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    Obra literaria de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País
     © Luis María Areta Armentia
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- IX -

Relaciones de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País con el mundo literario español



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Contactos personales

La Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País no fue una institución replegada sobre sí que hubiese vivido totalmente aislada de los problemas que se presentaban al resto de la Nación. Ciertamente su preocupación iba dirigida principalmente a fomentar el desarrollo del país vascongado donde tenía su sede, con la seguridad de que en el resto de España otras Sociedades Económicas sentirían la misma inquietud de mejorar la suerte a su alrededor: todos contribuirían de este modo a la regeneración de España, trabajando cada cual en la parcela donde la Naturaleza les había situado.

La Real Sociedad Vascongada aceptaba de buen grado a todos aquellos que en cualquier lugar de España o de las Américas manifestaban su intención de contribuir en su calidad de Socios a la tarea renovadora emprendida por la Sociedad, mediante unas aportaciones meramente económicas o también intelectuales.

Aquellos que se daban a conocer dentro del mundo literario podían optar mediante la presentación de una obra suya al nombramiento de Socios Literatos407. Varios son los nombres que aparecen con este título. En 1785 constan 29 Socios Literatos, mientras en 1791 el número ha ascendido hasta 36. Muchos de ellos han desaparecido prácticamente del mundo literario, como Francisco Javier de Arrese, Juan Lorenzo de Benitua Iriarte o Juan Agustín Morfi. Otros conservan un lugar secundario en el mundo cultural de la época, como María Isidra Guzmán y Larache, doctora en Filosofía por la Universidad de Alcalá y que fue una de la catorce damas admitidas el 27 de agosto de 1787 en la Sociedad madrileña, Vicente María Santibáñez o Carlos Pignatelli, por ejemplo. Pero hay otros que ocupan un puesto de primer orden dentro de la historia literaria de este siglo:

Fecha de ingreso Nombre y apellidos
1770 Antonio Ponz
1776 Casimiro Gómez de Ortega
1777 José de Cadalso
1781 Vicente García de la Huerta
1782 Juan Bautista Muñoz
1783 Juan Meléndez Valdés
1783 José de Vargas Ponce
1785 Bernardo María de la Calzada
1788 Juan Antonio Llorente

Sería disparatado pretender afirmar que la afiliación de estos hombres a la Real Sociedad Vascongada haya influido grandemente en su producción literaria. Al menos demuestra el interés que despertaba la Sociedad en el mundo literario español. Prueba de ello es el alarde que hacen de su pertenencia a este Cuerpo, como Bernardo María de la Calzada que hace figurar en el encabezamiento de Fábulas morales escogidas de Juan de la Fontaine (1787), La Religión (1787) y Adela y Teodoro (1792) su condición de «Socio de Mérito de las Reales Sociedades Bascongadas (sic) y Aragonesa»: podían en efecto pertenecer a varias Sociedades, como fue el caso de Meléndez Valdés que ingresó en la de Zaragoza en 1789, es decir seis años después que en la Vascongada.

El contacto con estos literatos no se reducía a un simple formulismo, sino que existía cierta colaboración con ellos. Así cuando en 1776 la Real Sociedad Vascongada fue denunciada a la Inquisición por haber publicado en sus Extractos un resumen del discurso sobre el lujo, pronunciado por Manuel de Aguirre en las Juntas generales, el Director recurrió a Meléndez Valdés para que este preparase una disertación en defensa del lujo408.

La Sociedad extendía sus relaciones también con otros literatos importantes que, sin embargo, no figuran dentro de las listas de Socios. Félix María de Samaniego fue alentado al principio de su carrera literaria por Tomás de Iriarte hasta el punto de que Samaniego le remitió las primeras fábulas antes de publicarlas, y la amistad entre ambos le animó al fabulista alavés a dedicar al Canario el tercer libro de sus Fábulas en castellano en unos términos muy elogiosos. Sin embargo este trato se vio profundamente perturbado por el orgullo de Iriarte, que quiso defender el haber sido el primer Español en componer fábulas originales, estableciéndose una larga enemistad entre ambos fabulistas409.

El Director de la Real Sociedad Vascongada parece también haber mantenido contactos cordiales con Tomás de Iriarte. El Fondo Urquijo conserva así una carta fecha da el 12 de enero de 1781 que da prueba del buen trato que debía existir por aquella fecha410.

Jovellanos tuvo igualmente unas relaciones cordiales con la Sociedad, a quien admiraba como madre de las Sociedades Económicas del resto de España: bajo su impulso, el Instituto asturiano enviaba dos alumnos a estudiar en el Real Seminario Patriótico de Vergara. El relato de los viajes que hizo Jovellanos por el país vascongado en 1791 y 1797 dan fe de la excelente acogida que se le dispensó por parte de los miembros más influyentes en la Real Sociedad Vascongada. En San Sebastián visita en varias ocasiones al Marqués de Montehermoso411. A su paso por Tolosa ve a Samaniego, con quien pasa una agradable velada412. En Vergara visita el Seminario, asiste al concierto que se da los domingos por la tarde y recibe las atenciones de Vicente Lili, Juan Bautista Berroeta y la comunidad que formaba el Seminario. En Vitoria visita el palacio del Marqués de Montehermoso y sus valiosas colecciones, se desplaza a casa de los Urbinas para saludar a Lorenzo Prestamero y las palabras que tiene hacia el Conde de Peñaflorida y el Marqués de Narros son elogiosas cuando dice al hablar de Azcoitia:

«Pero bastan a ennoblecer esta Villa las casas de Narros (Eguía) y Peñaflorida, dos bienhechores de su patria y originarios de aquí»413.



El trato amistoso da lugar a una entrega al escritor asturiano de obras literarias compuestas por los miembros de la Sociedad. En Vergara le ofrecen una copia de la comedia «Los derechos de un padre», escrita por Ignacio Luis de Aguirre414. Durante su segundo viaje, en Bilbao, José Agustín Ibáñez de la Rentería le regala un ejemplar de sus Fábulas en verso castellano, así como el tomo de los Discursos presentados a la Sociedad, que Jovellanos acepta para el Instituto asturiano415. El intercambio debió de existir también en otros momentos: en el diario de Jovellanos consta que el miércoles 11 de junio de 1794 llegó a su poder desde Bilbao el ejemplar de las Actas de la Sociedad Vascongada de 1793416. En el Fondo Prestamero hallamos también una copia manuscrita de El Delincuente honrado, siendo la única obra de teatro allí conservada. ¿Es fruto de la casualidad o más bien fruto de la compenetración que sentían mutuamente la Sociedad y Jovellanos?

Así como la Real Sociedad Vascongada abría sus brazos a cuantos solicitaban su ingreso en ella, los Socios sentían una necesidad de mezclarse en otras Sociedades. De este modo Manuel de Aguirre ingresa como miembro de la Sociedad Aragonesa en 1784 en la que pronuncia el discurso intitulado Sistema de hacer más ventajosas las Sociedades Patrióticas. El Conde de Peñaflorida, el Marqués de Narros y Valentín de Foronda fueron miembros de la Real Sociedad de Ciencias, Bellas Letras y Artes de Burdeos. El esfuerzo que hacen por mejorar sus conocimientos y el extenderlos a su alrededor hace que algunos Socios son acogidos en el seno de las entidades culturales del país de mayor relieve. La Real Academia de la Historia acepta el 24 de abril de 1772 a Manuel Ignacio de Aguirre como Académico honorario, el 24 de enero de 1783 nombra Académico correspondiente a Manuel de Aguirre y posteriormente, en 1802, hace lo mismo con Lorenzo Prestamero.




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Participación en las polémicas literarias del siglo

Este contacto continuado con diferentes personas hace que los miembros de la Real Sociedad Vascongada vayan tomando parte activa en las diferentes polémicas que se plantean en el mundo literario del momento.

En una época en que las ciencias conservan aún una íntima correlación con la literatura417, los futuros fomentadores de la Real Sociedad Vascongada (el Conde de Peñaflorida, Joaquín de Eguía, futuro Marqués de Narros, y Altura, que no llegó a conocer la Sociedad por su fallecimiento) se dan a conocer en el mundo de las Letras por una polémica a propósito del nuevo espíritu que debe reinar en las Ciencias418.

La filosofía aristotélica conservaba todavía en España un dominio total sobre las Ciencias: pretendía explicarlo todo a partir de unos principios establecidos a priori. El benedictino Fray Benito Jerónimo Feijoo se había levantado ya contra este espíritu, propugnando el sistema de la experiencia y de la observación, conforme se venía haciendo ya en otros países europeos; y decía:

«Es imponderable el daño que padeció la filosofía, por estar tantos siglos oprimida debajo del yugo de la autoridad. Era ésta, en el modo que se usaba de ella, una tirana cruel que a la razón humana tenía vendados los ojos y atadas las manos, porque le prohibía el uso del discurso y de la experiencia. Cerca de dos mil años estuvieron los que se llamaban filósofos estrujándose los sesos, no sobre el examen de la naturaleza, sino sobre la averiguación de Aristóteles»419.



Unos pocos Españoles, entre los que cabe mencionar a Martín Martínez, Andrés Piquer, Diego Mateo Zapata y algunos más, siguieron esta nueva orientación. Sin embargo, se seguía considerando a Aristóteles el fundamento inquebrantable de la filosofía. El Padre Isla, tan reformador en otros aspectos, originó una polémica literario-científica. En efecto, en 1758 acababa de aparecer con gran éxito la Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes. En los capítulos V y VI del libro segundo lanzaba un fuerte ataque contra los nuevos filósofos, entendiendo bajo este término a los sabios que observaban la naturaleza con nueva óptica. El beneficiado que sirve al Padre Isla para lanzar la acusación actuaba como sigue:

«Se reía mucho de la grande presunción de la crítica en punto de física natural y de aquella intolerable satisfacción con que se jactaba de haber arrollado la de Aristóteles, abriendo los ojos al mundo para que conociese los grandes excesos que la hacía cualquiera de las físicas modernas. Aquí se descalzaba de risa el bueno de beneficiado, porque decía que, a excepción de tal cual fruslería de poca consideración, tan en ayunas se estaba el mundo de las verdaderas causas de casi todos los efectos de la naturaleza con la física de Descartes, de Newton y de Gasendo, como con la de Aristóteles»420.



El Padre Isla no ve en efecto diferencia en la explicación de los fenómenos naturales: si los filósofos neotéricos dicen que «el fuego quema porque es una sustancia compuesta de unas partículas piramidales o puntiagudas, sutilísimas, agilísimas, que, agitadas continuamente con suma rapidez en movimiento vertical, se penetran por los poros de los cuerpos más consistentes, los taladran, los desunen, los deshacen», no hacen, para el Padre Isla, sino repetir en una forma distinta lo que ya dijo Aristóteles de que el fuego quema «porque tiene virtud ustiva y quemativa»421. De ahí que los filósofos modernos no hacen sino repetir lo que dijeron ya los antiguos:

«Bien pudiera no disimular el padre Fray Barbadiño que aun en las físicas más rancias de España se hace larga y muy comprensiva mención de las antiguas y consiguientemente también de las modernas; porque éstas, según dije poco ha, a la reserva de tal cual bachillería, experimentillo o cosa tal, apenas son más que una pomposa o galana refundición de aquéllas»422.



El Padre Isla no acababa de comprender la aplicación que se hacía de las Matemáticas y de la Geometría a la Física:

«En orden a la física matemática, que es hoy la física de gran moda, adoptada por casi todas las academias de Europa y es aquella que pretende deducir todas sus conclusiones de principios matemáticos y geométricos, se reservaba el derecho de juzgar hasta que estuviese mejor instruido de ella...

Por lo demás no concebía de qué utilidad podían ser los principios de la matemática y de la geometría, para explicar las verdaderas causas y constitutivos de todo cuerpo sensible y natural, que es el objeto de la física; pero al fin suspendía su juicio hasta que, mejor instruido en autos, se hallase en estado de pronunciar con conocimiento de causa»423.



El Conde de Peñaflorida y sus amigos Altuna y Eguía, acostumbrados ya a la nueva ciencia desde la época de sus estudios en Toulouse y posteriormente en las sesiones de trabajo que llevaban a cabo en Azcoitia, responden a este ataque con su obra Los Aldeanos críticos, o cartas críticas sobre lo que se verá, dadas a luz por Don Roque Antonio de Cogollar, quien las dedica al príncipe de los peripatéticos Don Aristóteles de Estagira. Impreso en Evora, año de 1758424.

El desprecio hacia Aristóteles aparece desde la dedicatoria, aplicándole con tono burlesco los títulos siguientes:

«Al vetustísimo, calvísimo, arrugadísimo, tremulísimo, carcuesísimo, carriquísimo, gangosísimo y evaporadísimo señor, el señor Don Aristóteles de Estagira, príncipe de los Peripatos, margrave de Antiperistasis, duque de las Formas sustanciales, conde de Antiparatías, marqués de Accidentes, barón de las Algarabias, vizconde de los Plenistas, señor de los lugares de Tembleque, Potrilea y Villavieja, capitán general de los flatulentos ejércitos de las cualidades ocultas, y alcalde mayor perpetuo de su praeadamítico mundo»425.



El estilo burlesco toma las expresiones de los aristotélicos para desprestigiarlas:

«Inicuadamente propenso por una simpática cualidad que me predetermina in actu secundo a recurrir bajo la sustancialísima forma cadavérica concomitada de una insustancialísima caterva de accidentes universales a parte rei por ser aptos esse in maltis univoce et divissim, que se distingue del universal lógico, el cual de pluribus aptum natum est praedicari (hablo de la eternidad, ubiquidad y de todas las demás propiedades de los universales), con los cuales (vuelvo a decir) solicito su pavorosa influencia, para lograr una conglomerada beatitud en los undosos y encrespados antros de vuestros pirofilacios, donde los tendré por tan seguros como si me los viera en los cacuminosos coluros del Pindo»426.



La obra tiene forma epistolar: a largo de cinco cartas, el Conde de Peñaflorida va exponiendo su pensamiento ilustrado sobre la nueva ciencia. No vamos a estudiar los argumentos científicos aportados, ya que sale del campo de nuestro trabajo. Nos fijaremos solamente en los valores literarios, como la descripción de los filósofos antiguos que nos hace recordar el grotesco quevedesco:

«Trasládese vuestra merced a los tiempos traseros, y verá unos filosofazos con sus barbazas que les sirven de escobas; unos ojos que van de camino para el cogote; unas frentes arrugadas, que se extienden hasta media cabeza; unas narizotas tan horrendas que nadie las mira de cara por no tropezar con ellas; unas mejillas hundidas, unos carrillos chupados, unas caras pálidas y macilentas, unos trajes modestos y graves, unos hombrones, en fin, tan respetables que si miran aterran y si hablan echan unos sentenciones que abruman»427.



La descripción de los filósofos modernos presenta al contrario una mayor soltura y alegría:

«Pues ahora eche vuestra merced una ojeadita por los modernísimos señores. Verá vuestra merced unos hombrecillos como de la mano al codo, sin pelo de barba, con unas caritas de diciocheno y unos ojitos que andan bailando contradanzas, vestidos a lo parisién, peinados a lo rinocerón o en ailes de pigeon y empolvados como unos ratoncillos de molino; en fin, unos hombrecillos tan alegres y tan atiteretados que no más que vuestra merced los mire, al pasar le embocan una cortesía tan profunda que no parece sino que han jurado y van a besar la tierra»428.



Los Aldeanos críticos rebosan de ironía chispeante cuando se ríen de cuantos se aferraban en seguir la autoridad de Aristóteles con una especie de veneración:

«Los antiguos son otra cosa, y yo conocí a un estudiante que tenía tanta devoción al gran Aristóteles que le rezaba todas las noches indefectiblemente un Padre nuestro y Ave María, y no dejaba de dar sus razones a su modo. Me acuerdo haberle oído, hablando de filósofos modernos: allá se compongan con sus patrañas y embelecos; más nos vale jugar a lo seguro y andar piano piano, a la pata la llana, siguiendo las pisadas de nuestro cristiano viejo Aristóteles»429.



El tono se hace claramente despectivo hacia los peripatéticos en ciertas ocasiones: tratando de la diferente manera de explicar la gravedad, los Aldeanos críticos preguntan si los cuerpos de mayor volumen caen más aprisa:

«Aquí entra el diablo de la discordia. Respondeo afirmative (dirán los señores peripatéticos con la satisfacción que acostumbran), que es como si dijeran: Respondeo tontative, majaderative, etc...»430.



Prosiguiendo un fingido debate con un peripatético, van demostrando los Aldeanos críticos que los antiguos no aportan sobre la gravedad sino lo que dijo ya Aristóteles, mientras ellos se atienen a los descubrimientos más modernos sobre la aceleración de los cuerpos, la variación de la gravedad según el emplazamiento en el planeta, etc... y terminan diciendo:

«Dejemos a un lado a los pobres peripatéticos: dejémosles indagar si la sustancia y accidentes son términos sinónimos o equívocos respecto del ente; si la lógica es ciencia o arte y si tiene por objeto las tres operaciones del entendimiento o la tercera sólo; si se ha de decir "forma" de sombrero o "figura" de sombrero, y qué diferencia hay entre "forma" y "figura"; que son cuestiones utilísimas a todas luces; y escuchemos a Newton, ingenio de primer orden que puso en prensa a la naturaleza para que le descubriese sus secretos»431.



