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    Obra literaria de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País
     © Luis María Areta Armentia
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- IV -

El teatro



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Fines del teatro en la Real Sociedad Vascongada

Durante el Siglo de Oro el teatro representa el sentir del pueblo español, como bien lo indica Emilio Cotarelo cuando dice:

«En España no es el teatro una manifestación literaria más o menos copiosa e interesante, sino la síntesis y compendio de la vida de todo un pueblo. Allí se encuentran condensadas sus creencias religiosas, sus pensamientos filosóficos, sus ideales artísticos, sus costumbres, sus tradiciones y leyendas, su historia y, en suma, todo lo que de característico y genial pueda tener la raza habitadora de la Península»201.



Nuestro teatro áureo, tomado en su conjunto, tenía por finalidad la diversión del pueblo, que buscaba apasionantes novedades. Debido a esto, los autores dramáticos para satisfacer el gusto de estos espectadores se abandonaban a menudo a la improvisación y utilizaban cuantos procedimientos fáciles permitían atraer la atención del pueblo.

Durante el siglo XVIII, la mente de la clase dirigente varía de óptica, en un intento de proporcionar la renovación de España: todo queda enfocado bajo el prisma de la utilidad, como ya dijimos anteriormente, y se piensa que uno de los primeros pasos necesarios para el desarrollo de España es la reforma de la sociedad a partir de unas normas impuestas por las autoridades, en vistas a la educación del pueblo. Para ello utilizan cuantos medios están a su alcance, viéndose afectadas de este modo las diversiones populares, principalmente el teatro. Jovellanos en su Memoria sobre los espectáculos y diversiones públicas de España nos expone las ideas del hombre ilustrado sobre el teatro:

«(El teatro), el primero y más recomendado de todos los espectáculos; el que ofrece una diversión más general, más racional, más provechosa, y por lo mismo el más digno de la atención y desvelos del Gobierno... Es necesario sustituir a estos dramas (los que se representaban entonces) otros capaces de deleitar e instruir, presentando ejemplos y documentos que perfeccionan el espíritu y el corazón de aquella clase de personas que frecuentará el teatro. He aquí el grande objetivo de la legislación: perfeccionar en todas sus partes este espectáculo, formando un teatro donde puedan verse continuos y heroicos ejemplos de reverencia al Ser Supremo y a la religión de nuestros padres, de amor a la patria, al Soberano, y a la constitución; de respeto a las jerarquías, a las leyes y a los depositarios de la autoridad; de fidelidad conyugal, de amor paterno, de ternura y obediencia filial; un teatro que representa príncipes buenos y magnánimos, magistrados humanos e incorruptibles ciudadanos llenos de virtud y de patriotismo, prudentes y celosos padres de familia, amigos fieles y constantes; en una palabra, hombres heroicos y esforzados, amantes del bien público, celosos de su libertad y sus derechos y protectores de la inocencia y acérrimos perseguidores de la iniquidad. Un teatro, en fin, donde no sólo aparezcan castigados con atroces escarmientos los caracteres contrarios a estas virtudes, sino que sean también silbados y puestos en ridículo los demás vicios y extravagancias que turban y afligen la sociedad: el orgullo y la bajeza, la prodigalidad y la avaricia, la lisonja y la hipocresía, la supina indiferencia religiosa y la supersticiosa credulidad, la locuacidad e indiscreción, la ridícula afectación de nobleza, de poder, de influjo, de sabiduría, de amistad, y en suma todas las manías todos los abusos, todos los malos hábitos en que caen los hombres cuando salen del sendero de la virtud, del honor y de la cortesanía por entregarse a sus pasiones y caprichos.

El teatro tal, después de entretener honesta y agradablemente a los espectadores, iría formando también su corazón y cultivando su espíritu»202.



Muchos son los que suspiran por obras teatrales de esta índole203 que vayan formando a los espectadores en los diversos aspectos morales. No se pretendía proporcionar solamente ocasiones de alegre esparcimiento, sino modificar los gustos y las costumbres, pilares sobre los que reposaría la nueva cultura conforme a la razón. Félix María de Samaniego recoge esta misma idea para decir a su vez:

«De tres objetos que pueden proponerse los que gobiernan su teatro, a saber, enseñar, cultivar y entretener, por lo común se cuida sólo del último... No basta que el teatro instruya, es menester también que pula y que cultive, quiero decir que dé buenas máximas de educación y conducta, que enseñe a respetar las clases que componen un estado, que inspire a cada uno el amor a los deberes, que haga conocer cuánto valen en el uso del mundo el decoro, la cortesana, la afabilidad, y haga apreciar la generosidad, el candor, la veracidad, la buena fe, el recato, el recogimiento, la aplicación al trabajo y otras mil virtudes civiles que por lo común tienen en poco los ignorantes y orgullosos»204.



Además de esta importancia dada al valor cultural, Samaniego reconoce que debe pensarse también en ofrecer un entretenimiento al público, pero siempre y cuando esto no ofenda las buenas costumbres:

«Los dramas mejores absolutamente hablando son siempre los que más divierten; y es hacer una horrenda injuria a nuestro pueblo al asegurar que sólo se le puede divertir con representaciones torpes, groseras o ridículas. Por esto es menester preferir aquellos dramas en que nada hay contra la honestidad ni las buenas costumbres, y desterrar todos los que las destruyen, todos los que fomentan la falta de amor y respeto a los padres, la irreverencia a la justicia y a las leyes, el orgullo, el falso pundonor, la liviandad y el desenfreno. Estos vicios sólo deben aparecer sobre la escena para ser silbados o corregidos»205.



Este concepto sobre el teatro así expresado por uno de los preclaros Socios de la Real Sociedad Vascongada se identifica plenamente con la opinión expresada por la propia Sociedad. En efecto, el tema del teatro fue tratado desde el momento mismo de su fundación. Las primeras medidas que toma la Sociedad apenas esbozada en las fiestas de Vergara de septiembre de 1764 van dirigidas a organizar el teatro:

La primera providencia, después de la palabra de honor que bajo su firma dieron los Socios fue tomar tiempo para disponer las reglas precisas para el sólido establecimiento de obra tan grande.

