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    Boletín de la Real Academia de la Historia [Publicaciones periódicas]. Tomo 13, Año 1888
    
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II. Biografía de la ilustre Na Carroça de Vilaragut, Señora de Albayda, Carricola y Corbera

Franciso Danvila


Quien lea y examine con detenimiento los gloriosos anales de Valencia ha de creer sin duda, que tan pródiga se mostró Naturaleza en conceder á este país numerosa y esclarecida pléyade de hombres ilustres, como avara en rehusarle algunas de aquellas celebradas mujeres timbre y corona de otros vecinos reinos. Por fortuna el extraño silencio de la historia se explica fácilmente, no por la carencia de altos sentimientos y de excelsas virtudes en las matronas valencianas de todos tiempos, sino por la humilde opinión

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que mereció á nuestros mayores la noble misión social de la mujer y por el carácter eclesiástico de casi todos nuestros primeros analistas. Era para ellos, como aún lo es hoy para muchos, el hogar doméstico, exclusivo y único campo abierto á la actividad psíquica de la mujer, y la que rebasando sus linderos osaba presentarse, con carácter propio é independiente, en la escena pública del mundo, podía estar segura de atraerse la repulsión general, ó cuando menos de que un sistemático olvido cubriera para las demás su peligrosa memoria. ¡Cuántas sublimes abnegaciones y heróicos sacrificios, cuántos caracteres generosos y cuántas peregrinas obras de la inteligencia esmaltarían la historia de la mujer valenciana, si aquella fatal preocupación no hubiera dominado el espíritu de los cronistas y detenido sus infatigables plumas! Que no es posible ni concebirse puede que en tierra donde el ingenio, el valor y la virtud son comunes, hubiera Dios privado de tan ricos dones á la madre y compañera del hombre.

La investigación documental, que va en nuestros días adquiriendo insólita importancia, esclarecerá en lo porvenir las misteriosas oscuridades del pasado, donde aún yacen perdidas en la sombra no pocas personalidades dignas quizás de eterno lauro. Entonces surgirán las mujeres ilustres de la historia de Valencia y podrán determinarse, con mayor exactitud que hasta el presente, el alcance y los verdaderos móviles de acontecimientos que en vano se esfuerza hoy por explicar la crítica filosófica. Necesario es por lo mismo comenzar tan ardua empresa, aunque las fuerzas no alcancen á la magnitud del empeño, y así me atrevo á intentarlo. Quizás otros con más ilustración y mayor ventura seguirán mi ejemplo, y algun día podrá decirse con justicia que la Inmortalidad, al abrir las puertas de su templo, no ha rechazado de sus umbrales á las hijas del florido Turia.

Es en consecuencia una de ellas el objeto de mi trabajo. Fué hermosa dama, nacida en ilustre cuna, de singular ingenio y de especial travesura para navegar con próspera suerte en el borrascoso piélago de las intrigas cortesanas. Fijó por algún espacio la voluble rueda de la fortuna, y al caer de su alta cumbre, arrollada por la ambición y la credulidad de grandes y pequeños,

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buscó, serena y resignada, en el plácido amor de la familia, el olvido de sus desventuras y el descanso de su agitada existencia. Llamóse Na366 Carroça de Vilaragut y poseyó durante el último tercio del siglo XIV y primero del XV los términos y baronías de Albayda, Carricola y Corbera en el antiguo reino de Valencia. La historia se ocupa de esta ilustre dama al tratar de las Cortes de Monzón celebradas en 1388 y 89, cuyos Brazos pidieron y alcanzaron su extrañamiento de la Real Casa, y es opinión, admitida sin examen por algunos escritores del presente siglo, que la noble dona, como la titulan casi siempre los documentos de su época, no solo gozó de la privanza del soberano aragonés Don Juan I, si que, con escándalo y ruina del reino, le vió apasionada amante rendido á toda su caprichosa voluntad. Pesan, pues, graves inculpaciones sobre la memoria de la señora de Albayda y de Corbera, y como aún se desconoce en gran parte su biografía, es indispensable reunir para formarla cuantas noticias y documentos presten escritores y archivos, puesto que con ella ha de confirmarse ó desvanecerse la tremenda acusación lanzada á la frente de la noble Na Carroça de Vilaragut y que hiere de rechazo á la institución monárquica aragonesa.

Ante todo creo conveniente, para juzgar con acierto de los hechos, describir el fondo del lienzo en que aparece nuestra dama, esto es, el carácter de los personajes que se relacionan con ella y las costumbres de su época, tratado todo con la brevedad que exige la naturaleza del asunto.

Y con esto entremos ya en materia.

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Fundado, ó infundado que es lo cierto, aunque no importe hoy el discutirlo, sufrió D. Juan I, como príncipe, el enojo de su padre

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D. Pedro IV, el Ceremonioso, atizado por la maléfica influencia que ejercía en el ánimo del anciano monarca la joven viuda ampurdanesa Sibilia Fortia, que de amiga había elevado hasta hacerla su cuarta esposa. Ruda fué la enemiga entre la madrastra y el entenado, y consecuencias de ella los enérgicos procedimientos que al ascender al trono empleó D. Juan para satisfacer así los agravios personales como las exigencias de la justicia. Temió el pueblo aragonés, no sin motivo, al presenciar la severidad de su rey en el comienzo de su reinado y al hallarse rendido por peligrosa enfermedad, hallar en D. Juan I un señor del áspero temple del Ceremonioso, pero salió fallido su temor, porque terminado aquel triste episodio, con el perdón de la desacordada viuda, y recobrando el rey la salud perdida, dió patentes muestras, como dice Zurita, de que era de su condición muy benigno y pacífico y procuró desde el principio de su reinado seguir muy diferente camino del que siguió su padre.

Con efecto, D. Juan, que siendo aún duque de Gerona se había distinguido ya por su afición al cultivo de las letras, á los pacíficos entretenimientos de la caza y de la música y en general á toda arte amena y deleitosa, no tardó en cambiar el aspecto sombrío y melancólico de la corte de Pedro IV por otro más festivo y regocijado. Concorde con tales gustos su esposa Doña Violante de Bar, princesa tan acertada en el consejo como entendida en todos aquellos agradables pasatiempos que constituían parte de la cultura social á principios del siglo XV, fomentaba con gusto las inclinaciones del rey y era el principal ornato y centro de los saraos y fiestas cortesanas. No es extraño, pues, que al doble impulso de los regios consortes se acreciesen el lujo y la esplendidez de la Casa Real, que ya el Ceremonioso había sacado de su primitiva sencillez, aumentándose su personal con los más inspirados trovadores, los más galantes y discretos caballeros, las damas y doncellas más gallardas y los más alegres y diestros juglares, halconeros, monteros y ministriles de todo el reino, y de los circunvecinos367. Con tales elementos, la corte de Aragón era conocida

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y celebrada por la originalidad y galanura de sus danzas, conciertos y monterías, y por la manera fastuosa con que realizaba las justas poéticas conocidas con los nombres de Cortes de amor y Juegos florales; ejercicios literarios estos últimos, establecidos por D. Juan I á imitación de los de Tolosa de Francia y cuya institución fué la principal causa de habérsele distinguido con el poético sobrenombre de Amador de la gentileza.

Aunque puede sospecharse que en tal medio había de ser difícil que se conservaran puras las costumbres, es lo cierto que nada dicen las crónicas, ni contienen los documentos, que pruebe mayor corrupción moral en la corte de D. Juan I que en la de Don Pedro IV, ni mucho menos que, á existir, participasen de ella aquel ni su esposa. Por el contrario, al examinar el documento de la institución de la Gaya ciencia, fechado en el alcázar valenciano del Real, á 10 de Febrero de 1393, se ve que domina en él la más rendida piedad; sentimiento que resplandece también en las valiosas ofrendas y donaciones con que dotó el rey instado por la reina al monasterio de San Ginés de Horta368, la peregrinación efectuada por Doña Violante á fines de Octubre de 1387 á Montserrat, cuyos agrestes senderos subió á pié descalzo para ofrecer á la Virgen «con humilde y devota reverencia», diversas joyas de que ya D. Juan tenía conocimiento369 y la institución de la festividad de la Concepción de Nuestra Señora en la capilla del Palacio Real de Barcelona por decreto expedido en Zaragoza, á 1.º de Marzo de 1391. La devoción de D. Juan á la Purísima María era tan sincera y profunda que había fomentado el establecimiento antes de aquella fecha de una cofradía, entre el personal de su Real Casa, bajo el título de la Concepción de la Virgen gloriosa, á la cual encomendaba el realizar la mencionada festividad, descrita con encomiásticas frases por el P. Fr. Manuel Mariano Ribera370. Confirmación fuera de lo dicho, si lo necesitara, la carta dirigida por el rey al baile y autoridades de Gerona desde

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Valldoncella en 5 de Diciembre de 1395 mandándoles prohibir de su parte, bajo pena de muerte, á los predicadores, entrometerse en aquel asunto (el de la Concepción), ó impugnarlo predicando lo contrario ó por otro medio, y que «les ordenen callar si en algo estiman la vida»371.

De los expresados sentimientos piadosos de D. Juan I dicen aún más otros manuscritos de la época. Por ellos se sabe que fué bueno y fiel cristiano, oyendo misa de continuo y las demás horas canónicas y rezando sus devociones con los sacerdotes y prelados de su corte, en especial después de la comida, ante el crucifijo de su oratorio portátil, que solía acompañarle372.

He insistido sobre este punto por afirmar con él una preciosa condición del carácter de Juan I, que no han visto ó querido ver sus detractores.

Justo será por lo dicho convenir en que, si la corte de D. Juan I de Aragón pudo distinguirse por su fastuosidad y su afición á los placeres acostumbrados en tal época, no por ello aparecen sus monarcas como censurable ejemplo de inmoralidad y corrompidas costumbres, y que es preciso desconocer el carácter galante y caballeresco de aquella sociedad heredera de la poética civilización provenzal é influída por los albores del Renacimiento italiano, para confundir los gratos esparcimientos literarios y los regocijos juveniles con que mitigaba sus dolencias un rey enfermizo, enlazado á una princesa amante y compadecida de sus penas, con los repugnantes desórdenes del vicio.

De cualquier modo, ningún documento existe, como he dicho, que pueda desvirtuar el juicio que merece al ánimo imparcial la corte de D. Juan I de Aragón. El drama, la novela ó el apasionamiento

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político pueden, falseando los hechos y traduciendo con malicia vagas indicaciones, sombrear como quieran las escenas cortesanas del Palacio Real de Barcelona, pero la historia dirá siempre que el ilustrado y piadoso hijo de Pedro IV no produjo ni debió autorizar las demasías y los escándalos que afean la memoria de otros monarcas.

Amigo era D. Juan de alegrar su ánimo con la poesía, la música y la caza, mas no por esto descuidaba, tanto como han propalado algunos escritores copiándose unos á otros, el gobierno del Estado. Si se examinan los numerosos registros que de este corto reinado atesora el Archivo general de la Corona de Aragón373, se descubre que aquel rey inepto, según sus detractores, para ceñir la corona de Aragón poseía, como ninguno un profundo espíritu de organización y orden y un noble afán de ilustrar y mejorar la sociedad en que vivía. Allí, en aquellos documentos que pocos han estudiado, ¡con cuánta previsión y acierto acude al fomento de las obras públicas que faciliten las comunicaciones, el abastecimiento de los pueblos y el socorro de los miserables; protege hasta en sus menores detalles el comercio marítimo, organiza y estatuye los innumerables gremios y cofradías que constituían la industria fabril aragonesa, y reforma la moral pública reglamentando con severidad no conocida hasta entonces las mancebías del reino! Y esto mientras defendía con extraña habilidad el poder Real de las asechanzas de una nobleza altanera y bulliciosa y de una burguesía engreída con sus privilegios, y cuando ahuyentaba con su presencia los peligros de una invasión extranjera fomentada también por los nobles374, reunía numerosas huestes y naves para salvar las amenazadas idas de Cerdeña y Sicilia y mediaba eficazmente en la elección de Benito XIII, esperanzando acabar con ella el cisma que afligía á la Iglesia.

De su valor personal, ya que también se le ha querido suponer pusilánime y de ánimo apocado, responden la temeraria sorpresa de Durban, siendo infante, y el recobro de Báscara y Besalú de

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los armañaqueses perseguidos por el rey, quien, aun contrariado por la noche y la tempestad que arrolla sus gentes en las asperezas de los Pirineos, los vence y empuja hasta encerrarlos en Francia.

No era, pues, D. Juan un príncipe inepto parea ceñir la corona de Aragón. Luchando con sus enfermedades, su complexión delicada y sus inclinaciones pacíficas, seguramente que no realizó hechos tan gloriosos como otros monarcas aragoneses, más inclinados que él á las artes de la guerra; pero bien demostró á pesar de todo su piedad y su amor al pueblo que hubo de regir por decreto de la Providencia. Los que, cegados por ciertos espejismos de nuestros tiempos, en su enojo por la sagacidad y noble entereza con que D. Juan rechazó la Nueva organización de la justicia que venía á resucitar los Privilegios de la Unión, natural es que le atribuyan cuantos vicios y aun crímenes se les ocurran; pero los documentos, base de la historia moderna, han de atestiguar siempre que el Amador de la gentileza, á pesar de sus inclinaciones festivas, fué príncipe de alta capacidad, de piadosos sentimientos y de tan honestas costumbres, que como dice un erudito y celebrado escritor catalán, «ni tuvo ni dejó hijo bastardo alguno»375.

Otra notable personalidad brilla en la corte de aquel soberano, Doña Violante, su esposa, hija del duque de Bar, y sobrina de Carlos V de Francia. Bella, inteligente y alma de artista, la noble señora hubo de simpatizar con el rey y compartir sus penas y sus desvelos. Y con efecto, en su amorosa lealtad hallaba con frecuencia, D. Juan descanso á las arduas y penosas tareas de la gobernación del reino. Repetidas son las cartas que existen, y así lo demuestran en el Archivo de la Corona de Aragón. En ellas,

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dice el esposo á su cara compañera, entre cariñosas é íntimas frases, que no quiere deliberar ni terminar ningún asunto sin su consejo. Y claro testimonio de que era legítima aquella confianza fué su injerencia en las deliberaciones de las Cortes de Monzón para mediar entre sus Brazos y el rey con un proyecto de organización política, encaminado á resolver el conflicto acaecido entre aquellos poderes. El proyecto formulado por la reina será siempre innegable prueba de su perspicaz ingenio, como sus fundaciones y prácticas religiosas lo son de su piedad cristiana, y sus cartas á D. Juan de su amorosa y delicada, ternura.

En derredor de los regios consortes y atraída por su afabilidad y su cortesanía, se formó y modeló la espléndida y risueña corte que seguía sus inspiraciones, prestándoles valioso concurso. En ella ocuparon distinguido lugar el infante D. Martín, duque de Montblanc, hermano de D. Juan, que luego reinó con el sobrenombre de el Humano, y su esclarecida esposa Doña María de Luna, príncipes cuya moralidad fué indiscutible; el arzobispo de Zaragoza D. García Fernández de Heredia, varón tan docto en sagradas letras como preclaro en virtudes, consejero de la reina; el noble D. Roger de Moncada, su camarero, vencedor en Marsala, gobernador primero de Cerdeña y luego de Valencia; el ínclito capitán mosen Pedro Alemany de Cervelló y su hermano mosen Hugo, gobernador de Mallorca; los Maças de Liçana; los Blanes, y otros muchos, y las damas más nobles y distinguidas de Cataluña y Aragón, entre las cuales se hallaba Na Carroça de Vilaragut, favorita y amiga íntima de Doña Violante.

Contra este bando, que bien puede llamarse de los reyes, se había formado otro que titularemos de la clase militar ó noble. Capitaneábalo D. Alonso de Aragón, emparentado con la Casa Real, Marqués de Villena, Condestable de Castilla, Conde de Denia y de Ribagorza, Duque Real de Gandía en tiempo de Martín el Humano, y pretendiente más tarde á la Corona de Aragón, como sucesor del segundogénito de Jaime II. Eran sus tenientes y formaban con dicho marqués el núcleo del bando sus dos hermanos D. Jaime y D. Juan, obispo aquel de Tortosa y conde de Prades y Senescal de Cataluña el segundo.

Desdicha ha sido siempre de las familias reales el tener que

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moderar las ambiciosas pretensiones de sus parientes que, nacidos en las gradas del trono, nunca se han creído de igual condición que los demás vasallos. No pocas veces se han ensangrentado por su culpa los campos de Castilla y de Aragón, cuando no han perturbado entrambos reinos, gracias á la consideración y á la influencia que les daba su nacimiento. Así acontecía con los tres hijos del infante D. Pedro, amigos de las inquietudes y revueltas y mal avenidos con que el rey D. Juan no se dejara gobernar por ellos, en lo cual obraba con mucha cordura.

Era el Marqués magnate tan poderoso por su alta alcurnia como por sus vastos dominios376, y tan notado por su codicia como por sus ligeras costumbres. Guerras, intrigas y alianzas, así en Castilla como en Aragón, todo le parecían buenos medios para acrecentar sin descanso su patrimonio, digno de un soberano. A pesar de ello, cuando en la célebre batalla de Nájera cayó prisionero de los ingleses auxiliares de D. Pedro I de Castilla, se apresuró á salir del cautiverio dejando en rehenes á sus dos tiernos é inocentes hijos, cuyo rescate tardó mucho tiempo, largos años, en satisfacer su olvidadizo padre, aunque para ello recabó cuantiosas sumas de los monarcas castellanos. Respecto á sus costumbres dice Zurita que «tuvo harta necesidad de las puertas adentro (de su casa), de quien la reformase y gobernase, estando muy desavenido de la duquesa Doña Violante de Arenós, su mujer, que no tuvo muy poca cuenta con el honor de aquella casa y suyo».

El obispo de Tortosa era tan poco afecto á cumplir las obligaciones de su cargo espiritual, que pocos años residió en su obispado, y cuando Urbano V le nombró cardenal de Santa Sabina y obispo de Valencia, prefirió gozar en Roma las pingües rentas de

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la prelacía á residir en su diócesis encomendada al auxiliar Fray Juan Formentera, titular de Sidonia377. A su hermano el conde de Prades le presentan los documentos como un cobarde calumniador, pues, habiendo acusado á mossén Francisco de Aranda de haber envenenado al primogénito del rey, enfermo á la sazón (Agosto de 1388), y de querer envenenar á su padre, estrechado por mossén Domingo Mascó, en el proceso que se le formaba en rebeldía, hubo de confesar que todo era pura calumnia y pedir perdón378.

A la sombra de estos tres respetables defensores de la moralidad pública se congregaron todos los enemigos de los reyes y de sus protegidos con sus parciales, parientes y amigos. Entre ellos los Vilademanys y Planellas, partidarios de Sibilia Fortia y por ende adversarios de la reina, á quien suponían causa de la desgracia de aquella: Lope Giménez de Urrea, esposo despreciado de Doña Brianda de Luna, cuñada de D. Martín de Aragón que la amparaba y protegía su divorcio; Juan Giménez de Urrea y Atrosillo, esposo de Na Carroça y separado de ella por su madre estando loco furioso; Bernardo de Cabrera; los vizcondes de Illa y Roda; Pedro de Queralt; Juan de Ballera; Pedro y Berenguer de Vilaragot, y otros cuyos injustos agravios detallaré más adelante.

Esta es la escena y estos los principales personajes que intervienen en nuestro asunto. Preciso es ya, pues, presentar á la protagonista. Difícil será, á pesar de lo que opina el diligente Sampere y Miquel, completar la biografía de Na Carroça de Vilaragut, cuya personalidad desaparece antes y después de su privatiza, escapando á la investigación á través de cinco siglos. Sin

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embargo, aún se puede, juntando apuntes, noticias y retazos, esclarecer esta figura histórica algo más de lo que lo han hecho hasta hoy los escritores que se han ocupado de ella.

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Las ilustres familias de Carroz y Vilaragut descienden de los valerosos y egregios caballeros de estos apellidos que acompañaron á D. Jaime I de Aragón á la conquista de Valencia, en cuyo reino quedaron heredados, levantando en la capital su casa solariega que aún permanece, aunque renovada al gusto moderno379. Imposible es casi, por lo numeroso de las ramas, seguir sus árboles genealógicos, pero aunque no lo fuera prescindirla de tal empeño, no muy pertinente al asunto. Bastará decir que ambos linajes se unieron con D. Juan de Vilaragut y Doña Isabel de Carroz al contraer matrimonio en 10 de las kalendas de Mayo de 1345380. Dicho D. Juan fué hijo de D. Bernardo, señor de varios lugares, y de Doña Jaima de Romaní. Doña Isabel lo era de D. Berenguer y Doña Teresa Gombal de Entenza.

No puedo entretenerme en relatar los servicios hechos al rey y á la patria por D. Bernardo y D. Berenguer de Vilaragut, y me concreto á hablar del mencionado D. Juan. Fué este caballero esforzado capitán en las guerras que mantuvieron D. Alonso IV y D. Pedro el Ceremonioso. Concurrió en primer lugar á la toma del castillo de Alicante y arrabales de Requena, y, como embajador del dicho último rey, trató bodas y paces con los de Portugal y Granada. Reunió en su persona los señoríos y baronías de Albayda, Carricola, Adzaneta, Aljorfor, Benicola y Corbera. Contrajo

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dos veces nupcias: la primera con Doña Isabel de Carroz, como va indicado, en 1345, y la segunda con Doña Teresa Boxadors, su sobrina por afinidad. Del primer matrirnonio hubo por hijos á D. Juan, D. Jofre, D. Bernardo y Doña Carroza. El nombre de Carroza es patronímico del apellido materno y, aunque no se le ha dado otro por lo general en la historia y los documentos, cabe sospechar que fué Margarita su nombre de pila. Induce á pensar esto por una parte que en dos documentos de venta otorgados por dicha señora se la nombra la noble dama M. Carroça de Vilaragut, cuya M. parece corresponder al nombre de Margarita que era el de la segunda esposa de su abuelo D. Bernardo Vilaragut, hija del célebre D. Rojer de Lauria, condesa de Terranova, que fué su madrina, la quiso con entrañable amor de madre y en cuya compañía pasó la niñez y parte de la adolescencia381.

No consta la fecha exacta de su nacimiento. Se puede, sin embargo, calcular aproximadamente. Afirma D. Onofre Esquerdo en sus manuscritos que, según los documentos que había examinado, tuvo Na Carroça tres hermanos mayores, de los cuales el segundo, D. Jofre, murió en Cerdeña en 1375 de 23 años de edad, lo cual indica que nació en 1353, y como por otra parte las capitulaciones matrimoniales entre D. Juan de Vilaragut y Doña Teresa Boxadors y Carroz otorgadas ante Pedro Torella, notario de Játiva en 2 de Octubre de 1357, nos indiquen que ya había muerto su madre, es probable que la ilustre niña naciera en 1356, al año siguiente del nacimiento de su tercer hermano, D. Bernardo382. Así es como en 1382 ya comparecía en el pleito de alimentos con el tutor de su marido, en representación propia, como era consiguiente atendida su mayor edad. También la muerte de Doña Isabel de Carroz, acaecida á poco de nacida su hija ó quizás á consecuencia de este nacimiento, explica la estancia de la huérfana en casa de la condesa de Terranova.



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Los primeros documentos públicos en que se habla de Na Carroça datan de 25 de Junio y 2 de Agosto de 1382. Son estos dos sentencias dictadas por el infante D. Juan, en el palacio obispal de Valencia, en un litigio sobre alimentos. Por ellos quedan averiguados varios extremos que interesan á mi propósito. Consta allí que Na Carroça contrajo matrimonio con el rico-hombre de Aragón D. Juan Giménez de Urrea, llamado de Atrosillo, y de quien se hallaba separada «no por hechos ó culpa de ella, sino por culpa y hechos y mala voluntad de la noble Doña María Giménez, su suegra,» dice la primer sentencia, y tan separada, que según declara la segunda, «no se había alzado la prohibición y veda que se le había hecho por la noble madre de D. Juan Giménez y suegra de Na Carroça de ir y dejarla ir y estar y habitar con el dicho D. Juan Giménez, su marido, en los lugares de Aragón, donde este estuvo y estaba y habitaba, los cuales eran propios de la dicha Doña María, su madre». Algo también se trasluce así de las costumbres del D. Juan Giménez como de la causa de la oposición de su madre á que hiciera vida marital con Na Carroça. En el mencionado proceso comparece como curador de la persona y bienes del dicho D. Juan, por hallarse demente furioso, Francisco Muñoz, vecino de Valencia, que al propio tiempo era tutor de sus hijos mossén Gil de Boil, María Giménez y Toda Pérez383. Separando, pues, á María Giménez, que tal vez fuese la María Isabel hija de Na Carroça á quien acompañaba cuando su madre formaba parte del séquito que seguía á Doña Violante de Bar de Valencia á Barcelona en Diciembre de 1382, existieron dos hijos de D. Juan Giménez que no llevaban el apellido de su padre, circunstancia que indica su origen bastardo y favorece poco la moralidad del individuo. ¿Será, pues, aventurado conjeturar que deplorables excesos habían producido aquella locura furiosa, que consigna la sentencia de 25 de Junio de 1382, y que la noble Doña María Giménez, pensando respecto de la salud de su hijo muy al contrario de lo que en circunstancias parecidas había de creer justo un siglo más tarde respecto del suyo la Reina

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Católica, tenía el empeño, quizás por prescripción facultativa, de separar aquel desventurado matrimonio? Si tal fué la causa del divorcio impuesto por el cariño maternal, preciso es confesar que produjo el deseado efecto, pues D. Juan Giménez de Urrea aparece años después formando parte de la parcialidad que acaudillaba el marqués de Villena, enemigo de Na Carroça, curado á no dudar de su mental y físico desconcierto384.

Así aparece nuestra dama en el primer período de su existencia. Casi huérfana desde la cuna, educada por su madrina y segunda madre, señora de rígidas costumbres, debió entregar su mano, indudablemente por conveniencias de clase y de familia, á un hombre indigno de su afecto, y madre infeliz apartada de su esposo, á cuyo lado quiere permanecer á pesar de sus ofensas y su desgracia, como le prescriben sus deberes, hubo aquel noble espíritu de templarse poderosamente al fuego de la desventura para el rudo combate de la vida, y así lo demostró en lo sucesivo.

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La exigüidad de la suma que reclamaba Na Carroça, para sus alimentos y de su hija, en el citado proceso, da á entender que no era muy holgada su situación á mediados de 1382, y una de las razones tal vez que la decidieron á formar parte de la casa, como entonces se decía, de los duques de Gerona, quienes, así como D. Martín, su hermano, debían tener conocimiento de sus honrados procederes por haber intervenido en aquel proceso. En Agosto se fallaba la cuestión y en Diciembre ya acompaña, con su hija, á Doña Violante, según carta de esta fechada en 9 de aquel mes de 1382.

Grandes serían la discreción y afecto que en la de Vilaragut debió encontrar la Duquesa, y mucho habría adelantado su privanza con los infantes tres años después, cuando Doña Violante escribía en 23 de Junio de 1385 desde Figueras á su esposo Don

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Juan la siguiente carta que traduzco acomodándome en lo posible al original385.

«Muy alto señor y marido y señor mío muy querido. Por algunas personas, señor, he entendido que se han hablado algunas palabras en la corte del señor rey que se suponen dichas por madona Carroça. Y sabido esto, señor, la dicha madona Carroça me pidió licencia y quería cabalgar para ir ante el señor rey y ante vos, señor, para probar su inocencia, esclarecer este hecho y encararse con los que lo han dicho; mas yo, señor, no he querido darle dicha licencia en la duda de si á vos, señor, os disgustaría. Por lo que os suplico, señor, que si es vuestra merced mandarlo así me permitais darle licencia á dicha madona Carroça para irse al dicho señor rey y esclarecer el hecho, la cual me parece, señor, que le debéis dar y que en todo caso que vaya ahí, pues ella se halla pronta para que, en caso que probárselo puedan, lo que Dios que es la misma verdad no podría hacer, vos, señor, incontinenti, la hagáis degollar. Y en caso, señor, que probárselo no puedan, hagáis de aquellas buenas personas que tales engaños urden la justicia que corresponda.»



Esta misiva es claro testimonio del cariño que la duquesa de Gerona y futura reina de Aragón profesaba ya á su favorita, cuyos agravios con tanto calor vindicaba, la importancia que esta había adquirido entre los cortesanos de Pedro IV, que comentaban, aunque con torcidos fines, sus palabras y la varonil entereza con que Na Carroça pretendía salir al encuentro de la calumnia.

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Aquellas enérgicas frases finales de la carta, en que palpita el enojo de la mujer cobardemente difamada, revelan todo un carácter que no debía desmentirse en lo futuro, y aquellas murmuraciones cortesanas presagian vagamente la tempestad que empezaba á formarse contra ella.

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Pasaron dos años más en que Na Carroça acompañó á su señora y amiga, sufriendo con los duques todos los contratiempos y amarguras que les ocasionó la implacable inquina de Sibilia Fortia. Por fin, en los comienzos de 1387, a scendió D. Juan al trono, por muerte de su padre, y desde entonces se hizo más patente el favor que la de Vilaragut alcanzaba con todos los individuos de la Casa Real y especialmente con la reina386, y más vivas las inculpaciones de sus enemigos que acrecidas y desfiguradas corrían entre el vulgo.

Sabemos ya las causas políticas y personales en que se fundaba la enemiga de los Urreas, los Planels y los Vilademanys, contra la familia real y su patrocinada Na Carroça, pero falta conocer los motivos especialísimos que existieron para que el marqués de Villena, con los dichos, y con otros, concertara y produjera al cabo la ruina de la noble valenciana. Cuáles fueron tales motivos lo descubre el mismo rey en su comunicación á los hombres buenos de Zaragoza, fecha 21 de Julio de 1389, en Monzón387. Decíales en ella que hallándose el de Villena en las Cortes hizo decir á Na Carroça que simulase un préstamo al rey de 40.000 florines, dándole á él por 20.000 las villas de Villajoyosa y Jábea, en el reino de Valencia, pues había venido á las Cortes dispuesto á servir al rey y á la reina, ó a fer los offers de Madona Carroça.

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Que habiéndose negado esta, porque no podía ni debía consentir semejante proposición, le propuso el marqués que le hiciera nombrar presidente, cap, del Consejo Real, á fin de ser el amo en la dirección de los negocios de Estado, y que si esto hacía le daba la seguridad de que las Cortes no la tocarían de su oficio. A lo que se negó también dicha señora. Propúsole entonces el de Villena que le diera á empeño las joyas de la reina, esto es, para que él las empeñara en provecho suyo, á lo que también se negó Na Carroça. Nuevamente instó el de Villena pidiéndole que le hiciera dar por el rey una renta perpetua de 2.000 florines sobre Játiva, y otras rentas y derechos sobre algunos pueblos de su condado de Denia, á lo que contestó Na Carroça que era excesivo en sus pretensiones, por cuya razón le replicó «que si pagaban bien hablaría bien, y que optase entre ser su amiga ó su enemiga», y por último la brindó con hacer liga los dos y que en prenda obtuviese del rey que en cinco años no le pudiese reclamar los pastats, es decir, requerirle que se saliera de los castillos y términos que por él tenía.

Respecto á Bernardo de Cabrera, al vizconde de Illa y á Ramón de Bagés, decía el rey, que se habían declarado contra Na Carroça por no haber accedido él á colocar en su puesto á Na Constança, mujer de Illa. Las mismas pretensiones tenían el vizconde de Roda y Pedro de Queralt en favor de la mujer del difunto Dalmau de Queralt. Por último, Juan de Ballera odiaba á la Vilaragut porque esta había amparado á su enemigo Ramón de Abolla. De todo lo cual añadía el rey que podía hacer prueba, pues tenía escritos y personas de cuenta nobles y caballeros para justificarlo.

Añadiré por mi cuenta que el Pedro de Vilaragut, que también aparece entre ellos, era amigo y pariente cercano del Berenguer de Vilaragut obstinado litigante empeñado en despojar á Na Carroça de su herencia paterna.

Formidable era, pues, la nube que se cernía sobre la frente de aquella valerosa mujer. La habían suscitado odios personales y principalmente su adhesión á los que la protegieron en su desamparo, la condensaba su lealtad y su valimiento, y su energía la afrontaba sin pedir tregua ni gracia á sus implacables enemigos,

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porque para ella antes que su conveniencia eran su gratitud y su honra. De aquellos conjurados en su daño nacieron, pues, como ardid de guerra las acriminaciones ó infames calumnias que ha recogido después algún escritor y han copiado los demás con censurable ligereza. Zurita, que es quien primero se ocupó de la noble dama con motivo de las Cortes de Monzón, no titubea en decir que «había diversas quejas públicas y particulares de que se sentían gravemente las gentes, aunque tuvieron su origen en la envidia de algunos grandes del reino que eran del bando contrario de los que favorecían á la Carroça»388.

Con todo ello, y con el disgusto que siempre causa en los pueblos la privanza de los favoritos, natural es que se murmurara de los desórdenes y despilfarros de la Casa Real y se señalara á la de Vilaragut como causa principal de ellos, porque bien sabían los murmuradores que á la larga ó á la corta la soga quebraría por lo más delgado, como quebró, con grave escándalo del país y daño de la dignidad real en las célebres Cortes de Monzón.

Narraré con algún espacio aquel suceso en que se determina históricamente la personalidad de Na Carroça de Vilaragut, evitando en lo posible tratar de la cuestión política que se debatió en aquella ruidosa asamblea, y que no era en suma sino la reproducción del antiguo litigio que la suerte de las armas había fallado en pró de Pedro IV.

Ya mucho antes que se reunieran aquellas Cortes habían llegado á oídos de Doña Violante los rumores de la trama que urdían los conjurados y aquella mujer, que no habían logrado amedrentar las innobles intrigas de Sibilia Fortia ni las brutales amenazas de Pedro IV389 al reconocerse como blanco de los tiros

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del de Villena y sus parciales, haciendo abstracción por el momento de su esposo se dispuso á prevenir por sí solo la defensa. Presumía sin duda, y no se engañaba, que los nobles coaligados, influyendo en los demás Brazos, exigirían la reforma de la Casa Real, es decir, la separación de ella de sus amigos y valedores. Con tan fundada presunción envió en 23 de Setiembre de 1388 desde Zaragoza á su familiar Anglesola para que expusiera á los condes de Urgel y de Cardona, los primeros del Brazo militar, algunas observaciones, según la instrucción escrita que le había entregado. La mencionada instrucción decía en sustancia que, presintiendo la reina que en las Cortes convocadas para Monzón con el fingido pretexto (ab colors esquisides) de reformar la Casa Real, pedirían el alejamiento de aquellos oficiales y domésticos más cercanos y agradables á las reales personas, y esto no con sana intención, sino algunos por malicia, otros por ocupar su puesto, estos por venganza, aquellos por odio voluntario y los demás con siniestras intenciones, y como esto cedería en daño y mengua del derecho que tenían los reyes para disponer con entera y libre voluntad la ordenación de sus casas, la reina no lo sufriría con paciencia y debía temerse que se produjeran los inconvenientes y datos que se habían ocasionado en los pasados tiempos y aún peores. Inútil fué el mensaje de Doña Violante, porque los de Urgel y de Cardona, bien porque se hallasen comprometidos

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en la conjura, bien por no enemistarse con el Brazo militar, se limitaron á aconsejar una reconciliación ya imposible.

Reuniéronse las Cortes en 18 de Noviembre de 1388, y entre los debates de la Nueva ordenación de la justicia, en que se reprodujo bajo otro aspecto el derogado Privilegio de la Unión, y las continuas discordias entre los Brazos, se pasó lo restante de aquel año y parte del siguiente 1389. Comprendieron por fin los nobles que el rey no había de aceptar su humillación ni hacer inútiles las victorias de Epila y Mislata y que se hallaba bien servido por sus parciales y allegados. Cejaron, pues, en su propósito, triunfó la realeza y se libró el país de su ruina, que no á otras cosa hubiera conducido la supremacía del poder feudal, la anarquía de las comunidades, el acrecentamiento de los poderes populares y la degradación del trono. Sin embargo, los vencidos necesitaban para consolarse de su derrota arrancar un girón á la dignidad real y satisfacer antiguos y nuevos agravios con la proscripción de sus más decididos adversarios. Hallábase á su frente la odiada Na Carroça, á cuyas intrigas achacaban en gran parte el mal término de sus propósitos, y determinaron acabar de una vez con el constante objeto de sus rencores. Para conseguirlo con mayor certeza cuidaron, antes de fulminar el rayo, de asegurarse el apoyo de los otros Brazos, y por esta razón el de Villena, que en vano había querido vender sus servicios á la favorita, se dirigió á los representantes de aquellos comunicándole sus proyectos.

Así lo confirma una consulta de los de Valencia en Monzón, de que se lió cuenta en su Consejo en la sesión de 20 de Julio de 1389, trasmitiendo á los Jurados «una cédula, la cual según allí se contenía por parte del egregio marqués de Villena y algunos barones y caballeros allí nombrados, se había presentado á las Cortes (no al rey contra la noble Doña Carroça de Vilaragutn. Y tanta era la sorpresa que la tal cédula había causado á los representantes de la comunidad valenciana, que perplejos sobre su conducta pedían á los Jurados les diesen su consejo y les manifestaran su voluntad en el caso390. Bien comprendieron

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que el golpe partía únicamente del Brazo militar ó noble, dirigido por el de Villena, y temerosos de no ser arrastrados por él en favor de una clase, previnieron á sus diputados que siguieran el parecer de los demás Brazos; «y si todos los demás Brazos, añaden, no se hallasen conformes en esto, los dichos enviados hagan y sigan lo que por el Brazo de las Universidades de ciudades y villas reales de todos los reinos y tierras del señor rey que se hallen en dichas Cortes ó por la mayor parte de aquel Brazo se acuerde». Precaución era esta muy cuerda, pero tarda, pues la cédula se había presentado por el Brazo real de Cataluña, supeditado al Marqués y su parcialidad, en 12 de Agosto de 1389.

¿Pero cuál era el contenido de aquella misteriosa cédula transmitida á los Jurados de Valencia por sus representantes como lo había sido á las demás Universidades del Brazo real? No podía caber duda que en esta cédula, que según Zurita contenía especies deshonestas, que el juicioso analista no quiso transmitirnos, ni conoció Bofarull, debía hallarse la denunció, de las debilidades y de la infamia de Na Carroça, y parecía ser esencialísimo el conocerla. Pero no era fácil el conseguirlo, puesto que no se incluyó en el proceso de las Cortes de Monzón ni se ha encontrado en el archivo de Valencia, donde se halla el documento citado más arriba. Por fortuna la asombrosa diligencia de un estimado escritor catalán, á cuyo talento se debe el profundo estudio de las costumbres de aquella época, logró descubrirla no há mucho tiempo en el Archivo municipal de Barcelona, registro Diversorum quator, pág. 267 y siguientes. De ella transcribo, traducido, el siguiente párrafo que interesa á mi propósito391.



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«Como Na Carroça, hallándose en la casa del dicho señor y señora y siendo casada cometa adulterio (adulterant) violando su matrimonio como vil y malvada mujer, no temiendo á Dios ni guardando el honor de los dichos señor y señora, ni considerando el grande y singular afecto que le tienen y que nada saben de sus maldades, antes creyéndola buena, yace carnalmente con Francisco de Pau, camarlengo é íntimo consejero del dicho señor y mayordomo de la dicha señora reina, y no solamente con él sino que estando en dicha casa hace almoneda de su vil cuerpo, se dice públicalnente, á otros, y al mismo tiempo algunos, en la casa, servidores del dicho señor y señora, han cometido entre sí vilezas, las cuales son muy deshonrosas y ruinosas para la casa y la corona real, etc.»



Ni la frase puede ser más cruda, ni la acusación más cínica, ni la tendencia más depresiva para el honor de la real familia. No podía consentir tal procacidad el ánimo delicado y caballeroso de D. Juan ni sufría su decoro tal desacato, y como ya debía tener conocimiento de aquel escrito, calificándole de deshonesto, se opuso indignado á su lectura, disponiéndose á castigar á sus autores. Estos, que eran los enemigos de Na Carroça, que ya he dado á conocer individualmente, temieron el enojo del rey y de los partidarios de la dama, y huyeron de Monzón, no para internarse en Francia, como se creyó en la corte, sino para reunir sus gentes, que tenían ya prevenidas, y ocupar á Calasanz, desde cuyo punto notificaron al rey que se hallaban dispuestos á sostener con las armas lo que habían dicho por escrito. Insolente rebeldía que D. Juan se dispuso á reprimir, aunque sin elementos para ello.

Entre tanto el infante D. Martín, el arzobispo de Zaragoza y otros individuos de los Brazos noble y eclesiástico presentaron, al siguiente día 13 de Julio, una protesta contra el de Villena y

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los suyos, pidiendo además á D. Juan que se abriera una amplia información sobre los hechos denunciados. Quizás en consecuencia, y para mayor legalidad de aquella información, abandonó Na Carroça el castillo de Monzón y se estableció en la cercana villa del mismo nombre.

En esta situación continuaron las cosas hasta que los Brazos de Cataluña, que seguían las inspiraciones del de Villena, pidieron al rey en 12 de Agosto que volvieran á las Cortes el Marqués y sus amigos. Apoyaron esta petición los Brazos de Valencia y Aragón, y D. Juan, poco afecto á los temperamentos de fuerza, concedió el oportuno salvoconducto, exceptuando sin embargo de él á Berenguer de Vilaragut por razones que no son de este momento.

Aprovecharon los del bando de Villena la lenidad del rey para concertarse con los del Brazo de Cataluña y ganar algunos representantes de los otros, y, velando con razones de interés público sus intenciones, presentaron en 21 de Setiembre de 1389 al rey otra, cédula, en que, censurándose la multitud de oficiales y personas domésticas que había en su casa y en la de la reina su esposa y los daños y gastos que por ello se ocasionaban, se le suplicaba redujera su número y «se pusieran en aquellos cargos personas temerosas de Dios, amantes de la justicia y que detestaran la avaricia»392. D. Juan, después de recordar á las Cortes la gracia concedida, á los rebeldes, les echó en cara sus torcidos propósitos y les contestó en el mismo día con noble arrogancia diciendo: «Y reprobando el muy reprensible asentimiento de las Cortes, el cual dichas Cortes entienden tener y querer en la dicha ordenación (de la Casa Real), en la cual se revela un restreñimiento no concedible del Poder real, lo cual es menos soportable cuando dichas Cortes entienden y pretenden tener comunión y participación con Nos para hacer dicha ordenación, la cual ni tienen ni Dios lo quiera, pues solamente es permitida a las Cortes

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la súplica como á vasallos, y á Nos la ordenación, como á rey y señor soberano verdadero y natural»393.

Con la firmeza de D. Juan embravecióse la coalición, y descubriendo más sus deseos presentó en el indicado día 21 de Setiembre una nueva cédula, cuyo principal extremo que nos interesé es el siguiente: «Como las presentes Cortes generales, por la duradera prosperidad de la real corona, conservación y buen gobierno de todos vuestros reinos y tierras, haya suplicado humildemente á vuestra señoría que sea vuestra merced el ordenar las casas de vos, señor, y de la señora reina, y reducirlas al número conveniente de oficiales y servidores, los que sean tales que vuestro real Estado y buen gobierno de dichos vuestros reinos y tierras se conserven. Y entienden, señor, las dichas Cortes que la dicha buena ordenación de las dichas vuestra casa y de la señora reina no puede seguir bien, ni los otros actos de las presentes Cortes alcanzar aquel laudable fin que es necesario y conveniente á vos, señor, y á todos vuestros reinos y tierras, hallándose Na Carroça en la forma en que se halla guardada y acompañada por ciertos nobles y caballeros dedicados á su guarda y compañía, y teniendo ella como tiene la firme esperanza de volverá vuestra casa y de la señora reina, en las cuales es por sus adictos, segun se dice, defendida mientras se la noticia todo cuanto se hace, de lo cual se sigue estorbo y daño para las presentes Cortes y para todos vuestros reinos y tierras. Y la cédula presentada por parte del egregio marqués de Villena y de algunos otros barones y caballeros, en conformidad con el reino de Mallorca y gran parte del Brazo militar y todos los del Brazo real del principado de Cataluña, no puede llevarse adelante en la forma necesaria, atendida la fama pública que se tiene en todos vuestros reinos y tierras y aun fuera de ellos de las cosas contenidas en la dicha cédula. Por

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tanto, muy excelente señor, las Cortes que dichas cosas no pueden tolerar más viendo claramente los grandes perjuicios y entorpecimientos de las presentes Cortes causados por obras, tratos y enredos de la dicha Na Carroça y de sus cómplices y valedores, continuando la instancia que se os ha hecho, señor, sobre la ordenación de vuestra casa y de la señora reina, suplica á vuestra alta señoría que ante todo le plazca proveer por acto de Cortes que la dicha Na Carroça no pueda en adelante hallarse en vuestra casa, ni en la de dicha señora, ni volver á ellas, antes de hecho se aparten de ella las personas señaladas por acompañarla y aconsejarla, y no haya lugar á las dichas obras y tratos suyos y de sus cómplices y valedores de estos, antes por dicho acto de Cortes se le quite y remueva á dicha Carroça toda, esperanza de hallarse en vuestra casa y de la dicha señora y volver á ellas»394.



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Detengámonos un poco.

Del examen del anterior fragmento se desprenden sin esfuerzo varias consideraciones importantes. Desde luego es fácil comprender que, los parciales de los reyes, no siendo decoroso ni arreglado á fuero que eligiesen como centro de sus reuniones el regio alcázar de Monzón, le tenían en la morada de Na Carroça, alma del bando de la realeza y persona de la omnímoda confianza de Doña Violante, ninfa Egeria de su aburrido y enfermo esposo. Accidente era este de aquella lucha política en que se debatían las prerogativas de la corona, que no se hubiera promovido en otras circunstancias, pero del cual se hizo casus belli por ser quien era la persona de que se trataba. Resulta además desmentida la deshonesta cédula de 12 de Julio, obra exclusiva de los nobles, puesto que en la presente ya no se pide la expulsión de la de Vilaragut, por faltas de moralidad, sino por ser autora ó cabeza del obstruccionismo que impide la ordenada marcha de las deliberaciones de las Cortes. Por último, también se descubre en el anterior escrito el verdadero personal, objeto á que tendían el marqués de Villena y sus partidarios con la cacareada ordenación de la Casa Real, que no era en verdad, como propalaban, el bien público, sino hacer en su provecho el vacío en derredor de los reyes, apartando de su lado á las personas más agradables y necesarias, como había dicho Doña Violante, para sustituirlas con sus hechuras ó con ellos mismos. Con todo esto se engrandece la figura de Na Carroça, que resiste sin retroceder el embate de sus enemigos y atrae sobre ella el fuego de los adversarios del Poder real.

No se ocultó á D. Juan el doble blanco á que se disparaba la cédula en cuestión, y tanto por un arranque de dignidad como por amparar á su valerosa partidaria, á pesar de hallarse doliente en el lecho decía con tranquila severidad, en 23 del supradicho Setiembre, á sus turbulentos súbditos: «Nos maravillamos, y no sin razón, que insteis por no haber proveído por acto de Cortes sobre el extrañamiento de Na Carroça y que se le quite toda esperanza, porque no lo consiente el derecho ni la razón, y las Cortes que están aquí para pedir la Ordenación de la justicia no debieran pedir ni suplicar, ni Nos á quien incumbe tal justicia no debemos ni podemos hacer, sin proceso ó averiguación, tales ó

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semejantes actos ó provisiones, ciertamente injustas. Y más aún, poco sabéis nuestra verdadera intención al decir que nadie acompañe á la dicha Na Carroça por la razón en dicha cédula, contenida, porque en verdad no es así, sino para que en cualquier hora justamente podamos hacer que se haga justicia, etc.395.

El marqués de Villena, bien persuadido sin embargo del final que había de tener el asunto, necesitado como se hallaba el rey del auxilio del Brazo militar para repeler las bandas de armanaqueses que habían invadido el reino, dispuso apresurar el desenlace, y para ello las Cortes dos días después, el 25 de Setiembre, dirigieron al rey otra nueva cédula escrita en un lenguaje especial, y en ella, inclusa entre otras relativas á diversos particulares, la siguiente cláusula: «En aprés senyor respondiendo á la dita segunda cédula responsiva dice la Cort faulando, con la dessus dita reverencia que la Cort no ha intención que a la dita Na Carroça ni a alguna otra persona sia feita injusticia antes todos tiempos la dita Cort hi es per suplicar a vos Senyor por justicia e do es evident necesidat segant en nuestro caso suplicar por gracia. E senyor atendida la fama de la dita Na Carroça e de los feytos de aquella la qual es divulgada por todos vuestros regnes e tierras e a vos Señor notifficada por diversas universidades assi de paraula como por scripto lo qual es notoria segun es dito e atendido el bien que en vuestros regnos e tierras se sigue por la privacion de aquella vos senyor sin fazer injusticia á la dita Na Carroça podede procedir á la privacion de aquella á la vuestra señoría por la dita Cort suplicada.»

Sin detenerme á probar el notorio contrafuero que se pedía de proceder por acto de Cortes contra Na Carroça, sin preceder proceso y por consiguiente indefensa, como había advertido el rey,

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lleguemos á lo que más importa. Me refiero á la fama de la de Vilaragut, que según sus propaladores se ha divulgado dentro y fuera del reino, que se ha expuesto al rey por las universidades y que es notoria. ¿Y cuál es esta fama que todos conocen y que se manifiesta al rey por escrito y de palabra, sin que por ello se ofendan él ni su esposa? Indudablemente no es la fama tan deshonestamente denunciada en la cédula de 12 de Julio, eco de las viles calumnias de los de Villena y que con tanta justicia había ofendido á D. Juan, sino la fama que expresan las cédulas de Setiembre, es decir, la de su privanza con los reyes y su inmistión, intrigas y manejos en los asuntos de las Cortes, fama que era ejecutoria, sino de nobleza que harta fué la suya, de ánimo varonil, de clara inteligencia y de profundo conocimiento del corazón humano.

Sin embargo, no le bastaron aquellas cualidades para evitar su ruina. Unidos los odios personales á la conveniencia política, era imposible que la noble señora, separada de un indigno esposo aliado á sus enemigos, resistiera el empuje de un pueblo alevosamente concitado en contra suya y que demandaba su caída con amenazadora persistencia. Yacía el rey en el lecho del dolor, casi bloqueado por las gentes del de Villena y sus parciales, amenazadas las fronteras por el conde de Armagnac, con quien se entendía el desleal marqués, y temeroso de la actitud que iban adoptando las Cortes, y no obstante aún, transcurrieron tres mortales días sin acceder al sacrificio que se le pedía y que implicaba en parte el de sus reales prerrogativas. No se conocen las tristes escenas ocurridas durante aquellos días en el regio alcázar de Monzón, pero bien puede imaginarse la lucha de afectos y de generosa abnegación suscitada entre los reyes de Aragón y Na Carroça de Vilaragut. Venció por fin la prudencia y el deseo de paz, y en 28 de Setiembre de 1389, las Cortes, después de asegurarse por medio de certificación facultativa que D. Juan no podía bajar á la iglesia de religiosos menores donde celebraban sus actos, por su enfermedad, subieron, aunque á regañadientes, al castillo de Monzón, para escuchar la lectura que ante el lecho del rey hizo Jacobo Tavasthani, subprothonotario real, del siguiente documento: «Nos vistas y reconocidas las diversas suplicas

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hechas á nos humildemente por parte de las Cortes generales que al presente celebramos en la villa de Monzón á todos nuestros reinos y tierras para que queramos proveer por acto de Cortes,que Na Carroça de Vilaragut, la cual antes de ahora se hallaba al servicio de nuestra casa y de nuestra amada compañera la reina, sea privada de dichas cosas sin esperanza de tornar á ellas en lo futuro, puesto que dichas cosas redundarían en servicio nuestro y gran provecho y bien de todos nuestros reinos y tierras. Y considerando que las dichas cosas son razonables y provechosas á nos y á la dicha reina, por tal á los vivos ruegos y súplicas de la dicha mi amada compañera la reina y á las instancias de las dichas Cortes, queriendo acceder, por nuestra mera liberalidad y buena voluntad, ordenamos por el presente edicto valedero en todos tiempos, y estatuimos, que la dicha Na Carroça sea privada de toda habitación y trato y cualquiera otra participación, oficio ó beneficio de nuestra casa y de la reina y de nuestro primogénito y de los infantes y de todos cualquiera otros hijos que Nos, mediante la gracia divinal, hayamos en lo futuro, de modo que la dicha Na Carroça no pueda volver á dichas casas ni hallarse en ellas. Y para mayor firmeza de dichas cosas por las presentes hacemos de la dicha privación acto de Cortes, valedero en todas ocasiones y que nunca puede revocarse»396.



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Así terminó, como no podía menos, aquella desigual é imposible lucha. Los mismos que habían pretendido inútilmente amenguar la potestad real con la célebre Nova ordenació de la Justicia esdevinadora, los adversarios de los reyes, les separaban ahora, para siempre, de su más leal y valerosa defensora. Abandonó, pues, Na Carroça, la corte, donde quedaban sus generosos protectores, los que, cuando su juventud y su belleza la hacían titular Na Carroçina, la habían acogido en el seno de su intimidad y su familia, los entonces duques de Gerona y ahora reyes, y los infantes duques de Monblanc, que también habían de ceñir la corona de Aragón; es decir, todos sus afectos y todas sus esperanzas.

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La noble desterrada se retiró á su solitario castillo de Corbera: Allí podía, viendo desde los rasgados ventanales de su palacio correr casi á sus piés el caudaloso Júcar, que por entre bosques de naranjos y palmas huye al cercano mar, consolarse de su desgracia con el amor de su inocente hija María, víctima como ella de un hombre, tan indigno esposo como padre desnaturalizado. Grata le sería la soledad á aquel espíritu enérgico, nacido para el contraste y la lucha, pero aun aquel dulce reposo debían alterar los pasados rencores.

La historia se olvida de Na Carroça después de las Cortes de Monzón de 1389, como la desconoció antes, pero aún pueden rastrearse en los archivos valencianos algunos datos que permiten acompañarla hasta su muerte.

Vivía, como he dicho, Na Carroça, en su baronía de Corbera, aunque también era señora de Albayda, país delicioso, pero de clima menos templado, en 1390. Había poseído durante algún tiempo en feudo la villa de Cullera, cuyo término lindaba con el de Corbera, mas, por causas hoy desconocidas, en el mencionado año Cullera se hallaba bajo el señorío jurisdiccional de Valencia. Sin duda, como rastro del pasado dominio, quedaban algunos pechos sin solventar, cuyos pagos diferían los cullerenses, cuando, celoso en demasía Antón del Roy, escudero de Na Carroça, quebrantó con dos servidores más el término de Cullera, y entrando

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en él á mano armada se apoderaron de algún ganado en prenda de las deudas, y lo que es más, aprisionaron dentro de Corbera á Juan Rocafort y á otro cullerense, encerrándolos en la prisión del castillo. Llegó la nueva á Valencia, señora de la lesionada villa, y, reverdeciendo la pasada inquina á la favorita, se apresuraron los Jurados á sacar partido de aquella ligereza. Convocóse el Consejo á toque de añafil y por voz del pregoneró, dióse cuenta exagerada del hecho, señalando como fautora ó consentidora, porque en esto no había certeza, á la de Vilaragut, y después de convenir en que se la formase proceso de parte, se acordó repicar las campanas de la Seo, poner la bandera de la ciudad en la ventana del Consejo, y llamar la hueste á son de trompetas y atabales para repeler, como decían los acalorados consejeros, la fuerza con la fuerza, y vindicar el agravio. Cuento parece que se moviera tal alboroto por una cuestión baladí que hubieran podido dirimir los tribunales sin que el agraviado se convirtiera en juez y la ciudad se pusiera en armas, pero tales eran las costumbres de la época, y no hay que olvidar que los síndicos de Valencia, secundando los deseos del marqués de Villena, habían intervenido en la presentación de las cédulas de las Cortes de Monzón contra Na Carroça en Setiembre del año anterior.

Sonaban ya las campanas de la Seo, cuando, al oirlas, acudió á la sala del Consejo el noble D. Roger de Moncada, valeroso soldado, camarlengo que había sido de la reina Doña Violante y gobernador entonces del reino de Valencia. Enteróse del caso, y deseando favorecer á la amiga de los reyes, evitando aquel conflicto, ofreció arreglar por sí el asunto. Rechazaron los consejeros la intervención del gobernador, pero, en atención á su autoridad, concedieron un día de tiempo para que Na Carroça libertara los presos, entregara á la ciudad los ofensores y abonara los gastos ó costas397.

Cómplice ó no Na Carroça del hecho, no podía juiciosamente oponerse, como tal vez lo hubiera intentado en otras circunstancias, al acuerdo de los jurados; así que, no á las veinticuatro horas,

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porque esto era materialmente imposible, sino á las cuarenta y ocho, se hallaban en libertad Juan Rocafort y su compañero, y afianzado con escritura pública el pago de costas. En cuanto á Antón del Roy y sus dependientes, protestó Na Carroça que no se hallaban en Corbera, ofreció confirmarlo con juramento y se allanó gustosa á que se les buscara en el castillo y la baronía398.

Aquí debió haber terminado el ruidoso incidente, y mucho más cuando los hombres buenos de Cullera tenían ya presos al doméstico de Na Carroça y á otro quebrantador de su término, pero el Consejo aceptó la idea del registro del castillo de Corbera y de su término, y larga caravana de jurados, consejeros, prohombres curiales y guardas de la ciudad, llevando á su frente á los Justicias civil y criminal con sus asesores y notarios, montados unos y á pie otros, y acompañados todos por el gobernador, que no quería permitir pasara aquella ejecución de los indispensables trámites, se encaminó á efectuar el escorcoll ó registro de la baronía.

Verificóse el acto, trajéronse los presos que se hallaban en Cullera, y aquellos graves magistrados, después de una formularia reprensión, soltaron á los detenidos y se apresuraron á tasar y cobrar los gastos de su inútil expedición á Corbera399.

Y no acabaron con esto las fatales consecuencias de las calumnias esparcidas por el de Villena y sus satélites contra la de Vilaragut, y de las cuales era reflejo la prevención con que la miraba el Consejo de Valencia. Corrió la voz á mitad de 1391 de que Na Carroça había marchado á la corte para volver al servicio de la Casa Real, y, uniéndose la mala voluntad al temor que sintieron los Jurados de que la ofendida señora si volviera á la privanza de los reyes buscara el desquite en el asunto del quebranto del término de Cullera, escribieron precipitadamente á sus representantes cerca del rey una carta para que por todos los medios se opusieran á la revocación del acto de Cortes hecho contra la noble dama. La carta refleja el espíritu de las cédulas presentadas

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en Monzón, y bajo este punto de vista nada contiene de notable.

No se ha averiguado el término de aquel viaje, pero sí que en Noviembre del mismo año ya se hallaba en sus dominios de Albayda, pues existe un documento otorgado por la misma en 12 de aquel indicado mes ante Juan Antonio Marres, notario de la mencionada villa400.

A 22 de Noviembre de 1392 entraron D. Juan y Doña Violante en Valencia, terminado de cualquier modo y con notoria parcialidad el proceso sobre el robo de la judería valenciana, acaecido en 9 de Julio del año anterior; el pueblo les recibió con grandes regocijos y extremadas fiestas, y aunque nada consta respecto á entrevistas entre la desterrada y los individuos de la familia real, son de suponer, atendida la gracia que por entonces alcanzó Na Carroça del soberano y cuya concesión prueba que no había cesado la recíproca estimación entre ellos401.

Aquí desaparece de la escena pública nuestra dama durante algunos años. Al encontrarla de nuevo surgen algunas dudas y contradicciones entre los datos que han llegado á mi conocimiento. Escolano, en su Historia de Valencia, lib. VII, cap. 11, número 16, dice hablando de Aznar Pardo: «Tambien casó su hijo con una señora de mucha qualidad llamada Doña Carroza de Vilaragut, Señora de Albayda y Corbera, y descienden de ella todos los caballeros que hoy viven de los dos apellidos de Pardos y Carrozes; es, á saber, del hijo mayor los Pardos, y los Carrozes de otro hijo menor, á quien dejó heredero la Carroza, con obligación de que él y sus descendientes tomasen su nombre y armas»402