  - XIV -
Si el marqués pudo darse cuenta de que se moría
cuando se estaba muriendo de veras, y si, penetrado de esta
idea, se conceptuaba relativamente dichoso, porque le sorprendía
la muerte en la más alta y esplendorosa ocasión
de todas las ocasiones de su larga y aprovechada vida (muerte
de guerrero ilustre, sobre el campo de batalla y bajo una
balumba de gloriosos laureles), cosas son muy difíciles
de averiguar; pero que si, después de muerto, se le
hubiera permitido recobrar la vida para contemplar la despedida
que le hicieron sus deudos y amigos, otra explosión
de su vanidad hubiera vuelto a quitársela de repente,
desde luego puede afirmarse, conociendo, como conocimos nosotros,
aquella naturaleza que se nutría de oropeles y se
emborrachaba con relumbrones. ¡Tales y tantos fueron los
que se consagraron a honrar su memoria entre los vivos!
No cupo mayor pompa en el escenario en que se representan
esas farsas en honor de las notabilidades de alquimia, y
todo se hizo ajustado al más solemne y ostentoso ceremonial:
la exposición del cadáver en la capilla ardiente,
entre largos blandones y negras colgaduras de tosca bayeta;
el triste clamóreo de la prensa periódica rindiendo
«el último tributo de justicia al prócer insigne,
al varón íntegro, al padre amoroso, al ciudadano
ejemplar, al celoso representante de la patria, al protector
generoso de las artes y de las letras, al orador de honrada
palabra», etc., etc., y haciendo la pintura de su muerte
inesperada, con descripciones minuciosas de lugares y accesorios,
y con glosas y comentarios de los elogios que momentos antes
del triste suceso habían dedicado al aún vivo
personaje los hombres más «conspicuos» de la política,
de las armas, de las letras y de la banca; el simbólico
catafalco, cargado de emblemas y atributos, tocando casi
en las bóvedas del templo, entre una hoguera de luces
sobre ricos y enormes candelabros; las naves atestadas de
«mundo»: allí los vistosos uniformes de las más
altas jerarquías políticas y militares; allí
la severa etiqueta civil, las gentes de la aristocracia y
de los «salones elegantes», y allí, en fin, en apretados
grupos, las matronas del «gran mundo» ricamente ataviadas
de negro, con la mirada repartida entre el devocionario y
la concurrencia, agitando maquinalmente los abanicos mientras,
desde el coro, llenaba de resonantes armonías los
ámbitos de la iglesia, la mejor capilla de Madrid.
El entierro no había sido menos ostentoso. Detrás
del carro fúnebre, teatral y ridículo artefacto,
también el duelo, a pie, salpicado de grandes uniformes;
después, la interminable fila de carruajes, con casi
otras tantas libreas diferentes, desde las de los «cuerpos
colegisladores», hasta la de don Mauricio el Solemne; y,
por último, a uno y otro lado de la fila, otras filas
más espesas y compactas de curiosos desocupados, y
en todos los balcones de la carrera más espectadores
y espectadoras en apiñados racimos.
En el Senado,
la obligada declaración de «profundó sentimiento»,
tras un pomposo elogio de los méritos y virtudes del
difunto, hecho por el presidente. En el Congreso de Diputados,
poco menos; y tomando motivo de estos actos, nuevos ditirambos
de la prensa periódica al «llorado prócer».
Por último, su retrato en la primera plana de La Ilustración,
con la correspondiente biografía un poco más
adentro... y una elegía elegantemente triste del poeta
Aljófar.
Tenía razón el buen marqués,
creyendo que «a los hombres públicos los forman las
circunstancias, el hado, un momento de la vida». Lo malo
para él fue que ese momento no le llegó hasta
la hora de su muerte. Pero del mal el menos: sí vivió
sin levantar un punto sobre la talla de los hombres vulgares,
por morir a tiempo logró asociar a las vanidades de
su familia el esfuerzo de la cosa pública, para merecer
los honores póstumos tributados a los grandes hombres.
Por eso dije al principio que si el marqués hubiera
resucitado para ver esto, hubiera vuelto a morirse de una
explosión de vanidad satisfecha; y añado ahora,
que sin que alcanzara a evitarlo la reflexión (si
por ventura se la hacía, aunque bien a la vista estaba
el hecho) de que entre las grandes conquistas de su muerte
no había una sola lágrima con que humedecer
la efímera hojarasca de su tumba.
No hay para qué
hablar del fúnebre aparato escénico a que obligaba,
de puertas adentro, la mal fingida pesadumbre de la familia.
Lo que importa para nuestro sencillo relato es saber que
el ajetreo, más que la pena, agravó por unos
días la enfermedad de la marquesa, y que, pasado el
novenario y vuelta la vida a regularizarse, aunque dentro
del nuevo orden de cosas, los tertulianos de confianza quedaron
reducidos, en número, a los más íntimos
de entre los íntimos, por expreso deseo de la viuda,
que debía quitar toda ocasión de profanar la
santidad de sus tristezas con recreos demasiado alegres...
mientras no los autorizara la costumbre; pero que, entre
tanto, no quería verse sola.
Entre los electos quedaron
todos nuestros conocidos de la antigua tertulia. En las primeras
noches no se trataron en la reducidísima asamblea
congregada en el gabinete de la dolorida viuda, otros asuntos
que los que tuvieran alguna relación, por remota que
fuese, con «el inolvidable suceso»; verbigracia, su resonancia
en la opinión pública; este dicho o el otro
comentario, en son de alabanza, por supuesto; los funerales,
el entierro, la estadística de los concurrentes, de
los carruajes y de las libreas; los pésames oficiales
recibidos... ¡hasta de Palacio!, los telegramas, las cartas,
las tarjetas, los recados; cuántos y cuántas,
de quiénes y de dónde; las visitas, en cuerpo
y alma, de este Grande y de aquel senador, del ministro X
y del general Z, de la duquesa H y de la princesa J..., y
así hasta el infinito; pues como «todo Madrid» anduvo
metido en el ajo, según resultó de la cuenta,
ya hubo paño en que cortar para entretenimiento de
la viuda y no desagrado de la hija; en modo alguno por honrar
más la memoria del muerto, que les tenía sin
cuidado, sino porque con todo ello se halagaba la vanidad
de su familia, en lo cual estaban perfectamente acordes ésta
y los tertulianos, aunque no lo declaraban por derecho.
Cuando se agotaron estos temas por cansancio, y porque se
agotaron también muy pronto afuera y adentro los motivos
que les daban color de actualidad, es decir, cuando la persona
y la muerte y los pomposos funerales del marqués se
borraron, para siempre, de la memoria de los vivos, la tertulia
fue invadiendo poco a poco el terreno mundano; y saqueando
en él una noticia ahora y un escandalillo después,
repartíase todo como pan bendito entre los tertulianos,
que hincaban los dientes en la respectiva tajada, con el
aguzado apetito de quien no le ha satisfecho en quince días.
La primera vez que se habló allí de impresiones
y aventuras del reciente veraneo, tuvo Verónica la
curiosidad de preguntar en crudo al banquero que cómo
le habían sentado las aguas de Interlacken para su
dolencia, «cogida de repente en lo alto de la calle de Alcalá».
El hombre se puso verde y amarillo con la pregunta; y ya
se tiraba de la patilla para sacar la respuesta, cuando Leticia
acabó de atolondrarle afirmando muy seria que los
aires de Spá le habían sentado mucho mejor
que aquellas aguas.
Oír el general Ponce nombrar
a Spá y no traer a cuento el desafío del subsecretario
con el príncipe ruso, era cosa imposible. Como que
ese y el de Peñas Pardas eran los únicos encuentros en que se había hallado en toda su vida. Describió
el lance con gran lujo de pormenores; y júzguese de
la impresión que causarla en la tertulia el relato
de un suceso que era popularísimo en Madrid, con todos
sus precedentes y motivos. Leticia aguantó el golpe
con la serenidad de una estatua de piedra, con gran asombro
del banquero, que se gozaba en el castigo que hallaba su
injustificada mordacidad con él, en la imprudente
alusión de su propio marido.
En cuanto a Verónica,
ofendido y todo por ella don Mauricio, no pudo éste
menos de admirar la destreza con que estuvo al quite de aquella
feroz embestida del general, y sacó del angustioso
apuro a su mujer, llevando la conversación a otro
terreno. En el cual se mencionaron los sesenta mil duros
perdidos en Baden-Baden por Gonzalo Quiroga, y los triunfos
de Sagrario en las mismas aguas, y se discurrió largamente
sobre lo que acontecería después al elegante
matrimonio, cuyo paradero se ignoraba a la sazón,
aunque se sabía que había estado también
en Constantinopla por exigencia terminante de Sagrario.
De este aire y de este corte fueron los asuntos que ocuparon
a los contadísimos tertulianos de la marquesa durante
muchas noches; y como éstos eran pocos y rara vez
asistían juntos, porque había que atender a
todo, y los modos de entretenerse allí tan limitados,
el tedio llegó a invadirlos y tuvo la marquesa que
templar un tantico la rigidez de su programa fúnebre,
echando otra leva entre sus íntimos y tolerando en
casa ciertos recreos de poca baraúnda.
En esto del
tedio, hay algo que advertir por lo que toca al banquero,
por de pronto. No se divertía don Mauricio gran cosa
que digamos; pero de aquella misma insubstancialidad de conversaciones,
de aquella pequeñez de concurrencia, sacaba él
atrevimientos y familiaridades de que estaba muy necesitado
para contrarrestar los invencibles titubeos de su naturaleza.
El haber sido testigo presencial de la muerte del marqués,
y hasta «la casualidad» de haberle «precedido», inmediatamente
«en el uso de la palabra», le proporcionaron motivos para
entretener largamente a aquellas señoras con minuciosos
pormenores sobre el lamentable acontecimiento, cuando no
se hablaba en la casa de otro asunto. Esto solo le envalentonó
mucho y le despejó el camino por donde fue aproximándose
poco a poco al trato casi familiar con la viuda y con su
hija. Pensaba que tenía una gran «misión de
consuelo» y hasta de amparo que cumplir allí, desde
que vio el buen éxito de sus fúnebres narraciones,
y ya se movía con desembarazo delante de Verónica,
hablaba con ella sin que se le atravesaran las palabras en
el gaznate, y dedicaba largos ratos a conversar con la marquesa
en voz baja y, al parecer, en la mayor intimidad. Por este
lado, pues, el banquero no tenía motivos para lamentarse
de la insipidez de la tertulia.
Harto más arraigado
estaba e invencible parecía el tedio de Verónica.
Desde la muerte de su padre, o mejor dicho, desde que pasaron
con los primeros días siguientes a ella los estrépitos
del ceremonial del duelo y los trámites minuciosos
de la preparación de los lutos, que le tuvieron cautiva
la atención, había vuelto a caer en aquellas
tristezas que le asaltaron de pronto al volver de su viaje
de verano. Las causas, según su propio discurso, eran
las mismas de entonces, en lo fundamental del fenómeno;
pero, según mi desapasionado entender y con los autos
a la vista, puede haber un error muy considerable en aquel
diagnóstico, por lo que toca a las fuentes mediatas de la enfermedad. En la primera invasión de ella declaraba
la enferma que podía haber contribuido mucho a su
alivio la presencia del único hombre de fuste y de
consejo que conocía entre los amigos de su casa. En
la recaída tiene a este hombre a su lado, que se afana
por entretenerla, que la aconseja bien y lleva sus miramientos
y delicadezas al extremo de olvidar, o de aparentar que olvida,
que hay entre ambos un duelo galante convenido y aun comenzado.
Nunca la conversación de Guzmán ha sido tan
varia, ni se le ha visto tan decidido a utilizar las provisiones
de su memoria de artista y los recursos de su juicio de filósofo
práctico, para que no decaiga el interés de
sus relatos y comentos... Porque es indudable que Pepe Guzmán
está convencido, o parece estarlo, de que las preocupaciones
y tristezas de Verónica tienen el arraigo en el pasado
suceso, en el temor de otro semejante y en algo que se relaciona
inmediatamente con todo esto, que es lo mismo que la propia
enferma acepta como fundamento y origen de su enfermedad;
y sin embargo, y mientras él la habla y en tanto discurre
por aquellas alturas, ella, con una impaciencia y un disgusto
que disfraza con síntomas de su desconcierto nervioso,
va pasando: «¡no es eso!..., ¡no es eso!» Y cuando él
se despide, muy ufano, ella se queda más contrariada;
no porque vuelve a verse sola, sino porque tampoco entonces se la ha hablado de algo de que debiera hablársela;
«porque Pepe Guzmán tiene que convencerse de que en
la situación de ánimo en que ella se encuentra,
no pueden interesarla relaciones de casos extraños, por bien hechas que estén». Y Pepe Guzmán suele
responder a estas anhelaciones faltando dos y tres noches
seguidas a la tertulia.
Con lo cual se exacerban los males
de Verónica, que tienen su asiento en la desarreglada
máquina nerviosa, y recuerda, es decir, vuelve a pensar
que hay entre ambos un grave asunto pendiente, del que parece
haberse olvidado él, o lo que es peor, que trata de
olvidarse; y entonces juzga que su conducta es muy poco galante,
quizás desleal, si bien se mira. Hay en el caso hasta
señales de menosprecio y desdén hacia ella,
y esto, esto solo, es lo que la desazona, en el estado de
irritabilidad en que se halla por un capricho de su naturaleza.
Que se reanude el litigio, que se ventile entre los dos,
o que no se ventile por completo; pero que se ponga en tramitación
de nuevo, y eso esparcirá muchos de sus nublados y
dará alguna entonación al cordaje destemplado
de su máquina... Todo eso la debe el desertor, hasta
por obra de misericordia. ¿Llegará a pagárselo?
Y si no se lo paga por buenas, ¿debe reclamárselo
ella... de cierto modo? ¿Autoriza esta conducta la importancia
de lo tramitado hasta allí? Y en caso negativo, ¿no
se encuentra ella en condiciones excepcionales que justificarían
eso y mucho más?... Se miraba al espejo, y veía
las huellas de sus extrañas melancolías en
la palidez de su rostro, destacándose con doblada
intensidad sobre el fondo negro mate de su luto rigoroso;
y como nadie la oía, se confesaba a sí propia
que valía más así, con su palidez interesante,
sin haber perdido la corrección y turgencia de sus
formas, que con la peste de salud y bienestar que se reflejaba
antes en su cara. Esto no podía desconocerlo Pepe
Guzmán, que era hombre de buen gusto. Además,
a una mujer agobiada, como ella, por las tristezas, le era
sumamente fácil ir eslabonando, en la larga cadena
de sus preocupaciones, esbozados sentimientos de todas castas;
apuntar insinuaciones, conmover hasta con el acento y la
actitud... Pero ¿no resultaría esto ridículamente
sentimental, impropio de una mujer de su carácter
y de sus precedentes, y no produciría, por tanto,
el efecto contrario al que se buscaba? ¡Tendría que
ver un resultado así! ¡Cabalmente era Pepe Guzmán
el hombre cortado para tomar en serio esas farsas de los
galanteos románticos del año treinta y siete!
Pero algo había que hacer, si el otro no lo hacía
espontáneamente; porque aquello no podía quedar
así, en la situación de ánimo en que
ella se encontraba. Antes lo necesitaba para satisfacción
de su femenil curiosidad; entonces le era indispensable para
curarse de aquella inquietud nerviosa que no admitía
otra medicina y era un simple fenómeno de su ridícula
enfermedad.
Tales son los hechos que arrojan los autos,
en virtud de los cuales bien cabe deducir, como antes afirmé,
sin gran temor de equivocarse, que se pudo engañar
la enferma en el diagnóstico de su recaída,
hasta el punto de ver las cosas enteramente al revés
de como pasaban.
Y continúo ahora diciendo que Pepe
Guzmán volvía a la tertulia tan fino, tan cortés,
tan elegante y tan buen mozo como siempre; tan atento, deferente
y cariñoso con Verónica; pero que del litigio
pendiente con ella, ni una palabra; y que Verónica,
en quien se aumentaban las impaciencias con las dificultades,
llena de heroicos propósitos de tirarle de la lengua
cuanto más él la escondía, nunca hallaba
ocasión de practicarlos, por sus invencibles temores
a salirse de la raya.
Así fueron corriendo los días
y las semanas y aun los meses; llegó a ajustarse la
tertulia, aunque siempre de confianza, a otro ceremonial
menos insípido, y casi bastó para ello la vuelta
de Sagrario, que traía impresiones que relatar, hasta
de entrevistas con el Gran Turco, mientras su marido, más
gangoso que nunca, y alicorto y desvaído, como gallo
desplumado, apenas daba señales de lo poco que antes
fue, para sacar algunas veces de sus centros al solemne don
Mauricio, que no se desconcertaba allí tan fácilmente
como solía; jugaban ya las cotorronas al tresillo,
y, con excepción de la música y del baile,
se hacía allí a todo lo del año pasado
entre los íntimos, siendo la enfermedad gravísima
de la marquesa obstáculo que no estorbaba para nada,
porque, de puro sabido, nadie reparaba en él.
Una
noche, conversando Pepe Guzmán con su amiga, y cuando
ya ésta comenzaba a curarse de sus impaciencias mortificantes
con la cuerda reflexión de que no hay tesoro que merezca
este nombre si cuesta adquirirle más de lo que vale,
con la serenidad y el aplomo de quien cumple así lo
establecido en un programa, hizo él malicioso y experto
galán punto redondo en los temas vagos que hasta allí
le habían servido desde algunos meses antes para entretener
las displicencias de Verónica, y la condujo de repente
al terreno que tanto ambicionaba ella; quiero decir, volviendo
al símil tan repetido, que la retó de nuevo
y que hasta se puso en guardia.
La retada sintió
entonces una fuerte sacudida en lo más hondo y sensible
de su pecho, y algo como reacción de todo su organismo
físico y moral; chispeáronle los ojos, asomó
la sonrisa a sus labios, y con la decisión de un valiente
avezado a jugarse la vida en esos lances, aceptó el
reto sin excusa y ocupó su terreno sin tardanza. Llegaron
a cruzarse los aceros; pero en el instante en que parecía
que iba a empeñarse la lucha con todo encarnizamiento,
suspendió Pepe Guzmán sus acometidas, miró
el reló, tendió la diestra a Verónica,
puesto en actitud de marcharse, y la dijo con singular expresión
de acento y de mirada:
-Tenemos que hablar de estas cosas
muy despacio. Hasta mañana.
Y se marchó, tan
fino, tan elegante y tan «correcto» como había entrado.
  - XV -
En aquella memorable noche, ¡con qué lentitud corrieron
para mí las primeras horas de ella! Desde la muerte
de mi padre me acompañaban a la mesa dos solteronas,
primas de él, y no muy sobradas de recursos, aunque
sí de bambolla: los parientes más cercanos
que me quedaban por la rama paterna, pues por la materna
los había tan próximos y más abundantes,
según mis noticias, aunque yo no los conocí
jamás, porque, también según informes
oficiosos, hubo invencible empeño en ello de parte
de quien tenía el deber de empeñarse en lo
contrario. Pues comiendo conmigo aquella noche las dos parientas
mencionadas, estuve a pique de cometer con ellas los mayores
desatinos. Me sabía de memoria su fealdad, sus presunciones
y bambollas, su incurable fisgoneo, y estaba bien avezada
a sus bachilleradas y pegoterías, sin que nada de
ello influyera desfavorablemente en el sentimiento, de compasión
más que de otra cosa, que las pobres señoras
me inspiraban; pero en aquella ocasión me pareció,
su fealdad insoportable, me repugnaba el buen apetito con
que comían, y me causaban escalofríos y convulsiones
su voz, sus palabras y sus ademanes. Sin poderlo evitar,
las remedaba con mis gestos; y para contradecirlas, que era
en todo cuanto hablaban, remedaba también sus voces
con la mía. Las hubiera tirado con los platos de muy
buena gana, y no me diera por satisfecha sin arrojarlas a
escobazos del comedor.
»¡Y todo ello porque comían
muy despacio, y hablaban mientras comían y mientras
descansaban entre servicio y servicio, creyendo las pobrecillas
que cuanto más hablaran y más comieran, mejor
se acomodaban a mis deseos; y a mí se me figuraba
que por comer y por hablar ellas tanto, no corrían
las horas lo que debían correr, y correrían
indudablemente en cuanto cesaran aquella masticación
inacabable y aquella charla insufrible!
»Consigno estas
puerilidades para dar una idea de la tensión en que
se hallaba «mi curiosidad» desde que Pepe Guzmán,
dejándome la noche antes a media miel, se había
despedido de mí «hasta mañana» para «hablar
muy despacio de esas cosas» ¡Y qué natural y sin trastienda
me parecía a mí aquel ansia por ver en qué
paraba la porfía galante que yo tenía empeñada
(y era la primera en toda mi vida) con el hombre de más
prestigio entre las damas de aquel tiempo!
»Terminó
la comida en menos de tres cuartos de hora, aunque yo hubiera
jurado cosa bien diferente, y continuó la noche, a
pesar de ello, andando, para mí, a paso de carreta.
Encerreme en el tocador, por segunda vez en pocas horas,
y pasé largo tiempo (que de esto sólo hubiera
jurado yo que se trataba) consultando con el espejo las innumerables
combinaciones de toilette que se me ocurrían con los
escasos elementos que me prestaba el luto, algo aliviado,
que aún vestía. ¡Cosa más singular!
Cuanto más combinaciones inventaba, más semejanzas
iba hallando con las cataduras de mis tías. Concluí
por reírme de mis alucinaciones estrambóticas;
salí del tocador, y ayudé, sin ser hora todavía
para ello, a arrastrar a mi madre en su sillón hasta
el saloncillo en que recibíamos las visitas.
»Al
fin, comenzaron allegar algunas de ellas: las viejas del
tresillo; después, los hombres que les hacían
la partida; luego, la condesa viuda de Picos Pardos, mi madrina,
¡gran charlatana!; en seguida, Aljófar, «nuestro poeta»,
que ya nos tenía ensordecidos de oírle plañir
elegías a la muerte de mi padre, y cansados de atacarle
el estómago de pastas y amontillado; Leticia, con
su marido... y el subsecretario de Gobernación; Luzán
de los Airones, caballero de la más preclara nobleza,
pero simple de remache; Sagrario, con un hermoso turco recién
llegado a la Legación de Constantinopla, al cual se
permitió presentamos, contraviniendo a las órdenes
de mi madre, con la disculpa de que aquella noche no era
de tertulia casera, sino una de las tres semanales en que
se recibía, «con más o menos descaro»; tras
esta pareja, otras gentes más o menos simpáticas...
En fin, todos menos él..., ¡hasta don Mauricio Ibáñez,
con una cantera de pedrería sobre su cuerpo, reluciente,
bruñido, acicalado e insinuante, como nunca le había
visto yo! De puro cumplido, le faltó muy poco para
besar la mano a mi madre, como los paladines de teatro. Conmigo
fue un caramelo tierno.
»Mientras la tertulia se rebullía
sin orden ni concierto, yo andaba de acá para allá,
poco dispuesta a entretenerme con frivolidades de corrillo
o cumplimientos resobados. En una de estas evoluciones de
zigzag, introdújeme en el gabinete frontero, abierto
de par en par, y púseme a desarreglar cachivaches
y muñecos que estaban bien colocados. En esta ocupación
me entretenía, cuando se me aproximó el banquero
ofreciéndome su ayuda. Le di las gracias con la menor
sequedad que pude, y me pidió la merced de un cuarto
de hora para escucharle lo que tenía que decirme.
Me hizo estremecer la súplica. Yo debía barruntar
algo por el estilo en cuanto vi llegar al hombre a la tertulia
tan cargado de joyas y de alientos; pero no lo barrunté.
El asalto ocurrió junto a la chimenea del gabinete;
es decir, a la vista de la mayor parte de los tertulianos,
y frente a frente del sillón de mi madre.
»-Pues
hable usted -le dije, apoyándome en el borde de la
meseta de la chimenea para quitarle a él hasta la
tentación de sentarse.
»Y «rompió a hablar»
el hombre, a su manera, entre bascas y trasudores, gemidos
y apoyaturas; y habló así (a medir el tiempo
con mis impaciencias, más de dos horas), según
el reló inmediato, los diez minutos bien corridos
de su instancia. Sin embargo, todo lo que dijo no fue más
que el prólogo de lo que pensaba decirme. Y de lo
dicho deduje que tenía un caudal «atroz», y una suerte
báaarbara para los negocios, por lo cual esperaba
acrecentar sus caudales hasta lo absuuurdo; que no era el
mismo hombre «tope a toope» con una dama como yo, que «cara
a caara» con el ministro de Hacienda «para plantear un asunto
de sus especulaciones... y tal y demás», y hacerse
plaza y lugar entre los más respetados en aquellas
regiones y las circunvecinas, porque no todas las gentes
servían para todo; que si le faltaban prendas para
brillar entre las damas tanto como campaba en el «mundo financiero»,
no era esa una razón para que él renunciase
al propósito, bien honrado, de que lucieran en gloria
y bienestar de una mujer de su agrado, «de estas prendas
y las otras... y tal y demás», los esplendores de
sus caudales; y que si no, ¿para qué los quería?
Porque él podía ser ambicioso, pero no tanto
como hombre de sano corazón y de nobles miras.
»Todo
esto le comprendí; todo esto deduje de sus intrincados
períodos, y todo ello me dio bien claro a entender
a dónde pensaba ir a parar por aquel camino. ¡Eso
sólo me faltaba! ¡Y en qué ocasión venía!
¡Estar soñando con néctar de los dioses, y
despertar con aquella melaza entre los labios!
»Yo no sabía
qué hacer ni qué decir. Le felicité
por sus caudales y por sus honrados pensamientos, y traté
de que no pasara de allí el asunto, aparentando creer
que aquello era todo lo que el banquero tenía que
decirme... Ocurrióseme también la idea de abreviar
el suplicio dándome por entendida de la instancia
y plantando en seco al exponente; pero ¿podía ser
yo tan descortés con un hombre que no me había
dado motivos para ello? ¿Y no me exponía también
a que él me diera una lección, hasta de prudencia,
afirmando que yo me curaba en sana salud, porque jamás
había soñado con temeridades como la supuesta
por mí? No tuve más remedio que resignarme
a oírlo todo, cuando, deteniéndome en una de
mis acometidas para marcharme, me dijo, casi lloroso de puro
dulzón y suplicante:
»-Falta la segunda y última
parte de mi pretensión, o, mejor dicho, la pretensión
enteera. Le juro a usted que se la expondré en cuaaatro
palabras.
»Y me la espetó, el condenado, en muy pocas
más... ¡La misma con que yo contaba!
»En aquel instante
vi entrar a Pepe Guzmán en el saloncillo. Este rudo
contraste acabó de desconcertar la máquina
de mis nervios. Claro que yo tenía que responder que
no a las terminantes pretensiones del banquero; pero debía,
siquiera, mostrarme deferente con sus buenas intenciones;
darle la píldora, eso sí, pero no sin dorársela
un poco, y para ello se necesitaba tiempo y serenidad, y
hasta buen humor, y todo esto me faltaba a mí: el
tiempo, porque me urgía para asuntos más de
mi agrado; y la serenidad y el buen humor, porque no era
posible poseerlos en una situación como la mía
después de haber recibido a quemarropa un disparo
como aquel. Adopté, pues, un temperamento mixto: el
cumplido ramplón, las generales del Manual de la joven
pudorosa y bien educada, suponiendo que exista... «Me sorprendía
la pretensión..., carecía de precedentes...,
hasta de merecimientos... El asunto era gravísimo...
aun para expuesto de aquel modo, cuanto más para tratado
a la ligera... A mí me iba bien con la vida que traía...,
no había pensado en abandonarla tan pronto... y, en
fin, que ya se presentaría ocasión más
oportuna para hablarle yo del caso, con toda libertad y con
mayor franqueza...»
»Con lo cual y una forzada sonrisa,
el correspondiente ademán y la disculpa de que me
llamaban desde la sala, escapéme del gabinete sin
estudiar con los ojos la impresión que mis respuestas
habían causado en las profundidades del banquero.
»Al pasar, noté que conversaban, en correcto francés,
junto al piano cerrado, Leticia y el hermoso turco; y en
los pocos instantes que me detuve con ellos, se acercó
Sagrario a nuestra amiga, cuyo tipo componía admirablemente
con el castizo oriental, para decirla en castellano:
»-Te
recomiendo mucho que le trates como a cosa mía; pero
no abuses.
»¡Qué presentes tengo hasta las pequeñeces
de aquella noche!
»Pepe Guzmán me salió al
encuentro con la misma serenidad y aparente indiferencia
que si no hubiera entre nosotros lance alguno pendiente.
¡Y a mí me temblaba la mano al sentir el contacto
de la suya! Hubiera jurado en aquel instante que me daba
miedo su compañía. Tal era mi ofuscación,
que ya comenzaba a darme un poco en qué pensar; y
no es extraño enteramente: al fin y al cabo, aquel
lance era el único aceptado por mí en todos
los días de mi vida.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»¿Cómo empezó la escena? Hay que advertir
que, con los preliminares orillados ya, quedaba en ella muy
poco asunto que ventilar: digo mal, quedaban pocos trámites
que seguir, porque el asunto, entero y verdadero, estaba
contenido en lo que faltaba por esclarecer. Traduciéndole
al lenguaje llano de la verdad, sin metafísicas ni
sentimentalismos; considerándole fría y prosaicamente
desde afuera, se trataba de que Pepe Guzmán me declarara
que todos los elementos que él creía necesitar
para que se fundieran los convenidos hielos de sus desilusiones,
se reunían en mí, y de declararle yo, a mi
vez, que en él se hallaban las prendas que me obligarían
a renunciar a mi propósito, tan bien seguido hasta
entonces, de no tomar en serio los galanteos. Todo ello,
expuesto así tan desnudo, resulta cursi, y hasta el
detenerme yo a declarar que lo es, pues por sabido debiera
callarse; pero de algún modo ha de saberse que otros
toques, más cursis aún para referidos, como
lo de las condiciones que necesitaba él en una mujer
para salir de su escondite, y lo de las prendas de que había
de estar adornado un hombre para que yo me decidiera a quererle,
etc., etc., ya se habían dado en el cuadro con toda
la premeditación y hasta el ensañamiento y
la alevosía que caben en un galán muy listo
y escarmentado, y en una dama no tonta y menos dispuesta
a perder el tiempo en juegos insulsos.
»Y a tal extremo
llevo yo estos mis temores a lo cursi, que aun contando con
que cualquiera que estos Apuntes lea tendrá su alma
en su almario y sabrá dar a las cosas la necesaria
luz y el apetecido temple, renuncio a reproducir el diálogo
literalmente, tal como lo conservo en la memoria. Precisamente
comenzó la escena por ahí; es decir, por manifestarme
Pepe Guzmán su convencimiento de que el lenguaje,
como expresión de afectos íntimos y delicados,
que tienen su principal incentivo en el fulgor de una mirada
o en el contacto sutil de dos epidermis, estaba todavía
sin hacer; tanto, que, en su concepto, hablar de lo que íbamos
a hablar nosotros con los términos usuales del diccionario
vulgar, era como empeñarse en tejer hilillos del rocío
con palitroques sin pulir. Me pareció algo extremada
la comparación, pero también muy al caso; y
por lo que en ella me correspondía, se la agradecí
de todo corazón. Por de pronto, nos dieron motivo
estas y otras sutilezas semejantes para entrar en materia
por caminos poco trillados por el vulgo de los que platican
de amores; y este nuevo encanto tuvo para mí aquella
escena memorable.
»Pero ¡qué diestro era el maldito
en esta clase de empeños!, y yo, a pesar de mi fama
de insensible y de mi reputación de traviesa, ¡cómo
me dejaba conducir por donde él quería llevarme!
Al principio su misma frescura me desalentaba algún
tanto, porque llegué a temer que en aquel combate
a muerte no hubiera más ardimientos que los míos,
y que terminara por ir a clavarme yo, como una tonta, en
la punta de su espada; pero bien luego observé que
me engañaba, cuando vi reflejada en sus ojos, en su
voz, en cada uno de sus ademanes, la elocuencia fascinadora
del lenguaje que no se habla ni se escribe, pero que se deja
leer y penetrar hasta lo más hondo de su sentido.
Jamás había visto a Pepe Guzmán así,
ni, por consiguiente, tenido ocasión de estimar la
fuerza arrolladora que cabía en este nuevo aspecto
de su trato conmigo. Halleme, pues, desprevenida e indefensa
en aquel inesperado trance de prueba; perdí mi poca
serenidad, y pareciéndome que el castillo no se desmoronaba
tan aprisa como lo querían mis desatinadas impaciencias,
yo misma puse mis manos en él, y me atreví
a arrancar sus sillares, uno a uno, hasta dejarle arrasado.
El trabajo fue rudo, pero la conquista más señalada.
Los recios muros, que parecían inexpugnables, estaban
convertidos en escombros, el hielo proverbial se había
fundido.
»El conquistado paladín, al verme dueña
y señora de su última trinchera, reclamó
el derecho de tomar el desquite en la que me restaba de las
mías, y reconocísele yo de buena gana. Comenzó
el asalto; pero no necesitó grandes esfuerzos, porque
bien pronto me declaré rendida.
»Entonces...,¡oh!,
entonces, si mintió en lo que me dijo, no hay verdad
que valga lo que aquellas mentiras. Si todo era una comedia,
¡qué bien la representaba! Pero, fueralo o no para
él, para mí era una hermosa realidad de la
vida la parte que desempeñaba yo en la escena con
todo mi corazón.
»Y ¿a dónde íbamos
los dos por la florida senda en que acabábamos de
encontramos como dos pastores de un idilio algo realista?
Ni él me lo había dicho, ni yo se lo había
preguntado, ni, en honor de la verdad y de la buena casta
de mi ardoroso sentimiento, por no decir amor, se me ocurrió
semejante pregunta. En determinadas situaciones, nacidas
de circunstancias y precedentes como los que habían
creado la nuestra, no se discurre como en los trances ordinarios
de la vida. Se aceptan a ciegas para no retroceder... El
paradero, Dios le sabe.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Cuando hubo salido de nuestra casa el último de
los tertulianos, me llamó mi madre a su habitación.
Estaba ya acostada gran rato hacía.
»-Siéntate
-me dijo en cuanto me tuvo delante-, y cierra esa puerta,
porque tenemos que hablar despacio sobre cosas que no deben
ser oídas.
»Extrañome la advertencia; pero
cerré la puerta y me senté sin decir una palabra.
»-¿Sabes -me preguntó en seguida-, cómo ha
quedado nuestro caudal a la muerte de tu padre?
«No lo sabía
a punto fijo, aunque sospechaba que no debía de haber
quedado muy floreciente, y así se lo manifesté
a mi madre.
»-Pues no te equivocas -añadió-,
aunque es difícil que adivines hasta qué punto
llegan las mermas de lo que habla, y el desbarajuste de lo
que nos queda. Una semana ha necesitado Simón...,
mejor dicho, he necesitado yo, para que él me ponga
al corriente de todas esas cosas en que estoy obligada a
entender desde que falta tu padre. ¡Qué despilfarros,
hija mía, y qué barullos!... Lo que Simón
dice: «aquí no se ha tratado más que de pedirle
dinero; grandes sumas, cada vez más grandes, sin pararse
a considerar que no siempre lo hay disponible, y que cuando
no lo hay así, el adquirido de prisa cuesta muy caro;
y de este modo se van eslabonando unas trampas con otras...
hasta que se llega al punto a que se ha llegado en esta casa».
No vayas a creerte, hija mía, por esto que te digo,
que estemos a pique de salir a pedir el pan que hemos de
comer mañana; pero lo cierto es que el estado de nuestra
fortuna es, relativamente, muy grave; que llegará
a serlo mucho más si no se le pone luego el remedio
que necesita, y que hay que decidirse a ponérsele,
sin la menor tardanza.
»A mí se me ocurrían
muchas cosas que decir a propósito de estas juiciosas
ideas de mi madre, que parecía no acordarse de que
habían sido sus enormes despilfarros la causa principal
del desastre de que se lamentaba. Pero seguí callando
y oyendo, hasta ver en qué paraban sus reflexiones
y sus planes.
»-Simón -continuó diciendo-,
no sé si es todo lo leal y sencillo que parece, o
si de nuestro río revuelto ha logrado sacar las buenas
ganancias que se le ven, y otras mayores que, según
dicen, están ocultas; por de pronto, me consta que
a tu padre le daba buenos consejos, y que él no quería
tomarlos en consideración: tenía el pobre bastante
bambolla, y esto le perdía. En dándole dinero
abundante para satisfacerla, ya todo le era igual... Pero
vamos al caso: sea Simón lo que fuere y valiendo lo
que vale como inteligente administrador, no basta él
para lo que hay que hacer aquí; porque ese milagro
no ha de hacerse sólo con inteligencia, sino también
con buenos puntales y con cierto interés... En una
palabra, hija mía: en esta casa se necesita un hombre,
rico, muy rico, que reemplace, no a Simón, sino a
tu padre, en la dirección de ella... ¿Me comprendes
bien?
»Creí comprender algo, que no me molestaba
ciertamente, porque no estaba reñido con el recuerdo
que llenaba mi memoria e informaba entonces todos mis pensamientos;
pero, por si me equivocaba, respondí a mi madre que
no. Pareció algo contrariada con la respuesta, y añadió:
»-Es necesario que te persuadas de que todo esto que te
digo y lo que aún he de decirte, y los cuidados que
me preocupan, no tienen más objeto que tu bien. Si
de mí sola se tratara, muy distinto sería mi
modo de pensar... Es tan poco lo que me resta de vida, que,
por escasos que sean mis caudales, ha de sobrarme lo más
de ellos... porque tengo el convencimiento, hija mía,
de que he de vivir muy poco tiempo, ¡muy poco!, mucho menos
de lo que tú te figuras..., y por lo mismo, me afano
tanto hoy; porque si me muriera yo dejando las cosas en el
estado en que se hallan, seria muy desdichado tu porvenir.
El legado de tu abuelo no alcanza a cubrir tus necesidades
en el pie en que estás educada y has vivido hasta
aquí; y en cuanto a lo restante de nuestros bienes,
tan embrollado hoy, ¿cómo estaría mañana
en manos de una mujer sin experiencia y sin amparo? Porque
tú, muerta yo, te quedarás sola..., enteramente
sola; y esto, aun con mucho dinero y grandes rentas, es muy
triste... En una palabra, hija mía, y para cansarte
menos, ese hombre que se necesita aquí, inteligente
y rico, no ha de ser un administrador, ni un asociado como
otro cualquiera, sino tu marido. ¿Me entiendes ahora?
«Era
lo mismo que yo había sospechado antes; y como no
salía con ello de mis dudas, dije a mi madre que continuara
explicándose, si es que tenía más que
advertirme, como me lo iba temiendo yo; y añadió
entonces:
»-Tengo ese hombre inteligente y rico que tanta
falta te hace.
»Desde luego aposté en mis adentros
a que no era el único que yo aceptaría, y hasta
supuse quién podría ser el que me proponía
mi madre.
»-No hace aún dos horas que me ha pedido
tu mano -continuó aquélla, viendo que yo nada
decía.
»Don Mauricio -apunté sin temor de
equivocarme.
»El mismo -repuso mi madre. »No me dio algo
allí, porque, después de mi entrevista con
el pretendiente, ya no podía admirarme nada que fuera
de la especie de lo que le había oído a él;
pero en la acogida que habían merecido a mi madre
sus pretensiones, no dejaba de haber motivo para sorprenderme,
y así se lo manifesté a ella.
»-Contaba con
eso -me replicó-, porque desde luego supuse que sería
una ofuscación suya lo de los grandes alientos que,
según me dijo, le habías dado en tu respuesta;
pero también contaba y cuento con tu buen juicio,
con tu serenidad... y con el aprecio que has de hacer, por
lo mismo, del consejo de tu madre, que no puede desear para
ti sino lo mejor...
»Aquí comencé yo a tomar
la cosa por lo serio, y se entabló una porfía,
muy tenaz por mi parte; la cual atajó mi madre diciéndome
con desusada dulzura:
»-Todo eso será verdad, y
más que me cuentes; pero ¿y qué? ¿Serías
la primera mujer joven y hermosa, y aun noble y rica, casada
con un Creso feo... y hasta vicioso... y hasta ridículo,
si quieres? De esto se ve todos los días, porque hay
muchos motivos y grandes razones para que se vea... Quiero
concederte todavía más: quiero suponer que
tuvieras el corazón interesado por un joven hermoso,
discreto, noble..., en fin, lo contrario enteramente de don
Mauricio; y no quiero suponerlo, sino creerlo, porque así
es la verdad, o yo no tengo ojos en la cara; supongo, pues,
digo mal, creo que tienes el corazón interesado por
un hombre así..., por Pepe Guzmán, en una palabra...
Pues mejor que mejor para mis planes, y para tus conveniencias
por consiguiente.
»Aquí me asombré ya mucho
más que antes. Conociolo mi madre, y continuó
así:
»-Te lo repito y te lo demuestro. Los hombres
como Pepe Guzmán, no sirven para lo que tiene que
servir aquí tu marido; y aunque sirvieran, no querrían,
porque los ejemplares de esa casta... no se enamoran para
casarse.
»Me ofendió el dicho como debe ofender un
bofetón.
»-Eres una novicia todavía -añadió
mi madre al notarlo-, aunque te juzgas y te juzgan los que
no te conocen tanto como yo, llena de malicias y de experiencia.
Yo soy vieja ya, y tengo de todo eso mucho más que
tú para estas cosas del mundo. No se enamoran para
casarse los hombres como Pepe Guzmán; y te añado
que aun cuando éste quisiera ser contigo una excepción
de la regla, tú no deberías consentirlo.
»-¿Por
qué? -exclamé sin poderme contener.
»-Por...
varias razones -respondió mi madre muy serena y bajando
más la voz-. Y vamos a tratar este punto con toda
franqueza, porque en él se encierra toda la cuestión.
Por de pronto, los hombres de cierta pasta..., como la de
ese, son una calamidad para maridos de las mujeres a quienes
han amado solteras: la razón es que los hábitos
adquiridos en el mundo en que han vivido los hace incompatibles
con lo que se llama, muy fundadamente, «prosa de la vida
conyugal». Comienzan por desencantarse y por aburrirse, y
acaban por desviarse... Es ley infalible: la cabra tira al
monte... Y lo que digo del hombre de esas condiciones, es
aplicable a la mujer... de las tuyas. ¿Amas a Pepe Guzmán?
Pues ten por seguro que dejarías de amarle si te casaras
con él.
»-Pero, Señor -pensé aturdida
al oír esto-, ¡también mi madre!... Porque
esta es la teoría de Sagrario... y la de Leticia,
o yo no estoy en mis cabales... ¿Es que hay algún
mal espíritu encargado de conducirme a donde yo no
quiero ir?
»-¿Te asombras? -preguntome mi madre, conociendo
lo que me pasaba -. Acaso no me haya explicado bien; porque
en mis intenciones no hay motivo para ello. Si te hubiera
puesto el ejemplo de tus dos amigas más íntimas,
y de tantas otras que conozco y que conoces lo mismo que
yo; si te hubiera dicho: «te conviene para marido el hombre
que te he propuesto, por lo mismo que es raro y tiene vicios
y mala fama; o lo que es igual, todo lo que necesita por
pretexto una mujer de mundo para lograr de casada, con cierto
derecho, lo que no le es lícito a una soltera»; si
hubiera pretendido yo que aceptaras al banquero antipático
para sostén y pantalla de debilidades y caídas
con los galanes de tu gusto; si fueran estas mis intenciones
al decirte lo que te he dicho, tendrías razón
para sorprenderte; pero se trata de cosa muy distinta y más
honrada. Don Mauricio es hombre del día; entiende
sus conveniencias, y por ello respetaría las tuyas...,
porque tú no habías de pretender nada que no
fuera usual y admitido entre las mujeres de tu rango; y como
no le amas ni puedes amarle, no hay que temer en ti los desencantos
ni las terribles consecuencias que éstos traen en
los matrimonios por amor. Por añadidura, serás
libre y considerada, y tendrás quien guarde y prospere
tu hacienda, y te mantenga en la abundancia que necesitas
para vivir sin contrariedades ni privaciones. Esto quiero
para ti; esto puedo proporcionarte, y con esto te brindo...
¿A qué respetos falto, ni a quién ofendo con
ello?
» ¡A qué respetos faltaba!..., ¡a quién
ofendía con ello! ¡Y a mi se me amontonaban en tropel
las respuestas que estaban reclamando aquellas preguntas
inconcebibles en labios tales; corolarios artificiosos, o,
cuando menos, muy mal deducidos de unas teorías repugnantes
a mi naturaleza de mujer de honradas inclinaciones y a mis
sentimientos de enamorada! Y pude dominar mi indignación,
por respeto a las intenciones de mi madre, que no eran, que
no podían ser las que cualquiera tendría derecho
a leer en la letra descarnada de sus precedentes advertencias,
encomios y recomendaciones; cualquiera menos yo, que conocía
hasta qué punto cegaban a aquella señora las
pompas y vanidades del mundo, y con qué facilidad
transigía con los riesgos más graves, si la
costumbre los autorizaba y si sus planes de bambolla los
pedían. «¡Dinero, dinero a todo trance, y mundo esplendoroso
en que lucirle! « Este venía a ser, en substancia,
el objeto, el fin, la aspiración única, y hasta
la religión de mi madre, y por eso, creyendo de buena
fe que en ello trabajaba por mi felicidad, al ofrecerme por
marido a don Mauricio, intentaba, con tan poca prudencia,
desvanecer los escrúpulos que yo tuviera para aceptarle.
»Respondí, pues, lo menos que pude; pero aun así,
estuve dura con ella.
»Continuó la entrevista un
buen rato todavía, hasta que me dijo:
»-No puedo
más, hija mía. El hablar me fatiga mucho, como
ves, y las molestias y los dolores se me agravan. Estoy hecha
una ruina..., vivo de milagro, no hay que darle vueltas...
Dejémoslo aquí por hoy; y ahora, recógete...
y medita; pero con serenidad, con todo tu discernimiento.
Pésalo y mídelo todo bien... y ya verás
cómo, al fin y al cabo, vamos a estar de acuerdo.
»¡Qué horas las de aquella noche, Dios mío!
¡Y yo que, muy pocas antes, esperaba encontrar en ellas los
más regalados sueños de mi vida!
»¡Que pesara...,
que midiera!... Y ¿en qué otra cosa que en pesar y
en medir lo que mi madre quería, podía yo emplear
aquellos siglos de tinieblas en la tortura de mi lecho?
»No es para descrita, por su complicación y colorido
de pesadilla, mi batalla mental; pero merece apuntarse el
hecho de que cuando las primeras claridades del alba vinieron
a orientarme en el antro y a desvanecer las últimas
visiones de mi enardecida fantasía, sobre el montón
de ruinas a que en ella habían quedado reducidos los
abigarrados ejércitos de fantasmas, comencé
yo a levantar los cimientos de otro plan que pensaba poner
en obra muy en breve.
»¡Que Dios le libre a un hombre de
bien de que se ponga en tela de juicio su derecho a la camisa
que lleve puesta; porque con eso solo, está en muy
grave apuro de perderla!
  - XVI -
Se sorprendió mucho mi madre cuando entré
en su habitación a saludarla. Contaba con hallarme
en el temple en que me había despedido de ella la
noche antes, y me veía tranquila y sosegada, como
si nada me hubiera pasado.
»-¿Has dormido bien? -me preguntó.
»-Muy bien -respondí tan ufana como si fuera verdad.
»-Luego no has meditado... »-Ha sobrado tiempo para todo.
»-¡Yo he pasado muy mala noche! »-Y debía ser cierto,
porque parecía un cadáver; pero, así
y todo, dudo que su noche fuera más mala que la mía.
Díjela que lo sentía en el alma, y me preguntó,
sonriendo a la fuerza:
»-Y ¿qué has resuelto? »-Esperar.
»-¿A qué? »-Alo que resulte del plan que yo también
he formado.
»-¡Has formado un plan? »-¡Yo lo creo! Y ¿por
qué no había de formarle?
»-Efectivamente:¿por
qué no habías de formarle? Y ¿va a ser obra
larga?
»-Pienso que sea muy breve. »-Más valdrá
así.
»Muy poco más que esto hablamos entonces.
Antes de almorzar, envié, bajo sobre cerrado, una
tarjeta a Pepe Guzmán, con el ruego de que no faltara
por la noche a mi casa. Este trámite era del programa
formado por mí. Un detalle que recuerdo bien: al escribir
en la tarjeta lo poco que necesitaba, anduve tanteando fórmulas
hasta encontrar una en que no se diera tratamiento alguno
a mi amigo. ¡Y de qué buena gana le hubiera tuteado!
Pero la noche antes había quedado nuestra amistad
en el punto en que el tú, aunque se impone ya, todavía
asoma con mucha timidez a los labios.
»Durante el día
me hizo mi madre muchas insinuaciones acerca de la naturaleza
de mis planes; raterías que se caían de inocente,
para tirarme de la lengua. ¡A buena parte venía!
»Como las horas se me hacían eternas en casa, salí
en carruaje con una de mis tías, mientras la otra
se quedaba acompañando a mi madre, no sé cuántas
veces, a comprar cosas que no necesitaba y a visitar iglesias
en que ni rezaba ni leía. Y lo cierto es que mejor
estaban mis negocios para encomendados a Dios, que para otra
cosa. Pero andaban, a la sazón, mis pensamientos tan
a flor de tierra, que no se me ocurrió elevar una
súplica al único juez que podía fallar
en justicia el pleito que me desvelada.
»En estas idas y
venidas, cuidaba mucho de no encontrarme con gentes conocidas,
o de fingir que no las había visto, si el encuentro
era inevitable. ¡Y cuántas de ellas vi! Parecía
que el diablo se empeñaba en ponérmelas delante
y que se había encarnado en mi tía; porque,
como si no me acompañara para otra cosa, no cesaba
de apuntármelas con el dedo, ni de exclamar: «¡Mira
Fulano!» «¡Mira Menganita!...» «Casa-Vieja te saluda...»
«Agur, Ramiro». ¡La hubiera arrojado por la ventanilla de
muy buena gana!
»Llegó la hora de comer, y comí
tan poco como la víspera, porque aunque los motivos
eran diferentes, la mortificación de las impaciencias
que me desganaban era la misma un día que otro. También
me encerré en mi tocador en cuanto me levanté
de la mesa: igual que el día antes; pero esta vez
no fue para estudiar en el espejo afeites ni aliños
que me embellecieran, sino para afirmarme en mis ya bien
firmes propósitos, dando un repaso mental a lo que
me tocaba hacer y decir para cumplimiento de la más
delicada e interesante cláusula de mis planes.
»En
fin, y viniendo a lo que importa, a la hora acostumbrada
llegó Pepe Guzmán a mi casa. Como no era noche
de tertulia, había en ella muy poca gente; y yo, sin
pararme a considerar si faltaba o no a «las conveniencias»,
y atenta sólo a lo que me interesaba, le conduje al
gabinete mismo en que el banquero «se me había declarado»;
elegí un sitio en él donde pudiéramos
hablar sin servir de espectáculo a la gente del saloncillo;
senteme allí, y roguele a él, con una mirada
y un golpecito con la mano en el sillón inmediato,
que se sentara también. Sentose; clavó en los
míos sus ojos, dulces y elocuentes, como si en ellos
quisiera mostrarme estampado todavía el idilio de
la noche anterior..., y me encontré sin ánimos
para decir la primera palabra. Todas las fuerzas con que
contaba para llevar a cabo mis proyectos, me habían
faltado de repente. Sentí vibrar y conmoverse dentro
de mi algo que era como la luz y el estímulo de la
vida, y mis flaquezas de mujer hicieron una de las suyas,
llenándome los ojos de lágrimas y el pecho
de sollozos, que a duras penas logré sofocar.
»Viéndome
así Pepe Guzmán, tomó una de mis manos
entre las suyas; y envolviéndome en una mirada, que
fue para mí lo que el rayo de sol para un cuerpo aterido,
díjome con expresión y acento de cariñosa
ironía, disimulo evidente de otras impresiones muy
distintas:
»-Aquí pasa algo muy grave, por las señas
de esas lágrimas después de tu recado de esta
mañana... Veamos lo que es...; se entiende, si me
es lícito saberlo.
»Rehíceme casi en el acto,
por empeñarme en ello, antojándoseme que tenía
algo de ridícula aquella crisis histérica;
volví a recobrar la resolución perdida; y retirando
mi mano de las de Guzmán, con el pretexto de necesitarla
para enjugarme los ojos, dueña ya de mi serenidad,
enterele de todo lo que ocurría..., de todo no, puesto
que omití lo del parecer de mi madre sobre los casamientos
por amor.
»-Mientras hablaba, iba observando yo el efecto
de mis palabras en el atento escuchante.- También
este trámite estaba apuntado en el programa.- Ni un
músculo se contrajo en todo su cuerpo, ni el menor
gesto alteró la expresión serena de su semblante.
Como si se tratara de una historia del otro mundo.
»La que
yo le relataba, no podía tener en mis labios más
que un objeto solo: el de dársela a conocer como una
desventura mía, necesitada del dictamen sesudo y de
los consuelos cariñosos y desinteresados de «un buen
amigo». Mi derecho no alcanzaba a más..., ni siquiera
a disminuir un poco los motivos que yo tenía para
sentir allá dentro, muy adentró, el frío
de aquella inalterable serenidad, por más que este
detalle fuera suceso previsto como posible en mi programa.
»Después que se enteré de todo, me preguntó,
sin abandonar su expresión de irónica afabilidad:
»-Y ¿por qué te has apresurado tanto a informarme
de ello?
»-Porque es caso de urgencia -respondí-,
y necesito un consejo.
»-¿Precisamente el mío? »-Precisamente
el tuyo (¡con qué gusto usaba ya este pronombre!);
pero el tuyo sólo, entiéndase.
»-¿Por pura
curiosidad?
»-Para seguirle al pie de la letra..., a ojos
cerrados, sea cual fuere. Lo he jurado así.
»-¡Pobrecilla,
y con qué decisión me lo dice!
»-Como todo
cuanto te he dicho y prometido.
»-Mira que si me arguyes
de ese modo, vas a hacerme perder la cordura que necesito
para que el consejo sea digno de quien me le pide.
»-Pues
venga pronto el consejo..., porque no respondo de mí.
»Omito, en obsequio a la brevedad, la ortografía
que usábamos mi interlocutor y yo para este lenguaje
hablado. De la intención de lo escrito aquí
en determinados pasajes, se desprende con harta facilidad.
»Vuelta a enjuiciarse la escena, continuó de este
modo Guzmán:
»-Según me has dicho, es grande
el empeño de la marquesa...
»-Hasta el entusiasmo.
»-Y tú, por tu parte, sin contar con extraños
auxiliares, ¿no has hallado en la repugnancia que la idea
de ese casamiento pueda producirte, fuerza de convencimiento
y resolución bastantes para resistir?
»-Repugnancia
y convencimiento, y fuerza y decisión para resistir
tuve, y todo lo empleé inútilmente.
»-No lo
entiendo, tratándose de en carácter como el
tuyo.
»-Pues con todo eso y algo más, que no es de
este momento y me llega muy al alma, me di a cavilar anoche...,
¡qué horas aquéllas, Virgen santa!..., y cavilando
sin cesar, y pensando y midiendo, como quería mi madre...,
¡que Dios te libre, de la tentación de pensar demasiado,
cuando necesites decidirte pronto y a tu gusto! Yo ya no
sé a qué atenerme sobre ciertas cosas; qué
se entiende por bueno ni qué por malo; si el error
está en mi modo de ver, o en la manera de conducirse
los demás; si soy yo la mala cuando pienso que obro
bien, o si son ellos los buenos cuando me parecen una canalla;
cuál es lo noble ni cuál es lo vil. Decídelo
tú, que ves mejor en esas confusiones que a mi me
ofuscan; y lo que decidas, eso haré. Ya sabes que
lo he jurado.
-Aplaudo esos alientos -me dijo Guzmán
entonces, sonriendo, pero no tan impávido como aparentaba-,
porque, o yo me equivoco mucho, o has de necesitarlos muy
pronto. Y vamos ahora al consejo. Un enamorado de estos de
la turba multa, digámoslo así, de pensamientos
levantados y cristianos procederes, al oír a su dama
llorar cuitas como las que tú me has confiado, y al
pedirle ella el consejo que tú me has pedido, tocaría
el cielo con las manos; la negaría hasta el derecho
de dudar en tal conflicto, porque entre la exigencia del
tirano y los mandatos del amor, nunca vacilan los que bien
aman, y acabaría la escena por decidirse ella a arrostrar
el hambre, las mazmorras y aun la muerte, antes que consentir
en ser de otro, y por jurarla él, viéndola
tan firme y tan constante, que con los dientes sabría
arrancar los clavos mismos de las puertas que la encerraran.
Pero en nuestro mundo, hija mía, pasan las cosas de
muy distinto modo que en el mundo de aquellos inocentes:
hay otros móviles y otros fines, otras luces y otros
horizontes; y tú y yo, si bien nos miramos, en nada
nos parecemos a los enamorados de mi ejemplo... En virtud
de lo cual (que yo te explanaré, si lo deseas), y
en vista de lo que arrojan los autos de tu pleito, es mi
parecer, hijo de mi larga observación en ese linaje
de conflictos, y muy principalmente del interés que
tengo en tu felicidad, tan eslabonada con la mía,
que te avengas a los deseos de tu madre y aceptes la rica
mano que te ofrece don Mauricio.
»¡Esto si que no estaba
previsto en mi programa! Que Guzmán no me abriera
las puertas de su casa al saber lo que me ocurría,
previsto como posible lo tenía yo; pero que él
mismo me empujara hacia la casa del banquero, eso ya no cupo
en mis presunciones. Pues bueno: con este desencanto y todo,
que me dolió como una puñalada en el corazón,
no sentí esas sublevaciones de la «dignidad ofendida»,
que tanto juegan en las pasiones de teatro. Sería
así la calidad del hechizo con que me había
fascinado aquel hombre; sería un milagro de la fe
con que le oía, o un contagio de la peste que respiraba...,
yo no sé lo que sería; pero así sucedió,
y así lo confieso, aunque se tenga el caso por absurdo...
¡Absurdo! ¡Como si hubiera algo con lógica en los
enredos de la farsa de nuestra vida!
»Conoció el
desengañado consejero la honda impresión que
produjo su descarnado consejo, y acudió solícito
a templarla, a intentarlo, mejor dicho, con una detenida
exposición de razonamientos que me es imposible reproducir
aquí al pie de la letra, por falta de memoria para
tanta minuciosidad; pero cuya substancia, que recuerdo bien,
y no debe omitirse en este pasaje de la historia de mi vida,
era la siguiente:
»Si el matrimonio no fuera más
que una carga de sacrificios y un palenque de proezas, donde
un caballero demostrara a cada instante la firmeza del amor
que sentía por su dama, él, Pepe Guzmán,
por remate de nuestro idilio de la víspera, con lo
que acababa de contarle yo o sin ello, se hubiera apresurado
a implorar de mí el mismo favor que con tan rendidas
ansias había implorado el banquero para sí.
Pero no había que olvidar quién era yo y quién
era Pepe Guzmán; en qué medio nos habíamos
formado; a qué costumbres estábamos hechos;
qué mecanismo era el de nuestro mundo, y por qué
leyes se regía. Y teniendo esto presente, ni él
ni yo podíamos desconocer que había en aquella
patriarcal unión, por las condiciones esenciales de
ella, un riesgo gravísimo en que indefectiblemente
habíamos de caer nosotros. Si tomábamos el
trance por lo serio, con todo su formulario de procedimientos
ejemplares y virtuosos, el hastío era inevitable.
Si por huir de él faltábamos a aquellas santas
reglas de los perfectos casados, y conveníamos en
que cada cual campase por sus gustos e inclinaciones, apuntarían
entre nosotros las desconfianzas y las discordias, y con
ellas los resabios groseros de la bestia, que, aunque se
tapan y se doman, no se extirpan con la educación
de la inteligencia. En ambos casos, el desprestigio de un
cónyuge a los ojos del otro, y, por consiguiente,
el desamor y la antipatía, cosa de muy mal gusto;
y nosotros, nacidos para caer de muy alto en la locura de
escalar el cielo, no debíamos morir de aquella prosaica
y terrena enfermedad.
»Muy bien dicha me pareció
la parrafada, pero muy poco conveniente para mí, que
era la mosca de estos ditirambos de la araña. Aun
acomodándome a ciegas a los propósitos que
se transparentaban en la disertación; aun dando por
bueno y por elevado (¡que no era poco dar!) todo lo que por
elevado y por bueno daba él, ¿cómo se compaginaban
aquellas sublimidades que me predicaba, con la prosa del
banquero, que me ofrecía como una necesidad? No le
apuró gran cosa el reparo...;verdad es que, quizás
por llamar mi atención hacia otra parte más
risueña, puso, como introito de su réplica,
la extensa genealogía de su amor, con entretenidos
comentarios sobre las diferencias esenciales entre el modo
de nacer y desarrollarse la pasión que le había
vencido, y los agradables entretenimientos que hasta entonces
habían sido la única necesidad de su corazón;
y como si hubiera adivinado mis «curiosidades» y se anticipara
a satisfacer mis deseos, él mismo trajo a la colada
algunas historias que a mí me interesaba conocer en
toda su verdad: pecadillos sin malicia las más de
ellas; rumores sin fundamento serio las restantes, como lo
de Leticia, por ejemplo... Pues le creí, así
como suena..., ¡yo, que tantas veces me había reído
del candor de otras mujeres en casos parecidos!... Si no
hay que darle vueltas: el corazón humano, «que nunca
se engaña», es un odre henchido de equivocaciones
en cuanto se apasiona un poco.
»Con esto, cuando llegó
la ocasión de replicar a mi reparo, ya estaba yo mejor
dispuesta a comulgar con ruedas de molino. ¡Bien lo sabía
él! Despachose a su gusto derrochando primores de
sofistería apasionada, esbozando proyectos, suavizando
asperezas, dulcificando amargores..., en suma, exponiendo
y sustentando, pero con nuevas razones y los más peregrinos
vislumbres, la sempiterna teoría..., la de Sagrario,
la de Leticia, la de mi propia madre; la que, desde la noche
anterior, sentía yo en el aire que respiraba y en
los rumores que oía. Sólo faltaba que me la
repitiera él, y ya me la había repetido, sin
que tampoco al oírla yo brotar de sus labios, trémulos
por la pasión, saltaran a mi rostro «las lavas del
volcán de mi dignidad ofendida». El mal espíritu
me ataba de pies y manos para que fueran inútiles
mis instintivas, resistencias.
»-¿Esa es tu última
palabra? -pregunté, por conclusión, a Pepe
Guzmán-. ¿Te ratificas en ella? ¿Estás bien
seguro de que el consejo que me has dado es el que yo debo
seguir?
»-Es mi última palabra -me respondió
con la mayor entereza-; en ella me ratifico, y estoy seguro
de que el consejo que te he dado es el que nos conviene que
sigas.
»-Pues yo voy a cumplir mi juramento de seguirle
al pie de la letra-, dije levantándome de pronto y
sin saber si lo que sentía dentro del pecho entonces
era el impulso de la decisión que me arrastraba, o
el latir de un corazón dilacerado.
»Con la vehemencia
con que se toman siempre las grandes resoluciones que pueden
fracasar si se meditan mucho, entré en el saloncillo
y busqué a don Mauricio, que con otras personas estaba
haciendo la tertulia a mi madre en el gabinete frontero al
en que yo había conversado con Pepe Guzmán.
Me curaba muy poco de que pudiera llevar en la cara las huellas
de la tempestad que aún no se había calmado
dentro de mí; me era indiferente que mi casi encierro
con aquél hubiera o no chocado a los demás
tertulianos..., ¡pues podían venírseme con
melindres de beata los que me estaban enseñando a
pactar con el demonio para venderle la conciencia! Yo no
veía más que los fantasmas de mi pesadilla,
y, por el momento, a aquel hombre ridículo que acompañaba
a mi madre. ¡Cielo santo! Por allí tenía que
pasar yo para llegar a donde mi destino me arrastraba; y
pasar por allí, por aquel, hombre, aunque no fuera
más que pasar de largo, era, para una mujer de mi
estómago, ir al patio de una cárcel, a la picota,
a los cubiles del circo..., a las fieras mismas.
»Llaméle
aparte en la primera ocasión de ello que tuve, y le
cité para el día siguiente, después
del almuerzo. Lo inusitado de la cita y de la hora, movió
en alto grado su curiosidad. Intentó satisfacer siquiera
una parte de ella, echándome memoriales de un dulzor
empalagoso; pero no me di por entendida.
»Al despedir más
tarde a Pepe Guzmán, le encargué mucho que
no faltara la noche siguiente, para darle cuenta minuciosa
del cumplimiento de uno de los trámites más
importantes de mi plan.
»Por último, al retirarse
mi madre a su habitación, la advertí lo de
la cita al banquero. Preguntome ansiosa que para qué,
y me excusé de complacerla, recordándola nuestro
convenio de no descubrirla mi plan hasta que estuviera ejecutado.
En hablando a solas con el banquero, lo estaría...
en lo que a ella le interesaba. Algo que llevaba yo bien
a la vista en mi actitud, y, sobre todo, en mi cara, debió
de darla a entender hacia qué lado me inclinaba en
el asunto que tanto me había recomendado ella, porque
no insistió en la pregunta y se despidió de
mí muy afectuosa.
»En seguida me encerré yo
en mi dormitorio... a velar, a padecer, a aturdirme con el
pensamiento volteando entre las ondas de la tempestad que
ya no me cabía en la cabeza.
  - XVII -
Según lo convenido con mi madre, al otro día,
en cuanto el banquero llegó, salí yo sola a
recibirle. En la penumbra del salón, donde aguardaba,
parecía el hombre una noche de verano: de tal modo
relucían y titilaban sobre él verdaderas constelaciones
de pedrería, hasta con su caminito de Santiago; que
bien podía desempeñar este papel allí
la enorme leontina de oro entretejido que trepaba por el
hemisferio de su estómago. Además, apestaba
el salón a patchouli y a pomada de geranio. No sé
qué cara me puso, aunque me lo imagino, ni recuerdo
en qué términos me saludé, ni las palabras
con que yo le respondí. Sólo tengo presente
lo que pasé después, estando los dos sentados,
frente a frente, aunque con cerca de dos varas de alfombra
de por medio; y lo que pasó dio principio en la siguiente
forma, palabra más o menos:
»-Anteanoche -le dije,
sin pararme a disimular la repugnancia con que abordaba aquel
asunto- me insinuó usted ciertos propósitos...
»-Tuve, en efecto, esa dicha -me interrumpió, bastante
desentonado por las emociones que debía de sentir
en aquel instante.
»-Poco después acudió usted
con las mismas cuitas a mi madre, sin aguardar a que yo le
respondiera, como se lo tenía prometido.
»-No creí
que se estoorbaran lo uno y 1o otro.
»-Mal creído.
Pero, en fin, ya está hecho. Y ahora, asómbrese
usted: he resuelto despachar su pretensión... favorablemente.
»Es imposible pintar aquí las cosas que hizo y las
finezas que me enderezó mi pretendiente, al oírme
hablar en aquellos términos. Le faltó muy poco
para darme las gracias de rodillas.
»-Todavía no
-le dije conteniéndole-. Hay que deslindar antes los
campos, y poner cada cosa en su sitio y a la necesaria claridad.
Para ello, yo le hablaré a usted con toda la que piden
las circunstancias, y usted no será menos explícito
conmigo, en la inteligencia de que, siéndole o no,
lo que aquí establezcamos ha de ser en adelante la
ley de nuestra vida común.
»-Leyes son siempre para
mí hasta los menoores deseos de usted. ¿Qué
mayor dicha, qué mayor...?
»-Muchas gracias, y óigame
ahora: usted es hombre que tiene vicios, no muy buena fama,
y ya pasó de mozo algunos años hace... No se
moleste usted en hacerme reparos, porque es perfectamente
demostrable todo esto que afirmo.
»-Siga usted. »-Sigo,
y continúo afirmando que un hombre con todos esos
contrapesos, por poco entendimiento que tenga, no puede creerse
merecedor del cariño ni de la lealtad de una mujer
como yo.
»-Repare usted que, sin hacer las debidas salvedades...
y tal y demás, resuulta eso..., ¿cómo lo diré?,
un poco... vamos... exxxtremaaado.
»-Resultará lo
que usted quiera; pero hay que oírlo. Por consiguiente,
al pedir usted mi mano, no espera, no puede esperar, que
le dé con ella ese cariño, ni las llaves de
mi corazón, ni el derecho de preguntarme siquiera
por lo que yo tenga encerrado en él.
»-Lo que yo
pido -díjome aquí el banquero, con una serenidad
y un aplomo que no dejó de sorprenderme en él-,
lo único a que aspiro, y usted no podrá negarme,
porque no tengo yo la culpa de que no sea la envoooltura
digna del tribuuto que la he tendido a usted con alma y vida...
y tal y demás, es que lo pooco o muucho que me conceda
sea de buena voluntad; porque, bien mirado el caaso, yo no
he puesto a naaadie un puñal en el pecho para que
se acepte lo que he ofrecido a caambio... de lo que usted
quiera darme... y tal y demás.
»-Cierto; pero la
misma gravedad de ese... caso, y el singular aspecto que
presenta para mí, y hasta las mutuas conveniencias,
no lo dude usted, me obligan a ser desengañada, sin
temor de pecar de dura, con un hombre que con tan poco se
conforma en negocio de tan grande entidad... En substancia,
y para concluir, señor don Mauricio: yo acepto su
mano de usted, con la terminante condición de que
he de tener en usted la menor cantidad posible... de marido,
con todos los privilegios e inmunidades que de este hecho
se desprendan en beneficio de la libertad e independencia
compatibles con el rango que ocupo en la sociedad, y con
mis gustos e inclinaciones.
»Creí sorprender una
sonrisa extraña en los resecos labios de mi pretendiente;
el cual, y mientras se tiraba de la patilla derecha con mayor
suavidad de la que podía esperarse de su naturaleza
espasmódica, me dijo:
»-Y en virtud de esa condición
tan... tan adsooluuta y exxteeensa, ¿no me sería permitido
añadirla, antes de aceptarla, siquiera una salvedad...,
pedir ciertas garaaantías?...
»-Doy, y no es poco,
la de mi buena educación. ¿Le satisface a usted?
»-Como la mejor escritura púuublica -me respondió
tendiéndome la manaza, que no rechacé porque
fingí tomar el suceso como señal de despedida,
y aproveché tan buena coyuntura para levantarme y
dar por terminada la conferencia.
»-Para lo que falta que
hacer -dije entonces-, entiéndase usted con mi madre...,
que siente mucho no poder recibirle hoy.
»-De manera -preguntome
él, muy cerca ya de la puerta del salón, poniéndose
otra vez tierno y pegajoso-, que esto es ya cosa resueelta?
»-Enteramente resuelta. -Y... ¿para cuáaando...,
si no peco de...?
»-Para mañana, si fuera posible.
Y sírvale a usted de gobierno, por lo que pueda importarle.
»No oí lo que me dijo en demostración de su
contento, porque mientras un criado que había acudido
a mi llamada le entregaba en el vestíbulo el sombrero
y el bastón, yo buscaba, retrocediendo por el estrado,
el camino del gabinete de mi madre, para darla cuenta del
definitivo resultado de mis planes.
»Asombrose al conocerle,
y no era para menos; pero le aplaudió de buena gana.
Llevábamos aún medio aliviado el luto por mi
padre, y la rogué que no fuera esto un estorbo para
aplazar las bodas. Otro motivo de asombro para mi madre.
»Sin detenerme a sacarla de él con explicaciones
que no eran del caso... ni muy fáciles de dar, salí
del gabinete y me encerré en el mío... ¡a batallar
de nuevo contra vestigios y fantasmas!... ¡Ociosas y bien
excusadas mortificaciones!...
»Sagrario, Leticia, mi madre,
Pepe Guzmán, todos mis «dulces enemigos» estaban complacidos
ya. Ya estaba extendida mi respectiva patente de corso. De
un momento a otro me la pondrían en la mano, y comenzaría
a verse con qué «hígados» contaba yo para servirme
de ella. Porque, si no era para esto, ¿para qué me
la daban? Pepe Guzmán, en quien menos debía
desconfiar yo, podría engañarme en cuanto a
la sinceridad de su exposición de motivos; pero no
en cuanto a la intención práctica de su consejo.
Si éste no tenía el alcance que yo pensaba,
era preciso convenir en que a mi consejero le faltaba el
sentido común; y cabía dudar del corazón
de aquel hombre, pero no de su gran entendimiento. Volví
a poner toda la luz de mi discurso sobre esta mancha de su
conducta conmigo; deseaba conocerla en toda su extensión
para «indignarme» contra él: desesperado recurso de
náufrago entre las bascas de su agonía; extender
los desfallecidos brazos en busca de un asidero que no han
de hallar; gastar las últimas fuerzas en inútiles
tentativas, para hundirse primero. Eso me pasaba a mí:
cuanto más me agitaba, más me hundía;
cuanto más examinaba la mancha, menor la encontraba.
Con el trabajo que empleaba en engrandecerla, acabé
por borrarla... Y ¿por qué no? ¿Qué quitaba
ni qué ponía en la intensidad de la pasión de Pepe Guzmán, un detalle de más o de menos
sobre el modo de legalizarla ante las gentes? No había
que confundir los impulsos del corazón con las rutinas
sociales. Si lo principal era entre nosotros conservar vivo
el fuego sacro, yo no tenía por qué escandalizarme
de que él necesitara, para alimentar el que había
en su corazón, ritos y procedimientos distintos de
los que yo hubiera preferido.
»¡Ay, si llegaran a caer estos
papeles en manos de una mujer de espíritu cristiano,
que no olvide que voy pintando a la luz de aquellos negros
días, y discurriendo al tenor de las leyes por que
me gobernaba entonces!
»Pero ¡qué misterioso engranaje!,
¡qué mecanismo tan singular el de la máquina
de las ideas! ¡De qué modo tan extraño se eslabonan
en el cerebro las negras con las blancas, las tristes con
las risueñas, las fúnebres con las cómicas!
A mí se me ocurrió de pronto, entre la lobreguez
de mis cavilaciones, que nuestro poeta Aljófar, cuando
supiera lo que iba a suceder en breve, compondría
una nueva variante (allá para sus adentros, porque
al público no se atrevería a ofrecérsela)
sobre la socorrida metáfora de la flor y la babosa.
Yo sería la flor, por supuesto; flor nacida para «lucir
sus colores y derramar sus aromas junto al enamorado clavel...»
Y a propósito: ¿no se le había ocurrido a éste,
quiero decir, a Pepe Guzmán, la misma o parecida comparación
poética, con todas sus consecuencias realistas? Cierto
que el banquero sería la menor cantidad posible de
babosa; pero, al cabo, sería babosa, con su diente
asqueroso y su estela repulsiva...; ¡Vaya si se le habría
ocurrido! Y, ocurriéndosele, ¿qué habría
pensado de esos rastros que las babosas dejan sobre las flores
si no se madruga a recogerlas?... ¡Oh, qué diabólica
idea se enredó con esta otra, de repente, y penetró
en mi discurso, como ladrón artero en casa mal cerrada!
¡Cómo se revolvía entre las demás, y
rebuscaba los escondrijos para saquearme el repuesto y hacerse
dueña y señora de mi juicio!... Y ¡qué
recio voceaba, allá dentro, muy adentro!... Y ¡qué
afanes los míos para acallar sus voces, como si temiera
que las ondas del aire las llevaran hasta él! ¡Desdichada
de mí si las oía, o el diablo le inspiraba
igual idea!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Por la noche hablé con Pepe Guzmán, según
lo convenido entre los dos. Le di cuenta de lo acordado con
el banquero y con mi madre; y como mi resolución era
más poderosa que mis fuerzas, los desfallecimientos
de éstas se reflejaban demasiado en el ritmo de mis
palabras y hasta en el color de mi rostro. Estimó
mis torturas, ponderó mi heroísmo, ensalzó
mi lealtad; pero no se compadeció de mí en
aquellos decisivos instantes, en los cuales aún era
posible imprimir nuevos rumbos a mi destino, cuando no lo
intentó siquiera. Lejos de ello, y para mantenerme
en los que él mismo me había trazado, desplegó
nuevas pompas de su singular dialéctica, y encendió
nuevas llamas con las cuales le costó bien escaso
trabajo quemar los pobres restos de las alas con que aún
pretendía yo volar por los espacios de mi deseo.
»Aquí debía darse por terminada nuestra entrevista;
la última, por decreto de «el bien parecer», y hasta
por conveniencia mía. En adelante, por lo menos hasta
que la amarga copa se apurara, nos trataríamos como
«buenos amigos» delante de las gentes... y nada más.
De esto comencé a hablarle, cuando el demonio puso
en sus labios una frase que me pareció el primer eslabón
de la cadena a cuyo extremo había de salir engarzada
la infernal idea; aquella que tanto me atormentaba en mi
cerebro por el solo temor de que cupiera en el de mi enemigo.
»Y salió, ¡Virgen María! ¡Qué momento
aquel! Ciega, insensible para cuanto me rodeaba, sólo
veía y oía lo que pasaba dentro de mí.
El corazón, fuera de sus quicios, me aporreaba el
pecho, y sus golpes me parecían llamadas de medroso
desamparado; sentíalos repercutir en lo más
profundo de mi cabeza, y llamaradas de fiebre subían
a caldearme las mejillas; estremecíanse todas las
fibras de mi cuerpo, y veladuras fantásticas iban
turbando la clara luz de mis ojos, al compás de los
latidos del corazón.
»Nada pensé, nada dije,
nada respondí. Toda la noción que me quedó
de mi propia existencia, la invertí en recoger de
aquella escombrera a que instantáneamente habían
quedado reducidas vida y alma, los alientos necesarios para
apartarme de allí. Y eso hice a duras penas.
»Pasé
un día, dos y tres, sin pensar en nada, a fuerza de
pensar mucho que no me interesaba, para no caer en las fauces
de los pensamientos que temía. Durante aquella batalla,
y hecho ya público el proyecto de mis bodas, al suplicio
de ella se añadió el más insoportable
de consolarme del forzoso alejamiento de Pepe Guzmán,
con las tiernas finezas del banquero, señor legal de mis preferencias y atenciones, y las incisivas enhorabuenas
de mis amigos y conocidos. Todo esto era superior a mis fuerzas.
Pedí, rogué a mi madre que, si no había
modo de vivir en nuestra casa sin la tiranía de |