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Las doctrinas o las creencias se encadenan de tal suerte, que con dificultad puede afirmarse nada, a no presuponer otras afirmaciones previas. Así es que, por severo y escrupuloso que sea un escritor y por aficionado a demostrar o a dar pruebas de lo que afirma, no es posible que en cualquier escrito suyo vaya remontando, por decirlo así, los eslabones todos de la cadena y demostrándolo todo hasta llegar a los principios fundamentales. Algo es menester que dé por sentado y hasta por inconcuso el lector; en algo es menester que el lector convenga con el escritor, aunque no sea más que para entrar en cierta momentánea comunión de espíritu, mientras que lee su obra. Convencido yo de esto, voy a sentar aquí algunas premisas, que sólo condicionalmente quiero que sean aceptadas. Yo creo, en cierto modo, en la inmortalidad de las naciones de Europa. Las antiguas civilizaciones y los antiguos y colosales imperios de Oriente murieron, se desvanecieron: apenas queda rastro de su grandeza pasada. Esto hace pensar a muchos en que las razas y los pueblos se suceden y se transmiten la gloria, el poder y la ciencia, cayendo unos para que otros se levanten. Los egipcios, y los asirios, y los babilonios, sucumben cuando se alzan los medos y los persas. Luego viene Grecia; luego, Roma; luego aparecen las naciones del norte de nuestro continente; tal vez la América vendrá más tarde. Hay quien no considera la Historia sino como una incesante sucesión de ruinas, sobre las cuales llega a fundar su principado, o dígase su hegemonía, una nueva nacionalidad, una nueva raza. Los que piensan así, sin negar el progreso humano, entienden que el cetro, la corona, la antorcha de la civilización, más brillante cada día; en suma: todo el tesoro acumulado del estudio, del trabajo y del afán de mil generaciones sucesivas, pasa de un pueblo a otro pueblo con el andar de los siglos. Esta idea es tan antigua, tan general y tan arraigada, que se formula en proverbio mucho tiempo ha:
Los que así discurren, dadas las condiciones actuales de la civilización, no pueden ir hasta el extremo de imaginar que tal o cual nación, o tal o cual Estado, venga a hundirse tan por completo como los imperios antiguos del Asia; que, en una época señalada, a no intervenir un cataclismo de la Naturaleza, París, Londres o Berlín lleguen a ser lo que son hoy Persépolis, Susa, Ecbatana, Menfis, Tebas, Nínive o Palmira; pero sí imaginan que suben a mayor altura otros pueblos, los cuales salen a la escena de la Historia como representantes de una nueva idea más alta y más comprensiva, como ministros de un propósito providencial superior y como flamantes encargados de la misión de dirigir el progreso. Las naciones que antes eran las primeras quedan entonces rezagadas y como arrinconadas, o reducidas al menos a hacer un papel harto secundario. La decadencia de estas naciones es grande, aunque rara vez llegan al término de aniquilamiento de los pueblos asiáticos. Casi siempre, al menos en los pueblos europeos o de origen europeo, se supone virtud para seguir, aunque sea a remolque y trabajosamente, el movimiento progresivo de la civilización, al frente del cual se colocan, según su turno, otros pueblos u otras razas. Hoy dicen que los que van a la cabeza son los alemanes, los ingleses y los franceses; y no falta quien columbre ya, en lo venidero, la supremacía de los angloamericanos y de los rusos. Entre tanto, los que adoptan resueltamente esta opinión, consideran que hay naciones, aun entre las de Europa, que se hacen reacias; que tal vez contribuyeron en un momento dado, y por muy brillante y poderosa manera, al desarrollo del espíritu, al adelanto general, a la marcha majestuosa y providencial de los negocios humanos, pero que son sólo perfectibles hasta cierto punto y de allí no pueden pasar. Estas naciones mueren, y los que así discurren justifican su muerte, si ya tuvo lugar, o la predicen, si está por venir todavía. A veces no es la nación sólo, en su forma política, la que es absorbida o aniquilada, sino la raza misma, como va aconteciendo con los indios americanos; pero más comúnmente desaparece la nación sólo, y la raza queda en un estado, de mayor o menor degradación, con más o menos vitalidad, con esperanzas más o menos fundadas de recuperar la nacionalidad, la autonomía, el poder político independiente; así, desde los polacos y los griegos de Creta hasta los judíos y los gitanos. En mi sentir, hay en este modo de considerar la Historia mucho de verdad, mucho que la experiencia comprueba; pero también hay notable exageración. Aun para adoptar vagamente lo principal de la doctrina, importa hacer no pocas salvedades y distingos, y conviene dar explicaciones. La que más cuadra a mi intento es la de que los pueblos que llaman aryos o descendientes de los aryos, y que otros llaman de raza indogermánica, caucasiana o japética; esto es, los pueblos de casi toda Europa y algunos de Asia, tienen, entre otras excelencias y ventajas, la de conservar, a través de mil alternativas de prospera y adversa fortuna y de todo accidente o circunstancia exterior, el sello de su carácter, la energía y la virtud y el valor que les son propios y con los cuales llegaron a señalarse. Su degradación y postración ha sido siempre momentánea. Estos pueblos rara vez han caído para no volver a levantarse jamás. Bien puede sobrecogerlos un desmayo, pero nunca la muerte. Persia cae bajo el poder de Alejandro, pero vuelve a ser poderosa y grande y temida rival del Imperio romano bajo el cetro de los sasanidas. En tiempo de los sultanes de Gasna, en la Edad Media, Persia brilla con un esplendor extraordinario de civilización. Sus poetas épicos y líricos, sus artes y sus ciencias son superiores entonces a los del resto del mundo7. Después se perpetúan en Persia las escuelas y sectas filosóficas y religiosas, y la poesía lírica, y hasta la dramática, que nace allí en nuestra edad. Recientemente, el extraño fenómeno histórico de la aparición y difusión del babismo ha hecho patente el vigor intelectual y moral de aquella raza, que tal vez renazca y se eleve de nuevo a la altura de las razas de Europa, sus hermanas, cuando un principio más fecundo y más noble venga a despertarla y agitarla8. En dos naciones del mediodía de Europa ha sido tan sublime, tan duradero, y tan superior el primado, que si se mira el asunto con profundidad y no de un modo somero, y cediendo a la impresión del momento, que es desfavorable, el descollar de ellas da muestras de ser perpetuo o punto menos que perpetuo; la luz no se extingue, aunque se eclipsa. La civilización y el período de la Gran Bretaña, de Francia o de Alemania parecen efímeros, parecen inferiorísimos por la intensidad y por la duración, comparados con los de Grecia e Italia. Los historiadores ponen la caída de estas naciones en el punto en que juzgan más conveniente, pero con más arbitrariedad que justicia. Incurren en el error de quien creyese muerta la crisálida que va a transformarse en mariposa, pasando, por medio de un letargo, a una vida mejor, más fecunda y más brillante. Para Grote, por ejemplo, acaba Grecia cuando se somete al macedón Alejandro, y, con todo, Grecia y su espíritu se difunden entonces por el Asia hasta la Bactriana y la India; la civilización griega se extiende sobre las orillas del Nilo y del Eúfrates; brilla en Alejandría hasta la muerte de Hipatia, y resplandece con el cristianismo, en el saber de los Santos Padres, hasta el quinto o sexto siglo de nuestra Era. El Imperio bizantino, infamado con el título de bajo, combate, resiste, se defiende durante otros seis o siete siglos más contra el furioso aluvión y continua avenida de los bárbaros de Oriente y Occidente; contra los persas, los godos, los hunos, los búlgaros, los rusos y los cruzados, y contra el islamismo pujante, el cual se extiende por toda el Asia y por el norte de África y por España, y amenaza varias veces, a pesar de Carlos Martel y de Carlomagno, salvar los Pirineos y clavar su bandera victoriosa en la nevada cima de los Alpes. El Imperio bizantino, el bajo Imperio, los griegos, resisten, no obstante, y no sólo salvan y custodian la civilización, sino que la difunden entre esos mismos pueblos que contra él combaten9. Rusia y otras naciones reciben de manos de Grecia agonizante la religión y la civilización. Esta vitalidad y este vigor del bajo Imperio se manifiestan en unos siglos en que el brío de los pueblos, convertidos por donde quiera en un tropel de esclavos, hacen tan fáciles las conquistas, que un puñado de aventureros audaces basta a domeñar razas enteras, a volcar grandes poderosos imperios y a sujetar naciones populosas, antes y después reputadas de muy guerreras y hasta de indomables. Doce o catorce mil hombres bastaron a Taric para apoderarse de España; menos acaso empleó, más tarde, Guillermo el Bastardo en la conquista de Inglaterra, y unos cuantos normandos sujetaron con no menos facilidad la isla de Sicilia. Así, pues, lo que hay que extrañar no es que el Imperio griego cayese en el siglo XV, sino que durase hasta entonces. Y lo que hay que admirar es que fuese tan benéfico y tan generoso en su caída, legando la civilización al occidente de Europa, y haciendo, como dice un historiador de aquella época, Felipe de Cammines, que otra vez se pudiese repetir con verdad:
Porque sin Lascaris, Crisoloras, Calcondilas, Besarion, Argiropulo y otros muchos hombres doctos de Grecia, que vinieron a refugiarse en el Occidente, y sin los antiguos autores y la ciencia que trajeron consigo, arduo hubiera sido pasar adelante. On ne pouvait plus passer outre. De esta suerte el bajo Imperio, tan famoso por su corrupción, por su bajeza y por sus maldades y traiciones, no sólo fue un malecón firmísimo que atajó más de mil años el ímpetu furioso, la constante arremetida y la inundación creciente de la barbarie, sino que fue como vaso limpio donde se guardó en su pureza el saber, el habla y hasta la virtud de los antiguos helenos. No acierto a comprender cómo un Imperio que ha quedado en la Historia por tipo de la bajeza y de la corrupción produjese hombres, hasta el instante de su ruina, como los ya susodichos emigrados, los cuales infundieron general amor y gran veneración a sus más ilustres contemporáneos de Italia, no sólo por el saber de que estaban dotados, sino por el valer moral, por la fe, la constancia, el desinterés y el entusiasmo de las cosas más nobles y sublimes. Bembo, hablando de Lascaris, exclama: Nihil illo sene humanius, nihil sanctius10. Ni bajo la terrible dominación de los turcos se humilla el pueblo griego y se degrada; antes da alta razón de quién era en mil ocasiones, llegando en algunas a sobrepujar con sus nuevas hazañas las más famosas de sus antiguos héroes. En mi sentir, y en el de cualquiera que conozca los hechos, las guerras de los suliotas contra Alí, bajá de Janina, sobrepujan la gloria de las Termópilas. Fotos y Tsavelas valen tanto como Leónidas. Posteriormente, en su gloriosa guerra de la Independencia, Grecia ha tenido en sus Botzaris Maurocordatos y canaris, dignos sucesores de Milcíades y de Temístocles11. La Musa helénica no enmudece, desde Homero hasta Corai y Riga; desde los himnos épicos de los primeros rapsodas hasta los cantares no menos épicos de los klentas12: sus grandes sabios y filósofos se suceden durante diez o doce siglos, desde Pitágoras hasta Jámblico, desde Platón hasta San Gregorio de Nisa. La perpetuidad de la supremacía italiana es aún más evidente. El Imperio de Roma se extiende y dura, y cambia la faz del mundo e influye en los destinos de la Humanidad como ningún otro imperio. En tiempos posteriores, la gloria en letras y armas de una sola ciudad de Italia, como Génova, Florencia o Venecia, es mayor que la de muchas grandes y orgullosas naciones. Italia es siempre tan fecunda en varones eminentes, que se los cede, por decirlo así, a otros países. Da a España el descubridor del Nuevo Mundo y el vencedor de San Quintín, y da a Francia la lengua y la espada, el verbo y la energía de su Revolución, porque bien puede afirmarse que Richetti, conde de Mirabeau, y Napoleón Bonaparte, eran italianos. En nuestros días, no tiene ni ha tenido ninguna otra nación de Europa hombres de Estado como Cavour; poetas líricos como Manzoni, Parini y Leonardi. Sus músicos y sus filósofos sólo hallan rivales en Alemania, y sus escultores son, quizá, los primeros del mundo. Con tan ilustres ejemplos, me vengo yo a persuadir de que es añejo error el comparar a los pueblos con los individuos, los cuales tienen su infancia, y luego su juventud, y más tarde su edad madura, y su vejez y su decrepitud, y al cabo la muerte. Antes veo que, lejos de haber tales edades en los pueblos, y señaladamente en los de Europa, hay alternativas de prosperidad y miseria, de elevación y hundimiento, sujetas a ciertas leyes históricas, a mi vez, no explicadas ni descubiertas por nadie. Volviendo ahora los ojos a nuestra España, me atrevo a declarar que, de cincuenta o sesenta años a esta parte, me parece que estamos peor que nunca, aunque bajo otro aspecto, y al punto explicaré la contradicción, me parece que estamos mejor que nunca también. Estamos mejor que nunca, porque la corriente civilizadora, la marcha general del mundo y la solidaridad en que está España con la gran república de naciones europeas, si bien con trabajo, y más arrastrándola que infundiéndole movimiento propio, la ha hecho progresar en industria, población, riqueza, comercio, ciencias y artes; pero estamos peor que nunca, porque nuestra importancia se debe evaluar por comparación, y evaluándola de esta suerte, tanto se han acrecentado el poderío, la riqueza y el bienestar de Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y otros estados, que, comparándonos, quedamos muy inferiores. No me incumbe buscar aquí la razón de esta inferioridad, de este atraso, ni mucho menos los medios de remediarlo. El único fin de este artículo es hablar del concepto que, en vista de este atraso y de esta inferioridad, forman de nosotros los extranjeros y aun nosotros mismos formamos. Pero aunque el parecer dista mucho del ser, todavía contribuye la apariencia a que llegue lo que es a igualarla; esto es, que la opinión, el crédito, la fama buena o mala de cualquier entidad o cosa contribuye, a la larga, a modificar dicha cosa o dicha entidad. En un individuo, por ejemplo, se nota que si tiene buena reputación, se alienta y anima, y llega a persuadirse de que es merecida; y ya por esto, ya por temor de perderla, obra en consonancia de su buena reputación; y por el contrario, cuando la tiene mala, se amilana y descorazona, y se da a entender que es justa, y considerando que poco o nada tiene que perder, se abate, humilla en vez de levantar el ánimo a ningún propósito noble. Peor es aún cuando la mala reputación, por apocamiento de espíritu, la tiene alguien de sí propio; porque todo el que se tuvo en poco fue siempre para poco, y no se dio jamás sujeto que obrase obras excelentes que no tuviese en su alma un excelente concepto de su valer y plena conciencia de su mérito. La cual buena estimación que tiene un hombre de sí no es la vanidad ridícula, sino el orgullo razonable y decoroso; porque la vanidad se impone o trata de imponerse y de engañar, y rara vez logra engañar a nadie, ni siquiera al personaje que la abriga, el cual, por necio que sea, no puede ahogar, ni con la vanidad ni con la necedad, una voz secreta e instintiva que le atormenta de continuo, advirtiéndole lo poco o nada que vale. Todo lo que acabo de decir, refiriéndome a un individuo, puede aplicarse también a las naciones, por donde el concepto que ellas forman de sí y el que de ellas forman los extraños importan a su valer real, a su acrecentamiento o a su caída. Mas hay que advertir en esto que la opinión de los extraños, cuando es mala, no apoca el ánimo de un pueblo, si el pueblo es generoso, sino que lo estimula a rehacerse y levantarse de nuevo; y más aún le sirve de estímulo, no la alabanza y adulación de los propios, sino su más dura y amarga sátira. Ciertamente que si Italia se ha levantado en el día, en gran parte se lo debe al látigo de Parini y de los otros egregios poetas de su escuela, que no vacilaron en llamar a sus compatriotas turba de siervos apaleados, y en decir de Italia que más le valiera convertirse en desierto que producir hijos tan indignos. En nuestra misma patria, en virtud del sentimiento patriótico exasperado, se han dicho, en tiempos de postración, como el que precedió al levantamiento contra el primer Bonaparte, cosas terribles sobre ella. Jovellanos llega a suponer que, si vuelven los berberiscos, nos conquistarán más fácilmente que la primera vez, sin hallar ni Pelayos ni Alfonsos que resistan. El concepto que en el día forman de España los extranjeros es casi siempre pésimo. Es más: en el afán, en el calor con que se complacen en denigrarnos, se advierte odio a veces. Todos hablan mal de nuestro presente; muchos desdoran, empequeñecen o afean nuestro pasado. Contribuye a esto, a más de la pasión, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante el empequeñecimiento de nuestro pasado, hay, a mi ver, otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco o se cree valer poco, en lo presente, se inclina la mente humana a rebajar también el concepto de lo que fue; y al revés, cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente a hermosear y a magnificar los principios y aun los medios, por más humildes y feos que hayan sido. ¿Cómo, por ejemplo, llamaría nadie gloriosa a la triste revolución inglesa de 1688 si el Imperio británico no hubiera llegado después a tanto auge? Shakespeare, cuyo extraordinario mérito no niego, a pesar de sus extravagancias y monstruosidades, ¿sería tan famoso, se pondría casi al lado de Homero o de Dante, si en vez de ser inglés fuese polaco, o rumano, o sueco? Por el contrario, cuando un pueblo está decaído y abatido, sus artes, su literatura, sus trabajos científicos, su filosofía, todo se estima en muchísimo menos de su valor real. Montesquieu dijo que el único libro bueno que teníamos era el Quijote, o sea la sátira de nuestros otros libros. Niebuhr sostiene que nunca hemos tenido un gran capitán, no recuerdo si pone a salvo al que llevó este nombre por antonomasia, y que desde Viriato hasta hoy, sólo hemos sabido hacer la guerra como bandoleros. Y Guizot pretende que se puede bien explicar, escribir y exponer la historia de la civilización haciendo caso omiso de nuestra historia, que da por nula. Un libro podría llenar, si tuviese tiempo y paciencia para ir buscando y citando vituperios por el estilo, lanzados contra nosotros en obras de mucho crédito y por autores de primera nota. Sin embargo, no se puede negar que, al menos en cuanto al concepto que tienen los extranjeros de nuestro pasado, ha habido gran mejoría desde la caída del primer Napoleón. Nuestra heroica resistencia a su yugo, ya que nada nos valió de los reyes y de sus gobiernos, nos valió siquiera algún momentáneo favor en la opinión pública de Europa. Esto, unido al desenvolvimiento y adelanto de los estudios históricos y al más vivo y atinado afán de la curiosidad literaria y científica, contribuyó a que se apreciasen nuestras cosas, si bien, por lo común, en obras especiales, y que, por lo mismo han tenido casi siempre fuera de España poquísimos lectores, quedando siempre las ofensas y las crueldades o injusticias contra nosotros para los libros de un interés más general, para los libros amenos y ligeros y para los periódicos que tanto se leen. Sea como sea, importa consignar aquí y es justo agradecer y aun envidiar, que entre varias historias generales de España, escritas por extranjeros, hay una, si bien no creo que esté terminada aún, que vale más que todas las novísimas, sin excluir las nuestras; hablo de la escrita por Rossieu de Saint Hilaire; que Washington Irving, Ticknor, Prescott, Wolf, Bölh de Faber, Latour, Viardot, Mignet, Southey, ambos Schlegel, Puibusque, Hinard y muchos más autores, alemanes sobre todo, que son los más cosmopolitas, los más aptos para estimar las prendas y el valor de otros pueblos, nos han hecho justicia y han ilustrado con amor la historia de la España cristiana; y que de la civilización y del saber de los españoles mahometanos y judíos han dado conocimiento al mundo Dozy, Schack, Renán, Franck Munck, Kayserling y otros. Con todo, bueno es decir que estos autores, que han tratado seria y dignamente nuestras cosas pasadas, rara vez dan muestras de estimar las del día13; que algunos se han ocupado de investigar nuestra historia, no como si se tratase de una nación viva, sino de un pueblo muerto; y que en no pocos, aun en medio del entusiasmo propio de todo autor por el asunto que elige, se nota a menudo el prurito de rebajarnos. Sirva de ejemplo la Historia de don Pedro el Cruel, de Mérimée. Sin duda que fue aquel reinado uno de los peores momentos de nuestra historia; el estado social de España era entonces espantoso; pero ni era mejor el de Francia, ni, aunque entonces lo fuera, se puede colegir de ello nuestra constante y enorme inferioridad con respecto a dicha nación14. Conviene repetir asimismo que todos los trabajos sobre España, o favorables o justos, han sido poco leídos, y en nada han modificado el mal concepto en que nos tienen el vulgo de las naciones extrañas, y comprendo en el vulgo a casi todos los hombres, salvo unos cuantos eruditos, aficionados a nuestras cosas. El apotegma de que África empieza en los Pirineos corre muy valido por toda Europa. Increíble parece la ignorancia común de cuánto fuimos y de cuánto somos. Cualquiera que haya estado algún tiempo fuera de España podrá decir lo que le preguntan o lo que dicen acerca de su país. A mí me han preguntado los extranjeros si en España se cazan leones; a mí me han explicado lo que es el té, suponiendo que no lo había tomado ni visto nunca; y conmigo se han lamentado personas ilustradas de que el traje nacional, o dígase el vestido de majo, no se lleve ya a los besamanos ni a otras ceremonias solemnes, y de que no bailemos todos el bolero, el fandango y la cachucha. Difícil es disuadir a la mitad de los habitantes de Europa de que casi todas nuestras mujeres fuman, y de que muchas llevan un puñal en la liga. Las alabanzas que hacen de nosotros suelen ser tan raras y tan grotescas, que suenan como injurias o como burlas. Nuestra sobriedad es proverbial; con una naranja tenemos para alimentarnos un día. No es menos proverbial la fierté castillane, esto es, nuestra vanidad cómica. A fin de que un viajero sea bien recibido aquí, conviene que vaya exclamando siempre, y este consejo se ha dado por escrito en libro de gran fama: «Los españoles, ¡mucho, mucho valor! Las españolas, ¡qué bonitas, qué bonitas!» Se asegura que somos tan vidriosos y tan ciegos, que no se nos puede advertir falta alguna, para nuestro bien, sin que nos ofendamos. Nuestra cocina ha sido siempre para los franceses un manantial inagotable de chistes y de lamentaciones. ¿Qué gracias no se han dicho acerca del puchero y del gazpacho? ¿Y sobre el aceite? Algunos suponen que desde Irún hasta Cádiz el aire que se respira está impregnado de un insufrible hedor de aceite rancio. La gente no come en España, se alimenta. El que comamos garbanzos es lo que más choca, y contra el garbanzo se han hecho mil epigramas, cuya sal ática no he llegado nunca a entender. No sé que los garbanzos sean peores que las judías o que las lentejas que se comen en Francia. Tanto valdría que nosotros nos burlásemos de que en Francia se comen muchas zanahorias y muchas raíces de escorzonera. Por último, es notable nuestra fama de poco aseados, de flojos y de enamoradísimos, sobre todo las mujeres. Doña Sabina, la marquesa de Arraegui, Rosita, Pepita y Juanita y otras heroínas de versos, siempre livianos y tontos a menudo, compuestos por Víctor Hugo y Alfredo de Musset, son fuera de España el ideal de la mujer española, de facha algo gatuna, con dientes de tigre, ardiente, celosísima, materialista y sensual, ignorante, voluptuosa y devota, tan dispuesta a entregarse a Dios como al diablo, y que lo mismo da una puñalada que un beso. La Carmen, de Mérimée, es el prototipo de estas mujeres, y no se puede negar que está trazado de mano maestra. Un dístico griego, desenterrado de la Antología por el autor y puesto como epígrafe a la novela, cifra en sí los rasgos más característicos de la figura. Viene a decir el dístico, traducido libremente, que toda mujer de brío o de rompe y rasga tiene dos bellos momentos: uno, en los brazos de su amante; otro, al morir o matar por celos. De estas y otras noticias y descripciones resulta que todo viandante transpirenaico, si bien viene a España receloso de comer mal, de morir de calor y de ser robado por bandoleros y devorado de laceria, trae, además, la esperanza, aunque sea un commis o un peluquero, de hacer la conquista de todas las duquesas y marquesas que halle, y de ver en cada ciudad, y sobre todo en Cádiz, un trasunto de Pafos o de Citeres. A los tres días de conocer en Cádiz a una dama de pundonor, la hija o la sobrina de la pupilera, ya dicha dama, según Byron escribe a su madre, ¡singular confidencia!, le hacía mil favores, le decía hermoso, me gustas mucho, y le regalaba una trenza de sus cabellos de tres pies de largo, que el poeta envía a su madre, encargándole se la conserve hasta su vuelta a Inglaterra. Esta dama de la trenza fue, sin duda, el fundamento real de la Inés de Childe Harold y de la niña ojinegra que el lord encomia en una de sus canciones. Byron, con todo, por ser él tan gran poeta y por estar más vivo entonces el entusiasmo por nuestra gloriosa guerra de la Independencia, es uno de los escritores extranjeros que nos es más favorable. Pero Byron y otros, que nos encomian como él, revisten el encomio de colores tan novelescos y lo forman con rasgos tan absurdos, que para nuestra buena fama valdría más que no lo hiciesen. Recuerdan el encomio que hizo Tomé Cecial de la hija de Sancho Panza15. Es causa principal de este linaje de alabanzas, de este modo churrigueresco de poetizarnos una especie de convención tácita para que de España y sobre España se pueda mentir impunemente cuanto se quiera, convirtiendo nuestro país en un país fantástico, propio para servir de cuadro a lances raros, a hechos inauditos de jaques y rufianes, de frailes fanáticos, de hembras desaforadas y de bandidos hidalgos. La mayor parte de los viajeros que se proponen escribir y escriben sus impresiones sobre España, viene ya con el intento preconcebido de poner mucho color local en dichas impresiones, de que todo en ellas sea insólito y por muy diversa manera que en su país, y de que la obra vaya salpimentada de chistes o exornada de mil inesperadas y maravillosas peripecias. No digo yo que no haya habido viajeros juiciosos que han escrito sus relaciones de viaje por España con la imparcialidad debida: citaré, como ejemplo, a monsieur Laborde. También ha habido otros, como Ozanan, llenos de un verdadero y noble entusiasmo al contemplar los vestigios de nuestras pasadas glorias; pero lo más común es que escriban alabándonos a lo Tomé Cecial y buscando medios de regocijar o entretener al público a nuestra costa. Así han sido Gautier y Dumas. Otras veces, nuestra mala cocina y nuestras malas posadas han hecho cambiar de propósito a muchos viajeros. Venían para bendecir, sin duda; pero les habló la bestia interior y maldijeron, aconteciéndoles lo contrario que a Balaam, el falso profeta. En este número debe contarse a Jorge Sand. Mallorca y sus habitantes salen tal mal librados de su pluma, que aún reputan menos salvajes los salvajes de la Polinesia. Vindicaciones contra esta clase de diatribas se han escrito desde muy antiguo por celosos españoles; pero ninguna ha llegado al extremo más merecido que lícito, por ser al cabo una dama la impugnada, que la que el señor Cuadrado, escritor mallorquín y colaborador y amigo de Balmes, escribió contra la célebre novelista francesa; termina afirmando que «Jorge Sand es el más inmoral de los escritores, y madame Dudevant, la más inmunda de las mujeres». Si aquí se paga insulto con insulto, otros han escrito con más templanza, pero, fuerza es confesarlo, con menos tino que celo, y respondiendo con exageraciones favorables a las exageraciones adversas, como Ponz y los abates Lampillas y Cabanilles. Yo, entre tanto, entiendo que estas críticas de los extranjeros no debieran excitar nuestro furor, sino nuestra risa, siendo, como suelen ser, infundadas; que algunas son tan absurdas, que es una ridiculez refutarlas, y, por último, bueno es decirlo, aunque también sea triste, que la refutación no cumple casi nunca su fin, porque no es leída. Por otra parte, el desdén con que miran los extranjeros nuestro presente estado, más que con refutaciones, debe impugnarse haciéndonos valer y respetar. De lo pasado, así literario como político; de lo