A este fin cada uno se encargó de sugerir aquéllas que le dictasen sus luces; pero todos convinieron desde luego en que el objeto de la Sociedad serían las Ciencias, Bellas Letras y Artes, y que para promoverlas con suceso eran necesarias anuales Asambleas para las cuales admitieron estos principios:

1.-que era precisa una honesta diversión para el tiempo en que se juntasen tantos caballeros en un lugar.

2.-que no se podía escoger otra más amena, ni más útil que la del teatro.

3.-que para que correspondiese lo soberano a lo deleitable jamás se presentaría una pieza que no fuese muy correcta, no sólo en la sustancia de su disposición, sino en el modo de ejecutarla»206.



La Sociedad busca un entretenimiento para los caballeros que se reúnen y elige el teatro por su carácter delicioso y sobre todo útil. Esta doble finalidad está continuamente puesta de relieve a lo largo de la Historia de la Sociedad.

«Escogió la Sociedad (un desahogo) que fuese a un tiempo el más útil y el más delicado»207.

«El teatro instruye y deleita»208.

«Diversión la más grata y la más útil»209.



Pero sobresale visiblemente la consideración de orden utilitario:

«El teatro hace horrible el vicio y hermosa la virtud, él ridiculiza los caracteres que lo merecen, él instruye en la historia práctica y deliciosamente y él, en fin, ocupa la atención sin fatigarla»210.



pues quieren ante todo que

«el teatro sea escuela de virtud y no del vicio»211.



El propio Director de la Sociedad presenta a la primera junta de trabajo en febrero de 1765 una comedia titulada La Tertulia, destinada a marcar los fines del teatro:

«...haciendo para esto (la defensa del teatro) una sabia distinción de piezas buenas y malas: las primeras para que sirvan al fin primitivo del teatro, que es inspirar horror al vicio y amor a la virtud»212.



Idéntico fin es el que proponen los preceptistas neoclásicos. Luzán, al hablar de la tragedia, dice:

«Exciten (las desgracias) terror y compasión en los ánimos del auditorio y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo de ejemplo y escarmiento a todos»213.



La comedia tendrá por objeto el siguiente:

«Que todo sea dirigido a utilidad y entretenimiento del auditorio, inspirando insensiblemente amor a la virtud y aversión al vicio por medio de lo ridículo o infeliz de éste»214.



En ambos casos la finalidad es similar, pues siempre se tiende a dirigir la moral del hombre, aunque por medios algo distintos. La Sociedad participa en estas miras moralizantes que se pretende dar al teatro: incitar a la virtud y alejar del vicio. La utilidad de este entretenimiento público como elemento formador de caracteres y costumbres fue repetidamente objeto de comentario por parte de ciertos miembros de la Sociedad. Pedro Valentín de Mugartegui concibe así el papel del teatro:

«El teatro solo puede corregir el gusto de una Nación, dándole una fineza de tacto y una delicadeza de sentimientos que es casi imposible adquirirlo sin este socorro»215.



Ignacio Luis de Aguirre Ortes de Velasco, en un discurso sobre el teatro, pronunciado en las Juntas de Vergara de febrero de 1765, insiste igualmente sobre la utilidad de la comedia, que define en estos términos:

«(La comedia) es una imitación de nuestras costumbres dirigida a ridiculizar aquéllas que no sean conformes a la razón, pero de este modo, que sin que se desprecie la persona que las tiene se abomina el vicio que se reprende en general, y esto con tal arte que aun el mismo que sale retratado lo ve con complacencia y sin aquella confusión, lágrimas y disgustos que acarrea en otros términos»216.



Y para demostrar la utilidad del teatro aporta el ejemplo de Luis XIV, aficionado a las diversiones de la Corte, el cual, al oír los versos de Britannicus:


«Pour toute ambition, pour vertu singulière
Il excelle à conduire un char dans la carrière,
A disputer des prix indignes de ses mains,
A se donner lui-même en spectacle aux Romains»217.



decidió no bailar nunca más en público. Así toda persona racional que ve representado algún vicio suyo como objeto de risa en el teatro se apresurará en desecharlo. Ciertamente en un principio la corrección no será sino exterior, pero posiblemente la transformación afectará también el interior:

«No hay otra salida que el confesar que se corrige el exterior pero queda igualmente vicioso el interior del hombre. Aun cuando nada más se consiguiere, era un fruto digno de pretenderse con toda razón. La sociedad mudaría de semblante, la paz dominaría en ella, viéndose libre de tantos defectos como la infectan cada día en las acciones exteriores del hombre. Pero no es éste solo el fruto. Aquél que conoce que no se ocultan sus vicios a sus iguales, que los miran con horror, aunque por primer efecto no resuelva sino esconderlos dentro de su corazón, se ve por una parte agitado del hábito a ser vicioso y arrastrado con furor hacia sus delitos y por otra lo contienen los límites de la razón, el aprecio que hace del juicio de los demás; cuando lo lleva el hábito al borde del precipicio le retira la memoria de que aún se está celebrando la burla que hicieron de sus costumbres en el teatro...»218.



Además de esta finalidad eminentemente ilustrada que consideraba al teatro como educador de los hombres, la Real Sociedad Vascongada veía en él una utilidad más próxima. En efecto se pensó en las diversiones para los días en que se juntasen todos los Amigos para las tareas propias de la Sociedad: las mañanas y las tardes quedarían ocupadas en examinar los trabajos presentados y en establecer lo que más conveniente pareciese para el desarrollo del país. ¿Cómo habría de transcurrir el tiempo restante?

«En este tiempo es necesaria alguna diversión. El juego y el baile pudieran serlo; pero uno y otro tienen conocidos inconvenientes. La noche no permite paseos, que aun pudieran ser más perjudiciales: por estos inconvenientes y por dar a las fatigas el necesario desahogo escogió la Sociedad uno que fuese a un tiempo mismo el más útil y el más delicioso. Este fue el teatro»219.



