  Cuentos trágicos
Emilia Pardo Bazán
[Nota preliminar:
Edición digital a partir de la de
OO. CC. (Madrid, Aguilar, 1963, 4ª ed.,
T. I, pp. 1553-1624) y cotejada con la edición crítica de Juan
Paredes Núñez (Cuentos completos, La
Coruña, Fundación Pedro Barrié de Maza, Conde de Fenosa,
1990, T. III, pp. 115-192).]
  El Pozo de la Vida
La caravana se alejó, dejando al
camellero enfermo abandonado al pie del pozo.
Allí las caravanas hacen alto
siempre, por la fama del agua, de la cual se refieren mil consejas.
Según unos, al gustarla se restaura la energía; según
otros, hay en ella algo terrible, algo siniestro.
Los devotos de Alí, yerno y
continuador de la obra religiosa y política de Mohamed, profesan respeto
especial a este pozo; dicen que en él apagó su sed el generoso y
desventurado príncipe, en el día de su decisiva victoria contra
las huestes de su jurada enemiga Aixa o Aja, viuda del Profeta. Como no ignoran
los fieles creyentes, en esta batalla cayó del camello que montaba la
profetisa, y fue respetada y perdonada por Alí, que la mandó
conducir a La Meca otra vez. Aseguran que de tal episodio histórico
procede la discusión sobre las cualidades del agua del Pozo de la Vida.
Es fama que Aixa la ilustre, una de las cuatro mujeres incomparables que han
existido en el mundo, al acercar a sus labios el agua cuando la llevaban
prisionera y vencida, aseguró que tenía insoportable sabor.
El camellero no pensaba entonces en el
gusto del agua. Miraba desvanecerse la nube de polvo de la caravana
alejándose, y se veía como náufrago en el mar de arena del
desierto.
Verdad que el pozo se encontraba enclavado
en lo que llaman un oasis; diez o doce palmeras, una reducida
construcción de yeso y ladrillo destinada a bebedero de los camellos y
albergue mezquino y transitorio para los peregrinos que se dirigían a la
mezquita lejana; a esto se reducía el oasis solitario. Devorado por la
calentura, que secaba la sangre en sus venas, el camellero, frugal y sobrio
siempre, ahora apenas se acercaba al alimento, a las provisiones de harina y
dátiles. Su sostén era el agua del pozo.
-No en balde se llama el Pozo de la
Vida... Bebiendo sanaré.
Transcurrieron dos o tres días. El
abandonado no cesaba de sumergir el cuenco en el odre que al partir, con
piadosa previsión, habían dejado lleno sus compañeros de
caravana. Y pensaba para sí: «Mi mal me trastorna los sentidos.
Esta agua, al pronto tan gustosa, ahora parece ha tenido en infusión
coloquíntida.»
Al día tercero, algunas muchachas
de la tribu de los Beni-Said, acampada a corta distancia en la vertiente de un
valle árido, vinieron a cebar sus odres en el pozo. El enfermo
solicitó de ellas que le renovasen la provisión, porque sus
fuerzas no lo consentían. Una virgen como de quince años, de
esbeltez de gacela, atirantó la cuerda con sus brazos morenos y el
cangilón ascendió rebosando un líquido claro y frío
como cristal. El enfermo tendió las manos ansiosas y hasta sonrió
de gozo cuando la muchacha, en su cuenco de arcilla esmaltado de vivos colores,
le presentó la prueba de aquella delicia. Pero, apenas humedeció
la lengua, hizo un mohín de disgusto.
-¡Amarga más todavía
que la del odre! -murmuró consternado.
La muchacha vertió otra vez agua en
el cuenco y bebió despacio, con fruición.
-¿Qué dices de amargura?
-interrogó burlándose-. Está más fresca que los
copos de la nieve y más dulce que la leche de nuestras ovejas. Ha
refrigerado y exaltado mi corazón. No he encontrado jamás agua
tan sabrosa. Probad vosotras, a ver quién se engaña.
Y el grupo de jóvenes aguadoras,
antes de cargar en las fundas de red de cuerda, al costado de sus asnillos, los
colmados odres, bebió largos tragos de agua del pozo. Hiciéronlo
riendo sin causa, disputándose los cuencos de donde el agua se derramaba
mojando las túnicas listadas de rojo y blanco, las gargantas aceitunadas
y tersas como dátiles verdes, los senos chicos y los brazos
bruñidos y mórbidos. Los negros ovales ojos de las
vírgenes relucían; sus dientes de granizo eran más blancos
al través de los labios pálidos avivados por el agua. Cabalgaron
después en los jumentos, acomodándose para caber entre los odres,
y con carcajadas locas tomaron la vuelta de su aduar.
El camellero quedóse solo otra vez.
Como había mirado desvanecerse la nubecilla de la caravana, vio
perderse, en la ilimitada extensión, no del camino (el desierto es
camino todo él), sino de la planicie, la polvareda que levantaba el
trote de los asnos aguadores, azuzados por las muchachas. La fiebre le
consumía. Desesperado, bebió. El agua amargaba más
aún.
Los días desfilaron. El enfermo los
contaba por los granos del rosario de gordas cuentas que, a fuer de devoto
creyente musulmán, llevaba colgado de la cintura. Porque eran iguales
todos los días. Los mismos amaneceres deslumbrantes de sol en un cielo
acerado; los mismos mediodías cegadores, crudamente magníficos,
con lampos de brasa y rayos de sol sin velo, refractados por la amarillenta
llanura; las mismas encendidas tardes, caliginosas, espirando abrasadores
soplos de terral, entrecortadas por rugidos y aullidos lejanos de fieras; las
mismas noches de esplendidez implacable, en que el firmamento sombrío y
puro se adornaba con sus astros y constelaciones más refulgentes, sin
que ni una ráfaga de aire descendiese de la bóveda de bronce,
empavonada de azul, ocelada de estrellas vivísimas, lucientes y duras
como la mirada altiva del poderoso.
Y el enfermo, sin poderlo evitar,
bebía, bebía... Y el agua era a cada trago más repugnante.
Dijérase que las manos de los genios enemigos del hombre desleían
en el pozo bolsas de hiel, puñados de sal, esencia de dolor.
Llegó un momento en que las fuerzas del camellero se agotaron; en que la
sola vista del agua le produjo escalofríos, y al pie del pozo se
tendió en el agostado suelo resuelto a dejarse perecer, resignado y
ansioso del fin.
Una voz que le llamó -una voz
imperiosa y grave- le hizo abrir los ojos. Tenía ante sí a un
santón, un viejo morabito de larga barba argentina, de remendado traje,
apoyado en una cayada, con su zurrón de mendicante al hombro. La faz,
requemada por el sol, presentaba nobles, aguileños rasgos, y los ojos
fijos en el enfermo, no revelaban piedad, sino meditación serena; el
estado de un alma que conoce los Libros sacros y sondea el existir. En la mano
derecha, el santón sostenía el cuenco lleno de agua; tal vez se
disponía a apurarlo.
-No bebas, santo varón
-aconsejó el camellero-. Es amarga como absintio. Te dará horror.
Yo ya no la soporto.
Sin hacerle caso, el santo bebió, y
ni mostró desagrado ni complacencia.
-Este agua -murmuró después
de que se hubo limpiado la boca con el revés de su mano curtida por la
intemperie- no es ni amarga ni dulce; su amargor y su dulzor están en el
paladar de quien la bebe. ¿No han venido aquí, desde que
languideces al pie del pozo, seres jóvenes y sanos? ¿No han
bebido del agua?
-Han venido -respondió el
camellero- unas mozas vírgenes, muy alborotadas, a tomar aguada para su
aduar. Y han alabado lo refrigerante de la bebida.
-Ya ves -dijo reposadamente el
santón-. Que el ángel Azrael mire por ti y te permita encontrar
tolerable al menos el agua del pozo. Yo te llevaría conmigo,
sacándote de este mal paso; pero mi jumento no puede con más
carga y tengo que adelantar camino para incorporarme a una caravana, porque si
voy solo me devorarán las fieras.
Y el santón se alejó
recitando un versículo del Corán. Al ver su silueta oscura
desvanecerse en el horizonte inflamado, el camellero sintió que su
última esperanza desaparecía, y en transporte delirante,
acercóse al brocal del pozo, se agarró a él con ambas
manos y, no sin trabajoso esfuerzo -¡hasta para darse la muerte se
necesita vigor!-, se precipitó dentro, de cabeza.
..............................
Y las aguas del Pozo de la Vida, desde que
se arrojó a su profundidad el camellero, siguen siendo dulces para
algunos, amargas para bastantes... Sólo hay que añadir que los de
paladar fino las encuentran gusto a muerto.
«El Imparcial», 29 de mayo de 1905.
  La mosca verde
Tomábamos o pretendíamos tomar el fresco en la gran
terraza de Alborada, una tarde de agosto abrasadora y enervante, de las
poquísimas que, en aquel clima benigno, aprietan con rigor canicular. El
aire estaba saturado no sólo del efluvio resinoso, ardiente, de los
pinares vecinos, sino de otras emanaciones peculiares -almizcle de hormigas y
escarabajos, miel y cera de panal-; y en el aire encendido revoloteaban,
además de las mariposas multicolores, insectos de pedrería y
esmalte, enlutadas «vacas de San Antonio», efímeras de gasa
pálida, mariquitas de coral con pintas negras, mosquitos de seda color
humo, mientras en la arena brincaban los saltamontes, parecidos a caballeros
enlorigados y se arrastraban las chinches campesinas, limpias y de pintoresca
forma, tan distintas de las urbanas.