que hemos valido, así por la acción como por el pensamiento, ya sabrán los que sepan la Historia; y sobre este punto no se puede negar que, en lo que va de siglo, han hecho más algunos extranjeros que los mismos españoles. Quitarles del pensamiento la idea exagerada que tienen de nuestra postración y decadencia actual, no se logrará con escritos, por elocuentes que sean, sino con hechos tales que lo contradigan y destruyan. Mientras tanto, es muy duro verse maltratar con la mayor injusticia; pero es mal que no tiene fácil remedio. En nosotros se cumple el refrán que dice: Del árbol caído todos hacen leña. No hay extranjero que presuma un poco de escritor y que venga a España por cualquier motivo, que no vaya luego escribiendo y publicando mil horrores. Hasta la parte poética, aunque grotesca, que antes había en las impresiones, va desapareciendo ya. El viajero actual se halla burlado en sus esperanzas. Lo novelesco, el color local, las singularidades que buscaban, van ya faltando, y esto le enfurece. En efecto: ya apenas hay manolas y majos; tenemos ferrocarriles y algunas fondas; hay más chimeneas en las casas; en cuatro o cinco ciudades ha llegado a hacerse y a venderse manteca de vacas fresca, y casi no hay bandoleros, al menos no los hay tan famosos, como José María, los Niños de Écija, el Chato de Benamejí y el Cojo de Encinas Reales. El extranjero que ve esto se considera attrapé y volé, y exhala su indignación en mil invectivas. Para ellas hay, sin duda, algún fundamento en cierta fatalidad, en cierta condición inevitable, con la que tenemos que contar en nuestro trabajoso renacimiento: en la condición y fatalidad del remedo. Imposible sería, por ejemplo, que nuestra sociedad elegante volviese a los usos, costumbres, habla, atildamiento y discreteos de los tiempos de Calderón; tiene, pues, que ser algo semejante a la buena sociedad de Francia o de cualquier otro pueblo culto. No nos hemos de vestir, ni alojar, ni hemos de inventar muebles y utensilios originales y extraños, como los chinos y japoneses; y, por tanto, todo esto tiene que ser, entre nosotros, o venido de Francia o un remedo generalmente torpe de lo que por allá se fabrica. Por último, aunque en España hubiera hoy un gran movimiento literario, científico y filosófico, nuestros literatos, sabios y filósofos no podrían hacer caso omiso, como Guizot quiere que se haga de España en la historia de la civilización, de cuanto se ha inventado, pensado e imaginado por tierras extrañas desde que en nuestra propia tierra el fanatismo religioso y el despotismo teocrático acabaron por ahogar o amortecer el pensamiento. De todo esto nacen las quejas y las lástimas porque vamos perdiendo o hemos perdido nuestro carácter original y propio, porque somos un trasunto pálido y como un bosquejo de otras civilizaciones más adelantadas, y porque ya no hay aquí casi nada verdaderamente español y castizo. Para dar aún una muestra de este modo de pensar de los extranjeros, basta citar un artículo que, en elogio de las obras de Fernán Caballero, publicó no ha mucho tiempo la famosa y autorizada Revista de Edimburgo. En este artículo se afirma que desde Quevedo hasta Fernán Caballero, no ha habido un solo autor en España que merezca los honores de la crítica. Cita el revistero a Quintana y a Gallego y a otros tres o cuatro autores, intermedios entre Quevedo y el nuevo novelista, pero los califica de medianísimos y de meros imitadores de la literatura extraña. En Rusia hay un literato, si mal no recuerdo, llamado Botkin, el cual ha escrito unas cartas sobre España, que son muy celebradas. Botkin viajó por nuestro país y habla de nuestra literatura. A lo que parece, también ha traducido en ruso algunos romances castellanos. Confieso que no he leído nada de esto porque no sé el ruso; pero he conocido a Botkin, y puedo asegurar que ignoraba completamente hasta el nombre de nuestros más célebres autores contemporáneos, como Espronceda, Zorrilla, duque de Rivas y Bretón de los Herreros. Para él, como para el revistero de Edimburgo, acaba probablemente nuestra actividad intelectual en los chistes y retruécanos de Quevedo. La suposición de que en España no hay clase media, y de que la clase elevada es como si dijésemos una mala traducción, un arreglo del francés, mueve por lo común al viajero transpirenaico, que piensa escribir sus impresiones, a no tratar con amor y a no estudiar detenidamente sino la clase baja, donde sólo imagina encontrar aún cierto cachet. El ejemplar más famoso de este linaje de escritores ha sido el extravagantísimo inglés Jorge Borrow, autor de La Biblia en España. Mucha parte de sus peregrinaciones la hizo montado en una burra y en compañía de gitanos, cuyas costumbres e idioma sabía tan a fondo, que ha escrito un libro especial sobre ellos, y asimismo ha traducido en el habla gitana El Evangelio de San Lucas. Vino Jorge Borrow a España por encargo de la Sociedad Bíblica, más que para evangelizarnos, para tomar el pulso a nuestra capacidad religiosa y ver si estábamos ya dispuestos a hacernos buenos cristianos. Las cosas que Jorge Borrow cuenta de nosotros en La Biblia en España, libro que ha hecho el encanto de la sociedad inglesa, suelen ser tan extraordinarias y están contadas de tan buena fe, que no puede creerse que las ha inventado, sino que las ha soñado y que él mismo las tenía por verdaderas. Cuando no es un sueño, hay en lo que refiere mucha verdad y poca malevolencia. Estuvo entre nosotros en 1838, y todas sus descripciones de la revolución de La Granja, de la muerte del general Quesada, de los nacionales, de la guerra civil, etc., etc., son de una animación y de una verdad y de una viveza de colorido muy agradable. Sus conversaciones y entrevistas con Galiano, Mendizábal, Istúriz, Oliván y el duque de Rivas, para lograr que le dejasen publicar los Santos Evangelios, están referidas con mucha candidez y gracejo y dejan ver que todos los mencionados señores tenían a Jorge Borrow por un estrafalario loco de atar. Pero cuando Jorge Borrow desbarra es cuando es verdaderamente delicioso. Una de las cosas que da a entender es que en lo más intrincado y recóndito de los montes de Guadarrama hay un valle llamado de las Batuecas, donde, secuestrada de todo comercio humano, vive hace miles de años una pequeña nación inocente, hablando una lengua primitiva y con costumbres y leyes propias de la Edad de oro. Pero su descubrimiento más portentoso, porque al fin el de la Batuecas nos era ya harto conocido, es el de que en España hay no pocos mahometanos, muy ricos y principales, que viven ocultos, esto es, fingiéndose cristianos y pobres las más de las veces. El príncipe o califa es un señor extremeño, que, para disimular, ejerce el oficio de choricero, pero que en su en apariencia, pobre casa esconde salones regios, joyas preciosas, oro, plata y otros primores y riquezas, dignos de Las mil y una noches. Una o dos veces al año, el fingido choricero reúne su Corte, despliega toda su pompa y magnificencia, y los mahometanos todos, o los más granados por lo menos, en el cual predicamento entran algunos obispos y arzobispos, van a hacerle el zalamelé más rendido. Pero de todos los libros de viajes por España, ninguno nos encomia de un modo más necio, ni nos zahiere y calumnia de un modo más infame y brutal, que el escrito por el marqués de Custine con el título de La España bajo Fernando VII. Este viajero anduvo por España en los últimos años del reinado de dicho monarca, y hasta por esto es curiosa su obra. Pinta la sociedad que la revolución iba a cambiar por completo, y la pinta con más negros colores que los empleados después para pintar la España novísima por otros viajeros o escritores franceses. El marqués de Custine ama, sin embargo, y preconiza el antiguo régimen. No es el odio a nuestras instituciones quien le mueve a tratarnos tan inicuamente. Hombres y mujeres son en España crudelísimos, punto menos que antropófagos. Nuestra fisonomía es tan bárbara y nuestros dientes tan de tigre, que hasta el rostro más hermoso tiene una expresión dura: asustamos con nuestra sonrisa. «La pureza es el principio de la filosofía práctica de todo español.» Nuestras mujeres son de dos especies. Las bonitas y graciosas, las cuales son locas, alegres y apasionadas; las demás, el mayor número, no quisiera el marqués que se llamasen mujeres: son unos monstruos sin alma, gordas, estúpidas, seres desgraciados de la Naturaleza. En suma: para el marqués, son o bacantes o cerdos las compatriotas de Santa Teresa, de Isabel la Católica, de doña María de Molina, de la madre de San Luis y de la madre de San Fernando. Los cuatro tomos de la obra del marqués de Custine están llenos de las más atroces insinuaciones o de afirmaciones terminantes contra la honra y castidad de nuestras mujeres16. Nuestra vida es: «o permanecer en la plaza pública, durante días enteros, embozados en la capa, charlando o soñando, o echarnos al camino para acechar al indefenso pasajero». Nuestros mendigos hacen en público su asquerosa toilette, y es una raza inmunda, obstinada y sin vergüenza, que no tiene semejante en ningún país. Los robos y los asesinatos son en España el pan de cada día. En elogio de los caballos andaluces, dice el marqués que son más civilizados que los hombres. «Los españoles son tan poco hospitalarios, que no hay mayor placer para ellos que vejar o contrariar a un extranjero; pero con dar algunos reales se consigue lo que se quiere. Don Basilio y Fígaro son los tipos de los españoles modernos, como Don Quijote y Sancho eran los de los antiguos castellanos.» «De tantos vicios públicos y privados resulta una masa de corrupción de la que no hay ejemplo en el día en ningún pueblo civilizado de Europa. Todos los espíritus se sienten, desde luego, inclinados a la injusticia, a la venalidad, a la traición, y los hombres de bien, que quedan al descubierto en medio de este pueblo hipócrita, se amedrentan de su corto número y se esconden entre la turba de los pícaros.» De nuestra literatura contemporánea forma el marqués muy pobre juicio. Cervantes, Garcilaso y fray Luis de León le parecen bien; pero «bosteza con la prosa y con los versos de Quintana»; «En general, los españoles tienen el entendimiento difícil, lento, poco brillante; apenas advierto en ellos imaginación; desde, fines del siglo XVIII son más imitadores que inventores, y esto es todo.» En otra parte, califica el marqués a nuestros autores modernos de cáfila de pedantes, sin inventiva, limadores de frases, etc. En medio de todas estas diatribas, el marqués nos elogia. Citaré uno de estos elogios: «Los andaluces tienen un respeto profundo de la decencia. Aborrecen las conversaciones sucias, y guardan sobre los actos más escandalosos un silencio de complicidad que sería difícil obtener en una sociedad menos profundamente depravada. Como el libertinaje está aquí en todas partes, nadie halla interés en echárselo en cara a los otros: la maledicencia se volvería tan fácilmente contra cualquiera que la emplease, que esta arma no se emplea en las relaciones de la vida. La gente dice: «El desorden es tan general, que el orden nos estorbaría.» «Mejor es no hacer caso del mal, harto común ahora para que la sátira le cure.» He citado tanto de estas abominaciones, de estas horribles calumnias, de estas manchas de infamia con que el marqués de Custine quiso sellar el rostro de nuestra nación y exponerla a la vergüenza ante Europa entera, porque si bien el marqués era un hombre viciosísimo y por ningún título autorizado para censurar los vicios ajenos, su obra fue muy leída y celebrada, y como está en forma de cartas, y dirigidas las cartas a Lamartine, Chateaubriand, Julio Janín, Enrique Heine, madame Récamier, duquesa de Abrantes, Carlos Nodier, madame Girardin y Víctor Hugo, no parece sino que todos estos ilustres personajes convienen de un modo tácito en infamarnos y deshonrarnos, patrocinando al calumniador. No es de extrañar que después escritores más oscuros hayan seguido las huellas del marqués de Custine, y se haya puesto en moda el maldecir de nosotros en periódicos, novelas, relaciones de viaje y toda clase de obras. No hace aún dos años que la Gaceta Universal de Augsburgo publicó una serie de artículos, bajo el título La situación actual de España, donde la escena y los personajes son los mismos que en la obra del marqués de Custine: los trajes sólo han cambiado. Resulta de la serie de artículos que no hay fe ni principios en ninguno de nuestros hombres públicos; que lo que todos desean es apoderarse del presupuesto; que somos unos holgazanes sin industria, sin comercio y sin saber; que estamos llenos de ambición, de envidia y de preocupaciones; en suma: que no puede imaginarse nada peor ni más inmoral, ni más rebajado que España en el mundo. En vista de esto, es menester que todos convengan en que, si nos enojamos, no deja de haber motivo. No damos pruebas, al enojarnos, de ser muy vidriosos. Antes creo que nos hemos hecho harto humildes a fuerza de oír injurias. La más pequeña justicia que se nos hace, nos parece un favor inmenso. Todos los que leemos en España, y, por desgracia, no somos muchos, nos encantamos con cualquier libro nuevo donde se nos trata con decoro y respeto. Si un erudito extranjero toma por asunto de un trabajo suyo algo que redunde en nuestra buena fama, por más que nos escatime el elogio, el elogio nos parece sobrado. Siempre tenemos que agradecer que se hable de una cosa sobre la cual no hemos sabido, querido o podido hablar nosotros mismos. Sirva de ejemplo sobre esto el libro reciente de Rousselot Los místicos españoles. Nos declara incapaces para la filosofía; rebaja a todos nuestros sabios y pensadores, y afirma que esta falta no ha sido efecto de la comprensión intelectual de los inquisidores, sino que la inquisición misma ha sido efecto de nuestro ingénito fanatismo, y de nuestro aborrecimiento a pensar y discurrir. Con todo, nosotros le perdonamos tales afirmaciones, porque encomia, sublima y da a conocer a Santa Teresa, ambos Luises y otros místicos, en quienes cifra y resume toda la filosofía española. Yo confieso que como nosotros ni esto hemos hecho valer y constar, según se debe, tenemos mucho que agradecer a Rousselot. «Guardada la debida proporción -dice-, fray Luis de León y fray Luis de Granada son para España lo que Bossuet y Bourdaloue para Francia»; pero en la frase guardada la debida proporción afirma nuestra inferioridad grandísima, aun en esto del misticismo, única cosa que nos concede. Y, sin embargo, cualquiera de los dos Luises vale tanto en absoluto, como su Bossuet, o su Fenelón, o sus otros autores devotos. Fray Luis de León, sólo considerado como poeta lírico, no tiene igual en Francia. Hay quien afirma que el afán que ponen los extranjeros en denigrarnos proviene, en parte, de lo insolentes que fuimos en la época de nuestra prosperidad; pero yo dudo que nuestra insolencia de entonces llegase ni con mucho a la insolencia y a la arrogancia de los ingleses del día, y menos a la petulancia y outrecuidance de los franceses en todas las edades. Antes veo en nuestros antiguos autores y en nuestros personajes históricos un respeto y hasta una admiración grandes por cuanto hay de bueno aun en las naciones más enemigas. Góngora pone por las nubes a los ingleses antes de que cayesen en la herejía, y esto en su canción a la invencible armada. Lope dice que no puede competir con los poetas italianos, que son solos y soles:
Mariana se muestra siempre muy aficionado a las cosas de Francia, y Cervantes a las de Italia. Si los españoles, en el día, aparecen menos afectos a los extranjeros, es porque están hartos de verse vilipendiar. En el concepto que los españoles formamos hoy de nosotros mismos, influye el concepto en que los extranjeros nos tienen, a veces porque nos abate y nos inclina a creer en nuestra enorme inferioridad; a veces porque nos rebela contra tan duro fallo, mas no siempre, a mi ver, atinadamente. En ocasiones, no negamos el defecto que nos imputa, sino que no le reconocemos por tal. Decimos como dicen algunos niños enojados: «¡Ea!, pues mejor», y nos ponemos a ensalzar el defecto como una virtud, después de haberle aceptado. La Inquisición, la intolerancia religiosa, los enormes errores y no pocos crímenes de los reyes de la Casa de Austria, de Felipe II sobre todo, alcanzan, en parte, por este espíritu de contradicción, las más ardientes apologías no menos paradojales que la que hizo Quevedo de Nerón y del rey don Pedro, o los que haría un francés de las noyades de Nantes, de la noche de San Bartolomé y de las matanzas de septiembre. Las burlas sobre nuestro atraso e ignorancia, la irritante compasión que muestran los extranjeros porque no hay en España tanta prosperidad, bienestar material y confort como en otros países, mueven a algunos españoles a celebrar este atraso, esta pobreza y esta ignorancia, como prenda y garantía de mayor religiosidad y de mayores virtudes. Así, nos excitan a seguir siendo ignorantes, atrasados y pobres, para seguir siendo santos y buenos. Esto llega hasta el punto de que recientemente se preconice en una comedia la propiedad santificante y hasta castificante del garbanzo. Un hombre de mucho mérito ha declarado, en presencia de una docta Academia, la radical ineptitud de los españoles para todas las artes del deleite, sosteniendo que esta supuesta grosería y rudeza es un bien, es condición esencial de nuestro gran ser y valer moral y político. En no pocas comedias y novelas del día se nota un odio grande a la civilización moderna, firme empeño en apartarnos de la corriente de las ideas del siglo y un espíritu de socialismo democrático frailuno que pone grima. En otras de estas producciones populares, para probar que nuestro atraso es inocencia, candor y religiosidad, se despliega una sensiblería empalagosa y simplona, que jamás ha sido prenda ni rasgo del carácter español, que se pretende retratar. Borrow creía que las Batuecas existían en un rincón de España; pero estos autores convierten a toda España en Batuecas. Su estilo está en consonancia con lo melifluo y santurrón del pensamiento; todo es pureza, dulzura, paz y caridad. Amanece, por ejemplo, en la aldea, y en la crucecita del campanario se refleja el sol naciente; y el cefirillo hace bu, bu, bu, en las hojas y ramas; y las manzanitas parece que dicen en los arbolitos: Comedme, comedme; y las ranas dicen: Cra, cra, en el estanque; y cantan los pajaritos: Pío, pío, pío; y el gallo, Quiquiriquí; y las gallinitas, Clo, clo, clo; y los niños que ya se han despertado, si bien están aún en las camitas, tan graciosos y robustitos, el Cielo los bendiga y los haga unos santos, gritan: «¡Mamá, papá!»; y todos juntos forman un concierto que significa o dice: «Bendito sea el Señor, que nos ha dejado amanecer y nos ha dado un día tan bello.» En suma: hemos venido a hacer de toda España una Arcadia a lo místico o a lo devoto, que la civilización extraña no podrá sino corromper y viciar. Es imponderable la fuerza que saca de estos extravíos el partido absolutista. Nos tachan los extranjeros de ignorantes, y muchos españoles, en vez de probar que no lo son, hacen gala de serlo, se burlan del saber o lo rechazan como ponzoña. Por él se pierde la originalidad; así lo ha sostenido toda una escuela de poetas y de otros autores.
ha dicho en son de burla uno que si en efecto, hubiese sabido, valdría más que Byron y más que Goethe, a quienes, por culpa de su ignorancia, no alcanza ni con mucho. Pero lo más singular y lamentable es que no pocos españoles, principalmente los que viajan y leen han acabado por formar sobre su patria un concepto tan malo como los mismos extranjeros. No sólo conocen los defectos todos de España, sino que los exageran y los multiplican, y los elevan a tanta magnitud que no puede ser más. De lo bueno de nuestro país, todo lo ignoran sustancialmente. Empiezan por hablar mal de su lengua nativa o por hablarla empedrándola de galicismos y faltas de gramática. Sujeto elegante conozco que dice haiga e indiferiencia, pero que censura la más ligera falta de francés; que se encanta con los marivaudages de Feuillet y no entiende o halla sandios los discreteos de Lope; y, que condena por de mal tono y cursis los chistes de Bretón y se extasía y califica de elegantísimos los más sucios equívocos del Palais Royal, o del más necio y obsceno vaudeville. Otras personas más serias, y que no llegan a la ridiculez en esta manía, están asimismo muy descontentas y desengañadas de España, su patria; pero nadie se atreve en público a señalar los defectos que nota. En público se diría que anhelamos engañarnos, embromarnos y aturdirnos. Todo se nos vuelve hablar de Lepanto, Pavía, Otumba, San Quintín, el Cid, Pelayo, Cortés, Pizarro, Numancia y otras mil y mil glorias, victorias y trofeos. En público no hay nada mejor que España. En particular, en secreto, al oído, nos decimos los mayores improperios. Esta hipocresía, esta doblez, es repugnante; más valiera no adular tanto al vulgo, no lisonjear con palabras huecas e hiperbólicas la vanidad patriótica de los ignorantes; señalar y decir con franqueza nuestras faltas, y no creer al mismo tiempo que sean tan graves, tan inveteradas y tan sin remedio. Pero la censura sobre cualquier cosa de España, nacida del patriotismo más acendrado, si la hace en público un español, le expone a perder su buen nombre. En cambio, en los cafés, casinos y tertulias puede a salvo renegar de su país. En público estamos ya hartos de oír decir, sobre todo a los absolutistas, que ésta es la nación más hidalga, más católica y más engendradora de héroes y de santos, y más inocente y gobernable que imaginarse puede; pero, confidencialmente, dicen esos mismos señores y otros muchos que esta nación no se gobierna sino a palos, haciéndonos creer que ellos son quienes los merecen. En suma: nos inclinamos a dos extremos igualmente viciosos. La gente que no ha viajado ni leído, la gente de buena fe, y la demás gente, por lisonjearla, se figuran que nada hay mejor que España. España es un país eminentemente agrícola por la fecundidad de su suelo. Aquí todo se produce en abundancia. Andalucía, sobre todo, es la tierra de Dios y de María Santísima. El trono de la Santísima Trinidad está colocado precisamente en el cenit de Córdoba o de Sevilla. En los países extranjeros, como la tierra es tan estéril, los hombres tienen que vivir de industria y de tramoya. Todo es por allá farsa, bambolla, fanfarronería y lujo aparente y ostentoso, sin consistencia y sin enjundia. Aquí todo es sólido, real, consistente, macizo a toca teja. Un andaluz que seguía esta opinión, estuvo en París, y al mes de estar allí y de haber visto las tiendas, los teatros, la magnificencia de los edificios públicos y privados y todas las bellezas y esplendores de aquella nueva Babilonia, fue a visitar a un su compatriota y le dijo: «¿Sabe usted lo que pienso, señor don Fulano?» «Hombre, ¿qué piensa usted?», respondió el otro. Y replicó el andaluz: «Pienso que aquí también hay dinero.» Harto sé que esta historieta del andaluz va siendo cada día más inverosímil y que apenas hay ya español que ignore que también hay dinero fuera de España, y hasta que no sospeche que en España hay, proporcionalmente, poquísimo. Pero, en cambio, fantaseamos para España otras mil excelencias, por donde nos adelantamos aún a todas las demás regiones, razas, lenguas y tribus del universo mundo. Por desgracia, esta admiración de lo propio, este obcecado patriotismo, inútil es, cuando no es nocivo. Nos encubre nuestras faltas o nos las presenta de suerte que, en vez de infundirnos el propósito de enmendarlas, nos hace pensar y decir el ya mencionado: «¡Ea!, pues mejor.» El otro extremo, sin embargo, es peor todavía. Los que creen que todo está irremediablemente perdido; que España tiene un suelo infecundo como los desiertos de África; que nuestros ríos son torrentes que no pueden canalizarse para riego; que no servimos para la industria, porque somos radicalmente flojos y llenos de desidia, etcétera, etcétera, nos condenan, en las condiciones actuales del mundo, a una inferioridad perpetua y a una perpetua desesperación. Porque España y cuantos españoles la habitan no acertaremos nunca a resignarnos a hacer un papel humilde, a ser, por decirlo así, una nación modesta de segundo o tercer orden. El recuerdo vivo, indeleble, de nuestra grandeza pasada, será siempre un aguijón que nos excite y un torcedor que nos atribule y atormente. Hay en el día españoles que, continuando y completando cierto pensamiento de Campanella en su famoso libro De monarchia hispanica, entienden que, así como los pueblos del Norte tuvieron el imperio mientras la fuerza bruta todo lo valía, y luego, cuando la astucia, el ingenio y la habilidad valieron más que la fuerza, inventada la Imprenta y la artillería, rerum summa rediit ad hispanos, homines sane impigros, fortes et astutos, ahora que todo el nervio y vigor de las naciones consiste en el trabajo mecánico, el imperio se aparta para siempre de nosotros y se vuelve a las naciones boreales. Otros imaginan que la ventaja y supremacía de estas naciones boreales no puede dejar de prevalecer mientras dure el presente modo de civilización, porque siendo hoy, o debiendo ser, los hombres más independientes de la autoridad, e interviniendo todos más en el gobierno y manejo de la, cosa pública, en los países del Norte la grande capacidad y la agudeza del ingenio están reconcentradas en pocos, a los cuales los demás se confían y someten de grado mientras que en el mediodía de Europa el ingenio y la capacidad está en todos, o casi todos, y así el vulgo se confía menos y censura más y reconoce de grado poca o ninguna superioridad en los que por acaso se encumbran por lo cual tiene que intervenir la violencia y tiene que haber a menudo mil estériles trastornos, a no ser que la abnegación patriótica y el amor al orden suplan o disimulen la falta de subordinación y respeto. Otros añaden, por último, que la dificultad de que España vuelva a levantarse está en nuestra poca paciencia, en nuestro mismo deseo de levantarnos, en nuestro ideal, en nuestra aspiración, en nuestra ambición desmedida. El recuerdo de lo que fuimos nos estimula a volver a ser, y no acertamos a aguardar reposadamente. No vale la prudencia contra tan vehemente sentimiento. Apenas recuperamos un poco nuestras fuerzas, queremos emplearlas en la lucha, sin dar tiempo al convalecer. En resolución, yo entiendo que todos los españoles, hasta los que hallan peor y más perdida a España, tienen conciencia del gran ser de esta nación y de sus altos destinos, y que la contraposición entre esta conciencia y la realidad presente es quien tanto los lleva a maldecir de la patria. Mas no por eso debe desesperar ni prever la muerte. Antes el exceso mismo de nuestro mal, y todo cuanto lo lamentamos, y lo mal sufridos que somos, y el prurito con que los extranjeros nos censuran, son indicios de que no hemos caído para siempre, son casi un buen agüero. Lo que importa ahora es no adularnos en público, ni jactarnos de lo que fuimos, sino de señalar nosotros mismos todas nuestras faltas, procurando el remedio. No hay que pensar en consolarnos porque el sol no se ponía en nuestros dominios, porque
Si bien nada de esto se debe olvidar; es más: si no se puede olvidar aunque se quiera, conviene tener presente a la vez los vituperios y vejámenes de que hemos hablado en este artículo, a fin de que el verdadero patriotismo no sea una jactancia vana. Si España, como dice Campanella, fue poderosa y respetada cuando la astucia y el ingenio prevalecieron sobre la fuerza bruta, y la imprenta y la artillería se inventaron, hoy, que prevalece no sólo el trabajo mecánico, sino también la inteligencia, no hay razón para que España quede por bajo de otras naciones. Lo que nos importa es abrir puerta franca a los frutos de esa inteligencia, vengan de donde vinieren; ni fingirnos un ideal de Batuecas; no creernos una Arcadia tonta a lo místico, y esperar confiados en que nuestro porvenir ha de ser venturoso. Madrid, 1868. - I -
9 de julio de 1868. Circunstancias de que no nos incumbe informar al público obligan hoy al que suscribe a llenar por extraordinario y afortunadamente una sola vez, esta parte de nuestro periódico. Mal va a salir de su compromiso, porque, disgustado, tiempo ha, de lo que llaman política, casi no sabe lo que pasa en nuestra España. No es, pues, posible que informe bien a los otros de lo que él mismo ignora. Sólo tiene algunas ideas vagas y harto someras de lo que ocurre, por lo que oye decir acá y acullá, y que recoge al paso sin prestar grande atención y enterándose apenas. Desde que un sujeto muy ducho en estas cosas le acusó y censuró porque no gastaba pleguerías, esto es, porque no sabía negar hoy con maravilloso desenfado y envidiable frescura lo que una semana antes afirmaba y sostenía con todos sus bríos, enmudeció el que suscribe en todo lo tocante a política, por temor de que, al hablar de este difícil arte, le aconteciese algo parecido a lo que aconteció al patriarca Noé cuando gustó por vez primera el zumo fermentado de las uvas. Lo que es hoy, por dicha, no había de faltar un Sem o un Jafet piadoso que le echase encima una capa colorada antes de que saliese de su tienda o tabernáculo y se presentase coram populo. Esperamos que dicho Sem o Jafet no tenga ocasión ni pretexto para ejercer ahora menester tan caritativo. Vamos a salir por todas las pleguerías que, a pesar del calor que hace, nos sea dado sufrir sin ahogarnos. Pero todavía queda en pie la mayor dificultad. ¿Qué es lo que vamos a decir? ¿Nos estaría bien repetir hablillas y rumores absurdos? Nada menos que eso. Pues de lo que realmente pasa, ¿quién nos ha de enterar con certidumbre para que enteremos a nuestra vez a los lectores? Está visto; lo mejor, lo más seguro, es decir que no pasa nada. Verdad es que se ha hablado de nuevas modificaciones en el Ministerio; pero todo parecía infundado. Lo único cierto es que el Ministerio se afirma, que vence todas las dificultades y que dirige la nave del Estado con próspero viento por un mar bonancible, sin escollos ni bajíos. Hasta los asuntos rentísticos deben de haberse hecho fáciles y sencillos, de arduos y complicados que eran cuando el señor marqués de Orovio puede solazarse yendo a su lugar, donde habrán de haberle recibido alborozados los riojanos al verle al fin con título. En suma: todo está tranquilo: nada sucede;
como dice el antiguo romance. En nuestro sentir, sólo hay un caso memorable en estos últimos días, y sobre él vamos a hablar, y aun a disertar si es lícito. Se trata del discurso leído por el señor Catalina, ministro de Fomento, al instalar solemnemente la Junta Superior Central de Instrucción Primaria. Con este motivo tendremos que hablar mucho del señor Catalina, darle a conocer según nuestro concepto, y aun encomiarle francamente y sin el menor viso ni asomo de ironía. Nuestros principios (y ¿cómo lo hemos de negar?) son otros que los suyos; pero aquí no vamos a discutir principios. Esto no conduciría a nada. Así, pues, discurriremos partiendo de una hipótesis. Supondremos que nuestros principios son los mismos que los del señor ministro de Fomento. Y una vez hecha esta suposición, en la cual no es tampoco todo arbitrario, porque en algo sustancial convenimos de veras, trataremos de la aplicación de estos principios a la práctica, de los medios de que ha sabido valerse el señor Catalina para que triunfen. Al tratar de esto, lloverán nuestras alabanzas sobre la cabeza del cristiano repúblico. Nadie ha sabido mostrarse más diestro y prudente para conseguir su fin. Al terminar su discurso exclama: «Si viese realizado mi deseo, no ambicionaría ya mayor gloria sobre la Tierra; daría gracias al Cielo repitiendo aquellas hermosas palabras de Simeón: Nunc dimittis servum tuum, Domine.» Esta oración eucarística, que condicionalmente piensa en dirigir al Señor, nosotros le aconsejaríamos que la dirigiese desde luego, si todos los decretos, reglamentos y medidas gubernamentales no fueran tan inestables en nuestro país. El edificio que ha levantado el señor Catalina es hermoso, sólido, bien proporcionado, a propósito para su objeto; pero tal vez dure poco; tal vez esté fundado sobre arena movediza. No es culpa suya, sino de nuestro carácter. Dentro de seis, de ocho, de quince meses; dentro de un año o de dos, vendrá otro Ministerio y le derribará para fundar otro muy diferente. Pero si no fuera por esto, bien podría el señor Catalina decir, no sólo las hermosas palabras de Simeón, sino también con el Salmista: Circumdedisti me laetitia, ut cantet libi gloria mea, por haber reprimido como conviene a los que corrupti sunt et abominabiles facti sunt in studiis suis. La serie de trabajos del señor Catalina empezó bajo el Ministerio del hoy marqués de Orovio. La obra está ya terminada. Sólo le faltan algunos perfiles que se le pondrán sin duda. Hecha la obra, y si nadie la derribase, el propósito del señor Catalina se cumpliría indefectiblemente al cabo de algunos años. Lo malo es, como ya hemos dicho, que en España no es de esperar que duren algunos años estas cosas. Pero imaginemos por un instante que duran, ¿Cuál sería el resultado? El resultado sería, y en esto resplandece el talento del señor Catalina, que la instrucción laica acabaría del todo o casi del todo; que las escuelas de primera enseñanza estarían en manos del clero; que no habría institutos, sino seminarios, y que las universidades, despojadas del carácter que hoy tienen, vendrían a ser meras escuelas especiales para formar médicos y abogados, sin influjo alguno en la vida y en el movimiento intelectual de la nación. Dios nos libre de discutir aquí si esto sería un mal o un bien. Dilucidarlo sería asunto de un libro profundo, no de un artículo de periódico escrito a la ligera. Aquí sólo afirmamos que esto sería. En un real decreto, dado en Zarauz en 1866, estriba principalmente esta esperanza. Dicho real decreto es la piedra angular de todo el edificio. Fundado en sabias consideraciones, apoyándose en razones de equidad, sosteniendo que la confianza que se deposita en fundadores de colegios privados no puede negarse a los reverendos obispos, el real decreto determina «que los estudios que se hagan en los seminarios conciliares habiliten para ingresar en las carreras civiles». Ahora bien: ni esos empresarios privados que fundan colegio, ni el Gobierno, que es también un empresario, podrán dar la instrucción tan barata, ni difundirla por todas partes como hace y hará el clero. Una vez establecida la competencia, no podrán luchar ni los colegios ni los institutos, y al fin tendrán que cerrarse porque se quedarán vacíos. El mismo real decreto indica ya una de las causas por que se quedarán vacíos, a saber: porque es crecido el número de poblaciones en que hay Seminario conciliar y no hay instituto, y porque no es de creer que los habitantes de estas poblaciones se separen de sus hijos para enviarlos a los institutos, cuando pueden hacer que estudien en los seminarios, guardándolos en casa. Los padres que no habiten en población donde haya Seminario no enviarán sus hijos al instituto, sino al Seminario también, donde podrán estar de internos por muy poco y les saldrá su educación más barata. Temibles competidores ha suscitado el mencionado real decreto a los catedráticos de instituto. De temer es que se queden pronto sin discípulos. ¿Qué actividad no desplegará en esto el clero en la patria de San Ignacio de Loyola y San José de Calasanz? ¿Cómo han de faltar en nuestros sacerdotes hombres que sigan las huellas y que tengan el temple de alma de aquel infatigable aragonés y de aquel glorioso vizcaíno? Los catedráticos seglares apenas tendrán para mantener a sus familias con los siete u ocho mil reales que les dé el Gobierno. Los catedráticos de Seminario podrán vivir en el Seminario mismo punto menos que por nada, y exentos de los cuidados y desvelos que la familia inspira, consagrarse con ardor eficaz y exclusivo al magisterio y cumplir la alta misión y divino precepto de ite et docete omnes gentes. Y no hay que dudarlo, en pocos años este régimen acabarán por enseñar a todas las gentes, y el Gobierno podrá hacer un considerable ahorro, suprimiendo los institutos por inútiles. Entonces, según ya pronostica el real decreto, cum exultatione te simplicitate cordis, no sólo los más grandes teólogos, sino los juristas más afamados, los poetas más insignes y los sabios que honran los fastos de la ciencia, y, por consiguiente, los ministros, los senadores, los diputados y hasta los ingenieros de Canales y Caminos saldrán de los seminarios conciliares. Imitatores mei estote. En todos o en casi todos los demás establecimientos de educación, el señor Catalina ha ido descubriendo que se esconde el genio de la impiedad y de la rebeldía. Ya en la circular de 20 de julio de 1866 indicaba que las universidades e institutos ofrecían motivos de amargura, aunque no tantos como las escuelas de primeras letras. En estas escuelas principalmente es donde se enseñaba a los niños a aborrecer y a rebelarse, en vez de enseñarles a obedecer y a amar. Más tarde, en el mes de octubre del mismo año, descubre el señor Catalina que las escuelas normales están emponzoñadas, que han tenido la desgracia de inspirar en España serias inquietudes, y estas inquietudes le han preocupado de tal suerte, que desde luego pensó en suprimir las escuelas como un semillero de pestilencias y unas sinagogas de Satanás: pero en la imposibilidad de adoptar por lo pronto otros medios de formar maestros, admitió por entonces su conservación, si bien reformándolas y extirpando los abusos. En el mismo mes y año reformó también y organizó el señor Catalina la segunda enseñanza. Teniendo en cuenta aquello de non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem, suprimió no pocas cosas de las que había antes que aprender, a fin de no acostumbrar a los niños a la trivialidad de ideas generales mal comprendidas, y llevó a tal extremo su interpretación del ad sobrietatem del apóstol, que dedicó cuatro años al estudio del latín; pero nada más que del latín, durante los tres primeros, con un poco de retórica y poética en el tercer año y bastante de catecismo, enseñado durante los seis años sucesivos por el párroco o por un sacerdote. Como es de suponer que los niños, en la escuela o en el seno de su familia, deben saber ya la doctrina cristiana al entrar en la segunda enseñanza, de suponer es también que con los seis años más de catecismo y de Historia sagrada y con un año de religión, casi deben salir de la segunda enseñanza hechos unos razonables teólogos, si no son muy menguados de entendimiento. En cuanto al latín, no hay que temer tampoco que dejen de aprenderlo por falta de tiempo. En cuanto al griego, el señor Catalina lo ha suprimido, porque ya era demasiada la sobriedad con que se enseñaba, o por aquello de que para poca salud, más vale ninguna. Lo que no acertamos a comprender es lo que dice de que «cuando se formen muchos y verdaderos helenistas, entonces podrá pensarse en dar conocimientos de aquel interesantísimo idioma a los alumnos de segunda enseñanza». ¿Cómo se han de formar muchos helenistas cuando se suprimen las cátedras en que pudieran formarse? Si hasta ahora, existiendo las cátedras, sólo se han formado falsos, como se deduce del deseo del señor Catalina de que los haya verdaderos, ¿qué sucederá, dichas cátedras suprimidas? El señor Catalina, en el afán de reformarlo todo, en todo ha puesto mano; pero no se puede negar que, obedeciendo siempre a la misma idea, con unidad de miras, conspirando siempre al mismo propósito de que no haya attendentes spiritibus erroris et doctrinis daemoniorum. No nos es posible examinar cómo ha reformado las escuelas especiales y las facultades de Filosofía y Letras, de Derecho, de Farmacia y de Medicina. Sólo tocaremos de paso algunos puntos que nos parecen dignos de atención. Lo es, en primer lugar, que se prohíba «el estudio simultaneo de la facultad de Filosofía y Letras con las de toda otra facultad». Ser en España filósofo o literato, con título o sin título vale para poco o para nada. ¿Quién, pues, habrá de dedicarse exclusivamente a serlo? Este artículo, por tanto, hace inútiles, o poco menos que inútiles, las cátedras de Filosofía y Letras. Estarán desiertas, o poco menos que desiertas, si no se consiente al que sigue una carrera para ganarse honradamente la vida, como médico, como abogado o como farmacéutico, que estudie al mismo tiempo, para adornar su espíritu y calmar su sed de saber, las letras y la filosofía. Resultará, además, que ni el médico ni el abogado podrán ser, oficialmente al menos, ni literatos ni filósofos. No es de creer que vuelvan a ser estudiantes, después de ser ya médicos y abogados, abandonando los negocios o los enfermos. El mismo señor Catalina conoció, por lo visto, la malquerencia contra la filosofía y las letras profanas que implicaba la mencionada disposición, y la modificó en una real orden. Sobre la organización dada por el señor Catalina a la Facultad de Ciencias, salvo los errores en que puede haber incurrido en los pormenores, porque al fin no es omniscio, y éstas son materias extrañas a sus estudios, debemos darle y le damos grandes alabanzas, aunque nos hagamos impopulares con algunos ingenieros, harto poseídos del espíritu de corporación. Las escuelas especiales son verdaderamente de aplicación, y como el complemento de lo que se aprenda en la Facultad de Ciencias, donde deben darse los conocimientos teóricos. Lo que no aplaudimos es el artículo octavo de este decreto, que dice: «Queda prohibida la simultaneidad de la Facultad de Ciencias con toda otra y de sus secciones entre sí. Comprendemos el horror que inspira al señor Catalina lo que vulgarmente llaman un Petrus in cunctis; pero no basta esto para disculparle. ¿Quién ha de querer ser en España meramente sabio? Como no sea un príncipe o un gran señor, nos parece que nadie. Por otra parte, no nos negará el señor Catalina que puede haber un abogado o un médico que sea buen naturalista o buen matemático, y que estas cosas, y aun otras más disparatadas, pueden aprenderse y saberse a la vez, como verbigracia, lengua hebrea y náutica. Sean severos los exámenes; no se apruebe a los que no hayan estudiado o no tengan capacidad bastante para que el estudio les aproveche; y quede en libertad de aprender a la vez cuanto se le antoje el que se sienta con fuerzas para ello. Debemos notar aquí que si bien en todos los institutos se debe aprender mucho latín, y en las universidades donde haya Facultad de Filosofía y Letras, griego, árabe y hebreo, las lenguas vivas de Europa han sido muy desdeñadas por el señor Catalina, y no se nos dice que habrá cátedras de ellas, aunque las hay en universidades e institutos, ni se exige su estudio para ninguna carrera. Nosotros convenimos con el señor Catalina en que es una picardía que nos señalen con tinta negra en una mapa que se vende por ahí sobre la ilustración, y donde la Islandia está fulgurante de luces, aunque no hubiéramos tomado en cuenta dicho mapa al escribir un documento oficial; nosotros convenimos en que España tiene, pásenos el neologismo el señor Catalina una grande autonomía literaria; pero, en suma, bueno será convenir también en que hay pueblos en Europa que igualmente la tienen, que están mucho más adelantados que el nuestro, y cuyas lenguas deben enseñarse en España para gozar bien de los tesoros de ciencia y de poesía con que han sido enriquecidas e ilustradas. Las cátedras de francés, alemán, inglés e italiano, acaso son tan útiles o más que las de latín, árabe, griego y hebreo. Otras muchas disposiciones relativas a instrucción pública se han dado también en estos últimos tiempos, casi todas, en nuestro sentir, debidas a la poderosa iniciativa del señor Catalina, aunque durante un poco de tiempo dejó éste el negocio de los estudios y se engolfó
siendo ministro de Marina. Algunas de estas disposiciones merecen el aplauso de toda persona imparcial, como, por ejemplo, la fundación de museos arqueológicos. Al señor marqués de Orovio, a pesar de lo que hemos dicho y creemos sobre la iniciativa del señor Catalina, le cabe la gloria de aparecer como el reformador de la enseñanza en España; él ha firmado casi todas las reales órdenes y los decretos. Bien merece la gran cruz de la Orden Piana que dicen acaba de obtener. La fuerza de la reforma realizada, y hasta la fuerza de las mismas circunstancias, concurren a que se verifique lo que ya decíamos al empezar este artículo, es a saber: que las universidades dejen en realidad de serlo. El Gobierno mismo lo declara en otro decreto de julio de 1867: muchas universidades pobremente asistidas, limitadas a tres o a dos facultades, quizá a una sola, no merecerán el nombre de Universidad. «La clásica antigüedad daba sólo nombre de Universidad a aquellos insignes establecimientos donde para todas las ciencias había cátedras y fácil entrada para todos los deseosos de saber.» A pesar, pues, de la clásica antigüedad, seguirán llamándose universidades diez escuelas superiores de España; pero cada día se suprimen cátedras y aun facultades enteras en muchas de ellas. En Oviedo, Santiago y Zaragoza no habrá en adelante Facultad de Teología. En las otras universidades se irán suprimiendo también. En Salamanca no se podrá pasar de bachiller en Filosofía. La Facultad de Filosofía y Letras se suprime en muchas universidades, y sólo en la Universidad Central se seguirá dando el grado de doctor. El señor Catalina ha terminado su obra, ya de ministro de Fomento, y rubricando él mismo la ley y los reglamentos sobre instrucción primaria, en la cual tendrá el clero la mayor influencia, no sólo porque los párrocos presidirán todas las Juntas locales inspectoras, sino porque, suprimidas las Escuelas Normales, todos los maestros estudiarán en los colegios de segunda enseñanza; casi de seguro en los seminarios; de esta suerte, donde no hubiere maestro seglar, será un clérigo el maestro, y donde hubiere maestro seglar, éste, por lo general, estará educado en un Seminario. Sinite parvulos venire ad me. No es posible dar mayor influencia y parte al clero en un negocio de que depende tanto el porvenir de la patria. Esperemos, si es que duran las disposiciones del señor Catalina, que esta influencia sea para bien y que por ella cunda la instrucción en los pueblos, mejorando mucho también su religiosidad y su moralidad, a fin de que no se diga en lo futuro: populi meditati sunt inania. A este punto habíamos llegado de nuestro artículo, el cual empezó afirmando que no había novedades de que hablar, cuando supimos, por la voz pública y por los periódicos diarios, una novedad extraña y grave, cuyas causas no sabemos. El capitán general, duque de la Torre, los tenientes generales don Fernando Fernández de Córdoba, don Antonio Ros de Olano, don Juan Zabala, don Domingo Dulce, don Félix María Messina, don Rafael Echagüe, don José María Marchesi y don Francisco Serrano Bedoya; los mariscales de campo don Tomás García Cervino, don Francisco Uztáriz y don Antonio Caballero de Rodas, y los brigadieres don Manuel Buceta, don Antonio López Letona, don Juan Alaminos y don José Sánchez Bregua, y tal vez algunos otros que no han llegado a nuestra noticia, han sido, presos unos y otros no, pero todos mandados de cuartel a diversos puntos de la Península, de las islas Baleares y de las Canarias. También, a lo que parece, se ha dispuesto que salgan de España los infantes duques de Montpensier. Sobre esto, y sobre lo que ocurra en los días que quedan hasta la publicación de la revista, no extrañarán nuestros habituales lectores que nos abstengamos de dar opinión alguna, aunque El Español y La España se hayan creído ya en el caso de darla de un modo que La Época califica de altamente inconveniente. - II -
13 de junio de 1870. La breve ausencia del señor Albareda, que escribe con tanto aplauso esta crónica, nos obliga a intercalar en ella un capítulo escrito por personas menos versadas en las cosas políticas. El encargado de la intercalación piensa y siente como el señor Albareja; mas no por eso desconfía menos. Conviene, pues, que empiece por pedir perdón a los lectores de |