Los Estatutos de 1765 corroboraron esta idea inicial:

«Las noches se destinarán a cultivar la Música o la poesía dramática, logrando por este medio el que ni aun en las diversiones se distraigan los amigos del Instituto»220.



El teatro servía así para la doble función que se proponía el hombre ilustrado: educar y entretener. Pero el entretenimiento no iba dirigido al gran público, sino al grupo reducido de Amigos reunidos para trabajar por el bien del país.




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Visión del teatro español tradicional

El teatro tal y como se realizaba generalmente en los corrales o en los estrados montados por las compañías ambulantes no podía en ningún modo complacer a estos espíritus ilustrados. Numerosas son las críticas que a través de toda la geografía española se levantan contra las piezas que allí se representaban. Jovellanos221, Luis Mariano de Urquijo222, Leandro Fernández de Moratín223, Bernardo de Iriarte224 y tantos otros225 intentaron desterrar las representaciones que se llevaba a cabo en estos lugares.

En efecto, según ellos, aquellas obras de ningún modo eran provechosas, antes bien conseguían tan solamente corromper la mayor inocencia. Los títulos mismos indican la vanidad de los temas226: se prometían héroes y sucesos de magnitud excepcional e inédita a un espectador ya acostumbrado a las mayores audacias y a los lances más inverosímiles. La narración solía ser enredada a más no poder ser: la pasión se exponía con el mayor descoco mientras el estudio de la sicología de los personajes no interesaba para nada, o de manera muy superficial, ni al autor ni a los espectadores.

La Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País tomó también parte activa en la crítica del teatro tradicional, principalmente en la persona de Félix María de Samaniego, el cual en un discurso publicado en el Censor, en enero de 1786, comienzo del tomo V, bajo el seudónimo de Cosme Damián, pasa en revista todos los aspectos del teatro, de una manera sistemática. Tras indicar cuál debe ser el fin del teatro, al que hemos hecho referencia más arriba, trata de los principales géneros dramáticos populares que se representaban en nuestro país. Las comedias merecen su reprobación total, dirigiéndose al editor de la publicación dice:

«Sobre todo levante vmd. el grito contra cierta especie de comediones que se van haciendo de moda, escritas contra la voluntad del dios del Pindo y representados contra el dictamen de los doctores del buen gusto: dramas sin invención, sin interés, sin poesía, sin lenguaje, en una palabra, sin pies ni cabeza, donde todo es trivial y chabacano, todo común y cien mil veces repetido, donde siempre hay un Príncipe criado entre las cabras, un Rey tonto, un traidor en privanza, amantes que se esconden, que se pierden, que se cambian y no se conocen en la voz cuando están a oscuras, cartas olvidadas, retratos perdidos, oráculos casuales, venenos que no infeccionan, cuchilladas que no matan, azares, agüeros, desafíos y diabluras hasta dejárselo de sobra»227.



Samaniego se dirige también contra las follas, que consistían en una mezcla de tragedia, comedia y zarzuela donde alternaban la declamación, el baile y la música. Las acciones y escenas se sucedían sin unidad ni orden, por lo que Samaniego exclama que hay que desterrarlas de modo que nunca más vuelvan a nuestra escena.

Los sainetes tampoco reciben el aprecio de Samaniego, porque no presentan sino confusión y desorden: en ellos los majos, los truhanes, los tunos exponen con descaro e insolencia su carácter vicioso. Critica la tipificación que se hace de los diversos estamentos de la clase social: el médico siempre está representado como ignorante e interesado, el abogado siempre hace el papel de prevaricador, el escribano aparece como falsario, el alguacil como ladrón. Estas profesiones honradas quedan de este modo desprestigiadas y en nada contribuye esta representación a la mayor cultura del pueblo. Los vicios que se exponen no causan ningún deseo de evitarlos, antes bien

«sus costumbres se aplauden, sus vicios se canonizan o se disculpan y sus insultos se celebran y se encaraman a las nubes...

¿Qué idea no tomará de aquí (los sainetes) un pueblo que sólo pudiera recibir en la escena principios de urbanidad y policía?»228.



Las tonadillas o pequeñas composiciones que se cantaban y bailaban durante los sainetes y más especialmente al final de los mismos satirizaban ciertos defectos de la sociedad. Una extensa gama de personas aparecían en ellas: vendedoras, abates, militares, alcahuetas, majos... Pero la crítica se hacía de una manera muy trivial:

«Pero ¡qué suaves y templados son sus sátiras! Allí verán Vm. tratadas a las usías de locas, a los mayorazgos de burros, a los abates de alcahuetes, a las mujeres de zorras y a los maridos de cabrones... A esta buena doctrina son ciertamente correspondientes el lenguaje y la poesía»229.



Este género de ningún modo podía hallar acogida en la afición de Samaniego. Este menospreciaba así el teatro popular en sus diferentes facetas. Nada del mismo le parecía estimable por no cumplir con la función educadora que él proponía al teatro. Las únicas representaciones dignas de su atención eran las zarzuelas, pero, incluso, solicita una pequeña limpieza de los personajes bajos que afean la escena:

«Pero, por Dios, señor Censor, que no me quite Vm. de nuestras tablas las zarzuelas, porque les soy furiosamente apasionado. Este drama, acaso el único que se pudiese hacer presenciar en nuestro teatro, es el único en que se reúnen tan bien la poesía y la música, el chiste cómico y las gracias líricas; merecía ciertamente ser cultivado de nuestros mejores ingenios. Basta que Vm. me destierre de ellos los criados rateros, los abates tontos o enamorados, los pillos, los truhanes, los mendigos y otros semejantes espantajos, cuya intervención no puede dejar de afear y deslucir la escena»230.



Las zarzuelas tenían por finalidad la distracción de un núcleo más selecto y no del pueblo en general231.

Posteriormente Samaniego recorre la materialidad del teatro, y no ve sino cosas que criticar. En primer lugar indica que la música carece totalmente de correspondencia en relación con los sentimientos que se desean expresar: el corazón no está en consonancia con los labios; además carece de armonía, melodía y expresión. La mayoría de las veces, los músicos se contentan con recoger trozos en diversos autores -Gluck, Haydn, Piccini y tantos otros-, y con todo ello pretenden hacer una obra conjunta.