Recostados en las mecedoras,
hablábamos despacio, emperezados y esperando con ansia el primer soplo
del atardecer que abanicase nuestras sienes. El tema de la conversación
era que el calor disuelve las energías, y disertábamos sobre esa
influencia psicológica de los climas, que ya empieza a reconocerse en la
historia.
-Buena es -decía el
científico- la firmeza de carácter; excelente su cultivo
intensivo, y acertaría el que afirmó que del propio destino es
autor cada hombre; pero a mí, esta naturaleza que nos rodea y nos
agobia, me produce una impresión de fatalidad tan profunda, que casi no
me atrevería a pensar en contrarrestarla. ¿Qué somos ante
las fuerzas naturales?
-Lo somos todo -exclamó el
pensador-. Esas fuerzas naturales, las hemos puesto a nuestros pies, a nuestro
servicio. Cada día más saldremos vencedores en nuestra lucha con
ellas.
-Crea usted que se toman el desquite; al
final no vencemos nosotros... -respondió el Doctor, pensativo-. Y como
el sol descendiese, esplendoroso hacia el castañar, y una ráfaga
suave, cargada de partículas de humedad, viniese de la represa del
molino, reanimándonos, se decidió el Doctor a contar un episodio
de su vida médica...
-Era hijo de viuda aquel muchacho tan
simpático, a quien yo conocí en el balneario de Caldasrojas, y
que todas las tardes paseaba un rato conmigo por los caminos solitarios y las
sendas aldeanas, confiándome sus esperanzas, sus aspiraciones y su
tenacísima labor. La decorosa estrechez en que quedaron el chico y su
madre a la muerte del padre, los esfuerzos de la pobre mujer para salir a flote
y dar carrera a su hijo, habían influido en el carácter de
Torcuato, haciéndole hombre consciente desde la niñez, y
desarrollando en él, con extraño vigor, las facultades de la
voluntad perseverante, sin un desmayo ni una vacilación, y con esa
especie de iluminación genial, que lo mismo puede demostrarse en la
creación artística que en la conducta. A los once años,
Torcuato llevaba los libros de una tienda de la antigua ciudad universitaria,
donde vivía; a los trece, prestaba el mismo servicio en varios
establecimientos, ganando lo suficiente para sostenerse él y su madre, y
a la vez estudiaba, robando horas al sueño, tan imperioso en el
período crítico de la pubertad. Mejor dicho: la pubertad fue
vencida, en sus inquietudes y en sus torturadoras distracciones, por la
constancia de Torcuato. Ni curiosidades ni devaneos le desviaron de su marcha
hacia un objeto y un fin. Su vida estaba regulada cronométricamente; ni
migaja de tiempo perdía. Se había fijado, al minuto, el que
debía invertir en lavarse, cepillarse, comer, dormir; y el programa se
cumplía exactamente. ¡Digo mal! A veces, Torcuato se
sustraía tiempo a sí mismo, y realizaba trabajos extraordinarios
que pagasen las matrículas y algún gasto inevitable,
extraordinario también. No rehusaba por soberbia tarea ninguna; capaz
sería de limpiar zapatos si creyese que le compensaba la
remuneración. Escribía discursos para los graduandos, sermones
para los canónigos, prospectos, para los industriales, memorias, para
los secretarios de asociaciones... todo lo que le valiese un duro y un amigo y
protector. Así, al terminar brillantemente la carrera, obtuvo en la
Universidad un empleo con mediano sueldo: lo necesario, lo estricto, el modo de
esperar y resistir hasta conseguir algo de lo infinito soñado.
Al preguntarle yo a Torcuato si no
había estado enfermo nunca (una enfermedad arruina al que lleva
exactamente empalmados gastos con ingresos), me respondió:
-¡Enfermo! No tuve tiempo de
enfermar... ¡Lo único que se me resintió algo fue el
estómago, y por eso me ve usted aquí, en Caldasrojas, en el
camino, y ocioso, y sin mi madre, por primera vez de mi vida! ¡Estoy
embriagado de sensaciones; loco perdido de aire libre y de olor de flores y
árboles! Pero ¡no crea usted que aun así me aparto de mi
camino! Por más que mi juventud se me suba a la cabeza -¡y hay
horas en que se me sube, y al corazón también, y espumante y
furiosa!-, la voluntad está sobre todo. Mando en mí, y no
habrá fuerza que me impida llevar a término mis planes de
asegurar el porvenir, la vejez tranquila y dichosa de mi madre, y mi propia
suerte. Tengo algún entendimiento, alguna disposición: otro
malgastaría este capital; yo lo beneficiaré con réditos
crecidos. El que quiere, puede. ¡Es el Evangelio!
Me hablaba así Torcuato a la vuelta
de un paseo por la carretera que conduce al Borde, en la cual ritma la
conversación el chirrido quejumbroso del eje de los carros cargados, que
pasan lentos, sin alzar polvo, en la melancolía de la puesta de sol. No
se borrará de mi memoria: dos de estos carros cruzaban en sentido
contrario al nuestro, y su carga era de pieles de buey a medio curtir,
mercancía que se exporta en la costa para Inglaterra. El sol, moribundo,
se reflejaba en los pelajes cobrizos manchados de blanco amarillento. Torcuato
accionaba con la diestra y de pronto vi que en ella refulgía una chispa
verde, metálica, y que él sacudía la mano, como el que
espanta un bichejo incómodo.
-¡Maldita! Me ha picado...
Sentí un escalofrío, que no
era razonado, sino involuntario, y cogí la mano de Torcuato vivamente.
No se notaba señal de la picadura. Seguimos andando, pero yo no
había perdido las ganas de charlar, y miraba de reojo a mi joven amigo.
A poco noté que maquinalmente rascaba el sitio de la picadura, y vi
deshacerse la vesícula recién formada y sustituirla una
depresión negruzca. Me «sentí» palidecer.
Distábamos más de una legua del pueblecillo.
-Aprisa, andemos... No vale nada la picada
esa, pero querría quemársela a usted con un cáustico.
-¡Se me está hinchando la
mano! -murmuró Torcuato con más sorpresa que alarma.
Comprendí que ignoraba el mal
horrible que pueden transmitir esas mosquitas preciosas, de esmeralda, que se
han posado en despojos de animales carbunclosos... ¡El carbunclo!
-repetía dentro de mí, temblando de horror y de
lástima...- ¡El carbunclo! ¡La pústula maligna!
Abreviaré el relato de aquella
tragedia... Cuando desnudamos en la rebotica a Torcuato, para operar, ya no era
la mano, era el brazo lo que se inflaba rápidamente. No cabía
duda, el brazo debía cortarse. Única esperanza. Pero
¿cómo? ¿Sin cloroformo, casi sin instrumentos? Mientras
venían de mi casa los chismes, sudando frío y con una angustia
compasiva que me partía el alma, me fue preciso notificarle al enfermo
la verdad. ¡Qué ojos me echó! ¡Qué mundo de
horror, de protesta y de dolor en aquellos ojos!
-¡El brazo derecho! ¿Y mi
madre? ¿Y cuando lo sepa? -balbuceó, lívido.
-Aquí de la voluntad...
-pronuncié, creo que más horrorizado que la víctima-.
¡Es necesario! No hay remedio.
¡Cuántas veces me he
arrepentido del martirio que le di! Fuese por la tardanza e indecisión
irremediable de los primeros momentos, fuese porque la infección
venía de mano armada, la operación no logró salvar al
desventurado. Prefiero no detallar su fin, los síntomas espantosos, el
tétano como desenlace... Si los médicos puntualizásemos
ciertos casos, la humanidad se aborrecería a sí propia, como dijo
Salomón, por haber nacido... He sacado a cuento este caso cruel para que
se vea lo que puede una mosquita verde, muy linda por cierto, y lo que vale
contra la mosquita una voluntad humana, firme, decidida, templada en la
desgracia y el trabajo. ¡No somos nada!...
La noche caía. Las
luciérnagas empezaban a encender sus linternas misteriosas.
  El aljófar
Los devotos de la Virgen de la Mimbralera,
en Villafán, no olvidarán nunca el día señalado en
que la vieron por última vez adornada con sus joyas y su mejor manto y
vestido, y con la hermosa cabeza sobre los hombros, ni la furia que les
acometió, al enterarse del sacrílego robo y la profanación
horrible de la degolladura.
Todos los años, el 22 de agosto,
celébrase en la iglesia de la Mimbralera, que el vulgo conoce por
«la Mimbre de los frailes», solemne función de
desagravios.
La Mimbralera había sido convento
de dominicos, construido, con espaciosa iglesia, bajo la advocación de
Nuestra Señora del Triunfo, por los reyes de Aragón y Castilla,
en conmemoración de señalada victoria. La imagen, desenterrada
por un pastor al pie de una encina, no lejos del campo de batalla, y ofrecida
al monarca aragonés la víspera del combate, fue colocada en el
camarín, que la regia gratitud enriqueció con dones
magníficos.
