en su frente, inclinada hasta
tocar su boca, un beso trémulo, convulsivo, frío
como la losa de un sepulcro.
Y todo sucedió como
él lo había dispuesto y vaticinado: se confesé
a las once, comulgó a las once y media, y se murió
antes de las doce.
¡Cuánto lloró Verónica
aquel día, y al siguiente, y con qué fervor
rezó por el alma del muerto, y con qué sinceridad
prometió a su memoria grabar en el corazón
sus últimas advertencias, y ajustar a ellas todos
los actos de su vida!
Tardó mucho en acostumbrarse
a contemplar con ojos enjutos y corazón tranquilo,
la soledad y el silencio de aquel gabinete en que tantas
caricias y tan repetidos testimonios de entrañable
amor había recibido del doliente octogenario. De todo
lo cual se deduce que quería de veras a su abuelo.
La marquesa, cuyos males la impedían entregarse por
entero a los rigores de la pesadumbre que le correspondía
por la muerte de su padre, se asombraba de las lágrimas
y de las tristezas de su hija, y la conjuraba, en frase dura
y seca casi siempre, a que se volviera a lo suyo, «dejándose
de gazmoñerías sentimentales, que ya chocaban
a las gentes».
-¡Dichosa ella! -solía decir el marqués,
interviniendo en el caso algunas veces, mientras se paseaba
por el gabinete, con las manos en los bolsillos, las cejas
y los labios contraídos, la cabeza humillada y los
ojos chispeantes, derramando la mirada, que quería
ser triste, por los dibujos de la alfombra-. ¡Dichosa ella,
que está en la edad de las grandes impresiones, y
puede llorar para desahogo del corazón oprimido! Llora,
llora, hija mía; que con las lágrimas se honra
a los muertos y se cumple con las leyes de Dios y de la Naturaleza.
¡Ay de nosotros, que, sintiendo tanto como tú, no
podemos llorar!
Y en esto miraba con el rabillo del ojo
a su mujer, que le respondía con un gesto de aire
colado.
La herencia fue pingüe de veras. Cortijos en
Andalucía, dehesas en Extremadura, casas en Madrid,
papel del Estado, acciones del Banco de España...,
de todo había mucho y bueno, libre y desempeñado.
Un día se hizo el recuento, y resultó que
las rentas de este caudal pasaban de cuarenta mil duros.
Con ellos, y lo que quedaba de los bienes del marqués
y de la dote de la marquesa, se podía calcular la
renta en un millón de reales. Verónica había
sido mejorada en tercio y quinto, y esta mejora estaba asegurada,
entre el cuerpo de bienes, con cuantas ligaduras eran de
apetecer, según la sabia y cariñosa previsión
de su abuelo.
Muy pocas horas después de hecho este
cálculo, fue cuando a la marquesa se le ocurrió
caer en la cuenta de que con la muerte de su padre y de su
hijo, aquella casa que habitaba tanto tiempo hacía,
en la calle de Hortaleza, le parecía un cementerio
sombrío: veía a las «queridas prendas» de su
corazón, doloridas y agonizando, en cada rincón,
en cada mueble y a cada instante; su espíritu, tan
combatido por los males del cuerpo y por las tristezas del
alma, no estaba para grandes pruebas, y le era indispensable
«salir de allí... a cualquiera parte».
El marqués,
que «estaba en todo», como él decía, asintió
inmediatamente al reparo de su mujer; y como comprendía
muy bien «la situación de las cosas», añadió
que era de urgente necesidad tomar otra casa de mejores horizontes,
de más luz, de más aire, más capaz y
más alegre. Debía pensarse hasta en un hotel en Recoletos o la Castellana; pero sólo pensarse por
entonces. Entre tanto...
Entre tanto, se alquiló
un vastísimo principal en la calle de Alcalá,
por la miseria de tres mil duros al año; y como no
era cosa de ir a habitarle tal como lo habían dejado
los últimos inquilinos, ni de trasladar a él
los muebles de la calle de Hortaleza, tan llenos de tristes
recuerdos, y tan pasados de moda los más de ellos,
hubo necesidad de hacer obra en la nueva casa y de encargar
el necesario y conveniente ajuar para ella. En lo tocante
a la obra, una vez acordada, o hacerla útil, o no
hacerla. Cada inquilino tiene sus necesidades y sus gustos,
y los de la marquesa eran distintos en todo, por las trazas,
de los de las gentes que habían precedido a su familia
en la casa de la calle de Alcalá. En la cual había
muchos gabinetes con un solo salón; y precisamente
necesitaba ella, por razón de aire y de holgura, tan
indispensables para su salud, muchos salones y pocos gabinetes,
comedor amplísimo y vestíbulos desahogados.
A este fin, no quedó un tabique en pie; se encargó
el plano de la nueva obra a un arquitecto; y como en el piso
había tela en que cortar, todo se hizo al gusto de
la marquesa, que halló en estos entretenimientos ocasión
de invertir las largas e insípidas horas que traen
consigo la esclavitud y la tristeza de un luto rigoroso,
como el que la familia vestía entonces.
Aplaudían
los amigos de la casa el gusto y la esplendidez de la marquesa,
a quien atribuían exclusivamente la dirección
de todo aquello, mientras la interrogaban con un gesto, por
no atreverse a ser más explícitos con la lengua,
al recorrer una verdadera serie de salones fastuosamente
decorados. Respondía ella con otro gesto que, cuando
menos, significaba que había comprendido la pregunta;
y algo parecido le ocurría a su marido con los hombres
políticos, que casi le formaban un cortejo diariamente
desde lo de la herencia, y poco más o menos le sucedía
a la hija con sus amigas; sólo que éstas eran
más claras en el preguntar, y ella menos encogida
en el responder, por lo mismo que estaba bien persuadida
del destino de aquellos despilfarros, desde que su madre
apuntó en la calle de Hortaleza la necesidad de vivir
en casa de mayor calibre.
Al fin se terminaron las obras
y el luto; invadieron la nueva casa mueblistas y tapiceros;
llenáronse suelos, paredes y techos de ricas alfombras,
de espejos colosales, de cuadros y tapices valiosísimos,
de arañas estupendas y de muebles caprichosos; llovieron
esculturas y monigotes por todos los rincones y tableros
de mesas y veladores; atestáronse de primorosas y
artísticas vajillas los aparadores del comedor, que
era un bosque de roble tallado y un bazar de porcelanas,
bronces y cristalería, tapizado de cuero cordobés;
no quedó cortinón de vestíbulo ni de
puerta de tránsito sin su correspondiente escudo nobiliario;
y cuando ya estuvo todo en su punto y sazón, y la
servidumbre arreglada a las exigencias del nuevo domicilio,
y cada criado en su puesto y convenientemente vestido, y
la cocina humeando, con su jefe bien enmandilado y mejor
retribuido, con su traílla de marmitones y ayudantes,
en un lujoso landó, arrastrado por dos briosos alazanes
ingleses, y conducido por un cochero colosal, envuelto el
cuerpo en un océano de paño gris, y media cara
y los hombros en otro mar de pieles erizadas, guantes por
el estilo y alto sombrero con cucarda por coronamiento de
esta silueta de oso polar, llevando a su izquierda, como
su reflejo en más reducidas proporciones, el correspondiente
lacayo, se trasladó la familia al flamante albergue,
dejando en el otro lo poco que quedaba de los ya casi borrados
recuerdos que habían sido la disculpa de la mudanza,
y hasta el polvo de las suelas del calzado.
Todo este boato,
con el apéndice de otro a su consonancia en cuadras
y cocheras, costó mucho más de cincuenta mil
duros; y me consta que por no haber tanto dinero disponible
en casa, se vendieron papeles que lo valían, prefiriendo
el marqués sacar esta primera cucharada del ollón
de la herencia, a someterse a la tiranía de la usura,
y sobre todo, al bochorno de inaugurar con una deuda aquella
nueva y esplendente fase de su vida social.
  - VII -
Y aconteció muy luego lo que a la vista estaba desde
que la marquesa apuntó la idea de dejar la casa, relativamente
modesta, de la calle de Hortaleza; y fue de este modo: el
marqués insinuó compromisos de banquete a sus
amigos políticos; la marquesa invocó deberes ineludibles de responder a súplicas de sus amigas,
dando a aquellos hermosos salones su verdadero destino; es
decir, estrenándolos con un baile que, sin gran esfuerzo,
haría raya entre las fiestas del «gran mundo» madrileño,
habidas y por haber; reforzó el primero sus razones
de preferencia, sin negar la gravedad de los compromisos
de su mujer, exponiendo deudas de gratitud con los personajes
que, para entretener sus apetitos senatoriales, acababan
de ofrecerle un distrito vacante en Ciudad Real, para diputado
a Cortes; insistió la marquesa en su empeño
a favor del baile, sin negar el compromiso del banquete;
replicó el marqués, llevando la contraria,
hasta con textos de Maquiavelo y de Bismarck; y, por último,
terció Verónica, que se hallaba presente en
la porfía, proponiendo que se diera una fiesta que
tuviera de todo: una recepción, por lo más
alto, en la cual anduviera el rumbo del comedor al nivel
del brillo de los salones.
Y así se hizo quince días
después.
No es cosa averiguada enteramente si la
fiesta causó en la opinión pública todo
el efecto que la marquesa había soñado; pero
no tiene duda que concurrieron a su casa aquella noche muchas
y muy distinguidas gentes; que bailaron mucho y que devoraron
mucho más; que hubo hiperbólicas ponderaciones,
en variedad de tonos y estilos, para la casa y para sus moradores,
por el buen gusto, por la riqueza, por lo de los salones
y por lo del comedor; que al día siguiente soltaron
en los papeles públicos los cronistas obligados de
fiestas como aquélla, toda la melaza de su trompetería
de hojaldre, para declarar, urbi et orbi, que los marqueses
de Montálvez eran los más ricos, los más
distinguidos, los más amables marqueses de la cristiandad
y sus islas adyacentes, y su hija, la joven más bella,
más espiritual y más elegante que se había
visto ni se vería en los fastos de la humanidad distinguida,
es decir, del «buen tono»; en virtud de todo lo cual, aquel
baile debía repetirse para gloria de la casa, ejemplo
de otras por el estilo, y recreo de la encopetada sociedad
madrileña; y finalmente, que se contaron por miles
los duros que costó aquel elegante jolgorio, y que
el marqués tuvo necesidad de meter, por segunda vez,
la cuchara en la olla grande para pagarlos, por los consabidos
temores a la usura y las propias repugnancias a las deudas.
El cual marqués llamó a capítulo de
familia para reflexionar, para discutir, para resolver (todos
estos términos usó) acerca de aquel cariñoso
vocerío de los papeles, y sobre más de otros
tantos memoriales enderezados al mismo fin, que en la intimidad
de la conversación le elevaban en los pasillos del
Congreso, en los corredores del teatro y en las encrucijadas
del Retiro, las eminencias de la política, los Cresos
de la banca y las lumbreras de la literatura, con quienes
él se codeaba a cada instante; a la cual lista añadió
su mujer inmediatamente otra tan larga, más o menos
auténtica, de solicitantes de la flor y nata del mundo
elegante; lista que reforzó la hija con un imaginario,
pero verosímil, catálogo de pretensiones idénticas,
arrancadas del ancho círculo de sus amigas y aduladores.
Ciertamente que (en opinión del marqués, el
cual, con olímpica solemnidad, hizo un detenido resumen
de estas circunstancias) el éxito excepcional de la
reciente fiesta, las condiciones singulares de la casa, la
respetabilidad de los timbres de familia, más brillantes
y esplendorosos desde la herencia del «inolvidable anciano»;
su (del preopinante) cada día más señalada
significación en el agitado campo de la política
española; la evidente y poderosa necesidad de aliviar
los dolores físicos de la marquesa con esparcimientos
racionales, a la vez que enérgicos, del espíritu;
la edad de su hija, sus prendas personales, sus conveniencias
de hoy, su porvenir... todo, todo, absolutamente todo, justificaba
el persistente clamoreo, se imponía al criterio vulgar
de las gentes precavidas y juiciosas, y exigía de
ellos un «generoso esfuerzo, por encima de toda reflexión
egoísta, de todo razonamiento matemático».
La marquesa y su hija fueron del parecer del marqués,
y hasta se creyeron conmovidas con los períodos más
elocuentes de su discurso; razón por la que se decretaron
las instancias «como se pedía...» y un poquito más,
en cortés y debida correspondencia. ¡Ni más
ni menos que si el marqués y la marquesa creyeran
que en aquel acto cedían sorprendidos por la fuerza
de las circunstancias, y no al aceptado y bien consentido
imperio de sus nativas vanidades! ¡Como si su hija, tan opuesta
por temperamento a todo linaje de fingimientos y disimulos,
no supiera que antes de insinuarse la pretensión en
las pocas personas que la manifestaron, ya tenía,
cada uno de los tres, resuelto el caso en la mente!
Hubo,
pues, andando los días, y no muchos, un baile en la
casa, tan brillante y tan celebrado como el anterior; pero
no a título de «otro baile más», sino como
el primero de una larga y ostentosa serie de ellos. Y colocado
ya el asunto en esta pendiente, y rodando las cosas por su
propio peso, un día, a fin de entretener mejor los
largos intervalos entre fiesta y fiesta, los amables y agradecidos
marqueses de Montálvez hicieron saber a sus íntimos que todos los jueves se quedaban en casa.
Y se quedaron
en ella todos los jueves, conforme a lo prometido.
A los
bailes concurría todo Madrid, lo más cogolludo
y rechispeante de la aristocracia, de la banca, de la política,
de las artes y de las letras. Aquellos salones deslumbrantes
de luz, saturados de perfumes, henchidos de bellezas cargadas
de lujo y de pasiones; el incesante crujir de las telas;
el ondular de las colas, arrastradas sobre los aterciopelados
tapices; el rumor de las conversaciones, el centelleo de
las joyas, los suaves acordes de la invisible orquesta, y
el flujo y reflujo de la muchedumbre, verdadero mar de colores
y sonidos derramado por aquellos ámbitos e |