La decoración era de lo más anticuada, con unos lienzos siempre iguales en mal estado de conservación:

«Por fortuna duran todavía en nuestro teatro aquellos admirables lienzos que salieron de la mano de Velázquez y Villanueva y que hacen la delicia de los hombres de gusto, a pesar del descuido con que se han tratado y del necio empeño de sustituirles otros de inferior mérito en lugar de renovarlos»232.



Junto a estos se cuelgan otros que carecen totalmente de perspectiva arquitectónica, de escultura, de simetría y de colorido: son verdaderos monstruos dignos de los siglos más bárbaros.

La escena barroca gustaba de una gran tramoya que permitiera representar cambios rápidos de escenas, vuelos, zambullidas y transformaciones de toda clase que complacían a los espectadores. Por esto llegó a ocupar la atención principal de los hombres de teatro, y lo esencial pasó a ser la seguridad de la operación, mientras se despreocupaban de la verosimilitud de la acción. Así nos dice Samaniego con tono irónico:

«Así, si tiene que volar un burro, verá Vm. un cuarto de hora antes la enorme maroma en que ha de ser enganchado, y otro tanto tiempo está abierto el boquerón que ha de vomitar a algún encantador o algún diablo. El crujir de las cuerdas, el golpeo de los contrapesos, el ruido de las ruedas y poleas y toda la faena de los diestros maquinistas se perciben por lo menos desde las cuatro calles»233.



Poco importa a esta gente la verosimilitud de los elementos decorativos o de adorno: utilizan los objetos de la época como pertenecientes asimismo a otros tiempos con el riesgo de caer en los mayores anacronismos, sin preocuparse de crear la ilusión de un ambiente concreto mediante unas costumbres y una vestimenta propias. Así, a Alejandro el Magno se le presenta un tintero peltre o de cuerno, y el conquistador de México se sienta en una silla de paja. La vestimenta presenta rasgos inverosímiles: una dama aunque haga la función de fregona va perfectamente vestida, mientras una persona humilde está siempre representada bajo los peores andrajos, y sucia al extremo. Samaniego comenta con tono sarcástico los anacronismos que se podían ver en la escena:

«Ríase Vm. de la propiedad de eso del ornato. El mundo cree que los hombres han sido siempre los mismos, y no hay cosa más fácil que persuadirle que siempre se han vestido del mismo modo... Así que no importa que un Teatino de Jerusalén se vista de Militar o de Golilla, que la viuda de Héctor lleve ahuecador o guarda-infante, ni que el Conquistador de la India se presente con sombrero de tres picos y tacones colorados. Lo que importa es que nuestros paisanos se vistan precisamente a la española antigua y que desde D. Pelayo hasta los Reyes Católicos lleven todos el traje borgoñón, conocido desde Felipe el Hermoso, y que por lo menos se usó generalmente en España desde Felipe II hasta Felipe IV»234.



Samaniego condena más adelante la manera de declamar de cada actor. Cada uno desea que se le oiga bien, por lo que, en vez de acordar su voz a la de los demás actores, se esfuerzan todos en gritar:

«Nada importa que entre los crónicos (¿cómicos?) griten, brameen o ahullen, con tal que tengan buenos pulmones: lo que sí importa es que no se les pierda una sílaba ni en el último asiento de la tertulia. También podrán levantar extraordinariamente el grito, o para que los chisperos se preparen al aplauso convenido de antemano, o para que teniendo que hablar cinco o seis personas a la vez no puedan ser entendidas si no se desgañita cada una por su lado»235.



Ningún acento emotivo ponen estos actores al recitar su papel; carecen igualmente del sentido de la manera adecuada de exponer un acontecimiento o de describir la naturaleza:

«Entre tanto se va acabando entre nosotros aquel maravilloso arte de pintar la naturaleza en el aire con las puntas de los dedos, en que fueron tan excelentes nuestros viejos comediantes. Veríalos Vm. retratar al vivo el sol y la luna, los mares y los montes, los ríos y las parleras fuentecillas, las fieras luchas de los animales, los desafíos, las batallas y hasta los más íntimos sentimientos del corazón humano»236.



Los gestos han de estar en consonancia con los sentimientos del momento: el actor ha de saber llorar y reír en los momentos oportunos, pero tendrá normalmente el semblante tranquilo. Los gestos no serán desorbitados:

«Si el paso pide lágrimas, a bien que cumplirá con sacar el pañuelo y acercárselo un tanto cuanto a los ojos, y si pide furias y enojos, bastará que levante un poco el grito y mueva aceleradamente el abanico»237.



Samaniego critica con vehemencia la falta de decencia que se observa en los teatros. En efecto, al tratarse de una asamblea de ciudadanos donde se reúnen todas las clases, estados y profesiones sociales, todos están en derecho de exigir el mayor respeto. Pero el espectáculo que se solía producir era desolador para una persona moralmente sana:

«Menos tolerables serán todavía los que se oponen a la decencia, los mensos y columpios de las majotas, las cabriolas y volteretas de las muchachas, el retintín con que se dicen ciertas expresiones alegres, la afectación con que se procura volver al peor sentido las sentencias equívocas y, en una palabra, todos aquellos artificios con que alguna vez se trata de captar la gracia de la parte más grosera y corrompida del auditorio, con disgusto y rubor de las personas honestas y bien morigeradas»238.



El teatro se halla en esa situación tan pobre por culpa igualmente de los espectadores que carecen totalmente de las obligaciones cívicas más elementales: no tienen reparo en silbar y aplaudir cuando se lo dicta su interés y capricho, interrumpiendo así la representación. Otros gritan y alborotan sin motivo, o son incapaces de perdonar ciertos descuidos y reconocer los aciertos: aplauden lo malo y no saben distinguir las cualidades de la obra. Samaniego nos presenta el ambiente usual de los teatros:

«Cargue la mano contra los que van al teatro a ofrecerse en espectáculo y a atraer hacia sí la vista y la murmuración de los concurrentes; contra los que todo lo acechan, todo lo reparan, se levantan, se sientan, a todos incomodan, se echan de bruces, vuelven las espaldas, entran y salen, hablan, silban, tararean y, en una palabra, contra los que ni respetan al público ni quieren que el público les tenga por atentos y bien criados»239.



Esta situación, expuesta por Félix María de Samaniego y corroborada por otros críticos240 de la época, no podía de ningún modo complacer a esos espíritus ilustrados para quienes el teatro tenía los fines didácticos que anteriormente hemos expuesto. Por ello varias voces se elevan en el seno de la Real Sociedad Vascongada desde sus orígenes para condenar este tipo de representación, pues no estaban dispuestos a tolerar ni comprender el valor estético de cuanto se saliera fuera de los contornos de su refinamiento. Ignacio Luis de Aguirre proclama que este tipo de representaciones «merecen ser proscritas»241, al igual que el Conde de Peña florida, que en su comedia la Tertulia, al hablar de las malas obras teatrales recomienda «desterrarlas y abolirlas del mundo»242.

Samaniego se opone a todo tipo de teatro que no sea imitación de la naturaleza. Por este mismo motivo, cuando entra en España un nuevo género tomado del Pygmalión de Rousseau, Samaniego no puede contener su desagrado ante tales soliloquios243. La aparición de Guzmán el Bueno de Tomás de Iriarte le hace estallar:

«El maldito ejemplo de Pygmalión, perdóneme su mérito, nos va a inundar la escena de una nueva casta de locos. La pereza de nuestros ingenios encontrará un recurso cómodo para lucirlo en el teatro, sin el trabajo de pelear con las dificultades que ofrece el diálogo. Cualquier poetastro elegirá un hecho histórico, o un pasaje fabuloso, o inventará un argumento: extenderá su razonamiento, lo sembrará de contrastes, declamaciones, apóstrofes y sentencias, hará hablar a su héroe una o dos horas con el cielo o con la tierra, con las paredes o con los muebles de su cuarto; procurará hacernos soportable tal delirio con la distracción del allegro, adagio, largo, presto, con sordinas o sin ellas; y se saldrá nuestro hombre con ser autor de un soliloquio, monólogo o escena trágico-cómico-lírica unipersonal...

No hay cosa más contraria al arte y a la naturaleza que los tales monólogos...»244.



Samaniego se opone así a todo lo que se aparte del teatro clásico, donde todo está subordinado a la razón; no concibe aquellos sentimientos personales expuestos ante el público. Su formación racionalista le impide vislumbrar unos valores teatrales ya románticos que tanto éxito conocerán en el siglo XIX con el drama musical, cuyas máximas realizaciones fueron el Egmont de Beethoven y el Manfred de Schumann.

La crítica no se detenía solamente en juzgar el teatro de la época, sino que buscaba el origen de esa situación: por ello alcanzó el teatro áureo. Los dramaturgos de nuestro Siglo de Oro habían rechazado la sujeción a unas normas concretas245. Samaniego imagina por un momento a los autores españoles frente a la razón, en un juicio:

«Sábese por noticias últimamente recibidas de los Campos Eliseos que al esparcirse en ellos el rumor de que iba a publicarse, en España el teatro vindicado, los Lopes, Calderones, Moretos, Solises, Cañízares, etc... más celosos de su propia gloria que del honor de la nación, se asustaron y acongojaron con mortales ansias, temiendo era llegado el terrible día en que el clamor de sus rivales y la justicia de la patria iban a llamarlos a que compareciesen ante el tribunal de la razón, para responder del cargo de haber adoptado, promovido, acreditado y hecho casi invencible la forma viciosa de nuestro teatro...»246.



La acusación es varia: no se contentaron con realizar un mal teatro, sino que esos genios fueron precisamente los que lo promovieron de tal forma que los sucesores se apoyaron en ellos para seguir el mismo camino.

Valentín de Foronda, en la Carta escrita al Censor sobre el Seminario de Vergara, sin mencionar nombres, nos habla de cómo los alumnos, sobre los conocimientos adquiridos en las autoridades clásicas, quedan impulsados a

«dictar leyes a los cómicos españoles, y manifestarles los derrumbaderos en que los ha precipitado su fogosa imaginación, por no haberse sujetado a las reglas que les prescribía el buen gusto»247.



Critica, pues, a nuestros cómicos por no haber sabido doblegar la imaginación fogosa a las reglas dramáticas. Esta crítica de teatro áureo no entrañaba sin embargo una negación total de valores. Samaniego reconoce así mayor gracia en nuestra escena que, incluso, en la de los Griegos y Franceses:

«¿Qué literato no conocerá que nada hay comparable en el teatro francés ni aun el griego a la viveza del colorido y la expresión de la verdad con que se hallan retratados en nuestras comedias de figurón algunos de los diferentes caracteres ridículos y extravagantes de los hombres»248.



José Ignacio de Aguirre alaba también las comedias de figurón y afirma que se pueden representar en los teatros más correctos, pues ¿no han servido de base para el teatro de los propios Franceses?:

«...pero la lástima es que alabando un Corneille249 la sagaz elección de los caracteres y la inimitable fuerza de la fantasía de nuestro Lope de Vega, hasta envidiarle alguna de sus producciones, sólo nosotros ignoramos lo que tenemos de escogido entre las obras nacionales»250.



Los miembros de la Sociedad confían aún en un posible resurgir del teatro. José Ignacio de Aguirre se muestra claramente optimista:

«Sólo queda el consuelo de que nos van a suceder unos tiempos en que se admirará a España de que en los pasados haya tenido tan bajo concepto del Arte de Sófocles, las obras de otros grandes hombres y la más bella producción del espíritu humano»251.



Pero para ello era preciso modificar sustancialmente el teatro tal y como se llevaba a cabo en España. Muchos hubieran hecho suya la frase de Jovellanos:

«Un teatro tal es una peste pública, y el Gobierno no tiene más alternativa que reformarle o prescribirle para siempre»252.



con lo que coincide Samaniego, cuando exclama:

«Pero, señor Censor, nuestro teatro... es preciso reformarle o destruirle»253.



La voz de reforma acude con suma frecuencia a la pluma de los hombres que discutieron sobre el teatro durante el siglo XVIII. Su intención era, según la etimología de la palabra (Diccionario de la Real Academia Española, 19.ª edición, Madrid, 1970) «volver a formar, rehacer». Debían partir de nuevas bases para hacer realidad este deseo.

Desde sus comienzos, la Real Sociedad Vascongada se presenta como una institución que se propone, además de otras miras, la renovación del teatro, según el cuarto de los principios fijados en Vergara en septiembre de 1764:

«4.-Que por tanto debía ser uno de los objetos de la Sociedad corregir el teatro de modo que fuese escuela de virtud y no de vicio»254.



José Joaquín de Torrano escribe en una carta fechada en Vergara el 19 de febrero de 1773:

«El objeto que se propusieron en la formación de este Cuerpo (habla de la Real Sociedad Vascongada) fue la reforma del teatro, y con este fin empezaron a representar óperas los mismos socios...»255.



Otros veían con escepticismo esta Sociedad, porque pensaban que no tenía por fin sino cuestiones propiamente teatrales, como el autor anónimo de la Apología de una nueva Sociedad... cuando dice con tono irónico:

«...¿quién me quitara a mí después de un par de cursos en esta Sociedad el componer... una pieza dramática (cuidado con estos términos para ser sabio) a cada cual de los confesores, y una tragedia a cada uno de tantos mártires, empezando (como es razón) por los Innumerables de Zaragoza? ¿Será moco de pavo, esto?»256.



Esta perspectiva de la Sociedad que ha sido prácticamente desconocida hasta la fecha, tuvo gran importancia en los primeros trabajos de los miembros.




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Defensa del teatro

La indecencia e inmoralidad a que daban lugar las diferentes compañías teatrales que recorrían el país o representaban en los corrales, había despertado una repulsa general por parte de las autoridades, principalmente eclesiásticas. Numerosas son las condenas que se elevan a mediados del siglo XVIII257. Ante la solicitud presentada por el Arzobispo de Burgos y el Obispo de Calahorra con vistas a suprimir el teatro en sus diócesis, el Obispo Gobernador del Consejo firmó con fecha 1 de diciembre de 1751 un decreto en los términos siguientes:

«Deseoso de promover el celo y ejemplar actividad con que los Prelados de Burgos y Calahorra trabajan en establecer y arraigar las más puras y cristianas costumbres en los pueblos de sus respectivas diócesis, he resuelto prohibir y prohíbo la representación de comedias en el Arzobispado de Burgos y Obispado de Calahorra, ya sea por farsantes en los teatros o por éstos y otros particulares en cualesquiera lugares públicos. Tendráse entendido en el Consejo para su cumplimiento»258.



Esta orden debió de ser transmitida a su vez a cuantos párrocos dependían de la autoridad de estos Prelados, luego a la mayor parte de las provincias vascongadas259.

Ante esta oposición manifiesta, la Real Sociedad Vascongada en su deseo de ver establecido el teatro reformado, tiene por primera preocupación el demostrar que esta diversión no es mala en sí, sino en ciertas circunstancias.

El discurso de Ignacio Luis de Aguirre, al que hemos hecho ya referencia en varias ocasiones, tiene por finalidad:

«desterrar la preocupación en que se vive contra el teatro y la ignorancia que se padece de las utilidades que acarrea, cuando es correcto»260.



Sigue diciendo que algunos creen que no puede haber virtud verdadera donde haya risa, placer, alegría, pues estiman que esto no puede proceder sino del desenfreno y de la licencia de costumbres; pero éstos desconocen hasta las más elementales normas de dramaturgia y cuantas obras se han hecho con buen gusto. Otros aun sin haber visto jamás una representación por ser incompatible con su profesión (se refiere a los eclesiásticos) no permiten que los que dependen de su dirección asistan a tales entretenimientos. Otros, debido a su carácter melancólico, rechazan todos los objetos que puedan proporcionarles cierto placer. Todos éstos se unen para lanzar los más fuertes improperios contra los defensores del teatro:

«Todos juntos, empeñados en impugnar el teatro, tratan a quien le defiende de impío, de ateísta, de hereje, de hombre que no cree a los Santos Padres, cuando aseguran que la comedia no se puede ver sin pecado, o es, las más veces, ocasión de él»261.



Así concebido el teatro, parecía más bien ser una invención del demonio, donde no podían asistir sino los desalmados.

Tras liberarse de cuantas opiniones pudo haber oído, el orador trae en apoyo de la inocencia del teatro autoridades cuya moralidad no puede ponerse en duda.

León X hizo revivir en Roma la tragedia y la comedia, quitándoles la fama de espectáculo escandaloso262. El Cardenal Richelieu263, fiel defensor del catolicismo frente a la coalición protestante, preparó una gran sala en el propio palacio real, donde se representaban obras teatrales. Durante el reinado de Luis XIV, los propios obispos tenían un lugar reservado en la Comedia y el Cardenal Fleury confirmó esta costumbre. Luis XIV sentía gran aprecio para con Molière, a pesar de su profesión de cómico, y los ingleses quieren inmortalizar a los grandes actores sepultándolos en Westminster junto con los Reyes y con los grandes genios. No se puede condenar, pues, el teatro sin que el desprecio alcance asimismo a estos hombres que tanto lo defendieron.

Personas reconocidas por la propia Iglesia por su santidad han manifestado una mayor apertura de espíritu hacia el teatro. Afirma el autor del discurso que Santo Tomás de Aquino, a pesar de no haber visto ninguna buena comedia, comprendió que bajo ciertas condiciones se puede obtener utilidad del teatro, y San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, examinaba personalmente las obras que se habían de representar, autorizándolas bajo su firma.

El autor de la Historia de la Real Sociedad aporta también como autoridad a San Francisco de Sales, el cual reconoce que las distracciones son indiferentes en sí, dependiendo todo del buen o mal uso que se haga de ellas264. No hay motivos suficientes para condenar directamente el teatro como elemento de perversión, pues estos santos nunca lo hicieron.

El mismo Conde de Peñaflorida, en su comedia Tertulia, quiere

«inspirar a la nación el justo aprecio de las piezas trágicas, desterrando la nimia preocupación que se tiene en favor de las comedias por los apasionados a ellas, y el injusto horror con que las miran los Enemigos del teatro»265.



Haciéndose eco de la querella suscitada en Francia por Rousseau en su Lettre à d'Alembert sur les spectacles266 en la que condenaba el teatro, pero considerando su conveniencia en las grandes ciudades, Félix María de Samaniego afirma que aun cuando el teatro reformado fuera un mal había que aceptarlo como un mal menor:

«...si un buen teatro es un mal, diría yo que debía tolerarse como un mal necesario; como un remedio saludable para evitar otros mayores males. Aquel gran filósofo ginebrino, tan declarado enemigo de la escena, solía decir que los teatros eran indispensables en las ciudades populosas y es menester no conocer a los hombres o interesarse poco en su tranquilidad para pensar de otro modo»267.






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Búsqueda de nuevos valores teatrales

En el momento de querer buscar una nueva vía de reforma teatral, los miembros de la Real Sociedad Vascongada dirigen su mirada hacia la Antigüedad y cuantos en la época moderna han seguido los pasos de aquellos Griegos y Latinos. Ya vimos anteriormente cómo el Conde de Peñaflorida alaba a Molière, Lope de Rueda y Goldoni por imitar a los antiguos. Existe, pues, una doble vertiente en las fuentes donde los Amigos se impregnan del arte dramático: Aristófanes, Plauto, Terencio, Eurípides, Sófocles, a través de sus obras, Horacio y Aristóteles, con sus instrucciones poéticas, así como los autores modernos que tomaron a aquellos por modelo, sirven de guía a los Amigos en su producción teatral.

Francia había conseguido en el siglo anterior, bajo el reinado de Luis XIV, el apogeo literario: el teatro alcanzó un puesto relevante con genios como Corneille, Racine y Molière. Pronto se pensó que el éxito obtenido se debía fundamentalmente a la aplicación de las reglas clásicas, y todo el empeño de muchos hombres fue difundirlas y cumplirlas fielmente en busca de posibles éxitos, olvidando que hace falta además un gran ingenio que sepa utilizarlas debidamente. Tal era la orientación que recibieron cuantos Amigos de la Sociedad se educaron allende los Pirineos.

Francia, que entonces atraía la atención de los ilustrados en los diversos campos del conocimiento humano (económico, político, religioso, científico), servía igualmente de punto de mira para aquellos que deseaban buscar las normas reformadoras del teatro. Samaniego exclama con tono de admiración:

«No hablemos de los Franceses; debemos mirar su teatro como mansión del dios de la poesía dramática»268.


Esta frase expresa claramente la veneración que sentían por las obras teatrales de nuestro país vecino. Ese es el teatro que se proponen por modelo: las normas teatrales se aplicarán con rigor:

«Y ¿de quién nos hemos de gobernar: de estos modelos grandes o de lo que nos dicen unos críticos a la cabriolé, que con cuatro especies mal digeridas de las Memorias de Trevoux o el Journal extranjero, peinaditas en ailes de pigeon y empolvadas con polvos finos a la lavande, o a la sans pareille, quieren parecer personas en la república de las Letras? Este rigor es bueno para observado en lo dramático»269.


Los Amigos de la Sociedad no nos han dejado un estudio sistemático sobre las normas a seguir en la composición de las obras teatrales, pero fijándonos en sus realizaciones podemos recopilar sus ideas al respeto.

En un principio establecen una distinción clara entre tragedia y comedia. El Conde de Peñaflorida reserva la tragedia para «hechos grandes y proponernos modelos heroicos»270. En ella todo debe estar dirigido a crear una atmósfera de majestuosidad: pensamientos, expresión y estilo. Esta idea coincide con lo que expresa Luzán en su Poética sobre la tragedia:

«(La tragedia) es una representación dramática de una gran mudanza de fortuna, acaecida a Reyes, Príncipes y Personajes de gran calidad y dignidad, cuyas caídas, muertes, desgracias y peligros exciten terror y compasión en los ánimos del auditorio y los curen y purguen de estas y otras pasiones, sirviendo de ejemplo y escarmiento a todos»271.


Y en otro lugar dice:

«Los pensamientos y las expresiones de un Príncipe o de un Consejero de Estado es razón que sean más elegantes y más sentenciosas que las de un hombre vulgar... Por eso como la tragedia no admite sino personas ilustres y grandes como Reyes, Príncipes, Héroes, etc..., su estilo ha de ser alto, grave y sentencioso»272.


La comedia tiene por su parte la misión de «ridiculizar los defectos humanos»273, y debe ser una imitación de nuestras costumbres. Todo debe ir dirigido a este fin: en ella se autorizarán, pues, el chiste, la burla y el ridículo. Luzán también había definido la comedia en estos términos:

«(Es la) representación dramática de un hecho particular y de un enredo de poca importancia para el público, el cual hecho o enredo se finja haber sucedido entre personas particulares y plebeyas con fin alegre y regocijado; y que todo sea dirigido a utilidad y entretenimiento del auditorio inspirando insensiblemente amor a la virtud y aversión al vicio por medio de lo amable y feliz de aquélla y de lo ridículo o infeliz de este»274.


Oponiéndose a la tendencia general275 de buscar los temas trágicos en la Mitología o en la Antigüedad (se pensaba dar mayor realce de este modo), Félix María de Samaniego propone, al contrario, que se tomen todos los argumentos de nuestra historia nacional e incluso de nuestra vida cotidiana, pues de este modo se comprenderá mejor el significado de la moral:

«No hay que pasar en blanco (dentro de la crítica del teatro que va haciendo) las comedias y las tragedias en que se representan acciones tomadas de la Mitología, o bien de la historia griega, romana, etc... ¿Qué tienen que ver con nosotros la religión, la moral, las leyes ni las costumbres de estos pueblos? Sus virtudes no nos servirán de provecho y sus vicios nos corromperán tan lindamente... ¿Cuánto mejor sería buscar las acciones de nuestra escena dentro de casa y celebrar según el precepto de Horacio las glorias domésticas? Por ventura ¿es tan estéril nuestra historia que no puede ofrecer modelos con que excitar al ejercicio de las virtudes?»276.


Samaniego con esta idea expresada en 1786 se incluye así dentro de la tradición española que pedía una tragedia de tema nacional. Ya a finales del siglo XVI, cuando surge toda una polémica sobre la posibilidad o la imposibilidad de tragedia popular, una de las cuestiones que más preocupan es precisamente la utilización del tema nacional y con qué forma. Cervantes, con la Numancia, intenta una tragedia de corte clásico, con importantes variantes, que se acerque al gusto del público; pero otros autores acaban encontrando una fórmula más amplia, que acabará desembocando en la comedia nueva.

En el siglo XVIII se vuelve a insistir en la necesidad de desechar el tema mitológico o de historia bíblica o clásica, típico de la tragedia clásica francesa e italiana, para acercarse al tema histórico nacional. De ahí que Jovellanos escribiera su Pelayo y Nicolás Fernández de Moratín su Hormesinda y su Guzmán el Bueno. El espectador se ha de sentir más conmovido por la representación de un acontecimiento de nuestra historia que no por la frialdad de la mitología.

Como consecuencia de esta separación clara entre tragedia y comedia, se condena la persona del gracioso, personaje imprescindible en todas las obras del teatro anterior. El Conde de Peñaflorida lo suprime de la escena por el disgusto que siente el alma cuando se le presenta una bufonada en el momento preciso en que el argumento había llegado a emocionarla277. Ignacio Luis de Aguirre critica a su vez «las bufonadas de un gracioso introducido contra las reglas de la Poesía dramática en lo más serio de la acción»278.

De acuerdo con las normas clasicistas, los Amigos se preocupan por atenerse a las reglas concretas de las tres unidades: de acción, de lugar y de tiempo que Boileau resumió con acierto en estos dos versos:


Qu'en un jour, qu'en un lieu, un seul fait accompli
Tienne jusqu'à la fin le théâtre rempli»279.


Esta es la inquietud del Conde de Peñaflorida cuando compone el Borracho burlado: ante los posibles ataques de críticos escrupulosos sale defendiéndose en la Advertencia al lector:

«Y en fin, acaso no faltará quien la critique (la obra) de que no se observa en ella el rígido precepto de las tres unidades... que en las tres unidades es a mi parecer donde tiene menos irregularidad: pues aunque es cierto que se puede decir se juntan varias acciones, la principal es la de dar un chasco a Chantón Garrote, haciéndole creer que se ha vuelto un gran señor, poniéndole luego en el apuro de verse despojado de su grandeza y amenazado a una horca, y por fin hacerle una burla que llena de confusión, y siendo todas las acciones dirigidas a este fin, puede asegurarse que la acción es una y no más; en las unidades de tiempo y lugar hay todavía menos que tachar, pues si bien es verdad que desde la tienda del zapatero pasa la escena a los dos cuartos del Marqués, suponiéndose que el zapatero vivía en los cuartos bajos de este caballero, no se debe reputar por mutación del lugar».


Vemos cómo el Conde de Peñaflorida en una simple zarzuela (tal es el género de El Borracho burlado) está preocupado de no incumplir las tres unidades: para explicar el cambio de lugar que se observa en la obra debe recurrir al subterfugio de que el zapatero vivía en los cuartos bajos de la casa del Marqués, ya que de este modo la unidad de lugar se halla respetada. Tales eran también las soluciones que se daban en muchas obras francesas, creyendo que la perfección consistía en el riguroso cumplimiento de las normas, cayendo muchas veces en una casuística infantil e inútil.

Félix María de Samaniego ve también el ideal del dramaturgo en la sumisión a las reglas:

«Debe el hombre dejarse guiar antes que precipitarse... el principio que se ha querido dar a cada clase de composición dramática está fundado en la continuada y profunda observación de la naturaleza y del verdadero origen de los sentimientos o afectos humanos, considerados con respeto a la situación en que se intenta colocar al hombre; que estas leyes son eternas, universales, propias de todos los tiempos y países, de que ninguno tiene, a lo menos hasta ahora, privilegio de dispensarse; y finalmente, el plan, el interés y la invención de cualquiera de estas composiciones deben sujetarse a los principios invariables ya señalados, quedando sólo al autor la libertad en la distribución de los adornos de cada parte, según las circunstancias particulares del objeto que se propone y del carácter de aquellos a quienes se dirige»280.


Este ideal se nos presenta como excesivamente restringido, ya que el autor, amparado con fuertes diques que le mantienen dentro de una línea formalmente intachable, carece de toda libertad de acción. ¿Puede consistir el valor de una obra en esta formalidad que reduce tanto la inspiración personal? Creemos personalmente que es arrinconar demasiado la parte propia de la creatividad del hombre. Sin embargo, los miembros de la Real Sociedad Vascongada, imbuidos de conceptos neoclásicos, creían al menos que ahí tenían que dirigir sus esfuerzos en un intento de contrabalancear la dispersión que se observaba en el teatro anterior281.

En cuanto a la forma que han de dar a la redacción no se observa una norma bien definida sobre si ha de ser en verso o en prosa, recurriendo a la manera de proceder de los Franceses, cuyas corrientes literarias muestran conocer con acierto los miembros de la Sociedad. Cuando el 9 de febrero de 1765 Juan de la Mata Linares presenta la traducción al castellano de la tragedia francesa Horace, de Corneille, hace referencia a la famosa disputa entre los Antiguos y los Modernos282. En efecto, el autor de la Historia de la Sociedad, comentando esta traducción, nos dice: