  La revolución y la libertad religiosa en
España
- I -
Acabamos de presenciar uno de los
acontecimientos más importantes que registra nuestra historia hace
siglos. Las Cortes Constituyentes, elegidas por el sufragio universal en nombre
del pueblo de Torquemada, de Loyola, de Domingo de Guzmán y de Felipe
II, han proclamado la libertad religiosa.
No es de extrañar que la
discusión que nos llevó a tan dichoso término durase
muchos días; no es de extrañar que se haya mostrado en ella toda
la vehemencia de la pasión, que anima a los partidos opuestos. Se han
pronunciado cuarenta o cincuenta discursos; oradores de extraordinario
mérito han conmovido hondamente los corazones y las inteligencias; el
debate ha estado a la altura de su objeto y de la nación
española, donde son grandes el despejo y el desenfado, y prodigiosa la
facilidad de palabra, y donde cabe afirmar, sin hipérbole, que no es
rara la elocuencia.
Cualquiera diría, por
consiguiente, que el asunto está agotado; que está ya dicho
cuanto importa decir sobre cuestión tan grave; pero bien sea porque la
cuestión, sobre ser grave, es complicada y difícil, bien sea
porque nuestros oradores improvisan y se dejan arrebatar del entusiasmo y de la
más lozana y poderosa imaginación, y suelen carecer de aquella
calma que tan delicado punto requiere, es lo cierto que hay mucho que decir
aún, y que es conveniente que se diga.
El proyecto de Constitución es
obra de quince individuos, discretos y eminentes todos, pero venidos de
diversas y aun opuestas parcialidades políticas, y que han tenido que
transigir, a fin de encontrarse en un término medio y llegar a una
avenencia. Este procedimiento ha sido muy útil en las cosas meramente
políticas, donde el término medio suele ser el más
razonable, y si no el más razonable, el más conveniente y
práctico, dado el momento histórico en que se halla el pueblo
para quien se legisla. Pero en el asunto superior de la libertad religiosa, la
transacción ha producido pocos sazonados frutos. Es cierto que
así los quince individuos de la comisión, como la mayoría
que los sigue, han tenido que ser y han sido fieles al espíritu de la
revolución, y han consignado en la ley fundamental la libertad
religiosa, grande conquista de la civilización y de los tiempos
modernos, requisito indispensable para que España pueda entrar de lleno
en la corriente del progreso y en el noble consorcio de las naciones cultas de
Europa; pero ¿cómo no lamentar el modo de introducir la libertad
religiosa en la Constitución futura? ¿Cómo no confesar que
dicha libertad entra en la Constitución por una puerta falsa y de un
modo furtivo y vergonzante?
Aceptado el credo democrático,
puestos los derechos individuales como piedra angular del nuevo edificio
político que estamos levantando, es innegable que no se podía
prescindir de la libertad de conciencia, no inerte y encerrada en sí
misma sino con todos sus desenvolvimientos y manifestaciones.
¿Qué vale que sea inviolable el domicilio, si la conciencia no lo
es? ¿Qué importa tener derecho de asociarse y de reunirse para
cualquier menester bajo y mecánico o para llevar a cabo cualquier
propósito de bienestar material, si está vedada la reunión
y la asociación para el más trascendental y elevado de todos los
propósitos, del cual penden y dimanan nuestras más sublimes
esperanzas, en el cual se funda el cumplimiento de nuestro último fin, y
por el cual, y en virtud de cuya luz forjamos e iluminamos nuestro ideal,
cobramos aliento para realizarlo y nos proponemos un modelo de
perfección, así individual como social y colectivo, blanco de
nuestro anhelo más fecundo?
Es pues evidente que el más
precioso, el más primordial, el más fundamental de los derechos
individuales, es la libertad religiosa. Consignados estos derechos, se
debió consignar el de la libertad religiosa como el primero. La
declaración debió ser más solemne, más
explícita; hecha en favor de españoles, que es para quien los
españoles legislan; no comenzando por hacerla en favor de los
extranjeros y añadiendo luego un tímido
si hubiere algún español para
darle participación en la misma libertad, para hacer horra su conciencia
a la sombra del favor concedido al advenedizo y extraño.
Yo no dudo que la inmensa
mayoría, la casi totalidad de los españoles, es católica;
yo creo firmemente que ninguno, merced a esta libertad de conciencia, va a
renegar de la religión de sus padres para transformarse en budista,
mahometano o judío; yo estoy persuadido de que serán raros los
que se hagan protestantes, y que de éstos, si los hubiere, la mayor
parte lo será por algún motivo que nada tenga que ver con la
religión; pero la misma seguridad que yo tengo, y de que participan los
católicos más fervorosos, los más decididos partidarios de
la intolerancia, lejos de ser un arma en contra de la libertad, debiera servir
para tranquilizar los ánimos y hacer comprender que dicha libertad no
vendrá a destruir la unidad religiosa, sino a cambiarla, de violenta y
forzosa que ha sido hasta el día, en espontánea y libremente
aceptada. Y esto, lejos de ofender en lo más mínimo al
catolicismo, redundará en gloria suya y clara claro y resplandeciente
testimonio, así de lo incontrastable de su verdad como de lo firme de
nuestra fe en reconocerla y acatarla.
No me explico, pues, la manera miedosa y
algo subrepticia de declarar la libertad religiosa como un derecho de
algún español, si lo
hubiere, que apetezca usar de ella,
¿Por qué no dar terminantemente esta libertad a todos los
españoles que
hay? ¿Por qué no darla con el
deseo y casi con la más completa esperanza de que han de usar de ella
para afirmarse en la fe de sus mayores y conservar en toda su pureza aquellas
santas creencias, en cuyo nombre han combatido y triunfado, extendiendo la
gloria de la patria, su dominación y su cultura por toda la redondez de
la Tierra, de la cual han dilatado los términos y duplicado la
extensión con inmensos e ignotos continentes, islas y mares?
Sabido es que nadie tiene derecho al
error, que la libertad no se concede para lo malo, y que nosotros, siendo
católicos y estando en posesión de la verdad, no queremos abrir
la puerta para que la falsedad y la mentira vengan a oscurecerla. Sabido es,
además, que el estar unidos es mejor que el estar separados; que el
convenir en algo, y sobre todo si este algo es esencial, es un bien
grandísimo, y que, por tanto, nadie debe desear que se rompa la unidad
religiosa; pero el poder político no puede menos de declararse
incompetente para conservar esta unidad por la fuerza; el poder político
no puede menos de reconocer que, sobre un punto tan del espíritu como el
de la religión, sólo debe tener jurisdicción e imperio un
poder espiritual, y sólo deben imponerse penas espirituales; y el poder
político, por lo mismo que ha nacido de una revolución
democrática, por lo mismo que se funda en la voluntad del pueblo y en su
soberanía, no puede menos de convenir en que por cima de esta
soberanía, por cima de esa voluntad del pueblo, aunque fuese
unánime, están ciertos derechos, de que ningún individuo
debe despojarse al aceptar el pacto social, ciertos derechos que nacen de la
justicia eterna, anteriores y superiores a toda soberanía, a toda
decisión de los poderes públicos, a toda ley que cualquiera
sociedad o república quiera imponerse.
Supongamos por un momento que todos los
españoles, sin excepción de uno solo, somos católicos.
Natural es que, siéndolo, se conserve la unidad religiosa;
inútiles son entonces las leyes para retenernos violentamente en el
gremio de la Iglesia; en su gremio permaneceremos, porque las amamos. Pero si
hubiera un solo español que no sea católico, ¿tendremos
derecho los demás para violentarle con coacción material a que lo
sea, esto es, a que disimule que no lo es con hipocresía cobarde?
¿Qué ganaría la Iglesia, qué la sociedad con este
acto tiránico? ¿Para qué ha de retener por fuerza la
Iglesia en su gremio a quien no la ama, y a quien tal vez finge amor por
cálculo, por conveniencia o por miedo?
Sin duda que los representantes del
pueblo, que están ahora constituyéndolo, tienen poder para mucho,
y les ha sido lícito comprometerse a sostener y a hacer que prevalezcan
ciertas doctrinas en las futuras leyes fundamentales; pero, aunque todos y cada
uno ce los representantes hubieran recibido el mandato de todos y cada uno de
sus electores, de imponer por fuerza, con sanción penal, por leve que
fuese, la unidad religiosa, este mandato sería írrito y nulo, en
virtud de la doctrina misma que ha sido móvil y origen de la
revolución, y según la cual el empeño de todos no basta a
destruir legalmente en uno solo cualquiera de esos derechos primordiales, cuya
base es la libertad de la conciencia.
Lo que sí es, a mi ver, no menos
indudable es que ese pueblo, que no puede despojar a nadie de su libertad
religiosa, puede, y, sin duda, quiere también, afirmar su concordia, su
unidad en punto a religión. En esto no hay nada de contradictorio, a no
ser que se mire de un modo somero. El pueblo español, que forma una
parte de la Iglesia universal o católica, que es católico en su
casi totalidad, en su inmensa mayoría no puede ni debe violentar a nadie
a que sea católico. La libertad religiosa es sólo la
negación de este poder, la declaración de esta incompetencia de
jurisdicción sobre cualquiera conciencia humana. El pueblo reconoce que
no hay individuo a quien pueda obligar a pensar como él piensa, y a
creer lo que él cree; pero ¿acaso se deduce de aquí que el
Estado, que es la manifestación orgánica del conjunto de los
españoles, la representación de su vida colectiva, la resultante
de sus fuerzas y aspiraciones y el guardador de sus glorias pasadas, de su fama
y de su nombre, haya de desechar lejos de sí la religión, y no
haya de confesar paladinamente que es católico, siéndolo, como lo
son casi todos los españoles, y estando tan enlazada esta
religión con nuestra historia, y con nuestras costumbres, que parece
propia de nuestro ser y nacida de las grandes calidades que adornan a nuestra
raza? ¿Cómo se concibe que la Comisión que ha redactado la
Constitución futura haya mostrado aún mayor timidez en este punto
que en el de declarar la libertad religiosa?