Tras repetir la demostración que hizo Newton de la atracción de la Luna hacia la Tierra con los términos divulgadores que emplea el Abate Nollet, los Aldeanos críticos creen poder afirmar:

«Basta lo dicho para que vean el Señor beneficiado y sus secuaces cuánto más han adelantado los modernos con sus polvos finos que él y todos los antiguos con sus asquerosas capas. Basta para que se desengañen de lo mucho que la física debe a las matemáticas y de que el emprender el estudio de aquélla sin el conocimiento de éstas es andar a ciegas»432.



La quinta carta que versa sobre el fuego adquiere un tono de polémica más directo, cuando los Aldeanos críticos se oponen a aquellos que para explicar la influencia del aire sobre los líquidos se contentan con decir que es debido al horror al vacío, diciendo:

«¡Ah! ¡horribles monstruos de naturaleza! ¡Qué horror de vacío ni qué haca muerta! ¿Acaso es algún Proteo este horror, que es mayor en el agua... que en el mercurio...; o es la naturaleza alguna mujer preñada, llena de antojos, para que haciendo subir en un tubo al agua, sólo por el horror que tiene al vacío, hasta la altura de ochenta y tres pies, si después se introduce en este mismo tubo un poco de mercurio, pierda este horror y se contente con hacerle subir hasta diez y ocho pulgadas no más?»433.



En todo momento se observa un tono comedido, por que la educación recibida les impide a los autores llevar a cabo íntegramente la crítica mordaz a que les arrastra el impulso inicial:

«¡Válgame Dios, y cómo le convirtiera ya en humo de pajas si me fuera lícito pagarle en la misma moneda y darle aquí una zurra de buena mano! Pero no puede ser, porque he estudiado la filosofía de estrado (quiero decir) las leyes de urbanidad, cortesía, política y buena crianza que me lo estorban»434.



Frente a Aristóteles, los Aldeanos críticos defienden el nuevo espíritu científico de Descartes, Bacon, Newton, Nollet, Maupertuis y tantos otros que supieron deshacerse de la antigua filosofía para abrir paso a los tiempos modernos en que vivimos. Los Aldeanos críticos salieron muy airosos de esta polémica, situándose en la vanguardia intelectual del momento. El propio Padre Isla les tributó una afectuosa reconciliación tras las primeras palabras agridulces de las cartas que se intercambiaron con motivo de esta polémica435.

En este siglo de tensión que fue el siglo XVIII estalló una viva lucha con motivo del teatro. La chispa que provocó una de las más apasionadas controversias fue la publicación en 1785-1786 de un Theatro Hespañol en 17 volúmenes: Vicente García de la Huerta se proponía hacer una recopilación de las mejores comedias del teatro tradicional español. La falta de criterio a la hora de elegir las obras, puesta de manifiesto por Menéndez Pelayo436 y el poco atino en los continuos ataques contra los críticos extranjeros que habían censurado el teatro áureo español, le atrajeron la réplica inmediata de los ilustrados españoles. Junto con Forner y Tomás de Iriarte toma parte en la contienda uno de los cofundadores de la Real Sociedad Vascongada: Félix María de Samaniego, que publicó la Continuación de la Memorias críticas por Cosme Damián, n.º 402437.

Samaniego expresa ahí su manera de concebir el teatro a la que hicimos referencia en el capítulo que versa sobre ello: defiende la teoría clásica del orden y de las reglas.

No cesó aquí la participación de Samaniego en la lucha. Ya vimos anteriormente cómo se levantó contra Iriarte cuando éste hizo representar su Guzmán el Bueno por no ajustarse esos monólogos a las leyes de la naturaleza. Con este motivo publicó una parodia con el título de Guzmán el Bueno, Soliloquio o monólogo o escena trágico cómico-lírica unipersonal. Nueva edición corregida, aumentada, variada, suprimida para mayor instrucción de los monologuistas.

A pesar de sus ansias de tranquilidad438, Samaniego se vio obligado a salir de nuevo a la palestra en defensa de Mariano Luis de Urquijo, de origen vasco, que entonces tenía dificultades con la Inquisición por la publicación de su traducción La Muerte de César (1791), siendo el discurso preliminar una crítica mordaz del teatro de la época: este proponía una reforma basada sobre la censura gubernamental, la creación de una escuela de arte dramático y el establecimiento de premios que animasen a los escritores. Urquijo acudió sin duda a Samaniego en busca de ayuda, dando origen a La respuesta de mi tío sobre lo que verá el curioso lector, publicada contra la voluntad de su merced, con licencia, año 1792. Samaniego estuvo así continuamente entre los principales polemistas sobre el teatro. Otros contribuirían con él a difundir las luces del siglo por los medios que estaban a su alcance.




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Participación en la difusión de las ideas ilustradas

Dentro de la evolución del espíritu ilustrado a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XVIII, juegan un papel determinante las publicaciones periódicas, como bien lo manifiesta Richard Herr en su excelente obra439, cuando estudia este nuevo fenómeno como conducto de la Ilustración, junto con las Sociedades Económicas y las Universidades.

Ante los gritos insistentes reclamando libertad de prensa440, el gobierno del Conde de Floridablanca se muestra complaciente y la reforma de la legislación de imprentas sobre papeles periódicos de fecha 19 de mayo de 1785 da lugar a una profusión de publicaciones de este tipo. Siguiendo los pasos de El Pensador, que se había publicado entre los años 1761 a 1767, ven la luz El Censor (1781-1787), El Correo de los Ciegos de Madrid (1786-1791), de José Antonio de Managat441, El Espíritu de los mejores diarios literatos que se publican en Europa (1787-1791), de Cladera, y El Memorial literario, instructivo y curioso de la Corte de Madrid. Aparte de estos periódicos que fueron los que mayor influencia ejercieron, pueden mencionarse El Apologista universal, de Pedro Centeno, fraile agustino, El Corresponsal del Censor, El Correo literario, El Duende de Madrid, Conversaciones de Perico y Marica, pero que no alcanzaron la importancia de los anteriores por su corta duración, ya que, por ejemplo, el Duende de Madrid no publicó sino siete números y las Conversaciones de Perico y Marica tan sólo tres.

Los folletos periódicos tenían ciertas ventajas con relación al medio tradicional de los libros. En efecto, para estos existía una reglamentación rigurosa: antes de ver la luz debían seguir un largo proceso de censura. Era preciso solicitar una autorización de publicación al Consejo, a la vez que se remitía un ejemplar de la obra, la cual pasaba a manos de dos censores nombrados al efecto, encargados de preparar un informe que servía posteriormente para que el Consejo dictaminara sobre la posible publicación. En el mejor de los casos transcurrían varios meses en este largo proceso; otras veces los censores solicitaban la rectificación parcial, con lo que se retrasaba muchísimo la aparición del libro442, y en otras ocasiones los censores impedían la publicación para siempre443.

La prensa periódica no estaba sometida a estas duras exigencias. Bastaba con presentar el original poco antes de imprimirlo ante censores que hacían gala de una amplia tolerancia, lo que explica que la Inquisición se veía obligada a retirar o condenar los números peligrosos una vez ya publicados, pero en ningún caso conseguían eliminarlos todos. Además estas publicaciones no solían ofrecer íntegros los trabajos, sino que los iban dando a conocer paulatinamente en diferentes números: la condena de la Inquisición no recaía, pues, sobre la totalidad, sino sobre el número en litigio y su confiscación no impedía la aparición de los restantes. Las nuevas ideas intelectuales tomaron así a menudo este medio de difusión, por presentar menores riesgos que los libros.

Además estos folletos ofrecían la ventaja de no necesitar fuertes inversiones, como ocurría con los libros. Estos acarreaban serios riesgos para su autor444, mientras la prensa periódica gozaba de unos suscriptores fijos.

Ciertos miembros formados en la Real Sociedad Vascongada colaboraron activamente en este movimiento intelectual de particular importancia. Es difícil seguir el paso de los hombres que escribieron en estas hojas periódicas, ya que solían utilizar seudónimos445 o en otras ocasiones no firmaban sus escritos, hasta tal punto que para evitar este anonimato una circular del Consejo de 6 de septiembre de 1788 prohibía la inserción de discursos que no tuviesen identificación previa de autor y obra446.

Muchos escritos de esta época carecen de autoría y posiblemente nadie hubiese relacionado los discursos de Manuel de Aguirre con los del Militar Ingenuo, de no haberse visto él obligado por el reglamento real sobre impresión de papeles periódicos a desvelar su identidad. Amén de muchas otras posibles colaboraciones que en lo sucesivo se puedan establecer, sabemos al menos que Samaniego contribuyó con el discurso XVII publicado en el Censor en enero de 1786, comienzo del tomo V, a la condena del teatro tradicional y a la defensa del nuevo teatro, según estudiamos más arriba.

Valentín de Foronda publicó sus Cartas sobre los asuntos más exquisitos de la economía política en el Espíritu de los mejores diarios, a lo largo de 1789: en ellas expone sus ideas económicas basadas sobre las nociones de propiedad, libertad y seguridad, recomendando una política de «laissez-faire» respecto a la artesanía, al tráfico de granos y al comercio dentro y fuera del país. Con respecto a la reforma de la justicia criminal insiste Foronda en la necesidad de que los castigos han de tener por objeto la enmienda del culpable y no la venganza del hecho cometido. El 3 de enero de 1791 presenta en el mismo periódico la disertación sobre la libertad escrita en 1780 y presentada inicialmente en Valladolid en 1786, así como una carta sobre los hospitales publica da en el número 206, página 228.

Pero el personaje de la Real Sociedad Vascongada que parece haber desarrollado una mayor actividad en las publicaciones periódicas es Manuel de Aguirre447 que presentó una larga serie de trabajos en el Correo de los Ciegos de Madrid:

Fecha de aparición448 Título
26-12-1786 Salud pública.
25- 4-1787 Consulta que sobre varios puntos interesantes al bien de la Nación hace a la Real Sociedad Patriótica N... uno de sus individuos más deseosos de corresponder a este honroso título.
25- 8-1787 Sobre la virtud.
17-11-1787 Discurso sobre la educación.
28-11-1787 Carta y representación sobre el trabajo y las fiestas.
19-12-1787 Discurso sobre el lujo.
13-10-1787 Discurso sobre la legislación.
2- 1-1788 Discurso sobre el oficio de la pobreza o mendiguez.
26- 1-1788 Demostración de la perjudicial filosofía de Roselli.
16- 2-1788 Respuesta de un viajante a un amigo que le pidió noticias del Seminario Patriótico y del País vascongado.
8- 3-1788 Idea de un Príncipe justo o bien, elogio de Felipe V, Rey de España.
5- 4-1788 Carta sobre literatura.
9- 4-1788 Oración gratulatoria pronunciada en la Academia de la Historia con motivo de su admisión en la clase de Académico correspondiente.
7- 5-1788 Sobre el tolerantismo.
28- 5-1788 Carta del Militar Ingenuo, sobre el fanatismo y la ignorancia.
19- 7-1788 Discurso dirigido a la Real Sociedad Aragonesa.
30- 7-1788 Discurso erudito del Militar Ingenuo, sobre el contrato social.

Algunos escritos de los que hemos mencionado fueron realizados expresamente para las necesidades del momento, como el Discurso erudito del Militar Ingenuo, pero generalmente se trata de discursos presentados con anterioridad en Sociedades económicas (Vascongada, Aragonesa, Madrileña), que utilizan este camino de la prensa periódica para su divulgación entre los ilustrados españoles. No le detenía a Manuel de Aguirre el que su Discurso sobre el lujo hubiese sido ya denunciado a la Inquisición en 1776 cuando la Real Sociedad Vascongada dio un resumen en los Extractos de aquel año: en los números 121 (19 de diciembre de 1787), 122 (22 de diciembre) y 123 (26 de diciembre) lo volvió a dar a conocer al público, pero esta vez en su versión original449.

Como bien lo indica Antonio Elorza en el Estudio preliminar de Cartas y Discursos del Militar Ingenuo, Manuel de Aguirre es uno de los ilustrados que de manera más sistemática va destruyendo los fundamentos del orden social de la época, amparándose continuamente en el Discours sur l'origine de l'inégalité del filósofo francés Rousseau: sus ataques van dirigidos especialmente contra la nobleza y el clero por cuanto, dice él, son los estamentos sociales que más contribuyen a mantener el pueblo en la opresión y la ignorancia. Su manera de concebir la constitución que debe regir en un país pudo parecer revolucionaria, cuando dentro de las «Leyes constitucionales cuya observancia es una obligación inviolable para todos los individuos de la Sociedad» afirma que «LA SALUD DEL PUEBLO sea pues la primera, la más poderosa, LA SUPREMA LEY»450. Dentro de los artículos del código constitucional establecía como el primero de todos:

«El individuo patriota en quien se deposite la fuerza o poder ejecutor tenga para la promulgación de los decretos, conducentes al bien de la sociedad y arreglados a la variedad de las circunstancias, un supremo Consejo de Estado que represente la voz del pueblo todo y su voluntad general»451.



Y la ley queda definida como «el consentimiento de los diputados, el del consejo de estado y la voluntad del depositario del poder o fuerza ejecutriz de la sociedad»452.

Manuel de Aguirre concibe el poder no como una delegación de la autoridad divina sobre la Tierra, sino como un acuerdo de los ciudadanos que entregan algo de sin libertad natural a cambio de recibir la protección y seguridad necesarias para vivir en sociedad.

Manuel de Aguirre no se contentó con publicar sus obras, sino que colaboró activamente en dar a conocer lo escritos de uno de sus amigos: José de Cadalso. Ambo en efecto, pertenecieron al mismo Regimiento de Caballería de Borbón, habiendo ingresado con tan sólo un año de intervalo453, por lo que sin duda les unían lazos de franca amistad. Poco después de la muerte de Cadalso, Aguirre ocupó el puesto de sargento mayor del Regimiento con cargo de toda la documentación del mismo.

Muchos han querido averiguar la personalidad del «oficial de mérito» que remitió el manuscrito de las Cartas marruecas a Don Manuel Casal para su publicación en el Correo de Madrid. La nota de fecha 14 de febrero de 1789 que antecede el texto454 nos da a conocer que ese militar anónimo se había distinguido «en otro papel periódico por sus excelentes discursos». Juan Tamayo y Rubio en el prólogo de las Cartas marruecas455 se inclina por la explicación de que se trata del Conde de Noroña, militar y poeta que luchó con Cadalso en Gibraltar. Sin embargo, Nogel Glendinning en el prólogo de Noches lúgubres456 aporta las razones suficientes para que podamos atribuir ese gesto a Manuel de Aguirre.

En efecto, este reúne todas las condiciones para ser el dueño de los papeles de Cadalso: militar de carrera, es muy verosímil que, debido a su cargo de sargento mayor del Regimiento poco después de la muerte de Cadalso, se hallase en posesión de los escritos de este último. Además era editor del Correo de Madrid457, donde había publicado ya tantos artículos. Una carta al Censor que se halla manuscrita en la Hemeroteca Municipal de Madrid nos da cuenta de la participación de Aguirre en otras empresas:

«Vm. tiene mucha filosofía y grande firmeza de alma para haberse atrevido a pronunciar verdades que no se pronunciaron impunemente en nuestro desgraciado suelo desde hace tres siglos, pero pues se halla en el goce de poderlas decir, y hubo de costarme caro el haber emprendido este peligroso rumbo antes que conociese a Vm. nuestra nación (contenta y aun ufana por los que la adulan sus inepcias, inconsecuencias y ciegos caprichos)...»458.



Las Cartas marruecas, gracias a la ayuda de Manuel de Aguirre, pudieron de este modo llegar al público por primera vez, ya que anteriormente la censura las había retenido desde 1773 hasta julio de 1778, fecha en que Cadalso, cansado ya, las retiró personalmente del Consejo de Castilla.

Idéntica fue la vía de divulgación de las Noches lúgubres e idéntica sería sin duda la participación de Manuel de Aguirre en ello. Cadalso, tal vez por temor a la censura o porque estimaba realmente que el pueblo español no estaba dispuesto a recibir este género de escritos459, no se había decidido a publicarlas. El Correo de Madrid desde el 16 de diciembre de 1789 hasta el 6 de enero de 1790 va ofreciendo a los lectores esta obra de Cadalso. Nigel Glendinning identifica asimismo a Manuel de Aguirre con el autor de la Carta de un amigo de Cadalso sobre la exhumación clandestina del cadáver de la actriz María Ignacia Ibáñez, en la que da ciertos detalles de las relaciones personales entre Cadalso y la actriz: ve en las iniciales «M. Ag.» la firma de Manuel de Aguirre; y el envío de esta carta a Manuel Aguado Casal, uno de los editores del Correo de Madrid, inducía a pensar ya a la señora Edith F. Helman que el misterioso «M. Ag.» había remitido la carta después de enviar el manuscrito de las Noches lúgubres para que lo publicara en aquel periódico, o poco después de su publicación en 1789 y 1790460.

La Real Sociedad Vascongada desempeñó, pues, un papel importante dentro del mundo literario de la época, hasta el punto de que Juan Sempere Guarinos le dedicó unas líneas especiales en su Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritos del reinado de Carlos III. Ella era el punto de mira de muchos escritores deseosos de verse inscritos entre sus Socios. Para muchos de estos, la Sociedad sirvió de trampolín: en medio de la ebulición de ideas a que daban lugar las sesiones de trabajo, los Amigos se fueron impregnando de las ideas entonces reinantes. Y si unos se contentaron con su labor dentro de la propia Sociedad, otros sintieron la necesidad de participar activamente en la difusión de las ideas ilustradas a través de los medios que entonces estaban a su alcance durante el tiempo que les fue permitido461.






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Presencia francesa en la producción literaria de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País


Es un hecho universalmente admitido462 que Francia fue la potencia europea que mayor influencia ejerció en Europa y particularmente en España a lo largo del siglo XVIII en los diferentes aspectos. Los motivos políticos, culturales y científicos han sido ya ampliamente estudiados, por lo que no creemos necesario reiterarlos en nuestro trabajo. Nuestro intento es descubrir a través de los escritos de los miembros de la Real Sociedad Vascongada cuál fue el influjo francés. Desecharemos cuanto haga referencia directamente a cuestiones de orden material (agricultura, comercio, industria)463, para no fijarnos sino en aquello que contenga cierto valor literario.

Ya pudimos apreciar en los capítulos iniciales de nuestro trabajo dedicados a los Estudios y a los Libros el gran contacto que mantenía la clase alta vascongada con nuestro país vecino, donde buscaban cuanto pudiese desalterar su sed de cultura.

La lengua francesa, en efecto, era considerada en este período como elemento imprescindible para cualquier persona ansiosa de cultivarse. El benedictino Fray Benito Jerónimo Feijoo hablaba de la excelencia del idioma francés con estos términos:

«A favor de la lengua francesa se añade la utilidad y aun casi necesidad de ella, respecto de los sujetos inclinados a la lectura curiosa y erudita. Sobre todo género de erudición se hallan hoy muy estimables libros escritos en idioma francés, que no pueden suplirse con otros, ni latinos ni españoles...

Así el que quisiere limitar su estudio a aquellas facultades que se enseñan en nuestras escuelas, lógica, metafísica, jurisprudencia, medicina, galénica, teología, escolástica y moral, tiene con la lengua latina cuanto ha menester. Mas para sacar de este ámbito o su erudición o su curiosidad debe buscar como muy útil, sino absolutamente necesaria, la lengua francesa. Y esto basta para que se conozca el error de los que reprueban como inútil la aplicación de este idioma»464.



De esta misma tendencia se hace eco con tono irónico el autor anónimo de la Apología de una nueva Sociedad últimamente proyectada en esta M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa con el título de los Amigos del País, al aludir a la necesidad de ambientarse en lo francés antes de pretender ingresar en la misma:

«Es tantto lo que me ha rremobido estte proiecto que al instante marcho a Francia a aprender el silbo de capador, para poder entrar en estta Sociedad»465.




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Citas textuales

Ya pudimos apreciar anteriormente cuán influenciadas estaban las ideas teóricas literarias de los Amigos del País por el pensamiento francés: el Discurso sobre el buen gusto en la literatura del Conde de Peñaflorida calcaba en muchísimas ocasiones a Montesquieu, Voltaire y en otras ocasiones utilizaba las obras del Padre André y del Abate Batteux.

Los autores de los Aldeanos críticos fundamentan repetidamente sus opiniones sobre autoridades francesas. Cuando tratan de cuestiones científicas aparecen los nombres del Abate Nollet, Moreri, Rollin, Fontenelle, Maupertuis, Pluche, Mariotte, el Abate de Saint-Pierre. Las referencias al mundo literario francés son asimismo abundantes.

En la primera carta, tras dar su opinión personal favorable acerca de la Historia de Fray Gerundio de Campazas, los Aldeanos críticos hablan de la acogida diversa que muchos otros tributaron a la obra, los cuales no cesan de decir que es una obra abominable y detestable. Pero cuando se les pide que expongan las razones de su postura no hacen sino repetir que la obra es abominable y detestable. Los Aldeanos críticos comparan esta reacción con la del Marqués de Mascarilla en la comedia de Molière Critique de l'école des femmes, el cual no deja de decir que 1a comedia de Moliére l'École des femmes es detestable porque es detestable.

Cuando los Aldeanos críticos relatan la aparición de Mascarilla y de Dorante, cometen cierta equivocación. En efecto indican que la entrada en escena del Marqués y de Dorante se hace antes de que las señoras les informen del tema de su discusión a ambos a la vez466. Sin embargo, Molière lo dispuso diferentemente: es en la escena IV cuando Mascarilla hace su aparición y las señoras le dan cuenta de su conversación, no saliendo Dorante sino en la escena siguiente.

Además las palabras que los Aldeanos críticos ponen en boca del Marqués no corresponden exactamente con el original. Así hacen decir la frase siguiente al Marqués: «Señoras, acabo de ver esa comedia, y para mí es de lo más detestable que cabe». Pero el Marqués de Molière se expresaba en la escena IV en los términos siguientes:

«LE MARQUIS.-   Sur quoi en étiez-vous, Mesdames, lorsque je vous ai interrompues?

URANIE.-   Sur la comédie de l'École des femmes.

LE MARQUIS.-   Je n'en fais que sortir.

CLIMÈNE.-   Eh bien! Monsieur, comment la trouvez vous, s'il vous plait?

LE MARQUIS.-   Tout à fait impertinente.

CLIMÈNE.-   Ah! j'en suis ravie!

LE MARQUIS.-   C'est la plus méchante chose du monde!».



De ningún modo aparece en la presentación de Mascarilla la voz «detestable», la cual no se pronunciará sino en la escena siguiente ante Dorante.

Prosiguiendo el relato, los Aldeanos críticos dan cuenta de que el Marqués ante las preguntas de Dorante no hace más que elevar la voz y decir: «Eh morbleu, c'est détestable: porque es detestable»: Veamos ahora cómo ocurre todo ello en el original, en la escena V:

LE MARQUIS.-   «Il est vrai, je la trouve détestable; mor bleu! détestable du dernier détestable; ce qu'on appelle détestable.

DORANTE.-   Et moi, mon cher Marquis, je trouve le jugement détestable.

LE MARQUIS.-   Quoi. Chevalier, est-ce que tu prétends soutenir cette pièce?

DORANTE.-   Oui, je prétends la soutenir.

LE MARQUIS.-   Parbleu, je la garantis détestable.

DORANTE.-   La caution n'est pas bourgeoise, Mais, Marquis, par quelle raison, de grâce cette comédie est-elle ce que tu dis?

LE MARQUIS.-   Pourquoi elle est détestable?

DORANTE.-   Oui.

LE MARQUIS.-   Elle est détestable, parce qu'elle est détestable».



Los Aldeanos críticos para formar la frase que ponen en los labios del Marqués han utilizado la primera y la última del original que hemos reproducido, ya que la primera contiene el morbleu y la voz «détestable», mientras en la última aporta el Marqués la pretendida explicación de su juicio.

Al mismo tiempo hacen un breve resumen de la comedia y dan los rasgos principales de los personajes centrales: de Climene dicen que es «muy culta y melindrosa»; Urania y Elisa se distinguen por ser «verdaderamente discretas y juiciosas»; a Dorarte le consideran como «mozo hábil e instruido», mientras el Marqués de Mascarilla queda representado como «haciendo todos aquellos gestos, monadas y turlupinadas propias de los de su especie»: todo lo cual corresponde bien con los caracteres expresados en la comedia de Molière.

Visiblemente, los Aldeanos críticos, aun conservando fielmente la idea general de la obra y del diálogo, cometen ciertas deficiencias de detalle: esto nos lleva a pensar con toda verosimilitud que el autor utilizó aquí los recuerdos que tenía de esta comedia francesa, lo que indica un conocimiento aun más profundo de la literatura del país vecino.

Puestos a analizar algunas partes más importantes de Fray Gerundio de Campazas, los Aldeanos críticos ven en los capítulos V, VI y VII del libro segundo una digresión que resulta demasiado pesada: les hace bostezar. Y prosiguen exponiendo su opinión:

«... y a cualquiera de éstos que me pregunte mi dictamen, responderé lo que la duquesa de Longueville a unos apasionados de la Pucelle de Chapelain: "Oui, cela est parfaitement beau; mais il est bien ennuyant": ello está muy bueno pero cansado; y si no lo de Boileau al mismo asunto:


"La Pucelle est encore un oeuvre bien galant,
Et je ne sais pourquoi, je baille en le lisant"

que yo dijera en castellano así, si fuera poeta:


"No tiene duda ninguna
Que es obra muy singular;
Pero (no sé en qué consiste)
A mí me hace bostezar"»467.



Aquí se hacen eco de la polémica que se desató en Francia con la aparición del poema de Chapelain La Pucelle, en 1656, donde de una manera fría y aburrida pretendía resaltar las hazañas de Juana de Arco, resultando un fracaso rotundo tras veinte años de intenso trabajo: entre los que le desprestigiaron cabe destacar precisamente a la duquesa de Longueville468 y de manera especial a Boileau469.

Al finalizar la quinta carta, para confirmar su despego hacia Aristóteles, los Aldeanos críticos, tras una cita de Moreri, ponen un último retoque con los versos siguientes de Boileau:


«Un pédant enivré de sa vaine science,
Tout hérissé de grec, tout bouffi d'arrogance,
Et qui de mille auteurs retenus mot par mot
Dans sa tête entassés n'a fait souvent qu'un sot,
Croit qu'un livre fait tout, et que sans Aristote
La raison ne voit goutte et le bon sens radote»470.



Del mismo modo en la última carta que se intercambiaron con motivo de su polémica el Conde de Peñaflorida y el Padre Isla, aquel propone una sincera amistad y le habla de que su pluma no sabe qué decir, ya que en los asuntos serios su imaginación se vuelve estéril, mientras la polémica parece darle nuevos bríos: le ocurre como a Boileau, dice él, cuando el poeta francés se expresaba en estos términos:


«Je ne puis pour louer rencontrer une rime,
Dès que j'y veux rêver ma veine est aux abois,
J'ai beau frotter mon front, j'ai beau mordre mes doigts...
Mais quand il faut railler, j'ai ce que je souhaite;
Alors certes, alors je me reconnais poète.
Phébus, dès que je parle, est prêt à m'exaucer
Mes mots viennent sans peine et courent se placer»471.



Y para expresar al Padre Isla el daño que se podían hacer ambos si no cesaban sus disputas le dice, utilizando alguna canción popular francesa:


«Corsaires attaquant Corsaires
Ne font pas guère leurs affaires».






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Utilización de textos franceses para los trabajos de la Sociedad

Por mucho que las citas textuales puedan ser reveladoras de la influencia cultural francesa, mucho más importantes son las inclusiones de textos franceses en los trabajos elaborados por los Amigos de la Sociedad. Veamos, por ejemplo, cómo presenta el Ensayo el origen de la Industria. Tras presentarnos la feliz época en que los hombres se contentaban con lo que la Naturaleza ponía a su alcance para calmar sus necesidades, se expresa en unos términos que no recuerdan totalmente las palabras de Rousseau en su Discours sur l'origine de l'inégalité: