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Franciso Danvila
Quien lea y examine con detenimiento los gloriosos anales de
Valencia ha de creer sin duda, que tan pródiga se mostró
Naturaleza en conceder á este país numerosa y esclarecida
pléyade de hombres ilustres, como avara en rehusarle algunas de aquellas
celebradas mujeres timbre y corona de otros vecinos reinos. Por fortuna el
extraño silencio de la historia se explica fácilmente, no por la
carencia de altos sentimientos y de excelsas virtudes en las matronas
valencianas de todos tiempos, sino por la humilde opinión
La investigación documental, que va en nuestros días adquiriendo insólita importancia, esclarecerá en lo porvenir las misteriosas oscuridades del pasado, donde aún yacen perdidas en la sombra no pocas personalidades dignas quizás de eterno lauro. Entonces surgirán las mujeres ilustres de la historia de Valencia y podrán determinarse, con mayor exactitud que hasta el presente, el alcance y los verdaderos móviles de acontecimientos que en vano se esfuerza hoy por explicar la crítica filosófica. Necesario es por lo mismo comenzar tan ardua empresa, aunque las fuerzas no alcancen á la magnitud del empeño, y así me atrevo á intentarlo. Quizás otros con más ilustración y mayor ventura seguirán mi ejemplo, y algun día podrá decirse con justicia que la Inmortalidad, al abrir las puertas de su templo, no ha rechazado de sus umbrales á las hijas del florido Turia. Es en consecuencia una de ellas el objeto de mi trabajo.
Fué hermosa dama, nacida en ilustre cuna, de singular ingenio y de
especial travesura para navegar con próspera suerte en el borrascoso
piélago de las intrigas cortesanas. Fijó por algún espacio
la voluble rueda de la fortuna, y al caer de su alta cumbre, arrollada por la
ambición y la credulidad de grandes y pequeños,
Ante todo creo conveniente, para juzgar con acierto de los hechos, describir el fondo del lienzo en que aparece nuestra dama, esto es, el carácter de los personajes que se relacionan con ella y las costumbres de su época, tratado todo con la brevedad que exige la naturaleza del asunto. Y con esto entremos ya en materia. _____ Fundado, ó infundado que es lo cierto, aunque no importe
hoy el discutirlo, sufrió D. Juan I, como príncipe, el enojo de
su padre
Con efecto, D. Juan, que siendo aún duque de Gerona se
había distinguido ya por su afición al cultivo de las letras,
á los pacíficos entretenimientos de la caza y de la música
y en general á toda arte amena y deleitosa, no tardó en cambiar
el aspecto sombrío y melancólico de la corte de Pedro IV por otro
más festivo y regocijado. Concorde con tales gustos su esposa
Doña Violante de Bar, princesa tan acertada en el consejo como entendida
en todos aquellos agradables pasatiempos que constituían parte de la
cultura social á principios del siglo XV, fomentaba con gusto las
inclinaciones del rey y era el principal ornato y centro de los saraos y
fiestas cortesanas. No es extraño, pues, que al doble impulso de los
regios consortes se acreciesen el lujo y la esplendidez de la Casa Real, que ya
el
Ceremonioso había sacado de su
primitiva sencillez, aumentándose su personal con los más
inspirados trovadores, los más galantes y discretos caballeros, las
damas y doncellas más gallardas y los más alegres y diestros
juglares, halconeros, monteros y ministriles de todo el reino, y de los
circunvecinos367. Con tales elementos, la corte de
Aragón era conocida
Aunque puede sospecharse que en tal medio había de ser
difícil que se conservaran puras las costumbres, es lo cierto que nada
dicen las crónicas, ni contienen los documentos, que pruebe mayor
corrupción moral en la corte de D. Juan I que en la de Don Pedro IV, ni
mucho menos que, á existir, participasen de ella aquel ni su esposa. Por
el contrario, al examinar el documento de la institución de la
Gaya ciencia, fechado en el alcázar
valenciano del Real, á 10 de Febrero de 1393, se ve que domina en
él la más rendida piedad; sentimiento que resplandece
también en las valiosas ofrendas y donaciones con que dotó el rey
instado por la reina al monasterio de San Ginés de Horta368, la peregrinación efectuada por Doña Violante
á fines de Octubre de 1387 á Montserrat, cuyos agrestes senderos
subió á pié descalzo para ofrecer á la Virgen
«con humilde y devota reverencia», diversas joyas de que ya
D. Juan tenía conocimiento369
y la institución de la festividad de la
Concepción de Nuestra Señora
en la capilla del Palacio Real de Barcelona por decreto expedido en Zaragoza,
á 1.º de Marzo de 1391. La devoción de D. Juan á la
Purísima María era tan sincera y profunda que había
fomentado el establecimiento antes de aquella fecha de una cofradía,
entre el personal de su Real Casa, bajo el título de la
Concepción de la Virgen gloriosa,
á la cual encomendaba el realizar la mencionada festividad, descrita con
encomiásticas frases por el P. Fr. Manuel Mariano Ribera370.
Confirmación fuera de lo dicho, si lo necesitara, la carta dirigida por
el rey al baile y autoridades de Gerona desde
De los expresados sentimientos piadosos de D. Juan I dicen aún más otros manuscritos de la época. Por ellos se sabe que fué bueno y fiel cristiano, oyendo misa de continuo y las demás horas canónicas y rezando sus devociones con los sacerdotes y prelados de su corte, en especial después de la comida, ante el crucifijo de su oratorio portátil, que solía acompañarle372. He insistido sobre este punto por afirmar con él una preciosa condición del carácter de Juan I, que no han visto ó querido ver sus detractores. Justo será por lo dicho convenir en que, si la corte de D. Juan I de Aragón pudo distinguirse por su fastuosidad y su afición á los placeres acostumbrados en tal época, no por ello aparecen sus monarcas como censurable ejemplo de inmoralidad y corrompidas costumbres, y que es preciso desconocer el carácter galante y caballeresco de aquella sociedad heredera de la poética civilización provenzal é influída por los albores del Renacimiento italiano, para confundir los gratos esparcimientos literarios y los regocijos juveniles con que mitigaba sus dolencias un rey enfermizo, enlazado á una princesa amante y compadecida de sus penas, con los repugnantes desórdenes del vicio. De cualquier modo, ningún documento existe, como he
dicho, que pueda desvirtuar el juicio que merece al ánimo imparcial la
corte de D. Juan I de Aragón. El drama, la novela ó el
apasionamiento
Amigo era D. Juan de alegrar su ánimo con la poesía, la música y la caza, mas no por esto descuidaba, tanto como han propalado algunos escritores copiándose unos á otros, el gobierno del Estado. Si se examinan los numerosos registros que de este corto reinado atesora el Archivo general de la Corona de Aragón373, se descubre que aquel rey inepto, según sus detractores, para ceñir la corona de Aragón poseía, como ninguno un profundo espíritu de organización y orden y un noble afán de ilustrar y mejorar la sociedad en que vivía. Allí, en aquellos documentos que pocos han estudiado, ¡con cuánta previsión y acierto acude al fomento de las obras públicas que faciliten las comunicaciones, el abastecimiento de los pueblos y el socorro de los miserables; protege hasta en sus menores detalles el comercio marítimo, organiza y estatuye los innumerables gremios y cofradías que constituían la industria fabril aragonesa, y reforma la moral pública reglamentando con severidad no conocida hasta entonces las mancebías del reino! Y esto mientras defendía con extraña habilidad el poder Real de las asechanzas de una nobleza altanera y bulliciosa y de una burguesía engreída con sus privilegios, y cuando ahuyentaba con su presencia los peligros de una invasión extranjera fomentada también por los nobles374, reunía numerosas huestes y naves para salvar las amenazadas idas de Cerdeña y Sicilia y mediaba eficazmente en la elección de Benito XIII, esperanzando acabar con ella el cisma que afligía á la Iglesia. De su valor personal, ya que también se le ha querido
suponer pusilánime y de ánimo apocado, responden la temeraria
sorpresa de Durban, siendo infante, y el recobro de Báscara y
Besalú de
No era, pues, D. Juan un príncipe inepto parea ceñir la corona de Aragón. Luchando con sus enfermedades, su complexión delicada y sus inclinaciones pacíficas, seguramente que no realizó hechos tan gloriosos como otros monarcas aragoneses, más inclinados que él á las artes de la guerra; pero bien demostró á pesar de todo su piedad y su amor al pueblo que hubo de regir por decreto de la Providencia. Los que, cegados por ciertos espejismos de nuestros tiempos, en su enojo por la sagacidad y noble entereza con que D. Juan rechazó la Nueva organización de la justicia que venía á resucitar los Privilegios de la Unión, natural es que le atribuyan cuantos vicios y aun crímenes se les ocurran; pero los documentos, base de la historia moderna, han de atestiguar siempre que el Amador de la gentileza, á pesar de sus inclinaciones festivas, fué príncipe de alta capacidad, de piadosos sentimientos y de tan honestas costumbres, que como dice un erudito y celebrado escritor catalán, «ni tuvo ni dejó hijo bastardo alguno»375. Otra notable personalidad brilla en la corte de aquel soberano,
Doña Violante, su esposa, hija del duque de Bar, y sobrina de Carlos V
de Francia. Bella, inteligente y alma de artista, la noble señora hubo
de simpatizar con el rey y compartir sus penas y sus desvelos. Y con efecto, en
su amorosa lealtad hallaba con frecuencia, D. Juan descanso á las arduas
y penosas tareas de la gobernación del reino. Repetidas son las cartas
que existen, y así lo demuestran en el Archivo de la Corona de
Aragón. En ellas,
En derredor de los regios consortes y atraída por su afabilidad y su cortesanía, se formó y modeló la espléndida y risueña corte que seguía sus inspiraciones, prestándoles valioso concurso. En ella ocuparon distinguido lugar el infante D. Martín, duque de Montblanc, hermano de D. Juan, que luego reinó con el sobrenombre de el Humano, y su esclarecida esposa Doña María de Luna, príncipes cuya moralidad fué indiscutible; el arzobispo de Zaragoza D. García Fernández de Heredia, varón tan docto en sagradas letras como preclaro en virtudes, consejero de la reina; el noble D. Roger de Moncada, su camarero, vencedor en Marsala, gobernador primero de Cerdeña y luego de Valencia; el ínclito capitán mosen Pedro Alemany de Cervelló y su hermano mosen Hugo, gobernador de Mallorca; los Maças de Liçana; los Blanes, y otros muchos, y las damas más nobles y distinguidas de Cataluña y Aragón, entre las cuales se hallaba Na Carroça de Vilaragut, favorita y amiga íntima de Doña Violante. Contra este bando, que bien puede llamarse de los reyes, se había formado otro que titularemos de la clase militar ó noble. Capitaneábalo D. Alonso de Aragón, emparentado con la Casa Real, Marqués de Villena, Condestable de Castilla, Conde de Denia y de Ribagorza, Duque Real de Gandía en tiempo de Martín el Humano, y pretendiente más tarde á la Corona de Aragón, como sucesor del segundogénito de Jaime II. Eran sus tenientes y formaban con dicho marqués el núcleo del bando sus dos hermanos D. Jaime y D. Juan, obispo aquel de Tortosa y conde de Prades y Senescal de Cataluña el segundo. Desdicha ha sido siempre de las familias reales el tener que
Era el Marqués magnate tan poderoso por su alta alcurnia como por sus vastos dominios376, y tan notado por su codicia como por sus ligeras costumbres. Guerras, intrigas y alianzas, así en Castilla como en Aragón, todo le parecían buenos medios para acrecentar sin descanso su patrimonio, digno de un soberano. A pesar de ello, cuando en la célebre batalla de Nájera cayó prisionero de los ingleses auxiliares de D. Pedro I de Castilla, se apresuró á salir del cautiverio dejando en rehenes á sus dos tiernos é inocentes hijos, cuyo rescate tardó mucho tiempo, largos años, en satisfacer su olvidadizo padre, aunque para ello recabó cuantiosas sumas de los monarcas castellanos. Respecto á sus costumbres dice Zurita que «tuvo harta necesidad de las puertas adentro (de su casa), de quien la reformase y gobernase, estando muy desavenido de la duquesa Doña Violante de Arenós, su mujer, que no tuvo muy poca cuenta con el honor de aquella casa y suyo». El obispo de Tortosa era tan poco afecto á cumplir las
obligaciones de su cargo espiritual, que pocos años residió en su
obispado, y cuando Urbano V le nombró cardenal de Santa Sabina y obispo
de Valencia, prefirió gozar en Roma las pingües rentas de
A la sombra de estos tres respetables defensores de la moralidad pública se congregaron todos los enemigos de los reyes y de sus protegidos con sus parciales, parientes y amigos. Entre ellos los Vilademanys y Planellas, partidarios de Sibilia Fortia y por ende adversarios de la reina, á quien suponían causa de la desgracia de aquella: Lope Giménez de Urrea, esposo despreciado de Doña Brianda de Luna, cuñada de D. Martín de Aragón que la amparaba y protegía su divorcio; Juan Giménez de Urrea y Atrosillo, esposo de Na Carroça y separado de ella por su madre estando loco furioso; Bernardo de Cabrera; los vizcondes de Illa y Roda; Pedro de Queralt; Juan de Ballera; Pedro y Berenguer de Vilaragot, y otros cuyos injustos agravios detallaré más adelante. Esta es la escena y estos los principales personajes que
intervienen en nuestro asunto. Preciso es ya, pues, presentar á la
protagonista. Difícil será, á pesar de lo que opina el
diligente Sampere y Miquel, completar la biografía de Na Carroça
de Vilaragut, cuya personalidad desaparece antes y después de su
privatiza, escapando á la investigación á través de
cinco siglos. Sin
_____ Las ilustres familias de Carroz y Vilaragut descienden de los valerosos y egregios caballeros de estos apellidos que acompañaron á D. Jaime I de Aragón á la conquista de Valencia, en cuyo reino quedaron heredados, levantando en la capital su casa solariega que aún permanece, aunque renovada al gusto moderno379. Imposible es casi, por lo numeroso de las ramas, seguir sus árboles genealógicos, pero aunque no lo fuera prescindirla de tal empeño, no muy pertinente al asunto. Bastará decir que ambos linajes se unieron con D. Juan de Vilaragut y Doña Isabel de Carroz al contraer matrimonio en 10 de las kalendas de Mayo de 1345380. Dicho D. Juan fué hijo de D. Bernardo, señor de varios lugares, y de Doña Jaima de Romaní. Doña Isabel lo era de D. Berenguer y Doña Teresa Gombal de Entenza. No puedo entretenerme en relatar los servicios hechos al rey y
á la patria por D. Bernardo y D. Berenguer de Vilaragut, y me concreto
á hablar del mencionado D. Juan. Fué este caballero esforzado
capitán en las guerras que mantuvieron D. Alonso IV y D. Pedro
el Ceremonioso. Concurrió en primer
lugar á la toma del castillo de Alicante y arrabales de Requena, y, como
embajador del dicho último rey, trató bodas y paces con los de
Portugal y Granada. Reunió en su persona los señoríos y
baronías de Albayda, Carricola, Adzaneta, Aljorfor, Benicola y Corbera.
Contrajo
No consta la fecha exacta de su nacimiento. Se puede, sin embargo, calcular aproximadamente. Afirma D. Onofre Esquerdo en sus manuscritos que, según los documentos que había examinado, tuvo Na Carroça tres hermanos mayores, de los cuales el segundo, D. Jofre, murió en Cerdeña en 1375 de 23 años de edad, lo cual indica que nació en 1353, y como por otra parte las capitulaciones matrimoniales entre D. Juan de Vilaragut y Doña Teresa Boxadors y Carroz otorgadas ante Pedro Torella, notario de Játiva en 2 de Octubre de 1357, nos indiquen que ya había muerto su madre, es probable que la ilustre niña naciera en 1356, al año siguiente del nacimiento de su tercer hermano, D. Bernardo382. Así es como en 1382 ya comparecía en el pleito de alimentos con el tutor de su marido, en representación propia, como era consiguiente atendida su mayor edad. También la muerte de Doña Isabel de Carroz, acaecida á poco de nacida su hija ó quizás á consecuencia de este nacimiento, explica la estancia de la huérfana en casa de la condesa de Terranova.
Los primeros documentos públicos en que se habla de Na
Carroça datan de 25 de Junio y 2 de Agosto de 1382. Son estos dos
sentencias dictadas por el infante D. Juan, en el palacio obispal de Valencia,
en un litigio sobre alimentos. Por ellos quedan averiguados varios extremos que
interesan á mi propósito. Consta allí que Na
Carroça contrajo matrimonio con el rico-hombre de Aragón D. Juan
Giménez de Urrea, llamado de Atrosillo, y de quien se hallaba separada
«no por hechos ó culpa de ella, sino por culpa y hechos y mala
voluntad de la noble Doña María Giménez, su
suegra,» dice la primer sentencia, y tan separada, que según
declara la segunda, «no se había alzado la prohibición y
veda que se le había hecho por la noble madre de D. Juan Giménez
y suegra de Na Carroça de ir y dejarla ir y estar y habitar con el dicho
D. Juan Giménez, su marido, en los lugares de Aragón, donde este
estuvo y estaba y habitaba, los cuales eran propios de la dicha Doña
María, su madre». Algo también se trasluce así
de las costumbres del D. Juan Giménez como de la causa de la
oposición de su madre á que hiciera vida marital con Na
Carroça. En el mencionado proceso comparece como curador de la persona y
bienes del dicho D. Juan, por hallarse
demente furioso, Francisco Muñoz,
vecino de Valencia, que al propio tiempo era tutor de sus hijos mossén
Gil de Boil, María Giménez y Toda Pérez383. Separando, pues, á María
Giménez, que tal vez fuese la María Isabel hija de Na
Carroça á quien acompañaba cuando su madre formaba parte
del séquito que seguía á Doña Violante de Bar de
Valencia á Barcelona en Diciembre de 1382, existieron dos hijos de D.
Juan Giménez que no llevaban el apellido de su padre, circunstancia que
indica su origen bastardo y favorece poco la moralidad del individuo.
¿Será, pues, aventurado conjeturar que deplorables excesos
habían producido aquella locura furiosa, que consigna la sentencia de 25
de Junio de 1382, y que la noble Doña María Giménez,
pensando respecto de la salud de su hijo muy al contrario de lo que en
circunstancias parecidas había de creer justo un siglo más tarde
respecto del suyo la Reina
Así aparece nuestra dama en el primer período de su existencia. Casi huérfana desde la cuna, educada por su madrina y segunda madre, señora de rígidas costumbres, debió entregar su mano, indudablemente por conveniencias de clase y de familia, á un hombre indigno de su afecto, y madre infeliz apartada de su esposo, á cuyo lado quiere permanecer á pesar de sus ofensas y su desgracia, como le prescriben sus deberes, hubo aquel noble espíritu de templarse poderosamente al fuego de la desventura para el rudo combate de la vida, y así lo demostró en lo sucesivo. _____ La exigüidad de la suma que reclamaba Na Carroça, para sus alimentos y de su hija, en el citado proceso, da á entender que no era muy holgada su situación á mediados de 1382, y una de las razones tal vez que la decidieron á formar parte de la casa, como entonces se decía, de los duques de Gerona, quienes, así como D. Martín, su hermano, debían tener conocimiento de sus honrados procederes por haber intervenido en aquel proceso. En Agosto se fallaba la cuestión y en Diciembre ya acompaña, con su hija, á Doña Violante, según carta de esta fechada en 9 de aquel mes de 1382. Grandes serían la discreción y afecto que en la de
Vilaragut debió encontrar la Duquesa, y mucho habría adelantado
su privanza con los infantes tres años después, cuando
Doña Violante escribía en 23 de Junio de 1385 desde Figueras
á su esposo Don
Esta misiva es claro testimonio del cariño que la duquesa
de Gerona y futura reina de Aragón profesaba ya á su favorita,
cuyos agravios con tanto calor vindicaba, la importancia que esta había
adquirido entre los cortesanos de Pedro IV, que comentaban, aunque con torcidos
fines, sus palabras y la varonil entereza con que Na Carroça
pretendía salir al encuentro de la calumnia.
_____ Pasaron dos años más en que Na Carroça acompañó á su señora y amiga, sufriendo con los duques todos los contratiempos y amarguras que les ocasionó la implacable inquina de Sibilia Fortia. Por fin, en los comienzos de 1387, a scendió D. Juan al trono, por muerte de su padre, y desde entonces se hizo más patente el favor que la de Vilaragut alcanzaba con todos los individuos de la Casa Real y especialmente con la reina386, y más vivas las inculpaciones de sus enemigos que acrecidas y desfiguradas corrían entre el vulgo. Sabemos ya las causas políticas y personales en que se
fundaba la enemiga de los Urreas, los Planels y los Vilademanys, contra la
familia real y su patrocinada Na Carroça, pero falta conocer los motivos
especialísimos que existieron para que el marqués de Villena, con
los dichos, y con otros, concertara y produjera al cabo la ruina de la noble
valenciana. Cuáles fueron tales motivos lo descubre el mismo rey en su
comunicación á los hombres buenos de Zaragoza, fecha 21 de Julio
de 1389, en Monzón387. Decíales en ella que hallándose el de
Villena en las Cortes hizo decir á Na Carroça que simulase un
préstamo al rey de 40.000 florines, dándole á él
por 20.000 las villas de Villajoyosa y Jábea, en el reino de Valencia,
pues había venido á las Cortes dispuesto á servir al rey y
á la reina, ó a
fer los offers de Madona
Carroça.
Respecto á Bernardo de Cabrera, al vizconde de Illa y á Ramón de Bagés, decía el rey, que se habían declarado contra Na Carroça por no haber accedido él á colocar en su puesto á Na Constança, mujer de Illa. Las mismas pretensiones tenían el vizconde de Roda y Pedro de Queralt en favor de la mujer del difunto Dalmau de Queralt. Por último, Juan de Ballera odiaba á la Vilaragut porque esta había amparado á su enemigo Ramón de Abolla. De todo lo cual añadía el rey que podía hacer prueba, pues tenía escritos y personas de cuenta nobles y caballeros para justificarlo. Añadiré por mi cuenta que el Pedro de Vilaragut, que también aparece entre ellos, era amigo y pariente cercano del Berenguer de Vilaragut obstinado litigante empeñado en despojar á Na Carroça de su herencia paterna. Formidable era, pues, la nube que se cernía sobre la
frente de aquella valerosa mujer. La habían suscitado odios personales y
principalmente su adhesión á los que la protegieron en su
desamparo, la condensaba su lealtad y su valimiento, y su energía la
afrontaba sin pedir tregua ni gracia á sus implacables enemigos,
Con todo ello, y con el disgusto que siempre causa en los pueblos la privanza de los favoritos, natural es que se murmurara de los desórdenes y despilfarros de la Casa Real y se señalara á la de Vilaragut como causa principal de ellos, porque bien sabían los murmuradores que á la larga ó á la corta la soga quebraría por lo más delgado, como quebró, con grave escándalo del país y daño de la dignidad real en las célebres Cortes de Monzón. Narraré con algún espacio aquel suceso en que se determina históricamente la personalidad de Na Carroça de Vilaragut, evitando en lo posible tratar de la cuestión política que se debatió en aquella ruidosa asamblea, y que no era en suma sino la reproducción del antiguo litigio que la suerte de las armas había fallado en pró de Pedro IV. Ya mucho antes que se reunieran aquellas Cortes habían
llegado á oídos de Doña Violante los rumores de la trama
que urdían los conjurados y aquella mujer, que no habían logrado
amedrentar las innobles intrigas de Sibilia Fortia ni las brutales amenazas de
Pedro IV389 al reconocerse como blanco de los tiros
Reuniéronse las Cortes en 18 de Noviembre de 1388, y entre los debates de la Nueva ordenación de la justicia, en que se reprodujo bajo otro aspecto el derogado Privilegio de la Unión, y las continuas discordias entre los Brazos, se pasó lo restante de aquel año y parte del siguiente 1389. Comprendieron por fin los nobles que el rey no había de aceptar su humillación ni hacer inútiles las victorias de Epila y Mislata y que se hallaba bien servido por sus parciales y allegados. Cejaron, pues, en su propósito, triunfó la realeza y se libró el país de su ruina, que no á otras cosa hubiera conducido la supremacía del poder feudal, la anarquía de las comunidades, el acrecentamiento de los poderes populares y la degradación del trono. Sin embargo, los vencidos necesitaban para consolarse de su derrota arrancar un girón á la dignidad real y satisfacer antiguos y nuevos agravios con la proscripción de sus más decididos adversarios. Hallábase á su frente la odiada Na Carroça, á cuyas intrigas achacaban en gran parte el mal término de sus propósitos, y determinaron acabar de una vez con el constante objeto de sus rencores. Para conseguirlo con mayor certeza cuidaron, antes de fulminar el rayo, de asegurarse el apoyo de los otros Brazos, y por esta razón el de Villena, que en vano había querido vender sus servicios á la favorita, se dirigió á los representantes de aquellos comunicándole sus proyectos. Así lo confirma una consulta de los de Valencia en
Monzón, de que se lió cuenta en su Consejo en la sesión de
20 de Julio de 1389, trasmitiendo á los Jurados «una
cédula, la cual según allí se contenía por parte
del egregio marqués de Villena y algunos barones y caballeros
allí nombrados, se había presentado á las Cortes (no al
rey contra la noble Doña Carroça de Vilaragutn. Y tanta era la
sorpresa que la tal cédula había causado á los
representantes de la comunidad valenciana, que perplejos sobre su conducta
pedían á los Jurados les diesen su consejo y les manifestaran su
voluntad en el caso390.
Bien comprendieron
¿Pero cuál era el contenido de aquella misteriosa cédula transmitida á los Jurados de Valencia por sus representantes como lo había sido á las demás Universidades del Brazo real? No podía caber duda que en esta cédula, que según Zurita contenía especies deshonestas, que el juicioso analista no quiso transmitirnos, ni conoció Bofarull, debía hallarse la denunció, de las debilidades y de la infamia de Na Carroça, y parecía ser esencialísimo el conocerla. Pero no era fácil el conseguirlo, puesto que no se incluyó en el proceso de las Cortes de Monzón ni se ha encontrado en el archivo de Valencia, donde se halla el documento citado más arriba. Por fortuna la asombrosa diligencia de un estimado escritor catalán, á cuyo talento se debe el profundo estudio de las costumbres de aquella época, logró descubrirla no há mucho tiempo en el Archivo municipal de Barcelona, registro Diversorum quator, pág. 267 y siguientes. De ella transcribo, traducido, el siguiente párrafo que interesa á mi propósito391.
Ni la frase puede ser más cruda, ni la acusación más cínica, ni la tendencia más depresiva para el honor de la real familia. No podía consentir tal procacidad el ánimo delicado y caballeroso de D. Juan ni sufría su decoro tal desacato, y como ya debía tener conocimiento de aquel escrito, calificándole de deshonesto, se opuso indignado á su lectura, disponiéndose á castigar á sus autores. Estos, que eran los enemigos de Na Carroça, que ya he dado á conocer individualmente, temieron el enojo del rey y de los partidarios de la dama, y huyeron de Monzón, no para internarse en Francia, como se creyó en la corte, sino para reunir sus gentes, que tenían ya prevenidas, y ocupar á Calasanz, desde cuyo punto notificaron al rey que se hallaban dispuestos á sostener con las armas lo que habían dicho por escrito. Insolente rebeldía que D. Juan se dispuso á reprimir, aunque sin elementos para ello. Entre tanto el infante D. Martín, el arzobispo de
Zaragoza y otros individuos de los Brazos noble y eclesiástico
presentaron, al siguiente día 13 de Julio, una protesta contra el de
Villena y
En esta situación continuaron las cosas hasta que los Brazos de Cataluña, que seguían las inspiraciones del de Villena, pidieron al rey en 12 de Agosto que volvieran á las Cortes el Marqués y sus amigos. Apoyaron esta petición los Brazos de Valencia y Aragón, y D. Juan, poco afecto á los temperamentos de fuerza, concedió el oportuno salvoconducto, exceptuando sin embargo de él á Berenguer de Vilaragut por razones que no son de este momento. Aprovecharon los del bando de Villena la lenidad del rey para
concertarse con los del Brazo de Cataluña y ganar algunos representantes
de los otros, y, velando con razones de interés público sus
intenciones, presentaron en 21 de Setiembre de 1389 al rey otra, cédula,
en que, censurándose la multitud de oficiales y personas
domésticas que había en su casa y en la de la reina su esposa y
los daños y gastos que por ello se ocasionaban, se le suplicaba redujera
su número y «se pusieran en aquellos cargos personas temerosas
de Dios, amantes de la justicia y que detestaran la avaricia»392. D. Juan, después de recordar á las Cortes
la gracia concedida, á los rebeldes, les echó en cara sus
torcidos propósitos y les contestó en el mismo día con
noble arrogancia diciendo: «Y reprobando el muy reprensible
asentimiento de las Cortes, el cual dichas Cortes entienden tener y querer en
la dicha ordenación (de la Casa Real), en la cual se revela un
restreñimiento no concedible del Poder real, lo cual es menos soportable
cuando dichas Cortes entienden y pretenden tener comunión y
participación con Nos para hacer dicha ordenación, la cual ni
tienen ni Dios lo quiera, pues solamente es permitida a las Cortes
Con la firmeza de D. Juan embravecióse la
coalición, y descubriendo más sus deseos presentó en el
indicado día 21 de Setiembre una nueva cédula, cuyo principal
extremo que nos interesé es el siguiente: «Como las presentes
Cortes generales, por la duradera prosperidad de la real corona,
conservación y buen gobierno de todos vuestros reinos y tierras, haya
suplicado humildemente á vuestra señoría que sea vuestra
merced el ordenar las casas de vos, señor, y de la señora reina,
y reducirlas al número conveniente de oficiales y servidores, los que
sean tales que vuestro real Estado y buen gobierno de dichos vuestros reinos y
tierras se conserven. Y entienden, señor, las dichas Cortes que la dicha
buena ordenación de las dichas vuestra casa y de la señora reina
no puede seguir bien, ni los otros actos de las presentes Cortes alcanzar aquel
laudable fin que es necesario y conveniente á vos, señor, y
á todos vuestros reinos y tierras, hallándose Na Carroça
en la forma en que se halla guardada y acompañada por ciertos nobles y
caballeros dedicados á su guarda y compañía, y teniendo
ella como tiene la firme esperanza de volverá vuestra casa y de la
señora reina, en las cuales es por sus adictos, segun se dice, defendida
mientras se la noticia todo cuanto se hace, de lo cual se sigue estorbo y
daño para las presentes Cortes y para todos vuestros reinos y tierras. Y
la cédula presentada por parte del egregio marqués de Villena y
de algunos otros barones y caballeros, en conformidad con el reino de Mallorca
y gran parte del Brazo militar y todos los del Brazo real del principado de
Cataluña, no puede llevarse adelante en la forma necesaria, atendida la
fama pública que se tiene en todos vuestros reinos y tierras y aun fuera
de ellos de las cosas contenidas en la dicha cédula. Por
Detengámonos un poco. Del examen del anterior fragmento se desprenden sin esfuerzo varias consideraciones importantes. Desde luego es fácil comprender que, los parciales de los reyes, no siendo decoroso ni arreglado á fuero que eligiesen como centro de sus reuniones el regio alcázar de Monzón, le tenían en la morada de Na Carroça, alma del bando de la realeza y persona de la omnímoda confianza de Doña Violante, ninfa Egeria de su aburrido y enfermo esposo. Accidente era este de aquella lucha política en que se debatían las prerogativas de la corona, que no se hubiera promovido en otras circunstancias, pero del cual se hizo casus belli por ser quien era la persona de que se trataba. Resulta además desmentida la deshonesta cédula de 12 de Julio, obra exclusiva de los nobles, puesto que en la presente ya no se pide la expulsión de la de Vilaragut, por faltas de moralidad, sino por ser autora ó cabeza del obstruccionismo que impide la ordenada marcha de las deliberaciones de las Cortes. Por último, también se descubre en el anterior escrito el verdadero personal, objeto á que tendían el marqués de Villena y sus partidarios con la cacareada ordenación de la Casa Real, que no era en verdad, como propalaban, el bien público, sino hacer en su provecho el vacío en derredor de los reyes, apartando de su lado á las personas más agradables y necesarias, como había dicho Doña Violante, para sustituirlas con sus hechuras ó con ellos mismos. Con todo esto se engrandece la figura de Na Carroça, que resiste sin retroceder el embate de sus enemigos y atrae sobre ella el fuego de los adversarios del Poder real. No se ocultó á D. Juan el doble blanco á
que se disparaba la cédula en cuestión, y tanto por un arranque
de dignidad como por amparar á su valerosa partidaria, á pesar de
hallarse doliente en el lecho decía con tranquila severidad, en 23 del
supradicho Setiembre, á sus turbulentos súbditos: «Nos
maravillamos, y no sin razón, que insteis por no haber proveído
por acto de Cortes sobre el extrañamiento de Na Carroça y que se
le quite toda esperanza, porque no lo consiente el derecho ni la razón,
y las Cortes que están aquí para pedir la
Ordenación de la justicia no
debieran pedir ni suplicar, ni Nos á quien incumbe tal justicia no
debemos ni podemos hacer, sin proceso ó averiguación, tales
ó
El marqués de Villena, bien persuadido sin embargo del final que había de tener el asunto, necesitado como se hallaba el rey del auxilio del Brazo militar para repeler las bandas de armanaqueses que habían invadido el reino, dispuso apresurar el desenlace, y para ello las Cortes dos días después, el 25 de Setiembre, dirigieron al rey otra nueva cédula escrita en un lenguaje especial, y en ella, inclusa entre otras relativas á diversos particulares, la siguiente cláusula: «En aprés senyor respondiendo á la dita segunda cédula responsiva dice la Cort faulando, con la dessus dita reverencia que la Cort no ha intención que a la dita Na Carroça ni a alguna otra persona sia feita injusticia antes todos tiempos la dita Cort hi es per suplicar a vos Senyor por justicia e do es evident necesidat segant en nuestro caso suplicar por gracia. E senyor atendida la fama de la dita Na Carroça e de los feytos de aquella la qual es divulgada por todos vuestros regnes e tierras e a vos Señor notifficada por diversas universidades assi de paraula como por scripto lo qual es notoria segun es dito e atendido el bien que en vuestros regnos e tierras se sigue por la privacion de aquella vos senyor sin fazer injusticia á la dita Na Carroça podede procedir á la privacion de aquella á la vuestra señoría por la dita Cort suplicada.» Sin detenerme á probar el notorio contrafuero que se
pedía de proceder por acto de Cortes contra Na Carroça, sin
preceder proceso y por consiguiente indefensa, como había advertido el
rey,
Sin embargo, no le bastaron aquellas cualidades para evitar su
ruina. Unidos los odios personales á la conveniencia política,
era imposible que la noble señora, separada de un indigno esposo aliado
á sus enemigos, resistiera el empuje de un pueblo alevosamente concitado
en contra suya y que demandaba su caída con amenazadora persistencia.
Yacía el rey en el lecho del dolor, casi bloqueado por las gentes del de
Villena y sus parciales, amenazadas las fronteras por el conde de Armagnac, con
quien se entendía el desleal marqués, y temeroso de la actitud
que iban adoptando las Cortes, y no obstante aún, transcurrieron tres
mortales días sin acceder al sacrificio que se le pedía y que
implicaba en parte el de sus reales prerrogativas. No se conocen las tristes
escenas ocurridas durante aquellos días en el regio alcázar de
Monzón, pero bien puede imaginarse la lucha de afectos y de generosa
abnegación suscitada entre los reyes de Aragón y Na
Carroça de Vilaragut. Venció por fin la prudencia y el deseo de
paz, y en 28 de Setiembre de 1389, las Cortes, después de asegurarse por
medio de certificación facultativa que D. Juan no podía bajar
á la iglesia de religiosos menores donde celebraban sus actos, por su
enfermedad, subieron, aunque á regañadientes, al castillo de
Monzón, para escuchar la lectura que ante el lecho del rey hizo Jacobo
Tavasthani, subprothonotario real, del siguiente documento: «Nos
vistas y reconocidas las diversas suplicas
Así terminó, como no podía menos, aquella desigual é imposible lucha. Los mismos que habían pretendido inútilmente amenguar la potestad real con la célebre Nova ordenació de la Justicia esdevinadora, los adversarios de los reyes, les separaban ahora, para siempre, de su más leal y valerosa defensora. Abandonó, pues, Na Carroça, la corte, donde quedaban sus generosos protectores, los que, cuando su juventud y su belleza la hacían titular Na Carroçina, la habían acogido en el seno de su intimidad y su familia, los entonces duques de Gerona y ahora reyes, y los infantes duques de Monblanc, que también habían de ceñir la corona de Aragón; es decir, todos sus afectos y todas sus esperanzas. _____ La noble desterrada se retiró á su solitario castillo de Corbera: Allí podía, viendo desde los rasgados ventanales de su palacio correr casi á sus piés el caudaloso Júcar, que por entre bosques de naranjos y palmas huye al cercano mar, consolarse de su desgracia con el amor de su inocente hija María, víctima como ella de un hombre, tan indigno esposo como padre desnaturalizado. Grata le sería la soledad á aquel espíritu enérgico, nacido para el contraste y la lucha, pero aun aquel dulce reposo debían alterar los pasados rencores. La historia se olvida de Na Carroça después de las Cortes de Monzón de 1389, como la desconoció antes, pero aún pueden rastrearse en los archivos valencianos algunos datos que permiten acompañarla hasta su muerte. Vivía, como he dicho, Na Carroça, en su
baronía de Corbera, aunque también era señora de Albayda,
país delicioso, pero de clima menos templado, en 1390. Había
poseído durante algún tiempo en feudo la villa de Cullera, cuyo
término lindaba con el de Corbera, mas, por causas hoy desconocidas, en
el mencionado año Cullera se hallaba bajo el señorío
jurisdiccional de Valencia. Sin duda, como rastro del pasado dominio, quedaban
algunos pechos sin solventar, cuyos pagos diferían los cullerenses,
cuando, celoso en demasía Antón del Roy, escudero de Na
Carroça, quebrantó con dos servidores más el
término de Cullera, y entrando
Sonaban ya las campanas de la Seo, cuando, al oirlas, acudió á la sala del Consejo el noble D. Roger de Moncada, valeroso soldado, camarlengo que había sido de la reina Doña Violante y gobernador entonces del reino de Valencia. Enteróse del caso, y deseando favorecer á la amiga de los reyes, evitando aquel conflicto, ofreció arreglar por sí el asunto. Rechazaron los consejeros la intervención del gobernador, pero, en atención á su autoridad, concedieron un día de tiempo para que Na Carroça libertara los presos, entregara á la ciudad los ofensores y abonara los gastos ó costas397. Cómplice ó no Na Carroça del hecho, no
podía juiciosamente oponerse, como tal vez lo hubiera intentado en otras
circunstancias, al acuerdo de los jurados; así que, no á las
veinticuatro horas,
Aquí debió haber terminado el ruidoso incidente, y mucho más cuando los hombres buenos de Cullera tenían ya presos al doméstico de Na Carroça y á otro quebrantador de su término, pero el Consejo aceptó la idea del registro del castillo de Corbera y de su término, y larga caravana de jurados, consejeros, prohombres curiales y guardas de la ciudad, llevando á su frente á los Justicias civil y criminal con sus asesores y notarios, montados unos y á pie otros, y acompañados todos por el gobernador, que no quería permitir pasara aquella ejecución de los indispensables trámites, se encaminó á efectuar el escorcoll ó registro de la baronía. Verificóse el acto, trajéronse los presos que se hallaban en Cullera, y aquellos graves magistrados, después de una formularia reprensión, soltaron á los detenidos y se apresuraron á tasar y cobrar los gastos de su inútil expedición á Corbera399. Y no acabaron con esto las fatales consecuencias de las
calumnias esparcidas por el de Villena y sus satélites contra la de
Vilaragut, y de las cuales era reflejo la prevención con que la miraba
el Consejo de Valencia. Corrió la voz á mitad de 1391 de que Na
Carroça había marchado á la corte para volver al servicio
de la Casa Real, y, uniéndose la mala voluntad al temor que sintieron
los Jurados de que la ofendida señora si volviera á la privanza
de los reyes buscara el desquite en el asunto del quebranto del término
de Cullera, escribieron precipitadamente á sus representantes cerca del
rey una carta para que por todos los medios se opusieran á la
revocación del acto de Cortes hecho contra la noble dama. La carta
refleja el espíritu de las cédulas presentadas
No se ha averiguado el término de aquel viaje, pero sí que en Noviembre del mismo año ya se hallaba en sus dominios de Albayda, pues existe un documento otorgado por la misma en 12 de aquel indicado mes ante Juan Antonio Marres, notario de la mencionada villa400. A 22 de Noviembre de 1392 entraron D. Juan y Doña Violante en Valencia, terminado de cualquier modo y con notoria parcialidad el proceso sobre el robo de la judería valenciana, acaecido en 9 de Julio del año anterior; el pueblo les recibió con grandes regocijos y extremadas fiestas, y aunque nada consta respecto á entrevistas entre la desterrada y los individuos de la familia real, son de suponer, atendida la gracia que por entonces alcanzó Na Carroça del soberano y cuya concesión prueba que no había cesado la recíproca estimación entre ellos401. Aquí desaparece de la escena pública nuestra dama
durante algunos años. Al encontrarla de nuevo surgen algunas dudas y
contradicciones entre los datos que han llegado á mi conocimiento.
Escolano, en su
Historia de Valencia, lib. VII, cap. 11,
número 16, dice hablando de Aznar Pardo: «Tambien casó
su hijo con una señora de mucha qualidad llamada Doña Carroza de
Vilaragut, Señora de Albayda y Corbera, y descienden de ella todos los
caballeros que hoy viven de los dos apellidos de Pardos y Carrozes; es,
á saber, del hijo mayor los Pardos, y los Carrozes de otro hijo menor,
á quien dejó heredero la Carroza, con obligación de que
él y sus descendientes tomasen su nombre y armas»402.
Ahora bien; ¿á quién dar crédito en tan encontradas opiniones: al distinguido rector de San Esteban ó al diligente síndico del Secreto? Indudablemente á Escolano. En primer lugar escribía casi un siglo antes que Esquerdo y pudo haber tenido noticia más exacta de los hechos por haber gozado relaciones de amistad con los descendientes de Na Carroça. Y que dicho Esquerdo no conocía bien la genealogía de los Carroz lo demuestra al consignar que nuestra dama fué madrina de San Vicente Ferrer, siendo así que el apóstol valenciano nació algunos años antes que aquella, además de que la madrina se llamaba Doña Ramoneta Carroz, hija de Don Esteban, señor de Rebollet. Por otra parte existen dos documentos que apoyan el dicho de
Escolano. Es el uno la venta de un censo en 1403 por Doña Carroccia
Queda, á pesar de todo, en pié, un reparo que
puede hacerse á lo dicho por Escolano, y es que, según Zurita,
asistió á la jura de Fernando I de Aragón en 1412 un D.
Juan Giménez de Urrea, y si este era el esposo de Na Carroça,
aunque muriera aquel mismo año y su viuda se casara en el siguiente,
resultaría tener la noble dama 57 años, edad poco oportuna para
bodas, y menos aún para tener hijos. Pero es la verdad que existieron
algunos caballeros de aquel nombre y apellidos, razón por la cual al
casado con la de Vilaragut se le distinguía con el segundo ó
sobrenombre de Atrosillo, así en los documentos como en los
Anales de Aragón. La referencia de
Zurita nada resuelve ni es de peso en el asunto. A demás Sampere y
Miquel indica en sus
Costumbres catalanas la existencia en el
Archivo de Aragón de una carta, por uno de cuyos párrafos se sabe
que en 1389 el enviado Pedro de Berga
Acertada fué la elección de Na Carroça, que era D. Pedro caballero de notables prendas, hijo de D. Aznar Pardo, deudo de la Casa Real, señor de la Casta, gobernador y baile general de Valencia. Distinguióse como su padre en la noble profesión de las armas. Nombróle D. Juan su ujier, cargo entonces de mucha consideración, acompañó al infante D. Martín en su expedición á Sicilia en 1392, fué tutor de D. Fadrique, conde de Luna, pretendiente á la corona de Aragón, y en su nombre prestó juramento á D. Fernando de Antequera en 1412, desempeñó varias embajadas, y nombrado capitán de las galeras de Valencia asistió con ellas á la toma de Nápoles por Alonso V de Aragón en 1420. Tuvo este caballero otros tres hermanos, D. Juan y D. Roque, vizconde de Manzanera, y D. Gisberto, obispo de Segorbe. Pasaron algunos años, y durante ellos quiso Dios conceder á Na Carroça dos hijos, D. Pedro y D. Juan. El primero heredó los bienes y señoríos de su padre, y al segundo hizo donación su madre, en 4 de Mayo de 1423, de la baroní a de Albayda, con obligación de tomar sus arenas y apellidos, como ya va recitado407. En 20 de Julio de 1423 testó, hallándose en peligro de muerte, ratificando su donación, y falleció poco tiempo después. Fué sepultada en la iglesia del monasterio de San Agustín de Valencia, junto á su hermano D. Bernardo408. Terminada la narración de hechos quedaría
incompleta la biografía de Na Carroça de Vilaragut si se
abandonaran sin el competente
Vamos, pues, al primero. En tres únicos extremos puede descansar la suposición de aquellos adúlteros amores. En las crónicas, en las cédulas de Monzón, y por último en las composiciones, dramática la una, poética la otra, atribuídas á mossén Domingo Mascó. Veamos lo que hay en ello de razonable. El primer historiador aragonés que se ocupa de Na
Carroça es Gerónimo de Zurita, en sus
Anales y en sus
Indices. Escribía Zurita á
mitad del siglo XVI, y examinando los pasajes referentes á la ilustre
dama se comprende que sus noticias dimanan del proceso de las Cortes de
Monzón. A pesar de esto, el grave analista no escribió una sola
frase alusiva á los amores de D. Juan con la de Vilaragut, ni sobre el
libertinaje de esta; aún más, al citar las murmuraciones y quejas
que corrían entre las gentes las da por origen la envidia de los grandes
del reino, enemigos del bando que favorecía á la Carroça.
Cuáles fueran aquellas quejas se aclaran más en los
Índices, diciendo no eran otras que
su privanza con la reina, y nada más en absoluto409. La reserva de Zurita es tanto más reparable
cuanto que no debía desconocer la cédula de 12 de Julio de 1389
que contenía cosas deshonestas desconocimiendo que es de reparar en
Bofarrull, quien, con sus incomprensibles é infundadas
ambigüedades, ha motivado no pocas suposiciones. Los escritores novelistas
y dramaturgos, á quienes placen las situaciones románticas, han
interpretado á Zurita como más les ha convenido y adivinado en
las cédulas de Monzón cuanto sonaba su fantasía. Estas
cédulas, pues, con sus oscuridades y reticencias, es decir, las de
Setiembre de 1389, han sido el fundamento de los imaginados amores entre el rey
y la dama. Y
El sentido indeterminado y acusador de las tan nombradas cédulas corrió por el país, y la opinión pública, adversa por instinto á todos los privados, se había decidido contra la dama de la reina. Ya tenía una cabeza sobre quien descargar el rayo de sus enojos, y Na Carroça, á más de sus culpas políticas, si las tuvo, iba á ser la víctima espiatoria de todos los pecados de la corte. Esto explica la dureza de los jurados de Valencia en el incidente de los términos de Cullera y su misiva de 29 de Agosto de 1391, cuyas frases más salientes reproducen las acusaciones de las Cortes de Monzón. Su siniestra influencia alcanzó hasta fines del siglo
pasado. Existía por entonces en Valencia un erudito bibliófilo,
D. José Mariano Ortiz, gran rebuscador de libros viejos y de empolvados
manuscritos. Había ganado fama de entendido en todo lo referente
á las antigüedades históricas y literarias de la referida
ciudad, cosa no muy difícil en aquel tiempo, y por tal causa le
consultaban con frecuencia autoridades, tribunales y hasta el gobierno. Ortiz,
que era escribano de la Alcaldía del Palacio Real de Valencia, tuvo
fácil oportunidad de registrar su archivo y de escribir su
Informe historico-cronológico-legal,
etc.410, que D. Luís Lamarca
Hablemos primero del
Hom enamorat. Con decir que nadie conoce
esta tragedia (?), ni da razón de ella, se dice que las pruebas de su
existencia, de su originalidad y del alcance de sus alusiones se reducen
á lo que quiso escribir Ortiz. Es reparable además que tan
precioso documento se extraviara, salvándose el otro códice, que
no hubo de andarle muy lejos,
si aquel existió, cosa que dudo
mucho. Pero vamos á lo más importante. Careciendo del original
citado por Ortiz, es de todo punto imposible discutir, como he indicado, sobre
su originalidad y la exactitud de las alusiones al adúltero amor de
aquellos personajes. Materia es esta que, aun probada la autenticidad del
manuscrito, sería, por su misma índole, no poco trabajosa y
aventurada, que no así como así se comprueban tales alusiones
cuando faltan los antecedentes históricos y las pruebas documentales y
han transcurrido entre ellas y los intérpretes nada menos que cinco
siglos. Ahora bien; si no cabe la discusión sobre el cuerpo del delito,
podemos sin embargo
Fué mossén Domingo Mascó de ilustre familia
valenciana, legista, jurado de la ciudad en 1378 y 1386 y vicecanciller de los
reyes D. Juan I y D. Martín, que le llamaba
egregio doctor y asesor de su bailia.
Intervino por razón de su cargo en las Cortes de Monzón y en la
concesión de los fueros hecha á Valencia en 1403. Escribió
algunas obras de derecho y murió en 1427412. Por su trato continuo, y en atención
á su oficio, era preciso que Mascó no desconociera las
intimidades de la Real Casa y por tanto los sentimientos morales y piadosos de
los reyes y el entrañable amor que se profesaban. Conocía
también las famosas cédulas de Monzón, como era su deber,
y había sido, según el proceso de aquellas Cortes, uno de los que
intervinieron en el destierro de Na Carroça, ¿quién sabe
si el redactor del mismo decreto? No podía tampoco ignorar la
cuestión jurisdiccional sobre los términos de Cullera ni la
infundada prevención con que se miraba á la de Vilaragut, y con
todos estos antecedentes, ¿era posible que el vicecanciller del rey, el
magistrado popular, el egregio doctor, el ilustre jurisconsulto, á quien
nadie conoció como poeta, con la misma pluma que redactaba sus
alegaciones en pro de la justicia escribiera aquella infame lisonja del crimen
y de la perversión moral? No; era preciso que mossén Domingo
Mascó hubiera perdido
Además, y dejando para mayor espacio la cuestión de si existían en aquel tiempo tragedias representables, es necesario consignar que en Abril de 1394, durante el cual se supone representada aquella tragedia en el Palacio del Real, residían allí Don Juan I y su esposa, y mossén Domingo Mascó se hallaba en la corte de Castilla comisionado por el Consejo para arreglar algunos extremos sobre abasto de trigos, los cuales no pudo terminar durante algunos meses, como lo prueban las Cartas misivas y los Manuales del Consejo de aquel año. En suma, que á existir teatro, actores y tragedia, hubo de representarse aquella cínica exhibición del libertinaje del rey y de la asquerosa condescendencia de Doña Violante ante el mismo D. Juan y su esposa, que debieron, con tal motivo, aplaudir sus propias liviandades ante un público corrompido y degradado. Tales costumbres es difícil concebirlas aun en ciertos días del imperio romano. Y todo esto, ¿por qué ni para qué? Aun cuando hubieran existido aquellos amores, que ni existieron ni hay rastro de ellos, ¿qué podía importar su recuerdo al monarca, cuando un decreto irrevocable tenía apartada á Na Carroça de la corte hacía algunos años y cuando aquella dama había probablemente contraído indisolubles lazos con un noble caballero de alta condición y honrada estirpe? ¿Qué objeto racional se proponía la estúpida desvergüenza del vicecanciller? Por todas estas consideraciones dudo mucho de la existencia del Hom enamorat, y si existió no es llano que le escribiera mossén Domingo Mascó, y si le escribió es imposible de toda imposibilidad que fuera una alusión al imaginario amor de D. Juan I á Na Carroça de Vilaragut. Lo mejor que puede suponerse en honra de Ortiz es que la vanidad del bibliófilo hizo naufragar su juicio en un mar de suposiciones y embelecos.
Aquellos regios amores, doblemente criminales, se conoce que traían desvelado al diligente escribano. Ahí era nada para el bibliófilo poseer la llave de un secreto histórico que nadie había penetrado durante quinientos años. Por esto, no satisfecho con la posesión de la mencionada tragedia, aún tropieza con otro precioso manuscrito referente al asunto. Ahora ya no son alusiones más ó menos contestables, es la prueba plena, clara y evidente del suceso. A seguida de otra tragedia, Hércules y Medea, de mossén Antonio de Vilaragut, porque seguramente llovían tragedias, medio siglo antes que Timoneda hiciera representar sus entremeses, halló nuestro curial otra composición titulada Regles de amor y parlament de un hom y una fembra fetes per mossen Domingo Mascó a requesta de la Carroza dama del rey D. Juan el I y carta amorosa de esta al rey y sa resposta. También este manuscrito desapareció en 1799, pero volvió á ver la luz pública al número 1345, pág. 135 del Catálogo que para la venta de su librería publicó en Londres y año 1826 D. Vicente Salvá. Hoy no se conoce á su poseedor ni á quien le haya visto, ni consta en el Catálogo formado por D. Pedro Salvá, hijo del Vicente, de aquella librería. Debió, pues, venderse en Inglaterra. Se desconoce en absoluto por lo tanto la composición, y como en el Hom enamorat es imposible discurrir sobre la autenticidad del documento, amen de sus condiciones literarias. Cuanto de él nos queda es el item del Catálogo en inglés de D. Vicente Salvá, y como de su contenido fluyen no pocas consideraciones, le reproduzco traducido á continuación.
Ante todo quede consignado que al manuscrito le falta la primera
hoja, la cual corresponde á las
Regles de amor, y que este título es
debido por completo á la pluma del investigador D. Mariano Ortiz.
¿Y de dónde sacó este señor dichos títulos y
los nombres de sus autores? Salvá, que conocía el manuscrito y
poseía los suficientes conocimientos para formar un acertado juicio en
el caso, aunque le convenía, como vulgarmente se dice, hacer el
artículo, dice que los sacaría del contenido de la obra, y como
esta suposición no podía satisfacerle, apela á suponer que
con el manuscrito hubo de existir algún documento de fecha anterior que
lo expresara. Claro es que en lo posible cabe cuanto se quiera,
Pero, al menos, ¿está el papel escrito por mano de mossén Domingo Mascó? Tampoco. Ni lo dice Ortiz, ni podía decirlo siendo el mismo carácter de letra el de Les Regles y el de la tragedia de Vilaragut, como asegura Salvá. Además que este particular era fácil de comprobar, y Ortiz no se aventuraría á ser desmentido. Pero hay más aún; el distinguido bibliófilo-librero, al terminar su compte rendu de los manuscritos, dice que son producciones del siglo XIV cuando menos. Para quien sepa que los caracteres del último tercio del dicho siglo tienen una estructura exclusiva especial, adivinará en la involuntaria vacilación del Sr. Salvá que podía confundirse con la de otro período y no ser por consiguiente ni aun de los tiempos del célebre vicecanciller. Concédase no obstante por un momento que Les Regles de amor se escribieron por mossén Domingo Mascó. ¿Probará esto que lo hiciera á petición de Na Carroça? No, en verdad; pero aceptémoslo también. ¿Se hablaba en ellas de los amores del rey con la dama? Nada de esto dice Ortiz, que tenía interés en decirlo, y entonces, ¿por qué califica á la de Vilaragut como dama del rey? ¿Será por aquella, invención del Hom enamorat? Respecto á la carta amorosa de Na Carroza al rey y sa resposta, ¿son, como es de suponer, otras composiciones rimadas de Mascó, ó tales y efectivas cartas? Sería incomprensible la existencia de semejantes escritos íntimos en un archivo público, ni aún que pudieran mediar entre semejantes personas, ni correr anexos á una composición dramática y otra poética. Y si son unos simples versos, ¿por qué dice el oficioso epigrafista que se refieren á los supuestos amantes que nos ocupan? ¿No es claro que si lo indicaran las composiciones holgara el epígrafe? Por otro concepto las mismas consideraciones que militan conra
la posibilidad de que Mascó pudiera ser el autor del
Hom enamorat
Bien pudo ser que existieran en poder de este librero y para la venta pública algunas composiciones lemosinas en forma de diálogo procedentes de la biblioteca ó colección del Sr. Ortiz con el título transcrito de su mano, pero mientras no se pueda examinar el original y no se presenten irrecusables pruebas de su autenticidad respecto al autor y del fin y destino con que se escribieron, no pueden admitirse como verdades las suposiciones del epígrafe, porque los antecedentes históricos y las razones expuestas hacen creer lo contrario. En mi concepto es presumible que Les regles de amor y las cartas no son otra cosa que alguno de esos lays ó tençons en que sobre una cuestión dada solían discurrir, figurando distintas personas, por lo general un caballero y una dama, los trovadores provenzales del siglo XII y que luego imitaron con menos fortuna los catalanes y valencianos del XIV y XV. En tal caso las soñadas cartas no serían más que la endreça. De estos trabajos existieron muchos en la Edad Media, abundando en la época del Amador de la gentileza las imitaciones del Dialogo d'amore, de Boccacio, que lo tomó á su vez del Arte amatoria, de André le Chapelain. Sin duda, alguna de ellas cayó en manos de Ortiz, y deseando robustecer la invención de la tragedia no dudó en arrancar la primera hoja del manuscrito, donde se hallaría el verdadero título y el nombre del autor, y clavar con su epígrafe un padrón de infamia en la memoria de la noble valenciana y de sus protectores los monarcas é infantes aragoneses. En resumen, no existe historiador alguno, incluso Zurita, que
con tanta severidad juzga á D. Juan, que hable de sus amores con la
Carroça, ni hay alusión alguna á ello en las
cédulas honestas y deshonestas de Monzón, ni los manuscritos de
Ortiz si existieran y fuesen de Mascó probarían semejante
calumnia. Pasen, pués, los amores de Juan I de Aragón y Na
Carroça de Vilaragut
_____ Dilucidado el anterior extremo, preciso es hacer lo mismo, antes de concluir, respecto á la acusación de liviandad que contra la señora de Albayda produjo en las Cortes de Monzón la cédula de 12 de Julio de 1389. Si pudiera darse fe á tan repugnante documento, la Casa Real no fuera entonces más que un asqueroso lupanar, Na Carroça de Vilaragut una vil ramera y los reyes de Aragón y sus hermanos unos infelices mentecatos dignos del mayor desprecio. Ahora bien; como he dicho y probado oportunamente en otro lugar,
al comienzo de este estudio, si la corte de D. Juan I no afectaba la
sombría gravedad de la de Pedro IV, tampoco fué notada por sus
licenciosas costumbres, y si el rey y su esposa se complacían en los
pasatiempos de su época, no por eso descuidaron sus deberes religiosos
ni el gobierno de sus estados, cuando menos el cuidado de sus casas.
¿Cómo era posible, pues, que no solo ignoraran las escandalosos
orgías de su servidumbre, como supone la cédula, ó que se
degradasen hasta el extremo de consentirlas y patrocinarlas? ¿Qué
pensar en tal caso de la ilustración y las virtudes del infante D.
Martín y de la honestidad de su esposa Doña María de Luna,
que tanto encomia la historia414, si protegían y amparaban con su amistad
á la cabeza de tales desórdenes, Na Carroça de Vilaragut?
¿No fuera el más cínico descaro la protesta del infante,
del arzobispo de Zaragoza y demás nobles y eclesiásticos contra
la malaventurada cédula? ¿Hubieran pedido los amigos de la Real
Casa una información jurídica sobre los hechos á no
constarles la falsedad de su denuncia? ¿Por qué
Villana, desprovista de pruebas y forjada por una gavilla de viciosos nobles, plagados de hijos naturales, sedientos y necesitados de gracias y favores, dispuestos como el de Villena á vender su influencia y coaligados para imponerse al Poder real si no satisface todas sus exigencias. Na Carroça, la noble dama valenciana, es un obstáculo que se atraviesa en su camino, y es preciso, no solo separarla de la corte, sino difamarla de tal modo, sublevar de tal suerte en su contra la opinión pública, hacerla tan sospechosa á los reyes, que ya nunca pueda recobrar su privanza. Hé aquí por qué el odio personal y el espíritu de venganza, aliándose con las conveniencias políticas, trazan aquella vergonzosa cédula que el Brazo real de Cataluña, seducido ó impulsado por los nobles, no tiene reparo en patrocinar, y á la cual niegan su conformidad los demás brazos y aun muchos miembros del militar ó noble. La misma comunicación de D. Juan á los hombres
buenos de Zaragoza, en 21 de Julio de 1389, expresa la intervención que
Na Carroça ejercía en los asuntos de la Real Casa, que
según otros documentos alcanzaba hasta hacer préstamos y contraer
empréstitos en nombre y por cuenta de los reyes. No existía por
entonces administración alguna de la Casa Real y entendían en
ella los camarlengos, los mayordomos y cualquier persona en quien el rey
depositaba su confianza. ¿Sería extraño que por tal causa
Na Carroça y el mayordomo de la reina, mossén Francisco de Pau,
hubiesen de tener frecuentes conferencias que la malignidad del de Villena
calificó de amorosas entrevistas? ¿Quién dice ni menos
prueba el escandaloso amancebamiento de la dama y del mayordomo á
ciencia y paciencia de reyes y cortesanos, excepto el marqués y sus
amigos? ¿Es posible aquella desenfrenada disolución en la mujer
cuyo talento y acendrada lealtad la habían elevado á la privanza
y que con razón podía tener más altas aspiraciones, como
las tuvo, que entregarse sin reparo ni vergüenza á sus dependientes
y servidores? ¿Á existir alguna mancha en la honra de la
señora de Albayda y Corbera, la hubieran defendido
A mayor abundamiento si las imputaciones que se hicieron á la noble dama hubieran tenido el menor fundamento seguro es que D. Pedro Pardo de la Casta, que como ugier de D. Juan hubo de asistir á todos los repliegues del caso, amigo íntimo y deudo del infante D. Martín é hijo del célebre Aznar Pardo tan quisquilloso en puntos de honor, seguro es, repito, que no hubiera solicitado la mano de una mujer envilecida y deshonrada. Por lo mismo que D. Pedro Pardo de la Casta había sido testigo del proceder de Na Carroça, al enlazarse con ella demostró en cuán poco tenía las infames inculpaciones de sus enemigos. _____ Y con esto he concluído mi tarea. La noble Na
Carroça de Vilaragut, hija de un valeroso y principal caballero, casada
con un esposo que no la merecía, protegida por los infantes de
Aragón, amiga, confidente y favorita de la reina Doña Violante,
ni fué la manceba de D. Juan I, ni cometió las vilezas que le
atribuyeron sus detractores. Por su admirable firmeza, su sagacidad y su afecto
á los reyes, intervino quizás más de lo que le aconsejaba
su conveniencia en los negocios de Estado, y cayó precipitada por la
envidia y la ambición de los menguados nobles aragoneses. Vuelta
á la vida privada, no con aumento, sino con daño de sus
intereses415, cifró todas sus venturas en el cariño de
su segundo
En una palabra; la señora de Albayda pudo ser y fué en efecto una princesa de los Ursinos en Aragón á fines del siglo XIV, y bajo este solo concepto puede considerarla la historia. Valencia no ha de sonrojarse porque naciera en su suelo, y su memoria será siempre grata para el espíritu generoso que sabe aquilatar en cuanto vale el tesoro de energía moral que se necesita para afrontar las tempestades de la mísera vida humana. Duerma, pues, en paz la noble Na Carroça de Vilaragut el sueño eterno en el olvidado sepulcro de sus mayores, y quede su nombre inscrito en el libro de oro de las ilustres mujeres valencianas. FRANCISO DANVILA.
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