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    Obra literaria de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País
     © Luis María Areta Armentia
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- V -

La poesía



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Concepto poético de la Real Sociedad Vascongada

La literatura de la Ilustración se presenta ante todo como una oposición al barroquismo. Con varios de los seguidores de Góngora, el lenguaje poético había degenerado hasta el extremo310. Aquella estética no tenía cabida en la nueva concepción ilustrada. La reacción llegó con la actuación de los poetas de la Academia del Buen Gusto (1749-1751) que sirvieron de puente entre las antiguas formas y la nueva estética, cuyas normas habían sido ya dictadas por Ignacio de Luzán en su Poética.

La poesía como una de las manifestaciones principales de la literatura no puede comprenderse si se la desprende del momento histórico en que se entroncó. Esta poesía es el resultado de factores diversos. Una nueva sensibilidad distinta a la de épocas anteriores reina entre los hombres ilustrados; estos adoptan una nueva postura ante la vida sobre conceptos filosóficos, políticos, sociales desconocidos hasta entonces: sienten la preocupación de reformar los más diversos aspectos de la vida social, donde la razón debe controlar y dirigir todas las manifestaciones. La poesía por sí sola no ofrece ningún atractivo, antes bien origina desconfianza, como nos lo da a entender José Agustín Ibáñez de la Rentería en su fábula Argos (II, 5), en la que el personaje de este nombre, que nunca dormía por tener siempre cincuenta ojos despiertos mientras los demás descansaban, fue por fin embelesado por la música de Apolo: se entregó al sueño y esto le causó su pérdida. El fabulista añade:


«Cuenta con él, que así tan halagüeño
Te regala el oído dulcemente:
Mira que quiere provocarte a sueño,
Y cogerte en los lazos fácilmente
Que dispuso su astucia por tu daño.
¿Y qué será si esfuerzan el engaño
Música y Poesía con su hechizo?
Cuando a el de los cien ojos por su medio
Dormir Apolo hizo,
¿Qué no hará con nosotros? No hay remedio
Sino imitar a Ulises con su gente,
Que tapó sus orejas fuertemente;
Y con esto y atarse, a puras penas
Libertarse logró de las Sirenas»311.



La poesía debe cumplir una función utilitaria como cualquier otro fenómeno literario. Félix María de Samaniego insiste repetidamente sobre esta necesidad. En la fábula El Ciervo en la fuente (I, 13) nos dice:


«Así frecuentemente
El hombre se deslumbra con lo hermoso:
Elige lo aparente,
Abrazando tal vez lo más dañoso;
Pero escarmiente ahora en tal cabeza:
El útil bien es la mejor belleza».



Recoge esta misma idea en El Pastor (IX, 13):


«Porque si causa perjuicio
En lugar de utilidad,
La mayor habilidad
En vez de virtud es vicio».



Por esto el ideal que se propone el poeta es unir la utilidad con el deleite, siguiendo la norma horacina del «utile dulci»: Samaniego, al dedicar el primer libro de sus fábulas a los Caballeros Alumnos del Real Seminario Patriótico de Vergara, les dice:


«Que en estos versos trato
De daros un asunto
Que instruya deleitando».



Ibáñez de la Rentería nos advierte al principio de su libro de Fábulas en verso castellano que su intención ha sido procurar «cumplir en algo el precepto de aprovechar y deleitar del modo que ha podido».

Siguiendo esta orientación dada a la poesía, no se podía aceptar una obra que bajo términos grandilocuentes no tuviese ninguna idea, como nos lo indica Samaniego en el Parto de los montes (II, 15):


«Hay autores que en voces misteriosas,
Estilo fanfarrón y campanudo
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele a menudo
Ser el gran parto de su pensamiento
Después de tanto ruido, sólo viento».



El ideal que se propone el fabulista riojano queda expuesto en la dedicatoria del tercer libro de sus fábulas a Don Tomás de Iriarte:


«¿No he de hacer versos fáciles, amenos
Sin ambicioso ornato?
¿Gastas otro poético aparato?
Si tú sobre el Parnaso te empinases
Y desde allí cantases:
"Risco tramonto de época altanera",
"Góngora que te siga", te dijera;
Pero si vas marchando por el llano
Cantándonos en verso castellano
Cosas claras, sencillas, naturales,
Y todas ellas tales,
Que aun aquel que no entiende poesía
Dice: "Eso yo también me lo diría",
¿Por qué no he de imitarte, y aun acaso
Antes que tú trepar por el Parnaso?
No imploras las sirenas ni las musas,
Ni de númenes usas,
Ni aun siquiera confías en Apolo.
A la naturaleza imploras sólo,
Y ella, sabia, te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco a las deidades,
Y por mejor consejo,
Sea mi sacro numen cierto viejo,
Esopo digo».



La preocupación del poeta ha de consistir en prescindir del ornato de figuras y del lenguaje selecto de la escuela de Góngora: la metáfora, lo imaginativo deben dejar paso a la claridad y a la sencillez, en un deseo de hacerse inteligible al lector. El escrito ha de ser comunicativo, para lo que se eliminará cuanto sea un entorpecimiento para la comprensión. Sobre la hojarasca anterior prevalece la urgencia de ideas claras y nítidas, sin rodeos de adornos in necesarios. La ausencia de los recursos estilísticos empleados hasta entonces ponen a la poesía en un difícil equilibrio entre la lírica y el acercamiento al estilo prosaico312. El poeta sabrá prescindir de la inspiración para ser un simple imitador de la naturaleza, con el sentido amplio de acercamiento a la realidad de las cosas. Ciertamente no se condena la imaginación, pero esta debe someterse a las normas dictadas por la razón.

El poeta ha de alejarse de cualquier exceso. Buscará el buen gusto que ha de consistir en variedad, unidad, claridad, orden y proporción, todo ello con vistas a exponer una verdad. Esto es un ideal puramente clásico. Por ello, los modelos serán aquellos que siguieron ya este camino, como dice el Conde de Peñaflorida en su Discurso preliminar, pronunciado en Vergara el 7 de febrero de 1765:

«La Poesía, aquel lenguaje medido y armónico que inventaron los hombres para elogiar a los Dioses y a los Héroes, se hará conocer poniendo por delante las reglas que dictan los Maestros del Arte y los más bellos modelos de los grandes Poetas de todos los tiempos, con naturalizando a los famosos de los Países extranjeros, y resucitando la memoria de muchos insignes Españoles, que se halla sepultada en el olvido por el mal gusto».



Esta triple orientación expresada por el Director de la Sociedad se dirige en primer lugar a la imitación de los grandes clásicos griegos y latinos: se seguirán fielmente las normas poéticas que ellos nos transmitieron. El Conde de Peñaflorida se refiere posteriormente a los poetas extranjeros, a los que quiere «connaturalizar», i. e. hacer de ellos algo propiamente nuestro de acuerdo con nuestro temperamento. El Conde de Peñaflorida piensa sin duda aquí en nuestro país vecino, Francia, que había conseguido durante el siglo anterior su época de clasicismo y que tanto influjo ejercía en la época. No puede olvidar el Conde de Peñaflorida nuestra tradición literaria, y se esfuerza por dar auge a nuestros poetas del Quinientos que dormían en el olvido313.

Los miembros de la Sociedad se unen así al movimiento reformador de la poesía barroca degenerada, fruto de aquellos Españoles que propugnaban una nueva orientación poética que Forner expresó así:


«Si a entender no te das, poeta oculto,
Di, ¿para quién escribes? Si a Adivinos,
Den a tu lobreguez ellos indulto.
Metáforas hinchadas, insolentes
Traslaciones, equívocos, agravios
De las leyes más simples y prudentes,
Conceptos que conservan los resabios
De la árabe dialéctica, que aplican
Al de Estagira los flamantes sabios,
Y cuantos extravíos perjudican
Al docto poetar, en sus entrañas
Las obras de aquel tiempo multiplican»314.






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El género fabulístico en la Real Sociedad Vascongada

El género poético que se desarrolló con mayor empuje en la Real Sociedad Vascongada fue sin lugar a duda la fábula. Esta ofrece, en efecto, la oportunidad de agradar al lector mediante relatos de hechos en los que actúan personas y animales en situaciones muy diversas al mismo tiempo que el poeta extrae de allí una aplicación moral a la vida diaria de cada hombre: reúne las características de sencillez racional exigidas por la educación ilustrada. El gran fabulista francés La Fontaine expresó ya esta doble vertiente de las fábulas:

«Je ne doute point, Monseigneur, que vous ne regardiez favorablement des inventions si utiles et tout ensemble si agréables: car que peut-on souhaiter davantage que ces deux points? Ce sont eux qui ont introduit les Sciences parmi les hommes. Esope a trouvé un art singulier de les joindre l'un avec l'autre. La lecture de son ouvrage répand insensiblement dans une âme les semences de la vertu, et lui apprend à se connaître sans qu'elle s' aperçoive de cette étude et tandis qu'elle croit faire autre chose»315.


Félix María de Samaniego compuso sus Fábulas en verso castellano con vistas a la formación de los jóvenes nobles que se educaban en el Real Seminario Patriótico de Vergara, dependiente de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País. No nos detendremos en el estudio de esta producción por haber sido ampliamente analizada por don Emilio Palacios Fernández en su muy documentada tesis doctoral Vida y obra de Samaniego.

José Agustín Ibáñez de la Rentería es otro fabulista vasco y miembro activo de la Real Sociedad Vascongada que, alentado por el propio Samaniego, quiso seguir el mismo género literario, aunque él mantiene que su intención primera fue tan sólo su instrucción y pasatiempo particular, y afirma que la publicación de sus fábulas se debe a los consejos de sus amigos.

Ibáñez de Rentería dirige sus fábulas al público en general, tanto a los niños como a los adultos. Teme no haber conseguido la debida sencillez y claridad para hacerse entender de los primeros, mientras los otros tal vez puedan reprocharle falta de exactitud y poca elevación de estilo. Al menos se consideraría satisfecho si el público sacase algún fruto de su labor.

Esta producción pasa casi desapercibida en los diversos estudios o colecciones de obras de esta época literaria316. Sería nuestro deseo analizarla de modo que se pudiera enjuiciar con la mayor objetividad posible. Nos proponemos en un principio estudiar la forma externa de las fábulas: versificación, estilo, etc... antes de fijarnos en el mensaje que el autor intenta transmitirnos.

Ibáñez de la Rentería varía a menudo los metros de las fábulas, con el fin de evitar la monotonía. Podemos dividir los metros en formas consonantadas y asonantadas.

La forma utilizada con mayor frecuencia es la silva, mezcla de endecasílabos y heptasílabos. La reina puede ir toda ella en pareados como en La Vieja y el Espejo (I, 3), aunque frecuentemente alternan con cuartetos, como en la Zorra en el granero (I, 15) o en la Mosca y los Caballos (I, 27), o con serventesios como en el Hombre y los dos Perros (II, 35). Otras veces podemos hallar unidos pareados, cuartetos y serventesios, aunque con un predominio de los primeros, como ocurre en los Lobos y las Ovejas (I, 23).

Los endecasílabos siguen generalmente las normas poéticas de acentuación, recayendo el acento sobre las sílabas 6.ª y 10.ª, como en estos versos tomados al azar en el León con su ejército (I, 28):

El león poderóso cierto día De su soberbia trópa alarde hacía Ocupaban los pstos principáles

realizando en ocasiones la acentuación sobre las sílabas 4.ª, 8.ª y 10.ª, según el endecasílabo sáfico

Cuando al Juménto capitán le vras... Es del que mánda el principál ofício

Ibáñez de la Rentería utiliza también con cierta abundancia la décima, formada por diez versos octosílabos que riman en la forma ABBAACCDDC, como en el Perro y el Gato (II, 3) o en el Marinero (II, 25). Pero la décima no suele ir sola, sino precedida de una redondilla, tal es el caso de el Calvo (I, 41) o bien la redondilla se pospone a la décima, como en el Pastor y su amo (II, 4), el Mono (II, 46), pudiendo darse el caso de tener una quintilla al final de la décima, como en la Serpiente (I, 59). Generalmente la décima contiene la parte central de la acción de la fábula, mientras las redondillas o quintillas quedan reservadas para el mensaje moral. Pero en la Cocinera y el Tizón (II, 21) los cuatro versos iniciales representan la acción, mientras los seis restantes forman el apólogo, el cual resulta de mayor extensión que el propio cuerpo de la fábula.

La fábula puede estar compuesta igualmente por tres redondillas (ABBA), como en el Toro y el Macho de Cabrío (I, 35) o por dos redondillas más una cuarteta (ABAB), como en el Carbonero y la Lavandera (I, 21).

Ibáñez de la Rentería gusta también de las formas asonantadas, siendo el romance propiamente dicho, con octosílabos, uno de los más empleados: el Milano enfermo (I, 5) o el Cazador (II, 12). La disposición del romance puede establecerse en estrofas de cuatro versos, aunque la misma asonancia se repita a lo largo de la composición: los Instrumentos de Música (II, 26). Abundan también los romances de versos heptasílabos o endechas: la Mujer y la Gallina (I, 18), los Animales de máscara (II, 16), al igual que los romancillos a base de hexasílabos: el Perro y el Gallo (I, 24), las Aves eligiendo Rey (II, 43) y muchas otras fábulas.

En Júpiter (I, 10) o en el Buey y el Becerro (I, 32), la fábula está compuesta de estrofas cuaternarias asonantadas, donde los tres primeros versos son heptasílabos y el cuarto endecasílabo: la asonancia se repite a lo largo de la composición en los versos pares.

De acuerdo con las normas generales sobre la fábula, esta suele finalizar con un epílogo donde se recoge el contenido moralizador de la historia en dos o tres versos. La moraleja puede hallarse a veces al principio de la composición, donde se nos da una visión anticipada de lo que se va a relatar: esto ocurre en la Zorra en el granero (I, 15), o en el Calvo (I, 41). La idea es tan clara a veces que el lector extrae directamente el mensaje, como en el Sabio y el Rico (I, 49).

Si consideramos la producción fabulística de Ibáñez de la Rentería en su conjunto, observamos en un principio la ausencia casi total de recursos poéticos. Su preocupación parece ser el describir con la mayor objetividad posible un acontecimiento ideado. Tomemos de ejemplo la Vieja y el Espejo (I, 3):


«...Un día se miraba en un espejo:
Y viendo en él su mísera figura,
Vota, maldice, jura,
se araña la cara sin consuelo:
Echa el espejo al suelo;
Y desde lejos dice balbuciente:
Lindos espejos se hacen al presente».


El fabulista nos hace asistir a la reacción de la señora mayor cuando se ve desfigurada en el espejo: la abundancia de verbos, miraba, viendo, vota, maldice, jura, se araña, echa, dice, representa la acción con mayor dinamismo y objetividad. Este deseo de ser objetivo empuja a menudo al fabulista hacia una prosa versificada, como en los versos siguientes:


«Porque yo ando lo mismo que usted anda».

(I, 9)                



«Pues me meto a un oficio que no entiendo».

(I, 25)                



«No lo harías, te aseguro,
A no ser en este caso».

(I, 35)                



«Ese color tan verde
Es la señal de un cuerpo nada sano».

(I, 31)                



Por querer hacer poesía, el fabulista se ve inducido en ocasiones a inversiones que no siempre son logradas, antes bien pecan de oscurantismo:


«Que dijo bien contemplo».

(I, 9)                



«Las Ovejas y Perros hecha liga,
Con los Lobos tenían cruda guerra».

(I, 23)                



«Un manojo de varas
Le trajesen previno».

(I, 37)                



o de falta de armonía:


«Hacerle ver sabré».


(I, 8)                


El fabulista utiliza encabalgamientos sin ningún valor especial, debido tan sólo a la dificultad de versificación, como en:


«Le dijo al instante
El Sátiro...».

(I, 46)                



«No me corro ni envidio, la responde
La Mosca...».

(I, 50)                



Suele darse el caso de cacofonía:


«...haga cuenta
que cuanta autoridad quita al de casa».


(I, 44)                


La terminología empleada no tiene ninguna mira poética. Siguiendo la tendencia poética de la época317, no duda en llamar las cosas por su nombre por ordinarias que sean. En el Pavo y la Cotorra (II, 22) aparecen los términos de «berza», «salvado», «panza», «buche». En el Mulo linajudo (I, 22) para significar el cambio de la suerte dice «se trueca la bola» y para dar a entender que algunos se hacen ideas erróneas se expresa «que a algunos mentecatos / les compone la cholla».

Pese a estos defectos, hallamos ciertas formas poéticas, como la comparación que hace en el Lobo y la Vieja (I, 64):


«Saliendo una mañana cierto Lobo
Con mejores aceros para un robo
Que el mejor Catedrático Gitano...».


donde vemos al lobo comparado ventajosamente al «mejor Catedrático Gitano», término todo este muy descriptivo que nos presenta al gitano más habituado a robos y fechorías.

Ibáñez de la Rentería utiliza también la antítesis, como ocurre en las frases siguientes:


«La Venganza resiste
Porque Amor la hace guerra».

(I, 26)                



«Si paz tenían hoy, guerra mañana».

(II, 6)                



La oposición de adjetivos sirve, en ocasiones, para darnos una visión general de la especie:


«...todos los animales
Grandes, pequeños, mansos y furiosos».


(II, 8)                


Cuando el fabulista quiere insistir sobre una idea recurre a la repetición:


«Adiós, raza perversa,
Adiós, hombres malzados...
No he de aguantar desprecios,
No he de sufrir escarnios...
o he de rendir obsequios...».


(II, 29)                


Por paradójico que esto pudiera parecer, Ibáñez de la Rentería se nos presenta con mayor afanes poéticos precisamente en una fábula que pretende destruir toda efusión poética. En los dos Poetas y el Sátiro (II, 34) intervienen dos poetas, el uno alabando efusivamente a su amada, mientras el otro se queja del desprecio de que es objeto: ambos relacionan la naturaleza con los sentimientos personales hasta que el Sátiro les dice que no tienen nada que ver las impresiones de cada uno con la naturaleza que nos rodea y les ordena que se alejen de sus dominios: es la ilustración del dominio de la razón sobre las expansiones líricas. Aquí vemos las únicas metáforas que nos recuerdan la poesía española anterior; para decir que la luna detiene su curso para mirar a la mujer amada el fabulista dice:


«Lucina por mirarla
Detener suele el carro».


La naturaleza se anima:


«Porque si el Sol alumbra,
Si el día sale claro,
Sólo es por Cloris bella
Todo este agasajo.
Cuando ella se presenta,
Reverdecen los campos,
Y los pájaros todos
La obsequian con su canto.
Los brutos más feroces,
En su presencia mansos,
Se llegan presurosos
A lamerla su mano.
Los árboles el fruto
Dan para su regalo,
Y para Cloris nacen
Las flores en el prado.
Cuando Cloris se acuesta
Pone la noche el manto
Y los pájaros callan
Porque está sosegando».


Cuando nos presenta al poeta triste, nos lo hace mediante una anáfora:


«Por tí el Cielo se mira,
Hace tiempo nublado,
Y por tí menudean
Relámpagos y rayos:
Por tí diversas plagas
Vinieron sobre el campo,
Y por tí la cosecha
Se ha perdido este año...».


La repetición de «Por tí» seguido de «Y por tí» es una forma que nos recuerda a Garcilaso de la Vega cuando decía en la primera égloga, versos 99-104:


«Por tí el silencio de la selva umbrosa
Por tí la esquividad y apartamiento
Del solitario monte me agradaba:
Por tí la verde yerba, el fresco viento,
El blanco lirio y colorada rosa
Y dulce primavera deseaba».


La adjetivación de Ibáñez de la Rentería tiende generalmente a una caracterización de los personajes o animales que vemos actuar en las distintas fábulas. Una vieja queda representada «arrugada, regañona» (I, 3), mientras un «hombrecillo flaco» pretendía ser más corpulento de lo que era en realidad (II, 10). Los animales llevan una indicación sobre el rasgo principal de su temperamento: «el soberbio león» (I, 23), «el león poderoso» (I, 28), «la tímida liebre» (I, 28), «el caballo brioso» (I, 30), «el feroz tigre» (I, 36), «un pícaro raposo» (II, 33), «cordero inocente» (II, 44), «un manso perro» (II, 50), «la bachillera urraca» (II, 27).

La posición de los adjetivos con relación al sustantivo varía frecuentemente, en vistas a producir cierta sonoridad, pues tendremos así: «el feroz tigre» (I, 36) y en otro lugar «cierto tigre feroz encarcelado» (II, 50). Al anteponer el adjetivo, Ibáñez de la Rentería consigue darnos una mayor valoración de la calidad como en «la rápida corriente de una ría» (I, 17) o «el asnal silogismo» (I, 25), etc. colorista. Ibáñez de la Rentería se resiste ante la descripción de la naturaleza. Se contenta con el empleo de adjetivos muy generales, como el de «hermoso» que aplica a diferentes elementos. Tendremos así: «Filis hermosa» (II, 41), «pavón hermoso» (II, 43), «papagayo hermoso» (II, 48), «hermoso prado» (II, 44) y «jardín hermoso» (II, 19). Apenas encontramos adjetivos que testimonien afectividad y los pocos que hay indican una idea muy indeterminada: «lindo pajarillo» (II, 41), «en amoroso idioma» (II, 41), «la libertad amable» (II, 41).

La naturaleza queda así en una descripción muy imprecisa, siendo utilizada solamente como decoración imprescindible para desarrollar la acción, nunca por sí misma. Una tormenta queda resumida a:


«Combatidos de los vientos
En una recia tormenta,
Hacían mucho sonido
Los árboles de una selva».


(I, 39)                


La visión de un jardín se reduce a:


«Entró cierta cigüeña
En un jardín hermoso,
Que de flores y frutas
Estaba lleno todo».


(II,19)                


El prado donde pace el cordero nos deja la misma idea de imprecisión:


«En un hermoso prado
Un Cordero inocente
Pace la hierba al lado
Del Lobo, su enemigo, alegremente».


(II, 44)                


El único rasgo colorista en toda la producción de Ibáñez de la Rentería está en «reverdecer los campos» (II, 34). Ciertamente el fabulista no se interesa para nada en la naturaleza: más importancia tiene para él las ideas que quiere transmitir.

Podemos dividir la producción fabulística de Ibáñez de la Rentería en dos grandes apartados: fábulas tomadas de Esopo y La Fontaine, y fábulas originales. Las primeras forman mayormente el libro primero, mientras las otras componen el libro segundo.

De Esopo toma doce fábulas, que tienen por título:

N.º Título
13 El Médico y el Enfermo.
18 La Mujer y la Gallina.
21 El Carbonero y la Lavandera.
29 El Asno y las Ranas.
30 El Jabalí y el Caballo.
32 El Buey y el Becerro.
33 Júpiter y el Camello.
44 El Pavón y la Urraca.
48 Los Ladrones y el Gallo.
52 El Pastor y los Aldeanos.
59 La Serpiente.
62 El Perro convidado.

De La Fontaine ha tomado las veintinueve fábulas siguientes:

N.º Título en español Título en francés
1 El poder de las fábulas. Le pouvoir des fables.
6 La Zorra sin cola. Le Renard ayant la queue coupée.
7 El Burro cargado de Reliquias. L'Ane portant des reliques.
9 El Cangrejo y su Madre L'Ecrevisse et sa Fille.
11 El Ratón retirado. Le Rat qui s'est retiré du monde.
12 El Sol y las Ranas. Le Soleil et les Grenouilles.
14 El Hombre y las dos Viudas. L'Homme entre deux âges et ses deux maîtresses.
15 La Zorra en el granero. La Belette entrée dans un grenier.
16 El Concejo de los Ratones. Conseil tenu par les rats.
17 Las dos Ollas. Le Pot de terre et le Pot de fer.
20 El Monte de parto. La Montagne qui accouche.
22 El Mulo linajudo. Le Mulet se vantant de sa généalogie.
23 Los Lobos y las Ovejas. Les Loups et les Brebis.
24 El Perro y el Gallo. Le Coq et le Renard.
25 El Asno y el Perro de faldas. L'Ane et le petit Chien.
27 La Mosca y los Caballos. Le Coche et la Mouche.
28 El León con su ejército. Le Lion s'en allant en guerre.
34 El Labrador y la Fortuna. Le Laboureur et ses Enfants.
36 El León envejecido. Le Lion devenu vieux.
37 El Labrador y sus Hijos. Le Vieillard et ses Enfants.
39 Las Liebres y las Ranas. Le Lièvre et les Grenouilles.
40 El Lobo y el Cabrito. Le Loup, la Chèvre et le Chevreau.
46 El Sátiro y el caminante. Le Satyre et les passants.
47 El Camello. Le Chameau et les Bâtons flottants.
54 Júpiter y sus Rayos. Jupiter et ses tonnerres.
57 El Perro nadando. Le Chien qui lâche sa proie pour l'ombre.
60 El Elefante y el Águila de Júpiter. L'éléphant et le singe de Jupiter.
61 Simónides preservado por los dioses. Simonide préservé par les dieux.
64 El Lobo y la Vieja. Le Loup, la mère et l'enfant.

La primera impresión que nos produce la lectura de estas fábulas es la de que Ibáñez de la Rentería no dominaba el tema. Se esfuerza por versificar, pero sin acierto.

Para observarlo mejor, podemos hacer una comparación del original francés con la copia de nuestro fabulista, tomando cualquier fábula, por ejemplo, el Asno y el Perro de faldas. La Fontaine había relatado así esta fábula:


«C'est un point qu'il leur faut laisser
Et ne pas ressembler à l'Ane de la Fable,
Qui pour se rendre plus aimable
Et plus cher à son Maître, alla le caresser.
Comment! disait-il en son âme,
Ce Chien, parce qu'il est mignon,
Vivra de pair à compagnon
Avec Monsieur, avec Madame,
Et j'aurai des coups de bâtons?
Que fait-il? Il donne la patte;
Puis aussitôt il est baisé:
S'il en faut faire autant afin que l'on me flatte,
Cela n'est pas bien malaisé.
Dans cette admirable pensée,
Voyant son Maître en joie, il s'en vient lourdement,
Lève une corne tout usée,
La lui porte au menton fort amoureusement,
Non sans accompagner pour plus grand ornement
De son chant gracieux cette action hardie.
Oh! Oh! quelle caresse et quelle mélodie!
Dit le Maître aussitôt. Holà, Martin bâton!
Martin bâton accourt; l'Ane change de ton.
Ainsi finit la Comédie».


(IV, 5)                


Ibáñez de la Rentería la transformó así:


«Reparaba un Jumento,
Preciado de tal qual entendimiento,
Que a un Perrillo de faldas
En casa se trataba con regalo,
Mientras a él molían las espaldas
Con muy pesada carga y mucho palo.
No sé cómo es, decía, pierdo el seso:
Que siendo ambos a dos de carne y hueso,
A él le festejan, no le dan trabajo,
A mí me dan porrazos a destajo,
Aunque sirvo tan bien: la cuenta sale
Que lo que yo ejecuto nada vale:
Sí lo de aquél; pues haga yo lo mismo,
Y con eso seré mejor tratado.
El Asnal silogismo
Le pareció muy bien, y de contado
Luego que al Amo a divisar alcanza,
Hacia él al instante se avalanza:
Por su cara el hocico le pasea,
Y muy a su sabor le manotea,
Dando clara señal de su alegría
Del rebuzno la dulce melodía.
El Amo grita, los Criados llegan,
Al Burro me le pegan
Una fuerte paliza,
Y a la caballeriza
Lo conducen molido y cabizbajo,