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Obra literaria de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del PaísLuis María Areta Armentia
La Historia sitúa en el año de 1648, fecha de la firma de la paz de Westfalia, el inicio de la decadencia de los Austrias. España pierde la euforia anterior y cae en un pesimismo cada día más profundo. Los ideales anteriores que mostraban al Imperio como la mano justiciera divina se transforman ahora en desengaño ante la afirmación de otros valores nuevos que mueven a las naciones. La despoblación de la península motivada por la emigración a América, por una mortalidad elevada y por un fuerte contingente eclesiástico y religioso coincide con una ruina económica para arrastrar a España hacia la miseria durante las últimas décadas del siglo XVII. En esta decadencia general, las Artes llegan casi a desaparecer. Ciertamente en España siguen existiendo sabios, continuadores de los antepasados: en el estudio teológico sobresale el Cardenal Sáenz de Aguirre, comentador de San Anselmo y editor de los Concilios españoles; en el campo jurídico Ramos de Manzano Fernández de Retes manifiesta un profundo conocimiento de la antigüedad romana. Pero la literatura había caído en un letargo abrumador al seguir sin inspiración la estela marcada por nuestros genios del Siglo de Oro. Juan Luis Alborg afirma:
Don Marcelino Menéndez Pelayo califica la civilización española de estos inicios del siglo XVIII de «senectud visible» y reconoce:
Al hablar del teatro prosigue diciendo:
No puede ser más dura la crítica realizada por ese gran defensor de la esencia española cuando aplica a esta época literaria los términos de rastreras y chabacanas coplas y heces del teatro. España asistía a una agonía de los valores literarios. El campo de las Ciencias ofrecía un aspecto igualmente desolador. Descartes había hecho variar la visión que se tenía de la Naturaleza. Hasta entonces, para dar una explicación de los fenómenos naturales, se había seguido fielmente el método especulativo que procedía de los filósofos griegos: no se tenía para nada en cuenta la experimentación. Descartes abre nuevos caminos, como nos lo expone en su Discours de la méthode:
Esta nueva concepción de las Ciencias donde todo se hace mesurable y sujeto a experimentación fomentó en Francia, Inglaterra, Alemania... una pléyade de personas deseosas de descubrir los secretos de las leyes que rigen los cuerpos que nos rodean. Sabios como Newton, Leibnitz, investigadores como Nollet, Maupertuis y tantos otros hacen adelantar las ciencias experimentales. España, salvo raras excepciones, quedaba aislada y miraba con recelo o indiferencia este nuevo concepto científico. Los motivos de esta parálisis cultural han sido considerados diferentemente por los críticos que han estudiado el problema. Unos, con José del Perojo, la atribuyen a la vigilancia que ejercía la Inquisición sobre todas las manifestaciones culturales, tal es su conclusión aplastante cuando afirman:
Menéndez Pelayo, al contrario, argumenta que todo ello se debe más bien al propio carácter español:
Sea cual fuere el motivo, la realidad científica era inexistente y el estado de España deplorable, como nos lo resume Martín de Erro en el Elogio histórico de Carlos III pronunciado en 1789 ante las Juntas Generales de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País:
A su llegada a nuestro país en 1700, Felipe V y sus sucesores pensaron que era preciso renovar las estructuras de España para recobrar la antigua gloria perdida. Se llevan a cabo modificaciones administrativas y se da un mayor auge a la agricultura, se fomenta la industria y se apoya el comercio mediante una serie de normas mercantilistas. Este ímpetu renovador tiene tal importancia que Carlos III llegó a tomar una disposición con fecha 18 de febrero de 1783 por la que dignificaba los trabajos artesanales, tales como herrero, sastre, zapatero, etc... abriéndoles el camino hacia los empleos municipales. ¡Cuán lejos nos hallamos del espíritu nobiliario de los Austrias que despreciaba cuanto no fuese altos ideales! Deseosos de ver mejorada la suerte del pueblo y movidos por un espíritu paternalista, los reyes buscan el apoyo necesario para sus reformas en la clase social que mejor puede ayudarles: la aristocracia. Ven con buenos ojos los intentos que dentro del país se llevan a término para la obtención del mismo fin. Existía en el País Vasco una minoría inquieta reunida en torno a Javier María de Munibe e Idiáquez, Conde de Peñaflorida, que se preocupaba por cuestiones que en otros lugares eran objeto de desprecio. Así, se reunía en tertulia un grupo de amigos de Azcoitia deseosos de perfeccionar sus conocimientos:
La preocupación por la suerte de España que aparece en personajes ilustres como Benito Jerónimo Feijoo, por ejemplo, hace tomar conciencia al Conde de Peñaflorida de la triste realidad del país, según expone en la carta que con fecha 29 de mayo de 1753 dirige a los Padres Jesuitas de Toulouse:
Esto le empuja a presentar ante las Juntas de la Provincia de Guipúzcoa reunidas en Villafranca en 1763 un Plan de una Sociedad Económica o Academia de Agricultura, Ciencias y Artes Útiles y Comercio adaptado a las circunstancias de la M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa que merece los aplausos de los concurrentes, pero que no se llevará a la práctica. El acontecimiento que para el futuro del País Vasco tuvo mayores resonancias se debió a la concurrencia de nobles en Vergara con motivo de los festejos organizados por esta Villa para conmemorar la fecha del bautismo de San Martín Aguirre, el 11 de septiembre de 1764. No es nuestro deseo hacer un estudio histórico de la Sociedad que pronto tomaría el nombre de Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, ya que ha sido ampliamente tratado en numerosos escritos10, sino subrayar ciertos aspectos que nos parecen de mayor interés. El Conde de Peñaflorida logró electrizar a los nobles de tal forma que el 24 de diciembre del mismo año de 1764 se vuelven a reunir en el Palacio de Insausti, donde se esbozan ya los Estatutos de la Sociedad, y el 6 de febrero de 1765 tienen lugar ya las primeras sesiones de trabajo. Cuando se solicita al Rey la autorización necesaria para las reuniones futuras, este ve con buenos ojos el intento de mejorar la suerte del país vascongado y Grimaldi, en carta de 8 de abril de 1765, aprueba el establecimiento de este Cuerpo. Siete meses tan sólo transcurrieron desde el momento en que el Director expuso la idea de una Sociedad hasta la obtención del beneplácito real. Dos fuerzas íntimamente compenetradas hicieron posible esta realidad: el deseo de trabajar expresado por la nobleza vasca junto al empeño renovador del despotismo ilustrado de Carlos III, el cual el 14 de septiembre de 1770 tomó bajo su protección a esta Institución, fomentando imitadores de estos nobles en el resto del país. La Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, modelo de cuantas se formaron posteriormente en el Reino, trabajó afanosamente, ya mediante juntas semanales en las tres Provincias de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, ya en las Juntas Generales anuales que se celebraban por orden de rotación en Vitoria, Bilbao y Vergara, hasta que la entrada de los Franceses en Guipúzcoa en 1794, durante la guerra mantenida por España contra la Revolución, desparramó a los miembros. La Sociedad siguió existiendo después de esta fecha, pero apenas dejó rastros de su labor constructiva. Por eso nosotros hemos tomado como fechas límite para el presente estudio la fundación en 1764 y la invasión francesa en 1794. La actividad de la Sociedad se ejerció en todos aquellos campos que necesitaban una mejora inminente. Múltiples fueron los ensayos agrícolas e industriales que realizaron: trajeron nuevas simientes del extranjero, realizaron análisis de tierras, salieron a los países vecinos en busca de mejores técnicas para el cultivo del suelo y fabricación de nuevos productos, tomaron de los libros nuevas fórmulas de trabajo. Se preocuparon por la salud del pueblo, animando a los médicos a realizar investigaciones sobre las enfermedades, introdujeron la inoculación de la viruela. Quisieron fomentar el comercio y establecer Compañías mercantiles, como la de salazón de pescado y la pesca de la ballena. Se preocuparon por la enseñanza, estableciendo el Real Seminario Patriótico de Vergara y escuelas de dibujo en Vitoria, Bilbao y Vergara... Larga sería la enumeración de la vasta obra emprendida por estos aristócratas vascos, de los que aún se muestran orgullosos los hombres de nuestros días. Dentro de esta labor se introdujo asimismo el estudio de la literatura, hecho que hasta la fecha ha pasado casi desapercibido a los diferentes investigadores que se han asomado a esta Sociedad. Hemos visto anteriormente cómo el Conde de Peñaflorida estaba preocupado por la situación de nuestro país en punto a Ciencias y Bellas Artes. Por eso uno de los fines que se proponía la Sociedad desde la fundación en 1764 consistía en la renovación de la literatura, según se manifiesta en el Artículo I de los Estatutos de 1765:
El campo que se proponía la Sociedad bajo la denominación de Bellas Letras era extenso:
Para realizar esta labor literaria se establece, junto a las Comisiones de Agricultura y Economía, de Ciencias y Artes útiles y de Industria y Comercio, una cuarta denominada de Historia, Política y Buenas Letras, cuya misión era promover todo lo correspondiente a la ilustración de las tres Provincias Vascongadas. La Sociedad quiso realzar a los Miembros que se dedicasen a las Bellas Letras y sobresaliesen en ellas de un modo especial. Así, dentro de las categorías de Amigos: Numerarios, Honorarios, Supernumerarios, Beneméritos, Extranjeros, Profesores y Caballeros Alumnos, se estimó oportuno establecer la clase de Literatos. A los ojos de quienes veían las primeras manifestaciones de la Sociedad, esta se presentaba como un Cuerpo eminentemente literario, como le ocurrió al autor de la Apología de una nueva Sociedad últimamente proyectada en esta M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa con el título de los Amigos del País. Esta composición anónima destinada a ridiculizar a la Sociedad recién surgida corrió por el País Vasco en 1765. Para indicar la poca garantía de continuidad de la Sociedad, el autor se expresa en estos términos:
Don Pedro Valentín de Mugartegui replica rápidamente a esta parodia en la Respuesta de Valentín al Autor de la Apología:
Mugartegui, a pesar de afirmar que la obra de la Sociedad no se ciñe tan solamente a la Música y a la Poesía, parece reconocer que poco le importaría que así lo fuera. Nos proponemos en el presente estudio dar una visión del concepto literario de la Sociedad, fijándonos en las diferentes manifestaciones como son el teatro, la poesía, la historia, la geografía y la elocuencia. Tomaremos en especial aquellas obras que nos parezcan más significativas para analizarlas con mayor detenimiento y mostrar los valores allí contenidos. Posteriormente estudiaremos el papel de la Real Sociedad Vascongada dentro del panorama literario de la época y a modo de apéndice nos ocuparemos de la influencia del elemento francés. D. Juan Sempere y Guarinos reconoció ya la importancia de la Real Sociedad Vascongada dentro del panorama cultural de la época15. Asimismo estudios actuales, como el de D. Juan Luis Alborg en su Historia de la Literatura Española, citan dentro del capítulo de instituciones culturales y literarias a nuestra Sociedad como uno de los elementos fomentadores de cultura, pero sin estudiar detenidamente la labor literaria realizada. Existen ciertos estudios sobre algunos aspectos muy marginales dentro del aspecto cultural16, pero hasta la fecha no ha tocado, a mi conocimiento, el tema literario sino D. Emilio Palacios Fernández en un pequeño artículo Actividad literaria del Conde de Peñaflorida, aparecido en el Boletín de la Institución «Sancho el Sabio», publicado por la Caja Municipal de Ahorros y Monte de Piedad de la Ciudad de Vitoria, año 1974, páginas 505 -552. Ciertamente algunos personajes que, procedentes de la Real Sociedad Vascongada, se alzaron a un puesto relevante dentro de la historia de la literatura española, como Félix María Samaniego, han sido ampliamente estudiados en diferentes manuales y últimamente en una tesis doctoral de D. Emilio Palacios Fernández con el título de Vida y obra de Samaniego, defendida en la Universidad Complutense en abril de 1974 bajo la dirección del Dr. D. Joaquín de Entrambasaguas17. Otros, como el fabulista José Agustín Ibáñez de la Rentería, apenas son mencionados en los estudios especializados de la época. Pero existe una actividad literaria de la Sociedad que aún no se ha dado a conocer, y a pesar de no haber alcanzado la altura suficiente para pasar de modelo a la posteridad no carece sin embargo de valor e interés para comprender esta época llena de controversias, cual fue nuestro siglo XVIII en su segunda mitad. La Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País había establecido dentro de su organización un archivero cuyas funciones están fijadas en el Título XX de los Estatutos. El artículo 2.º dice así:
Este cargo que en un principio había sido confiado al Secretario de la Sociedad pasó a depender del Subsecretario. Así el Marqués de Rocaverde desempeñó esta función desde 1774 hasta 1785, siendo sustituido por Juan Bautista Porcel, desde ese mismo año hasta 1793 al menos. Posteriormente el archivo fue confiado a D. Lorenzo Prestamero, Cura beneficiado de Peñacerrada y que servía de ayo en casa de los Marqueses de la Alameda en Vitoria. Este archivo, conocido bajo el nombre de Fondo Prestamero, estuvo en un principio en la casa de la Sociedad en Vitoria y posteriormente, durante largos años, en casas particulares, hasta que recientemente la familia Verástegui-Zavala lo confió a la Caja Municipal de Ahorros de la Ciudad de Vitoria, la cual lo ha depositado en la Institución «Sancho el Sabio» de la misma localidad. Otra parte del mismo Fondo Prestamero quedó confiada al Archivo Provincial de Álava desde nuestra guerra de 1936. Conservamos de este modo la mayor parte de la producción de la Sociedad desde sus orígenes. En efecto, se conservan en dicho fondo obras presentadas en la primera Junta General de febrero de 1765, de las que tenemos noticias por la Historia de la Sociedad reproducida en la Revista Internacional de Estudios Vascos, tales como el elogio a la memoria de D. Nicolás de Altuna, leído el 11 de febrero de ese año por Olaso Zumalabe, o un discurso sobre la Historia, obra del mismo autor. Otro punto de partida para el presente estudio es la colección de los Extractos de las Juntas Generales que aparecieron ininterrumpidamente desde el año de 1771 hasta 1793, inclusive. Esta publicación refleja en extracto (de ahí su nombre) la actividad diversa de los miembros, en un deseo de hacer llegar a todos los Socios los logros y experiencias que se llevaban a cabo en el País Vasco, como se indica en el Aviso a los Socios, datado de 1771: Hemos consultado igualmente las producciones de la Real Sociedad Vascongada o de sus miembros que han sido reproducidas en revistas o libros, tales como la Revista Internacional de Estudios Vascos, el Boletín de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, o los libros de Julián Apráiz19 o Eustaquio Fernández de Navarrete20 que recopilan composiciones de Félix María Samaniego hasta entonces inéditas. Hemos utilizado para nuestro estudio cuantas obras fueron impresas en su día, unas veces a cargo de la propia Sociedad, otras a cargo del autor. Únicamente nos hemos fijado en aquellas cuyo autor es a la vez Socio de la Vascongada y nacido en el país vascongado, pues es bien sabido que los Socios procedían también del resto de España, de las Américas e incluso del extranjero. De este modo hemos ceñido realmente nuestra investigación a los autores vascos. Hemos consultado también cuantos archivos nos han abierto sus puertas, ya del propio país vascongado, como el Fondo Urquijo que se conserva en la Excmo. Diputación Provincial de Guipúzcoa, el Archivo del Excmo. Ayuntamiento de Vergara, el del Excmo. Ayuntamiento de Vitoria, ya del resto de España, como el Archivo Histórico Nacional. Agradecemos desde estas líneas a cuantos nos han alentado en nuestra tarea facilitándonos la información que hemos necesitado y sin cuya colaboración no hubiese sido posible realizar este trabajo. Quisiéramos destacar de una manera especial la Institución «Sancho el Sabio», que tanto viene ayudando a los investigadores de temas locales y regionales, así como al Profesor D. José Luis Varela Iglesias, que alentó mi propósito desde un principio y que con tanto acierto e interés me ha sabido guiar en todos mis pasos.
Estudios
Dentro de los múltiples factores que influyen en la formación cultural, cabe destacar de manera especial la educación que se recibe en la tierna infancia y en la juventud, la cual modela para el futuro la mentalidad del adulto. Esta labor inicial en el joven tiene una continuación a través de toda la vida del hombre mediante la influencia ejercida por las lecturas, las cuales irán perfeccionando, ampliando y poniendo al día los conocimientos adquiridos durante la primera época de la vida. Antes de analizar las ideas estéticas y las realizaciones literarias de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, hemos creído de sumo interés estudiar estos dos aspectos que, creemos, nos darán una clara visión de las influencias culturales ejercidas sobre los que fueron miembros de dicha Sociedad y que explicarán mejor la actuación de los mismos. Existen opiniones contradictorias sobre la importancia de la enseñanza antes del siglo XVIII en el País Vasco. Unos analizan la gran cantidad de personas que lograron siempre altos puestos en las Secretarías de Estado, asegurando con D. Tomás Elorrieta que la instrucción estuvo muy generalizada, pues «se distinguió siempre el pueblo vasco por lo extendida que en él estuvo la instrucción popular»21, y aporta como confirmación la anécdota relatada por Miguel de Cervantes en su obra máxima Don Quijote de la Mancha, cuando Sancho Panza preguntó quién era su secretario, a lo que uno de los presentes contestó:
Otros parecen indicar por el contrario que el pueblo vasco no se preocupaba para nada de los estudios. Así se expresa D. Luis de Eleizalde:
Es difícil valorar de una manera global la enseñanza impartida en la zona vasca y tal vez en una posición intermedia se hallaría la realidad. Ciertamente este país careció de las escuelas episcopales o monacales que en otros lugares sirvieron tanto al desarrollo de la enseñanza durante el Medievo, pero también es cierto que siempre existió una preocupación por dar una instrucción al pueblo mediante instituciones diversas. Mencionemos, por ejemplo, las freiras24 o los clérigos doctrinales que aprovechaban los momentos libres para impartir la instrucción general al pueblo, estableciéndose poco a poco pequeñas escuelas sostenidas por los Ayuntamientos, hasta que en el año 1721 las Juntas Generales de Guipúzcoa determinaron poner en todos los pueblos sin excepción un Maestro de niños. A pesar de estas medidas, la enseñanza no debió de ser sino el privilegio de una minoría, a causa de la negligencia de la gente y la distribución diseminada de la población a través de la geografía. Mucha juventud seguía ignorante por falta de escuelas, como indica Olaeta en carta fechada en Orozco, el 11 de agosto de 1775, y conservada en el Archivo del Seminario de Vergara:
Los Jesuitas, desde finales del siglo XVI, contribuyeron con sus colegios de una manera peculiar a la enseñanza popular en los establecimientos enclavados en Orduña, Vergara, Azcoitia, Bilbao, San Sebastián, Oñate y Loyola, donde se insistía fundamentalmente en la enseñanza rudimentaria con ciertas nociones de latín. Los estudios humanísticos, que empezaron a impartirse en el País Vasco siguiendo la pauta dada en la «Ratio studiorum», fueron decayendo desde principios del siglo XVIII: asiste poco alumnado y los profesores disminuyen. No es fácil dar una explicación segura de este fenómeno. El P. Malaxechevarría subraya una cuestión de orden económico: una sensible disminución de las rentas de los colegios a causa de la Guerra de Sucesión, lo que originó una merma del número de profesores en los colegios. Pero nosotros estimamos que la causa fundamental debe buscarse en la pobreza de la enseñanza, como nos lo indica el Marqués de Iranda en carta de fecha 29 de noviembre de 1773 cuando dice, al hablar del proyecto del Seminario de Vergara, que no tiene que ser «uno de los muchos colegios que ya tenemos en España, que sólo se aprende una mala Gramática y una Filosofía que perjudica»25. El propio P. Larramendi, jesuita, reconoce el mal estado de la enseñanza:
Esto puede explicar que las familias pudientes pensaran en Francia como lugar idóneo para enviar a sus hijos a recibir una educación humanística. Francia en efecto ofrecía muchas ventajas para quien buscara una buena instrucción. En primer lugar nuestro país vecino había conseguido un puesto de suma importancia dentro del complejo de los países occidentales. Tras el reinado del Rey Sol, la política francesa era de las más influyentes en el campo de las relaciones internacionales. Además la cultura francesa había alcanzado su Siglo de Oro tras la aparición de las obras maestras de Corneille, Racine, Molière, La Fontaine, Bossuet y otros más. Muchos consideraban la cultura francesa como el apogeo de la civilización, según nos lo indica Feijoo:
Francia poseía colegios de gran fama donde se habían educado muchos de aquellos que hicieron posible el auge del país. A estas circunstancias se añadían los lazos de amistad existentes entre Franceses y Españoles, como la familia Samaniego, que contaba en Bayona con un agente comercial para la venta de la lana, llamado Barreau, y a quien encargaron el pago del colegio de Félix María28. El informe de 1765, que refiere la necesidad para la ciudad de Pau de establecer un pensionado para chicos, dice que esto sería oportuno por las relaciones mantenidas entre ambos países:
Cuando los padres consideraban cuestiones de orden afectivo o económico, se inclinaban asimismo por enviar a sus hijos a Francia, pues su proximidad con el País Vasco evitaba largos viajes, siempre incómodos, hacia el centro de Castilla, como subraya Eustaquio Fernández de Navarrete:
Para cursar estudios humanísticos, los Españoles elegían los colegios que más cerca estuviesen del país de origen, por los problemas que causaban los desplazamientos. Por eso los Vascos enviaban a sus hijos a los establecimientos del Suroeste de Francia. El colegio más cercano de la frontera franco-española estaba situado en Bayona, ciudad que dista tan sólo de 25 kms. de España, y que de siempre ha gozado de un comercio activo entre ambos países. El Colegio a cargo de la Ciudad había sido fundado el 13 de mayo de 1594 y estaba situado en la calle Vainsot, junto a la iglesia de Santo Tomás (llamada hoy de San Andrés). La Ciudad defendió siempre con ahínco la dirección del Colegio frente a los Jesuitas, que en repetidas ocasiones intentaron adueñarse de él, lo que originó luchas violentas de 1606 a 1676, reanudadas posteriormente en 174831. Muchos Españoles estudiaron en este colegio municipal que, si bien tuvo a menudo problemas de orden interno por carencia de una dirección adecuada y de un profesorado ejemplar, sin embargo permaneció siempre fiel a la orientación dada por el Consejo Municipal, y cumplió dignamente con la tarea educadora encomendada. Hemos podido analizar personalmente algunas listas de los alumnos que iban a ser examinados públicamente ante las autoridades eclesiásticas y civiles de la Ciudad, y en ellas hallamos numerosos nombres españoles. Así en 1750, de los 14 alumnos de «tertia grammatices» (primer curso de Humanidades) entresacamos a seis Españoles, con indicación de su lugar de origen:
No siempre viene indicado el lugar de origen, pues en otras ocasiones se contentan con indicar su nacionalidad española, como en la lista de 1769. En este año, de 22 alumnos que iban a examinarse de «tertia grammatices», 4 son Españoles: se llaman Robertus Rigal, Franciscus Fontaine, Franciscus de Castro y Luinas y Martinus de Castro y Luinas. En «prima grammatices» (tercer curso de Humanidades) hallamos a dos Españoles, con los nombres de Saturninus de Urbina Gaytan y Ferdinandus de Vaquedano, en una lista que comprende 16 alumnos. En Retórica, Vicentius de Mendizábal realizó las últimas pruebas públicas junto con otros cinco compañeros de allende los Pirineos. Es difícil dar unos datos estadísticos de los compatriotas nuestros que allí estudiaron, pues carecemos de listas suficientes. Pero si nos sirven de orientación las cifras antecedentes, diremos que de 58 nombres relacionados en esas listas, 13 llevan la mención de ser Españoles, lo que representaría un 22,4%. Esto podría indicar un alto porcentaje de alumnos Españoles en el colegio de Bayona. Conocemos a muchos otros Españoles que cursaron allí sus estudios, como Félix María de Samaniego, el futuro fabulista, el cual permaneció en Bayona desde septiembre de 1758 hasta el final del curso 1763-176432. Antonio de San Martín, sacerdote oriundo de Ondárroa, sigue allí en 1773 los cursos de Física y Geometría que explica el P. Teodoro Almeyda, del Oratorio de San Felipe de Neri, expulsado de Portugal. D.ª Catalina Ximénez de Tejada, sobrina del Gran Maestre de Malta, encarga a Don Antonio de San Martín la vigilancia de su hijo durante su estancia en Bayona y en carta de 31 de marzo de 1775, remitida al Conde de Peñaflorida, D. Antonio indica que «cada día se van agregando parientes y amigos del caballerito»33. El Marqués de Iranda, en carta escrita desde Madrid el 16 de octubre de 1777, nos da a conocer que tiene un «parientico» en Bayona, de 15 años, llamado Martín de Olavide y Andrade, natural de Maracaibo, al que desearía enviar al Real Seminario Patriótico de Vergara34. Los Jesuitas regentaban en Pau un gran colegio fundado en 1620 con el beneplácito del rey Luis XIII. Situado a las afueras de la ciudad, a orillas del río, y rodeado de un gran parque, reunía las condiciones apropiadas para la paz necesaria en los estudios y para la expansión de los jóvenes35. Tras la expulsión de los Jesuitas en 1762, el colegio fue encomendado a los Benedictinos de Saint Maur, a partir del 16 de septiembre de 1777. Grande debía de ser el número de Españoles en esta ciudad para que el Parlamento pensara en establecer un pensionado de chicos, según nos lo indica el informe de 1765:
Un informe redactado a principios de la Revolución francesa con el título de Projet d'établir au moins un collège national dans chacun des 83 départements du Royaume - Observations sur la fixation d'un collège national dans le Département des Basses-Pyrénées, entre otros motivos diversos (tamaño del edificio, elección privilegiada del lugar...) alega la presencia de numerosos Españoles para solicitar que ese colegio nacional se establezca en Pau:
Otros compatriotas, atraídos sin duda por la fama de los estudios, se dirigían hasta Toulouse. El colegio de esta cuidad era un edificio amplio, bien construido, situado en su mismo corazón, junto a la iglesia de los Jacobinos. Instalado inicialmente en el Palacio Bernuy el 20 de junio de 1567, se fue ampliando posteriormente para permitir la entrada a 1.200 alumnos, dirigidos por un rector, 2 prefectos y 75 religiosos jesuitas38. Allí se había iniciado ya la enseñanza de las ciencias experimentales y los alumnos siempre recordarán con gratitud los nombres de los PP. Charron, Drulhe, Du Gache, Durfort, Flouret, Sarlet, Tavernier y muchos otros. Fueron numerosos los Españoles que se desplazaron a esta ciudad, como Javier Marta de Munibe, futuro fundador de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, que permaneció allí desde 1742 hasta 1746, defendiendo con gran éxito unas conclusiones de física experimental dedicadas a Felipe V39; allí se codeó con los Olaetas, los Olasos, los Berroetas y otros que, como Felipe de Salcedo, el futuro cuñado de Samaniego, compartían los mismos estudios. En Sorèze, pueblecito que se halla hoy en el Departamento del Tarn, había existido desde la Edad Media una escuela abadial que en el siglo XVII adquirió gran fama hasta convertirse en Escuela Real Militar, título que confirmó Luis XVI a su advenimiento al trono en 1775. De entre los alumnos famosos que allí se educaron destaca Napoleón Bonaparte. El renombre de esta escuela se extendió hasta España, de donde partían jóvenes destinados a la carrera de las Armas. El 27 de septiembre de 1774, Martín de Aguirre Buricalde solicita información sobre el Seminario de Vergara, pues tiene un sobrino, hijo de Juan Francisco de Leceta, domiciliado en Cádiz, con intención de mandarlo a Sorèze40. El Marqués de Campo de Villar escribe una carta desde Madrid el 24 de abril de 1777 e indica que tiene dos hijos estudiando en Sorèze41. Muchos más42 siguieron los mismos pasos que estos, pues un personaje denominado Acheed, en una carta dirigida al Conde de Peñaflorida desde Toulouse el 22 de enero de 1778, hablando de los alumnos de Sorèze, le dice:
Burdeos también debió de recibir alumnos españoles, aunque carecemos de datos para determinar su importancia, así como el lugar donde se dirigían. Tenemos leves referencias, como la carta de D. Antonio de San Martín, fechada en Lequeitio el 20 de octubre de 1774, al que D.ª Catalina Ximénez de Tejada suplica acompañe a su hijo de Burdeos por el tiempo de 6 meses44. Samaniego también parece haber realizado un viaje con fines didácticos, según se desprende del «Inventario de Bienes» hecho a la muerte de su padre, pues se le atribuye por gastos de estudios en Bayona la suma de 10.428 reales vellón y por viajes y estudios en Burdeos 3.210 reales45. Tras los estudios humanísticos, para aquellos que deseaban profundizar en los conocimientos físicos y químicos, la meta era París, centro dónde se reunían los sabios de la época. Por eso vemos cómo el Conde de Peñaflorida se apresura en enviar allí a Ramón María de Munibe, su primogénito, para que se perfeccione en las ciencias experimentales antes de salir hacia Suecia en viaje de estudios. En París sigue el curso de Química de Rouelle y el de Historia Natural de Valmont de Bomare. Posteriormente salen en la misma dirección Antonio María de Munibe y Francisco Javier José de Eguía, que asisten a los cursos de Química que desarrollan Macquer y Rouelle. Allí se relacionan seguramente con los hermanos Elhuyar, que por los mismos años, de 1772 a 1777, se van perfeccionando en las ciencias experimentales, así como Ángel Díaz, antiguo alumno de Vergara. La Real Sociedad Vascongada tenía, en efecto, previstas unas becas para aquellos pensionistas que sobresaliesen en las Ciencias, permitiéndoles estudiar en el extranjero -léase París principalmente- por el tiempo que se estimase conveniente mediante una asignación anual de seis mil reales. D. Jerónimo Mas, profesor de Matemáticas en Vergara, sale para París a mediados de 1787 a expensas de la Sociedad y permanece allí hasta abril de 1789, con el fin de especializarse en Química bajo la dirección de Lavoisier, Fourcrov y Daubenton, y junto con Lefebvre de Guineau, Dicet y Le Grou realiza experiencias en el Colegio Real de Francia46. Las chicas siguen el mismo camino que los jóvenes, aunque posiblemente en un número mucho más reducido por la resistencia de los padres a dejarlas marchar lejos de casa, especialmente en una época en que no se daba importancia a la instrucción femenina. Sabemos que Manuela de Salcedo, esposa de Samaniego, y una hermana suya, estudiaron en un convento de Bayona47. El Marqués de Narros envió también a su hija a esa ciudad, según de clara en Vitoria el 20 de abril de 1776 D. Miguel Ramón de Zurralabe, de Logroño, cuando el Marques solicita el puesto de Familiar del Santo Oficio48. El número de Españolas en Pau era suficiente para el establecimiento de un pensionado, como lo hemos indicado más arriba. Todos estos jóvenes que frecuentaban los cursos de Humanidades buscaban la enseñanza que, en Francia, había dado tan buenos resultados. Muchos de los grandes autores clásicos habían dado sus primeros pasos literarios en los colegios dirigidos por los Jesuitas: Descartes estudió en La Flèche, Corneille en Rouen, Molière en París, en el colegio de Clermont (posteriormente se mudó el nombre en Louis-le-Grand), Diderot en Langres, etc... La enseñanza jesuítica, en efecto, gozaba de gran popularidad por los resultados obtenidos. Las normas contenidas en la «Ratio studiorum» habían formado un sistema pedagógico que logró infiltrarse hasta en los colegios que, como el de Bayona, se mostraban sumamente hostiles a los Padres Jesuitas. La división de los cursos comprendía tres años, en que la enseñanza se centraba exclusivamente sobre cuestiones gramaticales: tales eran la «Tertia, Secunda et Prima grammatices». Tras un curso propiamente llamado Humanidades, el alumno llegaba a la Retórica, que representaba la culminación de la enseñanza. Este era el momento de poner en práctica cuantos preceptos se habían ido inculcando a los jóvenes a lo largo de los años precedentes. El futuro orador, capaz de tratar de los temas más inverosímiles que se le propusieran, se iba formando mediante los diversos ejercicios de declamación que se llevaban a cabo49. No es nuestro deseo analizar al detalle la vida estudiantil de esos jóvenes, sino intentar sacar unas conclusiones que nos permitan comprender mejor la futura actuación literaria de los principales miembros de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País. Para ello analicemos el programa propuesto para 1740 en el colegio de Bayona, que no debió variar sustancialmente durante ciertos años: hállase reproducido en la obra anteriormente citada de Drevon. TERTIA GRAMMATICES (1.º Curso de Humanidades)
SECUNDA GRAMMATICES (2.º Curso de Humanidades)
PRIMA GRAMMATICES (3.º Curso de Humanidades)
IN HUMANITATE
IN RHETORICA
Este programa seguía la tendencia general de la enseñanza de la época y no varía sustancialmente de los que debían de regir en Toulouse o Pau. La enseñanza religiosa ocupaba una plaza importante dentro del plan de estudios, con la explicación de la Imitación de Cristo, de los Evangelios, de los Actos de los Apóstoles y de la carta de San Pablo a los Romanos. La formación cristiana se proseguía con el Abrégé de la Doctrine chrétienne, que consistía en una traducción francesa muy resumida de la Summa doctrinas christianae del Jesuita alemán Der Himdt (1520-1597), cuyo nombre significa «El Perro» y que fue latinizado en Canisius, según una costumbre frecuente de la época. A partir del tercer curso de Humanidades se estudia su obra en el original latino. La cultura que se impartía estaba dirigida hacia un conocimiento del mundo clásico. Para ello los primeros cursos estaban enfocados para llegar al conocimiento del latín a través de Rudiments de Gaudin -gramática que databa de 1730- y de la obra de Vitrié intitulada Abrégé de la Nouvelle Méthode présentée au Roi pour apprendre facilement la langue latine, contenant les rudiments en un nouvel ordre avec des règles pour bien décliner et conjuguer et des règles des genres, des déclinaisons, des prétérits, de la syntaxe, de la quantité et des accents latins. El estudio de este libro, que se escalonaba sobre cuatro cursos, iba acompañado de la obra de Turcellin sobre las partículas durante los dos primeros años. En la clase de Retórica se estudiaban más especialmente los diferentes tropos, figuras, estilos... de la oratoria, que posteriormente se ponían en práctica durante los ejercicios públicos. Juntamente con estas enseñanzas de orden teórico, se ponen ante los ojos de los alumnos los modelos clásicos latinos: los jóvenes han de buscar ahí la perfección de la forma. Fedro, Cornelio Népote, Virgilio, Quinto Curcio, Horacio, Salustio, jalonan los diferentes cursos, pero es principalmente Cicerón el que sirve de modelo a los futuros oradores mediante los diversos discursos que se estudian: Ad Quirites, Pro Archia, Pro lege Manilia, Pro Ligario y la primera Filípica. Tras estos años humanísticos, los jóvenes salían formados con un molde eminentemente clásico. Los jóvenes pasaban generalmente 4 ó 5 años en contacto con profesores, compañeros y huéspedes franceses, lo que les permitía familiarizarse con su idioma. Esto les facilitaría posteriormente la lectura de los libros franceses que les iban poniendo a su alcance el pensamiento europeo. El informe, redactado por la ciudad de Pau, al que hemos hecho referencia anteriormente, indica que los fines de la estancia de los Españoles en Francia era «se former aux moeurs et aux principes des Français». No creemos que el fin principal fuera el de imitar a los Franceses, si no que, al observar los modales de un pueblo más refinado, insensiblemente copiaban muchas costumbres de nuestros vecinos. Cuando regresaban a la patria, estos jóvenes traían las modas y costumbres allí en uso, como dice Jovellanos: «...¡oh, cual otro el Bidasoa tornó a pasar!...»50. Sabemos, por ejemplo, que Samaniego solicita a través de su familiar Carlos Antonio de Otazu, vecino de Vitoria, que se le hagan «un par de zapatos altos de hebillas, suela un poco fuerte y cuantos requisitos son necesarios para hacer una cortesía a la francesa»51 y para la confección de su ropa mantiene una cuenta con un sastre francés52. Culturalmente, estos jóvenes habían sido profundamente moldeados por la formación clásica. Se les había inculcado la necesidad de unas reglas concretas para poder realizar una obra digna de elogio: tal era el camino que habían utilizado anteriormente los grandes genios que habían llevado la literatura a su cumbre. Escuchemos a Daniel Mornet cuando intenta condensar cuál era la esencia de aquella educación recibida en los colegios franceses:
Esta preocupación de imitar a los grandes escritores en lo relativo al fondo, pero especialmente en lo que toca a la forma, les hace tomar pronto conciencia de la degeneración literaria que padecía España. |