Aunque relegada al pie de la sierra, en
paraje bravío y montuoso, próxima solamente a un pueblecillo de
escaso vecindario, la iglesia del Triunfo gozó de universal
nombradía, y la fama de la milagrosa Virgen, extendiéndose fuera
de la región, cundió por España entera. Más de un
rey, de la trágica dinastía de Trastámara o de la
melancólica dinastía de Austria, vino a la Mimbralera en
cumplimiento de voto, en acción de gracias por algún favor
obtenido del cielo mediante la intercesión de la Virgen del Triunfo,
dejando, al marcharse, acrecentado el tesoro con rica presea. Las reinas, no
pudiendo ir en persona, enviaban de su guardajoyas arracadas, ajorcas, piochas,
tembleques y collares; y doña Mariana, madre de Carlos II, queriendo
sobrepujarlas a todas, regaló el incomparable manto, de brocado de oro
con recamo de esmeraldas y gruesas perlas, amén de infinitos hilos de
aljófar; una red de hilos, que recordaba el rocío de la
mañana sobre los prados, y que al salir la imagen en procesión,
se soltaban y eran recogidos piadosamente por los devotos en un cuenco, ya
destinado de tiempo inmemorial a este uso.
El amor del pueblo de Villafán
había salvado del saqueo este manto célebre y el resto del tesoro
de la Virgen, en la época de la exclaustración; y el día
21 de agosto, fiesta de la Mimbralera, la imagen, luciendo completas sus
alhajas, bajaba del convento al pueblo, seguida de inmenso gentío venido
de toda la sierra. Descansaba en la plaza Mayor y se recogía a su
camarín antes de ponerse el sol, permaneciendo en él, engalanada
y ataviada, hasta el amanecer del siguiente día, hora en que la
camarera, ayudada por dos mozas de lo mejor del lugar, iba a desnudar a la
Reina del cielo, recoger sus preseas y vestimenta y sustituirla por la ropa de
diario.
El año del robo, memorable en los
humildes anales de Villafán, al entrar la camarera -esposa del juez
municipal, señora de mucho visto- en el trasaltar, y subir las escaleras
que conducen a la plataforma donde se apoya la peana de la imagen, por poco se
cae muerta.
La efigie estaba despojada, sin manto ni
joyas, sólo con la túnica interior de tisú. Y, detalle
espantoso: estaba decapitada. La cabeza, serrada a raíz de los hombros,
más abajo del sitio donde se atornillaba la gargantilla de piedras
preciosas, había desaparecido.
Media hora después, el pueblo
entero, frenético, delirante de indignación, invadía la
iglesia, y los comentarios y las hipótesis principiaban a hervir en el
aire. Alcalde, secretario, médico, juez, párroco, sargento de la
Guardia Civil, cuanto allí representaba la autoridad y la ley se
reunía para deliberar. Era preciso descubrir a los malhechores, sin
pérdida de tiempo, porque de otro modo el vecindario de Villafán
haría una que fuese sonada. Ya, sobre el desesperado llanto del
mujerío, se destacaban las voces amenazadoras de los hombres, los tacos,
las interjecciones y las blasfemias, y las manos, vigorosas, se crispaban
alrededor del garrote, o requerían, en las vueltas de la faja, la navaja
de muelles.
Dos cosas interesaban mucho: prender a los
culpables, y luego, impedir que los hiciesen trizas. Si no se lograba lo
primero, lo que importaba de veras, la multitud haría lo segundo con el
cura, con el sacristán, con todos los que debían velar, y no
habían velado, por la adorada patrona del pueblo, cuya mutilación
acababan de comprobar, entre rugidos de ira. Prender a los culpables.
Sí; pero... ¿dónde estaban?
Ese ruido sordo y profundo como la subida
de la marea; ese eco de un acento repetido por centenares de voces, que se
llama el rumor público, acusaba ya, designaba ya a los reos. No eran, ni
podían ser, sino los acróbatas que la víspera, en la
plaza, habían ejecutado sus habilidades y recogido buena cosecha de
cuartos. ¡Aquellos pillastres vagabundos, aquellos titiriteros, se
llevaban el tesoro de la Virgen! Al anochecer, desbaratado el tabladillo,
recogidos y cargados en carros y jaulas los chirimbolos y los dos o tres monos
y perros sabios, se les había visto alejarse en dirección a la
Mimbralera, diciendo que se proponían trabajar al día siguiente
en Guijadilla. Para bergantes así, avezados a toda truhanería, no
era difícil acampar en el robledal y, sigilosamente, entre las sombras,
asaltar la iglesia, a tales horas solitaria. El sacristán, contrito y
trémulo, confesaba que en vez de vigilar había dormido a pierna
suelta en su domicilio, una de las mejores celdas del antiguo convento; el cura
de la Mimbralera no negaba haber pernoctado en el pueblo, en casa del alcalde,
después de una cena copiosa. ¿Quién pensaba en la
posibilidad del atroz sacrilegio? Los ladrones, teniendo por delante la noche
entera, pudieron despacharse a su gusto. Patentes se veían las
señales: la puertecilla lateral de la iglesia se encontraba forzada,
abierta de par en par; tres hierros de la verja del camarín, limados y
arrancados, dejando boquete para cabida de un cuerpo; y en el propio
camarín, sobre el piso de mármoles, huellas de pasos, fragmentos
de madera, un serrucho olvidado al borde de la peana, revelaban la forma en que
el atentado debió de cometerse. Como decía muy bien Ricardo
el Estudiante el hijo de la difunta tía
Blasa, que era el que más enardecía a la amotinada muchedumbre,
los infames ni aun se cuidaban de esconder los instrumentos del delito.
¡Ellos, ellos eran! ¡No cabía dudarlo!
Púsose en movimiento la Guardia
Civil, y a pesar de oponerse formalmente el sargento, la precedieron bastantes
mozos, de los más resueltos y fornidos, que así andan diez leguas
a pie como trincan a un criminal, aunque tenga las fuerzas del hércules
de la compañía, el titiritero que levantaba en vilo, jugando, una
pesa de hierro mayor que el bolo en que remata el campanario de la Mimbralera.
«¡A descubrir a los ladrones, contra!»
Sin embargo, el veterano sargento de la
guardia, mordiéndose de soslayo el mostacho rudo, parecía rumiar
no sé qué recelos, no sé qué sospechas misteriosas.
Su mirada astuta, penetrante como un punzón, escrutaba el grupo que
marchaba a vanguardia, capitaneado por Ricardo,
el Estudiante, que blandía una vara
recia, profiriendo imprecaciones contra los sacrílegos.
Los guardias son muy mal pensados. Ni
pizca le gustaba Ricardo al buen sargento. Conocíale de sobra: un
jugador eterno y sempiterno, tan poseído del vicio, que no pudiendo
satisfacerlo en Villafán, pues sólo los días de feria hay
quien tire de la oreja a Jorge, se iba por los pueblos, y hasta por Madrid y
Barcelona, apareciendo siempre donde se hojease el libro de las cuarenta hojas,
el libro de perdición. Por insisto y costumbre, el sargento recelaba de
los jugadores. Sabía que son simiente de criminales, como lo es todo
apasionado que va al objeto de su pasión sin reparar en medios. No
podría fundar el escozor que allá dentro notaba; pero mientras
seguían el camino de Guijadilla, polvoriento y devorado de sol,
guarnecido de carrascales y olivos blancuzcos, involuntariamente, en las
paradas, miraba a Ricardo, estudiaba su cabeza greñuda, su
fisonomía hosca, colérica y por momentos sellada con una
expresión de cansancio indefinible, una especie de fatiga inmensa, cual
la sombra de unas alas negras que la velasen. Y pensaba el sargento: «Si
tú has pasado esta noche en tu cama..., quiero yo que mal tabardillo me
mate.»
Perfilábase ya en el horizonte la
torre de la iglesia de Guijadilla; era la hora meridiana, cuando la turba,
excitada por el calor y la molestia de la caminata hasta entonces
inútil, divisó, en un campo donde verdeaban espadañas
frescas, señal evidente de existir allí un arroyo, a la sombra de
un grupo de alisos, a los titiriteros acampados. Indudablemente esperaban
ocasión propicia de entrar en el pueblo anunciando con tambor y trompeta
sus ejercicios. Tendidos en el suelo, echados panza arriba, recostados sobre
los instrumentos, los saltimbanquis dormían la siesta, descansando de su
jornada y del trabajo de la víspera.
Allí estaba completo el cuadro de
la pobre y asendereada compañía: el payaso y director,
embadurnado de harina y colorete, mostrando la boca abierta y oscura en la
enyesada faz; el hércules, jayán sudoroso, de rizada testa, ancho
tórax y bíceps acentuados bajo la malla rosa vivo; la
funámbula, más fea que un susto, larga y esqueletada como estampa
de la muerte; la saltarina de aros, regordeta, morena, graciosa, hecha un
mamarracho con su faldellín de gasa amarilla y su corpiño de
lentejuela azul, y, por último, los dos niños gimnastas, hijos
del hércules; la chiquilla de doce años, rubia, pálida, de
dulces facciones; y el chiquillo, de seis, gordinflón, derramados los
rizos de oro en alborotada madeja alrededor de la sofocada carita. Los
niños reposaban abrazado, recostado el pequeñín en el
pecho de la hermana: ambos vestían la malla color de carne, sobre la
cual llevaban túnicas de seda celeste prendidas con rosas de papel; y un
aro plateado, ciñendo sus frentes, les daba aspecto de ángeles de
gótico retablo.
La turba, detenida un instante,
vociferó, aulló, precipitándose al campillo, y entre
exclamaciones de sorpresa, voces que pronunciaban injurias y rugidos de
alegría bárbara, en un santiamén, los saltimbanquis, mal
despiertos, aturdidos aún, incapaces de defenderse, se vieron cogidos,
asaltados, rodeados cada cual de una docena de paletos, que blandían
estacas, esgrimían cuchillos, sacudían y zarandeaban y hartaban
de mojicones a los supuestos reos del robo de la Virgen del Triunfo.
A su vez, corrieron los guardias,
comprendiendo que allí podía ocurrir algo terrible. Mientras los
niños lloraban y chillaban las mujeres, el hércules, sin
más arma que sus cerrados puños, juntándolos contra el
pecho y despidiendo los brazos como movidos por acerado resorte, se
defendía. Dos paletos mordían ya la tierra, el uno con las
costillas hundidas, el otro con la nariz rota, soltando un río de
sangre. Eran, sin embargo, muchos contra uno; Ricardo,
el Estudiante, lívido y feroz, azuzaba
contra el saltimbanqui a los lugareños; llovían garrotazos. Uno,
bien asestado, le cruzó la nuca, haciéndole tambalearse como
acogotado buey; otro le alcanzó en la muñeca,
partiéndosela casi. A manera de jauría que acosa al jabalí
y se le cuelga de las orejas -sin que los guardias, dedicados a proteger al
resto de la compañía, a los niños y a las mujeres,
pudiesen impedirlo- los paletos se estrecharon contra el hércules, que
desapareció entre el grupo.
Se oyó el fragor de la lucha, el
ronco resuello de la víctima; los guardias, echándose el fusil a
la cara, se prepararon a hacer fuego a los verdugos; apartáronse
éstos, saciada la ira, y se vio en el suelo una masa informe,
sangrienta, algo que no tenía de humano sino el sufrimiento que
aún revelaban las palpitaciones del pecho y la convulsión de las
extremidades.
Los niños, sollozando, se arrojaron
sobre el padre moribundo, cubriéndole de besos; y, en aquel mismo punto,
el sargento veterano, asiendo del brazo a Ricardo
el Estudiante, clamó en formidable
voz:
-¡Date preso! Tú, y nadie
más que tú, es quien ha robado las alhajas de la Virgen.
Y como
el Estudiante protestase y los mozos acudiesen
a su defensa, el guardia, extendiendo un dedo acusador, señaló a
las greñas de Ricardo, a la inculta y revuelta melena que siempre
gastaba. Todas las miradas se fijaron en el sitio indicado por el guardia, y
una convicción y un estupor cayeron de plano, súbitamente, sobre
todos los espíritus. Entre la cabellera de Ricardo se veían,
enredados aún, dos o tres hilos de aljófar, de los que, como
telarañas irisadas de rocío matinal, bordaban el manto de Nuestra
Señora de la Mimbralera.
..............................
El Estudiante
confesó y fue a presidio. Las joyas, entregadas a un tahúr, un
cómplice encubridor venido de Madrid y apostado en las cercanías
del Triunfo para recoger la presa, nunca se recobraron, ni tampoco la divina
cabeza, de dulce sonrisa estática, la amada cabeza de la Virgen.
Y de aquellos dos niños hijos del
hércules, ya huérfanos y solos, ¿quién sabe lo que
habrá sido? Continuarán rodando por el mundo, adoptando posturas
plásticas en algún circo, y poco a poco se irá borrando de
su memoria la imagen del campo verde, festoneado de alisos y espadañas,
donde vieron asesinar a su padre...
«La Ilustración artística»,
núm. 1044, 1902.
  La cana
Mi tía Elodia me había
escrito cariñosamente: «Vente a pasar la Navidad conmigo. Te
daré golosinas de las que te gustan». Y obteniendo de mi padre el
permiso, y algo más importante aún, el dinero para el corto
viaje, me trasladé a Estela, por la diligencia, y, a boca de noche, me
apeaba en la plazoleta rodeada de vetustos edificios, donde abre su irregular
puerta cochera el parador.
Al pronto, pensé en dirigirme a la
morada de mi tía, en demanda de hospedaje; después, por uno de
esos impulsos que nadie se toma el trabajo de razonar -tan insignificante
creemos su causa-, decidí no aparecer hasta el día siguiente. A
tales horas, la casa de mi tía se me representaba a modo de coracha
oscura y aburrida. De antemano veía yo la escena. Saldría a abrir
la única criada, chancleteando y amparando con la mano la luz de una
candileja. Se pondría muy apurada, en vista de tener que aumentar a la
cena un plato de carne: mi tía Elodia suponía que los muchachos
solteros son animales carnívoros. Y me interpelaría: ¿por
qué no he avisado, vamos a ver? Rechinarían y tintinearían
las llaves: había que sacar sábanas para mí... Y, sobre
todo, ¡era una noche libre! A un muchacho, por formal que sea, que viene
del campo, de un pazo solariego, donde se ha pasado el otoño solo con
sus papás, la libertad le atrae.
Dejé en el parador la maletilla, y
envuelto en mi capa, porque apretaba el frío, me di a vagar por las
calles, encontrando en ello especial placer. Bajo los primeros antiguos
soportales, tropecé con un compañero de aula, uno de esos a
quienes llamamos amigos porque anduvimos con ellos en jaranas y bromas, aunque
se diferencien de nosotros en carácter y educación. La misma
razón que me hacía encontrar divertido un paseo por calles
heladas y solitarias, la larga temporada de vida rústica me movió
acoger a Laureano Cabrera con expansión realmente amistosa. Le
referí el objeto de mi viaje, y le invité a cenar. Hecho ya el
convenio, reparé, a la luz de un farol, en el mal aspecto y derrotadas
trazas de mi amigo. El vicio había degradado su cuerpo, y la miseria se
revelaba en su ropa desechable. Parecía un mendigo. Al moverse, exhalaba
un olor pronunciado a tabaco frío, sudor y urea. Confirmando mi
observación, me rogó en frases angustiosas que le prestase cierta
suma. La necesitaba, urgentemente, aquella misma noche. Si no la tenía,
era capaz de pegarse un tiro en los sesos.
-No puedo servirte -respondí-. Mi
padre me ha dado tan poco...
-¿Por que no vas a pedírselo
a doña Elodia? -sugirió repentinamente-. Esa tiene gato.
Recuerdo que contesté tan
sólo:
-Me causaría vergüenza...
Cruzábamos en aquel instante por la
zona de claridad de otro farol, y cual si brotase de las tinieblas, vivamente
alumbrada, surgió la cara de Laureano. Gastada y envilecida por los
excesos, conservaba, no obstante, sello de inteligencia, porque todos
conveníamos, antaño, en que Laureano «valía».
En el rápido momento en que pude verle bien noté un cambio que me
sorprendió: el paso de un estado que debía de ser en él
habitual -el cinismo pedigüeño, la comedia del sable-, a una
repentina, íntima resolución, que endureció siniestramente
sus facciones. Dijérase que acababa de ocurrírsele algo
extraño.
«Éste me atraca»,
pensé; y, en alto, le propuse que cenásemos, no en el tugurio
equívoco, semiburdel que él indicaba, sino en el parador. Un
recelo, viscoso y repulsivo, como un reptil, trepaba por mi espíritu
conturbándolo. No quería estar solo con tal sujeto, aunque me
pareciese feo desconvidarle.
-Allí te espero
-añadí- a las nueve...
Y me separé bruscamente,
dándole esquinazo. La vaga aprensión que se había
apoderado de mí se disipó luego. A fin de evitar encuentros
análogos, subí el embozo de la capa, calé el sombrero y,
desviándome de las calles céntricas, me dirigí a casa de
una mujer que había sido mi excelente amiga cuando yo estudiaba en
Estela Derecho. No podré jurar que hubiese pensado en ella tres veces
desde que no la veía; pero los lugares conocidos refrescan la memoria y
reavivan la sensación, y aquel recoveco del callejón
sombrío, aquel balcón herrumbroso, con tiestos de geranios
«sardineros» me retrotraían a la época en que la
piadosa Leocadia, con sigilo, me abría la puerta, descorriendo un
cerrojo perfectamente aceitado. Porque Leocadia, a quien conocí en una
novena, era en todo cauta y felina, y sus frecuentes devociones y su continente
modesto la habían hecho estimable en su estrecho círculo.
Contadas personas sospecharían algo de nuestra historia, desenlazada
sencillamente por mi ausencia. Tenía Leocadia marido auténtico,
allá en Filipinas, un mal hombre, un
perdis, que no siempre enviaba los veinticinco
duros mensuales con que se remediaba su mujer. Y ella me repetía
incesantemente:
-No seas loco. Hay que tener prudencia...
La gente es mala... Si le escriben de aquí cualquier chisme...
Reminiscencias de este estribillo me
hicieron adoptar mil precauciones y procurar no ser visto cuando subí la
escalera, angosta y temblante. Llamé al estilo convenido, antiguo, y la
misma Leocadia me abrió. Por poco deja caer la bujía. La
arrastré adentro y me informé. Nadie allí; la criada era
asistenta y dormía en su casa. Pero más cuidado que nunca, porque
«aquel» había vuelto, suspenso de empleo y sueldo a causa de
unos líos con la Administración, y gracias a que hoy se
encontraba en Marineda, gestionando arreglar su asunto... De todos modos, lo
más temprano posible que me retirase y con el mayor sigilo,
valdría más. ¡Nuestra Señora de la Soledad, si
llegase a oídos de él la cosa más pequeña!...
Fiel a la consigna, a las nueve menos
cuarto, recatadamente, me deslicé y enhebré por las callejas
románticas, en dirección al parador. Al pasar ante la catedral,
el reloj dio la hora, con pausa y solemnidad fatídicas. Tal vez a la
humedad, tal vez al estado de mis nervios se debiese el violento
escalofrío que me sobrecogió. La perspectiva de la sopa de
fideos, espesa y caliente, y el vino recio del parador, me hizo apretar el
paso. Llevaba bastantes horas sin comer.
Contra lo que suponía, pues
Laureano no solía ser exacto, me esperaba ya y había pedido su
cubierto y encargado la cena. Me acogió con chanzas.
-¿Por dónde andarías?
Buen punto eres tú... Sabe Dios...
A la luz amarillenta, pero fuerte, de las
lámparas de petróleo colgadas del techo, me horripiló
más, si cabe, la catadura de mi amigo. En medio de la alegría que
afectaba, y de adelantarse a confesar que lo del tiro en los sesos era broma,
que no estaba tan apurado, yo encontraba en su mirar tétrico y en su
boca crispada algo infernal. No sabiendo cómo explicarme su gesto,
supuse que, en efecto, le rondaba la impulsión suicida. No obstante,
reparé que se había atusado y arreglado un poco. Traía las
manos relativamente limpias, hecho el lazo de la corbata, alisadas las
greñas. Frente a nosotros, un comisionista catalán, buen mozo,
barbudo, despachado ya su café, libaba perezosamente copitas de Martel
leyendo un diario. Como Laureano alzase la voz, el viajante acabó por
fijarse, y hasta por sonreirnos picarescamente, asociándose a la
insistente broma.
-Pero ¿en qué agujero te
colarías? ¡Qué ficha! Tres horas no te las has pasado
tú azotando calles... A otro con esas... ¿Te crees que somos
bobos? Como si uno se fiase de estos que vuelven del campo...
Las súplicas de la precavida
Leocadia me zumbaban aún en los oídos, y me creí en el
deber de afirmar que sí, que callejeando y vagando había
entretenido el tiempo.
-¿Y tú?
-redargüí-. Rezando el Rosario, ¿eh?
-¡Yo, en mi domicilio!
-¿Domicilio y todo?
-Sí, hijo; no un palacio... Pero,
en fin, allí se cobija uno... La fonda de la Braulia, ¿no
sabes?
Sabía perfectamente. Muy cerca de
la casa de mi tía Elodia: una infecta posaducha, de última fila.
Y en el mismo segundo en que recordaba esta circunstancia, mis ojos
distinguieron, colgando de un botón del derrotado chaqué de
Laureano, un hilo que resplandecía. Era una larga cana brillante.
Me creerán o no. Mi
impresión fue violenta, honda; difícilmente sabría
definirla, porque creo que hay sobradas cosas fuera de todo análisis
racional. Fascinado por el fulgor del hilo argentado sobre el paño sucio
y viejo, no hice un movimiento, no solté palabra: callé. A veces
pienso qué hubiese sucedido si me ocurre bromear sobre el tema de la
cana. Ello es que no dije esta boca es mía. Era como si me hubiesen
embrujado. No podía apartar la mirada del blanco cabello.
Al final de la cena, el buen humor de
Laureano se abatió, y a la hora del café estaba tétrico,
agitado; se volvía frecuentemente hacia la puerta, y sus manos temblaban
tanto, que rompió una copa de licor. Ya hacía rato que el
viajante nos había dejado solos en el comedor lúgubre, frente a
los palilleros de loza que figuraban un tomate, y a los floreros azules con
flores artificiales, polvorientas. El mozo, en busca de la propia cena,
andaría por la cocina. Cabrera, más sombrío a cada paso,
sobresaltado, oreja en acecho, apuraba copa tras copa de coñac, hablando
aprisa cosas insignificantes o cayendo en acceso de mutismo. Hubo un momento en
que debió de pensar: «Estoy cerca de la total borrachera», y
se levantó, ya un poco titubeante de piernas y habla.
-Conque no vienes
«allá», ¿eh?
Sabía yo de sobra lo que era
«allá», y sólo de imaginarlo, con semejante
compañía y con la lluvia que había empezado a caer a
torrentes... ¡No! Mi camita, dormir tranquilo hasta el día
siguiente y no volver a ver a Laureano. Le eché por los hombros su capa,
le di su grasiento sombrero y le despedí.
-¡Buenas noches... No hay de
qué... Que te diviertas, chico!
Dormí sueño pesado que
turbaron pesadillas informes, de esas que no se recuerdan al abrir los ojos. Y
me despertó un estrépito en la puerta: el dueño del
parador en persona, despavorido, seguido de un inspector y dos agentes.
-¡Eh! ¡Caballero! ¡Que
vienen por usted!... ¡Que se vista!
No comprendí al pronto. Las frases
broncas, deliberadamente ambiguas, del inspector me guiaron para arrancar parte
de la verdad. Más tarde, horas después, ante el juez, supe cuanto
había que saber. Mi tía Elodia había sido estrangulada y
robada la noche anterior. Se me acusaba del crimen...
Y véase lo más singular...
¡El caso terrible no me sorprendía! Dijérase que lo
esperaba. Algo así tenía que suceder. Me lo había avisado
indirectamente «alguien», quién sabe si el mismo
espíritu de la muerta... Sólo que ahora era cuando lo
entendía, cuando descifraba el presentimiento negro.
El juez, ceñudo y preocupado, me
acogió con una mezcla de severidad y cortesía. Yo era una persona
«tan decente», que no iban a tratarme como a un asesino vulgar. Se
me explicaba lo que parecía acusarme, y se esperaban mis descargos antes
de elevar la detención a prisión. Que me disculpase, porque si
no, con la Prensa y la batahola que se había armado en el pueblo, por
muy buena voluntad que... Vamos a ver: los hechos por delante, sin aparato de
interrogatorio, en plática confidencial... Yo debía venir a pasar
la noche en casa de mi tía. Mi cama estaba preparada allí.
¿Por qué dormí en el parador?
-De esas cosas así... Por no
molestar a mi tía a deshora...
¿No molestar? Cuidado: que me
fijase bien. He aquí, según el juez, los hechos. Yo había
ido a casa de doña Elodia a eso de las siete. La criada, sorda como una
tapia, no quería abrir. Yo grité desde la mirilla: «Que soy
su sobrino», y entonces la señora se asomó a la antesala y
mandó que me dejasen pasar. Entré en la sala y la criada se fue a
preparar la cena, pues tenía órdenes anteriores, por si yo
llegase. Hasta las nueve o más no se sabe lo que pasó. Pronta ya
la cena, la fámula entró a avisar, y vio que en la salita no
había nadie: todo en tinieblas. Llamó varias veces y nadie
respondió. Asustada, encendió luz. La alcoba de la señora
estaba cerrada con llave. Entonces, temblando, sólo acertó a
encerrarse en su cuarto también. Al amanecer bajó a la calle,
consultó a las vecinas; subieron dos o tres a acompañarla,
volvió a llamar a gritos... La autoridad, por último,
forzó la cerradura. En el suelo yacía la víctima bajo un
colchón. Por una esquina asomaba un pie rígido. El armario,
forzado y revuelto, mostraba sus entrañas. Dos sillas se habían
caído...
-Estoy tranquilo -exclamé-. La
criada habrá visto la cara de ese hombre.
-Dice que no... Iba embozado, con el
sombrero muy calado. No le vio. ¡Y es tan torpe, tan necia, tan apocada!
Medio lela está.
-Entonces soy perdido -declaré.
-Calma... ¡Cierto que son muchas
coincidencias! Ayer llegó usted a las seis. A las seis y cuarto
habló con un amigo en la calle de los Bebederos. Luego, hasta las nueve,
no se sabe de usted más. A las nueve cena usted en el parador con el
mismo amigo, y un viajante que estaba allí declara que le molestaba a
usted la pregunta de ¿dónde había pasado esas horas?, y
que afirmaba usted haberlas pasado en la calle, lo cual no es verosímil.
Llovió a cántaros de ocho a ocho y media, y usted no llevaba
paraguas... También decía que estaba usted así..., como
preocupado... a veces, y el mozo añade que rompió usted una copa.
¡Es una fatalidad...!
-¿Ha declarado el que cenó
conmigo?
-Si por cierto... Declaró la
calamidad de Cabrera... Nada, eso; que le vio a usted un rato antes; que,
convidado, cenó con usted, y que se retiró a cosa de las
once.
-¡Él es quien ha asesinado a
mi tía! -lancé firmemente-. Él, y nadie más.
-Pero ¡si no es posible! ¡Si
me ha explicado todo lo que hizo! ¡Si a esas horas estuvo en su
posada!
-No, señor. Entraría, se
haría ver y volvería a salir. En esa clase de bujíos no se
cierra la puerta. No hay quien se ocupe de salir a abrirla. Él
sabía que me esperaba la tía Elodia. Es listo. Lo arregló
con arte. Está en la última miseria. Cuando me encontró,
en los Bebedores, me pidió dinero, amenazándome con volarse los
sesos si no se lo daba. Ahora todo es claro: lo veo como si estuviese
sucediendo delante de mí.
-Ello merece pensarse... Sin embargo, no
le oculto a usted que su situación es comprometida. Mientras no pueda
explicar el empleo de ese tiempo, de seis a nueve...
Las sienes se me helaron. Debía de
estar blanco, con orejas moradas. Me tropezaba con un juez de los de coartada y
tente tieso... ¿Coartada? Sería una acción sucia, vil,
nombrar a Leocadia -toda mujer tiene su honor correspondiente-, y
además, inútil, porque la conozco. No es heroína de drama
ni de novela y me desmentiría por toda mi boca... Y yo lo
merecía. Yo no era asesino, ni ladrón, pero...
La contrición me apretó el
corazón, estrujándolo con su mano de acero. Creía sentir
que mi sangre rezumaba... Era una gota salada en los lagrimales. Y en el mismo
punto, ¡un chispazo!, me acordé del hilo brillante, enredado en el
botón del raído chaqué.
-Señor juez...
Todavía estaba allí la cana
cuando hicieron comparecer al criminal... El «gato» de la
tía Elodia se halló oculto entre su jergón, con la llave
de la alcoba... Sin embargo, no falta, aun hoy, quien diga que el asunto fue
turbio, que yo entregué tal vez a mi cómplice... Honra, no me
queda. Hay una sombra indisipable en mi vida. Me he encerrado en la aldea, y al
acercarse la Navidad, en semanas enteras, no me levanto de la cama, por no ver
gente.
«Los contemporáneos», núm.
106, 1911.
  La cita
Alberto Miravalle, excelente muchacho, no
tenía más que un defecto: creía que todas las mujeres se
morían por él.
De tal convencimiento, nacido de varias
conquistas del género fácil, resultaba para Alberto una
sensación constante, deliciosa, de felicidad pueril. Como tenía
la ingenuidad de dejar traslucir su engreimiento de hombre irresistible, la
leyenda se formaba, y un ambiente de suave ridiculez le envolvía.
Él no notaba ni las solapadas burlas de sus amigos en el círculo
y en el café, ni las flechas zumbonas que le disparaban algunas
muchachas, y otras que ya habían dejado de serlo.
Dada su olímpica presunción,
Alberto no extrañó recibir por el correo interior una carta sin
notables faltas de ortografía, en papel pulcro y oloroso, donde entre
frases apasionadas se le rendía una mujer. La dama desconocida se
quejaba de que Alberto no se había fijado en ella, y también daba
a entender que, una vez puestas en contacto las dos almas, iban a ser lo que se
dice una sola. Encargaba el mayor sigilo, y añadía que la
señal de admitir el amor que le brindaba sería que Alberto
devolviese aquella misma carta a la lista de Correos, a unas iniciales
convenidas.
Al pronto, lo repito, Alberto
encontró lo más natural... Después -por entera que fuese
su infatuación-, sintió atisbos de recelo. ¿No
sería una encerrona para robarle? Un segundo examen le restituyó
al habitual optimismo. Si le citaban para una calle sospechosa, con no ir... La
precaución de la devolución del autógrafo indicaba ser
realmente una señora la que escribía, pues trataba de no dejar
pruebas en manos del afortunado mortal.
Alberto cumplió la consigna.
Otra segunda epístola fijaba ya el
día y la hora, y daba señas de calle y número. Era preciso
devolverla como la primera. Se encargaba una puntualidad estricta, y se
advertía que, llegando exactamente a la hora señalada,
encontraría abiertos portón y puerta del piso. Se rogaba que se
cerrase al entrar, y acompañaban a las instrucciones protestas y finezas
de lo más derretido.
Nada tan fácil como enterarse de
quién era la bella citadora, conociendo ya su dirección. Y, en
efecto, Alberto, después de restituir puntualmente la epístola,
dio en rondar la casa, en preguntar con maña en algunas tiendas. Y supo
que en el piso entresuelo habitaba una viuda, joven aún, de
trapío, aficionada a lucir trajes y joyas, pero no tachada en su
reputación. Eran excelentes las noticias, y Alberto empezó a
fantasear felicidades.
Cuando llegó el día
señalado, radiante de vanidad, aliñado como una pera en dulce, se
dirigió a la casa, tomando mil precauciones, despidiendo el coche de
punto en una calleja algo distante, recatándose la cara con el cuello
del abrigo de esclavina, y buscando la sombra de los árboles para
ocultarse mejor. Porque conviene decir, en honra de Alberto, que todo lo que
tenía de presumido lo tenía de caballero también, y si se
preciaba de irresistible, era un muerto en la reserva, y no pregonaba
jamás, ni aun en la mayor confianza, escritos ni nombres. No faltaba
quien creyese que era cálculo hábil para aumentar con el misterio
el realce de sus conquistas.
No sin emoción llegó Alberto
a la puerta de la casa... Parecía cerrada; pero un leve empujón
demostró lo contrario. El sereno, que rondaba por allí,
miró con curiosidad recelosa a aquel señorito que no reclamaba
sus servicios. Alberto se deslizó en el portal, y, de paso,
cerró. Subió la escalera del entresuelo: la puerta del piso
estaba arrimada igualmente. En la antesala, alfombrada, oscuridad profunda.
Encendió un fósforo y buscó la llave de la luz
eléctrica. La vivienda parecía encantada: no se oía ni el
más leve ruido. Al dar luz Alberto pudo notar que los muebles eran ricos
y flamantes. Adelantó hasta una sala, amueblada de damasco amarillo,
llena de
bibelots y de jarrones con plantas. En
un ángulo revestía el piano un paño antiguo, bordado de
oro. Tan extraño silencio, y el no ver persona humana, fueron motivos
para oprimir vagamente el corazón de nuestro Don Juan. Un momento se
detuvo, dudando si volver atrás y no proseguir la aventura.
Al fin, dio más luces y
avanzó hacia el gabinete, todo sedas, almohadones y butaquitas; pero
igualmente desierto. Y después de vacilar otro poco, se decidió y
alzó con cuidado el cortinaje de la alcoba de columnas... Se
quedó paralizado. Un temblor de espanto le sobrecogió. En el
suelo yacía una mujer muerta, caída al pie de la cama. Sobre su
rostro amoratado, el pelo, suelto, tendía un velo espeso de sombra. Los
muebles habían sido violentados: estaban abiertos y esparcidos los
cajones.
Alberto no podía gritar, ni moverse
siquiera. La habitación le daba vueltas, los oídos le zumbaban,
las piernas eran de algodón, sudaba frío. Al fin echó a
correr; salió, bajó las escaleras; llegó al portal... Pero
¿quién le abría? No tenía llave... Esperó
tembloroso, suponiendo que alguien entraría o saldría.
Transcurrieron minutos. Cuando el sereno dio entrada a un inquilino, un
señor muy enfundado en pieles, la luz de la linterna dio de lleno a
Alberto en la cara, y tal estaba de demudado, que el vigilante le clavó
el mirar, con mayor desconfianza que antes. Pero Alberto no pensaba sino en
huir del sitio maldito, y su precipitación en escapar, empujando al
sereno que no se apartaba, fue nuevo y ya grave motivo de sospecha.
A la tarde siguiente, después de
horas de esas que hacen encanecer el pelo, Alberto fue detenido en su
domicilio... Todo le acusaba: sus paseos alrededor de la casa de la
víctima, el haber dejado tan lejos el «simón», su
fuga, su alteración, su voz temblona, sus ojos de loco... Mil protestas
de inocencia no impidieron que la detención se elevase a prisión,
sin que se le admitiese la fianza para quedar en libertad provisional. La
opinión, extraviada por algunos periódicos que vieron en el
asunto un drama pasional, estaba contra el señorito galanteador y
vicioso.
-¿Cómo se explica usted esta
desventura mía? -preguntó Alberto a su abogado, en una
conversación confidencial.
-Yo tengo mi explicación
-respondió él-; falta que el Tribunal la admita. Vea lo que yo
supongo, es sencillo: para mí, y perdóneme su memoria, la infeliz
señora recibía a alguien..., a alguien que debe ser mozo de
cuenta, profesional del delito y del crimen. El día de autos, desde el
anochecer, la víctima envió fuera a su doncella, dándole
permiso para comer con unos parientes y asistir a un baile de organillo. El
asesino entró al oscurecer. Él era quien escribía a usted,
quien le fijó la hora y quien, precavido, exigió la
devolución de las cartas, para que usted no poseyese ningún
testimonio favorable. Cuando usted entró, el asesino se ocultó o
en el descanso de la escalera, o en habitaciones interiores de la casa. A la
mañana siguiente, al abrirse la puerta de la calle, salió sin que
nadie pudiese verle. Se llevaba su botín: joyas y dinero.
¿Qué más? Es un supercriminal que ha sabido encontrar un
sustituto ante la Justicia.
-Pero ¡es horrible! -exclamó
Alberto-. ¿Me absolverán?
-¡Ojalá!... -pronunció
tristemente el defensor.
-Si me absuelven -exclamó Alberto-
me iré a la Trapa, donde ni la cara de una mujer se vea nunca.
«La Ilustración Española y
Americana», núm. 48, 1909.
  Nube de paso
-Jamás lo hemos averiguado
-declaró el registrador, dejando su escopeta arrimada al árbol y
disponiéndose a sentarse en las raíces salientes, a fin de
despachar cómodamente los fiambres contenidos en su zurrón de
caza-. Hay en la vida cosas así, que nadie logra nunca poner en claro,
aunque las vea muy de cerca y tenga, al parecer, a su disposición los
medios para enterarse.
Salieron de las alforjas molletes de pan,
dos pollos asados, una ristra de chorizos rojos, y la bota nos presentó
su grata redondez pletórica, ahíta de sangre sabrosa y alegre.
Nos disputamos el gusto de besarla y dejarla chupada y floja, bajo nuestras
afanosas caricias de galanes sedientos. Los perros, con la lengua fuera y la
mirada ansiosa, sentados en rueda, esperaban el momento de los huesos y
mendrugos.
Cuando todos estuvieron saciados, amos y
canes, y encendidos los cigarros para fumar deleitosamente a la sombra,
insistí:
-Pero ¿ni aun conjeturas?
-¡Conjeturas! Claro es que nunca
faltan. Cuando se notó que el pobre muchacho estaba muerto y no dormido;
cuando, al descubrirle el cuerpo, se vio que tenía una herida
triangular, como de estilete, en la región del corazón -la
autopsia comprobó después que esa herida causó la muerte-,
figúrese usted si los compañeros de hospedaje nos echamos a
discurrir. Entre otras cosas, porque, al fin y al cabo, podíamos vernos
envueltos en una cuestión muy seria. Como que, al pronto, se
trató de prendernos. Por fortuna, la tan conocida como vulgar coartada
era de esas que no admiten discusión. En la casa de huéspedes
estábamos cinco, incluyendo a Clemente Morales, el asesinado. Los cuatro
restantes pasamos la noche de autos en una tertulia cursi, donde bailamos,
comimos pasteles y nos reímos con las muchachas hasta cerca del
amanecer. Todo el mundo pudo vernos allí, sin que ninguno saliese ni un
momento. Cien testigos afirmaban nuestra inculpabilidad y, así y todo,
nos quedó de aquel lance yo no sé qué: una sombra moral en
el espíritu, que ha pesado, creo yo, sobre nuestra vida...
-Ello fue que ustedes, al regresar a
casa...
-¡Ah!, una impresión atroz.
Era ya de día, y la patrona nos abrió la puerta en un estado de
alteración que daba lástima. Nos rogó que
entrásemos en la habitación de nuestro amigo, porque al ir a
despertarle, por orden suya, a las seis de la mañana, vio que no
respondía, y estaba pálido, pálido, y no se le oía
respirar... ¡O desmayado, o...! Fue entonces cuando, alzando la
sábana, observamos la herida.
-¿Qué explicación dio
la patrona?
-Ninguna. ¡Cuando le digo a usted
que ni la patrona, ni la Justicia, ni nadie ha encontrado jamás el hilo
para desenredar la maraña de ese asunto! La patrona, eso sí, fue
presa, incomunicada, procesada, acusada...; pero ni la menor prueba se
encontró de su culpabilidad. ¡Qué digo prueba! Ni indicio.
La patrona era una buena mujer, viuda, fea, de irreprochables antecedentes,
incapaz de matar una mosca. La noche fatal se acostó a las diez y nada
oyó. La sirvienta dormía en la buhardilla: se retiró desde
la misma hora, y a las ocho de la mañana siguiente roncaba como un
piporro. El sereno a nadie había visto entrar. ¡El misterio
más denso, más impenetrable!
-¿Se encontró el arma?
-Tampoco.
-¿Tenía dinero en su
habitación la víctima?
-Que supiésemos, ni un
céntimo; es decir, unos duros..., que es igual a no tener nada, para el
caso... Y esos allí estaban, en el cajón de la cómoda, por
señas, abierto.
-¿Se le conocían amores?
-Vamos, rehacemos el interrogatorio... No
tenía lo que se dice relaciones seguidas, ni querida, ni novia; no
sería un santo, pero casi lo parecía; por celos o por venganza de
amor, no se explica tan trágico suceso.
-Pero ¿cuáles eran sus
costumbres? -insistí, con afán de polizonte psicólogo, a
quien irrita y engolosina el misterio, y que sabe que no hay efecto sin causa-.
Ese muchacho -¿no era un hombre joven?- tendría sus
hábitos, sus caprichos, sus peculiares aficiones...
-Era -contestó el registrador, en
el tono del que reflexiona en algo que hasta entonces no se había
presentado a su pensamiento- el chico más formal, más exento de
vicios, más libre de malas compañías que he conocido
nunca. Retraído hasta lo sumo, muy estudioso; nosotros, por efecto de
esta misma condición suya, le tuvimos en concepto de un poco chiflado.
Ya ve usted: todos fuimos aquella noche a divertirnos y a correrla, menos
él, y si hubiese ido, no le matan... Para dar a usted idea de lo que era
el pobre, se acostaba muy temprano, y encargaba que le despertasen así
que amanecía, sólo por el prurito de estudiar.
-¿Recuerda usted dónde
estudiaba?
-¡Ah! Eso, en todas partes. A veces
se traía a casa libros; otras se pasaba el día en bibliotecas on
sabe Dios en qué rincones.
-Amigo registrador -interrumpí-,
que me maten si no empiezo a rastrear algo de luz en el sombrío
enigma.
-¡Permítame que lo dude!...
¡Tanto como se indagó entonces!... ¡Tantos pasos como dieron
la justicia y la policía, y hasta nosotros mismos, sin que se haya
llegado a saber nada!
Callé unos instantes. El celaje de
la tarde se encendía con sangrientas franjas de fuego, incesantemente
contraídas, dilatadas, inflamadas o extinguidas, sin que ni un momento
permaneciese fija su terrible forma. Pensé en que la sospecha, la
verdad, la culpa, el destino se disuelven e integran, como las nubes, en la
cambiante fantasía y en la versátil conciencia. Pensé que
si nada es inverosímil en la forma de las nubes, nada tampoco debe
parecérnoslo en lo humano. Lo único increíble sería
que un hombre fuese asesinado en su lecho y el crimen no tuviese ni autor ni
móvil.
-Registrador -dije al cabo-, todos mueren
de lo que han vivido. El muchacho estudiaba sin cesar: en sus estudios
está la razón de su muerte violenta. No diga usted que no sabe
por qué le mataron: lo sabe usted, pero no se ha dado cuenta de lo que
sabe.
-Mucho decir es... -murmuró-. Sin
embargo...
-Lo sabe usted. En cuanto me conteste a
otras pocas preguntas se convencerá de que lo sabía
perfectamente: lo sabía la parte mejor de su ser de usted: su
instinto.
-¡Qué raro será eso!
Pero, en fin... pregunte, pregunte lo que quiera.
-¿A qué clase de estudios se
dedicaba Clemente?
-A ver, Donato, haz memoria
-murmuró el registrador, rascándose la sien-. Ello era cosa de
muchas matemáticas y mucha física... ¡Ya, ya recuerdo!
¡Pues si el muchacho aseguraba que, cuando consiguiese lo que buscaba,
sería riquísimo, y su nombre, glorioso en toda Europa! Creo que
se trataba de algo relacionado con la navegación acrea. Advierto a usted
que murió como vivía, porque fue el hombre más
reconcentrado y enemigo de enterar a nadie de sus proyectos.
-¿Tendría muchos papeles,
cuadernos, notas de su trabajo?
-¡Ya lo creo! A montones.
-¿Dónde los guardaba?
-¡En la cómoda! Y su ropa
andaba tirada por las sillas y revuelta.
-¿Aparecieron esos papeles
después del crimen?
-Se me figura que sí. Pero
confirmaron lo que creíamos: que el pobre no estaba en sus cabales. Eran
apuntes sin ilación, y algunos, borradores que nadie
entendía.
-¿Tenía algún amigo
Clemente, enterado de sus esperanzas? ¿Alguien que conociese su
secreto?
La cara del registrador sufrió un
cambio análogo al de las nubes. Primero se enrojeció;
palideció después; los ojos se abrieron, atónitos; la boca
también adquirió la forma de un cero.
-¡Rediós! -gritó al
cabo-. ¡Y tenía usted razón! Y yo sabía, es decir,
yo tenía que saber... ¡Tonto de mí! ¿Cómo
pude ofuscarme?... ¡Qué cosas! Había, había un
amigo, un ingeniero belga, que le daba dinero para experiencias... ¡Un
barbirrojo, más antipático que los judíos de la
Pasión! ¡Y hasta judío creo que era! ¡Seré yo
estúpido! ¡No haber comprendido! ¡No haber sospechado!
¡El bandido del extranjero fue, y para robarle el fruto de sus vigilias!
¡Dejó los papeles inútiles y cargó con los que
valían, y sabe Dios, a estas horas, quién se está dando
por ahí tono y ganando millones con el descubrimiento del infeliz!
¡Y a mí la cosa me pasó por las mientes; pero... no me
detuve ni a meditarla, porque... no se veía por dónde hubiese
podido entrar el asesino!
-¡Bah! Esa es la infancia del arte
-contesté-. Entró con una llave falsa, que había
preparado, o con el propio llavín de su víctima; estuvo en el
cuarto de ésta hasta tarde, hizo su asunto, se escondió y de
madrugada se marchó.
-¡Así tuvo que ser!
¡Bárbaros, que no lo comprendimos!
¡Requetebárbaros!
-No se apure usted... Quizá estamos
soñando una novela.
-No, no; si ahora lo veo más claro
que el sol... Soy capaz de perseguir al asesino...
-¿Cuántos años hace
de eso?
-Trece lo menos...
-Déjelo usted por cosa perdida...
Aun en fresco no se averigua nada... Conténtese con el goce del
filósofo: saber... y callar.
«La Ilustración Española y
Americana», núm. 22, 1911.
  «Drago»
Algunas o, por mejor decir, bastantes
personas lo habían observado. Ni una noche faltaba de su silla del circo
la admiradora del domador.
¿Admiradora? ¿Hasta
qué punto llega la admiración y dónde se detiene, en un
alma femenil, sin osar traspasar la valla de otro sentimiento? Que no se lo
dijesen al vizconde de Tresmes, tan perito en materias sentimentales: toda
admiración apasionada de mujer a hombre o de hombre a mujer para en
amor, si es que no empieza siendolo.
La admiradora era una señorita que
no figuraba en lo que suele llamarse buena sociedad de Madrid. De los
concurrentes al palco de las Sociedades, sólo la conocía Perico
Gonzalvo, el menos distanciado de la clase media y el más amigo de
coleccionar relaciones. Y, según noticias de Gonzalvo, la
señorita se llamaba Rosa Corvera, era huérfana y vivía con
la hermana de su padre, viuda de un hombre muy rico, que le había legado
su fortuna. Considerando a Rosa, más que como a sobrina, como a hija;
resuelta a dejarla por heredera, le consentía, además, libertad
suma; y no pudiendo la tía salir de casa -clavada en un sillón
por el reúma- la muchacha iba a todas partes bajo la cómoda
égida de una de esas que se conocen por
carabinas, aunque oficialmente se las nombra
damas de compañía, institutrices y
misses. Rosa era una independiente; pero no
podía Perico Gonzalvo (que no adolecía de bien pensado)
añadir otra cosa. La independencia no llegaba a licencia.
Quizá la admiración
vehemente mostrada al domador -que en los carteles adoptaba el título de
vizconde de Praga, enteramente fantástico, imposible de descubrir en
cancillería alguna- fuese la primera inconveniencia cometida por Rosa.
Sin duda, el hecho constituía una exhibición de mal gusto en una
joven soltera, y más en España, donde es sospechosa para el honor
cualquier excentricidad de la mujer. Lo cierto es que Rosa llamaba la
atención, y su actitud empezaba a darle notoriedad. Se discutía
su figura, su modo de vestir; se convenía en que, sin ser una belleza,
no carecía de encanto. Rubia, alta, bien formada (extremo que la moda
ceñida hace muy fácilmente demostrable), la hermoseaba, sobre
todo, la expresión como de embriaguez divina que adquiría su
semblante al salir el vizconde de Praga a desempeñar su número:
el encierro en una jaula con un sólo león, pero terrible:
Drago, que, indómito, vigoroso,
valía por seis de los criados en cautiverio.
-Las bacantes, en los misterios
órficos, tendrían ese gesto -decía Tresmes, que
había leído todo lo concerniente a anomalías amorosas y
perversiones antiguas y modernas.
Pero Tresmes, en este punto,
confundía. El gesto de Rosa, lejos de expresar nada impuro, sólo
dejaba trasmanar el entusiasmo heroico. Eran nobles, hasta la sublimidad, los
sentimientos que asomaban a aquel rostro de mujer, y si el amor entraba a la
parte, sería con el carácter más espiritual, como
transporte ante la nobleza del valor viril. Por otra parte, Rosa no practicaba
el menor disimulo.
Abonada a diario a dos sillas, las
más próximas al sitio en que se colocaba la jaula de
Drago, entraba poco antes que comenzase el
trabajo del domador, y, concluido éste, se levantaba con
desdeñosa indiferencia, envolviéndose en un abrigo de
última moda y pasando por entre los espectadores sin mirarlos. Su lindo
landaulet eléctrico esperaba
siempre a la puerta. Y, sin cuidarse del run-run curioso que alzaba a su paso,
retirábase, pálida aún de la emoción.
El domador había notado lo que
todos notaban. Era un hombre joven, aunque no tanto como parecía, por la
robusta esbeltez de su cuerpo y la finura acentuada de sus facciones, debida a
la sangre georgiana. Nada más airoso que su torso, nada mejor delineado
que sus pies y manos, a no ser su bigote o los rizos naturales de sus cabellos
negrísimos. No era el tipo del
dandy, del elegante que se ha formado su
distinción a fuerza de alta vida y de hábitos de lujo; era un
ejemplar de las razas humanas aristocráticas de abolengo, perfectamente
arianas.
Consciente del efecto que producía
en Rosa, el domador adoptaba posturas románticas, quebraba la cintura
como un torero, avanzaba la pierna, nerviosa y de perfecta forma, cautiva en el
calzón de punto gris perla, y sacudía con gentileza los bucles de
su frente, húmeda de sudor, enviando a la señorita una sonrisa y
un ligero signo de inteligencia. Por señas, que en el palco de los
elegantes, este signo fue considerado indicio de algo serio, y sólo
cambiaron de opinión al exclamar Tresmes:
-¡Qué tontería! Si se
entendiesen, ella no vendría ya a exhibirse aquí. Os digo que, a
pesar de las apariencias, ese hombre y esa mujer no han cruzado palabra. Pongo
la mano derecha a que no.
Y razón tenía el
calvatrueno, sagacísimo conocedor del alma de la mujer. El domador no
había dado un paso por ponerse en contacto con su apasionada, por una
razón prosaica y sencilla, era casado. Vivían su esposa y sus dos
hijos en una casita, al borde del lago de Como, y la fortuna de la
señorita española -fortuna de la cual, por otra parte, ella no
podía aún disponer- no le resolvía problema alguno.
Halagábale, ciertamente, aquella devoción, aquel homenaje; aunque
otra cosa diga la leyenda, no es tan frecuente que las espectadoras se enamoren
de tenores, domadores y cómicos. Semejante fascinación, no
oculta, acababa por envanecer al supuesto vizconde, llamado realmente Marco
Diáspoli. Pero una aventura, de pasada, no se podía intentar. La
contrata iba a terminar, y el domador era esperado en Viena. Y como, fuera de
la aventura no existía finalidad, el domador se limitaba a dejarse
acariciar por los magnéticos ojos fijos en él.
-¿En él? He aquí una
pregunta que su vanidad de histrión heroico no le permitió
formular, pero que el ducho Tresmes lanzó, con gran extrañeza del
auditorio.
-¿Estáis seguros de que a
esa muchacha quien la entusiasma es el domador? Porque yo, que la estudio
mucho, he llegado a dudar ¡si no será más bien el
león!
Se rieron. Sin embargo,
Drago reunía todas las condiciones para
producir eso que en Italia se nombra
il fascino. Si hay un género de
belleza sublime que se funda en la energía, nada más bello que
Drago.
No era la fiera rendida, cansada, pelada,
de los demás domadores, y en eso consistía la originalidad del
trabajo temerario.
Drago, con su bravura y fuerza, por su talla no
común, lo enorme de su cabezota, lo rutilante y abundoso de su melenaza,
imponía una especie de respeto, al cual se unía atracción
misteriosa. Sus actitudes conservaban la gracia terrible y natural de la fiera
que está en su propio ambiente, en el cálido desierto, y
detrás de la majestuosa masa de su cuerpo se hubiese deseado ver
extenderse el rojo rubí del celaje líbico. Su rugido
infundía pavor, y sus ojos de venturina derretida, en que el sol de
África parecía haberse quedado cautivo, tenían un encanto
peculiar, amenazador y feroz.
Drago había sido cogido no hacía
seis meses en el Atlas. La única defensa del domador con aquel felino
era la temeridad, la sorpresa. En realidad, ni estaba habituado a la
sugestión y al olor del hombre ni a la obediencia de la varita.
Acordábase de sus soledades, de que bajo sus dientes habían
crujido costillas de caballos, ¡quién sabe si de jinetes moros!...
El interés de la labor de Praga estaba en eso: en que cada noche
sostenía un duelo a muerte.
Y así se podía explicar la
palidez constante de Rosa, sus ojos dilatados de susto, su mano con tanta
frecuencia llevada al corazón, como si no pudiese contener su latido, y
hasta aquella especie de éxtasis con que seguía los incidentes de
la lucha. Marco entraba en la jaula de pronto, y a los rugidos del rey de los
animales contestaba con gritos estridentes de mando, de reto, de furor. El
león le miraba y él arrostraba su mirada aterradora. Íbase
acercando, ganando terreno, sin más armas que un latiguillo de
puño de pedrería. Los rugidos se hacían menos roncos. El
león bajaba la cabeza, como si no pudiese afrontar los ojos del hombre.
Por último se tendía, siempre rugiendo sordamente, y Praga, un
momento, alargando la bella pierna y el pie, calzado con reluciente bota de
borlita, lo apoyaba en los lomos del vencido, y en rápida vuelta, antes
que su enemigo se rehiciese, salía de la jaula, sonriendo, alzando el
látigo, enviando besos a la multitud que aplaudía...
Dos noches antes de la última,
pudieron notar algunos espectadores que
Drago estaba de muy mal talante.
Revolvíase inquieto en la estrecha prisión, y sus rugidos
estremecían por lo hondos y roncos. Cuando el domador franqueó la
puerta de la reja, la fiera, sin darle tiempo a nada, se lanzó contra
él de un brinco feroz. Otras veces lo había hecho; pero al punto
retrocedía, dominado, como a pesar suyo.
Algo distinto debía suceder aquella
noche, porque Praga vaciló y se puso blanco. No tenía, sin
embargo, más defensa que la valentía absoluta, y, vibrando el
latiguillo, avanzó resuelto. Pero la fiera se había dado cuenta
de aquel desfallecimiento momentáneo...
Un rugido tremebundo envió al
rostro del domador el hálito bravío del felino. Sin intimidarse,
Praga descargó el látigo, silbante, en las orejas del animal.
Más que el imperceptible dolor, el ultraje enardeció a la fiera.
Como una masa cayó sobre su enemigo; sus garras hicieron presa en un
hombro, y sus dientes en el costado. En el circo se alzó un grito de
horror, formado de mil clamores. No había modo de intervenir.
Drago, que había probado la sangre, la
bebía con áspera lengua en el mismo cuello de su
víctima...
Y Rosa, la admiradora, de pie,
transportada, electrizada, ya fuera de sí, sin atender a ningún
respeto, aplaudía al vencedor.
-¡Bravo,
Drago! ¡Bravo! ¡Drago,
Drago, así!...
Por eso suele decir Tresmes:
-Yo bien lo sabía. No era el
domador, era el león el que a la muchacha le parecía hermoso... Y
acertaba; opino lo mismo que ella. Pero, ¡caramba con las mujeres!
¡Ponerse a aplaudir, a vitorear! Bueno fue qu |