  - VII -
Desde aquí comienza
un período que fue el más escabroso, si no
el más largo, de los varios que tuvo la vida mundana
de la marquesa de Montálvez. Según ella misma
lo declara, tan escabroso fue, que él solo la daría
para un libro entero, si se propusiera referir tan enorme
catálogo de cosas. Pero da por sentado que el público
madrileño conoce las más salientes de ellas
y presume las restantes; y a esto se atiene para considerar
ocioso un trabajo más desleído, porque valor
y resolución la sobran para echar a la calle todas
esas barreduras de su conciencia.
Yo podría suplir
las omisiones, porque me es bien conocida la materia; pero
esta conducta no sería galante ni acertada, por contravenir
a aquel prudente acuerdo y caer en el peligro, que también
teme la marquesa, de que resulte plato de estímulos
insanos lo que debe resultar muy otra cosa. Aténgome,
pues, al texto de los Apuntes, confirmación exactísima
de los rumores de la fama, y aun eso sólo he de darlo
en extracto para llegar cuanto antes a la narración
de otros sucesos harto más dignos de la atención
de los lectores.
Se cansó muy pronto de las fiestas
caras y ruidosas que daba en su casa. En su temple de jamona
fresca, con su aprovechada experiencia, su buen gusto y claro
ingenio, necesitaba algo de más jugo, de más
substancia que aquella insípida y continua exposición
de mujeres frívolas y de hombres mentecatos, cargados
de perifollos; fiestas en las que, tras de costarla un sentido,
todos se divertían menos ella. En fin, que echó
la gente a la calle y dio por terminadas las reuniones de
fausto en sus salones.
Para llevar a cabo sus nuevos planes,
eligió lo que había de aprovechable entre lo
arrojado de su casa y lo que conocía de lo de fuera;
después autorizó a los escogidos para que escogieran
a su vez, sin pararse en pelillos de linaje: podían
espigar en varios campos, en todos los que se dieran ingenios
bien educados, desde la presidencia del Consejo de ministros,
hasta el humilde rincón de la obscura gacetilla. Que
no se reparara en edades ni en estampas: viejos y mozos,
altos y bajos; todo servía, con tal de no carecer
de ingenio ni de desparpajo; tupé, que dicen otros.
Para todos habría que hacer allí.
De mujeres
(éstas eran de elección suya exclusivamente),
pocas y malas; quiero decir, de buen pico y mejores tragaderas.
Y así se fue haciendo. Cuando le anunciaban un presentado,
preguntaba ella al presentante:
-¿Vale? Respondíanla
que sí.
-Pues que venga. Y valer, en aquellas ocasiones,
significaba ser cualquier cosa, menos hombre indigestamente
grave, corto de genio, feo sin gracia, ignorante sin osadía,
galán ruboroso..., y así por el estilo; porque
allí, hasta el saber macizo y serio había de
derramarse en dosis muy concentradas y con mucha sal y pimienta:
todo menos la pesadez y la petulancia. Y valiendo, todo era
lícito con tal de estar bien hecho; la grosería
en las formas estaba igualmente proscrita. En el pensamiento,
no tanto.
Dicen los que lo conocieron, que aquello tuvo
que oír... y que ver; y lo llamo aquello, porque no
sé qué nombre darlo. La marquesa, por llamarlo
de algún modo, lo llamaba tés íntimos;
pero es lo cierto que aunque todas las noches del invierno,
ya muy cerca de la madrugada, había ese té
en su casa, aquello no tenía horas fijas ni aspectos
determinados, y chisporroteaba de mil modos: entre pocos,
entre muchos, en tertulia plena, con media docena de ellos convidados a comer, o con otros tantos al humor de la chimenea
a cualquier hora de la tarde. Más que té, era
al modo de sierpe de muchas cabezas que alcanzaba con la
punta de la cola a muchas cosas y a muchas partes..., hasta
las casas de Leticia y de Sagrario. Porque estas dos criaturas
de tan buen estómago, en cuanto lo cataron en la de
la marquesa pidieron el turno correspondiente; y no era cosa
de que las desairaran aquellos hombres tan corteses y campechanos
de suyo.
Como en estas reuniones de imponderable confianza
se vivía en perpetuo comercio de malas intenciones,
de malicias y de travesuras de lenguaje, el natural ingenio
de la marquesa adquirió gran desarrollo, y su bien
acreditado humorismo se empapó en nuevos y más
picantes jugos. Llegó a tener frases felices y a pintarse
sola para crucificar en una semblanza a un prójimo
desventurado, o para hacer en otro marca indeleble con un
dicho que repetía después todo Madrid. De aquella
fábrica salieron tantos y tantos que aún continúan
siendo famosos entre las gentes encogolladas, vagabundos
de levita y estudiantes desaplicados.
Por entonces comenzó
a llamársela la Montálvez, llaneza que acreditaba
su bien adquirida popularidad, como en otro tiempo la había
acreditado, entre la juventud de rechupete, otra llaneza,
algo más fina y culta: Nica Montálvez. Lo cierto
es que Madrid se llenó de cosas de la Montálvez, y que hasta las que rodaban por tertulias y cafés
sin madre conocida, se le atribuían a ella. Privilegio
de las popularidades bien fundadas.
Su casa, por las gentes
que la frecuentaban, llegó a ser registro exacto de
los secretos pecaminosos, hazañas y picardías
de todo Madrid: allí se conocía la clave de
los misterios, chicos y grandes, de la política fullera,
y el hilo de muchas marañas inexplicables de la Hacienda
pública; había palancas para remover obstáculos
que las gentes legas conceptuaban irremovibles, y el don
de muchos prodigios de fortuna en todas las carreras del
Estado, que dejan atónito y confuso al vulgo sencillote.
Los maldicientes que se creían mejor informados,
referían de las tres Gracias verdaderas enormidades
en los corrillos del público voraz. Las tres Gracias,
y por añadidura en conserva, eran las tres viudas
verdes: en una palabra, la Montálvez y sus dos amigas
Leticia y Sagrario. De cada una de ellas se contaban anécdotas
que ardían; caprichos libidinosos que traían
su filiación de la Roma corrompida de los Césares.
No niega fundamento la Montálvez a estos rumores,
pero se sacude violentamente de ciertos hechos; y quiere
que conste que todos los comprobables de aquel calibre pertenecen
a Leticia y a Sagrario. La misma salvedad hace con respecto
a los dichos. De éstos, unos eran referentes a personas
y otros a cosas; unos, al modo de dictámenes; otros,
al de motes y semblanzas; los había cruelmente ingeniosos,
y los había también indecentes. Se atribuye
gran parte de los primeros; pero rechaza hasta con asco la
propiedad de los segundos.
Y la creo, no solamente por el
valor con que se acusa de otras cosas bien graves, sino porque
había en su naturaleza un componente pudoroso que
la impedía ser grosera: y hasta como pecadora, lo
fue sin el aguijón del apetito; y por eso quiere que
se la tache por lujo de pecar, pero no por lujosa en el pecado. Lo primero no edifica, seguramente; pero tampoco degrada
ni corrompe tanto como lo segundo.
Por ese lado se explica
también que, entre las tres cómplices de estas
fechorías, fuera ella la que se cansó primero,
o, mejor dicho, la única que se cansó; porque
las otras dos no se cansaron pizca: al contrario, deshecha
la mancomunidad que sostenía a las tres en cierto
orden de equilibrio, cayeron Sagrario y Leticia, por su propio
peso, despeñadas hasta lo más hondo, aunque
cada cual a su manera: Sagrario fue siempre la mujer de los
caprichos estrepitosos; Leticia el modelo de las caprichosas
solapadas y de las amigas temibles. Se la atribuían
hasta perfidias de tan mala casta, que rayaban en crueldades.
Serían o no serían ciertas: la marquesa cree
que sí, porque tuvo grandes y especiales motivos para
no dudarlo.
Como tampoco duda, antes confirma terminantemente,
lo que ya sabíamos por Manolo Casa-Vieja: que era
muy avara; pero, según la marquesa, avara de la peor
especie: tenía el vicio del trapicheo, y media docena
de comadres negociando de su cuenta, por las casas de vecindad,
sus vestidos de desecho y hasta los trastos de la cocina.
En este bajo comercio era tramposa y desleal; y se desvivía
y aguzaba el ingenio por el gusto de robar media peseta a
una chula en un dije de similor. Creíase que eran
muy mal adquiridas muchas cosas de mérito que se admiraban
en su casa, particularmente obras de arte; y maravillaba
el lujo de raterías que se daba por empleado para
apoderarse de ellas. ¡Y esta mujer tenía un caudal
enorme y era espléndida en sus gastos! Hay muchas
almas de alquimia que tienen roñas así.
Volviendo
a la marquesa, digo que ese azaroso tramo de su vida pecadora
duró seis años.
Guzmán, que era por
entonces un señor bastante gordo y entrecano, pero
siempre de gran ver, iba poco, muy poco, por la casa de su
amiga; y cuando iba, era para reprenderla.
-Te empeñas
en que te oiga -la dijo más de una vez-, y al fin
te oirá. Y aunque no llegue a oírte, por el
rastro que va dejando aquí la vida que haces, tendrá
que conocerla.
-Es el último estruendo de ella -respondía
la pecadora sonriendo-. No lo dudes: estoy preparándome
para ser juiciosa.
De tarde en cuando desaparecía
por una temporadita para visitar a Luz. Dos veces la trajo
a Madrid durante aquellos seis años, pero por muy
pocos días; y entonces fue su casa un modelo de sosiego
y de buen orden. Se la presentaba a sus amigas menos temibles,
y la llevaba consigo a algunos sitios de recreo.
Entre la
primera y la segunda venida a España dio Luz un estirón que sorprendió mucho a su madre. La encontró
hecha una mozuela que se salía de sus angostos hábitos
de colegiala. Se lo hicieron notar también sus amigas
de Madrid; y la dijeron que era un pecado mortal no vestirla
ya «de señorita» y no sacarla del encierro donde no
parecía bien.
La marquesa comprendía demasiado
que sus amigos tenían razón; pero ella las
tenía también muy respetables para echar por
otros caminos diferentes; y por eso llevó a Luz a
Francia otra vez, donde nunca había estado como verdadera
colegiala.
Desde este viaje es cuando apareció la
Montálvez notablemente transformada.
Con disculpas
bien buscadas, fue disolviendo sus tés íntimos
y sus tertulias verdes, y escatimando su asistencia a las
de sus amigas. No por ello se hizo huraña ni melancólica;
pero si muy escogida en las personas para el trato continuo,
y muy sobria en los recreos de puertas afuera.
Rebasaba
ya bastante de los cuarenta años: había dado
de repente el bajón de que no se libra bicho viviente,
por mucho que se emperejile y se defienda; y a este fracaso
se atribuyó la retirada, creyendo que la Montálvez
se apresuraba a dejar el mundo antes que el mundo la dejara
a ella.
No era cierta la suposición ni bien fundado
el motivo. A la marquesa le quedaba todavía un otoño
muy agradable que explotar, si hubiera querido apurar las
cosechas hasta la vendimia inclusive. Contaba aún
con muchos, con muchísimos golosos; porque más
varios que las estaciones de la vida son los gustos de los
hombres viciosos y desarreglados. Dijéranlo, si no,
sus compañeras de glorias y fatigas mundanas, Sagrario
y Leticia: más invernizas y deshojadas que ella iban
poniéndose, miradas a buena luz, y aún triunfaban
y lucían y se consideraban a lo mejor del camino,
soñando, porque volvían la espalda al invierno
que las espantaba, que corrían hacia la primavera.
No se fundaba, pues, la resolución de la Montálvez
en aquel fracaso de su belleza, aun que coincidió
con él.
Ya se sabe que no estaba formada del peor
de los barros posibles; que no entraba el vicio como verdadera
necesidad en su naturaleza, y que, aunque la divertía
ser viciosa, no la llenaba. Desde que nació su hija,
luchaban en ella dos pasiones que se aborrecían como
el perro y el gato, una buena y otra mala: la de madre escrupulosa
y amante, y la de mujer de mundo, alegre y despreocupada.
Mientras la hija estuvo en edad de vivir escondida, la madre
pudo entregarse de lleno a sus placeres mundanos; pero llegada
la hora de traer a Luz a su lado, tenía que decidirse
por el gato o por el perro; y esa hora llegó, y la
madre escrupulosa triunfó sin lucha de la mujer liviana.
Cierto que Luz estuvo en el escondrijo dos años más
de lo justo; cierto que el momento de decidirse la madre
ocurrió en aquella crisis de su edad y después
de un hartazgo de desórdenes que bien pudiera tomarse
por el hartazgo de Marta; cierto es igualmente que en estas
coincidencias hay base sobrada, tomando las cosas en su primer
aspecto, para la suposición de las gentes; pero es
la pura verdad también lo que yo afirmo con el testimonio
de la marquesa misma, y a esta opinión hay que atenerse.
Puede haber quien pregunte: «Y si el momento de decidirse
hubiera ocurrido cuando tenía la marquesa seis años
menos, ¿por cuál de las dos pasiones se habría
decidido?»
Paréceme la pregunta un exceso de curiosidad
y un lujo de mala fe; pero conste que yo me inclino a lo
más favorable para aquella dama, cuyo desmedido amor
a su hija daba para ello y otro tanto más.
Volviendo
a lo que importa y dejándonos de escarbar tan adentro,
porque, si a eso fuéramos, sabe Dios qué cosas
se hallarían en el alma de muchos que creen tenerla
como los ampos de la nieve, digo que la transformación
de la marquesa después de llevar a Francia por última
vez a su hija fue tan de veras, que no se contentó
con deshacer sus tertulias y despejar la casa de gentes nocivas
a la buena moral, sino que, en cuanto la puso en orden, se
consagró a orearla y a limpiarla de todo rastro de
impurezas. Hasta de sus propios resabios trataba de sacudirse,
se le figuraba que de sus fechorías más recientes
le quedaban algunos en el estilo, y temía que por
aquellas espumas se descubrieran, las pasadas tempestades.
¡Mujer más singular!
Estos preparativos duraron cerca
de dos años, y aun con este paréntesis no se
creía bastante alejada de sus últimas locuras
para no temer que, cuando menos lo pensara, se le prendiera
alguna en el vestido.
Durante este tiempo hizo una visita
a Luz. ¡Cómo iba completándose aquella criatura!
¡Con qué amor iba la naturaleza formando a la mujer
sobre la armadura de la niña!
A Guzmán le
gustaba mucho ver a la marquesa tan afanada en aquel esmero
de policía doméstica.
-¿Te parece bastante?
-solía preguntarle ella.
-Todavía no -respondíala
él.
Y en eso estaban. Un día, después
de hacerle ella la misma pregunta, se quedó Guzmán
pensando mucho la respuesta.
-Voy sospechando -le dijo la
marquesa- que nunca te ha de parecer esta casa bastante purificada.
-¿Por qué? -Porque eres hombre de buen olfato; y
mientras estés tú en ella, siempre has de hallar
tufo de peste. Es el único que anda ya por aquí...
en cuanto tú vienes.
Sonriose Guzmán y respondió,
poniéndose el sombrero para marcharse:
-Puede que
tengas razón... Vete, vete cuanto antes por ella.
Y muy pocos días después salió de Madrid
la marquesa para traer de Francia a su hija.
  - VIII -
Luz tenía diez y ocho años cuando su madre
se decidió a sacarla para siempre de su escondrijo.
A ésta le remordía algo la conciencia, por
parecerle demasiado larga la prisión; a la prisionera
le daba lo mismo irse que quedarse, si es que no prefería
aquella vida de invernadero en que se había desarrollado,
a las intemperies de un mundo que desconocía.
Grandes
fueron los temores y sobresaltos de la marquesa, como ya
se dijo, cuando por primera vez tomó en sus brazos
a su hija; pero fueron mucho más grandes al trasponer
las puertas de su encierro con ella, ya mujer, y mujer que
parecía modelada en la mente de un escultor enamorado.
Tan singular era su belleza. De niña la conocimos
recibiendo las caricias de Guzmán; y también
sabe el lector, bajo la fe de nuestra palabra, que tres años
después todo había crecido en ella con prodigioso
equilibrio: lo físico y lo moral, las perfecciones
del cuerpo y las del alma. Pues a los diez y ocho era eso
mismo, en las debidas proporciones.
Vida
de invernadero hemos llamado a la suya, y es la verdad en
casi todo el rigor de la frase: como lo es también
que marquesa, atenta sólo a lograr determinados fines,
acertó sin proponérselo, dando a aquella excepcional
naturaleza el único medio en que podía desenvolverse
sin deformarse. No a todas las plantas conviene el cultivo
al aire libre y a cielo abierto. En lo humano, era Luz una
de estas plantas. No es de extrañar que al salir de
su estufa sintiera la impresión de otro ambiente más
frío, y que esta impresión no le fuera agradable.
Hay que decir algo sobre la realidad envuelta en estos simbolismos
de jardinería, para que el lector no extravíe
su juicio sobre el carácter que debe conocer a fondo
entre la hojarasca de las imágenes. Hablábamos
del mundo al cual iba Luz a salir de pronto y por primera
vez, y casi aseguraba yo que esta salida no era muy de su
gusto, o, cuando menos, que no la necesitaba...-Y, entre
paréntesis, quiero que valga este ejemplo, que es
el que hallo más a mano, por otros cien que pudieran
citarse para pintar el modo de ser de la hija de la marquesa
de Montálvez en la ocasión de que se trata.
-Por razones que se conocen, la habían dicho cómo
era el mundo que a ella le convenía imaginar, no el
que en realidad le estaba destinado: un mundo que no era
bueno, aunque no tan malo como el que le ocultaban; pero,
al cabo, era un mundo práctico, con sus hombres y
sus mujeres, y sus cuestas abajo y sus cuestas arriba; el
mismo que ella veía por los resquicios de su encierro,
y en las historias que aprendía para instruirse, y
en los pocos libros de imaginación que se le daban
para entretenerse. Y todo esto sería verdad, pero
le gustaba muy poco; no porque adoleciera de sensiblerías
románticas, sino por razones bien opuestas: por obra
de aquel equilibrio prodigioso que existía entre todos
los elementos que la constituían, de cuerpo y de alma.
En aquel conjunto todo era paz, armonía y sosiego,
y cabía el sentimiento de todo; pero no la pasión
por nada sin el concurso de un agente perturbador que rompiera
el equilibrio; el cual agente había de venir de afuera,
porque dentro no había lugar para él. En otra
criatura formada de distinto barro, el cultivo artificial
o de invernadero, como hemos llamado al de Luz, hubiera producido
contrarios efectos, porque en lo común de la naturaleza
humana, las veladuras sobre los ojos son alicientes de los
deseos y despertadores de la curiosidad; pero en una pasta
tan dúctil y placentera como la de aquella niña,
el artificio de su educación moral contribuyó
grandemente a la perfección casi mecánica de
la mujer; mecánica en cuanto a la estructura, digámoslo
así, a la trabazón de las piezas componentes
de su ser moral, no en cuanto a las funciones del conjunto,
que éstas ya dependían de la pasta fundamental,
del temple nobilísimo del alma, obra de un Artífice
más alto.
Quiero decir, antes que nos extraviemos
entre sutiles metafísicas, que aún me parecen
más inextricables que los laberintos de la botánica,
que Luz, con su equilibrio de agentes íntimos, no
era un reló que andaba bien, ni una soñadora
que bebía vinagre y suspiraba por «el reposo de la
tumba», sino una mujer de carne y hueso, con muy pocas ambiciones
y muy apaciguados deseos; porque había en los ojos
de su imaginación unas lentes que le presentaban los
objetos exteriores con un colorido sumamente dulce y a una
luz suave y tranquila, como la de un crepúsculo de
otoño. Habituada a este modo de ver, no es de extrañar
que la repugnaran los colores vivos y todo linaje de desentonos
y de aberraciones, lo mismo en el orden físico que
en el orden moral. Y así era lo cierto. Esto no impedía
que Luz estuviera dispuesta a tomar lo que la dieran; pero,
autorizada para elegir, muy pocas veces se decidiría
al gusto de las mujeres de su edad.
Apurando el ejemplo
que tenemos entre manos, he de añadir que esto del
mundo del que tanto se la hablaba y que ella hubiera adivinado
aunque nada le hubieran dicho, porque la humana naturaleza
es una parlanchina que todo lo descubre, y, más o
menos recio, habla a la imaginación, aunque se la
pongan candados en la lengua y se la confine a las soledades
de un desierto; que esto del mundo, repito, la dio bastante
que pensar desde que traspuso las fronteras de la niñez
y entró con paso más firme y con doblados alientos
de vida y con mayores fuerzas de visión, en los términos
de la juventud.
¿De qué la servía, si no todo,
la mayor parte del mundo que iba columbrando, y además
le descubrían en libros y en advertencias de palabra?...
De maldita de Dios la cosa para las especiales ambiciones
que la dominaban y las cortas necesidades que sentía.
Sí a ella la hubieran dicho: «Forma uno a tu gusto
y para tu exclusivo recreo, donde vivas en cuanto salgas
de aquí», ¡qué cosa tan distinta de lo que
le esperaba hubiera construido!
Por de pronto, nada de multitudes
humanas, ni de ruidos incómodos, ni de hacinamientos
de casas formando calles sombrías y angostas; nada
de ceremoniales mentirosos para cultivar amistades que no
se necesitan entre personas que no se pueden ver; ni de espectáculos
públicos, en los cuales se exhiben las gentes embanastadas
de medio abajo, y en ringleras, como muñecos de escaparate;
nada de sonrisas forzadas, ni de saludos maquinales, ni de
corsés muy apretados; nada, en fin, de ese cúmulo
de esclavitudes y de molestias en que viven las gentes «bien
educadas», cuando se dice de ellas que hacen una vida regalona. Luz se hubiera contentado con muchísimo menos: con
un pedacito del mundo, precisamente de la parte de él
más desdeñada de las gentes mundanas; algo
así como cuadro de primavera campestre: praderas rozagantes,
copudos robles, matas de rosales, senderos blandos y retorcidos
entre los árboles y los rosales y las praderas; un
sol cernido a través de las espesuras; fuertes contrastes
de luz y sombra; rumor de brisas en el follaje y de aguas
fugitivas entre márgenes de madreselvas y laureles
bravíos; pájaros cantadores, y en lo alto,
pero no lejos del río, sobre una base de roca blanquecina
medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos, una
casita, no como la choza rústica y grosera de los
idilios, no tanto: podía ser un chalet muy cómodo
y muy lindo, hasta con su salita de estudio y un buen piano
en ella, y un terradillo desde el cual se descubriera una
gran parte del panorama y se entrara en tentaciones de recorrer
lo que no se veía...
La segunda vez que se asomó
Luz con los ojos de su imaginación a esta azotea (porque
este cuadro primaveral no fue obra de un acaso ni contemplado
un día solamente), descubrió, ¡extraño
suceso!, al alcance perfecto de su vista, junto a un árbol
de los más próximos al río, una figura que ella no había puesto allí. Se atrevía
a jurarlo. Era la de un hombre en lo más verde y lozano
de la juventud: gallardo de cuerpo y hermoso de cara; poco
bigote todavía) pero muy negro, como los ojos y como
el pelo, suelto y abundante; muy bien ataviado, pero no compuesto.
¿Debía Luz borrar aquella figura del cuadro, solamente
por no ser obra suya? Fueran cuales fuesen su procedencia
y su destino, el detalle inesperado componía muy bien
donde estaba; y componiendo bien, no debía borrarse.
Además, aquellos fondos, aunque bellos, eran demasiado
para una mujer sola. Podía llegar a sentirse allí
hasta el miedo, porque la soledad es imponente, por hermosa
que sea; y aunque no se llegue al miedo, las impresiones
recibidas en la contemplación de lo bello no se completan
si no son comunicadas con alguien; y hasta se daba el caso
entonces de que aquel mancebo, por ta expresión de
su mirada intensa, la dulzura de su sonrisa y lo varonil
de su persona, parecía la encarnación del sentimiento,
de la bondad y de la fortaleza; como que metida ya Luz de
plano en estas fantasías hasta se le antojó
(salvando la irreverencia que creía cometer en la
comparación) que el tal mancebo podía pasar,
donde estaba, por algo así como arcángel guardador
del misterioso paraíso. ¡Si compondría bien
la figurita en el punto del cuadro en que había aparecido
«de repente»!
A la tercera vez que se asomó Luz a
la azotea, también vio al mancebo en el mismo sitio;
pero ya no se contentaba, para dar entretenimiento a sus
miradas, con el lujo de la naturaleza que le envolvía;
también la miraba a ella, a Luz, y aun con mejores
ojos que a las bellezas inanimadas del paraíso; y
como el mancebo era, en opinión de Luz, «el sentimiento
de la bondad y la fortaleza», y hasta «el arcángel
guardador» de todo aquello, que ya era «de los dos», Luz
bajó del terrado, sin miedo y sin escrúpulos,
y el mancebo la salió al encuentro; y ella apoyó
su brazo en el brazo que le presentó él, y
se fueron juntos por el sendero adelante; y mientras andaban
así, a Luz le parecía más radiante la
del sol y que eran más olorosas las flores y más
blandos los senderos; los ruidos más armoniosos, el
ambiente más saludable y los pajarillos más
alegres. Después, en la soledad de su casita, todo
lo hallaba más cómodo y risueño; y al
poner sus manos sobre el teclado del piano, le arrancaba
del fondo notas de una vibración como jamás
había arrancado de aquellas fibras de acero.
Pues
bien: algo así, con este cuadro primaveral por base,
podía ser la vida de una mujer como Luz, si la dijeran:
«Escoge un mundo a tu gusto para ti sola, o para los dos
a lo sumo». No pediría ella otra cosa. Y, sin embargo,
se guardaría muy bien de descubrir estos deseos en
medio de las realidades de su vida, porque estaba cierta
de que habían de ser calificados de locura.
Pero,
locura o no, soñó largo tiempo con el cuadro,
no sé, ni ella lo supo, si despierta o dormida; y
de tanto soñar con él, llegó a salir
del colegio con grandes dudas de si aquellos fondos de la
naturaleza y aquel mancebo guardador del paraíso de
sus sueños, que tan conocidos le eran ya, los había
visto ella en alguna parte.
No sé si el lector habrá
comprendido bien todo cuanto llevo dicho, o si yo no habré
sabido explicarme, para llegar a conocer el fondo del carácter
de Luz; pero seguro estoy de que, por muy mal que me haya
salido la tarea, se puede sacar de ella todo lo que se necesita
para convenir conmigo en que la marquesa de Montálvez
no tenía motivos para alarmarse al presentar en el
mundo a su hija, hecha una mujer, por el lado de sus pensamientos
y naturales inclinaciones. Y no se alarmaba por lo tocante
a este lado. Pero por el otro, es decir, por el de su belleza,
¿cómo evitar los riesgos que temía? ¿Qué
más daba que ella se fuera sola hacia el cenagal,
o que el cenagal la buscara a ella, si lo importante era
que el uno y la otra se pusieran en contacto inmediato? Pensar
en recluirla de nuevo, teníalo hasta por inhumano,
además de ridículo. Era de necesidad, no solamente
«echarla al mundo», sino también lucirla en él.
Y en este caso, ¿cómo impedir que aquella gentileza
de Venus púdica, o mejor dicho, aquella realizada
idealidad de virgen cristiana, atrajera sobre sí todas
las voracidades de los hombres descorazonados y todos los
venenos de las mujeres envidiosas, y que fuera esta lepra
inficionando poco a poco a la inocente? ¿Cómo evitar,
cuando menos, que con el continuado roce con tantas y tan
diversas intenciones se destruyera el artificio y quedaran
de manifiesto a los ojos de Luz las negras realidades que
la marquesa le escondia hasta dentro de su misma casa?
Los
temores de la madre no podían ser más fundados;
pero había que cerrar los ojos y seguir adelante.
Y adelante fue.
Luz hizo su entrada en el mundo con la serenidad
de quien nada teme en una región que no le interesa.
Todo cuanto iba viendo le parecía natural y corriente,
porque cuando allí lo ponían, allí debería
de estar. Tomaba las cosas en el valor que a sus ojos tenían,
y a ese precio las pagaba; y como le sobraba en discreción
mucho más de lo que le faltaba en experiencia, siempre
salía muy airosa en estos tratos de su forzado comercio
con las frivolidades mundanas.
A más de por hermosa
en el grado especial en que lo era, por la historia que tenía,
fue su aparición en los salones mucho más notada
que otras semejantes: la mordieron las envidiosas con la
saña de las grandes ocasiones; la compadecieron a
gritos las pecadoras en secreto; los hombres la tuvieron
quince días sobre el tapete en sus debates naturalistas,
y los revisteros de salones soltaron toda la trompetería
más sonora de sus órganos, en honra y gloria
de la recién llegada al único mundo en que,
según ellos, se podía vivir debajo de la luna.
Aljófar, que todavía cantaba porque aún
tenía estómago insaciable que se lo exigía,
entonó en letras de molde una silva de media vara,
en que hubo más juegos de luz que en un «cuadro disolvente».
Ni de las murmuraciones a escondidas ni de las alabanzas
en público, tuvo noticias Luz; porque las primeras
no se oían, y cuidó mucho su madre de ocultar
las segundas con el sabio propósito de que desconociera
su hija, mientras esto fuera posible, aquella mala costumbre
de poner a las gentes en ridículo queriendo hacerlas
un favor.
Tomando por pretexto las pocas aficiones de la
novicia a los estruendos mundanos, la marquesa se guardaba
muy bien de empujarla hacia ellos; antes, la mantenía
discretamente en sus inclinaciones al sosiego, y hasta las
explotaba en cuanto la convenía para sus fines particulares.
Por ejemplo: Luz seguía fuera del colegio las prácticas
cristianas a que se había acostumbrado en él.
Iba a la iglesia a menudo y tenía sus rezos en casa.
Pues a todos estos actos piadosos la acompañaba su
madre. Algo la mordían sus amigas, y con gran donaire
se sacudía ella de las zumbas; pero seguía
yendo a la iglesia y rezando con su hija, muy a su placer.
Con todo esto y lo que ya se ha dicho en el capítulo
precedente sobre oreos y desinfecciones, que continuaban
en la necesaria medida, la casa de la marquesa, sin dejar
ésta de ser la dama de distinguido y ameno trato,
no era conocida ya. Aquellos profanados interiores de la
Montálvez habían adquirido el honrado aspecto
de un hogar de familia.
Algo retrasadas andaban estas medidas
de regeneración; pero nunca es demasiado tarde para
abrir a Dios la puerta de casa, después de haber barrido
de ella al demonio.
Guzmán, que era ya Excelentísimo
señor don José Celestino, senador del reino,
columna del partido conservador, consejero de Estado, embajador
probable, ministro posible y todo lo que quisiera, si lo
quería con gran empeño, pasaba la pena negra
desde que Luz había llegado a Madrid. Temblaba por
ella, y a su lado se hubiera puesto para ampararla de día
y de noche contra los peligros en que veía el tesoro
de candor que se encerraba en aquel estuche primoroso; pero
no alcanzaban sus derechos a donde llegaban sus impulsos.
Era harto sabida en Madrid la leyenda de la semejanza, con
todos sus antecedentes, y hubiera sido una profanación
inicua someter aquel ángel a nuevas comparaciones
y nuevos comentarios del público mordaz. Por eso se
creía más obligado a alejarse de ella cuanto
mayores eran sus deseos de acercarse. La admiraba y la protegía
a prudente distancia; pero esta prudencia se parecía
demasiado en sus tramites al desvío de un extraño,
y él no podía conformarse con tan poco.
Ya
sabemos que había vuelto a frecuentar la casa de la
marquesa desde que se andaba en ella a escobazos con el diablo.
En una de sus visitas, estando ya la desterrada joven en
Madrid, halló a su amiga muy alarmada. Luz sabía
desde muy niña que su madre era viuda, y de quién
lo era y desde cuándo; pero en lo que jamás
había dado, dio en las primeras conversaciones que
tuvo con su madre, recién llegadas las dos de Francia:
en pedirla noticias y pormenores íntimos de «su padre».
¡Figúrese el lector en qué aprietos no se vería
la aristocrática viuda de don Mauricio Ibáñez
para salir limpia y sin manchar a nadie, de aquel nuevo lodazal
en que la arrojaba de pronto el natural deseo de su hija!
Salió bastante mejor que hubiera salido otra pecadora
con menos ingenio y serenidad que ella; pero salió
muy dolorida y alarmada.
Refirió el caso a Guzmán,
muy en voz baja y después de registrar hasta los rincones,
temiendo que la oyeran, y también culpó a su
amigo de este nuevo fruto de su vida de iniquidades y contubernios.
-No es ya hora -la dijo Guzmán- de liquidar esas
cuentas tan envejecidas. Tomemos el caso como una advertencia
más del celo que se necesita aquí para que
no descubra Luz lo que jamás debe serle conocido,
y eso nos baste, que no es poco en gracia de Dios. El bien
de tu hija debe ser el móvil de todos tus actos y
pensamientos. Yo te ayudaré con los míos, en
cuanto me sea posible y lícito, a la distancia a que
me hallo de vosotras. Olvido absoluto de todo lo demás...,
hasta en sueños, si dable nos fuera; y desde este
instante no se pronuncie una sola palabra entre nosotros
que no pueda ser oída de Luz sin asombro de su ignorancia
y de su inocencia; porque fuera caso peregrino que lo que
tratas de ocultarla entre las desenvolturas de las gentes
extrañas, se lo descubrieran en su propio hogar tus
mismas imprudencias.
A la marquesa le pareció muy
cuerdo el dictamen de Guzmán, y desde aquel día
se acabó entre ambos el tratamiento llano de sus intimidades;
quedó proscrita toda alusión a lo pasado, y
no fue en la casa de Luz ni fuera de ella el antiguo amante
de la hermosa Nica Montálvez, más que un amigo
muy afectuoso y atento de la ajamonada viuda del arruinado
banquero don Mauricio Ibáñez.
  - IX -
La marquesa había dicho a su médico que probablemente
necesitaría tomar, durante el verano que se acercaba,
algunas aguas sulfurosas y quizás también algunos
baños de mar; pero «caserito todo ello, y a lo pobre».
Quería dar a entender que en puntos de poco ruido
aristocrático y en España. En seguida expuso
las razones en que se fundaba para creer de necesidad lo
que decía (fundamentos que bien pudieran haber sido
inventados por ella). El amable doctor, después de
escucharla atentamente, la respondió muy risueño
que estaba enteramente conforme con su parecer. Entonces
añadió la marquesa que ella sabía de
una provincia española donde se hallaban ambos remedios,
y a muy corta distancia el uno del otro.
-Pues a esa provincia
-repuso el complaciente médico-. Tome usted muy poco
de lo sulfuroso y cuanto pueda resistir de lo del mar; y
si Luz no tiene miedo a las olas, que se columpie en ellas
también siempre que le dé la gana, pues hasta
en naturalezas tan saludables como la suya sientan esos tónicos
a maravilla.
Y por estas razones, con alguna más
que ella conocería, y que bien pueden sospecharse
sabiendo su nuevo modo de pensar sobre las vanidades de su
mundo, se hallaba la marquesa de Montálvez con su
hija, en el rigor de aquel verano, tomando los baños
de mar en una de las playas más hermosas, aunque no
la más nombrada, de la Península.
Se encontraba
muy bien allí. La concurrencia era abundante, pero
no de primer lustre. Precisamente lo que la marquesa quería.
Gentes de buen pelaje: de tierra adentro las más,
pero sin llegar a Madrid. Como no había etiquetas,
aunque si mucha presunción, entre los bañistas,
la marquesa vivía entre ellos con la mayor holgura,
casi en traje doméstico; y no suprimía el casi,
porque no se tomara su desaliño a desdén de
gran señora. El aire de la playa, el rumor de las
olas, la inquietud de la mar, el abrupto perfil de la costa,
las puestas del sol entre celajes de fuego y sumergiéndose
el astro y apagando su luz poco a poco en lo último
de aquellas aguas sin fin... Cien veces lo había tenido
delante de los ojos en otras playas de Europa, y no lo había
visto hasta entonces. ¡Qué saludable y qué
hermoso le parecía!
Creían hacerla un gran
favor aquellos corteses bañistas cuando la invitaban
a las fiestas con que entretenían los ocios de la
temporada; y no podían imaginarse hasta qué
extremo la molestaban poniéndola en el deber de aceptarlo
todo. ¡Fiestas a ella, que venía huyendo de las que
le habían envejecido el espíritu a lo mejor
de la vida!
Pero no se trataba de ella sola: se trataba
de Luz, a quien indirecta, pero principalmente, iban enderezadas
las invitaciones, y era muy justo no desairarlas, así
por la buena intención de los invitantes, como por
lo inofensivo de lo brindado. Podía la hermosa novicia
hasta saturarse de ello sin temor de daño alguno.
Lo peor era que Luz no lo apetecía mucho más
que su madre. Habían hecho que lo tomara casi en aborrecimiento
las intemperancias galantes de aquellos donceles que la miraban,
que la seguían y que la requebraban implacables, y
de aquellas damas que buscaban su trato incesantemente para
alabarla cuando hablaban con ella, para ponerla defectos
las más, en cuanto se alejaban un poco, y para imitarla
todas, al fin, hasta en el modo de andar.
Pero lo que su
madre le decía: «estás aquí, y en la
edad de divertirte, y tienes hasta que hacer que te diviertes
con lo que aquí se divierten los demás». Y
Luz lo aceptaba todo con el mejor de los deseos, y en todas
partes aparentaba divertirse mucho, aunque en realidad se
divirtiera muy pocas veces. Sin embargo, tampoco se aburría;
y quiero que conste este dato para que no se confunda con
el melindre indigesto lo que era hasta abnegación
de una naturaleza sobria y delicada de gustos.
La marquesa,
por vecindades en la mesa redonda del hotel en que se hospedaba,
había trabado amistad con una señora de buen
aire, la cual señora tenía dos hijas muy guapas:
la una y las otras eran, además, muy discretas y muy
distinguidas de porte. Tampoco eran de Madrid -condición
muy del gusto de la marquesa-; pero sin ser de Madrid se
puede ser guapo, y hasta listo y elegante. El caso es que
si las dos señoras simpatizaron entre sí, las
chicas de la una se entendieron con Luz y Luz con ellas,
como si toda la vida hubieran andado juntas y en paz. En
muy pocos días llegó a haber entre ambas familias
toda la intimidad que cabe en los tratos de esta especie.
La marquesa, particularmente, estaba como niño con
zapatos nuevos con la amistad de aquella señora, que
era afable sin fingimientos, y buena sin doblez. Nunca se
había visto en otra la gran dama; y este sencillo
y honrado placer se le debía a la mujer de un magistrado
cesante. ¡Y ella se había pasado la vida pagándolos
a precios exorbitantes en las grandes cúspides sociales,
sin adquirir uno solo que no la dejara rastros de amargura
y de remordimientos!
Luz y sus dos amigas paseaban juntas
muy a menudo, juntas se bañaban y juntas asistían
a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado habían
visto y aprendido más cosas de la vida que ella, y
la entretenían mucho con sus relatos de sucesos (limpios,
se entiende) recogidos siguiendo a su padre de la Ceca a
la Meca, por azares de su destino. Luz, en cambio, nada por
el estilo podía contarlas; porque hasta de su mundo,
al cual era recién llegada, sabía mucho menos
que ellas, aunque sólo le conocían de oídas.
Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al último
límite, y resultó que la mayor de las dos hermanas
estaba ya para casarse, y muy enamorada. Él era un
joven muy guapo, recién graduado de doctor en Medicina;
rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que
el pelo; muy alegre por carácter, y muy cariñoso:
a ella la quería atrozmente. A la hora menos pensada
se presentaría por allí: se lo tenía
prometido. En la última carta, que era de Madrid,
la anunciaba una gran sorpresa. Debía de ser su llegada.
Ya tenían puesta la casita, muy mona, en la mejor
de las calles de la ciudad. Él era buen músico
y algo pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Habían
comprado uno nuevo, vertical: como mueble, muy elegante.
Luz oía todas estas cosas con gran atención,
y no negaba que el novio de su amiga fuera muy guapo, con
su barba rubia y su pelo recortado; pero a ella le gustaban
más los hombres de pelo negro y abundante y con bigote
solo, y no largo ni muy espeso. Bien estaría la casita
de los novios; pero no tanto cómo el chalet que ella
tenía en lo alto de «su mundo»; y en cuanto al piano,
por superior que fuera, ¿a que no sonaba tan bien como el
suyo, cuando se ponía a tocarle después de
dar un paseo por las tortuosas veredas de su paraíso,
con «el arcángel» que se le custodiaba?
Por supuesto
que Luz no decía nada de esto a sus amigas, ¡quién
se lo mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo creía.
¿Y qué mal había en ello?
Aquella noche había
baile en el gran salón que uno de los hoteles tenía
destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas
a corta distancia de las dos madres, se dirigían a
él, algo más peripuestas de lo que habían
pensado por la mañana, porque a última hora
se supo que acababa de llegar un gran contingente de bañistas
de buen humor, que no faltarían al baile. No era bastante
motivo este para emperejilarse más las mujeres que
asistían a otros tales muy bien vestidas; pero la
idea nació de la novia del doctor de barba rubia;
y hay motivos para creer que tomó por pretexto la
asistencia de gente desconocida al salón, para presentarse
en él bien engalanada, sospechando que su novio le
había de dar allí la anunciada sorpresa. Por
lo mismo que ya no bailaba más que con él,
quería, si sus sospechas se realizaban, hacerle en
aquella ocasión los honores en toda regla.
Y fue
verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de
muy buen porte; y también se confirmaron las sospechas
de la hija mayor del magistrado cesante: allí se le
apareció de golpe su novio, tal como ella le había
descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre
y cariñoso, a juzgar por las muestras del momento.
Comenzaron en seguida las presentaciones y los mutuos cumplimientos;
tocose luego a bailar, y con este motivo la novia se colgó
del brazo que el novio la ofrecía y, se largaron juntitos
por el salón adelante.
Luz (que se excusaba de bailar
siempre que podía) estaba sentada entonces, y desde
su asiento seguía con la mirada a los novios, asociando,
sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso
otros detalles semejantes de sus imaginaciones paradisiacas.
En aquel encuentro y en aquel paseo, ¿no había un
extraordinario parecido con los encuentros que ella tenía
y con los paseos que se daba bien a menudo en las arboledas
de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos entre
sí; pero las figuras... También en las figuras,
en las de ellos, encontraba grandes diferencias. Este era
rubio y poco esbelto, al paso que el otro...
Y al llegar
aquí la candorosa Luz con sus comparaciones mentales,
se quedó abismada en el mayor de los asombros... junto
a la puerta de entrada al salón, en el mismo sitio
donde ella tenía puesta la mirada, casi rozándose
con el novio de su amiga, que pasaba por allí en aquel
momento, acababa de aparecer... el otro, el mancebo de sus
imaginaciones; la figura de su cuadro, con su gallardía
de continente; con su pelo negro, suelto y abundante; sus
rasgados ojos tan negros como el pelo y el sedoso bigote;
su boca risueña y su mirar dulce y profundo. ¿De dónde
venía? ¿A qué iba allí?... No cabía
duda: venía de su paraíso... y en busca de
ella. ¿De qué otra parte podía venir, ni qué
otra cosa, sino a ella, podía buscar en el salón
con aquel modo de mirar tan suyo?... Ya la había encontrado.
¡La misma sonrisa de allá; la misma expresión
de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar que
cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre
carrascas, hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces
sola en su azotea, habría bajado de ella en seguida
para salirle al encuentro; pero no estaba sola, ni en la
azotea, y esperó a que llegara él.
Y llegó,
y la invitó a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante,
se levantó de su asiento, enlazó su brazo con
el brazo que le ofrecía el mancebo, y se fue con él
por el salón adelante... ¡Lo mismo que cuando se iban
por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!
No bailaron...,
¡qué habían de bailar?
Lo que Luz no recordaba
bien era el timbre de la voz de su acompañante de
allá; pero en cuanto oyó hablar al otro de
carne y hueso, exclamó para sí con nuevo asombro:
«¡El mismo!»
Este otro la dijo que había ido a buscarla
allí, porque una corazonada le había declarado
que allí la encontraría. Luz no se atrevió
a preguntarle dónde se habían conocido los
dos, ni qué era lo que le movía a buscarla
con tanto empeño; y él la enardeció
todavía más los deseos, declarando que la conocía
mucho, ¡muchísimo! Jurara que de toda la vida, aunque
la había visto muy pocas veces, y sólo sabía
de ella que se llamaba Luz.
¡Y Luz, en cambio, con haberle
tratado tanto, ignoraba todavía cómo se llamaba
él!... Se atrevió a preguntárselo.
-Me llamo Ángel -respondió el mozo. ¡Ángel!
Por arcángel le había tomado ella muchas veces
al contemplarle en su imaginado paraíso guardándole
las puertas. ¿Qué venía a suponer esa leve
discrepancia de jerarquías? Siempre resultaba el mismo
«guardián».
Pero ¿dónde la había conocido?
Eso es lo que ella quería saber para acabar de orientarse
en aquel laberinto de coincidencias tan de su agrado. Y al
fin lo supo también. Ángel la habla visto con
admiración desde lejos, entre otros que también
la admiraban. Por lo que les oyó decir, averiguó
que se llamaba Luz, nada más que Luz. ¿Y no era eso
bastante? No volvió a verla en el mundo de la realidad,
por más que la buscó; pero se forjó
él otro mundo a su capricho, en el cual la veía
a todas horas; porque aquel mundo era para los dos solos,
Y viéndola allí y admirándola sin cesar,
le parecía que volaba el tiempo que había de
correr hasta que la encontrara de veras; porque este encuentro
había de ocurrir necesariamente. Lo creía con
ciega fe. Dios no infunde en el corazón humano sentimientos
tan dulces, tan puros y tan hondos como los que había
infundido en el suyo, para que se conviertan en semillas
de negros y dolorosos desencantos. Por eso se habían
realizado allí sus esperanzas de encontrarla. El sitio
era lo de menos, porque en alguno de la tierra había
de ser. Como creía llevar los pensamientos en los
ojos, y entre estos pensamientos estaba hecha a vivir la
Luz de sus ilusiones, no se asombró de que la Luz
de la realidad los leyera en las miradas con que la buscaba
por el salón, ni de que no temiera acercarse a ellos
para vivir también un rato entre tan buenos amigos.
Esta era la verdad; y si no se la decía, ¿para qué
había ido él allí?
Lo mismo opinaba
Luz. ¿De qué había de hablarla a ella aquel
hombre sino de esas cosas y en aquellos términos?...
Pero ¿cómo sería el mundo que él también
se había forjado a su capricho? Casi se atrevía
a jurar que era muy semejante a su paraíso. La duda
la impacientaba bastante, y se decidió a salir de
ella preguntándolo.
-Ese mundo -respondió
el mancebo -se concibe mejor que se pinta, como todo lo que
se siente por anhelos del alma. Desde luego no es un mundo
de cal y canto como el que han ido construyendo los hombres
para nido de sus vanidades dispendiosas y malsanas; es un
compuesto de primores de la naturaleza en su más dulce
reposo: auras de Mayo, rosas, follaje, pájaros...,
¡qué sé yo!, y, sobre todo ello, y para alumbrarlo,
vivificarlo y embellecerlo, la Luz de mis ilusiones, del
hada de aquellos encantados jardines.
-¡Los conozco! -exclamó
aquí la joven sin poderse contener; y añadió
a la pintura, a grandes rasgos, de los jardines del otro,
algunos detalles de los del suyo.
-¡Eso mismo!-dijo el pintor
idealista; y en el acto preguntó a Luz que de qué
los conocía; y Luz tuvo que responder que también
ella había vivido mucho tiempo en un mundo de aquella
traza.
-¿Sola?-la interrogó entonces el confidente,
con fogosa vehemencia.
Y a esta pregunta no pudo responder
Luz de pronto, porque le dejó sin ánimos para
ello una sensación que hubiera creído de miedo,
a no parecerle tan agradable.
-Sola...,sola no -llegó
a decir, bajando los hermosos ojos y con las mejillas muy
sonrosadas-: con él.
Y de aquí no pasó
ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfió
mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias
que lo impedían.
Ni ¿para qué pasar? ¿No era
preferible la elocuente actitud de la interrogada, a la más
terminante de las frases?
Luz, siguiendo la conversación
y no hallando en su memoria un motivo real y verdadero de
donde derivar el enlace lógico de tantas y tan singulares
coincidencias, convino con su amigo, al volver éste
sobre lo ya tratado, en que cuando Dios infundía ciertos
sentimientos en un corazón, bien podía infundirlos
iguales en otro, si entraba en sus designios que ambos corazones
se encontraran, por apartados que estuvieran, para formar
uno solo...
No podía darse mayor conformidad de pensamientos
entre Luz y su amigo, ni realidad más parecida a la
hermosa ilusión forjada en dos cerebros juveniles.
¿A qué pedir más por entonces?
Lo peor era
que las gentes se regían allí, en el salón
del baile, por leyes muy distintas de las del mundo ideal
de los dos enamorados; y era ya preciso que ella volviera
a sentarse y que se separaran, después.
Y se separaron,
tan pronto como Luz se sentó donde antes había
estado sentada, entre su madre y su amiga sin novio. La que
le tenía continuaba paseando todavía con él.
Con serle tan conocido a Luz cuanto la rodeaba, todo le
parecía nuevo, por más hermoso: hasta el piano
le sonaba mejor. ¡Lo mismo que le sucedía en la casita
de la azotea después de pasear con él por las
veredas blandas y retorcidas de su edén!
Ángel,
después de dejarla sentada, había desaparecido
del salón. La marquesa, que no le había perdido
de vista un solo momento, deseaba saber quién era;
y ni se lo pudieron decir sus amigas ni la misma Luz, a quienes
se lo preguntó. Luz sólo sabía que era
él, y esto no debía respondérselo a
su madre; la cual, por lo mismo que lo había sospechado
por lo que había visto y lo que estaba observando
en el arrobamiento y turbación de su hija, tenía
mayor empeño en saber algo más; y repitió
la pregunta al novio de la hija de su amiga cuando pasó
cerca de ella.
Según este declarante, el sujeto en
cuestión era madrileño, muy rico, abogado por
lujo, y se llamaba Ángel, Ángel Sánchez,
o Pérez, o López..., un apellido así,
de los más llanos y corrientes. Sabía esto
porque habían venido juntos desde Madrid, por casualidad.
Parecíale un joven sumamente despejado y discreto...,
y no sabía otra cosa de él, ni buena ni mala.
  - X -
Ángel desapareció del salón del baile
aquella noche, pero no de la playa. Al otro día se
dejó ver instalado en el mismo hotel en que vivía
la marquesa. Habló con Luz en el comedor y en el jardín,
y dondequiera que le fue posible y le pareció lícito,
y Luz se le presentó a su madre a título de
amigo suyo, como «el mejor de sus amigos». Así le
calificó.
Se necesitaba tener los ojos muy poco avezados
a estudiar fisonomías, escasa luz detrás de
ellos, menos mundo y demasiada carga de malicias, para recibir
mal a un presentado de aquel corte; y como a la marquesa
le sobraban mundo, luces, experiencia, buen gusto y hasta
motivos especiales, «el mejor amigo» de su hija fue recibido
por ella muy cortés y cariñosamente.
A los
pocos días Ángel era también «el mejor
amigo de la casa», y el compañero inseparable de Luz
y sus amigas en corrillos, fiestas y paseos. No podían
pasar las cosas de otro modo con un carácter como
el del «guardián del paraíso» de Luz.
«Era
un conjunto -escribe la marquesa- de enterezas y formalidades
de hombre, de sinceridades de niño y de entusiasmos
de artista, envuelto en un cendal de los más nobles
y honrados pensamientos; pensamientos que se le leían,
aunque callara, como si su cerebro fuera urna de transparente
y limpio cristal. Era imposible no franquear todas las puertas
de la casa a un huésped como aquél, que llevaba
todo su caudal de sentimientos y de ideas a la vista y sin
cerrojos.»
Ya conocía la madre el génesis
novelesco de la amistad de su hija con él, y había
hecho suma gracia a sus malicias de mujer de larga historia;
y le conocía porque Luz, que se había arriesgado
a declararla lo más, no tenía para qué
ocultarla lo menos. Por cierto que se vio la pobre en grandes
apuros para pasar con el idilio entre las sonrisas cáusticas
de su madre, siguiendo el fantástico camino por donde
habían llegado las cosas al punto en que se hallaban.
Pero, idilio o no, el desenlace era un hecho positivo y
de una realidad bien simpática para la marquesa, hasta
aquellos momentos. En adelante ya vería, según
fuera descubriéndose lo mucho que aún ignoraba.
Luz le había presentado el mancebo con su nombre y
apellido; pero como éste le había sonado poco
a fuerza de parecerle vulgar, ya se había olvidado
de él, hasta por costumbre de llamar al presentado
por su nombre de pila, que tan bien le cuadraba. Y esto era
muy poco saber todavía.
Las amigas de Luz y el novio
de la mayor, desde la noche del baile se bebían los
vientos olfateando noticias del aparecido en el salón,
por supuesto que con la mejor de las intenciones; pero nada
averiguaban de fundamento, aunque por la playa corrían
ya las versiones más estupendas y contradictorias
acerca de la procedencia y vicisitudes del novio de Luz;
que por esto solo, es decir, por ser el novio de la bañista
más hermosa y más visible de cuantas por allí
se exhibían, tenía el triste privilegio de
atraer sobre sí todos los rigores de la curiosidad
desocupada.
Entretanto, él y ella habían ido
trocando poco a poco las tintas ideales de sus alegorías,
y buscando la comunicación de sus mutuos sentimientos
por otros carriles más humanos, aunque menos pintorescos;
se amaban a la manera de los mortales del mundo sublunar
que se aman de veras, sin afirmarlo a cada instante, pero
sin vacilaciones ni recelos, ni ansiedades locas ni exigencias
ridículas. Luz hallaba menos cargado de poesía
este cuadro de la realidad que el otro de su fantasía;
pero, en cambio, le parecía más substancioso,
y por ello no se lamentaba del trueque. Verdad es que Ángel
sabía mantenerla en tan buena conformidad pintándola
a menudo, y para lo porvenir, hasta panoramas enteros, que
no por desenvolverse en el prosaico mundo «de cal y canto»,
dejaban de ser llamativos para la venturosa pareja que había
de habitar en ellos.
Cuando la marquesa comenzaba a echar
de menos los pormenores que Luz no podía darla sobre
la procedencia del «mejor amigo» de ambas, se anticipó
el interesado mismo, en una ocasión bien elegida,
cuando vino muy a pelo, a sacarla de su apuro, relatándola
con noble, sencilla y hasta elegante ingenuidad, su filiación
entera y verdadera.
Esto ocurrió una tarde, en la
intimidad de una conversación habida en el mirador
del gabinete de la marquesa entre ésta, su hija y
el relatante, al blando rumor de las ondas que venían
a morir, deshaciéndose en ancha faja de espumas, sobre
la playa inmediata. He aquí la substancia de su relato:
Ángel era el menor de varios hermanos suyos, a quienes
no llegó a conocer, porque murieron siendo muy niños.
El temor de que también él se muriera, fue
causa de que le guardaran sus padres como oro en paño.
Cualquier otro en su lugar se hubiera perdido con lo que
se hizo con él por el afán de conservarle.
A él le salvó su naturaleza, francamente refractaria
a vivir bajo fanales. Nunca fue niño mimoso ni asombradizo,
aunque sí muy avaro del calor del hogar y de la familia.
No llegó a perdulario, ni con cien leguas; pero rompió
muchos zapatos jugando en las plazuelas con otros camaradas;
se descalabró bastantes veces, y no volvía
a casa, de retorno de la escuela o del paseo, con la ropa
más limpia ni más entera que la de cualquier
otro muchacho de buenas agallas. Lo que nunca hizo fue negar
en casa lo que había hecho en la calle, ni quejarse
contra nada ni contra nadie por sucesos de que él
solo tenía la culpa. Esta sinceridad le valió
nuevas largas de quien tenía derecho para atarle corto;
pero él no las quiso, es decir, no usó de ellas,
porque le bastaba con las que ya tenía para expansión
necesaria de las fuerzas de su temperamento. Cumplió
bastante bien con sus deberes escolares. No descolló
gran cosa entre sus condiscípulos de primeras y segundas
letras, pero tampoco fue de los últimos. Se creía
muy en su puesto estando donde estaba, y por eso jamás
tuvo celos de los que le precedían, ni miró
con desdén a los que iban detrás.
Cuando llegó
el momento de elegir una carrera, hubo grandes porfías
en su casa. Todo parecía poco para él, y él,
entretanto, tenía bien limitadas las ambiciones sobre
este particular; no sólo porque era cosa convenida
que no necesitaba la carrera para vivir a expensas de ella,
sino porque no quería echar sobre su cabeza mayor
carga de la que pudiera sufrir con desahogo. Fue siempre
un enigma indescifrable para él la convenida claridad
de las matemáticas. Excusado era enderezarle por este
camino. Aun suponiendo que hubiera sido capaz (que no lo
fue) de penetrar los alambicados y abstrusos conceptos de
la metafísica, reputaba por perfectamente inútil
en la práctica de la vida toda esa jerga filosófica
que ha tenido siglos enteros en perpetua disputa a la mitad
del mundo sabio, sin que haya quedado más fruto positivo
y tangible de tan larga y encarnizada batalla que un rimero
de infolios en latín, que van royendo poco a poco
los ratones y las polillas. No tenía estómago
bastante fuerte ni entrañas del temple necesario para
médico, amén de que, como carrera de lujo,
la de Medicina le parecía la menos a propósito
de todas las carreras. Y así, por este sistema de
exclusión, llegó a demostrar a su padre que
él no podía ser otra cosa que jurisconsulto,
la carrera en que caben todos, los grandes y los pequeños,
los listos y los tontos, y los que se buscan el título
como puerta para salir a todos los campos de las humanas
ambiciones, que no eran pocas a la fecha.
Y se hizo abogado
en unos cuantos años de estudiar regularmente y de
asistir a cátedra con bastante puntualidad, sin pedir,
por iniciativa propia, más vacaciones que las de reglamento,
ni perorar en los motines universitarios, ni fomentar huelgas
ni manifestaciones escolares de ninguna especie, aunque obligado
a servir de comparsa en las que le tocaron en suerte.
Siendo
abogado a los veintidós años, ya no supo qué
hacerse, y por hacer algo tuvo serias tentaciones de abrir
su correspondiente estudio; pero no cayó en ellas,
en primer lugar, porque con los aires de un largo viaje que
hizo por entonces para acabar de convencerse de que en el
mundo hay algo más que Madrid y sus afueras (lo cual
no quieren creer todavía algunos madrileños),
se le modificaron mucho las ideas sobre el bufete de letrado;
y, en segundo lugar, porque ya le chisporroteaban en la mente
ciertos reflejos de otras regiones más altas y serenas
que las del foro; reflejos que, con el roce y continuo trato
de personas avezadas a vivir en ellas, llegaron a ser clara
luz con la cual descubrió nuevos mundos que le despertaban
grandes apetitos en su fantasía, y en los cuales eran
desconocidos los procuradores y el papel. sellado.
Felizmente,
conservaba Ángel en toda su pureza la buena pasta
de sus primeros años. Continuaba conformándose
con lo que en buena ley le correspondía, y teniendo
por precepto de ella el volverse a su puesto, muy tranquilo,
después de malogrársele su intento de valer
un poco más, bien convencido de que no todos los viandantes
servían para todos los senderos. De otro modo, no
hubiera ganado para sustos, contrariedades y descalabros;
porque el mozo, en este particular, siempre fue curioso y
decidido.
Antojósele que «también él»
era poeta, porque era sensible y veía claro en el
espacio de las ideas. Allí estaban, y suyas podían
ser como de cualquier otro. Decidiose, y se apoderó
de unas cuantas que mejor le parecieron. Trabajo inútil.
Lo que tan hermoso se le antojó disperso y revoloteando
en los cielos de su fantasía, entre manos profanas
no era más que un puñado de cosas descoloradas
y deformes. Le faltaba el arte con que vestirlas para que
fueran la expresión exacta de lo concebido en la mente,
y esto no era ser poeta.
Ya siendo estudiante se había
creído capaz de ser pintor, porque sentía y
amaba a la naturaleza, y tributaba admiración y hasta
saboreaba las obras de los grandes maestros. Además,
la herramienta de este oficio le parecía de mayores
recursos y más entretenida que la pluma, Otro desengaño.
¡Siempre la idea desfigurada y confusa entre la obscuridad
de un arte deficiente! La misma dificultad con los colores
que con las palabras. Cuanto más trabajaba para dar
relieve a las formas de su pensamiento, más le desvanecía
y le ahogaba entre la balumba de las frases huecas o de los
colores resobados. Esto no era ser artista.
Otro en su lugar
no se habría dado por vencido en estas luchas, y hubiera
inundado de coplas y de monigotes a España entera,
para ofrecernos en cada disgusto un testimonio de que él
era tan poeta y tan pintor como los mejores, o de que si
no lo era todavía, lo iría siendo poco a poco;
pero Ángel, para honra suya y tranquilidad de los
españoles incautos, aprovechó las caídas
para estimar el valor de lo que a él le estaba vedado,
y empleó las fuerzas que otro hubiera gastado en odiar
a los que eran lo que él no podía ser, en admirarlos
quieta y sosegadamente, porque sabían expresar las
más altas ideas con los procedimientos más
sencillos. Y esto era ser poeta y ser artista.
Antes que
en pintor, había querido picar en músico; y
en este intento, aunque no llegó a dominar el arte,
sacó mejores frutos que en los otros: tenía
paciencia, mucha maña y buen gusto, y el piano era
un almacén de sonidos hechos. De este modo, si no
creaba, cuando menos se divertía extrayendo del depósito
las notas, concertadas por el orden que se le señalaba
en un papel. Llegó a ser un regular pianista.
Después
de su fracaso de poeta, quedábale el recurso de la
prosa, que parece ser el prado del concejo para todos los
aficionados a retozar en los campos acotados de las letras,
y aun de las artes, las pedestres inclusive. Ángel
no llevaba a tal extremo sus aprensiones, porque esto no
cabía en un mozo de tan buen sentido; pero muy cerca
le andaba cuando consideraba el caso desde lejos. Por de
pronto, creía que sin las trabas del metro y de la
rima, el ropaje de la idea era mucho más fácil
de cortar. En la prosa, el arte, si arte se necesitaba para
manejarla bien, era llanote y campechano; las pruebas abundaban,
al decir de las gentes, de que en España bastaba querer
para convertirse un zapatero en literato distinguido; y esto
no sería del todo exacto por lo tocante a los zapateros;
pero podía serlo por lo tocante a él, que había
cultivado la inteligencia, conocía bastante bien la
lengua en que pensaba, y hasta sabía distinguir los
libros escritos con arte de los emplantillados por zapateros.
Y se atrevió con una novela, cuyo asunto vela bastante
claro en su cabeza. Cuestión de coger aquellos personajes,
decir cómo eran, dónde vivían y de qué
modo; de qué pie cojeaba cada uno, y moverlos de acá
para allá, lo mismo que se mueven las gentes en el
mundo, al compás de sus necesidades y según
lo pidan sus virtudes o sus pasiones. Nada más sencillo
ni hacedero. No se lo parecería tanto sí se
tratara en la novela de cosas del otro jueves: de laberintos
de sucesos, de lances inesperados, de sorpresas deslumbradoras
y espantables, obra para la cual se exige una fuerza inventiva
de todos los demonios, y hasta un acopio de auxiliares mecánicos
que no se hallan ni se construyen en los talleres de un novelista
cualquiera.
La armazón de la novela de Ángel
era la siguiente: un comerciante muy rico tenía una
mujer muy guapa, la cual mujer era, además, ligera
de cascos. De este matrimonio nació una hija que llegó
a ser moza, sin que, su madre se recatara de ella todo lo
que debía para entregarse a sus liviandades, que iban
de mal en peor y al cabo llegaron a matar de pesadumbre y
de vergüenza al pobre comerciante. A la hija la pretendió
un abogadete poco aprensivo; la pretendida le quiso y llegó
a casarse con él; al poco tiempo de casada la galanteó
un coronel muy guapo: a ella le gustaba mucho el coronel,
que era mejor mozo que su marido; y porque le gustaba y estaba
muy hecha a considerar, en el ejemplo de su madre, que el
ser mujer casada no impide enamorarse de otro más,
aceptó los galanteos del coronel, el cual desorejó
en un duelo al abogado ofendido, por habérsele quejado
éste de la ofensa. Cuando se cansó del coronel,
amó a un ingeniero civil, y después del ingeniero
a un periodista, y así sucesivamente hasta un torero
de fama; porque el público llevaba una cuenta minuciosa
de todas esas prodigalidades amorosas, aunque la pródiga
pensaba que nadie se las veía. Con este caso bien
podía darse a entender, sin declararlo con la pluma,
que, sin un milagro de Dios, de madre mala no puede nacer
hija buena, porque aun sin contar con lo que influye en las
inclinaciones de las segundas el mal ejemplo de las primeras,
hay quien cree que los vicios se heredan como las escrófulas
y la tisis. Pero la esposa del abogado tuvo también
una hija, y ésta hija era guapa y parecía muy
buena. Por de pronto, se había educado de muy distinta
manera que su madre: lejos de ella y del ruido de los escándalos.
De esta chica se enamoraba un forastero, ignorante de todo
lo que pasaba y había pasado en aquella familia; el
forastero era guapo mozo, muy honrado y sumamente noble y
sencillo de carácter, por todo lo cual la chica llegaba
a quererle con todo su corazón... Y aquí entraba
la dificultad que había sumido al autor en grandes
dudas. ¿Qué hacía con la pareja de enamorados?
¿Conservaba al novio en su ignorancia y los casaba, exponiéndole
por toda su vida a la conmiseración ultrajante del
público, que estaba en autos, cuando no a más
graves peligros si la cabra tiraba al monte a lo mejor? ¿Le
enteraba de todo? Y en este caso, ¿qué hacía
el pobre muchacho después de poner en horrible lucha
a su corazón con sus naturales repugnancias? ¿Renunciaba
a la hija, que era buena, por los pecados que había
cometido su madre? Y en caso afirmativo, ¿disculpaba su resolución
con la verdad? procediendo así, ¿qué hacia
ella? ¿Le culpaba a él, o culpaba a su madre? ¿La
mataban el dolor y la vergüenza, o se resignaba y vivía?
No había lucha ni vacilaciones en el novio después
de descubrir lo que ignoraba, y entraba con todas, porque
su amor le cegaba: ¿era su papel, en este supuesto, más
airoso que el de casado en la ignorancia de lo que ahora
conocía? ¿Salía buena su mujer, o salía
mala? ¿Cuál era lo más natural, lo más
humano, lo verdadero, teniendo en cuenta que su obra no había
de ser un libro de tesis, sino la exposición amena
de algunos sucesos arrancados de la realidad de la vida?
Dejando estas dudas sin aclarar por de pronto, y muy confiado
en que la fuerza misma de las cosas al tratar de ellas le
daría resueltas las dificultades, comenzó a
escribir la novela... ¡Otra sorpresa más y un nuevo
desengaño! Con saberse todo el Diccionario de la Lengua
y conocer al dedillo personas y lugares, los retratos y pinturas
de ellos, más que cuadros de color, le resultaban
inventarios de escribano. También allí hacia
falta el arte, y mucho arte; porque hasta que lo tocó
con las manos no pudo convencerse de que lo más sencillo
y trivial a la simple vista, lo que estamos contemplando
a todas horas, porque vivimos entre ello, es lo más
difícil de pintar en un libro.
Entonces arrojó
la pluma pecadora y se curó de toda tentación
de meterla en donde no la llamaran; pero, en cambio, fue
desde aquel momento un devoto, hasta lo místico, del
arte en todas sus verdaderas manifestaciones, sin temores
ni barruntos de que pudiera incurrir jamás en el feo
vicio de profanarle con atrevimientos de aficionado, y con
la lícita vanidad de ser el único español
que, pudiendo, no había molestado a la paciencia pública con una sola «muestra de su menguado ingenio».
Yo no sé
si parecerá bien a los lectores de cierta contextura,
que un mozo como Ángel les fuera con aquellas puerilidades
y estas retóricas a dos señoronas de Madrid
que estaban pasando una temporada en una playa de baños,
y entretenidas en ver desde el mirador de una fonda cómo
rompían las olas del mar, allí cerca; pero,
poniéndome en el peor de los casos, quiero que consideren
aquellos caballeros que de todo se puede hablar con señoras,
por aburridas que estén, hasta del teorema de Sturm,
que es la materia más desabrida que yo conozco; porque
el peligro de cansar al prójimo no está en
lo que se le cuente, sino en el modo de contárselo,
y puedo certificar que el relato de Ángel, por lo
fresco, por lo natural, ingenuo y desenfadado, fue oído
por las damas sin desperdiciar punto ni coma. Por otra parte,
¿de qué había de hablar en aquella ocasión
un mozo sin historia, a dos mujeres que estaban interesadas
en conocer hasta su modo de dormir?
¡Vaya si les iba cautivando
la atención! Tenía que leer la cara de la marquesa,
particularmente cuando el relatante expuso el plan de su
malograda novela y apuntó las dudas que le asaltaron
en lo más interesante. No parecía sino que
se había ideado para ella ¡Qué demonio de chico,
por dónde había ido a tomar el punto; y de
qué manera tan fácil podía llegar a
ser un hecho la ficción aquella, sin haberse escrito
todavía, y a resolverse en su casa, por la marcha
fatal de los sucesos, la dificultad que no había acertado
a resolver él en sus especulaciones imaginativas!
¡Tendría que ver eso!
Luz, aunque nada temía
por este lado, no por ello se interesaba menos que su madre
en los relatos de Ángel. Veíale entre ellos
adelantar rápidamente en su ya comenzada metamorfosis
de ente ideal en hombre vivo y efectivo, y no la desilusionaba
pizca la realidad que se iba descubriendo.
Siguiendo el
mozo su historia, dijo que entre sus tentativas de poeta
y de novelista fue cuando conoció a Luz, al salir
ésta un domingo de las Calatravas. Se metió
en el carruaje que la aguardaba en frente, y desapareció
calle abajo. Ángel sólo tuvo tiempo para admirarla
y para saber su nombre. Le oyó pronunciar en un corrillo
de desocupados que la conocían. Otra vez la vio en
un teatro, al cual había él llegado a última
hora. Ninguna de las pocas personas a quienes pudo preguntar
sabían quién era. Esto no debía extrañar
a la marquesa. Su mundo estaba muy lejos del mundo de Ángel,
y los amigos de éste eran muy contados, porque muy
pocos eran también los que se avenían a su
manera provinciana de vivir en la corte.
Y no volvió
a ver a Luz; pero lejos de borrársele su imagen en
la memoria, más se ahondaban sus trazos cada día
al calor del pensamiento, que no se apartaba de ella un solo
instante. Llegó a creer que en aquel señorío
que el recuerdo de Luz había hecho de su corazón
y de su fantasía, había algo de inspiración
sobrehumana. Aceptolo así; y con ando a esta idea
todos los entusiasmos que cabían en su alma virgen,
llegó a convertirla en culto fervoroso y apasionado.
Esto podría tener sus puntas de romántico y
sus lados de inocente; pero así era la verdad, y verdad
muy agradable para él. Tenía ciega fe en que
había de hallar a Luz algún día, y en
que, después de hallada, no había de desconocerle.
Y salió a buscarla, sin impaciencias, por aquel camino
que eligió a la casualidad. Apenas llegó, oyó
hablar de ella y hasta supo cuál era su linaje. No
se desanimó al conocerle, ni dudó que aquella
Luz de que hablaban pudiera ser otra Luz que ella. Y así
sucedió.
Lo demás no tenía para qué
referirlo, porque ya lo sabía Luz... y su madre también.
A estos informes particularísimos de su persona añadió
algunos otros que pudieran llamarse de familia.
Su padre
era un bendito de Dios, y su madre otra que tal, en el fondo,
pero algo más áspera y sombría en las
formas. El uno y la otra no vivían ya sino por él
y para él. No querían que se contagiara de
la vida que ellos hacían, modesta y retirada; les
gustaba que fuera más corriente y algo mundano, y
al mismo tiempo temían verle muy metido en el mundo
por los peligros que soñaban en él, particularmente
su madre, que era demasiado recelosa y aprensiva. Ángel
procuraba acomodarse a este tira y afloja a que querían
someterle, y lo conseguía sin gran esfuerzo, porque
tenía todo lo suficiente para sus necesidades mundanas,
escogiendo entre lo mucho lícito y honrado que en
el mundo había.
Por aquellos temores, más
llevaderos en el padre que en la madre, ansiaban los dos
porque el hijo tropezara pronto con su media naranja. Solamente
viéndole casado, y bien casado, se atreverían
a conceptuarle seguro.
Y aquí se calló el
relatante, porque ya no tenía más que decir,
a su juicioso entender. Sin embargo, la marquesa echaba de
menos un detalle de gran monta allí; detalle que si
Ángel no le había omitido, ella le había
olvidado ya. En la duda, le preguntó con dulcísima
afabilidad:
-¿Cómo dijo usted -porque soy muy flaca
de memoria para nombres- que se llamaba su padre?
Y Ángel,
que tampoco se acordaba si lo había dicho o no, y
temiendo en este último caso que se atribuyera la
omisión a un motivo que no cabía en la nobleza
de su alma, aceptó con gusto la fórmula que
le dio en su pregunta la marquesa, para responder cuanto
podía venir allí muy al caso, sin que se tomara
en mal sentido la respuesta:
-Santiago Núñez,
antiguo droguero de la calle de la Cruz, y hoy dedicado a
negocios de pasatiempo, en la calle Imperial, 15, segundo,
derecha, que es la casa de ustedes, con permiso de mi padre,
que no desautorizará mi ofrecimiento.
  - XI -
Un mozo rico, muy guapo, de alma noble, de claro y bien
cultivado entendimiento, sin gota de sangre azul en las venas
y sin trato ni conexiones de ninguna especie con el «gran
mundo», era cuanto, puesta a soñar, hubiera soñado
la Montálvez para novio de su hija. Y este novio existía
de verdad, y amaba a Luz, y Luz estaba enamorada de él.
Hasta aquí el asunto iba rodando sobre carriles de
seda y oro. Pero Ángel, el autor de aquella novela
nonata, en la cual se hilaba tan delgado a propósito
de las hijas buenas de madres malas, resultaba, a última
hora, pedazo de las entrañas de aquel espectro que
parecía no tenerlas para las madres pecadoras, y que
la marquesa no podía olvidar, con no haberle visto
más que una vez; y con este resultando y aquellas
dudas novelescas del mozo, ya el asunto cambiaba de aspecto
y de marcha, y hasta cabía pensar en que descarrilara,
si el diablo se metía por medio con una de las suyas.
Por de pronto, solamente al diablo se le podía haber
ocurrido la idea de que tantas y tan buenas prendas estuvieran
reunidas en un hijo de aquel otro demonio, y que este hijo
se le hubiera metido a ella por las puertas, y hasta en lo
más hondo del corazón de Luz. ¿Por qué
no le había parido otra madre más humana? Y
¿cómo se concebía que pudiera nacer tan hermosa
rama de tan feo tronco? Caprichos de la naturaleza.
A todo
esto, la marquesa estaba ya, de vuelta de sus baños,
en su casa de Madrid; la cual casa frecuentaba mucho Ángel,
porque para eso le había sido ofrecida por la amable
señora. ¡Y qué bien se acomodaba el mozo a
aquellos ambientes refinados que tan nuevos eran para él!
Verdad que, fuera del aparato escénico que ya nos
es conocido, no había en las costumbres de la casa
de Luz la menor singularidad que pudiera extrañarle
ni aturdirle.
La mayor parte de las noches la madre y la
hija se las pasaban sin salir y eran contadísimas
las personas que las visitaban: señores mayores, muy
sosegados y juiciosos, y muy atentos y muy amables con él.
Algunas señoras por el estilo andaban por allí
de vez en cuando, y, más de tarde en tarde, dos, como
de la edad de la marquesa, jamonas tan de buen ver todavía
como ella. La una era rubia, condesa viuda de Camposeco;
pero la marquesa siempre la llamaba por su nombre de pila:
Sagrario. Gastaba muy buen humor, y solía decirle
cuchufletas; lo mismo que a los demás. La otra, también
viuda y también titulada, aunque por derecho propio,
marquesa de Espinosa, y también llamada por la de
Montálvez por su nombre de pila, Leticia, era muy
distinta de Sagrario: menos estrepitosa, más seria
y, quizá, mejor tipo. Tenía unos ojos negros
y escrutadores que punzaban al mirar, correctísimas
facciones, algo morena, y muy esbelta todavía. Observaba
mucho y hablaba poco; pero esto poco resultaba esculpido.
Con él, con Ángel, estaba sumamente amable,
y cuando no le hallaba hablando con Luz, le llamaba para
que se sentara a su lado. Le hacía muchas preguntas
sobre su modo de vivir, sobre el origen de su enamoramiento
y sobre el de Luz, y parecía interesarse profundamente
por los dos, y con este motivo le daba consejos, y muy juiciosos;
a veces, hasta le floreaba todo cuanto cabía en una
señora tan discreta y tan... últimamente mostraba
gran empeño en que fuera de vez en cuando por su casa.
No le pesaría. Había en ella buenos cuadros,
bronces de mérito, encuadernaciones y grabados que
merecían verse por un hombre de tan nobles aficiones
y de tan buen gusto como él; sólo que Ángel,
aunque muy reconocido a tan inmerecidas deferencias, no se
atrevía a abusar de ellas ni juzgaba que debía
hacerlo por entonces. Temía adquirir nuevos compromisos
de sociedad, cuando su trato con la marquesa de Montálvez
era todo cuanto podía soportar sin trastorno considerable
del método de vida que se hacia en su casa. Más
adelante ya sería otra cosa... y hasta conveniente
para él. ¿Quién dudaba que era provechosa la
amistad bien cultivada de una persona tan distinguida, discreta
e influyente como aquella señora?
Además,
o era aprensión suya, o la marquesa de Montálvez
no ponía tan buena cara a estas dos amigas como a
otras que también la acompañaban a ratos; y
por si el recelo era fundado, trataba de intimar lo menos
que podía con ellas, y jamás hablaba a la marquesa
de las confianzas y deferencias con que Leticia le distinguía.
También era visita de la marquesa el señor
don José Celestino de Guzmán, el amigo de su
padre... y de él, salvas las debidas distancias. ¡Con
qué gusto le vio aparecer allí una noche! ¿Y
quién se lo había contado? Porque el señor
de Guzmán lo sabía todo, a juzgar por algunas
cosas que le dijo entonces, y otras varias que le fue diciendo
después. Preguntole una noche, sonriendo, si lo sabían
en su casa, y Ángel le dijo que no. Otra vez, y también
muy risueño, le preguntó si creía que
podría servirle de algo... para allanarle el |