En el seno de la Comisión
había algunos individuos que entendían este punto de un modo
totalmente opuesto. Deseaban y pedían la separación de la iglesia
y del Estado. Reducían así la Iglesia a una congregación
de sectarios contemplativos, que sólo debían emplearse en la
meditación de otra vida ultramundana, y en prepararse para ella, sin
influir en ésta que vivimos, sin fuerza ni voluntad social ni
política para nada; y reducían el Estado, y la
congregación o conjunto de hombres que se llama nación, a
emplearse sólo en intereses materiales y groseros, sin un ideal
colectivo, sin una creencia común que los uniese, sin una sola noble
aspiración superior, sin un solo pensamiento propio de todos, que se
levantase un codo por cima de la atmósfera densa que nos circunda, que
penetrase una línea más allá de lo fenomenal y contingente
en la región de lo esencial y de lo absoluto. De esto despojaban a la
colectividad; esto no lo veían, no lo reconocían sino en el
individuo, y lo apartaban del Estado como impertinente, y no consideraban que
dejaban al lado del Estado, y fuera de él, una sociedad compuesta casi
del mismo número de individuos, y de los mismos individuos, en donde
esos propósitos y fines del alma humana, que ellos no creen sino
individuales, tienen una fuerza colectiva, y son el fin y el objeto de la misma
sociedad. No comprendían que la Iglesia, siendo así, como sin
duda lo es, o tendría que de caer, abdicar, negarse a sí propia,
quedando reducida a la congregación de sectarios inertes,
teóricos y especulativos de que hemos hablado, herida de esterilidad,
mutilada, hechos infecundos y vanos sus elevados principios que propenden a
realizarse ya encarnarse en todas las instituciones y en todas las creaciones
sociales, o tendría que sobreponerse al Estado y aun absorberlo, por ser
más sublime su fin, y su menester más comprensivo, y más
trascendental su objeto.
Por las razones expuestas, se
engañan los que anhelan la separación de la Iglesia y del Estado;
a no ser que abriguen cultamente la esperanza del aniquilamiento de la Iglesia,
de su reducción a algo de insignificante e inactivo; a no ser que
sueñen con un Estado tan limitado en sus atribuciones, que vengan ya a
rayar en los límites de la anarquía proudhoniana. Se equivocan en
nuestro sentir, si piensan, con esta separación poner paz entre el
Estado y la Iglesia. Roto el lazo que hoy los une, se moverán sin duda,
en dos esferas distintas, cuyos centros estarán separados, mas nunca lo
bastante para que las esferas no se intercepten y compenetren, quedando en
ambas un espacio común, el de la vida activa, más espiritual y
elevada, el cual será campo de perpetua batalla por el predominio. Esto
es evidente; la teoría y la práctica, la especulación y la
Historia, dan testimonio de ello. Donde el Estado es católico no se
puede ser buen ciudadano sin ser buen católico también, y no se
puede ser buen católico sin ser asimismo buen ciudadano; pero en el
Estado que prescinde de la religión, pueden llegar fácilmente las
cosas a tal extremo, que los deberes de católico y los deberes de
ciudadanos se combatan dentro del pecho del mismo individuo, como dentro de la
colectividad toda, y unos rompan con el catolicismo para ser fieles al Estado,
y otros con el Estado para quedarse en el seno de la Iglesia.
Atendiendo a tales o parecidas
consideraciones, no han consentido muchos individuos de la comisión en
que se declare en la ley fundamental la separación del Estado y de la
Iglesia; pero tampoco han tenido fuerza y autoridad suficientes a que la
unión, alianza o concordia de ambos poderes se consigne de un modo
franco y abierto. El plan, el designio, es que la unión siga; pero no se
dice. Y no se dice, cuando más que nunca debiera decirse y aun
explicarse; porque, dada la gran novedad, la extraordinaria mudanza de la
libertad religiosa, las relaciones entre ambos poderes tiene por fuerza que
padecer notables y profundas alteraciones, objeto imprescindible de futuras
leyes.
No es, pues, inútil, no es
tardío no viene ya sobre lo resuelto y decidido cuanto digamos acerca de
un asunto de tamaña importancia. Aún hay mucha por resolver y por
decidir, sobre lo cual podrían acaso tener algún influjo nuestras
observaciones, si fuesen justas, como creemos, y si acertáramos a
exponerlas con claridad y con orden. Por esta esperanza nos atrevemos a
escribir y hasta nos juzgamos en el deber de escribir, no dando por agotada ni
terminada la discusión.
Al desenvolver nuestro pensamiento,
aunque inevitablemente tengamos que tocar puntos superiores a la
política, no tememos lastimar las conciencias de los católicos
ilustrados, ni enunciar una sola idea que sea contraria a su fe. Lamentamos,
como se debe, que algunos representantes de la nación hayan lastimado
dichas conciencias, y comprendemos el hondo disgusto que han producido, sin
aplaudir la exageración y pertinacia con que se han dado muestras en
este disgusto. No pocos se prevalen del escándalo y lo aumentan y lo
divulgan y lo perpetúan para sus fines reaccionarios. Con pretexto de
defender a Dios y de desagraviare, se defienden y desagravian a sí
propios. Si la lepra espiritual del ateísmo se ha hecho patente en
cuatro o cinco personas, el cuerpo social está sano, y parecería
mejor pedir a Dios, sin hacer tanto ruido, que también sanase a dichas
personas, que no levantar guerra, no sólo contra ellas, sino contra
todos los que las sufren y permiten que hablen, haciendo así de la
intolerancia un arma en defensa de Dios, como si Dios necesitase de tan triste
defensa. Cuando Job estaba cubierto de lepra material, vinieron aquellos
varones conocidos suyos a atormentarle, con pretexto de defender a Dios contra
sus quejas; pero Dios, cansado de tanta procacidad y de tanta
hipocresía, resolvió intervenir en la disputa, y antes de
enojarse contra Job, se enojó contra los defensores de su providencia.
Bien podemos dar por cierto que si Dios interviniese en la presente disputa,
había de hacer como hizo entonces, zahiriendo más al que alza el
pendón de guerra como para defenderle que al infeliz que confiesa que
carece de todo sentimiento religioso; lo cual no es negar a Dios, sino negarse
a sí mismo, porque no niega la luz radiante del sol quien se declara
ciego ni niega las sonoras armonías de la Creación quien se
declara sordo. Tanto alboroto en defensa de Dios, que no la necesita ni la
quiere sino por los medios blandos y amorosos de la persuasión, da lugar
a que se sospeche que muchos de esos paladines divinos se revuelven y levantan
furiosos para ocultar en el fondo de sus conciencias una ceguedad igual a la
que los escandaliza en quien la descubre.
- II -
Es opinión harto divulgada que
vivimos en una época de incredulidad grandísima. Así lo
sostienen los que creen hacer el encomio de la época y los que creen
hacer la censura; pero lo que hacen unos y otros, al afirmar esto, es poner en
pugna la civilización y la fe, la religión y la ciencia. Nadie
podrá negar que la civilización es hoy superior a la de cualquier
otro momento de la Historia, y mucho menos negará nadie que hoy es
superior la ciencia. Por consiguiente, si hoy es inferior la fe, fácil
es deducir, generalizando, que el conocer y el creer están en
razón inversa, que la fe y la ciencia son incompatibles, o que la una
mengua al compás que la otra crece. Si esta sentencia y la
observación en que se fundan fuesen exactas, serían igualmente
fatales, así a la religión como a la ciencia; serían un
tremendo desconsuelo para la especie humana; probarían que la ciencia a
trueque de algunas satisfacciones para la vanidad y el orgullo, o para el mayor
bienestar material, nos venía a robar nuestras más dulces
esperanzas, nuestras más caras ilusiones, y probarían que la fe
no nos mostraba verdades superiores a la razón, sino ilusiones que la
razón desvanece. Por dicha, no es difícil demostrar que la
observación es inexacta y que la sentencia es injusta.
La ignorancia de muchas leyes naturales,
el escaso conocimiento que tenían los hombres en otras épocas de
todo este Universo visible, eran, sin duda, causa de mayor superstición,
pero no de mayor fe. Los fenómenos que hoy explicamos racionalmente por
obra de las causas segundas, en virtud de ciertas leyes, ora descubiertas por
la observación y la experiencia, ora fundadas, además, en
principios matemáticos, o no se explicaban entonces, o se explicaban por
medios sobrenaturales y milagrosos. Pero, al explicar hoy estos
fenómenos, al dejar que obren las causas segundas para producirlos,
¿tenemos derecho para prescindir de la intervención divina, para
negar que es inmanente la presencia de Dios en las cosas todas, para obligar a
Dios a que se retire más allá de los límites de cuanto
abarca, descubre y explica menos que a medias nuestra observación y
nuestra ciencia? El más vano de todos los sabios, el más
engreído de todos los positivistas no se atreverá a sostener si
lo medita con calma, semejante proposición. Reconocerá que, con
los datos de su experiencia y con los esfuerzos de su mente hechos sobre estos
datos, logra sólo explicar algunos fenómenos, pero el conjunto de
las cosas y su armonía y su fin, y el sistema en que se enlazan, quedan
para él desconocidos e ignorados. Lo que puede hacer y hace el
positivista es declarar incompetente a su razón para decidir esas
cuestiones, negar la posibilidad de descubrir científicamente esas
verdades sublimes, poner a la metafísica fuera de los dominios
científicos y obligarla a que se refugie en la fe; pero esto no es negar
ni destruir la fe, sino acrecentar su imperio y su dominio. Ni tiene derecho
tampoco el positivista para hacer que Dios se retire a espacios remotos e
inexplorados, dejándole libre y vacío cuanto piensa que
está al alcance de su observación. Cerca de él, en
él mismo, en el ambiente que le rodea, y no sólo más
allá de las más remotas estrellas, reside y vive y se sustrae a
su investigación y es inaccesible a su razón, a sus sentidos y a
todos sus recursos empíricos, la esencia íntima, la sustancia, el
ser de quien sólo conoce algunos accidentes y atributos por medio de los
sentidos. Apenas se puede afirmar que tenga idea exacta de esos mismos
accidentes en sí, sino de la impresión, de la sensación
que en él ocasionan; y de esta suerte bien puede sostenerse que lo
misterioso está en el sabio y en torno del sabio, y bajo cualquier
objeto, cuyo peso, figura y dimensiones conoce, cuyos elementos analiza y
vuelve acaso a componer de nuevo, y cuyas calidades determina. Así es
como la ciencia no sólo no destruye la fe, sino que no puede destruir ni
amenguar, a no ser casi imperceptiblemente, de un modo apenas apreciable, el
campo de la imaginación y de la poesía.
Y no hay que bajar al profundo centro de
la Tierra, ni hay que subir al último cielo para que la
imaginación cree y la poesía se explaye. La ciencia y la
experiencia no le han acotado terreno alguno, no le han cerrado ningún
recinto, no le han vedado ningún objeto, haciéndolo completamente
propio y exclusivo de ellas. En lo íntimo de las cosas todas hay siempre
un impenetrable misterio. Allí no llega el saber; allí
sólo llega el creer o el imaginar.
Todos los sabios del mundo no
desalojarán, lograrán poner en fuga, con todas sus experiencias y
razonamientos, a los seres sobrenaturales, a las misteriosas energías, a
las inteligencias secretas que nuestra imaginación o nuestra fe se
complazcan en poner en los objetos circunstantes. No los extraerán con
el escalpelo, no los verán con el microscopio, no los destilarán
por sus alquitaras; pero ¿cómo podrán negarme que yo los
veo con un sentido más intenso o con el alma misma sin el auxilio de los
sentidos? ¿Cómo podrán negarme que están
allí, aunque yo no los vea, ni nadie los vea?
Las que se llaman ciencias positivas
son, pues, impotentes para disipar, no ya los asertos de la fe, pero ni los
fantasmas de la imaginación. Todos los seres ideales, los genios y las
ninfas, las ondinas y las sílfides que los poetas o la inventiva fecunda
del pueblo, que es el primero de los poetas, crearon en otras edades, pueden
aún vivir tranquilos al lado de la química y de la
mecánica, seguros de que ni la mecánica ni la química
podrán nunca someterlos a su jurisdicción, ni lanzarlos de lo
íntimo y oscuro de las cosas naturales, donde se esconden y adonde no
llega nuestra experiencia superficial y capaz sólo de comprender los
fenómenos y los accidentes.
Las ciencias positivas son meramente una
colección de noticias que explican algo parcialmente, pero carecen de un
enlace superior que lo una todo en un sistema, el cual lo explique todo. A esto
responde, a esto aspira la metafísica, que dista mucho de ser una
ciencia positiva.
Sin embargo, todavía comprendemos
que se dé a la metafísica aquella competencia para desechar lo
sobrenatural y lo milagroso que a las ciencias positivas negamos. Decir, como
dicen algunos positivistas, que negarán todo milagro, como alguna muy
acreditada academia de ciencias no lo examine, dé informe sobre
él y lo declare tal, nos parece impertinente hasta lo sumo.
¿Quién nos asegura que la academia, en el estado actual de la
ciencia, baste a explicar las causas de todos los fenómenos? Si hay
algunos cuyas causas ignore, ¿habrá de declararlos milagrosos,
siendo naturales? ¿No podrá suceder también que la vanidad
científica venga a dar una explicación insuficiente e incompleta
y declare caso vulgar y ordinario uno que en efecto sea extraordinario y
milagroso? Es claro, por tanto, que este informe sobre el milagro, dado por una
academia de ciencias positivas, es impertinente y absurdo. El milagro se niega
o se afirma metafísicamente, y antes de toda experiencia, porque lo que
se niega o se afirma es que pueda ser o que no sea, según el concepto
metafísico que formamos de Dios, que es quien pudiera hacerlo o quien lo
hace. La omnipotencia de Dios no se sobrepone a su sabiduría; repugna a
nuestra razón que Dios mismo quebrante sin fundado motivo las sabias
leyes que ha dado a la Naturaleza. De aquí la negación del
milagro; pero el razonamiento, bueno o malo, es metafísico y nada tiene
que ver con las ciencias positivas. Nuestro propósito, al decir esto, es
sólo hacer ver que no son las ciencias positivas, sino la
metafísica, o la filosofía primera, la que se pone como rival de
la religión, la que combate con lo sobrenatural y procura
destruirlo.
Lo que dicen algunos en defensa del
milagro, suponiendo milagro perpetuo la conservación natural del
Universo, y milagro intermitente al que por lo general llamamos milagro, esto
es, a la alteración o suspensión de las leyes naturales, es un
juego de palabras que no merece refutarse. El chiste de Donoso, de llamar al
dios de los racionalistas un dios constitucional, porque está sujeto a
sus leyes mismas, no pasa de ser un chiste. El llamar al milagro la dictadura
de Dios no es serio tampoco. La gran razón en favor del milagro es que
entraba el hacerlo en los planes y propósitos eternos del
Altísimo, y que no somos jueces de la razón que tuvo para que el
milagro se obrara.
Ya se entiende que al apuntar
aquí estas consideraciones no vamos a discutir largamente sobre ellas,
sino a justificar nuestro parecer de que no son las ciencias positivas, sino la
metafísica, la que impugna a la fe, cuando no se somete a la fe, cuando
turba la armonía que debe reinar entre las verdades que alcanza o
imagina alcanzar con la razón y las que por revelación hemos
adquirido.
La metafísica puede ser, por
tanto, o la grande amiga o la grande enemiga de la religión; pero como
la metafísica no ha necesitado de una larga experiencia para crearse, y
como hay metafísica desde las primeras edades del mundo, resulta que
desde las primeras edades del mundo hay también, como ahora,
racionalistas y ateos. Y no se diga que la metafísica rudimental y
grosera no basta a combatir la religión, porque en épocas de
barbarie es también rudimental y grosera la metafísica con que el
dogma revelado, o que se cree revelado, se sostiene, y así el combate se
equilibra y se perpetúa. Las armas de que se valen los combatientes son
hoy de mejor temple y de más alcance; pero son proporcionalmente iguales
a las de entonces.
Desde el principio de las sociedades ha
dicho el impío en su corazón que no hay Dios, como lo dice ahora.
Desde el principio de las sociedades ha sostenido el creyente que lo hay. Esta
lucha ha durado siempre. Sólo las armas con que de una y otra parte se
lucha han venido a ser más poderosas.
Esta lucha ha tenido y tiene, en nuestro
sentir, un fin providencial elevadísimo: el engrandecimiento ilimitado
de la noción de Dios en el alma humana. Por esto han caído las
religiones positivas que no eran verdaderas; por que, al agrandarse y
perfeccionarse en nosotros la noción de Dios, ha roto el molde, la
fórmula, en que la tenía encerrada la religión positiva.
Pero cuando la religión positiva es verdadera, esa fórmula es
como infinita, es capaz de encerrar en sí con holgura toda noción
de Dios por grande que sea. Sólo hay que atender a que no se confunda la
imagen, la representación verbal de Dios, con el concepto puro que de
él la religión ha formado. Una revelación completa, hasta
en la imagen y en el discurso, de la noción de Dios hubiera sido
imposible sin alterar o negar el orden del mundo, la marcha y progreso de la
Historia, la ley de las inteligencias y el desenvolvimiento de las sociedades.
El revelador, el profeta, el fundador de una religión, por pura y santa
que sea, no ha podido menos de adaptar su discurso al modo de entender grosero
y al grado de cultura del pueblo, de la sociedad, del momento histórico
en que vivía. Por eso no se ha de confundir el concepto de Dios con la
imagen poética de que ha podido revestirse en épocas
bárbaras. Sabido es que Dios no se irrita, ni se arrepiente, ni se alza
en su furor las vestiduras hasta los muslos, y pisotea a los pueblos como
pisotea un hombre las uvas en el lagar, y se cubre todo de sangre, como el
pisador se cubre de mosto. Pero el concepto puro, libre de imágenes que
el profeta hebreo se formaba de Dios era tan alto y tan grande, que en ese
mismo concepto cabían, sin alterarlo, todas las especulaciones que sobre
Dios han hecho hasta nuestros días los más sublimes
filósofos, los cuales no se han creído en la necesidad de dejar
de ser cristianos, ni han juzgado que, en el fondo, pensaban más recta y
noblemente de Dios que dicho profeta.
El símbolo de la fe de Descartes,
Malebranche y Leibniz ha permanecido el mismo. No pensaron estos
filósofos que fuese estrecho el símbolo para que en él
cupiesen sus teodiceas. Otros eminentísimos sabios que, tomando vuelo
desde las cimas de las ciencias positivas, se han elevado a la
metafísica, han afirmado, como Newton y Clarke, un Dios personal cuyo
concepto era digno de la inteligencia de ellos y manifestación nueva de
la verdad revelada y de la sublime sentencia que dice que los cielos narran la
gloria de Dios.
Lo que sí ha nacido del
conocimiento de los cielos, de la idea más vasta que podemos hoy
concebir del Universo mundo es una idea más baja del hombre y de su
importancia; porque, reducido nuestro Globo a un breve punto en la intensidad,
no siendo centro de las esferas, parado el giro y rota la armonía que en
torno nuestro iban formando, y confinados y perdidos nosotros en un
rincón del espacio infinito, sin valer ni influjo en el sistema general
de lo creado, y sin que sea fácil suponer que el Universo haya sido
expresamente hecho para nosotros, para nuestro uso y recreo particular, y sin
otro fin que el de servirnos, adoctrinarnos y embelesarnos, parece como que se
resiste y pugna con nuestra razón creer que hemos sido objeto constante
del cuidado, del esmero, del amor, de la revelación, de la más
especial providencia y hasta del sacrificio del Todopoderoso. La
metafísica desesperada o burlona y misantrópica, fundada en estas
consideraciones, se hizo vulgar en el siglo pasado, merced a dos obras de
entretenimiento, admirables por el estilo y el ingenio: el
Cándido y el
Micromegas, de Voltaire, y en nuestros
días ha sido principal fundamento de las desconsoladoras y espantosas
teorías de un hombre extraordinario, notable filósofo y soberano
poeta lírico a la vez: del desdichado Leopardi.
Es evidente, en nuestro sentir, que
estas teorías, sólo por una generosa inconsecuencia, sólo
por una falta de dialéctica palmaria, pueden llevarnos, en las ciencias
morales y políticas de aplicación, a otro término que no
sea la declaración de la ruindad, bajeza y vileza de la especie humana,
la negación del progreso, el escarnio de la libertad, y un sistema de
despotismo como el de Hobbes.
Aquella exclamación de San
Agustín:
Magna enim quaedam res est homo, factus ad
imaginem et similitudinem Dei! es, por el contrario, no sólo
el fundamento y la razón de que hay una providencia especial y una
revelación de Dios para la especie humana, sino también de que
los destinos de la especie humana son tan nobles sobre la Tierra, que para
llegar a ellos y alcanzarlos importan la libertad y el progreso, como cosas por
todo extremo respetables y hasta sagradas. Ciertamente que sería un
absurdo, después de persuadir al hombre de que es un vil gusano,
olvidado y perdido en un puñado de cieno, alumbrado por uno de los soles
menos brillantes y fecundos que pueblan el espacio infinito, así el
querer convencerle de que es objeto predilecto del más singular cuidado
de su Hacedor, como el querer convencerle de la grande importancia de sus
adelantos, de sus destinos y de sus propósitos sublimes en esta ruin
vivienda, y durante su efímera, trabajosa y miserable vida. Menester es
formar del hombre el concepto contrario para elevar su aspiración y dar
alas a su deseo, así en esta vida como en la vida futura, y para poder
decirle, repitiendo las palabras de su Divino Maestro: «Sé
perfecto como es perfecto tu Padre que está en el cielo.»
Ha habido y hay, sin embargo, una secta
que admite, reconoce y proclama esta idea de la ruindad y vileza del hombre;
secta que dice que
nada hay más vil y despreciable que
el género humano fuera de las vías
católicas, esto es, que el género humano es vil y
despreciable por naturaleza, y que su entendimiento tiene una afinidad
invencible con el error, y que su voluntad la tiene con el pecado y con el
crimen, y que ni el milagro más patente, ni la virtud más
manifiesta, ni la doctrina más santa y hermosa pueden convencerle. Esta
secta sigue, y procede lógicamente en seguir, en política, la
opinión de Hobbes. Un tirano con el auxilio del verdugo, cuyo menester
convierte en sacerdocio, es quien debe gobernar a los pueblos. Mas por una
extraña contradicción, esta secta, que por naturaleza hace tan
vil y tan indigno al hombre, le halla merecedor de la gracia, y por la gracia
le trastrueca en vaso de elección, en santo o en ángel. El falso
catolicismo de esta secta hace un abominable consorcio, y se funda sobre las
más groseras doctrinas sensualistas del siglo pasado; es una horrible
herejía, que ha venido a contaminar en nuestro país a muchos
legos, que presumen de religiosos, y tal vez a alguna parte del clero. Ya se
entiende que hablamos de lo que se llama neocatolicismo. En vez de negar el
neocatolicismo las opiniones injuriosas al hombre, las acepta y las extrema, y
sobre ellas levanta toda la fábrica de su religión, de su moral y
de su política. El hombre tan vil, tan bajo, tan rebelde a la evidencia
de la verdad, tan contrario a toda virtud, no puede ser gobernado sino con el
látigo y no puede ser convertido sino de un modo prodigioso o violento.
Ya se sabe que los excesos y extravíos de esta secta han sido la causa
principal de la revolución española.
La Iglesia católica ha reprobado
esta secta, y no pocos hombres pensadores, fervorosos católicos,
siguiendo las huellas de Gioberti, quien, desde Descartes hasta ahora,
considera extraviada y heterodoxa la marcha de la filosofía, han tratado
de renovar y de adaptar a nuestro tiempo la filosofía del Ángel
de la Escuela.
Pero las doctrinas filosóficas se
suceden unas a otras; y así, al través de mil contradicciones, va
lentamente la Humanidad acercándose a un superior conocimiento. Toda
nueva doctrina presupone la que antecede y toma algo de ella aunque venga a
contradecirla porque se presenta como su antítesis. El sensualismo, el
materialismo, el menosprecio del hombre, caracteres esenciales de la
filosofía del siglo pasado, tenían, pues, que producir, y
produjeron, una reacción, exagerada sin duda, pero conveniente y hasta
indispensable, permítasenos la expresión, para que sirviese de
contrapeso, endiosando al hombre, realzándole a tan inmensa altura como
hondo había sido el abismo de abyección en que le habían
arrojado.
Para allanar el terreno a esta nueva
construcción filosófica, se adelantó Kant y echó
por tierra los anteriores sistemas con su crítica niveladora; pero, al
destruir Kant toda certidumbre metafísica, se refugió en el
sentimiento, oyó en el fondo de su conciencia la voz imperiosa del
deber, se reconoció libre y responsable de sus acciones, y dedujo que
había fuera de él un ser que le imponía ese deber, y que
en él mismo había un principio inmortal que libremente lo
aceptaba o se resistía a cumplirlo. De esta suerte, y en virtud de
evoluciones sucesivas, realizadas por otros tres grandes pensadores, el hombre,
a quien el sensualismo y el materialismo habían hecho tan abyecto, fue
magnificándose por grados; y todos aquellos espacios infinitos, y todos
los soles y mundos que los pueblan, y toda aquella majestad y magnitud sin
términos del Universo visible e invisible y cuanto hay en la
región de los espíritus, todo vino a cifrarse en el
yo, y apareció como una
creación suya, confundiéndose con Dios mismo en el ser humano, en
el indefinido y ascendente proceso de la Idea.
Este sistema audaz realzó de
nuevo la dignidad del hombre, aunque la realzó de un modo impío,
y, por decirlo así, en contra de Dios. Mas si prescindimos por un
instante de la condición del tiempo, en el cual, para nosotros, se
desenvuelve la idea, concebiremos la eternidad, y no habrá proceso, ni
pasado ni futuro, ni estará Dios en
llegar a ser, sino que será
ab eterno y con una personalidad
independiente de la personalidad humana.
Ello es lo cierto que el laudable
ahínco con que los metafísicos espiritualistas propenden hoy a
alcanzar y a probar racionalmente la existencia de este Dios personal no puede
prescindir de las creaciones idealistas de la filosofía alemana, y sobre
ellas ha de fundarse, aun contradiciéndolas, si ha de obtener un
éxito completo.
En resolución: la gran lucha de
los espíritus es hoy principalmente entre el panteísmo idealista;
el positivismo que tiene una metafísica mezquina, la metafísica
que le basta para negar toda metafísica, porque no se puede negar o
impugnar una metafísica sino con otra; el materialismo más
descarnado; el espiritualismo racionalista, y la religión cristiana,
única religión positiva, que esos mismos filósofos
impíos, al tratar de explicarla destruyéndola, reconocen como la
más bella y sublime de las religiones; de la cual, por una
contradicción misteriosa, afirman sus más pujantes enemigos que
es la religión definitiva de la Humanidad, prediciendo así su
constante duración en la Tierra hasta la consumación de los
siglos, ya que ven también la perpetuidad, la firmeza indestructible y
la esencial persistencia en el alma humana del sentimiento religioso.
Todas las doctrinas contrarias al
catolicismo, de que hemos hablado, agitan los espíritus en Europa; todas
han penetrado en España, y socavan hondamente las conciencias para
arrancar de ellas la fe. No puede negársenos que la falta de libertad
religiosa que ha habido hasta ahora no ha servido de preservativo ni de remedio
a este mal. En nuestra edad es empresa imposible aislar a un pueblo para que
las malas doctrinas no lo inficionen y corrompan; y es imposible
también, porque la mayor dulzura de las costumbres, y, por consiguiente,
de las leyes, se opondrían a ello, el cortar con hierro y cauterizar con
fuego la parte corrompida, separándola de la parte sana. Pero, en
nuestro sentir, no es un mal el que estas elevadas doctrinas se difundan, por
más que sean impías. Siempre harán pensar altamente de
Dios, aun cuando sea para negarle. No implican tampoco la disminución de
la fe. No ha menester de argumentos sutiles, ni de alambicados conceptos, ni de
profundas filosofías para desecharla, el desgraciado que la desecha.
Tantos y tantos como maldicen y blasfeman horriblemente de Dios por esas calles
y plazas, de seguro que no han leído a Fichte, ni a Schelling, ni a
Hegel. No tienen estos filósofos, ni otro filósofo alguno la
culpa de sus blasfemias e impiedades, Hay, y ha habido siempre, una
filosofía burda y rústica, al uso de todos los impíos y
ateos semisalvajes, bárbaros o rudos. La impiedad, la carencia de
elevación de espíritu, el extravío de la razón que
niega a Dios, no son frutos de una superior cultura y de un saber más
elevado. Por consiguiente, no es posible destruir la impiedad, ni evitarla por
medio de la ignorancia, y entre la impiedad bárbara y la civilizada, es
preferible la última.
Es falso, en nuestro sentir, que los
siglos medios fueron siglos de mayor fe; antes fueron siglos de mayor ferocidad
e ignorancia. En esos siglos, los hombres que renegaban de Dios, a falta de
filosofía, se iban con el diablo, y se hacían brujos: a la
religión divina oponían la religión diabólica; y
los tormentos y las hogueras no los arredraban. Ni tuvieron los impíos
de entonces que estudiar la impiedad en libro alguno; ellos mismos supusieron
antes, siglos antes de que se escribiese, un libro fantástico, cuya fama
y hasta cuyo contenido se extendió por toda Europa. En él eran
calificados de farsa y de embuste las tres grandes religiones
monoteístas. El libro se titulaba
De los tres impostores: Moisés, Jesucristo
y Mahoma.
La horripilante crueldad de los
suplicios, el arrancar con tenazas la lengua del blasfemo, el quemarle vivo, el
descuartizarle, el exterminar pueblos enteros, nada pudo sofocar la
rebeldía del hombre contra Dios; sólo se logró en
ocasiones que se hiciera más latente.
¿Quién ha de negar que en
nuestros días los inexhaustos recursos de la civilización han
hecho en general menos dura la vida humana; han aliviado y mitigado los dolores
y las penas inherentes a nuestra flaca naturaleza; han arrancado muchos abrojos
de la senda que seguimos en este bajo mundo y han sembrado en ella algunas
flores? Pero en los siglos de que hablamos antes, toda miseria afligía y
pesaba más crudamente; la peste y el hambre y el látigo
sangriento del tirano azotaban a las muchedumbres. Sin duda que hubo entonces
portentos de resignación; almas escogidas llenas de caridad y de fe;
maravillosos dechados de las más altas virtudes; pero en las almas mal
inclinadas y groseras hubo mucha más ocasión y pretexto de
maldecir a la Providencia y de considerar al Ser Supremo, o como no existente,
o como déspota caprichoso y cruel.
En el día de hoy se concibe una
moral independiente de toda religión; se concibe y la hay, sin duda, por
más que, a nuestro ver, sea una inconsecuencia. En el día hay una
moral, aunque se funde en los rastreros principios utilitarios, que, aun
negando a Dios, persiste. Entonces negar a Dios era romper todo freno y dar
rienda suelta a los más bestiales, feroces y obscenos apetitos.
Todas las razones expuestas me inducen a
creer que la verdadera religión ha ganado con la superior cultura, lo
mismo que la verdadera moral, y que las mismas impiedades que a la
religión combaten, ni son hoy tan nocivas ni se extienden sobre tantos
espíritus, ni los llevan a tan negros abismos de perversidad. Creo
firmemente que cuando Torquemada quemaba a millares a los judíos,
había en España mucha menos religión que ahora. Y creo
firmemente que la tolerancia, que la libertad religiosa no nace de que se han
relajado las creencias, sino de que se han afirmado, y de que los hombres,
haciéndonos mejores, o si se quiere menos malos, nos hemos hecho
más dignos de estar en relación con Dios, y más propios y
más aptos para darle el noble y libre acatamiento y la espontánea
adoración que se le debe, pero que Él sólo tiene derecho a
exigirnos.
Entendida de este modo, es como tiene un
gran sentido y una alta significación la libertad religiosa que se ha
proclamado en España. Y bien puede preverse que muy poco tendrá
que descender esta libertad a la vida práctica desde las altas esferas
de la especulación filosófica. Lo cual ocurrirá, no porque
no se haya proclamado y no porque no haya debido proclamarse en todas partes y
para todo, sino porque no habrá mucho menester de esta libertad sino en
las regiones que hemos dicho.
¿Qué español, a no
ser algo extravagante, va a dejar la religión de sus padres para seguir
la religión luterana?
¿Quién no conoce que el
momento histórico en que esto pudo ser acaso, pasó ya, por
fortuna? En nuestra edad, semejante apostasía es un anacronismo. En el
siglo XVI tal vez pudo arrastrarnos la corriente del protestantismo; en el
siglo XIX no tiene fuerza para llevar en pos de sí a los hombres de raza
latina. ¿Quién de nosotros no ve en Lutero, más que un
reformador religioso, un vengador de la raza germánica, que anhela
libertarla de la supremacía de los pueblos latinos? Los mismos alemanes
lo confiesan; lo que Lutero hizo en punto a religión fue análogo
a lo que hizo Arminio en las armas y Lessing en las letras; fue sacudir el yugo
y reivindicar la autonomía de su pueblo. Además, tanto en lo
esencial como en los accidentes el protestantismo repugna a nuestra
idiosincrasia. El español que lea la Biblia, como carece de la candidez
y de la paciencia alemanas, si es un ignorante, o confesará modestamente
que no la entiende, porque para entenderla necesitaría entender los
usos, las costumbres, la historia y el espíritu de edades remotas y de
civilizaciones muy distintas de la nuestra, o interpretándolo todo con
audaz ignorancia y burlándose de todo con sátira burda, se
hará racionalista al punto; esto es: que o bien, sometiéndose a
la autoridad de la Iglesia, le pedirá su interpretación ortodoxa
y se quedará católico, o bien lo interpretará todo a su
manera y se burlará de todo. No se comprende a un español leyendo
la Biblia de diario sin entender lo que lee.
La carencia de arte en el culto, la
desnudez de los templos, la poca pompa de los ritos y ceremonias, la
decaída majestad del sacerdote, que casi se transforma en preceptor o
dómine, nada de esto se aviene ni se ajusta con nuestro modo de ser.
Menos verosímil es aún que
un español decente se haga hoy judío o mahometano. Sólo a
algún escapado del presidio se le puede ocurrir tamaña
locura.
¿De qué otra
religión de las hoy existentes se podrán hacer neófitos
los españoles? Bien se puede afirmar que, a no ser un loco o un perdido,
ninguno se hará neófito de ninguna.
Personas que se precian de bien
informadas aseguran que hay en España millares de judíos que,
cuando la expulsión, se quedaron rezagados por acá, que desde
entonces disimulan y se fingen cristianos, y que de oculto persisten en esperar
al Mesías; pero esto parece una fábula casi tan absurda como la
de las Batuecas. También mister Borrow dio por demostrado que la mitad
de los españoles, y muy particularmente los obispos y el clero,
éramos muslimes todavía.
Dejando a un lado estas patrañas,
que no merecen refutación, bien puede darse por seguro que en
España no hay más que católicos, y que van a tener un
desengaño, agradable o doloroso, lo mismo los que desean que se rompa la
unidad religiosa que los que la temen y lamentan.
La libertad de cultos sólo se
realizará en la vida práctica para los extranjeros, y para tan
pocos españoles, que su disidencia apenas tendrá
significación, ni podrá decirse de ella que rompe la unidad;
antes dará testimonio de la espontánea y libérrima
conservación de la unidad misma.
En cuanto a los racionalistas o
filósofos, casi tenemos la jactancia de haber demostrado que no
serán más con la libertad de ahora que con la intolerancia que
antes había. Lo que podrá ocurrir es que sean menos bajos sus
argumentos. Pero ni el ateo, ni el panteísta, ni el deísta, lo
es, por lo común, de un modo constante. No es ése, entre
nosotros, un estado permanente del alma humana, salvo raras excepciones. Sujeto
hay que durante tres o cuatro horas cada día profesa el ateísmo,
y en las veinte restantes se encomienda a Dios de todo corazón y se
arrepiente. Muchos, además, son incrédulos, porque imaginan que
con esto dan testimonio de grande ilustración y de suma perspicacia;
pero no bien comprendan que hasta los patanes pueden serlo, dejarán a un
lado esa vanidad mal colocada. Recuerdo que la primera persona que me
habló de incredulidad en esta vida fue un mulero que había en
casa, allá en mi lugar, el cual, aunque no sabía leer, aseguraba
que Moisés era muy hábil en hacer cohetes y otros fuegos de
artificio, por donde engañó a los primeros
cristianos y les impuso los diez mandamientos
y se ciñó la corona. Nadie ignora la multitud de refranes, coplas
y cuentos impíos que circulan en España entre el vulgo campesino,
más ajeno a toda erudición. Cristo y San Pedro van por esos
mundos buscando aventuras, y les ocurren no pocas, que no estarían mal
interpoladas en la
novela evangélica de Renán,
para completarla por el lado cómico y grotesco. San Pedro hace siempre
el papel de gracioso; es una especie de Chichón o de Polilla; un
término medio entre el fray Antolín, de
El diablo predicador, y los lacayos de las
antiguas comedias de capa y espada.
Si tales eran los argumentos y las armas
de la impiedad del vulgo antes de que hubiese libertad religiosa, no dejaban
tampoco de presentarse argumentos por el estilo, en favor de la piedad, entre
el vulgo de las clases elegantes y acomodadas, porque también hay vulgo
en estas clases. Unos miraban la religión como una reserva sobrenatural
de la Guardia Civil veterana, o como un complemento de la Policía;
otros, como un asunto de moda, asegurando que ya es
rococó, poco
fashionable, falto de
comme il faut y de
chic el ser incrédulo.
Todo esto prueba que el despotismo
teocrático, la reclusión de los espíritus y el secuestro y
esquivez forzosa a que se los condenaba, separándolos del comercio y
trato con otros espíritus, e impidiéndolos pensar sobre cosas
espirituales, habían sido contrarios a la religión de los
españoles y habían asimismo rebajado en el vulgo, en la masa
general, el nivel de las inteligencias.
Esperemos que con la libertad religiosa,
con la libertad de los espíritus, remontarán éstos su
vuelo y alcanzarán más altas razones, así de creer como de
dudar, redundando todo, a la postre, en ventaja de nuestra civilización
y del catolicismo, que la informa y anima en cuanto tiene de castizo y de
propio. Por esto deben estar muy satisfechos los constituyentes que han
promulgado tan benéfica libertad, sin que ningún escrúpulo
los atormente, por católicos que sean, pues dicha libertad no ha de
entibiar o disminuir la fe de los españoles, antes ha de fundarla sobre
más firmes y nobles cimientos.
- III -
Todos, o casi todos los defensores que
ha tenido en las Cortes la intolerancia religiosa han incurrido en una
gravísima contradicción e inconsecuencia. Se han afanado por
demostrar que la Iglesia jamás había sido intolerante, y luego
han pedido la intolerancia en nombre de la Iglesia. Esto se explica porque,
tanto la palabra Iglesia como la palabra intolerancia, pueden tomarse en varios
sentidos, los cuales, con frecuencia, se confunden. Considerada la Iglesia en
su conjunto, en su integridad, el Espíritu Santo asiste perpetuamente en
ella y la Iglesia no puede engañarse ni pecar: la iglesia es infalible e
inmaculada. Los que, considerándola así, la acusan de intolerante
en cierto sentido, la ofenden. Pero aun considerada así la Iglesia, es y
no puede menos de ser intolerante, entendida la intolerancia de otra
manera.
La Iglesia debe definir, custodiar y
defender verdades altísimas, de las cuales tiene la convicción
profunda de que depende la felicidad de los hombres, así en esta vida
como en la otra. ¿Cómo, pues, ha de sufrir, ha de tolerar que
dentro de ella misma se contradigan, se impugnen, se pretenda negar estas
verdades? Sus censuras, por tanto, sus excomuniones; en suma: todas sus penas
espirituales no pueden menos de caer sobre los herejes. Pero de esto a pedir el
auxilio del brazo secular y a valerse de él para imponer penas
corporales, hay una gran distancia. Este otro modo de ser intolerante es el que
negamos que pueda estar en la Iglesia, considerada la Iglesia en lo que tiene
de divino. En lo que tiene de humano, esto es, no en la Iglesia misma
íntegra, sino en cada uno de los individuos que la componen, la
intolerancia ha sido grandísima y constante, desde que la Iglesia se
unió a la potestad civil hasta nuestros días. Pero como no es
dogma, ni artículo de fe, bien podemos afear y aun destruir esta
intolerancia. La mayor dulzura de las costumbres, la menor crudeza y ferocidad
de las leyes penales y el creciente influjo de la civilización, ya la
habían mitigado, hasta en los pueblos más fervorosos en la
creencia; hoy es menester que cese del todo, limitándose a penas
espirituales el castigo de los delitos espirituales, de los pecados de impiedad
o de herejía.
Los que claman hoy contra la libertad
religiosa, sólo claman en realidad contra esta incompetencia que la
potestad civil reconoce en sí misma para violentar las conciencias e
imponerles la fe por miedo al castigo; pero semejante opinión, que hoy
nos parece tan absurda, ha predominado, no sólo entre los
católicos, sino en todas las comunidades cristianas, desde San
Agustín hasta Bossuet. La proposición
Haeretici sunt tollerandi et non
occidendi nunca ha pasado por herética, pero ha pasado por
escandalosa y
piarum aurium offensiva. Según
Alfonso de Castro, en su obra magistral
De justa haereticorum punitione, era un
escándalo, una ofensa a los oídos piadosos, el proponer que no se
diese muerte a los herejes.
No sería fácil allegar
aquí citas, lucir erudición de segunda mano, aducir textos de
santos padres, de doctísimos teólogos y de cuanto ha habido de
más ilustre en la Iglesia durante siglos, pidiendo todos a la potestad
civil, o más bien exigiendo como un deber ineludible, que castigue con
las perlas más atroces a los herejes y a los impíos. La obra de
Alfonso de Castro, que ya hemos citado, el
Tratado de la religión del príncipe
cristiano, del padre Rivadeneira, y los
Desengaños filosóficos, del
canónigo de Palencia don Vicente Fernández Valcarce, obra esta
última publicada en 1797, y no por eso escrita en sentido más
humano, son un arsenal abundantísimo de tales autoridades. Con ellas
pudiéramos llenar un tomo en folio.
Las razones que dan para el castigo de
los herejes o de los impíos, sobre todo si son relapsos, contumaces o
incorregibles, son, por lo general, las siguientes: que el príncipe o la
república, que castiga a quien falsifica sus decretos, debe castigar
más aún a quien falsifica los de Dios, que son las Sagradas
Escrituras; que si es reo quien hace moneda falsa, más lo será
quien inventa y difunde falsa doctrina; y que si el adúltero recibe pena
porque falta en la fe a su consorte, mayor debe recibirla quien falta a Dios en
la fe. Además el hereje o el impío es comparado a la levadura que
hace fermentar toda la masa, si no se aparta de ella, y al cáncer que
inficiona y corrompe las partes sanas si no se cauteriza con fuego. Ninguna
fría razón de Estado debe detener al príncipe o al
Gobierno en la persecución de la impiedad o de la herejía; ni el
que se empobrezcan, ni el que se despueblen, ni el que vuelvan a la barbarie
sus dominios. «Si los príncipes cristianos no tomasen las armas
contra los herejes -dice San Agustín-, no darían buena cuenta, a
Dios del señorío que les dio.» Y Celestino, Papa, escribe a
Teodosio: «Mayor cuidado habéis de tener de la fe, y más
caso habéis de hacer de ella que del reino.» En suma: la
tolerancia no es aceptable sino en el caso de que haya tantos herejes e
impíos en el Estado que sea imposible acabar con ellos sino por medio de
una guerra atroz y sangrienta. «Por esto sólo -dice Santo
Tomás- ha tolerado alguna vez la Iglesia a los herejes y a los paganos:
ad vitandum scandalum vel dissidium quod ex hoc
oriri posset.»
Repetimos, sin embargo, que
esencialmente no es culpable la Iglesia de esta intolerancia. La intolerancia
nacía de la misma condición de los hombres, en épocas
más rudas y menos civilizadas que esta en que por dicha vivimos, y,
aunque se oponía al dulce y amoroso espíritu del cristianismo,
los cristianos de entonces no llegaban a conocerlo.
Toda religión ha sido siempre
intolerante con las demás, y mientras más rudo ha sido el pueblo
que la profesaba, o más bárbara la época, mayor ha solido
ser también la intolerancia. Si alguna vez esta regla general ha
fallado, ha sido porque la religión se ha convertido en arma
política, porque algún pueblo la ha tomado, digámoslo
así, por lema y por bandera, para fundar su predominio sobre los otros
pueblos; error mortífero, pero nobilísimo, en que cayó la
nación española cuando llegó al colmo de su poder y de su
gloria; error que dio al cabo al través con su fortuna, con su grandeza
y hasta con su sustancia, si bien después de una lucha obstinada,
durante la cual no parecía un sueño vano ni una necia esperanza
el prever que España sería la reina o el árbitro de todas
las naciones y de todas las gentes.
Pero aun sí, no hay motivo para
asegurar, si bien se examina, que nuestra intolerancia ha sido superior a la de
otros pueblos, aunque haya durado hasta más tarde; ni menos se debe
imaginar que los protestantes, y no los católicos, hayan traído
entre los hombres la libertad religiosa. La libertad religiosa es un precioso
tesoro que estaba escondido en las entrañas mismas, en el
espíritu, en el alma de nuestra santa religión; pero no lo han
sacado de allí los protestantes por ser protestantes, ni exclusivamente
tampoco lo han sacado de allí los católicos: la libertad
religiosa ha aparecido merced a los adelantos de la civilización, y no
se debe exclusivamente a nadie.
Guizot, honor del protestantismo y
fervoroso protestante, atribuiría esta gloria a su secta si tuviese el
menor viso de razón el atribuírsela; Guizot, sin embargo, en su
libro de
La Iglesia y la sociedad cristianas, dice
como sigue: «Sé, y lo reconozco a pesar mío, que la
libertad religiosa, esta conquista, este tesoro de la civilización
moderna, no ha sido introducida y fundada por los creyentes cristianos. No
porque sea contraria, no ya sólo a los principios, pero ni a las
tradiciones del cristianismo; en todos tiempos ha tenido esta libertad
confesores y defensores en la Iglesia; en el siglo IV, los gloriosos obispos
San Hilario de Poitiers y San Martín de Tours se elevaron contra las
persecuciones religiosas; en el siglo XVI, Guillermo de Nassau, el
Taciturno, fundador de la Holanda
protestante, sostenía, contra la mayor parte de sus amigos, la
tolerancia para todas las comunidades cristianas. En todas las épocas se
ha visto aparecer, en la historia del cristianismo, alguna de esas grandes
almas solitarias y esparcidas, que comprendían y reclamaban los derechos
de la conciencia y de la dignidad humanas. Pero no ha sido por su propia virtud
y por su propio esfuerzo por donde la Iglesia cristiana ha llegado a la
libertad: ha sido el espíritu humano quien, elevándose y
libertándose, ha libertado la conciencia; ha sido la sociedad civil
quien, buscando para sí misma la justicia y la libertad, las ha dado,
mejor diré, las ha impuesto a la sociedad religiosa.»
Téngase en cuenta que aducimos
estas palabras de Guizot para probar, sin acudir a una larga enumeración
de hechos históricos, que a pesar de su decantado libre examen no ha
sido el protestantismo quien ha dado al mundo la libertad religiosa. Y
téngase en cuenta también que sólo a este propósito
podemos y queremos hacer propias las palabras del escritor francés;
porque, como no entendemos que los que han llegado a la libertad religiosa
careciesen de religión, no podemos entender tampoco que a la sociedad
religiosa le haya sido impuesta la libertad, sin que en este beneficio
interviniese la Iglesia misma. La virtud y el esfuerzo de su santa doctrina han
triunfado al cabo de la barbarie y de la crueldad nativa de los hombres.
Así es como nosotros lo entendemos.
Este triunfo se ha logrado poco a poco.
Tal vez la crueldad de las penas contra los que atacaban de algún modo
la religión contribuyó en los siglos tenebrosos de la Edad Media
a los fines providenciales del progreso humano. De la religión
dependía entonces más que nunca la moral y el orden de las
sociedades; y sin el gran terror de espantosos castigos en este mundo y en el
otro, los hombres de entonces se hubieran apartado de Dios más
fácilmente que los de ahora. El cuadro de la vida era entonces tan
horrible, que difícilmente podían justificar a la Providencia los
que lo contemplaban. Los que permanecían fieles a la Providencia
tenían que salir de ese cuadro para justificarla, y se fingían en
la mente el fin del mundo como muy cercano. Las mismas grandes esperanzas que
el cristianismo había infundido y que, bien dirigidas, eran tan alto y
eficaz estímulo de progreso, podían, extraviadas, ser causa de la
impaciencia más impía y de los horrores más abominables;
podían llevar a los hombres, y los llevaban, a la rebeldía contra
Dios, a la adoración del mal, al culto del demonio. La concepción
del Universo, de esa obra divina, era entonces tan poco elevada y tan
incompleta, y su bondad estaba tan subordinada a nuestro egoísmo, que el
mal físico se explicaba entonces, lo mismo que el mal moral, con
más dificultad que ahora; y sólo espíritus egregios
columbraban el orden y el bien y la sabia disposición del Universo para
reconocer y bendecir a Dios por la excelencia de sus hechuras y de los fines
que se propuso. Nuestro Rey Sabio no dijo, sin duda, que él hubiera
hecho mejor el mundo de lo que estaba, pero sus contemporáneos y
admiradores le atribuyeron este dicho blasfemo, desde el siglo XIII. Los
contemporáneos y admiradores de Newton o de Keplero no podrían
atribuirles un dicho semejante. El más alto conocimiento del mundo los
llevaba a un más alto conocimiento de Dios y a un pensar más
optimista y religioso.
De todo lo expuesto se deduce, a nuestro
ver, que se equivocan igualmente así los que, fundándose, aunque
no lo confiesen, en que la iglesia fue intolerante, quieren que siga
siéndolo, y tildan poco menos que de impío y de hereje al que
pide la libertad religiosa, como los que hacen de la atroz intolerancia
religiosa de otras edades un grave capítulo de culpas contra la Iglesia
y aun contra el catolicismo. Nos parece haber probado que no era la
intolerancia la esencia de nuestra religión, sino que nacía de
ignorancia, de rudeza o de una crueldad hoy incompatible con la cultura. El
pueblo creyente de los siglos pasados excitaba, movía a esa crueldad,
lejos de oponerse a ella. Y, al decir el pueblo, no hablamos sólo de la
ínfima plebe, sino también de las personas más ilustres y
de los ingenios más esclarecidos. Dante encomia soberanamente a Santo
Domingo de Guzmán por su crudeza contra los enemigos de Dios.
Por otra parte, cuando cualquier delito
se penaba con suplicios duros, no es de extrañar que se penase con
suplicios durísimos el delito que se juzgaba superior a todos.
¿Qué tenía que hacer la maldad del que me robaba mi
hacienda, o mi honra, o mi vida terrena, con la maldad del que podía
robarme, con sus malas doctrinas, la eterna salvación de mi alma? El
castigo de esta maldad debía ser superior a todos; no debía
imponerse sólo al reo, sino a sus descendientes también, hasta la
cuarta y la quinta generación. Alfonso de Castro dice que el delito de
impiedad o de herejía vicia la naturaleza, corrompe la sangre y se
transmite por herencia hasta los nietos y bisnietos. Por esto, si llegaba a
averiguarse que el abuelo o bisabuelo de alguien había sido hereje,
podían y debían confiscarse los bienes que habían
heredado. Con esta sentencia, no sólo se castigaba al descendiente por
la falta de sus mayores, sino que éstos se podía presumir que
eran también castigados por la justicia humana; quizá se
aumentaban las penas eternas que padecían en los infiernos con la
noticia, que llegaba hasta allí, de la infamia y la miseria de sus
hijos.
La traición, el asesinato y hasta
el regicidio, en las épocas de más respeto a la dignidad real, se
justificaban y glorificaban por causa de religión. La matanza de la
noche de San Bartolomé, ¿cómo ha de negarse que
causó un inmenso júbilo entre los católicos? Felipe II
incitó a Catalina de Médicis a que hiciera esta matanza, como
consta de cartas autógrafas; y cuando la reina le envió la nueva
de que se había hecho, contestó Felipe Il con una carta llena de
la más fervorosa alegría y del entusiasmo más profundo.
«¡Bien ha mostrado vuestra majestad -le dice- lo que tenía
en su cristiano pecho!»
Poco a poco se fue amansando este furor
y se fue suavizando este sangriento encono religioso en que toda Europa
había ardido. Todavía, sin embargo, el gran Bossuet
magnífica y ensalza a Luis XIV y le compara a Ciro y a Carlomagno por
sus persecuciones contra los protestantes. La intolerancia estaba aún
tan en el fondo de los corazones, que los espíritus superiores que ya la
condenaban no se atrevían a confesar que la condenaban. En pleno siglo
XVIII, el ilustrado y tolerante Benedicto XIV, que estaba en correspondencia
epistolar y amistosa con Voltaire (contra el parecer del Promotor de la fe, el
cual sostenía que el venerable siervo de Dios Juan de Ribera, de cuya
canonización se trataba, había dado un consejo fanático,
cruel y dañino a Felipe III, incitándole a expulsar de su reino a
todos los moriscos) hubo de asegurar que tan inicua expulsión fue obra
santa y efecto del celo más puro y laudable.
A pesar de esto, no se puede negar que
los suplicios atroces, las persecuciones sangrientas y aquellos medios
enérgicos de comprensión intelectual que en otras edades se
emplearon son ya imposibles. Los fanáticos más desatinados, los
hipócritas más insolentes, casi no se atreven abiertamente a
pedirlos. La tolerancia de hecho, por la fuerza misma de las cosas, existe,
años ha, en todos los estados europeos, sin excluir nuestra
España. En balde se han afanado los llamados neocatólicos por
destruir esta tolerancia; en balde han hecho propias y esenciales de la
religión católica las extravagancias y ferocidades de otros
siglos; el espíritu del nuestro ha negado esa solidaridad entre el
catolicismo y semejantes abominaciones, y ha declarado nulo tan nefando
consorcio. El partido reaccionario extremando o exagerando las doctrinas, ha
precipitado en España, por contradicción, el triunfo completo de
la libertad religiosa, no ya en las costumbres, sino en la ley.
Ciertos partidos medios, por el
contrario, han retardado este triunfo con razones especiosas, con argumentos de
algún aparente valer. Alegaban que no hay ya peligro alguno de que
impere de nuevo la teocracia; que los castigos contra los librepensadores no
volverán a tener la dureza y nociva eficacia que en los siglos pasados y
que, existiendo la tolerancia de hecho, no hay motivo para proclamar una
libertad legal, que sólo puede conducirnos a que si rompa la unidad
católica, a tanta costa adquirida, y a que las más violentas
pasiones religiosas vengan a despertarse y a exacerbarse.
Añadían, por último, y no sin visos de razón, que
la libertad religiosa, singularmente la libertad de cultos, ha nacido, por
transacción, en otros países, del choque y aun de la lucha
sangrienta y dilatada de sectarios de opuestas religiones; y que, no habiendo
en España tales sectarios, sino conviniendo todos en ser
católicos, esa libertad era inútil en la práctica, era
como un lujo de filosofía en la ley positiva. Por otra parte, no es de
presumir, es absurdo y hasta inverosímil, que los españoles,
renegando de su natural condición, de su historia, de su sangre,
incurriendo en un anacronismo ridículo, se hagan hoy protestantes o
adopten otra religión cualquiera, cuya fuerza de proselitismo fue grande
siglos ha, pero que no lo es en el día. Así, pues, según
los que discurren de esta suerte, la libertad religiosa sólo
podía darse con la razón práctica y harto mezquina de
atraer a España extranjeros, los cuales, si no vienen, es por otras
causas, y vendrían, si estas otras causas cesasen, aunque no hubiera tal
libertad.
Este pensamiento de atraer a
España extranjeros por medio de la libertad de cultos tiene, sin duda,
algo de cómico y se presta a las burlas, sobre todo cuando se trata de
que vengan los judíos para que concurran a nuestra prosperidad y a
nuestra riqueza. Si de lo que necesitamos es de gente laboriosa, dada a los
trabajos mecánicos o industriales, los judíos son quienes menos
falta nos hacen. Son inteligentes y poco trabajadores, menos trabajadores que
nosotros, menos aptos para cualquier faena material; acaparan y atraen a
sí la riqueza, pero no la crean. Son grandes músicos, poetas,
filósofos y banqueros, pero no fabricantes y agricultores.
Además, conceder una libertad en
favor de los extranjeros no necesitando de ella los del país, siendo
para los del país un lujo inútil, es cosa ocasionada a que se
confunda con una declaración de inferioridad hecha por nosotros mismos.
Esta declaración de inferioridad sería patente si, como ha
pretendido un grande orador que pasa por hábil político,
hiciésemos tratados con varias naciones, garantizando a los ciudadanos
de ellas el libre ejercicio de su culto en nuestro territorio. Esto no lo hacen
ya sino los pueblos bárbaros o salvajes del África, del Asia o de
la Oceanía, que, siendo mahometanos, idólatras o fetichistas, se
ven obligados por las potencias europeas a pactar que han de sufrir a nuestros
misioneros y que han de consentir en que fundemos en sus tierras hospitales,
iglesias y monasterios.
No es probable, es casi imposible, que
aun volviendo a España la más espantosa reacción, pudiera
ya destruir la libertad religiosa que le hemos dado. El dios término del
progreso no retrocede, en realidad sino sólo en apariencia. Conquista
tan esencial como la que hemos hecho no se pierde ya nunca. Pero supongamos,
como sin duda supone el hábil político de que hemos hablado, que
tal puede venir la reacción que dicha conquista se pierda.
¿Qué lindero, qué valladar, qué muga
firmísima es esa de los tratados internacionales? Tales tratados
servirían sólo para hacer de peor condición al propio que
al extraño; para que, perdida nuestra libertad religiosa, la conservasen
los extranjeros entre nosotros, con afrenta nuestra y de nuestro Gobierno.
¿Acaso los españoles estamos tan poco seguros de nuestra
constancia en las resoluciones y de nuestro brío para sostenerlas y
llevarlas a cabo, que debamos buscar en el auxilio extranjero, en un pacto
internacional, la garantía y la certidumbre de que ha de durar una ley,
una decisión de tamaña importancia?
Aun sin tratado internacional, es
innegable que la fórmula adoptada en la nueva Constitución para
consignar la libertad religiosa es harto vergonzante y merecedora de
crítica. Sea como sea, consigna la libertad, y por esto la han aprobado
los que la quieren; mas esto no obsta para que se critique.
Tan grande alteración como lo es
la libertad religiosa no podía entrar en nuestras leyes fundamentales
con el propósito de conceder franquicias a judíos o a
protestantes extranjeros que pudieran venir a España: no hubiera debido
darse, como por incidencia, como por corolario hipotético a los
españoles, empezando por concederla a los que no lo son. La libertad
religiosa en España, o es inoportuna e inútil, o se funda en
más altas consideraciones. La libertad religiosa en España es la
solemne declaración del primero de los derechos individuales e
imprescriptibles. Sin este derecho son vanos y acéfalos los otros. Por
esto debió ir la libertad religiosa, consignada sin hipótesis y
sin trazas de tímido corolario, a la cabeza de todos los demás
derechos.
No debe, sin embargo, entenderse en
manera alguna que esta libertad religiosa no tenga inmediata aplicación
útil en nuestro país; sea una mera exigencia dialéctica de
la declaración de los otros derechos individuales. A más de
darnos la libertad filosófica, que va implícita en ella,
convenía que la libertad religiosa fuese entre nosotros una verdad legal
para evitar o remediar muchos males que la larga intolerancia pudo introducir o
introdujo en España, a pesar del noble carácter y de las excelsas
prendas y calidades de los españoles.
El inveterado sistema de apartarnos de
toda especulación sublime de todo pensamiento que se eleve algo sobre la
esfera de lo material y tangible, dándonos una doctrina ya pensada, para
que ciegamente nos sujetemos a ella, engendra a la larga una atonía
intelectual peligrosísima, produce la bajeza en los entendimientos y
trae consigo, o apática indiferencia, o ateísmo práctico,
o hipocresía picaresca y socarrona. Ya hemos dicho que se notan hartos
indicios en esto en nuestro país, hasta en las frases y modismos
vulgares del idioma. La división común de todas las cosas,
creadas e increadas, en
cosas de tejas arriba y
cosas de tejas abajo, parece la clave de esta
ciencia vulgar, permítasenos lo llano de la expresión, de esta
gramática parda, hija legítima
del régimen inquisitorial y frailuno. No hay para qué ponderar el
influjo deletéreo que pueden tener en las costumbres, en la cultura y en
los adelantos de una nación, el no pensar nunca, sino por rutina y como
máquinas, en las
cosas de tejas arriba, tenidas por
inasequibles al entendimiento y por inconducentes a la vida animal, y el
desplegar para las
cosas de tejas abajo toda la agudeza del
ingenio y toda la actividad de la mente.
Ni siquiera para el bienestar material
de todos vale esta doctrina, porque, cuando el egoísmo es el
móvil, nada se adelanta ni se mejora.
Por lo dicho se entenderá
cuán grande bien ha de ser en España la libertad religiosa, la
cual persisto en creer que no ha de quebrantar, con quebranto apreciable,
nuestra unidad de creencias, y que nos ha de poner de lleno en medio de las
grandes corrientes del espíritu humano, sin que nuestro propio
espíritu pierda nada de su ser y de su originalidad creadora. En verdad
que si un lienzo mal urdido y peor pintado se coloca por donde corren aguas con
ímpetu, el lienzo se destiñe y desbarata; pero si es consistente,
y si son buenos los colores, y si en vez de estar sobrepuestos están en
los hilos mismos de la trama y urdimbre, los colores brillan más no bien
se limpian, y el tejido no se desbarata, sino que se afirma y aprieta.
Conquistada ya la libertad religiosa en
España, abdica el Estado todo poder sobre nuestras conciencias; mas no
por eso nosotros, que somos ciudadanos en el Estado y que formamos
también parte de la Iglesia como católicos, hemos de desear que
las relaciones, los lazos que unen a estas dos sociedades, a las cuales
pertenecemos, se rompan para siempre. Nosotros no podemos prescindir, ni
comprender siquiera que se prescinda del ser de ciudadanos cuando toca ser
católicos, ni del ser de católicos cuando toca ser ciudadanos,
alternando en ambas calidades y olvidando la una cuando incumbe a la otra
entrar en actividad. Importan, pues, mucho las relaciones entre la Iglesia y el
Estado. Ni siquiera acertamos a concebir lo que se llama la separación
completa de ambos poderes. Pero como no pocos políticos dan esta
separación por el último extremo a que ha llegado la ciencia,
como un fallo de la ciencia, a que sólo el ignorante puede resistirse, y
como nos resistimos a dicho fallo y creemos conveniente la resistencia, justo
será que expongamos con detención las razones en que nos
fundamos, aunque este escrito adquiera sobrada extensión y peque de
prolijo.
- IV -
Dicho ya lo más esencial que
sobre la libertad religiosa nos convenía decir, vamos a discurrir
extensamente sobre sus consecuencias en las relaciones de la Iglesia y el
Estado. Muchos sostienen que la completa libertad religiosa no es posible sino
a condición de la completa separación de ambos poderes. Antes de
refutar por nosotros mismos esta doctrina, no creemos inútil traer
aquí en nuestro apoyo la autoridad de un nombre eminente
contemporáneo. Esto dará más peso a nuestras ulteriores
razones. Dice Guizot en la misma obra que ya hemos citado: «Si la
completa libertad religiosa no pudiese existir sino a este precio,
sacaríamos una deplorable consecuencia de un excelente principio, porque
la sociedad religiosa y la sociedad civil ambas perderían en autoridad
moral, en dignidad y firmeza. Las creencias y las asociaciones religiosas son,
en la sociedad general, hechos e influencias de primer orden.
Reconociéndolas oficialmente y asegurándoles medios de dignidad y
de estabilidad, el Estado reconoce y acata su natural importancia, y les
señala, en el orden social, la categoría que les pertenece.
Cuando la sociedad civil y la sociedad religiosa quedan enteramente
extrañas y como ignorándose una a otra, ambas se humillan y
enflaquecen. Sin tener relaciones sino con los negocios e intereses terrestres
de los hombres, el poder civil pierde la fuerza moral que naturalmente le
prestaban sus lazos con los principios y los sentimientos religiosos; mientras
que, despojados de todo carácter público, los conductores
espirituales de las iglesias diversas no tienen, respecto a las gentes de su
misma fe, sino una actitud subalterna y precaria; quedan expuestos a toda la
movilidad de las opiniones, a la insolencia y a la ligereza de las voluntades
humanas; es lastimoso el contraste entre la altura de su misión y la
debilidad de su situación. En este aislamiento mutuo, el Estado se
materializa y la Iglesia, si es lícito expresarse así, se divide
y se moviliza cada vez más; el orden civil carece de sanción y el
orden religioso de estabilidad y de dignidad. Absolutamente separada del
Estado, la Iglesia corre otro peligro: cae con facilidad en la
exageración de las doctrinas y de los preceptos, pierde la inteligencia
de las necesidades legítimas del orden civil, se ve falta de experiencia
y de templanza, y, en nombre de su origen celeste y de su misión moral,
se torna dura e intratable hacia los sentimientos humanos y los intereses
ordinarios de la vida. Los fieles se transforman en sectarios o
místicos, y no son cristianos.»
Si estos argumentos de Guizot,
así como otros argumentos semejantes que contra la separación de
la Iglesia y del Estado emplea Prévost-Paradol en
La Nueva Francia, los hacemos propios,
nuestros, y los aplicamos a la misma cuestión en España, los
argumentos se corroboran, y muchas de las más poderosas objeciones que
contra ellos pudieran presentarse desaparecen al punto. En Francia, aunque la
mayoría de los ciudadanos es católica, hay no pocos protestantes
y judíos, cuya religión acepta también el Estado como
oficial, y cuyo culto y cuyos ministros subvenciona. De aquí nace, sin
duda, algo de anómalo y monstruoso. El Estado parece ser
católico, protestante y judío a la vez. Esta indiferencia, mejor
diremos, este
panfilismo religioso, da ocasión a que
se afirme que, o bien el Estado cree igualmente falsas todas las religiones, o
bien las cree igualmente verdaderas; que el Estado no tiene en realidad
religión; que el Estado es ateo; que en su alianza con la
religión sólo atiende a lo exterior y visible; que la
religión sólo es para él una cosa más que
administrar.
Todas estas objeciones, todas estas
dificultades no existen para España, donde verdaderamente no hay otra
religión que la católica, la cual, así como es la
religión de la nación, debiera ser también,
declarándolo franca y abiertamente, la religión del Estado.
No tendríamos nosotros que apelar
a las argucias y falsas sutilezas a que apelan en Francia los liberales. No
tendríamos que decir, como Royer-Collard: «¿Se piensa
quizá que los estados tienen una religión como las personas; que
tienen un alma y otra vida donde serán juzgados según su fe y sus
obras?»
Indudablemente, los estados no tienen
otra vida, ni hay para ellos infierno ni gloria; pero en esta vida, bien puede
afirmarse que tienen un alma, si no inmortal, duradera y permanente al
través de los siglos; y el alma de España, como nación y
como Estado, ha siglos que es católica. Nuestras más grandes
empresas se han llevado a cabo en nombre y en pro del catolicismo; nuestra
historia da constante testimonio de nuestra fe en esta religión; uno de
nuestros más ilustres blasones se cifra en ser católicos; el
dictado de
Católicos es ha siglos el distintivo
de nuestros reyes. Y a la verdad no comprendemos para qué se ha de
desechar todo esto, se ha de renegar de todo esto; no vislumbramos la
razón ni el motivo. El elocuente y discreto presidente de la
Comisión ha sostenido, ha vaticinado, que pocos serán los
españoles que renieguen del catolicismo. ¿Por qué, pues,
ha de consentir el presidente en que el Estado reniegue? ¿Será
para que no se escandalicen ni se disgusten unos cuantos protestantes y unos
cuantos judíos, y acudan a España a hacernos ricos y felices?
¿Para esto sólo se arroja hasta el nombre de Dios de nuestras
leyes? ¿Para esto, cuando todo hombre, por lo común, al emprender
cualquier trabajo, pide a Dios auxilio y luz, los que legislan en España
tendrán que empezar por olvidarse de Dios, como de asunto impertinente a
la legislación y que cae fuera de la incumbencia del Estado? Sabido es
que una Asamblea política no es un Concilio, ni una Academia de
Filosofía; pero no sólo se habla de Dios, y se piensa en Dios, y
se tiene cuenta con Dios, en las academias y en los concilios. Ni el Estado es
una persona que puede ir al Cielo, al Infierno o al Purgatorio; ni la Asamblea
que lo constituye es un Concilio ni una Academia; pero cómo negar la
relación, la derivación de la política, de una
metafísica o de una religión positiva?
Se concibe una moral independiente de
toda religión positiva cuando se apoya en una teodicea, en una
religión natural, en una metafísica. De uno de estos fundamentos
primeros dimana la moral, y de la moral, las leyes. Mas una moral sin
fundamento produce leyes sin fundamento y sin autoridad alguna. Y
¿dónde vamos a hallar nosotros el fundamento de la moral y de las
leyes si prescindimos de Dios al aceptar y cumplir el oficio de
legisladores?
Claro está que el Estado no crea,
ni descubre, ni inventa, la religión ni la metafísica; no son
teólogos ni filósofos sus legisladores, pero pueden y deben
reconocer una metafísica o una religión y salvar esta dificultad
de carecer de base y fundamento para sus leyes. En Francia, y más
aún en los Estados Unidos de América, no es obvio, es casi
imposible salvar esta dificultad, porque la misma variedad y multitud de sectas
religiosas impide que el Estado se decida por ninguna; pero en España,
donde apenas hay más religión que la católica, no
comprendemos esta vacilación, esta timidez del Estado en aceptarla como
verdadera y en ponerla como fundamento y razón de sus leyes e
instituciones.
Aunque a los que disientan, aunque a los
no católicos, se les dé completa libertad de no serlo, ¿se
sigue de aquí el que no se atrevan a ser católicos los que lo
son? Y si se atreven a serlo, y si son la inmensa mayoría, la casi
totalidad, ¿por qué no afirman su religión como
religión del Estado? ¿Por qué no dan autoridad y fuerza a
sus leyes en nombre el Dios que reconocen? ¿No es una inconsecuencia
pasmarse, ofenderse, manifestar grave disgusto los legisladores, porque tres o
cuatro de entre ellos, individual o aisladamente, renieguen de Dios, y renegar
todos, en cierta manera, y en conjunto, no hablando de religión en la
ley fundamental, sino para decir que el Estado pagará el culto y los
ministros de la religión católica, sin osar decir la razón
por qué los paga?
Se nos dirá acaso que las leyes
que prescinden de la religión no son
ateas, sino
ateocráticas, y que se fundan en la
moral universal, en el derecho natural reconocido en todos los pueblos, gentes
y naciones. ¿Cómo hemos de negar nosotros que esta moral
universal y que este derecho natural existen? ¿Cómo hemos de
negar que son por dondequiera los mismos? Mas no son, con todo, como las
matemáticas, construcción ideal, obra subjetiva de nuestro
entendimiento, desarrollo de sus propias leyes y formas, que se conciben
independientes y aisladas de toda filosofía primera. La moral y el
derecho no son así: presuponen una filosofía primera o una
religión en que se funden. El mismo Royer-Collard, aunque la
afirmación iba contra su tesis, ha tenido la buena fe de afirmarlo:
«La moral -dice-
no tiene sanción positiva y
dogmática sino en la religi |